Archivo de la etiqueta: Centenario Revolución Rusa

Lenin: Acerca del problema de las nacionalidades o sobre la “autonomización”

En mis obras acerca del problema nacional he escrito ya que el planteamiento abstracto del problema del nacionalismo en general no sirve para nada. Es necesario distinguir entre el nacionalismo de la nación opresora y el nacionalismo de la nación oprimida, entre el nacionalismo de la nación grande y el nacionalismo de la nación pequeña. Seguir leyendo Lenin: Acerca del problema de las nacionalidades o sobre la “autonomización”

2018: el mundo al revés

por Alan Woods //

Donald Trump dio la bienvenida al Año Nuevo a su manera inimitable: rodeado por su clan social y político en los alrededores opulentos de su exclusivo club Mar-a-Lago en Florida, acompañado por un grupo representativo de todos los segmentos de la sociedad estadounidense, desde estrellas de cine a multimillonarios. Seguir leyendo 2018: el mundo al revés

Emma Goldmann recuerda Kropotkin

por Emma Goldman //

Entre los que yo deseaba ver cuando llegué a Rusia en enero de 1920, estaba Piotr Alekséyevich Kropotkin. Inmediatamente averigüé la manera de encontrarlo. Me informaron que el único medio sería cuando fuese a Moscú, debido al hecho de que Kropotkin vivía en Dmítrov, una pequeña aldea a unas 60 verstas de distancia de la ciudad. Debido al país estar tan devastado por la guerra, no me quedó otro recurso que esperar a una oportunidad de ir a Moscú, pero afortunadamente pronto se me presentó la oportunidad. Seguir leyendo Emma Goldmann recuerda Kropotkin

De las Jornadas de Julio al golpe de Estado de Kornílov: el Estado y la revolución de Lenin

por Barry Grey //

Estamos publicando aquí el texto de la conferencia pronunciada el 14 de octubre por Barry Grey, editor nacional de Estados Unidos del World Socialist Web Site. Esta es la primera conferencia en línea de la segunda parte de la serie presentada por el Comité Internacional de la Cuarta Internacional para marcar el centenario de la Revolución Rusa de 1917. Seguir leyendo De las Jornadas de Julio al golpe de Estado de Kornílov: el Estado y la revolución de Lenin

Argentina: se abre un debate en la izquierda revolucionaria.

TEXTO DE DISCUSION SOBRE SITUACION NACIONAL

  • Este texto trata de recoger una discusión con un amplio grupo de compañeros de nuestro grupo y no cuyo disparador del mismo fue el resultado electoral del pasado 22 de octubre (elecciones parlamentarias, de medio término, en la Argentina). El grupo SOCIALISMO REVOLUCIONARIO aportó al mismo su declaración política previa a dicho evento electoral (ver anexo). Lo que sigue son apuntes tomados con el objetivo de aportar a la continuidad del debate y de la acción política. Tienen la posibilidad del error o la omisión de quizás no poder recoger a fondo muchas intervenciones. Pero el valor creemos de sin intentar ser “un documento nacional” ni mucho menos, de un texto que permita desarrollar la discusión. Es en este sentido que nos proponemos (y proponemos) encarar en los próximos meses un estudio y debate sobre distintos temas como ser un análisis de la realidad económica de argentina ligada a la mundial y la no menos importante discusión sobre la organización de los revolucionarios, a la cal podríamos definir como la discusión del “partido”. Queremos hacerlo colectivamente y a esta discusión como las venideras te invitamos abiertamente

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Los bolcheviques y las reivindicaciones feministas: una relación tumultuosa

Marijke Colle //

Fue una manifestación de mujeres la chispa que, en febrero de 1917, hizo estallar la revolución rusa. No obstante, las reivindicaciones feministas estaban lejos de ser una de las principales preocupaciones de los dirigentes revolucionarios de la época. El torbellino de la revolución trajo la emancipación de las mujeres rusas… antes de un rápido retorno al modelo tradicional de la familia Seguir leyendo Los bolcheviques y las reivindicaciones feministas: una relación tumultuosa

Alexandra Kolontái: la feminista bolchevique que se convirtió en la primera mujer en un Gobierno

por Santiago Mayor //

Aunque sus líderes más conocidos fueron Lenin, Trotsky y Stalin, hubo una mujer que sobresalió en un mundo hegemonizado por los hombres: Alexandra Kolontái, la primera mujer que formó parte de un Gobierno en la historia, al frente del Comisariado del Pueblo [Ministerio] para el Bienestar Social. Seguir leyendo Alexandra Kolontái: la feminista bolchevique que se convirtió en la primera mujer en un Gobierno

Cómo la Revolución Bolchevique salvó el arte vanguardista

por Paul Mitchell // 

La exposición “Rusia Radical” en Norwich es un asunto pequeño en comparación con algunos shows exitosos que marcan el centenario de la Revolución de octubre de 1917 que se han organizado en Londres y mundialmente. Pero eso no debería desalentar a nadie que quiera ir. Seguir leyendo Cómo la Revolución Bolchevique salvó el arte vanguardista

Centenario de la Revolución Rusa:»Se atrevieron»

 

por David Mandel //

Cien años después, la cuestión del legado histórico de la Revolución de Octubre sigue sin ser sencilla para los socialistas: el estalinismo pudo echar raíces menos de una década después de la Revolución y la restauración del capitalismo encontró poca resistencia popular setenta años después Seguir leyendo Centenario de la Revolución Rusa:»Se atrevieron»

Entrevista a Juan Dal Maso: “Gramsci es un autor que es de todo el mundo”

 

por Brais Fernández y Victor de la Fuente

Juan Dal Maso es autor de un libro titulado El marxismo de Gramsci, públicado originalmente en Argentina y recién publicado en España. Lo entrevistamos a raíz de la presentación de su libro en Madrid Seguir leyendo Entrevista a Juan Dal Maso: “Gramsci es un autor que es de todo el mundo”

Fulgor y muerte de la revolución

por Manuel Gari //

Pocas veces un triunfo político tan deslumbrante y esperanzador como la toma del poder por los soviets en la Rusia zarista tuvo un desenlace tan dramático y devastador para la conciencia del movimiento popular en todo el mundo. Este es el meollo de la cuestión que intentan explicar buena parte de los artículos de Espacio Público del debate titulado “Hablemos de la Revolución de Octubre”. Pero es pertinente hacerse algunas preguntas. ¿Tiene algún interés reflexionar sobre acontecimientos ocurridos en Rusia hace un siglo? ¿Por qué se han publicado más de 11.000 artículos en el mundo durante los meses de setiembre y octubre de 2017 y se han realizado centenares de seminarios y conferencias sobre la “revolución bolchevique”? ¿Podemos rescatar algo de aquel legado? ¿Acaso cabe aprender algo de la experiencia Seguir leyendo Fulgor y muerte de la revolución

El socialismo traicionado. Detrás del colapso de la Unión Soviética 1917-1991

por Roger Keeran  y Thomas Kenny //

Este libro trata del colapso de la Unión Soviética y de su significado para el siglo XXI. La magnitud de la debacle dio lugar a declaraciones extravagantes por parte de los políticos de derechas. Para ellos, el colapso quería decir que la Guerra Fría había terminado y que el capitalismo había ganado. Significaba «el fin de la historia». De ahí en adelante, el capitalismo iba a representar la forma más elevada, la cumbre, de la evolución económica y política. La mayoría de los que simpatizaban con el proyecto soviético no compartían este triunfalismo de derechas. Para estas personas, el colapso soviético tuvo consecuencias decisivas, pero no alteró la utilidad del marxismo para comprender un mundo que se formaba, más que nunca, a través del conflicto de clases y las luchas de los colectivos oprimidos contra el poder corporativo, ni hizo tambalear los valores y el compromiso de los que estaban de parte de los trabajadores, los sindicatos, las minorías, la liberación nacional, la paz, las mujeres, el medio ambiente y los derechos humanos. A pesar de todo, lo que le había ocurrido al socialismo representaba tanto un desafío teórico al marxismo como un desafío práctico con respecto a las posibilidades futuras de las luchas anticapitalistas y del socialismo. Seguir leyendo El socialismo traicionado. Detrás del colapso de la Unión Soviética 1917-1991

Lenin: cinco años de la revolución rusa y perspectivas de la revolución mundial

Informe pronunciado ante el IV Congreso de la Internacional Comunista el 13 de noviembre de 1922

Camaradas: En la lista de oradores figuro como el informante principal, pero comprenderéis que, después de mi larga enfermedad, no estoy en condiciones de pronunciar un informe amplio. No podré hacer más que una introducción a los problemas de más importancia. Mi tema será muy limitado. El tema Cinco años de la revolución rusa y perspectivas de la revolución mundial es demasiado amplio y grandioso para que pueda agotarlo un solo orador y en un solo discurso. Seguir leyendo Lenin: cinco años de la revolución rusa y perspectivas de la revolución mundial

En el centenario de la Revolución de Octubre

por David North//

Hace cien años, en la mañana del 7 de noviembre de 1917, el Comité Militar Revolucionario del Sóviet de Petrogrado, encabezado por León Trotsky, proclamó lo siguiente a los ciudadanos de Rusia.

