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Es hora que Construyamos una Fuerza de Trabajadores, nuestra propia representación político social

por Patricio Guzmán//

La casta política, y la élite empresarial están profundamente desprestigiadas. Las instituciones están deslegitimadas, eso es lo que explica los ejercicios desde el gobierno de pirotecnia constitucional no convocante, el “proceso constituyente”, al tiempo que se asegura que no habría una Asamblea Constituyente, pero también explica el fracaso que cosechó con muy baja participación ciudadana. El 40% de abstención electoral y las dificultades de los grandes aparatos políticos – a lo que no les faltan los recursos – para cumplir con la ley de refichaje que ellos mismos aprobaron en el congreso nos hablan de una desafección profunda de la gente. Seguir leyendo Es hora que Construyamos una Fuerza de Trabajadores, nuestra propia representación político social

Elección de asamblea constituyente en Venezuela se realiza en medio de amenazas estadounidenses y violencia

por Andrea Lobo//

El gobierno de Nicolás Maduro y el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) consumó la elección de los 545 miembros de la asamblea constituyente el domingo mediante el despliegue de 230 000 soldados y milicianos bolivaristas alrededor del país, en medio de amplios brotes de violencia, el asesinato de líderes tanto del gobierno como la oposición y una escalada de amenazas de EE. UU.
Los primeros reportes de la prensa indican que la participación en el balotaje fue baja, incluso en los barrios pobres menos afectados por las protestas que alguna vez fueron la principal base de apoyo del PSUV. Una encuesta publicada el viernes por Datanálisis indica que el 75 por ciento de los venezolanos no considera que sea necesaria una nueva constitución, mientras que más del 80 por ciento rechaza la gestión de Maduro.
El principal objetivo de la votación es aislar y potencialmente disolver la Asamblea Nacional que controla la oposición. De acuerdo con el Consejo Nacional Electoral (CNE) oficialista, la constituyente tendrá la potestad completa de modificar cualquier constitución existente y crear un nuevo marco legal. El nuevo órgano legislativo se reunirá esta semana después de que se presenten los resultados.
El preludio al voto del domingo involucró cuatro meses de intentos cada vez más agresivos del gobierno del PSUV, por un lado, y la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) de derecha y respaldada por EE. UU. para intentar marginar al lado opositor y obtener un mayor control del Estado. La encarnizada disputa entre ambos sectores de la burguesía venezolana sucede en el contexto de una inmensa oposición social de los trabajadores y la juventud. El hambre, la hiperinflación y el desempleo son generalizados, mientras que la mayoría de los trabajadores no tiene acceso a servicios básicos. Ambos, el PSUV y la MUD, temen el estallido de un levantamiento de masas que ninguno de los dos pueda controlar.
A pesar de la amplia oposición al gobierno, la MUD no ha logrado conseguir un apoyo consistente fuera de la clase media-alta y algunos sectores estudiantiles debido a su programa manifiestamente proimperialista y corporativista. Desde que ganó una mayoría en la Asamblea Nacional en el 2015, ha apelado a sectores de las fuerzas armadas y a Washington para menoscabar el gobierno de Maduro.
La MUD boicoteó las elecciones, no presentó candidatos y llamó a sus partidarios a bloquear las principales avenidas e interrumpir el voto. El gobierno de Trump y otros como el de México, Colombia y Panamá han anunciado que no reconocerán la constituyente.
Esperando poder instalar un gobierno que le permita a las corporaciones estadounidenses explotar de forma irrestricta los recursos energéticos de Venezuela, los cuales ya componen el diez por ciento de las importaciones de petróleo de EE. UU., el vicepresidente Mike Pence llamó por teléfono al Leopoldo López, el ultraderechista líder de la MUD, para prometerle que Washington tomaría “acciones económicas fuertes e inmediatas” de llevarse a cabo el voto del domingo. Algunas secciones de la cúpula de política exterior estadounidense han presionado al gobierno de Trump para imponer sanciones a las exportaciones de petróleo de Venezuela.
La titular diplomática de la Unión Europea, Federica Mogherini, exigió “medidas urgentes” para reanudar el diálogo con la oposición, advirtiendo que una asamblea constituyente podría, “polarizar el conflicto más y aumentar el peligro de una confrontación”.
El domingo por la mañana, el ejército venezolano lanzó una ofensiva represiva, principalmente en las áreas controladas por la MUD. La jornada comenzó con veinte por ciento de los centros electorales “inhabilitados” principalmente por los bloqueos de la oposición, pero terminó con menos del cinco por ciento, conforme las fuerzas armadas fueron despejando violentamente los cortes de calle y las instalaciones ocupadas.
El gobierno de Maduro ya le había concedido a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) el control operativo de la policía nacional y municipal con el objetivo de asegurar que el proceso electoral se llevase a cabo y que se cumpliese la prohibición de “las reuniones y manifestaciones públicas, concentraciones de personas y cualquier otro acto similar que puedan perturbar o afectar el normal desarrollo del proceso electoral”.
Tales medidas, junto con el despliegue de efectivos militarizados, buscan intimidar toda oposición social, incluyendo aquella en la clase obrera, y desmiente la garantía de Maduro de que la asamblea constituyente traerá, “paz y democracia”.
Se espera que el vicepresidente del PSUV, Diosdado Cabello, quien hizo campaña por todo el país, asuma la dirección de la constituyente. El excapitán del Ejército es un miembro leal a la cúpula militar que colocó a Chávez en el poder y que formó parte de la boliburguesía que se enriqueció tremendamente a través de corrupción y la administración de contratos petroleros y de infraestructura. Cabello ha insistido en un programa de “liquidar al enemigo” y ampliar los poderes de la FANB.
El conflicto entre las dos facciones está llegando a un punto de quiebre. La oposición ha buscado establecer estructuras de gobierno paralelas, utilizando su control del congreso para juramentar una Corte Suprema “en la sombra” de 33 magistrados en oposición al gobierno de Maduro, quien respondió con el arresto de tres de ellos. Más allá, la agencia de inteligencia policial SEBIN arrestó el viernes al alcalde de la MUD de la municipalidad de Iribarren, Alfredo Ramos, quien fue sentenciado a quince meses en prisión por la Corte Suprema por permitir barricadas en su jurisdicción.
El domingo por la mañana, los dirigentes del PSUV anunciaron una “victoria” contra los intentos de menoscabar la jornada. Sin embargo, tomando en cuenta el grado de tensión y la censura de los principales medios venezolanos, el vicepresidente del país, Tareck El Aissami, insistió en que “necesitamos continuar aislando a los sectores de la oposición que se han opuesto a todo debate público…”.
El martes y miércoles, ocho personas murieron en enfrentamientos durante la “huelga general de 48 horas” que apoyaron las cámaras empresariales y sindicatos alineados con la MUD. Esto fue seguido el viernes y sábado por protestas denominadas la “Toma de Venezuela”, las cuales se limitaron a bloqueos dispersos y que fueron descritas por el diario español Público como habiendo “casi más fotógrafos que tipos dispuestos a lanzar piedras”.
La noche del sábado, el candidato a la constituyente, José Félix Pineda, fue asesinado a tiros en su casa, mientras que la MUD anunció en la mañana del domingo que ya habían muerto tres personas en las protestas, incluyendo el secretario de la juventud de Acción Democrática (AD), Ricardo Campos. De confirmarse, esto llevaría el número de muertes de la oleada de protestas que inició a principios de abril a más de 115.
El carácter reaccionario de la oposición estuvo a plena vista el lunes anterior en una entrevista en Venevisión con el dirigente del MUD, Freddy Guevara, quien fue preguntado si la situación actual se asimila al Pacto de Puntofijo, cuando los distintos partidos que representaban a la oligarquía terrateniente y a la burguesía liberal acordaron celebrar elecciones democráticas.
“Aquí hay unos temas que implican un parecido hacia la concertación chilena, que fue lo que se enfrentó a Allende, y la reconstrucción de Chile que vino después,” respondió.
Guevara se estaba refiriendo al golpe de Estado del 11 de setiembre de 1973 organizado por la CIA y las agencias de inteligencia militar estadounidenses con secciones de las fuerzas armadas chilenas encabezadas por el comandante en jefe de Allende, Augusto Pinochet. La dictadura fascista que fue instalada torturó y asesinó a decenas de miles de trabajadores e impuso arrolladores ataques sociales para imponer privatizaciones y otras políticas de libre mercado.
Es esta la perspectiva que guía a los sectores de la clase gobernante que apoyan al MUD, quienes buscan la aplicación de medidas proimperialistas bajo una dictadura fascista y respaldada por EE. UU. El sábado, Guevara anunció que estaban preparando que, “para el día lunes tengamos ya nuevas acciones, tácticas y estratégicas, enmarcadas en la nueva realidad que vamos a vivir.”
“Tenemos que reafirmar con convicción que estamos en los momentos finales de esta dictadura” continuó. No obstante, reflejando el cinismo que domina el MUD, añadió, “Vamos a sacarlos sin convertirnos en lo que ellos son”.

