Archivo de la etiqueta: Francisco Fernández Buey

La revolución rusa como problema histórico

por Francisco Fernández Buey//

I

Se dice frecuentemente que la “cuestión rusa” se ha convertido en la piedra de toque del pensamiento marxista. Para hablar con propiedad habría que decir que tal cuestión ha sido siempre (al menos desde que empieza a utilizarse el término “marxismo”) motivo de investigación y también de apasionados debates entre los revolucionarios. La formación social rusa fue el objeto prioritario de los estudios del viejo Marx, y el análisis de la actual sociedad soviética sigue siendo el centro de atención de las principales corrientes en las que se ha ido fragmentando el movimiento comunista en las últimas décadas. La persistencia y la constancia con que en un lapso de tiempo tan dilatado reaparece el problema de la naturaleza de aquella revolución puede considerarse sin más como un factor demostrativo de que en este caso no se trata de una discusión académica o de escuela como ha habido tantas en el marxismo de los últimos tiempos. Ya el simple planteamiento del problema por el propio Marx refuerza la idea de que, por el contrario, se trata de uno de los nudos principales de la historia contemporánea.

La revolución rusa como problema históricoVale la pena recordar aquí, aunque sea sumariamente, las ideas del viejo Marx sobre Rusia porque todavía ahora se suelen olvidar con cierta frecuencia. Este olvido conduce a seguir planteando el tema simplemente como si se tratara de una contraposición entre lo que la revolución rusa ha sido en la realidad y el esquema de desarrollo histórico esbozado en El Capital, con la consecuencia implícita de tener que elegir entre la teoría supuesta y lo que es definido como “socialismo real”. Precisamente hace algo más de cien años, en una carta enviada al director de la Otetschestwennyi Sapiski, Karl Marx salía al paso de lo que consideraba como una infundada extensión al caso de Rusia del esquema histórico expuesto en El capital. Según esa abusiva generalización, mediante la cual –en palabras de Marx– se interpretaba el esbozo histórico de la génesis del capitalismo en Occidente como una teoría histórico-filosófica de la marcha general que el destino impondría a todo pueblo, la sociedad rusa tendría que pasar inevitablemente por los mismos traumas que la acumulación capitalista, la industria manufacturera y el desarrollo de la gran industria determinaron en Inglaterra y en otras sociedades de la Europa occidental. Marx rechazaba el carácter suprahistórico de esa conclusión y oponía a ella varias consideraciones particulares:

1.a Que el esquema histórico de El Capital tenía validez solamente para el caso de las sociedades que aquella obra había estudiado, esto es, para el caso de las sociedades del occidente europeo.

2.a Que el análisis histórico comparativo permite observar que sucesos muy similares pero que tienen lugar en medios diferentes conducen a resultados totalmente distintos.

3.a Que el caso de la formación social rusa, en la cual resaltaba la solidez y resistencia verdaderamente atípicas de la comuna aldeana tradicional, a diferencia de lo ocurrido y de lo que estaba ocurriendo en otras sociedades tanto de occidente como de oriente, exigía un estudio particularizado antes de definirse dogmáticamente acerca de la inevitabilidad de la etapa entendida en el sentido europeo-occidental.

Algunos años después, luego precisamente de haber profundizado en el estudio particular de la formación social rusa, el propio Marx llegaba a la conclusión (compartida con algunos teóricos del populismo ruso) de que la comuna aldeana tradicional constituía el punto de apoyo de la regeneración social en Rusia. ¿Quería decir esto que Rusia podía saltarse la etapa capitalista, la fase de proletarización de los agricultores, e ir hacia el comunismo desarrollando justamente los aspectos comunitarios de las relaciones que aún dominaban en buena parte del agro ruso? Esa era al menos la idea que parecía desprenderse de la carta escrita a Vera Zassulich el 8 de marzo de 1881, en un momento en el que las desgracias familiares y su propia enfermedad minaban ya definitivamente la salud de Marx.

Cierto es que su razonamiento en esas fechas está dirigido sobre todo a combatir el concepto de la inevitabilidad de un determinado decurso histórico válido para todos los países del mundo y, más concretamente, la idea de la repetición en el caso de Rusia de lo ya ocurrido en otros países de la Europa occidental. Pero, aún llegando a la conclusión de que el desarrollo del capitalismo no era inevitable en Rusia y creyendo, por el contrario, que existían elementos favorables suficientes para la conservación/transformación revolucionaria de la comuna aldeana, no se encontrarán tampoco en aquella carta afirmaciones absolutizadoras. Basta con comparar su redacción definitiva con el borrador (mucho más largo y elaborado) de la misma para darse cuenta de que Marx se niega a predecir el futuro ruso mediante aseveraciones tajantes. Por eso el razonamiento está salpicado de condicionales y disyuntivas. Aun así, sin embargo, la idea conclusiva era clara: “Gracias a una combinación de circunstancias únicas, la comuna aldeana, todavía establecida por toda la extensión del país, puede despojarse gradualmente de sus caracteres primitivos y desarrollarse directamente como elemento de la producción colectiva a escala nacional”.

Pero para ello eran necesarias, según Marx, dos condiciones. Primera, la revolución en Rusia. Pues sólo una actuación rápida y decidida de la voluntad de conservación/transformación de la comuna aldeana podía oponerse con éxito a los nada despreciables factores (internos y externos) de disolución de la misma. Segunda, la revolución proletaria en occidente. De tal manera que si la revolución rusa “daba la señal” para una revolución en el mundo capitalista desarrollado, complementándose ambas, la propiedad común de la tierra todavía resistente en Rusia sería el punto de partida de “una evolución comunista”.

Tal era en lo esencial la idea de Marx sobre el futuro ruso.

