Archivo de la etiqueta: Israel

Netanyahu, el veneno de Israel

por Higinio Polo //

Israel nació de la ocupación militar y el robo de tierras ajenas, acompañados de una feroz limpieza étnica que comportó la expulsión de centenares de miles de palestinos de sus poblaciones, de la destrucción de sus aldeas y de matanzas como la de Deir Yassin. Fueron los laboristas judíos del Mapai, con Ben Gurion, quienes expulsaron a los palestinos de su tierra, en 1948, y quienes expropiaron sus propiedades por la fuerza militar. Esa política se mantuvo después, durante dos décadas, procurando hacer irreversible la ocupación, y cuando el Mapai fundó, con otras organizaciones menores, en 1968, el Partido Laborista, sus dirigentes siguieron defendiendo el expolio. Referirse hoy a la invasión de nuevos territorios en 1967, rechazada por la ONU, y reclamar el fin de la ocupación es justo, pero olvida que el origen del conflicto se situa en 1948, en la Nakba. Seguir leyendo Netanyahu, el veneno de Israel

La complicidad silenciosa de la prensa estadounidense con la masacre israelí en Gaza

por Jean Shaoul y Barry Grey //

Los principales medios de comunicación estadounidenses, encabezados por el New York Times, están tratando como algo intrascendente el asesinato masivo de manifestantes palestinos en Gaza sin armas por parte del ejército israelí. Seguir leyendo La complicidad silenciosa de la prensa estadounidense con la masacre israelí en Gaza

El reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel por parte de Trump genera ira y protestas

por Bill Van Auken //

Cambiando drásticamente el rumbo de siete décadas de política estadounidense hacia el Medio Oriente, el presidente Donald Trump dio un discurso el miércoles en la Casa Blanca en el que reconocía a Jerusalén como la capital de Israel y prometía que los EUA empezarían preparativos para mudar su embajada allí desde Tel Aviv, pasando a ser el primer país del mundo que lo haga. Seguir leyendo El reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel por parte de Trump genera ira y protestas

Centenario de la Declaración Balfour: un siglo de desposesión y de resistencia en Palestina

por Julien Salingue y Razmi Baroud//

El 2 de noviembre de 1917, el ministro británico de Asunto Exteriores, Arthur Balfour, dirigía una carta a Lionel Walter Rotschild, miembro eminente de la comunidad judía en Gran Bretaña y gran patrocinador del movimiento sionista. Esta carta, conocida con el nombre de “declaración Balfour” es un momento clave de la historia de Palestina, puesto que por primera vez el gobierno de una gran potencia se comprometía a apoyar al movimiento sionista, entonces ultraminoritario entre las comunidades judías. La declaración Balfour sella la alianza entre sionismo e imperialismo, al mismo tiempo que sella la suerte de las y los palestinos que son simbólicamente desposeídos de su tierra por una potencia colonial que la atribuye a un movimiento del que numerosos dirigentes no ocultan su intención de desposeerles de ella físicamente. Para el escritor Arthur Koestler, con la declaración Balfour, “una nación prometió solemnemente a una segunda el territorio de una tercera”.


La declaración Balfour: una desposesión simbólica que abre la vía a la desposesión física

Julien Salingue

El 2 de noviembre de 1917, el ministro británico de asuntos exteriores, Arthur Balfour, dirigía una carta a Lionel Walter Rotschild, miembro eminente de la comunidad judía de Gran Bretaña y gran patrocinador del movimiento sionista.

Mediante esta carta, Balfour aportaba el apoyo oficial del gobierno al proyecto de establecimiento de un “hogar nacional para el pueblo judío” en Palestina, entonces bajo administración otomana: “El Gobierno de Su Majestad contempla con beneplácito el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y hará uso de sus mejores esfuerzos para facilitar la realización de este objetivo, entendiéndose claramente que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, o los derechos y el estatus político de los judíos en cualquier otro país. Estaré agradecido si usted hace esta declaración del conocimiento de la Federación Sionista”.


Un siglo de desposesión

Esta promesa, conocida con el nombre de “Declaración Balfour”, es un momento clave de la historia de Palestina, puesto que por primera vez el gobierno de una gran potencia se comprometía a apoyar al movimiento sionista, entonces ultraminoritario en las comunidades judías. La declaración Balfour sella la alianza entre sionismo e imperialismo, al mismo tiempo que sella la suerte de las y los palestinos, que son simbólicamente desposeídos de su tierra por una potencia colonial que la concede a un movimiento muchos de cuyos dirigentes no ocultan su intención de desposeerles de ella físicamente. Para el escritor Arthur Koestler, con la declaración Balfour, “una nación prometió solemnemente a una segunda el territorio de una tercera”.

Recordar, 100 años más tarde, la promesa británica, es recordar que para las gentes palestinas la lucha contra la desposesión no comenzó en 1967, tras la ocupación de Cisjordania y la franja de Gaza, ni siquiera en 1948, en el momento de la creación del Estado de Israel. El proceso de desposesión se extiende a lo largo de un siglo y, contrariamente a la mitología mantenida por el movimiento sionista y sus aliados, la resistencia palestina es anterior a las primeras guerras israelo-árabes, en particular la gran revuelta de 1936, aplastada conjuntamente por los británicos y las milicias armadas sionistas.


Discriminaciones estructurales

La declaración Balfour inscribe en el lenguaje diplomático internacional la negación de los derechos nacionales de los y las palestinas, puesto que solo son mencionados sus derechos “civiles y religiosos”, y que son calificados, mediante un eufemismo destinado a negar su identidad, de “colectividades no judías”. Las y los 700 000 árabes de Palestina (más del 90% de la población) son reducidos al estatus de residentes sin derechos políticos, lo que valida a posteriori la tesis de dirigentes sionistas según la cual Palestina sería una “tierra sin pueblo”. 50 años más tarde, la dirigente israelí Golda Meir declarará, a propósito de los territorios ocupados por Israel: “¿Cómo podríamos entregar esos territorios? No hay nadie a quien entregárselos”.

Recordar 100 años más tarde la promesa británica es, así, comprender que la opresión y las discriminaciones coloniales sufridas por el pueblo palestino no son algo accidental sino producto de una larga historia. La resistencia palestina a este proceso de larga duración no ha cesado jamás, aunque haya que reconocer que el movimiento nacional atraviesa hoy una crisis histórica y que los y las palestinas hacen frente a una correlación de fuerzas considerablemente deteriorada. Una cosa es cierta: el apartheid israelí es un fenómeno estructural, que solo podrá ser abolido si los fundamentos mismos del Estado de Israel y su papel de puesto de vanguardia del imperialismo occidental en la región son analizados, denunciados y combatidos.

https://npa2009.org/idees/histoire/la-declaration-balfour-une-depossession-symbolique-ouvrant-la-voie-la-depossession

Hebdo L´Anticapitaliste -403 (02/11/2017)

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur


Mi patria nunca fue propiedad de Balfour y éste no tenía ningún derecho a dársela a nadie

Razmi Baroud

Cuando era un niño que crecía en un campo de refugiados de Gaza, esperaba el 2 de noviembre. Ese día, cada año, miles de estudiantes y de habitantes del campo bajaban a la plaza principal, blandiendo banderas palestinas y pancartas, para condenar la declaración Balfour.

Para ser sincero, tengo que decir que mi impaciencia estaba motivada sobre todo porque las escuelas cerraban ese día y que después de un corto pero sangriento enfrentamiento con el ejército israelí, volvería pronto junto a mi querida madre, comería algún chuche y vería los dibujos animados.

Entonces no tenía ninguna idea sobre lo que era realmente Balfour, y cómo su “declaración” de hacía tantos años había cambiado el destino de mi familia y, además, mi vida y la de mis hijos.

Todo lo que sabía, es que Balfour era una mala persona y que a causa de su terrible fechoría sobrevivíamos en un campo de refugiados, rodeados por un ejército violento y un cementerio, en perpetua expansión, lleno de “mártires”.


Ningún derecho a entregar mi patria a nadie

Decenios más tarde, el destino me llevaría a visitar la iglesia de Whittingehame, una pequeña parroquia en la que está enterrado Arthur James Balfour.

Mientras que mis padres y mis abuelos están enterrados en un campo de refugiados, un espacio cada vez más reducido, víctima de un asedio perpetuo y sufriendo inconmensurables dificultades, el lugar de reposo de Balfour es un oasis de paz y de calma. La pradera vacía alrededor de la iglesia sería suficientemente grande como para acoger a toda la gente refugiada de de mi campo.

Finalmente, he tomado plenamente conciencia de las razones por las que Balfour era una “muy mala persona”.

Primer Ministro de Gran Bretaña, luego Ministro de Asuntos Exteriores a partir del año 1916, Balfour prometió mi patria a otro pueblo. Una promesa realizada el 2 de noviembre de 1917 en nombre del gobierno británico, bajo la forma de una carta enviada al dirigente de la comunidad judía de Gran Bretaña, Walter Rothschild.

Entonces Gran Bretaña no controlaba Palestina, que formaba parte del imperio otomano. De todas formas mi patria jamás fue propiedad de Balfour y éste no tenía ningún derecho a entregársela tan negligentemente a nadie (…).


De los acuerdos Sykes-Picot a la declaración Balfour

Evidentemente, Balfour no actuaba a título personal. Ciertamente, la declaración lleva su nombre, pero él era en realidad el fiel agente de un imperio que tenía intenciones geopolíticas a gran escala, no solo para Palestina, sino para Palestina en tanto que parte de un entorno árabe más amplio.

Justo un año antes, había sido elaborado otro documento siniestro, aunque en secreto. Había sido aprobado por otro diplomático británico de alto rango, Mark Sykes y, en nombre de Francia, por Fançois Georges-Picot. Los rusos fueron informados del acuerdo, pues recibían también una parte del pastel otomano.

El documento indicaba que cuando los otomanos fueran aplastados, sus territorios -entre ellos Palestina- serían divididos entre las futuras partes victoriosas.

El acuerdo Sykes-Picot, igualmente conocido con el nombre de Acuerdo para Asia Menor, fue firmado en secreto hace un siglo, dos años después del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Revelaba la naturaleza brutal de las potencias coloniales, que consideraban raramente la tierra y sus recursos relacionados con quienes vivían sobre esa tierra y poseían esos recursos (…).

Los mandatos británicos y franceses fueron establecidos sobre entidades árabes divididas, mientras que Palestina fue entregada al movimiento sionista un año más tarde, cuando Balfour transmitió la promesa del gobierno británico, condenando a Palestina a un destino hecho a base de guerra y de inestabilidad perpetuas.

Promesas condescendientes y mentiras

La idea de los “pacificadores” y “honrados negociadores” occidentales, omnipresentes en todos los conflictos de Medio Oriente, no es nueva. La traición británica a las aspiraciones árabes remonta a hace decenios. Los británicos han utilizado a los árabes como peones en su gran juego contra sus rivales coloniales, para luego traicionarles a la vez que se presentaban como amigos cargados de regalos para ellos.

Esta hipocresía no ha sido jamás tan puesta en evidencia como en el caso de Palestina. Desde la primera ola de migración judía sionista a Palestina en 1882, los países europeos facilitaban la instalación de los colonos y de sus recursos, mientras que se establecían numerosas colonias, grandes y pequeñas. Cuando Balfour envió su carta a Rothschild, la idea de una patria judía en Palestina era por tanto ya creíble.

Sin embargo, se habían hecho numerosas promesas condescendientes a los árabes durante los años de la Gran Guerra, cuando la autoproclamada dirección árabe tomaba partido favorable a los británicos en su guerra contra el imperio otomano. Se prometió entonces a los árabes una independencia inmediata, incluso para los palestinos.

La idea dominante entre los dirigentes árabes era que el artículo 22 del pacto de la Sociedad de Naciones debía aplicarse a las provincias árabes dirigidas por los otomanos. Se les había dicho a los árabes que sus derechos serían respetados en tanto que “misión sagrada de civilización”, y que sus comunidades serían reconocidas como “naciones independientes”.

Cuando las intenciones de los británicos y sus lazos con los sionistas se hicieron demasiado evidentes, los palestinos se rebelaron, una rebelión que, un siglo más tarde, no ha cesado, pues las atroces consecuencias del colonialismo británico y de la toma de control total de Palestina por los sionistas siguen presentes tras todos estos años (…).


Una desigualdad original que se perpetúa

De hecho, esta historia continúa actualizándose cada día: los sionistas han reivindicado Palestina y la han denominado “Israel”; los británicos continúan apoyándoles, sin dejar nunca de halagar a los árabes; el pueblo palestino sigue siendo una nación territorialmente fragmentada: en los campos de refugiados, en la diáspora, bajo ocupación militar o tratados como ciudadanos de segunda en un país en el que sus antecesores han vivido desde tiempo inmemorial.

Si Balfour no puede ser hecho responsable de todas las desgracias que han golpeado al pueblo palestino desde que hizo pública su corta pero tristemente célebre carta, la idea que su “promesa” encarnaba -un desprecio total de las aspiraciones del pueblo árabe palestino- ha sido transmitida de una generación de diplomáticos británicos a otra, de la misma forma que la resistencia palestina al colonialismo es transmitida de generación en generación.

En un texto publicado en el Al-Ahram Weekly y titulado “Verdad y reconciliación”, el añorado profesor Edward Said escribió: “Nunca la declaración Balfour ni el mandato concedieron específicamente a los palestinos derechos políticos en Palestina, solamente derechos civiles y religiosos. La idea de una desigualdad entre judíos y árabes fue así construida inicialmente por la política británica, luego por las políticas israelíes y estadounidenses”.

Esta situación de desigualdad prosigue, y con ella la perpetuación del conflicto. Lo que los británicos, los primeros sionistas, los americanos y los gobiernos israelíes siguientes no han comprendido nunca y continúan ignorando, para su desgracia, es que no puede haber paz en Palestina sin justicia y sin igualdad, y que las y los palestinos continuarán resistiendo mientras sigan en pie las razones que estuvieron en los orígenes de su rebelión hace cerca de un siglo.

https://npa2009.org/idees/histoire/ma-patrie-na-jamais-ete-propriete-de-balfour-et-il-navait-aucun-droit-de-la

Artículo publicado originalmente en inglés en http://www.aljazeera.com/indepth/features/2016/11/britain-destroyed-palestinian-homeland-161102054348710.html

 


Entrevista con Michèle Sibony, de la Unión Judía Francesa por la Paz (UJFP).

Colonialismo y antisemitismo asociados prometieron un hogar nacional judío en Palestina

Julien Salingue

Estamos en noviembre de 2017, es decir, 100 años después de la declaración Balfour. ¿Cómo comprender, con perspectiva, esta decisión del gobierno británico?

En 1917, la Primera Guerra Mundial y la revolución rusa inquietaban a Gran Bretaña. Los acuerdos Sykes-Picot firmados en 1916 ratifican el reparto del Medio Oriente otomano entre Francia y Gran Bretaña, y prevén un estatus internacional para Palestina. Gran Bretaña cree en el “poder judío”: numerosos textos de políticos de la época dan fe de ello. Satisfacer a los judíos estadounidenses permitiría obtener la ayuda militar americana rechazada a la Triple Entente, satisfacer a los judíos rusos muy presentes en la revolución permitiría a Rusia seguir en guerra, se reforzaría la posición de Gran Bretaña en el Oriente árabe, en particular sobre el Canal de Suez, frente a una Francia que reivindica también Palestina como parte de la Gran Siria. La promesa Balfour se presenta por tanto como un mensaje enviado a los judíos del mundo entero siendo a la vez una forma de acuerdo de subcontratación propuesto a los sionistas judíos para mantener o posicionar sus intereses imperialistas.

Por otra parte, Balfour igual que Lloyd George crecieron en un entorno evangelista, a la vez antisemita y mileranista: la llegada mesiánica pasa por la vuelta de los judíos a la tierra bíblica. En fin, como para todas las potencias coloniales de la época, los “indígenas” no tienen estrictamente ninguna importancia a ojos de la potencia imperial. Colonialismo y antisemitismo asociados harán así la promesa de un hogar nacional judío en Palestina. Lord Montagu en su “memorándum sobre el antisemitismo actual del gobierno británico” no se engaña, y asume que “los turcos y los demás musulmanes serán mirados en Palestina como extranjeros, exactamente de la misma forma que los judíos serán, tras esto, tratados como extranjeros en todos los países salvo en Palestina”.

¿En qué contribuyó la declaración Balfour a legitimar y desarrollar el movimiento sionista?

En realidad, en 1917 el sionismo era un movimiento ultraminoritario en el mundo judío, tanto en el europeo como en el ruso o el americano. Los judíos asimilacionistas, igual que los religiosos ortodoxos y los judíos revolucionarios estaban totalmente opuestos al sionismo. Los religiosos rechazan el nacionalismo que quiere reemplazar a la religión: a sus ojos, solo el mesías puede dar a los judíos la tierra de Israel. El Bund, sindicato judío en Rusia, Lituania y Polonia, primer partido judío en Polonia, reivindica el doy kait, es decir la lucha por la mejora de su condición en los países en los que las y los judíos se encuentran, y una antonomía nacional y cultural pero no territorial en un imperio ruso que desean que se transforme en una federación de los pueblos. Así, el sionismo es en primer lugar un colonialismo europeo y el antisionismo es en primer lugar un anticolonialismo judío. Los primeros y los más numerosos antisionistas fueron judíos… hasta la Segunda Guerra Mundial. Y no hablaremos aquí de los judíos orientales o del Magreb, ni reconocidos, ni concernidos, ignorados por el sionismo de aquella época. Cinco años después de la declaración Balfour, el mandato sobre Palestina confiado por la SDN en 1922 a Gran Bretaña, retoma íntegramente los términos de la promesa, y da una validación, en el derecho internacional, del sionismo como implantación “nacional” judía en Palestina. Por otra parte, la carta de la OLP de 1964 situaba el inicio del sionismo de Estado en la declaración Balfour, considerando de hecho que los judíos llegados antes de esa fecha a Palestina eran inmigrantes con vocación de convertirse en palestinos. Es lo que plantea su artículo 20, según el cual “la declaración Balfour, el mandato para Palestina, y todo lo que está fundado en ellos, son declarados nulos y sin efectos…”..

Los sionistas acabaron por volverse contra su padrino británico, hasta el punto de que hay quien ha hablado de una guerra de independencia como la que tuvo lugar en los Estados Unidos. ¿Es oportuna esta comparación?

