Archivo de la etiqueta: Francia

Cincuentenario de 1968: la cuestión del poder en Mayo de 1968

por  Samy Johsua //

 

Me parece que ya no hay nadie que defienda que Mayo de 1968 fue una situación revolucionaria en sentido pleno. Dicho de otra forma, en el que la cuestión de un derrocamiento de la burguesía estuvo a la orden del día y, correlativamente, la instauración del socialismo. Se oye a menudo como prueba la victoria triunfal de la derecha en las elecciones de junio de 1968, que mostraría la evidencia del estado de las reales relaciones de fuerza Seguir leyendo Cincuentenario de 1968: la cuestión del poder en Mayo de 1968

Entrevista a Ludivine Bantigny y Camille Peugny: tener 20 años en 1968 y en 2018

 ¿Los jóvenes de 1968 eran muy diferentes de los de hoy? Tener 20 años en nuestros días ¿es tener las mismas esperanzas que la generación de los “sesentayochistas”, poseer las mismas posibilidades de encontrar su lugar en la sociedad y las mismas oportunidades de cambiarla? Entrevista cruzada con la historiadora Ludivine Bantigny y el sociólogo Camille Peugny

“Calles Albert Camus, espacios de revuelta”

por Pepe Gutiérrez-Álvarez //

 

El pasado jueves 19 se presentó en la Biblioteca Andreu Nin de Barcelona el proyecto de “Carrers Albert Camus, espais de revolta”, como parte de una campaña de recuperación de la memoria de nuestro Partenón de nombres comprometidos con la ciudad y con sus combates. Como no podía ser menos, se trató de un acto controvertido aunque nadie asumió las descalificaciones que desde la izquierda de la “guerra fría” se habían hecho contra el autor de La peste. Por el contrario, se recordó que Camus se sintió parte de las aspiraciones más avanzadas de la II República –su primera obra trataba de la Comuna de Asturias-, que no pudo ser voluntario por enfermedad, que mostró su apoyo incondicional a la República exiliada en general y a la CNT y al POUM en particular. Se habló de sus escritos libertarios citando la edición de La Linterna sorda de la España libre y se citó sus palabras: “La muerte de Andreu Nin señaló un viraje en la tragedia del siglo XX, que es el siglo de las revoluciones traicionadas”. Seguir leyendo “Calles Albert Camus, espacios de revuelta”

Un siglo con Simone

por Higinio Polo //
La derecha nos arrebató primero las palabras (un ejemplo: ahora se llama modernizar a regresar a las condiciones laborales del siglo XIX) imponiendo un nuevo lenguaje. Después, está tratando de destruir nuestras referencias de siempre. Como a Simone de Beauvoir, una mujer cuya obra ha sido una contribución fundamental, entre otras cosas, en la lucha para la liberación de la mujer.

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Cincuentenario 1968: el feminismo revolucionario en las empresas

por| Annick Coupé, Christine Poupin

 

Prólogo al libro de Fabienne Lauret

Annick Coupé

Cuando Fabienne Lauret me hizo el honor de proponerme escribir el prólogo de su libro, he aceptado inmediatamente por dos razones.

La primera razón es que Fabienne y yo somos de la misma generación; las dos estamos comprometidas desde hace mucho tiempo con los movimientos sociales y su historia debía necesariamente interesarme. La segunda razón es que no ha habido (según mi conocimiento) libros de mujeres implantadas en las fábricas; ¡como si esa cuestión de la implantación de militantes de extrema izquierda en los años setenta solo hubiera concernido a los hombres Seguir leyendo Cincuentenario 1968: el feminismo revolucionario en las empresas

Cincuentenario de 1968: el romanticismo revolucionario de Mayo del 68

por  Michael Löwy //

El espíritu de la 68 es un brebaje potente, una mezcla picante y intoxicante, un cóctel explosivo de varios ingredientes. Uno de sus componentes – y no menos importante – es el romanticismo revolucionario, es decir, una protesta cultural contra los cimientos de la civilización industrial / productivismo capitalista moderna y su consumo, y una combinación singular, única en su género, subjetividad, deseo y utopía – el “triángulo conceptual” que define, de acuerdo con Luisa Passerini, 1968. 1/ Seguir leyendo Cincuentenario de 1968: el romanticismo revolucionario de Mayo del 68

La monarquía universal

por Eduardo Galeano //

Ya se desmoronó la cortina de hierro, como si fuera de puré, y las dictaduras militares son una pesadilla que muchos países han dejado atrás. ¿Vivimos, pues, en un mundo democrático? ¿Inaugura este siglo XXI la era de la democracia sin fronteras? ¿Un luminoso panorama, con algunas pocas nubes negras que confirman la claridad del cielo? Seguir leyendo La monarquía universal

Sobre la tradición revolucionaria popular

Un intercambio con Ramón Franquesa

Discutir sobre los rasgos esenciales del jacobinismo –entendido en su acepción original, no en la forma desnaturalizada en que suele ser aludido hoy– no es asunto baladí, aunque a primera vista pueda parecer algo remoto, de interés exclusivamente académico. Porque lo que se discute son las raíces y el futuro de la democracia. Nada menos.

En  febrero se publicó un importante artículo de Ramón Franquesa titulado Bolívar y el socialismo del siglo XXI. En ese texto su autor reflexiona, a la luz del actual proceso revolucionario venezolano, sobre la tradición revolucionaria europea desde sus orígenes.

Ramón Franquesa parte, en consecuencia, de la Revolución francesa, a la que considera con razón como hecho histórico fundador de las revoluciones de la contemporaneidad. En el resumen que hace de los acontecimientos acaecidos durante la misma, Franquesa opta por una determinada matriz interpretativa, según la cual los jacobinos, y Robespierre a su cabeza, serían los propugnadores de un proyecto burgués de sociedad y economía, y para conseguirlo no dudarían en emplear la violencia más feroz e imponer la dictadura. En contrapartida, Hebert y otros dirigentes populares encabezarían la opción revolucionaria proletaria. La actual izquierda revolucionaria, según esa clásica interpretación que recoge Ramón Franquesa, sería heredera de la tradición hebertista, en la que se habría inspirado Babeuf, primer revolucionario comunista, enfrentado con Robespierre. Tras Babeuf, Buonarrotti seguiría sus pasos y nos legaría la memoria de la práctica revolucionaria de nuevo cuño, instaurada por Babeuf siguiendo a Hebert.

Una primera objeción

Y sin embargo, no sería ésta la interpretación que Engels había sostenido sobre el jacobinismo y la revolución. Escribe Engels, por ejemplo, en 1891: “Está absolutamente fuera de duda que nuestro partido y la clase obrera sólo pueden llegar a la dominación bajo la forma de la república democrática. Esta última es incluso la forma específica de la dictadura democrática del proletariado, como lo ha demostrado ya la Gran Revolución francesa. (…) Así pues, República unitaria. Pero no en el sentido de la presente república francesa, que no es otra cosa que el Imperio sin el emperador, fundado en 1798. Desde 1792 a 1798, cada departamento francés, cada comunidad poseían su completa autonomía administrativa, según el modelo norteamericano, y eso debemos tener también nosotros. Norteamérica y la primera república francesa nos han mostrado cómo se debe organizar esa autonomía…”.1 La interpretación que Engels hace de su relación con el legado de la Revolución francesa es, como se puede ver, nada “rupturista” con el periodo que va de 1792 hasta la promulgación de la Constitución del año III, la cual liquida la democracia y es seguida por el golpe de estado del Directorio. Ese periodo elogiado por Engels es caracterizado por él como una época de democracia de base o directa y de libertad de las masas. Pero esto incluye una valoración sumamente positiva de los dirigentes de ese periodo y en especial del que los simboliza entre 1792 y 1794: Robespierre. ¿Qué significa todo esto? Puesto que estamos ante una reflexión sobre los orígenes de nuestra tradición y los textos fundacionales son los atribuidos, con razón, a Babeuf y a Buonarrotti, es conveniente acudir a la reproducción de citas de ambos autores.

Babeuf y Buonarroti en vivo y en directo

Existe una carta reproducida en todas las ediciones de escritos de Babeuf 2 y que suele ser titulada “Carta al ciudadano Joseph Bodson”; es del 28 de febrero de 1796. El lector debe reparar en la fecha. Babeuf y los iguales serán detenidos el 10 de mayo de 1796 y estarán en la cárcel hasta su condena a muerte –27 de mayo de 1797– y su posterior ejecución. 3 Al comienzo mismo de la carta, Babeuf expresa ya que él nunca ha cambiado de principios; no hay, según él mismo, por tanto, un joven Babeuf jacobino y un Babeuf maduro opuesto al mismo y ya comunista. Pero dejo al lector que juzgue por sí mismo. Escribe Babeuf:

Luis XVI tocado con el gorro frigio

“(…). Mi opinión sobre los principios no ha cambiado nunca. Pero sí ha cambiado la que tenía de algunos hombres. Hoy confieso de buena fe no haber visto claro, en ciertos momentos, el gobierno revolucionario, ni a Robespierre, Saint Just., etc. (…) Creo que estos hombres valen más ellos solos que todos los revolucionarios juntos, y que su gobierno dictatorial 4 estaba endiabladamente bien pensado. Todo lo que ha pasado desde que el gobierno y los hombres ya no existen, justifica quizá esta afirmación. No estoy en absoluto de acuerdo contigo en que han cometido grandes crímenes y han matado a muchos republicanos. Creo que no a tantos: es la reacción Termidoriana la que ha matado a muchos. No entro a juzgar si Hebert o Chaumettte eran inocentes. Aunque esto fuera cierto continúo justificando a Robespierre. Este último podía tener con razón el orgullo de ser el único capaz de conducir a su verdadero fin el carro de la Revolución. Intrigantes, hombres de cortos alcances, según él , y quizá también según la realidad; tales hombres, digo yo, ávidos de gloria y llenos de presuntuosidad, tales como Chaumette, pueden haber sido percibidos por Robespierre como dispuestos a disputarle la dirección del carro. Entonces, quien tenía la iniciativa, quien tenía la impresión de su capacidad exclusiva, ha debido ver que todos esos ridículos rivales, incluso los de buenas intenciones, lo entorpecerían y echarían a perderlo todo. Supongo que él se ha dicho: metamos bajo el apagavelas a todos esos duendes inoportunos y a los de buenas intenciones. Mi opinión es que hizo bien. La salvación de veinticinco millones de hombres no puede quedar amenazada por la consideración tenida hacia algunos individuos ambiguos. Un regenerador lo tiene que ver todo en su conjunto. Debe eliminar todo lo que molesta, todo lo que obstruye su paso, todo lo que puede retrasar su llegada al fin que se ha fijado. Bribones, o imbéciles, o presuntuosos y ambiciosos de gloria, es igual, tanto peor para ellos. ¿Por qué se metían en esto? Robespierre sabía todo esto, y es esto en parte lo que me hace admirarlo. Esto es lo que me hace ver en él al genio en el que residían verdaderas ideas regeneradoras. Es verdad que estas ideas te podían comprometer a ti al igual que a mí ¿Qué importancia hubiera tenido eso si finalmente la felicidad común se hubiera realizado? No sé, amigo mío, si tras esas explicaciones puede estarles permitido a los hombres de buena fe como tú seguir siendo hebertistas. El hebertismo es una afección estrecha en esta clase de hombres. Ésta no les permite ver más que el recuerdo de algunos individuos, y el punto esencial de los grandes destinos de la República se les escapa. No creo, como tú, que sea impolítico, ni superfluo, evocar las cenizas y los principios de Robespierre y de Saint Just para apuntalar nuestra doctrina. En primer lugar no hacemos otra cosa que rendir homenaje a la gran verdad sin la que estaríamos por debajo de una justa modestia. Esa verdad es que no somos más que los segundos Gracos de la revolución francesa. ¿No resulta útil aún señalar que no innovamos nada, que no hacemos nada más que suceder a los primeros generosos defensores del pueblo, que antes que nosotros habían señalado el mismo objetivo de justicia y felicidad que el pueblo debe alcanzar? Y en segundo lugar, despertar a Robespierre es despertar a todos los patriotas enérgicos de la República, y con ellos al pueblo, que en otra época solamente a ellos seguía y escuchaba. Son nulos o impotentes, están, por así decir, muertos, estos enérgicos patriotas, estos discípulos de quien se puede decir que fundó la libertad aquí. Son, digo, nulos e impotentes desde que la memoria de este fundador está cubierta por una injusta difamación. Devolvedle su primitivo brillo legítimo y todos sus discípulos se levantarán y triunfarán muy pronto. El “robespierrismo” aterra de nuevo a todas las facciones; el “robespierrismo” no se parece a ninguna de ellas, no es ficticio ni limitado. El “hebertismo”, por ejemplo, sólo existe en París, entre una minoría y aún así sujeto con andadores. El “robespierrismo” existe en toda la República, en toda la clase juiciosa y clarividente y naturalmente en todo el pueblo. La razón es simple, es que el “robespierrismo” es la democracia y estas dos palabras son perfectamente idénticas: al poner en pie el “robespierrismo” podéis estar seguros de poner en pie la democracia (…)”

Como el lector puede juzgar, Babeuf asume como propio en su totalidad el legado y también la práctica política de Robespierre. Si él se considera un segundo Graco, es porque ya Robespierre ha sido el primero: es decir, el tribuno defensor de la igualdad de la propiedad. El proyecto social de Babeuf es el de Robespierre, según aquél mismo declara. Recordemos, además, que para Babeuf Robespierre es el nombre sinónimo de “democracia”; esto debe ser muy destacado porque democracia es una singular variante del republicanismo histórico o régimen en el que el bien común debe estar por encima del de cada ciudadano particular, y cada ciudadano debe intervenir directamente en la acción política de la república. Esa particular variante de republicanismo expresada por el término “democracia” se caracteriza tradicionalmente de esta manera: “Hay oligarquía cuando los que tienen riqueza son dueños y soberanos del régimen; y por el contrario, hay democracia cuando son soberanos los que no poseen gran cantidad de bienes, sino que son pobres. (…) Y necesariamente cuando ejercen el poder en virtud de la riqueza ya sean pocos o muchos, es una oligarquía, y cuando la ejercen los pobres, es una democracia. Pero sucede, como dijimos, que unos son pocos y otros muchos, pues pocos viven en la abundancia, mientras que de la libertad participan todos. Por esa causa unos y otros se disputan el poder.”5

Tipos populares franceses de la época revolucionaria. Grabado anónimo; s. XVIII.

Podemos leer también cómo la violencia desarrollada por Robespierre, según Babeuf, es de todo punto razonable, y además –esto es lo más notable– escasa.

Paso ahora a reproducir una cita del otro teórico fundador del pensamiento revolucionario comunista. Me refiero a Philippe Buonarroti. La obra fundamental de este autor es, como sabemos Conspiration pour l´egalité, dite de Babeuf. La obra de Buonarroti apareció en 1828. Demos la palabra a Buonarroti; él escribe lo siguiente en esta obra: 6

“Los acontecimientos posteriores, creo, han demostrado que los demócratas no fueron jamás numerosos en la convención nacional; fue necesario, con mucho, que la insurrección del 31 (de mayo de 1793) consiguiese transmitir la suprema influencia a los únicos amigos sinceros de la igualdad: sus falsos e interesados defensores parecieron triunfar con la misma, pero, destructores activos en provecho de sí mismos, estos se arrojaron en brazos del sistema que habían combatido, cuando fue necesario reedificar a favor del pueblo.