 

II

Los bolcheviques en general y Lenin en primer lugar recogieron una parte de ese razonamiento y obviaron la otra. Esto es, consideraron que la revolución rusa podría realizarse, mantenerse y profundizarse siempre que tuviera lugar también la revolución mundial, la revolución europea, o al menos la revolución socialista en el país en que parecían existir mayores posibilidades para el cambio (Alemania). Pero, por otra parte, abandonaron la idea de que era posible pasar al comunismo moderno desde el comunitarismo primitivo de la comuna aldeana. Al abandono de esta idea contribuyeron sin duda varias razones que es difícil resumir sin una referencia detallada a la evolución del contexto histórico ruso y europeo desde 1880 hasta 1917. Así y todo, y aun a sabiendas de que sin el detalle sobre esa evolución histórica se corre el peligro del esquematismo, pueden señalarse aquí algunas de esas razones. La más formal de ellas –pero tampoco despreciable– es que ninguno de los dirigentes bolcheviques llegó a conocer hasta muchos años después de la revolución de octubre la totalidad del razonamiento de Marx sobre la comuna aldeana (señaladamente no conocieron la carta a Vera Zassulich y la importante primera redacción de la misma). Ese desconocimiento afecta muy probablemente a las conclusiones de Lenin en El desarrollo del capitalismo enRusia en el sentido de que la revolución pendiente en el país era una revolución democrático-burguesa. En efecto, si esa obra se lee no desde el conocimiento de lo que ha pasado luego sino desde el conocimiento de la situación rusa en 1880/1890 es difícil sustraerse a la impresión (afirmada por varios estudios actuales del tema) de que Lenin hinchó los datos relativos al desarrollo capitalista de Rusia en aquel momento, exagerando con ello la existencia de factores semejantes a los europeo-occidentales y que conducían a la disolución inevitable de la comuna aldeana.

La revolución rusa como problema históricoCon todo, más importante que la existencia de ese factor de desconocimiento de la obra de Marx al respecto es, para explicar el por qué del abandono bolchevique de la idea de la posibilidad del paso de la comuna rural al comunismo moderno, el mismo desarrollo material de Rusia hasta 1917. Sobre esto no puede caber ninguna duda: el avance del capitalismo y la disolución de las relaciones precapitalistas agrarias fue un hecho. ¿Una necesidad histórica? Efectivamente, una necesidad histórica si se entiende por tal el objetivo de la base material de aquella sociedad + la voluntad de una parte importante de la población (por lo menos de la burguesía rusa, de sectores del campesinado y de la vanguardia política del proletariado industrial) en el sentido de transformar a Rusia en un país lo más parecido posible a los de la Europa occidental. No hará falta añadir, sin embargo, que esa coincidencia bastante general no implica necesariamente coincidencia en los proyectos político-sociales de los principales grupos que actuaban como portavoces de las varias clases en lucha.

Como argumento a favor de la corrección de la tesis de Lenin y en contra de las ideas del viejo Marx suele citarse el éxito del proyecto político bolchevique en octubre de 1917. Pero este es un argumento muy poco sólido. En primer lugar porque oculta la escasísima realidad social del partido bolchevique (escasísima sobre todo en el campo, y en un país en el que la población campesina seguía constituyendo el 80% de la población) entre 1903 y febrero de 1917, y porque olvida que el éxito bolchevique en octubre se debió sustancialmente a su buena captación de las repercusiones de la guerra imperialista en las varias clases sociales rusas. Y en segundo lugar porque no considera el hecho evidente de que la proletarización acelerada del campesinado ruso en los años treinta de este siglo es precisamente la continuación y consumación de las medidas disolventes de la comuna aldeana tradicional adoptadas con anterioridad por varios ministros de la época zarista.

Podría decirse, pues, que en esa necesidad histórica que refutó la prognosis del viejo Marx sobre Rusia tuvo también su papel (más importante de lo que suele decirse) la voluntad bolchevique de seguir en este aspecto el ejemplo de países como Inglaterra, Alemania y los Estados Unidos de Norteamérica. En cualquier caso, lo cierto es que el desconocimiento, el olvido (o el históricamente necesario abandono, como se prefiera) de la hipótesis de Karl Marx sobre la comuna aldeana obligó a Lenin a forzar la semejanza de la revolución en curso en Rusia con las revoluciones democrático-burguesas de la Europa occidental.

Si se tiene en cuenta la fuerza con que Marx acentuó la particularidad, la diferencia, de la formación social rusa por comparación con otras sociedades de la Europea occidental y si se piensan las implicaciones sociales de su hipótesis acerca del paso de la comuna aldeana tradicional al comunismo moderno, se comprende que no empleara el término de revolución democrático-burguesa para definir la revolución conservadora/transformadora de la comuna rural. Y se comprende también que, al emplearlo, Lenin se sintiera inmediatamente en una situación bastante embarazosa. En realidad una buena parte de la obra de Lenin entre 1905 y 1917 viene a ser en lo esencial un dar vueltas en torno a la explicación de la revolución democrático-burguesa rusa. Y no creo que sea desmerecer el genio político de Lenin el afirmar que, pese a las muchas veces que se refirió a ese tema, no logró tampoco dar una definición satisfactoria de la naturaleza de esa revolución democrático-burguesa rusa.

Así, ya en 1905/1906 la revolución popular rusa era para Lenin una revolución democrático-burguesa como nunca hubo otra en parte alguna, una revolución que si fracasaba, esto es, si el acuerdo entre la burguesía y el zarismo lograba abortar la insurrección, se parecería a las revoluciones democrático-burguesas de la Europa occidental (o sea, según sus propias palabras, sería un aborto), mientras que, en cambio, si salía triunfante daría lugar no a un poder burgués sino a la dictadura del proletariado y del campesinado. Después de la insurrección de febrero, entre marzo y octubre, Lenin mantuvo la opinión de que la revolución en ciernes era entonces proletaria y socialista. Pero en los últimos meses de su vida, al hacer historia comentando la crónica de Sujánov, afirmó que la revolución de octubre había sido por sus objetivos inmediatos una revolución democrático-burguesa desarrollada luego en un sentido socialista. Lenin era de los revolucionarios que no se detienen ante los nudos gordianos teóricos: ¿cómo, si en abril de 1917 se decía que la revolución en ciernes era proletario/socialista, afirmar en 1923 que en lo esencial había sido una revolución democrático-burguesa? El nudo que no se desata, se corta: “no hay ninguna muralla china entre ambas revoluciones.”

