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La esclavitud moderna, una industria global

por Stephen Agnew//

Cuando pensamos en la esclavitud, recordamos inmediatamente los horrores del comercio transatlántico de esclavos, que alcanzó su apogeo en los siglos XVIII y XIX. Pero mientras que la esclavitud de tal dimensión y atrocidad ha sido relegada a los libros de historia, nunca ha sido abolida en todas sus formas. De hecho, hoy en día hay más esclavos en el mundo que en el momento álgido de la trata de esclavos en la era colonial.

Generalizada

La esclavitud moderna se presenta en muchas formas en todo el mundo y destroza la vida de millones de personas. La Organización Internacional del Trabajo estima que 21 millones de personas están actualmente atrapadas en una situación de esclavitud, y los llamados países capitalistas “avanzados”, como Gran Bretaña, no están en modo alguno inmunes.

La Agencia Nacional del Crimen (NCA) del Reino Unido ha tenido que revisar recientemente sus datos sobre la cantidad de esclavos en Gran Bretaña, ya que las anteriores estimaciones, que ascendían a 10 000 – 13 000, se consideraban solo la “punta del iceberg”. Se desconoce la cifra real, pero se estima una mucho más elevada. Will Kerr, portavoz de la NCA, declaró: “Cada vez es más probable que nos crucemos con una víctima de la explotación en nuestro día a día, y es por eso que pedimos a los ciudadanos que identifiquen sus problemas y los denuncien”.

Las víctimas de la trata de personas en el Reino Unido se ven obligadas a realizar trabajos forzosos en industrias intensivas en mano de obra, como la agricultura y la construcción, pero además de esto están las personas que son objeto de trata únicamente para la explotación sexual, el 98 % de las cuales son mujeres y niñas. A menudo, las niñas son deliberadamente el blanco de la trata por su vulnerabilidad, y se estima que una de cada cuatro víctimas de la esclavitud en el Reino Unido es menor de edad.

Con el fin de frenar el creciente problema de la esclavitud en el Reino Unido, Theresa May firmó la “Ley de la Esclavitud Moderna” en 2015, cuando era Ministra del Interior. Con ella se pretendía aumentar la tasa de condenas y dar a la policía más potestad de acusación, así como establecer un Comisario contra la Esclavitud independiente para examinar las políticas antiesclavitud del Reino Unido y hacer que las empresas británicas informen públicamente sobre cómo se enfrentan a la esclavitud en sus cadenas de suministro global.

Sin embargo, los esfuerzos legislativos del gobierno británico han sido en gran medida en vano, ya que el número de esclavos en el Reino Unido ha seguido aumentando. Klara Skrivankova, coordinadora del Programa de Lucha contra la Trata de Personas en Europa, dijo que su organización tenía “sentimientos encontrados” en cuanto a la ley, y explicó: “Por un lado, la Ley de la Esclavitud Moderna, que cuenta con buenas cláusulas, es un gran paso en la dirección correcta, pero por otro aún hay deficiencias que nos dejan a nosotros, y a las víctimas de la esclavitud moderna, totalmente insatisfechos”.

Un problema fundamental de la legislación nacional antiesclavitud es la naturaleza inherentemente internacional de la trata de personas, a menudo vinculada con la pobreza y la explotación tanto en el país de origen como en el de recepción. La mayoría de las víctimas de la esclavitud en el Reino Unido son de origen extranjero, especialmente de Albania, Vietnam, Nigeria, Rumania y Polonia.

Cabe señalar que cuatro de cada cinco de estos países son antiguos países estalinistas que han sido reintroducidos en el sistema capitalista mundial durante los últimos 30 años. Después de la disolución de la URSS y la liberalización de los mercados en Asia, hemos visto una caída drástica en el nivel de vida y las condiciones de trabajo en estos lugares. No es de extrañar que estos países, así como las colonias europeas, se encuentren entre los principales países donde se origina la esclavitud moderna.

Lucrativa

Otra razón por la que los gobiernos capitalistas no han sido capaces de abolir la esclavitud de manera definitiva es que es increíblemente lucrativa. La esclavitud moderna genera más de 115.000 millones de libras al año, lo que la convierte en la tercera mayor industria criminal después del contrabando de armas y el tráfico de drogas. Estos tres representan una condena irrebatible del capitalismo y sus fracasos. Además, las ganancias acumuladas gracias a la esclavitud tienen una repercusión positiva para la burguesía tanto si lo admiten como si no.

