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Cómo el exoficial nazi Reinhard Gehlen erigió un Estado dentro de un Estado en la Alemania de la posguerra

por Wolfgang Weber  //

Más de 100 000 páginas de documentos relacionados con el antiguo director del Servicio Federal de Inteligencia de Alemania (BND; siglas en alemán), Reinhard Gehlen (1902-1979) han sido filtrados al diario Süddeutsche Zeitung(SZ). En su edición del primero de diciembre los reporteros del SZ, Uwe Ritzer y Willi Winkler, dedicaron cuatro páginas a una descripción general de los documentos. Seguir leyendo Cómo el exoficial nazi Reinhard Gehlen erigió un Estado dentro de un Estado en la Alemania de la posguerra

¡Ni migajas, ni reaajustes miserables, 6% ahora!

Nuevamente las trabajadoras y trabajadores del sector público, como año tras año, nos movilizamos exigiendo un reajuste digno, que sea acorde al aumento del costo de la vida, y un bono de término de conflicto que ayude a sobrevivir al endeudamiento y la precariedad.

Las cúpulas dirigenciales entreguistas –que a espaladas de las y los trabajadores negocian con el gobierno reajustes miserables en un guarismo que no supera el 0.5%, por sobre el IPC– ocultan las verdaderas demandas del sector público, como la lucha por una carrera funcionaria real, el fin a la precariedad y, finalmente, el contrato único en el Estado. Estos no son parte de los temas puestos en la mesa de “negociación” entre el Gobierno de Bachelet y las dirigencias sindicales que militan en la misma Nueva Mayoría.

Por su parte la CUT y la Mesa del Sector Público (MSP) han jugado un rol de contención cuando las y los trabajadores han querido movilizarse para exigir sus derechos, ellos agendan reunión tras reunión oxigenando al gobierno y ganando tiempo para desgastar a las bases y apurar una negociación miserable que sólo nos traerá migajas.

Hoy las y los trabajadores clasistas debemos no sólo develar el rol que cumplen las dirigencias burócratas y conciliadoras de la CUT y de las organizaciones sindicales nacionales que integran la MSP, sino que también debemos en las calles desbordar la conducción entreguista e impulsar la lucha por exigir un reajuste de un 6%, además de colocar en la agenda el contrato único, para terminar definitivamente con la precariedad laboral de la contrata y el trabajo a honorario.

 

¡Fin a los honorarios y contratas, por un contrato único del estado!

¡Reajuste de un 6% para todas y todos los trabajadores públicos!

¡Carrera funcionaria… ahora!

Asociación Intersindical de Trabajadoras y Trabajadores Clasistas, AIT

Noviembre, 2017

León Trotsky: el derecho de las naciones a la autodeterminación

Hemos comprobado que en las cuestiones concretas que atañen a la formación de nuevos Estados nacionales, la socialdemocracia no puede dar ningún paso sin contar con el principio de la autodeterminación nacional, que, en última instancia no es sino el reconocimiento del derecho que asiste a cada grupo nacional a decidir sobre la suerte de su Estado, y por lo tanto a separarse de otro Estado dado (como, por ejemplo, de Rusia o Austria). El único medio democrático para conocer la “voluntad” de una nación es el referéndum. Esta solución democrática obligatoria seguirá siendo empero, tal como se define, puramente formal. En realidad no nos aclara nada sobre las posibilidades reales, las formas y los medios de la autodeterminación nacional en las condiciones modernas de la economía capitalista. Y sin embargo en esto mismo reside el centro del problema.

Para muchas naciones, si no es para la mayoría de las naciones oprimidas, grupos y sectores nacionales, el sentido de la autodeterminación es la supresión de los límites existentes y el desmembramiento de los Estados actuales. En particular, este principio democrático conduce a la emancipación de las colonias. Sin embargo, toda la política del imperialismo, indiferente ante el principio nacional, tiene como objetivo la extensión de los límites del Estado, la incorporación forzada de los Estados débiles en sus límites aduaneros y la conquista de nuevas colonias. Por su misma naturaleza, el imperialismo es expansivo y agresivo, y esta es su cualidad característica y no las maniobras diplomáticas.

De aquí se deriva el conflicto permanente entre el principio de autodeterminación nacional que, en muchos casos, conduce a la descentralización económica y estatal (desmembramiento, separación) y las poderosas tendencias centralizadoras del imperialismo que tiene a su disposición el aparato de Estado y la potencia militar. Es cierto que un movimiento nacional separatista a menudo encuentra el apoyo de las intrigas imperialistas de un estado vecino. Sin embargo este apoyo no puede ser decisivo más que por el ejercicio de la fuerza militar. Y cuando las cosas llegan al extremo de un conflicto armado entre dos países imperialistas, los nuevos límites del Estado ya no se decidirán sobre la base del principio nacional sino sobre el de la relación de fuerzas militares. Y forzar a un Estado que ha vencido a declinar la anexión de los nuevos territorios conquistados es tan difícil como obligarlo a conceder la libre autodeterminación de las provincias conquistadas con anterioridad. Finalmente, incluso si por un milagro Europa fuera dividida en Estados nacionales fijos y pequeños por la fuerza de las armas, la cuestión nacional no estaría resuelta de ningún modo y, al día siguiente de esa “justa” redistribución nacional, volvería a comenzar la expansión capitalista. Comenzarían nuevos conflictos que provocarían nuevas guerras y conquistas, violando totalmente el principio nacional en todos los casos en que no puede defenderse con suficientes bayonetas. Daría la impresión de una partida de jugadores empedernidos que se ven obligados a repartirse la banca “justamente” en medio del juego a fin de volver a empezar la misma partida con renovado frenesí.

De la potencia de las tendencias centralizadoras del imperialismo de ninguna manera se deriva el que estemos obligados a someternos pasivamente a ellas. Una comunidad nacional es el corazón de la cultura, igual que la lengua nacional es su expresión viva, y este hecho mantendrá su significación a través de períodos históricos indefinidamente largos. La socialdemocracia desea y está obligada a salvaguardar la libertad de desarrollo (o disolución) de la comunidad nacional en interés de la cultura, material o espiritual. Y por eso ha asumido como una obligación política el principio democrático de la autodeterminación nacional de la burguesía revolucionaria.

El derecho a la autodeterminación nacional no puede ser excluido del programa proletario de paz: pero tampoco puede pretender atribuirse una importancia absoluta. Al contrario, para nosotros está limitado por las tendencias convergentes profundamente progresivas del desarrollo histórico. Si bien es cierto que este derecho debe oponerse -mediante la presión revolucionaria- al método imperialista de centralización que esclaviza a los pueblos débiles y atrasados y quiebra el núcleo de la cultura nacional, también lo es que el proletariado no debe permitir que el “principio nacional” se convierta en un obstáculo a la tendencia irresistible y profundamente progresiva de la vida económica moderna en dirección a una organización planificada en nuestro continente, y, más adelante, en todo el planeta. El imperialismo es la expresión que el bandidaje capitalista confiere a la tendencia de la economía moderna para acabar completamente con el idiotismo de la estrechez nacional, como sucedió en el pasado con los límites provinciales y locales. Luchando contra las formas imperialistas de centralización económica, el socialismo en absoluto toma partido contra esta tendencia particular sino que, por el contrario, hace de ella su propio principio rector.

Desde el punto de vista del desarrollo histórico y desde el punto de vista de las tareas de la socialdemocracia, la tendencia de la economía moderna es fundamental y es preciso garantizarle la posibilidad de ejercer su misión histórica verdaderamente liberadora: construir la economía mundial unificada, independiente de los límites nacionales, sus barreras estatales y aduaneras, sometida únicamente a las particularidades del territorio y los recursos naturales, al clima y a las necesidades de la división del trabajo. Polonia, Alsacia, Dalmacia, Bélgica, Serbia y otras pequeñas naciones europeas que aún no han sido anexadas podrán recuperarse o proclamarse por primera vez en la configuración nacional hacia la que gravitan y, sobre todo, podrán adquirir un status permanente y desarrollar libremente su existencia cultural solo en la medida en que, como grupos nacionales, dejen de ser unidades económicas, dejen de estar trabadas por los límites estatales y no se encuentren separadas u opuestas económicamente unas a otras. En otras palabras, para que los polacos, los rumanos, los serbios, etc., puedan formar unidades nacionales libremente, es preciso que sean destruidos los límites estatales que actualmente los dividen, que el marco del Estado se amplíe en una unidad económica, pero no como organización nacional, que englobe a toda la Europa capitalista, hasta ahora dividida por tasas y fronteras y desgarrada por la guerra. La unificación estatal de Europa es claramente la condición previa para la autodeterminación de las pequeñas y grandes naciones de Europa. Una existencia cultural nacional despojada de antagonismos económicos nacionales y basada sobre una autodeterminación real sólo es posible bajo el amparo de una Europa unida democráticamente, libre de barreras estatales o aduaneras.

Kamenev, Lenin y Trotsky.

Esta dependencia directa e inmediata de la autodeterminación nacional de los pueblos débiles del régimen colectivo europeo, excluye la posibilidad de que el proletariado plantee cuestiones como la independencia de Polonia o la unificación de todos los serbios al margen de la revolución europea. Pero, por otra parte, esto significa que el derecho a la autodeterminación, como elemento del programa de paz proletario, no tiene un carácter “utópico” sino revolucionario. Esta consideración se dirige en dos sentidos: contra los David y Lindberg alemanes, quienes, desde lo alto de su “realismo” imperialista, denigran el principio de la independencia nacional como romanticismo reaccionario; y contra los simplificadores de nuestro campo revolucionario cuando afirman que no es realizable más que en el socialismo y con ello evitan una respuesta principista a las cuestiones que plantea la guerra.

Entre nuestras condiciones sociales actuales y el socialismo aún queda un largo período de revolución social: es decir, la época de la lucha proletaria abierta por el poder, la conquista y ejercicio de este poder para la total democratización de las relaciones sociales y la transformación sistemática de la sociedad capitalista en sociedad socialista. No será un período de pacificación y calma, al contrario, será una época de intensa lucha de clases, de levantamientos populares, de guerras, de experiencias de extensión del régimen proletario y de reformas socialistas. Esta época exigirá al proletariado una respuesta práctica, es decir, inmediatamente aplicable, a la cuestión de la existencia permanente de las nacionalidades y sus relaciones recíprocas con el Estado y la economía.

Hemos intentado aclarar más arriba que la unión económica y política de Europa es la condición previa indispensable de toda posibilidad de autodeterminación. Igual que la consigna de “independencia nacional” de los serbios, búlgaros, griegos, etc.,se queda en una abstracción vacía si no va acompañada de la consigna suplementaria de “Federación de repúblicas balcánicas”-que juega este papel en la política de la socialdemocracia de los Balcanes-, a escala europea, el principio del “derecho” de los pueblos a disponer de ellos mismos no podrá hacerse efectivo más que en una “Federación de Repúblicas europeas”. Y del mismo modo que en la península balcánica la consigna de federación democrática se ha convertido en un eslogan esencialmente proletario, con más razón lo es a nivel europeo, donde los antagonismos capitalistas son incomparablemente más profundos.

Para los políticos burgueses la supresión de las barreras aduaneras entre los diferentes países de Europa es una dificultad insuperable; pero sin esta supresión los tribunales de arbitraje entre los estados y las normas legales internacionales no durarían más que la neutralidad de Bélgica, por ejemplo. La tendencia hacia la unificación del mercado europeo, que, como la lucha por apoderarse de los países atrasados no europeos, está motivada por el desarrollo del capitalismo, se enfrenta a una tenaz oposición de los terratenientes y capitalistas, que tienen en las tarifas aduaneras, junto al aparato militar, un medio indispensable de explotación y enriquecimiento.

La burguesía industrial y financiera húngara se opone a la unificación económica con Austria, pues ésta ha alcanzado un grado de desarrollo capitalista más elevado que aquélla. De igual forma, la burguesía de Austria-Hungría rechaza la idea de unión aduanera con Alemania, mucho más poderosa.

Por otra parte, los propietarios agrícolas alemanes no consentirán jamás voluntariamente que se supriman las tasas sobre el grano. Es más, los intereses económicos de las clases poseedoras de los imperios centrales no pueden reconducirse fácilmente para coincidir con los de los capitalistas y terratenientes franceses, ingleses y rusos. La actual guerra lo demuestra muy elocuentemente. Últimamente, la falta de harmonía y el carácter inconciliable de los intereses capitalistas entre los mismos aliados son aún más flagrantes que entre los Estados de la Europa central. En estas condiciones, una unión económica de Europa incompleta y diseñada de arriba abajo, concluida mediante tratados entre gobiernos capitalistas es, simplemente, una utopía. Las cosas no irían mucho más allá de algunos compromisos parciales y medidas incompletas. Por lo tanto, la unión económica de Europa, que presenta enormes ventajas para productores y consumidores y, en general, para el desarrollo cultural, es la tarea revolucionaria del proletariado europeo en su lucha contra el proteccionismo imperialista y su instrumento, el militarismo.

Los Estados Unidos de Europa, sin monarquía, sin ejércitos permanentes y sin diplomacia secreta, constituyen la parte más importante del programa proletario de paz.

Los ideólogos y políticos del imperialismo alemán recogieron frecuentemente en su programa, sobre todo al principio de la guerra, los Estados Unidos europeos o, por lo menos, centroeuropeos (sin Francia, Inglaterra ni Rusia). El programa para una unificación violenta de Europa es una tendencia tan característica del imperialismo alemán como el desmembramiento forzoso de Alemania lo es del imperialismo francés.

Si los ejércitos alemanes lograran la victoria decisiva en la guerra con la que se cuenta en Alemania, no cabe ninguna duda que el imperialismo alemán realizaría una gigantesca tentativa para imponer una unión aduanera obligatoria a los Estados europeos que implicaría cláusulas preferenciales, compromisos, etc…, reduciendo a su mínima expresión el sentido progresivo de la unificación del mercado europeo. No hace falta añadir que, en tales condiciones, no podría plantearse la autonomía de las naciones así reunidas por la fuerza en una caricatura de Estados Unidos de Europa. Imaginemos por un momento que el militarismo alemán logra realizar esta semi-unión europea por la fuerza, igual que hizo el militarismo prusiano en el pasado cuando logró imponer la unidad de Alemania. ¿Cuál debería ser entonces la consigna central del proletariado europeo? ¿La disolución de la forzada unión europea y el retorno de todos los pueblos al amparo de los Estados nacionales aislados? ¿O el restablecimiento de las tarifas aduaneras, los sistemas monetarios “nacionales”, la legislación social “nacional” y todo lo demás? Nada de esto. El programa del movimiento revolucionario europeo sería entonces la destrucción de la forma obligatoria y antidemocrática de la coalición, pero conservando y ampliando sus cimientos con la supresión completa de los aranceles, la unificación de la legislación y, sobre todo, de la legislación laboral, etc… En otras palabras, la consigna de Estados Unidos de Europa “sin monarquía ni ejércitos permanentes” se convertiría en tal caso en la principal consigna unificadora de la revolución europea.

Examinemos ahora la segunda posibilidad, la de una salida “dudosa” del conflicto actual. Al principio de la guerra Liszt, el conocido profesor, ferviente partidario de los “Estados Unidos de Europa”, demostró que, incluso en el caso de que los alemanes no vencieran a sus adversarios, la unión europea no dejaría de realizarse, y, según Liszt, de forma mucho más completa que en el caso de una victoria alemana. Dada su creciente necesidad de expansión, los Estados europeos, hostiles entre sí aunque fueran incapaces de luchar unos contra otros, continuarían dificultándose mutuamente su “misión” en el Oriente Próximo, África, Asia, y serían derrotados en todas partes por los Estados Unidos de América y el Japón. En el caso de que la guerra termine sin un vencedor “claro”, Liszt piensa que la absoluta necesidad de una entente económica y militar de las potencias europeas prevalecerá sobre los intereses de pueblos débiles y atrasados y, sin duda alguna sobre todo, contra sus propias masas trabajadoras. Ya hemos expuesto más arriba los grandes obstáculos que impiden la realización de este programa.

Pero si estos obstáculos fueran superados, aunque sólo fuera parcialmente, sobrevendría inmediatamente la instauración de un trust imperialista de los Estados europeos, es decir una sociedad de pillaje por acciones. En tal caso, el proletariado no debería luchar por el retorno a un Estado “nacional” autónomo, sino por convertir el trust imperialista en una federación democrática europea.

Frida Kahlo y León Trotsky

Sin embargo, cuanto más avanza el conflicto más se pone de manifiesto la absoluta incapacidad del militarismo para resolver los problemas que plantea la guerra y menos posibilidades hay para estos proyectos de unificación europea desde arriba. La cuestión de los “Estados Unidos de Europa” imperialistas ha dejado paso a los proyectos de unión económica entre Austria y Alemania y a la perspectiva de una alianza cuatripartita con sus aranceles y sus impuestos de guerra completados por el militarismo de unos dirigido contra los otros.

Después de lo que acabamos de decir, sería superfluo insistir sobre la enorme importancia que, para la ejecución de estos planes, tendrá la política del proletariado de los dos trust de Estados por su lucha contra los aranceles establecidos y contra las barreras militares y diplomáticas, por la unión económica de Europa.

Y ahora, tras los inicios tan prometedores de la revolución rusa, tenemos buenas razones para esperar que un poderoso movimiento revolucionario se extienda por toda Europa. Está claro que tal movimiento no podría tener éxito, desarrollarse y vencer más que como movimiento general europeo. Aislado entre los límites de sus fronteras nacionales estaría condenado al fracaso. Nuestros social-patriotas nos muestran el peligro que supone el militarismo alemán para la revolución rusa. Indudablemente es un peligro, pero no es el único. Los militarismos inglés, francés, italiano son peligros no menos terribles para la revolución rusa que la máquina de guerra de los Hohenzollern. La esperanza de la revolución rusa estriba en su propagación a toda Europa. Si el movimiento revolucionario se desarrollara en Alemania, el proletariado alemán buscaría y encontraría un eco revolucionario en los países “hostiles” de Occidente, y, si en uno de estos países el proletariado arrancara el poder de manos de la burguesía, se vería obligado, aunque sólo fuera para conservarlo, a ponerlo al servicio del movimiento revolucionario de los otros países. En otras palabras, la instauración de un régimen de dictadura del proletariado estable sólo sería concebible a escala europea, bajo la forma de una Federación democrática europea. La unificación de los Estados de Europa, que no puede ser realizada ni por la fuerza militar ni mediante tratados industriales y diplomáticos, constituirá la principal y más urgente tarea del proletariado revolucionario triunfante.

Los Estados Unidos de Europa son la consigna del período revolucionario en el que hemos entrado. Sea cual sea el giro que tomen las operaciones militares en lo sucesivo, sea cual sea el balance que la diplomacia pueda sacar de la guerra actual, y sea cual sea el ritmo de progresión del movimiento revolucionario en lo inmediato, la consigna de Estados Unidos de Europa seguirá teniendo en todo caso una gran importancia como fórmula política de la lucha por el poder. Mediante este programa se expresa el hecho de que el Estado nacional ha quedado desfasado, como marco para el desarrollo de las fuerzas productivas, como base de la lucha de clases, y por lo tanto como forma estatal de la dictadura proletaria. Nosotros oponemos una alternativa progresiva al conservadurismo que defiende una patria nacional caduca, a saber, la creación de una nueva patria más completa, de la revolución, de la democracia europea, única capaz de ser el punto de partida que necesita el proletariado para propagar la revolución en todo el mundo. Claro que los Estados Unidos de Europa no serán más que uno de los dos ejes de “reorganización mundial” de la industria. Los Estados Unidos de América serán el otro.

Trotsky entrevistado en su casa de Coyoacán (México) en 1937.

Ver las perspectivas de la revolución social en los límites nacionales significa sucumbir al mismo espíritu nacionalista estrecho que configura el contenido del social-patriotismo. Hasta el final de su vida, Vaillant consideraba a Francia como el país predilecto de la revolución social y por ello insistió en su defensa hasta el final. Lutsh y otros, unos hipócritamente, otros sinceramente, creían que la derrota de Alemania significaría ante todo la destrucción de las bases mismas de la revolución social. Últimamente, nuestros Tseretelli y nuestros Chernov, que, en nuestras condiciones nacionales, han repetido la misma triste experiencia que el ministerialismo francés, juran que su política está al servicio de los objetivos de la revolución y, por lo tanto, no tiene nada en común con la política de Guesde y Sembat. De forma general, no hay que olvidar que en el social-patriotismo al lado del más vulgar reformismo hay un reformismo activo, un mesianismo revolucionario nacional que consiste en considerar a la propia nación como el Estado elegido para conducir a la humanidad al “socialismo” o a la “democracia”, aunque no sea más que bajo su forma industrial o democrática y orientada hacia las conquistas revolucionarias. Defender la base nacional de la revolución por tales métodos, que perjudican las relaciones internacionales del proletariado, equivale realmente a minar la revolución, que no puede comenzar más que sobre una base nacional, pero que no podría completarse sobre esta base dada la actual interdependencia económica, política y militar de los Estados europeos, jamás tan evidente como en el curso de la actual guerra. La consigna de los Estados Unidos de Europa expresará esta interdependencia que determinará directa e inmediatamente la acción conjunta del proletariado europeo durante la revolución.

El social-patriotismo, que en principio es, si no lo es siempre en los hechos, la aplicación del social-reformismo en su forma más depurada y de su adaptación a la época imperialista, se propone tomar la dirección de la política del proletariado, enmedio de la actual tormenta mundial, y seguir el camino del “mal menor”, es decir unirse a uno de los dos bandos. Nosotros rechazamos este método. Sostenemos que la guerra preparada por la evolución anterior ha puesto de manifiesto claramente los problemas fundamentales del desarrollo capitalista actual en su conjunto. Es más, la línea política que debe seguir el proletariado internacional y sus secciones nacionales no debe estar determinada por rasgos políticos nacionales secundarios, ni por las ventajas problemáticas que supondría la preponderancia militar de uno de los bandos (máxime cuando estas ventajas problemáticas deber pagarse por adelantado con la renuncia a toda política proletaria independiente), sino por el antagonismo fundamental que existe entre el proletariado internacional y el régimen capitalista en su conjunto. La unión democrática republicana de Europa, una unión realmente capaz de garantizar el libre desarrollo nacional, solamente es posible mediante la lucha revolucionaria contra el militarismo, el imperialismo, el centralismo dinástico, mediante revueltas en cada país y la convergencia de todas estas sublevaciones en una revolución europea. La revolución europea triunfante, independientemente de su curso en los diferentes países y en ausencia de otras clases revolucionarias, sólo puede transmitir el poder al proletariado. Y de este modo, los Estados Unidos de Europa son la única forma concebible de la dictadura del proletariado europeo.

Estado y capital: el debate alemán sobre la derivación del Estado

por Alberto Bonnet y Adrián Piva//

El debate alemán de la derivación del Estado es aún hoy, a algo más de cuarenta años de su desarrollo, poco conocido en América Latina, incluso entre los marxistas. Tuvo lugar en la ex República Federal de Alemania entre 1970 y 1974, principalmente en Berlín occidental y en Frankfurt. Las intervenciones se publicaron en su mayoría en las revistas Probleme des Klassenkampfs. Zeitschrift für politische Ökonomie und sozialistische Politik (PROKLA) de Berlín y Gessellschaft. Beiträgezur Marxschen Theorie (Gesellschaft) de Frankfurt. Si bien el debate se desarrolló en círculos marxistas de la academia alemana y a pesar de su alto nivel de abstracción, sus verdaderos desencadenantes deben buscarse en el contexto político de la Alemania occidental 1/. Como señala Hirsch en su prólogo a este volumen, el contexto del debate estuvo signado por el ascenso de la socialdemocracia al gobierno a fines de los ’60, en un clima de alza de la conflictividad protagonizada por las revueltas estudiantiles y la emergencia de nuevos movimientos sociales. De esta manera, Alemania Federal se sumaba a la agitación que por entonces conmovía a Francia e Italia; aunque, a diferencia de estos países, sin una presencia significativa de la clase obrera en los conflictos. La adhesión de los sindicatos y de la mayoría de los trabajadores al gobierno socialdemócrata y a su proyecto de orientación keynesiana y de expansión del Estado de bienestar puso entonces al Estado, y particularmente a la crítica de la “ilusión del estado social”, en el centro del debate político. Si la respuesta keynesiana a la recesión de 1966-67 –que anunciaba la crisis del capitalismo keynesiano de posguerra– obligaba a discutir los límites de la intervención del Estado, la “ilusión” de los trabajadores en el Estado social ponía en cuestión la relación del Estado con la lucha de clases, con la burguesía y con la clase obrera.

La crisis del capitalismo de posguerra y el nuevo ascenso de la lucha de clases acarrearon entonces una extraordinaria renovación de una crítica marxista del Estado que, tanto dentro como fuera de Alemania, había permanecido relativamente estancada desde el período de entreguerras. Este desafío implicaba, en el plano teórico, una revisión de las perspectivas teóricas que dominaban las concepciones de la izquierda sobre el Estado. Por un lado, el extremo instrumentalismo de la teoría del capitalismo monopolista de Estado –la doctrina oficial de los Partidos Comunistas de Europa Occidental– no permitía rendir cuenta de la compleja relación existente entre el Estado y la clase dominante y de las ilusiones que brotaban de su separación “de los reales intereses particulares y colectivos” 2/. Por otro lado, los enfoques “neo frankfurtianos” de Habermas y Offe extremaban la separación entre sistema económico y sistema político, asumiendo como un dato la capacidad de regulación del primero por el segundo y la autonomía de las lógicas de funcionamiento de ambos sistemas 3/. En este contexto, el desafío de rendir cuenta, simultáneamente, de la naturaleza capitalista del Estado y de su efectiva separación de todo interés real individual o colectivo fue encarado por los derivacionistas de un modo radicalmente distinto de los intentos realizados hasta entonces 4/.