El nacimiento del nacionalismo judío es uno de los fundamentos del sionismo, pero no forzosamente estatal. El sionismo estatal, que asume la concepción europea de la época sobre el Estado-nación, ignora los derechos indígenas como movimiento colonial europeo que es. Esto va a ocultar parcialmente, o en cualquier caso dar un carácter secundario, a la colonización de Palestina que se deriva de ello: cada pueblo en su tierra, un pueblo sin tierra en una tierra sin pueblo. La naturaleza colonial de sionismo será entonces invisibilizada para muchos (pero no para los pueblos árabes), y el sionismo será considerado como un nacionalismo local que entra en competencia con el nacionalismo palestino. Es así como lo que será presentado por el movimiento sionista como la guerra de independencia contra Gran Bretaña va a ocultar y borrar literalmente al ya activo movimiento indígena palestino de independencia, como esconde y borra la Naqba, la gran expulsión de 1948. De hecho, la retirada de Gran Bretaña deja en pie una nueva potencia colonial, Israel, que continuará defendiendo los intereses occidentales sobre los que no ha dejado de apoyarse. Se puede también recordar que 1947, el año del plan de reparto de Palestina, es tambén el de la partición de la India tras la retirada de Gran Bretaña… Y que ya en 1917 Balfour respondía a un Montagu que le preguntaba sobre la suerte que reservaba a Palestina: “Quiero crear un pequeño Ulster”.

100 años más tarde, recordar la declaración Balfour, es recordar que los problemas no comenzaron en 1967, ni siquiera en 1948. ¿Porqué es importante para comprender las realidades actuales?

La declaración Balfour constituye un momento clave en la inscripción del sionismo en el derecho internacional, cuyas etapas posteriores serán el mandato confiado por la SDN, luego el plan de división de 1947 de la ONU. El desprecio colonial que ha presidido a estas diferentes etapas ha permitido el desenraizamiento de un pueblo y la no toma en consideración de sus derechos. Si se considera el proceso de Oslo, difunto desde hace ya casi veinte años como el último avatar de esta gestión bajo tutela, se puede constatar que los derechos elementales del pueblo palestino no han sido preservados o defendidos, ni el derecho al retorno de los refugiados garantizado por la ONU, ni el estatus de Jerusalén-Este, ni siquiera la apariencia de reparto (muy desigual) referida al precedente plan de reparto de 1947. Todo esto mientras que la colonización de los territorios ocupados en 1967 prosigue, ante la indiferencia de las mismas naciones que impulsaron la creación del hogar nacional judío, iniciado por Gran Bretaña y la declaración Balfour. Si la declaración Balfour nos recuerda algo, es que el único proceso en curso desde la promesa, renovado constantemente, es el de la colonización continua del territorio palestino. La “solución” de hoy pasa por la descolonización de Israel como régimen colonial y el reconocimiento de derechos iguales a todos los habitantes actuales de Palestina.

Hebdo L´Anticapitaliste 403 (02/11/2017)

https://npa2009.org/idees/histoire/colonialisme-et-antisemitisme-associes-ont-donne-la-promesse-dun-foyer-national-juif

Traducción: Faustino Eguberri

Desastre kurdo: la independencia que siempre no fue

por Alfredo Jalife-Rahme//
En mi artículo postsísmico sobre cómo Israel apoya la secesión del Kurdistán para desestabilizar a Irán y Turquía(https://goo.gl/Sb48Mu), adelanté que la alta vulnerabilidad del Kurdistán iraquí radica en que se encuentra totalmente rodeado de países que pueden ser desestabilizados, lo cual beneficia enormemente a Israel, pero a costa de un elevado precio del pueblo kurdo, que puede volver a ser sacrificado en el altar de la geopolítica regional, como sucedió con el tratado de Sèvres de 1920.

Pues fue justamente lo que sucedió casi 100 años más tarde cuando Massoud Barzani, líder de la región kurda en el norte de Irak y prócer de su fugaz independencia, fue abandonado por Donald Trump (sucesor de los negociadores occidentales del Tratado de Sèvres).

En una fulgurante operación del ejército iraquí –curiosamente entrenado tanto por el Pentágono como por los pasdarán iraníes (Guardias Revolucionarios Islámicos Chiítas)– fue tomada la región de Kirkuk y su capital, con pletóricos yacimientos de hidrocarburos, ante la sorprendente huida de los combatientes kurdos, los legendarios peshmergas (que se arrojan a la muerte), a lo que no hicieron honor, y cayeron después de 12 horas casi sin combatir.

La independencia del Kurdistán iraquí –no se diga su efecto dominó en Irán, Siria y Turquía, con relevantes minorías kurdas (https://goo.gl/Fh5HV2)– quedó hecha añicos. Sin el petróleo de Kirkuk no es viable el estado independiente kurdo en el norte de Irak (https://goo.gl/vudtvp).

Con la hostilidad de todos los estados regionales islámicos fronterizos –en particular los no árabes: la sunita Turquía y la chiíta Irán– y con la sola excepción del apoyo envenenado de Israel, Erbil (con 5 millones de habitantes), capital del Kurdistán iraquí, se aisló de la realidad geoeconómica/geopolítica. Quizá el peor error de Barzani fue su obsceno meretricio con el Estado sionista, Israel, expoliador de tierras, derechos, vidas y sueños palestinos.

La gran mayoría de los analistas se equivocó al sobrestimar la valentíade los peshmergas y al subestimar al ejército central iraquí, después de su previa derrota humillante ante los yihadistas en Mosul: ciudad plural del norte de Irak, con mayoría árabe e importante presencia de asirios cristianos que hablan el arameo (el idioma de Cristo) y de caldeos católicos.

Con la ignominiosa derrota de los peshmergas, Kirkuk es hoy compartida por tres diferentes grupos étnicos y religiosos: los árabes semitas, los turcomenos (de origen turco-mongol y que aquí en su mayoría son chiítas) y los cristianos asirios/arameos/caldeos semitas. El triunfo de los turcomenos chiítas, casi la mitad de la población de Kirkuk, resume la nueva alianza entre la Turquía sunita y el Irán chiíta contra la balcanización de los pueblos kurdos inducida por Israel.

Israel y Trump sufren dos derrotas humillantes con la pérdida de la plaza petrolera de Kirkuk, destinada esquemáticamente a los kurdos.

Debka Weekly (número 774), portal desinformativo del Mossad, se desvive explicando teorías conspirativasentre los mismos kurdos y la traición del grupo Talabani, tradicional enemigo de los Barzani (vinculados a la CIA y al Mossad).

La narrativa hilarante de Debka eleva a dimensiones sobrehumanas al legendario general Qassem Soleimani, jefe de la rama de élite expedicionaria Qods, dependiente de los pasdarán jomeinistas. Días antes, Trump había despotricado en forma grotesca contra los pasdarán y el mismo Soleimani, para complacer a su yerno, el israelí-estadunidense Jared Kushner, y a su supremo aliado, el premier Benjamin Netanyahu. Trump obtuvo días más tarde su respuesta en Kirkuk, con la entrada triunfal de su vilipendiado general Soleimani.

Los británicos entienden mejor la geopolítica que sus maniqueos/lineales alumnos de Estados Unidos. David Gardner colige perfectamente la hipercomplejidad no-lineal de las arenas movedizas del Medio Oriente y sostiene que la captura de Kirkuk y la derrota de Barzani, aliado de Israel, debe ser vista como parte de la competencia geopolítica entre Irán y Estados Unidos(https://goo.gl/MpvJCA).

Otro británico muy sagaz, Patrick Cockburn, apunta que los kurdos perdieron 40 por ciento del territorio que controlaron previamente, mientras la geografía política del norte de Irak será transformada, en detrimento de los kurdos. Sin campos petroleros bajo su control –reservas de 45 mil millones de barriles de petróleo y 150 millones de millones (trillones anglosajones) de metros cúbicos de gas, con una exportación de 600 mil barriles diarios (https://goo.gl/3hni88)–, los kurdos pierden su independencia económica.

El premier iraquí Haider al Abadi –chiíta árabe semita– consigue su segundo triunfo fenomenal este año: la captura de Mosul contra los yihadistas sunitas y la derrota de los peshmergas sunitas kurdos. Curioso: los dos grupos derrotados por el chiíta premier iraquí son sunitas, mientras se expande el proyectado Creciente Fértil chiíta del C4+1 (Irán, Irak, Siria, Hezbolá+Rusia; https://goo.gl/ZKN3CX).

Para el analista británico filorruso Alexander Mercouris, el plan C de Trump se frustró en Irak: “Estados Unidos fracasó en conseguir el cambio de régimen en Siria (plan A) y falló en catalizar la balcanizacion de Siria sobre líneas sectarias (plan B; https://goo.gl/M7EhyS), y ahora buscaba usar a los kurdos para desestabilizar tanto a Irak como a Siria” (https://goo.gl/ce4Wq8) con el fin de frenar la influencia creciente de Irán y de alienar a Turquía. Le salió el tiro por la culata a Trump, ya que lo único que consiguió es alinear a Irán, Turquía, Siria e Irak, mientras aisló a los kurdos.

Mercouris comenta que en los recientes dos años se ha demostrado que “los rusos son los maestros (sic) de la estrategia militar y tecnología en el Medio Oriente, y que los iraníes son los maestros (sic) indiscutibles de operaciones encubiertas, con su excepcional conocimiento de la región, mediante sus diversas agencias de espionaje y seguridad”.

En forma interesante, Mercouris aduce que la debacle del plan C exhibe el rápido declive del poder estadunidense en el Medio-Oriente: Trump –quien, a instigación de su aliado supremo Netanyahu, descertificó en forma unilateral e insensata el acuerdo nuclear del P5+1 con Irán (https://goo.gl/LCV7u6)– se está aislando, mientras Irán, el supuesto marginado, sancionado y vituperado, exhibe excelentes relaciones con Turquía, Siria, Irak y Pakistán, así como los países centroasiáticos. Le faltó agregar a Líbano.

El Pentágono mantiene 10 mil soldados en Irak y es aliado de Bagdad en el combate contra los yihadistas, quienes ahora se encuentran en franca retirada en Siria e Irak. ¿Para resucitar en el sudeste asiático?

¿Se inclinaron tanto el Pentágono como Rex Tillerson, secretario de Estado y ex mandamás de ExxonMobil, por los más pletóricos y lucrativos yacimientos petroleros del sur chiíta iraquí, en detrimento del menor yacimiento de Kirkuk, el cual hubiera sido otorgado a los kurdos sunitas no árabes por los intereses de Israel para su abasto? ¿Tuvo miedo Trump a un alza descomunal del petróleo, que hubiera beneficiado a Rusia, por lo que prefirió laisser-fairea Irán?

El marxismo, la primavera árabe y el fundamentalismo islámico

por Joseph Daher//

El proceso revolucionario en Oriente Medio y el Norte de África (OMNA) ha conocido un periodo de derrotas y reveses desde los días gloriosos de 2011.[1] Las fuerzas progresistas y democráticas han quedado o están quedando atrapadas entre dos fuerzas contrarrevolucionarias –los regímenes existentes y diversas ramas del fundamentalismo islámico– y sus valedores imperiales y regionales. Los regímenes eran y siguen siendo la principal amenaza para las revueltas. Al mismo tiempo, los movimientos fundamentalistas islámicos deben considerarse una fuerza política esencialmente reaccionaria en toda la región.

Esta función contrarrevolucionaria exige revisar gran parte de los análisis y del enfoque estratégico de la izquierda con respecto al fundamentalismo islámico. La izquierda debe adoptar una posición independiente tanto con respecto a los regímenes existentes como a los fundamentalistas islámicos, sobre la base de un programa de democracia, justicia social, igualdad y liberación y emancipación de los oprimidos.

¿Por qué empleamos el término “fundamentalismo islámico”?

Organizaciones como el llamado Estado Islámico (EI),[2] Al Qaeda, las diversas ramas de los Harmanos Musulmanes (HM) e Hezbolá tienen diferencias desde el punto de vista de su formación, desarrollo, composición y estrategia. Sin embargo, tienen en común un proyecto político, pese a la importancia de sus diferencias. Como señala el académico y comentarista marxista Gilbert Achcar, todas las variantes del fundamentalismo islámico comparten un objetivo común reccionario y sectario: establecer “un Estado islámico basado en la sharía[3] que preserve el orden capitalista neoliberal existente.

Esto es lo que une a los fundamentalistas islámicos desde su ala gradualista hasta la yihadista. Así, por ejemplo, el ex viceguía supremo de los HM egipcios, Muhamad Jairat al Shater, declaró en marzo de 2011, tras el derrocamiento del entonces presidente Hosni Mubarak:

Los Hermanos trabajan por restaurar el islam en su concepción omnímoda en las vidas de la gente y creen que esto solo se materializará a través de una sociedad fuerte. Por tanto, la misión está clara: restaurar el islam en su concepción omnímoda; someter al pueblo a Dios; instituir la religión de Dios; la islamización de la vida, empoderando la religión de Dios; establecer el renacimiento de la umma [comunidad de fieles] sobre la base del islam… Así hemos aprendido [a empezar] a construir el individuo musulmán, la familia musulmana, la sociedad musulmana, el gobierno islámico, el Estado islámico global.[4]

De un modo similar, el partido fundamentalista chií libanés Hezbolá (fundado oficialmente en 1985) ha expresado reiteradamente su punto de vista de que un Estado islámico es su sistema político preferido. Sin embargo, señala que debido al acuerdo constitucional del país, que reparte el poder político entre confesiones y etnias, este objetivo es impracticable en estos momentos. Claro que esto no ha impedido que Hezbolá se opusiera a varias propuestas de secularización del Estado libanés, tachándolas todas de antiislámicas.[5] Por ejemplo, ha denunciado el matrimonio civil por considerarlo “una implantación del ateísmo”.[6]

Los grupos fundamentalistas islámicos aplican diferentes estrategias y tácticas para alcanzar sus objetivos. Como señala Achcar, “algunos siguen una estrategia gradualista de relizar su programa primero en la sociedad y después en el Estado, mientras que otros recurren al terrorismo o al establecimiento de un Estado por la fuerza, como es el caso del llamado Estado Islámico”.[7] Los gradualistas, como los Hermanos Musulmanes, Hezbolá o Dawa en Irak participan en elecciones y en las instituciones estatales existentes. En cambio, los yihadistas, como Al Qaeda y el Estado Islámico (EI), consideran a aquellos no islámicos y recurren en su lugar a tácticas de guerrilla o terroristas con la idea de hacerse finalmente con las riendas del Estado. Entre los yihadistas hay debates y divisiones sobre tácticas y estrategias para lograr su objetivo de establecer un Estado islámico. En diversos contextos y periodos históricos, las distintas corrientes han colaborado ocasionalmente entre ellas y en otros momentos han competido o incluso chocado entre sí.

A pesar de sus diferencias estratégicas, todas ellas comparten un programa político y una visión de la sociedad de cariz reaccionario y autoritario. Esto se ve claramente en su actitud hacia las mujeres. Todas las tendencias del fundamentalismo islámico promueven una visión sexista que apoya el predominio del hombre y somete a las mujeres a un papel subordinado en la sociedad. Ante todo, reducen la función primordial de la mujer a la “maternidad” y, en particular, a la tarea de inculcar los principios islámicos a la siguiente generación. Imponen una forma de vestir y un comportamiento que supuestamente preservan el honor de las mujeres y de la familia.

Cualquier desviación de estas normas y restricciones la consideran una concesión al imperialismo cultural occidental. Por ejemplo, el líder de la República Islámica de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, ha advertido contra la adopción de la versión occidental de la igualdad de género, afirmando que ha llevado a la corrupción.[8] Los HM de Egipto denunciaron un informe de 2013 de Naciones Unidas que instaba a los Estados a reconocer la violación marital como un crimen, a asegurar la igualdad entre hombres y mujeres en materia de matrimonio, divorcio y herencia y a poner fin a la poligamia y la dote, calificándolo de intento de “socavar la moral islámica y destruir la familia”.[9] Estas “restricciones conservadoras del papel de las mujeres”, señala Adam Hanieh, “son un componente integral de unos objetivos contrarrevolucionarios más amplios”, concluyendo con razón que “la posición de las mujeres constituye por tanto un barómetro clave de la salud del proceso revolucionario”.[10]

Los fundamentalistas islámicos sostienen puntos de vista similares con respecto a las poblaciones LGBTQ. Por ejemplo, el líder de Hezbolá, Hasán Nasralá, ha acusado a los homosexuales de “destruir las sociedades”. Ha calificado a las personas LGBTQ de importación extranjera que amenaza a la sociedad islámica con la desviación moral y estilos de vida extraños.[11] De modo similar, el salafista egipcio jeque Yusef Qardaui, toda una referencia para los HM, ha calificado repetidamente a las personas LGBTQ de “pervertidas sexuales” y reclamado su castigo colectivo, incluida la pena de muerte.[12]

Finalmente, los movimientos fundamentalistas islámicos han atacado a minorías religiosas en sus países y propalado discursos y comportamientos sectarios contra ellas. El EI ha llevado a cabo, por ejemplo, campañas de asesinatos, violencia y represión contra cristianos, yazidíes y otras minorías religiosas en los territorios que ocupaba en Irak y Siria y lanzado ataques terroristas contra los coptos en Egipto y los chiíes en Irak.

Mientras que los fundamentalistas islámicos comparten esta ideología reaccionaria, los socialistas han de discernir las diferencias entre las corrientes gradualistas de movimientos fundamentalistas islámicos como Hezbolá y los HM por un lado, y los grupos yihadistas como Al Qaeda y el EI por otro. No son lo mismo y los socialistas han de tratarles de modo distinto. Cabe imaginar una unidad de acción con las tendencias gradualistas en determinados contextos en torno a objetivos concretos y puntuales. Los socialistas pudieron colaborar, y lo hicieron, con los HM en la plaza Tahrir en El Cairo durante los 18 días de movilización masiva contra Mubarak. Sin embargo, es del todo imposible plantearse colaboraciones similares con Al Qaeda y el EI. En Siria, estos grupos han atacado a activistas por propagar consignas no sectarias y democráticas.[13]

Al mismo tiempo, los socialistas no deben tratar de establecer alianzas políticas duraderas con las corrientes gradualistas de los movimientos fundamentalistas islámicos, en particular si estas son mucho más importantes. El peligro en esta situación es que los socialistas se colocarán bajo la férula de un movimiento reaccionario más poderoso y, en lugar de quitarle adherentes, en el mejor de los casos no hará más que proporcionarle cobertura de izquierda, en detrimento del crecimiento de la izquierda como alternativa.

