Archivo de la etiqueta: Proceso histórico

Carta de Bautista Van Schouwen a su madre

Concepción, 15 de Febrero de 1969.

Querida y recordada madre: No sabes la angustia que he sufrido al no poder estar junto a ti, padre y hermanos para la fecha de tu cumpleaños. Recién vengo llegando de un viaje prolongado y cansador, al sur, por motivos políticos.
Bien valgan estas letras para decirte algunas cosas, de las muchas, que siento por ti y que han pasado de largo y calladamente en mi corazón por mucho tiempo y que ojalá, en algo, reemplacen mi ausencia física por allá. Seguir leyendo Carta de Bautista Van Schouwen a su madre

Fotografía demostraría que Allende fue asesinado

por Rubén Adrián Valenzuela //

La fotografía del cuerpo sin vida del presidente Salvador Allende, revela que ni se suicidó con un tiro de metralleta en la cabeza ni sus asesinos le cambiaron la ropa tras abatirlo. El mismo jersey que vestía mientras, pistola en mano, recorría los distintos puntos de La Moneda asediada es el que se puede apreciar en este documento inédito que los militares golpistas publicaron en un informe interno confidencial del Ejército de Tierra. Seguir leyendo Fotografía demostraría que Allende fue asesinado

Luis Emilio Recabarren: Proyecto de Constitución para la República Federal Socialista de Chile

Siempre falta algo que aclarar en la propaganda de nuestras ideas y a medida que aumenta el número de afiliados aumentan las preguntas y las discusiones sobre «el qué» y «el porqué» de nuestras aspiraciones y «modo» de realizarlas.

Por eso damos aquí una breve pero clara explicación:

¿Qué es lo que queremos? Seguir leyendo Luis Emilio Recabarren: Proyecto de Constitución para la República Federal Socialista de Chile

De las Jornadas de Julio al golpe de Estado de Kornílov: el Estado y la revolución de Lenin

por Barry Grey //

Estamos publicando aquí el texto de la conferencia pronunciada el 14 de octubre por Barry Grey, editor nacional de Estados Unidos del World Socialist Web Site. Esta es la primera conferencia en línea de la segunda parte de la serie presentada por el Comité Internacional de la Cuarta Internacional para marcar el centenario de la Revolución Rusa de 1917. Seguir leyendo De las Jornadas de Julio al golpe de Estado de Kornílov: el Estado y la revolución de Lenin

Prólogo a “Historia de la Revolución rusa”, de León Trotsky

por Jaime Pastor//

Al igual que Tucídides, Dante, Maquiavelo, Heine, Marx, Herzen y otros pensadores y poetas, Trotsky alcanzó su plena eminencia como escritor en el exilio durante los pocos años de Prinkipo. La posteridad lo recordará como el historiador, así como el dirigente, de la Revolución de Octubre (Isaac Deutscher, 1969: 206).

Así pues, sea cual sea el desfase que se observa entre las realidades que genera la revolución de Octubre, por un lado, y, por el otro, el ideal del proyecto socialista tal como lo imaginaban los bolcheviques, la obra de Trotsky constituye sin duda la única que, en la Historia, nos lleva a una rotunda inteligibilidad de los acontecimientos que transformaron el curso de la revolución (Marc Ferro, 2007, XII).

Así valoraban el escritor polaco y el historiador italiano la excepcional relevancia de la contribución que hiciera Trotsky con esta obra que aquí presentamos.

En efecto, nos encontramos ante un extraordinario trabajo historiográfico que ha tenido un creciente reconocimiento no sólo por parte de muchos de sus contemporáneos, incluidos rivales políticos como Miliukov y Sujanov 1/, sino también por un elenco muy plural de historiadores. A lo largo de sus páginas hay un relato, vivido en primera persona, de un proceso revolucionario triunfante, pero también un ejemplo de “historia desde abajo y desde dentro”, apoyada en el empleo en “estado práctico” (como hiciera Marx en sus escritos sobre Francia) de conceptos que pasarían luego a ser de uso corriente. Una obra que ha sido referencia para posteriores estudios sobre las revoluciones, como es el caso de los realizados por Charles Tilly, o considerada superior a otros desde el punto de vista metodológico, como los emprendidos por Theda Skocpol (Burawoy, 1977).

Lecciones del “ensayo” de 1905

Con todo, no se puede entender esta aportación de tan alta calidad sin el ensayo que ya escribió el autor a propósito de la revolución rusa de 1905 en su obra Balance y perspectivas, publicada un año después. En ella introducía un esbozo de lo que definirá como ley del desarrollo desigual y combinado, con el fin de poder comprender la especificidad del tipo de capitalismo que se estaba conformando bajo el Imperio ruso en el marco de la nueva fase imperialista. Una tesis que suponía en cierto modo un esfuerzo por enlazar con las últimas reflexiones que hiciera Marx, gracias a la influencia de sus lecturas del populismo ruso, superando así lo que éste mismo escribiera en su prólogo a la primera edición del Libro I de El Capital, según el cual “el país industrialmente más desarrollado no hace sino mostrar al menos desarrollado la imagen de su propio futuro”.

Así, en su análisis del contexto histórico en que se inserta la revolución de 1905, sostenía que “el capitalismo, al imponer a todos los países su modo de economía y de comercio, ha convertido al mundo entero en un único organismo económico y político” (Trotsky,1971: 211). Será luego, en el capítulo I de esta obra que nos ocupa, cuando desarrolla esa argumentación sobre el carácter desigual pero también combinado del capitalismo “aludiendo a la aproximación de las distintas etapas del camino y a la confusión de las distintas fases, a la amalgama de formas arcaicas y modernas”, ya que “el privilegio de los países históricamente rezagados –que lo es realmente- está en poder asimilarse las cosas o, mejor dicho, en obligarse a asimilarlas antes del plazo previsto, saltando por alto toda una serie de etapas intermedias”.

Es esa nueva configuración del capitalismo en su etapa imperialista la que le lleva a analizar Rusia dentro de la economía mundial entre Europa y Asia y, por ello mismo, a sostener que la revolución que habrá que promover en ese país no puede limitarse a derrocar al zarismo y a apoyar a una burguesía “progresista” para realizar algunas tareas democráticas sin duda fundamentales, como lo serán la conquista de la paz, la reforma agraria y la libre determinación de los pueblos. Dada la debilidad de esa burguesía, esos objetivos solo podrán alcanzarse si son asumidos por el nuevo proletariado industrial en ascenso –siempre que se ganara el apoyo del campesinado- y, por tanto, exigen también emprender medidas que conduzcan a cuestionar la propiedad privada de los principales sectores de la economía.

Para Trotsky la misma dinámica competitiva en que se inserta el Estado zarista respecto al sistema de Estados que se está configurando en Europa obliga a aquél a “acelerar artificialmente con un esfuerzo supremo el desarrollo económico natural (…). El capitalismo aparece como un hijo del Estado” (1971: 152). Es esa contradicción entre “las exigencias del progreso económico y cultural y la política gubernamental” la que explicaría que “la única salida a esta contradicción que en la mencionada situación se ofrecía a la sociedad consistía en acumular el suficiente vapor revolucionario en la marmita del absolutismo para poder hacerla volar” (1971: 152-153).

Con todo, ya en esa obra alertaba también frente a toda interpretación mecanicista del marxismo: “Pero el día y la hora en que el poder ha de pasar a manos de la clase obrera no dependen directamente de la situación de las fuerzas productivas sino de las condiciones de la lucha de clases, de la situación internacional y, finalmente, de una serie de elementos subjetivos: tradición, iniciativa, disposición para el combate…” (1971: 171).

Justamente a partir de esa experiencia de 1905 -en la que el joven Trotsky ha presidido el Soviet de Petrogrado 2/ – observa la emergencia de una nueva forma de organización y representación de los trabajadores y campesinos, los soviets o consejos, que le permite pensar en que puede llegar a extenderse en una futura situación revolucionaria hasta el punto de convertirse en un órgano de poder alternativo al Estado zarista. Así ocurriría en 1917.

El estallido de la Gran Guerra en 1914 y la implicación del Estado zarista en ella mostrarían bien a las claras los efectos de esas particularidades rusas: las de esa “combinación de la tecnología más avanzada del mundo industrial con la monarquía más arcaica de Europa. Finalmente, por supuesto, el imperialismo, que había armado al absolutismo ruso en un primer momento, lo acabó ahogando y destruyendo: la prueba de la primera guerra mundial fue demasiado para él (…). En febrero de 1917, las masas tardaron una semana en derrumbarlo” (Anderson, 1979: 367-368).

Comenzaba así una revolución en un país que, como recuerda Alexander Rabinowitch (2016: 23), era ya entonces el tercero del mundo por su dimensión, con una población de 165 millones de habitantes que ocupaban una superficie tres veces más extensa que la de Estados Unidos de América o que la de China e India juntas. Los efectos políticos, económicos y sociales de su participación en la Gran Guerra no se harían esperar.

De febrero a octubre: un proceso convulso de doble poder

El marco teórico y estratégico en el que analiza todo el proceso vivido desde febrero a octubre de 1917 parte, por tanto, de su tesis sobre el desarrollo desigual y combinado –y la que será su corolario, la revolución permanente-, así como de la apuesta por un proyecto de poder alternativo basado en los soviets o consejos de trabajadores, campesinos y soldados, ya esbozada, como hemos visto, en 1905.

Apoyándose en las enseñanzas de 1905 y 1917, desarrolla un concepto de “revolución” que ha sido posteriormente recogido por diferentes historiadores. Así, en el Prólogo de esta obra nos encontramos con varias consideraciones previas sobre la misma: “El rasgo característico más indiscutible de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos (…). La historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos”. A continuación, sin embargo, precisa: “Las masas no van a la revolución con un plan preconcebido de la sociedad nueva, sino con un sentimiento claro de la imposibilidad de seguir soportando la sociedad vieja”. Es entonces cuando se puede plantear abiertamente la lucha directa por el poder, tarea en la que se resume definitivamente toda revolución.

De esas consideraciones más generales pasa a la que plasma concretamente en el capítulo XI: “El régimen de la dualidad de poderes sólo surge allí donde chocan de modo irreconocible las dos clases: sólo puede darse, por tanto, en épocas revolucionarias y constituye, además, uno de sus rasgos fundamentales”. Una dualidad de poderes que Trotsky recuerda que se ha dado en procesos revolucionarios vividos en el pasado, como en las revoluciones inglesa y francesa y que aplica al periodo abierto en febrero de 1917.

Así pues, toda situación revolucionaria implica la existencia de una dualidad de poderes, la cual “atestigua que la ruptura del equilibrio social ha roto ya la superestructura del Estado”. Esa es la que se da a partir de febrero cuando “la cuestión estaba planteada así: o la burguesía se apoderaba realmente del viejo aparato del Estado, poniéndolo al servicio de sus fines, en cuyo caso los soviets tendrían que retirarse por el foro, o estos se convierten en la base del nuevo Estado, liquidando no sólo el viejo aparato político, sino el régimen de predominio de las clases a cuyo servicio se hallaba éste”.

Esta cuestión, la de la resolución en un sentido u otro del doble poder que se va desarrollando en todo el país, es la que preside los conflictos que se van manifestando hasta octubre. A través de los mismos vemos sucederse pasos adelante y pasos atrás de unos y otros contendientes en liza, con distintos momentos y puntos de bifurcación en los que la relación de fuerzas se puede inclinar a favor de uno u otro contendiente. Es justamente en esas coyunturas críticas cuando se pone a prueba el papel del factor subjetivo, de los distintos actores y, en este caso, del partido bolchevique y sus dirigentes, como bien explica el autor de esta obra. Comentaremos brevemente estos momentos.

No por casualidad, Trotsky destaca en el capítulo XVI como un punto de inflexión clave el cambio de orientación que se da en el bolchevismo a partir de la presentación por Lenin de las conocidas como “Tesis de abril” en una Conferencia de delegados del partido. En ellas, recién llegado del exilio, insiste en que se ha producido un cambio de fase: “La peculiaridad del momento actual en Rusia consiste en el paso de la primera etapa de la revolución, que ha dado el Poder a la burguesía por carecer el proletariado del grado necesario de conciencia y de organización, a su segunda etapa, que debe poner el Poder en manos del proletariado y de las capas pobres del campesinado”.

Partiendo de ese salto en el proceso, rechaza cualquier tipo de apoyo al gobierno provisional, calificado como un “gobierno de capitalistas”. Sin embargo, reconociendo que el bolchevismo está todavía en minoría dentro de los nuevos órganos de contrapoder emergente, defiende la necesidad de una explicación paciente de los errores de ese gobierno “propugnando al mismo tiempo la necesidad de que todo el poder del Estado pase a los soviets de diputados obreros”.

Esas Tesis, como se sabe, cogieron desprevenidos a la mayoría de los delegados en esa Conferencia, pero finalmente fueron aprobadas, no sin notables resistencias. Fueron, en cambio, vistas por Trotsky, que llegaría a Petrogrado desde Nueva York el 5 de mayo, como la comprobación de que ya no existían divergencias sustanciales entre sus ya conocidas posiciones sobre el rumbo que debía seguir la revolución y las defendidas a partir de entonces por Lenin. Por eso en agosto él y el Grupo Interdistritos del que formaba parte pasarán a integrarse en su partido.

El mes de junio marcaría una nueva radicalización en el seno de los soviets frente al gobierno de coalición, el cual, pese a sus promesas, mantiene su participación en la Gran Guerra. Es entonces cuando el Primer Congreso de Diputados Obreros y Soldados empieza a asumir la consigna “Todo el poder a los Soviets”. En cambio, luego, tras la derrota en las conocidas como “jornadas de julio”, llega el reflujo e incluso la represión contra los bolcheviques, promovida por el nuevo gobierno presidido por Kerenski. Más tarde, en agosto, la sublevación de Kornilov, como constata el autor, es derrotada por un frente unido contra el intento de golpe de estado reaccionario para pasar luego a dar un nuevo impulso hacia la izquierda en los soviets. Una radicalización que en su relato hace recordar a Trotsky el comentario de uno de los compañeros de lucha citando unas palabras de Marx: “Hay momentos en que la revolución necesita ser estimulada por la contrarrevolución”.

Efectivamente, es justamente después del fracaso de Kornilov cuando se produce un salto adelante enorme en la reactivación de una diversidad de organizaciones de base armadas (que serían a partir de entonces denominadas “guardias rojas”), así como la extensión de los soviets con alrededor de 23 millones de miembros, según cuenta Trotsky, con una creciente hegemonía de los bolcheviques en su seno. Aun así, el problema de qué organismos podían convertirse en órganos de la insurrección estaba abierto, ya que además de los soviets los comités de fábrica 3/e incluso los sindicatos también estaban jugando un papel destacado bajo la dirección de los bolcheviques.

