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Isaac Deutscher: breve historia de la revolución rusa

La revolución de 1917 estalló en plena guerra mundial en la que Rusia, aunque perteneciendo de hecho a la coalición victoriosa, sufrió severas derrotas. En cierto sentido algunos consideran que la revolución se vio propiciada por el fracaso del ejér­cito zarista. Pero la realidad es que la guerra no hizo más que acelerar un proceso que desde hacía varias décadas estaba erosionando el viejo orden establecido; aceleración que ya se había visto más de una vez intensificada por otras derrotas militares. El zar intentó evitar las consecuencias de su fracaso en la guerra de la concediendo la emancipación de los siervos en 1861. La derrota en la guerra ruso-japonesa de 1904-1905 se vio inmediatamente seguida por un annus mirabilis de revoluciones. Tras el desastre militar de 1915-1916 el movimiento empezó de nuevo desde el punto muerto al que había llegado en 1905, con la diferencia que en 1905 la insurrección de diciembre de los obreros de Moscú, había significado la palabra fin de la solución, mientras que en 1917 la revuelta armada Petrogrado fue la primera chispa. La organización más importante creada por la revolución de 1905 1/ fue el llamado “consejo de representantes obreros” o soviet de San Petersburgo 2/. Tras un intervalo de doce años, los primeros días del nuevo alzamiento, aquella organización volvió de nuevo a vitalizarse para convertirse en el foco principal del gran acontecimiento que avecinaba.

Al comparar la revolución soviética con la francesa o con la puritana inglesa sorprende que lo que en las últimas revoluciones citadas tardó años en resolver en la revolución soviética fue solventado en la prime­ra semana del alzamiento. El clásico preludio de otras revoluciones que casi siempre había sido un enfrentamiento entre un monarca y alguna clase de “cuerpo parlamentario” no existía en la revolución soviética e 1917. Los que defendían el viejo absolutismo de los Romanov apenas tuvieron ocasión de hablar; desaparecieron de la escena casi al mismo tiempo que se al­zaba el telón. Los constitucionalistas que habrían de­seado conservar la monarquía, aunque sometida a un cierto grado de control parlamentario, no tuvieron si­quiera ocasión de exponer su programa; en los prime­ros días de la revolución la fuerza de los sentimientos republicanos les obligaron a arriar la bandera monár­quica y a desarrollar su acción política como constitucionalistas tout court. Aquí no encontramos ningún paralelo con los estados generales franceses o con el parlamento inglés de las revoluciones a que nos hemos referido al principio. La característica principal de los acontecimientos de 1917 fue la lucha entre unos grupos que hasta hacía poco tiempo habían formado el ala ex­tremista de la oposición clandestina: lo que podríamos llamar Gironda rusa (los socialistas moderados) y la Montaña rusa (los bolcheviques).

La fase “constitucionalista” de la revolución había dejado prácticamente de existir antes de 1917. En su manifiesto de octubre de 1905 Nicolás II había prome­tido acceder a la formación de un parlamento repre­sentativo. Pero sí Carlos I de Inglaterra o Luis XVI de Francia hicieron, antes de ser destronados, concesión tras concesión a sus instituciones parlamentarias, el zar se “recuperó” pronto del pánico de 1905 y pretendió reafirmarse como el autócrata de todas las Rusias. La historia política de los años 1906-16 se caracteriza por un proceso de progresiva decadencia de las Dumas. Las Dumas eran simples organismos consultivos sin derecho alguno a controlar al gobierno; eran disueltas cómo y cuándo el zar quería mediante simple decreto, y sus miembros eran frecuentemente encarcelados o de­portados. En marzo de 1917 no había por tanto au­ténticas instituciones parlamentarias que sirviesen como plataforma en la que pudieran dialogar las partes en­frentadas. Así las cosas, el soviet está predestinado a convertirse en el motor y centro del movimiento revo­lucionario.

El zarismo no aprendió la lección que supusieron los acontecimientos de 1905. No solamente continuó el gobierno autocrático sino que lo hizo en una atmós­fera de creciente corrupción y decadencia en la que fue posible un escándalo tan grotesco como el de Rasputín. La estructura social y económica del país permaneció invariable en lo esencial. Unos treinta mil terratenientes poseían nada menos que unos 70 mi­llones de desjatines de tierra 3/.

La comparación con los 75 millones de desjatine que poseían los 10,5 millones de campesinos censados era a todas luces escandalosa. Un tercio del campesi­nado no poseía tierra alguna. El nivel técnico de la agricultura era “criminalmente” bajo. Según el censo de 1910 solamente había 4,2 millones de arados de hierro y menos de medio millón de traíllas también de hierro frente a diez millones de arados de madera, y veinticinco millones de traíllas también de madera. La tracción mecánica era prácticamente desconocida. En más de una tercera parte de las granjas no tenían nin­gún tipo de herramientas agrícolas y en el 30 % de las mismas ni una sola cabeza de ganado. No hay pues que so»prenderse de que en los años inmediatamente anteriores a la guerra el rendimiento ceramista medio por acre fuese sólo una tercera parte del obtenido por los granjeros alemanes y la mitad del que obtenían los campesinos franceses.

Esta escandalosa pobreza se veía aún más agravada por los cada vez más fuertes tributos anuales que el campesinado debía pagar a los terratenientes (aproxi­madamente entre 400 y 500 millones de rublos-oro al año).

Más de la mitad de las haciendas hipotecadas por el “Banco de la nobleza” las tenían en arriendo los campesinos en condiciones diversas, pero que eran casi las mismas de las de la época feudal. La parte que se llevaba el terrateniente era a menudo el cincuenta por ciento de la cosecha. Más de cincuenta años después de la “emancipación” oficial de los siervos, la situa­ción de servidumbre persistía en la práctica en muchos casos y en algunas zonas, como, por ejemplo, en el Cáu­caso donde la “servidumbre temporal” siguió practi­cándose hasta 1912. El clamor para que se redujesen las rentas impuestas por los terratenientes y la reducción y abolición de la “servidumbre” era cada vez más insistente, y al no ser atendido este clamor se convirtió en la exigencia de que los terratenientes fuesen total­mente desposeídos de sus tierras y que las mismas fue­sen distribuidas entre el campesinado.

Todo esto tenía que conducir al zarismo, en un plazo más o menos largo, al desastre total. La guerra contribuyó decisivamente a excitar los ánimos del campesinado. Las continuas movilizaciones que tuvieron lugar entre 1914 y 1916 privaron a la agricultura de casi la mitad de su mano de obra; el ganado (el poco que había) era sacrificado en masa para las necesidades del ejército y el rendimiento agrícola descendió un veinticinco por ciento respecto de la media normal, mientras las importaciones del extranjero (de las que ya en tiempo de paz dependía la agricultura para sub­venir a las necesidades del país) quedaron prácticamente te paralizadas. Al disminuir la producción en forma tan grave, el pago de las rentas se hizo insoportable para los campesinos y el deseo de éstos por hacerse con tie­rras para su explotación integral se convirtió en algo desesperado e irresistible. Entre 1905 y 1917 solamente se intentó una reforma agraria de cierta envergadura: la reforma de Stolypin de noviembre de 1906, quien había intentado conseguir la formación de una capa de granjeros ricos sobre la que el régimen zarista pudiese apoyarse. Pero los logros de tal reforma fueron insignificantes y, por otra parte, se vieron minados por la guerra mundial.

La pobreza agrícola se veía acompañada por el atraso industrial. En vísperas de la guerra la producción rusa de hierro era de 30 kilos por cabeza frente a los 203 que producía Alemania, a los 228 de Gran Bretaña ya los 326 de los Estados Unidos. La producción de carbón era en Rusia de 0,2 toneladas por cabeza, de 2,8 toneladas en Alemania, de 6,3 toneladas en Gran Bretaña y de 5,3 toneladas en los Estados Unidos. El consumo de algodón era de 3,1 kilos por cabeza en Rusia, frente a los 19 de Gran Bretaña ya los 14 de los Estados Unidos. No había en Rusia más que una incipiente electrificación y una, también incipiente, industria de construcción de maquinaria; no había industrias de máquinas-herramientas, no había complejos quí­micos ni fábricas de automóviles. Durante la guerra la producción de armamento se intensificó, pero el rendi­miento de las industrias básicas se redujo. Entre 1914­-917 no se fabricaron más que 3,3 millones de rifles para un total de quince millones de hombres que ha­bían sido movilizados. El atraso industrial se tradujo inevitablemente en debilidad militar a pesar de las en­tregas de armas y municiones que los aliados hicieron al gobierno ruso. Y, a pesar de todo lo anterior y por extraña paradoja, la industria rusa era, en un aspecto, la más moderna del mundo: estaba muy concentrada y el coeficiente de concentración era incluso superior al de los Estados Unidos. Más de la mitad del proletariado industrial ruso trabajaba en industrias que empleaban a más de quinientas personas. Esto tendría consecuencias políticas porque esta concentración sin precedentes daba al proletariado ruso la oportunidad de llegar a un alto grado de organización política y fue uno de los factores que permitieron al proletariado ruso desempeñar un papel decisivo en la revolución soviética.

Pero, antes de que la clase obrera que iba a ser, junto a los intelectuales, la que evidenciase toda su fuerza, la debilidad del régimen allanó el camino al agravar su propia situación debido a la bancarrota fi­nanciera.

La guerra mundial obligó a gastar a Rusia más de cuarenta y siete mil millones de rubIos y de esta can­tidad sólo algo menos de la décima parte procedía del presupuesto ordinario, porque los préstamos de guerra (del interior y del exterior) alcanzaron la cifra de cua­renta y dos millones de rubIos. La inflación era terri­ble: en el verano de 1917 la circulación fiduciaria era diez veces superior a la de 1914. Al estallar la revolu­ción el coste de la vida era siete veces superior al de antes de la guerra mundial. A lo largo del 1916 esta­llaron frecuentes huelgas y disturbios en Petrogrado 4/, Moscú y otros centros industriales. “Si la posteridad reniega de esta revolución renegará de nosotros por haber sido incapaces de evitarlo haciendo nosotros una revolución desde arriba”.

Así es como Maklákov (uno de los líderes de la burguesía liberal) resumía la actitud de la corte, del gobierno y también de la clase media liberal en víspe­ras del alzamiento. Bien es cierto que la oposición li­beral y semiliberal de la Duma previó la tormenta que se avecinaba.

En agosto de 1915, tras unas derrotas militares que costaron a Rusia tres millones y medio de hombres y que le supusieron la pérdida de Galitzia y Polonia, el bloque que formaban la oposición en la Duma fue ga­nando fuerza y adeptos. Este bloque englobaba a los demócratas constitucionalistas dirigidos por P. N. Miliu­kov y por el príncipe G. E. Lvov; los octubristas (di­rigidos por A. I. Guchkov), es decir, los conservadores que habían abandonado la petición de que se formase un gobierno constitucional y que se habían reconciliado con la autocracia, y un grupo de nacionalistas de ex­trema derecha cuyo portavoz era V. V. Shulgin.

Este bloque, que ya hemos dicho que iba ganando fuerza progresivamente, se enfrentaba al zar (aunque con cierta timidez) pidiendo la formación de un gobierno que “disfrutase de la confianza del país”. Esta fórmula ni siquiera implicaba que el nuevo gobierno tuviese que rendir cuentas ante la Duma porque el “blo­que” no pedía al zar que cediese parte de sus poderes autocráticos sino simplemente que los hiciese más di­geribles. La principal preocupación de los progresistas era el destino de la guerra. Los líderes de la “oposición” estaban alarmados por el derrotismo que reinaba en la corte, Además había amplios sectores que creían que el zar estaba dispuesto a buscar la paz separada con Alemania. La camarilla de Rasputín, cuyo poder procedía de la mística admiración de la zarina por aquel anal­fabeto y licencioso monje siberiano, era la más sos­pechosa de propagar el derrotismo. Los líderes del blo­que progresista estaban unidos en la determinación de proseguir la guerra y, en esto, se veían alentados por los delegados de las potencias occidentales en la ca­pital rusa. No faltaban conatos de oposición en el man­do supremo. El general Brussilov, comandante en jefe, maniobraba de una forma un tanto confusa. Una cons­piración dirigida contra el zar fue atribuida a otro mi­litar de alto rango: el general Krymov.

El zar seguía obstinado en no hacer concesión al­guna. Los cortesanos intentaron por todos los medios apearle de su actitud para evitar la “arribada” de un Necker o un Turgot rusos que abriesen las compuertas a la revolución.

Del 3 al 16 de septiembre de 1915 el zar decretó la “temporal dispersión” de la Duma; nombró un nuevo gobierno pero lo hizo exclusivamente para humillar al bloque progresista ya la oposición en general. A cada nueva reorganización ministerial accedían al poder individuos tenebrosos que no hacían más que cargar, más de lo que estaba, la atmósfera derrotista.

En dos años de guerra, Rusia tuvo cuatro primeros ministros, seis ministros del Interior, tres ministros de Asuntos Exteriores y tres ministros de Defensa.

“Llegaban uno tras otro…—escribía Miliukov, his­toriador de la revolución- y pasaban como sombras de­jando paso a gente que no era más que… protegidos de la camarilla de la corte”. A finales de 1916 la Duma volvió a reunirse y los líderes del bloque progresista expresaron abiertamente no ya sus temores sino su alar­ma. En una filípica de Miliukov, en la que por primera vez denunciaba…públicamente a la propia zarina, blan­dió contra el gobierno su agresiva pregunta: “¿Qué es esto, traición o estupidez?” Pero la respuesta del zar fue la de costumbre: no dejar hablar a nadie y disol­ver la Duma. Las compuertas se cerraron hermética­mente ante el río de la revolución con el resultado de que el nivel de las aguas revolucionarias iba creciendo hasta que llegó a un punto en que desbordó todas las barreras para anegar la vieja monarquía de los Ro­manov.

La futilidad de todos los intentos para inducir al zar a cambiar de actitud se vio subrayada por el ase­sinato de Rasputín, “el genio maligno de la corte”, en la noche del 17/30 al 18/31 de diciembre de 1916. El “monje sagrado” fue asesinado por el príncipe Yussupov, un pariente del zar, en presencia de otros corte­sanos. Aquel acontecimiento demostró a todo el país la realidad de las disensiones en el seno de la clase go­bernante (lo que en realidad pretendían los asesinos de Rasputín era acabar con la facción progermana de la corte). Durante algún tiempo se alentaron esperanzas de un cambio en los métodos del gobierno pero éstas no tardaron en verse defraudadas.

