Archivo de la etiqueta: Irlanda

Joyce: “triste Trieste”

por Higinio Polo //

De los casi sesenta años que vivió, Joyce escasamente pasó doce en Irlanda, esa Irlanda católica y madrastra que ahogaba a sus hijos. Su vida transcurrió en ciudades distintas, vagabundo como Leopold Bloom, jugando con idiomas y palabras, canciones y sonidos. Una de ellas fue Triestre, esa ciudad híbrida y mestiza, siempre frontera, siempre triste.

Concienzudo biógrafo, Richard Ellmann dedicó muchos años de su vida a documentar la vida de James Joyce en Dublín, Trieste, París y Zúrich, y nos dejó muchas páginas de la relación del autor del Ulises con Pound, Shaw, Hemingway, Yeats, Eliot, Woolf, Proust y Scott Fitzgerald, entre otros. Conocemos los menores movimientos de Joyce, sus temores, su desesperada búsqueda de reconocimiento, su afanosa demanda de la libertad artística, de la patria imaginaria de quienes sitúan la literatura por encima de la vida, como hizo el autor del Ulises. Complicado asunto, sobre todo si se recuerda que el propio Joyce, tal vez con coquetería, llegó a decir que en el Ulises no había ninguna línea escrita con seriedad, tal vez recordando a Shandy.

Hay muchas escenas memorables en la vida de Joyce, según nos cuenta Ellmann, sobre todo cuando recordamos lo que aquél nos ha dejado, y procuramos olvidar sus días tristes, que fueron muchos. Señalaré una de esas escenas, algo arbitraria, como tantas cosas de Joyce, rememorada por el escritor argentino Tomás Eloy Martínez, que nos da cuenta de las diferentes versiones del encuentro: al parecer, Joyce y Marcel Proust se encontraron una sola vez en su vida. La versión que más me gusta afirma que el banquero Edmond de Rothschild quería gozar de la conversación de los dos grandes escritores y, así, a iniciativa de ese barón Rothschild, Proust y Joyce fueron convocados a comer en el hotel Ritz de París, allí al lado de donde los comuneros habían derribado la estatua de julio. Por lo visto el encuentro no dio mucho de sí: se redujo a una pregunta de Proust sobre las trufas del banquete (“¿le gustan a usted?”, le diría a Joyce) y una cortés negación del irlandés. Hay otras versiones del encuentro, cuatro o cinco, recogidas por Ellman, que sitúan el encuentro en el hotel Majestic y no en el Ritz, y, también, alguna que nos muestra a Joyce borracho. No importa mucho, aunque sepamos que Joyce tenía un serio problema con el alcohol. En esa escena del Majestic está recogida su contradicción esencial: el autor del Ulises buscaba el reconocimiento, jugaba con la inmortalidad (¡escribía a sus amigos hablando del asunto!), quería verse reflejado en sus pares, pero apenas se encontraba a sí mismo, porque se reconocía en la oscuridad, en la soledad, y, en cambio, en los salones del mundo, sólo podía mostrar una máscara, una coraza como la que armó en su novela, para ocultarse mostrándose.

Nuestro autor ni siquiera numeró los capítulos de su más célebre novela, aunque nosotros los encontremos hoy debidamente ordenados y comentados en secuencias, siguiendo los pasos (apenas guiños) de la Odisea, en otra de sus bromas, por mucho que se empeñara en jugar con misterios, hasta el punto de que el esquema interpretativo que Joyce escribió para sus amigos (lleno de rasgos absurdos, como ese “pene en el baño”, un símbolo que se supone relevante para el quinto capítulo de la novela) se hizo público casi cuarenta años después de la aparición de la novela, cuando el escritor ya había muerto, y sabemos que apenas aporta nada a la comprensión del Ulises.

De los casi sesenta años que vivió, Joyce escasamente pasó doce en Irlanda, esa Irlanda católica y madrastra que ahogaba a sus hijos. Su vida transcurrió en ciudades distintas, vagabundo como Leopold Bloom, jugando con idiomas y palabras, canciones y sonidos, enseñando a otros en oscuras academias, pasando aprietos, exiliado; viendo de lejos las obsesiones de quienes, como W. B. Yeats, querían recuperar supuestas almas de la nación irlandesa, observando con escepticismo los desvelos de quienes dedicaban su vida a la absurda misión de la exaltación de Irlanda, empeñados en realzar las glorias de todo lo irlandés. Ya se sabe que el mundo está lleno de patriotas. Pero, a despecho de nacionalistas, Joyce se marchó pronto de su pequeño país. Primero, a Zúrich; después, a Trieste; finalmente, a París. En Trieste quedó una parte de su vida que ahora es recordada con interés, a veces mercantil.

