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Centenario de la Revolución Rusa:”Se atrevieron”

 

por David Mandel //

Cien años después, la cuestión del legado histórico de la Revolución de Octubre sigue sin ser sencilla para los socialistas: el estalinismo pudo echar raíces menos de una década después de la Revolución y la restauración del capitalismo encontró poca resistencia popular setenta años después Seguir leyendo Centenario de la Revolución Rusa:”Se atrevieron”

La intelectualidad y la clase obrera en 1917 (IV)

por David Mandel//

Los trabajadores no traspasaron alegremente la última etapa de la toma del poder en octubre de 1917. En realidad, la mayor parte de ellos, aunque deseaban desesperadamente el poder de los soviets, dudaron y temporizaron ante la acción(vystuplenie). La insurrección fue el acto de una minoría decisiva de trabajadores, los que eran miembros o próximos del partido bolchevique (solo en la capital, el partido contaba en sus filas con 30 000 trabajadores). Cuando forzaron la decisión, la aplastante mayoría de los otros trabajadores dieron su apoyo. Pero en ese momento, los trabajadores estaban preocupados por su aislamiento político. En los días que siguieron a la insurrección se expresó un apoyo amplio de los trabajadores, también en las filas del partido bolchevique, a favor de la formación de un “gobierno socialista homogéneo”, es decir una coaliciónde todos los partidos socialistas, tanto de izquierda como de derecha.

Sin embargo, las negociaciones tendentes a formar un tal gobierno, emprendidas bajo los auspicios del Comité Ejecutivo Panruso del sindicato de los ferroviarios [Vikzhel], entonces dirigido por los mencheviques internacionalistas (mencheviques de izquierda), fracasaron por la negativa de los mencheviques moderados y los SR, así como de los que se encontraban a su derecha, a formar parte de un gobierno, a participar en un gobierno responsable única, o principalmente, ante los soviets. Un tal gobierno estaría compuesto en mayoría por bolcheviques, en la medida en que eran mayoritarios en el reciente Congreso de los Soviets. Tras esta negativa estaba la convicción de los socialistas moderados de que, sin el apoyo de la burguesía, la revolución estaría abocada al fracaso. Ligado a este aspecto estaba el temor de que el gobierno, dirigido por los bolcheviques, cuya base era obrera, emprendiese “experimentaciones socialistas”.

Cuando fracasaron las negociaciones, precisamente sobre la cuestión de la responsabilidad ante los soviets, los SR de izquierda decidieron participar en el gobierno de los soviets en coalición con los bolcheviques. Su periódico subrayaba que “incluso si hubiéramos llegado a la formación de un ‘gobierno homogéneo’, ello habría sido, en realidad, una coalición con la parte más radical de la burguesía” 1/. Pero los mencheviques-internacionalistas, el ala izquierda del partido menchevique que tomó pronto la dirección del partido, rechazó seguir a los SR de izquierda. En un artículo de título “2×2=5”, el economista menchevique-internacionalista V.L. Bazarov expresó su irritación ante lo que él consideraba una confusión de los trabajadores: llamaban a la formación de una coalición de todos los socialistas, pero querían una coalición que fuese responsable ante los soviets.

“[…]Se adoptan resoluciones que exigen inmediatamente la constitución de un gobierno democrático sobre la base de un acuerdo de todos los partidos socialistas y [al mismo tiempo] un reconocimiento del actual TsIK [CEC de los soviets de los diputados de trabajadores y soldados, elegido en el reciente Congreso de los soviets, ampliamente bolchevique] como si fuera el órgano ante el que debe ser responsable el gobierno […]. Pero, actualmente, un gobierno puramente soviético no puede ser más que bolchevique. Cada día que pasa se hace más claro el hecho de que los bolcheviques no pueden gobernar: los decretos se suceden en cadena y no pueden ser puestos en práctica […] Así, incluso aunque sea cierto lo que declaran los bolcheviques, es decir que las masas no están tras los partidos socialistas, compuestos exclusivamente de intelectuales, […] entonces incluso, serán necesarias amplias concesiones. El proletariado no puede dirigir sin la intelectualidad […] El TsIK debe ser únicamente una de las instituciones ante las que el gobierno es responsable 2/”.

Los mencheviques-internacionalistas compartían la opinión de los bolcheviques según la cual la burguesía era fundamentalmente contrarrevolucionaria. Sin embargo, compartían también la convicción del ala derecha de su propio partido de que una Rusia económicamente atrasada, muy ampliamente campesina, no disponía de las condiciones sociales y políticas favorables al socialismo. En consecuencia, mientras que los mencheviques más a la derecha, en paralelo con los SR, continuaban a llamar a una coalición con los representantes de la burguesía, los mencheviques-internacionalistas subrayaban la necesidad de, al menos, conservar el apoyo de las capas medias de la sociedad, la pequeña burguesía y especialmente la intelectualidad. El problema, sin embargo, residía en el hecho de que esta última había optado, de forma aplastante, por el partido de la burguesía. Resultó que los mencheviques de izquierda quedaron condenados a permanecer como espectadores pasivos de la revolución en curso.

En lo que concierne a los propios trabajadores y trabajadoras, cuando les pareció claro que la verdadera cuestión era la de un poder de los soviets o una coalición renovada, bajo una u otra forma, con la burguesía, dieron su apoyo al gobierno de los soviets antes incluso de que los SR de izquierda decidieron unirse al mismo. En la reunión del 29 de octubre, simultáneamente a las negociaciones para formar un gobierno de coalición de todos los partidos socialistas, una asamblea general de trabajadores de los astilleros navales Admiral’teiski lanzó un llamamiento a todos los trabajadores, pidiendo:

“Independientemente de vuestro color partidario, ejerced una presión sobre vuestros centros políticos a fin de alcanzar un acuerdo inmediato de todos los partidos, desde los bolcheviques hasta los socialistas-populares así como a la formación de un gobierno socialista responsable ante el soviet de los diputados trabajadores, soldados y campesinos sobre la base de la siguiente plataforma: proposición inmediata de paz. Transferencia inmediata de la tierra a los comités campesinos. Control obrero de la producción. Convocatoria de la Asamblea Constituyente en la fecha fijada 3/.”

Este era un ejemplo de lo que Bazarov consideraba como revelador de la confusión política de los trabajadores: querían un gobierno de coalición de todos los partidos socialistas, pero querían igualmente que ese gobierno fuese responsable ante los soviets. Una semana más tarde, sin embargo, después de la ruptura de las negociaciones y mientras los bolcheviques permanecían solos en el gobierno, esos mismos trabajadores decidieron “manifestarse a favor de un poder los soviets pleno e íntegro, indivisible, y contra la coalición con los conciliadores defensistas. Hemos sacrificado mucho por la revolución y estamos dispuestos, si ello fuera necesario, a nuevos sacrificios, pero no abandonaremos el poder a aquellos a los que se les ha arrebatado en una sangrante batalla 4/.”.

Cuando los SR de izquierda decidieron entrar al gobierno, habiendo llegado a la conclusión que “incluso si hubiéramos alcanzado la formación de un ‘gobierno homogéneo’, ello habría sido, en realidad, una coalición con la burguesía” 5/, los trabajadores suspiraron colectivamente: se había alcanzado la unidad, al menos “la de abajo”, entre los nyzy [la plebe], siendo principalmente los SR de izquierda un partido campesino. Una asamblea de trabajadores de la fábrica Putilov declaró en esta ocasión:

“Nosotros, trabajadores, saludamos como un solo hombre la unificación deseada desde hace mucho tiempo y dirigimos nuestros calurosos saludos a nuestros camaradas que trabajan en la plataforma del segundo Congreso Panruso de las masas trabajadoras del campesinado pobre, de los trabajadores y de los soldados 6/”.