El zar y la zarina, resentidos por el asesinato de su “sagrado amigo”, se aferraron aún con mayor obs­tinación a sus métodos tradicionales. El comporta­miento de ambos sirvió de lección (una lección que el pueblo asimiló perfectamente) en el sentido de que el derrocamiento de una camarilla cortesana no bastaba para hacer posibles los cambios que todos deseaban; aprendieron que la situación que provocaba las rei­vindicaciones del pueblo estaba encarnada en el propio zar y más concreta y ampliamente en todo el orden constitucional monárquico. Paralelamente a estos acon­tecimientos el país se sumía cada vez más profunda­mente en el caos: derrotas en el campo de batalla, hambre en el pueblo, fraudes y orgías en la corte y una interminable serie de movilizaciones. Todo ello irritó al pueblo, que se mostraba cada vez más inquieto.

“El gobierno —escribió Trotsky- pretendía evitar su pro­pio hundimiento con continuas movilizaciones y dar a los aliados toda la carne de cañón que necesitasen. Unos quince millones de hombres fueron movilizados para cubrir… to­dos los puntos estratégicos y obligados a pasar por toda suer­te de calamidades. Porque sí aquellas masas debilitadas no eran en el frente más que una fuerza imaginaria, en el inte­rior del país eran una poderosa fuerza de erosión. Se conta­bilizaron unos veinticinco millones entre muertos, heridos y prisioneros. El número de desertores fue enorme. En julio de 1915 los ministros parecían contratarse a sí mismos como plañideras: iPobre Rusia!, incluso su ejército, que en el pa­sado atronó el mundo con sus victorias… se ha convertido en una masa de cobardes y desertores”.

Y, sin embargo, cuando estalló la revolución casi nadie le atribuyó el carácter decisivamente histórico que iba a tener. Al igual que ocurriera con la Revolución francesa, la soviética fue tomada al principio por una simple sublevación y, no sólo por el zar, por la corte y por la oposición liberal, sino por los propios revolu­cionarios.

Todo el mundo se vio desbordado por la fuerza in­trínseca… de los acontecimientos. El zar continuó con su táctica de esgrimir amenazas hasta el mismo momento de su abdicación. Los líderes octubristas presionaban, como máximo, en favor de un cambio ministerial cuan­do era el propio zar la persona y el símbolo que resul­taba inaceptable para el país; después exhortaron al zar que abdicase en favor de su hijo o de su hermano cuan­do era toda la dinastía Romanov lo que el pueblo re­chazaba y cuando la república era ya un hecho con­sumado.

Por otra parte, el grupo clandestino que aglutinaba el socialismo (bolcheviques, mencheviques y social-re­volucionarios) creía ser testigo de una serie de brotes revolucionarios cuando éstos culminaron en manifesta­ciones y en una huelga general. Todos ellos se mostra­ban profundamente preocupados por la reacción de las fuerzas armadas, que podían sabotear la huelga general en lugar de unírseles y cuando se encontraron con el poder en las manos, no veían muy claro cuál iba a ser en definitiva el resultado real de la lucha. Después, la preocupación de los revolucionarios se centró en ver dónde y en qué nombres concretos debían delegar las máximas responsabilidades. No cabe duda de que los propios revolucionarios estaban aún hipnotizados por la potencia del viejo régimen que se había desintegrado hasta llegar al colapso total.

Esta fue, muy resumida, la secuencia de los aconte­cimientos. El 23 de febrero (8 de marzo) gran parte de los obreros de Petrogrado fueron a la huelga. Las amas de casa salieron a la calle a participar en manifesta­ciones (coincidiendo con el día internacional de la mu­jer). La gente asaltó varias panaderías pero, en reali­dad, los disturbios no tuvieron graves consecuencias. Al día siguiente prosiguió la huelga. Los manifestantes, tras conseguir romper los cordones de la policía, lle­garon al centro de la ciudad protestando del hambre, debida fundamentalmente a la falta de pan, y antes de ser dispersados, los gritos de” ¡Abajo la autocracia! “, atronaron las calles.

El 25 de febrero (10 de marzo) todas las fábricas y establecimientos industriales de la capital quedaron pa­ralizados. En los barrios de la periferia los obreros desarmaron a la policía. Para reprimir a los sediciosos fueron enviadas de su cuartel general tropas militares hubo algunos encuentros, pero, en general, los soldados evitaron disparar contra los obreros. Los cosacos, que habían tenido una participación tan importante en la represión de la revolución de 1905, decidieron apoyar a los manifestantes contra la policía. Al día siguiente el zar dio la orden de disolver la Duma. Los líderes de la Duma se mostraban aún temerosos de desafiar la au­toridad del zar y decidieron no convocarla clandestina­mente pero hicieron que los diputados no abandonasen la capital. Entre estos diputados se formó un comité para no perder el contacto “corporativo” con los acontecimientos. Aquel mismo día el zar ordenó al general que estaba al mando de la guarnición de Petrogrado que aplastase el movimiento revolucionario. En muchos pun­tos los jefes militares ordenaron a los soldados que disparasen contra la multitud. Por la tarde toda la guar­nición daba muestras de gran nerviosismo; los solda­dos celebraron “asambleas” en sus cuarteles para de­cidir sí debían obedecer la orden de disparar contra los obreros desarmados.

El 27 de febrero (12 de marzo) fue el día decisivo. Nuevas secciones de la guarnición se unieron a la re­volución. Los soldados compartieron sus armas y sus municiones con los obreros. La policía decidió desapa­recer de la calle, y la marea revolucionaria adquirió tal ímpetu que, por la tarde, el gobierno estaba completa­mente aislado, no le quedaba más refugio que el Pala­cio de Invierno y el edificio del almirantazgo.

Los ministros todavía albergaban la esperanza de aplastar la revolución con la ayuda de las tropas que el zar había ordenado venir desde el frente de Petro­grado. A última hora de la tarde los líderes de los co­mités huelguísticos, delegados de las fábricas, designa­dos por elección, y representantes de los partidos de ideario socialista se reunieron para formar el consejo de delegados de los trabajadores (el soviet). A la ma­ñana del día siguiente quedó perfectamente claro que las tropas del frente de Petrogrado no iban a salvar al gobierno, sencillamente porque los ferroviarios se ha­bían encargado de interrumpir los transportes militares desde ese frente.

La guarnición de la capital estaba totalmente “re­volucionada”. Los regimientos elegirían unos delega­dos que pronto serían admitidos como miembros del soviet que cambió su nombre adoptando el de consejo de los delegados de los obreros y soldados. El soviet, al que obreros y soldados prestaban una obediencia com­pleta, ira entonces el único poder real que existía en el país. Se decidió formar una milicia obrera, cuidar del aprovisionamiento de la capital y ordenar que se resta­bleciese la normalidad en los ferrocarriles siempre que no afectase a la estrategia militar. Los más exaltados asaltaron la fortaleza de Schlüsselburg (la Bastilla rusa) y liberaron a los presos políticos. Los ministros zaristas fueron arrestados.

Ante la realidad de los hechos consumados, ante la realidad de la revolución triunfante y de la fuerza con que el soviet asía las riendas del poder, el comité de la Duma que hasta entonces no se había atrevido a desai­rar la autoridad de zar tuvo que admitir la formaci6n de un nuevo gobierno. El 10 de marzo (14 de marzo) se acordó la formación de un gobierno provisional pre­sidido por el príncipe Lvov, que incluía a los octubris­tas, pero no a los representantes de los partidos de idea­rio socialista.

Solamente Kerenski estaba en la lista ministerial, para la cartera de Justicia, pero Kerenski fue propues­to para el cargo en consideración a sus aptitudes per­sonales pero no como representante de un partido. El día de su formación, el gobierno provisional envió a Guchkov y a Shulgin al zar para persuadirle de que ab­dicase en favor del “zarevich” Alexi. El zar no opuso resistencia pero decidió abdicar en favor de su hermano el gran duque Mijhail y no en favor de su hijo, El 2 (15) de marzo firmó la abdicación. Entre tanto, Milukov, que era ministro de Asuntos Exteriores del gobierno provi­sional, anunció públicamente la abdicación antes de co­nocer siquiera las condiciones y detalles. Dijo en un dis­curso dirigido a los oficiales del ejército, que el zar sería sucedido por su hijo y que hasta que el sucesor alcan­zase la mayoría de edad el gran duque Mijhail gobernaría en calidad de regente. Los oficiales reunidos con ocasión del discurso dijeron que no estaban dispuestos a volver a sus respectivos destinos a menos que el anun­cio de la regencia fuese retirado. En el soviet, Kerenski ya había hablado en favor de una república y sus pala­bras habían sido acogidas con clamorosas ovaciones. El gobierno provisional se encontraba dividido y mi­nistros monárquicos y republicanos expusieron las res­pectivas posiciones al gran duque Mijhail.

Milukov urgía al gran duque para que aceptase la sucesión mientras Rodzianko, presidente de la Duma, y Kerenski aconsejaban la abdicación. El gran duque se resignó, pero el gobierno provisional era incapaz de pro­nunciarse de una forma decidida- por las fórmulas re­publicana o monárquica y decidió dejar el problema en el aire hasta que se reuniese una asamblea constituyen­te, Desde el instante mismo de su formación, el gobier­no provisional y el soviet de Petrogrado quedaron en­frentados como auténticos rivales. El soviet no tenía ningún “título” legal en el que apoyar su autoridad sino que representaba la nueva legalidad dimanante de las fuerzas que habían hecho triunfar la revolución.

Es decir, los obreros y los soldados en unión de los intelectuales. El gobierno provisional se veía respaldado por las clases media y acomodada. Pero sus “títulos” legales eran también dudosos. Es cierto que el zar firmó un decreto por el cual se nombraba al príncipe Lvov como Primer Ministro, pero los historiadores no están seguros de sí firmó antes o después de la abdicación. En la confusión de aquellos días preñados de acontecimientos los líderes del nuevo gobierno parecieron ol­vidar las “bondades de los procedimientos constitu­cionales y es posible que el zar sancionase la formación del gobierno del príncipe Lvov en un momento en el que, legalmente, su sanción no tenía validez. Sea como fuere, el caso es que la revolución eliminó al zar en tanto fuente legal de poder. El gobierno provisional representaba a la última Duma que, como sabemos, había sido disuelta por el zar antes de su abdicación. La Duma había sido elegida sobre la base de una ley electoral resultante del golpe de estado de Stolypin del 3 (16) de julio de 1907 que le daba una palmaria falta de representatividad. Esta circunstancia explica la impopularidad de la Duma en 1917 y su consiguiente eclipse. Pero la principal debilidad del gobierno provi­sional era su incapacidad para ejercer el poder de ma­nera efectiva. Las clases medias a las que representaba se hallaban presas del pánico y políticamente desorga­nizadas y por lo tanto nada tenía que hacer frente a los obreros armados en unión del ejército rebelde. El gobierno provisional sólo podía, por lo tanto, ejercer sus funciones sí el soviet de Petrogrado y los soviets de provincias colaboraban. Pero los objetivos de unos y otros eran muy distintos. Los ministros más influyentes —Lvov, Milukov, Guchkov- confiaban en la restaura­ción de una monarquía constitucional; albergaban la esperanza de que remitiese la marea revolucionaria y estaban dispuestos a hacer todo lo posible para que así fuese; estaban, en definitiva, dispuestos a volver a im­poner a los obreros la vieja disciplina industrial y a evitar la reforma agraria.

Finalmente se decidieron a continuar la guerra con la esperanza de que la victoria daría a Rusia el control de los Dardanelos y de los Balcanes según lo prometido en el secreto tratado de Londres (1915). Ninguno de estos objetivos podía ser abandonado sin provocar la indignación popular.

Los soviets, por otra parte, no se apoyaban sola­mente en la clase obrera (porque, por ejemplo, en Pe­trogrado contaron con la guarnición militar). Gracias a sus procedimientos de representación estaban en es­trecho contacto con las masas y en una situación idó­nea para reaccionar de acuerdo con la “temperatura de las mismas. Los miembros de cualquiera de los soviets salían mediante elección de la masa obrera de las fá­bricas y el sistema se aplicaba asimismo en todos los cuerpos militares. Pero los diputados no se elegían para un período determinado y él electorado podía repudiar a cualquier responsable elegido sí no estaba de acuerdo con su gestión y elegir a otro en su lugar. Aquí radica una de las innovaciones introducidas por los soviéticos en los sistemas electorales; una innovación que más tarde, seguirían aplicando en la práctica aunque no estuviese “constitucionalmente” definida. Como mecanismo representativo, los soviets tenían una base restringida en los parlamentos elegidos por sufra­gio universal: eran por definición organismos de clase, su sistema de elección excluía cualquier representa­ción por parte de la alta y media burguesía. Por otra parte, los soviets de 1917 representaban a sus electores de forma mucho más directa que cualquier otra institución par­lamentaria. Los diputados permanecían bajo el cons­tante y vigilante control del electorado y muchas veces depuestos. Así pues, se modificaba constantemente imposición de los soviets de las fábricas, de los regimientos y de las organizaciones agrícolas. Además, como los votos no representaban divisiones administra­tivas sino unidades productivas o militares, su capacidad de acción revolucionaria era enorme.

Tenían el mismo poder que gigantescos comités de agitación que impartían órdenes a los obreros de las fábricas, de las estaciones de ferrocarril, de los servicios municipales, etc. Los diputados eran legisladores sui generis, a la vez ejecutivos y comisarios. La vieja divi­sión entre las funciones legislativas y las ejecutivas desapareció. Hacia el final de la revolución de febrero (marzo) el soviet de Petrogrado se convirtió en el orga­nismo dirigente de la revolución. Ocho meses después volvería a desempeñar el mismo papel.

