Archivo de la categoría: HISTORIA

Darwin, Marx y las dedicatorias de “El Capital”

por Salvador López Arnal //

Aquel que entienda al babuino contribuirá a la metafísica más queJohn Locke”.

Charles Darwin, cuaderno D, agosto de 1838.

Maestro, periodista, compañero y amigo de Marx, miembro del comité de correspondencia comunista de Bruselas entre 1846 y 1847 y de la oficina central de la Liga de los Comunistas, redactor de la Nueva Gaceta Renana entre 1848 y 1849, emigrado a Suiza en 1849 y a Inglaterra en 1851, Wilhelm Friedrich Wolf falleció en 1864. Tres años más tarde, su amigo le dedicaba el libro I de El Capital, la única parte que llegó a publicar en vida, con las siguientes palabras1: Seguir leyendo Darwin, Marx y las dedicatorias de “El Capital”

Emma Goldman: muerte y funeral de Piotr Kropotkin

Cuando llegué a Moscú en enero de 1921, me enteré de que Piotr Kropotkin estaba aquejado de neumonía. Inmediatamente, me ofrecí a cuidar de él, pero como ya le estaba asistiendo una enfermera y la dacha de Kropotkin era demasiado pequeña como para dar cobijo a visitas extraordinarias, decidimos que Sasha Kropotkin, quien por entonces se hallaba en Moscú, iría a Dmítrov para comprobar si mi presencia allí era realmente necesaria. Mi idea inicial era viajar a Petrogrado al día siguiente. Seguir leyendo Emma Goldman: muerte y funeral de Piotr Kropotkin

El 68 comenzó en Vietnam: ofensiva del Tet, solidaridad, radicalidad

por Pierre Rousset //

En febrero de 1968, las fuerzas de liberación impulsaron en Vietnam del Sur la ofensiva del Têt (es decir del Año Nuevo). De una enorme amplitud, se desarrolló sobre todo el territorio sud-vietnamita, Saigón incluido. Su trascendencia internacional fue considerable, reactivó el movimiento anti-imperialista, el de liberación nacional y aceleró la radicalización de la juventud en Japón y Estados Unidos, pasando por Europa. Representó un giro en la guerra y en el auge de las resistencia, también en el interior del propio ejército de Estados Unidos. Seguir leyendo El 68 comenzó en Vietnam: ofensiva del Tet, solidaridad, radicalidad

Bolchevismo, Balfour y sionismo: relato de dos centenarios

por Roger D. Markwick //

En noviembre de 2017 se conmemoró el centenario de dos de los acontecimientos más decisivos del siglo XX: la revolución dirigida por los bolcheviques en Rusia y la declaración Balfour en Gran Bretaña. La Revolución rusa la llevaron a cabo los bolcheviques en nombre de la paz y del socialismo internacional; la declaración Balfour fue un compromiso del gobierno británico de apoyar la creación de un “hogar nacional para el pueblo judío” en Palestina. No fue simplemente una notable coincidencia, sino una contraposición de dos objetivos políticos mutuamente excluyentes: uno para impulsar la revolución mundial antiimperialista; el otro, para reforzar los intereses imperiales británicos en Oriente Medio. Seguir leyendo Bolchevismo, Balfour y sionismo: relato de dos centenarios

Lenin: Acerca del problema de las nacionalidades o sobre la “autonomización”

En mis obras acerca del problema nacional he escrito ya que el planteamiento abstracto del problema del nacionalismo en general no sirve para nada. Es necesario distinguir entre el nacionalismo de la nación opresora y el nacionalismo de la nación oprimida, entre el nacionalismo de la nación grande y el nacionalismo de la nación pequeña. Seguir leyendo Lenin: Acerca del problema de las nacionalidades o sobre la “autonomización”

La Iglesia en la guerra civil española: memoria histórica, asesinatos y beatificación

por Jaume Botey //

La beatificación masiva de religiosos, religiosas y sacerdotes fusilados durante la Guerra Civil en la zona republicana constituye, objetivamente, una nueva humillación a los fusilados por los franquistas, que durante más de 70 años han sido silenciados. Franco los castigó con la condena y la muerte y la Transición los castigó con el olvido. El pretexto era no reabrir heridas. Quienes gestionaron la Transición temieron que poner a la luz pública lo que ocurrió podía poner en cuestión el alzamiento, la guerra, el franquismo y la misma Transición, es decir, los cimientos de la España actual. Porque todo el mundo desea que los “suyos” desempeñen el papel de víctimas y no el de victimarios.

Pero la memoria de los muertos no prescribe, nos seguirá persiguiendo y reaparecerá de manera periódica hasta que se haga justicia con ellos. Desde el más profundo respeto por las vidas y las circunstancias de las muertes de los ahora elevados a los altares, no puede dejarse de lado que la Jerarquía de la Igle­sia, al honrar las víctimas de uno sólo de los bandos, reabre las heridas de los hijos y nietos de los olvidados. Precisamente uno de los objetivos del debate actual acerca de la Memoria Histórica es hacer justicia, rehabilitar y dar voz a todas las víctimas sin exclusión. Sobre el olvido o la negación de lo ocurrido no es posible construir la reconciliación.

Claro que nuestra Guerra Civil sigue siendo una fuente inagotable de análisis del que poco a poco va saliendo a la luz pública lo que la propaganda franquista escondió. En concreto, la persecución por motivos ideológicos por ambos lados ha sido ya abundantemente analizada. Después del 18 de julio en ambos lados de “las dos Españas” se desató un desenfreno de sangre y asesinatos impunes, una locura, un salvaje baile de muerte y de barbarie que sólo se puede explicar atendiendo siglos de odios alimentados desde todas las instancias. En una zona se fusilaba a sacerdotes y se quemaban iglesias y en la otra se fusilaba a maestros y se quemaban casas del pueblo.

Asesinatos en la zona republicana

Probablemente no tiene ya tanto interés saber quién o qué bando “puso más muertos”, sino cómo se encaja el futuro. Pero para medir la tragedia en sus dimensiones cuantitativas, es obvia la dificultad de llegar a cifras más o menos aproximadas cuando la exageración de los asesinatos constituía un esencial instrumento de guerra. Serrano Súñer, en un discurso en Bil­bao en 1938, dice hablar “en nombre de los 400.000 hermanos nuestros martirizados por los enemigos de Dios”. Yanguas Messía, en noviembre de 1938, para rechazar los intentos de po­ner fin a la guerra por una mediación, decía al cardenal Paccelli que son “centenares de miles”… Estelrich, que desde París, pagado por Cambó, escribía propaganda franquista, afirmaba que los sacerdotes seculares asesinados eran 16.750. Hoy son comúnmente aceptadas las cifras de Antonio Montero1, que cita por sus nombres a 12 obispos, 4.184 sacerdotes seculares, 2.365 religiosos y 283 religiosas, con un total de 6.832 (pg. 762). A estas cifras hay que añadir los seglares que perecieron por la misma causa.

Prevaleció la fuerza frente a la justicia.

Prácticamente la totalidad de los asesinatos se llevaron a cabo hasta diciembre de 1936. Al comienzo las víctimas eran apresadas y liquidadas sin ninguna formalidad procesal. A partir de septiembre se crean los Tribunales Populares, y son generalmente condenadas sólo a penas de prisión A partir de los sucesos de mayo del 37 “es indiscutible que cesó el asesinato de nuestros compañeros de sacerdocio” dice el archivero de la diócesis de Barcelona2.

Fue una violencia desatada, masiva, rápida y generalizada, resultado de odios inveterados. Es cierto que en un primer momento fue alimentada por algunos de los líderes de izquierda, especialmente anarquistas, del POUM y comunistas. Pero de ninguna manera esto supone que hubiera ningún plan previamente organizado como ha supuesto alguna publicación reciente3. De no haber existido el alzamiento no hubiera habido masacre. La tradición beligerante de la Jerarquía durante todo el siglo xx y especialmente contra la República, pero sobre todo las noticias de las masacres ejecutadas en el otro bando ordenadas por los mandos militares y el soporte que esta Jerarquía dio al alzamiento encendieron la venganza. Tanto el gobierno de la Generalitat como el de Madrid se vieron desbordados y sin las fuerzas necesarias para mantener el orden. Los socialistas, comunistas y anarquistas que formaban parte de las bandas de criminales mataban a los miembros de la burguesía y de la iglesia con ánimo místico, dispuestos a aplastar para siempre la opresión del pueblo y convencidos de que formaban parte de una operación militar.

Tanto en Madrid como en Barcelona los dirigentes del go­bierno intentaron salvar vidas de los amenazados por su significación religiosa o política. Ventura y Gassol ayudó, entre otros, a Vidal y Barraquer, al obispo de Gerona, a Puig y Ca­da­falch. “Muchos otros, desde Companys hasta la Pasionaria, se preocuparon y arriesgaron su propia vida y reputación a favor de las víctimas de la terrible ola de violencia” (Hugh Thomas, pg.200). Hasta Queipo de Llano, en una de sus escuchadas y temibles emisiones de radio, reconocía el 24 de agosto que el presidente Companys “ha dejado salir de Barcelona a más de cinco mil hombres de derecha”. Muchas de las autoridades que más se significaron en la defensa y evacuación de personas en peligro tuvieron que huir posteriormente también ellos al ex­tranjero. Así, el citado Ventura y Gassol, el comisario de orden público Federico Escofet, Manuel Carrasco y For­miguera o el dirigente de la CNT Joan Peiró. Muchos de ellos fueron posteriormente asesinados. A partir de 1937, con la llegada a la presidencia del Consejo de Ministros de Largo Caballero, que in­corporó a Manuel de Irujo, representante del PNV y católico, el control gubernamental se impuso paulatinamente y los episodios de represión se hicieron más esporádicos y localizados a partir de 1937.

El franquismo presentó a los asesinados como “caídos por Dios y por España”. La mayoría murió efectivamente por pertenecer a una confesión religiosa. Pero habría que ver si la razón de perseguir a los miembros de la Iglesia era por odio a Cristo o porque los perseguidores consideraban, con o sin razón, que la Iglesia, y por tanto sus representantes más significados, habían demostrado ser enemigos políticos. Un sacerdote escapado a Francia gracias a Ventura y Gassol confesaba “los rojos han destruido nuestras iglesias, pero nosotros destruimos primero la Iglesia” (Salvador de Madariaga. España. México).

Asesinatos en la zona nacional

La represión en el bando franquista fue brutal. Con una diferencia fundamental en relación con los asesinatos de la zona republicana: aquí el ejército, policía y guardia civil no se ha­bían desmembrado y apoyaban las masacres. “En la zona republicana las muertes se produjeron a pesar de los esfuerzos de las autoridades (República, Euskadi, Generalitat) por impedirlas, mientras que en la otra zona recae sobre las autoridades la responsabilidad directa y expresa, tanto de los fusilamientos como de los “paseos”4.

Las instrucciones de Mola previas al alzamiento no dejaban lugar a dudas: “La acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y está bien organizado: serán encarcelados todos los directivos de los partidos, sociedades o sindicatos no afectos al Movimiento, aplicándoseles castigos ejemplares para estrangular los movimientos de rebeldía o huelgas. Para los compañeros que no son compañeros, el movimiento triunfante será inexorable”. No fue una violencia “incontrolada”, sino que fue impulsada y ordenada por los mandos militares, ejecutada por los falangistas y bendecida por los obispos.

El terror fue un arma fundamental. El 19 de julio en una reunión de alcaldes en Pamplona el mismo Mola repetía: “Es necesario propagar una atmósfera de terror… cualquiera que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular debe ser asesinado”. El alcalde de Villaba manifestó sus dudas. Mola le espetó: “Todo aquél que dude, ampare u oculte a alguien del Frente Popular será también pasado por las armas” (Iturralde, pg. 89).

Como muestra de terror habría que recordar las charlas de Yagüe en Extremadura o de Queipo de Llano en Radio Se­villa. En la primera de sus charlas Queipo decía: “Con harto sentimiento me doy cuen­ta de la estulticia de algunos obreros del Ayuntamiento y otros sitios que han abandonado el trabajo por coacciones de los directivos. Sepan que vivirán poco tiempo. Ya he dado órdenes que se les detenga in­mediatamente y sean fusilados”.

El 23 de julio emite el si­guiente bando: “1º En todo gremio en que se produzca una huelga o abandono de servicio… serán pasadas por las ar­mas inmediatamente todas las personas de la directiva y un número igual de individuos de éstos, discrecionalmente escogidos. 2º En vista del poco acatamiento que se ha prestado a mis mandamientos he resuelto que todos los que se resistan a las órdenes de la autoridad, serán también fusilados sin formación de causa”.

Fue la suerte que corrieron miles y miles donde ganó la su­blevación.

Fosa común en Villamayor de los Montes (Burgos)

Ordena asimismo que donde se cometan actos contra los alzados “las directivas de las organizaciones marxista o comunista serán pasadas por las armas sin formación de causa, y en caso de no darse con tales individuos, serán ejecutados un número igual de afiliados arbitrariamente elegidos”.

En la misma emisión del 23 de julio decía: “Estamos decididos a aplicar la ley con firmeza inexorable: Morón, Utrera, Puen­­te Genil… ¡Id preparando tumbas! Yo os autorizo a matar como a un perro a cualquiera que se atreva a ejercer coacción ante vosotros”.

Y a continuación, en la misma charla: “Nuestros valientes legionarios y regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombre de verdad. Y a la vez, a sus mujeres. Esto es totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen”.

Antonio Bahamonde, que fue durante un año jefe de propaganda de Queipo de Llano en Sevilla y que ante el horror de lo que había presenciado terminó escapándose al extranjero, en sus memorias Un año con Queipo estima que a principios de 1938 se habían realizado en la zona de su ex-jefe unas 150.000 ejecuciones.

Después de la ocupación de Euskadi por Mola, entre el 8 y el 27 de octubre de 1936 se fusilan a 16 sacerdotes, 13 diocesanos y 3 religiosos considerados hostiles por el bando sublevado. Hasta entonces el gobierno leal a la República había mantenido el control y no se habían producido en Euskadi episodios masivos de violencia contra las personas o los bienes eclesiásticos como en el resto del territorio republicano5.

Isidro Gomá fue informado de los casos el 26 de octubre y tras reunirse con Franco, envió una nota el 8 de noviembre a la Santa Sede explicando que lo ocurrido se había producido “por abuso de autoridad por parte de un subalterno” y con la promesa de Franco de que “no ocurrirá fusilamiento alguno de sa­cerdotes sin que se observen juntamente con las leyes militares las disposiciones de la Iglesia”6. En diciembre el lehendakari José Antonio Aguirre denunció además del asesinato, la persecución y destierro de sacerdotes por “ser amantes del pueblo vasco”. Gomá, el 13 de enero de 1937, en su Carta abierta al Sr. Aguirre negaba los motivos expuestos por Aguirre aduciendo que dichos religiosos fueron fusilados “por haberse apeado del plano de santidad en el que tenían que haber permanecido”.

El obispo de Euskadi, Mateo Múgica, hasta entonces defensor del alzamiento, se quejó amargamente de este hecho ante la Santa Sede. Esto le valió el destierro gestionado por Gomá y fue la principal causa de su negativa a firmar la Carta colectiva. En carta dirigida a la Santa Sede en junio de 1937 decía: “Según el episcopado español, en la España de Franco la justicia es bien administrada, y esto no es verdad. Yo tengo nutridísimas listas de cristianos fervorosos y de sacerdotes ejemplares asesinados impunemente sin juicio y sin ninguna formalidad jurídica”.

Otros episodios de violencia en contra de religiosos vascos por el bando sublevado fueron el bombardeo indiscriminado de Durango, el 31 de marzo de 1937, en el que resultaron muertos 14 monjas y dos sacerdotes y el bombardeo de Guernica pocos días después, el 26 de abril. Por su crueldad este hecho tuvo un enorme impacto en la opinión pública católica internacional.

Las protestas en el extranjero de mayor impacto por su procedencia –intelectuales católicos y de derechas– fueron las del filósofo Jacques Maritain (“…si creen que han de matar, que ya es bastante horrible, que lo hagan en nombre del orden social o de la nación, pero que no maten en nombre del Cristo”7), y la de Georges Bernanos, que vivió en Mallorca en el momento del alzamiento. En Les grands cimitères sous la lune, Bernanos, sin dejar de confesarse católico y cercano al Frente Nacional de Maurras, hace una denuncia global del franquismo y de las Jerarquías católicas, escandalizado por las atrocidades innecesarias cometidas en nombre de Dios, del asesinato y tortura de inocentes ante sus propias familias y de la satisfacción con que la Jerarquía las aprobaba.  Según él en Mallorca se cometieron 3.000 asesinatos desde julio de 1936 hasta marzo de 1937.  Ante el creciente clamor en contra, Franco pidió al cardenal Gomá una declaración pública del episcopado español como aval ideológico frente a la crítica internacional. Fue la Carta Co­lec­tiva que saldría finalmente a la luz pública el 1 de julio de 1937.

En cuanto al número de víctimas, también los republicanos exageraron las cifras. Ramón Sender cita la cantidad de 750.000 ejecuciones en la España nacionalista hasta mediados de 1938. El Colegio de Abogados de Madrid informó que en las primeras semanas de la guerra  9.000 obreros habían sido asesinados en Se­villa, número que se elevaba a 20.000 a finales de 1937, 2.000 en Zaragoza, 5.000 en Gra­nada, 7.000 en toda Navarra, etc., etc.

Todavía hoy resulta difícil establecer un cómputo aproximado. Se siguen descubriendo fosas, todavía se abren archivos… Desde la Transición la historiografía ya no acepta la versión franquista de los hechos. Es sintomático que en 1973 Ricardo de la Cierva, franquista y al servicio de Fraga, se vea obligado a escribir: “Ante los primeros datos ciertos que po­seemos, parece deducirse que la dura ley que más o menos conscientemente regía la atribución de penas de muerte en los te­rritorios conquistados era la ley del talión; el numero de víctimas del bando nacionalista es equivalente a las causadas por la represión –espontánea y controlada– del bando republicano. (…) Las in­justicias y venganzas no escasearon, por desgracia, en un ban­do que alardeaba de ideales espiritualmente superiores a los del enemigo y que fundaba estos ideales en la fe cristiana (…) Se condenó a muerte en la zona nacional por motivos puramente ideológicos y por represalias de las atrocidades cometidas en el bando enemigo…” (De la Cier­va, pg. 254)8.

Hoy se impone la versión que la represión en la zona nacional fue bastante más cuantiosa que en la zona roja.  En los estudios publicados en los diez últimos años se coincide que hasta 1945 en la zona franquista hubo unos 100.000 asesinados y unos 55.000 en la zona republicana, sobre todo en otoño-in­vierno del 36-37, todos registrados. Las asociaciones de la me­moria hablan de otros 30.000 fusilados en la zona nacional todavía no registrados, que se encuentran en cunetas o fosas comunes9.

La justificación legal para todas estas ejecuciones sumarísimas se buscó sencillamente en la legitimidad del alzamiento y de la guerra. Se dio por sentado que los que habían dado el golpe de estado eran el poder legítimo y que el legítimo gobierno de la República estaba constituído por rebeldes, de manera que con una inversión súbita de la realidad los que no se rebelaron resultaron ser rebeldes y los rebeldes se consideraron el gobierno legítimo. En los primeros Tribunales creados en la zo­na de Franco se incluía esta original fórmula para justificar la condena:

“Resultando que en los días 16 y 17 de julio de 1936 las Au­to­ridades militares, por razón suprema de salvar España, tuvieron que asumir y asumieron mediante la declaración del Es­tado de Guerra los Poderes Públicos, pero contra ella surgió en diversos puntos del territorio Nacional un alzamiento en ar­mas que perdura… manteniendo una tenaz resistencia con las armas en oposición a las legítimas Autoridades del Ejército…”

Requetés y falangistas mataban en nombre de Dios a inocentes acusados de comunistas y muchos de ellos morían be­sando el crucifijo; se humilló y torturó a las esposas de los ajusticiados rapándolas y paseándolas desnudas por los pueblos, se asesinó a maestros como representantes de una cultura re­publicana. La censura lo ocultó de la opinión internacional a la que sólo le llegaban los excesos republicanos.

Han debido pasar setenta años para que llegaran a conocerse hechos escalofriantes como los que narra el fraile capuchino Gumersindo de Estella. En Fusilados en Zaragoza 1936-1939, cuenta cómo asistió hasta el momento de la ejecución a más de 300 condenados a muerte en la cárcel de Zaragoza. La publicación de estas memorias ha debido esperar más de cincuenta años. Lo más destacable de ellas es el drama humano de los reos. En muchas de ellas se resalta que fueron acusados por venganzas personales y se destaca su inocencia, llegándose a fusilar a personas que se confesaban de derechas de toda la vi­da y católicas.

María Antonia Iglesias en Maestros de la República, los otros santos, los otros mártires, relata el sacrificio de los maestros que fueron fusilados simplemente por el hecho de ser maestros. En nueve provincias existen datos de que fueron fusilados 250 maestros. Y curiosamente, la mayor parte de los testimonios citados, además de una arraigada vocación profesional, se confiesan católicos y practicantes.

Recientemente ha conmovido la opinión pública el caso de las llamadas Trece rosas. Fue el nombre colectivo que se dio a un grupo de trece muchachas, siete de ellas menores de edad, fusiladas por la represión franquista en Madrid, poco después de finalizar de la Guerra. Formaban parte de un colectivo de 56 jóvenes acusados de reorganizar las Juventudes Socialistas Unificadas y el PCE

La postura de la Iglesia

El problema religioso había llegado a la República definido, para unos y otros, como un problema político. La República vino como una reacción contra la Dictadura y contra la Mo­narquía, y la Iglesia había sido el más firme sostén de ambas. Era normal que la Jerarquía se sintiera más cercana a una Mo­narquía dispuesta a conservar sus privilegios que a una Re­pública que anunciaba revisarlos. En las municipales del 31 los miembros de la Iglesia vincularon la doctrina católica con el ideario de los partidos monárquicos, se agitó con profusión la amenaza del comunismo por parte de la Jerarquía y los candidatos republicanos fueron presentados a menudo como “vendidos al oro de Moscú”.

Pero no fue la República la que inventó en España el anticlericalismo. La conciencia anticlerical fue a menudo fatalmente alimentada por la propia Jerarquía, por sus abusos, por su riqueza, por su sistemática oposición al progreso, por su vinculación a la dictadura. No basta con decir que España se fue haciendo anticlerical sin explicar el porqué. Para poder interpretar las causas de la violencia anticlerical es imprescindible analizar las tomas de postura social, política o cultural que la Jerarquía fue tomando a lo largo de los siglos xix y xx. Por sus posturas, la Iglesia llegaba a 1931 con la animadversión de la ma­yor parte de los grupos que propiciaron el advenimiento de la República: partidos y sindicatos, clase obrera, mundo intelectual y cultural. Y ante esta situación de hostilidad, con una dramática falta de visión de lo ocurrido, la Jerarquía respondió con mayor hostilidad. En mayo del 31 el Primado, el cardenal Segura, publica una pastoral sobre la conducta hostil que los católicos deben seguir ante el nuevo Régimen. El 14 de junio se le acompaña hasta la frontera. Le sustituirá como primado de España y obispo de Toledo el belicoso y franquista cardenal Gomá.

Les sobraban motivos a los republicanos para ser anticlericales, pero les faltó tacto. En los vaivenes del sexenio las rela­cio­nes entre República e Iglesia se agriaron por errores y provocaciones de ambos costados. Entre otros,  los republicanos cometieron el error político de herir los sentimientos de una población mayoritariamente “católica”, al menos en la zona rural. Es preciso hacer una distinción entre Jerarquía y clero rural, pobre, molesto por su situación penosa. Interesa dejar sentada la diferencia porque sobre todo en los primeros meses, al hablar de incomprensión de la Iglesia estamos aludiendo al episcopado más que al clero bajo.

La Jerarquía de la Iglesia tuvo una posición beligerante y con sus declaraciones apoyó sin matices la sublevación militar con­firiéndole el carácter sagrado de Cruzada. El P. Alfonso Ál­varez Bolado, en Para ganar la guerra, para ganar la paz, deja la­­mentable constancia de su beligerancia. Se trata del más com­pleto estudio de las declaraciones y decisiones de los obispos españoles acerca la guerra.

Sin esperar la postura del Vaticano, el 1 septiembre los obispos vascos Múgica y Olaechea publican una Pastoral de­cidi­da­mente a favor del golpe. Paradójicamente poco tiempo después Múgica será desterrado y Olaechea será de los pocos obispos que levanten su voz en contra de las matanzas indis­cri­mi­na­das en el bando nacional.

A mediados de septiembre Pío XI recibió a 500 españoles presididos por varios obispos diciéndoles que lo de España era una verdadera persecución religiosa. Esto abre las compuertas en cascada a una larga serie de Pastorales, a cual más incendia­ria, en contra de la República y a favor de los alzados.

Una de las primeras, del 30 de septiembre, fue la de Pla y Deniel, obispo de Salamanca, con el título “Las dos ciudades”. Es en esta Pastoral donde se utiliza por vez primera y se consagra la expresión “Cruzada Santa” aplicada a la guerra.  “Los hi­jos de Caín, fratricidas de sus hermanos, envidiosos de los que hacen un culto de la virtud y por ello los asesinan y martirizan”. Por lo cual la guerra contra ellos es justa y la Iglesia no ha de ser recriminada si el ejército “se ha abierta y oficialmente pronunciado a favor del orden y contra la anarquía, a favor de la im­plan­tación de un gobierno jerárquico contra el disolvente co­munismo, a favor de la defensa de la civilización cristiana y sus fundamentos…”

Pero Franco necesitaba una declaración más solemne, firmada por todos los obispos, que avalara su gestión ante la creciente polémica generada en el seno del catolicismo internacional.  Ésta fue la Carta colectiva de los Obispos españoles a los de todo el mundo con motivo de la Guerra de España, firmada el 1 de julio de 1937, por la que se confirmó el apoyo definitivo de la Jerarquía de la Iglesia española al bando franquista. Sus­crita por 43 obispos y 5 vicarios capitulares, no contó sin em­bargo con la firma ni del obispo de Vitoria Mateo Múgica, quien alegó a las circunstancias de su exilio para no rubricarla, ni del arzobispo de Tarragona, Vidal y Barraquer. Impresa en francés, italiano e inglés, declaraba a la opinión pública internacional que siendo la Iglesia española “víctima inocente, pacífica, indefensa” de la guerra, apoyaba la causa del bando garante de “los principios fundamentales de las sociedad” an­tes “de perecer totalmente en manos del comunismo” que ha­­bía provocado la revolución “antiespañola” y “anticristiana” y que llevaba “asesinados a más de 300.000 seglares”.