El Gobierno Provisional ha sido derrocado. El poder estatal ha pasado a manos del órgano del Sóviet de Petrogrado de los Diputados de Obreros y Soldados, el Comité Militar Revolucionario, el cual dirige al proletariado y a la guarnición de Petrogrado.

¡La causa por la que ha luchado el pueblo —la oferta inmediata de una paz democrática, la abolición de la propiedad de tierra de los terratenientes, el control obrero de la industria y la creación de un Gobierno de los sóviets— ha quedado asegurada!

¡Viva la revolución de los trabajadores, soldados y campesinos!

Vladimir Lenin

Esa misma tarde, Lenin, quien tres meses antes había sido denunciado por el Gobierno Provisional burgués como un criminal, recibió una ovación estruendosa cuando salió de su escondite y entró en el salón donde se encontraban congregados los delegados soviéticos. Siendo testigo de los extraordinarios eventos de ese día, el periodista socialista estadounidense, John Reed, dejó una memorable descripción del líder bolchevique, “amado y reverenciado como quizás pocos líderes en la historia”. Escribe que Lenin fue un “líder extrañamente popular, un líder en virtud puramente de su intelecto”, que poseía “el poder de explicar ideas profundas en términos simples, de analizar una situación concreta. En combinación con su perspicacia, la máxima audacia intelectual”.

Al llegar al podio, Lenin comenzó su discurso ante los delegados presentes: “Camaradas, la revolución de los trabajadores y campesinos, sobre cuya necesidad han hablado siempre los bolcheviques, ha sido alcanzada”.

Ya que Rusia todavía utilizaba el viejo calendario juliano, el derrocamiento del Gobierno Provisional entró en la historia como la Revolución de Octubre. Sin embargo, a pesar de que Rusia iba trece días atrás de Europa Occidental y América del Norte, la toma de poder por los bolcheviques catapultó a Rusia, en términos políticos al frente de la historia mundial. La insurrección liderada por los bolcheviques fue la culminación de una lucha política que había comenzado ocho meses antes, en febrero de 1917, con la deposición de la autocracia zarista que había gobernado Rusia por más de trescientos años.

Marcha de las mujeres durante la Revolución de Febrero

El levantamiento de febrero-marzo 1917 desencadenó una batalla prolongada por la perspectiva política y el significado histórico de la revolución que se había desatado en Rusia. Los kadetes burgueses (Partido Democrático Constitucional), los reformistas mencheviques y los socialrevolucionarios que se basaban en el campesinado vieron la revolución en términos principalmente nacionales. El derrocamiento del régimen zarista, insistían, no había sido nada más que una revolución democrática nacional. Las tareas de la revolución se confinaban al reemplazo del régimen zarista por algún tipo de república parlamentaria, basada en la de Francia o de Reino Unido y dedicada a promover el desarrollo de la economía rusa sobre fundamentos capitalistas.

En la práctica, los kadetes, temiendo un levantamiento revolucionario y aborreciendo a las masas, se opusieron a cualquier cambio en las estructuras sociales que amenazara sus riquezas. En lo que corresponde a los mencheviques y socialrevolucionarios, sus programas reformistas excluyeron cualquier avance significativo contra la propiedad capitalista. Para ellos, tomarían décadas de desarrollo capitalista antes de incluso considerar una transición al socialismo como una posibilidad.

Dentro del marco de esta perspectiva, rechazaron inequívocamente el derrocamiento político de la clase capitalista y la toma del poder por parte de la clase trabajadora. La subordinación política de la clase trabajadora al dominio burgués significó un apoyo a la continuación de la participación rusa en el baño de sangre de la guerra mundial imperialista que había comenzado en 1914.

Antes del regreso de Lenin del exilio en abril de 1917, los principales dirigentes bolcheviques en Petrogrado, Lev Kámenev y Iósif Stalin, habían consentido a la subordinación del sóviet (consejo) obrero, bajo una dirección menchevique, al Gobierno Provisional. A raíz de esto, Kámenev y Stalin aceptaron el argumento que, tras traerse abajo el régimen zarista, la participación de Rusia en la guerra imperialista se había convertido en un combate democrático contra la autocracia alemana que debía contar con el apoyo de la clase obrera. Por consiguiente, los patentes intereses imperialistas de la burguesía rusa fueron maquillados con frases hipócritas sobre una “paz democrática”.

El regreso de Lenin a Rusia el 16 de abril conllevó a un cambio dramático de orientación en el Partido Bolchevique. En oposición a los aliados del Gobierno Provisional en el Sóviet de Petrogrado, incluyendo a una facción substancial de la dirigencia bolchevique, Lenin hizo el llamamiento de transferir el poder a los sóviets. Los fundamentos de esta demanda revolucionaria, que sorprendió tanto a los mencheviques como a los camaradas de Lenin en la cúpula bolchevique, consistían en una concepción profundamente diferente del significado histórico de la Revolución Rusa.

Una manifestación de soldados en febrero de 1917

Desde que comenzó la guerra mundial imperialista en agosto de 1914, Lenin había insistido en que ésta marcaba el comienzo de una nueva etapa en la historia mundial. La masacre desatada por la guerra surgió de las contradicciones globales del imperialismo capitalista. Las contradicciones del sistema imperialista, las cuales buscaban resolver los regímenes capitalistas mediante la guerra, iban a incitar una respuesta revolucionaria por parte de la clase trabajadora internacional.

Esta comprensión del contexto histórico y mundial de la Revolución Rusa formó la base de las políticas que iban a guiar al Partido Bolchevique después del regreso de Lenin, quien insistió en que esta Revolución tenía que ser entendida como el comienzo de la revolución socialista mundial. En el Séptimo Congreso del Partido Bolchevique en abril de 1917, aseveró:

El gran honor de comenzar la revolución le ha tocado al proletariado ruso. Pero, el proletariado ruso no puede olvidar que su movimiento y su revolución son sólo una parte del movimiento revolucionario del proletariado mundial que, por ejemplo, en Alemania está tomando más ímpetu con cada día que pasa. Sólo desde este ángulo podremos definir nuestras taras.

En los meses de abril a octubre, Lenin escribió cuantiosos artículos con los que empapó y elevó la conciencia de los miembros del partido y decenas de miles de obreros que leían los panfletos, periódicos y folletos bolcheviques con un entendimiento del carácter internacional de la revolución. Aquellos que afirman que la revolución bolchevique fue un “golpe de Estado” orquestado en secreto están simplemente ignorando el hecho de que las apelaciones de Lenin por una revolución socialista estaban siendo leídas, estudiadas y debatidas en las fábricas, los cuarteles y en las calles de todas las principales ciudades de Rusia.

En setiembre, sólo un mes antes de la toma del poder, el Partido Bolchevique publicó el panfleto de Lenin titulado Las tareas del proletariado en la presente revolución. No había nada ambiguo, mucho menos subrepticio, en la presentación de Lenin del programa y las intenciones del Partido Bolchevique. Con un nivel extraordinario de consciencia histórica, Lenin explicó la necesidad objetiva expresada en las políticas bolcheviques:

La guerra no ha sido engendrada por la voluntad maligna de los bandidos capitalistas, aunque es indudable que se hace sólo en interés suyo y sólo a ellos enriquece. La guerra es el producto de medio siglo de desarrollo del capital mundial, de sus miles de millones de hilos y vínculos. Es imposible salir de la guerra imperialista, es imposibleconseguir una paz democrática, una paz no impuesta por la violencia, sin derribar el Poder del capital y sin que el Poder del Estado pase a manos de otra clase, del proletariado.

Con la revolución rusa de febrero—marzo de 1917— la guerra imperialista comenzó a transformarse en guerra civil. Esta revolución ha dado el primer paso hacia el cese de la guerra. Pero sólo un segundopaso puede asegurar ese cese, a saber, el paso del Poder del Estado a manos del proletariado. Eso será el comienzo de la “ruptura del frente” en todo el mundo, del frente de los intereses del capital; y sólo rompiendo ese frente puede el proletariado redimir a la humanidad de los horrores de la guerra y asegurarle el bien de la paz de forma duradera.