Fundamentalismo islámico, islam e islamofobia

No obstante, los socialistas deben tener cuidado de no confundir el islam con el fundamentalismo islámico. Más bien debemos establecer una distinción muy clara entre la religión musulmana y los grupos fudamentalistas. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de caer en la islamofobia, fomentada por las clases dominantes norteamericanas y europeas y sus medios de comunicación. La islamofobia es una forma de fanatismo religioso combinado con racismo dirigido contra la población musulmana.

Las potencias imperialistas han utilizado cada vez más la islamofobia, desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, para justificar su llamada “guerra contra el terrorismo”. Conciben la situación como un “choque de civilizaciones” entre un “Occidene cristiano/laico, civilizado y democrático” y un “mundo musulmán” bárbaro y violento. Los marxistas deben combatir esta islamofobia, defendiendo en cambio la libertad religiosa y al mismo tiempo el derecho de autodeterminación de los grupos oprimidos. En su Crítica del programa de Gotha, Marx sostuvo que debemos rechazar la intervención del Estado en asuntos de confesión y culto.[14] Por consiguiente, entendemos las normas sobre el uso del velo, bien sea impuesto por los fundamentalistas, bien restringido por la ley en Europa, como una medida reaccionaria que atenta contra el derecho de autodeterminación de las mujeres.

También debemos rechazar la idea islamófoba de que las raíces del EI, Al Qaeda, Boko Haram y otros fundamentalistas se encuentran en el Corán. Estos grupos y sus acciones han de analizarse como fruto de las condiciones sociales, económicas y políticas internacionales y locales actuales, no de un texto escrito hace 1400 años. ¿Acaso explicamos la invasión estadounidense de Irak por las creencias religiosas de George Bush (quien dijo que Dios le ordenó en un sueño que invadiera Irak)? Desde luego que no. En vez de ello, explicamos la guerra de Bush, sus motivos y su justificación ideológica como productos del imperialismo estadounidense.

Por tanto, es necesario que los marxistas analicen los grupos fundamentalistas islámicos a la luz de la dinámica socioeconómica que los genera y contemplen su programa como un intento de aportar soluciones reaccionarias a problemas reales de la sociedad. En su artículo “Actitud del partido obrero hacia la religión”, escrito en 1909, el revolucionario ruso Vladímir Lenin afirmó que si no aplicamos este método del materialismo histórico, los marxistas no harán más que reflejar el método equivocado de los ideólogos burgueses que explican la religiosidad por la supuesta ignorancia de las masas o alguna característica mística imputada a todo un pueblo.[15] Tales enfoques conducen ahora a la sustanciación del “otro”, en este caso el “musulmán”.

Las raíces del fundamentalismo islámico

¿Cuáles son las raíces del fundamentalismo islámico? Lo primero que hay que señalar es que dicho fundamentalismo es un fenómeno internacional, no exclusivo de Oriente Medio ni de otras sociedades cuya población es predominantemente musulmana. Hemos visto desarrollarse corrientes políticas similares, como el fundamentalismo cristiano, el fundamentalismo hindú y el fundamentalismo judío en Israel, todas ellas con su propia variante de política de derechas. Sin embargo, ninguno de ellos, a pesar de su deseo de volver a una antigua edad de oro, debe considerarse un elemento fosilizado del pasado. Puede que empleen símbolos y narrativas de periodos pretéritos, pero todos estos fundamentalismos son producto de sociedades modernas.[16]

Es interesante observar que en todo el mundo los movimientos religiosos fundamentalistas y conservadores apoyan políticas neoliberales y promueven labores caritativas, lo que lleva a algunos estudiosos a hablar de “una santa alianza entre neoliberales y fundamentalistas religiosos”, que podría calificarse de “neoliberalismo religioso”.[17]

El fundamentalismo islámico surgió en la situación política y económica específica de Oriente Medio, donde las potencias imperialistas han influido de manera esencial y continuada en los Estados y en la política económica de la región. Tras el descubrimiento de petróleo en las décadas de 1920 y 1930 en los países del Golfo, especialmente en Arabia Saudí, las potencias imperialistas pasaron a contemplar la región como un trofeo material que había que ganar. Como señala Adam Hanieh, estas potencias consideraron que la región desempeñaría “un papel potencialmente decisivo en la determinación de la suerte del capitalismo a escala global”.[18]

Las potencias imperialistas occidentales, principalmente EE UU, contribuyeron de un modo determinante a configurar los Estados rentistas de la región, especialmente los Estados del Golfo como Arabia Saudí, que obtienen ingresos cediendo su petróleo y su gas natural a compañías petroleras internacionales. Desde la década de 1980, estos Estados han adoptado un modelo neoliberal centrado en la inversión especulativa, en busca de beneficios rápidos, en los sectores improductivos de la economía, como el inmobiliario.

EE UU ha utilizado su asociación estratégica con Irán (hasta la caída del sha en 1979), Israel y Arabia Saudí para dominar la región. Les apoyó en su enfrentamiento con regímenes nacionalistas árabes como el de Egipto bajo Gamal Nasser, la izquierda comunista regional y diversas luchas populares y nacionales, que en general aspiraban a una mayor soberanía, justicia social e independencia de sus países de la dominación imperial. En el marco de este esfuerzo, Arabia Saudí fomentó y financió varios movimientos fundamentalistas islámicos suníes, sobre todo a los HM, para contrarrestar a los nacionalistas y a la izquierda.

Con la ayuda de sus aliados en la región, inclusive Arabia Saudí y Pakistán, EE UU se gastó, a partir de 1979, millones de dólares en instruir y armar a combatientes y grupos fundamentalistas islámicos. Apoyaron a tales grupos en Afganistán con el fin de debilitar a su gran enemiga de la guerra fría, la Unión Soviética. Así es cómo nació Al Qaeda. El imperialismo estadounidense ayudó a crear el ala más extremista del fundamentalismo islámico, que más tarde se volvería contra Washington.

Israel utilizó una estrategia similar en los territorios ocupados de Palestina, especialmente en la Franja de Gaza, reprimiendo a las fuerzas nacionales y progresistas de la Organización por la Liberación de Palestina (PLO) mientras hacía la vista gorda ante la expansión de los competidores fundamentalistas islámicos. El derrocamiento del régimen del sha a raíz de la revolución iraní y el subsiguiente establecimiento de la República Islámica de Irán en 1979 impulsaron el crecimiento de movimientos fundamentalistas chiíes en la región.

La crisis de los regímenes nacionalistas árabes dejó vacío un espacio en que pudieron florecer los movimientos fundamentalistas. Egipto y otros países abandonaron sus anteriores políticas sociales radicales y su antiimperialismo por dos razones fundamentales. En primer lugar, sufrieron una derrota a manos de Israel. En segundo lugar, sus modelos de capitalismo de Estado comenzaron a estancarse. A resultas de ello, optaron por al acercamiento a los países occidentales y sus aliados del Golfo y abrazaron el neoliberalismo, anulando muchas de las reformas sociales que les habían granjeado las simpatías de los trabajadore y campesinos. A cambio, estos regímenes presionaron al movimiento nacional palestino para que llegara a un acomodo con Israel. Al mismo tiempo, todos los regímenes nacionalistas árabes y otros, como Túnez, apoyaron deliberadamente a movimientos fundamentalistas islámicos o permitieron que se desarrollaran frente a los movimientos de izquierda y nacionalistas. En Egipto, por ejemplo, tras la muerte de Nasser en 1970, el nuevo régimen encabezado por Sadat estableció una alianza tácita con los HM contra las fuerzas nacionalistas y progresistas del país.

El último fenómeno significativo que impulsó el ascenso del fundamentalismo fue la creciente rivalidad política entre Arabia Saudí e Irán. Cada gobierno instrumentalizó a su propio fundamentalismo sectario para lograr sus objetivos contrarrevolucionarios. En primer lugar, lo utilizaron para desviar a las clases populares de la reivindicación de sus propios objetivos políticos y socioeconómicos y, cuando crecía la oposición popular, trataron de dividirla y desviarla hacia posiciones sectarias. En segundo lugar, utilizaron el fundamentalismo para movilizar el apoyo tanto dentro de sus respectivos países como en el bloque de sus competidores a fin de incrementar su poder en la región. Estas fueron las condiciones materiales históricas modernas que dieron pie al fundamentalismo islámico tanto chií como suní.

La base social del fundamentalismo islámico

La base social histórica del fundamentalismo islámico desde comienzos del siglo XX es la pequeña burguesía. Por supuesto, las formaciones fundamentalistas de cada país tienen su propia historia particular, pero todas ellas tienen en común sus raíces en diversos elementos de la pequeña burguesía. En Egipto, por ejemplo, creció entre los elementos rurales de esta clase que emigraron a las ciudades al amparo de los cambios económicos y sociales de las décadas de 1960 y 1970. Una vez urbanizadas en los años 80 y 90, sus dirigentes pasaron a proceder cada vez más de sectores profesionales como médicos, ingenieros y abogados. Aumentó su número de adherentes entre la juventud educada que se quedó sin futuro cuando los regímenes respectivos adoptaron el neoliberalismo.[19]

Como ocurre con la pequeña burguesía en general, las organizaciones fundamentalistas islámicas se ven atraídas en dos direcciones opuestas: hacia la rebelión contra la sociedad existente y hacia el compromiso con ella. Cualquiera que sea la opción, su proyecto reaccionario no ofrece ninguna solución a los sectores del campesinado y de la clase obrera que se acercan a ellas. Los partidos fundamentalistas islámicos pretenden restablecer la umma, una entidad político-religiosa que reúna a todos los musulmanes por encima de las diferencias que los dividen actualmente. Por eso, para ellos la lucha de clases es negativa porque fragmenta a la umma.

Con el tiempo, la dirección pequeñoburguesa de los fundamentalistas ha ido estrechando lazos con la burguesía, pese a su intento de preservar su base de apoyo interclasista. Arabia Saudí ha desempeñado un papel crucial en este proceso, facilitando a los HM egipcios y a otros grupos un acceso privilegiado a oportunidades de negocio y de empleo durante el auge petrolero de los años 70 y 80. Esta situación aceleró el proceso de aburguesamiento del movimiento fundamentalista, y cada vez más capitalistas comenzaron a desempeñar el liderazgo dentro del mismo.[20] Los servicios secretos egipcios identificaron alrededor de 900 empresas pertenecientes a miembros de los HM de aquel país.[21]

En Líbano, Hezbolá experimentó una transformación similar. Originalmente tenía líderes y cuadros pequeñoburgueses que atraían a una base social popular entre las clases medias y las capas pobres chiíes. Con el tiempo, una fracción chií de la burguesía en Líbano y en la diáspora fue adquiriendo cada vez más influencia en el partido. Ahora, Hezbolá cuenta con una importante base de apoyo entre hombres de negocios chiíes y en la clase media alta, especialmente profesionales de elite.

Sus fuentes de financiación cada vez más de origen burgués explican el apoyo de los fundamentalistas al sistema capitalista y su actual régimen de acumulación neoliberal. Reciben donaciones o solo de varios Estados, sino también donativos religiosos de particulares (el zakat) a través de redes privadas de ectores burgueses y pequeñoburgueses de la sociedad. Por ejemplo, Hezbolá recibe gran cantidad de fondos de Irán y de la burguesía y pequeña burguesía chií libanesa.

Hezbolá también recibe “donaciones de individuos, grupos, comercios, empresas y bancos, así como de sus homólogos de países como EE UU, Canadá, América Latina, Europa y Australia”.[22] En virtud de su aburguesamiento, Hezbolá posee “docenas de supermercados, gasolineras, grandes almacenes, restaurantes, empresas constructoras y agencias de viajes”.[23]Podemos observar una dinámica similar en algunas ramas de los HM. Todo esto contribuye a integrar a los fundamentalistas en el orden existente.

Las tensiones entre la dirección cada vez más burguesa de los fundamentalistas, por un lado, y su base social en los sectores pequeñoburgueses y depauperados del campesinado y de la clase obrera, por otro, han generado contradicciones en su programa y sus actividades políticas. Por un lado, profesan un compromiso con la igualdad y la justicia social que abordan principalmente mediante proyectos de beneficencia de arriba abajo. Por otro, defienden principios económicos neoliberales y se oponen a los movimientos sociales de abajo, en particular al movimiento sindical.[24]

Estas contradicciones atraviesan toda la teoría y la práctica del fundamentalismo. Por ejemplo, el fundador de los HM de Siria, Mustafa al Sibai, dijo que “el socialismo del islam coduce necesariamente a la solidaridad de diversas categorías sociales y no a la guerra entre clases como el comunismo.”[25] Su libro escrito en 1959, El socialismo del islam, lanzó la idea de que la igualdad social puede lograrse apelando a la obligación moral del individuo a donar a los pobres en vez de implantar reformas gubernamentales y sociales como los impuestos progresivos, la nacionalización y el desarrollo de programas de bienestar social. La visión de Sibai de un socialismo islámico, sin embargo, no fue más que una maniobra puramente retórica destinada a contrarrestar la creciente influencia de los baasistas y comunistas sirios.[26]

Con el declive del nacionalismo árabe y de la izquierda, los pensadores fundamentalistas islámicos abandonaron esta retórica radical para afirmar cada vez más que la solución del problema de la pobreza se halla en el retorno a los valores y las tradiciones del islam. Rached Ganuchi, el líder de la rama tunecina de los HM, Al Nahda, señaló que “hemos de insistir en que la pobreza, a ojos del islam, está vinculada a la falta de fe” y añadió: “Nosotros [los movimientos fundamentalistas islámicos] somos los garantes de un determinado orden social y de un régimen económico liberal.”[27]

Podemos observar una tendencia similar por parte de figuras y movimientos del fundamentalismo islámico chií. Por ejemplo, durante la revolución iraní, Jomeini presentó el islam a través del cristal de la justicia social, elogiando a los pobres oprimidos y condenando a los ricos, a los codiciosos habitantes de palacios y a sus patronos extranjeros. Utilizó esta retórica para movilizar a la población urbana contra el régimen del sha, pero una vez Jomeini consolidó el nuevo régimen islámico y reprimió a sus competidores de la izquierda, dejó de lado su retórica igualitaria para ensalzar el mercado libre como pilar fundamental de la sociedad y encomiar la propiedad privada. Su definición de “los oprimidos” dejó de ser una categoría económica que abarcaba a las masas depauperadas para convertirse en una etiqueta política aplicada a los seguidores del nuevo régimen, incluidos los ricos comerciantes del bazar.[28] Asimismo afirmó que el régimen aspiraba a establecer relaciones armoniosas entre los patronos y los obreros y entre los terratenientes y los campesinos. El régimen incluso estableció que la reforma agraria no debería limitar la propiedad, pues tal restricción violaría el derecho a la propiedad privada consagrado en la sharía.

Neoliberalismo y beneficencia

Los fundamentalistas islámicos han apoyado políticas neoliberales y construido organizaciones de beneficencia para llenar el vacío dejado por la destrucción de los programas de bienestar social. Utilizan estas organizaciones para ganarse el apoyo de la gente a su proyecto reaccionario. Los HM de Egipto constituyen tal vez el mejor ejemplo de ello.[29] Hassan Malek, un hombre de negocios y figura ascendente del partido, declaró en 2012 que la política neoliberal del ex dictador Hosni Mubarak era correcta y que únicamente la corrupción y el nepotismo estropeaban su aplicación.[30] Reconociendo a un potencial aliado, el banco de inversión cairota EFG-Hermes organizó una reunión en junio de 2011 entre 14 fondos de inversión y el viceguía supremo de los HM, Jairat al Shater. Los inversores declararon que “estaban positivamente sorprendidos de descubrir que algunas de las ideas expresadas por los Hermanos eran prácticamente de naturaleza capitalista”.[31]

El partido libanés Hezbolá también defiende insistentemente políticas de libre mercado y la propiedad privada, pese a profesar igualmente objetivos de justicia social. Hezbolá ha apoyado medidas de privatización, liberalización y apertura a capitales extranjeros. Considera que esto no está en contradicción con su supuesto compromiso con la igualdad social, pese a la pobreza que causan esas políticas.

Los fundamentalistas utilizan organizaciones caritativas para paliar los efectos sociales del neoliberalismo. Aunque estas organizaciones no pueden acabar con la pobreza, los fundamentalistas las han utilizado para hacerse con la hegemonía sobre sectores populares.[32] A menudo han llegado a acuerdos con las administraciones públicas para destinar fondos a sus organizaciones benéficas que promueven principios islámicos. En Egipto, ahora que el Estado ha recortado los presupuestos sociales, los Hermanos Musulmanes han utilizado su gigantesca red de organizaciones para extender su mensaje fundamentalista entre las clases subalternas.

De un modo similar, Hezbolá se hizo con el liderazgo de la población chií libanesa mediante una combinación de conentimiento y coacción. Por un lado, ganó apoyos gracias a la prestación de servicios muy necesarios a amplios sectores de las capas populares chiíes y, por otro, mediante la represión de quienes desafiaban sus normas morales y dictados políticos. Combinó el consentimiento y la coacción a través de su predominio en la resistencia armada contra Israel. De este modo, Hezbolá logró establecerse, junto con su ideología fundamentalista, como la fuerza dominante entre los chiíes de Líbano.

Geopolítica, el fundamentalismo islámico y la primavera árabe

Potencias imperiales y regionales han utilizado a los fundamentalistas islámicos para ampliar su influencia y reducir la de sus oponenes en Oriente Medio. Irán ha respaldado a Hezbolá en Líbano y a otras organizaciones fundamentalistas islámicas chiíes como Al Dawa en Irak. Arabia Saudí apoyó a los HM hasta 1991 y posteriormente a diversos movimientos salafistas. Catar sustituyó a Arabia Saudí como principal patrocinador de los Hermanos a partir de 1991 y al mismo tiempo financia a otras organizaciones salafistas. Estos Estados capitalistas no apoyan a los fundamentalistas por motivos religiosos, sino con el fin de incrementar su poder en la región, debilitar a sus oponentes y controlar o reprimir a movimientos sociales democráticos desde abajo.