Y, sin embargo, tras los acontecimientos de febrero (marzo) el soviet, más que impulsar la marea revolu­cionaria, se vio arrastrado por ella. Sus dirigentes se encontraban ante el panorama de su propio poder y el temor a usar del mismo. El 2 (15) de marzo el soviet de Petrogrado decretó la famosa orden nº 1. En vir­tud de la misma los representantes de los soldados eran admitidos en el soviets, se pedía a los soldados que eligiesen sus comités; se les permitía participar en las decisiones políticas del soviet y tomar toda clase de ini­ciativas siempre y cuando no contradijesen las del soviet. La orden sobre todo recomendaba a los soldados que mantuviesen una estrecha vigilancia de los depósitos de armas y que se resistiesen a cualquier intento por parte de la oficialidad de desarmar a los suboficiales y a la tropa. Esta fue la primera manzana de la discordia que se interpuso entre el gobierno provisional y el soviet después de que el soviet hubiera aceptado la autoridad del gobierno. El gobierno provisional acusó al soviet de estar relajando la disciplina militar. El soviet, por su parte, temeroso de un golpe contrarrevolucionario por parte de la oficialidad, sostuvo que la única forma que tenía el gobierno de garantizar su existencia era ase­gurarse la lealtad de la tropa y de la suboficialidad. Así pues, era en propio beneficio del gobierno por lo que advertían a los soldados que se resistiesen a cual­quier intento de desarmarlos. La orden nº 1 enfrentaba a los soldados con la oficialidad ya la oficialidad con el soviet. Puso sobre el tapete el problema de las relacio­nes entre el gobierno provisional y el soviet de Petro­grado ya la larga con todos los soviets en general. Desde el principio estas relaciones tomaron un cariz que tendía a consagrar un poder bicéfalo.

Todo el período que va de febrero (marzo) a octu­bre (noviembre) puede ser considerado en función de una serie de intentos desesperados para solucionar este problema. Este poder bicéfalo era, por su propia natu­raleza, transitorio. A la postre el gobierno provisional o el soviet tendrían que afirmarse como única autoridad eliminando al rival. Los cadetes y la oficialidad querían acabar con el soviet; los bolcheviques querían acabar con el gobierno provisional. Sólo los socialistas modera­dos y otros grupos de izquierda esperaban que se con­solidase el régimen bicéfalo, transformando la situa­ción de transitoria en permanente.

El curso de los acontecimientos desde la abdicación del zar hasta el momento en que los bolcheviques se adueñaron del poder puede dividirse en cuatro fases:

En la primera fase, que duró del 2 de marzo al 3 de mayo (15 de marzo a 16 de mayo), los líderes conser­vadores y liberales, que representaban exclusivamente a los terratenientes ya la burguesía, se hicieron con las riendas del poder e intentaron modelar de jacto la incipiente república a su propia imagen y semejanza. Al principio de esta fase los líderes del soviet 3/ acep­taron la autoridad del gobierno provisional.

Pero hacia el final de esta fase los representantes de los terratenientes liberales y de la burguesía ya no eran capaces de gobernar por sí solos. El primer go­bierno provisional se había desgastado por la propia fuerza del proceso revolucionario.

En la fase siguiente, que duró del 3 de mayo al 2 de julio (16 de mayo a 15 de julio), una primera coalición entre liberales y socialistas moderados intentó salvar al régimen liberal burgués. En esta coalición, presidida aún por el príncipe Lvov, los liberales estaban en ma­yoría, pero lograron mantenerse en sus cargos gracias al apoyo de los socialistas moderados que en esta fase tenían una fuerte mayoría en los soviets. La necesidad de recurrir a un gobierno de coalición revelaba que el régimen burgués liberal estaba a merced del socialismo moderado, de un socialismo moderado que estaba, a su vez, a merced de los soviets. Al prestar su apoyo a la burguesía liberal los líderes del socialismo moderado tuvieron que cargar con la acusación de sus partidarios de haberse desviado de sus principios. Hacia el final de esta fase eran casi tan impopulares como los libera­les. Pudieron haberse salvado abandonando la coalición y gobernando en solitario, pero no fueron capaces de dar este paso.

La tercera fase, que duró del 3 de julio al 3 de agosto (16 de julio a 12 de septiembre), empezó con un abortado estallido revolucionario y acabó con un abor­tado estallido contrarrevolucionario. Hacia la mitad de esta fase los socialistas moderados intentaron salvar la coalición asumiendo, por lo menos nominalmente, el liderazgo y formando un nuevo gobierno presidido por Kerenski. Pero la mayoría de los obreros de Petrogra­do, aunque no se hallaban aún dentro del marco de las condiciones objetivas que podían impulsarles a elevar a los bolcheviques al poder, estaba decidida a acabar con la coalición. Se enfrentaron amenazadoramente a los líderes moderados con la exigencia de que ellos eran los únicos (acompañados o no por los bolcheviques) que debían ocupar los cargos dirigentes y gobernar en nom­bre de los soviets.

Este fue, sustancialmente, el motor de la subleva­ción de los días de julio, sofocada por los socialistas moderados con la ayuda del ejército y fue precisamente durante esta crisis, cuando el gobierno del príncipe Lvov dejó de existir. Porque no solamente los obreros y los soldados, sino gran parte de sus propios valedores de la clase media le volvieron la espalda. La burguesía se encontraba dividida: unos, ya en franca decadencia, pretendían aún mantener la alianza con los socialistas moderados y, los otros, más poderosos, ponían sus esperanzas en una contrarrevolución que acabase con los soviets. Fue esta facción de la burguesía la que apoyó el golpe contrarrevolucionario del general Kor­nilov. Sería Kerensky quien abortaría el golpe, pero con la ayuda de los bolcheviques. El fracaso de los dos intentos de opuesto signo a que nos hemos referido en esta fase debilitó durante un breve período a los element­os de ambos bandos que no querían avenirse a ninguna conciliación, con lo que se produjo un relativo equilibrio social en el que parecía posible catalizar la coalición entre socialistas y liberales.

Al principio de la cuarta fase, que duró desde el 30 de agosto al 24 de octubre (12 de septiembre a 6 de noviembre), ambas alas de la coalición se habían retirado del gobierno; la burguesía liberal porque simpatiz­aba con Kornilov y los socialistas moderados porque acusaban a Kerensky de haber permitido que los planes de K­ornilov se incubasen bajo las protectoras alas del gobierno. Por entonces Kerensky sólo pudo formar un gobierno fantoche, el directorio, que se hallaba tan en el aire como el propio gobierno personal de Kerenski. Pero tras derrotar a Kornilov con ayuda de los .bolcheviques, Kerensky se encontró con que, entre tanto, éstos se habían hecho con la mayoría en el soviet de Petrograd­o. La revolución era cada vez más profunda. Como los bolcheviques se habían adueñado de los soviets, los socialistas moderados intentaron hacerse fuertes al mar­gen de los mismos encontrando, como tantas otras veces, una plataforma común con la burguesía liberal.

De ahí saldría la tercera y última coalición que iba a durar sólo un mes; un mes lleno de febrilizantes preparativos bolcheviques para el derrocamiento de la república de febrero.

Los bandos que se enfrentaban fundamentaban su existencia y sus argumentos en hacer que la revolución, cuyo estallido preveían a largo plazo, llegase cuanto antes. Estaban de acuerdo en que el alzamiento tendría un carácter antifeudal y burgués y en que en muchos aspectos iba a ser una reedición de la Revolución francesa. Hasta la Primera Guerra Mundial había sido un axioma para todos los partidos enfrentados que Rusia “no estaba aún madura para la revolución”. Solamente Trotsky —ya en 1906- se había atrevido a negar dicho axioma. Pero, a pesar de este acuerdo sobre la perspectiva histórica, lo que dividía a los partidos eran cosas fundamentales. Contrariamente a la Francia de 1789, Rusia había entrado en la época de la revolución burguesa en un momento en que ya poseía un proleta­riado industrial que, aunque numéricamente poco import­ante, era muy activo y políticamente capacitado y fuertemente influenciado por las ideas socialistas. Ya en 1905 este proletariado era la fuerza motriz de la revolución y esto no podía sino aterrorizar a la burguesía liberal por más tesis socialistas que se inyectasen al sig­no burgués de la revolución. La burguesía liberal se negó a dirigir el movimiento antizarista porque debía imaginar que el trono era aún algo defendible. Sin em­bargo, su reconciliación con el zarismo era un tanto for­zada porque los “cadetes” (el partido liberal) cada vez tenían más esperanzas de convertir el absolutismo za­rista en una monarquía constitucional. Los “octubristas” sellaron la paz con la dinastía sin cambio alguno.

La actitud de la clase media dio lugar a una signi­ficativa controversia en el seno del partido de los obre­ros socialdemócratas rusos.

El ala moderada de este partido (los mencheviques) creía que puesto que la revolución sólo podía tener un carácter antifeudal o antiabsolutista, la dirección de la misma recaía de forma natural, no en la clase obrera, sino en la burguesía. Porque, por más equívoca que pudiera parecer la actitud de la burguesía, argumentaban los mencheviques, se verían arrastrados por la propia fuerza de los acontecimientos al establecimiento de una democracia parlamentaria de corte europeo occidental. Los bolcheviques, y especialmente Lenin, decían que, como la burguesía había pasado o se estaba pasando al campo de la contrarrevolución, solamente el proleta­riado podía dirigir el país o por lo menos lo que era mayoría dentro del mismo: el campesinado, en su for­cejeo frente al orden impuesto por el absolutismo.

Pero los bolcheviques añadían además que aunque la revolución fuese dirigida por una clase que tuviese aspiraciones de justicia social no podía pretender el establecimiento del socialismo en Rusia antes de que otra revolución socialista triunfase en la Europa occidental.

El gobierno revolucionario repartiría las haciendas de los terratenientes entre el campesinado; proclamaría una república liberal y decretaría la separación entre la iglesia y el estado. Además, implantaría la jornada de ocho horas y una legislación social progresista, pero no nacionalizaría la industria ni aboliría la propiedad privada, se limitaría a sustituir las formas de propiedad burguesas por fórmulas feudales y semifeudales.

Después tras un período de intenso desarrollo de la sociedad burguesa cuya duración vendría dictada por las sucesivas coyunturas y por las condiciones objetivas, llegaría el momento de la transformación socialista. Lo que en aquellos momentos importaba más era que la clase obrera no se viese desplazada de la dirección de la revolución “burguesa” y que no aguardase, como aconsejaban los mencheviques, a que los burgueses to­masen la iniciativa. Fue con estas ideas con las que los bolcheviques de Petrogrado se pusieron a la cabeza del movimiento de febrero (marzo) de 1917.

Otra significativa diferencia entre bolcheviques y mencheviques, que ya les había separado en 1903, se refería a los métodos de organización. Los bolchevi­ques contaban con una organización muy sólida y muy bien estructurada, con un “cuerpo de doctrina” propio, con tácticas cuidadosamente estudiadas y aplica­das y con una estricta disciplina interna que permitía al comité central planificar todos los movimientos en la seguridad de que sus órdenes e instrucciones serían cum­plidas por la base; es decir, por los obreros, por los sol­dados y por buena parte de los intelectuales. El partido tenía su líder indiscutido en Vladimir Ulianov “Lenin”, en cuya personalidad se amalgamaban muchas cualida­des: una gran cultura, un apasionado temperamento re­volucionario, genio táctico y una extraordinaria capaci­dad administrativa. Lenin aglutinaba al partido por su gran poder de persuasión y por su autoridad moral más que en razón del disciplinado mecanismo en que poste­riormente se convertiría el partido bolchevique.

La organización de los mencheviques era muy de­ficiente y su doctrina muy vaga; el ala derecha de los mencheviques estaba muy cerca del liberalismo burgués y el ala izquierda muy cerca de los bolcheviques. Y, de uno a otro extremo, iba toda una serie de posiciones in­termedias. Los mencheviques contaban con muchos po­líticos bien dotados, grandes oradores y escritores bri­llantes, pero carecían de un verdadero líder que fuese capaz de impulsar una política bien definida.

La revolución de febrero (marzo) sorprendió al par­tido escindido en dos partes. Tseretelli y Cheidze (dos georgianos) eran sus más autorizados portavoces cuando la república de febrero llegó a su máximo apogeo. Tsere­telli había sido condenado a trabajos forzados por el zarismo, y su martirio le dio considerable influencia en­tre los soviets y después en la coalición. Cheidze había sido el principal portavoz socialista en la Duma. Tsere­telli era el porta voz del ala derecha del partido y Cheidze el portavoz del centro. En el ala derecha se encontraba Plejanov, fundador de la social democracia rusa al que Lenin consideró en su juventud como su guía y maestro. En el ala izquierda, Martov, que impul­só el menchevismo, encabezaba el grupo de los menche­viques internacionalistas. Los mezhrayontsy eran exmencheviques y exbolcheviques que por una u otra razón habían quedado al margen de las organizaciones originales y que posteriormente se organizaron por su cuenta. Dirigido por Trotsky este grupo se uniría a los bolcheviques en el mes de julio de 1917. En la tierra de nadie que quedaba entre el menchevismo y el bolchevismo se encontraba también Novaja Zizn (Vida nueva) de Máximo Gorki en la que se agrupaban socialistas que exponían libremente sus ideas.

Los socialistas revolucionarios formaron, al igual que los mencheviques, una serie de grupos faltos de un sólido liderazgo. Las tradiciones de este partido arran­caban del movimiento Norodnik con su actitud “promujik” que abogaba por un socialismo campesino y por el terrorismo como método para hacer frente al za­rismo. En el ala derecha del partido había hombres que, como Kerensky, hubieran nadado como pez en el agua pongamos por caso, en el partido radical francés, y que intentaban en vano hipnotizar a la revolución con los fuegos de artificio de la oratoria parlamentaria. Al lado de Kerensky se encontraba Savinkov, el romántico terrorista convertido en un “buen patriota” y en abo­gado de (la ley y el orden”. El centro del partido tenía a su mejor dotado portavoz en Chernov, que fue mi­nistro de Agricultura en el segundo gobierno de coalición y que hacía muy poco había tomado parte, jun­tamente con Lenin, en la conferencia antimilitarista que celebraron los socialistas en Zimmervald (Suiza). El ala izquierda del partido, que era la que se hallaba más plenamente identificada con los métodos revolucionarios del movimiento Norodnik, estaba representada por veteranos como Spiridonova y Natanson, que se unirían a los bolcheviques en octubre (noviembre).

Si los bolcheviques y mencheviques encontraban un mayor número de adhesiones en las zonas urbanas, los líderes socialrevolucionarios eran los portavoces del campesinado. El ala derecha hablaba en el mismo tono que los granjeros opulentos y, en cambio, el ala izquierda se veía inspirada por el tópico anarquismo cam­ino que había echado raíces profundas en la tierra de Bakunin. Pero, en conjunto, los socialrevolucionarios se sentían inclinados a dejarse llevar por los mencheviq­ues, especialmente durante los primeros meses de la revolución.

La creencia general de que se trataba de una revolució­n “burguesa” confundió un tanto a los propios lídere­s del soviet de Petrogrado y propició su disposición a reconocer al gobierno del príncipe Lvov.

