Todas las entradas de: Editor

Entrevista a Luis Thielemann: “El resultado del Frente Amplio ha desordenado el panorama político en Chile”

 

por Brais Fernández //

El pasado domingo 19 de noviembre se celebró la primera vuelta de las elecciones presidenciales chilenas. El candidato de la derecha, el ex presidente Sebastián Piñeira, ganó la primera vuelta con el 36 % de los votos. Disputará la segunda vuelta contra Alejandro Guiller, representante del centro-izquierda. Pero la gran sorpresa fue el resultado del Frente Amplio, una heterogenea coalición de izquierdas encabezada por Beatriz Sánchez. La candidata del Frente Amplio quedó en tercer lugar, obtuvo el 20 % de los votos (quedándose a 2 puntos de pasar a la segunda vuelta) y la coalición logró 18 diputados y 1 senador, algo inédito para una fuerza antineoliberal al margen de los partidos tradicionales Seguir leyendo Entrevista a Luis Thielemann: “El resultado del Frente Amplio ha desordenado el panorama político en Chile”

Entrevista a Noam Chomsky: en la era Trump, graves amenazas para la “vida humana organizada”

por Lucien Crowder //

 

[Noam Chomsky, pese a ser un lingüista de enorme talla, es más conocido, fuera de su especialidad, por su intenso compromiso político desde una posición de izquierda, que le ha llevado a formular críticas aceradas a la política exterior de EE UU y a interesarse duraderamente por las armas nucleares y otras amenazas de índole tecnológica para la civilización humana. En esta entrevista, Chomsky conversa con el editor jefe del Bulletin of the Atomic Scientits, Lucien Crowder, sobre las políticas del gobierno de Trump en materia de cambio climático, modernización nuclear, Corea del Norte e Irán, así como sobre la intensificación de “las gravísimas amenazas a que nos enfrentamos todos”. Seguir leyendo Entrevista a Noam Chomsky: en la era Trump, graves amenazas para la “vida humana organizada”

¡Ni migajas, ni reaajustes miserables, 6% ahora!

Nuevamente las trabajadoras y trabajadores del sector público, como año tras año, nos movilizamos exigiendo un reajuste digno, que sea acorde al aumento del costo de la vida, y un bono de término de conflicto que ayude a sobrevivir al endeudamiento y la precariedad.

Las cúpulas dirigenciales entreguistas –que a espaladas de las y los trabajadores negocian con el gobierno reajustes miserables en un guarismo que no supera el 0.5%, por sobre el IPC– ocultan las verdaderas demandas del sector público, como la lucha por una carrera funcionaria real, el fin a la precariedad y, finalmente, el contrato único en el Estado. Estos no son parte de los temas puestos en la mesa de “negociación” entre el Gobierno de Bachelet y las dirigencias sindicales que militan en la misma Nueva Mayoría.

Por su parte la CUT y la Mesa del Sector Público (MSP) han jugado un rol de contención cuando las y los trabajadores han querido movilizarse para exigir sus derechos, ellos agendan reunión tras reunión oxigenando al gobierno y ganando tiempo para desgastar a las bases y apurar una negociación miserable que sólo nos traerá migajas.

Hoy las y los trabajadores clasistas debemos no sólo develar el rol que cumplen las dirigencias burócratas y conciliadoras de la CUT y de las organizaciones sindicales nacionales que integran la MSP, sino que también debemos en las calles desbordar la conducción entreguista e impulsar la lucha por exigir un reajuste de un 6%, además de colocar en la agenda el contrato único, para terminar definitivamente con la precariedad laboral de la contrata y el trabajo a honorario.

 

¡Fin a los honorarios y contratas, por un contrato único del estado!

¡Reajuste de un 6% para todas y todos los trabajadores públicos!

¡Carrera funcionaria… ahora!

Asociación Intersindical de Trabajadoras y Trabajadores Clasistas, AIT

Noviembre, 2017

Elección presidencial y parlamentaria, un análisis necesario

por Natalio Steinmayer //

En primer lugar tenemos que señalar que existe en nuestro país, región, comuna y nuestra localidad una baja participación, según datos del SERVEL 66%, este hecho nos demuestra que millones de personas no creen o no confían, en este sistema, puede ser un cuestionamiento a los políticos, las medidas económicas y sociales, por la corrupción, las continuas alzas, la falta de atención en salud o falta de trabajo, pensiones miserables o todas ellas juntas.

Quienes idearon este sistema de participación, no buscaban compromiso de la mayoría trabajadora, estudiantes o jubilados, buscaban y buscan, que una elite, sea la que decida por la inmensa mayoría.

Pero existe otro fenómeno, que ellos, los que deciden, han ocultado nuevamente. La elección parlamentaria, fue y ha sido presentada, como «un nuevo sistema, que termina con el sistema binominal», esto es absolutamente falso. El nuevo sistema electoral, no es proporcional es de arrastre por lista, en otras palabras, podemos decir que es » sistema binominal 2.0″.

¿Cómo es posible, que este sistema, sea presentado como proporcional y sean electos personas con un porcentaje inferior a otros?

¿Seguirán los derrotados, defendiendo ésta mentira?

En relación a nuestra comuna, Página Digital de Laguna Verde, no fue neutral, como lo debiesen ser todas las organizaciones sociales, creemos firmemente en la organización, la participación activa y la toma de decisiones en la base.

Nuestra candidata, fue la dirigente sindical Mabel Zúñiga Valencia, quien fue en el pacto Frente Amplio, en el cupo de Revolución Democrática, como independiente, ha obtenido sobre los 9000 votos, y no fue electa, desde éstas líneas queremos agradecer la confianza y el apoyo, a quienes entendieron lo que significa una propuesta desde la base y a mantener la organización lograda.

En relación a la segunda vuelta es una discusión que debiese darse en todo ámbito y decidir, tiene una premura, ya que la elección será en un mes más, votar, anular o abstenerse, debe ser una decisión colectiva.

Sobre la elección parlamentaria el Frente Amplio obtuvo el 16% a nivel nacional, en nuestra región obtuvo 1 senador, 2 diputados y una Core. Saludamos su elección, pero esperamos cumplan con su compromiso «escuchar a las organizaciones de base, respetar el medio ambiente y entregar los recursos para el desarrollo de la comunidad y no para los negociantes y depredadores de todo pelaje».

Desde esta página llamamos a todos y todas a ser parte activa en la defensa de Laguna Verde de la voracidad de las mafias inmobiliarias, que ya han desatado una campaña del terror y desinformación, organizarnos para la planificación territorial y la lucha contra la intención de imponernos una cantera en Laguna Verde.

El viernes 24 de Noviembre está convocada una marcha en Valparaíso, bajo el lema «Ni una menos», la defensa de la vida y contra el machismo, visto incluso como el candidato empresarial, por televisión, a codazos sacó a su esposa de su lado, esa es una muestra del ninguneo y la utilización de las mujeres, las convocamos a ser parte de esta marcha.

Por otra parte la Coordinadora Nacional de Trabajadores No + AFP ha convocado a una manifestación, para el 30 de Noviembre, por un nuevo sistema de pensiones, al cual están todos y todas convocados, porque es posible tener pensiones dignas y terminar con el robo que son las AFP.

 

(periodista del consejo de redacción de Prensa Digital de Laguna Verde).

Segunda vuelta electoral: Chile en la hora de la Izquierda

por Gustavo Burgos //

Pocas veces -no ocurría desde el Plebiscito de 1988- un acto electoral acompaña con tanta claridad el desarrollo de la lucha de clases, actuando como un catalizador de las fuerzas en pugna. En efecto, el proceso electoral en el que nos encontramos inmersos da cuenta de este hecho: un simple cambio en el sistema electoral originó un cambio en la composición del Congreso el cual comienza a reflejar de forma menos distorsionada que antes, la fuerza electoral de los partidos políticos legales. Así, cualquiera sea el resultado de la segunda vuelta el próximo 17 de diciembre, la derecha –oficialmente- es minoría en el parlamento. Seguir leyendo Segunda vuelta electoral: Chile en la hora de la Izquierda

Lenin: cinco años de la revolución rusa y perspectivas de la revolución mundial

Informe pronunciado ante el IV Congreso de la Internacional Comunista el 13 de noviembre de 1922

Camaradas: En la lista de oradores figuro como el informante principal, pero comprenderéis que, después de mi larga enfermedad, no estoy en condiciones de pronunciar un informe amplio. No podré hacer más que una introducción a los problemas de más importancia. Mi tema será muy limitado. El tema Cinco años de la revolución rusa y perspectivas de la revolución mundial es demasiado amplio y grandioso para que pueda agotarlo un solo orador y en un solo discurso. Seguir leyendo Lenin: cinco años de la revolución rusa y perspectivas de la revolución mundial

Stalinismo y burocratización, la enfermedad de la Revolución de Octubre

por Francisco Louça //

 

En sus Notas de Prisión, Rosa Luxemburgo, que acompañaba en la distancia, pero con fervor, la revolución en Petrogrado y Moscú, consciente de los riesgos y de los peligros – tal vez con más clarividencia que cualquier dirigente revolucionario de esa segunda generación del marxismo-, apeló a la solidaridad sin abdicar de su espíritu crítico. Escribió que “Concretamente, lo que nos puede traer luz a los tesoros de la experiencia y las enseñanzas no es una apología ciega, sino una crítica penetrante y reflexiva. Porque una revolución proletaria modelo en un país aislado, agotado por la guerra mundial, estrangulado por el imperialismo, traicionado por el proletariado internacional, sería un milagro. Lo que importa es distinguir, en la política bolchevique, lo esencial de lo accesorio, lo sustancial de lo fortuito.”

Si distinguir lo esencial de lo accesorio y de lo fortuito es siempre difícil, lo es más cuando existe una distancia histórica que difumina las dificultades de las decisiones inmediatas y oculta las contradicciones y los dramas de una revolución en curso, rechazar la “apología ciega” y mantener una “crítica penetrante y reflexiva” es por lo menos indispensable.

En los siete puntos siguientes, sitúo y discuto brevemente algunos de los impactos y consecuencias de la revolución de Octubre de 1917, refiriéndome al recorrido de algunos de sus protagonistas, con la misma preocupación por evitar la apología y repensar críticamente, como se merece, el gran acontecimiento que alteró el curso del siglo XX.

Tariq Ali, en el New York Times de 3 de abril de 2017, escribió la cita de Winston Churchill sobre Lenin: “Su mente era un instrumento notable”, escribió el estadista británico, poco dado a alabanzas de los enemigos. Churchill agregó, en un tono aún más grandilocuente: “Cuando brillaba, su luz iluminaba el mundo entero, su historia, sus dificultades, sus farsas y, sobre todo, sus injusticias.”

¿Sería eso? ¿Una “luz que iluminaba las injusticias” del mundo? Lo era sin duda para Churchill, que por aquel entonces ya era un político con carrera en el Reino Unido (fue ministro de Marina durante la Guerra Mundial), uno de los líderes conservadores que después de la revolución se convertiría en el principal promotor de la invasión de Rusia por las tropas de su país. Sin embargo, lo que revela la frase es el impacto simbólico, político y social de la revolución rusa, así como la figura de Lenin.

Esa revolución fue consecuencia de la Primera Guerra Mundial, pero también por las circunstancias del imperio zarista, que desencadenó un movimiento de pánico entre las clases dominantes (que respondieron con grandes concesiones desde inicios de los años 20, pero también con la movilización de las primeras milicias fascistas). La revolución sorprendió y asustó, pues en Europa solo había pasado algo similar en las décadas anteriores y, en menor escala, con la Comuna de París.

Sin embargo, la revolución estaba anunciada. En 1905 se fundaron los soviets en las principales ciudades rusas, en 1910 comenzaba la revolución mexicana y, al año siguiente, la china. Durante los años de represión, y después durante la matanza que fue la Gran Guerra, el debate político y la recomposición del movimiento que entonces se llamaba socialdemocracia (y que hasta 1914 incluía todas las principales corrientes socialistas y revolucionarias) fue creciendo, demostrando que los pilares del viejo mundo se estaban destruyendo. De hecho, al contrario de los grandes procesos revolucionarios del pasado (Inglaterra en 1648, Estados Unidos en 1776 y después, Francia en 1789, incluso en el caso de la Comuna en 1871), la revolución rusa fue concebida estratégicamente, fue discutida y planeada, en el contexto de precipitación provocado por la caída del Zar y por los meses de transición desde la revolución de febrero de 1917. Fue la primera revolución subjetivamente preparada en la historia de la humanidad.

Cambiando los ejes de la política europea y mundial, la revolución de Octubre desencadenó o acentuó otras alteraciones sísmicas en los años 20 (Alemania, Hungría, Bulgaria, Italia) influyó después en la victoria electoral de la izquierda francesa y la revolución republicana en España, así como la transformación del mapa político de izquierdas en todo el mundo. La respuesta de las clases dominantes fue el fascismo y el nazismo, y, por tanto, la Segunda Guerra Mundial.

¿Es posible una revolución socialista en un país atrasado?

Una de las grandes discusiones entre la izquierda rusa era nada menos que la posibilidad de una revolución socialista en el país – y la mayoría de las opiniones favorecían una visión escéptica.

Los teóricos del populismo ruso (Danielson, Vorontsoy) adoptaban la postura aparentemente más a la izquierda: considerando los límites de la industria rusa y de su mercado interno, así como la debilidad de la burguesía moderna en el Estado zarista, los populistas defendían la posibilidad de una revolución que instaurase el socialismo, pero se referían a un socialismo basado en comunidades agrarias , asociaciones campesinas y pequeños propietarios, de ahí también su insistencia en las reivindicaciones de redistribución de la tierra

Los llamados “marxistas legales” (Tugan, Bulgakov) esperaban que las promesas de las reformas liberales de la monarquía hiciesen posible un crecimiento de la industria moderna y de la clase obrera, y que la lucha sindical y electoral consiguiese un nuevo espacio en el imperio zarista.

Las dos alas de la socialdemocracia rusa, tanto los mencheviques(Plekanov) como los bolcheviques (Lenin, Bukarin, Zinoviev) consideraban que habría necesariamente una fase de desarrollo capitalista después de la caída del Zar, y que la democratización permitiría una alianza con sectores de la burguesía para alcanzar una etapa de crecimiento de las fuerzas productivas. Sin embargo, Lenin concebía ese proceso como un movimiento de conflicto y de revolución agraria, con una expropiación de la aristocracia latifundista, y, por tanto, con la nacionalización de la tierra, abandonando después esta última idea, a consecuencia de su cambio de postura y de las exigencias tácticas de la revolución de 1917 y de las alianzas inmediatamente posteriores, cuando pasó a defender la redistribución de la tierra (“la tierra para quien la trabaja”).