Lo que singularizó al debate alemán de la derivación es, en primer lugar, su punto de partida: no se trataba de asumir la separación entre economía y política como un dato, sino de explicarla. Se trataba de dar cuenta de la apariencia de separación del Estado respecto de la sociedad, es decir, de la particularización del Estado, como la forma específica que asume la dominación de clase en las sociedades capitalistas. El debate alemán de la derivación se diferencia, en segundo lugar, por su método: si el Estado es una forma específica de las relaciones capitalistas, dicha forma debe ser derivada, al igual que la mercancía, el dinero o el capital, de la crítica de la economía política. La derivación de la forma Estado debía encontrar su lugar en la exposición sistemática pero incompleta del concepto de capital encarada por Marx en El capital, es decir, del desarrollo de sus formas, desde las más abstractas y simples hasta las más concretas y complejas. Sólo una vez resuelto el problema de la forma Estado, es decir, de la separación entre economía y política, entre Estado y sociedad, era posible pasar al problema de las funciones del Estado y, en particular, de los límites de la intervención del Estado. Las intervenciones tienen en consecuencia, generalmente, dicha estructura. En primer lugar, una propuesta de derivación que involucra dos cuestiones. La primera, la definición del punto de partida de la derivación: ¿debe ser la mercancía, el capital en general, la forma de superficie de la competencia capitalista? La segunda, la derivación propiamente dicha: ¿cuál es la contradicción específica, situada en ese momento del desarrollo del concepto de capital, que determina la posibilidad e incluso la necesidad, desde el punto de vista de la reproducción de las relaciones sociales capitalistas, de la organización del dominio de clase en la forma separada del Estado? Y, en segundo lugar, una discusión, sobre la base de la derivación realizada, de los alcances y límites de la intervención del Estado.

Las limitaciones de estos intentos de derivación del Estado se pusieron de manifiesto a lo largo del debate. En efecto, sólo era posible derivar lógicamente la necesidad –desde el punto de vista de la relación de capital- y la posibilidad de la separación de economía y política, pero de ninguna manera podía derivarse la existencia misma del Estado capitalista ni muchas de sus características más relevantes aunque más concretas. Las últimas intervenciones en el debate –especialmente las de von Braumühl y Gerstenberger– contienen así un fuerte llamado a la investigación histórica como medio de superar tales limitaciones.

Sin embargo, como señalan Holloway y Piccioto en su introducción al debate, que incluimos en esta compilación, lejos está ello de significar que las conclusiones y los aportes del debate alemán carezcan de relevancia para el estudio y la comprensión del Estado capitalista. Dichos aportes y conclusiones siguen constituyendo el punto de partida más avanzado con el que contamos para emprender una crítica marxista rigurosa del Estado capitalista y brindan los fundamentos de un marco analítico que nos permite emprender esa investigación histórica de largo aliento 5/. En oposición a otros intentos de superar el instrumentalismo y el economicismo del marxismo vulgar –aquel de la segunda internacional y de su canonización stalinista en el DIAMAT de la tercera- el debate de la derivación permite superar las aporías que caracterizan a los enfoques que asumen como un simple dato la separación entre economía y política. Nos referimos a las oscilaciones entre economismo y politicismo, propias del estructuralismo marxista pero también del instrumentalismo más complejo de Miliband y del marxismo del PC italiano de posguerra, a la misteriosa “determinación en última instancia” como intento de resolver esas oscilaciones, a las tensiones entre historia y estructura, entre lucha de clases y condiciones objetivas, etc. Todos estos callejones sin salida tienen su origen en la concepción de la economía y la política como esferas o instancias totalmente exteriores vinculadas por relaciones de determinación mutua. La perspectiva de la derivación supera las dificultades de esta determinación mutua y exterior entre instancias separadas al concebir a las formas económicas y políticas como formas diferenciadas de una misma relación de subordinación del trabajo al capital. Se trata de formas por medio de las cuales la relación contradictoria entre capital y trabajo se reproduce del único modo en que puede hacerlo, desplazándose, hasta encontrar su límite en las crisis. Dichas crisis, crisis generales de las relaciones capitalistas, no son “crisis económicas” que puedan ser reguladas por un Estado que intervenga “políticamente” desde afuera. Se trata de crisis de las propias formas a través de las cuales existe la relación de capital, de crisis de la propia separación entre economía y política por medio de la cual el capital se reproduce. De esto se siguen dos conclusiones centrales. En primer lugar, el Estado no puede resolver las contradicciones que presuntamente se situarían en la “economía”, sino sólo reproducirlas en su modo específicamente “político” hasta su estallido en las crisis, crisis que se convierten, en consecuencia, en procesos de desestructuración del Estado. En segundo lugar, dado que las crisis son procesos de disolución conjunta de la forma mercado y de la forma Estado y que los procesos de recomposición de las relaciones capitalistas son procesos de reconstitución simultánea de esas formas mercado y Estado, no existe ningún juego de suma cero entre ambas instancias.

La importancia de estas nociones generales y abstractas se pone de manifiesto cuando investigamos las maneras concretas en que se articulan la acumulación y la dominación capitalistas. No se trata de deducir la realidad histórica de las categorías lógicas, naturalmente, sino de que, en tanto categorías de pensamiento, estas categorías resultan adecuadas para encarar la conceptualización de los fenómenos históricos. Es aquí donde se sitúa en general la relevancia del debate alemán de la derivación del Estado, de sus aportes y sus conclusiones, detrás de la aspereza de su lenguaje y de la abstracción de su nivel de análisis.

Esto es evidente, por ejemplo, a la hora de analizar las transformaciones que atravesaron las sociedades latinoamericanas en las últimas décadas. En efecto, los aportes y conclusiones del debate de la derivación resultan especialmente adecuados para intentar comprender los llamados procesos de “reforma del Estado” que se llevaron a cabo en los años ’90 a lo largo y a lo ancho de la región. La mayor parte del pensamiento heterodoxo y gran parte del pensamiento de izquierda representó dichas reformas como procesos de “achicamiento del Estado” y, presuponiendo un juego de suma cero entre Estado y mercado, de creciente peso del mercado en la articulación de las sociedades latinoamericanas. Esto dio lugar a caracterizaciones de los Estados emergentes de esos procesos de reforma como “Estados mínimos”, “Estados ausentes” y otras nociones similares. Sin embargo, la inadecuación de estas caracterizaciones se puso de manifiesto en la contradicción en la que incurrieron esos mismos análisis cuando no podían evitar otorgar un rol fundamental a esos Estados, supuestamente debilitados, en el proceso de reformas neoliberales y en el disciplinamiento de los trabajadores que permitió su imposición. El caso argentino, por la velocidad y la profundidad de los cambios, fue paradigmático. La hiperinflación de 1989-90 fue, al mismo tiempo, un profundo proceso de disolución de relaciones sociales -de crisis de la producción y de la circulación, del dinero y del Estado- y el terreno donde se registró una alteración radical de las relaciones de fuerza entre las clases, un disciplinamiento de la clase obrera y una construcción del consenso para la implementación del programa de políticas neoliberales. Sobre esta base se recompusieron la acumulación y la dominación capitalistas. Y un aspecto clave de ese proceso de recomposición fue la reconstitución del propio Estado o, para decirlo al modo de la ciencia política, la reconstitución de sus “capacidades institucionales”. Este fortalecimiento del Estado, no su debilitamiento, fue lo que permitió impulsar una profunda reestructuración capitalista que trasformó fundamental y duraderamente la dinámica de funcionamiento del capitalismo argentino. Y este fortalecimiento tuvo su principal expresión en la capacidad de subordinación de la clase obrera. Lo que se produjo fue una metamorfosis del Estado que implicó el abandono o el debilitamiento de algunas de sus funciones y el fortalecimiento y o la asunción de otras. Pero, de acuerdo a todos los criterios habituales para medir la importancia del Estado, al finalizar ese proceso de reforma el Estado argentino era más grande y más fuerte que al comienzo 6/.

Pero los aportes y conclusiones del debate de la derivación también resultan relevantes para analizar el momento actual de América Latina. Atravesamos en nuestros días una coyuntura de agotamiento y crisis de los llamados gobiernos progresistas o de izquierda que encabezaron varios Estados de la región durante la década pasada 7/. El caso de Venezuela es sin duda el más significativo, no sólo por la magnitud de la crisis, que alcanza dimensiones de catástrofe, sino porque se reivindicó explícitamente como un intento de transición democrática y pacífica al socialismo. Más allá de la heterogeneidad de esos gobiernos y de sus especificidades, todos ellos dieron sustento a una resurrección de concepciones fundadas en la primacía de lo político, de las relaciones de fuerzas como únicos determinantes de cualquier resultado social y del estado como instrumento de emancipación o, al menos, de reformas progresivas y duraderas. Huelga desarrollar aquí la importancia que recobra en circunstancias como estas aquella crítica derivacionista que, orientada entonces a combatir las ilusiones en el Estado social, vuelve a enfrentarse aquí a una renovada fe en el Estado. Una Estadolatría que no surgió simplemente de la pasión y del voluntarismo de una militancia de izquierda forjada en la resistencia contra las políticas neoliberales sino que, más profundamente, brota una y otra vez del fetichismo adherido a la forma Estado como una ilusión objetiva. En los setenta, las ilusiones de los obreros europeos en el Estado de Bienestar keynesiano terminaron con su derrota, atados como estaban a la defensa de un modelo capitalista en crisis e incapaces como eran de trascender la política de los partidos socialdemócratas y comunistas también en crisis. Hoy en América Latina, frente a la caída de las experiencias populistas y al retorno de gobiernos de derecha que intentan poner en marcha una nueva ofensiva contra los trabajadores, romper con las ilusiones en el Estado, desarrollar una crítica radical del mismo es, si no una condición suficiente, al menos sí una condición necesaria para la reconstrucción de una estrategia revolucionaria.

Sobre la recepción del debate

El debate alemán de la derivación del Estado, como señalamos al comienzo, sigue siendo poco conocido en América Latina. Ello se debe a diversas razones. Sin duda, el idioma fue un obstáculo para su difusión, y de hecho los primeros textos que tuvieron cierta circulación en nuestro medio y dieron lugar a las primeras traducciones al español fueron traducciones al francés y al inglés de algunas intervenciones. Tales son los casos, particularmente, de los artículos de Altvater, Hirsch y Wirth, traducidos del inglés y del francés por la revista mexicana Críticas de la economía política a fines de los ´70, a los que haremos referencia más adelante 8/. Sin embargo, es probable que la fuerte influencia del estructuralismo marxista en la región durante las décadas del ’60 y del ’70 también tuviera su cuota de responsabilidad en la escasa difusión inicial del debate alemán. El estructuralismo marxista fue la corriente dominante del marxismo en América Latina y eclipsó parcialmente a otras lecturas y debates. Parecida suerte corrió, por caso, ese hervidero en que se había convertido el marxismo italiano de los ’60 y los ’70.

A pesar de estos factores, pueden encontrarse elementos provenientes del debate en trabajos de los años ´70 de algunos importantes intelectuales latinoamericanos, como Guillermo O’Donnell (en Argentina) o Norbert Lechner (en Chile) 9/ e, indirectamente, en intelectuales europeos que abordaron por entonces la problemática del Estado en América Latina, como Tilman Evers o Pierre Salama 10/. El debate alemán volvería a estar presente en algunos trabajos de los ´80 de Víctor Moncayo y Fernando Rojas (en Colombia), Ruy Fausto (en Brasil) y otros intelectuales marxistas latinoamericanos, pero sólo muy ocasionalmente sería motivo de abordajes sistemáticos 11/.

Acabamos de referirnos a versiones en francés y en inglés de aportes del debate que sirvieron de base para las primeras traducciones al español. En efecto, la revista francesa de orientación trotskista Critiques de l´economie politique, vinculada a su homónima mexicana antes mencionada, había publicado ya en 1975 un volumen en formato de libro que contenía aquellos artículos de Altvater, Hirsch y Wirth 12/. Este volumen no era ni pretendía ser, propiamente hablando, una compilación de los trabajos del debate. Estaba orientado más bien, como dejaba en claro Jean Marie Vincent en su introducción, a la discusión de la orientación política reformista del Partido Comunista Francés, para la cual algunos tópicos del debate alemán, como su explícito rechazo de la concepción del capitalismo monopolista de Estado e incluso sus diferencias implícitas respecto de la concepción del Estado de los estructuralistas franceses, eran muy acordes. Pero, en cualquier caso, este volumen compilado por Vincent ayudó en gran medida a la difusión del debate por fuera del ámbito de habla alemana 13/.

State and capital, editado en 1978 por John Holloway y Sol Picciotto, fue, en cambio, una auténtica recopilación del debate y siguió siendo hasta nuestros días la principal referencia por fuera de ese ámbito de habla alemana 14/. Aunque también en este caso, naturalmente, el contexto de la recepción del debate en Inglaterra fue muy diferente del que le había dado origen en Alemania. Desde la crisis de la libra en 1967, el capitalismo británico se encontraba en una situación estanflacionaria, con recurrentes crisis e inestabilidad política. En la primera mitad de los años ’70 se produjo una fuerte agitación huelguística que le costó la salida anticipada al gobierno conservador de Heath en 1974. Y los intentos posteriores del laborismo de consensuar políticas de austeridad también sucumbirían frente a la conflictividad obrera, hasta que el ascenso de Margaret Thatcher en 1979 cerrara el período. De modo que las preocupaciones que dominaron el debate sobre el Estado en la Inglaterra de aquellos años estuvieron más orientadas a dar cuenta del fracaso del Estado para regular la crisis que a enfrentar una ilusión obrera en el Estado de bienestar keynesiano que ya parecía quebrada. Pero, a pesar de estas diferencias de contexto, los derivacionistas no dejaron de ejercer una fuerte influencia en ciertos círculos, como el integrado por los propios Holloway y Picciotto, junto con Simon Clarke, Hugo Radice y otros, nucleado en la Conference of Socialists Economists y la revista Capital and class.

En el plano teórico, los tempranos ’70 estuvieron marcados por el conocido debate entre el “instrumentalismo” de Miliband y el “estructuralismo” de Poulantzas, por un lado, y entre los “fundamentalistas” (Yaffe) y los “neoricardianos” (Gough), por el otro 15/. Mientras el primer debate giraba básicamente alrededor de la relación entre la clase dominante y el Estado, el segundo, más ligado a las preocupaciones de coyuntura, intentaba discutir las causas de la crisis y el lugar del Estado en ella. La posición de Yaffe recuperaba la tendencia decreciente de la tasa de ganancia para explicar la crisis y sostenía que el Estado apenas podía moderar los efectos de dicha crisis, pero de ningún modo evitarla como pretendían los keynesianos. El resultado final, sin embargo, era el de un economicismo crudo que reducía al Estado al papel de un apéndice de las leyes de la acumulación capitalista. Gough, en cambio, recuperaba la teoría neoricardiana del estrangulamiento de los beneficios como causa de la crisis, poniendo el eje en la lucha entre capitalistas y trabajadores en la esfera de la distribución. El resultado era, en este caso, un divorcio entre la producción y la distribución que conducía a un politicismo. Las mismas oscilaciones entre economismo y politicismo que se observaban en el debate entre estructuralistas e instrumentalistas reaparecían así en el debate entre fundamentalistas y neoricardianos. En este marco, Holloway y Picciotto, recuperaron el debate de la derivación para superar este economismo y politicismo de los enfoques dominantes. La incapacidad del Estado para regular la crisis, argumentaron, se fundaba simplemente en que el Estado y el capital no son más que dos formas diferenciadas de la misma relación social antagónica. Y la propia crisis no era sino una manifestación de que la lucha de clases ya no podía ser contenida dentro de dichas formas 16/.

Sobre la presente compilación

El volumen que presentamos a continuación es, ciertamente, la compilación más ambiciosa de los aportes del debate alemán de la derivación del Estado que se haya publicado hasta nuestros días. Esto explica que sea –y que no hubiera podido sino ser- resultado de un trabajo colectivo. Colaboraron en este trabajo colectivo, por una parte, varios integrantes de nuestro programa de investigación 17/. Se trata de Camilo Ayala, Luciana Ghiotto, Juan Grigera, Rodrigo Pascual y Javier Waiman, en la traducción de artículos desde el inglés, y Florencia Isola Zorruzúa, en el tipeado y corrección de artículos que ya se encontraban traducidos al español. Pero colaboraron también, por otra parte, amigos y colegas ajenos a nuestro programa. Nos referimos en primer lugar a Katrin Zinsmeister y Silvia Córdoba, quienes encararon la ardua tarea de traducir del alemán algunos textos que no habían sido publicados previamente sino en dicha lengua. Y tenemos que mencionar también, naturalmente, a los propios Joachim Hirsch y John Holloway, que nos facilitaron el acceso a materiales y nos asesoraron durante el curso de nuestro trabajo. Nosotros, por nuestra parte, nos ocupamos de revisar el conjunto de las traducciones comparándolas con las versiones originales, de añadir algunas expresiones alemanas en los casos de conceptos centrales -entre corchetes- y algunas notas aclaratorias –a pié de página- y de sustituir las citas y las referencias bibliográficas originales por las correspondientes a ediciones disponibles en español, cuando los textos referidos se encontraban traducidos.

La compilación comienza con cuatro textos que incluimos en calidad de balances críticos retrospectivos acerca del debate en su conjunto. Los dos primeros son “Retrospectiva sobre el debate” de Joachim Hirsch y “El debate sobre la derivación del estado. Una reflexión reminiscente” de John Holloway, dos artículos que sus autores tuvieron la amabilidad de escribir y enviar especialmente para este volumen. La traducción del alemán del artículo de Hirsch estuvo a cargo de Katrin Zinsmeister, con revisión de Silvia Córdoba, mientras que Holloway escribió el suyo directamente en español. El tercero es un artículo de Elmar Alvater y Jürgen Hoffman, “El debate sobre la derivación del Estado en Alemania Occidental: la relación entre economía y política como un problema de la teoría marxista del estado”, publicado originalmente en inglés (como “The west german state derivation debate: the relation between economy and politics as a problem of marxist state theory”, Social Text 24, Duke University Press, 1990) y traducido por Camilo Ayala. Y el cuarto, “Hacia una teoría materialista del Estado”, es la extensa introducción crítica de John Holloway y Sol Picciotto a su citada recopilación en inglés de muchas de las intervenciones en el debate (incluida como “Introduction: toward a materialist theory of the state” en dicha compilación). Este último texto excede en realidad los límites de una retrospectiva y, a pesar de que fue escrito unos años después de finalizado el debate y en un contexto diferente, fue reconocido por los propios participantes en el debate alemán como un aporte más al mismo 18/. Existía una traducción previa de esta introducción, empleada en la docencia en algunas asignaturas de la Universidad de Buenos Aires, pero era fragmentaria y muy deficiente, de manera que optamos por rehacerla. La traducción estuvo a cargo de Alberto Bonnet.

Sin embargo, el cuerpo central de esta compilación está integrado, naturalmente, por los textos originales del debate. Decidimos ordenarlos de una manera cronológica y nuestra decisión responde a que este orden facilita la lectura debido a las referencias cruzadas que existen entre ellos. El primer texto es la extensa monografía de Wolfgang Müller y Christel Neusüß “La ilusión del Estado social y la contradicción entre trabajo asalariado y capital” (“Die Sozialstaatsillusion und der Widerspruch von Lohnarbeit und Kapital”, originalmente publicado en Sozialistiche Politik 6/7, Berlín, 1970, y poco después recogido en la edición de lanzamiento de PROKLA de mediados de 1971). La traducción que incluimos a continuación se basa en la versión en inglés del artículo (publicada como “The illusion of state socialism and the contradiction between wage labor and capital” en Telos 25, St. Louis, Washington University, 1975) y fue realizada por Alberto Bonnet aunque, como en los demás casos, fue cotejada con esta última versión de la edición original de alemán 19/.

El segundo texto es el artículo de Elmar Alvater “Algunos problemas del intervencionismo de Estado” (“Zu einigen Problemen des Staatsinterventionismus”, aparecido originalmente en PROKLA 3, Berlín, 1972). Poco después de su aparición en alemán se publicó una versión en inglés de este artículo (“Notes on some problems of state interventionism”, en Kapitalistate 1 y 2, California, 1973) y, a partir de esta versión en inglés, se tradujo al español en dos ocasiones (como “Estado y capitalismo. Notas sobre algunos problemas de intervención estatal”, en Cuadernos políticos 9, México, Era, 1976, en traducción de Josefina Rubio, y Notas sobre algunos problemas del intervencionismo de Estado”, en H. R. Sonntag y H. Valecillos (comps.): El Estado en el capitalismo contemporáneo, México, Siglo XXI, 1977, en traducción de Héctor Valecillos) 20/. Tuvimos en cuenta estas versiones en español –especialmente la segunda- para nuestra compilación. Pero la versión original en alemán era considerablemente más extensa que la versión en inglés a partir de la que se realizaron estas traducciones (esta no incluía buena parte de la introducción, los dos excursus, el quinto apartado y varios párrafos aislados). Repusimos pues estas partes faltantes en la versión que incluimos a continuación y su traducción del alemán estuvo a cargo de Katrin Zinsmeister.

El tercer texto es la extensa monografía de Sybille von Flatow y Freerk Huisken “El problema de la derivación del Estado burgués. La superficie de la sociedad burguesa, el Estado y las condiciones generales de producción” (“Zum Problem der Ableitung des bürgerlichen Staates. Die Oberfläche der bürgerlichen Gesellschaft, der Staat und die allgemeinen Rahmenbedingungen der Produktion”, publicado originalmente en PROKLA 7, Berlín, 1973). Hasta donde sabemos este trabajo de Flatow y Huisken, a pesar de su importancia decisiva para el desarrollo del debate en su conjunto, nunca fue traducido a ninguna lengua. La traducción al español que incorporamos a esta compilación estuvo a cargo de Silvia Córdoba, con revisión de Katrin Zinsmeister.

El cuarto texto es “Acerca de la crítica de la teoría del capitalismo monopolista de estado” de Margareth Wirth (“Zur Kritik der Theorie der staatsmonopolistischen Kapitalismus”, publicado originalmente en PROKLA 8-9, Berlín, 1973). Este artículo ya había sido publicado en inglés (“Towards a critique of the theory of state monopoly capitalism”, en Economy and society 6 (3), Londres, 1977) y en francés (“Contribution á la critique de la théorie du capitalisme monopolisted’ Etat”, en la citada compilación de J. M. Vincent) y, a partir de esta última versión, se tradujo al español (con el mismo título, en Críticas de la economía política 12-13, México, El Caballito, 1979, en versión de María Dolores de la Peña). Aquí decidimos incluir esta última traducción, que en líneas generales era adecuada, aunque con algunas modificaciones.

Los siguientes dos textos pertenecen ambos a Joachim Hirsch. En efecto, el quinto es el artículo “Elementos para una teoría materialista del estado” (“Elemente einer materialistischen Staatstheorie”, incluido originalmente en el volumen colectivo escrito por C. von Braunmühl, K. Funken, M. Cogoy y J. Hirsch Probleme einer materialistischen Staatstheorie, Frankfurt, Suhrkamp, 1973). Este texto también había sido publicado en español (con el mismo título, en la citada Críticas de la economía política 12-13, México, El Caballito, 1979 y traducido por María Dolores de la Peña a partir de la versión en francés, “Eléments pour une théorie matérialiste de l’Etat”, incluida en aquella compilación de J. M. Vincent) y aquí también recuperamos esta traducción porque creemos que era adecuada. El sexto, por su parte, es “El aparato de Estado y la reproducción social: elementos de una teoría del Estado burgués”. Este texto no es un artículo independiente, en realidad, sino el primero y quinto apartados del libro de Hirsch Staatsapparat un Reproduction des Kapitals (Frankfurt, Suhrkamp, 1974), apartados que Holloway y Picciotto consideraron pertinente incluir en su compilación (bajo el título de “The state apparatus and social reproduction: elements of a theory of the bourgeois state”) porque contienen importantes diferencias respecto del anterior y que nosotros también consideramos pertinente incluir en la nuestra. La traducción, a partir de esta última versión en inglés, fue de Javier Waiman.

El séptimo texto es el artículo “Acerca de la reciente discusión marxista sobre el análisis de la forma y la función del Estado burgués. Reflexiones sobre la relación entre economía y política” de Bernhard Blanke, Ulrich Jürgens y Hans Kastendiek (publicado originalmente como “Zur neueren marxistischen Diskussion über die Analyse von Form und Funktion des bürgerlichen Staates. Überlegungen zum Verhältnis von Politik und Ökonomie” en PROKLA 14-15, Berlín, 1974 y también en W.-D. Narr (comp.): Politik und Ökonomie – autonome Handlungsmöglichkeiten des politischen Systems, Westdeutscher Verlag, Opladen, 1975). Holloway y Picciotto incluyeron en su compilación una versión en inglés de la publicada en PROKLA (con el título de “On the current marxist discussion on the analysis of form and function of the bourgeois state”), a la que los autores añadieron una introducción, y esta es la base de la versión en español que presentamos en esta compilación. La traducción corresponde a Adrián Piva.