¿No hay ahí, en ese cortar el nudo gordiano, un intento de llegar a cuadrar formalmente el círculo de la peculiaridad, de la particularidad de la revolución rusa (asiática, oriental, pero vocacionalmente europea por decisión de sus protagonistas) con aquel esbozo histórico del Capital que se consideraba válido para el desarrollo de las sociedades occidentales? Lenin parece haber intuido esto cuando afirmó, al referirse temáticamente a la cuestión de la naturaleza de la revolución, que la revolución rusa introducía ciertas correcciones desde el punto de vista de la historia universal en el camino típico del desarrollo del capitalismo y de la democracia burguesa. Pero sobre todo cuando definió a la formación social rusa salida de la revolución de octubre como un capitalismo de estado diferente del capitalismo de estado conocido en el mundo occidental.

En suma, la dificultad de caracterización por Lenin de la revolución rusa (y sus constantes matizaciones) se explica por el hecho de que creyó conveniente y necesario analizar la situación de su país precisamente con aquellas categorías que el viejo Marx consideraba válidas para la Europa occidental. Y esa dificultad, que no es sólo, por supuesto, una dificultad de Lenin, explicaría también quizá el que cuando en abril de 1917 afirma por vez primera que la revolución en curso en Rusia es una revolución proletario/socialista casi nadie le entendiera. (A lo cual se podría añadir todavía la hipótesis de que la rapidez con que entendió Stalin –casi el único entre los dirigentes bolcheviques y además el menos teórico de ellos– ese giro de Lenin en abril de 1917 se debió a que el georgiano interpretó razonablemente que lo que estaba en juego en aquella circunstancia no era la redefinición de la naturaleza de la revolución en ciernes, sino meramente la cuestión del poder, de la toma del poder).

 

III

Perdidas las matizaciones teóricas de Lenin y derrotada la revolución proletaria en Hungría, en Alemania, en Austria y en Italia, la descripción de la revolución rusa que se impuso entre los bolcheviques y más en general en el movimiento comunista encuadrado en la III Internacional fue un esquema simplificado de las tesis de Vladímir Ilich. Dicho esquema, que se ha ido repitiendo una y otra vez sin mayores consideraciones, venía a decir lo siguiente: a) las varias insurrecciones proletario/campesinas de 1905/1906 habrían constituido una revolución democrático-burguesa abortada, inacabada; b) la insurrección de febrero de 1917 habría sido una revolución democrático-burguesa consumada con éxito por el hundimiento del régimen zarista, y, finalmente c) la insurrección de octubre de 1917 que dio el poder a los bolcheviques habría sido una revolución proletaria y socialista. En la década siguiente el propio Stalin redondearía ese esquema con la afirmación de que Rusia había superado ya la primera fase del comunismo (la llamada etapa socialista) y estaba a punto de entrar en la segunda, esto es, a punto de construir la sociedad comunista propiamente dicha.

La revolución rusa como problema históricoPero ya antes de que Stalin añadiera esa última nota altamente ideológica y justificadora de su propio poder al esquema histórico dominante, en la III Internacional habían manifestado serias dudas sobre su licitud y corrección varias corrientes comunistas, desde Gramsci a Bordiga, desde Korsch a Pannekoek, pasando por Mattick y los internacionalistas de Holanda. Así en 1920, defendiendo las conquistas de la revolución de octubre contra el mecanicismo de la socialdemocracia, Gramsci dudaba en cambio de que una revolución pudiera ser definida como socialista por el hecho de haber sido dirigida por el proletariado e incluso teniendo en cuenta la voluntad de transformación en un sentido socialista de sus protagonistas. Y con mayor radicalidad aún una década más tarde el grupo de comunistas internacionalistas de Holanda consideraba aquel esquema como un mero recubrimiento ideológico del jacobinismo de los bolcheviques; para ellos la idea de que la revolución de febrero era una revolución burguesa mientras que la de octubre se definía como proletario/socialista constituía “un absurdo”. Y esto por el hecho de que tal visión “supone que un desarrollo de siete meses habría sido suficiente para crear las bases económicas y sociales de una revolución proletaria en un país que apenas si acababa de entrar en la fase de su revolución burguesa”. La conclusión de esta crítica del esquema dominante era la concepción de las insurrecciones de febrero y de octubre como un proceso unitario de transformación burguesa de la sociedad rusa. En ese mismo sentido se manifestarían Pannekoek, Mattick y Kosch.

La perspectiva que dan los sesenta años cumplidos de la revolución rusa y el conocimiento del desarrollo de la formación social soviética desde 1917 permiten afirmar sin mayores dudas que tanto la crítica del esquema “canónico” por los comunistas internacionalistas como su descripción de los hechos como un proceso unitario de transformación burguesa eran acertadas en lo esencial. Tal vez desde esa misma perspectiva podrían añadirse algunas otras consideraciones:

1a  Que ese proceso unitario de transformación burguesa, acelerado luego desde el poder, tiene peculiaridades de desarrollo propias de un país en el límite entre Europa y Asia y se ha visto condicionado además, en su origen, por la implantación del imperialismo capitalista occidental, y, en su desarrollo, por la nueva división internacional del trabajo que lleva consigo la difusión del imperialismo. Esta complicación del esquema de los comunistas internacionalistas permite explicar la coincidencia, en la evolución de la Unión Soviética, de factores inicialmente tan contrapuestos como el asiatismo (en el plano político) y el taylorismo (en el plano económico y de organización del trabajo).