Trotsky fue el único dirigente revolucionario que, quedándose aislado después de varias rupturas entre mencheviques y bolcheviques a lo largo de los años siguientes a la revolución de 1905, defendió el carácter socialista de la revolución que conduciría a la caída del Zar. Los acontecimientos de 1917 acabaron por dejar solo a Lenin con su punto de vista.

La Comuna como modelo de nuevo Estado

A lo largo de 1917, los revolucionarios rusos se enfrentaron a un contexto para el que estaban mal preparados desde un punto de vista técnico e incluso conceptual: la toma del poder del Estado por los soviets, contra un gobierno provisional que incluía a los partidos de la derecha, populistas y mencheviques. Entre otros aspectos, en los que no voy a entrar en estas breves notas, estaban mal preparados porque no tenían ni la experiencia, ni siquiera una idea de cómo debería ser el funcionamiento del Estado después de llegar al poder.

Lenin había dedicado su “Estado y Revolución” a criticar a Kautsky, el filósofo marxista más destacado tras la muerte de Engels, pero que había entrado en guerra, desde 1914, con los dirigentes bolcheviques (en 1917, Kautsky había roto con el partido social demócrata alemán y se había adherido al partido socialdemócrata independiente, que se oponía a la guerra). Kautsky difería de Lenin sobre el carácter de la revolución rusa y su programa, y en 1917 esta diferencia ya era muy acusada. La obra, sin embargo, al presentar la alternativa de Lenin, se limita a esbozar lo que sería un nuevo aparato de Estado y el funcionamiento político del nuevo poder, mostrando alguna simplificación sobre lo que serían las dificultades concretas de dirigir la máquina del Estado. Los bolcheviques, simplemente, nunca se plantearon cómo gestionar, transformar, adaptar y modernizar las funciones del Estado.

El punto de partida de Lenin, como repite en el libro, y después en varios artículos y más claramente en uno de sus últimos escritos: “Marzo de 1923” en el Pravda, era la referencia de la Comuna de París. La Comuna es “la forma política por fin encontrada, por la revolución proletaria, mediante la cual se puede conseguir la emancipación económica del trabajo”, y sería un modelo para la nueva administración, para la destrucción de la máquina burocrática tradicional y para construir las nuevas fuerzas militares a través de la movilización miliciana. Igualdad de salarios, revocabilidad de cargos electos, carácter democrático y asambleario de los procesos deliberativos, esa sería la “forma política al fin encontrada”.

Era mucho, pues se trataba de la evocación de una experiencia social de movilización heroica del pueblo de París contra los ejércitos francés y alemán, pero también era muy poco, porque se trataba de una derrota y no de una victoria, de una ciudad y no un país, de clases populares muy movilizadas y no de la diversidad social como la que definía a Rusia, del corto plazo y no del largo. A pesar de eso, Lenin no podía comparar la revolución rusa con el marco político de la Comuna. Por eso, la Comuna podría ser una inspiración, pero nunca un modelo.

En ese mismo artículo de 1923, Lenin entendía como normal la superposición entre la institución soviética y el partido bolchevique, aunque en eso no pudiese aludir al ejemplo de la Comuna. Esa confusión entre la soberanía popular y la institución partidaria era el anuncio de muchas de las dificultades posteriores y la demostración de que no había un concepto de Estado y de soberanía popular que definiese claramente la estrategia de los bolcheviques.

Incluso en la preparación de la revolución de octubre, al mismo tiempo que Trotsky insistía en la necesidad de respetar la legalidad soviética – era el presidente del Soviet de Petrogrado, en el que había sido creado un Comité Militar Revolucionario, al que obedecían los soviets de soldados- Lenin prefería una simple decisión partidaria. Acabo perdiendo en este tema, siendo el Comité Militar Revolucionario, y no el partido directamente, el encargado de organizar la insurrección en la noche del 25 al 26 de octubre (o del 6 al 7 de noviembre en el calendario occidental).

Poder soviético y voto universal

A pocas semanas de la victoria de la revolución y de la caída de Kerensky, el nuevo gobierno realizó elecciones para una Asamblea Constituyente, cumpliendo su promesa.

La composición de la Asamblea Constituyente revela la dislocación de la relación de fuerzas en comparación con las elecciones del mismo año, pero también el hecho de que los bolcheviques sean minoritarios en el conjunto de Rusia: los partidarios de Lenin obtuvieron cerca de un cuarto de los votos, una notable subida, los mencheviques cayeron al 3%, los cadetes (el principal partido de la derecha) solo el 10%, los diversos partidos nacionalistas y musulmanes sumarían el 22% de los votos y el partido populista, o socialista revolucionario, alcanzó el 41% y representaba a la mayoría de las masas campesinas. La Asamblea se reunió durante dos días, en enero de 1918, y fue disuelta por el congreso de los soviets, que reclamó la única soberanía nacional.

Rosa Luxemburgo, en sus “Notas sobre la Revolución Rusa” criticó esta decisión (ella fue asesinada en enero de 1919 por lo que no vivió la evolución posterior): “Si la Asamblea ya hubiese estado elegida antes de la revolución de Octubre, y en su composición reflejase la imagen de un pasado superado y no la de una nueva situación, la conclusión evidente sería eliminar esa Asamblea caduca y convocar sin demora nuevas elecciones para una Constituyente. Los bolcheviques no querían y no debían condicionar el futuro de la revolución en una Asamblea que reflejase la Rusia de ayer, el período de las debilidades y de la alianza con la burguesía; lo único que podrían entonces hacer era convocar otra Asamblea que representase a la Rusia más avanzada y renovada”.

Y continuaba: “En vez de llegar a esta conclusión, Trotsky se centra en las deficiencias específicas de la Asamblea Constituyente reunida en noviembre y llega a generalizar sobre la inutilidad de cualquier representación popular nacida del sufragio universal durante el período de la revolución. Pero ¿qué sobraría en realidad si todo esto desapareciese? Lenin y Trotsky sustituirían las instituciones representativas, surgidas del sufragio popular universal, por los soviets, como única representación auténtica de las masas trabajadoras. Pero, al impedir la vida política en todo el país, también la vida en los soviets quedará paralizada.”

Concluía; “Sin sufragio universal, libertad ilimitada de prensa y de reunión, y sin confrontación libre de opiniones, se extingue la vida en todas las instituciones públicas, se convierte en una vida aparente, en la que la burocracia pasa a ser el único elemento activo. Esta es una ley suprema y objetiva, que no puede hurtar ningún partido. La vida pública se apaga poco a poco. Un error básico de la teoría de Lenin y la de Trotsky es que, exactamente, como Kautsky, contraponen dictadura a la democracia. ’Dictadura o democracia’ es como colocan la cuestión tanto los bolcheviques como Kautsky; el último defiende lógicamente a la democracia, y concretamente a la democracia burguesa, que considera como una opción frente a la revolución socialista; Lenin y Trotsky, se pronuncian, en contraposición, por la dictadura en oposición a la democracia, es decir, por una dictadura de un puñado de personas, por la dictadura según un modelo burgués. Son dos polos opuestos, equidistantes de la verdadera política socialista.”

El tema de la soberanía y del voto popular y de la articulación entre diversas formas de democracia, de la “verdadera política socialista”, en términos de Rosa, sólo sería discutido en Rusia, a partir de finales de los años 20, y sobre todo en la década siguiente. El primer texto que trata profundamente el peligro de la burocratización solo aparece en 1928, cuando Rakovsky, que había dirigido un gobierno soviético en Ucrania, publica “Los peligros Profesionales del Poder”- ya era demasiado tarde.

El desastre de 1918

Los resultados de las elecciones para la Asamblea Constituyente prueban, entre otras cosas, que la decisión de constituir una coalición entre los bolcheviques y fracciones de los partidos mencheviques (los mencheviques internacionalistas) y socialistas- revolucionarios (los socialistas revolucionarios de izquierdas) era necesaria y adecuada. Así, ese gobierno representaba a la mayoría popular.

Los y las lectoras de “Diez días que sacudieron al Mundo”, el extraordinario reportaje de John Reed acerca de la revolución en Petrogrado, habrá notado que el libro no termina con la toma del Palacio de Invierno, por otra parte, un acontecimiento relativamente menor en el desarrollo de los acontecimientos, pero que concluye con la votación del congreso de los soviets campesinos, que aprueban la constitución del nuevo gobierno soviético. Reed nos explica cómo, después de que los dirigentes bolcheviques intentaron hacerse oír, inútilmente, por el congreso, María Spiridonova, la principal dirigente de los socialistas revolucionarios de izquierdas, sube a la tribuna para explicar la alianza que había establecido Lenin. La mayoría del congreso se reconoce en ella y apoya su decisión. La revolución había triunfado.

Esta coalición, después de formalizarse, fue aprobada por una mayoría en el Comité Central bolchevique, contra la voluntad de Lenin. Los comisarios del pueblo de los otros partidos dispusieron de margen de decisión (es famoso como Isaac Steinberg, un Comisario del Pueblo para la Justicia, socialista revolucionario, se opuso frontalmente al desahogo de Lenin cuando los bienes esenciales escaseaban en las ciudades: “Como no usemos el terror contra los especuladores, fusilándolos de inmediato, nada cambiará”. A lo que el comisario respondió que, si así fuese, su lugar no tendría sentido). Pero el acuerdo de coalición solo duró hasta Marzo de 1918.

En Marzo, el gobierno se vio obligado, a pesar de las grandes diferencias sobre ese escollo, a aceptar un acuerdo de paz con Alemania, cuyas tropas tenían invadida a Rusia y sin encontrar resistencia, dado que el ejército ruso estaba descompuesto y los soldados no querían más combates. Este acuerdo, firmado en Brest Litovsk, implicó la pérdida de un cuarto del territorio de Rusia, un tercio de la población, el 90% de las minas de carbón, la mitad de la industria, incluyendo a Ucrania que representaba el 90% de los cereales exportables y tres cuartas partes de la producción del carbón.

Esa concesión forzosa hizo reaparecer las diferencias dentro de la coalición de gobierno y provocó la salida de los mencheviques internacionalistas y socialistas revolucionarios de izquierdas ( y algunos de estos escogieron entonces volver a practicar actos terroristas como los que habían organizado contra el zarismo, pero esta vez contra los bolcheviques, como el asesinato de Volodarski, un dirigente bolchevique que también se había opuesto al tratado de Brest Litovsk, en junio de ese año en Petrogrado). Sedes abiertas y diferentes publicaciones mantuvieron la actividad de los partidos que se habían opuesto al campo de los blancos en la guerra civil, pero a partir del inicio de los años 20 esa vida pública democrática desapareció.

La guerra civil e la invasión franco-británica

En julio de 1918, el gobierno procede a la nacionalización de las industrias. Ya habían deliberado sobre el monopolio público del comercio exterior (para controlar las divisas) y el rechazo de la deuda externa contraída por los zares, pero ante la desorganización de la producción se decidió tomar el control de las fábricas.

La invasión franco-británica, a partir del otoño de 1918, alteró profundamente el marco de la guerra civil, que provocaría más muertes que la participación de Rusia en la Gran Guerra. Dos de las mayores potencias militares europeas juntaron sus ejércitos a los de las fuerzas zaristas y, como respuesta, el gobierno tomó medidas de excepción, incluyendo lo que se llamaría posteriormente “comunismo de guerra”, la movilización de todos los escasos recursos que fueran necesarios para ganar la guerra -en 1920 el ejército absorbía la mitad de la producción industrial, gran parte de los alimentos, todo el tabaco y el 60% del azúcar (y los efectos destructivos de la guerra fueron violentos: en 1920 la producción industrial era el 18% de la de 1913).

La guerra transformó igualmente la organización social. Si el proletariado industrial era de cerca de tres millones de personas en 1917 (para 25 millones de campesinos), en 1921-1922 se había reducido a la mitad, mientras el ejército movilizaba 5,5 millones de soldados. Al mismo tiempo, el aparato del Estado crecía exponencialmente: en 1920 los funcionarios públicos era casi 6 millones, cuatro veces el número de obreros.

Fue en este contexto en el que se desarrolló un intenso debate sobre el movimiento sindical en el 9º congreso del partido bolchevique (marzo-abril de 1920). Trotsky, entonces en una posición de poder, fue elegido, a propuesta de Lenin, para acumular la función del Comisario de Guerra junto con la de Comisario de los Transportes. Pero fue derrotado en su propuesta de militarización de los sindicatos de producción, que incluía la sustitución de las direcciones a favor de la sumisión de la estructura sindical al esfuerzo de guerra. Lenin criticó esta propuesta a partir de diciembre de 1920 y fue derrotada en el congreso, a pesar de ser apoyada por Bukarine, Preobajensky, Smirnov y Rakovsky. La propuesta derrotada, que representaba una solución represiva, demostraba una vez más la incomprensión de algunos dirigentes bolcheviques sobre la necesidad de un movimiento social autónomo y expresivo y también su desesperación.

A partir de 1921, llegando la guerra civil a su fin con la victoria de las fuerzas soviéticas, se decidió una nueva estrategia, la Nueva Política Económica, que procuraba crear una forma de “capitalismo de Estado” (fue el término ambiguo utilizado entonces) con apertura al mercado y a inversiones del capital, pero con control público, para reanimar la economía. La NEP fue formalmente abolida en 1928.

Democracia en el partido y en la sociedad

El debate sobre la militarización de los sindicatos no fue el primer momento de reflexión sobre la democracia social pues, como subrayé antes, no existía entonces, entre los gobernantes y dirigentes soviéticos, ni una teoría, ni una experiencia, ni una conciencia de la importancia de la autonomía de las organizaciones sociales en relación al partido y al gobierno.

Después de ser derrotada la propuesta sobre los sindicatos, las dificultades impuestas por la guerra civil serían el pretexto para otras decisiones que se demostrarían desastrosas a corto plazo. En el 10º congreso del partido bolchevique, en Marzo de 1921, fue aprobada, por iniciativa de Lenin y con el acuerdo del resto de miembros de la dirección del partido, la prohibición de tendencias y fracciones dentro del partido.

En ese congreso se expresaban dos tendencias minoritarias, la Oposición Obrera (de Kollontai, con 60 delegados de 690), y la Tendencia del Centralismo Democrático, menos representativa. La moción de Lenin prohibiendo las tendencias solo tuvo una oposición de 30 votos, a pesar de cerrar el terreno del debate interno, determinaba que los dirigentes de estas tendencias podían ser elegidos para el Comité Central (Kollontai continuaría teniendo un papel importante en el Estado Soviético, siendo después embajadora en México y Noruega). Un congreso que apoyó también la trágica represión de la revuelta de los marineros de Kronstadt.