Finalmente, el 1 de abril 1939  Pío XII felicita a Franco por la victoria y el 17 de abril publica la encíclica “Con inmenso gozo” sobre la terminación de la guerra.

Probablemente el aspecto más siniestro de la implicación de la Iglesia con el golpe fue la pastoral de cárceles y de los conde­nados a muerte. En la citada Carta Colectiva (nº 6) los obispos dicen tener el consuelo de poder decir que “al morir san­cio­nados por la Ley, en su inmensa mayoría nuestros co­munistas se han reconciliado con el Dios de sus padres. En Mallorca han muerto impenitentes sólo un 2 por ciento, en las regiones del sur no más de un 20 por ciento. Es una prueba del engaño de que ha sido víctima nuestro pueblo”. Nuestros obispos se sentían satisfechos de poder decir: “Sólo un 10 por ciento de estos amados hijos nuestros han rehusado los santos sacramentos antes de ser fusilados por nuestros buenos oficiales”,  en palabras del Obispo Miralles de Mallorca.

“El personaje que las circunstancias me obligan a llamar Su Excelencia el Obispo de Mallorca” (Dr. Miralles), dice Ber­na­nos, había delegado en uno de sus sacerdotes que, con los zapatos bañados de sangre, distribuía absoluciones cada dos descargas a los doscientos habitantes de la pequeña ciudad de Manacor considerados sospechosos por los fascistas y llevados en bloques a la tapia del cementerio para ser fusilados”.

En Mallorca se prohibió llevar luto a los familiares. En la conversación que José Mª Pemán tuvo con el General Cabanellas (Pemán pg. 149-154), al final Pemán se queja de la represión exa­gerada en la zona nacional. “Mi general… logre que le den la lista de los ejecutados del bando nacional, para esa triste pe­ro no dudo que precisa función de ejemplaridad. Confronte usted las dos listas. Puedo asegurarle que usted llegará a la convicción de que la finalidad del escarmiento hubiera sido suficientemente cumplida con sólo un cinco o cuatro por ciento de la lista.

Terminada la guerra, en abril de 1939, Franco recibió la “es­pada de la Victoria” de manos de Gomá, mientras pronunciaba unas palabras en las que describió a sus adversarios como los “enemigos de la Verdad” religiosa. En toda España se multiplicaron los actos religiosos y ceremonias fúnebres en memoria de las víctimas. Los entierros de “mártires” fueron celebrados por todo el país en actos de gran solemnidad y exaltación. Franco recompensó el apoyo y soporte que recibió de la Iglesia Católica concediéndole una situación de privilegio que ha sido denominada como “nacionalcatolicismo”.

La beatificación y la ley de la Memoria Histórica

El régimen franquista promulgó la “Causa General Instruida por el Ministerio Fiscal so­bre la dominación roja en España” por de­cre­to del 26 de abril de 1940 con el fin de instruir «los hechos delictivos cometidos en to­do el territorio nacional durante la dominación roja». Uno de los epígrafes trataba de la Persecución religiosa: sacerdotes y religiosos asesinados y conventos destruidos o profanados.

La Causa sirvió para legitimar la sublevación contra la Re­pública y como instrumento de represión. Es la única versión oficial de los hechos sin que tras la Transición las autoridades democráticas hayan realizado una investigación imparcial ni se haya determinado la responsabilidad de las personas implicadas.

Quería ser asimismo la base documental para la futura beatificación de los que se llamaron desde el comienzo “mártires por Dios y por España”.  Pero Pío XII paralizó los procesos de beatificación, y así se han mantenido a pesar de la reiterada insistencia de algunos sectores del episcopado español. Juan Pablo II reabrió los procesos. Para ello tuvo que modificar el Código de Derecho Canónico, reduciendo el plazo para que estos procesos pudieran llevarse a cabo. La primera de estas beatificaciones se produjo en 1987. Desde entonces se han realizado diez ceremonias de beatificación, que incluyen a 471 “mártires”, de los que 4 son obispos, 43 sacerdotes seculares, 379 religiosos, y 45 laicos.

El pasado 27 de abril, la Conferencia Episcopal anunciaba una nueva beatificación masiva, de 498 religiosos asesinados durante la Guerra Civil y en los episodios de Asturias en 1934. Juan Antonio Martínez Camino, portavoz de los obispos, declaró que este hecho constituye la aportación de la Iglesia a la reconciliación nacional pues “los mártires, que murieron perdonando, son el mejor aliento para que todos fomentemos el espíritu de reconciliación”.

Sin embargo, para poder construir la reconciliación es necesario que haya resarcimiento moral de todas las víctimas. Y hasta ahora esto no ha ocurrido con las víctimas republicanas. Es necesario asimismo que ambas partes reconozcan sus excesos y errores, los errores que les llevaron a la guerra. Y hasta aho­ra la Iglesia se ha negado a pedir perdón como parte implicada en la ruptura de la paz y sostenedora de un régimen político que se mantuvo por el terror.

Todo colectivo tiene derecho y probablemente obligación de honrar a sus muertos. Pero para que la Iglesia pueda hacerlo en un clima de reconciliación es necesario que se sume a tantas de­claraciones de instituciones nacionales e internacionales que reconocen

◾️la legitimidad democrática del gobierno de la República, y en consecuencia

◾️la ilegitimidad del golpe de estado de Franco y de su go­bierno durante cuarenta años

◾️que la guerra fue un error.

◾️La Iglesia, además, debe pedir perdón  por su participación, como impulsora y en ocasiones agresora…

◾️por su frecuente colaboración en la muerte o asesinato de miles de inocentes, acusando, denunciando, dando listas…

◾️por su responsabilidad en la ocultación del sacrificio de los que entregaron su vida por causa de la justicia y la verdad…

◾️por los beneficios de toda clase que obtuvo del régimen ilegítimo de la dictadura.

Si este reconocimiento se da, la Iglesia podrá en verdad honrar a los suyos sin ofender a los demás. Supondrá que está dispuesta a honrar a todos por igual, a los de todos los bandos, vencedores y vencidos, en tanto que todos fueron víctimas. Evi­tará la frase  “los de un lado a los altares, los del otro, como siempre, a la cuneta como perros”.

Pero si este reconocimiento no se da, honrando sólo a los suyos, la Jerarquía de la Iglesia debe saber que sigue humillando a las víctimas inocentes del otro bando y a sus familiares, que manifiesta su incapacidad de superar las posiciones beligerantes de hace setenta años y su incapacidad de ser factor de paz y reconciliación, que sigue apareciendo como Iglesia de venganza.

En estas condiciones, ante el debate acerca de la recuperación de la Memoria Histórica se coloca en un espacio no sólo de fácil instrumentalización partidista de la institución Iglesia, sino de la instrumentalización partidista de los muertos. Nada peor hubieran podido pensar los ahora beatificados, que setenta años después el sector más recalcitrante de la sociedad española pretenda sacar provecho político de su sacrificio.

La argumentación usada por la Santa Sede para abordar la beatificación únicamente de personas asesinadas en la zona republicana es que la Iglesia no procede a la beatificación de nin­guna persona si en su asesinato se mezclan, aparte de lo que consideran motivos exclusivamente religiosos, motivaciones políticas, o existen serias dudas sobre si en la muerte pesaron más otras causas que las estrictamente religiosas.

Pero no nos engañemos. Al margen de los argumentos canónicos que puedan justificar este proceder, se trata de algo mucho más profundo.

Se trata fundamentalmente de la función pacificadora que la Iglesia dice que quiere ejercer. Y la fundamentación teológica de esta función pacificadora es que la Iglesia no debe relacionarse con el mundo en función de ella misma sino en función de la construcción del Reino de Dios en el mundo, en función de la justicia y de la verdad. De lo contrario, alejada y confrontada con el mundo, por mucho que tenga el derecho de reconocer el mérito de los suyos y los suyos de sentirse honrados con la beatificación de los suyos, corre el riesgo de convertirse en secta.

Olvidar a los miles de maestros, obreros, sacerdotes, políticos, sindicalistas, dirigentes, y las causas generosas por las que murieron  víctimas del franquismo no sólo es una injusticia sino que hace imposible la reconciliación. María Antonia Igle­sias, termina así el prólogo de su estremecedor libro Maes­tros de la República: “Los maestros republicanos cuya historia aquí se cuenta, y a los que por centenares también fue­ron asesinados, no les hace maldita falta que les canonice la Je­rarquía de la Iglesia católica… porque todos ellos fueron santos de verdad. Tampoco les hace falta que los reconozcan como mártires. Ellos fueron, los otros santos, los otros mártires”.

Texto publicado originalmente en el nº 238 de El Viejo Topo, noviembre 2007

El encapuchado del Estadio Nacional

por Leonardo Sciascia //

El hombre del pasamontañas.

En junio de 1977 se presentó en la Vicaría de la Solidaridad de Santiago de Chile un joven que quería, dijo, hacer una confesión: y quería que fuese grabada, como testimonio para el futuro. La Vicaría de la Solidaridad fue creada por el arzobispo para socorrer a las víctimas del golpe de Estado y a sus familias: mal tolerada, pues, por la Junta de Gobierno. La sospecha de que aquel hombre fuese el instrumento de una provocación era más que legítima. Fue por consiguiente rechazado. Se volvió a presentar y fue de nuevo rechazado. Cuando volvió por tercera vez, quizás considerando que un verdadero provocador no habría insistido tan desesperadamente, se aceptó grabar su confesión. Tuvo así identidad –nombre, historia y, muy poco después, destino– la más espantosa figura de los días del golpe de Estado y de la represión: parecía una evocación de los tiempos de la Inquisición: atroz alucinación, atroz símbolo. El hombre del rostro oculto, el hombre del pasamontañas. Aquel que sin decir una palabra, solo con el gesto de la mano, escogía de entre los prisioneros hacinados en el estadio nacional al que mandar a la tortura y a la muerte. Uno de los liberados recuerda: «El siniestro personaje, escoltado por militares, pasaba revista a millares de prisioneros. A pesar de su estatura insignificante, su ropa nueva y cursi y su paso inseguro, el hombre del pasamontañas se imponía a todos como una fantasmagórica presencia e imponía en los graderíos un silencio lleno de pánico… Nosotros lo mirábamos con ansiedad… Algunos volvían la cabeza para no ser identificados o trataban de escabullirse hacia los retretes. Cualquiera de nosotros podía encontrarse ante el índice del hombre del pasamontañas: en una tensión que llegaba al paroxismo, encontraba expresión el drama de un pueblo prisionero frente a la tortura y la traición. Esta delación nos daba una especie de vértigo. ¿Se trataba de un traidor o de uno que siempre había sido enemigo nuestro? ¿De qué partido era, de qué condición social había salido, cómo había logrado estar entre nosotros sin que lo descubriéramos? El hombre se acercaba, se detenía, continuaba la búsqueda: a veces volvía atrás para reconocer mejor a alguno. Sus ojos, aquellas oquedades orladas de negro del pasamontañas, se cruzaban con miradas aterrorizadas, miradas interrogantes, miradas intrépidas. Él caminaba lentamente y lentamente escogía las víctimas: bastaba un gesto de su mano…»

Bastaba un gesto de su mano –o al menos así lo había creído, como lo habían creído los prisioneros hacinados en el Estadio Nacional– para dar tortura y muerte; y helo aquí ahora, ya sin aquel poder, intentando ponerse, miserable, innoblemente, de parte de las víctimas: delante de una grabadora y, presumiblemente, delante de un cura.

Estadio Nacional de Santiago

«Me llamo Juan René Muñoz Alarcón, carnet de identidad 4824557/9. Tengo treinta y dos años, estoy casado y vivo en el 331 de la calle Sargento Menadier, en Puente Alto, Población Malpo. Soy un ex dirigente del Partido Socialista, ex miembro del comité central de la Juventud Socialista, ex dirigente nacional de la CUT (Central Única de Trabajadores). Pertenecí a la confederación de trabajadores del cobre… El hombre del pasamontañas del Estadio Nacional soy yo». Así comienza la confesión. Pero cae súbitamente en la reticencia en cuanto a las razones que lo habían decidido a dejar el Partido Socialista, cuatro o cinco meses antes del golpe de Estado militar: «no estaba de acuerdo en ciertas cosas»; y, sin más, es ambiguo al hablar de las persecuciones de que fue objeto por parte del Partido Socialista. Dice: «quemaron mi casa, he perdido a mi familia». Si lo entendemos literalmente, parece que su familia (mujer y seis hijos) murió en el incendio de la casa. Pero poco antes ha dicho que era casado y no viudo: da la sensación de que hablaba figurada, metafóricamente, de una ruina económica que ocasionó la disgregación familiar (en Sicilia, por ejemplo, la expresión «bruciare la casa», quemar la casa, quiere decir también ruina económica: no es infrecuente el sobrenombre de «ardicasa», quemacasa, a quien por excesiva prodigalidad destruye la propia familia). Y, por otra parte, si de verdad hubiese vivido tanta tragedia –la casa quemada, la familia muerta–, se habría detenido en contarla con más detalles y más obsesivamente.

Aceptamos que sus ex-compañeros lo persiguieron; pero no es creíble que la persecución se desencadenara por no estar de acuerdo sobre «ciertas cosas» y por su alejamiento del partido. En cambio, es posible que hubieran sospechado o hubieran descubierto que era confidente de la derecha o lo hubieran acusado –acaso injustamente– de alguna irregularidad o malversación. Sea como fuere, de la persecución encontró protección en la derecha. «Hombres de derechas», dice «me escondieron y alimentaron». Y tenía que pagar sus deudas. Pero las pagó con alegría, poco después del pronunciamiento. Una alegría no apagada del todo en el momento de la confesión: «No fueron pocas las personas que reconocí. Y de las muchas que ya están muertas, yo soy el responsable de su muerte, por el solo hecho de haberlas reconocido». Y sería aventurado, quizás incluso injusto. descubrir en esta frase un no sé qué de agrado, de satisfacción, si en el contexto de la confesión otros detalles no nos hubieran hecho pensar que Muñoz Alarcón no había hecho una verdadera y sincera confesión, sino una vez más un gesto de venganza: como ayer contra sus ex-compañeros, hoy contra sus ex-protectores. Una confesión implica un radical arrepentimiento, una radical repugnancia hacia las acciones cometidas, hacia el pasado, hacia uno mismo en el pasado: y Muñoz Alarcón no ve en aquel pasado más que incidentes, hechos que fortuitamente se rebelan para turbar su carrera de delator. Es, en suma, un «arrepentido» tal y como hoy en Italia se acostumbra a llamar al que rompe una criminal solidaridad y da nombres de cómplices y jefes. Pero vayamos por orden.

Interior del Estadio

A sus protectores, convertidos en amos, no les bastó con que desarrollara una funesta tarea en el estadio nacional: «Me mandaron después salir por las calles, con patrullas de militares, a fin de reconocer personas. Desgraciadamente, me encontré con Miguel Plaza. Gracias a mí, él está vivo aún: no quise reconocerlo. Pero, por desgracia, ellos tenían una fotografía en la que él y yo estábamos juntos…» Desgraciadamente, por desgracia: sin aquel incidente, si por lo menos le hubieran perdonado el único pecado de haber querido dejar vivo a su amigo Miguel Plaza, no estaría ahora Muñoz Alarcón en la Vicaría acusando a la Junta Militar. Pero no se lo perdonaron: «por el hecho de haber mentido, me tuvieron durante tres meses en prisión, tratándome como a los otros detenidos: es decir, no tuvieron en cuenta que ya no pertenecía al Partido (socialista) y que no estaba mezclado en nada». En nada, es decir, que no era de los vencidos, torturados, asesinados.

Lo liberaron a condición de que volviese a colaborar. Aceptó. Lo condujeron a Colonia Dignidad, donde había un eficientísimo centro de adiestramiento, dirigido por alemanes, para la policía digamos política: todo lo moderno que pueda imaginarse, incluidas cárceles subterráneas. Y aquí Muñoz Alarcón cae en una significativa confusión: hablando de los alemanes instructores, los llama hebreos refugiados en Chile durante la guerra. Sin duda debido a ignorancia; pero es una confusión en la que da simbólica proyección de sí mismo, perseguidor y perseguido, verdugo y víctima.

En Colonia Dignidad le enseñaron cómo interrogar a los prisioneros, así como el arte de infiltrarse en los grupos clandestinos contrarios al régimen. Solo que Muñoz Alarcón no pudo poner en práctica este arte: «Desgraciadamente… No, quiero decir: afortunadamente, esto no podía hacerlo… Todos sabían que había dejado el Partido». Por primera vez se percata de que un hombre verdaderamente arrepentido no puede llamar desgracia a lo que le ha llevado al arrepentimiento, a la confesión. «Más tarde», continúa, «me asignaron la tarea de dar caza a personas, interrogarlas, torturarlas, asesinarlas». Tarea que cumplió, hay que creerlo, con suficientes escrúpulos: sin desgraciados incidentes como el de no reconocer al amigo y sin suscitar desconfianza en sus amos, si bien por tres veces entró y salió de la Vicaría. Si lo hubieran vigilado, no habría sobrevivido a la primera visita. Así como no sobrevivió a la tercera. Si en un momento determinado tuvo revelación de la propia miseria, de la propia culpa, de la necesidad de confesarlas y expiarlas, puede que lo advirtieran sus víctimas, pero en absoluto sus amos.

La confesión continúa con precisas y detalladas acusaciones a las cinco policías secretas del régimen, a sus jefes. Revela la técnica mediante la cual resultan expatriadas, huidas hacia el exilio, personas que por el contrario han sido asesinadas en las cárceles (agentes de policía realizan viajes al extranjero con los documentos de los muertos, vuelven a Chile con los propios). Describe, en resumen, todo el aparato y el funcionamiento de un sistema en el que de la tortura se pasa, irremediablemente, a la abyección o a la muerte. «Quiero», dice en un momento, «que quede claro esto: allí dentro todos, sin excepción, colaboran»; y cuenta el caso de uno de la Juventud Comunista, del comité central, que reveló un buen número de cosas y nombres: «pero hay que decir que fue espantosa y salvajemente torturado».

Detenciones en la calle

En cuanto a sí mismo, no ve salvación: se considera muerto y la muerte puede venirle tanto de sus ex-compañeros como del régimen. Seguramente más por parte del régimen: porque, si sus ex-compañeros solo consumarían una venganza, el régimen tiene todo el interés de silenciar un testigo que no pide nada, que no quiere nada, que quiere tan solo asumir «la responsabilidad de lo que ha hecho y afrontar, cuando llegue el momento, las consecuencias». Pero aquel momento, que quizás creía cercano, ni él lo vio ni nosotros lo entrevemos todavía. El 24 de octubre, cuatro meses después de la confesión, el cadáver de Muñoz Alarcón fue hallado en La Florida, en las afueras de la capital. Había recibido diecisiete puñaladas.

La grabación de la confesión, mandada por la Vicaría a la magistratura, dio lugar –según los diarios de Pinochet– a una investigación que duró seis meses en Colonia Dignidad. Una investigación tan larga terminó, naturalmente, en un no ha lugar.

Pero lo que de este caso, de esta confesión, más nos impresiona, no es la complejidad del personaje ni la gravedad de las revelaciones: es la imagen del hombre del pasamontañas en su feroz, tremenda gratuidad. Porque el hecho es éste: así como sangrientamente gratuita, sangrientamente inútil, fue la sublevación militar –el gobierno Allende habría inevitablemente caído algunos meses después–, así también fue atrozmente gratuita, atrozmente inútil, la aparición del hombre del pasamontañas en el estadio de Santiago, en las calles. Gratuita pero atroz. Inútil pero atroz. Basta pensar un momento en ello: los hombres que se encontraban hacinados en el estadio habían sido arrestados en sus casas, conocidos por sus nombres, sus cargos, por lo que habían hecho o por lo que se temía que pudieran hacer. ¿Había necesidad de que alguien los reconociese, los señalase? Y del mismo modo los hombres en las calles: tanto es así que apenas finge Muñoz Alarcón equivocarse en uno, no reconocerlo, cae de inmediato un duro castigo sobre él. ¿Entonces?

Entonces, he aquí el hecho más espantoso, más inhumano que la cárcel, la tortura, el fusilamiento: se ha querido, con el hombre del pasamontañas, crear una indeleble, obsesiva imagen del terror. El terror de la delación sin rostro, de la traición sin nombre. Se ha querido deliberadamente y con macabra sabiduría evocar el fantasma de la Inquisición, de toda inquisición, de la eterna y cada día más refinada inquisición.

Cómo el exoficial nazi Reinhard Gehlen erigió un Estado dentro de un Estado en la Alemania de la posguerra

por Wolfgang Weber  //

Más de 100 000 páginas de documentos relacionados con el antiguo director del Servicio Federal de Inteligencia de Alemania (BND; siglas en alemán), Reinhard Gehlen (1902-1979) han sido filtrados al diario Süddeutsche Zeitung(SZ). En su edición del primero de diciembre los reporteros del SZ, Uwe Ritzer y Willi Winkler, dedicaron cuatro páginas a una descripción general de los documentos.

El archivo incluye informes de espías, “informes de situación” políticos, expedientes sobre políticos, artistas y personalidades del mundo académico, correspondencia y registros personales. Todo este material era desconocido para los historiadores hasta ahora.

Gran parte de la documentación parece ser fragmentos históricamente inútiles, como recibos de gastos diarios, condolencias y tarjetas de felicitación, pero también hay información de gran importancia. En el transcurso de dos décadas, Gehlen recogió todo meticulosamente y lo guardó en secreto en un archivo privado cuando se retiró en 1968, lo que garantiza su secreto incluso después de su muerte.

El material confirma y embellece hechos bien conocidos con muchas fotos, filmaciones, documentos grabados en microfilm, nombres e información detallada. Según el SZ, también explica cómo es que Gehlen se preparó para “el período posterior” unas semanas antes de la capitulación del ejército alemán (la Wehrmacht) al final de la Segunda Guerra Mundial.

Durante la guerra, Gehlen era jefe de la División Este del Ejército Extranjero del Estado Mayor, estando a cargo de recopilar información sobre la vida social, económica y política del objetivo principal de la Alemania nazi en la guerra, la Unión Soviética. Su papel en la guerra fue crucial para su carrera posterior.

Los documentos del SZ revelan cómo Gehlen y sus colaboradores más cercanos escondieron los archivos en secreto en las montañas de la Alta Baviera para ser utilizados como una moneda de cambio para sus negociaciones personales con las victoriosas potencias aliadas. Poco después de la rendición de Alemania, Gehlen fue agasajado por el ejército estadounidense por su “conocimiento experto” y fue trasladado a Estados Unidos. Allí llegó a un acuerdo que le asignaba la tarea de dirigir un servicio secreto en Alemania a instancias de la CIA. De esta manera, escriben los periodistas del SZ, Gehlen se convirtió en “uno de los hombres más poderosos de la República Federal … sin interrupción alguna en su biografía”.

Una “compañía de paso” para exnazis y oficiales derechistas de la Wehrmacht

Ya se sabía que después de la guerra, Gehlen había trabajado con criminales nazis, generales y oficiales de la Wehrmacht, así como con antiguos oficiales de las escuadras SS y del Servicio Secreto Nazi. Los detalles de dicha colaboración fueron revelados por la comisión histórica creada hace algunos años para investigar la historia del BND. Lo nuevo es la documentación que expone el carácter sistemático y la magnitud de sus actividades, además de la medida en que eran apoyadas y protegidas por el primer Gobierno alemán de la posguerra bajo el líder democratacristiano, Konrad Adenauer.

Los autores de SZ escriben que la “Organización Gehlen”, como se le llamaba al BND antes de 1956, era “la mejor oficina concebible de creación de empleo para exoficiales y antiguos nazis” tras la caída de la dictadura nazi. Sería tan apropiada su designación como la “empresa de paso”.

Sin embargo, a diferencia dichas empresas hoy día, el aparato de Gehlen no sirvió para suavizar la transición de los trabajadores empleados al desempleo, sino que facilitó la transferencia sin mayores contratiempos del aparato represivo del Tercer Reich y sus dirigentes a la República Federal Alemana de la posguerra.

En consonancia con su continuidad con el aparato nazi, la Organización Gehlen trasladó sus operaciones en diciembre de 1947 (hace 70 años) al Reichssiedlung Rudolf Heß, un barrio residencial aislado en la comunidad de Pullach, en los bosques al sur de Munich que habían albergado a nazis de alto rango.

La fuerza impulsora detrás de este aparato era un profundo odio al comunismo. Para Gehlen, esto no se dirigía tanto hacia las autoridades estalinistas de la Unión Soviética y Europa del Este. Como muestran los documentos, en una etapa posterior, Gehlen ayudó a su íntimo confidente, Berthold Beitz, en representación del Grupo Krupp, a establecer contactos económicos con los países del Este frente a la oposición del Gobierno alemán. A cambio, Beitz operó como informante del BND, informando ampliamente después de cada una de sus visitas al exterior.

Para el aparato de Gehlen, el “comunismo” era todo lo relacionado con la clase trabajadora: sus organizaciones, líderes políticos y partidos, la Revolución de Octubre y la Unión Soviética, que continuaron existiendo a pesar de su degeneración estalinista. La concepción de Gehlen correspondía exactamente a lo que Adolf Hitler designó en Mein Kampf como marxismo o bolchevismo, y que Hitler declaró ser el principal enemigo de los nacionalsocialistas.

Por lo tanto, huelga decir que los políticos y personalidades de la esfera cultural y académica que se opusieron al nacionalsocialismo durante el Tercer Reich fueron algunos de primeros blancos de la persecución anticomunista por parte de la Organización Gehlen.

