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Ted Grant: ¿por qué Hitler llegó al poder?

La inminente derrota de Hitler suscita muchas preguntas sobre el pasado y futuro de Alemania. Según los informes de la Conferencia de Québec [1], Qué hacer con Alemania, cuando ésta sea derrotada puede convertirse en un problema tan grande que incluso está ya preocupando al portavoz del imperialismo anglo-americano. Lo consideran un problema tan grave y espinoso como la destrucción de la misma potencia imperialista alemana. Sus temores ante la posibilidad de mantener el control de Alemania por medio de los ejércitos aliados de ocupación, han llevado a los imperialistas a lanzar una virulenta campaña de odio. Ahora, a la cabeza de la brigada, vomitando alocadas doctrinas de racismo y nacionalismo, azuzando el odio indiscriminado contra los alemanes como nación, y de esta forma imitando las peores características de la doctrina racista nazi, se encuentra la dirección del llamado Partido Comunista. En la parte trasera, con más cautela por temor a su propia militancia, se encuentran los dirigentes laboristas que fielmente se hacen eco de las enseñanzas de Vansittart [2], su maestro imperialista.

 

Pero el destino actual de Alemania, como ocurre desde hace décadas, es todavía una cuestión clave para el destino de Europa. La insistencia de la clase dominante y de Stalin en la fórmula de la rendición incondicional, refleja su temor a la revolución socialista que tan rápidamente está madurando en Alemania. Cuando hayan desaparecido la Gestapo y las SS no dispondrán de una fuerza organizada capaz de mantener la represión sobre las masas alemanas. Durante el dominio de Hitler, los nazis han perpetrado crímenes y represiones monstruosas que han engendrado un odio sin precedentes en la historia. Se está preparando una enorme explosión social que amenaza no sólo con golpear al Partido Nazi, también amenaza al propio sistema capitalista. Todo trabajador alemán sabe que los cartel, los monopolios, los trusts y los grandes capitalistas, son los que organizaron y llevaron a Hitler al poder. Como Rauschning [3], el ex–nacionalista y ex-Gauleiter nazi de Danzing ha señalado, la expropiación de los judíos inevitablemente plantea el problema de la expropiación de todos los capitalistas. No es casualidad que Hitler haya intentado dar a su demagogia tintes “socialistas”. Esto refleja las aspiraciones, no sólo de los trabajadores alemanes, también de la aplastante mayoría de la población alemana. En las últimas décadas se han puesto a prueba todas las formas de explotación y dominio político capitalistas, por esa razón, después de la caída de Hitler, la revolución socialista surgirá de forma automática.

 

Pero la clase dominante de Gran Bretaña y EEUU —junto a los traidores del Kremlin— teme a esto más que a cualquier otra cosa. El espectro de la revolución alemana ¾ pero ahora triunfante¾ de 1918 es su principal preocupación ahora que el militarismo alemán ha quedado reducido a cenizas.

 

El instinto de la clase obrera en los países aliados es, al mismo tiempo que mantienen su odio implacable hacia el fascismo, distinguir entre las bandas fascistas y el trabajador alemán normal. Aprovechando su experiencia después de la última guerra mundial, cuando todos los ejércitos de ocupación confraternizaron con las masas alemanas (rápidamente se convencieron de que no había deferencias entre ellos), la clase dominante está intentado poner barreras en el camino de su reocupación. Los Estados Mayores, tanto el británico como el estadounidense, han apoyado la campaña ideológica chovinista con órdenes estrictas de castigar a cualquier soldado que confraternice con los civiles alemanes.

 

La actitud de los trabajadores británicos y estadounidenses ante los trabajadores alemanes puede decidir el futuro de la próxima revolución alemana y al hacer esto, también decidirá si aparece una nueva versión del fascismo y con ella una tercera guerra mundial imperialista. En estas condiciones, una de las tareas más importantes es la necesidad de enseñar la historia a las masas británicas y el significado de los acontecimientos alemanes, al menos desde la pasada guerra mundial. Es necesario reafirmar las proposiciones más elementales del marxismo. Hoy, aquellos traidores que señalaban con desprecio a los trabajadores alemanes, dicen que Hitler llegó al poder por culpa de los trabajadores alemanes. Intentan eludir su propia responsabilidad histórica ante esta catástrofe. Al comentar el asesinato de Thaelmann [4] el Daily Worker dice cínicamente que él luchaba por el frente único en Alemania con las demás organizaciones obreras para destruir el fascismo. Por esa razón es aún más necesario explicar a los trabajadores británicos, y a los del resto del mundo, que ocurrió exactamente. En particular, la nueva generación, si quieren comprender el papel actual del estalinismo deben comprender el papel que jugó éste en los acontecimientos alemanes antes de la llegada al poder de Hitler.

