Archivo de la etiqueta: Alan Woods

El capitalismo y el arte

por Alan Woods //

Un hombre de negocios dijo en una ocasión al poeta inglés Robert Graves: «No hay dinero en la poesía», a lo que él respondió: «No, pero tampoco hay poesía en el dinero». Tengo la firme convicción de que el capitalismo, especialmente en su período de decadencia senil, es profundamente hostil al arte. Los capitalistas ven el arte como ven todo lo demás: como una mercancía. Conocen el precio de una obra de arte, pero no su valor. Para ellos, el arte y los artistas son para comprar y vender como cualquier otro producto. Seguir leyendo El capitalismo y el arte

¿Qué significan los ataques militares a Siria?

por Alan Woods //

Estados Unidos y sus “aliados”, el Reino Unido y Francia han bombardeado múltiples objetivos del gobierno en Siria en una operación matutina dirigida contra supuestas ubicaciones de armas químicas.Las explosiones llegaron a la capital, Damasco, así como a dos lugares cerca de la ciudad de Homs, dijo el Pentágono. “Las naciones de Gran Bretaña, Francia y los Estados Unidos de América han unido su justo poder contra la barbarie y la brutalidad”, dijo el presidente Trump en un discurso a la nación desde la Casa Blanca alrededor de las 21:00 hora local (02:00 BST). Seguir leyendo ¿Qué significan los ataques militares a Siria?

2018: el mundo al revés

por Alan Woods //

Donald Trump dio la bienvenida al Año Nuevo a su manera inimitable: rodeado por su clan social y político en los alrededores opulentos de su exclusivo club Mar-a-Lago en Florida, acompañado por un grupo representativo de todos los segmentos de la sociedad estadounidense, desde estrellas de cine a multimillonarios. Seguir leyendo 2018: el mundo al revés

Cervantes, la España de su época y El Quijote

por Alan Woods//

“Dondequiera que ha conquistado el poder, la burguesía ha destruido las relaciones feudales, patriarcales, idílicas; ha desgarrado sin piedad las abigarradas ligaduras feudales que ataban al hombre a sus ‘seres superiores’, para no dejar subsistir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel ‘pago al contado’”. (Marx y Engels. El Manifiesto Comunista. Madrid. Fundación Federico Engels. 1996. p. 41).

“España conoció períodos muy florecientes, períodos de superioridad sobre el resto de Europa y de dominio sobre América del Sur. El poderoso desarrollo del comercio interior y mundial iba venciendo el aislamiento feudal de las provincias y el particularismo de las regiones. La fuerza e importancia crecientes de la monarquía española estaban entonces ligadas estrechamente al papel centralizador del capital comercial y a la gradual formación de una ‘nación española’”. (Trotsky. La revolución española y las tareas de los comunistas. 24 de enero de 1931).

Este año se celebra el 400 aniversario de la primera publicación de Don Quijote, la mayor obra maestra de la literatura española. La clase obrera, la clase que tiene el mayor interés en la defensa de la cultura, debería celebrar entusiastamente este aniversario. Fue la primera gran novela moderna, escrita en un lenguaje que los hombres y mujeres corrientes podían entender. Era uno de los libros favoritos de Marx y que frecuentemente leía en voz alta a sus hijos. Seguir leyendo Cervantes, la España de su época y El Quijote

Beethoven: hombre, compositor y revolucionario

por Alan Woods//

 

Si algún compositor merece el nombre de revolucionario ése es Beethoven. Él llevó a cabo lo que probablemente fue la revolución más grande de la música moderna y cambió la manera en que la música se componía y apreciaba. La suya es música que no calma, sino que conmociona y perturba. Alan Woods describe cómo el mundo en el que nació Beethoven era un mundo agitado, un mundo en transición, un mundo de guerras, revolución y contrarrevolución: un mundo como nuestro propio mundo. Seguir leyendo Beethoven: hombre, compositor y revolucionario

¿Qué consiguió la Revolución Rusa y por qué degeneró?

 

por Alan Woods

 

Independientemente de lo que se piense del bolchevismo, es innegable que la Revolución Rusa es uno de los mayores acontecimientos de la historia humana, y el gobierno de los bolcheviques un fenómeno de importancia mundial“. John Reed, 1 de enero de 1919. (J. Reed, Diez días que estremecieron al mundo).

El colapso de la URSS fue presentado por los defensores del capitalismo como el equivalente a la victoria final de la “economía de libre mercado” sobre el “comunismo”. Hace 25 años esto produjo una ola de euforia entre la burguesía y sus apologistas. Se habló del fin del socialismo, del fin del comunismo e, incluso, del fin de la historia y, desde entonces, hemos presenciado una ofensiva ideológica sin precedentes contra las ideas del marxismo a escala mundial. Esta exuberancia irracional no tuvo límites.

El entonces presidente estadounidense, George Bush, anunció triunfalmente la creación de un “Nuevo Orden Mundial” bajo el dominio del imperialismo estadounidense. “La Unión Soviética ya no existe”, escribió Martin McCauley. “El gran experimento ha fracasado… El marxismo en la práctica ha fracasado en todas partes, no hay un modelo económico marxista capaz de competir con el capitalismo”. (M. McCauley: La Unión Soviética 1917-1991) “¡Ganamos!” Exclamaba el editorial de The Wall Street Journal (24/5/89). Francis Fukuyama lanzaba su famosa predicción: “El período de la post-historia ha llegado… La democracia liberal ha triunfado, y la humanidad ha alcanzado su más alta sabiduría. La historia ha llegado a su fin”.

Veinticinco años más tarde no queda nada de estas imprudentes ilusiones. El capitalismo ha entrado en la crisis más grave desde la Gran Depresión. Millones de personas se enfrentan a un futuro de desempleo, pobreza, recortes y austeridad. Las guerras y los conflictos estropean todo el planeta, cuyo futuro se ve amenazado por las depredaciones causadas por la incontrolada economía de mercado. Ahora, a la fría luz del día, esas proclamas triunfalistas parecen irónicas. La crisis global del capitalismo y sus efectos han puesto en duda las confiadas predicciones. Todas las grandes promesas de leche y miel de los líderes occidentales que siguieron al colapso de la Unión Soviética se han evaporado como una gota de agua en una estufa caliente.

El sueño estadounidense de dominar el mundo está enterrado bajo las ruinas humeantes de Alepo. Todos los pronunciamientos triunfalistas de los estrategas burgueses se han demostrado falsos. La historia ha regresado para vengarse. Los mismos observadores occidentales que exageraron todos los defectos de la economía soviética están ahora luchando desesperadamente por explicar el fracaso manifiesto de la economía de mercado. Reinan el colapso económico, la inestabilidad política, la incertidumbre, las guerras y los conflictos. La euforia anterior ha dado paso al pesimismo más negro.

Es por esta razón que el centenario de la Revolución Rusa será inevitablemente la ocasión para intensificar la viciosa campaña anticomunista. La razón no es difícil de entender. La crisis mundial del capitalismo está dando lugar a un cuestionamiento general de la “economía de mercado”. Hay un renacimiento del interés en las ideas marxistas, que es alarmante para la burguesía. La nueva campaña de calumnias es reflejo, no de confianza sino de miedo.

Miedo a la revolución

La historia demuestra que no basta con que la clase dominante derrote a una revolución. Es necesario cubrirla con calumnias, ennegrecer el nombre de sus líderes y rodearla con una nube de malicia y sospecha, de tal modo que ni siquiera permanezca el recuerdo de ella para inspirar a las nuevas generaciones. No hay nada nuevo en esto. En el siglo XIX, el historiador Thomas Carlyle dijo, al escribir su libro sobre Oliver Cromwell, que antes de que pudiera comenzar tuvo que rescatar el cuerpo de Cromwell de debajo de una montaña de perros muertos.

Después de la Restauración de la monarquía en 1660, todos los recuerdos de Cromwell y la revolución burguesa inglesa tuvieron que ser borrados de la memoria colectiva. La monarquía restaurada de Carlos II fechó oficialmente su reinado desde el 30 de enero de 1649, fecha de la ejecución de Carlos I, borrando todas las referencias a la república y a sus actos revolucionarios. El arrogante Carlos II estaba tan imbuido por el espíritu de despecho, odio y venganza, que llegó a exhumar el cadáver de Oliver Cromwell, para luego colgarlo en público en Tyburn.

La misma malicia y el mismo rencor que nacen del miedo motivan los esfuerzos actuales para negar los logros y el significado revolucionario de la Revolución Rusa y oscurecer la memoria de sus líderes. La falsificación sistemática de la historia que está llevando a cabo la burguesía, aunque de forma algo más sutil que los linchamientos póstumos de los monarcas ingleses, no le otorga en absoluto más crédito moral. En última instancia, no resultará más eficaz. La locomotora del progreso humano es la verdad, no la mentira. Y la verdad no permanecerá enterrada para siempre.

Durante casi tres generaciones, los apologistas del capitalismo dieron rienda suelta a su rabia contra la Unión Soviética. No se escatimaron esfuerzos en el intento de ensombrecer la imagen de la Revolución de Octubre y de la economía nacionalizada y planificada que emanó de ella. En esta campaña, los crímenes del estalinismo fueron muy útiles. El truco era identificar el socialismo y el comunismo con el régimen totalitario burocrático que surgió del aislamiento de la revolución en un país atrasado.

El odio a la Unión Soviética compartido por todos aquellos cuyas carreras, salarios y ganancias derivan del orden existente basado en la renta, el interés y el beneficio, no es difícil de entender. No tenía nada que ver con el régimen totalitario de Stalin. Los mismos “amigos de la democracia” no tenían escrúpulos en elogiar regímenes dictatoriales cuando convenía a sus intereses hacerlo. La clase dominante “democrática” británica observaba complaciente la llegada de Hitler al poder, siempre y cuando aplastara a los trabajadores alemanes y dirigiera sus atenciones hacia el Este.