Los archivos incluyen un dosier minuciosamente elaborado sobre el abogado y politólogo, Wolfgang Abendroth, a quien se le prohibió trabajar como aprendiz legal en 1933 debido a sus inclinaciones socialistas. Unos años más tarde, Abendroth fue enviado a un batallón de castigo de la Wehrmacht activo en la guerra en Grecia. Él desertó del ejército y se unió al movimiento de resistencia griego.

Después de la guerra, comenzó a enseñar como profesor en la Universidad de Leipzig. Esto fue suficiente para ubicarlo en las primeras filas de la lista de “enemigos del Estado” de Gehlen. Abendroth estaba rodeado por los agentes de Gehlen, quienes le enviaban diligentemente sus observaciones y notas a Gehlen, todas las cuales se encuentran en los 100 000 archivos de su documento privado.

Una pregunta abierta es cuántos otros casos de persecución y hostigamiento del BND contra oponentes de los nazis, incluyendo a socialistas y trotskistas, se encuentran en la montaña de archivos.

“El cogobernante incontrolado de la República de Alemania”

Probablemente el descubrimiento más espectacular en esta revisión inicial de los archivos es la evidencia de que el BND plantó un informante y probablemente un provocador en la dirección del Partido Socialdemócrata (SPD; siglas en alemán) en una etapa muy temprana. A través del trabajo de su agente, Gehlen pudo observar durante muchos años a su objetivo más prominente, el líder del SPD, Willy Brandt, quien se convirtió en ministro de Asuntos Exteriores en el Gobierno de la gran coalición (SPD y Unión Demócrata Cristiana/Unión Social Cristiana) en 1966 y canciller de la coalición entre el SPD y el Partido Democrático Libre (FDP; siglas en alemán). Como ministro de Asuntos Exteriores, Brandt era espiado por su propio servicio de inteligencia exterior.

El BND recolectó fotos y otro material sobre la vida privada de Brandt, que utilizó para chantajearlo y posteriormente forzar su renuncia como canciller en mayo de 1974. El titular de la Policía Federal (BKA; siglas en alemán), Horst Herold, compiló un dosier completo con base en este material. El desenmascaramiento del confidente del canciller Brandt, Günter Guillaume y la esposa de Guillaume como agentes del régimen estalinista de Alemania del Este fue transmitido a la dirección del FDP y del SPD y al propio Brandt para demostrar la susceptibilidad de este último al chantaje y hacer que su renuncia pareciera inevitable.

El BND sabía que Guillaume y su esposa eran agentes de Alemania del Este desde 1954, pero se había guardado este conocimiento para utilizarlo 20 años después y propiciar tanto la caída de Brandt como un giro decisivo en la política de Alemania del Oeste. El agente más importante de Gehlen en el liderazgo del SPD para esta operación, “detrás de las líneas enemigas”, era el Director de Información del SPD, Fried Wesemann. Como muestran las imágenes de archivo, Wesemann transmitió a Gehlen información sobre las discusiones internas, decisiones y detalles personales de los líderes del SPD y pudo ejercer cierta influencia sobre ellos en virtud de su posición dentro del partido.

Esta revelación no es solo una anécdota colorida de una historia pasada. Más bien, constituye una seria advertencia acerca de los peligros para la clase trabajadora y sus derechos democráticos, peligros que emanan hoy del BND. Los autores del SZ llegan acertadamente a la conclusión de que la Organización Gehlen se convirtió en un “cogobernante incontrolado de la República de Alemania”. Llegó a ser y sigue siendo un Estado dentro de un Estado, fundado y construido por antiguos funcionarios nazis y fascistas criminales que reclutaron y entrenaron a su personal y agentes sin un rastro de control democrático sobre sus operaciones reaccionarias, involucrando espionaje masivo, provocaciones, represión y manipulación de la vida política.

Hoy día, el BND ya no se encuentra en un aislado bosque bávaro. Recientemente se trasladó a un enorme complejo nuevo en el centro de la capital, Berlín, con un personal de más de 6500 “empleados de oficina”, una cifra que ni siquiera incluye a los miles de agentes de la agencia. El complejo de edificios es más grande que la Cancillería federal y el Parlamento alemán (Bundestag) combinados.

Todavía, el BND sigue estando fuera de cualquier control democrático. El 8 de diciembre, el SZ reportó sobre un informe secreto de 39 páginas de un “organismo independiente” establecido durante la primavera para controlar al BND, después de que se supo que, en colaboración con la Agencia de Seguridad Nacional de EUA (NSA, siglas en inglés), se infiltró, almacenó y evaluó ilegalmente miles de millones de elementos de datos de Internet. Los abogados que dirigían el cuerpo investigador —dos jueces federales y un fiscal federal— se quejaron en su informe de que no podían completar su trabajo porque se les denegó el acceso a información importante.

Las tradiciones del BND arraigadas en el Holocausto

Con base en los documentos del archivo, ahora es posible confirmar una sospecha de larga data de historiadores de alta reputación, pero una que los demócratas cristianos y la Cancillería alemana continúan negando: que el Gobierno de Adenauer estuvo involucrado en mantener vínculos y utilizar una relación con uno de los principales criminales del período nazi, Alois Brunner.

Brunner fue el asistente y la mano derecha de Adolf Eichmann en la organización del Holocausto. Supervisó personalmente las deportaciones masivas y las ejecuciones masivas y exhibió una crueldad sádica excepcional en la cacería, persecución, tortura y asesinato de judíos, especialmente mujeres y niños judíos, en Austria, Francia, Italia y Grecia. Después de la guerra, trabajó con un nombre falso para las fuerzas de ocupación estadounidenses, y más tarde en Essen en la mina Carl Funke.

Cuando su verdadera identidad se vio comprometida en 1954, Gehlen utilizó su aparato para ayudar a Brunner a huir a Siria, donde vivió bajo un nombre falso de nuevo, presumiblemente hasta el 2009 o el 2010.

En 1961, Brunner creyó haber detectado una oportunidad para hacerse útil al Gobierno alemán y así terminar su vida en un país extranjero con un nombre falso. En el transcurso del juicio contra Adolf Eichmann, que había sido secuestrado por el servicio de inteligencia israelí en Argentina en 1960, Hans Globke, jefe de la Cancillería de Adenauer, estaba en gran peligro de perder su reputación y posición.

Globke era responsable tanto del personal como de la política diaria del gabinete federal. Era el confidente más cercano del canciller. También fue el autor de las leyes raciales nazis de 1936 y un destacado comentarista de la “jurisprudencia” nazi.

Estos hechos eran bien conocidos y Globke había sido objeto de críticas públicas por su papel bajo los nazis, pero Adenauer insistió en que permaneciera en el cargo con el argumento de que “no se puede tirar el agua sucia mientras no se tenga agua limpia”. Pero ahora se le había pedido a Globke que compareciera como testigo en el juicio de Eichmann, lo que habría hecho que su papel de colaborador con el imputado fuera una cuestión de registro público.

Con el apoyo de Adenauer, Gehlen pudo persuadir al fiscal de Israel de que Globke no debería subir al estrado. El SZ cita una nota de Gehlen: “El Fiscal General Hausner ya me dijo en el tercer día del juicio que el Dr. Globke es un tabú para él”.

Sin embargo, varios periódicos diarios citaban el testimonio del exoficial de la Wehrmacht, Max Merten, quien había declarado que Globke ordenó personalmente la deportación de unos 20 000 judíos de Salónica en Grecia, confirmando así que estuvo directamente involucrado en el Holocausto.

Fue en este punto crítico que Alois Brunner ofreció sus servicios como un “testigo para la defensa” de Globke. Gehlen ayudó a establecer este contacto con la oficina de la Canciller alemana y discutió con Globke varias veces todos los pros y contras, junto con las cuestiones organizativas y legales involucradas en aceptar la oferta de Brunner.

Al final, decidieron utilizar otra arma en el arsenal del BND, que prometía más éxito y menos riesgos: una campaña mediática. Gehlen señaló en sus archivos: “El secretario de Estado (Globke) estuvo de acuerdo con la idea citada, de intentar, sin importar la verdad, presentar a Merten como un agente de la propaganda del Este, a partir de hallazgos existentes”.

Influencia en los medios

El método de denunciar en los medios de información a cualquier oponente serio que amenazara con develar la verdad sobre el papel de Globke en el Tercer Reich como “agente de Pankow” (Pankow en Berlín Este era en ese momento la sede del régimen estalinista en Alemania del Este) también se utilizó contra otros oponentes.

A partir de 1958, Reinhard Strecker organizó una exposición titulada “La justicia nazi sin expiación”, que recorrió toda Alemania del Oeste. La exposición documentó la manera en que innumerables jueces nazis habían sido retenidos o restaurados a sus posiciones exaltadas en la República Federal de la posguerra bajo Adenauer y Gehlen. Basándose en una intensa investigación archivística en Polonia y Checoslovaquia, Strecker publicó un libro en 1961 titulado Dr. Hans M. Globke- Declaraciones de los archivosDocumentos. Ahí, expuso a Globke como un organizador activo del Holocausto.

El BND puso en marcha una gran campaña mediática, utilizando lo que hoy equivaldría a cientos de miles de euros para difamar a Strecker y (con éxito) evitar la distribución de su libro. El BND continuó persiguiendo a Strecker durante décadas (según el propio Strecker, hasta 2014), pero a partir de este período, por supuesto, no podemos esperar nuevos hallazgos de estos archivos.

Sin embargo, lo que se puede estudiar a profundidad a partir de los archivos del mandato de Gehlen es cómo se estableció una red de calumniadores e informantes en las oficinas editoriales de los medios alemanes y probablemente también extranjeros y utilizada una y otra vez para influir directamente en los políticos y la política.

De esta manera, los reporteros del SZ describen la campaña puesta en marcha por el BND contra Willy Brandt cuando Brandt se presentó como candidato a canciller contra Adenauer a principios de la década de 1960 y planteó la noción por primera vez de una “política de distensión” en relación con la Unión Soviética y la República Democrática de Alemania (Alemania del Este): “Las notas en los documentos secretos de Gehlen plantean repetidamente la cuestión de si Brandt podría ser desacreditado de algún modo”.

Eventualmente encontraron un medio para difamar a Brandt ante los ojos de las capas católicas y conservadoras de la población y aquellos que aún estaban modelados por la ideología nazi: los orígenes de Brandt como un hijo ilegítimo —su nombre original era Herbert Frahm— fueron retratados como “sospechosos”, “pecaminosos” y deshonrosos. Su participación en su juventud como socialista contra el régimen de Franco en España y contra Hitler, así como su exilio en Noruega, donde adoptó el nombre político de Willy Brandt, fueron denunciados como evidencia de “traición”.

El autor de este artículo todavía puede recordar muy bien los infames discursos de la campaña electoral de Adenauer, que en repetidas ocasiones se refirió a “Brandt alias Frahm”. Hoy podemos leer en los archivos: Adenauer citaba el guion que le había proporcionado su hombre en las sombras, Gehlen

El BND tiene sus espías y portavoces en todos los principales diarios, a los que Gehlen llama “conexiones especiales”. Uno puede leer en los archivos que Marion Gräfin von Dönhoff, la editora del semanario Die Zeit, se vio abrumada por el encanto del general de Hitler, Gehlen, y sus “modales europeos de estilo antiguo”. La condesa respondió con varios homenajes particularmente obsequiosos a Gehlen y sus honorables servicios en el crítico año de 1963, cuando la reputación de Gehlen había sufrido mucho como resultado del asunto Globke.

En este contexto, el siguiente pasaje en el informe del SZ de Winkler y Ritzer es muy relevante: “Los documentos que dejó Gehlen muestran el alcance de la colaboración con los periodistas alemanes, que voluntariamente hicieron su contribución a la hermandad Pullach. La conexión más importante se estableció pronto con la revista de noticias Der Spiegel, y esto también está confirmado por los documentos. Una y otra vez, el servicio de Gehlen se enorgullece de la cantidad de historias en Spiegel que se filtraron deliberadamente al consejo editorial, que fueron modificadas o que detuvieron su publicación”.

Se puede afirmar justificadamente que Der Spiegel era el órgano más importante del Servicio Federal de Inteligencia. Hans Detlev Becker, editor de la revista y luego director de publicaciones, mostró una devoción servil al BND. El fundador, propietario y editor en jefe, Rudolf Augstein, también solicitó que el BND leyera de antemano los artículos importantes, incluido su famoso informe de 1962 sobre la condición de las Fuerzas Armadas Federales titulado “Parcialmente operativas”, que desencadenó el llamado “Escándalo Spiegel” del mismo año. Otros tres agentes del consejo editorial de Spiegel son referenciados en las notas de Gehlen de los años cincuenta y principios de los sesenta.

Si se supone que el número de personal de campo del BND y sus colaboradores no oficiales en las juntas editoriales de los medios ha crecido proporcionalmente con su ejército de “oficinistas”, uno tiene una idea del alcance de la infiltración del BND en los medios y su influencia en la formulación de políticas.

En este sentido, es revelador que la filtración publicada en el Süddeutsche Zeitung haya sido ignorada por los otros periódicos principales de Alemania. Solo un informe apareció cinco días después en Die Welt, escrito por Felix Kellerhoff, quien encuentra a menudo palabras de agradecimiento para Globke. En su comentario, Kellerhoff afirmó que el último lote de archivos no produjo nada nuevo.

El hecho que Willy Brandt fue espiado como ministro de Asuntos Exteriores y canciller y tratado como un enemigo público no es sorprendente, según Kellerhoff. En una etapa muy temprana, Adenauer había solicitado información al BND sobre la carrera del entonces alcalde de Berlín.

Según la línea de argumentación de Kellerhoff, los servicios de inteligencia se vieron obligados a intervenir. Su procedimiento podría describirse solo como “lógico” y “consistente”, escribe.

¿Y el hecho de que Gehlen protegió y defendió a Globke? Kellerhoff responde: “Incluso la CIA consideró proteger a Globke de los ataques constantes de Berlín Este, algo que todos han podido leer en el Internet desde el 2006, pero estos ataques no condujeron a nada”. En otras palabras, la aprobación de la CIA es suficiente para justificar la creación de un Estado dentro de otro Estado y todas sus operaciones ilegales.

“Sin embargo”, continúa Kellerhoff, “que el BND o la CIA hubieran protegido a Eichmann, como ocasionalmente asumen los autores, no es respaldado por la evidencia citada”. De hecho, los reporteros del SZ nunca hacen esta afirmación ni intentan proporcionar evidencia para apoyarla. Sin embargo, sí revelan la fluida cooperación entre el BND y los periodistas dispuestos a funcionar como informantes y portavoces de un servicio de inteligencia fundado y dirigido por nazis. En este tema, Felix Kellerhoff no tiene nada que decir.

Palestina, la dualidad del proyecto sionista: huir de la opresión racista y reproducirla en un contexto colonial

 

por Gilbert Achcar //

La dualidad entre la posición del oprimido y la del opresor no es rara en la historia. Se observa en particular en el caso de los movimientos nacionales que encarnan la lucha de una nación oprimida por liberarse del colonialismo al tiempo que esa misma nación oprime en su propio país a una minoría –sea esta nacional o racial o religiosa o perteneciente a cualquier otra identidad– y que el movimiento nacional no reconoce esta última opresión o, peor aún, la justifica con algún pretexto, como la acusación a la minoría de constituir una “quinta columna” del colonialismo 1/.

A menudo se hace referencia a la frecuencia de esta dualidad con el fin de “normalizar” el caso del sionismo, en el sentido de presentarla como algo corriente y similar a otros muchos casos. El propósito suele ser el de minimizar los agravios del sionismo, por no decir excusarlos, a fin de normalizar la actitud ante el Estado sionista y tratarlo como algo corriente. Intentaré demostrar en este artículo que dicho argumento no es válido, explicando la singularidad de la dualidad propia del caso sionista.

Es indiscutible que el sionismo nació históricamente en respuesta a la opresión secular padecida por los judíos en países europeos. Como es sabido, la condición de los judíos en la Europa cristiana desde la Edad Media hasta el siglo XIX era mucho peor que su situación en los países de mayoría musulmana. Bajo las autoridades que se llamaban cristianas, los judíos fueron víctimas de una persecución mucho más encarnizada que la discriminación y la persecución ocasional a que los sometían las autoridades autocalificadas de musulmanas.

Sin embargo, la Edad Moderna que siguió al periodo de la Ilustración y a la Revolución Francesa, a finales del siglo XVIII, puso fin gradualmente a esta persecución en Europa Occidental, gracias a la difusión de la noción moderna de ciudadanía basada en la igualdad de derechos. Con el paulatino cambio democrático, la condición de los judíos mejoró progresivamente en Europa Occidental, desde la costa atlántica hasta las fronteras orientales de Alemania y Austria. Poco a poco dio lugar a la integración de los judíos en las comunidades locales y acabó con la discriminación. No obstante, la primera gran crisis que afectó a la economía capitalista mundial, en el último cuarto del siglo XIX –la “larga depresión”, como la llamaron–, despertó diversas tendencias xenófobas. Al igual que todas las crisis sociales, impulsó la búsqueda de chivos expiatorios por parte de grupos de extrema derecha con el fin de movilizar la furia de sus sociedades al servicio de sus proyectos reaccionarios.

En ese mismo periodo, Europa Oriental, especialmente su mayor extensión, integrada en el imperio ruso, asistía a una expansión tardía del modo de producción capitalista. Esta transformación tardocapitalista –que causó trastornos agravados y complicados por su coincidencia en el tiempo con un capitalismo más avanzado en Occidente y con la larga depresión– provocó una aguda crisis social y un éxodo rural acelerado. A resultas de ello, las tendencias xenófobas también cobraron impulso en Europa Oriental, siendo los judíos sus víctimas primarias en el imperio ruso, particularmente en regiones que hoy en día pertenecen a Ucrania y Polonia. Allí, los judíos fueron víctimas de sucesivos pogromos, por lo que trataron de emigrar a Europa Occidental y Norteamérica.

Así las cosas, los judíos se convirtieron en un objetivo predilecto de la xenofobia en Europa Occidental, donde unían la condición de forasteros migrantes a la de personas que profesaban una religión alóctona 2/. De este modo, sobre el telón de fondo de la larga depresión y sus efectos, Europa Occidental asistió al renacer de un antijudaísmo de nuevo cuño, moderno: una teoría racial que pretendía basarse en las ciencias antropológicas y que preconizaba que los judíos –o los semitas en general, incluidos los árabes 3/– pertenecen a una raza inferior y maligna. Fue entonces cuando surgió el antisemitismo, que apuntó principalmente contra los judíos europeos y acompañó a la expansión de una variante fanática del nacionalismo combinada con la defensa del colonialismo. La larga depresión exacerbó, en efecto, la competencia en torno a la división del mundo entre las metrópolis coloniales en la llamada fase imperialista.

Sobre este mismo telón de fondo nació el movimiento sionista moderno en forma de sionismo estatalista que, a diferencia de otras formas anteriores o contemporáneas de sionismo espiritual o cultural, aspiraba a crear un Estado judío. Como es bien sabido, el fundador del movimiento, Theodor Herzl, era un judío austriaco asimilado que asumió sus convicciones sionistas después de haber cubierto en París, como periodista, el juicio contra el oficial francés de ascendencia judía Alfred Dreyfus, víctima del ascenso del antisemitismo en su país. El caso Dreyfus llevó a Herzl a escribir su famoso libro-manifiesto El Estado judío (Der Judenstaat en el original alemán: literalmente, el Estado de los judíos), publicado en 1896 y que constituyó la base de la convocatoria del primer congreso sionista en la ciudad suiza de Basilea en 1897, un año y medio después de la publicación del libro.

Existe una diferencia cualitativa muy significativa entre la ideología sionista elaborada por Herzl y las ideologías nacionales que surgieron en Europa en la primera mitad del siglo XIX o en los países coloniales durante la primera mitad del siglo XX. Mientras que la mayoría de estas ideologías respondían a un pensamiento democrático emancipatorio, la ideología sionista moderna formaba parte de la variante del nacionalismo fanático y colonialista que estaba en auge cuando apareció. En efecto, si bien es indiscutible que el sionismo es fruto de la opresión de los judíos y de la reacción a la misma –el propio Herzl explicó en el prólogo de su libro cómo “la miseria de los judíos” era la “fuerza motriz” del movimiento que quería crear–, tampoco cabe ninguna duda de que el sionismo teorizado por Herzl es una ideología marcada esencialmente por el pensamiento reaccionario y colonialista.

En realidad, al margen de cómo lo percibían los judíos de Europa Oriental, pobres y duramente perseguidos, que se aferraban a él como tabla de salvación, el proyecto sionista ideado por Herzl fue en el fondo un engendro creado por un judío austriaco laico y asimilado, destinado a deshacerse de los míseros judíos religiosos que venían de Europa Oriental y cuya migración a Occidente había perturbado la existencia de sus correligionarios occidentales. Así lo reconoció el propio Herzl con singular franqueza en el prólogo de su libro:

“Los asimilados se beneficiarían todavía más que los ciudadanos cristianos con la partida de los judíos creyentes, pues se quitarían de encima la rivalidad inquietante, incalculable e inevitable de un proletariado judío empujado por la pobreza y la presión política de un sitio a otro, de un país a otro. Este proletariado itinerante se tornaría sedentario. Muchos ciudadanos cristianos –a los que llamamos antisemitas– pueden ahora ofrecer una resistencia decidida a la inmigración de judíos extranjeros. Los ciudadanos judíos no pueden hacerlo, pese a que les afecta mucho más de cerca, pues ante ellos sienten más que nada la feroz competencia de individuos que desempeñan oficios similares y que, además, introducen el antisemitismo allí donde no existe o lo intensifican allí donde ya existe. Los asimilados dan expresión a este agravio secreto con iniciativas filantrópicas. Fundan sociedades de emigración para los judíos itinerantes. Existe un reverso de la medalla que sería cómico si no se tratara de seres humanos: algunas de estas entidades benéficas no han sido creadas para, sino contra los judíos perseguidos, han sido creadas para despachar a estas pobres criaturas lo más rápido y lo más lejos posible. Así, muchos supuestos amigos de los judíos resultan ser, si bien se mira, nada más que antisemitas de origen judío, disfrazados de filántropos.

“Pero los intentos de colonización protagonizados incluso por hombres benévolos, por interesantes que fueran dichos intentos, hasta ahora no han tenido éxito… Estos intentos eran interesantes en la medida en que constituían, a escala reducida, sendos precursores prácticos de la idea del Estado judío”.

La nueva idea formulada por Herzl en sustitución de las empresas coloniales filantrópicas fallidas que menciona –la más destacada fue la creada por la familia Rothschild– consistía en pasar de las acciones benévolas a un proyecto político integrado en el marco colonialista europeo, con el propósito de fundar un Estado judío que formaría parte de dicho marco y lo reforzaría. A este respecto, Herzl se dio cuenta de que los antisemitas cristianos serían acérrimos defensores de su proyecto. Su principal argumento, en el apartado titulado El Plan del segundo capítulo de su libro, era el siguiente:

“La creación de un nuevo Estado no es una empresa ridícula ni imposible… Los gobiernos de todos los países azotados por el antisemitismo estarán sumamente interesados en ayudarnos a conseguir la soberanía que queremos”.

Solo quedaba elegir el territorio en el que materializar el proyecto sionista:

“Hay dos territorios posibles: Palestina y Argentina. En ambos países se han llevado a cabo importantes experimentos de colonización, aunque basados en el principio erróneo de una infiltración gradual de judíos. Una infiltración está condenada a acabar mal. Prosigue hasta el momento inevitable en que la población autóctona se considera amenazada y obliga al gobierno a detener la entrada de judíos. Por tanto, la inmigración resulta fútil a menos que se base en una supremacía asegurada. La Sociedad de Judíos tratará con los dueños actuales del territorio, colocándose bajo el protectorado de las potencias europeas si se muestran proclives el plan”.

Hacia el final del último capítulo del libro, donde expuso los “Beneficios de la emigración de los judíos”, Herzl aseguró que los gobiernos atenderán a su propuesta “voluntariamente o bajo presión de los antisemitas”. Sus Diarios incluyen muchas observaciones sobre la complementariedad de su proyecto de enviar a los judíos pobres fuera del continente europeo con el deseo de los antisemitas de deshacerse de ellos. Incluso profetizó, en el comienzo de su primer Diario (1895), que los judíos se adaptarían a la brutalidad de los antisemitas y los imitarían en su futuro Estado.

“Sin embargo, el antisemitismo, que es una fuerza poderosa e inconsciente entre las masas, no dañará a los judíos. Entiendo que es un movimiento útil para el carácter judío. Representa la educación de un grupo por las masas y tal vez conduzca a su absorción. La educación solo es efectiva a base de golpes. Se producirá un mimetismo darwiniano. Los judíos se adaptarán”.

De acuerdo con el plan concebido por su padre espiritual, los líderes del movimiento sionista se esforzaron por obtener el apoyo de una de las grandes potencias europeas a su proyecto, que pronto se decantó exclusivamente por Palestina. Aprovecharon la transferencia del territorio de la dominación otomana a la británica en el contexto de la primera guerra mundial tras el reparto de los restos del imperio otomano entre británicos y franceses, al amparo de infame tratado Sykes-Picot de 1916.

Desde entonces, los líderes sionistas centraron sus esfuerzos en Londres. El dirigente del sionismo británico, Chaim Weizmann, se apoyó en el magnate judío británico y ex diputado, el lord Walter Rothschild. Las presiones combinadas de ambos lograron obtener la conocida promesa del ministro de Asuntos Exteriores, Arthur Balfour, del 2 de noviembre de 1917. En su carta, Balfour aseguró que “el gobierno de su Majestad [el rey Jorge V] ve con simpatía el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para los judíos, y hará todo lo posible por facilitar la consecución de este objetivo…”. Esta infame declaración encajaba naturalmente en los cálculos imperialistas británicos de entonces, en el contexto de la competencia entre Gran Bretaña y los dos aliados que compartían la victoria en la guerra, Francia y EE UU.

