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Cómo la Revolución Bolchevique salvó el arte vanguardista

por Paul Mitchell // 

La exposición “Rusia Radical” en Norwich es un asunto pequeño en comparación con algunos shows exitosos que marcan el centenario de la Revolución de octubre de 1917 que se han organizado en Londres y mundialmente. Pero eso no debería desalentar a nadie que quiera ir. Seguir leyendo Cómo la Revolución Bolchevique salvó el arte vanguardista

Isaak Rubin: Historia del pensamiento económico

Isaak Ilyich Rubin (12 junio 1886 – 27 noviembre 1937) nació en Dinaburg, en la actual Latvia, hijo de una familia judía. Rubin fue un abogado y economista ruso y, en su época, considerado el mayor teórico sobra el concepto de valor en el pensamiento de Marx. Desde 1905 participó activamente en el proceso revolucionario de su natal Rusia, adhiendose primero al Bund Judío y luego a la fracción menchevique del POSDR. Se retiró de la política en 1924, dedicándose íntegramente a sus estudios de la economía marxista. Trabajó de profesor de economía marxista y en 1926 fue nombrado investigador adjunto al Instituto Marx-Engels, dirigido entonces por David Riazánov.  En ese período publicó sus principales obras en economía e historia económica, y fue editor de una colección de clásicos de economía política. En diciembre de 1930 Rubin fue arrestado y acusado de pertecer a un inexistente complot menchevique. Gracias a su entrenamiento como abogado, Rubin logró evadir condena, hasta que, a finales de enero, Rubin fue confrontado con otro prisionero, quien fue ejecutado a tiros delante de Rubin cuando este se negó a autoinculparse. La escena se repitió en la noche siguiente, luego de lo cual Rubin aceptó “confesar” sus supuestos crímenes. En su juicio, Rubin implicó a Riazánov, pero trató de minimizar los cargos, negandose a confirmar la existencia de organización menchevique alguna. Por su negativa a cooperación total, fue sentenciado a cinco años de prisión. Cuando, en el transcurso de su condena Rubin enfermó y se le diagnosticó un probable cáncer, se le movió a un hospital, donde se buscó infructuosamente sacarle más “confesiones” a cambio de tratamiento más favorable.  En 1934, fue puesto en libertad y se le permitió trabajar en planificación económica en Kazajistán. En 1937, se produjo una nueva ola de purgas stalinistas, y Rubin fue nuevamente detenido. Nunca más se le vió con vida. Dejamos con ustedes este opúsculo, una breve introducción a la economía política, de este héroe y genio bolchevique. EP Seguir leyendo Isaak Rubin: Historia del pensamiento económico

León Trotsky: Cinco días (23-27 de febrero de 1917)

El 23 de febrero era el Día Internacional de la Mujer. Los elementos socialdemócratas se proponían festejarlo en la forma tradicional: con asambleas, discursos, manifiestos, etc. A nadie se le pasó por las mentes que el Día de la Mujer pudiera convertirse en el primer día de la revolución. Ninguna organización hizo un llamamiento a la huelga para ese día. La organización bolchevique más combativa de todas, el Comité de la barriada obrera de Viborg, aconsejó que no se fuese a la huelga. Las masas -como atestigua Kajurov, uno de los militantes obreros de la barriada- estaban excitadísimas: cada movimiento de huelga amenazaba convertirse en choque abierto. Y como el Comité entendiese que no había llegado todavía el momento de la acción, toda vez que el partido no era aún suficientemente fuerte ni estaba asegurado tampoco en las proporciones debidas el contacto de los obreros con los soldados, decidió no aconsejar la huelga, sino prepararse para la acción revolucionaria en un vago futuro. Tal era la posición del Comité, al parecer unánimemente aceptada, en vísperas del 23 de febrero. Al día siguiente, haciendo caso omiso de sus instrucciones, se declararon en huelga las obreras de algunas fábricas textiles y enviaron delegadas a los metalúrgicos pidiéndoles que secundaran el movimiento. Los bolcheviques -dice Kajurov- fueron a la huelga a regañadientes, secundados por los obreros mencheviques y socialrevolucionarios. Ante una huelga de masas no había más remedio que echar a la gente a la calle y ponerse al frente del movimiento. Tal fue la decisión de Kajurov, que el Comité de Viborg hubo de aceptar. “La idea de la acción había madurado ya en las mentes obreras desde hacía tiempo, aunque en aquel momento nadie suponía el giro que había de tomar.” Retengamos esta declaración de uno de los actores de los acontecimientos, muy importante para comprender la mecánica de su desarrollo. Seguir leyendo León Trotsky: Cinco días (23-27 de febrero de 1917)

Trotsky: El proletariado y los campesinos

// Capítulo III de la Historia de la Revolución Rusa//

El proletariado ruso había de dar sus primeros pasos bajo las condiciones políticas de un Estado despótico. Las huelgas ilegales, las organizaciones subterráneas, las proclamas clandestinas, las manifestaciones en las calles, los choques con la policía y las tropas del ejército: tal fue su escuela, fruto del cruce de las condiciones del capitalismo que se desarrollaban rápidamente y el absolutismo que iba evacuando poco a poco sus posiciones. El apelotonamiento de los obreros en fábricas gigantescas, el carácter concentrado del yugo del Estado y, finalmente, el ardor combativo de un proletariado joven y lozano, hicieron que las huelgas políticas, tan raras en Occidente, se convirtiesen allí en un método fundamental de lucha. Las cifras relativas a las huelgas planteadas en Rusia desde primeros de siglo actual son el índice más elocuente que acusa la historia política de aquel país. Y aun siendo nuestro propósito no recargar el texto de este libro con cifras, no podemos renunciar a reproducir las que se refieren a las huelgas políticas desatadas en el período que va de 1903 a 1917. Nuestros datos, reducidos a su más simple expresión, se contraen a las empresas sometidas a la inspección de fábricas. Dejamos a un lado los ferrocarriles, la industria minera, el artesano y las pequeñas empresas en general, y, mucho más naturalmente, la agricultura, por diversas razones en que no hay para qué entrar. Con esto no pierden el menor relieve los cambios que acusa la curva de huelgas durante ese período.

Huelgas políticas

Años Número de huelguistas
1903 87.000 (1)
1904 25.000 (1)
1905 1.843.000
1906 651.000
1907 540.000
1908 93.000
1909 8.000
1910 4.000
1911 8.000
1912 550.000
1913 502.000
1914 (primera mitad) 1.059.000
1915 156.000
1916 310.000
1917 (enero-febrero) 575.000
Nos hallamos ante la curva, única en su género, de la temperatura política de un país que albergue en sus entrañas una gran revolución. En un país rezagado y con un proletariado reducido -el censo de obreros de las empresas sometidas a la inspección fabril pasa de millón y medio de obreros en 1905, y unos dos millones en 1917- nos encontramos con un movimiento huelguístico que alcanza proporciones desconocidas hasta entonces en ningún otro país del mundo. Frente a la debilidad de la democracia pequeñoburguesa y a la atomización y ceguera política del movimiento campesino, la huelga obrera revolucionaria es el ariete que la nación, en el momento de su despertar, descarga contra las murallas del absolutismo. Nos bastaría fijarnos en la cifra de 1.843.000 huelguistas políticos de 1905 -claro está que los obreros que tomaron parte en más de una huelga figuran en esta estadística por diferentes conceptos- para poner el dedo a ciegas en el año de la revolución, aunque no tuviéramos más dato que éste sobre el calendario político de Rusia.

En 1904, primer año de la guerra ruso-japonesa, la inspección de fábricas no señalaba más que 25.000 huelguistas en todo el país. En 1905, el número de obreros que toman parte en las huelgas políticas y económicas en conjunto asciende a 2.863.000, ciento quince veces más que en el año anterior. Este salto sorprendente induce por sí mismo a pensar que el proletariado, a quien la marcha de los acontecimientos obligó a improvisar una actividad revolucionaria tan inaudita, tenía que sacar a toda costa de su seno una organización que respondiera a las proporciones de la lucha y a la grandiosidad de los fines perseguidos: esta organización fueron los soviets, creados por la primera revolución y que no tardaron en convertirse en órganos de la huelga general y de la lucha por el poder, tardaron en convertirse en órganos de la huelga general y de la lucha por el poder.

Derrotado en el alzamiento de diciembre de 1905, el proletariado pasa dos años -años que, si bien viven todavía el impulso revolucionario como la estadística de huelgas revela, son ya, a pesar de todo, años de reflujo- haciendo esfuerzos heroicos por mantener una parte, al menos, de las posiciones conquistadas. Los cuatro años que siguen (1908-1911) se reflejan en el espejo de la estadística e huelgas como años de contrarrevolución triunfante. Coincidiendo con ésta, la crisis industrial viene a desgastar todavía más el proletariado, exangüe ya de suyo. La hondura de la caída es proporcional a la altura que había alcanzado el movimiento ascensional. Las convulsiones de la nación tienen su reflejo en estas cifras.

El período de prosperidad industrial que se inicia en el año 1910 pone otra vez en pie a los obreros e imprime nuevo impulso a sus energías. Las cifras de 1913-1914 repiten casi los datos de 1905-1907, sólo que en un orden inverso: ahora, el movimiento no tiende a remitir, sino que va en ascenso. Comienza la nueva ofensiva revolucionaria sobre bases históricas más altas: esta vez, el número de obreros es mayor, y mayor también su experiencia. Los seis primeros meses de 1914 pueden equipararse casi, por el número de huelguistas políticos, al año de apogeo de la primera revolución. Pero se desencadena la guerra y trunca bruscamente este proceso. Los primeros meses de la guerra se caracterizan por la inactividad política de la clase obrera. Pero el estancamiento empieza ya a ceder en la primavera de 1915, y se abre un nuevo ciclo de huelgas políticas que, en febrero de 1917, produce la explosión del alzamiento de los obreros y los soldados.

Estos flujos y reflujos bruscos de la lucha de masas hacen que el proletariado ruso parezca cambiar de filosofía en el transcurso de unos cuantos años. Fábricas que dos o tres años antes se lanzaban unánimemente a la huelga con motivo de cualquier acto de arbitrariedad policíaca pierden de pronto su empuje revolucionario y dejan sin respuesta los crímenes más monstruosos del poder. Las grandes derrotas producen un abatimiento prolongado. Los militantes revolucionarios pierden autoridad sobre las masas. En la conciencia de éstas vuelven a aflorar los viejos prejuicios y las supersticiones aún no esfumadas. Al mismo tiempo, la penetración de los elementos grises procedentes del campo en las filas obreras hacen que se destiña -por decirlo así- el carácter de clase de ésta. Los escépticos menean irónicamente la cabeza. Tal fue lo que aconteció en los años 1907 a 1911. Pero los procesos moleculares se encargan de curar en las masas las lesiones síquicas. Un nuevo giro de los acontecimientos o un impulso económico subterráneo abre un nuevo ciclo político. Los elementos revolucionarios vuelven a encontrar quien les preste oídos, y la lucha se enciende de nuevo y con mayores bríos.

