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Inmigración y neoliberalismo

por Pablo Pulgar Moya //

La bullada disputa entre Judith Butler y Nancy Fraser sobre tópicos como justicia y equidad social y el reconocimiento como elementos que aparecen o no diferenciados entre la política en general y el marxismo fue síntoma de la denuncia de una falta de análisis profuso que sea convergente tanto de la luchas económico-políticas, como de aquellas calificadas como “meramente cultural”. Las luchas políticas que remarcaron la necesidad de una superación de las contradicciones de clase tendieron a dejar de lado petitorios enmarcados como marginales a las consignas de los trabajadores. Sin embargo, este panorama ha tomado nuevos ribetes en la consideración de partidos revolucionarios y organizaciones de izquierda a través de la necesidad de comprehender tanto política como económicamente aquellos fenómenos sociales meramente culturales. La inmigración aparecería, en este sentido, no como mero factor colindante, sino como elemento estructural de la composición económica actual, la cual es fuente rica para fenómenos metasupersticiosos como el racismo y la xenofobia entre otros conflictos de interacción social. Estos mismos conflictos no se hacen comprensibles sin una crítica al modo de producción capitalista y, modernamente, de su versión neoliberal.

            La inmigración como un fenómeno que se repite a lo a largo de la historia toma nuevos ribetes dentro del imperialismo del capital, por lo menos desde el siglo XIX,  marcado por los movimientos poblacionales ya sean por causas bélicas, ya sean en búsqueda de mejora de condiciones laborales. En Chile el fenómeno migratorio se da bajo un los contextos de una crisis estructural de sistema en Haití, una crisis político económica en Colombia y Venezuela (con argumentos muy diferentes), sumado a ello a inmigrantes provenientes de Perú y Bolivia. Esta singularidad ya la analizaba Rosa Luxemburg en tanto la inmigración de fuerza de trabajo dirigido provee sustento a la superpoblación relativa. La movilidad que representa la población migrante regional se produce por un fenómeno geopolítico de reproducción del capital, donde el trabajador, el explotado migrante busca paliar sus condiciones de vida en la oferta laboral de la variante capitalista en Chile. El gran capital extrae de ello, por supuesto, tajadas de beneficio bajo la forma de explotación directa debido al bajo costo de pensiones, nula inversión en educación, así como la rápida multiplicación de mano de obra barata, una variante express del aumento de tasa de ganancia de la burguesía local.[1]

            La tendencia a la catástrofe del ascenso de una derecha, calificada por Enzo Traverso – de modo casi irónico – como “posfascismo”, ha llevado a poner a la inmigración como tema número uno de la mayoría de las agendas políticas de los nuevos aspirantes guberbernamentales del globo. En ese sentido, Chile no se escapa de una realidad tendenciosa de un populismo de derechas que viene dictada desde este nuevo panorama, donde el resurgimiento del autoritarismo y el reposicionamiento de discursos xenófobos hace coherente la pregunta por el rol de los protagonistas de izquierda en el posicionamiento del problema de la inmigración dentro del marco de una lucha de clases. Al fin y al cabo, la gran masa migratoria es, a su vez, masa trabajadora, explotada y precarizada. La importancia de tomar posición satisfactoria al respecto nos permitirá sortear el problema de manera consistente. Como preámbulo podemos advertir que Marx ya planteaba el problema de la movilidad de la fuerza de trabajo asalariada nacional e internacional como un síntoma dentro de la economía-política, no adyacente, no colateral, sino entendida como constante de flujo producto de la acumulación originaria. Sin embargo, este proceso, en el caso chileno, no responde a un modo de maquinización de su economía o proletarización de sus capas medias, sino se sustenta en base a la monetarización de su economía, flexibilidad cambiaria e inestabilidad de sus relaciones laborales. Es decir, bajo la forma de su neoliberalismo local – el cual, sin embargo, mantiene una postura conservadora restrictiva respecto a unalibrecirculación.

            Esto último no es casual ni meramente caprichoso. La descomunal transferencia de capital productivo al sector financiero ha inyectado fuerza al sector comercial, volviéndose atractivo para una masa trabajadora en aún peores condiciones que la existente en la economía chilena. El caso haitiano es especialmente digno de ser analizado, pues representa el fracaso de un mismo modelo intervencionista (a través del BM y el FMI) y neocolonizador (militarizado por EEUU). La liberación de la economía de Haití en 1981 y los intentos de convertir al país en el “Taiwán del Caribe” terminaron finalmente por acelerar el asentamiento de una fuerte burguesía local frente a un campesinado extremadamente precarizado, el cual, con aún más desfortuna, fue azotado por un terremoto en 2010 – el cual terminó por pulverizar el ya alicaído sector agrario. Noam Chomsky ha hecho eco numerosas veces que este seísmo solo terminó de demostrar el carácter de clase de este desastre natural.[2]La fuga de capitales se traduce en fuga de masa trabajadora hacia países receptores, tal como sucede en Europa, tal como sucede en EEUU. En ese contexto, la medianía de la economía chilena representa la vía de escape para un problema provocado por el mismo sistema de capitalización en Haití y representa un desafío para la concretización discursiva de la integración de la crítica anticapitalista local.

            La aceleración de la inmigración hace reflotar problemáticas metasupersticiosas. Una problemática que es central del llamado posfascismo. Este término quiere caracterizar un discurso que puede ir aparejado desde un conservadurismo clásico, pasándo por un patriotismo capitalista hasta un identitarismo proteccionista anti-stablishment, aunque no necesariamente representando una posición liberal o neoliberal. En este contexto, Acción Identitaria Chile se alza como el ejemplo más claro de una posición etno-diferencialista que de manera soterrada, sin identificarse a sí mismos como racistas, se ha ido instalando en diversos discursos que coquetean con la forma de capitalismo local. Se etablece, de esta manera, un discurso antiinmigración que o bien i) interferiría con una concepción de patria, sea carnal, histórica o civilizacional, o bien ii) interferiría con un estado civilizatorio nacional (asociando problemáticas como delincuencia, etnicidad, enfermedad, etc). Sin embargo, no solo desde posiciones alt-right, sino desde sectores centro-izquierda se han atrevido, poco a poco, a apropiarse de este relato. Esto nos permite entender desafortunadas declaraciones antiiinmigrantes de Fulvio Rossi en la pasada campaña electoral e, incluso, entender el bullado caso de las declaraciones sobre contro migratorio de Sarah Wagenknecht, dirigente cabecilla de Die LINKE en Alemania.