Muchos años después, Trotsky cambió de postura y vio como estos momentos fueron giros peligrosos en la vida soviética. En su “Revolución Traicionada” de 1936, criticó las decisiones del congreso de 1921: “La prohibición de los partidos de oposición produjo la de las facciones; la prohibición de las facciones llevó a prohibir otra forma de pensar que no fuese la del jefe infalible. El monolitismo policial del partido tuvo por consecuencia la impunidad burocrática que a su vez se transformó en causa de todas las variantes de desmoralización y de corrupción”. En 1938, en su texto programático esencial al final de su vida, “Programa de Transición”, Trotsky concluía que era esencial el establecimiento de una soberanía popular y una democracia electoral que definiese el lugar de los partidos en los soviets: “Es imposible una democracia de los soviets sin la legalización de los partidos soviéticos. Los obreros y campesinos deben elegir con su voto que partidos reconocen como soviéticos”.

Pero, en los años 20, la guerra, la miseria, la represión, la burocratización, la omnipotencia del partido, el control de Stalin sobre el aparato y otros factores acabarán con las últimas y tardías tentativas de democratización. Al darse cuenta, en los últimos días de 1922 y los primeros de 1923, Lenin, ya encamado, dictó a sus secretarias lo que vino a ser conocido como su “Testamento”, recomendando alejar a Stalin de todo poder partidario y elogiando a Trotsky “el hombre más capaz del Comité Central” aunque tendría una inclinación hacia procedimientos “demasiado administrativos”. En Marzo de 1923, en su artículo en el Pravda, “Antes menos, pero mejor”, ya al borde la muerte, Lenin escribía angustiado: “Nuestro aparato del Estado es tan deplorable que lo más perjudicial será creer que sabemos algo (…) No, somos ridículamente deficientes”. El problema estaba, por lo tanto, en la cabeza del partido, pero también en la organización del poder del Estado, “ridículamente deficiente”.

Ese mismo año tuvo lugar un último debate que fue publicado en la prensa del partido. Un grupo de 46 dirigentes históricos del partido bolchevique publicó en el Pravda una carta con propuestas para la reforma del partido y del poder soviético. Pelearon por sus propuestas y formaron una oposición interna, que consiguió el apoyo de dos tercios de las células del ejército y, en Moscú, 67 de las 346 células, o del 36% de los votos, siendo representativa, de apoyos importantes en otras organizaciones del partido. Pero se quedó en minoría y fueron derrotados por la troika constituida por Stalin, Bukarin y Zinoviev. Stalin llegaría después para mandar asesinar a sus dos aliados en los procesos de Moscú, a partir de 1936, y cientos de miles de comunistas y de opositores fueron encarcelados en el Gulag. La revolución había sido traicionada.

(Imagen: Bolchevique, de Borís Kustódiev, ícoon del realismo socialista)

León Trotsky: las tácticas del Frente Único

I. 

CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE EL FRENTE ÚNICO

 

1.- La tarea del Partido Comunista es la de dirigir la revolución proletaria. A fin de orientar al proletariado hacia la conquista directa del poder, el Partido Comunista debe basarse en la predominante mayoría de la clase trabajadora.

En tanto el Partido no cuente con esa mayoría, debe luchar para lograrla.

El Partido solo puede alcanzar este objetivo si es una organización absolutamente independiente, con un programa claro y una estricta disciplina interna. He aquí por qué el Partido tuvo que romper ideológica y organizativamente con los reformistas y los centristas que no luchan por la revolución proletaria, que no tienen el deseo de preparar a las masas para la revolución y que, con su conducta, coartan esta tarea. Los miembros del Partido Comunista que se aliaron en la escisión con los centristas en nombre de “las masas proletarias” o de la «unidad de frente”, están demostrando su incomprensión del ABC del Comunismo, y que están en las filas del Partido Comunista solo por accidente.

2.- Luego de asegurarse una completa independencia y homogeneidad ideológica de sus cuadros, el Partido Comunista lucha por influenciar a la mayoría de la clase obrera. Esta lucha puede asumir un carácter rápido o lento, que depende de las condiciones objetivas y la eficacia de la táctica seguida.

Pero es bien evidente que, la vida de clase del proletariado no se detiene en ese periodo preparatorio para la revolución. Los choques con los industriales, con la burguesía, con el aparato del Estado, ya respondan a la iniciativa de un sector o del otro, siguen su curso.

En estos choques, que envuelven ya sea a los intereses del conjunto del proletariado, o de su mayoría, o a este u otro sector, las masas obreras sienten la necesidad de la unidad de acción: de unidad para resistir el ataque del capitalismo, o de unidad para tomar la ofensiva en su contra. Todo Partido que se oponga mecánicamente a esta necesidad del proletariado de unidad en la acción, será condenado infaliblemente por los obreros.

Por otra parte, la cuestión del Frente Único no es, ni en su origen ni en su esencia, una cuestión de relaciones mutuas entre la fracción parlamentaria comunista y la socialista, o entre los Comités Centrales de ambos Partidos, o entre “L’ Humanité” y “Le Populaire”. El problema del Frente Único -a pesar del hecho de que es inevitable una escisión en esta época entre las organizaciones políticas que se basan en el voto- surge de la urgente necesidad de asegurarle a la clase obrera la posibilidad de un Frente Único en la lucha contra el capitalismo.

Para aquellos que no comprenden que todo Partido solo es una sociedad propagandística y no una organización para la acción de masas.

3.- En los casos en que el Partido Comunista aún permanece corno una organización compuesta por una minoría numéricamente insignificante, la cuestión de su conducta en el frente de la lucha de masas no asume un significado político y organizativo decisivo. En tales condiciones las acciones de masas permanecen bajo la dirección de las viejas organizaciones que continúan jugando un rol decisivo en virtud de su tradición aún poderosa.

Por otro lado, el problema del Frente Único no surge en los países donde -Bulgaria por ejemplo- el Partido Comunista es el único dirigente de las masas explotadas.

Pero donde quiera que el Partido Comunista constituya una fuerza política poderosa y organizada, pero no una magnitud decisiva -allí donde el Partido abarque organizativamente digamos una cuarta parte, una tercera y aún una proporción mayor de la vanguardia proletaria organizada— se halla ante el problema del Frente Único en toda su agudeza.

Si el Partido cuenta con una tercera parte o la mitad de la vanguardia proletaria, luego, el resto se hallará organizado por los reformistas o los centristas. Es bien evidente que los obreros que aun apoyan a los reformistas y centristas se interesan vivamente por mantener los niveles de vida más elevados y la mayor libertad de acción que sea posible. En consecuencia, debemos proyectar nuestra táctica a evitar que el Partido Comunista que en el futuro próximo abarcará los tres tercios del proletariado, se convierta en un obstáculo organizativo en el camino de la lucha proletaria actual.

Aun más, el Partido debe asumir la iniciativa en asegurar la unidad en la lucha presente. Solo así el Partido se acercará a esos dos tercios que aún no siguen su dirección, que aun no confían en él porque no lo comprenden. Solo de esta manera puede el Partido ganarlos.

Si el Partido Comunista no hubiese roto drásticamente y en forma irrevocable con los socialdemócratas, si no se hubiese convertido en el Partido de la revolución proletaria. No hubiese podido dar los primeros pasos serios en el camino de la revolución. Hubiese permanecido como una válvula parlamentaria de seguridad bajo el Estado burgués.

Quién no comprende esto, no conoce la primera letra del ABC del Comunismo.

4.- Si el Partido comunista no procurase construir un camino organizativo, al final del cual fuesen posibles en cualquier momento acciones coordinadas conjuntas entre las masas comunistas y las no-comunistas (incluyendo a las que apoyan a la socialdemocracia), pondría al descubierto su incapacidad para ganar -sobre la base de acciones de masas- a la mayoría del proletariado. Degeneraría en una Sociedad de propaganda comunista, nunca se desarrollaría como un Partido que lucha por la conquista del poder.

No es suficiente contar con una espada, tiene que tener filo; no es suficiente el filo: hay que saber usarla.

Luego de separar a los comunistas de los reformistas, no es suficiente fusionar a los comunistas entre sí por medio de la disciplina organizativa; es necesario que esa organización aprenda a guiar todas las actividades colectivas del proletariado en todas las esferas de la lucha de clases.

Esta es la segunda letra del ABC del Comunismo.

 

DIRIGENTES REFORMISTAS EN EL FRENTE UNICO

5.- El Frente Único, ¿comprende solo a las masas trabajadoras o incluye también a sus dirigentes oportunistas?

El solo hecho de hacer esta pregunta demuestra incomprensión del problema.

Si pudiésemos simplemente unir al proletariado en torno a nuestra bandera o alrededor de nuestras consignas prácticas, y saltar por encima de las organizaciones reformistas, ya fuesen partidos o sindicatos, lógicamente, esto seria lo mejor del mundo. En este caso, el problema del Frente Único no existiría en su forma actual.

La cuestión surge de que algunos sectores muy importantes del proletariado pertenecen a organizaciones reformistas o las apoyan. Su experiencia actual es demasiado insuficiente para permitirles abandonarlas y unirse a nosotros. Es precisamente luego de intervenir en aquellas actividades de masas que están a la orden del día, que se producirá un gran cambio en la situación.

He aquí lo que perseguimos. Pero los hechos aun no tienen esas características: actualmente, el sector organizado del proletariado esta dividido en tres agrupamientos.

Uno de ellos, los comunistas, tiene como objetivo la revolución social y precisamente por eso apoya todo movimiento de los explotados contra sus explotadores y contra el Estado burgués.

Otra agrupación, de los reformistas, persigue la conciliación con la burguesía, pero a fin de no perder su influencia sobre los obreros, es empujada, contra los propios deseos de sus dirigentes, a apoyar los movimientos parciales del proletariado contra la burguesía.

Finalmente, existe un tercer agrupamiento: los centristas, quienes vacilan constantemente entre los dos, y no tienen una actuación independiente.

Las circunstancias, por lo tanto, tornan completamente posibles las acciones conjuntas respecto a una serie de cuestiones vitales entre los obreros unidos en torno a esas tres organizaciones respectivamente, y las masas organizadas que las apoyan.

Los Comunistas, como ya hemos dicho, no solo no deben oponerse a tales acciones sino que, por el contrario, deben asumir la iniciativa, precisamente por la razón de que cuánto más sean impulsadas las masas hacia el movimiento mayor será su confianza en si mismas, el movimiento de masas tendrá más confianza en sí mismo y será más capaz de marchar resueltamente hacia delante, no importa cuan modesta sea la consigna inicial de lucha. Y esto significa que el crecimiento del contenido de masas del movimiento lo hace revolucionario y crea condiciones mucho más favorables para las consignas, métodos de lucha y, en general, para el rol dirigente del Partido Comunista.

Los reformistas temen al potente espíritu revolucionario de las masas; su arena más preciada es la tribuna parlamentaria; las oficinas de los sindicatos, las cortes de justicia, las antesalas de los ministerios.

Por el contrario, lo que a nosotros nos interesa, aparte de toda otra consideración, es arrancar a los reformistas de su paraíso y ponerlos al lado nuestro ante las masas. Usando una táctica correcta, solo podemos ganar. El comunista que duda o teme esto, parece aquel nadador que aprobó las tesis sobre el mejor modo de nadar, pero que no quiere arriesgarse a zambullirse.

6.- La unidad de frente presupone asimismo, dentro de ciertos limites y en torno a cuestiones especificas, correlacionar en la práctica nuestras acciones con las de las organizaciones reformistas, frente a aquello en que éstas aun hoy expresen la voluntad de importantes sectores del proletariado combativo.

Pero, después de todo, ¿no nos separamos ayer de ellos? Si, porque no estábamos de acuerdo en cuestiones fundamentales del movimiento obrero; ¿a pesar de eso buscamos acuerdos con ellos? Sí, en todos aquellos casos en que las masas que los siguen a ellos están dispuestas a ligarse en una lucha conjunta con las masas que nos siguen a nosotros, y cuando los reformistas en un mayor o menor grado, son empujados a transformarse en un órgano de esa lucha.

Pero, ¿no dirán que luego de separarnos de ellos aun los necesitamos? Si, sus charlatanes podrán decir eso. Aquí y allá algunos elementos de nuestro Partido pueden asustarse con ello. Pero en lo que respecta al conjunto de las masas proletarias -aun aquellas que no nos siguen y que aun no comprenden el objetivo que perseguimos, pero que ven dos o tres organizaciones obreras conduciendo en una existencia paralela- dichas masas sacarán la siguiente conclusión de nuestra conducta: que a pesar de la escisión, estamos haciendo todo lo posible para facilitar la unidad de la acción a las masas.

7.- La política tendiente a asegurar el Frente Único, por supuesto no incluye garantías de que la unidad de acción será alcanzada en todos sus puntos. Por el contrario, en muchos casos, y quizá en la mayoría de ellos, los acuerdos organizativos serán alcanzados a medias o no lo serán del todo. Pero es necesario que las masas en lucha tengan siempre la posibilidad de convencerse de que la imposibilidad de lograr la unidad de acción no se debió a nuestra política irreconciliable sino a la falta de una real voluntad de lucha por parte de los reformistas.

Al entrar en acuerdos con otras organizaciones, naturalmente asumimos una cierta disciplina en la acción. Pero esta disciplina no puede ser absoluta. En el momento en que los reformistas empiecen a poner freno a la lucha, en detrimento del movimiento, y a actuar en contra de la situación y la voluntad de las masas, nosotros, como organización independiente siempre nos reservaremos el derecho a dirigir la lucha hasta el fin, y esto sin nuestros semialiados temporarios.

Esto puede dar pie a una nueva agudización de la lucha entre nosotros y los reformistas. Pero esta ya no implicara una simple repetición de un conjunto de ideas dentro de un circulo cerrado, sino que significara -si nuestra táctica es correcta- la extensión de nuestra influencia sobre sectores nuevos y frescos del proletariado.

