Archivo de la etiqueta: Burguesía

Roland Barthes: la burguesía como sociedad anónima

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Concentración económica y apologética burguesa

por Rolando Astarita //

En una nota anterior (aquí) hemos presentado datos sobre la concentración del capital. Concentración que es la base de la creciente desigualdad de riquezas e ingresos. Así, según Oxfam, las ocho personas más ricas del mundo acumulan una riqueza neta que asciende a 426.000 millones de dólares; equivale a la riqueza que posee la mitad más pobre de la humanidad, 3600 millones de personas. De acuerdo al Credit Suisse, el 50% más pobre de la población mundial posee menos del 0,25% de la riqueza neta mundial Seguir leyendo Concentración económica y apologética burguesa

Tribunal popular internacional para castigar a Pinochet (1998)

por Gustavo Burgos//

            Las últimas dos semanas han constituido una verdadera prueba para todos los sectores, tendencias y corrientes políticas. Efectivamente, el país se ha polarizado, han emergido las verdaderas posturas de algunos, otros han guardado un hermetismo “bastante parecido a la estupidez”, y en el centro de todo una vez más Pinochet. Su imprevista y sorpresiva detención en Londres ha puesto de manifiesto la verdadera cara del régimen.

            Un hecho como la detención del Dictador, de profundas raíces en la política chilena, y mundial, nos entrega en una primera lectura algunas cuestiones fundamentales: Seguir leyendo Tribunal popular internacional para castigar a Pinochet (1998)

Sobre la tradición revolucionaria popular

Un intercambio con Ramón Franquesa

Discutir sobre los rasgos esenciales del jacobinismo –entendido en su acepción original, no en la forma desnaturalizada en que suele ser aludido hoy– no es asunto baladí, aunque a primera vista pueda parecer algo remoto, de interés exclusivamente académico. Porque lo que se discute son las raíces y el futuro de la democracia. Nada menos. Seguir leyendo Sobre la tradición revolucionaria popular

Piñera no es el único: los ultra ricos ocultan el 25 por ciento de su riqueza en paraísos fiscales

por Gabriel Black //

Un estudio publicado el 28 de mayo por el economista de la Universidad de California en Berkeley, Gabriel Zucman, y dos colegas escandinavos, “Evasión fiscal y desigualdad”, demuestra que la desigualdad en la riqueza global está siendo subestimada drásticamente en las estadísticas oficiales debido a lo exitosos que son los multimillonarios para evadir impuestos. Seguir leyendo Piñera no es el único: los ultra ricos ocultan el 25 por ciento de su riqueza en paraísos fiscales

Lenin: sobre el Estado

Camaradas, el tema de la charla de hoy, de acuerdo con el plan trazado por ustedes que me ha sido comunicado, es el Estado. Ignoro hasta qué punto están ustedes al tanto de este tema. Si no me equivoco, sus cursos acaban de iniciarse, y por primera vez abordarán sistemáticamente este tema. De ser así, puede muy bien ocurrir que en la primera conferencia sobre este tema tan difícil yo no consiga que mi exposición sea suficientemente clara y comprensible para muchos de mis oyentes.

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León Trotsky: Las Tácticas del Frente Único

I. CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE EL FRENTE ÚNICO

 

1.- La tarea del Partido Comunista es la de dirigir la revolución proletaria. A fin de orientar al proletariado hacia la conquista directa del poder, el Partido Comunista debe basarse en la predominante mayoría de la clase trabajadora.

En tanto el Partido no cuente con esa mayoría, debe luchar para lograrla.

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La relevancia contemporánea de Marx

por Claudio Katz//

Marx recupera interés. Su clarificación del funcionamiento del capitalismo contrasta con las simplificaciones neoclásicas y las ingenuidades heterodoxas. Indicó la lógica de la plusvalía que subyace en la agresión neoliberal y el tipo de superexplotación que prevalece en el trabajo precario. Esclareció el origen de la desigualdad y el sentido actual del beneficio. Seguir leyendo La relevancia contemporánea de Marx

Michael Löwy: el peligro de un eco-suicidio planetario como problema estratégico central de la Izquierda

Ponemos a disposición de los movimientos sociales esta entrevista realizada al intelectual marxista Michael Lowy, uno de los referentes más importantes del pensamiento anticapitalista a nivel internacional, en torno al creciente peligro de la crisis ecológica y su importancia como problema estratégico central para el Marxismo.

Reflexionando en torno a una serie de tópicos tales como el cambio climático, el ecosocialismo y los desafíos del movimiento revolucionario durante las próximas décadas, las ideas de este intelectual constituyen un claro llamado de advertencia para las filas de la izquierda anti-capitalista.

Tal como queda en evidencia a partir de las palabras de Lowy, será justamente gracias a la capacidad que tengan las organizaciones de izquierda para integrar estos debates en sus respectivos ejes estratégicos, políticos y tácticos, así como también para ponerlos en el centro de sus respectivos análisis de la realidad mundial, que aquellas podrán prepararse (o no) para enfrentar el último desafío programático de la Revolución Socialista: el peligro del colapso de la civilización y la extinción humana, o bien, en palabras de Lowy… la amenaza de un eco-suicidio planetario.

1. ¿Que es el Eco-Socialismo y cuáles son sus referentes?

El eco-socialismo es una alternativa radical al capitalismo que resulta de la convergencia entre la reflexión ecológica y la reflexión socialista (marxista). Su premisa fundamental es que la preservación de un ambiente natural favorable para la vida en el planeta es incompatible con la lógica expansiva y destructiva del sistema capitalista. No se pueden salvar los equilibrios ecológicos fundamentales del planeta sin atacar al sistema, no se puede separar la luchar por la defensa de la naturaleza del combate por la transformación revolucionaria de la sociedad.

Existe hoy una corriente eco-socialista internacional que con ocasión del Foro Social Mundial de Belem (enero de 2009) publicó una declaración sobre el cambio climático, firmada por centenas de personas de 45 países. Entre sus precursores se encuentran figuras tales como Manuel Sacristán (España), Raymond Williams (Inglaterra), André Gorz (Francia), James O’Connor (Estados Unidos), y entre sus representantes actuales están el co-autor del “Manifiesto Ecosocialista Internacional” (2001) 1/ Joel Kovel (Estados Unidos), el marxista ecológico John Bellamy Foster (Ibíd.), el indigenista peruano Hugo Blanco, la eco-feminista canadiense Terisa Turner, el marxista belga Daniel Tanuro, y muchos otros.

El eco-socialismo se disocia de dos modelos inoperantes: 1) La ecología conformista, que adapta sus propuestas al mercado y busca desarrollar un “capitalismo verde” – es decir una ilusión nefasta o, en muchos casos, una mistificación. 2) El pretendido “socialismo real” (la fallida URSS, China, etc.), el cual no fue más que una caricatura burocrática del socialismo basada en una imitación servil del aparato técnico capitalista y en un productivismo anti-ecológico tan destructor de la naturaleza como su equivalente occidental.

El eco-socialismo propone una reorganización del conjunto de modo de producción y de consumo basada en criterios exteriores al mercado capitalista: las necesidades reales de la población y la defensa del equilibrio ecológico. Esto significa una economía de transición al socialismo, en la cual la propia población – y no las “leyes de mercado” o un Buró Político autoritario- decidan, en un proceso de planificación democrática, las prioridades y las inversiones.

Esta transición conduciría no sólo a un nuevo modo de producción y a una sociedad más igualitaria, más solidaria y más democrática, sino también a un modo de vida alternativo, una nueva civilización eco-socialista más allá del reino del dinero, de los hábitos de consumo artificialmente inducidos por la publicidad, y de la producción al infinito de mercancías inútiles. El “Buen Vivir” de la tradición indígena de las Américas es una importante fuente de inspiración para esta alternativa.

2. ¿Cuáles son los principales aportes del Eco-Socialismo a la teoría marxista y la práctica de las organizaciones de izquierda?

Muchos ecologistas critican a Marx por considerarlo un productivista. Tal crítica nos parece completamente equivocada: al hacer la crítica del fetichismo de la mercancía, es justamente Marx quien coloca la crítica más radical a la lógica productivista del capitalismo, la idea de que la producción de más y más mercancías es el objeto fundamental de la economía y de la sociedad.

El objetivo del socialismo, explica Marx, no es producir una cantidad infinita de bienes, pero sí reducir la jornada de trabajo, dar al trabajador tiempo libre para participar de la vida política, estudiar, jugar, amar. Por lo tanto, Marx proporciona las armas para una crítica radical del productivismo y, notablemente, del productivismo capitalista. En el primer volumen del “El Capital”, Marx explica cómo el capitalismo agota no sólo las fuerzas del trabajador, sino también las propias fuerzas de la tierra, agotando las riquezas naturales. Así, esa perspectiva, esa sensibilidad, está presente en los escritos de Marx, sin embargo, no ha sido suficientemente desarrollada.

Es verdad, entretanto, que algunos escritos de Marx, y sobretodo de Engels (el “Anti-Dühring” por ejemplo) plantean que la tarea de una revolución sería únicamente cambiar las relaciones de producción, que se han convertido en trabas al libre desarrollo de las fuerzas productivas. Creemos que, desde una perspectiva eco-socialista, se necesita de una visión mucho más radical y profunda de lo que debe ser una revolución socialista. Se trata de transformar no sólo las relaciones de producción y las relaciones de propiedad, sino la propia estructura de las fuerzas productivas, la estructura del aparato productivo. Hay que aplicar al aparato productivo la misma lógica que Marx pensaba para el aparato de Estado a partir de la experiencia de la Comuna de París cuando aquel decía lo siguiente: “los trabajadores no pueden apropiarse del aparato del Estado burgués y usarlo al servicio del proletariado, no es posible, porque el aparato del Estado burgués nunca va a estar al servicio de los trabajadores. Entonces, se trata de destruir ese aparato de Estado y crear otro tipo de poder”.

Esa lógica tiene que ser aplicada también al aparato productivo: el cual tiene que ser, sino destruido, al menos radicalmente transformado. Este no puede ser simplemente apropiado por las clases subalternas, y puesto a trabajar a su servicio, pues necesita ser estructuralmente transformado. A manera de ejemplo, el sistema productivo capitalista funciona sobre la base de fuentes de energía fósiles, responsables del calentamiento global – el carbón y el petróleo – de modo que un proceso de transición al socialismo solo sería posible cuando se diera la sustitución de esas formas de energía por energías renovables: por ejemplo el agua, el viento y, sobretodo, la energía solar.

Por eso, el eco-socialismo implica una revolución del proceso de producción, de las fuentes energéticas. Es imposible separar la idea de socialismo, es decir de una nueva sociedad, de la idea de nuevas fuentes de energía, en particular del sol – algunos eco-socialistas hablan ya de un “comunismo solar”, pues entre el calor, la energía del Sol, el socialismo y el comunismo habría una especie de afinidad electiva.

Pero no basta tampoco transformar el aparato productivo y los modelos de propiedad, es necesario transformar también el patrón de consumo, todo el modo de vida en torno al consumo, que es el patrón de capitalismo basado en la producción masiva de objetos artificiales, inútiles, y peligrosos. Por eso se trata de crear un nuevo modo de consumo y un nuevo modo de vida, basado en la satisfacción de las verdaderas necesidades sociales, lo cual es algo completamente diferente de las presuntas y falsas necesidades producidas artificialmente por la publicidad capitalista. De ello se desprende pensar la revolución eco-socialista como una revolución de la vida cotidiana, como una revolución por la abolición de la cultura del dinero y de la mercancía impuesta por el capitalismo.

El eco-socialismo no es sólo la perspectiva de una nueva civilización, una civilización de la solidaridad- en el sentido profundo de la palabra, solidaridad entre los humanos, pero también con la naturaleza-, es también una estrategia de lucha, desde ya, aquí y ahora. No se trata de esperar hasta el día en que el mundo se transforme, sino a comenzar desde ya, ahora, a luchar por esos objetivos. Se trata de promover la convergencia, la articulación entre luchas sociales y luchas ecológicas, las cuales tienen el mismo enemigo: el sistema capitalista, las clases dominantes, el neo-liberalismo, las multinacionales, el FMI, la OMC. Los indígenas de América Latina, desde las comunidades andinas del Perú hasta las montañas de Chiapas, están en la primera línea de este combate en defensa de la Madre Tierra, de la Pachamama, en contra del sistema.

3. Noam Chomsky ha afirmado en años recientes que la crisis ecológica es más importante que la crisis económica 2/: ¿qué opina sobre esta frase?

¡Estoy enteramente de acuerdo con Noam Chomsky! La crisis económica es grave, porque le sirve a las clases dominantes, al capital financiero, para aplicar sus recetas neo-liberales, agravando el desempleo, destruyendo conquistas sociales, privatizando los servicios públicos, etc. Pero la crisis ecológica es algo mucho más importante, y mucho más peligroso porque amenaza las condiciones de vida de la humanidad en el planeta.

4. ¿A que se refiere cuando usted habla de un posible eco-suicidio planetario?

La civilización capitalista industrial moderna es un tren suicida que avanza, con una rapidez creciente, hacia un abismo: el cambio climático, el calentamiento global. Se trata de un proceso dramático que ya empezó, y que podrá llevar en las próximas décadas a una catástrofe ecológica sin precedente en la historia humana: elevación de la temperatura, desertificación de las tierras, desaparición del agua potable y de la mayoría de las especies vivas, multiplicación de los huracanes, elevación del nivel del mar -hasta que Londres, Ámsterdam, Venecia, Shanghái, Rio de Janeiro y las demás ciudades costeras queden bajo el agua. ¿A partir de un cierto nivel de elevación de la temperatura, será aún posible la vida humana en este planeta? Nadie puede contestar con seguridad esta pregunta.

5. ¿Es dicho eco-suicidio planetario una situación hipotética, o bien es una posibilidad concreta para las próximas décadas?

Los científicos, como James Hansen -durante muchos años el climatólogo da la NASA en Estados Unidos- nos explican que el cambio climático no se desarrollará en forma gradual, sino que con saltos cualitativos. A partir de un cierto nivel de calentamiento -2° centígrados más allá de las temperaturas pre-industriales- el proceso se tornará irreversible e imprevisible. Esto puede suceder en las próximas décadas, sobre todo si se confirman una serie de evidencias científicas recientes: derretimiento de los hielos de los polos con más rapidez de lo previsto; masivas emisiones de metano (un gas con mucho mayor efecto de invernadero que el CO2) por el derretimiento del permafrost en Siberia, Canadá, etc. Nadie puede prever cuando se dará el vuelco, y por lo tanto no tienen sentido las previsiones que se refieren al año 2100.

6. Una serie de científicos han comenzado a alertar sobre una gran crisis planetaria en el caso de que el calentamiento global supere los 2 grados centígrados, produciendo con ello un importante quiebre de los sistemas agrícolas. Ideas similares han venido siendo discutidas en el ámbito de los estudios energéticos, planteándose la posibilidad de una crisis estructural cercana del capitalismo como producto del agotamiento del petróleo y los combustibles fósiles (fenómeno denominado como Peak Oil) 3/. ¿Cómo se relacionaría la idea en torno al peligro de un eco-suicidio planetario con la posibilidad de un fenómeno de colapso capitalista, aquello como consecuencia del avance de la crisis ecológica en el futuro próximo?

En primer lugar: no tiene sentido discutir del Peak Oil como se hacía aún hace algunos años. El problema no es el agotamiento del petróleo, sino que hay demasiadas reservas de petróleo y carbón. Si se queman estas reservas fósiles, el calentamiento global será inevitable y catastrófico.

Ahora bien, la crisis ecológica, por sí misma, no lleva a un colapso del capitalismo. El capitalismo puede sobrevivir en las peores condiciones energéticas y agrícolas. No hay ningún mecanismo automático que lleve a un colapso capitalista. Habrá crisis terribles, pero el sistema encontrará alguna salida, en forma de guerras, dictaduras, movimientos fascistas, etc. Así fue en los años 1930 y así puede pasar en el futuro. Como decía Walter Benjamin: “el capitalismo nunca va morir de muerte natural”. Si queremos poner un fin al sistema capitalista, esto solo será posible por un proceso revolucionario, una acción histórica colectiva anticapitalista. El capitalismo solo desaparecerá cuando sus víctimas se levanten en contra de él, y lo supriman.

7. Marx afirmó en el “Manifiesto Comunista” que la historia de la humanidad ha sido hasta hoy la historia de la lucha de clases, y que esta lucha terminó siempre en la victoria de una clase sobre otra… o bien “en la destrucción de las dos clases en conflicto”. En nuestros días, más de siglo y medio después de aquella afirmación, un equipo de investigadores financiados parcialmente por la NASA ha hecho público un estudio en el cual se sugiere, entre otras cosas, que la combinación de los efectos del cambio climático y los niveles de concentración extrema de riquezas, así como también de una futura escasez de recursos a nivel mundial, estarían a punto de producir el derrumbe de la civilización contemporánea 4/.¿Podríamos decir hoy que la sincronización entre la crisis ecológica, económica y social constituiría la materialización histórica de aquella posibilidad prevista por Marx en torno a una posible autodestrucción de las clases fundamentales del capitalismo?

Creo que se tratan de realidades distintas. La concentración extrema de riquezas no conduce a la “destrucción de las dos clases en lucha”: es sencillamente la victoria de una de las clases, la burguesía financiera parasitaria, en contra de las clases subalternas…

Ahora bien, la crisis ecológica si puede tener como resultado el derrumbe de la civilización actual, y la autodestrucción de las clases de la sociedad moderna, según la previsión de Marx. Si se permite al capitalismo destruir al planeta, todos los seres humanos serán víctimas. Pero la mentalidad de los capitalistas, en particular la oligarquía fósil -los intereses de la industria del carbón, del petróleo y sus asociados de la electricidad, del transporte, de la industria química, etc.- podría ser resumida con la famosa frase del rey francés Luis XIV: “Después de mí, que venga el diluvio”.

8. Durante las primeras décadas del siglo XX, algunas importantes figuras del Marxismo tales como Lenin, Trotsky o Gramsci, debieron enfrentar los horrores de las Guerras Mundiales y el Fascismo. En nuestro caso, en cambio, pareciera que tenemos ante nosotros un horizonte destructivo muy superior al que dichos revolucionarios podrían haber siquiera imaginado. Un ejemplo de esto puede graficarse en los efectos híper-catastróficos que podría llegar a tener pronto el cambio climático, así como también en el comienzo de lo que algunos importantes referentes científicos han denominado como la VI Extinción Masiva de la Vida Terrestre. Otra denominación en boga de este fenómeno es la de Antropoceno y su posible relación con un fenómeno de extinción inminente de la propia especie humana 5/. ¿Es correcto para usted afirmar que nos encontraríamos a las puertas de un salto destructivo inédito de la dinámica capitalista?

Hay un consenso creciente entre los científicos en torno a que hemos entrado en una nueva era geológica, el Antropoceno, una era en la cual la acción humana -de hecho, la civilización capitalista industrial moderna- determina los equilibrios del planeta, para empezar el clima. Una de las características del Antropoceno es el proceso de la VI Extinción Masiva de las Especies Terrestres, que ya empezó.

La elevación de la temperatura global encima de 2° centígrados tendrá sin dudas efectos “híper-catastróficos”, que no se pueden comparar con otros eventos históricos (guerras, etc.), sino sólo con eventos de otras eras geológicas cuando, por ejemplo, la mayoría de las costas de los continentes actuales estaba bajo el mar.

No creo que se pueda afirmar que la extinción de la especie humana sea “inminente”. Es un peligro real, una amenaza, pero en las próximas décadas.

9. Hace más de un siglo Rosa Luxemburgo lanzó una de las tal vez más oscuras advertencias de la tradición marxista: esto es, su famosa frase de “Socialismo o Barbarie”. En el caso de Walter Benjamin es igualmente conocida su advertencia en torno a la necesidad de “cortar la mecha antes de que la chispa llegue a la dinamita”, esto haciendo alusión a la posibilidad de un “fin catastrófico” (negativo) del desarrollo capitalista. Hoy, cuando ha pasado más de un siglo en el cual el capitalismo ha seguido imponiendo su voluntad a costa de la humanidad completa… ¿es posible decir que la barbarie ha triunfado… o bien que se encontraría cerca de hacerlo?

La barbarie no ha triunfado aún. Tampoco sabemos si se encuentra cerca de hacerlo. Todo depende de la capacidad de resistencia de las víctimas del sistema: es decir, también, de nosotros. El fatalismo es un error político. Como decía Gramsci, necesitamos el pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad.

10. En décadas recientes, algunas de las ideas-fuerza más importantes que la intelectualidad capitalista integró en su programa ideológico fueron aquellas alrededor de los conceptos de “fin de la historia”, “fin de la lucha de clases” y “fin de la clase obrera”. Dejando a un lado el evidente triunfalismo capitalista que acompañó el desarrollo de dichas ideas durante los 80’s y 90’s… ¿pueden considerarse hoy dichos conceptos, de cara al posible eco-suicidio planetario que podría traer consigo la crisis ecológica, como verdaderas “intuiciones teóricas”(inconscientes) de la clase capitalista respecto a la dinámica auto-destructiva (terminal) que se abría con el ciclo neoliberal? ¿Es el peligro del “fin de la historia” hoy un peligro real?