            Teniendo en cuenta todas estas variables aún nos queda por formular una pregunta ¿Por qué la inmigración tiene como destinos países con un sistema altamente neoliberalizado como el caso chileno? La pregunta es ineludible si queremos establecer un vínculo entre fenómeno migratorio y sistema capitalista. Si bien argumentos para migrar hay muchos (ambientales, médicos, por fenómenos naturales, etc), nos centramos acá en algunos que son troncales, aquellos que recorren causas políticas, jurídicas, económicas e históricas. La extansión del capitalismo y su penetración en países periféricos ha desencadenado desequilibrios tales que generan un gran éxodo que se hace extremadamente complicado de gestionar. El nuevo mercado tiene a sus pies no solo capitales globalizados, sino personas, donde migración de mano de obra se transforma en la expresión más latente de las hegemonías de clases, las cuales expresan – a su vez – “jerarquías migratrorias”: mientras que el migrante de países ricos tiene derechos casi irrectrictos, la gran mayoría de la mano de obra migrante de países pobres ve constreñidos sus derechos mínimos. El así llamado “capital humano” se ve limitado por las políticas de “capital económico”. Por ello mismo es necesario integrar este gran conjunto conflictivo de estandarización comercial, segregación, xenofobia, etc. no desde un punto de vista meramente moralizante (como ha sido llevado desde el mayor conjunto de la discursividad), sino integrada dentro del conflicto de un modelo económico globalizado. Andrés Cabrera, en una columna hace pocos días publicada en El Mostrador,[3]formulaba los puntos para entender al fenómeno migratorio como el nuevo rostro de la lucha de clases. Esto último solo es explicable de manera suficiente si es analizado como fenómeno enmarcado dentro de la economía-política y no meramente instrumentalizado dentro del espectro político. Es decir, una solución al fenómeno migratorio respondería no solo a criterios o eventos contingentes, sino que se hace necesario retomar el problema dentro de contradicciones producidas por el capitalismo financiero. Desempleo en países semicolonizados crea condiciones de competencia que se traduce en una migración masiva. El debate por tanto no debe estar regido simplemente por criterios productivistas, ni mucho menos normativistas, sino que es menester entender que la masa migrante en Chile se está conviertiendo rápidamente en una nueva capa oprimida desregulada, como nuevo sujeto bajo condición de superexplotación. Como formulara Luxemburg y, modernamente, Žižek y Souza dos Santos, esta denuncia entonces se vuelve no solo un argumento sólido para explicar la exclusión social del migrante, sino que dota de elementos para su inclusión dentro del panoráma político como sujeto ligado a la lucha de clases.

 

[1]Es interesante ver el principismo liberal (no solo economicista) sobre el fenómeno migratorio. Existe un general apoyo al derecho a migrar en autores como Friedrich Hayek o Julian Simon, en tanto, por una parte, potencia la productividad y, por otro, no contradice el principio de libre movimiento. Tanto economistas liberales, como defensores de derechos humanos se permiten una postura a favor de libertad de migración, pero donde pocas veces se cuestionan las condiciones estructurales de reclutamiento de mano de obra migrante como síntoma de un neoliberalismo globalizante.

 

[2]https://www.aporrea.org/internacionales/a96511.html

[3]http://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2018/03/07/inmigracion-el-nuevo-rostro-de-la-lucha-de-clases/

 

Trump apela al discurso fascista

por Patrick Martin//

En medio de un recrudecimiento de la guerra política en Washington, el presidente Trump dio un discurso el jueves en Huntington, estado de West Virginia, en el que realzó un conjunto de temas fascistas que la Casa Blanca ha estado desarrollando durante las últimas semanas. Seguir leyendo Trump apela al discurso fascista

John Berger: 10 Comunicados

por John Berger

Dónde hallar nuestro lugar
1

Alguien pregunta: ¿todavía eres marxista? Nunca antes ha sido tan extensa como hoy la devastación ocasionada por la búsqueda de la ganancia, según la define el capitalismo. Casi todo mundo lo sabe. Cómo entonces es posible no hacerle caso a Marx, quien profetizó y analizó tal devastación. La respuesta sería que la gente, mucha gente, ha perdido sus coordenadas políticas. Sin mapa alguno, no saben a dónde se dirigen.

2

Todos los días, la gente sigue señales que apuntan a algún sitio que no es su hogar, sino a un destino elegido. Señales carreteras, señales de embarque en algún aeropuerto, avisos en las terminales. Algunos hacen sus viajes por placer, otros por negocios, muchos motivados por la pérdida o la desesperación. Al llegar, terminan por darse cuenta que no están en el sitio indicado por la señales que siguieron. Donde se encuentran tiene la latitud, la longitud, el tiempo local y la moneda correctos, y no obstante no tiene la gravedad específica del destino que escogieron.

Se hallan junto al lugar al que escogieron llegar. La distancia que los separa de éste es incalculable. Puede ser únicamente la anchura de un vía pública, puede estar a un mundo de distancia. El sitio ha perdido lo que lo convertía en un destino. Ha perdido su territorio de experiencia.

Algunas veces algunos cuantos de estos viajeros emprenden un viaje privado y hallan el lugar que anhelaban alcanzar, que a veces es más rudo de lo que imaginaban, aunque lo descubren con alivio sin límites. Muchos nunca lo logran. Aceptan los signos que siguieron y es como si no viajaran, como si se quedaran siempre donde ya estaban.

