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León Trotsky: el derecho de las naciones a la autodeterminación

Hemos comprobado que en las cuestiones concretas que atañen a la formación de nuevos Estados nacionales, la socialdemocracia no puede dar ningún paso sin contar con el principio de la autodeterminación nacional, que, en última instancia no es sino el reconocimiento del derecho que asiste a cada grupo nacional a decidir sobre la suerte de su Estado, y por lo tanto a separarse de otro Estado dado (como, por ejemplo, de Rusia o Austria). El único medio democrático para conocer la “voluntad” de una nación es el referéndum. Esta solución democrática obligatoria seguirá siendo empero, tal como se define, puramente formal. En realidad no nos aclara nada sobre las posibilidades reales, las formas y los medios de la autodeterminación nacional en las condiciones modernas de la economía capitalista. Y sin embargo en esto mismo reside el centro del problema. Seguir leyendo León Trotsky: el derecho de las naciones a la autodeterminación

Trump se prepara para aumentar sanciones económicas contra Venezuela

por Alexander Fangmann //

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, exigió “acciones económicas fuertes y rápidas” contra el gobierno venezolano el Lunes, levantando la amenaza implícita de sanciones contra la industria petrolera del país, cosa que tendría efectos devastadores en la economía del país. Seguir leyendo Trump se prepara para aumentar sanciones económicas contra Venezuela

Operación Plomo Sólido: la última matanza de Israel

por Higinio Polo//

En la madrugada del 5 de junio de 1967 Israel inició la Guerra de los 6 días al atacar por sorpresa a Egipto, Jordania y Siria. Empezaba así el Libro Negro de la ocupación de los territorios palestinos, uno de cuyos episodios narra aquí Higinio Polo.

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Última matanza… ¿por cuánto tiempo? Israel quiere a los palestinos, derrotados y humillados, como siervos, como barata mano de obra. Y no necesita a tantos. Quiere, eso sí, su agua y sus tierras. Pero le sobran muchas personas. Y… eso ¿a qué o a quién recuerda?

El pasado 17 de enero, el Tsahal israelí, tras detener la agresión a la franja de Gaza, permitió la entrada de algunas personas de organizaciones internacionales por el paso de Rafah, fronterizo con Egipto; entre ellas, un pequeño equipo de Amnistía Internacional. Era una novedad, porque desde el mes de noviembre de 2008, Israel impedía la entrada en la franja de Gaza de organizaciones humanitarias y periodistas. La máquina de guerra israelí acababa de detener su furia. Las primeras impresiones de los miembros de Amnistía Internacional fueron atroces: en Gaza, todavía podían verse trozos de fósforo incandescente en la calle, en viviendas, al alcance de los niños. Pudieron ver cómo, entre un caos dantesco, los ciudadanos se afanaban para recuperar los cadáveres enterrados de cualquier forma por las palas de los bulldozersmilitares del ejército israelí entre los escombros de las casas, que trataban a los muertos como si fueran basura. Porque, mientras tenía lugar la feroz matanza de palestinos, los militares hebreos impedían el entierro de los muertos, dejando que los cadáveres empezaran a descomponerse: más de cien cuerpos fueron recuperados en los primeros días de la nueva tregua. De nuevo, con su potente maquinaria militar, a la vista del mundo, Israel arrasaba pueblos y ciudades, como hace poco más de un año en Líbano. Las consecuencias han sido letales: más de mil trescientos muertos, casi seis mil heridos, más de cien mil desplazados, cuatro mil casas destruidas y barrios enteros arrasados, decenas de escuelas dañadas, hospitales, centros administrativos, almacenes.

Para justificar su actitud, acumulando mentiras sobre mentiras, Israel acusó al gobierno de Hamás de haber roto la tregua, acto que estaría en el origen de su Operación Plomo sólido. Hamás había cumplido con los términos de la tregua, así como otras organizaciones palestinas, a pesar de que algunas, como el FPLP, no estaban de acuerdo con su contenido. La acusación del gobierno israelí era una mentira más, porque la agresión fue iniciada por el Tsahal y, además, olvidaba deliberadamente el inhumano bloqueo a la franja de Gaza, el cierre de los pasos fronterizos, la negativa israelí a permitir la entrada de gasolina, medicinas, alimentos, hasta el extremo de haber creado una situación de emergencia denunciada por los organismos de la ONU y por organizaciones humanitarias. Se calcula que en la Franja entraban setecientos camiones diarios con suministros para la población, y que, según datos de la Fundación Carter, el bloqueo israelí ha reducido esa cifra a menos de un tercio, condenando a la penuria y al hambre a un millón y medio de personas. En Gaza falta hasta el agua potable.

¿Qué había pasado, en realidad, en los meses anteriores a la agresión? El 19 de junio de 2008, el gobierno de Hamás en la franja acordó una tregua de seis meses con Israel, por la que Tel-Aviv se comprometía a suavizar el bloqueo, mientras que los palestinos aceptaban detener el lanzamiento de cohetes a territorio israelí. En ese momento, durante los poco más de cinco meses transcurridos del año 2008, el ejército israelí había matado a casi cuatrocientos palestinos, entre ellos sesenta niños, casi todos habitantes de la franja de Gaza, al tiempo que dieciséis civiles y nueve militares israelíes habían muerto en acciones palestinas. Algunos ataques israelíes tuvieron especial repercusión internacional, como el asesinato en Gaza del periodista Fadel Shana, de la Agencia Reuters, y de tres palestinos, dos niños y un adulto, en abril de 2008. El periodista estaba debidamente identificado con un chaleco antibalas fluorescente, donde podía leerse, al igual que en su vehículo, “PRENSA”, circunstancia que no impidió su asesinato: mientras Fadel Shana filmaba un tanque israelí, sus ocupantes lanzaron un obús contra él, pese a la presencia de civiles. Era el séptimo periodista asesinado por el ejército israelí. Para limitar las críticas internacionales, procediendo según su costumbre, Israel anunció una investigación, que concluyó justificando la acción de sus soldados. De hecho, ante asesinatos semejantes, todas las “investigaciones” que ha emprendido Israel han sido exculpatorias para sus militares.

La tregua de junio de 2008 fue recibida con alborozo por la población palestina, desesperada, pero deseosa de aferrarse a la más mínima posibilidad de cambio que permitiese la apertura de las fronteras y la llegada de alimentos y suministros. Israel, una vez más, no sólo incumplió sus compromisos, sino que aumentó su presión sobre la martirizada población palestina, que alcanza a todos los aspectos de la vida cotidiana. Ya en abril de 2008, antes de la firma de la tregua, la Organización Mundial de la Salud había denunciado que los servicios de seguridad del Shin Bet israelí llegaban al extremo de denegar muchos permisos para pacientes palestinos que debían ser tratados de cáncer fuera de la Franja. Debido a ello, en los últimos meses, decenas de palestinos han muerto por la negativa israelí a permitir su salida de la franja de Gaza, pese a conocer que no podían ser tratados dentro por la precaria situación hospitalaria. ¡Para conceder el permiso de salida de Gaza, los militares israelíes ponían en ocasiones la condición de que el paciente palestino se convirtiera en delator y colaborador de sus servicios secretos! En noviembre de 2008, John Ging, director de la UNRWA, denunciaba que Israel llegaba al extremo de someter a embargo a los propios organismos de la ONU que realizan trabajo humanitario, y se preguntaba en qué lugar del mundo la ayuda alimentaria era sometida a tan severas restricciones. Al mismo tiempo, en Ginebra, Navi Pillay, alta comisionada para los Derechos Humanos de la ONU, denunciaba: “Un millón y medio de palestinos han sido privados de sus más básicos derechos humanos durante meses. El bloqueo es una violación de las leyes internaciones y humanitarias.” Israel había creado un ghetto infame, aislado del mundo, y aumentaba su presión. En ese momento, hacía cuatro meses que el lanzamiento de cohetes hacia Israel desde la franja se había detenido por completo: la población israelí había disfrutado de una calma absoluta y las milicias palestinas no habían realizado ningún ataque, pese a padecer hechos tan graves como el pogromo contra palestinos en la ciudad israelí de Acre (donde viven muchos colonos extremistas evacuados de Gaza en 2005), pogromo tolerado por la policía israelí, o “asesinatos selectivos” por parte de los servicios secretos israelíes.

El 4 de noviembre de 2008, pese a la calma, Israel, utilizando como excusa que los palestinos estaban construyendo un túnel cerca de la frontera, rompió la tregua con Hamás, asesinando a seis palestinos en una incursión en el interior de Gaza, apoyada por fuerzas terrestres y aviación. Desde ese momento intensificó aún más el bloqueo, creando una situación de emergencia y configurando un gigantesco campo de concentración donde se impedía la entrada de periodistas, diplomáticos europeos, organizaciones humanitarias e incluso funcionarios de la ONU. Amnistía Internacional acusó a Israel de estar llevando a cabo un castigo colectivo a toda la población palestina. Sin inmutarse, a finales de diciembre, el gobierno israelí ordenaba al Tsahal atacar Gaza para iniciar la matanza. Comenzaba la Operación plomo sólido, preparada desde muchas semanas atrás. Pese a la propaganda con que Israel intentó intoxicar al mundo, fueron los soldados invasores quienes ocuparon las casas, quienes las utilizaron como puestos de ataque, quienes destrozaron el mobiliario, reventando las paredes y, desde los agujeros, practicaban la caza de palestinos.

Los servicios de seguridad del Shin Bet israelí llegaron al extremo de denegar muchos permisos para pacientes palestinos que debían ser tratados de cáncer fuera de la Franja.