Para comprender las dos tendencias principales en que se escinde la clase obrera rusa, conviene no olvidar que el menchevismo cobra su forma definida durante los años de reacción y reflujo, apoyado principalmente en el reducido sector de obreros que habían roto con la revolución, mientras que el bolchevismo, sañudamente perseguido durante el período de la reacción, resurge enseguida sobre la espuma de la nueva oleada revolucionaria en los años que preceden inmediatamente a la guerra. «Los elementos, las organizaciones y los hombres que rodean a Lenin son los más enérgicos, los más audaces y los más capacitados para la lucha sin desmayo, la resistencia y la organización permanentes»; así juzgaba el Departamento de policía la labor de los bolcheviques durante los años que preceden a la guerra.

En julio de 1914, cuando los diplomáticos clavaban los últimos clavos en la cruz destinada a la crucifixión de Europa, Petrogrado hervía como una caldera revolucionaria. El presidente de la República francesa, Poincaré, depositó su corona sobre la tumba de Alejandro III en el mismo momento en que resonaban en las calles los últimos ecos de la lucha y los primeros gritos de las manifestaciones patrióticas.

¿Cabe pensar que, al no haberse declarado la guerra, el movimiento ofensivo de las masas que venía creciendo desde 1912 a 1914 hubiera determinado directamente el derrocamiento del zarismo? No podemos contestar de un modo categórico a esta pregunta. No hay duda que el proceso conducía inexorablemente a la revolución. Pero ¿por qué etapas hubiera tenido ésta que pasar? ¿No le estaría reservada una nueva derrota? ¿Qué tiempo hubieran necesitado los obreros para poner en pie a los campesinos y adueñarse del ejército? No puede decirse. En estas cosas, no cabe más que la hipótesis. Lo cierto es que la guerra marcó en un principio un paso atrás, para luego, en la fase siguiente, acelerar el proceso y asegurarle una victoria aplastante.

El movimiento revolucionario se paralizó al primer redoble de los tambores guerreros. Los elementos obreros más activos fueron movilizados. Los militantes revolucionarios fueron trasladados de las fábricas al frente. Toda declaración de huelga era severamente castigada. La prensa obrera fue suprimida; los sindicatos estrangulados. En las fábricas entraron cientos de miles de mujeres, de jóvenes, de campesinos. Políticamente, la guerra, unida a la bancarrota de la Internacional, desorientó extraordinariamente a las masas y permitió a la dirección de las fábricas, que había levantado cabeza, hablar patrióticamente en nombre de la industria, arrastrando consigo a una parte considerable de los obreros y obligando a los más audaces y decididos a adoptar una actitud expectante. La idea revolucionaria había ido a refugiarse en grupos pequeños y silenciosos. En las fábricas, nadie se atrevía a llamarse bolchevique, sí no quería verse al punto detenido e incluso apaleado por los obreros más retrógrados.

En el momento de estallar la guerra, la fracción bolchevique de la Duma, foja por las personas que la componían, no estuvo a la altura de las circunstancias. Se juntó a los diputados mencheviques para formular una declaración en la que se comprometía a «defender los bienes culturales del pueblo contra todo atentado, viniera de donde viniese». La Duma subrayó con aplausos aquella capitulación. No hubo entre todas las organizaciones y grupos del partido que actuaban en Rusia ni uno solo que abrazase la posición claramente derrotista que Lenin mantenía desde el extranjero. Sin embargo, entre los bolcheviques, el número de patriotas era insignificante: muy al contrario de lo que hicieron los narodniki y mencheviques, los bolcheviques empezaron ya en el año 1914 a agitar entre las masas de palabra y por escrito contra la guerra. Los diputados de la Duma se rehicieron pronto de su desconcierto y reanudaron la labor revolucionaria, de la cual se hallaba perfectamente informado el gobierno, gracias a su red extensísima de confidentes. Baste con decir que, de los siete miembros que componían el Comité petersburgués del partido en vísperas de la guerra, tres estaban al servicio de la policía. El zarismo gustaba, como se ve, e jugar al escondite con la evolución. En noviembre fueron detenidos los diputados bolcheviques y empezó la represión contra el partido por todo el país. En febrero de 1915, la fracción parlamentaria compareció ante los tribunales. Los diputados mantuvieron una actitud prudente. Kámenev, el inspirador teórico de la fracción, se desentendió, al igual que Petrovski, actual presidente del Comité Central Ejecutivo de Ucrania, de la posición derrotista de Lenin. Y el Departamento de policía pudo comprobar con satisfacción que la rigurosa sentencia dictada contra los diputados bolcheviques no provocaba el menor movimiento de protesta entre los obreros.

Parecía como si la guerra hubiera cambiado a la clase trabajadora. Hasta cierto punto, así era: en Petrogrado, la composición de la masa obrera se renovó casi en un 40 por 100. La continuidad revolucionaria se vio bruscamente interrumpida. Todo lo anterior a la guerra, incluyendo la fracción bolchevique de la Duma, pasó de golpe a segundo término y cayó casi en el olvido. Pero, bajo esta capa aparente y precaria de tranquilidad, patriotismo y hasta en parte de monarquismo, en el seno de las masas se incubaba una nueva explosión.

En agosto de 1915, los ministros zaristas se comunican unos a otros que los obreros «acechan por todas partes,, venteando traiciones y sabotajes en favor de los alemanes, y se entregan celosamente a la busca y captura de los culpables de nuestros fracasos en el frente». En efecto, durante este período, la crítica de las masas que empieza a resurgir se apoya, en parte sinceramente y en parte adoptando ese tinte protector, en la «defensa de la patria». Pero esta idea no era más que el punto de partida. El descontento obrero va echando raíces cada vez más profunda, sella los labios de los capataces, de los obreros reaccionarios y de los adulones de los patronos, y permite volver a levantar cabeza a los bolcheviques.

Las masas pasan de la crítica a la acción. Su indignación se traduce principalmente en los desórdenes producidos por la escasez de subsistencias, desórdenes que, en algunos sitios, toman la forma de verdaderos motines. Las mujeres, los viejos y los jóvenes se sienten más libres y más audaces en el mercado o en la plaza pública que los obreros movilizados en las fábricas. En mayo, el movimiento deriva, en Moscú, hacia el saqueo de casas de alemanes. Y aunque sus autores obren bajo el amparo de la policía y procedan de los bajos fondos de la ciudad, la sola habilidad del saqueo en una urbe industrial como Moscú atestigua que los obreros no están aún lo bastante despiertos para poder infiltrar sus consignas y su disciplina en la parte de la población urbana sacada de sus casillas. Al correrse por todo el país estos desórdenes, destruyen el hipnotismo de la guerra y preparan el terreno a las huelgas. La afluencia de mano de obra inepta a las fábricas y el afán de obtener grandes beneficios de guerra se traducen en todas partes en un empeoramiento de las condiciones de trabajo y resucitan los más burdos métodos de explotación. La carestía de la vida va reduciendo automáticamente los salarios. Las huelgas económicas se tornan en un reflejo inevitable de las masas, tanto más tumultuoso cuanto más se le ha querido contener. Las huelgas van acompañadas de mítines, de votación de acuerdos políticos, de encuentros con la policía y, no pocas veces, de tiroteos y de víctimas.

La lucha se corre, en primer término, por la región textil central. El 5 de junio, la policía dispara sobre los obreros tejedores de Kostroma: cuatro muertos y nueve heridos. El 10 de agosto, las tropas hacen fuego sobre los obreros de Ivanovo-Vosnesenk (2): dieciséis muertos, treinta heridos. En el movimiento de los obreros textiles aparecen complicados soldados del batallón destacado en aquella plaza. Como respuesta a los asesinos de Ivanovo-Vosnesenk, estallan huelgas de protesta en distintos puntos del país. Paralelamente a este movimiento, se va extendiendo la lucha económica. Los obreros de la industria textil marchan, en muchos sitios, en primera fila.

Comparado con la primera mitad de 1914, este movimiento representa, así en lo que se refiere a la intensidad del ataque como en lo que afecta a la claridad de las consignas, un gran paso atrás. No tiene nada de particular: es una huelga en la que toman parte principal las masas grises; además, en el sector obrero dirigente reina el desconcierto más completo. Sin embargo, ya en las primeras huelgas que estallan durante la guerra se pulsa la proximidad de los grandes combates. El 16 de agosto declara el ministro de Justicia, Ivostov: «Si actualmente no estallan acciones armadas es, sencillamente, porque los obreros no disponen de organización.» Pero todavía se expresaba más claramente Goremikin: «El único problema con que tropiezan los caudillos obreros es la falta de organización, pues la detención de los cinco diputados de la Duma se la ha destruido». Y el ministro del Interior añadía: «No es posible amnistiar a los diputados de la Duma (los bolcheviques), pues son el centro de la organización del movimiento obrero en sus manifestaciones más peligrosas.» Por lo menos, aquellos señores sabían muy bien dónde estaban sus verdaderos enemigos: en esto, no se equivocaban.

Al tiempo que el gobierno, aun en los momentos de mayor desconocimiento, en que se mostraba propicio a hacer concesiones a los liberales, creía imprescindible dirigir los tiros a la cabeza de la revolución obrera, es decir, a los bolcheviques, la gran burguesía pugnaba por llegar a una inteligencia con los mencheviques. Alarmados por las proporciones que iban tomando en las huelgas, los industriales liberales hicieron una tentativa para imponer una disciplina patriótica a los obreros, metiendo a los representantes elegidos por éstos en los comités industriales de guerra. El ministro del Interior se lamentaba de lo difícil que era luchar contra la iniciativa de Guchkov: «Todo esto se lleva a cabo bajo la bandera del patriotismo y en nombre de los intereses de la defensa nacional.» Conviene tener en cuenta, sin embargo, que la policía se guardaba muy mucho de detener a los socialpatriotas, en quienes veía unos aliados indirectos en la lucha contra las huelgas y los «excesos» revolucionarios. Todo el convencimiento de la policía de que, mientras durase la guerra, no estallarían insurrecciones, se basaba en la confianza excesiva que había puesto en la fuerza del socialismo patriótico.

En las elecciones celebradas para proveer los puestos del Comité industrial de guerra fueron minoría los partidarios de la defensa, acaudillados por Govosdiev, un enérgico obrero metalúrgico, con el que volveremos a encontrarnos más adelante de ministro del Trabajo en el gobierno revolucionario de coalición. Sin embargo, contaba no sólo con el apoyo de la burguesía liberal, sino también con el de la burocracia, para derrotar a los boicotistas, dirigidos por los bolcheviques, e imponer al proletariado de Petrogrado una representación en los organismos del patriotismo industrial. La posición de los mencheviques aparece expuesta con toda claridad en el discurso pronunciado poco después por uno de sus representantes ante los industriales del comité: «Debéis exigir que el gobierno burocrático que está en el poder se retire, cediéndoos el sitio a vosotros como representantes legítimos del régimen actual.» La reciente amistad política entre estos elementos, que había de dar sus frutos más sazonados después de la revolución, iba estrechándose no ya por días, sino por horas.