Winston Churchill y otros representantes de la clase dominante británica expresaron su ferviente admiración por Mussolini y Franco, hasta 1939. En el período posterior a 1945, las “democracias” occidentales, en primer lugar los Estados Unidos, respaldaron activamente monstruosas dictaduras, desde la de Somoza a la de Pinochet, desde la Junta argentina al carnicero indonesio Suharto que subió al poder sobre los cadáveres de un millón de personas con el apoyo activo de la CIA. Los líderes de las democracias occidentales se postran ante el régimen empapado de sangre de Arabia Saudí que tortura, asesina, azota y crucifica a sus propios ciudadanos. La lista de estas barbaridades es interminable.

Desde el punto de vista del imperialismo, estos regímenes son perfectamente aceptables, siempre que se basen en la propiedad privada de la tierra, de los bancos y de los grandes monopolios. Su hostilidad implacable hacia la Unión Soviética no se basaba entonces en ningún amor a la libertad, sino en el desnudo interés de clase. Odiaban a la URSS, no por lo que tenía de malo, sino precisamente por lo que tenía de positivo y progresista. Se oponían, no a la dictadura de Stalin (muy al contrario, los crímenes del estalinismo les convenían muy bien como un medio de manchar el nombre del socialismo en Occidente), sino a las formas de propiedad nacionalizadas que eran todo lo que quedaba de las conquistas de Octubre.

Esta reescritura de la historia recuerda a los viejos métodos de la burocracia estalinista que puso la historia del revés, convirtió a figuras importantes en no-personas, o las demonizó, como en el caso de León Trotsky, y sostuvo generalmente que lo negro era blanco. Los escritos actuales de los enemigos del socialismo no son diferentes, excepto que calumnian a Lenin con el mismo odio y rencor ciegos que los estalinistas reservaban para Trotsky.

Algunos de los peores casos de este tipo se encuentran en Rusia. Esto no es de extrañar, por dos razones diferentes: en primer lugar, estas personas han sido criadas en la escuela estalinista de la falsificación, que se basa en el principio de que la verdad es sólo un instrumento al servicio de la élite gobernante. Los profesores, economistas e historiadores estaban acostumbrados, con algunas honrosas excepciones, a adaptar sus escritos a la “línea” de turno. Los mismos intelectuales que cantaron las alabanzas de Trotsky, fundador del Ejército Rojo y líder de la Revolución de Octubre, pocos años después no tuvieron ningún reparo en denunciarlo como un agente de Hitler. Los mismos escritores que adoraron a Joseph Stalin, el gran Líder y Maestro, pronto saltaron al otro lado cuando Nikita Kruschev descubrió el “culto a la personalidad”. Los hábitos son difíciles de cambiar. Los métodos de prostitución intelectual son los mismos. Sólo el amo ha cambiado.

Hay también otra razón completamente distinta. Muchos de los capitalistas en Rusia no hace mucho tiempo llevaban un carnet del Partido Comunista en su bolsillo y hablaban en nombre del “socialismo”. En realidad, no tenían nada que ver con el socialismo, con el comunismo ni con la clase obrera. Formaban parte de una casta gobernante parasitaria que vivía una vida de lujo a espaldas de los trabajadores soviéticos. Ahora, con el mismo cinismo que siempre ha caracterizado a estos elementos, se han pasado abiertamente al capitalismo. Pero esta transformación milagrosa no puede consumarse tan fácilmente. Estas personas sienten una necesidad imperiosa de justificar su apostasía amasando maldiciones sobre lo que profesaban creer antaño. Por estos medios intentan tirar polvo a los ojos de las masas, mientras calman sus propias conciencias –suponiendo que posean tal cosa. Incluso al peor canalla le gusta encontrar alguna justificación para sus acciones.

Los logros de la Revolución

El régimen establecido por la Revolución de Octubre no fue ni totalitario ni burocrático, sino el régimen más democrático que se haya visto hasta hoy en la tierra. La Revolución de Octubre abolió radicalmente la propiedad privada de los medios de producción. Por primera vez en la historia, se demostró la viabilidad de una economía planificada y nacionalizada, no en teoría sino en la práctica. En más de una sexta parte de la superficie terrestre, en un experimento gigantesco y sin parangón, se demostró que era posible dirigir la sociedad sin capitalistas, terratenientes ni prestamistas.

Hoy en día, está de moda atenuar los resultados alcanzados, o incluso negarlos por completo. Sin embargo, el mínimo análisis de los hechos nos lleva a una conclusión muy diferente. A pesar de todos los problemas, las deficiencias y los crímenes (que, por cierto, la historia del capitalismo nos proporciona en abundancia), la economía planificada y nacionalizada logró los avances más asombrosos en la Unión Soviética, en un espacio histórico notablemente corto. Esto es lo que provocó el miedo y el odio que caracterizó la actitud de las clases dominantes de Occidente. Esto es lo que las obliga, incluso ahora, a caer en las mentiras y calumnias más descaradas y sin precedentes sobre el pasado (por supuesto, siempre bajo el disfraz de la más exquisita “objetividad académica”).

Los burgueses tienen que enterrar de una vez por todas los ideales de la Revolución de Octubre. En consecuencia, el colapso de la URSS fue la señal de una avalancha de propaganda contra los logros de las economías planificadas de Rusia y Europa del Este. Esta ofensiva ideológica de los estrategas del capital contra el “comunismo” fue un intento calculado de negar las conquistas históricas que emanaron de la Revolución. Para estas damas y caballeros, desde 1917, la Revolución Rusa fue una aberración histórica. Para ellos, sólo puede haber una forma de sociedad. El capitalismo siempre había existido y seguiría haciéndolo. Por lo tanto, nunca se podría hablar de logros de la economía nacionalizada y planificada. Se dice que las estadísticas soviéticas eran simplemente exageraciones o falsedades.

“Las datos no pueden mentir, pero los mentirosos pueden falsear los datos”. Todos los avances colosales en alfabetización, sanidad, cobertura social, se ocultaron bajo un mar de mentiras y distorsiones destinadas a borrar los verdaderos logros del pasado. Todos los defectos de la vida soviética –y hubo muchos- se han utilizado sistemática y desproporcionadamente para “probar” que no hay alternativa al capitalismo. En lugar de avanzar, hubo declive, se dice. Más que progreso, hubo regresión. “El nivel de atraso de la URSS en los ochenta con respecto a Estados Unidos equivalía al del Imperio ruso en 1913”, escribió el historiador económico Alec Nove, quien concluía que “las revisiones estadísticas han jugado un papel político en la deslegitimación del régimen soviético…” (Alec Nove, Historia económica de la URSS).

Frente a esta campaña sin precedentes de mentiras y calumnias, es esencial que pongamos las cosas en orden. No queremos sobrecargar al lector con estadísticas. Sin embargo, es necesario demostrar sin lugar a dudas los enormes éxitos de la economía planificada. A pesar de los monstruosos crímenes de la burocracia, los avances incomparables de la Unión Soviética representan no sólo un logro histórico, sino que dan ante todo una idea de las enormes posibilidades inherentes a una economía planificada y nacionalizada, sobre todo si se desarrolla en líneas democráticas. Dichas posibilidades sobresalen si se contrastan con la crisis de las fuerzas productivas del capitalismo a escala mundial en la actualidad.

Avance sin precedentes

La revolución de octubre de 1917 provocó el mayor avance de las fuerzas productivas de cualquier país en la historia. Antes de la revolución, la Rusia zarista era una economía extremadamente atrasada y semi-feudal, cuya población era predominantemente analfabeta. De una población total de 150 millones de personas sólo había aproximadamente cuatro millones de trabajadores industriales. Eso significa que era mucho más atrasada que Pakistán en la actualidad.

Bajo la terrible situación de atraso económico, social y cultural, el régimen de  democracia obrera establecido por Lenin y Trotsky comenzó la titánica tarea de sacar a Rusia del atraso sobre la base de una economía planificada y nacionalizada. Los resultados no tienen precedentes en la historia económica. En el espacio de dos décadas, Rusia estableció una poderosa base industrial, desarrolló la industria, la ciencia y la tecnología y abolió el analfabetismo. Logró avances notables en los ámbitos de la salud, la cultura y la educación. Esto sucedió en un momento, en la Gran Depresión, en que el mundo occidental se sumergía en un estado de desempleo masivo y colapso económico.

La viabilidad del nuevo sistema productivo pasó una prueba severa en 1941-45, cuando la Unión Soviética fue invadida por la Alemania nazi con todos los recursos combinados de Europa a su disposición. A pesar de la pérdida de 27 millones de vidas, la URSS logró derrotar a Hitler, y siguió, después de 1945, reconstruyendo su destrozada economía en un espacio de tiempo notablemente corto, transformándose en la segunda potencia del mundo.

Tales avances asombrosos de un país merecen una reflexión. Se puede simpatizar con los ideales de la revolución bolchevique, u oponerse a ellos, pero una transformación tal en un espacio de tiempo tan corto llama la atención de cualquiera.

En un periodo de 50 años, la URSS multiplicó su producto interior bruto (PIB) por nueve. A pesar de la terrible destrucción de la Segunda Guerra Mundial, su PIB se multiplicó por cinco entre 1945 y 1979. En 1950, el PIB de la URSS era sólo el 33% del de los EEUU. Ya en el año 1979 alcanzó el 58%. A finales de la década de los 70, la Unión Soviética se había convertido en una potencia industrial formidable que en términos absolutos ya había superado al resto del mundo en toda una serie de sectores clave. La URSS era el mayor productor de petróleo, acero, cemento, asbestos, tractores y muchos bienes de equipo. La producción industrial de la URSS era la segunda después de la de EEUU.