Por eso, a partir de septiembre vemos cómo se desarrolla un intenso debate entre los dirigentes bolcheviques respecto a cuál ha de ser el momento de la insurrección armada y a la necesidad de contar con la legitimidad de los soviets para esa tarea. Una polémica en la que Lenin representó la posición más impaciente mientras que Zinoviev y Kamenev lo fueron de la más contraria. La dinámica de los acontecimientos, en la que jugaría un papel importante la creación de un “comité de defensa revolucionario”, luego convertido en “comité militar revolucionario” 4/, favoreció la presión de Lenin, si bien no habría sido tan fácil si no hubiera contado con decisiones provocadoras del gobierno de Kerenski, como la de querer mandar la guarnición de Petrogrado al frente de la guerra en la segunda semana de octubre 5/. Desde entonces, la legitimación que buscaban Trotsky y otros dirigentes para el derrocamiento “técnico” 6/del gobierno provisional mediante la toma del Palacio de Invierno se lograría finalmente con el apoyo del Soviet de Petrogrado a la misma poco tiempo después de consumarse.

Al día siguiente, el Congreso de los Soviets asumía la nueva situación y aprobaba una declaración que proponía como tarea del nuevo gobierno “el inicio inmediato de las negociaciones para una paz justa y democrática” y, con ella, la abolición de la diplomacia secreta 7/. Una decisión inédita en la historia que fue acompañada, como recuerda Trotsky, nombrado Comisario del Pueblo para Asuntos Exteriores, por la declaración de que el nuevo gobierno obrero y campesino dirige sus propuestas simultáneamente “a los gobiernos y a los pueblos de todos los países beligerantes (…), en particular a los obreros conscientes de las tres naciones más avanzadas”, o sea, Inglaterra, Francia y Alemania.

Porque, como ya hemos recordado más arriba y como resume Rabinowitch, “el desenlace de la revolución de 1917 en Petrogrado tiene también mucho que ver con la guerra mundial. Si el gobierno provisional no hubiera consagrado toda su energía a la obtención de una victoria militar, habría estado seguramente en mejores condiciones para hacer frente a los múltiples problemas consustanciales al hundimiento del antiguo régimen, y sobre todo para satisfacer las exigencias populares en materia de reformas fundamentales y urgentes (…). En ese contexto una de las fuentes principales del vigor y la autoridad crecientes de los bolcheviques en 1917 residía en la fuerza de atracción de su plataforma partidaria, tal como se había encarnado en los eslóganes “paz, tierra y pan” y “Todo el poder a los soviets” (Rabinowitch, 2016: 445).

Unos eslóganes que, junto con el establecimiento del control obrero de la producción, la reforma agraria y el reconocimiento del derecho de autodeterminación y a la separación de los pueblos, tal como lo había defendido Lenin, permitirían dotar de mayor legitimidad al nuevo gobierno. Precisamente, la cuestión nacional es objeto de un capítulo, el XXXIX, de este libro. En él podemos encontrar un análisis de las características que adoptaba la opresión nacional bajo el Imperio zarista: Trotsky comparte con Lenin la tesis de que “el gran número de naciones lesionadas en sus derechos y la gravedad de su situación jurídica daban una fuerza explosiva enorme al problema nacional en la Rusia zarista”. Un pronóstico que se confirmaría cuando pudieron comprobar cómo “la lucha nacional por sí misma quebrantaba violentamente al régimen de febrero, creando para la revolución en el centro una periferia política suficientemente favorable”.

¿Revolución o golpe de estado?

Mucho se ha escrito en torno a si la toma del Palacio de Invierno en octubre de 1917 fue una revolución social o un golpe de estado. Existen datos incontestables, sin embargo, procedentes incluso de adversarios irreconciliables con los bolcheviques, de que fue lo primero y de que éstos contaban con el apoyo de la mayoría de los soviets cuando decidieron el asalto decisivo.

Ernest Mandel recuerda, por ejemplo, lo que escribió Sujanov, miembro de la corriente socialista revolucionaria: “Las masas vivían y respiraban de común acuerdo con los bolcheviques. Estaban en manos del partido de Lenin y Trotsky (…). Resulta totalmente absurdo hablar de una conspiración militar en lugar de una insurrección nacional, cuando el partido era seguido por la gran mayoría del pueblo y cuando, de facto, ya había conquistado el poder real y la autoridad”. O también el reconocimiento del historiador alemán Oskar Anweiler, crítico del bolchevismo: “Los bolcheviques eran mayoritarios en los consejos de diputados de casi todos los grandes centros industriales, así como en la mayor parte de los consejos de diputados de soldados de los cuarteles” (Mandel, E., 2005: 124-125).

Uno de los historiadores más documentados sobre este acontecimiento, Rabinowitch, no tiene dudas tampoco al respecto: frente a quienes consideran que aquello fue un accidente histórico o el resultado de un golpe de estado ejecutado con mano maestra y sin apoyo significativo de la población, sostiene: “Estudiando las aspiraciones de los obreros de fábrica, de los soldados y de los marineros tal como se reflejan en los documentos de la época, constato que sintonizaban ampliamente con el programa de reforma política, económica y social promovido por los bolcheviques. Justo en el momento mismo en que todos los principales partidos políticos estaban profundamente desacreditados debido a su incapacidad para promover con suficiente vigor cambios significativos y para hacer cesar inmediatamente la participación rusa en la guerra. Eso es lo que explica que en octubre los objetivos de los bolcheviques, al menos tal como las masas los entendían, gozaran de un amplio apoyo popular” (Rabinowitch, 2016: 26).

Otra cuestión que importa resaltar de todo el proceso que transcurrió desde febrero a octubre de 1917 es la que tiene que ver con la propia evolución del partido bolchevique. Lejos de la imagen de un partido monolítico y disciplinado bajo la batuta de Lenin y un hipotético plan preconcebido, lo que se puede comprobar a través de las páginas que siguen, y también de las narraciones de una gran diversidad de historiadores, es la dinámica de un partido en el que los debates, las divergencias y las tensiones internas llegan incluso hasta la víspera misma de la toma del poder, e incluso se prolongarían luego respecto al tipo de gobierno que habría que formar y a las negociaciones que se empezarían a abrir para poner fin a la participación rusa en la guerra.

Baste recordar las tensiones que se vivieron en la Conferencia de abril en torno a las Tesis presentadas por Lenin, las diferencias respecto al papel de la consigna “Todo el poder a los soviets” en sucesivos momentos del proceso o, sobre todo, las relacionadas con el cuándo, el cómo y con qué legitimidad se debía producir la insurrección de Octubre. Fue esto último, ante su temor de que pasara el momento en que fuera posible, lo que llevó incluso a Lenin a presentar su dimisión del Comité Central, decisión que obviamente no fue aceptada.

Esto demuestra también que el partido bolchevique no era una secta de fanáticos ni tampoco estaba dotado de una “ciencia” que le permitía prever la dinámica de los acontecimientos. Confirma, en realidad, que era un partido cada vez más relacionado con el movimiento real y, por tanto, se hallaba bajo la influencia de los diferentes estados de ánimo que se producían entre los trabajadores, campesinos y soldados rusos. Las divergencias tácticas más o menos profundas que se manifestaban en su interior tenían que ver, por tanto, con esos cambios en la conciencia y su interpretación a través de las experiencias vividas, especialmente cuando surgían esos puntos de bifurcación que hemos mencionado en abril, julio, agosto u octubre.

Llegaría luego la etapa más difícil, la de la construcción de un nuevo Estado y, con ella, surgirían los sucesivos problemas que debería afrontar el nuevo gobierno de “comisarios del pueblo”: empezando por la integración o no en él de otras fuerzas de izquierda –y, a su vez, entrando en una tendencia sustitucionista de los soviets por “el partido” 8/– y siguiendo con la convocatoria y posterior disolución de la Asamblea Constituyente (decisión, como se sabe, muy controvertida y criticada también por alguien que se declaró firmemente solidaria de los bolcheviques como Rosa Luxemburg), la negociación de los que acabarían siendo Acuerdos de Brest-Litovsk (con posiciones diferentes en la cúpula bolchevique) y el inicio de una guerra civil -con intervención imperialista- que dejaría enormemente debilitada a la clase trabajadora rusa y llevaría a errores graves de los bolcheviques como la continuación de la política de requisición de trigo que provocó la crisis social de 1921, sin olvidar la que se produjo en Kronstadt (Mandel, E., 2005: 170 y 216).

Ya Trotsky, con su teoría de la revolución permanente, y Lenin, con su tesis sobre “el eslabón más débil de la cadena imperialista”, habían alertado frente al contraste que se podía producir entre, por un lado, las mayores posibilidades de la revolución en Rusia y, por otro, las enormes dificultades que un país atrasado tendría para dar pasos adelante en la construcción del socialismo si esa revolución no se extendía a otros países capitalistas avanzados. De ahí su esfuerzo por construir una nueva Internacional y su apoyo a los procesos revolucionarios que en los años posteriores agitarían distintos países europeos y, en particular, a Alemania.

En más de una ocasión Trotsky reconocería que el futuro del nuevo Estado se planteaba en términos de una disyuntiva histórica: así lo hace en la Conclusión de esta obra cuando sostiene que “o la revolución rusa desata el torbellino de la lucha en occidente o los capitalistas aplastan nuestra revolución”. Tampoco descartó, ya en 1919, que las nuevas revoluciones vinieran del Este, como luego se reflejaría en sus esperanzas en el proceso vivido en China hasta la derrota sufrida por las fuerzas del Partido Comunista en 1927.

Empero, la derrota de la revolución alemana, ya definitiva a partir de 1923, venía a confirmar las notables diferencias entre Rusia y Occidente que ya empezaron a reconocer tanto Lenin como Trotsky a partir del II Congreso de la Internacional Comunista y que luego destacaría Antonio Gramsci con mayor rigor < 9/. La entrada en un nuevo periodo de reflujo acabaría, así, favoreciendo a quienes dentro de Rusia se estaban convirtiendo en representantes del nuevo grupo social dominante en el seno del Estado, cuyo ascenso no era ajeno a medidas adoptadas por el propio Lenin, con el apoyo de Trotsky, como la prohibición de los partidos soviéticos o el grado de autonomía de que gozaría la nueva policía secreta, la Cheka, como recuerda Mandel (2005).

Aun así, Trotsky tardaría en abandonar su, a veces excesivo, “optimismo de la voluntad” respecto a la capacidad de la clase obrera rusa para hacer frente a la burocratización del nuevo Estado, así como sus expectativas en la clase trabajadora europea durante el periodo de entreguerras para superar sus derrotas. Con todo, pese al contexto internacional que pronto se mostraría adverso, fueron enormes las conquistas que se lograron en los primeros años de la revolución, no sólo en el plano político y social (con la primera “Declaración de derechos del pueblo trabajador y explotado” de la historia), sino también en los que eran frentes de lucha hasta entonces “olvidados”, como los nuevos derechos alcanzados por las mujeres (Cirillo, 2002: 19-24; Bengoechea y Santos, 2016) o la emergencia de nuevas vanguardias culturales y artísticas (García Pintado, 2011).

Poco después, sin embargo, llegaría la involución de todo este proceso, no sin provocar conflictos internos in crescendo dentro del partido bolchevique (autodenominado a partir de 1918 “comunista”). Confrontaciones cada vez más violentas que también se reflejarían en el seno de la Internacional Comunista recién formada. Finalmente, el triunfo y la consolidación del estalinismo en los años 30 vendrían a confirmar la consumación de una contrarrevolución política, denunciada también con rigor y firmeza por Trotsky en La revolución traicionada, escrita en 1936.

Cien años después de aquellos “diez días que conmovieron el mundo”, en feliz resumen de aquellas jornadas de octubre por John Reed, y pese al hundimiento de un sistema que no tenía nada de “soviético” en su sentido original, el impacto de aquella Revolución sigue siendo comparable al que tuvo la Revolución francesa, también “traicionada”. Por eso no nos cansaremos de recordar lo que escribiera Immanuel Kant a propósito de ese Acontecimiento: es “demasiado grande, está demasiado ligado a los intereses de la humanidad y tiene una influencia demasiado extendida sobre el mundo y todas sus partes, como para que no sea recordada a los pueblos en cualquier ocasión propicia y evocada para la repetición de nuevas tentativas de esta índole”. Por eso, ni nostalgia ni reivindicación acrítica sino voluntad de, como nos propone Catherine Samary (2016), “retomar el hilo de los debates más ricos del pasado” para “repensar la revolución” y el proyecto socialista y/o “común-ista”, siempre con preguntas y respuestas tentativas y abiertas en torno a lo que continúa siendo esa vieja y cada vez más necesaria aspiración a “transformar el mundo, cambiar la vida”.

Jaime Pastor es politólogo y editor de viento sur

* Historia de la Revolución rusa, de León Trotsky está editado por Txalaparta y Lom, 2017

1/ Deutscher recuerda: “Cuando su Historia fue publicada, y durante muchos años después, la mayor parte de los jefes de los partidos antibolcheviques –Miliukov, Kerenski, Tsereteli, Chernov, Dan, Abramóvich y otros- vivían y estaban activos como emigrados. Sin embargo, ninguno de ellos ha revelado una falla significativa en la presentación de los hechos por Trotsky; y ninguno, con parcial excepción de Miliukov, ha intentado seriamente escribir otra obra para contradecir a la de aquél” (1969: 221).

2/ En septiembre de 1917 volvería a presidir el soviet que se había constituido en la misma ciudad de Petrogrado a partir de febrero.

3/ Sobre la dinámica de la revolución en las empresas a partir de febrero, las sucesivas experiencias de control obrero por los comités de fábrica y los debates que generan hasta llegar a octubre, así como sobre la transición a las expropiaciones como medidas necesariamente defensivas frente al boicot empresarial: Mandel, D. (1993).

4/ Es importante recordar que, frente a lo defendido por la mayoría de historiadores occidentales, según los cuales ese organismo estaba estrechamente controlado por los bolcheviques, éstos no eran los únicos activos en su seno y eran hegemónicos pero mantenían posiciones diferentes entre sí (Rabinowitch, 2016: 355).

5/ A partir de entonces se decidió poner en práctica un plan que incluía alzar un farol rojo en el mástil de la fortaleza de Pedro y Pablo como señal para que el crucero “Aurora” hiciera un disparo sin bala para intimidar, pero no se consiguió encontrar uno…; finalmente, la toma del Palacio se hizo sin apenas violencia.