 

Thaelmann fue asesinado por los nazis junto a otra decenas de miles de víctimas de los bárbaros fascistas. Pero es necesario decir la verdad si no queremos más victimas del sistema creado por Hitler. Ahora los estalinistas quieren utilizar el martirio de Thaelmann para encubrir sus crímenes contra el pueblo alemán. Es necesario demostrar el papel que jugó el estalinismo en la llegada de Hitler.

 

La verdad es que los estalinistas dedicaron la mayor parte de sus energías a ridiculizar el peligro de los nazis y concentraron toda su atención en la lucha contra los socialdemócratas, a quienes consideraban su “principal enemigo”. Lucharon violentamente contra la sugerencia de Trotsky del frente único como la única forma de aplastar a Hitler y preparar el camino para la victoria de la clase obrera. De los labios del propio Thaelmann salieron las siguientes palabras: “Trotsky, con toda seriedad quiere una acción común de los comunistas con el asesino de Liebknecht, Rosa (Luxemburgo) y otros, con Zoergiebei [5] y aquellos jefes policiales a quienes el régimen de Papen dejó en el puesto para oprimir a los trabajadores. Trotsky ha intentado varias veces en sus escritos apartar a la clase obrera exigiendo negociaciones entre los líderes del Partido Comunista Alemán y el Partido Socialdemócrata. (Discurso final de Thaelmann en el 12º plenario, septiembre 1932. Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista”. (Communist International nº 17-18, p. 1.329)

 

Los estalinistas fueron más allá, incitaron abiertamente a los trabajadores comunistas para que golpearan a los trabajadores socialistas, rompieran sus reuniones, etc., ¡incluso llevaron la lucha al patio del recreo de la escuela! Thaelmann incluso planteó abiertamente la consigna: “Cazar a los social-fascistas en sus empleos, en las fábricas y en los sindicatos”. Siguiendo las directrices del líder, el órgano de la Juventud Comunista La joven guardia, propuso la consigna: “Cazar a los social-fascistas en las fábricas, las oficinas de empleo y las escuelas de aprendices”.

 

Pero había que llevar esta política hasta el final. En el órgano de los Jóvenes Pioneros que abastecían a los niños comunistas, el Drum, la consigna ‘unificada’ era: “Golpear a los pequeños zoergiebels en las escuelas y patios de recreo”.

 

Thaelmann denunció el frente único

 

Thaelmann, indignado, repudió la idea del frente único con el Partido Socialdemócrata. En un artículo publicado en Die Internationale (noviembre, diciembre de 1931, p. 488) decía lo siguiente: “Amenaza [el Partido Socialdemócrata] con hacer un frente único con el Partido Comunista. El discurso de Breitscheid [6] (su asesinato se anunció al mismo tiempo que el de Thaelmann) en Darmastadt con ocasión de las elecciones de Hesse y los comentarios de Worwaerts a este discurso, demuestran que la socialdemocracia con esta maniobra quiere recurrir al demonio del fascismo de Hitler y de esta forma ocultar a las masas la verdadera lucha contra la dictadura del capital financiero. Estos mentirosos… esperan presentarse de una forma más aceptable con esa supuesta amistad hacia los comunistas (contra la prohibición del PC alemán) y ser así más agradables para las masas”.

 

Y de nuevo un ataque violento contra Trotsky:

 

“En su panfleto sobre esta cuestión, ¿Cómo se derrotará al nacionalsocialismo? Trotsky da siempre la misma respuesta: ‘El PC alemán debe formar un bloque con la socialdemocracia…’ Trotsky ve en este bloque la única forma de salvar completamente a la clase obrera del fascismo. O el PC forma un bloque con la socialdemocracia o la clase obrera alemana está perdida durante los próximos diez o veinte años.

 

“Esta es la teoría de un fascista y contrarrevolucionario completamente acabado. Ésta es la peor de las teorías, la más peligrosa y la más criminal que Trotsky ha formulado durante los últimos años de su propaganda contrarrevolucionaria”. (Thaelmann, discurso de clausura del 13º plenario, septiembre 1932. Communist International, Nº 17-18, p. 1.329).