El posible eco-suicidio planetario es un peligro real, pero nada tiene que ver con los discursos ideológicos del “fin de la historia” o de la lucha de clases, que proclamaban la eternidad del capitalismo neo-liberal. Al revés, la lucha de clases es el método para poner un fin a la dinámica auto-destructiva del capital.

11. ¿Cómo podemos pensar esta situación desde el Marxismo y prepararnos para un escenario de crisis con una magnitud posiblemente muy superior a la que enfrentó el campo de las luchas sociales en los últimos siglos?

El Marxismo nos permite entender la naturaleza destructiva del capitalismo, su tendencia inexorable a la expansión perpetua, y por tanto su contradicción con los límites naturales del planeta. El Marxismo nos permite ubicar en las víctimas del sistema, en las clases y grupos oprimidos y explotados el sujeto posible de una transformación anticapitalista. Finalmente, el Marxismo nos propone, con el programa socialista, los fundamentos de una alternativa radical al sistema. Pero, sin dudas, como hemos planteado más arriba, necesitamos una reformulación eco-socialista de las concepciones marxistas.

12. ¿Es la Revolución Social y una política anti-capitalista que se plantee la expropiación de la burguesía y la toma del poder de los trabajadores un paso necesario ya sea para frenar el desastre que se avecina, o bien para prepararnos para resistir el colapso?

Frenar el desastre es una tarea inmediata. Cada cañería de petróleo que se interrumpe, cada central eléctrica de carbón que se cierra, cada bosque que se protege contra la voracidad destructora del capital, frena el desastre. Pero sólo se podrá impedir el derrumbe de la civilización humana destruyendo al sistema con una Revolución Socio-ecológica.

13. ¿Es necesario adaptar el programa y la política de la Revolución Socialista de cara a los nuevos peligros que supone la combinación entre crisis ecológica, económica y social durante el presente siglo? ¿Qué elementos nos entrega el Manifiesto Eco-Socialista para esta tarea?

El “Manifiesto Eco-Socialista” no tiene la respuesta a todos estos interrogantes. Sencillamente plantea que el socialismo del siglo XXI tiene que ser un socialismo ecológico, y vice-versa: de poco nos sirve una ecología que no sea socialista. Su principal tesis es que el sistema capitalista es incompatible con la preservación de la vida en nuestro planeta. El programa socialista tiene que transformarse en programa eco-socialista, integrando de manera mucho mas central la cuestión de la relación con la naturaleza que en la tradición socialista o comunista del siglo XX.

14. Uno de los principios fundamentales del Marxismo Revolucionario ha sido el de defender el rol de la clase obrera como sujeto social de la Revolución Socialista. Ahora bien, si consideramos que un posible colapso civilizatorio inminente se asociaría al derrumbe de la sociedad industrial y, por ende, a la desintegración del propio sujeto obrero en vastas regiones del planeta… ¿es posible seguir defendiendo la centralidad del movimiento obrero en la lucha de clases y el proyecto socialista?

La combinación de las crisis “tradicionales” del capitalismo y la crisis ecológica crea las condiciones para una amplia alianza de fuerzas sociales en contra del sistema. Potencialmente, como lo planteaba “Occupy Wall Street”, los 99% que no tienen un interés fundamental en la mantención del sistema, son actores posibles para su superación. De hecho, desde la Conferencia Intergaláctica de los Zapatistas en Chiapas en 1996, y los eventos de Seattle en 1999, hasta los movimientos recientes de Indignados, vemos los primeros elementos de esta coalición anti-sistémica. Participan en ella sindicalistas, ecologistas, movimientos indígenas, campesinos, movimientos de mujeres, asociaciones cristianas, corrientes revolucionarias, movimientos de la juventud, grupos de vecinos, militantes socialistas, comunistas y anarquistas. Hoy en día en América Latina las comunidades indígenas y campesinas están en la vanguardia de las luchas socio-ecológicas, anti-neo-liberales, anti-imperialistas y anti-capitalistas. Pero en último análisis, la principal fuerza de esta coalición son los trabajadores, en el sentido amplio: los que viven de la venta de su fuerza de trabajo, o de su proprio trabajo individual o comunitario. Esta amplia clase de trabajadores, que no debe ser confundida solamente con los obreros industriales, constituye la mayoría de la población, y sin su acción colectiva ninguna revolución será posible.

15. Otro de los principios tradicionales del Marxismo durante el siglo XX fue el de defender la necesidad del control obrero de la producción, la planificación mundial de la economía y la distribución socialista de las riquezas como vías posibles para satisfacer, entre otras cosas, las necesidades materiales del conjunto de la humanidad. Ahora bien, si consideramos que la crisis ecológica que se avecina (y el tipo de quiebre alimentario global que aquella traerá consigo) podría implicar que incluso dichas medidas sean ya insuficientes (ineficaces) para dar respuesta a las necesidades de la población mundial, esto debido a la propia gravedad de la crisis que se avecina y a la inexistencia de tecnologías capaces de asegurar una adecuada producción agrícola ante un escenario de cambio climático híper-catastrófico…¿Qué hacer? ¿Cómo resolver esta aparente paradoja en la cual un sector de la humanidad pareciera estar ya perdida (muerta) para el proyecto socialista? Más todavía… ¿es posible resolverla?

Creo que es prematuro discutir de qué hacer cuando el calentamiento global supere a los 2° centígrados… Nuestra tarea en las próximas décadas es tratar de impedir esto, promoviendo las luchas socio-ecológicas, las varias resistencias anticapitalistas y la consciencia ecosocialista. El objetivo es la abolición del capitalismo, la planificación ecosocialista – en escala local, nacional, continental, y, en algún momento, mundial- la distribución de la riqueza y el control democrático (no sólo “obrero”) de la población sobre la producción y el consumo.

Por supuesto, es posible que seamos derrotados, y que la humanidad sea llevada por el capitalismo a una catástrofe. Pero en el momento histórico actual, tenemos que llevar adelante, con todas nuestras fuerzas, este decisivo combate para evitar el desastre.

16. Teniendo en cuenta la gravedad de las amenazas implicadas en la crisis ecológica actual… ¿por qué aquellas han sido tan escasamente tratadas en el ámbito de las organizaciones de la izquierda? ¿Es necesario discutir estas amenazas: por ejemplo la pronta agudización del problema alimentario mundial y de la escasez de agua, el posible quiebre de las cadenas productivas de recursos básicos, el desarrollo de eco-guerras imperialistas, o bien la propia posibilidad del colapso del capitalismo y la civilización, tomándolos como nuevos problemas estratégicos fundamentales de la teoría y la practica marxista del siglo XXI?

Hay varias explicaciones posibles para el retraso en la toma de consciencia ecológica de la izquierda:

1) El dogmatismo, la repetición de lo tradicional, la resistencia a aceptar cambios en la teoría y la práctica.

2) El economicismo, la reducción de la política a intereses corporativos inmediatos: por ejemplo “salvar el empleo”, esto sin cuestionar las consecuencias humanas, sociales o ecológicas de estos “empleos”.

3) La influencia de la ideología burguesa del “progreso”, identificado con la expansión, el “crecimiento” de la economía, la producción de más y más mercancías, y el consumismo.

4) El carácter futuro de las amenazas ecológicas -colapso de la civilización- en comparación con los problemas económicos inmediatos: la crisis, el desempleo, etc.

17. En el caso de la izquierda anti-capitalista chilena y argentina (por ejemplo en el ámbito trotskista, anarquista, guevarista o indigenista) ninguna organización ha integrado hasta ahora estas discusiones en los respectivos debates teóricos y estratégicos centrales de sus corrientes, así como tampoco al nivel de sus programas, análisis de la realidad internacional, políticas de acción, tácticas de intervención, etc. Una muestra de aquello son en Chile los grupos anarquistas que toman como referente a la ex presidente de la FECH Melissa Sepúlveda, o bien el caso del PTR y su dirigente Bárbara Brito a nivel estudiantil. Otro ejemplo lo constituye el PTS argentino y su órgano La Izquierda Diario. ¿Qué llamado podría hacer a las organizaciones de izquierda y a los movimientos sociales en América Latina para comenzar a debatir estos problemas con la importancia que merecen?

En varios países del mundo -en Europa, Estados Unidos, América Latina- vemos cada vez más sectores de la izquierda anticapitalista que se definen como ecosocialistas. Es lo que ha pasado, ya hace varios años, con la Cuarta Internacional. En Estados Unidos existe una importante corriente ecosocialista que se manifiesta en revistas marxistas como “Monthly Review”, “Capitalism, Nature and Socialism”, “Against the Current”, etc. Hay que mencionar también la ecología social de sensibilidad anarquista, fundada por Murray Bookchin, que es bastante cercana al ecosocialismo. Uno de los grandes pensadores del indigenismo en América Latina, Hugo Blanco, proclama que las comunidades indígenas ya practicaban el ecosocialismo hace siglos. Podríamos dar varios otros ejemplos.

Pero sin duda muchos grupos de la izquierda anticapitalista están lejos aún de haber integrado, de manera decisiva, la cuestión ecológica en su concepción del socialismo y de la revolución. Es nuestra tarea convencerlos, pacientemente, en una discusión fraternal. Pero quizás más que nuestros argumentos, serán los hechos, cada vez más graves en los próximos años, los que harán cambiar sus ideas.

Miguel Fuentes, Lic. en Arqueología, Historiador e Investigador de Doctorado en el Instituto de Arqueología del University College London (Reino Unido). Coordinador de la Pagina Grupo de Seguimiento de la Crisis Climática Mundial

 

Lo innombrable el Primero de Mayo

La política es el arte de lo posible,

pero en el sentido de que debe ser el arte

de hacer posible lo necesario.

Clotario Blest

Por Waldomiro Guimaraes

 

A escasos días del primero de mayo, como producto de la tradición se produce un hecho complejo y heteróclito. Comienzan a circular textos y carteles que mencionan al gran ausente de la sociedad capitalista mundial, invocando al sujeto innombrable; la clase trabajadora. Frente al problema, hay viejos subterfugios, pero que mantienen intacta su capacidad de mantener fuera del campo consciente al trabajador. La primera; hablar del día del trabajo. Operación sintáctica que elimina al sujeto y deja solo al predicado, sintagma del verbo y complemento –el trabajo-. O la versión postmoderna, ciertamente más elegante, pero no por ello más deletérea de diluir –activamente- al sujeto y reconfigurarlo en el ciudadano, concepto donde pueden convivir de modo armonioso, sin conflictos, los sujetos explotados y los explotadores.

Dado que la campaña de encubrimiento que se gesta anualmente está en sus inicios, queremos aportar nuestro granito de arena con el objetivo de ser parte del gran proceso de desgastarla hasta, en algún punto del futuro, que queremos imaginar próximo, se rompa.

La sociedad, aunque lo ignore, se mueve en lo que algún autor llamo tres registros; lo imaginario, lo simbólico y lo real. Intentaremos caminar por estor tres registros en este artículo.

En el imaginario social burgués la mujer u hombre trabajador es un recurso –se habla de recurso humano- es decir algo asimilable a una cosa. Esto es tan así que el candidato que lidera las encuestas, ante la evidencia demográfica de la mayor longevidad de la población y la propuesta empresarial de postergar la jubilación, planteo “los trabajadores van a tener que extender su vida útil”, con lo que señala dos cosas arraigadas en el imaginario dominante (burgués, obviamente). Una, los trabajadores son meras cosas, recursos, mercancías. Y dos que esa mercancía es útil mientras trabaja. Cuando la mercancía-trabajo no es explotada es in-útil, y lo inútil puede ser desechado. Esta lógica del imaginario burgués, es lo que está detrás de las pensiones miserables de los miles de trabajadores jubilados.

Hay un imaginario obrero, donde el trabajador es el creador de toda la riqueza de la sociedad, y más aún es el único motor de cambio de la sociedad, al ser el sujeto de explotación, es el único interesado en superar la explotación y generar una sociedad sin clases.

Debemos reconocer, mal que nos pese, que es el imaginario burgués el que domina en nuestra sociedad capitalista neoliberal. Sin embargo, al hacer consciente este imaginario, dado que la mayoría de la población para sobrevivir debe trabajar, es decir pertenece a la clase trabajadora. Se hace concreta la contradicción de que son los propios trabajadores los que se cosifican.

Para la sociedad burguesa el trabajador simboliza lo negativo, el enemigo. Esto lo vemos claramente al revisar el gran libro del empresariado, el libro de contabilidad, donde el acápite correspondiente al trabajador, su salario es ubicado en los gastos no en el sector de las inversiones. Así la burguesía, cuando habla de reducir los gastos en la empresa, en realidad habla de reducir los salarios. Cuando habla de mejorar la productividad también, dado que la productividad es la relación entre la cantidad de productos obtenida por un sistema productivo y los recursos utilizados para obtener dicha producción, y entre los recursos está el trabajador.

Lo real es que vivimos en una sociedad dividida entre explotados y explotadores, entre capitalistas y Trabajadores. En la que la gran tarea que tenemos enfrente es lograr que los trabajadores se den cuenta de esta realidad central. Y que simultáneamente constaten que la posibilidad de cambiar este estado de cosas solo es posible a través de la organización y movilización de los trabajadores tras sus propias necesidades.

Estas son algunas de las cosas que no pueden ser nombradas ni el primero de mayo ni ningún día en la sociedad capitalista, por eso el primero de mayo es el día de lo innombrable. Sin embargo lo innombrable poco a poco toma cuerpo en cada marcha, en cada huelga, en cada lucha y se va colando en la sociedad, y así paso a paso toma presencia el sujeto central de la sociedad, la clase trabajadora.

La FECH ante el portazo a condonación del CAE: “Con Johnson’s, LAN y otras no hicieron problema”

Los estudiantes piden que se condone la deuda que alcanza los 2,5 billones de dolares.

El gobierno de Bachelet, a través de la ministra de educación Adriana Delpiano se comprometió a acabar con el CAE, con lo que consiguió que la bancada del Frente Amplio -Boric, Jackson y Mirosevic- no se opusieran. Ante esto los estudiantes universitarios de la CONFECH no están satisfechos. Y es que quieren que junto con acabar ese sistema de financiamiento, se condone la deuda a los más de 900 mil personas que estudiaron con CAE, lo que significaría un gasto fiscal de casi 2.5 billones de pesos.
Un monto tan elevado que varios expertos han estimado como matemáticamente imposible de pagar. La ministra Delpiano también dio un portazo a esta petición y dijo: “yo lo veo prácticamente imposible porque estamos hablando de volúmenes enormes”.

En su Twitter el presidente de la FECH, Daniel Andrade, criticó que en el caso del CAE se dé la espalda a la condonación y en otros casos esta se haya concedido. “Cuando se trata de estudiantes es ‘imposible’ condonar la deuda. Pero con Johnson’s, LAN, Banco de Chile, Colbún, etc., no se hicieron problema”, dijo.

Aunque el perdonazo de Johnson´s equivalió a 125 millones de dólares, y la de LAN a 47.9 mil dólares, mientras que la deuda CAE equivale a más de 3 mil 761 millones de dólares. Banco de Chile recibió una condonación de 738 millones de pesos en 2011; Cencosud de 335 millones de pesos; y Corpbanca 3.130 millones de pesos.

Todas estas condonaciones de multas e intereses fueron investigadas por Contraloría, ya que fueron concedidas cuando el director del SII era Julio Pereira, quien además era accionistas de estas empresas.  En 2014 la Contraloría descartó que hayan existido conflictos de interés de parte de Pereira en la entrega de estas condonaciones.

Las posiciones al interior del movimiento estudiantil

Entre los estudiantes hay múltiples posiciones y matices frente a la política desarrollada por el gobierno en el ámbito educativo, pero pueden sintetizarse en tres.

La primera representada por las juventudes de la Nueva Mayoría, especialmente por las JJCC, que apoyan las reformas del gobierno y se la juegan por su aprobación en el parlamento. Hay una segunda posición defendida por los representantes del Frente Amplio, que critica la propuesta del gobierno, y plantea realizar reformas sobre ella. Se trata de integrar ciertas indicaciones propuestas desde la CONFECH, su estrategia es la de realizar movilizaciones periódicas con el objetivo de presionar al parlamento. La tercera posición rechaza de plano la propuesta del gobierno, exigiendo el retiro de la misma del parlamento. Esto porque se plantea que la reforma es estructuralmente neoliberal, y por tanto, viene a maquillar, e incluso fortalecer el mercado educativo.

Las indicaciones ingresadas por el gobierno, y que se han impuesto finalmente indican que persiste el sesgo neoliberal: la matrícula en educación superior se concentrará en un 80% en Universidades privadas, debilitando en los hechos la educación pública; se termina con el CAE, pero se mantiene el jugoso negocio de los bancos con los actuales deudores (un volumen de casi 2,5 billones de pesos), hay que recordar que desde el 2011 a la fecha, los estudiantes endeudados han aumentado de 400 mil a más de un millón, y finalmente se fortalecen las posiciones del Estado al interior de los gobiernos universitarios, integrando a 3 funcionarios designados por los gobiernos de turno a los Consejos Superiores de las diferentes instituciones.

Aunque el gobierno consiguió pasar su propuesta con el acuerdo verbal de suprimir el CAE y sacar a la banca del “nicho” estudiantil, aún está por verse cuál será la respuesta de los estudiantes.

Francia: el meteórico ascenso de Mélenchon en las elecciones presidenciales, la burguesía entra en pánico  

 

 por Jorge Martín//

Las últimas tres semanas han visto una rápida progresión del candidato de La Francia Insumisa en las encuestas para las elecciones presidenciales: de estar en el quinto lugar con alrededor del 11%, a estar tercero con más del 18% en la actualidad. Este rápido aumento se ha visto acompañado de una disminución lenta pero constante de la intención de voto para los dos candidatos mejor situados, la ultraderechista Le Pen (de un máximo del 28% hasta el 24%) y el liberal thatcherista Macron (de un máximo del 26% al 23%).

Esto significa que Mélenchon tiene una oportunidad de entrar en la segunda ronda. Esto ha llevado el pánico a la clase dominante, en Francia y a nivel internacional. Los pesimistas que sólo veían un “giro a la derecha” y el “peligro del fascismo” se han equivocado.

La posibilidad de una segunda ronda enfrentando a Le Pen con Mélenchon ha sido descrita por The Economist como la “opción de pesadilla”. Las encuestas muestran que Mélenchon derrotaría a Le Pen con el 57 por ciento contra 43. Como reflejo de los temores de la clase dominante, el diferencial entre los bonos franceses y alemanes se ha disparado hasta 75 puntos básicos (desde alrededor de 30 a finales del año pasado). El Financial Times señala que esta “elección es ya la más impredecible en una generación” y añade que “los tres principales candidatos en las urnas provienen ahora desde fuera de los principales partidos políticos.”

Uno de los principales periódicos burgueses franceses, Le Figaro dedica el conjunto de su portada alarmista a atacar a Mélenchon. “El proyecto delirante del Chávez francés” grita un titular. “Maximiliano Illich Mélenchon”, dispara el editorial. “Castro, Chávez… Mélenchon, el apóstol de los dictadores revolucionarios”. Los artículos compararan a Mélenchon con Maximiliano Robespierre, Lenin, Trotsky y Fidel Castro.

El ascenso de Mélenchon en las encuestas se puede atribuir a varios factores. El primero y más importante es el hecho de que su programa y discursos aparecen como un rechazo tajante a todo el orden de cosas existente. Esta es la forma en que lo describe, en términos de pánico, el FT: “él ha prometido aumentar el gasto en más de € 250 mil millones al año, reducir la semana laboral legal de 35 a 32 horas y un impuesto del 100 por ciento a los que tengan ingresos 20 veces mayores al ingreso medio. En política exterior, quiere que Francia abandone la OTAN y renegociar totalmente la relación del país con la UE. Si la negociación fracasa, él dice que será “el pueblo francés” quien decida si permanece en el bloque“.

La totalidad de la campaña electoral francesa está dominada por un estado de ánimo profundamente arraigado en el rechazo al orden establecido. Fillon fue un candidato sorpresa de la derecha, venciendo a los favoritos Sarkozy y Juppé en las primarias. Él mismo ha caído en desgracia por un escándalo de corrupción que lo ha empujado hacia abajo en las encuestas. El ganador de las primarias del Partido Socialista, Hamon, también venció al favorito Valls adoptando, en palabras, un programa que sonaba muy izquierdista, parte del cual fue copiado de Mélenchon.

De hecho, hace sólo unas semanas, el conjunto de la opinión pública “progresista” (incluyendo Owen Jones), estaba ejerciendo presión sobre Mélenchon para que se retirara de la carrera a favor de Hamon a fin de “no dividir el voto de izquierda” y “permitir que un izquierdista pasara a la segunda ronda”. Mélenchon, correctamente, se mantuvo firme y consistente en permanecer como el más radical de los candidatos de izquierda. Primero superó Hamon, y ahora ha alcanzado a Fillon, e incluso consiguió una estrecha ventaja sobre éste en algunas encuestas de esta semana.