* * *

Joyce

Trieste es una ciudad híbrida, mestiza. En ella se hablan dos idiomas, y sigue siendo un puerto de salida del imperio austrohúngaro, aunque ese imperio desapareciese tras la Primera Guerra Mundial. Trieste es, también, al menos en parte, la ciudad de Rilke, de Winckelmann, y, claro, de Italo Svevo (aquel Ettore Schmitz que había publicado un par de novelas, Una vida y Senectud, que pasaron desapercibidas, y a quien Joyce, su profesor de inglés, elogió, gesto que estimuló a Schmitz para volver al ejercicio de la literatura, dejándonos La conciencia de Zeno), y de Umberto Poli, a quien el siglo XX conocería como Umberto Saba. A Trieste llegó Winkelmann (que había nacido en Stendhal, el pueblecito alemán cuyo nombre tomó Henri Beyle dispuesto a entrar con él en la historia de la literatura) para morir, aunque no lo sabía. Winckelmann fue asesinado, en 1768, por un individuo llamado Arcangeli, en una posada de Trieste. Goethe nos cuenta que, en 1786, recorrió Roma con la Historia del arte de Winckelmann en las manos, treinta y un años después de que lo hiciera el historiador, y evoca su muerte al consignar los asesinatos que ocurren en el barrio donde se hospeda. Trieste es una ciudad mediterránea, racional, provinciana, y algo triste. En esa triste Trieste se instala Joyce, casi por casualidad.

Como si fuera una maldición, Joyce vive durante años en esa ciudad, Trieste, que hoy está llena de calles con nombres de patriotas triestinos (que ya es ser patriota): casi huyendo de los nacionalistas irlandeses, se topa con los adriáticos. A Trieste llega con su mujer, Nora Barnacle, con quien viviría toda su vida. Una Nora, mujer limitada y sencilla, que no comprendía la obsesión de su marido por esa entelequia que es la literatura, y cuyas páginas ni siquiera intentó leer. En Trieste, Joyce no consiguió tener nunca una posición desahogada, aunque pudo ir comiendo, y, al menos, puso distancia del catolicismo y del nacionalismo irlandés que todo lo contaminaba (aunque no por ello Joyce dejó de apoyar al Sinn Fein en algunas ocasiones), y se alejó del viejo Dublín donde, como dice Ignatius Gallaher en Dublineses, “nadie sabe nada de nada”, seguramente para entender mejor la ciudad, porque si bien Joyce rehuía el nacionalismo, Dublín fue el centro de su vida, la obsesión de sus páginas, el centro de sus palabras, el objeto con que deformar el mundo para dotarle de un nuevo sentido y una mirada distinta. Casi podemos decir que Dublín existe por Joyce.

De hecho, Joyce fue primero a Zúrich, en septiembre de 1904, donde pensaba trabajar en una academia de idiomas; después, a Pola (una ciudad que tiene la costumbre de cambiar de país: cuando Joyce llegó a ella, era una localidad del imperio austrohúngaro, que después se hizo italiana, más tarde yugoslava, y, en nuestros días, eslovena: hasta nueva orden), y, al fin, a Trieste. Vive en Trieste desde 1905 hasta 1915, y allí nacen sus hijos, Giorgio y Lucia, con quienes hablará siempre en italiano, y después se instala en Zúrich (donde conoce a Lenin, siempre los bolcheviques en medio de todo), durante los años de la gran guerra. En 1914 Joyce había publicado Dublineses, su tercer libro, y empieza a ser conocido, con reparos, y, además, entra en su vida Ezra Pound, que le brindará un estímulo importante para seguir escribiendo, al igual que hizo Harriet Shaw Weaver, una mujer que siempre lo ayudó. Tras la catástrofe de la guerra, Joyce vuelve a Trieste en 1919, pero la ciudad ya no es el principal puerto del Imperio austrohúngaro, sino una ciudad italiana, que el escritor abandona de nuevo en 1920, para no volver. Se instala entonces en París (con algún paréntesis, como su estancia en Londres en 1922), y allí vivió hasta la llegada de los nazis. Quien desdeñaba la política, como Joyce, se vio obligado a huir por ella. En ese 1922 se publica el Ulises, no sin dificultades, como se sabe: incluso Virginia Woolf se negó a participar en la edición y la impresión del libro; aunque finalmente Sylvia Beach se hizo cargo de la publicación.

Así que no es extraño que, mientras yo buscaba el rastro de Joyce en Trieste, callejeando bajo la lluvia, recordase su domicilio de París. Estaba en el número 71 de Cardenal Lemoine, muy cerca de donde vivió Hemingway. Allí, cerca de la plaza Contrescarpe, se inicia un callejón, casi siempre cerrado con una reja que hace la función de puerta. Dentro del callejón se ve un largo muro de piedra, a la izquierda. Cuando termina, se abre una explanada recoleta que cuenta con edificios de distintas alturas. Las casas tienen una letra para que puedan diferenciarse entre sí, y hay un grupo de árboles en el centro. Nada recuerda a Joyce. Pero volvamos a Trieste, para encontrarnos con él. (Los aficionados a la precisión biográfica pueden seguir el itinerario de las casas donde vivió Joyce en la ciudad italiana, censo que elaboró la Università degli Studi di Trieste, a saber: primero, Joyce vive en la Piazza Ponterosso 3, tercer piso, en marzo de 1905; después, en via San Nicolò 30, segundo piso, entre mayo de 1905 y febrero de 1906; luego, en Via Giovanni Boccaccio 1, segundo piso, desde febrero a julio de 1906 -en ese momento se marchó a Roma, donde vivió desde julio de 1906 hasta febrero del año siguiente-; más tarde, en Via San Nicolò 32, tercer piso, entre marzo y noviembre de 1907; aún, en Via Santa Caterina 1, primer piso, desde diciembre de 1907 hasta abril de 1909; y en Via Vincenzo Scussa 8, primer piso, entre marzo de 1909 y agosto de 1910; Via Barriera Vecchia 32, tercer piso, donde vive desde agosto de 1910 a septiembre de 1912; Via Donato Bramante 4, segundo piso, entre septiembre de 1912 y junio de 1915; y, finalmente, en Via della Sanità, 2, tercer piso, entre octubre de 1919 y junio de 1920). Todo está documentado.