3

Los detalles en la imagen de esta página fueron tomados por Anabell Guerrero en el albergue de la Cruz Roja para refugiados y emigrantes en Sangatte, cerca de Calais y del túnel del Canal de la Mancha. Por órdenes de los gobiernos británico y francés el albergue fue cerrado recientemente. Varios cientos de personas se albergaban ahí, muchos de ellos con la esperanza de llegar a Gran Bretaña. El hombre de las fotografías –Guerrero prefiere no revelar su nombre– proviene de Zaire.

Mes tras mes, millones abandonan su tierra natal. Se van porque no hay nada ahí, excepto su todo, que no ofrece lo suficiente para alimentar a sus niños. Alguna vez lo hizo. Esta es la pobreza del nuevo capitalismo.

Después de largos y terribles viajes, después de experimentar la bajeza de la que otros son capaces, después de llegar y confiar en su obstinada e incomparable valentía propia, los emigrantes se encuentran esperando en alguna estación extranjera de tránsito, y entonces lo único que les queda de su continente natal es su ser mismo: sus manos, sus ojos, sus pies, hombros, cuerpos, la ropa que usan y aquello con lo que se tapan por las noches para dormir debajo, ansiando techo.

Gracias a la imagen de Guerrero tenemos un testimonio de cómo los dedos del hombre son todo lo que queda de una parcela de tierra cultivada, sus palmas lo que queda del lecho de algún río; de cómo sus ojos son las reuniones familiares a las que no asistirá.

El retrato de un continente emigrante.

4

“Voy bajando las escaleras de una estación de metro para tomar la línea B. Está repleto aquí. ¿Dónde estás tú? ¿De veras? ¿Y cómo está el clima? Ya me tengo que subir al tren, luego te hablo…”

De las miles de millones de conversaciones por telefonía móvil que ocurren cada hora en las ciudades y suburbios del mundo, la mayoría, sean privadas o de negocios, comienzan con una declaración del paradero o ubicación aproximada de quien llama. La gente necesita de inmediato identificar con precisión dónde se encuentra. Es como si estuvieran perseguidos por la duda de que tal vez no estén en ninguna parte. Circundados por tantas abstracciones, tienen que inventar y compartir su localización transitoria.

Hace más de treinta años Guy Debord proféticamente escribió: “la acumulación de bienes de consumo producidos masivamente para el espacio abstracto del mercado, así como aplastó todas las barreras regionales y legales, y todas las restricciones corporativas de la Edad Media que mantenían la calidad de la producción artesanal, también destruyó la autonomía y la cualidad de los lugares”.

El término clave del caos global actual es la dislocación, o la relocalización. Esto no se refiere únicamente a la práctica de mover la producción a donde quiera que la mano de obra sea más barata y las regulaciones, mínimas.

Contiene también el sueño demente de salirse de margen, propio del nuevo poder en funciones: el sueño de minar el estatus y confianza de todos los lugares fijos previos, de tal manera que el mundo entero sea un solo mercado fluido.

El consumidor es esencialmente alguien que se siente perdido (o a quien se le hace sentir perdido) a menos que consuma. Las marcas y logotipos de las mercancías son el sitio que nombra esa ninguna parte.

Otros signos que anuncian la Libertad y la Democracia, términos robados de periodos históricos previos, se usan también para confundir. En el pasado, fue una táctica común de quienes defendían su tierra natal contra los invasores el cambiar las señales camineras para que una que indicaba ZARAGOZA, apuntara en la dirección opuesta hacia BURGOS. Hoy no son quienes se defienden, sino los invasores extranjeros, los que invierten los signos para confundir a las poblaciones locales, para confundirlas acerca de quién gobierna a quién, acerca de la naturaleza de la felicidad, del alcance del quebranto o de donde ha de hallarse la eternidad. El propósito de estas direcciones falseadas es persuadir a la gente de que ser un cliente es la salvación última.

Sin embargo, a los clientes los define el sitio de su salida y su pago, no dónde viven y mueren.

5

Extensas áreas que alguna vez fueron lugares rurales las están convirtiendo en “zonas”. Los detalles de este proceso varían según el continente: África, América Central o el sureste asiático. El desmembramiento inicial, sin embargo, siempre proviene de otra parte y es efectuado por los intereses corporativos que dan rienda suelta a su apetito de más y más acumulación, lo que significa apoderarse de los recursos naturales (peces en el Lago Victoria, madera del Amazonas, petróleo donde quiera que haya, uranio de Gabón, etcétera), sin importarles a quién pertenezca la tierra o el agua. La explotación resultante pronto exige aeropuertos, bases militares y paramilitares para defender lo que se chupan, y la colaboración de los mafiosos locales. Pueden ocurrir entonces la guerra tribal o intercomunitaria, la hambruna y el genocidio. La gente de tales “zonas” pierde todo sentido de residencia: los niños se vuelven huérfanos (aunque no lo sean), las mujeres se vuelven esclavas, los hombres, desesperados. Una vez que esto ocurre, restaurar sentido alguno de lo doméstico toma generaciones. Cada año tal acumulación prolonga esa ninguna parte, en tiempo y espacio.

6

Entretanto –y la resistencia política comienza con frecuencia en un entretanto– la cosa más importante de aprehender y recordar es que aquellos que lucran del caos actual, con sus comentaristas incrustados en los medios, desinforman y mal encaminan todo el tiempo. Sus declaraciones y todos los términos saqueados que tienen tanta costumbre de usar no deberían argumentarse. Deben ser rechazados y abandonados. No llevan a nadie a ningún lado.

La tecnología de la información desarrollada por las corporaciones y sus ejércitos para poder dominar su ninguna parte con más velocidad, la usan otros como medio de comunicación a través del lugar de todos hacia el que luchan.

El escritor caribeño Edouard Glissant lo dice muy bien: “…para resistir la globalización no hay que negar la globalidad, sino imaginar que es la suma finita de todas las particularidades posibles y luego hacernos a la idea de que, mientras falte alguna particularidad, la globalidad no será lo que para nosotros debería ser”.