Para los capitalistas, los esclavos pueden suponer una inversión muy atractiva, ya que el dueño del esclavo solo paga por el sustento básico y el coste de su aplicación, lo que a veces puede ser mucho más bajo que los salarios.

El uso de mano de obra esclava de Catar en la construcción es solo uno de los ejemplos actuales de mayor repercusión mediática. Los esclavos también pueden ser forzados a realizar trabajos particularmente duros o trabajos ilegales como el contrabando o la elaboración de drogas. Se estima que 2,2 millones de personas en situación de esclavitud están explotadas directamente por sus respectivos gobiernos a través de trabajos penitenciarios o del pago forzoso de deudas.

Esto limita la capacidad de las autoridades internacionales para frenar esta práctica, dado que entre bastidores muchos capitalistas y países no están dispuestos a renunciar a estos beneficios. Esto se ve más claramente en el tercer mundo, donde los intereses de las clases dominantes se esconden menos detrás del disfraz de la “democracia” y del “Estado de derecho”. Los Estados permiten con frecuencia diversas formas de esclavitud de manera tácita, a pesar de la prohibición de los tratados internacionales. El reclutamiento de niños soldado por parte de algunos gobiernos generalmente también se considera una forma de esclavitud respaldada por el gobierno.

Otro ejemplo escandaloso es el del gobierno marroquí, que según un informe de 2014 encargado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, hace la vista gorda ante el creciente comercio del trabajo forzoso y el tráfico sexual que se da dentro de sus fronteras. Niñas de hasta seis años son reclutadas en zonas rurales y forzadas a prostituirse y a realizar trabajo doméstico en las ciudades; a los niños más comúnmente se les obliga a trabajar en la construcción o en trabajos mecánicos. Los trabajadores migrantes del África subsahariana, sobre todo aquellos procedentes de la Costa de Marfil y del Congo, acaban siendo regularmente víctimas de traficantes y de bandas criminales que los someten a condiciones de trabajo brutales y los fuerzan a la esclavitud por medio de violencia, amenazas, extorsión y la retención de sus pasaportes. A muchos de ellos los introducen de contrabando en Europa.

Sin embargo, no cabe duda de que este problema no se limita únicamente a Marruecos. En 2016, solo se dictaron 9.000 condenas contra la esclavitud a nivel mundial. Si combinamos esto con el hecho de que el número total de esclavos aumenta cada año, vemos cómo a medida que el capitalismo cae en una mayor decadencia, arrastra cada vez más a la esclavitud a las capas sobreexplotadas de las masas.

Esclavitud asalariada

La historia del capitalismo está intrínsecamente ligada a la esclavitud. Dado que el sistema capitalista aspira constantemente a mercantilizar y sacar beneficio de todo, nada es sagrado ni está fuera de sus límites. Por lo tanto, el cuerpo, la vida y el sexo se comercializan de las maneras más abusivas y deshumanizadoras. Cuando los Estados nación y los legisladores mundiales tratan de criminalizar y perseguir la esclavitud, solo están intentando eliminar y encubrir los peldaños más bajos e inhumanos de la escalera capitalista. Hemos de preguntarnos: “Si la esclavitud es ilegal en todos los países, ¿por qué hay más esclavos hoy en día que a lo largo de toda la historia de la humanidad?”.

Hay que culpar directamente al sistema capitalista, en el cual la base de clase, las condiciones materiales y el estímulo económico crean las condiciones necesarias para que se dé la explotación. Esto significa que la esclavitud continuará, simplemente actuará fuera de la jurisdicción de la ley burguesa. La esclavitud en sí misma puede considerarse la forma más brutal y decrépita de explotación capitalista.

En efecto, las similitudes entre la explotación “normal”, aceptable (la que se da bajo el capitalismo), y la esclavitud son extremadamente estrechas. La definición de esclavitud que ofrece la Organización Internacional Antiesclavitud (Anti-Slavery International) es un claro ejemplo de esto. Esta dice que un esclavo es:

  • A quien se obliga a trabajar por medio de coerción o amenazas físicas o psíquicas.
  • A quien se trata como propiedad o a quien un “empleador” controla por medio de maltrato físico o psíquico o la amenaza de maltrato.
  • A quien se deshumaniza, se trata como una mercancía o se compra y vende como una propiedad.
  • A quien se restringe o prohíbe la libertad de movimiento.

Como consecuencia de la coacción implacable del trabajo asalariado, la amenaza física y psíquica de las deudas, la pobreza y el hambre, y el trato repugnante que dan los capitalistas a los empleados -bien documentado en todos los países-, vemos ante nosotros un panorama alarmante. Solo existe una delgada línea de legalidad entre las capas más explotadas y maltratadas de la clase obrera y los esclavos.