Fui primero a ver la calle Armando Díaz, tal vez porque fue su última morada en Trieste. En la Via Armando Díaz, que antes se llamaba Sanità, vivió en el número 2, en el tercer piso, como un oscuro escritor irlandés que mantenía a su familia con clases de idiomas. El de Armando Díaz, o Sanità, es un gran edificio, oscuro, con una enorme puerta de entrada y tres balcones encima, uno en cada piso, excepto en el último. Todos los balcones tienen un mástil, y el edificio parece casi abandonado, o apenas con algunas oficinas enmohecidas, sumergidas en la penumbra y el polvo. Aquí, Joyce compuso los capítulos XIII y XIV del Ulises. ¿Qué dicen esos capítulos? El primero, XIII, transcurre entre las ocho y las nueve de la tarde, cuando anochece en Dublín, habla de una jovencita y, además, seguimos los pensamientos de Leopold Bloom. El segundo, XIV, transcurre entre las diez y las once de la noche en la Maternidad, a donde Bloom llega para ver a una parturienta. Puntilloso en los detalles, Joyce contrajo esa manía de documentar los hechos más nimios, que es antigua. Por eso era capaz de iniciar una correspondencia agotadora para enterarse del color que tenía una puerta de Dublín, o sobre la existencia de una enredadera, o la situación de unos escalones, o cualquier chisme sobre la Maternidad, en ese día de 1904 en que el escritor nos muestra a sus personajes.

Joyce, jugando con el tiempo vital y literario, mezclando todo lo que quiso, recurriendo al cajón de sastre de la memoria caótica y sentimental, construye esa novela que casi estaba terminando en la calle de la Sanità (el Ulises tiene dieciocho capítulos, aunque, como se ha dicho, Joyce no los numeró cuando se publicó el texto), y que iba a publicarse en 1922, en plena resaca de la gran guerra, cuando Joyce vivía ya en París y empezaban a mostrarse los camorristas del fascio y hasta los nazis.

Después siguió viviendo en París, y cuando su hija Lucia ingresó en un manicomio después de la ocupación nazi de la capital francesa, sonó el momento del exilio final: sería en Zúrich, donde Joyce murió en enero de 1941. Su hija Lucia, que había nacido en un pabellón de pobres en un hospital triestino, morirá muchos años después, en 1982. En esos años veinte Trieste ya quedaba lejos para Joyce, pero buena parte de la novela la escribió allí.

Para ir a la calle Bramante, donde también vivió, subí por la Via San Michele, que antes se llamaba Felice Venezian. La calle, que asciende trabajosamente hacia la parte alta de la ciudad, es una vía muy inclinada, fea, oscura, casi sin comercios, apenas con algún negocio de anticuarios, y con los edificios desconchados y sin pintar, igual que debían estar hace un siglo, cuando Joyce la recorría. En el número 4 de Donato Bramante, Joyce vivió durante más tiempo que en ningún otro lugar de Trieste: aquí residió entre 1912 y 1915. Mientras vivía en ese apartamento publicó Gente de Dublín, terminó Dedalus, escribió el drama Esuli, y empezó a escribir el Ulises. La casa tiene una entrada convencional, con unas baldosas en el zaguán que componen un ajedrezado oblicuo, y una modesta escalera. Al lado de la entrada han puesto un bar que se anuncia como buffet y al que han bautizado como A la scaletta Joyce. El espíritu mercantil lo devora todo.

Bramante es una calle concurrida, con tráfico, y, encima del restaurante, vi en una placa una leyenda que recoge una nota escrita por Joyce el 16 de junio de 1915: “He escrito alguna cosa. El primer episodio de mi nueva novela Ulises está escrito.” Para ello, reciclaría algunos materiales, mientras seguía pensando en Dublín. Stephen Dedalus, que aparece en el Retrato del artista joven (o adolescente, como quiso Dámaso Alonso) y en Ulises, es un reflejo distorsionado del propio Joyce, que nos muestra en ese armazón desgarrado de su mayor novela la oscura ciudad irlandesa (“Querida sucia Dublín”, destaca en un fragmento) y su propia vida, utilizando todo tipo de materiales, recursos, amarrando un desfile, ahogando (a veces, en apresuradas y prescindibles líneas) la anatomía incierta de un mundo que cambiaba reflejado en esa ciudad a la que volvía obsesivamente en sus libros, aunque él mismo no regresase nunca, a excepción de algún viaje apresurado. Joyce vivía en el segundo piso de Bramante, justo encima de la placa que hoy nos recuerda al escritor, aunque alguien que pasa me dice que, en realidad, vivía más hacia el centro del edificio. No importa.

En la Via Alfredo Oriani, vivió Joyce en el número 2. Antes se llamaba Barriera Vecchia, y el mismo portal que ahora lleva el número 2 era entonces el 32. El escritor vivió aquí entre 1910 y 1912, en el tercer piso. Tiene una oscura entrada, con la mitad ocupada por una pequeña tienda, como los zaguanes de la posguerra española, con tablas de madera cubriendo los cristales del aparador. Allí mismo, en el número 2, está la farmacia de G. A. Picciola, propietario del apartamento: Joyce no le pagaba el alquiler y Picciola lo desahució. En ese momento, Joyce pudo salir de la difícil situación gracias a la ayuda de su hermano Stanislaus. Triste Trieste, Tristram, de donde saldrá cuando se inicie la guerra en 1914, el mismo año en que publica Dublineses, que tradujo para nosotros Cabrera Infante, y que se convertiría en la última película de John Huston. (Disculpen ustedes, pero es curioso: su primera obra fue El halcón maltés, y la última, Dublineses.)