Estamos estableciendo nuestros propios asideros, nombrando lugares, hallando poesía. Sí, en ese entretanto, debemos hallar la poesía. Dice Gareth Evans:
Mientras el ladrillo de la tarde
guarda el calor rosa del viaje

Mientras la rosa germina
un invernadero para respirar
y florece como el viento

Mientras los esbeltos abedules
murmuran sus historias
del viento a lo urgente
en los camiones

Mientras las hojas de los setos
guardan la luz
el pensamiento del día
que perdieran

Mientras el cuenco de su muñeca
pulsa como el pecho
de un gorrión
en el aire ondulante

Mientras el coro de la tierra
encuentra sus ojos en el cielo
y los devela para uno y para otra
en la rebosante oscuridad
júntalo todo, querida

7

Su ninguna parte genera una conciencia del tiempo extraña, por no tener precedente. Tiempo digital. Continúa por siempre, ininterrumpido por días y noches, las estaciones, el nacimiento y la muerte. Tan indiferente como el dinero. Aunque, siendo continuo, es brutalmente singular. Es el tiempo del presente guardado aparte del presente y el futuro. En su interior sólo el presente tiene carga, los otros dos carecen de gravedad. El tiempo ya no es una matriz sino una única columna de unos y ceros. Un tiempo vertical sin nada que lo circunde, excepto la ausencia.

Lean unas cuantas páginas de Emily Dickinson y luego vayan a ver Dogville de Von Trier. En la poesía de Dickinson la presencia de lo eterno concurre en todas las pausas. Por el contrario, el film muestra inexorablemente lo que sucede cuando todo rastro de lo eterno es borrado de la vida cotidiana. Lo que pasa cuando todas las palabras y su lenguaje pleno se quedan sin sentido.

Con un solo presente, dentro del tiempo digital, no puede hallarse ni establecerse localización o ubicación alguna.

8

Tomaremos nuestras coordenadas de otro sistema temporal. Lo eterno, según Spinoza (que fuera el filósofo más querido de Marx) es ahora. No es algo que nos aguarde, sino algo que encontramos durante esos breves y no obstante intemporales momentos donde todo embona con todo y ningún intercambio es inadecuado.

En Hope in the Dark, un urgente libro de Rebecca Sonit, ella cita a la poeta sandinista Gioconda Belli, cuando describe el momento en que en Nicaragua derrocaron a la dictadura de Somoza: “dos días que fueron como si un encantamiento mágico ancestral nos hubiera cubierto, regresándonos al Génesis, al sitio exacto de la creación del mundo”. El hecho de que Estados Unidos y sus mercenarios destruyeran después a los sandinistas no disminuye en medida alguna ese momento que existe en el pasado, el presente y el futuro.

9

A un kilómetro de distancia de donde escribo, hay un campo donde pastan cuatro burros, dos hembras y dos burritos. Son de una especie particularmente pequeña. Cuando las madres aguzan sus orejas ribeteadas de negro, me llegan a la altura del mentón. Los burritos, de unas cuantas semanas de edad, son del tamaño de unos perros terrier grandes, con la diferencia de que sus cabezas son casi tan grandes como sus costados.

Me brinco la barda y me siento en el campo apoyando la espalda en el tronco de un manzano. Ya tienen sus rutas propias por todo el campo y pasan por debajo de ramas tan bajas que yo tendría que ir a gatas. Me observan. Hay dos áreas en donde no hay pasto alguno, sólo tierra rojiza, y es en uno de estos anillos a donde vienen varias veces en el día a rodarse sobre su lomo. Primero las madres, luego los burritos. Éstos tienen ya una franja negra en los lomos.

Ahora se aproximan. El olor de los burros y el salvado –no el de los caballos, que es más discreto. Las madres rozan mi cabeza con sus quijadas. Son blancos sus hocicos. Alrededor de sus ojos hay moscas, mucho más agitadas que sus propias miradas interrogantes.

Cuando se quedan a la sombra, en el lindero del bosque, las moscas se marchan y pueden quedarse casi inmóviles por media hora. En la sombra del medio día, el tiempo se alenta. Cuando uno de los burritos mama (la leche de burra es la más semejante a la humana), las orejas de la madre se echan hacia atrás y apuntan a la cola.

Rodeado de los cuatro burros en la luz del día, mi atención se fija en sus patas, dieciséis de ellas. Son esbeltas, contundentes, contienen concentración, seguridad. (Las patas de los caballos parecen histéricas en comparación.). Estas son patas para cruzar montañas que ningún caballo se atrevería, patas para soportar cargas inimaginables si se consideran tan sólo las rodillas, las espinillas, las cernejas, los jarretes, las canillas, los cuartos, las pezuñas. Patas de burro.

Deambulan, con la cabeza baja, pastando, mientras sus orejas no se pierden de nada; los observo, con sus ojos cubiertos de piel. En nuestros intercambios, tal como ocurren, en la compañía de mediodía que nos ofrecemos ellos y yo, hay un sustrato de algo que sólo puedo describir como gratitud. Cuatro burros en un campo, mes de junio, año 2005.

10

Sí, entre otras muchas cosas sigo siendo marxista.

Isaac Deutscher, el emigrante rojo

por Bruce Robbins//

En mayo de 1965, dos años antes de su muerte repentina a causa de un ataque de corazón, Isaac Deutscher habló en un mitin multitudinario contra la guerra en Berkeley, California. En una grabación de su intervención se le oye decir que dejará de lado el tema de Vietnam –que los oradores anteriores habían tratado tan bien– y que en vez de ello hablará de la guerra fría, que proporcionaba a los responsables de la política exterior de EE UU la coartada política que necesitaban para meterse en ese berenjenal. En su discurso, el ritmo pausado de Deutscher y su ligero acento polaco hacían pensar en un comediante judío, pero en gran medida su tono era grave y su entonación incluso tal vez un poco más sonora de lo necesario. Quizá le preocupaba que el público no se percatara de la relevancia de aquel acontecimiento histórico universal que guardaba relación con tantas otras cuestiones: la Revolución Rusa.