Esto revela otro hecho importante que debe ser registrado: el colapso del apoyo al candidato oficial del PS que ahora languidece en torno al 8-9%. El gobierno del Partido Socialista, que fue elegido en 2012 con un programa que estaba nominalmente en favor de puestos de trabajo en oposición a la austeridad, pasó a aplicar un programa de recortes, ataques sin precedentes a los derechos democráticos (utilizando el terrorismo como excusa) y un asalto total sobre los derechos de los trabajadores en la forma de la contrarreforma laboral de la ministra el-Khomri. Esto último provocó un gran movimiento de protesta, uno de los más importantes desde mayo de 1968, en el que millones de trabajadores y jóvenes salieron a las calles y se declararon en huelga durante meses, hace un año. Al mismo tiempo vimos una rebelión de la juventud en el movimiento Nuit Debout, con la ocupación de las plazas. El movimiento no alcanzó sus objetivos de detener la contra-reforma, pero como hemos explicado, en ese momento se preparó el terreno para que los trabajadores se desplazaran desde el frente industrial al terreno electoral en un intento de encontrar una salida.

Toda la experiencia de los gobiernos de Hollande, con las jefaturas de gobierno de Ayrault primero y Valls después, crearon una profunda grieta entre el PS y una gran parte de su base de votantes tradicionales. Sólo el 24% de los que votaron por Hollande en 2012 votarían ahora por Hamon, el 26% votaría a Mélenchon y el 43% al liberal Macron (ex ministro en el gobierno “socialista”).

Como las posibilidades de Mélenchon para pasar a la segunda ronda aumentan, es probable que incluso una parte mayor de los partidarios de Hamon cambiarán su lealtad (el 46% indica que no está seguro de su voto y aún podría cambiar).

Su ascenso ha coincidido con los dos debates televisados en los que millones pudieron ver las distintas propuestas en curso sin la filtración habitual de los medios capitalistas. La noche del segundo debate televisado, el 4 de abril, una encuesta instantánea de ELABE mostró que los espectadores pensaban que Mélenchon había sido el candidato más convincente (25%) y también “quien mejor entiende a la gente como yo” (26%).

Otro factor en el ascenso de Mélenchon ha sido la manera en que su campaña ha sido capaz de movilizar a un gran número de gente en grandes mítines, mucho más grandes que cualquier otro partido, e incluso más grandes que los que vimos en la campaña presidencial anterior en 2012. El 18 de marzo, aniversario de la Comuna de París, reunió a 130.000 en la Plaza de la Bastilla de París. El domingo, 9 de abril, hubo un acto masivo con 70.000 en Marsella, un bastión tradicional del Frente Nacional, pero que también fue uno de los centros más radicales de protesta de los trabajadores contra la ley el-Khomri.

Estos actos no sólo permiten el candidato evitar el boicot y las mentiras de los medios capitalistas sino también dar a los presentes y a los que observan en las redes sociales y más allá, un sentido de su propia fuerza, de los números que hay detrás de la candidatura, y tienen un impacto multiplicador. Por otra parte, la campaña no se basa en los recursos de ningún partido en particular (el apoyo de las estructuras del partido comunista es, en el mejor de los casos, modesto, y el propio Partido de Izquierda de Mélenchon es muy pequeño), sino más bien en la movilización de las bases de decenas de miles a través organizaciones locales y de barrio, pertenecientes a la campaña de “La Francia Insumisa”.

Es significativo que el sector de la población donde el apoyo a Mélenchon es más alto es entre los jóvenes. Él es el principal candidato entre aquellos de entre 18 y 24 años de edad, con un 29%. Él también tiene un fuerte apoyo tanto entre los trabajadores de mono azul (18%) como de cuello blanco (20%), en los que ocupa el segundo lugar detrás de Le Pen. Ella es todavía la primera entre los trabajadores de mono azul, pero ha ido perdiendo algo de terreno, desde el 45% hasta 39%.

Hay que señalar que, en nuestra opinión, el programa de Mélenchon tiene una serie de deficiencias, que ya hemos hablado en otro lugar. La cuestión clave es que su programa de reformas sociales y económicas progresistas en los campos de la salud, educación, derechos de los trabajadores, etc. tiene que ser financiado. La derecha ha hecho un gran escándalo de este tema: no hay dinero para pagar todo eso, dicen. Mélenchon ha respondido con la presentación de un programa agresivo de impuestos a los ricos, del que incluso ha sacado un juego en línea (fiscal Kombat) en el que el propio candidato sacude a los ricos y poderosos (incluyendo Sarkozy, Lagarde, etc.) para obtener los fondos necesarios.

Por supuesto, los marxistas estamos a favor del sistema de impuestos más progresivo posible y de luchar contra la evasión fiscal. El problema es que esto llevaría inmediatamente a una fuga de capitales hacia otros países con regímenes fiscales más bajos (como vimos cuando Hollande aplicó su impuesto del 75% sobre la riqueza en 2014, que más tarde fue obligado a abandonar). Como vemos ya en los movimientos de pánico de los mercados de bonos, una victoria de Mélenchon llevaría inmediatamente a un asalto de “los mercados”. Al igual que ocurrió con Grecia, un gobierno Mélenchon sería puesto bajo una inmensa presión por la clase capitalista y sus instituciones (en particular la Comisión Europea y el Banco Central) para que capitule en todos los frentes, incluso en su propio programa limitado. La lección de Grecia es que, dentro de los límites del capitalismo, no es posible romper con la austeridad de una manera seria. O bien se hace que los trabajadores paguen la crisis del capitalismo o se rompe con el capitalismo y se les hace pagar a los grandes capitalistas. Eso significa que no sólo se trata de aumentar los impuestos a los ricos, sino que sobre todo hay que poner los medios de producción, distribución e intercambio que poseen, bajo propiedad y control democrático común, de manera que los recursos del país se puedan utilizar para el beneficio de la mayoría y no de una camarilla por arriba no elegida y que no responde ante nadie.

Por supuesto, una victoria de Mélenchon en Francia no sería exactamente igual que en Grecia. Después de todo, Francia es uno de los países centrales de la UE, con la segunda mayor economía de la zona euro. Una victoria de un candidato de izquierda en Francia tendría un enorme impacto en toda Europa, especialmente en su vecina Italia, que ya está sumida en una profunda crisis económica y política. Aceleraría grandemente todas las fuerzas centrífugas de la UE.

Lo más importante a entender es que esta es una escuela necesaria por la que tienen que pasar los trabajadores y los jóvenes de Francia, ya que una genuina alternativa revolucionaria no está presente en número e influencia suficientes. Lo que ven los cientos de miles de personas que miran hacia Mélenchon, no es tal o cual defecto en su programa, sino más bien, de una manera más o menos definida, un programa que expresa su ira y su rechazo a la totalidad del sistema. El 23 de abril tienen la oportunidad de descargarle un golpe.

Trotsky: El proletariado y los campesinos

// Capítulo III de la Historia de la Revolución Rusa//

El proletariado ruso había de dar sus primeros pasos bajo las condiciones políticas de un Estado despótico. Las huelgas ilegales, las organizaciones subterráneas, las proclamas clandestinas, las manifestaciones en las calles, los choques con la policía y las tropas del ejército: tal fue su escuela, fruto del cruce de las condiciones del capitalismo que se desarrollaban rápidamente y el absolutismo que iba evacuando poco a poco sus posiciones. El apelotonamiento de los obreros en fábricas gigantescas, el carácter concentrado del yugo del Estado y, finalmente, el ardor combativo de un proletariado joven y lozano, hicieron que las huelgas políticas, tan raras en Occidente, se convirtiesen allí en un método fundamental de lucha. Las cifras relativas a las huelgas planteadas en Rusia desde primeros de siglo actual son el índice más elocuente que acusa la historia política de aquel país. Y aun siendo nuestro propósito no recargar el texto de este libro con cifras, no podemos renunciar a reproducir las que se refieren a las huelgas políticas desatadas en el período que va de 1903 a 1917. Nuestros datos, reducidos a su más simple expresión, se contraen a las empresas sometidas a la inspección de fábricas. Dejamos a un lado los ferrocarriles, la industria minera, el artesano y las pequeñas empresas en general, y, mucho más naturalmente, la agricultura, por diversas razones en que no hay para qué entrar. Con esto no pierden el menor relieve los cambios que acusa la curva de huelgas durante ese período.

Huelgas políticas

Años Número de huelguistas
1903 87.000 (1)
1904 25.000 (1)
1905 1.843.000
1906 651.000
1907 540.000
1908 93.000
1909 8.000
1910 4.000
1911 8.000
1912 550.000
1913 502.000
1914 (primera mitad) 1.059.000
1915 156.000
1916 310.000
1917 (enero-febrero) 575.000
Nos hallamos ante la curva, única en su género, de la temperatura política de un país que albergue en sus entrañas una gran revolución. En un país rezagado y con un proletariado reducido -el censo de obreros de las empresas sometidas a la inspección fabril pasa de millón y medio de obreros en 1905, y unos dos millones en 1917- nos encontramos con un movimiento huelguístico que alcanza proporciones desconocidas hasta entonces en ningún otro país del mundo. Frente a la debilidad de la democracia pequeñoburguesa y a la atomización y ceguera política del movimiento campesino, la huelga obrera revolucionaria es el ariete que la nación, en el momento de su despertar, descarga contra las murallas del absolutismo. Nos bastaría fijarnos en la cifra de 1.843.000 huelguistas políticos de 1905 -claro está que los obreros que tomaron parte en más de una huelga figuran en esta estadística por diferentes conceptos- para poner el dedo a ciegas en el año de la revolución, aunque no tuviéramos más dato que éste sobre el calendario político de Rusia.

En 1904, primer año de la guerra ruso-japonesa, la inspección de fábricas no señalaba más que 25.000 huelguistas en todo el país. En 1905, el número de obreros que toman parte en las huelgas políticas y económicas en conjunto asciende a 2.863.000, ciento quince veces más que en el año anterior. Este salto sorprendente induce por sí mismo a pensar que el proletariado, a quien la marcha de los acontecimientos obligó a improvisar una actividad revolucionaria tan inaudita, tenía que sacar a toda costa de su seno una organización que respondiera a las proporciones de la lucha y a la grandiosidad de los fines perseguidos: esta organización fueron los soviets, creados por la primera revolución y que no tardaron en convertirse en órganos de la huelga general y de la lucha por el poder, tardaron en convertirse en órganos de la huelga general y de la lucha por el poder.

Derrotado en el alzamiento de diciembre de 1905, el proletariado pasa dos años -años que, si bien viven todavía el impulso revolucionario como la estadística de huelgas revela, son ya, a pesar de todo, años de reflujo- haciendo esfuerzos heroicos por mantener una parte, al menos, de las posiciones conquistadas. Los cuatro años que siguen (1908-1911) se reflejan en el espejo de la estadística e huelgas como años de contrarrevolución triunfante. Coincidiendo con ésta, la crisis industrial viene a desgastar todavía más el proletariado, exangüe ya de suyo. La hondura de la caída es proporcional a la altura que había alcanzado el movimiento ascensional. Las convulsiones de la nación tienen su reflejo en estas cifras.

El período de prosperidad industrial que se inicia en el año 1910 pone otra vez en pie a los obreros e imprime nuevo impulso a sus energías. Las cifras de 1913-1914 repiten casi los datos de 1905-1907, sólo que en un orden inverso: ahora, el movimiento no tiende a remitir, sino que va en ascenso. Comienza la nueva ofensiva revolucionaria sobre bases históricas más altas: esta vez, el número de obreros es mayor, y mayor también su experiencia. Los seis primeros meses de 1914 pueden equipararse casi, por el número de huelguistas políticos, al año de apogeo de la primera revolución. Pero se desencadena la guerra y trunca bruscamente este proceso. Los primeros meses de la guerra se caracterizan por la inactividad política de la clase obrera. Pero el estancamiento empieza ya a ceder en la primavera de 1915, y se abre un nuevo ciclo de huelgas políticas que, en febrero de 1917, produce la explosión del alzamiento de los obreros y los soldados.

Estos flujos y reflujos bruscos de la lucha de masas hacen que el proletariado ruso parezca cambiar de filosofía en el transcurso de unos cuantos años. Fábricas que dos o tres años antes se lanzaban unánimemente a la huelga con motivo de cualquier acto de arbitrariedad policíaca pierden de pronto su empuje revolucionario y dejan sin respuesta los crímenes más monstruosos del poder. Las grandes derrotas producen un abatimiento prolongado. Los militantes revolucionarios pierden autoridad sobre las masas. En la conciencia de éstas vuelven a aflorar los viejos prejuicios y las supersticiones aún no esfumadas. Al mismo tiempo, la penetración de los elementos grises procedentes del campo en las filas obreras hacen que se destiña -por decirlo así- el carácter de clase de ésta. Los escépticos menean irónicamente la cabeza. Tal fue lo que aconteció en los años 1907 a 1911. Pero los procesos moleculares se encargan de curar en las masas las lesiones síquicas. Un nuevo giro de los acontecimientos o un impulso económico subterráneo abre un nuevo ciclo político. Los elementos revolucionarios vuelven a encontrar quien les preste oídos, y la lucha se enciende de nuevo y con mayores bríos.

Para comprender las dos tendencias principales en que se escinde la clase obrera rusa, conviene no olvidar que el menchevismo cobra su forma definida durante los años de reacción y reflujo, apoyado principalmente en el reducido sector de obreros que habían roto con la revolución, mientras que el bolchevismo, sañudamente perseguido durante el período de la reacción, resurge enseguida sobre la espuma de la nueva oleada revolucionaria en los años que preceden inmediatamente a la guerra. «Los elementos, las organizaciones y los hombres que rodean a Lenin son los más enérgicos, los más audaces y los más capacitados para la lucha sin desmayo, la resistencia y la organización permanentes»; así juzgaba el Departamento de policía la labor de los bolcheviques durante los años que preceden a la guerra.

En julio de 1914, cuando los diplomáticos clavaban los últimos clavos en la cruz destinada a la crucifixión de Europa, Petrogrado hervía como una caldera revolucionaria. El presidente de la República francesa, Poincaré, depositó su corona sobre la tumba de Alejandro III en el mismo momento en que resonaban en las calles los últimos ecos de la lucha y los primeros gritos de las manifestaciones patrióticas.

¿Cabe pensar que, al no haberse declarado la guerra, el movimiento ofensivo de las masas que venía creciendo desde 1912 a 1914 hubiera determinado directamente el derrocamiento del zarismo? No podemos contestar de un modo categórico a esta pregunta. No hay duda que el proceso conducía inexorablemente a la revolución. Pero ¿por qué etapas hubiera tenido ésta que pasar? ¿No le estaría reservada una nueva derrota? ¿Qué tiempo hubieran necesitado los obreros para poner en pie a los campesinos y adueñarse del ejército? No puede decirse. En estas cosas, no cabe más que la hipótesis. Lo cierto es que la guerra marcó en un principio un paso atrás, para luego, en la fase siguiente, acelerar el proceso y asegurarle una victoria aplastante.

El movimiento revolucionario se paralizó al primer redoble de los tambores guerreros. Los elementos obreros más activos fueron movilizados. Los militantes revolucionarios fueron trasladados de las fábricas al frente. Toda declaración de huelga era severamente castigada. La prensa obrera fue suprimida; los sindicatos estrangulados. En las fábricas entraron cientos de miles de mujeres, de jóvenes, de campesinos. Políticamente, la guerra, unida a la bancarrota de la Internacional, desorientó extraordinariamente a las masas y permitió a la dirección de las fábricas, que había levantado cabeza, hablar patrióticamente en nombre de la industria, arrastrando consigo a una parte considerable de los obreros y obligando a los más audaces y decididos a adoptar una actitud expectante. La idea revolucionaria había ido a refugiarse en grupos pequeños y silenciosos. En las fábricas, nadie se atrevía a llamarse bolchevique, sí no quería verse al punto detenido e incluso apaleado por los obreros más retrógrados.

En el momento de estallar la guerra, la fracción bolchevique de la Duma, foja por las personas que la componían, no estuvo a la altura de las circunstancias. Se juntó a los diputados mencheviques para formular una declaración en la que se comprometía a «defender los bienes culturales del pueblo contra todo atentado, viniera de donde viniese». La Duma subrayó con aplausos aquella capitulación. No hubo entre todas las organizaciones y grupos del partido que actuaban en Rusia ni uno solo que abrazase la posición claramente derrotista que Lenin mantenía desde el extranjero. Sin embargo, entre los bolcheviques, el número de patriotas era insignificante: muy al contrario de lo que hicieron los narodniki y mencheviques, los bolcheviques empezaron ya en el año 1914 a agitar entre las masas de palabra y por escrito contra la guerra. Los diputados de la Duma se rehicieron pronto de su desconcierto y reanudaron la labor revolucionaria, de la cual se hallaba perfectamente informado el gobierno, gracias a su red extensísima de confidentes. Baste con decir que, de los siete miembros que componían el Comité petersburgués del partido en vísperas de la guerra, tres estaban al servicio de la policía. El zarismo gustaba, como se ve, e jugar al escondite con la evolución. En noviembre fueron detenidos los diputados bolcheviques y empezó la represión contra el partido por todo el país. En febrero de 1915, la fracción parlamentaria compareció ante los tribunales. Los diputados mantuvieron una actitud prudente. Kámenev, el inspirador teórico de la fracción, se desentendió, al igual que Petrovski, actual presidente del Comité Central Ejecutivo de Ucrania, de la posición derrotista de Lenin. Y el Departamento de policía pudo comprobar con satisfacción que la rigurosa sentencia dictada contra los diputados bolcheviques no provocaba el menor movimiento de protesta entre los obreros.

Parecía como si la guerra hubiera cambiado a la clase trabajadora. Hasta cierto punto, así era: en Petrogrado, la composición de la masa obrera se renovó casi en un 40 por 100. La continuidad revolucionaria se vio bruscamente interrumpida. Todo lo anterior a la guerra, incluyendo la fracción bolchevique de la Duma, pasó de golpe a segundo término y cayó casi en el olvido. Pero, bajo esta capa aparente y precaria de tranquilidad, patriotismo y hasta en parte de monarquismo, en el seno de las masas se incubaba una nueva explosión.

En agosto de 1915, los ministros zaristas se comunican unos a otros que los obreros «acechan por todas partes,, venteando traiciones y sabotajes en favor de los alemanes, y se entregan celosamente a la busca y captura de los culpables de nuestros fracasos en el frente». En efecto, durante este período, la crítica de las masas que empieza a resurgir se apoya, en parte sinceramente y en parte adoptando ese tinte protector, en la «defensa de la patria». Pero esta idea no era más que el punto de partida. El descontento obrero va echando raíces cada vez más profunda, sella los labios de los capataces, de los obreros reaccionarios y de los adulones de los patronos, y permite volver a levantar cabeza a los bolcheviques.

Las masas pasan de la crítica a la acción. Su indignación se traduce principalmente en los desórdenes producidos por la escasez de subsistencias, desórdenes que, en algunos sitios, toman la forma de verdaderos motines. Las mujeres, los viejos y los jóvenes se sienten más libres y más audaces en el mercado o en la plaza pública que los obreros movilizados en las fábricas. En mayo, el movimiento deriva, en Moscú, hacia el saqueo de casas de alemanes. Y aunque sus autores obren bajo el amparo de la policía y procedan de los bajos fondos de la ciudad, la sola habilidad del saqueo en una urbe industrial como Moscú atestigua que los obreros no están aún lo bastante despiertos para poder infiltrar sus consignas y su disciplina en la parte de la población urbana sacada de sus casillas. Al correrse por todo el país estos desórdenes, destruyen el hipnotismo de la guerra y preparan el terreno a las huelgas. La afluencia de mano de obra inepta a las fábricas y el afán de obtener grandes beneficios de guerra se traducen en todas partes en un empeoramiento de las condiciones de trabajo y resucitan los más burdos métodos de explotación. La carestía de la vida va reduciendo automáticamente los salarios. Las huelgas económicas se tornan en un reflejo inevitable de las masas, tanto más tumultuoso cuanto más se le ha querido contener. Las huelgas van acompañadas de mítines, de votación de acuerdos políticos, de encuentros con la policía y, no pocas veces, de tiroteos y de víctimas.

La lucha se corre, en primer término, por la región textil central. El 5 de junio, la policía dispara sobre los obreros tejedores de Kostroma: cuatro muertos y nueve heridos. El 10 de agosto, las tropas hacen fuego sobre los obreros de Ivanovo-Vosnesenk (2): dieciséis muertos, treinta heridos. En el movimiento de los obreros textiles aparecen complicados soldados del batallón destacado en aquella plaza. Como respuesta a los asesinos de Ivanovo-Vosnesenk, estallan huelgas de protesta en distintos puntos del país. Paralelamente a este movimiento, se va extendiendo la lucha económica. Los obreros de la industria textil marchan, en muchos sitios, en primera fila.

Comparado con la primera mitad de 1914, este movimiento representa, así en lo que se refiere a la intensidad del ataque como en lo que afecta a la claridad de las consignas, un gran paso atrás. No tiene nada de particular: es una huelga en la que toman parte principal las masas grises; además, en el sector obrero dirigente reina el desconcierto más completo. Sin embargo, ya en las primeras huelgas que estallan durante la guerra se pulsa la proximidad de los grandes combates. El 16 de agosto declara el ministro de Justicia, Ivostov: «Si actualmente no estallan acciones armadas es, sencillamente, porque los obreros no disponen de organización.» Pero todavía se expresaba más claramente Goremikin: «El único problema con que tropiezan los caudillos obreros es la falta de organización, pues la detención de los cinco diputados de la Duma se la ha destruido». Y el ministro del Interior añadía: «No es posible amnistiar a los diputados de la Duma (los bolcheviques), pues son el centro de la organización del movimiento obrero en sus manifestaciones más peligrosas.» Por lo menos, aquellos señores sabían muy bien dónde estaban sus verdaderos enemigos: en esto, no se equivocaban.