Las circunstancias históricas de la Declaración Balfour concordaban plenamente con el punto de vista del profeta del sionismo, Theodor Herzl. El propio Balfour era uno de esos cristianos antisemitas de los que Herzl sabía que se convertirían en los mejores aliados del sionismo. El ministro de Asuntos Exteriores británico, en efecto, no era ajeno al sionismo cristiano, la corriente cristiana que apoya el retorno de los judíos a Palestina. El verdadero objetivo de este apoyo –no declarado en muchos casos, pero ocasionalmente admitido– es acabar con la presencia de judíos en los países de mayoría cristiana. Para los sionistas cristianos, el retorno de los judíos a Palestina supone el cumplimiento de la condición del Segundo Advenimiento de Jesucristo, al que seguirá el Juicio Final, que condenará a todos los judíos que no se hayan convertido al cristianismo al sufrimiento eterno en el infierno. Esta misma corriente es actualmente en EE UU la más firme defensora del sionismo en general y de la derecha sionista en particular.

Cuando era primer ministro (1902-1905), el autor de la infame Declaración, el propio Arthur Balfour, promulgó la ley de Extranjería de 1905, cuya finalidad era poner coto a la inmigración en Gran Bretaña de refugiados judíos que huían del imperio ruso. Vale la pena destacar en este punto un hecho histórico que rara vez se menciona: Edwin Samuel Montagu fue el único ministro británico que se opuso a la iniciativa de Balfour de emitir su Declaración y el único ministro que manifestó su oposición al proyecto sionista en su conjunto. Era el único miembro judío del gabinete encabezado por David Lloyd George, del que formaba parte Balfour, y únicamente el tercer ministro judío de la historia de Gran Bretaña. Montagu advirtió de que la empresa sionista comportaría la expulsión de la población autóctona de Palestina y reforzaría en todos los demás países a las corrientes que deseaban deshacerse de los judíos. En un memorando que presentó en agosto de 1917 en el gabinete británico después de conocer lo que acabaría siendo la Declaración Balfour, afirmó sin ambages:

“Quiero hacer constar mi punto de vista de que la política del gobierno de Su Majestad es antisemita y que por consiguiente acabará siendo un punto de referencia para los antisemitas de todos los países del mundo” 4/.

Tal como esperaba Herzl, el proyecto sionista se materializó bajo la protección de una gran potencia europea como parte de sus designios coloniales-imperialistas. Este proyecto no podría haberse realizado sin dicha protección y sin integrarse en un marco colonial-imperialista más amplio. El pueblo judío al que Herzl quería dotar de un Estado propio era un pueblo imaginado, carente de toda institución política que lo constituyera en pueblo y de la fuerza requerida para participar en la carrera colonial de finales del siglo XIX.

Al fundar el movimiento sionista, Herzl quiso crear esa institución política inexistente y encaminarla a la colaboración con una de las grandes potencias. Así, el proyecto sionista depende estructuralmente, desde el comienzo, de la protección de una gran potencia, tal como había previsto Herzl. Esta dependencia ha marcado la historia del movimiento sionista y después la de su Estado hasta nuestros días. Seguirá existiendo mientras el Estado de Israel se base en la opresión colonial, pues la consecuencia natural de ello es la enemistad con el pueblo palestino y los demás pueblos vecinos de Palestina, hasta el punto de que Israel necesita la protección de una gran potencia exterior. EE UU ha desempeñado este papel desde la década de 1960.

En suma, el sionismo no es un movimiento normal de liberación nacional que comparta el carácter dual de muchos de estos movimientos que luchan contra la opresión colonial mientras oprimen a otras comunidades, sean nacionales o de otro tipo. Esto es lo que afirman los partidarios de Israel que no son tan fanáticos como para negar la opresión perpetrada por el Estado sionista. Lo cierto, sin embargo, es que el movimiento sionista se construyó sobre la base de la explotación y la opresión sufridas por los judíos y de la ayuda de los antisemitas con el fin de crear un Estado colonial integrado estructuralmente en el sistema imperialista, y no un Estado poscolonial, como pretende.

En un giro trágico de la historia, el antisemitismo alcanzó un clímax en la Europa del siglo XX con el ascenso al poder de los nazis y la posterior realización de su proyecto genocida, obligando a un gran número de judíos europeos a buscar refugio en el sionismo, ya que otras formas de antisemitismo les cerraron las puertas de EE UU, Gran Bretaña y otros países. De este modo, el Estado sionista logró hacerse realidad y presentarse como compensación redentora del genocidio nazi contra los judíos. Estas circunstancias históricas han permitido a ese Estado oprimir a la población autóctona de Palestina en un grado que sin duda va mucho más allá de lo que los fundadores del sionismo, incluido Herzl, habían previsto.

Hoy en día –un siglo después de la Declaración Balfour, casi 70 años después de la fundación del Estado de Israel en el 78 % del territorio de la Palestina del Mandato Británico y medio siglo después de que ese Estado ocupara el 22 % restante–, el primer ministro sionista, Benjamin Netanyahu, sigue obteniendo de los antisemitas contemporáneos de los países occidentales el respaldo necesario para el arrogante comportamiento colonial de su Estado y su gobierno. Al apoyarse en los sionistas cristianos de EE UU, codearse con el antisemita primer ministro de Hungría y mantener el silencio sobre la defensa por parte de Donald Trump de la extrema derecha antijudía y antimusulmana de EE UU, Netanyahu sigue fielmente las recetas de Herzl, aunque de una manera moralmente todavía más detestable al producirse después del genocidio nazi, que mostró los horrores a los que pueden conducir el antisemitismo y otras formas de racismo.

[Esta ponencia se presentará en lengua árabe en una conferencia convocada en Beirut para los días 13 y 14 de diciembre por el Instituto de Estudios Palestinos con motivo del centenario de la Declaración Balfour. La traducción inglesa del original árabe es del propio autor.]

 

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Notas:


1/ Es cierto que la dominación extranjera sobre un país trata a menudo de utilizar a minorías oprimidas cuya condición ha mejorado como efecto secundario de su presencia. Por supuesto, esto no justifica, ni mucho menos, que la mayoría oprima a la minoría tras la liberación de la dominación extranjera en vez de limitarse a castigar a los individuos que hubieran colaborado con los ocupantes en la comisión de graves crímenes –sean miembros de la minoría o de la mayoría–, tratando al mismo tiempo de abolir la opresión de la que la minoría hubiera sido objeto históricamente con el fin de construir una sociedad nueva de ciudadanos iguales.2/ El primer exponente de este análisis materialista del ascenso del antisemitismo es Abram Leon, The Jewish Question: A Marxist Interpretation (Nueva York: Pathfinder, 1970). Marxista belga, antisionista de ascendencia judía, Leon murió en Auschwitz en 1944. Su manuscrito francés se publicó por primera vez en forma de libro en 1946.

3/ La noción de “semitas” remite a las lenguas semíticas, entre las que actualmente destacan el hebreo y el árabe.

4/ “Memorandum of Edwin Montagu on the Anti-Semitism of the Present (British) Government”, The Balfour Project. Montagu consideraba “inconcebible que el gobierno británico reconozca oficialmente al sionismo y autorice al Sr. Balfour a decir que Palestina debe reconvertirse en el ‘hogar nacional del pueblo judío’. No sé qué implica esto, pero supongo que significa que los mahometanos y los cristianos tendrán que dejar sitio a los judíos y que los judíos ocuparán todos los puestos de preferencia y se les asociará específicamente con Palestina como se asocia Inglaterra con los ingleses o Francia con los franceses, que los turcos y otros mahometanos serán considerados extranjeros en Palestina del mismo modo que los judíos, de ahora en adelante, serán tratados como forasteros en todos los países salvo en Palestina.” Después añadió con gran capacidad de predicción: “Tal vez la ciudadanía solo pueda obtenerse después de superar una prueba religiosa.”

Centenario de la Revolución Rusa:”Se atrevieron”

 

por David Mandel //

Cien años después, la cuestión del legado histórico de la Revolución de Octubre sigue sin ser sencilla para los socialistas: el estalinismo pudo echar raíces menos de una década después de la Revolución y la restauración del capitalismo encontró poca resistencia popular setenta años después.

Uno puede, por supuesto, señalar el papel fundamental del Ejército Rojo en la victoria contra el fascismo, o que la rivalidad entre la Unión Soviética y el mundo capitalista abrió el espacio para las luchas antiimperialistas, o también que la existencia de una enorme economía nacionalizada y planificada consiguió una moderación de los apetitos capitalistas. Aun así, incluso en dichas áreas, el legado está lejos de estar exento de ambigüedades.

Ahora bien, el principal legado de la Revolución de Octubre para la izquierda a día de hoy es, en realidad, el menos ambiguo. Puede sintetizarse en dos palabras: “se atrevieron”. Con esto quiero decir que los Bolcheviques cumplieron auténticamente con su misión como partido de los trabajadores al organizar tanto la toma revolucionaria del poder político y económico, como su defensa posterior frente a las clases propietarias: proveyeron a los obreros -así como a los campesino- el liderazgo que necesitaban y deseaban.

Por tanto, es cuanto menos irónico que muchos historiadores, y bajo su estela, la opinión pública en general, hayan visto Octubre como un crimen terrible motivado por el proyecto ideológico de construir una utopía socialista. De acuerdo con este punto de vista, Octubre fue un acto arbitrario que desvió a Rusia de su sendero natural de desarrollo hacia una democracia capitalista. Octubre fue, además, la causa de la guerra civil devastadora que asoló el país durante casi tres años.

Hay una versión modificada de esta lectura que es abrazada incluso por personas de izquierda que rechazan el leninismo (o lo que creen ellos que fue la estrategia de Lenin) por culpa de las dinámicas autoritarias desatadas por la toma revolucionaria del poder y la subsiguiente guerra civil.

No obstante, lo que sorprende sobremanera cuando uno estudia la revolución desde abajo es lo poco que los Bolcheviques, y los obreros que les apoyaban, estaban, de hecho, guiados por una ideología, en el sentido de que fuesen una suerte de movimiento milenarista que ambicionase únicamente el socialismo. En realidad y sobre todo, Octubre fue una respuesta práctica a problemas sociales y políticos muy serios y concretos que debían afrontar las clases populares. Esto era también, por supuesto, la aproximación al socialismo de Marx y Engels – no una utopía que debía ser construida a partir de unos diseños preconcebidos, pero un conjunto de soluciones concretas a las condiciones reales de los trabajadores bajo el capitalismo. Por ello Marx siempre rechazó obstinadamente ofrecer “recetas para los libros de cocina del futuro” 1/.

El objetivo inmediato y principal de la insurrección de Octubre fue anticiparse a la contrarrevolución, apoyada por las políticas de guerra económica de la burguesía, que hubiese barrido todas las conquistas democráticas y promesas de la Revolución de Febrero y hubiese mantenido la participación rusa en la Guerra Mundial. Una contrarrevolución victoriosa -y ésta hubiese sido la única alternativa real a Octubre- hubiese probablemente dado nacimiento a la primera experiencia de un Estado fascista en el mundo, anticipándose así unos cuantos años a las posteriores respuestas de las burguesías italianas y alemanas a levantamientos revolucionarios similares pero fallidos.

Los Bolcheviques, y la gran mayoría de los obreros industriales urbanos en Rusia, eran, por descontado, socialistas. Pero todas las corrientes del marxismo ruso consideraban que Rusia carecía de las condiciones políticas y económicas para alcanzar el socialismo. Sin duda, existía la esperanza de que la toma revolucionaria del poder en Rusia alentase a los trabajadores de los países desarrollados al oeste a levantarse contra la guerra y contra el capitalismo, abriendo así perspectivas más amplias para la propia revolución rusa. En efecto, fue sólo una esperanza, y estaba lejos de ser una certidumbre. Aun así, Octubre hubiese podido acontecer sin ella.

En mi labor historiográfica, presento pruebas documentadas y, en mi opinión, convincentes en favor de esta forma de presentar Octubre, aunque no voy a intentar resumirlas aquí. Prefiero explicar cuan dolorosamente conscientes eran los Bolcheviques, y los trabajadores que les apoyaban -el partido estaba abrumadoramente compuesto de obreros-, de la amenaza de la guerra civil; lo mucho que intentaron evitarla, y, fracasando en ello, lo mucho que quisieron disminuir su dureza. De este modo, quiero focalizarme con más insistencia explicar el sentido del “se atrevieron” en tanto que legado de Octubre.

El motivo por el cual los Bolcheviques, junto con la mayoría de los trabajadores, apoyaron el “poder dual” durante el periodo inicial de la revolución fue el deseo de evitar la guerra civil. Bajo esta forma de acomodar las cosas, el poder ejecutivo era ejercido por el gobierno provisional, inicialmente compuesto por políticos liberales, representantes de las clases propietarias. Al mismo tiempo, los Soviets, organizaciones políticas electas por los obreros y soldados, fiscalizaban el gobierno, asegurándose de su lealtad al programa revolucionario. Este programa estaba compuesto fundamentalmente por cuatro elementos: una república democrática, una reforma agraria, la jornada laboral de ocho horas, y una diplomacia enérgica que asegurase rápida y democráticamente el final de la guerra. Ninguno de estos puntos era socialista como tal.

El apoyo al poder dual marcó una ruptura radical con el rechazo tradicional del partido de aliarse potencialmente con la burguesía en la lucha contra la autocracia. Ese rechazo constituía los cimientos mismos del bolchevismo como partido de los obreros. Fue el motivo del estatus hegemónico del partido en el movimiento obrero a lo largo de los años de protesta obrera antes de la guerra. El rechazo a la burguesía (que era a su vez un rechazo al Menchevismo) se enraizaba en la larga y dolorosa experiencia obrera que veía cómo la burguesía se aliaba íntimamente con el Estado autocrático para aplastar sus aspiraciones sociales y democráticas.

El apoyo inicial al poder dual reflejó la voluntad de dar una oportunidad a los liberales, ya que las clases propietarias (el partido constitucional-democrático (los Kadetes) se convirtió en su primer representante político en 1917) se habían sumado, aunque bastante tardíamente, a la revolución, o eso parecía. Su adhesión a la revolución facilitó de manera considerable una victoria sin apenas derramamiento de sangre a lo largo del vasto territorio ruso y a lo largo del frente. La asunción del poder por parte de los Soviets en Febrero hubiese expulsado a las clases propietarias del poder, haciendo renacer así el espectro de la guerra civil. Por otra parte, los obreros no estaban preparados para asumir la responsabilidad directa de dirigir el Estado y la economía.

El posterior rechazo del poder dual y la demanda de transferir todo el poder a los soviets no fue, bajo ningún concepto, una respuesta automática al regreso de Lenin a Rusia y la publicación de sus Tesis de Abril. Fundamentalmente, estas tesis fueron una llamada de vuelta a las posturas tradicionales del partido, pero en condiciones de guerra mundial y de revolución democrática victoriosa. Si la posición de Lenin acabó ganando fue porque era cada vez más claro que las clases propietarias y sus representantes liberales eran hostiles a los objetivos de la revolución y querían, de hecho, revertirla.

Ya a mediados de abril, el gobierno liberal dejo claro su apoyo a la guerra y sus objetivos imperialistas. Incluso anteriormente a ello, la prensa burguesa puso término final a su breve luna de miel de unidad nacional con campañas en contra del supuesto egoísmo obrero al perseguir sus ’estrechos’ intereses económicos en detrimento de la producción para la guerra.

El motivo era claramente socavar la alianza obreros-soldados que hizo posible la revolución.

No sin conexión con esto era la creciente sospecha entre los obreros de un progresivo y creciente cierre patronal, enmascarado bajo una supuesta escasez de suministros; sospecha amplificada por el adamantino rechazo de los patrones industriales de la regulación gubernamental de esta economía vacilante. Los cierres patronales fueron desde tiempo atrás el arma favorita de los propietarios de las fábricas. Solamente en los seis meses anteriores al estallido de la guerra, los patrones industriales de la capital, en concierto con la administración de las fábricas de titularidad estatal, organizaron al menos tres cierres patronales generalizados que trajeron consigo el despido de un total de 300 000 trabajadores. Diez años antes, en noviembre y diciembre de 1905, dos cierres generales asestaron un golpe mortal a la primera revolución rusa.

A finales de la primavera y comienzos del verano de 1917, personalidades prominentes de la sociedad censal (las clases dominantes) solicitaban la supresión de los soviets y recibían grandes ovaciones por parte de las asambleas de su clase. Luego, a mediados de junio, bajo una fuerte presión de sus aliados, el gobierno provisional inició una ofensiva militar, poniendo punto y final al cese al fuego de facto que había reinado en el frente oriental desde Febrero.

Y entonces, ya en junio, una mayoría de los obreros de la capital abrazaron la demanda bolchevique de liberar la política gubernamental de la influencia de las clases propietarias. Éste era, en esencia, el significado del “todo el poder para los Soviets”: un gobierno que respondiese únicamente ante los obreros y campesinos. A esas alturas, los Bolcheviques y los obreros de la capital aceptaron la inevitabilidad de la guerra.

No obstante, eso no era en sí mismo tan terrorífico, ya que los obreros y campesinos (los soldados eran en su grandísima mayoría jóvenes campesino) eran la gran mayoría de la población. Mucho más preocupante eran las perspectivas de una guerra civil qu enfrentase a distintos bandos en el seno de las fuerzas que sostenían la “democracia revolucionaria”. Los socialistas moderados, los Mencheviques, y los Socialistas Revolucionarios (eseristas), dominaban la mayoría de los soviets fuera de la capital, así como el Comité Ejecutivo Central (CEC) de soviets y el Comité Ejecutivo de campesinos, y apoyaban a los liberales, hasta el punto de enviar una delegación de sus líderes a la coalición gubernamental, en un esfuerzo por apuntalar la débil autoridad popular de esta última.

La amenaza de guerra civil en el seno de la democracia revolucionaria resurgió con fuerza a comienzos de julio, cuando, junto con unidades de la guarnición, los obreros de la capital se manifestaron masivamente para presionar al CEC para que tomase el poder por sí solo. No solamente fracasaron en ello, sino que las manifestaciones fueron el primer derramamiento de sangre serio de la revolución, seguido de una ola de represión gubernamental contra la izquierda y tolerada por los socialistas moderados.

Los acontecimientos de julio dejaron a los Bolcheviques, y los obreros que les apoyaban, sin una ruta clara por la que avanzar. Formalmente, el partido adoptó un nuevo eslogan propuesto por Lenin: el poder para un “gobierno de los trabajadores y los campesinos pobres”, sin mención alguna a los soviets, que se hallaban dominados por los socialistas moderados. Lenin entendía dicho eslogan como un llamamiento a preparar una insurrección que pudiese sortear a los soviets y que, de darse las circunstancias, se enfrentase a ellos. Ahora bien, en la práctica el eslogan no era aceptado ni por el partido ni por los obreros de la capital, ya que significaba dirigirse en contra de las masas populares que seguían apoyando a los moderados – por tanto, implicaba la guerra civil en el seno de la democracia revolucionaria.

La actitud de los socialistas, esto es, de la minoría educada, de la intelligentsia de izquierdas, preocupaba particularmente. La intelligentsia de izquierda apoyaba casi en su totalidad a los socialistas moderados. Los Bolcheviques eran un partido plebeyo, y lo mismo era cierto para los social-revolucionarios de izquierda, que se escindieron de los eseristas en septiembre de 1917 y formaron una coalición de gobierno en los soviets junto con los Bolcheviques en noviembre. Las perspectivas de tener que dirigir un Estado, y probablemente también la economía, sin el apoyo de gente formada preocupaba profundamente, en particular a los militantes de los comités de fábrica, mayoritariamente bolcheviques.

El golpe de estado fracasado del general Kornilov a finales de agosto, que contó con el apoyo entusiasta de las clases dominantes, pareció despejar una solución al callejón sin salida al que se estaba llegando. Rindiéndose ante la obviedad, los socialistas moderados parecieron aceptar la necesidad de romper relaciones con los liberales (los ministros liberales dimitieron la noche anterior al levantamiento militar). Los obreros reaccionaron con una curiosa mezcla de alivio y alarma a las noticias sobre la llegada de Kornilov a Petrogrado. Sentían alivio porque podían al menos actuar al unísono en contra de la contrarrevolución en marcha – y así hicieron con gran energía-, y no enfrentándose con el resto de fuerzas de la democracia revolucionaria. Lenin, ya tras la derrota de Kornilov, ofreció el apoyo de su partido al CEC, actuando como una fuerza leal pero de oposición, siempre y cuando el CEC arrebatas el poder al gobierno.

Tras ciertas vacilaciones, los socialistas moderados rechazaron romper con las clases propietarias. Permitieron a Kerensky formar un nuevo gobierno de coalición que incluía personalidades de la burguesía particularmente odiosas como el patrón industrial S. A. Smirnov, que había cerrado recientemente sus fábricas textiles para echar a los trabajadores.

Pero para finales de septiembre, los Bolcheviques ya tenían la mayoría en casi todos los soviets de Rusia de manera que podían contar con una mayoría en el Congreso de los Soviets, convocado a regañadientes por el CEC el 25 de Octubre. Mientras todavía se encontraba escondido huyendo de una orden de detención, Lenin exigió al comité central del partido que preparase una insurrección. Pero la mayoría del comité central tenía dudas al respecto y prefería esperar a la convocatoria de una asamblea constituyente. Uno puede perfectamente comprender sus dudas. Después de todo, una insurrección podía desencadenar todas las condiciones para la todavía latente guerra civil. Era un salto terrorífico hacia lo imprevisible que pondría al partido en la situación de gobernar en condiciones de grave crisis política y económica. Por otra parte, la esperanza de que una asamblea constituyente pudiese superar la profunda polarización que caracterizaba a Rusia, o que las clases dominantes aceptasen su veredicto de ir en contra de sus intereses, era sin lugar a dudas una ilusión. Mientras tanto, el colapso industrial y la hambruna de masas estaban cada vez más cerca.

Si los líderes bolcheviques acabaron organizando la insurrección no fue por la autoridad personal de Lenin, sino por la presión de sus bases y cuadros intermedios, que estaban siendo interpelados por él. El partido contaba como 43 000 miembros en octubre 1917 sólo en Petrogrado, de los cuales 28 000 eran obreros (sobre un total de 420 000 obreros industriales), y 6000 eran soldados. Estos trabajadores estaban preparados para la acción.

No obstante, el estado de ánimo entre los trabajadores fuera del partido era más complejo.

Apoyaban sin miramientos la demanda de transferir todo el poder a los Soviets, pero no estaban por la labor de tomar la iniciativa. Esto suponía la situación opuesta a la de los cinco primeros meses de la revolución, en los cuales las bases obreras estaban a la vanguardia, obligando al partido a seguirlas: así fue en la revolución de Febrero, en las protestas de abril en contra de la política bélica del gobierno, en los movimientos por el control obrero de las industrias como respuesta a los cierres patronales en marcha, y en las manifestaciones de julio para exigir al CEC que tomase el poder.

Pero el derramamiento de sangre de julio y la represión que siguió después cambiaron significativamente las cosas. En efecto, la situación política había evolucionado desde entonces hasta el punto de que los Bolcheviques encabezaban los Soviets en casi todas partes. Ahora bien, los días que precedieron a la insurrección, la totalidad de la prensa que no fuese pro-bolchevique predecía con seguridad que la insurrección sería aplastada de manera aún más sangrienta que en los acontecimientos de julio.

Otra fuente de indecisión para los trabajadores era el amenazante espectro del desempleo de masas. El colapso industrial se avecinaba, y constituía así el argumento más potente para actuar inmediatamente, pero también una fuente de inseguridad que llenó de dudas a los trabajadores.

Por tanto, la iniciativa se encontraba del lado del partido, aunque ello no significase que los obreros bolcheviques estuviesen exentos de dudas. Ahora bien, tenían ciertas cualidades, forjadas tras años de lucha intensa contra la autocracia y los patrones, que les permitieron superarlas. Una de sus virtudes era su deseo de independencia como clase frente a la burguesía, que constituía a su vez el elemento definitorio del bolchevismo como movimiento de los trabajadores. En los años previos a la revolución, ese deseo se expresaba en la insistencia de los trabajadores de mantener sus organizaciones, ya sean políticas, económicas o culturales, libres de influencia de las clases dominantes.

En estrecha relación con lo anterior era el fuerte sentimiento de dignidad que tenían los trabajadores, tanto individualmente como en tanto que miembros de la clase obrera. El concepto de obrero consciente en Rusia recogía una cosmovisión y un código moral separados y opuestos a los de la burguesía. El sentimiento de dignidad se manifestaba por ejemplo, y entre otras formas, en la demanda de ser tratados educadamente que aparecía sin excepción en las listas de las demandas en huelgas. Demandaban ser tratados de usted por la administración de las fábricas y que no se dirigiesen a ellos en la segunda persona del singular, reservada para amigos, hijos y subordinados. En una compilación de estadísticas acerca de las huelgas, el Ministerio de Interior zarista puso en la columna de demandas políticas la exigencia de trato educado, presumiblemente porque implicaba un rechazo de los trabajadores a ser considerados como subordinados en la sociedad. En 1917, resoluciones emanadas de las asambleas fabriles solían referirse a las políticas del gobierno provisional como burlas a la clase obrera. En Octubre, cuando los obreros de la Guardia Roja rechazaban agacharse mientras corrían o rechazaban tener que combatir tumbados en el suelo, ya que lo consideraban una muestra de cobardía y deshonor para un obrero revolucionario, los soldados tuvieron que explicarles que no hay honor alguno en ofrecer tu frente al enemigo. Pero si bien el orgullo de clase era una carga a nivel militar, no parece que hubiese podido haber revolución de Octubre sin él.

Aunque la iniciativa de Octubre recayó principalmente sobre los hombros de los miembros del partido, la insurrección fue bienvenida por virtualmente todos los trabajadores, incluidos los impresores, tradicionalmente seguidores de los Mencheviques. Sin embargo, el problema de la composición del nuevo gobierno apareció de nuevo sobre la escena. Todas las organizaciones obreras, para entonces lideradas por los Bolcheviques, así como el propio partido, pedían una coalición de todos los partidos socialistas.

Una vez más, esto era la expresión del afán de unidad en el seno de las fuerzas de la democracia revolucionaria y el deseo de evitar una guerra civil que las enfrentase entre sí. En el comité central, Lenin y Trotski se oponían a incluir a los socialistas moderados (aunque no a los eseristas de izquierda ni a los Mencheviques-internacionalistas), ya que consideraban que iban a paralizar la acción del gobierno. No obstante, se mantuvieron de lado mientras las negociaciones tenían lugar.