8.- Es posible ver en nuestra táctica una reconciliación con los reformistas solo desde el punto de vista del periodista que piensa que se aleja del reformismo criticándolo ritualmente, sin siquiera abandonar su oficina de redacción, que teme chocar con el reformismo ante las masas, y teme darles a estas ultimas la oportunidad para colocar a comunistas y reformistas en un mismo plano de la lucha dé clases. En esta apariencia del temor revolucionario a la «reconciliación» acecha en esencia una pasividad política que busca perpetuar un orden de cosas en que los comunistas y los reformistas tienen cada uno sus esferas de influencia rígidamente demarcadas, su propio público en los mítines, su propia prensa, y que todo esto cree la ilusión de una seria lucha política.

9.- Rompimos con los reformistas y centristas a fin de obtener una completa libertad de criticar la perfidia, la traición, la indecisión y el espíritu pasivo en el movimiento obrero. Por esta razón, toda clase de acuerdo organizativo que coarte nuestra libertad de crítica y de agitación, es completamente inaceptable para nosotros. Participamos en un Frente Único, pero en ningún instante nos diluimos en él. Actuamos en el Frente Único como un grupo independiente. Es precisamente en el curso de la lucha que el conjunto de las masas debe aprender por experiencia que nosotros luchamos mejor que los demás, que vemos mejor, que somos más audaces y resueltos. De esta forma, nos acercamos cada vez más a la conquista del Frente Único revolucionario, bajo la indiscutida dirección comunista.

 

II. SECTORES EN EL MOVIMIENTO OBRERO FRANCES

 

10.- Si nos Proponemos analizar el problema del Frente Único en su aplicación a Francia, sin abandonar el terreno de estas tesis, que surgen del conjunto de la línea política de la Internacional Comunista, debemos entonces preguntarnos: ¿nos enfrentamos en Francia con una situación en que los comunistas representan, desde el punto de vista de la acción práctica, una magnitud insignificante? O por el contrario, ¿abarcan la gran mayoría de los obreros organizados? ¿O acaso ocupan una posición intermedia? ¿Son lo suficientemente fuertes para que su participación en el movimiento de masas revista la mayor importancia, pero no lo bastante fuertes para concentrar en sus manos la dirección?

Es bien evidente que nos hallamos frente al tercer caso.

11.- En la esfera partidaria, el predominio de los comunistas sobre los reformistas es enorme. La organización y la prensa comunistas superan en mucho a la prensa de los llamados socialistas, tanto en tiraje como en riqueza y vitalidad.

Esta manifiesta preponderancia, sin embargo, lejos de asegurar al Partido Comunista Francés la dirección indiscutida del proletariado francés, no lo ha logrado hasta ahora, debido principalmente a que el proletariado está influenciado poderosamente por tendencias y prejuicios antipolíticos y antipartidarios, alimentados principalmente por los sindicatos.

12.- La particularidad sobresaliente del movimiento obrero francés estriba en eso, en que los sindicatos han servido por mucho tiempo como una cubierta para un Partido político particularismo, anti-parlamentario que lleva este nombre: sindicalismo. Si bien los sindicalistas revolucionarios pueden tratar de delimitar su actuación de la política o de un Partido, no pueden refutar el hecho de que ellos mismos constituyen un Partido político, que busca basarse en las organizaciones sindicales del proletariado. Este Partido tiene sus propias tendencias revolucionarias positivas, pero también sus propios aspectos sumamente negativos: la falta de un programa genuino y definitivo y de una organización constituida. La organización de los sindicatos no corresponde en absoluto a la organización del sindicalismo. En el sentido organizativo, los sindicalistas representan un núcleo político amorfo injertado en los sindicatos.

El problema se complica aun más por el hecho de que los sindicalistas, como todos los otros grupos en el proletariado, se han dividido desde la guerra en dos partes: los reformistas, que apoyan a la burguesía y por lo tanto se inclinan a la colaboración estrecha con los reformistas parlamentarios, y el sector revolucionario, que está buscando el camino para aplastar a su adversario y se está moviendo, en la persona de sus mejores elementos, hacia el comunismo.

Es precisamente esta urgencia de preservar la unidad (de clase) de frente, la que inspiro no solo a los comunistas sino también a los sindicalistas revolucionarios, la táctica absolutamente correcta de la lucha por la unidad de la organización sindical del proletariado francés. Por el otro lado, con el instinto de traidores que hace que sepan que frente a las masas no pueden -en la acción, en la lucha- enfrentarse con el ala revolucionaria, Jouhaux, Merrhaim y Cía. han tomado el camino de la escisión. La lucha colosalmente importante que envuelve actualmente al conjunto del movimiento sindical francés, la lucha entre reformistas y revolucionarios, constituye para nosotros al mismo tiempo una lucha por la unidad de la organización de los sindicatos y del Frente Único Sindical.

 

III. EL MOVIMIENTO SINDICAL Y EL FRENTE UNICO

 

13.- El comunismo francés enfrenta una situación sumamente importante en cuanto a la idea del Frente Único. En la estructura de la organización política, el comunismo francés ha triunfado al conquistar a la mayoría del viejo Partido Socialista, con lo cual los oportunistas añadieron a toda su lista anterior de calificativos, el de “disidentes» es decir, divisionistas. Nuestro Partido se ha servido de esta expresión en el sentido de que ha implantado la designación de divisionistas a las organizaciones social-reformistas francesas, dando así a la vanguardia la certeza de que los reformistas son destructores de la unidad de acción y de la unidad de organización.

14.- En el campo del movimiento sindical, el ala revolucionaria y sobre todo los comunistas, no pueden ocultar, ni tampoco sus adversarios, cuán profundas son las diferencias entre Moscú y Ámsterdam. -diferencias que de ningún modo son simples sombras que oscurecen el panorama del movimiento obrero sino un reflejo del profundo conflicto que conmueve a la sociedad moderna, aparte, especialmente, del conflicto entre la burguesía y el proletariado. Pero al mismo tiempo, el ala revolucionaria, es decir ante todo y principalmente los concientes elementos comunistas, nunca han propugnado la táctica de abandonar los sindicatos o de dividir las organizaciones sindicales. Tales consignas son características de grupos sectarios, de “localistas”, KAPD , ciertos “libertarios” grupitos anarquistas en Francia, que nunca han tenido influencia en el seno del proletariado, que no intentan ni aspiran a conquistar esa influencia sino que se contentan con pequeñas sectas propias y con congregaciones rígidamente demarcadas. Los elementos verdaderamente revolucionarios entre los sindicalistas franceses, han sentido instintivamente que la clase obrera francesa puede ser ganada en la arena del movimiento sindical solo si se enfrentan el punto de vista y los métodos revolucionarios con los de los reformistas en el terreno de la acción de masas, preservando al mismo tiempo él más alto grado posible de unidad en la acción.

15.- El sistema de fracciones en las organizaciones sindicales, adoptado por el ala revolucionaria, significa la forma de lucha más natural para la influencia ideológica para la unidad del frente sin perturbar la unidad de la organización.

16.- Tal como los reformistas del Partido Socialista, los reformistas del movimiento sindical tomaron la iniciativa para la escisión. Pero se debe ante todo a la experiencia del Partido Socialista, que les hizo ver claramente que el tiempo avanzaba a favor de los comunistas, y que la única forma de contraatacar esa influencia era forzando una escisión. Por parte de la camarilla dirigente de la CGT, podemos ver todo un sistema de medidas a fin de desorganizar al ala izquierda, de privarla de aquellos derechos que los sindicatos le dan, y finalmente, a través de la expulsión abierta -en contra de todo estatuto y reglamento de colocarla formalmente fuera de los sindicatos-.

Por otro lado, tenemos al ala revolucionaria luchando para defender sus derechos en el terreno de las normas democráticas de las organizaciones obreras, y resistiendo con toda su fuerza la escisión implantada desde arriba, convocando a la base a la unidad de la organización sindical.

17.-Todo obrero francés consciente debe saber que cuando los comunistas eran una sexta parte, o una tercera parte del Partido Socialista, no intentaron escindirse, pues tenían absoluta certeza de que la mayoría del Partido los seguirían en un futuro cercano. Cuando los reformistas se vieron reducidos a una tercera parte se separaron, carentes de esperanzas en ganar la mayoría de la vanguardia proletaria.

Todo obrero francés consciente debe saber que cuando los elementos revolucionarios tuvieron que enfrentar el problema sindical, a pesar de ser en ese momento una minoría insignificante, le dieron salida en la forma del trabajo en organizaciones de base, pues estaban convencidos que la experiencia de la lucha en las condiciones de una época revolucionaria empujaría enseguida a la mayoría de los obreros organizados hacia el programa revolucionario. Cuando los reformistas, en cambio, percibieron el crecimiento del ala revolucionaria en los sindicatos, acudieron inmediatamente al método de la expulsión y la división.

De aquí podemos sacar conclusiones de la mayor importancia:

Primero, la enorme profundidad de las diferencias que reflejan, como ya hemos dicho, la contradicción entre la burguesía y el proletariado, ha sido clarificada.

Segundo, el “democratismo» hipócrita de los opositores de la dictadura queda al desnudo hasta las raíces, máxime cuando estos caballeros no se inclinan a tolerar, no solo en la estructura del Estado sino también en la estructura de las organizaciones obreras, los métodos democráticos. Allí donde estas organizaciones obreras se vuelven contra ellos, las abandonan, tal como los disidentes en el Partido, o expulsan a los demás como hace la camarilla de Johuax Desmoulins. Es monstruoso suponer que la burguesía podría permitir que la lucha contra el proletariado llegara a una decisión dentro de una estructura democrática, cuando hasta los agentes de la burguesía en los sindicatos y en las organizaciones políticas se oponen a resolver las cuestiones del movimiento obrero sobre la base de las normas de la democracia proletaria adoptadas voluntariamente por ellos.

18.- La lucha por la unidad de la organización obrera y de la acción sindical seguirá siendo, en un futuro, una de las tareas más importantes del Partido Comunista, no solo una lucha en el sentido de empujar constantemente hacia la unidad de grandes sectores de obreros en torno al programa y tácticas de los comunistas, sino también en el sentido de que el Partido Comunista -en marcha hacia la realización de este objetivo- tanto en forma directa como a través de los comunistas en los sindicatos, se esfuerza por medio de la acción, por reducir a un mínimo los obstáculos que son las divisiones para el movimiento obrero.

Si a pesar de todos nuestros esfuerzos por restablecer la unidad, la división en la CGT se afirma sin remedio en un futuro inmediato, esto no significa en absoluto que la “CGT Unitaire” , sin tener en cuenta si una mitad o más de la mitad de los obreros organizados se le unirán en el próximo periodo, debe llevar adelante su tarea ignorando simplemente la existencia de la CGT reformista. Una política de esta naturaleza significaría dificultades al extremo, y hasta excluiría la posibilidad de realizar acciones coordinadas del proletariado, y al mismo tiempo facilitaría al máximo la posibilidad de que la CGT reformista jugara, en beneficio de la burguesía, el rol de “Ligue Civique” frente a huelgas, manifestaciones, etc.; y al mismo tiempo daría a la CGT reformista una especie de justificación, al argumentar que la CGT Unitaire provoca acciones publicas inoportunas, y que debe cargar con toda la responsabilidad por ellas. Es bien evidente que en todos los casos donde las circunstancias lo permitan a la CGTU revolucionaria, ésta iniciará una campaña cuando lo considere necesaria, dirigiéndose abiertamente a la CGT reformista con propuestas y demandas para un plan concreto de acciones coordinadas, y obligarla a sufrir la presión de la opinión publica proletaria, exponiendo ante dicha opinión publica cada uno de los pasos inciertos y evasivos de los reformistas.

Aun en el caso de que la división en la organización sindical sea un hecho, los métodos de lucha por el Frente Único conservaran todo su significado.

19.- Podemos, por lo tanto, establecer que en relación con el sector más importante del movimiento obrero —los sindicatos- la táctica del Frente Único exige que los métodos con que llevamos adelante la lucha contra Jouhaux y Cía., sean aplicados en forma más consistente, y con más persistencia y resolución que nunca

 

IV. LA LUCHA POLITICA Y EL FRENTE UNICO

 

20.- En el plano del Partido, hay una gran diferencia con los sindicatos; la preponderancia del Partido Comunista sobre el Partido Socialista es enorme. Por lo tanto, es posible suponer que el Partido Comunista como tal es capaz de asegurar la unidad del frente político, y que por consiguiente no hay razones que lo empujen a dirigirse a la organización de los disidentes con propuestas para acciones concretas. Esta cuestión, de ser planteada en una estricta forma legista, basada en relación de fuerzas y no en un radicalismo verbal, debe ser apreciada coma merece.

21.- Cuando consideramos que el Partido Comunista cuenta con 130.000 miembros mientras que los socialistas tienen 30.000. Los éxitos enormes de la idea comunista en Francia se hacen evidentes. En cambio, sí tomamos en cuenta la relación entre esas cifras y la fuerza numérica del proletariado en su conjunto y la existencia de sindicatos reformistas, amén de la existencia de tendencias anti-comunistas en los sindicatos revolucionarios, entonces la cuestión de la hegemonía del Partido Comunista en el movimiento obrero se nos presentara como una tarea muy difícil, aun lejos de resolverse con nuestra preponderancia numérica frente a los disidentes. Estos últimos pueden, bajo ciertas condiciones, constituir un factor contrarrevolucionario mucho más importante dentro del proletariado de lo que podría parecer si uno juzga solamente a través de la debilidad de su organización y la insignificancia del tiraje y del contenido ideológico de su órgano, “Le Populaire”.

22.- A fin de apreciar la situación, es preciso dar una síntesis clara de su desarrollo. La transformación de la mayoría del viejo Partido Socialista en Partido Comunista se produjo como resultado de una ola de insatisfacción y resulta engendrada por la guerra en todos los países de Europa. El ejemplo de la Revolución Rusa y las consignas de la Tercera Internacional, indicaron el camino para salir de esta situación. Sin embargo, la burguesía pudo sostenerse en el periodo 1919-20 y pudo, a través de medidas combinadas, establecer un cierto equilibrio basado sobre los cimientos de la posguerra, equilibrio que fue socavado por las más terribles contradicciones y conduce a grandes catástrofes, pero que provee de cierta estabilidad por el momento, y para un periodo muy inmediato. La Revolución Rusa, superando las mayores dificultades creadas por el capitalismo mundial, ha sido capaz de llevar a cabo sus tareas socialistas solo en forma gradual, a costa de un extraordinario drenaje de todas sus fuerzas. Como resultado de esto, el flujo inicial de las tendencias revolucionarias ha dado lugar a un reflujo. Solamente los sectores más resueltos, audaces y jóvenes del proletariado mundial han permanecido bajo la bandera del comunismo.