Al tiempo que el gobierno, aun en los momentos de mayor desconocimiento, en que se mostraba propicio a hacer concesiones a los liberales, creía imprescindible dirigir los tiros a la cabeza de la revolución obrera, es decir, a los bolcheviques, la gran burguesía pugnaba por llegar a una inteligencia con los mencheviques. Alarmados por las proporciones que iban tomando en las huelgas, los industriales liberales hicieron una tentativa para imponer una disciplina patriótica a los obreros, metiendo a los representantes elegidos por éstos en los comités industriales de guerra. El ministro del Interior se lamentaba de lo difícil que era luchar contra la iniciativa de Guchkov: «Todo esto se lleva a cabo bajo la bandera del patriotismo y en nombre de los intereses de la defensa nacional.» Conviene tener en cuenta, sin embargo, que la policía se guardaba muy mucho de detener a los socialpatriotas, en quienes veía unos aliados indirectos en la lucha contra las huelgas y los «excesos» revolucionarios. Todo el convencimiento de la policía de que, mientras durase la guerra, no estallarían insurrecciones, se basaba en la confianza excesiva que había puesto en la fuerza del socialismo patriótico.

En las elecciones celebradas para proveer los puestos del Comité industrial de guerra fueron minoría los partidarios de la defensa, acaudillados por Govosdiev, un enérgico obrero metalúrgico, con el que volveremos a encontrarnos más adelante de ministro del Trabajo en el gobierno revolucionario de coalición. Sin embargo, contaba no sólo con el apoyo de la burguesía liberal, sino también con el de la burocracia, para derrotar a los boicotistas, dirigidos por los bolcheviques, e imponer al proletariado de Petrogrado una representación en los organismos del patriotismo industrial. La posición de los mencheviques aparece expuesta con toda claridad en el discurso pronunciado poco después por uno de sus representantes ante los industriales del comité: «Debéis exigir que el gobierno burocrático que está en el poder se retire, cediéndoos el sitio a vosotros como representantes legítimos del régimen actual.» La reciente amistad política entre estos elementos, que había de dar sus frutos más sazonados después de la revolución, iba estrechándose no ya por días, sino por horas.

La guerra causó terribles estragos en las organizaciones clandestinas. Después del encarcelamiento de su fracción en la Duma, los bolcheviques viéronse privados de toda organización central. Los comités locales llevaban una existencia episódica y no siempre se mantenían en contacto con los distritos. Sólo actuaban grupos dispersos, elementos sueltos. Sin embargo, el auge de la campaña huelguística les infundía fuerza y ánimos en las fábricas, y poco a poco fue estableciéndose el contacto entre ellos y se anudaron las necesarias relaciones. Resurgió la actuación clandestina. El Departamento de policía había de escribir más tarde: «Los leninistas, a los que sigue en Rusia la gran mayoría de las organizaciones socialdemócratas, han lanzado desde el principio de la guerra, en los centros más importantes (tales como Petrogrado, Moscú, Jarkov, Kiev, Tula, Kostroma, provincia de Vladimir y Samara) una cantidad considerable de proclamas revolucionarias exigiendo el término de la guerra, el derrocamiento del régimen y la instauración de la República. Los frutos más palpables de esta labor son la organización de huelgas y desórdenes obreros.»

El 9 de enero, aniversario tradicionalmente conmemorado de la manifestación obrera ante el palacio de Invierno, que el año anterior había pasado casi inadvertido, hace estallar, en el año 1916, una huelga de extensas proporciones. En estos años, el movimiento de huelgas se duplica. No hay huelga importante en que no se produzcan choques con la policía. Los obreros hacen gala de su simpatía por los soldados, y la Ocrana apunta más de una vez este hecho inquietante.

La industria de guerra se desarrolla desmesuradamente, devorando todos los recursos a su alcance y minando sus propios fundamentos. Las ramas de la producción de paz languidecían y caminaban hacia su muerte. A pesar de todos los planes elaborados, no se consiguió reglamentar la economía. La burocracia era incapaz ya para tomar el asunto por su cuenta: chocaba con la resistencia de los poderosos comités industriales de guerra: no accedía, sin embargo, a entregar un papel regulador a la burguesía. No tardaron en perderse las minas de carbón y las fábricas de Polonia. Durante el primer año de guerra, Rusia perdió cerca de la quinta parte de sus fuerzas industriales. Un 50 por 100 de la producción total y cera del 75 por 100 de la textil hubieron de destinarse a cubrir las necesidades del ejército y de la guerra. Los transportes, agobiados de trabajo, no daban abasto a la necesidad de combustible y materias primas de las fábricas. La guerra, después de devorar toda la renta nacional líquida, amenazaba con disipar también el capital básico del país.

Los industriales mostrábanse cada vez menos propicios a hacer concesiones a los obreros, y el gobierno seguía contestando a las huelgas, fuesen las que fuesen, con duras represiones. Todo esto empujaba el pensamiento de los obreros y lo hacía remontarse de lo concreto a lo general, de las mejoras económicas a las reivindicaciones políticas: «tenemos que lazarnos a la huelga todos de una vez». Así resurge la idea de la huelga general. La estadística de huelgas acusa de modo insuperable el proceso de radicalización de las masas. En el año 1915, toman parte en las huelgas políticas dos veces y media menos obreros que las puramente económicas. Basta apuntar una sola cifra para poner de relieve el papel desempeñado por Petrogrado en este movimiento: durante los años de la guerra, corresponden a la capital el 72 por 100 de los huelguistas políticos.

En el fuego de la lucha se volatilizan muchas viejas supersticiones. La Ocrana comunica «con harto dolor» que, si se procediera como la ley ordena contra «todos los delitos de injurias insolentes y abiertas a su majestad el zar, el número de procesos seguidos por el artículo 103 alcanzaría cifras inauditas». Sin embargo, la conciencia de las masas no avanza en la misma medida que su propio movimiento. El agobio terrible de la guerra y del desmoronamiento económico del país acelera hasta tal punto el proceso de la lucha, que hasta el momento mismo de la revolución, una gran parte de las masas obreras no ha conseguido emanciparse, por falta material de tiempo, de ciertas ideas y de ciertos prejuicios que les imbuyeran el campo o las familias pequeño burguesas de la ciudad de donde proceden. Este hecho imprime su huella a los primeros meses de la Revolución de Febrero.

A fines de 1916, los precios empiezan a subir vertiginosamente a saltos. A la inflación y a la desorganización de los transportes viene a unirse la gran escasez de mercancías. El consumo de la población se reduce durante este período a más de la mitad. La curva del movimiento obrero sigue ascendiendo bruscamente. Con el mes de octubre, la lucha entra en su fase decisiva. Todas las manifestaciones de descontento se mancomunan: Petrogrado toma carrerilla para lanzarse al salto de Febrero. En todas las fábricas se celebran mítines. Temas: La cuestión de las subsistencias, la carestía de la vida, la guerra, el gobierno. Circulan hojas bolcheviques. Se plantean huelgas políticas. Se improvisan manifestaciones a la salida de las fábricas y talleres. Aquí y allá obsérvanse casos de fraternización de los obreros de las fábricas con los soldados. Estalla una tumultuosa huelga de protesta contra el Consejo de guerra formado a los marinos revolucionarios de la escuadra del Báltico. El embajador francés llama la atención del primer ministro, Sturmer, sobre el hecho de que unos soldados dispararan contra la policía. Sturmer tranquiliza a Paleologue con estas palabras: «La represión será implacable.» En noviembre envían al frente a un grupo numeroso de obreros movilizados en las fábricas de Petrogrado. El año acaba bajo un cielo de tormenta.

Comparando la situación actual con la de 1905, el director del Departamento de policía, Vasiliev, llega a esta conclusión, harto poco tranquilizadora: «Las corrientes de oposición han tomado proporciones excepcionales que no habían alcanzado, ni mucho menos, en aquel turbulento período a que aludimos.» Vasiliev no confía en la lealtad de la guarnición. Ni la misma policía le parece incondicionalmente adicta. La Ocrana denuncia la reaparición de la consigna de huelga general y el peligro de que vuelva a resurgir el terror. Los soldados y oficiales que retornan del frente dicen, refiriéndose a la situación: «¿A qué esperáis? Lo que hay que hacer es acabar de un bayonetazo con esa canalla. Si de nosotros dependiera, no nos pararíamos a pensarlo», y por ahí, adelante.

Schliapnikov miembro del Comité central de los bolcheviques, antiguo obrero metalúrgico, había del estado de nerviosismo en que se encontraban los obreros por aquellos días: «Bastaba con un simple silbido, con un ruido cualquiera, para que los obreros lo interpretasen como señal de parar la fábrica.» Este detalle es interesante como síntoma político y como rasgo sicológico: antes de echarse a la calle, la revolución vibra ya en los nervios.

Las provincias recorren las mismas etapas, sólo que más lentamente. El acentuado carácter de masa del movimiento y su espíritu combativo hacen que el centro de gravedad se desplace de los obreros textiles a los metalúrgicos, de las huelgas económicas a las políticas, de las provincias a Petrogrado. Los dos primeros eses de 1917 arrojan un total de 575.000 huelguistas políticos, la mayor parte de los cuales corresponden a la capital. Pese a la nueva represión descargada por la policía en vísperas del 9 de enero, el aniversario del domingo sangriento, se lanzaron a la huelga en la capital. 150.000 trabajadores. La atmósfera está cargada, los metalúrgicos van en la cabeza, los obreros tienen cada vez más arraigada la sensación de que ya no hay modo de volverse atrás. En cada fábrica se forma un núcleo activo que tiene casi siempre por eje a los bolcheviques. Durante las dos primeras semanas de febrero, las huelgas y los mítines se suceden sin interrupción. La policía, al aparecer el día 8 en la fábrica de Putilov, es recibida con una lluvia de pedazos de hierro y escoria. El 14, día de apertura de las sesiones de la Duma, se ponen en huelga en Petersburgo cerca de noventa mil obreros. También en Moscú paran algunas fábricas. El 16, las autoridades deciden implantar en Petrogrado los bonos de pan. Esta innovación aumentó el nerviosismo de la gente. El 19 se agolpa delante de las tiendas de comestibles una gran muchedumbre, formada principalmente por mujeres, pidiendo a gritos pan. Al día siguiente fueron saqueadas las panaderías en distintos puntos de la ciudad. Eran ya los albores de la insurrección que había de desencadenarse algunos días después.

La intrepidez revolucionaria del proletariado ruso no tenía su raíz exclusivamente en su seno. Ya su misma situación de minoría dentro del país indica que no hubiera podido dar a su movimiento tales proporciones, ni mucho menos ponerse al frente del Estado, si no hubiese encontrado un poderoso punto de apoyo en lo hondo del pueblo. Este punto de apoyo se lo daba la cuestión agraria.

Cuando en 1861 se procedió con gran retraso a emancipar a medias a los campesinos, el nivel de la agricultura rusa era casi el mismo que dos siglos antes. La conservación del viejo fondo de tierras comunales escamoteado a los campesinos en beneficio de la nobleza al implantarse la reforma, agudizaba automáticamente con los métodos arcaicos de cultivo imperantes la crisis de la superpoblación en los centros rurales, que era a la par del cultivo alterno de tres hojas. Los campesinos se sintieron cogidos en una celada, tanto más cuanto que esto no ocurría precisamente en el siglo XVI, sino en el siglo XIX, es decir, bajo un régimen muy avanzado de economía pecuniaria que exigía del viejo arado de madera lo que sólo podía dar de sí el tractor. También aquí volvemos a tropezar con la coincidencia de varias ases distintas del proceso histórico, que dan como resultado una exacerbación extraordinaria de las contradicciones reinantes.

Los eruditos, agrónomos y economistas sostenían que había tierra bastante con tal que se cultive de un modo racional, lo cual equivalía a proponer al campesino que se colocara de un salto en una fase más alta de técnica y de cultivo, pero sin tocar demasiado al terrateniente, al uriadnik (3) ni al zar. Sin embargo, no hay ningún régimen económico, y mucho menos el agrario, que se encuentre entre los más inertes, que se retire de la escena histórica antes de haberse agotado todas sus posibilidades. Antes de verse obligado a pasar a un cultivo más intensivo, el campesino tenía que someter a una última experiencia, para ver lo que daba de sí, su sistema de cultivo alterno en tres hojas. Esta experiencia sólo podía hacerse, evidentemente, a expensas de las tierras de los grandes propietarios. El campesino que se asfixiaba en su pequeña parcela de tierra y que vivía azotado por el doble látigo del mercado y del fisco no tenía más remedio que buscar el modo de deshacerse para siempre del terrateniente.

El total de tierra laborable enclavada dentro de los confines de la Rusia europea se calculaba, en vísperas de la primera revolución, en 280 millones de deciatinas. Las tierrascomunales de los pueblos ascendían a unos 140 millones, los dominios de la Corona a cinco millones, aproximadamente; los de la Iglesia sumaban, sobre poco más o menos, dos millones y medio de deciatinas. De las tierras de propiedad privada, unos 70 millones de deciatinas se distribuían entre 30.000 grandes hacendados, a los que correspondían más de 500 deciatinas por cabeza, es decir, la misma cantidad aproximadamente con que tenían que vivir unos 10 millones de familias campesinas. Esta estadística agraria constituía, ya de por sí, todo un programa de guerra campesina.

La primera revolución no había conseguido acabar con los grandes terratenientes. La masa campesina no se había levantado en bloque ni el movimiento desatado en el campo había coincidido con el de la ciudad; el ejército campesino había vacilado hasta que, por último, suministró las fuerzas necesarias para sofocar el alzamiento de los obreros. Apenas el regimiento de Semionov hubo sofocado la insurrección de Moscú, la monarquía se olvidó de poner la menor cortapisa a las propiedades de los grandes terratenientes ni a sus propios derechos autocráticos.

Sin embargo, la revolución vencida dejó profundas huellas en el campo. El gobierno abolió los antiguos cánones que venían pesando sobre las tierras en concepto de redención y abrió las puertas de Siberia a la colonización. Los terratenientes, alarmados, no sólo hicieron concesiones de monta en lo referente a los arriendos, sino que empezaron a vender una buena parte de sus latifundios. De estos frutos de la revolución se aprovecharon los campesinos más acomodados, los que estaban en condiciones de arrendar y comprar las tierras de los señores.

Fue, sin embargo, la ley de 9 de noviembre de 1906 la reforma más importante implantada por la contrarrevolución triunfante la que abrió más ancho cauce a la formación de una nueva clase de hacendados capitalistas en el seno de la masa campesina. Esta ley, que concedía incluso a pequeñas minorías dentro de los pueblos el derecho a desglosar, contra la voluntad de la mayoría, parcelas pertenecientes a los terrenos de comunas, fue como un obús capitalista disparado contra el régimen comunal. El presidente del Consejo de ministros, Stolipin, definía el carácter de la nueva política campesina emprendida por el gobierno como un «anticipo a los fuertes». Dicho más claramente se trataba de impulsar a los campesinos acomodados a apoderarse de las tierras comunales rescatando mediante compra las parcelas «libres» para convertir a estos nuevos hacendados capitalistas en otras tantas columnas del orden. Pero este objetivo era más fácil de plantear que de conseguir. Aquí, en esta tentativa para suplantar el problema campesino por el problema del kulak (4) fue precisamente donde se estrelló la contrarrevolución.

El 1 de enero de 1916 había dos millones y medio de labradores que tenían adquiridas e inscritas como de su propiedad 17 millones de deciatinas. Otros dos millones pedían que se les adjudicasen 14 millones de deciatinas en el mismo concepto. En apariencia, la reforma había alcanzado un triunfo colosal. Lo malo era que estas propiedades carecían en su mayoría de toda viabilidad y no eran más que materiales para una selección natural. En tanto que los terratenientes más atrasados y los labradores modestos vendían aprisa; unos, sus latifundios, y otros, sus parcelas de tierra, entraba en escena como comprador una nueva burguesía rural. La agricultura pasaba, indudablemente, a una fase de progreso capitalista. En cinco años (1908-1912), la exportación de productos agrícolas subió de 1.000 millones a 1.500 millones de rublos. Esto quería decir que las grandes masas de campesinos se proletarizaban y que los labradores acomodados lanzaban al mercado cantidades de trigo cada vez mayores.

Para suplir el régimen comunal obligatorio desplazado organizóse la cooperación voluntaria que, en el transcurso de pocos años, logró adentrarse bastante en las masas campesinas, y que no tardó en convertirse en un tema de idealismo liberal y democrático. Pero el hecho era que la cooperación no favorecía verdaderamente más que a los campesinos ricos, que era a los que, a fin de cuentas, querían servir. Los intelectuales populistas, al concentrar en la cooperación campesina sus principales esfuerzos, lo que hacían era encarrilar su amor al pueblo por los sólidos raíles de la burguesía. De este modo, se contribuyó muy eficazmente a preparar el bloque el partido «anticapitalista» de los socialrevolucionarios con el partido de los kadetes, capitalista por excelencia.

El liberalismo, guardando una actitud de oposición aparente frente a la política agraria de la reacción, no dejaba de contemplar, esperanzadamente, la destrucción capitalista del régimen comunal. «En los pueblos -escribía el príncipe liberal Trubetskoi- surge una pequeña burguesía potente, tan ajena por su formación y por su espíritu a los ideales de la nobleza como a las quimeras socialistas.»

Pero esta magnífica medalla tenía también su reverso. Del régimen comunal no sólo salió una «potente pequeña burguesía», sin que salieron también sus antípodas. El número de campesinos que habían tenido que vender sus parcela insuficientes llegaba, al comienzo de la guerra, a un millón, y este millón representaba, por lo menos, cinco millones de almas proletarizadas. También formaban un material explosivo bastante considerable los millones de labriegos pauperizados condenados a llevar la vida de hambre que les proporcionaban sus parcelas. Es decir, que se habían trasplantado al campo las mismas contradicciones que tan pronto torcieron en Rusia el desarrollo de la sociedad burguesa en su conjunto. La nueva burguesía agraria destinada a apuntalar las propiedades de los terratenientes más antiguos y poderosos demostró la misma enemiga irreconciliable contra las masas campesinas, que eran la médula del régimen agrario que los viejos terratenientes sentían contra la masa del pueblo. Lejos de brindar un punto de apoyo al orden, la propia burguesía campesina se hallaba necesitada de un orden firme para poder mantener las posiciones conquistadas. En estas condiciones, no tenía nada de sorprendente que la cuestión agraria siguiese siendo el caballo de batalla de todas las Dumas. Todo el mundo tenía la sensación de que la pelota estaba todavía en el tejado. El diputado campesino Petrichenko declaraba en cierta ocasión desde la tribuna de la duma: «Por mucho que discutáis, no seréis capaces de crear otro planeta. Por tanto, no tendréis más remedio que darnos éste.» Y no se crea que este campesino era un bolchevique o un socialrevolucionario; nada de eso, era un diputado monárquico y derechista.

El movimiento agrario remite, igual que el movimiento obrero de huelgas, a fines de 1907, para resurgir parcialmente a partir de 1908 e intensificarse en el transcurso de los años siguientes. Cierto es que ahora la lucha se entabla primordialmente alentada con su cuenta y razón por los reaccionarios en el seno de los propios organismos comunales. Al hacerse el reparto de las tierras comunales fueron frecuentes los choques armados entre los campesinos. Mas no por ello amaina la campaña contra los terratenientes. Los campesinos pegan fuego a las residencias señoriales, a las cosechas, a los pajares, apoderándose de paso de las parcelas desglosadas contra la voluntad de los labriegos del concejo.

En este estado se encontraban las cosas cuando la guerra sorprendió a los campesinos. El gobierno reclutó en las aldeas cerca de 10 millones de hombres y unos dos millones de caballos. Con esto, las haciendas débiles se debilitaron más todavía. Aumentó el número de los labriegos que no sembraban. A los dos años de guerra empezó la crisis del labriego modesto. La hostilidad de los campesinos contra la guerra iba en aumento de mes en mes. En octubre de 1916, las autoridades de la gendarmería de Petrogrado comunicaban que la población del campo no creía ya en el triunfo: según los informes de los agentes de seguros, maestros, comerciantes, etc., «todo el mundo espera con gran impaciencia que esta maldita guerra se acabe de una vez»… Es más: «por todas partes se oye discutir de cuestiones políticas, se votan acuerdos dirigidos contra los terratenientes y los comerciantes, se crean células de diferentes organizaciones… No existe todavía un organismo central unificador; pero hay que suponer que los campesinos acabarán por unirse por medio de las cooperativas, que se extienden por minutos a lo largo de toda Rusia». En estos informes hay cierta exageración; en ciertos respectos, los buenos gendarmes se adelantan a los acontecimientos, pero es evidente que los puntos fundamentales están bien reflejados.