Entre los siete textos que acabamos de mencionar se encuentran acaso los centrales del debate acerca de la derivación del Estado. Pero decidimos incluir en este volumen algunos otros textos que, aunque aborden problemáticas algo más específicas, creemos que contienen aportes muy importantes. El octavo texto, entonces, es una crítica de Helmut Reichelt al trabajo de Flatow y Huisken antes citado: “Algunos comentarios acerca del ensayo `Sobre el problema de la derivación del estado burgués` de Sybille von Flatow and Freerk Huisken” (“Einige Anmerkungen zur Sybille von Flatows und Freerk Huiskens Ausatz ´Zum Problem der Ableitung des bürgerlichen Staates`, aparecido en Gesellschaft 1, Frankfurt, 1974). La traducción al español a partir de su versión en inglés (“Some comments on Flatow and Huisken’s essay ’On the problem of the derivation of the bourgeois state”, incluido en la compilación de Holloway y Picciotto) estuvo a cargo de Rodrigo Pascual. El noveno es el artículo “Antagonismo de clase, competencia y funciones del estado”, de la historiadora Heide Gerstenberger (“Klassenantagonismus, Konkurrenz und Staatsfunktionen”, aparecido en Gesellschaft 3, Frankfurt, 1975). La traducción al español, a partir de su versión en inglés (“Class conflict, competition and state functions”, también incluido en la compilación de Holloway y Picciotto), estuvo a cargo en este caso de Juan Grigera. Y el décimo y último texto es el artículo de Claudia von Braunmühl “El análisis del Estado nacional burgués en el contexto del mercado mundial. Un intento por desarrollar una aproximación metodológica y teórica” (“On the analysis of the bourgeois nation state within the world market context. An attempt to develop a methodological and theoretical approach”, escrito especialmente para la compilación de Holloway y Picciotto), que fue traducido por Luciana Ghiotto 21/.

Algunos otros trabajos de los autores mencionados –ciertos artículos de von Braunmühl o de Gerstenberger- así como trabajos de otros autores vinculados con el debate –de los integrantes del Projekt Klassenanalyse, por ejemplo- podrían haberse incluido en esta compilación. Aunque preferimos no hacerlo para no expandir aún más las dimensiones de este volumen. Dejamos en manos del lector, de todas maneras, los que seguramente fueron los principales aportes al debate alemán de la derivación del estado.

Leer Estado y Capital el debate alemán sobre la derivación del Estado

1/ Para una contextualización más extensa del debate puede consultarse, además de los trabajos introductorios de Hirsch, de Holloway, de Alvater y Hoffman y de Holloway y Picciotto incluidos en esta compilación, Bonnet, A.: “Estado y capital. Debates sobre la derivación y la reformulación del estado”, en M. Thwaites Rey (comp.): Estado y Marxismo. Un siglo y medio de debates, Bs. As., Prometeo, 2007.

2/ Marx, K., y Engels, F.: La ideología alemana, Bs. As., Santiago Rueda, 2005, p. 34.

3/ La comprensión de esta relación entre los derivacionistas alemanes y los “neo frankfurtianos” requiere dos aclaraciones: en primer lugar, las diferencias entre ambas perspectivas son notorias y explícitas en las distintas intervenciones en el debate (aunque pasadas por alto en algunas recepciones del debate –véanse las reseñas de Kapitalistate que mencionamos más adelante o el estudio de Carnoy, M.: El estado y la teoría política, México, Alianza, 1993, cap.5); pero, en segundo lugar, dichas diferencias afectan específicamente a los discípulos de segunda generación de la Escuela de Frankfurt más alejados del pensamiento frankfurtiano original y del marxismo en general (los frankfurtianos de la primera generación -particularmente Adorno- y otros de la segunda –como Backhaus o el propio Reichelt- ejercieron en cambio una importante influencia entre ellos).

4/ Esto vale igualmente a propósito de la perspectiva estructuralista del estado (cuyo máxima expresión era entonces Poulantzas, N.: Poder político y clases sociales, México, Siglo XXI, 1986) que quizás constituya, junto con esta perspectiva derivacionista, los principales hitos de esa renovación de la crítica marxista del estado de los ‘60s y ‘70s.

5/ Al respecto véase Gerstenberger, H.: Impersonal power. History and theory of the bourgeois state, Leiden, Brill, 2007. Para una presentación en español de la problemática abordada por Gerstenberger en este monumental estudio puede consultarse Gerstenberger, H.: “Una nueva mirada sobre la forma burguesa de estado”, en Periferias 1, Bs. As., FISyP, 1996 (se trata de “The bourgeois state form revisited”, un artículo incluido en Bonefeld, W., Gunn, R. y Psychopedis, K. (eds.): Open Marxism, London, Pluto Press, vol. I, 1992).

6/ Para un mayor desarrollo de estas hipótesis, véanse Bonnet, A.: La hegemonía menemista. El neoconservadurismo en Argentina, 1989-2001, Bs. As., Prometeo, 2008, y Piva, A.: Acumulación y hegemonía en la Argentina menemista, Bs. As., Biblos, 2012. Precisamente el ascenso del neoliberalismo en los noventa fue, en nuestro medio, la coyuntura en la que comenzaron a conocerse los aportes del debate alemán –aunque, básicamente, a través de su asimilación por parte de los críticos británicos del neoliberalismo (véanse, por ejemplo, las compilaciones de Hirsch, J. et alii: Los estudios sobre el estado y la reestructuración capitalista, Bs. As., Tierra del Fuego, 1992 y de Holloway, J.: Marxismo, estado y capital. La crisis como expresión del poder del trabajo, Bs. As., Tierra del Fuego, 1994, así como una serie de artículos publicados por entonces principalmente en las revistas Cuadernos del Sur, Doxa, Herramienta y Periferias.

7/ Para análisis más detallados de este período, en el caso argentino, pueden consultarse a su vez Bonnet, A.: La insurrección como restauración. El kirchnerismo, 2002-2015, Bs. As., Prometeo, 2015, y Piva, A.: Economía y política en la Argentina kirchnerista, Bs. As., Batalla de ideas, 2015.

8/ Esta interesante revista publicó también otros trabajos que contribuyeron a su difusión, como una presentación del debate de Holloway y Picciotto (“Debates marxistas sobre el estado en Alemania Occidental y la Gran Bretaña”, en el número 16/17 de 1980) y una revisión del debate de Salama (“El estado capitalista como abstracción real”, en el número 12/13 de 1979).

9/ Véanse, por ejemplo, las referencias al debate alemán en O’Donnell, G.: “Apuntes para una teoría del estado”, Bs. As., Documento CEDES 9, CEDES, 1977, reproducido luego en Revista mexicana de sociología 40 (4), México, UNAM, 1978, y en Lechner, N.: “La crisis del estado en América Latina”, Santiago de Chile, Documento de Trabajo FLACSO, 1977, reproducido con el mismo título en Caracas, El Cid, 1977.

10/ Véanse Evers, T.: BürgerlicheHerrschaft in der Dritten Welt. Elemente einer Theorie des Staates in ökonomisch unterentwickelten Gesellschaftsformationen, Köln – Frankfurt, Europäische Verlagsanstalt, 1977, publicado en español como El Estado en la periferia capitalista, México, Siglo XXI, 1979, y Salama, P. y Mathias, G.: L’ État surdéveloppé: des métropoles au Tiers-monde, Paris, Maspéro – La Découverte, 1983, publicado en español como El estado sobredesarrollado. De las metrópolis al tercer mundo, México, Era, 1986.

11/ Véanse, entre otros, Moncayo, V. y Rojas, F. (comps.): Crisis permanente del estado capitalista, Bogotá, S.E.I, 1980; Archila, M. (comp.): La critica marxista del estado capitalista: del estado instrumento a la forma estado, Bogotá, CIEP, 1980; Sánchez Susarrey, J.: La forma mercancía, la forma estado, Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 1986; Fausto, R.: Lógica y política, Rio de Janeiro, Brasilense, 1987; Nakatami, P.: “Estado e acumulação do capital: discussão sobre a teoría da derivação”, en Análise Econômica 5 (8), Rio de Janeiro, 1987. El único trabajo sistemático sobre el debate en su conjunto que conocemos, sin embargo, es muy posterior: Caldas, C. O.: A teoría da derivaçao do estado e do direito, San Pablo, Dobra, 2015.

12/ Se trata de Vincent, J. M. (ed.): L’État contemporain et le marxisme, Paris, Maspero, 1975. El volumen incluía “Remarques sur quelques problèmes posés par l´interventionnisme etatique” de Alvater (una versión recortada y traducida del inglés del artículo que incluimos en esta compilación), y “Eléments pour une théorie matérialiste de l´État” de Hirsch y “Contribution a la critique de la théorie du capitalisme monopoliste de´État” de Wirth (traducidos del alemán e incluidos en esta compilación). También contenía el artículo del marxista británico David Yaffe que mencionamos más adelante, pero que no se relacionaba con el debate.

13/ El derivacionismo no dejaría de estar presente entre algunos intelectuales franceses –como el citado Pierre Salama-, pero desde entonces no se sumaron nuevas traducciones al francés de los artículos originales. Una muestra de ambas cosas son los recientes trabajos de Antoine Artous (Artous, A.: Marx, el estado y la política, Barcelona, Sylone, 2016, prologado precisamente por J. M. Vincent, y Artous, A. (comp.): Naturaleza y forma del estado capitalista, Bs. As., Herramienta, 2016).

14/ Holloway, J. y Picciotto, S.: State and capital. A marxist debate, London, Edward Arnold, 1978.

15/ El debate instrumentalismo – estructuralismo se publicó en español en Tarcus, H. (comp.): Debates sobre el estado capitalista1. Estado y clase dominante, Bs. As., Imago Mundi, 1991; algunos textos del debate entre fundamentalistas y neoricardianos en español son Yaffe, D.: “La teoría marxista de la crisis, del capital y del estado”, en Críticas de la economía política 16/17, México, El Caballito, 1980 y Gough, I.: “Gastos del estado en el capitalismo avanzado”, en H. R. Sonntag y H. Valecillos (comps.): El estado en el capitalismo contemporáneo, México, Siglo XXI, 1977. Para un análisis detallado del contexto de recepción del debate de la derivación en Gran Bretaña puede consultarse, además de la introducción de Holloway y Picciotto incluida en esta compilación, Clarke, S.: “The state debate”, introducción a S. Clarke (ed.): The state debate debate, Londres, Palgrave Macmillan, 1991.

16/ La recepción británica del debate fue particularmente productiva y dio lugar a la emergencia del “Marxismo Abierto” y al trabajo de inspiración poulantziana de Bob Jessop, para mencionar a los más relevantes. El proceso de reestructuración del capital y del estado que iniciaría el gobierno de Tatcher en el Reino Unido daría lugar al llamado “Debate de la reformulación del estado”, del que participó Hirsch pero que tuvo su centro particularmente en Gran Bretaña y cuyos protagonistas fueron Jessop, Holloway, Bonefeld y Clarke, entre otros. Dicho debate, a partir de los aportes y conclusiones del debate de la derivación, intentó abordar el problema de las transformaciones históricas en curso de la forma de estado (en español véase Bonefeld, W. y Holloway, J. (comps.): ¿Un nuevo estado? Debate sobre la reestructuración del estado y el capital, México, Cambio XXI, 1994, Hirsch, J. et alii: Los estudios sobre el estado y la reestructuración capitalista, Bs. As., Tierra del Fuego, 1992 y varios números de la revista Cuadernos del Sur). Algo similar ocurrió con la irrupción de las discusiones en torno a la “globalización” y el “dominio de las finanzas” (en español véase por ejemplo Holloway, J. “La reforma del estado: capital global y estado nacional”, en Perfiles latinoamericanos 1, México, 1993 y Holloway, J. et alii: Globalización y estados – nación. El monetarismo en la crisis actual, Bs. As., Tierra del Fuego, 1995) y en torno a la teoría de las relaciones internacionales y los procesos de integración regional (en español véase Kan, J. y Pascual, R. (comps.): Integrados. Debates sobre las relaciones internacionales y la integración regional latinoamericana y europea, Bs. As., Imago Mundi, 2013, especialmente la primera parte dedicada a los debates teóricos sobre el tema dentro el marxismo).

17/ “Acumulación, dominación y lucha de clases en la Argentina contemporánea, 1989-2011”, radicado en el Centro de Investigaciones sobre la Economía y la Sociedad de la Argentina Contemporánea de la Universidad Nacional de Quilmes. Los principales trabajos de este programa, centrado en el análisis interdisciplinario de la historia argentina reciente, están disponibles en www.laargentinareciente.com.ar.

18/ Heide Gerstenberger señaló en este sentido, por ejemplo, que “en su introducción a la compilación no sólo evaluaron los ensayos alemanes, sino que ellos mismos ofrecieron una contribución muy rigurosamente argumentada al desarrollo de una teoría marxista del estado” (“Gerstenberger, H.: “The historical constitution of political forms of capitalism”, en Antipode 43 (1), 2011, p.81).

19/ Este artículo de Müller y Neusüß incluye duras críticas al pensamiento político de Habermas y Offe y su publicación en inglés originó un debate en las páginas de Telos (pueden consultarse en este sentido Habermas, J.: “A reply to Müller and Neusüß” y Offe, C.: “Further comments on Müller and Neusüß”, ambos en Telos 25, 1975).

20/ Working papers on the kapitalistate (Kapitalistate) fue una revista impulsada por un colectivo de intelectuales marxistas de diversos países, alemanes incluidos, encabezado por James O´Connor desde California. Además de este artículo de Alvater, publicó una extensa reseña de la compilación de Holloway y Picciotto (por M. A. Fay, en Kapitalistate 7, 1978) y del artículo de von Braunmühl incluido en dicha compilación (por M. A. Fay y B. Stuckey, en Kapitalistate 8, 1980), así como textos posteriores de autores emparentados con el debate (Picciotto, Hirsch, Jessop, Clarke). Esta revista fue así el principal medio de la escasa difusión del debate alemán en los Estados Unidos.

21/ La lectura de este artículo de von Braunmuhl puede complementarse con la de “Mercado mundial y estado nación”, disponible en Cuadernos políticos 38, México, El Caballito, 1983 (traducción de “Kapitalakkumulation in Weltmarketzusammenhang. Zum methodischen Ansatz einer Analyse des burgerlichen Nationalstaats”, publicado originalmente en Gesellschaft 1, 1974), que decidimos no incluir en esta compilación por razones de espacio.

Ante la condena mediática y la información que ocultan: defensa y reivindicación de Luis Marileo y Patricio González.

Lenin: sobre el Estado

Camaradas, el tema de la charla de hoy, de acuerdo con el plan trazado por ustedes que me ha sido comunicado, es el Estado. Ignoro hasta qué punto están ustedes al tanto de este tema. Si no me equivoco, sus cursos acaban de iniciarse, y por primera vez abordarán sistemáticamente este tema. De ser así, puede muy bien ocurrir que en la primera conferencia sobre este tema tan difícil yo no consiga que mi exposición sea suficientemente clara y comprensible para muchos de mis oyentes. En tal caso, les ruego que no se preocupen, porque el problema del Estado es uno de los más complicados y difíciles, tal vez aquel en el que más confusión sembraron los eruditos, escritores y filósofos burgueses. No cabe esperar, por lo tanto, que se pueda llegar a una comprensión profunda del tema con una breve charla, en una sola sesión. Después de la primera charla sobre este tema, deberán tomar nota de los pasajes que no hayan entendido o que no les resulten claros, para volver sobre ellos dos, tres y cuatro veces, a fin de que más tarde se pueda completar y aclarar lo que no hayan entendido, tanto mediante la lectura como mediante diversas charlas y conferencias. Espero que podremos volver a reunirnos y que podremos entonces intercambiar opiniones sobre todos los puntos complementarios y ver qué es lo que ha quedado más oscuro. Espero tambien, que ademas de las charlas y conferencias dedicarán algún tiempo a leer, por lo menos, algunas de las obras más importantes de Marx y Engels. No cabe duda de que estas obras, las más importantes, han de encontrarse en la lista de libros recomendados y en los manuales que están disponibles en la biblioteca de ustedes para los estudiantes, de la escuela del Soviet y del partido; y aunque, una vez más, algunos de ustedes se sientan al principio, desanimados por la dificultad de la exposición, vuelvo a advertirles que no deben preocuparse por ello; lo que no resulta claro a la primera lectura, será claro a la segunda lectura, o cuando posteriormente enfoquen el problema desde otro ángulo algo diferente. Porque, lo repito una vez más, el problema es tan complejo y ha sido tan embrollado por los eruditos y escritores burgueses, que quien desee estudiarlo seriamente y llegar a dominarlo por cuenta propia, debe abordarlo varias veces, volver sobre él una y otra vez y considerarlo desde varios angulos, para poder llegar a una comprensión clara y definida de él. Porque es un problema tan fundamental, tan básico en toda política y porque, no sólo en tiempos tan turbulentos y revolucionarios como los que vivimos, sino incluso en los más pacíficos, se encontrarán con él todos los días en cualquier periódico, a propósito de cualquier asunto económico o político, será tanto más fácil volver sobre él. Todos los días, por uno u otro motivo, volverán ustedes a la pregunta: ¿que es el Estado, cuál es su naturaleza, cuál es su significación y cuál es la actitud de nuestro partido, el partido que lucha por el derrocamiento del capitalismo, el partido comunista, cuál es su actitud hacia el Estado? Y lo más importante es que, como resultado de las lecturas que realicen, como resultado de las charlas y conferencias que escuchen sobre el Estado, adquirirán la capacidad de enfocar este problema por sí mismos, ya que se enfrentarán con él en los más diversos motivos, en relación con las cuestiones más triviales, en los contextos más inesperados, y en discusiones y debates con adversarios. Y sólo cuando aprendan a orientarse por sí mismos en este problema sólo entonces podrán considerarse lo bastante firmes en sus convicciones y capaces para defenderlas con éxito contra cualquiera y en cualquier momento.

Luego de estas breves consideraciones, pasaré a tratar el problema en sí: qué es el Estado, cómo surgió y fundamentalmente, cuál debe ser la actitud hacia el Estado del partido de la clase obrera, que lucha por el total derrocamiento del capitalismo, el partido de los comunistas.

Ya he dicho que difícilmente se encontrará otro problema en que deliberada e inconcientemente, hayan sembrado tanta confusion los representantes de la ciencia, la filosofía, la jurisprudencia, la economiá política y el periodismo burgueses como en el problema del Estado. Todavía hoy es confundido muy a menudo con problemas religiosos; no sólo por los representantes de doctrinas religiosas (es completamente natural esperarlo de ellos), sino incluso personas que se consideran libres de prejuicios religiosos confunden muy a menudo la cuestión especifica del Estado con problemas religiosos y tratan de elaborar una doctrina — con frecuencia muy compleja, con un enfoque y una argumentación ideológicos y filosóficos — que pretende que el Estado es algo divino, algo sobrenatural, cierta fuerza, en virtud de la cual ha vivido la humanidad, que confiere, o puede conferir a los hombres, o que contiene en sí algo que no es propio del hombre, sino que le es dado de fuera: una fuerza de origen divino. Y hay que decir que esta doctrina está tan estrechamente vinculada a los intereses de las clases explotadoras — de los terratenientes y los capitalistas –, sirve tan bien sus intereses, impregnó tan profundamente todas las costumbres, las concepciones, la ciencia de los señores representantes de la burguesía, que se encontrarán ustedes con vestigios de ella a cada paso, incluso en la concepción del Estado que tienen los mencheviques y eseristas, quienes rechazan indignados la idea de que se hallan bajo el influjo de prejuicios religiosos y están convencidos de que pueden considerar el Estado con serenidad. Este problema ha sido tan embrollado y complicado porque afecta más que cualquier otro (cediendo lugar a este respecto solo a los fundamentos de la ciencia económica) los intereses de las clases dominantes. La teoría del Estado sirve para justificar los privilegios sociales, la existencia de la explotación, la existencia del capitalismo, razón por la cual sería el mayor de los errores esperar imparcialidad en este problema, abordarlo en la creencia de que quienes pretenden ser cientificos puedan brindarles a ustedes una concepción puramente cientifica del asunto. Cuando se hayan familiarizado con el problema del Estado, con la doctrina del Estado y con la teoría del Estado, y lo hayan profundizado suficientemente, descubrirán siempre la lucha entre clases diferentes, una lucha que se refleja o se expresa en un conflicto entre concepciones sobre el Estado, en la apreciación del papel y de la significación del Estado.

Para abordar este problema del modo más cientifico, hay que echar, por lo menos, una rápida mirada a la historia del Estado, a su surgimiento y evolución. Lo más seguro, cuando se trata de un problema de ciencia social, y lo más necesario para adquirir realmente el hábito de enfocar este problema en forma correcta, sin perdernos en un cumulo de detalles o en la inmensa variedad de opiniones contradictorias; lo más importante para abordar el problema cientificamente, es no olvidar el nexo histórico fundamental, analizar cada problema desde el punto de vista de cómo surgió en la historia el fenómeno dado y cuáles fueron las principales etapas de su desarrollo y, desde el punto de vista de su desarrollo, examinar en qué se ha convertido hoy.

Espero que al estudiar este problema del Estado se familia rizarán con la obra de Engels El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Se trata de una de las obras fundamentales del socialismo moderno, cada una de cuyas frases puede aceptarse con plena confianza, en la seguridad de que no ha sido escrita al azar, sino que se basa en una abundante documentación histórica y política. Sin duda, no todas las partes de esta obra están expuestas en forma igualmente accesible y comprensible; algunas de ellas suponen un lector que ya posea ciertos conocimientos de historia y de economía. Pero vuelvo a repetirles que no deben preocuparse si al leer esta obra no la entienden inmediatamente. Esto le sucede a casi todo el mundo. Pero releyéndola más tarde, cuando estén interesados en el problema, lograrán entenderla en su mayor parte, si no en su totalidad. Cito este libro de Engels porque en el se hace un enfoque correcto del problema en el sentido mencionado. Comienza con un esbozo histórico de los orígenes del Estado.

Para tratar debidamente este problema, lo mismo que cualquier otro — por ejemplo el de los orígenes del capitalismo, la explotación del hombre por el hombre, el del socialismo, cómo surgió el socialismo, qué condiciones lo engendraron –, cualquiera de estos problemas sólo puede ser enfocado con seguridad y confianza si se echa una mirada a la historia de su desarrollo en conjunto. En relación con este problema hay que tener presente, ante todo, que no siempre existió el Estado. Hubo un tiempo en que no había Estado. Este aparece en el lugar y momento en que surge la división de la sociedad en clases, cuando aparecen los explotadores y los explotados.

Antes de que surgiera la primera forma de explotación del hombre por el hombre, la primera forma de la división en clases — propietarios de esdavos y esclavos –, existiá la familia patriarcal o, como a veces se la llama, la familia del clan (clan: gens; en ese entonces vivían juntas las personas de un mismo linaje u origen). En la vida de muchos pueblos primitivos subsisten huellas muy definidas de aquellos tiempos primitivos, y si se toma cualquier obra sobre la cultura primitiva, se tropezará con descripciones, indicaciones y reminiscencias más o menos precisas del hecho de que hubo una época más o menos similar a un comunismo primitivo, en la que aún no existiá la división de la sociedad en esclavistas y esclavos. En esa época no existiá el Estado, no había ningón aparato especial para el empleo sistemático de la fuerza y el sometimiento del pueblo por la fuerza. Ese aparato es lo que se llama Estado.

En la sociedad primitiva, cuando la gente vivía en pequeños grupos familiares y aún se hallaba en las etapas más bajas del desarrollo, en condiciones cercanas al salvajismo — época separada por varios miles de años de la moderna sociedad humana civilizada –, no se observan aún indicios de la existencia del Estado. Nos encontramos con el predominio de la costumbre, la autoridad, el respeto, el poder de que gozaban los ancianos del clan; nos encontramos con que a veces este poder era reconocido a las mujeres — la posición de las mujeres, entonces, no se parecía a la de opresión y falta de dere chos de las mujeres de hoy –, pero en ninguna parte encontramos una categoría especial de individuos diferenciados que gobiernen a los otros y que, en aras y con el fin de gobernar, dispongan sistemática y permanentemente de cierto aparato de coerción, de un aparato de violencia, tal como el que representan actualmente, como todos saben, los grupos especiales de hombres armados, las cárceles y demás medios para someter por la fuerza la voluntad de otros, todo lo que constituye la esencia del Estado.

Si dejamos de lado las llamadas doctrinas religiosas, las sutilezas, los argumentos filosóficos y las diversas opiniones erigidas por los eruditos burgueses, y procuramos llegar a la verdadera esencia del asunto, veremos que el Estado es en realidad un aparato de gobierno, separado de la sociedad humana. Cuando aparece un grupo especial de hombres de esta clase, dedicados exclusivamente a gobernar y que para gobernar necesitan de un aparato especial de coerción para someter la voluntad de otros por la fuerza — cárceles, grupos especiales de hombres, ejércitos, etc. –, es cuando aparece el Estado.

Pero hubo un tiempo en que no existiá el Estado, en que los vínculos generales, la sociedad misma, la disciplina y organización del trabajo se mantenian por la fuerza de la costumbre y la tradición, por la autoridad y el respeto de que gozaban los ancianos del clan o las mujeres — quienes en aquellos tiempos, no sólo gozaban de una posición social igual a la de los hombres, sino que, no pocas veces, gozaban incluso de una posición social superior –, y en que no había una categoría especial de personas que se especializaban en gobernar. La historia demuestra que el Estado, como aparato especial para la coerción de los hombres, surge solamente donde y cuando aparece la división de la sociedad en clases, o sea, la división en grupos de personas, algunas de las cuales se apropian permanentemente del trabajo ajeno, donde unos explotan a otros.