”Entre los hombres que brillaron en la arena revolucionaria hay algunos que desde el comienzo se pronunciaron a favor de la liberación real del pueblo francés; Marat, Robespierre y Sain Just constan gloriosamente junto con algunos otros en la lista honorable de defensores de la igualdad. Marat y Robespierre atacaron de frente el sistema antipopular que prevaleció en la asamblea constituyente; dirigieron, antes y después del 10 de agosto, los pasos de los patriotas: llegados a la convención, ellos fueron el blanco del odio y de las calumnias del partido del egoísmo, al que ellos confundieron; se elevaron, durante el proceso contra el rey, hasta la más alta filosofía, tuvieron una enorme importancia en los acontecimientos del 31 de mayo y los días siguientes, en los que los falsos amigos de la igualdad perdieron definitivamente su feliz influencia (…)” “Pero algunos de quienes habían participado en la redacción de la constitución (1792), denominada posteriormente democrática por los patriotas, sentían que ella por sí sola no podía garantizar a los franceses la felicidad que ellos exigían: pensaban que la reforma de las costumbres debía anteceder al disfrute de la libertad: sabían que antes de conferirle al pueblo el ejercicio de la soberanía, era necesario devolverle el amor general hacia la virtud; sustituir la avaricia, la vanidad y la ambición, que sostenían entre los ciudadanos una guerra perpetua, por el desinterés y la modestia; aniquilar las contradicción instaurada por nuestras instituciones entre las necesidades y el amor a la independencia y arrancar a los enemigos naturales de la igualdad los medios que le permitieran confundir, aterrorizar y dividir: ellos sabían que las medidas coactivas y extraordinarias, indispensables para obrar un tan feliz y tan gran cambio son inconciliables con las formas de una organización regular; sabían en fin, y la experiencia no ha hecho sino justificarles según su propio punto de vista, que establecer sin estos preliminares el orden constitucional de las elecciones era abandonar el poder en manos de los amigos de todos los abusos, y perder para siempre jamás la oportunidad de asegurar la felicidad pública (…) Es imposible para las almas honestas negar la profunda sabiduría con la que la nación francesa fue entonces dirigida hacia un estado en el que, una vez alcanzada la igualdad, hubiese podido gozar pacíficamente de una constitución libre. No seremos suficientemente capaces de admirar nunca la prudencia con la que estos ilustres legisladore s, poniendo hábilmente de su parte los fracasos y las victorias, supieron inspirar a la gran mayoría de la nación, la abnegación más sublime, el desprecio de las riquezas, de los placeres y de la muerte, y conducirlos a proclamar que todos los hombres tienen un derecho igual a los pro – ductos de la tierra y de la industria (…) desde la proclamación del acta constitucional de 1793 y del decreto que instauró el gobierno revolucionario, la autoridad y la legislación se hacían cada día más populares. Un entusiasmo tan santo como novedoso se apoderó del pueblo f rancés; se form a ron innumerables ejércitos como por ensalmo; la república no fue sino un enorme taller para la guerra: la juventud, la gente madura y la ancianidad rivalizaban en patriotismo y valor; en poco tiempo un enemigo temible fue rechazado hasta las fronteras mismas que él había invadido o que la traición le había entregado. En el interior, las facciones fueron sometidas, todos los días veían eclosionar medidas legislativas tendentes a aumentar la esperanza de la clase numerosa de los desafortunados, a dar valor a la virtud y a restablecer la igualdad. Lo superfluo fue dedicado a los desafortunados y a la defensa de la patria. Se proveyó, mediante requisas de bienes de primera necesidad y de mercancías, de préstamos forzosos, de tasas revolucionarias y de la inmensa generosidad de los buenos ciudadanos, al sostenimiento de un millón cuatrocientos mil guerreros, y del pueblo, cuya audacia republicana los ricos se proponían domesticar mediante la hambruna.

Maximilien Robespierre

”La instauración de almacenes de abundancia, las leyes contra los acaparamientos, la proclamación del principio según el cual se le confiere al pueblo la propiedad de los bienes de primera necesidad, las leyes a favor de la extinción de la mendicidad, las elaboradas a favor de la distribución de los auxilios nacionales, y la Comunidad [“communauté”] que reinaba entonces de hecho en medio de la generalidad de los franceses, fueron algunos de entre estos preliminares de un orden nuevo, cuyo plan se encuentra diseñado con trazos inefables en los famosos informes del comité de salud pública, y fundamentalmente en los que Robespierre y Saint Just pronunciaron desde la tribuna nacional. (…) La sabiduría con la que él [el gobierno revolucionario] preparó un orden nuevo mediante la distribución de los bienes y de los deberes no podrá escapar a las miradas de los espíritus rectos. No se limitarán éstos a ver cómo se expresaba el reconocimiento nacional al distribuirse las tierras prometidas a los defensores de la patria, y con el decreto que ordenaba la distribución entre los desafortunados, de los bienes de los enemigos de la revolución que debían ser expulsados de territorio francés. Verán, en la confiscación de los bienes de los contra revolucionarios condenados, no una medida fiscal, sino el vasto plan de un reformador. Y cuando, tras haber considerado el cuidado con el que se propagaron los sentimientos de fraternidad y de beneficencia, la habilidad con la que se supo cambiar nuestras ideas de felicidad, y esa prudencia que alumbró en todos los corazones un virtuoso entusiasmo a favor de la defensa de la patria y de la libertad, ellos se percaten del respeto acordado a las costumbres simples y buenas, la proscripción de las conquistas y de las superfluidades, las grandes asambleas del pueblo, los proyectos de educación común, los Campos de Marzo, las fiestas nacionales; cuando piensen en el establecimiento de ese culto sublime que, fundiendo las leyes de la patria con los preceptos de la divinidad, multiplicaba por dos las fuerzas del legislador y le daba los medios para extinguir en poco tiempo todas las supersticiones y para realizar todos los portentos de la igualdad; cuando se acuerden de que, al apoderarse del comercio exterior la república había cortado la raíz de la avidez más devoradora, y cegado la fuente más fecunda de necesidades artificiales; cuando consideren que, gracias a las requisas, ella disponía de la mayor parte de los productos de la agricultura y de la industria, y que los artículos de primera necesidad y el comercio constituían ya dos grandes ramas de la administración pública, se verán forzados a proclamar: ¡Un día más, y la felicidad y la libertad de todos hubiera quedado asegurada por las instituciones que ellos no cesaron de exigir!

Miembros de un comité revolucionario camino del cadalso

Pero el destino había ordenado otra cosa, y la causa de la igualdad que jamás había obtenido un éxito tan grande, debió sucumbir bajo los esfuerzos juntos de todas las pasiones antisociales”.

En las páginas 51, 52 y 53, Buonarrotti incluye una nota al pie de página, de más de setecientas palabras, que no reproduzco, en la que critica a Danton y a Hebert, en pie de igualdad, por tener por igual la responsabilidad de haber combatido, calumniado, debilitado, traicionado y derrotado a Robespierre, con lo cual participaron activamente en la liquidación de la Revolución al lado de las fuerzas procapitalistas.

Como hemos podido comprobar la obra de Buonarroti versa sobre la Revolución francesa. Su intención evidente es hacer comprensible para la nueva generación de revolucionarios de los años 30, que se habían encontrado con el muro de silencio impuesto por el terror reaccionario y las calumnias y no habían conocido la experiencia revolucionaria por sí mismos, las ideas de la Revolución francesa. Si bien el pensamiento y las tradiciones políticas plebeyas de la Revolución francesa se mantuvieron vivas clandestinamente a través de las corporaciones de obreros, 7 la obra de Buonarroti fue fundamental tanto para el conocimiento del cuerpo teórico de la Revolución f rancesa como para su conocimiento historiográfico, pues fue la primera historia de la Revolución elaborada desde la izquierda y mantuvo en solitario durante décadas ese doble honor. Por tanto es una obra de caudal importancia en el resurgir del pensamiento revolucionario europeo.

El lector que haya leído ambas citas habrá quedado de seguro sorprendido por ambos textos. Los dos padres del comunismo, Babeuf y Philippe Buonarroti, declaran su admiración sin límites hacia Robespierre, se autoproclaman seguidores o discípulos de Robespierre y continuadores de sus mismas ideas. Consideran además, que el programa de Robespierre era la igualdad, entendida como igual libertad real de todos; esto es, el comunismo. La continuidad intelectual respecto del proyecto político de Robespierre, y no otra cosa, es la idea afirmada por estos dos comunistas. En el texto de Buonarroti que comenta las medidas y los proyectos de Robespierre se insiste, como es propio de un autor que además de comunista es continuador del pensamiento clásico de la tradición republicana, en que la libertad es la característica fundamental inherente de cada ciudadano, cuya carencia inhabilita a todo individuo para ser ciudadano. Y que sin independencia económica que posibilite la no supeditación de cada individuo a la voluntad de otro, es imposible la libertad; por ello, la democracia, que es el imperio de la soberanía de los pobres en la república, exige que se tomen medidas para que todos los pobres se vean libres de esclavitud –en la Europa del siglo XVIII se consideraba esclavo al asalariado por cuenta ajena, es decir, al allieni iuris, al enajenado– y puedan pensar y obrar con libertad, como corresponde al ciudadano, sin verse sometidos a extorsión por otros de quienes dependen para resolver sus necesidades –“aniquilar la contradicción instaurada por nuestras instituciones entre las necesidades y el amor a la independencia” etcétera. 8

Para remachar la interpretación de estos dos revolucionarios que fueron testigos de la Revolución francesa, no quiero dejar de recordar que Robespierre fue quien escribió: “las revoluciones que se han sucedido desde hace tres años lo han hecho todo por las otras clases de ciudadanos, casi nada aún por la quizá más necesitada, por los ciudadanos proletarios –proletaires– cuya única propiedad está en el trabajo. El feudalismo ha sido destruido, pero no para ellos; pues nada poseen ellos en los campos liberados (…) Comienza ahora la revolución del pobre –Ici est la révolution du pauvre. 9

Jean-Paul Marat

Deseo dejar constancia también de que ese “tiránico” Robespierre no disponía de ningún cargo burocrático, ni militar, ni policial, con la salva excepción de ser un convencional o parlamentario democráticamente elegido, y que muy tardíamente se incorporó al comité de salud pública, donde era considerado un “moderantista”. Recordemos también que el famoso organismo, tan denostado, era un comité del parlamento que, como tal, rendía cuentas cada mes ante la Convención, la cual revisaba su composición con esa misma periodicidad. Y que el comité era un tribunal judicial de excepción, pero no un órgano ejecutivo, ni un cuerpo de policía, instrumento que no existió hasta que lo inventaron los liberales –Napoleón–. El comité estaba formado por un pequeño grupo de diputados, no por un cuerpo general integrado por cientos o miles de policías y funcionarios –¿cómo, pues, matar a mansalva?–, y su misión era la persecución y el juicio del delito de sabotaje en la ejecución de las leyes promulgadas por la Convención a manos de los funcionarios contra revolucionarios, es decir, la afirmación y salvaguarda de la legalidad. Y recordemos que Robespierre conseguía imponer su voluntad en la Convención porque era simple transmisor orgánico de la voluntad de la plebe organizada y movilizada; y por eso era tan odiado. Y que esta es la verdad que conoció siempre el movimiento demo-revolucionario del siglo XlX . Escribe Louis Blanc, defendiendo a Robespierre: “no es posible desempeñar un gran papel en la historia si no es a condición de ser lo que yo llamo un hombre representativo. La fuerza que los individuos poderosos poseen, no la extraen de sí mismos más que en muy pequeña parte: ellos la extraen sobre todo del medio que les rodea. Su vida no es sino un concentrado de la vida colectiva en el seno de la cual se encuentran sumergidos. El impulso que imprimen a la sociedad es poca cosa en el fondo comparado con el impulso que ellos reciben de la misma. (…) Al atacarlos o al defenderlos, lo que se ataca o defiende es la idea que se ha encarnado en ellos, es el conjunto de aspiraciones que ellos han representado”. 10

Precisamente por no tener mando de tropas, ni desempeñar cargo político ejecutivo alguno, cuando “la revolución se congela” y las masas se desmovilizan Robespierre y los suyos pueden ser asesinados, y no al revés. 11

Esta interpretación sobre la Revolución francesa, atenida a la verdad, como revelan las fuentes, era la que se mantenía durante el siglo XIX en las filas de la izquierda democrática revolucionaria y es el modelo que inspiraba su práctica política. La plebe organizada en sujeto soberano, el proletariado, las nueve décimas partes de la población, debía luchar por constituirse en poder, e instaurar ese régimen de los plebeyos denominado “democracia”. La tarea de los individuos más decididos moralmente debía ser la de servir orgánicamente al movimiento y, antes de la existencia del mismo, la de tratar de impulsar la constitución de la plebe en sujeto organizado. Esta idea recorre la obra de todos los pensadores demo-revolucionario de la época, y entre ellos, Marx y Engels. Recordemos que en el Manifiesto comunista advierten contra toda intervención elitista: la tarea de los comunistas no es otra que la de los demás partidos obreros: constituir el proletariado en clase: en fuerza deliberante y operante, y por tanto en soberano; conquistar la democracia. Todo otro tipo de actuación que pretenda dirigir, desde un supuesto saber previo, la marcha de la emancipación está incluida en el capítulo, 3 bajo el título “El socialismo y el comunismo crítico utópicos”. Por cierto que la primera frase de ese capítulo, en la que define a los únicos excluidos de tal crítica, reza así: “No se trata aquí de la literatura que en todas las grandes revoluciones modernas ha formulado las reivindicaciones del proletariado (los escritos de Babeuf, etc)”. Expresar por escrito las reivindicaciones del Soberano organizado es la tarea orgánica a la que se limita el trabajo de los mandatados, y Babeuf fue uno de ellos. Por lo tanto, él no era un utópico

La madre del cordero

La interpretación histórica que estoy criticando ha sido propalada desde la izquierda. ¿Cuál es la causa oculta que hay detrás de todos esos enjuagues y falsificaciones sobre la Revolución francesa? Una doble necesidad. Por una parte, la necesidad de liquidar la Revolución francesa, esto es, el democratismo jacobino, como modelo que “azuza” a la plebe a creerse soberana. Por otra, la necesidad de reelaborar una interpretación sobre algunos clásicos del pensamiento revolucionario, que, incorporados al santoral de la izquierda, era imposible condenar a priori, y había que “reconstruir”. Tras la comuna de París y la gigantesca derrota de la izquierda en Europa durante el último tercio del siglo XIX , las organizaciones obre ras alemanas pasaron a ser la fuerza orientadora. Pero el partido socialdemócrata alemán era de raíz lassalleana, y por lo tanto, una organización basada en la teoría liberal de elites. Unos dirigentes, poseedores del saber científico –positivismo científico– que los dotaba de excelencia frente a los ignaros humildes, debían orientar a los explotados sobre sus intereses y sus fines. 12 La democracia plebeya revolucionaria, resultado de la organización de la plebe en sujeto deliberante era algo lejano y temible para esta concepción de la política. Se trataba de eliminar la tradición demo-jacobina que se basa en la acción protagonista y directa de la plebe organizada –la “chusma”– en política mediante la creación de un espacio público plebeyo, la deliberación colectiva y la acción directa, para sustituirla por la teoría liberal de elites. La historiografía burguesa sobre la Revolución, que exorcizaba y satanizaba convenientemente la Revolución francesa, fue asumida.

Dado que la socialdemocracia tenía entre sus santos de palo a Marx, había que proceder también a reelaborar su interpretación para alejarlo por completo de la tradición demo-revolucionaria, y se inventó un Marx en ruptura epistemológica con el pasado, que se insemina, se concibe y se pare a sí mismo, a lo sumo con la ayuda de los economistas capitalistas. Ese Marx no sería un político revolucionario de la época, sino un sabio economista –¡un Genio, por favor!– capaz de construir un nuevo continente intelectual. E via dicendo.

En cuanto a la matriz real del pensamiento de Marx y Engels, el más veraz de los socialdemócratas lo expresaría claramente justo en cuanto se muriera Engels: no es que el marxismo no sea parte de esa tradición revolucionaria jacobina; al contrario, es parte de esa tradición de “democratismo primitivo”, de “terrorismo”, de “blanquismo”, de plebeyismo descerebrado, y por eso es ya pensamiento viejo e inútil, 13pero esta atolondrada veracidad le sería reprochada: “…esas cosas se hacen, pero no se dicen”. La socialdemocracia perseveraría en el otro camino la barbarie de la Revolución y su extrañeza respecto de los santos de la propia peana.