2a Que el mantenimiento del esquema ideológico interpretativo de la revolución rusa, dominante en la III Internacional, ha conducido a una hipostatización del concepto de revolución proletaria semejante a la que ya se había impuesto con respecto a la revolución burguesa (esto es, la consideración de la revolución francesa como revolución burguesa por antonomasia, cuando es precisamente la excepción). La generalización ahistórica de ese modelo esquemático es semejante, aunque contraria, a la que denunciara Marx para el caso de El Capital y ha llevado al movimiento comunista a varios errores de importancia. Uno en Oriente, al subvalorar el papel del campesinado por comparación con lo ocurrido en Rusia (de ahí la equivocación paralela de los proyectos políticos de Stalin y de Trotski para la China de los años veinte/treinta); otro en Occidente, al sobrevalorar los factores de atraso económico y cultural en países capitalistas desarrollados o por lo menos relativamente desarrollados (buscando todavía en fechas no muy lejanas el paralelo con la revolución democrático-burguesa rusa y repitiendo mecánicamente que no hay muralla china entre esa revolución y la proletaria).

Nota bibliográfica

  • V.I. Lenin. Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática. Traducción castellana en Obras Escogidas, tomo 1, pág 477 y siguientes.
  • V.I. Lenin. Con motivo del cuarto aniversario de la revolución de octubre. Traducción castellana en Obras Escogidas, tomo 3, Págs. 659-668.
  • V.I. Lenin, Nuestra revolución (A propósito de las notas de N. Sujánov). Traducción castellana en Obras escogidas, tomo 3, págs. 792-795.
  • Grupo de comunistas internacionalistas de Holanda “Tesis sobre el bolchevismo” en Pannekoek, Korsch. Mattick, Crítica del bolchevismo. Barcelona, Anagrama, 1976.
  • Rudi Dutschke, Lenin (Tentativas de poner a Lenin sobre los pies). Traducción castellana, en Icaria, Barcelona, 1977.

La revolución rusa no fue una utopía

por Francisco Fernández Buey//

Fue la revolución rusa de octubre de 1917 una utopía? Los contemporáneos de aquella revolución tuvieron tres respuestas diferentes para esta pregunta.

La primera respuesta dice: sí, fue una utopía en el sentido peyorativo de la palabra; fue desde el principio una fantasía, una ilusión, porque socialismo es sinónimo de abundancia, de gran desarrollo de la industria y de las fuerzas productivas en general, y la Rusia de entonces, el topos en el que se pretendía construir el socialismo, era un país económica y culturalmente atrasado (por lo menos en comparación con la Europa occidental de la época). Según esto, los bolcheviques soñaban despiertos. Tal fue la respuesta de la mayoría de los teóricos marxistas de la socialdemocracia alemana de entonces.

Libro recomendado

La segunda respuesta dice: sí, fue una utopía, aunque en el sentido positivo de la palabra; fue una aproximación al topos bueno, el intento de realización (parcial e imperfecta) de un ideal, el ideal socialista, en las condiciones históricas dadas y, en ese sentido, una utopía concreta, apreciable. Esta fue la respuesta de todas aquellas personas que pensaban que el espíritu de utopía es consustancial al movimiento revolucionario y al ideal emancipador o liberador.

La tercera respuesta dice: no, no fue una utopía; no fue una utopía en la acepción positiva de la palabra porque los sujetos que hicieron la revolución no querían tener nada que ver con utopías en el sentido de las fantasías y las ensoñaciones; y tampoco fue una utopía en la acepción negativa de la palabra porque, aunque la revolución no cumplía con los requisitos teóricos establecidos para la construcción del socialismo, los hombres y mujeres que la hicieron tenían la voluntad de poner las condiciones para hacer posible el topos bueno, la sociedad socialista. Esta respuesta fue la de Antonio Gramsci en 1918.

La revolución rusa no fue una autopía

José Carlos Mariátegui

El debate que produjo la contestación a aquella pregunta ha llegado hasta nuestros días. Y este debate es, entre otras cosas, un episodio significativo de lo que valen las palabras, de lo que cuenta en la historia quién y cómo las usa y de la importancia que tiene reconstruir el concepto cuando una palabra, en este caso la palabra “utopía”, ha quedado deshonrada. Vistas las cosas desde hoy, la tercera respuesta, la de Gramsci, es, sin duda, la más aguda de las respuestas que se dieron entonces a la pregunta. Para juzgar las cosas así importa poco que la revolución de 1917 acabara derrotada y que Gramsci haya sido un perdedor, un revolucionario sin revolución. Al fin y al cabo las pocas cosas de verdad importantes que se han dicho o escrito sobre estos asuntos las han escrito perdedores: de Platón a More, de Savonarola a Bloch, de Maquiavelo a Walter Benjamin y de Bartolomé de las Casas a Mariátegui y Guevara.

La respuesta de Gramsci suena un tanto paradójica. Se puede resumir así: la revolución rusa fue a la vez una revolución contra el capital (o sea, una revolución anticapitalista) y contra El capital (o sea, una revolución contra el libro célebre de Karl Marx). Y, siendo las dos cosas al mismo tiempo, no tiene por qué considerarse, sin embargo, como una utopía. ¿Cómo se come eso? Para entenderlo bien hay que probar a invertir el sentido corriente de las grandes palabras (utopía, orden social, socialismo), que están degradadas por el uso y el abuso, y recuperar el concepto auténtico que recubren. Esto obliga siempre a pensar por cuenta propia, con la propia cabeza, no sólo cuando se está en una determinada tradición (la socialista en este caso) sino incluso cuando se está en un partido político (el socialista o socialdemócrata que se quiere comunista, en su caso).