 

No se puede engañar a la gente. La fuente de esta política criminal fue Joseph Stalin. Él planteó la teoría sin sentido de que el Partido Socialista y los fascistas eran la misma cosa:

 

“El fascismo”, decía Stalin, “es la organización de lucha de la burguesía, que se basa en el apoyo activo de la socialdemocracia. Objetivamente, la socialdemocracia es el ala moderada del fascismo. No hay razón alguna para admitir que la organización de lucha de la burguesía podría conseguir éxitos decisivos en las luchas o en el gobierno del país sin el apoyo activo de la socialdemocracia… Hay pocas razones que lleven a admitir que la socialdemocracia puede obtener un éxito decisivo en las luchas o en el gobierno del país sin el apoyo activo de la organización de lucha de la burguesía. Estas organizaciones son mutuamente excluyentes, pero lo contrario es mutuamente complementario. No son las Antípodas, son gemelos. El fascismo es el bloque disforme de estas dos organizaciones. Sin este bloque la burguesía no podría permanecer al timón. (Stalin. Citado en Die Internationale, febrero 1932).

 

Para poner en práctica esta teoría el sabio Manuilsky [7] explicó lo siguiente en el XI Plenario de la Internacional Comunista de abril de 1931:

 

“Los socialdemócratas, para engañar a las masas, proclaman deliberadamente que el principal enemigo de la clase obrera es el fascismo… ¿No es verdad que toda la teoría del ‘mal menor’ descansa sobre la presuposición de que el fascismo de Hitler representa el principal enemigo?” (The Communist Parties and the Crisis of Capitalism, p. 112).

 

Con esta revisión de todas las enseñanzas de Lenin, el Partido Comunista de Alemania, con la ayuda de la socialdemocracia, confundió y paralizó a los trabajadores y les entregó sin luchar a las manos del ejecutor fascista.

 

Los hipócritas británicos que ahora calumnian a los trabajadores alemanes, en su momento aplaudieron esta política de traición, cuando los socialistas revolucionarios estaban alzando la voz en todo el mundo intentando evitar la tragedia que se cernía sobre Alemania. ‘Resulta significativo’, se mofaba el Daily Worker del 26 de mayo de 1932, ‘que Trotsky haya salido en defensa del frente único entre los partidos comunista y socialdemócrata frente al fascismo. Posiblemente, es la consigna más perjudicial y contrarrevolucionaria que se ha dado hasta ahora’.

 

Justo antes de la llegada de Hitler al poder, Ralph Fox escribía en el Communist Review de diciembre de 1912:

 

“El Partido Comunista de Alemania ha conseguido ganar a la mayoría de la clase obrera en las zonas industriales, donde ahora es el primer partido de Alemania. Las única excepciones son Hamburgo y Sajonia, pero incluso aquí, el voto del partido ha aumentado enormemente a expensas de los socialdemócratas.

 

Estos éxitos se han conseguido sólo siguiendo la línea del partido y la Comintern. Insistiendo en todo momento en que la socialdemocracia es el principal apoyo social del capitalismo, el partido ha realizado una lucha intensa e incesante contra el Partido Socialdemócrata Alemán y el nuevo ‘Partido Socialista Obrero Independiente’, y también contra la derecha y los renegados trotskistas que querían que el partido del proletariado formase un frente único con el social-fascismo para luchar contra el fascismo”.

 

Esta es la política suicida del estalinismo contra la que Trotsky y la Oposición Internacional de Izquierdas libraron una intensa batalla durante los críticos años de 1930-1933, cuando el destino de Alemania pendía de un hilo. Las obras de Trotsky sobre Alemania permanecerán para siempre como libros de texto sobre el problema del frente único. Servirán como modelo para el movimiento revolucionario en el futuro. Por esa razón, en Gran Bretaña empezamos con la publicación del material, hasta ahora inédito, de Trotsky sobre esta cuestión, tiene que servir de reflexión para el movimiento revolucionario británico. Todo estudiante que desee comprender la degeneración del estalinismo debe estudiar cuidadosamente este material.

 

Aunque el artículo Alemania: la clave de la situación internacional fuera escrito en 1931, en la actualidad, mantiene toda su vigencia. La descripción de la situación, no sólo en Alemania, también en los demás países de los que se ocupa el artículo, demuestra claramente la profunda comprensión que tenía Trotsky del proceso político que se está desarrollando en nuestra época. Sólo Trotsky y la Cuarta Internacional advirtieron de la catástrofe que supondría la llegada de Hitler al poder, y lo que significaría para los trabajadores de Alemania, Europa y la Unión Soviética. Cuando los estalinistas se negaron a aprender la lección de los acontecimientos y, de la forma más cobarde, entregaron sin luchar a las masas alemanas a Hitler, sin ni siquiera un disparo; cuando incluso llegaron a calificar de victoria para la clase obrera la llegada de Hitler al poder —porque eso expresaba la crisis del capitalismo y su victoria era simplemente la victoria antes de la crisis final—, jactándose al proclamar ‘nuestro próximo giro’, fue entonces cuando Trotsky proclamó el final de la Comintern como un instrumento para conseguir el socialismo mundial.