Posteriormente el estalinismo recoge esa misma doble elaboración, porque tiene el mismo interés en borrar la forma de hacer política que surge unida a la tradición jacobina, y sustituirla por la idea, completamente ajena a esta tradición y proveniente del liberalismo, del partido de vanguardia que guía a las masas. Al comienzo de este párrafo he escrito que estas ideas son estalinistas. Soy consciente de que la noción de estalinismo no es suficiente para explicar este y otros muchos fenómenos que suceden en la izquierda. La superchería inventada para sostener la idea del partido de vanguardia, que he llamado estalinista, y que niega la continuidad del comunismo con el jacobinismo e inventa una creatio ex nihilo del marxismo, es compartida a pies juntillas por los grupos trotskistas. 14. Pero sirva el término. Y esta ha sido la causa de la existencia y pujanza de esta interpretación antijacobina de la Revolución francesa.

Epílogo

Deseo referirme antes de terminar, a otra de las ideas que Ramón Franquesa destaca del pensamiento político de Babeuf, con la que estoy plenamente de acuerdo. La idea de la felicidad. Franquesa recuerda que Babeuf defiende que el fin de la revolución es la felicidad humana, no el desarrollo de la productividad, o avance de las fuerzas productivas. Esta idea es de fundamental importancia. Pertenece a la tradición demo-republicana clásica, mediterránea, para la que la felicidad –eudaimonía, vita beata– de un individuo, que es por naturaleza un ser político- social, depende del orden político de esa sociedad, y es el motor de Robespierre, de Saint Just y de los jacobinos robespierrianos. El fin de la sociedad es la felicidad del individuo, y esto exige que sea libre y que disponga de las condiciones materiales que posibilitan su autodesarrollo individual. Consiguientemente, el objetivo a construir para lograr la felicidad es un poder político en el que la plebe sea en verdad soberana, y no simple “soberano representado”, y que permita al demos decidir mediante deliberación pública, permanentemente, qué y cómo desea su mundo. La economía es un mero instrumento puesto al servicio de la felicidad, que sirve para consolidar la libertad de los individuos plebeyos. La ordenación de la economía debe ser decidida, políticamente, por el Soberano, y no es una “variante independiente”. Hubo a principios del siglo XX un revolucionario que, tras sus primeros escarceos con la teoría liberal, o burguesa, de élites en su variante socialdemócrata –unida, como sabemos al positivismo científico: la ciencia como excelencia que señala a la nueva aristocracia que debe regir el mundo– se puso a leer historia y descubrió el jacobinismo; esto es: el principio de que la felicidad y no otra idea es el fin que orienta la revolución, lo que implica el primado de la política, y, consiguientemente, la constitución de un poder institucional estable que posibilite el protagonismo de la plebe sobre su sociedad. Este revolucionario escribió: “Dicho de otra manera (los burgueses) están dispuestos a ‘conceder’ a los obreros la libertad de huelga y de asociación (casi conquistada ya de hecho por lo mismos obreros) con tal de que éstos renuncien al ‘espíritu’ de rebeldía, al ‘revolucionarismo estrecho’, a la hostilidad a los compromisos útiles en la práctica, a la pretensión y al deseo de imprimir ‘a la revolución popular rusa’ el sello de su lucha de clase, el sello de la perseverancia proletaria, del ‘jacobinismo plebeyo’ 15”. Por tanto, idearía como fin de la revolución la instauración de un poder político plebeyo, es decir, democrático, basado en la alianza del campesinado, la clase obrera y la pequeña burguesía. Este revolucionario se tendría que enfrentar a quienes consideraban que el fin de la revolución consistía en promover el desarrollo de las fuerzas productivas, lo que significaba que había que poner Rusia en manos de la burguesía –los mencheviques– o había que proceder a exportar la revolución a los países capitalistas desarrollados de Europa para que el poder económico occidental salvase la revolución –la revolución permanente.

Por ello este neojacobino consideraría justas, respecto de la economía, aquellas medidas que fuesen resultado de la voluntad popular, y cuya instauración concitase la adhesión política activa y la movilización de las masas; no las ideas prejuzgadas desde los estados mayores políticos como apropiadas. En consecuencia, cuando los campesinos exigieron la parcelación de la tierra, él se convirtió en el primer defensor de la misma: en el intelectual orgánico ejecutor de ese proyecto: “Se dice que el decreto y el mandato [de la parcelación de la tierra] han sido redactados por los social revolucionarios. Sea así. No importa quién lo haya redactado; mas como gobierno democrático no podemos dar de lado a la decisión de las masa populares, aun en el caso de que no estemos de acuerdo con ella. En el crisol de la vida, en su aplicación práctica, al hacerla realidad en cada lugar, los propios campesinos verán dónde está la verdad. (…) La vida nos obligará a acercarnos en el torrente común de la iniciativa revolucionaria, en la concepción de nuevas formas de Estado. Debemos marchar al paso con la vida; debemos conceder plena libertad al genio creador de las masas po – pulares. (…) los campesinos han aprendido algo en estos ocho meses de nuestra revolución y quieren resolver por sí mismos todos los problemas relativos a la tierra. Por eso nos pronunciamos contra toda enmienda a este proyecto de ley (…) Confiamos en que los propios campesinos sabrán, mejor que nosotros, resolver el problema con acierto, como es debido. Lo esencial no es que lo hagan de acuerdo con nuestro programa o con el de los eseristas. Lo esencial es que el campesinado tenga la firme seguridad de que han dejado de existir los terratenientes, que los campesinos resuelvan ellos mismos todos los problemas y organicen su propia vida” 16.

El mismo principio democrático era el vigente para los obreros: “Es fácil promulgar un decreto aboliendo la propiedad privada, pero sólo los obreros mismos pueden y deben llevarla a la práctica. (…) No hay ni puede haber un plan concreto de organización de la vida económica. Nadie puede proporcionarlo. Eso sólo pueden hacerlo las masas desde abajo, por medio de la experiencia”17.

“Experiencia”. La “experiencia” no es una consecuencia de la aplicación técnica de un conocimiento científico, sino saber vivencial inherente a toda actividad individual humana o praxis. La praxis no requiere de ningún saber especial; se basa en el sentido común o doxa –opinión–, que dirige la acción y registra sus consecuencias a partir de las propias expectativas. Lenin invoca esperanzado, no las tendencias de la doxa más propensas a la reiteración, sino las más intuitivamente creativas –frónesis, prudentia– de las que está dotado el ser humano. ¿Y cuál es el estatuto epistemológico de la opinión de Lenin aquí expresada? La de un saber segundo, orgánico de la praxis, que reflexiona críticamente sobre la misma: una praxeología. Un filosofar, no un sistema filosófico.

Tras la guerra civil, Lenin validaría de nuevo la fidelidad a la alianza de los obreros con los campesinos sobre la que se basaba el régimen. Frente a los que planteaban una industrialización forzada, desarrollada a partir de un ahorro a expensas y sobre las costillas de los campesinos, para revolucionar el “modo de producción”, propugnó la NEP, simplemente, porque acogía las expectativas de la mayoría de la sociedad.

Se trata aquí de la democracia, por supuesto. Y de la democracia comprendida, no sólo como mera participación en las elecciones de representantes, sino como radicalización del poder directo de las clases subalternas sobre su vida y, en particular, sobre las condiciones materiales de las que depende ésta. Democracia, esto es, poder popular directo, estable, microfundamentado en la sociedad civil por parte del demos. Y para ello, ¿qué programa ha de ser considerado justo? El que consideren justo las masas. Esto es el jacobinismo, la búsqueda de la felicidad y como objetivo la instauración de un poder democrático a cuyo fin se instrumentan las medidas económicas.

Todos estos periodos históricos de lucha por la libertad, a los que me he referido, terminaron en derrotas de la plebe. Pero constituyen nuestra tradición y nuestro ser, porque, por propia voluntad, los asumimos como nuestro patrimonio y nos auto elegimos en ellos; en ellos nos inspiramos y de ellos aprendemos. “La causa vencedora place a los dioses; la vencida a Catón”■

* * *

Notas

  • 1. Federico Engels, Contribución a la crítica del proyecto de pro – grama socialdemócrata de Erfurt de 1891, en Carlos Marx y Fe – derico Engels, Obras Escogidas, en tres tomos , Ed. Pogreso, Moscú, 1974, tomo. 3 pp. 456 y 458. Véase también, de Engels, “La fiesta de las naciones en Londres, en ocasión de celebrarse la instauración de la Primera república francesa, el 22 de setiembre de 1792” en OME, Ed. Crítica, B., 1978, tomo 6, pp. 562 y ss. O el capítulo “movimientos proletarios” de La situa – ción de la clase obrera en Inglaterra, en el mismo tomo de OME, p 463 a 490, en especial la segunda parte del capítulo.
  • 2. Se puede encontrar p. e. en la antología de Ed. Sarpe, Fran – çois-Noel Babeuf, realismo y utopía en la revolución francesa, B. 1985, que reproduce otra anterior de Edicions 62/ Ed Península, B. 1970. También en Babeuf, Écrits, par Claude Mazauric, Messidor –Éditions Sociales, Paris, 1988, pp. 285 a 287. Este texto en francés es el que yo adopto.
  • 3. No la de Babeuf quien, junto con Darthé, al enterarse de la sentencia, se suicida en la cárcel, imitando a Catón de Útica, que se había dado muerte tras ser derrotado en el norte de África por César. Catón era uno de los héroes de Plutarco, y en consecuencia era tan admirado por Babeuf, lector asiduo de Plutarco, como el mismo tribuno Cayo Graco, de quien Babeuf había tomado el nombre. Este Catón era un símbolo del republicanismo histórico, y, en consecuencia, al proceder a suicidarse como él, Babeuf elige un emblema simbólico con el que recalcar la propia autocomprensión de sí mismo. Con ello no hace sino manifestar la continuidad ideológica con una traditio. Todas estas referencias a la antigüedad –nombre autoelegido, suicidio, etc.– muestran un Babeuf nada rupturista con la tradición intelectual.
  • 4. El texto traducido por Ed. Sarpe-Eds 62 traduce aquí “revolucionario” en vez de “dictatorial”, según el original francés
  • 5. Aristóteles, Política 1279b 1280. Ver tambiéna Platón , República. De 557a, hasta 558c: “Nace, pues, la democracia, creo yo, cuando habiendo vencido los pobres, matan a algunos de sus contrarios, a otros los destierran, y a los demás los hacen igualmente partícipes del gobierno y de los cargos, que, por lo regular, suelen cubrirse en este sistema mediante sorteo.
  • 6. Philippe Buonarroti, Conspiration pour l´egalité, dite de Ba – beuf, Éditions Sociales, París, 1957, 2 tomos; tomo 1, pp. 39, 45, 46 47, 49, 50 Esta edición es la última que se ha publicado de esta obra. En castellano no existe edición de la misma.
  • 7. Ver:William H. Sewel, Trabajo y revolución en Francia. El lenguaje del movimiento obrero del Antiguo Régimen a 1848, Ed Taurus 1992. Alain Maillard, La communauté des égaux. Le communisme neóbabuviste dans la France des annés 1840, ed. Kimé, Paris 1999.
  • 8. La palabra “comunismo” procede del término “comunidad”, communitas; y estas de “munus”, municipio en latin. Communis hace pues, referencia a la idea política de res publica o res communis, no a la idea simple de cosa tenida por varios en común; habla de comunidad políticamente organizada antes que de propiedad de algo tenida en común por varios, y procede de la traditio republicana.
  • 9. Robespierre, “Discurso sobre el plan de educación nacional de Michel Lepelletier, de julio de 1793, en Robespierre, écrits, Ed. Messidor/éditions sociales, Paris, 1989, p. 265.
  • 10. Blanc Louis, (s/f ) Leettre sur la terreur, París, Obsidianne, L´impossible terreur, p 14. WWW// gallica.bnf.fr
  • 11. Para un resumen de los argumentos historiográficos de izquierdas, y una presentación de la bibliografía pro re vo l ucionaria, a comenzar por la obra del gran Albert Matthiez , permítaseme una autocita: Joaquín Miras: “La república de la virtud” en VV AA Republicanismo y democracia, Ed. Miño y Dávila, Buenos Aire s, 2005. Con buena distribución en España.
  • 12. “La Internacional fue fundada para reemplazar las sectas socialistas o semisocialistas por una organización real de la clase obrera con vistas a la lucha (…) la organización lassalleana era, simplemente, una organización sectaria y, como tal, hostil a la organización de un movimiento obrero efectivo”. “Marx a Friederich Bolte”, 23 de noviembre de 1871, en Carlos Marx, y Federico Engels, Obras Escogidas, en tres tomos, tomo 2, pp 446 y 447 .
  • 13. Eduard Berstein, Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia, Ed siglo XXI, México 1982.
  • 14. En uno de sus cuentos, narra Borges la historia de dos teólogos que se pasaron la vida odiándose a muerte: Juan de Panonia y Aureliano. Tras una vida de triunfos de uno de ellos y de paralelas humillaciones del otro, el marginado pudo, por fin, darle la vuelta al asunto y conseguir que su rival anteriormente victorioso fuera condenado y quemado por hereje. A su vez, él murió también. Dios, en su infinita bondad los acogió a ambos en su seno, pero Dios, a pesar de su infinita sabiduría, era incapaz de distinguirlos.
  • 15. Lenin, Dos tácticas de la sociademocracia rusa, en Obras Escogidas en tres tomos, Ed Progreso,, Moscú, 1979, tomo 1, p 554. Obra de 1905.
  • 16. V. I. Lenin. “Informe acerca de la tierra ante el segundo congreso de los Soviets de Rusia del 8 de noviembre de 1917”, Obras Escogidas en tres tomos, Ed Progreso, Moscú 1978, tomo 2, p. 492.
  • 17. ”Informe sobre la situación económica de los obreros de Petrogrado… del 17 de diciembre de 1917”, Obras Escogidas, en tres tomos, tomos 2, p. 522.