Esto naturalmente no significa que los amplios sectores del proletariado que se han desilusionado en sus esperanzas de una revolución inmediata, de rápidas transformaciones radicales, etc., hayan vuelto en conjunto a sus antiguas posiciones de preguerra. No, su insatisfacción es más profunda que nunca, su odio a los explotadores más agudo. Pero al mismo tiempo, se hallan políticamente desorientados, no ven el camino de la lucha y por ende permanecen pasivamente a la expectativa, dando pie a la posibilidad de agudas oscilaciones hacia uno u otro lado, según como se presenta la situación.

Esta gran reserva de elementos pasivos y desorientados puede, bajo determinadas circunstancias, ser utilizada por los divisionistas en contra nuestro.

23.- Para apoyar al Partido Comunista, es necesario tener fe en la causa revolucionaria, ser leal y activo. Para apoyar a los disidentes, son necesarias y suficientes la desorientación y la pasividad. Es absolutamente natural que el sector revolucionario y activo del proletariado reclute de sus filas una proporción mucho mayor de miembros para el Partido Comunista, de lo que es capaz de proveer el sector pasivo y desorientado al Partido de los divisionistas.

Lo mismo puede decirse de la prensa. Los elementos indiferentes leen poco. La insignificancia de la circulación y contenido de “Le Populaire” refleja las condiciones de un sector del proletariado. El hecho de que haya un completo ascendiente de los intelectuales profesionales sobre los obreros en el Partido de los divisionistas, no contradice en absoluto nuestro análisis; que el proletariado pasivo y parcialmente desilusionado, parcialmente desorientado, sirve, especialmente en Francia, de fuente de alimento para las camarillas políticas formadas por abogados y periodistas, curanderos reformistas y charlatanes parlamentarios.

24.- Si contemplamos la organización del Partido como un ejército activo y a las masas proletarias desorganizadas como las reservas; y si garantizamos que nuestro ejercito activo es tres o cuatro veces más poderoso que el ejército activo de los divisionistas, entonces, bajo una combinación de circunstancias dada, las reservas pueden dividirse entre nosotros y los social-reformistas, en una proporción mucho menos favorable para nosotros.

PELIGRO DE UN NUEVO PERIODO “PACIFISTA”

25.- La idea de un “bloque de izquierda” está penetrando en la atmósfera política francesa. Luego de un nuevo periodo de Poncareismo, que constituye un intento de la burguesía de servir un plato recalentado -hecho con las ilusiones del pueblo de lograr la victoria- es bien probable una reacción pacifista en amplios círculos de la sociedad burguesa, especialmente entre la pequeño burguesía. Las esperanzas de una pacificación universal, de un acuerdo con la URSS, de obtener de ésta, bajo condiciones ventajosas, materias primas y el pago de sus deudas, disminuyen aplastadas por el militarismo; y de esta manera, el programa ilusorio del pacifismo democrático puede durante un cierto periodo transformarse en programa de un bloque dé izquierda, que reemplazará al bloque nacional.

Desde el punto de vista del desarrollo de la revolución en Francia, tal cambio de régimen será un paso adelante solo en el caso que el proletariado haya sido alcanzado muy poco por las ilusiones del pacifismo pequeño burgués.

26.- Los divisionistas reformistas son la agencia del “bloque de izquierda” en la clase obrera. Sus éxitos serán mayores cuando menos el proletariado sea alcanzado por la idea y practica del Frente Único contra la burguesía. Un sector de los obreros, desorientado por la guerra y la demora en el advenimiento de la revolución puede aventurarse a apoyar el bloque de izquierda como un mal menor, en la creencia de que no arriesgara nada, y a causa de que no ve otro camino.

27.- Uno de los medios más efectivos para contrarrestar en el proletariado las formas y las ideas del bloque de izquierda, es decir, un bloque formado por los obreros y cierto sector de la burguesía contra otro sector de la burguesía es insistir resuelta y persistentemente en la idea de un bloque formado por todos los sectores del proletariado contra el conjunto de la burguesía.

28.- En relación con los divisionistas, esto significa que no debemos permitirles ocupar impunemente una posición temporalmente evasiva respecto al movimiento obrero, y usar platónicas declaraciones de simpatía por los obreros, como una cubierta para aplicar al trasero de los opresores burgueses. En otras palabras, podemos y debemos, en todas las circunstancias adecuadas, proponer a los divisionistas una forma especifica de ayuda conjunta a los huelguistas, obreros bajo lock-out, desocupados, inválidos de guerra, etc. informando a las masas de su respuesta a nuestras propuestas, y en esta forma, oponerlos a ciertos sectores del proletariado políticamente indiferentes o semi-indiferentes, entre los cuales los reformistas esperan encontrar pronto apoyo en ciertas condiciones propicias.

29.- Este tipo de táctica es tanto más importante cuanto que los divisionistas están íntimamente ligados a la CGT reformista, y constituyen con esta ultima las dos alas de la agencia burguesa en el movimiento obrero. Debemos tomar la ofensiva simultáneamente en el campo sindical y político contra esta agenda de doble faz, aplicando los mismos métodos tácticos.

30.- La lógica de nuestra conducta impecable y sumamente persuasiva en la agitación es la siguiente: “Ustedes, los reformistas del sindicalismo y socialismo”, les decimos ante las masas, “han dividido a los sindicatos y al Partido mediante ideas y métodos que consideramos equivocados y criminales. Les exigimos que por lo menos se abstengan de poner obstáculos a las tareas del proletariado, y que hagan posible la unidad de acción. En la situación concreta dada, proponemos tal y tal programa de lucha».

31.- En forma similar, el método indicado podría ser empleado con éxito en actividades municipales y parlamentarias. Decimos a las masas: “los disidentes, debido a que no quieren la revolución, han dividido a los obreros. Estaríamos locos si confiáramos con su ayuda a la revolución proletaria. Pero estamos dispuestos, dentro y fuera del parlamento, a entrar en ciertos acuerdos prácticos con ellos, teniendo en cuenta que estos acuerdos sean sobre cuestiones que los obliguen a elegir entre los intereses conocidos de la burguesía y las reivindicaciones definitivas del proletariado; para apoyar a este ultimo en la acción, los divisionistas solo pueden ser capaces de tales acciones si renuncian a sus ligazones con los partidos de la burguesía, o sea, el bloque de izquierda y la disciplina burguesa”.

Si los divisionistas fueran capaces de aceptar estas condiciones, entonces los obreros que los siguen serian rápidamente absorbidos por el Partido Comunista. Pero precisamente debido a esto, los divisionistas no aceptarán estas condiciones. En otras palabras, ante la clara y precisa cuestión de sí eligen un bloque con la burguesía o un bloque con el proletariado —en las condiciones concretas y específicas de la lucha de clases— se verán obligados a declarar que prefieren un bloque con la burguesía. Una respuesta tal no pasara de largo ante las reservas proletarias con las cuales cuentan los reformistas.

 

V. TAREAS INTERNAS DEL PARTIDO COMUNISTA

 

32.- La política esbozada más arriba presupone, naturalmente, una completa independencia organizativa, claridad ideológica y firmeza revolucionaria por parte del Partido Comunista.

Por ende, ejemplarizando, es imposible llevar adelante con éxito una línea política que intente desacreditar ante las masas la idea de un bloque de izquierda, si en las filas de nuestro mismo Partido hay partidarios de este bloque en cantidad suficiente como para defender abiertamente esta línea de la burguesía. La expulsión incondicional y sin piedad de quienes estén a favor de la idea de un bloque de izquierda, es una tarea sobreentendida del Partido Comunista. Esto limpiará nuestra línea política de elementos que siembren el error y la falta de claridad; atraerá la atención de los obreros de vanguardia hacia la importancia del problema del bloque de izquierdas, y demostrará que el Partido Comunista no juega con las cuestiones que amenazan la unidad revolucionaria en la acción del proletariado contra la burguesía.

33.- Aquellos que tratan de utilizar la idea del Frente Único para agitar a favor de la unificación con los reformistas y los disidentes, deben ser arrojados sin piedad de nuestro Partido, pues sirven de agencia de los divisionistas en nuestras filas, y confunden a los obreros sobre los motivos de la división y sobre quiénes son los responsables de ella. En vez de plantear correctamente la posibilidad de tal o cual acción práctica coordinada con los disidentes, a pesar de su carácter pequeño burgués y esencialmente contrarrevolucionario, piden que nuestro Partido renuncie a su programa comunista y a sus métodos revolucionarios. La expulsión irrevocable de estos elementos, demostrara en forma excelente que la táctica del Frente Único proletario en modo alguno representa una capitulación o reconciliación con los reformistas. La táctica del Frente Único exige del Partido una completa libertad de maniobra, flexibilidad y resolución. Para hacer esto posible, el Partido debe declarar en forma clara y específica en todo momento, cuáles son sus deseos, qué objetivo de lucha se da, y debe plantear con autoridad, ante las masas, sus pasos y propuestas.

34.- De aquí surge la completa imposibilidad de admitir a los miembros del Partido que publiquen individualmente, bajo su propia responsabilidad y riesgo, cuestiones políticas en las que oponen sus propias consignas, métodos de acción y propuestas a las que representan al Partido.

Bajo la cubierta del Partido Comunista y en consecuencia, también en el medio influenciado por una cobertura comunistas, es decir; el medio obrero, estos elementos siembran día a día ideas hostiles al Partido o siembran la confusión o el escepticismo, lo que resulta más dañino que las ideologías abiertamente hostiles.

Los órganos de esta clase, junto con sus editores, deben ser expulsados del Partido y la Francia proletaria por entero debe enterarse de esta acción por medio de artículos que expongan sin piedad a los contrabandistas pequeñoburgueses que actúan bajo la bandera comunista.

35.- De lo dicho hasta aquí surge también la completa inadmisibilidad de que en las publicaciones fundamentales del Partido aparezcan, junto a artículos que defienden los conceptos básicos del comunismo, otros trabajos que los combatan o los nieguen. Es absolutamente inadmisible la continuación, en la prensa del Partido, de un régimen bajo el cual los lectores proletarios hallen, bajo la cubierta de los editoriales de las principales publicaciones del Partido, artículos que traten de retrotraerlos a posiciones de un pacifismo lacrimoso, y que propaguen entre los obreros una hostilidad que debilita, hacia la violencia revolucionaria, ante la violencia triunfante de la burguesía. Bajo la mascara de una lucha contra el militarismo, se conduce una lucha contra las ideas de la revolución y del levantamiento de las masas.

Si luego de la experiencia de la guerra y de todos los acontecimientos posteriores, especialmente en la URSS y en Alemania, los prejuicios del pacifismo humanitario aun sobreviven en el Partido Comunista, y si el Partido considera necesario -en interés de la completa liquidación do estos prejuicios- abrir una discusión al respecto, los pacifistas y sus prejuicios en ningún caso pueden intervenir en la discusión como una fuerza igual, sino que deben ser condenados severamente por la dirección del Partido, en nombre de su Comité Central. Luego que el Comité Central haya decidido que la discusión está agotada, todo intento de desparramar las ideas del tolstoismo o cualquier otra variante del pacifismo, debe provocar irrevocablemente la expulsión de las filas del Partido.

36.- Se podría afirmar, sin embargo, que mientras no se complete la tarea de limpiar al Partido de los prejuicios del pasado y de completar su cohesión interna, seria peligroso colocar al Partido en situaciones en que se aproximara estrechamente a los reformistas y nacionalistas. Pero este punto de vista es falso, naturalmente, no puede negarse que la transición de una amplia actividad propagandística a la participación directa en el movimiento de masas, entraña nuevas dificultades y – por lo tanto, peligros para el Partido Comunista-. Pero seria totalmente erróneo suponer que el Partido puede prepararse para todas estas pruebas sin participar directamente en la lucha, sin entrar directamente en contacto con enemigos y adversarios. Por el contrario, solo así puede alcanzarse una limpieza y cohesión interna del Partido real, no ficticia. Puede que algunos elementos en el Partido y en la burocracia obrera se sientan más inclinados hacia los reformistas, de los cuales se han separado accidentalmente, que hacia nosotros. Perder a esas aves de paso no será un peligro sino una ventaja, y será compensado cien veces por la inyección al Partido de los obreros y obreras que hoy siguen todavía a los reformistas. El Partido se hará entonces más homogéneo, más resuelto y más proletario.

 

VI. LAS TAREAS DEL PARTIDO EN EL MOVIMIENTO SINDICAL

 

37.- Una de las tareas más fundamentales, es la de adquirir una absoluta claridad frente al problema sindical, tarea que sobrepasa en mucho a las otras que enfrenta el Partido Comunista en Francia.

Naturalmente, la leyenda difundida por los reformistas de que se están haciendo planes para subordinar los sindicatos organizativamente al Partido, debe ser denunciada y expuesta enérgicamente. Los sindicatos cuentan con obreros de tendencias políticas distintas, así como con hombres sin Partido, ateos o creyentes, en cambio, el Partido une en sus filas a hombres que piensa igual políticamente, sobre la base de un programa definido. El Partido no tiene ni puede tener instrumentos ni métodos para atar a los sindicatos desde fuera.

El Partido puede ganar influencia en la vida de los sindicatos si sus militantes trabajan en los sindicatos y llevan ahí el punto de vista del Partido. La influencia de los miembros del Partido en los sindicatos depende naturalmente de su fuerza numérica; y especialmente en el grado en que sean capaces de aplicar correctamente y en forma consistente y rápida, los principios del Partido a las necesidades del movimiento sindical.

El Partido tiene el derecho y él deber de proponerse conquistar, según la línea trazada más arriba, una influencia decisiva en las organizaciones sindicales. Solo alcanzará su objetivo si el trabajo de los comunistas en los sindicatos se armoniza completa y exclusivamente con los principios del Partido, y si es conducido invariablemente bajo su control.

38.- Las mentes de todos los comunistas deben ser por lo tanto purgadas de todo prejuicio reformista, que haga aparecer al Partido como una organización política parlamentaria del proletariado y nada más. El Partido Comunista es la organización de la vanguardia proletaria para la fructificación ideológica del movimiento obrero, y para asumir su dirección en todas las esferas, principalmente en los sindicatos. Si los sindicatos no están subordinados a un Partido, sino que son organizaciones completamente autónomas, los comunistas dentro de los sindicatos no por ello deben pretender realizar una tarea sindical autónoma, sino que deben actuar como los transmisores del programa y la táctica de su Partido. Condenamos severamente la conducta de aquellos comunistas que no solo no luchan en los sindicatos por la influencia de las ideas del Partido, sino que contraatacan esta lucha en nombre de un principio de “autonomía” aplicado por ellos en forma absolutamente falsa. En realidad, preparan el camino para la influencia decisiva en el campo sindical de individuos, grupos y camarillas que no tienen ni un programa definido ni se agrupan en torno a una organización, y que utilizan lo amorfo de los sectores y relaciones ideológicos para mantener el aparato organizativo en sus manos y asegurar la independencia de su camarilla de todo control por parte de la vanguardia proletaria.

