Archivo de la etiqueta: Alan Woods

¿Qué significan los ataques militares a Siria?

por Alan Woods //

Estados Unidos y sus “aliados”, el Reino Unido y Francia han bombardeado múltiples objetivos del gobierno en Siria en una operación matutina dirigida contra supuestas ubicaciones de armas químicas.Las explosiones llegaron a la capital, Damasco, así como a dos lugares cerca de la ciudad de Homs, dijo el Pentágono. “Las naciones de Gran Bretaña, Francia y los Estados Unidos de América han unido su justo poder contra la barbarie y la brutalidad”, dijo el presidente Trump en un discurso a la nación desde la Casa Blanca alrededor de las 21:00 hora local (02:00 BST). Seguir leyendo ¿Qué significan los ataques militares a Siria?

2018: el mundo al revés

por Alan Woods //

Donald Trump dio la bienvenida al Año Nuevo a su manera inimitable: rodeado por su clan social y político en los alrededores opulentos de su exclusivo club Mar-a-Lago en Florida, acompañado por un grupo representativo de todos los segmentos de la sociedad estadounidense, desde estrellas de cine a multimillonarios. Seguir leyendo 2018: el mundo al revés

Cervantes, la España de su época y El Quijote

por Alan Woods//

“Dondequiera que ha conquistado el poder, la burguesía ha destruido las relaciones feudales, patriarcales, idílicas; ha desgarrado sin piedad las abigarradas ligaduras feudales que ataban al hombre a sus ‘seres superiores’, para no dejar subsistir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel ‘pago al contado’”. (Marx y Engels. El Manifiesto Comunista. Madrid. Fundación Federico Engels. 1996. p. 41).

“España conoció períodos muy florecientes, períodos de superioridad sobre el resto de Europa y de dominio sobre América del Sur. El poderoso desarrollo del comercio interior y mundial iba venciendo el aislamiento feudal de las provincias y el particularismo de las regiones. La fuerza e importancia crecientes de la monarquía española estaban entonces ligadas estrechamente al papel centralizador del capital comercial y a la gradual formación de una ‘nación española’”. (Trotsky. La revolución española y las tareas de los comunistas. 24 de enero de 1931).

Este año se celebra el 400 aniversario de la primera publicación de Don Quijote, la mayor obra maestra de la literatura española. La clase obrera, la clase que tiene el mayor interés en la defensa de la cultura, debería celebrar entusiastamente este aniversario. Fue la primera gran novela moderna, escrita en un lenguaje que los hombres y mujeres corrientes podían entender. Era uno de los libros favoritos de Marx y que frecuentemente leía en voz alta a sus hijos.

La lucha por el socialismo es inseparable de la lucha por las ideas y la cultura. En un gesto generoso, el presidente Chávez ha ordenado la publicación de una edición especial de dos millones de copias de la obra maestra de Cervantes para distribuirlas gratuitamente. Por nuestra parte, celebramos el aniversario analizando Don Quijote desde el punto de vista del materialismo histórico.

La vida de Cervantes

Miguel de Cervantes (1547-1616) es la figura más famosa de la literatura española. Novelista, dramaturgo y poeta con una considerable producción literaria, es recordado hoy casi totalmente como el creador de Don Quijote. Cervantes nació en Alcalá de Henares, una ciudad próxima a Madrid, en el seno de una familia de la nobleza inferior. Su padre, Rodrigo de Cervantes, fue cirujano y la mayor parte de su infancia Cervantes la pasó de ciudad en ciudad mientras su padre buscaba trabajo. Su padre era bien conocido en Valladolid, Toledo, Segovia y Madrid, por sus deudas. Éstas le llevaron en más de una ocasión a la cárcel, un destino que en aquella época era demasiado común.

A primera vista, la vida de Cervantes fue meramente una larga lista de fracasos: fracasó como soldado, fracasó como poeta y dramaturgo. Más tarde encontró un empleo como recaudador de impuestos, pero incluso esto fue un desastre. Fue acusado de corrupción y terminó en prisión. Pero esta amplia experiencia le permitió obtener de primera mano un conocimiento de una gran variedad de tipos humanos y conocer desde dentro la sociedad de la época.

El interés por la escritura de Cervantes se produce en 1568, cuando escribió algunos versos en homenaje a Isabel de Valois, la tercera esposa de Felipe II, sin duda con la intención de obtener dinero y favores. Pero su carrera literaria fue interrumpida por el servicio militar. Después de estudiar en Madrid (1568-1569), con el humanista Juan López de Hoyos, en 1570 se unió al ejército español en Italia. Participó en la batalla naval de Lepanto (1571), a bordo del barco de guerra Marquesa. Herido en el brazo por un arcabuz, su mano izquierda quedó inútil para el resto de su vida. Pero esto no le impidió unirse de nuevo a la milicia otros cuatro años.

Cansado de la guerra, regresó a España en 1575, junto con su hermano Rodrigo en la galera El Sol. Pero el barco fue capturado por los turcos y él junto a su hermano fueron llevados como esclavos a Argel. Cervantes pasó cinco años como esclavo hasta que su familia pudo conseguir el dinero suficiente para pagar su rescate. Fue liberado en 1580.

Después de regresar a Madrid tuvo varios puestos administrativos temporales, sólo regresó a la escritura relativamente al final de su vida. Escribió obras como La Galatea y La trata de Argel, que trataba de la vida de los esclavos cristianos en Argel y consiguió cierto éxito. Aparte de sus obras, su trabajo más ambicioso en verso fue el Viaje al Parnaso (1614). También escribió muchas obras de teatro, sólo dos han sobrevivido, y novelas cortas. Pero ninguna de sus obras le daba para vivir.

Habiéndose casado finalmente, Cervantes se dio cuenta de que una carrera literaria no le daba suficientes recursos para mantener una familia. Así que se trasladó a Sevilla donde consiguió trabajo como comisario de abastos de la marina. Sus aventuras no se detuvieron aquí. Consiguió éxito pero también muchos enemigos, como resultado sufrió largos períodos de prisión. En uno de estos períodos de inactividad forzosa comenzó a trabajar en el libro que le daría fama eterna. La primera edición de Don Quijote apareció en 1605. Según cuenta la tradición, fue escrito en la prisión de Argamasilla de Alba, en La Mancha. La segunda parte de Don Quijote apareció en 1615. El libro fue un éxito y le granjeó a su autor fama internacional, pero siguió siendo pobre. Entre los años 1596 y 1600 vivió principalmente en Sevilla. En 1606 Cervantes se asentó de manera permanente en Madrid, donde permaneció el resto de su vida. El 23 de abril de 1616 –la fecha en la que murió Shakespeare– Cervantes murió en la pobreza en la calle de Madrid que ahora lleva su nombre, sólo un año después de que apareciera la segunda edición de Don Quijote.

La obra maestra de Cervantes parece haber comenzado su vida como una caricatura cómica de los libros de caballería que eran populares en la época, pero era un amplio reflejo calidoscópico de la época en la que vivió Cervantes. Está lleno de vida porque refleja fielmente la vida de ese período -un rico mosaico de un mundo en transición-, un fermento de ideas y costumbres en conflicto y una variedad sin fin de caracteres. La mayoría de sus personajes proceden de las clases más bajas. Don Quijote fue un nuevo punto de partida en la literatura: un dibujo de la vida real y las maneras escrito en un lenguaje claro y cotidiano. Los lectores aclamaron la invasión del lenguaje cotidiano en una obra literaria.

A diferencia de muchos de sus contemporáneos, Cervantes no tenía un patrón adinerado. Dependía exclusivamente de sus lectores. Esta era una relación totalmente nueva entre el escritor y su público. Cervantes sólo podía comer vendiendo sus libros y sólo podía venderlos escribiendo en un tono que resonara en los corazones y las mentes de su público. Esto lo consiguió brillantemente. Pocos libros en la historia han reflejado tan fielmente el nuevo espíritu que se estaba desarrollando en la sociedad. Para apreciar esto, es necesario tener una idea aproximada de lo que era realmente la sociedad española de esa época.

La España de Cervantes

El descubrimiento de América, la circunnavegación de África abrieron nuevos horizontes e imprimieron nuevo impulso a la burguesía. El mercado de China y de las Indias orientales, la colonización de América, el intercambio con las colonias, el incremento de los medios de cambio y de las mercancías en general, dieron al comercio, a la navegación, a la industria, un empuje jamás conocido, atizando con ello el elemento revolucionario que se escondía en el seno de la sociedad feudal en descomposición”. (El Manifiesto Comunista. Op. Cit. p. 40)

La España de Cervantes era una sociedad en transición. La unión de las coronas de Aragón y Castilla consiguió, a través del matrimonio de Fernando e Isabel, crear las bases para la unificación española y la creación de una monarquía absolutista. La caída de Granada, el último reino musulmán de España, fue el acto final de la Reconquista que había durado siglos. A esto siguió rápidamente el descubrimiento de América y el ascenso de España como una potencia económica y militar dominante en Europa.

En la época en la que nació Cervantes Madrid sólo tenía 4.000 habitantes, aunque era comparable en tamaño a Toledo, Segovia o Valladolid. El crecimiento de Madrid fue el resultado de los fueros o derechos concedidos a la naciente burguesía española de los reinos de Castilla y León en el período medieval. En el siglo XIV, Fernando VI trasladó allí la corte para aprovechar la caza, el clima y el agua pura. También dio a la monarquía una base independiente, libre del control de la nobleza provincial.

Bajo Felipe II, el vasto aparato burocrático del estado absolutista se completó y perfeccionó. Madrid se transformó y pasó de ser una villa provinciana a una ciudad de 100.000 habitantes, llena de iglesias, catedrales, palacios y embajadas. Para construir la ciudad, se cortaron todos los bosques. La zona que había sido conocida por su aire y agua pura se convirtió en un agujero pestilente. Las calles de Madrid eran oscuras, estrechas y llenas de basura putrefacta, con cerdos merodeando alrededor de la suciedad. La división arbitraria de las casas, los palacios de mal gusto, las calles llenas de basura y los cadáveres de animales, los barrios empobrecidos con su atmósfera morisca, las casuchas de los pobres arremolinadas alrededor de las casas de los ricos. En todas partes estaba el hedor de la basura podrida y peor, fermentando en las calles donde se abandonaba convenientemente bajo la cobertura de la oscuridad. La corte de Madrid no era mucho mejor, según todas las crónicas, era conocida como la más sucia de toda Europa. Algunos embajadores extranjeros la comparaban con una aldea del interior de África.

Era un caldero hirviente de cambio social donde las viejas clases se descomponían más rápidamente de lo que podían ser sustituidas por las nuevas. La decadencia del feudalismo, junto con el descubrimiento de América tuvo un efecto devastador en la agricultura española. En lugar de un campesinado productivo ganándose el pan con el sudor de su frente, nos enfrentamos a un ejército de mendigos y parásitos, aristócratas arruinados y ladrones, sirvientes monárquicos y borrachos, todos luchando por vivir sin trabajar.

La podredumbre empezaba por arriba. En medio de toda esta pobreza y suciedad, ruido y miseria, la corte española era considerada como la más brillante de Europa. Era un espectáculo sin final de bailes, mascaradas y música. Los monárquicos españoles vivían espléndidamente, a crédito. Raramente pagaban a sus proveedores. Una cosa tan vulgar como el dinero apenas merecía consideración para la aristocracia.

La nobleza parasitaria vivía en condiciones de tan célebre extravagancia que se hizo necesario aprobar leyes contra el lujo excesivo en el vestir, los muebles e incluso en las sillas de montar. Las autoridades incluso tuvieron que organizar la quema pública de zapatillas decoradas, ligas de damas y ropas adornadas. Algunos duques iban acompañados de 100 lacayos vestidos de seda. Incluso los oficiales del ejército aparecían en público vestidos con ricos jubones y chaquetas decoradas con cintas, joyas y plumas.

A pesar del barniz externo de piedad religiosa, muchos nobles flirteaban públicamente con religiosas jóvenes y atractivas a quienes encontraban en las calles. Se dice que el famoso retrato del Cristo de Velázquez fue entregado como un regalo de penitencia por Felipe IV por una de sus innumerables aventuras sexuales. Las damas de la nobleza no eran mejor que sus hombres. Cuando la duquesa de Nájera y la condesa de Medellín se pelearon, primero se lanzaron una lista de insultos que habrían ruborizado a una verdulera y después recurrieron con entusiasmo al argumento más penetrante del frío acero.

La corrupción era la norma, los funcionarios honestos eran la excepción. La Iglesia y el Estado estaban llenos de un auténtico ejército de parásitos y adláteres, todos luchando por conseguir fortuna del bolso público. Muchos funcionarios vivían una existencia precaria y estaban dispuestos a vender a su abuela por unos pocos reales. La venta de cargos era la norma. Los ministros particularmente corruptos eran satirizados en versos insidiosos, pero lo normal era que no se prestara demasiada atención a un fenómeno que era tan común que llegaba a ser considerado normal.

La Armada Invencible

Felipe II heredó un fabuloso y rico imperio pero que no estaba basado en cimientos sanos. El ayudaría a socavarlo aún más con aventuras y guerras exteriores. El Escorial fue un monumento a su régimen burocrático desalmado. Aquí el espíritu del burocratismo intolerante estaba mezclado con el fanatismo religioso: en parte palacio, en parte monasterio, en parte mausoleo, ese era el centro administrativo del vasto imperio. Detrás de los elevados muros de El Escorial, Felipe II satisfacía sus fantasías imperiales, construyendo, reparando y reconstruyendo constantemente sus palacios reales, utilizando mármol y otros materiales costosos.

La nobleza se daba prisa para imitar el ejemplo de su monarca, construyendo sus propios palacios. La explosión de la construcción pronto diezmó los ricos bosques que habían cubierto la sierra de Madrid desde tiempos inmemoriales. Estos grandiosos planes al final llevaron a la bancarrota. Esa es la ironía central, en la cumbre de su poder y riqueza, España se dirigía de cabeza al declive y al empobrecimiento. Un siglo después, el hidalgo orgulloso con agujeros en su capa, la cartera vacía y el árbol genealógico tan largo como la lista de sus deudas se había convertido en un personaje literario común.

Aunque España era la potencia dominante en Europa, su desarrollo social iba por detrás del de Inglaterra, donde las relaciones capitalistas en la agricultura ya estaban muy avanzadas después de las conmociones de la Peste Negra y la Revuelta de Campesinos de finales del siglo XIV, como explica Marx:

En Inglaterra la servidumbre de la gleba, de hecho, había desaparecido en la última parte del siglo XIV. La inmensa mayoría de la población se componía entonces y aún más en el siglo XV de campesinos libres que cultivaban su propia tierra, cualquiera que fuere el rótulo feudal que encubriera su propiedad. En las grandes fincas señoriales el arrendatario libre había desplazado al bailiff (bailío), siervo él mismo en otros tiempos”. (Carlos Marx. El Capital. Volumen I. Cap. 27).

A principios del siglo XVI el capitalismo se había ya desarrollado tanto en España como en Inglaterra. Sin embargo, paradójicamente, el descubrimiento de América y su saqueo por parte de España sirvió para asfixiar al capitalismo español en su nacimiento. La afluencia de oro y plata de las minas esclavas del nuevo mundo minaron el desarrollo de la agricultura, el comercio, la manufactura y la industria española. Atizó el fuego de la inflación y en lugar de prosperidad creó miseria.

Los nuevos descubrimientos habían convertido el comercio terrestre con India en comercio marítimo, las naciones de la península, que hasta ese momento estaban alejadas de las grandes rutas comerciales, ahora se convertían en los agentes y portadores de Europa”. (Prescott. History of the Reign of Ferdinand and Isabella. p. 740).

El poder ascendente del capitalismo inglés necesariamente chocó con el poder del imperio español. La corona inglesa, al principio con la piratería y después más abiertamente, desafió la supremacía española en los mares. Poco a poco, los ingleses y los holandeses comenzaron a poner pies firmes en el Caribe, sentando las bases para nuevos imperios coloniales. El conflicto entre España e Inglaterra llegó a su punto culminante cuando los ingleses enviaron ayuda militar a los rebeldes protestantes holandeses que se habían rebelado contra el dominio español. Esto inevitablemente llevó a la guerra.