Después, entré en la pastelería Pirona, en el Largo Barriera Vecchia, 12, uno de los lugares predilectos de Joyce. Dentro, declaran en un diploma que allí hacen el mejor chocolate de Italia. No es poca cosa. Es una agradable pastelería, con estanterías de madera y un reloj incrustado en ellas. Tienen unos cubiertos antiguos, y el lugar obliga a permanecer de pie: no hay mesas, ni sillas, sólo el mostrador de madera y vidrio. Tienen un cartel que prohíbe fumar “para mantener el aroma de la pastelería”. A Joyce le gustaban mucho los pasteles de la tahona, y podemos imaginarlo comprando masitas de harina y crema mientras daba vueltas en el caótico laberinto del Ulises y pensaba en su precaria economía.

Piazza della Borsa, Trieste.

Allí cerca, en Saba 6, está la casa donde vivía el conde Francesco Sordina, que fue discípulo y alumno de Joyce, además de gran admirador suyo. Ahora, en el segundo piso, casi todo el espacio está ocupado por Forza Italia, ese inquietante partido de Berlusconi. En el número 1 de la plaza Carlo Goldoni, en el palacio Tonello, estaba el diario Il Piccolo, tan importante para Trieste y para el propio Joyce. Y en el número 32 de San Nicolò estaba la Academia Berlitz, donde impartía clases de inglés; entre otros alumnos, a Italo Svevo. Allí empezó a trabajar Joyce, en 1905, y pudo ir comiendo, no sin estrecheces. A partir de 1907, el escritor irlandés vivía en el segundo piso del mismo edificio: de manera que ¡iba a trabajar sin salir de su escalera! Hoy es un edificio que alberga una tienda de muebles. También vivió Joyce al lado, en el número 30, en el segundo piso, en un edificio donde trabajó también Umberto Saba.

Fui después a la bolsa. En el número 12 de la Piazza de la Borsa estaba el Cinema Americano, de Giuseppe Caris, de quien salió la idea para crear el cine Volta de Dublín, asunto que entusiasmó a Joyce hasta el punto de convertirse en promotor. El cine Volta fue el primero de la ciudad y de Irlanda (y, en su inauguración, se pasó una película sobre Beatrice Cenci, el personaje de Stendhal: ya ven ustedes que todo encaja, desde Winckelmann a Henri Beyle), y la iniciativa llevó a Joyce a volver a su ciudad, aunque al final el proyecto fracasó. Es probable que el escritor hubiera hecho dinero con el asunto, pero el cine Volta cerró a los pocos meses, no sabemos si porque el catolicismo irlandés era reacio a las novedades. Allí mismo, cerca de donde estaba el Cinema Americano triestino, en la sala de Bolsa, que está en el número 17, Joyce dio en 1907 una conferencia titulada “Irlanda, isla de los santos y de los sabios”.

Me acerqué, incluso, a un lugar más secreto de Trieste: hasta el número 7 de la calle Pescheria, para ver una casa de cuatro plantas, donde había una casa de tolerancia, como las llamaban antes, que frecuentaba Joyce. La vía es un callejón angosto, y, aunque está cerca de la plaza de la Bolsa y del centro elegante de Trieste, es un pasaje sórdido, casi sin luz. Hoy el edificio está arruinado, aunque, al parecer, siguen viviendo algunos vecinos. Tal vez estaba así en los días de Joyce, desconchada y decrépita, adecuada para comercios infames. No era la primera vez, ni mucho menos que el escritor visitaba un lupanar: también lo había hecho en París, cuando todavía era un joven veintiañero. Podemos imaginarlo recorriendo burdeles y esquinas, para después dejarnos sombras y caricias convertidas en expresiones literarias o en miradas estrictas en el Ulises.

* * *

Asqueado del catolicismo, tal vez porque estudió con los jesuitas, ese Joyce que tuvo que escribir un esquema para que sus amigos entendieran el Ulises, y que, ochenta años después, sigue dando trabajo a los especialistas que buscan, que rastrean las menores referencias literarias o los juegos, las bromas y guiños absurdos que introdujo en la novela, a la manera de Sterne, que sigue haciéndonos leer las páginas que sobran en su novela, muy numerosas; que continua jugando con nosotros incluso con su insistencia en el arbitrario parentesco con la Odisea, que ha introducido para siempre el monólogo interior que tomó de Edouard Dujardin; ese Joyce, fue un hombre que se sintió atraído por el movimiento obrerista que preconizaba un nuevo mundo que se iba a verter en el socialismo, aunque después la vida y la experiencia (marcando a fuego y en silencio su propia existencia) le hizo desconfiar de la política y, ay, de los propios seres humanos. Empeñado con el alcohol, progresivamente ciego, soportando intervenciones quirúrgicas que no resolverían sus problemas, murió cuando contaba cincuenta y nueve años, lejos de Irlanda y de sus fantasmas.