La Revolución de Octubre, que había consagrado la polarización profunda que existía ya en la sociedad rusa, vio al núcleo de la intelectualidad al lado de las clases poseedoras 7/, mientras que lo que quedaba de la intelectualidad de izquierda permanecía suspendida en alguna parte entre las dos. Los trabajadores respondieron con amargura a esta perceptible traición. Como escribía Levin, SR de izquierda:

“En el momento en que se rompen por el pueblo las cadenas burguesas del Estado, la intelectualidad se aleja del pueblo. Los que han tenido la suerte de recibir una educación científica abandonan al pueblo, que les ha llevado sobre sus espaldas agotadas y laceradas. Y, como si ello no bastase, al irse, se burla de su impotencia, de su analfabetismo, de su incapacidad de llevar a cabo grandes transformaciones sin dolor, de conseguir grandes realizaciones. Esta burla es particularmente amarga para el pueblo. En su interior, crece instintivamente el odio hacia las personas instruidas, hacia la intelectualidad < 8/”.

El periódico menchevique-internacionalista Novaïa zhizn’ publicó el siguiente informe, sobre Moscú, en diciembre de 1917:

“Si las trazas externas de la insurrección son poco numerosas, la división en el seno de la población es, de hecho, profunda. Cuando se enterró a los soldados bolcheviques y a la guardia roja [a continuación de la victoria de la insurrección, tras varios días de ásperos combates], según me han dicho, no se pudo encontrar un solo intelligent o estudiante de universidad o de instituto en el seno de esa grandiosa procesión. Y cuando se realizaron los funerales de los junkers [cadetes de la escuela de oficiales que combatieron para defender al gobierno provisional], entre la multitud no se encontró ningún trabajador, soldado o plebeyo. La composición de la manifestación en honor de la Asamblea Constituyente fue similar: los cinco soldados tras la bandera de la organización militar de los SR no hacían más que subrayar la ausencia de la guarnición.

El abismo que separaba a los dos campos toma amplitud mediante la huelga general de los empleados municipales: los enseñantes de las escuelas municipales, el personal superior de los hospitales, los empleados superiores de los tranvías, etc. Esa huelga hace extremadamente ardua la tarea del gobierno municipal bolcheviques; peor todavía, exacerba el odio de la población nizy hacia toda la intelectualidad y la burguesía. He asistido a la siguiente escena: un tranviario empujando a un estudiante de instituto fuera de su tranvía: ¡‘os enseñan bien, pero parece que no quieren enseñar a nuestros hijos!”.

La huelga de las escuelas y los hospitales fue vista por los nizy de la ciudad como una lucha de la burguesía y de la intelectualidad contra las masas populares 9/.

A la hora de comprender la posición de la intelectualidad, lo primero que debemos preguntarnos es si la percepción de traición por parte de los trabajadores tenía alguna justificación. Después de todo, visto desde otro ángulo, eran los trabajadores quienes se separaron de la intelectualidad, optando por una ruptura con las clases pudientes y abandonando la alianza nacional de todas las clases que había sido forjada en febrero.

Las razones que justificaban la radicalización posterior de los trabajadores se pueden resumir de la siguiente manera: sobre la base de su experiencia, llegaron a la conclusión de que las clases pudientes se oponían a los objetivos de las clases populares de la revolución de Febrero: la conclusión rápida de una paz democrática, la reforma agraria, la jornada de trabajo de ocho horas, la convocatoria de una asamblea con el fin de establecer una república democrática. Las clases pudientes, no sólo bloquearon la realización de estos objetivos (que en esencia eran democráticos, y de ninguna manera socialistas), sino que además intentaron aplastar militarmente a las clases populares. Esto queda ampliamente demostrado por el apoyo, apenas velado, que el partido Kadete (partido constitucional-demócrata) dio al levantamiento del general Kornilov, a finales de agosto, así como por la oposición implacable de los industriales a toda medida del Estado, para así impedir el derrumbamiento económico que se aproximaba a pasos gigantes.

Para los trabajadores, la insurrección de octubre y el establecimiento del poder de los soviets significaba la exclusión de las clases pudientes de toda influencia sobre la política de Estado. Octubre fue ante todo un acto de defensa de la revolución de Febrero, de sus conquistas reales y de sus promesas, frente a la hostilidad activa de las clases pudientes. Mientras en octubre ciertos trabajadores veían efectivamente el potencial de una transformación socialista, de ninguna forma, durante ese período, eso constituía su objetivo principal.

De esta forma, el sentimiento de traición que experimentaron los trabajadores respecto de la intelectualidad se hace comprensible; tal como lo redactaba el diario menchevique-internacionalista (que era hostil a la revolución de Octubre): “de ahora en adelante, los trabajadores pueden demandar a los médicos y enseñantes en huelga: “nunca hicisteis huelga contra el régimen bajo el zar o bajo Goutchkov 10/. ¿Porqué hacéis huelga, ahora que el poder está en las manos de personas que todos reconocemos como nuestros dirigentes?11/.Incluso dirigentes de izquierda, como Iouli O. Martov, cuya entrega a la causa obrera no puede ser puesta en duda, tenía más el sentimiento de lavarse las manos que el de hacer “lo que parecía ser nuestro deber – mantenerse al lado de la clase obrera, incluso cuando sea falso… Esto es trágico. Porque después de todo, el conjunto del proletariado va detrás de Lenin y espera que el derrocamiento producirá la emancipación social; y ello siendo consciente de que el proletariado ha desafiado a todas las fuerzas antiproletarias” 12/. ¿Porqué la intelectualidad huyó, tal y como lo perciben los trabajadores?. Refiriéndose a los populistas, el historiador Oliver Radkey ofrece la siguiente explicación: “En los momentos más bajos de la revolución, una gran cantidad se convirtieron en funcionarios o participaron en la acción social de las zemstvosy de los municipios como funcionarios de las sociedades cooperativas, en donde la rutina cotidiana y las perspectivas resultantes de estas actividades eran mortales para el espíritu revolucionario. Otras personas entraron en diferentes profesiones. Todos se hicieron más viejos 13/.”

No obstante, parece improbable que una transformación social tan profunda como la integración económica de la intelectualidad en el orden existente hubiera podido realizarse en el espacio de un decenio. Además, cabe preguntarse, sobre la forma en que los intelectuales socialistas se ganaban la vida antes del fracaso de la revolución de 1905, en la medida en que no todos podían haber sido activistas profesionales o los mejores estudiantes. Si la generación de 1905 envejecía, ¿qué es lo que sucedía a los estudiantes de 1917, cuya mayoría también era hostil a la revolución de Octubre? El menchevique A. N. Potresov, situado en la extrema derecha de su partido, observaba en mayo de 1918 que “en febrero [1917],asistimos a la alegría común de los estudiantes y de los pequeños-burgueses. En octubre, estudiantes y burgueses habían llegado a ser sinónimos” 14/.

Una explicación más razonable de la huida de la intelectualidad puede encontrarse en la polarización de clase de la sociedad rusa, que emergió en todo su amplitud durante la revolución de 1905, cuando la burguesía, asustada por el activismo de los trabajadores en defensa de sus reivindicaciones sociales, en particular la jornada de ocho horas, y atraída por las concesiones políticas muy limitadas que ofrecía una autocracia debilitada, se volvió contra el movimiento de trabajadores y campesinos. Destaca en ello, el lockout masivo organizado en Petrogrado por los industriales y el Estado en el otoño de 1905, cuando los trabajadores reivindicaban las ocho horas 15/. Cuando el movimiento obrero se restableció de la derrota de esta revolución, en 1912-1914, colocó inmediatamente en sus huelgas tantas reivindicaciones políticas dirigidas contra la autocracia como reivindicaciones económicas dirigidas a los industriales. Por su parte, estos colaboraron estrechamente con la policía zarista para dificultar las acciones políticas y económicas de los trabajadores así como para reprimir a los activistas 16/.

