Archivo de la etiqueta: Cuentos

Cuento de J.L. Borges: «Tres versiones de Judas»

There seemed a certainity in degradation. –T. E. Lawrence: Seven Pillars of Wisdom, ciii 

En el Asia Menor o en Alejandría, en el segundo siglo de nuestra fe, cuando Basílides publicaba que el cosmos era una temeraria o malvada improvisación de ángeles deficientes, Niels Runeberg hubiera dirigido, con singular pasión intelectual, uno de los coventículos gnósticos. Dante le hubiera destinado, tal vez, un sepulcro de fuego; su nombre aumentaría los catálogos de heresiarcas menores, entre Satornilo y Carpócrates; algún fragmento de sus prédicas, exonerado de injurias, perduraría en el apócrifo Liber adversus omnes haereses o habría perecido cuando el incendio de una biblioteca monástica devoró el último ejemplar del Syntagma. En cambio, Dios le deparó el siglo veinte y la ciudad universitaria de Lund. Ahí, en 1904, publicó la primera edición de Kristus och Judas; ahí, en 1909, su libro capital Den hemlige Frälsaren. (Del último hay versión alemana, ejecutada en 1912 por Emili Schering; se llama Der heimliche Heiland.) 

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Cuento de H.P. Lovecraft: «La música de Erich Zann»

He examinado varios planos de la ciudad con suma atención, pero no he vuelto a encontrar la Rue d´Auseil. No me he limitado a manejar mapas modernos, pues sé que los nombres cambian con el paso del tiempo. Muy al contrario, me he sumergido a fondo en todas las antigüedades del lugar y he explorado en persona todos los rincones de la ciudad, cualquiera que fuese su nombre, que pudiera responder a la calle que en otro tiempo conocí como Rue d´Auseil. Pero a pesar de todos mis esfuerzos, no deja de ser una frustración que no haya podido dar con la casa, la calle o siquiera el distrito en donde, durante mis últimos meses de depauperada vida como estudiante de metafísica en la universidad, oí la música de Erich Zann. 

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Cuento de Leopoldo María Panero: Mi madre

La calidad de científico-etnólogo y explorador de mi padre le obligó a dejarme en manos de unos tíos y a confiar mi educación a ellos, lo que también se debió a la inexistencia de una madre —mi madre había muerto al nacer yo—. Su muerte, y la repercusión que tuvo en Angus Brown —tal era el nombre de mi padre—, y que se tradujo en miradas de reproche demasiado explícitas, me hicieron desde un principio considerar mi existecia como algo innoble que debía ser ocultado.

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Cuento de Mario Benedetti: Puntero izquierdo

A Carlos Real de Azúa

      Vos sabés las que se arman en cualquier cancha más allá de Propios. Y si no acordate del campito del Astral, donde mataron a la vieja Ulpiana. Los años que estuvo hinchándola desde el alambrado y, la fatalidad, justo esa tarde no pudo disparar por la uña encarnada. Y si no acordate de aquella canchita de mala muerte, creo que la del Torricelli, donde le movieron el esqueleto al pobre Cabeza, un negro

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Cuento de Carlos H. Mohr: Comentario a una cuadratura


La larga cuadratura de Urano-Tauro con Marte-Acuario (pues ambos retrogradan), que se mantendrá hasta octubre del dieciocho, representa un aspecto significativo para leer algunas tendencias de los periodos de lucha social. La deformación del tiempo u otra clase de chapucería patafísica, resultan irrelevantes para comprobar la veracidad de este pronóstico. Aunque me quede fumando y el agua enfríe, y en la radio Sonia Montecinos diga que mi tiempo requiere autoconsciencia sobre las relaciones de poder que dan sustancia y forma a la masculinidad dominante. O algo así.

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Cuento de Gay Talese: Los valientes sastres de la mafia

Existe cierto tipo de enfermedad mental, endémica en el oficio de la sastrería, que comenzó a tender hilos dentro de la psique de mi padre durante sus días como aprendiz en Italia, cuando trabajaba en el taller de un volátil artesano de nombre Francesco Cristiani, cuyos antecesores habían practicado la sastrería en sucesión por cuatro generaciones. Todos ellos, sin excepción alguna, habían exhibido los síntomas de este mal del oficio. 

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Edgar Allan Poe: El pozo y el péndulo

Impia tortorum longas hic turba furores
Sanguina innocui, nao satiata, aluit.
Sospite nunc patria, fracto nunc funeris antro,
Mors ubi dira fuit vita salusque patent.
(Cuarteto compuesto para las puertas de un mercado que ha de ser erigido en el emplazamiento del Club de los Jacobinos en París.)

Sentía náuseas, náuseas de muerte después de tan larga agonía; y, cuando por fin me desataron y me permitieron sentarme, comprendí que mis sentidos me abandonaban. La sentencia, la atroz sentencia de muerte, fue el último sonido reconocible que registraron mis oídos. Después, el murmullo de las voces de los inquisidores pareció fundirse en un soñoliento zumbido indeterminado, que trajo a mi mente la idea de revolución, tal vez porque imaginativamente lo confundía con el ronroneo de una rueda de molino. Esto duró muy poco, pues de pronto cesé de oír. Pero al mismo tiempo pude ver… ¡aunque con qué terrible exageración! Vi los labios de los jueces togados de negro. Me parecieron blancos… más blancos que la hoja sobre la cual trazo estas palabras, y finos hasta lo grotesco; finos por la intensidad de su expresión de firmeza, de inmutable resolución, de absoluto desprecio hacia la tortura humana. Vi que los decretos de lo que para mí era el destino brotaban todavía de aquellos labios. Los vi torcerse mientras pronunciaban una frase letal. Los vi formar las sílabas de mi nombre, y me estremecí, porque ningún sonido llegaba hasta mí. Y en aquellos momentos de horror delirante vi también oscilar imperceptible y suavemente las negras colgaduras que ocultaban los muros de la estancia. Entonces mi visión recayó en las siete altas bujías de la mesa. Al principio me parecieron símbolos de caridad, como blancos y esbeltos ángeles que me salvarían; pero entonces, bruscamente, una espantosa náusea invadió mi espíritu y sentí que todas mis fibras se estremecían como si hubiera tocado los hilos de una batería galvánica, mientras las formas angélicas se convertían en hueros espectros de cabezas llameantes, y comprendí que ninguna ayuda me vendría de ellos. Como una profunda nota musical penetró en mi fantasía la noción de que la tumba debía ser el lugar del más dulce descanso. El pensamiento vino poco a poco y sigiloso, de modo que pasó un tiempo antes de poder apreciarlo plenamente; pero, en el momento en que mi espíritu llegaba por fin a abrigarlo, las figuras de los jueces se desvanecieron como por arte de magia, las altas bujías se hundieron en la nada, mientras sus llamas desaparecían, y me envolvió la más negra de las tinieblas. Todas mis sensaciones fueron tragadas por el torbellino de una caída en profundidad, como la del alma en el Hades. Y luego el universo no fue más que silencio, calma y noche. Seguir leyendo Edgar Allan Poe: El pozo y el péndulo