6/ Así lo define Ernest Mandel, quien recuerda la conclusión de otro gran historiador de la Revolución rusa, E. H. Carr: “El éxito, casi sin esfuerzo, del golpe de Petrogrado del 25 de octubre de 1917 parece demostrar que detrás de él se encontraba la gran mayoría de la población. Los bolcheviques tenían razón cuando se enorgullecían de que la revolución propiamente dicha había costado muy pocas vidas humanas y de que la mayor parte de ellas se había perdido en el curso de tentativas de sus adversarios para arrancarles la victoria después de que ésta había sido conquistada” (Mandel, E., 2005: 212).

7/ Esto implicaba la publicación de todos los tratados y documentos que habían suscrito los anteriores gobiernos, no sin tener que superar las resistencias del conde Tatistxev, antiguo alto funcionario del ministerio, a darles las llaves de las cajas fuertes en donde estaban fielmente guardados. Entre ellos estaba el conocido como Acuerdo Sykes-Picot, firmado en 1916 por los ministros británico y francés, según el cual establecían un reparto de los territorios dependientes de un Imperio otomano que acabaría siendo derrotado en la Gran Guerra. Se verificaba así los fines expansionistas de la Gran Guerra, por el cual a Rusia le habrían correspondido Galitzia, Constantinopla y los Balcanes.

8/ Uno de los análisis más detallados de la evolución de esa relación soviets-partido bolchevique sigue siendo, en mi opinión, el de Farber (1990), si bien tienen interés las observaciones que hace Mandel respecto a su debate con John Rees (Mandel, 2005: 195-198); también, desde una mirada más crítica del bolchevismo, pero con un recorrido previo por los precedentes del “consejismo”: (Anweiler 1975).

9/ Como constata Perry Anderson, “la intuición más profunda de Gramsci era correcta: después de la revolución de Octubre, el moderno Estado capitalista de Europa occidental era todavía un objeto político nuevo para la teoría marxista y para la práctica revolucionaria” (Anderson, 1979: 368).

Referencias:

Anderson, P. (1979) El Estado absolutista. Madrid: Siglo XXI

Anweiler, O. (1975) Los Soviets en Rusia 1905-1921. Madrid: Biblioteca Promoción del Pueblo

Bengoechea, S. y Santos, M. J., “Las mujeres en la Revolución rusa”, Viento Sur, 150, 18-25

Burawoy, M. (1997) “Dos métodos en pos de la ciencia: Skocpol versus Trotski”, Zona Abierta, 80/81, 33-91

Cirillo, L. (2002) Mejor huérfanas. Barcelona: Anthropos

Deutscher, I. (1969) El profeta desterrado. México: Era

Farber, S. (1990) Before stalinism. The rise and fall of soviet democracy. Cambridge: Polity Press

Ferro, M. (2007) “Prefacio”, en L. Trotsky, Historia de la revolución rusa, Madrid, Veintisiete letras, I-XII

García Pintado, A. (2011) El cadáver del padre. Artes de vanguardia y revolución. Barcelona: Los libros de la frontera

Mandel, D. (1993) “Comités d’usine et contrôle ouvrier à Petrograd en 1917”, Cahiers d’étude et de recherche, nº 21, IIR

Mandel, E. (2005) “Octubre de 1917: ¿Golpe de estado o revolución social?”, en Escritos de Ernest Mandel, Madrid, Los libros de la catarata-Viento Sur, 123-222

Rabinowitch, A. (2016) Les bolcheviks prennent le pouvoir. París: La fabrique

Samary, C. (2016) “Comunismo en movimiento”, Viento Sur, 150, 151-162

Trotski, L. (1971) 1905. Resultados y perspectivas, Tomo 2. París: Ruedo Ibérico

En los cien años de la Revolución Rusa y en el Chile de hoy

por Ibán de Rementería//

A cien años de la Revolución de Octubre la pregunta que tienen que ser hecha es porque ésta  termina en los gobiernos de Gorbachov, Yeltsin y Putin, todos ellos productos políticos de esa revolución. ¿Cómo esa revolución política que realizó una revolución social terminó como ya sabemos? ¿Cómo el saber de los bolcheviques convertido en poder soviético –poder de consejos de obreros, campesinos y soldados-, transformaron ese país agrario y feudal, en un país estatista e industrial, para convertirlo finalmente en un país capitalista, extractivista e industrial retrasado?. Seguir leyendo En los cien años de la Revolución Rusa y en el Chile de hoy

León Trotsky: El arte de la insurrección

 Al igual que la guerra, la gente no hace por gusto la revolución. Sin embargo, la diferencia radica en que, en una guerra, el papel decisivo es el de la coacción; en una revolución no hay otra coacción que la de las circunstancias. La revolución se produce cuando no queda ya otro camino. La insurrección, elevándose por encima de la revolución como una cresta en la cadena montañosa de los acontecimientos, no puede ser provocada artificialmente, lo mismo que la revolución en su conjunto. Las masas atacan y retroceden antes de decidirse a dar el último asalto. Seguir leyendo León Trotsky: El arte de la insurrección

León Trotsky: ¿Qué es la objetividad histórica?

1° de abril de 1933//

Todas las personas digieren sus alimentos y oxigenan su sangre. Pero no cualquiera se atreve a escribir un tratado sobre digestión y circulación sanguínea. No ocurre lo mismo con las ciencias sociales. Puesto que todas las personas viven bajo la influencia del mercado y de los procesos históricos en general se considera que basta con tener sentido común para escribir tratados sobre temas económicos y, sobre todo, histórico-filosóficos. En general, lo único que se le exige a un trabajo histórico es que sea “objetivo”. En realidad, cualquiera que sea el sentido de este término altisonante en el lenguaje del sentido común, el mismo no tiene nada que ver con la obje­tividad científica.
El filisteo, sobre todo cuando se encuentra separado en el tiempo y en espacio del escenario de la lucha, se considera por encima de los bandos en pugna por el solo hecho de no comprenderlos. Con toda sinceridad opina que su ceguera respecto del obrar de las fuerzas históricas es el colmo de la imparcialidad, ya que está acostumbrado a usarse a sí mismo como medida normal de todas las cosas. No obstante su valor documental, son muchos los trabajos históricos que se escriben de acuerdo con esas pautas. El autor que lima las asperezas mediante una distribución pareja de luces y sombras, la conciliación moralizante y la simulación de sus simpatías consigue fácilmente para su obra histórica la elevada reputación que deriva de la “ob­jetividad”.
Cuando el tema de investigación como la revolución es un fenómeno que se concilia tan mal con el sentido común, la “objetividad” histórica dicta a priori conclu­siones inmutables: la causa de la conmoción reside en que los conservadores fueron excesivamente con­servadores y los revolucionarios excesivamente revo­lucionarios; ese exceso histórico que se llama gue­rra civil podrá evitarse en el futuro si los propieta­rios se vuelven más generosos y los hambrientos más moderados. Un libro escrito de acuerdo con estos lineamientos es bueno para los nervios, sobre todo en una época de crisis mundial.
La ciencia -no la “objetividad” filistea de salón- exige que el autor señale los factores sociales que condicionan los acontecimientos históricos, por mucho que esto altere los nervios. La historia no es un va­ciadero de documentos y sentencias morales. La his­toria es una ciencia no menos objetiva que la fisiología. Exige un método científico, no una “impar­cialidad” hipócrita. Se puede aceptar o rechazar la dialéctica materialista como método histórico científico, pero es menester tenerla en cuenta. La objetividad científica puede y debe ser inherente al método empleado. Si el autor no logró aplicar correctamente su método, hay que señalar exactamente dónde ocurrió.
Traté de basar mi Historía [de la Revolución Rusa], en los cimientos materiales de la sociedad, no en mis simpatías políticas. Enfoqué la revolución como un proceso, condicionado por el pasado, de lucha de las clases por el poder. Mi atención se centró en los cambios provocados en la conciencia de las clases por el ritmo febril de su propia lucha. Observé a los partidos y agentes políticos bajo la exclusiva óptica de los cambios y choques entre las clases. De esa manera, el trasfondo de la narrativa está constituido por cuatro procesos simultáneos, condicionados por la estructura social del país: la evolución de la conciencia del proletariado entre febrero y octubre; los cambios producidos en el estado de ánimo del ejér­cito; el incremento del deseo de venganza campesino; el despertar e insurgencia de las nacionalidades oprimidas. Al revelar la dialéctica de una conciencia de masas que supera su punto de equilibrio, el autor quiso mostrar la clave más inmediata de todos los acontecimientos de la revolución.
Una obra literaria es “auténtica” o artística cuando las relaciones entre los protagonistas se desarrollan, no según los deseos del autor, sino de acuerdo a las fuerzas latentes en los personajes y en el ambiente. Existe una gran diferencia entre el conocimiento científico y el conocimiento artístico. Pero ambos tienen algunos rasgos en común, que se definen en el hecho de que la descripción depende del objeto descrito. Una obra histórica es científica cuando los hechos se combinan en un proceso total que, al igual que en la vida real, se desenvuelve según sus propias leyes internas.
¿Es verídica la descripción de las clases en Rusia? Estas clases, por intermedio de sus partidos y perso­neros políticos, ¿hablan su propio idioma? Los aconte­cimientos -naturalmente, sin que se los fuerce-, ¿se corresponden con su origen social, es decir, con la lucha de las fuerzas históricas vivas? La concepción general de la revolución, ¿choca con los hechos?
Debo reconocer con gratitud que muchos críticos enfocaron mi obra precisamente desde el punto de vista de estos criterios genuinamente objetivos, vale decir, científicos. Sus observaciones podrán resultar justas o erróneas pero son, en su amplia mayoría, constructivas.
En cambio, no es casual que los críticos que se lamentan de mi falta de “objetividad” se olvidan totalmente del problema del determinismo histórico. En realidad se quejan de la “injusticia” del autor Para con sus adversarios, como si no se tratara de una investigación científica sino de un boletín escolar donde se califica la conducta. Un crítico se ofende en nombre de la monarquía, otro en nombre de los liberales, un tercero en nombre de los conciliadores.[2] Puesto que la realidad de 1917 no fue indulgente con las simpatías de dichos críticos ni las reconoció, ahora les gustaría encontrar consuelo en las páginas de la historia, así como algunos buscan refugiarse de los golpes del destino en las páginas de la literatura romántica. Pero nada más lejano del pensamiento del autor que pretender brindar consuelo a persona alguna. En su libro sólo quiso interpretar el fallo del propio proceso histórico. Dicho sea de paso: las personas ofendidas, a pesar de los quince o dieciséis años transcurridos, jamás trataron de explicar las causas de lo que les ocurrió. La colonia de emigrados blancos[3] no produjo una sola obra histórica digna de ese nombre. Todavía trata de atribuir sus infortunios al “oro alemán”,[4] al analfabetismo de las masas, a las conspiraciones criminales de los bolcheviques. El rencor personal de los apóstoles de la objetividad -confío en que nadie lo pondrá en duda- será necesariamente tanto mayor, cuanto más convincentemente demuestre la narrativa histórica que su destrucción era inevitable y su futuro carece de perspectivas.
Los más cautelosos de entre los críticos políti­camente desilusionados suelen ocultar las verdaderas razones de su escozor con la queja de que el autor de la Historia se permite utilizar la polémica y la ironía. Aparentemente, creen que ese tipo de recursos no va con la dignidad del gremio científico. Pero la revolución misma es una polémica que se transforma en acción de masas. Y el proceso histórico tampoco carece de ironía; durante una revolución, la misma puede medirse en millones de caballos de fuerza. Los discursos, resoluciones, cartas y memorias de los protagonistas son necesariamente de carácter polémico. No hay nada más fácil que “conciliar” todo este caos de luchas envenenadas según el método del justo medio; pero tampoco hay nada más estéril. El autor se esforzó por definir la verdadera fuerza relativa que tuvieron todas las opiniones, consignas, promesas v reivindi­caciones en el curso de la lucha social mediante la selección y descarte críticos (o, si se quiere, polémicos). Redujo lo individual a lo social, lo particular a lo gene­ral, lo subjetivo a lo objetivo. En nuestra opinión, en esto reside, precisamente, el carácter científico de la historia como ciencia.
Hay un grupo muy especial de críticos que se ofende personalmente en nombre de Stalin; para ellos la historia, fuera de ese problema, no existe. Se consi­deran “amigos” de la Revolución Rusa, pero en realidad, no son sino abogados defensores de la burocracia soviética. No es lo mismo. La burocracia se fortaleció a medida que se debilitó la actividad de las masas. El poder de la burocracia es un reflejo de la reacción contra la revolución. Es cierto que esta reacción se desarrolla sobre las bases sentadas por la Revolución de Octubre, pero no por ello deja de ser reacción. Los abogados de la burocracia son frecuen­temente los abogados de la reacción contra Octubre; y este hecho no cambia por que cumplan sus funciones inconscientemente.
Como el tendero enriquecido que se fabrica una genealogía más acorde con su nueva posición, la casta burocrática que surgió de la revolución creó su propia historiografía. Cuenta con cientos de imprentas, pero la cantidad no compensa la falta de calidad histórica. Aunque hubiera querido complacer a los amigos más desinteresados de las autoridades soviéticas, no podía dejar de referirme a esas leyendas que quizás resulten muy halagadoras para la vanidad de la burocracia pero que, no obstante, tienen la desgracia de contra­decir los hechos y los documentos.
Me limitaré a un solo ejemplo, que considero muy ilustrativo. Dedico varias páginas de mi libro a contra­decir el cuento de hadas fabricado después de 1924 en el cual se dice que yo traté de postergar la insurrección armada hasta después del Congreso de los Soviets, mientras que Lenin, aparentemente con el respaldo de la mayoría del Comité Central, consiguió que la insurrección se realizara en vísperas del congreso. Presenté numerosas pruebas para tratar de demos­trar -y creo que lo demostré más allá de toda duda- que Lenin, separado del teatro de los acontecimien­tos en virtud de su situación ilegal, estaba demasia­do impaciente por iniciar la insurrección, deslindán­dola del Congreso de los Soviets. En cambio yo, que contaba con el respaldo de la mayoría del Comité Central, traté de que la insurrección se efectuara en la fecha más próxima posible al congreso, para revestirla con la autoridad de éste. Este desacuer­do, pese a su importancia, era de carácter exclusi­vamente práctico y circunstancial. Mas adelante Lenin reconoció con franqueza que se había equi­vocado.
Mientras escribía mi Historia, no tenía a mano la recopilación de los discursos pronunciados en el mitin aniversario celebrado en Moscú el 23 de abril de 1920, en honor del quincuagésimo cumpleaños de Lenin. En una de las páginas de ese libro se lee el párrafo que transcribo textualmente a continuación:
“Los integrantes del Comité Central resolvimos proceder a fortalecer los soviets, convocar el Congreso de los Soviets, iniciar la insurrección y proclamar al Congreso de los Soviets órgano de poder estatal. Ilich [Lenin], que en esa época estaba en la clandes­tinidad, no estuvo de acuerdo y escribió [a mediados de setiembre- L.T.] que […] era necesario disolver la Conferencia Democrática[5] y arrestar a sus integran­tes. Para nosotros, las cosas no eran tan sencillas […] Todos los obstáculos, las trampas del camino nos resultaban más evidentes […] A pesar de las exigencias de Ilich procedimos con ese criterio y el 25 de octubre se desplegó ante nosotros la insurrección. Ilich nos miraba con una sonrisa intencionada y nos dijo: ‘Sí, teníais razón'”. (Quincuagésimo aniversario de V.I. Ulianov-Lenin, 1920, pp. 27-28)
El discurso arriba citado lo pronunció Stalin y data de unos cinco años antes de que él mismo pusiera en circulación la venenosa insinuación de que yo trato de “subestimar” el papel de Lenin en la revo­lución del 25 de octubre. Si ese documento, que confirma plenamente mi versión (en términos más gro­seros, por cierto), hubiera estado en mi poder hace un año, me habría obviado la necesidad de aducir pruebas menos directas y autoritarias. Pero por otra parte, estoy contento de que este librito, olvidado por todos, impreso en un papel mediocre y editado de igual forma (¡1920, un año difícil!) haya llegado a mis manos tan tarde, pues ello contribuye a reforzar la “objetividad”, o más sencillamente, la veracidad de mi narración aun en la esfera de aquellos asuntos personales en discusión.
Nadie, -y me permito afirmar esto del modo más categórico posible- nadie hasta ahora ha encontrado en mi narración una sola violación a la verdad, lo cual constituye una de las normas fundamentales para la narración histórica y de otro tipo. ¡Es posible cometer errores de detalle pero nunca distorsiones tendenciosas! Si en los archivos de Moscú fuese posible encontrar un solo documento que directa o indirec­tamente refutase o debilitase mis escritos hace mucho tiempo que habrían sido traducidos y publicados en todos los idiomas. La hipótesis inversa no es difícil de comprobar: todos los documentos que en mayor o menor grado representen algún peligro para las leyendas oficiales, están cuidadosamente apartados del público. No es sorprendente que los defensores de la burocracia stalinista que se proclaman amigos de la Revolución de Octubre, se vean obligados a suplir su falta de argumentos, con una excesiva dosis de fanatismo. Pero este tipo de crítica altera muy poco mi conciencia científica. Las leyendas se olvidan, los hechos permanecen.