Debate marxista sobre el lugar común de la Asamblea Constituyente

En varios países de América Latina, se han vuelto cada vez más frecuentes en los últimos años los llamados por la convocatoria de asambleas constituyentes. Recientemente en torno a la huelga de masas y cuasi levantamiento en Oaxaca, que duró de mayo a noviembre de 2006, tanto la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) como toda una serie de grupos de izquierda lanzaron llamados a favor de una asamblea constituyente, una “asamblea constituyente revolucionaria”, una “asamblea nacional democrática y popular”, etc. Aunque una asamblea constituyente elegida mediante sufragio universal no es más que una reivindicación democrático-burguesa, los comunistas revolucionarios han lanzado esa consigna en el curso de su lucha en contra de toda una serie de regímenes precapitalistas y coloniales, así como de dictaduras bonapartistas. Así, por ejemplo, representó uno de los puntales esenciales de los bolcheviques de V.I. Lenin en la Rusia zarista, por ejemplo en la Revolución de 1905, hasta que fue sustituida como consigna central por “todo el poder a los soviets” en el curso de 1917. Asimismo, Trotsky se pronunció a favor de una asamblea nacional en China bajo los señores de la guerra, enfatizando al mismo tiempo que dicho llamado formaba parte de un programa para la toma del poder por parte de consejos de obreros y campesinos (soviets). Sin embargo, la actual avalancha de llamados a favor de asambleas constituyentes en el marco de regímenes supuestamente democrático-burgueses, se contrapone por el vértice al bolchevismo. Lo que hace es remplazar el programa de la revolución proletaria con el de la “democracia” (capitalista), la marca distintiva de los socialdemócratas por doquier.

 

En sus diversas formulaciones, los orígenes de esta consigna se remontan a la Revolución Francesa del siglo XVIII, cuando el Tercer estado (que representaba a las fuerzas ascendentes de la burguesía y de la pequeña burguesía) estableció la Asamblea Nacional Constituyente en junio de 1789 para acabar con los remanentes del ancien régime, una monarquía absolutista encima de un orden feudal decadente. Su propósito inicial era establecer una monarquía constitucional para poner fin a las caóticas condiciones que impedían el crecimiento de un mercado interno; así se propuso una división del poder entre el rey y la asamblea. Sin embargo, los eventos revolucionarios pronto sobrepasaron los planes de los burgueses “moderados”. Para 1792, la Asamblea Nacional había sido remplazada por la Convención Nacional, dirigida por los jacobinos bajo Robespierre. Con el posterior desarrollo del capitalismo, cuando la clase obrera empezó a jugar un rol de protagonista central, ya para la época de la Revolución de 1848 en Francia, la Asamblea Nacional se convirtió en el punto focal de la reacción burguesa en oposición al levantamiento proletario de las Jornadas de Junio. También en Alemania y Austria en 1848, las asambleas constituyentes de Berlín, Viena y Frankfurt hicieron las paces con las fuerzas de la reacción por temor a una revolución obrera.

 

Por su naturaleza genérica, las asambleas constituyentes no son simples cuerpos parlamentarios, sino que, como tales, tienen el propósito de establecer (constituir) una estructura estatal, por ejemplo, mediante la promulgación de una constitución. En Francia, la Segunda, Tercera y Cuarta repúblicas fueron establecidas por asambleas constituyentes. En América Latina hoy en día, es típico que los llamados a favor de tales asambleas estén acompañados por llamados a favor de la “refundación” del país. En un país en el que vastos sectores de la población han sido excluidos del ejercicio de derechos democráticos (por ejemplo, en Ecuador la enorme población indígena fue privada en los hechos del derecho al voto hasta 1978, en virtud del requisito que establecía que los votantes debían saber leer en español), puede ser una reivindicación clave. También es oportuno cuando una estructura social feudal o semifeudal impide que grandes sectores de la población rural tengan alguna participación política, con masas de campesinos sin tierra atadas a las haciendas en virtud del peonaje por deuda, como en México antes de la Revolución Mexicana de 1910-17. En tales circunstancias, la demanda de una “convención nacional” que resuelva la cuestión de la tierra mediante una revolución agraria, que elimine el dominio del clero en la educación y realice otras tareas democráticas, puede ser un poderoso mecanismo para levantar a las masas para que emprendan acciones revolucionarias. Lo mismo puede ser el caso en la lucha para derribar dictaduras militares, como las que predominaron en América Latina en los años 70.

 

Con todo, lanzar llamados por la convocatoria de una asamblea constituyente en México o Ecuador hoy en día –donde existen las estructuras formales de la democracia burguesa, así sea de manera raquítica, y los latifundios semifeudales han sido sustituidos desde hace mucho tiempo por la agricultura capitalista– equivaldría a llamar a “refundar” dichos países sobre una base burguesa, cuando lo que se necesita es una revolución socialista. En Bolivia, el Movimiento al Socialismo (MAS) de Evo Morales hizo campaña a favor de una asamblea constituyente, buscando sembrar la ilusión de que estaba dispuesto a realizar cambios fundamentales, pero sin tocar los fundamentos capitalistas del país. Esta consigna ha sido repetida por diversos grupos de izquierda que se han puesto a la cola del MAS, en un esfuerzo para empujar a Morales hacia la izquierda y reclutar adeptos entre sus seguidores plebeyos. En los levantamientos de obreros y campesinos de 2003 y 2005 que llevaron al país al borde de una insurrección, señalamos que urgía establecer no una asamblea constituyente democrático burguesa (ni una supuestamente más izquierdista “asamblea popular”) sino consejos (soviets) de obreros y campesinos que sirvieran como base de un gobierno obrero, campesino e indígena revolucionario. Señalamos también que si bien Bolivia es el campeón continental en lo que toca al número de golpes de estado que ha sufrido, también tiene la delantera con respecto a asambleas constituyentes o congresos (al menos 19 según nuestro conteo)1. Así, cuando Morales fue elegido presidente en diciembre de 2005, convocó la asamblea constituyente que había prometido desde hacía mucho tiempo. ¿Cuál ha sido el resultado? Derechistas racistas han secuestrado a la asamblea para implementar sus exigencias reaccionarias a favor de la autonomía regional para separarse del altiplano predominantemente indígena.

