Archivo de la etiqueta: Economía

Las razones subyacentes de la Larga Depresión

por Michael Roberts  //

Hay dos nuevos papeles sustanciales que ofrecer un análisis interesante sobre las razones subyacentes de la Larga Depresión que las principales economías (o, al menos, los EEUU) han sufrido desde el final de la Gran Recesión en 2009 – en el crecimiento del PIB real, la productividad, la inversión y el empleo. Seguir leyendo Las razones subyacentes de la Larga Depresión

Una semana negra para los mercados financieros en el mundo

por Patricio Guzmán //

Los mercados, a pesar de su experiencia colectiva, aparentemente están destinados a repetir la historia en la que la exuberancia irracional  es seguida por la desesperación igualmente irracional. Periodos de caos son el resultado inevitable.”  Spencer Anderson.

 

Los resultados de la bolsa arrojaron pérdidas generalizadas en el mundo la semana pasada. Empezando por Wall Street en los Estados Unidos, en solo cinco días grandes empresas perdieron el 20% de su valor en bolsa. El efecto contagio hacia las otras bolsas importantes en el mundo fue rápido. Entre las empresas más perjudicadas por la “semana negra” estuvieron las acciones de empresas tecnlogicas cuyo valor bursátil se mide con el índice S&P 500. Google perdió el 15%, facebook retrocedió 11%. Microsoft 10%, IBM cayó 9%. Los bancos de inversiones gigantes también fueron duramente afectados, Wells Fargo tuvo una caída del 15%, JP Morgan perdió 8% y Bank of America cayò 7%. Seguir leyendo Una semana negra para los mercados financieros en el mundo

La paradoja global del capitalismo

por Michael Roberts //

A la mayoría de la gente se le ha pasado por alto, pero los servicios de inteligencia de Estados Unidos, también han analizado recientemente la evolución de la economía mundial. La Oficina del Director de Inteligencia Nacional (DNI) ha publicado su última evaluación, denominada Tendencias Globales: La paradoja del progreso, que “explora las tendencias y escenarios de los próximos 20 años” . Seguir leyendo La paradoja global del capitalismo

La pugna por el litio: la claudicación del Estado chileno

por Julián Alcayaga //

Desde hace dos años el precio del litio aumentó casi al doble, pasando de menos de 6.000 dólares la tonelada de carbonato de litio, a más de 11.000 dólares, que es el precio al cual lo ha exportado la minera chilena SQM, una de las tres principales productoras de este metal en el mundo. Seguir leyendo La pugna por el litio: la claudicación del Estado chileno

Previsiones económicas para 2018: la tendencia y los ciclos

por Michael Roberts //

¿Qué ocurrirá en la economía mundial en 2018?  La economía capitalista global sube y baja en ciclos, es decir, las caídas de la producción, la inversión y el empleo tienen lugar cada 8-10 años. En mi opinión, estos ciclos están fundamentalmente impulsados por los cambios en la tasa de ganancia del capital acumulado invertido en las principales economías capitalistas avanzadas. El ciclo de la rentabilidad es más largo que los 8-10 años del ‘ciclo económico’. Una onda ascendente de rentabilidad puede durar unos 16-18 años y es seguida por una onda descendente de una duración similar. Al menos este es el caso de la economía capitalista de Estados Unidos; la duración del ciclo de rentabilidad varía de un país a otro. Seguir leyendo Previsiones económicas para 2018: la tendencia y los ciclos

El Foro Económico Mundial se reúne en Davos bajo la sombra de la crisis y la guerra

por Bill Van Auken  //

El martes, el Foro Económico Mundial (WEF) abrió sus puertas en el exclusivo centro turístico alpino suizo de Davos, con unos 3.000 ejecutivos corporativos, funcionarios gubernamentales y famosos convocados con el ostensible propósito de debatir el tema de este año de “crear un futuro compartido en un mundo fracturado”. Seguir leyendo El Foro Económico Mundial se reúne en Davos bajo la sombra de la crisis y la guerra

Industria petrolera: los balances de las multinacionales se derrumban

por Manuel Peinado Lorca //

Las multinacionales petroleras más grandes del mundo están en serios problemas porque sus balances económicos acusan los mayores costes de producción, la caída de los beneficios y el aumento vertiginoso de la deuda financiera acumulada tras años de pérdidas. Castigados por la cada vez más baja Tasa de Retorno Energético (EROI), los días de gloria de los gigantes petrolíferos altamente rentables han llegado a su fin. Todo lo que queda ahora es una sombra de la que una vez fuera una poderosa industria que, como comenté en un artículo anterior, se verá obligada a continuar canibalizándose para extraer la última gota de petróleo. Seguir leyendo Industria petrolera: los balances de las multinacionales se derrumban

Las dimensiones financieras del impasse del capitalismo

por François Chesnais //

En febrero publiqué en la web de A L’Encontre un artículo 1/en el que avanzaba la hipótesis de un modo de producción que se encuentra en una situación histórica en la que ya no consigue superar sus límites «inmanentes», tal como fueron explícitamente definidos por Marx 2/, ni los correspondientes a las relaciones del capitalismo con el entorno, de los que se ha tenido conciencia sólo mucho más tarde. En el artículo de febrero no se abordaban las dimensiones financieras del impasse del capitalismo. El objeto de este artículo es llenar esta laguna y continuar un trabajo que es también de clarificación personal. Sólo se abordan las dimensiones económicas de la financiarización y no las de carácter social que son al menos igual de importantes. Seguir leyendo Las dimensiones financieras del impasse del capitalismo

¿El neoliberalismo funciona?

Noah Smith es un blogger habitual de economía de la principal corriente keynesiana y escribe regularmente para Bloomberg. Hace poco, titulaba un artículo “Los mercados libres han mejorado más vidas que cualquier otra cosa antes”. Y defendía el argumento bastante habitual de que el capitalismo ha sido en realidad un gran éxito a la hora de mejorar la vida de miles de millones de personas en comparación con cualquier modo de producción y de organización social anterior y que, hasta donde alcanza a ver, seguirá siendo el ‘mercado líder’ para los humanos seres.Smith está dispuesto a refutar la ‘economía mixta’, las ideas anti libre comercio que se han colado en la economía dominante desde la Gran Recesión, a saber, que el ‘neoliberalismo’ y el libre mercado son malos para los niveles de vida de la gente. En su lugar, sería necesario una pequeña dosis de proteccionismo comercial (Rodrik) e intervención estatal y regulación (Kwak) para ayuda a que el capitalismo funcione mejor.Pero no, dice Smith. El neoliberalismo funciona mejor. ¡Y cita el fenómeno del crecimiento de China como su principal ejemplo! En China, “el cambio de una economía dirigida y controlada rígidamente a una que combina enfoques estatales y de mercado – y la liberalización del comercio – ha sido, sin duda, una reforma neoliberal. A pesar de que las reformas de Deng se realizaron principalmente en una red ad-hoc, aplicando el sentido común, invitaron al famoso economista neoliberal Milton Friedman para que les aconsejase“ Seguir leyendo ¿El neoliberalismo funciona?

Concentración económica y apologética burguesa

por Rolando Astarita //

En una nota anterior (aquí) hemos presentado datos sobre la concentración del capital. Concentración que es la base de la creciente desigualdad de riquezas e ingresos. Así, según Oxfam, las ocho personas más ricas del mundo acumulan una riqueza neta que asciende a 426.000 millones de dólares; equivale a la riqueza que posee la mitad más pobre de la humanidad, 3600 millones de personas. De acuerdo al Credit Suisse, el 50% más pobre de la población mundial posee menos del 0,25% de la riqueza neta mundial Seguir leyendo Concentración económica y apologética burguesa

Treinta años desde el “Lunes Negro” de Wall Street

por Nick Beams

Hace treinta años, el 19 de octubre de 1987, la Bolsa de Valores de Nueva York experimentó lo que sigue siendo su mayor caída de un día en la historia. En “Black Monday” (“Lunes Negro”), el índice de la Bolsa de Valores de Nueva York Dow Jones cayó 22,6 por ciento con el índice S&P 500 28,5 por ciento del 14 al 19 de octubre.

La pérdida total de riqueza financiera durante la crisis se ha estimado en alrededor de US$ 1 billón. Pero a diferencia de 2008, la crisis financiera no precipitó una crisis económica más profunda y terminó relativamente rápido debido a una importante intervención de la Reserva Federal de los EE. UU., que operaba directamente y por la presión que forzaba sobre los principales bancos para extender la liquidez a las firmas financieras.

Pero eso no quiere decir que sus efectos fueran transitorios o simplemente representaran algún tipo de mal funcionamiento breve en un sistema financiero por lo demás seguro. De hecho, lo que se puede ver, tanto en el crac como en la respuesta, son los orígenes inmediatos de los procesos que han llevado a la serie de tormentas financieras en las últimas tres décadas, la más grave, hasta ahora, siendo la crisis de septiembre de 2008.

El período previo al Lunes Negro fue uno de gran transición en la economía y el sistema financiero de los Estados Unidos, así como a nivel mundial. Áreas enteras de la industria estadounidense fueron devastadas por el régimen de altas tasas de interés, iniciado por Paul Volcker como presidente de la Reserva Federal en 1979 bajo la presidencia Carter, una política que continuó y profundizó durante los primeros años de la administración Reagan en la década de 1980.

Fue un proceso que se repitió en todo el mundo a medida que las secciones clave de la industria, construidas durante el boom económico de la posguerra, se echaron a perder en lo que, hasta ese momento, era la recesión más grave desde la década de 1930.

A medida que la industria se estaba destruyendo, las regulaciones que se habían introducido para restringir las operaciones financieras comenzaron a desmantelarse a fin de abrir el camino para la acumulación de ganancias a través de operaciones especulativas.

Este fue el comienzo de la era de las adquisiciones apalancadas, utilizando los llamados bonos basura de dudosa calidad, en los que empresas enteras podían ser engullidas en adquisiciones hostiles y luego desmanteladas y vendidas con grandes ganancias. Se desarrollaron nuevos instrumentos financieros para facilitar la especulación financiera que jugarían un papel importante en la crisis de 1987.

En el período previo al Lunes Negro, el índice Dow Jones había avanzado a un ritmo vertiginoso, aumentando un 44 por ciento en los siete meses hasta fines de agosto, lo que generó expresiones de preocupación de que se estaba creando una burbuja financiera. Pero a pesar de estas advertencias, la especulación continuó.

En 1985, las principales naciones industriales del G6 —Francia, los EE. UU., Gran Bretaña, Canadá, Alemania Occidental y Gran Bretaña— llegaron a un acuerdo (el acuerdo “Plaza”) para permitir que el dólar estadounidense se deprecie. Pero dos años después, esto estaba causando preocupaciones sobre la inflación, lo que condujo a un nuevo acuerdo, el acuerdo del “Louvre”, en febrero de 1987, cuyo objetivo era tratar de detener la caída del dólar y estabilizar las alineaciones monetarias.

Sin embargo, en octubre de 1987, Alemania, que acordó mantener las tasas de interés bajas, se movilizó para aumentarlas debido a los temores inflacionarios, lo que provocó que la Fed elevara su tasa de descuento al 7 por ciento y la tasa de los bonos del Tesoro estadounidense a 10,25 por ciento. El cambio en las tasas de interés fue el desencadenante inmediato del colapso de los mercados que iba a seguir.

Con el anuncio de un déficit comercial mayor al esperado, una caída en el valor del dólar y el temor de que las tasas de interés suban, los mercados comenzaron a caer desde el 14 de octubre. Al final de la operación del viernes 16 de octubre, el Dow bajó un 4,6 por ciento en el día y el S&P 500 había caído un 9 por ciento en la semana anterior, preparando el escenario para lo que iba a suceder.

Cuando los tipos de cambio internacionales se abrieron el lunes, antes de que abriera la bolsa Nueva York, fue un baño de sangre en Asia y el Pacífico donde los mercados cayeron en picada: el mercado de Nueva Zelanda cayó en un 60 por ciento.

El mercado bursátil estadounidense se desplomó desde la campana de apertura en lo que fue la primera liquidación financiera global. La caída se vio agravada por una serie de innovaciones financieras que se habían introducido en los años anteriores para facilitar la especulación.

Las empresas de inversión estadounidenses habían desarrollado nuevos productos financieros conocidos como “seguro de portafolio”. Supuestamente fueron diseñados para proteger a los inversores de los efectos de una recesión mediante el uso de opciones de futuros y otros derivados. El problema, sin embargo, era que todos operaban fundamentalmente del mismo modelo, de modo que cuando comenzó el choque hubo un apuro simultáneo por las salidas.

Otro factor fue la introducción del comercio electrónico en el que se vendieron grandes cantidades de acciones, nuevamente sobre la base de modelos matemáticos y financieros similares. Tal era el volumen de los intercambios que muchos de los sistemas de informes simplemente se vieron desbordados. En la Bolsa de Valores de Nueva York, las ejecuciones comerciales fueron reportadas hasta con un retraso de una hora tarde, causando una gran confusión.

Al final del Lunes Negro, había grandes temores sobre lo que sucedería al día siguiente. Antes de que se abrieran los mercados, el recién nombrado presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, que había reemplazado a Paul Volcker el agosto anterior, emitió una declaración que se convertiría en la base de la política de la Fed desde entonces hasta el presente.

“La Reserva Federal, en consonancia con sus responsabilidades como banco central de la nación, afirmó hoy su disposición a servir como una fuente de liquidez para apoyar al sistema económico y financiero”, se lee en el comunicado.

Fue el comienzo de lo que posteriormente se conoció como el “Put de Greenspan”, entendiendo que el banco central siempre estaría disponible para intervenir y apoyar a los mercados financieros.

En 1990, Ben Bernanke, el subsiguiente presidente de la Reserva Federal, señaló que hacer esos préstamos debe haber sido una estrategia para perder dinero desde el punto de vista de los bancos; de lo contrario, la persuasión de la Fed no habría sido necesaria, pero fue una buena estrategia para la “preservación del sistema como un todo”.

El alcance de la intervención puede medirse por el hecho de que el préstamo de Citigroup a las empresas de valores aumentó de un nivel normal de US$ 200 a US$ 400 millones por día hasta llegar a US$ 1400 millones el 20 de octubre, luego de que el presidente del banco recibió una llamada del presidente de la Fed de Nueva York.

La política de intervención de la Reserva Federal continuaría durante la década de 1990 y hasta el nuevo siglo. Sin embargo, las contradicciones fundamentales del sistema financiero capitalista no se superaron sino que se intensificaron. En consecuencia, cuando estalló la crisis de 2008, la política de la Fed de apoyarse en los principales bancos fue completamente inadecuada porque fueron los propios bancos los que se habían arruinado o estaban al borde del colapso.

El Fed y otros bancos centrales de todo el mundo intervinieron con rescates masivos y han sostenido a los mercados financieros desde entonces a través de sus políticas de compras de activos financieros (flexibilización cuantitativa) y tasas de interés ultrabajas e incluso negativas.

El resultado no ha sido restaurar el crecimiento económico ni crear estabilidad financiera. Las evaluaciones de la relación precio-ganancias —el ratio PE— de los mercados de EE. UU. han descubierto que se encuentran en niveles elevados, superados solo en 1929 y en la burbuja de las puntocom de principios de la década de 2000. Esto ocurre en condiciones en las que el crecimiento económico, la productividad y las medidas comerciales internacionales de la economía real permanecen por debajo de sus tendencias anteriores a 2008.

En 1987, las empresas de valores financieros fueron rescatadas por los bancos. Poco más de dos décadas después, los bancos mismos tuvieron que ser rescatados. Pero en otra crisis financiera, los propios bancos centrales estarían directamente involucrados debido a sus tenencias masivas de decenas de billones de dólares en bonos del gobierno y otros activos financieros.

Al evaluar la situación actual, vale la pena recordar un análisis hecho por el medio australiano, la cadena mediática ABC, del vigésimo aniversario del Lunes Negro, sin duda típica de muchos.

En medio de un período de crecimiento económico —el FMI había notado en 2006 que la economía mundial se estaba expandiendo a su ritmo más acelerado durante tres décadas—, citó a los analistas financieros que sostenían que era improbable que se repitiera un colapso similar a 1987. No hubo la misma estructura de tasas de interés y “tenemos un sistema bancario mucho más coordinado internacionalmente que en 1987”, según uno de ellos.

“Dado que se espera que el rápido crecimiento económico continúe en Asia”, concluyó el artículo, “el consenso del mercado parece ser que la tendencia alcista todavía tiene mucho camino por recorrer”.

Solo 11 meses después, en septiembre de 2008, el mundo se sumió en la crisis económica y financiera más profunda desde la Gran Depresión de la década de 1930.

Marx, ¿un economista del siglo XIX?

por Michel Husson//

Acaba de publicarse la traducción francesa de la biografía de Jonathan Sperber,1/ titulada Karl Marx, homme du XIXe siècle. Es la ocasión, 150 años después de la publicación del Libro I de El Capital, de preguntarnos si hay que considerar a Marx un economista del siglo XIX.2/

La biografía de Sperber está consagrada esencialmente a la vida privada de Marx y a su relación con las corrientes de pensamiento de su época. La tesis central –Marx es una “figura del pasado” (a backward-looking figure)– tiene al menos la ventaja de librar a Marx de toda responsabilidad sobre la práctica ulterior del “marxismo-leninismo” con salsa estalinista. Pero en sentido inverso, remite a Marx a la historia de las ideas, carente en el fondo de todo interés de cara a la interpretación del mundo contemporáneo, por no hablar ya de los proyectos encaminados a transformarlo. Esta tesis, evidentemente, es discutible y al respecto nos remitimos a las reseñas críticas sobre el conjunto de la obra, para examinar aquí el capítulo que habla de Marx como economista.3/ Este aspecto de la obra de Marx solo ocupa, por cierto, un espacio singularmente reducido: una cuarentena de páginas de un total de 500.

Sobre el método

Sperber propone una lectura “heguelianizada” de Marx. Por ejemplo, escribe que “Marx solamente fue capaz de mostrar cómo la apariencia del sistema depende de las lógicas asociadas a sus funcionamientos internos recurriendo al trabajo hegueliano de desarrollo conceptual”. Lenin afirmó que “no se puede comprender plenamente El Capital de Marx, y en particular su capítulo I, sin haber estudiado mucho y sin haber comprendido toda la Lógica de Hegel”.4/

No obstante, sin entrar en un debate que va más allá de las competencias de un economista, no hay que olvidar que Marx no fue únicamente discípulo de Hegel y que criticó el idealismo de este. Sperber cita su célebre fórmula, según la cual, en Hegel, la dialéctica “se halla cabeza bajo; basta colocarla sobre los pies para descubrir en ella la fisionomía plenamente razonable”.5/ Sin embargo, si se recuerda que la redacción del Libro I es posterior al grueso de los manuscritos que darán lugar a la publicación por Engels de los Libros II y III, se constata que Marx partió de los aspectos más concretos del funcionamiento del capitalismo antes de derivar de ello los conceptos más abstractos. El orden de la exposición que siguió es entonces inverso al orden de la investigación, como él mismo explica con toda claridad:

El procedimiento de exposición debe distinguirse formalmente del procedimiento de investigación. Con la investigación de trata de apropiarse de la materia en todos sus detalles, de analizar sus diveras formas de desarrollo y de descubrir su vínculo íntimo. Una vez realizada esta tarea, y solamente entonces, se puede exponer el movimiento real en su conjunto. Si se consigue, de manera que la vida de la materia se refleje en su reproducción ideal, este milagro puede hacer creer que se trata de una construcción a priori.6/

Esto es asimismo lo que expresa la primera frae de El Capital:

La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un “enorme cúmulo de mercancías”, y la mercancía individual como la forma elemental de esa riqueza. Nuestra investigación, por consiguiente, se inicia con el análisis de la mercancía.

El caso es que Sperber no es fiel a su lectura “hegueliana” en un punto importante. Hace de la dicotomía entre valor de cambio y valor de uso una de las cinco “distinciones conceptuales” que según él estructuran la teoría económica de Marx. Sin embargo, esta “distinción conceptual” no debe entenderse, evidentemente, como una pura oposición binaria. Ahora bien, en esta cuestión fundamental, Sperber comete un error –ya clásico, por cierto– consistente en sostener que Marx no concede ningún papel a la “utilidad” (el valor de uso) en la formación de los precios de las mercancías. Esta es incluso, según Sperber, una de las razones por las que los marginalistas pudieron imponerse sobre la tradición clásica (de la que formaría parte Marx): su enfoque “combinaba el valor de uso y el valor de cambio, que Marx había separado con tanto esmero”. Así, la “distinción conceptual” se convierte en una “sepración” poco dialéctica y que no se corresponde en nada con el planteamiento de Marx.

Una pequeña frase habría bastado para suscitar de entrada la duda sobre la comprensión de Marx por parte de su biógrafo: “el Libro I de El Capital estaba consagrado a la distribución”, escribe. Esta es una sandez reveladora: el Libro I está consagrado principalmente a la teoría del valor y no trata del reparto, sino del análisis del “laboratorio de la producción”, por retomar la expresión del propio Marx.

Sobre la caída tendencial de la tasa de beneficio

Sperber no arroja ninguna luz realmente nueva sobre esta cuestión ampliamente debatida. Recuerda que la ley de la caída tendencial de la tasa de beneficio era para Marx “la ley más importante de la economía”, pero que esta proclamación, efectuada en los Grundrisse, vino sin duda un poco pronto. En efecto, Marx volvió “constantemente sobre este problema y escribió ecuaciones por última vez en 1882, un año antes de su muerte, proponiendo numerosas explicaciones y soluciones, de las que ninguna le parecía del todo satisfactoria”. A este respecto se hace referencia a los trabajos de Michael Heinrich, quien propone una demostración análoga, basada en particular en una nota manuscrita de Marx que apunta en sentido contrario al de la famosa ley.7/

Los argumentos de Sperber sobre esta cuestión son, en efecto, bastante deshilvanados. Por ejemplo, según él, Marx planteó que los aumentos de productividad podían “incrementar la tasa de plusvalía, la tasa de beneficio y el salarios de los obreros al mismo tiempo”, pero “semejante desarrollo, añadía Marx, solo sería posible en una economía comunista, nunca en una economía capitalista”. Me pregunto dónde habrá ido Sperber a buscar este argumento descabellado. Mejor que hubiera meditado sobre una de esas “causas que contrarrestan la ley” y que basta para poner en tela de juicio su existencia como ley:

La misma evolución que hace que aumente la masa del capital constante en comparación con el capital variable hace que disminuya el valor de sus elementos debido al aumento de la productividad del trabajo e impide así que el valor del capital constante, que sin embargo crece sin cesar, no aumente en la misma propoción que su volumen material. En algún que otro caso, la masa de los elementos del capital constante puede incluso aumentar, mientras que el valor permanece igual o incluso disminuye.8/

Sperber menciona asimismo la idea de que “los capitalistas son reacios a introducir una maquinaria más productiva y formas más eficaces de producción porque esto haría que sus equipos existentes se volviern obsoletos y se redujera la tasa de beneficio”. Existe efectivamente un pasaje en el que Marx plantea esta conjetura:

Ningún capitalista empleará de buen grado un nuevo modo de producción, independientemente de la proporción en que aumente la productividad o la tasa de plusvalía, si con ello se reduce la tasa de beneficio.

Esta idea se teorizará más tarde con el nombre de “teorema de Okishio”.9/ Sin embargo, esta hipótesis es contradictoria con el conjunto del análisis de Marx de la competencia, que, una página más adelante, concluye así su comentario: “En una palabra, este fenómeno es un efecto de la competencia; ellos también tienen que adoptar el nuevo modo de producción”.10/

Sobre la transformación de los valores en precio

Sperber tampoco aporta nada nuevo en este terreno y se contenta con repetir la doxa dominante: “Como han señalado los discípulos de Sraffa, la solución que da Marx al problema de la transformación es formalmente inexacta”. No obstante, tiene razón cuando menciona que la perecuación de la tasa de beneficio no se produce mediante transferencia “de los sectores más mecanizados a los menos mecanizados”, cosa que ya nadie sostiene (o no debería sostener).

Podría haber indicado que esta línea de crítica se remonta de hecho a Eugen Böhm-Bawerk, a quien cita en relación con otras cuestiones. Aunque señalemos de paso que esta es una referencia sorprendente, pues Böhm-Bawerk, el mismo que reprochaba a Marx sus errores de cálculo, cometió a su vez uno, y bastante gordo, en su cálculo de la “duración media del periodo de producción”. Esto es lo que subrayó Paul Samuelson en un artículo en que hizo balance del debate sobre la teoría del capital (y en el que capituló ante sus adversarios): Böhm-Bawerk confunde interés simple e interés compuesto y por tanto su medición “ya no merece que nos refiramos a ella”.11/

No es extraño que Sperber no mencione el enfoque TSSI (Temporal Single-System Interpretation), que elimina los supuestos errores de Marx. La clave de esta “solución” la resume así Ernest Mandel:

Los insumos de un ciclo de producción son datos disponibles al comienzo de este ciclo que no tienen efecto alguno en la igualación de las tasas de beneficio en los distintos sectores de producción durante este ciclo. Basta suponer que ya han sido calculados en precios de producción y no en valores, y que estos precios de producción resultan de la igualación de las tasas de beneficio en el transcurso del ciclo de producción precedente, para que desaparezca toda incoherencia.12/

Por lo demás, Mandel se limita a seguir esta indicación de Marx:

El coste de producción de la mercancía está determinado; representa un dato independiente de la producción del capitalista, mientras que el resultado de su producción es una mercancía que contiene la plusvalía, que es un excedente de valor con respecto a su coste de producción.13/

Sobre la renta

El libro contiene una exposición bastante amplia dedicada, con razón, a la teoría de la renta. No carece de interés, pero se contradice con la tesis general de Sperber, ya que este –además de no discernir correctamente el vínculo con la teoría del valor– no ve que esta teoría puede extenderse a otros terrenos distintos de la renta de la tierra. “¡Todos rentistas!”, proclama por ejemplo Philipe Askenazy en un libro reciente.14/ El análisis de la renta inmobiliaria o petrolera es perfectamente posible empleando el marco teórico de Marx y de los clásicos. Lo mismo podemos decir del debate que acaba de iniciarse en EE UU sobre los superbeneficios de las grandes empresas a partir de un estudio de su “poder de mercado”.15/ Todas estas cuestiones deben abordarse a partir del principio metodológico de Marx, que establece que la renta es una captación de la plusvalía producida en los demás sectores. Es esta una aportación fundamental que permite, por ejemplo, evitar el error consistente en pensar que existen fuentes de creación de valor distintas del trabajo (por ejemplo, las “finanzas”).

La lectura de Sperber, que declara a Marx un hombre del siglo XIX, es, en el fondo, coherente con su representación de que la supremacía de la economía marginalista (o neoclásica) es el fruto de un progreso lineal de la ciencia económica. Ahora se trata de criticar esta lectura mostrando cómo las problemáticas marxistas tienen prolongaciones –y no únicamente entre los marxistas– a lo largo de los 150 años que nos separan de la aparición de El Capital.

Marx, ¿un economista del siglo XIX?

La clave del análisis de Sperber es coherente con su tesis más general. Podemos resumirla así: Marx es el último de los economistas clásicos (en el linaje de Smith y Ricardo), pero, por desgracia para él, en el momento en que Engels publica los Libros II y III de El Capital, la economía está a punto de bifurcarse y de romper con esta línea de pensamiento. Dejemos de lado la cuestión de saber si Marx se sitúa en la prolongación/superación de Ricardo o en ruptura total con él para captar esta clave de la lectura de Sperber, quien al menos podría haberse preguntado por qué el subtítulo de El Capital es “Crítica de la economía política”. De ortodoxo (sic), Marx habría pasado así bruscamente a devenir obsoleto:

Cuando sus ideas se difundieron finalmente entre un público más amplio (…), todo esto había cambiado. Lo que antaño había sido la ortodoxia económica se había convertido, para la corriente dominante, en obsoleta y no científica o, si se prefiere, en disidente y no ortodoxa.

De ahí la conclusión radical de Sperber:

Encontramos en la obra de Marx pocas cosas que interesen a las tendencias de la economía o de la teoría económica de finales del siglo XIX y del siglo XX.

Esta visión es de un simplismo desconcertante. Olvida que la teoría marginalista no se tornó dominante en virtud de su superioridad intrínseca, sino porque ofrecía una alternativa a las implicaciones subversivas de la teoría de Marx. Es preciso reproducir de nuevo lo que escribió en 1899 John Bates Clark, uno de los fundadores de la teoría neoclásica del reparto:

Los trabajadores, nos dicen, se ven desposeídos permanentemente de lo que producen (…). Si esta acusación estuviera fundada, toda persona dotada de razón debería hacerse socialista, y su voluntad de transformar el sistema económico no haría más que medir y expresar su sentido de la justicia.

Para responder a esta acusación –que hace referencia claramente a la teoría marxista de la explotación– hace falta, explica Clark, “descomponer el producto de la actividad económica en sus elementos constitutivos, con el fin de ver si el juego natural de la competencia lleva a no a atribuir a cada productor la parte exacta de las riquezas que contribuye a crear”.16/

Piero Sraffa dedujo una constatación amarga de lo que llamó la “degeneración” de la teoría del valor:

Con el ataque frontal de Marx, la aparición de la Internacional y la Comuna de París, hacía falta una línea de defensa mucho más resuelta (…), había que pasar a la utilidad, de ahí el éxito de los Jevons, Menger y Walras. La economía clásica tomada en su conjunto resultaba demasiado peligrosa: había que dar al traste con ella como tal. La casa estaba en llamas y amenazaba con incendiar toda la estructura y los cimientos de la sociedad capitalista: la economía clásica fue inmediatamente suplantada.17/

Marx, fundador de la macroeconomía moderna

En el Libro II de El Capital, Marx expone los esquemas de la reproducción que distinguen dos grandes secciones: la sección I, que produce los bienes de equipo, y la sección II, que produce los bienes de consumo. Describe las condiciones de reproducción, o dicho de otro modo, las relaciones que han de existir entre la producción de las empresas y sus mercados. Estas relaciones se expresan en valor, pero Marx insiste también en el hecho de que la estructura de esta oferta debe corresponder a la de la demanda social en términos de valor de uso. Es este un punto importante que permite no ver en Marx tan solo al teórico exclusivo del valor-trabajo que habría despreciado así las “preferencias de los consumidores”, por retomar la terminología moderna.

El enfoque de Marx se inspira a todas luces en el famoso Cuadro de Quesnay18/ (otra “figura del pasado”), que era según él un “planteamiento tan simple como genial para su época”.19/ El sistema de los fisiócratas representaba a ojos de Marx “la primera concepción sistemática de la producción capitalista”, por mucho que los “límites de su horizonte” llevaran a Quesnay a postular que “la agricultura constituye la única esfera de inversión en que el trabajo humano produce plusvalía”.20/ En una carta del 6 de julio de 1863, Marx muestra a Engels un esquema en que se ve cómo “traduce” el cuadro de Quesnay a su propio sistema conceptual.

Por tanto, incluso si no partió de cero (podríamos citar también a Sismondi entre sus fuentes de inspiración), se puede sostener que Marx es el fundador de la macroeconomía moderna. Así lo reconoció la keynesiana de izquierda Joan Robinson, que por lo demás era muy crítica con Marx21/: “partir de Marx le habría ahorrado [a Keynes] muchos problemas” (a lot of trouble). Habla de otro economista keynesiano, Richard Kahn, quien en un seminario en 1931 trató de “explicar el problema del ahorro y de la inversión imaginando una red que parte de los sectores que producen bienes de equipo y después estudiando sus relaciones con los sectores de bienes de consumo”. Con ello, sin embargo, añadió Robinson, no hacía más que “redescubrir los esquemas de Marx”.22/ Incluso Paul Samuelson, blanco favorito de las invectivas de Robinson y a su vez un crítico sumamente cáustico de Marx, admitió que “sin duda todos habríamos salido ganando si hubiéramos estudiado antes los cuadros de Marx”.23/

Pero el mejor homenaje es el que pronunció Wassily Leontief en 1937, durante un coloquio organizado por la American Economic Association sobre “el significado de la economía marxista”. Leontief es el fundador del análisis input-output, que describe las relaciones entre las distintas ramas de la economía, lo que los contables nacionales denominan hoy los consumos intermedios. Leontief fue a su vez alumno de Ladislaus von Bortkiewicz, cuya crítica de Marx sobre la cuestión de la transformación está en el origen de toda la literatura neoricardiana. Para Leontief,

Quien trate de comprender realmente la realidad de los beneficios y salarios en las empresas capitalistas puede encontrar en los tres volúmenes de El Capital informaciones de primera mano, más realistas y pertinentes que en diez volúmenes de la inspección de mercancías de EE UU, en una docena de manuales sobre las instituciones económicas contemporáneas e incluso, me atrevo a decir, en las obras completas de Thorstein Veblen.24/

Leontief subraya en particular que Marx “desarrolló el esquema fundamental que describe las relaciones entre los sectores de los bienes de consumo y de los bienes de equipo. Por mucho que no cierre el tema, el esquema marxista sigue siendo una de las raras propuestas en torno a las cuales existe un amplio consenso entre los teóricos del ciclo económico”, y añade que “el análisis contemporáneo del ciclo económico es claramente tributario de la economía marxiana. Sin suscitar la cuestión de la prioridad, no sería exagerado decir que los tres volúmenes de El Capital contribuyeron más que cualquiera otra obra a situar esta cuestión en el centro del debate económico”. Compárese este elogio con el juicio incongruente de Sperber, según quien “al Libro I de El Capital le falta una teoría explícita de los ciclos económicos y de las crisis comerciales. Y si bien el tema se desarrolla más en el Libro III, publicado a título póstumo, su contenido difiere sustancialmente de las afirmaciones del Libro I”.

Claro que Marx no utilizó el cálculo matricial, pero para András Bródy, otro experto de referencia para el análisis input-output, “lo esencial ya estaba ahí”. Bródy da como ejemplo un esquema estraído de los Grundrisse,25/ que según él resulta tanto más interesante cuanto que Marx parte de coeficientes técnicos para construirlo: “este podría ser muy bien el primer cuadro de entrada-salida (ficticio) en ciencia económica”.26/ En la misma onda, el marxista polaco Oskar Lange demostró la estrecha correspondencia que existe entre la matriz input-output de Leontief y los esquemas de Marx.27/

Tampoco está de más afirmar que los esquemas de la reproducción inspiraron el modelo de equilibrio general de John von Neumann28/ (que produce un esquema de crecimiento equilibrado). Para Nicholas Kaldor29/, este modelo es “en realidad una variante del enfoque clásico de Ricardo y Marx”. Como ya hemos señalado, los esquemas de reproducción de Marx le sirvieron para establecer las condiciones de esta reproducción, pero toda su lógica llevaba acto seguido a mostrar que las mismas no podían verificarse más que de modo excepcional debido a la competencia entre capitales y la presión constante sobre los salarios; de ahí la posibilidad de las crisis. Sin embargo, ciertos autores que se reclaman del marxismo, en particular Michel Tougan-Baranowski, realizaron un análisis “armonicista” de los esquemas de reproducción y abrieron un debate que de hecho no se ha agotado.30/

También podríamos citar a Martin Bronfenbrenner, para quien posiblemente Marx no sea el más grande de los economistas, pero sí, sin duda, “el más grande teórico de ciencias sociales (social scientist) de todos los tiempos”.31/ Acuñó esta bonita fórmula (que podría atribuirse a Piketty): “El Capital sigue siendo el libro más influyente aunque nadie lo lea”. Bronfenbrenner enumera las aportaciones “modernas” de El Capital, que “los economistas universitarios olvidaron casi totalmente hasta la década de 1930”. Menciona en particular “la articulación armoniosa y natural entre estática y dinámica”, deplorando al mismo tiempo que “el análisis estático se hubiera impuesto en la década de 1870 y que todavía no hayamos vuelto al nivel de Marx”.

El desempleo

La victoria de los marginalistas, que según Sperber convirtió a los clásicos en cosa del pasado, tuvo por efecto colateral la desaparición casi completa de toda teoría del desempleo. Tuvo que producirse la crisis de la década de 1930 para que la cuestión fuera abordada de nuevo por Keynes. No obstante, fue después de la segunda guerra mundial cuando reapareció la problemática de Marx en la forma extraviada de la “curva de Phillips”.32/ La idea es que existe una relación inversa entre la tasa de paro y la progresión de los salarios. Los economistas dominantes dedujeron de ello la noción de la tasa de paro “natural” que no debe rebasarse a la baja si se desea evitar un “patinazo salarial” descontrolado. La Comisión Europea calcula actualmente la NAWRU (non-accelerating wage rate of unemployment), o sea, la “tasa de paro que no acelera los salarios”. Pero también se podría hablar (como es demostrable) de una “tasa de paro que no hace descender los beneficios”.

A los economistas del sistema les habrá bastado invertir la teoría del “ejército industrial de reserva”, que Marx formuló de este modo:

Las variaciones de la tasa salarial general no responden por tanto a las de la cifra absoluta de la población; la proporción diferente según la cual la clase obrera se descompone en ejército activo y ejército de reserva, el aumento o la disminución de la sobrepoblación relativa, el grado en el que esta se halla ora “ocupada”, ora “desocupada”, en una palabra, sus movimientos de expansión y contracción alternativos corresponden a su vez a las vicisitudes del ciclo industrial, que es el que determina exclusivamente estas variaciones. (…) De este modo, la sobreproblación relativa, una vez convertida en el pivote sobre el que gira la ley de la oferta y la demanda de trabajo, solo le permite funcionar dentro de unos límites que dejan suficiente campo libre para la actividad de explotación y el espíritu dominador del capital.33/

El carácter cíclico de la economía política

Podríamos hablar de muchos otros aspectos. Por ejemplo, los análisis de Marx del capital portador de interés son de una actualidad asombrosa tras diez años de crisis y resultan muy útiles para rechazar concepciones erróneas según las cuales “las finanzas” son una fuente autónoma de valor y no un instrumento de captación del valor producido en la llamada esfera productiva.34/ Toda la tesis de Sperber se basa, como hemos visto, en el postulado de un progreso lineal de la ciencia económica que convertiría en progresivamente obsoletas las teorías superadas. Para él, interesarse por la economía de Marx no tiene más que un interés histórico, como el que puede tener el estudio de las concepciones precopernicanas o de la estimación de Newton, quien, a partir de una lectura de la Biblia, dató la creación del mundo en 3998 antes de Cristo.

Sperber lleva muy lejos este tipo de lectura, ya que sitúa incluso a Keynes o Minsky (el teórico de la inestabilidad financiera) entre los neoclásicos. Esta enormidad, proferida en el debate arriba mencionado, dice mucho del dogmatismo de este enfoque que se niega a cnsiderar la economía una ciencia social que avanza por ciclos, con un retorno periódico de las teorías antiguas, aunque sea con formas renovadas. Por ejemplo, resulta sumamente chocante señalar que la revolución neoclásica no hizo más que retomar las elaboraciones de autores anteriores a los clásicos de la economía política, como por ejemplo los abades Condillac (1714-1780) y Galiani (1728-1787).35/ Este tipo de constatación es molesto y constituye sin duda una de las razones de la obstinación de los economistas dominantes por expulsar de la universidad toda referencia a la historia del pensamiento económico. Sperber nos habrá brindado al menos la ocasión de hacer una breve incursión en ella y mostrar que las temáticas planteadas por Marx están llamadas a volver periódicamente, y no solo para celebrar el sesquicentenario de El Capital. (Artículo escrito para A l’Encontre)

 

https://alencontre.org/laune/marx-un-economiste-du-xixe-siecle-a-propos-de-la-biographie-de-jonathan-sperber.html

 

Notas

1/ Jonathan Sperber, Karl Marx, homme du XIXe siècle, Piranha, 2017. Traducción (de David Tuaillon) de: Karl Marx. A Nineteenth-Century Life, Liveright, 2013.

2/ El autor de esta reseña debatió con Sperber con motivo de la presentación de su obra en la Facultad de Ciencias Políticas de París, el 10 de octubre de 2017.

3/ Capítulo XI. L’économiste.

4/ Lenin, Cuadernos filosóficos, 1914-1915.

5/ Karl Marx, Posfacio de la segunda edición alemana, 1875. “Mi método dialéctico no solo difiere básicamente del método hegueliano, sino que incluso constituye exactamente su contrario. Para Hegel, el movimiento del pensamiento, que él personifica con el nombre de idea, es el demiurgo de la realidad, que no es más que la forma fenomenal de la idea. Para mí, en cambio, el movimiento del pensamiento no es más que el reflejo del movimiento real, transportado y transpuesto en el cerebro humano. Critiqué la vertiente mística de la dialéctica hegueliana hace casi treinta años, en una época en que todavía estaba de moda… Pero a pesar de que, debido a su error, Hegel desfigura la dialéctica a través del misticimo, ello no quita que él fue el primero en exponer el movimiento del conjunto. En él se halla cabeza abajo; basta colocarla sobre los pies para descubrir su fisionomía plenamente razonable. En su versión mística, la dialéctica se puso de moda en Alemania porque parecía glorificar las cosas existentes. En su aspecto racional, es un escándalo y una abominación para las clases dirigentes y sus ideólogos doctrinarios, porque en la concepción positiva de las cosas existentes incluye, al mismo tiempo, la inteligencia de su negación fatal, de su destrucción necesaria; porque al captar el movimiento mismo, del que toda forma realizada no es más que una configuración transitoria, nada podría imponérsele; porque es esencialmente crítica y revolucionaria.”

6/ Karl Marx, Posfacio de la segunda edición alemana, 1875.

7/ Michael Heinrich, “Crisis Theory, the Law of the Tendency of the Profit Rate to Fall, and Marx’s Studies in the 1870s”, Monthly Review, tomo 64, n.º 11, abril de 2013. La nota de Engels dice: “En el ejemplar manuscrito de Marx figura aquí, en el margen, la siguiente observación: ‘Anotar esto para más tarde: Si la ampliación [un aumento de la composición del capital] solo es cuantitativo, los beneficios, para un capital más o menos grande en el mismo sector industrial, seguirán las magnitudes respectivas de los capitales adelantados. Si la ampliación cuantitativa tiene un efecto cualitativo, la tasa de beneficio aumenta al mismo tiempo para el capital más grande.’” Heinrich también hace referencia a un manuscrito de 1875 titulado Tratamiento matemático de la tasa de plusvalía y de la tasa de beneficio (MEGA II/14), que no hemos conseguido consultar.

8/ Karl Marx, El Capital, Libro III.

9/ Nuobo Okishio, Technical Change and the Rate of Profit, Kobe University Economic Review, 7, 1961. Véanse también dos artículos de Shalom Groll y Ze’ev B. Orzech, interesantes desde un punto de vista metodológico, pero cuyas conclusiones no compartimos: “Technical progress and values in Marx’s theory of the decline in the rate of profit: an exegetical approach”, History of Political Economy 19:4, 1987; “From Marx to the Okishio Theorem: a genealogy”, History of Political Economy 21:2, 1989.

10/ Karl Marx, El Capital, Libro III.

11/ “It has no longer a presumptive claim on our attention”. Paul A. Samuelson, “A Summing Up”, The Quarterly Journal of Economics, vol. 80, n.º 4, 1966.

12/ Ernest Mandel, The Transformation Problem, extracto de su introducción a la edición inglesa del Libro III de El Capital, Penguin, 1981.

13/ Karl Marx, El Capital, Libro III.

14/ Philippe Askenazy, Tous rentiers! Pour une autre répartition des richesses, Odile Jacob, 2016.

15/ Jan De Loecker y Jan Eeckhoutz, The Rise of Market Power and the Macroeconomic Implications, 24/08/2017.

16/ John Bates Clark, The Distribution of Wealth. A Theory of Wages, Interest and Profit, 1899, p. 7.

17/ Cf. Michel Husson, La dégénérescence de la théorie de la valeur selon Sraffa, note hussonet n° 108, 13/10/2017.

18/ François Quesnay, “Analyse de la formule arithmétique du Tableau Economique”, Journal de l’agriculture, du commerce & des finances, junio de 1766.

19/ Karl Marx, en el capítulo “Sobre la historia crítica” del Anti-Dühring de Engels que escribió en su mayor parte.

20/ Karl Marx, El Capital, Libro III.

21/ Joan Robinson, An Essay on Marxian Economics, 1942. Véase también su Lettre ouverte d’une keynésienne à un marxiste, 1953.

22/ Joan Robinson, “Kalecki and Keynes”, en Essays in Honour of Michał Kalecki, 1964. Reproducido en Contributions to Modern Economics, 1978.

23/ Paul A. Samuelson, “Marxian Economics as Economics”, The American Economic Review, vol. 57, n.º 2, mayo de 1967.

24/ Wassily Leontief, “The Significance of Marxian Economics for Present-Day Economic Theory”, The American Economic Review, vol. 28, n.º 1, marzo de 1938.

25/ Karl Marx, Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie, Berlín 1953 (p. 353 del pdf).

26/ András Bródy, Proportions, Prices and Planning, Budapest, 1970. Bródy precisa que no ha hecho más que “modernizar la formalización” de Marx recurriendo a la álgebra matricial desarrollada y aplicada a la economía posterior a la época de Marx.

27/ Oskar Lange, “Some Observations on Input-Output”, The Indian Journal of Statistics, vol. 17, parte 4, febrero de 1957.

28/ John von Neumann, “A Model of General Economic Equilibrium”, The Review of Economic Studies, vol. 13, n.º 1, 1945.

29/ Nicholas Kaldor, Capital Accumulation and Economic Growth, en Lutz F.A. y Hague D.C. (editores), The Theory of Capital, Macmilllan, 1961.

30/ En los dos polos de este debate podemos situar a Michel Tougan-Baranowski, Les crises industrielles en Angleterre, 1894, y Rosa Luxemburg, L’accumulation du capital, 1913.

31/ Martin Bronfenbrenner, “Marxian Influences in ‘Bourgeois’ Economics”, The American Economic Review, vol. 57, n.º 2, mayo de 1967.

32/ Alban W. Phillips, “The Relation Between Unemployment and the Rate of Change of Money Wage Rates in the United Kingdom, 1861-1957”, Economica, vol. 25, n.º 100, noviembre de 1958.

33/ Karl Marx, El Capital, Libro I, capítulo XXV.

34/ Michel Husson, “Marx et la finance: une approche actuelle”, prefacio a Karl Marx, Le capital financier, Demopolis, 2012.

35/ Étienne Bonnot de Condillac, Le commerce et le gouvernement considérés relativement l’un à l’autre, 1776; Ferdinando Galiani, De la monnaie, 1751.

El monopolio contra la productividad

por Michael Roberts//

Circulan entre los economistas convencionales en los EEUU nuevas explicaciones de la desaceleración del crecimiento de la productividad y la innovación, especialmente desde el comienzo del siglo XXI, y también sobre por qué la participación del trabajo en la renta nacional ha disminuido a largo plazo desde comienzos de la década de 1980.

En un nuevo documento, The Rise of Market Power and the Macroeconomic Implications, Jan De Loecker y Jan Eeckhout (DE) argumentan que la fijación de precios por encima del costo marginal por parte de las empresas cotizadas de los Estados Unidos ha ido en aumento desde 1960, y en particular después de 1980. El documento sugiere que la disminución tanto de la parte del trabajo como del capital, así como la disminución de los salarios de baja cualificación y otras tendencias económicas, han sido ayudadas por un aumento significativo de la fijación de precios y el poder de mercado – es decir, el ascenso del capital monopolista en forma de empresas ‘super-star’ como Apple, Amazon, Google, etc. que actualmente dominan ventas, beneficios y producción y cuya utilización de mano de obra es baja en comparación con otras empresas e industrias. Como no tienen que competir, estos monopolios no invierten y, por lo tanto, el aumento de la productividad disminuye.

Esta es una contra-explicación a las explicaciones dominantes actuales de la disminución percibida de la participación del trabajo, a saber, la globalización (los trabajadores estadounidenses están perdiendo terreno frente a sus contrapartes en lugares como China e India) y la automatización (los trabajadores estadounidenses están perdiendo terreno frente a los robots) y el aumento inverso de la proporción destinada a los beneficios. Ahora varios economistas ortodoxos sostienen que este aumento no se debe a la globalización o la automatización, sino debido a la fijación de precios más altos de las compañías que controlan sus mercados de forma monopolista. En otras palabras, están haciendo beneficios adicionales más allá de los “costes normales de competencia”. De Loecker y Eeckhout señalan que entre 1950 y 1980, la fijación de precios se situaba más o menos de forma estable en torno al 20 por ciento por encima del ‘coste marginal’, e incluso disminuyó ligeramente después de 1960. Desde 1980, sin embargo, la fijación de precios han aumentado significativamente: en promedio, las empresas cargaban un 67 por ciento sobre el coste marginal en 2014, comparado con el 18 por ciento en 1980.

La evolución media de la fijación de precios (1960 – 2014). La fijación de precios promedio es ponderado por la cuota de mercado de las ventas en la muestra. Fuente: De Loecker y Eeckhout (2017)

El enorme aumento de los beneficios en los últimos 35 años, argumentan, es consistente con un aumento del poder de mercado. “En la competencia perfecta, costes y ventas totales son idénticos, porque no hay diferencia entre el precio y el coste marginal. El grado en el que estos dos números – la relación entre ventas y salarios y entre costes totales y salarios- comienzan a distanciarse es un indicativo inmediato del poder de mercado”, dice De Loecker.  “La mayor parte de lo que sucede pasa dentro de las industrias, donde vemos como los grandes son cada vez más grandes y como aumenta su margen en la fijación de los precios”, explica De Loecker.