La coalición estaba condenada a no suceder. Las negociaciones se rompieron al entrar en la cuestión del poder de los soviets: los Bolcheviques, así como la inmensa mayoría de los trabajadores, querían que el gobierno fuese responsable únicamente ante los soviets -esto es, un gobierno popular libre de las influencias de las clases propietarias. Los socialistas moderados, en cambio, consideraban que los soviets eran una base demasiado débil para un gobierno viable. Continuaron insistiendo, aunque disfrazadamente, en la necesidad de incluir representantes de las clases dominantes, o al menos del “estrato intermedio” que no se encontraba representado en los soviets. Ahora bien, la sociedad rusa se encontraba profundamente dividida, y estos últimos estaban alineados junto a las clases dominantes. Así mismo, los moderados rechazaban de plano cualquier gobierno con una mayoría bolchevique, incluso si los Bolcheviques habían constituido la mayoría en el Congreso de los Soviets que votó asumir todo el poder. En resumen, los moderados demandaban anular la insurrección de Octubre.

Una vez que eso quedó claro, el apoyo obrero por una coalición amplia se desvaneció. A continuación, los eseristas de izquierda, que llegaron a la misma conclusión que los obreros, formaron una coalición de gobierno junto a los Bolcheviques. Hacia finales de noviembre, un congreso nacional de campesinos, dominado por los socialrevolucionarios de izquierda, decidió fundir su comité ejecutivo junto con el CEC de diputados obreros y soldados. Esta decisión fue recibida con alivio y júbilo por los Bolcheviques y los trabajadores en general: se había alcanzado la unidad, al menos desde abajo, aunque ésta no contase con la intelligentsia de izquierdas, alineada mayoritariamente con los socialistas moderados (ahora bien, ha de resaltarse, que los Mencheviques, a diferencia de los eseristas, no se levantaron en armas contra el gobierno de los soviets).

Este es por tanto el significado del “se atrevieron”, como legado de Octubre. Los Bolcheviques, como genuino partido de los trabajadores, actuó de acuerdo a la siguiente máxima: “Fais ce que dois, advienne que pourra” (Haz lo que debas, que acontezca lo que se pueda). Trostky pensaba que esta máxima debía guiar el hacer de todo revolucionario 2/ . He tratado de demostrar que este reto no se aceptó a la ligera y que los Bolcheviques no eran aventureros temerarios. Temían la guerra civil, trataron de evitarla, y si ello no fue posible, al menos trataron de limitar su severidad y ganar cierta ventaja en ella.

En un ensayo escrito en 1923, el líder Menchevique, Fedor Dan, explicó el rechazo de su partido a romper relaciones con las clases propietarias incluso después del golpe de Kornilov. El motivo era que “las clases medias”, esa parte de la “democracia” que no se encontraba representada en los Soviets (Dan hace referencia a un profesor, a un cooperativista, al alcalde de Moscú,…) no iba a apoyar una ruptura con las clases propietarias – estaban convencidos de que el país era ingobernable sin ellos – ni iba a considerar, bajo ningún concepto, participar en un gobierno junto con los bolcheviques. Dan continuaba así:

Entonces -teoréticamente- sólo quedaba un camino para una inmediata solución a la coalición [con representantes de las clases propietarias]: la formación de un gobierno en conjunto con los Bolcheviques -una que no sólo no iba a contar con la democracia que no se hallaba representada en los soviets, sino que también iría en contra de ella. Considerábamos que ese camino era inaceptable, dada la postura bolchevique de aquel periodo. Comprendimos perfectamente que adentrarse en ese camino suponía adentrarse en el camino del terror y la guerra civil; es decir, hacer todo lo que los Bolcheviques se vieron forzados posteriormente a hacer. Ninguno de nosotros sentía que podía asumir la responsabilidad de esas políticas que nacerían de un gobierno de no-coalición” 3/.

La postura de Dan puede ser contrastada con la de una figura extraña de los socialistas moderados, V.B Stankevich (que había sido comisario en el frente durante el gobierno provisional). En una carta fechada en febrero de 1918 y dirigida a sus camaradas de partido, escribió:

“Debemos constatar que, a estas alturas, las fuerzas del movimiento popular se encuentran del lado del nuevo régimen…

“Hay dos vías abiertas a los socialistas moderados: proseguir en su lucha irreconciliable contra el gobierno, o ser una oposición pacífica, creativa y leal… ¿Pueden las viejas fuerzas dirigentes afirmar que, a día de hoy, han adquirido la experiencia suficiente para gestionar la tarea de dirigir el país, una tarea que no se ha vuelto más sencilla sino más difícil? En realidad, no tienen programa alguno que oponer al bolchevique, y una lucha sin programa no es mejor que las aventuras de los generales mejicanos. Pero es que incluso si la posibilidad de crear un programa existiese, debéis comprender que no tenéis las fuerzas para ejecutarlo. Para derrocar a los Bolcheviques necesitáis, si no es formalmente al menos de hecho, el esfuerzo unificado de todas las fuerzas opositoras, desde los eseristas hasta la extrema derecha. Pero, incluso dándose dicha condición, los Bolcheviques seguirían siendo más fuertes…

“Sólo hay un camino posible: el camino del frente popular unido, del trabajo nacional unido, de la creatividad en común…

“¿Mañana qué? ¿Se continúa con los intentos inútiles, sin sentido y esencialmente aventureros de tomar el poder? ¡O trabajamos en conjunto con la gente esforzándonos de forma realista a ayudar en resolver los problemas que Rusia afronta, problemas que están vinculados con la lucha pacífica en pro de principios políticos eternos, en pro de unas verdaderas bases democráticas para gobernar el país!” 4/.

Dejo en manos del lector decidir qué postura tuvo más mérito. No obstante, uno puede argumentar convincentemente que el rechazo a atreverse de los socialistas moderados contribuyó al desenlace que clamaban temer.

Desde octubre 1917, la Historia está repleta de ejemplos de partidos de izquierda que no se atrevieron cuando debieron hacerlo. Por ejemplo, el Partido Social Demócrata Alemán en 1918, los socialistas italianos en 1920, la izquierda española en 1936, los comunistas franceses e italianos en 1945 y 1968-69, la Unidad Popular en Chile entre 1970-73, y más recientemente Syriza en Grecia. Lo que quiero decir no es, por supuesto, que fallaron al organizar una insurrección en algún momento en particular, sino más bien que rechazaron desde el comienzo adoptar una estrategia cuyo objetivo principal fuese arrebatar el poder económico y político a la burguesía, una estrategia que requiere necesariamente, en algún momento, una ruptura revolucionaria con el Estado capitalista.

A día de hoy, cuando las alternativas a las que se enfrenta la humanidad están tan polarizadas, cuando, más que nunca, las únicas opciones reales son el socialismo o la barbarie, cuando el futuro de la civilización está en juego, la izquierda debe inspirarse de Octubre. Esto significa que, a pesar de las derrotas históricas sufridas por la clase obrera y las fuerzas sociales aliadas a lo largo de las pasadas décadas, se debe denunciar como ilusorio cualquier programa que quiera restaurar el Estado de bienestar keynesiano o quiera volver a una socialdemocracia genuina. Un programa así en el capitalismo contemporáneo está condenado a fracasar y a ser un agente desmovilizador. Atreverse significa hoy desarrollar una estrategia cuyo objetivo final sea el socialismo y aceptar que ese objetivo va a implicar necesariamente, en un momento u otro, una ruptura revolucionaria con el poder económico y político de la burguesía, y junto a ellos, con el Estado capitalista.

David Mandel, politólogo e historiador marxista especializado en Rusia y Ucrania, es profesor de la Universidad de Quebec en Montreal, Canadá, y editor de la revista bilingüe, en ruso e inglés, Alternatives. Es autor de The Petrograd Workers in the Russian Revolution, Brill-Haymarket, Leiden and Boston, 2017.

http://www.bitacora.com.uy/auc.aspx?9411,7

Traducción:Pablo Muyo Bussac,

de http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article42404

Notas:

1/ K. Marx, “Afterword to the Second Edition of Capital. vol. I, International Publishers, N.Y., 1967, p. 17.

2/ Trotsky, L., My Life, Scribner, N.Y., 1930, p. 418.F.

3/ I., Dan, “K istoriiposlednykhdneiVremennogopravitel’stva, Letopis’ Russkoirevolyutsii, vol. 1, Berlin, 1923 (https://www.litres.ru/static/trials/00/17/59/00175948.a4.pdf)

4/ I.B. Orlov, “Dvaputistoyatperednimi …” Istoricheskiiarkhiv, 4, 1997, p. 79.

El movimiento trotskista internacional y las revoluciones de posguerra: un análisis de sus (re) lecturas teóricas y programáticas (1944-63)

por Marcio Lauria Monteiro

La Cuarta Internacional fue fundada en 1938 por León Trotsky, luego del abandono de la condición de la fracción externa que la Oposición de Izquierda Internacional mantuvo ante la Comintern hasta 1933 y su opción de tornarse un nuevo partido internacional. Mas, desde su fundación, ella se encontraba bastante frágil, una vez que prácticamente toda la dirección de la antigua Oposición fuera asesinada por los stalinistas a lo largo de la década de 1930, teniendo León Trotski el mismo destino en 1940. Así, sumando un frágil liderazgo a las duras condiciones impuestas por la Segunda Guerra Mundial, la nueva internacional, en la práctica, dejó de existir durante el comienzo de los años 1940, viniendo a ser reorganizada entre los años 1944-48, a partir de la suma de los esfuerzos de una nueva generación de jóvenes militantes europeos con los del liderazgo del Socialist Workers Party (SWP) de los EEUU y otros veteranos.

Sin embargo, la forma como el liderazgo del SWP procedió en esa reorganización de la Cuarta Internacional fue marcada por medidas que tenían por objeto imponer al resto de la organización sus previsiones de que ocurriría una profunda crisis económica mundial y de que se abriría un período revolucionario. Para tal situación, ella condujo a la nueva dirección internacional a aquellos que concordaban con tal posición y, en respuesta a las intensas polémicas que surgieron en torno de ellas, tomó una serie de medidas, entre ellas las expulsiones y la modificación de los estatutos de la organización internacional para instituir el llamado “centralismo de organismo” (la exigencia de que los miembros de los organismos dirigentes se comportasen de forma unitaria ante el resto de la organización) y una serie de maniobras para forzar una mayoría artificial en el 2º Congreso Mundial (1948)1.

Además de esos conflictos del período 1944-48, la situación se agravó todavía más cuando la expansión soviética en el Este europeo, la ruptura Tito-Stalin y la Guerra de Corea dieron inicio a nuevas y profundas discordancias entre los trotskistas a lo largo de los años 1950-60. Los principales debates giraron entorno de la posibilidad o no de un “giro revolucionario” por parte del stalinismo ante la feroz Guerra Fría; y de la eclosión de revoluciones sin la presencia de un partido socialista revolucionario ante  ellas, con un programa nacional-democrático, con predominio de fuerzas sociales localizadas en el sector agrario de la economía, sin la presencia de órganos de poder político / autogobierno de las clases dominadas (soviets) y que han tenido lugar particularmente en los países periféricos.

El destino del trotskismo a lo largo de este período de intensos conflictos de clases que siguió hasta el final de la Segunda Guerra fue dramático, una vez que el movimiento permaneció incapaz de romper su aislamiento y popularizarse como referencia política. Al contrario, los trotskistas pasaron por un creciente proceso de fragmentación, en gran parte influenciado por las agudas polémicas internas. La fragmentación tuvo naturaleza organizativa y política, dando origen a una serie de “troncos históricos”, a partir de los cuales las vertientes pasaron a diferenciarse, siendo muy difícil definir qué es el trotskismo en los días de hoy.

El objetivo de este artículo es lanzar alguna luz sobre la larga crisis del movimiento trotskista internacional entre 1944 y 1963, presentando un mapeo de algunas de las transformaciones de su marco teórico-programático ante los complejos desafíos políticos de la posguerra – particularmente a partir de la expansión soviética en el Este Europeo, de las Revoluciones Yugoslava, China, Cubana y del proceso de independencia argelino – transformaciones que involucraron una creciente diferenciación de análisis y posicionamientos, con base en (re) lecturas divergentes acerca del tema. 

 

Las narrativas predominantes y la cuestión del “revisionismo pablista” 

 

Son raros los trabajos que abordan la historia del movimiento trotskista desde su ámbito internacional. Los pocos que lo hacen, escriben, en gran parte, tentativas de “historias oficiales” de determinado “tronco histórico”, buscando legitimar su existencia frente a los demás. Frecuentemente, tales narrativas están repletas de omisiones o distorsiones, además casi no presentan fuentes suficientes como para basarse. No obstante, son ellas las que son utilizadas con mayor frecuencia como referencia por investigadores que se dedican a escribir la historia de los varios grupos nacionales que componían y/o componen el movimiento trotskista – lo que ha sido el formato más usual de las investigaciones académicas sobre el asunto.

Independientemente de las diferencias entre esas narrativas, para explicar el comienzo de la crisis y la fragmentación del trotskismo, suele predominar el período 1951-53 y las divergencias surgidas ante las revoluciones que ocurrieron en la secuencia de la Segunda Guerra Mundial, con destaque para la querella en torno al llamado “pablismo” (o “revisionismo pablista”). Es a partir de la ruptura ocurrida en 1953 que usualmente son estructuradas las dos explicaciones y líneas narrativas principales, que disputan la memoria e historia del trotskismo.

Michel Pablo, pseudónimo de Michalis Raptis, fue un dirigente encumbrado en la dirección internacional por intermedio del SWP, tornándose el Secretario General de la Cuarta Internacional en 1946. El período 1951-53 en el interior de la organización fue marcado por intensos conflictos en torno a las posiciones que este dirigente presentó en el contexto de la Guerra Fría, bien como los métodos utilizados por él para consolidarlos en el interior de la Cuarta Internacional, patentados por maniobras burocráticas basadas en “nuevos estatutos”. Estos métodos incluyeron, en particular, la imposición del “centralismo de organismo” a las minorías de los órganos dirigentes, la interferencia de la dirección internacional en la composición de los liderazgos nacionales, la suspensión de opositores, el fomento de tendencias desleales, etc.

Conforme se detallará más adelante, suponiendo que una inminente Tercera Guerra Mundial forzaría las direcciones comunistas orientadas por la URSS a efectuar un “giro revolucionario”, Pablo defendió, teniendo como base una división entre “mundo capitalista” y “mundo socialista”, la transformación del trotskismo en un “ala izquierda” del stalinismo. Porque su orientación concluía por la disolución de los trotskistas en el interior de los Partidos Comunistas, acompañada del “enmascaramiento” de su programa político (movimiento que quedaría conocido por “entrismo sui generis”). De esa forma, Pablo y sus aliados más próximos adoptaron posiciones que se alejaban de algunos de los presupuestos más básicos de la razón de ser de la Cuarta Internacional, en particular la política de diferenciación con relación a organizaciones caracterizadas como reformistas o stalinistas, como forma de llevar adelante revoluciones socialistas victoriosas; y la idea de que la regeneración democrática de la URSS sería resultado de una “revolución política” esencialmente anti-stalinista y pro-socialista2.

Las divergencias con esas ideas y con los métodos utilizados por Pablo para imponerlas culminaron en 1950, en la expulsión de dirigentes trotskistas ingleses (Ted Grant, Jock Haston y Bill Hunter), y en 1952, en la ruptura de la mayoría de la sección francesa (Parti Communiste Internationaliste, PCI) con relación a la Cuarta Internacional3. En el período posterior a la realización del 3º Congreso Mundial de la Cuarta Internacional (1951), en el cual las posiciones “pablistas” fueron formalmente aprobadas, el choque entre la mayoría (“pablistas”) y la minoría (“anti-pablistas”) creció al punto de haber culminado, a fines del año 1953, en nuevas rupturas. Este proceso dio origen a una fracción pública nombrada por Comité Internacional (CI) y que no reconocía la autoridad de Pablo y del Secretariado Internacional (SI, entonces el órgano dirigente máximo de la Cuarta Internacional).

Lanzado por el SWP de los EEUU, el CI contó con los expurgados franceses (PCI La Verité) y la mayoría del grupo inglés (denominada The Club, nombre informal del grupo que actuaba en el interior del Labour Party de forma no pública); de la mayoría de la sección canadiense; de las secciones china y suiza; y, posteriormente, de grupos de Argentina, Chile y Perú agrupados en el Comité Latino Americano del Trotskismo Ortodoxo (más tarde rebautizado “Secretariado”, SLATO). También se aproximó al CI, mas sin adherir formalmente, la escisión de la sección boliviana liderada por Guillermo Lora (POR Masas).4

No habiendo tenido éxito inmediato en su intención de posponer el 4º Congreso Mundial (previsto para 1954) y remover a Pablo del cargo de Secretario General, para que las discusiones pudieran darse democráticamente, el CI se mantuvo formalmente en la condición de fracción pública hasta 1963, cuando parte de sus miembros retornaron a la Cuarta Internacional, originando lo que pasó a ser conocido como Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional (SU). Frente al surgimiento del SU, los demás grupos de la fracción, que ya completaban diez años de existencia, respondieron proclamando al CI como embrión de un nuevo “partido internacional”, que vendría a sustituir la Cuarta Internacional, considerada “degenerada” por ellos.

De ese proceso de disidencia entre los miembros del CI, surgieron dos narrativas históricas. Las líneas narrativas asociadas al sector recién retornado al SI de Pablo (rebautizado de SU) afirman que la realidad de la posguerra habría presentado formas “no puras” de revoluciones, que diferían de aquellas defendidas originalmente en la Cuarta Internacional y en la elaboración original sobre la transición al socialismo contenida en la teoría de la revolución permanente de Trotski. Mientras el sector mayoritario de la dirección internacional habría hecho las adaptaciones programáticas necesarias a esos fenómenos, el sector minoritario habría actuado de forma dogmática y sectaria, al negarse a lidiar con aquello que escapaba a sus fórmulas pre-concebidas. El retorno de parte de los sectores del CI, en 1963 (formando el SU) era visto como un proceso de “corrección de la política”, en particular después de las experiencias de las revoluciones argelina (1954-62) y cubana (1959-60), fenómenos muy importantes para esta reaproximación.

Esa línea se expresa, por ejemplo, en las narrativas escritas por Pierre Frank y Daniel Bansaïd, ambos importantes dirigentes del SI / SU, cuyas obras consisten en una evaluación de la historia del movimiento trotskista desde el punto de vista del sector mayoritario de esas organizaciones. A pesar de sus pequeñas diferencias sobre cuáles fueron los éxitos y los errores en relación con las posiciones y los análisis adoptados durante los años 1950-60 – diferencias que fluyen del giro del SU en los años 1980 (su adhesión explícita a una estrategia de transición socialista a través de reformas) – siguen siendo verdaderas “historias oficiales”, difundidas por diferentes grupos vinculados a ese sector del movimiento trotskista internacional.5 Ya las líneas narrativas asociadas a los grupos del CI que no optaron por participar de la formación del SU, ven la “corrección política” realizada por el sector mayoritario de la dirección internacional como un “revisionismo” nocivo, que diluía la importancia del partido marxista como el elemento consciente necesario al triunfo de la revolución socialista, y que la llevó a capitulaciones oportunistas. Ese revisionismo frecuentemente llamado “pablismo” y que habría sido impuesto a la Cuarta Internacional en forma de maniobras burocráticas y de interferencia autoritaria en la vida interna de sus secciones nacionales – habiendo forzando la ruptura de los críticos, como una forma de poder continuar trabando su lucha política oposicionista. Así, la salida de parte de los grupos del CI para formar el SU en 1963 es vista por algunos como una “capitulación” tardía al “revisionismo pablista”.

Esa línea se expresa, por ejemplo, en la narrativa escrita por David North, que constituye una evaluación de la historia del movimiento trotskista desde el punto de vista del sector del CI que originalmente estaba asociado con su grupo inglés, lo cual se convirtió en el dominante después de 1963, permaneciendo así hasta mediados de los años 1980. También se expresa parcialmente en narrativas asociadas a grupos que pasaron por las filas del CI en algún momento, como lo escrito por Jean-Jacques Marie, que es el principal historiador de la tradición “lambertista”, y los escritos de Mercedes Petit y Alicia Sagra, ambas asociadas a la tradición “morenista”.6

Cabe señalar que hay otras líneas narrativas de menor visibilidad, como la asociada con la tradición de Tony Cliff (pseudónimo de Yagel Gluckstein) y la revista International Socialism. Según su explicación, el origen de la crisis del movimiento trotskista está enraizado en la adhesión “dogmática” a ciertos pronósticos hechos por Trotski (particularmente la inminencia de una revolución mundial) y, sobre todo, a su caracterización de la URSS como un “Estado obrero” (burocráticamente degenerado) – cuando en realidad, de acuerdo con Cliff, se trataba de una formación social de tipo “capitalismo de Estado”. La aplicación de esa categoría, de “Estado obrero”, a las formaciones sociales originadas por las revoluciones de la posguerra condujo, según Cliff, a una capitulación al stalinismo y a un abandono de la noción marxiana de la revolución social como “auto-emancipación del proletariado”. Por lo tanto, el SS / SU, como el CI, según esa línea narrativa, se perdieron analítica y programáticamente debido a su adhesión al trotskismo de antes de la guerra. De esta manera, la tradición “cliffista” frecuentemente se presenta más como un “retorno” al marxismo que como trotskista. Esta línea narrativa se expresa, por ejemplo, en los escritos del propio Cliff y en el del actual líder del presente grupo principal “cliffista”, el SWP inglés (que no debe confundirse con el SWP estadounidense), Alex Callinicos.7

Por más que todas esas líneas narrativas contengan elementos de verdad sobre las disputas que llevaron a la creciente fragmentación del movimiento trotskista, ellas son muy marcadas por omisiones, distorsiones, explicaciones superficiales y presentan poca documentación. Lo que correctamente todas tienen en común, es el reconocimiento de la centralidad de las revoluciones de posguerra para la crisis del movimiento trotskista, una vez que sus peculiaridades escapaban a la “regla” prevista en las elaboraciones originales. Sin embargo, como el SU se presentaba como la continuación directa de la Cuarta Internacional, la crisis del movimiento trotskista era vista por sus miembros como meras rupturas aisladas de grupos “sectarios”. Ya por parte de sus críticos, que buscaban afirmar que el sector mayoritario de ese movimiento “se perdiera”, bien como diferenciarse de las demás divisiones, hay muchos artículos y folletos con un foco casi exclusivo en la cuestión del “revisionismo pablista”. A pesar de haber sido centrales en las disputas que provocaron la escisión de 1953, las ideas más particulares de Pablo tuvieron impacto temporal limitado.

Ya a mediados del año 1954, con el enfriamiento del clima de intensa polarización internacional entre URSS y EEUU y, consecuentemente, de los discursos radicales asumidos por algunos PCs al rededor del mundo en los años anteriores, él se vio en dificultades para sustentar sus previsiones de una inminente Tercera Guerra Mundial y de un “giro revolucionario” por parte de las direcciones stalinistas.8

Además de eso, es importante destacar que los análisis y posicionamientos delineados por muchos “anti-pablistas” tenían elementos fundamentales en común con las de aquellos que ellos mismos denunciaban como “revisionistas”. Teniendo tales hechos en vista, es problemático que se reduzca la crisis del trotskismo al “revisionismo pablista” y a los embates del período 1951-53 – como si Pablo y sus aliados más próximos, bajo el impacto de los complejos desafíos políticos de la posguerra, hubiesen sido los únicos en realizar una profunda relectura del marco teórico-programático original del movimiento trotskista o, por otro lado, como si sus adversarios fuesen meramente “sectarios”, que no habían entendido tal coyuntura.

El cuadro verdadero es mucho más complejo. El estudio cuidadoso de la historia del movimiento trotskista en la posguerra demuestra que una profunda confusión teórica y analítica se propagó entre sus miembros, sorprendidos ante la vitalidad de las direcciones comunistas alineadas con la URSS ante las masas europeas al fin de la guerra, por la expansión soviética en el Este Europeo y por la eclosión de procesos revolucionarios que lograron expropiar política y económicamente a las clases dominantes en algunos países, estableciendo nuevas formaciones sociales no capitalistas, sin que tuviesen por delante, partidos que los trotskistas consideraban socialistas revolucionarios. Así, para comprender de forma más profunda la crisis de ese movimiento, es esencial que se vaya más allá del conflicto en torno a las ideas más particulares de Pablo. Es necesario detectar los elementos que componen el “núcleo” de tales ideas, habiéndolas originado y a ellas sobrevivido a lo largo de las décadas siguientes, cuando las previsiones más inmediatas de Pablo se mostraron equivocadas. Sólo así se puede tener noción de las (re) lecturas operadas por él y por otros en relación a determinados aspectos centrales en el marco teórico-programático original del movimiento trotskista, como una tentativa de responder a esos nuevos y complejos fenómenos de la lucha de clases.

De la misma forma, es esencial que se vaya más allá de la comprensión de los opositores de Pablo como simples negadores de sus ideas más particulares y se analice de manera más detenida la forma de cómo ellos mismos comprendían el contenido de este marco – y cómo es que algunos de ellos también operaron considerables (re) lecturas. Sin que se proceda de esta manera, es imposible que se comprenda como surgieron tantos “trotskismos” tan diferentes unos con otros a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.