 

Así, aunque en ciertos contextos es apropiado que los comunistas llamen por la formación de una asamblea constituyente, esta demanda no es de ninguna manera inherentemente democrático-revolucionaria. En ciertas condiciones, puede incluso servir como cubierta de una contrarrevolución “democrática”. Nuestra corriente, ha tenido alguna experiencia con este tópico. En un artículo  titulado “Why a Revolutionary Constituent Assembly” [¿Por qué una asamblea constituyente revolucionaria?] (Workers Vanguard, n° 221, 15 de diciembre de 1978), señalamos que cuando la dictadura chilena de Pinochet organizó un plebiscito y la Democracia Cristiana (DC) estuvo diciendo que había que remplazar la dictadura con una junta militar reformada, denunciamos los comicios trucados y nos pronunciamos por una asamblea constituyente y por aplastar a la junta mediante una revolución obrera. Nuestro artículo, de la Organización Trotskista Revolucionaria de Chile, explicaba:

 

“En contra de las adaptaciones reformistas al programa de la burguesía, presentamos como trotskistas el llamado a favor de una asamblea constituyente con plenos poderes, elegida mediante voto universal, secreto y directo. Una genuina asamblea constituyente sólo puede, por definición, ser convocada si imperan plenas libertades democráticas, que permitan la participación de todos los partidos de la clase obrera. En consecuencia, uno de sus prerrequisitos es el derrocamiento revolucionario de la junta militar, algo que la DC y los reformistas, a pesar de su larga lista de reivindicaciones democráticas, olvidan mencionar.

 

“Para los leninistas, las tareas democráticas representan una parte subordinada del programa de clase del proletariado. Como escribió Trotsky al hablar del papel de las demandas democráticas en los países gobernados por los fascistas: ‘Pero las fórmulas de la democracia (libertad de prensa, derecho de asociación, etc.) sólo significan para nosotros consignas incidentales o episódicas en el movimiento independiente del proletariado, y no un dogal democrático echado al cuello del proletariado por los agentes de la burguesía (¡España!)’ (Programa de Transición). En países con una tradición de democracia burguesa y con una clase obrera avanzada, como Chile, la demanda de una asamblea constituyente no es una parte fundamental del programa proletario. Así, después de que la junta militar tomara el poder, la TEI no presentó dicha consigna. La lanzamos ahora de manera táctica en contra de los esfuerzos de la burguesía, apoyados por sus agentes en el movimiento obrero, para pactar con sectores militares. Nuestro propósito es desenmascarar el miedo de la burguesía a la democracia revolucionaria.

 

 

En otras ocasiones, en cambio, el llamado a favor de una asamblea constituyente se ha presentado para exorcizar el espectro de la revolución obrera. Esto fue lo que ocurrió en Portugal en el verano de 1975. Tras la caída de la dictadura de Marcelo Caetano en abril de 1974, cuando la reacción se consolidaba en torno al siniestro general Antônio Spínola, inicialmente nos pronunciamos a favor de elecciones inmediatas para una asamblea constituyente, así como por la formación de consejos obreros. Sin embargo, un año después, como señalamos en nuestro artículo de 1978 “¿Por qué una asamblea constituyente revolucionaria?”, “comisiones obreras, asambleas populares y diversas formas localizadas de doble poder, están apareciendo por doquier en el país.” En ese momento, mientras que el Partido Comunista Portugués (PCP) estaba aliado con oficiales izquierdistas del Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA), con Spínola hecho a un lado, las fuerzas contrarrevolucionarias se cohesionaron en torno al Partido Socialista (PS) de Mário Soares, que con el respaldo burgués ganó las elecciones de abril de 1975 para la asamblea constituyente.

 

¿Qué política debían adoptar los marxistas revolucionarios? La mayor de las organizaciones supuestamente trotskistas en ese momento, el Secretariado Unificado de la IV Internacional (SU), estaba dividido a la mitad. La mayoría, compuesta por los seguidores de Ernest Mandel, vitoreó a los “oficiales revolucionarios” del MFA, justo como hacen hoy en día muchos que se pretenden radicales con el coronel burgués populista Hugo Chávez en Venezuela. La minoría, dirigida por el Socialist Workers Party norteamericano de Jack Barnes y el seudotrotskista argentino Nahuel Moreno, se alineó con el Partido Socialista (fuertemente financiado por la CIA a través de la socialdemocracia alemana y su Fundación Friedrich Ebert) en nombre de la defensa de la “soberanía” de la asamblea constituyente. Así, mientras que las turbas dirigidas por los “socialistas” quemaban las oficinas del PCP, ¡el S.U. estuvo en ambos lados de las barricadas! En contraste, los auténticos trotskistas no dieron apoyo a ninguna de las coaliciones burguesas en contienda, y llamaron en cambio a formar soviets obreros en Portugal, contrapuestos a la asamblea constituyente dominada por los derechistas (ver nuestro artículo en dos partes, “Soviets and the Struggle for Workers Power in Portugal” [Los soviets y la lucha por el poder obrero en Portugal], Workers Vanguard nos. 83 y 87, 24 de octubre y 28 de noviembre de 1975).

 

Volvamos a la situación actual. Entre septiembre y noviembre del año pasado, los medios radicales en todo el mundo se vieron saturados con artículos que aclamaban una supuesta “Comuna de Oaxaca”, la mayor parte de los cuales por puro entusiasmo acrítico, en tanto que otros le añadían un toque “izquierdista” al sugerir a dicha comuna que tomara el poder, expropiara a la burguesía, etc. No se explicaba, sin embargo, cómo se realizaría esto en el estado más empobrecido y predominantemente campesino del país. El Grupo Internacionalista intervino activamente en Oaxaca a lo largo de varios meses, señalando todo el tiempo que aunque varios sindicatos formaban parte de la APPO, ésta no se basaba en la clase obrera y el campesinado y que en consecuencia no representaba una forma embrionaria de gobierno obrero y campesino –que es lo que eran la Comuna de Paris de 1871 y los soviets rusos de 1917 (ver “¿Una comuna de Oaxaca?” en El Internacionalista n° 6, mayo de 2007). De hecho, varios dirigentes principales de la APPO son militantes del Partido de la Revolución Democrática (PRD), un partido nacionalista burgués. El GI y la LIVI llamaron por una huelga nacional contra la represión, y a romper con el frente popular en torno al PRD y su principal dirigente, Andrés Manuel López Obrador, así como a formar un partido obrero revolucionario.

 

Tras la represión sangrienta del 25 de noviembre de 2006, se ha desvanecido la retórica de la “extrema izquierda” acerca de una Comuna de Oaxaca, de modo que hoy en día varios grupos radicales enfocan sus consignas en la demanda de una asamblea constituyente. Con mucho, el grupo de izquierda más grande en Oaxaca es el Partido Comunista de México (marxista-leninista), que sostiene que para lograr una “salida democrática revolucionaria”, la izquierda debe enfocarse a la “discusión de una nueva constitución”, “alcanzar una plataforma común”, “poniendo en la estrategia del movimiento de masas la realización de una Asamblea Nacional Constituyente Democrática y Popular” (Vanguardia Proletaria, 5 de marzo). No sorprende el hecho de que el PCM (m-l) haga ese llamado, pues es perfectamente consistente con su programa reformista de la “revolución por etapas” y del frente popular; de hecho, en el mismo número, un artículo alaba la política de Stalin como un “clásico del marxismo-leninismo”. Sin embargo, los estalinistas de los últimos días no son los únicos que defienden esta línea democrático-burguesa. Otra organización que se proclama como defensora de la asamblea constituyente en todos lados y en cualquier momento, es la Liga de Trabajadores por el Socialismo (LTS), parte de la Fracción Trotskista (FT).