La guerra causó terribles estragos en las organizaciones clandestinas. Después del encarcelamiento de su fracción en la Duma, los bolcheviques viéronse privados de toda organización central. Los comités locales llevaban una existencia episódica y no siempre se mantenían en contacto con los distritos. Sólo actuaban grupos dispersos, elementos sueltos. Sin embargo, el auge de la campaña huelguística les infundía fuerza y ánimos en las fábricas, y poco a poco fue estableciéndose el contacto entre ellos y se anudaron las necesarias relaciones. Resurgió la actuación clandestina. El Departamento de policía había de escribir más tarde: «Los leninistas, a los que sigue en Rusia la gran mayoría de las organizaciones socialdemócratas, han lanzado desde el principio de la guerra, en los centros más importantes (tales como Petrogrado, Moscú, Jarkov, Kiev, Tula, Kostroma, provincia de Vladimir y Samara) una cantidad considerable de proclamas revolucionarias exigiendo el término de la guerra, el derrocamiento del régimen y la instauración de la República. Los frutos más palpables de esta labor son la organización de huelgas y desórdenes obreros.»

El 9 de enero, aniversario tradicionalmente conmemorado de la manifestación obrera ante el palacio de Invierno, que el año anterior había pasado casi inadvertido, hace estallar, en el año 1916, una huelga de extensas proporciones. En estos años, el movimiento de huelgas se duplica. No hay huelga importante en que no se produzcan choques con la policía. Los obreros hacen gala de su simpatía por los soldados, y la Ocrana apunta más de una vez este hecho inquietante.

La industria de guerra se desarrolla desmesuradamente, devorando todos los recursos a su alcance y minando sus propios fundamentos. Las ramas de la producción de paz languidecían y caminaban hacia su muerte. A pesar de todos los planes elaborados, no se consiguió reglamentar la economía. La burocracia era incapaz ya para tomar el asunto por su cuenta: chocaba con la resistencia de los poderosos comités industriales de guerra: no accedía, sin embargo, a entregar un papel regulador a la burguesía. No tardaron en perderse las minas de carbón y las fábricas de Polonia. Durante el primer año de guerra, Rusia perdió cerca de la quinta parte de sus fuerzas industriales. Un 50 por 100 de la producción total y cera del 75 por 100 de la textil hubieron de destinarse a cubrir las necesidades del ejército y de la guerra. Los transportes, agobiados de trabajo, no daban abasto a la necesidad de combustible y materias primas de las fábricas. La guerra, después de devorar toda la renta nacional líquida, amenazaba con disipar también el capital básico del país.

Los industriales mostrábanse cada vez menos propicios a hacer concesiones a los obreros, y el gobierno seguía contestando a las huelgas, fuesen las que fuesen, con duras represiones. Todo esto empujaba el pensamiento de los obreros y lo hacía remontarse de lo concreto a lo general, de las mejoras económicas a las reivindicaciones políticas: «tenemos que lazarnos a la huelga todos de una vez». Así resurge la idea de la huelga general. La estadística de huelgas acusa de modo insuperable el proceso de radicalización de las masas. En el año 1915, toman parte en las huelgas políticas dos veces y media menos obreros que las puramente económicas. Basta apuntar una sola cifra para poner de relieve el papel desempeñado por Petrogrado en este movimiento: durante los años de la guerra, corresponden a la capital el 72 por 100 de los huelguistas políticos.

En el fuego de la lucha se volatilizan muchas viejas supersticiones. La Ocrana comunica «con harto dolor» que, si se procediera como la ley ordena contra «todos los delitos de injurias insolentes y abiertas a su majestad el zar, el número de procesos seguidos por el artículo 103 alcanzaría cifras inauditas». Sin embargo, la conciencia de las masas no avanza en la misma medida que su propio movimiento. El agobio terrible de la guerra y del desmoronamiento económico del país acelera hasta tal punto el proceso de la lucha, que hasta el momento mismo de la revolución, una gran parte de las masas obreras no ha conseguido emanciparse, por falta material de tiempo, de ciertas ideas y de ciertos prejuicios que les imbuyeran el campo o las familias pequeño burguesas de la ciudad de donde proceden. Este hecho imprime su huella a los primeros meses de la Revolución de Febrero.

A fines de 1916, los precios empiezan a subir vertiginosamente a saltos. A la inflación y a la desorganización de los transportes viene a unirse la gran escasez de mercancías. El consumo de la población se reduce durante este período a más de la mitad. La curva del movimiento obrero sigue ascendiendo bruscamente. Con el mes de octubre, la lucha entra en su fase decisiva. Todas las manifestaciones de descontento se mancomunan: Petrogrado toma carrerilla para lanzarse al salto de Febrero. En todas las fábricas se celebran mítines. Temas: La cuestión de las subsistencias, la carestía de la vida, la guerra, el gobierno. Circulan hojas bolcheviques. Se plantean huelgas políticas. Se improvisan manifestaciones a la salida de las fábricas y talleres. Aquí y allá obsérvanse casos de fraternización de los obreros de las fábricas con los soldados. Estalla una tumultuosa huelga de protesta contra el Consejo de guerra formado a los marinos revolucionarios de la escuadra del Báltico. El embajador francés llama la atención del primer ministro, Sturmer, sobre el hecho de que unos soldados dispararan contra la policía. Sturmer tranquiliza a Paleologue con estas palabras: «La represión será implacable.» En noviembre envían al frente a un grupo numeroso de obreros movilizados en las fábricas de Petrogrado. El año acaba bajo un cielo de tormenta.

Comparando la situación actual con la de 1905, el director del Departamento de policía, Vasiliev, llega a esta conclusión, harto poco tranquilizadora: «Las corrientes de oposición han tomado proporciones excepcionales que no habían alcanzado, ni mucho menos, en aquel turbulento período a que aludimos.» Vasiliev no confía en la lealtad de la guarnición. Ni la misma policía le parece incondicionalmente adicta. La Ocrana denuncia la reaparición de la consigna de huelga general y el peligro de que vuelva a resurgir el terror. Los soldados y oficiales que retornan del frente dicen, refiriéndose a la situación: «¿A qué esperáis? Lo que hay que hacer es acabar de un bayonetazo con esa canalla. Si de nosotros dependiera, no nos pararíamos a pensarlo», y por ahí, adelante.

Schliapnikov miembro del Comité central de los bolcheviques, antiguo obrero metalúrgico, había del estado de nerviosismo en que se encontraban los obreros por aquellos días: «Bastaba con un simple silbido, con un ruido cualquiera, para que los obreros lo interpretasen como señal de parar la fábrica.» Este detalle es interesante como síntoma político y como rasgo sicológico: antes de echarse a la calle, la revolución vibra ya en los nervios.

Las provincias recorren las mismas etapas, sólo que más lentamente. El acentuado carácter de masa del movimiento y su espíritu combativo hacen que el centro de gravedad se desplace de los obreros textiles a los metalúrgicos, de las huelgas económicas a las políticas, de las provincias a Petrogrado. Los dos primeros eses de 1917 arrojan un total de 575.000 huelguistas políticos, la mayor parte de los cuales corresponden a la capital. Pese a la nueva represión descargada por la policía en vísperas del 9 de enero, el aniversario del domingo sangriento, se lanzaron a la huelga en la capital. 150.000 trabajadores. La atmósfera está cargada, los metalúrgicos van en la cabeza, los obreros tienen cada vez más arraigada la sensación de que ya no hay modo de volverse atrás. En cada fábrica se forma un núcleo activo que tiene casi siempre por eje a los bolcheviques. Durante las dos primeras semanas de febrero, las huelgas y los mítines se suceden sin interrupción. La policía, al aparecer el día 8 en la fábrica de Putilov, es recibida con una lluvia de pedazos de hierro y escoria. El 14, día de apertura de las sesiones de la Duma, se ponen en huelga en Petersburgo cerca de noventa mil obreros. También en Moscú paran algunas fábricas. El 16, las autoridades deciden implantar en Petrogrado los bonos de pan. Esta innovación aumentó el nerviosismo de la gente. El 19 se agolpa delante de las tiendas de comestibles una gran muchedumbre, formada principalmente por mujeres, pidiendo a gritos pan. Al día siguiente fueron saqueadas las panaderías en distintos puntos de la ciudad. Eran ya los albores de la insurrección que había de desencadenarse algunos días después.

La intrepidez revolucionaria del proletariado ruso no tenía su raíz exclusivamente en su seno. Ya su misma situación de minoría dentro del país indica que no hubiera podido dar a su movimiento tales proporciones, ni mucho menos ponerse al frente del Estado, si no hubiese encontrado un poderoso punto de apoyo en lo hondo del pueblo. Este punto de apoyo se lo daba la cuestión agraria.

Cuando en 1861 se procedió con gran retraso a emancipar a medias a los campesinos, el nivel de la agricultura rusa era casi el mismo que dos siglos antes. La conservación del viejo fondo de tierras comunales escamoteado a los campesinos en beneficio de la nobleza al implantarse la reforma, agudizaba automáticamente con los métodos arcaicos de cultivo imperantes la crisis de la superpoblación en los centros rurales, que era a la par del cultivo alterno de tres hojas. Los campesinos se sintieron cogidos en una celada, tanto más cuanto que esto no ocurría precisamente en el siglo XVI, sino en el siglo XIX, es decir, bajo un régimen muy avanzado de economía pecuniaria que exigía del viejo arado de madera lo que sólo podía dar de sí el tractor. También aquí volvemos a tropezar con la coincidencia de varias ases distintas del proceso histórico, que dan como resultado una exacerbación extraordinaria de las contradicciones reinantes.

Los eruditos, agrónomos y economistas sostenían que había tierra bastante con tal que se cultive de un modo racional, lo cual equivalía a proponer al campesino que se colocara de un salto en una fase más alta de técnica y de cultivo, pero sin tocar demasiado al terrateniente, al uriadnik (3) ni al zar. Sin embargo, no hay ningún régimen económico, y mucho menos el agrario, que se encuentre entre los más inertes, que se retire de la escena histórica antes de haberse agotado todas sus posibilidades. Antes de verse obligado a pasar a un cultivo más intensivo, el campesino tenía que someter a una última experiencia, para ver lo que daba de sí, su sistema de cultivo alterno en tres hojas. Esta experiencia sólo podía hacerse, evidentemente, a expensas de las tierras de los grandes propietarios. El campesino que se asfixiaba en su pequeña parcela de tierra y que vivía azotado por el doble látigo del mercado y del fisco no tenía más remedio que buscar el modo de deshacerse para siempre del terrateniente.

El total de tierra laborable enclavada dentro de los confines de la Rusia europea se calculaba, en vísperas de la primera revolución, en 280 millones de deciatinas. Las tierrascomunales de los pueblos ascendían a unos 140 millones, los dominios de la Corona a cinco millones, aproximadamente; los de la Iglesia sumaban, sobre poco más o menos, dos millones y medio de deciatinas. De las tierras de propiedad privada, unos 70 millones de deciatinas se distribuían entre 30.000 grandes hacendados, a los que correspondían más de 500 deciatinas por cabeza, es decir, la misma cantidad aproximadamente con que tenían que vivir unos 10 millones de familias campesinas. Esta estadística agraria constituía, ya de por sí, todo un programa de guerra campesina.

La primera revolución no había conseguido acabar con los grandes terratenientes. La masa campesina no se había levantado en bloque ni el movimiento desatado en el campo había coincidido con el de la ciudad; el ejército campesino había vacilado hasta que, por último, suministró las fuerzas necesarias para sofocar el alzamiento de los obreros. Apenas el regimiento de Semionov hubo sofocado la insurrección de Moscú, la monarquía se olvidó de poner la menor cortapisa a las propiedades de los grandes terratenientes ni a sus propios derechos autocráticos.