Texto publicado originalmente en el número 221 de El Viejo Topo, junio 2006

Francia: el triunfo de Macron expresa la crisis de la izquierda francesa

por Alex Lantier//

El ciclo de elecciones legislativas y generales de esta primavera en Francia ha culminado en la desintegración del Partido Socialista (PS) y la elección de Emmanuel Macron como presidente con una mayoría absoluta en la Asamblea Nacional.
Macron, quien fue ministro de Economía bajo el presidente del PS, François Hollande, está apoyando la campaña de Berlín para convertir la Unión Europea (UE) en un rival estratégico y militar del imperialismo estadounidense. A nivel nacional, la base sobre la cual el imperialismo europeo irá tras sus ambiciones internacionales es una guerra implacable contra la clase obrera. El gobierno de Macron, compuesto por elementos del PS y de la derecha burguesa, está planeando una serie de decretos unilaterales que profundizará la reaccionaria legislación laboral del gobierno del PS y un permanente estado de emergencia del Instituto.
Este resultado refleja la desastrosa bancarrota de todas las organizaciones que se denominan de izquierda, habiendo rompido con el trotskismo, y que cargan con la responsabilidad principal de que Macron esté en una posición para sacarle provecho al descrédito de las políticas de austeridad y guerra de Hollande y el PS. Una y otra vez durante el último cuarto de siglo, los trabajadores en Francia han reaccionado fuertemente contra estos ataques, con huelgas de masas en los años 1995, 2003, 2010 y 2016. La clase obrera les dio a estas organizaciones millones de votos en el 2002 y este año, pero han demostrado ser incapaces de avanzar una alternativa.
No emprendieron la tarea en cuestión de construir un partido revolucionario de la clase obrera como alternativa al Partido Socialista, sino que les dieron la espalda a los trabajadores que los apoyaron. En el 2002, Lutte ouvrière (LO) y la Ligue communiste révolutionnaire (LCR) recibieron colectivamente tres millones de votos, cuando salió eliminado el candidato del PS, Lionel Jospin, y se dio la segunda vuelta entre el conservador Jacques Chirac y el neofascista Jean-Marie Le Pen. Fue entonces cuando LO y la LCR se alinearon con el PS en llamar a votar por Chirac.
Mientras que la LCR apoyó explícitamente a Chirac después de negociar tras bastidores con el PS, LO llamó a abstenerse pero dejando claro que “entendía” un voto por Chirac, la verdadera opción que favorecía.
Se negaron a tomar estas oportunidades para construir una fuerza política independiente de la clase obrera. En cambio, su alineación detrás del PS y Chirac le permitió a Le Pen del Frente Nacional (FN) presentarse como el único opositor a la austeridad en Francia. Luego, utilizaron el crecimiento del FN para justificar su capitulación ante Macron en el 2017, de forma similar al 2002.
Hicieron esto mediante la promoción de la campaña de Jean-Luc Mélenchon, un exministro del PS. En las últimas semanas de las elecciones presidenciales, consiguió duplicar su apoyo en las encuestas, recibiendo finalmente siete millones de votos, después de que criticó los ataques aéreos de EE.UU. en Siria y la política de rechazar a los refugiados y dejarlos que se ahogan en el Mediterráneo. Durante la segunda vuelta entre Macron y Marine Le Pen del FN, Mélenchon se negó a tomar una posición definida, haciendo caso omiso a la consulta de sus partidarios miembros de Francia Insumisa, dos tercios de los cuales preferían votar nulo o en blanco para protestar contra las políticas derechistas de Macron. Él también señaló que “entiende” a los que votaron por Macron y contra de Le Pen.
Cada una de estas tendencias —como LO, la LCR (hoy el Nuevo Partido Anticapitalista, NPA) y el mismo Mélenchon, quien tuvo sus inicios en la Organisation communiste internationaliste (OCI) de Pierre Lambert— remontan sus orígenes políticos a la ruptura con el trotskismo. Esto se ha visto reflejado en su desenfrenado oportunismo pequeñoburgués y su capitulación al Estado burgués.
La OCI se separó del CICI y el trotskismo en 1971 para unirse al establecimiento del PS ese mismo año. Rechazando la lucha por la independencia política de la clase obrera, buscó orientar a los trabajadores hacia la construcción de una “Unidad de la Izquierda” alrededor del Partido Socialista, un partido reaccionario del capital financiero. La OCI envió a sus miembros a incorporarse al PS, uno de los cuales, Lionel Jospin, se convirtió en primer ministro.
En cuanto a la tendencia LCR/NPA, rechazó los principios básicos del trotskismo durante su escisión del CICI en 1953 y renunció formalmente a su identificación puramente verbal y simbólica con Trotsky en el 2009. Fundó el Nuevo Partido Anticapitalista bajo una orientación explícitamente no trotskista, y propuso construir el NPA como una “izquierda amplia” y abierta a los miembros del PS.
Mélenchon expresa quizás más crudamente las concepciones antimarxistas que prevalecen en estos círculos. Proclamando que el desprestigio del PS significaba el fin del socialismo y la izquierda, escribió en su libro La era del pueblo que la clase obrera ya no desempeñará ningún papel político independiente y que la revolución socialista será reemplazada por un “revolución ciudadana”. La primera etapa de esta “revolución ciudadana” es ayudarle a Macron con sus planes de contrarrevolución social.
Esta política, que objetivamente le sirvió a la burguesía a intentar bloquear la oposición de la clase obrera, se enraíza teoréticamente en distintas formas de pseudomarxismo promovidas por las capas de la pequeña burguesía académica francesa que dirigen estos partidos. Francia les ha permitido poner a prueba sus teorías antimarxistas.
Cada una de las tendencias teóricas de la pseudoizquierda —de los “capitalistas de Estado”, Cornelius Castoriadis y Claude Lefort, al postestructuralista Michel Foucault y los postmodernistas exmaoísta, Alain Badiou y Jacques Rancière— contribuyeron su gota de veneno a la campaña contra el marxismo. Estas incluyeron las panaceas de Jean-François Lyotard en 1979 de que se venía el final de la historia y la “muerte de las metanarrativas” y la declaración de Jacques Derrida en 1993 en Espectros de Marx de que el marxismo tenía que dar paso al “pseudomarxismo”.
El verdadero valor de estas teorías fue evaluado de la forma más certera, a pesar de haber sido involuntariamente, por Badiou, quien escribió en el 2013 un ensayo titulado “Nuestra impotencia contemporánea” sobre la campaña de austeridad de la UE contra el pueblo griego.
“No tengo ni la capacidad ni la intención de resolver los problemas que acosan en la actualidad al pueblo griego”, declaró Badiou. “Por ende, mi subjetividad es externa a la secuencia en cuestión. Aceptaré los límites de esta posición y comenzar con un sentimiento, un afecto, tal vez personal, quizás injustificado, pero que sin embargo siento, dada la información a mi disposición: una sensación de impotencia política generalizada”.
En el centenario de la Revolución de Octubre de 1917, conforme colapsa el PS y se avecinan luchas de la clase obrera en oposición a Macron, se deben tomar lecciones de esta experiencia. Estas fuerzas, cuya impotencia radica en los intereses de clases hostiles y su rechazo al marxismo, podrán organizar sólo derrotas. El único camino a seguir es el revolucionario, el regreso a las tradiciones del marxismo clásico y del trotskismo y de los grandes titanes del marxismo revolucionario: Marx, Engels, Lenin y Trotsky.
Ganarse a la clase obrera, en Francia e internacionalmente, a este programa es la tarea del Comité Internacional de la Cuarta Internacional (CICI) y su sección francesa, el Parti de l’égalité socialiste (PES).

La OCDE promueve la mercantilización de la educación.

por Xavier Diez//

Si preguntamos a cualquier actor que participa en esa representación teatral cotidiana que es la escuela; esto es, alumnos, padres, madres, maestros, inspectores, personal de administración y servicios, académicos, políticos… expresarán cierta preocupación por la evolución de la educación en muchos sentidos. También muchos detectarán que uno de los problemas tiene que ver con la ausencia de un marco normativo mínimamente estable. Es más, detectaríamos una corriente de reformas que, al igual que sucede con otros sectores esenciales de la sociedad, parecen haber sido hechas con el ánimo de deteriorarla. En cierta medida, si existe un mínimo consenso entre la pluralidad de intereses y orientaciones políticas, es que la escuela tiene problemas, y que la evolución de los últimos años sólo hace que empeorarlos. Seguir leyendo La OCDE promueve la mercantilización de la educación.

Francia: jóvenes protestan contra la segunda vuelta presidencial entre Le Pen y Macron

por Alex Lantier//

Miles de estudiantes de secundaria protestaron, bloquearon las entradas de sus escuelas y marcharon en ciudades a través de Francia el jueves en medio del creciente malestar ante una segunda vuelta de las elecciones presidenciales entre dos candidatos de derecha: el exbanquero, Emmanuel Macron, y la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen.
Millones de trabajadores comprenden que esta elección solamente les ofrece la elección de cuál presidente regirá sobre un gobierno militarista y autoritario en Francia. Le Pen es una neofascista. En cuanto a Macron, la juventud lo detesta ampliamente por su rol como ministro de economía en el actual gobierno del Partido Socialista (PS), el cual ha reprimido brutalmente las huelgas y las protestas masivas de jóvenes el año pasado contra la ley laboral regresiva del PS.
El jueves después de los comicios, miles de jóvenes marcharon, mientras que varias escuelas secundarias fueron bloqueadas en Paris, Rennes y Nantes. Las pancartas decían: “Una elección entre la plaga y el cólera” y “ni Marine ni Macron, ni la patria ni los empresarios”.
En Paris, veinte colegios fueron bloqueados o dañados por las protestas. Una manifestación no autorizada de miles de estudiantes irrumpió en la Plaza de la República en oposición a Le Pen y Macron bajo el eslogan “Ni el fascismo ni el capitalismo de libre mercado”. En la Plaza de la Bastilla, hubo enfrentamientos entre la policía y los estudiantes estallaron. Entre los estudiantes de secundaria que ya pueden votar, muchos declararon que tenían en mente votar en blanco.
Algunos estudiantes compararon la segunda vuelta este año con la del 2002, la única otra vez que el FN alcanzó esta ronda. Hace quince años, esto provocó protestas de masas espontáneas. Hoy, “estoy impactada de que nadie proteste”, declaró Elise. “Todos esperaban que Marine Le Pen llegara a la segunda vuelta, pero ese es el problema: ¡es horrible de que todos esperen eso! Decidimos que teníamos que hacer algo contra el FN para defender nuestros valores. Incluso si es que no tenemos la edad para votar, es nuestro futuro. Y no queremos a un partido racista y xenofóbico en el poder”.
Los grupos estudiantiles celebraron otra protesta el día siguiente en frente del Ayuntamiento de Paris.
En Rennes, miles se manifestaron pacíficamente antes de chocar con la policía cuando las fuerzas de seguridad intentaron bloquear la marcha para impedir que llegaran al centro de la ciudad y dispararon gas lacrimógeno. Los enfrentamientos entonces se esparcieron alrededor de la ciudad con jóvenes clamando, “Macron, Le Pen, no los queremos”. Con respecto a las afirmaciones demagógicas del FN de ser un partido “antisistémico”, los jóvenes cantaban: “Las verdaderas fuerzas antisistémicas somos nosotros”.
Otras manifestaciones tomaron lugar en ciudades como Lyon, Toulouse y Dijon. Cientos marcharon en Dijon con pancartas como “ni un banquero ni una fascista”.
Las protestas de jóvenes son indicaciones iniciales de un profundo enojo social en toda la población por las elecciones presidenciales, donde fueron eliminados los candidatos de los dos partidos tradicionales de Francia: el Partido Socialista en el poder y Los Republicanos (LR). Los votantes repetidamente cambiaron sus preferencias y expresaron su frustración con una campaña dominada por acusaciones de corrupción e histeria policial. Tanto Macron como Le Pen son ampliamente odiados.
El estallido de las protestas de jóvenes acentúa la puntualidad del llamado por el Parti de l’égalité socialiste (PES) a realizar un boicot activo de la segunda vuelta, para así movilizar la oposición política a ambos candidatos entre los trabajadores y la juventud y preparar una lucha política de la clase trabajadora contra cualquiera que sea el candidato reaccionario que gane las elecciones.
Después de años de guerra, desempleo masivo y un estado de emergencia que suspende los derechos democráticos básicos —todo esto bajo el gobierno del presidente del PS, François Hollande—, se ha desarrollado un explosivo enojo social en la clase trabajadora. A sólo unas semanas de la primera vuelta, estalló una huelga general en el departamento de ultramar de Guyana.
La cuestión crítica que confrontan los jóvenes opuestos a las elecciones es orientarse hacia la clase trabajadora, desafiando la reaccionaria propaganda pro-Macron de los medios, para movilizarla en una lucha política contra la clase gobernante.
Para contener al creciente enojo social y preservar la frágil ventaja de Macron sobre Le Pen —las encuestas la muestran con un 40 por ciento de los votos, algo que nunca había alcanzado—, la prensa se ha dedicado a divulgar mensajes de propaganda hipócritos, calumniando a aquellos que se oponen a Macron desde la izquierda como aliados del neofascismo. El diario francés Libération publicó ayer una carta abierta por el periodista Johan Hufnagel. La carta, dirigida a “mis amigos en la izquierda que no votarán contra Le Pen”, se refirió a y desestimó los problemas que enfrentan los trabajadores de la planta de Whirpool en Amiens, quienes confrontan un inminente cierre de fábrica y la perdida de sus empleos.
“Contemplo todas las opiniones para poder entender su malestar por tener que votar por un candidato apoyado por la derecha, el gran capital, los neoliberales y que felizmente sacrificaría a los trabajadores de Whirlpool en aras de sus grandes y emocionantes planes. No puedo creer que no vayan a los centros de votación”, señaló, añadiendo que: “Emmanuel Macron les parece a algunos de ustedes como un adversario, pero él no es un enemigo. Sí lo es Marine Le Pen, quién es la enemiga de la democracia, de la República, la aliada de racistas, de antisemitas, de negadores del Holocausto, de grupos ultraviolentos y homofóbicos”.
Estas opiniones son un fraude político. Combinan dos características distintivas de los estratos “izquierdistas” de la clase media en bancarrota intelectual, los cuales han orbitado alrededor del PS desde su fundación en 1971. Estos aspectos son: su indiferencia hacia los derechos democráticos y su desprecio a la clase trabajadora.
En primer lugar, Macron también es un enemigo de la democracia. Como consejero de alto nivel de Hollande, apoyó al PS mientras éste imponía un estado de emergencia perpetuo que permite detenciones arbitrarias, incautaciones policiales y censura mediática. En cuanto a la cuestión del racismo y los principios republicanos, el mismo gobierno del PS en el que Macron tuvo un puesto ministerial impuso una política siniestra de deportación étnica de los romaníes que violó flagrantemente el principio republicano de neutralidad étnica.
En segundo lugar, el repudio casual de Hufnagel hacia la situación de los trabajadores de Whirpool ejemplifica las fuerzas de clase que impulsan el peligroso auge del FN. Las décadas de dominación sobre lo que es considerado como “izquierda” por parte de secciones de la clase media, a quienes les es totalmente indiferente si miles de trabajadores son tirados a las líneas de desempleo, les ha permitido a los populistas de la extrema derecha a posar como los verdaderos defensores de familias trabajadores.
El destino de los trabajadores de Whirpool en Amiens, cuya planta puede que sea trasladad a Polonia, es un ejemplo de ello. Macron tenía planeado encontrarse con los funcionarios sindicales de Whirlpool en un intento cínico de aprovecharse de la planta de Whirpool como publicidad. No obstante, no se atrevió a visitar la fábrica o hablar con los trabajadores, quienes lo denunciaron fuertemente ante la prensa. Uno de ellos le dijo a un delegado sindical que se iba a encontrar con Macron: “No le des la mano. De todas formas, no querrá tocar tus sucias manos de trabajador”.
Sybille, un trabajador de Whirlpool, declaró al WSWS: “Por supuesto, todos seremos despedidos. Todo está contra nosotros. Entonces no tenemos esperanzas en Macron. Él piensa que somos analfabetos, que nuestro CI no es suficiente alto como para votar por él”.
Un amigo de un trabajador retirado de Whirlpool añadió: “Somos clase trabajadora, por lo tanto no votamos por Macron”.
Le Pen tomó la oportunidad para eclipsar a Macron, aprovechándose de la conocida división de clase entre los trabajadores y las burocracias sindicales financiadas por el Estado. Realizó una visita sorpresa a la planta de Whirlpool para hablarle a los trabajadores y denunciar el comportamiento de Macron. “Pienso que demostró tanto desprecio por lo que están pasando los trabajadores de Whirlpool que he decidido venir a verlos”, declaró ella y se burló de Macron por comer “tortas elegantes” con los sindicatos.
La demagogia populista de Le Pen en Amiens es una advertencia: en medio del enojo explosivo en la clase trabajadora, aquellos que intenten suprimir la oposición hacia Macron desde la izquierda sólo terminarán fortaleciendo al FN. El PES no transigirá con asociarse de cualquier forma con Macron, sino movilizará a la oposición contra ambos candidatos de derecha con base en un programa socialista e internacionalista.

(Fotografía: jóvenes antifascistas protestando en la Plaza de la Bastilla, París)

Jean-Luc Melenchón: la remontada

Por Manolo Monereo// 

 

 

A mí me asombra. De las personalidades que más me interesan en la izquierda europea tres son socialdemócratas que, por serlo, abandonaron los partidos socialistas oficiales, devinieron defensores a ultranza de los derechos sindicales y laborales y son críticos muy duros de la Unión Europea. Me refiero a J. P. Chevenement, a Oskar Lafontaine y, sobre todo, a J-L. Mélenchon. A Jean-Luc lo vi hace pocas semanas en Roma en un debate sobre la UE y su futuro; como siempre, claro y preciso. Si llegara a la Presidencia de Francia, su propuesta sería reformar los Tratados y poner fin a las políticas de austeridad. Si esto no fuese aceptado, iniciaría el proceso de salida del euro. Es más, en una conversación privada me dijo que él no aceptaría un acuerdo con Hamon y que arriesgaría. Él creía que el pacto con los socialistas significaría el fin de cualquier proyecto alternativo en Francia, dejando las manos libres a Marie Le Pen.