Este reconocimiento parecía estar perfectamente de acuerdo con las ideas de los mencheviques, según los cuales eran los burgueses los que debían hacerse cargo del gobierno provisional en una revolución burguesa; no era tarea de los socialistas formar parte de tal go­bierno; sólo podían apoyarlo “desde fueran para hacer frente a los intentos contrarrevolucionarios y al mismo tiempo deberían defender también “desde fueran las reivindicaciones de los obreros frente a la burguesía.

En la primera fase de la revolución los socialistas moderados permanecieron fieles a estos principios antes de unirse a los liberales en la coalición gubernamental.

AI principio la posición de los bolcheviques no la muy clara. Estaban acostumbrados a considerar a la burguesía como una fuerza contrarrevolucionaria y se encontraban “de pronto” con sus líderes al frente del primer gobierno republicano de facto. ¿Cómo sería a el dirigente del proletariado en la revolución? do con un espíritu de oposición que no estaba dispuesto a pactar con las clases superiores, los seguidores de ­Lenin no podían reconciliarse con el príncipe o con Guchkov, con Miliukov, con los representantes de l­os terratenientes y con los industriales. Pero, por arte, la creencia que la revolución estimularía el desarrollo del capitalismo moderno en Rusia más que lugar a la implantación del socialismo, parecía obligar usar en algún medio de conciliación. En su exilio Lenin ya había resuelto el problema por su cuenta acabado convenciéndose de que la revolución “burguesa” no era más que el preludio de una revolución socialista; de que la clase obrera, con el apoyo del campesinado, acabaría con la burguesía e impondría su propia dictadura. Esto fue una importante novedad respecto de su diagnóstico anterior que sus seguidores pudieron apreciar desde el interior del país.

Sin la guía de Lenin sus seguidores vacilaban entre una política de oposición total al gobierno o­ prestarle un apoyo condicional Durante los días de la revolución de febrero (marzo) fueron dirigidos por un grupo de jóvenes radicales entre los que solamente Molotov llegaría, a la larga, a desempeñar un papel realmente histórico. El 12 de marzo (25) dos de los más importantes líderes bolcheviques, Stalin y Kámenev, regresaron de su exilio en Siberia y se encon­traron con que los criterios esgrimidos por sus jóvenes camaradas eran imprudentemente hostiles al gobierno provisional. Especialmente Kámenev aconsejó a los bol­cheviques que adoptasen una postura más conciliadora respecto del mismo. Lenin, en sus cartas desde Suiza, exponía ya las ideas que servirían de sostén teórico a la revolución de octubre (noviembre) pero, desde tan lejos, no podía imponer de momento a su partido que las aceptase. Así pues, en Petrogrado, durante la luna de miel de la república de febrero, bolcheviques, men­cheviques y socialrevolucionarios, aunque diferían entre sí por su tradición teórica y sus objetivos a largo plazo, convenían en los límites “liberal-burgueses” de la revolución. De ahí el idílico talante de unidad que exhibían las filas de la democracia revolucionaria, un idilio que bolcheviques y mencheviques estaban considerando se­riamente como capaz de llevar a un matrimonio del que emergiese un solo partido.

Pero los problemas básicos relativos a las tareas de la revolución se vieron complicados por las diferentes pos­turas de los partidos con respecto – la guerra. Los ca­detes y los octubristas confiaban en que la revolución no se convirtiera en un obstáculo para que su gobierno ganase la guerra y para proseguir con su política ex­terior. Como es sabido, en virtud del tratado secreto de Londres de 1915, se había prometido a Rusia el control de los Dardanelos y anexiones territoriales en los Bal­canes.

Miliukov, como ministro de Asuntos Exteriores del primer gobierno provisional, intentó reafirmar estos ob­jetivos como los “objetivos bélicos” de la Rusia revolucionaria. Pero, para conseguirlos, era evidente que el ejército debía luchar, y que debían restablecerse la dis­ciplina de la tropa y la autoridad de la oficialidad. El liberal ministro de Asuntos Exteriores se convirtió en ­un decidido defensor de la “línea dura”, del “gobierno fuerte”. Pero el restablecimiento de la disciplina, sólo era posible con la colaboración sin reservas de los so­viets. Pero, aún bajo la dirección de los líderes socia­listas más moderados, los soviets no podían hacer más que tímidos esfuerzos para conjurar el espíritu revolu­cionario de las fuerzas armadas. Casi todos los grupos socialistas estaban más o menos decididamente en con­tra del militarismo; la mayoría denunciaron la guerra como una aventura imperialista y revolucionaria cuando era el zar quien la dirigía. Pero con el derrocamiento del zar las cosas cambiaron un poco. Entonces podían aducir que el carácter de la guerra había cambiado y que la democracia revolucionaria rusa, aliada con las democracias parlamentarias de Francia y Gran Bretaña, estaba comprometida en una guerra a muerte contra las monarquías reaccionarias de los Hohenzonerns y de los Habsburgo. Esto era lo que proclamaban casi todos los socialistas, y algunos bolcheviques, en los meses de febrero y marzo y en cierto sentido se convirtieron en “patriotas” o en “socialpatriotas”. Pero, precisamente por aceptar la guerra en base a las razones apuntadas, no podían admitir los objetivos bélicos del viejo régimen. “Una paz democrática sin anexiones ni indemnizaciones” era el lema del día. Esto y las promesas de un pronto fin a la guerra sonaban a música del paraíso a los millones de soldados hambrientos que envejecían en las trincheras. Cuando Miliukov, el 18 de abril (lº de mayo), envió una nota a los aliados occidentales comunicándoles que su gobierno haría honor a los compromisos del gobierno zarista y prosiguió con sus objetivos bélicos, una marea de protestas se desencadenó en toda Rusia. Fue esto lo que acabó con la primera coalición tras la dimisión de Miliukov del ministerio de Asuntos Exteriores y de la de Guchkov del ministerio de Guerra.

Los recelos de los soldados que se encontraban el frente y de los obreros de los centros urbanos vieron mitigados con el nombramiento de Kerensky como ministro de la Guerra. A pesar de todo, en pIena “luna de miel” revolucionaria, los partidos socialistas no estaban aún seriamente divididos por sus criterio respecto a la guerra; todavía hablaban y actuaban con un espíritu de romántico pacifismo que, sin embargo, no les impedía apoyar tímidamente el esfuerzo bélico de su país. El verdadero motor de la escisión no había empezado aún a funcionar.

Desde el primer momento la revolución se centró en Petrogrado y en menor escala en Moscú y otros centros industriales. La iniciativa política partía de las ciudades. Pero la revolución no era, como puede comprenderse, una cuestión puramente “urbana”. Parafraseando a Marx podríamos decir que el “solo” del proletariado era poderosamente apoyado en todo el país por el “coro” del campesinado. Cada vez con mayor intensidad se elevaba un clamor en pro de una radical reforma del campo. Hacia la mitad del año los campesinos más impacientes empezaron a atacar a los te­rratenientes, a quemar sus casas ya repartirse sus tierras, hasta que llegó un momento en que estos actos empezaron a encadenarse con tal ímpetu que podía hablarse de una auténtica guerra campesina. La desintegración del ejército puede considerarse en cierto sen­tido como una faceta de esta revolución agraria. El ejército se nutría en su mayor parte del campesinado y éste esperaba que el nuevo régimen satisficiese sus demandas de tierra, por lo que en cierto modo “frenaron” los acontecimientos ya que los terratenientes estaban fuertemente representados en ese gobierno. En realidad los liberales y los octubristas deseaban evitar un cambio radical en las estructuras agrícolas.

Los socialistas moderados habían abogado durante mucho tiempo por la revolución agraria (4), pero en aquellos momentos vacilaban. ¿Podía hacerse una tal revolución en plena guerra? ¿No era la abolición de las estructuras que hacían posible la existencia de los terratenientes, un asunto lo suficientemente importante para ser abordado a la ligera y no en el seno de una asamblea constituyente? Podía dar la impresión de que en tales circunstancias la convocatoria de una asam­blea constituyente era la tarea más importante que debía abordar el gobierno y, sin embargo, los gobiernos que se iban sucediendo posponían esta convocatoria adu­ciendo que las pasiones políticas podían desatarse en las elecciones en perjuicio del esfuerzo bélico. Lo cierto es que las pasiones políticas ya estaban desatadas, que iban a desatarse aún más y que la congelación de la convo­catoria de una asamblea constituyente no conseguiría, “paradójicamente, más que encender los ánimos.

Los ministros burgueses insistían en seguir aplazando la convocatoria, temerosos de que una asamblea con­vocada en plena marea revolucionaria adoptase reso­luciones demasiado radicales, y los ministros socialistas sacrificaron la asamblea para salvar la coalición. Debido a su postura respecto de esta cuestión, tanto los libera­les como los socialistas contribuyeron, a pesar suyo, a fortalecer a los soviets que, aparte de los consejos mu­nicipales, eran las únicas corporaciones representativas que existían.

Una asamblea constituyente convocada a tiempo podía haber desbordado a los soviets y reducirlos, ante los ojos del pueblo, a simples facciones cuyo único objetivo era adueñarse del poder. Pero en el vacío cons­titucional de 1917 sucedió lo contrario; una especie de constitucionalismo soviético se apoderó de la mente de las masas. Frente a los soviets no hubo más que una serie de gobiernos provisionales sin el respaldo de la representatividad del pueblo, y serían entonces esos gobiernos provisionales los que recibirían de parte del pueblo la etiqueta de usurpadores.

Los bolcheviques se mostraron entonces mucho más decididos y enérgicos en su petición de que se convo­case la asamblea constituyente. Sin embargo, aún no veían claro cuáles iban a ser las relaciones de la asam­blea con los soviets y difícilmente podían pensar que iban a ser ellos mismos —los bolcheviques- los que unos meses más tarde convocasen la asamblea constitu­yente para disolverla casi a renglón seguido. Pero, por paradójico que parezca, al abogar por los derechos de una asamblea, durante el período de febrero a octubre (de marzo a noviembre) este partido revolucionario de extrema izquierda aparecía a los ojos del pueblo como mucho más fiel a la legalidad y formas constitucionales que los otros partidos.

Por lo que al subyacente pero enorme problema de la reforma agraria se refiere, los bolcheviques no ma­nifestaron tener, al principio, ideas muy claras. Lenin había hablado tiempo atrás y en muchas ocasiones de la nacionalización de la tierra por la sencilla razón de que tal medida estaba en línea con las ideas colectivistas de su partido. La idea de que las grandes ha­ciendas debían ser repartidas entre los campesinos, que los bolcheviques pondrían en práctica al hacerse con el poder, había sido parte del programa de los socialrevolucionarios pero no del de los bolcheviques, y el autor de ese programa (Chernov) había sido el ministro de Agricultura de la segunda coalición. Solamente un grupo dentro del partido bolchevique (al que pertenecía Stalin) había abogado en la década anterior por la distribución de la tierra.

Así pues, respecto de los principales problemas, como eran el sentido que debía tener la revolución, la guerra y la tierra, las diferencias entre los distintos grupos rivales dentro del socialismo parecían al princi­pio superficiales. La clara divisoria que iba a diferenciar a todos los partidos de los bolcheviques no la tra­zaría Lenin hasta su regreso de Suiza en 1917. Su viaje a través de Alemania y Suecia había sido preparado por los socialistas suizos, toda vez; que el gobierno británico había negado el permiso a los emigrados revolu­cionarios para regresar a su país a través del territorio británico. El gobierno alemán estaba al corriente de las actividades antibelicistas de Lenin y confiaba en que su propaganda restase agresividad a los militares rusos, pero lo que no esperaba es que, en cuestión de meses, tuviera que parlamentar con Lenin en su calidad de jefe del gobierno soviético. Tampoco esperaban los ale­manes el efecto de “boomerang” que la propaganda de Lenin iba a tener sobre las fuerzas alemanas, que sería uno de los factores de la desintegración del po­derío militar alemán en 1918. Lenin, como ha quedado demostrado por pruebas documentales, no mantuvo por su cuenta negociaciones con las autoridades alemanas y no se comprometió personalmente a nada salvo en pro­meter, a través de intermediarios suizos, que usaría de su influencia en Rusia, mediante compensaciones, para garantizar la salida de algunos alemanes del país. Las excepcionales circunstancias que rodearon este viaje de Lenin evidenciaban su ansiedad por situares lo antes posible en el centro de la agitación revolucionaria para asumir desde allí el liderazgo del partido: Cuando Lenin volvió a Rusia tenía una idea muy clara del camino que iba a seguir el bolchevismo. En sus famosas tesis de abril y en muchos discursos anticipó que la revolución pasaría pronto de su fase “liberal-burguesa” a la fase socialista para consumarse con la dictadura del proleta­riado.

Esta dictadura quedaría encarnada en el gobierno de los soviets para formar “un nuevo tipo de estado más adecuado para la construcción del socialismo. Pero sí el poder debían ejercerlo los soviets de una forma absoluta, los obreros deberían enfrentarse al gobierno del príncipe Lvov de una forma absoluta. El gobierno del príncipe Lvov era en realidad la dictadura de la bur­guesía que sólo se sostenía gracias a la complicidad de los socialistas moderados. Los bolcheviques tuvieron que seguir pechando con las ambigüedades de su propia actitud y explicar su postura abiertamente a los obreros, soldados y campesinos hasta lograr una mayoría suficiente en los soviets que les permitiese acabar definitivamente con el gobierno burgués. En cuestiones en las que estaba en juego la guerra y la paz la ambigüedad era inadmisible y el partido no podía prestar su apoyo a una” guerra que, a pesar del cambio de régimen, seguía teniendo un carácter “imperialista en todos y cada uno de sus aspectos”. Correspondía al proletariado “convertir una guerra imperialista en una guerra civil”. Las propiedades de los grandes terratenientes debían ser repartidas entre el campesinado como principal objeto de la fase “burguesa” de la revolución. La transición de la fase socialista se aceleraría con el estallido de la revolución en la Europa occidental que Lenin creía in­minente. Entre tanto, el control obrero o, más exactamente, el control conjunto de obreros y capitalista; sobre la industria sería el paso inmediato, que llevaría a la socialización.

El nuevo estado daría al pueblo un grado de libertad incomparablemente mayor que el que pudieran conse­guir en un típico estado liberal-burgués.