 

Cuando se analizan acontecimientos históricos reales, qué lamentables, qué despreciables resultan los escritos sobre Alemania de las plumas a sueldo del Kremlin. Los Dutts [8], Rusts, Ehrenburgs, no satisfechos con haber traicionado a los trabajadores alemanes en manos de los nazis, ahora sistemáticamente diseminan el veneno chovinista ante los trabajadores “aliados” para ayudar al imperialismo anglo-americano y esclavizar al pueblo alemán. Después de haber demostrado su incapacidad para dirigir a los trabajadores alemanes hacia la victoria, ahora se oponen activamente a la revolución socialista en Alemania. De este modo, como siempre ocurre en política, la ineptitud y la estupidez, si no se corrigen, se transforman en traición.

 

Los trabajadores alemanes y británicos tienen que ajustar cuentas no sólo con sus opresores imperialistas, también con sus traidores en las filas de la clase obrera. Cuando la clase obrera se de cuenta de la profundidad de su traición, como los difamadores de la Comuna, serán despreciados para siempre en la memoria de la clase obrera.

 

Era imposible concebir cómo elementos qué pretenden representar a la clase obrera puedan caer a niveles tan bajos como han caído los estalinistas. De los socialdemócratas no se puede esperar otra cosa, permanecieron fieles a su pasado de traición reformista. Los estalinistas a menudo en el pasado han hecho referencia al asesinato de Liebknecht, Luxemburgo y a la traición de la revolución de 1918. Pero nada es comparable a la larga lista de crímenes en el libro de cuentas del estalinismo.

 

Seguramente, los dioses se deben haber reído del espectáculo protagonizado por los dirigentes estalinistas que solemnemente entonaban la necesidad de ‘reeducar’ a los trabajadores alemanes, ¿y a sus educadores? ¡El imperialismo Aliado y el estalinismo! Sí, ¡es necesario reeducar! Reeducar a las bases de la clase obrera en el papel que debe jugar la dirección de las organizaciones que pretenden representarla. Reeducar a la clase obrera en como acabar con el cáncer del estalinismo y el reformismo que sólo llevará a los trabajadores a nuevas catástrofes. Para llevar a cabo la tarea de ‘educar’, no sólo a los alemanes, también a los británicos y a los trabajadores de todo el mundo, es necesario formar y armar a la vanguardia con el conocimiento del método marxista y la historia de las derrotas pasadas. Es necesario que los trabajadores estudien conscientemente las obras de Trotsky como un medio indispensable para comprender la situación alemana actual. Alemania todavía es la clave de la situación internacional, con la comprensión y el conocimiento de las tareas pasadas y futuras, conseguiremos avanzar en la construcción de un nuevo mundo socialista.

 

Diciembre 1944

 

 

 

 

 

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NOTAS

 

[1] Al final de la guerra se celebraron varias conferencias, una de ellas fue en Québec (1943), entre Churchill y Roosevelt, donde se discutieron los problemas a los que se enfrentaría el imperialismo al final de la guerra, especialmente en los Balcanes, Europa central y Alemania.

 

[2] Robert Vansittart, jefe del Foreign Office, se opuso a la política de entreguismo hacia Hitler, pero lo hacía desde una postura antialemana, mientras prestaba de boquilla un servicio al antifascismo.

 

[3] Hermann Rauschning era un capitalista que al principio apoyó a los nazis en la medida que se oponían a la clase obrera organizada, pero cambió su posición cuando los nazis se escaparon a todo control y publicó un libro titulado: We Never Wanted This. En la Alemania nazi un Gauleiter era un ‘dirigente’ de distrito.

 

[4] Ernst Thaelmann se unió al Partido Comunista Alemán en 1920, se convirtió en su dirigente con el apoyo de Stalin en 1925. Arrestado por los nazis en 1933 fue asesinado en 1944.

 

[5] Karl Zoergiebel era un comisario socialdemócrata de la policía de Berlín. Fritz von Papen fue nombrado Canciller el 1 de junio de 1932. El 20 de julio fue destituido del gobierno socialdemócrata de Prusia. Se convirtió en vicecanciller con Hitler.

 

[6] Rudolf Breitscheid (1876-1945) era un diputado socialista en el Reichstag. Huyó a Francia cuando Hitler llegó al poder y fue entregado a los nazis por el régimen de Vichy. Vorwaerts era el órgano central del SPD.

 

[7] Dimitri Manuilski fue secretario de la Comintern 1931-43.