En otro documento, un grupo de economistas ortodoxos considera una explicación a partir de las ‘firmas súper estrellas’ de la caída de la participación del trabajo en el PIB. La hipótesis es que la tecnología o las condiciones del mercado -o su interacción-, han evolucionado hasta concentrar cada vez más las ventas en empresas con productos de calidad superior o una mayor productividad, lo que permite a las empresas de mayor éxito controlar una mayor cuota de mercado. Debido a que estas empresas  super estrella son más rentables, tendrán una menor participación relativa de salarios del trabajo en las ventas totales o el valor añadido. En consecuencia, la participación agregada del trabajo disminuye a medida que crece el peso de las empresas super estrella en la economía. Según sus datos, la concentración de las ventas (y del empleo) han aumentado de hecho desde 1982 hasta 2012 en cada uno de los seis principales sectores incluidos en el censo económico de Estados Unidos. Y las industrias con la concentración más elevada es donde se han producido las caídas más pronunciadas en la participación del trabajo, por lo que la caída de la participación del trabajo se debe principalmente a una reasignación de la mano de obra hacia empresas con menores (y en declive) cuotas de mano de obra, en vez de debido a la disminución de la parte del trabajo dentro de la mayoría de las empresas.

Es cierto que la acumulación de capital tendrá lugar como un aumento de la concentración y la centralización del capital en el tiempo. Las tendencias monopolistas son inherentes, como Marx argumentó en primer volumen de El Capital hace 150 años. Y la predicción de Marx del aumento de la concentración y la centralización del capital como una ley a largo plazo del desarrollo capitalista lo confirma también un nuevo estudio de las sociedades anónimas cotizadas de Estados Unidos. Según Kathleen Kahle y Rene Stulz poco más de 100 empresas ganaron alrededor de la mitad de los beneficios totales obtenidos por las empresas cotizadas en los Estados Unidos en 1975. En 2015, lo hacían sólo 30. Actualmente las 100 mayores empresas concentran el 84% de todas los beneficios de este tipo de empresas, el 78% de todas las reservas de efectivo y el 66% de todos los activos. Las 200 mayores empresas por ganancias obtuvieron mayores beneficios que todas las otras empresas registradas juntas. De hecho, los ingresos totales de las otras 3.500, más o menos, sociedades cotizadas es negativo, a pesar de toda la habladuría sobre la avalancha de beneficios y de dinero en efectivo de la mayoría de las empresas estadounidenses.

¿Por qué está pasando esto? Según este estudio, por el impulso de las nuevas tecnologías de reducir costes, como Marx argumentó. La investigación y el desarrollo se han vuelto cada vez más importantes para la competitividad. Cuanto más grandes y más ricos son los Goliat del mercado, más difícil es para los David de la economía de los EEUU economía, y la necesidad de I + D para competir. Las empresas que rebosan dinero en efectivo puede permitirse fácilmente patentes e inversiones para desarrollarlas. O, como parece estar sucediendo, comprar la compañía que posee la patente.

Sin embargo, hay dos cosas en contra del argumento del ‘poder del mercado’, al menos como la única o principal explicación del aumento de la proporción de los beneficios y de los beneficios por unidad de producción. En primer lugar, como De Loecker y Eeckhout señalan, en toda la economía, son sobre todo las empresas pequeñas las que tienen los márgenes de ganancia en la fijación de precios más altos- lo que difícilmente puede servir como un indicador del poder de los monopolios. Y en segundo lugar, la participación del trabajo en realidad no cayó mucho hasta después del 2000 y alcanzó su nivel más bajo en 2014. De hecho, en 2001 fue del 64%, el mismo porcentaje que en 1951 – si bien es cierto que había caído hasta el 60 % en los años 1980 y 1990. Pero en 2014, la participación del trabajo en el PIB más baja fue del 60%.

Y lo mismo ocurre en los beneficios por unidad de la producción nacional de EEUU o el valor añadido empresarial. Los beneficios por unidad de valor añadido bruto (un indicador de la nueva producción) de las empresas no financieras de EEUU aumentaron sólo del 2% en la década de 1970 al 4-6% en la década de 1990. Pero el verdadero despegue fue de nuevo a partir del 2000, el beneficio por unidad subió hasta un pico de cerca del 14% en 2014.

¿Fue la base de este reciente salto en la participación de los beneficios y fuerte caída de la participación del trabajo producto de la globalización, o de la automatización o del poder de los monopolios?, o ¿hay otra explicación? Pues bien, un economista ortodoxo, Mordecai Kurz, de la Universidad de Stanford, en otro papel, On the Formation of Capital and Wealth, ha medido lo que él llama ‘la riqueza excedente’ que acumulan las grandes empresas. Esta se define como la diferencia entre la riqueza creada (capital y deuda) en forma de activos financieros y los activos fijos reales de las empresas. Es equivalente al indice Q de Tobin del precio de mercado de las acciones bursátiles en relación con el valor real del capital de la empresa. En un sentido marxista, es realmente un indice del capital o las ganancia ficticias de una empresa.

Kurz señala que la ‘riqueza excedente’ total creció de $ 0,59 billones en 1974 a $ 24 billones de dólares, lo que supone el 79% del valor total del mercado en 2015. La riqueza añadida fue creada sobre todo por los sectores industriales transformados por las tecnologías de la información (TI). Las empresas con un crecimiento lento o negativo con la propiedad ampliamente distribuida han sido sustituidas por empresas basadas en las TI con una propiedad altamente concentrada. Una parte importante de su capital ha sido financiado mediante deuda, hasta alcanzar el 78% en 2015. Kurz cree que esto ha sido posible gracias a las innovaciones de las TI que permiten y aceleran la erección de barreras a la entrada y que una vez erigidas, facilitan el mantenimiento de las restricciones a la competencia. Estas innovaciones también explican el aumento del tamaño de las empresas. Al medir el poder de monopolio de esta ‘riqueza excedente’, Kurz reconoce que pasó de cero a principios de 1980 al 23% en 2015.

Quizás Kurz y los otros papeles ortodoxos puedan estar en lo cierto que, en la era neoliberal, el poder de monopolio de las super empresas de nuevas tecnologías subieron sus márgenes de beneficios o fijaron por lo alto sus precios. La era neoliberal fue testigo de una presión hacia abajo de la participación del trabajo mediante la erosión del poder sindical, la desregulación y la privatización. Además, la participación del trabajo se mantuvo baja mediante una mayor automatización (el empleo industrial se desplomó) y a través de la globalización, en la medida en que las industrias manufactureras y el empleo se desplazaron a las llamadas economías emergentes con mano de obra barata. Y el surgimiento de nuevas empresas de tecnología que pueden dominar sus mercados y expulsar a los competidores, aumentando la concentración del capital, es sin duda otro factor.

Pero otra explicación convincente es que el aumento de los beneficios empresariales era cada vez más ficticio, basado en el aumento de los precios del mercado de las acciones y los bonos y las bajas tasas de interés.  El aumento de capital y las ganancias ficticias  parecen ser el factor clave después del final del auge de las dot.com y su crisis en el año 2000. A partir de entonces, las ganancias se produjeron cada vez más en las finanzas y la propiedad, no en los sectores tecnológicos. Si esto es correcto, entonces ayuda a explicar por qué la mayor desaceleración del crecimiento de la productividad en los EEUU comenzó después del 2000, a medida que la inversión en los sectores productivos y la actividad cayó.

Y si esto es correcto, entonces la reciente nueva caída de la parte de los beneficios y el modesto aumento de la participación del trabajo desde 2014, sugiere que se trata de una caída de la rentabilidad global del capital de Estados Unidos lo que está impulsando las cosas y no un cambio del ‘poder de mercado’ monopolista.

Pero eso es algo que la teoría económica ortodoxa no quiere tener en cuenta. Si los beneficios son altos, la causa es el ‘poder de monopolio’, no el aumento de la explotación de la mano de obra en el modo de producción capitalista. Y es el poder de los monopolios lo que mantiene bajo el crecimiento de la inversión, no la baja rentabilidad general.

 

(Fotografía, Sebastiao Salgado)

Isaak Rubin: Historia del pensamiento económico

Isaak Ilyich Rubin (12 junio 1886 – 27 noviembre 1937) nació en Dinaburg, en la actual Latvia, hijo de una familia judía. Rubin fue un abogado y economista ruso y, en su época, considerado el mayor teórico sobra el concepto de valor en el pensamiento de Marx. Desde 1905 participó activamente en el proceso revolucionario de su natal Rusia, adhiendose primero al Bund Judío y luego a la fracción menchevique del POSDR. Se retiró de la política en 1924, dedicándose íntegramente a sus estudios de la economía marxista. Trabajó de profesor de economía marxista y en 1926 fue nombrado investigador adjunto al Instituto Marx-Engels, dirigido entonces por David Riazánov.  En ese período publicó sus principales obras en economía e historia económica, y fue editor de una colección de clásicos de economía política. En diciembre de 1930 Rubin fue arrestado y acusado de pertecer a un inexistente complot menchevique. Gracias a su entrenamiento como abogado, Rubin logró evadir condena, hasta que, a finales de enero, Rubin fue confrontado con otro prisionero, quien fue ejecutado a tiros delante de Rubin cuando este se negó a autoinculparse. La escena se repitió en la noche siguiente, luego de lo cual Rubin aceptó “confesar” sus supuestos crímenes. En su juicio, Rubin implicó a Riazánov, pero trató de minimizar los cargos, negandose a confirmar la existencia de organización menchevique alguna. Por su negativa a cooperación total, fue sentenciado a cinco años de prisión. Cuando, en el transcurso de su condena Rubin enfermó y se le diagnosticó un probable cáncer, se le movió a un hospital, donde se buscó infructuosamente sacarle más “confesiones” a cambio de tratamiento más favorable.  En 1934, fue puesto en libertad y se le permitió trabajar en planificación económica en Kazajistán. En 1937, se produjo una nueva ola de purgas stalinistas, y Rubin fue nuevamente detenido. Nunca más se le vió con vida. Dejamos con ustedes este opúsculo, una breve introducción a la economía política, de este héroe y genio bolchevique. EP

La economía política moderna se creó y desarrolló paralelamente al surgimiento y crecimiento de la economía capitalista, su objeto de estudio. En su evolución se refleja la evolución de la economía capitalista y de su clase dominante, la burguesía. La literatura mercantilista, por ejemplo, claramente expresa las preocupaciones y requerimientos del capital mercantil y la burguesía comercial.

Desde la mitad del siglo XVIII, cuando las estrictas regulaciones estatales y los monopolios de las compañías comerciales habían comenzado a poner un freno al crecimiento del capitalismo industrial, hubo extendida oposición a las ideas mercantilistas. En la agrícola Francia fueron los fisiócratas quienes emprendieron la lucha contra los mercantilistas, bajo el lema de cuidar el capital productivo agrícola. Los esfuerzos de los Fisiócratas terminaron en un fracaso práctico y, en menor medida, teórico.

Le tocó a la escuela clásica inglesa, la cual expresó en primera instancia los intereses de la burguesía industrial, realizar los principales progresos prácticos y teóricos. En la doctrina de Smith la tarea de sostener una lucha contra las anticuadas restricciones que encadenaban el crecimiento de la economía capitalista, ocultó y mantuvo bajo tierra los intereses conflictivos de las diferentes clases que componen la sociedad burguesa. La doctrina de Ricardo proveyó los fundamentos teóricos para la burguesía en su conflicto de intereses con la clase terrateniente, un conflicto que se manifestó con amarga intensidad en Inglaterra al comienzo del siglo XIX.

Al mismo tiempo Ricardo no podía dejar de reconocer que la burguesía y la clase trabajadora también tenían intereses divergentes, una admisión que ya contenía las semillas de la desintegración de la escuela clásica. Con la finalización exitosa de su lucha contra los propietarios de la tierra (en la década de 1830), la burguesía comenzó a sentirse crecientemente amenazada por la naciente clase obrera: la descomposición de la escuela clásica prosiguió a paso acelerado.

1. Mercantilismo (siglos XVI y XVII en Inglaterra)

La política mercantilista, que aceleró la destrucción de la economía feudal y de los gremios de artesanos, correspondía a los intereses de la burguesía comercial y el capital mercantil. Su objetivo principal era fomentar un rápido crecimiento del comercio exterior (junto con el transporte marítimo y ciertas industrias de exportación como los tejidos de lana), esforzándose en particular en fomentar el ingreso de metales preciosos en el país, lo cual a su turno aceleró la transición desde una economía natural a una monetaria. Es por eso comprensible que la literatura mercantilista enfocara su atención principalmente en dos problemas fuertemente interrelacionados: 1) la cuestión del comercio exterior y el balance comercial, y 2) la cuestión de la regulación de la circulación monetaria. Podemos distinguir tres períodos caracterizados por la forma en que la solución de estos problemas fue encarada: a) el período del mercantilismo temprano, b) el período de la doctrina mercantilista desarrollada, y c) los comienzos de la oposición antimercantilista.

a) Los primeros mercantilistas dedicaron su atención principalmente a la circulación de dinero, la cual venía de un período de casi total desarreglo durante los siglos XVI y XVII. En parte esto se debió a la “revolución de los precios” que tuvo lugar en ese tiempo [debido al influjo de metales preciosos de América], y en parte a que los soberanos rebajaban la cantidad de metal precioso en las monedas metálicas. (debasement of the currency)

La degradación de las monedas metálicas, el empeoramiento del tipo de cambio del dinero, y la salida de las monedas no alteradas a otros países afectaban severamente los intereses de la burguesía comercial. Los primeros mercantilistas del siglo XVI y principios del XVII abogaron por el “sistema de balance monetario”, y creyeron que sería posible extirpar estos males a través de regulacióngubernamental compulsiva de la circulación de moneda. En particular ellos demandaron una absoluta prohibición de la exportación de monedas metálicas, esperando que por este medio el “balance monetario” del país mejoraría.

b) Los mercantilistas posteriores del siglo XVII habían comprendido ya que las fluctuaciones dentro de la esfera de la circulación monetaria (un tipo de cambio desmejorando y la exportación de monedas metálicas) resultaban de un desfavorable balance comercial del país. Ellos no creyeron posible regular el flujo de dinero directamente, y por eso aconsejaron a los gobernantes concentrar energías en regular el balance comercial del país estimulando la exportación de mercancías a otros países. En particular recomendaron el desarrollo de las industrias de exportación (así se podría exportar manufacturas industriales más caras, en vez de materias primas) y el comercio de tránsito (por ejemplo la compra de mercancías coloniales de los países oceánicos, tales como India, para ser vendidas en los países europeos a precios más altos).

En Inglaterra, la teoría del “balance comercial” fue expresamente desarrollada en el libro de Thomas Mun (1571-1641) England’s Treasure by Forraign Trade, escrito en 1630 pero no publicado hasta 1664.

c) Hacia el fin del siglo XVII había ya comenzado a aparecer una oposición al mercantilismo. Dudley North (1641–1691) fue uno de los primeros librecambistas. El requirió al estado dejar de ejercer regulaciones compulsivas sobre el flujo de dinero desde y hacia otros países, y sobre la circulación de mercancías entre ellos. North demandó total libertad para el comercio exterior y creyó beneficioso para la circulación de dinero y mercancías el ser autorreguladas.

Los economistas que debatían los problemas del balance monetario y el balance comercial se interesaron principalmente en aquellas cuestiones prácticas que tocaban los intereses de la burguesía comercial.

Junto con esta corriente “mercantil” en el pensamiento mercantilista, apareció, hacia fines del siglo XVII, una tendencia “filosófica” cuyos representantes (Petty, Locke, Hume) exhibieron gran interés en solucionar problemas teóricos, primero y principalmente aquellos sobre el valor y el dinero.

Tan pronto como los economistas dirigieron su pensamiento hacia el análisis teórico de los fenómenos económicos, ellos se encontraron confrontados con el problema del valor.

En la Edad Media, cuando los precios eran fijados compulsivamente por las autoridades de la ciudad y de los gremios, el problema del valor había sido planteado normativamente: Los escritores Escolásticos argumentaban sobre el “justo precio” (justum pretium) que era necesario establecer compulsivamente para asegurar al artesano su acostumbrado estándar de vida.

Durante la época del capital mercantil, la formación de precios vía regulación gradualmente cedió lugar a la espontánea formación de precios a través del mercado. Los economistas del siglo XVII se encontraron de cara a un nuevo problema teórico: ¿Cuáles eran las leyes que gobernaban esta formación de precios en el mercado? Las respuestas a esta cuestión eran aún superficiales y no desarrolladas. John Locke (1632-1704), el bien conocido filósofo, respondió que el movimiento de los precios dependía de los cambios en la oferta y la demanda. Nicholas Barbon (1637-1698), su contemporáneo, planteó la teoría de la “utilidad subjetiva”: en sus palabras “El valor de todas las mercancías, surge de su utilidad” y depende de las “necesidades y deseos” de aquellos que las consumen.

Una tentativa más exhaustiva para encontrar una regularidad determinada por una ley en lo que parecía a primera vista el desordenado y azaroso movimiento de los precios fue hecho por James Steuart (1713-1780), uno de los últimos mercantilistas y un defensor de la teoría de los “costos de producción”. Desde su punto de vista una mercancía tiene un “valor real” igual a su costo de producción. El precio de una mercancía no puede ser menor que este valor real, pero es normalmente más alto, conteniendo este excedente el “beneficio” del industrial. Este beneficio, por eso, es algo añadido al valor de la mercancía, y corresponde al industrial porque él ha conseguido venderla bajo circunstancias favorables (es el “beneficio comercial”). La idea de que el beneficio es creado dentro del proceso de circulación es encontrada en casi todos los escritos mercantilistas y refleja las condiciones de la época del capital mercantil, en la cual se conseguían colosales beneficios en el comercio exterior, el comercio colonial en particular. Desde un punto de vista teórico la doctrina del “beneficio comercial” (profit upon alienation) significa el completo repudio de cualquier solución al problema del beneficio y del plusvalor en general.

La solución más sofisticada para el problema del valor vino de William Petty (1623-1687), el ingenioso progenitor de la “teoría del valor trabajo” (labour theory of value: teoría laboral del valor). De acuerdo a la doctrina de Petty, el “precio natural” de un producto o su valor es determinado por la cantidad de trabajo gastado en su producción. Cuando un productor intercambia su producto recibe una cantidad de plata (dinero) en la cual ha sido incorporado tanto trabajo como él mismo ha gastado produciendo el producto en cuestión. El valor de un producto, pan por ejemplo, se descompondrá en dos componentes: 1) salarios, que igualan al mínimo necesario de medios de subsistencia del trabajador (Petty y otros mercantilistas fueron defensores de la “ley de hierro de los salarios”, en el sentido de que ellos recomendaban limitar los salarios de los trabajadores a un mínimo de medios de subsistencia en el interés del desarrollo del capitalismo), y 2) renta de la tierra. Consecuentemente Petty identificaba la renta de la tierra con plusvalor en general, un punto de vista que fue generalmente sustentado en un período en el que el capitalismo estaba recién desarrollándose, y que más tarde fue explícitamente adoptado por los Fisiócratas.

Haciendo esta identificación Petty se prevenía de postular el problema del plusvalor. A pesar de caer en innumerables contradicciones en la manera en que la expuso, en su teoría del valor trabajo Petty puso los cimientos en los cuales los Clásicos y Marx fueron más tarde a construir la teoría del plusvalor. Se puede decir con seguridad que la teoría del valor de Petty es el más valioso legado teórico que la literatura mercantilista iba a legar.

El otro problema teórico junto con la teoría del valor que atrajo la atención de los mercantilistas fue el del dinero. Toda la vieja literatura mercantilista había girado alrededor de los problemas prácticos de la circulación monetaria: La degradación de las monedas metálicas, la exportación de dinero al extranjero, etc. Hacia el fin del período mercantilista, sin embargo, nosotros ya encontramos a Hume y Steuart haciendo reflexiones y formulaciones más o menos maduras sobre las dos teorías en conflicto sobre el dinero, las cuales están aún hoy en día luchando por la supremacía científica. El famoso filósofo David Hume (1711–1776), dio una formulación explícita de la “teoría cuantitativa” del dinero metálico, de acuerdo a la cual el valor de la unidad monetaria depende de la cantidad de moneda en circulación: el valor del dinero cambia inversamente a la variación en su cantidad. La “teoría cuantitativa” había sido formulada ya en el siglo XVI, bajo el impacto de la “revolución de los precios” provocada por el influjo de metal precioso desde América. Hume, sin embargo, la profundizó y la refirió. El oponente de Hume en esta cuestión fue el ya mencionado James Steuart, quien argumentaba que la cantidad de dinero metálico en circulación depende de las necesidades de la circulación de mercancías. Las ideas de Steuart fueron más tarde retomadas por Thomas Tooke (1774-1858) en la primera mitad del siglo XIX y posteriormente fueron desarrolladas por Marx.

2. Los Fisiócratas (segunda mitad del siglo XVIII en Francia)

El término “Fisiócratas” fue aplicado a un grupo de economistas que aparecieron en escena en la década de 1760, especialmente en Francia, La cabeza de la escuela fue François Quesnay (1694-1774), quien reunió a su alrededor un grupo de discípulos y partidarios. Después de un breve período de brillante éxito, la doctrina fisiocrática fue suplantada por las teorías de la nueva escuela “clásica” que había emergido en Inglaterra, y fue por un largo tiempo observada con desprecio y aún con burla. Marx fue uno de los primeros en notar los méritos científicos de los Fisiócratas, los que más tarde a fueron a ganar creciente y extendido reconocimiento científico.

Mientras la doctrina mercantilista reflejaba las condiciones de la economía inglesa durante la época del capital mercantil, la teoría fisiocrática correspondió más a las condiciones sociales y económicas de la Francia a mediados del siglo XVIII. Este fue un tiempo en que Francia se vio envuelta en una lucha global con Inglaterra por la supremacía naval, comercial y colonial y, después de una prolongada guerra, se vio forzada a ceder el primer lugar a su rival. La política mercantilista -practicada con especial determinación bajo el ministerio de Jean-Baptiste Colbert (1665-1683)- de fomentar la industria, la navegación y el comercio a expensas del estado, había fallado en alcanzar sus objetivos y había devorado enormes recursos.

El efecto combinado de las políticas mercantilistas y las supervivencias feudales fue la devastación de la agricultura. Una miríada de factores estaba operando para contener el crecimiento de la agricultura: una tecnología agrícola atrasada, acompañada por pobres cosechas; las políticas mercantilistas de prohibir la exportación de trigo, que deprimía el precio del mismo y un sistema de impuestos cuyo peso recaía sobre los campesinos y liberaba a la nobleza. En su programa de reformas económicas, los Fisiócratas se esforzaron por eliminar cada uno de estos factores. Ellos fervientemente defendían el tipo de agricultura racional que se desarrollaba con notable éxito en Inglaterra. Recomendaban que la tierra fuera arrendada a grandes agricultores con abundante capital. Reclamaban la abolición de las prohibiciones a la exportación de trigo, argumentando el beneficio de altos precios del trigo y bajos precios de los bienes industriales. Finalmente, a fin de proteger al agricultor de los pesados impuestos, pedían que todos los impuestos fueran trasladados sobre la renta recibida por los señores de la tierra.

El programa económico de los Fisiócratas, especialmente su esquema de reforma impositiva, correspondía a los intereses de la burguesía rural y estaba dirigida directamente contra la nobleza feudal. Sin embargo, como ellos no podían confiar en ninguna clase social influyente (la burguesía rural a mediados del siglo XVIII en Francia era demasiado pequeña e inconsecuente), los Fisiócratas pusieron sus esperanzas principalmente en la corona, de quien esperaban que llevara adelante las deseadas reformas. Es por eso comprensible que los Fisiócratas hicieran cuanto pudieran para mellar el filo de su programa dirigido contra la nobleza feudal y en cambio agudizaran el ataque a la política mercantilista. Ellos escamoteaban el carácter burgués de su programa y enfáticamente acentuaban su naturaleza agraria. El slogan de defender la agricultura de las dañosas consecuencias de la política mercantilista se convirtió en la consigna favorita de los fisiócratas. [a esto hay que sumar su defensa del librecambio: laissez faire.]

Los mercantilistas habían mantenido que el mejor medio para hacer rico a un país era el extensivo desarrollo del comercio exterior. Los Fisiócratas reconocieron como única fuente de riqueza de una nación a la agricultura. Los mercantilistas habían visto el comercio exterior como la milagrosa fuente de metales preciosos y enormes beneficios hacia el interior del país. Para refutar esta noción mercantilista, los Fisiócratas tenían que construir una nueva teoría del dinero y del excedente de valor. Desde su punto de vista el dinero no era nada más que una ayuda conveniente en la circulación de los productos: la riqueza de una nación consistía en productos, no en dinero. Pero como los productos industriales no eran nada más que materias primas obtenidas de la agricultura y remodeladas por el trabajo de la población industrial, y como esta última obtenía sus medios de subsistencia también de la agricultura, la riqueza de una nación consistía en última instancia en el producto agrícola, o en la sustancia material que la población agrícola extraía de las generosas entrañas de la madre naturaleza. La riqueza era creada solamente en el proceso de la producción agrícola, y no en el proceso de circulación. Así la política mercantilista de fomentar unilateralmente y artificialmente el comercio y la industria a expensas de la agricultura era absurda y dañosa en grado sumo, ya que una política de fuerte regulación y limitación estatal pone restricciones a la libertad económica individual y por eso viola las leyes del “derecho natural” (laissez faire: dejen hacer).

Para dar a su programa de política económica un más sólido fundamento, los Fisiócratas construyeron su sistema teórico, cuyos puntos centrales fueron: 1) la doctrina del “producto neto” (plusvalor), y 2) la teoría de la reproducción del capital social.

Para demostrar la necesidad de bombear capital fuera del comercio y la industria y dentro de la agricultura, los Fisiócratas plantearon la doctrina de que solamente la agricultura crea “producto neto” o “ingresos” (plusvalor). En la producción agrícola, la generosidad de la naturaleza suministraba al hombre una cantidad mayor de sustancia material que la que había sido necesaria para las necesidades del cultivador y para reponer sus costos de producción. Este excedente de sustancia material o “producto neto”, iba a los propietarios de la tierra como renta sobre las propiedades y formaba así la base para la riqueza de la nación. Esto constituía el fondo que “alimentaba” a la población industrial en los pueblos y cubría los gastos del aparato del estado. Así, para los Fisiócratas, el trabajo agrícola era el único trabajo que era verdaderamente “productivo”; el trabajo industrial era trabajo “estéril”, en el sentido que no rendía “producto neto” (plusvalor) sobre y por encima de los costos de producción.

Para ilustrar más claramente la dependencia que las clases terrateniente e industrial tenían de la clase de los agricultores (a los cuales Quesnay veía como representando a toda la población agrícola), Quesnay creó su famosa teoría de la reproducción, la cual difundió en su famoso Tableau Economique (1758). En el Tableau Quesnay mostró como se movía el total de la producción anual de una nación. La totalidad de la cosecha de trigo venía primero de todo a las manos de la población agrícola, la cual retenía parte de la misma para su propia provisión y pagaba una parte a la clase de los propietarios de la tierra como renta; una tercera parte del producto agrícola (materias primas para el procesamiento industrial y medios de subsistencia) pasaba a las manos de la clase industrial, la cual a su turno regresaba productos terminados – en parte a la clase de los cultivadores, en parte a los propietarios de la tierra. Paralelamente con el movimiento de productos entre las distintas clases sociales, pero en dirección inversa, se establecía un movimiento de dinero, el cual funcionaba meramente como un auxiliar, para mediar la circulación de mercancías. Como lo representaba Quesnay, todo el proceso de distribución del producto social entre las distintas clases sociales era tal que al finalizar todas las clases de la sociedad tenían sus necesidades de consumo satisfechas y un nuevo ciclo de reproducción estaba listo a comenzar.

El Tableau Economique representó el más importante legado teórico de Quesnay. Fue la primera, ingeniosa tentativa de capturar la totalidad del proceso de producción, circulación, distribución y consumo del producto social con un simple esquema. Mientras que los mercantilistas se habían ocupado en debatir problemas aislados, y usualmente de índole práctica, Quesnay hizo un audaz intento de descubrir el mecanismo de la reproducción capitalista como un todo, un intento que le da el derecho de ser llamado el padre de la economía política contemporánea. En su teoría de la reproducción Quesnay se adelantó mucho a su tiempo. Aún los economistas Clásicos fueron incapaces de comprender este logro teórico; solamente Marx iba a desarrollarlo más tarde.

Hay también una valiosa idea teórica en la doctrina Fisiocrática del “producto neto”, aunque está oculta debajo de un ropaje fantástico. Para los mercantilistas la fuente de beneficio era el comercio y el beneficio era un excedente que quedaba después de cubrir los costos de producción. Los Fisiócratas enseñaron que el excedente, o ingreso neto, está estrictamente formado dentro del proceso de producción agrícola. Consecuentemente ellos trasladaron la fuente de formación del plusvalor fuera del proceso de circulación y dentro del proceso de producción. Esta fue una nueva formulación del problema del plusvalor y constituyó uno de los grandes méritos de los Fisiócratas, Ellos fueron incapaces de resolverlo, sin embargo, porque su naturalismo ingenuo, el cual pone la productividad física del suelo en el lugar de la productividad económica del trabajo, y la producción de sustancia material en el lugar de la producción de valor. Fue necesario dar una nueva base a la teoría del valor tan vigorosamente planteada por los Fisiócratas, a saber la teoría del valor-trabajo dada a conocer por los mercantilistas, y por Petty en particular. Le tocó a Adam Smith llevar adelante esa tarea.

3. Adam Smith (1723-1790) y La riqueza de las naciones (1776)

Los mercantilistas actuaban como defensores de los intereses del capital mercantil, pero hacia el siglo XVIII la política mercantilista ya se había convertido en un freno para el posterior desarrollo del capitalismo: estaba retardando la transición de la preponderancia del capital mercantil a la preponderancia del capital industrial. En Francia la burguesía rural, de quien los fisiócratas actuaron como delegados, era numéricamente pequeña y tenía poca influencia. Por eso los fisiócratas fueron impotentes para vencer la dominación del capital mercantil. Solamente la burguesía industrial en las ciudades tenía el poder para quebrar la preponderancia del mercantilismo. En forma similar, al nivel de la teoría económica, fue solamente gracias a los esfuerzos de la escuela clásica, representando los intereses del capitalismo industrial, que el mercantilismo fue vencido como doctrina. Adam Smith es considerado el fundador de la escuela clásica.

La primera mitad del siglo XVIII fue un período de transición en la historia de la economía inglesa. Aunque la artesanía aún mantenía parcialmente su posición, había dejado bastante lugar a la industria domiciliaria (cottage industry). Había también una más modesta propagación de la manufactura.

Adam Smith puede ser llamado el economista del período manufacturero. El nacimiento del capitalismo industrial a gran escala, en la forma de las manufacturas basadas en la división del trabajo, hizo posible para Smith:

a) Concebir al conjunto de la sociedad como un gigantesco taller con una división del trabajo (de allí la doctrina de Smith sobre la división del trabajo).

b) Comprender la importancia del trabajo industrial, junto con el comercio y la agricultura (gracias a lo cual Smith superó la unilateralidad de los mercantilistas y de los Fisiócratas).

c) Concebir el intercambio entre diferentes ramas de la producción como un intercambio de productos equivalentes basado en igual gasto de trabajo (por eso el lugar central que la teoría del valor ocupa en el sistema de Smith).

d) Clasificar correctamente las diferentes formas de ingreso (salarios, beneficio y renta) que van cada uno a diferentes clases sociales.

Smith comienza describiendo la división del trabajo, a la cual él ve como el mejor medio para aumentar la productividad del mismo. Esta visión fue asimismo un reflejo de las condiciones prevalecientes durante el período de las manufacturas, cuando no había todavía una amplia aplicación de maquinaria y la base del progreso técnico era aún la división del trabajo. Como Smith se interesó principalmente por las ventajas técnico- materiales de la división del trabajo y no por su forma social, es perfectamente comprensible que pudiera confundir la división social del trabajo entre empresas individuales con la división técnica del trabajo dentro de la misma empresa. A pesar de este error, la doctrina de Smith sobre la división del trabajo es de enorme valor. A partir de ella, Smith concibe al conjunto de la sociedad como una vasta sociedad laboriosa de gente que trabaja una para otra e intercambia mutuamente los productos de su trabajo. La concepción de la sociedad como siendo al mismo tiempo una sociedad de individuos trabajadores y de intercambio, le permitió a Smith comprender la importancia de la industria y darle un lugar central a la teoría del valor trabajo.

Smith consideró a la sociedad como una sociedad trabajadora de individuos dependiendo unos de otros en virtud de su actividad productiva. A diferencia de los mercantilistas, él comprendió que el intercambio de las mercancías por dinero equivale en definitiva a un intercambio de los productos del trabajo de diferentes productores. Por otro lado, superó la unilateralidad de los Fisiócratas, quienes consideraban el movimiento de mercancías como un movimiento de materia, o de la substancia material natural, desde la clase de los cultivadores a las otras clases de la sociedad (por ejemplo a las clases terrateniente e industrial). Por debajo del intercambio de productos Smith percibió un intercambio de actividades laborales de los diferentes productores. Si todos los productores dependen el uno del otro, esto obviamente elimina la privilegiada posición que los mercantilistas habían acordado al comercio exterior y los Fisiócratas a la agricultura. Si la industria depende de la agricultura, entonces esta última debe depender de la industria precisamente en el mismo grado. Es absurdo sostener que la población agrícola “mantiene” a la población industrial que es “estéril” en sí misma. La agricultura y la industria son ramas de la producción con igual categoría: el intercambio entre ellas es un intercambio de equivalentes.

Habiendo evitado del error de los Fisiócratas en la comprensión de la relación entre la agricultura y la industria, Smith fue capaz de llegar a una comprensión más correcta del capital y de la productividad del trabajo. Según Smith, todo trabajo es productivo si genera valor o plusvalor, independientemente de si es aplicado a la agricultura o a la industria (Smith vacila en su definición: a veces él define trabajo productivo como aquel que genera plusvalor y otras veces como el que se incorpora en productos materiales que poseen valor).

Paralelamente a extender el concepto de trabajo productivo, Smith también extendió el concepto de capital. Durante el período mercantilista usualmente se llamaba capital a una suma de dinero prestada a interés. Los Fisiócratas mantuvieron que capital (ellos usualmente empleaban el término les avances) no era el dinero sino los productos empleados como medios de producción. Tenían en mente solamente el capital invertido en la agricultura, y además, veían al capital principalmente como un medio de incrementar el “producto neto” (por ejemplo la renta). Smith amplió el concepto de capital y lo extendió igualmente a la industria y el comercio. Más adelante, Smith enlazó el concepto de capital íntimamente al concepto de beneficio, viendo al capital como un generador de beneficios. Haciendo esto él propuso un concepto “económico privado” de capital como un medio de extraer beneficios, al lado del concepto “económico nacional” de capital (en el sentido de medios de producción producidos) que encontramos en los Fisiócratas.

En base a su doctrina de la división del trabajo, Smith colocó a la teoría del valor en una posición central. Los Fisiócratas, con su limitado punto de vista naturalista, habían confundido valor con substancia material. Smith aceptó las ideas que nosotros encontramos presentadas en embrión entre los mercantilistas (especialmente en Petty) y desarrolló luego la teoría del valor trabajo. La secuencia de los pensamientos de Smith es aproximadamente como sigue: En una sociedad fundada sobre la división del trabajo, cada persona produce productos para otra gente y, al entrar en el intercambio, recibe aquellos productos que son necesarios para su propia subsistencia. Adquiriendo los productos del trabajo de alguna otra persona, nuestro productor está disponiendo sobre, o “comandando” el trabajo de otra. Pero, ¿cómo hace nuestro productor para determinar el valor de los productos que él mismo ha producido? Por la cantidad de trabajo de otras personas que él puede obtener a cambio de sus propios productos, responde Smith. Pero ¿cómo hacemos para determinar esta cantidad de trabajo? En una economía mercantil simple [sin trabajo asalariado] esta igualará la cantidad de trabajo que nuestro productor gastó en producir su propio producto. Así Smith a veces determina correctamente el valor de una mercancía por el trabajo gastado en su producción, mientras que otras veces él lo determina, erróneamente, por el trabajo que la mercancía en cuestión puede comprar cuando es intercambiada. Mientras Smith permanece en los límites de una economía mercantil simple esta confusión conceptual es poco dañina, dado que las dos cantidades coinciden. En la economía capitalista sin embargo, esta coincidencia desaparece: el capitalista adquiere el trabajo vivo del obrero (la fuerza de trabajo), por ejemplo ocho horas de su trabajo, a cambio de un producto que contiene una cantidad más pequeña de trabajo. Al ser incapaz de explicar las leyes de este intercambio de capital por fuerza de trabajo, Smith erróneamente concluye que en la economía capitalista el valor del producto es mayor que la cantidad de trabajo gastado en su producción, y es igual a la suma que el capitalista ha desembolsado al emplear obreros más el beneficio promedio (en ciertas circunstancias también más la renta). En consecuencia, cuando llega a la economía capitalista Smith niega que la ley del valor trabajo opere: aquí él cae en la teoría vulgar de los costos de producción. A causa de sus vacilaciones en la teoría del valor, Smith se convirtió en el predecesor de las dos corrientes dentro del pensamiento económico a los comienzos del siglo XIX: la tendencia Clásica, la cual obtuvo su máxima expresión en Ricardo, y la corriente vulgar, representada por Say. La inconsistencia de la teoría del valor de Smith le impidió solucionar completamente su teoría de la distribución. Es verdad que el hizo un enorme avance cuando se compara con los fisiócratas. Reemplazó el falso esquema de las clases sociales de los fisiócratas (clase terrateniente, clase productiva y clase estéril) por un esquema correcto de terratenientes, capitalistas industriales y trabajadores asalariados. Enumeró correctamente las tres formas de ingreso que cada una de estas clases recibe: salarios, beneficios y renta. Especialmente Smith merece reconocimiento por haber distinguido claramente la categoría de beneficio industrial (industrial profit), aplicable también a la agricultura, que los fisiócratas habían ignorado.

A pesar de todos los planteos que Smith hizo en la teoría de la distribución, finalmente su tratamiento de la misma quedó muy incompleto, en parte debido a que no mantuvo el punto de vista de la teoría del valor trabajo, sino que lo abandonó en favor de la doctrina de los costos de producción. Habiendo mantenido Smith la teoría de que el valor de un producto es creado por el trabajo humano y es dividido entre las distintas clases sociales, la interdependencia de los ingresos de las diferentes clases se había mostrado a sus ojos y demandado elucidación a través de la teoría de la distribución. Pero tan pronto como Smith cayó en la teoría de los costos de producción, de acuerdo a la cual el valor de un producto es el resultado de la suma de los distintos costos de producción, o del ingreso de aquellos participantes de la producción (salarios, beneficio y renta), estos ingresos se le aparecieron como algo previo al valor e independientes uno del otro. En vez de referirse al valor del producto como lo primario y a los ingresos como lo secundario, Smith consideró al valor como una magnitud secundaria derivada del ingreso. Pero si este fuera el caso, una pregunta podría surgir inmediatamente: ¿Cómo se determina la medida de estos ingresos (por ejemplo los salarios o el beneficio)? Smith no encontró mejor respuesta a esta pregunta que hacer una disimulada apelación a la teoría de la oferta y la demanda. Desde su punto de vista el nivel de los beneficios depende de la abundancia de capital o, para ser más precisos, de la tasa de acumulación: cuando el capital está creciendo rápidamente la tasa de beneficios cae; cuando el capital total del país declina, la tasa de beneficios sube. Pero un crecimiento del capital indica un crecimiento simultáneo de la demanda de fuerza de trabajo, y es así acompañada por un alza de los salarios. La situación inversa ocurre cuando el capital total de un país está disminuyendo. Finalmente, cuando el capital está en un estado estacionario los salarios y los beneficios se fijan en un bajo nivel. De esta manera el movimiento de los ingresos de los capitalistas y de los trabajadores dependen de que la economía de la nación esté en un estado progresivo, estacionario o declinante. Con esa posición difícilmente se podría decir que Smith resolvió el problema de la distribución: él meramente dio una descripción de los hechos, acompañada por una superficial explicación de los mismos en el espíritu de la teoría de la oferta y la demanda. Quedó para el otro gran economista de la escuela Clásica, David Ricardo, dar el decisivo paso adelante en la teoría de la distribución.

4. David Ricardo (1772-1823) y los Principios de economía política y tributación (1817)

La vida de David Ricardo coincide más o menos con la época de la revolución industrial inglesa, la cual, con la introducción extensiva de nueva maquinaria y el rápido desarrollo de la producción fabril, desplazó exitosamente a las formas previas de la industria (la artesanía, la industria domiciliaria y las manufacturas). Si Smith puede ser llamado el economista del período de las manufacturas, entonces Ricardo es el economista de la época de la revolución industrial, cuyas características básicas se reflejaron en su teoría. En su teoría del valor trabajo Ricardo generalizó los diversos hechos asociados con el drástico y rápido abaratamiento de la producción industrial que resultó de la introducción de nueva maquinaria y del crecimiento de la productividad técnica del trabajo. En su teoría de la distribución, y más visiblemente en su teoría de la renta, él reflejó la agudización de la lucha de clases entre la burguesía y la nobleza terrateniente que acompañó los primeros éxitos de la industria fabril.

El mérito principal de Ricardo es haber liberado a la teoría del valor trabajo de las contradicciones internas que había sufrido en la formulación de Smith, y haber intentado usarla para explicar el fenómeno de la distribución.

Smith había fallado en hacer una distinción suficientemente clara entre la cantidad de trabajo gastada en la producción de un producto y la cantidad de trabajo que ese producto era capaz de adquirir cuando se intercambiaba. De acuerdo con este punto de vista dual, Smith reconoció que el valor de un producto podía modificarse tanto como resultado de un cambio en la productividad del trabajo empleado en producirlo, como a consecuencia de una alteración en el “valor del trabajo” (por ejemplo en el monto de los salarios o de los costos de producción).

Ricardo atacó este error de Smith. El demostró claramente que la cantidad de trabajo que puede ser adquirida a cambio de una determinada mercancía no puede servir como una medida invariable de su valor, y que buscar tal medida invariable es en general una empresa sin esperanza. Ricardo identifica un cambio en la cantidad de trabajo gastado en la producción de mercancías como la única fuente (con la excepción de los casos citados más abajo) de cambios en su valor. Por eso él hace depender la magnitud de valor de una mercancía directamente del desarrollo de la productividad técnica del trabajo. Al adherir consistentemente a esta posición Ricardo hace una gran contribución hacia la solución del problema cuantitativo del valor, aunque con su horizonte limitado (como fue el caso de Smith) a la economía capitalista, él ignoró la naturaleza cualitativa o social del valor como la expresión externa de un determinado tipo de relaciones de producción entre las personas.

Smith había negado que la ley del valor trabajo operara dentro de la economía capitalista, donde el valor de los productos no va completamente a sus productores, sino que es repartida entre los salarios y el beneficio. Para refutar completamente esta errónea visión de Smith, habría sido necesario explicar las leyes por las cuales el capital se intercambia por fuerza de trabajo. Solo hubiera sido posible explicar estas leyes analizando las relaciones sociales de producción que sujetan al obrero al capitalista. Pero el método de analizar relaciones de producción como relaciones entre personas fue desconocido para Ricardo tal como lo había sido para Smith. Ricardo, por eso, no tuvo otro recurso que dejar de lado la pregunta que Smith había planteado. Así lo hizo, restringiendo sus investigaciones a la cuestión del valor “relativo” de las mercancías. Debido a que esta es una cuestión de valor “relativo” de dos mercancías A y B, es obvio que algún cambio en los salarios de los obreros (una suba, por ejemplo) que ejerza una influencia uniforme en los costos de producción de las dos mercancías no afectará en lo más mínimo su valor “relativo”. El resultado de un alza en los salarios no es el incremento del valor del producto, como Smith había pensado, sino solamente el descenso del nivel de los beneficios. No importa como esté distribuido el valor del producto entre salarios y beneficios, esto no afectará la magnitud de valor del producto, el cual en la economía capitalista está determinado por la cantidad de trabajo necesario para producirlo. Al tomar la posición de que los salarios y el beneficio cambian recíprocamente uno al otro, Ricardo hizo un decisivo aporte al punto de vista de que el beneficio es una porción del valor del producto el cual los trabajadores han creado con su trabajo y del cual los capitalistas se apropian.

En esto Ricardo rectifica el error de Smith que consistía en negar que la ley del valor trabajo operara en la economía capitalista. Pero él no se las arregló para mostrar cómo la ley del valor trabajo, la cual no se manifiesta directamente en el funcionamiento de la economía capitalista, sin embargo lo regula indirectamente a través de los precios de producción. Ricardo no logró explicar exitosamente la aparente contradicción entre la ley del valor trabajo y los fenómenos observables de la economía capitalista. En realidad, Ricardo fue capaz de eliminar la influencia de la fluctuación de los salarios (y la correspondiente fluctuación en la tasa de beneficios) en los valores relativos de dos mercancías, A y B, solamente si los salarios tienen aproximadamente el mismo peso en los costos de producción de las dos mercancías, o sea, en tanto que las dos ramas de la producción empleen capitales con idéntica composición orgánica. Si los capitales que producen las mercancías A y B tienen composiciones orgánicas desiguales (o diferente período de ciclo), una suba de los salarios (o caída en la tasa de beneficio) afectará más perceptiblemente a la mercancía producida con una más baja composición orgánica, por ejemplo la mercancía A. Para preservar el mismo nivel de beneficio en las dos ramas de la producción el valor relativo de la mercancía A deberá subir en comparación con la mercancía B. Así Ricardo llega a su famosa “excepción” a la ley del valor trabajo. Los valores relativos de las mercancías A y B cambiarán no solamente con las fluctuaciones en las cantidades relativas de trabajo requeridas para su producción, sino también con un cambio en la tasa de beneficio (o con un correspondiente cambio en los salarios). El beneficio sobre el capital es de esta manera un factor independiente que regula el valor de los productos junto con el trabajo.

Permitiendo estas “excepciones” a la ley del valor trabajo Ricardo abrió el camino para que los economistas vulgares (Malthus, James Mill, McCulloch, etc.) abandonaran completamente la teoría del valor trabajo. Ricardo mismo, sin embargo, consideraba estas “excepciones” como de importancia secundaria comparada con el principio básico del valor trabajo, su punto de partida para construir su propia teoría de la distribución.

La teoría de la distribución de Ricardo persiguió dos grandes objetivos: primeramente debía surgir a partir de su teoría del valor, en segundo lugar debía dar cuenta de los fenómenos reales de la distribución que Ricardo venía observando en la Inglaterra de comienzos del siglo XIX. La teoría de Smith de la distribución había caído en una vulgar teoría de los costos de producción: la suma de los salarios, beneficios y rentas formaba el valor de la mercancía. Nosotros hemos visto ya cómo Ricardo eliminó la contradicción entre la existencia real de beneficio y el principio del valor trabajo: él consideró el beneficio como una porción del valor del producto que quedaba después de la deducción de los salarios (aunque Ricardo se inclinó en sus “excepciones” a tratar el beneficio como un factor independiente en la formación del valor). Ahora Ricardo se enfrentaba con la necesidad de remover la contradicción entre este mismo principio del valor trabajo y la existencia de la renta, la cual a primera vista tiene la apariencia de estar añadida al valor de la mercancía. En tanto esta fue una cuestión de renta “diferencial” Ricardo se las arregló para resolver la contradicción con supremo sentido artístico. La renta crece porque diferentes lotes de tierra tienen diferentes productividades del trabajo. El valor de un bushel de trigo es determinado por la cantidad de trabajo necesaria para su producción en la tierra de inferior calidad bajo cultivo en ese momento. La diferencia entre este valor social del trigo y su valor individual en parcelas de mayor fertilidad (o en parcelas situadas más cerca de los mercados, incurriendo así en menores gastos de transporte) forma la renta que es pagada al propietario de la tierra. Para Ricardo la peor tierra bajo cultivo no paga ninguna renta (un punto de vista erróneo, ya que asume que no existe la renta absoluta). Al ser cultivadas nuevas y cada vez inferiores tierras, el precio del bushel de trigo aumentará. Y también lo hará la renta de la tierra, ambos en términos reales en trigo (ya que la diferencia en productividad entre la mejor y la peor tierra estará creciendo), y aún más nominalmente, en términos de dinero (desde que el valor de cada bushel de trigo habrá subido).

Al tratar la renta no como una adición al valor social del trigo, sino como la diferencia entre este valor social y el valor del trigo en cada parcela en particular, Ricardo fue capaz de hacer su teoría de la renta consistente con su teoría del valor. Al mismo tiempo intentó derivar de su teoría de la renta conclusiones lógicas que estuvieran de acuerdo con los hechos de la realidad. La época de la revolución industrial inglesa estuvo caracterizada no solamente por la tremenda caída en los precios de los artículos industriales que vino con la introducción de nueva maquinaria, sino también por un enorme aumento en el precio del trigo. Este aumento era en los hechos explicable por la rápida industrialización del país, el bloqueo continental de Napoleón y por los altos impuestos a la importación de trigo que se habían establecido en beneficio de la aristocracia inglesa. Este fue un fenómeno temporario, pero Ricardo lo convirtió en una ley permanente de la economía capitalista. En su visión, el crecimiento de la población podría hacer cada vez más necesario transferir los cultivos a cada vez peores parcelas de tierra, lo cual sería acompañado por el crecimiento de los precios del trigo y una tendencia al crecimiento en la renta nominal y real. Todas las ventajas de la industrialización del país irían a la clase de los propietarios de la tierra. Los trabajadores no compartirían estos beneficios porque aunque sus salarios nominales podrían subir con la suba de los precios del trigo, su salario real quedaría estacionario en el mejor de los casos, por ejemplo al mínimo nivel de los medios de subsistencia requeridos por el obrero y su familia (lo que Lasalle llamó la “ley de hierro de los salarios”). En cuanto al beneficio, este exhibiría una tendencia inexorable a la caída, debido a la inevitable suba de los salarios. La caída en el beneficio debilitaría la iniciativa de los capitalistas a acumular capital, y el progreso económico de la nación inevitablemente se demoraría, acercándose a una detención total.