[1] ¿Qué es la objetividad histórica? The Militant, 15 de julio de 1933. Tradu­cido [al inglés] por Max Eastman. Trotsky analiza el discurso de Stalin sobre Lenin en Stalin presenta testimonio contra Stalin (Escritos 1932).
[2] Llamábase conciliadores a los mencheviques y socialrevolucionarios, que apoyaron al Gobierno Provisional, capitalista, que intentó gobernar Rusia entre las Revoluciones de Febrero y Octubre de 1917.
[3] Blancos, Guardias Blancas y rusos blancos: fuerzas contrarrevolucionarias que actuaron durante la Guerra civil.
[4] Una de las acusaciones más corrientes contra los bolcheviques fue que eran agentes del imperialismo, pagados con oro alemán para provocar distur­bios en Rusia y así garantizar su derrota en la Primera Guerra Mundial.
[5] La Conferencia Democrática: al igual que el preparlamento, fue un intento de Kerenski y los “conciliadores” de encontrar una base de apoyo popular fuera de los soviets, cuando éstos comenzaron a repudiarlos y volcarse hacia el bando bolchevique en las semanas que precedieron a las derrotas del Gobierno Provisional. Sus resultados fueron nulos.

Continuidades y discontinuidades en la historia “judía”

Didier Epsztajn//

El libro de Ilan Halevi 1/, es a la vez un libro erudito y un libro político. El autor, periodista y político judío palestino, y uno de los pocos miembros judíos de alto rango de la Organización para la Liberación de Palestina.

Trata siglos y situaciones sociales diferentes. Analiza, a menudo con humor, siempre con una buena pluma, las relaciones sociales y sus contradicciones, las reescrituras históricas y míticas, las cristalizaciones ideales…

De este conjunto, sin retomar las grandes líneas presentadas por Enzo Traverso, yo me fijaría en algunos elementos.

Para los periodos históricos más antiguos, y las referencias a los textos bíblicos, sin pretender tener los conocimientos que permiten discutir los detalles, me apoyaría en los trabajos de arqueólogos e historiadores llamados “nuevos” 2/. Aquellos que afectan a las historias y las geografías de una región que hoy llamamos Palestina. “Aquí se derrumban y se disuelven, al servicio de opciones prácticas que se excluyen completamente, toda una serie de morales de la historia tanto más incompatibles en cuanto que llaman a los mismos símbolos, se expresan en el mismo lenguaje”.

Ilan Halevi reflexiona sobre la historia, su escritura: “las cuestiones dependen de quien las plantea y también de aquellos a los que van dirigidas”. Parte del presente y del pasado reciente, de los reasentamientos del siglo XX, de Europa y de la cuestión del emplazamiento de las poblaciones judías, de los desplazamientos entre la cuestión europea y la cuestión oriental, de las imágenes y de los mitos. Propone releer de otra forma esta historia: “Para ello, no es necesario inventar, solo descubrir. Solo es necesario no haber olvidado nada, no censurar, aproximar las omisiones a las convergencias, de coincidir y aclarar”.

Sobre la primera mitad del siglo XIX, durante la inestabilidad general de los imperios, el autor insiste particularmente en el sistema otomano, en el romanticismo de la emancipación burguesa, en la imaginería heredada de las cruzadas, las violentas contradicciones locales, el derecho a la autodeterminación, las identificaciones sociales, la comunidad judía Yishouv palestina… Las idas y venidas, esas expresiones de no linealidad del tiempo social, forman parte del esclarecimiento, de las preguntas sobre las situaciones reales.

Los tres primeros capítulos del libro están consagrados a las tres nociones que designan los subtítulos del libro: la tribu, la ley, el espacio. Ilan Halevi analiza los fundamentos y los funcionamientos de las comunidades, “la autonomía reconocida de la comunidad judía como tal” bajo la administración otomana, las relaciones entre comunidades judías y sus entornos, las migraciones, el judaísmo árabe, las relaciones intercomunitarias bajo el derecho islámico, la fluctuación de los estatus (poblaciones judías y/o cristianas), las persecuciones. “Esta persecución -explica- solo es religiosa porque las entidades socio-políticas afectadas se definen por la religión”. Y también la comunidad y los individuos, los asentamientos mayoritariamente urbanos, el derecho anterior al islam y la autodefinición de la comunidad por ella misma. “no tal como es sino tal como ella se imagina”. Para ser exactos, las consecuencias de este punto me parecen subestimadas por el autor. Las autodefiniciones de los grupos sociales conllevan efectos materiales concretos para las poblaciones afectadas. Es de esto de lo que hay que discutir, no de las diferencias, que siempre existen, entre la percepción y la realidad. Dicho en otras palabras: las percepciones de sí mismo forman parte de la construcción de la realidad.

El autor sigue con una relectura del relato bíblico, los mitos y las historias codificadas en términos de derecho. Habla del “divorcio de la profecía y el poder”. Del tiempo y de la definición del tiempo cero, de la reorquestación del tiempo, de la espera mesiánica: “todavía nada ha acontecido, el tiempo gramatical de la profecía y el futuro”. Este ángulo de profecía versus poder es especialmente seductor. Cabe destacar, como lo hace el autor, que el año cero no es el de la revelación de la ley sino más bien el de su reescritura…

Sea lo que sea, la biblia que conocemos está “reescrita, expurgada, anotada y completada”. Hay en ella una verdadera invención del judaísmo: “ el momento de transición: separar el antes y el después. Pero para el texto mismo, solo existe el presente de la lectura” y de la cristalización de “una casta de sacerdotes”. El autor insiste, con razón, en el tiempo babilónico, el arameo, la competencia ritual, la obsesión en la pureza alimentaria, las prácticas de autosegregación. Las reglas de la vida no son las de la Torá de Moises sino aquellas definidas época a época, “por los rabinos que comentan, interpretan y enmiendan”. Ahí también convendría estudiar las diferencias, los tiempos de la adopción y sedimentación de los rituales.

Ley del desierto, “afirmación terrorista de la Ley”, invención de itinerarios migratorios o de lazos de familia, genealogía caprichosa tenida por historiográfica. ¿Debemos sostener como el autor que “ninguna esencia étnica separa a los buenos de los malos”? Este continúa con el lugar del sacrificio, el control del estado y las percepciones fiscales en especie “mediante el rodeo de una administración policiaca del control de la carne y de la pureza de la vida, la tribu de Levi despliega el ritual de su hegemonía”. Las realidades materiales incluyen dimensiones ideales. La eficacia de la ley dispensa al estado. En su lugar, la teocracia: “la violencia viene de Dios, y del pueblo, nunca de una categoría social particular”. Hay que destacar las páginas de “Profecía y sacerdocio”, el lugar y el impulso de los profetas, la administración persa, el “dominio confesional extraterritorial”, las sectas y las escuelas (y sus prolongaciones cristianas o islámicas), la constitución del poder rabínico… Y la desnacionalización del mesianismo, la comunidad y la coherencia de la Ley, el Talmud, la cristalización de un “sentimiento de irreductible alteridad entre el “nosotros” colectivo judaico y el resto de la humanidad en bloque -las naciones, los goyim”, el conservadurismo “etnocéntrico”, la desterritorialización de las comunidades autónomas…”

El espacio, las migraciones, los intercambios, la unidad lingüística de lo que denominamos Próximo o Oriente Medio, “resultado del contacto, del mestizaje, del intercambio y de la aculturación”, los mitos y sus adaptaciones, el “mito judío del origen ismaelita de los árabes se convertía con el Islam en el mito de los propios árabes”, el espacio de las tres religiones, la Ciudad de Dios y los infieles (“Es decir, a los paganos: no a los judíos o a los cristianos”), la revelación islámica, la Meca y la Medina, los cambios políticos 3/ y el cambio de posiciones en relación a las comunidades judías que, sin embargo, no revela una “contestación teológica del judaísmo por parte del Islam”. Así mismo, el derecho tribal de la guerra, la posición de las poblaciones judías a lo largo de la época del Islam, la revolución abasida, “con esta revolución que abolió en la práctica las restricciones impuestas a la libre circulación de los judíos en el espacio geográfico y social de la nueva civilización, las comunidades judías del mundo musulmán van a transformarse y alcanzar pleno desarrollo”. Y aún los califas y la autoridad centralizada de un rabinato único, “del judaísmo, desde ahí, no se sale más…-…y tampoco se entra más”. Migraciones hacia el nuevo occidente y España, a las puertas del occidente cristiano. “No obstante, esta migración que encamina a los judíos hacia otra historia, no se basa en la lógica interna, social o ideológica, del judaísmo”. Un cambio notable, un “doble movimiento institucional y espacial”.

Ilan Halevi detalla las transformaciones, la apertura de las “puertas del poder profano”, el terreno del comercio que es también el terreno de la comunicación, las mutaciones lingüísticas y religiosas, las relaciones entre filosofía y fe, la circulación de las ideas…

Aborda al talmudista Maimonides, la refutación mística de la filosofía. La recomposición de las instituciones religiosas y comunitarias, la problemática religiosa, la dhimma, el intermedio del latín, la historia de los marranos, la cultura rabínica floreciente a la sombra de los príncipes castellanos, el Libro del esplendor (Sefer ha-Zohar), la lengua talmúdica (el arameo), el desciframiento de los textos, la ciencia cabalística, el entorno de los poderes… Son destacables las hermosas páginas sobre el mesianismo: “Este mesianismo se nutre de la persecución: humillaciones, inseguridad, explosión de violencia, expulsiones”, las otras simbiosis europeas del judaísmo, la expulsión de la tierra, los colores de la infamia. “Empujados por los mismos factores que prácticamente habían eliminado a los judíos de Francia, los judíos de Italia del Norte y de Bohemia, de Renania y de Prusia, van a afluir hacia el reino de Polonia, donde los príncipes católicos les van a ofrecer una protección sin parangón”.

Europa

El tiempo askenazi, la cristalización de un judaísmo en el interior del área lingüística germánica, los desplazamientos forzosos en esta zona, el yidis, “el mundo askenazi de Europa del Este va a dominar pronto todos los puntos de la diáspora”. Ilan Halevi detalla las condiciones y las organizaciones judías, la sociedad rabínica. Discute de la Horda, de los Jázaros 4/, del crecimiento geográfico, de la elasticidad de las fronteras, de la geopolítica de las nacionalidades, de las autonomías singulares, de las revueltas campesinas, del campesinado ucraniano, del fenómeno cosaco, de los abusos contra las poblaciones judías, “Pueblos, clases, órdenes, castas…tantas aproximaciones para formaciones cambiantes o inacabadas, cuya historia y configuración se bifurcan en función de los azares de la guerra, y que no son nada distinto a lo que son en tal o cual momento de esos destinos cambiantes, cualquiera que sea, por otra parte, la idea que ellas tienen de sí mismas. En realidad, hay una dificultad en utilizar términos que no tienen la misma significación en las configuraciones diferentes de las relaciones sociales.

El autor continua con la “constitución del judaísmo” en Polonia, su protección por parte de la monarquía, los “mazazos” sufridos “por las contradicciones sociales, religiosas, nacionales – económicas, ideológicas y étnicas”.

Ilan Halevi habla de la religión como signo de reconocimiento “para grupos al mismo tiempo nacionales y sociales”. Hace la crítica de los límites de la teorización de Abraham Leon y su reducción de la historia de la sociedad a un mecanismo económico.