El 4 de junio de 1904 (día en que transcurre el Ulises, en Dublín, de la mano de esos tres escuetos personajes: Leopold y Molly Bloom y Stephan Dedalus, y cuya jornada fue considerada obscena en los Estados Unidos, hasta el extremo de prohibir el libro, e incluso de quemar algunas de las ediciones) se ha convertido hoy en ese Bloomsday o excursión para caníbales de la literatura y devoradores de vísceras, y, casi, en el único día de la vida de Joyce. Dublín y la palabra son los grandes protagonistas de sus obras, y, así, Joyce, sigue enredando con un pasado que no puede cambiarse y un futuro que se adivinaba oscuro, porque el presente nunca existe, a pesar de las evidencias, como hizo; soportando su visión del escritor en un mundo capitalista que corrompía y prostituía el arte y la literatura, desconfiando de la capacidad humana para evitar la catástrofe, dejando atrás esa confianza que le llevó a una particular, aunque confusa, defensa del socialismo, basada en la experiencia de quienes como él se veían condenados a la oscuridad y la pobreza; mientras nosotros seguimos viendo a Joyce buscando, rebuscando en la palabra, en la nocturna Dublín empapada en el estanque negro frente al mar de Irlanda, sellando la doliente condición humana en la copiosa jornada a la que dedicó su vida, recorriendo los callejones y deteniéndose en una pastelería, inmerso en la delicada y rota, áspera armadura de su novela, vagando por la triste Trieste.

Texto publicado originalmente en el nº 234-235 de El Viejo Topo, nº 234-235, julio 2007

Las elecciones británicas de crisis y las tareas de la clase obrera

por Chris Marsden//

Reino Unido fue a las urnas tras una campaña electoral sin igual. En el espacio de unas pocas semanas, una prevista victoria arrolladora por el Partido Conservador ha dado paso a especulaciones sobre una mayoría reducida, un Parlamento sin mayoría absoluta o incluso una victoria laborista.