Durante el periodo que siguió a las “Jornadas de julio” —marcadas por una brutal represión de la clase obrera a manos del Gobierno Provisional—, Lenin se vio obligado a ocultarse. León Trotsky, quien había regresado a Rusia en mayo y se unió rápidamente a la dirección del Partido Bolchevique, fue encarcelado. No obstante, fue dejado libre en setiembre, como consecuencia del fallido golpe de Estado contrarrevolucionario del general Kornílov. Luego, fue electo presidente del Sóviet de Petrogrado. En las semanas próximas, Trotsky emergió como el principal líder de las masas y orador de la revolución. Desempeñó el papel decisivo en la planificación estratégica y organización de la insurrección bolchevique.

León Trotsky

Sin lugar a dudas, hubo un elemento de genio en el liderazgo de Trotsky de la insurrección bolchevique. Sin embargo, el rol de Trotsky en la Revolución de Octubre surgió, al igual que el de Lenin, a raíz de un análisis sobre el lugar que ocupaba la Revolución Rusa en la historia mundial. De hecho, Trotsky, en la elaboración de su Teoría de la Revolución Permanente, fue el primero en prever, tan temprano como 1905, que la revolución democrática contra la autocracia zarista en Rusia evolucionaría necesariamente a una revolución socialista que conduciría a la transferencia del poder a la clase obrera.

El análisis de Trotsky desafiaba las afirmaciones de que las tareas políticas de la clase obrera eran determinadas por el atraso económico de Rusia, y que por ende “no estaba lista” para una revolución socialista. “En un país atrasado económicamente —escribió en 1905— el proletariado puede llegar al poder antes de que en un país con el capitalismo más avanzado”.

No obstante, ¿cómo iba a poder sostener su revolución la clase obrera? Trotsky, un largo tiempo antes de los eventos de 1917, escribió que la clase trabajadora,

“no tendrá ninguna alternativa más que conectar el destino de su control político, y, por ende, el destino de la revolución rusa en su conjunto, con el destino de la revolución socialista en Europa. Ese enorme poder estatal y político otorgado por un conjunto de circunstancias temporales en la revolución burguesa en Rusia se fundirá en las escalas de la lucha de clases de todo el mundo capitalista. Con el poder estatal en sus manos, la contrarrevolución detrás de sí y la reacción europea adelante, clamará hacia sus camaradas del mundo entero el viejo llamamiento para un último ataque: ¡Proletariados de todos los países, uníos!”.

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Para el mes de octubre de 1917, la pesadilla de la Primera Guerra Mundial ya había cobrado la vida de millones de soldados. Las noticias acerca de la insurrección bolchevique recorrieron la conciencia de las masas como una gran descarga eléctrica. La Revolución de Febrero fue un evento ruso, pero la Revolución de Octubre fue un acontecimiento que cambió el mundo. Lo que era meramente un “espectro” en 1847, existía ahora como un Gobierno revolucionario que tomó el poder con base en una insurrección de la clase obrera.

Rosa Luxemburgo, cuando escuchó acerca de la Revolución estando en prisión, le relató a una amiga en una carta que buscaba impacientemente en los periódicos para saber más de lo que acontecía en Rusia. Expresó dudas acerca de si la revolución iba a poder sobrevivir ante la oposición armada del imperialismo mundial; sin embargo, no dudó la enormidad del evento revolucionario, expresando admiración hacia lo que habían logrado Lenin y Trotsky, camaradas que había conocido muchos años antes. La insurrección encabezada por los bolcheviques, escribió, “es un acto mundial e histórico, cuyo ejemplo vivirá por eones”.

Rosa Luxemburgo

Muchos años después, celebrando el vigésimo quinto aniversario de la Revolución de Octubre, el líder trotskista estadounidense, James P. Cannon, rememoró el impacto de 1917 en los socialistas alrededor del mundo:

Por primera vez, concentrada en una acción revolucionaria, tuvimos una demonstración acerca del verdadero significado del marxismo. Por primera vez, aprendimos del ejemplo y las enseñanzas de Lenin y Trotsky y los líderes de la revolución rusa el significado verdadero de un partido revolucionario. Aquellos que recuerdan ese momento, cuyas vidas fueron soldadas a la revolución rusa, deben contemplarla hoy como la fuerza más inspiradora y aleccionadora que la clase oprimida mundial haya conocido.

La Revolución de Octubre figura entre los eventos más importantes y progresistas de la historia mundial. Forma parte de una cadena de eventos históricos-mundiales, como la Reforma protestante, la Revolución Estadounidense, la Revolución Francesa, que fueron grandes hitos en el desarrollo de la civilización humana.

El impacto global de la Revolución de Octubre es incalculable. Fue un acontecimiento que prendió la chispa de un movimiento de la clase obrera y de todas las masas oprimidas contra la explotación imperialista y la opresión imperialista. Es imposible pensar en alguna conquista política o social significativa de la clase obrera en el siglo XX, en cualquier parte del mundo, que no le deba una parte substancial de su realización a la Revolución Bolchevique. El establecimiento del Estado soviético fue el primer gran logro de la Revolución de Octubre. La victoria de los bolcheviques demostró en la práctica la posibilidad de una conquista del poder estatal por parte de la clase obrera, poniendo fin al dominio de la clase capitalista y organizando a la sociedad sobre una base no capitalista, sino socialista.

Mientras que la formación de la Unión Soviética fue el producto inmediato de la insurrección encabezada por los bolcheviques, no cubre por sí sola el significado histórico completo de la Revolución de Octubre. El establecimiento del Estado soviético en octubre de 1917 fue tan sólo el primer episodio de una nueva época de la Revolución Socialista Mundial.

Esta distinción histórica entre un episodio y una época es crítica para poder entender el destino tanto de la Unión Soviética como del mundo contemporáneo. La disolución de la URSS en 1991 marcó el final del Estado fundado en 1917, pero no marcó la conclusión de la época de la revolución socialista mundial. Esta disolución fue el resultado del abandono que inició a principios de la década de 1920 de la perspectiva socialista internacional sobre la cual se basó la Revolución de Octubre. El programa estalinista de socialismo en un solo país, promulgada por Stalin y Bujarin en 1924 fue un punto de quiebre en la degeneración nacionalista de la Unión Soviética. Como advirtió Trotsky, el nacionalismo estalinista, el cual encontró un apoyo político en la cada vez más grande élite burocrática, separó el destino de la Unión Soviética de la lucha por el socialismo mundial. La Internacional Comunista, la cual fue fundada en 1919 como un instrumento de la revolución socialista mundial, fue degradada y convertida en un brazo para la política exterior contrarrevolucionaria de la URSS. Las políticas embaucadoras y desorientadores de Stalin conllevaron a derrotas devastadoras para la clase obrera en Alemania, Francia, España y muchos otros países.

En 1936, Stalin comenzó su Gran Purga, que al cabo de cuatro años ya había exterminado físicamente a prácticamente todos los dirigentes del internacionalismo revolucionario dentro de la clase obrera y de la intelectualidad socialista. Trotsky fue asesinado en México en 1940.

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La disolución de la URSS en 1991 fue celebrada como una victoria trascendental del capitalismo global. Por fin, el espectro del comunismo y el socialismo había sido erradicado. ¡La historia había llegado a su fin! ¡La Revolución de Octubre estaba en ruinas! Por supuesto, tales proclamas no se basaban en un análisis detenido de los últimos 74 años. No se le prestó ninguna consideración a los enormes logros de la Unión Soviética, los cuales fueron más allá de su papel central en la derrota de la Alemania Nazi en la Segunda Guerra Mundial, incluyendo inmensos avances en las condiciones sociales y culturales del pueblo soviético. Aparte de los esfuerzos para borrar de la memoria colectiva todos los logros soviéticos, la falsificación principal de la historia del siglo XX ha sido definir el futuro del socialismo con una narrativa nacionalista de la Revolución de Octubre, en la cual se presenta la toma de poder bolchevique como un evento aberrante, ilegítimo e, incluso, criminal en la historia de Rusia. Por ende, la concepción original bolchevique acerca de lo acontecido en octubre tiene que ser ridiculizada o ignorada. No se le puede atribuir ninguna relevancia histórica ni política a la Revolución de Octubre.