Si el Partido, en su actividad en los sindicatos, debe mostrar la mayor atención y cuidados hacia las masas sin Partido y hacia sus representantes concientes y honestos; si el Partido debe, sobre la base de su tarea conjunta, acercarse estrechamente á los mejores elementos del movimiento sindical -incluso los anarquistas revolucionarios que sean capaces de aprender- el Partido en cambio, no debe tolerar a los seudo-comunistas que utilizan los Estatutos del Partido solo para ejercer una influencia anti-partidaria en los sindicatos.

39.- El Partido, a través de su prensa, de sus propagandistas y sus miembros en los sindicatos, debe someter a una crítica constante y sistemática los defectos del sindicalismo revolucionario, a fin de resolver las tareas básicas del proletariado. El Partido debe criticar sin cansancio y con persistencia, los aspectos teóricos y prácticos débiles del sindicalismo, explicando al mismo tiempo a sus mejores elementos que el único camino correcto para asegurar la influencia revolucionaria en los sindicatos y en el movimiento obrero en su conjunto, es el ingreso en el Partido Comunista, es su participación en la solución de todas las cuestiones básicas del movimiento, en sacar conclusiones de las experiencias, en fijar nuevas tareas, en limpiar al mismo Partido y en fortalecer sus ligazones con el proletariado.

40.- Es absolutamente indispensable hacer un censo de todos los miembros del Partido Comunista francés, a fin de determinar su estado social (obreros, empleados públicos, campesinos, intelectuales, etc.), sus relaciones con el movimiento sindical (¿Pertenecen a sindicatos? ¿Participan en mítines comunistas? ¿En mítines de los sindicatos revolucionarios? ¿Aplican en los sindicatos las resoluciones del Partido?, etc.); su actitud hacia la prensa del Partido, (¿Qué publicaciones del Partido leen?), y así sucesivamente.

Este censo debe ser llevado a cabo de forma que sus principales aspectos puedan considerarse antes del advenimiento del Cuarto Congreso Mundial de la Internacional Comunista.

Marzo de 1922

 


Escrito: En Moscú en marzo de 1922 para el Pleno del Comité Ejécutivo de la Internacional Comunista que entro en sesión en febrero del mismo año como material para un informe sobre la cuestión de los comunistas franceses.
Primera Edición: En 1924 como parte de la recopilacion Pyat Let Kominterna por la Editorial del Estado, Moscú.
Fuente del Presente Texto: Las Tácticas del Frente Único. Editorial CEPE, Buenos Aires, 1973.
Digitalizaión: Ramiro Alvarez, 2009.
Esta edición: Marxists Internet Archive, mayo de 2010.
Formato alternativo: PDF


 

Maurice Godelier: “La razón científica no es socialmente contagiosa; las creencias sí”

 

por Jérôme Shalski //

Maurice Godelier describe en su libro L’imaginé, l’imaginaire et le symbolique (CNRS Éditions) un imaginario productor de realidad y de efectividad social, instancia de transformación, asimismo, de las relaciones sociales y de su superación Seguir leyendo Maurice Godelier: “La razón científica no es socialmente contagiosa; las creencias sí”

Afganistán: La «guerra buena» cumple 16 años

 

por Roberto Montoya//

I

A pesar de que el caso catalán eclipsa desde hace semanas toda otra información, el mundo sigue su inexorable movimiento. El 7 de octubre ni en páginas interiores se recordó que tal día de 2001 se inició aquel «paseo militar» en Afganistán de EE UU y sus aliados, cuyas derivaciones y consecuencias se siguen sufriendo y se seguirán sufriendo durante mucho tiempo. Más de 100 000 muertos después, el país asiático se ha convertido en un Estado fallido y los talibán, a los que se dio por exterminados hace años, se han recuperado y controlan ya casi el 50 % del territorio. Es una de las mayores derrotas de EE UU y la OTAN Seguir leyendo Afganistán: La «guerra buena» cumple 16 años

El Kremlin recibe el centenario de la Revolución de Octubre con temor y hostilidad

por Clara Weiss //

La oligarquía del Kremlin recibió el centenario de la Revolución de Octubre con una mezcla de temor y hostilidad, caracterizando falsamente los acontecimientos de 1917 y atacándolos desde una base nacionalista y de extrema derecha. Seguir leyendo El Kremlin recibe el centenario de la Revolución de Octubre con temor y hostilidad

Hitchcock en el espejo de Lacan

por Juan Jorge Michel //

Hace veinte años, Slavoj Zizek encaraba un proyecto editorial que reunía dos de sus grandes pasiones: el cine y el psicoanálisis. Conocedor avezado de la filmografía de Alfred Hitchcock y doctorado en psicoanálisis con Jaques Alain Miller, tomó para su estudio un corpus de 40 películas del director inglés, entre las cuales están filmes antológicos y otros que suponen verdaderos redescubrimientos. Realizó una exhaustiva revisión de los estudios clásicos, algunos de ellos publicados en los años cincuenta en los célebres Cahiers du Cinema, y junto a un selecto grupo de colaboradores se lanzó a la empresa de operar un giro a las interpretaciones existentes. Esta nueva mirada sobre la obra de Hitchcock no supone una interpretación “lacaniana” de sus películas, sino la ilustración de algunos conceptos clave a partir de una lectura original del film. El “Programa” que Zizek ofrece al lector/espectador dio como resultado una obra imprescindible y sobre todo la fundación de un método de lectura que marcaría de allí en adelante el estilo analítico del pensador esloveno Seguir leyendo Hitchcock en el espejo de Lacan

A 28 años: Marco Ariel Antonioletti, primer ejecutado en democracia

Hoy 14 de noviembre, se cumplen 28 años del rescate del joven combatiente Marco Ariel Antonioletti (de 21 años) desde el Hospital Sotero del Río en Puente Alto. Este militante del Movimiento Juvenil Lautaro (MJL) que había sido dirigente de la Federación de Estudiantes Secundarios (FESES) a partir del liderazgo demostrado en el Liceo Gabriela Mistral (A-15 de Independencia). Ingresó al Lautaro a mediados de 1986 mediante la estructura secundaria de éste.
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El marxismo y la cuestión nacional española

por Santtiago Armesilla//

Introducción

España = Franco

El leit motiv de buena parte de la “izquierda” en España desde mediados del siglo XX hasta nuestros días podría resumirse en la siguiente ecualización: España = Franco. Las causas que explican esta asociación, de una simpleza descomunal, son múltiples. Y todas confluyen a la hora de explicar no solo el posicionamiento de esa denominada “izquierda” respecto a la cuestión nacional española, o lo que es lo mismo, la posición política respecto a la idea misma de España. También lo hacen para explicar la evolución y situación histórica del marxismo en España. Y, en buena medida, podemos adelantar como hipótesis a probar en este libro que la indefinición, o la definición negativa respecto a la idea de España por parte del marxismo aquí evidencia la carencia absoluta de proyecto marxista para España. O lo que es lo mismo, y en resumen: la ausencia histórica de un posicionamiento fuerte respecto de la idea de España por parte de los marxistas españoles, y con posicionamiento fuerte queremos decir absorción y defensa de la idea de España en un sentido proletario, es lo mismo que afirmar que no existe, propiamente hablando, un marxismo genuinamente español.

Este libro pretende, además de tratar la cuestión nacional española desde un análisis netamente marxista-leninista, materialista político, ayudar desde la parte que le pueda tocar a conformar ese marxismo genuinamente español que, a nuestro juicio, nunca ha existido. Han existido, y existen, marxistas españoles. Muchos de ellos magníficos, tanto en el campo del activismo político, sindical o social, como en campos donde el marxismo, a escala internacional, ha mostrado su potencial, como la filosofía, la sociología, la historiografía, la economía, etc. Ahora bien, la ausencia de un marxismo genuinamente español, y por extensión de un marxismo en español, explicaría la extendida (aunque, por fortuna, no generalizada) hispanofobia de muchos autodenominados “marxistas” patrios. ¿Qué es la hispanofobia? Es el miedo, odio o aversión a España y a lo hispano por extensión, lo derivado de España, debido a que se asocia a España y lo hispano con lo malo, lo perverso y oscuro. La hispanofobia, derivada de la asunción generalizada en buena parte de la “izquierda” española e iberoamericana de la Leyenda Negra, es la primera causa que explica la ecualización España = Franco.

a) La Leyenda Negra y la hispanofobia.

Se trata de una causa muy anterior a la construcción nacional histórica de España. Ya nacida en los Estados medievales que ocuparon la actual Italia, la asociación de España (la Corona de Aragón entonces, un Imperio marítimo mediterráneo en auge) con lo perverso se debió, precisamente, a que la conquista sobre aquellos territorios la realizaban personas de una región que se había mezclado con semitas, árabes y judíos. Aunque posteriormente España expulsó a muchos moriscos y a los judíos de su tierra, la mezcla con sangre judía, a juicio de los europeos medievales, hizo ver a aragoneses y castellanos como impuros, como cristianos marranos. Que un pueblo impuro conquistase a pueblos puros, sin mezcla de razas, empezó a ser visto como algo negativo para estos pueblos. Con la Reforma Protestante, en pleno siglo XVI, esa acusación de marranismo y mezcla con semitas acabó siendo asociada, además, con la defensa del catolicismo, en tanto que Iglesia por encima de los monarcas y de los Estados opuesta a las Iglesias estatales luteranas, calvinistas y anglicanas. El Descubrimiento de América y la conquista de buena parte de su territorio por los españoles, fue aprovechado por los Estados protestantes, propietarios casi absolutos de las primeras imprentas, para conformar la primera acción propagandística moderna exitosa: la de acusar a España de los más abominables crímenes sobre la población nativa americana. Al tiempo que se aprovechaban las disputas históricas entre Ginés de Sepúlveda, Francisco de Vitoria y Bartolomé de las Casas para, apostando por los argumentos del último, afianzar esa Leyenda Negra contra España, las matanzas, persecuciones políticas y genocidios de los Estados protestantes contra su población católica o contra población cristiana de corrientes más minoritarias se tapaban, se silenciaban. También se silenciaban, y se silenciaron tiempo después, las políticas coloniales británicas, holandesas o alemanas en Asia, América y África. Así pues, la base histórica de la hispanofobia, la Leyenda Negra, es primero la propaganda de la nobleza de los Estados italianos conquistados por Aragón, y después, la propaganda protestante contra la España católica imperial en tanto que pueblo bárbaro y asesino mezclado con judíos y árabes. Hay que decir que a esta imagen contribuyó la historia de la saga de los Borgia (italianización del apellido Borja, de origen aragonés), entre cuyos miembros se cuentan Papas, Cardenales, Príncipes, Duques, Marqueses y Condes.

Esta Leyenda Negra ha continuado hasta hoy a través de varios caminos históricos. Señalemos aquí los tres principales, interconectados entre sí:

1) La pérdida de los territorios españoles en América en el siglo XIX permitió a las burguesías criollas victoriosas afianzar y construir historias nacionales basadas, en parte, en esa Leyenda Negra que permitía, además, conformar poblaciones enteras proclives a tener buenas relaciones con el Imperio Británico victoriano, que mantuvo a las naciones iberoamericanas como neoprotectorados con base en el extractivismo de monocultivos de materias primas como garantía de su supremacía política sobre ellos. Ésta política impulsada por las débiles burguesías criollas de los nuevos Estados independizados de España en América fue una política continuada ya en el siglo XX por los Estados Unidos de (Norte)América, a través de la Doctrina Monroe (América para los americanos), debido a su necesidad de tener gobiernos de clase burguesa proclives a sus intereses imperialistas. De ahí que la Leyenda Negra hispanófoba fuera, en buena medida, y de manera acusada tras el hundimiento del acorazado USS-Maine en Cuba comenzando así la Guerra Hispano-Estadounidense en 1898, pivotada por Estados Unidos desde entonces.

2) Dicha pérdida territorial hizo virar a las élites económicas, políticas y culturales españolas hacia Europa, no ya solo como terreno de acción política y diplomática principal, sino también como territorio de influencia para nuestros quehaceres políticos, siendo el axioma de esa deriva la frase de Ortega y Gasset “España es el problema, Europa la solución”. El camino de la europeización de España nos ha llevado tanto al cambio horario franquista que hizo que la España ibérica y balear adoptase la hora de la Alemania de Hitler hasta hoy, como la instauración a través de medios de comunicación y de la enseñanza en todas sus fases de un acusado europeísmo entre la población todavía hoy no superado. Sin embargo, lo que mucha gente no sabe es que dicho europeísmo tiene su base en la llegada a España de la dinastía Borbón como la heredera de la Corona, una dinastía originaria de Francia y con las ideas de la Leyenda Negra hispanófoba asentadas ya debido a sus contactos en la Corte con los intelectuales humanistas y del despotismo ilustrado del siglo XVIII. Así pues, desde hace al menos tres siglos, las elites españolas (a pesar de los cambios históricos revolucionarios que ha habido en España en los siglos XIX y XX, que detallaremos en el capítulo III) han sido, básicamente, antiespañolas.

3) Finalmente, la Guerra Civil y la posterior dictadura de Franco hacen ver a la figura del dictador como la conclusión lógica de todo lo anterior, conclusión acrecentada después de su muerte en tanto que la Transición, que trajo el régimen monárquico de 1978, es continuadora de dicha conclusión lógica. Esto explica, a ojos de mucha “izquierda”, por qué España = Franco. Porque Franco sería, a su juicio, evidencia de que la Leyenda Negra hispanófoba, se la llame así o no, tiene justificación. Y de ahí el rechazo visceral a la idea de España, o bien para asociarla a una idea de Europa ilustrada y humanista como Ortega y los liberales, o bien para destruirla de cara a liberar a sus “pueblos oprimidos” de un yugo milenario que impide su progreso. De ahí que gente como Gabriel Rufián o Arnaldo Otegui se autodenominen “marxistas”, pues para ellos “marxismo” equivaldrá a ecualizar España con Franco. Como demostraremos en este libro, su autodefinición como tales dista mucho de tener una base sólida real.