“Una vez iniciada la revolución es necesario reforzarla y proseguirla (dijo Lenin en un discurso dirigido a los sol­dados poco después de su regreso de Suiza). Todo el poder del estado, desde la base hasta la máxima responsabilidad, desde el pueblo más pequeño hasta la última calle de Petrogrado debe estar en manos de los diputados, obreros, soldados y campesinos de los soviets… No debe haber policía ni burócrata que no deba responder ante el pueblo ni que esté por encima del pueblo; no debe haber ejército regular sino que el pueblo debe armarse hasta el último hombre y unirse en los soviets; es él quien debe regir el estado. Sólo este poder, sólo los soviets pueden resolver el gran problema de la tierra. La tierra no debe estar en manos de los señores feudales… Uníos, organizaos, confiad los unos en los otros y no aceptéis más dueño que vuestra inteligencia y vuestra experiencia; y Rusia podrá entonces dirigirse con pasos firmes, mesurados y certeros hacia la liberación de nuestro país y dei toda la humanidad del yugo del capitalismo y de los horrores de la guerra”.

Esta forma de interpretar la dictadura del proleta­riado, es decir, un estado sin policía, sin burócratas y sin ejército regular, tenía una arrolladora fuerza de atrac­ción. Con nuestra perspectiva actual puede parecer que las palabras de Lenin no fueron sino simple demagogia encaminada a terminar con todo lo que quedase de autoridad gubernamental. Pero los que juzgan de esta forma la actitud de Lenin quedan desautorizados sí tenemos en cuenta la obra de Lenin, El Estado y la Re­volución, en el que Lenin desarrolla las mismas ideas bajo el plano teórico: un libro que no pudo ser escrito tan sólo por amor de la popularidad sino que refleja las profundas convicciones del autor.

A la vista de la evolución del régimen soviético es muy importante recordar el gran abismo que separó a la interpretación dada por Lenin de la dictadura del proletariado en 1917 y de su materialización en años posteriores.

Otra de las ideas importantes de Lenin, que expuso también al poco tiempo de regresar de su exilio, se re­fería al futuro del movimiento obrero no sólo en Rusia sino en todo el mundo. Anticipó la idea de la forma­ción de una Tercera Internacional, la internacional co­munista que, en su opinión, era necesaria porque los líderes de la Segunda Internacional habían abandonado la lucha de clases y el internacionalismo proletario.

Al principio estas ideas provocaron el asombro de los propios seguidores de Lenin. Pero gracias a su poder de persuasión y apoyado por las corrientes más radica­les de su partido, Lenin consiguió en poco tiempo que muchos bolcheviques coincidiesen con sus ideas. El 14 (27) de abril la conferencia del partido en Petrogrado aprobó las tesis de abril de Lenin y poco después una conferencia nacional bolchevique se pronunció en el mismo sentido, Fue éste en muchos aspectos el aconte­cimiento más importante desde la abdicación del zar, La primera revolución con su pretensión de “unidad en­tre las filas de la democracia revolucionaria” se había terminado; y el programa de la próxima revolución sería entonces aceptado por el partido que iba a llevar­lo a la práctica. En la conferencia nacional bolchevique que aprobó las mociones de Lenin sólo tomaron parte 133 delegados en representación de 76.000 miembros, En febrero el partido tenía solamente 30.000 afiliados, pero la fuerza del bolchevismo radicaba en la calidad y no en la cantidad. El bolchevique “medio” era por sí solo un líder influyente en su fábrica o lugar de trabajo y capaz de aglutinar a otros obreros que no per­tenecían a ningún partido e incluso a muchos que al principio seguían a los mencheviques.

Tras el colapso de la primera coalición en los meses de mayo y junio era cada vez más evidente el desen­canto popular respecto al régimen de febrero. Las elecciones municipales de la capital evidenciaron la debi­lidad de los cadetes, que eran los que habían venido dominando en el gobierno; la mitad de los votos fueron a parar a los mencheviques y algunos de los barrios obreros más radicales votaron por el partido de Lenin. La minoría bolchevique hacía gala de una gran astu­cia táctica y de una gran elasticidad. Lenin hizo que su partido aprovechara cualquier oportunidad para ex­poner sus ideas a las masas, pero no instigaba a un estallido revolucionario inmediato. Mientras los socia­listas moderados dominaron en los soviets, Lenin desau­torizaría todo intento por parte de los bolcheviques de hacerse con el poder. Lenin urgía a la mayoría de los soviets, formada por mencheviques y socialrevolucio­narios, a que ellos solos, sin los liberales, formasen el gobierno para justificar así la confianza que la clase obrera había depositado en ellos. Lenin anticipó su po­lítica en el congreso de todos los soviets rusos que empezó en Petrogrado el 3 (16) de junio y se atrajo a muchos obreros y soldados que hasta entonces habían ’1guido a los socialistas moderados. Los socialistas mo­derados se acababan de unir a la segunda coalición gu­bernamental formada por diez ministros burgueses y seis socialistas. “Los agitadores bolcheviques lanzaron enton­ces el lema “fuera los diez ministros capitalistas”. Cuan­to más fuertemente se asían los líderes mencheviques a la coalición gubernamental más se distanciaban de sus partidarios.

Mientras el congreso de los soviets se hallaba reu­nido, el comité ejecutivo dominado por los menchevi­ques organizó una manifestación para el 18 de junio (10 de julio) con la esperanza de que la clase obrera respondería y apoyaría a la coalición gubernamental. Para sorpresa y desencanto de los líderes moderados unos quinientos mil obreros y soldados pasaron delante de ellos con pan cartas en las que podía leerse: ” !Abajo la guerra! !Abajo los diez ministros capitalistas!”, y en otras que decían: ” !Los soviets al poder¡”. Evidente­mente gracias a su táctica Lenin había logrado el apoyo del proletariado de la capital.

La revolución tomó un extraño rumbo en las se­manas que siguieron. Los bolcheviques tenían ya tras de sí a los obreros ya gran parte de los soldados de la guarnición de la capital, pero en provincias los so­cialistas moderados eran los que ejercían una influencia mayor. Lenin y Trotsky confiaban en que esta brecha que separaba a la capital de las provincias desaparece­ría pronto. Pero, de momento, querían evitar a toda costa verse sometidos a una decisiva “prueba de fuer­zan; deseaban posponer tal prueba hasta que pudiesen tener razones fundadas y lo más sólidas posible de que iban a ganar y de que el gobierno bolchevique que se estableciese en la capital no podría ser aplastado por fuerzas enviadas desde provincias. Pero la impaciencia de sus propios seguidores en Petrogrado llevó al abor­tado alzamiento de julio. El 3 (16) de julio, el primer regimiento de ametralladoras en unión de los marinos de la flota del Báltico y de masas de obreros organizaron una manifestación violenta y armada, sitiaron la sede del soviet de Petrogrado e instaron amenazadora­mente a los socialistas moderados a que dejasen el, poder en manos- de los soviets en los que ellos tenían mayoría. El comité central bolchevique intentó con­trolar el movimiento y evitar que se convirtiese en una sublevación en toda regla. El gobierno desplazó,): tropas del frente a la capital y prohibió las manifes­taciones.

En plena ola de disturbios llegaron noticias a Pe­trogrado del colapso de la ofensiva rusa en el frente suroeste; una ofensiva que había empezado el 18 de junio (lº de julio).

La derrota, que conduciría a la total desintegración del ejército, dio lugar a violentas reacciones. Los bolcheviques se erigieron en abogados de los soldados, eximiéndoles, lógicamente, de toda responsabilidad; de unos soldados mal armados, mal alimentados y mal i equipados y acusaron al gobierno de haber sido incapaz de cortar la corrupción que había y de que lo’ que de­bió destinarse a comida y ropa para los soldados se destinase a enriquecer y regalar a muchos; acusaban a Kerensky, por entonces ministro de la Guerra, de ha­berse lanzado a la ofensiva cediendo a las presiones de las potencias occidentales y utilizaron su influencia en el frente para abogar por la paz. El gobierno, por su parte, atribuía la derrota a la subversiva influencia de los agitadores bolcheviques en las trincheras.

Como las manifestaciones de julio habían sido prohi­bidas, los líderes bolcheviques fueron acusados de estar al servicio del Estado Mayor alemán. La acusación lanzada en un periódico de gran difusión entre el pueblo y respaldada con documentos falsificados desencadenó una tormenta de indignación, en la que le fue fácil al gobierno propinar fuertes golpes al partido de Lenin. La liga de oficiales y otras asociaciones de­rechistas atacaron el cuartel general bolchevique, des­trozaron el edificio donde se encontraba la sección editorial de Pravda y varios comandos de extrema derecha hicieron incursiones de castigo en los barrios de mayoría bolchevique. El 6 (19) de julio el gobierno ordenó el arresto de Lenin, Kámenev, Zinóviev, Kollontaï y de otros líderes bolcheviques. Lenin y Zinóviev se oculta­ron, para no reaparecer hasta el mismo día de la revo­lución de octubre (noviembre); Trotsky, Kámenev y otros fueron arrestados. El 12 (25) de julio el gobierno volvió a implantar la pena de muerte para los delitos contra la disciplina militar que se cometiesen en el fren­te. El 18 (31) de julio el general L. G. Kornilov fue nombrado comandante en jefe en sustitución del ge­neral Brussilov.

Todos estos acontecimientos provocaron un “despla­zamiento hacia la derecha” cuya fuerza fue supervalo­rada en tiempo de Lenin. Lenin, considerando que los bolcheviques ya habían cumplido en aquellos momentos con su papel revolucionario, aconsejó a sus partidarios, al celebrarse un semiclandestino sexto congreso del par­tido, que cesasen de abogar por la transferencia del poder a los soviets. Los líderes de la liga de oficiales y de otras organizaciones de la derecha consideraron que era el momento adecuado para acabar definitiva­mente con los soviets. Pero la realidad es que la fuerza de los soviets era todavía grande y la amenaza de la derecha provocó la reacción de los socialistas modera­dos. El 24 de julio (6 de agosto) el comité ejecutivo de los soviets entregó al príncipe Lvov un ultimátum en el que se le pedía la inmediata y oficial promulgación de la república, la disolución de la Duma y la prohibi­ción de la compraventa de tierras hasta que una ley de reforma del suelo fuese aprobada por una asamblea constituyente El príncipe Lvov se negó a aceptar estas exigencias y su gobierno dejó de existir.

La segunda coalición se formó con Kerensky como jefe de gobierno, que se hizo cargo, asimismo, del Mi­nisterio de la Guerra. Este gobierno heredó de su an­tecesor sus divisiones internas y sus indecisiones, y no satisfizo a ninguno de los dos partidos que se le unieron.

El 12 (25) de agosto Kerensky convocó una confe­rencia en Moscú en la que iban a estar representados todos los partidos y todas las organizaciones de carác­ter económico. El objetivo de la conferencia era refor­zar el prestigio del gobierno y fue convocada precisa­mente en Moscú pues parecía que allí la influencia de los bolcheviques era menor que en Petrogrado. La aper­tura de la asamblea se vio acompañada por una huelga general que era como una tarjeta de visita del creciente poderío bolchevique en la segunda capital del país.

La conferencia convocada por el gobierno no hizo sino evidenciar la distancia cada vez mayor que sepa­raba a la izquierda de la derecha, es decir, a los socia­listas moderados de los liberales y las ligas militares. La conferencia evidenció también un incipiente an­tagonismo entre Kerensky y Kornilov, que había sido recientemente nombrado comandante en jefe del ejér­cito. Los debates se vieron repetidamente interrumpidos por estruendosos aplausos; unas veces de la izquierda, otras de la derecha; unas veces para subrayar las pala­bras de Kerensky contra Kornilov y otras para sub­rayar las de Kornilov contra Kerenski. La derecha aclamaba al comandante en jefe del ejército como el salvador de Rusia, como el hombre destinado a reim­plantar la disciplina sobre un país en plena desintegración. La izquierda aclamaba al jefe de gobierno como defensor de la revolución frente a los extremismos de sus propios partidarios y del adversario. Fuera de la sala de conferencias el jefe de gobierno y el comandan, te en jefe pasaban revista a formaciones militares rivales. Este antagonismo, que era, en parte, personal, SI debía fundamentalmente a diferencias políticas de fondo. Tanto Kerensky como Kornilov estaban de acuerdo en la necesidad de un gobierno fuerte que disfrutase d plenos poderes. Pero Kornilov pensaba en la oficialidad de alto rango como base para ese gobierno y en él mismo para el puesto de dictador. Kerensky deseaba ver libre a su gobierno de la presión de los soviets, pero gustase o no, tenía que contar con el apoyo de esos mismos soviets para poder gobernar. (No olvidemos que Kerensky era todavía miembro del comité ejecutivo del soviet de Petrogrado.) Kerensky había reimplantado la pena de muerte para castigar los delitos que se come­tiesen en el frente y Kornilov deseaba que la reimplan­tación afectase a todo el país para aplicarla a los que atentasen contra “1a legalidad y el orden.

Kerensky confiaba en frustrar las esperanzas de los soviets utilizando el ejército como contrapeso, en tanto que el objetivo de Kornilov era la total disolución de los soviets.

El 21 de agosto (3 de septiembre) Rusia sufrió otra derrota importante: Riga cayó en poder de los alema­nes. Las circunstancias que rodearon, esta derrota no estaban nada claras. Desde la izquierda se lanzó la acusación de que la miga roja” había sido deliberadamente entregada al enemigo, y Kornilov utilizó la caída de Riga como pretexto para sublevarse contra el go­bierno; el 25 de agosto (7 de septiembre) ordenó que poderosos destacamentos de cosacos marchasen sobre Petrogrado negando abiertamente su obediencia al go­bierno. Kerensky denunció al comandante en jefe por rebelde y decidió aplastar el motín con ayuda de los bolcheviques; armó a los guardias rojos, pidió ayuda a los marinos de la flota del Báltico y alentó a los agita­dores bolcheviques para que saliesen al encuentro de las tropas de Kornilov. La propaganda bolchevique entre estas tropas fue tan eficaz, que los soldados de Kornilov se negaron a obedecer las órdenes de éste ya luchar con la roja Petrogrado. El 30 de agosto (12 de septiem­bre) Kornilov fue destituido y arrestado y Kerensky pasó a ocupar el puesto de comandante en jefe.

La abortada revolución de julio había provocado un temporal desplazamiento hacia la derecha y la abor­tada contrarrevolución de Kornilov provocaría un apa­ratoso giro a la izquierda.