Una unidad de la Guardia Roja en la fábrica Vulcán de Petrogrado durante la revolución

La vigencia de esta versión reaccionaria de los hechos, la cual tiene como objeto restarle a la Revolución toda legitimidad, importancia y honor, depende de una pequeña cosa: que el sistema capitalista mundial haya podido resolver y trascender las contradicciones que dieron origen a las guerras y revoluciones de siglo XX.

Es precisamente en este punto que colapsan todos los esfuerzos para desacreditar la Revolución de Octubre y todas las luchas futuras por alcanzar el socialismo. El cuarto de siglo desde la disolución de la URSS se ha caracterizado por una serie continua y cada vez más profunda de crisis sociales, políticas y económicas. Vivimos en tiempos de guerras perpetuas. Desde la invasión inicial estadounidense de Irak en 1991, el número de vidas acabadas por bombas y misiles estadounidenses en dicho país supera el millón. Ante el recrudecimiento de los conflictos geopolíticos, el estallido de una tercera guerra mundial es percibido como algo cada vez más inevitable.

La crisis económica del 2008 expuso la fragilidad del sistema capitalista mundial. Las tensiones sociales aumentan contra el trasfondo de los niveles de desigualdad más altos en un siglo. A medida que las instituciones tradicionales de la democracia burguesa no puedan aguantar el peso de los conflictos sociales, las élites gobernantes recurrirán cada vez más abiertamente a formas autoritarias de gobierno. La administración Trump es meramente una manifestación repugnante del colapso universal de la democracia burguesa. El papel que desempeñan las agencias militares, policiales y de inteligencia en la gestión del Estado capitalista se ha vuelto cada vez más explícito.

A lo largo de este año marcando el centenario, innumerables artículos y libros han sido publicados a fin de desacreditar la Revolución de Octubre. No obstante, el mismo tono histérico que predomina en estas denuncias desmiente sus afirmaciones de la supuesta “irrelevancia” de octubre, 1917. La Revolución de Octubre no es abarcada como un evento histórico, sino como una amenaza perdurable y contemporánea.

El temor que subyace estos ataques fue evidenciado por un libro publicado recientemente por el líder especialista en las falsificaciones históricas, el profesor Sean McMeekin, quien escribe:

Al igual que con las armas nucleares que tuvieron su origen en la época ideológica iniciada en 1917, el triste hecho acerca del leninismo es que, una vez que fue inventado no se puede deshacer. La desigualdad social siempre estará con nosotros, junto con el impulso bien intencionado de los socialistas para erradicarla… Si debemos aprender algo de los últimos cien años es que debemos fortalecer nuestras defensas y resistir a los profetas armados que prometen la perfección social.

En un ensayo publicado en el diario New York Times en octubre, el columnista Bret Stephens advierte:

Los esfuerzos para criminalizar el capitalismo y los servicios financieros también tienen resultados predecibles… Un siglo después, el bacilo [del socialismo] no ha sido erradicado y nuestra inmunidad hacia él todavía sigue siendo dudosa.

La ansiedad expresada en estas declaraciones no es infundada. Una nueva encuesta publicada muestra que, en la generación de “Millenials” (menores de 28 años de edad), un porcentaje mayor de porcentaje de jóvenes prefiere vivir en una sociedad socialista o comunista que en una capitalista.

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Durante este centenario, el Comité Internacional de la Cuarta Internacional ha celebrado el aniversario de la Revolución de Octubre estudiando y explicando sus orígenes y significado. Realizó un trabajo histórico importante, siendo la única tendencia política en el mundo que representa el programa del socialismo internacional en el que se basó la Revolución de Octubre. La defensa de este programa está enraizada históricamente en la lucha librada por Trotsky —primero como líder de la Oposición de Izquierda y luego como fundador de la Cuarta Internacional— contra la traición y perversión nacionalista del programa y los principios de la Revolución de Octubre a manos de la burocracia estalinista. Al mismo tiempo de la lucha por defender todo lo alcanzado dentro de la Unión Soviética como resultado de la Revolución de Octubre, nunca asumió la forma de una adaptación, mucho menos de una capitulación, a las políticas reaccionarias del régimen burocrático.

Consecuentemente, la Cuarta Internacional es la expresión contemporánea del programa de la Revolución Socialista Mundial. En el periodo actual, marcado por la irresoluble crisis capitalista, este programa vuelve a adquirir una vigencia sumamente intensa. La Revolución de Octubre no vive en la historia, sino en el presente.

Llamamos a los trabajadores y jóvenes alrededor del mundo a construir la lucha por el socialismo mundial.

¡Viva el ejemplo de la Revolución de Octubre!
¡Construyamos el Comité Internacional de la Cuarta Internacional!
¡Avancemos hacia la Revolución Socialista Mundial!

La intelectualidad y la clase obrera en 1917 (IV)

por David Mandel//

Los trabajadores no traspasaron alegremente la última etapa de la toma del poder en octubre de 1917. En realidad, la mayor parte de ellos, aunque deseaban desesperadamente el poder de los soviets, dudaron y temporizaron ante la acción(vystuplenie). La insurrección fue el acto de una minoría decisiva de trabajadores, los que eran miembros o próximos del partido bolchevique (solo en la capital, el partido contaba en sus filas con 30 000 trabajadores). Cuando forzaron la decisión, la aplastante mayoría de los otros trabajadores dieron su apoyo. Pero en ese momento, los trabajadores estaban preocupados por su aislamiento político. En los días que siguieron a la insurrección se expresó un apoyo amplio de los trabajadores, también en las filas del partido bolchevique, a favor de la formación de un “gobierno socialista homogéneo”, es decir una coaliciónde todos los partidos socialistas, tanto de izquierda como de derecha.

Sin embargo, las negociaciones tendentes a formar un tal gobierno, emprendidas bajo los auspicios del Comité Ejecutivo Panruso del sindicato de los ferroviarios [Vikzhel], entonces dirigido por los mencheviques internacionalistas (mencheviques de izquierda), fracasaron por la negativa de los mencheviques moderados y los SR, así como de los que se encontraban a su derecha, a formar parte de un gobierno, a participar en un gobierno responsable única, o principalmente, ante los soviets. Un tal gobierno estaría compuesto en mayoría por bolcheviques, en la medida en que eran mayoritarios en el reciente Congreso de los Soviets. Tras esta negativa estaba la convicción de los socialistas moderados de que, sin el apoyo de la burguesía, la revolución estaría abocada al fracaso. Ligado a este aspecto estaba el temor de que el gobierno, dirigido por los bolcheviques, cuya base era obrera, emprendiese “experimentaciones socialistas”.

Cuando fracasaron las negociaciones, precisamente sobre la cuestión de la responsabilidad ante los soviets, los SR de izquierda decidieron participar en el gobierno de los soviets en coalición con los bolcheviques. Su periódico subrayaba que “incluso si hubiéramos llegado a la formación de un ‘gobierno homogéneo’, ello habría sido, en realidad, una coalición con la parte más radical de la burguesía” 1/. Pero los mencheviques-internacionalistas, el ala izquierda del partido menchevique que tomó pronto la dirección del partido, rechazó seguir a los SR de izquierda. En un artículo de título “2×2=5”, el economista menchevique-internacionalista V.L. Bazarov expresó su irritación ante lo que él consideraba una confusión de los trabajadores: llamaban a la formación de una coalición de todos los socialistas, pero querían una coalición que fuese responsable ante los soviets.

“[…]Se adoptan resoluciones que exigen inmediatamente la constitución de un gobierno democrático sobre la base de un acuerdo de todos los partidos socialistas y [al mismo tiempo] un reconocimiento del actual TsIK [CEC de los soviets de los diputados de trabajadores y soldados, elegido en el reciente Congreso de los soviets, ampliamente bolchevique] como si fuera el órgano ante el que debe ser responsable el gobierno […]. Pero, actualmente, un gobierno puramente soviético no puede ser más que bolchevique. Cada día que pasa se hace más claro el hecho de que los bolcheviques no pueden gobernar: los decretos se suceden en cadena y no pueden ser puestos en práctica […] Así, incluso aunque sea cierto lo que declaran los bolcheviques, es decir que las masas no están tras los partidos socialistas, compuestos exclusivamente de intelectuales, […] entonces incluso, serán necesarias amplias concesiones. El proletariado no puede dirigir sin la intelectualidad […] El TsIK debe ser únicamente una de las instituciones ante las que el gobierno es responsable 2/”.