 

En su balance, “Crisis del régimen y las lecciones de la Comuna de Oaxaca” (31 de diciembre de 2006, la LTS dice que la APPO debía establecer “un gobierno provisional [que] debería convocar a una Asamblea Constituyente Revolucionaria”. Más específicamente, la APPO debería “transformase en un verdadero organismo de democracia directa de los explotados y oprimidos que enarbolase un programa obrero y popular”, para “reorganizar el estado en función de los intereses de las grandes mayorías oprimidas y explotadas”. La LTS dice también que “un gobierno de la APPO y las demás organizaciones obreras y populares”, en tanto que “expresión política de la Comuna, debería poner en pie una verdadera Asamblea Constituyente Revolucionaria”, en la que “los trabajadores, los campesinos y los indígenas, junto a todo el pueblo, discutiesen como reorganizar la sociedad.” Prácticamente cada uno de estos puntos se contrapone al marxismo. En primer lugar, es necesario, no “reorganizar el estado”, sino aplastar al estado capitalista y remplazarlo con un estado obrero. En segundo lugar, un genuino soviet no es simplemente un ejemplo de democracia directa de los pobres, sino un órgano de clase del poder obrero. La LTS y la FT sistemáticamente pasan por alto el carácter de clase proletario del programa por el que luchan los trotskistas, y lo remplazan con palabrería sentimentaloide acerca de la “democracia” y el “pueblo”, que se sentaría en torno a una mesa para discutir qué tipo de sociedad quiere.

 

La retórica “democraticista” de esta corriente no es accidental, pues proviene directamente del progenitor de la FT, Nahuel Moreno. La FT se ofende cuando se le denomina neomorenista, pues dice haber roto con Moreno algunos años después de su muerte en 1986 (ver su “Polémica con la LIT y el legado teórico de Nahuel Moreno”, Estrategia Internacional n° 3, diciembre de 1993-enero de 1994). Ahí, aunque presentan objeciones en contra de varias de las formulaciones más abiertamente oportunistas de Moreno, como su llamado a favor de una “revolución democrática”, la FT conserva el marco metodológico y muchas de las consignas de su maestro. Su sección más importante, el Partido de los Trabajadores por el Socialismo de Argentina, escribió tras los cacerolazos de diciembre de 2001 en contra de la sucesión de presidentes burgueses:

 

“La consigna ‘que se vayan todos’ expresa la falta de legitimidad y el odio popular hacia el régimen de representación política, hacia los políticos patronales…. Pero, aún no se ha avanzado en identificar a este régimen, con su contenido social, la dominación capitalista. Es en el sentido de tender un puente entre esta conciencia ‘democrática’ de las masas y la necesidad de la revolución y el poder obrero, que los marxistas levantamos la consigna de Asamblea Constituyente Revolucionaria.”

 

Por supuesto, Trotsky mismo presentó el Programa de Transición de 1938 para “ayudar a las masas, en el proceso de la lucha cotidiana, a encontrar el puente entre sus reivindicaciones actuales y el programa socialista de la revolución”. Sin embargo, lo que el PTS y la FT hacen aquí es bien distinto, pues el llamado a favor de una asamblea constituyente, ya sea que se la etiquete como revolucionaria o no, no va más allá de los límites del capitalismo. En los países capitalistas económicamente atrasados, semifeudales o coloniales, una asamblea constituyente podría ser el vehículo para las luchas de e masas a favor de la revolución agraria, la independencia nacional y la realización de derechos democráticos elementales. Pero tanto antes como después de diciembre de 2001, Argentina ha sido un país independiente, completamente capitalista, que ni siquiera tiene un verdadero campesinado, sino más bien obreros agrícolas. Fingir que hay una “revolución democrática” a completar en Argentina, no es otra cosa que una capitulación ante –y una adopción de– las ilusiones democráticas de las masas, nada que tenga que ver con dirigirlas hacia la revolución socialista. Y esto es exactamente lo que hizo Moreno al hacer del llamado por asambleas constituyentes el elemento central de su programa, desde Portugal (de donde lo tomó prestado del SWP norteamericano), hasta Argentina y el resto de América Latina.

 

La piedra de toque del trotskismo se expresa en la primera oración del Programa de Transición: “La situación política mundial en su conjunto se caracteriza principalmente por la crisis histórica de la dirección del proletariado”. El propósito y razón de ser de la IV Internacional, de la cual éste es el documento de fundación, consistía en proveer la vanguardia revolucionaria independiente indispensable para dirigir las luchas de los obreros y oprimidos hacia la revolución socialista internacional. Moreno, sin embargo, rechazó la perspectiva de Trotsky. En un documento de 1980 titulado Actualización del Programa de Transición, Moreno sostiene que “a pesar de las fallas del sujeto (es decir de que el proletariado en algunas revoluciones no haya sido el protagonista principal) y del factor subjetivo (la crisis de dirección revolucionaria, la debilidad del trotskismo), la revolución socialista mundial obtuvo triunfos importantes, llegó a la expropiación en muchos países de los explotadores nacionales y extranjeros, pese a que la dirección del movimiento de masas continuó en manos de los aparatos y direcciones oportunistas y contrarrevolucionarios.”

 

Según Moreno, una dirección trotskista independiente no es necesaria para realizar lo que denomina “revoluciones de febrero”, en oposición a las “revoluciones de octubre”. Así, “actualiza” el programa de Trotsky al postular toda una etapa de revoluciones de febrero. En su Tesis 26, Moreno afirma:

 

“Nuestros partidos tienen que reconocer la existencia de una situación revolucionaria pre-febrero para sacar consignas democráticas adecuadas a la existencia de direcciones pequeñoburguesas que controlan el movimiento de masas y a la necesidad de establecer una unidad de acción lo más pronto posible para hacer la revolución de febrero. Debemos comprender que es inevitable hacerla y no tratar de saltarnos esa etapa, sino sacar todas las conclusiones estratégicas y tácticas necesarias.”

 

Así, lo que Moreno propone es lanzar una serie de consignas democráticas adecuadas para las direcciones pequeñoburguesas, no un programa para los revolucionarios. ¿Cuáles serían tales consignas? En la Tesis 27, enfatiza “el carácter democrático general de las revoluciones de febrero contemporáneas”. Y prosigue: “De ahí la enorme importancia que ha adquirido la consigna de Asamblea Constituyente o variantes parecidas en casi todos los países del mundo”. Se refiere a la asamblea constituyente como “la máxima expresión de lucha democrática”, diciendo que “Planteamos Asamblea Constituyente, pero diciendo: somos los más grandes demócratas”, etc. Habla también del “desarrollo del poder obrero y popular”, lo que sea que signifique, diciendo que el objetivo último de la clase obrera y sus aliados es la toma del poder. Pero lo fundamental aquí es que Moreno está presentando un programa democrático para falsos dirigentes pequeñoburgueses o, incluso, burgueses.