Las clases poseedoras no podían hacerse ilusiones creyendo que los pueblos del campo dejarían de ajustarles las cuentas; pero esperaban salir del paso como fuera, y ahuyentaban las ideas sombrías. Por los días de la guerra, el embajador francés Paleologue, que quería saberlo todo, conversó sobre el particular con el ex ministro de Agricultura Krivoschein; con el presidente de la Duma, Rodzianko, con el gran industrial Putilov y con otros personajes notables. Y he aquí lo que descubrió: para llevar a la práctica una reforma agraria radical se necesitaría un ejército permanente de 300.000 agrimensores que trabajasen incansablemente durante quince años por lo menos: pero como en este plazo de tiempo el número de haciendas crecería a 30 millones, todos los cálculos previos que pudieran hacerse resultarían fallidos. Es decir, que, a juicio de los terratenientes, los altos funcionarios y los banqueros, la reforma agraria venía a ser algo así como la cuadratura del círculo. Excusado es decir que estos escrúpulos matemáticos no rezaban con el campesino, para el cual lo primero y principal era acabar con los señores, y después ya se vería lo que había que hacer.

Si, a pesar de esto, los pueblos se mantuvieron relativamente pacíficos durante la guerra, ello fue debido a que sus fuerzas activas se encontraban en el frente. En las trincheras, los soldados no se olvidaban de la tierra en los momentos que les dejaba libres el pensamiento de la muerte, y sus ideas acerca del porvenir se impregnaban del olor de la pólvora. Pero, así y todo y por muy adiestrados que estuviesen en el manejo de las armas, los campesinos no hubieran hecho nunca por su exclusivo esfuerzo la revolución agrario-democrática, es decir, su propia revolución. Necesitaban una dirección. Por primera vez en la historia del mundo, el campesino iba a encontrar su director y guía en el obrero. En esto es en lo que la revolución rusa se distingue fundamentalmente de cuantas la precedieron.

En Inglaterra, la servidumbre de la gleba desaparición de hecho a fines del siglo XIV; es decir, dos siglos antes de que apareciera y cuatro y medio antes de que fuera abolida en Rusia. La expropiación de las tierras de los campesinos llega, en Inglaterra, a través de la Reforma y de dos revoluciones, hasta el siglo XIX. El desarrollo capitalista, que no se veía forzado desde fuera, dispuso, por tanto, de tiempo suficiente para acabar con la clase campesina independiente mucho antes de que el proletariado naciera a la vida política.

En Francia, la lucha contra el absolutismo de la Corona y la aristocracia y los principios de la Iglesia obligó a la burguesía, representada por sus diferentes capas, a hacer, a finales del siglo XVIII, una revolución agraria radical. La clase campesina independiente salida de esta revolución fue durante mucho tiempo el sostén del orden burgués, y en 1871 ayudó a la burguesía a aplastar a la Comuna de París.

En Alemania, la burguesía reveló su incapacidad para resolver de un modo revolucionario la cuestión agraria, y en 1848 traicionó a los campesinos para pasarse a los terratenientes, del mismo modo que, más de tres siglos antes, Lutero, al estallar la guerra campesina, los había vendido a los príncipes. Por su parte, el proletariado alemán, a mediados del siglo XIX, era demasiado débil para tomar en sus manos la dirección de las masas campesinas. Gracias a esto, el desarrollo capitalista dispuso en Alemania, si no de tanto tiempo como en Inglaterra, del plazo necesario para sostener a su régimen, a la agricultura tal y como había salido de la revolución burguesa parcial.

La reforma campesina realizada en Rusia, en 1861, fue obra de la monarquía burocrática y aristocrática, acuciada por las necesidades de la sociedad burguesa, pero ante la impotencia política más completa de la burguesía. La emancipación campesina tuvo un carácter tal, que la forzada transformación capitalista del país convirtió inexorablemente el problema agrario en problema que sólo podía resolver la revolución. Los burgueses rusos soñaban con un desarrollo agrario de tipo francés, danés o norteamericano, del tipo que se quisiera, con tal de que, naturalmente, no fuera ruso. Sin embargo, no se les ocurría asimilarse la historia francesa o la estructura social norteamericana. En la hora decisiva, los intelectuales demócratas, olvidando su pasado revolucionario, se pusieron al lado de la burguesía liberal y de los terratenientes, volviendo la espalda a la aldea revolucionaria. En estas condiciones, no podía ponerse al frente de la revolución campesina más que la clase obrera.

La ley del desarrollo combinado, propia de los países atrasados -aludiendo, naturalmente, a una peculiar combinación de los elementos retrógrados con los factores más modernos- se nos presenta aquí en su forma más caracterizada, dándonos la clave para resolver el enigma más importante de la revolución rusa. Si la cuestión agraria, herencia de barbarie de la vieja historia rusa, hubiera sido o hubiera podido ser resuelta por la burguesía, el proletariado ruso no habría podido subir al poder, en modo alguno, en el año 1917. Para que naciera el Estado soviético, fue necesario que coincidiesen, se coordinasen y compenetrasen recíprocamente dos factores de naturaleza histórica completamente distinta: la guerra campesina, movimiento característico de los albores del desarrollo burgués, y el alzamiento proletario, el movimiento que señala el ocaso de la sociedad burguesa. Fruto de esta unión fue el año 1917.

1929-1932

https://www.marxists.org/espanol/trotsky/1932/histrev/tomo1/cap_03.htm

Notas

1/ Los datos referentes a los años 1903 y 1904 abarcan todas las huelgas en general, aunque entre ellas predominen, indudablemente, las de carácter económico.

2/ El centro más importante de la producción textil al que, por esta razón, se ha llamado «Manchester ruso». [NDT.]

3/ Agente de la policía rural. [NDT.]

4/ Campesino rico. [NDT.]

 

Los herederos de Gramsci

por Perry Anderson

Ningún pensador italiano goza de mayor fama hoy que Gramsci. Tanto las citas académicas como las referencias en Internet lo sitúan por encima de Maquiavelo. La bibliografía de artículos y libros sobre él llega a unos 20.000 títulos.

En medio de esta avalancha, ¿es posible alguna brújula? Sus Quaderni del carcere [Cuadernos de la cárcel] se pusieron a disposición de los lectores italianos, políticamente expurgados, a finales de la década de 1940. La primera traducción extensa a una lengua no italiana llegó a principios de la de 1970, con la selección editada por Quintin Hoare y Geoffrey Nowell Smith (Londres, 1971), que les dio un público global, siendo pro- bablemente la versión más consultada en todo el mundo. Cuatro décadas después existe ya una extensa literatura secundaria sobre la historia de su recepción a escala mundial, que abarca una vasta gama de usos1. La magnitud de esta apropiación, en una época tan diferente de la que conoció y enjuició Gramsci, debe mucho a dos características de su legado que lo diferencian del de cualquier otro revolucionario de su tiempo.

La primera es su multidimensionalidad. La variedad de temas tratados en los Quaderni del carcere –la historia de los principales países europeos; la estructura de sus clases dominantes; el carácter de su dominio sobre los gobernados; la función y pluralidad de sus intelectuales; la experiencia de los trabajadores y la perspectiva de los campesinos; las relaciones entre el Estado y la sociedad civil; las últimas formas de producción y consumo; cuestiones de filosofía y educación; las interconexiones entre la cultura tradicional o vanguardista y la cultura popular o folclórica; la construcción de las naciones y la supervivencia de las religiones; y con no menos importancia, las formas y medios para superar el capitalismo y sostener el socialismo– no tenía ni tiene igual en la literatura teórica de la izquierda. Su ámbito era no sólo temático sino espacial, puesto que en Italia se combinaba una industria capitalista avanzada en el norte con una sociedad precapitalista arcaica en el sur, y los Quaderni provenían de una experiencia directa de ambas, siendo por eso capaces mucho des- pués de interesar a lectores del Primer y del Tercer Mundo por igual. Había mucho donde elegir.

La segunda atracción magnética de esos textos reside en su fragmenta- ción. Las notas de Gramsci en la cárcel eran lacónicas y exploratorias, como preparación para obras que nunca pudo componer en libertad. Eso las hizo, como señalaría David Forgacs2, sugerentes más que concluyen- tes, invitando después de su muerte a una reconstrucción imaginativa, en un tipo de totalización u otro. Menos vinculantes que una teoría ter- minada, eran más atractivas para los intérpretes de todo tipo, como una partitura que invita a la improvisación. En su propio país los efectos no fueron felices, ya que todo el proceso quedó bajo el control del partido que él había liderado junto a otros, pero que había cambiado mientras estaba preso al someterse sus dirigentes en el exilio al mandato de Stalin. El resultado fue la instrumentalización continua de su pensamiento para fines oficiales, como defensa e ilustración de la línea política del pci, sin importar cuántas posiciones contradictorias implicara esto, desde la época de la Kominform hasta la del Eurocomunismo y su autoliquidación final. Dentro de esa camisa de fuerza táctica, naturalmente, no era posible un escrutinio crítico de las tensiones y vacilaciones, así como de los fulgores, de los Quaderni del carcere 3. Al principio, para despejar cualquier sospecha de Moscú, Gramsci tuvo que ser identificado en bloque con Lenin. Después de los congresos vigésimo y vigésimo segundo del pcus, se le presentó como complementario a Lenin, y después de 1968 como reemplazo del mismo. Finalmente, cuando se acercaba el final, fue desechado al considerarlo demasiado contaminado por Lenin, en un partido que afirmaba que se había desarrollado más allá de ambos, poco antes de exhalar su último suspiro.

Dado que el pci jamás ocupó todo el espacio de la izquierda italiana, en la que existían otras corrientes significativas y no pocas de ellas en profundo desacuerdo con él, el legado de Gramsci nunca pudo ser completamente monopolizado por el partido. Durante las décadas de 1960 y 1970, junto con el rechazo generalizado de ese legado como ideología de una forma- ción política comprometida, surgió una lectura alternativa centrada en el papel clave de los consejos de fábrica presente en sus primeros textos para L’Ordine Nuovo, que contraponían la idea de la autonomía de los trabajado- res recogida en éstos a la exaltación del partido como «Príncipe moderno» presente en los Quaderni. Aunque a menudo su expresión fue bastante enérgica, se trataba de un mecanismo de defensa incapaz de desalojar la secuencia ondulante de las recensiones basadas en los escritos de prisión. El resultado neto, cuando tanto el pci como esas espinas clavadas en su costado se desvanecieron finalmente, fue una esterilización del legado de Gramsci en su tierra natal.

Su empleo creativo, libre de restricciones institucionales, emigró al extranjero. Hay inevitablemente algo arbitrario en la ilustración del resultado de este periplo, pero entre los posibles candidatos es innega- ble la relevancia de cuatro apropiaciones del pensamiento de Gramsci, probablemente las cuatro principales si se consideran comparativa- mente, efectuadas a partir de la década de 1980. ¿Forman un patrón? Sorprendentemente sí, en ciertos aspectos. Todas fueron obra de pen- sadores alejados de su patria. Todas surgieron en el mundo de habla inglesa –el Reino Unido, Estados Unidos, Australia– en menos de diez años, entre mediados de la década de 1980 y mediados de la siguiente. Todas eran construcciones realmente individuales, pero cada una de ellas era también fruto de un proyecto común. Todas estaban centradas en el concepto gramsciano de hegemonía. A continuación presentaré algunas instantáneas de las mismas 4.

1

Gran Bretaña fue el primer caso en el que la importación de Gramsci produjo lo que su domesticación en Italia no había permitido: un análisis original sustantivo de la topografía social y política del país, estable- ciendo nuevos marcadores para una comprensión de lo que podría llegar a ser. En Reino Unido, la recepción de Gramsci se remonta a principios de la década de 1960, cuando todavía era escasamente conocido fuera de Italia5. Una década después, el punto de partida para la mayor influencia de sus textos vino de la mano de un ensayo de Raymond Williams en el que respaldaba y desarrollaba la concepción gramsciana de hegemo- nía como un «sistema central de prácticas, significados y valores que saturan la conciencia de una sociedad a un nivel mucho más profundo que las nociones comunes de la ideología». Haciendo hincapié en que tal hegemonía siempre involucraba un complejo conjunto de estructuras que debían ser continuamente «renovadas, recreadas y defendidas», ajustándose activamente e incorporando donde fuera posible prácticas y significados alternativos, Williams distinguía dos tipos de culturas opo- sitoras, atribuibles cada una de ellas a una clase y capaces de escapar a tal incorporación: residual y emergente, es decir, arraigada en un pasado o en lo que podría ser un futuro. Había también otras prácticas y valores menos asignables, que acostumbraban a eludir la captura hegemónica, ya que, por definición, insistía Williams, la hegemonía era selectiva: «Ningún modo de producción y, por lo tanto, ninguna sociedad u orden dominante ni, en consecuencia, ninguna cultura dominante agota, en realidad, la práctica, la energía y la intención humanas»6.

Estos axiomas podrían tomarse como inspiración para los logros de Stuart Hall, que llegó de Jamaica para estudiar literatura inglesa en Oxford a principios de la década de 1950. Fundador de Universities and Left Review en 1957 y director de la misma en 1960, en 1964 se había incorporado al Centre for Contemporary Cultural Studies de Birmingham fundado y dirigido por Richard Hoggart, con quien cola- boró durante un decenio. A mediados de la década de 1970 comenzó a analizar los enormes cambios que se estaban produciendo en la política británica para predecir sus resultados con una precisión sor- prendente en lo que sigue siendo el ejemplo más clarividente de un diagnóstico gramsciano aplicado a una determinada sociedad7. Al cabo de un año de la formación en 1974 del gobierno laborista de Harold Wilson editó, junto a Tony Jefferson, una colección de artículos titu- lada Resistance through Rituals en los que se analizaban las subculturas de la juventud –principal, pero no exclusivamente– obrera, como un área de resiliencia latente dentro de una cultura dominante, cuya hege- monía nunca fue establemente homeostática o totalmente absorbente, dando lugar en el mejor de los casos a un equilibrio móvil, que debía ser continuamente reformulado para controlar las prácticas que dis- crepaban de él8. Tres años más tarde, otro trabajo colectivo, Policing the Crisis, se centró en los sucesivos pánicos morales –los espectros amenazantes de la revuelta juvenil, la inmigración negra y la militancia sindical– en un momento de aguda crisis económica y turbulencia social, que desencadenó una reacción de corte pequeñoburgués. La demanda creciente de disciplina social se reflejaba ya en el cambio de Heath a Thatcher en la oposición conservadora. El Partido Laborista, después de haber intentado en un principio limitarse meramente a «gestionar el disenso», ahora se reconocía en ese talante proclive a una mayor represión, de acuerdo con un movimiento pendular, que ahora oscilaba hacia una situación en la que «la coerción se convierte en la forma natural y rutinaria de asegurar el consentimiento». Esto no significaba que en Gran Bretaña se asistiera a una violenta repre- sión desencadenada desde arriba al estilo chileno, sino más bien que, aun permaneciendo intactas todas las formas de un Estado posliberal, una actitud gubernamental más dura podía confiar en «una poderosa corriente de legitimidad popular»9. Lo que se vislumbraba en realidad era una poderosa corriente de populismo autoritario.

Un mes antes de que Thatcher llegara al poder en 1979, Hall advirtió que la socialdemocracia se había mostrado incapaz de dominar lo que se había convertido en la crisis orgánica del acuerdo de posguerra, al cual el thatcherismo ofrecía ahora una potente respuesta. Entretejiendo las líneas contradictorias del neoliberalismo monetarista y del conservadu- rismo tory organicista, trataba de construir un nuevo sentido común, de acuerdo con el concepto del mismo utilizado por Gramsci. Identificando la libertad con el mercado y el orden con la tradición moral, vinculaba las oportunidades del uno con los valores de la otra en un solo paquete listo para el consumo popular. Se trataba de un proyecto hegemónico, cuyos atractivos efectos ya se pudieron constatar en el debate público sobre los fracasos del sistema educativo promovido por el primer ministro labo- rista Callaghan en 197610.

Una vez que Thatcher formó su primer gobierno, Hall desarrolló estas ideas durante la década siguiente, previendo correctamente su segunda y tercera victoria electoral. La izquierda había sufrido una profunda derrota en Gran Bretaña, como en Italia durante la década de 1920: el arsenal de conceptos gramscianos estaba directamente relacionado con la experiencia local. Si bien es cierto que Thatcher nunca contó con una mayoría numérica del electorado y que su poder siempre fue cuestionado por una parte importante de la población, no lo es menos que había conseguido agrupar a toda una serie de agentes sociales, desde banqueros y profesionales hasta trabajadores cualificados, pasando por pequeños empresarios, que representaba un bloque histórico en ese sentido. Intuitivamente, el thatcherismo había comprendido que los intereses sociales son a menudo contradictorios, que las ideologías no tienen por qué ser coherentes y que las identidades rara vez son esta- bles, y había trabajado en estos tres terrenos para formar nuevos sujetos populares que encarnaran su hegemonía. Esa hegemonía, tal como había expuesto Gramsci, tenía necesariamente un núcleo económico: la desregulación financiera y la privatización de los servicios públicos para la City, impuestos más bajos para la clase media, aumento de los salarios para los trabajadores cualificados y la venta de viviendas municipales para las masas en general. Englobaba todo esto, sin embargo, la versión thatcheriana de la «revolución pasiva» gramsciana: la promesa ideoló- gica de una modernidad retrasada, en un país que no había conocido la segunda ola de transformación capitalista, que, sin embargo, había revigorizado Alemania o Japón en la posguerra. La clave de su éxito radicaba en la paradoja de una «modernización regresiva»11.

Era un análisis convincente del régimen de Thatcher, se mire como se mire. Le faltaba, ciertamente, el marco internacional en un momento en el que Reagan consolidaba su mandato –de base más amplia– en Estados Unidos y las recetas neoliberales se extendían por todo el mundo capi- talista avanzado. Pero ninguna lectura política de una coyuntura es exhaustiva y la de Hall tenía al menos un propósito: proponer la mejor forma de resistir y vencer al régimen conservador en Gran Bretaña. Para ello había que combatirlo en su propio terreno, argumentaba Hall, con la visión de otro tipo de modernidad, ofreciendo una emancipación del pasado más generosa y radical, que habría que pelear en todos los terre- nos de la sociedad civil, así como en el del Estado, sin permitirse el lujo de caer en posturas de indiferencia o desdén hacia áreas y temas tradicionalmente considerados escasamente políticos: el género, la raza, la familia, la sexualidad, la educación, el consumo, el ocio, la naturaleza, así como el trabajo, los salarios, los impuestos, la salud o las comunicaciones. Había que respetar el pequeño rincón del mercado, donde un capitalismo artesanal ofrecía un ámbito de variedad y elección, y la izquierda no debía dejarse «apartar del paisaje de las inclinaciones popu- lares». Pero su objetivo debía estar a la altura de las ambiciones de su adversario: no reformar, sino transformar la sociedad.

En Italia el partido de masas que heredó las ideas de Gramsci las esteri- lizó, produciendo poco análisis original de la sociedad que lo rodeaba y ninguna estrategia coherente para cambiarla. En Gran Bretaña sucedió lo contrario: se produjo un análisis original y se propusieron elementos de una estrategia coherente con él, pero no había ningún vehículo para ponerlo en práctica. Las intervenciones de Hall fueron publicadas en la revista de un pequeño Partido Comunista de Gran Bretaña, que siguió al pci en el eurocomunismo y la autoextinción. Eso dejaba únicamente al Partido Laborista, donde la influencia de Hall era mucho menor. Criticando su estatismo estrecho de miras y su hostilidad instintiva a la participación democrática, por no hablar de las movilizaciones, aprobó, sin embargo, más o menos explícitamente, en nombre de una relativa modernización, la decisión de la dirección del partido de purgarlo de una izquierda considerada aún más atrasada; y aunque no sin recelos, otorgó inicialmente a Blair varios epítetos laudatorios12 antes de concluir que el Nuevo Laborismo –podría decirse también «moderno»– era una decepción, que extendía más que desplazaba los parámetros generales del thatcherismo. El conocimiento mucho más profundo de la naturaleza del partido, que se podía encontrar en la primera recepción de Gramsci en el Reino Unido, obra de Tom Nairn, le habría evitado aquella decepción13.

Fue también Nairn quien vio el otro lado de la coyuntura que desencadenó el proyecto de Hall, que permaneció totalmente ausente del mismo. Para Gramsci, que escribía desde Italia, un componente crucial de toda hegemonía madura era la creación de una voluntad y de una cultura «nacional-popular». En la propuesta de Hall, el momento popu- lar borra, casi completamente, el nacional. Las tensiones que Thatcher estaba introduciendo en la unidad de Ukania, que habían comenzado ya a crisparse cuando Nairn publicó The Break-Up of Britain (1977) en los mismos años en que Hall elaboraba sus consideraciones sobre la fractura del acuerdo político de posguerra, apenas eran apreciadas. Tal vez había una razón para ello. Gran Bretaña, como explicaba Nairn, no era y nunca había sido una nación: era un reino compuesto por distintas unidades nacido en los albores de la era moderna, que había sobrevivido más allá de su época como un gran imperio. Pero lo que el thatcherismo proclamaba como una identidad todavía imperial – encarnada en los portaaviones británicos en los mares del Atlántico Sur– estaba empezando a convertirse en una solución multicultural no óptima para los inmigrantes del imperio, menos impasibles que los ingleses, aunque inevitablemente subordinados a las valencias históricas de Gran Bretaña. No es de extrañar que un jamaicano consciente del destino no sólo de su propia isla, sino del Caribe en su conjunto, se apartara de ese nudo inextricable alrededor de la garganta de lo nacional, tal como lo concebía Gramsci14.