Mientras tanto, sus tanques aplastaban ambulancias, vehículos, destrozaban las calles. Los misiles lanzados por Israel, junto con el bombardeo de sus F-16 y de la artillería crearon tal escenario de destrucción que Amnistía Internacional hablaba de “barrios concurridos convertidos en paisajes lunares”. La ferocidad israelí parecía no tener límite. Una buena parte de los huertos y carreteras, hospitales, escuelas, conducciones de agua, tendidos eléctricos, almacenes de alimentos, oficinas y locales de la ONU, centros administrativos, viviendas, fueron arrasados por completo: la devastación fue apocalíptica. Incluso la agencia de la ONU para la Ayuda a los Refugiados Palestinos (UNRWA) de Jabalia fue bombardeada, matando a 41 personas, y la escuela primaria de la UNRWA de Beit Lahia, donde se refugiaban casi dos mil personas que dormían hacinadas pensando que allí estaban seguras, fue blanco de la artillería israelí: varios niños murieron y otras personas resultaron heridas. La inhumanidad del ejército israelí, que bombardeó con saña a los civiles, sin preocuparse por las consecuencias, llenó Gaza de cadáveres, de personas con miembros amputados, con la cabeza reventada, con espantosas heridas que horrorizaban incluso a los médicos, quienes, con precarios medios, intentaban afrontar un infierno. La revista The Lancet, que denunció el silencio de la mayoría de las asociaciones médicas del mundo, recogió las palabras de unos médicos noruegos, expertos en escenarios de guerra, Mads Gilbert y Eric Fosse, quienes llegaron al hospital Al-Shifa de Gaza cuando el año 2008 finalizaba: “Hemos visto las heridas de guerra más horribles en hombres, mujeres y niños de todas edades”. Los testimonios eran numerosos, pero, negando la evidencia, el gobierno israelí y sus cómplices prosiguieron encarnizadamente la matanza. El propio Ban Ki-moon, secretario general de la ONU, que entró en la franja de Gaza el 20 de enero, calificó de “escandaloso” que Israel hubiese bombardeado incluso la sede de la ONU en Gaza y prometió que la organización internacional haría todo lo posible para que se abriera una investigación sobre la matanza de civiles. Pero la martirizada población palestina necesita algo más que palabras. La propia ONU considera que reparar la devastación causada por Israel costará miles de millones de dólares.

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Esa es la secuencia de los hechos, aunque ello no impida a Israel seguir acumulando mentiras acusando a Hamás de haber roto la tregua. Tel-Aviv lo hizo con la ayuda del gobierno Bush (y con el silencio de Obama), cuya secretaria de Estado, Condoleeza Rice, pese a que estaba bien informada por sus servicios secretos y saber que no era así, también hizo responsable a Hamás de la ruptura. Algo parecido hizo el Parlamento Europeo, que culpó al movimiento islamista del fin de la tregua, y, aunque acompañó esa acusación del reconocimiento de que Israel “estaba violando el Derecho Internacional Humanitario” en su agresión a Gaza, se abstuvo vergonzosamente de pedir el fin del bloqueo a la Franja. Diputados comunistas del Parlamento Europeo acusaron a la Unión Europea de complicidad con el gobierno israelí, y de ser responsables, junto con Estados Unidos, “de la impunidad criminal de Israel”. Pero sus demandas de expulsión de los embajadores israelíes, de suspensión del Acuerdo de Asociación con Israel, firmado por la Unión Europea, y de creación de una Comisión de Investigación sobre los crímenes cometidos por Israel en Gaza, fueron desoídas por la mayoría del Parlamento.

Para justificar su feroz agresión, la propaganda israelí puso en circulación las habituales mentiras, mezcladas con medias verdades. Como la insistencia en el lanzamiento de cohetes (algunos portavoces militares, sin ningún escrúpulo, hablaban de “misiles”), ocho mil, según Tel-Aviv, que han causado muy pocas víctimas entre la población civil israelí. La propaganda israelí también utilizó al soldado Gilad Shalit, que sigue prisionero en Gaza, cuyo cautiverio fue una de las excusas dadas por el gobierno de Olmert para mantener el bloqueo a la Franja y para justificar su actuación, aunque se abstuvo de recordar que casi diez mil palestinos se hallan en prisiones israelíes (de los que casi mil proceden de la Franja). Para mayor vergüenza de Israel, además de la persistente política de asesinatos y matanzas contra la población palestina, llevada a cabo por todos los gobiernos israelíes, en el inicio de la Operación Plomo sólido había también cálculos electorales: para reforzar las posibilidades de Kadima, y también de Barak y Livni, aunque pertenezcan a distintos partidos.

Sin embargo, algo está empezando a cambiar. Las manifestaciones de solidaridad con el pueblo palestino que llenaron las calles de muchas ciudades del mundo, muestran el progresivo aislamiento de Israel, aunque no hayan conseguido detener su ferocidad. Las palabras del parlamentario británico Gerald Kaufman, judío y miembro del Partido Laborista, en la Cámara de los Comunes, calificando a los gobernantes israelíes de criminales de guerra, ilustran el desprestigio creciente de Israel: “Me educaron como judío ortodoxo y sionista. […] Mis padres vinieron a Gran Bretaña como refugiados desde Polonia. La mayoría de sus familias fueron más tarde asesinadas por los nazis en el holocausto. Mi abuela estaba enferma en la cama cuando los nazis llegaron a su casa en el pueblo de Staszow. Un soldado alemán le disparó un tiro en la cabeza. Pero mi abuela no murió para prestar cobertura a los soldados israelíes que asesinan abuelas palestinas en Gaza. El actual gobierno israelí explota cínicamente y sin piedad la inacabable culpabilidad de los gentiles por la matanza de judíos en el holocausto como justificación para asesinar palestinos. […] Ya va siendo hora de que nuestro gobierno le diga claramente al gobierno israelí que su conducta y su política son inaceptables, y de que imponga una total prohibición de suministro de armamentos a Israel. Ha llegado el momento de la paz, pero de una paz auténtica, no de la solución por conquista que pretenden los israelíes y que nunca podrán alcanzar. No son simplemente criminales de guerra: están locos.”

Gerald Kaufman, judío, diputado británico: “Los miembros del actual gobierno israelí no son simplemente criminales de guerra: están locos.”

En el ataque a Gaza, el Tsahal mató a casi mil cuatrocientos palestinos, y causó heridas a unas seis mil personas más, entre ellas dos mil niños y ochocientas mujeres. Para justificar el elevado número de civiles asesinados (entre ellos, más de cuatrocientos niños y más de cien mujeres), Israel volvió a acusar a las milicias palestinas, sobre todo a Hamás, de utilizar a la población como escudos humanos. Era una burda mentira, pero, según el derecho internacional, aunque esa acusación fuera cierta no justificaría el asesinato de civiles inocentes. Trece israelíes murieron, entre ellos cuatro civiles. La desproporción era evidente. También lo es el número de muertos en ambos bandos: en los ocho años transcurridos desde el inicio del siglo XXI, 15 israelíes han muerto a causa del lanzamiento de cohetes palestinos; mientras que el Tsahal ha causado directamente la muerte de casi cinco mil palestinos en el mismo periodo. Para vergüenza del gobierno israelí, Amnistía Internacional ha acusado directamente a su ejército de ser quien ha utilizado a la población civil palestina como escudo humano, ocupando viviendas palestinas y utilizando a las familias como rehenes en los pisos superiores mientras los francotiradores israelíes ocupaban los bajos de las casas para disparar desde allí. Es cierto que, al mismo tiempo, Amnistía Internacional reprocha a los combatientes palestinos que disparen desde zonas próximas a las viviendas, con el peligro que supone para la población, aunque es obvio para cualquier observador que en una zona tan pequeña y superpoblada como la Franja de Gaza es difícil para la resistencia defenderse y disparar lejos de zonas urbanas o campamentos de refugiados.

Israel ha utilizado armamento prohibido por los acuerdos internacionales, ha pisoteado las Convenciones de Ginebra, ha utilizado su poderosos ejército, su marina, su aviación, contra milicianos mal armados, y contra la población civil, en un intento deliberado de crear una situación de terror. La evidente comisión de crímenes de guerra por Israel exige que todas las organizaciones progresistas y los ciudadanos honestos pidan a sus gobiernos y a la Corte Penal Internacional la apertura de una investigación internacional y la creación de un tribunal que juzgue a los responsables. Convertidos en criminales de guerra, los dirigentes israelíes despreciaron incluso las acusaciones de algunas asociaciones judías internacionales y de destacados judíos, como el escritor francés André Nouschi, que, a principios de enero de 2009, escribió una contundente carta al embajador israelí en Francia en la que afirmaba: “Como judío, siento vergüenza de vosotros”.

El gran argumento que repite la propaganda israelí es que Israel es “la única democracia de Oriente Medio” y que no hace sino responder a las “provocaciones terroristas” palestinas utilizando su “legítimo derecho a la defensa”. Es difícil acumular tantas mentiras. Para empezar, porque Israel no es una democracia, sino un Estado racista, colonial, oficialmente judío (similar, por tanto, en ese sentido, a la teocracia iraní o a la dictadura saudita), que utiliza la tortura en sus centros de detención, que ordena asesinatos y ejecuciones extrajudiciales, que discrimina a buena parte de la población de su territorio, que encarcela sin justificación, que permite el robo de la tierra y las propiedades palestinas, no ya en Gaza o Cisjordania, sino en el propio Israel, como atestiguan los constantes abusos en Jerusalén Este, y que incluso impide la participación política de algunos partidos palestinos. Segundo, porque la mayor de las provocaciones, y el origen de todo el conflicto, es la “limpieza étnica” y el despojo protagonizados por las organizaciones terroristas sionistas en 1948 que provocaron una oleada gigantesca de refugiados palestinos en toda la zona, y que hoy, sesenta años después, siguen malviviendo, ellos y sus descendientes, en infames campamentos de refugiados. Esa es la verdadera provocación y el origen del crimen. Tercero, porque la defensa propia siempre debe ser proporcional, e Israel utiliza el terror y, con mucha frecuencia, es quien inicia los nuevos episodios de enfrentamientos. Ese es el Israel que dice defenderse. ¿Puede el mundo aceptar su comportamiento?