 

[8] Destacado publicista estalinistas, Dutt y Rust del PC Británico y Ehrenberg de la burocracia rusa.

 

Fecha: 1944
Primera vez publicado:  Socialist Appeal, vol. 6 no. 9 (diciembre 1944).
Tradución al castellano: Fundación Federico Engels.
Esta edicion: Marxists Internet Archive, 2014.

 

Conversaciones con la secretaria de Joseph Goebbels

por Bernd Reinhardt y Verena Nees//

Una vida alemana: La élite de poder Nazi en la mirada.

La película austríaca Una Vida Alemana (Ein deutsches Leben), dirigida por Florian Weigensamer, Olaf S. Müller, Christian Krönes y Roland Schrotthofer, que tuvo su premier en cines alemanes en abril es una cinta preocupante y chocante. Por esas razones merece una gran audiencia. El documental trata de Brunhilde Pomsel (1911 al 2017). Pomsel fue secretaria de 1942 a 1945 en la oficina del ministro nazi de propaganda, Joseph Goebbels. Seguir leyendo Conversaciones con la secretaria de Joseph Goebbels

Lukács: más allá de Stalin

por György Lukács//

Narro —de manera subjetiva y autobiográfica— la historia de mi relación con Stalin y su forma de gobierno. En las disputas partidarias inmediatamente posteriores a la muerte de Lenin, me encontré del lado de Stalin en algunas cuestiones esenciales, aunque todavía no me hubiera presentado con esta posición en forma pública y polémica. El problema principal consistía en el “socialismo en un solo país”. Concretamente, cedió la ola revolucionaria que se había desatado en 1917. Por eso, consideré en este punto que la argumentación de Stalin era más convincente que la de sus oponentes. Sumado a esto que ya antes me había encontrado en dura oposición con la conducción de la Komintern (1) por parte de Zinoviev (2) —conducción cuya índole se me hizo más clara a través de la política húngara de Béla Kun (3)—. Aún hoy estoy convencido de que algunos factores de la burocratización reaccionaria, que todavía debemos superar, han logrado aquí su primera gestación. Son totalmente distintos los motivos —diversos en cada caso— de mi desconfianza, igualmente fuerte, hacia Trotski y Bujarin. No dudé en absoluto de la integridad personal de ambos, a diferencia de lo que ocurría con Zinoviev; antes bien rechacé, en Trotski, las características que recordaban a Lassalle (4); en Bujarin, su posición teórica proclive al positivismo.

Las primeras discusiones puramente ideológicas no lograron debilitar dichas convicciones. En el debate filosófico de los años 1930- 31, me resultaban igualmente simpáticos tanto el alejamiento, por parte de Stalin, de la “Ortodoxia de Plejanov”, como su insistencia   con respecto a lo revolucionariamente nuevo, cuya evolución se encontraba profundamente enlazada con el mismo Marx. Asimismo, me encontré, a comienzos de los años treinta, del lado de Stalin en la crítica al RAPP (5), en la lucha contra el sectarismo estrecho y en la exigencia de una base más amplia, en lo ideológico y en lo organizativo, para la literatura socialista. Naturalmente, hoy sé que todo había sido, en su mayor medida, solo un pretexto para eliminar la antigua conducción del RAPP, que era afín a Trotski; puesto que, bajo Fadeiev, la conducción de la por entonces recién fundada Liga de Escritores ha continuado consecuentemente, en lo esencial, la vieja línea ideológica y organizativa. Sin embargo, en aquel tiempo creía, junto con otras personas ideológicamente afines, en un verdadero cambio ideológico, admitido, al menos, por Stalin. Mi lucha por una concepción marxista del realismo, también por el realismo socialista, que fue combatida en la revista Literaturni Kritik [Crítica literaria], se oponía categórica   y objetivamente a las teorías oficiales dominantes entonces en la Unión Soviética, aunque yo combatía, simultáneamente, a cualquier corriente que se considerara hostil al realismo dentro de la literatura burguesa. A pesar de todo, incluso después de que dicha oposición ideológica se extendiera a la filosofía —por eso mi libro, escrito en 1937-38, El joven Hegel, no pudo ser publicado en la Unión Soviética, y se editó diez años después en Suiza—, no surgió ninguna rebelión ideológica abierta contra el sistema staliniano, considerado como un todo.