A partir del análisis de diversas fuentes, comprendidas en el período de 1944-63, la conclusión a la que se llegó es que en realidad ambos lados operaron relecturas de aspectos centrales de determinado marco original, en la tentativa de comprender y posicionarse ante revoluciones que entonces ocurrían, dotadas de importantes peculiaridades frente a aquello que se esperaba a partir de la teoría de la revolución permanente. Y, en muchos aspectos, compartieron determinadas relecturas, todavía llegando a diferentes conclusiones prácticas. Así, para comprender de forma más profunda cómo el trotskismo llegó a la actual fragmentación y considerable diferenciación, se hace necesario mapear sus análisis y debates sobre las revoluciones de la posguerra. Tales análisis y debates lidiaban principalmente con la caracterización de la fuerza política que estuvo al frente de las revoluciones victoriosas del período, esto es, si el stalinismo era contrarrevolucionario “de pies a cabeza”; si poseía una naturaleza “dual” y “contradictoria”; si se había tornado “objetivamente revolucionario” bajo las condiciones de la Guerra Fría. Lidiaban también con el sentido de la teoría de la revolución permanente – si un postulado sobre la imposibilidad de revoluciones socialistas en las cuales los trotskistas no fuesen el sujeto político y el proletariado el sujeto social; si era una teoría que habría sido plenamente “confirmada” por los eventos de la posguerra; si era una teoría que necesitaría ser “actualizada” o “corregida” a la luz de esos eventos. Y lidiaban todavía con la transición al socialismo – si era posible (y/o necesario) un régimen “intermediario”, de transición entre capitalismo y dictadura del proletariado. Por más que esto ocurriera inmediatamente después a la posguerra, importantes polémicas habían sido llevadas a cabo por los trotskistas, los debates en torno de esos tres puntos, ocurridos a lo largo de los años 1948-63, que moldearon de forma más fundamental algunos de sus principales “troncos históricos” actualmente existentes. A lo largo de los años 1960-70 también fueron realizadas importantes discusiones (por ejemplo, acerca de la viabilidad de la “vía armada”), mas, en buena parte, el núcleo de esos “troncos” ya estaba determinado por sus análisis delineados a lo largo de los años anteriores. Y en gran parte, se puede afirmar lo mismo sobre la forma como ellos analizaron y se posicionaron ante las contrarrevoluciones (restauraciones capitalistas) ocurridas en el “bloque soviético” al final del siglo.

Sin embargo, cabe resaltar que también es imposible alcanzar una comprensión profunda acerca de la crisis del movimiento trotskista internacional sin una dimensión social de su historia. Así, es necesario reconocer que el presente trabajo no consigue explicar por entera la crisis del movimiento trotskista, siendo antes una contribución para tal tarea, que sigue en abierto. Al mapeo y a la sistematización de las diferentes (re) lecturas del marco teórico-programático original de la Cuarta Internacional, aquí presentados, que fueron hechas bajo el impacto de las revoluciones de la posguerra, se hace necesario sumar también un análisis detallado de las diferentes presiones que actuaban sobre (al menos) sus principales secciones nacionales de la posguerra – la norte-americana, la francesa y la inglesa – en el sentido de explicar mejor lo que originó esas diferentes (re) lecturas. Pero esa tarea necesita constituirse como una agenda para la articulación entre diferentes investigadores(as), no como un esfuerzo individual. 

 

El marco teórico-programático original y las peculiaridades de las revoluciones de la posguerra 

 

En la elaboración de su teoría de la revolución permanente, uno de los principales pilares teóricos de la Cuarta Internacional, Trotski concluía que era imposible la realización de una revolución democrático-burguesa en la época imperialista, debiendo ser realizadas las tareas nacional-democráticas a través de una ligación orgánica con las socialistas, teniendo al proletariado como sujeto social de la revolución y al partido marxista como sujeto político.

Esa conclusión se derivaba de la comprensión de la economía capitalista constituyendo una totalidad y del carácter desigual y acordado del desarrollo capitalista de ahí derivado. Pues las formaciones sociales de industrialización “tardía” o “hipertardía” fueron penetradas y moldeadas por los capitales imperialistas previamente existentes, de forma que sus burguesías nativas nacieron en situación de dependencia para con estos, bien como para con las viejas elites agrarias locales, con las cuales se mezclaron. Por lo tanto, esas burguesías no sólo no estarían interesadas en la implementación del programa nacional-democrático de las revoluciones burguesas “clásicas” (entendiéndose estas como, reforma agraria, independencia nacional y democracia), también serían estructuralmente incapaces de realizarlo. Entonces, le correspondería al proletariado realizar tales tareas – una vez que el campesinado fuera una clase heterogénea para ser capaz de una acción política independiente. Mas, al hacerlo, se contrapondría directamente con los intereses de esa burguesía y de los capitales imperialistas, necesitando expropiarlos para efectivamente implementar tal programa. De esa forma, las demandas nacional-democráticas acabarían mezclándose con las socialistas en un proceso de transformación permanente – que inclusive precisaría continuar interna e internacionalmente después de la revolución, como parte de la transición rumbo al socialismo. Pero el proletariado, para ser victorioso en su acuerdo, necesitaría del firme liderazgo de un partido marxista, orgánicamente vinculado a tal clase.9

Por más que Trotski haya contemplado la posibilidad de que “bajo la influencia de una combinación de circunstancias excepcionales (guerra, derrota, quiebra financiera, ofensiva revolucionaria de las masas etc.), los partidos pequeño-burgueses, incluidos ahí los stalinistas, pueden ir más lejos de lo que querían en el camino de la ruptura con la burguesía”, continuó defendiendo la centralidad de la necesidad del protagonismo proletario y del partido marxista en la revolución – inclusive ante esos posibles casos excepcionales, que no deberían ser tomados como modelo. En sus palabras, “Todo depende del proletariado, es decir, de su vanguardia revolucionaria La crisis histórica de la humanidad se reduce a la dirección revolucionaria”.10

Trotski abordó, sin embargo, otra posibilidad excepcional de transformación social, en que el papel del sujeto político previsto en su teoría también sería relativizado en la práctica (pero no su necesidad). En el contexto de la división de Polonia entre Alemania y la URSS (1940), él levantó la posibilidad de una expansión “burocrático-militar” de la formación social soviética en sus regiones limítrofes, que culminó con la expropiación de la burguesía en esos países a partir de procesos tutelados, para que “el régimen de los territorios ocupados [estuviese] de acuerdo con el régimen de la URSS”. Pero advirtió que el criterio político central de la Cuarta Internacional para posicionarse ante tal posibilidad no debería ser la transformación de las relaciones de propiedad, mas sí “la mudanza en la consciencia y organización del proletariado mundial”.11

La mayoría de los procesos revolucionarios que tuvieron lugar en la posguerra ocurrieron en países de la periferia del sistema capitalista, en los cuales el proletariado urbano era poco numeroso – reflexionando una industrialización todavía incipiente – y en los cuales una masa asalariada rural, muchas veces mezclada a las camadas pobres de los campesinos, constituía todavía la mayor parte de la población. Todos comenzaron como procesos cuyas pautas eran nacional-democráticas, y no socialistas. Y, a pesar de sus particularidades, todos poseían una serie de peculiaridades en común que se contrastaban con lo previsto por la teoría de la revolución permanente, aunque la hayan confirmado en algunos de sus aspectos más generales. Ellos tuvieron, como sujeto social principal, la fuerza de trabajo rural. A penas en algunos casos minoritarios el derrocamiento del poder burgués fue acompañado de insurrecciones por parte del proletariado urbano – y, aun en esos casos, se desempeñó un papel secundario en el proceso general. Esa fuerza rural era compuesta de forma heterogénea por el proletariado rural, por pequeños propietarios productores y por una abundante masa de productores arrendatarios y de ex-campesinos recién-expropiados y socialmente desarraigados por el avance de las relaciones capitalistas en el campo.12 Y tuvieron en cuanto sujetos políticos, a organizaciones que no defendían en sus estrategias algo además del programa nacional-democrático, por lo cual el referido sujeto social se movilizó.

Tales sujetos políticos fueron Partidos Comunistas, cuya lógica etapista los hacía atribuir un carácter “democrático-burgués” a las revoluciones que deberían ocurrir en la periferia capitalista, no poniendo al socialismo en el orden del día, o grupos que ni siquiera proclamaban adhesión formal a ideas socialistas y a la centralidad del proletariado como sujeto social revolucionario, teniendo carácter nacionalista y fuerte peso de la intelligentsia urbana de corte pequeño-burgués en sus filas y liderazgos (como en el caso de la Revolución Cubana). Además, en la mayoría de tales procesos no hubo institución de órganos de poder político / autogobierno de las clases dominadas (soviets), siendo que, en los casos en que esos surgieron en algún momento, fueron violentamente suprimidos por el liderazgo del proceso (como en Vietnam). Hay algunos casos (como en Cuba o Yugoslavia) donde fueron creados (de arriba para abajo) órganos que se han presentado como poder político de las masas, pero que no tenían poder real de (o sobre el) gobierno.

Al final, aquellos procesos que no fueron aplastados en su nacimiento, formaron, en el momento inmediatamente posterior a la destrucción del Estado burgués, gobiernos de coalición con representantes de la burguesía nativa y mantuvieron jurídicamente la propiedad privada. Pero, no obstante, aquellos que de hecho realizaron (algunas) de las tareas nacional-democráticas que se proponían – una minoría de los casos – sólo lo pudieron hacer a partir de la ruptura de esa coalición de colaboración de clases y de la expropiación de los capitales nativos e imperialistas – y aquí está la referida confirmación de algunos de los aspectos generales de la teoría de Trotski.

Al liquidar al capitalismo, dieron lugar a formaciones sociales que, en sus aspectos estructurales más generales, bien como en sus regímenes políticos, eran muy similares a la URSS. Y fue solamente en ese segundo momento del proceso revolucionario que los respectivos liderazgos adoptaron discursos socialistas, y no más nacional-democráticos o nacionalistas. Tales casos excepcionales tuvieron lugar en Yugoslavia (1944-48), Albania (1944-45, ignorada por los trotskistas de la época), China (1949-53), Corea del Norte (1946-49), Vietnam (1950-51 y 1975), Cuba (1959-60) y Laos (1975). A estos procesos, debe agregarse la expansión de la URSS en Este Europeo al final de la Segunda Guerra (1944-48), que transformó las relaciones sociales de la región de forma burocrático-militar, a través de la ocupación del Ejército Rojo / Soviético.13

 

Las secciones a seguir presentan un mapeo de cómo diferentes grupos del movimiento trotskista internacional reaccionaron a parte de esos eventos (aquellos comprendidos entre 1944-63) y cuáles fueron las (re) lecturas operadas por ellos para analizar, explicar y posicionarse ante los mismos.14

 

El sector mayoritario: transición gradual al socialismo y autorreforma  del stalinismo

 

De parte del sector mayoritario del movimiento trotskista – el SI y SU, liderados a lo largo del período aquí analizado por Pablo, Mandel, Pierre Frank y Livio Maitan, no conformando siempre un bloque unido15 – los principales análisis, explicaciones y posicionamientos para tales eventos giraron en torno a la introducción en el marco teórico-programático original de las nociones de la posibilidad de una transición gradual entre capitalismo y dictadura del proletariado y de que tal transición podría ser operada por sujetos políticos no marxistas (trotskistas).

Inicialmente (a lo largo de 1944-48), movida por la caracterización del stalinismo como intrínsecamente contrarrevolucionario, la mayoría de las direcciones de la Cuarta Internacional negaron que el Este Europeo hubiera dejado de ser capitalista, habiendo afirmado las tesis del 2º Congreso Mundial (1948), que tal región tenía una “estructura fundamentalmente capitalista”, siendo sus Estados burgueses y dotados de regímenes bonapartistas “en forma extrema”. Pero, desde la Conferencia Internacional de 1946 se encaraba que tal región pasaba por una transformación gradual de las relaciones sociales, las cuales (se decía) estaban siendo realizadas “burocráticamente a partir del tope, sin llamar a la conquista del poder por el proletariado”, a través de una integración “fría” de aquellos países a la Unión Soviética. A ese proceso se le nombró asimilación estructural.16

Esa tesis, de una alteración gradual que todavía no se había completado, sólo fue alterada a mediados del año 1950, a partir del entusiasmo que tomaron sectores de la Cuarta Internacional ante la “ruptura Tito-Stalin” (junio de 1948), expreso en el apoyo acrítico a Tito y su régimen17. Pues la mayoría del Comité Ejecutivo Internacional (CEI – órgano deliberativo del cual el SI era el brazo operativo), en especial Pablo, evaluó que tal ruptura significaba que el PC yugoslavo había dejado de ser un partido stalinista y se había tornado “centrista de izquierda”, evolucionando rumbo a tornarse revolucionario. Y después de intensa disputa en el interior del liderazgo, principalmente entre Pablo (que se tornó favorable a la mudanza de la caracterización) y Ernest Mandel (otro militante conducido a la dirección internacional por el SWP, que mantenía su evaluación sobre el supuesto proceso incompleto de “asimilación estructural”), se aprobó en el 8º Plenario del CEI, de abril de 1950, la caracterización de Yugoslavia como un Estado obrero y una dictadura del proletariado. Siguiendo a esa mudanza, se aprobó en el 9º Plenario, de noviembre de 1950, la resolución que reconocía la destrucción del capitalismo en el Este Europeo como un todo y clasificando las demás formaciones sociales de la región como Estados obreros burocráticamente deformados.18 

Pero la explicación final para la transformación del Este Europeo incorporó la tesis gradualista de la “asimilación estructural”, encarando que esta había ocurrido a lo largo del período de 1944-48. De forma semejante, se encaró que hubo un período intermediario entre capitalismo y dictadura del proletariado en Yugoslavia, entre 1944 y la ruptura con Moscú y con los representantes burgueses del gobierno provisorio, en 1948.19 Llevando en cuenta también la experiencia de la Revolución China, la mayoría del liderazgo internacional pasó a encarar que un PC que rompe con Moscú y / o va más allá de su programa nacional-reformador deja de ser contrarrevolucionario, tornándose centrista, y rumbo a tornarse revolucionario, debiendo ser apoyado críticamente por los trotskistas20.

Posteriormente, esa lógica de “apoyo crítico” fue extendida a grupos nacional-reformadores pequeños-burgueses con influencias de masas, como en los casos argelino y cubano. Y, a pesar del MNR boliviano (Movimiento Nacionalista Revolucionario), que asumió ser el poder a partir de la revolución de 1952, una formación claramente burguesa, aunque con un grupo con fuerte influencia sindical, fue así caracterizado por el liderazgo internacional para justificar el apoyo a su gobierno de la sección local.

Para sustentar analíticamente esas posiciones, Pablo, Mandel y el sector mayoritario del liderazgo internacional realizaron una relectura de la expresión “Gobierno Obrero y Campesino” para explicar los gobiernos de coalición con elementos burgueses formados en un primer momento de esos procesos revolucionarios. Así, ella fue utilizada para designar un “doble poder” al interior del Estado y para apuntar como tarea para los trotskistas el “apoyo crítico” a tales gobiernos, con la perspectiva de “empujarlos” a la destrucción del capitalismo y a la formación de Estados obreros21.

O sea, ellos transformaron lo que antes era un slogan de agitación (tradicionalmente utilizado en el léxico bolchevique y trotskista como un sinónimo para dictadura del proletariado22) en un concepto de régimen de transición entre capitalismo y dictadura del proletariado, que podría avanzar en la expropiación de la burguesía o retirarse para la consolidación del poder de esta. Además de eso, lo utilizaron como base para conferir apoyo político a regímenes diversos. En el referido caso de la Revolución Boliviana, el Partido Obrero Revolucionario puso su influencia dentro de la Central Obrera Boliviana a servicio del “ala izquierda” del gobierno del MNR, llevando a resultados trágicos)23.

En la guerra de la independencia de Argelia (1954-62), se apoyó la FLN (Front de Libération Nationale) y su gobierno24. Además de eso, en relación a los regímenes criados por los procesos yugoslavos y chinos, tal sector negó que hubiese en ellos una ausencia cualitativa de democracia, concluyendo que poseían solamente “deformaciones burocráticas”, que podrían ser reformadas a partir de presiones de izquierda sobre sus liderazgos – donde no haya defensa de una revolución política. De esa forma, descartaron la necesidad de construcción de un partido trotskista independiente, apuntando, a lo más, la perspectiva de formación de un “ala izquierda” al interior del partido al frente del régimen.25

La misma lógica, basada sobre la posibilidad de una “autorreforma” del stalinismo, fue después aplicada al caso cubano (1959)26.

Por fin, a pesar de haber reconocido la preponderancia de la fuerza de trabajo rural en esos tres procesos (definida de forma simplista como “campesina”), tal grupo mayoritario los consideró pura y simplemente como revoluciones proletarias, las cuales habrían confirmado plenamente la teoría de la revolución permanente, indicando no haber diferencia cualitativa entre los resultados deseados por los trotskistas y aquellos concretamente realizados. Así, dichos procesos fueron tomados como modelos para una vía más fácil al socialismo – a despecho de su excepcionalidad numérica ante varias otras situaciones explosivas que ocurrieron en el mismo período y de la ausencia de democracia proletaria y de orientación internacionalista de los regímenes criados.

Cabe destacar que, durante cierto tiempo (1951-54), predominó entre la mayoría del liderazgo internacional el análisis más particular desarrollada por Pablo, según la cual una inminente Tercera Guerra Mundial forzaría al stalinismo a operar un “giro revolucionario” mundo afuera, como forma de asegurar la sobrevivencia de la burocracia soviética. Además, esta supuestamente sería disuelta gradualmente luego de la revolución mundial, como fruto directo del desarrollo de las fuerzas productivas.

Luego, Pablo derivó la perspectiva de que el papel del trotskismo sería el de ser un “ala izquierda” de ese stalinismo tornado “objetivamente revolucionario”, inclusive adentrando los PCs a través del ocultamiento de partes de su programa y de su propia identidad trotskista (el “entrismo sui generis”, aplicado con resultados desastrosos en lugares como China).27

A pesar de que esas ideas más particulares de Pablo, comúnmente designadas por sus críticos del “revisionismo pablista”, hayan tenido vida corta (debido a la detención de mediados de los años 1950), ellas comparten el núcleo básico por detrás de las (re) lecturas operadas por ese sector mayoritario del movimiento. Núcleo caracterizado por la noción de que sujetos políticos “imperfectos” (stalinistas o “centristas”) pueden ser llevados a dirigir una revolución socialista, si son presionados por determinadas condiciones objetivas, debiendo los trotskistas apenas “guiarlos” y “empujarlos” para la izquierda, en lugar de intentar constituir un liderazgo alternativo de masas. Y también de que las burocracias de los Estados obreros de la posguerra podrían “autorreformarse” rumbo a una genuina democracia proletaria28.

Así, si no se puede hablar de “pablismo” para designar de forma precisa tal sector (una vez que las ideas más particulares de Pablo tuvieron vida corta), ciertamente se puede afirmar que él realizó una relectura de algunos de los puntos más esenciales de lo que era el trotskismo antes de la Segunda Guerra, originando una nueva estrategia. Esa estrategia fue formulada con base en la perspectiva de la posibilidad de que sujetos políticos “imperfectos” asciendan al poder vía movilizaciones de masas, formando “Gobiernos Obreros y Campesinos”, siendo “empujados” a crear Estados obreros. Ante lo que los trotskistas quedarían reducidos a un papel secundario, no deseando más el objetivo central de la Cuarta Internacional cuando refiere a su fundación – de ser la solución para la “crisis de dirección” del proletariado. Esa estrategia perduró hasta el giro reformista del SU, en los años 1980.

 

Los “anti-pablistas”: ausencia de análisis alternativos 

 

Los auto titulados “trotskistas ortodoxos”, o “anti-pablistas” – los sectores que inicialmente compusieron el Comité Internacional, como el SWP de los EEUU, la Socialist Labour League inglesa (SLL, nombre que asumió el The Club al dejar el Labour Party), el PCI-La Verité francés y el Secretariado Latinoamericano del Trotskismo Ortodoxo (SLATO) de Nahuel Moreno (pseudónimo de Hugo Bressano) – a pesar de su ruptura con los que los consideraban “revisionistas”, mantuvieron los mismos análisis desarrollados por ellos para explicar la transformación del Este Europeo y las Revoluciones Yugoslava y China. Esto es, PCs que dejaron de ser stalinistas por ir más allá de su programa nacional-reformista; existencia de regímenes transitorios entre capitalismo y dictadura del proletariado; posibilidad de revoluciones exitosas lideradas por sujetos políticos “imperfectos” y sujetos sociales no proletarios. Inclusive, compartieron momentáneamente el entusiasmo con Tito y el PC Yugoslavo (asunto acerca del cual los tres realizaron zigzags29). Por lo tanto, no contestaron de forma decisiva a la perspectiva de una nueva estrategia de transformación social gradual y liderada por no marxistas (trotskistas), adoptando posturas contradictorias sobre el tema. Pues, por un lado, no presentaron análisis alternativos a aquellos del sector mayoritario, por otro lado denunciaron, a partir de momentos diferentes, lo que veían como un “liquidacionismo” de los “pablistas” en relación al stalinismo, combatiendo la propuesta del “entrismo sui generis” y recusándose al “apoyo crítico” de los gobiernos chinos y yugoslavo, defendiendo, al contrario, la necesidad de una revolución política para instaurar una democracia proletaria, por considerar a ambos como Estados obreros burocráticamente deformados.

Fue esa la base de la formación del CI, en 1953 – sumada a la oposición a los métodos burocráticos de Pablo y de sus aliados (también se expresa a partir de momentos diferentes de cada uno).30 Mas algunos – como el SWP y SLATO – por no haber producido análisis alternativos para los casos del Este Europeo, Yugoslavia y China, llegaron a conclusiones semejantes a las de la mayoría del SI frente a procesos como el argelino – de “apoyo crítico” primero al MNA (“Movimiento Nacionalista Argelino”) y después a la FLN – y el cubano – de “apoyo crítico” al Movimiento 26 de Julio (M26J). Así, consideraron que tales fuerzas serían capaces de traer el socialismo a dichos países a partir de la construcción de “Gobiernos Obreros y Campesinos” que, posteriormente, se transformarían en Estados obreros. De ahí la reaproximación de esos sectores con el SI, que formó el SU en 1963.31

El SWP, bajo el liderazgo de Joseph Hansen en los años 1960, fue más allá, y se tornó cada vez más “castrista”, en el sentido de que su defensa de la Revolución Cubana y su apoyo político al régimen castrista se transformaron en su centro gravitacional, a punto que el partido paulatinamente haya abandonado a la defensa de una internacional trotskista y del propio trotskismo: a lo largo de la primera mitad de los años 1980, entonces bajo el liderazgo de Jack Barnes, el SWP pasó a defender la formación de una nueva internacional encabezada por las fuerzas castristas, a través del abandono de la teoría de la revolución permanente y su substitución por la perspectiva estratégica de construir “Gobiernos Obreros y Campesinos” en todo el mundo, como el primer paso necesario para la construcción de una dictadura del proletariado.32

Ya desde el SLATO, Nahuel Moreno realizó una síntesis que se presentaba como una revisión / actualización de la teoría de la revolución permanente y profesaba una estrategia de revolución en dos fases – una primera “inconsciente” (febrero) y una segunda “conscientemente socialista” (octubre). En la primera fase, marcada por el programa nacional-democrático y por la formación de gobiernos de coalición con la burguesía nativa, los trotskistas deberían apoyar los liderazgos “inconscientemente revolucionarios” del proceso e inclusive fundirse con ellos en la forma de un “Frente Único Revolucionario”, a fin de que fuesen más allá de su programa y rompiesen con la burguesía, permitiendo la transición para la segunda fase (socialista).33

Más tarde, a mediados de los años 1980, Moreno adjuntó a su revisión / actualización la noción de “revolución democrática triunfante”, según la cual la mudanza de régimen político dentro del Estado burgués constituye una “revolución de febrero” y, consecuentemente, puede ser la antesala de la revolución socialista. Siendo que tal proceso sería posible de tener como sujeto social a la burguesía liberal y como sujeto político a miembros del alto escalón del aparato militar burgués (como en el caso del General Bignone, en la transición argentina de 1983).34

A su vez, otros grupos del CI – como la SLL inglesa (liderada por Gerry Healy, Michael Banda y Cliff Slaughter) y el PCI-La Verité francés (liderado por Stéphane Just y Pierre Lambert) – a pesar de tampoco haber desarrollado análisis alternativos a aquellos heredados del período 1944-53, y de haber apoyado el MNA como siendo el “ala socialista” de la Revolución Argelina35, ante el caso cubano se contrapusieron a lo que vieron como una “capitulación” del SWP / SLATO / SI al M26J.

Ante la aproximación de sectores del CI con el SI, ellos pasaron a defender que la teoría de la revolución permanente significaba que una revolución sólo puede ocurrir bajo el liderazgo de un partido socialista revolucionario (trotskista). Sin embargo, el hecho de que ellos no desarrollaron explicaciones alternativas para los análisis gradualistas de los procesos revolucionarios anteriores hizo con que tuvieran dificultades en explicar el caso cubano, habiendo negado que ocurrieron mudanzas sociales cualitativas y afirmado que el país permanecía siendo una formación social capitalista. En ese sentido, la SLL caracterizó el gobierno del M26J como una “dictadura bonapartista capitalista” y el PCI como un “gobierno burgués fantasma” – siendo que ese modificó su caracterización después de casi dos décadas, en 1979, para “Estado obrero deformado”, cuyo origen fue explicado por la noción gradualista contenida en el nuevo concepto de “Gobierno Obrero y Campesino”.36 

 

Los análisis alternativos de algunos “anti-pablistas” olvidados

 

Existían otras posiciones entre los ni un poco homogéneos auto titulados “trotskistas ortodoxos” / “anti-pablistas”. Algunos sectores minoritarios – frecuentemente ignorados por la Historia – presentaron no sólo posicionamientos diferentes, sino que también análisis alternativos para las revoluciones de la posguerra. Fue el caso del sector mayoritario del Revolutionary Communist Party inglés (RCP), el único sector de la Cuarta Internacional que, en los años 1940, se enfrentó primero con la caracterización del Este Europeo como siendo capitalista y después con las nuevas tesis y relecturas desarrolladas para explicar la transformación de este y de Yugoslavia según una lógica gradualista (y también se enfrentó con el apoyo a Tito).