Y esta división de la sociedad en clases, a través de la historia, es lo que debemos tener siempre presente con toda claridad, como un hecho fundamental. El desarrollo de todas las sociedades humanas a lo largo de miles de años, en todos los países sin excepción, nos revela una sujeción general a leyes, una regularidad y consecuencia; de modo que tenemos, primero, una sociedad sin clases, la sociedad originaria, patriarcal, primitiva, en la que no existían aristócratas; luego una sociedad basada en la esclavitud, una sociedad esclavista. Toda la Europa moderna y civilizada pasó por esa etapa: la esclavitud reinó soberana hace dos mil años. Por esa etapa pasó también la gran mayoría de los pueblos de otros lugares del mundo. Todavía hoy se conservan rastros de la esclavitud entre los pueblos menos desarrollados; en Africa, por ejemplo, persiste todavía en la actualidad la institucion de la esclavitud. La división en propietarios de esclavos y esclavos fue la primera división de clases importante. El primer grupo no sólo poseía todos los medios de producción — la tierra y las herramientas, por muy primitivas que fueran en aquellos tiempos –, sino que poseía también los hombres. Este grupo era conocido como el de los propietarios de esclavos, mientras que los que trabajaban y suministraban trabajo a otros eran conocidos como esclavos.

Esta forma fue seguida en la historia por otra: el feudalismo. En la gran mayoría de los países, la esclavitud, en el curso de su desarrollo, evolucionó hacia la servidumbre. La división fundamental de la sociedad era: los terratenientes propietarios de siervos, y los campesinos siervos. Cambió la forma de las relaciones entre los hombres. Los poseedores de esclavos con sideraban a los esclavos como su propiedad; la ley confirmaba este concepto y consideraba al esclavo como un objeto que pertenecía íntegramente al propietario de esclavos. Por lo que se refiere al campesino siervo, subsistía la opresión de clase y la dependencia, pero no se consideraba que los campesinos fueran un objeto de propiedad del terrateniente propietario de siervos; éste sólo teniía derecho a apropiarse de su trabajo, a obligarlos a ejecutar ciertos servicios. En la practica, como todos ustedes saben, la servidumbre, sobre todo en Rusia, donde subsistío durante más tiempo y revistío las formas más brutales, no se diferenciaba en nada de la esclavitud.

Más tarde, con el desarrollo del comercio, la aparición del mercado mundial y el desarrollo de la circulación monetaria, dentro de la sociedad feudal surgió una nueva clase, la clase capitalista. De la mercancía, el intercambio de mercancías y la aparición del poder del dinero, surgió el poder del capital. Durante el siglo XVIII, o mejor dicho desde fines del siglo XVIII y durante el siglo XIX, estallaron revoluciones en todo el mundo. El feudalismo fue abolido en todos los países de Europa Occidental. Rusia fue el último país donde ocurrió esto. En 1861 se produjo también en Rusia un cambio radical; como consecuencia de ello, una forma de sociedad fue remplazada por otra: el feudalismo fue remplazado por el capitalismo, bajo el cual siguió existiendo la división en clases, así como diversas huellas y supervivencias del régimen de ser vidumbre, pero fundamentalmente la división en clases asumió una forma diferente.

Los dueños del capital, los dueños de la tierra y los dueños de las fábricas constituían y siguen constituyendo, en todos los países capitalistas, una insignificante minoria de la población, que gobierna totalmente el trabajo de todo el pueblo, y, por consiguiente, gobierna, oprime y explota a toda la masa de trabajadores, la mayoría de los cuales son proletarios, trabajadores asalariados, que se ganan la vida en el proceso de producción, sólo vendiendo su mano de obra, su fuerza de trabajo. Con el paso al capitalismo, los campesinos, que habían sido divididos y oprimidos bajo el feudalismo, se convirtieron, en parte (la mayoría) en proletarios, y en parte (la minoría) en campesinos ricos, quienes a su vez contrataron trabajadores y constituyeron la burguesia rural.

Este hecho fundamental — el paso de la sociedad, de las formas primitivas de esclavitud al feudalismo, y por último al capitalismo — es el que deben ustedes tener siempre presente, ya que sólo recordando este hecho fundamental, encuadrando todas las doctrinas políticas en este marco fundamental, estarán en condiciones de valorar debidamente esas doctrinas y comprender qué se proponen. Pues cada uno de estos grandes periodos de la historia de la humanidad — el esclavista, el feudal y el capitalista — abarca decenas y centenares de siglos, y presenta una cantidad tal de formas políticas, una variedad tal de doctrinas políticas, opiniones y revoluciones, que sólo podremos llegar a comprender esta enorme diversidad y esta inmensa variedad — especialmente en relación con las doctrinas políticas, filosóficas y otras de los eruditos y políticos burgueses –, si sabemos aferrarnos firmemente, como a un hilo orientador fundamental, a esta división de la sociedad en clases, a esos cambios de las formas de la dominación de clases, y si analizamos, desde este punto de vista, todos los problemas sociales — económicos, políticos, espirituales, religiosos, etc.

Si ustedes consideran el Estado desde el punto de vista de esta división fundamental, verán que antes de la división de la sociedad en clases, como ya lo he dicho, no existía ningún Estado. Pero cuando surge y se afianza la división de la sociedad en clases, cuando surge la sociedad de clases, también surge y se afianza el Estado. La historia de la humanidad conoce decenas y cientos de paises que han pasado o están pasando en la actualidad por la esclavitud, el feudalismo y el capitalismo. En cada uno de ellos, pese a los enormes cambios históricos que han tenido lugar, pese a todas las vicisitudes políticas y a todas las revoluciones relacionadas con este desarrollo de la humanidad y con la transición de la esclavitud al capitalismo, pasando por el feudalismo, y hasta llegar a la actual lucha mundial contra el capitalismo, ustedes percibirán siempre el surgimiento del Estado. Este ha sido siempre determinado aparato al margen de la sociedad y consistente en un grupo de personas dedicadas exclusiva o casi exclusivamente o principalmente a gobernar. Los hombres se dividen en gobernados y en especialistas en gobernar, que se colocan por encima de la sociedad y son llamados gobernantes, representantes del Estado. Este aparato, este grupo de personas que gobiernan a otros, se apodera siempre de ciertos medios de coerción, de violencia física, ya sea que esta violencia sobre los hombres se exprese en la maza primitiva o en tipos más perfeccionados de armas, en la época de la esclavitud, o en las armas de fuego inventadas en la Edad Media o, por último, en las armas modernas, que en el siglo XX son verdaderas maravillas de la técnica y se basan íntegramente en los últimos lo gros de la tecnología moderna. Los métodos de violencia cambiaron, pero dondequiera existió un Estado, existió en cada sociedad, un grupo de personas que gobernaban, mandaban, dominaban, y que, para conservar su poder, disponían de un aparato de coerción física, de un aparato de violencia, con las armas que correspondían al nivel técnico de la época dada. Y sólo examinando estos fenómenos generales, preguntándonos por qué no existió ningún Estado cuando no había clases, cuando no había explotadores y explotados, y por que apareció cuando aparecieron las clases; sólo así encontraremos una respuesta definida a la pregunta de cuál es la esencia y la significación del Estado.

El Estado es una máquina para mantener la dominación de una clase sobre otra. Cuando no existían clases en la sociedad, cuando, antes de la época de la esclavitud, los hombres trabajaban en condiciones primitivas de mayor igualdad, en condiciones en que la productividad del trabajo era todavía muy baja y cuando el hombre primitivo apenas podía conseguir con dificultad los medios indispensables para la existencia más tosca y primitiva, entonces no surgió, ni podía surgir, un grupo especial de hombres separados especialmente para gobernar y dominar al resto de la sociedad. Sólo cuando apareció la primera forma de la división de la sociedad en clases, cuando apareció la esclavitud, cuando una clase determinada de hombres, al concentrarse en las formas más rudimentarias del trabajo agrícola, pudo producir cierto excedente, y cuando este excedente no resultó absolutamente necesario para la más mísera existencia del esclavo y pasó a manos del propietario de esclavos, cuando de este modo quedó asegurada la existencia de la clase de los propietarios de esclavos, entonces, para que ésta pudiera afianzarse era necesario que apareciera un Estado.

Y apareció el Estado esclavista, un aparato que dio poder a los propietarios de esclavos y les permitió gobernar a los esclavos. La sociedad y el Estado eran entonces mucho más reducidos que en la actualidad, poseían medios de comunicación incomparablemente más rudimentarios; no existían entonces los modernos medios de comunicación. Las montañas, los ríos y los mares eran obstáculos incomparablemente mayores que hoy, y el Estado se formó dentro de límites geográficos mucho más estrechos. Un aparato estatal técnicamente débil servía a un Estado confinado dentro de límites relativamente estrechos y con una esfera de acción limitada. Pero, de cualquier modo, existía un aparato que obligaba a los esclavos a permanecer en la esclavitud, que mantenía a una parte de la sociedad sojuzgada y oprimida por la otra. Es imposible obligar a la mayor parte de la sociedad a trabajar en forma sistemática para la otra parte de la sociedad sin un aparato permanente de coerción. Mientras no existieron clases, no hubo un aparato de este tipo. Cuando aparecieron las clases, siempre y en todas partes, a medida que la división crecía y se consolidaba, aparecía también una institución especial: el Estado. Las formas de Estado eran en extremo variadas. Ya durante el período de la esclavitud encontramos diversas formas de Estado en los países más adelantados, más cultos y civilizados de la época, por ejemplo en la antigua Grecia y en la antigua Roma, que se basaban integramente en la esclavitud. Ya había surgido en aquel tiempo una diferencia entre monarquía y república, entre aristocracia y democracia. La monarquía es el poder de una sola persona, la república es la ausencia de autoridades no elegidas; la aristocracia es el poder de una minoría relativamente pequeña, la democracia el poder del pueblo (democracia en griego, significa literalmente poder del pueblo). Todas estas diferencias sur gieron en la época de la esclavitud. A pesar de estas diferencias, el Estado de la epoca esclavista era un Estado esclavista, ya se tratara de una monarquía o de una república, aristocrática o democrática.

En todos los cursos de historia de la antigüedad, al escuchar la conferencia sobre este tema, les hablarán de la lucha librada entre los Estados monárquicos y los republicanos. Pero el hecho fundamental es que los esclavos no eran considerados seres humanos; no sólo no se los consideraba ciudadanos, sino que ni siquiera se los consideraba seres humanos. El derecho romano los consideraba como bienes. La ley sobre el homicidio, para no mencionar otras leyes de protección de la persona, no amparaba a los esclavos. Defendia sólo a los propietarios de esclavos, los únicos que eran reconocidos como ciudadanos con plenos derechos. Lo mismo daba que gobernara una monarquía o una república: tanto una como otra eran una república de los propietarios de esclavos o una monarquia de los propietarios de esclavos. Estos gozaban de todos los derechos, mientras que los esclavos, ante la ley, eran bienes; y contra el esclavo no sólo podía perpetrarse cualquier tipo de violencia, sino que incluso matar a un esclavo no era considerado delito. Las repúblicas esclavistas diferían en su organización interna: había repúblicas aristocráticas y repúblicas democráticas. En la república aristocrática participaba en las elecciones un reducido número de privilegiados; en la republica democrática participaban todos, pero siempre todos los propietarios de esclavos, todos, menos los esclavos. Debe tenerse en cuenta este hecho fundamental, pues arroja más luz que ningún otro sobre el problema del Estado, y pone claramente de manifiesto la naturaleza del Estado.

El Estado es una máquina para que una clase reprima a otra, una máquina para el sometimiento a una clase de otras clases, subordinadas. Esta máquina puede presentar diversas formas. El Estado esclavista podía ser una monarquía, una república aristocrática e incluso una república democrática. En realidad, las formas de gobierno variaban extraordinariamente, pero su esencia era siempre la misma: los esclavos no gozaban de ningún derecho y seguian siendo una clase oprimida; no se los consideraba seres humanos. Nos encontramos con lo mismo en el Estado feudal.

El cambio en la forma de explotación trasformó el Estado esclavista en Estado feudal. Esto tuvo una enorme importancia. En la sociedad esclavista, el esclavo no gozaba de ningún derecho y no era considerado un ser humano; en la sociedad feudal, el campesino se hallaba sujeto a la tierra. El principal rasgo de la servidumbre era que a los campesinos (y en aquel tiempo los campesinos constituían la mayoría, pues la población urbana era todavía muy poco desarrollada) se los consideraba sujetos a la tierra: de ahí se deriva este concepto mismo — la servidumbre. El campesino podía trabajar cierto número de días para si mismo en la parcela que le asignaba el señor feudal; los demás días el campesino siervo trabajaba para su señor. Subsistía la esencia de la sociedad de clases: la sociedad se basaba en la explotación de clase. Sólo los propietarios de la tierra gozaban de plenos derechos; los campesinos no tenían ningún derecho. En la práctica su situación no difería mucho de la situación de los esclavos en el Estado esclavista. Sin embargo, se había abierto un camino más amplio para su emancipación, para la emancipación de los campesinos, ya que el campesino siervo no era considerado propiedad directa del señor feudal. Podía trabajar una parte de su tiempo en su propia parcela; podía, por así decirlo, ser, hasta cierto punto, dueño de sí mismo; y al ampliarse las posibilidades de desarrollo del intercambio y de las relaciones comerciales, el sistema feudal se fue desintegrando progresivamente y se fueron ampliando progresivamente las posibilidades de emancipación del campesinado. La sociedad feudal fue siempre más compleja que la sociedad esclavista. Había un importante factor de desarrollo del comercio y la industria, cosa que, incluso en esa época, condujo al capitalismo. El feudalismo predominaba en la Edad Media. Y también aquí diferían las formas del Estado; también aquí encontramos la monarquía y la república, aunque esta última se manifestaba mucho más débilmente. Pero siempre se consideraba al señor feudal como el único gobernante. Los campesinos siervos ca recían totalmente de derechos políticos.

Ni bajo la esclavitud ni bajo el feudalismo podía una reducida minoría de personas dominar a la enorme mayoría sin recurrir a la coerción. La historia está llena de constantes intentos de las clases oprimidas por librarse de la opresión. La historia de la esclavitud nos habla de guerras de emancipación de los esclavos que duraron décadas enteras. El nombre de “espartaquistas”, entre parentesis, que han adoptado ahora los comunistas alemanes — el único partido aleman que realmente lucha contra el yugo del capitalismo –, lo adoptaron debido a que Espartaco fue el héroe más destacado de una de las más grandes sublevaciones de esclavos que tuvo lugar hace unos dos mil años. Durante varios años el Imperio romano, que parecía omnipotente y que se apoyaba por entero en la esclavitud, sufrió los golpes y sacudidas de un extenso levantamiento de esclavos, armados y agrupados en un vasto ejército, bajo la dirección de Espartaco. Al fin y al cabo fueron derrotados, capturados y torturados por los propietarios de esclavos. Guerras civiles como éstas jalonan toda la historia de la sociedad de clases. Lo que acabo de señalar es un ejemplo de la más importante de estas guerras civiles en la época de la esclavitud. Del mismo modo, toda la época del feudalismo se halla jalonada por constantes sublevaciones de los campesinos. En Alemania, por ejemplo, en la Edad Media, la lucha entre las dos clases — terratenientes y siervos — asumió amplias proporciones y se trasformó en una guerra civil de los campesinos contra los terratenientes. Todos ustedes conocen ejemplos similares de constantes levantamientos de los campesinos contra los terratenientes feudales en Rusia.

Para mantener su dominación y asegurar su poder, los señores feudales necesitaban de un aparato con el cual pudiesen sojuzgar a una enorme cantidad de personas y someterlas a ciertas leyes y normas; y todas esas leyes, en lo fundamental, se reducían a una sola cosa: el mantenimiento del poder de los señores feudales sobre los campesinos siervos. Tal era el Estado feudal, que en Rusia, por ejemplo, o en los países asiáticos muy atrasados (en los que aún impera el feudalismo) difería en su forma: era una república o una monarquía. Cuando el Estado era una monarquía se reconocía el poder de un individuo; cuando era una república, en uno u otro grado se reconocía la participación de representantes electos de la sociedad terrateniente; esto sucedía en la sociedad feudal. La sociedad feudal representaba una división en clases en la que la inmensa mayoría — los campesinos siervos — estaba totalmente sometida a una insignificante minoría, a los terratenientes, dueños de la tierra.

El desarrollo del comercio, el desarrollo del intercambio de mercancías, condujeron a la formación de una nueva clase, la de los capitalistas. El capital se conformo como tal al final de la Edad Media, cuando, después del descubrimiento de América, el comercio mundial adquirío un desarrollo enorme, cuando aumentó la cantidad de metales preciosos, cuando la plata y el oro se convirtieron en medios de cambio, cuando la circulación monetaria permitió a ciertos individuos acumular enormes riquezas. La plata y el oro fueron reconocidos como riqueza en todo el mundo. Declinó el poder económico de la clase terrateniente y creció el poder de la nueva clase, los representantes del capital. La sociedad se reorganizó de tal modo, que todos los ciudadanos parecían ser iguales, desapareció la vieja división en propietarios de esclavos y esclavos, y todos los individuos fueron considerados iguales ante la ley, independientemente del capital que poseyeran — propietarios de tierras o pobres hombres sin más propiedad que su fuerza de trabajo, todos eran iguales ante la ley. La ley protege a todos por igual; protege la propiedad de los que la tienen, contra los ataques de las masas que, al no poseer ninguna propiedad, al no poseer más que su fuerza de trabajo, se empobrecen y arruinan poco a poco y se convierten en proletarios. Tal es la sociedad capitalista.

No puedo detenerme a analizarlo en detalle. Ya volverán ustedes a ello cuando estudien el programa del partido: tendrán entonces una descripción de la sociedad capitalista. Esta sociedad fue avanzando contra la servidumbre, contra el viejo régimen feudal, bajo la consigna de la libertad. Pero era la libertad para los propietarios. Y cuando se desintegró el feudalismo, cosa que ocurrío a fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX — en Rusia ocurrió más tarde que en otros países, en 1861 –, el Estado feudal fue desplazado por el Estado capitalista, que proclama como consigna la libertad para todo el pueblo, que afirma que expresa la voluntad de todo el pueblo y niega ser un Estado de clase. Y en este punto se entabló una lucha entre los socialistas, que bregan por la libertad de todo el pueblo, y el Estado capitalista, lucha que condujo hoy a la creación de la República Socialista Soviética y que se está extendiendo al mundo entero.

Para comprender la lucha iniciada contra el capital mundial, para entender la esencia del Estado capitalista, debemos recordar que cuando ascendió el Estado capitalista contra el Estado feudal, entró en la lucha bajo la consigna de la libertad. La abolición del feudalismo significó la libertad para los representantes del Estado capitalista y sirvió a sus fines, puesto que la servidumbre se derrumbaba y los campesinos tenían la posibilidad de poseer en plena propiedad la tierra adquirida por ellos mediante un rescate o, en parte por el pago de un tributo; esto no interesaba al Estado; protegía la propiedad sin importarle su origen, pues el Estado se basaba en la propiedad privada. En todos los Estados civilizados modernos los campesinos se convirtieron en propietarios privados. Incluso cuando el terrateniente cedía parte de sus tierras a los campesinos, el Fstado protegía la propiedad privada, resarciendo al terrateniente con una indemnización, permitiéndole obtener dinero por la tierra. El Estado, por así decirlo, declaraba que ampararía totalmente la propiedad privada y le otorgaba toda clase de apoyo y protección. El Estado reconocía los derechos de propiedad de todo comerciante, fabricante e industrial. Y esta sociedad, basada en la propiedad privada, en el poder del capital, en la sujeción total de los obreros desposeidos y las masas trabajadoras del campesinado proclamaba que su régimen se basaba en la libertad. Al luchar contra el feudalismo, proclamó la libertad de propiedad y se sentía especialmente orgullosa de que el Estado hubiese dejado de ser, supuestamente, un Estado de clase.

Con todo, el Estado seguía siendo una máquina que ayudaba a los capitalistas a mantener sometidos a los campesinos pobres y a la clase obrera, aunque en su apariencia exterior fuese libre. Proclamaba el sufragio universal y, por intermedio de sus defensores, predicadores, eruditos y filosófos, que no era un Estado de clase. Incluso ahora, cuando las repúblicas socialistas soviéticas han comenzado a combatir el Estado, nos acusan de ser violadores de la libertad y de erigir un Estado basado en la coerción, en la represión de unos por otros, mientras que ellos representan un Estado de todo el pueblo, un Estado democrático. Y este problema, el problema del Estado, es ahora, cuando ha comenzado la revolución socialista mundial y cuando la revolución triunfa en algunos países, cuando la lucha contra el capital mundial se ha agudizado en extremo, un problema que ha adquirido la mayor importancia y puede decirse que se ha convertido en el problema más candente, en el foco de todos los problemas políticos y de todas las polémicas políticas del presente.

Cualquiera sea el partido que tomemos en Rusia o en cualquiera de los países más civilizados, vemos que casi todas las polémicas, discrepancias y opiniones políticas giran ahora en torno de la concepcion del Estado. ¿Es el Estado, en un país capitalista, en una república democrática — especialmente en repúblicas como Suiza o Norteamérica –, en las repúblicas democráticas más libres, la expresión de la voluntad popular, la resultante de la decisión general del pueblo, la expresión de la voluntad nacional, etc., o el Estado es una máquina que permite a los capitalistas de esos países conservar su poder sobre la clase obrera y el campesinado? Este es el problema fundamental en torno del cual giran todas las polémicas políticas en el mundo entero. ¿Qué se dice sobre el bolchevismo? La prensa burguesa lanza denuestos contra los bolcheviques. No encontrarán un solo periódico que no repita la acusación en boga de que los bolcheviques violan la soberanía del pueblo. Si nuestros mencheviques y eseristas, en su simpleza de espiritu (y quizá no sea simpleza, o quiza sea esa simpleza de la que dice el proverbio que es peor que la ruindad) piensan que han inventado y descubierto la acusación de que los bolcheviques han violado la libertad y la soberanía del pueblo, se equivocan en la forma más ridicula. Hoy, todos los periodicos más ricos de los países más ricos, que gastan decenas de millones en su difusión y diseminan mentiras burguesas y la política imperialista en decenas de millones de ejemplares, todos esos periódicos repiten esos argumentos y acusaciones fundamentales contra el bolchevismo, a saber: que Norteamérica, Inglaterra y Suiza son Estados avanzados, basados en la soberanía del pueblo, mientras que la república bolchevique es un Estado de bandidos en el que no se conoce la libertad y que los bolcheviques son violadores de la idea de la soberanía del pueblo e incluso llegaron al extremo de disolver la Asamblea Constituyente. Estas terribles acusaciones contra los bolcheviques se repiten en todo el mundo. Estas acusaciones nos conducen directamente a la pregunta: ¿que es el Estado? Para comprender estas acusaciones, para poder estudiarlas y adoptar hacia ellas una actitud plenamente conciente, y no examinarlas basándose en rumores, sino en una firme opinión propia, debemos tener una clara idea de lo que es el Estado. Tenemos ante nosotros Estados capitalistas de todo tipo y todas las teorías que en su defensa se elaboraron antes de la guerra. Para responder correctamente a la pregunta, debemos examinar con un enfoque crítico todas estas teorías y concepciones.

Ya les he aconsejado que recurran al libro de Engels El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. En él se dice que todo Estado en el que existe la propiedad privada de la tierra y los medios de producción, en el que domina el capital, por democrático que sea, es un Estado capitalista, una máquina en manos de los capitalistas para el sojuzgamiento de la clase obrera y los campesinos pobres. Y el sufragio universal, la Asamblea Constituyente o el Parlamento son meramente una forma, una especie de pagaré, que no cambia la esencia del asunto.

Las formas de dominación del Estado pueden variar: el capital manifiesta su poder de un modo donde existe una forma y de otro donde existe otra forma, pero el poder está siempre, esencialmente, en manos del capital, ya sea que exista o no el voto restringido u otros derechos, ya sea que se trate de una república democrática o no; en realidad, cuanto más democrática es, más burda y cinica es la dominación del capitalismo. Una de las repúblicas más democráticas del mundo es Estados Unidos de Norteamérica, y sin embargo, en ninguna parte (y quienes hayan estado allí después de 1905 probablemente lo saben) es tan crudo y tan abiertamente corrompido como en Norteamérica el poder del capital, el poder de un puñado de multimillonarios sobre toda la sociedad. El capital, una vez que existe, domina la sociedad entera, y ninguna república democrática, ningún derecho electoral pueden cambiar la esencia del asunto.