Separación social, concentración comunitaria, espacio geográfico autónomo, densidad de la autonomía, protección real y modelo rabínico propio. Sin embargo, es una pena que el autor no aborde las contradicciones generadas por estas formas de organización. Ilan Halevi habla de “creación de las condiciones materiales de la existencia nacional”, de la particular implantación en el territorio, de sociedad dispersa, de aldea judía, exclusivamente judía, de Shtetl, de yuxtaposición y no aculturación , de lazos sagrado-legal-privado y de las lenguas hebreo-arameo-yidis, de la ortodoxia y de los debates, del dogmatismo y ritualismo exacerbado, de la Misnha y de la Halakha. Así que el universo cultural y mental del Shtetl, del sabatismo, del hassidismo, de la glorificación de los conocimientos y de la institucionalización de la ignorancia, de los Tsaddiq, del desarrollo de la contestación, de la Cabala, de la división entre “judíos y no judíos” y del concepto de separación (havdalah) de crisis interna del Shtetl, de las transformaciones y de las fisuras en la unidad del judaísmo askenazi…

En diferentes grados, la cuestión de la emancipación de los judíos (la emancipación de las mujeres es un agujero negro) se convierte en una cuestión europea, especialmente, al oeste del continente. Asimilación y antisemitismo, masacres y pogroms, exclusión social, grandes movimientos de población y oleadas migratorias que “hacen pasar al oeste a varios millones de ostjuden , niños y nietos de la civilización del Shtetl en crisis”, modificación de las miradas sobre sí mismos… Sin duda, se trata de historia. Sin embargo, permanece el mito “de una unidad étnica” propagada no solamente por los antisemitas. Destaco las páginas del autor sobre las diferentes formas del odio, del anti-judaísmo cristiano al antisemitismo racial. También es necesario insistir en las transformaciones: “En el espacio de dos generaciones, el estatus y el lugar de los judíos en Europa había sufrido modificaciones de una amplitud inigualable”. Al modificar una parte significativa de las condiciones materiales de las comunidades se produce la “desintegración de la problemática social judía separada” de la que hay que hablar. Queda para una parte de ellas, en el imperio ruso, en la zona de residencia, la conservación de concentraciones territoriales, el desarrollo de una pequeña industria, de un proletariado judío. El autor insiste con razón en las transformaciones que son “increíbles”. Nacimiento de una burguesía judía, de un proletariado judío y de una organización de obreros judíos, el Bund…

Si el “marco de identidad judaica” se rompe efectivamente, hablar como lo hace Ilan Halevi de”pueblo-testigo es puro anacronismo etnográfico y religioso” me parece impropio y dudoso y al descuidar las reconfiguraciones en las que las poblaciones judías se consideran como judías, a menudo separadamente, o al menos en parte, de sus creencias religiosas. Pero hay una clara contradicción en el ámbito socio-religioso-rabínico, “la imposibilidad para la vieja Ley de sobrevivir en las nuevas condiciones”.

El autor vuelve a la historia, especialmente la de los marranos, la diáspora marrano-sefardí y a Espinoza, para analizar mejor “el movimiento judío de las Luces, la Haskala, y la reforma del rabinismo”. Mendelssohn, la Haskala, yidis o hebrea, cultura judía laica, revuelta interna contra el “modelo rabínico de la protección”. Partiendo de las líneas de emancipación de la Haskala y del Yidisland, líneas opuestas y, sin embargo, emparentadas, sin duda es de la libertad, de la autonomía de los individuos de lo que se trata. Dos líneas históricas que se han opuesto y mezclado… Como el autor, destaco las dimensiones revolucionarias del ideal universalista del socialismo como el “sobrepasar y al mismo tiempo culminar la misión social de los profetas”. Queda que la emancipación individual y colectiva se enfrentan a las dimensiones “ideales” o “nacionales” que no desaparecen ni se disuelven en lo abstracto y el futuro de la universalidad no concreta.

Más allá de lo que dice el autor, cuya apreciación se limita a una crítica del “nacionalismo cultural”, creo que aún tenemos mucho que aprender de los análisis del Bund como el de los austriaco-marxistas.

Sea lo que sea, hubo otras profundas rupturas ligadas a las lejanas migraciones. “La marcha hacia América o hacia Australia representa la más clara ruptura con el Shtetl, incluso si más tarde, es en Estados Unidos donde se recompone la vida judía más comunitaria”.

También es la época de la “reorganización imperialista del mundo”. Ilan Halevi analiza, bajo múltiples facetas, el/los sionismo/s, el mito del trabajo de la tierra, los Amantes de Sion, Theodoro Herzl, el territorialismo, el sionismo político, la “utopía nacional judía”, la idea de una normalización de los judíos mediante un estado judío, las prácticas colonizadoras de masas, la reformulación secular del tema de elección. “El núcleo del consenso sionista afecta al destino judío, la naturaleza del estado de Israel y la esencia del rechazo árabe: fundamentalmente, el sionismo es un tipo de mirada puesta sobre el antisemitismo”. Estamos aquí lejos de la simple reducción del sionismo únicamente al colonialismo operado por algunos. “No se trata de considerarlos al mismo nivel, sino al contrario, de mostrar cómo el sionismo produce el antisemitismo y la reacción frente al antisemitismo, se funda y se consolida con el antisemitismo. Y aún habiendo renunciado al mesianismo que hacia del fin de las naciones el objetivo de su historia, o del declive del estado, el futuro de las sociedades, no se puede pensar en un judaísmo eternamente basado en un antisemitismo eterno”.

Masacres, pogroms, caricaturas, discriminaciones, humillaciones antes de la guerra, política nazi de exterminio junto con las poblaciones consideradas inútiles, parásitas, razas inferiores, en especial, las poblaciones judías y gitanas. La amplitud de esta ruptura no debería ser subestimada pues afecta a toda la humanidad le guste o no al tierno revisionismo de algunos.

Otra cosa es su reescritura ideológica a lo largo de los años, en la ocultación “de la lucha de los partisanos judíos no sionistas contra la máquina de guerra nazi, y en el hecho de que el estado de Israel “se considere único heredero de los muertos”.

La vuelta a Palestina. Una historia y no un complot

Ilan Halevi tiene razón al destacar que las clases o los estados-nación no son los únicos sujetos de la historia, que la “nación-estado homogénea y burguesa” no tiene la configuración social más extendida que hay una “multiplicidad de formaciones sociales transitorias entre la tribu (el clan) y los imperios multinacionales”. Sin embargo, esto no valida la utilización de “tribu” o de “clan” de manera trans-histórica. Si nada autoriza a reducir las construcciones institucionales en el siglo XX a las formas institucionales expandidas en una parte de Europa y en algunas otras regiones del mundo, nada justifica tampoco hablar de clan o tribu. Aquí se trata más bien de historia, de construcciones sociales siempre cambiantes, imbricadas y no aisladas, en contacto e interferencia permanentes con otras construcciones sociales. El autor prosigue con “la red de lealtades prácticas e ideológicas “ (fórmula que hace caso omiso a otras relaciones sociales, especialmente, las de explotación y de dominación), o “el carácter inestable, inacabado y fluctuante de los círculos discordantes de la identidad colectiva y de los contornos del “Nosotros”, esa es, sin duda, la verdadera normalidad” que no zanja la cuestión de las instituciones construidas. Centrar los análisis en las identidades siempre es reduccionista y poco propicio para pensar la historia y las contradicciones engendradas por las diferentes relaciones sociales.

Ilan Halevi destaca con razón “una falsificación esencialista de la historia de los judíos” por los sionistas que “afirman la existencia de una nación judía eterna y orgánica”. No obstante, es necesario nombrar esta “comunidad de destino(s)” que las personas que se consideran judíos y judías siguen percibiendo, más allá de la secularización y el abandono mayoritario de las prácticas religiosas. El problema sigue entero o rehecho después del genocidio, después de la destrucción del Yidisland y de la nación yidis”.

Hay que empezar con una crítica fuerte: “ninguna esencia está actuando en esta trayectoria en la que una formación antigua cambia de fisonomía y de configuración según las transformaciones sociales a las que está sometida” (esto es verdad para todas las poblaciones) y analizar sus concreciones históricas…

Como ya he indicado, los análisis del sionismo de Ilan Halevi son muy ricos. Especialmente habla de los núcleos de irreductibilidad de la especificidad del colonialismo sionista en la lógica del capitalismo moderno, de la lógica estatal-territorialista del sionismo político, de las miradas sobre los paisajes humanos y de la percepción del mundo “de ellos mismos pioneros”, de la negación de los palestinos, de “la necesidad universal de los colonizadores de borrar las huellas de la historia precolonial y de transformar los exterminios en decadencia natural… El autor analiza, entre otros, el sionismo obrero, la compra de tierras, los kibutz, la conquista militar que “va a hacer de la apropiación -expropiación de las tierras de Palestina una realidad masiva”, la Histadrout “(Confederación General de los Trabajadores Hebreos en Tierra de Israel)”, el “producir judío, consumir judío, boicotear y a veces destruir- la producción indígena”, los traslados forzosos de poblaciones “resultado de una acción continua y concertada”, el lugar de la matanza de Deir Yassine, las reestructuraciones sociales…

llan Halevi continua con el análisis de la sociedad israelí. Es particularmente interesante el análisis del traslado de los judíos árabes, los mitos sobre la situación de la población judía bajo el islam (para unos, una constante opresión y humillación, para otros, un encadenado de periodos oscuros: persecuciones, expulsiones, masacres), la negación de la arabicidad y la preeminencia del judaísmo, el control social y el lugar de la militarización y la escolarización, la “nueva nación israelí” (dimensión negada a menudo en los apoyos a los justos derechos de los palestinos), el racismo judío del Bloque de la Fe, el “rechazo a reconocer el hecho nacional palestino en el corazón de un espacio colonizado”…

A modo de conclusión, Ilan Halevi reafirma que “la historia no es una fatalidad sino en encadenamiento de contingencias y de libertades”. Habla de “desionización” del fin del apartheid, de democracia para las dos comunidades, de ficción étnica. “El rechazo nacionalista árabe a reconocer a Israel como hecho nacional no árabe e independientemente de cualquier cuestión de estructura aquí es eco a la negación de los derechos de los kurdos en Irak o de los azaníes en Sudán: una vez más, en un enfoque global en el que los judíos israelíes no son las únicos objetivos”.

Como ya lo he indicado, no me parece que el judaísmo se haya convertido en una “simple denominación religiosa”. El aumento o la reformulación del antisemitismo en las sociedades europeas, ligado o no a otras formas de racismo, muestra que “la cuestión judía, como entre otras, la cuestión gitana, siguen de actualidad.

 

Notas

1/ Question juive – La tribu, la loi, l’espace. Ilan Halevi. Prólogo de Michel Warschawski y de Enzo Traverso. Syllepse. París, 2016.

2/ En particular, los libros de Isra‘l Finkelstein y Neil Asher Silberman, La Bible dŽvoilŽe et Les rois sacrés de la Bible, À la recherche de David et Salomon, https://entreleslignesentrelesmots.wordpress.com/2010/04/05/archeologie-mythes-et-histoire

3/ Para profundizar sobre este tema Maxime Rodinson: Mahomet, o el reciente Suleiman Mourad: La mosaïque de l’Islam. Entretien sur le Cotran et le djihadisme con Perry Anderson, http:// http://entrelignesentrelesmots.wordpress.com/2016/09/26//le-wahhabisme-et-le-salafisme-comme-coupure/

4/ Ver el prólogo de Enzo Traverso

 

Claudio Katz: un balance gramsciano del ciclo progresista en Sudamérica

[En el marco de las Jornadas Gramsci y América Latina, organizadas en la ciudad de Buenos Aires a fines de abril por el Seminario “Teoría y praxis política en el pensamiento de Gramsci” y el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (IEALC/UBA), se entrevistó a Claudio Katz, uno de los conferencistas del encuentro, quien destacó que uno de los principales legados de Gramsci para la región es”la necesidad de forjar identidades políticas propias de la izquierda, con nítidos perfiles anticapitalistas”]

¿Cuál es el significado de estas jornadas en la actual coyuntura latinoamericana?

Nos permite evaluar la situación de la región a la luz de algunos conceptos de Gramsci. No cabe duda que el principal dato del momento es la restauración conservadora que presenta tres modalidades. Primero los gobiernos derechistas continuados, que en países como México, Perú o Colombia llevan muchos años aplicando políticas neoliberales de expansión del desempleo, la precarización y la desigualdad.

Segundo los nuevos mandatarios derechistas que lograron cortar el ciclo progresista con sus victorias electorales. Es el caso de Macri que implementa un proyecto reaccionario sin las mediaciones tradicionales. Encabeza la gestión estatal de una Ceocracia embarcada en la demolición de conquistas populares.

Finalmente, en otros países la derecha accedió al gobierno por medio de golpes institucionales. Una banda mixta de parlamentarios corruptos, jueces y dueños de de los medios de comunicación consumaron en Brasil, la misma asonada que en pasado perpetraban los militares. A toda velocidad recortan planes sociales, flexibilizan el empleo y desfinancian las jubilaciones.

Esta modalidad golpista se inició en Honduras en el 2009 y continuó en Paraguay en el 2014. Sigue un modelo de imponer el cambio por la fuerza para convalidarlo luego en los comicios. Introduce además todas las manipulaciones imperantes desde hace décadas, en el sistema político mexicano.

¿Pero qué implicancias tiene ese proceso desde una mirada gramsciana?

Supone un mayor peso de las formas coercitivas de dominación, en comparación a las modalidades persuasivas de hegemonía que utiliza la clase dominante.

En algunos regímenes derechistas simplemente persiste el autoritarismo y el terror. Más de un centenar de luchadores ambientalistas han sido ultimados junto a Berta en Honduras. También supera el centenar el número reciente de militantes sociales asesinados en Colombia y en nueve años se contabilizan 253 muertos en Perú por represión a las protestas.

En México persiste la impunidad. En lugar de esclarecer los crímenes de Ayotzinapa, el gobierno respondió con ocho nuevos muertos a las manifestaciones de los docentes. Con estos modelos en mente Macri tantea acciones represivas apaleando maestros, desalojando piqueteros y adiestrando gendarmes para actuar en las calles. Temer trabaja en la misma dirección.

¿Es factible ese curso represivo en un contexto económico tan adverso?

Lo intentan. La prosperidad de la década pasada quedó atrás y desde el 2012 impera un ciclo recesivo. Brasil padeció en los últimos dos años el peor retroceso económico desde la crisis del 30. Los precios de las materias primas oscilan entre nuevas caídas y leves recuperaciones, sin recuperar el elevado promedio de la década anterior. Las remesas y la inversión externa retroceden y el previsible repunte de la tasa de interés estadounidense disuade la llegada de capitales.