Nacido en 1907 en una pequeña aldea polaca, que por entonces formaba parte del moribundo Imperio Austro-Húngaro, Deutscher contaba diez años de edad cuando los bolcheviques tomaron el poder en Rusia. Más tarde escribiría la crónica de esa historia con un lujo de detalles increíblemente apasionante, en su monumental biografía en tres tomos de León Trotsky, pero sus preparativos para este trabajo comenzaron con la sensación de que muchas de las cosas sólidas que le rodeaban estaban a punto, o casi, de volatilizarse. Su familia judía ortodoxa era practicante estricta, y de niño (diríase que prodigio) le enviaron a estudiar con un rabino jasídico. A la edad de 13 años, Deutscher fue ordenado rabino a su vez, pero como revela el cautivador apunte biográfico que su mujer y habitual colaboradora, Tamara Deutscher, incluye en The Non-Jewish Jew –una recopilación de los ensayos de Deutscher que acaba de reeditar Verso Books–, su padre, que era impresor, también le heredó su gran pasión, escasamente acorde con la religión, por los escritores alemanes modernos, incluido el poeta Heinrich Heine. Si escribes en polaco, le advirtió repetidamente su progenitor, nadie te entenderá más allá de Auschwitz. En aquel entonces, Auschwitz no era más que el nombre de una ciudad cercana.

En noviembre de 1918, la primera semana de la independencia de Polonia trajo a la región en que vivían los Deutscher no uno, sino tres pogromos. Sin embargo, ahora que Polonia y otras naciones nuevas emergían de las ruinas de imperios destrozados al final de la primera guerra mundial, el joven Deutscher se convirtió en algo así como un patriota polaco. A los 14 años repudió el judaísmo de su familia calificándolo de vestigio del feudalismo. A los 16 comenzó a publicar poesía en polaco, influida por el misticismo judío y el romanticismo polaco, y tradujo poemas en alemán, yidish, hebreo y latín al polaco. A los 20 años ingresó en el Partido Comunista Polaco.

En 1931, el partido envió a Deutscher a la Rusia soviética para informar de los resultados económicos del primer plan quinquenal. Se enteró de más cosas sobre la trayectoria de la revolución que lo que el partido veía con buenos ojos que supiera. Más o menos un año después fue expulsado por “desviaciones democráticas”, entre otras cosas por su negativa a tratar a la socialdemocracia occidental como un equivalente moral del nazismo. Obtuvo un empleo en un periódico judío en Polonia y, en abril de 1939 lo enviaron a Londres, donde se puso a aprender inglés. El traslado le salvó la vida, pues los nazis invadieron Polonia unos cinco meses después; Deutscher no volvió a ver a sus padres nunca más.

El exilio marcó el fin de la etapa europeo-oriental de la carrera de Deutscher, pero este no dejó que marcara su pensamiento. En su opinión, echaba sus raíces –y lo decía con orgullo– en la tradición de Spinoza, Heine, Marx, Luxemburgo, Trotsky y Freud, los “judíos no judíos” de los que habla en el ensayo que da el título a la recopilación recién editada. También tenía raíces en el internacionalismo de izquierda, una tradición que le proporcionó un hogar dondequiera que viviera. Los compromisos políticos de Deutscher y su experiencia en el PCP también le infundieron como activista la idea de que el sentido de la oportunidad era por lo menos igual de importante que los principios, una idea que relativizó sutilmente sus juicios y que determinó claramente todo lo que iba a escribir, ya fuera en la prensa como comentarista rusoparlante sobre el Kremlin, ya en su crítica política o las obras históricas que más tarde le harían famoso.

Aunque en Inglaterra fue bien recibido, Deutscher permaneció ajeno al mundo de la universidad inglesa. A diferencia de muchos de sus coetáneos de izquierda, escribió sus voluminosos libros, ricamente documentados, sobre Trotsky y Stalin sin la comodidad de un cargo académico. Las posibilidades de Deutscher de obtener un puesto en la universidad y un ingreso estable fueron desbaratadas nada menos que por Isaiah Berlin, según cuenta Michael Ignatieff en su biografía del filósofo e historiador de las ideas ruso-británico, cuya opinión razonada cuando le consultaron sobre la posible contratación de Deutscher fue: por encima de mi cadáver. Tal vez esto se debiera a divergencias políticas, o quizá fue el resultado de una reseña mordaz sobre Berlin que Deutscher había publicado algunos años antes. Una vez Deutscher quedó descartado, Berlin insistió en que su evaluación no había sido decisiva, pero esta afirmación no resistió un análisis minucioso. El nombre de Deutscher también figuraba en la lista de simpatizantes comunistas que George Orwell entregó en secreto al ministerio de Exteriores británico en 1949, el año en que se publicó la biografía de Stalin escrita por Deutscher.

En Components of the National Culture (1968), Perry Anderson sostuvo que algunos de los intelectuales más influyentes que huyeron a Gran Bretaña de la violencia política en el continente –personas como Berlin, Karl Popper, Bronislaw Malinowski, Melanie Klein y Ludwig Wittgenstein– tenían afinidades electivas con la tradición británica –muy alejada de la experiencia continental– de la continuidad no violenta y la estabilidad social relativa. Una vez establecidos en Gran Bretaña, dijo Anderson, reforzaron y extendieron esta tradición, haciendo que Gran Bretaña fuera todavía más conservadora.

En opinión de Anderson, Deutscher fue la excepción más destacada de esta “emigración blanca”. Tal vez debido a la idiosincrasia de su radicalismo –que no encajaba en la política comunista o socialdemócrata británica–, Deutscher fue ninguneado por el mundo académico de la isla. O quizá esto se debiera a su independencia intelectual, su olfato periodístico y su estilo polémico, que no era compatible con la cultura universitaria enclaustrada y a veces aburrida de Inglaterra. En cualquier caso, Anderson nunca dejó de prestarle atención, y de hecho quien busque pruebas de la influencia intelectual de Deutscher no tiene más que contemplar los brillantes logros de Anderson como historiador y analista político.