La república democrática y el sufragio universal representaron un enorme progreso comparado con el feudalismo: permitieron al proletariado lograr su actual unidad y solidaridad y formar esas filas compactas y disciplinadas que libran una lucha sistemática contra el capital. No existió nada ni siquiera parecido a esto entre los campesinos siervos y ni que hablar ya entre los esclavos. Los esclavos, como sabemos se sublevaron, se amotinaron e iniciaron guerras civiles, pero no podian llegar a crear una mayoría consciente y partidos que dirigieran la lucha; no podían comprender claramente cuáles eran sus objetivos, e incluso en los momentos más revolucionarios de la historia fueron siempre peones en manos de las clases dominantes. La república burguesa, el Parlamento, el sufragio universal, todo ello constituye un inmenso progreso desde el punto de vista del desarrollo mundial de la sociedad. La humanidad avanzó hacia el capitalismo y fue el capitalismo solamente, lo que, gracias a la cultura urbana, permitió a la clase oprimida de los proletarios adquirir conciencia de si misma y crear el movimiento obrero mundial, los millones de obreros organizados en partidos en el mundo entero; los partidos socialistas que dirigen concientemente la lucha de las masas. Sin parlamentarismo, sin un sistema electoral, habría sido imposible este desarrollo de la clase obrera. Es por ello que todas estas cosas adquirieron una importancia tan grande a los ojos de las grandes masas del pueblo. Es por ello que parece tan dificil un cambio radical. No son sólo los hipócritas concientes, los sabios y los curas quienes sostienen y defienden la mentira burguesa de que el Estado es libre y que tiene por misión defender los intereses de todos; lo mismo hacen muchisimas personas atadas sinceramente a los viejos prejuicios y que no pueden entender la transición de la sociedad antigua, capitalista, al socialismo. Y no sólo las personas que dependen directamente de la burguesia, no sólo quienes vi ven bajo el yugo del capital o sobornados por el capital (hay gran cantidad de cientificos, artistas, sacerdotes, etc., de todo tipo al servicio del capital), sino incluso personas simplemente influidas por el prejuicio de la libertad burguesa, se han movilizado contra el bolchevismo en el mundo entero, porque cuando fue fundada la República Soviética rechazó estas mentiras burguesas y declaró abiertamente: ustedes dicen que su Estado es libre, cuando en realidad, mientras exista la propiedad privada, el Estado de ustedes, aunque sea una república democrática, no es más que una máquina en manos de los capitalistas para reprimir a los obreros, y mientras más libre es el Estado, con mayor claridad se manifiesta esto. Ejemplos de ello nos los brindan Suiza en Europa, y Estados Unidos en América. En ninguna parte domina el capital en forma tan cínica e implacable y en ninguna parte su dominación es tan ostensible como en estos países, a pesar de tratarse de repúblicas democráticas, por muy bellamente que se las pin te y por mucho que en ellas se hable de democracia del trabajo y de igualdad de todos los ciudadanos. El hecho es que en Suiza y en Norteamérica domina el capital, y cualquier intento de los obreros por lograr la menor mejora efectiva de su situación, provoca inmediatamente la guerra civil. En estos países hay pocos soldados, un ejército regular pequeño — Suiza cuenta con una milicia y todos los ciudadanos suizos tienen un fusil en su casa, mientras que en Estados Unidos, hasta hace poco, no existía un ejército regular –, de modo que cuando estalla una huelga, la burguesia se arma, contrata soldados y reprime la huelga; en ninguna parte la represión del movimiento obrero es tan cruel y feroz como en Suiza y en Estados Unidos, y en ninguna parte se manifiesta con tanta fuerza como en estos países la influencia del capital sobre el Parlamento. La fuerza del capital lo es todo, la Bolsa es todo, mientras que el Parla mento y las elecciones no son más que muñecos, marionetas. . . Pero los obreros van abriendo cada vez más los ojos y la idea del poder soviético va extendiéndose cada vez más. Sobre todo después de la sangrienta matanza por la que acabamos de pasar. La clase obrera advierte cada vez más la necesidad de luchar implacablemente contra los capitalistas.

Cualquiera sea la forma con que se encubra una república, por democrática que sea, si es una república burguesa, si conserva la propiedad privada de la tierra, de las fábricas, si el capital privado mantiene a toda la sociedad en la esclavitud asalariada, es decir, si la república no lleva a la práctica lo que se proclama en el programa de nuestro partido y en la Constitución soviética, entonces ese Estado es una máquina para que unos repriman a otros. Y debemos poner esta máquina en manos de la clase que habrá de derrocar el poder del capital. Debemos rechazar todos los viejos prejuicios acerca de que el Estado significa la igualdad universal; pues esto es un fraude: mientras exista explotación no podrá existir igualdad. El terrateniente no puede ser igual al obrero, ni el hombre hambriento igual al saciado. La máquina, llamada Estado, y ante la que los hombres se inclinaban con supersticiosa veneración, porque creian en el viejo cuento de que significa el Poder de todo el pueblo, el proletariado la rechaza y afirma: es una mentira burguesa. Nosotros hemos arrancado a los capitalistas esta máquina y nos hemos apoderado de ella. Utilizaremos esa máquina, o garrote, para liquidar toda explotación; y cuando toda posibilidad de explotación haya desaparecido del mundo, cuando ya no haya propietarios de tierras ni propietarios de fábricas, y cuando no exista ya una situación en la que unos estan saciados mientras otros padecen hambre, sólo cuando haya desaparecido por completo la posibilidad de esto, relegaremos esta máquina a la basura. Entonces no existir á Estado ni explotación. Tal es el punto de vista de nuestro partido comunista. Espero que volveremos a este tema en futuras conferencias, volveremos a él una y otra vez.

(Conferencia pronunciada en la Universidad Sverdlov*el 11 de julio de 1919)

León Trotsky: Las Tácticas del Frente Único

I. 

CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE EL FRENTE ÚNICO

 

1.- La tarea del Partido Comunista es la de dirigir la revolución proletaria. A fin de orientar al proletariado hacia la conquista directa del poder, el Partido Comunista debe basarse en la predominante mayoría de la clase trabajadora.

En tanto el Partido no cuente con esa mayoría, debe luchar para lograrla.

El Partido solo puede alcanzar este objetivo si es una organización absolutamente independiente, con un programa claro y una estricta disciplina interna. He aquí por qué el Partido tuvo que romper ideológica y organizativamente con los reformistas y los centristas que no luchan por la revolución proletaria, que no tienen el deseo de preparar a las masas para la revolución y que, con su conducta, coartan esta tarea. Los miembros del Partido Comunista que se aliaron en la escisión con los centristas en nombre de “las masas proletarias” o de la “unidad de frente”, están demostrando su incomprensión del ABC del Comunismo, y que están en las filas del Partido Comunista solo por accidente.

2.- Luego de asegurarse una completa independencia y homogeneidad ideológica de sus cuadros, el Partido Comunista lucha por influenciar a la mayoría de la clase obrera. Esta lucha puede asumir un carácter rápido o lento, que depende de las condiciones objetivas y la eficacia de la táctica seguida.

Pero es bien evidente que, la vida de clase del proletariado no se detiene en ese periodo preparatorio para la revolución. Los choques con los industriales, con la burguesía, con el aparato del Estado, ya respondan a la iniciativa de un sector o del otro, siguen su curso.

En estos choques, que envuelven ya sea a los intereses del conjunto del proletariado, o de su mayoría, o a este u otro sector, las masas obreras sienten la necesidad de la unidad de acción: de unidad para resistir el ataque del capitalismo, o de unidad para tomar la ofensiva en su contra. Todo Partido que se oponga mecánicamente a esta necesidad del proletariado de unidad en la acción, será condenado infaliblemente por los obreros.

Por otra parte, la cuestión del Frente Único no es, ni en su origen ni en su esencia, una cuestión de relaciones mutuas entre la fracción parlamentaria comunista y la socialista, o entre los Comités Centrales de ambos Partidos, o entre “L’ Humanité” y “Le Populaire”. El problema del Frente Único -a pesar del hecho de que es inevitable una escisión en esta época entre las organizaciones políticas que se basan en el voto- surge de la urgente necesidad de asegurarle a la clase obrera la posibilidad de un Frente Único en la lucha contra el capitalismo.

Para aquellos que no comprenden que todo Partido solo es una sociedad propagandística y no una organización para la acción de masas.

3.- En los casos en que el Partido Comunista aún permanece corno una organización compuesta por una minoría numéricamente insignificante, la cuestión de su conducta en el frente de la lucha de masas no asume un significado político y organizativo decisivo. En tales condiciones las acciones de masas permanecen bajo la dirección de las viejas organizaciones que continúan jugando un rol decisivo en virtud de su tradición aún poderosa.

Por otro lado, el problema del Frente Único no surge en los países donde -Bulgaria por ejemplo- el Partido Comunista es el único dirigente de las masas explotadas.

Pero donde quiera que el Partido Comunista constituya una fuerza política poderosa y organizada, pero no una magnitud decisiva -allí donde el Partido abarque organizativamente digamos una cuarta parte, una tercera y aún una proporción mayor de la vanguardia proletaria organizada— se halla ante el problema del Frente Único en toda su agudeza.

Si el Partido cuenta con una tercera parte o la mitad de la vanguardia proletaria, luego, el resto se hallará organizado por los reformistas o los centristas. Es bien evidente que los obreros que aun apoyan a los reformistas y centristas se interesan vivamente por mantener los niveles de vida más elevados y la mayor libertad de acción que sea posible. En consecuencia, debemos proyectar nuestra táctica a evitar que el Partido Comunista que en el futuro próximo abarcará los tres tercios del proletariado, se convierta en un obstáculo organizativo en el camino de la lucha proletaria actual.

Aun más, el Partido debe asumir la iniciativa en asegurar la unidad en la lucha presente. Solo así el Partido se acercará a esos dos tercios que aún no siguen su dirección, que aun no confían en él porque no lo comprenden. Solo de esta manera puede el Partido ganarlos.

Si el Partido Comunista no hubiese roto drásticamente y en forma irrevocable con los socialdemócratas, si no se hubiese convertido en el Partido de la revolución proletaria. No hubiese podido dar los primeros pasos serios en el camino de la revolución. Hubiese permanecido como una válvula parlamentaria de seguridad bajo el Estado burgués.

Quién no comprende esto, no conoce la primera letra del ABC del Comunismo.

4.- Si el Partido comunista no procurase construir un camino organizativo, al final del cual fuesen posibles en cualquier momento acciones coordinadas conjuntas entre las masas comunistas y las no-comunistas (incluyendo a las que apoyan a la socialdemocracia), pondría al descubierto su incapacidad para ganar -sobre la base de acciones de masas- a la mayoría del proletariado. Degeneraría en una Sociedad de propaganda comunista, nunca se desarrollaría como un Partido que lucha por la conquista del poder.

No es suficiente contar con una espada, tiene que tener filo; no es suficiente el filo: hay que saber usarla.

Luego de separar a los comunistas de los reformistas, no es suficiente fusionar a los comunistas entre sí por medio de la disciplina organizativa; es necesario que esa organización aprenda a guiar todas las actividades colectivas del proletariado en todas las esferas de la lucha de clases.

Esta es la segunda letra del ABC del Comunismo.

 

DIRIGENTES REFORMISTAS EN EL FRENTE UNICO

5.- El Frente Único, ¿comprende solo a las masas trabajadoras o incluye también a sus dirigentes oportunistas?

El solo hecho de hacer esta pregunta demuestra incomprensión del problema.

Si pudiésemos simplemente unir al proletariado en torno a nuestra bandera o alrededor de nuestras consignas prácticas, y saltar por encima de las organizaciones reformistas, ya fuesen partidos o sindicatos, lógicamente, esto seria lo mejor del mundo. En este caso, el problema del Frente Único no existiría en su forma actual.

La cuestión surge de que algunos sectores muy importantes del proletariado pertenecen a organizaciones reformistas o las apoyan. Su experiencia actual es demasiado insuficiente para permitirles abandonarlas y unirse a nosotros. Es precisamente luego de intervenir en aquellas actividades de masas que están a la orden del día, que se producirá un gran cambio en la situación.

He aquí lo que perseguimos. Pero los hechos aun no tienen esas características: actualmente, el sector organizado del proletariado esta dividido en tres agrupamientos.

Uno de ellos, los comunistas, tiene como objetivo la revolución social y precisamente por eso apoya todo movimiento de los explotados contra sus explotadores y contra el Estado burgués.

Otra agrupación, de los reformistas, persigue la conciliación con la burguesía, pero a fin de no perder su influencia sobre los obreros, es empujada, contra los propios deseos de sus dirigentes, a apoyar los movimientos parciales del proletariado contra la burguesía.

Finalmente, existe un tercer agrupamiento: los centristas, quienes vacilan constantemente entre los dos, y no tienen una actuación independiente.

Las circunstancias, por lo tanto, tornan completamente posibles las acciones conjuntas respecto a una serie de cuestiones vitales entre los obreros unidos en torno a esas tres organizaciones respectivamente, y las masas organizadas que las apoyan.

Los Comunistas, como ya hemos dicho, no solo no deben oponerse a tales acciones sino que, por el contrario, deben asumir la iniciativa, precisamente por la razón de que cuánto más sean impulsadas las masas hacia el movimiento mayor será su confianza en si mismas, el movimiento de masas tendrá más confianza en sí mismo y será más capaz de marchar resueltamente hacia delante, no importa cuan modesta sea la consigna inicial de lucha. Y esto significa que el crecimiento del contenido de masas del movimiento lo hace revolucionario y crea condiciones mucho más favorables para las consignas, métodos de lucha y, en general, para el rol dirigente del Partido Comunista.

Los reformistas temen al potente espíritu revolucionario de las masas; su arena más preciada es la tribuna parlamentaria; las oficinas de los sindicatos, las cortes de justicia, las antesalas de los ministerios.

Por el contrario, lo que a nosotros nos interesa, aparte de toda otra consideración, es arrancar a los reformistas de su paraíso y ponerlos al lado nuestro ante las masas. Usando una táctica correcta, solo podemos ganar. El comunista que duda o teme esto, parece aquel nadador que aprobó las tesis sobre el mejor modo de nadar, pero que no quiere arriesgarse a zambullirse.

6.- La unidad de frente presupone asimismo, dentro de ciertos limites y en torno a cuestiones especificas, correlacionar en la práctica nuestras acciones con las de las organizaciones reformistas, frente a aquello en que éstas aun hoy expresen la voluntad de importantes sectores del proletariado combativo.

Pero, después de todo, ¿no nos separamos ayer de ellos? Si, porque no estábamos de acuerdo en cuestiones fundamentales del movimiento obrero; ¿a pesar de eso buscamos acuerdos con ellos? Sí, en todos aquellos casos en que las masas que los siguen a ellos están dispuestas a ligarse en una lucha conjunta con las masas que nos siguen a nosotros, y cuando los reformistas en un mayor o menor grado, son empujados a transformarse en un órgano de esa lucha.

Pero, ¿no dirán que luego de separarnos de ellos aun los necesitamos? Si, sus charlatanes podrán decir eso. Aquí y allá algunos elementos de nuestro Partido pueden asustarse con ello. Pero en lo que respecta al conjunto de las masas proletarias -aun aquellas que no nos siguen y que aun no comprenden el objetivo que perseguimos, pero que ven dos o tres organizaciones obreras conduciendo en una existencia paralela- dichas masas sacarán la siguiente conclusión de nuestra conducta: que a pesar de la escisión, estamos haciendo todo lo posible para facilitar la unidad de la acción a las masas.

7.- La política tendiente a asegurar el Frente Único, por supuesto no incluye garantías de que la unidad de acción será alcanzada en todos sus puntos. Por el contrario, en muchos casos, y quizá en la mayoría de ellos, los acuerdos organizativos serán alcanzados a medias o no lo serán del todo. Pero es necesario que las masas en lucha tengan siempre la posibilidad de convencerse de que la imposibilidad de lograr la unidad de acción no se debió a nuestra política irreconciliable sino a la falta de una real voluntad de lucha por parte de los reformistas.

Al entrar en acuerdos con otras organizaciones, naturalmente asumimos una cierta disciplina en la acción. Pero esta disciplina no puede ser absoluta. En el momento en que los reformistas empiecen a poner freno a la lucha, en detrimento del movimiento, y a actuar en contra de la situación y la voluntad de las masas, nosotros, como organización independiente siempre nos reservaremos el derecho a dirigir la lucha hasta el fin, y esto sin nuestros semialiados temporarios.

Esto puede dar pie a una nueva agudización de la lucha entre nosotros y los reformistas. Pero esta ya no implicara una simple repetición de un conjunto de ideas dentro de un circulo cerrado, sino que significara -si nuestra táctica es correcta- la extensión de nuestra influencia sobre sectores nuevos y frescos del proletariado.

8.- Es posible ver en nuestra táctica una reconciliación con los reformistas solo desde el punto de vista del periodista que piensa que se aleja del reformismo criticándolo ritualmente, sin siquiera abandonar su oficina de redacción, que teme chocar con el reformismo ante las masas, y teme darles a estas ultimas la oportunidad para colocar a comunistas y reformistas en un mismo plano de la lucha dé clases. En esta apariencia del temor revolucionario a la “reconciliación” acecha en esencia una pasividad política que busca perpetuar un orden de cosas en que los comunistas y los reformistas tienen cada uno sus esferas de influencia rígidamente demarcadas, su propio público en los mítines, su propia prensa, y que todo esto cree la ilusión de una seria lucha política.

9.- Rompimos con los reformistas y centristas a fin de obtener una completa libertad de criticar la perfidia, la traición, la indecisión y el espíritu pasivo en el movimiento obrero. Por esta razón, toda clase de acuerdo organizativo que coarte nuestra libertad de crítica y de agitación, es completamente inaceptable para nosotros. Participamos en un Frente Único, pero en ningún instante nos diluimos en él. Actuamos en el Frente Único como un grupo independiente. Es precisamente en el curso de la lucha que el conjunto de las masas debe aprender por experiencia que nosotros luchamos mejor que los demás, que vemos mejor, que somos más audaces y resueltos. De esta forma, nos acercamos cada vez más a la conquista del Frente Único revolucionario, bajo la indiscutida dirección comunista.

 

II. 

SECTORES EN EL MOVIMIENTO OBRERO FRANCES

 

10.- Si nos Proponemos analizar el problema del Frente Único en su aplicación a Francia, sin abandonar el terreno de estas tesis, que surgen del conjunto de la línea política de la Internacional Comunista, debemos entonces preguntarnos: ¿nos enfrentamos en Francia con una situación en que los comunistas representan, desde el punto de vista de la acción práctica, una magnitud insignificante? O por el contrario, ¿abarcan la gran mayoría de los obreros organizados? ¿O acaso ocupan una posición intermedia? ¿Son lo suficientemente fuertes para que su participación en el movimiento de masas revista la mayor importancia, pero no lo bastante fuertes para concentrar en sus manos la dirección?

Es bien evidente que nos hallamos frente al tercer caso.

11.- En la esfera partidaria, el predominio de los comunistas sobre los reformistas es enorme. La organización y la prensa comunistas superan en mucho a la prensa de los llamados socialistas, tanto en tiraje como en riqueza y vitalidad.

Esta manifiesta preponderancia, sin embargo, lejos de asegurar al Partido Comunista Francés la dirección indiscutida del proletariado francés, no lo ha logrado hasta ahora, debido principalmente a que el proletariado está influenciado poderosamente por tendencias y prejuicios antipolíticos y antipartidarios, alimentados principalmente por los sindicatos.

12.- La particularidad sobresaliente del movimiento obrero francés estriba en eso, en que los sindicatos han servido por mucho tiempo como una cubierta para un Partido político particularismo, anti-parlamentario que lleva este nombre: sindicalismo. Si bien los sindicalistas revolucionarios pueden tratar de delimitar su actuación de la política o de un Partido, no pueden refutar el hecho de que ellos mismos constituyen un Partido político, que busca basarse en las organizaciones sindicales del proletariado. Este Partido tiene sus propias tendencias revolucionarias positivas, pero también sus propios aspectos sumamente negativos: la falta de un programa genuino y definitivo y de una organización constituida. La organización de los sindicatos no corresponde en absoluto a la organización del sindicalismo. En el sentido organizativo, los sindicalistas representan un núcleo político amorfo injertado en los sindicatos.

El problema se complica aun más por el hecho de que los sindicalistas, como todos los otros grupos en el proletariado, se han dividido desde la guerra en dos partes: los reformistas, que apoyan a la burguesía y por lo tanto se inclinan a la colaboración estrecha con los reformistas parlamentarios, y el sector revolucionario, que está buscando el camino para aplastar a su adversario y se está moviendo, en la persona de sus mejores elementos, hacia el comunismo.

Es precisamente esta urgencia de preservar la unidad (de clase) de frente, la que inspiro no solo a los comunistas sino también a los sindicalistas revolucionarios, la táctica absolutamente correcta de la lucha por la unidad de la organización sindical del proletariado francés. Por el otro lado, con el instinto de traidores que hace que sepan que frente a las masas no pueden -en la acción, en la lucha- enfrentarse con el ala revolucionaria, Jouhaux, Merrhaim y Cía. han tomado el camino de la escisión. La lucha colosalmente importante que envuelve actualmente al conjunto del movimiento sindical francés, la lucha entre reformistas y revolucionarios, constituye para nosotros al mismo tiempo una lucha por la unidad de la organización de los sindicatos y del Frente Único Sindical.

 

III. 

EL MOVIMIENTO SINDICAL Y EL FRENTE UNICO

 

13.- El comunismo francés enfrenta una situación sumamente importante en cuanto a la idea del Frente Único. En la estructura de la organización política, el comunismo francés ha triunfado al conquistar a la mayoría del viejo Partido Socialista, con lo cual los oportunistas añadieron a toda su lista anterior de calificativos, el de “disidentes” es decir, divisionistas. Nuestro Partido se ha servido de esta expresión en el sentido de que ha implantado la designación de divisionistas a las organizaciones social-reformistas francesas, dando así a la vanguardia la certeza de que los reformistas son destructores de la unidad de acción y de la unidad de organización.

14.- En el campo del movimiento sindical, el ala revolucionaria y sobre todo los comunistas, no pueden ocultar, ni tampoco sus adversarios, cuán profundas son las diferencias entre Moscú y Ámsterdam. -diferencias que de ningún modo son simples sombras que oscurecen el panorama del movimiento obrero sino un reflejo del profundo conflicto que conmueve a la sociedad moderna, aparte, especialmente, del conflicto entre la burguesía y el proletariado. Pero al mismo tiempo, el ala revolucionaria, es decir ante todo y principalmente los concientes elementos comunistas, nunca han propugnado la táctica de abandonar los sindicatos o de dividir las organizaciones sindicales. Tales consignas son características de grupos sectarios, de “localistas”, KAPD , ciertos “libertarios” grupitos anarquistas en Francia, que nunca han tenido influencia en el seno del proletariado, que no intentan ni aspiran a conquistar esa influencia sino que se contentan con pequeñas sectas propias y con congregaciones rígidamente demarcadas. Los elementos verdaderamente revolucionarios entre los sindicalistas franceses, han sentido instintivamente que la clase obrera francesa puede ser ganada en la arena del movimiento sindical solo si se enfrentan el punto de vista y los métodos revolucionarios con los de los reformistas en el terreno de la acción de masas, preservando al mismo tiempo él más alto grado posible de unidad en la acción.

15.- El sistema de fracciones en las organizaciones sindicales, adoptado por el ala revolucionaria, significa la forma de lucha más natural para la influencia ideológica para la unidad del frente sin perturbar la unidad de la organización.

16.- Tal como los reformistas del Partido Socialista, los reformistas del movimiento sindical tomaron la iniciativa para la escisión. Pero se debe ante todo a la experiencia del Partido Socialista, que les hizo ver claramente que el tiempo avanzaba a favor de los comunistas, y que la única forma de contraatacar esa influencia era forzando una escisión. Por parte de la camarilla dirigente de la CGT, podemos ver todo un sistema de medidas a fin de desorganizar al ala izquierda, de privarla de aquellos derechos que los sindicatos le dan, y finalmente, a través de la expulsión abierta -en contra de todo estatuto y reglamento de colocarla formalmente fuera de los sindicatos-.

Por otro lado, tenemos al ala revolucionaria luchando para defender sus derechos en el terreno de las normas democráticas de las organizaciones obreras, y resistiendo con toda su fuerza la escisión implantada desde arriba, convocando a la base a la unidad de la organización sindical.

17.-Todo obrero francés consciente debe saber que cuando los comunistas eran una sexta parte, o una tercera parte del Partido Socialista, no intentaron escindirse, pues tenían absoluta certeza de que la mayoría del Partido los seguirían en un futuro cercano. Cuando los reformistas se vieron reducidos a una tercera parte se separaron, carentes de esperanzas en ganar la mayoría de la vanguardia proletaria.

Todo obrero francés consciente debe saber que cuando los elementos revolucionarios tuvieron que enfrentar el problema sindical, a pesar de ser en ese momento una minoría insignificante, le dieron salida en la forma del trabajo en organizaciones de base, pues estaban convencidos que la experiencia de la lucha en las condiciones de una época revolucionaria empujaría enseguida a la mayoría de los obreros organizados hacia el programa revolucionario. Cuando los reformistas, en cambio, percibieron el crecimiento del ala revolucionaria en los sindicatos, acudieron inmediatamente al método de la expulsión y la división.

De aquí podemos sacar conclusiones de la mayor importancia:

Primero, la enorme profundidad de las diferencias que reflejan, como ya hemos dicho, la contradicción entre la burguesía y el proletariado, ha sido clarificada.

Segundo, el “democratismo” hipócrita de los opositores de la dictadura queda al desnudo hasta las raíces, máxime cuando estos caballeros no se inclinan a tolerar, no solo en la estructura del Estado sino también en la estructura de las organizaciones obreras, los métodos democráticos. Allí donde estas organizaciones obreras se vuelven contra ellos, las abandonan, tal como los disidentes en el Partido, o expulsan a los demás como hace la camarilla de Johuax Desmoulins. Es monstruoso suponer que la burguesía podría permitir que la lucha contra el proletariado llegara a una decisión dentro de una estructura democrática, cuando hasta los agentes de la burguesía en los sindicatos y en las organizaciones políticas se oponen a resolver las cuestiones del movimiento obrero sobre la base de las normas de la democracia proletaria adoptadas voluntariamente por ellos.