El poder de España recibió un duro golpe y su orgullo una dura sacudida cuando en el verano de 1588 la Armada Invencible fue derrotada mediante una combinación letal de barcos de guerra ingleses y borrascoso tiempo atmosférico. De la noche a la mañana España se encontró humillada por el emergente poder de Inglaterra. Esta derrota tuvo un carácter simbólico, el viejo mundo del catolicismo feudal estaba siendo rápidamente sustituido por el ascendente poder del protestantismo capitalista en el norte de Europa.

Los últimos años de Felipe II fueron años de severo declive físico, amargura y ansiedad. Las guerras sangrientas en Flandes parecían no tener final a la vista. Murió en 1598, diez años después de la derrota de la Armada y con él murió la época en la que España era la dueña de los destinos del mundo. Su hijo Felipe III fue un bufón inútil, más interesado en los placeres de la caza (ya fuera de jabalís salvajes o de bonitas actrices) que en los asuntos de Estado. Poco después de la muerte de su padre, se aproximó uno de sus secretarios y le hizo la siguiente pregunta: “¿Qué debemos hacer con la correspondencia, Señor?” y él respondió: “Ponedla en manos del Duque de Lerma”.

De este modo, el monarca absoluto se convertía en el monarca ausente. Todo el poder real estaba en manos de su ayuda de cámara, el Duque de Lerma. La decadencia interna de España se aceleró aún más por la incompetencia y degeneración de su casa real. Pero las verdaderas causas del declive estaban en otras partes. Los gobernantes reales de España eran caracteres adecuados para esta tragicomedia de decadencia senil, nepotismo y corrupción.

España, que fue la primera nación unificada de Europa, y con un destacado poder económico y militar, fue derrotada por aquellas naciones -comenzando por Inglaterra y Holanda- que habían entrado más decididamente en el camino capitalista y donde la burguesía estaba luchando para conseguir el poder político.

Las inmensas riquezas arrancadas del alma de un continente entero, fueron dilapidadas rápidamente por la corte y su ejército servil de zánganos aristócratas. Más allá de los muros de la corte había un mar turbulento de miseria, empobrecimiento y desesperación, que periódicamente estallaba en revueltas y disturbios violentos.

El Siglo de Oro

En este período, España era una colmena de actividad. Las cosas que ocurrían en casa y en el extranjero alimentaban la imaginación de todos los hombres de espíritu (y también de las mujeres). Este era el telón de fondo del Siglo de Oro español. En España, las letras nunca alcanzaron cotas tan deslumbrantes como en esta época. En este período los reyes y los nobles españoles tomaban bajo su patrocinio a un gran número de poetas, novelistas y pintores de la más alta calidad.

El mundo raramente ha visto tal galaxia de talento literario, con nombres como los de Miguel de Cervantes, Félix Lope de Vega, Francisco de Quevedo, Pedro Calderón de la Barca y Tirso de Molina. Merece la pena mencionar aquí los nombres más importantes.

La figura excepcional de la época fue Lope de Vega. Aunque descendía de una familia aristocrática de Santander, Lope, como Cervantes, casi siempre pasó dificultades económicas. Era un hombre de su época, compartió sus triunfos y sus tragedias. Participó en la desastrosa aventura de la Armada Invencible. Se batió en un duelo mortal y como resultado fue desterrado de Madrid. Se casó dos veces y tomó los hábitos después de la muerte de su segunda esposa. Después de haber amasado una considerable riqueza murió en 1635.

De esta información vemos cómo su vida, igual que la de Cervantes, estuvo llena de aventuras, líos amorosos y viajes. Tan llena estuvo su vida que nos preguntamos cuándo tenía tiempo para escribir todo lo que escribió. Escribió mucho, 2.000 obras que no tienen igual en la literatura española. De éstas, sólo 430 han llegado a nosotros. Entre ellas hay clásicos como Fuenteovejuna (basada en un hecho real), El mejor alcalde, el Rey y Peribáñez o el Comendador de Ocaña. También escribió poemas, épica y romances en prosa, además de obras religiosas.

En algunas de estas obras vemos importantes elementos sociales y políticos. Fuenteovejuna estaba basada en un hecho real que implicaba una insurrección popular y Peribañez o el Comendador de Ocaña ilustra la tiranía de las relaciones feudales en la España rural. Aquí la gente corriente es presentada en estado de rebelión permanente contra los señores feudales, pero la monarquía es presentada como el aliado y el defensor de la población. En otras palabras, tenemos aquí una expresión literaria del concepto del absolutismo. La monarquía absolutista española, como en todas partes, aumentó su poder a expensas de la nobleza equilibrándose entre las clases.

El contemporáneo de Lope, Pedro Calderón de la Barca, fue un dramaturgo, un filósofo y un teólogo que escribió entre otras cosas, La vida es sueño y El Alcalde de Zalamea. Era igualmente popular pero menos prolífico que Lope. Nació en 1600 en una familia acomodada, su padre era secretario del Tesoro y fue educado en las prestigiosas universidades de Salamanca y Alcalá de Henares. Más tarde participó en las campañas de Flandes y en la supresión de la insurrección catalana de 1640. Se dice que al menos tuvo un asunto amoroso ilícito y un hijo ilegítimo. Pero en 1651 expresó su deseo de entrar en un monasterio y sólo le detuvo la intervención personal de Felipe IV.

Las obras de Calderón tienen un fuerte elemento moralizador y sus personajes están aquejados de él. Están escritas en un estilo barroco. En El Alcalde de Zalamea y El Médico y su honra el tema principal es el honor. Es el ideal feudal de una sociedad cortesana que nunca había existido y, para ser más exactos, no existía en aquella época. No es de extrañar que Felipe IV, el príncipe de los rufianes, ¡fuera un ferviente admirador! Su obra más famosa, La vida es sueño, es el título más apropiado que se ha escrito para la época. La clase dominante española estaba viviendo un sueño del que tuvo un duro despertar.

El nombre de Francisco de Quevedo es menos conocido fuera de España, pero fue otro gran escritor del Siglo de Oro. Su nombre está asociado a la sátira. Dejó tras de sí un cuadro vivo de la España de la época en su obra maestra de lo que se conoce como literatura picaresca: El buscón. Sus obras están caracterizadas por su humor sutil, un espíritu crítico y están claramente enraizadas en los acontecimientos del período trágico de la historia española en la que estuvo destinado a vivir y escribir.

Quevedo vio que el declive de España estaba vinculado con la degeneración y corrupción de la corte. La banda de parásitos que ocupaban El Alcázar de Madrid era bien conocida para él por su experiencia como joven en la corte. A la edad de 31 años decidió trasladarse a Italia para ocupar un puesto en Nápoles como secretario del Duque de Osuna, pero cuando más tarde éste cayó en desgracia Quevedo sufrió la prisión y el exilio. Fue rescatado por el Duque de Olivares, el futuro ayudante de Felipe IV con quien mantuvo una curiosa relación de amor-odio durante el resto de su vida.

Su obra El buscón es probablemente la más hermosa novela satírica del siglo XVII. En su obra Sueñosdescribe la vida de la corte y la aristocracia. Esta obra no cayó bien y fue encarcelado por sus críticas al círculo gobernante y al Duque de Olivares. Cuando más tarde éste último cayó en desgracia, Quevedo fue liberado de la cárcel pero murió en el olvido dos años después, en 1645.

La lista es larga pero mencionaremos sólo un autor más de la época: Tirso de Molina. Este era el seudónimo del fraile Gabriel Téllez, que más tarde nos dejó la inmortal historia de uno de los personajes más inmortales (o más bien amorales) de la literatura mundial: Don Juan, el personaje central de El burlador de Sevilla. Es interesante que este sacerdote estuviera familiarizado con la psicología femenina. En sus comedias de enredo (Don Gil de las calzas verdes y El amor médico) la protagonista siempre es una mujer.

PicassoDonQuixoteSanchoDibujo de Pablo Picasso de Don QuijoteLa novela picaresca

“Los expulsados por la disolución de las mesnadas feudales y por la expropiación violenta e intermitente de sus tierras, ese proletariado libre como el aire, no podían ser absorbidos por la naciente manufactura con la misma rapidez con que eran puestos en el mundo. Por otra parte, las personas súbitamente arrojadas de su órbita habitual de vida no podían adaptarse de manera tan súbita a la disciplina de su nuevo estado. Se transformaron masivamente en mendigos, ladrones, vagabundos, en parte por inclinación, pero en los más de los casos forzados por las circunstancias. De ahí que a fines del siglo XV y durante todo el siglo XVI proliferara en toda Europa Occidental una legislación sanguinaria contra la vagancia. A los padres de la actual clase obrera se los castigó, en un principio, por su transformación forzada en vagabundos e indigentes. La legislación los trataba como a delincuentes “voluntarios”: suponía que de la buena voluntad de ellos dependía el que continuaran trabajando bajo las viejas condiciones, ya inexistentes”. (Marx, El Capital, vol. I, cap. 28)

Este fue el período que dio nacimiento al más español de todos los géneros literarios: la novela picaresca. El pícaro es un tramposo, un bribón y un aventurero que vive a costa de su ingenio porque no tiene nada más de lo que vivir. Es el producto de un período socio-histórico definido: el período de transición producido por la decadencia del feudalismo. Aquí tenemos los deshechos de un mundo en pleno proceso de disolución. La decadencia del viejo orden provoca una situación caótica en la que la vieja moralidad se resquebraja pero no hay nada que poner en su lugar: de aquí el nihilismo alegre y moral del pícaro. La sociedad española de la época nos presenta un rico mosaico de canallas, ladrones y estafadores que probablemente no tiene igual en la historia mundial. La filosofía de esta capa social se puede resumir en una sola palabra: supervivencia. La vida es una pelea alocada por garantizarse los medios de subsistencia por cualquier método posible. Su lema es: “Que cada hombre mire por sí mismo y que el diablo se ocupe del resto”.

En la segunda mitad del siglo XVI Madrid ya estaba establecida como “la muy noble y leal” capital de España. La población comenzó a aumentar por la afluencia de forasteros atraídos por la corte como las abejas a la miel o las moscas a sustancias menos apetitosas. La novela picaresca reflejaba la situación real en el período donde el feudalismo español estaba en declive. Los engaños del comerciante, la brutalidad de los soldados, el fanatismo de los sacerdotes y la corrupción de los cortesanos, éstos eran simples hechos de la vida.

Este complicado calidoscopio era, en realidad, la expresión de una sociedad en proceso de desintegración donde no era posible ninguna síntesis. Junto a la aristocracia con sus altisonantes títulos y monederos vacíos, había una masa de elementos desclasados, mercenarios y aventureros. Las calles de la capital estaban llenas de criminales, desertores del ejército y fanfarrones de todo tipo y tamaño, portando espadas y puñales. Ellos aceptaban la lucha o un monedero con igual entusiasmo. Las bandas de ladrones eran activas por la noche y no era buena idea estar en la calle en las horas de oscuridad. Un cronista contemporáneo se lamentaba: “No debe haber un rebelde, lisiado, manco, cojo o ciego en toda Francia, Alemania, Italia o Flandes que no descienda de Castilla”.

Este es el verdadero contexto del que surgieron el Lazarillo de Tormes, el Buscón y por último, pero no menos importante, Don Quijote. Como estilo literario la novela picaresca surge de la degeneración del romance de caballería, de la misma manera que sus prototipos humanos surgieron de la degeneración del feudalismo, lo que sólo es otra forma de expresar la misma idea. La decadencia del feudalismo inevitablemente produjo una reacción contra los valores, la moralidad y los ideales del feudalismo. Esta reacción se expresa en la forma de ironía y ridículo; una perspectiva pasada de moda que ha sobrevivido a sí misma, es ridícula por definición y por lo tanto una fuente de humor.

Estas páginas rebosan con todo tipo de vida y personas con caracteres fuertes y coloristas. La clase de antihéroe de la novela picaresca, como en el Lazarillo de Tormes, es una caricatura de los héroes del romance caballeresco. En lugar de un caballero con brillante armadura, es un joven mendigo ruin, una figura familiar en la España de esta época.

Aquí tenemos la verdadera génesis de un género literario reconocible que aparece más tarde en el Gil Blas de Le Sage; el Jonathan Wilde, de Fielding; y en el Barry Lindon, de Thackaray.

Las páginas de Don Quijote están llenas de personalidades y situaciones tomadas del gran libro de la vida misma. El espíritu de este libro, con su sencillo realismo y alegre optimismo, es claramente el del humanismo renacentista y no tiene nada que ver en absoluto con la Contrarreforma. Aquí nuestros ojos se dirigen no hacia el cielo sino hacia la tierra y todas sus riquezas. Su lema es: “Considero que nada humano me es ajeno”.

En Don Quijote hay un fuerte elemento nacional. Es un libro intrínsecamente español. No podía haber sido escrito en ninguna otra parte. Aquí tenemos el agudo contraste del sol y la sombra tan característicos del paisaje de España, que también se refleja en la vida y el carácter del pueblo español. Pero esta explicación, aunque es cierta, de ninguna manera agota la cuestión. No se puede explicar plenamente la riqueza de la caracterización de Cervantes en términos puramente nacionales. Para comprender correctamente a Cervantes es necesario situarlo en su contexto social, económico e histórico.

Fue Marx quien señaló que los períodos de gran transición histórica son particularmente ricos en “personajes”. Esto es cierto tanto en Shakespeare como en Cervantes. La Inglaterra de Shakespeare, como la España de Cervantes, estaba en medio de una gran revolución social y económica. Era un cambio turbulento y penoso, que sumió a una gran cantidad de personas en la pobreza y creó en las ciudades una gran clase de elementos lumpenproletarios desposeídos: mendigos, ladrones, prostitutas, desertores, aquellos que se codeaban con los hijos de los aristócratas empobrecidos, y sacerdotes apartados del sacerdocio, para crear una reserva interminable de personajes como Sir John Falstaff y el Lazarillo de Tormes.

Las escenas subidas de tono en Don Quijote en tabernas de dudosa reputación, dan vida y color a la novela; mientras destacan la contradicción central del período histórico. El pueblo español común es vivo y alegre, de la misma forma que la nobleza es una clase muerta y absurda. El tema central de Don Quijote contiene una verdad histórica fundamental sobre España en el período de decadencia feudal. Los ideales de la caballería aparecen ahora tan ridículos y como una excentricidad anticuada en la naciente economía capitalista, en donde todas las relaciones sociales, la ética y la moralidad están dictadas por el nexo desnudo del dinero.

Un período de transición

A él [a Marx] le gustaban Cervantes y Balzac por encima de los demás novelistas. En Don Quijote veía la época de la caballería moribunda cuyas virtudes eran ridículas y se mofaban del mundo burgués emergente”. (Paul Lafargue. Recuerdos de Marx).

Toda clase dominante alberga las mismas ilusiones en sí misma. En sus imaginaciones son héroes conquistadores, cuando en realidad están implicados en los asuntos más sórdidos y sucios. Marx, que admiraba mucho Don Quijote, escribía: “Con mucho, está claro, sin embargo, que la Edad Media no debía su existencia al catolicismo, ni el mundo antiguo a la política. Por el contrario, es el modo al que ambos debían sus condiciones de existencia lo que explica por qué aquí la política, y allí el catolicismo, jugaron el papel predominante. Por lo demás, requiere un delicado conocimiento de la historia de la república romana, por ejemplo, ser conscientes de que su historia secreta es su historia de la propiedad de la tierra. Por otro lado, Don Quijote hace mucho tiempo pagó el castigo de imaginar equivocadamente que el caballero errante era compatible con todas las formas económicas de la sociedad”.

Mientras que en Lope de Vega la vieja idea feudal del honor es tratada con una seriedad letal, en Don Quijote se convierte en materia de humor. Cervantes está mirando hacia delante, mientras que Lope está mirando hacia atrás. Cervantes representa una transición hacia una sociedad y moralidad capitalistas, basada en el dinero y no en el rango, mientras que Lope mira hacia atrás vehementemente a las certezas morales de un mundo desvaneciéndose donde todo hombre conocía su lugar y la sociedad era mantenida por un fuerte cemento de honor y obligaciones mutuas. Aún así, las obras de Lope ya descubren las cartas: son una admisión tácita de que estos valores han colapsado con la vieja sociedad que los ha producido.