Así, pues, la propia reafirmación de la posición de la nación en el mundo, como el ejemplo británico para todos los pueblos al poner por encima de todo la libertad, que era la más orgullosa proclamación de Thatcher, acabaría siendo su ruina cuando la integración europea que había ayudado a acelerar se cerró a su alrededor como una trampa: un gobernante italiano más sutil la sometió de un modo que no tenía cabida en el relato de Hall sobre su dominio del poder. ¿Arrojaba ese resultado una luz retrospectiva sobre ciertas grietas en su construcción de la hegemonía bajo el thatcherismo? En cierta medida es innegable. La doble torsión a la que se veía sometida Ukania entre Bruselas y Edimburgo, tan evidente hoy, ya era visible entonces. Correlativamente, aunque había subrayado una tendencia a la coerción en la década de 1970, los textos de Hall de la siguiente minimizaban su papel en cuanto a asegurar el dominio de Thatcher sobre el país, cuando en realidad las dos victorias decisivas que le dieron su supremacía, después de un comienzo incierto, fueron ambas ejercicios de violencia: el aplastamiento de la huelga de los mineros y la guerra colonial por las Malvinas. Ni una ni otra reci- bieron la atención debida. Cuando el Nuevo Laborismo llegó al poder hubo un punto ciego similar. «The Great Moving Nowhere Show», con el que ironizaba sobre el régimen de Blair, andaba un tanto descami- nado: pronto se iba a poner en movimiento, con las armas en mano, hacia Pristina, Helmand y Basora. A la inversa, en cuanto al consenso alcanzado por Thatcher, el acento caía demasiado insistentemente en la captura ideológica a expensas de los incentivos materiales, mientras los propios motivos ideológicos aparecían –nunca explícitamente, pero con precaución insuficiente– demasiado fácilmente desconectables de cualquier anclaje social, como si pudieran flotar libremente en cualquier dirección política bajo la varita de un mago suficientemente hábil. Hall nunca habría dado este paso en realidad, pero dejó la puerta entreabierta para que se diera.

2

Una empresa paralela había dejado huellas en su enfoque. A finales de los años sesenta, dos décadas después de su llegada de Jamaica, desem- barcó en Gran Bretaña un inmigrante argentino de una edad parecida a la suya, Ernesto Laclau, que había estudiado historia en Buenos Aires y había sido militante del pequeño Partido Nacional de la Izquierda Independiente fundado por Jorge Abelardo Ramos, prácticamente el único pensador socialista de su generación en defender el apoyo a Perón desde el principio de su gobierno en 194615. Tras instalarse en Oxford, su primera publicación en inglés fue un análisis marxista clásico de la constelación social que había producido en Argentina la dictadura de Onganía y el gran levantamiento político del Cordobazo contra ella en mayo de 196916. Después de pasar de la historia a la teoría política para conseguir una cátedra en Essex, produjo una colección de cuatro ensa- yos, Politics and Ideology in Marxist Theory, realizando un uso original, aunque siempre crítico, de los conceptos althusserianos, que tuvo un gran impacto en el pensamiento de Hall sobre el thatcherismo17.

En ese momento Laclau ya había empezado a trabajar con otra inmi- grante, Chantal Mouffe, una belga formada en filosofía, que había estado enseñando en Colombia. Juntos publicaron en 1985 Hegemony and Socialist Strategy, llevando al posestructuralismo a lidiar osadamente con la tradición marxista, en sintonía política con lo que había sido el eurocomunismo, pero ahora con una perspectiva teórica declarada- mente posmarxista. Repasando la historia de la Segunda y la Tercera Internacional, concluyeron que ambas habían permanecido atrapadas en la ilusión de que las ideologías correspondían a las clases y el desa- rrollo histórico llevaba, por pura necesidad económica, al triunfo del socialismo. Lo que ninguna de las dos había podido resolver era la exis- tencia, no sólo de divisiones dentro de la clase obrera como portadora de esta supuesta necesidad en forma de sujeto revolucionario de la historia, sino también de clases no capitalistas que no formaban parte de la clase obrera. Los problemas que éstas planteaban sólo habían encontrado respuestas incoherentes por parte de Plejánov y Labriola, Bernstein y Kautsky, Luxemburg y Trotski. Un primer paso, aunque todavía muy corto, más allá de esos fracasos, vino con la noción leninista de la hegemonía del proletariado, que implicaba una determinada articulación de los objetivos proletarios con las demandas del campesinado; pero fue Gramsci quien dio el verdadero avance al profundizar la concepción de Lenin en dos sentidos, transformando, por un lado, la idea de hegemo- nía, que pasaba de ser una forma de liderazgo meramente político para serlo también moral e intelectual, y entendiendo que el sujeto de una hegemonía no podía ser una clase socioeconómicamente preconstituida, sino que tenía que ser una voluntad colectiva políticamente construida, una fuerza capaz de sintetizar demandas heteróclitas, que no tenían nin- guna conexión necesaria entre sí y que podían tomar direcciones muy diferentes, en una unidad nacional-popular.

Esto, señalaban Laclau y Mouffe, suponía un avance significativo, pero Gramsci había mantenido la idea de que el proletariado era estructuralmente la «clase fundamental» y al pensar que una «guerra de posiciones» consen- suada podía combinarse en Occidente con una «guerra de movimientos» coercitiva, no había llegado a romper claramente con el bolchevismo El camino que debía seguirse ahora era desechar todos los residuos del esen- cialismo de clase así como cualquier idea de una guerra de movimientos. En lugar de intereses que dan lugar a ideologías, hay que pensar en dis- cursos que crean posiciones de sujeto, siendo el objetivo a día de hoy no el socialismo, sino la «democracia radical», de la que el socialismo –dado que el capitalismo genera relaciones de subordinación antidemocráticas– seguiría siendo una dimensión particular, y no a la inversa18. En el posterior trabajo de Laclau On Populist Reason (La razón populista, 2005), la referencia al socialismo se desvanece en su totalidad y el populismo se hace cargo de la hegemonía como el significante más agudo y poderoso de la unificación intrínsecamente contingente de las demandas democráticas –que aisladas podrían igualmente entretejerse en un discurso antidemocrático– en una voluntad colectiva. Ligado a un líder por un conjunto común de símbolos y lazos afectivos, un pueblo insurgente puede entonces hacer frente a los poderes dominantes en su sociedad, atravesando la línea divisoria del anta- gonismo dicotómico entre los dos.

Este esquema formal, propuesto originalmente en tiempos de Thatcher y Reagan, anticipaba lo que iba a suceder en Europa treinta años después, cuando la desindustrialización había reducido y dividido a la clase obrera, dejando un paisaje social mucho más fragmentado y una multiplicación de movimientos, de derecha y de izquierda, que impugnaban el orden establecido en nombre del pueblo, convirtiéndose así el «populismo» en la pesadilla de las elites en toda la ue19. Si Hall había previsto el surgimiento del thatcherismo, no menos impresionante fue que Laclau y Mouffe supieran prever la reacción contra el neoliberalismo, consiguiendo además algo de lo que Hall no fue capaz, en concreto la adopción de su visión por parte de una fuerza política que cuenta con un apoyo de masas. En España, los líderes de Podemos –que también habían pasado algún tiempo en América Latina– basaron expresamente su estrategia en sus prescripcio- nes para construir un populismo hegemónico20. Se mire como se mire, no era un pequeño logro para un sistema teórico cuyos tecnicismos lo hacían a menudo difícil. Pero la eficacia política es una cosa y la contundencia intelectual otra. Las aporías en este caso eran evidentes.

El giro lingüístico de la teoría, en consonancia con la moda imperante a finales del siglo xx, propuso un idealismo discursivo, que separaba los significados de cualquier conexión estable con sus referentes. Aquí el resultado fue separar tan completamente las ideas y demandas de los amarres socioeconómicos que en principio podrían ser adoptados por cualquier agencia para cualquier construcción política. De forma inherente, la gama de articulaciones no conoce límites. Todo es contingencia: la expropiación de los expropiadores podría convertirse en consigna de los banqueros, la secularización de las tierras de la iglesia en un objetivo del Vaticano, la destrucción de los gremios en ideal de los artesanos, los despidos masivos en reivindicación de la clase obrera, los cercamientos en objetivo de los campesinos. La propuesta se derrotaba a sí misma. No sólo se podía articular cualquier cosa en cualquier dirección, sino que todo se convertía en articulación. Primero, la hegemonía y, luego, el populismo se presentaron como un tipo de política entre otros. Luego, en un movimiento inflacionario característico, se convirtieron en la defi- nición de toda la política como tal, haciéndose así superfluos21.

Si extravagancias de este tipo podían ser ignoradas como brindis a la moda, otras características de la construcción eran más significativas. La hegemonía, como en la tradición del pci, se presentaba como una estrategia sin topografía. Aunque lo nacional-popular se consideraba un objetivo clave, no iba acompañado por ninguna descripción de un paisaje nacional. El contraste con el análisis de Laclau del peronismo en Argentina antes de pasar al posmarxismo, ejemplar en su penetración y detalle, era sorprendente22. Sin duda la expatriación explicaba en parte el cambio, que a su vez permitió que una estrategia desarraigada se trasplantara tan bien; pero también había una lógica conceptual en funcionamiento. Una vez que la hegemonía se hacía automáticamente populista, no había ninguna necesidad de precisión en cuanto a caracterizar el tablero social. «El lenguaje de un discurso populista, ya sea de derechas o de izquierdas, siempre va a ser impreciso y fluctuante», remarcaba Laclau, pero esta «vaguedad e imprecisión» no era un fallo cognitivo, ya que la propia realidad social era heterogénea y volátil23. No era necesario, por tanto, ¿o ni siquiera posible?, el tipo de análisis de grano fino que Marx realizó de Francia, Lenin de Rusia, Mao de China o Gramsci de Italia. El interlocutor de Mouffe en España, alabando el eslogan de Occupy del «99 frente al 1 por 100», explica que un discurso hegemónico «no es estadístico, sino performativo»24. Para tal interpretación, los detalles pueden ser un impedimento y la imprecisión una virtud, a condición de que sea eficaz.

La delineación del adversario era necesariamente, para la estrategia popu- lista, lo más vaga posible, ya que especificarlo con demasiada precisión o realismo corría el riesgo de lanzar una red demasiado fina de inter- pelaciones hegemónicas, exponiendo los porcentajes retóricos como la ficción que realmente son. Errejón se niega prudentemente a especificar la casta contra la que Podemos llama a la gente a alzarse en su propio país25. Los motivos políticos de tal reticencia son inteligibles; su contra- partida teórica, en cambio, es vacua. Mientras que Gramsci inició sus reflexiones sobre la hegemonía con un análisis del bloque dominante en el Risorgimento, en la construcción de Laclau y Mouffe éste ha desa- parecido prácticamente en las más etéreas abstracciones, convirtiéndose simplemente en «las instituciones» o «el sistema institucional» que nunca se especifica más, como si dar cara a las fuerzas dispuestas contra los de abajo sólo pudiera debilitar su moral. Así, lógicamente, a pesar de las cláusulas formales en sentido contrario, la hegemonía se convirtió en la práctica en una cuestión que sólo concernía a los gobernados, como en la sentencia: «No hay hegemonía sin construir la identidad popu- lar a partir de una pluralidad de demandas democráticas»26. Gramsci se habría asombrado. Lo que se oponía a esa unificación hegemónica era la «diferenciación institucional», un divide y vencerás borroso y anónimo27. Las formas históricamente normales de hegemonía, que siempre han sido las de las clases dominantes, eran arrumbadas fuera de escena.

De ello se desprende la inexistencia de un balance de las experiencias políticas que La razón populista ofrecía como ilustración de su caso, lo que implicaría considerar no sólo la construcción de nuevas posiciones de sujeto desde abajo, sino también las condiciones objetivas para tal «ruptura populista», admitida como necesaria para su aparición, y los resultados objetivos de su trayectoria, ya sea en Estados Unidos a fina- les del siglo xix, en Argentina en el siglo xx o en cualquier otro lugar. Sintomáticamente, todo lo que se podía decir del destino del Populismo estadounidense en la década de 1890 eran cuatro palabras concisas: «prevalecían las diferenciaciones institucionales»28. Según esa versión, Togliatti, Tito y Mao eran admirables nacional-populistas, aunque obstaculizados por el internacionalismo retrógrado de la Komintern; Por qué uno de ellos debía fracasar y los otros dos no, quedaba fuera de lo explicable. Allí donde las interpelaciones lo son todo, las definiciones son ingrávidas. Podemos puede rechazar la socialdemocracia un día para declararse al día siguiente representante de la nueva socialdemocracia29. Quizá sean únicamente los problemas que conlleva el estirón de la infancia a la adolescencia, muy alejados en cualquier caso de los del prisionero de Turi di Bari.

3

La herencia de Gramsci fue muy diferente en Asia. En 1947 un joven militante bengalí del Partido Comunista de la India, Ranajit Guha, llegó a París para trabajar como cuadro en la Federación Mundial de Juventudes Democráticas, creada por la Unión Soviética cuando se ini- ció la Guerra Fría en Europa. Tenía entonces veinticinco años; después de pasar los seis años siguientes viajando como emisario de la antigua Komintern por Oriente Próximo, África del Norte, Europa Oriental y Europa Occidental, la urss y China, regresó a Bengala, trabajando allí primero en talleres y muelles y luego enseñando e investigando historia en las facultades locales. En 1956 abandonó el partido tras la invasión soviética de Hungría y tres años después se trasladó a Inglaterra, dando clases durante dos décadas en Manchester y Sussex. En 1970-1971, mientras disfrutaba de un año sabático en India fue testigo de la sal- vaje represión de la insurgencia campesina naxalita en Bengala, en la que trabajaron juntas las dos alas, la prorusa y prochina, en las que se había dividido el comunismo indio desde 196430. Tras decidir trabajar desde aquel momento sobre la resistencia campesina, convocó al final de la década en Sussex a un grupo de historiadores indios mucho más jóvenes que él para planear una nueva revista, Subaltern Studies, cuyo título anunciaba su inspiración. «En nuestro deseo de aprender de Gramsci –escribiría más tarde Guha– estábamos completamente solos y no debíamos nada a los partidos comunistas existentes», de los que el proyecto se mantuvo a distancia: «para nosotros, ambos representaban una extensión liberal de izquierdas de la elite del poder india»31.

En un famoso manifiesto inaugural, que atacaba la historiografía nacionalista convencional del movimiento independentista por limitarse a la política de la elite, Guha pidió que se estudiaran las luchas de las clases subalternas –obreros, campesinos, pobres urbanos no industriales y sec- tores inferiores de la pequeña burguesía– como un dominio autónomo, en el que vastas franjas de la vida y la conciencia popular escapaban a las narraciones oficiales de una burguesía india cuya incapacidad para integrarlas bajo su liderazgo significó el «fracaso histórico de la nación para materializar todo su potencial»32. Durante los treinta años siguien- tes Subaltern Studies dejó una marca indeleble en la historiografía del sur de Asia en la realización de ese programa, con estudios originales de las formas populares de resistencia en una «historia desde abajo» más parecida a la obra de Edward Thompson que a la de la Birmingham School. Con el tiempo, después de que Guha dejara de dirigirla a fina- les de la década de 1980, se produjo una mutación no muy diferente a la que se puede constatar en la obra de Hall o Laclau, virando bajo el impacto del posestructuralismo hacia las construcciones discursivas del poder y la cultura en lugar de los determinantes materiales de la conciencia o la acción, aunque –una diferencia significativa– la reacción contra las pretensiones oficiales de modernidad y progreso posteriores a la independencia, rechazadas como patrimonio ideológico del Raj, acabó convirtiéndose en una adhesión sentimental a las comunidades campe- sinas y una deriva hacia el neonativismo33.

El propio Guha, perteneciente a una generación anterior templada en un movimiento comunista internacional todavía indiviso, cambió poco. En 1980 se trasladó a la Australian National University en Canberra. Su estudio Elementary Aspects of Peasant Insurgency in Colonial India – fruto de una década anterior de trabajo–, publicado a principios de 1983, pocos meses después de la aparición del primer número de Subaltern Studies, exhibía dones cuya combinación es rara en cualquier historiador: poderosa capacidad teórica formalizadora, investigación empírica meticulosa y registro comparativo seguro, por no hablar de su memora- ble mordacidad literaria.

El objetivo de Elementary Aspects of Peasant Insurgency in Colonial India era demostrar la «soberanía, consistencia y lógica» de las concepciones y acciones de los campesinos rebeldes contra los terratenientes, pres- tamistas y funcionarios bajo el Raj, tratadas no como una sucesión de levantamientos sino como un repertorio de formas, comenzando por la «negación» y prosiguiendo con la ambigüedad, modalidad, solidari- dad, transmisión y territorialidad. Guha aplicó en ellas su formidable dominio de recursos intelectuales muy diversos, desde Propp, Vygotsky, Lotman o Barthes por un lado, pasando por Lévi-Strauss o Gluckman, Dumont o Bourdieu, a Hilton, Hill o Lefebvre por otro, por no hablar de Mao como excipiente genérico34. Su objetivo y logro era rehabilitar a los campesinos indios como sujetos de su propia historia y protagonistas de su propia rebelión; pero a diferencia de muchos que le siguieron, fue inflexible en la descripción de los límites a una y otra en la época colonial, negándose a atribuir un «falso secularismo» a las solidaridades rebeldes, poniendo de manifiesto las múltiples formas en que un sentido de clase podía ser manipulado para convertirlo en un sentimiento de raza, señalando el hecho de que el campesinado podía «producir no sólo rebeldes, sino colaboradores, chivatos, traidores», así como la frecuencia con que los insurgentes armados salían de «asentamientos de casta única», lo cual significaba inevitablemente una minoría de aldeas35. Las visiones de color rosa de otra generación le eran ajenas.

Por eso era lógico que a Elementary Aspects of Peasant Insurgency in Colonial India le siguiera una sucinta obra maestra titulada Dominance without Hegemony, tal vez el trabajo más llamativo jamás inspirado por Gramsci. Su tema eran las estructuras de poder tanto bajo el Raj como en la lucha por librarse de él. Para describirlas Guha desarrolló un modelo analítico de tal claridad y fuerza que podía decir, sin énfasis pero con razón, que esperaba poder resolver con él ambigüedades pre- sentes en los propios escritos de Gramsci. En la India colonial había, por supuesto, una desconcertante diversidad de relaciones desiguales; pero todas implicaban una relación entre Dominación [D] y Subordinación [S], estando constituidas a su vez cada una de ellas por otro par de ele- mentos que interactuaban entre sí: Dominación por Coerción [C] y Persuasión [P], y Subordinación por Colaboración [C*] y Resistencia [R], como en:

Figura 1: Configuración general del poder

Poder (D/S)

D

S

C

P C*

R

En cualquier sociedad y en cualquier momento dado, la relación D/S varía según lo que –por analogía con el capital– Guha denominaba la «composición orgánica» del poder, que depende de los pesos relativos de C y P en D, y de C* y R en S, que siempre son, sostenía, contingentes. La hegemonía es una condición de dominio en la que P excede a C, esto es, la persuasión sobrepasa la coerción. «Definida en estos términos – proseguía Guha–, la hegemonía opera como un concepto dinámico y mantiene siempre hasta la estructura más persuasiva de Dominación necesariamente abierta a la Resistencia». Pero al mismo tiempo, «puesto que la hegemonía, tal como la entendemos, es una condición particular de D y esta última está constituida por C y P, no puede haber un sis- tema hegemónico bajo el cual P supere a C hasta el punto de anularla totalmente. Si eso sucediera no habría dominación y, por lo tanto, no habría hegemonía». Esta concepción «evita la yuxtaposición gramsciana del dominio y la hegemonía como antinomias», lo cual «por desgracia había proporcionado con demasiada frecuencia un pretexto teórico para un absurdo liberal –el absurdo de un Estado no coercitivo– a pesar de la contundencia de la propia obra de Gramsci afirmando lo contrario»36.

Equipado con esta matriz, Guha procedió a establecer las cualidades dis- tintivas de los cuatro constituyentes de D y S bajo el dominio británico. Por definición, en un Estado colonial C prevalecía sobre P: el Raj se jactaba de «uno de los mayores ejércitos permanentes del mundo, un sistema penal complejo y una fuerza policial altamente desarrollada», regulado todo ello por una burocracia armada con poderes de emergencia. Una vez que el poder británico hubo establecido un «imperio regulado», el aspecto de la conquista dio paso al del «orden», que autorizaba no sólo la represión rutinaria, sino las intervenciones en salud pública, los tra- bajos forzados, el reclutamiento militar, etcétera. Sin embargo, el orden no operaba de manera aislada, sino que interactuaba con un aspecto indígena complementario: el danda o «castigo», que denotaba todas las formas tradicionales de poder basadas en la fuerza y el temor como manifestaciones de la voluntad divina en los asuntos del Estado. En el factor constituyente P de D, por otro lado, donde se buscaban relaciones no antagonistas con la población sometida, la gramática del Raj era el progreso, la mejora de la educación de corte occidental, el patrocinio de las producciones literarias o artísticas indias, los proyectos de patri- monio orientalista, la cooptación administrativa, el paternalismo rural, las infraestructuras modernas, etcétera. Esto tenía a su vez un comple- mento nativo en las doctrinas hindúes del dharma, entendido como el deber moral de realizar las funciones asignadas a cada ser humano en una jerarquía de castas, ideal perfectamente adaptado a las modernas doctrinas de conciliación de clase de Tagore o de Gandhi.