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La gélida indiferencia ante la muerte de los civiles palestinos que ha gangrenado a buena parte de la sociedad israelí, explica el cinismo y la impunidad con que actúan sus gobiernos. Despojando de toda humanidad a la población palestina, los soldados israelíes pueden reventar las casas, patear las cabezas de aterrorizados ciudadanos, disparar al menor pretexto, tratar a los palestinos como si fueran bestias, asesinar sin temor a las consecuencias. El desprecio, el odio y el fanatismo religioso refuerzan la crueldad con que Israel destruye las vidas de tantos palestinos: años de mentiras, de humillaciones, de asesinatos impunes, de saña y de brutalidad, han creado en el imaginario colectivo de buena parte de la población israelí un estereotipo de “palestino” que se acerca mucho a la concepción que tenían los nazis sobre los propios judíos. Así, los palestinos despojados durante décadas no son víctimas, sino feroces partidarios del terrorismo islamista y merecen el bloqueo e incluso la muerte. Por eso, es habitual que incluso responsables de organizaciones israelíes califiquen a los palestinos de “bestias”, de “cucarachas”, de “basura”, cuyo destino debe ser el éxodo y la aniquilación. Para Israel, los palestinos deben aceptar que jamás volverán a recuperar su tierra, y la política de ampliación de los asentamientos para colonos israelíes, de construcción del muro, de confiscación arbitraria de tierras palestinas, está orientada a la absorción de buena parte de Cisjordania, encerrando a los palestinos en ghettos aislados, fuertemente vigilados, similares a la Gaza que conocemos hoy. El viejo plan de Ariel Sharon de retirarse de Gaza para controlar Cisjordania fue incluso rechazado por los más feroces partidarios de la segregación de la población palestina: incluso el Likud se manifestó contrario al plan de Sharon. En nuestros días, el gobierno de Olmert ha continuado impulsando la creación de nuevos asentamiento y la ampliación de los existentes. Más de doscientos mil colonos israelíes viven ya en barrios del Jerusalén palestino, y otros doscientos cincuenta mil ocupan las mejores tierras de Cisjordania. En ese escenario, el proceso iniciado en Oslo, y la posterior hoja de ruta diseñada por el gobierno de Bush son una verdadera burla y la constatación de que Israel no quiere la paz y, mucho menos, la solución del drama palestino. La vía de la negociación impulsada por la ANP y por Abbas, encajonada entre Oslo y la hoja de ruta, no ha dado ningún resultado, y ha servido de coartada para que Israel prosiga su política de represión y de despojo.

La política de colaboración con Israel que ha mantenido la Autoridad Nacional Palestina no ha dado resultados.

La resistencia palestina, que se debate entre organizaciones nacionalistas, islamistas e izquierdistas, tiene ahora un complejo escenario ante sí. Las grandes cuestiones que plantea la causa palestina continúan siendo las mismas: el fin de la ocupación israelí y la creación de un Estado independiente que conserve las fronteras de 1967; la cuestión de Jerusalén, que debe ser la capital, compartida o no, de la nueva Palestina; y el retorno de los refugiados. La paz en la zona debe basarse en esas premisas, porque todas las demás cuestiones son secundarias. Porque, pese a la enorme destrucción, el pueblo palestino ha vuelto a demostrar que, truncando el objetivo israelí, no va a rendirse, y que el único camino es combinar la resistencia y la negociación. Sin embargo, acechan muchos peligros: Israel ha conseguido convertir a buena parte de la Autoridad Nacional Palestina, ANP, en colaboracionista en muchas de sus decisiones, ahogada la administración de Mahmud Abbas en la corrupción y en la ineficacia, con la vieja Al Fatah de Yaser Arafat convertida en una organización desprestigiada. De hecho, Mahmud Abbas, que fue en los años setenta un destacado miembro del FDLP, se ha convertido en una figura que recuerda al Pétain colaboracionista bajo la ocupación, y no debe extrañar que Hamás y organizaciones de izquierda como el FPLP acusen a una parte de la ANP de “complicidad con Israel”. Pese a ello, la Autoridad Nacional Palestina ha decidido denunciar al gobierno israelí ante los organismos internacionales por la comisión de “crímenes contra la humanidad”. Pero la división palestina hipoteca la resistencia.

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A Israel le conviene presentar a la resistencia palestina como un movimiento con hegemonía islamista, para intentar convertirla en un espantajo similar a Al Qaeda. De hecho, el apoyo israelí a Hamás, en sus inicios como movimiento, tenía como objetivo la erosión y posterior destrucción de la OLP como organización palestina mayoritaria, que se manifestaba progresista y laica, y de la izquierda representada por el FPLP de George Habash y otras de menor implantación. Israel ha conseguido parcialmente ese objetivo, y la división política entre Cisjordania y Gaza, con dos gobiernos diferentes, que actúan con lógicas enfrentadas, juega a favor de Israel. Esa división tiene su origen en el proceso electoral que se inició en 2005. Tras la muerte de Arafat (envuelta en múltiples sospechas que apuntan a Israel), el 9 de enero del 2005 se celebraron las elecciones a la presidencia de la Autoridad Nacional Palestina, creada en virtud de los acuerdos de Oslo. A los comicios (que, pese a los obstáculos israelíes que impidieron votar a decenas de miles de palestinos, fueron calificados por observadores internacionales de ejemplares) se presentaron como principales candidatos Mahmud Abbas, por Al Fatah, y Mustafá Barghouti (el compañero de tantas batallas de Edward Said); además de Taysir Khaled por el FDLP, Bassam Salhi, por el Partido del Pueblo Palestino, y los independientes Abd Al Karim Shbair, Al Sayyed Barakeh y Abd Al Halim Al Ashgar. Los resultados confirmaron a Mahmud Abbas como presidente de la ANP. Así, Al Fatah mantuvo su función de eje de la resistencia palestina. Sin embargo, un año después, el escenario cambió. Las elecciones parlamentarias, celebradas el 25 de enero de 2006 y consideradas plenamente democráticas por todos los observadores internacionales destacados en la zona, dieron la victoria a Hamás, configurando un Parlamento palestino donde Hamás disponía de 76 escaños sobre un total de 132. La resistencia de Abbas y de Al Fatah a ceder el gobierno a Hamás aumentó los desencuentros, que culminaron en la negativa del partido de Abbas a integrarse en un gobierno conjunto y, después, en enfrentamientos armados entre ambas organizaciones que desembocaron en la actual situación, con dos gobiernos palestinos, uno en Gaza dirigido por Hamás, y otro en Cisjordania dirigido por Al Fatah. Para complicar más la situación, el mandato de Abbas ya ha terminado, aunque siga ejerciendo como presidente, y Hamás no reconoce su autoridad.

La propaganda israelí, con el silencio y, a veces, la complicidad de la ANP, ha intentado crear la idea en el mundo de que el gobierno de Hamás en la Franja es ilegítimo, calificándolo como fruto de un golpe de Estado, pero esa versión dista mucho de ser cierta. De hecho, actuando así, Israel, con el apoyo de Estados Unidos y, también, de la Unión Europea, que califican a Hamás de organización terrorista, pretende desconocer el resultado de las elecciones democráticas celebradas en todos los territorios palestinos ocupados, y esas elecciones dieron la victoria al partido de Jalid Mechaal, gusten o no sus postulados. La izquierda palestina tampoco los comparte, pero sabe que, hoy, Hamás está del lado de la resistencia ante la ocupación israelí y sabe que ese es el principal instrumento que debe mantener la población palestina.

La política de negociación y colaboración con Israel que ha mantenido la Autoridad Nacional Palestina no ha dado resultados. Ni el proceso iniciado con los acuerdos de Oslo (¡han pasado ya dieciséis años!, sin avances tangibles hacia un Estado palestino), supervisados por el gobierno Clinton, en un momento de desconcierto por la desaparición de la URSS, tradicional apoyo palestino; ni la posterior hoja de ruta, que el llamado Cuarteto (Estados Unidos, Rusia, Unión Europea y la ONU) lanzó para supervisar las negociaciones de paz, han dado resultados. Hay que recordar que la hoja de ruta fue publicada por el Departamento de Estado norteamericano en abril de 2003, y preveía “un arreglo final y global al conflicto palestino-israelí para 2005”. Fue una iniciativa estadounidense, aceptada por los otros tres avalistas del proceso, que, sin embargo, fue papel mojado desde el principio. La última declaración norteamericana, bajo el gobierno Bush, fijaba el límite de 2008 para cumplir con la hoja de ruta. Todo han sido mentiras, porque Israel no tiene la menor intención de negociar con seriedad, y, mucho menos, de avanzar hacia la creación de un Estado palestino.

La colaboración de las dictaduras árabes, desde Egipto hasta Jordania y Arabia, complacientes con Estados Unidos e Israel, facilita la actuación israelí.