Pero el alcance de estos logros no se expresa sólo en estas cifras. Todo esto se consiguió prácticamente sin inflación ni paro. El desempleo como el que existía en Occidente era desconocido en la Unión Soviética. De hecho, era legalmente un delito (irónicamente esta ley sigue vigente hoy en día aunque no signifique nada). Podía haber ejemplos individuales fruto de una mala administración económica o de personas que entraban en conflicto con las autoridades y se les privaba de empleo, pero estos fenómenos no se derivaban del carácter de la economía planificada y tenían un mero carácter fortuito. No tenían nada en común ni con el desempleo cíclico del capitalismo ni con el cáncer orgánico que ahora está afectando al conjunto del mundo occidental y que actualmente condena a 35 millones de personas, sólo en los países de la OCDE, a una vida de ociosidad forzosa

Además, durante la mayor parte del período posterior a la guerra, hubo poca o ninguna inflación. La burocracia aprendió la verdad de la advertencia de Trotsky de que “la inflación es la sífilis de una economía planificada”. Después de la Segunda Guerra Mundial, la mayor parte del tiempo se cuidó en asegurar que la inflación se mantuviera bajo control. Este fue particularmente el caso con los precios de los artículos básicos de consumo. Antes de la Perestroika (Reconstrucción, en ruso), a mediados de los años 80, la última vez que se incrementaron los precios de la carne y de los productos lácteos fue en 1962. El precio del pan, el azúcar y la mayoría de los alimentos había aumentado la última vez en 1955. Los alquileres eran extremadamente bajos, particularmente en comparación con Occidente, donde la mayoría de los trabajadores tenían que dedicar un tercio o más de su salario al pago de la vivienda. Sólo en el último período, con el caos de la Perestroika, esto se desmoronó. En la carrera hacia una economía de mercado, tanto el desempleo como la inflación se dispararon a niveles sin precedentes.

La URSS tenía un presupuesto equilibrado e incluso un pequeño superávit cada año. Es interesante señalar que ni un solo gobierno occidental logró este resultado (como lo demuestran las condiciones de Maastricht), así como no lograron el pleno empleo ni la anulación de la inflación, cosas que sí consiguió la Unión Soviética. Los críticos occidentales de la Unión Soviética se mantuvieron muy callados acerca de esto, porque demostró las posibilidades incluso de una economía de transición, no ya socialista.

De un país atrasado, semi-feudal, principalmente analfabeto, en 1917, la URSS se convirtió en una economía moderna y desarrollada, poseía un cuarto de los científicos del mundo, un sistema de salud y educación igual o superior a cualquiera de los países de Occidente, lanzó el primer satélite espacial y puso al primer hombre en el espacio. En la década de 1980, la URSS tenía más científicos que los Estados Unidos, Japón, Gran Bretaña y Alemania juntos. Sólo recientemente Occidente se vio obligado a admitir a regañadientes que el programa espacial soviético estaba muy por delante del de los Estados Unidos. El hecho de que Occidente todavía tenga que usar cohetes rusos para poner hombres y mujeres en el espacio es una prueba suficiente de esto.

Las mujeres y la Revolución de Octubre

El gran socialista utópico francés Fourier consideraba la posición de la mujer como el indicador más gráfico del progreso o no de un régimen social. El intento de introducir el capitalismo en Rusia ha tenido las consecuencias más calamitosas a este respecto. Todos los avances de la Revolución Rusa, que, por cierto, fueron iniciados por las trabajadoras textiles en el Día Internacional de la Mujer, están siendo sistemáticamente eliminados. La cara reaccionaria del capitalismo se revela gráficamente en la posición de las mujeres en Rusia.

La revolución bolchevique sentó las bases para la emancipación social de la mujer y, aunque la contrarrevolución política estalinista representó un retroceso parcial, es innegable que las mujeres de la Unión Soviética hicieron avances colosales en la lucha por la igualdad. “La Revolución de Octubre cumplió honestamente sus obligaciones en relación con la mujer”, escribió Trotsky. “El joven gobierno no sólo le dio todos los derechos políticos y legales en igualdad con el hombre, sino que, lo más importante, hizo todo lo posible, y en todo caso incomparablemente más que cualquier otro gobierno, para asegurarle el acceso a todas las formas de trabajo económico y cultural”.

La Revolución de Octubre fue un hito en la lucha por la emancipación de las mujeres. Antes de eso, bajo el zarismo, las mujeres eran consideradas como meros apéndices del hogar. Las leyes zaristas permitían explícitamente a un hombre usar la violencia contra su esposa. En algunas zonas rurales, las mujeres se veían obligadas a usar el velo y se les impedía aprender a leer y escribir. Entre 1917 y 1927, se aprobó toda una serie de leyes que daban a las mujeres igualdad formal con los hombres. El programa del Partido Comunista de 1919 proclamó audazmente: “No limitándose a la igualdad formal de las mujeres, el partido se esfuerza por liberarlas de las cargas materiales del trabajo doméstico obsoleto reemplazándolo por casas comunales, comedores públicos, lavanderías, etc.”

Las mujeres ya no estaban obligadas a vivir con sus maridos o acompañarlos si un cambio de trabajo significaba un cambio de casa. Se les otorgó iguales derechos para ser cabeza de familia y recibir el mismo salario. Se prestó atención al papel de las mujeres en la maternidad y se introdujeron leyes especiales de maternidad, que prohibían largas horas de trabajo nocturno, así como permisos remunerados para el parto, subsidios familiares y guarderías. El aborto fue legalizado en 1920, se simplificó el divorcio y se introdujo el registro civil del matrimonio. También se abolió el concepto de hijos ilegítimos. En palabras de Lenin: “En el sentido literal, no dejamos un solo ladrillo de las leyes despreciables que colocaban a las mujeres en un estado de inferioridad en comparación con los hombres…”.

Se realizaron avances materiales para facilitar la plena participación de las mujeres en todos los ámbitos de la vida social, económica y política: la provisión de comidas escolares gratuitas, leche para niños, alimentos especiales y pañales para niños necesitados, centros de consultas de embarazo, guarderías y otras instalaciones. Es cierto que la aparición del estalinismo introdujo una serie de contra-reformas en el ámbito social, que afectaron drásticamente la posición de las mujeres. Pero con la muerte de Stalin, el crecimiento económico de la posguerra permitió una mejora general constante: la jubilación a los 55 años, la no discriminación en la remuneración y las condiciones de empleo y el derecho de las mujeres embarazadas a trabajar en trabajos más ligeros con permiso de maternidad totalmente remunerada 56 días antes y 56 días después del nacimiento del niño. La nueva legislación en 1970 abolió el trabajo nocturno y el trabajo subterráneo para las mujeres. El número de mujeres en la educación superior como porcentaje del total aumentó del 28% en 1927, al 43% en 1960, y al 49% en 1970. Los únicos países del mundo donde las mujeres constituían más del 40% del total de los matriculados en la educación superior eran Finlandia, Francia y los Estados Unidos.

Hubo mejoras en la atención preescolar de los niños: en 1960, había 500.000 guarderías, pero en 1971 había aumentado a más de cinco millones. Los enormes avances de la economía planificada, con las consiguientes mejoras en la atención de la salud, se reflejaron en la duplicación de la esperanza de vida de las mujeres pasando de 30 a 74 años y en la reducción de la mortalidad infantil en un 90%. En 1975, el número de mujeres que trabajaban en educación había aumentado al 73%. En 1959, un tercio de las mujeres ocupaban puestos de trabajo donde el 70% de la mano de obra eran mujeres, pero en 1970 esa cifra había aumentado al 55%. En ese momento, el 98% de las enfermeras eran mujeres, al igual que el 75% de los profesores, el 95% de los bibliotecarios y el 75% de los médicos. En 1950, había 600 mujeres doctores en ciencias, pero en 1984 había subido a 5.600.

La restauración capitalista revirtió rápidamente los logros del pasado, llevando a las mujeres a una posición de esclavitud abyecta en el nombre hipócrita de la “familia”. La mayor parte de la carga de la crisis se está colocando sobre los hombros de las mujeres.

¿Por qué colapsó la Unión Soviética?

A pesar de estos éxitos extraordinarios, la URSS colapsó. La cuestión que debe abordarse es por qué ocurrió esto. Las explicaciones de los “expertos” capitalistas son tan predecibles, como huecas. El socialismo (o comunismo) fracasó. Fin de la historia. Sin embargo, las explicaciones de los líderes obreros, tanto del ala izquierda y como del sector más derechista, no son mucho mejores. Los reformistas de derecha como siempre, simplemente repiten los puntos de vista de la clase dominante. De los reformistas de izquierda solo obtenemos un silencio embarazoso. Los líderes de los partidos comunistas de Occidente, que ayer apoyaban de manera acrítica todos los crímenes del estalinismo, ahora tratan de distanciarse de un régimen desacreditado, pero no tienen ninguna respuesta a las preguntas de los jóvenes y trabajadores ,que exigen explicaciones serias.

Los logros de la industria soviética, la ciencia y la tecnología ya se han explicado. Pero había otra cara de la moneda. El Estado obrero democrático establecido por Lenin y Trotsky fue sustituido por el Estado burocrático monstruosamente deformado de Stalin. Esta fue una terrible regresión, lo que significaba la liquidación del poder político de la clase obrera, pero no de las conquistas socioeconómicas fundamentales de Octubre. Las nuevas relaciones de propiedad, que tuvieron su expresión más clara en la economía nacionalizada y planificada, se mantuvieron.

En la década de 1920 Trotsky escribió un pequeño libro con el título: ¿Hacia el socialismo o el capitalismo? Esa fue siempre la cuestión decisiva para la URSS. La propaganda oficial proclamaba que la Unión Soviética se estaba moviendo inexorablemente hacia la consecución del socialismo. En la década de 1960 Jruschov se jactaba de que el socialismo ya había sido alcanzado y que en la URSS se iba a construir una sociedad plenamente comunista en veinte años. Pero la verdad era que la Unión Soviética se estaba moviendo completamente en otra dirección.