Es en el curso del período anterior a la guerra cuando los bolcheviques se convirtieron en la fuerza política hegemónica en el seno del proletariado. Lo que distinguía la fracción bolchevique de la social-democracia de los mencheviques era su apreciación de que la burguesía, incluida su ala de izquierda, liberal, era fundamentalmente opuesta a la revolución democrática. Los mencheviques, por su parte, consideraban que resultaba crucial que la burguesía dirigiera esta revolución. Sobre los campesinos, que Lenin sugería que se aliasen a los trabajadores, los mencheviques opinaban que no estaban capacitados para asegurar una dirección política nacional. Si este papel no lo asumía la burguesía, necesariamente caería en manos de los trabajadores. Pero los trabajadores, a la cabeza de un gobierno revolucionario adoptarían, inevitablemente, medidas que socavarían los derechos de propiedad burgueses. Se lanzarían a realizar experiencias socialistas que, en las condiciones de atraso que caracterizaba a Rusia, se revelarían desastrosas, conduciendo inevitablemente a la derrota de la revolución. Por consiguiente, antes de la guerra, los mencheviques hacían vanos llamamientos para que moderasen su presión huelguista: no querían asustar a los liberales que se distanciaban cada vez más del podrido régimen autocrático, pero que por otro lado podrían coger miedo a la revolución.

De forma que lo que hemos observado es que la intelectualidad de izquierdas abrazó la posición de los mencheviques y de los SR y no la de los bolcheviques y de los trabajadores. Afirmaban que en un país rural atrasado una revolución encabezada por los trabajadores fracasaría de forma inevitable. El episodio siguiente, relatado en las memorias de un metalúrgico de Petrogrado, ilustra la división que existía entre los trabajadores y los intelectuales de izquierdas.

I. M. Gordienko, metalúrgico y militante bolchevique, en compañía de dos camaradas, que como él eran originarios de Nijni Novgorod, ciudad de origen de Máximo Gorki, decidieron visitar a este último, su zemlyak (compatriota):se preguntaban, ¿puede que A.M. Gorki se haya alejado completamente de nosotros?”. En 1918, Gorki era el editor del diario menchevique-internacionalista Novaïazhizn’, violentamente crítico respecto del nuevo régimen soviético, al que atacaba en particular por su incompetencia. Resultado, según el diario, de la marginación de la intelectualidad. En particular, lo que enfurecía a los trabajadores era el hecho de que los editores del diario criticasen al gobierno, mientras se mantenían a distancia a la vez que rehuían implicarse más en la mejora de las cosas. Por ejemplo, con ocasión de la conferencia de los comités de fábrica de Petrogrado, en febrero de 1918, uno de los delegados se expresó con amargura sobre “la intelectualidad saboteadora de Novaïazhizn’ de Gorky, que se ocupaba de criticar al gobierno bolchevique mientras que no hacía nada para aligerar el fardo de ese gobierno” 17/.

En el domicilio de Gorki, la conversación giró rápidamente hacia cuestiones políticas:

“Alekseï Maksimovitch, [Pechov, señaló Gorki] ensimismado en sus pensamientos, dijo: “resulta difícil para vosotros, muy difícil”.

– Pero tú, Alekseï Maksimovitch, no haces las cosas más simples, le señalé.

– No sólo no nos ayuda, sino que mina nuestros esfuerzos, añadió IvanTchougourine.

– Eh, amigos, sois formidables. Lo siento por vosotros. Debéis comprender que sois un grano de arena en este mar; no, en este océano de fuerzas elementales campesinas pequeño-burguesas. ¿Cuántos bolcheviques hay tan convencidos como vosotros? Un puñado. En realidad, sois como una gota de aceite en este océano, una mota de polvo que la más ligera brisa puede destruir.

– Te equivocas, Alekseï Maksimovitch. Ven a visitar nuestro barrio de Vyborg y lo comprobarás. Allí donde había 600 bolcheviques, ahora hay miles.

– Miles, pero maleducados, viviendo en la miseria, y en otras ciudades ni siquiera eso.

– Lo mismo, Alekseï Maksimovitch, se produjo en otras ciudades y pueblos. Por todos los lugares la lucha de clases se intensifica.

– Es por esto que os amo, por vuestra sólida fe. Pero es también por eso mismo que os temo. Usted desaparecerá y después todo retrocederá cientos de años. La perspectiva es estremecedora”.

Algunas semanas más tarde, los tres volvieron y se encontraron con N. Soukhanov y D. A. Desnitski en el apartamento de Gorki. Ambos eran intelectuales mencheviques de izquierda y editores de Novaïazhizn’.

“Una vez más, Alekseï Maksimovitch evocó el océano pequeño-burgués. Estaba afligido a causa de que, nosotros, viejos militantes bolcheviques, además de haber vivido en la clandestinidad, fuéramos tan pocos y que el partido fuera tan joven e inexperimentado […] Soukhanovy Lopata [otro nombre de Desnitski] afirmaron que únicamente un loco podía hablar de revolución proletaria en un país tan atrasado como Rusia. Nosotros protestamos con energía y respondimos que tras de la apariencia de una democracia pan-rusa 18/, lo que realmente defendían era la dictadura de la burguesía […].

“Durante este intercambio, Alekseï Maksimovitch, se dirigió hacia la ventana que daba a la calle. Inmediatamente, volvió hacia mí, me cogió de la manga y me llevó a la ventana. “Mira”, me dijo con cólera y resentimiento en la voz. Lo que vi era efectivamente escandaloso. Cerca de un pequeño jardín, sobre un césped bien cortado, estaba un grupo de soldados sentados que comían arenques y arrojaban los restos en el jardín con flores”.

“Y en la Casa del Pueblo sucede lo mismo 19/, se enceran los suelos y se colocan escupideras en las esquinas y al lado de las columnas, pero observad lo que hacen”, se lamentaba Maria Fiodorovna [esposa de Gorki], que era la encargada de la Casa del Pueblo.

“Y es con gentes como esta que los bolcheviques piensan realizar una revolución socialista”, añadió Lopata, con un cierto sarcasmo en la voz. “Previamente debéis enseñar, educar al pueblo, y a continuación hacer una revolución”.

“¿Y quién va a formarles y educarles? ¿la burguesía?”, preguntó uno de entre nosotros.

“¿Y cómo lo vais a hacer?”, preguntó Alekseï Maksimovitch, sonriendo.

“Nosotros queremos hacerlo de otra manera”, respondí. “Ante todo, derrocar a la burguesía, y después educar al pueblo. Construiremos escuelas, clubs, Casas del Pueblo […].”

“Pero eso es irrealizable”, señaló Lopata.

“No será realizable para vosotros; pero sí para nosotros”, le respondí.

“Y bien, ¿es posible que sean estos diablos quienes lo realicen?” dijo Alekseï Maksimovitch.

“Nosotros lo conseguiremos en su totalidad”, replicó uno de los nuestros, “y ello será peor para vosotros.”

“¡Eeh! ¡Así que con amenazas! ¿Qué es eso de que será peor para nosotros?” preguntó entre risas Alexeï Maksimovitch.

“De la siguiente manera: haremos lo que tengamos que hacer, con o sin vosotros, bajo la dirección de Ilitch [Lenin], y entonces ellos os preguntarán: ¿Dónde estabais y qué hacíais cuando atravesábamos un momento tan difícil? 20/”.

Lenin había realizado una descripción enormemente similar de “una conversación con un rico ingeniero poco antes de las jornadas de julio[1917].

“Ese ingeniero, en un determinado momento, había sido revolucionario. Fue miembro del partido social-demócrata e incluso del partido bolchevique. Hoy, no es sino el terror y el odio hacia los obreros libres e indomables. Él, que es una persona cultivada, y que ha estado en el extranjero, dice que si por lo menos fueran obreros como los obreros alemanes…; yo entiendo que en general la revolución social es inevitable; pero aquí, con el descenso en el nivel de los obreros, que ha causado la guerra 21/… no se trata de una revolución, es un abismo”.