Luego de años de duros enfrentamientos con el liderazgo internacional, que demandaba un “entrismo profundo” del RCP en el Labour Party y que llegó a escisionar al grupo (desde ahí el origen del The Club), fue disuelto en 1949, tornándose parte del The Club, al interior del Labour Party, y tuvo su liderazgo original expurgado. Fue también el caso de dos tendencias que surgieron en momentos diferentes al interior del SWP de los EEUU, la “Tendencia Vern-Ryan” (del sectorial de Los Ángeles) y la “Tendencia Revolucionaria” (de los sectoriales de New York y de la Bay Area de San Francisco), que contestaron las credenciales “ortodoxas” y “anti-pablistas” del liderazgo del partido (James Cannon, Joseph Hansen, Murry Weiss, Farrel Dobbs). La primera, entre 1950-54, criticó la tesis gradualista utilizada para explicar los procesos del Este Europeo, Yugoslavia y China y el apoyo político dado a los dirigentes de esos dos últimos países, además de haberse opuesto a la línea adoptada ante la Revolución Boliviana, considerándola como “colaboración de clases”. Y la segunda, entre 1961-63, criticó el apoyo político al régimen cubano del M26J, la reaproximación acrítica del SWP con el SI y la política de no disputar el movimiento por los derechos civiles de los negros y negras y, al contrario, apoyar sus liderazgos no socialistas revolucionarios. No habiendo coexistido, lo que se puede afirmar, es que esos grupos gozaban de posicionamientos centrales en común, algunos de los cuales, inclusive, “heredados” de aquellos que los precedieron – posicionamientos que presentaban lecturas diferentes tanto de los trotskistas mayoritarios del SI / SU, como de los que supuestamente combatían el “revisionismo” de estos, desde una posición “ortodoxa” (SLL y PCI)37.

El RCP y la “Tendencia Vern-Ryan” criticaron la idea – inicialmente defendida por Mandel en 1948-50 y, después, por los “anti-pablistas” en los años 1950 – de que el stalinismo sería intrínsecamente contrarrevolucionario, afirmando que esta era un abordaje “unilateral” y que era de ella que venía la “capitulación” por parte de los “pablistas” (por considerar que un PC que dirige una revolución deja “automáticamente” de ser contrarrevolucionario) y criticaron la negación – por parte de los supuestos “trotskistas ortodoxos” / “anti-pablistas” – de las mudanzas sociales que tuvieron lugar las revoluciones dirigidas por los stalinistas (por considerar que era imposible una revolución sin marxistas / trotskistas como su sujeto político). De forma semejante, la “Tendencia Revolucionaria” criticó la afirmación de los supuestos “ortodoxos” que permanecieron en el CI después del año 1963 de que no habían ocurrido cambios sociales cualitativos en consecuencia de la Revolución Cubana.

En contraposición, rescataban los análisis de Trotsky sobre el “carácter dual” de la burocracia soviética para explicar lo que había ocurrido en el Este Europeo. Ya para explicar las Revoluciones Yugoslava y China, la “Tendencia Vern-Ryan” extendió esa caracterización del stalinismo al plano internacional, considerándolo centrista, al paso que la “Tendencia Revolucionaria” simplemente apuntó la posibilidad excepcional de un partido no-socialista revolucionario con base de masas y dirección pequeño-burguesa para dirigir una revolución, conforme ya constaba en el Programa de Transición (1938). Además, el RCP y la “Tendencia Vern-Ryan” negaron, vía la teoría de la revolución permanente, la posibilidad de existencia de regímenes sociales intermediarios entre capitalismo y dictadura del proletariado, apuntando que lo que ocurrió en las revoluciones de la posguerra fueron expropiaciones políticas “inconscientes” (no socialistas, mas deseosas de una conciliación imposible con la burguesía y el imperialismo), las cuales luego precisaron adentrarse en el terreno de las expropiaciones económicas para evitar la contrarrevolución (o fueran derrotadas por su vacilación en hacerlo). Y, aunque la “Tendencia Revolucionaria” haya recorrido al concepto de “Estado/régimen transitorio” para analizar el caso cubano, similar a la relectura de “Gobierno Obrero y Campesino” del sector mayoritario, los tres grupos negaron la posibilidad de transformaciones sociales anticapitalistas graduales. De esa manera, el RCP y la “Tendencia Vern-Ryan” analizaron la transformación del Este Europeo como fruto de una expansión burocrático-militar de la URSS, que expropió políticamente a la burguesía ya en 1944, aunque a penas en 1948 la haya eliminado formalmente del gobierno.

Según sus análisis, habría ocurrido una transformación cualitativa luego del fin de la guerra, no un proceso gradual de mudanza social. Y, los tres grupos, consideraron los procesos yugoslavos, chinos y cubanos como casos excepcionales, en los cuales la lógica objetiva forzara liderazgos no socialistas revolucionarios a ir más allá de sus programas, pues necesitaron expropiar política y económicamente las burguesías nativas y capitales imperialistas no apenas como única forma de realizar las demandas nacional-democráticas deseadas por las masas, pero esencialmente como forma de asegurar su existencia física en un contexto de guerra civil. Sin embargo, encararon que los liderazgos de los procesos que efectivamente expropiaron la burguesía no deberían ser apoyadas por los trotskistas, pues ellas habrían originado Estados obreros burocráticamente deformados, con un liderazgo contrario a la expansión internacionalista de la revolución y, efectivamente, contrarrevolucionario en el plan internacional. En base a esto, defendían la perspectiva de formación de partidos marxistas (trotskistas) capaces de liderar una revolución política para la instauración de regímenes de genuina democracia proletaria. Y no veían tales procesos como un modelo o regla que demandase una nueva estrategia revolucionaria, habiendo apuntado a la existencia de otros numerosos casos donde el camino seguido fue lo contrario – esto es, de la conciliación con la burguesía y el imperialismo a cuesta de las demandas nacional-democráticas y, consecuentemente, del socialismo.

Además, la “Tendencia Vern-Ryan” señaló el caso de la Revolución Boliviana de 1952 como prueba de que los “anti-pablistas” compartían las mismas desviaciones metodológicas fundamentales de los “pablistas”, puesto que tuvieron la misma posición y tuvieron responsabilidad compartida por la línea del POR. De ahí que las convergencias prácticas que ellos han tenido acerca del “apoyo crítico” al gobierno de coalición formado por el MNR (e incluso de manera más abierta, al “ala izquierda” de ese partido), lo que hizo con que la lucha por el poder proletario eliminada del orden del día.38

A pesar de esas importantes diferencias con los autodenominados “trotskistas ortodoxos”, cabe resaltar que esos sectores no cuestionaron la noción de que los sujetos sociales de muchos procesos revolucionarios de la posguerra fueron “campesinos pobres”, habiendo fallado igualmente en detectar las importantes mudanzas por las cuales pasó la fuerza de trabajo rural como consecuencia de la profunda expansión de capitales imperialistas para la periferia capitalista en la posguerra. Y fallaron también en detectar la participación proletaria en eses procesos – participación esa reducida, pero presente en el momento crucial de las expropiaciones económicas.

 

Otros dos análisis: Ted Grant (RSL / IMT) y Tony Cliff (IST)

Por último, deben ser mencionadas otras dos (re) lecturas. La que desarrolló Ted Grant durante los años 1960-70, cuando estaba la Revolutionary Socialsit Legue inglesa (RSL, después de su expulsión del The Club, en la secuencia de la disolución del PCR), y mantenida durante los años 1990, cuando él fue expulsado de la RSL y creó la International Marxist Tendency (IMT). Abandonando el análisis y las explicaciones que se desarrolló cuando en el liderazgo del PCR, Grant explicó las revoluciones de la posguerra a través del concepto de bonapartismo proletario, según el cual las “guerras campesinas” ocurridas en los países semi-coloniales, si fueran triunfantes, crearían regímenes bonapartistas basados en los “ejércitos campesinos” utilizados contra el Estado colonial. Esos regímenes se enfrentarían, entonces, con dos alternativas: la lucha contra la burguesía nativa y el imperialismo para lograr las tareas nacionales-democráticas, originando “Estados obreros bonapartistas”, o la represión de sus bases en un pacto con esas fuerzas, originando “Estados burgueses bonapartistas”.39

Aunque Grant veía a esos “Estados obreros bonapartistas” como “aberraciones temporales” y defendía la necesidad de revoluciones políticas para implementar regímenes de democracia proletaria, la fragilidad de los criterios subyacentes a esta tesis (la idea de que es posible una transición hasta un “Estado obrero” por opción de una burocracia sin vínculos de clase) lo llevó a reconocer “Estados obreros bonapartistas” en varios casos diferentes de conflictos militares ocurridos en la periferia capitalista, como Siria, Camboya, Angola, Mozambique, Etiopía, Somalia, Myanmar, Afganistán… y la lista continúa.40

En épocas más recientes, esta tesis llevó al IMT a un gran entusiasmo con el llamado “socialismo bolivariano”, teniendo su figura principal, Alan Wood, sirviendo como “consultor político” de Hugo Chávez durante muchos años. Ya Tony Cliff (también ex miembro del RCP inglés, expulsado de la Cuarta Internacional en 1950) – y la actual International Socialist Tendency (IST), que reivindica su herencia política –rechazó el concepto de “Estado obrero” para definir a la URSS, caracterizándola, en 1947, como una formación social de tipo capitalista de Estado, y argumentó que reconocer que “Estados obreros” se originaron en la posguerra por una vía que no era la de “la auto-emancipación del proletariado” llevaría necesariamente al “liquidacionismo pablista”. Por lo tanto, a principios de los años 1960, Cliff desarrolló la tesis de la revolución permanente desviada para explicar las revoluciones de la posguerra – una reinterpretación / actualización de la teoría de la revolución permanente según la cual, en ausencia de un liderazgo socialista revolucionario y de una movilización del proletariado urbano, algunos procesos de “guerra campesina” liderados por una intelligentsia urbana pequeño-burguesa y “estatista” habrían originado Estados burgueses independientes del imperialismo y basados en un sistema de capitalismo de Estado. En otras palabras, revoluciones burguesas-democráticas peculiares, las cuales habrían sido posibles a causa de la pérdida de importancia de las colonias por el imperialismo bajo un régimen de acumulación capitalista de tipo “guerra permanente” y la debilidad política coyuntural del proletariado en esos países.41

 

Conclusión 

 

Ciertamente la historia del movimiento trotskista internacional no termina con la reunificación parcial de 1963 y la formación del SU – esa apenas encierra uno de sus capítulos y abre otro nuevo. Mas, a pesar de los debates y análisis tejidos por los diferentes grupos acerca de eventos posteriores (en especial los debates sobre la vía guerrillera), componer parte esencial de esa historia, el marco teórico-analítico y programático utilizado por ellos y aquí presentado, fue fundamental.

Salvo excepciones puntuales, los debates que van de 1963 al final de los años 1970 no son propiamente teóricos, mas son concernientes centralmente a cómo aplicarlo debidamente, en el transcurrir de intensos conflictos de clases, aquellas ideas anteriormente formuladas entre 1944-63. Los desarrollos posteriores de ese movimiento, que culminaron en su creciente división organizativa, también están menos ligados a debates nuevos que a viejos debates aplicados a nuevos casos, bastante similares a aquellos “originales”, que constituyeron las matrices interpretativas elaboradas por cada grupo / “tronco histórico”. Así, sin descartar la importancia del período que va desde la reunificación de 1963 a los nuevos eventos explosivos de los años 1980 – las contrarrevoluciones capitalistas dentro del “bloque soviético”, las cuales constituyen todavía un nuevo capítulo decisivo de la historia del trotskismo – se puede afirmar que lo esencial para comprender ese primer largo capítulo de la posguerra (1944 a fines de la década de 1970) se encuentra en los debates y disputas ocurridas a lo largo de los años 1940-1960.

Conforme se vio, las revoluciones de la posguerra ocasionaron entre los trotskistas de la época una serie de diferentes relecturas acerca del marco teórico-programático original del movimiento, las cuales no siempre fueron explícitas. Sin embargo, los dos polos principales que se formaron, los cuales acabaron por consolidarse en 1953 en la forma de una Cuarta Internacional desfalcada y de un débil Comité Internacional con supuestas funciones de fracción pública, estaban lejos de ser bloques homogéneos y defensores de análisis y posicionamientos diametralmente opuestos, como dan a entender las diferentes narrativas todavía predominantes hoy en día.

Bajo las diferentes y poderosas presiones de producir respuestas para eventos políticos inesperados, al mismo tiempo en que se encontraban altamente aislados ante las fuerzas que pudieron superarlos internacionalmente en términos de visibilidad e influencia, la mayor parte de los trotskistas acabó por distanciarse del sofisticado marco teórico-analítico heredado de la preguerra, en especial de las contribuciones personales de León Trotsky.

Bajo tales presiones, sumadas a las presiones particulares a que cada grupo trotskista estaba sometido en su país, ellos substituyeron la necesidad del “análisis concreto de la situación concreta” por la pronta aplicación de diferentes fórmulas casi mecánicas, enyesando así tal contenido. Sin tomar en cuenta esos diferentes análisis y posicionamientos, fruto de presiones diversas, mas, sobretodo, de la necesidad de comprender fenómenos inesperados y en cierta medida genuinamente nuevos, es imposible entender cómo el trotskismo acabó por fragmentarse en “troncos históricos” muy distintos unos de otros. En gran parte, es de esos análisis y posicionamientos que vienen los orígenes de buena parte de ellos. Pero el rescate de los debates ocurridos en el seno del movimiento trotskista internacional y el mapeo del aspecto teórico-programático de su trágica crisis representan apenas un primer paso para comprenderla. Se debe, pues, tener en mente que es imposible llegar a una comprensión más profunda acerca de esa crisis sin una dimensión social de la historia de ese movimiento, siendo el presente trabajo apenas una contribución para la tarea de rescatar el internacionalismo proletario que la Cuarta Internacional intentó concretizar. Rescate que, tanto del punto de vista historiográfico, como político, continúa siendo realizado. 

 

(Artículo tomado de la Revista Izquierdas: http://www.izquierdas.cl/images/pdf/2017/n36/art1.pdf)

 

(Imagen: manifestación del partido Comunista Revolucionario del Reino Unido, IV Internacional, 1947)

Entrevista a Juan Dal Maso: “Gramsci es un autor que es de todo el mundo”

 

por Brais Fernández y Victor de la Fuente

Juan Dal Maso es autor de un libro titulado El marxismo de Gramsci, públicado originalmente en Argentina y recién publicado en España. Lo entrevistamos a raíz de la presentación de su libro en Madrid.

Este 2017, se han cumplido 80 años de la muerte de Gramsci. Tras un año de efemérides, recuerdos, homenajes, seminarios.. ¿Cual es el lugar de Gramsci en la teoría marxista y en el movimiento comunista?

En la teoría se lo podría considerar uno de los principales marxistas del siglo XX, más allá de su lugar en el movimiento comunista. El desarrollo de la obra teórica de los Cuadernos de la cárcel ha generado muchas herramientas, aportes teóricos que van más allá de la ubicación política que Gramsci tenía sobre todo en los años 20, de la cual los trotskistas somos críticos. Entonces el lugar que tiene en la teoría marxista sin dejar nunca de estar relacionado con su rol como militante y dirigente comunista es mucho más amplio. Por eso ha impactado también en otros terrenos fuera del ámbito del marxismo, cosa que también podría ocurrir con Trotsky si no hubiera una cultura tan permeada en muchos ámbitos y en muchos aspectos por el estalinismo, que siempre lo deja relegado un poco. Daniel Bensaid hablaba de que en Francia hay una especie de Trotsky cultural y eso también muestra que un teórico como Trotsky puede transcender el ámbito de la gente que es estrictamente trotskista. En el caso de Gramsci esto ha tenido un desarrollo mayor por buenas y malas razones. Los Cuadernos abarcan muchos problemas teóricos que tienen actualidad, como la cuestión del Estado en las formaciones que él llama de Occidente pero que en cierto modo se han extendido a muchos otros países fuera de Europa Occidental, los debates sobre la guerra de posiciones, hegemonía, los procesos de revoluciones pasivas que se han discutido sobre todo en los últimos tiempos en América Latina. Todas esas herramientas, todos esos desarrollos implican un crecimiento de muchos conceptos de la teoría marxista clásica sin salirse de ella.

Así como ha habido muchas interpretaciones de sus posiciones teóricas, su ubicación en el movimiento comunista también es un tema muy discutido. El hecho de que él en la cárcel tuviera también debates con sus compañeros de militancia en los que rechazaba la línea delirante del tercer período y también el hecho de que el tipo de reflexión que se hace en los Cuadernos sea bastante distinta de esa orientación hace que algunos vean a Gramsci directamente como un militante anti estalinista, pero también hay gente que dice que era estalinista, algunos positivamente, pues aunque parezca mentira sigue habiendo gente que revindica eso. A mí me parece que si uno se atiene a las posiciones concretas, de Gramsci, en particular los debates del III Congreso del PCI que se hacen en Lyon en 1926, o la posterior carta que él dirige con los miembros del comité ejecutivo que están en Italia al comité ejecutivo del PCUS o los análisis que se hacen sobre la Unión Soviética en los propios Cuadernos, se podría decir que él tiene posiciones críticas pero sin salirse del movimiento comunista oficial. Nunca planteó públicamente una crítica al estalinismo, como la que hizo Trotsky, en parte también porque que no conocía el fenómeno en toda su magnitud. En el congreso del PCI de 1926, Gramsci y Togliatti derrotan a la fracción de Bordiga, que era una fracción ultra izquierdista y que tenía posiciones erróneas, estableciendo unas tesis para la revolución italiana, que son muy revindicadas como ejemplo concreto de tratar de pensar una forma de establecer una política justa para intervenir frente al fascismo. Dicho esto, revindican el socialismo en un solo país, aceptando el marco de lo que era en ese momento la Internacional Comunista. Cuando Gramsci escribe la carta al comité ejecutivo del PCUS mantiene esas posiciones, él no dice “yo estoy de acuerdo con las posiciones de Trotsky y Zinoniev, con la oposición”, sino que plantea que son posiciones erróneas que representan un renacimiento del sindicalismo, de la socialdemocracia, pero aclarando que comparte no los métodos con los que se está llevando a cabo la lucha contra ellos. Para Togliatti, que se guardó la carta en el bolsillo, era casi como una declaración de trotskismo. Como dice en el intercambio de cartas posterior: “¿Como vas a poner en pie de igualdad a los dirigentes de la mayoría con la oposición, llamando a ambos al orden?” Me parece que Gramsci tenía una posición utópica ante el problema de la lucha fraccional en el interior del PCUS. Él quería que se mantuviera una unidad del grupo dirigente, pero la mayoría ya había decidido romper hace tiempo. Incluso Trotsky en 1933 planteó la necesidad de un acuerdo intrapartidario honesto para restablecer la democracia partidaria y la respuesta que recibió fue la persecución hasta su asesinato. Así pues, la postura de Gramsci es una postura intermedia entre una oposición abierta al estalinismo y una defensa de él. Me parece que sería un error asimilarlo con la posición del comunismo oficial estalinista porque él no pensaba de esa manera, aunque lo que es cierto es que tampoco desarrolló una postura abiertamente critica del proceso de burocratización, el cual no lo conoció en toda su magnitud. En unas notas en los Cuadernos dice que la Unión Soviética está en una etapa de desarrollo económico corporativo, transformando la estructura económica, pero todavía no avanzando más allá de eso. Por eso tenía una visión positiva de los efectos del plan quinquenal pero veía que ese proceso no tenía el alcance de lo que él pretende en su reflexión de los Cuadernos, que es hacer una revolución que recoja no solo el cambio económico sino también el desarrollo cultural. Él habla de Reforma y Renacimiento, la idea de un cambio en la mentalidad popular de las masas y también la construcción de una alta cultura pero siendo consciente de que no es algo inmediato. Él es crítico con cómo está la Unión Soviética: está el debate sobre si sus notas acerca del parlamentarismo negro son una crítica acerca de la URRS o no.

Profundicemos un poco en la cuestión del “Gramsci dirigente comunista”. Ha salido el nombre de Amadeo Bordiga. En el interior del PCI, Gramsci se oponía tanto a derecha comunista como a la fracción ultraizquierdista, la cual dirige el partido durante la primera etapa de los años 20. Gramsci tenía una relación muy ambivalente con Bordiga: era su principal crítico en los debates sobre los consejos obreros y el rol del partido comunista, pero a la vez apreciaba mucho sus capacidades organizativas, llegando a decir que un tipo como el valía por veinte. También se niega a dar un golpe contra el en la dirección del PCI, a pesar de que la III Internacional lo animo a ello, porque era consciente de que la mayoría de los cuadros del partido eran bordiguistas. ¿Como ves esa relación que es uno de los momentos fundacionales de la tradición del PCI?

Desde el comienzo, la corriente de Il soviet de Bordiga y L’Ordine Nuovo son muy distintas. Bordiga tenía la postura de que como el instrumento de emancipación histórica del proletariado era el partido no se podía plantear los consejos de fábrica en la forma que lo hacía L’Ordine Nuovo, que los veía como embriones del nuevo estado obrero. Incluso llega a decir en un artículo que se llama, si no me equivoco, “Hacia el establecimiento de consejos obreros en Italia” que el control obrero es algo que viene después de tomar el poder. Evidentemente, esta afirmación no resiste un análisis de experiencias de control obrero que existieron y que van a existir después en otros lugares, en las que los obreros van a tomar el control de la producción porque hay una crisis y el empresario se va. Son medidas incluso de autodefensa elemental, como han hecho los obreros en Argentina o se ha hecho también a escala de Europa, incluso aquí en el Estado Español. Entre Gramsci y Bordiga, ya hay de entrada una forma muy distinta de abordar la relación entre la organización de base y el partido.

Desde el punto de vista político, más de intervención concreta, en los primeros años ’20 Gramsci no se diferencia especialmente de Bordiga. Esto se puede ver en todos los debates que había en la IC sobre lo que llamaban la cuestión italiana, en la que los dirigentes rusos les decían a los italianos, “ustedes se separaron de los reformistas del Partido Socialista, pero están los de Serrati, estos están en el medio. ¿Qué vamos a hacer con ellos?”. Llevó un tiempo largo hasta que la dirección del partido comunista Italiano empezó a tener una política hacia este sector. También sobre el Frente Único, el PC de Italia tenía una posición resistente. Por ejemplo, Las tesis de Roma de enero 1922 establecían una política de Frente Único pero limitada al plano sindical, sin elevarla al plano político. Durante todo un tiempo si Gramsci tenía muchos desacuerdos con Bordiga no se notaban mucho, lo cual me parece que tiene que ver con que el PCI era un partido joven y la socialdemocracia italiana era también muy de derechas, incluso dentro de la izquierda reformista. Para ellos era muy difícil aplicar toda esta línea política que de hecho en toda la IC costó mucho, tanto la de Frente Único como la cuestión de lograr fusionar a los núcleos comunistas con sectores que venían del Partido Socialista y habían roto. Entonces me parece un mito la idea de que Gramsci siempre estuvo en contra de Bordiga, como si fuera una lucha eterna entre ambos. Eso no fue así, Gramsci se convence más a partir de su experiencia en la Unión Soviética y a partir de ver también como se consolida el régimen fascista. Un error imperdonable de Bordiga era que él tenía una idea de que no iba a haber dictadura fascista en Italia. Creía que a la burguesía le interesaba sostener la democracia burguesa, y así lo escribió en las Tesis de Roma que mencioné antes. Por tanto, es una relación compleja, con muchos desacuerdos al principio desde el punto de vista ideológico, sobre todo por la cuestión de los consejos, después una especie de acuerdo tácito en los primeros años del partido y ya cuando Gramsci se decide a dar una lucha política contra él ya sus propios compañeros le dicen “esto lo tendrías que haber dicho antes”, un reproche que le hace Togliatti en un intercambio de cartas. Yo creo que en líneas generales las posiciones que va a sostener Gramsci en 1925 y 1926 discutiendo contra Bordiga son adecuadas, sobre todo la discusión del partido. El partido no es un órgano separado de la clase obrera sino que es parte de ella, son cosas que compartimos los marxistas que hacemos trabajo de base y no tratamos de desarrollarnos a través de integrarnos en burocracias.

Una de las partes más interesantes del libro es el diálogo que estableces entre Trotsky y Gramsci. Nos parece un intento interesante precisamente porque son dos marxistas que coinciden en el mismo espacio histórico, pero que hablan desde dos temporalidades muy diferentes. Si bien Trotsky es el pensador de la guerra de posiciones, que después de la revolución rusa va saltando de país en país buscando el eslabón más débil para reiniciar la revolución internacional, Gramsci piensa desde la derrota del movimiento de los consejos y se sumerge en la historia de Italia para recomponer un movimiento obrero italiano aplastado por el fascismo.

La relación es compleja, pero en la práctica no existió salvo una carta de Gramsci sobre el futurismo italiano que Trotsky publica en Literatura y Revolución. Después Trotsky en uno de sus trabajos sobre la lucha contra el fascismo en Alemania cuenta que sus amigos italianos (en referencia a la Nueva Oposición Italiana) le han dicho que el único que se daba cuenta de que se iba a implantar una dictadura fascista en Italia era Gramsci. En ese momento, Trotsky discutía contra posiciones que también subestimaban la posibilidad de que pudiera haber una dictadura fascista en Alemania. También hay unos intercambios entre Trotsky y la Nueva Oposición Italiana alrededor de la consigna de la “asamblea republicana basada en comités obreros y campesinos”, que era la consigna del PCI en 1925, y las tesis de Lyon en donde Trotsky hace una serie de críticas a esa consigna y dice que en realidad tendría que ser o bien comités obreros y campesinos, o bien asamblea constituyente.

Es un tema muy largo para desarrollarlo aquí, pero lo que sí me parece es que se pueden mencionar algunas cuestiones. La primera es que en los primeros cuatro congresos de la IC establecen toda una serie de problemas tácticos y estratégicos del movimiento obrero mundial y en particular europeo. Se discute mucho en torno a ellos, no solo en los documentos centrales, sino en muchas de las sesiones de estos congresos, sobre todo tercero y cuarto. Existen muchas cartas, artículos, cartas del comité ejecutivo de la IC a los partidos comunistas, artículos de Trotsky, artículos de Lenin, quizás de Lenin menos en el último tiempo porque estaba muy enfermo. Se discutía mucho sobre el problema de la revolución en la Europa occidental, el desarrollo de los partidos comunistas, como ganar peso en la clase obrera y Trotsky siempre se me mantuvo en ese marco, aunque lo supera cuando sistematiza su teoría de la revolución permanente, yendo más allá de muchas cosas que en esos congresos no estaban claras. Por ejemplo, la relación entre clase obrera y movimientos anti imperialistas en Oriente, sobre lo que la teoría de la revolución permanente es muy distinta de las tesis de oriente del IV Congreso. Pero digamos que él siempre va a mantener la idea de que esos cuatro congresos propusieron una serie de cuestiones fundamentales, de las cuales su propia pelea estratégica, teórica, programática supone un desarrollo consecuente hasta el final; en todo caso sería una superación que contiene la herencia de los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista.