La esencia del humor de Don Quijote son precisamente las contradicciones generadas por la transición del feudalismo al capitalismo, de una sociedad basada en el concepto del servicio feudal, el honor y la lealtad, a una sociedad totalmente diferente basada exclusivamente en las relaciones monetarias. El caballero andante de Don Quijote entra en conflicto con la realidad social y económica existente, de la misma forma que los sueños entran en conflicto con la vida cotidiana. Esto es una expresión literaria de la bancarrota de la aristocracia española, que disimulaba su pobreza con un aura de nobleza gentil. Esa es la ironía de una clase social que no comprende que está condenada y que las viejas formas ya no pueden jugar ningún papel.

Esta contradicción se nos descubre absurda y por lo tanto cómica. Las personas pobres y supuestamente ignorantes comprendían la verdadera situación y correctamente atribuían el comportamiento de los caballeros a la locura. En realidad es un tipo de locura, pero no de una locura individual sino la de una clase social entera que ha sobrevivido a su utilidad y que no se reconcilia con este hecho, cuando en realidad es obvia.

En realidad, la España de la época estaba llena de hombres con grandes nombres e impresionantes títulos que no tenían dos peniques. Había incluso grandes terratenientes que eran poco más que mendigos. En el primer capítulo, tenemos ya una descripción de Don Quijote como miembro de una nobleza que es más una sombra de sí misma, reducida a la semipobreza y prestando escasa atención a los asuntos mundanos de la producción agrícola:

Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso -que eran los más del año-, se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda”.

Don Quijote no tenía concepción del dinero. Exclamaba indignado: “¿Qué caballero andante pagó pecho, alcábala, chapín de la reina, moneda forera, portazgo ni barca? ¿Qué sastre le llevó hechura de vestido que le hiciese? ¿Qué castellano le acogió en su castillo que le hiciese pagar el escote?”. Está fuera de la economía monetaria, al menos en su mente. Si la sociedad se hubiera dejado a la economía quijotesca pronto habría quebrado, ya que en aquel momento nadie había oído hablar del crédito e incluso el orgulloso poseedor de una tarjeta de crédito tarde o temprano se enfrentaría a la necesidad nada agradable de saldar sus cuentas.

En el episodio de la Venta en el tercer capítulo, Don Quijote hubo de recibir una lección de economía moderna del ventero que le preguntaba si llevaba algo de dinero encima, a lo que Don Quijote respondió: “que no traía blanca, porque él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que ninguno la hubiese traído. A esto dijo el ventero que se engañaba; por admitir que las historias de esta materia no son mencionadas por haberles parecido a los autores de ellas que no era menester escribir una cosa tan clara y tan necesaria de traerse como eran dineros y camisas limpias, no por eso se había de creer que no los trajeron, y así, tuviese por cierto y averiguado que todos los caballeros andantes, de que tantos libros están llenos y atestados, llevaban bien herradas las bolsas, por lo que pudiese sucederles; y que asimismo llevaban camisas y una arqueta pequeña llena de ungüentos para curar las heridas que recibían”.

La lección estaba bien aprendida. Cuando inicia su segunda ronda de aventuras, Don Quijote se asegura estar bien provisto de la moneda del reino, endeudándose mucho como resultado de ello. En el capítulo siete se nos informa que: “Dio luego Don Quijote orden en buscar dineros, y vendiendo una cosa, y empeñando otra, y malbaratándolas todas, reunió una razonable cantidad”. Esta era la historia de toda la aristocracia española y de la misma España.

Sancho Panza

En Don Quijote dos son los protagonistas y no uno. Junto al alto y flaco caballero montado en un viejo caballo desvencijado hay un campesino pequeño y gordo a lomos de una mula. Aquí está uno de los grandes dúos de la literatura mundial, tan inseparables como la sal y la pimienta. ¿Qué decir del otro personaje de la novela? Sancho Panza es un pobre trabajador agrícola, un vecino de Don Quijote, “hombre de bien -si es que este título se puede dar al que es pobre-, pero de muy poca sal en la mollera”. La ausencia de sabiduría en Sancho es presumiblemente lo que le lleva a seguir a su amo medio loco. Pero a cada paso es el campesino ignorante el que comprende la verdadera situación e intenta demostrárselo a su amo, que naturalmente se niega a creerle.

En esto también hay implicaciones filosóficas. La filosofía dominante en la España de Cervantes no había avanzado más allá del escolasticismo de la Edad Media, una versión vulgarizada de Aristóteles mezclada con el idealismo de Platón. Los únicos avances reales de la filosofía en la Edad Media los hicieron los filósofos islámicos y los científicos de Al Andalus, pero como la España cristiana sólo había surgido de una larga guerra de conquista en el sur de los moros, estas ideas eran un anatema para ella. La Iglesia ejercía un dominio completo de la filosofía, como sobre todos los demás aspectos de la vida intelectual, excepto la literatura.

Los filósofos escolásticos cristianos pasaban una extraordinaria cantidad de tiempo debatiendo de cosas como el sexo de los ángeles y cuántos ángeles podrían bailar en la cabeza de un alfiler. Cervantes se mofa de las disputas universitarias en la divertida parodia del yelmo de Mambrino. Sin embargo, el propio Don Quijote es un idealista filosófico. En el capítulo diez pronuncia uno de sus discursos habituales sobre los principios de la caballería andante, donde demuestra más allá de toda sombra de duda que los caballeros andantes (y por tanto sus escuderos) no necesitaban comer:

Hágote saber, Sancho, que es honra de los caballeros andantes no comer en un mes, y, ya que coman, sea de aquéllo que hallaren más a mano; y esto se te hiciera cierto si hubieras leído tantas historias como yo; que aunque han sido muchas, en todas ellas no se ha hallado hecho relación de que los caballeros andantes comiesen, si no era acaso y en algunos suntuosos banquetes que les hacían, y los demás días se los pasaban en flores. Y aunque se deja entender que no podían pasar sin comer y sin hacer todos los otros menesteres naturales, porque, en efecto, eran hombres como nosotros, hase de entender también que andando lo más del tiempo de su vida por las florestas y despoblados, y sin cocinero, que su más ordinaria comida sería de viandas rústicas, tales como las que tú ahora me ofreces. Así que, Sancho amigo, no te congoje lo que a mí me da gusto; ni querrás tú hacer mundo nuevo, ni sacar la caballería andante de sus quicios”.

Sin embargo, Sancho Panza es un convencido materialista filosófico y no hará caso de ninguna de estas palabras:

¡Gran Merced! -dijo Sancho-; pero sé decir a vuestra merced que como yo tuviese bien de comer, tan bien y mejor me lo comería en pie y a mis solas como sentado a par de un emperador. Y aún, si va a decir verdad, mucho mejor me sabe lo que como en mi rincón sin melindres ni respetos, aunque sea pan y cebolla, que los gallipavos de otras mesas donde me sea forzoso marcar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me viene gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo. Así que, señor mío, estas honras que vuestra merced quiere darme por ser ministro y adherente de la caballería andante, como lo soy siendo escudero de vuestra merced, conviértalas en otras cosas que me sean de más cómodo y provecho; que éstas, aunque las doy por bien recibidas, las renuncio para desde aquí al fin del mundo”.

Sancho Panza, se presenta, después de todo, no como un ignorante. Sus palabras contienen el sentido común sencillo de las masas. Tiene los pies firmemente en la tierra. Vive en el mundo real, el que hace mucho tiempo ha abandonado Don Quijote. Come, bebe, estornuda, duerme y realiza todas las demás funciones corporales que su idealista amo trata con desprecio. En realidad, Sancho está principalmente preocupado por su panza, hasta el punto que pregunta a su amo sobre el jornal de los escuderos de los caballeros andantes. En otra parte Don Quijote dice: “debería haber recordado, por experiencia, que la palabra de un campesino está regulada no por el honor sino por el beneficio”.

La Iglesia

En los siglos XV y XVI la España católica estaba en la vanguardia de la reacción europea. Era la época de la Reforma -y la Contrarreforma-. La Sagrada Iglesia Romana estaba en el centro del orden establecido y luchaba ferozmente para defender su poder y privilegios contra el espíritu de la nueva época. En su batalla sangrienta por las almas de los hombres, las armas utilizadas no fueron los simples discursos sino la espada y el fuego. Se tomaron muy en serio las palabras de La Biblia: “No he llegado para traer la paz sino la espada”.

La Iglesia Católica Romana era todopoderosa en España -una realidad enfatizada por el hecho de que el Cardenal Cisneros se convirtió en regente después de la muerte de Fernando-. Sólo después de dos años en el gobierno nombró rey a Carlos, el nieto de los monarcas católicos Fernando e Isabel. Carlos comenzó una política centralizadora, parte de ella fue convertir a Madrid en capital, lo que fue continuado por su hijo Felipe II con la construcción de El Escorial en la sierra de Madrid, en la que incluso participó ocasionalmente con la supervisión de sus trabajos.

Era una sociedad dominada por el sacerdote. Esto llevó al establecimiento de la Inquisición y la Sociedad de Jesús (los jesuitas), fundada por el fanático vasco San Ignacio de Loyola como tropas de choque militantes de la Contrarreforma. Felipe II estaba tan dominado y obsesionado por la religión que fue incapaz de tomar la más mínima decisión política sin consultar primero con sus sacerdotes.

Madrid y las otras ciudades españolas estaban llenas de instituciones religiosas, iglesias, monasterios y conventos para las órdenes sagradas como las Descalzas, monjas descalzas que se mortificaban de la manera que indica su nombre. En la recién construida Plaza Mayor de Madrid, había todo tipo de juegos y espectáculos para el entretenimiento y edificación de la opinión pública, incluido el más espectacular de todos: el auto de fe. La religión impregnaba cada poro de la sociedad española sin producir ningún efecto evidente en la moral pública. Las órdenes inferiores, aunque exteriormente devotas, estaban obsesionadas con el fetichismo supersticioso que no hacía nada para inculcar un sentido de moderación en su conducta. Miles se reunían en la Plaza de la Cebada para escuchar los desvaríos de algunos frailes medio locos. La obsesión por la idolatría les inducía a raspar el yeso de los muros de las iglesias para guardarlos como reliquia.

Sin embargo, el ambiente dominante de fanatismo religioso no impidió la epidemia general de robo, violación, asesinato, peleas y duelos que estaban a la orden del día. Del reino de la miopía religiosa fanática de Felipe II al del disoluto Felipe IV, la inmoralidad alcanzó su cénit más espectacular. La propia Iglesia reflejaba la moral general de la época. Había casos de frailes implicados en robos, violaciones y asesinatos. Los duelos se producían cada día por docenas. Por las noches las calles eran prácticamente intransitables, la iluminación de la ciudad estaba limitada a esas lámparas que parpadeaban ante las imágenes de las vírgenes y santos en los muros exteriores de las casas.

La Iglesia, que supuestamente debía actuar como el guardián de la moral pública, en realidad era un semillero de intriga política. Su insistencia fanática en el sostenimiento por cualquier medio de la supuesta pureza doctrinal de la Iglesia era en realidad un medio de fortalecer el control de la Iglesia sobre cada uno de los aspectos de la vida y del comportamiento humanos. Esta dictadura espiritual, apoyada por la Inquisición -la Gestapo de la Edad Media- era sólo otra manifestación del estado burocrático que gobernaba España y que presidía sus ruinas.

La intolerancia y el fanatismo estaban a la orden del día. Después de la conquista de Granada, los musulmanes fueron obligados a convertirse o si no debían abandonar España. Muchos se convirtieron para seguir en su hogar, pero fueron sometidos a todo tipo de restricciones molestas y controles bajo la mirada escrutadora de la Inquisición. Llegaron incluso hasta obligar a cada familia morisca a mantener un jamón colgado en la cocina, e incluso crearon una “policía del jamón” que inspeccionaba la cuestión antes mencionada a intervalos regulares para garantizar que se consumía entero. En Don Quijote, Cervantes se atreve a hablar con simpatía de los moriscos.

Cuando Don Quijote pronuncia las famosas palabras a Sancho: “Con la Iglesia hemos topado, Sancho”, creó una expresión que se convirtió casi en un refrán popular en España. Mientras Don Quijote estaba bastante dispuesto para atacar a los molinos de viento, tenía que pensárselo dos veces para enfrentarse a la Iglesia. Por supuesto, en una época en que la Inquisición quemaba a hombres y mujeres por las ofensas más triviales, Cervantes tenía que andar con cuidado y cubrirse las espaldas con declaraciones de su fe. Pero está muy claro que su actitud, al menos hacia la religión organizada, era crítica, si no abiertamente hostil. Si se lee Don Quijote cuidadosamente, es inmediatamente evidente que las críticas a la Iglesia aparecen como un hilo rojo a través de todo el libro.

En el capítulo cinco la sobrina de Don Quijote dice: “Más yo me tengo la culpa de todo, que no avisé a vuestras mercedes de los disparates de mi señor tío, para que lo remediaran antes de llegar a lo que ha llegado, y quemaran todos estos descomulgados libros, que tiene muchos, que bien merecen ser abrasados como si fuesen herejes”. Esto se lleva a cabo debidamente en otro capítulo, cuando uno por uno los libros de Don Quijote son lanzados a las llamas:

Aquella noche quemó y abrasó el ama cuantos libros había en el corral y en toda la casa, y tales debieron de arder que algunos merecían guardarse en perpetuos archivos, más no lo permitió la suerte ni la pereza del escrutiñador, y así se cumplió el refrán en ellos de que pagan a las veces justos por pecadores”.

Esto es muy claramente una parodia de los autos de fe de la Inquisición que llenaban las plazas centrales de las ciudades españolas con el hedor de la carne ardiendo. En estas ceremonias brutales a menudo era el inocente el que sufría, mientras el culpable presidía el espectáculo. En otras ocasiones, Don Quijote también habla con mordaz desprecio sobre la Iglesia. En la época donde la Santa Inquisición tenía el poder absoluto sobre la vida y la muerte, era muy valiente, incluso temerario, adoptar esa actitud. En el capítulo XIII alguien dice que los monjes cartujos también vivían una vida austera como los caballeros andantes: “Tan estrecha bien podía ser -respondió Don Quijote-, pero tan necesaria en el mundo no estoy en dos dedos de ponello en duda”.

Un espíritu rebelde

Leyendo entre líneas es posible detectar elementos de crítica social en casi cada página de Don Quijote. El espíritu de rebelión está presente desde el mismo principio. En el prólogo del autor leemos:

Ni eres su pariente ni su amigo, y tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado, y estás en tu casa, donde eres señor de ella, como el rey de sus alcabalas, y sabes lo que comúnmente se dice, que debajo de mi manto, al rey mato. Todo lo cual te exenta y hace libre de todo respecto y obligación; y así, puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin temor que te calumnien por el mal ni te premien por el bien que dijeres de ella”.

Don Quijote también es un comunista instintivo. En su discurso a algunos cabreros incrédulos habla de una edad dorada en un tiempo pasado y lejano, cuando todas las cosas eran de propiedad común:

Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle las robustas encinas, que libremente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto”.

Él contrasta esta edad dorada cuando todas las cosas eran propiedad común con la presente época en la que el dinero y la concupiscencia determinan cada aspecto de la vida y del pensamiento:

Y ahora, en estos nuestros detestables siglos, nadie está seguro, aunque se oculte y cierre en otro nuevo laberinto, como el de Creta; porque allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. De esta orden soy yo, hermanos cabreros, a quienes agradezco el agasaje y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero. Que, aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación, me acogisteis y regalasteis, es razón que, con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra” (Cap. 12).

Fue un golpe maestro de Cervantes poner lo que sería una muy atrevida crítica social en boca de un loco. Todo revolucionario en la historia ha sido considerado un loco por sus contemporáneos. Para la mayoría de las personas es racional aceptar el status quo y aquél que no acepta el orden existente es irracional -loco- por definición.

Hegel escribió: “Todo lo que es real es racional y todo lo que es racional es real”. Y esa frase ha sido tomada como una justificación absoluta del status quo. Pero Engels explica que para Hegel no todo lo que existe también es real, sin más calificación. Para Hegel el atributo de realidad pertenece sólo a lo que al mismo tiempo es necesario. “En el curso de su desarrollo la realidad demuestra ser una necesidad”.