Todo el retrato que hace Ricardo de los movimientos entre las diferentes clases sociales fluye de su convencimiento de que el precio del trigo debía necesariamente elevarse. Ricardo subestimó la posibilidad de un poderoso crecimiento en la productividad en el trabajo agrícola. Su doctrina de un necesario e inexorable crecimiento en el precio del trigo no fue confirmado por los hechos, ni tampoco lo fueron las conclusiones deducidas del mismo. Aun así, su teoría de la distribución representa un enorme avance científico. El pintó el vasto recorrido de los movimientos en los ingresos de todas las clases sociales, y su íntima interconexión; mostró esta dinámica como una consecuencia necesaria de la ley del valor trabajo; y reveló claramente los conflictos que existen entre los intereses de las diferentes clases.

5. La desintegración de la escuela clásica

Ricardo había sido lo suficientemente audaz como para comprender abierta y directamente los conflictos de intereses entre los capitalistas y los trabajadores. Como la lucha entre las dos clases se agudizó y empujó a la lucha entre los capitalistas y la aristocracia a un segundo plano, los economistas burgueses comenzaron a cambiar desde una clara descripción y explicación de la economía capitalista a presentar una justificación de ella. La economía política burguesa devino crecientemente apologética (es decir, se dio ella misma como fin la justificación del capitalismo) y vulgar (por ejemplo restringió sus investigaciones al estudio superficial de los fenómenos tal como ellos podían aparecérsele al capitalista, en vez de probar la conexión interna entre ellos). Aproximadamente en la década de 1830 comenzó el período de “desintegración’’ de la escuela clásica. Los economistas burgueses de ese período repudiaron la teoría del valor-trabajo desarrollada por Smith y Ricardo. Con el fin de mostrar que el beneficio no es parte del valor creado por el trabajo de los obreros, ellos inventaron nuevas teorías sobre su origen. La doctrina de Jean-Baptiste Say (1767-1832) fue que el beneficio es creado a causa de la productividad de los medios de producción pertenecientes al capitalista (la teoría de la productividad del capital); Nassau William Senior (1790-1864) vio el beneficio como la recompensa a la “abstinencia” de los capitalistas, quienes acumulan capital al refrenar la satisfacción directa de sus necesidades personales (la teoría de la abstinencia). Así como la economía política burguesa devino apologética y vulgar, así también comenzó la oposición a ella. Se le opusieron los representantes de la clase terrateniente, puesta en un segundo plano por la burguesía -Thomas Robert Malthus (1766-1834), quien enseñaba que solamente la existencia de una clase rica de terratenientes podría crear un mercado para los artículos industriales-, los defensores de la pequeña burguesía, el campesinado y los artesanos -Sismondi (1773-1842), quien argumentaba que el capitalismo, llevando a la ruina al campesinado y a los artesanos, reducía el poder de compra de la población y creaba así las condiciones para constantes crisis-, y , finalmente, los primeros defensores de la clase obrera (los socialistas utópicos).

¿Recuperación económica mundial?

Los últimos datos económicos muestran que el crecimiento económico en los principales países capitalistas ha ido en aumento durante la primera mitad de 2017.
 
 
La economía de Japón ha crecido al ritmo más rápido de los últimos dos años en el segundo trimestre de este año, y el gasto interno se ha acelerado mientras el país se prepara para los Juegos Olímpicos de Tokio de 2020.
 
 
En la zona euro, el crecimiento del PIB real aumentó a una tasa anualizada del 2,5%, mientras los países de Visegrad (República Checa, Polonia, Hungría y Eslovaquia) crecieron al 5,8% en el segundo trimestre de este año.
 
 
La economía de Estados Unidos continúa creciendo un poco más del 2% anual, y ello hace que las principales economías parezcan estar un poco mejor en términos de crecimiento, o al menos eso parece en comparación con la caída de las tasas de crecimiento de 2015-6.
 
¿Cuál ha sido la razón principal de esta ligera mejoría? En mi opinión, es la relativa recuperación de la economía china, considerada por la mayoría de los observadores, y así lo confirman los hechos, el motor del crecimiento económico mundial (en el margen) desde 2007. Como señala el FMI en su última encuesta de la economía china: “Mientras muchas de las economías avanzadas de Occidente siguen luchando tras la crisis financiera de 2007-09,  China, ha sido el motor de crecimiento de la economía mundial, representando más de la mitad del crecimiento del PIB mundial en los últimos años.”
 
 
La producción manufacturera en China aumentó un 6,7% analizado en julio, continuando la ligera recuperación en 2017 después de caer a un mínimo en 2016 tras un máximo de más del 11% anual en 2013. Como resultado, la producción industrial de la zona euro se ha recuperado, en particular en Alemania, los Países Bajos e Italia, ya que exportan más a China. El sector manufacturero de Estados Unidos también ha revertido su contracción real en 2016. El sector manufacturero de Japón saltó hasta el 6,7% en comparación con 2016, empujado por la demanda de construcción para los Juegos Olímpicos.
 
Todo parece mucho mejor. Pero recordemos que la mayor parte de estas grandes economías todavía están creciendo alrededor de solo el 2% anual, todavía muy por debajo de las tasas anteriores a 2007 o incluso la media del período posterior a 1945. Las economías capitalistas ‘desarrolladas’ están creciendo a su ritmo más bajo en décadas. Ruchir Sharma, jefe de estrategia global y responsable de mercados emergentes de Morgan Stanley Investment Management, señaló en un reciente  ensayo en la revista Foreign Affairs que “ninguna región del mundo está creciendo tan rápido como antes de 2008, y no debe esperarse que ninguna lo haga. En 2007, en el pico del boom anterior a la crisis, las economías de 65 países – incluyendo bastante de las grandes, como Argentina, China, India, Nigeria, Rusia y Vietnam – crecieron a una tasa anual del 7% o más. Hoy en día, sólo seis economías están creciendo a ese ritmo, y la mayoría son países pequeños como Costa de Marfil y Laos“.
 
Sin embargo, todos los índices de compras de gerentes (PMI) que proporcionan la mejor guía de la situación inmediata de la actitud y la confianza del sector capitalista en cada país muestran todos ellos que la expansión todavía está en marcha – aunque no al ritmo de 2013-14. De nuevo, la clave parece ser una recuperación del PMI de China.
 
 

¿Qué nos señala todo esto sobre la probabilidad de una nueva recesión económica mundial en el próximo año o dos? Eso es algo que he estado pronosticando o esperando. Los últimos datos parecen apuntar lo contrario.

 
Los principales analistas ortodoxos siguen siendo optimistas sobre el crecimiento con la única condición de que China no colapse. La encuesta del FMI adelanta el argumento familiar ortodoxo que la deuda total es tan alta que puede provocar bancarrotas e impagos, provocando una crisis y debilitando la economía mundial. La deuda total se ha cuadruplicado desde la crisis financiera, hasta situarse en 28 billones de dólares a finales del año pasado.
 
No estoy de acuerdo. Por dos razones. En primer lugar, cuando el crecimiento de China se desaceleró bruscamente a principios de 2016, los analistas ortodoxos argumentaron que China podría empujar a la economía mundial hacia abajo. Mi opinión fue que, por importante que fuese la economía china, no es lo suficientemente grande como para arrastrar consigo a los EEUU y Europa. Las economías avanzadas sigue siendo la clave para saber si habrá una recesión mundial. Y así se ha demostrado.
 
En segundo lugar, el tamaño de la deuda de China es grande, pero la economía china es diferente de las economías capitalistas avanzadas. La mayor parte de la deuda está en manos de los bancos estatales y las empresas estatales chinas. El gobierno chino puede rescatar a estas entidades utilizando sus reservas y el ahorro forzoso de los hogares chinos. El estado tiene el poder económico para ello, a diferencia de los gobiernos de los EEUU y Europa durante la crisis crediticia de 2007. Los gobiernos entonces eran deudores de los bancos y las empresas capitalistas, y no al revés. En mi opinión, cualquier crisis de crédito en China será resuelta sin producir un colapso importante en la economía.
 
¿Quiere decir esto que se puede descartar una nueva recesión mundial? No, en absoluto. Una de mis indicadores clave de la salud de las economías capitalistas, como mis lectores saben, es la evolución de los beneficios en el sector capitalista. Los beneficios de las empresas a nivel globales (un promedio ponderado de las principales economías) también han experimentado una recuperación significativa tras su colapso a finales de 2015. De hecho, Los beneficios empresariales parecen en general aumentar con su tasa más rápida desde el cambio de tendencia después del final de la Gran Recesión.
 
 
Sin embargo, esta tendencia global es impulsada por la recuperación de China y la recuperación de Japón (¿debido a la construcción para los Juegos Olímpicos?). El crecimiento de los beneficios industriales en los EEUU, Alemania y el Reino Unido se desacelera de nuevo después de un breve repunte a finales de 2016.
 
Para mí, la clave sigue siendo el estado de la economía de Estados Unidos y, en particular, de los beneficios y los niveles de inversión allí. El crecimiento del mercado de valores de Estados Unidos no esta acompasado con los niveles de beneficios industriales. El indice S&P 500 ajustado cíclicamente de precios-beneficios (CAPE) sólo ha sido mayor en una ocasión, a finales de 1990. Actualmente se encuentra a la par con los niveles anteriores a la Gran Depresión.
 
Los beneficios de las empresas de Estados Unidos se han recuperado en los últimos trimestres después de haber caído (aunque ahora vuelve a desacelerarse) y, junto con ello, la inversión empresarial ha arrancado. Hay que seguir durante el resto de 2017 estos datos para ver si es sostenible.
 
 
La suma de los beneficios industriales han crecido a una tasa anual de tan sólo el 0,97% en los últimos cinco años. Antes de este período el crecimiento quinquenal anualizados de los beneficios fue del 7,95%. Con una deuda que ha alcanzado los 8.6 billones de dólares, los niveles de deuda industrial son actualmente un 30% más alto que su pico anterior, en septiembre de 2008. En el 45,3%, la proporción de la deuda industrial en relación con el PIB está en máximos históricos, y recientemente superó los niveles previos a las dos últimas recesiones. Si hay un problema con el nivel de deuda, es en los EEUU, no en China.
 
Publicado originalmente en el blog de Michael Roberts. Traducción de G. Buster en Sin Permiso.
 
Ilustración de Steve Cutts

¿Brotes verdes en la economía?: algunas interrogantes

por Albert Recio//

I

Oficialmente, la crisis ha terminado. Al menos, es lo que argumenta la versión oficial sobre la base de considerar que el nivel alcanzado por el PIB del segundo semestre de 2017 supera al del segundo semestre de 2008, cuando se considera que empezó el desastre.

Pero ya se sabe que el PIB es una medida poco fiable de la realidad económica. Convertir toda la enorme variedad de actividades económicas en una sola cifra exige adoptar un número tan grande de convenciones técnicas (y decisiones políticas) que pueden hacer variar el volumen del PIB con relativa facilidad. Sin perder de vista las actividades sociales útiles que el PIB no contempla, así como su ignorancia de los efectos negativos de la actividad económica convencional sobre el fondo natural del planeta y sobre las condiciones de vida. Hay consciencia creciente de lo inadecuado de esta medida, pero el discurso oficial sigue aferrado a viejas ideas y por eso se sigue tomando está cifra mágica como eje de la evaluación económica. Y, como la cifra da ahora un nivel parecido al de hace nueve años, pues ya podemos decretar el final de la crisis.

Ante tamaño anuncio propongo un ejercicio simple, de corte convencional. Comparar una serie de estadísticas económicas del momento de inicio de la crisis (la culminación de un período de auge) con la situación actual. Y ver en qué medida podemos pensar que simplemente se ha salido de una crisis profunda, de la misma forma que una persona se considera restablecida de una enfermedad cuando una serie de análisis indican que ha recuperado los parámetros anteriores a la misma.

II

Podemos empezar por la crítica más conocida. La recuperación económica no ha recuperado los niveles de empleo y, además, el nuevo empleo creado es peor que el destruido en términos de condiciones laborales, salarios etc.

Basta tomar unas pocas variables para constatar que esta evaluación es cierta.

La Encuesta de Población Activa ofrece unos datos contundentes: entre el segundo semestre de 2008 y el segundo de 2017 la población activa (la que esta empleada o busca empleo) se ha reducido en 305 000 personas, se han destruido 1,83 millones de empleo y el número de personas desempleadas ha aumentado en más de un millón y medio. Es decir, más paro, menos empleo y más personas desanimadas que han dejado de buscar.

La destrucción de empleo se ha producido tanto en el empleo asalariado como en el no asalariado en proporciones parecidas. Al final del período, la tasa de asalarización ha crecido ligeramente, menos de un 1 por ciento (pasando de 82,5 a 83,4 %). O sea que en conjunto hay una ligera mayor proporción de asalariados que de no asalariados, algo que no se corresponde con la percepción extendida que estamos asistiendo a la explosión del empleo autónomo.

Si de la cantidad pasamos a la calidad, las dos medidas que podemos utilizar son el peso del empleo a tiempo parcial y el del empleo temporal. Aunque puede haber muchas razones por las que una persona decida trabajar pocas horas, en general el empleo a tiempo parcial va asociado a niveles de ingresos bajos y a empleos situados en la parte inferior de la pirámide ocupacional (en términos de salarios, reconocimiento, posibilidades de carrera etc.). El empleo a tiempo parcial ha crecido, pasando del 11,7 % de todos los empleos al 15,2 %. Pero aquí las diferencias se agudizan si se considera tanto el estatus profesional como el género. Mientras que, en conjunto, el empleo a tiempo parcial de los asalariados ha pasado del 12,1 % al 16,5 % del total, el de los no asalariados se ha reducido del 10% al 8,5 %. El empleo a tiempo parcial representa el 26 % del empleo asalariado femenino frente a solo el 7,8 % para los hombres, aunque en ambos casos se experimentan aumentos porcentuales parecidos.

Solo los datos del empleo temporal podrían indicar una mejoría en la calidad del empleo. El porcentaje de empleo temporal se ha reducido en 2,5 puntos entre los dos períodos estudiados (del 29,3 % al 26,8 %), pero hay que ser cautos con esta evaluación. Al principio de la crisis había mucho empleo en la construcción, el sector donde el empleo temporal es siempre más elevado. Más bien lo que muestran estos datos que el empleo temporal está enquistado en el mercado laboral español, y esto a pesar de las diversas reformas laborales que ha debilitado de forma sustancial la protección al empleo, que para los economistas y políticos neoliberales es la razón que explica el crecimiento del empleo temporal.

Analizar el impacto de estos cambios en los salarios es más complicado por las propias limitaciones de las estadísticas salariales. Ya me ocupé de ello en una nota anterior (“Empleo y condiciones de trabajo en la recuperación”, mientrastanto, febrero de 2017). Hay evidencias que indican no sólo que los salarios se han moderado sino que esta moderación se ha centrado fundamentalmente en los niveles salariales más bajos. Las huelgas de las subcontratas de los aeropuertos, el movimiento de las kellys o de los autónomos de Deliveroo es una respuesta combativa a esta degradación laboral que las estadísticas recogen sólo parcialmente.

Con todo, algunos datos son contundentes. El peso de las rentas salariales en el PIB ha decrecido en casi 3 puntos (pasando del 49,8 % al 46,9 % entre 2008 y 2017). Es notorio poner en relación este dato con la tasa de asalarización a la que me he referido anteriormente, y que indica un aumento del peso de los asalariados de 1 %. Es decir, que una proporción mayor de personas activas se reparten una proporción sustancialmente inferior de la renta total.

La Encuesta de Condiciones de Vida, por su parte, es un buen indicador de esta degradación de los ingresos y las condiciones de vida de una parte de la población, con el aumento a lo largo del período del porcentaje de población en riesgo de pobreza (del 19,8 % al 22,5 %) y del que está en riesgo de pobreza y exclusión (que pasa del 23,8 % al 27,9 %). Este último indicador suma a la pobreza monetaria la exclusión del mercado laboral. Quizás tan significativo como estos datos resulta el análisis de la distribución de la renta que incluye la encuesta. La población se clasifica por deciles, el primer decil lo forman el 10 % de personas con menores ingresos, mientras que el 10º decil lo forman el 10 % de los que ganan más. Una cuestión interesante es analizar en qué cantidad de ingresos se producen los cortes. Cuando se consulta este dato se observa que para los 8 primeros deciles (80 % de la población) el punto de corte se produce a un nivel de ingresos sustancialmente inferior al de hace 8 años. Por ejemplo en 2008 el 10 % más pobre eran personas cuyos ingresos no alcanzaban los 6255 € al año; en la última entrega (2016) el corte se sitúa en 5297 €, o sea casi mil euros menos que hace ocho años. El porcentaje de reducción es mayor en los deciles inferiores, pero sólo en el 9 y el 10 el punto de corte es superior. Más pobreza y más desigualdad. La recuperación sólo funciona para unos pocos.

III

El impacto social negativo de las políticas aplicadas en la crisis es evidente. Y justifica las críticas a las políticas de austeridad. Pero sus autores mantienen una posición que los hace inmunes a las mismas: gracias a estas políticas se ha producido la recuperación y se han sentado unas bases sólidas para seguir creciendo y recuperar también empleo de calidad. Por eso conviene ver si realmente esta recuperación es realmente tan sólida, si se han aplicado reformas que han reforzado las estructuras productivas del país. Cuando empezó la crisis, la economía española mostraba enormes problemas que en el plano macroeconómico se concretaban en un tremendo déficit exterior y en un consiguiente endeudamiento externo.

El déficit exterior es un reflejo en parte de la estructura productiva de un país y de su estructura de consumo. Un país autárquico equilibrado permitiría satisfacer todas sus necesidades sin intercambio con el exterior. No hay evidencias de que tales países existan, pues la mayoría de países tienen relaciones con el exterior y el equilibrio refleja que el país produce una serie de bienes y servicios que vende en parte fuera para comprar en cambio aquello que no produce. En la práctica, muchos países no logran este equilibrio, y aquí nacen problemas para ellos mismos y para el conjunto de la economía mundial. Cuando empezó la crisis, España tenía un enorme déficit exterior, del orden del 6 % del PIB (básicamente debido al enorme desequilibrio en la balanza de bienes). En cambio, en los últimos trimestres existe un superávit superior al 2 %. Esto parece justificar a los que han defendido que el ajuste salarial era imprescindible para ganar competitividad y que el sacrificio salarial es la base de la recuperación.

Analizadas al detalle, las cosas son bastante más complejas. De una parte, el superávit se ha producido fundamentalmente por dos cuestiones: la enorme caída del precio del petróleo —el elemento más importante en la creación del déficit comercial—, y el fuerte aumento de los ingresos por turismo. Es cierto que se han producido mejoras en todos los sectores de especialización, y que ha aumentado el volumen de exportaciones. Pero esto puede deberse a múltiples causas: desde una reducción de importaciones de productos extranjeros más caros por la crisis al simple relanzamiento del mercado automovilístico, que constituye el principal producto de exportación, y cuya dinámica depende de las lógicas productivas de las grandes multinacionales del sector (y donde los costes salariales españoles ya eran sustancialmente inferiores antes de la crisis). Cuando se analiza la evolución de la estructura del PIB y del empleo no se advierte que se haya producido un cambio estructural profundo en el área productiva. El sector manufacturero ha seguido perdiendo empleo y peso. El turismo se ha reforzado en cambio como la gran “industria” nacional que nos convierte en un exportador de “materias primas” particular. Que la situación no ha cambiado mucho lo expresan los datos de la estructura del PIB: en los últimos trimestres, a medida que la recuperación se acelera, se está debilitando el superávit exterior y crece el déficit comercial. Cualquier aumento serio de los precios de los combustibles puede volver a generar enormes dificultades.

El otro gran problema era el elevado grado de endeudamiento de la economía española. Al inicio de la crisis, éste era fundamentalmente privado, de las familias y sobre todo de las empresas. Parte del ajuste, especialmente el plan de salvamento del sector financiero, consistió en transformar deuda privada en pública. Las cifras de deuda exterior (pública y privada) y de deuda pública ofrecen un panorama peligroso. Las cifras del segundo semestre de 2017 indican que la deuda exterior de España ha alcanzado un record en términos absolutos (1,91 billones de euros) y se sitúa ligeramente por debajo de su máximo histórico en términos relativos (un 170 % del PIB frente a un 174,6 % de máximo en 2010). Aún en términos netos (descontando los activos financieros españoles en el exterior) se sitúa en el 86,5 %, lo que supone un nivel de endeudamiento elevado. Si esta situación no se traduce en una grave tensión es fundamentalmente por la política monetaria del Banco Central Europeo, que ha generado una enorme liquidez y ha comprado ingentes cantidades de deuda. Pero un cambio en las políticas del BCE por cualquier tipo de razón puede poner a España en una situación de alta presión y en nuevas exigencias de ajustes insoportables. Por su parte, la deuda pública, tras los generosos planes de ayuda al sector privado, se sitúa en el torno del 100 % del PIB, sólo soportable en el contexto de bajos tipos de interés. Las políticas de austeridad no se han traducido en una reducción sustancial de la deuda, como se ha propugnado, sino todo lo contrario. El endeudamiento es endémico en el capitalismo actual por los desajustes que genera el modelo y por la enorme proliferación de mecanismos financieros que promueven su expansión.

No hay por tanto ninguna evidencia sólida que indique que realmente se ha producido un cambio en profundidad en el modelo productivo que justifique la promesa de una recuperación sólida que acabe con la pobreza y la precariedad. Son sólo circunstancias favorables —como el bajo precio de los combustibles, la política monetaria expansiva o el hiperdesarrollo turístico— las que han permitido generar una sensación de mejoría que, cuando menos, se presenta potencialmente inestable.

IV

La crisis económica de 2007 ha tenido graves costes sociales en nuestro país. Toda crisis los tiene, y las políticas aplicadas (en parte impuestas por los organismos internacionales, en parte promovidas gustosamente por las clases dirigentes locales) no han hecho más que agravar sus costes. Y han provocado cambios estructurales (como la reforma laboral, la liquidación de un sistema financiero para-público, los ajustes en servicios públicos básicos, la reforma inconclusa del sistema de pensiones…) que conducen a un modelo social de elevadas desigualdades y problemas recurrentes para enormes masas de población. No sorprende que, para algunos, la crisis sea vista como una cortina de humo para justificar estas políticas. Aunque sea un razonamiento inadecuado: la crisis es un producto normal del funcionamiento de una economía capitalista con tendencias al caos. Lo que ocurre es que una vez planteado el problema y el desastre, ha sido fácil para las élites aplicar las políticas más adecuadas a sus intereses (y más próximas al “sentido común” de sus intelectuales orgánicos).

La crisis, en gran parte resultado por el modelo de globalización neoliberal, curiosamente ha provocado un reforzamiento (con variantes) de la misma. En parte porque las élites no se han tenido que confrontar con una oposición que tuviera tanto fuerza social como ideas y proyectos mínimamente sólidos y estructurados. Veníamos de un largo período de derrotas y debilitamiento de los movimientos sociales, de las clases subalternas, y hemos sido incapaces de reconstruir a corto plazo una alternativa.

Lo más dramático es que, además de imponer medidas de un coste social brutal, no parece que las mismas hayan permitido superar los problemas macro y microeconómicos que están en la base de los problemas económicos convencionales de la economía española (desempleo, precariedad, déficit exterior, etc.). Y, por eso, las demandas de ajuste volverán a reaparecer en cuanto cambien los factores coyunturales que ahora dan un cierto respiro.

Cambiar el modelo productivo es más fácil de decir que de hacer en economías capitalistas, donde existen poderes económicos muy consolidados, donde las grandes empresas tienen dificultades para transformarse, donde las instituciones y poderes internacionales ejercen una presión desmesurada sobre las políticas locales… Y también en sociedades que han tratado de salir de la lógica capitalista y que tienen enormes dificultades para salir de sus viejas líneas de especialización, no sólo por la presión de los bloqueos externos. Y esta dificultad de cambio choca con la persistencia de problemas económicos de todo tipo: desequilibrios macroeconómicos, endeudamiento insoportable, paro, pobreza, desigualdad, degradación ambiental… Problemas que exigen transformaciones radicales. Transformaciones que demandan políticas bien pensadas, ideas y fuerzas sociales capaces de salir del marasmo en el que, digan lo que digan los voceros del poder, seguimos atrapados.

 

 

La Larga Depresión. Entrevista a Michael Roberts

Por Mark Kilian

13/08/2016

 

Mark Kilian, redactor del periódico holandés de socialist , entrevista a Michael Roberts sobre su nuevo libro, el estancamiento económico actual, las perspectivas de una nueva recesión y como romper con el capitalismo. Este es el texto traducido al castellano de la versión inglesa editada por Roberts.

 

MK: Nuestro gobierno asegura que la economía se recupera. Al mismo tiempo, vemos que Grecia necesita de forma continua “paquetes de rescate” y ahora hay problemas en Italia. ¿Cuál es el estado de la economía mundial?

MR: El desarrollo de la economía mundial desde 1945 no ha sido armonioso, no ha crecido en línea recta. Ha habido una serie de auges y recesiones. Me refiero a una disminución del ingreso nacional o la producción nacional de un país por lo menos durante seis meses o más, antes de volver a recuperarse y crecer.

Pero lo específico de este último periodo, es que tuvimos una gran caída en 2008-9 después de la crisis financiera internacional. La Gran Recesión, que duró 18 meses, fue la mayor desde la década de 1930. Como resultado, todas las grandes economías del mundo, entre ellas la de los Países Bajos, experimentaron una fuerte disminución de su renta y producción nacional. Cada vez que sucede, millones de personas ven sus vidas arruinadas, pierden sus puestos de trabajo y, posiblemente, sus casas, porque no pueden pagar el alquiler o la hipoteca. Además, los gobiernos aplican toda una serie de medidas, de recortes en el estado de bienestar y en los servicios públicos, que afectan a la población también. Además, todo ese período de declive es una pérdida permanente. Si no hubiera habido caída, la producción y los ingresos habrían sido mayores, el volumen y la calidad del empleo hubieran sido mejor. Eso nunca se puede recuperar.

Y la diferencia esta vez en comparación con otras crisis es que la recuperación tras la Gran Recesión ha sido muy débil. Es la recuperación económica más débil desde los años 1930. Desde el final de la Gran Recesión, después de siete años, la mayoría de las economías apenas han recuperado el nivel que tenían en 2007. Eso muestra lo lento que ha sido.

Por ejemplo, Italia: el FMI ha presentado un informe que es verdaderamente sorprendente . No sólo Italia sufre una gran crisis bancaria que podría venirse encima de los bancos muy pronto, a menos que el gobierno pague su rescate, sino que el FMI calcula que el PIB y la producción de Italia no volverán al nivel del año 2007 ¡hasta el 2025! Eso supone dos décadas pérdidas de producción, ingresos, empleo y mejores condiciones de vida para el pueblo italiano. Tan débil ha sido la recuperación en Italia.

La producción, el empleo, y los ingresos de la gente en la mayoría de las economías y para la mayoría de las personas no se han recuperado hasta niveles de 2007. De acuerdo con un nuevo informe de McKinsey, consultores de gestión, dos tercios de los hogares en las 26 economías de la OCDE tenían menores niveles de vida en 2015 que ¡en 2005!

Así que es una recuperación muy débil y, en mi opinión, llena de  peligros antes de volver a los niveles que hemos visto antes, si alguna vez lo hacemos, de que la economía mundial caiga en otra recesión en el próximo uno o dos  años.

MK: En su nuevo libro se describen tres depresiones: la de los años 1873-1897, 1929-39 y la actual. ¿Hay algo que podamos aprender de ello?

MR: En mi opinión, esta no es una recesión normal, sino una depresión. Eso es diferente de las depresiones normales. No sucede muy a menudo. En la historia del capitalismo moderno, del siglo XIX hasta ahora, sólo ha habido tres grandes depresiones. En una depresión, la recuperación es tan débil que las economías no regresan a las mismas tasas de crecimiento o incluso al nivel de producción que existía anteriormente, excepto después de un periodo muy largo.

Hubo una gran caída en 1873 en Gran Bretaña, Alemania y los EE.UU., las principales economías capitalistas entonces. No hubo una recuperación verdaderamente fuerte después. Hubo una serie de crisis, que se extendieron durante los siguientes 20 años. Eso fue una depresión: un bajo nivel de crecimiento y una serie de crisis. Paso mucho tiempo antes de que fuera posible una recuperación sostenida.

La segunda depresión fue la Gran Depresión. Comenzó con el colapso de los mercados de valores en los EE.UU. en 1929, similar al colapso del mercado de la vivienda en los EE.UU. en 2007. Después de la crisis en 1929 los EE.UU., la economía capitalista más grande del mundo, entró en la depresión más profunda. Hubo desempleo masivo prolongado, y no hubo recuperación real durante la década de 1930. Solo cambio la situación cuando los EE.UU. entraron en la Segunda Guerra Mundial, junto con Gran Bretaña, contra las denominadas potencias del Eje. La producción pública se incrementó, lo que llevó al crecimiento económico y la recuperación. Así que sólo la guerra trajo la recuperación en la década de 1930. En mi opinión, estamos en un período similar. Se necesitarán algunos cambios drásticos para que el capitalismo vuelva a la recuperación.

MK: Su elección de palabras sugiere que la producción dirigida por el Estado puede ser diferente de la producción capitalista.

MR: Creo que hay una distinción que debe hacerse. Los economistas keynesianos creen que la solución a estas crisis es que el gobierno gaste más dinero en gasto social, o de dinero a las empresas para invertir, o lleve a cabo sus propios programas de producción y por lo tanto que la gente tenga trabajo. Esto impulsaría la economía capitalista y la pondría de nuevo en marcha. Esa es la solución keynesiana a estas crisis.

Se intentó brevemente y con poco entusiasmo en la década de 1930 por Roosevelt en los EE.UU. con el llamado New Deal. No se ha intentado realmente en la actual recuperación. La mayoría de los gobiernos han efectuado recortes en el gasto público. No estoy abogando por una solución keynesiana. Podría ayudar por un tiempo, pero también afectaría finalmente la rentabilidad del sector empresarial y de hecho podría, en ciertas circunstancias, empeorar las cosas.

Cuando hablo de la producción estatal, me refiero a que el gobierno tome el control de la mayor parte del programa de inversión de la economía. Las grandes compañías se convertirían en parte de una operación estatal, dirigida idealmente por el Estado. Fue lo que paso en la Segunda Guerra Mundial. Se dijo a las grandes empresas: “No pueden seguir produciendo coches, ahora hay que fabricar tanques”. Hubo un control directo del gobierno dirigido al esfuerzo de guerra. En cierto modo, se puso fin a la producción capitalista con fines de lucro y se reemplazó por la producción dirigida por el gobierno. Los capitalistas siguieron ganando dinero y teniendo beneficios, pero estaban completamente controlados y dirigidos por el estado militar con el fin de llevar a cabo la guerra. La analogía aquí es que el capitalismo ya no operaba sobre la base de los intereses del sector capitalista, sino de lo que se consideraba el interés de la sociedad en ese momento.

Una respuesta socialista, en lugar de una keynesiana, implica que los gobiernos se hagan cargo de los principales sectores de la economía para producir para las necesidades sociales en vez de con fines de lucro. Eso significa el control de la inversión y la propiedad de todos los principales bancos y otras grandes empresas. Algo drásticamente diferente de lo que los keynesianos proponen ahora y que iría aún más lejos de lo que ocurrió en tiempos de la guerra.

MK: Mucha gente ve la larga expansión a partir de 1945 como una situación “normal”. Pero ¿cómo se explica el boom?

MR: Esa es una parte importante de mi libro; por qué hay periodos de auge y crisis. El período de 1945 a mediados de los años 60 fue un período excepcional; se le llama la “edad de oro” del capitalismo. Había un crecimiento bastante alto, más o menos pleno empleo, muchos países desarrollaron un mejor estado de bienestar, educación gratuita hasta el nivel universitario, servicios de salud gratuitos, programas estatales de vivienda; mejores pensiones, etc.

Pero fue un período excepcional. ¿Por qué? Lo que impulsa el crecimiento en el capitalismo es la posibilidad de obtener beneficios. La salud de la economía capitalista depende de lo que ocurre con la rentabilidad del capital, la tasa de ganancia en cada inversión realizada por los capitalistas. Al final de la Segunda Guerra Mundial, como resultado de la destrucción física en Europa, de la mayor parte de la maquinaria, fábricas, etc., y una enorme cantidad de mano de obra disponible a precios baratos, la rentabilidad de las grandes empresas capitalistas se disparó en Europa en la medida que se iban recuperando. Y consiguieron crédito barato (incluso gratis) de los EE.UU. En los EE.UU. se había producido una devaluación del viejo capital, y el nuevo capital trajo una nueva tecnología que era muy rentable, y hubo una enorme expansión de la fuerza de trabajo. Lo mismo se aplica a Japón. En todo el mundo, el capitalismo tuvo un alto nivel de rentabilidad de la inversión.

Pero a mediados de los años 60 comenzó a caer la rentabilidad de forma considerable hasta la década de 1980. Este período se llama la crisis de rentabilidad. La teoría de las crisis en el capitalismo de Marx es que, si la rentabilidad es la fuerza impulsora del crecimiento, no puede aumentar continuamente. A medida que el capitalismo se expande y acumula capital, hay una tendencia de la rentabilidad a caer. Esta es una ley fundamental en la economía política que Marx percibió. Y en ese proceso de la tasa decreciente de ganancia, el capitalismo tiene problemas y las crisis se desarrollan con mayor frecuencia.

La edad de oro de los años 1950 y 1960 dio paso a las crisis. Yo era joven entonces y recuerdo que fue un período de grandes luchas del movimiento obrero en la medida en que la rentabilidad cayó y el capitalismo intentó estrujar a los trabajadores. Los trabajadores lucharon porque tenían una gran cantidad de conquistas que no querían perder y los sindicatos eran relativamente fuertes. Finalmente, los sindicatos fueron aplastados en las recesiones de principios de la década de 1980 y el movimiento obrero fue derrotado y sometido en muchas batallas. El capitalismo trató de aumentar la rentabilidad a través de recortes en el gasto público, privatizaciones, la explotación de la fuerza de trabajo, la eliminación de todas las protecciones de la fuerza de trabajo, la globalización, etc. Es el período neoliberal de los últimos 20 años del siglo XX.

Así que la “edad de oro”, fue un período especial, de rentabilidad muy alta debido a la guerra mundial, seguida de una gran disminución de la rentabilidad y, hasta el final del siglo XX, con grandes esfuerzos del capitalismo – con cierto éxito – para aumentar la tasa de ganancia de nuevo.

MK: ¿Lo que en realidad está diciendo es que la crisis de mediados de los años 60 valida la teoría de la tasa decreciente de ganancia de Marx y que el neoliberalismo movilizó algunas de las tendencias que la contrarrestan, que Marx también describe, con el fin de restaurar la tasa de ganancia?

MR: Esa es una buena manera de decirlo. La ley del beneficio de Marx sostiene que a medida que el capitalismo se expande, hay una tendencia de la tasa de ganancia a caer. Pero hay formas de contrarrestar eso, durante un tiempo. En la sociedad capitalista el valor sólo proviene de la explotación del trabajo, las personas que trabajan bajo control de los propietarios capitalistas para que puedan vender los productos en el mercado, y pueden obtener un beneficio. Estos utilizarán más maquinaria y plantas, y nuevas tecnologías, para mantener o reducir el coste de la mano de obra, pero al hacerlo, reducen la cantidad de ganancia por inversión. El beneficio, y el valor en general, según Marx, provienen sólo de las personas que trabajan, no viene de las máquinas. Las máquinas no producen ningún valor a menos que se las ponga a trabajar. Lo que requiere trabajo humano a menos que se tenga una sociedad únicamente de robots – pero eso es otra historia.

Hay una contradicción entre el aumento de la productividad del trabajo mediante una mayor inversión en tecnología y el mantenimiento de la rentabilidad mediante, trabajo más intenso, aumento de las horas de trabajo, introducción de nuevas tecnologías, expansión del comercio, desposeyendo los recursos de los países más pobres y otras formas de explotación. Estos factores actuaron con ímpetu durante los años 1980 y 1990, con el objetivo de revertir la baja tasa de ganancia a la que había llegado el capitalismo.

La rentabilidad se recuperó, pero nunca al nivel de la “edad de oro”. Desde finales de 1990 la ley marxista de la rentabilidad comenzó a funcionar de nuevo, y, a pesar de todos los intentos de los capitalistas, las principales economías empezaron a frenarse. Se crearon las condiciones para las nuevas crisis y depresiones del siglo XXI. Los capitalistas trataron de evitar la crisis con un enorme auge del crédito y la invención de nuevas formas de especulación en los mercados financieros, manteniendo los beneficios solo para un sector del capital. Pero la rentabilidad subyacente no se recuperó. Se puede especular en los mercados de valores, pero éstos no crean nada. Sólo tratan de pellizcar el dinero de los demás, por decirlo de alguna manera, y crear una mejora ficticia.

¿Qué ocurre hoy? Si observamos el crecimiento y la producción en las principales economías, es muy lento y, por tanto, las ganancias se estancan. Sin embargo, el mercado de valores, la bolsa, está en auge. Esta dicotomía entre el llamado por Marx “capital ficticio” y lo que realmente está pasando en la economía capitalista llegó en 2007 a un punto extremo.  La crisis se produjo por la brecha entre los precios del mercado de valores, los precios de la vivienda, la especulación en los mercados financieros y lo que, en realidad, ocurría con la rentabilidad del capital. Así se produjo la crisis.

Este es el proceso que trato de describir en mi libro. El libro intenta proporcionar algunos indicadores. Algunos economistas se centran en la financiarización: el aumento de ese sector en relación con los sectores productivos. Un argumento popular es que el sector financiero y los bancos deben ser regulados o restringidos. Pero eso no es suficiente, es un poco como tratar de controlar un tigre en una jaula con sólo una hoja de papel. No hay ninguna garantía de como los bancos se comportarán con la regulación. Recientemente, los reguladores financieros de Estados Unidos investigaron las actividades de HSBC, el gran banco del Reino Unido, que lavó dinero para los carteles mexicanos de la droga durante años. El Banco ganó miles de millones de libras con el lavado de dinero. A pesar de ser descubierto, las autoridades decidieron no intervenir ni imponer multas al HSBC, ya que, argumentaron, podría hacer caer al sistema bancario. Esto demuestra que la regulación de los bancos es totalmente inútil. No cambia nada; el sistema continuaría con las mismas prácticas.

La única manera de lidiar con esto es hacerse cargo de los bancos, convertirlos en propiedad pública a través del control de los trabajadores de la banca y de un amplio control democrático de la sociedad en su conjunto, para que los bancos se conviertan en un servicio público: proporcionando préstamos a la gente que lo necesita, a las pequeñas empresas para mejorar el potencial productivo de la economía. Los Bancos no podrán especular en los mercados financieros y participar de los escandalosos paraísos fiscales utilizados para el blanqueo masivo de dinero, tal como ha venido ocurriendo en las últimas décadas y continuará ocurriendo, incluso con la intervención de los reguladores.

Otro punto de esto es que la crisis financiera no es sólo una crisis bancaria. Una crisis financiera no está aislada de lo que está sucediendo en el sector productivo de la economía, de la producción, de la tecnología, de los mercados donde las cosas circulan, y con las que los bancos especulan. Los bancos no hacen dinero de la nada; el valor debe venir de otra parte. La crisis bancaria es realmente un síntoma de que los sectores productivos de la economía capitalista ya no son lo suficientemente rentables para apoyar este castillo de naipes. Los que argumentan que es sólo una crisis financiera y que la solución radica en el control del sector financiero ignoran la verdadera naturaleza de la crisis y, por lo tanto, no puede resolverla.

MK: ¿Se puede decir que el sector financiero contribuye a la inestabilidad del sistema?

MR: Es evidente, pues es más grande y más importante. A medida que la rentabilidad se redujo en los años 1960 y 1970 y se mantuvo relativamente baja en los sectores productivos en el periodo neoliberal, uno de los factores para contrarrestar esta tendencia fue trasladar la inversión al sector financiero, a los bancos y a otras instituciones, para obtener beneficios a costa de menores inversiones en el sector productivo.

La inversión productiva disminuyó en la mayoría de las economías en los años 1980 y 1990. Esto es una indicativo de la debilidad de la economía capitalista hacia el final del siglo XX y de la necesidad de desviarla a la financiación y a otros lugares. Así que sí, esto es una parte importante del proceso de la crisis. Pero, al mismo tiempo, es un síntoma de la incapacidad para aumentar la rentabilidad.

MK: ¿La gran recesión de 2007-2009 no fue prevista por los economistas?

MR: El libro tiene una sección que sería divertida si no fuera tan trágico. Los economistas profesionales, las instituciones económicas y otros ‘expertos’ no vieron venir la gran recesión que se aproximaba, sino todo lo contrario. Los bancos centrales y los gobiernos estaban convencidos de que todo iba bien, o como mucho que era un problema que podrían resolver fácilmente.

Cuando llegó la crisis, no fueron capaces de explicar por qué había estallado. Siguieron negando su gravedad y pensaron que terminaría rápidamente, lo que no fue así. No pudieron explicarlo. Hasta ahora no saben realmente qué hacer para que el sistema funcione de nuevo. Las instituciones, los bancos centrales y los gobiernos todavía están luchando para conseguir una recuperación por encima del débil nivel donde está, pero, como no entienden lo que pasó, no saben qué hacer al respecto.

Unas pocas personas advirtieron de los peligros que acechaban en la primera década del 2000. Fueron capaces de ver que la enorme burbuja inmobiliaria de los EE.UU. no podía sostenerse; otros percibieron el enorme aumento de los créditos a particulares con un sector financiero altamente comprometido. Así que uno o dos economistas radicales, fuera del consenso, reconocieron los peligros reales. Y uno o dos marxistas plantearon la idea de que, a pesar del enorme auge de los precios inmobiliarios y del crédito, la rentabilidad estaba empeorando y se produciría una crisis.

Uno de ellos fue Anwar Shaikh. Predijo una gran crisis y una depresión subsiguiente. Hice un pronóstico similar en 2005-6. Sostuve que había un conjunto de ciclos que se cruzaban: disminución de los beneficios, un pico del mercado de la vivienda, y un ciclo depresivo general que lleva el nombre del economista ruso Kondratieff. Todos esos ciclos se acumulan en una crisis depresiva. Esto me sugirió que podría haber una crisis bastante grave y pensé que se produciría entre 2009 y el 2010. Pero llegó antes. En fin, solo un puñado de personas vieron la crisis que se avecinaba: el 99 por ciento de los economistas no lo hizo.

MK: Comparando la posición de los EE.UU. de hoy a la de Gran Bretaña durante la crisis de la década de 1930 se observa que Estados Unidos se aferra a su hegemonía y al mismo tiempo sigue carcomido económicamente. ¿Cómo funcionará esto en el próximo período, por ejemplo, qué papel jugará China?

MR: Los EE.UU., la mayor economía del mundo, ha tenido una recuperación algo mayor a la de Europa o Japón, y que muchas de las economías emergentes como Brasil, Rusia, África del Sur. Estas economías están en recesión y no se han recuperado del todo. Los EE.UU. está un poco mejor, pero todavía su crecimiento es sólo del 2 por ciento al año, cuando solía ser de un 3,5 por ciento en promedio desde 1945, y, a veces aún más alto en la “edad de oro”.

Es una recuperación muy débil y parece estar diluyéndose. Mientras que la depresión continúa, los países competidores desafían la hegemonía económica de los EE.UU. La economía de Estados Unidos ha disminuido, relativamente, en los últimos 30 años. Ya no tiene la misma capacidad de producción manufacturera, en comparación con Alemania o Japón, y por supuesto con China, que ha sido la economía de mayor crecimiento en los últimos 20 años y que se ha convertido en una gran potencia económica.

Incluso en otros segmentos del espectro económico – servicios, tecnología – los EE.UU. también tiene rivales importantes. Sin embargo, los EE.UU. siguen estando a la cabeza, ya que cuentan con un sector financiero que controla el capital en todo el mundo. Eso le da, junto con Gran Bretaña – otro gran centro del capital financiero – el control económico, pese a su débil posición productiva, como consecuencia del control del crédito. Una respuesta socialista, en lugar de una respuesta keynesiana, supone que los gobiernos se hagan cargo de los principales sectores de la economía para que produzcan y resuelvan las necesidades sociales, no con fines de lucro.

También es, con mucho, la mayor potencia militar, más grande que todas las otras potencias militares juntas. Y esto le da una posición de fuerza. Usando la analogía con el Imperio Romano, éste también comenzó con una decadencia – en relación con sus rivales externos- pero mantuvo la hegemonía durante cientos de años, porque tenía las legiones romanas y enormes recursos financieros. Estados Unidos está en una posición similar, pero ahora sí tiene rivales.

El capitalismo se enfrenta a algunos retos clave en los próximos 20 años. El primero es el cambio climático y el calentamiento global, que es un problema grave y sobre el que el capitalismo no está haciendo nada al respecto. Esto realmente pone en peligro el futuro de la raza humana y del planeta, a menos que se haga algo.

También existen enormes desigualdades en la riqueza y el ingreso en el mundo, lo que crea enormes tensiones sociales. Durante los últimos 25 años, la desigualdad en el ingreso y la riqueza en todo el mundo han llegado a un nivel que no se había visto probablemente en 150 años.

Y también la desaceleración de la productividad: el fracaso del capitalismo a la hora de expandir las fuerzas productivas para proporcionar lo que la gente necesita. La tecnología no se ha expandido al nivel de lo que es posible, y el crecimiento de la productividad es muy débil.

Todos estos factores ponen en peligro el futuro del capitalismo para satisfacer las necesidades de las personas y la capacidad de los EE.UU. para mantener su posición hegemónica. Así que la rivalidad entre las grandes potencias capitalistas se incrementa y también entre los EE.UU. y China, porque China es una amenaza importante en el comercio y la producción, y, probablemente, lo será en las finanzas y la tecnología en un futuro. Estas son las contradicciones crecientes que existen en el capitalismo, que incluso ponen en peligro la existencia del planeta.

MK: Usted dedica un capítulo aparte a la zona euro. Esto es particularmente relevante dado el Brexit. En los últimos 15 años hemos visto una agudización de la contradicción entre el Norte y el Sur, en particular Alemania, por una parte, y Grecia, España e Irlanda por otra. ¿Cómo lo explica?

MR: El proyecto de la Unión Europea fue el proyecto de los principales estrategas del capitalismo europeo después de 1945. El proyecto de la Unión Europea fue el proyecto de los principales estrategas del capitalismo europeo después de 1945. No querían otra guerra, ni la división de Europa. Querían desarrollar la base capitalista dentro de Europa como una fuerza unida, capaz de rivalizar a escala mundial con los EE.UU. y Asia, especialmente con Japón en ese momento. Querían acabar con las guerras entre las naciones – que se habían convertido en guerras mundiales – y utilizar los recursos de mano de obra y el capital europeos desarrollando su propio capitalismo para competir con el resto del mundo. Ése era el plan.

Primero, se introdujo la unión aduanera, terminando con los aranceles entre las tres o cuatro mayores economías, incluidos los Países Bajos. Más tarde, se desarrolló el Mercado Común (CEE), por lo que el comercio se expandió a otras áreas, no sólo en los aranceles sino en una regulación común, con tarifas y condiciones especiales para el comercio dentro de Europa. Y, luego, se creó la propia Unión Europea, que implicó la creación de instituciones políticas para integrar Europa como una sola fuerza. Otro avance fue la introducción de una moneda única, para aquellos países de la UE capaces de unirse al euro. El acuerdo estableció que el poderoso marco alemán se integraría en una moneda, “el euro” con Francia, Italia y otras economías, incluyendo los Países Bajos. En su momento fue visto como un paso necesario para reforzar la integración de Europa como una fuerza en el mundo.

Pero es muy difícil desarrollar una moneda bajo el capitalismo, cuando el capitalismo desarrolla sus fuerzas productivas produciendo un desarrollo desigual. Así, una unión capitalista lo que realmente consigue es que el débil se transforme en más débil con respecto al más fuerte. Así es como funciona el capitalismo.

En realidad, las economías más débiles dentro de este bloque, especialmente en la zona euro, estaban en mejores condiciones relativas antes de la creación del euro. Sus economías retrocedieron mientras que el ganador principal del euro fue el núcleo central del sistema, Alemania en particular.

La gran recesión expuesto estas fisuras en la zona euro. El proyecto del euro era como un tren que descarriló por la crisis económica. Es muy difícil poner el tren en sus raíles de nuevo debido a que muchos de los países más débiles entraron en crisis y los países más fuertes no estaban preparados para rescatarlos.

El proyecto del euro sólo habría funcionado si hubiera habido una unión fiscal completa, una unión federal completa, al igual que en los EE.UU. Pero recuerde que EE.UU. logró esa unidad después de una terrible guerra civil que aplastó a la oposición en el Sur esclavista. La idea de una unión fiscal completa, en el que todo el mundo paga los mismos impuestos, donde hay un solo gobierno y una moneda en todos los ámbitos no es posible en Europa en este momento, sobre todo después de la gran recesión. De hecho, el riesgo es que el proyecto del euro y todo el proyecto de la Unión Europea se fragmente, sobre todo si hay otra crisis en el futuro.