Sin embargo, la revolución vencida dejó profundas huellas en el campo. El gobierno abolió los antiguos cánones que venían pesando sobre las tierras en concepto de redención y abrió las puertas de Siberia a la colonización. Los terratenientes, alarmados, no sólo hicieron concesiones de monta en lo referente a los arriendos, sino que empezaron a vender una buena parte de sus latifundios. De estos frutos de la revolución se aprovecharon los campesinos más acomodados, los que estaban en condiciones de arrendar y comprar las tierras de los señores.

Fue, sin embargo, la ley de 9 de noviembre de 1906 la reforma más importante implantada por la contrarrevolución triunfante la que abrió más ancho cauce a la formación de una nueva clase de hacendados capitalistas en el seno de la masa campesina. Esta ley, que concedía incluso a pequeñas minorías dentro de los pueblos el derecho a desglosar, contra la voluntad de la mayoría, parcelas pertenecientes a los terrenos de comunas, fue como un obús capitalista disparado contra el régimen comunal. El presidente del Consejo de ministros, Stolipin, definía el carácter de la nueva política campesina emprendida por el gobierno como un «anticipo a los fuertes». Dicho más claramente se trataba de impulsar a los campesinos acomodados a apoderarse de las tierras comunales rescatando mediante compra las parcelas «libres» para convertir a estos nuevos hacendados capitalistas en otras tantas columnas del orden. Pero este objetivo era más fácil de plantear que de conseguir. Aquí, en esta tentativa para suplantar el problema campesino por el problema del kulak (4) fue precisamente donde se estrelló la contrarrevolución.

El 1 de enero de 1916 había dos millones y medio de labradores que tenían adquiridas e inscritas como de su propiedad 17 millones de deciatinas. Otros dos millones pedían que se les adjudicasen 14 millones de deciatinas en el mismo concepto. En apariencia, la reforma había alcanzado un triunfo colosal. Lo malo era que estas propiedades carecían en su mayoría de toda viabilidad y no eran más que materiales para una selección natural. En tanto que los terratenientes más atrasados y los labradores modestos vendían aprisa; unos, sus latifundios, y otros, sus parcelas de tierra, entraba en escena como comprador una nueva burguesía rural. La agricultura pasaba, indudablemente, a una fase de progreso capitalista. En cinco años (1908-1912), la exportación de productos agrícolas subió de 1.000 millones a 1.500 millones de rublos. Esto quería decir que las grandes masas de campesinos se proletarizaban y que los labradores acomodados lanzaban al mercado cantidades de trigo cada vez mayores.

Para suplir el régimen comunal obligatorio desplazado organizóse la cooperación voluntaria que, en el transcurso de pocos años, logró adentrarse bastante en las masas campesinas, y que no tardó en convertirse en un tema de idealismo liberal y democrático. Pero el hecho era que la cooperación no favorecía verdaderamente más que a los campesinos ricos, que era a los que, a fin de cuentas, querían servir. Los intelectuales populistas, al concentrar en la cooperación campesina sus principales esfuerzos, lo que hacían era encarrilar su amor al pueblo por los sólidos raíles de la burguesía. De este modo, se contribuyó muy eficazmente a preparar el bloque el partido «anticapitalista» de los socialrevolucionarios con el partido de los kadetes, capitalista por excelencia.

El liberalismo, guardando una actitud de oposición aparente frente a la política agraria de la reacción, no dejaba de contemplar, esperanzadamente, la destrucción capitalista del régimen comunal. «En los pueblos -escribía el príncipe liberal Trubetskoi- surge una pequeña burguesía potente, tan ajena por su formación y por su espíritu a los ideales de la nobleza como a las quimeras socialistas.»

Pero esta magnífica medalla tenía también su reverso. Del régimen comunal no sólo salió una «potente pequeña burguesía», sin que salieron también sus antípodas. El número de campesinos que habían tenido que vender sus parcela insuficientes llegaba, al comienzo de la guerra, a un millón, y este millón representaba, por lo menos, cinco millones de almas proletarizadas. También formaban un material explosivo bastante considerable los millones de labriegos pauperizados condenados a llevar la vida de hambre que les proporcionaban sus parcelas. Es decir, que se habían trasplantado al campo las mismas contradicciones que tan pronto torcieron en Rusia el desarrollo de la sociedad burguesa en su conjunto. La nueva burguesía agraria destinada a apuntalar las propiedades de los terratenientes más antiguos y poderosos demostró la misma enemiga irreconciliable contra las masas campesinas, que eran la médula del régimen agrario que los viejos terratenientes sentían contra la masa del pueblo. Lejos de brindar un punto de apoyo al orden, la propia burguesía campesina se hallaba necesitada de un orden firme para poder mantener las posiciones conquistadas. En estas condiciones, no tenía nada de sorprendente que la cuestión agraria siguiese siendo el caballo de batalla de todas las Dumas. Todo el mundo tenía la sensación de que la pelota estaba todavía en el tejado. El diputado campesino Petrichenko declaraba en cierta ocasión desde la tribuna de la duma: «Por mucho que discutáis, no seréis capaces de crear otro planeta. Por tanto, no tendréis más remedio que darnos éste.» Y no se crea que este campesino era un bolchevique o un socialrevolucionario; nada de eso, era un diputado monárquico y derechista.

El movimiento agrario remite, igual que el movimiento obrero de huelgas, a fines de 1907, para resurgir parcialmente a partir de 1908 e intensificarse en el transcurso de los años siguientes. Cierto es que ahora la lucha se entabla primordialmente alentada con su cuenta y razón por los reaccionarios en el seno de los propios organismos comunales. Al hacerse el reparto de las tierras comunales fueron frecuentes los choques armados entre los campesinos. Mas no por ello amaina la campaña contra los terratenientes. Los campesinos pegan fuego a las residencias señoriales, a las cosechas, a los pajares, apoderándose de paso de las parcelas desglosadas contra la voluntad de los labriegos del concejo.

En este estado se encontraban las cosas cuando la guerra sorprendió a los campesinos. El gobierno reclutó en las aldeas cerca de 10 millones de hombres y unos dos millones de caballos. Con esto, las haciendas débiles se debilitaron más todavía. Aumentó el número de los labriegos que no sembraban. A los dos años de guerra empezó la crisis del labriego modesto. La hostilidad de los campesinos contra la guerra iba en aumento de mes en mes. En octubre de 1916, las autoridades de la gendarmería de Petrogrado comunicaban que la población del campo no creía ya en el triunfo: según los informes de los agentes de seguros, maestros, comerciantes, etc., «todo el mundo espera con gran impaciencia que esta maldita guerra se acabe de una vez»… Es más: «por todas partes se oye discutir de cuestiones políticas, se votan acuerdos dirigidos contra los terratenientes y los comerciantes, se crean células de diferentes organizaciones… No existe todavía un organismo central unificador; pero hay que suponer que los campesinos acabarán por unirse por medio de las cooperativas, que se extienden por minutos a lo largo de toda Rusia». En estos informes hay cierta exageración; en ciertos respectos, los buenos gendarmes se adelantan a los acontecimientos, pero es evidente que los puntos fundamentales están bien reflejados.

Las clases poseedoras no podían hacerse ilusiones creyendo que los pueblos del campo dejarían de ajustarles las cuentas; pero esperaban salir del paso como fuera, y ahuyentaban las ideas sombrías. Por los días de la guerra, el embajador francés Paleologue, que quería saberlo todo, conversó sobre el particular con el ex ministro de Agricultura Krivoschein; con el presidente de la Duma, Rodzianko, con el gran industrial Putilov y con otros personajes notables. Y he aquí lo que descubrió: para llevar a la práctica una reforma agraria radical se necesitaría un ejército permanente de 300.000 agrimensores que trabajasen incansablemente durante quince años por lo menos: pero como en este plazo de tiempo el número de haciendas crecería a 30 millones, todos los cálculos previos que pudieran hacerse resultarían fallidos. Es decir, que, a juicio de los terratenientes, los altos funcionarios y los banqueros, la reforma agraria venía a ser algo así como la cuadratura del círculo. Excusado es decir que estos escrúpulos matemáticos no rezaban con el campesino, para el cual lo primero y principal era acabar con los señores, y después ya se vería lo que había que hacer.

Si, a pesar de esto, los pueblos se mantuvieron relativamente pacíficos durante la guerra, ello fue debido a que sus fuerzas activas se encontraban en el frente. En las trincheras, los soldados no se olvidaban de la tierra en los momentos que les dejaba libres el pensamiento de la muerte, y sus ideas acerca del porvenir se impregnaban del olor de la pólvora. Pero, así y todo y por muy adiestrados que estuviesen en el manejo de las armas, los campesinos no hubieran hecho nunca por su exclusivo esfuerzo la revolución agrario-democrática, es decir, su propia revolución. Necesitaban una dirección. Por primera vez en la historia del mundo, el campesino iba a encontrar su director y guía en el obrero. En esto es en lo que la revolución rusa se distingue fundamentalmente de cuantas la precedieron.

En Inglaterra, la servidumbre de la gleba desaparición de hecho a fines del siglo XIV; es decir, dos siglos antes de que apareciera y cuatro y medio antes de que fuera abolida en Rusia. La expropiación de las tierras de los campesinos llega, en Inglaterra, a través de la Reforma y de dos revoluciones, hasta el siglo XIX. El desarrollo capitalista, que no se veía forzado desde fuera, dispuso, por tanto, de tiempo suficiente para acabar con la clase campesina independiente mucho antes de que el proletariado naciera a la vida política.

En Francia, la lucha contra el absolutismo de la Corona y la aristocracia y los principios de la Iglesia obligó a la burguesía, representada por sus diferentes capas, a hacer, a finales del siglo XVIII, una revolución agraria radical. La clase campesina independiente salida de esta revolución fue durante mucho tiempo el sostén del orden burgués, y en 1871 ayudó a la burguesía a aplastar a la Comuna de París.

En Alemania, la burguesía reveló su incapacidad para resolver de un modo revolucionario la cuestión agraria, y en 1848 traicionó a los campesinos para pasarse a los terratenientes, del mismo modo que, más de tres siglos antes, Lutero, al estallar la guerra campesina, los había vendido a los príncipes. Por su parte, el proletariado alemán, a mediados del siglo XIX, era demasiado débil para tomar en sus manos la dirección de las masas campesinas. Gracias a esto, el desarrollo capitalista dispuso en Alemania, si no de tanto tiempo como en Inglaterra, del plazo necesario para sostener a su régimen, a la agricultura tal y como había salido de la revolución burguesa parcial.

La reforma campesina realizada en Rusia, en 1861, fue obra de la monarquía burocrática y aristocrática, acuciada por las necesidades de la sociedad burguesa, pero ante la impotencia política más completa de la burguesía. La emancipación campesina tuvo un carácter tal, que la forzada transformación capitalista del país convirtió inexorablemente el problema agrario en problema que sólo podía resolver la revolución. Los burgueses rusos soñaban con un desarrollo agrario de tipo francés, danés o norteamericano, del tipo que se quisiera, con tal de que, naturalmente, no fuera ruso. Sin embargo, no se les ocurría asimilarse la historia francesa o la estructura social norteamericana. En la hora decisiva, los intelectuales demócratas, olvidando su pasado revolucionario, se pusieron al lado de la burguesía liberal y de los terratenientes, volviendo la espalda a la aldea revolucionaria. En estas condiciones, no podía ponerse al frente de la revolución campesina más que la clase obrera.