La estrategia de Tel-Aviv se resume en el mantenimiento de un estado de guerra y tensión intermitentes, enmarañando las negociaciones, añadiendo siempre nuevas exigencias, imponiendo la discusión de cuestiones menores, dilatando la solución a la cuestión palestina, eternizando en el tiempo el proceso, en la confianza de que la conjunción de su brutal represión sobre la población palestina, de los asesinatos selectivos de sus dirigentes más significados, de los masivos ataques armados y del estímulo de los enfrentamientos interpalestinos, añadidos al deterioro hasta límites insoportables de la vida cotidiana de los habitantes de Gaza y Cisjordania, sometiéndoles incluso a la tortura del hambre y al cerco de las enfermedades por las degradadas condiciones sanitarias que ha creado el bloqueo, mientras Israel sigue anexionando territorios y encerrando en ghettos inconexos a los palestinos, al otro lado de un muro más cruel que el del ghetto de Varsovia, llevará a las organizaciones palestinas a la interiorización de la derrota y al inicio del éxodo definitivo. Pero si una cosa ha demostrado el pueblo palestino es que continuará la resistencia al expolio y a la ocupación.

La colaboración de las dictaduras árabes, desde Egipto hasta Jordania y Arabia, complacientes con Estados Unidos e Israel, facilita la actuación israelí, que regularmente inicia agresiones limitadas, guerras que posponen la solución del conflicto palestino y crean cuestiones de disputa secundarias que facilitan su estrategia de no entrar a negociar la creación del Estado palestino. No es casualidad que Israel, además de destruir las infraestructuras de los territorios ocupados, arrase sistemáticamente todos los organismos e instituciones que pueden ser el germen del futuro Estado palestino. Tel-Aviv sabe que todas las organizaciones palestinas aceptarían la solución de dos Estados sobre la base de las fronteras de 1967. Pese a sus declaraciones, Israel no quiere la paz, sino la guerra, como demuestra su actuación: en el Líbano, Israel ha lanzado ataques en 1978, 1982, 1993, 1996 y 2006, y contra Cisjordania en 2002 (llamada, de manera hipócrita, Operación escudo defensivo), y la última, Operación plomo sólido, contra Gaza, por no hablar de las acciones más limitadas contra los palestinos o como el ataque contra Siria en 2008. Esa es la estrategia compartida por la mayoría de organizaciones israelíes que defienden el delirio sionista.

Pero la división, y el enfrentamiento armado entre facciones palestinas, azuzado por Israel y por Estados Unidos, plantea un difícil futuro en un Oriente Medio cruzado por múltiples enfrentamientos, con la ocupación norteamericana de Iraq y Afganistán, y donde tienen mucho qué decir Irán y Siria, Tur-quía y Egipto, además de las grandes potencias. El mandato de Mahmud Abbas ha concluido, y Hamás no reconoce ya su autoridad, como la ANP no reconoce al gobierno de Ismael Haniya, pero la dificultosa, e imprescindible, búsqueda de una estrategia común va a complicar el futuro inmediato, sobre todo porque Israel sigue estimulando la guerra civil entre los palestinos. En el horizonte inmediato sólo esperan al pueblo palestino nuevos sufrimientos, pero la resistencia sigue siendo el único camino ■

 

PALESTINA, LIBRE, LIBRE

Mientras Israel bombardeaba despiadadamente la franja de Gaza, cuando ya habían sido asesinados centenares de palestinos, las organizaciones judías que apoyan la actuación de los gobiernos israelíes lanzaron una campaña para contrarrestar las masivas manifestaciones de protesta que estaban teniendo lugar en todo el mundo contra la ferocidad del ejército israelí. Diferentes concentraciones “de apoyo a Israel” tuvieron lugar en ciudades europeas y americanas, con la colaboración de organizaciones conservadoras y partidos de derecha.

Así, el 11 de enero de 2009, en Nueva York, una nutrida manifestación de unas diez mil personas se concentraron ante el Consulado israelí. Habían sido convocados por la Federación UJA de Nueva York, por el Jewish Community Relations Council, también de Nueva York, y por la Conference of Presidents of Major America Jewish Organizations. Recibieron el apoyo del Consulado israelí y de importantes núcleos del poder norteamericano. Ante la concentración, el senador demócrata Charles Chuck Schumer defendió el ataque de Tel Aviv a la población de Gaza y habló de los “métodos humanitarios de guerra de Israel”, porque, afirmó, el Tsahal enviaba mensajes SMS a los palestinos cuya casa iba a ser bombardeaba “porque almacenan armas” en ellas, y se preguntó, admirado, “¿qué otro país haría eso?”. El senador Schumer se abstuvo de hacer mención del elevado número de víctimas civiles, de niños y de mujeres asesinadas por el ejército israelí. Por su parte, David Paterson, gobernador del Estado de Nueva York, justificó también el ataque a Gaza. Para ellos, Israel se defendía. La gran prensa norteamericana actuaba de forma similar: The New York Times, ante la evidencia de los crímenes israelíes, hacia imposibles equilibrios para intentar equiparar a ambas partes, recogiendo declaraciones de profesores que certificaban (¡) que “las normas éticas y legales del Ejército israelí son estrictas y el personal […] militar ha sido instruido en ellas concienzudamente.” Algunos de los periodistas del diario insistían en hablar de los “misiles” lanzados por Hamás, omitiendo deliberadamente la abismal diferencia entre cohetes artesanales y misiles. Todo vale, para defender a Israel.

Durante el acto neoyorquino, los manifestantes bailaban alegres al son de la música, agitando banderas israelíes, mientras gritaban ¡a por ellos!, en clara alusión a los “terroristas palestinos”. Pancartas con leyendas como Islam: Cult of Hate”, culto del odio, se pasearon por la concentración. El fanatismo proisraelí llegó a tal extremo que algunos asistentes hablaban de las fábricas de armas “que se encuentran en las escuelas de Gaza”, o en los hospitales, y justificaban los bombardeos contra la población civil. Una manifestante, para justificar el despiadado ataque a los palestinos de la Franja, alegó ante las cámaras que había visto en Internet como una niña era degollada por su propio padre en el curso de una fiesta musulmana chiíta en el Líbano: según la mujer, el padre le cortaba la cabeza. No era en tierra palestina, sino en el Líbano, y la noticia era harto dudosa, pero todo eso no importaba. La conclusión era obvia: acabar con esa gente atroz (palestinos, árabes, musulmanes, todo mezclado, qué más da) es legítimo. Merecen la muerte. Esa inhumanidad, ese desprecio atroz hacia el sufrimiento de los palestinos, esa indiferencia ante las más de mil trescientas personas asesinadas, mostraba la degradación ética y moral en la que se han hundido los defensores del gobierno racista de Israel. Mientras eso ocurría, y mientras en Gaza los palestinos intentaban sobrevivir a otro infierno, el embajador israelí en España, Raphael Schutz, tenía la desvergüenza de denunciar “los hechos antisemitas” que, según él, tenían lugar en Cataluña y en otros lugares de España. Ninguna mención al terrible castigo inflingido a los palestinos, ningún recuerdo para los asesinados. Los terribles “hechos antisemitas” que habían tenido lugar fueron unas pintadas en la sinagoga barcelonesa de la calle Porvenir.

Las escenas de esa manifestación neoyorquina llegaban mientras los soldados israelíes bombardeaban el hospital Al Quds de Gaza. Llegaban pocos días después de que, el 28 de diciembre, cinco hermanas de la familia Baalousha (Jawhir, de 4 años; Dina, de 8; Samar, de 12; Ikram, de 14; y Tahrir, de 17) murieran en su casa del campo de refugiados de Jabalia, al norte de Gaza, alcanzadas por las bombas israelíes. Llegaban poco después de que Ihab al-Madhoun, médico, y Muhammad Abu Hasida, el enfermero que le acompañaba, murieran tras un ataque aéreo el 31 de diciembre, cuando intentaban evacuar a personas heridas en un ataque de la aviación. Llegaban, mientras Nour Kharma, una adolescente palestina que vive en la ciudad de Gaza, se preguntaba, después de conocer la muerte de su amiga Christine, “¿yo también voy a morir?” No sé si su amiga era la misma Christine, una chica de catorce años, que murió de miedo en esos días: tras el paso atronador por su barrio de Al-Remal de los F-16 israelíes que bombardeaban, Christine se derrumbó, y su padre, médico, no pudo hacer nada por ella. Llegaban, mientras hombres maduros lloraban como niños, viendo a las madres desesperadas, y a los médicos impotentes ante la barbarie. Llegaban, mientras los enfermeros del pobre hospital de Gaza se veían obligados a limpiar con mangueras la sangre derramada en el suelo de los quirófanos.

Son tantas las historias de destrucción y de muerte que parece mentira que la dignidad humana siga consintiendo ese odio purulento de los gobiernos israelíes hacia un pueblo perseguido, masacrado, pobre y hambriento. Tal vez los dirigentes israelíes no soportan la dignidad con que generaciones de palestinos se han rebelado contra la adversidad, contra la derrota, contra el olvido. Son esos palestinos hacinados en los campos de refugiados de Sabra y de Chatila, en ghettos de pobreza donde brota el cansancio, y, a veces, la desesperación. Esos habitantes de los campos del Líbano, de Siria, de Jordania, de Gaza o Cisjordania, de la diáspora de millones de palestinos dispersos por el mundo, con las familias que siguen guardando un recuerdo perdido, la fotografía de una casa, de un pequeño jardín, de un huerto, de una tapia, prendidos en la retina cansada de los palestinos viejos, siempre colgados de un aire de primavera que se resiste a llegar a un pueblo de refugiados en los rincones más pobres de su propia tierra, apátridas desde hace sesenta años, refugiados de todas las guerras. Todas esas escenas nos traen a la memoria el ghetto de Varsovia, y los infames ghettos donde los nazis confinaron a tantas personas dignas, en Riga, en Vilna, en Cracovia, y las dantescas imágenes de los cadáveres de niños palestinos amortajados con pobres sábanas, esperando el último adiós; o de los niños palestinos heridos, que traen a la memoria las miradas asustadas de los niños judíos que pasaban entre las alambradas de los campos nazis de exterminio.