“Estaría dispuesto a reconocer la revolución social, en el caso de que la historia se condujera con tanta calma y con tanta tranquilidad, regularidad y exactitud como las que caracterizan a un tren alemán entrando en una estación. Con gran dignidad, el interventor del tren abre las puerta de los vagones y anuncia: “¡Término: Revolución social.! ¡ Alleaussteigen(todas las personas descienden del tren)!” ¿Entonces porqué no se pasaría de la situación del ingeniero bajo el reino de las TitTitytch 22/ a la situación del ingeniero bajo el reino de las organizaciones obreras?.

“Este hombre ha visto huelgas. Sabe qué tempestades de pasiones desencadena siempre una huelga, hasta la más común, incluso en los períodos de mayor calma. Por supuesto que comprende bien que esta tempestad debe ser millones de veces más fuerte en el momento en que la lucha de clases haya sublevado a todos los trabajadores de un inmenso país, cuando la guerra y la explotación hayan conducido al umbral de la desesperación a millones de personas, a los que los propietarios hacían sufrir desde hace siglos, y a quienes los capitalistas y los funcionarios del zar explotaban y maltrataban desde hacía decenas de años. Todo esto lo comprende “en teoría”, y no lo reconoce mas que en la punta de los labios; simplemente está asustado por la “situación excepcionalmente compleja” 23/.

N. Soukhanovo ofrecía una explicación similar a la posición de los mencheviques de izquierdas: “Estábamos opuestos a la coalición y a la burguesía, al lado de los bolcheviques. No nos habíamos fusionado con ellos debido a ciertos aspectos de la creatividad positiva de los bolcheviques [comentario irónico de Soukhanov], o porque sus métodos de propaganda nos revelaban la cara odiosa que pudiera venir del bolchevismo. Se trataba de una fuerza elemental [stikhiya] pequeño-burguesa, desatada y anarquista que no pudo ser eliminada del bolchevismo hasta que dejaron de seguirle las masas 24/.

El temor de la stikhiya, especialmente del campesinado, constituía un aspecto importante de los mencheviques. Contribuye a explicar el rechazo de la Revolución de Octubre por este partido así como su insistencia para establecer una coalición con los liberales y, en caso de fracaso, con el “resto de la democracia”, y en particular de la intelectualidad.

Ahora bien, si la preocupación de la intelectualidad de izquierdas sobre el carácter insuficiente del desarrollo de la cultura política y de la consciencia de las masas populares tenía una base, sin duda, cabe preguntarse cómo podía justificarse su decisión de mantenerse a distancia de la lucha, en tanto en cuanto la revolución continuaba avanzando. En las condiciones de una profunda polarización entre clases, la alternativa al gobierno de los soviets que defendía la intelectualidad, -incluida la intelectualidad de izquierdas- nunca fue clara, y menos para los trabajadores. En realidad, no existía alternativa, si se excluye la derrota de la revolución. De esta manera se expresaba un trabajador bolchevique en una conferencia de delegados de los trabajadores de la Armada roja, en mayo de 1918: “Se nos acusa de haber sembrado la guerra civil. Se trata de un grave error, cuando no una mentira […] Nosotros no inventamos los intereses de clase. Se trata de una cuestión que existe en la vida, un hecho, que todos debemos reconocer” 25/. Esta es la razón por la cual, los trabajadores y campesinos, a pesar de las enormes privaciones y de los excesos de la guerra civil, continuaron sosteniendo el régimen de los soviets: por supuesto, unos de forma más activa que otros.

La preocupación de Gorki, a propósito de las masas incultas, políticamente no instruidas, era eminentemente sincera. Pero la revolución iba avanzando con o sin la intelectualidad. Frente a esto, sería más razonable tomar parte activa en ello para así facilitar el camino e intentar reducir los excesos. Ciertamente, algunos intelectuales optaron por ello. Un cierto Brik, -figura cultural en Petrogrado- escribía lo siguiente, a principios de diciembre de 1917, en Novaïazhizn’:

“Para mi gran sorpresa, me encontré en la lista electoral bolchevique para las elecciones de la Duma municipal. Yo no soy bolchevique y me opongo a su política cultural. Pero no puedo permitir que las cosas continúen así. Esto sería un desastre si se dejase a los trabajadores que definieran la política. Por consiguiente voy a actuar, pero sin disciplina [exterior]. Aquellos que rehúyan actuar y esperen que la contra-revolución restaure la cultura están ciegos 26/.”

En diciembre de 1917, se formó un nuevo Sindicato internacionalista de enseñantes, después de que algunos de estos decidieran romper con el Sindicato pan-ruso de enseñantes por cuestionar la huelga [contra el gobierno bolchevique]. La nueva organización declaró que resultaba “inadmisible que las escuelas fueran utilizadas como arma política” y efectuaron un llamamiento a los enseñantes para cooperar con el régimen con el fin de crear una nueva escuela socialista 27/.

V. B. Stankevitch, miembro del Partido socialista-popular (populista de derechas) y comisario militar en la época del gobierno provisional, tomó una posición similar en una carta dirigida a sus “amigos políticos”, redactada en febrero de 1918:

“De ahora en adelante, debemos comprender que las fuerzas elementales del pueblo se sitúan al lado del nuevo gobierno. Se nos abren dos vías: continuar la lucha implacable por el poder o adoptar una acción pacífica, constructiva, de oposición leal […]”.

“¿Pueden pretender los antiguos partidos [del gobierno provisional] que poseen la suficiente experiencia, asumir la gestión del país, tarea que es cada vez más difícil? En substancia, no existe ningún programa que pudiéramos oponer al de los bolcheviques. Y una lucha sin programa no resulta más valiosa que las aventuras de los generales mexicanos. E incluso, en el caso de que fuera posible elaborar un programa, debemos ante todo comprender que nos faltan las fuerzas para llevarlo a cabo. Porque, para derrocar al bolchevismo, no en la forma sino en los hechos, sería necesaria la unión de todas las fuerzas: desde los socialistas revolucionarios a la extrema derecha. E incluso, en ese caso, los bolcheviques serán los más fuertes […]”.

“Queda otra vía: la de un frente popular unificado, un trabajo nacional unificado, una creación común […].¿Qué sucederá mañana? ¿Continuar la tentativa aventurera, en substancia sin objetivo y sin significado, de arrancar el poder? ¡O trabajar con el pueblo para acometer una obra realizable tendente a contribuir a la resolución de las dificultades a las cuales debe hacer frente Rusia, unido en una lucha pacífica por principios políticos fundamentales, para establecer los fundamentos verdaderamente democráticos al gobierno del país! 28/”.

La cuestión central es que la posición adoptada por la mayoría de la intelectualidad no parece estar de acuerdo con las razones que ella avanzaba al respecto. Lo cual nos lleva a preguntarnos si no existen otras razones. Parece que, en el fondo, la mayoría de la intelectualidad socialista reveló no ser sino “la fracción más radical de la burguesía”, como lo señalaba el diario SR de izquierda. Dado que la tarea de la revolución consistía en derrocar la autocracia semi-feudal y establecer una democracia liberal, ellos podían apoyar e incluso potenciar el movimiento popular. Pero, desde el momento en que se evidenció –y fue lo mismo en el caso de la revolución de 1905- que en las condiciones rusas la revolución se transformaría en una lucha contra la misma burguesía así como contra el orden social burgués la intelectualidad de izquierdas sintió que el suelo temblaba bajo sus pies.

Tuvieron la impresión que su posición en la sociedad estaba amenazada. A pesar de todo, gozaban de ciertos privilegios, al menos en términos de estatuto y de prestigio, e incluso a veces, de más ingresos y mayor autonomía profesional. Estos privilegios, junto al miedo y a una auténtica desconfianza hacia las masas “desmandadas” e “incultas”, les llevaban a defender, si no el orden político, sí el orden social imperante (capitalista).