Lo que es necesario también se demuestra, en última instancia, como algo racional.

Sobra decir que para un marxista todo lo que existe lo hace por alguna necesidad. Pero las cosas cambian, evolucionan, se modifican y engendran constantemente contradicciones internas que finalmente llevan a su destrucción. Por lo tanto, pierden la cualidad de necesidad y entran en contradicción con ella. El terreno comienza a moverse bajo los pies del orden establecido. Aquellas personas que se consideran los más realistas ahora se convierten en el peor tipo de utópicos reaccionarios, mientras que aquéllos que eran considerados como soñadores y locos, se convierten en las únicas personas cuerdas de un mundo que se ha vuelto loco.

En un período histórico en el que un sistema socioeconómico caduco está en declive, la ideología, la moralidad, los valores y la religión que anteriormente eran el pegamento que mantenía unida a la sociedad, pierden su poder de atracción. Las viejas ideas y valores se convierten en objeto de ridículo. Las personas que se aferran a ellos se convierten en objeto de burla, como Don Quijote. La naturaleza relativamente histórica de la moralidad se hace evidente. Lo que era malo se vuelve bueno, lo que era bueno se vuelve malo.

El largo e ignominioso declive de España

El descubrimiento de América, que al principio fortaleció y enriqueció a España, se volvió pronto contra ella. Las grandes rutas comerciales se apartaron de la Península Ibérica. Holanda, enriquecida, tomó la delantera a España. Después de Holanda fue Inglaterra quien adquirió una posición aventajada sobre el resto de Europa. Era la segunda mitad del siglo XVI, España se aproximaba a la decadencia. Después de la destrucción de la Armada Invencible (1588), esta decadencia revistió -por así decirlo- un carácter oficial. Nos referimos al advenimiento de ese estado de feudalismo burgués en España que Marx llamó ‘la putrefacción lenta y sin gloria’”. (Trotsky. La revolución española y las tareas de los comunistas. 24 de enero de 1931).

Por debajo de la superficie de toda la brillantez de las conquistas de España, los cimientos de este edificio imponente ya estaban desmoronándose. Todo el tejido de la sociedad estaba corrompido. A pesar de la peligrosa situación de las finanzas españolas, se decidió reanudar la guerra con Holanda. Para conseguir un ejército de mercenarios en España y Alemania, el Tesoro acuñó moneda falsa en forma de vellón, una medida que llevó inevitablemente a una explosión de la inflación. El colapso final llegó lenta e ignominiosamente.

No sólo se devaluó la moneda. La monarquía estaba totalmente corrupta y la corte no era otra cosa que un pozo negro de inmoralidad y vicio. En el reinado de Felipe IV la inmoralidad de la corte española alcanzó niveles escandalosos. El propio monarca, cuando no estaba ocupado cazando en El Pardo, El Escorial y Aranjuez, se pasaba el tiempo en numerosos asuntos amorosos y se rodeó de un auténtico ejército de meretrices, amantes e hijos ilegítimos. Fue padre de numerosos hijos ilegítimos, el más famoso fue Don Juan José de Austria, a quién engendró con una famosa actriz cómica conocida como La Caldonera. La reina, por su parte, no mantenía en secreto a su amante: el Conde de Villamedina.

Como potencia dirigente de la Contrarreforma, España estaba mirando atrás, intentaba detener el flujo de la historia, aplicando una política quijotesca. Y como Don Quijote, no consiguió detener el reloj, sino sólo condenarse al declive, la derrota y la decadencia a todos los niveles. España ya era un gigante con pies de barro y sus aventuras militares en los Países Bajos fueron el golpe del último clavo en su ataúd. En un breve espacio de tiempo Holanda se liberó del abrazo mortal de España, que pronto se encontró siendo la víctima de una agresión militar exterior, humillada y aplastada por las naciones que anteriormente habían sido sus inferiores.

La Inquisición se había convertido en todopoderosa, presidiendo un reinado de terror, basado en los métodos habituales de la tortura y las hogueras. En 1680 la Plaza Mayor de Madrid fue el escenario del auto de fe más espectacular. El hedor de la carne quemada envenenó el alma y pervirtió la mente de España. El oscurantismo penetró en los más altos niveles del Estado. Este ambiente reinante se reflejó en el arte de ese período, un arte que, con unas pocas excepciones destacables, estaba impregnado con un espíritu de fanatismo miope y sin sentido.

El declive de España es una ilustración gráfica de cómo una sociedad que es incapaz de desarrollar las fuerzas productivas puede caer víctima de su propio éxito. “El orgullo llega antes de la caída” dice un refrán. La arrogancia de la España imperial tiene un homólogo moderno en la arrogancia de EEUU hoy. Igual que España era la nación más poderosa y rica de la tierra en el siglo XVI, EEUU lo es hoy. Igual que España era el centro neurálgico de la contrarrevolución mundial entonces, EEUU lo es hoy. Igual que España se excedió en aventuras militares extranjeras que agotaron su fuerza y vaciaron sus arcas, EEUU está sobrepasándose hoy a escala mundial.

Los paralelismos son obvios y se extienden a la esfera de la ideología y la religión. George W. Bush es un fanático religioso miope, como lo era Felipe II, y cada acto está determinado para establecer una dominación mundial absoluta. Estos paralelismos no son causalidad. Estamos viviendo un período de gran cambio histórico, un período de transición, similar al final del siglo XVI. Pero mientras que en aquella época el mundo estaba presenciando el desmoronamiento del feudalismo y el movimiento irresistible hacia el capitalismo, ahora estamos viendo la agonía mortal del capitalismo y un movimiento igualmente irresistible hacia una nueva sociedad que nosotros llamamos socialismo.

Aquellos que tienen el valor de decirlo son calificados de utópicos, soñadores y locos. Los que compartimos ese honor con Don Quijote, nos encontramos tan poco cómodos en el mundo del capitalismo como nuestro ilustre antepasado. Pero a diferencia de él, no buscamos dar marcha atrás al reloj o regresar a una edad dorada que nunca existió. Todo lo contrario, deseamos fervientemente avanzar hacia una nueva fase y cualitativamente superior de desarrollo humano.

No tenemos necesidad de sueños e ilusiones, preferimos mantener los pies sobre la tierra. En ese aspecto, al menos, estamos más en la tradición de ese gran proletario de gran corazón y con sentido común que era Sancho Panza. Pero compartimos con el caballero de La Mancha un feroz odio hacia la injusticia en todas sus formas. Compartimos su capacidad de elevarse por encima de la miope pequeñez del filisteísmo burgués, para desear un mundo mejor al que vivimos ahora, e igualmente compartimos su valor de luchar para cambiarlo.

15 de julio de 2005

Beethoven: hombre, compositor y revolucionario

por Alan Woods//

 

Si algún compositor merece el nombre de revolucionario ése es Beethoven. Él llevó a cabo lo que probablemente fue la revolución más grande de la música moderna y cambió la manera en que la música se componía y apreciaba. La suya es música que no calma, sino que conmociona y perturba. Alan Woods describe cómo el mundo en el que nació Beethoven era un mundo agitado, un mundo en transición, un mundo de guerras, revolución y contrarrevolución: un mundo como nuestro propio mundo. Seguir leyendo Beethoven: hombre, compositor y revolucionario

¿Qué consiguió la Revolución Rusa y por qué degeneró?

 

por Alan Woods

 

Independientemente de lo que se piense del bolchevismo, es innegable que la Revolución Rusa es uno de los mayores acontecimientos de la historia humana, y el gobierno de los bolcheviques un fenómeno de importancia mundial“. John Reed, 1 de enero de 1919. (J. Reed, Diez días que estremecieron al mundo).

El colapso de la URSS fue presentado por los defensores del capitalismo como el equivalente a la victoria final de la “economía de libre mercado” sobre el “comunismo”. Hace 25 años esto produjo una ola de euforia entre la burguesía y sus apologistas. Se habló del fin del socialismo, del fin del comunismo e, incluso, del fin de la historia y, desde entonces, hemos presenciado una ofensiva ideológica sin precedentes contra las ideas del marxismo a escala mundial. Esta exuberancia irracional no tuvo límites.

El entonces presidente estadounidense, George Bush, anunció triunfalmente la creación de un “Nuevo Orden Mundial” bajo el dominio del imperialismo estadounidense. “La Unión Soviética ya no existe”, escribió Martin McCauley. “El gran experimento ha fracasado… El marxismo en la práctica ha fracasado en todas partes, no hay un modelo económico marxista capaz de competir con el capitalismo”. (M. McCauley: La Unión Soviética 1917-1991) “¡Ganamos!” Exclamaba el editorial de The Wall Street Journal (24/5/89). Francis Fukuyama lanzaba su famosa predicción: “El período de la post-historia ha llegado… La democracia liberal ha triunfado, y la humanidad ha alcanzado su más alta sabiduría. La historia ha llegado a su fin”.

Veinticinco años más tarde no queda nada de estas imprudentes ilusiones. El capitalismo ha entrado en la crisis más grave desde la Gran Depresión. Millones de personas se enfrentan a un futuro de desempleo, pobreza, recortes y austeridad. Las guerras y los conflictos estropean todo el planeta, cuyo futuro se ve amenazado por las depredaciones causadas por la incontrolada economía de mercado. Ahora, a la fría luz del día, esas proclamas triunfalistas parecen irónicas. La crisis global del capitalismo y sus efectos han puesto en duda las confiadas predicciones. Todas las grandes promesas de leche y miel de los líderes occidentales que siguieron al colapso de la Unión Soviética se han evaporado como una gota de agua en una estufa caliente.

El sueño estadounidense de dominar el mundo está enterrado bajo las ruinas humeantes de Alepo. Todos los pronunciamientos triunfalistas de los estrategas burgueses se han demostrado falsos. La historia ha regresado para vengarse. Los mismos observadores occidentales que exageraron todos los defectos de la economía soviética están ahora luchando desesperadamente por explicar el fracaso manifiesto de la economía de mercado. Reinan el colapso económico, la inestabilidad política, la incertidumbre, las guerras y los conflictos. La euforia anterior ha dado paso al pesimismo más negro.

Es por esta razón que el centenario de la Revolución Rusa será inevitablemente la ocasión para intensificar la viciosa campaña anticomunista. La razón no es difícil de entender. La crisis mundial del capitalismo está dando lugar a un cuestionamiento general de la “economía de mercado”. Hay un renacimiento del interés en las ideas marxistas, que es alarmante para la burguesía. La nueva campaña de calumnias es reflejo, no de confianza sino de miedo.

Miedo a la revolución

La historia demuestra que no basta con que la clase dominante derrote a una revolución. Es necesario cubrirla con calumnias, ennegrecer el nombre de sus líderes y rodearla con una nube de malicia y sospecha, de tal modo que ni siquiera permanezca el recuerdo de ella para inspirar a las nuevas generaciones. No hay nada nuevo en esto. En el siglo XIX, el historiador Thomas Carlyle dijo, al escribir su libro sobre Oliver Cromwell, que antes de que pudiera comenzar tuvo que rescatar el cuerpo de Cromwell de debajo de una montaña de perros muertos.

Después de la Restauración de la monarquía en 1660, todos los recuerdos de Cromwell y la revolución burguesa inglesa tuvieron que ser borrados de la memoria colectiva. La monarquía restaurada de Carlos II fechó oficialmente su reinado desde el 30 de enero de 1649, fecha de la ejecución de Carlos I, borrando todas las referencias a la república y a sus actos revolucionarios. El arrogante Carlos II estaba tan imbuido por el espíritu de despecho, odio y venganza, que llegó a exhumar el cadáver de Oliver Cromwell, para luego colgarlo en público en Tyburn.

La misma malicia y el mismo rencor que nacen del miedo motivan los esfuerzos actuales para negar los logros y el significado revolucionario de la Revolución Rusa y oscurecer la memoria de sus líderes. La falsificación sistemática de la historia que está llevando a cabo la burguesía, aunque de forma algo más sutil que los linchamientos póstumos de los monarcas ingleses, no le otorga en absoluto más crédito moral. En última instancia, no resultará más eficaz. La locomotora del progreso humano es la verdad, no la mentira. Y la verdad no permanecerá enterrada para siempre.

Durante casi tres generaciones, los apologistas del capitalismo dieron rienda suelta a su rabia contra la Unión Soviética. No se escatimaron esfuerzos en el intento de ensombrecer la imagen de la Revolución de Octubre y de la economía nacionalizada y planificada que emanó de ella. En esta campaña, los crímenes del estalinismo fueron muy útiles. El truco era identificar el socialismo y el comunismo con el régimen totalitario burocrático que surgió del aislamiento de la revolución en un país atrasado.

El odio a la Unión Soviética compartido por todos aquellos cuyas carreras, salarios y ganancias derivan del orden existente basado en la renta, el interés y el beneficio, no es difícil de entender. No tenía nada que ver con el régimen totalitario de Stalin. Los mismos “amigos de la democracia” no tenían escrúpulos en elogiar regímenes dictatoriales cuando convenía a sus intereses hacerlo. La clase dominante “democrática” británica observaba complaciente la llegada de Hitler al poder, siempre y cuando aplastara a los trabajadores alemanes y dirigiera sus atenciones hacia el Este.

Winston Churchill y otros representantes de la clase dominante británica expresaron su ferviente admiración por Mussolini y Franco, hasta 1939. En el período posterior a 1945, las “democracias” occidentales, en primer lugar los Estados Unidos, respaldaron activamente monstruosas dictaduras, desde la de Somoza a la de Pinochet, desde la Junta argentina al carnicero indonesio Suharto que subió al poder sobre los cadáveres de un millón de personas con el apoyo activo de la CIA. Los líderes de las democracias occidentales se postran ante el régimen empapado de sangre de Arabia Saudí que tortura, asesina, azota y crucifica a sus propios ciudadanos. La lista de estas barbaridades es interminable.

Desde el punto de vista del imperialismo, estos regímenes son perfectamente aceptables, siempre que se basen en la propiedad privada de la tierra, de los bancos y de los grandes monopolios. Su hostilidad implacable hacia la Unión Soviética no se basaba entonces en ningún amor a la libertad, sino en el desnudo interés de clase. Odiaban a la URSS, no por lo que tenía de malo, sino precisamente por lo que tenía de positivo y progresista. Se oponían, no a la dictadura de Stalin (muy al contrario, los crímenes del estalinismo les convenían muy bien como un medio de manchar el nombre del socialismo en Occidente), sino a las formas de propiedad nacionalizadas que eran todo lo que quedaba de las conquistas de Octubre.

Esta reescritura de la historia recuerda a los viejos métodos de la burocracia estalinista que puso la historia del revés, convirtió a figuras importantes en no-personas, o las demonizó, como en el caso de León Trotsky, y sostuvo generalmente que lo negro era blanco. Los escritos actuales de los enemigos del socialismo no son diferentes, excepto que calumnian a Lenin con el mismo odio y rencor ciegos que los estalinistas reservaban para Trotsky.

Algunos de los peores casos de este tipo se encuentran en Rusia. Esto no es de extrañar, por dos razones diferentes: en primer lugar, estas personas han sido criadas en la escuela estalinista de la falsificación, que se basa en el principio de que la verdad es sólo un instrumento al servicio de la élite gobernante. Los profesores, economistas e historiadores estaban acostumbrados, con algunas honrosas excepciones, a adaptar sus escritos a la “línea” de turno. Los mismos intelectuales que cantaron las alabanzas de Trotsky, fundador del Ejército Rojo y líder de la Revolución de Octubre, pocos años después no tuvieron ningún reparo en denunciarlo como un agente de Hitler. Los mismos escritores que adoraron a Joseph Stalin, el gran Líder y Maestro, pronto saltaron al otro lado cuando Nikita Kruschev descubrió el “culto a la personalidad”. Los hábitos son difíciles de cambiar. Los métodos de prostitución intelectual son los mismos. Sólo el amo ha cambiado.