El odio sanguinario de los hijos de Israel, de sus gobernantes, de esos jóvenes soldados que volvían a casa satisfechos tras arrasar Gaza, tras haber pintado en las casas palestinas “¡muerte a los árabes!”; que volvían haciendo el signo de la victoria, dejando atrás la devastación y la muerte; el odio de esos soldados sonrientes, seguros, no podrá borrar de nuestra memoria la imagen de esa chica valiente que enarbolaba una bandera palestina subida a un montón de tierra, en Gaza, sola con su pañuelo y su voz, enfrentando la mirada de los soldados israelíes cargados de armas. No podrá ahogar la voz de un anónimo palestino que, en la manifestación de solidaridad realizada en Barcelona, gritaba desde los altavoces “Palestina libre, libre”, con toda la tristeza del mundo en su voz, cansada, casi afónica, rota, pero no vencida. Su voz llegaba con la megafonía, pero parecía apenas un susurro, de alguien que arranca fuerzas de flaqueza, de alguien que cuando parece imposible soportar más, seguir adelante, se levanta y muestra al mundo la dignidad palestina. Mientras el fuego bíblico del feroz dios de los judíos asolaba Gaza, resonaba en nuestros oídos: Palestina, libre, libre. Palestina, libre, libre.

Estado Islámico a punto de ser derrotado: los imperialistas se preparan para la guerra

por Niklas Albin Svensson//

Isis ha sido la principal fuerza fundamentalista yihadista en el Oriente Medio desde 2013. Originalmente, filial iraquí de al-Qaeda, su fusión (forzada) con al-Qaeda en Siria dio lugar al grupo yihadista mejor financiado y organizado en Oriente Medio. Fue capaz de hacerse con el control de una gran parte de las armas, de los voluntarios yihadistas y del dinero que fluía hacia Siria desde Arabia Saudita, Qatar, Turquía y los EEUU, a raíz de las protestas masivas contra Assad en 2011. Su capital se basaba en Raqqa, pero su victoria más significativa fue la captura de Mosul en 2014. Ahora, está sitiado en todos los frentes.

Mosul ha sido en gran parte reconquistada por una coalición del ejército iraquí, ayudada por las milicias chiítas y la Peshmerga kurda. Raqqa está siendo acorralada por las SDF (las Fuerzas Democráticas de Siria) lideradas por el PKK, y respaldadas por Estados Unidos. EEUU y sus aliados también están tratando de llegar a la rica ciudad petrolífera de Deir ez-Zor, desde el suroeste y el sudeste de la región. El gobierno sirio, por su parte, está luchando para alcanzar a los grupos respaldados por Estados Unidos, avanzando hacia Deir ez-Zor desde Palmira y hacia Raqqa desde Alepo, con el respaldo de Rusia. Parece claro que es el comienzo del fin para el Isis.

El acuerdo de “zonas de seguridad”

Como resultado, las potencias imperialistas están luchando para dominar las ciudades importantes y el desierto rico en petróleo que antes estaba bajo el control del Isis. Es en este contexto en el que recientemente se llegó a un acuerdo entre Turquía, Rusia e Irán sobre la creación de “zonas de distensión en Siria”.

Rusia, junto con el régimen de Assad, ha aplastado eficazmente los focos más importantes de oposición en el Occidente de Siria. Las zonas metropolitanas e industriales están ahora bajo el control de Assad, así como el acceso al mar. El acuerdo permite que las áreas controladas por los rebeldes permanezcan así, con la excepción de grupos directamente vinculados a al-Qaeda (El Frente de Nusra, por ejemplo) e Isis. Varios de estos grupos también serán reasentados en la provincia de Idlib.

Algunas zonas de Siria pasan al control turco. Como “garante”, Turquía tendrá que vigilar la provincia de Idlib y una gran área en la provincia de Alepo del Norte, separando las dos regiones kurdas una de otra. Los turcos se han dotado así de una posición favorable para mantener débiles a los kurdos de Siria, pero también para mantener débil al régimen de Assad, manteniendo vivos a los diversos grupos islamistas bajo la protección turca en Idlib. A cambio, Turquía reinará en las fuerzas anti-Assad, que asestará un golpe importante a cualquier grupo que quiera continuar luchando contra Assad.

El principal perdedor en el acuerdo es Arabia Saudita, que ve su influencia minimizada, ya que la mayor parte de las fuerzas islámicas ahora estarán bajo control turco. En efecto, Arabia Saudita ha sido expulsada de Siria con este acuerdo. El otro perdedor es Estados Unidos, a quien no se le dio un asiento en la mesa de negociaciones; el plan sólo les fue presentado para su aprobación después de que éste hubiera sido redactado. A los rusos, en particular, les urge que los Estados Unidos y el Consejo de Seguridad de la ONU den su visto bueno a esta división de Siria, y los partidos se han dado un mes para negociar y elaborar los detalles más precisos. Mientras tanto, Assad y los rusos intentan establecer el control de facto de Daraa.

El ascenso de Irán

El régimen iraní se ha convertido en uno de los beneficiarios de la guerra en Irak. Al haber destruido el régimen de Saddam Hussein, el ejército estadounidense eliminó de paso la mayor barrera a la expansión iraní en Irak. Ahora, las milicias chiítas respaldadas por Irán se han convertido en la fuerza de combate más importante del régimen iraquí y son, efectivamente, las principales fuerzas del gobierno iraquí. Con un régimen leal en Bagdad, unas relaciones amistosas con Damasco e influencia significativa en el Líbano, Irán está tratando de establecer un corredor bajo su control desde el Mediterráneo hasta el Golfo Pérsico e Irán.

Para este propósito, Irán ha desplegado las fuerzas de Hezbollah y las milicias iraquíes en apoyo de Assad en Siria. Por el momento, las fuerzas de Hezbollah están avanzando hacia la frontera iraquí, a través del territorio de los rebeldes respaldados por Estados Unidos, cerca de Al Tanf, que es una de las tres carreteras entre Irak y Siria (la de Deir ez-Zor está controlada por Isis y la del norte por las fuerzas kurdas). Estados Unidos y sus aliados rebeldes son clave para mantener esa vía bajo su control; Estados Unidos tiene incluso una base en Al Tanf, que se ha utilizado para entrenar a combatientes rebeldes. Esto ha provocado enfrentamientos, incluyendo ataques aéreos estadounidenses contra las fuerzas del régimen de Assad hace unos días.

Estados Unidos está tratando de contener a Irán. Se ha visto obligado a entregar el control de la mayor parte de Irak a Irán, pero está desesperadamente luchando para impedir que Irán domine la región. El control sobre Deir ez-Zor y Al Tanf es decisivo, ya que el control estadounidense de esos puntos impediría que Irán pueda mover tropas y recursos entre dicha zona y el Líbano. Por lo menos, forzaría a Irán y Assad a negociar.

Los rusos tampoco están dispuestos a entregar el control completamente a Irán y Assad. De hecho, Rusia ha acordado (por lo menos por el momento) el control estadounidense sobre Al Tanf. Hezbollah, Assad e Irán están claramente decididos a capturar Al Tanf, con o sin la ayuda de Rusia.

La carrera por el Éufrates

El acuerdo de “zonas de seguridad” entre Assad, Rusia, Turquía e Irán se convirtió en una necesidad a medida que las fuerzas respaldadas por Estados Unidos avanzaban contra el Isis. Las SDF kurdas estaban invadiendo Raqqa y las milicias chiítas junto con el ejército iraquí estaban avanzando hacia Mosul. Assad necesitó liberar a sus fuerzas para moverse contra el Isis, a quien en gran parte había abandonado a su propia suerte desde el principio de la guerra civil. De hecho, el Isis proporcionó una distracción conveniente desde el punto de vista de Assad, obligando a Estados Unidos a colaborar con él y sus aliados, en particular con Irán. Ahora, sin embargo, el Éufrates se ve amenazado de verse controlado por los kurdos en el norte y los rebeldes apoyados por Estados Unidos en el sur. La provincia de Deir ez-Zor, rica en petróleo, está siendo acorralada por estas fuerzas en Siria, aunque las milicias chiítas, respaldadas por Irán, están avanzando hacia esa zona dentro de Irak.

Aparte del petróleo, Deir ez-Zor también contiene uno de los tres pasos fronterizos entre Irak y Siria, por lo que tiene una importancia estratégica y económica tanto para Irán como para Assad. Estados Unidos, Jordania, Arabia Saudita e Israel, tienen interés en detener el control de Assad sobre esta provincia y su cruce fronterizo. Desde el punto de vista turco, la cuestión más importante es el debilitamiento de los kurdos; Por lo tanto, para ellos la cuestión decisiva es que los kurdos no se hagan con el control de la zona. Liberar a Assad para controlar el territorio del Isis beneficia por tanto a sus intereses.

La derrota del Isis en estas circunstancias sólo prepara el camino para conflictos más sangrientos en el futuro, sin resolución a la vista.

Un nuevo frente

Al mismo tiempo, Arabia Saudita está planeando abrir otro frente en la batalla contra Irán. Las tribus sunitas del oeste de Irak (a través de la frontera de Al Tanf y Deir ez-Zor) desempeñaron un papel importante en el éxito temprano del Isis contra el régimen de Maliki, pero más tarde abandonaron la organización. Arabia Saudita está armando hasta los dientes a los miembros de las tribus sunitas, y se espera otro levantamiento tan pronto como el Isis sea derrotado (al menos en Irak).