El movimiento hacia el socialismo debe significar una reducción gradual de la desigualdad. Pero en la Unión Soviética la desigualdad se incrementaba continuamente. Un abismo se abría entre las masas y los millones de funcionarios privilegiados y sus esposas y niños con sus elegantes trajes, cochazos, y apartamentos y dachas confortables. La contradicción era aún más evidente, ya que contrastaba con la propaganda oficial sobre el socialismo y el comunismo.

Desde el punto de vista de las masas, el éxito económico no puede ser reducido a la cantidad de acero, cemento o electricidad producida. Los niveles de vida dependen sobre todo de la producción de mercancías que sean de buena calidad, baratas y fácilmente disponibles: ropa, zapatos, alimentos, lavadoras, televisores y productos similares. Pero en aquellos terrenos la URSS estaba muy por detrás de Occidente. Esto no habría sido tan grave, pero el hecho era que algunas personas tenían acceso a estas cosas mientras que a la mayoría se les negaba.

La razón por la que el estalinismo pudo durar tanto tiempo a pesar de todas las patentes contradicciones que creó, fue precisamente el hecho incontestable que durante décadas la economía nacionalizada y planificada logró avances extraordinarios. Pero el control asfixiante de la burocracia dio lugar a la corrupción, a una desastrosa administración, chapuzas y despilfarro a una escala colosal. Minó las conquistas de la economía planificada. En la medida en que la URSS se desarrollaba a un nivel superior, los efectos negativos de la burocracia tenían consecuencias aún más perjudiciales.

La burocracia siempre actuó como un freno para el desarrollo de las fuerzas productivas. Pero mientras que la tarea de la construcción de la industria pesada era relativamente simple, una economía moderna y sofisticada con sus complejas relaciones entre la industria ligera y pesada, la ciencia y la tecnología no se puede ejecutar por decreto burocrático sin causar gravísimas interrupciones. Los costos de mantenimiento de un enorme gasto militar así como los gastos de mantenimiento del control sobre Europa del Este impusieron nuevas presiones a la economía soviética.

Con todos los recursos colosales que disponía, la poderosa base industrial y el ejército de técnicos cualificados y científicos, la burocracia fue incapaz de lograr los mismos resultados que Occidente. En los campos vitales de la productividad y los niveles de vida, la Unión Soviética se quedó atrás. La razón principal fue la carga colosal impuesta a la economía soviética por la burocracia –los millones de funcionarios codiciosos y corruptos que administraban la Unión Soviética sin ningún control por parte de la clase obrera.

Como resultado de esto, la Unión Soviética se estaba quedando atrás de Occidente. Mientras las fuerzas productivas en la URSS continuaban desarrollándose, la tendencia pro-capitalista era insignificante. Pero el estancamiento del estalinismo transformó por completo la situación. A mediados de la década de 1960, el sistema de economía planificada burocráticamente controlada llegó a su límite. Esto se expresaba gráficamente por una fuerte caída en la tasa de crecimiento en la URSS, que disminuyó continuamente durante la década de 1970, cercanos a cero bajo Breznev. Una vez que la Unión Soviética fue incapaz de obtener mejores resultados que el capitalismo, esto selló su destino.

Fue en este punto que Ted Grant llegó a la conclusión de que la caída del estalinismo era inevitable, una brillante predicción que hizo ya en 1972. Desde un punto de vista marxista, tal perspectiva era ineludible. El marxismo explica que en última instancia la viabilidad de un sistema socioeconómico determinado depende de su capacidad para desarrollar las fuerzas productivas. En el libro Rusia: de la revolución a la contrarrevolución explica todo el proceso con gran detalle, y muestra cómo en el período posterior a 1965, la tasa de crecimiento de la economía soviética comenzó a disminuir. Entre 1965 y 1970, la tasa de crecimiento fue del 5,4 por ciento. Durante el próximo período de siete años, entre 1971 y 1978, la tasa media de crecimiento fue sólo del 3,7 por ciento.

Esto era comparable al promedio de 3,5 por ciento para las economías capitalistas avanzadas de la OCDE. En otras palabras, la tasa de crecimiento de la Unión Soviética ya no era mucho más alta que el alcanzado en el capitalismo, una situación desastrosa. Como resultado, la contribución de la URSS a la producción mundial total disminuyó de hecho ligeramente, del 12,5 por ciento en 1960 al 12,3 por ciento en 1979. En el mismo periodo, Japón aumentó su participación del 4,7 por ciento al 9,2 por ciento. Toda la palabrería de Kruschev sobre alcanzar y adelantar al imperialismo americano se evaporaró en el aire. Posteriormente, la tasa de crecimiento en la Unión Soviética continuó cayendo hasta que al final del período de Brezhnev, (el “período de estancamiento”, como fue bautizado por Gorbachov) se redujo a cero.

Una vez llegado a esta etapa, la burocracia dejó de jugar el todavía relativamente papel progresista que había desempeñado en el pasado. Esta es la razón por la cual el régimen soviético entró en crisis. Ted Grant fue el único marxista que llegó a esta lógica conclusión. Explicó que una vez que la Unión Soviética no podía obtener mejores resultados que el capitalismo, el régimen estaba condenado. Por el contrario, todas las otras tendencias, desde la burguesía a los estalinistas, daban por sentado que los regímenes aparentemente monolíticos en Rusia, China y Europa del Este iban a durar casi indefinidamente.

La contra-revolución política llevada a cabo por la burocracia estalinista en Rusia liquidó por completo el régimen de democracia soviética de los trabajadores, pero no destruyó las nuevas relaciones de propiedad establecidas por la revolución de octubre. La burocracia gobernante se basaba en la economía nacionalizada y planificada y jugó un papel relativamente progresista en el desarrollo de las fuerzas productivas, aunque tres veces al costo del capitalismo, con tremendo despilfarro, corrupción y mala gestión, como Trotsky señaló incluso antes de la guerra, cuando la economía estaba avanzando un 20 por ciento al año.

Pero a pesar de sus éxitos, el estalinismo no logró resolver los problemas de la sociedad. En realidad, representaba una monstruosa anomalía histórica, el resultado de una concatenación histórica peculiar de circunstancias. La Unión Soviética de Stalin se basaba en una contradicción fundamental. La economía nacionalizada y planificada estaba en contradicción con el Estado burocrático. Incluso en la época de los primeros planes quinquenales, el régimen burocrático era responsable de pérdidas colosales. Esta contradicción no desapareció con el desarrollo de la economía, sino que, por el contrario, ésta se hacía cada vez más insoportable hasta que finalmente el sistema se derrumbó por completo.

Esto es asumido por todo el mundo. Sin embargo, ser sabios sobre el pasado es relativamente fácil. No es tan fácil predecir los procesos históricos de antemano, pero esto fue ciertamente el caso en los notables escritos de Ted Grant sobre Rusia, que trazaron con precisión gráfica la caída del estalinismo y predijeron su resultado. Sólo en estos escritos nos encontramos con un análisis exhaustivo de las causas de la crisis del régimen burocrático, que aún hoy en día sigue siendo un libro sellado con siete sellos para todos los otros comentaristas de los acontecimientos de la antigua URSS.

El análisis de Trotsky

El punto de partida del libro Rusia de la revolución a la contrarrevolución fue el brillante análisis realizado por León Trotsky en su obra maestra La revolución traicionada, escrita en 1936, que aún hoy en día conserva todo su vigor y relevancia original. Nadie que seriamente quiera entender lo que ha sucedido en Rusia puede pasar por alto este gran trabajo de análisis marxista. Sin embargo, por razones comprensibles, Trotsky no proporcionó un análisis acabado, de una vez y para siempre de la naturaleza de clase del estado soviético, pero dejó abierta la cuestión de qué dirección tomaría finalmente.

El gran marxista ruso entendió que el destino de la Unión Soviética estaría determinado por la lucha de las fuerzas vivas, que estaban a su vez inseparablemente conectadas con los movimientos a escala mundial: tales acontecimientos no se podían predecir de manera precisa. De hecho, la forma peculiar en que la Segunda Guerra Mundial se desarrolló tuvo un efecto decisivo en el destino de la Unión Soviética, que nadie anticipó. Trotsky escribió:

“Es imposible en la actualidad responder final e irrevocablemente la pregunta de en qué dirección las contradicciones económicas y sociales de los antagonismos de la sociedad soviética se desarrollarán en el transcurso de los próximos tres, cinco o diez años. El resultado depende de la lucha de las fuerzas sociales –no a nivel nacional, sino más bien a nivel internacional. En cada nueva etapa, por lo tanto, un análisis concreto es necesario de las relaciones reales y tendencias en su conexión e interacción continua” (Trotsky, La revolución traicionada, p. 49).

Trotsky tuvo la precaución de colocar un signo de interrogación sobre el futuro del Estado soviético. Su predicción fue que la burocracia estalinista con el fin de preservar sus privilegios, “inevitablemente, en las etapas futuras para asegurar su posición, restablecería las relaciones capitalistas de propiedad”, se demostró que fue absolutamente correcta. El espectáculo repugnante de líderes, gerentes y funcionarios de toda la vida del Partido Comunista, rompiendo su carnet del partido para transformarse abiertamente en “empresarios”, con la misma facilidad que un hombre pasa de un compartimento de un tren a otro, muestra hasta qué punto el régimen estalinista era ajeno al genuino socialismo.

Trotsky no esperaba que el régimen estalinista durará tanto como lo hizo. Es cierto que en su última obra, Stalin, sí sugirió que el régimen podría durar décadas en su forma actual, pero el libro estaba sin terminar en el momento de su asesinato, y no pudo desarrollar esta idea. La Unión Soviética emergió fortalecida enormemente de la Segunda Guerra Mundial. El régimen estalinista, que Trotsky consideraba como una aberración histórica temporal, sobrevivió durante décadas. Esto tuvo un efecto profundo, sobre todo, sobre la conciencia de las masas y de la propia burocracia.