La Leyenda Negra, aún derruida a nivel historiográfico, sigue presente en la cultura popular, y ello explicaría el autodesprecio que muchos españoles sienten por su patria. Esta es la primera causa que explica por qué no ha habido un marxismo propiamente español (e hispano) que no haya tratado con rigor la cuestión nacional española: la Leyenda Negra ha sido asimilada por buena parte de la población española e iberoamericana, y por sus marxistas, aún sin entender que dicha Leyenda Negra, dicha Hispanofobia, ha sido promovida desde dentro por nuestras clases dirigentes, y desde fuera, por intereses imperialistas depredadores. Clases dirigentes que, para conservar su poder, han auspiciado disidencias controladas que, en ningún caso, fueron patrióticas en un sentido progresista. Pero aunque es la causa histórica de la que derivan las demás, no es la única.

Primer apartado de la Introducción del libro El marxismo y la cuestión nacional española

Rechazo a las elecciones presidenciales y parlamentarias

por Maximiliano Cortés//  

Las actuales elecciones presidenciales y parlamentarias se dan en un contexto donde el imperialismo norteamericano busca reajustar su política hacia Latinoamérica, la que considera como su “patio trasero”. Los alineamientos de distintas fracciones patronales en la región dan cuenta de una orientación marcada por políticas que tienden hacia un mayor ataque sobre las condiciones de vida de los trabajadores y el pueblo. Este alineamiento de los grupos empresariales es el que marca la pauta de todos los candidatos que postulan a ser los próximos verdugos del pueblo. Seguir leyendo Rechazo a las elecciones presidenciales y parlamentarias

Las mujeres de 1917

En el Día Internacional de la Mujer de 1917, las trabajadoras del textil del barrio de Vyborg, en Petrogrado, se declararon en huelga, abandonaron las fábricas y fueron de taller en taller, en piquetes de cientos de personas, para extender la huelga y enfrentarse violentamente a la policía y el ejército. Poco cualificadas, mal pagadas, obligadas a trabajar durante 12 o 13 horas por jornada en un entorno sucio e insalubre, las mujeres pedían solidaridad y reclamaban a los hombres que actuaran, especialmente a aquellos trabajadores cualificados que trabajaban en empresas de maquinaria y metalúrgicas, que se consideraban los más conscientes políticamente e influyentes socialmente de la mano de obra de la ciudad. Las mujeres lanzaron palos, piedras y bolas de nieve contra las ventanas de las factorías y forzaron la entrada en los centros de trabajo, exigiendo el fin de la guerra y el retorno de sus hombres del frente.

De acuerdo con numerosos coetáneos e historiadores, aquellas mujeres que se manifestaban para exigir pan –con métodos de protesta consagrados y primitivos para reclamar demandas puramente económicas y guiadas más por la emoción que la preparación teórica– desencadenaron sin saberlo la tempestad que acabó con el zarismo, antes de desaparecer tras los grandes batallones de trabajadores masculinos y partidos políticos dominados por hombres. Desde el comienzo de las huelgas de febrero, en las manifestaciones se corearon consignas contra la guerra. La audacia, la determinación y los métodos de las mujeres ponían de manifiesto que ellas sabían cuál era la raíz de sus problemas, la necesaria unidad de la clase obrera y la importancia de convencer a los soldados de que dejaran de proteger el Estado zarista y apoyaran la revuelta. Trotsky explicó más tarde:

Las mujeres trabajadoras desempeñan un papel importante en la relación entre obreros y soldados. Se acercan a los cordones militares con más atrevimiento que los hombres, sujetan los rifles, suplican, casi ordenan: “Bajad las bayonetas y uníos a nosotras”. Los soldados están nerviosos, avergonzados, intercambian miradas inquietas, vacilan; alguno es el primero en decidirse y entonces las bayonetas se alzan abochornadas por encima de los hombros de la multitud que avanza.

Al término del 23 de febrero, los soldados que habían estado haciendo guardia ante las cocheras del tranvía acudieron al llamamiento de las trabajadoras del tranvía a que se les unieran dentro, y los tranvías pasaron a utilizarse como barricadas contra la policía. El convencimiento de los soldados para la causa no fue simplemente resultado de la pesada carga de la guerra para la tropa o la espontaneidad infecciosa de las protestas. Las trabajadoras del textil se habían relacionado desde 1914 con gran número de soldados, en su mayoría campesinos, en Petrogrado. Los hombres en los cuarteles y las mujeres en las fábricas que habían acudido a la ciudad procedentes de las mismas zonas entablaron conversaciones y establecieron relaciones, difuminando la divisoria entre obrero y soldado y permitiendo a las trabajadoras percatarse claramente de la necesidad de un apoyo armado.

Las mujeres trabajadoras estuvieron a pie juntillas en la primera línea de la Revolución de Febrero, que culminó con la caída del zarismo. No fueron meramente la chispa, sino el motor que la impulsó adelante, a pesar de los recelos iniciales de muchos trabajadores y revolucionarios masculinos. Suele calificarse la Revolución de Febrero de espontánea, y en cierto sentido esto es cierto: no fue planeada ni llevada a cabo por revolucionarios. Pero la espontaneidad no equivale a falta de conciencia política. Las experiencias de las mujeres que asaltaron las fábricas de Petrogrado cuando tanto los trabajadores como los cabezas de familia les obligaban a hacer cola durante horas para conseguir alimentos para sus hogares, suprimió la distinción entre la demanda económica de pan y la reivindicación política de poner fin a la guerra. Las circunstancias materiales hicieron que se culpara por el hambre y la miseria a quien correspondía: a la guerra y a los políticos que la dirigían. Estas demandas no podían satisfacerse sin un cambio político radical.

Además, las mujeres bolcheviques desempeñaban un papel crucial en la huelga, habiendo dedicado muchos años de esfuerzo a organizar a las trabajadoras no cualificadas, a pesar de ciertas actitudes entre algunos hombres de su propio partido, que decían que organizar a las mujeres era, en el mejor de los casos, distracción de la lucha contra el zarismo y, en el peor, hacer el juego a las feministas de las clases altas que alejarían a las mujeres de la lucha de clases. Muchos hombres en el movimiento revolucionario pensaban que las manifestaciones del Día Internacional de la Mujer eran prematuras y que las trabajadoras debían esperar a que los trabajadores cualificados estuvieron listos para emprender la acción decisiva. Fueron militantes femeninas, una minoría en el partido, quienes abogaron por convocar una reunión de trabajadoras en el barrio de Vyborg para hablar de la guerra y de la inflación y fueron activistas femeninas quienes convocaron una manifestación contra la guerra en el Día Internacional de la Mujer. Una de ellas fue Anastasia Deviátkina, una bolchevique y trabajadora industrial que después de la Revolución de Febrero construyó un sindicato de esposas de soldados.

Después de febrero, las mujeres desaparecen casi totalmente de la crónica como parte integrante del desarrollo de la revolución a lo largo de 1917, aparte de algunas revolucionarias destacadas como Alexandra Kollontái, Nadeshda Krúpskaia e Inessa Armand, citadas a menudo tanto por su vida privada como esposas y amantes como por su actividad práctica y sus aportaciones teóricas.

En los órganos administrativos surgidos de las cenizas del zarismo casi no había mujeres. Algunas estaban presentes en consejos municipales, como delegadas a la Asamblea Constituyente o diputadas de un sóviet. Los comités de fábrica estaban dominados por hombres, incluso en centros en que la mayoría de la plantilla eran mujeres. Los motivos de ello eran dobles y estaban relacionados: las mujeres todavía tenían la tarea de alimentar a sus familias en circunstancias difíciles y carecían de confianza y educación, así como de tiempo, para dar un paso adelante o comprometerse mucho en la actividad política. La vida que habían llevado las trabajadoras en Rusia a lo largo de siglos, la realidad material de su opresión, condicionaban su capacidad de compatibilizar el aumento indudable de su conciencia política con el compromiso político.

Antes de 1917, Rusia era una sociedad predominantemente campesina; la autoridad absoluta del zar estaba consagrada y era reforzada por la iglesia y se reflejaba en la institución de la familia. El matrimonio y el divorcio estaban sometidos al control religioso; las mujeres estaban subordinadas legalmente, consideradas una propiedad e infrahumanas. Proverbios rusos comunes incluyen expresiones como esta: “Pensaba que veía a dos personas, pero no era más que un hombre con su mujer.” El poder del hombre en el hogar era absoluto y se esperaba de la mujer que fuera pasiva en condiciones brutales, entregada del padre al marido y a menudo víctima de la violencia autorizada. Las mujeres campesinas y trabajadoras se enfrentaban a castigos y a trabajos pesados en los campos y las fábricas, con la importante carga añadida del cuidado de los hijos y las responsabilidades domésticas en una época en que los partos eran difíciles y peligrosos, no existían los anticonceptivos y la mortalidad infantil era elevada.

Sin embargo, la implicación política de las mujeres en 1917 no vino de la nada. Rusia era una contradicción: paralelamente a la profunda pobreza, la opresión y la tiranía que sufría la mayoría de la gente, la economía rusa estuvo en auge durante las décadas anteriores a 1905. Enormes fábricas modernas producían armas y ropa, el ferrocarril conectaba las ciudades en rápido crecimiento y las inversiones y técnicas de Europa dieron lugar a fuertes incrementos de la producción de hierro y petróleo. Estos drásticos cambios económicos generaron una inmensa transformación social en los años que precedieron a la primera guerra mundial: cada vez más mujeres campesinas iban a trabajar a las fábricas en las ciudades, empujadas por la pobreza y animadas por empresarios que, gracias a la mecanización, generaban más puestos de trabajo no cualificado y cuya preferencia por una mano de obra dócil dio lugar a un enorme aumento del número de mujeres empleadas en la producción de lino, seda, algodón, lana, cerámica y papel.

Muchas mujeres habían participado en las huelgas del sector textil en 1896, en manifestaciones contra la leva antes de la guerra ruso-japonesa y, sobre todo, en la revolución de 1905, durante la cual trabajadoras no cualificadas de fábricas textiles, de tabaco y confitería, junto con empleadas domésticas y lavanderas, hicieron huelga e intentaron crear sus propios sindicatos en el marco de la revuelta masiva. El efecto de la primera guerra mundial contribuyó decisivamente al aumento del peso económico y político de las mujeres. La contienda destrozó las familias y alteró completamente la vida de las mujeres. Millones de hombres fueron destinados al frente, muchos fueron heridos o murieron, obligando a las mujeres a labrar los campos, sacar adelante los hogares y trabajar en las fábricas. Las mujeres representaban el 26,6 % de la mano de obra en 1914, pero casi la mitad (el 43,4 %) en 1917. Su proporción aumentó drásticamente incluso en los empleos cualificados: si en 1914 solo representaban el 3 % de la mano de obra en la industria metalúrgica, en 1917 la cifra había aumentado al 18 %.

En la situación de doble poder instaurada por la Revolución de Febrero, las acciones de mujeres no cesaron, pero pasaron a formar parte del proceso que supuso la pérdida del apoyo de la clase obrera por parte del gobierno a favor del sóviet y, en el interior de este, por parte de la dirección socialista moderada de los mencheviques y socialistas revolucionarios a favor de los bolcheviques en el mes de septiembre.

La esperanza de la clase obrera de que su vida mejoraría con la caída del zar se vio defraudada por el gobierno y la dirección del soviet, que decidieron continuar la guerra. En mayo, las manifestaciones antiguerra forzaron la caída del primer gobierno provisional formado por una coalición de los dirigentes mencheviques y socialistas revolucionarios del soviet con los liberales. La frustración de los trabajadores y trabajadoras dio pie a nuevas huelgas, encabezadas nuevamente por mujeres. Unas 40 000 lavanderas, miembras de un sindicato dirigido por la bolchevique Sofia Gonchárskaia, se declararon en huelga por un aumento salarial, la jornada de ocho horas y la mejora de las condiciones de trabajo: medidas de higiene y salud, prestaciones de maternidad (muchas trabajadoras ocultaban su embarazo hasta que daban a luz en la misma fábrica) y fin del acoso sexual. En palabras de las historiadoras Jane McDermid y Anna Hillyer:

Junto con otras activistas del sindicato, Gonchárskaia había ido de una lavandería a otra convenciendo a las mujeres a unirse a la huelga. Llenaron cubos de agua fría para apagar las estufas. En una lavandería, el propietario atacó a Gonchárskaia con una palanca; la salvaron las lavanderas que lo agarraron por detrás.

En agosto, ante los intentos del general Kornílov de aplastar la revolución, las mujeres se reunieron para defender Petrogrado, construyendo barricadas y organizando la asistencia médica; en octubre, mujeres del partido bolchevique participaron en la prestación de asistencia médica y en las cruciales comunicaciones entre localidades; algunas eran responsables de coordinar el levantamiento en distintas zonas de Petrogrado, y también había mujeres en la Guardia Roja. McDermid e Hillyer describen otra implicación de mujeres bolcheviques en octubre:

La conductora del tranvía A.E. Rodiónova había escondido 42 rifles y otras armas en su cochera cuando el gobierno provisional intentó desarmar a los trabajadores tras las jornadas de julio. En octubre se encargó de asegurar que dos tranvías con ametralladoras salieran de la cochera para asaltar el Palacio de Invierno. Tuvo que asegurar que el servicio de tranvía funcionara durante la noche del 25 al 26 de octubre para contribuir a la toma del poder y comprobar la situación de los puestos de la Guardia Roja en toda la ciudad.

La trayectoria de la revolución ensanchó la fisura entre las trabajadoras –para quienes la guerra era la causa de sus problemas y cuyos llamamientos a la paz se intensificaron a medida que avanzaba el año– y las feministas que seguían apoyando el derramamiento de sangre. Para la mayoría de las feministas liberales de clase alta que defendían la igualdad ante la ley y en la enseñanza y la reforma social, esas conquistas se obtendrían mostrándose leales al nuevo gobierno y apoyando el esfuerzo de guerra. Las muestras de patriotismo formaban parte del intento de obtener un asiento junto a la mesa. La Revolución de Febrero relanzó la batalla de las feministas por el sufragio universal, que supuso un importante paso adelante cuando se aprobó en julio. Sin embargo, para la mayoría de mujeres el derecho al voto no suponía una gran diferencia en su vida, que seguía sometida a la escasez, las largas jornadas de trabajo y la lucha por mantener a la familia unida. Tal como había escrito Alexandra Kollontái en 1908:

Por muy radicales que parezcan las reivindicaciones de las feministas, no hay que perder de vista el hecho de que las feministas no pueden, dada su posición de clase, luchar por el cambio fundamental de la estructura económica y social contemporánea sin el que la liberación de las mujeres no puede ser completa.