La biografía de Mélenchon es conocida. Nacido en Tánger –habla un excelente español con acento del Sur– desciende de españoles por ambos progenitores. Hizo una larga carrera en el Partido Socialista francés y fue ministro con Lionel Jospin. Abandonó el Partido Socialista y creó el Partido de la Izquierda. En las elecciones presidenciales de 2012 quedó en 4º lugar (11,1%) encabezando el Front de Gauche junto al Partido Comunista y otras fuerzas. En 2015 anunció que quería ser candidato a la Presidencia de Francia sin el Front de Gauche, fuera del marco de los partidos y apostando por una Francia insumisa. Ni más ni menos.

Seguramente el dato más característico de la personalidad política de Mélenchon es su conocimiento preciso de la crisis del sistema de partidos en Francia, combinado con una alta dosis de audacia que muchas veces deja a su equipo fuera de juego. Jean-Luc cree que poco o nada se puede hacer en el marco del sistema dominante y que es necesario innovar y arriesgar. Ha aprendido mucho de América Latina, de las izquierdas europeas, de Podemos y, sobre todo, de la compleja realidad de Syriza. Se podría decir, sin temor a equivocarse, que ha ido a estas elecciones en base a una enorme confianza en sí mismo, a un proyecto claramente alternativo y al convencimiento de que había una posibilidad ligada a él. Captó con inteligencia que el candidato Hamon no tendría demasiado recorrido, que una parte significativa del Partido Socialista terminaría apoyando a Macron y que solo él podría encabezar una alternativa democrática. Entendió que la línea divisoria izquierda/derecha (los socialistas siguen gobernando Francia) nada o poco dice y que el problema real era construir una alternativa nacional-popular al proyecto de Marie Le Pen. Para decirlo de otra forma, en momentos de excepción, hay que arriesgarse y tomar también medidas excepcionales; más allá de los partidos existentes y con una firme voluntad de gobierno y de poder.

El programa de Mélenchon es diáfano: poner fin a las políticas neoliberales desde un punto de vista republicano, ecosocialista y pacifista. El candidato de la Francia insumisa promueve, es la parte más polémica de su programa, un proceso constituyente en la perspectiva de la VI República; la defensa intransigente de los derechos de las personas, del Estado social y de la reindustrialización de Francia, apostando por un proteccionismo solidario a la altura de los desafíos de nuestra época. El ecosocialismo es tomado en serio convirtiéndose en el horizonte de un nuevo modelo de sociedad, Estado y de poder. Antes se ha dicho: la Francia insumisa no acepta las reglas neoliberales de la UE y apuesta por cambiarlas; si esto no fuese posible, iniciaría un proceso de salida de UE. Esto lo ha dejado claro una y otra vez. Su política internacional estará marcada por la paz, por la seguridad y un nuevo orden económico internacional más justo e igualitario. La prioridad es la defensa de la soberanía popular y de la independencia nacional con relaciones equilibradas con Alemania y la búsqueda de acuerdos equitativos con Rusia y con Eurasia.

La remontada de Mélenchon ha sido enorme, ha cambiado la agenda de la campaña electoral francesa y aparece, cada vez más, como alternativa democrática, no solo a Marie Le Pen sino al neoliberalismo que representan Macron y Fillon. Hay similitudes formales con las elecciones norteamericanas, en un sentido muy preciso: las élites eligen a un centrista neoliberal para derrotar al populismo de derechas. La diferencia es que Mélenchon es un Bernie Sanders que puede ganar, que quiere ganar. En todas partes lo mismo: solo se puede derrotar a las derechas extremas y a la extrema derecha desde una democracia económica, social y cultural comprometida con los derechos, defensora del Estado social, protectora de las mayorías y promotora de una res pública de hombres y mujeres libres e iguales. Jean-Luc se ha jugado todo, todo, a una carta. El pueblo francés se lo merece.

Francia: el meteórico ascenso de Mélenchon en las elecciones presidenciales, la burguesía entra en pánico  

 

 por Jorge Martín//

Las últimas tres semanas han visto una rápida progresión del candidato de La Francia Insumisa en las encuestas para las elecciones presidenciales: de estar en el quinto lugar con alrededor del 11%, a estar tercero con más del 18% en la actualidad. Este rápido aumento se ha visto acompañado de una disminución lenta pero constante de la intención de voto para los dos candidatos mejor situados, la ultraderechista Le Pen (de un máximo del 28% hasta el 24%) y el liberal thatcherista Macron (de un máximo del 26% al 23%).

Esto significa que Mélenchon tiene una oportunidad de entrar en la segunda ronda. Esto ha llevado el pánico a la clase dominante, en Francia y a nivel internacional. Los pesimistas que sólo veían un “giro a la derecha” y el “peligro del fascismo” se han equivocado.

La posibilidad de una segunda ronda enfrentando a Le Pen con Mélenchon ha sido descrita por The Economist como la “opción de pesadilla”. Las encuestas muestran que Mélenchon derrotaría a Le Pen con el 57 por ciento contra 43. Como reflejo de los temores de la clase dominante, el diferencial entre los bonos franceses y alemanes se ha disparado hasta 75 puntos básicos (desde alrededor de 30 a finales del año pasado). El Financial Times señala que esta “elección es ya la más impredecible en una generación” y añade que “los tres principales candidatos en las urnas provienen ahora desde fuera de los principales partidos políticos.”

Uno de los principales periódicos burgueses franceses, Le Figaro dedica el conjunto de su portada alarmista a atacar a Mélenchon. “El proyecto delirante del Chávez francés” grita un titular. “Maximiliano Illich Mélenchon”, dispara el editorial. “Castro, Chávez… Mélenchon, el apóstol de los dictadores revolucionarios”. Los artículos compararan a Mélenchon con Maximiliano Robespierre, Lenin, Trotsky y Fidel Castro.

El ascenso de Mélenchon en las encuestas se puede atribuir a varios factores. El primero y más importante es el hecho de que su programa y discursos aparecen como un rechazo tajante a todo el orden de cosas existente. Esta es la forma en que lo describe, en términos de pánico, el FT: “él ha prometido aumentar el gasto en más de € 250 mil millones al año, reducir la semana laboral legal de 35 a 32 horas y un impuesto del 100 por ciento a los que tengan ingresos 20 veces mayores al ingreso medio. En política exterior, quiere que Francia abandone la OTAN y renegociar totalmente la relación del país con la UE. Si la negociación fracasa, él dice que será “el pueblo francés” quien decida si permanece en el bloque“.

La totalidad de la campaña electoral francesa está dominada por un estado de ánimo profundamente arraigado en el rechazo al orden establecido. Fillon fue un candidato sorpresa de la derecha, venciendo a los favoritos Sarkozy y Juppé en las primarias. Él mismo ha caído en desgracia por un escándalo de corrupción que lo ha empujado hacia abajo en las encuestas. El ganador de las primarias del Partido Socialista, Hamon, también venció al favorito Valls adoptando, en palabras, un programa que sonaba muy izquierdista, parte del cual fue copiado de Mélenchon.

De hecho, hace sólo unas semanas, el conjunto de la opinión pública “progresista” (incluyendo Owen Jones), estaba ejerciendo presión sobre Mélenchon para que se retirara de la carrera a favor de Hamon a fin de “no dividir el voto de izquierda” y “permitir que un izquierdista pasara a la segunda ronda”. Mélenchon, correctamente, se mantuvo firme y consistente en permanecer como el más radical de los candidatos de izquierda. Primero superó Hamon, y ahora ha alcanzado a Fillon, e incluso consiguió una estrecha ventaja sobre éste en algunas encuestas de esta semana.

Esto revela otro hecho importante que debe ser registrado: el colapso del apoyo al candidato oficial del PS que ahora languidece en torno al 8-9%. El gobierno del Partido Socialista, que fue elegido en 2012 con un programa que estaba nominalmente en favor de puestos de trabajo en oposición a la austeridad, pasó a aplicar un programa de recortes, ataques sin precedentes a los derechos democráticos (utilizando el terrorismo como excusa) y un asalto total sobre los derechos de los trabajadores en la forma de la contrarreforma laboral de la ministra el-Khomri. Esto último provocó un gran movimiento de protesta, uno de los más importantes desde mayo de 1968, en el que millones de trabajadores y jóvenes salieron a las calles y se declararon en huelga durante meses, hace un año. Al mismo tiempo vimos una rebelión de la juventud en el movimiento Nuit Debout, con la ocupación de las plazas. El movimiento no alcanzó sus objetivos de detener la contra-reforma, pero como hemos explicado, en ese momento se preparó el terreno para que los trabajadores se desplazaran desde el frente industrial al terreno electoral en un intento de encontrar una salida.

Toda la experiencia de los gobiernos de Hollande, con las jefaturas de gobierno de Ayrault primero y Valls después, crearon una profunda grieta entre el PS y una gran parte de su base de votantes tradicionales. Sólo el 24% de los que votaron por Hollande en 2012 votarían ahora por Hamon, el 26% votaría a Mélenchon y el 43% al liberal Macron (ex ministro en el gobierno “socialista”).

Como las posibilidades de Mélenchon para pasar a la segunda ronda aumentan, es probable que incluso una parte mayor de los partidarios de Hamon cambiarán su lealtad (el 46% indica que no está seguro de su voto y aún podría cambiar).

Su ascenso ha coincidido con los dos debates televisados en los que millones pudieron ver las distintas propuestas en curso sin la filtración habitual de los medios capitalistas. La noche del segundo debate televisado, el 4 de abril, una encuesta instantánea de ELABE mostró que los espectadores pensaban que Mélenchon había sido el candidato más convincente (25%) y también “quien mejor entiende a la gente como yo” (26%).

Otro factor en el ascenso de Mélenchon ha sido la manera en que su campaña ha sido capaz de movilizar a un gran número de gente en grandes mítines, mucho más grandes que cualquier otro partido, e incluso más grandes que los que vimos en la campaña presidencial anterior en 2012. El 18 de marzo, aniversario de la Comuna de París, reunió a 130.000 en la Plaza de la Bastilla de París. El domingo, 9 de abril, hubo un acto masivo con 70.000 en Marsella, un bastión tradicional del Frente Nacional, pero que también fue uno de los centros más radicales de protesta de los trabajadores contra la ley el-Khomri.

Estos actos no sólo permiten el candidato evitar el boicot y las mentiras de los medios capitalistas sino también dar a los presentes y a los que observan en las redes sociales y más allá, un sentido de su propia fuerza, de los números que hay detrás de la candidatura, y tienen un impacto multiplicador. Por otra parte, la campaña no se basa en los recursos de ningún partido en particular (el apoyo de las estructuras del partido comunista es, en el mejor de los casos, modesto, y el propio Partido de Izquierda de Mélenchon es muy pequeño), sino más bien en la movilización de las bases de decenas de miles a través organizaciones locales y de barrio, pertenecientes a la campaña de “La Francia Insumisa”.

Es significativo que el sector de la población donde el apoyo a Mélenchon es más alto es entre los jóvenes. Él es el principal candidato entre aquellos de entre 18 y 24 años de edad, con un 29%. Él también tiene un fuerte apoyo tanto entre los trabajadores de mono azul (18%) como de cuello blanco (20%), en los que ocupa el segundo lugar detrás de Le Pen. Ella es todavía la primera entre los trabajadores de mono azul, pero ha ido perdiendo algo de terreno, desde el 45% hasta 39%.

Hay que señalar que, en nuestra opinión, el programa de Mélenchon tiene una serie de deficiencias, que ya hemos hablado en otro lugar. La cuestión clave es que su programa de reformas sociales y económicas progresistas en los campos de la salud, educación, derechos de los trabajadores, etc. tiene que ser financiado. La derecha ha hecho un gran escándalo de este tema: no hay dinero para pagar todo eso, dicen. Mélenchon ha respondido con la presentación de un programa agresivo de impuestos a los ricos, del que incluso ha sacado un juego en línea (fiscal Kombat) en el que el propio candidato sacude a los ricos y poderosos (incluyendo Sarkozy, Lagarde, etc.) para obtener los fondos necesarios.

Por supuesto, los marxistas estamos a favor del sistema de impuestos más progresivo posible y de luchar contra la evasión fiscal. El problema es que esto llevaría inmediatamente a una fuga de capitales hacia otros países con regímenes fiscales más bajos (como vimos cuando Hollande aplicó su impuesto del 75% sobre la riqueza en 2014, que más tarde fue obligado a abandonar). Como vemos ya en los movimientos de pánico de los mercados de bonos, una victoria de Mélenchon llevaría inmediatamente a un asalto de “los mercados”. Al igual que ocurrió con Grecia, un gobierno Mélenchon sería puesto bajo una inmensa presión por la clase capitalista y sus instituciones (en particular la Comisión Europea y el Banco Central) para que capitule en todos los frentes, incluso en su propio programa limitado. La lección de Grecia es que, dentro de los límites del capitalismo, no es posible romper con la austeridad de una manera seria. O bien se hace que los trabajadores paguen la crisis del capitalismo o se rompe con el capitalismo y se les hace pagar a los grandes capitalistas. Eso significa que no sólo se trata de aumentar los impuestos a los ricos, sino que sobre todo hay que poner los medios de producción, distribución e intercambio que poseen, bajo propiedad y control democrático común, de manera que los recursos del país se puedan utilizar para el beneficio de la mayoría y no de una camarilla por arriba no elegida y que no responde ante nadie.

Por supuesto, una victoria de Mélenchon en Francia no sería exactamente igual que en Grecia. Después de todo, Francia es uno de los países centrales de la UE, con la segunda mayor economía de la zona euro. Una victoria de un candidato de izquierda en Francia tendría un enorme impacto en toda Europa, especialmente en su vecina Italia, que ya está sumida en una profunda crisis económica y política. Aceleraría grandemente todas las fuerzas centrífugas de la UE.

Lo más importante a entender es que esta es una escuela necesaria por la que tienen que pasar los trabajadores y los jóvenes de Francia, ya que una genuina alternativa revolucionaria no está presente en número e influencia suficientes. Lo que ven los cientos de miles de personas que miran hacia Mélenchon, no es tal o cual defecto en su programa, sino más bien, de una manera más o menos definida, un programa que expresa su ira y su rechazo a la totalidad del sistema. El 23 de abril tienen la oportunidad de descargarle un golpe.

Francia: ¿cómo vencer a la derecha y al Frente Nacional?

por Juan García Brun

Al igual que en Chile, quienes previeron primero el inevitable duelo entre Lagos-Piñera, luego Guillier-Piñera, los “expertos”, en Francia los medios de comunicación repitieron inoficiosamente el “inevitable” duelo entre Sarkozy y Hollande (o Valls y Juppé, etc.), y luego sobre la victoria “casi segura” de François Fillon.

Lo que todos estos “expertos” no pueden o no quieren ver es la lógica subyacente a la volatilidad extrema que caracteriza no sólo la campaña, sino la política francesa en general. Lenin dijo: “la política es economía concentrada.” Precisamente, la crisis política en la que el país se hunde es la consecuencia de la profunda crisis del capitalismo y del incalculable sufrimiento que inflige a la masa de la población. Los recortes presupuestarios, el aumento del desempleo, la pobreza generalizada y la explosión de la desigualdad están rompiendo el equilibrio político en el que descansaba el poder de la clase dominante en las últimas décadas.

Es un fenómeno internacional. Los ritmos y las formas difieren según el país, por supuesto, pero las mismas causas producen los mismos efectos.El equilibrio político se ha roto –en diversos grados– en los Estados Unidos, España, Gran Bretaña, Grecia, Italia, Rumania y en otros lugares. Incluso Austria, ese parangón de la estabilidad política, evitó por poco la elección de un presidente de la extrema derecha en diciembre. Ningún país es inmune a este fenómeno. Ninguno se salvará.