Hacia 1918-1919 Gramsci era un joven socialista revolucionario impresionado por lo ocurrido en Rusia. Ni más ni menos que tantos otros revolucionarios de entonces (socialistas, anarquistas, comunistas, libertarios e incluso liberales): como Lukács y Pestaña, como Pannekoek y De Leon, como Karl Korsch y Piero Gobetti. Pero aquel joven Gramsci no era un marxista típico: no era un marxista de manual, ni de libro, ni académico. No sabía tanto de Marx como Lenin, Kautsky, Trotsky o Rosa Luxemburg. Era un filólogo, pero no un marxólogo. Sabía de historia, pero no era un materialista histórico propiamente dicho. Daba mucha importancia a lo económico en el quehacer de los hombres en sociedad, pero no era determinista. Y daba tanta importancia importancia a la voluntad y a la subjetividad en la historia que, oyéndole hablar, parecía de una tribu distinta a la de los marxistas del momento.

La interpretación gramsciana de la revolución rusa como una rebelión, tan inevitable como voluntarista, que, contra las apariencias, entra en conflicto con las previsiones del primer volumen de El capital, fue en su momento tan atípica como sugerente. Gramsci ha sido uno los primeros socialistas en darse cuenta de la dimensión del problema político- social implicado por una situación muy nueva en la historia de la humanidad, a saber: la situación de un proletariado que era minoritario en el conjunto de la sociedad rusa, que en 1917 no tenía apenas nada que llevarse a la boca y que, sin embargo, resultó ser hegemónico, en un océano de campesinos, durante el proceso revolucionario propiciado por la guerra mundial; la situación paradójica, en suma, de una clase social que nada tiene, excepto –nominalmente– el poder político.

Gramsci adopta un punto de vista original: niega que haya leyes históricas con carácter absoluto; se opone a la aplicación de esquemas genéricos, muy abstractos (tomados de la interpretación del desarrollo normal de la actividad económica y política del mundo occidental), a la historia de Rusia; postula que todo fenómeno histórico tiene carácter individual o particular y que, por tanto, tiene que ser es tudiado en su concreción; afirma que el desarrollo histórico se rige por el ritmo de la libertad y acaba poniendo en primer plano el papel de la psicología, de la voluntad, de la subjetividad de los individuos que actúan desde y ante la necesidad particular. Rebate así Gramsci la opinión de que la revolución en curso tenga que ser considerada como una utopía.

La revolución rusa no fue una utopía

Piotr Kropotkin

Observa Gramsci que la intención de cambiar el mundo de base, de transformarlo en un sentido igualitario, socialista, tal como se expresa en el canto de La Internacional, suele identificarse vulgarmente con la utopía. La palabra degeneró, quedó deshonrada, a partir del momento en que se impuso el punto de vista según el cual toda propuesta de transformación, de cambio radical del mundo capitalista en que vivimos, es utópica, es una utopía, una ensoñación, ilusión irrealizable. Pero Gramsci distingue entre el sentido histórico que tuvo la utopía desde el Renacimiento y, sobre todo, en el siglo XIX, y el uso contemporáneo, ya habitual en el siglo XX, de la palabra. Históricamente con la utopía se quería proyectar en el futuro un fundamento del orden nuevo que quitara a los de abajo, a los pobres y proletarios que querían cambiar el mundo, la impresión de salto en el vacío. Este es el lado bueno de las utopías históricas, Pero lo que hace utópica en un sentido negativo o peyorativo –argumenta Gramsci– la aspiración al ideal de un orden nuevo no es la afirmación del principio moral (igualitario) que conlleva esta aspiración, sino el detalle sobre lo que debe ser la ciudad ideal, sobre la sociedad del futuro. La verdadera utopía negativa es la pretensión de que, para anticipar el orden nuevo, hay que basarse en una infinidad de hechos, en lugar de basarse en un solo principio moral, en función del cual luego se actúa. Lo que hace del ideal una utopía es, para Gramsci, la pretensión de calcular lo incalculable, de prever más de lo que razonablemente el hombre puede prever tratándose del futuro. Algo parecido había escrito el anarquista ruso Piotr Kropotkin: “Es imposible legislar para el futuro. Todo lo que podemos hacer con respecto al porvenir es precisar vagamente las tendencias esenciales y despejar el camino para su mejor y más rápido desenvolvimiento”.

El defecto de las utopías, que Gramsci llama “orgánico”, o sea, sustantivo, estriba íntegramente en esto: en creer que la previsión puede serlo de hechos, cuando lo razonable es pensar que en cuestiones sociopolíticas y socioculturales la prognosis, la anticipación, sólo puede serlo de principios o de máximas jurídicas. Las máximas jurídicas (el derecho, el ius, es, para Gramsci, la moral actuada, en acto) son creación de la voluntad de los hombres. Si se quiere dar a esa voluntad colectiva una dirección determinada, hay que proponerse como meta lo único que razonablemente puede serlo, pues en otro caso se cae en el detallismo, y el exceso de detalle anticipado sobre la organización del futuro, después de un primer entusiasmo, hace que las voluntades se ajen, se disipen, que la voluntad individual y colectiva decaiga y que lo que fue entusiasmo inicial se convierta en mera ilusión o en desilusión escéptica o pesimista.

Esta manera de ver las cosas supone una inversión de lo que el realista cree habitualmente. Éste tiende a pensar que la aspiración declarada a un orden nuevo será tanto más utópica cuanto más genérica y de principios porque la afirmación de principios deja muchos cabos sueltos acerca de qué ha de ser en concreto la sociedad del futuro. Gramsci, en cambio, mantiene que la aspiración al socialismo se degrada y se convierte en (mala) utopía cuanto más intentemos detallar cómo funcionará esa sociedad del futuro: a más detalle más degradación de la aspiración.