La ley del desarrollo combinado, propia de los países atrasados -aludiendo, naturalmente, a una peculiar combinación de los elementos retrógrados con los factores más modernos- se nos presenta aquí en su forma más caracterizada, dándonos la clave para resolver el enigma más importante de la revolución rusa. Si la cuestión agraria, herencia de barbarie de la vieja historia rusa, hubiera sido o hubiera podido ser resuelta por la burguesía, el proletariado ruso no habría podido subir al poder, en modo alguno, en el año 1917. Para que naciera el Estado soviético, fue necesario que coincidiesen, se coordinasen y compenetrasen recíprocamente dos factores de naturaleza histórica completamente distinta: la guerra campesina, movimiento característico de los albores del desarrollo burgués, y el alzamiento proletario, el movimiento que señala el ocaso de la sociedad burguesa. Fruto de esta unión fue el año 1917.

1929-1932

https://www.marxists.org/espanol/trotsky/1932/histrev/tomo1/cap_03.htm

Notas

1/ Los datos referentes a los años 1903 y 1904 abarcan todas las huelgas en general, aunque entre ellas predominen, indudablemente, las de carácter económico.

2/ El centro más importante de la producción textil al que, por esta razón, se ha llamado «Manchester ruso». [NDT.]

3/ Agente de la policía rural. [NDT.]

4/ Campesino rico. [NDT.]

 

Bolchevismo y Stalinismo, de León Trotsky

 

La crisis que atraviesa el régimen capitalista en Chile y el mundo ha desatado una, a veces soterrada campaña y en otros momentos abierta campaña en contra del comunismo al que identifican  arbitrariamente  con los fenecidos regímenes burocráticos y totalitarios de la antigua Unión Soviética y del Este de Europa. Nosotros defendemos el comunismo y el socialismo como única alternativa a la barbarie cotidiana que nos ofrece el sistema capitalista. Y lo defendemos no en su negación estalinista, sino en su afirmación bolchevique, revolucionaria. Comprender las causas concretas que condujeron a la degeneración de la Revolución Rusa y de la URSS es fundamental para armar políticamente a la nueva generación de militantes marxistas y comunistas. Sin duda, este texto que ofrecemos de León Trotsky – máximo dirigente de la Revolución Rusa junto con Lenin, y principal oponente a su degeneración burocrática – es uno de los mejores análisis escritos sobre este tema, por lo que recomendamos su lectura y estudio. EP

 

por León Trotsky

Épocas reaccionarias como la actual, no sólo debilitan y desintegran a la clase obrera aislándola de su vanguardia, sino que también rebajan el nivel ideológico general del movimiento, rechazando hacia atrás el pensamiento político, hasta etapas ya superadas desde hace mucho tiempo. En estas condiciones la tarea de la vanguardia consiste, ante todo, en no dejarse sugestionar por el reflujo general: es necesario avanzar contra la corriente. Si las desfavorables relaciones de fuerzas no permiten conservar las antiguas posiciones políticas, por lo menos hay que conservar las posiciones ideológicas, pues la experiencia tan cara del pasado se ha concentrado en ellas. Ante los ojos de los mentecatos, tal política aparece como “sectaria”. En realidad no hace más que preparar un salto gigantesco hacia adelante impulsada por la oleada ascendente del nuevo periodo histórico.

 

REACCIÓN CONTRA EL MARXISMO Y EL COMUNISMO

Las grandes derrotas políticas, provocan inevitablemente una revisión de valores, que en general se lleva a cabo en dos direcciones. Por una parte el pensamiento de la verdadera vanguardia, enriquecido por la experiencia de las derrotas, defiende con uñas y dientes la continuidad del pensamiento revolucionario y se esfuerza en educar nuevos cuadros para los futuros combates de masas. Por otra, el pensamiento de los rutinarios, de los centristas y de los diletantes, atemorizado por las derrotas, tiende a derrocar la autoridad de la tradición revolucionaria y vuelve al pasado con el pretexto de buscar una “nueva verdad”.

 

Se podrían aportar infinidad de ejemplos de reacción ideológica que muy a menudo adopta la forma de postración. En el fondo, toda la literatura de la II y III Internacional y la de sus satélites del Bureau de Londres (1), constituyen ejemplos de este género. Ni un renglón de análisis marxista. Ni una tentativa seria para aclarar las causas de las derrotas. Ni una palabra nueva sobre el porvenir. Solamente clichés, rutina, mentiras y ante todo, preocupaciones para salvar su posición burocrática. Bastan diez líneas de cualquier Hilferding o de Otto Bauer (2), para sentir ya el olor de podredumbre. De los teóricos del “Comintern”(3) es mejor no hablar. El célebre Dimitrov(4) es tan ignorante y trivial como el más simple almacenero. El pensamiento de estas personas es muy perezoso para renegar del marxismo: lo prostituyen. Pero actualmente no son estos señores los que nos interesan. Veamos los “innovadores”.

 

El ex comunista austriaco, Willi Schlamm, ha consagrado un opúsculo a los procesos de Moscú (5) con el expresivo titulo de “Dictadura de la mentira”. Schlamm es un periodista talentoso, cuyo principal interés está dirigido hacia los asuntos de actualidad. Hizo una excelente critica de las falsificaciones de Moscú y puso al desnudo la mecánica psicológica de las “confesiones voluntarias”. Pero como no se da por satisfecho con esto, quiere crear una nueva teoría del socialismo que asegure el porvenir contra las derrotas y las falsificaciones. Como Schlamm no es un teórico y según sus declaraciones está  muy poco familiarizado con la historia del desarrollo del socialismo, creyendo hacer un descubrimiento, presenta un socialismo anterior a Marx, que además de ser una variedad atrasada del socialismo alemán, es dulzón e insulso. Schlamm renuncia a la dialéctica y a la lucha de clases, sin hablar de la dictadura del proletariado. Para él, la tarea de la transformación de la sociedad se reduce a la realización de algunas verdades “eternas” de la moral, con las que se prepara para impregnar a la humanidad desde ahora, bajo el régimen capitalista. La revista de Kerenski(6) “Novaia Rossia” (antigua revista provincial rusa que se publica en París) no solamente adopta con alegría, sino que también con nobleza, la tentativa de Willi Schlamm de salvar el marxismo por medio de una inoculación de linfa moral. Según la justa conclusión de la redacción, Schlamm alcanza los principios del verdadero socialismo ruso, que ya había opuesto con anterioridad a la ruda lucha de clases, los principios sagrados de la fe, la esperanza y el amor.

 

Por cierto, que la doctrina original de los “socialistas-revolucionarios” rusos representa en sus premisas teóricas un retorno al socialismo de la Alemania anterior a Marzo de 1848. Sin embargo, sería demasiado injusto exigir de Kerenski, un conocimiento más profundo de la historia de las ideas del socialismo, que de Schlamm. Mucho más Importante es el hecho de que Kerenski, que ahora se solidariza con Schlamm, fue, como jefe de gobierno, el iniciador de las persecuciones contra los bolcheviques, tratándolos como agentes del Estado Mayor Alemán; es decir, que organizó las mismas falsificaciones para luchar, contra las cuales Schlamm moviliza ahora verdades metafísicas sacadas de los mitos.

 

El mecanismo psicológico de la reacción intelectual de Schlamm y de sus semejantes, es muy simple. Durante algún tiempo estas personas han participado en un movimiento político que juraba por la lucha de clases e invocaba, de palabra, la dialéctica materialista. Tanto en Alemania como en Austria, este movimiento terminó en una catástrofe. Schlamm saca la siguiente conclusión sumaria “¡Ved adónde conducen la lucha de clases y la dialéctica!”. Y como el número de descubrimientos está  limitado por la experiencia histórica… y por la riqueza de los conocimientos personales, nuestro reformador en su búsqueda de una nueva fe, ha encontrado verdades antiguas, desechadas hace tiempo, que opone denodadamente no solamente al bolchevismo, sino también al marxismo.

 

A simple vista, la variedad de reacción ideológica presentada por Schlamm, es tan primitiva (de Marx… a Kerenski) que no vale la pena detenerse en ella. Sin embargo, es extremadamente instructiva: precisamente gracias a su carácter primitivo representa el denominador común de todas las otras formas de reacción, y ante todo el renunciamiento total al bolchevismo.

 

“VUELTA AL MARXISMO”

El marxismo ha encontrado su expresión histórica más grandiosa en el bolchevismo. Bajo la bandera del bolchevismo el proletariado obtuvo su primera victoria y fundó el primer estado obrero.

 

Ninguna fuerza será capaz de borrar estos hechos históricos. Pero, como la revolución de Octubre ha conducido al estado actual, es decir al triunfo de la burocracia, con sus sistemas de opresión, de falsificación y de expoliación -a la dictadura de la mentira- según la justa expresión de Schlamm, numerosos espíritus formalistas y superficiales, se inclinan ante la sumaria conclusión de que es imposible luchar contra el Stalinismo, sin renunciar al bolchevismo. Como ya sabemos, Schlamm va aún más lejos: el Stalinismo, que es la degeneración del bolchevismo, es también un producto del marxismo; en consecuencia, es imposible luchar contra el Stalinismo sin apartarse de las bases del marxismo. Gentes menos consecuentes, pero más numerosas dicen por lo contrario: “hay que volver del bolchevismo al marxismo”. Pero… ¿Por qué camino? ¿A qué marxismo? Antes de que el marxismo “fuese a la bancarrota” en forma de bolchevismo, ya se había hundido bajo la forma de social-democracia. La consigna “volver de nuevo al marxismo” significa dar un salto sobre la II y la III Internacional hacia… ¡la I Internacional! Pero también esta fue derrotada. Resumiendo: se trata de volver en definitiva… a las obras completas de Marx y Engels. Para dar este salto heroico, no hay necesidad de salir del gabinete de trabajo, ni siquiera de quitarse las pantuflas. Pero, ¿cómo pasar de golpe de nuestros clásicos (Marx murió en 1883 y Engels en 1895) a las tareas de la nueva época, dejando de lado la lucha teórica y política de muchas decenas de años, lucha que comprende también el bolchevismo y a la Revolución de Octubre? Ninguno de los que se proponen renunciar al bolchevismo como tendencia históricamente en “bancarrota”, ha indicado nuevos caminos.

 

Para ellos todo se reduce al simple consejo de estudiar EL CAPITAL. Contra esto no tenemos nada que objetar. Pero también los bolcheviques han estudiado EL CAPITAL, y no del todo mal. Sin embargo, eso no impidió la degeneración del Estado Soviético y la “mise en scéne” de los procesos de Moscú. ¿Qué hacer entonces? ¿Es verdad, por lo tanto, que el Stalinismo representa el producto legítimo del bolchevismo, como lo cree toda la reacción, como lo afirma el mismo Stalin, como lo piensan los mencheviques, los anarquistas y algunos doctrinarios de izquierda, que se consideran marxistas? “Siempre lo habíamos predicho -dicen- habiendo comenzado con la prohibición de los distintos partidos socialistas, con el aplastamiento de los anarquistas, estableciéndose la dictadura de los bolcheviques en los soviets, la Revolución de Octubre no podía dejar de conducir a la dictadura de la burocracia. El Stalinismo a la vez es la continuación y la negación del leninismo”

 

¿ES EL BOLCHEVISMO RESPONSABLE DEL STALINISMO?