Los mencheviques-internacionalistas compartían la opinión de los bolcheviques según la cual la burguesía era fundamentalmente contrarrevolucionaria. Sin embargo, compartían también la convicción del ala derecha de su propio partido de que una Rusia económicamente atrasada, muy ampliamente campesina, no disponía de las condiciones sociales y políticas favorables al socialismo. En consecuencia, mientras que los mencheviques más a la derecha, en paralelo con los SR, continuaban a llamar a una coalición con los representantes de la burguesía, los mencheviques-internacionalistas subrayaban la necesidad de, al menos, conservar el apoyo de las capas medias de la sociedad, la pequeña burguesía y especialmente la intelectualidad. El problema, sin embargo, residía en el hecho de que esta última había optado, de forma aplastante, por el partido de la burguesía. Resultó que los mencheviques de izquierda quedaron condenados a permanecer como espectadores pasivos de la revolución en curso.

En lo que concierne a los propios trabajadores y trabajadoras, cuando les pareció claro que la verdadera cuestión era la de un poder de los soviets o una coalición renovada, bajo una u otra forma, con la burguesía, dieron su apoyo al gobierno de los soviets antes incluso de que los SR de izquierda decidieron unirse al mismo. En la reunión del 29 de octubre, simultáneamente a las negociaciones para formar un gobierno de coalición de todos los partidos socialistas, una asamblea general de trabajadores de los astilleros navales Admiral’teiski lanzó un llamamiento a todos los trabajadores, pidiendo:

“Independientemente de vuestro color partidario, ejerced una presión sobre vuestros centros políticos a fin de alcanzar un acuerdo inmediato de todos los partidos, desde los bolcheviques hasta los socialistas-populares así como a la formación de un gobierno socialista responsable ante el soviet de los diputados trabajadores, soldados y campesinos sobre la base de la siguiente plataforma: proposición inmediata de paz. Transferencia inmediata de la tierra a los comités campesinos. Control obrero de la producción. Convocatoria de la Asamblea Constituyente en la fecha fijada 3/.”

Este era un ejemplo de lo que Bazarov consideraba como revelador de la confusión política de los trabajadores: querían un gobierno de coalición de todos los partidos socialistas, pero querían igualmente que ese gobierno fuese responsable ante los soviets. Una semana más tarde, sin embargo, después de la ruptura de las negociaciones y mientras los bolcheviques permanecían solos en el gobierno, esos mismos trabajadores decidieron “manifestarse a favor de un poder los soviets pleno e íntegro, indivisible, y contra la coalición con los conciliadores defensistas. Hemos sacrificado mucho por la revolución y estamos dispuestos, si ello fuera necesario, a nuevos sacrificios, pero no abandonaremos el poder a aquellos a los que se les ha arrebatado en una sangrante batalla 4/.”.

Cuando los SR de izquierda decidieron entrar al gobierno, habiendo llegado a la conclusión que “incluso si hubiéramos alcanzado la formación de un ‘gobierno homogéneo’, ello habría sido, en realidad, una coalición con la burguesía” 5/, los trabajadores suspiraron colectivamente: se había alcanzado la unidad, al menos “la de abajo”, entre los nyzy [la plebe], siendo principalmente los SR de izquierda un partido campesino. Una asamblea de trabajadores de la fábrica Putilov declaró en esta ocasión:

“Nosotros, trabajadores, saludamos como un solo hombre la unificación deseada desde hace mucho tiempo y dirigimos nuestros calurosos saludos a nuestros camaradas que trabajan en la plataforma del segundo Congreso Panruso de las masas trabajadoras del campesinado pobre, de los trabajadores y de los soldados 6/”.

La Revolución de Octubre, que había consagrado la polarización profunda que existía ya en la sociedad rusa, vio al núcleo de la intelectualidad al lado de las clases poseedoras 7/, mientras que lo que quedaba de la intelectualidad de izquierda permanecía suspendida en alguna parte entre las dos. Los trabajadores respondieron con amargura a esta perceptible traición. Como escribía Levin, SR de izquierda:

“En el momento en que se rompen por el pueblo las cadenas burguesas del Estado, la intelectualidad se aleja del pueblo. Los que han tenido la suerte de recibir una educación científica abandonan al pueblo, que les ha llevado sobre sus espaldas agotadas y laceradas. Y, como si ello no bastase, al irse, se burla de su impotencia, de su analfabetismo, de su incapacidad de llevar a cabo grandes transformaciones sin dolor, de conseguir grandes realizaciones. Esta burla es particularmente amarga para el pueblo. En su interior, crece instintivamente el odio hacia las personas instruidas, hacia la intelectualidad < 8/”.

El periódico menchevique-internacionalista Novaïa zhizn’ publicó el siguiente informe, sobre Moscú, en diciembre de 1917:

“Si las trazas externas de la insurrección son poco numerosas, la división en el seno de la población es, de hecho, profunda. Cuando se enterró a los soldados bolcheviques y a la guardia roja [a continuación de la victoria de la insurrección, tras varios días de ásperos combates], según me han dicho, no se pudo encontrar un solo intelligent o estudiante de universidad o de instituto en el seno de esa grandiosa procesión. Y cuando se realizaron los funerales de los junkers [cadetes de la escuela de oficiales que combatieron para defender al gobierno provisional], entre la multitud no se encontró ningún trabajador, soldado o plebeyo. La composición de la manifestación en honor de la Asamblea Constituyente fue similar: los cinco soldados tras la bandera de la organización militar de los SR no hacían más que subrayar la ausencia de la guarnición.

El abismo que separaba a los dos campos toma amplitud mediante la huelga general de los empleados municipales: los enseñantes de las escuelas municipales, el personal superior de los hospitales, los empleados superiores de los tranvías, etc. Esa huelga hace extremadamente ardua la tarea del gobierno municipal bolcheviques; peor todavía, exacerba el odio de la población nizy hacia toda la intelectualidad y la burguesía. He asistido a la siguiente escena: un tranviario empujando a un estudiante de instituto fuera de su tranvía: ¡‘os enseñan bien, pero parece que no quieren enseñar a nuestros hijos!”.

La huelga de las escuelas y los hospitales fue vista por los nizy de la ciudad como una lucha de la burguesía y de la intelectualidad contra las masas populares 9/.

A la hora de comprender la posición de la intelectualidad, lo primero que debemos preguntarnos es si la percepción de traición por parte de los trabajadores tenía alguna justificación. Después de todo, visto desde otro ángulo, eran los trabajadores quienes se separaron de la intelectualidad, optando por una ruptura con las clases pudientes y abandonando la alianza nacional de todas las clases que había sido forjada en febrero.

Las razones que justificaban la radicalización posterior de los trabajadores se pueden resumir de la siguiente manera: sobre la base de su experiencia, llegaron a la conclusión de que las clases pudientes se oponían a los objetivos de las clases populares de la revolución de Febrero: la conclusión rápida de una paz democrática, la reforma agraria, la jornada de trabajo de ocho horas, la convocatoria de una asamblea con el fin de establecer una república democrática. Las clases pudientes, no sólo bloquearon la realización de estos objetivos (que en esencia eran democráticos, y de ninguna manera socialistas), sino que además intentaron aplastar militarmente a las clases populares. Esto queda ampliamente demostrado por el apoyo, apenas velado, que el partido Kadete (partido constitucional-demócrata) dio al levantamiento del general Kornilov, a finales de agosto, así como por la oposición implacable de los industriales a toda medida del Estado, para así impedir el derrumbamiento económico que se aproximaba a pasos gigantes.

Para los trabajadores, la insurrección de octubre y el establecimiento del poder de los soviets significaba la exclusión de las clases pudientes de toda influencia sobre la política de Estado. Octubre fue ante todo un acto de defensa de la revolución de Febrero, de sus conquistas reales y de sus promesas, frente a la hostilidad activa de las clases pudientes. Mientras en octubre ciertos trabajadores veían efectivamente el potencial de una transformación socialista, de ninguna forma, durante ese período, eso constituía su objetivo principal.

