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Guillermo Lora: el marxismo en Bolivia (1985)

1. El fantasma del comunismo

Los bolivianos llegaron a conocer la palabra comunismo por obra de los gobernantes y de los teóricos de la clase dominante, esto ya en el siglo XIX. Era evidente que el fantasma del comunismo recorría Europa y llenaba de terror a los potentados bolivianos que lograron bucear en la cultura. Las más de las veces era utilizado el término como espantapájaros por los gobernantes demagogos, buscando alertar a propios y extraños sobre un hipotético peligro de pérdida de la propiedad privada. Seguir leyendo Guillermo Lora: el marxismo en Bolivia (1985)

Frente al juicio de La Haya: Ni Piñera ni Evo Morales, el mar para los explotados chilenos y bolivianos

 

por Gustavo Burgos //

El desarrollo de los alegatos orales en la Corte Internacional de La Haya entre Chile y Bolivia, en pleno desarrollo en estos momentos, ha forzado a todos los sectores políticos a pronunciarse. No haremos una reseña completa de tales posiciones, pero sí una mención en orden a que en su conjunto, el régimen ha reflotado el inveterado chauvismo burgués con que se conduce nuestra política internacional respecto de los países limítrofes. La intangibilidad del Tratado de 1904 y, por él, de los tratados que dan cuerpo al Derecho Internacional Público como derecho de principios, constituye la médula de la posición de Estado, tras la cual se han alineado Bachelet y Piñera. La falta de interés de la población sobre el problema, más allá de lo que exhiben los medios de comunicación, parece una réplica del desinterés que marcó la visita del Papa Francisco en enero pasado. Ni Dios, ni la Patria, ni los héroes del 79, agitan las aguas en Chile, valga la metáfora. Seguir leyendo Frente al juicio de La Haya: Ni Piñera ni Evo Morales, el mar para los explotados chilenos y bolivianos

Bolivia: Tesis Política de la XLIV Conferencia de la Federación Departamental de Fabriles La Paz – 2017

Después de más tres décadas los trabajadores fabriles volvemos al escenario político nacional recuperando nuestras banderas de lucha revolucionaria socialista. Retornamos a ocupar nuestro lugar en la lucha de la nación oprimida contra la nación opresora. La clase obrera tiene la capacidad de aglutinar la lucha de toda la nación oprimida en un solo puño y darle al país una perspectiva revolucionaria para superar el atraso económico y la miseria. La lucha de clases sociales no se ha extinguido sino que se agudiza por la profundización de la crisis capitalista, por lo que la ideología revolucionaria del proletariado tiene plena actualidad, haciéndose impostergable la tarea de volver a ser asimilada y materializada por la clase obrera boliviana. Seguir leyendo Bolivia: Tesis Política de la XLIV Conferencia de la Federación Departamental de Fabriles La Paz – 2017

Guillermo Lora: ¿qué es el populismo? (1993)

ORIGENES DEL POPULISMO

Con no poca frecuencia se olvida que el populismo apareció en el escenario mundial como un fenómeno típicamente ruso y que el marxismo en esas latitudes se formó en franca lucha contra él.

Para evitar el confusionismo tenemos obligadamente que referirnos al populismo ruso y establecer sus características; únicamente así podremos tener idea exacta de lo que significa ese término, en oposición del supuesto “populismo” boliviano.En Rusia hizo su aparición en los años sesenta y setenta del siglo XIX y fue tipificado por los marxistas como una “ideología pequeño-burguesa, idealista”. Más concretamente, para Lenin “representaba los intereses de los productores desde el punto de vista del pequeño productor, del pequeño-burgués”. Seguir leyendo Guillermo Lora: ¿qué es el populismo? (1993)

Bolivia: Evo Morales defiende el trabajo infantil

por Alejandro Valenzuela//

La figura de Evo Morales, el primer indígena en acceder a la presidencia de la república de un país latinoamericano, resulta señera para la definición del llamado “Socialismo del Siglo XXI”. Junto con Mujica, conforman la máxima expresión de esta corriente y en general gozan de buena prensa, los medios de comunicación no dejan de propalar sus costumbres y especialmente sus declaraciones, en las que aparecen reivindicando la sobriedad, la modestia y la identidad latinoamericana.

Pero los marxistas debemos comprender y actuar con el criterio de realidad que emana de la lucha de clases, debemos ver lo que las cosas son, no lo que dicen que son. De esta forma resulta necesario puntualizar que el gobierno de Evo Morales, desde hace más de una década y más allá de sus rabietas contra la Coca Cola y el McDonald, ha centrado su política económica en garantizar la inversión extranjera, creando fondos multimillonarios que afiancen sus intereses en el país.

En politica internacional, por lo mismo, Morales ha seguido  hasta el extremo el tradicional antichilenismo de la oligarquía boliviana, desarrollando el discurso facilista de que el atraso y miserias altiplánicas se deberían a la impuesta mediterraneidad, poniendo a Chile y no a las potencias imperialistas -con las que tiene excelentes relaciones- como responsable de los problemas nacionales de Bolivia. A pesar de que usurpe el discurso latinoamericanista y bolivariano, Evo Morales sigue la vieja política imperialista de crear frentes internos en América Latina (en este caso Bolivia/Chile), el romano “dividir para reinar”.