 

La “actualización” de Moreno del Programa de Transición fue parte de toda una evolución de sus concepciones políticas. Antes de eso, Moreno se había distinguido principalmente por la facilidad con la que realizaba abruptos cambios políticos, siendo un artista del disfraz, tanto así que nos referíamos a Nahuel Moreno como el Cantinflas del movimiento marxista. Nahuel Moreno siempre intentó hacerse pasar como representante del ala izquierda de cualquier movimiento en boga en un momento dado. Después de posar como peronista de izquierda en Argentina, a principio de los años 60 se vistió con uniforme militar verde olivo del guerrillerismo castro-guevarista. Por un rato, estuvo entusiasmado con las Guardias Rojas maoístas en China. Cuando algunos de sus compañeros se tomaron en serio sus palabras y comenzaron a formar un frente guerrillero en Argentina a finales de los 60, con resultados catastróficos, Moreno no tardó en dar la vuelta para vestirse con traje y corbata como un socialdemócrata respetable, uniéndose a los vestigios del Partido Socialista Argentino. En 1975-1976 respaldó a la socialdemocracia portuguesa financiada por la CIA. Para finales de los años 70, había vuelto al guerrillerismo, esta vez como un sandinista socialista. Documentamos esta historia en el folleto La verdad sobre Moreno (1980), publicado originalmente por la Tendencia Espartaquista Internacional y ahora disponible como publicación de la Liga por la IV Internacional.

 

 Pero para principios de los 80, la junta estaba agonizando, herida de muerte por su malhadada aventura militar en las Islas Malvinas/Falklands (aventura que los morenistas vitorearon con entusiasmo), y Moreno se alineó con la oposición burguesa de los radicales, dirigida por Raúl Alfonsín, quien ganó la presidencia en 1983. Moreno proclamó que esta victoria representaba una Revolución democrática triunfante, en un libro que llevaba ese título, inventando entonces su teoría de las “revoluciones democráticas”. La punta de lanza programática de este dogma antimarxista es su llamado, en todos lados y en cualquier ocasión, a favor del establecimiento de una asamblea constituyente.

Pero incluso antes de su repentino enamoramiento con las “revoluciones de febrero” (que ocurrió en tiempos en que Ronald Reagan abogaba por una “revolución democrática” en América Latina), Nahuel Moreno ya subrayaba el llamado a favor de asambleas constituyentes en el “Tercer Mundo” semicolonial. Así, su casa editorial (Pluma) publicó a mediados de los años 70 una colección de escritos de Trotsky titulada La segunda revolución china, que cubrían el período de 1919 a 1938 y que de manera prominente representaba el llamado del revolucionario bolchevique a favor de asambleas constituyentes en torno a 1930, tras la derrota de la segunda Revolución China en 1927. Sin embargo, este libro de 220 páginas dejó fuera los muchos artículos de Trotsky en los que éste llama por la formación de soviets en China, consigna que era el punto focal de sus llamados a la acción para el Partido Comunista Chino en el punto álgido del levantamiento revolucionario de 1925-1927. La sesgada selección de documentos presentada por Moreno es una distorsión deliberada de la política trotskista para los países semicoloniales. Hasta la fecha, los lectores de Trotsky en español jamás han visto sus repetidos llamados a favor de la revolución obrera en China basada en soviets de obreros, campesinos y soldados, y únicamente conocen la expurgada selección morenista.

 

Cabe señalar también que Moreno no sólo se pronunció por asambleas constituyentes únicamente en el “Tercer Mundo”, sino “en casi todos los países del mundo”. ¿Se incluye aquí a las “democracias” imperialistas? ¿Qué tal Estados Unidos? Pues de hecho, la efímera organización morenista en EE.UU. llamó a principio de los años 80 por el establecimiento de una asamblea constituyente. Al mismo tiempo, atacaron a nuestros camaradas con martillos. El “democraticismo” pro capitalista va de la mano con el gangsterismo anticomunista.

 

En Bolivia, donde la cuestión de una asamblea constituyente ha sido un asunto central debido a los llamados de Evo Morales para establecer una, un prominente portavoz de la sección boliviana de la FT, Eduardo Molina, publicó un artículo en los comienzos del levantamiento de 2003, llamando a favor de una “Asamblea Constituyente Revolucionaria” (Lucha Obrera, n° 11, 24 de febrero de 2003). En una sección titulada “La Asamblea Constituyente y el trotskismo”, Molina sostiene:

 

“León Trotsky levantó la consigna de Asamblea Nacional como una gran bandera unificadora de las masas luego de la Segunda Revolución China, propuso la consigna de Cortes constituyentes revolucionarias en los inicios de la Revolución Española, a principios de los años 30; y exigió una asamblea nacional, junto a un programa de consignas democrático-radicales dirigidas contra el régimen de la república francesa en su Programa de Acción para Francia de 1934.”

 

Éste ha sido el argumento morenista estándar durante años, mientras siguen traduciendo a Trotsky en el espíritu de la democracia burguesa. Más recientemente, este argumento ha sido retomado por la Ligue Communiste Révolutionnaire (LCR), la sección francesa del Secretariado Unificado, ahora que se incrusta cada vez más en el parlamentarismo burgués. (Los dirigentes de la desde hace mucho reformista LCR han intentado deshacerse ce la “C” y de la “R” en sus siglas, pero siguen enfrentando resistencia entre las bases.) El teórico de la LCR Francisco Sabado juega ahora con llamados a favor de una asamblea constituyente en Francia, citando el mismo programa de 1934 para justificarlo (“Quelques éléments clés sur la stratégie révolutionnaire dans les pays capitalistes avancés”, Cahiers Communistes n° 179, marzo de 2006).

 

Una vez más, esto es una distorsión de la política revolucionaria de Trotsky. En China, como hemos señalado, Trotsky lanzó el llamado por el establecimiento de una asamblea constituyente como parte de su agitación tras la derrota de la Segunda Revolución China, dirigiéndola así en contra de los señores de la guerra y de la dictadura del generalísimo Chiang Kai-shek; en el punto álgido de la batalla, su llamado fundamental era el de la formación de soviets. La Revolución Española de 1931 se estaba desarrollando en lucha contra la monarquía y la dictadura militar del general Primo de Rivera, que había gobernado al país con puño de hierro desde 1923. La consigna de Trotsky intersecaba sentidas exigencias a favor de elecciones democráticas y de la proclamación de una república, la revolución agraria, la separación de la iglesia y el estado, así como la confiscación de las propiedades del clero. Así, la demanda de una asamblea constituyente o de Cortes revolucionarias era la generalización de toda una serie de demandas democráticas que representaban el umbral de una revolución socialista. Por supuesto, Trotsky combinó este llamado con la propaganda a favor de la formación de soviets. Para la época de la Guerra Civil Española de 1936-1939, la exigencia de una asamblea constituyente dejó de ser apropiada bajo la república.