La primera manifestación de este giro a la izquierda fue el colapso de la segunda coalición. En cuanto Kor­nilov se pronunció contra el gobierno, los liberales se retiraron de la misma; bien porque simpatizasen con los amotinados o porque no deseasen compartir las res­ponsabilidades de la acción de Kerenski. Pero al mismo tiempo los ministros mencheviques y socialrevoluciona­rios también dimitieron; sus respectivos partidos se in­clinaban a acusar al propio Kerensky de un cierto grado de complicidad o de negligencia en los primeros mo­mentos de la conspiración de Kornilov.

Durante casi un mes el país estuvo sin gobierno propiamente dicho. El 10 de septiembre Kerensky formó un directorio compuesto por cinco ministros en­tre los que él era el único que tenía talla política. Su gobierno personal o, mejor dicho, su personal incapacidad para gobernar recibió de parte de los bolchevi­ques la etiqueta de bonapartismo.

El giro a la izquierda se haría más evidente cuan­do el 31 de agosto (13 de septiembre) los bolcheviques obtuvieron por primera vez una clara mayoría en el soviet de Petrogrado. Trotsky, liberado de su encarcela­miento, fue elegido presidente del soviet, cargo que ya había ocupado en 1905. Cinco días después los bolche­viques conseguían también la mayoría en el soviet de Moscú y poco después en la mayoría de los soviets de provincias.

De este cambio de opinión Lenin dedujo que había llegado el momento de que su partido se hiciese con el poder. Desde su refugio en Finlandia urgió a primeros de septiembre al comité central de su partido a que se preparase para la acción armada. Esta era la lógica conclusión a que cabía Ilegar a tenor del curso de la política bolchevique desde el mes de abril El régimen de febrero (marzo) había sido posible, según Lenin, gracias a la “retirada” de los soviets en favor del gobierno provisional, y esta “retirada” se había asimismo mate­rializado porque los socialistas moderados se habían adueñado de los soviets. Pero con la mayor ascendencia de los bolcheviques los soviets habían potenciado enor­memente su fuerza, y como el gobierno no parecía ni mucho menos dispuesto a ceder a la voluntad de los soviets, debía ser derrocado con las armas en la mano. También el gobierno comprendía que ése era el curso lógico que podían tomar los acontecimientos, cosa que advertían asimismo sus valedores mencheviques y social­revolucionarios, pero no creían que los bolcheviques es­tuviesen en situación de actuar de acuerdo con esta lógica. Pero es que además ni mencheviques ni social­revolucionarios podían enfrentarse a la arrolladora fuer­za que se había desencadenado contra la república “liberal-burguesa”.

Para los socialistas moderados era muy difícil, sí no imposible, desafiar abiertamente la autoridad de los so­viets; una autoridad que ellos mismos, en ocasiones, habían respaldado simplemente para contrarrestar la in­fluencia de los bolcheviques. Kerensky se negó hasta el último momento a convocar una asamblea constituyen­te, y en lugar de esto convocó la Ilamada “conferencia democrática” que se reunió en Petrogrado del 14 al 22 de septiembre (27 de septiembre a 5 de octubre). El prin­cipal resultado de la conferencia fue la formación del llamado “parlamento previo”, un cuerpo consultivo cuya autoridad, al carecer del respaldo del electorado, y no poder controlar al gobierno, era muy débil Esta auto­ridad se vio aún más debilitada cuando los bolcheviques vieron para preparar la defensa contra los alemanes pero al mismo tiempo sirvieron también para preparar el alzamiento.

Un poco después Kerensky ordenó la redistribución de las fuerzas militares para reforzar el frente con el propósito de dar una mayor solidez al gobierno alejan­do de la capital a las fuerzas más revolucionarias. El comité revolucionario militar vetó esta redistribución de los contingentes militares, y por consejo de Trotsky en­vió a sus comisarios a todos los destacamentos estacio­nados en Petrogrado y sus alrededores para controlar los movimientos de tropas. Esto fue un desafío al go­bierno y al alto mando; un desafío que Kerensky no podía dejar sin respuesta. El 23 de octubre (5 de no­viembre) Kerensky ordenó la retirada de los periódicos bolcheviques y decretó el arresto de los líderes bolche­viques que habían sido puestos en libertad bajo fianza. Al día siguiente incriminó al comité militar revoluciona­rio y ordenó una investigación sobre sus actividades. Mientras Kerensky perdía el tiempo dirigiéndose al “parlamento previo” con amenazas hacia los bolchevi­ques, la revolución ya había prácticamente empezado. Sus amenazas no hicieron otra cosa más que dar a los bolchevi­ques un pretexto más para justificar el alzamiento como una acción defensiva según la inicial táctica de Trotsky. El comité militar revolucionario había abierto el fue­go con su famosa Orden nº 1: “El soviet de Petro­grado se encuentra en peligro inminente. La pasada no­che los conspiradores contrarrevolucionarios intentaron hacer que los cadetes y los batallones de combate (fuer­zas de choque) marchasen sobre la capital. En virtud de esta orden debéis preparar vuestros regimientos para la acción. Estaban atentos a las nuevas órdenes que vayan llegando. Toda dilación o vacilación será considerada como traición a la revolución.”

El plan para las operaciones militares había sido preparado con gran precisión por Trotsky, Podvoisky, Antonov-Ovseenko y Lasevich, miembros del comité militar revolucionario.

Durante la noche del 24 al 25 de octubre (6 al 7 de noviembre) los guardias rojos y regimientos regulares ocuparon con extraordinaria rapidez el palacio Táuride, que era la sede del parlamento, las oficinas de correos y las estaciones de ferrocarril, el Banco Nacional, las centrales telefónicas, las centrales de energía eléctrica y otros puntos estratégicos.

Si en febrero se necesitó una semana para derribar al zar, para derribar al último gobierno de Kerensky bastaron unas pocas horas. En la mañana del 25 de oc­tubre (7 de noviembre) Kerensky ya había huido de la capital confiando en reagrupar tropas para la lucha.

Por la tarde su gobierno se encontraba sitiado en el Palacio de Invierno igual que estuviera el gobierno za­rista en la fase final de la revolución de febrero-marzo. En una sola noche y casi sin derramamiento de sangre los bolcheviques se habían hecho dueños de la capital. A la mañana siguiente la gente despertó sin poder dar crédito a lo que leía en carteles pegados a las paredes:

“El gobierno provisional ha sido derrocado. La autoridad gubernamental ha pasado a manos del…comité militar revolucionario que dirige el proletariado y la guarnición de i Petrogrado. La causa por la que tanto tiempo ha luchado es: ofrecer de inmediato una paz democrática; abolir la propiedad de los terratenientes; el control obrero de la produc­ción y la formación de un gobierno soviético. Esta causa está ahora garantizada. iViva la revolución de los soleados, obre­ros y campesinos!” ,

Por la tarde se abrió el segundo congreso de los soviets. Los bolcheviques tenían mayoría (390 delega­dos entre 649). Por primera vez desde el mes de julio, Lenin apareció en público para dirigirse al congreso y presentar dos mociones de la máxima importancia: una sobre la paz y la otra sobre la tierra. Su declaración sobre la paz apelaba “a todas las naciones beligerantes ya sus gobiernos para que empezasen inme­diatamente negociaciones para una paz justa y demo­crática…sin anexiones…sin adueñarse de tierras ex­tranjeras y sin indemnizaciones de guerra.

En el decreto sobre la tierra Lenin decía simplemen­te: “A partir de ahora queda abolida la propiedad te­rrateniente sin compensación alguna”.

Mientras el Congreso aplaudía las noticias del arres­to de los miembros del gobierno provisional del 26 de octubre (8 de noviembre) se formaba el primer consejo de comisarios del pueblo presidido por Lenin; Trotsky fue nombrado comisario de Asuntos Exteriores; Stalin comisario de las Nacionalidades; Rykov, comisario del Interior; Milutin, comisario de Agricultura; Shlyapnikov, comisario de Trabajo; Lunacharski, comisario de Educación, y Antonov-Ovseenko, Krylenko y Dybenko constituyeron un “triunvirato” encargado de los asuntos militares (incluyendo los navales).

El programa de este gobierno no estaba aún bien definido; pero sus líderes, decididos a implantar la dictadura del proletariado ya respaldarla con el apo­yo de amplias masas del campesinado que formaba el grueso de la población rusa. Confiaban en lograr este apoyo repartiendo entre el campesinado unos ciento cincuenta millones de desjatin de tierra que pertenecie­ron a los grandes terratenientes. Su otro objetivo in­mediato era conseguir la paz.

En el momento de la revolución los bolcheviques creían firmemente que los otros países europeos seguirían de forma inmediata a Rusia en la senda revolucionaria, que la paz podría ser negociada entre gobiernos proletarios de los principales países beligerantes.

Los líderes del nuevo régimen ya no veían tan claro hasta qué punto debían llegar en la socialización de la industria (nacionalizaron los bancos y los transportes. pero dejaron la mayoría de las industrias bajo el control conjunto de obreros e industriales). Finalmente aborda­ron la tarea de hacer, en base a los soviets, un nuevo tipo de estado” superando el estado liberal burgués y el que representase a los obreros ya los campesinos sobre la base de la democracia proletaria.

Federico Engels escribió una vez que “el pueblo que blasona de haber hecho una revolución se encuentra siempre al día siguiente de que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo; que la revolución que habían he­cho no se parecía en nada a la que habían pretendido hacer”. Engels sacaba su generalización principalmente de la experiencia de la Revolución francesa, pero su afirma­ción se vería confirmada por el camino que iba a tomar la revolución rusa, por las decepciones que iban a su­frir sus propios artífices. En abril de 1917 el príncipe Lvov proclamaba orgullosamente: “!Podemos considerarnos un pueblo afortunado. Nuestra generación ha tenido la suerte de vivir el período más feliz de la his­toria rusa”. Pero semanas después, a los ojos del mismo hombre, aquel período tan feliz pasaría a ser el más des­graciado de la historia rusa.

Kerensky, en sus mejores días, preguntaba a los soldados en un discurso: “¿Es el estado libre ruso un estado de siervos amotinados?… Lamento no haber muerto dos meses atrás porque habría muerto soñando’ el gran sueño de que, de una vez por todas, Rusia empezaba una nueva vida; que podíamos vivir sin el látigo, respetarnos unos a otros y administrar nuestro estado de forma muy distinta a como lo hicieron los pasados dictadores”.

El desencanto de hombres como Lvov y Kerensky fue en aumento conforme fueron advirtiendo que la revolución los utilizaba para después prescindir de ellos. Estos hombres no hicieron la revolución sea cual sea el criterio que se adopte para juzgarlos. En estos hombres el choque entre el espejismo y la realidad fue total.

El caso de los bolcheviques era distinto. Los bolche­viques formaban el único partido que en 1917 sabía lo que quería y que era capaz de conseguirlo. Había con­siderado sabiamente todos los factores del alzamiento y representaban una inaplazable necesidad para el pueblo ruso. Y, sin embargo, también ellos tuvieron que adver­tir que la revolución que habían hecho era muy distinta a la que querían hacer. Ellos también tuvieron que aprender por medio de crueles lecciones que los supues­tos que les habían movido a actuar no estaban libres de trágicos espejismos.

En vísperas del alzamiento de octubre, en su polé­mica con Zinóviev y Kámenev, Lenin había reafirma­do una vez más sus dos principales supuestos teóricos. ­Estaban convencidos de que la revolución se justificaría a sí misma “nacionalmente” y que sería apoyada por una aplastante mayoría del pueblo ruso. Creía también Lenin que la revolución se justificaría “internacional­mente” porque sería el preludio de una revolución a nivel internacional.

El primero de los supuestos de Lenin (el de que el bolchevismo se afirmaría sólidamente en todo el país) se vería desafiado en la práctica con una fuerza que difícilmente pudo imaginar: Porque durante más de dos años y medio los bolcheviques tuvieron que en­zarzarse en una salvaje guerra civil contra los ejércitos ” blancos” y contra la intervención de las tropas extran­jeras recabadas por estos.

Si a la postre el bolchevismo salió triunfante se de­bió al profundo ’arraigo popular que había ido acumu­lando en años anteriores. En cierto sentido la guerra civil fue un forcejeo entre el bolchevismo y las fuerzas del antiguo régimen por conseguir el apoyo del cam­pesinado, y serían los bolcheviques los que ganasen la partida. Los ciento cincuenta millones de desjatin de tierra que los mujiks habían conseguido gracias al pri­mer decreto dado por el gobierno soviético, eran una sólida base en la que asentar el nuevo régimen. Al de­fender a los bolcheviques contra los generales “blancos” y contra la invasión extranjera el campesinado ruso se defendía a sí mismo evitando el regreso de los terrate­nientes, que marchaban amparados por los ejércitos “blancos”. Podría aducirse que Lenin y Trotsky “sobornaron” al campesinado y, en cierto sentido, es ver­dad. Pero esto no altera para nada la realidad de que el antiguo sistema de posesión de la tierra era para el campesinado un anacronismo altamente lesivo, que las reivindicaciones del campesinado no habían sido satis­fechas, que ningún partido, salvo el bolchevique, se había demostrado capaz de atender sin demora esas reivindicaciones y que la revolución agracia de 1917 daba al sistema soviético una gran estabilidad. Fue tan grande la fuerza inicial que acumularon los bolchevi­ques gracias a estas circunstancias, que les permitió no sólo ganar la guerra civil sino arriesgarse, diez años más tarde, a un peligroso enfrentamiento con amplios sectores del campesinado debido a la implantación del colectivismo y salir asimismo triunfante del empeño. En su territorio es innegable que los bolcheviques ha­bían echado muy sólidas raíces.

El segundo supuesto en base al cual Lenin y Trotsky urgieron a sus seguidores a lanzarse a la revolución (la inminencia de una revolución proletaria en el oeste) fue un semiespejismo por lo que a las convicciones y es­peranzas de los bolcheviques se refiere.