Trotsky tenía la esperanza que el régimen estalinista sería derrocado por una revolución política de la clase obrera. Pero si esto no sucedía, se planteó la posibilidad en una cierta etapa que el proceso de contrarrevolución burocrática conduciría a la destrucción de las relaciones de propiedad establecidas por la revolución de octubre:

“La contrarrevolución se pone en funcionamiento cuando el motor de las conquistas sociales progresistas se empieza a desmontar. Parece que no hay fin a este desmontaje. Sin embargo, una parte de las conquistas de la revolución siempre se conserva. Por lo tanto, a pesar de las distorsiones burocráticas monstruosas, la base de clase de la URSS sigue siendo proletaria. Pero debemos tener en cuenta que el proceso de desmontaje aún no se ha completado, y el futuro de Europa y del mundo durante las próximas décadas, todavía no se ha decidido. El Termidor ruso, sin duda, abriría una nueva era de dominación burguesa, si esta no se hubiese demostrado obsoleta en todo el mundo. En cualquier caso, la lucha contra la igualdad y el establecimiento de diferenciaciones sociales muy profundas, hasta ahora, ha sido incapaz de eliminar la conciencia socialista de las masas o la nacionalización de los medios de producción y de la tierra, que eran las conquistas socialistas básicas de la revolución. A pesar de menospreciar estos logros, la burocracia aún no se ha aventurado a recurrir a la restauración de la propiedad privada de los medios de producción”. (Ibid., Pp. 405-6)

La perspectiva de la restauración capitalista en Rusia y sus repercusiones fue explicado con una notable previsión por Trotsky en 1936:

“Un colapso del régimen soviético provocaría inevitablemente el colapso de la economía planificada, y por lo tanto la abolición de la propiedad estatal. El lazo obligado entre los trusts y las fábricas en el seno de los primeros, se rompería. Las empresas más exitosas tendrían éxito en su camino de independencia. Podrían convertirse en sociedades por acciones, o podrían encontrar cualquiera otra forma de transición de la propiedad  tal como en la que los trabajadores participan en las ganancias. Las granjas colectivas se desintegrarían al mismo tiempo y con mucha más facilidad. La caída de la dictadura burocrática actual, si no se sustituye por un nuevo poder socialista, significaría por lo tanto un retorno a las relaciones capitalistas con una caída catastrófica de la economía y de la cultura”. (León Trotsky, La revolución traicionada, pp. 250-1)

Lo que sorprende es la forma brillante en la que Trotsky anticipó las principales líneas de lo que realmente ocurrió en Rusia. En completo contraste con la claridad del enfoque de Trotsky vemos la quiebra teórica y práctica de la teoría del “capitalismo de Estado”, que en diferentes formas ha ocupado las mentes de diferentes sectas ultraizquierdistas durante décadas. Después de la Segunda Guerra Mundial Ted Grant desarrolló y extendió el análisis del bonapartismo proletario de Trotsky, en particular La teoría marxista del Estado, la cual demolió totalmente la idea del capitalismo de Estado en Rusia.

De acuerdo con esta “teoría”, el régimen de la URSS ya era capitalista hace mucho tiempo ¿Por qué, entonces, debían los trabajadores molestarse en defender las viejas formas de propiedad estatal (capitalismo de Estado) contra la burguesía naciente, ya que no hay diferencia entre ellos? Esta línea de argumentación, que desarma completamente a la clase obrera frente a la contrarrevolución capitalista, es un claro ejemplo de cómo una teoría falsa conduce inevitablemente a un desastre en la práctica.

La crisis del estalinismo no tenía nada en común con la crisis del capitalismo (o “capitalismo de estado”). Esto último es el resultado de la anarquía del mercado y de la propiedad privada. Pero no había nada parecido a una crisis de sobreproducción en el caso de la URSS, que se basaba en una economía nacionalizada y planificada, aunque afligida con todos los males de la burocracia, la corrupción y la mala administración.

A esto hay que añadir el carácter limitativo del Estado-nación, que ha sobrevivido a su utilidad y se ha convertido en una traba gigantesca para el desarrollo de las fuerzas productivas. Esto explica por qué todos los países, incluso la mayor superpotencia, están obligados a participar en el mercado mundial. Esto fue predicho por anticipado por Marx. Es también la razón por la cual la idea del socialismo en un solo país es una utopía reaccionaria.

Caricatura de socialismo

Lo que fracasó en Rusia y Europa del Este no fue el comunismo ni el socialismo, de la manera entendida por Marx o Lenin, sino una caricatura burocrática y totalitaria. Lenin explicó que el movimiento hacia el socialismo requiere el control democrático de la industria, la sociedad y el Estado por parte del proletariado. El verdadero socialismo es incompatible con el gobierno de una élite burocrática privilegiada, lo que inevitablemente se acompaña de colosal corrupción, nepotismo, despilfarro, mala gestión y caos.

Las economías nacionalizadas y planificadas de la URSS y Europa del Este lograron resultados sorprendentes en los campos de la industria, la ciencia, la salud y la educación. Pero, como Trotsky predijo ya en 1936, el régimen burocrático en última instancia, socavó la economía nacionalizada y planificada y preparó el camino para su colapso y el retorno del capitalismo.

¿Cuál es el balance de la revolución de octubre y el gran experimento de la economía planificada que le siguió? ¿Qué implicaciones tienen para el futuro de la humanidad? Y qué conclusiones pueden extraerse de éstas? La primera observación debe ser evidente por sí misma. Tanto como si se está a favor o en contra de la Revolución de Octubre, no puede haber ninguna duda de que este único acontecimiento cambió el curso de la historia del mundo en una forma sin precedentes, todo el siglo XX estuvo dominado por sus consecuencias. Este hecho es reconocido incluso por los comentaristas más conservadores y quienes son hostiles a la Revolución de Octubre.

Huelga decir que el autor de estas líneas es un firme defensor de la revolución de octubre. Lo considero como el mayor acontecimiento único en la historia humana. ¿Por qué digo esto? Porque aquí por primera vez, si excluimos a ese evento glorioso, pero efímero, que fue la Comuna de París, millones de hombres y mujeres comunes derrocaron a sus explotadores, tomó su destino en sus propias manos, y por lo menos comenzaron la tarea de transformar la sociedad.

Que esta tarea, en condiciones específicas, se desvió a través de canales imprevistos por los líderes de la revolución, no invalida las ideas de la Revolución de Octubre, ni disminuye la importancia de las conquistas colosales hechas por la URSS durante los 70 años que siguieron.

Los enemigos del socialismo responderán con desprecio que el experimento terminó en un fracaso. Contestamos con las palabras de ese gran filósofo, Spinoza, que nuestra tarea no es ni llorar ni reír, sino entender. Sin embargo, uno puede buscar en vano en todos los escritos de los enemigos burgueses del socialismo, una explicación seria de lo que ocurrió en la Unión Soviética. Sus llamados análisis carecen de toda base científica porque están motivados por el odio ciego que refleja claramente los intereses de clase.

No fue la burguesía degenerada de Rusia, que fue arrojada al basurero de la historia en octubre de 1917, sino la economía nacionalizada y planificada lo que condujo a Rusia a la era moderna, a la construcción de fábricas, carreteras y escuelas, a la educación de los hombres y las mujeres, creando brillantes científicos, edificaciones, el ejército que derrotó a Hitler y puso al primer hombre en el espacio.

A pesar de los crímenes de la burocracia, la Unión Soviética se transformó rápidamente de una economía atrasada semifeudal en una nación industrial avanzada, moderna. Al final, sin embargo, la burocracia no estaba satisfecha con la colosal riqueza y los privilegios que había obtenido a través del saqueo del Estado soviético. Como predijo Trotsky, la burocracia se pasó al campo de la restauración capitalista, transformándose de una casta parasitaria a una clase dominante.

El movimiento hacia el capitalismo ha significado un gigantesco paso atrás para el pueblo de Rusia y las antiguas repúblicas de la URSS. La sociedad retrocedió hacia un abismo y tuvo que aprender todas las ventajas de la civilización capitalista: el fanatismo religioso, la prostitución, las drogas, y todas las otras “bondades” del capitalismo. Por el momento, el régimen de Putin ha logrado consolidarse. Pero su aspecto de fortaleza es ilusorio. El capitalismo ruso, al igual que la cabaña en el cuento de hadas ruso, está construido sobre patas de gallina.

El talón de Aquiles del capitalismo ruso es que ahora está vinculado por un cordón umbilical a la suerte del capitalismo mundial. Está sujeto a todas las tormentas y tensiones de un sistema que se encuentra en una crisis terminal. Esto tendrá un impacto profundo en Rusia, tanto económica como políticamente. Tarde o temprano, los trabajadores rusos se recuperarán de los efectos de la derrota y pasarán a la acción. Cuando esto suceda se volverán a descubrir rápidamente las tradiciones de la Revolución de Octubre y las ideas genuinas del bolchevismo. Ese es el único camino a seguir por los trabajadores de Rusia y de todo el mundo.

(Fotografía: Lenin y Trotsky junto a un grupo de bolcheviques en Petrogrado, 1917)

 

 

2016: La Muerte del Centro Político y el Colapso del Reformismo

 

por Alan Woods

El año 2016 terminó con dos nuevos sucesos dramáticos y sangrientos: el asesinato del embajador ruso en Estambul y el brutal asesinato de personas en Berlín que estaban disfrutando tranquilamente de los preparativos para la Navidad. Estos acontecimientos estaban vinculados a la ciénaga sangrienta de Oriente Medio y más específicamente a Siria.