El Brexit es un ejemplo de esa tensión. Los estrategas capitalistas británicos nunca se habían interesado de verdad en la idea de la integración europea. Todavía tenían la ilusión de que Gran Bretaña era lo suficientemente potente como para no necesitar a nadie, o podría ser un socio menor del capitalismo estadounidense y por lo tanto no necesitaba integrarse en Europa para progresar. La clase dominante británica se dividió entre aquellos que pensaban que Europa era la respuesta y los que creían que era mejor estar solos o con los EE.UU…

Esa división alcanzó un punto crítico con la Gran Recesión, cuando Europa sufría una gran crisis producto de la deuda del euro. Grecia, España e Italia han caído en una profunda depresión y el liderazgo franco-alemán no ha proporcionado ayuda a estos países como parte del proyecto de la UE. Así que, algunos capitalistas británicos dijeron: “Bueno, en realidad no es en Europa donde podemos obtener beneficios; estamos mejor por nuestra cuenta“. Esta división política llegó a su punto álgido con el referéndum. En muchos sentidos, será un completo desastre para el capitalismo británico, porque sus estrategas no saben cómo van a salir de Europa.

MK: En el libro sugiere que la depresión no es permanente. ¿Hay una salida para el capitalismo?

MR: Algunos marxistas dicen que estamos en un estancamiento permanente o la depresión. No estoy de acuerdo. En el pasado, el capitalismo ha demostrado que se puede encontrar una salida, si se puede restablecer las condiciones para una mayor tasa de ganancia, como lo hizo después de la Segunda Guerra Mundial y al final del siglo 19 la depresión.

Algunos marxistas dicen que estamos en un estancamiento o depresión permanente. No estoy de acuerdo. En el pasado, el capitalismo ha demostrado que puede encontrar una salida si logra restablecer las condiciones para una mayor tasa de ganancia, como lo hizo después de la Segunda Guerra Mundial y al final de la depresión del siglo XIX.

¿Cómo lo consigue? La única manera de hacerlo es recuperar la rentabilidad. Eso significa destruir el capital que ya no es productivo. Significa directamente cortar las plantas viejas en su jardín y permitir que otras nuevas crezcan. Por supuesto, esto será a expensas de los puestos de trabajo y los medios de vida de todo el mundo. Estamos hablando de seres humanos que pierden su empleo como consecuencia del cierre de fábricas y empresas, fusiones y venta de activos, flexibilización del empleo y reducción de la producción, todo ello en aras de una mayor rentabilidad. Una crisis, tal vez una serie de depresiones, puede hacer eso. Entonces vamos a seguir con la actual depresión. El sistema tiene que deshacerse de una gran cantidad de deuda, aplastar una gran cantidad de bancos, cerrar un montón de viejas industrias y empresas. Eso es horrible, pero eso es lo que hace el capitalismo para resucitar.

El capitalismo podría obtener una nueva oportunidad con el uso de todas las nuevas tecnologías de las cuales todo el mundo está hablando – los robots, la automatización, Internet y también explotando nuevas áreas del mundo que todavía tiene grandes cantidades de mano de obra barata que puede utilizar en conjunción con estas nuevas tecnologías.

Tal vez las condiciones políticas y económicas para una nueva oportunidad del capitalismo se produzcan, digamos, en la próxima década como resultado de nuevas depresiones, pero sólo si las personas que trabajan en los países que las sufran no son capaces de cambiar el sistema de alguna manera, y los capitalistas y sus estrategas y representantes políticos permanecen en el poder.

Pero incluso si eso sucede, el capitalismo no va a resolver sus problemas de forma indefinida. De hecho, cada vez es más y más difícil para el capitalismo recuperarse y expandirse, con el calentamiento global, la baja productividad, el aumento de la desigualdad, y con áreas cada vez más pequeñas en el mundo que no está proletarizado, urbanizado y que es parte del sistema capitalista global. Hoy hay menos espacio para que el capitalismo se expanda. Se acerca su fecha de caducidad en términos históricos. Pero podría tener otro período de expansión en los próximos 20 años, incluso antes.

El Dow Jones en 22.000: Un nuevo récord de parasitismo

por Nick Beams//

El Promedio Industrial Dow Jones registró su séptimo récord consecutivo el día del 3 de agosto, después de llegar a 22.000 el miércoles, impulsado por un aumento de 4,7 por ciento en las acciones de Apple. El Dow ha casi triplicado su valor desde que alcanzó su punto bajo post-crisis financiera del 2008 de 6.547 en marzo del 2009.
El histórico auge bursátil ha continuado a pesar de la inestabilidad del gobierno de Trump y el aumento de las tensiones geopolíticas, con EE.UU. amenazando con guerra en Europa contra Rusia, en el Medio Oriente contra Irán, y en el este de Asia contra Corea del Norte y China. El mismo día del auge del Dow, Donald Trump promulgó nuevas sanciones contra Rusia, Irán y Corea del Norte. La Unión Europea se desmorona después del Brexit y la alianza entre los Estados Unidos y Alemania se está convirtiendo en hostilidad abierta y mutua. En medio del continuo estancamiento económico, las relaciones comerciales mundiales se están desintegrando, dando lugar a la guerra comercial y el proteccionismo.
Nada de esto ha puesto fin a la bonanza en Wall Street y las bolsas del mundo. En lo que va del año, el Dow ha subido un 11,5 por ciento. Una inversión de $10.000 hecha hace apenas una década ahora valdría $33.600. Estas enormes ganancias no llegan a toda la población —la Reserva Federal estima que sólo un 15 por ciento de los hogares posee acciones— sino que a la élite financiera.
En las primeras décadas del período post-Segunda Guerra Mundial, un alza en el mercado bursátil de los EE.UU. indicaba un fortalecimiento generalizado de la economía estadounidense, impulsada por las grandes corporaciones industriales que encarnaban la superioridad general de los métodos productivos del país. Esta época quedó en el pasado. El auge bursátil actual es una expresión de la inmensa y creciente distancia entre los mercados financieros y la economía real subyacente.
El júbilo de los directorios empresariales, Washington y la prensa por el alza del Dow por sobre los 22.000 coincide con escenas que recuerdan a la Gran Depresión. Decenas de miles trabajadores, viejos y jóvenes, en ciudades y pueblos económicamente devastados en todos los EE.UU, hacían cola para solicitar empleo con el minorista online Amazon con esperanzas de obtener puestos que pagan apenas $12,50 la hora.
Las verdaderas condiciones de millones de trabajadores quedaron en evidencia el mes pasado cuando Foxconn, el gigante taiwanés de la manufactura electrónica, decidió abrir una planta de ensamblaje en los Estados Unidos. Los salarios reales en el país ya son tan bajos que se volvió rentable trasladar la producción a los EE.UU, más cercano a la sede central de Apple y las otras empresas de alta tecnología a las que provee.
Con el hito del 2 de agosto, el Dow marcó un nuevo récord de rapidez en subir 1.000 puntos. El suceso fue bienvenido por la prensa financiera, comentando que el alza significaba un incremento en las oportunidades de ganancias de las empresas estadounidenses gracias al fortalecimiento de la economía de Estados Unidos y el mundo.
El New York Times citó a un ejecutivo empresarial que dijo que a nadie le importaba la “teleserie” en Washington y que lo que importaba era la mayor demanda mundial de las industrias pesadas y el dólar débil, que favorece las exportaciones estadounidenses.
El Wall Street Journal citó a un analista de capital de JPMorgan que afirmaba que la actual temporada de altas ganancias era “más evidencia de un repunte en las fortunas de la economía mundial” y que el crecimiento global acelerado mantendría las acciones en alza.
Estas afirmaciones no se sostienen en datos verdaderos. El Fondo Monetario Internacional proyecta un crecimiento mundial de 3,5 para este año. Mientras esto significa una leve alza respecto a las evaluaciones anteriores, está muy por debajo de los niveles anteriores a la crisis financiera mundial. Todas las principales instituciones económicas mundiales, como el FMI, el Banco Mundial y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, indican que bajas tasas de inversión en la economía real siguen ralentizando el crecimiento de la productividad.
El mes pasado, el FMI modificó a la baja sus estimados de la expansión económica de los EE.UU. a 2,1 por ciento, comparado con su predicción de 2,5 por ciento de hace un año. La organización descartó que la economía estadounidense volvería a una tasa de crecimiento de 3 por ciento, lo que el gobierno de Trump afirma que logrará con su programa de recortes tributarios para las corporaciones, desregulación empresarial y bonos del gobierno disfrazados de inversión en infraestructura.
En lugar de reflejar la fuerza de la economía estadounidense, el auge en el mercado de valores es la consecuencia de las formas parásitas de acumulación de lucro que se han generalizado más y más en las últimas décadas, especialmente después de la crisis financiera mundial del 2008.
Estas diversas formas de parasitismo se reflejan en las principales fuerzas impulsoras detrás del alza perpetua del mercado bursátil. Una de las principales causas del alza del Dow ha sido la subida de las acciones bancarias anticipando el desmantelamiento de las mínimas normas impuestas por la Ley Dodd-Frank, que se aprobó el 2010 en respuesta a la crisis financiera. Los bancos recibieron otra ayuda cuando el mes pasado se anunció que habían aprobado las pruebas de esfuerzo organizadas por la Reserva Federal, lo que les permitió desplegar inmensas alzas en los dividendos y comprar sus propias acciones para inflar su valor.
Los motores clave del mercado ya no son las grandes corporaciones industriales, sino empresas como Facebook, Netflix, Google, Apple y Amazon, las cuales tienen acumulan lucro de manera muy distinta a los líderes del mercado del pasado. Amazon, por ejemplo, no produce nada. El alza de sus acciones, que la semana pasada convirtió brevemente a su dueño Jeff Bezos en el hombre más rico del mundo, proviene de su habilidad para inventar nuevas maneras de socavar a los gigantes minoristas tradicionales. Por tanto, el ascenso de Amazon ha venido de la mano de una ola de clausuras de tiendas minoristas y la pérdida de decenas de miles de empleos en todo los Estados Unidos.
Las empresas de alta tecnología Apple y Google, igual que las principales compañías farmacéuticas, aumentan sus ganancias monopolizando el conocimiento, protegidos por los llamados derechos de propiedad intelectual, de la misma manera que en una época pasada la posesión de tierras y la extracción de renta formaba un componente principal de la acumulación de riqueza.
Estas empresas reclaman que sus precios de monopolio son necesarios para financiar nuevas investigaciones. Pero en realidad, estos dineros se utilizan para financiar la recompra de acciones y así enriquecer groseramente a los grandes inversionistas. Apple es una de varias grandes empresas, apodadas “monstruos de la recompra” por el canal de economía CNBC, que han estado utilizando sus ganancias no para invertir en la producción, sino para aplicar “ingeniería financiera” e inflar el valor de sus acciones.
Una investigación reciente mostró que del 2006 al 2015, las 18 farmacéuticas en el índice S&P 500 gastaron $516 miles de millones en recompras y dividendos, un 11 por ciento más que lo que gastaron en investigación y desarrollo. En otras palabras, más de 500 mil millones de dólares que podrían haberse usado para mejorar la educación en salud y otros servicios sociales esenciales se gastaron en aumentar la riqueza de los ultra-ricos. Se estima que cada año las empresas del índice S&P 500 gastan entre $500 y $600 mil millones en recompra de acciones.
Estas operaciones, que mueven miles de millones de dólares directo a las manos de los ultra-millonarios, son financiadas por la Reserva Federal de los Estados Unidos. Ésta inyectó billones de dólares en los mercados financieros tras la crisis financiera del 2008, y bajó al mínimo histórico la tasa de interés de los dineros prestados para esta “ingeniería financiera”.
A contrario de lo que afirman los medios convencionales, el alza del Dow no indica que la salud de la economía estadounidense esté mejorando, sino que expresa la diseminación de la decadencia y el parasitismo.
En última instancia, este proceso de saqueo social debe ser pagado —a expensas de los empleos y el nivel de vida de la clase obrera, la misma que produce todo el valor a través de su trabajo. La enorme inflación de los activos financieros es como una pirámide invertida asentada sobre una base cada vez más estrecha de valores reales generados por la inversión productiva y la expansión de las fuerzas productivas.
Se requieren dos cosas para perpetuar esta burbuja financiera inestable e insostenible: la explotación cada vez más brutal de la clase obrera y la supresión de sus luchas. Para poner fin a lo primero hay que acabar con lo segundo, e infundir las luchas de la clase obrera con una conciencia revolucionaria y socialista.

Trump se prepara para aumentar sanciones económicas contra Venezuela

por Alexander Fangmann //

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, exigió “acciones económicas fuertes y rápidas” contra el gobierno venezolano el Lunes, levantando la amenaza implícita de sanciones contra la industria petrolera del país, cosa que tendría efectos devastadores en la economía del país.

La amenaza de Washington viene después de una escalada de la campaña de la oposición de derechas contra el plan del gobierno de celebrar una asamblea constituyente que reescriba la constitución. Esto ha culminado en la convocatoria de una huelga nacional de 24 horas que tendrá lugar el jueves 20 de julio.

Según un informe de Reuters, una expansión de sanciones enfocadas, dirigidas a oficiales del régimen, ya ha sido preparada y solo necesita que Trump la anuncie. Dos personalidades contra las que se pensó dirigir las medidas son el ministro de defensa Vladimir Padrino López y Diosdado Cabello, el antiguo presidente de la Asamblea Nacional y figura clave tanto en el ejército venezolano como en el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). Estas nuevas sanciones implicarían congelar los bienes de esos oficiales en los Estados Unidos y prohibir hacer negocios con compañías e individuos estadounidenses.

Esto sucede a dos rondas anteriores de sanciones contra oficiales del gobierno venezolano y la compañía petrolera estatal PDVSA. Más recientemente, el Departamento del Tesoro de EEUU anunció que iba a bloquear al vicepresidente Tareck El Aissami del sistema financiero estadounidense por presunta implicación en el tráfico de drogas.

De acuerdo con un informe publicado por el Financial Times, cuando se le preguntó por la posibilidad de una prohibición de las importaciones de petróleo venezolano, un oficial estadounidense habría afirmado que “todas las opciones están sobre la mesa”. Los Estados Unidos reciben alrededor del 25 por ciento de la producción venezolana de crudo, lo que quiere decir que cualquier disminución en las importaciones reduciría las divisas extranjeras disponibles al gobierno venezolano para financiar la importación de alimentos, medicamentos y otros productos básicos necesarios, exacerbando la ya severa escasez.

Con todo, ha habido oposición a un embargo exhaustivo del petróleo venezolano desde los operadores de refinería estadounidenses que dependen del crudo venezolano para sus operaciones y se enfrentarían con dificultades al cambiar a otras fuentes de crudo. El presidente de la asociación de Fabricantes de Combustible y Petroquímicos Estadounidenses, Chet Thompson, le escribió a Trump, diciendo, “Sanciones que limiten importaciones estadounidenses de crudo venezolano desfavorecerían a muchas refinerías estadounidenses, particularmente las de las regiones de la Costa del Golfo y de la Costa Este, que se han optimizado para utilizar crudo agrio producido en Venezuela”.

Entre los mayores importadores de petróleo venezolano están Citgo, la subsidiaria estadounidense de PDVSA, Valero Energy, Phillips 66 y Chevron. En su totalidad, Venezuela representa aproximadamente el 9 por ciento de las importaciones estadounidenses de petróleo crudo. Una reducción en la disponibilidad de crudo venezolano significaría una subida en los precios de la gasolina e incluso posiblemente despidos en refinerías.
A causa de las dificultades políticas involucradas en ampliar sanciones más allá de chavistas prominentes, buena parte de la presión estadounidense sobre Venezuela ha venido a través del apoyo a la oposición de derechas centrada en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) y su exigencia de nuevas elecciones y algún tipo de arreglo para compartir el poder basado en su control de la Asamblea Nacional.

Esto llevó el domingo a un referéndum nacional organizado por la MUD sobre el plan de la asamblea constituyente. Aunque fue celebrado sin los auspicios del Consejo Nacional Electoral, que tildó de ilegal esa votación, la MUD afirmó que hubo una participación de 7,2 millones, o el 37 por ciento, de los cuales el 98 por ciento votó contra la asamblea constituyente. Tales cifras se alinean de cerca con los votos totales recientes por la MUD en elecciones nacionales y aparentemente incluye votos emitidos en centros de sufragio en más de 100 países, incluyendo a los Estados Unidos.

El mismo día del referéndum de la MUD, el gobierno venezolano programó un “ensayo” de su propia votación de la asamblea constituyente, y fuentes de noticias próximas al gobierno, como Telesur, afirmaron que participaron millones. La votación verdadera está prevista para el 30 de julio. Una vez convocada, se encargará a la asamblea constituyente que reescriba la constitución para consolidar el control chavista en por lo menos ciertos aspectos del gobierno y de la economía venezolanos.

Después del referéndum, la oposición declaró que era la “hora cero” para el gobierno de Maduro, y exigió un paro nacional de 24 horas para el jueves. Sin embargo, dándose cuenta del aislamiento de la MUD respecto a la clase trabajadora y a amplias capas sociales, Freddy Guevara, el vicepresidente de la Asamblea Nacional y miembro del partido Voluntad Popular, dijo en Twitter que la “huelga civil de este jueves no puede partir solo de los hombres de negocio. El país es de todos y todos tienen que garantizar que se paralice Venezuela”. Según un informe de Associated Press, la cámara de comercio más grande de Venezuela incluso anunció que los empleadores no castigarán a los trabajadores por ir a la huelga.

También están surgiendo informes acerca de que hay negociaciones internacionales de alto nivel sobre cómo poner fin a la crisis en Venezuela. El Financial Times citó una fuente anónima que decía que el presidente colombiano Juan Manuel Santos tiene previsto viajar a La Habana el domingo al menos en parte para convencer a Raúl Castro para que dé su apoyo a una salida negociada a la crisis, posiblemente incluso dándoles asilo político a Maduro y a su esposa, Cilia Flores. La agencia privada de inteligencia, Stratfor, también afirma que Cuba es el nexo para el diálogo indirecto entre Rusia y los Estados Unidos, en el que el ex presidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero ha sido una figura clave. Stratfor también señaló que “ha recibido informes persistentes acerca de que [Maduro] ha barajado pedir asilo en Rusia o Cuba”.

Cuba, Rusia y China tienen intereses económicos sustanciales en Venezuela y sufrirían significativamente si fueran enteramente excluidos si cae el gobierno de Maduro. Participando en negociaciones en las que Maduro abandona la escena, esperan congraciarse con la derechista MUD y mantener sus relaciones actuales lo más que puedan.
El principal obstáculo en el camino de cualquier salida negociada a la crisis, o un golpe palaciego, es la propia clase trabajadora. Para la clase trabajadora, todos los desenlaces propuestos, basados como lo están en el mantenimiento del capitalismo, significan austeridad continuada para apuntalar las hojas de balance venezolanas en continuo declive y abonar a los tenedores de bonos.

La teoría marxista de las crisis económicas en el capitalismo

por Michael Roberts//

En mayo pasado, en la Conferencia Marx ist Muss en Berlín, debatí con el profesor Michael Heinrich sobre si Marx tenía una teoría coherente de las crisis en el capitalismo que pudiese ser probada empíricamente. La posición de Heinrich esta recogida en un artículo que escribió para Monthly Review Press en 2014, defendiendo que Marx no tenía una teoría coherente de las crisis y que, de todos modos, no puede probarse ya que sólo tenemos estadísticas oficiales capitalistas.

En la primera parte de este artículo lidio con el hecho de si Marx tenía o no una teoría coherente de las crisis. Defiendo que la teoría de Marx se basa en su ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancias y que esta ley es realista y coherente. También sostengo que Marx no abandonó esta ley en sus obras posteriores, como algunos han afirmado y que sigue siendo la mejor y más convincente teoría de las crisis económicas periódicas y recurrentes en el capitalismo. En la segunda parte del artículo, voy a proporcionar algunas evidencias empírica de las economías capitalistas modernas para apoyar esta posición. Con ello llego al final de lo que en realidad sólo es un corto ensayo sobre la teoría marxista de las crisis económicas – como yo la entiendo – y quedan sin tratar muchos aspectos.

Libro recomendado

¿Por qué nos preocupamos por la teoría de las crisis?

Quienes participan en las luchas de los trabajadores contra el capital internacionalmente pueden preguntarse por qué algunos dedicamos tanto tiempo a reflexionar sobre las ideas de Marx y otros sobre por qué el capitalismo tiene crisis regulares y recurrentes y crisis financieras. Sabemos que es así, por lo tanto luchemos por acabar con el capitalismo y dejemos a un lado las sutilezas de la teoría.

Pero hay buenas razones para entender la teoría, porque una buena teoría conduce a una mejor práctica. Sí, sabemos que el capitalismo tiene crisis económicas regulares y a menudo profundas. Crisis que causan enormes daños a los medios de vida de la gente y frenan la organización social humana en su avance hacia un mundo de abundancia, sin escasez ni sufrimiento. Y las crisis son indicios de la naturaleza contradictoria y derrochadora del modo de producción capitalista.

Antes del capitalismo, las crisis eran producto de la escasez, el hambre y los desastres naturales. Ahora son la consecuencia de una economía monetaria con fines de lucro; que son causadas por el hombre y, sin embargo, parecen escapar a su control; un fetichismo. Por encima de todo, las crisis demuestran que el capitalismo es un sistema con fallos, a pesar de los grandes avances en la productividad del trabajo que este modo de producción ha generado en los últimos 200 años aproximadamente. Si la Humanidad quiere progresar o incluso sobrevivir como especie, tendrá que ser sustituido. Así que es importante.

¿Tenía Marx una teoría coherente de las crisis?

¿Cual es? Se trata de un intenso debate entre los marxistas. Hay varias interpretaciones. Las crisis de producción capitalista se deben al “subconsumo”, a la falta de gasto de los trabajadores que no tienen suficiente para gastar; o al “desequilibrio”, a la anarquía de la producción capitalista que implica que la producción en varios sectores puede no estar en línea con los demás y la producción apenas puede superar a la demanda; o es la falta de rentabilidad en un sistema económico que depende del beneficio de los propietarios privados para que la inversión y la producción tengan lugar. En mi opinión, esta última interpretación es la que mejor se ajusta a la teoría de Marx, es lógica y se ajusta a los hechos.

Algunos argumentan que Marx no tenía una teoría coherente de las crisis económicas, y sobre todo en el caso de la ley de la rentabilidad de Marx. El argumento es que la lectura de las obras de Marx: El Capital, Teorías de la plusvalía y los Grundrisse, muestran que la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancias de Marx es incoherente e ilógica.

Por ejemplo, la ley sostiene que el valor de los medios de producción (maquinaria, oficinas y otros equipos), con el tiempo, aumenta en relación con el valor de la fuerza de trabajo (el coste de emplear una fuerza de trabajo determinada). Marx lo llamó la composición orgánica creciente del capital. Como el valor (y las ganancias), sólo son creadas por el poder de la fuerza de trabajo, el valor producido por la fuerza de trabajo, con el tiempo, disminuye en relación con el coste de la inversión en medios de producción y fuerza de trabajo. La tasa de ganancias tiende a caer.

Pero algunos críticos marxistas piensan que esto supone asumir que la tasa de plusvalía (la ganancia en relación con el coste de la fuerza de trabajo) será estática o crecerá menos que la composición orgánica del capital. Y no hay ninguna razón lógica para asumir esto – de hecho, el aumento de la composición orgánica implica un aumento de la tasa de plusvalía (para aumentar la productividad), por lo que la ley es muy imprecisa. No sabemos si conducirá a una caída o a un aumento de la tasa de ganancias.

Pero esto es no entender la ley y cómo Marx la planteó. La ley “como tal” es que un aumento de la composición orgánica del capital, suponiendo que la tasa de plusvalía es estática, hará caer la tasa de ganancias. Pero esto es sólo una “tendencia”, porque hay “contratendencias”, incluyendo una tasa de plusvalía que aumenta, el abaratamiento del valor de los medios de producción, salarios que caen por debajo del valor de la fuerza de trabajo, el comercio exterior y las ganancias ficticias de la especulación financiera. Pero estas son ‘contratendencias”, no forman parte de la “ley como tal”, precisamente porque no pueden cambiar (la tendencia de) la ley a la larga.

Como Marx dijo: “No abolen la ley general. Pero hacen que la ley actúe más bien como una tendencia, como una ley cuya acción absoluta es obstaculizada, retardada y debilitada por circunstancias contrarias … Estas últimas no anulan la ley, sino que merman su efecto. La ley actúa como una tendencia. Y es sólo en determinadas circunstancias y sólo después de largos períodos cuando sus efectos se hacen sorprendentemente pronunciados“.

Marx sostiene que la ley se basa en dos supuestos realistas: 1) la ley del valor opera, a saber, que el valor (y la plusvalía) sólo son creadas por el trabajo vivo y 2) la acumulación capitalista conduce a un aumento de la composición orgánica del capital. Estos supuestos (o “priores” en lenguaje estadístico moderno) no sólo son realistas: son evidentes.

En primer lugar, la ley del valor. La producción de lo que Marx llamó “valores de uso” (cosas y servicios que necesitamos) es necesaria para crear valor. Pero incluso un niño puede ver que nada se produce a menos que intervenga el trabajo vivo. “Todos los niños saben que una nación que deje de trabajar, no ya un año, sino incluso un par de semanas, perecería” (Marx a Kugelmann, 11 de julio de 1868).

La composición orgánica creciente del capital es también evidente. Desde las herramientas manuales a las fábricas, la maquinaria, las estaciones espaciales, hay un enorme aumento de la productividad del trabajo en el capitalismo como consecuencia de la mecanización. Que crea nuevos puestos de trabajo para el trabajo vivo, pero que es esencialmente un proceso de ahorro del trabajo vivo en términos relativos. Mientras que cada unidad de un nuevo medio de producción puede contener menos valor (debido al menor precio de la producción de esa tecnología) que una unidad de un medio de producción más antiguo, por lo general el viejo es sustituido por medios de producción nuevos y diferentes, o por un nuevo sistema de medios de producción que contiene más valor total que el valor de los medios de producción que ha sustituido.

Como explica Marx en los Grundrisse: “Lo que se abarata es la máquina individual y sus partes componentes, pero también se  desarrolla un sistema de maquinaria; la herramienta no es simplemente reemplazada por una sola máquina, sino por todo un sistema … A pesar del abaratamiento de los elementos individuales, el precio de todo el conjunto agregado aumenta enormemente“. Como dijo Marx: “Sería posible escribir toda una historia de las invenciones realizadas desde 1830, con el único propósito de suministrar al capital armas contra las revueltas de la clase obrera“. (Marx, 1967a, p 436.).

El objetivo de la inversión capitalista no es una mayor productividad; es un mayor beneficio. Y para lograr eso, el capital necesita una mayor productividad y nuevos medios de producción que ahorren trabajo. ¿Estaba Marx en lo cierto de que la inversión capitalista conduce a una mayor composición orgánica del capital con el tiempo? Si. Mire este gráfico.

Muestra un aumento constante del valor de los medios de producción (maquinaria, etc.) en relación con el valor del trabajo (medido en tiempo de trabajo) en los EE.UU. desde 1947. También muestra el aumento de la productividad (el tiempo de trabajo necesario para producir una unidad de producto o servicios). (Aquí para el Reino Unido desde 1855, según Esteban Maito). Así que tenemos una composición orgánica del capital (VKxH) que crece. un aumento de la productividad del trabajo y un declive de la tasa de ganancias en el tiempo (TDG). Esta es la ley tal como la definió Marx.

Hay contra-tendencias pero no superan la tendencia, la ley como tal, de forma indefinida. ¿Por qué? Bueno, primero, hay un límite a la tasa de plusvalía (24 horas) y no hay límite a la expansión de la composición orgánica del capital. En segundo lugar, hay un “límite social” al aumento de la tasa de plusvalía, en concreto, la resistencia de la mano de obra (las luchas obreras) y de la sociedad (legislación social y la costumbre) establecer un mínimo de trabajadores) que establecen un nivel de vida “social” mínimo estándar y las horas de trabajo etc. Esta se la esencia de la lucha de clases bajo el capitalismo.

¿Abandonó Marx su ley de la rentabilidad como teoría de las crisis?

En una carta a Engels en fecha tan tardía como 1868, más de diez años después del primer desarrolló de la ley, Marx afirma que la ley “fue uno de los mayores triunfos sobre el puente de asnos de todos los economistas anteriores“.

Pero muchos críticos marxistas creen que Marx abandonó esta ley tan relevante porque no parece referirse a ella después de su definición a finales de los años 1860 y se centró más en el papel del crédito en situaciones de crisis (como Keynes y los economistas heterodoxos modernos hacen ahora). Por otra parte, Engels, en la edición de los manuscritos de Marx después de su muerte en los volúmenes II y III de El Capital, habría llevado demasiado lejos la ley de Marx; de hecho distorsionó las opiniones de Marx al respecto.

Ya en 1978, Jerrold Seigel pudo mirar los manuscritos. Sí, Engels hizo cambios editoriales significativos a los escritos de Marx sobre la ley, así como al volumen III de El Capital. La aborda en tres capítulos, del 13 al 15; el 13 hasta dedicado a ‘la ley’; el 14 a las ‘influencias contrarias’ y el 15 describe las “contradicciones internas” (la combinación de la tendencia y las contratendencias). Engels pasó parte del texto de las notas de Marx al capítulo 13 sobre la ‘ley como tal ‘, cuando en el manuscrito de Marx aparecen después de los factores opuestos del capítulo 14. Pero al hacerlo, Engels no hace excesivo hincapié en la importancia de la ley. Por el contrario, Engels en realidad hace que parezca que Marx equilibra las contratendencias con la ley como tal, cuando la secuencia original del texto subrayaba que la ley se acaba imponiendo a las contratendencias. Así que, como Seigel lo resume: “Engels hizo que la confianza de Marx en el funcionamiento real de la ley de rentabilidad pareciese más débil que lo que lo que sugiere el manuscrito de Marx“. (Seigel, Marx’s Fate: The Shape of a Life, Princeton, Princeton University Press, 1978, p339 y nota 26).

Fred Moseley y Regina Roth han prologado recientemente una nueva traducción al inglés de los cuatro borradores de Marx para el Volumen 3 de Ben Fowkes, donde Marx desarrolla la ley de la rentabilidad y muestran cómo Engels editó esos manuscritos para El CapitalMoseley concluye que el tan denostado Engels hizo un buen trabajo de interpretación de los borradores de Marx y no hay ninguna distorsión real. “Se puede suponer, por lo tanto, que las intervenciones de Engels se hicieron sobre la base de que deseaba hacer las posiciones de Marx más nítidas y, de esta manera, más útiles para el debate contemporáneo político y social, por ejemplo, en el tercer capítulo, sobre la tendencia decreciente de la tasa de ganancias“.

A partir de 1870, Engels se había trasladado de Manchester a Londres. Así que Marx y él se reunían, rutinariamente, casi todos los días. Las discusiones podían continuar hasta la madrugada. La casa de Marx estaba a poco más de 10 minutos a pie … y siempre estaban los pubs Mother Redcap o Grafton Arms. Todavía en 1875, Marx estaba desarrollando diversas formas de calcular la tasa de plusvalía y la tasa de ganancias. Si Marx realmente hubiera abandonado la ley como su más importante contribución a la comprensión de las contradicciones del capitalismo, ¿no se lo habría mencionado a Engels?

¿La ley de Marx se ajusta a los hechos?

Algunos críticos marxistas de la ley de la rentabilidad de Marx creen que la ley no puede ser empíricamente probada o refutada porque las estadísticas oficiales no se pueden utilizar para mostrar el funcionamiento de la ley de Marx. Pero hay un montón de estudios de economistas marxistas que muestran lo contrario. Las pruebas claves de la validez de la ley en las economías capitalistas modernas sería demostrar 1) si la tasa de ganancia cae con el tiempo a medida que la composición orgánica del capital aumenta; 2) si la tasa de ganancias aumenta cuando la composición orgánica del capital se reduce o cuando la tasa de plusvalía aumenta más rápido que la composición orgánica del capital; 3) si la tasa de ganancias aumenta, si hay fuerte caída de la composición orgánica del capital como en una crisis. Estas serían las pruebas empíricas y hay un montón de evidencia empírica para las economías de los EE.UU. y mundial para demostrar que la respuesta es sí a todas estas preguntas.

Por ejemplo, Basu y Manolakos aplicaron el análisis econométrico a la economía de Estados Unidos entre 1948 y 2007 y encontraron que había una tendencia secular a la caída de la tasa de ganancia, con una disminución medible de alrededor del 0.3 por ciento al año “después de controlar las contra-tendencias”. En mi trabajo sobre la tasa de ganancias estadounidense,también encontré un descenso medio del 0,4 por ciento al año hasta el 2009. Y aquí está un cuadro de G. Carchedi sobre el aumento de la composición orgánica del capital (COC) en el sector industrial de los EE.UU. desde 1947 en comparación con la tasa media de ganancia (TMG). Cuentan la misma historia.

TMG y COC de EE.UU. (es decir, C / V)

Hay una clara correlación inversa entre el aumento de la composición orgánica del capital y una tasa decreciente de ganancias.

¿Puede la ley de Marx explicar las crisis?

¿Cómo funciona la ley de la rentabilidad de Marx como explicación y previsión de las crisis en las economías capitalistas? La ley lleva a una relación causal clara entre las crisis periódicas y recurrentes. Que se extiende de la caída de rentabilidad a la caída de las ganancias a la caída de la inversión a la caída del empleo y los ingresos. Acaba cuando hay destrucción suficiente de valores de capital (abandono de tecnologías obsoletas, quiebra de empresas, reducción de los costes salariales) para aumentar primero las ganancias y luego la rentabilidad. El aumento de la rentabilidad conduce a su vez al aumento de la inversión. El ciclo de auge recomienza y toda la “mierda” comienza de nuevo, para usar la colorida frase de Marx. Hay un ciclo de beneficios paralelo a la tendencia a largo plazo de la tasa de ganancia a caer.

La evidencia empírica de esta causalidad entre ganancia e inversión está disponible. José Tapia Granados, utilizando el análisis de regresión,considera que, en más de 251 trimestres de la actividad económica en EE.UU. a partir de 1947, las ganancias comenzaron a reducirse mucho antes que la inversión y que las ganancias antes de impuestos pueden explicar el 44% de todos los movimientos de inversión, mientras que no hay evidencia de que la inversión pueda explicar ningún movimiento en los beneficios. Encuentro una “causalidad de Granger” del 60% a partir de los cambios anuales en ganancias y la inversión (sin publicar) y una correlación de 0,67 para el período desde 2000. Y ver esta presentación de G. Carchedi ( Carchedi Presentation).

En el período previo a la Gran Recesión 2008-9, podemos ver la causalidad visualmente para las ganancias, la inversión y el PIB real en EE.UU. en el siguiente gráfico. La masa de ganancias corporativas alcanza su techo a mediados de 2006, la inversión y el PIB dos años más tarde. Las ganancias vuelven a recuperarse a finales de 2008 y la inversión un año más tarde.

Hay dos regularidades básicas de acuerdo con los datos: que un cambio en las ganancias tiende a ser seguido un año después por un cambio en la inversión en la misma dirección; y que un cambio en la inversión es generalmente seguida en pocos años por cambios en los beneficios en la dirección opuesta. Así pues, tenemos un ciclo. A partir de estos resultados, de la “regularidad” del ciclo económico, y del hecho de que la rentabilidad se estancó en 2013 y disminuyó en 2014 (y ahora la masa de ganancias en 2015) después de crecer entre 2008 y 2012, se puede concluir con cierta seguridad que una recesión de la economía estadounidense, que será también parte de una crisis económica mundial como la Gran Recesión, volverá a ocurrir en los próximos años.

Y la ley sobre la tendencia decreciente de la tasa de ganancias de Marx permite hacer una predicción aún más importante: que el modo de producción capitalista no será eterno, que es transitorio en la historia de la organización social humana. La ley de la tendencia predice que, con el tiempo, habrá una caída en la tasa de ganancia a nivel mundial, provocando más crisis de carácter devastador. Hay trabajos de análisis marxista modernos que confirman que la tasa mundial de ganancias ha caído en los últimos 150 años. Ver el gráfico siguiente (datos de Esteban Maito “cocinadas” por mí).

Los datos de Maito para el siglo XIX han sido cuestionados recientemente  (DUMENIL-LEVY sobre MAITO, pero en un reciente trabajo, utilizando diferentes fuentes y países, encuentro una tendencia similar para el período posterior a 1945 a nivel mundial (Revisiting a world rate of profit June 2015).Un trabajo pionero de  Minqi Li y colegas, así como otro de   Dave Zachariah,muestran una tendencia similar.

Como concluye Maito: “La tendencia decreciente de la tasa de ganancias y su confirmación empírica ponen de relieve el carácter históricamente limitado de la producción capitalista. Si la tasa de ganancias mide la vitalidad del sistema capitalista, la conclusión lógica es que se está acercando a su punto final. Hay muchas maneras como el capital puede intentar superar las crisis y regenerarse constantemente. Las crisis periódicas son específicas del modo de producción capitalista y permiten, en última instancia, una recuperación parcial de la rentabilidad. Este es un aspecto característico del capital y de la naturaleza cíclica de la economía capitalista. Pero la naturaleza periódica de estas crisis no ha detenido la tendencia decreciente de la tasa de ganancias a largo plazo. Así que los argumentos que afirman que existe una inagotable capacidad del capital para restaurar la tasa de ganancias y su propia vitalidad y que por lo tanto consideran el modo de producción capitalista como algo natural y un fenómeno ahistórico, son refutadas por la evidencia empírica“.

Así que la ley prevé que, en la medida en que la composición orgánica del capital crece a nivel mundial, la tasa de ganancias caerá pesar de los factores contrarios y pese a las sucesivas crisis (que ayudan temporalmente a restaurar la rentabilidad). Esto demuestra que el capitalismo como un modo de producción y de relaciones sociales es transitorio. El capitalismo no siempre ha existido y tiene límites en última instancia, en concreto, el propio capital. Tiene “fecha de caducidad”. Esa es la esencia de la ley de la rentabilidad de Marx.

Las teorías alternativas

Con ello no se pretende negar otros factores en las crisis capitalistas. El papel del crédito es una parte importante de la teoría marxista de la crisis y, de hecho, en la medida en que la tendencia de la tasa de ganancia a caer engendra contratendencias, una de las más importantes es la expansión del crédito y la utilización de la plusvalía en la inversión en capital ficticio en lugar de capital productivo, para elevar la rentabilidad temporalmente, pero con consecuencias desastrosas, finalmente, como ha demostrado la Gran Recesión. (La Gran Recesión; La deuda importa).

Las teorías alternativas de la crisis como la del subconsumo, o la falta de demanda efectiva, se han desarrollado a partir de las teorías del reaccionario Thomas Malthus y del radical Sismondi, ambos de comienzos del siglo XIX, que fueron recogidas por Keynes en la década de 1930 y por modernos teóricos de la desigualdad como Stiglitz y por los economistas post-keynesianos. Pero la falta de demanda y el aumento de la desigualdad no puede explicar la regularidad de las crisis o predecir la siguiente. Estas teorías no tienen tampoco un fuerte respaldo empírico (¿Provoca la desigualdad crisis?).

El profesor Heinrich, tras concluir que Marx no tenía una teoría de la crisis y había abandonado la ley de la rentabilidad, sí ofrece una vaga teoría propia: a saber, el capital acumula y produce más medios de producción a ciegas. Esto crea un desequilibrio con la demanda de consumo de los trabajadores. Así que aparece una “brecha” que tiene que ser rellenada con crédito, pero de alguna manera no basta para resolver el problema indefinidamente y la producción se derrumba. Bueno, es una teoría, pero más o menos la misma que la teoría del subconsumo (sobreproducción) que el propio Heinrich rechaza y que Marx descartó hace más de 150 años. Parece menos convincente y con menos apoyo empírico que la propia teoría de las crisis de Marx basada en la ley de la rentabilidad.

Ninguna otra teoría, ya sea de la economía dominante o de la economía heterodoxa, puede explicar las crisis recurrentes y regulares y ofrecer un fundamento objetivo claro del carácter históricamente determinado del sistema capitalista.

¿Por qué no la ley de la rentabilidad de Marx?

Por último, ¿por qué el profesor Heinrich y otros como los profesores  David Harvey, Dumenil y Levy y muchos otros economistas marxistas, quieren abandonar la ley de la rentabilidad de Marx como una teoría de las crisis?

Obviamente, piensan que esta equivocada. Pero todas estas teorías alternativas tienen una cosa en común. Sugieren una salida a las crisis dentro del sistemacapitalista. Si es debida al subconsumo, el gobierno tiene que gastar más; si es debido al aumento de la desigualdad, es necesaria una corrección redistributiva fiscal; si es debido al exceso de crédito o a la inestabilidad del sector financiero, hay que regularlos. Nada de ello implica políticas o acciones para sustituir al modo de producción capitalista, sino simplemente para corregirlo o mejorarlo. Conducen a estrategias reformistas, es decir, no hay necesidad de reemplazar el modo de producción capitalista con la propiedad común de los medios de producción y la planificación controlada democráticamente para la satisfacción de las necesidades (el socialismo).

El socialismo se convierte en una cuestión moral para poner fin a la pobreza y la desigualdad, no en una necesidad objetiva si la sociedad humana quiere abolir la explotación del trabajo. Esa es una visión reformista, pero no la de Marx. En realidad, incluso estos pequeños cambios para preservar el capitalismo pueden requerir una acción revolucionaria frente a la feroz oposición por parte del capital. ¿Por qué limitarse, por lo tanto, a reformas?

(Imagen de portada: Fragmento de los murales industriales del artista Diego Rivera pintados en Detroit por encargo de Edsel Ford para la comapanía. El personaje principal es Charles Sorensen que entonces era el jefe de producción de la planta, Rivera refleja la relación entre la patronal y los trabajadores).

La participación del trabajo en la renta nacional

por Michael Roberts//

Los principales blogueros keynesianos han estado analizando una vez más las causas de la desigualdad. En particular, han puesto de manifiesto la aparente disminución de la participación del trabajo en la renta nacional en la mayoría de las economías capitalistas avanzadas desde principios de la década de 1980.

De acuerdo con un informe de la OIT, en 16 países desarrollados, el trabajo tenía una participación del 75% del ingreso nacional a mediados de la década de 1970, pero se redujo al 65% en los años previos a la crisis económica. Subió en 2008 y 2009 – pero sólo porque el ingreso nacional se contrajo en esos años, antes de reanudar su curso descendente. Incluso en China, donde los salarios se han triplicado en la última década, el porcentaje de los trabajadores en la renta nacional ha disminuido.

El último Informe Económico Mundial del FMI considera que “después de haber sido bastante estable en muchos países desde hace décadas, la proporción del ingreso nacional pagado a los trabajadores ha disminuido progresivamente desde la década de 1980”.

El FMI continua: “la parte del trabajo en la disminución de los ingresos, cuando los salarios crecen más despacio que la productividad, o la cantidad de producción por hora de trabajo. El resultado es que una fracción cada vez mayor de las ganancias de la productividad ha estado yendo al capital. Y como el capital tiende a concentrarse en los extremos superiores de la distribución de los ingresos, la disminución de la parte de los ingresos del trabajo tiende a aumentar la desigualdad de ingresos“.

El blogger keynesiano Noah Smith escribió en un artículo: “durante décadas, los modelos macroeconómicos asumieron que el trabajo y el capital se repartirían proporciones más o menos constantes de la producción: el trabajo un poco menos de dos tercios de la tarta, el capital de poco más de un tercio . Hoy en día la proporción es 60%-40%”. ¿Qué ha ocurrido? Smith reconoce que hay cuatro posibles explicaciones: 1) China, 2) robots, 3) monopolios y 4) propietarios.

Por China quiere decir que la globalización y la deslocalización de la fabricación de productos por las multinacionales a las llamadas economías emergentes ha hecho que el trabajo en las economías avanzadas pierda puestos de trabajo y sus salarios se estanquen a pesar de que la productividad ha aumentado. Sin embargo, como señala Smith, la participación del trabajo ha caído también en China y (hasta hace poco) la desigualdad de ingresos aumentó considerablemente.

En cuanto a la sustitución acelerada de trabajadores por máquinas, gracias a los robots y la inteligencia artificial, lo que parece estar sucediendo es que las empresas más eficientes, de alta tecnología están creciendo rápidamente, dejando atrás a las empresas ineficientes que utilizan más mano de obra. Estas empresas menos eficientes pierden cuotas de mercado y comienzan a emplear menos trabajadores también.

Esa es más o menos la tendencia en la acumulación capitalista desde una perspectiva marxista, por lo que no debería sorprender. De hecho, el informe del FMI respalda este punto de vista: “En las economías avanzadas, aproximadamente la mitad de la disminución de la participación del trabajo se puede atribuir al impacto de la tecnología. La disminución fue impulsada por la combinación de un rápido progreso en la tecnología de la información y las telecomunicaciones, y una alta proporción de trabajos que podrían ser fácilmente automatizados”.

La teoría económica convencional solía defender que las desigualdades eran el resultado de cualificaciones diferentes de la fuerza de trabajo y que la proporción de la renta nacional del trabajo dependía de la carrera entre la mejora de la formación y la educación de los trabajadores y la introducción de máquinas para reemplazar cualificaciones anteriores.

De hecho, otro destacado keynesiano, Brad Delong todavía apoya esta respuesta. En una nota reciente, sugiere que Smith y Krugman están equivocados. “Permítanme sugerir que no hay ningún misterio que explicar”. Si nos fijamos en la participación del trabajo en el PIB neto, es decir, después de deducir la depreciación (la cantidad de producción necesaria para reemplazar las plantas y maquinaria desgastada), la tasa del trabajo en realidad no ha caído, excepto durante la Gran Recesión.

 

Delong concluye que la redistribución de ingresos habida ha tenido lugar dentro de la tasa del trabajo, de los trabajadores de bajos ingresos a los de altos (CEOs, ejecutivos, médicos y dentistas, etc.) y no entre el trabajo y el capital.

El argumento de Delong no es convincente. En primer lugar, no se puede definir la depreciación como beneficio, pero es claramente una deducción del beneficio bruto. En segundo lugar, aunque el gráfico anterior sí muestra una tendencia decreciente de la participación del trabajo en la renta después de su fuerte aumento a finales de 1960, lo que condujo a una intensificación de la caída de la rentabilidad en la mayoría de las economías capitalistas avanzadas desde mediados de la década de 1960 y en la lucha de clases que la acompaño. El descenso también fue significativo desde el año 2000, durante la burbuja crediticia en los EE UU (a diferencia de Europa, donde la participación del trabajo se mantuvo constante e incluso aumentó durante la Gran Recesión: lo contrario de lo que ocurrió en Estados Unidos).

Y en tercer lugar, los aumentos de los ingresos de los ejecutivos y los médicos, dentistas, abogados y otros “profesionales libres” son en realidad beneficios y no salarios. Ver el excelente trabajo de Simon Mohun en este sentido.

Paul Krugman ha vuelto al tema de la caída de la participación del trabajo en una reciente nota en su blog, en la que argumenta que es el poder de monopolio de empresas de capital intensivo como Google, Microsoft, etc., y las compañías de energía las que están detrás de la subida de los beneficios en la economía global. Es un viejo argumento en su caso. Como ya dijo en 2012: “¿Estamos volviendo a hablar de verdad del conflicto capital/ trabajo?¿No es una discusión vieja, casi marxista, obsoleta en nuestra moderna economía de la información?”

Krugman reconoce que las desigualdades de ingresos y riqueza en la sociedad estadounidense y la participación cada vez menor de los ingresos que perciben los trabajadores del sector capitalista no se deben al nivel de educación y cualificación de la fuerza de trabajo de Estados Unidos, sino a factores más profundos. En 2012, citó dos explicaciones posibles: “Una es que la tecnología ha dado un giro que coloca a la mano de obra en desventaja; la otra es que estamos ante los efectos de un fuerte aumento del poder de monopolio. Piense en estas dos historias haciendo hincapié en los robots, por un lado, y los ‘barones ladrones‘ (robber barons), por el otro”.

El primer argumento es que la tecnología moderna está ‘sesgada a favor del capital’, es decir, que tiene como objetivo reemplazar mano de obra por máquinas progresivamente. Krugman lo expresó así: “El efecto de los avances tecnológicos en los salarios depende del sesgo del progreso; si está sesgado a favor del capital, los trabajadores no compartirán plenamente los aumentos de la productividad, y si está lo suficientemente sesgado a favor del capital, su situación puede incluso empeorar”.

Esto no es nuevo en la teoría económica marxista. Marx lo explicó de manera diferente a la teoría económica de su tiempo. La inversión en el capitalismo se lleva a cabo con fines de lucro, no para aumentar la producción o la productividad como tal. Si no se puede aumentar el beneficio lo suficientemente mediante más horas de trabajo (es decir, más trabajadores y más horas) o intensificando los esfuerzos (velocidad y eficacia – tiempo y movimiento), la productividad del trabajo sólo puede aumentarse entonces con mejor tecnología. Por lo tanto, en términos marxistas, la composición orgánica del capital (la cantidad de maquinaria e instalaciones en relación con el número de trabajadores) se elevará secularmente. Los trabajadores pueden luchar para mantener la mayor cantidad del nuevo valor que han creado como parte de su ‘compensación’, pero el capitalismo sólo invertirá para crecer si esa participación no se eleva tanto que hace que la rentabilidad del capital caiga. Por lo tanto, la acumulación capitalista implica una caída tendencial de la participación del trabajo, o lo que Marx llamaría una tasa creciente de explotación (o plusvalía).

Y sí, todo dependerá de la lucha de clases entre el capital y el trabajo por la apropiación del valor creado por la productividad del trabajo. Y está claro que el trabajo ha ido perdiendo la batalla, sobre todo en las últimas décadas, bajo la presión de las leyes anti-sindicales, el fin de la protección del empleo y la contratación fija, la reducción de beneficios sociales, un creciente ejército de reserva de desempleados y sub-empleados gracias a la globalización de la fabricación industrial.