 

La situación en Francia a mediados de los años 30 era muy distinta, y Trotsky no se pronunció por una asamblea constituyente ahí, en contra de lo que sostiene la mitología morenista. ¿Entonces a favor de qué abogaba su “Programa para la acción en Francia”? En ese momento, reaccionarios derechistas y fascistas estaban lanzando al país hacia un régimen autoritario de “estado fuerte”, como reflejo de una corriente general en Europa simbolizada por el ascenso del Hitler al poder un año antes, y por la derrota en febrero de 1934 de un levantamiento de los obreros de Viena a manos del régimen clerical-fascista de Dolfuss en Austria. La consigna principal de Trotsky frente a esta amenaza bonapartista no fue la del establecimiento de una asamblea constituyente democrática, como sugieren los morenistas, sino más bien “¡Abajo con el ‘estado autoritario’ de la burguesía! ¡Por el poder obrero y campesino!” Como parte de la lucha por el establecimiento de una “comuna de obreros y campesinos”, Trotsky juró defender la democracia burguesa en contra de los ataques de los fascistas y los monarquistas. En dicho contexto, llamó por la abolición de diversos aspectos antidemocráticos de la Tercera República francesa, incluido el Senado, elegido mediante sufragio limitado, y la presidencia, punto focal de las fuerzas militaristas y reaccionarias, y propuso la formación de una “asamblea única” que “combinaría los poderes ejecutivo y legislativo”. Recientemente hicimos estos señalamientos en nuestro artículo “France Turns Hard to the Right” [Francia da un fuerte vuelco a la derecha] (The Internationalist No. 26, junio-julio de 2007). Sin embargo, este llamado es bien distinto de la consigna de asamblea constituyente en un país que hay ha tenido un régimen democrático burgués, no importa cuán avejentado y raído.Al presentar su programa para la revolución permanente en los países capitalistas atrasados, Trotsky enfatizó: “La tarea central de los países coloniales y semicoloniales es la revolución agraria, es decir, la liquidación de las herencias feudales, y la independencia nacional, es decir, el derribo del yugo imperialista.” Enfatizó también que los revolucionarios no pueden “rechazar sin más el programa democrático; es preciso que las masas lo sobrepasen en la lucha. La consigna de Asamblea Nacional (o Constituyente) conserva toda su fuerza para países como China o India. Esta consigna debe ligarse indisolublemente con el programa de la liberación nacional y el de la reforma agraria”. En síntesis, esta consigna no es apropiada para un país capitalista, o para los países atrasados que ya han ido más allá del nivel democrático burgués. En México, Bolivia o Ecuador, ninguna demanda democrática servirá para derribar el yugo del imperialismo o de la agroindustria capitalista. Esto sólo podrá conseguirse mediante la revolución obrera.

 

Fingir que una “revolución democrática” está hoy en el orden del día en América Latina o Europa, equivale a hacerle el juego a la reacción burguesa, tal como hizo Moreno al adoptar la retórica reaganista de los años 80, que se volvió después en contra de la Unión Soviética. No es sorprendente que muchos de los seudotrotskistas se hayan sumado al coro antisoviético en torno a Afganistán y Polonia a principios de los años 80, y que estuvieran del lado del contrarrevolucionario Boris Yeltsin en 1991, como lo estuvieron los morenistas y el Secretariado Unificado. También es lógico que al lanzar la consigna a favor de una asamblea constituyente en Francia hoy, el “teórico” de la LCR y el SU, Francisco Sabado, recurra a la crítica de Rosa Luxemburgo a los bolcheviques en torno a su disolución de la Asamblea Constituyente en Rusia en enero de 1918, por haberse convertido en punto focal de la oposición al gobierno de los soviets. En su manuscrito inconcluso Sobre la Revolución Rusa, Rosa Luxemburgo criticó la defensa por parte de Trotsky de esta media revolucionaria (publicada en su folleto De Octubre a Brest-Litovsk) y pidió que se eligiera una nueva Asamblea Constituyente al lado de los soviets, en nombre de la “democracia”. Esto es exactamente lo que se produjo unos cuantos meses después, tras la Revolución Alemana de noviembre de 1918, cuando la Asamblea Constituyente Nacional se convirtió en la base desde la cual el gobierno socialdemócrata aplastó el Congreso de Consejos de Obreros y Soldados a la vez que asesinaba a Luxemburgo y a su camarada, el también dirigente comunista Karl Liebknecht2. Nosotros nos ponemos, en cambio, del lado de Lenin, de cuyas “Tesis acerca de la Asamblea Constituyente” ofrecemos a continuación unos extractos.

Lo que hacía falta en Oaxaca entre junio y noviembre de 2006, en Bolivia en junio de 2005 y entre septiembre y octubre de 2005, en Argentina en diciembre de 2001, no era pronunciarse por una resolución democrático-burguesa de la crisis bajo la consigna de la asamblea constituyente, sino explicar a las masas (y a la izquierda) que ninguno de los objetivos de la lucha podría lograrse sin la formación de órganos de poder obrero, respaldados por los pobres del campo y la ciudad, y de la mano de la lucha por la construcción de auténticos partidos trotskistas y de una IV Internacional reforjada para dirigir la lucha por la revolución socialista internacional. ■

 

(Publicado por Liga por la IV Internacional (LIVI) y la Liga Comunista Internacional/tendencia espartaquista internacional (LCI/TEI) en octubre de 2007)

 

 

1 En 1825, 1826, 1831, 1834, 1839, 1843, 1851, 1861, 1868, 1871, 1878, 1880, 1899, 1920, 1938, 1945, 1947, 1961, 1967. Ver Luis Antezana E., Práctica y teoría de la Asamblea Constituyente (2003).

2 Es preciso señalar que Luxemburgo nunca publicó Sobre la Revolución Rusa. Tampoco es claro que fuera a hacerlo, pues siguió siendo un manuscrito incompleto. Fue publicado por primera vez como folleto en 1922 por Paul Levi (en una versión incompleta e falsificada) después de que éste rompió con el Partido Comunista y regresó a la socialdemocracia. Desde entonces, este texto ha sido utilizado como bandera por toda clase de anticomunista. Además, cuando se presentó la cuestión de asamblea nacional y/o consejos obreros en Alemania en noviembre-diciembre de 1918, Rosa la revolucionaria se pronunció tajantemente por un gobierno de consejos obreros en contra de la “democracia” burguesa encarnada en la Asamblea Nacional.

(Fotografía:Lenin hablando ante los representantes del I Congreso de los Soviets de Toda Rusia. Universidad Femenina, Moscú, 1918)

La propuesta programática presidencial de Fernando Atria Lemaitre

 

 

El pasado 26 de noviembre ante el Comité Central del  Partido Socialista el abogado y profesor universitario Fernando Atria, precandidato presidencial por dicho partido en representación de la Izquierda Socialista, hizo presentación de su propuesta programática. Las ideas centrales planteadas fuero: destacar que nos encontramos en una encrucijada nacional entre profundizar o revocar las reformas propuestas por el actual gobierno de la Nueva Mayoría,  marcando el carácter anti neoliberal que estas deben tener, para lo cual se propone  la redistribución del poder político mediante una Asamblea Constituyente, también es necesario  pasar de la igualdad política a la equidad económica y social de todas y todos los chilenos, además, para esto se debe  terminar con el modelo  de desarrollo nacional extractivista y rentista e instaurar la industrialización del país.  A continuación se entrega una edición de textos seleccionados de esa exposición a la cual solo se le han antepuesto  algunos sub títulos de referencia.

[La  coyuntura histórica]

“Para el presente más inmediato, la primera cuestión es asumir sin ambigüedades una posición en la disyuntiva fundamental que enfrentará el país en la próxima elección. Ella se refiere a la significación política [de] lo que ya se vislumbra como el legado de este gobierno. ¿Ha sido un modo imperfecto de iniciar un camino correcto de transformaciones estructurales, o ha sido un camino errado, un paréntesis que debe ser cerrado para volver a formas de gobierno y de gobernabilidad propias del periodo transicional?”

“El Partido Socialista no puede ignorar la decisiva coyuntura histórica de 2017. Tiene que hacerlo con una precandidatura propia, con un Programa y con un mecanismo que abra nuevamente sus puertas a la sociedad chilena y al pueblo socialista”.