De la misma forma, en la arena nacional, ha desarrollado un accionar sistemático de combate a los movimientos sociales (obreros, indígenas) como ha quedado de manifiesto el pasado 24 de octubre. Con el argumento de evitar que grupos de personas se atribuyan  la representación del pueblo, las  marchas de protesta serán penalizadas  entre dos y cuatro años de prisión, según el artículo 294 del Código Penal, aprobado en la Cámara de Diputados. La oposición advierte sobre el riesgo de persecución a quienes discrepen con el MAS.  El oficialismo dice que la sanción se aplicará a manifestantes que vayan contra un gobierno  democráticamente elegido y que generen inseguridad.

Pero una forma nítida de comprender la conducta política de Evo Morales y su partido, el MAS, en su relación con la actividad de las masas, lo constituye su vergonzosa defensa del trabajo infantil en Bolivia, amparándose en que el mismo expresaría inveteradas costumbres ancestrales.

Veamos la realidad: han pasado poco más de tres años desde la promulgación de la Ley 548 del Código Niño, Niña y Adolescente (17/07/2014), que ha puesto a Bolivia en el ojo de las críticas al convertirse en el primer Estado en el mundo en permitir que los niños trabajen a partir de los 10 años.

El nuevo Código en su artículo 129 “ Fija como edad mínima para trabajar los 14 años de edad”, sin embargo autoriza de manera excepcional “la actividad laboral por cuenta propia realizada por niñas, niños o adolescentes de diez (10) a catorce (14) años, y la actividad laboral por cuenta ajena de adolescentes de doce (12) a catorce (14) años […]”. Además, el artículo 136 que prohíbe las actividades laborales y trabajos considerados como peligrosos, insalubres o atentatorios a la dignidad, entre ellos la pesca en ríos y lagos, el trabajo en actividades agrícolas, la cría de ganado mayor y la albañilería, son permitidos cuando se desarrollan en el ámbito familiar o social comunitario ya que tendrían una naturaleza formativa y cumplirían la función de socialización y aprendizaje.

La controversia que ha desatado la nueva ley se debe a que Bolivia incumple los convenios internacionales, además que vulnera los derechos a la salud, a la educación, a la recreación y al desarrollo pleno e integral de los niños. La Constitución Política del Estado en su artículo 13, parágrafo IV señala que “los derechos y deberes consagrados en esta Constitución se interpretarán de conformidad con los Tratados Internacionales de derechos humanos ratificados por Bolivia”. Además, los artículos 60 y 61 establecen la necesidad de velar por el interés superior de la niña, niño y adolescente, así como la prohibición del trabajo forzado y la explotación infantil.

La promulgación de esta ley, claramente estaría violando normas internacionales ratificadas por el gobierno boliviano, entre ellas: el Convenio 138 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sobre la edad mínima de admisión al empleo, el Convenio 182 de la OIT sobre la prohibición de las peores formas de trabajo infantil y la acción inmediata para su eliminación, la Convención sobre los Derechos del Niño y la Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los Pueblos Indígenas. Es importante mencionar que al ratificar una ley o convenio internacional, los países asumen el compromiso de adecuar la legislación nacional y desarrollar las acciones oportunas de acuerdo a las disposiciones contenidas en dicho convenio, y debido a su carácter vinculante, es obligatorio para los países que lo  firman o ratifican y es de estricto cumplimiento en el territorio nacional.

Las acciones y el discurso del gobierno después de la promulgación de la ley son confusos y contradictorios. En octubre de 2014, junto a otros 24 países, Bolivia  firma la “Iniciativa Regional América Latina y el Caribe libre de trabajo infantil”, una alianza entre los países de la región con la  finalidad de acelerar el avance hacia el cumplimiento de las metas de eliminación de las peores formas de trabajo infantil hasta 2016 y la completa eliminación del trabajo infantil hasta 2020. Al  firmar la iniciativa regional, el gobierno se compromete a trabajar de manera urgente y coordinada ante la persistencia del trabajo infantil incluso en contextos de crecimiento económico en la región. Además, la iniciava pretende hacer sostenibles los avances y logros alcanzados en los últimos 20 años, evitando efectos regresivos que agudicen el problema, entonces ¿Cómo pretende el Gobierno agilizar la erradicación del trabajo infantil, cuando la nueva ley legaliza el trabajo de los niños menores de 14 años?

El doble discurso del gobierno emerge cuando decide rechazar las recomendaciones para abolir el trabajo infantil emitida por la Organización de Naciones Unidas (ONU) durante la sesión de aprobación del Examen Periódico Universal (EPU) llevada a cabo en diciembre de 2014, al que se presentó el país. Asimismo, en la sesión realizada en Ginebra (Suiza) en junio de 2015, el país tuvo la oportunidad de justificar y explicar las razones por las que decidió modificar la edad mínima permitida para trabajar. El argumento de la delegación boliviana hizo referencia a “que el trabajo desde edad temprana es una cuestión cultural en Bolivia”, una realidad ante la cual no se puede ir en contra. Esta declaración le ha costado al país la pérdida del apoyo irrestricto del Grupo de América Latina y el Caribe ante las Naciones Unidas (GRULAC) pues la postura boliviana fue considerada “casi una reivindicación del trabajo de los menores”, además de ir “a contramano de las iniciativas a nivel mundial, pero sobre todo a nivel regional sobre la erradicación del trabajo infantil”.