18.- La lucha por la unidad de la organización obrera y de la acción sindical seguirá siendo, en un futuro, una de las tareas más importantes del Partido Comunista, no solo una lucha en el sentido de empujar constantemente hacia la unidad de grandes sectores de obreros en torno al programa y tácticas de los comunistas, sino también en el sentido de que el Partido Comunista -en marcha hacia la realización de este objetivo- tanto en forma directa como a través de los comunistas en los sindicatos, se esfuerza por medio de la acción, por reducir a un mínimo los obstáculos que son las divisiones para el movimiento obrero.

Si a pesar de todos nuestros esfuerzos por restablecer la unidad, la división en la CGT se afirma sin remedio en un futuro inmediato, esto no significa en absoluto que la “CGT Unitaire” , sin tener en cuenta si una mitad o más de la mitad de los obreros organizados se le unirán en el próximo periodo, debe llevar adelante su tarea ignorando simplemente la existencia de la CGT reformista. Una política de esta naturaleza significaría dificultades al extremo, y hasta excluiría la posibilidad de realizar acciones coordinadas del proletariado, y al mismo tiempo facilitaría al máximo la posibilidad de que la CGT reformista jugara, en beneficio de la burguesía, el rol de “Ligue Civique” frente a huelgas, manifestaciones, etc.; y al mismo tiempo daría a la CGT reformista una especie de justificación, al argumentar que la CGT Unitaire provoca acciones publicas inoportunas, y que debe cargar con toda la responsabilidad por ellas. Es bien evidente que en todos los casos donde las circunstancias lo permitan a la CGTU revolucionaria, ésta iniciará una campaña cuando lo considere necesaria, dirigiéndose abiertamente a la CGT reformista con propuestas y demandas para un plan concreto de acciones coordinadas, y obligarla a sufrir la presión de la opinión publica proletaria, exponiendo ante dicha opinión publica cada uno de los pasos inciertos y evasivos de los reformistas.

Aun en el caso de que la división en la organización sindical sea un hecho, los métodos de lucha por el Frente Único conservaran todo su significado.

19.- Podemos, por lo tanto, establecer que en relación con el sector más importante del movimiento obrero —los sindicatos- la táctica del Frente Único exige que los métodos con que llevamos adelante la lucha contra Jouhaux y Cía., sean aplicados en forma más consistente, y con más persistencia y resolución que nunca

 

IV.

LA LUCHA POLITICA Y EL FRENTE UNICO

 

20.- En el plano del Partido, hay una gran diferencia con los sindicatos; la preponderancia del Partido Comunista sobre el Partido Socialista es enorme. Por lo tanto, es posible suponer que el Partido Comunista como tal es capaz de asegurar la unidad del frente político, y que por consiguiente no hay razones que lo empujen a dirigirse a la organización de los disidentes con propuestas para acciones concretas. Esta cuestión, de ser planteada en una estricta forma legista, basada en relación de fuerzas y no en un radicalismo verbal, debe ser apreciada coma merece.

21.- Cuando consideramos que el Partido Comunista cuenta con 130.000 miembros mientras que los socialistas tienen 30.000. Los éxitos enormes de la idea comunista en Francia se hacen evidentes. En cambio, sí tomamos en cuenta la relación entre esas cifras y la fuerza numérica del proletariado en su conjunto y la existencia de sindicatos reformistas, amén de la existencia de tendencias anti-comunistas en los sindicatos revolucionarios, entonces la cuestión de la hegemonía del Partido Comunista en el movimiento obrero se nos presentara como una tarea muy difícil, aun lejos de resolverse con nuestra preponderancia numérica frente a los disidentes. Estos últimos pueden, bajo ciertas condiciones, constituir un factor contrarrevolucionario mucho más importante dentro del proletariado de lo que podría parecer si uno juzga solamente a través de la debilidad de su organización y la insignificancia del tiraje y del contenido ideológico de su órgano, “Le Populaire”.

22.- A fin de apreciar la situación, es preciso dar una síntesis clara de su desarrollo. La transformación de la mayoría del viejo Partido Socialista en Partido Comunista se produjo como resultado de una ola de insatisfacción y resulta engendrada por la guerra en todos los países de Europa. El ejemplo de la Revolución Rusa y las consignas de la Tercera Internacional, indicaron el camino para salir de esta situación. Sin embargo, la burguesía pudo sostenerse en el periodo 1919-20 y pudo, a través de medidas combinadas, establecer un cierto equilibrio basado sobre los cimientos de la posguerra, equilibrio que fue socavado por las más terribles contradicciones y conduce a grandes catástrofes, pero que provee de cierta estabilidad por el momento, y para un periodo muy inmediato. La Revolución Rusa, superando las mayores dificultades creadas por el capitalismo mundial, ha sido capaz de llevar a cabo sus tareas socialistas solo en forma gradual, a costa de un extraordinario drenaje de todas sus fuerzas. Como resultado de esto, el flujo inicial de las tendencias revolucionarias ha dado lugar a un reflujo. Solamente los sectores más resueltos, audaces y jóvenes del proletariado mundial han permanecido bajo la bandera del comunismo.

Esto naturalmente no significa que los amplios sectores del proletariado que se han desilusionado en sus esperanzas de una revolución inmediata, de rápidas transformaciones radicales, etc., hayan vuelto en conjunto a sus antiguas posiciones de preguerra. No, su insatisfacción es más profunda que nunca, su odio a los explotadores más agudo. Pero al mismo tiempo, se hallan políticamente desorientados, no ven el camino de la lucha y por ende permanecen pasivamente a la expectativa, dando pie a la posibilidad de agudas oscilaciones hacia uno u otro lado, según como se presenta la situación.

Esta gran reserva de elementos pasivos y desorientados puede, bajo determinadas circunstancias, ser utilizada por los divisionistas en contra nuestro.

23.- Para apoyar al Partido Comunista, es necesario tener fe en la causa revolucionaria, ser leal y activo. Para apoyar a los disidentes, son necesarias y suficientes la desorientación y la pasividad. Es absolutamente natural que el sector revolucionario y activo del proletariado reclute de sus filas una proporción mucho mayor de miembros para el Partido Comunista, de lo que es capaz de proveer el sector pasivo y desorientado al Partido de los divisionistas.

Lo mismo puede decirse de la prensa. Los elementos indiferentes leen poco. La insignificancia de la circulación y contenido de “Le Populaire” refleja las condiciones de un sector del proletariado. El hecho de que haya un completo ascendiente de los intelectuales profesionales sobre los obreros en el Partido de los divisionistas, no contradice en absoluto nuestro análisis; que el proletariado pasivo y parcialmente desilusionado, parcialmente desorientado, sirve, especialmente en Francia, de fuente de alimento para las camarillas políticas formadas por abogados y periodistas, curanderos reformistas y charlatanes parlamentarios.

24.- Si contemplamos la organización del Partido como un ejército activo y a las masas proletarias desorganizadas como las reservas; y si garantizamos que nuestro ejercito activo es tres o cuatro veces más poderoso que el ejército activo de los divisionistas, entonces, bajo una combinación de circunstancias dada, las reservas pueden dividirse entre nosotros y los social-reformistas, en una proporción mucho menos favorable para nosotros.

PELIGRO DE UN NUEVO PERIODO “PACIFISTA”

25.- La idea de un “bloque de izquierda” está penetrando en la atmósfera política francesa. Luego de un nuevo periodo de Poncareismo, que constituye un intento de la burguesía de servir un plato recalentado -hecho con las ilusiones del pueblo de lograr la victoria- es bien probable una reacción pacifista en amplios círculos de la sociedad burguesa, especialmente entre la pequeño burguesía. Las esperanzas de una pacificación universal, de un acuerdo con la URSS, de obtener de ésta, bajo condiciones ventajosas, materias primas y el pago de sus deudas, disminuyen aplastadas por el militarismo; y de esta manera, el programa ilusorio del pacifismo democrático puede durante un cierto periodo transformarse en programa de un bloque dé izquierda, que reemplazará al bloque nacional.

Desde el punto de vista del desarrollo de la revolución en Francia, tal cambio de régimen será un paso adelante solo en el caso que el proletariado haya sido alcanzado muy poco por las ilusiones del pacifismo pequeño burgués.

26.- Los divisionistas reformistas son la agencia del “bloque de izquierda” en la clase obrera. Sus éxitos serán mayores cuando menos el proletariado sea alcanzado por la idea y practica del Frente Único contra la burguesía. Un sector de los obreros, desorientado por la guerra y la demora en el advenimiento de la revolución puede aventurarse a apoyar el bloque de izquierda como un mal menor, en la creencia de que no arriesgara nada, y a causa de que no ve otro camino.

27.- Uno de los medios más efectivos para contrarrestar en el proletariado las formas y las ideas del bloque de izquierda, es decir, un bloque formado por los obreros y cierto sector de la burguesía contra otro sector de la burguesía es insistir resuelta y persistentemente en la idea de un bloque formado por todos los sectores del proletariado contra el conjunto de la burguesía.

28.- En relación con los divisionistas, esto significa que no debemos permitirles ocupar impunemente una posición temporalmente evasiva respecto al movimiento obrero, y usar platónicas declaraciones de simpatía por los obreros, como una cubierta para aplicar al trasero de los opresores burgueses. En otras palabras, podemos y debemos, en todas las circunstancias adecuadas, proponer a los divisionistas una forma especifica de ayuda conjunta a los huelguistas, obreros bajo lock-out, desocupados, inválidos de guerra, etc. informando a las masas de su respuesta a nuestras propuestas, y en esta forma, oponerlos a ciertos sectores del proletariado políticamente indiferentes o semi-indiferentes, entre los cuales los reformistas esperan encontrar pronto apoyo en ciertas condiciones propicias.

29.- Este tipo de táctica es tanto más importante cuanto que los divisionistas están íntimamente ligados a la CGT reformista, y constituyen con esta ultima las dos alas de la agencia burguesa en el movimiento obrero. Debemos tomar la ofensiva simultáneamente en el campo sindical y político contra esta agenda de doble faz, aplicando los mismos métodos tácticos.

30.- La lógica de nuestra conducta impecable y sumamente persuasiva en la agitación es la siguiente: “Ustedes, los reformistas del sindicalismo y socialismo”, les decimos ante las masas, “han dividido a los sindicatos y al Partido mediante ideas y métodos que consideramos equivocados y criminales. Les exigimos que por lo menos se abstengan de poner obstáculos a las tareas del proletariado, y que hagan posible la unidad de acción. En la situación concreta dada, proponemos tal y tal programa de lucha”.

31.- En forma similar, el método indicado podría ser empleado con éxito en actividades municipales y parlamentarias. Decimos a las masas: “los disidentes, debido a que no quieren la revolución, han dividido a los obreros. Estaríamos locos si confiáramos con su ayuda a la revolución proletaria. Pero estamos dispuestos, dentro y fuera del parlamento, a entrar en ciertos acuerdos prácticos con ellos, teniendo en cuenta que estos acuerdos sean sobre cuestiones que los obliguen a elegir entre los intereses conocidos de la burguesía y las reivindicaciones definitivas del proletariado; para apoyar a este ultimo en la acción, los divisionistas solo pueden ser capaces de tales acciones si renuncian a sus ligazones con los partidos de la burguesía, o sea, el bloque de izquierda y la disciplina burguesa”.

Si los divisionistas fueran capaces de aceptar estas condiciones, entonces los obreros que los siguen serian rápidamente absorbidos por el Partido Comunista. Pero precisamente debido a esto, los divisionistas no aceptarán estas condiciones. En otras palabras, ante la clara y precisa cuestión de sí eligen un bloque con la burguesía o un bloque con el proletariado —en las condiciones concretas y específicas de la lucha de clases— se verán obligados a declarar que prefieren un bloque con la burguesía. Una respuesta tal no pasara de largo ante las reservas proletarias con las cuales cuentan los reformistas.

 

V.

TAREAS INTERNAS DEL PARTIDO COMUNISTA

 

32.- La política esbozada más arriba presupone, naturalmente, una completa independencia organizativa, claridad ideológica y firmeza revolucionaria por parte del Partido Comunista.

Por ende, ejemplarizando, es imposible llevar adelante con éxito una línea política que intente desacreditar ante las masas la idea de un bloque de izquierda, si en las filas de nuestro mismo Partido hay partidarios de este bloque en cantidad suficiente como para defender abiertamente esta línea de la burguesía. La expulsión incondicional y sin piedad de quienes estén a favor de la idea de un bloque de izquierda, es una tarea sobreentendida del Partido Comunista. Esto limpiará nuestra línea política de elementos que siembren el error y la falta de claridad; atraerá la atención de los obreros de vanguardia hacia la importancia del problema del bloque de izquierdas, y demostrará que el Partido Comunista no juega con las cuestiones que amenazan la unidad revolucionaria en la acción del proletariado contra la burguesía.

33.- Aquellos que tratan de utilizar la idea del Frente Único para agitar a favor de la unificación con los reformistas y los disidentes, deben ser arrojados sin piedad de nuestro Partido, pues sirven de agencia de los divisionistas en nuestras filas, y confunden a los obreros sobre los motivos de la división y sobre quiénes son los responsables de ella. En vez de plantear correctamente la posibilidad de tal o cual acción práctica coordinada con los disidentes, a pesar de su carácter pequeño burgués y esencialmente contrarrevolucionario, piden que nuestro Partido renuncie a su programa comunista y a sus métodos revolucionarios. La expulsión irrevocable de estos elementos, demostrara en forma excelente que la táctica del Frente Único proletario en modo alguno representa una capitulación o reconciliación con los reformistas. La táctica del Frente Único exige del Partido una completa libertad de maniobra, flexibilidad y resolución. Para hacer esto posible, el Partido debe declarar en forma clara y específica en todo momento, cuáles son sus deseos, qué objetivo de lucha se da, y debe plantear con autoridad, ante las masas, sus pasos y propuestas.

34.- De aquí surge la completa imposibilidad de admitir a los miembros del Partido que publiquen individualmente, bajo su propia responsabilidad y riesgo, cuestiones políticas en las que oponen sus propias consignas, métodos de acción y propuestas a las que representan al Partido.

Bajo la cubierta del Partido Comunista y en consecuencia, también en el medio influenciado por una cobertura comunistas, es decir; el medio obrero, estos elementos siembran día a día ideas hostiles al Partido o siembran la confusión o el escepticismo, lo que resulta más dañino que las ideologías abiertamente hostiles.

Los órganos de esta clase, junto con sus editores, deben ser expulsados del Partido y la Francia proletaria por entero debe enterarse de esta acción por medio de artículos que expongan sin piedad a los contrabandistas pequeñoburgueses que actúan bajo la bandera comunista.

35.- De lo dicho hasta aquí surge también la completa inadmisibilidad de que en las publicaciones fundamentales del Partido aparezcan, junto a artículos que defienden los conceptos básicos del comunismo, otros trabajos que los combatan o los nieguen. Es absolutamente inadmisible la continuación, en la prensa del Partido, de un régimen bajo el cual los lectores proletarios hallen, bajo la cubierta de los editoriales de las principales publicaciones del Partido, artículos que traten de retrotraerlos a posiciones de un pacifismo lacrimoso, y que propaguen entre los obreros una hostilidad que debilita, hacia la violencia revolucionaria, ante la violencia triunfante de la burguesía. Bajo la mascara de una lucha contra el militarismo, se conduce una lucha contra las ideas de la revolución y del levantamiento de las masas.

Si luego de la experiencia de la guerra y de todos los acontecimientos posteriores, especialmente en la URSS y en Alemania, los prejuicios del pacifismo humanitario aun sobreviven en el Partido Comunista, y si el Partido considera necesario -en interés de la completa liquidación do estos prejuicios- abrir una discusión al respecto, los pacifistas y sus prejuicios en ningún caso pueden intervenir en la discusión como una fuerza igual, sino que deben ser condenados severamente por la dirección del Partido, en nombre de su Comité Central. Luego que el Comité Central haya decidido que la discusión está agotada, todo intento de desparramar las ideas del tolstoismo o cualquier otra variante del pacifismo, debe provocar irrevocablemente la expulsión de las filas del Partido.

36.- Se podría afirmar, sin embargo, que mientras no se complete la tarea de limpiar al Partido de los prejuicios del pasado y de completar su cohesión interna, seria peligroso colocar al Partido en situaciones en que se aproximara estrechamente a los reformistas y nacionalistas. Pero este punto de vista es falso, naturalmente, no puede negarse que la transición de una amplia actividad propagandística a la participación directa en el movimiento de masas, entraña nuevas dificultades y – por lo tanto, peligros para el Partido Comunista-. Pero seria totalmente erróneo suponer que el Partido puede prepararse para todas estas pruebas sin participar directamente en la lucha, sin entrar directamente en contacto con enemigos y adversarios. Por el contrario, solo así puede alcanzarse una limpieza y cohesión interna del Partido real, no ficticia. Puede que algunos elementos en el Partido y en la burocracia obrera se sientan más inclinados hacia los reformistas, de los cuales se han separado accidentalmente, que hacia nosotros. Perder a esas aves de paso no será un peligro sino una ventaja, y será compensado cien veces por la inyección al Partido de los obreros y obreras que hoy siguen todavía a los reformistas. El Partido se hará entonces más homogéneo, más resuelto y más proletario.

 

VI.

LAS TAREAS DEL PARTIDO EN EL MOVIMIENTO SINDICAL

 

37.- Una de las tareas más fundamentales, es la de adquirir una absoluta claridad frente al problema sindical, tarea que sobrepasa en mucho a las otras que enfrenta el Partido Comunista en Francia.

Naturalmente, la leyenda difundida por los reformistas de que se están haciendo planes para subordinar los sindicatos organizativamente al Partido, debe ser denunciada y expuesta enérgicamente. Los sindicatos cuentan con obreros de tendencias políticas distintas, así como con hombres sin Partido, ateos o creyentes, en cambio, el Partido une en sus filas a hombres que piensa igual políticamente, sobre la base de un programa definido. El Partido no tiene ni puede tener instrumentos ni métodos para atar a los sindicatos desde fuera.

El Partido puede ganar influencia en la vida de los sindicatos si sus militantes trabajan en los sindicatos y llevan ahí el punto de vista del Partido. La influencia de los miembros del Partido en los sindicatos depende naturalmente de su fuerza numérica; y especialmente en el grado en que sean capaces de aplicar correctamente y en forma consistente y rápida, los principios del Partido a las necesidades del movimiento sindical.

El Partido tiene el derecho y él deber de proponerse conquistar, según la línea trazada más arriba, una influencia decisiva en las organizaciones sindicales. Solo alcanzará su objetivo si el trabajo de los comunistas en los sindicatos se armoniza completa y exclusivamente con los principios del Partido, y si es conducido invariablemente bajo su control.

38.- Las mentes de todos los comunistas deben ser por lo tanto purgadas de todo prejuicio reformista, que haga aparecer al Partido como una organización política parlamentaria del proletariado y nada más. El Partido Comunista es la organización de la vanguardia proletaria para la fructificación ideológica del movimiento obrero, y para asumir su dirección en todas las esferas, principalmente en los sindicatos. Si los sindicatos no están subordinados a un Partido, sino que son organizaciones completamente autónomas, los comunistas dentro de los sindicatos no por ello deben pretender realizar una tarea sindical autónoma, sino que deben actuar como los transmisores del programa y la táctica de su Partido. Condenamos severamente la conducta de aquellos comunistas que no solo no luchan en los sindicatos por la influencia de las ideas del Partido, sino que contraatacan esta lucha en nombre de un principio de “autonomía” aplicado por ellos en forma absolutamente falsa. En realidad, preparan el camino para la influencia decisiva en el campo sindical de individuos, grupos y camarillas que no tienen ni un programa definido ni se agrupan en torno a una organización, y que utilizan lo amorfo de los sectores y relaciones ideológicos para mantener el aparato organizativo en sus manos y asegurar la independencia de su camarilla de todo control por parte de la vanguardia proletaria.

Si el Partido, en su actividad en los sindicatos, debe mostrar la mayor atención y cuidados hacia las masas sin Partido y hacia sus representantes concientes y honestos; si el Partido debe, sobre la base de su tarea conjunta, acercarse estrechamente á los mejores elementos del movimiento sindical -incluso los anarquistas revolucionarios que sean capaces de aprender- el Partido en cambio, no debe tolerar a los seudo-comunistas que utilizan los Estatutos del Partido solo para ejercer una influencia anti-partidaria en los sindicatos.

39.- El Partido, a través de su prensa, de sus propagandistas y sus miembros en los sindicatos, debe someter a una crítica constante y sistemática los defectos del sindicalismo revolucionario, a fin de resolver las tareas básicas del proletariado. El Partido debe criticar sin cansancio y con persistencia, los aspectos teóricos y prácticos débiles del sindicalismo, explicando al mismo tiempo a sus mejores elementos que el único camino correcto para asegurar la influencia revolucionaria en los sindicatos y en el movimiento obrero en su conjunto, es el ingreso en el Partido Comunista, es su participación en la solución de todas las cuestiones básicas del movimiento, en sacar conclusiones de las experiencias, en fijar nuevas tareas, en limpiar al mismo Partido y en fortalecer sus ligazones con el proletariado.

40.- Es absolutamente indispensable hacer un censo de todos los miembros del Partido Comunista francés, a fin de determinar su estado social (obreros, empleados públicos, campesinos, intelectuales, etc.), sus relaciones con el movimiento sindical (¿Pertenecen a sindicatos? ¿Participan en mítines comunistas? ¿En mítines de los sindicatos revolucionarios? ¿Aplican en los sindicatos las resoluciones del Partido?, etc.); su actitud hacia la prensa del Partido, (¿Qué publicaciones del Partido leen?), y así sucesivamente.

Este censo debe ser llevado a cabo de forma que sus principales aspectos puedan considerarse antes del advenimiento del Cuarto Congreso Mundial de la Internacional Comunista.

Marzo de 1922

La iglesia católica y su compromiso con la contrarrevolución

por Gustavo Burgos //

Es un lugar común recordar el importante papel que jugó la Vicaría de la Solidaridad y múltiples comunidades de base de la Iglesia, en Chile durante la Dictadura Pinochetista. En efecto, los nombres de Jarlán, Alsina, Llidó, Woodward y Poblete, proclaman el compromiso que individualmente tomaron ellos y muchos otros, como Mariano Puga, en la lucha democrática de aquellos años. Seguir leyendo La iglesia católica y su compromiso con la contrarrevolución

El gobierno griego de Syriza acuerda seguir las medidas de austeridad salvajes

por John Vassilopoulos//

Un acuerdo para imponer 3.600 millones de euros más en recortes de austeridad ha sido alcanzado entre el gobierno griego de Syriza, los funcionarios de la Unión Europea (UE) y del Fondo Monetario Internacional (FMI).

El acuerdo del Martes es el último componente brutal de la austeridad de 86.000 millones de euros para el paquete de préstamos firmado por el gobierno griego en Agosto de 2015. Su compromiso con la austeridad adicional estaba condicionado a que la UE liberara un tramo de 7.500 millones de euros, necesario para pagar la deuda madura de Julio.

Las negociaciones se prolongaron durante un período de seis meses, lo que aumentó la especulación de que no se alcanzaría un acuerdo a tiempo para que Grecia cumpla con sus obligaciones sobre la carga total de la deuda que se mantuvo en torno a los 300.000 millones de euros -79 por ciento del PIB. Esto los llevaría a una crisis similar a la del verano de 2015, cuando el país estuvo a punto de morir y los bancos se vieron obligados a cerrar.

Los mercados financieros reaccionaron positivamente al nuevo acuerdo, con las acciones griegas saltando un 3,1 por ciento.

Anunciando el acuerdo, Euclid Tsakalotos, ministro de Finanzas de Syriza, declaró: “La negociación ha terminado con un acuerdo sobre todos los asuntos”, y añadió: “Ahora tenemos una decisión que el gobierno griego será llamado a cumplir con leyes y decisiones”.

Lo que Syriza ahora “hará cumplir” es más ataques devastadores en las pensiones, los salarios y los derechos de los trabajadores.

Las pensiones se reducirán en un 18 por ciento a partir de 2019, afectando a unos 1,1 millones de pensionistas que reciben más de 700 euros al mes. Los recortes de pensiones son de alrededor de 1,8 mil millones de euros, alrededor del 1 por ciento del PIB. Para los pensionistas de bajos ingresos, estos son los mayores recortes desde que se firmó el primer paquete de austeridad en 2010.

Ha habido una asombrosa reducción de los ingresos de los jubilados desde 2010, que han reducido las pensiones en un promedio del 40 por ciento. Según la United Pensioners’ Network (Red de Pensionistas Unidas), éstas ascienden a un total de 50.000 millones de euros.

Nikos Chatzopoulos, Presidente de la Red, dijo: “No sólo los recortes en nuestras pensiones, sino también las subidas de las contribuciones a la seguridad social y la fiscalidad, que han reducido los ingresos de los pensionistas en más del 50 por ciento …. Hay personas que no pueden darse el lujo de pagar sus medicinas. Ya no tenemos dinero para pagar la electricidad y las cuentas de teléfono”.

El umbral libre de impuestos se reducirá de € 8.636 a € 5.681, lo que llevará a muchos trabajadores de bajos ingresos y pensionistas fuera de la franja libre de impuestos. La medida también se establece para golpear a los pensionistas de bajos ingresos que ganan tan poco como € 500 al mes. Para aquellos que sólo están cubiertos por el umbral actual, esto equivaldrá a un recorte de alrededor de € 650 a sus ingresos.

La reducción al umbral libre de impuestos equivale también a un 1 por ciento del PIB y se prevé que entre en vigor en 2020, siempre que los niveles actuales de superávit presupuestario sigan en el objetivo. Si no es así, entonces se avanzarán hasta 2019.