De esta forma, el sentimiento de traición que experimentaron los trabajadores respecto de la intelectualidad se hace comprensible; tal como lo redactaba el diario menchevique-internacionalista (que era hostil a la revolución de Octubre): “de ahora en adelante, los trabajadores pueden demandar a los médicos y enseñantes en huelga: “nunca hicisteis huelga contra el régimen bajo el zar o bajo Goutchkov 10/. ¿Porqué hacéis huelga, ahora que el poder está en las manos de personas que todos reconocemos como nuestros dirigentes?11/.Incluso dirigentes de izquierda, como Iouli O. Martov, cuya entrega a la causa obrera no puede ser puesta en duda, tenía más el sentimiento de lavarse las manos que el de hacer “lo que parecía ser nuestro deber – mantenerse al lado de la clase obrera, incluso cuando sea falso… Esto es trágico. Porque después de todo, el conjunto del proletariado va detrás de Lenin y espera que el derrocamiento producirá la emancipación social; y ello siendo consciente de que el proletariado ha desafiado a todas las fuerzas antiproletarias” 12/. ¿Porqué la intelectualidad huyó, tal y como lo perciben los trabajadores?. Refiriéndose a los populistas, el historiador Oliver Radkey ofrece la siguiente explicación: “En los momentos más bajos de la revolución, una gran cantidad se convirtieron en funcionarios o participaron en la acción social de las zemstvosy de los municipios como funcionarios de las sociedades cooperativas, en donde la rutina cotidiana y las perspectivas resultantes de estas actividades eran mortales para el espíritu revolucionario. Otras personas entraron en diferentes profesiones. Todos se hicieron más viejos 13/.”

No obstante, parece improbable que una transformación social tan profunda como la integración económica de la intelectualidad en el orden existente hubiera podido realizarse en el espacio de un decenio. Además, cabe preguntarse, sobre la forma en que los intelectuales socialistas se ganaban la vida antes del fracaso de la revolución de 1905, en la medida en que no todos podían haber sido activistas profesionales o los mejores estudiantes. Si la generación de 1905 envejecía, ¿qué es lo que sucedía a los estudiantes de 1917, cuya mayoría también era hostil a la revolución de Octubre? El menchevique A. N. Potresov, situado en la extrema derecha de su partido, observaba en mayo de 1918 que “en febrero [1917],asistimos a la alegría común de los estudiantes y de los pequeños-burgueses. En octubre, estudiantes y burgueses habían llegado a ser sinónimos” 14/.

Una explicación más razonable de la huida de la intelectualidad puede encontrarse en la polarización de clase de la sociedad rusa, que emergió en todo su amplitud durante la revolución de 1905, cuando la burguesía, asustada por el activismo de los trabajadores en defensa de sus reivindicaciones sociales, en particular la jornada de ocho horas, y atraída por las concesiones políticas muy limitadas que ofrecía una autocracia debilitada, se volvió contra el movimiento de trabajadores y campesinos. Destaca en ello, el lockout masivo organizado en Petrogrado por los industriales y el Estado en el otoño de 1905, cuando los trabajadores reivindicaban las ocho horas 15/. Cuando el movimiento obrero se restableció de la derrota de esta revolución, en 1912-1914, colocó inmediatamente en sus huelgas tantas reivindicaciones políticas dirigidas contra la autocracia como reivindicaciones económicas dirigidas a los industriales. Por su parte, estos colaboraron estrechamente con la policía zarista para dificultar las acciones políticas y económicas de los trabajadores así como para reprimir a los activistas 16/.

Es en el curso del período anterior a la guerra cuando los bolcheviques se convirtieron en la fuerza política hegemónica en el seno del proletariado. Lo que distinguía la fracción bolchevique de la social-democracia de los mencheviques era su apreciación de que la burguesía, incluida su ala de izquierda, liberal, era fundamentalmente opuesta a la revolución democrática. Los mencheviques, por su parte, consideraban que resultaba crucial que la burguesía dirigiera esta revolución. Sobre los campesinos, que Lenin sugería que se aliasen a los trabajadores, los mencheviques opinaban que no estaban capacitados para asegurar una dirección política nacional. Si este papel no lo asumía la burguesía, necesariamente caería en manos de los trabajadores. Pero los trabajadores, a la cabeza de un gobierno revolucionario adoptarían, inevitablemente, medidas que socavarían los derechos de propiedad burgueses. Se lanzarían a realizar experiencias socialistas que, en las condiciones de atraso que caracterizaba a Rusia, se revelarían desastrosas, conduciendo inevitablemente a la derrota de la revolución. Por consiguiente, antes de la guerra, los mencheviques hacían vanos llamamientos para que moderasen su presión huelguista: no querían asustar a los liberales que se distanciaban cada vez más del podrido régimen autocrático, pero que por otro lado podrían coger miedo a la revolución.

De forma que lo que hemos observado es que la intelectualidad de izquierdas abrazó la posición de los mencheviques y de los SR y no la de los bolcheviques y de los trabajadores. Afirmaban que en un país rural atrasado una revolución encabezada por los trabajadores fracasaría de forma inevitable. El episodio siguiente, relatado en las memorias de un metalúrgico de Petrogrado, ilustra la división que existía entre los trabajadores y los intelectuales de izquierdas.

I. M. Gordienko, metalúrgico y militante bolchevique, en compañía de dos camaradas, que como él eran originarios de Nijni Novgorod, ciudad de origen de Máximo Gorki, decidieron visitar a este último, su zemlyak (compatriota):se preguntaban, ¿puede que A.M. Gorki se haya alejado completamente de nosotros?”. En 1918, Gorki era el editor del diario menchevique-internacionalista Novaïazhizn’, violentamente crítico respecto del nuevo régimen soviético, al que atacaba en particular por su incompetencia. Resultado, según el diario, de la marginación de la intelectualidad. En particular, lo que enfurecía a los trabajadores era el hecho de que los editores del diario criticasen al gobierno, mientras se mantenían a distancia a la vez que rehuían implicarse más en la mejora de las cosas. Por ejemplo, con ocasión de la conferencia de los comités de fábrica de Petrogrado, en febrero de 1918, uno de los delegados se expresó con amargura sobre “la intelectualidad saboteadora de Novaïazhizn’ de Gorky, que se ocupaba de criticar al gobierno bolchevique mientras que no hacía nada para aligerar el fardo de ese gobierno” 17/.

En el domicilio de Gorki, la conversación giró rápidamente hacia cuestiones políticas:

“Alekseï Maksimovitch, [Pechov, señaló Gorki] ensimismado en sus pensamientos, dijo: “resulta difícil para vosotros, muy difícil”.

– Pero tú, Alekseï Maksimovitch, no haces las cosas más simples, le señalé.

– No sólo no nos ayuda, sino que mina nuestros esfuerzos, añadió IvanTchougourine.

– Eh, amigos, sois formidables. Lo siento por vosotros. Debéis comprender que sois un grano de arena en este mar; no, en este océano de fuerzas elementales campesinas pequeño-burguesas. ¿Cuántos bolcheviques hay tan convencidos como vosotros? Un puñado. En realidad, sois como una gota de aceite en este océano, una mota de polvo que la más ligera brisa puede destruir.

– Te equivocas, Alekseï Maksimovitch. Ven a visitar nuestro barrio de Vyborg y lo comprobarás. Allí donde había 600 bolcheviques, ahora hay miles.

– Miles, pero maleducados, viviendo en la miseria, y en otras ciudades ni siquiera eso.

– Lo mismo, Alekseï Maksimovitch, se produjo en otras ciudades y pueblos. Por todos los lugares la lucha de clases se intensifica.

– Es por esto que os amo, por vuestra sólida fe. Pero es también por eso mismo que os temo. Usted desaparecerá y después todo retrocederá cientos de años. La perspectiva es estremecedora”.

Algunas semanas más tarde, los tres volvieron y se encontraron con N. Soukhanov y D. A. Desnitski en el apartamento de Gorki. Ambos eran intelectuales mencheviques de izquierda y editores de Novaïazhizn’.

“Una vez más, Alekseï Maksimovitch evocó el océano pequeño-burgués. Estaba afligido a causa de que, nosotros, viejos militantes bolcheviques, además de haber vivido en la clandestinidad, fuéramos tan pocos y que el partido fuera tan joven e inexperimentado […] Soukhanovy Lopata [otro nombre de Desnitski] afirmaron que únicamente un loco podía hablar de revolución proletaria en un país tan atrasado como Rusia. Nosotros protestamos con energía y respondimos que tras de la apariencia de una democracia pan-rusa 18/, lo que realmente defendían era la dictadura de la burguesía […].

“Durante este intercambio, Alekseï Maksimovitch, se dirigió hacia la ventana que daba a la calle. Inmediatamente, volvió hacia mí, me cogió de la manga y me llevó a la ventana. “Mira”, me dijo con cólera y resentimiento en la voz. Lo que vi era efectivamente escandaloso. Cerca de un pequeño jardín, sobre un césped bien cortado, estaba un grupo de soldados sentados que comían arenques y arrojaban los restos en el jardín con flores”.