La implementación del Código

Como parte de la implementación del Código Niña, Niño y Adolescente, en el mes de septiembre de 2017 el Ministerio de Trabajo, Empleo y Previsión Social en coordinación con el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) inició el proceso de socialización del “Protocolo para el llenado del formulario de registro y/o autorización de ac tividad laboral excepcional (léase trabajo infantil) o trabajo adolescente”4 desde los 10 y 12 años respectivamente, a través de capacitaciones al personal de las diferentes gobernaciones y su extensión a los gobiernos municipales, SEDEGES y Defensorías de la Niñez y Adolescencia5; estas últimas son responsables del control orientado a evitar la explotación infantil.

Hasta noviembre, más de 300 municipios tendrán la responsabilidad de implementar el registro, autorizar el trabajo a niños y niñas entre 10 y 14 años, y realizar el control respectivo.

A contramano, el Gobierno promueve el registro y autorización para el control del trabajo infantil, en lugar de mantener en 14 años la edad permitida para trabajar como era en el Código anterior y de asignar un rol al Estado en la protección social integral de los menores de esa edad. De esta manera, abre la compuerta para perpetuar el trabajo infantil, lo que constituye un retroceso frente a las políticas y acciones realizadas durante la primera década del milenio a favor de su erradicación.

Resulta imprescindible luchar en contra del trabajo infantil creando desde el Estado y la sociedad las condiciones para incidir en los factores estructurales que lo originan; es decir, transformando el contexto económico, social, laboral y político que favorece la distribución desigual de la riqueza y de los ingresos, profundizando la desigualdad social. Mientras no se cambien las condiciones generales del mercado de trabajo para los adultos y no se sancione la demanda de trabajo infantil, miles de niños y niñas seguirán trabajando, muchos bajo condiciones de explotación6.

El trabajo infantil en Bolivia: algunas cifras

En Bolivia, no existe información actualizada sobre la dimensión y las características del trabajo infantil y adolescente; el Censo Nacional de Población y Vivienda realizado por el INE en 2012, que es la única información oficial disponible sobre el tema, reportaba que un total de 391.747 niños, niñas y adolescentes entre 7 y 17 años participaban en algún tipo de actividad económica, de ellos poco más de la cuarta parte eran niños y niñas entre 7 y 12 años y el resto adolescentes mayores de 12 años.

Los niños y niñas se desempeñaban principalmente como trabajadores por cuenta propia, trabajadores familiares o aprendices no remunerados, u obreros o empleados; y se encontraban insertos en actividades agropecuarias, el comercio, la industria manufacturera y la construcción.

Ponemos estos datos a disposición de nuestros lectores para ayudar a comprender correctamente un fenómeno político tan poderoso en la izquierda como lo es la corriente política de Evo Morales, ayudando a develar su verdadera naturaleza de clase, más allá de la pirotecnia indigenista. Es tarea de los revolucionarios altiplánicos la construcción de un partido revolucionario que asuma las grandes tareas nacionales y sociales que plantea la revolución boliviana: un gobierno obrero-campesino que ponga fin a la explotación en todas sus formas y libere a las naciones oprimidas.

 

 

(Esta nota se ha hecho en base a información obtenida del Boletín informativo del Observatorio Boliviano de Empleo y Seguridad Social de octubre de 2017)

Guillermo Lora: Política militar del proletariado

Extractamos un capítulo “Revolución y Foquismo”, del dirigente del Partido Obrero Revolucionario (POR) de Bolivia, el trotskista Guillermo Lora. Se resumen las valiosas experiencias del proletariado altiplánico, protagonista de gestas revolucionarias como la revolución de 1952 y la Asamblea Popular de 1971. Su estudio resulta imprescindible en la formación de las nuevas generaciones de revolucionarios.// EP Seguir leyendo Guillermo Lora: Política militar del proletariado

Guillermo Lora: la revolución permanente (1984)

 

Extracto de Conferencia pronunciada en la Escuela de Altos Estudios Nacionales de las FFAA de Bolivia y que su autor realizó sobre el tema “Sindicalismo Político” que se le planteara en julio de 1984, La Paz, Bolivia. EP

Si la revolución social es considerada como el producto arbitrario de la propaganda extremista, de la agitación social arbitrariamente provocada, etc., será imposible comprender la actividad contradictoria de la clase obrera e inclusive la conducta de los sindicatos. La historia de la humanidad es la historia de la sucesión de los diferentes modos de producción (cómo se produce lo que el hombre precisa para satisfacer sus necesidades), que tiene lugar a través de saltos bruscos, de la misma manera, por ejemplo, que las transformaciones geológicas. La sociedad y el hombre hace tiempo que acertadamente vienen siendo considerados como parte del proceso de desarrollo de la naturaleza, lo que ha permitido desprenderse de perjudiciales prejuicios subjetivistas. El oscurantismo al juzgar a la sociedad no hace otra cosa que alejarla de su debida comprensión. El desplazamiento de una clase por otra en el poder, que eso es la revolución social, siempre se ha dado en la sociedad y seria absurdo que nos aterroricemos toda vez que se produce, lo que corresponde es estudiarlo con la debida atención, seguros de que nuestra sociedad también se encamina hacia esa finalidad. No es motivo de nuestra atención la revolución política o sea la lucha entre sectores de la misma clase social por controlar el poder.