Por ejemplo, Catar utilizó a los HM durante las revueltas de la región OMNA para expandir su influencia política y económica en la región. Reconoció que los HM eran una alternativa segura a las estructuras decrépitas de los viejos regímenes. Esperaba sustituir a los antiguos dictadores por un aliado fundamentalista procapitalista. De este modo pretendía estabilizar la región después de las revueltas y extender su protagonismo regional a expensas de otros Estados del Golfo como Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos (EAU). Esto explica la reciente iniciativa de Arabia Saudí para aislar a Catar.

Las potencias imperialistas también han apoyado a grupos fundamentalistas para sus propios fines. EE UU estuvo a favor de la elección de los HM al gobierno en Egipto y Túnez durante las revueltas de la región, considerando que eran una vía para estabilizar y preservar el orden existente bajo un nuevo liderazgo y reconociendo que, en palabras de Tancredi en El Gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, “si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”.[33]

EE UU esperaba que los HM se ajustarían al precedente del partido Justicia y Desarrollo (AKP) de Recep Erdogan en Turquía. El régimen de Erdogan es procapitalista, a veces colabora con el imperialismo estadounidense y sin duda no lo cuestiona y permanece leal a la OTAN. Pero el AKP se diferencia de los HM en varios aspectos significativos. No es un partido fundamentalista islámico, sino conservador, nacionalista y autoritario. Así, en sus primeros años en el poder, antes de la oleada represiva tras el reciente intento de golpe de Estado, logró obtener el apoyo de sectores liberales e incluso de izquierdas de la sociedad por sus esfuerzos por reducir el poder del ejército en el país.

El AKP también llegó al poder en una situación no revolucionaria y fue capaz, al menos por un tiempo, de establecer una hegemonía más estable en el país. A resultas de estas diferencias, los HM en Egipto y Túnez no lograron sustituir a los antiguos regímenes y alcanzar la hegemonía entre las clases populares. No obstante, es significativo que EE UU viera en los HM una posible solución para estabilizar los Estados en Túnez y Egipto, amenazados por la revolución.

Ni “islamofascistas”…

El ascenso del fundamentalismo ha generado un enconado debate entre socialistas sobre cómo caracterizarlo y sobre el posicionamiento de la izquierda en relación con el mismo. Algunos socialistas, como el marxista egipcio Samir Amin, han calificado a diversas corrientes del fundamentalismo islámico, incluidos los HM, de “islamofascistas”. Amin arguye que el programa del islam político forma parte del tipo de fascismo que encontramos en sociedades dependientes. De hecho, tiene en común con todas las formas de fascismo dos características fundamentales: (1) la ausencia de un cuestionamiento de los aspectos esenciales del orden capitalista (lo que en este contexto equivale a no cuestionar el modelo de lumpendesarrollo asociado a la expansión del capitalismo neoliberal globalizado); y (2) la opción por formas de gestión política antidemocráticas, propias de un Estado policial (como la prohibición de partidos y organizaciones y la islamización forzosa de la moral y las costumbres).[34]

Esta definición es tan genérica que podría aplicarse a muchos de los regímenes autoritarios de la región, incluidos los supuestamente laicos, que dirigen economías rentistas y defienden políticas religiosas conservadoras. Como tal, no sirve para explicar el fascismo ni el fundamentalismo islámico. El fascismo es mucho más específico que la definición de Amin. Históricamente, el fascismo surge en el seno de la pequeña buguesía en periodos de profunda crisis social. Su propósito es proteger a la clase media frente a las dos clases principales del sistema capitalista: el gran capital y la clase obrera. Aunque utiliza una retórica anticapitalista, su objetivo principal es construir un movimiento de masas para atacar a la clase obrera y sus organizaciones, sofocar las libertades políticas en general y descargar las culpas en las poblaciones oprimidas.

El fundamentalismo islámico no es fascista. Como explica Achcar, la analogía con el fascismo deja de lado algunas diferencias importantes entre las dos corrientes y se centra únicamente en algunas características organizativas que son comunes a partidos muy diferentes basados en la movilización de masas y el adoctrinamiento, incluida la tradición estalinista. A diferencia del fascismo histórico, los HM no surgieron en países imperialistas en respuesta a la lucha de la clase obrera contra el capitalismo y con el fin de encarnar una versión más dura del imperialismo.[35]

Por ejemplo, los HM en Egipto se fundaron en 1928 en respuesta al colapso del imperio otomano, la ocupación británica y la expansión de ideologías laicas e influencias culturales extranjeras.[36] Los movimientos fundamentalistas de signo chií se extendieron desde Nayaf, en Irak, a través de redes clericales internacionales con el propósito de oponerse a ideologías y organizaciones laicas y comunistas. Esto es muy distinto del fascismo europeo.

Además, los movimientos fundamentalistas islámicos se proponen en general unificar la umma por encima de las fronteras territoriales y las diferencias étnicas. También pretenden resucitar un mítico sistema político del pasado, el califato. Esto contrasta profundamente con los movimientos fascistas, que desean definir nítidamente la nación en términos étnicos y construir un nuevo orden y una nueva civilización. Tampoco se puede llamar fascistas a los grupos yihadistas como el EI y Al Qaeda. Desde luego que son violentos, sectarios y tienen una visión totalitaria de la sociedad. Pero son muy diferentes del fascismo en sus orígenes y su naturaleza. Al Qaeda surgió como un producto del apoyo saudí, estadounidense y paquistaní a los rebeldes fundamentalistas que combatieron la ocupación rusa en Afganistán. Fue más tarde cuando se volvieron contra EE UU.

El EI surgió a raíz de la ocupación de Irak por EE UU. Fue una derivación de Al Qaeda en Irak, que resistió tanto a la ocupación estadounidense como al régimen fundamentalista chií instalado por EE UU y apoyado por Irán. Más tarde se extendió a Siria con el intento de establecer un califato islámico suní. Estas formaciones son hijas del imperialismo y de la contrarrevolución en Oriente Medio. No presentan los rasgos típicos del fascismo. No pretenden construir movimientos de masas. Ni el EI ni el antiguo grupo afiliado a Al Qaeda en Siria, Jabhat Al Nusra,[37] han organizado manifestaciones de masas, y mucho menos luchas populares de ninguna clase, ni siquiera cuando se han enfrentado a la oposición popular a su política reaccionaria.[38]Ambos operan principalmente como un ejército o una red terrorista y no como un movimiento político de masas con un brazo armado.

Partiendo de esta identificación equivocada del fundamentalismo como un movimiento fascista, Amin y otros han apoyado desastrosamente a los regímenes existentes en la región.[39] Lo hacen con la esperanza de que el Estado frene a los fundamentalistas. Esto ha dado resultados catastróficos, especialmente en Egipto, donde mucha gente de izquierda apoyó el golpe del general Abdel Fattah al Sisi contra los HM o icluso participaron en el gobierno provisional establecido tras el golpe de Estado de julio de 2013.[40] Como era de prever, el nuevo régimen ha practicado una represión generalizada y suprimido los derechos y libertades civiles, no solo para los HM, sino también para todos los posibles opositores, incluidos los revolucionarios laicos.

Asimismo, muchos militantes de izquierda han apoyado al régimen de Bachar el Asad como única alternativa a Al Qaeda y al EI. Con ello traicionaron a la revolución siria y se convirtieron en defensores de la contrarrevolución, que no se dirigió principalmente contra el EI o Al Qaeda, sino contra los revolucionarios, devastanto el país en el camino. El apoyo tácito o expreso de Amin y otros a dictadores como Sisi y Asad les presta una cobertura de izquierda para limitar y cerrar el espacio para que las fuerzas democráticas y progresistas puedan organizarse. Peor aún, proporciona un toque izquierdista a la justificación por el régimen de la represión como una “guerra contra el terrorismo” frente al “extremismo”, rehabilitando así la principal justificación de la actividad belicista global del imperialismo estadounidense.

Los socialistas no deberían elegir entre los dos polos de la contrarrevolución, y menos optar por el principal de ellos, que son los regímenes existentes. En vez de ello, la izquierda debe oponerse a las dictaduras, a su contrarrevolución, y encabezar la defensa de los derechos democráticos. En Egipto, por ejemplo, la izquierda, al tiempo que se niega a prestar apoyo político a los HM, debe oponerse a la represión ejercida por el gobierno de Sisi contra ellos. ¿Por qué? Porque Sisi ha utilizado, y seguirá utilizando, sus ataques contra los HM como precedente para cercenar el derecho de todos a organizarse, incluidas las fuerzas progresistas y democráticas. Así, defender los derechos democráticos de todos, incluidos los movimientos fundamentalistas islámicos gradualistas, como los HM, frente a la represión, es defender los derechos de los movimientos sociales, los sindicatos, las clases populares y la izquierda.

Asimismo, los socialistas deberín oponerse a todas las guerras lanzadas por los Estados con objetivos imperialistas, colonialistas y autoritarios, apoyando al mismo tiempo el derecho a la resistencia al imperialismo, independientemente de la ideología de quienes la dirigen. Por ejemplo, en el caso de las guerras emprendidas por Israel contra Líbano y la Franja de Gaza en el pasado, los socialistas deberían solidarizarse con los pueblos de estos dos territorios y apoyar el derecho a la resistencia, incluso de movimientos como Hezbolá y Hamás. No hacerlo supone que uno se coloca del lado del opresor en contra de los oprimidos. Sin embargo, tanto en el caso de la oposición a la represión como en el de la defensa del derecho a la resistencia, esto no debe traducirse en sembrar ilusiones o apoyar el proyecto político y el programa de formaciones fundamentalistas islámicas.

Los socialistas deben entender que ponerse del lado del orden existente no es enfrentarse al fundamentalismo islámico, sino preservar realmente las condiciones creadas por el imperialismo, la dictadura y el neoliberalismo que las establecieron. Únicamente podemos frenarlo construyendo una fuerza de izquierda y movimientos sociales por el cambio social progresista. Esto significa que los socialistas deben trabajar juntos con los grupos demócratas y progresistas sobre la base de la lucha por derribar los regímenes autoritarios, construir una alternativa a los fundamentalistas islámicos y acabar con el neoliberalismo y las consiguientes desigualdades de clase y opresiones sociales, desde el sectarismo hasta el machismo. Al mismo tiempo, debemos oponernos a las intervenciones contrarrevolucionarias de las potencias regionales e imperialistas.

… ni reformistas y antiimperialistas

Calificar el fundamentalismo islámico de fascista y apoyar a los regímenes existentes menoscaba el proyecto de construir una izquierda progresista e independiente. Una minoría de la izquierda ha intentdo presentar una alternativa a esto caracterizando a las organizaciones fundamentalistas islámicas gradualistas, como los HM, de reformistas e incluso antiimperialistas con las que la izquierda puede y debe colaborar en frentes únicos en determinadas condiciones.

Jad Bouharoun explica esta designación argumentando, por ejemplo, que no son reformistas “en el sentido marxista clásico de utilizar reformas para tratar de establecer el socialismo; tampoco pueden considerarse de naturaleza similar a los partidos socialdemócratas europeos”. Al mismo tiempo, utiliza el término reformista de una manera bastante elástica, que minimiza el carácter reaccionario del proyecto de los HM. Así, afirma que “son reformistas en la medida en que prometen a sus seguidores un cambio real mediante reformas del estado actual sancionadas por las instituciones”. Equipara los HM a la izquierda nasserista, calificándolos de “reformistas institucionales”.[41]

Anne Alexander también rechaza la analogía con la socialdemocracia. Por ejemplo, señala que ella y otras personas “nunca han afirmado que los HM tengan el programa o la base social de un partido socialdemócrata. El reformismo de los HM es expresión de sus contradicciones sociales internas, que los empujan continuamente entre la confrontación y el compromiso con el régimen, a menudo en contra del deseo de su dirección”.[42] Sin embargo, Alexander también ha comparado a Mohamed Morsi con el socialista reformista chileno Salvador Allende. “Morsi, por supuesto, repitió el error de Salvador Allende de nombrar al hombre que lo derribaría. Los reformistas socialdemócratas hacen todas estas cosas, o peores, en momentos de profunda polarización y lucha de clases”.[43]

Los intelectuales de izquierda que caracterizan a los HM de reformistas los comparan repetidamente con partidos socialdemócratas. Phil Marfleet, por ejemplo, afirma que su programa político de 2011 es una réplica de un “programa socialdemócrata universal; con excepción de las referencias a zakat y waqf, podría haber sido un programa reformista como el que presentan partidos en toda Europa”.[44] Así, los socialistas que califican de reformista el ala gradualista del fundamentalismo emplean el término de manera escurridiza, negando la analogía con la socialdemocracia, pero utilizándola repetidamente. En realidad, el programa de 2011 de los HM estaba lejos de ser socialdemócrata; era neoliberal. Las analogías repetidas con la socialdemocracia son probemáticas y engañosas.

En primer lugar, conviene dejar claro qué es y qué no es el reformismo. Originalmente, el reformismo socialdemócrata creía que era posible acceder a través de las urnas a posiciones de poder en el Estado burgués y utilizarlo para desmantelar el capitalismo y pasar a una sociedad socialista. En general, sus dirigentes no procedían de la clase capitalista, sino de las organizaciones sindicales y las profesiones liberales pequeñoburugesas, mientras que las bases eran en su gran mayoría de clase obrera.

El origen de clase de sus dirigentes, y especialmente el papel de los cuadros sindicales como negociadores con los capitalistas en las luchas obreras, conformaron su política y su práctica conservadoras. Tal como explica el marxista Ernest Mandel, los reformistas defienden sus propios intereses cuando institucionalizan la colaboración de clases. Estos intereses coinciden históricamente con la defensa del orden burgués. No coinciden necesariamente en todo momento con la defensa de los intereses inmediatos de la mayoría o siquiera la totalidad de la gran burguesía. Los burócratas reformistas aspiran a incrementar su “porción del pastel”.[45]

En las condiciones específicas del prolongado auge económico de posguerra, los partidos socialdemócratas y sus formas de “lucha” burocráticas lograron obtener salarios más altos, mejores prestaciones sociales, unas condiciones de trabajo estables y la ampliación del Estado de bienestar en Europa. Sin embargo, tras el estallido de la crisis en la década de 1970, los partidos reformistas ajustaron cada vez más sus políticas a la nueva situación de deterioro de las condiciones de vida y de trabajo. La burocracia sindical y los políticos reformistas en Europa no tenían entonces otra alternativa que pactar y hacer concesiones a la ofensiva patronal y gestionar las políticas de austeridad en el Estado capitalista.[46]

Los socialistas, por tanto, no deberían albergar ninguna ilusión con respecto a los socialdemócratas y su estrategia. En efecto, los reformistas pueden desempeñar y han desempeñado un papel contrarrevolucionario en la historia del movimiento obrero.[47] Es más, gobiernos socialdemócratas se han alineado con sus Estados respectivos en guerras imperialistas y han mantenido relaciones de explotación con colonias, semicolonias y Estados menos poderosos del “tercer mundo”. Más recientemente, la gran mayoría de antiguos partidos socialdemócratas han adoptado el neoliberalismo y sus políticas de austeridad.

Pese a las numerosas deficiencias de las organizaciones reformistas y su papel contrarrevolucionario en varios periodos de la historia, es engañoso equipararlos a la versión gradualista del fundamentalismo islámico. Partidos y movimientos como los HM e Hezbolá nunca han pretendido en su historia –ni siquiera han dicho que lo pretendieran– desmantelar gradualmente el capitalismo. Lo cierto es lo contrario; los gradualistas han apoyado históricamente el capitlismo, incluido su actual régimen neoliberal de acumulación depredadora.

Como hemos visto, los orígenes y la composición social de los dirigentes y militantes fundamentalistas son muy distintos de los partidos socialdemócratas. La base social de los fundamentalistas es la pequeña burguesía, mientras que la base social de la socialdemocracia es la clase obrera. Además, los dirigentes gradualistas, como hemos visto, han experimentado un proceso de aburguesamiento. Los capitalistas desempeñan ahora un papel cada vez mayor y más explícito en estos partidos y movimientos.

Los gradualistas, a diferencia de los reformistas más neoliberales, defienden un programa político conservador, sectario, machista, homófobo y antiobrero. La analogía real con la socialdemocrcia europea en Egipto no son los HM, sino el político nasserista Hamdin Sabahi. Sabahi tenía un programa reformista y cometió errores políticos, en particular el apoyo al golpe de Estado y a la represión contra los HM. Sin embargo, en las elecciones presidenciales de 2013 representó las aspiraciones democráticas y sociales de la población. Prometió aplicar un resuelto programa de reformas sociales, que incluía el establecimiento de un salario mínimo y máximo, la ampliación del sector público para crear empleo, la renacionalización de empresas y un impuesto extrarodinario del 20 % sobre el ptrimonio del 1 % más rico de la población.[48] Su partido, Al Karama, solía estar formado por gente de clase trabajadora, y el apoyo que recibía en el movimiento obrero y los nuevos sindicatos indepedientes era mucho mayor que el de los HM. Además, rechazó el sectarismo de estos últimos y sus ataques a los derechos de las mujeres.

Sabahi se parece más al líder socialista chileno de comienzos de la década de 1970, Salvador Allende. Cualquier equiparación del reformista chileno a los HM es engañosa. En primer lugar, pasa por alto el abismo ideológico y las políticas aplicadas por ambos cuando estuvieron en el poder. Además, su política con respecto a los militares fue muy distinta. Allende eligió al general Augusto Pinochet después de un golpe anterior, esperando que fuera un “legalista” que respetaría la neutralidad política del ejército. Esto fue, dede luego, de una ingenuidad desastrosa.

En cambio, la relación de los HM con el ejército egipcio fue muy distinta. El ejército chileno nunca había desempeñado un papel tan importante en la economía de Chile como el que desempeña el ejército egipcio en su país. La institución dirigida por Sisi constituye el verdadero poder y el núcleo duro del Estado profundo. Morsi y los HM no se dirigieron a los militares con la idea de evitar un golpe, sino que trataron de constituir una alianza directa con el ejército desde los primeros días de la revuelta en 2011, conociendo perfectamente su peso político y su función represiva durante décadas. Desde los primeros días de la revolución, los HM actuaron como un baluarte frente a las críticas y protestas contra los militares hasta el derrocamiento de Morsi en julio de 2013. Calificaron a quienes se quejaban del ejército de contrarrevolucionarios y sediciosos. De hecho, Morsi nombró a Sisi jefe del ejército a sabiendas de que había encarcelado y torturado a manifestantes.