Al igual que Deutscher, Anderson demostró con los años ser un erudito políglota; del mismo modo que aquel, no reconoce a ninguna autoridad por encima o más allá de lo que Gregory Elliott llama, en su libro sobre Anderson, “el implacable laboratorio de la historia”. Ambos fueron arrastrados al “universalismo olímpico” de Marx y Engels, aunque quizá no del mismo modo.

Anderson contó una anécdota que sugiere una pequeña pero significativa diferencia entre ambos. En la década de 1960, Anderson manifestó su indignación por la falta de dinamismo político de Inglaterra. ¿Por qué, preguntó, Francia podía alardear de tantas revoluciones, mientras que la Inglaterra moderna no había conocido ninguna? En un prólogo al volumen en que se ha reeditado Components, recordó que Deutscher le comunicó que no podía aprobar sin más la negación por parte de Anderson de las posibilidades políticas sobre el terreno, por imperfectas que pudieran ser. Tomando prestada una expresión de la negativa de Rosa Luxemburgo a apoyar la independencia de Polonia antes de la primera guerra mundial, Deutscher dijo que la postura de Anderson adolecía de “nihilismo nacional”.

Al oponerse al nihilismo incluso en el terreno del nacionalismo, al que no era proclive, Deutscher transmitía cierta sabiduría práctica, una sabiduría destinada en particular a quienes trataran de mantener el compromiso político más allá del entusiasmo embriagador de la juventud. Juzgar la política cotidiana en función del elevado listón de la revolución es condenarse a la desesperación, o por lo menos a la apatía. También puede ser contraproducente aplicar con calzador un conjunto de criterios abstractos a una comunidad que, aun siendo receptiva a los objetivos de una política, se siente confusa o alienada por el lenguaje con el que se persiguen dichos objetivos. Como revolucionario inveterado, Deutscher estaba bien pertrechado para insistir en que existen otros caminos hacia la justicia social.

A diferencia de los críticos de la Rusia soviética más ensalzados en Occidente, Deutscher no fue un liberal. Era un firme defensor de la democracia y sus objeciones al régimen soviético coincidían en parte con las consabidas objeciones liberales, pero una de las cosas que apreciaba en Trotsky era la firme convicción de este de que, a pesar del atraso social y económico de Rusia, los revolucionarios rusos en 1917 no debían aspirar a un gobierno liberal que mantuviera intacta la propiedad privada. En vez de ello, como alegó Trotsky, creía que la revolución podía saltarse la etapa constitucional en su intento de satisfacer las demandas materiales y de los obreros y campesinos.

Por supuesto, nadie que reflexione sobre lo que finalmente ocurriría con la revolución bajo Stalin concluirá probablemente que esta cuestión se ha resuelto dando la razón a Trotsky. ¿Estaba Rusia demasiado atrasada para tumbar el capitalismo liberal? Y para concretar más, un sistema constitucional que protegiera los derechos de la burguesía ¿habría creado los obstáculos necesarios para impedir el terror que se produjo una vez Stalin consolidó su poder? El propio Trotsky cambiaría de opinión sobre estas cuestiones y Deutscher –cosa que le honra– no pretendió que poseyera un conocimiento mayor o privilegiado.

Las preguntas abiertas formuladas por Deutscher sobre el curso ulterior de la Revolución rusa –una revolución de la que nunca renegó– también ayudan a explicar su extraordinaria generosidad moral, cabría decir incluso la calidad tolstoyana de su obra histórica. La defensa estridente era algo de lo que al parecer Deutscher podía prescindir. Cada frase que escribió como historiador denotaba algo, aunque fuera muy vago, de un continuo debate consigo mismo.

Esto era así incluso cuando escribió sobre Stalin, y tal vez fuera esta una razón por la que muchos encontraron que su biografía de Stalin era tan desconcertante. Stalin había ordenado el asesinato de Trotsky, además de tantas otras personas, y en manos de Deutscher, Stalin es un monstruo, pero no sencillamente un monstruo, y Deutscher trató de comprender los motivos de Stalin. “No hace falta dar por hecho que actuó por pura crueldad o sed de poder”, escribió Deutscher en la biografía. “Tal vez halló el dudoso amparo en la convicción sincera de que lo que hacía servía a los intereses de la revolución y de que él era el único que interpretaba correctamente esos intereses.” Esto no supuso nunca una defensa de Stalin, sino más bien un argumento de que incluso sus actos más atroces no se situaban fuera de toda posibilidad de una explicación histórica. Colocarlos fuera de toda explicación histórica sería pretender que la revolución no encerraba sus propias contradicciones, que eran anteriores al periodo de dictadura monomaniaca de Stalin y (como Deutscher no dejó de señalar) también marcaron la carrera política de Trotsky.

Podría parecer que aceptar la existencia de estas contradicciones –contradicciones que Deutscher creía inherentes al alma misma del revolucionarismo de izquierda en general y de la Revolución rusa en particular– le llevaría a optar por el fatalismo. Sin embargo, de alguna manera no lo hizo. Deutscher fue capaz de sacar a la luz muy claramente esas contradicciones (y vivir una vida fuera del Partido Comunista) sin abandonar la esperanza en la propia revolución, tanto en Rusia como a escala planetaria, un objetivo que debía seguir sacando fuerza de los triunfos iniciales de 1917. Había que recordar a los pueblos de Occidente, pensaba Deutscher, que cuando los rusos combatieron a los nazis en la segunda guerra mundial, no solo lo hicieron animados por el mero patriotismo, sino que participaban en “una batalla por la existencia del movimiento obrero”. Había que recordar al público que le escuchaba en Berkeley en 1965 que la amenaza de agresión de la Unión Soviética, que supuestamente justificaba la misión de EE UU en Vietnam en plena guerra fría, era desde su punto de vista ridícula. No había equilibrio de poder entre EE UU y la URSS: uno era una superpotencia, mientras que la otra había surgido de la segunda guerra mundial “postrada y desangrada”.