Trump acaba de anunciar su respaldo a las medidas anti-Irán de Arabia Saudita con una visita de Estado y un acuerdo de armas por un valor de 110.000 millones de dólares (gran parte aprobado por Obama). El primer ministro británico ha hecho movimientos similares en los últimos 9 meses. Las ofertas de armas incluyen una gran cantidad de dispositivos que podrían utilizarse para atacar a los barcos y aviones iraníes. Los saudíes, pero también otros Estados del Golfo como los Emiratos Árabes Unidos, están almacenando armas para contrarrestar a Irán.

Antes de la visita de Estado de Trump, los saudíes amenazaron abiertamente con ir a la guerra en territorio iraní y han estado apoyando a grupos reaccionarios de oposición dentro de Irán desde hace algún tiempo. En este contexto, el discurso de Trump este fin de semana fue una declaración abierta de apoyo a la acción saudí contra Irán, prácticamente un cheque en blanco. Aunque los saudíes no cumplan con su amenaza de entrar en guerra con Irán, sin duda presagia una intensificación de la guerra en Yemen y la apertura de otro frente en Irak.

Éste será probablemente el fin del Estado iraquí centralizado. Sumergirá a Irak en otra etapa dentro de esta sangrienta guerra de poder entre los Estados Unidos, Arabia Saudita e Irán. El país ya está dividido en dos, con la autoridad kurda en el norte, cuyo apoyo al régimen de Bagdad sólo es de boca para afuera. La parte restante se dividirá ahora en líneas sunitas y chiítas, profundizando un conflicto sectario que envenena al país desde la invasión estadounidense de 2003.

¿El final del Isis?

Aunque el Isis pueda estar llegando a su fin, una multitud de grupos islamistas están surgiendo para ocupar su lugar.

En Siria, están ocupados cambiando sus nombres. La filial siria de al-Qaeda, por ejemplo, recientemente logró salir de las listas de grupos terroristas en Estados Unidos y Canadá cambiando de nombre por novena vez. Sin duda, esto se ha hecho con la aprobación tácita de las autoridades de ambos países. Turquía ha puesto, efectivamente, a varios de estos grupos islamistas bajo su protección en el norte de Siria, dispuesta a usarlos contra los kurdos, Assad e Irán cuando le convenga.

Arabia Saudita está alimentando otra insurrección en la Irak sunita, indudablemente con tintes sectarios similares al Isis. También mantienen vivos los grupos de al-Qaeda en Yemen. Cuando Trump hace algunos años acusó a Arabia Saudita de estar detrás del 11 de septiembre, tenía en parte razón. Los sunitas wahabi del Isis y al-Qaeda tienen vínculos con Arabia Saudita, reciben el apoyo directo de todo el régimen o al menos de partes de él, y no hay señales de ponérsele fin, por mucho que afirmen luchar contra el “extremismo” y el “terrorismo”.

África está emergiendo como un campo de batalla cada vez más importante entre Occidente y los hijos bastardos del régimen saudita. Las fuerzas francesas y estadounidenses están luchando contra Boko Haram y otras fuerzas islamistas en Malí, Níger y Chad. La lucha en Somalia también se está intensificando y Trump está dando a los militares estadounidenses cada vez más posibilidades de intervención en el país, en su lucha contra al-Qaeda vinculada a al-Shabaab. Túnez también está luchando por contener a los islamistas, y es probable que sus problemas se intensifiquen con el regreso de los combatientes tunecinos del Isis en Siria e Irak (estimados en 5.000).

Muchos de los combatientes que forman el Isis son veteranos de conflictos anteriores, que cambian de zonas de conflicto: África Occidental, Libia, Somalia, Afganistán, Pakistán, Siria e Irak. Son como una banda ambulante de fervorosos combatientes de alquiler. Es probable que reaparezcan en otras zonas de conflicto o cometan actos terroristas en Occidente.

El coste del imperialismo

Las condiciones que prepararon el camino para el Isis sólo han empeorado. El desastre creado por las intervenciones de Bush en Irak y Afganistán se agravó con la reticente intervención de Obama en Libia y su más entusiasta intervención en Siria. La destrucción del Estado iraquí ha tenido consecuencias desastrosas para toda la región. Las intervenciones imperialistas en las revoluciones fallidas en Libia y Siria sólo han contribuido más a la mezcla de inestabilidad.

La mayor parte del mundo se divide entre las principales potencias imperialistas, siendo la parte del león para Estados Unidos y sus aliados. El poder relativo del imperialismo estadounidense está disminuyendo debido a errores políticos, así como a una falta comparativa de competitividad de sus industrias. En su lugar, emergen poderes menores, como Irán y Turquía, así como otras fuerzas tradicionales como Rusia. La incapacidad de Estados Unidos para imponer su voluntad a la región ha dejado un vacío que otros poderes están luchando por llenar, con consecuencias devastadoras para las masas.

El número de muertos en Siria ha llegado a 400.000 y es probable que a más de 270.000 en Irak. Aparte de la pérdida de vidas, 5 millones de personas en Siria se han visto obligadas a huir de sus hogares (el 25% de la población) y 3 millones en Irak (el 10% de la población). La devastación económica es inmensa. El coste financiero de la guerra civil en Siria se estimó en 237.000 millones de dólares a finales de 2015, y la producción económica se ha reducido a la mitad. Esto se debe en parte a las sanciones. Las guerras en Irak y el colapso de los precios del petróleo han hecho que el PIB per cápita esté casi al nivel de 1989, con gran parte de la infraestructura de la nación en un caos. El reciente colapso del PIB representa un mayor desastre para las masas en Irak y alimentará futuros conflictos.

A medida que las potencias imperialistas compitan por la influencia sobre la región devastada por la guerra, el sufrimiento de las masas aumentará rápidamente. La clase obrera en estos países está siendo destruida y atomizada. La barbarie se está instalando cada vez más. Las viejas estructuras tribales y las ideas religiosas, que deberían ser cosa de la Edad Media europea, experimentan un renacimiento. Para la mayoría de la población, la situación es desesperada.

El sistema capitalista en su período de decadencia senil está reviviendo catástrofe tras catástrofe. Cada vez más países se ven envueltos en un creciente torbellino de conflictos entre las potencias imperiales. Sólo una acción decisiva de la clase obrera puede poner fin a este horror.

 

Detrás de la campaña de guerra de EE.UU. contra Corea del Norte

Peter Symonds//

La prueba norcoreana de un misil de corto alcance el lunes, la última de una serie de ensayos similares, ha provocado otra ronda de reclamos y advertencias de parte de Washington y sus aliados, mientras que Estados Unidos continúa amontonando sus fuerzas militares alrededor de la península coreana. El Cuerpo de Marines de EE.UU. anunció la semana pasada que estará enviando el portaviones USS Nimitz y su grupo de batalla a la región, elevando a tres el número de portaaviones capaces de dirigir su enorme poderío contra Corea del norte. Seguir leyendo Detrás de la campaña de guerra de EE.UU. contra Corea del Norte

EE.UU. lanza el mayor arma no nuclear en Afganistán: un crimen contra la humanidad

por Bill Van Auken y David North//

El despliegue militar del mayor arma no nuclear en su arsenal en la frontera entre Afganistán y Pakistán es un crimen contra la humanidad. Aun cuando el gobierno de Estados Unidos y los medios de comunicación estaban realizando una campaña de propaganda mentirosa en la que denunciaban a Siria y Rusia por el uso de gas venenoso, el ejército estadounidense estaba colocando la bomba designada por el Pentágano como MOAB (Massive Ordnance Air Blast), o la “madre de todas las bombas”, para su uso en Afganistán.

Mientras que el Pentágono ha publicado pocos detalles sobre el impacto del bombardeo, uno puede estar seguro de que el número total de muertes resultantes de la MOAB es un masivo multiplicado del número de muertos en el presunto ataque de gas sirio, asumiendo -que esto no está seguro de que el ataque de gas haya tenido lugar.

Setenta y dos años después de la destrucción de Hiroshima y Nagasaki, el imperialismo americano se ha probado una vez más que es la fuerza más cruel y criminal del planeta.

El uso de la MOAB tiene implicaciones que van más allá de Afganistán. Demuestra -y éste es, de hecho, el objetivo principal del ataque- que no hay restricciones sobre lo que el ejército estadounidense está dispuesto a hacer en la búsqueda de los intereses del imperialismo estadounidense.

En el contexto de las tensiones militares aumentando desde la península Coreana y Siria hasta Europa del este, la detonación de la bomba masiva sobre Afganistán representa una advertencia para Rusia, Irán, Corea del Norte y cualquier país que se atreva a desafiar los intereses de Washington de que no hay límite para el nivel de violencia que el imperialismo estadounidense desatará contra ellos.

El arma MOAB, conocido oficialmente como “GBU-43 / B”, detonó cerca de 20.000 libras de explosivos en el aire, encendiendo la atmósfera y creando una conmoción masiva que elimina todo dentro de un radio de 1.000 yardas. Sus ondas de choque son capaces de matar gente en un radio de hasta 1,7 millas.

El impacto de la explosión es el equivalente a un arma nuclear para las personas atrapadas en la zona objetiva.

Diseñado para su uso en la campaña “shock and awe” desencadenada con la invasión estadounidense de 2003 en Irak, nunca fue utilizada en combate durante 14 años. Aun cuando el Pentágono llevó a cabo una guerra y ocupación que cobró un millón de vidas iraquíes, el arma fue vista como demasiado destructiva para servir a los propósitos estratégicos de Estados Unidos.

La planificación para el uso de esta espantosa arma en Afganistán comenzó bajo la administración de Obama.