Ni siquiera los grandes procesos pudieron alterar hondamente esa posición. El observador actual puede designar esto como “ceguera”. Olvida, al hacerlo, algunos importantes factores que para mí eran decisivos, al menos en aquel tiempo. Estos sucesos coincidieron con el VII Congreso de la Komintern (6), en el que Dimitrov (7) proclamó un frente de unidad amplio y democrático contra el fascismo. Ya entonces hubo acalorados debates —aunque no públicos— sobre si este cambio debía ser entendido como estratégico o sólo como táctico. Yo partía, entretanto, de la base de que se trataba de un cambio real. De hecho, se expresaba con mucho entusiasmo, en todo aquello, la perspectiva de un ajuste de cuentas radical contra el fascismo, en cuanto amenaza para toda nuestra cultura. Como muchos en ese tiempo, consideré una sagrada obligación evitar toda declaración que, ideológicamente, pudiera haber fomentado en Occidente una tolerancia con respecto a Hitler. He considerado entonces los grandes procesos bajo esta luz: como un ajuste de cuentas revolucionario con oposiciones activas realmente existentes contra el socialismo vigente. El hecho de que los instrumentos de este ajuste hayan sido sumamente problemáticos en diversos aspectos, no pudo quebrantar entonces mi postura básica. Para establecer un paralelo histórico, les di la razón, junto con muchos otros, a los jacobinos, debido al exterminio de los girondinos, de los dantonistas, entre otros, a pesar de que me resultaba históricamente evidente que los medios aplicados eran criticables. Recién cuando la acción de Stalin se expandió a amplias masas con el lema “el Trotskismo debe ser extirpado, junto con todas sus raíces”, se fortaleció la crítica interna, intelectual y moral. Sin embargo, esta quedó condenada al silencio frente a la esfera pública, a causa de la necesaria prioridad de la lucha contra Hitler.

Tampoco la Segunda Guerra Mundial produjo en mí una resistencia intelectual abierta, concentrada específicamente en los métodos de Stalin. Naturalmente, rechazaba el contenido universalmente hegemónico en la propaganda antihitleriana, según la cual el alemán, denominado “Fritz”, ya era fascista en el bosque de Teutoburgo (8). Consideramos, ante todo, al escritor Ilya Ehrenburg (9) como padre intelectual de estas consignas; mientras que Stalin había declarado: “Los Hitler vienen y se van. Sin embargo, el pueblo alemán permanece”. Yo mismo vi en el hitlerismo una fase trágica, en cuanto a sus condiciones y consecuencias, en el desarrollo histórico del pueblo alemán; de esta fase trágica dependía que se produjera la catarsis. Mi crítica a la línea general de la propaganda bélica soviética de aquellos tiempos, no se dirigía, en consecuencia, específicamente contra los métodos específicos de Stalin.

Incluso después de la derrota de Hitler, en las luchas intelectuales por cuestiones políticas e ideológicas en la Hungría liberada de Horthy, la situación se mantuvo igual. He expuesto en otro lugar, en forma detallada, cómo me he retirado de la política en sentido estricto, a fin de trabajar exclusivamente en el campo ideológico, después del fracaso de las denominadas Tesis de Blum, de 1929-1930, en las que había propuesto una “Dictadura democrática de los trabajadores   y los campesinos” como forma necesaria de transición al socialismo, al menos para Hungría. En la situación posterior a 1945, el régimen Rákosi (10) consideró que mis declaraciones ideológicas eran útiles, en la competencia entre el Partido Comunista por un lado y, por otro, el Partido Socialdemócrata y el sector burgués, para conquistar como simpatizantes a una parte relativamente importante de la intelectualidad burguesa. Por ello, mi actividad fue tácitamente tolerada. En aquel tiempo aún no resultaba evidente que el socialismo pudiera triunfar en Hungría, y cómo habría de hacerlo; interpreté la situación como una posibilidad ideológica de trabajar para un futuro socialismo en formas democráticas. El hecho de que mi suposición era equivocada, quedó demostrado de inmediato después de la unificación de los dos partidos de los trabajadores: ahora, a Rákosi le pareció que había llegado el momento de ajustar cuentas radicalmente con mis aportes ideológicos. El resultado fue el ataque de Rudas (11) y la inmediatamente posterior campaña oficial en mi contra de los años 1949-1950.