Dos atentados terroristas brutales han dejado decenas de muertos y muchos más mutilados. Las calles son patrulladas por grandes contingentes de policías armados. El ejército fue desplegado a lugares estratégicos conforme a medidas secretas de emergencia.
La primera ministra Theresa May convocó anticipadamente los comicios porque la oligarquía financiera y el aparato militar y de inteligencia a quienes sirve decidieron que no podían esperar dos años más hasta las próximas elecciones programadas, en medio de grandes convulsiones políticas y sociales. Al parecer, apenas pudieron esperar dos meses.
May tenía la esperanza de poder utilizar la guerra interna en el Partido Laborista y la agresiva campaña mediática contra Jeremy Corbyn para garantizarse una dictadura parlamentaria de facto y poder intensificar su agenda de austeridad e intervenciones militares en Siria y otros lugares. En cambio, la campaña electoral ha visto una avalancha de muestras de odio hacia los tories y todo lo que representan por parte de los trabajadores y jóvenes, quienes han manifestado su apoyo a Corbyn y a sus promesas de poner fin a la austeridad.
El repulsivo intento de May de buscar capitalizar los atentados terroristas terminó perjudicándola. La abrumadora evidencia de que el servicio de inteligencia militar MI5 y la policía sabían sobre sobre el atacante de Manchester, Salman Abedi, y al menos dos de los tres asesinos de Londres comprueba que numerosos islamistas son activos protegidos para ser utilizados como fuerzas indirectas en las guerras libradas por Reino Unido y EE.UU. en Libia, Irak y Siria.
May apostó su propio futuro al prometer una salida “dura” de la UE pero, al hacerlo, alienó a amplios sectores corporativos y de la City de Londres. Las estimaciones de que, tras el brexit, caiga el comercio con la Unión Europea un 40 por ciento y la inversión extranjera un 20 por ciento, han provocado advertencias de un desastre financiero.
Su plan de depender en el gobierno de Trump para extraer concesiones de Alemania, Francia y otros en la UE ha tenido el efecto contrario. La respuesta de la canciller alemana, Angela Merkel, a las amenazas de Trump de poner a “EE.UU. ante todo” ha sido declarar que tanto EE.UU. como el Reino Unido pos- brexit no son de fiar como aliados. Ante el aumento en tensiones globales entre EE.UU. y Europa, la estrategia de toda la política exterior británica de atenerse al poder militar y económico de EE.UU. para avanzar su propia influencia ha colapsado.
Sin embargo, la brutal verdad es que un gobierno laborista encabezado por Corbyn tampoco representa una alternativa a las políticas de austeridad y de guerra de May.
Hay millones de trabajadores que quieren que los tories se vayan y están dispuestos a tolerar los constantes repliegues de Corbyn ante los partidarios del ex primer ministro Blair en su partido, con la esperanza de que al menos honre sus compromisos de defender el Servicio Nacional de Salud, aumentar el salario mínimo y construir nuevas viviendas. Pero los esfuerzos de su manifiesto para juntar reformas sociales mínimas con la agenda militarista del imperialismo británico es una combinación incompatible.
Reino Unido se está desestabilizando en el ámbito económico, político y social, mientras el capitalismo mundial entra en su peor crisis desde el final de la Segunda Guerra Mundial —una crisis que está reproduciendo todos los horrores del fascismo y la guerra asociados con la primera mitad del siglo XX. Cualquier intento para conservar la “competitividad global” del país bajo condiciones de guerra comercial y conflictos militares requiere profundizar la destrucción de puestos de trabajo, salarios y servicios esenciales.
Este proceso está cavando más el profundo abismo entre la clase obrera y los multimillonarios, llegando al punto de explosiones sociales. El choque de intereses entre la oligarquía y la clase obrera es tan agudo que no puede ser reconciliado a través de los llamados de Corbyn a “ser justos… para los muchos no los pocos”. Las políticas nacionalistas de los laboristas, de crear una forma de “patriotismo industrial” mediante la colaboración del gobierno “con las empresas y los sindicatos”, tienen como objetivo subordinar a los trabajadores al plan de guerra comercial de May, todo a costa de los empleos y niveles de vida de la clase obrera.
Han pasado casi dos años desde que Corbyn quedó electo como titular del Partido Laborista gracias a cientos de miles que ingresaron al partido con el fin de empujarlo hacia la izquierda. En cambio, Corbyn se ha trasladado cada vez más a la derecha.
Su oposición a expulsar a los parlamentarios laboristas de derecha que buscaron destituirlo, el permiso que dio a votar a favor de acciones militares en Siria y la renovación del sistema Trident de armas nucleares y luego la incorporación de estas concesiones en su manifiesto muestran cuál sería la función real de un gobierno laborista bajo su liderazgo.
La reacción de Corbyn a los atentados terroristas en Manchester y Londres se debe tomar como una clara advertencia.
Los conservadores buscaron utilizar los ataques para ganar las elecciones, intensificando su ofensiva para retratar a Corbyn como alguien indulgente hacia el terrorismo y una amenaza en sí para la seguridad nacional, basándose en sus declaraciones previas donde critica a la OTAN y se niega a asegurar categóricamente que autorizaría el uso de armas nucleares. Están preparándose para un giro brusco hacia la represión estatal después del 8 de junio.
La estrategia de cuatro puntos de May para “luchar contra el terrorismo” —incluyendo censura y vigilancia en Internet para eliminar “espacios seguros” para el “extremismo” en público— será utilizada para sofocar el descontento político, junto a la aplicación de medidas existentes para limitar aun más el derecho a la huelga. El núcleo autoritario de su programa fue caracterizado por la declaración: “Y si las leyes de los derechos humanos nos impiden hacerlo, vamos a cambiar las leyes para poderlo hacer”.
May también utilizó su discurso sobre los atentados de Londres para reafirmar su promesa de que intensificará la intervención militar en Irak y Siria.
Corbyn no dijo nada al respecto. En lugar de explicar que los atentados son consecuencias de las intervenciones criminales del imperialismo británico en Oriente Medio, optó por denunciar a May por recortar el número de policías, indicando que él está dispuesto a hacer “lo que sea necesario” en la lucha contra el terrorismo.
De esta manera, se posicionó como el candidato de la ley y el orden, no del cambio social. Su promesa a la élite gobernante de que no tienen nada que temer de un gobierno dirigido por él se refleja por el hecho de que su retórica de “izquierda” apenas sobrevivió una campaña electoral, ni hablar de cuando asuma su cargo.
Todos los grupos de pseudoizquierda británicos han intentado superar la profunda desconfianza de los trabajadores hacia el Partido Laborista explotando las ilusiones populares en Corbyn como individuo. El Partido Socialista de los Trabajadores (SWP; Socialist Workers Party) escribió, “No apoyamos a los que han intentado varias veces empujar al Partido Laborista hacia la derecha. Pero la única manera de mostrarle apoyo a Corbyn es votar por todos los candidatos laboristas”. El Partido Socialista, por su parte, evita toda mención de los laboristas y llama simplemente a formar “un gobierno liderado por Corbyn”.
Los acontecimientos han confirmado lo que el Partido Socialista por la Igualdad ha insistido: el Partido Laborista no puede ser cambiado mediante la instalación de un nuevo líder. Hoy día, el partido es el mismo que cuando lo encabezaban Tony Blair y Gordon Brown.
Sea cual fuere el resultado de las elecciones, la clase obrera británica, al igual que sus hermanos y hermanas en todo el mundo, se enfrenta a una lucha de vida o muerte en contra del descenso a la reacción social y política y el cada vez mayor peligro de guerra. La única manera de avanzar es mediante la adopción de una perspectiva nueva, socialista revolucionaria e internacionalista. La tarea de los trabajadores y jóvenes con una conciencia política más avanzada es unirse al Partido Socialista por la Igualdad y construirlo como la nueva dirección de la clase obrera.

(El autor milita en el PSI, sección británica del Comité Internacional de la Cuarta Internacional)

España: El cinismo del gobierno derechista del PP ante el desarme de la ETA

por David Rey//

La entrega incondicional por ETA de su arsenal de armas a un grupo de verificadores internacionales, anunciada para el 8 de abril, es un paso consecuente con su decisión manifestada hace más de 5 años de abandonar definitivamente la lucha armada. Con este acto, ETA y el conjunto de la izquierda abertzale insisten en reafirmar su voluntad de luchar por sus objetivos a través de medios puramente políticos.

Lo que llama la atención es que el gobierno del PP de Mariano Rajoy haya despreciado absolutamente los pasos dados por ETA desde hace 5 años, incluido este último, y se haya negado hasta la fecha a entablar ningún tipo de negociación o conversaciones con ella, o con representantes suyos, para encauzar un hecho tan relevante como es el fin definitivo de su actividad armada.