Aparte de la tecnología sesgada a favor del capital, Krugman considera que la caída de la participación del trabajo en la renta puede ser causada por el ‘poder de los monopolios’, o la dominación de ‘barones ladrones’. Krugman lo pone de esta manera. Tal vez la parte del trabajo en la renta está cayendo porque: “en realidad no tenemos una competencia perfecta” bajo el capitalismo; “el aumento de la concentración de las empresas podría ser un factor importante en el estancamiento de la demanda de mano de obra, ya que las empresas utilizan su creciente poder de monopolio para subir los precios sin pasar las ganancias a sus empleados”.

Lo que Krugman parece sugerir es que es un defecto en la economía de mercado lo que crea esta desigualdad y que si erradicamos esa imperfección (los monopolios) todo se corregirá. De esta manera, Krugman plantea el tema en los términos de la economía neoclásica.

Pero no se trata de la dominación de los monopolios como tal, sino del dominio del capital. Si, el capital se acumula a través de una mayor centralización y concentración de los medios de producción en manos de unos pocos. Esto asegura que el valor creado por el trabajo sea apropiado por el capital y que la proporción destinada al 99% se reduzca al mínimo. Pero no se trata de que los monopolios sean una imperfección de la competencia perfecta, como quiere Krugman: es el monopolio de la propiedad de los medios de producción por unos pocos. Ese es el funcionamiento real del capitalismo, con todos sus defectos.

La caída de la parte de la renta nacional que va al trabajo comenzó justo en el momento en que la rentabilidad empresarial de Estados Unidos estaba en su punto más bajo en la profunda recesión de la década de 1980. El capitalismo tuvo que restaurar la rentabilidad. Lo hizo en parte aumentando la tasa de plusvalía despidiendo trabajadores, congelando los aumentos salariales y recortando paulatinamente prestaciones sociales y pensiones. De hecho, es significativo que el colapso de la participación del trabajo se intensificó después de 1997, cuando la rentabilidad en Estados Unidos se recuperó y comenzó a reducirse de nuevo. El gráfico del FMI anterior muestra que se aplica a la mayoría de economías.

La participación del trabajo en el sector capitalista en los EE.UU. y otras economías capitalistas se ha reducido debido a la mayor tecnología y su ‘sesgo pro-capital’, la globalización y la mano de obra barata en el extranjero; la destrucción de los sindicatos; la creación de un ejército de reserva de mano de obra mayor (desempleados y sub-empleados); y el recorte de las prestaciones sociales y la reducción de los contratos fijos, etc. De hecho, esta parece ser la conclusión del FMI en su último informe en el capítulo 3 de la edición de abril de 2017 de Perspectivas Económicas, que cree que esta tendencia está impulsada por un rápido progreso en la tecnología y la integración global.

“La integración global -como se refleja en las tendencias del comercio final de bienes, la participación en las cadenas globales de valor, y la inversión extranjera directa-, también desempeñó un papel. Su contribución se estima en más o menos la mitad que la de la tecnología. Dado que la participación en las cadenas de valor globales normalmente implica la deslocalización de las tareas intensivas en mano de obra, el efecto de la integración es reducir la participación del trabajo en los sectores comerciables. hay que admitir que es difícil separar claramente el impacto de la tecnología del de la integración global, o de las políticas y reformas. Sin embargo, los resultados para las economías avanzadas son convincentes. En su conjunto, la tecnología y la integración global explican cerca del 75 por ciento de la disminución de la participación del trabajo en Alemania e Italia, y cerca de 50 por ciento en Estados Unidos”.

Tal vez el ‘sesgo pro-capital’ y la ‘globalización’ tengan menos efecto sobre la participación del trabajo en los EE.UU. debido al mayor crecimiento de los beneficios financieros y las rentas que en el resto de las economías avanzadas.

De hecho, como Noah Smith dice: “el poder de los monopolios, los robots y la globalización podrían ser parte de un mismo fenómeno unificado: nuevas tecnologías que de forma desproporcionada ayudan a las grandes compañías multinacionales de capital intensivo”. Yo le llamo “capital moderno”, que, citando a Smith de nuevo, “proporciona una posible forma de unificar al menos algunas de las diversas explicaciones de esta preocupante tendencia económica”.

Entrevista a Pierre Rousset: ¿A dónde va China?

por Francis Sitel//

En un momento en que Trump, nuevo presidente de EE UU, anuncia una ruptura con el libre comercio y un repliegue al unilateralismo nacionalista, en Davos, donde se reúne la cumbre del capitalismo globalizado, Xi Jinping se presentó como adalid del libre comercio. ¡Parece el mundo al revés! ¿Cómo valoras esta declaración, que rompe con todo lo que podíamos pensar que era China?

Pierre Rousset: Ruptura completa con la era maoísta, no cabe duda. Pero se inscribe dentro de la continuidad, claro que evolutiva, de las reformas de Deng Xiaoping desde que estas demostraron ser de naturaleza capitalista. En el plano simbólico, esta declaración de Davos es, en efecto, muy importante. Trump amenaza con un repliegue al unilateralismo, colocando en el alero instituciones de cooperación internacional que sirven de marco de negociación entre burguesías, así como de estructuras como la OTAN. Frente a él, Xi Jinping puede decir: “Si es así, estamos dispuestos a tomar el relevo…”. Un posicionamiento revelador de cómo China se proyecta a escala internacional, poniendo en entredicho la jerarquía y las relaciones de fuerza dentro del capitalismo existente.

También resulta interesante con respecto a Rusia. En el periodo reciente, este país ha sabido afirmarse con fuerza gracias a su capacidad militar (Crimea, Ucrania, Siria…). Sin embargo, Putin no puede permitirse hablar como Jinping. China ha desplegado, en el plano económico y financiero, una red internacional que le permite proponer, frente a unos EE UU que se retirarían o agravarían el conflicto con México, relevarlos y asumir sus inversiones. Se dedica asimismo a construir una red militar (refuerzo de su flota, acuerdos de defensa con diversos países, establecimiento de bases en el extranjero, sistema de vigilancia…), lo que todavía llevará mucho tiempo. De todos modos, esto confirma la talla internacional adquirida ya por China y su ambición de ser reconocida como potencia mundial de primera.

Es decir, ¿como la primera potencia mundial?

Es su ambición, pero del dicho al hecho hay un gran trecho. EE UU siguen siendo la única superpotencia. Sin embargo, en cierto modo esta posición privilegiada también es un hándicap. Su “zona de influencia” es el mundo entero, pero no tienen la capacidad de imponer por sí solos una pax americana mundial, y ningún otro imperialismo les ayuda de modo significativo a desempeñar este papel. Los ataques de Trump contra los europeos reflejan este problema: EE UU necesitan un imperialismo europeo, claro que subordinado, pero capaz de contribuir a la gestión del mundo. Y esto la Unión Europea es totalmente incapaz de hacerlo. No se ha constituido en una gran potencia, ni siquiera ha logrado construirse como un gran mercado regulado y se ve sumida en sus contradicciones. EE UU tienen motivos para considerar que no se les puede exigir que sigan pagando cuando a cambio no reciben nada.

Una superpotencia que ya no puede asumir plenamente su función de gendarme del mundo porque se enfrenta a conflictos demasiado numerosos, demasiado profundos, a una inestabilidad excesiva, se ve abocada a la parálisis. Lo que sucede en Asia Oriental refleja muy bien esta situación. Hace ya tiempo que Obama declaró que su política mundial pivotaba sobre la región Asia/Pacífico y que EE UU iban a operar su gran retorno al Pacífico. Pero nada de esto se ha concretado. EE UU siguen empantanados en Oriente Medio y no han contado con medios para actuar con rapidez en el mar de China. Es China quien ha tomado la iniciativa en el terreno económico y militar.

¿Cómo analizar lo que pone en entredicho, en Asia Oriental, la política actual de Pekín?

Podríamos comparar los procesos evolutivos de esta región con lo que representa Europa Oriental para los europeos. Los conflictos en esta zona bajo la influencia directa de China afectan a todos los países del sudeste asiático, Japón y EE UU. Este conjunto se subdivide en dos subzonas: la del mar de China Meridional y la del mar de China Oriental.

En el mar de China Meridional, la capacidad de iniciativa china ha cruzado un umbral cualitativo. Desde el punto de vista económico y diplomático se ha producido un aumento de la influencia china en un número importante de países: Birmania, Malasia, Filipinas tras la ruptura parcial de esta ex colonia estadounidense con la obediencia a EE UU… El capitalismo autoritario chino representa un modelo seductor a los ojos de muchas burguesías y aparatos militares de la región, incluida Tailandia.

En cambio, en el terreno militar las iniciativas chinas van en detrimento de estos mismos países. China ha construido un total de siete islas artificiales apoyadas en arrecifes e islotes, sobre las que ha instalado pistas de aterrizaje, bases de misiles tierra-aire y radares. Aunque no todas estas instalaciones estén funcionando todavía, la flota china navega en un entorno que se halla bajo control chino.

Pekín reivindica la soberanía sobre casi la totalidad del mar de China Meridional, invadiendo incluso zonas económicas exclusivas de los demás países ribereños, lo que provoca tensiones recurrentes, entre otros con el gobierno filipino. La hegemonía china choca con resistencias. Malasia y Singapur son centros económico-financieros muy importantes. Indonesia es un gigante demográfico. Pekín tendrá que transigir, pero no se retirará de la zona marítima en que se ha instalado. Es cierto que la 7ª flota estadounidense puede navegar en la zona y el tráfico marítimo internacional no está bloqueado (aunque China reclama del derecho a hacerlo). Sin embargo, si EE UU decide expulsar las tropas chinas del sistema insular creado, se generará un conflicto militar de gran envergadura.

Vietnam es actualmente el único país de la región que se enfrenta físicamente a China. Regularmente se producen choques entre navíos chinos y buques vietnamitas, en detrimento de estos últimos, vista la superioridad china. EE UU acaba de anular la última parte del embargo impuesto sobre Vietnam tras su derrota en la guerra indochina en 1975. Se trata del comercio de armamento, por lo que ahora los traficantes de armas pueden responder sin problemas a las demandas vietnamitas en la materia. Además, Washington está negociando el establecimiento de una base militar en Vietnam, sin duda en Danang, donde estuvo la gran base militar estadounidense durante la guerra de Indochina. ¡Gesto simbólico de completa inversión de la situación con respecto a este pasado! El problema es que Vietnam no controla los estrechos y se halla muy aislado de los demás países de la región. Para EE UU no es una gran baza, como lo era Filipinas (donde, dicho esto, los acuerdos de cooperación militar no han sido denunciados, pese al deterioro de las relaciones políticas).

En el noreste de Asia, la situación es más fluida y gira en torno a la crisis coreana. Allí, EE UU se esfuerzan por recuperar la iniciativa, para lo que no solo pueden apoyarse en sus propias bases militares, sino también en el ejército surcoreano y el japonés. Con el nombre de “fuerzas de autodefensa”, Tokio dispone de hecho de un ejército poderoso, reputado por su capacidad para librar en su entorno tanto una guerra submarina como aérea y de defensa antimisiles, gracias sobre todo a sus destructores y fragatas.

Por motivos políticos (como la propensión de la población al pacifismo), Tokio se contenta con participar, a escala internacional, en misiones de la ONU sin enviar unidades de combate (apoyo médico, ayuda a los refugiados, etc.) o en operaciones conjuntas contra la piratería. El país sigue estando estratégicamente subordinado a EE UU. Posee un portahelicópteros, pero no dispone de portaaviones ni de la bomba atómica y no puede desplegar submarinos estratégicos en los océanos. Sin embargo, Tokio está en condiciones de cambiar esta situación a corto plazo, con tal de amordazar la oposiciòn de la población a este rearme. Si comparamos Japón con Alemania, vemos que esta última está sometida a una presión creciente desde que el Reino Unido ha decidido salir de la Unión Europea, para que refuerce sus recursos militares, aunque también en este caso la opinión alemana se opone. En todo caso, se puede calcular que el camino hacia un ejército fuerte sería para Alemania, si decidiera emprenderlo, más largo que para Japón.

EE UU han retomado ahora la iniciativa en el noreste de Asia con miras a consolidar su posición, aprovechando con este fin la complejísima cuestión norcoreana. Por un lado, nadie controla al régimen de Corea del Norte. Pekín no puede propiciar su hundimiento por miedo a un caos considerable, pero tampoco desea que disponga de una capacidad nuclear independiente. Por otro lado, Corea del Sur apenas sale de una profunda crisis política tras la destitución de la presidenta Park Geun-hye, representante de la derecha dura en la línea del dictador que fue su padre. La política de Corea del Sur con respecto a Corea del Norte oscila entre la búsqueda de un entendimiento con vistas a la reunificación del país y la tentación del enfrentamiento. Mientras que el norte lanza sus misiles al mar de Japón, Corea del Sur prepara elecciones para el mes de mayo, en las que podría salir una nueva mayoria favorable a la moderación en las relaciones entre el sur y el norte.

¿Asistimos por tanto a un fuerte aumento de las tensiones militares en toda esta región asiática?

La cuestión nuclear se ha convertido en un problema central para la región. De creer a los principales medios de comunicación, la responsabilidad incumbe en exclusiva a la irracionalidad del dictador norcoreano. No cabe duda de que se trata de una dictadura burocrática y nepotista, pero la política de Kim Jong-un no es irracional. Su régimen se halla bajo amenaza permanente. Recordemos que las grandes maniobras aeronavales conjuntas entre EE UU, Japón y Corea del Sur simulan un desembarco en el norte. También nos dicen que se ha intentado “todo” con Pyongyang y que “todo” ha sido en vano. Esto es falso. Durante el mandato de Bill Clinton se firmaron acuerdos con Pyongyang que permitieron congelar el programa nuclear norcoreano. El gobierno de George Bush denunció estos acuerdos e incluyó al país en el “eje del mal”, política que mantuvo el gobierno de Obama. El poder norcoreano concluyó que únicamente el desarrollo de una capacidad nuclear podría garantizar su supervivencia en el plano internacional.

Ahora, EE UU han tomado la iniciativa de instalar una base de misiles antimisiles THAAD en Corea del Sur. Este sistema se presenta como un escudo frente a los misiles procedentes de Corea del Norte y disparados contra Japón, pero su radio de acción abarca lo esencial del territorio chino. Washington ha decidido acelerar el proceso de instalación de estas baterías antimisiles para que el sistema THAAD sea operativo antes de las elecciones surcoreanas. De este modo, la nueva mayoría no tendrá que pronunciarse sobre el establecimiento de dicha base, sino sobre su eventual desmantelamiento. ¡No es lo mismo! Esta política de hechos consumados revela la voluntad estadounidense de consolidar su hegemonía militar en la región. Esto afecta directamente a la relación de fuerzas militares entre EE UU y China.

Cabía considerar hasta ahora que para Pekín su condición oficial de potencia nuclear era suficiente, al margen del número de misiles disponibles. Su supremacía militar podía basarse entonces en su ejército regular. Por ejemplo, desde este punto de vista (ejército “clásico”), el ejército chino parece más poderoso que el ruso, por mucho que haya que tener en cuenta que las tropas chinas carecen del entrenamiento y de la experiencia del ejército ruso. No obstante, con el despliegue de un escudo antimisiles pasamos a otra dimensión: desbaratado el efecto de la disuasión militar, siendo ahora determinante el número de misiles disponibles. Si Rusia puede lanzar miles de misiles, de los que algunos atravesarán el escudo antimisiles estadounidense, este no es el caso de China. Este cambio relanza, por tanto, la carrera de armamentos, en este caso ¡de armas nucleares!

Asistimos aquí a un replanteamiento de las estrategias militares. En la época de Mao, China no se planteaba una despliegue exterior, sino que razonaba en función de una estrategia defensiva basada en el ejército de tierra. La China de hoy tiene necesidad de proyectarse hacia el exterior con el fin de asegurar sus rutas de transporte para los abastecimientos y las inversiones. El acceso a los océanos es para ella una cuestion vital. Por eso ha favorecido el desarrollo de su marina de guerra. Entre China y los oceános Índico y Pacífico existe un arco formado por penínsulas, islas y archipiélagos; además, en la península coreana, en Japón y Okinawa existen bases estadounidenses muy importantes, y la 7ª flota controla los estrechos.

Pekín desea garantizar a toda costa su acceso sin restricciones. La cuestión nuclear otorga a este conflicto una nueva dimensión. Pekín adoptó el año pasado la decisión de principio de redesplegar sus submarinos estrtatégicos en los océanos, para que no permanezcan atrapados en sus ubicaciones en el mar de China Meridional. Para ello necesita mejorar su tecnología, equiparlos con misiles nucleares de cabezas múltiples, resolver los difíciles problemas relativos a la cadena de mando… Esto, por tanto, no es cosa hecha, pero lo están encarrilando.

Desde el punto de vista militar, el mundo ha estado dominado durante mucho tiempo por la confrontación entre EE UU y Rusia. Ahora entra en liza China. Junto con Oriente Medio, Asia Oriental es una zona en vías de militarización creciente y acelerada. De modo más directo que en Oriente Medio, esta situación refleja la dinámica infernal de los conflictos entre potencias. Los movimientos progresistas de la región se movilizan para oponer a la concepción de la seguridad prevista por las potencias otra distinta, formulada desde el punto de vista de los pueblos; lo que incluye, en particular, la desmilitarización del mar de China.

Una China capitalista cuyo Estado está dirigido por un Partido Comunista. Un Partido Comunista de 88 millones de miembros, dirigido a su vez por un clan alrededor de Xi Jinping. ¿Cómo se sostiene este poder?

Cabe destacar varios factores. En China, la transición capitalista estuvo pilotada y no fue caótica como en Rusia. El Partido Comunista Chino (PCCh) había sido destruido en gran parte durante la Revolución Cultural, y bajo Deng Xiaoping fue reconstruido y modificado. En cuanto al ejército, es la única estructura que supo resistir a la Revolución Cultural. Este partido ha mantenido la unidad nacional, impidiendo que las fuerzas centrífugas se tornen destructivas. Es un hecho que reconoce la burguesía china expatriada, que vive en Taiwán y en EE UU, en Australia y otros lugares: dado que el PCC ha sabido evitar el caos, sería irresponsable querer desestabilizarlo.

Desde este punto de vista es espectacular cómo ha evolucionado la relación entre el Guomindang y el PCC. El primero representa a los restos del ejército contrarrevolucionario, que se instaló en Taiwán después de 1949 y estableció allí su dictadura, en perjuicio de la población local. Ambos son por tanto enemigos jurados. Sin embargo, con los años estos dos poderes, que integran –cada uno a su manera– burocracia y capitalismo, se han reconocido mutuamente y han colaborado. La población de Taiwán ha comprendido que este entendimiento condenaba su autonomía y que pondría en tela de juicio el proceso de democratización en curso. De ahí el movimiento de los Girasoles y la elección de una presidenta que, con toda la prudencia requerida, preconiza una vía independentista.

Esta situaciòn ilustra hasta qué punto la burguesía expatriada, que podríamos calificar de internacionalizada, no se sitúa en una lógica de revancha, sino, por el contrario, de entendemiento con el PCC. Con elementos de rivalidad, claro está, pero dentro de un marco controlado de común acuerdo.

Otro factor que cabe subrayar: entre la burguesía privada y la burguesía burocrática apenas hay diferencias parciales, no en vano gran parte de la primera está relacionada con la segunda por vínculos familiares. La ósmosis entre el capital privado y el capital burocrático se produce en el seno de la familia. Hay conflictos, como sucede en todas las familias, pero estos no desembocan en enfrentamientos.

Mientras tanto, Xi Jinping construye su poder con mucha brutalidad. Podemos decir que nunca –desde el proceso contra la “banda de los cuatro” en 1976– las luchas intestinas en el PCC habían alcanzado tal grado de violencia. Responsables de primera línea, de diferentes instituciones, del ejército, de grandes ciudades, son detenidos, encarcelados, algunos condenados a muerte. Xi Jinping está decidido a imponer a sus hombres y su control sobre el conjunto del partido. Claro que no siempre lo consigue y eso explica por qué en ocasiones se ve forzado a mantener a dirigentes que no son de su onda a la cabeza de regiones muy importantes. Si logra consolidar su dominio, será a costa de la acumulación de rencores y oposiciones. De ahí el endurecimiento del régimen, que ha metido en prisión a figuras del feminismo chino, que realmente no suponian una amenaza para el poder. Pero se trataba de enviar un mensaje a los potenciales contestatarios. Lo mismo ocurre con la detención y las torturas aplicadas a directivos de editoriales de Hong Kong. En este caso, el mensaje está destinado a calmar eventuales ardores irredentistas.

Por tanto, hay que tener en cuenta, por un lado, el éxito de la política económica e internacional, y por otro la dura represión en el partido, en su entorno y en la sociedad. Ello no quita que el tiempo en que los dirigentes proponían un gran proyecto para el país ha pasado a la historia. Muchos “hijos de” invierten sus capitales en el extranjero, o compran mansiones reservadas a los chinos ricos en la costa pacífica de Canadá, incluso adquieren una nacionalidad extranjera… Puesto que la corrupción campa a sus anchas en toda la sociedad, cunde el “sálvese quien pueda” e impera el cinismo, el de la globalización capitalista y la especulación financiera. Hay que decir que por el momento el edificio se mantiene en pie. No cabe duda de que el futuro traerá grandes cambios, aunque hoy por hoy el poder chino, y no solo los capitales, es capaz de actuar en el mundo entero, con un proyecto y con notables recursos.

¿No conoce la sociedad china múltiples tensiones sociales?

No pretendo tener una visión completa de todo lo que ocurre en China, pero al menos digamos que China es un país capitalista, que por consiguiente conoce y conocerá crisis, como todo país capitalista, esto está más claro que el agua. Otro elemento indudable es la sobreproducción. El Estado mantiene la actividad en empresas públicas por razones políticas y sociales, a fin de evitar una crisis social, de no perjudicar a un clan… Esto provoca que haya enormes capacidades de sobreproducción. Y burbujas de endeudamiento de estas empresas y en el sector inmobiliario, que pueden estallar en cualquier momento, sin que sea posible formular un pronóstico preciso.

Hasta ahora, las importantes reservas de divisas han permitido aplicar internamente medidas anticrisis. China necesita disponer de tierras cultivables, de minerales y petróleo, de puertos, con las consecuencias que esto conlleva en el terreno de los medios militares, lo que de acuerdo con la lógica de todo imperialismo en su fase de expansión conduce a exportar capitales para llevar a cabo estas inversiones indispensables.

Otro factor que se observa a gran escala, en África, es que para los contratos de obras de gran envergadura se exporta cemento, acero, trabajadores, de manera que estos mercados exteriores dan salida a la sobreproducción interior. Todo esto no está exento de riesgos. Los contratos en África están garantizados por bancos chinos, pero si un gobierno se niega a pagar sus deudas, no le resultará difícil suscitar revueltas antichinas. Estos riesgos políticos existen.

¿Y en lo que respecta más en particular a las movilizaciones obreras?

Durante un primer periodo, el poder utilizó el éxodo rural para crear un subproletariado, particularmente en las zonas francas. Hay que recordar la cuestión del permiso de residencia, cuya existencia se remonta a muchos años atrás. Bajo Mao, fue un instrumento para evitar el éxodo rural hacia las ciudades del litoral. Bajo Deng Xiaoping, unos 250 millones de campesinos y campesinas pasaron a ser migrantes indocumentados en su propio país: sin permiso de residencia, no tienen derecho a estar allí, no tienen derecho a la vivienda, ni a los servicios sociales, los niños no tienen derecho a la escolarización (son únicamente asociaciones de voluntarios las que aseguran la escolarización de estos niños). Una situación muy característica de la acumulación primitiva de capital.

Estos migrantes rurales se consideraban temporales y su idea era regresar un día a la aldea. La segunda generación comenzó a organizarse y a luchar, mientras que al mismo tiempo menguaba el ejército de reserva, lo que explica las victorias obtenidas y los aumentos salariales. Una situación sin duda muy diversa según las empresas, pero es indiscutible que ha habido un aumento real del nivel medio de los salarios. Esto lo corrobora el hecho de que ciertos capitales han abandonado el país para reinvertirse en otros países de nivel salarial más bajo.

En una tercera fase se han sistematizado las luchas. Por lo general son luchas duras, temporales, que a menudo finalizan con victorias. En su mayoría son de carácter local, contra la construcción de presas, por ejemplo. El número de locales públicos incendiados cada año es impresionante. El esquema clásico es que la autoridad local comprende que el descontento requiere alguna concesión: se sanciona a los cabecillas y se satisface una parte de las reivindicaciones. Por tanto, hay luchas, pero lo que está estrictamente prohibido es la organización duradera y la que abarque varias localidades.

Así, el movimiento choca con una doble imposibilidad. La primera es que los sindicatos oficiales (existe una única confederación sindical legal) se conviertan en instrumentos en manos de los trabajadores. Son la correa de transmisión del poder hacia los trabajadores, actualmente del poder y de la patronal. La segunda es la de crear sindicatos autónomos. Todo intento en este sentido desencadena una represión inmediata.

Hay una lucha destacada que ha roto con esta regla. ¿Es una fenómeno excepcional o anuncia un cambio? Habrá que verlo… Se trata de la lucha de Walmart. Walmart es una multinacional estadounidense especializada en la gran distribución. En 2013 pasó a ser la empresa más grande del mundo en términos de volumen de negocio. Un gigante, por tanto, que cuenta en China con 419 almacenes y 20 centros de distribución y emplea a más de 100 000 trabajadores (cifras de 2015). Esta empresa es internacionalmente conocida por los bajísimos salarios que paga y por su antisindicalismo. La lucha del personal de Walmart se organizó a partir de una página web, lo que permitió poner en marcha una movilización simultánea en cuatro almacenes, con recaudacion de fondos para pagar a abogados y ayudar a los huelguistas. Esta lucha sigue su curso.

Esto ha sido posible gracias a una circunstancia muy especial. Pekín quiso presionar a la empresa, y por eso autorizó la elección de estructuras sindicales de base. Salieron elegidos sindicalistas combativos. Después se llegó a un acuerdo entre el régimen y la direccion de Walmart, abriéndose el acceso a las “secciones sindicales” incluso a los mandos intermedios. De este modo, nada menos que el director de recursos humanos se puso a la cabeza del sindicato de empresa. Sin embargo, se había formado una generación combativa, que decidió proseguir con la lucha.

Otro factor es que esta multinacional es a su vez bastante peculiar: los sindicatos están prohibidos en todos sus centros y se organiza un culto en torno a la personalidad de su fundador. Se trata de crear una “conciencia Walmart”. “¡Soy Walmart!” Esto se ha vuelto en contra de la dirección cuando esta quiso imponer a todo el personal la flexibilidad total. Esta está autorizada en China, aunque solo en determinados casos. Las autoridades decidieron que Walmart no entraba dentro de esos supuestos. Este fue el elemento que desencadenó la movilización de los trabajadores.

Es esta una cuestión que se repite, a saber, que el posible estallido de luchas está relacionado con conflictos entre un aparato y otro poder, o entre fracciones de un mismo aparato. Esta no ha sido la primera gran lucha, pero las demás han sido siempre de caracter local, pese a que en ocasiones tenían lugar en nombre de los intereses del proletariado chino: en China existe cierta forma de identidad de clase, heredada de la revolución y de la época maoísta. Es interesante observar que muchos movimientos de solidaridad democrática en el plano internacional defienden expresamente los derechos de los trabajadores.

A menudo se escuchan reacciones a los problemas ecológicos y a los temores derivados del envejecimiento demográfico…

Muchas luchas giran en torno a cuestiones ecológicas, contra la construcción de presas que engullen aldeas, contra la polución, que se ha convertido en un problema importante debido a su gravedad… Esta dimensión está muy presente en numerosos conflictos locales, pero parece que no necesariamente se la percibe como un asunto de naturaleza ecológica. No tengo la impresión de que exista en China un movimiento ecologista que se conciba como tal, aunque puedo equivocarme.

En lo que respecta a la demografía, en la época de Mao se desarrolló una política natalista. La política del hijo único no se impuso hasta más tarde. Las estadísticas están en parte falseadas, en la medida en que numerosos niños no están declarados. Sin embargo, el desequilibrio entre niñas y niños se ha agravado (con el aborto selectivo de niñas para que el hijo único sea un niño), lo que ha dado lugar en ciertas regiones a secuestros y ventas de mujeres. Ahora, esta política de hijo único se ha ido abandonando paso a paso, sin que esto haya provocado un fuerte aumento del número de nacimientos. La natalidad se ha estabilizado en un nivel bajo. Por tanto, no asistiremos a un rejuvenecimiento de la población, sino, por el contrario, a un aumento relativo del número de personas mayores. Y eso sin que se hayan mantenido las estructuras colectivas que existían en tiempos de Mao. La vejez se ve por tanto condenada a la soledad o a depender de la familia.

 

La desigualdad a 150 años de “El capital” de Karl Marx

por Michael Roberts//

He escrito muchos posts sobre el nivel y los cambios en la desigualdad de la riqueza y los ingresos, tanto a nivel mundial como dentro de los países. Hay una amplia variedad de estudios empíricos que muestran la creciente desigualdad en los ingresos y la riqueza en la mayoría de las economías capitalistas en el siglo pasado. Seguir leyendo La desigualdad a 150 años de “El capital” de Karl Marx

El gobierno griego de Syriza acuerda seguir las medidas de austeridad salvajes

por John Vassilopoulos//

Un acuerdo para imponer 3.600 millones de euros más en recortes de austeridad ha sido alcanzado entre el gobierno griego de Syriza, los funcionarios de la Unión Europea (UE) y del Fondo Monetario Internacional (FMI).

El acuerdo del Martes es el último componente brutal de la austeridad de 86.000 millones de euros para el paquete de préstamos firmado por el gobierno griego en Agosto de 2015. Su compromiso con la austeridad adicional estaba condicionado a que la UE liberara un tramo de 7.500 millones de euros, necesario para pagar la deuda madura de Julio.

Las negociaciones se prolongaron durante un período de seis meses, lo que aumentó la especulación de que no se alcanzaría un acuerdo a tiempo para que Grecia cumpla con sus obligaciones sobre la carga total de la deuda que se mantuvo en torno a los 300.000 millones de euros -79 por ciento del PIB. Esto los llevaría a una crisis similar a la del verano de 2015, cuando el país estuvo a punto de morir y los bancos se vieron obligados a cerrar.

Los mercados financieros reaccionaron positivamente al nuevo acuerdo, con las acciones griegas saltando un 3,1 por ciento.

Anunciando el acuerdo, Euclid Tsakalotos, ministro de Finanzas de Syriza, declaró: “La negociación ha terminado con un acuerdo sobre todos los asuntos”, y añadió: “Ahora tenemos una decisión que el gobierno griego será llamado a cumplir con leyes y decisiones”.

Lo que Syriza ahora “hará cumplir” es más ataques devastadores en las pensiones, los salarios y los derechos de los trabajadores.

Las pensiones se reducirán en un 18 por ciento a partir de 2019, afectando a unos 1,1 millones de pensionistas que reciben más de 700 euros al mes. Los recortes de pensiones son de alrededor de 1,8 mil millones de euros, alrededor del 1 por ciento del PIB. Para los pensionistas de bajos ingresos, estos son los mayores recortes desde que se firmó el primer paquete de austeridad en 2010.

Ha habido una asombrosa reducción de los ingresos de los jubilados desde 2010, que han reducido las pensiones en un promedio del 40 por ciento. Según la United Pensioners’ Network (Red de Pensionistas Unidas), éstas ascienden a un total de 50.000 millones de euros.

Nikos Chatzopoulos, Presidente de la Red, dijo: “No sólo los recortes en nuestras pensiones, sino también las subidas de las contribuciones a la seguridad social y la fiscalidad, que han reducido los ingresos de los pensionistas en más del 50 por ciento …. Hay personas que no pueden darse el lujo de pagar sus medicinas. Ya no tenemos dinero para pagar la electricidad y las cuentas de teléfono”.

El umbral libre de impuestos se reducirá de € 8.636 a € 5.681, lo que llevará a muchos trabajadores de bajos ingresos y pensionistas fuera de la franja libre de impuestos. La medida también se establece para golpear a los pensionistas de bajos ingresos que ganan tan poco como € 500 al mes. Para aquellos que sólo están cubiertos por el umbral actual, esto equivaldrá a un recorte de alrededor de € 650 a sus ingresos.

La reducción al umbral libre de impuestos equivale también a un 1 por ciento del PIB y se prevé que entre en vigor en 2020, siempre que los niveles actuales de superávit presupuestario sigan en el objetivo. Si no es así, entonces se avanzarán hasta 2019.

Se prevé que medidas adicionales de austeridad por valor de 450 millones de euros entrarán en vigor el próximo año, entre las que se incluyen reducciones del 50 por ciento en el subsidio de la calefacción, prestaciones por desempleo y reducción de los descuentos fiscales en los gastos médicos. También hay planes para vender minas de carbón y centrales eléctricas de carbón, propiedad de la Corporación de Energía Pública (PPC), que asciende a aproximadamente el 40 por ciento de su capacidad.

En el centro del acuerdo estaba la aceptación de gran parte de las demandas del FMI de nuevos ataques a los derechos de los trabajadores. Mientras que la demanda del FMI de permitir el cierre patronal de trabajadores por parte de los empleadores se mantuvo fuera de la mesa por ahora, el acuerdo se acercó un paso hacia la derogación de la legislación contra los despidos arbitrarios de masas. Aunque todavía se limitan al 5 por ciento de la mano de obra en una empresa -hasta un máximo de 30 trabajadores por mes- ya no tienen que ser aprobados previamente por el Ministro de Finanzas y el Consejo Supremo de Trabajo (ASE). Bajo el nuevo proceso, la ASE sólo podrá auditar si se siguen todos los requisitos legislativos.

El acuerdo también incluye el compromiso de introducir legislación anti-huelga incluyendo un proceso judicial acelerado para decidir sobre la legalidad de la acción industrial.

El gobierno tiene hasta el 18 de Mayo para conseguir que el acuerdo pase en el parlamento a tiempo para la reunión del consejo del grupo euro con ministros de finanzas de la UE el 22 de Mayo.

El impacto de las nuevas medidas, golpeando desproporcionadamente a algunos de los sectores más pobres y vulnerables de la población, será catastrófico. Desde 2010, la economía de Grecia se ha reducido en un 27 por ciento bajo el peso de las sucesivas medidas de austeridad impuestas por la UE y el FMI de acuerdo con los gobiernos PASOK, Nueva Democracia y Syriza.

El desempleo en Grecia se sitúa en el 23,5 por ciento y está en casi el 50 por ciento entre los jóvenes.

Según un estudio reciente de la organización de investigación sin fines de lucro Dianeosis, cerca de 1,5 millones de griegos -el 13,6 por ciento de la población- viven actualmente en “pobreza extrema”. Esto se compara con el 2,2 por ciento en 2009. Según el estudio, una familia de cuatro personas, justo en al borde del límite de pobreza extrema, puede gastar sólo 7 € al mes para los gastos escolares de sus hijos, 12 € para los zapatos para toda la familia y sólo 24 € para los productos de higiene. Aquellos que caen dentro de la zona de pobreza extrema ni siquiera pueden pagar lo anterior “.

La desastrosa situación económica en Grecia, sin precedentes en tiempos de paz, es una devastadora sumaria de la pseudo-izquierda Syriza, que llegó al poder en Enero de 2015 con un billete de anti-austeridad. Apenas unos meses más tarde, este partido pro-capitalista abandonó su retórica anterior y firmó el tercer paquete de rescate para Grecia, traicionando el abrumador rechazo a la austeridad en el referéndum de Julio, 2015.

Una declaración de la UE y el FMI alabó al gobierno griego afirmando que “este acuerdo preliminario se complementará ahora con nuevos debates en las próximas semanas sobre una estrategia creíble para asegurar que la deuda de Grecia sea sostenible”.

El FMI ha insistido en que la deuda de Grecia no es sostenible a menos que se implemente cierto alivio de la deuda. Esto ha sido un punto crítico para el FMI, que no está participando financieramente en el programa de austeridad acordado con Syriza en 2015. El gobierno alemán ha sido central en resistir los llamados para la implementación de cualquier forma de “corte de pelo” de la deuda ya que soportaría el peso. Esto explica la respuesta reticente al último acuerdo de Berlín. Un portavoz del Ministerio de Hacienda alemán lo describió como un “paso intermedio” importante, pero agregó que todavía se necesita trabajo. El ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, advirtió que “el gobierno [griego] aún no ha cumplido todos los acuerdos”.

Sigue habiendo escepticismo de que un acuerdo sobre cualquier alivio de la deuda es posible. Stephen Brown, economista de Capital Economics, dijo: “Como tal, las preocupaciones por el incumplimiento y el potencial de ‘Grexit’ parecen desvanecerse durante un tiempo, pero no desaparecen”.

En respuesta a las medidas, las federaciones sindicales grecas y privadas del sector público han pedido una huelga general de 24 horas el 17 de Mayo para coincidir con la fecha en que el proyecto de ley de austeridad será aprobado por el parlamento. Ha habido innumerables acciones de este tipo en los últimos siete años, todas diseñadas para permitir que los trabajadores suelten humo mientras que se aprueben las medidas.

Hay, sin embargo, la sensación de que este camino bien llevado ha seguido su curso y que la burocracia será incapaz de contener la ira social que las nuevas medidas impondrán. El jefe del sindicato de Adedy, Odysseas Trivalas, dijo al Guardian: “Será una primavera muy caliente. Todavía tenemos que ver los detalles de este acuerdo, pero lo que sabemos es que significará más recortes. Habrá muchas huelgas y un cierre general de 24 horas cuando las medidas sean llevadas al parlamento para votar”.

La postura de Trivalas está diseñada para ocultar la complicidad de él y de los sindicatos en la implementación de la austeridad. El suyo es un viaje típico de los burócratas de la unión que se alinearon originalmente con el partido social democrático PASOK -los arquitectos de la primera balsa de la austeridad, que los vio aniquilados en elecciones sucesivas- y que se han movido en la órbita de Syriza en años recientes.

Por qué la izquierda reformista es keynesiana

La teoría económica keynesiana es dominante en la izquierda reformista en el mundo entero. Su pertinencia al llamado Estado de Bienestar e incluso al llamado socialismo escandinavo, seduce al reformismo izquierdista de la misma forma como el PS y el PC han ido mutando su antigua condición de organizaciones obreras a patronales. Se adopta a Keynes porque se abandona la concepción marxista, porque el reformismo -al renunciar a luchar por la expropiación de la burguesía- ha terminado afirmando la propiedad privada de los medios de producción. Keynes les resulta el héroe económico para cambiar el mundo; para poner fin a la pobreza, la desigualdad y las continuas pérdidas de ingresos y puestos de trabajo en las crisis recurrentes. Y sin embargo, el método keynesiano es empíricamente dudoso y sus prescripciones políticas para corregir los errores del capitalismo han demostrado ser un fracaso (EP).

 

por Michael Roberts//

En los EEUU, los grandes gurús de la oposición a las teorías neoliberales de la escuela de economía de Chicago y a las políticas de los republicanos son keynesianos Paul Krugman, Larry Summers y Joseph Stiglitz  o, ligeramente más radicales, Dean Baker o James Galbraith. En el Reino Unido, los líderes de la izquierda del Partido Laborista en torno a Jeremy Corbyn y John McDonnell, socialistas confesos, se inspiran en economistas keynesianos como Martin Wolf, Ann Pettifor o Simon Wren Lewis para sus propuestas políticas y análisis. Los invitan a sus consejos de asesores y seminarios. En Europa, los Thomas Piketty  mandan.

Los estudiantes graduados y profesores que participan en Rethinking Economics  , un movimiento internacional para cambiar la enseñanza y las ideas económicas en ruptura con la teoría neoclásica  son dirigidas por autores keynesianos como James Kwak o post-keynesianos como Steve Keen, o Victoria Chick o Frances Coppola. Kwak, por ejemplo, ha publicado un nuevo libro titulado Economism, que sostiene que la línea de falla económica en el capitalismo es el aumento de la desigualdad y que el fracaso de la economía convencional consiste en no reconocerlo. Una vez más la idea de que la desigualdad es el enemigo, no el capitalismo como tal, exuda de los keynesianos y post-keynesianos como Stiglitz, Kwak, Piketty o Stockhammer  , y es dominante en los medios de comunicación y el movimiento obrero. Con ello no pretendo negar la horrible importancia del aumento de la desigualdad, sino demostrar que no se tiene en cuenta una visión marxista sobre este tema.

De hecho, cuando los medios de comunicación quieren ser audaces y radicales, se llenan de publicidad sobre los nuevos libros de autores keynesianos o post-keynesianas, pero no de los marxistas. Por ejemplo, Ann Pettifor, de Prime Economics, ha escrito un nuevo libro, The Production of Money,  en el que nos dice que “el dinero no es más que una promesa de pago” y que “creamos dinero todo el tiempo haciendo esas promesas” , el dinero es infinito y no limitado en su producción, por lo que la sociedad puede imprimir tanto como quiera para invertir en sus opciones sociales sin ningún tipo de consecuencias económicas perjudiciales. Y a través del efecto multiplicador keynesiano, los ingresos y los puestos de trabajo pueden crecer. Y “no importa donde el gobierno invierta su dinero, si al hacerlo se crea empleo” . El único problema es mantener el coste del dinero, las tasas de interés, tan bajas como sea posible, para asegurar la expansión del dinero (¿o se trata de crédito?) para impulsar la economía capitalista. Por lo tanto, no hay necesidad de ningún cambio en el modo de producción con fines de lucro, simplemente basta con controlar la máquina de dinero para asegurar un flujo infinito de dinero y todo funcionará bien.

Irónicamente, al mismo tiempo, el destacado poskeynesiano Steve Keen se prepara para ofrecer un nuevo libro  abogando por el control de la deuda o del crédito como forma de evitar la crisis. Haga su elección: ¿más dinero-crédito o menos? De cualquier manera, los keynesianos difunden una narrativa económica con un análisis que considera que sólo el sector de las finanzas es la fuerza causal de los problemas del capitalismo.

Entonces, ¿por qué siguen siendo dominantes las ideas keynesianas? Geoff Mann nos proporciona una explicación atractiva. Mann es el director del Centro de Economía Política Global en la Universidad Simon Fraser, de Canadá. En un nuevo libro, titulado In the Long Run we are all Dead, Mann reconoce que no es que la economía keynesiana se considere correcta. Ha habido “poderosas críticas desde la izquierda de la economía keynesiana de la que extraer conclusiones; los ejemplos incluyen las obras de Paul Mattick, Geoff Pilling y Michael Roberts ( ¡gracias! – MR )”(p218), pero las ideas keynesianas son dominantes en el movimiento obrero y entre los que se oponen a lo que Mann llama el ‘capitalismo liberal’ (lo que yo llamaría el capitalismo) por razones políticas.

Keynes reina porque ofrece una tercera vía entre la revolución socialista y la barbarie, es decir, el fin de la civilización tal y como (en realidad la burguesía como a la pertenecía Keynes) la conocemos. En los años 1920 y 1930, Keynes temió que el ‘mundo civilizado’ se enfrentase a la revolución marxista o la dictadura fascista. Pero el socialismo como una alternativa al capitalismo de la Gran Depresión, podría acabar con la ‘civilización’, abriendo la puerta a la ‘barbarie’ – el final de un mundo mejor, el colapso de la tecnología y el estado de derecho, más guerras, etc. Así que intentó ofrecer la esperanza de que, a través de alguna modesta reforma del ‘capitalismo liberal’, sería posible hacer que volviese a funcionar el capitalismo sin la necesidad de una revolución socialista. No habría ninguna necesidad de ir a donde los ángeles de la ‘civilización’ se negaban a ir. Esa fue la narrativa keynesiana.

Este llamamiento atrajo (y todavía atrae) a los líderes del movimiento sindical y a los ‘liberales’ que desean cambios. La revolución es algo arriesgado y puede arrastrarnos a todos al abismo. Mann: “La izquierda quiere democracia sin populismo, quiere políticas de cambio sin los riesgos del cambio; quiere revolución sin revolucionarios” . (p21).

Este miedo a la revolución, Mann reconoce, apareció por primera vez después de la Revolución francesa. Ese gran experimento de democracia burguesa desembocó en Robespierre y el terror; la democracia se convirtió en dictadura y barbarie – ese es más o menos el mito burgués. La economía keynesiana ofrecía una manera de salir de la depresión de 1930 o de la actual Larga Depresión sin socialismo. Es la tercera vía entre el statu quo de los mercados rapaces, la austeridad, la desigualdad, la pobreza y las crisis y la alternativa de una revolución social que conlleve a Stalin, Mao, Castro, Pol Pot y Kim Jong-un. Es una ‘tercera vía’ tan atractiva que Mann confiesa que incluso le seduce como una alternativa al riesgo de que la revolución se tuerza (ver el último capítulo, donde Marx es presentado como el Dr. Jekyll de la Esperanza y Keynes como el Mr. Hyde del miedo).

Como Mann escribe, Keynes creía que, si expertos civilizados (como él mismo) abordaban los problemas a corto plazo de la crisis económica y las recesiones, se podría evitar el desastre a largo plazo del colapso de la civilización. La famosa cita que recoge el título del libro de Mann, ‘a largo plazo todos estaremos muertos’, se refiere a la necesidad de actuar frente a la Gran Depresión mediante la intervención del gobierno y no esperar a que el mercado se auto-corrija con el tiempo, como pensaban los economistas y políticos neoclásicos ( ‘clásicos’ según Keynes). Porque “ese largo plazo es una mala guía para los temas de actualidad. A largo plazo todos estaremos muertos. Los economistas se fijaron una tarea demasiado fácil, demasiado inútil, si en épocas turbulentas sólo nos puede decir que cuando la tormenta haya pasado, el océano volverá a estar como un plato”(Keynes). Es necesario actuar sobre los problemas a corto plazo o se convertirán en un desastre a largo plazo. Este es el significado adicional de la larga cita anterior: hay que lidiar con la depresión y las crisis económicas ahora o la misma civilización se verá amenazada por la revolución a largo plazo.

A Keynes le gustaba considerar que el papel de los economistas era similar al de los dentistas a la hora de resolver un problema técnico  de la economía como si se tratase de un dolor de muelas ( “Si los economistas pudieran llegar a pensar que son personas humildes y competentes como los dentistas, sería espléndido” ). Y los keynesianos modernos han comparado su tarea a la de fontaneros: reparar las fugas en la tubería de la acumulación y el crecimiento. Pero el método real de la economía política no es el de un fontanero o un dentista cuando soluciona problemas a corto plazo. Es el de un científico social revolucionario (Marx), transformándo a largo plazo. Lo que el análisis marxista del modo de producción capitalista revela es que no hay una ‘tercera vía’ como Keynes y sus seguidores proponen. El capitalismo no puede ofrecer el fin de la desigualdad, la pobreza, la guerra a cambio de un mundo de abundancia y bien común a nivel mundial, y evitar así la catástrofe medio ambiental, a largo plazo.

Al igual que todos los intelectuales burgueses, Keynes era un idealista. Sabía que las ideas sólo se llevan a cabo si se ajustan a los deseos de la élite gobernante. Como él mismo dijo, “El individualismo y el laissez-faire no podían, a pesar de sus profundas raíces en las filosofías políticas y morales de finales del siglo XVIII y principios del XIX, garantizar su influjo duradero en la dirección de los asuntos públicos, si no hubiera sido porque encajaban con las necesidades y deseos del mundo de los negocios de entonces … Todos esos elementos han contribuido al actual ambiente intelectual dominante, a la estructura mental, a la ortodoxia de la época”.  Sin embargo, seguía creyendo que un hombre inteligente como él, con ideas contundentes, podría cambiar la sociedad aun en contra de los intereses de aquellos que la controlan.

Lo equivocado de esa idea fue evidente incluso para él cuando intentó conseguir que la administración Roosevelt adoptase sus ideas sobre como terminar con la Gran Depresión y que la clase política aplicase sus ideas para un nuevo orden mundial después de la guerra mundial. Keynes quería crear instituciones ‘civilizadas’ para garantizar la paz y la prosperidad a nivel mundial a través de la gestión internacional de las economías, las monedas y el dinero. Pero estas ideas de un orden mundial para controlar los excesos de un capitalismo desenfrenado se convirtieron en instituciones como el FMI, el Banco Mundial y el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que acabaron promoviendo las políticas de un imperialismo encabezado por los Estados Unidos. En lugar de un mundo de líderes ‘civilizados’ que resolvían los problemas del mundo, lo que tenemos es una terrible águila que clava sus garras en el mundo, imponiendo su voluntad. Son los intereses materiales los que deciden las políticas, no los economistas inteligentes.

De hecho, Keynes, el gran idealista de la civilización se convirtió en un pragmático en las reuniones de Bretton Woods de la posguerra, en representación no de las masas del mundo, o incluso de un orden mundial democrático, sino de los estrechos intereses nacionales del imperialismo británico frente al dominio estadounidense. Keynes informó al parlamento británico que el acuerdo de Bretton Woods no era  “una afirmación de poder estadounidense, sino un compromiso razonable entre dos grandes naciones con los mismos objetivos: restaurar una economía mundial liberal”. Otras naciones fueron ignoradas, por supuesto.

Para evitar la situación en la que a largo plazo todos estemos muertos, Keynes creía que había que resolver los problemas a corto plazo. Pero resolverlos a corto plazo no puede evitar el largo plazo. Si se logra el pleno empleo, todo irá bien, pensó. Sin embargo, en 2017, tenemos casi ‘pleno empleo’ en EEUU, el Reino Unido, Alemania y Japón, y no todo está bien. Los salarios reales se han estancado, la productividad no está aumentando y las desigualdades se agravan. Hay una Larga Depresión y no parece que vayamos a salir de un ‘estancamiento secular’. Por supuesto, los keynesianos dice que la causa es que no se han aplicado las políticas keynesianas. Pero no se han aplicado (al menos no el aumento del gasto fiscal) porque las ideas no se imponen a los intereses materiales dominantes, al contrario de lo que creía Keynes. Keynes lo veía boca abajo; de la misma manera que Hegel. Hegel defendía que era el conflicto de ideas el que determinaba el conflicto histórico, cuando es lo contrario. La historia es la historia de la lucha de clases.