Hay también otra razón completamente distinta. Muchos de los capitalistas en Rusia no hace mucho tiempo llevaban un carnet del Partido Comunista en su bolsillo y hablaban en nombre del “socialismo”. En realidad, no tenían nada que ver con el socialismo, con el comunismo ni con la clase obrera. Formaban parte de una casta gobernante parasitaria que vivía una vida de lujo a espaldas de los trabajadores soviéticos. Ahora, con el mismo cinismo que siempre ha caracterizado a estos elementos, se han pasado abiertamente al capitalismo. Pero esta transformación milagrosa no puede consumarse tan fácilmente. Estas personas sienten una necesidad imperiosa de justificar su apostasía amasando maldiciones sobre lo que profesaban creer antaño. Por estos medios intentan tirar polvo a los ojos de las masas, mientras calman sus propias conciencias –suponiendo que posean tal cosa. Incluso al peor canalla le gusta encontrar alguna justificación para sus acciones.

Los logros de la Revolución

El régimen establecido por la Revolución de Octubre no fue ni totalitario ni burocrático, sino el régimen más democrático que se haya visto hasta hoy en la tierra. La Revolución de Octubre abolió radicalmente la propiedad privada de los medios de producción. Por primera vez en la historia, se demostró la viabilidad de una economía planificada y nacionalizada, no en teoría sino en la práctica. En más de una sexta parte de la superficie terrestre, en un experimento gigantesco y sin parangón, se demostró que era posible dirigir la sociedad sin capitalistas, terratenientes ni prestamistas.

Hoy en día, está de moda atenuar los resultados alcanzados, o incluso negarlos por completo. Sin embargo, el mínimo análisis de los hechos nos lleva a una conclusión muy diferente. A pesar de todos los problemas, las deficiencias y los crímenes (que, por cierto, la historia del capitalismo nos proporciona en abundancia), la economía planificada y nacionalizada logró los avances más asombrosos en la Unión Soviética, en un espacio histórico notablemente corto. Esto es lo que provocó el miedo y el odio que caracterizó la actitud de las clases dominantes de Occidente. Esto es lo que las obliga, incluso ahora, a caer en las mentiras y calumnias más descaradas y sin precedentes sobre el pasado (por supuesto, siempre bajo el disfraz de la más exquisita “objetividad académica”).

Los burgueses tienen que enterrar de una vez por todas los ideales de la Revolución de Octubre. En consecuencia, el colapso de la URSS fue la señal de una avalancha de propaganda contra los logros de las economías planificadas de Rusia y Europa del Este. Esta ofensiva ideológica de los estrategas del capital contra el “comunismo” fue un intento calculado de negar las conquistas históricas que emanaron de la Revolución. Para estas damas y caballeros, desde 1917, la Revolución Rusa fue una aberración histórica. Para ellos, sólo puede haber una forma de sociedad. El capitalismo siempre había existido y seguiría haciéndolo. Por lo tanto, nunca se podría hablar de logros de la economía nacionalizada y planificada. Se dice que las estadísticas soviéticas eran simplemente exageraciones o falsedades.

“Las datos no pueden mentir, pero los mentirosos pueden falsear los datos”. Todos los avances colosales en alfabetización, sanidad, cobertura social, se ocultaron bajo un mar de mentiras y distorsiones destinadas a borrar los verdaderos logros del pasado. Todos los defectos de la vida soviética –y hubo muchos- se han utilizado sistemática y desproporcionadamente para “probar” que no hay alternativa al capitalismo. En lugar de avanzar, hubo declive, se dice. Más que progreso, hubo regresión. “El nivel de atraso de la URSS en los ochenta con respecto a Estados Unidos equivalía al del Imperio ruso en 1913”, escribió el historiador económico Alec Nove, quien concluía que “las revisiones estadísticas han jugado un papel político en la deslegitimación del régimen soviético…” (Alec Nove, Historia económica de la URSS).

Frente a esta campaña sin precedentes de mentiras y calumnias, es esencial que pongamos las cosas en orden. No queremos sobrecargar al lector con estadísticas. Sin embargo, es necesario demostrar sin lugar a dudas los enormes éxitos de la economía planificada. A pesar de los monstruosos crímenes de la burocracia, los avances incomparables de la Unión Soviética representan no sólo un logro histórico, sino que dan ante todo una idea de las enormes posibilidades inherentes a una economía planificada y nacionalizada, sobre todo si se desarrolla en líneas democráticas. Dichas posibilidades sobresalen si se contrastan con la crisis de las fuerzas productivas del capitalismo a escala mundial en la actualidad.

Avance sin precedentes

La revolución de octubre de 1917 provocó el mayor avance de las fuerzas productivas de cualquier país en la historia. Antes de la revolución, la Rusia zarista era una economía extremadamente atrasada y semi-feudal, cuya población era predominantemente analfabeta. De una población total de 150 millones de personas sólo había aproximadamente cuatro millones de trabajadores industriales. Eso significa que era mucho más atrasada que Pakistán en la actualidad.

Bajo la terrible situación de atraso económico, social y cultural, el régimen de  democracia obrera establecido por Lenin y Trotsky comenzó la titánica tarea de sacar a Rusia del atraso sobre la base de una economía planificada y nacionalizada. Los resultados no tienen precedentes en la historia económica. En el espacio de dos décadas, Rusia estableció una poderosa base industrial, desarrolló la industria, la ciencia y la tecnología y abolió el analfabetismo. Logró avances notables en los ámbitos de la salud, la cultura y la educación. Esto sucedió en un momento, en la Gran Depresión, en que el mundo occidental se sumergía en un estado de desempleo masivo y colapso económico.

La viabilidad del nuevo sistema productivo pasó una prueba severa en 1941-45, cuando la Unión Soviética fue invadida por la Alemania nazi con todos los recursos combinados de Europa a su disposición. A pesar de la pérdida de 27 millones de vidas, la URSS logró derrotar a Hitler, y siguió, después de 1945, reconstruyendo su destrozada economía en un espacio de tiempo notablemente corto, transformándose en la segunda potencia del mundo.

Tales avances asombrosos de un país merecen una reflexión. Se puede simpatizar con los ideales de la revolución bolchevique, u oponerse a ellos, pero una transformación tal en un espacio de tiempo tan corto llama la atención de cualquiera.

En un periodo de 50 años, la URSS multiplicó su producto interior bruto (PIB) por nueve. A pesar de la terrible destrucción de la Segunda Guerra Mundial, su PIB se multiplicó por cinco entre 1945 y 1979. En 1950, el PIB de la URSS era sólo el 33% del de los EEUU. Ya en el año 1979 alcanzó el 58%. A finales de la década de los 70, la Unión Soviética se había convertido en una potencia industrial formidable que en términos absolutos ya había superado al resto del mundo en toda una serie de sectores clave. La URSS era el mayor productor de petróleo, acero, cemento, asbestos, tractores y muchos bienes de equipo. La producción industrial de la URSS era la segunda después de la de EEUU.

Pero el alcance de estos logros no se expresa sólo en estas cifras. Todo esto se consiguió prácticamente sin inflación ni paro. El desempleo como el que existía en Occidente era desconocido en la Unión Soviética. De hecho, era legalmente un delito (irónicamente esta ley sigue vigente hoy en día aunque no signifique nada). Podía haber ejemplos individuales fruto de una mala administración económica o de personas que entraban en conflicto con las autoridades y se les privaba de empleo, pero estos fenómenos no se derivaban del carácter de la economía planificada y tenían un mero carácter fortuito. No tenían nada en común ni con el desempleo cíclico del capitalismo ni con el cáncer orgánico que ahora está afectando al conjunto del mundo occidental y que actualmente condena a 35 millones de personas, sólo en los países de la OCDE, a una vida de ociosidad forzosa

Además, durante la mayor parte del período posterior a la guerra, hubo poca o ninguna inflación. La burocracia aprendió la verdad de la advertencia de Trotsky de que “la inflación es la sífilis de una economía planificada”. Después de la Segunda Guerra Mundial, la mayor parte del tiempo se cuidó en asegurar que la inflación se mantuviera bajo control. Este fue particularmente el caso con los precios de los artículos básicos de consumo. Antes de la Perestroika (Reconstrucción, en ruso), a mediados de los años 80, la última vez que se incrementaron los precios de la carne y de los productos lácteos fue en 1962. El precio del pan, el azúcar y la mayoría de los alimentos había aumentado la última vez en 1955. Los alquileres eran extremadamente bajos, particularmente en comparación con Occidente, donde la mayoría de los trabajadores tenían que dedicar un tercio o más de su salario al pago de la vivienda. Sólo en el último período, con el caos de la Perestroika, esto se desmoronó. En la carrera hacia una economía de mercado, tanto el desempleo como la inflación se dispararon a niveles sin precedentes.

La URSS tenía un presupuesto equilibrado e incluso un pequeño superávit cada año. Es interesante señalar que ni un solo gobierno occidental logró este resultado (como lo demuestran las condiciones de Maastricht), así como no lograron el pleno empleo ni la anulación de la inflación, cosas que sí consiguió la Unión Soviética. Los críticos occidentales de la Unión Soviética se mantuvieron muy callados acerca de esto, porque demostró las posibilidades incluso de una economía de transición, no ya socialista.

De un país atrasado, semi-feudal, principalmente analfabeto, en 1917, la URSS se convirtió en una economía moderna y desarrollada, poseía un cuarto de los científicos del mundo, un sistema de salud y educación igual o superior a cualquiera de los países de Occidente, lanzó el primer satélite espacial y puso al primer hombre en el espacio. En la década de 1980, la URSS tenía más científicos que los Estados Unidos, Japón, Gran Bretaña y Alemania juntos. Sólo recientemente Occidente se vio obligado a admitir a regañadientes que el programa espacial soviético estaba muy por delante del de los Estados Unidos. El hecho de que Occidente todavía tenga que usar cohetes rusos para poner hombres y mujeres en el espacio es una prueba suficiente de esto.

Las mujeres y la Revolución de Octubre

El gran socialista utópico francés Fourier consideraba la posición de la mujer como el indicador más gráfico del progreso o no de un régimen social. El intento de introducir el capitalismo en Rusia ha tenido las consecuencias más calamitosas a este respecto. Todos los avances de la Revolución Rusa, que, por cierto, fueron iniciados por las trabajadoras textiles en el Día Internacional de la Mujer, están siendo sistemáticamente eliminados. La cara reaccionaria del capitalismo se revela gráficamente en la posición de las mujeres en Rusia.

La revolución bolchevique sentó las bases para la emancipación social de la mujer y, aunque la contrarrevolución política estalinista representó un retroceso parcial, es innegable que las mujeres de la Unión Soviética hicieron avances colosales en la lucha por la igualdad. “La Revolución de Octubre cumplió honestamente sus obligaciones en relación con la mujer”, escribió Trotsky. “El joven gobierno no sólo le dio todos los derechos políticos y legales en igualdad con el hombre, sino que, lo más importante, hizo todo lo posible, y en todo caso incomparablemente más que cualquier otro gobierno, para asegurarle el acceso a todas las formas de trabajo económico y cultural”.

La Revolución de Octubre fue un hito en la lucha por la emancipación de las mujeres. Antes de eso, bajo el zarismo, las mujeres eran consideradas como meros apéndices del hogar. Las leyes zaristas permitían explícitamente a un hombre usar la violencia contra su esposa. En algunas zonas rurales, las mujeres se veían obligadas a usar el velo y se les impedía aprender a leer y escribir. Entre 1917 y 1927, se aprobó toda una serie de leyes que daban a las mujeres igualdad formal con los hombres. El programa del Partido Comunista de 1919 proclamó audazmente: “No limitándose a la igualdad formal de las mujeres, el partido se esfuerza por liberarlas de las cargas materiales del trabajo doméstico obsoleto reemplazándolo por casas comunales, comedores públicos, lavanderías, etc.”

Las mujeres ya no estaban obligadas a vivir con sus maridos o acompañarlos si un cambio de trabajo significaba un cambio de casa. Se les otorgó iguales derechos para ser cabeza de familia y recibir el mismo salario. Se prestó atención al papel de las mujeres en la maternidad y se introdujeron leyes especiales de maternidad, que prohibían largas horas de trabajo nocturno, así como permisos remunerados para el parto, subsidios familiares y guarderías. El aborto fue legalizado en 1920, se simplificó el divorcio y se introdujo el registro civil del matrimonio. También se abolió el concepto de hijos ilegítimos. En palabras de Lenin: “En el sentido literal, no dejamos un solo ladrillo de las leyes despreciables que colocaban a las mujeres en un estado de inferioridad en comparación con los hombres…”.

Se realizaron avances materiales para facilitar la plena participación de las mujeres en todos los ámbitos de la vida social, económica y política: la provisión de comidas escolares gratuitas, leche para niños, alimentos especiales y pañales para niños necesitados, centros de consultas de embarazo, guarderías y otras instalaciones. Es cierto que la aparición del estalinismo introdujo una serie de contra-reformas en el ámbito social, que afectaron drásticamente la posición de las mujeres. Pero con la muerte de Stalin, el crecimiento económico de la posguerra permitió una mejora general constante: la jubilación a los 55 años, la no discriminación en la remuneración y las condiciones de empleo y el derecho de las mujeres embarazadas a trabajar en trabajos más ligeros con permiso de maternidad totalmente remunerada 56 días antes y 56 días después del nacimiento del niño. La nueva legislación en 1970 abolió el trabajo nocturno y el trabajo subterráneo para las mujeres. El número de mujeres en la educación superior como porcentaje del total aumentó del 28% en 1927, al 43% en 1960, y al 49% en 1970. Los únicos países del mundo donde las mujeres constituían más del 40% del total de los matriculados en la educación superior eran Finlandia, Francia y los Estados Unidos.

Hubo mejoras en la atención preescolar de los niños: en 1960, había 500.000 guarderías, pero en 1971 había aumentado a más de cinco millones. Los enormes avances de la economía planificada, con las consiguientes mejoras en la atención de la salud, se reflejaron en la duplicación de la esperanza de vida de las mujeres pasando de 30 a 74 años y en la reducción de la mortalidad infantil en un 90%. En 1975, el número de mujeres que trabajaban en educación había aumentado al 73%. En 1959, un tercio de las mujeres ocupaban puestos de trabajo donde el 70% de la mano de obra eran mujeres, pero en 1970 esa cifra había aumentado al 55%. En ese momento, el 98% de las enfermeras eran mujeres, al igual que el 75% de los profesores, el 95% de los bibliotecarios y el 75% de los médicos. En 1950, había 600 mujeres doctores en ciencias, pero en 1984 había subido a 5.600.

La restauración capitalista revirtió rápidamente los logros del pasado, llevando a las mujeres a una posición de esclavitud abyecta en el nombre hipócrita de la “familia”. La mayor parte de la carga de la crisis se está colocando sobre los hombros de las mujeres.

¿Por qué colapsó la Unión Soviética?

A pesar de estos éxitos extraordinarios, la URSS colapsó. La cuestión que debe abordarse es por qué ocurrió esto. Las explicaciones de los “expertos” capitalistas son tan predecibles, como huecas. El socialismo (o comunismo) fracasó. Fin de la historia. Sin embargo, las explicaciones de los líderes obreros, tanto del ala izquierda y como del sector más derechista, no son mucho mejores. Los reformistas de derecha como siempre, simplemente repiten los puntos de vista de la clase dominante. De los reformistas de izquierda solo obtenemos un silencio embarazoso. Los líderes de los partidos comunistas de Occidente, que ayer apoyaban de manera acrítica todos los crímenes del estalinismo, ahora tratan de distanciarse de un régimen desacreditado, pero no tienen ninguna respuesta a las preguntas de los jóvenes y trabajadores ,que exigen explicaciones serias.

Los logros de la industria soviética, la ciencia y la tecnología ya se han explicado. Pero había otra cara de la moneda. El Estado obrero democrático establecido por Lenin y Trotsky fue sustituido por el Estado burocrático monstruosamente deformado de Stalin. Esta fue una terrible regresión, lo que significaba la liquidación del poder político de la clase obrera, pero no de las conquistas socioeconómicas fundamentales de Octubre. Las nuevas relaciones de propiedad, que tuvieron su expresión más clara en la economía nacionalizada y planificada, se mantuvieron.

En la década de 1920 Trotsky escribió un pequeño libro con el título: ¿Hacia el socialismo o el capitalismo? Esa fue siempre la cuestión decisiva para la URSS. La propaganda oficial proclamaba que la Unión Soviética se estaba moviendo inexorablemente hacia la consecución del socialismo. En la década de 1960 Jruschov se jactaba de que el socialismo ya había sido alcanzado y que en la URSS se iba a construir una sociedad plenamente comunista en veinte años. Pero la verdad era que la Unión Soviética se estaba moviendo completamente en otra dirección.