Esta situación contrasta vivamente con lo ocurrido en procesos similares en los últimos años en otras partes del mundo, donde los Estados se involucraron en negociaciones directas con los grupos armados (el IRA en Irlanda del Norte, las FARC en Colombia), para abordar el abandono de la lucha armada, la eliminación de su arsenal de armas, la reinserción en la vida civil de los activistas de dichos grupos y la situación de los presos. Esto es más llamativo aún cuando anteriores gobiernos del PP y del PSOE sí aceptaron sentarse y negociar con ETA años atrás, aun cuando esta organización ni siquiera había manifestado entonces su voluntad de renunciar definitiva e incondicionalmente a la actividad armada.

El gobierno español no sólo se ha negado a negociar con ETA su entrega de las armas, sino que la ha obstaculizado deliberadamente, en colaboración con el Estado francés. Así ocurrió, por ejemplo, con la detención en diciembre de 5 personas cerca de Bayona que estaban actuando como mediadores civiles para la entrega de armas que ahora se va a ejecutar.

El gobierno ni siquiera cumple la propia legalidad en el tema de los presos, negándose a su reagrupamiento en sus zonas de origen para facilitar el contacto con sus familiares, como está obligado, manteniendo a la gran mayoría de los presos de ETA en cárceles fuera de Euskadi y Navarra, obligando a sus familiares a desplazarse cientos y miles de kilómetros para poder visitarles, negando permisos y suspendiendo visitas con pretextos espurios. A lo largo de los años, 16 personas han fallecido en accidentes de tráfico cuando viajaban para visitar a sus familiares presos en las cárceles, según la organización Etxerat.

Los ardientes defensores de la retransmisión de la misa católica dominical en la TV pública, adalides de los supuestos valores cristianos de humanidad, reconciliación y perdón, no son solamente insensibles y vengativos ante la separación dolorosa de las familias respecto a sus familiares presos, demostrando con ello ser unos completos hipócritas en sus creencias religiosas, sino que incumplen flagrantemente la legalidad vigente, amparados por los tribunales españoles.

De esto se deduce que la derecha española (PP, Ciudadanos) no tiene el más mínimo interés en la resolución del llamado “conflicto vasco” y que espera seguir sacando réditos políticos de la actividad etarra del pasado con dos fines. El primero, mantener en un primer plano el tema del “terrorismo” para desviar la atención de la población de los verdaderos problemas sociales provocados por la crisis del capitalismo y por la propia acción reaccionaria del gobierno del PP. Y el segundo, mantener su base electoral de apoyo entre las capas más atrasadas políticamente de la población, explotando y exacerbando demagógicamente el tema de las víctimas de ETA.

En esta estrategia de mantener “vivo” el tema de ETA también colaboran sectores importantes del aparato del Estado, fundamentalmente de los cuerpos policiales y de los servicios secretos, el actual CNI. La actividad etarra siempre fue utilizada, no sólo para incrementar la represión general y endurecer el código penal tan caro a la derecha española, sino para justificar la impunidad policial, los privilegios especiales para los altos mandos policiales, y la existencia de fondos reservados que escapan a todo control y con los que se han lucrado en oscuros negocios durante décadas numerosos mandos de la policía y la guardia civil (casos Perote, Roldán, Paesa, Villarejo, por nombrar algunos de los más conocidos).

El régimen del 78 no es sólo un régimen reaccionario y caduco al que es preciso superar, sino que es el régimen del doble rasero y de la hipocresía. Quienes, en la derecha, se muestran duros y vengativos en el tema de las víctimas de ETA, son los mismos que nunca condenaron el alzamiento fascista de Franco de 1936 ni el asesinato de las cientos de miles de personas causado por la represión posterior a lo largo de 40 años. No sólo no han sido juzgados ni han purgado sus crímenes los representantes políticos de la dictadura ni de su aparato de estado, sino que notorios ministros de Franco –como Fraga, Fernando Suárez, o Antonio Carro, entre otros– con las manos manchadas de sangre por firmar penas de muerte en los gobiernos del dictador, fueron diputados del PP en la “democracia”. No por casualidad, ETA nació en plena dictadura franquista y se nutrió en su primera década y media de existencia de los crímenes sangrientos del franquismo y de la represión practicada contra el pueblo vasco en los primeros años de la Transición. Todos los medios de comunicación destacan la cifra de las 800 víctimas causadas por ETA, pero ocultan que hubo 188 asesinados durante la Transición (obreros, estudiantes, nacionalistas vascos de izquierdas) en lo que fue una práctica de terrorismo de Estado a manos de la policía, la Guardia Civil y los pistoleros fascistas, entre 1976 y 1982. Muy pocos de sus asesinos fueron juzgados y condenados, y la mayoría de ellos a penas irrisorias. Otro tanto pasó con el terrorismo de Estado practicado por los GAL, bajo los gobiernos de Felipe González, que cometieron 24 asesinatos; por no hablar de los centenares casos de tortura a los detenidos (incluyendo violaciones y abusos sexuales) del entorno de la izquierda abertzale.

Esta política represiva continúa hasta el día de hoy, con torturas, ilegalización de organizaciones políticas y de solidaridad de la izquierda abertzale, cierre de medios de comunicación, etc. y que obliga a muchos jóvenes y activistas abertzales a vivir en condiciones de clandestinidad.