Y de todos modos, las recetas económicas de Keynes se basan en una falacia. La larga depresión continua no porque haya demasiado capital que deprime los beneficios (‘eficiencia marginal’) del capital en relación con la tasa de interés sobre el dinero. No hay demasiada inversión (las tasas de inversión de las empresas son bajas) y las tasas de interés están cerca de cero o incluso son negativas. La larga depresión es el resultado de una muy baja rentabilidad y por lo tanto de insuficiente inversión, lo que ralentiza el crecimiento de la productividad. Los salarios reales bajos y la baja productividad son el coste del ‘pleno empleo’, en contra de todas las ideas de la teoría económica keynesiana. No ha sido el exceso de inversión lo que ha causado la baja rentabilidad, sino la baja rentabilidad la que ha causado la escasa inversión.

Lo que Mann sostiene es que la teoría económica keynesiana es dominante en la izquierda a pesar de sus falacias y fracasos porque expresa el temor de muchos de los líderes del movimiento obrero a las masas y la revolución. En su nuevo libro, James Kwak cita a Keynes: “En su mayor parte, creo que el capitalismo, gestionado con prudencia, puede probablemente ser más eficiente para alcanzar fines económicos que cualquier sistema alternativo conocido, pero que en sí mismo es en muchos maneras muy objetable. Nuestro problema es desarrollar una organización social que fuera lo más eficiente posible sin ofender nuestras nociones de una vida satisfactoria“.  Comentarios de Kwak : “Ese sigue siendo nuestro reto hoy. Si no podemos resolverlo, las elecciones presidenciales de 2016 (Trump) puede pueden convertirse en un presagio de cosas peores por venir”.  En otras palabras, si no podemos controlar el capitalismo, las cosas pueden ir a peor.

Detrás del miedo a la revolución está el prejuicio burgués de que dar poder a las “masas” implica el fin de la cultura, el progreso científico y el comportamiento civilizado. Sin embargo, fue la lucha de los trabajadores en los últimos 200 años (y antes) la que consiguió todos estos logros de la civilización de los que la burguesía está tan orgullosa. A pesar de Robespierre y de la revolución que ‘devora a sus propios hijos’ (un término introducido por el pro-aristócrata Mallet du Pan y adoptado por el burgués conservador británico, Edmund Burke), la revolución francesa permitió la expansión de la ciencia y la tecnología en Europa. Acabó con el feudalismo, la superstición religiosa y la inquisición e introdujo el código napoleónico. Si no hubiera tenido lugar, Francia habría sufrido más generaciones de despilfarro feudal y declive.

Como celebramos el centenario de la Revolución rusa, podemos considerar la situación hipotética contraria. Si la Revolución rusa no hubiera tenido lugar, el capitalismo ruso se hubiera industrializado quizás un poco, pero se habría convertido en un estado cliente de los capitales británicos, franceses y alemanes y muchos millones más habrían muerto en una guerra mundial inútil y desastrosa en la que Rusia hubiera seguido envuelta. La educación de las masas y el desarrollo de la ciencia y la tecnología se habrían frenado; como ocurrió en China, que se mantuvo en las garras del imperialismo durante otra generación más. Si la revolución china no hubiera tenido lugar en 1949, China hubiera seguido siendo un ‘estado fallido’ comprador, controlada por Japón y las potencias imperialistas y devastada por los señores de la guerra chinos, con una extrema pobreza y atraso.

 

(Texto editado por El Porteño, tomado de El Viejo Topo)

Keynes era el burgués intelectual por excelencia. Su defensa de la ‘civilización’ significaba para él la defensa de la sociedad burguesa. Como él mismo dijo: “la guerra de clases me encontrará en el lado de la burguesía educada.”  No había manera de que apoyase el socialismo, para no hablar de un cambio revolucionario porque prefiriendo el barro a los peces, exalta al proletariado grosero por encima de burgués y los intelectuales que, cualesquiera que sean sus defectos, son la sal de vida y llevan en si las semillas de todo progreso humano”

De hecho, en sus últimos años, alabó desde el punto de vista económico ese capitalismo ‘liberal’ laissez faire que sus seguidores condenan ahora. En 1944, escribió a Friedrich Hayek, el principal ‘neoliberal’ de su tiempo y mentor ideológico del thatcherismo, alabando su libro, El Camino de servidumbre, que sostiene que la planificación económica conduce inevitablemente al totalitarismo: “moral y filosóficamente me encuentro de acuerdo con prácticamente la totalidad de él; y no sólo de acuerdo con él, sino en un acuerdo profundamente conmovido“.

Y Keynes escribió en su último artículo publicado , “me encuentro obligado, y no por primera vez, a recordar a los economistas contemporáneos que la enseñanza clásica encarna algunas verdades permanentes de gran importancia. . . . Hay en estos asuntos profundas influencias actuantes,  fuerzas naturales si se quiere, o incluso la mano invisible, que operan hacia el equilibrio. Si no fuera así, no hubiéramos podido conseguir tantas cosas buenas como hemos hecho durante muchas décadas pasadas”. 

Por lo tanto, vuelven la economía clásica y un mar como un plato. Una vez que la tormenta (o la recesión y la depresión) ha pasado y en el océano reina la calma, la sociedad burguesa puede respirar un suspiro de alivio. Keynes el radical se convirtió en Keynes el conservador después del fin de la Gran Depresión. ¿Los radicales keynesianas se convertirán en economistas ‘ortodoxos’ conservadores cuando termine la Larga Depresión?

Todos estaremos muertos si no acabamos con el modo de producción capitalista. Y ello requerirá una transformación revolucionaria. Las chapuzas reformistas de los supuestos fallos del capitalismo ‘liberal’ no ‘salvarán’ a la civilización, a menos a largo plazo.

 

Cumbre del FMI refleja proximidad a una guerra comercial a nivel global

por Nick Beams//

En otro paso hacia el estallido de una guerra comercial a nivel global, el Fondo Monetario Internacional se convirtió este fin de semana en la segunda organización económica global en descartar su compromiso a “resistirse a todas las formas de proteccionismo”.

Ante el trasfondo de la decisión en marzo de los ministros de finanzas del G20 de retirar dicha promesa de su comunicado, el FMI adoptó el mismo curso de acción en sus Reuniones de Primavera en Washington. En ambos casos, abandonaron su postura oficial de “libre comercio” debido a la presión del gobierno de Trump, en consonancia con el programa de “EE.UU. ante todo” de la Casa Blanca.
Cambiando su tradicional postura, la declaración emitida por el Comité Monetario y Financiero Internacional de la institución (CMFI) ahora procura “promover la igualdad de condiciones en el comercio internacional”.
El actual presidente del CMFI, Agustín Carstens, gobernador del Banco de México, buscó restarle importancia a la decisión, sugiriendo que la redacción previa fue sacada porque “el uso de la palabra proteccionismo es muy ambiguo”.
En realidad, la omisión del rechazo al proteccionismo es una inconfundible expresión del aumento en las tensiones comerciales, impulsadas sobre todo por la administración de Trump.
Estos conflictos no pudieron mantenerse bajo la superficie. En su declaración ante el CMFI, el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, dijo que Alemania “se compromete a mantener la economía mundial abierta, resistirse al proteccionismo y mantener en marcha toda cooperación económica y financiera global”.
Esta declaración se contrapuso a la del secretario del Tesoro estadounidense, Steven Mnuchin, quien dijo que EE.UU. “promovería una expansión del comercio con aquellos socios comprometidos a una competencia basada en el mercado, mientras nos defendemos más rigurosamente ante prácticas comerciales desleales”.
Su intervención iba dirigida en particular a los dos países con el mayor superávit comercial con EE.UU. —China y Alemania—. Washington no reconoce a la economía china como de mercado, mientras que miembros del gabinete de Trump han acusado a Alemania de aprovechar ventajas injustas ya que el valor del euro es menor a lo que valdría su antigua moneda, el marco alemán.
Sin nombrar directamente a Alemania, la cual registró un excedente comercial récord el año pasado, Mnuchin dijo que “los países con grandes superávits externos y finanzas públicas firmes tienen una responsabilidad particular de contribuir a una economía mundial más robusta”.
La decisión del FMI de doblegarse ante la presión de EE.UU. tuvo lugar pocos días después de que el gobierno de Trump anunciara la intención de imponer extensas restricciones a las importaciones de acero que tendrían consecuencias de gran alcance para el mercado global de este producto.
Invocando una ley empolvada de 1962, Trump firmó una orden ejecutiva para investigar el impacto de las importaciones de acero en la seguridad nacional del país. Tras aclamar que el decreto marca “un día histórico para EE.UU.”, indicó que el acero es “fundamental para ambas, nuestra economía y las fuerzas militares”, y que no se trata de “un ámbito en el que podemos permitirnos depender de países extranjeros”.
Dicho enfoque en la “seguridad nacional” constata la clara agenda militarista del nuevo gobierno. Sin embargo, esta legislación es parte de una estrategia más amplia que fue detallada ante el Congreso por el secretario de Comercio, Wilbur Ross, y el titular del Consejo Nacional de Comercio creado por Trump, Peter Navarro.
El objetivo es utilizar leyes ya establecidas en EE.UU. para eludir las reglas de la Organización Mundial del Comercio, permitiéndole así imponer medidas proteccionistas con impunidad. Cabe notar que, en su informe, Ross y Navarro invocan la infame Ley Smoot-Hawley de 1930, considerada ampliamente como la responsable de desencadenar los conflictos comerciales de los años treinta que contribuyeron al estallido de la Segunda Guerra Mundial.
Comentando sobre esta última iniciativa de Trump en el diario Financial Times, Chad Brown, investigador del Instituto Peterson y un exconsejero del presidente Obama, dijo que recurrir a cuestiones de “seguridad nacional” para justificar restricciones a las importaciones de acero equivale a una “opción nuclear” en el comercio.
“Esta es otra evidencia más de la tendencia preocupante que Trump parece estar rebuscando cada rincón e investigando cada herramienta disponible bajo las leyes estadounidenses para detener el comercio”, dijo.
En los últimos años, EE.UU. ha impuesto 152 casos de antidumping contra el acero y 25 otros casos contra tubos de acero. Esta última iniciativa representa una escalada importante. Según el secretario de Comercio, el sistema actual es muy “poroso” y sólo permite quejas muy limitadas contra países determinados, que pueden evadir las regulaciones fácilmente.
Las nuevas medidas pretenden lograr una “solución más completa en una amplia gama de productos de acero y de países,” que podría “posiblemente llevar a una recomendación para medidas en todas las importaciones de acero”.
Esto generaría caos en los mercados internacionales ya que los exportadores de acero buscarían verter sus productos en otros mercados, resultando en acusaciones de dumping y la imposición de mayores aranceles y otras barreras —en efecto, una guerra comercial a gran escala—.
Dos fuerzas fundamentales están detrás de las acciones del gobierno estadounidense. En primer lugar, el constante declive económico de EE.UU., que intenta superar por medios políticos y militares, se ha acelerado a raíz de la crisis financiera del 2008, la posterior reducción en el crecimiento económico mundial y la contracción de los mercados mundiales.
En segundo lugar, el gobierno de Trump busca contener y encauzar las crecientes tensiones sociales causadas por los bajos salarios y las cada vez más profundas dificultades económicas a lo largo de posturas económicas nacionalistas y reaccionarias. En este sentido, Trump cuenta con el pleno respaldo de la burocracia sindical, cuyos principales líderes literalmente posaron con Trump mientras firmaba su decreto sobre el acero. Al mismo tiempo, los nacionalistas económicos del Partido Demócrata también le han dado su apoyo, más prominentemente por el autodenominado “socialista”, Bernie Sanders.
La lógica inherente y objetiva de estos procesos es la de una guerra económica y militar, a la que los políticos capitalistas no pueden ofrecer ninguna alternativa progresista, como lo demostró la impotencia del FMI ante lo que ha reconocido históricamente como el gran peligro del proteccionismo. Esto se debe al hecho que el auge en marcha del nacionalismo económico y el proteccionismo está arraigado en el sistema socioeconómico de lucro privado y la división del mundo en Estados-nación rivales.
Hace cien años, el mundo estaba sumido en la carnicería de la Primera Guerra Mundial. Esta no fue “la guerra para acabar con todas las guerras”, sino el comienzo de una lucha de más de tres décadas para definir cuál potencia imperialista alcanzaría la hegemonía global. Después de decenas de millones de muertes y horrores incalculables, incluyendo el Holocausto y el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre Japón, EE.UU. emergió con el papel dominante.
En la actualidad, el mundo se está enfrentando a las consecuencias aun más explosivas del declive económico de Estados Unidos.
Pero este año también marca el centenario del evento más importante del siglo XX, la Revolución Rusa y la toma del poder por parte de la clase obrera, liderada por Lenin, Trotsky y el Partido Bolchevique con base en el programa de la revolución socialista mundial. Esta debe ser la perspectiva que guie a la clase obrera internacional hacia adelante en las luchas que enfrenta ahora directamente.

La dominación del capital financiero: ¿quién gobierna el mundo?

por Nick Beams//

Un artículo publicado la semana pasada en la página web de noticias australiana The Conversation ha puesto en dominio público algunos hallazgos importantes sobre el alcance de la dominación global del capital financiero.

Basado en una investigación llevada a cabo en el 2009, el artículo de David Peetz y Georgina Murray, académicos de la Universidad Griffith en Queensland, Australia, sintetiza su análisis del control ejercido por el capital financiero sobre las 299 mayores corporaciones muy grandes del mundo (corporaciones muy grandes o CMGs).

A pesar de que la investigación ya tiene más de siete años, los autores señalan que, “desde entonces hemos descubierto que la tendencia es de creciente concentración en varios países en las últimas tres décadas”.

Su artículo comienza disipando el mito de que las grandes corporaciones públicas son propiedad de una gran cantidad de accionistas —una ilusión promovida continuamente en los medios de comunicación para potenciar el argumento de que los trabajadores tienen un “interés” en la bolsa de valores.

“Cuando una sola organización [el fondo de inversión estadounidense Black Rock] controla más del 6 por ciento de las acciones en las corporaciones muy grandes del mundo y 30 controlan más de la mitad de todas las acciones en estas corporaciones, eso representa una concentración muy alta”.

“Nuestro estudio del 2009 descubrió que varias formas de capital financiero controlaban la gran mayoría (68,4 por ciento) de las acciones en las grandes corporaciones del mundo. Los individuos o familias poseían sólo una proporción mínima (3,3 por ciento), y las compañías industriales poseían relativamente poco”.

La investigación está basada en una base de datos compilada por Bureau van Dijk, que combina información de alrededor de 100 fuentes, cubriendo casi 63.000 compañías en todo el mundo.

En un trabajo de investigación publicado en el 2009, titulado “ Quién gobierna el mundo —propiedad y el capital financiero”, ambos autores informaron que unas 30 organizaciones, bancos e instituciones financieras poseían o controlaban entre ellas el 51,4 por ciento de las 299 CMGs en su base de datos.

Es decir, sólo el 1,5 por ciento de los accionistas controlaban más de la mitad de las acciones.

Este informe señalaba cuál es el mecanismo principal mediante el cual el capital financiero ejerce su control sobre las compañías en las que posee acciones.

Las instituciones financieras ejercen su poder “no a través de la voz”, es decir, teniendo directivos en las empresas, sino “a través del retiro” —la amenaza continua de retirar fondos de las acciones de las CMGs “si no llegan las ganancias adecuadas”. Mediante el uso de su poder en los mercados financieros y la presión que ejercen sobre los gerentes para mejorar “el valor para los accionistas”, el capital financiero es capaz de dictar los términos.

En efecto, le hace entender a la gerencia a través de los mercados financieros: “Si no haces todo lo posible para maximizar las ganancias —ya sea a través de una mayor productividad, una expansión a gran escala o la reducción de costos—, venderemos nuestra participación financiera o, de lo contrario, los desplazaremos como gerentes”.

Este modo operativo lleva a una conclusión importante que los autores logran sacar. Desde el punto de vista de la lógica esencial del sistema, la distinción entre capital industrial y capital financiero es engañosa.

“Esto es porque, al final, el capital industrial es el capital financiero. Si alguna vez hubo un tiempo en el que el mundo era dominado por grandes corporaciones poseídas por unas pocas familias e individuos cuyos valores personales, caprichos y preferencias definieron el comportamiento de las corporaciones, ese tiempo ha pasado. El mundo es dominado por corporaciones que siguen la lógica del capital financiero—la lógica del dinero—porque eso es lo que son. Su lógica no es la lógica de los individuos, sino la lógica de una clase”.

Los datos sobre el país de origen de las grandes corporaciones y de las instituciones financieras que las controlan permiten una lectura interesante y políticamente significativa.

El mayor número de las CMGs, 86 en total, o el 29 por ciento, es originario de Estados Unidos. Los siguientes cuatro países en la lista son: Japón con 48; Gran Bretaña con 23; Francia con 23; Alemania con 20. Luego vienen en orden Corea, China, Italia y Australia.

La concentración de propiedad en las mayores potencias capitalistas es aún más pronunciada cuando se trata de corporaciones financieras. De las 10 principales corporaciones financieras que dominan a las CMGs, 6 tienen su origen en EE.UU., 3 en Francia y 1 en Gran Bretaña. EE.UU. es el país de origen de 10 de las principales 21 entidades financieras. Fuera de este grupo, 18 tienen acciones en por lo menos 100 de las 299 corporaciones más grandes.

Dos instituciones financieras de EE.UU. se destacan—Black Rock y Capital Group. Ambas tienen el mayor número de acciones en una importante cantidad de compañías. En el caso de Black Rock, es el principal accionista de 42 o el 13 por ciento de sus participaciones. En el 55 por ciento su participación accionaria, Black Rock está entre los 5 accionistas principales, al igual que Capital Group con el 45 por ciento de sus participaciones.

El significado político de estos hallazgos es que refutan las afirmaciones hechas por virtualmente todos los grupos de pseudoizquierda de que Rusia y China son potencias imperialistas. No basan estas definiciones en ningún análisis económico, ya que ni las instituciones chinas ni las rusas figuran entre las principales entidades financieras que controlan las grandes corporaciones.

Como Lenin dejó claro en su obra El imperialismo, la época imperialista se caracteriza por la dominación global del capital financiero, controlado por un puñado de grandes potencias.

Este punto también fue subrayado por Trotsky cuando se opuso a varias tendencias que argumentaban que la Unión Soviética era “capitalista de Estado” y que la expansión territorial que la burocracia estalinista buscaba en relación con Europa del Este era “imperialista”. Un gran número de grupos de pseudoizquierda surgieron de esta corriente.

“En la literatura contemporánea, por lo menos la literatura marxista, el imperialismo se entiende como la política expansionista del capital financiero, que tiene un contenido económico muy bien definido”.

Decir otra cosa es sembrar la confusión, continuó Trotsky. Este es exactamente el objetivo de la pseudoizquierda. Dejando de lado cualquier análisis económico científico, ellos usan la palabra “imperialista” como un epíteto. Esto surge de sus motivaciones políticas, ya que se alinean detrás de sus “propias” potencias imperialistas, sobre todo EE.UU., en la cada vez más intensa campaña de guerra contra Rusia y China.

Además, la investigación de Peetz y Murray es una confirmación sorprendente del análisis entero de Lenin en El imperialismo .

Él insistió en que el imperialismo no era una política preferida que podía ser reemplazada por alguna otra orientación, sino que éste surgió de una fase definida del desarrollo capitalista, su fase superior y final, reemplazando al capitalismo de libre competencia del siglo XIX.

Lenin enfatizó que el capital financiero buscaba la dominación económica no sólo de los países coloniales y sus recursos, sino de todo el mundo, tanto de países avanzados como oprimidos. Su política fluía de su economía —dando fin a la democracia liberal y la libertad e imponiendo reacción “en toda la línea”.

Él estaba escribiendo al comienzo de la época imperialista, que anunció su llegada con la erupción de la Primera Guerra Mundial, el 4 de agosto de 1914.

Muchas cosas han cambiado desde el siglo pasado, pero lo sorprendente es que las tendencias básicas de desarrollo económico han seguido el curso esbozado por Lenin. Por ejemplo, él enumeró cinco países —EE.UU., Gran Bretaña, Francia, Alemania y Japón— como el núcleo del sistema imperialista. Como deja claro el análisis de Peetz y Murray de los datos sobre las CMGs y las instituciones financieras más prominentes, esas potencias permanecen en lo más alto de la lista.

Lenin identificó al conflicto entre las grandes potencias como la fuerza motriz objetiva de la guerra, en la medida en que cada una lucha por el dominio del mundo y entra en conflicto violento con las demás.

El desarrollo de corporaciones e instituciones financieras globales llevó a un punto crítico la contradicción fundamental del modo capitalista de producción: entre el desarrollo de la economía a nivel mundial y el modelo de Estado nación en el que está arraigado el sistema de lucro privado.

Como explicó León Trotsky, en el análisis final, la guerra fue una “revuelta de las fuerzas productivas contra la forma política de Estado y nación”. El imperialismo buscó resolver este problema de forma militar para decidir “cuál país debe transformarse de una gran potencia a ser la potencia mundial”.

En oposición al imperialismo, la clase trabajadora tenía que avanzar su propia resolución e impedir el paso de la civilización al barbarismo a través de la revolución socialista mundial —el derrocamiento del sistema de lucro privado capitalista y del Estado nación— con el fin de sentar las bases para establecer una organización socioeconómica superior a nivel global

Lenin hizo hincapié en el mismo tema en El imperialismo. La transformación del capitalismo competitivo del siglo XIX en imperialismo, o capitalismo monopólico, no sólo creó las condiciones para la guerra. También sentó las bases objetivas para una economía socialista mundial planificada. La dominación del capital financiero, el crecimiento de las corporaciones que organizan la producción a escala mundial, la interrelación de las participaciones de los bancos y las corporaciones implicaron una transformación en las relaciones sociales de la producción—la enorme socialización de la producción y la mano de obra.

Durante el boom económico de la posguerra, muchos observadores miopes—economistas burgueses y también algunos que afirmaban ser marxistas—sostuvieron que el análisis de Lenin y Trotsky se había vuelto obsoleto.

Ha sido reemplazado, dijeron, por desarrollos políticos y económicos. Las colonias de las potencias imperialistas habían logrado la independencia—no sin una lucha considerable—y estaban buscando un desarrollo económico nacional.

En el frente económico, el capital financiero, sobre el que el movimiento marxista puso un gran énfasis, había pasado a un segundo plano ya que actuó como siervo de las grandes corporaciones industriales que llegaron a dominar el panorama económico.

Pero dentro del marco del desarrollo económico e histórico más amplio, este fue un episodio corto. El auge económico de la posguerra duró sólo un cuarto de siglo, terminado a inicios de la década de 1970. La profundización de la crisis de la rentabilidad que puso fin al boom fue la fuerza motriz detrás de una vasta reestructuración del capitalismo mundial, basada en la globalización de la producción para aprovechar fuentes de mano de obra barata, alcanzando un grado de explotación más allá de lo logrado en la era del colonialismo directo y de la expansión del capital financiero.

El resultado es que la tendencia de desarrollo ha retornado, a un nivel superior, al camino trazado por Lenin. Y el avance cada vez más profundo hacia la guerra ha sido su resultado inevitable.

Al mismo tiempo, la integración de la producción ha sentado las bases objetivas para el desarrollo de una economía socialista mundial planificada. Esto se refleja no sólo en los hallazgos del estudio de Peetz y Murray, sino también en la investigación llevada a cabo en 2011.

Un artículo publicado en la revista internacional científica New Scientist e n septiembre de ese año, titulado “La red de control corporativo global”, detalló tanto la enorme socialización de la producción como la dominación del capital financiero.

Mostró que en el corazón de la red de 43.000 corporaciones transnacionales había una “súper-entidad” de 147 empresas unidas más estrechamente, que controla una gran porción de la riqueza de toda la red.

Según James Glattfelder, uno de los tres coautores del informe, “En efecto, menos del 1 por ciento de las compañías fue capaz de controlar el 40 por ciento de la riqueza total de la red”.

Las 20 principales compañías de este grupo estaban controladas por el capital financiero, como Barclays Bank, JPMorgan Chase y Goldman Sachs.

En la conclusión de su informe del 2009, escrito inmediatamente después de la crisis financiera global, Peetz y Murray apuntan que los Estados necesitan ejercer “cierto control sobre el capitalismo”, argumentando que “permitirle libertad sin restricciones es invitar nuevas crisis”.

Pero la posibilidad de algún tipo de reforma del capitalismo y de sus mandos en el capital financiero es una ilusión.

De hecho, el análisis de los dos autores es por sí mismo una refutación de su perspectiva política. Como señalan significativamente, la lógica del sistema es la lógica del dinero mismo.

La lógica del dinero, como la expresión material del capital, es decir, el valor que se expande sobre sí mismo, es derribar todas las barreras para su crecimiento.

El capital financiero no sólo domina y rige sobe las corporaciones. Como aclaró Lenin, también determina las políticas de Estados nominalmente independientes, incluso los más poderosos. Hoy, dicta todas las políticas gubernamentales, atacando servicios sociales vitales como la educación y la salud, exigiendo la reestructuración del mercado laboral de acuerdo a la necesidad de mayores ganancias.

Las experiencias de los últimos 30 años demuestran este hecho económico. A principios de la década de 1980, cuando el presidente francés, François Mitterrand, trató de poner algunos controles sobre los bancos, sus políticas fueron dinamitadas a través de las operaciones de los mercados financieros.

Otra experiencia importante ocurrió en 1992, cuando el capital financiero, en forma del fondo de inversión perteneciente a George Soros, forzó la devaluación de la libra esterlina al vender en corto la moneda británica y embolsarse alrededor de 2.000 millones de dólares en el proceso, a expensas del Banco de Inglaterra.

Cada gobierno vive ahora con miedo a una retirada masiva de su moneda y al veredicto de las agencias de calificación crediticia sobre sus políticas.

A fines de 1993, cuando el rendimiento de los bonos se elevó debido a la preocupación sobre el nivel de déficit del gobierno de EE.UU., el gobierno de Clinton implementó una serie de medidas para imponer recortes significativos en asistencia social a fin de satisfacer las exigencias del capital financiero. En su momento, James Carville, asesor político de Clinton, comentó: “Solía pensar que si existía la reencarnación, quería regresar como el presidente de EE.UU. o el Papa o como un gran bateador de béisbol. Pero ahora me gustaría regresar como el mercado de bonos. Puedes intimidar a todos”.

Hay dos cuestiones básicas a tener en cuenta aquí.

En primer lugar, el capital financiero no es una figura extraña de la economía capitalista, alguna serpiente diabólica que se las ha arreglado para deslizarse en el auténtico Jardín del Edén de la ganancia y la propiedad privada, sino que surge de los cimientos de este sistema.

Al inicio de su trabajo preparatorio para El Capital, Karl Marx se enfrentó a los conceptos adelantados por el socialista pequeñoburgués Pierre-Joseph Proudhon, quien sostenía que era posible frenar los estragos financieros conservando la propiedad privada y el mercado capitalista de dónde surgió.

Como Marx señaló, esto era como tratar de acabar con el Papa conservando la Iglesia Católica.

En segundo lugar, lo esencial para el análisis de Lenin, confirmado por la investigación de Peetz y Murray y otros, es que el aumento y la dominación del capital financiero, que traen consigo la privación social y el peligro siempre creciente de una guerra mundial, no es una política u opción preferida, sino el resultado de una fase o etapa definida en el desarrollo del sistema capitalista en sí.

Esto significa que la única perspectiva viable y realista para finalizar la marcha hacia la guerra, para asegurar la paz e igualdad genuinas —el tema de la celebración de este año del Día Internacional del Trabajador de parte del Comité Internacional de la Cuarta Internacional— es la lucha por el programa de la revolución socialista mundial de la clase trabajadora internacional, cuya situación objetiva la coloca en oposición al capital.

 (Fotografía: Isla Teja, Valdivia, Chile, 1938)

Portugal derrota la austeridad con aumento de salarios y pensiones

Por Orlando Lugo//

 

 

Semana informa que mientras “los griegos han estado inmersos…en una brutal terapia de austeridad económica que sigue sin reactivar la economía, los portugueses han logrado lo que a algunos equivale a la cuadratura del círculo: han rebajado el déficit fiscal al tiempo que han aumentado los salarios y las pensiones de los empleados y jubilados”.

Esta recuperación empieza en noviembre de 2015 cuando llega “al poder en Portugal el primer ministro socialista Antonio Costa, poco después de que Grecia hubiese escapado por muy poco a un derrumbe financiero absoluto”. Portugal había aplicado “un fuerte paquete de austeridad entre 2011 y 2014”, que condujo a que en “2014 el crecimiento del PIB era negativo y el desempleo llegaba al 15%”.

Citando a The Economist Semana apunta que “en 2016 Portugal redujo el déficit fiscal a la mitad hasta alcanzar el 2,1% del Producto Interno Bruto (PIB), el mejor resultado desde la transición a la democracia en 1974.” “Los salarios han regresado al nivel que tenían antes de la crisis”. O sea que “en menos de 24 meses tiene (Portugal) resultados tangibles a la vista”.

“El gobierno de Costa parece dar sustento a lo que muchos economistas heterodoxos venían advirtiendo sobre la respuesta a la crisis global: que, más que austeridad acérrima, lo que los países europeos necesitaban eran medidas que alentaran la demanda interna para impulsar el crecimiento.” “Es decir, si el gobierno gastaba más, reactivaría la economía, aumentaría la recaudación de impuestos y eventualmente reduciría el déficit fiscal existente”, comenta Semana.

Aunque The Economist señala que “la Comisión Europea sigue alertando de la fragilidad de los bancos portugueses,” “el Banco Central estima que para 2019 el desempleo habrá bajado al 7%, al tiempo que las exportaciones se incrementarán en un 6%.”

Estos resultados generan un “contraste entre la mejora de las condiciones sociales en Portugal con el deterioro de las mismas en otros países europeos”. Una consecuencia política inmediata es que “las encuestas colocan al gobernante socialismo con diez puntos porcentuales por delante de sus rivales.”

El Porteño ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Bachelet profundiza el sistema de AFP

por Osvaldo Costa//  

Mientras la mayoría de la población repudia masivamente al sistema de AFP, tanto en las calles como en encuestas. Y mientras la casi totalidad de los actores políticos, afanados en la tarea de inscribir sus colectividades miran hacia otro lado, el gobierno entrega una nueva propuesta sobre el sistema de pensiones que no hace otra cosa que profundizar el sistema.

El martes los ministros de hacienda y trabajo entregaron un reporte con las conclusiones de la mesa entre el gobierno y los partidos políticos, el viernes la presidenta entregó la propuesta para reformar el sistema previsional. Lo primero que llama la atención es la rapidez de la actuación de la presidenta contrastando agudamente con su lentitud para tomar decisiones en otros ámbitos. ¿Parte de una ofensiva de las AFP ante la masividad de la oposición popular al negocio de las AFPs?

La propuesta consiste en definir el destino y administración del 5% adicional aportado por el empleador. La solución que se implementara gradualmente en 6 años es simple:  El 5% se divide en dos partes: un 3% va a las cuentas individuales –ósea va a engrosar las ganancias de las AFP- y el 2% restante va a un “seguro de ahorro colectivo” y será administrado por una entidad pública y autónoma. –Sin precisar cuál será esta entidad- Además contempla la eliminación del multifondo B y el aumento del tope imponible hasta 111 UF.

Como era de esperar la propuesta genero una división entre los diferentes actores políticos. Los partidos burgueses oficialistas se alinearon con el gobierno –Y era que no, si ellos generaron la propuesta- Mientras desde las AFP presentaron reparos a la propuesta señalando que ellos eran los más eficientes para administrar esos recursos. Chile Vamos también se manifestó contrario a la propuesta planteando que se trata de “un impuesto a la clase media” y señalando un “sesgo ideológico” en la medida.

Desde No + AFP, su vocero Luis Mesina plantea que el anuncio se hizo para “descomprimir la presión social”, señalando que se trata de una medida “insuficiente y demagógica”. Por otra parte, valoró que al menos una parte mínima de la cotización previsional sea administrada por un ente público, confirmando que es este tipo de organismo el más idóneo para gestionar los fondos previsionales.

El dirigente de No + AFP señala que la propuesta de Bachelet no afecta la situación actual de las AFP, sino tiende a consolidarla. Precisa que esto no significa un avance hacia un sistema verdaderamente mixto de pensiones: “Este es el único sistema mixto en el mundo en donde el 87% del ahorro va a estar destinado a cuentas de capitalización individual y un 13% solamente solidaridad, es absurdo, porque eso no va a mejorar las pensiones. Un 20% significa mejorar el promedio de las actuales pensiones en cerca de 40 mil pesos”.

El anuncio del gobierno no deja de acuerdo ni a los empresarios de las AFP, ni a sus sufridos cotizantes, y en realidad no resulta nada extraño, el gobierno ha dado sobradas pruebas de su carácter burgués, y el “principio colectivo” que introduce Bachelet en el sistema tiene la función de lograr hacer más tolerable por los cotizantes al sistema completo. Es una clásica maniobra gatopardista cambiar algo para que nada cambie.

Bachelet además siembra ilusiones en el ámbito de la gestión; proponer la participación de los usuarios en una comisión para incidir en decisiones de inversión o en la elección de directores de empresas donde inviertan las AFP, es parte de esta misma estrategia. Ya que estos usuarios no pueden, por ejemplo proponer que un porcentaje mayor de las cotizaciones pasen al fondo común o lisa y llanamente propongan terminar con las AFP.

Sintéticamente se propone una serie de medidas cosméticas para mantener indemne lo central del sistema de AFP, un sistema de ahorro forzoso para entregar capital fresco al sistema financiero, a través de empresas con un afán de lucro desmesurado.

Ante esto resulta claro que hay que desarrollar un nuevo sistema previsional cuyo centro sea el entregar pensiones cuyo mínimo sea el 80% del salario. Este objetivo tiene la decidida oposición del gran empresariado y de sus representantes políticos; la Nueva Mayoría y Chile Vamos. Para enfrentarlos con éxito se requiere que los trabajadores se organicen y se den un programa claro y explícito al respecto. Y este es un programa no solo antineoliberal, es un programa anticapitalista, es decir socialista que se construya a partir del término de las AFP y de la expropiación de la banca nacional, columna vertebral del régimen de explotación que oprime a la inmensa mayoría nacional.

La coordinadora No + AFP tiene un gran rol en la consecución de este objetivo. Generando un plan de lucha más allá de las marchas, donde se incluya el método del paro y la protesta, incorporando a los trabajadores organizados o no. Esto significa comenzar a generar cientos de miles organizaciones locales de NO + AFP que se den sus propios métodos de lucha coordinándose hacia un gran paro nacional que imponga el fin de las AFP

Andreu Nin: el proletariado español ante la revolución (1931)

por Andreu Nin//

I. LAS CAUSAS FUNDAMENTALES DE LA CRISIS ESPAÑOLA

Existe una tendencia, muy difundida, a considerar el 14 de abril de 1931, fecha de la proclamación de la República, como el coronamiento de una revolución que ha llegado a su fase definitiva. En realidad, el 14 de abril no ha sido más que una etapa (ciertamente importantísima) del proceso revolucionario que ya desde el siglo pasado se está desarrollando en nuestro país y que, empleando una frase de Karl Liebknecht, puede ser considerado como “un largo malestar”. Las etapas más importantes de este proceso han sido las guerras civiles, los alzamientos revolucionarios del siglo XIX, la aparición del movimiento nacionalista en Cataluña, la “semana trágica” de 1909, la tentativa de huelga general revolucionaria de 1911, la constitución de las Juntas de defensa, la revolución frustrada de 1917. Seguir leyendo Andreu Nin: el proletariado español ante la revolución (1931)

El gobierno griego de Syriza y la Unión Europea ultiman una austeridad más brutal

por John Vassilopoulos//

Según informes, el gobierno griego de Grecia llegó a un acuerdo informal con la Comisión Europea (CE) sobre la imposición de nuevas medidas de austeridad. El acuerdo aún no ha sido confirmado oficialmente por la CE—el brazo ejecutivo de la Unión Europea (UE)—o Grecia.
El diario griego Kathemerini anunció el viernes que “El marco para un acuerdo podría presentarse en la próxima reunión del Eurogrupo, programada para el 7 de abril”, con el fin de “permitir a los funcionarios redactar todas las medidas que los miembros del Parlamento griego deben legislar en el siguiente Eurogrupo, programado para el 22 de mayo…”.
Varios medios de comunicación informaron esta semana que las medidas acordadas incluyen más recortes severos a las pensiones de 900.000 jubilados, por valor del 1 por ciento del PIB. Otra medida de austeridad es la reducción del umbral libre de impuestos a 5.900 euros de los 8.636 actuales. Esto se traducirá en muchos más trabajadores mal pagados, cobrando tan solo 500 euros al mes, siendo obligados a pagar impuestos. El salario mínimo en Grecia sigue siendo de apenas 683 euros al mes, ya que Syriza incumplió su promesa de restaurarlo a 751 euros, una cifra también insignificante.
Los aumentos de impuestos equivalen a un 1 por ciento adicional del PIB y, al igual que los ingresos por recortes de pensiones, se destinarán a pagar la deuda de Grecia de casi 300.000 millones de euros con instituciones financieras internacionales.
Syriza y la UE adoptarán la mayoría de las propuestas de reforma laboral del Fondo Monetario Internacional (FMI), con excepción de los despidos colectivos. Además, la privatización del sector energético de Grecia se intensificará con la venta del 40 por ciento de las centrales hidroeléctricas y de lignito de Public Power Corporation (PPC) y del puerto de Tesalónica.
Syriza y funcionarios de la UE mantienen conversaciones desde hace meses sobre cómo Grecia debe implementar el tercer memorando de austeridad del país, firmado en julio de 2015, en el que Grecia recibirá 86.000 millones de euros para pagar deudas. Las medidas de austeridad se estipulan como condición previa para desbloquear el siguiente tramo del rescate, así como cualquier debate futuro sobre el alivio de la deuda.
En las últimas semanas, el fantasma de la cesación de pagos de Grecia y un posterior Grexit (salida griega de la EU y la Eurozona) ha asomado la cabeza otra vez. Esto se debe a que el estado griego en bancarrota tiene que cumplir con un reembolso de la deuda de 7.000 millones de euros en bonos que vencerá en julio.
Se debería haber llegado a un acuerdo hacia fines del año pasado, pero el retraso se debe principalmente a diferencias entre la UE y el FMI sobre cómo van a desangrar a Grecia.
El FMI considera que el nivel actual de la deuda de Grecia es insostenible y está a favor de alguna forma de alivio de la deuda, a cambio de la imposición de futuras medidas aún más draconianas. El papel del FMI en el corriente programa de austeridad de Grecia todavía no se ha formalizado.
Sin embargo, dicho organismo está exigiendo implacablemente nuevos ataques a los derechos de los trabajadores. Un informe del FMI publicado en febrero se quejó de que las leyes sindicales de Grecia “no han sido reformadas desde la década de 1980” y afirmó que “esto podría explicar el gran número de huelgas en Grecia, que incluso antes de la crisis superaba con creces los niveles observados en otros lugares”.
El informe solicitaba que “el marco de acción industrial” de Grecia estuviera alineado “con la mejor práctica internacional, estableciendo requisitos de quórum apropiados para que los sindicatos convoquen una huelga y permitiendo el cierre preventivo de los empleadores”. A su vez, esto “ayudaría a fomentar la inversión, limitando los costos asociados a huelgas futuras que pueden resultar en la paralización de la producción”.
El FMI se quejó de lo que considera unas directrices muy restrictivas respecto a despidos colectivos de trabajadores, que “hacen muy costosas las operaciones de reducción de personal en Grecia, con muchas empresas obligadas a reubicarse, entrar en quiebra, o implementar costosos esquemas de salida voluntaria”.
La canciller alemana Angela Merkel y su ministro de finanzas, Wolfgang Schäuble, consideran que la participación del FMI es políticamente crucial para que el programa de rescate de Grecia continúe. Según un informe en el diario económico y financiero alemán Handelsblatt, “Schäuble sólo quiere pagar la siguiente entrega si y cuando el FMI acepte volver a borde, como lo hizo durante el primer y segundo programa. De lo contrario, teme que una rebelión pueda estallar dentro de las filas de su grupo parlamentario demócrata-cristiano, que espera que el FMI participe en el rescate griego”.
Sin embargo, Handelsblatt cita la intransigencia de Berlín en el tema del alivio de la deuda, afirmando que “es probable que el ministro de finanzas responda a la petición [del FMI] con un rotundo ‘nein’ (no)”. La mayor preocupación es que el grupo más afectado por un alivio de la deuda sería la élite dominante alemana, ya que es dueña de la mayor parte de la deuda de Grecia.
Otro obstáculo que podría impedir la participación del FMI en la austeridad griega para el programa de préstamos es la política “America First” del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Esto pone en tela de juicio todo el marco capitalista global de posguerra, del que el FMI, dominado por EE.UU., fue una parte integral. Trump designó recientemente a Adam Lerrick—un fuerte crítico del FMI—como subsecretario de finanzas internacionales en el Tesoro de EE.UU.
El temor al Grexit ya provocó una fuga de capitales de Grecia de 2.800 millones de euros este año. De acuerdo al Financial Times, esta fue “la peor fuga bimestral desde que se llevó al país al borde de una salida de la Eurozona hace casi dos años”.
La creciente crisis financiera obligó a los funcionarios de la UE a intensificar las conversaciones dirigidas a satisfacer algunas de las demandas del FMI. En declaraciones a la página web de noticias en línea griega Euro2day, un funcionario anónimo dijo el martes pasado, “El BCE [Banco Central Europeo] ha dado un giro repentino en sus conversaciones con Atenas y ahora está virando hacia las demandas del FMI, especialmente en reformas laborales”.
El hecho de que se pida otra vez a Syriza supervisar una nueva ronda de recortes salvajes es una muestra de cuánto ha viajado hacia la derecha este partido pseudo-izquierdista desde su llegada al poder, en enero de 2015, con un programa anti-austeridad.
Desde entonces, Syriza—con su socio minoritario en la coalición de gobierno, Griegos Independientes (ANEL), de extrema derecha—ha encabezado los dictados de la UE y el FMI. Esto culminó con la firma del tercer paquete de rescate de Grecia en el verano de 2015, tras la traición de Syriza al resultado del referéndum de julio de 2015, que rechazó abrumadoramente las políticas de austeridad aplicadas por los sucesivos gobiernos desde 2010.
Syriza es ahora despreciado ampliamente y tiene un apoyo de sólo el 15 por ciento en las encuestas, alrededor de 15 puntos detrás del conservador Nueva Democracia (ND).
La hostilidad de la clase trabajadora hacia Syriza se expresa en una ola de huelgas y protestas recientes. El 15 de marzo, enfermeras y médicos de hospital realizaron una huelga de 24 horas exigiendo una atención médica universal y gratuita, la contratación de más personal y el pago de los salarios que se han reducido. La huelga fue acompañada por una manifestación anti-austeridad protagonizada por trabajadores de hospital fuera del Ministerio de Finanzas, que fue atacada por la policía antidisturbios.
Otros grupos de protesta incluyen a trabajadores de gobiernos locales, trabajadores portuarios y empleados de la autoridad tributaria.
La semana anterior, una protesta de agricultores griegos que se oponían a los aumentos de impuestos y recortes de pensiones se tornó violenta luego de que funcionarios del Ministerio de Agricultura se negaron a reunirse con los delegados. Después de un altercado, la policía antidisturbios dispersó a las multitudes hacia las calles laterales usando gas lacrimógeno.
Tan minuciosa ha sido la aplicación de austeridad de parte de Syriza que una de las protestas involucró a una delegación de personas ciegas, reclamando contra los cortes en sus beneficios por discapacidad.
Un movimiento a nivel nacional para prevenir las ejecuciones hipotecarias ha surgido en oposición al incumplimiento de Syriza de una promesa electoral tendiente a evitar que los bancos embarguen y subasten los hogares de la clase trabajadora.
Syriza está trabajando para profundizar su colaboración con los sindicatos a efectos de suprimir la oposición creciente a su programa de austeridad. El gobierno aseguró que el restablecimiento de la negociación colectiva estaba en la agenda de las negociaciones con la UE y el FMI.
La justificación pro-capitalista para esto fue subrayada por la ministra de Trabajo de Syriza, Effie Achtioglou, en un artículo que escribió para el Huffington Post. Achtioglou dijo que la restauración de la negociación colectiva resultaría en “la reducción de los costos de transacción y la creación de igualdad de condiciones para las empresas en términos de salarios, permitiéndoles enfocarse en cuestiones de productividad, en combatir el trabajo no declarado, y fomentar el diálogo social y la paz social”.

(Fotografía: protesta en Plaza Syntagma, Atenas)

Defender a Venezuela de la agresión imperialista

 

 

por Juan García Brun//

“¡Golpe de estado en Venezuela! ¡Maduro concentra todo el poder!” A sólo unos días del 15º aniversario del golpe de estado contra el presidente electo Hugo Chávez (del 11 al 13 abril de 2002), los mismos que lo llevaron a cabo -la oligarquía venezolana, sus amos en Washington y sus perros falderos en Argentina, Perú, Brasil – ahora están gritando y aullando como hienas contra un supuesto “auto golpe de Estado” del presidente Maduro. A este coro se ha sumado Bachelet, demostrando que desde el vergonzoso apoyo al golpe en abril del 2002, nuestro país sigue alineado con Washington.

Quienes en la izquierda –como Boric y Jackson- califican de “inaceptable” la decisión del Tribunal Supremo de Justicia de asumir las funciones legislativas de la Asamblea Nacional en Venezuela, no hacen otra cosa que ponerse al servicio de la política de Trump que, explícitamente, se ha propuesto “reventar” a la revolución en Venezuela. Lo inaceptable es alinearse con Julio Borges que abiertamente llama a las FFAA a hacer un Golpe. Lo verdaderamente inaceptable es someterse a los dictados del imperialismo y calificar esa obsecuencia como un valor democrático.

¿Cuáles son los hechos?

La causa inmediata de esta protesta hipócrita es el fallo del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) del 29 de marzo, que falló que en la medida en que la Asamblea Nacional está en desacato, el TSJ de ahora en adelante se hará cargo de sus poderes para ejercerlos o delegarlos en otro poder que él mismo determine. Inmediatamente, el presidente de la Asamblea Nacional, Julio Borges, declaró esto como un “golpe de Estado” y el secretario general de la Organización de los Estados Americanos Luis Almagro –ex canciller de Mujica y militante del Frente amplio uruguayo- lo describió como un “auto golpe de Estado” y pidió la convocatoria urgente del Consejo Permanente de la OEA con el fin de activar la Carta Democrática contra Venezuela. El gobierno peruano decidió retirar a su embajador de Venezuela. Bachelet, disciplinada con el imperialismo y por presiones de la Democracia Cristiana, llamó a informar al embajador chileno en Caracas

¿Cuáles son las raíces de este fallo? Desde la victoria de la oposición de derecha en las elecciones de la Asamblea Nacional en diciembre de 2015, ha habido un agudo conflicto entre los diferentes poderes del Estado. Ya a finales de diciembre de 2015, el TSJ falló que ante las irregularidades en las elecciones en el estado Amazonas, las mismas se declaraban nulas y ordenó que fueran repetidas. Existían pruebas que fueron presentadas de la compra de votos por parte de políticos de la oposición. Esto afectaba a cuatro diputados, dos de la oposición, uno del PSUV y otro elegido en la lista indígena (también partidario de la oposición), que quedaron descalificados. Sin embargo, estos tres diputados de la oposición eran clave, ya que le proporcionaban a la oposición una mayoría de dos tercios y por lo tanto poderes mucho más amplios. La Asamblea Nacional se negó a obedecer la orden del TSJ y juramentó a los tres diputados de la oposición de Amazonas en enero de 2016. Una vez más el TSJ declaró el acto nulo y sin efecto y en contravención de su fallo anterior. En agosto de 2016, el TSJ declaró que la Junta Directiva de la Asamblea Nacional y los diputados de la oposición estaban en desacato por haber violado dos de sus fallos.

En una nueva escalada del conflicto institucional, en octubre de 2016, la Asamblea Nacional votó para iniciar procedimientos a fin de efectuar un “juicio político” al presidente Maduro, y también procedimientos para declarar que Maduro había “abandonado su cargo”. Entre las razones dadas para estas acciones, fue la afirmación de que Maduro no es un ciudadano venezolano y por lo tanto no puede ser presidente. Finalmente, en enero de 2017, la Asamblea Nacional declaró que el presidente Maduro había “abandonado su cargo”. La Asamblea Nacional, además, pidió a la Organización de los Estados Americanos invocar la Carta Democrática contra Venezuela, en la práctica pidiendo a potencias extranjeras que violen la soberanía de Venezuela, algo que revela claramente el carácter apátrida de la oligarquía venezolana. El intento de utilizar la Carta Democrática fue derrotado en la OEA, a pesar de las amenazas directas de Washington contra una serie de países miembros.

Por último, el gobierno preguntó al TSJ si era necesario enviar su decisión de crear empresas mixtas en el sector petrolero a ratificación de la Asamblea Nacional. El TSJ respondió con su fallo del 29 de marzo, que, en la medida en que la Asamblea Nacional estaba en desacato y no había tomado ninguna acción para rectificar esa situación, el gobierno no tiene que enviar sus decisiones a la misma y que el TSJ se hace cargo de los poderes legislativos de la Asamblea Nacional para ejercerlos directamente o a través de cualquier otro órgano del poder que determine. Ese fallo había sido precedido por otro del día anterior en el que el TSJ dictaminó que, como la Asamblea Nacional estaba en desacato, sus miembros no podían gozar de inmunidad parlamentaria.