El error de este razonamiento comienza con la identificación tácita del bolchevismo, de la Revolución de Octubre, y de la Unión Soviética. El proceso histórico, que consiste en la lucha de fuerzas hostiles es reemplazado por la evolución abstracta del bolchevismo. Sin embargo el bolchevismo es solamente una corriente política. Aunque estrechamente ligado a la clase obrera, no se identifica con ella. En la U. R. S. S. además de la clase obrera existen más de cien millones de campesinos de diversas nacionalidades; una herencia de opresión, de miseria y de ignorancia. El Estado creado por los bolcheviques refleja, no solamente el pensamiento y la voluntad de los bolcheviques, sino también el nivel cultural del país, la composición social de la población, la influencia del pasado bárbaro y del imperialismo mundial no menos bárbaro. Representar el proceso de la degeneración del estado soviético como la evolución del bolchevismo puro, es ignorar la realidad social, pues considera uno solo de sus elementos aislándolo de una manera puramente lógica. Basta con llamar este error elemental por su verdadero nombre, para que no quede nada de él.

El mismo bolchevismo jamás se ha identificado con la Revolución de Octubre ni con el Estado Soviético que de ella surgió. El bolchevismo se consideraba como uno de los factores históricos, su factor “consciente”, factor muy importante pero no decisivo. Nunca hemos pecado de subjetivismo histórico.

 

Veíamos el factor decisivo, – sobre la base dada por las fuerzas productivas -, en la lucha de clases, no sólo en escala nacional sino también internacional.

Cuando los bolcheviques hacían concesiones a las tendencias pequeño-burguesas de los campesinos; cuando establecían reglas estrictas para el ingreso al Partido; cuando depuraban este partido de elementos que le eran extraños; cuando prohibían a los otros partidos; cuando introducían la N. E. P.,(7) cuando cedían las empresas en forma de concesiones; o cuando firmaban acuerdos diplomáticos con los gobiernos imperialistas, extraían de este hecho fundamental conclusiones que, desde el comienzo, les eran teóricamente claras: la conquista del poder, por muy importante que sea, no convierte al partido en el dueño todopoderoso del proceso histórico.

Ciertamente, después de haberse apoderado del aparato del Estado, el partido tiene la posibilidad de influenciar con una fuerza sin precedentes, en el desarrollo de la sociedad, pero en cambio es sometido a una acción múltiple por parte de todos los otros elementos de esta sociedad. Puede ser arrojado del poder por los golpes directos de las fuerzas hostiles. Con el ritmo más lento de la evolución, puede degenerar interiormente, aunque se mantenga en el poder. Es precisamente esta dialéctica del proceso histórico, la que no comprenden los razonadores sectarios que tratan de encontrar un argumento definitivo contra el bolchevismo, en la putrefacción de la burocracia Stalinista. En el fondo esos señores dicen: “un Partido revolucionario es malo cuando no lleva en sí mismo garantías contra su degeneración”.

 

Enfocado con un criterio semejante, el bolchevismo está  evidentemente condenado: no posee ningún talismán. Pero ese mismo criterio es falso. El pensamiento científico exige un análisis concreto: ¿Como y por qué el partido se ha descompuesto?, hasta ahora nadie ha hecho este análisis fuera de los bolcheviques. No por eso han tenido necesidad de romper con el bolchevismo. Por el contrario, es en el arsenal del bolchevismo donde han encontrado todo lo necesario para explicar su destino. La conclusión a la cual llegamos es la siguiente: evidentemente el Stalinismo ha “surgido” del bolchevismo; pero no surgió de una manera lógica, sino dialéctica; no como su afirmación revolucionaria, sino como su negación termidoriana. Que no es una misma cosa.

 

EL PRONOSTICO FUNDAMENTAL DEL BOLCHEVISMO

Sin embargo, los bolcheviques no han tenido necesidad de esperar los procesos de Moscú, para explicar a posteriori las causas de la descomposición del partido dirigente de la U. R. S. S. Hace mucho tiempo que habían previsto la posibilidad teórica de una variante semejante en su evolución, y de antemano se habían expresado sobre ella. Recordemos el pronóstico que habían hecho los bolcheviques no solamente en vísperas de la Revolución de Octubre, sino también un buen número de años antes. La agrupación fundamental de las fuerzas, a escala nacional e internacional, abre por primera vez para el proletariado de un país tan atrasado como Rusia, la posibilidad de llegar a la conquista del poder. Pero ese mismo agrupamiento de fuerzas permite asegurar de antemano, que sin la victoria más o menos rápida del proletariado de los países adelantados, el Estado obrero no podría  mantenerse en Rusia. El régimen soviético abandonado a sus propias fuerzas, caerá  o degenerará. Más exactamente: primero degenerará y luego caerá  rápidamente. He tenido oportunidad de escribir sobre esto, más de una vez, desde 1905. En mi “Historia de la Revolución Rusa” (apéndice al ultimo tomo, “Socialismo en un solo país” ) hay una reseña de lo que han dicho a este respecto los jefes del bolchevismo desde 1917 hasta 1923. Todo se reduce a una sola cosa: sin revolución en Occidente el bolchevismo será  liquidado por la contra-revolución interna; por la intervención extranjera, o por su combinación. En particular, Lenin ha indicado más de una vez, que la burocratización del régimen soviético no es una cuestión técnica o de organización, sino que es el comienzo de una posible degeneración social del Estado Obrero. En el XI Congreso del partido, en Marzo de 1922, Lenin habla del “apoyo” que estaban decididos a ofrecer a la Rusia Soviética durante la época de la N. E. P., algunos políticos burgueses y en particular el profesor liberal Oustrialov. “Estoy por el sostenimiento del gobierno soviético en Rusia -dijo- aunque sea un cadete, un burgués que ha sostenido la intervención… porque ha entrado en el camino del poder burgués ordinario”. Lenin prefiere la voz cínica del enemigo a los “dulces arrullos comunistas”, y ha advertido al partido de ese peligro con estas palabras de ruda sobriedad: “Cosas como las que dice Oustrialov son posibles, hay que confesarlo. La historia conoce transformaciones de toda índole; apoyarse en la convicción, la devoción y otras excelentes cualidades morales, es una cosa nada seria en política. Excelentes cualidades morales existen en un número ínfimo de personas, pero son las grandes masas las que deciden los desenlaces históricos, masas que tratan con poca benevolencia a ese escaso número de personas, si éstas le son poco gratas”. En una palabra, el partido no es el único factor de la evolución y, en una gran escala histórica, no es un factor decisivo.

 

“Sucede que una nación conquista a otra – continúa Lenin en el mismo Congreso, el ultimo en que participó -, esto es muy simple y comprensible a cualquiera. ¿Pero qué sucede con la civilización de esos países? Esto ya no es tan simple. Si la nación que ha hecho la conquista tiene una civilización superior a la nación vencida, aquélla le impone su civilización; pero si sucede lo contrario, la nación vencida le impone la suya a la nación conquistadora. ¿No ha pasado algo semejante en la capital de la República Socialista Federativa de Rusia, y no sucedió que 4.700 comunistas (casi toda una división de la mejor entre las mejores) se han visto sometidos a una civilización extranjera?”. Esto fue dicho al comienzo de 1922, y no por primera vez. La historia no la hacen algunos hombres, -aunque sean “los mejores entre los mejores”, y más aún, esos “mejores” pueden degenerar en el sentido de una civilización “extranjera”, es decir, burguesa. No solamente el Estado Soviético puede alejarse del camino socialista, sino que también el partido bolchevique puede, en condiciones históricas desfavorables, perder su bolchevismo.

 

Es con la clara comprensión de este peligro, que nació la oposición de izquierda, definitivamente formada en 1923. Registrando diariamente los síntomas de degeneración, se esforzó por oponer al termidor amenazante la voluntad consciente de la vanguardia proletaria. Sin embargo, ese factor subjetivo resultó insuficiente. Las “masas gigantescas” que, según Lenin, deciden los desenlaces de la lucha, estaban cansadas por las privaciones propias del país y por una espera demasiado prolongada de la revolución mundial. Las masas perdieron la energía. La burocracia adquirió ventajas. Dominó a la vanguardia proletaria, pisoteó el marxismo, prostituyó al partido bolchevique. El Stalinismo resultó victorioso. Bajo la forma de oposición de izquierda, el bolchevismo rompió con la burocracia soviética y con su Comintern. Tal es la verdadera marcha de la evolución.

 

Ciertamente, en un sentido formal, el Stalinismo surgió del bolchevismo. Aún hoy, la burocracia de Moscú continúa llamándose partido bolchevique. Si utiliza la antigua etiqueta del bolchevismo lo hace simplemente para engañar mejor a las masas. Tanto más lastimosos son los teóricos que toman la cáscara por el carozo, la apariencia por la realidad. Identificando el Stalinismo con el bolchevismo prestan el mejor favor a los termidorianos y, por lo mismo, representan un papel manifiestamente reaccionario.

Con la eliminación de todos los otros partidos de la arena política, los intereses – y las tendencias contradictorias de las diversas capas de la población deben, en mayor o menor grado, encontrar su expresión dentro del partido dirigente, A medida que el centro de gravedad político, se desplazaba de la vanguardia proletaria, hacia la burocracia, el partido se modificaba, tanto en su composición social como en su ideología. Gracias a la marcha impetuosa de la evolución en el curso de los últimos quince años, ha sufrido una degeneración más radical que la social-democracia durante medio siglo. La depuración actual traza entre el Stalinismo y el bolchevismo no una simple raya sangrienta, sino todo un río de sangre.

 

La exterminación de toda la vieja generación bolchevique, de una gran parte de la generación ¡intermedia que había participado en la guerra civil, y también de una parte de la juventud que había tomado más en serio las tradiciones bolcheviques, de muestra la incompatibilidad no solamente política si no también directamente física, entre el bolchevismo y el Stalinismo. ¿Como es posible que no se vea esto?