Con el tiempo, cabe caer en la tentación de afirmar que la intelectualidad de izquierdas tenía razón. Después de todo, durante los últimos años de su vida, uno de los principales temas de Lenin fue la urgente necesidad de incrementar el nivel cultural de la gente. Este aspecto, y en particular el de la cultura política del campesinado, que constituía la mayoría de la población, fue un factor clave en el ascenso al poder de la burocracia, bajo la dirección de Stalin. Resulta fundamental preguntarse si la posición hostil que la intelectualidad adoptó contra la revolución de Octubre, no contribuyó al mismo.

David Mandel es Catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Quebec en Montreal.

[Esta contribución de David Mandel es una versión revisada y aumentada en 2017 para una publicación brasileña de la publicada en 1981 en el número 14 de la revista Critique, pp. 68-87, animada por Hillel Ticktin. El artículo inicial ha sido revisado y aumentado para su publicación en una revista brasileña, en 2017 (RUS. Revista de Literatura e Cultura. En este tercer capítulo agrupamos los capítulos III y IV editados por Al’encontre Rusa). Esta versión es la que ha servido para la traducción realizada por Sébastien Abbet].

https://alencontre.org/societe/histoire/revolution-russe-la-classe-ouvriere-et-lintelligentsia-iii.html

http://alencontre.org/societe/histoire/revolution-russe-la-classe-ouvriere-et-lintelligentsia-iv.html

Notas:

1/ Znamia truda, 8 de noviembre de 1917.

2/ Novaïa zhizn’, 4 de noviembre de 1917.

3/ Tsentral’nyi gosudarstvennyi arkhiv Sankt-Peterburga, opis’ 9, fond 2, delo 11, list 45.

4/ Ibid.

5/ Znamia truda, 8 de noviembre de 1917.

6/ Ibid.

7/ La definición que dio Pitirim Sorokin, en noviembre de 1917, de las “fuerzas creativas” de la sociedad – que opone a la “seudo-democracia“– es llamativa: “ahora, deben llegar a la escena, de un lado, la intelectualidad, la portadora de la inteligencia y de la conciencia y, del otro, la auténtica [¡!] democracia, el movimiento de las cooperativas, las dumas y zemstvos [gobiernos locales instaurados por el zar Alejandro II, nvs] de Rusia y la aldea consciente [¡!]. Su tiempo ha llegado”(Volia naroda, 6 de noviembre de 1917). La ausencia de los soldados y de los trabajadores es manifiesta. Lo mismo que, por supuesto, de las aldeas “inconscientes”, los campesinos que apoyaban a los SR de izquierda y los bolcheviques. Todas las organizaciones citadas estaban todavía dominadas por los socialistas moderados y los cadetes y no disponían de apoyo político masivo.

8/ Znamia truda, 17 de diciembre de 1917.

9/ Novaïa zhizn’, 12 de diciembre de 1917.

10/ N. I. Goutchkov, importante industrial ruso y presidente de la cuarta Duma de Estado.

11/ Novaïazhizn’, 6 de diciembre 1917. Esto no era del todo exacto. En 1905, la intelectualidad, organizada en el seno de la Unión de uniones, participó en el movimiento huelguístico del otoño. Por primera y última vez. No dió un apoyo activo a los inmensos movimientos huelguistas del período 1912-1914 ni a los de 1915-16.

12/ L.H. Haimson, The Mensheviks, (Chicago: 1975), pp. 102-103. Los mencheviques, en tanto que partido, reorientaron su posición después de la revolución alemana de noviembre de 1918 y adoptaron una posición de oposición leal al gobierno de los soviets.

13/ Radkey. op. cit., p. 469-470.

14/ Znamiabor’by, 21 de mayo de1918.

15/ Ia. A. Shuster, Peterburgski rabochie v 1905-1907 pp., (Leningrado: 1976), p. 166-168.

16/ “The Workers’ Movement after Lena,” en L. H. Haimson, Russia’s Revolutionary Experience, N.Y., Columbia University Press, 2005, pp. 109-229.

17/ Novaïazhizn’, 27 enero 1918.

18/ La posición menchevique-internacionalista consistía en que la base política del gobierno debía ser ampliada para incluir a toda la “democracia”. Este término siempre fue vago y hacía referencia a las capas medias de la sociedad, en particular a los intelectuales.

19/ Edificio en el interior del cual tenían lugar reuniones populares y eventos culturales.

20/ I. Gordienko, Izboevovoproshlovo, (Moscú: 1957), p. 98-101.

21/ Hace referencia a la llegada de campesinos a las fábricas de armamento, en expansión.

22/ Tit Titytch era el personaje de un rico comerciante despótico en una obra de Alexandre Ostrovski (1823-1886).

23/ V.I. Lenin, Polnoe sobranie sochinenii, 5th ed., (Moscú, 1962), vol. 34, 321-322. [¿Se mantendrán los bolcheviques en el poder ?]

24/ Sukhanov, op. cit., vol. 6, p. 192.

25/ Pervaya konferentsiya rabochikh I krasngvardveiskikh deputatov 1-go gorodksovo raiona, Petrogrado, 1918, p. 248.

26/ Novaïazhizn’, 5 diciembre de 1917.

27/ Ibid., 6, 9 y 13 diciembre de 1917. La novela de Veresaev a que hace referencia la nota 37 muestra ejemplos de esta posición así como de la segunda, adoptada por la mayoría de la intelectualidad de izquierdas.

28/ I.V. Orlov, “Dvaputiperednimi,” Istoricheskiiarkhiv, 1997, n° 4, pp. 77-80.

La intelectualidad y la clase obrera en 1917 (III)

por David Mandel//

Los trabajadores no traspasaron alegremente la última etapa de la toma del poder en octubre de 1917. En realidad, la mayor parte de entre .ellos, aunque deseaban desesperadamente el poder de los soviets, dudaron y temporizaron ante “la acción” (vystuplenie). La insurrección fue el acto de una minoría decisiva de trabajadores, los que eran miembros o próximos del partido bolchevique (solo en la capital, el partido contaba en sus filas con 30 000 trabajadores). Cuando forzaron la decisión, la aplastante mayoría de los otros trabajadores dieron su apoyo. Pero en ese momento, los trabajadores estaban preocupados por su aislamiento político. En los días que siguieron a la insurrección se expresó un apoyo amplio de los trabajadores, también en las filas del partido bolchevique, a favor de la formación de un “gobierno socialista homogéneo”, es decir una coalición de todos los partidos socialistas, tanto de izquierda como de derecha.

Sin embargo, las negociaciones tendentes a formar un tal gobierno, emprendidas bajo los auspicios del Comité Ejecutivo Panruso del sindicato de los ferroviarios [Vikzhel], entonces dirigido por los mencheviques internacionalistas (mencheviques de izquierda), fracasaron por la negativa de los mencheviques moderados y los SR, así como de los que se encontraban a su derecha a formar parte de un gobierno, a participar en un gobierno responsable única, o principalmente, ante los soviets. Un tal gobierno estaría compuesto en mayoría por bolcheviques, en la medida en que eran mayoritarios en el reciente Congreso de los Soviets. Tras esta negativa estaba la convicción de los socialistas moderados de que, sin el apoyo de la burguesía, la revolución estaría abocada al fracaso. Ligado a este aspecto estaba el temor de que el gobierno, dirigido por los bolcheviques, cuya base era obrera, emprendiese “experimentaciones socialistas”.