En su reflexión carcelaria, Gramsci también vuelve a estos congresos, específicamente cuando plantea que la idea del frente único implicaba la hegemonía y la guerra de posición, pero que Lenin no tuvo tiempo de desarrollarlo, o cuando dice Trotsky en el IV Congreso propuso una revisión de los métodos tácticos pero sin suficientes indicaciones concretas. Esto es llamativo porque ese discurso de Trotsky sobre la NEP y las perspectivas de la revolución mundial termina discutiendo el problema del frente único, de cómo se iba llevando adelante esa política, es decir, que tenía indicaciones. Al margen de esa cuestión puntual, Gramsci también vuelve a esa reflexión de los primeros cuatro congresos para pensar el problema de la hegemonía, la guerra de posición y las cuestiones teóricas y políticas que desarrolla en los Cuadernos. Así pues, yo veo los trabajos de Trotsky y Gramsci como desarrollos paralelos. Su principal diferencia es alrededor de la evaluación de la Unión Soviética, en la que Trotsky tiene una postura muy clara sobre el problema de la burocratización. Gramsci no conoce a fondo lo que está ocurriendo y a su vez, desde el punto de vista teórico, sostiene una cierta primacía del plano nacional de la política revolucionaria, por lo cual considera que las críticas de Trotsky al socialismo en un solo país no están fundadas. Esa es la diferencia principal. Por más que él no considere que se pueda prescindir del internacionalismo, intenta conciliar de alguna manera una perspectiva internacionalista con la defensa del socialismo en un sólo país. Hay ahí una diferencia muy grande, en las otras cuestiones es más discutible.

Se pueden abrir muchas más cuestiones para establecer nexos. Nosotros veníamos trabajando en el PTS, desde el año 2003, con unos artículos que escribió Emilio Albamonte con Manolo Romano, que partían del concepto de revolución pasiva para analizar los procesos que ocurrieron en la segunda postguerra. Esto permite comprender como el capitalismo se puede recomponer, y a la vez esa recomposición no es un progreso desde el punto de vista histórico. También hemos planteado que el Programa de Transición es un puente entre guerra de posición y guerra de maniobras, es decir, entre la lucha acumulativa y la lucha más directa por el poder.

En este libro he tratado de investigar cómo está presente la teoría de la revolución permanente en los Cuadernos de la cárcel. Mi conclusión es que existe un permanentismo rústico en el pensamiento de Gramsci. Él revindica la idea de revolución permanente criticando la teoría de Trostky por considerarla abstracta, pero él no conoce la reformulación de 1927-1930, sino que en todo caso conoce Resultados y perspectivas, que son debates de 1905. A la vez, le da una centralidad al problema de la revolución permanente en el desarrollo de la historia europea y consolidación de los estados europeos. Es muy llamativo si uno lo compara con otros críticos de la teoría de Trotsky como Bujarin o Stalin, que aunque sea ilegible escribió muchísimo. Ellos desconocían el problema de la revolución permanente como tal; cuando tenían que atacar a Trotsky decían que no estaban en contra, porque ya lo había planteado Marx, pero sin ninguna reflexión seria. Así pues, me parece que esta problemática existe en los Cuadernos de la cárcel, lo cual no quiere decir que esté abordada de la misma manera que la aborda Trotsky, pero Pienso que se pueden incorporar las elaboraciones gramscianas sin necesidad de transformar a Gramsci en un trotskista o cosas así ridículas.

Otra cuestión importante es que papel ocupa Gramsci en la teoría crítica actual. En tu libro recoges las tres grandes lecturas actuales: los estudios filológicos, el pensamiento estratégico y los estudios culturales.

Gramsci es un autor que es de todo el mundo. Cada uno sostiene determinada lectura y la sostiene porque considera que puede ser más adecuada que otras. Nadie puede decir Gramsci es mío. Eso sí, yo considero que muchas interpretaciones pueden ser cuestionables pero el hecho de que influyan en muchos ámbitos dice mucho de la riqueza de los Cuadernos. Un ejemplo de ello son de los estudios culturales. A medida que avanzaba la oleada neoliberal de Reagan y Thatcher se convirtieron en una teoría muy desligada del movimiento social, en un populismo teórico sin una práctica concreta, aunque hay autores importantes como Stuart Hall que vio muchos problemas que otros marxistas no veían en los inicio del thatcherismo.

A mí lo que más me interesa es utilizar, incorporar y comprender los estudios filológicos para que la discusión que se plantea en términos estratégicos sea sostenible. Podemos sostener algo que desde mi punto de vista sea correcto, pero si le atribuyo a Gramsci cosas que no dijo, o si compro el Gramsci de Togliatti después de cuarenta años de existencia de la edición crítica, sería un error. La idea sería, por lo menos desde mi óptica, desarrollar una reflexión sobre las divergencias y confluencias de Trotsky y Gramsci a partir de una lectura lo más afinada posible de los contenidos de los Cuadernos. Para ello, son útiles muchos estudios gramscianos, más allá de que sus autores sostengan posiciones políticas que uno no comparte, pues implican aportes científicos de interés.

Hay Gramsci para todos y está bien que así sea. Sería bueno que hubiera Trotsky para todos, si hubiera menos prejuicio en los académicos.

Hablemos de algunas lecturas de Gramsci. Primero, de la lectura de Perry Anderson en “Las Antinomias de Antonio Gramsci” y la de Peter Thomas en “The Gramscian moment”.

El texto de Anderson es un texto pionero en cuanto a la crítica desde la izquierda de la interpretación togliattiana o eurocomunista de Gramsci. A la luz de la edición crítica y estudios posteriores, algunas de las críticas muy importantes de Anderson no se sostienen, en particular las que hace sobre el Estado. Anderson sostiene que en Gramsci hay tres modelos sobre el Estado y su relación con la sociedad civil: en uno hay una primacía de la sociedad civil sobre el Estado, otro donde hay una relación equilibrada y otro en que se identifican. En este último estaría incluida la definición que hace Gramsci sobre el Estado Integral, la famosa formula de dictadura más hegemonía. El problema es que si uno hace un análisis filológico de estos fragmentos, el orden en el que los establece Anderson no se corresponde con el orden de escritura con el que Gramsci los redactó. Por ejemplo, en el tercer modelo hay fragmentos que corresponderían al momento del segundo modelo y cosas así, es decir, los tiempos están superpuestos. Esto no quiere decir que no se pueda realizar esta operación teórica, pero Anderson lo plantea como que Gramsci, tratando de ir estableciendo una solución al problema, va cambiando de modelos en un orden que no es en el real.

Por otro lado, está el problema del Estado integral. Anderson la plantea en unos términos en los que parece que no hay represión en la sociedad civil. Construye un modelo clásico en el que hay un Estado que es el que tiene el monopolio de la fuerza y la sociedad civil sería la parte del consenso de los partidos, los sindicatos, etc. A su vez critica a Gramsci por no haber analizado la democracia parlamentaria, cuando precisamente el tipo de fenómenos que Gramsci analiza son en los que el Estado no tiene esa forma perfecta, sino que piensa en un Estado que estatiza a la sociedad civil y hace que la sociedad civil juegue un rol policial, que es el rol que atribuye a sindicatos y partidos. Por supuesto, sin transformarlo en algo absoluto, sino no tendría sentido en luchar por recuperar sindicatos. Gramsci piensa que el Estado ha incorporado una serie de organizaciones que antes estaban fuera, lo cual hace mucho más difícil la lucha política. Es un fenómeno que Trotsky también examinó a su manera, con otras categorías, cuando discute la estatización de los sindicatos a escala mundial. Desde el punto de vista práctico, ¿cuál sería el problema? Yo creo que como marxista si uno piensa el Estado como lo plantea Anderson en Las Antinomias es muy difícil entender los fenómenos de violencia paraestatal que son sostenidos por el Estado, como ha sucedido en los ‘70 en Argentina con las bandas fascistas de la Alianza Anticomunista Argentina, que la integraban fuerzas de seguridad y burocracia sindical. No solo fueron importantes en ese momento que había regímenes fascistas o bonapartistas o democracias parlamentarias en crisis, sino que son fenómenos que se tienden a reproducir sobre la base de que el Estado no es solamente un aparato que garantiza el orden, sino que está metido en un montón de esferas que, abstractamente, no son parte del Estado. Habría una serie de ideas que son válidas pero que siempre están mediatizadas por la idea de que Gramsci anticipaba a Togliatti y me parece que una lectura atenta de los Cuadernos hace cuestionable esa lectura, lo cual no quiere decir que no haya en los Cuadernos temas sobre los que Togliatti pudiera apoyarse para lo que planteó después en la segunda postguerra. Pero me parece que es una lectura que ha quedado envejecida y sería importante no seguir tomándola como un texto canónico. Yo he leído a investigadores muy serios de otros temas que dicen “la mejor interpretación de Gramsci es la de Anderson”. Bueno, están equivocados, pero sobre todo están mal informados.

Peter Thomas ha jugado un rol muy importante en introducir muchos de estos debates en el marxismo anglosajón, que es un marxismo muy andersoniano y muy althusseriano. Lo que me parece más discutible es que Peter es un crítico del eurocomunismo, pero a su vez cuando va llegando a los debates políticos más concretos, a su reivindicación de experiencias, de una experimentación comunista, apoya a la Syriza del comienzo, porque a la Syriza actual no lo reivindican ni ellos mismos o Podemos. Él trata de hacer un correlato entre su lectura teórica y una posición política, pero se termina deslizándose hacia el posibilismo.

Hay otra lectura importante de Gramsci: la lectura posmarxista de Laclau y Mouffe. La operación teórica básica de esta lectura consiste en extirpar de Gramsci lo que llaman “reduccionismo economicista” y plantear una lectura discursivista de la hegemonía.

Yo no soy especialista en Laclau, pero me parece que el libro Hegemonía y estrategia socialista plantea una cosa que es interesante. En el marxismo ruso hay una lógica hegemónica porque hay una idea de que la clase obrera encabeza una revolución que no es la propia, sino que es una revolución democrático-burguesa. La problemática de la hegemonía surge de ese hecho histórico y de esa reflexión estrategia concreta y sigue teniendo vigencia a partir de que hay una serie de conflictos que no se pueden reducir directamente a la cuestión de clase en el capitalismo, porque el capitalismo recrea conflictos viejos anteriores a su propia constitución como por ejemplo la lucha de las mujeres, que es anterior al capitalismo y a su vez genera nuevos problemas como el problema medioambiental que si bien existía en la época del capitalismo manchesteriano no tenía el nivel de magnitud que tiene ahora. Entonces la cuestión de la hegemonía está relacionada con que además de clases hay pueblos, o hay otros sectores sociales que no se identifican directamente con la cuestión de clase y entonces busca establecer un nexo entre esas dos formas de lucha. Ahora lo que discuten Laclau y Mouffe no es eso. Laclau y Mouffe hacen una crítica del esencialismo pero ellos a su vez tienen una posición objetivista. Dicen el carácter de la revolución es democrático y por tanto el sujeto tiene que ser un sujeto democrático y le sacan todo el componente de clase. Dicen que a una revolución democrática le corresponde a un sujeto democrático, pero en última instancia están determinando como tiene que ser un movimiento político en base a una consideración abstracta del carácter y de las tareas del proceso revolucionario. Con la posición de Laclau y Chantal Mouffe no hubiera habido revolución Rusa, sino que había que haber luchado por una democracia parlamentaria donde los socialistas hubieran estado en la oposición en una coalición gobernante. Posteriormente, en La Razón populista, Laclau acaba derivando el sujeto revolucionario hacia el Estado. No son las clases, no son los movimientos sociales, es un discurso político que articula distintas posiciones de sujeto para ir radicalizando la democracia. Esa posición no es contradictoria con poner en el eje al Estado como sujeto de cambio, que finalmente es lo que terminó haciendo.

Hay dos conceptos gramscianos interesantes que retomas en tu libro: traducibilidad e inmanencia.

Si, esos son dos conceptos que en el libro propongo tomar como criterios metodológicos para leer los Cuadernos, lo cual no es una idea estrictamente novedosa, porque hay gente que lo ha planteado desde otro punto de vista.

Gramsci tuvo una formación lingüística que influye bastante en su forma de escribir y en el modo de pensar cómo la política se estructura como un lenguaje. A partir de esa importancia que tiene el lenguaje también piensa relaciones entre teoría, política, movimientos históricos concretos. La idea de traducibilidad se puede rastrear en Marx en los términos en que la piensa Gramsci, cuando Marx dice en la Miseria de la Filosofía que “el inglés transforma los hombres en sombreros y el alemán a los sombreros en ideas”. Es la idea de que hay una serie de desarrollos de la cultura de Occidente, básicamente la política francesa, la economía política británica y la filosofía alemana que de alguna manera son equivalentes más allá de que hablan de cosas diferentes o mejor dicho, los lenguajes son distintos pero intentan analizar circunstancias históricas análogas o contemporáneas. Hay una relación entre filosofía, economía, política e historia en los Cuadernos que no se puede desmembrar. Si Gramsci en sus críticas a Croce dice que el pensamiento de Croce es la lógica característica del reformismo moderno después no se puede agarrar un párrafo de la guerra de posiciones y decir que esto es buenísimo para la transición a la democracia. Es decir, se puede hacer, pero no atribuir a Gramsci. La idea de traducibilidad de los lenguajes apunta a que hay una integralidad del pensamiento de Gramsci que hay que considerar, que no hay que desmembrar.

El concepto de “nueva inmanencia” tiene el mismo sentido. Es una idea de que hay una correlación y una síntesis entre los planos económicos, filosóficos, teóricos y políticos del marxismo que no se puede romper. Gramsci, en algún párrafo del Cuaderno Cuatro, dice que esa correlación se da entre la teoría del valor, la praxis y la teoría del Estado en el marxismo. Entonces él piensa esas tres partes integrantes del marxismo, que no son una suma que da como resultado el marxismo, sino que crea un pensamiento nuevo a partir de la crítica de esas fuentes que a su vez en el análisis de la política, de la economía y de la filosofía opera como síntesis. Entonces, Marx no hace una crítica de la filosofía desde un punto de vista estrictamente filosófico, sino que lo hace desde un pensamiento que integra la crítica a la filosofía, a la economía y a la política.

La idea que planteaba Paolo Spriano, un viejo historiador del PCI, de que “la hegemonía es un concepto estrictamente político y nunca económico”, es para mí es insostenible desde este punto de vista.

En el Estado español hemos identificado tres interpretaciones de Gramsci, una que viene una tradición eurocomunista, otras populista y otras de un carácter mas revolucionaria. La tuya me parece que se situaría claramente dentro de esta ultima intentando hacer tomar a un Gramsci estrategia revolucionario entorno a cuestiones del estado, hegemonía, guerra de posiciones y guerra de movimiento. ¿por qué crees que es más operativa la lectura revolucionaria que la lectura eurocomunista o la lectura populista?

Para una práctica reformista, la lectura reformista de Gramsci quizás sea buena, pero a mí me parece que una lectura en términos revolucionarios se parece más al horizonte de ideas que tenía Gramsci. Desde el punto de vista de la práctica política, las formaciones de tipo reformista o neoreformista o como se le quieran llamar, no podrían desarrollar lo que se llama una política hegemónica y mucho menos cambios revolucionarios. Es más, a una experiencia como la de Syriza yo en particular no la critico por no sostener la insurrección armada o la toma del poder. Básicamente diría que nunca cumplieron con su programa de reformas, ni si quiera con el apoyo popular que tenía Tsipras con el referéndum. Lo más negativo en los grupos que asumen estas posiciones o el caso de Podemos es que se va generando una idea de que la movilización es imposible, no ya para romper con la UE, sino para generar algún cambio progresista en base a la movilización sistemática de los trabajadores, del pueblo, de los movimientos de estudiantes, de mujeres. Todo tiene que pasar por dentro de combinaciones parlamentarias o incluso dentro de la constitución del 78, en el caso español. No creo que Gramsci estuviera muy conforme con ese tipo de interpretaciones, ni mucho menos con la práctica política que se propone.

Otro tema que aborda Gramsci es el tema del partido, que es uno de los grandes debates al menos de los últimos tiempos, entendidos como el príncipe moderno, su relación con el bloque histórico, la alianza de clases…, ¿en tu opinión el partido sigue siendo ese príncipe moderno, partido educador o el partido del combate?

Un partido que se precie como tal cumple todas esas funciones, porque educar educa, no en el sentido libresco, sino que promueve una serie de experiencias a partir de las cuales la clase obrera y sectores populares sacan determinadas conclusiones y se preparan para determinadas luchas. Si yo educo en la idea de que hay que respetar la Constitución y las leyes, vamos a tener manifestaciones donde la gente no pise el césped, que era un chiste que se hacía sobre la vieja socialdemocracia alemana.

Un partido tiene que ser de combate porque se enfrenta al Estado, que como se ve muy bien en el caso de la represión que está llevando ahora el gobierno de Rajoy, no es condescendiente con los movimientos populares cuando no están bien preparados para ese tipo de ataques. Entonces la idea de un partido de combate tiene que ver con esto, no se trata de solo de ganar influencia o de ganar escaños parlamentarios o de tener ciertas posiciones en los sindicatos, sino de como con todo eso se consigue constituir una fuerza social y política que realmente pueda sostener las nuevas posiciones conquistadas y luchar abiertamente contra el Estado. No es la tarea inmediata, pero hay que tenerlo siempre en mente.

En Argentina como aquí hay una tradición gramsciana, que en España ejemplifica Manuel Sacristán, Fernandez Buey y la revista materiales que después es mientras tanto y allí tenéis el equivalente en José Aricó que además es un personaje un poco parecido en algunos sentidos aunque Manuel Sacristán acaba yéndose a la extrema izquierda y este un poco al revés. Me gustaría que nos hablaras un poco de la tradición gramsciana en Argentina de lo que es pasado y presente, como te relaciones tú con esa tradición viniendo desde otra diferente.

Tengo una relación de amor-odio con esa tradición. En Argentina fue el primer lugar en donde se tradujeron por primera vez los Cuadernos de la Cárcel en edición temática, las que hizo Togliati con Felicce Platone entre el 48 y el 51. Lo hicieron militantes del Partido Comunista. José Aricó tradujo las notas sobre Maquiavelo, lo hizo cuando estaba en el servicio militar obligatorio y como estaba fichado porque era comunista lo llevaron a escribir a máquina a un lugar que estaba perdido en la montaña y él traducía. Siempre hacía el chiste de que gracias al ejército argentino se tradujeron las notas de Maquiavelo al castellano. Pero digamos que en el PC Argentino, Gramsci era visto como un mártir antifascista, no tenía una importancia teórica porque era además uno de los partidos más estalinistas que había, consideraban que los manuales de filosofía que había en la URSS eran mejores que la Divina Comedia.

Héctor Agosti es el que anima a estos jóvenes a profundizar en Gramsci, que luego van a ser los que se agrupen en Pasado y presente . Rompen con el PCA, porque ellos publican la revista por primera vez y son expulsados en el año ‘63. Ellos criticaban al PC porque no apoyaba la revolución cubana, no permitía debates, y tenía una posición gorila respecto al Peronismo. Esta tradición fue muy importante y generó las revistas de Pasado y Presente, una saga de libros impresionante y fue muy influyente en toda América Latina. La critica que yo le haría es que siempre mantuvo una matriz frentepopulista. Aricó en La Cola del Diablo, el libro en el cual recapitula la experiencia de Pasado y Presente, dice que eran guevaristas-togliattianos. Es decir, la idea de retomar a Gramsci para ser crítico con el comunismo estalinizado pero mantener la estrategia de frentes populares establecida por el VII Congreso de la IC de 1935. Al haber mantenido esta postura a mí no me parece tan raro que después de la derrota de los ‘70, ellos hayan tenido expectativas con la experiencia el alfonsinismo. Quizás este sea el aspecto sociopolítico menos interesante de la experiencia Pasado y Presente: creo que es mucho más interesante la labor de tipo cultural. Libros como Los usos de Gramsci de Portantiero, La cola del Diablo o Marx y América Latina de Aricó son libros muy buenos que contienen aportaciones muy interesantes para pensar algunos de los problemas sobre los que estábamos charlando.

Un 29 de noviembre de 1941: el fascismo asesinaba a la partisana soviética Zoya Kosmodemyanskaya, “Tania”

La joven de solo 18 años participo en sabotajes contra los jerarcas nazis y tras su arresto fue torturada. Antes de ser ahorcada por los nazis Zoya gritó: “rendíos antes de que sea tarde, podréis ahorcar a muchos de nosotros, pero nunca a 170 millones”.
 
Su nombre figura en calles, esculturas, ciudades y montañas en Rusia y dos asteroides.
 
Soldado del Ejército Rojo, fue la primera mujer condecorada, tras su muerte, con el título de Héroe de la Unión Soviética y con la Orden de Lenin, durante la Gran Guerra Patria. Fue símbolo de heroísmo para los pueblos soviéticos en la Guerra Mundial. Su gesta ha sido plasmada en literatura, periodismo, cinematografía, pintura, escultura y exposiciones en museos. Kosmodemyanskaya se unió a las Juventudes Comunistas (Komsomol) en 1938, y el 31 de octubre de 1941, a la edad de 18 años, junto con 2000 voluntarios, se integró en el destacamento partisano 9903 del frente occidental.
 
Despues de un corto entrenamiento, Zoya fue destinada a la región de Bolokolamsk (Moscú), donde su grupo participó con éxito en el minado de caminos en territorio ocupado. El 17 de noviembre fue publicada la Orden Nº 428 de “privar al ejército alemán de toda posibilidad de desplegarse en pueblos y aldeas, expulsar a los ocupantes germanos de cualquier zona poblada, casa o establo, para que solo puedan estar al frio del cielo raso” y con ese fin “destruir y quemar cualquier lugar donde los invasores puedan refugiarse”.
 
Para el cumplimiento de esa Orden, Zoya formó parte, junto a otros camaradas con la tarea de hostigar y quemar, en el plazo de 5 dias, 10 aldeas donde estaban establecidas tropas germanas. El armamento de Zoya era una pistola “Nagán” y varios cócteles Molotov. Tras diversas escaramuzas con el enemigo, su grupo se dispersó quedando Zoya aislada, decidiendo continuar sola y atacar tres casas y establos en Petrishevo donde se acuartelaban oficiales y soldados alemanes con sus caballos. Pero los alemanes tenían montada una guardia de colaboracionistas traidores a su servicio, uno de los cuales, S.A. Sviridov, la engañó y fue capturada (por su traición los nazis le premiaron con una botella de vodka).
 
Fue torturada durante dos dias de interrogatorios en los que la única información que dió fue su nombre de guerra “Tania”. Por la mañana la llevaron a la calle donde ya habían construido la horca, con un cartel en el cuello que ponía “incendiaria de casas”. En el acta de identificación del cuerpo, de febrero de 1942 llevada a cabo por una comisión de representantes del VLKSM (Juventudes Comunistas Leninistas de toda la Unión), de oficiales del Ejército Rojo, representantes del Comité Regional del PC de la URSS, del consejo y vecinos de la aldea de Petrishevo, tras estudiar las circunstancias de la muerte y en base a declaraciones de testigos de las torturas y de la ejecución, quedó probado que la Komsomola Kosmodemyanskaya, durante su ejecución realizo un llamamiento a sus conciudadanos:
 
“No os rindais, hay que ayudar al Ejército Rojo. Nuestros camaradas vengarán mi muerte contra los fascistas. La Unión Soviética jamás será vencida”. Dirigiéndose a los soldados alemanes Zoya gritó: “rendíos antes de que sea tarde, podréis ahorcar a muchos de nosotros, pero nunca a 170 millones”.
 
Ésto ya lo dijo con la soga al cuello mientras oficiales alemanes la fotografiaban. Aún quiso dicir algo mas, pero en ese momento un oficial elemán quitó el cubo sobre el que se sostenía y quedó colgando. Agarró con sus manos la cuerda y los alemanes la golpearon hasta que expiró su aliento. Su cuerpo fue dejado colgando un mes, siendo golpeado y vejado en varias ocasiones por soldados alemanes y colaboracionistas. El dia de año nuevo de 1942, un nazi borracho le arrancó parte de la ropa y mutiló su cuerpo congelado.
 
Al dia siguiente el mando alemán, ante la inminente llegada de tropas soviéticas, ordenó descolgarla y enterrarla. Posteriormente, su cuerpo fue llevado por los soviéticos al cementerio de Novodievichi en Moscú. El 16 de febrero de 1942 fue declarada Héroe de la URSS con la Orden de Lenin. Pero para nosotros es héroe de la humanidad.
 
El nombre de Kosmodemyanskaya lo llevan innumerables escuelas, barcos, calles de muchas ciudades, montañas, y dos asteroides. Innumerables memoriales escultóricos en todo el territorio soviético: Moscú, Leningrado, Minsk, Kiev, Stalingrado.. Merecen llevar su nombre todo tipo de colectivos, asociaciones, comités, células de partidos..
 
Su gesta es el reflejo de la lucha de toda una generación de trabajadores que supieron defender su país, el primer Estado Socialista de la historia, frente a la invasión del fascismo internacional liderado y organizado por la Alemania nazi.
 
El heroísmo de Zoya representa también el de tantos y tantos combatientes anónimos que perdieron su vida por la defensa de la URSS y la liberación de los pueblos de Europa de la barbarie nazi-fascista. En 1991, solo 50 años después de la muerte de Kosmodemyanskaya, un puñado de bandidos consiguió lo que las divisiones de la Wermacht no fueron capaces: derribar el País Soviético.
 
La Alemania nazi no pudo con los soviets porque frente a su agresión se levantó un Partido Comunista que organizó a millones de trabajadores en su defensa.Pero cincuenta años después, ese partido, extenuado en tantas batallas externas e internas, debilitado por y corrompido por la burocracia estalinista, ya no pudo cumplir con la tarea histórica que le correspondía.
 
Pero la memoria y el ejemplo de tantos que dieron su vida por el socialismo, serán estandarte de victoria para los millones que con sus presentes y futuras batallas irán forjando el porvenir.