Se prevé que medidas adicionales de austeridad por valor de 450 millones de euros entrarán en vigor el próximo año, entre las que se incluyen reducciones del 50 por ciento en el subsidio de la calefacción, prestaciones por desempleo y reducción de los descuentos fiscales en los gastos médicos. También hay planes para vender minas de carbón y centrales eléctricas de carbón, propiedad de la Corporación de Energía Pública (PPC), que asciende a aproximadamente el 40 por ciento de su capacidad.

En el centro del acuerdo estaba la aceptación de gran parte de las demandas del FMI de nuevos ataques a los derechos de los trabajadores. Mientras que la demanda del FMI de permitir el cierre patronal de trabajadores por parte de los empleadores se mantuvo fuera de la mesa por ahora, el acuerdo se acercó un paso hacia la derogación de la legislación contra los despidos arbitrarios de masas. Aunque todavía se limitan al 5 por ciento de la mano de obra en una empresa -hasta un máximo de 30 trabajadores por mes- ya no tienen que ser aprobados previamente por el Ministro de Finanzas y el Consejo Supremo de Trabajo (ASE). Bajo el nuevo proceso, la ASE sólo podrá auditar si se siguen todos los requisitos legislativos.

El acuerdo también incluye el compromiso de introducir legislación anti-huelga incluyendo un proceso judicial acelerado para decidir sobre la legalidad de la acción industrial.

El gobierno tiene hasta el 18 de Mayo para conseguir que el acuerdo pase en el parlamento a tiempo para la reunión del consejo del grupo euro con ministros de finanzas de la UE el 22 de Mayo.

El impacto de las nuevas medidas, golpeando desproporcionadamente a algunos de los sectores más pobres y vulnerables de la población, será catastrófico. Desde 2010, la economía de Grecia se ha reducido en un 27 por ciento bajo el peso de las sucesivas medidas de austeridad impuestas por la UE y el FMI de acuerdo con los gobiernos PASOK, Nueva Democracia y Syriza.

El desempleo en Grecia se sitúa en el 23,5 por ciento y está en casi el 50 por ciento entre los jóvenes.

Según un estudio reciente de la organización de investigación sin fines de lucro Dianeosis, cerca de 1,5 millones de griegos -el 13,6 por ciento de la población- viven actualmente en “pobreza extrema”. Esto se compara con el 2,2 por ciento en 2009. Según el estudio, una familia de cuatro personas, justo en al borde del límite de pobreza extrema, puede gastar sólo 7 € al mes para los gastos escolares de sus hijos, 12 € para los zapatos para toda la familia y sólo 24 € para los productos de higiene. Aquellos que caen dentro de la zona de pobreza extrema ni siquiera pueden pagar lo anterior “.

La desastrosa situación económica en Grecia, sin precedentes en tiempos de paz, es una devastadora sumaria de la pseudo-izquierda Syriza, que llegó al poder en Enero de 2015 con un billete de anti-austeridad. Apenas unos meses más tarde, este partido pro-capitalista abandonó su retórica anterior y firmó el tercer paquete de rescate para Grecia, traicionando el abrumador rechazo a la austeridad en el referéndum de Julio, 2015.

Una declaración de la UE y el FMI alabó al gobierno griego afirmando que “este acuerdo preliminario se complementará ahora con nuevos debates en las próximas semanas sobre una estrategia creíble para asegurar que la deuda de Grecia sea sostenible”.

El FMI ha insistido en que la deuda de Grecia no es sostenible a menos que se implemente cierto alivio de la deuda. Esto ha sido un punto crítico para el FMI, que no está participando financieramente en el programa de austeridad acordado con Syriza en 2015. El gobierno alemán ha sido central en resistir los llamados para la implementación de cualquier forma de “corte de pelo” de la deuda ya que soportaría el peso. Esto explica la respuesta reticente al último acuerdo de Berlín. Un portavoz del Ministerio de Hacienda alemán lo describió como un “paso intermedio” importante, pero agregó que todavía se necesita trabajo. El ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, advirtió que “el gobierno [griego] aún no ha cumplido todos los acuerdos”.

Sigue habiendo escepticismo de que un acuerdo sobre cualquier alivio de la deuda es posible. Stephen Brown, economista de Capital Economics, dijo: “Como tal, las preocupaciones por el incumplimiento y el potencial de ‘Grexit’ parecen desvanecerse durante un tiempo, pero no desaparecen”.

En respuesta a las medidas, las federaciones sindicales grecas y privadas del sector público han pedido una huelga general de 24 horas el 17 de Mayo para coincidir con la fecha en que el proyecto de ley de austeridad será aprobado por el parlamento. Ha habido innumerables acciones de este tipo en los últimos siete años, todas diseñadas para permitir que los trabajadores suelten humo mientras que se aprueben las medidas.

Hay, sin embargo, la sensación de que este camino bien llevado ha seguido su curso y que la burocracia será incapaz de contener la ira social que las nuevas medidas impondrán. El jefe del sindicato de Adedy, Odysseas Trivalas, dijo al Guardian: “Será una primavera muy caliente. Todavía tenemos que ver los detalles de este acuerdo, pero lo que sabemos es que significará más recortes. Habrá muchas huelgas y un cierre general de 24 horas cuando las medidas sean llevadas al parlamento para votar”.

La postura de Trivalas está diseñada para ocultar la complicidad de él y de los sindicatos en la implementación de la austeridad. El suyo es un viaje típico de los burócratas de la unión que se alinearon originalmente con el partido social democrático PASOK -los arquitectos de la primera balsa de la austeridad, que los vio aniquilados en elecciones sucesivas- y que se han movido en la órbita de Syriza en años recientes.

Ni perdón ni olvido: los 307 niños y jóvenes asesinados en la dictadura de Pinochet

por Felipe Henríquez Órdenes //

Son 307 los jóvenes y niños registrados (Comisión de la Verdad y Reconciliación, 1991), de 20 años y menos, que murieron o desaparecieron por acciones ejercidas por agentes del Estado durante la dictadura de la junta militar dirigida por Augusto Pinochet, entre el 11 de septiembre de 1973 y el 11 de marzo de 1990. Seguir leyendo Ni perdón ni olvido: los 307 niños y jóvenes asesinados en la dictadura de Pinochet

España: El cinismo del gobierno derechista del PP ante el desarme de la ETA

por David Rey//

La entrega incondicional por ETA de su arsenal de armas a un grupo de verificadores internacionales, anunciada para el 8 de abril, es un paso consecuente con su decisión manifestada hace más de 5 años de abandonar definitivamente la lucha armada. Con este acto, ETA y el conjunto de la izquierda abertzale insisten en reafirmar su voluntad de luchar por sus objetivos a través de medios puramente políticos.

Lo que llama la atención es que el gobierno del PP de Mariano Rajoy haya despreciado absolutamente los pasos dados por ETA desde hace 5 años, incluido este último, y se haya negado hasta la fecha a entablar ningún tipo de negociación o conversaciones con ella, o con representantes suyos, para encauzar un hecho tan relevante como es el fin definitivo de su actividad armada.

Esta situación contrasta vivamente con lo ocurrido en procesos similares en los últimos años en otras partes del mundo, donde los Estados se involucraron en negociaciones directas con los grupos armados (el IRA en Irlanda del Norte, las FARC en Colombia), para abordar el abandono de la lucha armada, la eliminación de su arsenal de armas, la reinserción en la vida civil de los activistas de dichos grupos y la situación de los presos. Esto es más llamativo aún cuando anteriores gobiernos del PP y del PSOE sí aceptaron sentarse y negociar con ETA años atrás, aun cuando esta organización ni siquiera había manifestado entonces su voluntad de renunciar definitiva e incondicionalmente a la actividad armada.

El gobierno español no sólo se ha negado a negociar con ETA su entrega de las armas, sino que la ha obstaculizado deliberadamente, en colaboración con el Estado francés. Así ocurrió, por ejemplo, con la detención en diciembre de 5 personas cerca de Bayona que estaban actuando como mediadores civiles para la entrega de armas que ahora se va a ejecutar.

El gobierno ni siquiera cumple la propia legalidad en el tema de los presos, negándose a su reagrupamiento en sus zonas de origen para facilitar el contacto con sus familiares, como está obligado, manteniendo a la gran mayoría de los presos de ETA en cárceles fuera de Euskadi y Navarra, obligando a sus familiares a desplazarse cientos y miles de kilómetros para poder visitarles, negando permisos y suspendiendo visitas con pretextos espurios. A lo largo de los años, 16 personas han fallecido en accidentes de tráfico cuando viajaban para visitar a sus familiares presos en las cárceles, según la organización Etxerat.

Los ardientes defensores de la retransmisión de la misa católica dominical en la TV pública, adalides de los supuestos valores cristianos de humanidad, reconciliación y perdón, no son solamente insensibles y vengativos ante la separación dolorosa de las familias respecto a sus familiares presos, demostrando con ello ser unos completos hipócritas en sus creencias religiosas, sino que incumplen flagrantemente la legalidad vigente, amparados por los tribunales españoles.

De esto se deduce que la derecha española (PP, Ciudadanos) no tiene el más mínimo interés en la resolución del llamado “conflicto vasco” y que espera seguir sacando réditos políticos de la actividad etarra del pasado con dos fines. El primero, mantener en un primer plano el tema del “terrorismo” para desviar la atención de la población de los verdaderos problemas sociales provocados por la crisis del capitalismo y por la propia acción reaccionaria del gobierno del PP. Y el segundo, mantener su base electoral de apoyo entre las capas más atrasadas políticamente de la población, explotando y exacerbando demagógicamente el tema de las víctimas de ETA.

En esta estrategia de mantener “vivo” el tema de ETA también colaboran sectores importantes del aparato del Estado, fundamentalmente de los cuerpos policiales y de los servicios secretos, el actual CNI. La actividad etarra siempre fue utilizada, no sólo para incrementar la represión general y endurecer el código penal tan caro a la derecha española, sino para justificar la impunidad policial, los privilegios especiales para los altos mandos policiales, y la existencia de fondos reservados que escapan a todo control y con los que se han lucrado en oscuros negocios durante décadas numerosos mandos de la policía y la guardia civil (casos Perote, Roldán, Paesa, Villarejo, por nombrar algunos de los más conocidos).

El régimen del 78 no es sólo un régimen reaccionario y caduco al que es preciso superar, sino que es el régimen del doble rasero y de la hipocresía. Quienes, en la derecha, se muestran duros y vengativos en el tema de las víctimas de ETA, son los mismos que nunca condenaron el alzamiento fascista de Franco de 1936 ni el asesinato de las cientos de miles de personas causado por la represión posterior a lo largo de 40 años. No sólo no han sido juzgados ni han purgado sus crímenes los representantes políticos de la dictadura ni de su aparato de estado, sino que notorios ministros de Franco –como Fraga, Fernando Suárez, o Antonio Carro, entre otros– con las manos manchadas de sangre por firmar penas de muerte en los gobiernos del dictador, fueron diputados del PP en la “democracia”. No por casualidad, ETA nació en plena dictadura franquista y se nutrió en su primera década y media de existencia de los crímenes sangrientos del franquismo y de la represión practicada contra el pueblo vasco en los primeros años de la Transición. Todos los medios de comunicación destacan la cifra de las 800 víctimas causadas por ETA, pero ocultan que hubo 188 asesinados durante la Transición (obreros, estudiantes, nacionalistas vascos de izquierdas) en lo que fue una práctica de terrorismo de Estado a manos de la policía, la Guardia Civil y los pistoleros fascistas, entre 1976 y 1982. Muy pocos de sus asesinos fueron juzgados y condenados, y la mayoría de ellos a penas irrisorias. Otro tanto pasó con el terrorismo de Estado practicado por los GAL, bajo los gobiernos de Felipe González, que cometieron 24 asesinatos; por no hablar de los centenares casos de tortura a los detenidos (incluyendo violaciones y abusos sexuales) del entorno de la izquierda abertzale.

Esta política represiva continúa hasta el día de hoy, con torturas, ilegalización de organizaciones políticas y de solidaridad de la izquierda abertzale, cierre de medios de comunicación, etc. y que obliga a muchos jóvenes y activistas abertzales a vivir en condiciones de clandestinidad.

No solamente en Euskadi y Navarra. En los últimos años, los amantes de la democracia y la convivencia en paz en el gobierno del PP se han destacado por cercenar los derechos democráticos duramente conquistados con la criminalización generalizada en todo el Estado de todos aquellos que deciden luchar contra las lacras de este sistema o de quienes, desde posiciones de izquierdas, hacen canciones, chistes y comentarios en las redes sociales. Y se amparan para ello en la Ley Mordaza y las leyes antiterroristas aprobadas en años anteriores. Mientras, destacados dirigentes del PP, periodistas reaccionarios y fascistas pueden permitirse en los medios y en las mismas redes sociales proferir los insultos, amenazas y calumnias más depravados contra dirigentes de izquierdas y las víctimas de la represión franquista sin persecución alguna por la policía.

Lo más sangrante es que el viejo aparato de estado franquista se mantuvo intacto hasta nuestros días. Nunca fue purgado de fascistas y reaccionarios. Al frente del mismo siguieron los mismos jefes policiales y del ejército, los mismos torturadores y miembros de los servicios secretos, los mismos jueces y fiscales franquistas. Lo lamentable de todo esto es que los dirigentes del PSOE y del PCE tras la caída de la dictadura nunca levantaron la voz para exigir esa depuración, convirtiéndose en cómplices de este hecho, de la misma manera que fueron cómplices de la derecha postfranquista en la política de impunidad hacia los crímenes del franquismo y de la Transición.

La entrega incondicional por parte de ETA de todo su arsenal es también la constatación final del fracaso de los métodos de la llamada “lucha armada”, practicada durante 50 años por esta organización, sin haber conseguido –como en el caso del IRA en Irlanda del Norte– ni uno solo de sus objetivos. Es más, los métodos de ETA se han demostrado contraproducentes ya que han sido utilizados por los sucesivos gobiernos y el aparato del Estado para fortalecer ese mismo aparato del Estado, endurecer la represión y restringir los derechos democráticos contra todos (endurecimiento del código penal, restricciones al derecho a manifestación y a la libertad de expresión, ilegalización arbitraria de partidos políticos, cierre de medios de comunicación, etc.). La actividad armada de ETA jugó durante décadas un papel pernicioso en mellar las extraordinarias luchas del pueblo vasco por sus derechos democrático-nacionales, favoreciendo la estrategia de la reacción de introducir todo tipo de prejuicios nacionales y moralistas para aislar la lucha del pueblo vasco de sus hermanos de clase en el resto del estado. De hecho, la desaparición de la actividad armada de ETA y el avance de la lucha de masas –como se ha demostrado en Catalunya– era la precondición básica para que la defensa de los derechos democrático-nacionales de Euskadi, Catalunya y Galicia –como el derecho de autodeterminación– pudiera encontrar un eco favorable creciente entre la clase obrera y la juventud del resto del Estado español, como está sucediendo, tras ser demonizada durante décadas.

Celebramos que ETA y el conjunto de la izquierda abertzale apuesten por la vía política para luchar por sus objetivos, como muy claramente ha defendido el dirigente de EH Bildu, Arnaldo Otegi. Desde nuestro punto de vista, esa vía política debe estar basada en los métodos de la lucha y la agitación política de masas, las manifestaciones, las huelgas y, en un punto más elevado, a través de un movimiento revolucionario de masas. Sería un error encauzar la acción política a través de los métodos reformistas clásicos del cretinismo parlamentario, enclaustrando el programa político dentro de los límites del capitalismo, o mendigando un frente común con la burguesía vasca, siempre dispuesta a traicionar el movimiento ante la burguesía española para defender sus negocios e intereses de clase, como estamos viendo en relación al gobierno del PP, y como ha probado recientemente el apoyo del PNV al infame decreto del PP contra los estibadores, que incluye a los estibadores vascos.

La clase obrera y la juventud vasca han estado siempre a la vanguardia de las luchas y de la conciencia política en el Estado español, en los últimos 40 años. En el País Vasco fue donde la lucha contra la dictadura y durante la Transición llegó más lejos. Fueron Euskadi y Navarra los territorios del Estado español donde el voto favorable a la Constitución de 1978 tuvo el menor apoyo popular, y donde se produjo el mayor rechazo popular al ingreso en la OTAN en el referéndum de marzo de 1986. No es casualidad tampoco que en las elecciones legislativas del 20D y del 26J, Podemos y Unidos Podemos obtuvieran aquí su mayor porcentaje de votos de todo el Estado y resultaran, en el caso de Euskadi, las fuerzas más votadas.

La lucha por los derechos democrático-nacionales es inseparable de la lucha por el socialismo. Sólo la clase obrera está en condiciones de llevar hasta el final la lucha contra todo tipo de explotación y opresión, y en asegurar la plena satisfacción de los derechos democráticos más avanzados, comenzando por el derecho del pueblo vasco a decidir por sí mismo qué relación quiere mantener con los demás pueblos del Estado español, incluido el derecho a formar un estado independiente.

Para conseguir esto, juntos en la lucha somos más fuertes. De lo que se trata es de afianzar la unidad en la lucha de la clase obrera y de la juventud vasca con sus hermanos de clase del resto del Estado para derrotar a nuestro enemigo común, el capitalismo y sus sostenedoras –las burguesías española y vasca– para avanzar hacia el socialismo y resolver definitivamente la cuestión nacional vasca.

Propuesta para un nuevo Sistema de Pensiones

 Por NO+AFP

Un Nuevo sistema de pensiones para Chile

Lo primero es señalar una constatación: la actual capitalización individual es contraria La Seguridad Social y, bajo su concepción individualista sustentada solo en el aho­rro personal no será posible mejorar las pensiones de nuestros actuales compatriotas.

Por ello, restituir la Seguridad y Previsión Social como derecho de los trabajadores con prestaciones previsionales definidas y suficientes es un imperativo ético.

 

NUESTRA PROPUESTA

El modelo que proponemos es un nuevo sistema, de reparto, solidario y con fi­nanciamiento tripartito de trabajadores, empresas y Estado, basado en los princi­pios de la Seguridad Social generalmente aceptados que reemplazará el sistema de capitalización individual de las AFP, y contempla un periodo de transición.

Los sistemas de reparto son sistemas de previsión social basados en la solidaridad entre generaciones, se trata del traspaso de parte de la riqueza actual que los pensionados contribuyeron a crear, desde las presentes generaciones activas a los pasivos, con el objeto básico de mantener continuidad del poder adquisitivo del pensionado, respecto a su situación cuando era trabajador activo, con pensiones definidas en relación con los años de cotización y las remuneraciones que el traba­jador cotizante tenía en su vida activa.

Un sistema financiero de reparto, Se financia colectivamente, bajo el principio de la solidaridad intergeneracional, vale decir, las cotizaciones de los activos se destinan a pagar las pensiones de quienes se han jubilado (pasivos).

Es importante destacar que el sistema de reparto que aquí se presenta ofrece certeza de obligaciones (montos y años de cotizaciones) en relación con los dere­chos (ingresos que recibirá el trabajador pensionado).

Las contribuciones contempladas de trabajadores y empresas, así como el apor­te del Estado contemplan un periodo de transición para aliviar cualquier impacto inicial indeseado al mercado de trabajo o a las empresas.

Actualmente, en el sistema de AFP las cotizaciones suman entre 11,82% y 12,95%, en el que se considera lo que cotizan los afiliados, las empresas y las comisiones que cobran las AFP.

Nuestra propuesta es aumentar gradualmente el aporte de los empresarios has­ta el 9% en 2024, fecha en la que la cotización del trabajador también quedará en 9%. De esta manera el aporte contributivo porcentual total será del 18% sobre los ingresos imponibles. En cuanto al aporte no contributivo, está dado por los aportes del Estado desde el presupuesto de la nación basados en los tributos generales.

 

Fondo de Reserva Técnica.

El superávit de ingresos respecto a gastos en el sistema se destinará al Fondo de Reserva Técnica de Pensiones.

La base inicial del Fondo de Reserva Técnica Pensiones del nuevo sistema previ­sional será el Fondo de Reserva de Pensiones (FRP) existente.

 

Respeto por los derechos adquiridos y certeza de ingresos.

Esta propuesta respeta todos los derechos adquiridos por los trabajadores. La edad para pensionarse por vejez se establece en 60 años para las mujeres y 65 para los hombres.

 

No se expropiarán las cuentas de capitalización individual.

Se respetará plenamente la propiedad que tienen los trabajadores que han co­tizado sobre sus ahorros previsionales, que conservarán los ahorros acumulados en sus cuentas hasta el momento de incorporarse al nuevo sistema de reparto, más las utilidades por intereses producidas hasta el momento de pensionarse, pero el nuevo sistema completará los montos de las pensiones hasta alcanzar el monto previsional superior correspondiente.

 

Subsidio solidario a las mujeres cotizantes.

El nuevo sistema de previsión social subsidiará a las mujeres debido a su mayor carga en labores domésticas y de cuidado y discriminación salarial en el mundo del trabajo. Para calcular la pensión contributiva resultante, se bonificará a las mu­jeres con 5 años en total.

 

Trabajadores que ya están pensionados.

Los trabajadores que ya están pensionados verán reajustadas sus pensiones de acuerdo con los criterios del nuevo sistema.

 

Pensión Mínima Contributiva

Para los trabajadores que cotizan en el sistema previsional se garantizan pensio­nes mínimas dependiendo de los años de cotización, con una tasa de reemplazo que aumenta con los años de cotización.

 

Pensión Universal No Contributiva

El sistema de previsión social garantizará una pensión universal del 100% del Sala­rio Mínimo, independiente del monto y tiempo de las cotizaciones.

 

Trabajadores Independientes.

En los cálculos del sistema se ha considerado a los trabajadores independientes, como no cotizantes, y por ende con derecho a la Pensión Universal al alcanzar la edad de pensionarse. Sin embargo, consideramos que estos trabajadores deberán cotizar para poder acceder a una mejor pensión. Para ello se propone que los tra­bajadores independientes cotizen el 9% de sus boletas de honorarios. El contratan­te del servicio tendrá la obligación previsional de cotizar el 9% adicional.

 

Impacto sobre el Gasto Público.

Esta propuesta redirecciona el gasto previsional que hoy hace el Estado, y que se orientan entre otros aspectos, a subsidiar las falencias del sistema de AFP.

En nuestra propuesta, habrá un aumento paulatino del gasto público desde 3.07% el año 2017, y recién a fines del siglo XXI, bordeará 9% como porcentaje del PIB, cuando la mayoría de los países de la OCDE habrán superado en promedio el 10%.

 

Medidas transitorias para evitar posibles impactos iniciales negativos.

Respecto al mejoramiento de las pensiones actuales hemos considerado un pe­riodo gradual de cinco años para su aumento.

El aporte del Estado para el gasto para el Fondo de Reserva del nuevo sistema de pensiones irá aumentando gradualmente en 0,15% anual, hasta alcanzar el año 2033 el 3% del PIB y se mantendrá en este guarismo hasta el año 2100.

Las MIPYME, tendrán un periodo adicional de gradualidad de cinco años en el aumento del porcentaje de aporte de las empresas. De esta manera en estos ca­sos el aporte empresarial del 9% se completará en 2029.

 

Propuesta institucional.

Proponemos la constitución de una institución administradora de derecho públi­co de la Seguridad y Previsión Social, autónoma de otras instituciones del Estado y del gobierno de turno, sin fines de lucro, con individualidad jurídica, financiera, contable y administrativa.

IMPACTO SOBRE EL GASTO PÚBLICO

Este impacto parte de la base de un crecimiento del PIB interanual del 1%, cualquier incremento superior, que si se considera la historia anterior es bastante probable, reduciría el impacto de la propuesta sobre el gasto público.

Al traspasar los 676.000pensionados del IPS al nuevo sistema disminuye el gasto fiscal total desde el 4,2% a 3,7% del PIB en 2017, puesto que el estado deja de pagar estas pensiones y la obligación la asume el sistema de reparto. Con esta propuesta, el gasto fiscal el primer año es mas de un 1% del PIB menor.

 

Hannah Arendt y el castigo penal como expresión de poder político de clase

por Gustavo Burgos  //

Roberto Arlt cuenta en sus memorias que su padre le anunciaba que el día de mañana a primera hora, lo iba a castigar. Recuerda este hecho porque sentía que el castigo anunciado es la peor tortura, que dormirse esperando la mañana del castigo es, en sí mismo, una pena superlativa. Seguir leyendo Hannah Arendt y el castigo penal como expresión de poder político de clase

Naturaleza de la Revolución Cubana

 

por Guillermo Lora (tomado de “La Lección Cubana”, La Paz, Bolivia, 1962)

 

“Nos piden ideas, una doctrina, pronósticos -me ha dicho el Che Guevara-. Pero se olvidan que somos una revolución de contragolpe”. (“Huracán sobre el azúcar”. Sartre). Esta pretendida definición de la revolución cubana lo único que hace es definir las tremendas limitaciones de los dirigentes del Movimiento 26 de Julio, que el 1o. de enero de 1959 tomó el poder, después de haber avanzado victorioso en los hombros del pueblo cubano, y que es consecuencia obligada de su filiación pequeño burguesa.

De una manera general, la falta de principios y las oscilaciones del gobierno Castro- Guevara no hacen más que confirmar uno de los principios clásicos del marxismo: la pequeña burguesía no tiene capacidad para desarrollar consecuentemente una política independiente de clase y está obligada a seguir a la burguesía o al proletariado, extremos polares de la sociedad contemporánea.

Guevara cuando se refiere a la revolución de contragolpe revela dos cuestiones de cierta importancia:

Primera.- La sorpresa de los dirigentes del Movimiento 26 de Julio ante los resultados y medidas de la revolución, cuyo desarrollo y proyecciones no fueron previstos por ellos en momento alguno. Esta deficiencia teórica y política del movimiento dirigente se la ha querido, más tarde convertir en un principio revolucionario.