[El carácter del Programa Socialista]

“El programa del Partido Socialista debe ser inequívocamente antineoliberal. Sin complejos. No debemos inhibirnos ni temer a una confrontación ideológica con el neoliberalismo. Lo que la sociedad y el pueblo espera del partido no es contemporizar ni hacer las paces con el neoliberalismo sino confrontarlo con decisión. No saldremos fácil ni rápidamente del neoliberalismo, de sus lógicas e instituciones, pero los próximos 4 años deben ser claves en la construcción progresiva de un modelo económico, social y cultural alternativo. Esa debe ser la orientación estratégica de los y las socialistas chilenos en la próxima etapa histórica”.

[Los Ejes Programáticos]

“En primer lugar, Chile necesita una Nueva Constitución Política, elaborada por una Asamblea Constituyente”.

 

 

[La nueva constitución tiene que redistribuir el poder no concentrarlo]

“La nueva constitución no es solo un nuevo conjunto de reglas constitucionales: es una nueva política, una política legitimada porque supone una genuina transferencia de poder hacia la ciudadanía, hacia el pueblo de Chile. Esta transferencia de poder debe manifestarse en el mecanismo mismo de cambio constitucional pero también en una institucionalidad diseñada para dar poder, y no neutralizar, la política democrática. Parte ineludible de esta nueva política habrá de ser el reconocimiento de nuestra realidad multicultural y diversa. Este reconocimiento no puede ser solo una cuestión de palabras: implica una regionalización profunda y efectiva, una regionalización que sea asumida no como una cuestión administrativa sino como una cuestión de descentralizar el poder político”.

[De la igualdad política a la equidad económica y social]

“En segundo lugar, debemos continuar la instalación de una noción de derechos sociales universales que dé contenido a la ciudadanía, de modo que la igualdad que nos caracteriza en tanto ciudadanos sea algo más que el igual derecho formal a votar y ser elegido y se proyecte a la educación, a la salud, a la seguridad social, a la distribución del poder en la empresa, a las relaciones entre hombres y mujeres”.

[Del modelo extractivista a la industrialización nacional]

“El tercer eje es la superación del actual modelo extractivista y rentista por un modelo en que el Estado asume una función de guía y orientación, mediante una política industrial moderna y vigorosa. Sabemos que este, por lo demás, ha sido el camino de todos los países que han llegado al desarrollo sin recurrir a la explotación colonial”.

 

Edición: Ibán de Rementería, diciembre 2016/ Fotografía: Sergio Larrain

El misterio de la Asamblea Constituyente

por Gustavo Burgos//

El misterio como tal, es un instrumento de civilización. Etimológicamente, aunque no está del todo despejado, proviene del griego y está ligado al acto de cerrar de ojos y murmurar. El reconocimiento de lo misterioso parece entonces, desde la antigua Grecia, al “decir” sobre algo que no puede conocerse o –lo que es lo mismo- se encuentra reservado para los iniciados, otro de los conceptos ligados a la etimología del misterio.

En efecto, el pensamiento religioso y particularmente el judeocristiano, descansa sobre bases conceptuales también misteriosas, algunas absurdas como la idea de la trinidad y otras sobrecogedoras como el de la transubstanciación. Más adelante, en el desarrollo del pensamiento burgués, que es el de la subjetividad, Kant teoriza sobre la incapacidad humana del conocimiento de lo real, de lo que él llama “la cosa en sí” y reduce el conocimiento al formalismo, al fenómeno que el individuo puede percibir, tras cuyos muros se encuentra aquello que es.

Lo característico de la noción de misterio –por lo tanto- es la idea de que existe algo en la realidad, algo con vida propia, relevante para nuestra existencia, que no somos capaces de conocer. Freud llama a esto el inconsciente, el “ello”, el mundo ingobernable de los instintos.

Traemos a colación la idea del misterio y de la impotencia, porque parece expresivo de uno de los conceptos políticos más utilizados en la actualidad, el de Asamblea Constituyente. En ella parecen confluir todos los miedos de la pequeñaburguesía frente al capitalismo, transformándose a estas alturas en la piedra filosofal, el Santo Grial de quienes aspiran a cambios sociales por vías pacíficas.

La Asamblea Constituyente es un concepto en extremo utilizado hoy en día. Desde trincheras opuestas y contiguas, haciéndose su contenido indiscernible y por tanto, a estas alturas, misterioso. Desde los sectores liberal democráticos de la Nueva Mayoría, aquellos comprometidos con el cumplimiento del programa bacheletista -aún atemperado con el penoso mote de “Proceso Constituyente” como Atria y Martner- se pontifica sobre la capacidad de este instrumento político para conjurar las injusticias del capitalismo y tornarlo en uno participativo, “social” y de rostro humano. Pastan en estos parajes, más por oportunismo que por convicción, diversos sectores de lo que fuera el Foro de Sao Paulo y el PC.

Para este sector, la preocupación fundamental es la preservación de la institucionalidad por la vía de su legitimación. Los defensores del “proceso constituyente”, reclaman la participación ciudadana, desafían a quienes se abstienen y son muy cuidadosos a la hora de aclarar de que por esta vía no se atentará en contra de la propiedad privada y muy por el contrario, se afirmará la seguridad jurídica mediante un nuevo pacto social.

El propio Martner subraya esta idea indicando explícitamente que “La nueva Constitución no debe consagrar ningún modelo económico-social particular –que debe ser materia de deliberación periódica y ser definido en el ámbito de la ley y de la gestión pública- y en cambio debe consagrar un Estado democrático y social de derecho, en el que los derechos básicos y las libertades fundamentales sean considerados inherentes a todos los seres humanos, inalienables y aplicables en igual medida a todas las personas, en concordancia con la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948” (El Mostrador, 13.11.16) Bachelet también lo anunciaba: “daremos inicio al Proceso Constituyente abierto a la ciudadanía, a través de diálogos, debates, consultas y cabildos, que deberá desembocar en la Nueva Carta Fundamental, plenamente democrática y ciudadana, que todos nos merecemos”.(La Tercera, 28 de abril de 2015)

Sin embargo, existe otra concepción de la Asamblea Constituyente, que supera la versión “legitimadora” de los liberales, es la versión “revolucionaria”. Mediante ella se busca significar la revolución y la ruptura con el régimen capitalista y el imperialismo. Esta es una concepción en extremo desarrollada en grupos centristas del trotskismo como el PTR, stalinistas como el PC-AP, Igualdad, por mencionar a aquellos que han hecho un mayor desarrollo de esta política.

En Clase contra Clase (PTR), en abril de 2014 podemos leer: “una asamblea constituyente libre y soberana basada en la movilización para terminar con todas las herencias de la dictadura, en el camino de un Gobierno de los trabajadores y el pueblo basado en sus organismos de auto-organización”. A su turno, el PC-AP nos propone una

Asamblea Constituyente Auto-convocada construida desde las demandas concretas de los trabajadores y pueblos de Chile,paso necesario para un Estado, para un Estado Independiente, Democrático Popular y Socialista”.

Se trata, esta versión “revolucionaria” de la Constituyente, del opuesto a la concepción “legitimadora” liberal-socialdemócrata. Desde esta perspectiva, lo central es que la Asamblea Constituyente se autoconvoca y se conforma, apoyándose en los órganos de masas, sustentándose en la movilización, con independencia de la institucionalidad del régimen. En largos pasajes, estos grupos refieren la necesidad de barrer con el régimen pinochetista mediante este expediente.