La caída de Alepo representó un giro decisivo en la situación. Rusia, que se supone había quedado aislada y humillada por la “comunidad internacional” (léase Washington) ahora controla Siria y decide lo que sucede allí. Se convocó una conferencia de paz en Kazajistán a la que no fueron invitados ni los estadounidenses ni los europeos, seguida de un acuerdo de alto el fuego dictado según los términos de Rusia.

De diferentes maneras estos desarrollos expresaban el mismo fenómeno: el viejo orden mundial está muerto y en su lugar nos encontramos ante un futuro de inestabilidad y conflicto, cuyo resultado nadie puede predecir. El año 2016 representó, por tanto, un punto de inflexión en la historia. Ha sido un año marcado por la crisis y la turbulencia a una escala global.

Hace veinticinco años, después de la caída de la Unión Soviética, los defensores del capitalismo estaban eufóricos. Hablaban de la muerte del socialismo y del comunismo, y hasta del final de la historia. Nos prometieron un futuro de paz y prosperidad gracias al triunfo de la economía de libre mercado y de la democracia.

El Liberalismo había triunfado y por lo tanto la historia había llegado a su expresión final en el capitalismo. Ese era el significado esencial de la frase, ahora notoria, de Francis Fukuyama. Pero ahora la rueda de la historia ha dado una vuelta completa. Hoy en día, no queda piedra sobre piedra de aquéllas confiadas predicciones de los estrategas del capital. La historia ha regresado con venganza.

De repente, el mundo parece estar afectado por fenómenos extraños y sin precedentes que desafían todos los intentos de los expertos políticos para explicarlos. El 23 de junio el pueblo de Gran Bretaña votó en un referéndum salir de la Unión Europea –un resultado que nadie esperaba, lo que provocó una conmoción a escala internacional. Pero esto no fue nada en comparación con el tsunami provocado por el resultado de las elecciones presidenciales estadounidenses –un resultado que nadie esperaba, incluyendo el hombre que ganó.

A las pocas horas de la elección de Donald Trump, las calles de las ciudades en todos los Estados Unidos se llenaron de manifestantes. Estos acontecimientos son la confirmación dramática de la inestabilidad que ha afectado al mundo entero. De la noche a la mañana han desaparecido las viejas certezas. Hay un fermento general en la sociedad y una sensación extendida de incertidumbre, que llena a la clase dominante y a sus ideólogos de una profunda aprensión.

Los defensores del liberalismo capitalista se quejan amargamente del auge de políticos como Donald Trump, que representan la antítesis de lo que se conoce como “valores liberales”. Para estas personas el año 2016 parece una pesadilla. Tienen la esperanza de que van a despertar y descubrir que todo fue un sueño, que el ayer retornará y que mañana verán un día mejor. Sin embargo, no habrá un redespertar para el liberalismo burgués ni ningún mañana.

Los comentaristas políticos hablan con pavor del auge de algo que llaman “populismo”, una palabra que es tan elástica que carece de cualquier significado. El uso de una terminología tan amorfa significa simplemente que los que la usan no tienen ni idea de lo que están hablando. En términos etimológicos estrictos, “populismo” no es más que una traducción latina de la palabra griega “demagogia”. El término se aplica con el mismo gusto con que un mal pintor revoca una pared con una gruesa capa de pintura para cubrir sus errores. Se lo utiliza para describir tal amplia variedad de fenómenos políticos que está completamente desprovisto de cualquier contenido real.

Los dirigentes de Podemos y Geert Wilders, Jaroslaw Kaczynski y Evo Morales, Rodrigo Duterte y Hugo Chávez, Jeremy Corbyn y Marine Le Pen –todos son barnizados con la misma brocha populista. Es suficiente comparar el contenido real de estos movimientos, que no son sólo diferentes sino radicalmente antagónicos, para darse cuenta de la futilidad de tal lenguaje. No está calculado para aclarar, sino para confundir, o más correctamente para encubrir la confusión de los estúpidos comentaristas políticos burgueses.

La muerte del liberalismo

En su editorial del 24 de diciembre de 2016 The Economist cantaba un himno de alabanza a su amado liberalismo. Los liberales, nos dice, “creen en las economías y sociedades abiertas, donde se fomenta el libre intercambio de bienes, capitales, personas e ideas y donde las libertades universales están protegidas contra el abuso del Estado por el imperio de la ley”. A tal bella imagen realmente se le debería poner música.

Pero a continuación, el artículo concluye con tristeza que 2016 “ha sido un año de reveses. No sólo por el Brexit y la elección de Donald Trump, sino también por la tragedia de Siria, abandonada a su sufrimiento, y el apoyo generalizado –en Hungría, Polonia y más allá– a la “democracia intolerante”. A medida que la globalización se ha convertido en un agravio, el nacionalismo, e incluso el autoritarismo, han florecido. En Turquía el alivio ante el fracaso de un golpe de estado fue superado por represalias salvajes (y populares). En Filipinas, los votantes eligieron a un presidente que no sólo desplegó escuadrones de la muerte, sino que se jactaba de apretar el gatillo. A la vez que Rusia, que dio de hachazos a la democracia occidental, y China, que justo la semana pasada se burló de EEUU al apoderarse de uno de sus drones marítimos, insisten en que el liberalismo no es más que una tapadera para la expansión occidental”.

El hermoso canto de alabanza a los valores occidentales y al liberalismo ha terminado con una nota agria. The Economist concluye con amargura: “Frente a esta letanía, muchos liberales (del tipo de libre mercado) han perdido los nervios. Algunos han escrito epitafios para el orden liberal y emitido advertencias sobre la amenaza a la democracia. Otros sostienen que, con un pellizco tímido a la ley de inmigración o con un arancel adicional, la vida simplemente volverá a la normalidad”.

Pero la vida no “retornará a la normalidad” simplemente –sino que, más correctamente, entraremos en una nueva etapa de lo que The Economist se refiere como una “nueva normalidad”: Un período sinfín de recortes, austeridad y caída de los niveles de vida. En realidad, hemos estado viviendo en esta nueva normalidad desde hace bastante tiempo. Y de esto se derivan consecuencias muy serias.

La crisis mundial del capitalismo ha creado condiciones que son completamente diferentes a las condiciones que existían (al menos para un puñado de países privilegiados) cuatro décadas después de la Segunda Guerra Mundial. Ese período fue testigo de la mayor fase de expansión de las fuerzas productivas del capitalismo desde la Revolución Industrial. Este fue el suelo sobre el que pudieron florecer los tan cacareados “valores liberales”. El auge económico proporcionó a los capitalistas ganancias suficientes para otorgar concesiones a la clase obrera.

Esa fue la época dorada del reformismo. Pero el actual período es la época, no de las reformas, sino de las contra-reformas. Esto no es el resultado de prejuicios ideológicos, como imaginan algunos tontos reformistas. Es la consecuencia necesaria de la crisis del sistema capitalista que ha alcanzado sus límites. Todo el proceso que se desarrolló durante un período de seis décadas está ahora desenrollándose.

En lugar de las reformas y del aumento de los niveles de vida, la clase obrera de todo el mundo se enfrenta a los recortes, a la austeridad, al desempleo y al empobrecimiento. La degradación de las condiciones de trabajo, de los salarios, de los derechos laborales y de las pensiones recae sobre todo en los sectores más pobres y vulnerables de la sociedad. La idea de la igualdad de la mujer está siendo erosionada por la búsqueda implacable de una mayor rentabilidad. A toda una generación de jóvenes se la está privando de un futuro. Esa es la esencia del presente periodo.

El momento María Antonieta de la élite

A la clase dominante y a sus estrategas les resulta difícil aceptar la realidad de la situación actual y son completamente ciegos a las consecuencias políticas que se derivan de ella. La misma ceguera se puede observar en cada clase dirigente que se enfrenta a la extinción y que se niega a aceptarlo. Como observó correctamente Lenin, un hombre que permanece al borde de un precipicio no razona.

El Financial Times publicó un interesante artículo de Wolfgang Münchau titulado “El momento María Antonieta de la élite”. Comienza como sigue:

“Algunas revoluciones podrían haberse evitado si la vieja guardia sólo se hubiera abstenido de la provocación. No hay ninguna prueba de un incidente del tipo “que coman tarta”.  Parece que esto lo dijo María Antonieta [La leyenda dice que ese fue el comentario de Maria Antonieta cuando le informaron que el pueblo salió a la calle exigiendo pan, NdT]. Suena real. Los Borbones eran difíciles de superar como la quintaesencia del establishment fuera de contacto con la realidad.

“Ellos tienen competencia ahora”.

“Nuestro Establishment democrático liberal mundial se comporta de la misma manera. En un momento en que Gran Bretaña ha votado salir de la UE, en que Donald Trump ha sido elegido presidente de Estados Unidos, y Marine Le Pen está marchando hacia el Palacio del Elíseo, nosotros –los guardianes del orden liberal mundial– seguimos poniendo todo en riesgo”.

La comparación con la Revolución Francesa es muy instructiva. En todas partes la clase dominante y sus “expertos” han demostrado estar completamente fuera de contacto con la situación real de la sociedad. Ellos asumían que el orden de las cosas que surgió del auge económico posterior a la guerra continuaría para siempre. La economía de mercado y la “democracia” burguesa eran los paradigmas incuestionables de la época.

Su complacencia petulante recordaba precisamente a la desafortunada María Antonieta, la reina de Francia. No es en absoluto cierto que su famosa frase fuera pronunciada alguna vez, pero refleja con precisión la mentalidad de una clase dirigente degenerada que no tiene interés en los sufrimientos de la gente común ni en las inevitables consecuencias que se derivan de ellos.