El movimiento hacia el socialismo debe significar una reducción gradual de la desigualdad. Pero en la Unión Soviética la desigualdad se incrementaba continuamente. Un abismo se abría entre las masas y los millones de funcionarios privilegiados y sus esposas y niños con sus elegantes trajes, cochazos, y apartamentos y dachas confortables. La contradicción era aún más evidente, ya que contrastaba con la propaganda oficial sobre el socialismo y el comunismo.

Desde el punto de vista de las masas, el éxito económico no puede ser reducido a la cantidad de acero, cemento o electricidad producida. Los niveles de vida dependen sobre todo de la producción de mercancías que sean de buena calidad, baratas y fácilmente disponibles: ropa, zapatos, alimentos, lavadoras, televisores y productos similares. Pero en aquellos terrenos la URSS estaba muy por detrás de Occidente. Esto no habría sido tan grave, pero el hecho era que algunas personas tenían acceso a estas cosas mientras que a la mayoría se les negaba.

La razón por la que el estalinismo pudo durar tanto tiempo a pesar de todas las patentes contradicciones que creó, fue precisamente el hecho incontestable que durante décadas la economía nacionalizada y planificada logró avances extraordinarios. Pero el control asfixiante de la burocracia dio lugar a la corrupción, a una desastrosa administración, chapuzas y despilfarro a una escala colosal. Minó las conquistas de la economía planificada. En la medida en que la URSS se desarrollaba a un nivel superior, los efectos negativos de la burocracia tenían consecuencias aún más perjudiciales.

La burocracia siempre actuó como un freno para el desarrollo de las fuerzas productivas. Pero mientras que la tarea de la construcción de la industria pesada era relativamente simple, una economía moderna y sofisticada con sus complejas relaciones entre la industria ligera y pesada, la ciencia y la tecnología no se puede ejecutar por decreto burocrático sin causar gravísimas interrupciones. Los costos de mantenimiento de un enorme gasto militar así como los gastos de mantenimiento del control sobre Europa del Este impusieron nuevas presiones a la economía soviética.

Con todos los recursos colosales que disponía, la poderosa base industrial y el ejército de técnicos cualificados y científicos, la burocracia fue incapaz de lograr los mismos resultados que Occidente. En los campos vitales de la productividad y los niveles de vida, la Unión Soviética se quedó atrás. La razón principal fue la carga colosal impuesta a la economía soviética por la burocracia –los millones de funcionarios codiciosos y corruptos que administraban la Unión Soviética sin ningún control por parte de la clase obrera.

Como resultado de esto, la Unión Soviética se estaba quedando atrás de Occidente. Mientras las fuerzas productivas en la URSS continuaban desarrollándose, la tendencia pro-capitalista era insignificante. Pero el estancamiento del estalinismo transformó por completo la situación. A mediados de la década de 1960, el sistema de economía planificada burocráticamente controlada llegó a su límite. Esto se expresaba gráficamente por una fuerte caída en la tasa de crecimiento en la URSS, que disminuyó continuamente durante la década de 1970, cercanos a cero bajo Breznev. Una vez que la Unión Soviética fue incapaz de obtener mejores resultados que el capitalismo, esto selló su destino.

Fue en este punto que Ted Grant llegó a la conclusión de que la caída del estalinismo era inevitable, una brillante predicción que hizo ya en 1972. Desde un punto de vista marxista, tal perspectiva era ineludible. El marxismo explica que en última instancia la viabilidad de un sistema socioeconómico determinado depende de su capacidad para desarrollar las fuerzas productivas. En el libro Rusia: de la revolución a la contrarrevolución explica todo el proceso con gran detalle, y muestra cómo en el período posterior a 1965, la tasa de crecimiento de la economía soviética comenzó a disminuir. Entre 1965 y 1970, la tasa de crecimiento fue del 5,4 por ciento. Durante el próximo período de siete años, entre 1971 y 1978, la tasa media de crecimiento fue sólo del 3,7 por ciento.

Esto era comparable al promedio de 3,5 por ciento para las economías capitalistas avanzadas de la OCDE. En otras palabras, la tasa de crecimiento de la Unión Soviética ya no era mucho más alta que el alcanzado en el capitalismo, una situación desastrosa. Como resultado, la contribución de la URSS a la producción mundial total disminuyó de hecho ligeramente, del 12,5 por ciento en 1960 al 12,3 por ciento en 1979. En el mismo periodo, Japón aumentó su participación del 4,7 por ciento al 9,2 por ciento. Toda la palabrería de Kruschev sobre alcanzar y adelantar al imperialismo americano se evaporaró en el aire. Posteriormente, la tasa de crecimiento en la Unión Soviética continuó cayendo hasta que al final del período de Brezhnev, (el “período de estancamiento”, como fue bautizado por Gorbachov) se redujo a cero.

Una vez llegado a esta etapa, la burocracia dejó de jugar el todavía relativamente papel progresista que había desempeñado en el pasado. Esta es la razón por la cual el régimen soviético entró en crisis. Ted Grant fue el único marxista que llegó a esta lógica conclusión. Explicó que una vez que la Unión Soviética no podía obtener mejores resultados que el capitalismo, el régimen estaba condenado. Por el contrario, todas las otras tendencias, desde la burguesía a los estalinistas, daban por sentado que los regímenes aparentemente monolíticos en Rusia, China y Europa del Este iban a durar casi indefinidamente.

La contra-revolución política llevada a cabo por la burocracia estalinista en Rusia liquidó por completo el régimen de democracia soviética de los trabajadores, pero no destruyó las nuevas relaciones de propiedad establecidas por la revolución de octubre. La burocracia gobernante se basaba en la economía nacionalizada y planificada y jugó un papel relativamente progresista en el desarrollo de las fuerzas productivas, aunque tres veces al costo del capitalismo, con tremendo despilfarro, corrupción y mala gestión, como Trotsky señaló incluso antes de la guerra, cuando la economía estaba avanzando un 20 por ciento al año.

Pero a pesar de sus éxitos, el estalinismo no logró resolver los problemas de la sociedad. En realidad, representaba una monstruosa anomalía histórica, el resultado de una concatenación histórica peculiar de circunstancias. La Unión Soviética de Stalin se basaba en una contradicción fundamental. La economía nacionalizada y planificada estaba en contradicción con el Estado burocrático. Incluso en la época de los primeros planes quinquenales, el régimen burocrático era responsable de pérdidas colosales. Esta contradicción no desapareció con el desarrollo de la economía, sino que, por el contrario, ésta se hacía cada vez más insoportable hasta que finalmente el sistema se derrumbó por completo.

Esto es asumido por todo el mundo. Sin embargo, ser sabios sobre el pasado es relativamente fácil. No es tan fácil predecir los procesos históricos de antemano, pero esto fue ciertamente el caso en los notables escritos de Ted Grant sobre Rusia, que trazaron con precisión gráfica la caída del estalinismo y predijeron su resultado. Sólo en estos escritos nos encontramos con un análisis exhaustivo de las causas de la crisis del régimen burocrático, que aún hoy en día sigue siendo un libro sellado con siete sellos para todos los otros comentaristas de los acontecimientos de la antigua URSS.

El análisis de Trotsky

El punto de partida del libro Rusia de la revolución a la contrarrevolución fue el brillante análisis realizado por León Trotsky en su obra maestra La revolución traicionada, escrita en 1936, que aún hoy en día conserva todo su vigor y relevancia original. Nadie que seriamente quiera entender lo que ha sucedido en Rusia puede pasar por alto este gran trabajo de análisis marxista. Sin embargo, por razones comprensibles, Trotsky no proporcionó un análisis acabado, de una vez y para siempre de la naturaleza de clase del estado soviético, pero dejó abierta la cuestión de qué dirección tomaría finalmente.

El gran marxista ruso entendió que el destino de la Unión Soviética estaría determinado por la lucha de las fuerzas vivas, que estaban a su vez inseparablemente conectadas con los movimientos a escala mundial: tales acontecimientos no se podían predecir de manera precisa. De hecho, la forma peculiar en que la Segunda Guerra Mundial se desarrolló tuvo un efecto decisivo en el destino de la Unión Soviética, que nadie anticipó. Trotsky escribió:

“Es imposible en la actualidad responder final e irrevocablemente la pregunta de en qué dirección las contradicciones económicas y sociales de los antagonismos de la sociedad soviética se desarrollarán en el transcurso de los próximos tres, cinco o diez años. El resultado depende de la lucha de las fuerzas sociales –no a nivel nacional, sino más bien a nivel internacional. En cada nueva etapa, por lo tanto, un análisis concreto es necesario de las relaciones reales y tendencias en su conexión e interacción continua” (Trotsky, La revolución traicionada, p. 49).

Trotsky tuvo la precaución de colocar un signo de interrogación sobre el futuro del Estado soviético. Su predicción fue que la burocracia estalinista con el fin de preservar sus privilegios, “inevitablemente, en las etapas futuras para asegurar su posición, restablecería las relaciones capitalistas de propiedad”, se demostró que fue absolutamente correcta. El espectáculo repugnante de líderes, gerentes y funcionarios de toda la vida del Partido Comunista, rompiendo su carnet del partido para transformarse abiertamente en “empresarios”, con la misma facilidad que un hombre pasa de un compartimento de un tren a otro, muestra hasta qué punto el régimen estalinista era ajeno al genuino socialismo.

Trotsky no esperaba que el régimen estalinista durará tanto como lo hizo. Es cierto que en su última obra, Stalin, sí sugirió que el régimen podría durar décadas en su forma actual, pero el libro estaba sin terminar en el momento de su asesinato, y no pudo desarrollar esta idea. La Unión Soviética emergió fortalecida enormemente de la Segunda Guerra Mundial. El régimen estalinista, que Trotsky consideraba como una aberración histórica temporal, sobrevivió durante décadas. Esto tuvo un efecto profundo, sobre todo, sobre la conciencia de las masas y de la propia burocracia.

Trotsky tenía la esperanza que el régimen estalinista sería derrocado por una revolución política de la clase obrera. Pero si esto no sucedía, se planteó la posibilidad en una cierta etapa que el proceso de contrarrevolución burocrática conduciría a la destrucción de las relaciones de propiedad establecidas por la revolución de octubre:

“La contrarrevolución se pone en funcionamiento cuando el motor de las conquistas sociales progresistas se empieza a desmontar. Parece que no hay fin a este desmontaje. Sin embargo, una parte de las conquistas de la revolución siempre se conserva. Por lo tanto, a pesar de las distorsiones burocráticas monstruosas, la base de clase de la URSS sigue siendo proletaria. Pero debemos tener en cuenta que el proceso de desmontaje aún no se ha completado, y el futuro de Europa y del mundo durante las próximas décadas, todavía no se ha decidido. El Termidor ruso, sin duda, abriría una nueva era de dominación burguesa, si esta no se hubiese demostrado obsoleta en todo el mundo. En cualquier caso, la lucha contra la igualdad y el establecimiento de diferenciaciones sociales muy profundas, hasta ahora, ha sido incapaz de eliminar la conciencia socialista de las masas o la nacionalización de los medios de producción y de la tierra, que eran las conquistas socialistas básicas de la revolución. A pesar de menospreciar estos logros, la burocracia aún no se ha aventurado a recurrir a la restauración de la propiedad privada de los medios de producción”. (Ibid., Pp. 405-6)

La perspectiva de la restauración capitalista en Rusia y sus repercusiones fue explicado con una notable previsión por Trotsky en 1936:

“Un colapso del régimen soviético provocaría inevitablemente el colapso de la economía planificada, y por lo tanto la abolición de la propiedad estatal. El lazo obligado entre los trusts y las fábricas en el seno de los primeros, se rompería. Las empresas más exitosas tendrían éxito en su camino de independencia. Podrían convertirse en sociedades por acciones, o podrían encontrar cualquiera otra forma de transición de la propiedad  tal como en la que los trabajadores participan en las ganancias. Las granjas colectivas se desintegrarían al mismo tiempo y con mucha más facilidad. La caída de la dictadura burocrática actual, si no se sustituye por un nuevo poder socialista, significaría por lo tanto un retorno a las relaciones capitalistas con una caída catastrófica de la economía y de la cultura”. (León Trotsky, La revolución traicionada, pp. 250-1)

Lo que sorprende es la forma brillante en la que Trotsky anticipó las principales líneas de lo que realmente ocurrió en Rusia. En completo contraste con la claridad del enfoque de Trotsky vemos la quiebra teórica y práctica de la teoría del “capitalismo de Estado”, que en diferentes formas ha ocupado las mentes de diferentes sectas ultraizquierdistas durante décadas. Después de la Segunda Guerra Mundial Ted Grant desarrolló y extendió el análisis del bonapartismo proletario de Trotsky, en particular La teoría marxista del Estado, la cual demolió totalmente la idea del capitalismo de Estado en Rusia.

De acuerdo con esta “teoría”, el régimen de la URSS ya era capitalista hace mucho tiempo ¿Por qué, entonces, debían los trabajadores molestarse en defender las viejas formas de propiedad estatal (capitalismo de Estado) contra la burguesía naciente, ya que no hay diferencia entre ellos? Esta línea de argumentación, que desarma completamente a la clase obrera frente a la contrarrevolución capitalista, es un claro ejemplo de cómo una teoría falsa conduce inevitablemente a un desastre en la práctica.

La crisis del estalinismo no tenía nada en común con la crisis del capitalismo (o “capitalismo de estado”). Esto último es el resultado de la anarquía del mercado y de la propiedad privada. Pero no había nada parecido a una crisis de sobreproducción en el caso de la URSS, que se basaba en una economía nacionalizada y planificada, aunque afligida con todos los males de la burocracia, la corrupción y la mala administración.

A esto hay que añadir el carácter limitativo del Estado-nación, que ha sobrevivido a su utilidad y se ha convertido en una traba gigantesca para el desarrollo de las fuerzas productivas. Esto explica por qué todos los países, incluso la mayor superpotencia, están obligados a participar en el mercado mundial. Esto fue predicho por anticipado por Marx. Es también la razón por la cual la idea del socialismo en un solo país es una utopía reaccionaria.

Caricatura de socialismo

Lo que fracasó en Rusia y Europa del Este no fue el comunismo ni el socialismo, de la manera entendida por Marx o Lenin, sino una caricatura burocrática y totalitaria. Lenin explicó que el movimiento hacia el socialismo requiere el control democrático de la industria, la sociedad y el Estado por parte del proletariado. El verdadero socialismo es incompatible con el gobierno de una élite burocrática privilegiada, lo que inevitablemente se acompaña de colosal corrupción, nepotismo, despilfarro, mala gestión y caos.

Las economías nacionalizadas y planificadas de la URSS y Europa del Este lograron resultados sorprendentes en los campos de la industria, la ciencia, la salud y la educación. Pero, como Trotsky predijo ya en 1936, el régimen burocrático en última instancia, socavó la economía nacionalizada y planificada y preparó el camino para su colapso y el retorno del capitalismo.

¿Cuál es el balance de la revolución de octubre y el gran experimento de la economía planificada que le siguió? ¿Qué implicaciones tienen para el futuro de la humanidad? Y qué conclusiones pueden extraerse de éstas? La primera observación debe ser evidente por sí misma. Tanto como si se está a favor o en contra de la Revolución de Octubre, no puede haber ninguna duda de que este único acontecimiento cambió el curso de la historia del mundo en una forma sin precedentes, todo el siglo XX estuvo dominado por sus consecuencias. Este hecho es reconocido incluso por los comentaristas más conservadores y quienes son hostiles a la Revolución de Octubre.

Huelga decir que el autor de estas líneas es un firme defensor de la revolución de octubre. Lo considero como el mayor acontecimiento único en la historia humana. ¿Por qué digo esto? Porque aquí por primera vez, si excluimos a ese evento glorioso, pero efímero, que fue la Comuna de París, millones de hombres y mujeres comunes derrocaron a sus explotadores, tomó su destino en sus propias manos, y por lo menos comenzaron la tarea de transformar la sociedad.

Que esta tarea, en condiciones específicas, se desvió a través de canales imprevistos por los líderes de la revolución, no invalida las ideas de la Revolución de Octubre, ni disminuye la importancia de las conquistas colosales hechas por la URSS durante los 70 años que siguieron.