Reflexionando sobre el significado de la revolución rusa Gramsci descubre el Escila y Caribdis de la utopía. Scila: la conversión del ideal en programa detalladísimo para el futuro a partir de la consideración (en principio razonable) de que si no se perfila con todo detenimiento y concreción cómo serán la ciudad y la sociedad del futuro los que tienen que cambiar la sociedad presente no se moverán porque les parecerá que no hay garantías y se resignarán. Caribdis: presumir de que es posible pasar definitivamente de la utopía a la ciencia, imaginar una ciencia superior a la que se da el nombre de “socialismo científico” y concluir, de manera determinista, que la buena aplicación del método que funda esta ciencia tiene que conducir a la sociedad armónica, regulada, socialista, con la consideración (razonable también) de que los hombres no van a cambiar el mundo fantaseando sobre el futuro sino conociendo las leyes de la historia como se conocen las leyes de la naturaleza.

Ernst Bloch

Esta reflexión de Gramsci deja abierto un problema interesantísimo que ha llegado hasta nuestros días y del que hay un eco más reciente en la oposición entre el principio esperanza de Ernst Bloch y el principio de responsabilidad de Hans Jonas. El problema se puede formular así: ¿hasta dónde se puede concretar y precisar en la anticipación del orden nuevo cuando se ha llegado a la conclusión de que la mera afirmación del reino de libertad como principio es tan utópico (en el sentido negativo) como utópica es la pretensión de prefigurar en detalle lo que será la sociedad futura? ¿Puede la buena utopía, la utopía concreta que no quiere verse reducida a ensoñación, ilusión o fantasía, afirmar algo más que lo que Gramsci llamaba principios o máximas jurídicomorales y Kropotkin “precisar vagamente las tendencias esenciales”? O planteado de otra manera: ¿es posible escapar al Escila y Caribdis de la utopía por la vía de una futurología que no sea utópica en el sentido peyorativo de la palabra? ¿Lo ha intentado realmente el pensamiento socialista? La respuesta a esta otra pregunta tiene que ser: sí, lo ha intentado. Y lo sigue intentando. Ese intento consiste en precisar por la vía negativa. O sea: no diciendo “el socialismo será así y así”, sino diciendo más bien: “el socialismo no podrá ser así y así” porque quererlo sería tanto como: a) rebasar las capacidades humanas, o b) entrar en contradicción con los principios jurídico-morales que nos proponemos plasmar. Por esa vía negativa el pensamiento socialista acaba encontrándose con Maquiavelo: “Conocer los caminos que conducen al infierno para evitarlos”.

Hans Jonas

Ya los clásicos del socialismo fueron algo más allá de los principios jurídico-morales. Precisaron, por ejemplo, al hablar del trabajo, que el socialismo no aspira a superar toda división del trabajo (puesto que hay una división técnica del mismo que es condición sustantiva para la producción de riqueza), sino precisamente ese tipo de división social fija que hace que los hijos y los nietos de los trabajadores manuales sigan siendo trabajadores manuales mientras que los hijos y los nietos de los empresarios, funcionarios e intelectuales sigan disfrutando de los privilegios de sus antepasados.

Precisaron, por ejemplo, al hablar de la distribución en la futura sociedad de iguales, que el socialismo no aspira a repartir entre los trabajadores el fruto íntegro de su trabajo, porque del producto social total habrá que deducir fondos para la reposición de los medios de producción consumidos, fondos para la ampliación de la producción y proveer, entre otras cosas, un fondo de reserva contra accidentes y perturbaciones debidas a fenómenos naturales cuya cantidad no se puede calcular con criterios de justicia sino, a lo sumo, según el cálculo de probabilidades.

Precisaron, por ejemplo, al hablar del producto que habrá que destinar al consumo antes de llegar al reparto individual, que, aunque se simplifique drásticamente el aparato burocrático y aún aspirando a ello, se deben tener en cuenta los costes generales de la administración, lo que hay que dedicar a escuelas, a la sanidad y a otras necesidades sociales como las de los impedidos, inválidos e imposibilitados que en las sociedades anteriores han ido a cargo de la beneficencia.

Precisaron, por ejemplo, cómo pagar al trabajador en una sociedad socialista cuando se ha establecido ya el control social de la producción, a saber: mediante un vale que certificaría lo que el trabajador ha aportado, deduciendo en él lo que aporta al fondo colectivo; vale con el que el trabajador individual podrá obtener de los depósitos sociales de bienes de consumo una cantidad que cuesta lo mismo que su trabajo (en el sentido de que es equivalente).

Precisaron, por ejemplo, que siendo el trabajo el criterio principal por el que ha de regirse el derecho en la sociedad socialista, la concreción de la igualdad, más allá de las abstracciones, tiene que tener en cuenta las diferencias de aptitudes, capacidades y situaciones de los ciudadanos trabajadores, por lo que habrá que introducir algún tipo de discriminación, o sea, de derecho de la desigualdad, en este caso positiva, para favorecer a los que estén en peor situación de partida.

Y si se quiere seguir hablando de socialismo en serio, sin perder el espíritu positivo de la vieja utopía, habrá que seguir precisando en esa línea. Precisando sobre lo que, racional y plausiblemente, no puede ser. Esa es la vía que, con el tiempo, condujo a la nueva utopía, a la utopía rojiverde, al socialismo ecológicamente fundamentado. Y esa es, en mi opinión, la única vía que permite juntar utopía y ciencia sin que las dos palabras se peguen entre ellas ni caer en un cientificismo en el que no puede creer hoy en día ningún aspirante a científico social que se precie.

Che Guevara: prólogo a “Con su propia cabeza”

por Francisco Fernández Buey//

La gran mayoría de los libros publicados en estos últimos años sobre Ernesto Guevara han puesto el acento en diferentes aspectos de su biografía. Han sacado a la luz algunos de los rasgos del carácter del Che que hasta hace poco eran insuficientemente conocidos o valorados.