 

STALINISMO Y “SOCIALISMO DE ESTADO”

Los anarquistas, por su parte, tratan de ver en el Stalinismo, además del producto orgánico del bolchevismo y del marxismo, el del “socialismo de estado” en general. Ellos consienten en reemplazar la patriarcal “federación de comunas libres” de Bakunin, por una federación más moderna de Soviets libres. Pero, ante todo, se oponen al estado centralizado. En efecto, una rama del marxismo “de estado”, la social-democracia, una vez llegada al poder se ha convertido en una agencia declarada del capital. Otra, ha engendrado una nueva casta de privilegiados. Y claro, el origen del mal está  en el Estado. Considerando esto con amplio criterio histórico, se puede encontrar una pizca de verdad en este razonamiento. El Estado, en tanto que aparato de opresión, es incontestablemente, una fuente de infección política y moral. Como la experiencia lo demuestra, esto es aplicable también al Estado Obrero. En consecuencia, se puede decir que el Stalinismo es el producto de una etapa histórica, en que la sociedad no ha podido arrancarse aún el chaleco de fuerza del Estado. Pero esta situación no nos da ningún elemento que permita apreciar el bolchevismo o el marxismo, sino que sólo caracteriza el nivel general de la civilización humana, y, ante todo, la relación de fuerzas entre el proletariado y la burguesía. Después de ponernos de acuerdo con los anarquistas en que el Estado, aun el Estado Obrero, está engendrado por la lucha de clases y de que la verdadera historia de la humanidad comenzará con la abolición del estado; queda planteado ante nosotros el siguiente problema: ¿Cuáles son los caminos y los métodos capaces de conducirnos “al fin de los fines” a la abolición del Estado? La experiencia reciente testimonia de que en todo caso no son los métodos del anarquismo. Los jefes de la C. N. T.(8) española, la única organización anarquista importante en el mundo, en la hora critica se han transformado en ministros de la burguesía. Ellos explican su abierta traición a la teoría del anarquismo, por la presión de las “circunstancias excepcionales” ¿Pero no es éste el mismo argumento que emplearon a su tiempo los jefes de la social-democracia alemana? Por cierto que la guerra civil no es una circunstancia pacífica y ordinaria, sino más bien una “circunstancia excepcional”. Pero, es precisamente para esas “circunstancias excepcionales” que se prepara toda organización revolucionaria seria.

 

La experiencia española ha demostrado, una vez más, que se puede “negar” el estado en los folletos editados en “circunstancias normales” y con permiso del estado burgués: pero también ha demostrado, que las condiciones de la revolución no dejan ningún lugar para la negación del estado y que además exigen su conquista. No tenemos la intención de acusar a los anarquistas españoles de no haber liquidado el Estado de un plumazo. Un partido revolucionario aún habiéndose apoderado del poder (lo que los jefes anarquistas no han sabido hacer a pesar del heroísmo de los obreros anarquistas), no es todavía el dueño todopoderoso de la sociedad. Si acusamos tan  ásperamente a la teoría anarquista, lo hacemos porque habiéndose considerado conveniente para un periodo pacifico, se ha tenido que renunciar a ella apresuradamente, desde que aparecieron las “circunstancias excepcionales”… de la revolución. Antiguamente se encontraban generales – y se encuentran sin duda todavía – que pensaban que lo que más echaba a perder un ejército era la guerra. Los revolucionarios que se lamentan de que la revolución da al traste con su doctrina no valen mucho más que aquéllos. Los marxistas y los anarquistas están plenamente de acuerdo, en cuanto al objetivo final, es decir, con la liquidación del estado. El marxismo permanece “estadual” únicamente en la medida en que la liquidación del estado no puede esperarse por el simple hecho de contentarse con ignorar su existencia. La experiencia del Stalinismo no modifica en nada la enseñanza del marxismo, sino que la confirma, por el método inverso. Una doctrina revolucionaria que enseña al proletariado a orientarse correctamente en una situación determinada y a utilizarla activamente, no encierra en sí, -hay que entenderlo bien-, la garantía automática de la victoria. Pero, por el contrario, la victoria no es posible sino gracias a esa doctrina. Además, es imposible representarse esta victoria en forma de un acto único. Es necesario considerar el asunto teniendo en perspectiva una extensa época. El primer estado obrero, descansando sobre una base económica poco desarrollada – rodeado de un anillo imperialista – se ha transformado en gendarmería del Stalinismo. Pero el verdadero bolchevismo ha declarado una guerra sin tregua a esa gendarmería. Para mantenerse, el Stalinismo está obligado a llevar ahora abiertamente una “guerra civil” contra el bolchevismo calificado de “trotskismo”, no solamente en la U. R. S. S., sino también en España. El viejo partido bolchevique está  muerto, pero el bolchevismo por todas partes levanta la cabeza.

 

Buscar el origen del Stalinismo en el bolchevismo o en el marxismo, es exactamente la misma cosa, en un sentido más general, que querer buscar el origen de la contrarrevolución en la revolución. Sobre este esquema se ha modelado siempre el pensamiento de los liberal-conservadores y tras ellos el de los reformistas. A causa de la estructura de la sociedad basada en clases, las revoluciones siempre han engendrado las contra-revoluciones. ¿Esto no nos demuestra -pregunta el razonador- que el método revolucionario encierra algún vicio interno? Sin embargo, hasta ahora, ni los reformistas ni los liberales, han inventado métodos “más económicos”. Pero, si no es fácil interpretar todo un proceso histórico viviente, no es por el contrario, nada difícil interpretar de una manera racionalista, la sucesión de sus etapas, haciendo proceder lógicamente el Stalinismo del “socialismo de estado-“; el fascismo del marxismo: la reacción de la revolución. En una palabra: la antítesis de la tesis. En este dominio como en tantos otros, el pensamiento anarquista queda prisionero del racionalismo liberal. El verdadero pensamiento revolucionario, es imposible sin la dialéctica.

 

Los argumentos de los racionalistas toman a veces, por lo menos exteriormente, un carácter más concreto. Para ellos el Stalinismo no procede del bolchevismo en sí, sino de sus pecados políticos. Los bolcheviques, dicen los espartaquistas alemanes, Gorter, Panneckoek,(9) etc., han reemplazado la dictadura del partido por la de la burocracia. Los bolcheviques han aniquilado todos los partidos salvo el suyo; Stalin ha estrangulado al partido bolchevique en interés de la camarilla bonapartista. Los bolcheviques llegaron a un acuerdo con la burguesía; Stalin se convirtió en su aliado y sostén. Los bolcheviques han reconocido la necesidad de participar en los viejos sindicatos y en el parlamento burgués; Stalin ha hecho amistad con la burocracia sindical y con la democracia burguesa. De esta manera se puede seguir razonando todo el tiempo que se quiera. A pesar del efecto que estos razonamientos puedan producir exteriormente, son absolutamente vacíos. El proletariado sólo puede llegar al poder por intermedio de su vanguardia. La misma necesidad de un poder estadual deriva del insuficiente nivel cultural de- las masas y de su heterogeneidad. La tendencia de las masas hacia su liberación cristaliza en la vanguardia revolucionaria organizada en partido. Sin la confianza de la clase en su vanguardia, y sin el apoyo de ésta por aquélla, ni siquiera puede plantearse la conquista del poder. Es en este sentido que la revolución proletaria y la dictadura constituyen el objetivo de toda la clase, pero solamente bajo la dirección de su vanguardia. Los Soviets son la forma organizada de la alianza de la vanguardia con la clase. El contenido revolucionario de esta alianza no puede estar dado más que por el partido. Esto está demostrado por la experiencia positiva de la Revolución de Octubre y por la experiencia negativa de otros países (Alemania, Austria y últimamente España).

 

Nadie ha demostrado prácticamente, ni siquiera ha tratado de explicar en forma precisa sobre el papel, de cómo el proletariado puede apoderarse del poder sin la dirección política de un partido, que sabe lo que quiere. Si este partido somete a los soviets a su acción política, este hecho cambia tan poco el sistema soviético, como cambiaría una mayoría conservadora el sistema parlamentario británico. En cuanto a la supresión de los demás partidos soviéticos, no deriva de ninguna “teoría” bolchevique, sino que fue una medida de defensa de la dictadura en un país atrasado, agotado y rodeado de enemigos. Los mismos bolcheviques comprendieron desde un comienzo, que esta medida, completada con la supresión de las fracciones en el interior del mismo partido dirigente, encerraba un grave peligro. Sin embargo, la fuente del peligro no estaba en la doctrina o en la táctica, sino en la debilidad material de la dictadura, en las dificultades de la situación interior y exterior.

 

Si la revolución hubiera triunfado también en Alemania habría desaparecido la necesidad de prohibir a los otros partidos soviéticos. Es absolutamente indiscutible, que la dominación de un solo partido sirvió jurídicamente de punto de partida del régimen totalitario Stalinista. Pero la causa de tal evolución no está  en el bolchevismo, ni tampoco en la prohibición de los otros partidos, como medida militar temporal, sino en la serie de derrotas que sufrió el proletariado de Europa y Asia.

Sucedió lo mismo en la lucha contra el anarquismo. En la época heroica de la revolución, los bolcheviques marcharon juntos con los anarquistas verdaderamente revolucionarios. Muchos de ellos fueron absorbidos por el partido. Más de una vez el autor de estas líneas examinó con Lenin la posibilidad de dejar a los anarquistas algunos territorios para que allí aplicaran, con el consentimiento de la población, sus experiencias de supresión inmediata del Estado.

 

Pero las condiciones de la guerra civil, del bloqueo y del hambre. no permitieron la aplicación de semejantes planes. ¿Y la insurrección de Kronstadt?(10). Hay que comprender que el gobierno revolucionario no podía “regalarles” a los marinos revolucionarios una fortaleza que dominaba la capital, por el solo hecho de que a la rebelión reaccionaria de los soldados campesinos se les unieran algunos anarquistas dudosos. El análisis histórico concreto de los acontecimientos, no deja ningún lugar para las leyendas que la ignorancia y el sentimentalismo crearon alrededor de Kronstad, Majno (11) y otros episodios de la revolución.

 

Es indudable también que la burocracia surgida de la revolución ha monopolizado en sus manos el sistema de coerción. Cada etapa de la evolución, aun cuando ellas sean tan catastróficas, como la revolución y la contra-revolución, se origina en la etapa precedente, tiene en ella sus raíces y conserva algunos de sus rasgos. Los liberales, incluso la pareja Webb (12), siempre afirmaron que la dictadura bolchevique representa solamente una nueva edición del zarismo. Por eso cierran los ojos ante detalles tales como la abolición de la monarquía y la nobleza, la entrega de la tierra a los campesinos, la expropiación del capital, la introducción de la economía planificada, la educación atea, etc… También el pensamiento liberal-anarquista cierra los ojos ante el hecho de que la revolución bolchevique, con todas las medidas de represión, significaba la subversión de las relaciones sociales en interés de las masas, mientras que el golpe de estado termidoriano de Stalin, lleva en si el reagrupamiento de la sociedad soviética en beneficio de una minoría privilegiada. Está  claro que en la identificación del Stalinismo con el bolchevismo no hay ni rastros de criterio socialista.

 

PROBLEMAS TEÓRICOS

Uno de los principales rasgos del bolchevismo es su posición inflexible y aún puntillosa, frente a los problemas doctrinarios. Los 27 tomos de Lenin permanecerán siempre como ejemplo de una actitud escrupulosisima hacia la teoría. El bolchevismo jamás habría cumplido su misión histórica si careciese de esta cualidad fundamental. El Stalinismo grosero, ignorante y absolutamente empírico, presenta bajo este mismo aspecto el reverso del bolchevismo.