No solamente en Euskadi y Navarra. En los últimos años, los amantes de la democracia y la convivencia en paz en el gobierno del PP se han destacado por cercenar los derechos democráticos duramente conquistados con la criminalización generalizada en todo el Estado de todos aquellos que deciden luchar contra las lacras de este sistema o de quienes, desde posiciones de izquierdas, hacen canciones, chistes y comentarios en las redes sociales. Y se amparan para ello en la Ley Mordaza y las leyes antiterroristas aprobadas en años anteriores. Mientras, destacados dirigentes del PP, periodistas reaccionarios y fascistas pueden permitirse en los medios y en las mismas redes sociales proferir los insultos, amenazas y calumnias más depravados contra dirigentes de izquierdas y las víctimas de la represión franquista sin persecución alguna por la policía.

Lo más sangrante es que el viejo aparato de estado franquista se mantuvo intacto hasta nuestros días. Nunca fue purgado de fascistas y reaccionarios. Al frente del mismo siguieron los mismos jefes policiales y del ejército, los mismos torturadores y miembros de los servicios secretos, los mismos jueces y fiscales franquistas. Lo lamentable de todo esto es que los dirigentes del PSOE y del PCE tras la caída de la dictadura nunca levantaron la voz para exigir esa depuración, convirtiéndose en cómplices de este hecho, de la misma manera que fueron cómplices de la derecha postfranquista en la política de impunidad hacia los crímenes del franquismo y de la Transición.

La entrega incondicional por parte de ETA de todo su arsenal es también la constatación final del fracaso de los métodos de la llamada “lucha armada”, practicada durante 50 años por esta organización, sin haber conseguido –como en el caso del IRA en Irlanda del Norte– ni uno solo de sus objetivos. Es más, los métodos de ETA se han demostrado contraproducentes ya que han sido utilizados por los sucesivos gobiernos y el aparato del Estado para fortalecer ese mismo aparato del Estado, endurecer la represión y restringir los derechos democráticos contra todos (endurecimiento del código penal, restricciones al derecho a manifestación y a la libertad de expresión, ilegalización arbitraria de partidos políticos, cierre de medios de comunicación, etc.). La actividad armada de ETA jugó durante décadas un papel pernicioso en mellar las extraordinarias luchas del pueblo vasco por sus derechos democrático-nacionales, favoreciendo la estrategia de la reacción de introducir todo tipo de prejuicios nacionales y moralistas para aislar la lucha del pueblo vasco de sus hermanos de clase en el resto del estado. De hecho, la desaparición de la actividad armada de ETA y el avance de la lucha de masas –como se ha demostrado en Catalunya– era la precondición básica para que la defensa de los derechos democrático-nacionales de Euskadi, Catalunya y Galicia –como el derecho de autodeterminación– pudiera encontrar un eco favorable creciente entre la clase obrera y la juventud del resto del Estado español, como está sucediendo, tras ser demonizada durante décadas.

Celebramos que ETA y el conjunto de la izquierda abertzale apuesten por la vía política para luchar por sus objetivos, como muy claramente ha defendido el dirigente de EH Bildu, Arnaldo Otegi. Desde nuestro punto de vista, esa vía política debe estar basada en los métodos de la lucha y la agitación política de masas, las manifestaciones, las huelgas y, en un punto más elevado, a través de un movimiento revolucionario de masas. Sería un error encauzar la acción política a través de los métodos reformistas clásicos del cretinismo parlamentario, enclaustrando el programa político dentro de los límites del capitalismo, o mendigando un frente común con la burguesía vasca, siempre dispuesta a traicionar el movimiento ante la burguesía española para defender sus negocios e intereses de clase, como estamos viendo en relación al gobierno del PP, y como ha probado recientemente el apoyo del PNV al infame decreto del PP contra los estibadores, que incluye a los estibadores vascos.

La clase obrera y la juventud vasca han estado siempre a la vanguardia de las luchas y de la conciencia política en el Estado español, en los últimos 40 años. En el País Vasco fue donde la lucha contra la dictadura y durante la Transición llegó más lejos. Fueron Euskadi y Navarra los territorios del Estado español donde el voto favorable a la Constitución de 1978 tuvo el menor apoyo popular, y donde se produjo el mayor rechazo popular al ingreso en la OTAN en el referéndum de marzo de 1986. No es casualidad tampoco que en las elecciones legislativas del 20D y del 26J, Podemos y Unidos Podemos obtuvieran aquí su mayor porcentaje de votos de todo el Estado y resultaran, en el caso de Euskadi, las fuerzas más votadas.

La lucha por los derechos democrático-nacionales es inseparable de la lucha por el socialismo. Sólo la clase obrera está en condiciones de llevar hasta el final la lucha contra todo tipo de explotación y opresión, y en asegurar la plena satisfacción de los derechos democráticos más avanzados, comenzando por el derecho del pueblo vasco a decidir por sí mismo qué relación quiere mantener con los demás pueblos del Estado español, incluido el derecho a formar un estado independiente.

Para conseguir esto, juntos en la lucha somos más fuertes. De lo que se trata es de afianzar la unidad en la lucha de la clase obrera y de la juventud vasca con sus hermanos de clase del resto del Estado para derrotar a nuestro enemigo común, el capitalismo y sus sostenedoras –las burguesías española y vasca– para avanzar hacia el socialismo y resolver definitivamente la cuestión nacional vasca.