De acuerdo al profesor estadounidense Kevin Bales, cofundador de la organización internacional Free the Slaves, la esclavitud moderna ocurre “cuando una persona está bajo el control de otra persona, que utiliza la violencia y la fuerza para mantener dicho control, y el objetivo de dicho control es la explotación”. ¿Es tan complicado señalar que el monopolio de la violencia que la clase dominante utiliza contra los trabajadores del mundo es terriblemente parecido a esta definición?

La esclavitud continuará mientras sobreviva el sistema económico que la sustenta. En la medida en que la mercantilización con fines lucrativos y la propiedad privada formen los cimientos de nuestra sociedad, este será un terreno fértil para la esclavitud. Solo con el control obrero de la economía podremos eliminar la base de la explotación y desenmascarar estos maltratos ocultos que se dejan infectar y supurar detrás de puertas cerradas. Armados con un programa revolucionario, los trabajadores de todo el mundo podrán romper las cadenas de gobiernos cómplices, negocios criminales y círculos de tráfico, y finalmente, liberarse de la explotación.

La normalización de la servidumbre

por Dikastis//

Es bien sabido que en el mundo occidental las formas de dominación totalitarias crean un repudio casi automático por parte de la población al ser planteadas como método de gobierno. Estamos adaptados a democracias parlamentarias y a sistemas de votación y elección de representantes, de modo que un sistema absolutista y dictatorial nos parece un arcaísmo evitable y aborrecible.

Aun así, es inevitable contemplar la situación de la sociedad contemporánea, en prácticamente cualquier parte del mundo desarrollado, sin percatarse de constantes y flagrantes abusos a las libertades más esenciales,  de una forma muy similar a las dictaduras absolutistas de antaño.

Las democracias modernas, enmascaradas tras unas libertades aparentes y con unos límites difusos, amagan un trasfondo que en prácticamente nada se distinguen de regímenes dictatoriales. Pero sin embargo, esa apariencia de libertad constituye un pilar fundamental para la aceptación y la perpetuación de la sociedad de clases.

En definitiva, de la misma manera que en épocas pasadas se aceptaron como normales sistemas de dominación embrutecedores, nuestra etapa histórica no es una excepción.  Seguimos haciéndolo sin cuestionarlo demasiado, casi por inercia, pese a ser conscientes de la existencia diaria de casos de represión, coerción de libertades básicas, desahucios, corrupción, no cumplimiento de programas electorales, etc…

No es extraño, pues, plantearse la siguiente pregunta en clave sociológica: “¿Por qué estamos tan mal y por qué lo permitimos?”.

EL SÍNDROME DEL ESCLAVO SATISFECHO

Es curioso que los manuales de diagnóstico psiquiátrico (como el DSM americano) contemplen la rebeldía como un trastorno mental, pero que sin embargo, asuman como un comportamiento normal el hecho de sufrir una existencia objetivamente miserable y estar agradecido de ello, resignándose a aceptar sus penurias con un único argumento: “es lo que hay”.

Y es que hay algo peor que sufrir un trato constante de dominancia y humillación, y ese algo es estar agradecido y satisfecho de su condición de esclavo.

Algunos pensarán que exagero cuando hablo con tal soltura sobre un término tan peyorativo y extinto como “esclavitud”, pero la esclavitud psicológica moderna nada tiene que envidiar a la esclavitud física de antaño.

La neoesclavitud se fundamenta en el principio de la asunción del pensamiento y de los intereses de las clases dominantes. Hecho que desemboca en una personalidad resignada, indulgente y acrítica, que concibe las necesidades de los poderosos como suyas propias, “superando” la lucha de clases por la negación de estas. Nada más lejos de la realidad.

Pongamos un ejemplo:

El aparato de dominación nos vende una imagen: “La empresa es una GRAN FAMILIA, hay que hacer sacrificios porque TODOS sufrimos la crisis y hay que proteger a los empresarios porque GENERAN RIQUEZA al crear nuevos puestos de empleo”

Este discurso inclusivo engloba dos clases de intereses opuestos en un todo homogéneo con intereses predefinidos por la clase dominante.

Se reparten sentimientos de familiaridad, calidez y cercanía que van más allá de una relación meramente laboral, personalizando entidades corporativas y generando en el trabajador un sentimiento de traición si no cumple. También se exculpa a los culpables de la situación económica y lo que es peor, se les considera agentes imprescindibles para la salvación.