Los fundamentos objetivos de mi actividad se revelaron ilusorios en sentido táctico. Independientemente de ello, su contenido quedó, sin embargo, dirigido hacia una realización del socialismo y fue, en consecuencia, objetiva y directamente antistalinista. También mis tomas de posición expuestas más arriba surgieron objetivamente. Cuando tomé entonces posición a favor de una democracia inmediata y puse en evidencia las contradicciones y debilidades de los países capitalistas formalmente democráticos, se reveló allí, aunque, por cierto, no en forma explícita, una lucha en dos frentes contra el americanismo y el stalinismo. Por supuesto, en el centro de mis artículos publicados en aquel tiempo se encontraban problemas ideológicos, principalmente agrupados en torno a la literatura. Yo intentaba esclarecer, desde un enfoque marxista, el problema de la libertad de la literatura y de la posición de esta, en cuanto representante de la ideología, frente a la conducción del partido; determinar la posición del escritor comprometido con el partido, etc. Sólo quiero señalar aquí la sentencia, desacreditada en aquel tiempo, según la cual el poeta del partido no debe ser ni un dirigente ni un soldado; es más bien un partisano que se encuentra profundamente vinculado con las tareas histórico-mundiales del partido, pero que, en todas las cuestiones concretas, debe conservar una libertad práctica, hasta el “derecho a     la desesperación”. Y en una conferencia no publicada aquí, si bien se declara al marxismo “Himalaya de la visión del mundo”, al mismo tiempo se señala admonitoriamente a los escritores que la liebrecita que corre dando saltos por el Himalaya no debería creerse un animal de mayor tamaño que el elefante de la llanura. También esta observación fue desacreditada.

Los ataques de los años 1949-1950, y mi “autocrítica” sumamente diplomática, me permitieron retirarme de la actividad pública y dedicarme exclusivamente a trabajos teóricos. Esto hizo posible que concluyera mis escritos más extensos sobre estética. A partir de esto   me resultó también evidente cuán ilusorios habían sido muchos de mis intentos anteriores —por importantes que hayan sido— de realizar una correcta crítica opositora, en campos ideológicos, sin someter a una crítica sustancial sus fundamentos últimos, es decir: las concepciones y métodos stalinistas. La variante húngara de los grandes procesos, especialmente el proceso de Rajk, me ha aclarado definitivamente este complejo de cuestiones.

Al hablar aquí tan abiertamente sobre mis ilusiones de largos años no pretendo de ninguna manera haber perdido alguna cosa por no haber tomado el camino de Koestler y otros. Siempre he rechazado el tipo de críticas que, junto con los métodos stalinistas, rechazan también el socialismo. Aún hoy, a pesar de los cambios evolutivos, continúo siendo un comunista tan convencido como cuando, en el año 1918, me uní al partido. La claridad en el rechazo de los métodos stalinistas, que paulatinamente he elaborado y expresado explícitamente en mis escritos de las últimas décadas, no aspira nunca a un alejamiento del socialismo; “sólo” es válida para muchas de sus perspectivas oficiales, “únicamente” destaca la necesidad de reformar el socialismo. En esto no es lo decisivo saber cuánto tiempo será necesario hasta que se reconozca el camino correcto y los conocimientos así logrados se hagan realidad. El hecho de que yo haya llegado tan lentamente a este punto de vista tiene sus causas en lo siguiente: aun poseyendo una visión clara de toda la problemática, continúo siendo hoy un ideólogo de las reformas libremente radicales, no de la oposición “de principio” abstracta y, en mi opinión, a menudo reaccionaria. No es objetivamente decisivo, para la cuestión central, saber cuántos años o décadas llevará esta reforma teórico-práctica, qué obstáculos deberá superar todavía; aunque la respuesta a tales interrogantes pueda tener amplias consecuencias en la historia universal. En el destino de la humanidad, hasta ahora no se realizado ningún cambio de repente, en línea recta, sin tener que superar obstáculos. ¿Cómo habría de ser posible esto tratándose del cambio más radical?

Con estas acotaciones, retomo la línea autobiográfica de estas consideraciones. En el XX Congreso del Partido Comunista, en el año 1956, se hizo mundialmente conocida la crisis de los métodos stalinistas. Los artículos de esa época aquí publicados demuestran que, desde el primer momento me encolumné junto a los radicales entre los reformadores críticos; no obstante, aquí solo puede documentarse, naturalmente, una parte reducida de mi actividad en este sentido. La tarea ideológica principal sigue siendo dar nueva vida al método marxiano de acuerdo con sus verdaderas intenciones, para llegar, con su ayuda, a un tratamiento realmente crítico del período que va desde la muerte de Marx hasta hoy, y para fundamentar correctamente las perspectivas válidas de nuestra actual acción, tanto en forma teórica como práctica. Como observará con facilidad el lector atento de este pequeño libro, esto es, objetivamente, la continuación directa de tendencias en mi pensamiento que se remontan décadas atrás. Creo poder decir con tranquilidad que fui, objetivamente, un enemigo de los métodos stalinistas, incluso cuando yo mismo creía seguir a Stalin.