Ahora el pueblo ruso trataba de sacudirse de encima esa pesadilla junto con el recuerdo de Stalin. Los progresistas de Occidente tenían la obligación de ayudarle. Esto suponía contemplar la guerra fría no solo desde el punto de vista occidental, sino también desde el del Este. La guerra de Vietnam exacerbaba la guerra fría, contribuyendo así a empeorar la vida en Rusia. Lo que Deutscher estaba tratando de ofrecer a la muchedumbre de manifestantes contrarios a la guerra en 1965 era una defensa centrada en Rusia frente a la guerra de Vietnam. Casi seguro que no era lo que el público estaba esperando oír, pero de alguna manera era al mismo tiempo inspirador políticamente y refrescante por su independencia con respecto a la simple dualidad moral en que parecía moverse el movimiento antiguerra.

En 1903, en el congreso de Bruselas en que bolcheviques y mencheviques pusieron de manifiesto por primera vez sus divergencias, Trotsky pronunció uno de los raros discursos en que se calificó a sí mismo de judío. Lo hizo con el fin de manifestarse con autoridad personal en contra del Bund judío, que reclamaba el derecho a la “autonomía cultural”, incluida la capacidad de elegir su propio órgano de gobierno y definir su propia política con respecto a la población judía. Por supuesto que los judíos debían tener el derecho a ser educados en yidish, explicó Trotsky, pero ¿cómo podía el socialismo –que pretendía superar las barreras que dividían a los países, las religiones y las nacionalidades– contribuir a erigir sus propias barreras frente a esta visión de emancipación universal?

Deutscher se había criado en el corazón mismo de la cultura yidish en la zona polaca del Imperio Austro-Húngaro y había desempeñado un papel activo y creativo en ella. En su opinión, el yidish era una lengua y una cultura que siempre había estado enraizada en el movimiento obrero. Al igual que Trotsky, solía considerarse primero un revolucionario y solo en segundo lugar un judío. Pero Deutscher también se consideraba un judío, y de una manera que propone una variación en torno a la cuestión formulada en el ensayo de Anderson: ¿Cuáles son los componentes de la identidad judía?

Como indica el título de su recopilación, le idea de Deutscher sobre la identidad judía está completamente desconectada de la religión judía. Siendo adulto proclamó su ateísmo sin apología al no hallar ninguna virtud en el jasidismo de su juventud y al calificar de kafkiana “la aspiración de moda entre los judíos occidentales de volver al siglo XVI”. No obstante, su laicismo no era únicamente negativo; también tenía un sentido positivo, activo, emancipatorio y sobre todo sociable. Para los judíos, suponía un gesto de confianza en los gentiles de su entorno, confianza en que ellos y los progresistas no judíos podían hacer causa común y compartir sus victorias.

Desde esta visión positiva, humanista, del laicismo, Deutscher afirmó que la identidad judía no podía implicar jamás el control judío sobre un territorio. “No tengo nada en común con los judíos, digamos, de Mea Shearim /1 ”, declaró, “ni con cualquier clase de nacionalistas israelíes”. La obsolescencia del Estado-nación había quedado demostrada en la matanza sin sentido de la primera guerra mundial. De ahí que a su juicio la creación de Israel encerraba una terrible ironía: los judíos estaban invirtiendo en un Estado-nación justo cuando este había entrado en lo que Deutscher creía (prematuramente) que era una fase de declive terminal.

Y ¿qué decir del Holocausto, que bien podría haber resquebrajado la confianza de Deutscher en la posibilidad de que los judíos hicieran causa común con el mundo de los gentiles? Aunque partió su vida más o menos en dos, el Holocausto no le llevó a desertar del bando de los laicos militantes y de los creyentes en la modernidad. Los nazis fueron después de todo la razón por la que la cultura judía de Europa Oriental en que se había criado había dejado de existir. Sin embargo, cuando Deutscher habla de esta cultura, menciona una conversación que mantuvo con el satírico yidish Moshe Nadir en la década de 1920. Nadir ya predecía entonces que el yidish dejaría de hablarse en el futuro, tal vez por el hecho de que los judíos, ahora felizmente asimilados, acabarían hablando polaco o ruso. Nadir contemplaba ese día con indiferencia, porque cuando el yidish se convirtiera en una lengua muerta como el latín, sus sátiras se leerían como a los clásicos, a la par que Horacio y Ovidio.

Al invocar esa antigua broma de Nadir, Deutscher parecía decir que la cultura yidish, que los nazis habían exterminado, habría sucumbido de todos modos bajo el peso de una historia que era al tiempo despiadada y progresista. Lo que había que lamentar, por tanto, no era la cultura, sino las vidas que habían desaparecido en las inmensas fauces de la segunda guerra mundial. En cuanto a la propia historia, que siempre había imaginado compartida entre judíos y no judíos, siguió confiando en que, a pesar de sus brutalidades, la humanidad saldría mejor parada. Una de las cualidades menos obvias que atribuye a la línea de los “judíos no judíos”, que iba de Spinoza a Freud, era el optimismo. Sí, consideraba que Freud también era un optimista.

Si Deutscher hubiera ido a Nueva York en vez de Londres, su izquierdismo antiestalinista, su brío literario y su viveza en el debate le habrían abierto sin duda las puertas de los círculos tertulianos de la intelectualidad neoyorquina. Trotsky tenía allí admiradores y Deutscher les hizo un par de visitas. No obstante, su permanencia en ese mundo tal vez hubiera exigido alguna negociación entre esa multitud rencorosa. Como muestran estos ensayos, Deutscher no se cortaba a la hora de manifestar su desprecio por los intelectuales judíos de Occidente, que en su opinión se habían vuelto conservadores durante la guerra fría, convertidos en campeones del llamado “estilo de vida” liberal de Gran Bretaña y EE UU, y también se habría sentido incómodo con quienes habían renunciado a los impulsos universalistas radicales de la cultura judía a favor de una visión más particularista.