Cuando fracasaron las negociaciones, precisamente sobre la cuestión de la responsabilidad ante los soviets, los SR de izquierda decidieron participar en el gobierno de los soviets en coalición con los bolcheviques. Su periódico subrayaba que “incluso si hubiéramos llegado a la formación de un ‘gobierno homogéneo’, ello habría sido, en realidad, una coalición con la parte más radical de la burguesía” 38/. Pero los mencheviques-internacionalistas, el ala izquierda del partido menchevique que tomó pronto la dirección del partido, rechazó seguir a los SR de izquierda. En un artículo de título “2×2=5”, el economista menchevique-internacionalista V.L. Bazarov expresó su irritación ante lo que él consideraba una confusión de los trabajadores: llamaban a la formación de una coalición de todos los socialistas, pero querían una coalición que fuese responsable ante los soviets.

“[…]Se adoptan resoluciones que exigen inmediatamente la constitución de un gobierno democrático sobre la base de un acuerdo de todos los partidos socialistas y [al mismo tiempo] un reconocimiento del actual TsIK [CEC de los soviets de los diputados de trabajadores y soldados, elegido en el reciente Congreso de los soviets, ampliamente bolchevique] como si fuera el órgano ante el que debe ser responsable el gobierno […]. Pero, actualmente, un gobierno puramente soviético no puede ser más que bolchevique. Cada día que pasa se hace más claro el hecho de que los bolcheviques no pueden gobernar: los decretos se suceden en cadena y no pueden ser puestos en práctica […] Así, incluso aunque sea cierto lo que declaran los bolcheviques, es decir que las masas no están tras los partidos socialistas, que están compuestos exclusivamente de intelectuales […] entonces incluso, serán necesarias amplias concesiones. El proletariado no puede dirigir sin la intelectualidad […] El TsIK debe ser únicamente una de las instituciones ante las que el gobierno es responsable 39/”.

Los mencheviques-internacionalistas compartían la opinión de los bolcheviques según la cual la burguesía era fundamentalmente contrarrevolucionaria. Sin embargo, compartían también la convicción del ala derecha de su propio partido de que una Rusia económicamente atrasada, muy ampliamente campesina, no disponía de las condiciones sociales y políticas favorables al socialismo. En consecuencia, mientras que los mencheviques más a la derecha, en paralelo con los SR, continuaban a llamar a una coalición con los representantes de la burguesía, los mencheviques-internacionalistas subrayaban la necesidad de, al menos, conservar el apoyo de las “capas medias” de la sociedad, la pequeña burguesía y especialmente la intelectualidad. El problema, sin embargo, residía en el hecho de que esta última había adoptado, de forma aplastante, el partido de la burguesía. Resultó que los mencheviques de izquierda quedaron condenados a permanecer espectadores pasivos de la revolución en curso.

En lo que concierne a los mismos trabajadores, cuando les pareció claro que la verdadera cuestión era la de un poder de los soviets o una coalición renovada con la burguesía, bajo una u otra forma, dieron su apoyo al gobierno de los soviets antes incluso de que los SR de izquierda decidieron unirse al mismo. En una reunión, el 29 de octubre, simultáneamente a las negociaciones para formar un gobierno de coalición de todos los partidos socialistas, una asamblea general de los trabajadores de los astilleros navales Admiral’teiski lanzó un llamamiento a todos los trabajadores, pidiendo:

“independientemente de vuestro color partidario, ejerced una presión sobre vuestros centros políticos a fin de alcanzar un acuerdo inmediato de todos los partidos, desde los bolcheviques hasta los socialistas-populares así como a la formación de un gobierno socialista responsable ante el soviet de los diputados trabajadores, soldados y campesinos sobre la base de la siguiente plataforma: proposición inmediata de paz. Transferencia inmediata de la tierra a los comités campesinos. Control obrero de la producción. Convocatoria de la Asamblea Constituyente en la fecha fijada 40/.”

Este era un ejemplo de lo que Bazarov consideraba como revelador de la confusión política de los trabajadores: querían un gobierno de coalición de todos los partidos socialistas, pero querían igualmente que ese gobierno fuese responsable ante los soviets. Una semana más tarde, sin embargo, después de la ruptura de las negociaciones y mientras los bolcheviques permanecían solos en el gobierno, esos mismos trabajadores decidieron

“manifestarse a favor de un poder los soviets pleno e íntegro, indivisible, y contra la coalición con los conciliadores defensistas. Hemos sacrificado mucho por la revolución y estamos dispuestos, si ello fuera necesario, a nuevos sacrificios, pero no abandonaremos el poder a aquellos a los que se les ha arrebatado en una sangrante batalla 41/.”

Cuando los SR de izquierda decidieron entrar al gobierno, habiendo llegado a la conclusión que “incluso si hubiéramos alcanzado la formación de un ‘gobierno homogéneo’, ello habría sido, en realidad, una coalición con la burguesía” 42/, los trabajadores suspiraron colectivamente de relajamiento: se había alcanzado la unidad, al menos “la de abajo”, entre los nyzy [la plebe], siendo principalmente los SR de izquierda un partido campesino. Una asamblea de trabajadores de la fábrica Putilov declaró en esta ocasión:

“Nosotros, trabajadores, saludamos como un solo hombre la unificación deseada desde hace mucho tiempo y dirigimos nuestros calurosos saludos a nuestros camaradas que trabajan en la plataforma del segundo Congreso Panruso de las masas trabajadoras del campesinado pobre, de los trabajadores y de los soldados 43/”.

La Revolución de Octubre, que había consagrado la polarización profunda que existía ya en la sociedad rusa, vio al núcleo de la intelectualidad al lado de las clases poseedoras 44/, mientras que lo que quedaba de la intelectualidad de izquierda permanecía suspendida en alguna parte entre las dos. Los trabajadores respondieron con amargura a esta perceptible traición. Como escribía el SR de izquierda Levin:

“En el momento en que se rompen por el pueblo las cadenas burguesas del Estado, la intelectualidad desierta del pueblo. Los que han tenido la suerte de recibir una educación científica abandonan al pueblo, que les ha llevado sobre sus espaldas agotadas y laceradas. Y, como si ello no bastase, al irse, se burla de su impotencia, de su analfabetismo, de su incapacidad de llevar a cabo grandes transformaciones sin dolor, de conseguir grandes realizaciones. Esta burla es particularmente amarga para el pueblo. En su interior, crece instintivamente el odio hacia las personas instruidas, hacia la intelectualidad 45/”.

El periódico menchevique-internacionalista Novaïa zhizn’ publicó el siguiente informe, de Moscú, en diciembre de 1917:

“Si las trazas externas de la insurrección son poco numerosas, la división en el seno de la población es, de hecho, profunda. Cuando han enterrado a los soldados bolcheviques y la guardia roja [a continuación de la victoria de la insurrección, tras varios días de ásperos combates] no se podía encontrar, según se me ha dicho, un solo intelligent o estudiante de universidad o de instituto, en el seno de esa grandiosa procesión. Y cuando los funerales de los junkers [cadetes de la escuela de oficiales que combatieron para defender al gobierno provisional], no se encontraba entre la multitud ningún trabajador, soldado o plebeyo. La composición de la manifestación en honor de la Asamblea Constituyente era similar –los cinco soldados tras la bandera de la organización militar de los SR no hacían más que subrayar la ausencia de la guarnición.

El abismo que separaba a los dos campos toma amplitud mediante la huelga general de los empleados municipales: los enseñantes de las escuelas municipales, el personal superior de los hospitales, los empleados superiores de los tranvías, etc. Esa huelga hace extremadamente ardua la tarea del gobierno municipal bolcheviques; peor todavía, exacerba el odio de la población nizy hacia toda la intelectualidad y la burguesía. He asistido a la siguiente escena: un tranviario empujando a un estudiante de instituto fuera de su tranvía: ¡‘os enseñan bien, pero parece que no quieren enseñar a nuestros hijos!”.

La huelga de las escuelas y los hospitales fue vista por los nizy de la ciudad como una lucha de la burguesía y de la intelectualidad contra las masas populares 46/.

Esta contribución de David Mandel es una versión revisada y aumentada en 2017para una publicación brasileña. La traducción al francés ha sido realizada por Sébastien Albet.