“Y en la Casa del Pueblo sucede lo mismo 19/, se enceran los suelos y se colocan escupideras en las esquinas y al lado de las columnas, pero observad lo que hacen”, se lamentaba Maria Fiodorovna [esposa de Gorki], que era la encargada de la Casa del Pueblo.

“Y es con gentes como esta que los bolcheviques piensan realizar una revolución socialista”, añadió Lopata, con un cierto sarcasmo en la voz. “Previamente debéis enseñar, educar al pueblo, y a continuación hacer una revolución”.

“¿Y quién va a formarles y educarles? ¿la burguesía?”, preguntó uno de entre nosotros.

“¿Y cómo lo vais a hacer?”, preguntó Alekseï Maksimovitch, sonriendo.

“Nosotros queremos hacerlo de otra manera”, respondí. “Ante todo, derrocar a la burguesía, y después educar al pueblo. Construiremos escuelas, clubs, Casas del Pueblo […].”

“Pero eso es irrealizable”, señaló Lopata.

“No será realizable para vosotros; pero sí para nosotros”, le respondí.

“Y bien, ¿es posible que sean estos diablos quienes lo realicen?” dijo Alekseï Maksimovitch.

“Nosotros lo conseguiremos en su totalidad”, replicó uno de los nuestros, “y ello será peor para vosotros.”

“¡Eeh! ¡Así que con amenazas! ¿Qué es eso de que será peor para nosotros?” preguntó entre risas Alexeï Maksimovitch.

“De la siguiente manera: haremos lo que tengamos que hacer, con o sin vosotros, bajo la dirección de Ilitch [Lenin], y entonces ellos os preguntarán: ¿Dónde estabais y qué hacíais cuando atravesábamos un momento tan difícil? 20/”.

Lenin había realizado una descripción enormemente similar de “una conversación con un rico ingeniero poco antes de las jornadas de julio[1917]«.

“Ese ingeniero, en un determinado momento, había sido revolucionario. Fue miembro del partido social-demócrata e incluso del partido bolchevique. Hoy, no es sino el terror y el odio hacia los obreros libres e indomables. Él, que es una persona cultivada, y que ha estado en el extranjero, dice que si por lo menos fueran obreros como los obreros alemanes…; yo entiendo que en general la revolución social es inevitable; pero aquí, con el descenso en el nivel de los obreros, que ha causado la guerra 21/… no se trata de una revolución, es un abismo”.

“Estaría dispuesto a reconocer la revolución social, en el caso de que la historia se condujera con tanta calma y con tanta tranquilidad, regularidad y exactitud como las que caracterizan a un tren alemán entrando en una estación. Con gran dignidad, el interventor del tren abre las puerta de los vagones y anuncia: “¡Término: Revolución social.! ¡ Alleaussteigen(todas las personas descienden del tren)!” ¿Entonces porqué no se pasaría de la situación del ingeniero bajo el reino de las TitTitytch 22/ a la situación del ingeniero bajo el reino de las organizaciones obreras?.

“Este hombre ha visto huelgas. Sabe qué tempestades de pasiones desencadena siempre una huelga, hasta la más común, incluso en los períodos de mayor calma. Por supuesto que comprende bien que esta tempestad debe ser millones de veces más fuerte en el momento en que la lucha de clases haya sublevado a todos los trabajadores de un inmenso país, cuando la guerra y la explotación hayan conducido al umbral de la desesperación a millones de personas, a los que los propietarios hacían sufrir desde hace siglos, y a quienes los capitalistas y los funcionarios del zar explotaban y maltrataban desde hacía decenas de años. Todo esto lo comprende “en teoría”, y no lo reconoce mas que en la punta de los labios; simplemente está asustado por la “situación excepcionalmente compleja” 23/.

N. Soukhanovo ofrecía una explicación similar a la posición de los mencheviques de izquierdas: “Estábamos opuestos a la coalición y a la burguesía, al lado de los bolcheviques. No nos habíamos fusionado con ellos debido a ciertos aspectos de la creatividad positiva de los bolcheviques [comentario irónico de Soukhanov], o porque sus métodos de propaganda nos revelaban la cara odiosa que pudiera venir del bolchevismo. Se trataba de una fuerza elemental [stikhiya] pequeño-burguesa, desatada y anarquista que no pudo ser eliminada del bolchevismo hasta que dejaron de seguirle las masas 24/.

El temor de la stikhiya, especialmente del campesinado, constituía un aspecto importante de los mencheviques. Contribuye a explicar el rechazo de la Revolución de Octubre por este partido así como su insistencia para establecer una coalición con los liberales y, en caso de fracaso, con el “resto de la democracia”, y en particular de la intelectualidad.

Ahora bien, si la preocupación de la intelectualidad de izquierdas sobre el carácter insuficiente del desarrollo de la cultura política y de la consciencia de las masas populares tenía una base, sin duda, cabe preguntarse cómo podía justificarse su decisión de mantenerse a distancia de la lucha, en tanto en cuanto la revolución continuaba avanzando. En las condiciones de una profunda polarización entre clases, la alternativa al gobierno de los soviets que defendía la intelectualidad, -incluida la intelectualidad de izquierdas- nunca fue clara, y menos para los trabajadores. En realidad, no existía alternativa, si se excluye la derrota de la revolución. De esta manera se expresaba un trabajador bolchevique en una conferencia de delegados de los trabajadores de la Armada roja, en mayo de 1918: “Se nos acusa de haber sembrado la guerra civil. Se trata de un grave error, cuando no una mentira […] Nosotros no inventamos los intereses de clase. Se trata de una cuestión que existe en la vida, un hecho, que todos debemos reconocer” 25/. Esta es la razón por la cual, los trabajadores y campesinos, a pesar de las enormes privaciones y de los excesos de la guerra civil, continuaron sosteniendo el régimen de los soviets: por supuesto, unos de forma más activa que otros.

La preocupación de Gorki, a propósito de las masas incultas, políticamente no instruidas, era eminentemente sincera. Pero la revolución iba avanzando con o sin la intelectualidad. Frente a esto, sería más razonable tomar parte activa en ello para así facilitar el camino e intentar reducir los excesos. Ciertamente, algunos intelectuales optaron por ello. Un cierto Brik, -figura cultural en Petrogrado- escribía lo siguiente, a principios de diciembre de 1917, en Novaïazhizn’:

“Para mi gran sorpresa, me encontré en la lista electoral bolchevique para las elecciones de la Duma municipal. Yo no soy bolchevique y me opongo a su política cultural. Pero no puedo permitir que las cosas continúen así. Esto sería un desastre si se dejase a los trabajadores que definieran la política. Por consiguiente voy a actuar, pero sin disciplina [exterior]. Aquellos que rehúyan actuar y esperen que la contra-revolución restaure la cultura están ciegos 26/.”

En diciembre de 1917, se formó un nuevo Sindicato internacionalista de enseñantes, después de que algunos de estos decidieran romper con el Sindicato pan-ruso de enseñantes por cuestionar la huelga [contra el gobierno bolchevique]. La nueva organización declaró que resultaba “inadmisible que las escuelas fueran utilizadas como arma política” y efectuaron un llamamiento a los enseñantes para cooperar con el régimen con el fin de crear una nueva escuela socialista 27/.

V. B. Stankevitch, miembro del Partido socialista-popular (populista de derechas) y comisario militar en la época del gobierno provisional, tomó una posición similar en una carta dirigida a sus “amigos políticos”, redactada en febrero de 1918:

“De ahora en adelante, debemos comprender que las fuerzas elementales del pueblo se sitúan al lado del nuevo gobierno. Se nos abren dos vías: continuar la lucha implacable por el poder o adoptar una acción pacífica, constructiva, de oposición leal […]”.

“¿Pueden pretender los antiguos partidos [del gobierno provisional] que poseen la suficiente experiencia, asumir la gestión del país, tarea que es cada vez más difícil? En substancia, no existe ningún programa que pudiéramos oponer al de los bolcheviques. Y una lucha sin programa no resulta más valiosa que las aventuras de los generales mexicanos. E incluso, en el caso de que fuera posible elaborar un programa, debemos ante todo comprender que nos faltan las fuerzas para llevarlo a cabo. Porque, para derrocar al bolchevismo, no en la forma sino en los hechos, sería necesaria la unión de todas las fuerzas: desde los socialistas revolucionarios a la extrema derecha. E incluso, en ese caso, los bolcheviques serán los más fuertes […]”.