Según el mando del Pentágono, esta auténtica “arma de destrucción masiva” fue lanzada por primera vez en un remoto distrito de la provincia de Nangarhar, en el este de Afganistán, para borrar las presuntas cuevas y túneles utilizadas por elementos de la filial afgana del Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS).

No hay una justificación táctica inmediata, mucho menos estratégica, para lanzar un arma tan masiva en una banda pequeña y poco armada de guerrillas islámicas – un grupo fundado con Pakistán que simplemente adoptó el logotipo de ISIS. En cambio, el ataque tiene todas las características de una calculada demostración del poderío militar estadounidense, el más espantoso que podría ser usado cerca de un ataque nuclear.

El bombardeo se produjo apenas una semana después de que Washington realizó un acto abierto de agresión militar contra Siria, disparando 59 misiles de crucero en una base aérea del gobierno y matando al menos a 15 sirios, la mayoría civiles.

Ese ataque se justificó en nombre de represalias por un presunto ataque con armas químicas atribuidas al gobierno sirio. Damasco negó el uso de tal arma y, a pesar de las interminables mentiras de los medios occidentales, toda evidencia objetiva apunta a una provocación protagonizada por la CIA y los combatientes vinculados a Al Qaeda que apoyan a los EEUU en Siria.

Incluso según el gobierno de Estados Unidos y los medios de comunicación producían propaganda de guerra sobre el ataque fabricado de “armas químicas” en Siria, Washington estaba preparado para lanzar su mayor arma no nuclear sobre Afganistán.

El Pentágono ha afirmado que “tomó todas las precauciones para evitar víctimas civiles con este ataque”. Tales promesas, hechas repetidamente según el ejército estadounidense ha matado a millones de personas en todo el Oriente Medio, carecen de valor. Según los informes iniciales, hay varias aldeas cercanas al área del objetivo y, con toda probabilidad, las muertes y lesiones de civiles serán enormes.

En este momento, nadie sabe cuál es el daño total de este ataque y, si se deja a los medios de comunicación de EE.UU., nadie se le dirá nunca. Los mismos editorialistas para los órganos de la Cámara de Representantes de la CIA, como el New York Times y las noticias televisadas donde hablan parlamentarios que han repetido denuncias del gobierno sobre el régimen de Asad de la provocación de armas químicas en Siria son completamente indiferentes a la pérdida de vidas provocadas por la bomba estadounidense lanzada en Afganistán.

Del mismo modo, los medios de comunicación ignoran en gran medida la continua matanza causada por las bombas y misiles estadounidenses sobre el pueblo de Irak y Siria. El miércoles, un ataque aéreo estadounidense en el oeste de Mosul mató a 13 civiles mientras dañando a otros 17, la mayoría de ellos seriamente. El mismo día, una agencia de la ONU describió la devastación provocada por el ataque estadounidense a la ciudad iraquí, donde cientos, si no miles de hombres, mujeres y niños han muerto: “Los hogares están siendo destruidos. Las escuelas y los centros de salud están dañados y la infraestructura pública crucial, incluida la electricidad y las estaciones de agua están en ruinas “, según el informe, con la destrucción convirtiendo a 300.000 personas en refugiados sin hogar.

Mientras tanto, en el norte de Siria, aviones de combate estadounidenses llevaron a cabo un ataque aéreo de “fuego amistoso” que mató a 18 combatientes kurdos, mientras que el gobierno sirio informó que una bomba estadounidense voló un depósito de armas de Al Qaeda, extendiendo agentes químicos que podrían haber matado a cientos de civiles. Ninguno de estos incidentes recibe una cobertura significativa; Y mucho menos anuncian el escándalo moral de aquellas lágrimas de cocodrilo que lloran sobre las víctimas del presunto ataque químico por el que se ha formulado al gobierno sirio.

¿Quiénes son esas personas para dar una conferencia sobre “derechos humanos” y mucho menos para posicionarse como opositores del “terrorismo”? Una vez más, el imperialismo estadounidense ha demostrado al mundo que no está sometido a ninguna restricción del derecho internacional y mucho menos a la moralidad. Sus acciones violentas y depredadoras en el escenario mundial son expresión directa del carácter criminal y parásito de la clase dominante capitalista estadounidense, personificada en la repugnante figura de Donald Trump.

Esta última atrocidad se produce quince años y medio después de que Estados Unidos invadió Afganistán, derrocando al gobierno talibán, instalando su propio régimen de títere y llevando a cabo una sangrienta guerra y ocupación desde entonces. Según cálculos conservadores, el número de muertos en el país desde 2001 es de unos 200.000, con cientos de miles de heridos y millones de refugiados. Desde el principio, el propósito de esta intervención fue subyugar al pueblo afgano a la dominación semi-colonial americana y al impulso del imperialismo estadounidense para afirmar su hegemonía sobre la región rica en energía de Asia Central.

El momento del bombardeo fue significativo. Se produjo en la víspera de las conversaciones convocadas para el 14 de Abril en Moscú sobre un acuerdo de paz en Afganistán. Rusia ha convocado la reunión con China y Pakistán, con la participación de otros nueve países, entre ellos India e Irán. El Talibán ha indicado que puede unirse a las conversaciones. Mientras estuvo invitado, Washington no confirmó si asistirá, y los comandantes militares estadounidenses han hecho repetidas acusaciones infundadas de apoyo ruso a los talibanes.

Ya sea que se produzca un enfrentamiento armado entre aviones de guerra estadounidenses y rusos en los cielos de Siria, en un ataque militar contra Corea del Norte o en una provocación en las fronteras occidentales de Rusia, el siguiente paso del arma lanzado contra Afganistán es el lanzamiento de misiles nucleares.

Trabajadores y jóvenes en los Estados Unidos e internacionalmente deben responder a estos eventos ominosos con la mayor seriedad y una determinación para detener el capitalismo estadounidense y global de envolver al planeta en una tercera guerra nuclear mundial.

Las protestas deben organizarse en todo Estados Unidos y en todo el mundo contra las últimas atrocidades cometidas en Afganistán, Siria e Irak como parte de la lucha por construir un movimiento contra la guerra en masa basado en la clase obrera y el programa del internacionalismo socialista. En el centro de esta lucha está la necesidad de construir el Partido de la Igualdad Socialista y el Comité Internacional de la Cuarta Internacional -los únicos opositores políticos consistentes del imperialismo mundial- como la dirección revolucionaria de la clase obrera.

La Guerra en Siria

Por Dionisio Escobar

Luego de seis años de guerra, Siria está en ruinas. Es el conflicto más cruento del proceso conocido como la “primavera árabe”. De hecho si el conflicto no termina pronto, este podría ser el fin de Siria tal como la conocemos. En este artículo intentaremos precisar sintéticamente el proceso de la guerra en Siria.

 

Las protestas

En diciembre del 2010 un joven Tunecino se inmola luego de que la policía le incauta su puesto de vendedor ambulante. El hecho desata una ola de protestas por todo el país. Tras Tunez, las rebeliones se extienden por toda la región, Egipto, Libia, Jordania y Yemen. En marzo del 2011 las protestas estallan contra el presidente sirio, Bashar el Asad, cabeza del régimen del partido Baaz, en la ciudad de Deraa (sur). Se iniciaron tras el arresto y tortura de unos adolescentes que pintaron en la pared de su escuela: “Es tu turno, Doctor”, en referencia a Asad, que es oftalmólogo.

Las fuerzas de seguridad sirias mataron a manifestantes en las primeras protestas y éstas se extendieron por todo el país. En el verano del 2011, cientos de miles de sirios pedían en las calles la dimisión de Asad, reformas políticas y el fin de la brutalidad policial. Inicialmente se creyó, dentro y fuera de Siria que Asad duraría pocos meses, ya que la tónica en el proceso en la región fue la caída de los regímenes enemigos del imperialismo norteamericano.

 

La Guerra Civil

Se formaron grupos opositores armados y empezaron las deserciones de militares sirios que se unían a los rebeldes, aglutinados en el Ejercito Sirio Libre (ESL). El país se sumió en la guerra, los bombardeos de las fuerzas sirias se multiplicaron y en el 2012, los combates llegaron a Damasco, la capital, y a la segunda ciudad del país, Alepo.

Hasta el 2012, el final del régimen parecía cercano, pero entonces Asad consiguió ayuda de sus aliados. Primero de Irán y del movimiento chií libanés Hizbolá, que envió a su milicia a luchar con Asad y le aportó avances que lo salvaron y le dieron mucha motivación.

Irán movilizó a las milicias (chiís) de Paquistán, Afganistán, Irak y a la Guardia Revolucionaria iraní, que entrenó y apoyó a las fuerzas del régimen y lo salvó casi de hundirse en ese momento. Los rebeldes fueron creciendo y obteniendo armas. Una parte de los rebeldes constituidos por grupos islamistas, fueron financiados y organizados por Arabia Saudita y Catar.

 

Los Yihadistas Entran en Escena

Los yihadistas aumentaron y las fuerzas seculares del ESL perdieron terreno. Aparecieron grupos como el Frente al Nusra, filial de Al Qaeda en Siria, y el Estado Islámico (EI), que lanzó una fuerte ofensiva en Irak en junio del 2014, y luego en la zona de Siria cercana a la frontera iraquí. El EI proclamó un califato en el área que controla en Irak y Siria cuya capital de facto es la ciudad siria de Raqqa.

Integrado por miles de extranjeros, es decir mercenarios, el EI lucha contra todos los bandos: las fuerzas gubernamentales, los rebeldes no islamicos, el Frente al Nusra -con el que se ha aliado en algunas ocasiones- y las fuerzas kurdas, también opuestas a Asad y contra las que arremete Turquía. Es vox populi en la región que tanto EI como la mayoría de las fuerzas opositoras, con la excepción de los Kurdos, son aparatos militares que reciben apoyo del imperialismo Norteamericano.