Notas

38/ Znamia truda, 8 de noviembre de 1917.

39/ Novaïa zhizn’, 4 de noviembre de 1917.

40/ Tsentral’nyi gosudarstvennyi arkhiv Sankt-Peterburga, opis’ 9, fond 2, delo 11, list 45.

41/ Ibid.

42/ Znamia truda, 8 de noviembre de 1917.

43/ Ibid.

44/ La definición que dio Pitirim Sorokin, en noviembre de 1917, de las “fuerzas creativas” de la sociedad – que opone a la “seudo-democracia“– es llamativa: “ahora, deben llegar a la escena, de un lado, la intelectualidad, la portadora de la inteligencia y de la conciencia y, del otro, la auténtica [¡!] democracia, el movimiento de las cooperativas, las dumas y zemstvos [gobiernos locales instaurados por el zar Alejandro II, nvs] de Rusia y la aldea consciente [¡!]. Su tiempo ha llegado”(Volia naroda, 6 de noviembre de 1917). La ausencia de los soldados y de los trabajadores es manifiesta. Lo mismo que, por supuesto, de las aldeas “inconscientes”, los campesinos que apoyaban a los SR de izquierda y los bolcheviques. Todas las organizaciones citadas estaban todavía dominadas por los socialistas moderados y los cadetes y no disponían de apoyo político masivo.

45/ Znamia truda, 17 de diciembre de 1917. 

46/ Novaïa zhizn’, 12 de diciembre de 1917.

La intelectualidad y la clase obrera en 1917 (II)

por David Mandel//

Es en la estela de las Jornadas de Julio cuando los trabajadores se vieron obligados a confrontar directamente con las implicaciones de su aislamiento creciente respecto a la intelectualidad. Los 3 y 4 de julio, los trabajadores industriales de Petrogrado, al lado de algunas unidades de la guarnición local, marcharon en dirección del Palacio de Tauride en manifestación pacífica con el objetivo de hacer presión sobre el Comité Ejecutivo Central (CEC ) de los soviets, que estaba entonces compuesto mayoritariamente de mencheviques y SR (Socialistas Revolucionarios), para que pusiera un final al gobierno de coalición con los representantes de las clases poseedoras y asumiera la iniciativa de tomar el poder . En otros términos, que formase un gobierno de los soviets, en el interior del cual solo estuvieren representados los trabajadores, los soldados y los campesinos. Pero se produjo una cosa impensable: no solamente la dirección menchevique y SR rechazó tener en cuenta la voluntad de los trabajadores sino que se mantuvo a distancia cuando el gobierno, en el seno del cual estaban representados esos dos partidos, lanzó una ola represiva contra los trabajadores, los bolcheviques y otros socialistas de izquierda opuestos al gobierno de coalición. El ministro del interior, directamente responsable de esa política, no era otro que el dirigente menchevique I.G. Tsereteli.

Hasta ese momento, los trabajadores radicalizados pensaban en términos de traspaso pacífico del poder a los soviets. Ello era posible porque los soviets se beneficiaban del apoyo de los soldados. Pero la negativa de los dirigentes del CEC de los soviets a tomar el poder y su determinación para adoptar medidas represivas contra los trabajadores modificó profundamente el dato. Ello forzó, entre otras razones, a los trabajadores a hacer frente a la perspectiva de una toma del poder por medio de una insurrección armada. Ello significó igualmente que el nuevo gobierno no gozaría del apoyo ni de la intelectualidad de izquierda, cuyos conocimientos y competencias eran más que necesarias para administrar la economía y el aparato de Estado del país.

Esa perspectiva preocupó profundamente a los trabajadores. Ello apareció claramente en la conferencia de los comités de fábrica de Petrogrado de los 10-12 de agosto de 1917. El consenso general en esa conferencia era que la industria se dirigía rápidamente hacia un total hundimiento, facilitado por el sabotaje de los industriales –que contaban con el desempleo de masas para debilitar el movimiento de los trabajadores- y por el gobierno provisional que, bajo presión de los industriales, rechazó tomar medidas contra la agravación y la dislocación económicas. Los delegados eran cada vez más conscientes de la perspectiva probable de que deberían tomar a cargo la economía, una cosa que no imaginaban cuando la Revolución de Febrero, que consideraban en términos puramente liberal-democrático y no socialista.

Uno de los delegados presentes en la conferencia resumió así la situación: debemos ejercer toda nuestra energía en esta lucha [preparar nuestro propio aparato económico para el momento del hundimiento de la economía capitalista]. En particular ya que las contradicciones de clase son cada vez más visibles y la intelectualidad nos abandona, debemos contar con nuestras fuerzas y tomar toda nuestra organización entre nuestras manos de trabajadores” 1/. Los delegados eran demasiado conscientes de la dificultad de la tarea. “En todos los informes”, observaba uno de ellos, “como un hilo rojo, corre el grito de la falta de personas [instruidas] 2/. “El zarismo ha hecho todo para dejarnos sin preparación”, se lamentaba otro delegado, “y naturalmente, en todos los logares, tanto en los órganos económicos como políticos, carecemos de personas [instruidas] 3/

¿Cómo debían actuar en esas circunstancias? Sedov, un delegado menchevique, afirmó que no podía ser cuestión de que los trabajadores tomasen ellos mismos el poder:

“Estamos solos. Pocos trabajadores son capaces de comprender las cuestiones de Estado y ejercer un control. Es necesario organizar cursos sobre los asuntos gubernamentales y sobre el control de la producción. Si tomamos el poder, las masas nos crucificarán. La burguesía está organizada y dispone de una masa de personas experimentadas. Ese no es nuestro caso. No estaremos en situación de mantener el poder 4/”.

La mayoría de los delegados a la conferencia no compartían sin embargo esa opinión. Su posición fue expresada por un delegado de la Fábrica de Teléfonos sin hilo y de Telégrafos:

“La burguesía conoce sus intereses mejor que los partidos pequeño-burgueses [mencheviques y SR]. La burguesía comprende perfectamente la situación y se ha expresado muy claramente por la boca de Riabouchinski 5/, que ha declarado que esperarían hasta que el hambre nos alcance la garganta y destruya todo lo que hemos obtenido. Pero cuando nos tengan por el cuello, lucharemos y no abandonaremos el combate 6/.”

Una y otra vez los obreros exhortan unos a otros de abandonar el viejo hábito de confiar en la intelligentsia.

La clase obrera siempre ha estado aislada. Siempre se ve obligada a desarrollar en solitario su política. Pero en la revolución la clase obrera es la vanguardia. Tiene que dirigir al resto de las clases, entre ellas al campesinado. Todo depende la actividad de los trabajadores en diferentes organizaciones, comisiones, etc., en el interior de las que debemos formar a una mayoría de trabajadores. Frente al hambre que se aproxima debemos oponer la actividad de las masas. Debemos desembarazarnos del espíritu eslavo de pereza y trazar un camino en la selva, que conducirá a la clase obrera al socialismo 7/”.

Cuando uno de entre ellos sugerirá que el número de grupos de trabajo sea limitado, por la complejidad de las cuestiones a discutir y de la penuria de “fuerzas activas”, S.P. Voskov, un carpintero de la fábrica de fusiles de Sestroretsk, replicó:

La ausencia de los intelligenty no impide en nada el trabajo de las secciones. Ya es la hora de que los trabajadores renuncien a la mala costumbre de mirar tras ellos hacia el intelligenty. Todos los participantes en esta conferencia deben inscribirse en una u otra sección y trabajar de forma autónoma 8/”.