Al final María Antonieta perdió la cabeza y ahora la clase dominante y sus representantes políticos están perdiendo la suya. El artículo del Financial Times sigue:

“¿Por qué está pasando esto? Los macroeconomistas creen que nadie se atrevería a desafiar su autoridad. Los políticos italianos han estado desplegando juegos de poder desde siempre. Y el trabajo de los funcionarios de la UE es encontrar maneras ingeniosas de animar legislaciones y tratados políticamente complicados en las legislaturas nacionales pasadas. A pesar de la apetencia por el poder de la señora Le Pen, del Sr. Grillo y de Geert Wilders del partido de extrema derecha holandés Libertad, el establishment sigue actuando de esta manera. Un regente Borbón, en un momento inusitado de reflexión, se habría echado atrás. Nuestro orden capitalista liberal, con sus instituciones competentes, es constitucionalmente incapaz de hacer eso. Está programado para arriesgarlo todo.

“El curso de acción correcto sería dejar de insultar a los votantes y, más importante, resolver los problemas de un sector financiero fuera de control, de los flujos incontrolados de personas y capitales, y de la distribución desigual de los ingresos. En la zona euro, los líderes políticos encontraron apropiado improvisar con la crisis bancaria y luego con una crisis de la deuda soberana –sólo para encontrarse con que la deuda griega es insostenible y que el sistema bancario italiano está en serios problemas. Ocho años después, todavía hay por ahí inversores que apuestan a un colapso de la zona euro como la conocemos”.

En 1938, Trotsky escribió que la clase dominante se deslizaba por un tobogán hacia el desastre con los ojos cerrados. Las líneas anteriores son una ilustración gráfica de este hecho. Y el Sr. Münchau saca la siguiente conclusión:

“Pero si esto está sucediendo es por la misma razón por la que sucedió en la Francia revolucionaria. Los guardianes del capitalismo occidental, como los Borbones antes que ellos, no han aprendido nada, ni han olvidado nada”.

El colapso del centro

Contrariamente al antiguo prejuicio de los liberales, la conciencia humana no es progresista, sino profundamente conservadora. A la mayoría de las personas no les gusta el cambio. Se aferran obstinadamente a las viejas ideas, prejuicios, religión y moralidad con las que están familiarizadas, y lo que es familiar siempre es más reconfortante que lo que no lo es. La idea del cambio es alarmante, ya que es desconocido. Estos temores están profundamente arraigados en la psique humana y han existido desde tiempo inmemorial.

Sin embargo, el cambio es tan necesario para la supervivencia de la raza humana como lo es para la supervivencia del individuo. La ausencia de cambio es la muerte. El cuerpo humano cambia constantemente desde el momento del nacimiento; todas las células se descomponen, mueren y son reemplazadas por células nuevas. El niño debe desaparecer para que el adulto pueda nacer.

Sin embargo, no es difícil entender la aversión de la gente a cambiar. El hábito, la rutina, la tradición –todas estas cosas son necesarias para el mantenimiento de las normas sociales que sustentan el funcionamiento de la sociedad. Durante un largo período arraigan, condicionando las actividades diarias de millones de hombres y mujeres. Son universalmente aceptadas, al igual que el respeto de las leyes y costumbres, las reglas de la vida política y las instituciones existentes: en una palabra, el status quo.

Existe algo similar en la ciencia. En su profundo y penetrante estudio de La estructura de las revoluciones científicas, Thomas S. Kuhn explica cómo cada periodo en el desarrollo de la ciencia se basa en un modelo existente que es generalmente aceptado y que proporciona un marco necesario para el trabajo científico. Durante mucho tiempo este paradigma responde a un propósito útil. Pero finalmente las pequeñas contradicciones, aparentemente insignificantes, que aparecen conducen eventualmente a la caída del viejo paradigma y a su sustitución por otro nuevo. Esto, según Kuhn, constituye la esencia de una revolución científica.

Exactamente, el mismo proceso dialéctico se produce en la sociedad. Las ideas que han existido durante tanto tiempo y se han endurecido en prejuicios, entran finalmente en conflicto con la realidad existente. En ese momento, una revolución en la conciencia comienza a tener lugar. La gente comienza a cuestionar lo que parecía ser incuestionable. Ideas que eran cómodas porque proporcionaban certezas se hacen añicos sobre la roca de la dura realidad. Por primera vez, la gente comienza a sacudirse las viejas y cómodas ilusiones y a mirar la realidad de frente.

La verdadera causa de los temores de la clase dominante es el colapso del centro político. Lo que estamos viendo en Gran Bretaña, Estados Unidos, España y muchos otros países es una aguda y creciente polarización entre la izquierda y la derecha en la política, que a su vez es simplemente un reflejo de una creciente polarización entre las clases. Esto a su vez es un reflejo de la crisis más profunda que ha habido en la historia del capitalismo.

Durante los últimos cien años, el sistema político de los EE.UU. se basó en dos partidos –los Demócratas y los Republicanos– en el que ambos defendían el mantenimiento del capitalismo y representaban los intereses de los bancos y de las grandes empresas. Esto fue muy bien expresado por Gore Vidal quien escribió que “nuestra República tiene un partido, el partido de la propiedad, con dos alas de derechas”.

Esta fue la sólida base para la estabilidad y la longevidad de lo que los estadounidenses consideraban como “democracia”. En realidad, esta democracia burguesa no era más que una hoja de parra para ocultar la realidad de la dictadura de los banqueros y capitalistas. Ahora bien, este práctico dispositivo está siendo cuestionado y sacudido hasta la médula. Millones de personas están despertando a la realidad de la podredumbre del establishment político y al hecho de que están siendo engañados por aquellos que dicen representarlos. Esta es la condición previa para una revolución social.

Crisis del reformismo

Vemos una situación similar en Gran Bretaña, donde desde hace 100 años los Laboristas y Conservadores se alternaban en el poder, proporcionando el mismo tipo de estabilidad para la clase dominante. El Partido Laborista y el partido Conservador eran dirigidos por sólidos hombres y mujeres respetables en los que se podía confiar para manejar la sociedad en interés de los banqueros y capitalistas de la city de Londres. Pero la elección de Jeremy Corbyn lo ha puesto todo patas arriba.

La clase dominante teme que la llegada masiva de nuevos miembros al Partido Laborista pueda romper el dominio del ala derecha sobre el Laborismo. Eso explica el pánico de la clase dominante y el carácter virulento de la campaña contra Corbyn.

La crisis del capitalismo es también la crisis del reformismo. Los estrategas del capital se asemejan a los Borbones, pero los líderes reformistas son sólo una pobre imitación de los primeros. Ellos son los más ciegos de entre los ciegos. Los reformistas, tanto de las variedades de derechas como de izquierdas, no comprenden nada de la situación real. A pesar de que se enorgullecen de ser grandes realistas, son el peor tipo de utópicos.

Al igual que los liberales de los cuales no son más que un pálido reflejo, están suspirando por el pasado que ha desaparecido más allá de cualquier regreso. Se quejan amargamente de la injusticia del capitalismo, sin darse cuenta de que las políticas de la burguesía son dictadas por la necesidad económica del capitalismo mismo.

Es una ironía suprema de la historia que los reformistas hayan adoptado totalmente la economía de mercado, precisamente en un momento en el que se está desmoronando ante nuestros propios ojos. Habían aceptado el capitalismo como algo que está dado de una vez para siempre, que no puede ser cuestionado ni, ciertamente, derrocado. El presunto realismo de los reformistas es el realismo de un hombre que trata de persuadir a un tigre de que coma ensaladas en lugar de carne humana. Naturalmente, el realista que ha intentado realizar esta hazaña loable no tuvo éxito en convencer al tigre y terminó el interior de su estómago.

Lo que los reformistas no entienden es que si se acepta el capitalismo también deben aceptarse las leyes del capitalismo. Y en las condiciones modernas eso significa aceptar los recortes y la austeridad. En ninguna parte está la bancarrota del reformismo más claramente expresada que en el hecho de que ya no hablan de socialismo. Ni tampoco hablan de capitalismo. En su lugar, se quejan de los males del “neoliberalismo”, es decir, que no se oponen al capitalismo en sí, sino solamente a un modelo particular de capitalismo. Pero el llamado neoliberalismo no es más que un eufemismo para el capitalismo en el período de crisis.

Los reformistas que imaginan ser grandes realistas están soñando con un retorno a las condiciones del pasado, cuando ese pasado ya ha retrocedido en la historia. El período que ahora se abre será completamente diferente. En las décadas que siguieron a 1945, la lucha de clases en los países capitalistas avanzados se atenuó en cierta medida como consecuencia de las reformas logradas por la clase trabajadora a través de la lucha.

Trotsky explicó hace tiempo que la traición está implícita en el reformismo en todas sus variedades. Con esto no quería decir que los reformistas traicionaran conscientemente a la clase obrera. Hay muchos reformistas honestos, así como un buen número de arribistas corruptos. Pero el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones. Si acepta el sistema capitalista –como lo hacen todos los reformistas, ya sean de derechas o de izquierdas– seguidamente deben obedecerse las leyes del sistema capitalista. En un período de crisis capitalista, esto significa la inevitabilidad de los recortes y ataques a los niveles de vida.

Esta lección tuvo que ser aprendida por Tsipras y Varoufakis en Grecia. Ellos llegaron al poder con un enorme apoyo popular con un programa anti-austeridad, pero muy rápidamente se les hizo comprender por Merkel y Schäuble que esto no estaba en la agenda. Al final capitularon y dócilmente llevaron a cabo el programa de austeridad dictado por Berlín y Bruselas. Vimos una situación similar en Francia, donde Hollande consiguió una masiva victoria prometiendo un programa anti-austeridad, y a continuación dio un giro de 180º y llevó a cabo recortes aún más profundos que el anterior gobierno de la derecha. El resultado inevitable ha sido el auge de Marine Le Pen y del Frente Nacional.