Segundo.- Esas palabras testimonian que los políticos que actualmente son dueños del poder ignoran las leyes según las cuales se desarrolla la revolución. Se puede decir que los Castro y Guevara son elementos inconscientes de la historia. Surge inmediatamente la conclusión: la ausencia de una auténtica vanguardia revolucionaria (el stalinismo estuvo imposibilitado de cumplir ese papel porque se ubicó en la trinchera reaccionaria, de una manera cínica, a partir de la década de 1930) de la clase obrera ha conducido a ese lamentable estado de cosas. Se confirma -cierto que de una manera negativa- la tesis de que la crisis de la sociedad en nuestros días se reduce, en último término, a la crisis de la dirección revolucionaria.

Tampoco Castro penetra a la raíz del problema (por esto mismo y para escándalo de sus detractores diremos que no tiene nada de radical) cuando dice que la revolución cubana “es un proceso”. Toda revolución lo es, se trata de su rasgo genérico y no está en discusión. La frase pone de relieve la tremenda sorpresa del caudillo ante el rumbo insospechado que toman las fuerzas desencadenadas en el torbellino revolucionario. ¿Acaso alguien pone en duda que una revolución tiene muchas etapas? Y cada una se entronca en la anterior y supone una nueva. Lo primero que salta a la vista es que la revolución cubana se radicaliza más y más, fenómeno que se produce a partir del primero de enero de 1959. Lo que tiene que dejarse claramente establecido es que esta radicalización se opera de acuerdo a las leyes propias de las revoluciones que tienen lugar en este período de indiscutible desintegración del capitalismo.

En los primeros momentos de la revolución era común la especie de que se trataba de un fenómeno excepcional (como si antes no se hubiesen producido iguales fenómenos en países atrasados y como si no fuesen el signo dominante del nuestro), que desmentía todos los esquemas marxistas.

Este dislate teórico encontró adeptos en las filas del stalinismo. y no es casual, la burocracia del Kremlin ha dado pruebas irrebatibles de su reformismo a ultranza. Suficiente recordar los discursos de Kruschev.

No pocos sostuvieron tercamente que en Cuba había tenido lugar una revolución típicamente campesina y solamente para confirmar este extremo se invocaron algunos rasgos de la transformación social que tiene como teatro la China. Surge la pregunta, ¿una revolución campesina en pleno Siglo XX, cuando el proletariado se ha convertidó en la única clase social esencialmente revolucionaria?

En la época de las revoluciones-burguesas clásicas (en la que no se podía hablar del proletariado como clase diferenciada) -siglos XVII y XVIII- los campesinos ya pusieron de manifiesto, de un modo indiscutible, su incapacidad para asumir la dirección del proceso. de transformación social y menos para desarrollar consecuentemente una, política propia de su clase: Los campesinos llevaron al poder a la burguesía y no lo conquistaron para ellos. Uno de los pilares básicos de la revolución “democrática” radica, precisamente, en la liquidación del latifundio y en la constitución de una amplia capa de pequeños propietarios (productores independientes) en el agro. Es cierto que el desarrollo posterior del capitalismo, dentro de las normas de la libre concurrencia, precipitará también la concentración de la propiedad de la tierra en manos burguesas.

Las revoluciones en la época de desintegración del capitalismo tienen como telón de fondo la rebelión campesina, se trata de un rasgo común de todos los países atrasados (atrasados porque presentan formas económico-sociales precapitalistas). Los explotados del agro sostienen e impulsan, en nuestros días, la actividad del proletariado. La dirección corresponde a esta última clase, que indefectiblemente tiene que resolver el problema de la tierra y que para emanciparse como clase tiene que emancipar a toda la sociedad.

Dadas estas condiciones no puede haber una revolución campesina (dirigida por los campesinos y que entregue el poder a éstos, para que desde el timón del Estado cumplan las tareas burguesas) en el presente período de desarrollo capitalista. Los que hablan de revolución campesina en Cuba no dicen nada acerca de la mecánica de las clases sociales en ese país y se conforman con describirnos características formales del proceso, aunque no lo quieran reconocer esto no pasa de ser un simple esquematismo.

Mariátegui -que justicieramente ostenta el título de introductor del marxismo en Latinoamérica-, en su afán de explicarse el fenómeno revolucionario en países donde el campesinado es la mayoría demográfica y el sector social más explotado, llamó a los siervos de la gleba, a los comunarios y a los productores independientes, proletarios. Se trata, inobjetablemente, de un error, que se basaba en el empeño de justificar la revolución de proyecciones socialistas en los países atrasados, pero está más cerca del proceso revolucionario real que los extremos contenidos en la tesis acerca de la vigencia de la “revolución campesina” en nuestra época.

El continente americano muestra ejemplos que confirman las conclusiones marxistas alrededor del tema. El de mayor relieve, por su magnitud y porque tiene lugar cuando aún no se hizo presente el proletariado como clase en el escenario social y político, es la rebelión indígena acaudillada por el gran Tupac Amaru a fines del siglo XVIII.

El fracaso del descomunal movimiento (cuya falta de perspectivas se descubre al revelar que sus dirigentes propugnaban el retorno al pasado incásico, que había sido definitivamente sepultado por la historia) y que prácticamente estremeció a todo el régimen colonial, debióse a que no encontró la dirección de la clase revolucionaria de la ciudad (cosa que no puede imputarse al caudillo indígena), pues todos los sectores de esta última cooperaron incondicionalmente con la Corona española, es decir, con la potencia opresora.

En Cuba el movimiento revolucionario se irradió desde Sierra Maestra a través de las capas campesinas; las tropas de Castro (nos mueve a risa el que sabios profesores y periodistas, todos ellos en plena edad madura, discutan tan apasionadamente acerca de cuántos guerrilleros actuaban en Sierra Maestra, como si la historia podría ser reducida a la pura aritmética) marcharon del campo a la ciudad, fenómeno que también se produjo durante la tercera revolución china (ejemplos que, sin embargo, no desmienten a la ley de que en nuestra época el campo está subordinado, política y económicamente, a la ciudad) y las guerrillas no tuvieron más remedio que colocar en la punta de sus bayonetas la reforma agraria como bandera de agitación.

En ese momento Castro no tenía la menor idea de dónde podían venir las colosales fuerzas elementales que su actividad contribuía a desencadenar. El movimiento castrista era motorizado por los campesinos, pero es absurdo concluir que solamente por eso la revolución era campesina. Tampoco lo era la reforma agraria o la extracción social de los que rodeaban y cooperaban a los guerrilleros.

No se ha respondido a la cuestión clave: ¿quién dirigía el movimiento y con qué programa? También al castrismo debe aplicarse el apotegma de que el programa define al partido. Se trataba de la movilización campesina, alrededor de un ideario democrático burgués y dirigida por un equipo de la clase media. El Movimiento 26 de Julio, que no deseaba rebasar los límites democráticos, había puesto en pie a las masas.

La declaración de Sierra Maestra (12 de julio de 1957) dice:

“1) Libertad inmediata de todos los prisioneros políticos, tanto civiles como militares.

2) Garantía absoluta de libertad de información, tanto de la prensa como de la radio, y de todos los derechos políticos e individuales del hombre que garantiza la Constitución (se refiere a la Constitución de 1940, que Castro prometió poner en vigencia, G. L.).

3) Nombramiento de alcaldes interinos en todos los municipios, después de consultas con las instituciones cívicas de la localidad.

4) Eliminación del peculado en todas sus manifestaciones y adopción de medidas que tenderán a aumentar la eficiencia de todas las organizaciones del Estado.

5) Creación de una carrera Administrativa.

6) Democratización de la política sindical, celebrando elecciones libres en todos los sindicatos y federaciones industriales.

7) Comienzo ¡nmediato de una campaña intensiva y contra el analfabetismo y de educación cívica, recalcando los deberes y derechos que tienen los ciudadanos tanto en la sociedad como en la patria.

8) Creación de un organismo de reforma agraria para fomentar la distribución de tierras improductivas y para convertir en propietarios a todos los arrendatarios, aparceros y colonos usurpados que ocupan pequeñas parcelas de tierra, ya sean éstas de propiedad pública o privada, con la debida indemnización de sus anteriores propietarios.”

Como se ve, se trata de un programa que puede suscribir cualquier liberal. La reforma agraria en abstracto no dice nada. Lo fundamental es quién y cómo se realiza esta tarea democrática.

Hay una reforma agraria de tipo burgués, que está muy lejos de poder solucionar el problema de la tierra, y una verdadera revolución agraria acaudillada por el proletariado y que se convierte en la premisa de la granja colectiva altamente tecnificada y electrificada. El hecho de que la burguesía sea incapaz de resolver el problema de la tierra -el más profundo entre todos los problemas de los países atrasados- obliga al proletariado a llegar hasta el poder y a tomar en sus manos la solución de las tareas demo-burguesas y transformarlas en socialistas. El Movimiento 26 de Julio proponía una reforma agraria tipo burgués.

Sartre, fuertemente impresionado por los argumentos esgrimidos en favor de la caracterización campesina de la revolución cubana, nos dice que Sierra Maestra no fue el único núcleo rebelde, que estuvo apuntalada por la oposición clandestina de las ciudades, factor menospreciado hasta ahora. No puede concebirse en el presente un sacudimiento en el agro, persistente y de proyecciones, que no tenga resonancia en las ciudades y no genere simpatías.

El movimiento castrista en sus inicios no era pues campesino, sino genuinamente ciudadano y pequeño burgués, así lo denuncian su programa y el origen social de sus cuadros más importantes. Lo que tiene que subrayarse es que en ese entonces los revoltosos barbudos seguían una orientación indiscutiblemente burguesa y democrática.

Castro resumía en la siguiente forma su ideario: “La libertad, con pan sin terror; el capitalismo puede matar al hombre de hambre y el comunismo mata al hambre al arrebatarle su libertad”.

Lo más que se le ocurría era proponer una reforma de la democracia, eliminando sus aspectos negativos y odiosos. Se llamaba demócrata y humanista y repudió expresamente el término comunista. El lector tiene que tener en cuenta que Castro, fiel a su condición de intelectual pequeñoburgués, desconoce la firmeza en materia de principios y que la facilidad con que cambia de opinión es sorprendente.

Los castristas tomaron contacto con el pueblo por necesidad, pero desde el momento en que las guerrillas se fundieron con los campesinos, se abrieron para ellos posibilidades de un desarrollo insospechado.

La movilización masiva decretó por sí misma la caducidad de un ideario burgués y sentó las bases de la futura radicalización. Estas proyecciones no las sospechó ni las deseó Castro. Hemos ya indicado que la tremenda sorpresa ante la magnit99 de los acontecimientos ha sido puesta en circulación bajo el membrete de “revolución de contragolpe”, tópico sobre el que ha teorizado J. P. Sartre y ha creado una buena pieza literaria.  

Desgraciadamente no estamos discutiendo de literatura sino de política. Si el asalto del cuartel Moncada (26 de julio de 1953) tuvo todas las características de un putsch, el desembarco de los castristas que venían de México (2 de diciembre de 1956) y la ocupación de Sierra Maestra fueron el comienzo de un profundo sacudimiento social, de una verdadera revolución.

Esta transformación se debió no a tal o cual esquema teórico de los osados luchadores, ni siquiera al valor o a las barbas de los castristas, sino -esto es lo fundamental- a que las condiciones objetivas para la revolución se encontraban maduras.

El stalinismo estuvo del todo despistado y su actitud fue la misma que la del Partido Auténtico (hasta ese entonces el partido de Castro). Se limitó a calificar de aventurerismo las acciones de los castristas y no pudo comprender que se modificaban al entroncarse con el pueblo y las masas campesinas y que el Movimiento 26 de Julio estaba canalizando todo el descontento contra Batista, realidad que flotaba en el ambiente.

El castrismo abandonó los métodos putschistas, principalmente la sorpresa y los movimientos sigilosos y proclamó abiertamente su desafío al régimen y desplegó su estandarte en Sierra Maestra, con la intención de aglutinar a todo el descontento popular, acto que debía obligar a los pequeños burgueses a satisfacerlo.

¿A dónde iba el Movimiento 26 de Julio? No ciertamente a cumplir ajustadamente la declaración más arriba transcrita, sino a enfrentarse con las fuerzas sociales básicas de la revolución, el proletariado y los campesinos, que no podían menos que imprimirle un carácter agrario y antiimperialista a su lucha. Es este hecho el que ha sorprendido y desorientado a los Castro y Guevara y que les ha obligado a radicalizarse más y más.

la conducta observada en el asalto a Moncada palidecía ante los nuevos métodos de movilización del castrismo y que no han podido explicarse adecuadamente los que hasta ahora han comentado los acontecimientos de Caribe.

El mismo fenómeno que se produjo en el agro se repitió en las ciudades: la revolución movilizó y aglutinó el descontento de la población contra los excesos de la dictadura y el malestar económico, que se agudizaba a diario. Los proletarios y las capas mayoritarias de la clase media se incorporaron al torbellino y los primeros comenzaron a imprimirle su propia huella. Con todo, la revolución venía a la ciudad desde el campo y su dirección era, en cierta medida, extraña a los trabajadores. La confianza de las masas no se gana con la simple enunciación de un programa o con las promesas que pueden hacerse, es preciso que antes la dirección demuestre en los hechos su adhesión militante a las aspiraciones populares.

El proletariado mostró frente al castrismo una acentuada desconfianza, que después de la toma de¡ poder se vio acentuada por el hecho de que fue preciso disminuir las remuneraciones en ciertas ramas de la industria e inclusive disminuir las prestaciones sociales.

Los enemigos de la revolución cubana se han solazado describiendo la resistencia opuesta al nuevo régimen por ciertas capas obreras, principalmente por las privilegiadas. Como medida previa a las jornadas del 1o. de enero de 1959, Castro decretó la huelga general, medida que fue resistida y saboteada por el Partido Socialista Popular (los stalinista de Blas Roca), de manera abierta y pública.

Cualquiera que haya sido la reacción primera del proletariado hacia el Movimiento 26 de Julio, lo cierto -como demostraron los acontecimientos posteriores- es que su incorporación al proceso revolucionario le permitió imprimirle un carácter marcadamente antiimperialista (anti-yanqui, si se quiere hablar gráficamente) y abrirle nuevas e imprevistas perspectivas: la posibilidad de transformarse en socialista, teniendo como base el total y pleno cumplimiento de las tareas demoburguesas.

Los testaferros del Departamento de Estado, que desde el primer momento husmearon el peligro que significaba el proletariado agazapado detrás de¡ castrismo, se apresuraron en calificar de “comunista” a la revolución cubana, a pesar de los categóricos desmentidos de los líderes. Esta reacción se explica si se tiene en cuenta que la revolución obedeciendo a su autodinámica, comenzaba a dar zarpazos a los intereses imperialistas en la isla y se convertía en un peligro para su política internacional.

Los observadores superficiales no se cansan de expresar-sú extrañeza por el hecho de qua los yanquis se hubiesen transformado de amigos fieles de¡ temerario Fidel en enemigos jurados del castrismo. Lo evidente es que el Departamento de Estado Norteamericano veía que la dirección de la revolución cubana se transformaba inevitablemente entre sus mismas manos.

De esta manera pasó la oscilación clasista momentánea de la revolución y ésta volvió a encontrar su eje natural, la clase revolucionaria de la ciudad. Desde este momento todo el proceso y el castrismo cobró nuevas definiciones con relación al proletariado, esta es la clase social que cuenta fundamentalmente.

Un proceso revolucionario en el que está presente el proletariado como clase, social y políticamente diferenciada, lleva en sus entrañas la posibilidad de convertirse en socialista, de marchar hasta liquidar la gran propiedad privada de los medios de producción y toda forma de opresión clasista. Poco importa que el movimiento hubiese comenzado siendo acaudillado por grupos políticos burgueses o de cualquier otra clase social, la clase revolucionaria de la ciudad se orientará a tomar la dirección y a remodelar todo el proceso. Esto supone que el proletariado se convierte en caudillo nacional y en calidad de tal tome el poder.

El que una revolución tenga la posibilidad de transformarse en socialista, por muy importante que sea, no es más que una posibilidad, y no todavía el socialismo en sí. Se trata de la ley fundamental de las revoluciones de nuestra época y que los acontecimientos de Cuba lo confirman plenamente. Esta ley en la terminología marxista se llama ley de la revolución permanente y se presenta con contornos tan importantes que hasta los mismos stalinistas agachan la cabeza ante ella.

La coyuntura internacional, caracterizada por la guerra fría entre los bloques imperialista y soviético (que en el fondo no es más que la preparación y toma de posesiones con miras a la tercera guerra mundial), no hace más que apresurar el afloramiento de las tendencias socialistas que lleva en su seno la revolución cubana, pero no las crea, como irresponsablemente sostienen algunos.

De esta manera pasó la oscilación clasista momentánea de la La isla del Caribe se ha convertido en un factor importante dentro del choque básico que se produce en el plano internacional, entre el imperialismo que pugna por sobrevivir y resolver sus tremendas contradicciones y el socialismo que dificultosamente, y a través de descomunales contradicciones, se está estructurando.

Los Estados Unidos de Norte América, atemorizados por las proyecciones de la revolución, decidieron aplastar a Cuba, por considerar que solamente así podían defender sus intereses que sufrían un serio ataque de las masas insurrectas. El imperialismo, para materializar su objetivo, utiliza desde el boycot económico hasta la invasión armada, pasando por la conspiración y el sabotaje de elementos reaccionarios. Si se trata de defender las ganancias de los trusts, el Departamento de Estado no podía seguir ningún otro camino. Lo único que puede estar en tela de discusión es la oportunidad de esas medidas.

Los ataques norteamericanos han obligado al gobierno Castro-Guevara a inclinarse hacia el bloque soviético, fenómeno que se fue definiendo gradual y progresivamente. La URSS, de un modo particular, sintió alborozo ante la posibilidad de minar las posiciones del imperialismo en la zona estratégica del Caribe. Se le presentaba la oportunidad de utilizar a Cuba como cabeza de puente casi en las costas de su mayor enemigo.

Sin embargo, no son estos vaivenes de la política internacional los que han generado el carácter antiimperialista de la revolución cubana y se trata de un fenómeno inseparable de la participación de¡ proletariado en el proceso. Cuando la clase obrera está presente físicamente, la revolución es antiimperialista aunque la “coexistencia pacífica” se transformase de prejuicio propio de pequeñoburgueses timoratos en realidad. No solamente la lucha obrera por sus propios intereses, sino las mismas necesidades de desarrollo y de progreso de¡ país todo, son las que definen el carácter antiimperialista de la revolución. La coyuntura internacional lo que hace es imprimir determinadas modalidades a esta lucha. En resumen: la revolución cubana es agraria y antiimperialista por su propia naturaleza. Esta característica no ha sido impuesta por el castrismo a los acontecimientos. Lo que ha ocurrido ha sido todo lo contrario. La impetuosidad del proceso revolucionario ha transformado a los Castro y Guevara en antiimperialistas y en reformadores agrarios y hasta en “bolcheviques leninistas”. Observadas así las cosas, todos los aparentes contrasentidos de la revolución y de sus líderes encuentran su justificación.

Los amigos “izquierdistas” de la revolución cubana (cuyas palabras y cuyos actos son dudosos porque están inspirados en el salario que reciben) se enfurecen cuando se les recuerda que el castrismo es un equipo político pequeño- burgués.

Para ellos en Cuba hay un gobierno de obreros y campesinos. No se toman la molestia de ilustrarnos acerca de cómo se produjo este milagro (suponemos que nadie olvidará fácilmente el contenido burgués de la declaración de Sierra Maestra) y por qué canales el proletariado y los campesinos llegaron al poder. Todo hace suponer que de un modo insensible el gobierno pequeñoburgués se transformó en obrero-campesino, en socialista. Por muy novedosa que sea esta teoría -y contraria a la teoría y a la historia- merece ser explicada por sus autores.

En Bolivia también hay adeptos de este dislate, pero no los tomamos en cuenta dada su ninguna seriedad política. Son los mismos que tan irresponsablemente sostuvieron que el gobierno del MNR era obrero-campesino, antiimperialista y socialista.

Dos formas puede asumir el gobierno obrero-campesino:

1) Ser el equivalente de la propia dictadura del proletariado.

2) Tratarse de una forma intermedia y previa a esa dictadura, tipificada porque supone la colaboración momentánea del partido de la clase obrera con los de otras clases (se pueden citar como ejemplos la China y el período de cooperación gubernamental de los bolcheviques con los social revolucionarios de izquierda). Nuestros “teóricos” se cuidan mucho de decirnos cuál de estas dos formas se da en Cuba. ¿Acaso abrigan la suposición de que se trata de una tercera y nueva forma? Nos atrevemos a creer que nadie sostiene que se trata de un cogobierno entre proletariado y campesinos.

Uno de los primeros rudimentos del marxismo enseña que las clases sociales llegan al poder por medio de sus partidos políticos. El partido es el único instrumento con que cuenta el proletariado para una adecuada actividad política. Los sindicatos y otras organizaciones pueden cumplir limitada y defectuosamente, ciertas tareas políticas.

¿Dónde están en Cuba los partidos campesino y obrero? Considerar al castrismo como vanguardia proletaria constituye una falsificación de la realidad, como veremos más adelante. ¿Están los campesinos en el poder? ¿Cuál es su partido? Sobre estos problemas no encontramos respuesta en nuestros teóricos.

El gobierno cubano sigue siendo pequeñoburgués, cierto que no es el mismo que el de 1959. En el presente el equipo pequeñoburgués se ha radicalizado y es sensible a las presiones del proletariado.

Como se ve, el castrismo se ha desplazado desde una posición proimperialista hasta el polo socialista. La única garantía de que ésta sea la última oscilación de Castro-Guevara radica en que podía ser sustituida por el partido político del proletariado;- nos resistimos a creer que el stalinismo cubano, uno de los más prostituidos del continente, sea ese partido. Una serie de factores han obligado a Castro a declararse socialista y no habría por qué extrañarse que otras poderosas influencias le obliguen en el futuro a adoptar posiciones que sean la negación misma del socialismo. Nadie se alarme por lo que decimos: la versatilidad forma parte de la entraña misma de los, intelectuales pequeñoburgueses.

La naturaleza de clase del gobierno cubano, además de otros rasgos secundarios, constituye el lado más débil de la revolución cubana. La virtual ausencia de la vanguardia proletaria del escenario político puede precipitar la pérdida de todo el movimiento, lo que seria, no lo desconocemos, un serio revés al movimiento revolucionario y antiimperialista mundial. La clave de la revolución cubana radica en el problema del partido.

No estamos insinuando que el gobierno Castro-Guevara sea impopular o cosa parecida. Al contrario, reconocemos que goza de la confianza de la mayoría aplastante del país, que todavía está viviendo las últimas horas de la euforia revolucionaria. Sin embargo, no es el apoyo popular el que justifica un régimen, desde el momento que las masas están obligadas a experimentar en carne propia los verdaderos alcances revolucionarios de otras clases sociales antes de encontrar a su propio partido.

El 13 de octubre de 1960 fueron nacionalizadas 382 empresas, una gran parte de ellas controladas hasta esa fecha por el capital financiero. En diciembre de 1962 la nacionalización cayó sobre el comercio interno. Las primeras medidas de estatización tuvieron el carácter obligado de medidas defensivas frente a las arremetidas del imperialismo.

La nacionalización del comercio interno fue el resultado de la búsqueda desesperada por racionalizar la distribución de artículos indispensables para la vida diaria, es decir, de racionalizar la miseria. Empleamos este último término no en una actitud de reproche, porque comprendemos que un proceso de profunda transformación no puede menos que estar acompañada de serias dificultades económicas. Pero, ¿acaso esto no es todavía el socialismo? Apresurémonos a responder que las nacionalidades por sí solas no son el socialismo.

Engels pensaba que podía darse el caso del capitalismo colectivo, a través de la nacionalización de los medios de producción por el Estado burgués. El carácter y proyección de las nacionalizaciones depende de la clase social que las realiza. Ni que decir que la estatización de los medios de producción constituye uno de los cimientos de la futura sociedad. Por esto que nos parecen progresistas las nacionalizaciones inclusive cuando las lleva a cabo la burguesía.

Concretándonos al caso de Cuba, será el proletariado desde el poder y partiendo de la estatización de los medios de producción, la clase que materialice el socialismo, es decir, que impulse el proceso revolucionario hasta sus últimas consecuencias.

Todo permite presumir que en los primeros momentos Castro y sus amigos pensaban que la revolución nacional debía limitarse a comenzar, y, acabar como un sacudimiento limitadamente nacional. Esta conclusión corresponde a los objetivos democráticos que fueron propalados desde Sierra Maestra. La profunda movilización de las masas y la presencia física del proletariado en ella desvanecieron estas ilusiones. La revolución en la medida en que se transformaba en social, en agraria y antiimperialista se fusionaba con el movimiento revolucionario mundial y latinoamericano.

Desde este momento presenta objetivos y rasgos comunes con las revoluciones que tienen lugar en otros países atrasados. Esta es la base que permite la aparición de identidad de intereses entre los pueblos de Cuba y los del bloque soviético.

Hemos ya indicado que el stalinismo ha concluido aislando a la revolución cubana del movimiento de liberación nacional que se desarrolla a lo largo del mundo. Sólo queda por señalar que este aislamiento constituye uno de los aspectos negativos de la Cuba de hoy. El proletariado en el poder tendría que modificar radicalmente este estado de cosas.