Al final, encontramos una clase dominante reforzada (dando imagen de necesaria, salvadora, de una omnipotencia casi religiosa e incuestionable) y una clase obrera debilitada y con un discurso ajeno a sus necesidades (dando una imagen temerosa, trabajadora, sacrificada y de la que se espera que no traicione tales preceptos).

UN SÍNDROME RECURRENTE EN LA HISTORIA

LA CAVERNA DE PLATÓN

Para encontrar el primer ejemplo de la tesis que sostengo en el artículo, debemos remontarnos a la Grecia Antigua.

Platón, conocido por muchos, fue un filósofo cuyos pensamientos influenciaron de forma notable en los pilares sobre los cuales se han sustentado prácticamente todas las sociedades históricas occidentales.

Una alegoría propuesta en su libro “La República”, es el famoso Mito de la caverna de Platón.

En ella, Platón nos habla de unos hombres encadenados en las profundidades de una caverna desde su nacimiento, sin haber nunca salido de allí y sin tener la capacidad de poder mirar hacia atrás para entender sus cadenas. Por lo tanto están obligados permanentemente a mirar hacia la pared que tienen delante. Tras ellos se halla un muro ocultando una hoguera de la que sólo les llega algo de luz. Entre el muro y la hoguera se encuentran unos individuos con objetos que sobresalen por encima del muro y utilizan la luz de la hoguera para proyectar las sombras de dichos objetos, emulando formas de árboles, personas o animales. Por lo tanto, todo lo que ven los hombres encadenados, son meras emulaciones de la realidad, aunque para ellos esa es la realidad, ya que no conocen otra.

Si uno de ellos lograra girarse y ver la auténtica realidad, la luz le cegaría, vería siluetas extrañas de otras personas y al intentar salir de la cueva, probablemente querría volver a la oscuridad de esta, por la lumbre cegadora del sol. De esta forma, si realmente quisiera salir de allí, necesitaría tiempo y esfuerzo para comprender y adaptarse a la nueva realidad.

LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA

Allá por el siglo XVI nos encontramos con el pensamiento humanista del escritor bordelés y precursor del anarquismo Étienne de La Boétie, reflejado en su ensayo “Discurso de la servidumbre voluntaria”.

La Boétie se preguntaba: “¿Cómo es posible que tantos hombres, tantos pueblos, tantas ciudades, tantas naciones soporten a veces un tirano que no dispone de más poder que el que se le otorga?”

La respuesta la encuentra en la forma en la que se constituyen las sociedades: la violencia.

Al principio, el sometimiento popular se ejerce mediante dominación armada y violenta, en donde el vencido se ve obligado a estar subyugado por obligación, pero en las generaciones venideras, nacidas en el seno de unas costumbres de servidumbre, deciden servir por pura resignación.

La Boétie lo resumía de esta forma: “Es verdad que al comienzo uno sirve obligado y vencido por la fuerza; pero los que vienen después sirven sin disgusto y hacen de buen grado lo que los precedían habían hecho por obligación.”

Al igual que el ejemplo de Platón, este también es extrapolable a la sociedad actual. Aunque la dominación no siempre se ejerza de manera violenta o armada, los métodos de coerción económicos, más refinados, también gestan en los individuos un espíritu de resignación y derrota.
La dominación, en ambos ejemplos, se rompería con un trabajo arduo y una dedicación premeditada hacia ello.

LA ALIENACIÓN: MARX Y MARCUSE

Ya en el siglo XIX, Marx, influenciado por el pensamiento de Hegel y Feuerbach, analizará un concepto que también se podría englobar dentro de este paradigma: la alienación.

La alienación, grosso modo, se puede entender como una disociación del trabajador con respecto al rendimiento de su actividad productiva (cuánto produce), al usufructo generado por tal actividad productiva (qué produce), a las relaciones humanas y a su propio potencial como humano.

Si bien estar alienado no es una patología en sí, el concepto nos puede ayudar a entender las causas de la servidumbre voluntaria.

Un trabajador (dominado), al no saber cuánto produce ni tener control sobre el producto generado mediante su actividad productiva, desconoce la situación económica. Relegando así involuntariamente el control de esta al empresario (dominante). Esta situación perpetúa el engranaje de dominación y le otorga el control económico absoluto y por ende, una posición de dominio a dicha clase.