Los enemigos del socialismo responderán con desprecio que el experimento terminó en un fracaso. Contestamos con las palabras de ese gran filósofo, Spinoza, que nuestra tarea no es ni llorar ni reír, sino entender. Sin embargo, uno puede buscar en vano en todos los escritos de los enemigos burgueses del socialismo, una explicación seria de lo que ocurrió en la Unión Soviética. Sus llamados análisis carecen de toda base científica porque están motivados por el odio ciego que refleja claramente los intereses de clase.

No fue la burguesía degenerada de Rusia, que fue arrojada al basurero de la historia en octubre de 1917, sino la economía nacionalizada y planificada lo que condujo a Rusia a la era moderna, a la construcción de fábricas, carreteras y escuelas, a la educación de los hombres y las mujeres, creando brillantes científicos, edificaciones, el ejército que derrotó a Hitler y puso al primer hombre en el espacio.

A pesar de los crímenes de la burocracia, la Unión Soviética se transformó rápidamente de una economía atrasada semifeudal en una nación industrial avanzada, moderna. Al final, sin embargo, la burocracia no estaba satisfecha con la colosal riqueza y los privilegios que había obtenido a través del saqueo del Estado soviético. Como predijo Trotsky, la burocracia se pasó al campo de la restauración capitalista, transformándose de una casta parasitaria a una clase dominante.

El movimiento hacia el capitalismo ha significado un gigantesco paso atrás para el pueblo de Rusia y las antiguas repúblicas de la URSS. La sociedad retrocedió hacia un abismo y tuvo que aprender todas las ventajas de la civilización capitalista: el fanatismo religioso, la prostitución, las drogas, y todas las otras “bondades” del capitalismo. Por el momento, el régimen de Putin ha logrado consolidarse. Pero su aspecto de fortaleza es ilusorio. El capitalismo ruso, al igual que la cabaña en el cuento de hadas ruso, está construido sobre patas de gallina.

El talón de Aquiles del capitalismo ruso es que ahora está vinculado por un cordón umbilical a la suerte del capitalismo mundial. Está sujeto a todas las tormentas y tensiones de un sistema que se encuentra en una crisis terminal. Esto tendrá un impacto profundo en Rusia, tanto económica como políticamente. Tarde o temprano, los trabajadores rusos se recuperarán de los efectos de la derrota y pasarán a la acción. Cuando esto suceda se volverán a descubrir rápidamente las tradiciones de la Revolución de Octubre y las ideas genuinas del bolchevismo. Ese es el único camino a seguir por los trabajadores de Rusia y de todo el mundo.

(Fotografía: Lenin y Trotsky junto a un grupo de bolcheviques en Petrogrado, 1917)

 

 

2016: La Muerte del Centro Político y el Colapso del Reformismo

 

por Alan Woods

El año 2016 terminó con dos nuevos sucesos dramáticos y sangrientos: el asesinato del embajador ruso en Estambul y el brutal asesinato de personas en Berlín que estaban disfrutando tranquilamente de los preparativos para la Navidad. Estos acontecimientos estaban vinculados a la ciénaga sangrienta de Oriente Medio y más específicamente a Siria.

La caída de Alepo representó un giro decisivo en la situación. Rusia, que se supone había quedado aislada y humillada por la “comunidad internacional” (léase Washington) ahora controla Siria y decide lo que sucede allí. Se convocó una conferencia de paz en Kazajistán a la que no fueron invitados ni los estadounidenses ni los europeos, seguida de un acuerdo de alto el fuego dictado según los términos de Rusia.

De diferentes maneras estos desarrollos expresaban el mismo fenómeno: el viejo orden mundial está muerto y en su lugar nos encontramos ante un futuro de inestabilidad y conflicto, cuyo resultado nadie puede predecir. El año 2016 representó, por tanto, un punto de inflexión en la historia. Ha sido un año marcado por la crisis y la turbulencia a una escala global.

Hace veinticinco años, después de la caída de la Unión Soviética, los defensores del capitalismo estaban eufóricos. Hablaban de la muerte del socialismo y del comunismo, y hasta del final de la historia. Nos prometieron un futuro de paz y prosperidad gracias al triunfo de la economía de libre mercado y de la democracia.

El Liberalismo había triunfado y por lo tanto la historia había llegado a su expresión final en el capitalismo. Ese era el significado esencial de la frase, ahora notoria, de Francis Fukuyama. Pero ahora la rueda de la historia ha dado una vuelta completa. Hoy en día, no queda piedra sobre piedra de aquéllas confiadas predicciones de los estrategas del capital. La historia ha regresado con venganza.

De repente, el mundo parece estar afectado por fenómenos extraños y sin precedentes que desafían todos los intentos de los expertos políticos para explicarlos. El 23 de junio el pueblo de Gran Bretaña votó en un referéndum salir de la Unión Europea –un resultado que nadie esperaba, lo que provocó una conmoción a escala internacional. Pero esto no fue nada en comparación con el tsunami provocado por el resultado de las elecciones presidenciales estadounidenses –un resultado que nadie esperaba, incluyendo el hombre que ganó.

A las pocas horas de la elección de Donald Trump, las calles de las ciudades en todos los Estados Unidos se llenaron de manifestantes. Estos acontecimientos son la confirmación dramática de la inestabilidad que ha afectado al mundo entero. De la noche a la mañana han desaparecido las viejas certezas. Hay un fermento general en la sociedad y una sensación extendida de incertidumbre, que llena a la clase dominante y a sus ideólogos de una profunda aprensión.

Los defensores del liberalismo capitalista se quejan amargamente del auge de políticos como Donald Trump, que representan la antítesis de lo que se conoce como “valores liberales”. Para estas personas el año 2016 parece una pesadilla. Tienen la esperanza de que van a despertar y descubrir que todo fue un sueño, que el ayer retornará y que mañana verán un día mejor. Sin embargo, no habrá un redespertar para el liberalismo burgués ni ningún mañana.

Los comentaristas políticos hablan con pavor del auge de algo que llaman “populismo”, una palabra que es tan elástica que carece de cualquier significado. El uso de una terminología tan amorfa significa simplemente que los que la usan no tienen ni idea de lo que están hablando. En términos etimológicos estrictos, “populismo” no es más que una traducción latina de la palabra griega “demagogia”. El término se aplica con el mismo gusto con que un mal pintor revoca una pared con una gruesa capa de pintura para cubrir sus errores. Se lo utiliza para describir tal amplia variedad de fenómenos políticos que está completamente desprovisto de cualquier contenido real.

Los dirigentes de Podemos y Geert Wilders, Jaroslaw Kaczynski y Evo Morales, Rodrigo Duterte y Hugo Chávez, Jeremy Corbyn y Marine Le Pen –todos son barnizados con la misma brocha populista. Es suficiente comparar el contenido real de estos movimientos, que no son sólo diferentes sino radicalmente antagónicos, para darse cuenta de la futilidad de tal lenguaje. No está calculado para aclarar, sino para confundir, o más correctamente para encubrir la confusión de los estúpidos comentaristas políticos burgueses.

La muerte del liberalismo

En su editorial del 24 de diciembre de 2016 The Economist cantaba un himno de alabanza a su amado liberalismo. Los liberales, nos dice, “creen en las economías y sociedades abiertas, donde se fomenta el libre intercambio de bienes, capitales, personas e ideas y donde las libertades universales están protegidas contra el abuso del Estado por el imperio de la ley”. A tal bella imagen realmente se le debería poner música.

Pero a continuación, el artículo concluye con tristeza que 2016 “ha sido un año de reveses. No sólo por el Brexit y la elección de Donald Trump, sino también por la tragedia de Siria, abandonada a su sufrimiento, y el apoyo generalizado –en Hungría, Polonia y más allá– a la “democracia intolerante”. A medida que la globalización se ha convertido en un agravio, el nacionalismo, e incluso el autoritarismo, han florecido. En Turquía el alivio ante el fracaso de un golpe de estado fue superado por represalias salvajes (y populares). En Filipinas, los votantes eligieron a un presidente que no sólo desplegó escuadrones de la muerte, sino que se jactaba de apretar el gatillo. A la vez que Rusia, que dio de hachazos a la democracia occidental, y China, que justo la semana pasada se burló de EEUU al apoderarse de uno de sus drones marítimos, insisten en que el liberalismo no es más que una tapadera para la expansión occidental”.

El hermoso canto de alabanza a los valores occidentales y al liberalismo ha terminado con una nota agria. The Economist concluye con amargura: “Frente a esta letanía, muchos liberales (del tipo de libre mercado) han perdido los nervios. Algunos han escrito epitafios para el orden liberal y emitido advertencias sobre la amenaza a la democracia. Otros sostienen que, con un pellizco tímido a la ley de inmigración o con un arancel adicional, la vida simplemente volverá a la normalidad”.

Pero la vida no “retornará a la normalidad” simplemente –sino que, más correctamente, entraremos en una nueva etapa de lo que The Economist se refiere como una “nueva normalidad”: Un período sinfín de recortes, austeridad y caída de los niveles de vida. En realidad, hemos estado viviendo en esta nueva normalidad desde hace bastante tiempo. Y de esto se derivan consecuencias muy serias.

La crisis mundial del capitalismo ha creado condiciones que son completamente diferentes a las condiciones que existían (al menos para un puñado de países privilegiados) cuatro décadas después de la Segunda Guerra Mundial. Ese período fue testigo de la mayor fase de expansión de las fuerzas productivas del capitalismo desde la Revolución Industrial. Este fue el suelo sobre el que pudieron florecer los tan cacareados “valores liberales”. El auge económico proporcionó a los capitalistas ganancias suficientes para otorgar concesiones a la clase obrera.

Esa fue la época dorada del reformismo. Pero el actual período es la época, no de las reformas, sino de las contra-reformas. Esto no es el resultado de prejuicios ideológicos, como imaginan algunos tontos reformistas. Es la consecuencia necesaria de la crisis del sistema capitalista que ha alcanzado sus límites. Todo el proceso que se desarrolló durante un período de seis décadas está ahora desenrollándose.

En lugar de las reformas y del aumento de los niveles de vida, la clase obrera de todo el mundo se enfrenta a los recortes, a la austeridad, al desempleo y al empobrecimiento. La degradación de las condiciones de trabajo, de los salarios, de los derechos laborales y de las pensiones recae sobre todo en los sectores más pobres y vulnerables de la sociedad. La idea de la igualdad de la mujer está siendo erosionada por la búsqueda implacable de una mayor rentabilidad. A toda una generación de jóvenes se la está privando de un futuro. Esa es la esencia del presente periodo.

El momento María Antonieta de la élite

A la clase dominante y a sus estrategas les resulta difícil aceptar la realidad de la situación actual y son completamente ciegos a las consecuencias políticas que se derivan de ella. La misma ceguera se puede observar en cada clase dirigente que se enfrenta a la extinción y que se niega a aceptarlo. Como observó correctamente Lenin, un hombre que permanece al borde de un precipicio no razona.

El Financial Times publicó un interesante artículo de Wolfgang Münchau titulado “El momento María Antonieta de la élite”. Comienza como sigue:

“Algunas revoluciones podrían haberse evitado si la vieja guardia sólo se hubiera abstenido de la provocación. No hay ninguna prueba de un incidente del tipo “que coman tarta”.  Parece que esto lo dijo María Antonieta [La leyenda dice que ese fue el comentario de Maria Antonieta cuando le informaron que el pueblo salió a la calle exigiendo pan, NdT]. Suena real. Los Borbones eran difíciles de superar como la quintaesencia del establishment fuera de contacto con la realidad.

“Ellos tienen competencia ahora”.

“Nuestro Establishment democrático liberal mundial se comporta de la misma manera. En un momento en que Gran Bretaña ha votado salir de la UE, en que Donald Trump ha sido elegido presidente de Estados Unidos, y Marine Le Pen está marchando hacia el Palacio del Elíseo, nosotros –los guardianes del orden liberal mundial– seguimos poniendo todo en riesgo”.

La comparación con la Revolución Francesa es muy instructiva. En todas partes la clase dominante y sus “expertos” han demostrado estar completamente fuera de contacto con la situación real de la sociedad. Ellos asumían que el orden de las cosas que surgió del auge económico posterior a la guerra continuaría para siempre. La economía de mercado y la “democracia” burguesa eran los paradigmas incuestionables de la época.

Su complacencia petulante recordaba precisamente a la desafortunada María Antonieta, la reina de Francia. No es en absoluto cierto que su famosa frase fuera pronunciada alguna vez, pero refleja con precisión la mentalidad de una clase dirigente degenerada que no tiene interés en los sufrimientos de la gente común ni en las inevitables consecuencias que se derivan de ellos.

Al final María Antonieta perdió la cabeza y ahora la clase dominante y sus representantes políticos están perdiendo la suya. El artículo del Financial Times sigue:

“¿Por qué está pasando esto? Los macroeconomistas creen que nadie se atrevería a desafiar su autoridad. Los políticos italianos han estado desplegando juegos de poder desde siempre. Y el trabajo de los funcionarios de la UE es encontrar maneras ingeniosas de animar legislaciones y tratados políticamente complicados en las legislaturas nacionales pasadas. A pesar de la apetencia por el poder de la señora Le Pen, del Sr. Grillo y de Geert Wilders del partido de extrema derecha holandés Libertad, el establishment sigue actuando de esta manera. Un regente Borbón, en un momento inusitado de reflexión, se habría echado atrás. Nuestro orden capitalista liberal, con sus instituciones competentes, es constitucionalmente incapaz de hacer eso. Está programado para arriesgarlo todo.

“El curso de acción correcto sería dejar de insultar a los votantes y, más importante, resolver los problemas de un sector financiero fuera de control, de los flujos incontrolados de personas y capitales, y de la distribución desigual de los ingresos. En la zona euro, los líderes políticos encontraron apropiado improvisar con la crisis bancaria y luego con una crisis de la deuda soberana –sólo para encontrarse con que la deuda griega es insostenible y que el sistema bancario italiano está en serios problemas. Ocho años después, todavía hay por ahí inversores que apuestan a un colapso de la zona euro como la conocemos”.

En 1938, Trotsky escribió que la clase dominante se deslizaba por un tobogán hacia el desastre con los ojos cerrados. Las líneas anteriores son una ilustración gráfica de este hecho. Y el Sr. Münchau saca la siguiente conclusión:

“Pero si esto está sucediendo es por la misma razón por la que sucedió en la Francia revolucionaria. Los guardianes del capitalismo occidental, como los Borbones antes que ellos, no han aprendido nada, ni han olvidado nada”.

El colapso del centro

Contrariamente al antiguo prejuicio de los liberales, la conciencia humana no es progresista, sino profundamente conservadora. A la mayoría de las personas no les gusta el cambio. Se aferran obstinadamente a las viejas ideas, prejuicios, religión y moralidad con las que están familiarizadas, y lo que es familiar siempre es más reconfortante que lo que no lo es. La idea del cambio es alarmante, ya que es desconocido. Estos temores están profundamente arraigados en la psique humana y han existido desde tiempo inmemorial.

Sin embargo, el cambio es tan necesario para la supervivencia de la raza humana como lo es para la supervivencia del individuo. La ausencia de cambio es la muerte. El cuerpo humano cambia constantemente desde el momento del nacimiento; todas las células se descomponen, mueren y son reemplazadas por células nuevas. El niño debe desaparecer para que el adulto pueda nacer.

Sin embargo, no es difícil entender la aversión de la gente a cambiar. El hábito, la rutina, la tradición –todas estas cosas son necesarias para el mantenimiento de las normas sociales que sustentan el funcionamiento de la sociedad. Durante un largo período arraigan, condicionando las actividades diarias de millones de hombres y mujeres. Son universalmente aceptadas, al igual que el respeto de las leyes y costumbres, las reglas de la vida política y las instituciones existentes: en una palabra, el status quo.

Existe algo similar en la ciencia. En su profundo y penetrante estudio de La estructura de las revoluciones científicas, Thomas S. Kuhn explica cómo cada periodo en el desarrollo de la ciencia se basa en un modelo existente que es generalmente aceptado y que proporciona un marco necesario para el trabajo científico. Durante mucho tiempo este paradigma responde a un propósito útil. Pero finalmente las pequeñas contradicciones, aparentemente insignificantes, que aparecen conducen eventualmente a la caída del viejo paradigma y a su sustitución por otro nuevo. Esto, según Kuhn, constituye la esencia de una revolución científica.