Estos libros, de intención biográfica en su mayoría, han revelado también algunos de los motivos últimos que llevaron a Guevara a prolongar la actividad guerrillera en África y en América Latina después del triunfo de la revolución cubana.

Aun sin entrar a discutir la intención o la calidad de estas biografías, se puede decir que tales publicaciones han contribuido a mantener la leyenda del Che aventurero romántico, tal como ésta se difundió inmediatamente después de su trágica muerte en Bolivia. Y ya esto se puede considerar un resultado muy notable, sobre todo si se tiene en cuenta lo que han cambiado el mundo y las ideologías dominantes sobre el mundo en los cuarenta y tantos años transcurridos desde entonces.

Es, en efecto, fascinante comprobar cómo, a pesar del hundimiento de casi todo lo que navegó en siglo XX bajo la bandera del comunismo, la figura del guerrillero comunista por antonomasia de los años cincuenta y sesenta sale así reforzada e incluso enaltecida en un mundo que se ha ido por un lado muy distinto del que Guevara hubiera querido. Para explicar lo que puede parecer una paradoja de nuestro tiempo conviene tener en cuenta que algunas de las más difundidas aproximaciones a la figura del Che suelen ahora dejar en segundo plano, o poner en sordina, precisamente su pensamiento marxista y su concepto de comunismo para, desde ahí, acentuar la singularidad única del activista que se propone un imposible (o lo que se considera un imposible desde una visión distanciada de aquella historia).

No sé si quienes así se aproximan a la biografía del revolucionaro argentino-cubano tienen o no conciencia plena de lo que es tán haciendo con el Che. Pero es seguro que al privilegiar el estudio de los rasgos más llamativos de su carácter sobre lo que fue en realidad su pensamiento marxista y su reflexión teórica comunista lo que se consigue es demediar a Ernesto Guevara: convertirlo en un personaje de ficción romántica que todavía (¡Ay, todavía!) podría ser presentado por los más jóvenes a los señores bienestantes de nuestra sociedad sin que se sobresalte el padre gruñón y semicínico que dice una y otra vez de él mismo que se ha hecho mayor para seguir creyendo en ideologías, pero que en realidad tra ta de ocultar a los hijos que, con los años, se ha hecho de derechas. Algo parecido ha estado ocurriendo, por cierto, sobre todo en Italia, con otro héroe de la tradición marxista y comunista: Antonio Gramsci.

Ese parece ser el destino de los revolucionarios que un día, no tan lejano, se atrevieron a pensar con su propia cabeza, discutiendo a veces con los ideológicamente más próximos sobre la mejor forma de hacer posible el socialismo en esta Tierra de aquí abajo, no en la Babia de las “almas bellas” o en el País de Nunca Jamás de brechtiana memoria. Lo que era secundario desde el punto de vista ético-político —su disidencia en el marco de la tradición comunista— pasa a ser presentado como el aspecto principal, casi único, de sus vidas. Y lo que fue esencial para ellos —combatir en concreto al capitalismo y al imperialismo e implicarse personalmente en ello con los que diferían en la táctica pero compartían el objetivo de una sociedad alternativa— queda reducido a una especie de residuo utópico que, en las circunstancias actuales, permite a los bienestantes concluir: “También yo pensé así, utópicamente, alguna vez”. Se da la circunstancia de que quienes nunca fueron en realidad utópicos en el buen sentido de la palabra, ni pasaron nunca del vago pensar el socialismo al hacer que compromete, se sienten así, gracias a esta operación intelectual, doblemente reconfortados al escuchar que lo que el Che defendía con tanta convicción era en el fondo otra utopía y que su vida misma no dejó de tener contradicciones. Ahora todo el mundo va en busca de contradicciones en los grandes. Tal vez porque eso sirve para justificar las pequeñas contradicciones del normópata cotidiano que somos.

Vendrán tiempos en que el Che dejará de ser un rostro con halo postromántico grabado en una camiseta o utilizado convenientemente por las agencias de publicidad para vender. Cuándo llegarán esos tiempos no lo sé. Lo que sí sé es que para que esos tiempos lleguen antes tenemos que reconstruir su figura, entenderlo por entero, en su pensamiento y en su acción. Y para eso se necesita aclarar no sólo qué tipo de marxista y qué tipo de comunista era Ernesto Guevara, sino también qué pensaba de la mundialización del capital, qué concepción tenía del imperialismo realmente existente, por qué llegó a la conclusión de que la construcción del socialismo en la URSS se había metido en una vía muerta y por qué dio tanta importancia a la subjetividad y a los estímulos no materiales en la construcción de una sociedad de iguales alternativa.

No hace mucho, en un artículo publicado en Le Monde Diplomatique sobre el Che y los movimientos revolucionarios contemporáneos, escribía James Petras que la importancia de Guevara para el potencial impulso revolucionario contemporáneo no hay que buscarla tanto en sus consideraciones tácticas sobre la guerrilla, aplicadas a circunstancias coyunturales específicas, cuanto en su análisis general de la política, en sus reflexiones sobre la acción política y sobre las estructuras económicas. Petras añadía, en ese contexto, que reducir los pensamientos de Guevara, como se ha hecho tantas veces, a discusiones tácticas sobre la lucha guerrillera o sobre la lucha armada es entenderlo muy mal y que la aproximación más fructífera a su figura consiste hoy en dilucidar sus ideas sobre el imperialismo y en recuperar sus reflexiones, para dialogar con él, acerca de la relación entre subjetividad y condiciones o circunstancias objetivas.

Comparto en esto el enfoque metodológico de Petras. Y creo que eso es precisamente lo que empieza a hacer aquí, en este ensayo sobre el socialismo en la obra del Che, Manolo Monereo.