En realidad, los peores temores de estos trabajadores se materializaron en octubre del 17. Los mencheviques y los SR [de derecha] abandonaron el Congreso de los soviets que eligió un gobierno de los soviets, es decir basado en el principio mismo –un gobierno responsable ante los soviets- que ellos rechazaban. El personal técnico y administrativo medio y superior del Estado y de las instituciones bancarias, así como los médicos y los profesores se pusieron en huelga 9/. En las fábricas, el personal técnico y administrativo superior rechazó igualmente reconocer al nuevo gobierno o cooperar con el control obrero 10/. La amplitud de la hostilidad de la intelectualidad de izquierda hacia la insurrección de octubre y el gobierno de los soviets –que no tenía equivalente, incluso ni entre los trabajadores más conservadores-, se expresa con fuerza en la siguiente resolución, adoptada por el Comité Ejecutivo del grupo socialista de los ingenieros, a finales de octubre de 1917:

“Una banda de utopistas y demagogos, explotando la fatiga de los trabajadores y de los soldados, explotando la atracción utópica de la revolución social, por el engaño y la difamación deliberada del gobierno provisional, ha arrastrado tras ella a masas ignorantes y, contra la voluntad de la mayoría del pueblo ruso, en vísperas de la Asamblea Constituyente, han tomado el poder en las capitales y en algunas ciudades de Rusia. Con ayuda de detenciones, de violencia contra la libertad de palabra y de prensa, con ayuda del terror, una banda de usurpadores intenta mantenerse en el poder. El Comité del grupo socialista de los ingenieros protesta con vigor contra esta toma del poder, contra la detención de Kerenski, contra los asesinatos y la violencia, contra el cierre de periódicos, contra las persecuciones y el terror, declara que los actos cometidos por estos usurpadores no tienen nada en común con los ideales socialistas y que aniquilan la libertad conquistada por el pueblo […] Los verdaderos socialistas no pueden dar el menor apoyo a los usurpadores del poder ni a los que no rompen firme y categóricamente con ellos 11/”.

Los trabajadores manuales y los de cuello blanco de las escalas inferiores de las instituciones gubernamentales y financieras rechazaron participar en las huelgas y condenaron a los empleados superiores por ello. Después de la Revolución de Octubre, el gobierno de los soviets ordenó la disolución de la Duma de Petrogrado (la asamblea municipal) cuando ella rechazó reconocer al nuevo régimen. Organizó nuevas elecciones, que fueron boicoteadas por todos los partidos, con excepción de los bolcheviques y de los socialistas revolucionarios de izquierda. Cuando se reunió la nueva Duma, su presiente, M.I. Kalinin, informó que los empleados intelligentye de la Duma “faltaban claramente de respeto […] he intentado hablarles y ellos manifestaron su intención de resistir. Los trabajadores municipales y los cuellos blancos de escalas inferiores estaban sin embargo felices transfiriendo el poder a los trabajadores” 12/

Alexandre Blok fue una de las raras figuras literarias de la antigua generación que abrazó la Revolución de Octubre. Escribiendo en el curso de invierno que siguió a la Revolución de Octubre, trazó de la siguiente forma el retrato del estado de espíritu de la intelectualidad:

“Rusia perece”, “La Rusia y no es”, “que Rusia repose en paz”, tales son las palabras que oigo repetir a mi alrededor. […]

¿Qué imaginabais pues? ¿Qué la revolución era un idilio? ¿Qué el acto creador no destruía nada en el camino? ¿Qué el pueblo era prudente como una reliquia? […]

Los mejores dice: “Nuestro pueblo nos ha decepcionado”; se hacen mordaces, arrogantes y rabiosos, no ven alrededor suyo más que grosería y bestialidad (mientras que el hombre está ahí, muy cerca) y llegan hasta decir: “No ha habido nunca revolución”, los que no acababan de odiar al zarismo están dispuestos a echarse en sus brazos, siempre que olviden lo que sucede; Los “derrotistas&rdquo 13/; de ayer vituperan “el dominio alemán” 14/ los que se decían “internacionalistas” lloran ahora por la “Santa Rusia”; los ateos queman los cirios y ruegan por la derrota del enemigo interior y exterior.

¿Hemos cortado la rama sobre la que estábamos sentados? Que lamentable situación: con una voluptuosidad muy pérfida hemos echado algunas astillas secas en el montón de cepas húmedas e hinchadas por la nieve y la lluvia; y cuando de repente ha surgido la llama, desplegándose hasta el cielo como un estandarte, todo el mundo se ha puesto a correr y a gritar: “¡Fuego! ¡Fuego!&rdquo 15/;

7/8/2017

Se trata de la segunda parte sobre cuatro de una contribución de David Mandel, publicada en su primera versión en 1981, en el número 14 de la revista Critique, p. 68-87, revista animada por Hillel Tickin. Esta primera versión ha sido revisada y ampliada para una nueva publicación, en 2016, en una revista brasileña. Ha servido de base a la traducción realizada por Sébastien Abbet, para la web www.alencontre.org. La traducción ha sido revisada por el autor, que la ha encontrado completamente conforme, en términos de contenido y calidad de adaptación al original. (Red. A l’Encontre)

 

Notas

1/ Oktiabr’skaia revoliutsia i fabzavkomy, Moscú, 1927, vol I, p.189.

2/ Op. cit., p. 188.

3/ Ibid.

4/ Op. cit., p. 208.

5/ P. P. Riabouchinski era un importante banquero e industrial, del que se consideraba que se situaba en el ala izquierda de su clase. Sin embago, en un discurso realizado en agosto de 1917 ante representantes de los medios de negocios, atacó violentamente a los soviets, declarando que la « la larga mano huesuda del hambre » deberá probablemente asir a los falsos amigos pueblo, « los miembros de diversos comiés y de los soviets » a fin hacerles retomar sus espíritus (Ekonomicheskoe polozhenie Rossii nakanune Velikoi Oktiabr’skoi sotialisticheskoi revoliutsii, vol. 1, Moscú, 1957, p. 200-201.). En la izquierda y más generalmente en los círculos de trabajadores, esa declaración fue sentida com una abierta admisión de que los industriales llevaban a cabo un cierre patronal progresivo, camuflado, cerrando las fábricas y engendrando un paro de masas a fin de aplastar militarmene a un movimiento obrero debilitado. Riabouchinksi se convirtió así en la encarnación del kapitalist-lokautchik en el seno de la izquierda y en los medios obreros.

6/ Oktiabr’skaia revoliutsia i fabzavkomy, vol. 1, p. 208.

7/ Ibid., p. 206.

8/ Ibid., p. 167

9/ Novaïa zhizn’, 13 de noviembre, 8, 22 et 30 de diciembre de 1917.

10/  Zaniatia pervoi moskovskoi oblastnoi konferentsii, (Moscú: 1918), p. 47-48, citado en N. Lampert, The Technical Intelligentsia in the Soviet Union 1926-1935, tesis doctoral, CREES, University of Birmingham, U.K.: 1976, p. 19.

11/ A.L. Popov, Oktiabr’skii perevorot, (Petrograd: 1919), p. 364.

12/ Novaia zhizn, Diciembre 5, 1917. Ver también Oktiabr’skoe vooruzhennoe vosstanie v Petrograde, (Moscou: 1957), 368, p. 514-75; et C. Volin, Deiatel’ nost’ men’ shevikov v profsoiuzakh pri sovetskoi vlasti, Inter-University Project on the History of Menshevism, paper n° 13, 28 octubre de 1962, p. 28.

13/ Es decir los que consideraban a la derrota de la guerra como un factor que estimulaba la revolución.

14/ Referencia al tratado de Brest-Litovsk de marzo de 1918, conforme al cual amplias porciones del antiguo imperio ruso fueron cedidas a Alemania a cambio del fin de la guerra.

15/ Znamia truda, 18 de enero de 1918. La novela poco conocida, pero bien escrita, de V. V. Versaev, publicada por primera vez en 1924 y titulada V tupike, sobre la guerra civil en Crimera, proporciona un vivo retrato de la similitud sobre las perspectivas políticas de la intelectualidad de izquierda.