Fillon y Macron

La clase dominante francesa necesita un gobierno capaz de infligir al país una austeridad sin precedentes. Pero eso es más fácil decirlo que hacerlo. Durante las primarias de la principal fuerza de la derecha, los Republicanos, el candidato vencedor Francois Fillon fanfarroneaba diciendo que había que cortar y barrer sin vacilar las movilizaciones sindicales. ¡Paradojas del destino! Unas semanas y varias revelaciones más tarde (como la de que contrató a su mujer con dinero público para hacer trabajos ficticios), lo redujeron a hacer una campaña semi-clandestina en medio de un concierto permanente de cacerolas y de burlas. Está ampliamente desacreditado incluso antes de ser elegido – lo que, por tanto, no es muy probable. En su desesperación, la cúpula de los Republicanos están maniobrando para forzar la salida de Fillon de la carrera presidencial, pese a haber ganado las primarias del partido, para sustituirlo por el candidato perdedor en las mismas, Alain Juppé.

En el orden de preferencia de la burguesía, el siguiente es Macron, un arribista procedente del ala más derechista del Partido Socialista (PS), que abandonó el partido hace algunos años y que ahora se postula para las elecciones presidenciales como independiente. Ofrece recortes un poco menos draconianos que los prometidos por Fillon, pero los que ha desvelado colman de satisfacción a los capitalistas. Éstos también saben que la dosis de políticas de austeridad puede ser modificada durante su mandato –y que Macron no pondría obstáculos para ello, ya que está dedicado en cuerpo y alma a los intereses del gran capital.

“La naturaleza no tolera el vacío”: el ascenso de Macron es una ilustración de esto. Se aprovecha de la grave crisis del Partido Socialista y de los Republicanos. Sin embargo, es difícil decir hasta dónde puede llegar. Él llena el vacío con su propio vacío. Numerosos medios de comunicación lo apoyan, pero la reputación de éstos es tan mala en la población, que es un arma de doble filo. Por si fuera poco, el hombre que pretende “renovar profundamente la política” recibe y acepta constantemente la adhesión de viejas glorias reaccionarias de los Republicanos, del PS, de los derechistas del Modem, y de otros.

La lucha contra el Frente Nacional

Todo esto no interfiere en absoluto en el mundo de Marine Le Pen, cuya demagogia “anti-sistema” resuena en millones de personas explotadas y oprimidas que quieren poner todo patas arriba. La mayoría de ellas no son racistas; están amargadas con los políticos de derecha y de “izquierda” que se sucedieron en el poder durante décadas sin cambiar nada, sino a peor.

La analogía entre Le Pen y Donald Trump es obvia. Las causas fundamentales de su ascenso son las mismas.Dicho esto, el éxito del FN no es inevitable. Este partido ultra-reaccionario puede ser combatido con eficacia. ¿Cómo?Defendiendo una alternativa de izquierda y radical al sistema. Un número significativo de votantes tentados por el voto al FN podría agruparse alrededor de un programa de izquierda, a condición de que proponga una ruptura clara con el orden establecido. De manera general, millones de votantes radicalizados –pero indecisos y confundidos– pueden ser ganados para un programa de este tipo.

Es poco probable que la campaña de Benoit Hamon –el candidato socialista– pueda jugar este papel. Además de que su programa es muy confuso y moderado, su partido sale destrozado de cinco años de gobierno de Hollande, de los que dos tuvo a Hamon como ministro. Por otra parte, su programa ya está obsoleto: una mayoría de diputados “socialistas” en el parlamento están en contra suya. Hamon finge no haberse dado cuenta.

El elemento clave de la ecuación es Jean-Luc Mélenchon. Su candidatura puede unir a millones de trabajadores y jóvenes indecisos, a condición de convencerles de que su movimiento político, “La Francia insumisa”, está decidido a terminar de una vez por todas con las políticas de austeridad. La lucha contra los recortes presupuestarios, el desempleo y la pobreza debe ser el eje central de las intervenciones públicas de Mélenchon y de los demás dirigentes de La Francia insumisa. Recordemos que en los Estados Unidos fue sobre estas líneas –y sobre el llamamiento a una “revolución política contra la clase multimillonaria”– que Bernie Sanders levantó el entusiasmo de decenas de millones de estadounidenses el año pasado. Todas las encuestas le daban ampliamente vencedor frente a Donald Trump. Hay aquí una lección importante para Mélenchon y La Francia insumisa.

Reforma y revolución

Révolution llama a sus lectores y seguidores a votar por Jean-Luc Mélenchon el 23 de abril, y a participar en la campaña de La Francia insumisa. Este movimiento constituye la única alternativa de izquierda de masas a un PS desacreditado. Cualquier éxito de La Francia insumisa será un paso en la dirección correcta.

Al mismo tiempo, hemos puesto de relieve periódicamente las limitaciones del programa de Mélenchon. Digámoslo en términos simples: las numerosas medidas progresistas de este programa no se pueden ejecutar en el marco del capitalismo en crisis. La clase dominante no lo permitiría.Se opondría con todas sus fuerzas, como ya en 2015 se opuso al programa progresista de Alexis Tsipras en Grecia. Y para privar a la burguesía de los medios para luchar contra un verdadero gobierno de izquierda hay que expropiarla, nacionalizar los grandes medios de producción y poner el socialismo a la orden del día.

A veces se nos dice: “¡Pero Francia no es Grecia!”. Por supuesto, Francia es más potente que Grecia y no está bajo la transfusión financiera de la troika.El chantaje y las presiones, por lo tanto, no tomarán exactamente las mismas formas. Pero de todos modos las habrá: no hay ninguna duda sobre esto. Esto es lo que demuestra toda la historia de la lucha de clases y de los diferentes gobiernos de izquierda, para empezar el de 1981 a 1983, en Francia.

Esto es aún más cierto cuando la crisis del capitalismo ha socavado la base material del reformismo. La clase dominante no está dispuesta a conceder más reformas; exige nuevas contrarreformas –y va a luchar con uñas y dientes para conseguirlas. La lucha por reformas progresistas serias no tendrá éxito más que a condición de transformarlas en una lucha revolucionaria contra el sistema capitalista mismo, en una lucha por la revolución proletaria.

¿Qué hay detrás de la “conferencia antifascista” de Podemos en España?

por Alejandro López

 
En medio de las protestas internacionales contra las políticas migratorias del “América primero” de la nueva administración de Trump, y las llamadas de defender Estados Unidos contra “los estragos de otros países”, el partido seudoizquierdista español Podemos está pidiendo una conferencia internacional antifascista .
Detrás de ésta apelación está el intento de bloquear la aparición de un movimiento independiente de la clase obrera y la juventud, y canalizar el sentimiento anti-Trump detrás de las facciones defensoras de la Unión Europea (UE) de la burguesía española.

Al igual que sus homólogos europeos, la burguesía española está dividida sobre cómo reaccionar ante el régimen de Trump. Su elección marca el final definitivo del papel que jugó Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial como ancla de la integración europea y garante, a través de la OTAN, de los intereses imperialistas de Europa. Trump ha declarado a la UE un rival económico liderado por Alemania ante Estados Unidos y ha predicho que otros países se marcharían y seguirían el liderazgo del Reino Unido.

Tales sentimientos ya son expresados por Marine Le Pen del Frente Nacional, pronosticada para ganar la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas en abril. Por otra parte, en Holanda el Partido de la Libertad de Geert Wilders lidera las encuestas con un 31 por ciento para las próximas elecciones parlamentarias de marzo, con un discurso similar al del Frente Nacional.

Sin embargo, Podemos no ofrece ninguna alternativa al surgimiento de la derecha nacionalista. De hecho, Podemos lo facilita.

Las dos principales facciones que compiten por el poder en Podemos en el congreso del partido de este fin de semana -la facción mayoritaria encabezada por el secretario general Pablo Iglesias y el ala Errejonista dirigida por el portavoz de Podemos en el parlamento y secretario de Política y Área de Estrategia y Campaña de Podemos, Íñigo Errejón- apoyan la convocatoria de una “conferencia antifascista”. Además, se ha apuntado la facción Anticapitalistas de Podemos encabezada por Miguel Urbán y Teresa Rodríguez.

La convocatoria se hará “contra la austeridad, el auge de la extrema derecha y por una revolución democrática en Europa”. Su objetivo es contrarrestar “un auge del racismo y el autoritarismo”, la “islamofobia” y una gestión “racista e insolidaria” de las instituciones europeas ante la llegada de refugiados. Del mismo modo, Trump es criticado por “reforzar el racismo”. En respuesta, Podemos pide una solución doble: primero, evitar que las personas se sientan atraídas por el populismo derechista y, en segundo lugar, formar un “nuevo bloque histórico” que sirva de “parapeto” contra el surgimiento del nacionalismo de extrema derecha.

El postureo de Podemos como oponente al nacionalismo de extrema derecha es un fraude político. Si la extrema derecha ha podido crecer es precisamente porque las fuerzas seudoizquierdistas como Podemos han buscado alianzas con los partidos socialdemócratas, o como en el caso de Syriza en Grecia, han formado directamente gobiernos, todos comprometidos con la austeridad. Esto ha permitido a las fuerzas de extrema derecha explotar el descontento social y alzarse como una oposición al poder establecido.

Podemos mismo ha legitimado la integración de las fuerzas de extrema derecha en la política burguesa europea dominante al alabar el nacionalismo como progresista y buscar reclutar a grandes sectores del cuerpo de oficiales del ejército español en sus filas. Su “nuevo bloque histórico” es un término consignado a encubrir el desarrollo de vínculos más profundos con otros partidos burgueses con el pretexto de una lucha contra la extrema derecha.
Esto se puso de manifiesto recientemente en la edición de diciembre de la revista mensual La Marea dedicada a “Antídotos de izquierdas contra el neofascismo” y que contenía entrevistas con una docena de líderes de la seudoizquierda

Pablo Iglesias, al ser preguntado por defensa del patriotismo por parte de Podemos, respondió que lo defendía “absolutamente”. Explicó que “la desgracia de perder una Guerra civil” quería decir que “ciertos significantes”, una referencia a las palabras como “España o patria”, quedaron “en manos del adversario político”. Preguntado si ante el auge de la extrema derecha no sería necesario una estrategia internacional, Iglesias respondió negativamente, declarando que “choca con la desgracia de que los escenarios políticos son de tipo nacional-estatal” – la fundación de la política reaccionaria de Podemos.

A Alberto Garzón, líder de los estalinistas de Izquierda Unida que son aliados parlamentarios de Podemos, cuando se le preguntó sobre el proteccionismo de Trump declaró abiertamente que “las propuestas económicas de Trump u otros partidos de extrema derecha, a veces, no difieren tanto de la izquierda nuestra”.

Igual de rotundo se mostró Iñigo Errejón, un defensor del “populismo de izquierdas”. Preguntado acerca de la posibilidad de que Podemos podría asimilar partes del discurso antiestablishment de la extrema derecha, Errejón respondió que los neofascistas y Podemos ocupan el mismo “espacio”.

Dijo que “la diferencia entre un populismo abierto y democrático o un populismo reaccionario es quién es el enemigo. La cosa es quién dote de sentido o quién construya esa comunidad nacional. Es verdad que el PP ha tapado los huecos del franquismo sociológico, el de la posibilidad de un pueblo construido contra los débiles, el de un populismo fascista, creo que lo tapamos nosotros”.

Otra entrevistada no fue otra que Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona y líder de Barcelona en Comú, un aliado político de Podemos, famosa por ordenar a la policía de la ciudad condal a perseguir vendedores ambulantes y su oposición a una huelga de trabajadores del metro. Al imponer un “servicio mínimo”, aseguró la derrota de la huelga.
Podemos no tiene intención ninguna de montar una lucha seria contra la extrema derecha, en España o en otros lugares. Más bien, pretende bloquear la oposición social a través de la contención, desviación, y finalmente, la dispersión de cualquier movimiento de la clase trabajadora en favor de los interese de clase de su base social de apoyo: la clase media alta.

El valor de Podemos para la clase dominante se expresa en el apoyo mediático que ha recibido su campaña de “vuelta a las calles” coordinada con la burocracia sindical, que consiste en escenificar bajo el foco de los medios de comunicación su apoyo a las huelgas. Los medios de comunicación retratan estas acciones como de oposición con el fin de desviar la creciente ira social detrás de la perspectiva nacionalista y decadente de Podemos.

La conferencia “antifascista” es la última manifestación de estas políticas. Fue propuesto por primera vez por los pablistas de Anticapitalistas y su líder Miguel Urbán, según la página web favorable a Podemos, cuartopoder.es: “La intención de Urbán es poder contar en Madrid con políticos de relevancia como el británico Jeremy Corbyn o el estadounidense Bernie Sanders, además de representantes de la izquierda europea, que está haciendo frente al avance de la extrema derecha.”

Sin embargo, tan pronto como la tinta se secó sobre las propuestas para la conferencia de Urbán, los dos principales “políticos relevantes” mostraron su verdadero rostro.

Bernie Sanders declaró que “Si el Presidente Trump se toma en serio una nueva política para ayudar a los trabajadores estadounidenses, estaría encantado de trabajar con él”. Después aprobó la designación del General James “Perro Loco” Mattis como secretario de Defensa de Trump, el mismo hombre que lideró el sangriento asalto a Fallujah en 2004, reduciendo la ciudad a escombros y matando a miles de civiles.

En cuanto a Jeremy Corbyn, recientemente dejó de lado su oposición a los controles migratorios, declarando que “el trabajo no está ligado a la libertad de movimiento de los ciudadanos de la UE como punto de principio” en las conversaciones de Brexit. Esto no es sino el último paso en su capitulación ante el ala derecha del Partido Laborista, que incluye la colocación de los belicistas blairistas en su primer gabinete a la sombra, la libertad de voto a los diputados laboristas en apoyo a los bombardeos contra Siria, la renovación del programa de armas nucleares Trident y el abandono de su oposición de toda la vida -basada en un programa de nacionalismo económico- a la UE.

La idea pablista de una conferencia antifascista desapareció y sólo se resucitó casi un mes más tarde, justo cuando surgían divisiones en la clase dominante española sobre la mejor forma de preservar y promover sus intereses nacionales. El principal dilema de España es si sumarse a Alemania y Francia en defensa de la UE, o con Estados Unidos, con la esperanza de convertirse en el nuevo socio estratégico de Washington en Europa.

Podemos ha intervenido, al menos por ahora, para defender a la facción de la UE. En el parlamento, Iglesias y Errejón se unieron al coro de voces, encabezado por el diario El País, criticando al gobierno del Partido Popular de Mariano Rajoy por su intento de continuar las relaciones con Estados Unidos como antes. Ambos condenaron la posición de Rajoy como “vergonzante” por ser uno de los pocos líderes europeos en no haber criticado a Trump.

Iglesias dijo: “La palabra tibieza es moderada, creo que es vergonzoso que cuando el señor Donald Trump es a todas luces un representante de un retroceso democrático sin precedentes y de un ataque descarnado a los derechos humanos, creo que nuestro Gobierno al menos debería decirlo.” Errejón dijo que Rajoy debe unirse al “clamor “de la sociedad civil y muchos líderes internacionales en contra de las políticas de Trump, de las cuales “me siento orgulloso”.

Cualesquiera que sean las suaves críticas que susciten contra Trump, lo que menosprecian de Trump y de las secciones de la clase dirigente estadounidense que representa es el hecho de que Estados Unidos esté repudiando su papel previo como supervisor de la UE y la OTAN, ambas defendidas por Podemos. Al mismo tiempo, el nacionalismo y el proteccionismo económico de Trump están sacando a la luz las consecuencias de la defensa de estas concepciones por parte de Podemos.

La verdadera amenaza para la clase trabajadora es que Podemos está creando un terreno fértil para la creación de un partido de extrema derecha genuino, que pueda usar más directamente el lenguaje de “patria”, “España”, y el nacionalismo para defender los intereses de la clase dominante.

Marx, Engels y el Romanticismo

 Por Michael Löwy

El tema sobre el cual me gustaría discutir con ustedes es el tema de la relación del pensamiento de Marx y Engels y del marxismo, de manera más amplia, con el romanticismo. Tengo que empezar explicando qué entiendo yo por romanticismo, porque si no, no queda claro por qué veo una relación muy importante, significativa, del pensamiento de Marx con el romanticismo.