 

Comienza la Intervención Imperialista

En septiembre del 2014, una coalición internacional liderada por EEUU, con Jordania, Baréin, Catar, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos (EAU) empezó a bombardear al EI. Francia inició los ataques en septiembre del 2015 y el Reino Unido, en diciembre.

Rusia comenzó en septiembre atacando a “los terroristas del EI”. Pero además, ha bombardeado a grupos rebeldes y consiguió que el régimen de Asad, que estaba al borde del colapso, recuperara terreno en zonas clave como Alepo (norte). La intervención rusa es fundamental, cambiando el curso de la guerra a favor de Asad.

 

El escenario Actual

El mapa de quien controla cada zona de Siria actualmente está lleno de divisiones. El régimen de Asad -Ejército y milicias afines- tiene una gran parte del oeste del país, Damasco, Latakia, Tartús, casi toda la frontera con Líbano, Alepo, otra en el centro del país y en Deir Ezzor. Tras perder Alepo, en el norte, los rebeldes tienen una zona amplia de la provincia de Idlib, fronteriza con Turquía, un área cercana a Damasco y otra en Homs.

La franja norte, a lo largo de la frontera con Turquía y una parte de la iraquí, está en manos de las fuerzas kurdas, a excepción de unos tramos que controlan los rebeldes y el EI. Los yihadistas tienen una parte del este de Siria fronterizo con Irak, y zonas del norte, en Alepo, Al Raqa, As Shaddadah, áreas centrales y pequeñas partes en el sur.

La caída de Alepo en manos del régimen de Bashar Al Asad deja un orden de cosas difícil de revertir: aunque el final del conflicto no parece próximo, está claro que Asad ya no va a perder la guerra. Frente a unas victoriosas tropas del régimen, el bando rebelde, desmoralizado, se bate en retirada. La batalla por esta ciudad, que ha terminado cuando la guerra entra en su sexto año, consolida al presidente sirio y a sus dos grandes aliados, Rusia e Irán, como los grandes ganadores del conflicto. Y a los rebeldes, Turquía, Arabia Saudí y EEUU, como los perdedores.

 

El Ataque Químico y la Reacción del Imperialismo Norteamericano

Tras 6 años de guerra e intervención del imperialismo, la situación en Siria parecía estabilizarse dejando un saldo claro, triunfo para el dictador y sus aliados Rusia e Irán, y una derrota previsible para EEUU, Turquía, Arabia Saudita y … el Estado Islámico.

Así las cosas, el 4 de abril del 2017, una explosión de armas químicas en la localidad siria de Jan Sheijun, en la provincia de Idleb (noroeste de Siria) causó al menos 86 muertos. EEUU y otros países acusaron al régimen de Damasco del ataque, pero las autoridades sirias negaron haberlo perpetrado. Rusia alegó que se había bombardeado un almacén donde los rebeldes que controlan Jan Sheijun guardaban armas químicas.

La noche del 6 al 7 de abril, Washington bombardeó con 59 misiles Tomahawk la base militar siria de Al Shayrat, en la provincia de Homs, en represalia por el supuesto ataque químico de Jan Sheijun. Según el Pentágono, el bombardeo -el primero de EEUU contra el régimen de Asad- destruyó “el 20% de la aviación siria”. Poco despues del ataque, Al-Nusra inicio una ofensiva sobre el ejercito Sirio, ¿Coincidencia o Coordinacion con el ataque?

El ataque estadounidense provocó la condena de los aliados de Damasco: Rusia, Irán y Hizbulá. Moscú, bajo una gran presión internacional que lo acusa indirectamente del bombardeo químico y le exige que se distancie de Asad, advirtió junto a Teherán de que responderá con fuerza a “cualquier agresión”. Las grandes potencias podrían acabar sumidas en una confrontación abierta en el tablero de Siria.

 

Algunas Conclusiones

Para entender quién está detrás de lo sucedido, con la limitada información disponible hay que responder dos preguntas básicas ¿Cuál es la situación actual en Siria? Y ¿a quién le sirve esto?

En los últimos meses las organizaciones armadas opositoras a Al-Assad han ido perdiendo sistemáticamente cada vez más terreno. El área en donde se produjo la masacre estaba bajo el control del Al-Nusra (rama de Al Qaeda que Naciones Unidas y EEUU habían calificado como terrorista). La contra-ofensiva del ejército sirio había liberado el 85% de los territorios perdidos y avanzaba hacia las bases de Al-Nusra. Poco antes de que ocurrieran los hechos Damasco había informado a las Naciones Unidas que un convoy de doce camiones llegados de Turquía había encaminado sustancias tóxicas hacia Idlib, pero la ONU no lo ha investigado.

La pregunta de quién se beneficia en este caso tiene una clara respuesta: Un ataque con gas letal solo beneficia a los grupos opositores armados y sus aliados en Occidente, a la vez que perjudica al gobierno sirio. Entonces, ¿Cuál sería el motivo? El dictador Al-Assad no es tan estúpido, porque de serlo ya habría sido derrocado hace años.

Hay más elementos que permiten hipotetizar que el régimen de Al-Assad no disparo armas químicas. En el 2013 el gobierno sirio firmó su adhesión a la Convención para la Prohibición de Armas Químicas (OPAC) y tres años más tarde el país fue declarado territorio libre de armas químicas por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

En 2003, las “armas de destrucción masiva” sirvieron como pretexto a George Bush para iniciar la guerra de Irak. Ahora todo el mundo reconoce que fue una mentira del imperialismo, pero para los iraquíes, es demasiado tarde.

En 2013, ya se acusó a Damasco de un ataque con armas químicas. Pero la investigación oficial de las Naciones Unidas (que estuvo muy infiltrada por EEUU) concluyó con la imposibilidad de designar el campo responsable. Por otra parte, el Instituto de Tecnología de Massachusetts (EE.UU.) atribuyó el ataque a los rebeldes. Luego de este fracaso la administración Obama inicio el camino de intentar una intervención a través de la OTAN.

Con el cambio a la administración Trump, que durante la precampaña planteo sistemáticamente que había que abandonar la guerra en Siria, la agresión militar norteamericana pego un brusco salto. Trump decidió tomar la iniciativa sabiendo que generaría un amplio apoyo político en EEUU, luego de semanas de hallarse a la defensiva y de sufrir serios reveses políticos en sus intentos de restringir el ingreso de viajeros a EEUU y de anular el Obamacare, el seguro médico de 25 millones de estadounidenses. Luego del ataque norteamericano el gobierno de Trump planteo que “está en el interés nacional vital prevenir el uso y difusión de armas químicas” y que su objetivo fue “enviar un mensaje”.

Lo que sí es claro es que los ataques fueron una clara violación de la ley internacional y de la cláusula sobre poderes de guerra en la Constitución. Más allá de la retórica oficial sobre Siria, el ataque es una continuación de una estrategia consistente en prolongar la guerra siria lo más posible, con el propósito de debilitar a todos los bandos -incluyendo Rusia e Irán, en la región.

Putin por su parte ha jugado sus cartas, no respondió la agresión por el evidente riesgo de que el conflicto escalara a un conflicto entre potencias nucleares, e intenta ganar tiempo, mientras en el terreno mediático, pese a la intensa arremetida comunicacional del gobierno de Trump, va ganando terreno la idea de que el ataque con armamento químico a la localidad de Jan Seijun fue un clásico atentado con bandera falsa. Destinado a crear el ambiente para un ataque en profundidad hacia el régimen de Al-Assad a fin de derrocarlo.

Este objetivo resulta imposible mientras persista el apoyo ruso, esta es la otra arista del ataque, chantajear a Putin con la idea de que apoya a un gobierno que usa armas químicas. La verdad es que al gobierno ruso, como a otros gobiernos imperialistas, les tiene sin cuidado las características políticas y morales de un determinado gobierno para considerarlo aliado, las razones del apoyo de Putin a Al-Assad se basa en consideraciones geoestratégicas, en siria se encuentra la base militar rusa de Tartus, la que le abre las puertas al mediterráneo y de ahí al atlántico norte a su flota del mar negro, anclada en Sebastopol. Además tiene una poderosa base aérea en Latakia. Hay que considerar que actualmente frente a toda la frontera occidental de Rusia, esta estacionado el más grande de los despliegues militares de toda la historia de la OTAN. Así de caer el régimen de Al-Assad, Rusia quedaría bloqueada por tierra y por mar, situación que claramente el régimen Ruso no está dispuesto a tolerar.

En realidad hasta ahora el ataque no está dando los frutos esperados. En el frente interno, consolida el apoyo de los sectores más duros y guerreristas del partido republicano, y ha logrado el apoyo del ala derechista del partido demócrata –Hillary aplaudió el ataque norteamericano- sin embargo este apoyo es circunstancial, mientras que le resta el apoyo de su base electoral, que no quiere más guerras, sino que se solucionen los graves problemas domésticos del imperialismo norteamericano. En el ámbito internacional, aparte de sus corifeos habituales; Alemania, Francia, Inglaterra, Japón, Italia, Bélgica, Holanda, España y otros. Gran parte de la comunidad internacional comienza a mirar con desconfianza la política exterior de Trump. La estabilidad del régimen dictatorial de Al-Assad ha salido indemne del ataque, y la posición rusa en Siria se mantiene.

En síntesis los 59 misiles Tomahawk (a un costo de casi900 mil dólares por misil) le está significando al régimen de Trump una sangrienta y costosa victoria militar y, hasta ahora una derrota política de grandes proporciones.