La revolución es un fenómeno social sometido a las leyes generales de la sociedad (del capitalismo) y a las suyas propias. Está muy lejos de ser la arbitrariedad y el caos, como generalmente se supone. La revolución destruirá los aspectos caducos de la actual sociedad y permitirá un amplio desarrollo de los gérmenes de una nueva, que ya se dieron en el pasado inmediato; en esta medida destruye el orden social envejecido y establece uno nuevo; el caos no es más que aparente. Son los hombres los que hacen la revolución, pero no a su capricho, sino dentro de las condiciones creadas por el desarrollo social. Unos, los que pertenecen a la clase obrera o se identifican con sus finalidades estratégicas, con sus objetivos generales, encarnan a las fuerzas productivas, es decir, a las fuerzas progresistas de la historia y cuando adquieren conciencia de esto actúan como sus instrumentos conscientes. En estas filas se reclutan los teóricos, factores decisivos para la lucha revolucionaria, los caudillos y activistas de la transformación de la sociedad. Con todo, las masas y los hombres no pueden hacer otra cosa que contribuir a que las leyes de la historia se cumplan con ahorro de esfuerzos y de tiempo; en ningún caso podrán sustituir esas leyes con los esquemas sacados de sus cabezas o con sus creaciones perversas o angelicales. Los otros, los que pugnan por perpetuar la actual sociedad, porque en ésta se encuentran sus intereses materiales, batallan, conscientemente o no contra las leyes de la historia, son conservadores, reaccionarios. Pueden la clase dominante y su Estado idear y levantar los mayores obstáculos frente a la marcha revolucionaria de la mayoría nacional, pueden corromper a las direcciones de las masas y contribuir a la formación de burocracias potentes, pero todo esto acabará siendo arrasado por las leyes de la historia. Así se ha desarrollado y se desarrolla la sociedad.

Toda nueva sociedad se justifica cuando impulsa el desenvolvimiento de las fuerzas productivas, que son el conjunto de los instrumentos que permiten la producción, de los hombres que los manejan en determinadas condiciones de experiencia y

hábitos de trabajo (tecnología, división del trabajo, etc). El desarrollo de las fuerzas productivas, que se sintetizan en cierto nivel de productividad, importa un cierto grado de dominio del hombre sobre la naturaleza, objetivo de toda sociedad. Las fuerzas productivas imponen determinadas formas de propiedad sobre los medios de producción (tierra, máquinas, materias primas, etc.), que condicionan las relaciones de producción dentro de las cuales los hombres producen su vida social, su sustento diario, para decirlo de manera simple. Estas relaciones de producción constituyen el basamento material, económico, de la sociedad, su estructura sobre la que se levanta el amplio y rico mundo de la superestructura ideológica, que no es consecuencia mecánica e inmediata de aquella, sino que se mueve conforme a sus propias leyes y en determinado momento reacciona poderosamente sobre la estructura (la política en la actualidad, por ejemplo), buscando modificarla y contribuyendo a que esto sea así dentro del marco señalado por el desarrollo de las fuerzas productivas.

La estructura económica es una unidad dialéctica en la que los extremos polares están ocupados por las fuerzas productivas y por las relaciones de producción (forma de propiedad). Durante la etapa de equilibrio precario entre ambos, la forma de propiedad impulsa el vigoroso y rápido desarrollo de las fuerzas productivas, el aumento cuantitativo de éstas (evolución pacífica, progreso gradual), motivando transformaciones dentro del orden establecido, pero esto sólo hasta cierto nivel de su crecimiento, que es cuando chocan con esa fuerza conservadora que es la forma de propiedad vigente (relaciones de producción), ésta para sobrevivir se empeña en estrangular a las fuerzas productivas, que en su intento de crecer se despedazan chocando contra su mordaza y cuyos indicios inconfundibles son las crisis económicas cíclicas (la actual que soportamos), las guerras internacionales por el reparto del mundo y las mismas revoluciones sociales. Una sociedad es sustituida por otra únicamente si la estructura económica ha madurado para esto, si la clase dominante ha agotado todas sus posibilidades progresistas. El desarrollo de las fuerzas productivas tiene que considerarse como un desarrollo global y de ninguna manera parcial (un descomunal saltó en la producción e industrialización del hierro, mientras la agricultura permanece estancada o retrocede, por ejemplo). Las transformaciones tecnológicas, muchas de ellas relegadas a las cuatro paredes de un laboratorio, por sí mismas no son sinónimo de crecimiento de las fuerzas productivas; muchas de esas innovaciones e inventos quedan archivados, porque su generalización podría ocasionar serios perjuicios económicos a las grandes empresas al obligarles a cambiar su utilaje, y a veces son relegados al uso para fines belicistas, que importa una descomunal destrucción de las fuerzas productivas. Unicamente cuando las fuerzas productivas han dejado de crecer, cuando la forma de propiedad privada burguesa (relaciones de produccióni se ha tornado reaccionaria, fenómeno que ha tenido lugar en escala mundial desde el último tercio del siglo XIX hasta 1914 fecha del estallido de la primera guerra mundial (guerra imperialista), cuando se ha hecho evidente la posibilidad de la revolución social.