Si la oposición en la Asamblea Nacional quisiera en realidad usar sus poderes, sería fácil acatar el fallo del TSJ sobre los tres diputados de Amazonas y luego empezar a legislar. Sin embargo, la oposición no está realmente interesada en eso, sino que quiere crear un incidente lo más grande posible, para justificar la eliminación de Maduro de la presidencia.

Debemos oponernos a ésta campaña de los que sí llevaron a cabo un golpe de estado en Venezuela en el 2002, y que ahora quieren quitar a Maduro del poder y apelan a la intervención extranjera contra Venezuela. Si lograran alcanzar sus objetivos, sabemos claramente cuáles serían las consecuencias: todos los logros de la Revolución Bolivariana serían destruidos, las misiones sociales abolidas, las empresas y latifundios expropiados serían devueltos a sus antiguos dueños, se aboliría la Ley Orgánica del Trabajo permitiendo despidos masivos en las empresas estatales y privadas, se recortarían brutalmente o abolirían las pensiones de jubilación del estado, se recortaría el presupuesto de salud y educación y se establecería un régimen de asalto contra todos los derechos democráticos básicos. Si alguien lo duda, sólo tiene que ver las medidas iniciales adoptadas por los gobiernos de la derecha que han llegado al poder en Argentina y Brasil. En Venezuela sería diez veces peor.

Sin embargo, no se trata sólo de quién tiene razón o no desde un punto de vista legal o de procedimiento. Como todas las cuestiones fundamentales en la sociedad, este conflicto se va a resolver sobre la base de quién tiene el poder real, en términos de las fuerzas armadas o la movilización de masas en las calles que puedan romper el poder estatal. Por el momento, no parece que la oposición reaccionaria tenga ni lo uno ni lo otro. La oposición ha hecho llamamientos constantes al Ejército a salir “en defensa de la Constitución” (es decir: sacar a Maduro), pero hasta ahora han caído en oídos sordos. Sus intentos más recientes de sacar a la gente a las calles en septiembre y octubre el año 2016 fracasaron por completo por la falta de una estrategia clara y decisiva. Algunos de los líderes de la oposición convocaron a una marcha hacia el Palacio de Miraflores, pero cuando llegó el día se echaron atrás, provocando la ira y la desmoralización de sus propios seguidores.

Las concesiones a los capitalistas socavan la revolución

Más allá de las cuestiones legales e institucionales, tenemos que preguntarnos ¿qué está haciendo el gobierno de Maduro con su poder? ¿Cuál es su estrategia? Hace unos días, Nicolás Maduro hizo una serie de declaraciones en la Expo Venezuela Potencia 2017, que no dejan ninguna duda sobre el hecho de que su estrategia es la de hacer concesiones cada vez mayores a los capitalistas, nacionales e internacionales. Maduro rechazó lo que él calificó como una “campaña sucia que dice que tenemos un modelo comunista y rechazamos la empresa privada”. Por el contrario, dijo, “el 90% de la economía está en manos de empresas privadas” (en realidad lo que quería decir era que el 90% de todas las empresas está en manos privadas, a pesar de que representan un porcentaje menor de la economía.) Luego procedió a anunciar más concesiones a los capitalistas, nacionales y extranjeros, dándoles préstamos de los bancos estatales, tanto en bolívares como en dólares, y anunció una mayor liberalización del sistema de cambio de divisas con el fin de permitir a las empresas privadas un acceso más fácil a los dólares (que provienen de la renta petrolera en manos del estado).

Estas declaraciones y concesiones han provocado la ira generalizada y malestar entre las filas del movimiento bolivariano. Representan una continuación y una profundización de la política que el gobierno de Maduro ha estado siguiendo desde que fue elegido: responder a los ataques de la oposición en el ámbito político e institucional, al tiempo que se hacen cada vez más concesiones a los capitalistas en el campo económico.

Esa es una política que conduce directamente al desastre. La economía venezolana está en una crisis profunda, con una caída brutal del PIB, hiperinflación, escasez grave de alimentos básicos y medicinas y una parálisis de la producción. Esta crisis es el resultado, en última instancia, de la rebelión de las fuerzas productivas – que siguen operando bajo el marco de un mercado capitalista – contra los intentos del gobierno de regularlas, a través de los controles de precios y el control de cambios. Esto se ha agravado y multiplicado por el colapso en el precio del petróleo en el mercado mundial. Enfrentado a una limitación extrema de las reservas de divisas y de los ingresos petroleros, el gobierno ha recurrido a priorizar el pago de la deuda externa por encima de las importaciones, que han sido severamente recortadas, agravando aún más la escasez. Al mismo tiempo, con el fin de sufragar el presupuesto del estado, donde hay un déficit consolidado que asciende a 15-20% del PIB, se ha recurrido a una política de impresión desaforada de dinero que a su vez ha dado lugar a la hiperinflación. Lo que ha fracasado en Venezuela no es el socialismo, que nunca existió, sino más bien, el intento de regular la economía capitalista a través de la intervención del Estado y hacer que funcione en beneficio de la mayoría.

Sólo hay dos maneras de salir de esta crisis económica: una es levantar todas las regulaciones y controles y permitir que el mercado capitalista trabaje “normalmente”, lo que significaría que se haría pagar a los trabajadores el precio de la crisis. Esa es la dirección que el gobierno de Maduro ha estado tomando progresivamente. El otro es expropiar a los capitalistas y dirigir la economía sobre la base de un plan democrático de la producción que pueda satisfacer las necesidades de la población, haciendo al mismo tiempo un llamamiento internacionalista a los obreros y campesinos de la región a salir en defensa de la revolución y derrotar los intentos de sus propias clases dominantes de destrozarla. Eso significaría hacer que los capitalistas paguen el precio de la crisis.

La continuación de la política actual del gobierno no hará sino agravar la crisis desde el punto de vista del pueblo trabajador, y por tanto, erosionar aún más su apoyo entre las masas bolivarianas. El gobierno tiene la idea de que este año vamos a ver un aumento de los precios del petróleo a un nivel de alrededor de 70 a 80 dólares por barril y que esto le daría el margen necesario para invertir en programas sociales de nuevo, recuperando así el apoyo popular. En esa situación podría convocar a elecciones en mejores condiciones. Esto es una quimera. Los precios del petróleo subieron ligeramente después del acuerdo de la OPEP y Rusia para recortar la producción, pero ese proceso se ha cortado en la medida en que la subida de los precios del petróleo ha hecho que el fracking sea de nuevo rentable en los EE.UU., lo que aumenta la producción mundial y ha empujado los precios hacia abajo de nuevo.

¿Cómo combatir la ofensiva del imperialismo y la oligarquía?

Si hemos de ser sinceros, la política del gobierno representa una traición al legado del presidente Chávez. En sus últimas declaraciones antes de su muerte, en el Golpe de Timón y el Plan de la Patria Socialista, Hugo Chávez hizo hincapié en dos ideas fundamentales: a) que todavía estamos en una economía capitalista y hay que avanzar hacia el socialismo, y b) hay que destruir el estado burgués y sustituirlo por un “estado comunal” (es decir, uno basado en las Comunas Socialistas). Con todas sus limitaciones, éstas eran ideas correctas.

La actual dirección del movimiento bolivariano y el gobierno del presidente Maduro van en la dirección opuesta: en el campo económico han estado haciendo más y más concesiones a los capitalistas, mientras que en el campo político han sofocado todas las vías de participación popular, el control obrero, y el poder de las masas.

Independientemente de sus intenciones, hay que decirlo claramente: estas políticas conducirán directamente a la derrota de la revolución bolivariana y la toma del poder por la oposición burguesa. Eso sería una catástrofe. Con el fin de evitarlo debemos adoptar firmemente una política de lucha por el socialismo y contra el Estado burgués.

Ante la embestida del imperialismo y los capitalistas venezolanos, ¿cuál sería la forma más eficaz de combatirla? En primer lugar, Venezuela debería romper relaciones diplomáticas con Washington que es el que dirige y coordina esta campaña. En segundo lugar, debería expropiar las propiedades de las multinacionales de cualquier país implicado en esta grosera interferencia en la soberanía nacional de Venezuela. En tercer lugar, se deben expropiar las propiedades de la oligarquía venezolana que ha estado conspirando constantemente contra la voluntad del pueblo durante los últimos 15 años. En cuarto lugar, hay que crear comités antiimperialistas y anticapitalistas de obreros, soldados y campesinos en cada empresa, fábrica, cuartel y en el campo. Estos comités deben estar armados y ejercer el control obrero contra el sabotaje de la oligarquía. Por último, la Revolución Bolivariana debe hacer un llamamiento a los trabajadores y campesinos de América Latina y la clase obrera del mundo pidiendo su apoyo y que bloqueen los intentos de los gobiernos reaccionarios de intervenir en su contra.

Esta sería la única política que puede garantizar la defensa de la revolución, avanzar hacia la revolución proletaria, al socialismo.

 

(texto basado en declaración de la Corriente Marxista Internacional)

Aprender de la Gran Depresión

 por Michael Roberts//

Recientemente, el editor de economía del periódico británico The Guardian, Larry Elliott, hizo una comparación entre la Gran Depresión de los años 1930 y la actual. En efecto, Elliott defiende que la economía mundial atraviesa por una depresión similar a la de entonces. La depresión de los años 30 comenzó con un desplome del mercado de valores en 1929, seguido por un desplome global de la banca y después una caída enorme de la producción, el empleo y la inversión. En ese orden. El número de quiebras bancarias aumentó de un promedio anual de alrededor de 600 durante la década de 1920, a 1350 en la de 1930 y alcanzó su punto máximo en 1933, cuando quebraron 4000 bancos. Durante todo el período 1930-33, un tercio de todos los bancos estadounidenses quebraron. Pero lo primero que ocurrió fue el desplome del mercado bursátil.

La Larga Depresión, como me gusta llamar a la actual, comenzó con una crisis del mercado inmobiliario en los EEUU, seguida por una crisis bancaria que se extendió globalmente y que fue seguida por una enorme caída en la producción, la inversión y el empleo. Las secuelas en ambas depresiones fueron una recuperación económica larga, lenta y débil, y muchas economías nacionales aún no han recuperado los niveles previos al colapso de la producción, la inversión o la rentabilidad.

Por cierto, si alguien duda que las principales economías (G20) no atraviesan lo que yo llamo una Larga Depresión, definida como un crecimiento por debajo de la tendencia de la producción, la inversión, la productividad y el empleo, le sugiero que eche una ojeada al estupendo resumen de los economistas del Wells Fargo Bank de los indicadores clave desde el final de la Gran Recesión en 2009 para EEUU, la economía que se ha recuperado más después de la crisis.

Concluyen que durante el período 2008-2015, la reducción anual promedio del nivel del PIB real de la tendencia fue del 9,9 por ciento, del 9,8 por ciento para el consumo personal y del 10,7 por ciento para el ingreso personal disponible real. Durante el mismo período, la pérdida anual media de la inversión fija empresarial fue de 20,1 por ciento, 7,8 por ciento en el empleo y 6,9 por ciento en la productividad total de los factores. La reducción media de la fuerza de trabajo fue del 2,2 por ciento, el 7,9 por ciento de la productividad laboral y el 6,4 por ciento para los servicios de capital durante el período 2008-2015.

“Y ha habido daños de larga duración como consecuencia de la Gran Recesión en la medida en que el nivel (tendencia) de las series potenciales (para todas las variables) ha cambiado negativamente. Estos resultados son consistentes con el entorno económico general desde la Gran Recesión. Es decir, una recuperación económica dolorosamente lenta acompañada por un crecimiento más lento de los ingresos personales, el empleo, los salarios y la inversión fija empresarial”.

Elliott señala que muy pocos economistas o expertos predijeron la crisis de 1929 en el momento de auge de los mercados bursátiles y de expansión económica. Del mismo modo, muy pocos pronosticaron la crisis del mercado inmobiliario de EEUU y la posterior crisis financiera mundial. Pero algunos lo hicieron.

La parte más interesante del relato de Elliott son las causas alegadas de la Gran Depresión de los años treinta y si son las mismas de la actual Larga Depresión. Elliott cita al biógrafo de Keynes, Lord Skidelsky, en el sentido de que la causa principal fue y es la deuda excesiva. “La Gran Depresión fue provocada por las mismas causas que la crisis de 2008: una enorme montaña de deuda, la especulación en el mercado de valores, una inflación excesiva de activos y unas tasas de interés demasiado altas como para mantener unos niveles de inversión capaces de mantener el pleno empleo”.

Esta explicación es casi la convencional entre los economistas izquierdistas y heterodoxos. Skidelsky combina los puntos de vista de los economistas post-keynesianos (Steve Keen, Ann Pettifor) y de otros economistas convencionales (Mian y Sufi) que destacan los niveles -la gran montaña- de la deuda del sector privado (en particular la deuda de los hogares), siguiendo a Keynes, en el sentido de que “las tasas de interés eran demasiado elevadas para sostener el pleno empleo”.

Steve Keen, uno de los principales economistas postkeynesiano y discípulo de Minsky, publica un nuevo libro en el que argumenta que “los crecientes niveles de deuda privada hacen casi inevitable otra crisis financiera a menos que los políticos aborden la dinámica real que causa la inestabilidad financiera“. Irónicamente, Anne Pettifor acaba de publicar un nuevo libro que defiende que la impresión de más dinero (¿más deuda?) podría ayudar a sacar la economía capitalista de su depresión.

Hay mucho de verdad en el argumento de que la deuda excesiva (o el crédito, que es simplemente la otra cara del balance) es un indicador primordial de una crisis financiera inminente. La deuda fue alta en la década de 1920 antes de la crisis. Esto ha sido documentado por muchos estudios, incluyendo el trabajo pionero de Rogoff y Reinhart. Y Claudio Borio, del Banco de Pagos Internacionales también ha acumulado muchas pruebas para demostrar que es el nivel y la tasa de aumento o disminución del crédito (de hecho, el ciclo de la deuda) es mucho mejor indicador de posibles crisis financieras que la idea neo-keynesiana de un cierto estancamiento secular del crecimiento y un colapso de la “demanda agregada” (como Paul Krugman o Larry Summers).

Y no es casualidad que Steve Keen fuera uno de los pocos economistas que predijo la inminente crisis de 2008. En mi libro The Long Depression dedico todo un capítulo a esta cuestión de la deuda, lo que Marx llamó el capital ficticio. El crédito permite que la acumulación de capital se extienda más allá de la creación de valor real, por un tiempo. Pero también implica que cuando la eventual contracción de la inversión se produce, porque la rentabilidad en los sectores productivos cae, entonces el colapso es mucho mayor, ya que la deuda debe ser amortizada con la devaluación del valor del capital. El crédito actúa como un yo-yo, que sube para bajar. Así, la “deuda excesiva” es, sin duda, una “causa” de las crisis, en ese sentido. La pregunta es ¿cuando es “excesiva”? – ¿excesiva por qué? Borio cree que excesiva en relación con el crecimiento del PIB; pero, ¿qué lo determina?

El otro argumento que está vinculado a la causalidad de la deuda excesiva es el aumento de la desigualdad como causa de las crisis de 1929 y 2008. Como Elliott dice: “mientras que los asalariados vieron su trozo de la tarta económica reducirse, para los ricos y los poderosos, los “alegres veinte” fueron estupendos. En los EEUU, la reducción a la mitad de la tasa máxima del impuesto sobre la renta al 32% significó más dinero para la especulación en los mercados de acciones y bienes raíces. Los precios de las acciones subieron seis veces en Wall Street en la década anterior al colapso de Wall Street. La desigualdad fue alta y creciente, y la demanda sólo se mantuvo gracias a una burbuja de crédito”. Sí, parecido al período previo a la crisis de 2008.

Ahora bien, no creo que la creciente desigualdad haya sido la causa de la crisis de los años treinta o de 2008 y he expuesto mis argumentos en contra de esta opinión en varios lugares. La evidencia empírica no apoya una conexión causal entre desigualdad y crisis. De hecho, un nuevo estudio de JW Masonpresentado en Assa 2017 en Chicago añade más peso al argumento de que el aumento de la desigualdad y el consecuente (?) aumento de la deuda de los hogares no fue la causa del colapso financiero de 1929 o 2008. “La idea es que el aumento de la deuda es el resultado del aumento de la desigualdad en la medida en que los hogares de bajos ingresos piden préstamos para mantener los crecientes niveles de consumo a pesar del estancamiento de sus ingresos. Este consumo financiado mediante deuda fue fundamental para sostener la demanda agregada en el período anterior a 2008. Esta explicación se suele atribuir a Ragnuram Rajan y Mian y Sufi pero también es ampliamente aceptada por la izquierda. Se ha convertido en una explicación casi convencional entre los economistas poskeynesianos y marxistas. En mi artículo, sugiero algunas razones para el escepticismo”.

La esencia de mi punto de vista es que la desigualdad es siempre parte del capitalismo (y, por lo tanto, de las sociedades de clase, por definición) y la creciente desigualdad de la década de 1980 en el período neoliberal se prolongó durante décadas antes de que se produjera la crisis. Pero es más convincente como explicación que el aumento de la rentabilidad y la creciente apropiación por el capital de los beneficios del trabajo en el proceso de acumulación fue la causa del aumento de la desigualdad, no al revés. Así que la causa subyacente de la crisis debe buscarse en el propio proceso de acumulación capitalista y algún cambio en el mecanismo de la rentabilidad.

La tercera causa o razón ofrecida por Elliott para la Gran Depresión de los años 30 y la Larga Depresión actual es que no existe un poder hegemónico capaz de actuar como”prestamista de último recurso” para rescatar a los bancos y las economías nacionales con crédito y al mismo tiempo establecer las reglas para la recuperación económica mundial. Entre las dos guerras mundiales, el Reino Unido ya no era hegemónico, como lo había sido a mediados del siglo XIX y Estados Unidos no pudo o no quiso tomar su lugar. De modo que, en efecto, no existía un banquero global y, por lo tanto, se impuso la anarquía y el proteccionismo en la economía mundial.

Este fue el argumento principal del gran historiador económico, Charles Kindleberger, con su “teoría de la estabilidad hegemónica” en su libro, The World in Depression, 1929-1939. Esta teoría de las crisis internacionales ha sido seguida por historiadores económicos como Barry Eichengreen y el economista del HSBC Stephen King, citado por Elliott: “Hay similitudes entre la situación actual y la de los años treinta, en el sentido de que hay una superpotencia en declive“. Por lo tanto, el argumento es que los Estados Unidos ya no son hegemónicos y no pueden imponer normas internacionales de comercio como lo hizo después de 1945 con el FMI, el Banco Mundial y el GATT. Actualmente, existen potencias económicas rivales como China e incluso la Unión Europea que ya no se doblegan a la voluntad de EEUU. Y el FMI no está en condiciones de actuar como prestamista de último recurso para rescatar economías como Grecia, etc.

Esta posición también es defendida por economistas marxistas como Leo Panitch y Sam Gindin, quienes (a la inversa) argumentan que Estados Unidos sigue siendo un poder hegemónico y, por lo tanto, todavía lo decide todo en un “imperio informal americano” y esto explica la enorme recuperación económica del periodo neoliberal después de los años ochenta. Yanis Varoufakis argumenta algo similar en su libro, El Minotauro Global. A Skidelsky también le gusta el argumento de que la “recuperación” neoliberal se logró mediante la globalización bajo control imperial estadounidense. “La globalización permite al capital escapar del control nacional y sindical“. Considera que esta es explicación marxista: “Desde el inicio de la crisis la manera marxista de analizar las cosas me resulta mucho más atractiva“.

Pero, ¿la crisis del 2008 es el resultado de la debilidad del poder imperial estadounidense o de un excesivo poder estadounidense? De cualquier manera, dudo que la teoría hegemónica de la estabilidad sea una explicación suficiente de la Gran Depresión o de la Larga Depresión. Claramente, Estados Unidos ha sufrido un declive (relativo) como principal poder imperialista económico, aunque sigue siendo la principal potencia financiero y la potencia militar predominantemente– de manera similar al Imperio romano en su período de declive.

No cabe duda de que esto ha tenido algún efecto en la capacidad de todas las grandes economías capitalistas para salir de esta depresión y la creciente tendencia hacia el nacionalismo, el proteccionismo y el aislacionismo que ahora vemos en muchos países y en la propia América de Trump. Pero el fin de la “globalización” no ha sido provocado por el debilitamiento del poder estadounidense sino el resultado de la desaceleración de la inversión mundial, del comercio y, sobre todo, de la rentabilidad del capital que la evidencia empírica ha revelado desde finales de los años noventa. La “muerte” de la globalización fue acelerada por la crisis financiera mundial y el estancamiento del comercio mundial y los flujos de deuda desde 2008.

La Larga Depresión ha continuado no debido a la alta desigualdad o el debilitamiento de la hegemonía estadounidense o por el giro proteccionista (que apenas ha comenzado). Sigue, sostengo, por la incapacidad de una rentabilidad insuficiente a la hora de reactivar la inversión productiva y el crecimiento de la productividad; y la continua resaca del capital ficticio y de la deuda. De hecho, he demostrado que éstas son las mismas razones que prolongaron la Gran Depresión de los años treinta: baja rentabilidad, altos niveles de deuda y comercio débil.

En el artículo de Elliott también se nos ofrecen algunas diferencias entre los años treinta y ahora. La primera es que, a diferencia de los años treinta, en la actualidad los bancos centrales han actuado para impulsar la oferta monetaria y rescatar a los bancos con recortes de interés a cero y la flexibilización cuantitativa. En la década de 1930, según Adam Tooze en su libro El diluvio, las políticas deflacionarias se impusieron en todas partes. “La pregunta que los críticos han planteado desde entonces es por qué el mundo asumió con tanta ansia esta austeridad colectiva. Si los economistas keynesianos y monetaristas están de acuerdo en algo, es en las consecuencias desastrosas de este consenso deflacionista” (Tooze).

Y están de acuerdo sobre ello en la depresión actual. Como he mostrado en varias notas, el ex jefe de la Fed estadounidense Ben Bernanke es un experto en las causas de la Gran Depresión y una vez dijo en una reunión de economistas ortodoxos en conmemoración de su mentor, el gran monetarista Milton Friedman, que el error de la década de 1930 de no expandir la oferta monetaria no se repetiría. Pero aunque creen que la flexibilización cuantitativa y el dinero fácil han rescatado a los bancos y restaurado los ‘negocio como de costumbre‘, no han acabado con la actual Larga Depresión. En realidad, fue Keynes quién creyó en 1931 que ese dinero fácil y esa política monetaria no convencional terminarían con la Gran Depresión. Pero en 1936, cuando escribió su famosa Teoría General, se dio cuenta de sus limitaciones. Y, de hecho, la idea de que las cosas serían diferentes esta vez en comparación con la década de 1930 gracias a una política monetaria expansiva ha resultado ser falsa.

Los keynesianos, habiendo defendido en muchos casos el dinero fácil como salida de la depresión actual, ahora defienden los estímulos fiscales como la solución, como Keynes finalmente en 1936. Keynesianos como Skidelsky afirman que el Reino Unido tenía “estabilizadores automáticos” fiscales que se pusieron en marcha para amortiguar la crisis de los años 1930, pero que los gobiernos de entonces los bloquearon e impusieron la austeridad y fue eso lo que transformó la crisis en una depresión.

La mayoría de los gobiernos en la actualidad no han adoptado una política de gasto público masivo ni han recurrido a grandes déficits presupuestarios para impulsar la inversión y el crecimiento, principalmente porque temen un aumento masivo de la deuda pública y la carga que supondría su financiamiento por parte del sector capitalista. Pero escuchamos de la batería de economistas de izquierdas y keynesianos que la aplicación de la “austeridad” es la causa de la prolongada Larga Depresión actual. Es difícil probarlo de una manera u otra, pero en una serie de publicaciones y artículos, he expresado muchas dudassobre la explicación keynesiana de la Larga Depresión.

El New Deal no puso fin a la Gran Depresión. De hecho, el régimen de Roosevelt tuvo déficits presupuestarios consistentes de alrededor del 5% del PIB a partir de 1931, gastando el doble de sus ingresos fiscales. Y el gobierno contrató a muchos más trabajadores en sus programas – pero con pocos resultados.

Salir del patrón oro y devaluar las monedas no detuvo la Gran Depresión. De hecho, las devaluaciones competitivas, las tarifas proteccionistas y las restricciones al comercio internacional probablemente empeoraron las cosas.

Y la expansión monetaria no ha dado resultado esta vez y tampoco los estímulos fiscales (como las Abenomics en Japón han demostrado), de lo que volveremos a ser testigos si Trump es capaz de imponer déficits presupuestarios para reducir los impuestos de las empresas y aumentar la inversión en infraestructura.

El proteccionismo y las devaluaciones son cada vez más probables en este período post-Trump, post-Brexit de la Larga Depresión. De hecho, el últimodocumento de política económica para la próxima cumbre del G20 en Alemania la semana que viene ha eliminado su condena de las políticas proteccionistas. Como Elliott lo resume: “Hasta ahora, los mercados financieros han tenido una visión positiva de Trump. Se han concentrado en el potencial de crecimiento de sus planes de recortes de impuestos y mayores gastos de infraestructura, en lugar de su amenaza de construir una muralla a lo largo del Río Grande y de imponer nuevos aranceles a las importaciones mexicanas y chinas. Amenaza, sin embargo, una visión más oscura del futuro, si cada país intenta hacer lo mismo que Trump. En este escenario, una contracción de la economía mundial provocaría una contracción del comercio global, y la deflación implicaría que las deudas personales se vuelven más onerosas“.

La Gran Depresión sólo terminó cuando Estados Unidos se preparó para entrar en la guerra mundial en 1941. Entonces el gobierno asumió el control del sector privado para dirigir la inversión y el empleo y utilizar el ahorro y el consumo de la gente para el esfuerzo de guerra. La rentabilidad del capital se disparó y continuó después del final de la guerra. Mirando hacia atrás, la depresión de las décadas de 1880 y 1890 en las principales economías sólo terminó después de una serie de crisis que finalmente lograron elevar la rentabilidad del capital en los sectores y economías nacionales más eficientes y así asegurar una inversión más sostenida. Aunque al final agravó las rivalidades imperialistas sobre la explotación del planeta y acabó estallando la primera guerra mundial.

Merkel y Trump sostienen conversaciones de crisis en Washington

                                                                                                                                                      por Johanes Stern//

Con las tensiones entre Alemania y Estados Unidos en su punto más alto desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el primer encuentro entre el presidente Donald Trump y la canciller alemana Angela Merkel tuvo lugar el Viernes en Washington.

El ambiente era tenso y frío. En una sesión fotográfica conjunta en la Oficina Oval, Trump apenas reconoció a Merkel y rechazó el apretón de manos acostumbrado solicitado por los fotógrafos.
En una conferencia de prensa conjunta después de una reunión de la Casa Blanca entre Trump y Merkel, otros funcionarios y líderes empresariales de ambos países, los dos jefes de Estado expresaron su acuerdo sólo en las cuestiones de aumentár el gasto militar y la guerra. Merkel prometió a Trump que Alemania aumentaría el gasto en defensa un dos por ciento más que el mínimo de la OTAN. A cambio, Trump prometió su compromiso con la OTAN. Acordaron “trabajar juntos de la mano en Afganistán y colaborar en soluciones de Siria e Irak”.

El conflicto entre los dos países, que se situarón en lados opuestos en dos guerras mundiales en la primera mitad del siglo XX, surgió con mayor intensidad en el tema de la política comercial. Trump se quejó de que el comportamiento pasado de los aliados estadounidenses a menudo habían sido “injustos” e insistió en una “política de comercio justo”.

Lo que Trump quiere decir con esto esta claro. Amenazó a Alemania con la guerra comercial en una entrevista que dio poco antes de asumir el cargo, advirtiendo específicamente de obligaciónes a la importación de hasta un 35 por ciento contra la industria automovilística alemana. Afirmar que el comportamiento de Alemania hacia Estados Unidos era “muy injusta”, dijo que se aseguraría de que esto terminará.

En la semana pasada, el asesor económico de Trump, Peter Navarro, se refirió una vez más al superávit comercial alemán como un “asunto serio” y lo calificó de “uno de los problemas más difíciles” para la política comercial estadounidense. Estados Unidos está preparando actualmente un llamado “impuesto al ajuste fronterizo” que reduciría sustancialmente los impuestos sobre las exportaciones estadounidenses y colocaría una pesada carga sobre las importaciones alemanas y otras importaciones europeas.

Los crecientes conflictos transatlánticos también se reflejaron en la cumbre de los ministros de Finanzas del G20 en Baden Baden, Alemania. La noche anterior, el ministro alemán de Hacienda, Wolfgang Schäuble, se reunió por primera vez con su nuevo homólogo estadounidense, Steven Mnuchin. El ex banquero de Wall Street insistió en que Estados Unidos no quería una guerra comercial, pero se negó a apoyar la inclusión en el comunicado de cierre del G20 de la aclarada declaración a favor del libre comercio y en contra del proteccionismo.

El proteccionismo de Trump es una catástrofe en particular para la economía alemana orientada a la exportación. En 2015, Alemania alcanzó un superávit récord de 260.000 millones de euros, lo que correspondía a más del ocho por ciento de toda su producción económica. El comercio con los Estados Unidos representó 54.000 millones de euros del superávit. En el año anterior, los EE.UU. proporcionaron el mayor mercado de exportación de productos alemanes, con un valor total de 107.000 millones de euros.

La delegación de Merkel incluyó a destacados representantes económicos alemanes, quienes fueron encargados de convencer a Trump de la importancia del libre comercio. Pero mientras el gobierno alemán lucha por desacelerar las tensiones con Estados Unidos, está preparando medidas de represalia no menos agresivas.

El vicepresidente de la facción parlamentaria del Partido Socialdemócrata (SPD), Carsten Schneider, amenazó con controlar los capitales. “En última instancia, Alemania está financiando una gran parte del déficit comercial de Estados Unidos con sus exportaciones de capital”, dijo Schneider. “Si Trump no cede, debemos estar listos para actuar”.

En una entrevista del Viernes por la mañana con la emisora alemana Deutschlandfunk, la ministra de Economía Alemana, Brigitte Zypries (SPD), dijo: “La otra posibilidad es simple. Vamos a presentar una demanda contra él ante la Organización Mundial del Comercio. Estó establece procedimientos. En la OMC, está claramente especificado en los acuerdos que se le permite no tomar más del 2,5 por ciento en impuestos sobre las importaciónes de automóviles”.
“Esta no sería la primera vez que el señor Trump fracasa en los tribunales”, añadió el político del SPD provocativamente.
El presidente de la Federación de Industria alemana (BDI), Dieter Kempf, preguntó a Merkel antes de su viaje para presentar a Trump “el punto de vista de una economía alemana, europea … con una autoconfianza apropiada”. Los puntos de vista de Trump sobre una politica economica simplemente “No valdrían”, insistió.
Con el fin de contrarrestar a Trump de la manera más eficaz, Berlín está llevando a cabo una estrategia de preparación para la guerra comercial entre los EE.UU. y toda la Unión Europea. El periódico Handelsblatt citó al ex economista jefe del Ministerio de Economía, Jeromin Zettelmeyer, diciendo que Alemania necesita “el respaldo del resto de Europa”. Él continuó diciendo: “Tendrán que hacer una guerra comercial si es posible”.

Según un informe de Der Spiegel, el objetivo del gobierno alemán es “aislar a los estadounidenses”. Para ello, la Comisaria del Comercio de la UE, Cecilia Malmstörm, ha sido encargada de negociar acuerdos comerciales “con otros países y regiones del mundo”. En la cumbre de la UE la semana anterior, los estados de la UE se hablarón contra “tendencias proteccionistas” en el comercio mundial y situaron a la economía europea en contrá de Estados Unidos, informó Der Spiegel .

La UE “seguirá colaborando activamente con los socios comerciales internacionales”, decía la resolución final de la cumbre UE. Para ello, “se lograrán progresos decisivos en todas las negociaciones seguidas con respecto a acuerdos de libre comercio ambicioso y bien equilibrados, incluso con el Mercosur [un bloque subregional que incluye a Bolivia, Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Venezuela] y México.” Las negociaciones con Japón están “cerca de una conclusión pronto” y “las relaciones comerciales con China deben fortalecerse sobre la base de un entendimiento común de beneficios mutuos y recíprocos”.
Berlín y Bruselas están ampliando sus relaciones económicas con precisamente aquellos países que están en la mira del gobierno de Estados Unidos. Trump está amenazando a México con la terminación del Tratado de Libre Comercio con América del Norte (TLCAN), y Washington está siguiendo un camino hacia la guerra contra China con mayor apertura. Los conflictos entre Alemania y Estados Unidos seguirán afilándose como consecuencia.

En una movida significante, Merkel habló por teléfono con el presidente chino Xi Jinping inmediatamente antes de viajar a Washington. Aprovechó esta oportunidad para expresar su oposición al proteccionismo. De acuerdo con el portavoz del gobierno de Merkel, Steffen Seibert, Merkel y Xi afirmaron que “promoverían el libre comercio y abrirían los mercados juntos”. Además, los dos líderes acordaron “continuar su confianza en la colaboración, especialmente en el marco de la presidencia alemana del G20”.

Mientras tanto, los medios de comunicación alemanes están exigiendo “una declaración aún más clara contra el nuevo proteccionismo estadounidense” e instando a que “la mayoría de otros países se movilicen contra Trump”. Esto será “necesario” en el futuro, dijo un comentario en el Reinische Post. Alemania y la UE deben “oponerse con confianza a Trump” con “sus propios fines opuestos, en lugar de dejarse intimidar por Washington”. Las condiciones para esto son favorables, dijo el diario.
Siguió diciendo se había puesto claro en Baden Baden que Alemania tenia”no sólo a los demás Estados de la UE, sino también a casi todo el resto del mundo, sobre todo China, Brasil y Japón, a su lado en materias de política comercial”.

Las razones fundamentales del comportamiento agresivo de Trump hacia Berlín, así como los esfuerzos de Alemania para construir una coalición contra los Estados Unidos, se encuentran en las insolubles contradicciones del propio sistema capitalista. El capitalismo es incapaz de superar la contradicción entre el carácter internacional de la producción y el Estado nacional. Como en la víspera de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, los conflictos entre las potencias imperialistas sobre las materias primas, los mercados de exportación, las zonas de influencia y la mano de obra barata vuelven a conducir a la guerra comercial y al conflicto militar.

¿Qué consiguió la Revolución Rusa y por qué degeneró?

 

por Alan Woods

 

Independientemente de lo que se piense del bolchevismo, es innegable que la Revolución Rusa es uno de los mayores acontecimientos de la historia humana, y el gobierno de los bolcheviques un fenómeno de importancia mundial“. John Reed, 1 de enero de 1919. (J. Reed, Diez días que estremecieron al mundo).

El colapso de la URSS fue presentado por los defensores del capitalismo como el equivalente a la victoria final de la “economía de libre mercado” sobre el “comunismo”. Hace 25 años esto produjo una ola de euforia entre la burguesía y sus apologistas. Se habló del fin del socialismo, del fin del comunismo e, incluso, del fin de la historia y, desde entonces, hemos presenciado una ofensiva ideológica sin precedentes contra las ideas del marxismo a escala mundial. Esta exuberancia irracional no tuvo límites.

El entonces presidente estadounidense, George Bush, anunció triunfalmente la creación de un “Nuevo Orden Mundial” bajo el dominio del imperialismo estadounidense. “La Unión Soviética ya no existe”, escribió Martin McCauley. “El gran experimento ha fracasado… El marxismo en la práctica ha fracasado en todas partes, no hay un modelo económico marxista capaz de competir con el capitalismo”. (M. McCauley: La Unión Soviética 1917-1991) “¡Ganamos!” Exclamaba el editorial de The Wall Street Journal (24/5/89). Francis Fukuyama lanzaba su famosa predicción: “El período de la post-historia ha llegado… La democracia liberal ha triunfado, y la humanidad ha alcanzado su más alta sabiduría. La historia ha llegado a su fin”.

Veinticinco años más tarde no queda nada de estas imprudentes ilusiones. El capitalismo ha entrado en la crisis más grave desde la Gran Depresión. Millones de personas se enfrentan a un futuro de desempleo, pobreza, recortes y austeridad. Las guerras y los conflictos estropean todo el planeta, cuyo futuro se ve amenazado por las depredaciones causadas por la incontrolada economía de mercado. Ahora, a la fría luz del día, esas proclamas triunfalistas parecen irónicas. La crisis global del capitalismo y sus efectos han puesto en duda las confiadas predicciones. Todas las grandes promesas de leche y miel de los líderes occidentales que siguieron al colapso de la Unión Soviética se han evaporado como una gota de agua en una estufa caliente.

El sueño estadounidense de dominar el mundo está enterrado bajo las ruinas humeantes de Alepo. Todos los pronunciamientos triunfalistas de los estrategas burgueses se han demostrado falsos. La historia ha regresado para vengarse. Los mismos observadores occidentales que exageraron todos los defectos de la economía soviética están ahora luchando desesperadamente por explicar el fracaso manifiesto de la economía de mercado. Reinan el colapso económico, la inestabilidad política, la incertidumbre, las guerras y los conflictos. La euforia anterior ha dado paso al pesimismo más negro.

Es por esta razón que el centenario de la Revolución Rusa será inevitablemente la ocasión para intensificar la viciosa campaña anticomunista. La razón no es difícil de entender. La crisis mundial del capitalismo está dando lugar a un cuestionamiento general de la “economía de mercado”. Hay un renacimiento del interés en las ideas marxistas, que es alarmante para la burguesía. La nueva campaña de calumnias es reflejo, no de confianza sino de miedo.

Miedo a la revolución

La historia demuestra que no basta con que la clase dominante derrote a una revolución. Es necesario cubrirla con calumnias, ennegrecer el nombre de sus líderes y rodearla con una nube de malicia y sospecha, de tal modo que ni siquiera permanezca el recuerdo de ella para inspirar a las nuevas generaciones. No hay nada nuevo en esto. En el siglo XIX, el historiador Thomas Carlyle dijo, al escribir su libro sobre Oliver Cromwell, que antes de que pudiera comenzar tuvo que rescatar el cuerpo de Cromwell de debajo de una montaña de perros muertos.

Después de la Restauración de la monarquía en 1660, todos los recuerdos de Cromwell y la revolución burguesa inglesa tuvieron que ser borrados de la memoria colectiva. La monarquía restaurada de Carlos II fechó oficialmente su reinado desde el 30 de enero de 1649, fecha de la ejecución de Carlos I, borrando todas las referencias a la república y a sus actos revolucionarios. El arrogante Carlos II estaba tan imbuido por el espíritu de despecho, odio y venganza, que llegó a exhumar el cadáver de Oliver Cromwell, para luego colgarlo en público en Tyburn.

La misma malicia y el mismo rencor que nacen del miedo motivan los esfuerzos actuales para negar los logros y el significado revolucionario de la Revolución Rusa y oscurecer la memoria de sus líderes. La falsificación sistemática de la historia que está llevando a cabo la burguesía, aunque de forma algo más sutil que los linchamientos póstumos de los monarcas ingleses, no le otorga en absoluto más crédito moral. En última instancia, no resultará más eficaz. La locomotora del progreso humano es la verdad, no la mentira. Y la verdad no permanecerá enterrada para siempre.

Durante casi tres generaciones, los apologistas del capitalismo dieron rienda suelta a su rabia contra la Unión Soviética. No se escatimaron esfuerzos en el intento de ensombrecer la imagen de la Revolución de Octubre y de la economía nacionalizada y planificada que emanó de ella. En esta campaña, los crímenes del estalinismo fueron muy útiles. El truco era identificar el socialismo y el comunismo con el régimen totalitario burocrático que surgió del aislamiento de la revolución en un país atrasado.

El odio a la Unión Soviética compartido por todos aquellos cuyas carreras, salarios y ganancias derivan del orden existente basado en la renta, el interés y el beneficio, no es difícil de entender. No tenía nada que ver con el régimen totalitario de Stalin. Los mismos “amigos de la democracia” no tenían escrúpulos en elogiar regímenes dictatoriales cuando convenía a sus intereses hacerlo. La clase dominante “democrática” británica observaba complaciente la llegada de Hitler al poder, siempre y cuando aplastara a los trabajadores alemanes y dirigiera sus atenciones hacia el Este.

Winston Churchill y otros representantes de la clase dominante británica expresaron su ferviente admiración por Mussolini y Franco, hasta 1939. En el período posterior a 1945, las “democracias” occidentales, en primer lugar los Estados Unidos, respaldaron activamente monstruosas dictaduras, desde la de Somoza a la de Pinochet, desde la Junta argentina al carnicero indonesio Suharto que subió al poder sobre los cadáveres de un millón de personas con el apoyo activo de la CIA. Los líderes de las democracias occidentales se postran ante el régimen empapado de sangre de Arabia Saudí que tortura, asesina, azota y crucifica a sus propios ciudadanos. La lista de estas barbaridades es interminable.

Desde el punto de vista del imperialismo, estos regímenes son perfectamente aceptables, siempre que se basen en la propiedad privada de la tierra, de los bancos y de los grandes monopolios. Su hostilidad implacable hacia la Unión Soviética no se basaba entonces en ningún amor a la libertad, sino en el desnudo interés de clase. Odiaban a la URSS, no por lo que tenía de malo, sino precisamente por lo que tenía de positivo y progresista. Se oponían, no a la dictadura de Stalin (muy al contrario, los crímenes del estalinismo les convenían muy bien como un medio de manchar el nombre del socialismo en Occidente), sino a las formas de propiedad nacionalizadas que eran todo lo que quedaba de las conquistas de Octubre.

Esta reescritura de la historia recuerda a los viejos métodos de la burocracia estalinista que puso la historia del revés, convirtió a figuras importantes en no-personas, o las demonizó, como en el caso de León Trotsky, y sostuvo generalmente que lo negro era blanco. Los escritos actuales de los enemigos del socialismo no son diferentes, excepto que calumnian a Lenin con el mismo odio y rencor ciegos que los estalinistas reservaban para Trotsky.

Algunos de los peores casos de este tipo se encuentran en Rusia. Esto no es de extrañar, por dos razones diferentes: en primer lugar, estas personas han sido criadas en la escuela estalinista de la falsificación, que se basa en el principio de que la verdad es sólo un instrumento al servicio de la élite gobernante. Los profesores, economistas e historiadores estaban acostumbrados, con algunas honrosas excepciones, a adaptar sus escritos a la “línea” de turno. Los mismos intelectuales que cantaron las alabanzas de Trotsky, fundador del Ejército Rojo y líder de la Revolución de Octubre, pocos años después no tuvieron ningún reparo en denunciarlo como un agente de Hitler. Los mismos escritores que adoraron a Joseph Stalin, el gran Líder y Maestro, pronto saltaron al otro lado cuando Nikita Kruschev descubrió el “culto a la personalidad”. Los hábitos son difíciles de cambiar. Los métodos de prostitución intelectual son los mismos. Sólo el amo ha cambiado.

Hay también otra razón completamente distinta. Muchos de los capitalistas en Rusia no hace mucho tiempo llevaban un carnet del Partido Comunista en su bolsillo y hablaban en nombre del “socialismo”. En realidad, no tenían nada que ver con el socialismo, con el comunismo ni con la clase obrera. Formaban parte de una casta gobernante parasitaria que vivía una vida de lujo a espaldas de los trabajadores soviéticos. Ahora, con el mismo cinismo que siempre ha caracterizado a estos elementos, se han pasado abiertamente al capitalismo. Pero esta transformación milagrosa no puede consumarse tan fácilmente. Estas personas sienten una necesidad imperiosa de justificar su apostasía amasando maldiciones sobre lo que profesaban creer antaño. Por estos medios intentan tirar polvo a los ojos de las masas, mientras calman sus propias conciencias –suponiendo que posean tal cosa. Incluso al peor canalla le gusta encontrar alguna justificación para sus acciones.

Los logros de la Revolución

El régimen establecido por la Revolución de Octubre no fue ni totalitario ni burocrático, sino el régimen más democrático que se haya visto hasta hoy en la tierra. La Revolución de Octubre abolió radicalmente la propiedad privada de los medios de producción. Por primera vez en la historia, se demostró la viabilidad de una economía planificada y nacionalizada, no en teoría sino en la práctica. En más de una sexta parte de la superficie terrestre, en un experimento gigantesco y sin parangón, se demostró que era posible dirigir la sociedad sin capitalistas, terratenientes ni prestamistas.

Hoy en día, está de moda atenuar los resultados alcanzados, o incluso negarlos por completo. Sin embargo, el mínimo análisis de los hechos nos lleva a una conclusión muy diferente. A pesar de todos los problemas, las deficiencias y los crímenes (que, por cierto, la historia del capitalismo nos proporciona en abundancia), la economía planificada y nacionalizada logró los avances más asombrosos en la Unión Soviética, en un espacio histórico notablemente corto. Esto es lo que provocó el miedo y el odio que caracterizó la actitud de las clases dominantes de Occidente. Esto es lo que las obliga, incluso ahora, a caer en las mentiras y calumnias más descaradas y sin precedentes sobre el pasado (por supuesto, siempre bajo el disfraz de la más exquisita “objetividad académica”).

Los burgueses tienen que enterrar de una vez por todas los ideales de la Revolución de Octubre. En consecuencia, el colapso de la URSS fue la señal de una avalancha de propaganda contra los logros de las economías planificadas de Rusia y Europa del Este. Esta ofensiva ideológica de los estrategas del capital contra el “comunismo” fue un intento calculado de negar las conquistas históricas que emanaron de la Revolución. Para estas damas y caballeros, desde 1917, la Revolución Rusa fue una aberración histórica. Para ellos, sólo puede haber una forma de sociedad. El capitalismo siempre había existido y seguiría haciéndolo. Por lo tanto, nunca se podría hablar de logros de la economía nacionalizada y planificada. Se dice que las estadísticas soviéticas eran simplemente exageraciones o falsedades.

“Las datos no pueden mentir, pero los mentirosos pueden falsear los datos”. Todos los avances colosales en alfabetización, sanidad, cobertura social, se ocultaron bajo un mar de mentiras y distorsiones destinadas a borrar los verdaderos logros del pasado. Todos los defectos de la vida soviética –y hubo muchos- se han utilizado sistemática y desproporcionadamente para “probar” que no hay alternativa al capitalismo. En lugar de avanzar, hubo declive, se dice. Más que progreso, hubo regresión. “El nivel de atraso de la URSS en los ochenta con respecto a Estados Unidos equivalía al del Imperio ruso en 1913”, escribió el historiador económico Alec Nove, quien concluía que “las revisiones estadísticas han jugado un papel político en la deslegitimación del régimen soviético…” (Alec Nove, Historia económica de la URSS).

Frente a esta campaña sin precedentes de mentiras y calumnias, es esencial que pongamos las cosas en orden. No queremos sobrecargar al lector con estadísticas. Sin embargo, es necesario demostrar sin lugar a dudas los enormes éxitos de la economía planificada. A pesar de los monstruosos crímenes de la burocracia, los avances incomparables de la Unión Soviética representan no sólo un logro histórico, sino que dan ante todo una idea de las enormes posibilidades inherentes a una economía planificada y nacionalizada, sobre todo si se desarrolla en líneas democráticas. Dichas posibilidades sobresalen si se contrastan con la crisis de las fuerzas productivas del capitalismo a escala mundial en la actualidad.

Avance sin precedentes

La revolución de octubre de 1917 provocó el mayor avance de las fuerzas productivas de cualquier país en la historia. Antes de la revolución, la Rusia zarista era una economía extremadamente atrasada y semi-feudal, cuya población era predominantemente analfabeta. De una población total de 150 millones de personas sólo había aproximadamente cuatro millones de trabajadores industriales. Eso significa que era mucho más atrasada que Pakistán en la actualidad.

Bajo la terrible situación de atraso económico, social y cultural, el régimen de  democracia obrera establecido por Lenin y Trotsky comenzó la titánica tarea de sacar a Rusia del atraso sobre la base de una economía planificada y nacionalizada. Los resultados no tienen precedentes en la historia económica. En el espacio de dos décadas, Rusia estableció una poderosa base industrial, desarrolló la industria, la ciencia y la tecnología y abolió el analfabetismo. Logró avances notables en los ámbitos de la salud, la cultura y la educación. Esto sucedió en un momento, en la Gran Depresión, en que el mundo occidental se sumergía en un estado de desempleo masivo y colapso económico.

La viabilidad del nuevo sistema productivo pasó una prueba severa en 1941-45, cuando la Unión Soviética fue invadida por la Alemania nazi con todos los recursos combinados de Europa a su disposición. A pesar de la pérdida de 27 millones de vidas, la URSS logró derrotar a Hitler, y siguió, después de 1945, reconstruyendo su destrozada economía en un espacio de tiempo notablemente corto, transformándose en la segunda potencia del mundo.

Tales avances asombrosos de un país merecen una reflexión. Se puede simpatizar con los ideales de la revolución bolchevique, u oponerse a ellos, pero una transformación tal en un espacio de tiempo tan corto llama la atención de cualquiera.

En un periodo de 50 años, la URSS multiplicó su producto interior bruto (PIB) por nueve. A pesar de la terrible destrucción de la Segunda Guerra Mundial, su PIB se multiplicó por cinco entre 1945 y 1979. En 1950, el PIB de la URSS era sólo el 33% del de los EEUU. Ya en el año 1979 alcanzó el 58%. A finales de la década de los 70, la Unión Soviética se había convertido en una potencia industrial formidable que en términos absolutos ya había superado al resto del mundo en toda una serie de sectores clave. La URSS era el mayor productor de petróleo, acero, cemento, asbestos, tractores y muchos bienes de equipo. La producción industrial de la URSS era la segunda después de la de EEUU.