El capitalismo en un callejón sin salida

En países como los Estados Unidos cada generación desde la Segunda Guerra Mundial podía esperar una mejor calidad de vida que la que tenían sus padres. En las décadas de boom económico los trabajadores se acostumbraron a victorias relativamente fáciles. Los líderes sindicales no tenían que luchar mucho para obtener mejoras económicas. Las reformas fueron consideradas la norma. Hoy fue mejor que ayer y mañana sería mejor que hoy.

En el largo período de auge capitalista, la conciencia de clase de los trabajadores estuvo un tanto mitigada. En lugar de políticas socialistas de clase bien definidas, el movimiento obrero ha sido infectado con ideas extrañas a través de la correa de transmisión de la pequeña burguesía que ha apartado a un lado a los trabajadores y ahogado su voz con las declamaciones estridentes del radicalismo de la clase media.

La llamada corrección política con su mezcolanza de ideas a medio cocinar sacadas de la basura del liberalismo burgués, poco a poco ha sido aceptada incluso en los sindicatos, donde los dirigentes reformistas de derechas se aferran ansiosamente a ella como un sustituto de las políticas de clase y de las ideas socialistas. Los reformistas de izquierdas en particular, han jugado un papel nefasto en este sentido. Se necesitarán los golpes de martillo de los acontecimientos para demoler estos prejuicios que tienen un efecto corrosivo sobre la conciencia.

Pero la crisis del capitalismo no permite tales lujos. La generación actual de jóvenes se enfrentará por primera vez a peores condiciones de vida que las que disfrutaron sus padres. Gradualmente, esta nueva realidad está abriéndose paso en la conciencia de las masas. Esa es la razón del actual fermento de descontento que existe en todos los países y que está adquiriendo un carácter explosivo. Esta es la explicación de los terremotos políticos que han tenido lugar en Gran Bretaña, España, Grecia, Italia, Estados Unidos y muchos otros países. Es un aviso de que se están preparando acontecimientos revolucionarios.

Es cierto que en esta etapa el movimiento se caracteriza por una tremenda confusión ¿Cómo podía ser de otra manera, cuando esas organizaciones y partidos que deberían colocarse a la cabeza de un movimiento para transformar la sociedad, se han transformado en cambio en monstruosos obstáculos en el camino de la clase obrera? Las masas están buscando una manera de salir de la crisis, poniendo a prueba los partidos políticos, los líderes y los programas. Los que no pasan la prueba son arrojados a un lado sin piedad. Hay giros violentos en el frente electoral, tanto a la izquierda como a la derecha. Todo esto es el presagio de un cambio revolucionario.

En retrospectiva, el período de medio siglo que siguió a la Segunda Guerra Mundial será visto como una excepción histórica. Con toda probabilidad, nunca volverá a repetirse la concatenación de circunstancias peculiares que produjeron esa situación. Lo que nos enfrentamos ahora es precisamente a una vuelta al capitalismo normal. La cara sonriente del liberalismo, del reformismo y de la democracia va a ser echada a un lado para revelar la única fisonomía que tiene el capitalismo realmente.

¡Hacia un nuevo Octubre!

Un nuevo período se abre ante nosotros –un periodo de tormenta y tensión que será mucho más similar a la década de 1930 que al período posterior a 1945. Todas las ilusiones del pasado quedarán consumidas en la conciencia de las masas como en una plancha caliente. En un período como éste, la clase obrera tendrá que luchar duro para defender las conquistas del pasado, y en el curso de esta amarga lucha llegará a entender la necesidad de un programa revolucionario cabal. O el capitalismo es derrocado, o un terrible destino le espera a la humanidad. Esa es la única alternativa. Cualquier otro curso de acción es una mentira y un engaño. Es hora de mirar la verdad cara a cara.

Sobre la base del capitalismo enfermo no puede haber salida para la clase obrera y la juventud. Los liberales y reformistas están tratando con todas sus fuerzas de apuntalarlo. Ellos lloriquean sobre la amenaza a la democracia, ocultando el hecho de que la llamada democracia burguesa no es más que una hoja de parra tras la que se esconde la cruda realidad de la dictadura de los bancos y de las grandes empresas. Van a tratar de atraer a la clase obrera a alianzas para “defender la democracia”, pero esto es una farsa hipócrita.

La única fuerza que tiene un interés real en la democracia es la clase obrera misma. La llamada burguesía liberal es incapaz de reacción de combate, lo que se deriva directamente del sistema capitalista en el que basan sus riquezas y privilegios. Fue Obama quien pavimentó el camino para la victoria de Trump, tal como fue Hollande quien ha allanado el camino para el ascenso de Le Pen.

En realidad, el viejo sistema ya está descomponiéndose ante nuestros propios ojos. Los síntomas de su decadencia son evidentes para todos. En todas partes vemos las crisis económicas, la descomposición social, transtornos, guerras, destrucción y caos. Es una imagen terrible, pero se deriva del hecho de que el capitalismo ha llevado a la humanidad a un callejón sin salida.

No es la primera vez que hemos visto este tipo de cosas. Los mismos síntomas se pueden ver en el período de la decadencia y caída del Imperio Romano y en el período de decadencia de la sociedad feudal. No es casualidad que los hombres y las mujeres en esos días se imaginaran que el fin del mundo se acercaba. Pero lo que se acercaba no era el fin del mundo, sino sólo al final de un sistema económico social particular que había agotado su potencial y se había convertido en un monstruoso obstáculo en el camino del progreso humano.

Lenin dijo una vez que el capitalismo es horror sin fin. Ahora vemos la verdad literal de esta afirmación. Pero junto a los horrores producidos por un sistema decadente y reaccionario hay otra cara de la moneda. Nuestra época es un tiempo de nacimiento, y un período de transición de un período histórico a otro. Dichos períodos se caracterizan siempre por los dolores, que son los dolores de una nueva sociedad que está luchando por nacer, mientras que la vieja sociedad se esfuerza por preservarse estrangulando al niño en el vientre materno.

El viejo mundo se está desplomando. Que está tambaleándose para caer lo indican síntomas inequívocos. La podredumbre se está extendiendo en el orden establecido de las cosas, sus instituciones están colapsando. Los defensores del viejo orden están atrapados por un presentimiento indefinido de algo desconocido. Todas estas cosas presagian que hay algo más que se aproxima.

Este desmoronamiento gradual a pedazos se acelerará por la erupción de la clase obrera en la escena de la historia. Aquellos escépticos que descartaron a la clase trabajadora se verán obligados a comerse sus palabras. Están acumulándose fuerzas volcánicas debajo de la superficie de la sociedad. Las contradicciones se están acumulando hasta el punto que no pueden aguantarse mucho más.

Nuestra tarea es acortar este proceso doloroso y asegurar que el nacimiento se lleve a cabo con el menor sufrimiento posible. Con el fin de hacer esto, es necesario lograr el derrocamiento del actual sistema que se ha convertido en una terrible barrera para el desarrollo de la raza humana y una amenaza para su futuro.

Todos aquellos que están tratando de preservar el viejo orden, de ponerle parches, de reformarlo, para dotarlo de muletas que le permitan renquear durante unos años o décadas más, juegan el papel más reaccionario. Están impidiendo el nacimiento de una nueva sociedad, la única que puede ofrecer un futuro a la humanidad y poner fin a la pesadilla del capitalismo existente.

El Nuevo Mundo que está luchando por nacer se llama socialismo. Es nuestro trabajo asegurar que este nacimiento se lleve a cabo tan pronto como sea posible y con el mínimo posible de dolor y sufrimiento. La manera de lograr este objetivo es construir una fuerte corriente marxista en todo el mundo con cuadros formados y con fuertes vínculos con la clase obrera.

Hace cien años tuvo lugar un acontecimiento que cambió el curso de la historia mundial. En un país semifeudal atrasado en los confines de Europa, la clase obrera se movió para cambiar la sociedad. Nadie esperaba esto, sin embargo. Las condiciones objetivas para una revolución socialista en Rusia parecían ser inexistentes.

Europa estaba en las garras de una terrible guerra. Los trabajadores de Gran Bretaña, Francia, Alemania y Rusia estaban matándose entre sí en nombre del imperialismo. En tal contexto la consigna: “¡Proletarios de todos los países, uníos!” debía parecer una expresión de amargo sarcasmo. La propia Rusia estaba gobernada por un poderoso régimen autocrático con un gran ejército, una fuerza policial y una policía secreta cuyos tentáculos se extendían a todos los partidos políticos –incluyendo los bolcheviques.

Y, sin embargo, en esta situación aparentemente imposible los obreros de Rusia se movieron para tomar el poder en sus propias manos. Ellos derrocaron al zar y establecieron organismos de poder democráticos, los soviets. Sólo nueve meses después el Partido Bolchevique, que al comienzo de la revolución era una pequeña fuerza de no más de 8.000 miembros, llegó al poder.

Cien años más tarde, los marxistas se enfrentan a la misma tarea que Lenin y Trotsky se enfrentaron en 1917. Nuestras fuerzas son pequeñas y nuestros recursos son escasos, pero estamos armados con el arma más poderosa: el arma de las ideas. Marx decía que las ideas se convierten en una fuerza material cuando se apoderan de la mente de las masas. Durante mucho tiempo, estuvimos luchando contra una poderosa corriente. Pero la marea de la historia fluye ahora firmemente en nuestra dirección.

Ideas que son escuchadas por unos pocos hoy serán recibidas con entusiasmo por millones en el período que ahora se abre. Grandes acontecimientos pueden tener lugar con extrema rapidez, transformando toda la situación. La conciencia de la clase obrera puede cambiar en cuestión de días u horas. Nuestra tarea es preparar a los cuadros para los grandes acontecimientos que se ciernen. Nuestra bandera es la bandera de Octubre. Nuestras ideas son las ideas de Lenin y Trotsky. Esa es la máxima garantía de nuestro éxito.

Londres 5 de enero de 2017/tomado de Lucha de Clases.org, título original “La muerte del liberalismo”

(Fotografía: Juegos Mundiales del Nomad, Kirguistán)