¿Esta ley puede aplicarse a la atrasada Bolivia? La respuesta, que es una de las claves de la política boliviana, obliga a una breve explicación. Bolivia no ha tenido tiempo ni posibilidades para impulsar el desarrollo interno del capitalismo, éste llegó desde afuera como fuerza invasora, obedeciendo los intereses económicos de las metrópolis y de ninguna manera las necesidades de desarrollo del país que pasó a la condición de semicolonia. Penetró al altiplano el imperialismo, el capitalismo en su etapa de decadencia, trayendo progreso y modernización a ciertos sectores de nuestra economia, a veces mediatizados en extremo, y al mismo tiempo ocasionando

estancamiento y hasta retroceso allí donde no le interesaba asentarse y explotar. Vimos al imperialismo conviviendo junto al latifundio improductivo y reducto del trabajo servil, no pocas veces prestándole apoyo directo. Esta política contradictoria se explica porque la fuerza invasora tuvo necesariamente que apoyarse en la feudal burguesía, que tenía metido un pie en el pongueaje y que simultáneamente servía al capital financiero.

De esta manera fuimos incorporados, virtualmente a la fuerza, a la economía mundial, que es algo más que una simple suma de economías nacionales, es una unidad superior y una de las grandes creaciones del capitalismo. Esta concepción (la interpretación unilateral de ella es el punto de arranque de una serie de desviaciones), permite comprender que estamos obligados a soportar las leyes generales del capitalismo, lo que no debe interpretarse como una imposición mecánica de esas leyes en toda su pureza, más bien, se reflejan en una particular realidad económico-social, actúan transformando y transformándose a través del país atrasado. En esto consisten las particularidades nacionales que tienen importancia decisiva en la fijación de la política revolucionaria. Nuestra tardía incorporación a la economía mundial, alrededor de los albores del siglo XX, y la invasión del capital financiero han determinado la economía capitalista de tipo combinado, que imprime una particular fisonomía a la ley del desarrollo desigual, la más general en la historia de la humanidad.

Nuestro país ya conoce el capitalismo, bajo la única forma en que puede darse, como economía combinada, que importa la coexistencia de diferentes modos de producción, de las primeras letras del desarrollo de la sociedad con las últimas adquisiciones de nuestra época: las tribus selváticas, el transporte en llamas junto al jet, etc. No hay tiempo, debido a la desintegración del imperialismo y a la presencia en el escenario del proletariado como clase, para que Bolivia recorra las vicisitudes de un desarrollo integral e independiente del capitalismo.

La ley de la economía combinada, que sería inconcebible al margen de la pertenencia a la economía mundial, no como ocasional vendedor de minerales sino como parte integrante de ella, tiene implicaciones que es preciso puntualizar para comprender la revolución en nuestro país.

Estamos obligados a considerar todos los fenómenos, particularmente los económicos, como dimensiones internacionales. Las fuerzas productivas, de manera particular, solamente pueden concebirse así, si no se quiere distorsionar la realidad.

Si Bolivia fuese un país aislado, si no se estremeciese ante las modificaciones del mercado mundial, si no dependiese del tipo de intereses que fijan los bancos norteamericanos o ingleses, si no dependiese su vida diaria de la cotización de minerales que a medio día se difunde desde Londres, se podría decir con toda propiedad que está muy lejos de una transformación revolucionaria dirigida por la clase obrera, que lo más que puede esperarme es una transformación democrático-burguesa, los militantes stalinistas añadirían del tipo de revolución encarnado en el gobierno burgués del doctor Hernán Siles Zuazo, claro que la afirmación puede prestarse a burlas o calificativos despectivos. Esta manera de plantear el problema es incorrecta y anti-científica, porque en nuestra época resulta inconcebible la existencia de país alguno totalmente aislado de los otros y de la economía mundial, convertida en el escenario insoslayable donde se mide la productividad de los diferentes países.

Entre las consecuencias de nuestra integración a la economía mundial se tienen la autoritaria imposición del capitalismo y la maduración desde afuera para la revolución proletaria, lo que no tiene que interpretarse como si esta transformación radical también tuviese que venir de la metrópoli, contrariamente, será hecha por los bolivianos y en la medida en que maduren para cumplir esa tarea. En la actualidad las fuerzas productivas en escala mundial están sobremaduras para la revolución proletaria, concebida como una revolución de alcance mundial y encaminada hacia el comunismo; su tardanza, que tiene que concebirse como consecuencia del lento desarrollo de la conciencia de clase de los explotados o de la traición de sus direcciones tradicionales, que supone el cambio de contenido de clase, se traduce en la aparición de formas de barbarie, con tegumento burgués como es el caso del fascismo, que importa la aniquilación de gran parte de las conquistas logradas por la civilización, o en la destrucción de la sociedad. Vivimos en la época de la revolución proletaria y no nos está permitido eludirla o idear caminos excepcionales para nuestro país. La historia boliviana es parte de la historia de la humanidad.