La distinción es incluso más clara en relación con las respectivas políticas de Morsi y Allende ante las manifestaciones de masas. El error de Allende consistió en no apoyar y basarse en la movilización popular de los trabajadores en Chile contra la burguesía con el fin de arrebatarle el poder en el país. En contraste con ello, Morsi y los HM se opusieron e incluso reprimieron las movilizaciones populares y obreras en Egipto y defendieron al ejército.

Morsi nunca prometió ni trató de llevar a cabo reformas socialdemócratas como sí hizo Allende. Por tanto, el famoso dicho de Saint-Just de que “quienes hacen revoluciones a medias solo cavan su propia tumba” no puede aplicarse a los HM. Habría que reformular la frase para decir que “quienes colaboran con el antiguo régimen cavan su propia tumba”. Pese a los esfuerzos de los HM por colaborar con el ejército, este derrocó a Morsi. Al fin y al cabo, el ejército y los HM representaban diferentes alas de la clase capitalista, con distintos apoyos regionales, que no consiguieron llegar a un acomodo. El ejército, mucho más poderoso, decidió finalmente ejercer directamente el mando dictatorial, en detrimento de todos en Egipto.

También es un error ver en el fundamentalismo una especie de expresión deformada del antiimperialismo. Los fundamentalistas tienen una concepción religiosa del mundo, en particular el deseo de volver a cierta mítica “edad de oro” del islam como medio para explicar el mundo contemporáneo y proponer una solución a sus problemas.
En primer lugar, deberíamos ser críticos con la noción de que la liberación y el desarrollo de los países árabes dependen sobre todo de la afirmación de una identidad islámica considerada “permanente” y “eterna”. Esto es lisa y llanamente reaccionario y contrasta totalmente con los verdaderos movimientos antiimperialistas del pasado.

Los nacionalistas y socialistas aspiran a una transformación social progresista de las estructuras socioeconómicas de opresión y dominación; los fundamentalistas, en cambio, enmarcan la lucha en una batalla de culturas y religiones. Ven en el imperialismo un conflicto entre “Satanás” y los fieles oprimidos, no como lo ven tradicionalmente los nacionalistas y socialistas, como un conflicto entre las grandes potencias, su sistema capitalista, y los países oprimidos. A este respecto, los fundamentalistas islámicos se hacen eco de la idea de Samuel Huntington del mundo como un “choque de civilizaciones”, en que la lucha contra Occidente se basa en un rechazo de sus valores y su sistema religioso y no en unas relaciones de explotación a escala mundial.

Por consiguiente, no tienen una visión del mundo antiimperialista. En efecto, tanto la corriente yihadista como la gradualista del fundamentalismo islámico han contado con patrocinadores estatales imperialistas y regionales. Como ya se ha señalado, EE UU, Arabia Saudí y Pakistán respaldaron a movimientos fundamentalistas islámicos en Afganistán como instrumento en su conflicto interimperialista con Rusia contra el régimen de Kabul apoyado por Moscú. EE UU financió la producción de libros de texto –leídos por millones de niños afganos– que glorificaban la yihad y el martirio. Favoreció el surgimiento de señores de la guerra islámicos inyectando miles de millones en el país e inundándolo de armas.[49]

Lo mismo cabe decir de los gradualistas. Lejos de preconizar un antiimperialismo coherente, han cultivado relaciones tanto con potencias imperialistas como regionales. Los HM fueron patrocinados por Arabia Saudí hasta 1991 y últimamente por Catar, y durante su breve periodo de gobierno en Egipto llegaron a un acuerdo con EE UU. Hezbolá cuenta con el patrocinio de Irán y colabora con el imperialismo ruso en la contrarrevolución siria.

Los fundamentalistas no son reformistas ni antiimperialistas. Considerar que su defensa retórica de “reformas” y de “lucha contra la corrupción” demuestra su aspiración a una situación política democrática más abierta es, cuando menos, problemático. ¿Por qué? Porque estas demandas están sujetas al establecimiento del Estado islámico y de un “modo de vida islámico”. Como declaró el antiguo guía supremo de los HM, Muhamad Mahdi Akef:

Si deseamos progresar en nuestras vidas, [debemos] retornar a nuestra fe y aplicar la sharía [ley islámica]… La instauración de la ley divina es la solución real a todo nuestro sufrimiento, tanto si se debe a problemas nacionales como foráneos. Esto [la implantación de la sharía] se logra mediante la creación del individuo musulmán, del hogar musulmán, del gobierno musulmán, y del Estado que dirige las naciones islámicas y lleva la bandera del dawa [proselitismo], de modo que el mundo sea suficientemente afortunado para recibir lo mejor del islam y sus enseñanzas.[50]

Por supuesto, los movimientos fundamentalistas islámicos gradualistas tienen muchas contradicciones internas entre su dirección burguesa y pequeñoburguesa y su base popular. Esto también puede decirse de todos los partidos políticos regidos por elites, desde los partidos capitalistas del sistema hasta los partidos populistas de derechas de todo el mundo. La existencia de contradicciones de clase dentro de los partidos no es exclusiva de los partidos reformistas. Y su existencia entre los gradualistas no justifica calificarlos de reformistas. Los gradualistas experimentan tensiones derivadas de su composición de clase contradictoria, pero hemos de hacer una distinción muy clara entre los fundamentalistas, que utilizan una ideología reaccionaria para ganarse el apoyo de las clases populares, y los partidos reformistas, que proponen un programa laico y progresista que, aunque sea de manera inviable, expresa los intereses de las clases y grupos oprimidos.

En realidad, las diversas fuerzas fundamentalistas islámicas constituyen la segunda ala de la contrarrevolución, siendo la primera los regímenes existentes. Su ideología, su programa político y su práctica son reaccionarias y diametralmente opuestas a los objetivos de la emancipación revolucionaria: la democracia, la justicia social y la igualdad. Sus políticas repelen a los sectores más conscientes de la clase trabajadora y de los grupos oprimidos com las minorías religiosas, las mujeres, las personas LGBT y otras.

Construir una alternativa progresista

Las revueltas de la región OMNA han sufrido derrotas a manos de los regímenes establecidos, de sus patrocinadores imperialistas y de los fundamentalistas. Se hallan en una situación complicada y calamitosa y no hay respuestas fáciles a la pregunta de cómo liberarlas del yugo de la contrarrevolución. Sin embargo, hemos de extraer algunas lecciones claras y ofrecer al menos una vía preliminar a la izquierda para seguir adelante. Esto debe comenzar por rechazar toda ilusión y todo apoyo a los regímenes autoritarios. Y por rechazar también toda ilusión similar en las fuerzas fundamentalistas islámicas.

Toda colaboración con los regímenes autoritarios ha dado y dará resultados destructivos, reduciendo significativamente el espacio democrático de los trabajadores y la población oprimida para organizarse de cara a la liberación. Estos regímenes son el enemigo principal de las fuerzas revolucionarias en la región. Al mismo tiempo, los movimientos fundamentalistas islámicos no ofrecen ninguna alternativa. Tanto si están en el poder como si no, también atacan a los trabajadores, a sus sindicatos y a las organizaciones democráticas, al tiempo que promueven una economía neoliberal y una política social reaccionaria. También forman parte de la contrarrevolución.

En vez de aliarse con cualquiera de estas dos fuerzas, la izquierda debe concentrarse en construir un frente independiente, democrático y progresista que promueva la autoorganización de los trabajadores y oprimidos. Únicamente a través de este proceso podemos comenzar a pensar como clase con intereses comunes con otros trabajadores y opuestos a los capitalistas. La política progresista debe basarse en la defensa y el impulso de la autoorganización de las clases populares con el objetivo de luchar por la democracia.

Sin embargo, la lucha de los trabajadores por sí sola no será suficiente para unir a las clases asalariadas. Los socialistas deben abanderar también, en esta lucha, la liberación de todos los oprimidos. Esto exige plantear reivindicaciones relativas a los derechos de las mujeres, las minorías religiosas, las comunidades LGBT y los grupos raciales y étnicos oprimidos. Cualquier concesión con respecto a la firme defensa de estas reivindicaciones impedirá a la izquierda unir a la clase trabajadora en pos de la transformación radical de la sociedad.

¿Cómo debería relacionarse esta izquierda con las fuerzas fundamentalistas islámicas? Aunque constituyen la segunda ala de la contrarrevolución, los gradualistas no representan un peligro similar al del Estado existente. Cuando no controlan el Estado, como hacen por ejemplo en Irán o Arabia Saudí, no suelen tener la misma capacidad destructiva que los regímenes existentes. Sin embargo, esto no significa que la izquierda deba considerarlos un mal menor, pues esto equivaldría a sembrar ilusiones de que son potenciales aliados en la lucha por cambiar el sistema político y asegurar los derechos democráticos y sociales. No lo son. Y pensar que sí lo son menoscaba la capacidad de la izquierda para romper los lazos del fundamentalismo con las clases populares.

¿Qué implica este análisis para la estrategia y la táctica en la lucha? No significa que los socialistas deban rechazar la unidad de acción en un contexto determinado en torno a demandas concretas con sectores gradualistas del fundamentalismo islámico. Si estas acciones favorecen a la causa de los explotados y oprimidos, dicha unidad de acción táctica es correcta y adecuada. La manera de tratar con organizaciones con las que los progresistas tienen muy poco en común, aparte de un enemigo común, la definieron bolcheviques hace más de un siglo. Achcar resume el planteamiento: 1) No fusionar las organizaciones. Marchar separados y golpear juntos. 2) No abandonar las demandas políticas propias. 3) No ocultar las diferencias de intereses. 4) Vigilar al aliado del mismo modo que vigilamos al enemigo. 5) Centrarnos más en el aprovechamiento de la situación creada por la lucha que en la conservación de un aliado.[51] Achcar añade a esto lo siguiente:

Si se cumplen estas reglas, lo que queda es demostrar, por parte de los progresistas, que están igual de comprometidos con la lucha contra el enemigo común que los fundamentalistas, mientras defienden resueltamente los intereses de los trabajadores, las mujeres y todos los sectores explotados y oprimidos, en contraste directo con los fundamentalistas y, a menudo, en oposición a ellos.[52]

Se pueden formar alianzas tácticas breves hasta con el diablo, pero no hay que confundir nunca a este diablo con un ángel. En ningún caso debe adoptarse una orientación duradera hacia la unidad estratégica con los fundamentalistas gradualistas. Así, esta recomendación de un enfoque de unidad táctica ocasional en determinadas situaciones es distinta de una estrategia de frente único, que aspira a unirse con las fuerzas reformistas y democráticas dispuestas a organizarse para tratar de obtener la satisfacción de demandas inmediatas que benefician a los trabajadores y grupos oprimidos e incrementan su conciencia, su confianza y su capacidad de lucha.

Los fundamentalistas islámicos, al igual que los movimientos populistas y de extrema derecha de todo el mundo, no deben formar parte de esta estrategia de frente único, por todas las razones expuestas en este artículo. Hablar de una estrategia de frente único con estas fuerzas es generar ilusiones en ellas. En su lugar, la izquierda debe construir su propia organización política y participar en la lucha por la liberación y la democracia, ocasionalmente en unidad táctica con los gradualistas, pero siempre con el propósito de apartar a los explotados y oprimidos de esta segunda fuerza de la contrarrevolución.

http://isreview.org/issue/106/marxism-arab-spring-and-islamic-fundamentalism

 


[1] Véase una sucinta descripción de la contrarrevolución en Gilbert Achcar, Morbid Symptoms: Relapse in the Arab Uprising(Stanford: Stanford University Press, 2016).

[2] La prensa de EE UU se refiere al Estado Islámico o Daesh (como suele llamarse por su acrónimo en árabe) con las siglas ISIS (Islamic State of Iraq and Syria).

[3] Gilbert Achcar, “Onze thèses sur la résurgence actuelle de l’intégrisme islamique”, Europe Solidaire, 01/02/1981, http://www.europe-solidaire.org/spip.php….

[4] Amal al-Ummah TV, Mashru’ al-nahda al-Islâmî… Khayret Al-Shâter, 24/04/2011, https://www.youtube.com/watch?v=JnSshs2qzrM.

[5] Naim Qassem, Hezbolá, la voie, l’expérience, l’avenir (Beirut: Albouraq 2008), 288.

[6] Mikaelian Shoghig, “Overlapping Domestic/Geopolitical Contests, Hizbullah, and Sectarianism”, en The Politics of Sectarianism in Postwar Lebanon, ed. Jinan S. Al-Habbal, Rabie Barakat, Lara W. Khattab, Shogig Mikaelian, Bassel Salloukh (Londres: Pluto Press 2015), 171.

[7] Gilbert Achcar, “Islamic fundamentalism, the Arab Spring, and the Left”, International Socialist Review 103 (invierno de 2016-2017), http://isreview.org/issue/103/islamic-fu…

[8] Women and Men are Different in Some Cases, Similar in Others, Khamenei.ir, 19/03/2017, http://english.khamenei.ir/news/4726/Women-and-men-are-different-in-some-cases-similar-in-others. En Irán, las mujeres tienen menos derechos que los hombres en materia de herencia, divorcio y custodia de los hijos. También sufren restricciones en relación con los viajes y la vestimenta. Y existe una “policía moral” que vela por el cumplimiento estricto de la ley islámica.

[9] “Muslim Brotherhood Statement Denouncing UN Women Declaration for Violating Sharia Principles”, IkhwanWeb, 14/03/2013, http://www.ikhwanweb.com/article.php?id=…

[10] Adam Hanieh, Lineages of Revolt: Issues of Contemporary Capitalism in the Middle East (Chicago: Haymarket Books, 2013), 172.

[11] Joey Ayoub, “Empowerment is Underway, Despite Nasrallah’s Homophobia and Misogyny”, The New Arab, 03/04/2017, https://www.alaraby.co.uk/english/commen…

[12] Qardawi on Homosexuals, MEMRI TV, 27/01/2013, https://www.youtube.com/watch?v=NxnVSnnZs0Q.

[13] No incluyo la colaboración militar en este comentario, que tiene una dinámica diferente.

[14] “Toda persona debe tener la posibilidad de atender sus necesidades religiosas y físicas sin que la policía meta las narices.” Karl Marx, Crítica del programa de Gotha, https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/gotha/gothai.htm

[15] Vladímir Lenin, Actitud del partido obrero hacia la religión, https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1900s/1909reli.htm

[16] Martin E. Marty, “Fundamentalism as a Social Phenomenon”, Bulletin of the American Academy of Arts and Sciences, n.º 2 (1988): 17.

[17] Jason Hackworth, “Welfare and the Formation of the Modern American Right”, en Religion in the Neoliberal Age, Political Economy and Modes Of Governance, editado por F. Gauthier y T. Martikainen, (Surrey, Reino Unido: Ashgate), 100-105.

[18] Hanieh, The Lineages of Revolt.

[19] En Siria, la organización de los Hermanos Musulmanes se componía originalmente de individuos pertenecientes a importantes familias religiosas que formaban parte de la clase de los pequeños comerciantes en zonas urbanas. Los establecimientos de los comerciantes-religiosos solían encontrarse en el vecindario de las mezquitas. Esto explica por qué los Hermanos Musulmanes siempre han sido aliados naturales de la clase media liberal siria dedicada al suq (zoco). El suq, que normalmente se halla en los barrios antiguos de las ciudades, ha sido casi siempre un bastión del conservadurismo y un guardián de la tradición, valores promovidos asimismo por los Hermanos Musulmanes.

[20] Véase Hanieh, Lineages of Revolt, y Stephan Roll, Egypt’s Business Elite after Mubarak, A Powerful Player between Generals and Brotherhood, septiembre de 2013, https://www.swp-berlin.org/fileadmin/con…

[21] Gilbert Achcar, Le peuple veut, une exploration radicale du soulèvement arabe (Paris: Sindbad-Actes Sud, 2013), 147.

[22] A. Nizar Hamzeh, In the Path of Hizbullah (Syracuse, New York: Syracuse University Press, 2004), 64.

[23] Ibid.

[24] Durante la revolución en Egipto y Túnez, cuando los Hermanos Musulmanes llegaron al poder, atacaron a los trabajadores y los sindicatos y promovieron políticas neoliberales. Asimismo, en el Irak ocupado a partir de 2003, los sucesivos gobiernos dominados por un partido fundamentalista chií, Al Dawa, reprimió a sindicalistas, trabajadores y protestas obreras.

[25] Olivier Carré y Gérard Michaud (un seudónimo utilizado por Michel Seurat), Les Frères musulmans Égypte et Syrie (1928-1982), (París: Gallimard y Julliard, 1983), 87.

[26] Raphael Lefèvre, Ashes of Hama, the Muslim Brotherhood in Syria (Londres: C. Hurst and Co., 2013), 53; Joshua Teitelbaum, “The Muslim Brotherhood in Syria, 1945-1958: Founding, Social Origins, Ideology”, Middle East Journal 65, n.º 2, (2011), 220.

[27] Luiza Toscane, L’Islam un autre nationalisme? (París: L’Harmattan, 1995), 28, 95.

Ervand Abrahamian, Khomeinism: Essays on the Islamic Republic (Berkeley: University of California Press, 1993), 53.

[28] Ervand Abrahamian, Khomeinism: Essays on the Islamic Republic (Berkeley: University of California Press, 1993), 53.

[29] Programa electoral del Partido de la Libertad y la Justicia, 2011, http://kurzman.unc.edu/files/2011/06/FJP…

[30] Reuters, Egypt Brotherhood Businessman: Manufacturing is Key, Ahram Online, 28/10/2011, http://english.ahram.org.eg/~/NewsConten…

[31] Citado en Mariam Fam, “Egypt’s Muslim Brotherhood Embraces Business”, Bloomberg Businessweek, 11/07/2011, https://www.bloomberg.com/news/articles/…

[32] El concepto de hegemonía se entiende aquí en el sentido gramsciano, que abarca un conjunto de creencias y normas culturales arraigadas en la sociedad que suscitan el consenso en el seno de las clases oprimidas y explotadas.

[33] Giuseppe Tomasi di Lampedusa, El Gatopardo.

[34] Samir Amin, “The Return of Fascism in Contemporary Capitalism,” Monthly Review, vol. 66, n.º 4, https://monthlyreview.org/2014/09/01/the….