“Queda otra vía: la de un frente popular unificado, un trabajo nacional unificado, una creación común […].¿Qué sucederá mañana? ¿Continuar la tentativa aventurera, en substancia sin objetivo y sin significado, de arrancar el poder? ¡O trabajar con el pueblo para acometer una obra realizable tendente a contribuir a la resolución de las dificultades a las cuales debe hacer frente Rusia, unido en una lucha pacífica por principios políticos fundamentales, para establecer los fundamentos verdaderamente democráticos al gobierno del país! 28/”.

La cuestión central es que la posición adoptada por la mayoría de la intelectualidad no parece estar de acuerdo con las razones que ella avanzaba al respecto. Lo cual nos lleva a preguntarnos si no existen otras razones. Parece que, en el fondo, la mayoría de la intelectualidad socialista reveló no ser sino “la fracción más radical de la burguesía”, como lo señalaba el diario SR de izquierda. Dado que la tarea de la revolución consistía en derrocar la autocracia semi-feudal y establecer una democracia liberal, ellos podían apoyar e incluso potenciar el movimiento popular. Pero, desde el momento en que se evidenció –y fue lo mismo en el caso de la revolución de 1905- que en las condiciones rusas la revolución se transformaría en una lucha contra la misma burguesía así como contra el orden social burgués la intelectualidad de izquierdas sintió que el suelo temblaba bajo sus pies.

Tuvieron la impresión que su posición en la sociedad estaba amenazada. A pesar de todo, gozaban de ciertos privilegios, al menos en términos de estatuto y de prestigio, e incluso a veces, de más ingresos y mayor autonomía profesional. Estos privilegios, junto al miedo y a una auténtica desconfianza hacia las masas “desmandadas” e “incultas”, les llevaban a defender, si no el orden político, sí el orden social imperante (capitalista).

Con el tiempo, cabe caer en la tentación de afirmar que la intelectualidad de izquierdas tenía razón. Después de todo, durante los últimos años de su vida, uno de los principales temas de Lenin fue la urgente necesidad de incrementar el nivel cultural de la gente. Este aspecto, y en particular el de la cultura política del campesinado, que constituía la mayoría de la población, fue un factor clave en el ascenso al poder de la burocracia, bajo la dirección de Stalin. Resulta fundamental preguntarse si la posición hostil que la intelectualidad adoptó contra la revolución de Octubre, no contribuyó al mismo.

David Mandel es Catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Quebec en Montreal.

[Esta contribución de David Mandel es una versión revisada y aumentada en 2017 para una publicación brasileña de la publicada en 1981 en el número 14 de la revista Critique, pp. 68-87, animada por Hillel Ticktin. El artículo inicial ha sido revisado y aumentado para su publicación en una revista brasileña, en 2017 (RUS. Revista de Literatura e Cultura. En este tercer capítulo agrupamos los capítulos III y IV editados por Al’encontre Rusa). Esta versión es la que ha servido para la traducción realizada por Sébastien Abbet].

https://alencontre.org/societe/histoire/revolution-russe-la-classe-ouvriere-et-lintelligentsia-iii.html

http://alencontre.org/societe/histoire/revolution-russe-la-classe-ouvriere-et-lintelligentsia-iv.html

Notas:

1/ Znamia truda, 8 de noviembre de 1917.

2/ Novaïa zhizn’, 4 de noviembre de 1917.

3/ Tsentral’nyi gosudarstvennyi arkhiv Sankt-Peterburga, opis’ 9, fond 2, delo 11, list 45.

4/ Ibid.

5/ Znamia truda, 8 de noviembre de 1917.

6/ Ibid.

7/ La definición que dio Pitirim Sorokin, en noviembre de 1917, de las “fuerzas creativas” de la sociedad – que opone a la “seudo-democracia“– es llamativa: “ahora, deben llegar a la escena, de un lado, la intelectualidad, la portadora de la inteligencia y de la conciencia y, del otro, la auténtica [¡!] democracia, el movimiento de las cooperativas, las dumas y zemstvos [gobiernos locales instaurados por el zar Alejandro II, nvs] de Rusia y la aldea consciente [¡!]. Su tiempo ha llegado”(Volia naroda, 6 de noviembre de 1917). La ausencia de los soldados y de los trabajadores es manifiesta. Lo mismo que, por supuesto, de las aldeas “inconscientes”, los campesinos que apoyaban a los SR de izquierda y los bolcheviques. Todas las organizaciones citadas estaban todavía dominadas por los socialistas moderados y los cadetes y no disponían de apoyo político masivo.

8/ Znamia truda, 17 de diciembre de 1917.

9/ Novaïa zhizn’, 12 de diciembre de 1917.

10/ N. I. Goutchkov, importante industrial ruso y presidente de la cuarta Duma de Estado.

11/ Novaïazhizn’, 6 de diciembre 1917. Esto no era del todo exacto. En 1905, la intelectualidad, organizada en el seno de la Unión de uniones, participó en el movimiento huelguístico del otoño. Por primera y última vez. No dió un apoyo activo a los inmensos movimientos huelguistas del período 1912-1914 ni a los de 1915-16.

12/ L.H. Haimson, The Mensheviks, (Chicago: 1975), pp. 102-103. Los mencheviques, en tanto que partido, reorientaron su posición después de la revolución alemana de noviembre de 1918 y adoptaron una posición de oposición leal al gobierno de los soviets.

13/ Radkey. op. cit., p. 469-470.

14/ Znamiabor’by, 21 de mayo de1918.

15/ Ia. A. Shuster, Peterburgski rabochie v 1905-1907 pp., (Leningrado: 1976), p. 166-168.

16/ “The Workers’ Movement after Lena,” en L. H. Haimson, Russia’s Revolutionary Experience, N.Y., Columbia University Press, 2005, pp. 109-229.

17/ Novaïazhizn’, 27 enero 1918.

18/ La posición menchevique-internacionalista consistía en que la base política del gobierno debía ser ampliada para incluir a toda la “democracia”. Este término siempre fue vago y hacía referencia a las capas medias de la sociedad, en particular a los intelectuales.

19/ Edificio en el interior del cual tenían lugar reuniones populares y eventos culturales.

20/ I. Gordienko, Izboevovoproshlovo, (Moscú: 1957), p. 98-101.

21/ Hace referencia a la llegada de campesinos a las fábricas de armamento, en expansión.

22/ Tit Titytch era el personaje de un rico comerciante despótico en una obra de Alexandre Ostrovski (1823-1886).

23/ V.I. Lenin, Polnoe sobranie sochinenii, 5th ed., (Moscú, 1962), vol. 34, 321-322. [¿Se mantendrán los bolcheviques en el poder ?]

24/ Sukhanov, op. cit., vol. 6, p. 192.

25/ Pervaya konferentsiya rabochikh I krasngvardveiskikh deputatov 1-go gorodksovo raiona, Petrogrado, 1918, p. 248.

26/ Novaïazhizn’, 5 diciembre de 1917.

27/ Ibid., 6, 9 y 13 diciembre de 1917. La novela de Veresaev a que hace referencia la nota 37 muestra ejemplos de esta posición así como de la segunda, adoptada por la mayoría de la intelectualidad de izquierdas.

28/ I.V. Orlov, “Dvaputiperednimi,” Istoricheskiiarkhiv, 1997, n° 4, pp. 77-80.

Isaac Deutscher: breve historia de la revolución rusa

La revolución de 1917 estalló en plena guerra mundial en la que Rusia, aunque perteneciendo de hecho a la coalición victoriosa, sufrió severas derrotas. En cierto sentido algunos consideran que la revolución se vio propiciada por el fracaso del ejér­cito zarista. Pero la realidad es que la guerra no hizo más que acelerar un proceso que desde hacía varias décadas estaba erosionando el viejo orden establecido; aceleración que ya se había visto más de una vez intensificada por otras derrotas militares. El zar intentó evitar las consecuencias de su fracaso en la guerra de la concediendo la emancipación de los siervos en 1861. La derrota en la guerra ruso-japonesa de 1904-1905 se vio inmediatamente seguida por un annus mirabilis de revoluciones. Tras el desastre militar de 1915-1916 el movimiento empezó de nuevo desde el punto muerto al que había llegado en 1905, con la diferencia que en 1905 la insurrección de diciembre de los obreros de Moscú, había significado la palabra fin de la solución, mientras que en 1917 la revuelta armada Petrogrado fue la primera chispa. La organización más importante creada por la revolución de 1905 1/ fue el llamado «consejo de representantes obreros» o soviet de San Petersburgo 2/. Tras un intervalo de doce años, los primeros días del nuevo alzamiento, aquella organización volvió de nuevo a vitalizarse para convertirse en el foco principal del gran acontecimiento que avecinaba.

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