 

Hace más de 10 años que la oposición lo declaraba en su plataforma: “Después de la muerte de Lenin, se creó toda una serie de nuevas “teorías” con el solo objeto de justificar “teóricamente” la desviación del grupo Stalinista del camino de la revolución proletaria internacional”. El socialista americano Liston Oak, que ha participado de cerca en la revolución española, ha escrito últimamente: “De hecho los revisionistas más extremos de Marx y de Lenin, son ahora los stalinistas. El mismo Bernstein (13) no osó hacer ni la mitad del camino que hizo Stalin en la revisión de Marx”. Es absolutamente cierto. Es necesario agregar solamente que en Bernstein había realmente necesidades teóricas: trataba concienzudamente de establecer una armonía entre la práctica reformista de la social-democracia y su programa. La burocracia Stalinista además de no tener nada de común con el marxismo, es también extraña a toda doctrina, programa o sistema. Su “ideología” está impregnada de un subjetivismo absolutamente policial; su práctica, de un empirismo de la más pura violencia. En el fondo los intereses de la casta de los usurpadores, es hostil a la teoría: no puede dar cuenta a sí misma ni a nadie de su papel social. Stalin revisa a Marx y a Lenin, no con la pluma de los teóricos, sino con las botas de la G. P. U.

 

PROBLEMAS MORALES

Los fanfarrones insignificantes, a quienes el bolchevismo les ha arrancado sus caretas, tienen la costumbre de lamentarse de la “amoralidad del bolchevismo”. En el ambiente pequeño-burgués de intelectuales, demócratas, “socialistas”, literatos, parlamentarios y otras gentes de la misma laya, existen valores convencionales o un lenguaje convencional para cubrir la ausencia de verdaderos valores. Esta amplia y abigarrada sociedad donde reina una complicidad reciproca – “¡vive y deja vivir a los demás!” – no soporta en su piel sensible, el contacto de la lanceta marxista. Los teóricos que oscilan entre los dos campos, los escritores y los moralistas, pensaban y piensan que los bolcheviques exageran con mala intención los desacuerdos, son incapaces de una colaboración “leal” y que por sus intrigas rompieron la unidad del movimiento obrero. El centrista sensible y susceptible cree, ante todo, que los bolcheviques “calumnian”, porque éstos llevan su pensamiento hasta las ultimas consecuencias, lo que ellos son incapaces de hacer. Sin embargo, sólo con esa preciosa cualidad de ser intolerante para todo lo que es híbrido y evasivo, se puede educar a un partido revolucionario para que las “circunstancias excepcionales” no lo sorprendan de improviso.

 

La moral de todo partido deriva en el fondo, de los intereses históricos que representa. La moral del bolchevismo, que contiene la devoción, el desinterés, el valor, el desprecio por todo lo falso y vano ¡las mejores cualidades de la naturaleza humana!- deriva de su intransigencia revolucionaria puesta al servicio de los oprimidos. En este sentido, también la burocracia Stalinista imita las palabras y los gestos del bolchevismo. Mas, cuando la “intransigencia”, y la “inflexibilidad” se cumple por intermedio de un aparato policial que está  al servicio de una minoría privilegiada, esas cualidades se transforman en una fuente de desmoralización y de gangsterismo. Inspiran solamente desprecio los que identifican el heroísmo revolucionario de los bolcheviques con el cinismo burocrático de los termidorianos.

 

Aun hoy, a pesar de los dramáticos acontecimientos del último periodo, el mediocre filisteo continúa creyendo que la lucha entre bolchevismo (trotskismo) y el Stalinismo, es un conflicto de ambiciones personales, o en el mejor de los casos, una lucha entre dos “tendencias” del bolchevismo. La expresión más cruda de este punto de vista es la de Norman Thomas, líder del partido socialista americano. “No hay razón para creer – escribe en el Socialist Review de Septiembre de 1937, página 6 – que si Trotsky hubiese estado en lugar de Stalin habrían terminando las intrigas, el complot y el terror de Rusia”. Y este hombre se cree… marxista.

 

Con el mismo fundamento se podría decir: “No hay razón para creer que si en lugar de Pío XI se encontrara en el trono de Roma, Norman 1º, la Iglesia Católica se transformaría en un reducto socialista”. Thomas no comprende que se trata no de un match entre Stalin y Trotsky, sino de un antagonismo entre la burocracia y el proletariado. Por cierto que en la U. R. S. S. la capa dirigente está obligada a adaptarse a la herencia revolucionaria que aún no está completamente liquidada, preparando al mismo tiempo un cambio en el régimen social, por medio de una guerra civil declarada (“depuración” sangrienta, exterminación en masa de los descontentos). Pero en España la camarilla Stalinista se presenta desde hoy abiertamente como el refugio del orden burgués contra el socialismo. La lucha contra la burocracia bonapartista se transforma, ante nuestros ojos, en lucha de clases: dos mundos, dos programas, dos morales. Si Thomas piensa -que la victoria del proletariado socialista sobre la casta abyecta de los opresores no regenerara  política y moralmente el régimen soviético, demuestra con ello que a pesar de todas sus reservas, sus tergiversaciones y sus piadosos suspiros se encuentra mucho más cerca de la burocracia Stalinista que de los obreros revolucionarios. Al igual que aquéllos que denuncian la “inmoralidad” de los bolcheviques, Thomas es simplemente un advenedizo de la moral revolucionaria.

 

LAS TRADICIONES DEL BOLCHEVISMO Y LA IV INTERNACIONAL

Para los “izquierdistas” que ignorando el bolchevismo tratan de “volver” al marxismo, todo se reduce simplemente a algunos remedios aislados: boicotear los antiguos sindicatos, boicotear el parlamento, crear “verdaderos” soviets. Todo eso podía parecer extraordinariamente profundo en la fiebre de los primeros días que siguieron a la guerra. Pero hoy, a la luz de la experiencia sufrida, estas “enfermedades infantiles” han perdido todo interés aun en su carácter de curiosidades. Los holandeses Gorter y Panneckoek, los “espartaquistas” alemanes y los bordighistas italianos(14), han manifestado su independencia con respecto al bolchevismo, oponiendo a sus rasgos uno de los suyos artificialmente agrandados. De esas tendencias de “izquierda” no queda nada, práctica ni teóricamente: prueba directa, pero importante, de que para nuestra época, el bolchevismo es la única forma del marxismo.

 

El partido bolchevique ha demostrado, en la acción, la combinación de suprema audacia revolucionaria y de realismo político. Por primera vez ha establecido entre la vanguardia y la clase la única relación capaz de asegurar la victoria. La experiencia ha demostrado que la unión del proletariado con las masas oprimidas de la pequeña burguesía de las ciudades y de los campos, es posible únicamente con la derrota política de los partidos tradicionales de la pequeña burguesía. El partido bolchevique ha enseñado al mundo entero cómo se realiza la insurrección armada y la toma del poder. Los que oponen una abstracción de soviets, a la dictadura del partido, deberían comprender que únicamente gracias a la dirección de los bolcheviques, los soviets se elevaron del pantano reformista al papel de órganos del Estado proletario. En la guerra civil, el partido bolchevique ha realizado una justa combinación del arte militar con la política marxista. Aunque la burocracia Stalinista consiguiera arruinar las bases económicas de la nueva sociedad, la experiencia de la economía planificada, realizada bajo la dirección del partido bolchevique, quedará  para siempre en la historia como una escuela superior para toda la humanidad. Únicamente no ven todo esto los sectarios, que ofendidos por los golpes recibidos, han vuelto la espalda al proceso histórico.

 

Pero esto no es todo. El partido bolchevique ha podido hacer un trabajo “práctico” tan grandioso, únicamente porque todos sus pasos estaban iluminados por la luz de la teoría. El bolchevismo no la ha creado: Ha sido dada por el marxismo. Pero el marxismo es la teoría del movimiento y no del reposo -y solamente acciones realizadas en una escala histórica grandiosa, podían enriquecer la teoría. Por el análisis de la época imperialista como época de guerras y de revolución; de la democracia burguesa en el periodo de decadencia del capitalismo; de la relación entre la huelga general y la insurrección; del papel del partido, de los soviets y de los sindicatos en la época de la revolución proletaria; de la teoría del estado soviético; de la economía de transición; del fascismo y del bonapartismo a la época de descomposición capitalista; en fin, por su análisis de la degeneración del mismo partido bolchevique y del estado soviético, el bolchevismo ha aportado al marxismo una contribución preciosa. Que se nos nombre otra tendencia que haya agregado algo esencial a las conclusiones y a las generalizaciones del bolchevismo. Vandervelde, De Brouckere, Hilferding, Otto Bauer, León Blum, Ziromsky, etc. sin hablar del mayor Attleey y de Norman Thomas(15) viven teórica y políticamente de las reliquias del pasado. La degeneración del Comintern se expresa en la forma más brutal en el hecho de que ha caído teóricamente al nivel de la II Internacional. Los grupos intermediarios de toda ¡índole (Independent Labour Party de Inglaterra, el P. 0. U. M.(16) y sus semejantes) vuelven a adaptar semanalmente, para sus necesidades del momento las migajas de Marx y de Lenin. Los obreros no aprenderán nada entre esta gente.

 

Solamente los constructores de la IV Internacional(17), al adoptar las tradiciones de Lenin y de Marx, han tomado una actitud seria con respecto a la teoría. Que los filisteos se burlen porque veinte años después de la Revolución de Octubre, los revolucionarios se han visto reducidos a las tareas de una modesta preparación de propaganda.

En este aspecto como en otros, el gran capital es mucho más perspicaz que los filisteos pequeño burgueses que se consideran “socialistas” o “comunistas”. No es por nada que la cuestión de la IV Internacional no desaparece de las columnas de la prensa mundial. La imperiosa necesidad histórica de una dirección revolucionaria, asegura a la IV Internacional ritmos excepcionalmente rápidos en su desarrollo. El hecho de que no se ha formado fuera del gran camino de la historia, sino que ha surgido orgánicamente del bolchevismo, es la garantía más importante de sus éxitos futuros.

 

LEON TROSTKY

Agosto de 1937

 

N 0 T A S

(1) El Bureau de Londres reunía a pequeñas organizaciones socialistas que oscilaban entre el reformismo y el marxismo revolucionario. La más importante era el Independent Labour Party.

(2) Políticos socialdemócratas al es.

(3) Denominación de la 3.a Internacional.

(4) Dirigente staliniano búlgaro que fue presidente de la 3ª. Internacional y procesado por Hltler a raíz de­ Incendio del Reischtag.

(5) Procesos judiciales seguidos por Stalin contra los oposicionistas y que significaron la liquidación de toda la vieja guardia bolchevique y su fusilamiento.

(6) Político ruso social revolucionario, que ocupara la presidencia del gobierno después de la revolución de Febrero de 1917.

(7) Nueva Política Económica. Cambio en la orientación económica de los Soviets, después de la Guerra Civil y propiciada por Lenin.

(8) Confederación Nacional de Trabajadores. o central sindical español de orientación anarquista.

(9) Críticos revisionistas del Leninismo.

(10) Fortaleza en Petrogrado, donde se insurreccionaron los marineros durante la guerra civil en Rusia,

(11) Guerrillero campesino que luchó contra los soviets, de orientación anarquista.

(12) Socialistas ingleses, pertenecientes a la Asociación Fabiana.

(13) Teórico socialdemócrata alemán, figura ‘Principal del revisionismo.

(14) Corriente Izquierdista del comunismo italiano.

(15) Dirigentes socialdemócratas de la 2.a Internacional.

(16) Partido Obrero de Unificación Marxista, organización centrista cuya fuerza principal estaba en Barcelona. Reprimida violentamente por el Stalinismo durante la guerra civil española.

(17) Cuarta Internacional, Partido Mundial de la Revolución socialista, fundada por Trotsky en 1938, que defiende las Ideas de la Revolución Proletaria.

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