Exactamente, el mismo proceso dialéctico se produce en la sociedad. Las ideas que han existido durante tanto tiempo y se han endurecido en prejuicios, entran finalmente en conflicto con la realidad existente. En ese momento, una revolución en la conciencia comienza a tener lugar. La gente comienza a cuestionar lo que parecía ser incuestionable. Ideas que eran cómodas porque proporcionaban certezas se hacen añicos sobre la roca de la dura realidad. Por primera vez, la gente comienza a sacudirse las viejas y cómodas ilusiones y a mirar la realidad de frente.

La verdadera causa de los temores de la clase dominante es el colapso del centro político. Lo que estamos viendo en Gran Bretaña, Estados Unidos, España y muchos otros países es una aguda y creciente polarización entre la izquierda y la derecha en la política, que a su vez es simplemente un reflejo de una creciente polarización entre las clases. Esto a su vez es un reflejo de la crisis más profunda que ha habido en la historia del capitalismo.

Durante los últimos cien años, el sistema político de los EE.UU. se basó en dos partidos –los Demócratas y los Republicanos– en el que ambos defendían el mantenimiento del capitalismo y representaban los intereses de los bancos y de las grandes empresas. Esto fue muy bien expresado por Gore Vidal quien escribió que “nuestra República tiene un partido, el partido de la propiedad, con dos alas de derechas”.

Esta fue la sólida base para la estabilidad y la longevidad de lo que los estadounidenses consideraban como “democracia”. En realidad, esta democracia burguesa no era más que una hoja de parra para ocultar la realidad de la dictadura de los banqueros y capitalistas. Ahora bien, este práctico dispositivo está siendo cuestionado y sacudido hasta la médula. Millones de personas están despertando a la realidad de la podredumbre del establishment político y al hecho de que están siendo engañados por aquellos que dicen representarlos. Esta es la condición previa para una revolución social.

Crisis del reformismo

Vemos una situación similar en Gran Bretaña, donde desde hace 100 años los Laboristas y Conservadores se alternaban en el poder, proporcionando el mismo tipo de estabilidad para la clase dominante. El Partido Laborista y el partido Conservador eran dirigidos por sólidos hombres y mujeres respetables en los que se podía confiar para manejar la sociedad en interés de los banqueros y capitalistas de la city de Londres. Pero la elección de Jeremy Corbyn lo ha puesto todo patas arriba.

La clase dominante teme que la llegada masiva de nuevos miembros al Partido Laborista pueda romper el dominio del ala derecha sobre el Laborismo. Eso explica el pánico de la clase dominante y el carácter virulento de la campaña contra Corbyn.

La crisis del capitalismo es también la crisis del reformismo. Los estrategas del capital se asemejan a los Borbones, pero los líderes reformistas son sólo una pobre imitación de los primeros. Ellos son los más ciegos de entre los ciegos. Los reformistas, tanto de las variedades de derechas como de izquierdas, no comprenden nada de la situación real. A pesar de que se enorgullecen de ser grandes realistas, son el peor tipo de utópicos.

Al igual que los liberales de los cuales no son más que un pálido reflejo, están suspirando por el pasado que ha desaparecido más allá de cualquier regreso. Se quejan amargamente de la injusticia del capitalismo, sin darse cuenta de que las políticas de la burguesía son dictadas por la necesidad económica del capitalismo mismo.

Es una ironía suprema de la historia que los reformistas hayan adoptado totalmente la economía de mercado, precisamente en un momento en el que se está desmoronando ante nuestros propios ojos. Habían aceptado el capitalismo como algo que está dado de una vez para siempre, que no puede ser cuestionado ni, ciertamente, derrocado. El presunto realismo de los reformistas es el realismo de un hombre que trata de persuadir a un tigre de que coma ensaladas en lugar de carne humana. Naturalmente, el realista que ha intentado realizar esta hazaña loable no tuvo éxito en convencer al tigre y terminó el interior de su estómago.

Lo que los reformistas no entienden es que si se acepta el capitalismo también deben aceptarse las leyes del capitalismo. Y en las condiciones modernas eso significa aceptar los recortes y la austeridad. En ninguna parte está la bancarrota del reformismo más claramente expresada que en el hecho de que ya no hablan de socialismo. Ni tampoco hablan de capitalismo. En su lugar, se quejan de los males del “neoliberalismo”, es decir, que no se oponen al capitalismo en sí, sino solamente a un modelo particular de capitalismo. Pero el llamado neoliberalismo no es más que un eufemismo para el capitalismo en el período de crisis.

Los reformistas que imaginan ser grandes realistas están soñando con un retorno a las condiciones del pasado, cuando ese pasado ya ha retrocedido en la historia. El período que ahora se abre será completamente diferente. En las décadas que siguieron a 1945, la lucha de clases en los países capitalistas avanzados se atenuó en cierta medida como consecuencia de las reformas logradas por la clase trabajadora a través de la lucha.

Trotsky explicó hace tiempo que la traición está implícita en el reformismo en todas sus variedades. Con esto no quería decir que los reformistas traicionaran conscientemente a la clase obrera. Hay muchos reformistas honestos, así como un buen número de arribistas corruptos. Pero el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones. Si acepta el sistema capitalista –como lo hacen todos los reformistas, ya sean de derechas o de izquierdas– seguidamente deben obedecerse las leyes del sistema capitalista. En un período de crisis capitalista, esto significa la inevitabilidad de los recortes y ataques a los niveles de vida.

Esta lección tuvo que ser aprendida por Tsipras y Varoufakis en Grecia. Ellos llegaron al poder con un enorme apoyo popular con un programa anti-austeridad, pero muy rápidamente se les hizo comprender por Merkel y Schäuble que esto no estaba en la agenda. Al final capitularon y dócilmente llevaron a cabo el programa de austeridad dictado por Berlín y Bruselas. Vimos una situación similar en Francia, donde Hollande consiguió una masiva victoria prometiendo un programa anti-austeridad, y a continuación dio un giro de 180º y llevó a cabo recortes aún más profundos que el anterior gobierno de la derecha. El resultado inevitable ha sido el auge de Marine Le Pen y del Frente Nacional.

El capitalismo en un callejón sin salida

En países como los Estados Unidos cada generación desde la Segunda Guerra Mundial podía esperar una mejor calidad de vida que la que tenían sus padres. En las décadas de boom económico los trabajadores se acostumbraron a victorias relativamente fáciles. Los líderes sindicales no tenían que luchar mucho para obtener mejoras económicas. Las reformas fueron consideradas la norma. Hoy fue mejor que ayer y mañana sería mejor que hoy.

En el largo período de auge capitalista, la conciencia de clase de los trabajadores estuvo un tanto mitigada. En lugar de políticas socialistas de clase bien definidas, el movimiento obrero ha sido infectado con ideas extrañas a través de la correa de transmisión de la pequeña burguesía que ha apartado a un lado a los trabajadores y ahogado su voz con las declamaciones estridentes del radicalismo de la clase media.

La llamada corrección política con su mezcolanza de ideas a medio cocinar sacadas de la basura del liberalismo burgués, poco a poco ha sido aceptada incluso en los sindicatos, donde los dirigentes reformistas de derechas se aferran ansiosamente a ella como un sustituto de las políticas de clase y de las ideas socialistas. Los reformistas de izquierdas en particular, han jugado un papel nefasto en este sentido. Se necesitarán los golpes de martillo de los acontecimientos para demoler estos prejuicios que tienen un efecto corrosivo sobre la conciencia.

Pero la crisis del capitalismo no permite tales lujos. La generación actual de jóvenes se enfrentará por primera vez a peores condiciones de vida que las que disfrutaron sus padres. Gradualmente, esta nueva realidad está abriéndose paso en la conciencia de las masas. Esa es la razón del actual fermento de descontento que existe en todos los países y que está adquiriendo un carácter explosivo. Esta es la explicación de los terremotos políticos que han tenido lugar en Gran Bretaña, España, Grecia, Italia, Estados Unidos y muchos otros países. Es un aviso de que se están preparando acontecimientos revolucionarios.

Es cierto que en esta etapa el movimiento se caracteriza por una tremenda confusión ¿Cómo podía ser de otra manera, cuando esas organizaciones y partidos que deberían colocarse a la cabeza de un movimiento para transformar la sociedad, se han transformado en cambio en monstruosos obstáculos en el camino de la clase obrera? Las masas están buscando una manera de salir de la crisis, poniendo a prueba los partidos políticos, los líderes y los programas. Los que no pasan la prueba son arrojados a un lado sin piedad. Hay giros violentos en el frente electoral, tanto a la izquierda como a la derecha. Todo esto es el presagio de un cambio revolucionario.

En retrospectiva, el período de medio siglo que siguió a la Segunda Guerra Mundial será visto como una excepción histórica. Con toda probabilidad, nunca volverá a repetirse la concatenación de circunstancias peculiares que produjeron esa situación. Lo que nos enfrentamos ahora es precisamente a una vuelta al capitalismo normal. La cara sonriente del liberalismo, del reformismo y de la democracia va a ser echada a un lado para revelar la única fisonomía que tiene el capitalismo realmente.

¡Hacia un nuevo Octubre!

Un nuevo período se abre ante nosotros –un periodo de tormenta y tensión que será mucho más similar a la década de 1930 que al período posterior a 1945. Todas las ilusiones del pasado quedarán consumidas en la conciencia de las masas como en una plancha caliente. En un período como éste, la clase obrera tendrá que luchar duro para defender las conquistas del pasado, y en el curso de esta amarga lucha llegará a entender la necesidad de un programa revolucionario cabal. O el capitalismo es derrocado, o un terrible destino le espera a la humanidad. Esa es la única alternativa. Cualquier otro curso de acción es una mentira y un engaño. Es hora de mirar la verdad cara a cara.

Sobre la base del capitalismo enfermo no puede haber salida para la clase obrera y la juventud. Los liberales y reformistas están tratando con todas sus fuerzas de apuntalarlo. Ellos lloriquean sobre la amenaza a la democracia, ocultando el hecho de que la llamada democracia burguesa no es más que una hoja de parra tras la que se esconde la cruda realidad de la dictadura de los bancos y de las grandes empresas. Van a tratar de atraer a la clase obrera a alianzas para “defender la democracia”, pero esto es una farsa hipócrita.

La única fuerza que tiene un interés real en la democracia es la clase obrera misma. La llamada burguesía liberal es incapaz de reacción de combate, lo que se deriva directamente del sistema capitalista en el que basan sus riquezas y privilegios. Fue Obama quien pavimentó el camino para la victoria de Trump, tal como fue Hollande quien ha allanado el camino para el ascenso de Le Pen.

En realidad, el viejo sistema ya está descomponiéndose ante nuestros propios ojos. Los síntomas de su decadencia son evidentes para todos. En todas partes vemos las crisis económicas, la descomposición social, transtornos, guerras, destrucción y caos. Es una imagen terrible, pero se deriva del hecho de que el capitalismo ha llevado a la humanidad a un callejón sin salida.

No es la primera vez que hemos visto este tipo de cosas. Los mismos síntomas se pueden ver en el período de la decadencia y caída del Imperio Romano y en el período de decadencia de la sociedad feudal. No es casualidad que los hombres y las mujeres en esos días se imaginaran que el fin del mundo se acercaba. Pero lo que se acercaba no era el fin del mundo, sino sólo al final de un sistema económico social particular que había agotado su potencial y se había convertido en un monstruoso obstáculo en el camino del progreso humano.

Lenin dijo una vez que el capitalismo es horror sin fin. Ahora vemos la verdad literal de esta afirmación. Pero junto a los horrores producidos por un sistema decadente y reaccionario hay otra cara de la moneda. Nuestra época es un tiempo de nacimiento, y un período de transición de un período histórico a otro. Dichos períodos se caracterizan siempre por los dolores, que son los dolores de una nueva sociedad que está luchando por nacer, mientras que la vieja sociedad se esfuerza por preservarse estrangulando al niño en el vientre materno.

El viejo mundo se está desplomando. Que está tambaleándose para caer lo indican síntomas inequívocos. La podredumbre se está extendiendo en el orden establecido de las cosas, sus instituciones están colapsando. Los defensores del viejo orden están atrapados por un presentimiento indefinido de algo desconocido. Todas estas cosas presagian que hay algo más que se aproxima.

Este desmoronamiento gradual a pedazos se acelerará por la erupción de la clase obrera en la escena de la historia. Aquellos escépticos que descartaron a la clase trabajadora se verán obligados a comerse sus palabras. Están acumulándose fuerzas volcánicas debajo de la superficie de la sociedad. Las contradicciones se están acumulando hasta el punto que no pueden aguantarse mucho más.

Nuestra tarea es acortar este proceso doloroso y asegurar que el nacimiento se lleve a cabo con el menor sufrimiento posible. Con el fin de hacer esto, es necesario lograr el derrocamiento del actual sistema que se ha convertido en una terrible barrera para el desarrollo de la raza humana y una amenaza para su futuro.

Todos aquellos que están tratando de preservar el viejo orden, de ponerle parches, de reformarlo, para dotarlo de muletas que le permitan renquear durante unos años o décadas más, juegan el papel más reaccionario. Están impidiendo el nacimiento de una nueva sociedad, la única que puede ofrecer un futuro a la humanidad y poner fin a la pesadilla del capitalismo existente.

El Nuevo Mundo que está luchando por nacer se llama socialismo. Es nuestro trabajo asegurar que este nacimiento se lleve a cabo tan pronto como sea posible y con el mínimo posible de dolor y sufrimiento. La manera de lograr este objetivo es construir una fuerte corriente marxista en todo el mundo con cuadros formados y con fuertes vínculos con la clase obrera.

Hace cien años tuvo lugar un acontecimiento que cambió el curso de la historia mundial. En un país semifeudal atrasado en los confines de Europa, la clase obrera se movió para cambiar la sociedad. Nadie esperaba esto, sin embargo. Las condiciones objetivas para una revolución socialista en Rusia parecían ser inexistentes.

Europa estaba en las garras de una terrible guerra. Los trabajadores de Gran Bretaña, Francia, Alemania y Rusia estaban matándose entre sí en nombre del imperialismo. En tal contexto la consigna: “¡Proletarios de todos los países, uníos!” debía parecer una expresión de amargo sarcasmo. La propia Rusia estaba gobernada por un poderoso régimen autocrático con un gran ejército, una fuerza policial y una policía secreta cuyos tentáculos se extendían a todos los partidos políticos –incluyendo los bolcheviques.

Y, sin embargo, en esta situación aparentemente imposible los obreros de Rusia se movieron para tomar el poder en sus propias manos. Ellos derrocaron al zar y establecieron organismos de poder democráticos, los soviets. Sólo nueve meses después el Partido Bolchevique, que al comienzo de la revolución era una pequeña fuerza de no más de 8.000 miembros, llegó al poder.

Cien años más tarde, los marxistas se enfrentan a la misma tarea que Lenin y Trotsky se enfrentaron en 1917. Nuestras fuerzas son pequeñas y nuestros recursos son escasos, pero estamos armados con el arma más poderosa: el arma de las ideas. Marx decía que las ideas se convierten en una fuerza material cuando se apoderan de la mente de las masas. Durante mucho tiempo, estuvimos luchando contra una poderosa corriente. Pero la marea de la historia fluye ahora firmemente en nuestra dirección.

Ideas que son escuchadas por unos pocos hoy serán recibidas con entusiasmo por millones en el período que ahora se abre. Grandes acontecimientos pueden tener lugar con extrema rapidez, transformando toda la situación. La conciencia de la clase obrera puede cambiar en cuestión de días u horas. Nuestra tarea es preparar a los cuadros para los grandes acontecimientos que se ciernen. Nuestra bandera es la bandera de Octubre. Nuestras ideas son las ideas de Lenin y Trotsky. Esa es la máxima garantía de nuestro éxito.

Londres 5 de enero de 2017/tomado de Lucha de Clases.org, título original “La muerte del liberalismo”

(Fotografía: Juegos Mundiales del Nomad, Kirguistán)