Además, al cabo de un intenso proceso de expansión del agro-negocio retrocede la industria local y crece el desempleo. Como los gobiernos derechistas retoman la ortodoxia neoliberal se agrava la pobreza, la desigualdad y la precarización. Ahora buscan acuerdos de libre-comercio con la Unión Europea y aceptan la agenda china de invasión importadora y saqueo de los recursos naturales. También reactivan las privatizaciones inconclusas o fracasadas de los años 90 e implementan un brutal recorte de los derechos populares, con mayor flexibilización laboral y contra-reformas en el sistema de jubilaciones.

Esa cirugía agrava el escenario social y ahonda la división por arriba. En la nueva reorganización neoliberal se afianza el capital financiero, despuntan problemas en las actividades primarias y la industria se desmorona.

En términos de Gramsci se podría afirmar que la reestructuración por arriba potencia las divisiones en las elites y obstruye la conformación de un bloque estabilizado de las clases dominantes.

¿Por eso pierden legitimidad los gobiernos derechistas?

Es otro rasgo compartido por regímenes signados por un alto grado de corrupción. En la república de delincuentes que impera en Brasil se acrecienta el número de ministros y congresistas involucrados en malversaciones de fondos. Macri es un presidente off shore, al frente de una cleptocracia de millonarios que se enriquece endeudando al Estado. El sistema de coimas organizadas que destapó el caso de Odebrecht ensucia a varios presidentes y ministros de Perú, Colombia y Panamá.

Como la restauración conservadora combina fragilidad económica con ilegitimidad política se afianza un escenario de gran turbulencia. Pero si recordamos las distinciones que establecía Gramsci entre distintos tipos de crisis (corto y largo plazo, dominación, dirección), convendría precisar que el contexto actual es de enorme inestabilidad pero no de crisis orgánicas. No se observa aún el tipo de colapso que conocimos a principio del milenio en Argentina, Bolivia o Ecuador.

Me parece que el dato de la ilegitimidad es clave. Ya no rige el marco de los años 80, cuando Gramsci era leído para explicar la novedad de los sistemas constitucionales pos-dictatoriales. Las discusiones sobre esa forma de dominación de la burguesía han quedado atrás. Las elecciones son habituales y las expectativas en los políticos, el parlamento o las instituciones han decaído al mismo nivel que el resto del mundo.

Sin embargo mencionaste en el panel que la movilización callejera de la derecha es un nuevo y preocupante dato

Si efectivamente las derechas han comenzado a reinventarse en las calles, con el padrinazgo de los medios de comunicación y un sofisticado manejo de las redes sociales. Construyen su propio imaginario político combinando ideas liberales y antiliberales. Por un lado enaltecen el individualismo y la consiguiente fantasía de actuar por decisión propia sin ningún condicionante. Por otra parte retoman el discurso de hostilidad a la política por la impotencia de esa actividad para resolver el flagelo de la inseguridad o la corrupción.

Los vimos en la marcha del 1 de abril en Argentina. Ponderan la “plaza republicana” y desprecian la “plaza populista”. Despliegan un gran revanchismo y un desenfrenado odio de clase. En un clima de 1955 retoman los mitos del gorilismo tradicional, descalificando a los morochos “arreados” a las marchas por un simple choripán.

Pero a diferencia de los cacerolazos de los últimos años, los derechistas ya no gritan sólo contra Venezuela y Cuba. Ahora insultan a los docentes y exigen represión de los piquetes o prohibición de las huelgas. Repiten un libreto acorde al giro conservador de los intelectuales mediáticos decepcionados con el progresismo que han copado la pantalla.

Un proceso semejante se observó en Brasil en los manifestantes que el año pasado determinaron la caída de Dilma. Ese beligerante grupo social desplegó la bandera de la anti-política y opera como sostén de la cirugía conservadora que motoriza el Juez Moro.

El mismo sentido reaccionario tiene el movimiento de Uribe, que logró el triunfo del No en el plebiscito de Colombia o las fuerzas callejeras, que desde el 2015 gestaron la candidatura de Lasso en Ecuador. La diabolización del chavismo es el guión común de esas campañas reaccionarias.

La presencia callejera de la derecha recién despunta y afronta muchas limitaciones. Se sostiene exclusivamente en las clases medias y altas. En pocos casos logran superar en número a las marchas rivales de la izquierda o el progresismo. Pero configura el dato más peligroso del momento. Si se afianza podría aportar un sostén más consistente a la restauración conservadora.

¿Como el fascismo en la época de Gramsci?

Sólo en cierta medida y primero tienen que ganar. Pero tu analogía nos advierte sobre los casos más extremos. Por ejemplo en Venezuela, el sanguinario elemento pinochetista está muy presente en todo el conglomerado antichavista.

En cualquier caso me parece que las teorías del revolucionario italiano nos permiten entender el enorme peso de la ideología conservadora, en la irrupción callejera de la derecha. Esas creencias reaccionarias retoman el modelo de temor al comunismo que se forjó durante la guerra fría, pero con una inédita incidencia de los medios de comunicación.

Cuando en los 80 las teorías de Gramsci recobraron influencia se debatía intensamente cuál era el canal de transmisión predominante de la ideología burguesa: las ilusiones en el sistema constitucional, la mercantilización de la sociedad o la radio y la televisión. Una respuesta actual sin duda enfatizaría la primacía de los medios.

En tu exposición también subrayaste la centralidad de la resistencia popular. ¿Cuál es la gravitación de esa lucha?

Enorme y decisiva. Hay una batalla social en curso en toda la región con movilizaciones gigantescas en Argentina. En marzo pasado hubo un millón de personas en las manifestaciones de los sindicatos y el paro general tuvo un nivel de efectividad que corroboró la gran capacidad de acción de la clase trabadora.

Lo mismo comienza a observarse en Brasil. Este año no sólo los movimientos sociales sustituyeron a la derecha en la ocupación de las calles. Se realizó la primera huelga general en décadas con un gran acatamiento. En México el gasolinazo marcó un punto de giro, luego de las intensas luchas de los maestros y las víctimas de Ayotzinapa. En Chile la batalla contra los Fondos de Pensión congrega multitudes y en Colombia se acrecientan las protestas de los movimientos sociales.

Es necesario subrayar la gravitación de estas acciones por abajo, si queremos retomar el énfasis asignado por Gramsci a la voluntad y a la subjetividad en la transformación de la sociedad. Ese es el sentido de su filosofía de la praxis, en contraposición al fatalismo o la resignación.

Y también un aliento a la militancia…

Por supuesto. Hay nueva generación luchadores que resiste la restauración conservadora. Participaron activamente en la experiencia política de la década pasada, sin padecer las frustraciones y derrotas que afectaron a sus antecesores de los años 70.

Actúan en un marco también distinto al escenario de entre-guerra que vivió Gramsci. Pero hay ciertas batallas políticas en el contexto latinoamericano que actualizan los planteos del revolucionario italiano. Gramsci trabajó para unir el campo popular en un bloque histórico, forjando alianzas de la clase obrera con los campesinos. Esa misma política supone en la actualidad hermanar a los asalariados con los informales y la clase media.

La derecha sólo puede prevalecer imponiendo una desgarradora guerra de pobres contra pobres. Por eso alienta la hostilidad contra las huelgas. Coloca en toda la región muchas fichas, en la erosión de la solidaridad con los combativos movimientos de la docencia. Frente a situaciones de ese tipo Gramsci sugeriría actuar con radicalidad y audacia.

Pero en el plano político situaste el eje de la resistencia en la batalla de Venezuela. ¿Por qué razón?

Porque ahí se define el resultado de toda la etapa latinoamericana. No cabe la menor duda que hay un golpe reaccionario en marcha, que combina el sabotaje de la economía con la violencia callejera y las provocaciones diplomáticas. En un plazo más prolongado es lo mismo ocurrió con Salvador Allende.

El trasfondo obvio de esa agresión es el petróleo. Venezuela es la principal reserva continental de crudo y provee el 12 % del combustible importado por Estados Unidos. Para confiscarlo el Departamento de Estado promueve una situación de caos, tendiente a repetir lo operativos de Irak, Libia o Panamá. Saben queuna vez derrocado el gobierno ya nadie se acordara dónde queda Venezuela.

En ese operativo la hipocresía de los medios no tiene límite. Transmiten en cadena escenarios terminales con denuncias macabras del país, luego de silenciar el golpe de Brasil, Paraguay u Honduras. No le asignan ni cinco minutos a los crímenes en Colombia y México o al fraude electoral de Haití. Legitiman a los golpistas, ocultando que Leopoldo López estaría condenado a perpetua en Estados Unidos por su responsabilidad en las muertes de las guarimbas. Acusan al gobierno de cualquier tropelía, omitiendo que el grueso de los asesinatos afecta a militantes del chavismo.

La derecha ha provocado el desastre actual intentando tumbar una y otra vez al gobierno desde la Asamblea. Cuenta con la descarada complicidad de las clases dominantes de la región. Esos gobiernos se amoldan a Trump conspirando desde la OEA contra Venezuela.

En términos de Gramsci esta batalla presenta un doble significado. En el plano moral definirá un resultado de confianza o resignación en el movimiento popular. Si gana la derecha se creará un escenario de derrota y una sensación de impotencia frente al imperio.

En otro terreno Venezuela sintetiza una lucha antiimperialista, directamente conectada a los anhelos nacionales que subrayaba Gramsci. Es controvertible su interpretación de esa dimensión pero no la centralidad que le asignaba. Hoy Venezuela es la principal trinchera contra Trump. Su programa de avasallar la región empezando por el muro en México, transita por la confiscación del petróleo venezolano.

Igualmente señalarse críticas al gobierno bolivariano

Ciertamente y en varios planos, aunque en el marco de la gran decisión de Maduro de resistir. A diferencia de Dilma o Lugo no se entrega. Esa firmeza explica el odio de los poderosos de la región.

Pero hasta ahora el gobierno ha priorizado el enfrentamiento con la derecha en términos burocráticos de un poder del Estado contra otro. El Ejecutivo o Judicial versus el Legislativo. Reacciona por arriba y responde a un golpe de la Asamblea con una acción del Tribunal de Justicia. Apuntala más el sostén del ejército que el respaldo por abajo. Por eso en la durísima confrontación del último año no apeló al poder comunal y en ausencia de ese basamento el pueblo tomará distancia.

Lo más grave es la tolerancia de la corrupción y sobre todo de la fuga de capitales. No expropian a los empresarios que provocan el colapso de la economía con manipulaciones de las divisas y los bienes importados.

Pero estamos en medio de la batalla y no está escrito el resultado final. Hubo una interesante reactivación de los mecanismos para paliar el desabastecimiento y se adoptó la excelente iniciativa de retirar al país de la OEA. La única forma de vencer a la derecha es transformar en hechos el discurso socialista. En las situaciones límites y frente al abismo el proyecto bolivariano puede renacer con un perfil más radical.

La aplicación de Gramsci a Venezuela implicaría hoy asumir decisiones revolucionarias. El líder comunista convocaba a adoptar esas decisiones sin ninguna vacilación. Por eso ponderó la acción de los bolcheviques como una “revolución contra El Capital”, en el sentido de procesos que vulneran todas las prescripciones previas. Subrayó la inexistencia de un curso predeterminado de la historia. Aplastar el sabotaje de los capitalistas con el poder comunal sería el equivalente a la acción de los soviets que reivindicaba Gramsci.

Hay otro tema que discutiste en las jornadas, al conectar el legado del pensador italiano con los debates sobre el ciclo progresista

Si efectivamente es un problema clave. Yo creo que el ciclo progresista en Sudamérica fue un resultado de rebeliones populares que tumbaron gobiernos neoliberales, modificaron las relaciones de fuerza, evitaron los brutales ajustes aplicados en otras regiones y permitieron mejoras sociales o conquistas democráticas.

Pero no fue un periodo pos-liberal. Las transformaciones no tuvieron la solidez requerida para dejar atrás el neoliberalismo. No se alteró la estructura primarizada de las economías y se mantuvieron los privilegios de los grupos dominantes. La restauración conservadora determina el declive de ese período, aunque la derrota de la derecha en Ecuador indica una indefinición. La disputa final se define en Venezuela.

Cualquiera sea el diagnóstico es indiscutible el retroceso del ciclo progresista. Especialmente en Brasil y Argentina ese declive obedece a las inconsistencias económicas de un modelo neo-desarrollista, que renunció a implementar las transformaciones básicas para superar la dependencia de las exportaciones primarias. En el terreno político mantuvieron el viejo sistema de alianzas y corrupción de los grupos dominantes y cuando aparecieron las protestas sociales se asustaron y facilitaron la demagogia de la derecha. Sufrieron el desgaste que sobreviene a la ausencia de radicalización.

En tu presentación contrapusiste este balance con el expuesto por los teóricos del progresismo.

Si. Es un debate importante porque muchos de ellos se auto-definen como marxistas y gramscianos. Pero exponen un balance idílico de Kirchner o Lula, estimando que fueron gobiernos exitosos. A lo sumo destacan la existencia de errores en la connivencia con los bancos, las disputas con los medios de comunicación o la batalla cultural para aproximar a una clase media atada al consumismo.

Yo creo que esa lectura es superficial y elude reconocer que los gobiernos progresistas declinaron por su adaptación a la agenda de las clases dominantes. Esa mirada repite los mismos desaciertos que cometieron los gramscianos socialdemócratas de los 80, cuando presentaban al constitucionalismo burgués como un nuevo camino hacia la emancipación.

Al igual que en ese momento el gramscismo liberal considera indispensable acotar cualquier cambio a lo marcos del capitalismo. Se guían por el principio de impedir el desborde de ese sistema y olvidan que una política antiliberal consecuente exige transitar por senderos anticapitalistas. Ese estrecho vínculo entre Gramsci y Lenin es desconocido por los socialdemócratas.

La consecuencia política de esta postura es la promoción de una estrategia exclusivamente centrada en el retorno electoral a la presidencia en el 2018 y 2019. Ese objetivo tiene total prioridad frente a la resistencia social. Dan por seguro el fracaso de la derecha y suponen que todo puede recomenzar como si nada hubiera ocurrido. Recrean a futuro la misma fantasía de un capitalismo humanitario y redistributivo que propagaron en la última década.

Pero ese no es el único balance del ciclo progresista.

Ciertamente. Hay una interpretación opuesta que niega la existencia de ese proceso o supone que concluyó hace mucho tiempo. Considera que los gobiernos centroizquierdistas o radicales coincidieron con sus pares derechistas en la primarización extractivista y estima que finalmente adoptaron un perfil autoritario y populista.