Monereo se detiene poco en las biografías más recientes porque su punto de partida y su enfoque son muy distintos de los de Castañeda, Lee Anderson o Kalfon. Conoce las obras de éstos, y las tiene en cuenta, pero no se para a discutir con sus autores. Rebate a Castañeda en algún punto concreto y, cuando tiene que con textualizar el pensamiento de Guevara en algún asunto oscuro, prefiere los escritos de Serguera y de Paco Ignacio Taibo. En sus viajes a Cuba, Monereo ha podido consultar algunos de los trabajos aún inéditos de Guevara custodiados por María del Carmen Ariet, pero puede declarar, brevemente y en nota, que no cree que estos trabajos cambien sustancialmente la perspectiva de su investigación.

Todo lo cual seguramente parecerá al lector de este libro muy razonable, puesto que lo que aquí importa no son las revelaciones biográficas o autobiogáficas sino las ideas de Guevara sobre el marxismo, sobre lo que fue la revolución cubana, sobre lo que po dría ser la transición al socialismo, sobre los problemas que plantea la planificación en relación con el mercado, sobre las debilidades del modelo soviético de entonces y sobre la dirección que estaba tomando el imperialismo norteamericano de la época.

Manolo Monereo ha privilegiado en este ensayo el estudio de las ideas del Che durante años 1962 a 1966. Y ha puesto el acento precisamente en un punto que por lo general se minusvalora o que suele tratarse como de pasada: sus ideas sobre la economía en un sentido amplio, es decir, sobre la estructura de las formaciones socioeconómicas y sobre la forma concreta que la producción y el consumo pueden tomar en una sociedad nueva, alternativa, como lo era la cubana de entonces. Y, al reconstruir el pensamiento del Che sobre estos puntos, ha utilizado ampliamente las actas que han quedado (o que están disponibles) de las intervenciones de Guevara en las reuniones bimestrales que mantuvo con su equipo del Ministerio de Industria.

Esto es algo que tiene muchísimo interés para todas aquellas personas que han pensado en el socialismo no como una palabra taumatúrgica, ni siquiera como un movimiento llamado a cambiar el mundo de base, sino como una forma de sociedad igualitaria en la que hay probar en la práctica que se produce, se consume, se vive y se está mejor que en cualquier otro tipo de sociedad anterior. Ante esto el revolucionario tiene que convertirse en estadista y la ideología y la teoría aprendidas tienen que dejar paso al sentido común cultivado. El grito, el eslogan y la palabra, incluso la voluntad revolucionaria encuentran en ese caso su réplica inmediata: cómo hacer realmente para que los de abajo, los históricamente desposeídos produzcan mejor, consuman mejor y vivan mejor. Ese ha sido el gran problema que sigue al acto revolucionario por antonomasia. Y ahí, en la cotidianeidad del servir a los otros desde la responsabilidad del dirigente, se necesita un tipo de valentía muy distinto del que se pide al revolucionario en la sierra.

Monereo muestra aquí hasta qué punto fue Guevara valiente e innovador también en esto, a la hora de pensar en cómo combinar estímulos materiales y estímulos morales para mejorar la producción y mejorar al mismo tiempo la forma de vida de las gentes. Él no era un economista. No era un experto en teoría económica ni en política económica. Como marxista, se sabía su Marx y su Lenin. Y como leninista, conocía las viejas polémicas que habían tenido lugar sobre esto en la Unión Soviética. Pero sabía también que en Marx sólo hay ideas generales sobre la prefiguración de la sociedad socialista y que el mundo había cambiado mucho desde la muerte de Lenin. Había que trabajar, por tanto, con un ojo puesto en una teoría insuficiente y el otro en la resolución apremiante de los problemas socioeconómicos de la población cubana. Es en esas circunstancias, más que en las declaraciones genéricas, donde se prueba la ductilidad con que se acepta que el marxismo es “una guía para la acción”.

El ensayo de Monereo resulta particularmente agudo en el análisis del pensamiento de Guevara en aquellas circunstancias, y en su comparación con lo que decían o escribían simultáneamente el Manual de Economía Política de la Academia de Ciencias de la URSS, Bettheleim y Mandel. No es este el único punto en que Monereo establece un particular y fructífero diálogo con las ideas del Che. También lo hace respecto de otras cuestiones discutidas, por ejemplo, al analizar su estimación de la situación internacional en la primera mitad de la década de los sesenta o al referirse a las opiniones de Guevara sobre la nueva política económica (nep) en la URSS, que considera “un misterio”.

El lector de hoy puede tal vez encontrar alguna dificultad para identificarse con el lenguaje en que eran discutidas en los años sesenta estas cuestiones del producir mejor, consumir mejor y vivir mejor que en el capitalismo. Guevara, como todos, era hijo de su tiempo. Y Monereo reproduce lo que era su tiempo respetando aquel lenguaje que la teoría económica hoy dominante ignora porque ignora casi todo de lo que un día se llamó “economía política”. Así que voy a hacer uso de la vieja amistad y de la amabilidad con que él me ha pedido que le acompañe aquí, después de tantos años de compartir los mismos fines y las mismas ilusiones, para acabar con una sugerencia dirigida a los lectores más jóvenes. Es drástica y me tendrán que creer bajo palabra: por debajo de aquel lenguaje de Guevara sobre los estímulos no-materiales a la producción, sobre “la ley del valor a escala mundial” o sobre la negación de la “categoría mercancía en la relación entre empresas estatales” lo que de verdad está latente es la última discusión seria sobre economía (política) del siglo XX; lo demás, lo que ha venido después, han sido discusiones sobre diferentes formas de la crematística y de los valores de cambio.

Hasta es posible que Guevara se fuera al Congo, y luego a Bolivia, porque vio venir eso: el dominio de la crematística sobre el economizar en sentido amplio. En cuyo caso se entendería mejor incluso el misterio de sus reservas respecto de lo que fue la nueva política económica leninista de la URSS en los años veinte.

Prólogo escrito por Francisco Fernández Buey para el libro de Manolo Monereo.