Por otro lado, el obrero, obligado a competir con sus compañeros y compañeras, suscita en él un mecanismo defensivo primario de conservación: la individualidad. Ante tal situación, cada individuo se distancia de sus semejantes, abogando por desentonar sobre el resto y desmerecerlos; virtualmente, se generan objetivos contrapuestos entre cada obrero (“yo tengo que quedarme con este trabajo a toda costa”) aunque el objetivo definitivo, sea común (“porque si no, no podré comer”).

En la misma línea de ideas, el sociólogo Herbert Marcuse, de la Escuela de Fráncfort adapta la teoría marxista de la alienación al contexto industrial, con una visión renovada. Enlazo un artículo acerca de esto AQUÍ para no explayarme más de la cuenta.

Sin duda, es muy curioso como un discurso como el del principio del artículo, puede propiciar que un esclavo sienta más afinidad y cercanía de clase con aquél que le domina que con un congénere con los mismos fines.

LA EXISTENCIA INAUTÉNTICA Y LA MALA FE

Por último, me gustaría mencionar dos interesantes conceptos surgidos de dos filósofos con perspectivas ideológicas antagónicas pero que mucho tienen que aportar a todo esto.

El primero es el concepto de la “Existencia Inauténtica”, del alemán Martin Heidegger.

El individuo, consciente y angustiado por el conocimiento de su propia muerte se entrega a la “existencia inauténtica”. Una forma del ser que pretende negar la propia consciencia escudándose tras la pasividad, la mediocridad y el anonimato.

Esta existencia inauténtica enmascara la autenticidad del individuo y representa la imagen que queremos mostrar a los demás, de forma que también, dicha representación, viene determinada desde el exterior.

Se podría ejemplificar de la siguiente manera:

Tenemos a cinco individuos que conforman una sociedad con una identidad cultural, unas normas, una ideología y una forma de ser determinadas. Dos de ellos dominan, los otros tres trabajan para ellos sin cuestionárselo. Supongamos que llega un sexto individuo con una mentalidad que rompería con la homogeneidad del entorno, sin embargo esto no pasa. Poco a poco, ese sujeto se homogeneiza ocultándose tras una máscara de apariencias que le sirve para no destacar sobre nadie, para, de esta forma, poder permanecer como miembro íntegro de la sociedad. Lo curioso es que no se cuestiona porqué lo está haciendo, así que sirve voluntariamente.

El segundo concepto es el de la “Mala Fe”, acuñado por Jean-Paul Sartre.

La mala fe es el autoengaño. Una conducta mediante la cual un ser niega su propia libertad convirtiéndose en un ser inerte.

Esta actitud se representa muy claramente cuando hay que elegir entre dos situaciones. Sartre, en “El ser y la nada”, nos muestra el siguiente ejemplo:

“Un camarero sirve a los clientes con excesivo celo, con excesiva amabilidad; asume tanto su papel de camarero que olvida su propia libertad; pierde su propia libertad porque antes que camarero es persona y nadie puede identificarse totalmente con un papel social.”

El camarero del ejemplo renuncia a tomar una decisión; quizás dejar el restaurante, quizás probar a trabajar con mayor naturalidad… Si le preguntáramos, probablemente excusaría su situación indicando que no puede hacer otra cosa, que tiene que actuar así.

Tanto la renuncia como la excusa son mala fe sartreana.

Este concepto está sumamente ligado a esclavitud voluntaria. La mala fe le sirve a la estructura de dominación para mantener engrasados sus engranajes.

Si como individuos somos incapaces de romper una disyuntiva mediante elecciones razonadas y preferimos ocultarnos tras el autoengaño, por tal de no cuestionar el porqué de actuar de tal o cual forma, como sociedad ese problema se magnifica y se perpetúa.

LA NECESIDAD DE PENSAMIENTO CRÍTICO

Como hemos podido ver, el síndrome de la esclavitud voluntaria no es un concepto de la nueva era. A lo largo de la historia se ha estudiado su existencia así como los medios que nos llevan a ella desde distintas perspectivas. Todas son válidas e interrelacionables.

Tanto la mala fe como la existencia inauténtica, son conceptos que aluden a la representación del individuo de cara al exterior, pero a su vez, esta representación es diseñada por los agentes externos.

Estos conceptos son otra forma de alienación complementaria a los preceptos de Marx y a su vez, desarrollos más concretos y específicos de la antiquísima caverna platónica.

La única forma de romper con esta rueda de servidumbre voluntaria es mediante el escepticismo y el pensamiento crítico. Cuestionar absolutamente todo lo que uno hace y saber por qué se hace. Porque no hay praxis más irresponsable que utilizar la libertad de elección como forja de nuestras propias cadenas.