En cuanto a S, sus constituyentes también tenían sus versiones coloniales y colonizadas. La Colaboración era inducida tanto por las doctrinas bri- tánicas de la «obediencia» (relevantes en Gandhi antes de la matanza de Amritsar en 1919), heredadas de Hume y transmitidas a través del bentha- mismo temprano, como por las ideologías indias del bajti –«lealtad»– que se remontaban al Bhagavad-Gita. La Resistencia, por otra parte, podía ser codificada en términos británicos como «disenso correcto», apelando a las nociones liberales de derechos naturales procedentes de Locke y expresadas (sobre todo) en marchas efectuadas dentro de la ley, en manifestaciones, en peticiones, etcétera o, en términos locales, como «protesta dhármica», es decir, en forma de acciones de masas como levantamientos, deserciones, sentadas, hartales, en los que no entraba ninguna idea de derechos, sino que se basaban en la cólera por el fracaso de los gobernantes en el cumplimiento de sus deberes morales de protección y socorro a los gobernados.

El poder del Raj, basado en un predominio masivo de C sobre P, era Dominación sin Hegemonía. ¿Cómo iban las cosas en el movimiento nacionalista organizado contra él? Puesto que el Partido del Congreso no disponía de ningún poder estatal, al que aspiraba pero del que no gozaba aún, y la representación electoral quedaba limitada a un sufragio estrecho, su reivindicación del consenso popular descansaba sobre la movilización popular. Esto, no obstante, era falso en más de un aspecto. Cierto es que el movimiento nacional suscitaba un genuino entusiasmo de masas; pero como sus dirigentes burgueses eran incapaces de integrar en el movi- miento los intereses de clase de los trabajadores o de los campesinos, la coerción predominaba inevitablemente de un modo u otro de principio a fin. La destrucción de bienes, la intimidación violenta y la aplicación de sanciones de casta marcaron las primeras campañas del Swadesh. Luego, durante el período de la No-Cooperación, llegó la mojigata «fuerza del alma» del sistema disciplinario de Gandhi, diseñada para suprimir cualquier expresión indisciplinada o igualitaria del sentimiento popular, criticada como «dominio de las turbas». Las élites que dirigían el movi- miento independentista abogaban por la hegemonía, pero al reprimir en lo posible cualquier indicio de inmediatez elemental en la lucha, no podían sino recurrir a métodos coercitivos y en una revancha de lo repri- mido, al final eran incapaces de contener las fuerzas del comunalismo que negaban continuamente, pero eran incapaces de trascender37. Tampoco en R podía prevalecer P sobre C. Tanto entre los gobernantes del subcon- tinente como entre los aspirantes a serlo había un déficit hegemónico.

Sigue siendo válida la fuerza y la justicia de esta acusación contra el movimiento nacional que culminó en la Partición. Pero al proyectar el argumento sobre el gobierno del Partido del Congreso de una India encogida después de la independencia, Guha extendió excesivamente su aplicación38. Vio con total claridad y denunció con razón la apropiación indiscriminada del aparato británico de coerción por el Partido del Congreso una vez que ocupó el poder del Estado, así como el recurso despiadado al mismo estilo de violencia militar y policial para vencer la resistencia a su gobierno allí donde esta brotaba. Pero pasó por alto las nuevas formas de persuasión a disposición del partido suministradas por el Estado posimperial y la sociedad civil, ya que ahora el sufragio era universal, y las elecciones regulares, sostenidas en las reglas británicas útilmente heredadas del Raj, podían convertir la mitad o menos de los votos del país en una abrumadora mayoría de escaños en un parlamento que incorporaba una soberanía popular antes inexistente, lo que constituye el más importante mecanismo de consenso en la estructura de cualquier legitimidad capitalista. También la religión podía desempeñar un papel menos divisivo, una vez que la base sociológica del partido como formación hindú llegó a coincidir mucho más estrechamente con los contornos de la nación y las estructuras de castas sostenían el apoyo electoral por encima de fronteras lingüísticas o étnicas. En esas condiciones, el Partido del Congreso convirtió su herencia en una auténtica hegemonía. Tal vez esa conclusión, y su epílogo en el hinduismo actual, le resultaba demasiado desagradable.

En la década de 1970, mientras preparaba Elementary Aspects of Peasant Insurgency in Colonial, Guha intervino en la escena política india con una serie de denuncias de torturas y represión realizadas bajo el gobierno del Partido del Congreso39. En la de 1980, cuando comenzaron a publicarse los Subaltern Studies, cayó políticamente en el silencio. ¿Había una cone- xión entre una cosa y la otra? Tal vez el aplastamiento del naxalismo en Bengala le arrebató cualquier esperanza de que, durante lo que le quedaba de vida, las masas indias pudieran sacudirse las estructuras de lo que aparentaba ser su emancipación. Sin mencionarla, pudo llegar a la convicciónde que ninguna estrategia, tal como la hubiera concebido Gramsci, era posible en semejante desierto. Aun así, nada en tal conclusión desvirtúa la elegancia intelectual y el rigor político de Dominance without Hegemony.

4

En la obra de Giovanni Arrighi, nacido en 1937 pocos meses después de la muerte de Gramsci, confluyeron por primera vez en una síntesis sostenida dos corrientes de pensamiento sobre la hegemonía, que hasta entonces habían permanecido disociadas, como relación de poder entre clases y entre Estados. La suya fue una trayectoria inusual, de un puesto de dirección en Unilever pasó a la labor solidaria en Rodesia, la organización de luchas obreras en Italia y la investigación sobre la migración campesina en Calabria, todo lo cual le dio una experiencia única: corporación multinacional, liberación antiimperialista, revuelta obrera, tierra y trabajo. De ella nació, casi al mismo tiempo que Hall trabajaba sobre el thatcherismo, Laclau sobre el populismo y Guha sobre la insurgencia campesina, The Geometry of Imperialism (1977), que pretendía integrar los paradigmas alternativos de Hobson y Lenin en un conjunto coherente de proposiciones que cubriera la transición del imperio británico al alemán y al estadounidense y las correspondientes transformaciones del capital. Respondiendo a sus críticos en 1982 en un posfacio posterior, Arrighi reflexionaba que habría sido mejor designar como ciclos de hegemonía las fases sucesivas del imperialismo de las que se había ocupado, una teo- ría de la que su texto podía ser leído como un bosquejo40. Aquel mismo año su contribución al volumen colectivo Dynamics of Global Crisis, que se basaba en ideas desarrolladas cuando era uno de los dirigentes del Gruppo Gramsci, una de las corrientes revolucionarias de las grandes moviliza- ciones obreras y estudiantiles surgidas a caballo de las décadas de 1960 y 1970 en Italia, dejaba claro que ya había empezado a conectar en un único marco los planos interestatales e intraestatales de la hegemonía41.

Para entonces Arrighi se había trasladado a Estados Unidos y trabajaba con Immanuel Wallerstein en un intercambio productivo de influencias respectivas: Braudel pasaba del segundo al primero, Gramsci del primero al segundo. En El largo siglo xx (1994), concebido en Cosenza muchos años antes, cuando soñaba con conciliar a Smith y Marx, a Weber y Schumpeter, fundía la teoría y la historia con una claridad peculiar de estilo y economía de forma. Para Arrighi, como para Gramsci, la hege- monía combinaba fuerza y consentimiento. Pero a diferencia de sus contemporáneos, él no situó su núcleo en la ideología, sino en la econo- mía. A escala internacional, la condición para la hegemonía era un modelo superior de organización, producción y consumo, capaz de inducir no sólo la conformidad con los ideales y valores de la potencia hegemónica, sino su imitación generalizada como modelo para otros Estados. Esa hegemo- nía generaba a su vez beneficios para los grupos dominantes de todos los países, estableciendo reglas predecibles para el sistema internacional y vigilando las amenazas comunes. En ese sentido, la hegemonía debía contrastarse con la mera «dominación explotadora», en la que un Estado poderoso obtiene la obediencia o el tributo de los demás mediante el ejer- cicio de la violencia, sin concederles beneficios compensatorios. Dentro de un país o entre varios, la hegemonía era «el poder adicional que un grupo dominante tiene en virtud de su capacidad para situar en un plano “universal” todas las cuestiones en torno a las que puede haber conflicto». A escala internacional, ello significaba el liderazgo de todo Estado que pudiera «proclamar creíblemente ser la fuerza motriz de una expansión general de los poderes colectivos de los grupos dominantes frente a sus súbditos» o «que la expansión de su poder en relación con algunos o incluso todos los demás Estados es de interés general para los súbditos de todos ellos»42. Típicamente, tales proclamaciones se realizaron no sólo mediante la gestión del sistema preexistente de Estados, sino mediante una transformación del mismo, lo cual generaba una nueva combinación de capitalismo y territorialismo, esto es, la dinámica independiente pero interrelacionada de la acumulación de capital en el ámbito de la empresa y la expansión territorial en lo que atañe al Estado.

Era, abril-junio de 1976, pp. 6-27; http://www.cuadernospoliticos.unam.mx/cuader- nos/ contenido/cp.8/cp8.3GiovanniArrighi.pdf. Sobre los recuerdos de Arrighi de aquella época, véase «The Winding Paths of Capital», nlr 56, marzo-abril de 2009, pp. 65-68; «Las sinuosas sendas del capital. Entrevista de David Harvey», nlr 56, mayo-junio de 2009, pp. 55-86, y más específicamente pp. 60-64.

Tal es el marco analítico para la sucesión de hegemonías histórico-mundiales rastreadas en El largo siglo xx. Después de las protohegemonías de las ciudades-Estado de Venecia y Génova en la Italia del Renacimiento, la narración de Arrighi se desplaza a las tres grandes hegemonías, tal como él las veía, de la era moderna: primero la de la República holandesa en el siglo xvii, luego la británica en el xix y, finalmente, la estadounidense en el siglo xx43. La fuerza motriz de esa serie son los ciclos sistémicos de acumulación de capital, concebidos bajo el signo de la fórmula de Marx D-M-D’. La expansión capitalista, cuyas empresas más avanzadas se con- centran en la potencia hegemónica, es inicialmente material: inversión en la producción de bienes y conquista de mercados. Pero con el tiempo la competencia reduce los beneficios, ya que ningún bloque de capital puede controlar el espacio en el que los bloques rivales desarrollan técni- cas o productos, que obligan a bajar los precios finales. En ese momento, la acumulación en la potencia hegemónica –y en general en el resto de unidades del sistema– pasa a convertirse en expansión financiera, ya que Estados rivales compiten por el capital en busca de inversión en su empeño de engrandecimiento territorial. Con la intensificación de la rivalidad y el estallido de conflictos militares la hegemonía se des- compone, dando lugar a un período de caos sistémico, del que surge en última instancia una nueva potencia hegemónica, reiniciando un ciclo de expansión material sobre una nueva base, capaz de servir a los intere- ses de todos los demás Estados y a algunos o todos los intereses de sus súbditos. En esta secuencia cada hegemonía ha sido más completa que la anterior, disfrutando de una base más amplia y más poderosa que la anterior: la República holandesa todavía estaba a medio camino entre una ciudad-Estado y un Estado-nación, Gran Bretaña era un Estado- nación, y Estados Unidos es un Estado continental.

¿Dónde nos hallamos ahora en ese decurso histórico? Desde muy pronto, Arrighi sostuvo que la expansión material del capitalismo bajo la hegemonía estadounidense de posguerra había perdido fuelle a fina- les de la década de 1960, y que desde la crisis de la década siguiente ello había dado paso a un ciclo de expansión financiera, explotado por Estados Unidos para conservar su poder mundial más allá de su tiempo. Arrighi predijo, también desde muy pronto, que esa expansión finan- ciera no podría mantenerse indefinidamente y que con su implosión final vendría una crisis terminal de la hegemonía estadounidense. ¿Qué cabía esperar? Escribiendo en 1994, Arrighi observó que un aspecto sin precedentes del crepúsculo previsible de la hegemonía estadounidense, muy distinto al de la hegemonía holandesa o británica, era que se había producido una bifurcación entre el poder militar y el poder financiero, ya que Estados Unidos aún conservaba un abrumador predominio global de la fuerza armada, mientras caía al estatus de nación deudora a medida que la caja de caudales mundial se trasladaba al este de Asia. Nada pare- cido había ocurrido antes. ¿Significaba esto que al desmoronarse la actual potencia hegemónica se iniciaría otro período de caos sistémico?

No necesariamente. En su obra posterior, Arrighi se aferró a la idea de que el mundo podría escapar finalmente de la lógica del capital y de los ciclos de hegemonía con sus secuelas destructivas. Braudel nos había enseñado que el capitalismo no debía equipararse a la producción para el mercado, sino que era una superestructura financiera erigida por encima de éste, que requería el poder estatal para sus operaciones. ¿Podría entonces una sociedad de mercado, como había previsto Smith –nada amigo de la codicia mercantil o de la agresión colonial–, ofrecer una alternativa igualitaria al capital tal como lo había descrito Marx? En los tiempos premodernos, ¿prefiguraban la viabilidad de tal camino los patrones peculiares del desarrollo de Asia Oriental antes de la llegada del imperialismo occidental? ¿Podría el crecimiento espectacular de la República Popular China en el nuevo siglo, con una economía que pronto sería mayor que la de Estados Unidos, tener sus raíces en una recuperación de la dinámica de esa época anterior?44. Al final sólo eran posibles respuestas tentativas, pero las esperanzas de Arrighi iban en esa dirección: «el surgimiento de una sociedad de mercado mundial centrada en el Este de Asia basada en el respeto mutuo de las culturas y civilizaciones del mundo» y «un modelo de desarrollo social ecológicamente sostenible»45.

Esas esperanzas tenían una lógica derivada de una ausencia en la ejecu- ción de su proyecto original. El movimiento obrero –central en la síntesis que había planeado a mediados de la década de 1970, antes de trasladarse a Estados Unidos– estaba notoriamente ausente en El largo siglo xx. Habría sido demasiado difícil, comentó Arrighi, acomodarlo en una estructura dominada por la dinámica de la financiarización, de la que conocía poco en aquella época46. Pero en su continuación, Adam Smith en Pekín. Orígenes y fundamentos del siglo xxi, seguía ausente. Tras esa laguna había una decepción. Había visto a la clase obrera de Occidente en el apogeo de su rebeldía de posguerra en la turbulenta Italia de la década de 1960 y principios de la de 1970, y mientras trabajaba en El largo siglo xx no había perdido su profundo compromiso con el destino mundial del movimiento obrero. Cuatro años antes de que apareciera el libro publicó una detenida reconstrucción de su historia desde el Manifiesto comunista. Para Marx el futuro de la clase obrera como sepul- turera del capitalismo estaba en su combinación del poder colectivo que le confería la industria moderna con la miseria social que le infligía la lógica pauperizante de la producción capitalista en búsqueda de ganancias: una positividad que la hacía capaz de derrocar el poder del capital y una negatividad que la impulsaba a hacerlo.

Pero lo que Marx había unido lo separó la historia. Allí donde la industria avanzada maximizaba el poder social objetivo del trabajo, en Escandinavia y en el mundo anglosajón y después de la guerra en Europa Occidental y Japón, los trabajadores eligieron el camino reformista de Bernstein. Donde los niveles de desarrollo económico eran bajos, en Rusia y en otros países del Este, la miseria material creó las condiciones subjeti- vas para la vía de Lenin hacia la revolución. Sin embargo, desde finales de la década de 1970 ambos destinos habían entrado en crisis, ya que la deslocalización hacia el Sur debilitó a la clase obrera occidental y la industrialización había fortalecido a la clase obrera del Este, empezando a reorganizar a los elementos constituyentes de la fuerza de trabajo, que habían permanecido polarizados durante tanto tiempo. Solidarnosc en Polonia y las oleadas de huelgas en Corea o Brasil fueron signos de una nivelación global de las condiciones, que propiciaban la posibilidad de que algo como la visión de Marx se hiciera realidad47.

Posteriormente, tras otra década de neoliberalismo –habiendo desapa- recido Solidarnosc y con la sindicalización en caída libre en Occidente–, ¿era todavía probable? Caos y orden en el sistema mundo moderno, escrito en colaboración con Beverly Silver, era más cauteloso, pero no desalentador. Cierto es que reinaba ahora un «régimen internacional hostil al trabajo», ¿pero no podría estar también en marcha un contramovimiento de resis- tencia a la mercantilización como los mencionados por Polanyi? Después de todo, los socialdemócratas gobernaban en trece de los quince Estados de la Unión Europea. «La pérdida de poder de los movimientos sociales –en particular del movimiento obrero– que ha acompañado la expansión financiera global de las décadas de 1980 y 1990 es en gran medida un fenómeno coyuntural», concluían Arrighi y Silver, pronosticando la posi- bilidad de una nueva oleada de conflictos sociales48. Hay un eco de esta expectativa en Adam Smith en Pekín, que habla de pasada de los disturbios rurales y urbanos en China, aunque de un modo relativamente velado y marginal con respecto al argumento del libro.

El origen de esta inflexión en el pensamiento de Arrighi estaba en parte en sus años de militancia en Italia. El grupo que había dirigido a prin- cipios de la década de 1970 formaba parte de la amplia corriente del operaismo –cuyo teórico más influyente fue Mario Tronti–, que contem- plaba con admiración los logros del movimiento obrero en la fortaleza del fordismo bajo la perspicaz presidencia de Roosevelt. Arrighi, que había heredado de esa tradición italiana una sobrevaloración del New Deal, atribuyó a la hegemonía estadounidense, en su apogeo entonces, la capacidad de proyectar al mundo un modelo de bienestar global en la línea del New Deal, como si Washington hubiese respondido efectivamente al «interés general de los súbditos de todos los Estados». Olvidando su propia advertencia de que «la pretensión del grupo dominante de representar un interés universal es siempre más o menos fraudulenta»49, un cálculo erróneo de lo que habían obtenido el Congress of Industrial Organizations (cio) y los United Mine Workers preparó el camino para el posterior giro de su mirada apartándola del movimiento obrero. Al mismo tiempo, en su repertorio de experiencias políticas siempre hubo otra fuerza de rebelión y fuente de cambio político, que había presen- ciado en África y hacia la que nunca perdió una gran sensibilidad. La desigualdad global entre los Estados era después de todo mucho mayor que entre las clases en los países avanzados de Occidente. El Tercer Mundo no se subordinaría tan fácilmente. Las predicciones de Marx no habían llegado a materializarse en Detroit, pero las intuiciones de Smith podían estar cobrando forma en Pekín.

Sus años de militancia en Italia tuvieron otro efecto en su obra posterior. A diferencia de la corriente general del operaismo, su grupo era expre- samente gramsciano; pero en su teorización de la «autonomía obrera» no se concentró en los cuadernos de la cárcel, sino en sus textos sobre los consejos de fábrica escritos para L’ordine nuovo antes de su encar- celamiento. Al reaccionar contra la instrumentalización por el pci de los escritos de la cárcel tuvo poco tiempo para el tratamiento contenido en ellos de los temas «nacional-populares», objeto de descarado des- dén por parte de otros sectores del operaismo, lo cual dejó su huella en Arrighi. Al trasladar las ideas de Gramsci desde el plano nacional de clases al sistema internacional de Estados, Arrighi transformó el legado de Gramsci de una manera más radical y creativa que nadie; pero si bien la arquitectura resultante incluía ambos niveles, no cabía duda sobre cuál predominaba. El sistema iba primero; los Estados que lo compo- nían, bastante por detrás. «Nuestro interés en los procesos a escala de unidad –observaban Arrighi y Silver en Caos y orden en el sistema mundo moderno– se limita al papel que desempeñan como fuente de cambio sistémico en las transiciones hegemónicas»50. Las naciones fueron siem- pre, por lo tanto, el eslabón débil de su construcción gramsciana; las estructuras de poder hegemónico dentro de ellas rara vez cobran mucha importancia, lo cual podía rozar la despreocupación, beneficiándose los dirigentes estadounidenses y chinos –paladines del New Deal o de la Era de la Reforma– de un pincel demasiado grueso para representar a los gobernados entre sus garras.

La acertada transposición de la concepción gramsciana de la hegemonía desde el plano intraestatal al interestatal, tuvo además un coste conexo. Arrighi conocía la obra de Guha, al que citaba regularmente como fuente de su descripción del declive del poder estadounidense en el mundo, que también se había convertido en «dominio sin hegemonía»51. Pero hay una diferencia entre los dos planos. Las relaciones entre las clases dentro de un país están contenidas en un marco legal y cultural común que no existe entre los Estados. La composición orgánica de la hegemonía, en términos de Guha, es pues siempre distinta en la política internacional, con una proporción mucho mayor de coerción y menor de persuasión que en la política interna. Las guerras siguen siendo un medio clásico de las relaciones entre los Estados –siete de ellas actualmente en curso bajo el liderazgo de un Premio Nobel de la Paz–, y hoy día las sanciones constituyen su complemento, apenas menos coercitivo. Históricamente, el recurso a la fuerza militar, que para Arrighi demostraba que la hege- monía estadounidense era cosa del pasado, era un ejercicio tradicional de ella; mientras que su correlato como bloqueo económico nunca ha tenido tanto éxito. Pero que su previsión pudiera ser apresurada no sig- nifica que su pronóstico fuera equivocado, aunque siempre han faltado, en una opinión tan generalmente sostenida, ciertas salvaguardias contra la posibilidad de que el deseo se convirtiera en padre del pensamiento.