Decimos que fue un “semiespejismo” porque en va­rios países europeos existía potencialmente la posibili­dad de una revolución. Pero este potencial no se desencadenó. Cuando, en noviembre de 1918, estallaron re­voluciones en Alemania y en Austria-Hungría, se limi­taron a la sustitución de las viejas monarquías por re­públicas parlamentarias burguesas y no desembocaron en dictaduras del proletariado. Además, estas revoluciones tuvieron lugar más tarde de lo que los bolche­viques esperaban y, entre tanto, los bolcheviques se habían visto obligados, debido a su aislamiento ya la debilidad provocada por la guerra a firmar la “vergonzosa” paz de Brest-Litovsk. En el período de 1918-1920 la simpatía de la clase obrera europea por la Rusia Soviética era lo suficiente­mente intensa para evitar la intervención de otros países contra el régimen comunista. En este sentido Lenin no se había equivocado al poner sus esperanzas en el “proletariado europeo”. Pero no hay que olvidar que estas esperanzas habían ido mucho más allá porque él con­fiaba fundamentalmente en el triunfo revolucionario de la “Europa proletaria”. Lenin siempre tuvo con­ciencia del gran atraso de la civilización rusa y no po­día admitir fácilmente que Rusia fuese capaz, por sí sola, de implantar el socialismo y precisamente por esta razón, en 1905-1906 y durante algunos años des­pués, a todo lo que aspiraba era a una revolución “democrático-burguesa”. En 1917 convenció a su partido de que la revolución podía pasar de la fase “liberal-burguesa” la fase socialista, pero sí estaba convencido de ello era porque confiaba que tal revolución no se detendría en las fronteras rusas. Una vez que la revolución triunfase en los países altamente industriali­zados y civilizados del oeste —repetía constantemente­— la construcción del socialismo se convertiría en una em­presa internacional y la adelantada Europa occidental ayudaría a Rusia con máquinas, asesoramiento técnico, experiencia administrativa y enseñanza. Y, precisamente en base a estas ideas y para acelerar el proceso revolu­cionario, el partido bolchevique fundó en 1919 la inter­nacional comunista. Sin embargo, hacia el final de la guerra civil 0 por lo menos en 1921, se vio claro que los regímenes parlamentarios burgueses de Europa occi­dental habían conseguido frenar las embestidas del comunismo, por lo menos de momento. La Rusia Sovié­tica está sola como un “prodigio” de ruina y desolación. Era inevitable que los bolcheviques reconsiderasen sus supuestos y empezaron entonces una serie de rea­justes. El primero de ellos fue la parcial reimplantación del capitalismo en el marco de la NEP o Nueva Política Económica en 1921. El segundo fue la formulación por Stalin de la doctrina del “socialismo en un solo país” (1924) cuya esencia era la autosuficiencia de la revolu­ción rusa. La perspectiva de una serie de naciones avan­zando conjuntamente hacia el socialismo había palide­cido y quedaba muy lejana. Esta perspectiva se vio sustituida o por lo menos difuminada por la de una Rusia avanzando en solitario hacia el remoto objetivo socialista a través de las duras pruebas que impondría la revolución industrial controlada por el estado y la colectivización forzosa de la agricultura.

En otro e igualmente importante aspecto el resultado de la revolución diferiría grandemente de las esperan­zas de sus artífices. “Jamás imaginamos que deberíamos recurrir al terror en la guerra .civil ni que nuestras manos iban a quedar tan ensangrentadas”, confesaba públicamente Zinóviev, en octubre de 1920, ante un con­greso de socialistas independientes alemanes celebrado en Halle.

El propio encarnizamiento de la guerra civil mo­dificó el carácter de la revolución y del estado resul­tante. En 1917. Lenin abogaba por el sistema soviético ensalzándolo como un tipo de democracia más perfecto, como un nuevo estado “sin policía, sin burócratas y sin ejército regular”…

Bien es verdad que las clases opulentas habían sido desposeídas y que el nuevo estado era efectivamente una dictadura del proletariado. Pero, la abolición de los privilegios de la burguesía fue considerada al principio como una medida más o menos transitoria dictada por una situación de emergencia; y, en cualquier caso, se suponía que la dictadura del proletariado iba a dar a obreros y campesinos (es decir, la gran mayoría de la población) más libertad política y económica de la que podían conseguir en un estado liberal-burgués.

Sin embargo, al término de la guerra civil los obre­ros y también los campesinos se habían visto privados de sus libertades políticas y ya se habían sentado las bases para un sistema de gobierno a base de partido único.

A la luz de los acontecimientos posteriores se ha dicho y escrito más de una vez que el partido de Lenin buscaba esto deliberadamente desde el principio. Pero esta opinión no se ve corroborada ni por documentos ni por los hechos. Fue en la vorágine de la guerra civil cuando los bolcheviques empezaron a no poder distin­guir amigos de enemigos, cuando suprimieron a los partidos de la oposición y establecieron su propio monopolio político de una forma gradual bajo la presión; de los acontecimientos.

En años posteriores la situación de aislamiento de Rusia, rodeada por Un mundo hostil, fue paralela a la inercia del gobierno en el que la coerción propició la to­tal abolición de la democracia del proletariado” y la transformación del régimen soviético en un estado po­licía en el que reinaba el terror.

Las ironías de la Historia se cebaron cruelmente en aquellos hombres que habían luchado “por un estado sin policía, sin burócratas y sin ejército regular”. Y, sin embargo, a pesar de todos los espejismos bolcheviques, que el tiempo se encargaría de despejar gradual o violentamente, lo que no puede ponerse en duda es que la revolución soviética, al igual que la Revolución francesa, abrió una nueva época para el mundo. El día 25 de octubre (7 de noviembre) de 1917 ha quedado inscrito con trazo imborrable en los anales de la humanidad, y aunque no puede decirse en modo alguno que a mediados de nuestro siglo se hayan despejado todas las connota­ciones de la Revolución de octubre puede decirse que con ella empezó la extraordinaria escalada de Rusia como potencia mundial y la siembra que daría lugar a la gigantesca revolución china.

Notas

­

1 Deutscher no emplea al azar el término “revolución”, sino haciendo un claro distingo con el de “reforma” por la especificidad que la expresión “reforma agraria” tiene en nuestros días y que, en buena parte ya tenía por entonces (Ndt).

2 Siempre que en este capítulo se encuentre la palabra soviet en singular se refiere al soviet de Petrogrado

3 Un desjatine equivale a 1,09 hectáreas (Ndt)

4Durante la guerra mundial San Petersburgo fue rebautizada con el nombre de Petrogrado.

Isaac Deutscher, el emigrante rojo

por Bruce Robbins//

En mayo de 1965, dos años antes de su muerte repentina a causa de un ataque de corazón, Isaac Deutscher habló en un mitin multitudinario contra la guerra en Berkeley, California. En una grabación de su intervención se le oye decir que dejará de lado el tema de Vietnam –que los oradores anteriores habían tratado tan bien– y que en vez de ello hablará de la guerra fría, que proporcionaba a los responsables de la política exterior de EE UU la coartada política que necesitaban para meterse en ese berenjenal. En su discurso, el ritmo pausado de Deutscher y su ligero acento polaco hacían pensar en un comediante judío, pero en gran medida su tono era grave y su entonación incluso tal vez un poco más sonora de lo necesario. Quizá le preocupaba que el público no se percatara de la relevancia de aquel acontecimiento histórico universal que guardaba relación con tantas otras cuestiones: la Revolución Rusa.

Nacido en 1907 en una pequeña aldea polaca, que por entonces formaba parte del moribundo Imperio Austro-Húngaro, Deutscher contaba diez años de edad cuando los bolcheviques tomaron el poder en Rusia. Más tarde escribiría la crónica de esa historia con un lujo de detalles increíblemente apasionante, en su monumental biografía en tres tomos de León Trotsky, pero sus preparativos para este trabajo comenzaron con la sensación de que muchas de las cosas sólidas que le rodeaban estaban a punto, o casi, de volatilizarse. Su familia judía ortodoxa era practicante estricta, y de niño (diríase que prodigio) le enviaron a estudiar con un rabino jasídico. A la edad de 13 años, Deutscher fue ordenado rabino a su vez, pero como revela el cautivador apunte biográfico que su mujer y habitual colaboradora, Tamara Deutscher, incluye en The Non-Jewish Jew –una recopilación de los ensayos de Deutscher que acaba de reeditar Verso Books–, su padre, que era impresor, también le heredó su gran pasión, escasamente acorde con la religión, por los escritores alemanes modernos, incluido el poeta Heinrich Heine. Si escribes en polaco, le advirtió repetidamente su progenitor, nadie te entenderá más allá de Auschwitz. En aquel entonces, Auschwitz no era más que el nombre de una ciudad cercana.

En noviembre de 1918, la primera semana de la independencia de Polonia trajo a la región en que vivían los Deutscher no uno, sino tres pogromos. Sin embargo, ahora que Polonia y otras naciones nuevas emergían de las ruinas de imperios destrozados al final de la primera guerra mundial, el joven Deutscher se convirtió en algo así como un patriota polaco. A los 14 años repudió el judaísmo de su familia calificándolo de vestigio del feudalismo. A los 16 comenzó a publicar poesía en polaco, influida por el misticismo judío y el romanticismo polaco, y tradujo poemas en alemán, yidish, hebreo y latín al polaco. A los 20 años ingresó en el Partido Comunista Polaco.

En 1931, el partido envió a Deutscher a la Rusia soviética para informar de los resultados económicos del primer plan quinquenal. Se enteró de más cosas sobre la trayectoria de la revolución que lo que el partido veía con buenos ojos que supiera. Más o menos un año después fue expulsado por “desviaciones democráticas”, entre otras cosas por su negativa a tratar a la socialdemocracia occidental como un equivalente moral del nazismo. Obtuvo un empleo en un periódico judío en Polonia y, en abril de 1939 lo enviaron a Londres, donde se puso a aprender inglés. El traslado le salvó la vida, pues los nazis invadieron Polonia unos cinco meses después; Deutscher no volvió a ver a sus padres nunca más.

El exilio marcó el fin de la etapa europeo-oriental de la carrera de Deutscher, pero este no dejó que marcara su pensamiento. En su opinión, echaba sus raíces –y lo decía con orgullo– en la tradición de Spinoza, Heine, Marx, Luxemburgo, Trotsky y Freud, los “judíos no judíos” de los que habla en el ensayo que da el título a la recopilación recién editada. También tenía raíces en el internacionalismo de izquierda, una tradición que le proporcionó un hogar dondequiera que viviera. Los compromisos políticos de Deutscher y su experiencia en el PCP también le infundieron como activista la idea de que el sentido de la oportunidad era por lo menos igual de importante que los principios, una idea que relativizó sutilmente sus juicios y que determinó claramente todo lo que iba a escribir, ya fuera en la prensa como comentarista rusoparlante sobre el Kremlin, ya en su crítica política o las obras históricas que más tarde le harían famoso.

Aunque en Inglaterra fue bien recibido, Deutscher permaneció ajeno al mundo de la universidad inglesa. A diferencia de muchos de sus coetáneos de izquierda, escribió sus voluminosos libros, ricamente documentados, sobre Trotsky y Stalin sin la comodidad de un cargo académico. Las posibilidades de Deutscher de obtener un puesto en la universidad y un ingreso estable fueron desbaratadas nada menos que por Isaiah Berlin, según cuenta Michael Ignatieff en su biografía del filósofo e historiador de las ideas ruso-británico, cuya opinión razonada cuando le consultaron sobre la posible contratación de Deutscher fue: por encima de mi cadáver. Tal vez esto se debiera a divergencias políticas, o quizá fue el resultado de una reseña mordaz sobre Berlin que Deutscher había publicado algunos años antes. Una vez Deutscher quedó descartado, Berlin insistió en que su evaluación no había sido decisiva, pero esta afirmación no resistió un análisis minucioso. El nombre de Deutscher también figuraba en la lista de simpatizantes comunistas que George Orwell entregó en secreto al ministerio de Exteriores británico en 1949, el año en que se publicó la biografía de Stalin escrita por Deutscher.

En Components of the National Culture (1968), Perry Anderson sostuvo que algunos de los intelectuales más influyentes que huyeron a Gran Bretaña de la violencia política en el continente –personas como Berlin, Karl Popper, Bronislaw Malinowski, Melanie Klein y Ludwig Wittgenstein– tenían afinidades electivas con la tradición británica –muy alejada de la experiencia continental– de la continuidad no violenta y la estabilidad social relativa. Una vez establecidos en Gran Bretaña, dijo Anderson, reforzaron y extendieron esta tradición, haciendo que Gran Bretaña fuera todavía más conservadora.

En opinión de Anderson, Deutscher fue la excepción más destacada de esta “emigración blanca”. Tal vez debido a la idiosincrasia de su radicalismo –que no encajaba en la política comunista o socialdemócrata británica–, Deutscher fue ninguneado por el mundo académico de la isla. O quizá esto se debiera a su independencia intelectual, su olfato periodístico y su estilo polémico, que no era compatible con la cultura universitaria enclaustrada y a veces aburrida de Inglaterra. En cualquier caso, Anderson nunca dejó de prestarle atención, y de hecho quien busque pruebas de la influencia intelectual de Deutscher no tiene más que contemplar los brillantes logros de Anderson como historiador y analista político.

Al igual que Deutscher, Anderson demostró con los años ser un erudito políglota; del mismo modo que aquel, no reconoce a ninguna autoridad por encima o más allá de lo que Gregory Elliott llama, en su libro sobre Anderson, “el implacable laboratorio de la historia”. Ambos fueron arrastrados al “universalismo olímpico” de Marx y Engels, aunque quizá no del mismo modo.

Anderson contó una anécdota que sugiere una pequeña pero significativa diferencia entre ambos. En la década de 1960, Anderson manifestó su indignación por la falta de dinamismo político de Inglaterra. ¿Por qué, preguntó, Francia podía alardear de tantas revoluciones, mientras que la Inglaterra moderna no había conocido ninguna? En un prólogo al volumen en que se ha reeditado Components, recordó que Deutscher le comunicó que no podía aprobar sin más la negación por parte de Anderson de las posibilidades políticas sobre el terreno, por imperfectas que pudieran ser. Tomando prestada una expresión de la negativa de Rosa Luxemburgo a apoyar la independencia de Polonia antes de la primera guerra mundial, Deutscher dijo que la postura de Anderson adolecía de “nihilismo nacional”.

Al oponerse al nihilismo incluso en el terreno del nacionalismo, al que no era proclive, Deutscher transmitía cierta sabiduría práctica, una sabiduría destinada en particular a quienes trataran de mantener el compromiso político más allá del entusiasmo embriagador de la juventud. Juzgar la política cotidiana en función del elevado listón de la revolución es condenarse a la desesperación, o por lo menos a la apatía. También puede ser contraproducente aplicar con calzador un conjunto de criterios abstractos a una comunidad que, aun siendo receptiva a los objetivos de una política, se siente confusa o alienada por el lenguaje con el que se persiguen dichos objetivos. Como revolucionario inveterado, Deutscher estaba bien pertrechado para insistir en que existen otros caminos hacia la justicia social.