Esta mirada considera que Lasso y Moreno expresaron en Ecuador dos vertientes complementarias del neoliberalismo y que en Venezuela la burguesía derechista confronta con sus pares chavistas.

Es una errónea simplificación de la realidad latinoamericana. La continuada dependencia de las exportaciones agro-mineras no equipara a gobiernos tan contrapuestos. La centralidad del petróleo, el gas o el litio no asemeja a Maduro, Evo Morales o Raúl Castro con Lula o Correa y menos aún con Peña Nieto o Macri. Es equivocado, además, impugnar a los gobiernos progresistas con los mismos razonamientos de vago republicanismo que utilizan los liberales.

¿Pero no sería acertado observar esos procesos con la óptica de la “revolución pasiva” que estudio Gramsci?

Es una idea interesante pero de dudosa aplicación a lo ocurrido en la última década. El contraste entre jacobinismo y bismarkismo no tiene correspondencia con lo sucedido en Sudamérica y es muy discutible la propia concreción de una modernización conservadora. Esta noción choca con la primacía del agro-negocio y la ausencia de transformaciones económicas significativas. El período estuvo signado además por importantes conquistas populares. Igualmente es un tema abierto y todo depende de la interpretación asignada a la noción de revolución pasiva.

Pero el mayor problema no radica en la aplicación de ese concepto gramsciano, sino en la mirada general de los teóricos autonomistas. Renuevan la estrategia de soslayar la batalla por el manejo del Estado. Retoman la idealización de los movimientos sociales y la fascinación con el ámbito defensivo de la territorialidad.

Me parece que la promoción de metas anticapitalistas debe ser complementada con la definición de políticas socialistas para alcanzarlas. Gramsci postulaba esa conexión y por eso compartía la prioridad asignada por Lenin a la transformación de la sociedad mediante la conquista del poder.

Pero la lectura de Gramsci ha servido para subrayar la complejidad de ese camino que es ignorada por muchas corrientes…

Sin duda. Esa omisión salta a la vista entre quiénes simplemente proclaman que todos los gobiernos de América Latina son indistintamente burgueses. Las consecuencias extremas de esta ceguera se han observado recientemente en Ecuador, entre las vertientes de izquierda que llamaron a votar a Lasso con argumentos insólitos.

Afirmaron que el banquero facilitaría un mayor respeto de la democracia o que sería más fácil desenvolver la lucha por mejoras populares. Hay que remontarse varias décadas para encontrar algún precedente de semejante miopía.

Yo creo que el mayor peligro actual de las posturas sectarias se verifica en Venezuela. Algunos hacen causa común con la derecha en la crítica a Maduro. Repiten las mismas acusaciones de los medios de comunicación hegemónicos o recurren a despistadas comparaciones con Gadafi y Hussein. No exponen sus cuestionamientos desde un terreno de lucha común contra el golpe.

Aquí conviene recordar el rechazo total de Gramsci a la teoría del social-fascismo, que en su época equiparaba a Hitler y Mussolini con los adversarios socialdemócratas. Al igual que Trotsky promovía estrategias de frente único contra la derecha, que son vitales en el contexto actual de Venezuela.

A escala regional es el momento de la solidaridad. Tal como ocurrió con Cuba durante el periodo especial hay que poner el hombro en las circunstancias más difíciles de acoso, demostrando que la izquierda se ubica en el campo opuesto de la reacción.

¿El trasfondo de los problemas que señalas no es la atadura al modelo revolucionario de 1917 que Gramsci comenzó a renovar?

Puede ser. Pero yo evitaría cualquier sugerencia de contraposición entre Lenin y Gramsci. Me parece que existe una complementariedad, derivada de la incorporación de temporalidades más largas a la vertiginosa experiencia soviética de doble poder. Hay complementariedad y no antagonismo entre la “guerra de posición” y la “guerra de maniobra”. Son momentos sucesivos de una misma estrategia

Los procesos de China, Vietnam o Cuba ya demostraron en condiciones bélicas la preeminencia de períodos revolucionarios prolongados. También los escenarios institucionales vigentes en las últimas décadas obligar a reconsiderar las temporalidades. Exigen replantear la tradición que concibe al gobierno de los trabajadores, la captura del estado y la transformación de la sociedad como procesos simultáneos. Actualmente son válidas las hipótesis de gobiernos populares, estados en disputa y grandes fracturas en la sociedad a lo largo un periodo significativo.

¿Cuál sería entonces el principal legado de Gramsci para la coyuntura latinoamericana actual?

No hay una sola faceta, pero quizás conviene resaltar lo más obvio: la necesidad de forjar identidades políticas propias de la izquierda, con nítidos perfiles anticapitalistas. Como ese cimiento supone la reivindicación abierta de nuestras tradiciones socialistas, antiimperialistas y revolucionarias, una actitud gramsciana actual se contrapone con la fascinación que despierta el Papa Francisco.

Resalto este dato porque Bergoglio fue elogiado primero como eventual sustituto de Chávez y ahora como una alternativa mundial progresista a Trump. Es asombrosa la falta de realismo de esta actitud, que confunde necesidades de supervivencia de los procesos radicales con expectativas favorables hacia la institución más reaccionaria del planeta.

¿Pero cuál es la conexión con Gramsci?

Su crítica frontal al Vaticano. Gramsci fue un militante comunista empeñado en revolucionar la conciencia de los oprimidos para que actuaran al servicio de sus propios intereses. En cambio la Iglesia recluta fieles y no quiere protagonistas. Rechaza a los militantes y disuade la lucha. Busca apaciguar o disciplinar a los rebeldes. Con ese propósito elaboró una doctrina social contra el ideal comunista.

La filosofía de la praxis apunta hacia la dirección opuesta de expandir la conciencia socialista. Actualmente ya no interesa tanto el ámbito elegido por los intelectuales orgánicos para enlazar la teoría con la práctica. Retomar a Gamsci implica priorizar la vigencia y primacía del proyecto socialista.

 

Isaac Deutscher, el emigrante rojo

por Bruce Robbins//

En mayo de 1965, dos años antes de su muerte repentina a causa de un ataque de corazón, Isaac Deutscher habló en un mitin multitudinario contra la guerra en Berkeley, California. En una grabación de su intervención se le oye decir que dejará de lado el tema de Vietnam –que los oradores anteriores habían tratado tan bien– y que en vez de ello hablará de la guerra fría, que proporcionaba a los responsables de la política exterior de EE UU la coartada política que necesitaban para meterse en ese berenjenal. En su discurso, el ritmo pausado de Deutscher y su ligero acento polaco hacían pensar en un comediante judío, pero en gran medida su tono era grave y su entonación incluso tal vez un poco más sonora de lo necesario. Quizá le preocupaba que el público no se percatara de la relevancia de aquel acontecimiento histórico universal que guardaba relación con tantas otras cuestiones: la Revolución Rusa.

Nacido en 1907 en una pequeña aldea polaca, que por entonces formaba parte del moribundo Imperio Austro-Húngaro, Deutscher contaba diez años de edad cuando los bolcheviques tomaron el poder en Rusia. Más tarde escribiría la crónica de esa historia con un lujo de detalles increíblemente apasionante, en su monumental biografía en tres tomos de León Trotsky, pero sus preparativos para este trabajo comenzaron con la sensación de que muchas de las cosas sólidas que le rodeaban estaban a punto, o casi, de volatilizarse. Su familia judía ortodoxa era practicante estricta, y de niño (diríase que prodigio) le enviaron a estudiar con un rabino jasídico. A la edad de 13 años, Deutscher fue ordenado rabino a su vez, pero como revela el cautivador apunte biográfico que su mujer y habitual colaboradora, Tamara Deutscher, incluye en The Non-Jewish Jew –una recopilación de los ensayos de Deutscher que acaba de reeditar Verso Books–, su padre, que era impresor, también le heredó su gran pasión, escasamente acorde con la religión, por los escritores alemanes modernos, incluido el poeta Heinrich Heine. Si escribes en polaco, le advirtió repetidamente su progenitor, nadie te entenderá más allá de Auschwitz. En aquel entonces, Auschwitz no era más que el nombre de una ciudad cercana.

En noviembre de 1918, la primera semana de la independencia de Polonia trajo a la región en que vivían los Deutscher no uno, sino tres pogromos. Sin embargo, ahora que Polonia y otras naciones nuevas emergían de las ruinas de imperios destrozados al final de la primera guerra mundial, el joven Deutscher se convirtió en algo así como un patriota polaco. A los 14 años repudió el judaísmo de su familia calificándolo de vestigio del feudalismo. A los 16 comenzó a publicar poesía en polaco, influida por el misticismo judío y el romanticismo polaco, y tradujo poemas en alemán, yidish, hebreo y latín al polaco. A los 20 años ingresó en el Partido Comunista Polaco.

En 1931, el partido envió a Deutscher a la Rusia soviética para informar de los resultados económicos del primer plan quinquenal. Se enteró de más cosas sobre la trayectoria de la revolución que lo que el partido veía con buenos ojos que supiera. Más o menos un año después fue expulsado por “desviaciones democráticas”, entre otras cosas por su negativa a tratar a la socialdemocracia occidental como un equivalente moral del nazismo. Obtuvo un empleo en un periódico judío en Polonia y, en abril de 1939 lo enviaron a Londres, donde se puso a aprender inglés. El traslado le salvó la vida, pues los nazis invadieron Polonia unos cinco meses después; Deutscher no volvió a ver a sus padres nunca más.

El exilio marcó el fin de la etapa europeo-oriental de la carrera de Deutscher, pero este no dejó que marcara su pensamiento. En su opinión, echaba sus raíces –y lo decía con orgullo– en la tradición de Spinoza, Heine, Marx, Luxemburgo, Trotsky y Freud, los “judíos no judíos” de los que habla en el ensayo que da el título a la recopilación recién editada. También tenía raíces en el internacionalismo de izquierda, una tradición que le proporcionó un hogar dondequiera que viviera. Los compromisos políticos de Deutscher y su experiencia en el PCP también le infundieron como activista la idea de que el sentido de la oportunidad era por lo menos igual de importante que los principios, una idea que relativizó sutilmente sus juicios y que determinó claramente todo lo que iba a escribir, ya fuera en la prensa como comentarista rusoparlante sobre el Kremlin, ya en su crítica política o las obras históricas que más tarde le harían famoso.

Aunque en Inglaterra fue bien recibido, Deutscher permaneció ajeno al mundo de la universidad inglesa. A diferencia de muchos de sus coetáneos de izquierda, escribió sus voluminosos libros, ricamente documentados, sobre Trotsky y Stalin sin la comodidad de un cargo académico. Las posibilidades de Deutscher de obtener un puesto en la universidad y un ingreso estable fueron desbaratadas nada menos que por Isaiah Berlin, según cuenta Michael Ignatieff en su biografía del filósofo e historiador de las ideas ruso-británico, cuya opinión razonada cuando le consultaron sobre la posible contratación de Deutscher fue: por encima de mi cadáver. Tal vez esto se debiera a divergencias políticas, o quizá fue el resultado de una reseña mordaz sobre Berlin que Deutscher había publicado algunos años antes. Una vez Deutscher quedó descartado, Berlin insistió en que su evaluación no había sido decisiva, pero esta afirmación no resistió un análisis minucioso. El nombre de Deutscher también figuraba en la lista de simpatizantes comunistas que George Orwell entregó en secreto al ministerio de Exteriores británico en 1949, el año en que se publicó la biografía de Stalin escrita por Deutscher.

En Components of the National Culture (1968), Perry Anderson sostuvo que algunos de los intelectuales más influyentes que huyeron a Gran Bretaña de la violencia política en el continente –personas como Berlin, Karl Popper, Bronislaw Malinowski, Melanie Klein y Ludwig Wittgenstein– tenían afinidades electivas con la tradición británica –muy alejada de la experiencia continental– de la continuidad no violenta y la estabilidad social relativa. Una vez establecidos en Gran Bretaña, dijo Anderson, reforzaron y extendieron esta tradición, haciendo que Gran Bretaña fuera todavía más conservadora.

En opinión de Anderson, Deutscher fue la excepción más destacada de esta “emigración blanca”. Tal vez debido a la idiosincrasia de su radicalismo –que no encajaba en la política comunista o socialdemócrata británica–, Deutscher fue ninguneado por el mundo académico de la isla. O quizá esto se debiera a su independencia intelectual, su olfato periodístico y su estilo polémico, que no era compatible con la cultura universitaria enclaustrada y a veces aburrida de Inglaterra. En cualquier caso, Anderson nunca dejó de prestarle atención, y de hecho quien busque pruebas de la influencia intelectual de Deutscher no tiene más que contemplar los brillantes logros de Anderson como historiador y analista político.

Al igual que Deutscher, Anderson demostró con los años ser un erudito políglota; del mismo modo que aquel, no reconoce a ninguna autoridad por encima o más allá de lo que Gregory Elliott llama, en su libro sobre Anderson, “el implacable laboratorio de la historia”. Ambos fueron arrastrados al “universalismo olímpico” de Marx y Engels, aunque quizá no del mismo modo.

Anderson contó una anécdota que sugiere una pequeña pero significativa diferencia entre ambos. En la década de 1960, Anderson manifestó su indignación por la falta de dinamismo político de Inglaterra. ¿Por qué, preguntó, Francia podía alardear de tantas revoluciones, mientras que la Inglaterra moderna no había conocido ninguna? En un prólogo al volumen en que se ha reeditado Components, recordó que Deutscher le comunicó que no podía aprobar sin más la negación por parte de Anderson de las posibilidades políticas sobre el terreno, por imperfectas que pudieran ser. Tomando prestada una expresión de la negativa de Rosa Luxemburgo a apoyar la independencia de Polonia antes de la primera guerra mundial, Deutscher dijo que la postura de Anderson adolecía de “nihilismo nacional”.

Al oponerse al nihilismo incluso en el terreno del nacionalismo, al que no era proclive, Deutscher transmitía cierta sabiduría práctica, una sabiduría destinada en particular a quienes trataran de mantener el compromiso político más allá del entusiasmo embriagador de la juventud. Juzgar la política cotidiana en función del elevado listón de la revolución es condenarse a la desesperación, o por lo menos a la apatía. También puede ser contraproducente aplicar con calzador un conjunto de criterios abstractos a una comunidad que, aun siendo receptiva a los objetivos de una política, se siente confusa o alienada por el lenguaje con el que se persiguen dichos objetivos. Como revolucionario inveterado, Deutscher estaba bien pertrechado para insistir en que existen otros caminos hacia la justicia social.