[35] Gilbert Achcar, “Islamic Fundamentalism, the Arab Spring, and the Left”, International Socialist Review 103 (invierno de 2016-2017), http://isreview.org/issue/103/islamic-fundamentalism-arab-spring-and-left. Esto, sin embargo, no significa que no puedan aparecer organizaciones de tipo fascista en países de fuera del mundo occidental, especialmente con la aparición en las últimas décadas de muchos nuevos centros de acumulación de capital: países de reciente industrialización que han adquirido influencia política y son lugares cada vez más importantes de inversión regional.

[36] Hassan al Banna, el fundador y principal ideólogo de los Hermanos Musulmanes, fue un discípulo de Rashid Rida. Rida condujo las tendencias reformistas del panislamismo, particularmente las inspiradas en intelectuales como Mohamad Abduh y Jamal al Din Afgani, hacia una orientación fundamentalista. La evolución de Rida le acercó a la doctrina puritana de Hanbali, en particular a sus seguidores wahabitas. Se convirtió en un firme defensor del régimen saudí y del wahabismo, llegando a colaborar con el rey saudí Abdel Asis. Comenzó a oponerse y a combatir a las hermandades y prácticas sufíes de sus adherentes. Defendió la restauración del califato tras su abolición en 1924. Asimismo, desarrolló un agresivo discurso antichií, acusando a los chiíes árabes de ser agentes de Irán (un tema que aparece hoy a menudo entre los salafistas y otros movimientos fundamentalistas islámicos). Rashid Rida ejerció en particular una fuerte influencia en el entorno intelectual y político de los Hermanos Musulmanes, tratando de revitalizar el literalismo de Ibn Tammiyya y el llamamiento a la yihad. Esta nueva tradición salafista fue propagada individualmente por intelectuales como Rashid Rida en las décadas de 1920 y 1930, y posteriormente a escala social por grupos como los Hermanos Musulmanes en Egipto y otros países.

[37] Jabhat al Nusra logró movilizar a algunos sectores de la sociedad y organizar pequeñas manifestaciones, pero nada parecido a las protestas masivas del movimiento popular sirio.

[38] Jabhat al Nusra y el EI difieren en su metodología para establecer un califato y no tanto en la naturaleza del Estado que pretenden construir. El cisma de Jabhat al Nusra con el EI se debe en gran parte a que el primero sigue la metodología propuesta por el líder de Al Qaeda, Ayman al Zawahiri. Este había defendido un planteamiento gradualista, sobre todo durante el apogeo de la guerra de Irak, atacando vehementemente la estrategia de movilización sectaria y declaración abierta de un Estdo islámico por parte de Abu Musab al Zarqawi, el líder del grupo precursor del EI, Al Qaeda en Irak. El EI rechaza la línea gradualista de Zawahiri y se mantiene fiel a la estrategia de Zarqawi de movilización activa y abierta. El enfoque gradualista no ha impedido a Jabhat Al Nusra mostrar un comportamiento cada vez más violento contra otros grupos de oposición armada tras su ruptura con el EI. Sin embargo, Jabhat Al Nusra ha intentado aplicar los métodos básicos de Zawahiri para implantarse en la sociedad y establecer ostensiblemente estructuras de base con el fin de lograr los grandes objetivos estratégicos de Al Qaeda. Con todo, pese a los fuertes choques entre ambos grupos desde que se separaron en 2013, esto no impidió que hubiera casos de colaboración táctica entre ellos. En Qalamun, por ejemplo, en verano de 2014, ambos grupos yihadistas mantenían estrechas relaciones. Zawahiri, aunque negó toda legitimidad al EI y a su líder, Abu Bakr al Bagdadi, declaró en septiembre de 2015 que estaba dispuesto a cooperar con ellos en Irak y en Siria para combatir a la coalición encabezada por EE UU. Dijo que “a pesar de sus graves errores, si yo estuviera en Irak o en Siria, cooperaría con ellos para matar a los cruzados, a los laicos y a los chiíes, si bien no reconozco la legitimidad de su Estado”. Orient le Jour, “Al-Nosra prend possession de la dernière base du régime dans Idleb”, 10/09/2015. http://www.lorientlejour.com/article/943…

[39] Samir Amin, “Interview of Samir Amin,” Samir Amin 1931, 15/07/2013, http://samiramin1931.blogspot.ch/2013_07….

[40] El veterano sindicalista y nasserista Kamal Abu Eita, antiguo dirigente del sindicato de funcionarios de la autoridad tributaria y presidente de la Federación Egipcia de Sindicatos Independientes (Al Ittihad al Masri lil Naqabat al Mustaqilla, EFITU), por ejemplo, fue ministro de Trabajo en el gobierno provisional tras el golpe militar de julio de 2013 hasta marzo de 2014, y durante este tiempo aceptó la “hoja de ruta” del ejército para la transición.

[41] Jad Bouharoun, “Understanding the Counter-revolution”, International Socialism, n.º 153, enero de 2017, http://isj.org.uk/understanding-the-coun…

[42] Ann Alexander, “Reformism, Islamism & Revolution,” Socialist Review, n.º 406, octubre de 2015, http://socialistreview.org.uk/406/reform…

[43] Ibid.

[44] Phil Marfleet, “’Never Going Back’: Egypt’s Continuing Revolution”, International Socialism, n.º 137, enero de 2013, http://isj.org.uk/never-going-back-egypt…

[45] Ernest Mandel, “The Nature of Social-Democratic Reformism, The Material Foundations of Opportunism”, Marxist.org, octubre de 1993, https://www.marxists.org/archive/mandel/…

[46] Para más información sobre este tema, véase Charlie Post, “Ernest Mandel and the Marxian Theory of Bureaucracy”, Ernest Mandel.org, julio de 1996, https://www.ernestmandel.org/en/aboutlif…; Charlie Post, “The Myth of the Labor Aristocracy, Part 1”, Against the Current, n.º 123 (julio-agosto de 2006), https://www.solidarity-us.org/node/128#N18; y Charlie Post, “The ‘Labor Aristocracy’ and Working-Class Struggles: Consciousness in Flux, Part 2”, Against the Current, n.º 124 (septiembre-octubre de 2006), http://www.solidarity-us.org/node/129.

[47] Véase Ernest Mandel, “La social-démocratie désemparée – Nature du réformisme social-démocrate”, Ernest Mandel.org, 21/09/1993, http://www.ernestmandel.org/new/ecrits/a…

[48] Anne Alexander y Mostafa Bassiouny, Bread, Freedom, Social Justice, Workers and the Egyptian Revolution (Londres: Zed Books, 2014), 20.

[49] Anand Gopal, “The Roots of ISIS, Imperialism, Class, and Islamic Fundamentalism”, International Socialist Review, n.º 102 (otoño de 2016), http://isreview.org/issue/102/roots-isis.

[50] Jeffrey Azarva y Samuel Tadros, “The Problem of the Egyptian Muslim Brotherhood”, American Enterprise Institute, 30/11/2007, https://www.aei.org/publication/the-prob…

[51] Citado en Abbas Shahrabi Farahani y Gilbert Achcar, Towards Progressive Politics in the Middle East, Problematica in Conversation with Gilbert Achcar, 24/03/2016, http://newpol.org/content/towards-progre…

[52] Ibid.

Tribunal popular internacional para castigar a Pinochet (1998)

por Gustavo Burgos//

            Las últimas dos semanas han constituido una verdadera prueba para todos los sectores, tendencias y corrientes políticas. Efectivamente, el país se ha polarizado, han emergido las verdaderas posturas de algunos, otros han guardado un hermetismo “bastante parecido a la estupidez”, y en el centro de todo una vez más Pinochet. Su imprevista y sorpresiva detención en Londres ha puesto de manifiesto la verdadera cara del régimen.

            Un hecho como la detención del Dictador, de profundas raíces en la política chilena, y mundial, nos entrega en una primera lectura algunas cuestiones fundamentales: Seguir leyendo Tribunal popular internacional para castigar a Pinochet (1998)

Operación Plomo Sólido: la última matanza de Israel

por Higinio Polo//

En la madrugada del 5 de junio de 1967 Israel inició la Guerra de los 6 días al atacar por sorpresa a Egipto, Jordania y Siria. Empezaba así el Libro Negro de la ocupación de los territorios palestinos, uno de cuyos episodios narra aquí Higinio Polo.

* * *

Última matanza… ¿por cuánto tiempo? Israel quiere a los palestinos, derrotados y humillados, como siervos, como barata mano de obra. Y no necesita a tantos. Quiere, eso sí, su agua y sus tierras. Pero le sobran muchas personas. Y… eso ¿a qué o a quién recuerda?

El pasado 17 de enero, el Tsahal israelí, tras detener la agresión a la franja de Gaza, permitió la entrada de algunas personas de organizaciones internacionales por el paso de Rafah, fronterizo con Egipto; entre ellas, un pequeño equipo de Amnistía Internacional. Era una novedad, porque desde el mes de noviembre de 2008, Israel impedía la entrada en la franja de Gaza de organizaciones humanitarias y periodistas. La máquina de guerra israelí acababa de detener su furia. Las primeras impresiones de los miembros de Amnistía Internacional fueron atroces: en Gaza, todavía podían verse trozos de fósforo incandescente en la calle, en viviendas, al alcance de los niños. Pudieron ver cómo, entre un caos dantesco, los ciudadanos se afanaban para recuperar los cadáveres enterrados de cualquier forma por las palas de los bulldozersmilitares del ejército israelí entre los escombros de las casas, que trataban a los muertos como si fueran basura. Porque, mientras tenía lugar la feroz matanza de palestinos, los militares hebreos impedían el entierro de los muertos, dejando que los cadáveres empezaran a descomponerse: más de cien cuerpos fueron recuperados en los primeros días de la nueva tregua. De nuevo, con su potente maquinaria militar, a la vista del mundo, Israel arrasaba pueblos y ciudades, como hace poco más de un año en Líbano. Las consecuencias han sido letales: más de mil trescientos muertos, casi seis mil heridos, más de cien mil desplazados, cuatro mil casas destruidas y barrios enteros arrasados, decenas de escuelas dañadas, hospitales, centros administrativos, almacenes.

Para justificar su actitud, acumulando mentiras sobre mentiras, Israel acusó al gobierno de Hamás de haber roto la tregua, acto que estaría en el origen de su Operación Plomo sólido. Hamás había cumplido con los términos de la tregua, así como otras organizaciones palestinas, a pesar de que algunas, como el FPLP, no estaban de acuerdo con su contenido. La acusación del gobierno israelí era una mentira más, porque la agresión fue iniciada por el Tsahal y, además, olvidaba deliberadamente el inhumano bloqueo a la franja de Gaza, el cierre de los pasos fronterizos, la negativa israelí a permitir la entrada de gasolina, medicinas, alimentos, hasta el extremo de haber creado una situación de emergencia denunciada por los organismos de la ONU y por organizaciones humanitarias. Se calcula que en la Franja entraban setecientos camiones diarios con suministros para la población, y que, según datos de la Fundación Carter, el bloqueo israelí ha reducido esa cifra a menos de un tercio, condenando a la penuria y al hambre a un millón y medio de personas. En Gaza falta hasta el agua potable.

¿Qué había pasado, en realidad, en los meses anteriores a la agresión? El 19 de junio de 2008, el gobierno de Hamás en la franja acordó una tregua de seis meses con Israel, por la que Tel-Aviv se comprometía a suavizar el bloqueo, mientras que los palestinos aceptaban detener el lanzamiento de cohetes a territorio israelí. En ese momento, durante los poco más de cinco meses transcurridos del año 2008, el ejército israelí había matado a casi cuatrocientos palestinos, entre ellos sesenta niños, casi todos habitantes de la franja de Gaza, al tiempo que dieciséis civiles y nueve militares israelíes habían muerto en acciones palestinas. Algunos ataques israelíes tuvieron especial repercusión internacional, como el asesinato en Gaza del periodista Fadel Shana, de la Agencia Reuters, y de tres palestinos, dos niños y un adulto, en abril de 2008. El periodista estaba debidamente identificado con un chaleco antibalas fluorescente, donde podía leerse, al igual que en su vehículo, “PRENSA”, circunstancia que no impidió su asesinato: mientras Fadel Shana filmaba un tanque israelí, sus ocupantes lanzaron un obús contra él, pese a la presencia de civiles. Era el séptimo periodista asesinado por el ejército israelí. Para limitar las críticas internacionales, procediendo según su costumbre, Israel anunció una investigación, que concluyó justificando la acción de sus soldados. De hecho, ante asesinatos semejantes, todas las “investigaciones” que ha emprendido Israel han sido exculpatorias para sus militares.

La tregua de junio de 2008 fue recibida con alborozo por la población palestina, desesperada, pero deseosa de aferrarse a la más mínima posibilidad de cambio que permitiese la apertura de las fronteras y la llegada de alimentos y suministros. Israel, una vez más, no sólo incumplió sus compromisos, sino que aumentó su presión sobre la martirizada población palestina, que alcanza a todos los aspectos de la vida cotidiana. Ya en abril de 2008, antes de la firma de la tregua, la Organización Mundial de la Salud había denunciado que los servicios de seguridad del Shin Bet israelí llegaban al extremo de denegar muchos permisos para pacientes palestinos que debían ser tratados de cáncer fuera de la Franja. Debido a ello, en los últimos meses, decenas de palestinos han muerto por la negativa israelí a permitir su salida de la franja de Gaza, pese a conocer que no podían ser tratados dentro por la precaria situación hospitalaria. ¡Para conceder el permiso de salida de Gaza, los militares israelíes ponían en ocasiones la condición de que el paciente palestino se convirtiera en delator y colaborador de sus servicios secretos! En noviembre de 2008, John Ging, director de la UNRWA, denunciaba que Israel llegaba al extremo de someter a embargo a los propios organismos de la ONU que realizan trabajo humanitario, y se preguntaba en qué lugar del mundo la ayuda alimentaria era sometida a tan severas restricciones. Al mismo tiempo, en Ginebra, Navi Pillay, alta comisionada para los Derechos Humanos de la ONU, denunciaba: “Un millón y medio de palestinos han sido privados de sus más básicos derechos humanos durante meses. El bloqueo es una violación de las leyes internaciones y humanitarias.” Israel había creado un ghetto infame, aislado del mundo, y aumentaba su presión. En ese momento, hacía cuatro meses que el lanzamiento de cohetes hacia Israel desde la franja se había detenido por completo: la población israelí había disfrutado de una calma absoluta y las milicias palestinas no habían realizado ningún ataque, pese a padecer hechos tan graves como el pogromo contra palestinos en la ciudad israelí de Acre (donde viven muchos colonos extremistas evacuados de Gaza en 2005), pogromo tolerado por la policía israelí, o “asesinatos selectivos” por parte de los servicios secretos israelíes.

El 4 de noviembre de 2008, pese a la calma, Israel, utilizando como excusa que los palestinos estaban construyendo un túnel cerca de la frontera, rompió la tregua con Hamás, asesinando a seis palestinos en una incursión en el interior de Gaza, apoyada por fuerzas terrestres y aviación. Desde ese momento intensificó aún más el bloqueo, creando una situación de emergencia y configurando un gigantesco campo de concentración donde se impedía la entrada de periodistas, diplomáticos europeos, organizaciones humanitarias e incluso funcionarios de la ONU. Amnistía Internacional acusó a Israel de estar llevando a cabo un castigo colectivo a toda la población palestina. Sin inmutarse, a finales de diciembre, el gobierno israelí ordenaba al Tsahal atacar Gaza para iniciar la matanza. Comenzaba la Operación plomo sólido, preparada desde muchas semanas atrás. Pese a la propaganda con que Israel intentó intoxicar al mundo, fueron los soldados invasores quienes ocuparon las casas, quienes las utilizaron como puestos de ataque, quienes destrozaron el mobiliario, reventando las paredes y, desde los agujeros, practicaban la caza de palestinos.

Los servicios de seguridad del Shin Bet israelí llegaron al extremo de denegar muchos permisos para pacientes palestinos que debían ser tratados de cáncer fuera de la Franja.

Mientras tanto, sus tanques aplastaban ambulancias, vehículos, destrozaban las calles. Los misiles lanzados por Israel, junto con el bombardeo de sus F-16 y de la artillería crearon tal escenario de destrucción que Amnistía Internacional hablaba de “barrios concurridos convertidos en paisajes lunares”. La ferocidad israelí parecía no tener límite. Una buena parte de los huertos y carreteras, hospitales, escuelas, conducciones de agua, tendidos eléctricos, almacenes de alimentos, oficinas y locales de la ONU, centros administrativos, viviendas, fueron arrasados por completo: la devastación fue apocalíptica. Incluso la agencia de la ONU para la Ayuda a los Refugiados Palestinos (UNRWA) de Jabalia fue bombardeada, matando a 41 personas, y la escuela primaria de la UNRWA de Beit Lahia, donde se refugiaban casi dos mil personas que dormían hacinadas pensando que allí estaban seguras, fue blanco de la artillería israelí: varios niños murieron y otras personas resultaron heridas. La inhumanidad del ejército israelí, que bombardeó con saña a los civiles, sin preocuparse por las consecuencias, llenó Gaza de cadáveres, de personas con miembros amputados, con la cabeza reventada, con espantosas heridas que horrorizaban incluso a los médicos, quienes, con precarios medios, intentaban afrontar un infierno. La revista The Lancet, que denunció el silencio de la mayoría de las asociaciones médicas del mundo, recogió las palabras de unos médicos noruegos, expertos en escenarios de guerra, Mads Gilbert y Eric Fosse, quienes llegaron al hospital Al-Shifa de Gaza cuando el año 2008 finalizaba: “Hemos visto las heridas de guerra más horribles en hombres, mujeres y niños de todas edades”. Los testimonios eran numerosos, pero, negando la evidencia, el gobierno israelí y sus cómplices prosiguieron encarnizadamente la matanza. El propio Ban Ki-moon, secretario general de la ONU, que entró en la franja de Gaza el 20 de enero, calificó de “escandaloso” que Israel hubiese bombardeado incluso la sede de la ONU en Gaza y prometió que la organización internacional haría todo lo posible para que se abriera una investigación sobre la matanza de civiles. Pero la martirizada población palestina necesita algo más que palabras. La propia ONU considera que reparar la devastación causada por Israel costará miles de millones de dólares.