Nos permitimos disentir de ambas concepciones. La concepción burguesa, “legitimadora” que impulsan sectores de la NM, que se plantea inclusive en una versión erosionada como “proceso constituyente”, enuncia por sí misma su carácter conservador del régimen y neutralizador de la lucha democrática. En realidad esa versión de la Asamblea Constituyente, en boca de sus sostenedores y parafraseando al propio Atria, es una trampa, una política tramposa, porque se persigue encauzar el reclamo democrático y estirilizarlo de forma de preservar los intereses que se afirman en la gran propiedad de los medios de producción. Resulta autoevidente, no merece mayor análisis.

Pero es en su versión de izquierda, como decíamos “revolucionaria”, en la que es necesario detenerse porque en su confusión impide ver con claridad la mecánica de clase que subyace a esta Constituyente. En efecto, sus defensores, nos presentan a la Asamblea Constituyente, autoconvocada, sustentada en la movilización, revolucionaria, como un órgano extraño al Estado burgués y que por lo mismo procedería a ejecutar las tareas democráticas, nacionales y socialistas que Chile requiere para terminar con el capitalismo, valiéndose de su propia institucionalidad.

Para ellos entonces, la Constituyente sería un sucedáneo de la toma del poder, en los mismos términos que el gobierno de la Unidad Popular se presentaba a sí mismo, como una etapa del proceso revolucionario, una etapa institucional en un camino pacífico al socialismo, el que tenía por especificidad la vía electoral. Esto último es lo que hace inviable la Constituyente revolucionaria, su ambigüedad de clase y su carácter frentepopulista.

Sostenemos esto porque la Asamblea Constituyente es un instrumento en la lucha revolucionaria de primera magnitud, a condición de que se utilice para fortalecer la lucha de clases, afirmar la identidad política de los explotados y permita a éstos superar sus ilusiones en la democracia burguesa. Los bolcheviques se valieron de esta consigna hasta el final y sólo la dieron por agotada una vez que los explotados se habían afirmado en el poder mediante los soviets o concejos (asambleas con poder resolutivo), porque entendían que la Asamblea Constituyente es, en esencia, un parlamento burgués, elegido por sufragio universal y que se convoca para “decir”, no para ejecutar medidas ni transformaciones sociales.

Sostenían esto por cuanto toda Asamblea Constituyente se reduce a un acto electoral en que se eligen representantes o diputados, quienes discutirán y votarán el régimen legal, constitutivo del Estado burgués. Vale decir, la Constituyente ayuda a los trabajadores a superar sus ilusiones en la democracia burguesa, le permite a los explotados desprenderse de su condición subordinada a la institucionalidad patronal.

No hacemos acá un alegato terminológico o doctrinario. No se trata de eso. De lo que se trata es de darle a la Asamblea Constituyente el sentido que las masas y el proceso social le han dado, en Chile y el mundo, a esta instancia. El incisivo historiador Sergio Grez, nos recuerda en un interesante trabajo sobre la desconocida “Asamblea Constituyente de Asalariados e Intelectuales de Chile” en 1925 -que se desarrolla en paralelo por la FOCH y el PC a la Asamblea oficial de Alessandri (de esta última surge plebiscitariamente la Constitución del 25)- que aquella Asamblea se autoconvocó y sesionó con la expresa voluntad de materializar sus acuerdos. En la misma concurrieron lo más granado de esa gloriosa generación que nos diera a Recabarren. Lo interesante es que habiendo concurrido y representado formidables organizaciones como la FOCH y el naciente Partido Comunista, apoyada en poderosas movilizaciones, la misma no tuvo ninguna significación. Alessandri hizo su Constituyente, aprobó su Constitución y la gesta –también llamada Constituyente Chica- pareció olvidada especialmente por los historiadores de izquierda.

Creemos que la Constituyente Chica, es un modelo de Asamblea “revolucionaria”. Es un modelo y lo revela su propio desarrollo: organizar a los trabajadores, autoconvocarlos, movilizarlos, para votar leyes que modifiquen el Estado burgués, deviene invariablemente en intrascendencia. Resulta intrascendente para los trabajadores –y los chilenos lo aprendimos trágicamente el 73- plantearse transformaciones sociales por medio de la vía institucional, y esto último es lo esencial de la variante “revolucionaria” de la Constituyente.

No puede colegirse de lo indicado que estamos con esto renegando de la lucha parlamentaria y del combate por las reformas. Muy por el contrario, es necesario ir al parlamento burgués, es necesario desplegar lucha por las reformas, pero esta lucha debe orientarse a la superación de las ilusiones democráticas y –como hemos dicho- a afirmar la identidad de clase de los explotados frente a los patrones, en definitiva a la construcción del partido revolucionario, la dirección política de los explotados.

En ese sentido, la Asamblea Constituyente sólo puede plantearse en esta vía, con la finalidad de contribuir al proceso revolucionario superando toda forma de pacifismo y electoralismo, por ese camino no se va al socialismo. En este proceso son los propios trabajadores los que irán construyendo su propia democracia, la que ejercen en sus órganos de lucha, la que proviene de las asambleas y aquella que se desarrolla con la explícita voluntad de construir el poder obrero contra el poder burgués. A esto los rusos llamaron “poder soviético” (asambleario, de concejo).

Este proceso se verifica como acción directa, como lucha de clases, como enfrentamiento directo entre trabajadores y patrones. La victoria obrera es –desde esta perspectiva- la única garantía de democracia efectiva, de libertad y autodeterminación nacional. De esto hablamos cuando hablamos de Asamblea Constituyente, siendo este un debate fundamental a estas horas en que la formación de una nueva dirección de izquierda y los trabajadores, en buena forma, se resolverá en la medida de que tengamos capacidad de dar respuesta a los problemas democráticos que están hoy en juego en el país.

Invitamos, en este sentido, a la izquierda que defiende la autorganización obrera a plantearla en términos de poder, no en términos de Asamblea Constituyente. Un ejemplo desastroso de los efectos de esta política se vivió en Argentina el 2001: el régimen en el suelo, el Congreso cercado por las masas, el surgimiento de asambleas en barrios, fábricas y lugares de trabajo. La izquierda fue incapaz de articular una política de poder y en un acto penoso se limitó a pedir la convocatoria a una Constituyente.

A todos estos problemas aludimos cuando hablamos del misterio que nos plantea la Asamblea Constituyente. Para terminar, parece oportuno citar a Trotsky, junto a Lenin, uno de los forjadores de la primera revolución obrera triunfante de la historia. El revolucionario ruso, en polémica con la burocracia stalinista en 1930, sostiene que: “Es un hecho histórico plenamente establecido y absolutamente indiscutible que en septiembre, octubre y noviembre de 1917, en virtud de una serie de condiciones particulares, la clase obrera de las ciudades, los soldados y los campesinos de Rusia estaban preparados de un modo excepcional para aceptar el régimen soviético y disolver el Parlamento burgués más democrático. Y pese a ello, los bolcheviques no boicotearon la Asamblea Constituyente, sino que participaron en las elecciones, tanto antes como después de la conquista del poder político por el proletariado… …incluso unas semanas antes de la victoria de la República Soviética, e incluso después de esta victoria, la participación en un Parlamento democrático burgués, lejos de perjudicar al proletariado revolucionario, le permite demostrar con mayor facilidad a las masas atrasadas por qué semejantes parlamentos merecen ser disueltos, facilita el éxito de su disolución, facilita “la caducidad política” del parlamentarismo burgués.