A diferencia de los críticos de la Rusia soviética más ensalzados en Occidente, Deutscher no fue un liberal. Era un firme defensor de la democracia y sus objeciones al régimen soviético coincidían en parte con las consabidas objeciones liberales, pero una de las cosas que apreciaba en Trotsky era la firme convicción de este de que, a pesar del atraso social y económico de Rusia, los revolucionarios rusos en 1917 no debían aspirar a un gobierno liberal que mantuviera intacta la propiedad privada. En vez de ello, como alegó Trotsky, creía que la revolución podía saltarse la etapa constitucional en su intento de satisfacer las demandas materiales y de los obreros y campesinos.

Por supuesto, nadie que reflexione sobre lo que finalmente ocurriría con la revolución bajo Stalin concluirá probablemente que esta cuestión se ha resuelto dando la razón a Trotsky. ¿Estaba Rusia demasiado atrasada para tumbar el capitalismo liberal? Y para concretar más, un sistema constitucional que protegiera los derechos de la burguesía ¿habría creado los obstáculos necesarios para impedir el terror que se produjo una vez Stalin consolidó su poder? El propio Trotsky cambiaría de opinión sobre estas cuestiones y Deutscher –cosa que le honra– no pretendió que poseyera un conocimiento mayor o privilegiado.

Las preguntas abiertas formuladas por Deutscher sobre el curso ulterior de la Revolución rusa –una revolución de la que nunca renegó– también ayudan a explicar su extraordinaria generosidad moral, cabría decir incluso la calidad tolstoyana de su obra histórica. La defensa estridente era algo de lo que al parecer Deutscher podía prescindir. Cada frase que escribió como historiador denotaba algo, aunque fuera muy vago, de un continuo debate consigo mismo.

Esto era así incluso cuando escribió sobre Stalin, y tal vez fuera esta una razón por la que muchos encontraron que su biografía de Stalin era tan desconcertante. Stalin había ordenado el asesinato de Trotsky, además de tantas otras personas, y en manos de Deutscher, Stalin es un monstruo, pero no sencillamente un monstruo, y Deutscher trató de comprender los motivos de Stalin. “No hace falta dar por hecho que actuó por pura crueldad o sed de poder”, escribió Deutscher en la biografía. “Tal vez halló el dudoso amparo en la convicción sincera de que lo que hacía servía a los intereses de la revolución y de que él era el único que interpretaba correctamente esos intereses.” Esto no supuso nunca una defensa de Stalin, sino más bien un argumento de que incluso sus actos más atroces no se situaban fuera de toda posibilidad de una explicación histórica. Colocarlos fuera de toda explicación histórica sería pretender que la revolución no encerraba sus propias contradicciones, que eran anteriores al periodo de dictadura monomaniaca de Stalin y (como Deutscher no dejó de señalar) también marcaron la carrera política de Trotsky.

Podría parecer que aceptar la existencia de estas contradicciones –contradicciones que Deutscher creía inherentes al alma misma del revolucionarismo de izquierda en general y de la Revolución rusa en particular– le llevaría a optar por el fatalismo. Sin embargo, de alguna manera no lo hizo. Deutscher fue capaz de sacar a la luz muy claramente esas contradicciones (y vivir una vida fuera del Partido Comunista) sin abandonar la esperanza en la propia revolución, tanto en Rusia como a escala planetaria, un objetivo que debía seguir sacando fuerza de los triunfos iniciales de 1917. Había que recordar a los pueblos de Occidente, pensaba Deutscher, que cuando los rusos combatieron a los nazis en la segunda guerra mundial, no solo lo hicieron animados por el mero patriotismo, sino que participaban en “una batalla por la existencia del movimiento obrero”. Había que recordar al público que le escuchaba en Berkeley en 1965 que la amenaza de agresión de la Unión Soviética, que supuestamente justificaba la misión de EE UU en Vietnam en plena guerra fría, era desde su punto de vista ridícula. No había equilibrio de poder entre EE UU y la URSS: uno era una superpotencia, mientras que la otra había surgido de la segunda guerra mundial “postrada y desangrada”.

Ahora el pueblo ruso trataba de sacudirse de encima esa pesadilla junto con el recuerdo de Stalin. Los progresistas de Occidente tenían la obligación de ayudarle. Esto suponía contemplar la guerra fría no solo desde el punto de vista occidental, sino también desde el del Este. La guerra de Vietnam exacerbaba la guerra fría, contribuyendo así a empeorar la vida en Rusia. Lo que Deutscher estaba tratando de ofrecer a la muchedumbre de manifestantes contrarios a la guerra en 1965 era una defensa centrada en Rusia frente a la guerra de Vietnam. Casi seguro que no era lo que el público estaba esperando oír, pero de alguna manera era al mismo tiempo inspirador políticamente y refrescante por su independencia con respecto a la simple dualidad moral en que parecía moverse el movimiento antiguerra.

En 1903, en el congreso de Bruselas en que bolcheviques y mencheviques pusieron de manifiesto por primera vez sus divergencias, Trotsky pronunció uno de los raros discursos en que se calificó a sí mismo de judío. Lo hizo con el fin de manifestarse con autoridad personal en contra del Bund judío, que reclamaba el derecho a la “autonomía cultural”, incluida la capacidad de elegir su propio órgano de gobierno y definir su propia política con respecto a la población judía. Por supuesto que los judíos debían tener el derecho a ser educados en yidish, explicó Trotsky, pero ¿cómo podía el socialismo –que pretendía superar las barreras que dividían a los países, las religiones y las nacionalidades– contribuir a erigir sus propias barreras frente a esta visión de emancipación universal?

Deutscher se había criado en el corazón mismo de la cultura yidish en la zona polaca del Imperio Austro-Húngaro y había desempeñado un papel activo y creativo en ella. En su opinión, el yidish era una lengua y una cultura que siempre había estado enraizada en el movimiento obrero. Al igual que Trotsky, solía considerarse primero un revolucionario y solo en segundo lugar un judío. Pero Deutscher también se consideraba un judío, y de una manera que propone una variación en torno a la cuestión formulada en el ensayo de Anderson: ¿Cuáles son los componentes de la identidad judía?

Como indica el título de su recopilación, le idea de Deutscher sobre la identidad judía está completamente desconectada de la religión judía. Siendo adulto proclamó su ateísmo sin apología al no hallar ninguna virtud en el jasidismo de su juventud y al calificar de kafkiana “la aspiración de moda entre los judíos occidentales de volver al siglo XVI”. No obstante, su laicismo no era únicamente negativo; también tenía un sentido positivo, activo, emancipatorio y sobre todo sociable. Para los judíos, suponía un gesto de confianza en los gentiles de su entorno, confianza en que ellos y los progresistas no judíos podían hacer causa común y compartir sus victorias.

Desde esta visión positiva, humanista, del laicismo, Deutscher afirmó que la identidad judía no podía implicar jamás el control judío sobre un territorio. “No tengo nada en común con los judíos, digamos, de Mea Shearim /1 ”, declaró, “ni con cualquier clase de nacionalistas israelíes”. La obsolescencia del Estado-nación había quedado demostrada en la matanza sin sentido de la primera guerra mundial. De ahí que a su juicio la creación de Israel encerraba una terrible ironía: los judíos estaban invirtiendo en un Estado-nación justo cuando este había entrado en lo que Deutscher creía (prematuramente) que era una fase de declive terminal.

Y ¿qué decir del Holocausto, que bien podría haber resquebrajado la confianza de Deutscher en la posibilidad de que los judíos hicieran causa común con el mundo de los gentiles? Aunque partió su vida más o menos en dos, el Holocausto no le llevó a desertar del bando de los laicos militantes y de los creyentes en la modernidad. Los nazis fueron después de todo la razón por la que la cultura judía de Europa Oriental en que se había criado había dejado de existir. Sin embargo, cuando Deutscher habla de esta cultura, menciona una conversación que mantuvo con el satírico yidish Moshe Nadir en la década de 1920. Nadir ya predecía entonces que el yidish dejaría de hablarse en el futuro, tal vez por el hecho de que los judíos, ahora felizmente asimilados, acabarían hablando polaco o ruso. Nadir contemplaba ese día con indiferencia, porque cuando el yidish se convirtiera en una lengua muerta como el latín, sus sátiras se leerían como a los clásicos, a la par que Horacio y Ovidio.

Al invocar esa antigua broma de Nadir, Deutscher parecía decir que la cultura yidish, que los nazis habían exterminado, habría sucumbido de todos modos bajo el peso de una historia que era al tiempo despiadada y progresista. Lo que había que lamentar, por tanto, no era la cultura, sino las vidas que habían desaparecido en las inmensas fauces de la segunda guerra mundial. En cuanto a la propia historia, que siempre había imaginado compartida entre judíos y no judíos, siguió confiando en que, a pesar de sus brutalidades, la humanidad saldría mejor parada. Una de las cualidades menos obvias que atribuye a la línea de los “judíos no judíos”, que iba de Spinoza a Freud, era el optimismo. Sí, consideraba que Freud también era un optimista.

Si Deutscher hubiera ido a Nueva York en vez de Londres, su izquierdismo antiestalinista, su brío literario y su viveza en el debate le habrían abierto sin duda las puertas de los círculos tertulianos de la intelectualidad neoyorquina. Trotsky tenía allí admiradores y Deutscher les hizo un par de visitas. No obstante, su permanencia en ese mundo tal vez hubiera exigido alguna negociación entre esa multitud rencorosa. Como muestran estos ensayos, Deutscher no se cortaba a la hora de manifestar su desprecio por los intelectuales judíos de Occidente, que en su opinión se habían vuelto conservadores durante la guerra fría, convertidos en campeones del llamado “estilo de vida” liberal de Gran Bretaña y EE UU, y también se habría sentido incómodo con quienes habían renunciado a los impulsos universalistas radicales de la cultura judía a favor de una visión más particularista.

Para Deutscher, las diferencias geográficas y de clase entre los judíos eran suficientemente profundas para que viera con escepticismo la idea de una “comunidad judía” existente o que podía surgir a medida que se desvaneciera la observancia religiosa. Durante su vida, la historia de la persecución todavía no había sustituido del todo al judaísmo en el núcleo de la identidad judía occidental, pero su propia concepción de la identidad judía estaba centrada en el Holocausto, tal vez inevitablemente. “Soy judío”, dice en un texto que comenta el Holocausto, “porque siento la tragedia judía como mi propia tragedia.” Fue el Holocausto el que llevó a Deutscher a inclinarse hacia el sionismo, aunque solo fuera ligeramente. “Si en vez de rebatir el sionismo en los años veinte y treinta”, escribió, “hubiera urgido a los judíos europeos a irse a Palestina, podría haber salvado algunas de las vidas que después fueron exterminadas en las cámaras de gas hitlerianas.” Pero incluso en esta tesitura tiene cuidado de dejar clara su aversión a toda forma de nacionalismo judío: “Sin embargo, ni siquiera ahora soy sionista.”

El libro contiene dos versiones de una famosa parábola de la fundación de Israel en la estela del Holocausto, una parábola que a veces es todo lo que la gente recuerda de Deutscher. En la primera versión, que data de 1954, un hombre salta de un barco en llamas a una balsa. Lo que quería señalar Deutscher es que todo Estado nacional no es más que una balsa, una solución temporal que no debería convertirse en un programa permanente (nacionalista), como parecía hacer Israel. En la segunda versión, de 1967, escrita en respuesta a la guerra de los seis días, el hombre salta de un edificio en llamas y sobrevive, pero aterriza sobre una persona que estaba en la acera (que representa, por supuesto, a los palestinos) y le rompe brazos y piernas. “Si ambos se comportaran racionalmente”, comenta Deutscher, “no acabarían siendo enemigos.” Pero no prevalece la racionalidad.

El hombre herido culpa al otro de su miseria y jura que le hará pagar por ello. El otro, temeroso de la venganza del lisiado, le insulta, lo patea y lo golpea cada vez que se encuentran. El hombre apaleado vuelve a jurar venganza y de nuevo recibe puñetazos y patadas.

Imagino que no muchos estarán del todo satisfechos con esta parábola. Sin embargo, ofrece una alternativa interesante a la idea de la colonización y no hizo que Deutscher dejara de criticar duramente a Israel, recordando a sus lectores que David Ben-Gurión calificó a los judíos no sionistas de “cosmopolitas desarraigados”, que era el eufemismo favorito de Stalin para referirse a los bolcheviques judíos que eliminó. Según el comentario de Deutscher sobre la guerra árabe-israelí de 1967, escrita dos meses antes de su muerte, en la “victoria” de Israel veía una profecía del desastre y en Moshe Dayan una especie de vicemariscal Nguyen Cao Ky, el entonces títere favorito de EE UU en Vietnam. Tampoco hizo que dejara de criticar la colusión de Israel con la política exterior de EE UU durante la guerra fría y su negativa a comportarse como un vecino con sus vecinos. El futuro de Israel depende, a juicio de Deutscher, de la capacidad de los israelíes “para encontrar un lenguaje común con los pueblos que les rodean”.

Deutscher no pregonaba fanáticamente la coherencia con los principios, sino que para él esta incoherencia se plasmaba de alguna manera en la política. Como historiador, creía que el sentido de la oportunidad siempre importaba, especialmente a la hora de formular la propia visión del mundo. Comprendió perfectamente el caos que describió tan bien después de 1917, cuando Trotsky adoptó las posiciones de Lenin (como la necesidad de la disciplina absoluta en el seno del partido) y Lenin adoptó las de Trotsky (como la necesidad de la Nueva Política Económica), y todo se movía con demasiada rapidez para que alguien se diera cuenta. La política, para Deutscher, implicaba en última instancia esta clase de flexibilidad de principios, una visión de la acción política que entendía que los compromisos de uno y sus condiciones se hallaban en mutua dependencia. Nada, ni siquiera la política, podía colocarse al margen del caos y la incertidumbre de la historia.

Como escribió Deutscher en el último ensayo de la recopilación, el Holocausto fue el único acontecimiento que trascendía toda explicación histórica. Al historizar su internacionalismo, cambió de opinión sobre su antisionismo programático, pero sin convertirse en sionista. Esto no alteró su profunda convicción de que, para los judíos, como para todo el mundo, la historia no reclama la pureza de una utopía etnocéntrica, ni cualquier clase de utopía en este sentido. En vez de ello, la historia reclama de nosotros la dura labor de cambio en el seno de las naciones en que vivimos y con los vecinos que nos ha tocado convivir. Esto también requiere prestar mucha atención al sentido de la oportunidad.