5

Como concepto, la hegemonía ha tenido una historia larga y compleja, de la que esas secuelas del pensamiento gramsciano constituyen sólo una hebra, por más que en la actualidad se trate sin duda de la más significativa. Todas eran producto de compromisos políticos y teóri- cos entrelazados. Detrás de cada uno de los herederos mencionados, la experiencia formativa fue la participación activa en los levantamientos radicales de la izquierda tras la Segunda Guerra Mundial –la Nueva Izquierda en Gran Bretaña, el psin en la Argentina, el pci en la India, el operaismo en Italia– en un momento en que el capitalismo se veía amenazado en muchas regiones del mundo, durante los años que van desde la revolución yugoslava hasta la vietnamita, desde la cubana hasta la portuguesa. Las sostenidas iniciativas intelectuales que siguieron se produjeron durante la larga crisis política que, después de un breve intervalo, sucedió a la recesión económica de principios de la década de 1970, y que con un solo intermedio regional, ha durado desde entonces. Siendo productos de la dislocación geográfica y la derrota política, mos- traban cuánto se podía hacer todavía, pese a las condiciones adversas para la acción, en el terreno del pensamiento.

No estaban, por supuesto, solos en esto. Lo que definía a estos auto- res era la inspiración común del mayor pensador marxista del período de entreguerras. Su problemática imaginativa y ramificada de la hege- monía era central en todos ellos; lo que cada uno tomó de él difería: su comprensión de las complejidades ideológicas del dominio de clase, para el jamaicano; sus preocupaciones sobre el control estratégico, para el argentino; su sentido íntimo de la vida de lo grupos subalternos, para el bengalí; su preocupación por las formas más avanzadas de produc- ción, para el italiano. En ningún caso fueron apropiaciones in vitro. Como en las anteriores hornadas del marxismo occidental, siempre hubo importantes préstamos de pensadores ajenos a cualquier canon marxista: Bajtín en Hall, Lacan en Laclau, Lévi-Strauss en Guha, Braudel en Arrighi, entre muchos otros. No obtuvieron resultados impecables; retrospectivamente –e incluso en su momento–, se podían constatar limitaciones de diversos tipos, algunas más pronunciadas que otras, en las construcciones de cada uno de ellos. Pero eso es cierto para todos los que escriben sobre política: nadie está exento de errores, más o menos graves según el caso, en cualquier momento o lugar. En definitiva, lo más llamativo es la creatividad con que las ideas de Gramsci fueron puestas en práctica, de una manera que él mismo no podía prever o ser malinterpretado. En la era de la televisión y los tabloides, de la psefología y la propaganda sesgada, por no hablar del punk, la hegemonía se había metamorfoseado desde el Duce; el populismo ya no era un acercamiento a las aldeas rusas; los campesinos habían demostrado mayor capacidad de autonomía de lo que él pudo imaginar; una jerarquía de Estados no sólo podía supervisar, sino reconstruir una jerarquía de clases. Sus sucesores tomaron en sus manos esos y otros cambios no previstos. Cada uno hizo suya tan sólo una parte de la herencia de Gramsci y produjo a partir de ella una obra que no era ese «marxismo de visión panorámica» por el que abogaba David Forgacs veinticinco años antes, sino una obra parcial como perspectiva y como marxismo. Juntos, sin embargo, sus escritos ofrecen, objetivamente hablando, el ejemplo de algo así como un «intelectual colectivo» para los que puedan venir después.

1 Quintin Hoare y Geoffrey Nowell Smith (eds.), Selection from Prison Notebooks of Antonio Gramsci, Londres, 1971; http://courses.justice.eku.edu/ pls330louis/docs/gramsci-prison-notebooks-vol1.pdf. Véanse, entre otras, las colecciones de Antonio Santucci (ed.), Gramsci in Europa e in America, Bari, 1995, y Annamaria Baldussi y Patrizia Manduchi (eds.), Gramsci in Asia e in Africa, Cagliari, 2010.

2 David Forgacs, «Gramsci and Marxism in Britain», nlr i/176, julio y agosto de 1989, p. 71.
3 Para un repaso de esas tensiones y vacilaciones, véase «The Antinomies of Antonio Gramsci», nlr i/100, noviembre de 1976-enero de 1977 [ed. cast.: Las antinomias de Antonio Gramsci, Barcelona, 1978].

4 Extraídas de un álbum mayor de los avatares del concepto de hegemonía desde la Antigüedad, que aparecerá en breve.

5 Para más detalles, véase D. Forgacs, «Gramsci and Marxism in Britain», cit., pp. 74-77.
6 R. Williams, «Base and Superstructure in Marxist Cultural Theory», nlr i/82, noviembre-diciembre de 1973, pp. 8-13; argumentos ampliados en el subsiguiente estudio de Williams sobre la hegemonía en Marxism and Literature, Oxford 1977, pp. 108-127 [ed. cast.: Marxismo y literatura, Buenos Aires, 2009].

7 Para confirmar el dominio de Hall sobre el método gramsciano basta releer, de un período posterior, «Gramsci’s Relevance for the Study of Race and Ethnicity», Journal of Communication Inquiry, junio de 1986. Althusser y Poulantzas influyeron también en su pensamiento; en cuanto al último, véase S. Hall, «Nicos Poulantzas: State, Power, Socialism», nlr i/119, ene- ro-febrero de 1980.

8 Stuart Hall y Tony Jefferson (eds.), Resistance through Rituals: Youth Sub- Cultures in Post-War Britain, Londres, 1975, pp. 38-42 y ss. [ed. cast.: Rituales de resistencia, Madrid, 2014]
9 Stuart Hall, Chas Critcher, Tony Jefferson, John Clarke y Brian Roberts, Policing the Crisis, Londres, 1978, pp. 307-316.

10 S. Hall, «The Great Moving Right Show», en The Hard Road to Renewal: Thatcherism and the Crisis of the Left, Londres, 1988.

11 S. Hall, «Gramsci and Us», ibid., pp. 162, 164, 167.

12 Desde «una notable demostración de valor político», a una «genuina humani- dad»: véanse S. Hall, «Parties on the Verge of a Nervous Breakdown», Soundings, núm. 1, otoño de 1995, pp. 23, 26; y «The Great Moving Nowhere Show», Marxism Today, noviembre-diciembre de 1998, p. 14, donde afirma que pese a las muchas críticas merecidas, el Nuevo Laborismo aún tenía «un derecho sustancial a nuestro apoyo».

13 Tom Nairn, «The Nature of the Labour Party», nlr i/27, septiem- bre-octubre de 1964 y nlr i/28, noviembre-diciembre de 1964; «Labour Imperialism», nlr i/32, julio-agosto de 1965; véanse también «The English Working Class», nlr i/24, marzo-abril de 1964, y «Hugh Gaitskell», nlr i/25, mayo-junio de 1964.

14 «No soy y nunca seré “inglés”», diría en su relato más personal sobre su origen familiar en Jamaica, de donde procedía, y la experiencia de la sociedad imperial a la que llegó: David Morley y Kuan-Hsing Chen (eds.), Stuart Hall: Critical Dialogues in Cultural Studies, Londres, 1996, p. 490; véase también «Negotiating Caribbean Identities», nlr i/209, enero-febrero de 1995. Su contribución al volumen del History Workshop editado por Raphael Samuel en 1981, Patriotism: People’s History and Socialist Theory –«Notes on Deconstructing the “Popular”»– citaba a Gramsci sobre lo nacional-popular, pero se limitaba a la segunda mitad del binomio. Samuel, en cambio, editó tres volúmenes dedicados al primero: Patriotism: The Making and Unmaking of British National Identity (1989), en los que explicó autocríticamente que el History Workshop había «desempeñado una pequeña parte en el recrudecimiento del nacionalismo cultural», intentando «expulsar palabras extranjeras de nuestras páginas». Pero ahora apostaba por lo «británico» frente a lo «inglés» como algo más hospitalario para los recién llegados y forasteros, aunque mantenía firmemente a raya como elitistas –anticipando las objeciones posteriores de James Scott– «las nociones gramscianas de la hegemonía». La relación entre Hall y Samuel, las dos figuras centrales de la primera Nueva Izquierda, daría lugar a un estudio fascinante. El mejor texto que Hall escribió jamás fue el panegírico de su difunto amigo en nlr i/221, enero-febrero de 1997.

15 Véanse las propias observaciones de Laclau en su texto New Reflections on the Revolution of Our Time, Londres y Nueva York, 1990, pp. 197-201 [ed. cast.: Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo, Buenos Aires, 2000].

16 E. Laclau, «Argentina–Imperialist Strategy and the May Crisis», nlr i/62, julio-agosto de 1970.
17 E. Laclau, Politics and Ideology in Marxist Theory: Capitalism-Fascism- Populism, Londres y Nueva York, 1977 [ed. cast.: Política e ideología en la teoría marxista. Capitalismo, fascismo, populismo, Madrid, 2015]. Hall era más reservado sobre la obra posterior de Laclau; véase «On Postmodernism and Articulation: An Interview with Stuart Hall», en D. Morley y K. Chen (eds.), Stuart Hall: Critical Dialogues in Cultural Studies, cit., pp. 146-147.

18 E. Laclau y Ch. Mouffe, Hegemony and Socialist Strategy, Londres y Nueva York, 1985, p. 178 [ed. cast.: Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radi- calización de la democracia, Madrid, 2015, p. 222].
19 Sobre ello, véase la mordaz reconstrucción histórica de Marco D’Eramo que alienta tras las diatribas actuales: «El populismo y la nueva oligarquía», nlr 82, septiem- bre-octubre de 2013, pp. 7-40; y para una animada y reciente reivindicación del término por Chantal Mouffe, «El momento populista», El País, 10 de junio de 2016. En lo que sigue no se hace justicia a Mouffe, cuyos textos –en particular su compro- miso con Schmitt, con la voluntad de convertir en antagónicas las contradicciones agónicas en un sistema político democrático– constituyen un cuerpo de trabajo dis- tinto al realizado en colaboración con Laclau.

20 Véase el diálogo entre Íñigo Errejón y Chantal Mouffe, Construir pueblo. Hegemonía y radicalización de la democracia, Madrid, 2015, passim; ambos autores explican que su auténtico despertar político se produjo en América Latina: en Colombia en el caso de Mouffe, en Bolivia en el de Errejón, pp. 72-73. En Argentina, Laclau acabó teniendo cierto reconocimiento como profeta en su tierra gracias a Cristina Fernández de Kirchner, a la que apoyó vigorosamente. Véase el indignado retrato conservador

21 «Ernesto Laclau, el ideólogo de la Argentina dividida» en Noticias de la Semana, 13 de abril de 2014, y el vívido y afectuoso homenaje de Robin Blackburn «Ernesto Laclau 1935-2014», 14 de abril de 2014, VersoBooks.com.
21 Así, (i) al principio, «la hegemonía es un tipo de relación política, una forma, si así se prefiere, de política»; luego, se convierte en «el campo de lo político» como tal, un juego que tiene «un nombre: hegemonía»: Hegemony and Socialist Strategy, cit., pp. 139, 193 [en cast.: pp. 183, 239]. (ii) Al principio, «el populismo es, sencillamente, una forma de construir lo político»; luego, «la razón populista equivale a la razón política tout court»; de hecho, ¿no es el populismo «la condición misma de la acción política?», On Populist Reason, Londres y Nueva York, 2004, pp. 19, 225.

22 E. Laclau, Politics and Ideology in Marxist Theory, cit., pp. 176-191 [ed. cast.: pp. 206-224], donde «la presencia masiva de la clase obrera en el peronismo le daba una excepcional capacidad para pervivir como movimiento», y el discurso político tenía una «doble articulación», con las ideas del pueblo y con posiciones estructurales en las relaciones de producción: pp. 190, 194 [en cast., pp. 223, 227-228].

 

23 E. Laclau, On Populist Reason, cit., p. 118 [ed. cast.: p. 51].
24 I. Errjeón y Ch. Mouffe, Construir pueblo, cit., p. 105; para el uso del mismo contraste y concepción de «performativo», pp. 118, 121.
25 Mouffe expresa cierto escepticismo frente al uso desenfadado de este tér- mino, cuyo equivalente anglófono sería del gusto de Obama por hablar de folks, incluso al referirse alegremente la ejecutoria de los servicios de segu- ridad de su país: «folks have been tortured». Defendiendo su uso de la casta, Errejón señala que «su poder movilizador radica en su indefinición»: I. Errejón y Ch. Mouffe, Construir pueblo, cit., pp. 121-122.

26 E. Laclau, On Populist Reason, cit., p. 95 [ed. cast.: p. 124].
27 O más raramente, la «totalización institucional», negando cualquier ámbito exterior a la comunidad, ibid., pp. 80-81 [ed. cast.: p. 107].
28 E. Laclau, On Populist Reason, cit., p. 208 [ed. cast.: pp. 249, 258].
29 Pablo Iglesias, rueda de prensa en el Hotel Ritz de Madrid, 5 de junio de 2016. Tres semanas después, los votantes mostraron su incredulidad al respecto. Paradójicamente, Errejón había rechazado la caracterización de Podemos por Mouffe como populista, alegando que el término era tóxico en los medios de comunicación; quizás por esa razón el partido prefirió en el último minuto cubrirse con el tranquilizador tricornio de González y su progenie, aunque con escaso provecho.

30 Sobre esa trayectoria, véase la introducción de Partha Chatterjee al volu- men editado por él mismo Ranajit Guha: The Small Voice of History. Collected Essays, Ranikhet, 2009.
31 R. Guha, «Gramsci in India: Homage to a Teacher», Journal of Modern Italian Studies, vol. 16, núm. 2, 2011, p. 289.

32 R. Guha, «On Some Aspects of the Historiography of Colonial India», Subaltern Studies I, Delhi, 1982, pp. 1-8.
33 Para una crítica de esa involución por parte de uno de los primeros edi- tores de la revista, véase Sumit Sarkar, «The Decline of the Subaltern in Subaltern Studies», en Vinayak Chaturvedi, Mapping Subaltern Studies and the Postcolonial, Londres y Nueva York, 2000.

34 No se trata de una mera exhibición de nombres, como tantas veces hemos visto en posteriores textos, sino que son realmente pertinentes para el pro- pósito de Guha. En un prólogo de elegante generosidad –su propia obra es esencialmente antitética–, James Scott podría escribir en la reedición de Elementary Aspects of Peasant Insurgency in Colonial India veinte años des- pués: «Un libro de gran originalidad y ambición podría ser considerado como un astillero. Una marca segura de su influencia sería cuántos barcos fueron lanzados desde su muelle. Atendiendo únicamente a ese criterio, Elementary Aspects of Peasant Insurgency in Colonial India de Ranajit Guha ha tenido un enorme impacto. De su atarazana han partido miles de barcos enarbolando su gallardete. Dado que en este caso el constructor tenía más una filosofía sobre la construcción de embarcaciones que un diseño rígido, no es sorpren- dente que el astillero pudiera lanzar embarcaciones de diseños muy variados, navegando hacia puertos desconocidos y transportando cargas nuevas y exóti- cas. Imagino que el constructor naval ni siquiera reconocería algunos de esos buques como inspirados por él y de hecho probablemente desearía rechazar cualquier asociación con bastantes de ellos. Ése, sin embargo, es el destino innegable de un maestro-constructor: sus ideas se incorporan simplemente a las rutinas de la construcción naval, a menudo sin su conocimiento. Aunque a menudo pueda sentirse tergiversado y pirateado, seguramente es un destino mejor que ser ignorado», Elementary Aspects of Peasant Insurgency in Colonial India, Durham (nc), 1999, p. xi.

35 Ibid., pp. 173, 177, 198, 314.

36 «En resumen, la hegemonía, deducida así del dominio, nos ofrece la doble ventaja de evitar un deslizamiento hacia una conceptualización liberal-utó- pica del Estado y de representar el poder como una relación histórica concreta formada necesaria e irreduciblemente por la fuerza y el consentimiento», R. Guha, Dominance without Hegemony: History and Power in Colonial India, Cambridge (ma), 1997, pp. 20-23.

37 R. Guha, Dominance without Hegemony, cit., pp. 131-132.

38 Hay una nota de indecisión atípica en las formulaciones de Guha al res- pecto, que traiciona quizá un rastro insólito de nostalgia del movimiento nacional. En Dominance without Hegemony había dicho que «la coerción se propuso competir con la persuasión en el proyecto nacional», sin especifi- car más que negativamente el resultado de esa competición, p. 151. Treinta años después hablaría de un «liderazgo fortalecido por el consentimiento del pueblo en el movimiento por la independencia», que, sin embargo, «no con- siguió convertir ese consentimiento en una hegemonía liderando el nuevo Estado soberano»: «Gramsci in India», p. 294.

39 Véanse los cinco textos publicados entre 1971 y 1979, comenzando con «On Torture and Culture», en la Parte V de P. Chatterjee (ed.), Ranajit Guha: The Small Voice of History, cit.

40 Giovanni Arrighi, The Geometry of Imperialism [1978], Londres, Verso, 1983, pp. 172-173 [ed. cast.: La geometría del imperialismo, México df, 1978].
41 Véase «A Crisis of Hegemony», en Samir Amin, Giovanni Arrighi, Andre Gunder Frank e Immanuel Wallerstein, Dynamics of Global Crisis, Nueva York, 1982, pp. 108 y ss. En 1972 había predicho la incipiente crisis económica en un artículo publicado en Italia con el título «Una nuova crisi generale», en Rassegna Comunista, 2, 3, 4 y 7, Milán, traducido años después al inglés en esta revista: «Towards a Theory of Capitalist Crisis», nlr i/111, septiembre-octubre de 1978; y al castellano como «Una nueva crisis general capitalista», en Cuadernos políticos, núm. 8, México df, Editorial

42 G. Arrighi, The Long Twentieth Century: Money, Power and the Origins of Our Times, Londres y Nueva York, 1994, pp. 28, 30 [ed. cast.: El largo siglo xx. Dinero y poder en los orígenes de nuestra época, Madrid, 1999, pp. 44, 45].

43 La adición a la serie de la hegemonía holandesa, ausente en La geometría del imperialismo, testimonia la fructífera interacción entre Arrighi y Wallerstein. La palabra «hegemonía» no aparece en el primer volumen de The Modern World-System (1974). En el segundo (1980) se define como la superioridad simultánea de un poder central sobre todos los demás en la producción, el comercio y las finanzas, a lo que se añadía en el caso holnadés el poder marí- timo, el avance científico y tecnológico, la posibilidad de movilidad social y la existencia de salarios más altos que en otros lugares, lo que permitía un equilibrio de intereses entre los propietarios y los productores que respalda- ban al Estado; véase, The Modern World System, ii, Nueva York, 1976, pp. 38-39, 61-71, 113. En el cuarto volumen (2011), dedicado a la memoria de Arrighi, la hegemonía ya no requiere exposición; se da por sentada, observa Wallerstein en la p. xii.

44 G. Arrighi, Adam Smith in Beijing, Londres y Nueva York, 2007, pp. 24-39, 57-63, 314-336; ed cast.: Adam Smith en Pekín. Orígenes y fundamentos del siglo xxi, Madrid, 2007, pp. 32-47, 65-70, 328-350.

45 G. Arrighi, Postfacio para la edición de 2010 de The Long Twentieth Century, cit., p. 385.
46 G. Arrighi, «The Winding Paths of Capital», cit., pp. 73-74; ed. cast.: pp. 55-86, y más específicamente pp. 66-67. Le tocó a su compañera Beverly Silver abordar el otro lado de la historia en su Forces of Labor, Nueva York, 2003 [ed. cast.: Fuerzas de trabajo. Los movimientos obreros y la globalización desde 1870, Madrid, 2005].

47 G. Arrighi, «Marxist Century, American Century: The Making and Remaking of the World Labour Movement», nlr i/179, enero-febrero de 1990; ed. cast.: «Siglo xx: siglo marxista, siglo americano: la formación y la transformación del movimiento obrero mundial», nlr 0, diciembre de 1999, pp. 7-46; http://newleftreview.es/article/download_pdf?language=es&id=1. 48 G. Arrighi, B. Silver et al., Chaos and Governance in the Modern World System, Minneapolis 1999, pp. 12-13, 282 [ed. cast.: Caos y orden en el sistema mundo moderno, Madrid, 2001, pp. 20, 285].

49 G. Arrighi, «The Three Hegemonies of Historical Capitalism», Review (Fernand Braudel Center), verano de 1990, p. 367.
50 G. Arrighi, B. Silver et al., Chaos and Governance in the Modern World System, cit., pp. 35-36 [ed. cast.: p. 42].

51 bid., pp. 27, 243-245 [ed. cast.: pp. 34, 248-250]; G. Arrighi, Adam Smith in Beijing, cit., pp. 150-151, 178 [ed. cast.: pp. 160, 187 y ss., en particular p. 190].

(Fotografía: De izquierda a derecha los cuerpos de Bombacci, Mussolini, Clara Petacci, Pavolini y Starace exhibidos en la Plaza de Loreto en 1945. La muerte de Benito Mussolini, jefe del Partido Fascista de Italia, Primer Ministro italiano y presidente de la República Social Italiana se produjo el 28 de abril de 1945)

 

 

 

 

 

 

 

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