A diferencia de los críticos de la Rusia soviética más ensalzados en Occidente, Deutscher no fue un liberal. Era un firme defensor de la democracia y sus objeciones al régimen soviético coincidían en parte con las consabidas objeciones liberales, pero una de las cosas que apreciaba en Trotsky era la firme convicción de este de que, a pesar del atraso social y económico de Rusia, los revolucionarios rusos en 1917 no debían aspirar a un gobierno liberal que mantuviera intacta la propiedad privada. En vez de ello, como alegó Trotsky, creía que la revolución podía saltarse la etapa constitucional en su intento de satisfacer las demandas materiales y de los obreros y campesinos.

Por supuesto, nadie que reflexione sobre lo que finalmente ocurriría con la revolución bajo Stalin concluirá probablemente que esta cuestión se ha resuelto dando la razón a Trotsky. ¿Estaba Rusia demasiado atrasada para tumbar el capitalismo liberal? Y para concretar más, un sistema constitucional que protegiera los derechos de la burguesía ¿habría creado los obstáculos necesarios para impedir el terror que se produjo una vez Stalin consolidó su poder? El propio Trotsky cambiaría de opinión sobre estas cuestiones y Deutscher –cosa que le honra– no pretendió que poseyera un conocimiento mayor o privilegiado.

Las preguntas abiertas formuladas por Deutscher sobre el curso ulterior de la Revolución rusa –una revolución de la que nunca renegó– también ayudan a explicar su extraordinaria generosidad moral, cabría decir incluso la calidad tolstoyana de su obra histórica. La defensa estridente era algo de lo que al parecer Deutscher podía prescindir. Cada frase que escribió como historiador denotaba algo, aunque fuera muy vago, de un continuo debate consigo mismo.

Esto era así incluso cuando escribió sobre Stalin, y tal vez fuera esta una razón por la que muchos encontraron que su biografía de Stalin era tan desconcertante. Stalin había ordenado el asesinato de Trotsky, además de tantas otras personas, y en manos de Deutscher, Stalin es un monstruo, pero no sencillamente un monstruo, y Deutscher trató de comprender los motivos de Stalin. “No hace falta dar por hecho que actuó por pura crueldad o sed de poder”, escribió Deutscher en la biografía. “Tal vez halló el dudoso amparo en la convicción sincera de que lo que hacía servía a los intereses de la revolución y de que él era el único que interpretaba correctamente esos intereses.” Esto no supuso nunca una defensa de Stalin, sino más bien un argumento de que incluso sus actos más atroces no se situaban fuera de toda posibilidad de una explicación histórica. Colocarlos fuera de toda explicación histórica sería pretender que la revolución no encerraba sus propias contradicciones, que eran anteriores al periodo de dictadura monomaniaca de Stalin y (como Deutscher no dejó de señalar) también marcaron la carrera política de Trotsky.

Podría parecer que aceptar la existencia de estas contradicciones –contradicciones que Deutscher creía inherentes al alma misma del revolucionarismo de izquierda en general y de la Revolución rusa en particular– le llevaría a optar por el fatalismo. Sin embargo, de alguna manera no lo hizo. Deutscher fue capaz de sacar a la luz muy claramente esas contradicciones (y vivir una vida fuera del Partido Comunista) sin abandonar la esperanza en la propia revolución, tanto en Rusia como a escala planetaria, un objetivo que debía seguir sacando fuerza de los triunfos iniciales de 1917. Había que recordar a los pueblos de Occidente, pensaba Deutscher, que cuando los rusos combatieron a los nazis en la segunda guerra mundial, no solo lo hicieron animados por el mero patriotismo, sino que participaban en “una batalla por la existencia del movimiento obrero”. Había que recordar al público que le escuchaba en Berkeley en 1965 que la amenaza de agresión de la Unión Soviética, que supuestamente justificaba la misión de EE UU en Vietnam en plena guerra fría, era desde su punto de vista ridícula. No había equilibrio de poder entre EE UU y la URSS: uno era una superpotencia, mientras que la otra había surgido de la segunda guerra mundial “postrada y desangrada”.

Ahora el pueblo ruso trataba de sacudirse de encima esa pesadilla junto con el recuerdo de Stalin. Los progresistas de Occidente tenían la obligación de ayudarle. Esto suponía contemplar la guerra fría no solo desde el punto de vista occidental, sino también desde el del Este. La guerra de Vietnam exacerbaba la guerra fría, contribuyendo así a empeorar la vida en Rusia. Lo que Deutscher estaba tratando de ofrecer a la muchedumbre de manifestantes contrarios a la guerra en 1965 era una defensa centrada en Rusia frente a la guerra de Vietnam. Casi seguro que no era lo que el público estaba esperando oír, pero de alguna manera era al mismo tiempo inspirador políticamente y refrescante por su independencia con respecto a la simple dualidad moral en que parecía moverse el movimiento antiguerra.

En 1903, en el congreso de Bruselas en que bolcheviques y mencheviques pusieron de manifiesto por primera vez sus divergencias, Trotsky pronunció uno de los raros discursos en que se calificó a sí mismo de judío. Lo hizo con el fin de manifestarse con autoridad personal en contra del Bund judío, que reclamaba el derecho a la “autonomía cultural”, incluida la capacidad de elegir su propio órgano de gobierno y definir su propia política con respecto a la población judía. Por supuesto que los judíos debían tener el derecho a ser educados en yidish, explicó Trotsky, pero ¿cómo podía el socialismo –que pretendía superar las barreras que dividían a los países, las religiones y las nacionalidades– contribuir a erigir sus propias barreras frente a esta visión de emancipación universal?

Deutscher se había criado en el corazón mismo de la cultura yidish en la zona polaca del Imperio Austro-Húngaro y había desempeñado un papel activo y creativo en ella. En su opinión, el yidish era una lengua y una cultura que siempre había estado enraizada en el movimiento obrero. Al igual que Trotsky, solía considerarse primero un revolucionario y solo en segundo lugar un judío. Pero Deutscher también se consideraba un judío, y de una manera que propone una variación en torno a la cuestión formulada en el ensayo de Anderson: ¿Cuáles son los componentes de la identidad judía?

Como indica el título de su recopilación, le idea de Deutscher sobre la identidad judía está completamente desconectada de la religión judía. Siendo adulto proclamó su ateísmo sin apología al no hallar ninguna virtud en el jasidismo de su juventud y al calificar de kafkiana “la aspiración de moda entre los judíos occidentales de volver al siglo XVI”. No obstante, su laicismo no era únicamente negativo; también tenía un sentido positivo, activo, emancipatorio y sobre todo sociable. Para los judíos, suponía un gesto de confianza en los gentiles de su entorno, confianza en que ellos y los progresistas no judíos podían hacer causa común y compartir sus victorias.

Desde esta visión positiva, humanista, del laicismo, Deutscher afirmó que la identidad judía no podía implicar jamás el control judío sobre un territorio. “No tengo nada en común con los judíos, digamos, de Mea Shearim /1 ”, declaró, “ni con cualquier clase de nacionalistas israelíes”. La obsolescencia del Estado-nación había quedado demostrada en la matanza sin sentido de la primera guerra mundial. De ahí que a su juicio la creación de Israel encerraba una terrible ironía: los judíos estaban invirtiendo en un Estado-nación justo cuando este había entrado en lo que Deutscher creía (prematuramente) que era una fase de declive terminal.

Y ¿qué decir del Holocausto, que bien podría haber resquebrajado la confianza de Deutscher en la posibilidad de que los judíos hicieran causa común con el mundo de los gentiles? Aunque partió su vida más o menos en dos, el Holocausto no le llevó a desertar del bando de los laicos militantes y de los creyentes en la modernidad. Los nazis fueron después de todo la razón por la que la cultura judía de Europa Oriental en que se había criado había dejado de existir. Sin embargo, cuando Deutscher habla de esta cultura, menciona una conversación que mantuvo con el satírico yidish Moshe Nadir en la década de 1920. Nadir ya predecía entonces que el yidish dejaría de hablarse en el futuro, tal vez por el hecho de que los judíos, ahora felizmente asimilados, acabarían hablando polaco o ruso. Nadir contemplaba ese día con indiferencia, porque cuando el yidish se convirtiera en una lengua muerta como el latín, sus sátiras se leerían como a los clásicos, a la par que Horacio y Ovidio.

Al invocar esa antigua broma de Nadir, Deutscher parecía decir que la cultura yidish, que los nazis habían exterminado, habría sucumbido de todos modos bajo el peso de una historia que era al tiempo despiadada y progresista. Lo que había que lamentar, por tanto, no era la cultura, sino las vidas que habían desaparecido en las inmensas fauces de la segunda guerra mundial. En cuanto a la propia historia, que siempre había imaginado compartida entre judíos y no judíos, siguió confiando en que, a pesar de sus brutalidades, la humanidad saldría mejor parada. Una de las cualidades menos obvias que atribuye a la línea de los “judíos no judíos”, que iba de Spinoza a Freud, era el optimismo. Sí, consideraba que Freud también era un optimista.

Si Deutscher hubiera ido a Nueva York en vez de Londres, su izquierdismo antiestalinista, su brío literario y su viveza en el debate le habrían abierto sin duda las puertas de los círculos tertulianos de la intelectualidad neoyorquina. Trotsky tenía allí admiradores y Deutscher les hizo un par de visitas. No obstante, su permanencia en ese mundo tal vez hubiera exigido alguna negociación entre esa multitud rencorosa. Como muestran estos ensayos, Deutscher no se cortaba a la hora de manifestar su desprecio por los intelectuales judíos de Occidente, que en su opinión se habían vuelto conservadores durante la guerra fría, convertidos en campeones del llamado “estilo de vida” liberal de Gran Bretaña y EE UU, y también se habría sentido incómodo con quienes habían renunciado a los impulsos universalistas radicales de la cultura judía a favor de una visión más particularista.

Para Deutscher, las diferencias geográficas y de clase entre los judíos eran suficientemente profundas para que viera con escepticismo la idea de una “comunidad judía” existente o que podía surgir a medida que se desvaneciera la observancia religiosa. Durante su vida, la historia de la persecución todavía no había sustituido del todo al judaísmo en el núcleo de la identidad judía occidental, pero su propia concepción de la identidad judía estaba centrada en el Holocausto, tal vez inevitablemente. “Soy judío”, dice en un texto que comenta el Holocausto, “porque siento la tragedia judía como mi propia tragedia.” Fue el Holocausto el que llevó a Deutscher a inclinarse hacia el sionismo, aunque solo fuera ligeramente. “Si en vez de rebatir el sionismo en los años veinte y treinta”, escribió, “hubiera urgido a los judíos europeos a irse a Palestina, podría haber salvado algunas de las vidas que después fueron exterminadas en las cámaras de gas hitlerianas.” Pero incluso en esta tesitura tiene cuidado de dejar clara su aversión a toda forma de nacionalismo judío: “Sin embargo, ni siquiera ahora soy sionista.”

El libro contiene dos versiones de una famosa parábola de la fundación de Israel en la estela del Holocausto, una parábola que a veces es todo lo que la gente recuerda de Deutscher. En la primera versión, que data de 1954, un hombre salta de un barco en llamas a una balsa. Lo que quería señalar Deutscher es que todo Estado nacional no es más que una balsa, una solución temporal que no debería convertirse en un programa permanente (nacionalista), como parecía hacer Israel. En la segunda versión, de 1967, escrita en respuesta a la guerra de los seis días, el hombre salta de un edificio en llamas y sobrevive, pero aterriza sobre una persona que estaba en la acera (que representa, por supuesto, a los palestinos) y le rompe brazos y piernas. “Si ambos se comportaran racionalmente”, comenta Deutscher, “no acabarían siendo enemigos.” Pero no prevalece la racionalidad.

El hombre herido culpa al otro de su miseria y jura que le hará pagar por ello. El otro, temeroso de la venganza del lisiado, le insulta, lo patea y lo golpea cada vez que se encuentran. El hombre apaleado vuelve a jurar venganza y de nuevo recibe puñetazos y patadas.

Imagino que no muchos estarán del todo satisfechos con esta parábola. Sin embargo, ofrece una alternativa interesante a la idea de la colonización y no hizo que Deutscher dejara de criticar duramente a Israel, recordando a sus lectores que David Ben-Gurión calificó a los judíos no sionistas de “cosmopolitas desarraigados”, que era el eufemismo favorito de Stalin para referirse a los bolcheviques judíos que eliminó. Según el comentario de Deutscher sobre la guerra árabe-israelí de 1967, escrita dos meses antes de su muerte, en la “victoria” de Israel veía una profecía del desastre y en Moshe Dayan una especie de vicemariscal Nguyen Cao Ky, el entonces títere favorito de EE UU en Vietnam. Tampoco hizo que dejara de criticar la colusión de Israel con la política exterior de EE UU durante la guerra fría y su negativa a comportarse como un vecino con sus vecinos. El futuro de Israel depende, a juicio de Deutscher, de la capacidad de los israelíes “para encontrar un lenguaje común con los pueblos que les rodean”.

Deutscher no pregonaba fanáticamente la coherencia con los principios, sino que para él esta incoherencia se plasmaba de alguna manera en la política. Como historiador, creía que el sentido de la oportunidad siempre importaba, especialmente a la hora de formular la propia visión del mundo. Comprendió perfectamente el caos que describió tan bien después de 1917, cuando Trotsky adoptó las posiciones de Lenin (como la necesidad de la disciplina absoluta en el seno del partido) y Lenin adoptó las de Trotsky (como la necesidad de la Nueva Política Económica), y todo se movía con demasiada rapidez para que alguien se diera cuenta. La política, para Deutscher, implicaba en última instancia esta clase de flexibilidad de principios, una visión de la acción política que entendía que los compromisos de uno y sus condiciones se hallaban en mutua dependencia. Nada, ni siquiera la política, podía colocarse al margen del caos y la incertidumbre de la historia.

Como escribió Deutscher en el último ensayo de la recopilación, el Holocausto fue el único acontecimiento que trascendía toda explicación histórica. Al historizar su internacionalismo, cambió de opinión sobre su antisionismo programático, pero sin convertirse en sionista. Esto no alteró su profunda convicción de que, para los judíos, como para todo el mundo, la historia no reclama la pureza de una utopía etnocéntrica, ni cualquier clase de utopía en este sentido. En vez de ello, la historia reclama de nosotros la dura labor de cambio en el seno de las naciones en que vivimos y con los vecinos que nos ha tocado convivir. Esto también requiere prestar mucha atención al sentido de la oportunidad.