El carácter internacional de la revolución proletaria quiere decir que ningún país, por muchos que sean los privilegios con los que hubiese sido beneficiado por la naturaleza, puede con sus propias fuerzas, en el marco de una inconcebible y reaccionaria autarquía, construir una sociedad comunista, tal meta solamente podrá lograrse internacionalmente. Ha sido el propio capitalismo el que ha permitido que maduren para ello las condiciones materiales; en la época de la economía mundial, en la época de las transnacionales, las fronteras nacionales se han tornado reaccionarias. En este punto debemos puntualizar que la defensa, por tanto, la perrnanencia de las fronteras de los países sometidos a la opresión imperialista, constituyen pasos progresistas y obligados en la lucha por la liberación nacional. El comunismo no destruirá la economía mundial, por el contrario, se basará en ella y le dará un mayor impulso.

Esa unidad mundial que es la revolución socialista (el desarrollo de la sociedad no permite su parcelación en estancos independientes entre sí) está integrada por las revoluciones puramente socialistas que tendrán lugar en las metrópolis del capital financiero, que se distinguen por la proporción mayoritaria de la clase obrera y porque no tienen ante sí la solución de tareas democráticas o burguesas pendientes; por las revoluciones políticas (el desplazamiento del poder de la burocracia termidoriana por la clase obrera) en los países sometidos a la dictadura stalinista y por las revoluciones de liberación nacional en las regiones sometidas a la opresión imperialista. El hecho fundamental y distintivo de nuestra época radica en que todas esas revoluciones son políticamente dirigidas por el proletariado. Hay, pues, revoluciones proletarias y revoluciones proletarias, no todas están vaciadas en el mismo molde o cortadas en la misma medida, obedecen a leyes particulares según el grado de desarrollo de la región en que tienen lugar.

La revolución boliviana no puede menos que reflejar el capitalismo atrasado de economía combinada. El sector atrasado está encarnado en el modo de producción precapitalista, que si se toma como referencia los índices demográficos se puede decir que comprende a la mayoría nacional. No se trata de que el atraso está simplemente yuxtapuesto al progreso (modo de producción capitalista y que define la existencia material del país), sino de que entre ambos existe una permanente inter-relación; conforman un país con esa característica nacional y no dos sociedades independientes entre sí. Atraso y progreso se penetran mutuamente, se condicionan y se encuentran

en permanente transformación. El atraso se traduce en atraso cultural, por decir, que deja su impronta en todas las actividades, lo que determina la lentitud de nuestro desarrollo, que pesa negativamente en contra de la productividad y, de una manera general, que mediatiza las conquistas foráneas que alcanzan a trasmontar los Andes. Urge puntualizar en qué consiste este rezagamiento.

Sobre todas las cosas, está muy lejos de ser general, pues soporta la presión del modo de producción capitalista (minas, petróleo, industria, transportes, agroindustria) y, a su turno, actúa poderosa, aunque negativamente, sobre él. El cordón umbilical, por esto mismo de trascendencia vital, que une a Bolivia con el mercado mundial, es decir, el elemento que le permite llevar una vida moderna, es la producción capitalista, la exportación de materias primas, de minerales, de petróleo, etc. Esta producción no solamente define el presupuesto nacional, sino las balanzas comercial y de pagos, permite importar todo lo que exige la vida moderna. El modo de producción precapitalista pesa de manera considerable en la composición del producto interno bruto. En alguna forma esa preeminencia económica del capitalismo condiciona la preeminencia política del proletariado, aunque su gran politización es resultado de su propia historia, de una serie de factores que han contribuido a la formación de su conciencia.

Un país atrasado como Bolivia puede mostrar importantes adelantos tecnológicos y de concentración del capital en su área modernizada, como sucedió en el campo de la minería en cierto momento.

El atraso tampoco es definitivo, dado de una vez por todas, sino que, en determinadas condiciones, puede convertirse en palanca de progreso, permitir dar un salto en el desarrollo, trocarse en su contrario. Los teóricos de la clase dominante, que se complacen en subrayar que el capitalismo -únicamente el capitalismo, pues vituperan contra el feudalismo, el esclavismo, etc. corresponde a la naturaleza humana y que por eso debe considerarse eterno; pretenden justificar las limitaciones e incapacidad de la burguesía nativa con la especie de que nuestro país nunca podrá salir de una manera total de su rezagamiento, que siempre será tributario de la metrópoli imperialista, etc. Hay muchos ejemplos históricos que violentan la teoría del definitivo atraso boliviano y que viene siendo manejada desde el siglo XIX.