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Esa es la secuencia de los hechos, aunque ello no impida a Israel seguir acumulando mentiras acusando a Hamás de haber roto la tregua. Tel-Aviv lo hizo con la ayuda del gobierno Bush (y con el silencio de Obama), cuya secretaria de Estado, Condoleeza Rice, pese a que estaba bien informada por sus servicios secretos y saber que no era así, también hizo responsable a Hamás de la ruptura. Algo parecido hizo el Parlamento Europeo, que culpó al movimiento islamista del fin de la tregua, y, aunque acompañó esa acusación del reconocimiento de que Israel “estaba violando el Derecho Internacional Humanitario” en su agresión a Gaza, se abstuvo vergonzosamente de pedir el fin del bloqueo a la Franja. Diputados comunistas del Parlamento Europeo acusaron a la Unión Europea de complicidad con el gobierno israelí, y de ser responsables, junto con Estados Unidos, “de la impunidad criminal de Israel”. Pero sus demandas de expulsión de los embajadores israelíes, de suspensión del Acuerdo de Asociación con Israel, firmado por la Unión Europea, y de creación de una Comisión de Investigación sobre los crímenes cometidos por Israel en Gaza, fueron desoídas por la mayoría del Parlamento.

Para justificar su feroz agresión, la propaganda israelí puso en circulación las habituales mentiras, mezcladas con medias verdades. Como la insistencia en el lanzamiento de cohetes (algunos portavoces militares, sin ningún escrúpulo, hablaban de “misiles”), ocho mil, según Tel-Aviv, que han causado muy pocas víctimas entre la población civil israelí. La propaganda israelí también utilizó al soldado Gilad Shalit, que sigue prisionero en Gaza, cuyo cautiverio fue una de las excusas dadas por el gobierno de Olmert para mantener el bloqueo a la Franja y para justificar su actuación, aunque se abstuvo de recordar que casi diez mil palestinos se hallan en prisiones israelíes (de los que casi mil proceden de la Franja). Para mayor vergüenza de Israel, además de la persistente política de asesinatos y matanzas contra la población palestina, llevada a cabo por todos los gobiernos israelíes, en el inicio de la Operación Plomo sólido había también cálculos electorales: para reforzar las posibilidades de Kadima, y también de Barak y Livni, aunque pertenezcan a distintos partidos.

Sin embargo, algo está empezando a cambiar. Las manifestaciones de solidaridad con el pueblo palestino que llenaron las calles de muchas ciudades del mundo, muestran el progresivo aislamiento de Israel, aunque no hayan conseguido detener su ferocidad. Las palabras del parlamentario británico Gerald Kaufman, judío y miembro del Partido Laborista, en la Cámara de los Comunes, calificando a los gobernantes israelíes de criminales de guerra, ilustran el desprestigio creciente de Israel: “Me educaron como judío ortodoxo y sionista. […] Mis padres vinieron a Gran Bretaña como refugiados desde Polonia. La mayoría de sus familias fueron más tarde asesinadas por los nazis en el holocausto. Mi abuela estaba enferma en la cama cuando los nazis llegaron a su casa en el pueblo de Staszow. Un soldado alemán le disparó un tiro en la cabeza. Pero mi abuela no murió para prestar cobertura a los soldados israelíes que asesinan abuelas palestinas en Gaza. El actual gobierno israelí explota cínicamente y sin piedad la inacabable culpabilidad de los gentiles por la matanza de judíos en el holocausto como justificación para asesinar palestinos. […] Ya va siendo hora de que nuestro gobierno le diga claramente al gobierno israelí que su conducta y su política son inaceptables, y de que imponga una total prohibición de suministro de armamentos a Israel. Ha llegado el momento de la paz, pero de una paz auténtica, no de la solución por conquista que pretenden los israelíes y que nunca podrán alcanzar. No son simplemente criminales de guerra: están locos.”

Gerald Kaufman, judío, diputado británico: “Los miembros del actual gobierno israelí no son simplemente criminales de guerra: están locos.”

En el ataque a Gaza, el Tsahal mató a casi mil cuatrocientos palestinos, y causó heridas a unas seis mil personas más, entre ellas dos mil niños y ochocientas mujeres. Para justificar el elevado número de civiles asesinados (entre ellos, más de cuatrocientos niños y más de cien mujeres), Israel volvió a acusar a las milicias palestinas, sobre todo a Hamás, de utilizar a la población como escudos humanos. Era una burda mentira, pero, según el derecho internacional, aunque esa acusación fuera cierta no justificaría el asesinato de civiles inocentes. Trece israelíes murieron, entre ellos cuatro civiles. La desproporción era evidente. También lo es el número de muertos en ambos bandos: en los ocho años transcurridos desde el inicio del siglo XXI, 15 israelíes han muerto a causa del lanzamiento de cohetes palestinos; mientras que el Tsahal ha causado directamente la muerte de casi cinco mil palestinos en el mismo periodo. Para vergüenza del gobierno israelí, Amnistía Internacional ha acusado directamente a su ejército de ser quien ha utilizado a la población civil palestina como escudo humano, ocupando viviendas palestinas y utilizando a las familias como rehenes en los pisos superiores mientras los francotiradores israelíes ocupaban los bajos de las casas para disparar desde allí. Es cierto que, al mismo tiempo, Amnistía Internacional reprocha a los combatientes palestinos que disparen desde zonas próximas a las viviendas, con el peligro que supone para la población, aunque es obvio para cualquier observador que en una zona tan pequeña y superpoblada como la Franja de Gaza es difícil para la resistencia defenderse y disparar lejos de zonas urbanas o campamentos de refugiados.

Israel ha utilizado armamento prohibido por los acuerdos internacionales, ha pisoteado las Convenciones de Ginebra, ha utilizado su poderosos ejército, su marina, su aviación, contra milicianos mal armados, y contra la población civil, en un intento deliberado de crear una situación de terror. La evidente comisión de crímenes de guerra por Israel exige que todas las organizaciones progresistas y los ciudadanos honestos pidan a sus gobiernos y a la Corte Penal Internacional la apertura de una investigación internacional y la creación de un tribunal que juzgue a los responsables. Convertidos en criminales de guerra, los dirigentes israelíes despreciaron incluso las acusaciones de algunas asociaciones judías internacionales y de destacados judíos, como el escritor francés André Nouschi, que, a principios de enero de 2009, escribió una contundente carta al embajador israelí en Francia en la que afirmaba: “Como judío, siento vergüenza de vosotros”.

El gran argumento que repite la propaganda israelí es que Israel es “la única democracia de Oriente Medio” y que no hace sino responder a las “provocaciones terroristas” palestinas utilizando su “legítimo derecho a la defensa”. Es difícil acumular tantas mentiras. Para empezar, porque Israel no es una democracia, sino un Estado racista, colonial, oficialmente judío (similar, por tanto, en ese sentido, a la teocracia iraní o a la dictadura saudita), que utiliza la tortura en sus centros de detención, que ordena asesinatos y ejecuciones extrajudiciales, que discrimina a buena parte de la población de su territorio, que encarcela sin justificación, que permite el robo de la tierra y las propiedades palestinas, no ya en Gaza o Cisjordania, sino en el propio Israel, como atestiguan los constantes abusos en Jerusalén Este, y que incluso impide la participación política de algunos partidos palestinos. Segundo, porque la mayor de las provocaciones, y el origen de todo el conflicto, es la “limpieza étnica” y el despojo protagonizados por las organizaciones terroristas sionistas en 1948 que provocaron una oleada gigantesca de refugiados palestinos en toda la zona, y que hoy, sesenta años después, siguen malviviendo, ellos y sus descendientes, en infames campamentos de refugiados. Esa es la verdadera provocación y el origen del crimen. Tercero, porque la defensa propia siempre debe ser proporcional, e Israel utiliza el terror y, con mucha frecuencia, es quien inicia los nuevos episodios de enfrentamientos. Ese es el Israel que dice defenderse. ¿Puede el mundo aceptar su comportamiento?

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La gélida indiferencia ante la muerte de los civiles palestinos que ha gangrenado a buena parte de la sociedad israelí, explica el cinismo y la impunidad con que actúan sus gobiernos. Despojando de toda humanidad a la población palestina, los soldados israelíes pueden reventar las casas, patear las cabezas de aterrorizados ciudadanos, disparar al menor pretexto, tratar a los palestinos como si fueran bestias, asesinar sin temor a las consecuencias. El desprecio, el odio y el fanatismo religioso refuerzan la crueldad con que Israel destruye las vidas de tantos palestinos: años de mentiras, de humillaciones, de asesinatos impunes, de saña y de brutalidad, han creado en el imaginario colectivo de buena parte de la población israelí un estereotipo de “palestino” que se acerca mucho a la concepción que tenían los nazis sobre los propios judíos. Así, los palestinos despojados durante décadas no son víctimas, sino feroces partidarios del terrorismo islamista y merecen el bloqueo e incluso la muerte. Por eso, es habitual que incluso responsables de organizaciones israelíes califiquen a los palestinos de “bestias”, de “cucarachas”, de “basura”, cuyo destino debe ser el éxodo y la aniquilación. Para Israel, los palestinos deben aceptar que jamás volverán a recuperar su tierra, y la política de ampliación de los asentamientos para colonos israelíes, de construcción del muro, de confiscación arbitraria de tierras palestinas, está orientada a la absorción de buena parte de Cisjordania, encerrando a los palestinos en ghettos aislados, fuertemente vigilados, similares a la Gaza que conocemos hoy. El viejo plan de Ariel Sharon de retirarse de Gaza para controlar Cisjordania fue incluso rechazado por los más feroces partidarios de la segregación de la población palestina: incluso el Likud se manifestó contrario al plan de Sharon. En nuestros días, el gobierno de Olmert ha continuado impulsando la creación de nuevos asentamiento y la ampliación de los existentes. Más de doscientos mil colonos israelíes viven ya en barrios del Jerusalén palestino, y otros doscientos cincuenta mil ocupan las mejores tierras de Cisjordania. En ese escenario, el proceso iniciado en Oslo, y la posterior hoja de ruta diseñada por el gobierno de Bush son una verdadera burla y la constatación de que Israel no quiere la paz y, mucho menos, la solución del drama palestino. La vía de la negociación impulsada por la ANP y por Abbas, encajonada entre Oslo y la hoja de ruta, no ha dado ningún resultado, y ha servido de coartada para que Israel prosiga su política de represión y de despojo.

La política de colaboración con Israel que ha mantenido la Autoridad Nacional Palestina no ha dado resultados.

La resistencia palestina, que se debate entre organizaciones nacionalistas, islamistas e izquierdistas, tiene ahora un complejo escenario ante sí. Las grandes cuestiones que plantea la causa palestina continúan siendo las mismas: el fin de la ocupación israelí y la creación de un Estado independiente que conserve las fronteras de 1967; la cuestión de Jerusalén, que debe ser la capital, compartida o no, de la nueva Palestina; y el retorno de los refugiados. La paz en la zona debe basarse en esas premisas, porque todas las demás cuestiones son secundarias. Porque, pese a la enorme destrucción, el pueblo palestino ha vuelto a demostrar que, truncando el objetivo israelí, no va a rendirse, y que el único camino es combinar la resistencia y la negociación. Sin embargo, acechan muchos peligros: Israel ha conseguido convertir a buena parte de la Autoridad Nacional Palestina, ANP, en colaboracionista en muchas de sus decisiones, ahogada la administración de Mahmud Abbas en la corrupción y en la ineficacia, con la vieja Al Fatah de Yaser Arafat convertida en una organización desprestigiada. De hecho, Mahmud Abbas, que fue en los años setenta un destacado miembro del FDLP, se ha convertido en una figura que recuerda al Pétain colaboracionista bajo la ocupación, y no debe extrañar que Hamás y organizaciones de izquierda como el FPLP acusen a una parte de la ANP de “complicidad con Israel”. Pese a ello, la Autoridad Nacional Palestina ha decidido denunciar al gobierno israelí ante los organismos internacionales por la comisión de “crímenes contra la humanidad”. Pero la división palestina hipoteca la resistencia.

* * *

A Israel le conviene presentar a la resistencia palestina como un movimiento con hegemonía islamista, para intentar convertirla en un espantajo similar a Al Qaeda. De hecho, el apoyo israelí a Hamás, en sus inicios como movimiento, tenía como objetivo la erosión y posterior destrucción de la OLP como organización palestina mayoritaria, que se manifestaba progresista y laica, y de la izquierda representada por el FPLP de George Habash y otras de menor implantación. Israel ha conseguido parcialmente ese objetivo, y la división política entre Cisjordania y Gaza, con dos gobiernos diferentes, que actúan con lógicas enfrentadas, juega a favor de Israel. Esa división tiene su origen en el proceso electoral que se inició en 2005. Tras la muerte de Arafat (envuelta en múltiples sospechas que apuntan a Israel), el 9 de enero del 2005 se celebraron las elecciones a la presidencia de la Autoridad Nacional Palestina, creada en virtud de los acuerdos de Oslo. A los comicios (que, pese a los obstáculos israelíes que impidieron votar a decenas de miles de palestinos, fueron calificados por observadores internacionales de ejemplares) se presentaron como principales candidatos Mahmud Abbas, por Al Fatah, y Mustafá Barghouti (el compañero de tantas batallas de Edward Said); además de Taysir Khaled por el FDLP, Bassam Salhi, por el Partido del Pueblo Palestino, y los independientes Abd Al Karim Shbair, Al Sayyed Barakeh y Abd Al Halim Al Ashgar. Los resultados confirmaron a Mahmud Abbas como presidente de la ANP. Así, Al Fatah mantuvo su función de eje de la resistencia palestina. Sin embargo, un año después, el escenario cambió. Las elecciones parlamentarias, celebradas el 25 de enero de 2006 y consideradas plenamente democráticas por todos los observadores internacionales destacados en la zona, dieron la victoria a Hamás, configurando un Parlamento palestino donde Hamás disponía de 76 escaños sobre un total de 132. La resistencia de Abbas y de Al Fatah a ceder el gobierno a Hamás aumentó los desencuentros, que culminaron en la negativa del partido de Abbas a integrarse en un gobierno conjunto y, después, en enfrentamientos armados entre ambas organizaciones que desembocaron en la actual situación, con dos gobiernos palestinos, uno en Gaza dirigido por Hamás, y otro en Cisjordania dirigido por Al Fatah. Para complicar más la situación, el mandato de Abbas ya ha terminado, aunque siga ejerciendo como presidente, y Hamás no reconoce su autoridad.

La propaganda israelí, con el silencio y, a veces, la complicidad de la ANP, ha intentado crear la idea en el mundo de que el gobierno de Hamás en la Franja es ilegítimo, calificándolo como fruto de un golpe de Estado, pero esa versión dista mucho de ser cierta. De hecho, actuando así, Israel, con el apoyo de Estados Unidos y, también, de la Unión Europea, que califican a Hamás de organización terrorista, pretende desconocer el resultado de las elecciones democráticas celebradas en todos los territorios palestinos ocupados, y esas elecciones dieron la victoria al partido de Jalid Mechaal, gusten o no sus postulados. La izquierda palestina tampoco los comparte, pero sabe que, hoy, Hamás está del lado de la resistencia ante la ocupación israelí y sabe que ese es el principal instrumento que debe mantener la población palestina.

La política de negociación y colaboración con Israel que ha mantenido la Autoridad Nacional Palestina no ha dado resultados. Ni el proceso iniciado con los acuerdos de Oslo (¡han pasado ya dieciséis años!, sin avances tangibles hacia un Estado palestino), supervisados por el gobierno Clinton, en un momento de desconcierto por la desaparición de la URSS, tradicional apoyo palestino; ni la posterior hoja de ruta, que el llamado Cuarteto (Estados Unidos, Rusia, Unión Europea y la ONU) lanzó para supervisar las negociaciones de paz, han dado resultados. Hay que recordar que la hoja de ruta fue publicada por el Departamento de Estado norteamericano en abril de 2003, y preveía “un arreglo final y global al conflicto palestino-israelí para 2005”. Fue una iniciativa estadounidense, aceptada por los otros tres avalistas del proceso, que, sin embargo, fue papel mojado desde el principio. La última declaración norteamericana, bajo el gobierno Bush, fijaba el límite de 2008 para cumplir con la hoja de ruta. Todo han sido mentiras, porque Israel no tiene la menor intención de negociar con seriedad, y, mucho menos, de avanzar hacia la creación de un Estado palestino.

La colaboración de las dictaduras árabes, desde Egipto hasta Jordania y Arabia, complacientes con Estados Unidos e Israel, facilita la actuación israelí.

La estrategia de Tel-Aviv se resume en el mantenimiento de un estado de guerra y tensión intermitentes, enmarañando las negociaciones, añadiendo siempre nuevas exigencias, imponiendo la discusión de cuestiones menores, dilatando la solución a la cuestión palestina, eternizando en el tiempo el proceso, en la confianza de que la conjunción de su brutal represión sobre la población palestina, de los asesinatos selectivos de sus dirigentes más significados, de los masivos ataques armados y del estímulo de los enfrentamientos interpalestinos, añadidos al deterioro hasta límites insoportables de la vida cotidiana de los habitantes de Gaza y Cisjordania, sometiéndoles incluso a la tortura del hambre y al cerco de las enfermedades por las degradadas condiciones sanitarias que ha creado el bloqueo, mientras Israel sigue anexionando territorios y encerrando en ghettos inconexos a los palestinos, al otro lado de un muro más cruel que el del ghetto de Varsovia, llevará a las organizaciones palestinas a la interiorización de la derrota y al inicio del éxodo definitivo. Pero si una cosa ha demostrado el pueblo palestino es que continuará la resistencia al expolio y a la ocupación.

La colaboración de las dictaduras árabes, desde Egipto hasta Jordania y Arabia, complacientes con Estados Unidos e Israel, facilita la actuación israelí, que regularmente inicia agresiones limitadas, guerras que posponen la solución del conflicto palestino y crean cuestiones de disputa secundarias que facilitan su estrategia de no entrar a negociar la creación del Estado palestino. No es casualidad que Israel, además de destruir las infraestructuras de los territorios ocupados, arrase sistemáticamente todos los organismos e instituciones que pueden ser el germen del futuro Estado palestino. Tel-Aviv sabe que todas las organizaciones palestinas aceptarían la solución de dos Estados sobre la base de las fronteras de 1967. Pese a sus declaraciones, Israel no quiere la paz, sino la guerra, como demuestra su actuación: en el Líbano, Israel ha lanzado ataques en 1978, 1982, 1993, 1996 y 2006, y contra Cisjordania en 2002 (llamada, de manera hipócrita, Operación escudo defensivo), y la última, Operación plomo sólido, contra Gaza, por no hablar de las acciones más limitadas contra los palestinos o como el ataque contra Siria en 2008. Esa es la estrategia compartida por la mayoría de organizaciones israelíes que defienden el delirio sionista.