Si uno abre un manual de historia de la literatura o del arte, se define como romanticismo a una escuela literaria de principios del siglo XIX en Francia, Alemania e Inglaterra. Esa me parece una visión muy estrecha. En realidad, el romanticismo es algo mucho más amplio, mucho más profundo, es una de las principales formas de la cultura moderna desde fines del siglo XVIII hasta hoy.

Para dar un ejemplo, si ustedes conocen las Obras completas de Lenin, saben que Lenin escribió un folleto que se llamó En contra del romanticismo económico. Entonces, aparentemente, existe no solamente un romanticismo literario, artístico, poético, sino también un romanticismo económico.

El romanticismo es, en realidad, un movimiento cultural que atraviesa todos los campos de la cultura humana –el arte, la literatura, la filosofía, la teología, la política, las ciencias sociales, la antropología, la economía–; está presente en todos esos terrenos. Y ese movimiento cultural empieza más o menos en la segunda mitad del siglo XVIII, y tiene su primer portavoz importante en el filósofo francés Jean Jacques Rousseau. Pero se va a desarrollar en el curso del siglo XIX. Y mi opinión, la tesis que yo tengo es que continúa desarrollándose también en el siglo XX, hasta hoy. Hasta hoy hay manifestaciones del romanticismo, aunque no se autodenominen necesariamente románticas.

Para esta afirmación yo me atengo a esa frase de Marx no muy conocida, aunque me parece muy significativa, en los Fundamentos de la crítica de economía política [Grundrisse], en donde dice: “La crítica romántica del capitalismo va a seguir acompañando al capitalismo como su sombra, hasta que llegue el día bendito en que se acabe con el capitalismo”. Así que hasta que no se acabe con el capitalismo, seguirá existiendo la crítica romántica al capitalismo; eso dice Marx.

¿En qué consiste entonces esa crítica? Esa es una manera de definir al romanticismo que tiene Marx. Para Marx el romanticismo no es solamente una escuela literaria, sino que es una protesta cultural en contra del capitalismo; o de una manera más amplia, en contra de la civilización industrial capitalista moderna. Ese es el corazón, digamos, el centro, la esencia del concepto, en el sentido hegeliano y marxista, del romanticismo: es una protesta cultural contra la civilización capitalista moderna, refiriéndose a valores sociales, culturales, políticos, religiosos, precapitalistas, o premodernos, o preindustriales. Entonces, en el romanticismo hay esos dos elementos: una crítica, una protesta, un rechazo muchas veces profundo, rotundo, radical, visceral, de la civilización capitalista moderna. Pero en nombre de valores de un pasado real o imaginario, un pasado precapitalista. Eso es la quintaesencia o el concepto de romanticismo. Para esa definición me apoyo sobre lo que dice Marx.

Y también en otros trabajos de sociología marxista, como los de György Lukács, y toda una serie de trabajos que toman esa definición, pero trato de resumir lo que me parece la esencia del romanticismo.

¿Cuál es la relación que tienen Marx y Engels con el romanticismo? La tendencia general del estudio sobre Marx y Engels es verlos a ambos como herederos de la filosofía de las Luces, del racionalismo, de la ideología del progreso. Eso es, un poco, lo contrario del romanticismo. Entonces, entre el romanticismo y la filosofía de las Luces hay una diferencia bastante nítida. Así se ve tradicionalmente al marxismo. Y muchas veces hasta el mismo Marx se refirió de manera muy positiva a la filosofía de las Luces, al materialismo, a la teoría científica y materialista de la filosofía de las Luces y al racionalismo moderno. Esa sería la vertiente esencial del marxismo. Y, sin dudas, lo es. Pero creo que esa manera de percibir las raíces filosóficas y teóricas del marxismo deja a un lado otro componente, otra dimensión, otro aspecto del pensamiento de Marx y de Engels, y después del marxismo, que me parece fundamental, que es el aspecto o la dimensión romántica. Que sí existe.

Y también muchas veces se dejan de lado las fuentes románticas del pensamiento de Marx y de Engels. Es decir, Marx y Engels se han inspirado no sólo en la filosofía del progreso, la filosofía de las Luces, el materialismo, la dialéctica hegeliana, etc., sino también en varios pensadores y escritores románticos. Ese es un primer aspecto que me gustaría subrayar: las fuentes románticas del pensamiento de Marx y de Engels. Luego voy a dar algunos ejemplos.

En el campo de la crítica de la economía política, tradicionalmente se ve la relación de Marx con los economistas clásicos: Adam Smith, David Ricardo, etc. Efectivamente, Marx se refiere a ellos en sus escritos, los critica, los discute, los utiliza, en parte adhiere a esa teoría clásica, y en parte es su principal crítico. Pero uno no percibe, inicialmente, que había otro tipo de economía política. Precisamente, la economía política romántica, que tenía su principal representante en un economista suizo que se llamaba Sismondi.

Marx empieza diciendo que Sismondi, que es el representante de ese socialismo pequeño burgués, fue el primer economista que hizo una verdadera crítica del capitalismo. Y Marx empieza a hacer una lista de las críticas que se hicieron del capitalismo, y vemos que son en buena parte las mismas que le hace Marx. Es decir, el capitalismo como pauperización de las clases populares, la enajenación del trabajador, el desempleo, las crisis económicas. Toda una serie de cosas que los economistas clásicos burgueses no hablan. No hablan de la crisis económica, de la enajenación del trabajador. Entonces, en esa sección de El Manifiesto Comunista hay un homenaje de Marx a Sismondi, un reconocimiento de una gran deuda intelectual y política a este economista. Toma la crítica pero no acepta las soluciones que propone. Sismondi propone volver atrás. Pero Marx no quiere volver atrás, quiere ir hacia el futuro. Pero sí utiliza la crítica que hace del capitalismo.

Y aquí vemos otro aspecto importante del romanticismo. Los románticos sólo son parte del rechazo del capitalismo por la nostalgia de un pasado real o imaginario. A partir de ahí se van a marcar dos corrientes dentro del romanticismo. Una que quiere volver al pasado, que es regresiva, pasadista, y en algunos casos reaccionaria. Y hay otra corriente del romanticismo, que considera que la vuelta al pasado es imposible, es una ilusión. No se trata, por lo tanto, de volver al pasado, sino de dar una vuelta por el pasado en dirección al futuro. Es decir, utilizar elementos que han quedado en el pasado pero para construir un futuro nuevo, utópico, revolucionario.

Entonces hay dos vertientes bastante distintas dentro del romanticismo. Una conservadora o tradicionalista. Otra utópica y revolucionaria. El aspecto romántico en Marx es parte de esa corriente del romanticismo utópico revolucionario. Pero en su reflexión Marx va a tomar aspectos y elementos de varios críticos románticos del capitalismo.

Tomaré sólo dos ejemplos que parecen dar interés a Marx y Engels. Uno es el escritor francés Honoré de Balzac, autor de La comedia humana. La comedia humana es un análisis de la civilización burguesa, un análisis crítico, y una crítica que es romántica –porque Balzac era un hombre que se identificaba con el pasado precapitalista–. Desde el punto de vista político era un conservador, quería volver a la monarquía. Pero eso le daba una distancia crítica hacia la civilización burguesa, y la veía por lo tanto en toda su desnudez.

Entonces, hay una frase de Engels sobre Balzac, que es muy interesante. Dice “yo aprendí más sobre lo que es la sociedad burguesa, el capitalismo, etc., leyendo las novelas de Balzac que con el conjunto de los historiadores, economistas e investigadores de estadísticas profesionales de su época”. Engels, el gran científico social, el gran crítico de la economía política, dice eso. Es muy interesante y bastante sorprendente esa afirmación. Generalmente la gente no se fija en eso, pero creo que es interesante. Es la obra de un escritor, un crítico romántico. Aunque fuera conservador y reaccionario, Balzac le dio instrumentos a Engels para entender, para criticar, para analizar la sociedad capitalista.

Y el otro ejemplo es una cita de Marx, que es muy semejante a la de Engels, cuando dice lo siguiente. Se refiere a un grupo de escritores ingleses del siglo XIX, sus contemporáneos, que son Charles Dickens y dos mujeres: Charlotte Brontë y Mrs. Gaskell. Marx se refiere a los tres, los define como “una espléndida cofradía de escritores de ficción ingleses, cuyas páginas elocuentes y vivas trajeron al mundo más alegatos sociales y políticos que todos los políticos, publicistas y moralistas profesionales juntos”. Es casi la misma cita. Es decir, Marx encontró en las novelas de esos autores un análisis y una crítica que son románticos, porque esos escritores son románticos, que han nutrido su conocimiento de cuáles son las contradicciones, las alienaciones y la parte deshumana de la civilización burguesa. De eso se trata en último análisis.

¿Cuáles son esos aspectos del romanticismo que encontramos en la teoría y el pensamiento histórico y social de Marx y de Engels? Yo voy a apuntar apenas algunos de los aspectos.

El primero es el interés muy grande de Marx y de Engels por ciertas formas de sociedad precapitalistas. No tanto la sociedad feudal sino las sociedades o comunidades primitivas. O como dicen ellos, el comunismo primitivo. Entonces, Marx y Engels van a utilizar los trabajos de una serie de antropólogos, muchos de ellos de inspiración romántica, que han estudiado las comunidades primitivas, o las formas comunitarias primitivas, y Marx y Engels se van a referir de manera muy frecuente a esos trabajos.

Para dar un ejemplo, una carta de Marx a Engels, de 1868, a propósito de un antropólogo e historiador alemán que se llama Georg L. von Maurer. Entonces, Marx dice que la primera crítica que se hizo de la sociedad moderna tenía una perspectiva romántica medieval. Pero ahora aparece un nuevo tipo de crítica de la sociedad burguesa, que corresponde a una orientación socialista. Y consiste en ir mucho más allá de la Edad Media, hacia la época primitiva de cada pueblo. Y uno queda muy sorprendido de encontrar que lo que es el más antiguo elemento. Sin embargo, es el más moderno, que es el principio de la igualdad social. Es decir, lo que encontramos en esas comunidades primitivas, rurales, precapitalistas, arcaicas son las ideas de la igualdad social, que para nosotros son muy modernas, porque precisamente son lo que queremos para la sociedad futura. Entonces, aquí vemos esa dialéctica entre el pasado y el futuro. La igualdad social que existía en el comunismo primitivo fue destruida por el aumento de la propiedad privada, del Estado, de la familia patriarcal, etc. Entonces, lo que fue por un lado el progreso, el desarrollo de los modos productivos, de la civilización y de la propiedad privada fue, también, desde el punto de vista social, una regresión. Se destruyó la igualdad, el espíritu comunitario, que existía en esas sociedades primitivas. Ese es el contenido de esta carta de Marx a Engels, de 1868.

Y más tarde Engels, en una carta a Marx, vuelve a esta problemática, también discutiendo los trabajos de Maurer. Y ahí dice lo siguiente: “Tenemos que superar el preconcepto de la filosofía de las Luces, del siglo XVIII, según el cual a partir de la Antigüedad, de la Edad Media, hubo un constante progreso para lo mejor. Esta visión nos impide ver el carácter contradictorio y antagonista del progreso real, y también los elementos de regresión social”. Yo creo que este pasaje de Engels es también muy interesante, porque tiene que ver con esta cuestión.

Primero, Engels rechaza la idea ingenua de un progreso lineal, que viene del comunismo primitivo, la esclavitud, el sistema feudal, el capitalismo, la sociedad industrial, el socialismo, todo como si fuera una línea de progreso constante. Entonces la rechaza como si fuera ingenua. Y en cambio habla del carácter contradictorio del progreso. El progreso en la historia siempre fue contradictorio. Es decir, del comunismo primitivo a la esclavitud hubo progreso, las fuerzas productivas se desarrollaron, la civilización griega y romana eran más avanzadas que el comunismo primitivo, pero es un progreso contradictorio, porque produjo una forma social inhumana, como era la esclavitud. Entonces, tenemos que ver el carácter contradictorio del progreso, y los elementos de regresión que están en el seno del llamado “progreso”. Es decir, necesitamos una visión dialéctica del progreso. El proceso histórico, los avances, por un lado son o pueden ser, al mismo tiempo, dialécticamente, regresiones.

Un libro en el que se desarrolla esa problemática romántica, filosofía romántica revolucionaria de la historia, es quizás el libro de Engels que se llama El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado. En ese libro, Engels se va a apoyar en el trabajo de dos grupos de antropólogos, de historiadores, como el mismo Maurer, pero también en otros como Lewis Henry Morgan –norteamericano– que ha estudiado las comunidades indígenas, las tribus indígenas norteamericanas, los cherokees en particular, en el curso del siglo XIX, antes de que fueran exterminadas por la civilización blanca norteamericana.

Entonces Engels se refiere mucho a esos trabajos, los utiliza, los interpreta a su manera. Y subraya las cualidades humanas, sociales, culturales que venían de esas comunidades indígenas, “atrasadas”, arcaicas, etc. Dice lo siguiente: “Qué constitución admirable tenía esa organización tribal. Sin soldados, sin guardias, sin policía, sin nobleza, sin reyes ni gobernantes, sin alcaldes, sin prisiones, sin procesos. Todo funciona de manera natural. Todos, en esa comunidad, son iguales y libres, incluyendo a las mujeres. Si comparamos la situación de esa comunidad, de ese comunismo primitivo, con la inmensa mayoría de lo civilizado de nuestros días –década de 1880, cuando escribe esto–, es enorme la distancia entre el proletario y el campesino de hoy y el antiguo miembro libre de esa comunidad”.

Todos los criterios que permiten a Engels hablar de una regresión social son entonces, la libertad, la igualdad, pero también una cierta degradación moral. Había una cierta ética comunitaria en esas comunidades que hacen a Engels hablar de una caída, una quiebra de las alturas de la inocencia y de la moralidad de esa vieja comunidad para la sociedad moderna, y una verdadera degradación ética.

Uno puede imaginar que ese planteamiento de Marx y de Engels es solamente histórico. Que cuando se refiere al comunismo primitivo constata que tenía una serie de cualidades humanas que se perdieron con el llamado progreso y la llamada civilización, simplemente por una cuestión histórica. Pero no es así. Para Marx y Engels es también una cuestión política, en la medida en que para ellos el comunismo moderno, la utopía socialista de una sociedad sin clases, debería reformular, retomar, vivir como una cierta forma de renacimiento –obviamente, bajo una forma nueva, moderna– de estas cualidades sociales, humanas, éticas, que existían en la sociedad primitiva. Entonces, para Marx y Engels aquí hay una relación entre el proyecto futuro, revolucionario, de la utopía comunista, y lo que se ha perdido en el desarrollo de la civilización y destruido en la comunidad.

Ahora lo más interesante de esa significación política concreta de la comunidad primitiva, y de esa concepción romántica de la historia en Marx y Engels, son los manuscritos de ellos sobre Rusia de fines del siglo XIX. En esa época, en Rusia se había desarrollado un movimiento muy importante, apoyado en los campesinos, el movimiento populista revolucionario, que planteaba la posibilidad o la esperanza de construir el socialismo en Rusia a partir de las tradiciones comunitarias, rurales, de los campesinos rusos. Era una revolución contra el zarismo que permitía la transición de Rusia al socialismo, sin pasar por todas las etapas del capitalismo que conoció Europa occidental.

Ese movimiento interesó mucho a Marx y a Engels. Los dos consideraron este punto de vista de los primeros revolucionarios rusos con bastante simpatía. Y una primera manifestación de eso es cuando Marx escribe una carta, en 1877, a un periódico revolucionario ruso donde dice lo siguiente: “El desarrollo futuro de Rusia no tiene necesariamente que pasar por todas las etapas que conoció Europa occidental. No hay un camino único en el proceso histórico. No hay ninguna razón para que Rusia tenga que pasar por todos los horrores de la revolución industrial, del desarrollo del capitalismo, de la explotación, de la destrucción del campesinado libre. El análisis que yo hice en El Capital del desarrollo del capitalismo, se refiere a Europa occidental, a Inglaterra, Francia, Alemania, no necesariamente se refiere a Rusia. Rusia puede, eventualmente, conocer otro camino y otro tipo de salida”. Esa es la primera afirmación de Marx, que es desde el punto de vista metodológico muy importante.