Allí donde el capitalismo se ha desarrollado internamente, recorriendo todos los recodos del camino, venciendo todas las dificultades y las etapas, ha ido acumulando utilaje obsoleto, herencia inevitable del pasado; esta carga concluye obstaculizando los movimientos de la economía en su integridad. Recuérdese el caso de países en los que se sigue utilizando maquinaria con muchos decenios de antigüedad. Un país atrasado, virgen en la actividad capitalista en ciertos renglones, puede, en condiciones favorables apoderarse de un salto de todo el avance logrado por la sociedad, sin necesidad de descubrir ni perfeccionar nada. Importará la última palabra de la tecnología en la fabricación de automóviles, sin necesidad de volver a vivir las primeras experiencias. En un solo acto se colocará en el nivel de los países más desarrollados. Esto es algo más que un dato anecdótico, quiere decir que tal paso puede permitir movernos a mayor velocidad que las metrópolis del capital financiero. Las condiciones que permitieron ese desarrollo a saltos y que las colonias o semicolonias alcanzasen o sobrepasasen a las metrópolis opresoras, fueron en el pasado las ventajas que proporcionaba el capitalismo en ascenso (Estados Unidos de Norte América, Alemania, Japón); en la actualidad, caracterizada por la desintegración

del imperialismo, las condiciones para ese salto no son otras que las creadas por la revolución social.

Un otro aspecto de este tema: la masa campesina, que aunque asuma actitudes revolucionarias y de subversión contra el estado de cosas imperante, representa el pasado histórico y el atraso, pero en los momentos de mayor tensión de la lucha revolucionaria se convierte en el factor decisivo que impulsa al proletariado (expresión social del progreso hacia el poder, es decir, permite crear las condiciones para la estructuración de una sociedad superior a la capitalista.

Bolivia se diferencia de las metrópolis por ser una nación oprimida que soporta la explotación y el dominio político por parte del imperialismo no solamente sobre uno de sus sectores sociales, la clase obrera, sino sobre toda la nación. El capital financiero exporta en gran medida la plusvalía que extrae de los trabajadores, actúa como el muro que impide que el país en su integridad ingrese de pleno a la civilización, esto porque mantiene intacto al precapitalismo, expropia política y económicamente a la burguesía criolla, le impide su desarrollo, lo que aparece con mayor evidencia cuando ésta le sirve obsecuentemente. Los problemas que plantea la revolución y la mecánica de clases son particulares y diferentes a los que se dan en los grandes centros del capitalismo imperialista.

Toda revolución es mayoritaria y la proletaria lo es al servicio, por primera vez, de la mayoría del país. En la Bolivia atrasada esa revolución no puede menos que ser protagonizada por la nación oprimida (en esta medida es mayoritaria) y no únicamente por la minoría obrera (consecuencia del atraso, de la persistencia de los modos de producción precapitalistas). Una revolución puramente proletaria es inconcebible, pues sería una actitud asumida contra el país, condenada a su inmediato aplastamiento. De esta realidad emergen las vigas maestras de la lucha revolucionaria.

La alianza obrero-campesina (las masas explotadas arrastradas políticamente por la clase obrera) juega el papel de pieza clave de esta estrategia. El choque de los campesinos con los obreros antes de la conquista del poder convertiría en imposible tal finalidad estratégica.

La táctica que cobra vigencia permanente hasta tanto se produzca la victoria de los explotados, aunque su realización precisa de condiciones políticas muy concretas, es la constitución del frente anti-imperialista, que importa la unidad de la nación oprimida (varias clases sociales) bajo la dirección proletaria, es decir, dentro de las finalidades estratégicas de la clase obrera. La burguesía también habla de unidad nacional y la consuma bajo su propia dirección y para servirse de ella como factor de respaldo político o de estabilidad gubernamental llegado el caso. La Unidad Democrática Popular es una variante de este frente político de varias clases sociales timoneado políticamente por la burguesía democratizante. El frente anti-imperialista permite que el proletariado efectivice su liderazgo nación oprimida por el imperialismo, se apoye en ella y dirija las luchas que libran las masas explotadas. Únicamente la movilización y radicalización de los sectores mayoritarios puede obligar a las direcciones de los partidos de izquierda a someterse a la dirección proletaria, abandonando su actual posición servil frente a la clase dominante.

La revolución proletaria boliviana estará muy lejos de ser puramente socialista por sus tareas. Antes de construir el socialismo y la sociedad sin clases sociales (sin

explotados ni explotadores) tiene que superar el secular atraso del país, lo que equivale al cumplimiento de las tareas democráticas o burguesas pendientes, labor imprescindible que será realizada junto al logro de objetivos socialistas, en los sectores donde sea posible. La revolución será pues combinada en sus tareas y también por sus componentes sociales reflejando así en la superestructura el carácter combinado de la economía.

Debe tomarse en cuenta que el proceso de transformación profunda estará acaudillado por la clase obrera y que ésta para libertarse realmente tendrá que llegar al comunismo y en su marcha libertar a toda la sociedad. El proletariado no tiene interés alguno en perpetuar las realizaciones democrático-burguesas, basamento material de la existencia y desarrollo del capitalismo que supone su inevitable explotación y opresión, sino acabar con este estado de cosas, razón por la cual las transformará en socialistas desde el poder. Como se ve, el secreto del proceso consiste en que los explotados se conviertan en clase gobernante, en fin, en la existencia de la dictadura del proletariado.