Pero la división, y el enfrentamiento armado entre facciones palestinas, azuzado por Israel y por Estados Unidos, plantea un difícil futuro en un Oriente Medio cruzado por múltiples enfrentamientos, con la ocupación norteamericana de Iraq y Afganistán, y donde tienen mucho qué decir Irán y Siria, Tur-quía y Egipto, además de las grandes potencias. El mandato de Mahmud Abbas ha concluido, y Hamás no reconoce ya su autoridad, como la ANP no reconoce al gobierno de Ismael Haniya, pero la dificultosa, e imprescindible, búsqueda de una estrategia común va a complicar el futuro inmediato, sobre todo porque Israel sigue estimulando la guerra civil entre los palestinos. En el horizonte inmediato sólo esperan al pueblo palestino nuevos sufrimientos, pero la resistencia sigue siendo el único camino ■

 

PALESTINA, LIBRE, LIBRE

Mientras Israel bombardeaba despiadadamente la franja de Gaza, cuando ya habían sido asesinados centenares de palestinos, las organizaciones judías que apoyan la actuación de los gobiernos israelíes lanzaron una campaña para contrarrestar las masivas manifestaciones de protesta que estaban teniendo lugar en todo el mundo contra la ferocidad del ejército israelí. Diferentes concentraciones “de apoyo a Israel” tuvieron lugar en ciudades europeas y americanas, con la colaboración de organizaciones conservadoras y partidos de derecha.

Así, el 11 de enero de 2009, en Nueva York, una nutrida manifestación de unas diez mil personas se concentraron ante el Consulado israelí. Habían sido convocados por la Federación UJA de Nueva York, por el Jewish Community Relations Council, también de Nueva York, y por la Conference of Presidents of Major America Jewish Organizations. Recibieron el apoyo del Consulado israelí y de importantes núcleos del poder norteamericano. Ante la concentración, el senador demócrata Charles Chuck Schumer defendió el ataque de Tel Aviv a la población de Gaza y habló de los “métodos humanitarios de guerra de Israel”, porque, afirmó, el Tsahal enviaba mensajes SMS a los palestinos cuya casa iba a ser bombardeaba “porque almacenan armas” en ellas, y se preguntó, admirado, “¿qué otro país haría eso?”. El senador Schumer se abstuvo de hacer mención del elevado número de víctimas civiles, de niños y de mujeres asesinadas por el ejército israelí. Por su parte, David Paterson, gobernador del Estado de Nueva York, justificó también el ataque a Gaza. Para ellos, Israel se defendía. La gran prensa norteamericana actuaba de forma similar: The New York Times, ante la evidencia de los crímenes israelíes, hacia imposibles equilibrios para intentar equiparar a ambas partes, recogiendo declaraciones de profesores que certificaban (¡) que “las normas éticas y legales del Ejército israelí son estrictas y el personal […] militar ha sido instruido en ellas concienzudamente.” Algunos de los periodistas del diario insistían en hablar de los “misiles” lanzados por Hamás, omitiendo deliberadamente la abismal diferencia entre cohetes artesanales y misiles. Todo vale, para defender a Israel.

Durante el acto neoyorquino, los manifestantes bailaban alegres al son de la música, agitando banderas israelíes, mientras gritaban ¡a por ellos!, en clara alusión a los “terroristas palestinos”. Pancartas con leyendas como Islam: Cult of Hate”, culto del odio, se pasearon por la concentración. El fanatismo proisraelí llegó a tal extremo que algunos asistentes hablaban de las fábricas de armas “que se encuentran en las escuelas de Gaza”, o en los hospitales, y justificaban los bombardeos contra la población civil. Una manifestante, para justificar el despiadado ataque a los palestinos de la Franja, alegó ante las cámaras que había visto en Internet como una niña era degollada por su propio padre en el curso de una fiesta musulmana chiíta en el Líbano: según la mujer, el padre le cortaba la cabeza. No era en tierra palestina, sino en el Líbano, y la noticia era harto dudosa, pero todo eso no importaba. La conclusión era obvia: acabar con esa gente atroz (palestinos, árabes, musulmanes, todo mezclado, qué más da) es legítimo. Merecen la muerte. Esa inhumanidad, ese desprecio atroz hacia el sufrimiento de los palestinos, esa indiferencia ante las más de mil trescientas personas asesinadas, mostraba la degradación ética y moral en la que se han hundido los defensores del gobierno racista de Israel. Mientras eso ocurría, y mientras en Gaza los palestinos intentaban sobrevivir a otro infierno, el embajador israelí en España, Raphael Schutz, tenía la desvergüenza de denunciar “los hechos antisemitas” que, según él, tenían lugar en Cataluña y en otros lugares de España. Ninguna mención al terrible castigo inflingido a los palestinos, ningún recuerdo para los asesinados. Los terribles “hechos antisemitas” que habían tenido lugar fueron unas pintadas en la sinagoga barcelonesa de la calle Porvenir.

Las escenas de esa manifestación neoyorquina llegaban mientras los soldados israelíes bombardeaban el hospital Al Quds de Gaza. Llegaban pocos días después de que, el 28 de diciembre, cinco hermanas de la familia Baalousha (Jawhir, de 4 años; Dina, de 8; Samar, de 12; Ikram, de 14; y Tahrir, de 17) murieran en su casa del campo de refugiados de Jabalia, al norte de Gaza, alcanzadas por las bombas israelíes. Llegaban poco después de que Ihab al-Madhoun, médico, y Muhammad Abu Hasida, el enfermero que le acompañaba, murieran tras un ataque aéreo el 31 de diciembre, cuando intentaban evacuar a personas heridas en un ataque de la aviación. Llegaban, mientras Nour Kharma, una adolescente palestina que vive en la ciudad de Gaza, se preguntaba, después de conocer la muerte de su amiga Christine, “¿yo también voy a morir?” No sé si su amiga era la misma Christine, una chica de catorce años, que murió de miedo en esos días: tras el paso atronador por su barrio de Al-Remal de los F-16 israelíes que bombardeaban, Christine se derrumbó, y su padre, médico, no pudo hacer nada por ella. Llegaban, mientras hombres maduros lloraban como niños, viendo a las madres desesperadas, y a los médicos impotentes ante la barbarie. Llegaban, mientras los enfermeros del pobre hospital de Gaza se veían obligados a limpiar con mangueras la sangre derramada en el suelo de los quirófanos.

Son tantas las historias de destrucción y de muerte que parece mentira que la dignidad humana siga consintiendo ese odio purulento de los gobiernos israelíes hacia un pueblo perseguido, masacrado, pobre y hambriento. Tal vez los dirigentes israelíes no soportan la dignidad con que generaciones de palestinos se han rebelado contra la adversidad, contra la derrota, contra el olvido. Son esos palestinos hacinados en los campos de refugiados de Sabra y de Chatila, en ghettos de pobreza donde brota el cansancio, y, a veces, la desesperación. Esos habitantes de los campos del Líbano, de Siria, de Jordania, de Gaza o Cisjordania, de la diáspora de millones de palestinos dispersos por el mundo, con las familias que siguen guardando un recuerdo perdido, la fotografía de una casa, de un pequeño jardín, de un huerto, de una tapia, prendidos en la retina cansada de los palestinos viejos, siempre colgados de un aire de primavera que se resiste a llegar a un pueblo de refugiados en los rincones más pobres de su propia tierra, apátridas desde hace sesenta años, refugiados de todas las guerras. Todas esas escenas nos traen a la memoria el ghetto de Varsovia, y los infames ghettos donde los nazis confinaron a tantas personas dignas, en Riga, en Vilna, en Cracovia, y las dantescas imágenes de los cadáveres de niños palestinos amortajados con pobres sábanas, esperando el último adiós; o de los niños palestinos heridos, que traen a la memoria las miradas asustadas de los niños judíos que pasaban entre las alambradas de los campos nazis de exterminio.

El odio sanguinario de los hijos de Israel, de sus gobernantes, de esos jóvenes soldados que volvían a casa satisfechos tras arrasar Gaza, tras haber pintado en las casas palestinas “¡muerte a los árabes!”; que volvían haciendo el signo de la victoria, dejando atrás la devastación y la muerte; el odio de esos soldados sonrientes, seguros, no podrá borrar de nuestra memoria la imagen de esa chica valiente que enarbolaba una bandera palestina subida a un montón de tierra, en Gaza, sola con su pañuelo y su voz, enfrentando la mirada de los soldados israelíes cargados de armas. No podrá ahogar la voz de un anónimo palestino que, en la manifestación de solidaridad realizada en Barcelona, gritaba desde los altavoces “Palestina libre, libre”, con toda la tristeza del mundo en su voz, cansada, casi afónica, rota, pero no vencida. Su voz llegaba con la megafonía, pero parecía apenas un susurro, de alguien que arranca fuerzas de flaqueza, de alguien que cuando parece imposible soportar más, seguir adelante, se levanta y muestra al mundo la dignidad palestina. Mientras el fuego bíblico del feroz dios de los judíos asolaba Gaza, resonaba en nuestros oídos: Palestina, libre, libre. Palestina, libre, libre.

¿Por qué estamos en huelga de hambre en las cárceles de Israel?

por Marwan Barghouthi//

[Más de 1600 prisioneros palestinos comenzaron el pasado lunes 17 de abril una huelga de hambre indefinida para exigir que se respeten los derechos básicos de los presos y se ponga fin a “la aplicación de la detención administrativa, la tortura, los juicios injustos, los tratos degradantes e inhumanos, las negligencias médicas, la detención de menores y la privación de derechos básicos como las visitas familiares o el derecho a la educación”.

Actualmente, hay 6500 presos palestinos, entre los que se incluyen 57 mujeres, 300 menores de edad, 13 parlamentarios y 18 periodistas. Además, 800 necesitan atención médica y cerca de 500 permanecen encarcelados en aplicación de la llamada «detención administrativa», figura que permite arrestar a una persona sin que se presenten cargos contra ella durante un periodo de seis meses prorrogable por otros seis meses.

La protesta, cuyo inicio coincidió con el Día Nacional de Solidaridad con los Presos Palestinos que se celebra cada 17 de abril desde 1974, está liderada por el líder encarcelado de Al Fatah, Marwan Barghouthi. Por ahora, la respuesta israelí ha consistido en suspender las visitas de todos los presos, aislar a Barghouthi, que ha sido trasladado a otra prisión, y reprimir las manifestaciones de apoyo a los presos.

Reproducimos a continuación la carta de Marwan Barghouthi, escrita en la prisión Hadarim, en Israel, publicada en The New York Times el martes 18/04/2017 ndt].

Habiendo pasado los 15 últimos años en una prisión israelí, he sido a la vez testigo y víctima del sistema ilegal israelí de detenciones colectivas arbitrarias y de malos tratos a los presos palestinos. Tras haber agotado todas las demás opciones, he decidido que la única opción para resistir a esos malos tratos era ponerme en huelga de hambre.

Unos 1000 presos palestinos han decidido participar en esta huelga de hambre, que comienza hoy, la jornada que celebramos aquí como el Día de los Presos. Hacer huelga de hambre es la forma más pacífica de resistencia que existe. Hace sufrir únicamente a quienes participan en ella y a quienes les son queridos, con la esperanza de que su estómago vacío y su sacrificio ayudarán a que el mensaje encuentre un eco más allá de los límites de su sombría celda.

Decenios de experiencia han probado que el inhumano sistema israelí de ocupación colonial y militar tiene por objetivo romper el coraje de los presos y de la nación a la que pertenecen, infligiendo sufrimientos a su cuerpo, separándoles de su familia y de su sociedad, haciendo uso de medidas humillantes para obligarles a someterse. A pesar de tal trato, no nos someteremos.

Israel, la potencia ocupante, ha violado el derecho internacional de múltiples maneras desde hace cerca de 70 años, y ha gozado sin embargo de la impunidad por sus actos. Ha perpetrado graves violaciones de las Convenciones de Ginebra en contra de los palestinos; los presos, entre los que hay hombres, mujeres y niños no constituyen una excepción.

No tenía mas que 15 años cuando fui detenido por primera vez. Tenía a penas 18 cuando un interrogador israelí me forzó a separar las piernas, cuando estaba en pie y desnudo en la sala de interrogatorios, antes de golpearme en los genitales. Me desmayé del dolor y la caída me ha dejado en la frente una cicatriz para el resto de mi vida. El interrogador se burlo luego de mí, diciendo que no procrearé jamás porque gente como yo no dan vida más que a terroristas y asesinos.

Algunos años más tarde me encontré de nuevo en una prisión israelí, realizando una huelga de hambre, cuando nació mi primer hijo. En lugar de los caramelos que repartimos habitualmente para celebrar tales noticias, repartí sal a los demás presos. Cuando tuvo a penas 18 años, fue a su vez detenido y pasó cuatro años en las cárceles israelíes.

El mayor de mis cuatro hijos es ahora un hombre de 31 años. Sin embargo, sigo aquí, prosiguiendo este combate por la libertad al mismo tiempo que miles de presos, millones de palestinos y con el apoyo de muchísimas personas en todo el mundo. La arrogancia del ocupante, del opresor y de sus partidarios les hace sordos a esta sencilla verdad: nuestras cadenas serán rotas antes de que lo seamos nosotros, porque está en la naturaleza humana responder a la demanda de libertad cualquiera que sea su precio.

Israel ha construido casi todas sus prisiones en Israel más que en los territorios ocupados. Actuando así, ilegalmente y por la fuerza ha transferido civiles palestinos en cautividad y ha utilizado esta situación para restringir las visitas de las familias y para infligir sufrimientos a los prisioneros con largos viajes en condiciones dolorosas. Ha transformado derechos fundamentales que deben ser garantizados en aplicación del derecho internacional -incluso algunos obtenidos con gran esfuerzo por las huelgas de hambre precedentes- en privilegios que su servicio penitenciario decide concedernos o retirarnos.

Los prisioneros y los detenidos palestinos han sufrido torturas, tratos inhumanos y degradantes, negligencias médicas. Algunos han sido asesinados mientras estaban detenidos. Según el último balance del Club de Presos Palestinos, alrededor de 200 presos palestinos han muerto desde 1967 a causa de tales actos. Los presos palestinos y sus familias siguen siendo también un objetivo prioritario de la política israelí de imposición de castigos colectivos.

Mediante nuestra huelga de hambre, intentamos poner fin a tales malos tratos.

En el curso de los cinco decenios pasados, según la asociación Addameer de defensa de los derechos humanos, más de 800 000 palestinos han sido encarcelados o detenidos en Israel -es decir, el equivalente al 40% de la población masculina de los Territorios palestinos. Hoy, alrededor de 6 500 de ellos siguen encarcelados. Algunos de ellos tienen la lúgubre distinción de poseer los récords mundiales de más largos períodos de detención de presos políticos. Apenas hay familias en Palestina que no hayan soportado sufrimientos provocados por el encarcelamiento de uno o varios de sus miembros.

¿Cómo dar cuenta de este increíble estado de cosas?

Israel ha creado un doble régimen jurídico, una forma de apartheid judicial, que asegura una cuasi impunidad a los israelíes que cometen crímenes contra los palestinos, a la vez que criminaliza la presencia y la resistencia palestinas. Los tribunales de Israel son una parodia de justicia, y son claramente instrumentos de la ocupación colonial y militar. Según el Departamento de Estado, la tasa de condenas de los palestinos ante los tribunales militares es de casi el 90%.

Entre los centenares de miles de palestinos que Israel ha encarcelado hay niños, mujeres, parlamentarios, activistas, periodistas, defensores de los derechos humanos, universitarios, personalidades políticas, militantes, paseantes, miembros de la familia de los presos. Y todo esto con un solo objetivo: enterrar las aspiraciones legítimas de una nación entera.

En lugar de esto, sin embargo, las prisiones de Israel se han convertido en la cuna de un movimiento duradero por la autodeterminación palestina. Esta nueva huelga de hambre demostrará una vez más que el movimiento de los prisioneros es la brújula que guía nuestro combate, el combate por la Libertad y la Dignidad, nombre que hemos elegido para esta nueva etapa en nuestra larga marcha hacia la libertad.

Israel ha intentado marcarnos a fuego a todos nosotros como terroristas para legitimar sus violaciones del derecho, entre las cuales están las detenciones colectivas arbitrarias, las torturas, las medidas punitivas y las restricciones rigurosas. En la voluntad israelí de minar la lucha palestina por la libertad, un tribunal israelí me condenó a cinco penas de cárcel a perpetuidad y a 40 años de prisión en un proceso transformado en espectáculo político que fue denunciado por los observadores internacionales.

Israel no es la primera potencia ocupante o colonial que recurre a tales expedientes. Todo movimiento de liberación nacional en la historia puede recordar prácticas análogas. Por ello son tantas las personas que han luchado contra la opresión, el colonialismo y el apartheid que están a nuestro lado. La Campaña Internacional para la Liberación de Marwan Barghouthi y de todos los presos palestinos, que la figura emblemática de la lucha antiapartheid, Ahmed Kathrada, y mi esposa, Fadwa, lanzaron en 2013 desde la antigua celda de Nelson Mandela en la isla de Robben Island ha gozado del apoyo de ocho laureados del Premio Nobel de la Paz, de 120 gobiernos y de centenares de dirigentes, parlamentarios, artistas y universitarios del mundo entero.

Su solidaridad revela el fracaso moral y político de Israel. Los derechos no son conferidos por un opresor. La libertad y la dignidad son derechos universales inherentes a la humanidad, de los que deben disfrutar todas las naciones y a todos los seres humanos. Los palestinos no serán excepción. Solo el hecho de poner fin a la ocupación pondrá fina a esta injusticia y marcará el nacimiento de la paz.

Carta publicada en el New York Times el 18/04/2017, traducida de http://www.france-palestine.org/Pourquoi-nous-sommes-en-greve-de-la-faim-dans-les-prisons-d-Israel

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