Pero más tarde escribe otros dos textos sobre Rusia que son muy interesantes. Uno es una respuesta a una simpatizante de Marx que vive en Rusia, llamada Vera Zasulich, después dirigente del partido socialdemócrata ruso, quien le preguntaba qué opinión tenía respecto de esa cuestión del desarrollo que puede tener Rusia, y el papel de la comunidad rural en ese contexto. Entonces Marx le contesta, y tenemos la carta, y los textos preparatorios, porque esa carta le dio mucho trabajo, hizo varios textos preparatorios, y tenemos todo ese material. Y la idea fundamental de Marx es la siguiente. Existe la posibilidad, tal vez, no es una seguridad, de que Rusia no deba atravesar todos los horrores del capitalismo que conocieron todos los pueblos de Europa occidental. Existe también la posibilidad de que Rusia pase casi directamente del sistema autoritario feudal, bárbaro, del zarismo, a una sociedad de tipo socialista; en la medida en que este proceso de transición al socialismo se pueda apoyar en las tradiciones comunitarias, rurales, que persisten a pesar de todo, del feudalismo, del capitalismo, entre los campesinos rusos. Tradiciones comunitarias antiguas, primitivas, atávicas, que vienen del pasado y que no han desaparecido. Y que pueden servir de punto de partida para un desarrollo en dirección al socialismo. Esa es un poco la idea, bastante heterodoxa, que desarrolla Marx en esas cartas.

Y poco después Marx vuelve a eso, que es en uno de sus escritos del año 1881, en un prefacio a la edición rusa de El Manifiesto Comunista. Y Marx y Engels, en ese prefacio dicen que existe la posibilidad de que la revolución en Europa no empiece en Alemania o Francia o Inglaterra como habían dicho muchas veces, sino en Rusia, porque es ahí donde la situación estaba más explosiva. Y en ese caso, la revolución de ellos se va a apoyar en esa tradición comunitaria, colectivista, de los campesinos rusos, para iniciar el proceso de transición al socialismo. Siempre y cuando esa revolución rusa sea acompañada por una revolución en el resto de Europa. Es decir, esa revolución sólo podría realmente triunfar si tuviera el apoyo de una revolución europea, de los otros países. Pero puede empezar en Rusia.

Esta discusión tiene consecuencias políticas para el marxismo. Y voy a dar un ejemplo que tiene que ver con la agresión del colonialismo. El siglo XIX es el siglo de la gran expansión comercial, y en particular es la época en que Inglaterra va a conquistar la India. Y al conquistar la India, va a implantar en India formas modernas de distribución capitalista, y de producción, va a desarrollar los ferrocarriles. Es decir, va a haber progreso capitalista para India. Pero a hierro y fuego.

La guerra imperialista

Entonces Marx, en los primeros tiempos, en los primeros textos sobre el colonialismo inglés en India, de 1853, tiene una visión del colonialismo que nos parece muy rara. Dice que “el colonialismo es mortal, es monstruoso, es infame, es asesino; pero trae progreso económico, trae formas modernas de producción, trae los ferrocarriles y eso es positivo”. Entonces en el último análisis el colonialismo juega un papel objetivamente progresista, y que conviene, porque trae la producción moderna para la India. Ese es el primer enfoque.

El segundo enfoque, años más tarde, corresponde a los ‘80. Marx va a tener un enfoque muy distinto, en el cual él ve las consecuencias del colonialismo fundamentalmente por su lado negativo. Entonces escribe lo siguiente en una carta del año 1881 [los borradores –inéditos– de la carta a Vera Zasulich. N.K.]:“Hablando de la India oriental, nadie puede ignorar, excepto siendo Henry Maine” –que era un aristócrata inglés reaccionario colonialista–, “y otras personas de la misma clase, que en la India la supresión por el colonialismo inglés de la unidad colectiva común de las tierras” –que era el sistema de producción tradicional de la India–, “no sólo fue un acto de vandalismo inglés, sino que empujó al pueblo de India no para adelante sino hacia atrás”. 

Entonces ahí no hay progreso objetivo de las fuerzas productivas. En lo esencial, lo que resultó del colonialismo fue una regresión social de la gente, del pueblo campesino, que vivía en sus comunidades, y que aun siendo pobres tenían una mínima garantía de subsistencia en sus comunidades. Son expulsados de sus comunidades, sus comunidades son destruidas, la propiedad comunal rural es sólo estatuida, y a partir de ahí se producen los fenómenos de grandes hambres colectivas que mueven a millones y millones de campesinos. Eso es lo que quiere decir Marx cuando dice que la colonización y la política económica de la colonización no empujó al pueblo de India para adelante sino para atrás.

Ahora ese enfoque yo diría hoy que es “romántico”, en el sentido de que rechaza la idea de un progreso lineal, y percibe todo lo que el comercio capitalista y el desarrollo productivo de la civilización produjo de regresión social. Y compara este hito de pauperización de la población campesina indígena con el estatuto que tenía en el pasado precapitalista que, por lo menos, les garantizaba su subsistencia. Obviamente, la perspectiva histórica de Marx no es volver a las formas tradicionales, rurales, precapitalistas. Obviamente no se trata de eso, no se trata de una restauración del pasado, sino de una perspectiva socialista para el futuro; pero partiendo de esa experiencia del pasado, de existencia comunitaria rural.

Ese es un aspecto del romanticismo del marxismo.

El otro aspecto que a mí me parece también muy importante, es el tipo de crítica que hacen Marx y Engels al capitalismo. Obviamente, esa crítica es la madre de toda una crítica de la explotación. En El Capital el tema principal es el de la explotación del trabajador por el capitalista. Pero la crítica de Marx es más amplia, no es únicamente el tema de la explotación. La crítica de Marx al capitalismo, a la infamia del capitalismo, no tiene únicamente la explotación como objeto sino también otros aspectos. Y es en esos otros aspectos en los que entran temas típicamente románticos.

Uno de esos temas, que aparece en toda la historia del romanticismo, es la crítica a la rentabilización, a la monetarización y a la cuantificación de todas las relaciones humanas y de todas las cualidades sociales por el capitalismo.

Es decir, el capitalismo destruye, diluye, disuelve todos los valores cualitativos –el amor, la amistad, la solidaridad, el honor, la fe–; todo eso es disuelto como en un ácido por el capitalismo, que lo sustituye por un único criterio, que es el cuantitativo. Ya no hay bueno ni malo, ni bello ni feo, sino que hay el que es 10.000, 1.000.000, 10.000.000 de libras, pesos, dólares, o lo que sea. Ese es un tema fundamental de crítica romántica al capitalismo, que Marx y Engels retoman en sus escritos, y que aparece de manera central en un escrito de Marx que todos ustedes conocen, que se llama Manuscritos económico-filosóficos de 1844.

Ahí Marx y Engels dicen que en la sociedad del pasado existía la posibilidad de un intercambio de honor por honor, amistad por amistad, amor por amor. En el capitalismo la tendencia cada vez más dominante es la de cambiar honor por dinero, amistad por dinero, amor por dinero. Entonces él dice eso del proceso de prostitución general de la sociedad. No sólo en la relación del amor, sino en todos los actos de los individuos que tienen por único objetivo la ficción del tener, del acumular capitales de dinero, de mercancía; y los valores cualitativos, las cualidades humanas, sociales, culturales, afectivas, eróticas, todo eso tiende a ser disuelto en el proceso de cantidad de mercancía, o del dinero. Hay muchos aspectos, no voy a citar todos, son bien conocidos por ustedes.

El otro tema parecido que aparece es la oposición que hace Marx, y ya en El Capital, entre el valor de cambio y el valor de uso. Y es un poco lo mismo, reformular el tema de la economía. ¿Qué es el valor de uso? Es el valor cualitativo que tiene una cosa, los objetos: un libro para leer, un caballo para transportarse, una silla para sentarse. Entonces los productos tienen un valor de uso. Y dicen Marx y Engels, sobre todo en El Capital, que en las sociedades precapitalistas, en la antigüedad y en el medioevo, o en las comunidades indígenas, o primitivas, etc., lo importante eran los valores de uso. Es decir, la gente producía objetos en función de su valor de uso, sobre todo.

En la sociedad capitalista, lo que importa es el valor de cambio, que es cuantitativo, es la cifra. Es el cambio que se hace de la mercancía por el dinero. Entonces hay una sustitución del valor de uso por el valor de cambio. El valor de uso ya no importa, sólo interesa en la medida en que pueden vender a la mercancía. Entonces tenemos productos y mercancías que tienen cada vez menos valor de uso y existen únicamente en función de su valor de cambio, en su transformación posible en dinero y en capital.

Entonces así se plantea esa oposición a la sociedad capitalista moderna fundada en la dominación casi exclusiva, total, abrumadora, del valor de cambio, en la que todo se vende por su valor de cambio; dicen Marx y Engels que cada cosa es llevada al mercado y cambiada en función a su valor de cambio, mientras que los valores de uso son excluidos o marginados, o sometidos a la ley del valor de cambio.

En tanto que en una sociedad socialista o poscapitalista –dicen Marx y Engels– otra vez la producción tendrá por objetivo la producción de valores de uso. Es decir, ya no se podrán considerar a las sillas o a los libros en función de su precio de venta, sino que se considerarán en función de su valor social, cultural, etc. Entonces, la sociedad comunista será una sociedad de producción de valores de uso. Ese es un tema central de la crítica marxista de la economía política que retoma en cierta manera una crítica romántica al capitalismo.

Puedo seguir dando otros ejemplos, pero me parece clara la idea fundamental que en la obra de Marx encontramos una vertiente, una dimensión, un aspecto, una sensibilidad romántica. Claro que no es el único aspecto, sino que es un aspecto importante. Y si lo dejamos de lado, si lo ignoramos, perdemos la riqueza de lo que es el pensamiento de Marx. Un pensamiento que es resultado de una síntesis dialéctica entre el pensamiento racionalista, materialista, científico, de la filosofía de las Luces y del gran idealismo alemán, con esta crítica de ese contexto romántico en tanto civilización burguesa. Es la síntesis de los dos y sintetiza la singularidad del pensamiento de Marx y de Engels. Pero generalmente se ve sólo un aspecto, sólo una vertiente, y se pierde una parte muy importante.

Quiero decir, en el poco tiempo que me queda, algo sobre la continuación de esta historia. Es decir, el desarrollo del componente romántico en la historia del marxismo en el siglo XX.

Voy a dar, simplemente, algunos ejemplos. Empezaré con una pensadora del marxismo clásico, que es Rosa Luxemburgo. Es autora de un libro que se llama Introducción a la economía política. Ahora bien, los libros de economía política marxista empiezan con la mercancía, con el capitalismo, etc. El libro de Rosa Luxemburgo empieza con el comunismo primitivo, y casi la mitad del libro es sólo el comunismo primitivo, es muy sorprendente. Y hace un análisis del comunismo primitivo, que es una forma de subsistir, no sólo de las tribus de América, de Alaska, sino también del pasado de Europa y en el mundo entero, que hubo una etapa de desarrollo social, que continúa existiendo, que es la del comunismo primitivo. Ella la analiza, siguiendo la tradición de Engels, subrayando todas sus cualidades humanas de igualdad, de democracia, de antiautoritarismo, etcétera.

Habla también de América Latina, eso es interesante. Habla del comunismo primitivo en el Imperio Inca, donde había toda una estructura burocrática y dictatorial, pero en la base funcionaban las comunidades. Y ella subraya ese elemento latinoamericano. Y Rosa Luxemburgo explica que el comunismo del futuro, obviamente, no es la vuelta al comunismo del pasado, pero que hay una cierta relación entre los dos. Y hay una fase en la que desde el punto de vista del futuro de la humanidad, cuando exista el nuevo comunismo moderno, del futuro, donde se va a decir que la historia de la propiedad privada fue un pequeño paréntesis entre miles de años de la historia del comunismo primitivo y miles de años del comunismo moderno. Entre los dos hubo un pequeño paréntesis que fue la historia de la propiedad privada, del capitalismo, etc. Eso es curioso.

Otra teoría muy interesante es la de que en los países del Tercer Mundo –Asia, Africa y América Latina–, están muy vivas las tradiciones comunitarias. El comunismo primitivo aún está presente, mucho más presente que en Europa o que en EE.UU. Entonces dice que tratemos de pensar una alianza del proletariado moderno de los países industriales, con los campesinos de las comunidades de los países del Tercer Mundo que representan aún la continuidad del comunismo primitivo. Entonces habría una alianza entre el comunismo moderno proletario, el comunismo tradicional campesino, como forma de la unidad antiimperialista entre trabajadores del centro y de la periferia.

Ahora esa temática la vamos a encontrar en un pensador latinoamericano pocos años después de ese libro de Rosa Luxemburgo. Un pensador latinoamericano que seguramente no conocía ese libro que fue publicado sólo en Alemania, que era muy poco conocido fuera. Pero lo vamos a encontrar bajo una forma un poco distinta, pero con una idea muy semejante. Quiero hablar de José Carlos Mariátegui. Es no sólo el más grande pensador marxista en América latina, sino que además también representa lo más típico del marxismo moderno. Y eso se manifiesta en muchos aspectos del pensamiento de Mariátegui, en la importancia que le da a la emoción, a la fe, al mito, a la mística. Todos esos elementos son característicos del romanticismo. Pero también en su concepción de la revolución peruana y latinoamericana, en la cual él subraya de manera muy semejante a Rosa Luxemburgo la persistencia de tradiciones comunitarias entre los campesinos peruanos, andinos y latinoamericanos.

Socialismo y comunismo moderno que, obviamente, no son una vuelta al comunismo inca. No queremos Incas, no queremos reyes dictadores. El comunismo moderno incluye el principio moderno de la libertad. Pero sí un retorno a la tradición comunitaria.

Entonces Mariátegui dice que nuestro socialismo, en América latina, no puede ser calco y copia de otras experiencias, sino que tiene que ser una creación heroica. Y él hablaba también en tanto futuro en América Latina, que también era la única respuesta posible a la dominación imperialista, un socialismo indoamericano, un socialismo enraizado en las tradiciones culturales de los pueblos de América latina.

Entonces Rosa Luxemburgo y Carlos Mariátegui. Y hay muchos otros, aunque no hay tiempo de analizar a todos, pero voy a nombrarlos. Está también el judío alemán Ernst Bloch, que se autodefinía como romántico profesional porque era también marxista. Los primeros escritos filosóficos de György Lukács, el filósofo marxista húngaro. Algunos de los representantes más importantes de lo que se llamaba la escuela de Frankfurt: Walter Benjamin, Adorno, Horkheimer, Marcuse, que son también parte de esa vertiente del marxismo romántico. Algunos pensadores franceses como André Breton –el fundador del surrealismo-, que es también un representante muy interesante de lo que es el marxismo romántico. El filósofo marxista francés Henri Lefevre, uno de los inspiradores del movimiento de Mayo del ‘68 en Francia, junto con Guy Debord, fundador del situacionismo, también un romántico marxista.

Y en Inglaterra tenemos toda una corriente de la historiografía inglesa, cuyo representante más conocido es el historiador E. P. Thompson, que también representa muy bien esa corriente romántica del marxismo.

Estos ejemplos muestran que siguió existiendo en el siglo XX una corriente del marxismo en el sentido amplio, no el marxismo ortodoxo únicamente, en el cual esa dimensión romántica, ese elemento romántico, esa protesta romántica en contra de la civilización industrial capitalista sigue muy presente. Y creo que este momento, entonces, es parte de la riqueza del pensamiento marxista desde Marx y Engels hasta hoy, es uno de los componentes importantes de la crítica actual y del rechazo social, ético, moral y político al capitalismo y del proyecto de una nueva sociedad: de la sociedad de la utopía comunista.

MICHAEL LÖWY