Mi actividad esencial después de 1956 se relaciona con las tareas recién caracterizadas. Las obras mayores, una Ontologie des gesellschaf- tlichen Seins [Ontología del ser social] recién concluida y la proyectada Ética, deberían realizar contribuciones para la fundamentación teórica de una praxis comunista en el presente… y para el futuro. Sin poder entrar aquí en detalles, debo informar en forma autobiográfica   que no por azar he anunciado y anuncio la necesidad de una reforma radical del socialismo actual en un país socialista. Hubiera tenido repetidas veces la posibilidad de cambiar de residencia, pero siempre rechacé tal cambio de lugar. Lo mismo vale para el Partido: no fue por voluntad mía que haya tenido que trabajar fuera de él durante diez años, después de 1956; hoy, otra vez como miembro del Partido, me encuentro como siempre ocupado en tales cuestiones teórico-prácticas. La aclaración y el desarrollo de las concepciones que se expresan en los breves escritos ocasionales publicados aquí, no sólo reflejan mi progreso personal en estas cuestiones, sino también aspectos del movimiento de reforma en el socialismo, considerado en su totalidad: reflejan el —por supuesto, sumamente lento—   progreso ideológico.

Notas

  1. Kommunistische Internationale [Internacional Comunista].
  2. Gregori S. Zinoviev (1883-1936); desde 1901, socialdemócrata; desde 1903, bolchevique. Trabajó en colaboración con Lenin. Entre 1917 y 1927, se desempeñó en el departamento de política; entre 1916-1926, presidente del comité ejecutivo de la Komintern. Después de la Revolución de Octubre, presidente del Soviet de Leningrado. Durante la enfermedad de Lenin y después de la muerte de éste, condujo el partido, conjuntamente con Kamenev y Stalin. En 1925, se opuso a Stalin, y conformó, junto con Trotski, la “Oposición Unida de Izquierda”. En 1927 fue expulsado del Partido. En 1935, se lo condenó a diez años de prisión. En 1936, fue juzgado y condenado a muerte en el primer proceso de Moscú.
  3. Béla Kun (1886-1939): fundador del Partido Comunista Húngaro después de la Primera Guerra Mundial, condujo la revolución húngara, fue comisario del pueblo para asuntos de extranjeros durante la República de los Consejos. Después de la caída del gobierno revolucionario se refugió, en agosto de 1919, en Austria y, después, en la Unión Soviética. Durante las grandes purgas, fue condenado y, desde entonces, desapareció.
  4. Ferdinand Lassalle (1825-1864): filósofo, publicista y político socialista, fundador de la Liga General Alemana de Trabajadores. Lukács ha criticado las perspectivas filosóficas, políticas y estéticas de Lassalle contrastándolas con las de Marx y Engels, que estuvieron personalmente vinculados con él. Cf. los estudios “Die neue Ausgabe von Lassalles Briefen” [La nueva edición de las cartas de Lassalle] y “Die Sickingen-Debatte” [El debate sobre el Sickingen].
  5. RAPP: siglas de la Sociedad Rusa de Escritores
  6. Julio-agosto de 1935.
  7. Georgi Mijailovitch Dimitrov (1882-1949): político comunista búlgaro. Acusado, en 1933, de participar en el incendio del parlamento alemán, respondió a la acusación, por lo cual debió ser liberado en 1934. Entre 1935 y 1943, fue secretario general de la Komintern; desde 1946 hasta su muerte, fue primer ministro de
  8. En el año 9, el querusco Arminio derrotó al ejército romano de 20.000 hombres que conducía Varo, e impidió que la “pax romana” se impusiera sobre
  9. Ilya Grigorievich Ehrenburg (1891-1967): escritor ruso, autor de La caída de París (1941) y La tempestad (1947), como también de Deshielo (1954), una conocida y polémica novela sobre el período
  10. Mátyás Rákosi (1892-1971), político comunista. En 1919, comisario suplente en la República de los Consejos. En 1925 fue apresado y condenado por actividad ilegal. En 1940 fue liberado de la cárcel en la URSS. En 1945 regresó a Hungría como líder de los comunistas. En 1945-1956, secretario general del Partido Comunista Húngaro, y primer ministro. Fue destituido en 1956. Vivió, hasta su muerte en 1971, en la URSS.
  11. László Rudas (1885-1950), político y publicista húngaro. Cofundador del Partido Comunista Húngaro y, durante la República de los Consejos, jefe de redacción de la Revista Roja. Emigró a la URSS, donde desempeñó funciones educativas en la escuela partidaria de la Komintern y, durante la Segunda Guerra Mundial, en la Escuela Internacional Antifascista. En 1944 regresó a Hungría; se convirtió en director del Instituto Superior del Partido, en el seno del Comité Central; luego, dirigió el Instituto Superior de Ciencias Económicas.