Para Deutscher, las diferencias geográficas y de clase entre los judíos eran suficientemente profundas para que viera con escepticismo la idea de una “comunidad judía” existente o que podía surgir a medida que se desvaneciera la observancia religiosa. Durante su vida, la historia de la persecución todavía no había sustituido del todo al judaísmo en el núcleo de la identidad judía occidental, pero su propia concepción de la identidad judía estaba centrada en el Holocausto, tal vez inevitablemente. “Soy judío”, dice en un texto que comenta el Holocausto, “porque siento la tragedia judía como mi propia tragedia.” Fue el Holocausto el que llevó a Deutscher a inclinarse hacia el sionismo, aunque solo fuera ligeramente. “Si en vez de rebatir el sionismo en los años veinte y treinta”, escribió, “hubiera urgido a los judíos europeos a irse a Palestina, podría haber salvado algunas de las vidas que después fueron exterminadas en las cámaras de gas hitlerianas.” Pero incluso en esta tesitura tiene cuidado de dejar clara su aversión a toda forma de nacionalismo judío: “Sin embargo, ni siquiera ahora soy sionista.”

El libro contiene dos versiones de una famosa parábola de la fundación de Israel en la estela del Holocausto, una parábola que a veces es todo lo que la gente recuerda de Deutscher. En la primera versión, que data de 1954, un hombre salta de un barco en llamas a una balsa. Lo que quería señalar Deutscher es que todo Estado nacional no es más que una balsa, una solución temporal que no debería convertirse en un programa permanente (nacionalista), como parecía hacer Israel. En la segunda versión, de 1967, escrita en respuesta a la guerra de los seis días, el hombre salta de un edificio en llamas y sobrevive, pero aterriza sobre una persona que estaba en la acera (que representa, por supuesto, a los palestinos) y le rompe brazos y piernas. “Si ambos se comportaran racionalmente”, comenta Deutscher, “no acabarían siendo enemigos.” Pero no prevalece la racionalidad.

El hombre herido culpa al otro de su miseria y jura que le hará pagar por ello. El otro, temeroso de la venganza del lisiado, le insulta, lo patea y lo golpea cada vez que se encuentran. El hombre apaleado vuelve a jurar venganza y de nuevo recibe puñetazos y patadas.

Imagino que no muchos estarán del todo satisfechos con esta parábola. Sin embargo, ofrece una alternativa interesante a la idea de la colonización y no hizo que Deutscher dejara de criticar duramente a Israel, recordando a sus lectores que David Ben-Gurión calificó a los judíos no sionistas de “cosmopolitas desarraigados”, que era el eufemismo favorito de Stalin para referirse a los bolcheviques judíos que eliminó. Según el comentario de Deutscher sobre la guerra árabe-israelí de 1967, escrita dos meses antes de su muerte, en la “victoria” de Israel veía una profecía del desastre y en Moshe Dayan una especie de vicemariscal Nguyen Cao Ky, el entonces títere favorito de EE UU en Vietnam. Tampoco hizo que dejara de criticar la colusión de Israel con la política exterior de EE UU durante la guerra fría y su negativa a comportarse como un vecino con sus vecinos. El futuro de Israel depende, a juicio de Deutscher, de la capacidad de los israelíes “para encontrar un lenguaje común con los pueblos que les rodean”.

Deutscher no pregonaba fanáticamente la coherencia con los principios, sino que para él esta incoherencia se plasmaba de alguna manera en la política. Como historiador, creía que el sentido de la oportunidad siempre importaba, especialmente a la hora de formular la propia visión del mundo. Comprendió perfectamente el caos que describió tan bien después de 1917, cuando Trotsky adoptó las posiciones de Lenin (como la necesidad de la disciplina absoluta en el seno del partido) y Lenin adoptó las de Trotsky (como la necesidad de la Nueva Política Económica), y todo se movía con demasiada rapidez para que alguien se diera cuenta. La política, para Deutscher, implicaba en última instancia esta clase de flexibilidad de principios, una visión de la acción política que entendía que los compromisos de uno y sus condiciones se hallaban en mutua dependencia. Nada, ni siquiera la política, podía colocarse al margen del caos y la incertidumbre de la historia.

Como escribió Deutscher en el último ensayo de la recopilación, el Holocausto fue el único acontecimiento que trascendía toda explicación histórica. Al historizar su internacionalismo, cambió de opinión sobre su antisionismo programático, pero sin convertirse en sionista. Esto no alteró su profunda convicción de que, para los judíos, como para todo el mundo, la historia no reclama la pureza de una utopía etnocéntrica, ni cualquier clase de utopía en este sentido. En vez de ello, la historia reclama de nosotros la dura labor de cambio en el seno de las naciones en que vivimos y con los vecinos que nos ha tocado convivir. Esto también requiere prestar mucha atención al sentido de la oportunidad.

Inmigrantes, las otras víctimas del negocio de las ISAPRES y AFPs

Por Marco González Pizarro

En las últimas semanas se ha politizado el debate sobre la inmigración en Chile, y sus efectos en la “seguridad social” del país. Señalan las voces políticas ultramontanas de la derecha y la Nueva Mayoría, en línea con el muro de Trump y del apartheid en Palestina, que este fenómeno requiere “regulación”, desde que importa “abusos” de los trabajadores inmigrantes, especialmente de los beneficios de prestaciones de salud. Nada más alejado de la realidad, y propio de una demagogia huera, que busca el enemigo interno, para generar distinciones de clase en el país, atacando ahora a los trabajadores inmigrantes. Seguir leyendo Inmigrantes, las otras víctimas del negocio de las ISAPRES y AFPs