Pero el alcance de estos logros no se expresa sólo en estas cifras. Todo esto se consiguió prácticamente sin inflación ni paro. El desempleo como el que existía en Occidente era desconocido en la Unión Soviética. De hecho, era legalmente un delito (irónicamente esta ley sigue vigente hoy en día aunque no signifique nada). Podía haber ejemplos individuales fruto de una mala administración económica o de personas que entraban en conflicto con las autoridades y se les privaba de empleo, pero estos fenómenos no se derivaban del carácter de la economía planificada y tenían un mero carácter fortuito. No tenían nada en común ni con el desempleo cíclico del capitalismo ni con el cáncer orgánico que ahora está afectando al conjunto del mundo occidental y que actualmente condena a 35 millones de personas, sólo en los países de la OCDE, a una vida de ociosidad forzosa

Además, durante la mayor parte del período posterior a la guerra, hubo poca o ninguna inflación. La burocracia aprendió la verdad de la advertencia de Trotsky de que “la inflación es la sífilis de una economía planificada”. Después de la Segunda Guerra Mundial, la mayor parte del tiempo se cuidó en asegurar que la inflación se mantuviera bajo control. Este fue particularmente el caso con los precios de los artículos básicos de consumo. Antes de la Perestroika (Reconstrucción, en ruso), a mediados de los años 80, la última vez que se incrementaron los precios de la carne y de los productos lácteos fue en 1962. El precio del pan, el azúcar y la mayoría de los alimentos había aumentado la última vez en 1955. Los alquileres eran extremadamente bajos, particularmente en comparación con Occidente, donde la mayoría de los trabajadores tenían que dedicar un tercio o más de su salario al pago de la vivienda. Sólo en el último período, con el caos de la Perestroika, esto se desmoronó. En la carrera hacia una economía de mercado, tanto el desempleo como la inflación se dispararon a niveles sin precedentes.

La URSS tenía un presupuesto equilibrado e incluso un pequeño superávit cada año. Es interesante señalar que ni un solo gobierno occidental logró este resultado (como lo demuestran las condiciones de Maastricht), así como no lograron el pleno empleo ni la anulación de la inflación, cosas que sí consiguió la Unión Soviética. Los críticos occidentales de la Unión Soviética se mantuvieron muy callados acerca de esto, porque demostró las posibilidades incluso de una economía de transición, no ya socialista.

De un país atrasado, semi-feudal, principalmente analfabeto, en 1917, la URSS se convirtió en una economía moderna y desarrollada, poseía un cuarto de los científicos del mundo, un sistema de salud y educación igual o superior a cualquiera de los países de Occidente, lanzó el primer satélite espacial y puso al primer hombre en el espacio. En la década de 1980, la URSS tenía más científicos que los Estados Unidos, Japón, Gran Bretaña y Alemania juntos. Sólo recientemente Occidente se vio obligado a admitir a regañadientes que el programa espacial soviético estaba muy por delante del de los Estados Unidos. El hecho de que Occidente todavía tenga que usar cohetes rusos para poner hombres y mujeres en el espacio es una prueba suficiente de esto.

Las mujeres y la Revolución de Octubre

El gran socialista utópico francés Fourier consideraba la posición de la mujer como el indicador más gráfico del progreso o no de un régimen social. El intento de introducir el capitalismo en Rusia ha tenido las consecuencias más calamitosas a este respecto. Todos los avances de la Revolución Rusa, que, por cierto, fueron iniciados por las trabajadoras textiles en el Día Internacional de la Mujer, están siendo sistemáticamente eliminados. La cara reaccionaria del capitalismo se revela gráficamente en la posición de las mujeres en Rusia.

La revolución bolchevique sentó las bases para la emancipación social de la mujer y, aunque la contrarrevolución política estalinista representó un retroceso parcial, es innegable que las mujeres de la Unión Soviética hicieron avances colosales en la lucha por la igualdad. “La Revolución de Octubre cumplió honestamente sus obligaciones en relación con la mujer”, escribió Trotsky. “El joven gobierno no sólo le dio todos los derechos políticos y legales en igualdad con el hombre, sino que, lo más importante, hizo todo lo posible, y en todo caso incomparablemente más que cualquier otro gobierno, para asegurarle el acceso a todas las formas de trabajo económico y cultural”.

La Revolución de Octubre fue un hito en la lucha por la emancipación de las mujeres. Antes de eso, bajo el zarismo, las mujeres eran consideradas como meros apéndices del hogar. Las leyes zaristas permitían explícitamente a un hombre usar la violencia contra su esposa. En algunas zonas rurales, las mujeres se veían obligadas a usar el velo y se les impedía aprender a leer y escribir. Entre 1917 y 1927, se aprobó toda una serie de leyes que daban a las mujeres igualdad formal con los hombres. El programa del Partido Comunista de 1919 proclamó audazmente: “No limitándose a la igualdad formal de las mujeres, el partido se esfuerza por liberarlas de las cargas materiales del trabajo doméstico obsoleto reemplazándolo por casas comunales, comedores públicos, lavanderías, etc.”

Las mujeres ya no estaban obligadas a vivir con sus maridos o acompañarlos si un cambio de trabajo significaba un cambio de casa. Se les otorgó iguales derechos para ser cabeza de familia y recibir el mismo salario. Se prestó atención al papel de las mujeres en la maternidad y se introdujeron leyes especiales de maternidad, que prohibían largas horas de trabajo nocturno, así como permisos remunerados para el parto, subsidios familiares y guarderías. El aborto fue legalizado en 1920, se simplificó el divorcio y se introdujo el registro civil del matrimonio. También se abolió el concepto de hijos ilegítimos. En palabras de Lenin: “En el sentido literal, no dejamos un solo ladrillo de las leyes despreciables que colocaban a las mujeres en un estado de inferioridad en comparación con los hombres…”.

Se realizaron avances materiales para facilitar la plena participación de las mujeres en todos los ámbitos de la vida social, económica y política: la provisión de comidas escolares gratuitas, leche para niños, alimentos especiales y pañales para niños necesitados, centros de consultas de embarazo, guarderías y otras instalaciones. Es cierto que la aparición del estalinismo introdujo una serie de contra-reformas en el ámbito social, que afectaron drásticamente la posición de las mujeres. Pero con la muerte de Stalin, el crecimiento económico de la posguerra permitió una mejora general constante: la jubilación a los 55 años, la no discriminación en la remuneración y las condiciones de empleo y el derecho de las mujeres embarazadas a trabajar en trabajos más ligeros con permiso de maternidad totalmente remunerada 56 días antes y 56 días después del nacimiento del niño. La nueva legislación en 1970 abolió el trabajo nocturno y el trabajo subterráneo para las mujeres. El número de mujeres en la educación superior como porcentaje del total aumentó del 28% en 1927, al 43% en 1960, y al 49% en 1970. Los únicos países del mundo donde las mujeres constituían más del 40% del total de los matriculados en la educación superior eran Finlandia, Francia y los Estados Unidos.

Hubo mejoras en la atención preescolar de los niños: en 1960, había 500.000 guarderías, pero en 1971 había aumentado a más de cinco millones. Los enormes avances de la economía planificada, con las consiguientes mejoras en la atención de la salud, se reflejaron en la duplicación de la esperanza de vida de las mujeres pasando de 30 a 74 años y en la reducción de la mortalidad infantil en un 90%. En 1975, el número de mujeres que trabajaban en educación había aumentado al 73%. En 1959, un tercio de las mujeres ocupaban puestos de trabajo donde el 70% de la mano de obra eran mujeres, pero en 1970 esa cifra había aumentado al 55%. En ese momento, el 98% de las enfermeras eran mujeres, al igual que el 75% de los profesores, el 95% de los bibliotecarios y el 75% de los médicos. En 1950, había 600 mujeres doctores en ciencias, pero en 1984 había subido a 5.600.

La restauración capitalista revirtió rápidamente los logros del pasado, llevando a las mujeres a una posición de esclavitud abyecta en el nombre hipócrita de la “familia”. La mayor parte de la carga de la crisis se está colocando sobre los hombros de las mujeres.

¿Por qué colapsó la Unión Soviética?

A pesar de estos éxitos extraordinarios, la URSS colapsó. La cuestión que debe abordarse es por qué ocurrió esto. Las explicaciones de los “expertos” capitalistas son tan predecibles, como huecas. El socialismo (o comunismo) fracasó. Fin de la historia. Sin embargo, las explicaciones de los líderes obreros, tanto del ala izquierda y como del sector más derechista, no son mucho mejores. Los reformistas de derecha como siempre, simplemente repiten los puntos de vista de la clase dominante. De los reformistas de izquierda solo obtenemos un silencio embarazoso. Los líderes de los partidos comunistas de Occidente, que ayer apoyaban de manera acrítica todos los crímenes del estalinismo, ahora tratan de distanciarse de un régimen desacreditado, pero no tienen ninguna respuesta a las preguntas de los jóvenes y trabajadores ,que exigen explicaciones serias.

Los logros de la industria soviética, la ciencia y la tecnología ya se han explicado. Pero había otra cara de la moneda. El Estado obrero democrático establecido por Lenin y Trotsky fue sustituido por el Estado burocrático monstruosamente deformado de Stalin. Esta fue una terrible regresión, lo que significaba la liquidación del poder político de la clase obrera, pero no de las conquistas socioeconómicas fundamentales de Octubre. Las nuevas relaciones de propiedad, que tuvieron su expresión más clara en la economía nacionalizada y planificada, se mantuvieron.

En la década de 1920 Trotsky escribió un pequeño libro con el título: ¿Hacia el socialismo o el capitalismo? Esa fue siempre la cuestión decisiva para la URSS. La propaganda oficial proclamaba que la Unión Soviética se estaba moviendo inexorablemente hacia la consecución del socialismo. En la década de 1960 Jruschov se jactaba de que el socialismo ya había sido alcanzado y que en la URSS se iba a construir una sociedad plenamente comunista en veinte años. Pero la verdad era que la Unión Soviética se estaba moviendo completamente en otra dirección.

El movimiento hacia el socialismo debe significar una reducción gradual de la desigualdad. Pero en la Unión Soviética la desigualdad se incrementaba continuamente. Un abismo se abría entre las masas y los millones de funcionarios privilegiados y sus esposas y niños con sus elegantes trajes, cochazos, y apartamentos y dachas confortables. La contradicción era aún más evidente, ya que contrastaba con la propaganda oficial sobre el socialismo y el comunismo.

Desde el punto de vista de las masas, el éxito económico no puede ser reducido a la cantidad de acero, cemento o electricidad producida. Los niveles de vida dependen sobre todo de la producción de mercancías que sean de buena calidad, baratas y fácilmente disponibles: ropa, zapatos, alimentos, lavadoras, televisores y productos similares. Pero en aquellos terrenos la URSS estaba muy por detrás de Occidente. Esto no habría sido tan grave, pero el hecho era que algunas personas tenían acceso a estas cosas mientras que a la mayoría se les negaba.

La razón por la que el estalinismo pudo durar tanto tiempo a pesar de todas las patentes contradicciones que creó, fue precisamente el hecho incontestable que durante décadas la economía nacionalizada y planificada logró avances extraordinarios. Pero el control asfixiante de la burocracia dio lugar a la corrupción, a una desastrosa administración, chapuzas y despilfarro a una escala colosal. Minó las conquistas de la economía planificada. En la medida en que la URSS se desarrollaba a un nivel superior, los efectos negativos de la burocracia tenían consecuencias aún más perjudiciales.

La burocracia siempre actuó como un freno para el desarrollo de las fuerzas productivas. Pero mientras que la tarea de la construcción de la industria pesada era relativamente simple, una economía moderna y sofisticada con sus complejas relaciones entre la industria ligera y pesada, la ciencia y la tecnología no se puede ejecutar por decreto burocrático sin causar gravísimas interrupciones. Los costos de mantenimiento de un enorme gasto militar así como los gastos de mantenimiento del control sobre Europa del Este impusieron nuevas presiones a la economía soviética.

Con todos los recursos colosales que disponía, la poderosa base industrial y el ejército de técnicos cualificados y científicos, la burocracia fue incapaz de lograr los mismos resultados que Occidente. En los campos vitales de la productividad y los niveles de vida, la Unión Soviética se quedó atrás. La razón principal fue la carga colosal impuesta a la economía soviética por la burocracia –los millones de funcionarios codiciosos y corruptos que administraban la Unión Soviética sin ningún control por parte de la clase obrera.

Como resultado de esto, la Unión Soviética se estaba quedando atrás de Occidente. Mientras las fuerzas productivas en la URSS continuaban desarrollándose, la tendencia pro-capitalista era insignificante. Pero el estancamiento del estalinismo transformó por completo la situación. A mediados de la década de 1960, el sistema de economía planificada burocráticamente controlada llegó a su límite. Esto se expresaba gráficamente por una fuerte caída en la tasa de crecimiento en la URSS, que disminuyó continuamente durante la década de 1970, cercanos a cero bajo Breznev. Una vez que la Unión Soviética fue incapaz de obtener mejores resultados que el capitalismo, esto selló su destino.

Fue en este punto que Ted Grant llegó a la conclusión de que la caída del estalinismo era inevitable, una brillante predicción que hizo ya en 1972. Desde un punto de vista marxista, tal perspectiva era ineludible. El marxismo explica que en última instancia la viabilidad de un sistema socioeconómico determinado depende de su capacidad para desarrollar las fuerzas productivas. En el libro Rusia: de la revolución a la contrarrevolución explica todo el proceso con gran detalle, y muestra cómo en el período posterior a 1965, la tasa de crecimiento de la economía soviética comenzó a disminuir. Entre 1965 y 1970, la tasa de crecimiento fue del 5,4 por ciento. Durante el próximo período de siete años, entre 1971 y 1978, la tasa media de crecimiento fue sólo del 3,7 por ciento.

Esto era comparable al promedio de 3,5 por ciento para las economías capitalistas avanzadas de la OCDE. En otras palabras, la tasa de crecimiento de la Unión Soviética ya no era mucho más alta que el alcanzado en el capitalismo, una situación desastrosa. Como resultado, la contribución de la URSS a la producción mundial total disminuyó de hecho ligeramente, del 12,5 por ciento en 1960 al 12,3 por ciento en 1979. En el mismo periodo, Japón aumentó su participación del 4,7 por ciento al 9,2 por ciento. Toda la palabrería de Kruschev sobre alcanzar y adelantar al imperialismo americano se evaporaró en el aire. Posteriormente, la tasa de crecimiento en la Unión Soviética continuó cayendo hasta que al final del período de Brezhnev, (el “período de estancamiento”, como fue bautizado por Gorbachov) se redujo a cero.

Una vez llegado a esta etapa, la burocracia dejó de jugar el todavía relativamente papel progresista que había desempeñado en el pasado. Esta es la razón por la cual el régimen soviético entró en crisis. Ted Grant fue el único marxista que llegó a esta lógica conclusión. Explicó que una vez que la Unión Soviética no podía obtener mejores resultados que el capitalismo, el régimen estaba condenado. Por el contrario, todas las otras tendencias, desde la burguesía a los estalinistas, daban por sentado que los regímenes aparentemente monolíticos en Rusia, China y Europa del Este iban a durar casi indefinidamente.

La contra-revolución política llevada a cabo por la burocracia estalinista en Rusia liquidó por completo el régimen de democracia soviética de los trabajadores, pero no destruyó las nuevas relaciones de propiedad establecidas por la revolución de octubre. La burocracia gobernante se basaba en la economía nacionalizada y planificada y jugó un papel relativamente progresista en el desarrollo de las fuerzas productivas, aunque tres veces al costo del capitalismo, con tremendo despilfarro, corrupción y mala gestión, como Trotsky señaló incluso antes de la guerra, cuando la economía estaba avanzando un 20 por ciento al año.

Pero a pesar de sus éxitos, el estalinismo no logró resolver los problemas de la sociedad. En realidad, representaba una monstruosa anomalía histórica, el resultado de una concatenación histórica peculiar de circunstancias. La Unión Soviética de Stalin se basaba en una contradicción fundamental. La economía nacionalizada y planificada estaba en contradicción con el Estado burocrático. Incluso en la época de los primeros planes quinquenales, el régimen burocrático era responsable de pérdidas colosales. Esta contradicción no desapareció con el desarrollo de la economía, sino que, por el contrario, ésta se hacía cada vez más insoportable hasta que finalmente el sistema se derrumbó por completo.

Esto es asumido por todo el mundo. Sin embargo, ser sabios sobre el pasado es relativamente fácil. No es tan fácil predecir los procesos históricos de antemano, pero esto fue ciertamente el caso en los notables escritos de Ted Grant sobre Rusia, que trazaron con precisión gráfica la caída del estalinismo y predijeron su resultado. Sólo en estos escritos nos encontramos con un análisis exhaustivo de las causas de la crisis del régimen burocrático, que aún hoy en día sigue siendo un libro sellado con siete sellos para todos los otros comentaristas de los acontecimientos de la antigua URSS.

El análisis de Trotsky

El punto de partida del libro Rusia de la revolución a la contrarrevolución fue el brillante análisis realizado por León Trotsky en su obra maestra La revolución traicionada, escrita en 1936, que aún hoy en día conserva todo su vigor y relevancia original. Nadie que seriamente quiera entender lo que ha sucedido en Rusia puede pasar por alto este gran trabajo de análisis marxista. Sin embargo, por razones comprensibles, Trotsky no proporcionó un análisis acabado, de una vez y para siempre de la naturaleza de clase del estado soviético, pero dejó abierta la cuestión de qué dirección tomaría finalmente.

El gran marxista ruso entendió que el destino de la Unión Soviética estaría determinado por la lucha de las fuerzas vivas, que estaban a su vez inseparablemente conectadas con los movimientos a escala mundial: tales acontecimientos no se podían predecir de manera precisa. De hecho, la forma peculiar en que la Segunda Guerra Mundial se desarrolló tuvo un efecto decisivo en el destino de la Unión Soviética, que nadie anticipó. Trotsky escribió:

“Es imposible en la actualidad responder final e irrevocablemente la pregunta de en qué dirección las contradicciones económicas y sociales de los antagonismos de la sociedad soviética se desarrollarán en el transcurso de los próximos tres, cinco o diez años. El resultado depende de la lucha de las fuerzas sociales –no a nivel nacional, sino más bien a nivel internacional. En cada nueva etapa, por lo tanto, un análisis concreto es necesario de las relaciones reales y tendencias en su conexión e interacción continua” (Trotsky, La revolución traicionada, p. 49).

Trotsky tuvo la precaución de colocar un signo de interrogación sobre el futuro del Estado soviético. Su predicción fue que la burocracia estalinista con el fin de preservar sus privilegios, “inevitablemente, en las etapas futuras para asegurar su posición, restablecería las relaciones capitalistas de propiedad”, se demostró que fue absolutamente correcta. El espectáculo repugnante de líderes, gerentes y funcionarios de toda la vida del Partido Comunista, rompiendo su carnet del partido para transformarse abiertamente en “empresarios”, con la misma facilidad que un hombre pasa de un compartimento de un tren a otro, muestra hasta qué punto el régimen estalinista era ajeno al genuino socialismo.

Trotsky no esperaba que el régimen estalinista durará tanto como lo hizo. Es cierto que en su última obra, Stalin, sí sugirió que el régimen podría durar décadas en su forma actual, pero el libro estaba sin terminar en el momento de su asesinato, y no pudo desarrollar esta idea. La Unión Soviética emergió fortalecida enormemente de la Segunda Guerra Mundial. El régimen estalinista, que Trotsky consideraba como una aberración histórica temporal, sobrevivió durante décadas. Esto tuvo un efecto profundo, sobre todo, sobre la conciencia de las masas y de la propia burocracia.

Trotsky tenía la esperanza que el régimen estalinista sería derrocado por una revolución política de la clase obrera. Pero si esto no sucedía, se planteó la posibilidad en una cierta etapa que el proceso de contrarrevolución burocrática conduciría a la destrucción de las relaciones de propiedad establecidas por la revolución de octubre:

“La contrarrevolución se pone en funcionamiento cuando el motor de las conquistas sociales progresistas se empieza a desmontar. Parece que no hay fin a este desmontaje. Sin embargo, una parte de las conquistas de la revolución siempre se conserva. Por lo tanto, a pesar de las distorsiones burocráticas monstruosas, la base de clase de la URSS sigue siendo proletaria. Pero debemos tener en cuenta que el proceso de desmontaje aún no se ha completado, y el futuro de Europa y del mundo durante las próximas décadas, todavía no se ha decidido. El Termidor ruso, sin duda, abriría una nueva era de dominación burguesa, si esta no se hubiese demostrado obsoleta en todo el mundo. En cualquier caso, la lucha contra la igualdad y el establecimiento de diferenciaciones sociales muy profundas, hasta ahora, ha sido incapaz de eliminar la conciencia socialista de las masas o la nacionalización de los medios de producción y de la tierra, que eran las conquistas socialistas básicas de la revolución. A pesar de menospreciar estos logros, la burocracia aún no se ha aventurado a recurrir a la restauración de la propiedad privada de los medios de producción”. (Ibid., Pp. 405-6)

La perspectiva de la restauración capitalista en Rusia y sus repercusiones fue explicado con una notable previsión por Trotsky en 1936:

“Un colapso del régimen soviético provocaría inevitablemente el colapso de la economía planificada, y por lo tanto la abolición de la propiedad estatal. El lazo obligado entre los trusts y las fábricas en el seno de los primeros, se rompería. Las empresas más exitosas tendrían éxito en su camino de independencia. Podrían convertirse en sociedades por acciones, o podrían encontrar cualquiera otra forma de transición de la propiedad  tal como en la que los trabajadores participan en las ganancias. Las granjas colectivas se desintegrarían al mismo tiempo y con mucha más facilidad. La caída de la dictadura burocrática actual, si no se sustituye por un nuevo poder socialista, significaría por lo tanto un retorno a las relaciones capitalistas con una caída catastrófica de la economía y de la cultura”. (León Trotsky, La revolución traicionada, pp. 250-1)

Lo que sorprende es la forma brillante en la que Trotsky anticipó las principales líneas de lo que realmente ocurrió en Rusia. En completo contraste con la claridad del enfoque de Trotsky vemos la quiebra teórica y práctica de la teoría del “capitalismo de Estado”, que en diferentes formas ha ocupado las mentes de diferentes sectas ultraizquierdistas durante décadas. Después de la Segunda Guerra Mundial Ted Grant desarrolló y extendió el análisis del bonapartismo proletario de Trotsky, en particular La teoría marxista del Estado, la cual demolió totalmente la idea del capitalismo de Estado en Rusia.

De acuerdo con esta “teoría”, el régimen de la URSS ya era capitalista hace mucho tiempo ¿Por qué, entonces, debían los trabajadores molestarse en defender las viejas formas de propiedad estatal (capitalismo de Estado) contra la burguesía naciente, ya que no hay diferencia entre ellos? Esta línea de argumentación, que desarma completamente a la clase obrera frente a la contrarrevolución capitalista, es un claro ejemplo de cómo una teoría falsa conduce inevitablemente a un desastre en la práctica.

La crisis del estalinismo no tenía nada en común con la crisis del capitalismo (o “capitalismo de estado”). Esto último es el resultado de la anarquía del mercado y de la propiedad privada. Pero no había nada parecido a una crisis de sobreproducción en el caso de la URSS, que se basaba en una economía nacionalizada y planificada, aunque afligida con todos los males de la burocracia, la corrupción y la mala administración.

A esto hay que añadir el carácter limitativo del Estado-nación, que ha sobrevivido a su utilidad y se ha convertido en una traba gigantesca para el desarrollo de las fuerzas productivas. Esto explica por qué todos los países, incluso la mayor superpotencia, están obligados a participar en el mercado mundial. Esto fue predicho por anticipado por Marx. Es también la razón por la cual la idea del socialismo en un solo país es una utopía reaccionaria.

Caricatura de socialismo

Lo que fracasó en Rusia y Europa del Este no fue el comunismo ni el socialismo, de la manera entendida por Marx o Lenin, sino una caricatura burocrática y totalitaria. Lenin explicó que el movimiento hacia el socialismo requiere el control democrático de la industria, la sociedad y el Estado por parte del proletariado. El verdadero socialismo es incompatible con el gobierno de una élite burocrática privilegiada, lo que inevitablemente se acompaña de colosal corrupción, nepotismo, despilfarro, mala gestión y caos.

Las economías nacionalizadas y planificadas de la URSS y Europa del Este lograron resultados sorprendentes en los campos de la industria, la ciencia, la salud y la educación. Pero, como Trotsky predijo ya en 1936, el régimen burocrático en última instancia, socavó la economía nacionalizada y planificada y preparó el camino para su colapso y el retorno del capitalismo.

¿Cuál es el balance de la revolución de octubre y el gran experimento de la economía planificada que le siguió? ¿Qué implicaciones tienen para el futuro de la humanidad? Y qué conclusiones pueden extraerse de éstas? La primera observación debe ser evidente por sí misma. Tanto como si se está a favor o en contra de la Revolución de Octubre, no puede haber ninguna duda de que este único acontecimiento cambió el curso de la historia del mundo en una forma sin precedentes, todo el siglo XX estuvo dominado por sus consecuencias. Este hecho es reconocido incluso por los comentaristas más conservadores y quienes son hostiles a la Revolución de Octubre.

Huelga decir que el autor de estas líneas es un firme defensor de la revolución de octubre. Lo considero como el mayor acontecimiento único en la historia humana. ¿Por qué digo esto? Porque aquí por primera vez, si excluimos a ese evento glorioso, pero efímero, que fue la Comuna de París, millones de hombres y mujeres comunes derrocaron a sus explotadores, tomó su destino en sus propias manos, y por lo menos comenzaron la tarea de transformar la sociedad.

Que esta tarea, en condiciones específicas, se desvió a través de canales imprevistos por los líderes de la revolución, no invalida las ideas de la Revolución de Octubre, ni disminuye la importancia de las conquistas colosales hechas por la URSS durante los 70 años que siguieron.

Los enemigos del socialismo responderán con desprecio que el experimento terminó en un fracaso. Contestamos con las palabras de ese gran filósofo, Spinoza, que nuestra tarea no es ni llorar ni reír, sino entender. Sin embargo, uno puede buscar en vano en todos los escritos de los enemigos burgueses del socialismo, una explicación seria de lo que ocurrió en la Unión Soviética. Sus llamados análisis carecen de toda base científica porque están motivados por el odio ciego que refleja claramente los intereses de clase.

No fue la burguesía degenerada de Rusia, que fue arrojada al basurero de la historia en octubre de 1917, sino la economía nacionalizada y planificada lo que condujo a Rusia a la era moderna, a la construcción de fábricas, carreteras y escuelas, a la educación de los hombres y las mujeres, creando brillantes científicos, edificaciones, el ejército que derrotó a Hitler y puso al primer hombre en el espacio.

A pesar de los crímenes de la burocracia, la Unión Soviética se transformó rápidamente de una economía atrasada semifeudal en una nación industrial avanzada, moderna. Al final, sin embargo, la burocracia no estaba satisfecha con la colosal riqueza y los privilegios que había obtenido a través del saqueo del Estado soviético. Como predijo Trotsky, la burocracia se pasó al campo de la restauración capitalista, transformándose de una casta parasitaria a una clase dominante.

El movimiento hacia el capitalismo ha significado un gigantesco paso atrás para el pueblo de Rusia y las antiguas repúblicas de la URSS. La sociedad retrocedió hacia un abismo y tuvo que aprender todas las ventajas de la civilización capitalista: el fanatismo religioso, la prostitución, las drogas, y todas las otras “bondades” del capitalismo. Por el momento, el régimen de Putin ha logrado consolidarse. Pero su aspecto de fortaleza es ilusorio. El capitalismo ruso, al igual que la cabaña en el cuento de hadas ruso, está construido sobre patas de gallina.

El talón de Aquiles del capitalismo ruso es que ahora está vinculado por un cordón umbilical a la suerte del capitalismo mundial. Está sujeto a todas las tormentas y tensiones de un sistema que se encuentra en una crisis terminal. Esto tendrá un impacto profundo en Rusia, tanto económica como políticamente. Tarde o temprano, los trabajadores rusos se recuperarán de los efectos de la derrota y pasarán a la acción. Cuando esto suceda se volverán a descubrir rápidamente las tradiciones de la Revolución de Octubre y las ideas genuinas del bolchevismo. Ese es el único camino a seguir por los trabajadores de Rusia y de todo el mundo.

(Fotografía: Lenin y Trotsky junto a un grupo de bolcheviques en Petrogrado, 1917)

 

 

Lo que los medios no dicen sobre las causas del Brexit

Vicenç Navarro


Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra

 

No hay pleno conocimiento y conciencia en las estructuras de poder político y mediático (que en terminología anglosajona se llama el establishment político-mediático) que gobiernan las instituciones de la Unión Europea, así como las que gobiernan en la mayoría de países que constituyen tal Unión, de lo que ha estado ocurriendo en la UE y las consecuencias que las políticas propuestas e impuestas por tales establishments han estado teniendo en las clases populares de los países miembros. Durante estos años, después del establecimiento de la Unión, se ha ido germinando un descontento entre estas clases populares (es decir, entre las clases trabajadoras y las clases medias de renta media y baja) que aparece constantemente y que amenaza la viabilidad de la UE.

 

El rechazo de las clases populares a la UE

Indicadores de tal descontento han aparecido ya en muchas ocasiones. Una de las primeras fue el resultado del referéndum que se realizó en varios países de la UE que, por mandato constitucional, tenían que hacer para poder aprobar la Constitución europea. En todos los países donde se realizó el referéndum, la clase trabajadora votó en contra. Los datos son claros y contundentes. En Francia, votaron en contra el 79% de trabajadores manuales, el 67% de los trabajadores en servicios y el 98% de los trabajadores sindicalizados; en Holanda, el 68% de los trabajadores; y en Luxemburgo, el 69%. Incluso en los países en los que no hubo referéndum, las encuestas señalaban que, por ejemplo en Alemania, el 68% de los trabajadores manuales y el 57% de los trabajadores en servicios hubieran votado en contra. Unos porcentajes parecidos se dieron también en Suecia, donde el 74% de los trabajadores manuales y el 54% de los trabajadores en servicios también hubieran votado en contra. Y lo mismo ocurrió en Dinamarca, donde el 72% de los trabajadores manuales hubieran también votado en contra.

 

El rechazo a la UE por parte de la clase trabajadora ha ido aumentando

Otro dato que muestra tal rechazo fue el surgimiento de partidos que explícitamente rechazaron la Unión Europea, partidos cuya base electoral fue precisamente la clase obrera y otros segmentos de las clases populares que antes, históricamente, habían votado a partidos de izquierdas, siendo el caso más conocido (pero no el único) el del partido liderado por Le Pen y que, según las encuestas, podría ganar las próximas elecciones en Francia. En realidad, la identificación de los partidos de izquierda tradicionales con la Unión Europea (y con las políticas neoliberales promovidas por el establishment de tal Unión) ha sido una de las mayores causas del enorme bajón electoral de estos partidos en la UE (y, muy en particular, entre las bases electorales que les habían sido más fieles, es decir, entre las clases trabajadoras). Para que baste un ejemplo, en Francia, si la mitad de los votos (predominantemente de la clase trabajadora) que habían apoyado al partido de Le Pen hubieran sido para la candidata socialista Ségolène Royal, ésta hubiera sido elegida Presidenta de Francia. En paralelo con la pérdida de apoyo electoral, los partidos socialdemócratas en la UE perdieron también gran número de sus militantes. El caso más dramático fue el del Partido socialdemócrata alemán que, junto con la pérdida de apoyo electoral, perdió casi la mitad de sus militantes, de 400.000 en 1997 a 280.000 miembros en 2008.

 

La evidencia es pues abrumadora que la identificación de tales partidos de izquierda (la mayoría de los cuales han sido partidos gobernantes socialdemócratas que han jugado un papel clave en el desarrollo de las políticas públicas promovidas por la UE) con la Unión ha sido una de las principales causas de su enorme deterioro electoral y de la pérdida de su militancia.

 

El rechazo a la UE ha ido aumentando más y más entre las clases populares, a la vez que ha ido aumentado el apoyo entre las clases más pudientes

Por desgracia, las encuestas creíbles y fiables sobre la UE (que son la minoría, pues la gran mayoría están realizadas o financiadas por organismos de la UE o financiadas por instituciones próximas) no recogen los datos de la opinión popular sobre la UE según la clase social. Sí que los recogen por país, y lo que aparece claramente en estas encuestas es que la popularidad de la UE está bajando en picado. Según la encuesta de la Pew Research Center, las personas que tienen una visión favorable de la UE ha bajado en la gran mayoría de los 10 mayores países de la UE (excepto en Polonia). Este descenso, desde 2004 a 2016, ha sido menor en Alemania (de un 58% a un 50%) pero mayor en Francia (de un 78% a un 38%), en España (de un 80% a un 47%). Grecia es el país que tiene un porcentaje menor de opiniones favorables a la UE (un 27%).

Ahora bien, aunque raramente se recoge información por clase social, sí que se ha recogido el distinto grado de popularidad que la UE tiene según el nivel de renta familiar. Y, allí, los datos muestran que hay un gradiente, de manera que a mayor renda familiar, mayor es el apoyo a la UE. Es razonable, pues, suponer que la parte de la población que tiene una visión más desfavorable de la UE es la clase trabajadora y otros componentes de las clases populares.

 

Y lo que también aparece claro en varias encuestas es que una de las mayores causas de tal rechazo es la percepción que las clases populares tienen del impacto negativo que tiene, sobre su bienestar, la aplicación de las políticas propuestas por el establishment político-mediático de la UE. Esta percepción es mucho más negativa entre las clases populares (clase trabajadora y clases medias, de renda media y baja) que no entre las clases más pudientes. En realidad, el rechazo, siempre especialmente agudo entre las clases populares, es claramente mayoritario entre la gran mayoría de la población. Ahí vemos que, según la encuesta Pew, el 92% de la población en Grecia desaprueba la manera como la UE ha gestionado la crisis existente en Europa; tal porcentaje es de 68% en Italia, el 66% en Francia y el 65% en España, países donde precisamente el descenso del porcentaje de población con la opinión favorable de la UE ha sido mayor.

 

Este rechazo a la UE existe también entre la clase trabajadora del Reino Unido

Es en este contexto descrito en la sección anterior, que debe entenderse el rechazo de las clases populares del Reino Unido, rechazo que ha ido claramente acentuándose en los barrios obreros de aquel país, y muy en especial en Inglaterra y el País de Gales. El voto de rechazo a la permanencia en la UE procede en su mayoría de las clases populares. Y ha sido un voto no solo anti-UE pero también (y sobre todo) un voto anti-establishment británico y, muy en particular, anti-establishment inglés, siendo este último el centro del establishment británico, pues concentra los mayores centros financieros y económicos del país. El establishment británico y el establishment de la UE habían movilizado todo tipo de presiones (por tierra, mar y aire) a fin de que el referéndum fuera favorable a la pertenencia. De esta manera, es un claro signo de afirmación y poder que las clases populares se opusieran y ganaran al establishment. Por otra parte, los datos mostraban que lo que ha ocurrido, iba a ocurrir. La popularidad de la UE en el Reino Unido pasó de ser un 54% (ya uno de los más bajos de la UE) en 2004 a un 44% en 2016 (según Pew). En realidad, el Reino Unido es el país donde el porcentaje de población opuesta a dar mayor poder a la UE es mayor (65%) después de Grecia (68%) Y, según otras encuestas, el sector menos entusiasta con la UE eran las clases populares, que gradualmente han ido transfiriendo su apoyo electoral del Partido Laborista al partido UKIP (el partido anti EU).

 

La supuesta excepcionalidad de España

Es un dicho común en los mayores medios de comunicación que España es uno de los países más pro-EU, lo cual es cierto, pero solo en parte (lo mismo era cierto con Grecia). Es lógico que Europa, percibida durante muchos años como el continente punto de referencia para las fuerzas democráticas, por su condición democrática y su sensibilidad social, se convirtiera en el “modelo” a seguir por países como España, Portugal y Grecia, que sufrieron durante muchos años dictaduras de la ultraderecha, seriamente represivas y con escasísima conciencia social. Para los que luchamos contra la dictadura, Europa Occidental era un sueño a alcanzar.

 

Pero, debido al control o excesiva influencia del pensamiento neoliberal en el establishment político mediático de la UE (muy próximo al capital financiero y al capital exportador alemán, que ha estado configurando las políticas públicas neoliberales que los establishment político-mediáticos de cada país de la UE han hecho suyas), este sueño se ha convertido en una pesadilla para las clases populares, particularmente dañadas por tales políticas neoliberales. Las reformas laborales que han dañado el estándar de vida de estas clases y los recortes de gasto público, con el  debilitamiento de la protección social y del estado del bienestar, así como la desregulación en la movilidad del capital y del trabajo, han sido un ataque frontal a la democracia y al bienestar de las clases trabajadoras, realidad muy bien documentada (ver mi libro Ataque a la democracia y al bienestar. Crítica al pensamiento económico dominante, Anagrama, 2015). La pérdida de soberanía nacional que conlleva la UE ha significado la pérdida de soberanía popular, causa del deterioro de su bienestar. La evidencia de que ello es así es contundente, clara y convincente. Es más que obvio que esta Europa no es la Europa de los pueblos, sino la Europa de las empresas financieras y de los grandes conglomerados económicos.

 

¡No es chauvinismo lo que causa el rechazo a la UE!

Ante esta situación, el establishment político-mediático europeo quiere presentar este rechazo como consecuencia de un retraso cultural de las clases populares, todavía estancadas en un nacionalismo retrógrado, que incluye un chauvinismo anti-inmigrante que merece ser denunciado. John Carlin, en el El País, 24.06.16, define este rechazo (Brexit) como resultado “de la mezquindad, ignorancia, carácter retrógrado, xenofobia y tribal” de los que votaron en contra de la permanencia. Y así se está interpretando, por parte de la mayoría de los medios de comunicación europeos, el voto de rechazo a la UE por parte de las clases populares británicas. Este mensaje intenta ocultar las causas reales de tal rechazo, causas que he descrito en este artículo. Olvidan que, si bien todos los xenófobos votaron a favor de la salida del Reino Unido de la UE, no todos los que así votaron eran xenófobos.

 

En esta manipulación están participando poderes de la socialdemocracia europea que no han entendido todavía lo que está ocurriendo entre lo que solían ser sus bases. No quieren entender que el rechazo que está ocurriendo es hacia esta Europa que la socialdemocracia ha contribuido a crear, una Europa que carece de vocación democrática y sensibilidad social. El maridaje de los aparatos dirigentes de las socialdemocracias con los intereses financieros y económicos dominantes en la UE (y en cada país miembro) ha sido la causa de su gran declive, que todavía no entienden porque no quieren entenderlo. Lo que pasa en Francia, dónde hay un gobierno socialdemócrata que está intentando destruir a los sindicatos (como la señora Thatcher hizo en el Reino Unido), o en España, dónde el PSOE fue el que inició las políticas de austeridad, son indicadores de esta falta de comprensión de lo que está ocurriendo en la UE, y que es el fracaso de las izquierdas para atender a las necesidades de las clases populares. De ahí la transferencia de lealtades que están ocurriendo, en lo que refiere a los partidos.

 

Es lógico y predecible que las políticas neoliberales y los partidos que las aplican sean rechazados por las clases populares, pues son éstas las que sufren más cada una de estas políticas, incluyendo la desregulación de la movilidad de capitales y del trabajo. Regiones enteras en el Reino Unido han sido devastadas, siendo sus industrias trasladadas al este de Europa, creando un gran desempleo en las regiones. Y la desregulación del mundo del trabajo, acompañada de la dilución, cuando no destrucción, de la protección social, ha creado una gran inestabilidad  y falta de seguridad laboral. En realidad, fueron las políticas del gobierno Blair y del gobierno Brown (1997-2010) las que sentaron las bases para este rechazo generalizado hacia la UE. Tales gobiernos de la Tercera Vía facilitaron la llegada de inmigrantes a los que los empresarios contrataron con salarios más bajos. Y así se inició el desapego con la Unión Europea (ver “Don’t blame Corbyn if Brexit wins”, Denis McShane).

 

En España, frente al descrédito del partido socialdemócrata (PSOE) debido, entre otras razones a su participación en la construcción de esta Europa, han aparecido una serie de fuerzas políticas, tanto en la periferia como en el centro (Unidos Podemos y confluencias), que están canalizando este desencanto popular acentuando, con razón, que esta no es tampoco nuestra Europa, y que se requieren cambios profundos para recuperar la Europa democrática y social a la que aspiramos y que debe construirse. Así de claro

 

(Fotografía, Bertrand Bigo)

Trabajadores Minera Escondida en pie de guerra: ¡vencer o morir!

por Gustavo Burgos

La huelga de los trabajadores el sindicato de Minera Escondida ha sacudido el mercado del cobre a nivel mundial, subiendo el precio de cotización del metal rojo a precios del 2015.

 

La Escondida produce más de un millón de toneladas métricas del metal al año, 679.000 toneladas de concentrado y 312.000 toneladas de cátodos de cobre, y responde por el 5% de la producción mundial. Así que la huelga de una diez días de duración de 2.500 trabajadores ya ha costado unas 30.000 toneladas, suficiente para cablear un millón y medio de automóviles. Esta caída en la producción colisiona con las necesidades chinas y el programa de obras públicas de Trump.

 

Durante estos diez días los 2500 trabajadores movilizados han acampado a la entrada de la mina –a 3100 metros de altura en el desierto de Atacama- con la finalidad de evitar la intromisión de rompehuelgas, ladrones y provocadores de la patronal. Las charlas con los compañeros, las pantallas de televisión gigantes instaladas en una sala improvisada en una gran carpa protegida del clima inclemente del desierto y la participación en los bloqueos de los accesos al yacimiento permiten mantenerse ocupado a los trabajadores en conflicto.

 

La participación en la huelga se hace siguiendo los turnos de trabajo, de diez horas diarias/siete días a la semana y descanso otra semana. En total, 1250 trabajadores participan en cada turno. Se trata de una medida elemental para garantizar que la paralización de faenas presione a la multinacional, australiana-británica, BHP Billiton a negociar.

 

Los trabajadores reunieron un fondo de $280.000.000.- para sustentarse durante el tiempo que dure la huelga, exigen un reajuste salarial de 7% y un bono de unos $28.000.000.- También acusan a la empresa de intentar reducir sus sueldos e implementar cláusulas discriminatorias en los contratos de los nuevos trabajadores.

La empresa, que rechaza estas demandas, paralizó sus operaciones por 15 días y conformó una comisión de emergencia para resguardar las instalaciones y el personal externo que aún opera en la mina, quienes se encargan de labores de mantenimiento y limpieza.

 

La línea de la empresa ha sido inflexible y ha reducido su participación en la negociación a cuestiones de orden formal –como su concurrencia a los “buenos oficios” en la Inspección del Trabajo- poniendo en evidencia de que se dispone a quebrar al movimiento. Los planes patronales son reducir los beneficios que conquistaron los trabajadores en los tiempos de bonanza del cobre, cuando una tonelada se pagaba casi al doble del precio actual, descargando la crisis sobre las espaldas de los mineros.

 

En tono desafiante, Carlos Allendes, vocero de los huelguistas, planteó que “la huelga no se depone, porque no le creemos a la compañía”. Aseguró que “la empresa me hizo levantar el fusil y yo lo voy a mantener cargado” refiriéndose a que la huelga no se baja hasta firmar el acuerdo que ellos demandan.

 

Sin embargo, el viernes 16 recién pasado, el Juzgado del Trabajo de Antofagasta dio lugar a una medida cautelar que ordena a los trabajadores a disponer de 80 trabajadores, distribuidos en cuatro turno, para equipos de emergencia ante “la existencia de daños actuales en los bienes del empleador por la huelga y otros inminentes que pueden poner en riesgo la salud o integridad de las personas, y/o bienes que se encuentren en las dependencias de Minera Escondida”, según se lee en la resolución judicial. La empresa se ha anotado un triunfo y con ello se juega a contraponer a los huelguistas con el resto de los trabajadores subcontratados, difundiendo la especie de que las demandas de los movilizados son desmedidas.

 

Patrones y trabajadores saben que se trata de un conflicto de largo aliento. Esta huelga es una pelea de fondo y que se ubica al inicio de un conjunto de negociaciones colectivas que durarán, según informa la página del Consejo Minero, todo el año en la gran minería: Zaldivar julio 2017; Glencore Altonorte septiembre 2017; Anglo American, Glencore, Collahuasi octubre 2017; Teck Resources Ltd. Quebrada Blanca noviembre de 2017; Lundin Mining Corp. Candelaria diciembre 2017.

 

Por todo lo expuesto, la huelga de Minera Escondida ha sacudido el mercado del cobre, pero no sólo eso, esta huelga sacude también a la sociedad en su conjunto, por ser una aguda expresión de lucha de clases.

 

Veamos. BHP Billiton no quiere negociar, los trabajadores hablan de una huelga que podría llegar fácilmente a abril. Aún resuena en la memoria de las partes la huelga de 25 días del 2006. La empresa cuenta con tres poderosas herramientas para imponerse: la legislación y los tribunales de justicia que están concebidos para aislar y debilitar al movimiento obrero como movimiento de clase; la institucionalidad, los partidos políticos del régimen (Derecha y NM) y el Gobierno, que observan el conflicto con imparcialidad por tratarse de un asunto privado; los medios de comunicación, que difunden la idea de que los mineros son una aristocracia obrera cuyas desmedidas pretensiones amenazan la economía nacional.

 

En resumen, los piratas de BHP Billiton cuentan a su haber con el aparato estatal burgués en su conjunto, mientras el conflicto logre encauzarse legalmente y, si por alguna razón la institucionalidad no fuese suficiente dispondrán de Carabineros, sus Fuerzas Especiales e inclusive del Ejército, si fuese necesario la declaración de un estado de excepción constitucional.

 

Hasta este punto, desde el siglo XIX, después de las masacres del tiempo del salitre, después de la dictadura de Pinochet, el movimiento obrero hasta nuestros días (tenemos en la memoria a Rodrigo Cisterna asesinado en el anterior gobierno de Bachelet), enfrenta -cada vez que sale al combate- a la burguesía en su conjunto, sus políticos, sus jueces y los matarifes de siempre. Por más que los reformistas, los cultores de la sociedad de derechos y los ciudadanistas, pretendan hacernos creer que los antagonismos sociales pueden resolverse mediante el accionar legislativo del Estado burgués, la realidad nos enseña una y otra vez que las normas jurídicas no resuelven los conflictos sociales, sino que se limitan a atemperarlos con la única finalidad de afirmar el dominio de la minoría explotadora sobre el conjunto de la sociedad.

 

Muy distinta es la situación del movimiento obrero, sin partidos de masas que expresen sus intereses de clase, sin organizaciones sindicales de alcance nacional, con la burocracia sindical usurpando la dirección de la CUT, los trabajadores vienen desde hace décadas protagonizando un lento despegue en sus movilizaciones. En efecto, como decíamos, la huelga de 25 días en Minera Escondida del 2006, marcó una inflexión para los trabajadores del sector y que importara –especialmente- el agrupamiento de los subcontratados del cobre y el inicio de un ascenso en la luchas del movimiento obrero. Por lo mismo, hablar de la huelga de la Minera Escondida es hacer referencia, una década después, de un movimiento que marca un camino y que obliga a quienes militamos en la clase obrera a apoyarla e instar por su triunfo. De la misma forma, la patronal, los medios de comunicación y el Gobierno, se van a jugar por el aislamiento y la derrota de este movimiento.

 

No se trata simplemente de expresar solidaridad. Es necesario que este movimiento sea impulsado como tendencia política, unificándose al conjunto de los reclamos de los trabajadores hoy en día. En estos momentos son miles más, en pequeños conflictos como los de Storage en Valparaíso, Buses Vule en Santiago o Molynor en Antofagasta, miles de trabajadores que salen a la huelga sin mayor herramienta que su coraje y disposición a enfrentar a los explotadores.

 

Esta tendencia debe fortalecerse y conformarse como movimiento. Precisamente la llamada “crisis de representatividad” de los partidos políticos del régimen y la baja participación en las elecciones, son una expresión aún pasiva de la ruptura de las masas con la democracia burguesa. La atomización del movimiento obrero, cuya mayor expresión es la descomposición de la CUT, sólo puede ser superada políticamente recuperando las organizaciones para las bases y desplegando un plan de lucha de alcance nacional cuyo punto de partida sea precisamente la nacionalización del cobre en base a la expropiación -bajo control obrero- de toda la gran minería del cobre. La lucha contra el capital monopólico financiero, responsable de las colusiones, de la corrupción, de los desastres ambientales, de la destrucción del agro, es una lucha de alcamce nacional. En esta perspectiva, la jornada de protesta del 26 de marzo convocada por el Movimiento NO+AFP debe transformarse en un resumidero de todas las luchas en curso: la madre de todas las batallas.

 

Cuando Carlos Allendes, vocero de los trabajadores de Minera Escondida, dice que su lucha es “vencer o morir” no está vociferando, está planteando en concreto la profundidad del problema político que enfrenta el movimiento obrero en nuestro país. Los nubarrones de la crisis económica internacional, que amenaza con hacernos volver al 2008, van a obligar a la burguesía chilena y al gran capital a declarar la guerra a los trabajadores y a descargar la crisis sobre la clase obrera.

 

Mientras buena parte de la izquierda aparece atrapada en cálculos electorales, formando frentes de una amplitud en la que tiene espacio hasta Patria y Libertad, resulta imprescindible abrir un debate de clase, de clase contra clase. Es imprescindible la articulación política de la militancia de izquierda y la formación de la misma, en el seno de la lucha de los trabajadores. La crisis no se resuelve con reformas al régimen burgués, máxime que el capitán del imperialismo –el payaso Donald Trump- ha declarado la guerra a los trabajadores de todo el orbe. No hay salida keynesiana para la catástrofe que se avecina, no hay otra alternativa que la revolución socialista. Los huelguistas de Minera Escondida tienen toda la razón, es vencer o morir.

 

(Fotografía: marcha huelguistas Minera Escondida, Tarapacá On Line)