Nos encontramos frente a una sola etapa en la cual son realizadas a plenitud las tareas democráticas y su transformación en socialistas. El Partido Comunista de Bolivia, que dice no renegar del socialismo e inclusive de la dictadura proletaria, hace un planteamiento cualitativamente diferente: en la primera etapa, cuya duración no puede menos que prolongarse por algunos decenios, una centuria o más, debe cumplirse únicamente la revolución democrático-burguesa, porque –dice- las fuerzas productivas en escala nacional han madurado únicamente para ese tipo de revolución; luego de que el desarrollo pleno e independiente. del capitalismo transforme toda la economía y cree una clase obrera poderosa por su número y su educación en la escuela de la democracia formal, recién podrá plantearme con legitimidad la revolución puramente socialista. Entre ambas etapas históricas media un abismo de tiempo y no puede hablarse de una inter-acción entre ambas. La corriente maoísta planteó, en su apogeo, la misma tesis con una pequeña variante: para ella, cumplida la etapa de la revolución democrática debía darse, de manera ininterrumpida -de aquí su nombre-, la revolución socialista. El stalinismo en general sostiene que la etapa democrático-burguesa solo puede estar timoneada por un gobierno de corte burgués. La permanencia del Partido Comunista de Bolivia en el gobierno burgués de la Unidad Democrática Popular, lejos de constituir un error táctico o un desliz cualquiera, obedece a su concepción programática fundamental.

El desarrollo interno de la revolución bajo la dictadura del proletariado lleva la tendencia de no detenerse hasta tanto no se destruya toda forma de opresión de clase (explotación del hombre por el hombre). Cada etapa niega a la anterior y el proceso tiene lugar en medio de contradicciones y de conflictos sociales. El ritmo de su realización, así como el del cumplimiento de las tareas democráticas, no puede señalarse con anticipación, depende de la marcha de las economías mundial y nacional, de los progresos que haga la revolución proletaria internacional.

La revolución proletaria comenzará necesariamente dentro de las fronteras nacionales y no como un fenómeno simultáneo. El ritmo extremadamente desigual con el cual se desarrolla la conciencia de clase del proletariado de los diversos países obliga a que la revolución social tenga lugar también de manera desigual. No será un proceso despersonalizado; contrariamente, mostrará las huellas inconfundibles de las particularidades nacionales, profundamente entroncado en la historia, en la economía, en fin, en la cultura del país.

Pero, la revolución no puede encerrarse indefinidamente en el marco nacional; para resolver los problemas que genera y para llegar a la sociedad sin clases, necesariamente tendrá que proyectarse al plano internacional, de nacional se trocará en internacional. En el caso boliviano su proyección continental busca estructurar los Estados Unidos Socialistas de América Latina, la única forma en la que ahora puede efectivizarse el sueño y ambición de Simón Bolívar. Muchos de los problemas más punzantes del país, entre ellos el largo pleito diplomático de la mediterraneidad, podrán encontraran así su solución natural.

La clase obrera en el poder estatizará los medios de producción, concentrándolos en manos de la dictadura del proletariado (gobierno obrero-campesino), lo que le permitirá planificar la economía y dirigirla hacia la construcción del socialismo, en fin, del comunismo, la sociedad sin clases sociales, sin explotados ni explotadores.

Hemos expuesto someramente la teoría de la revolución permanente, que tanta importancia ha tenido en la formación de la clase obrera boliviana (nos referimos a su conciencia). Se trata de las leyes de la revolución social de los paises ses atrasados (coloniales y semicoloniales) de nuestra época imperialista, en la que la presencia de la clase obrera (vale decir de su partido político que es, sobre todo, programa), constituye el hecho de mayor relieve. Algunos de sus críticos sostienen que dicho planteamiento buscaría saltar por encima de la etapa democrática, para ingresar de lleno y de un salto en la revolución puramente socialista. Otros se empeñan en querer demostrar el absurdo de que buscaría aislar al proletariado de las otras clases sociales. Estos reparos carecen de fundamento. La revolución permanente fue enunciada ya por Carlos Marx a mediados de¡ siglo XIX y teniendo presente la revolución en la rezagada Alemania de entonces, buscando resolver, precisamente, el cumplimiento de las tareas democráticas. Los revolucionarios rusos hablaron de la transformación de la revolución burguesa en socialista, teniendo en cuenta su contenido social, sus tareas fundamentales. No se plantea el ignorar o saltar por encima de las tareas democráticas, sino la manera de cómo el proletariado tendrá que consumarlas en la época que vivimos, que es la época de decadencia del capitalismo, que plantea la necesidad histórica de la revolución y dictadura proletarias.

 

(Fotografía: trabajadores armados, abril de 1952, La Paz, Bolivia)

 

Ha muerto Fidel: viva la Revolución Cubana

por Gustavo Burgos

Para quienes militamos en las filas de la revolución socialista, despertar esta mañana con la noticia de la muerte de Fidel Castro, es un golpe, una llamada de atención y una advertencia. La prensa burguesa –hacemos abstracción de la prensa gusana que celebra- se ha solazado haciendo panegíricos al otrora líder de la guerrilla y figura señera de aquél proceso revolucionario que pariera la primera revolución latinoamericana, el primer territorio libre de nuestro continente americano. Seguir leyendo Ha muerto Fidel: viva la Revolución Cubana