Para la mayoría de las mujeres trabajadoras y campesinas, las cuestiones de opresión e igualdad no se planteaban de forma abstracta, sino que surgían concretamente del proceso de lucha por la mejora de sus vidas y de las de sus hombres e hijos. Las que se politizaron abiertamente y adquirieron confianza, a menudo como afiliadas al partido bolchevique, lo hicieron a resultas de su propia acción colectiva contra la guerra y los políticos, acción que se centraba en la lucha contra el hambre, la guerra y por la propiedad de la tierra. Robert Service señala lo siguiente:

El programa político bolchevique resultó cada vez más atractivo para la masa de trabajadores, soldados y campesinos a medida que se agudizaba la agitación social y la ruina económica alcanzó un clímax en otoño. Pero solo con eso no podría haber habido una Revolución de Octubre.

Este proceso abarcó tanto a trabajadoras, campesinas y esposas de soldados como a sus homólogos masculinos. Sin el apoyo de la masa de mano de obra no cualificada en Petrogrado, en su mayoría mujeres, la insurrección de octubre no habría triunfado. El apoyo a los bolcheviques no fue ciego, sino el resultado, en palabras de Trotsky, de “un desarrollo cauto y doloroso de la conciencia” de millones de trabajadores, hombres y mujeres. Hasta octubre se había intentado todo: el gobierno provisional y los mencheviques los habían traicionado, las manifestaciones traían represión y escasos avances, que ya no satisfacían su esperanza de una vida mejor, y, sobre todo, el intento de golpe de Kornílov había puesto las cosas en su sitio: o sigues adelante o te aplastan. Un trabajador lo expresó de esta manera: “Los bolcheviques siempre habían dicho que ‘no somos nosotros quienes os convenceremos, sino la vida misma’. Y ahora los bolcheviques han triunfado porque la vida ha demostrado que su táctica es correcta.”

Fue un mérito de los bolcheviques tomarse en serio la cuestión de la mujer. Pese a que, visto desde hoy, las mujeres estaban muy infrarrepresentadas, dedicaron grandes esfuerzos a organizar y formar a las trabajadoras. El hecho de que los bolcheviques hicieran más que otros partidos socialistas por relacionarse con las mujeres no se debió necesariamente a un mayor compromiso con los derechos de las mujeres. Tanto mencheviques como bolcheviques eran conscientes de la necesidad de trabajar con las mujeres como parte de la clase obrera, pero los bolcheviques supieron integrar la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres en una estrategia basada en una acción de clase contra el gobierno y la guerra, mientras que los partidos que abogaban por la continuación de esta en virtud de sus pactos con los privilegiados y las empresas, no podían hacer mucho más que informar de las huelgas de las mujeres y hablar de los derechos políticos, sin poder ofrecer ninguna solución concreta a la presión material que sufrían las mujeres.

Los bolcheviques impulsaron cada vez más la organización y politización de las mujeres, en parte porque aprendieron del comienzo explosivo de Febrero y en parte gracias a la tenacidad de sus propias afiliadas. Destacadas mujeres bolcheviques como Kollontái, Krúpskaia, Armand, Konkordiya Samoilova y Vera Slútskaia, entre otras, llevaban tiempo batallando porque el partido dedicara un esfuerzo especial a organizar a las trabajadoras y desarrollar su educación política. Lucharon por convencer a sus camaradas masculinos de que las mujeres trabajadoras tenían una importancia crucial y no eran un elemento pasivo, conservador y atrasado que obstaculizaba la revolución. El periódico bolchevique Rabotnitsa (Trabajadora), publicado por primera vez en 1914 y relanzado en mayo de 1917, contenía artículos sobre la importancia de las guarderías y de una legislación que mejorara las condiciones de seguridad en los puestos de trabajo de las mujeres, y repetidamente subrayó la necesidad de la igualdad y de que las cuestiones de las mujeresincumbieran a todos los trabajadores.

El papel desempeñado por las mujeres en Febrero y su actividad como parte de la clase obrera de Petrogrado contribuyeron a cambiar el punto de vista de muchos hombres bolcheviques que decía que centrarse en las cuestiones de las mujeres daba pábulo a las feministas y de que la revolución la dirigirían los trabajadores (masculinos) más cualificados y políticamente conscientes. Sin embargo, fue una batalla ardua; cuando Kollontái propuso en abril una sección de mujeres dentro del partido, casi nadie le hizo caso, pese a que contaba con el apoyo de Lenin, cuyas Tesis de Abril no fueron recibidas con mucho mayor entusiasmo por la dirección bolchevique; de hecho, Kollontái fue la única que apoyó a Lenin en el comité central.

En los meses siguientes, sin embargo, quedó claro que tanto los argumentos de Lenin sobre la relación entre la revolución y el poder de los sóviets como la postura de Kollontái sobre la importancia de las mujeres trabajadoras se derivaban de la dinámica de la revolución y podían llevarla adelante. La prensa bolchevique, además de Rabotnitsa, afirmaba ahora que las actitudes machistas arraigadas ponían en peligro la unidad de la clase, y el partido batalló por que las mujeres estuvieran representadas en los comités de fábrica, criticó las actitudes de los hombres que consideraban que las mujeres eran una amenaza y trató de convencer a los hombres de que votaran por mujeres –especialmente en sectores en que estas eran mayoría– y las respetaran como compañeras de trabajo, representantes y camaradas.

Seis semanas después de la Revolución de Octubre, el matrimonio eclesiástico fue sustituido por el registro civil y el divorcio se concedía a petición de cualquier miembro de la pareja. Estas medidas se desarrollaron un año más tarde en el Código de Familia, que declaró a las mujeres iguales ante la ley. Se abolió el control religioso, poniendo fin de un plumazo a siglos de opresión institucionalizada; cualquier miembro de la pareja podía reclamar el divorcio sin tener que aportar ninguna justificación; las mujeres tenían derecho a administrar su propio dinero y ningún miembro de la pareja tenía derecho sobre las propiedades del otro. Se erradicó el concepto de ilegitimidad: si una mujer no sabía quién era el padre, se otorgaba la responsabilidad colectiva sobre el hijo a todos aquellos que habían mantenido previamente relaciones sexuales con ella. En 1920, Rusia fue el primer país en legalizar el aborto a petición de la mujer.

La revolución de 1917 fue iniciada y conformada por mujeres, y en el transcurso del año se pusieron en tela de juicio o eliminaron muchos prejuicios arraigados que consideraban a la mujer inferior, una propiedad, pasiva, atrasada, conservadora, no fiable y débil, gracias a la acción y al compromiso político de las mujeres. Sin embargo, al Revolución Rusa no abolió la dominación masculina ni liberó a las mujeres: las privaciones catastróficas de la guerra civil y las subsiguientes distorsiones del gobierno soviético lo impidieron. Las desigualdades se mantuvieron. Pocas mujeres ocuparon puestos de autoridad, pocas fueron elegidas a órganos administrativos y las ideas machistas no podían desaparecer sin más en las condiciones extremadamente adversas que siguieron a Octubre.

Durante la revolución, las mujeres no participaron en pie de igualdad con los hombres ni contribuyeron tan significativamente a los niveles superiores del proceso político, pero dentro de las limitaciones que les imponía su vida, desbordaron las expectativas y determinaron el devenir de la revolución. Como dicen McDermid e Hillyer:

Es cierto que la división del trabajo entre mujeres y hombres se mantuvo, pero en vez de concluir que las mujeres fracasaron a la hora de combatir el dominio masculino, podríamos tener en cuenta cómo maniobraron dentro de su esfera tradicional y qué significaba esto para el proceso revolucionario.

Las mujeres fueron parte integrante de la revolución de 1917, haciendo historia junto con los hombres, no como espectadoras pasivas o nulidades políticas, sino como participantes valerosas cuyo compromiso fue más significativo para el rechazo de la opresión arraigada. Ver la revolución con los ojos de las mujeres nos proporciona una lectura más rica de lo que sigue siendo el momento histórico más transformador para la vida de las mujeres.

La descomunal huella de carbono de las poderosas corporaciones de la carne y los lácteos

por GRAIN

Tres compañías de producción de carne —JBS, Cargill y Tyson— emitieron más gases con efecto de invernadero el año pasado que toda Francia, y casi tanto como algunas de las mayores compañías petroleras, tales como Exxon, BP y Shell. Pocas compañías de carne y lácteos calculan o publican sus emisiones climáticas. Así que, por primera vez en la historia, hemos calculado las emisiones de las corporaciones relacionadas con la cria de animales utilizando la metodología más abarcadora creada hasta la fecha por la Organización de Naciones Unidas de la Agricultura y la Alimentación (FAO). Seguir leyendo La descomunal huella de carbono de las poderosas corporaciones de la carne y los lácteos

Cataluña como paradigma del “terrorismo jurídico” del Estado español

por Germán Gorraiz//

El término distopía fue acuñado a finales del siglo XIX por John Stuart Mill en contraposición al término eutopía o utopía, empleado por Tomas Moro para designar a un lugar o sociedad ideal. Así, distopía sería “una utopía negativa donde la realidad transcurre en términos antagónicos a los de una sociedad ideal”. Las distopías se ubican en ambientes cerrados o claustrofóbicos enmarcados en sistemas antidemocráticos, donde la élite gobernante se cree investida del derecho a invadir todos los ámbitos de la realidad en sus planos físico y virtual e incluso, en nombre de la sacro-santa seguridad del Estado, a eliminar el principio de inviolabilidad (habeas corpus) de las personas, síntomas evidentes de una peligrosa deriva totalitaria del sistema democrático. Seguir leyendo Cataluña como paradigma del “terrorismo jurídico” del Estado español

Chile: implosión electoral y explosión política

por Ibán de Rementería//

La actual implosión electoral bien expresada en la afirmación cotidiana “ni se siente que estamos en elecciones” anuncia una explosión política  de gran magnitud, cuyas expresiones anunciadoras más gravitantes son el temor de la derecha a la unificación de la centro izquierda, expresada por Chadwick cuando afirma: “Para ganar en la segunda vuelta es indispensable sacar la mayor distancia posible entre Piñera y Guillier. Solo así podemos ganar, desmotivar la reunificación de la izquierda y debilitar al PC como eje de una futura oposición”; así como el temor de la centro izquierda a no lograr tal unidad, bien expresada por Ottone quien prevé: “Sea cual sea el resultado, quedará pendiente la reconstrucción de una centro izquierda reformista y serena a la vez…”. Pues bien, de aquello que prescinden ambos temores es que la nueva situación política nacional está ahora, nuevamente, constituida por tres tercios: la derecha UDI,  RN y otros, el centro, llamado “centro izquierda”, conformada por el PS, el PPD, el PC, otros, y la DC que corre por cuerda separada con la finalidad de recuperar para sí el centro político, sin mayor éxito. Además, el otro tercer tercio de la política nacional es el  Frente Amplio (FA) que constituye la izquierda actual. Ante a ese “papagallo de multiples colores” que puede ser en este momento el FA, es bueno  volver a recordar que en 1934 entre medio de la dispersión de toda la izquierda no o ex bolchevique surgió el Partido Socialista para unificarla, los que han sido hasta ahora, junto con el PC, los representantes de los intereses de los trabajadores y los estructuradores ideológicos de sus luchas; bueno, justo hasta ahora solamente. Seguir leyendo Chile: implosión electoral y explosión política

Jean Paul Sartre: Prólogo al libro de Frantz Fanón “Los Condenados De La Tierra”

NO hace mucho tiempo, la Tierra contaba dos mil millones de habitantes, digamos quinientos millones de hombres y mil quinientos millones de indígenas. Los primeros disponían del Verbo, los otros lo tomaban prestado. Entre éstos y aquéllos, reyezuelos vendidos, feudales, una falsa burguesía bien puesta, servían de intermediarios. En las colonias la verdad se mostraba desnuda; las “metrópolis” la preferían vestida; hacía falta que el indígena las amara. Como madres, de alguna manera. La “élite” europea acometió la fabricación de una “élite” de indígenas; se seleccionaban adolescentes, se les marcaba en la frente, al rojo vivo, los principios de la cultura occidental; se rellenaban sus bocas con mordazas sonoras, grandes términos pastosos adherían a los dientes; después de una breve temporada en la metrópoli, se los devolvía a sus casas, trucados. Estas mentiras vivientes ya no decían, nada a sus hermanos: ellas resonaban; desde París, Londres, Amsterdam, lanzábamos nosotros las palabras “¡Partenón! ¡Fraternidad!” y en algún lugar de África, de Asía, los labios se abrían: “¡…tenón!¡… nidad!”. Era la edad de oro. Seguir leyendo Jean Paul Sartre: Prólogo al libro de Frantz Fanón “Los Condenados De La Tierra”

Centenario de la Declaración Balfour: un siglo de desposesión y de resistencia en Palestina

por Julien Salingue y Razmi Baroud//

El 2 de noviembre de 1917, el ministro británico de Asunto Exteriores, Arthur Balfour, dirigía una carta a Lionel Walter Rotschild, miembro eminente de la comunidad judía en Gran Bretaña y gran patrocinador del movimiento sionista. Esta carta, conocida con el nombre de «declaración Balfour» es un momento clave de la historia de Palestina, puesto que por primera vez el gobierno de una gran potencia se comprometía a apoyar al movimiento sionista, entonces ultraminoritario entre las comunidades judías. La declaración Balfour sella la alianza entre sionismo e imperialismo, al mismo tiempo que sella la suerte de las y los palestinos que son simbólicamente desposeídos de su tierra por una potencia colonial que la atribuye a un movimiento del que numerosos dirigentes no ocultan su intención de desposeerles de ella físicamente. Para el escritor Arthur Koestler, con la declaración Balfour, «una nación prometió solemnemente a una segunda el territorio de una tercera».


La declaración Balfour: una desposesión simbólica que abre la vía a la desposesión física

Julien Salingue

El 2 de noviembre de 1917, el ministro británico de asuntos exteriores, Arthur Balfour, dirigía una carta a Lionel Walter Rotschild, miembro eminente de la comunidad judía de Gran Bretaña y gran patrocinador del movimiento sionista.

Mediante esta carta, Balfour aportaba el apoyo oficial del gobierno al proyecto de establecimiento de un «hogar nacional para el pueblo judío» en Palestina, entonces bajo administración otomana: «El Gobierno de Su Majestad contempla con beneplácito el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y hará uso de sus mejores esfuerzos para facilitar la realización de este objetivo, entendiéndose claramente que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, o los derechos y el estatus político de los judíos en cualquier otro país. Estaré agradecido si usted hace esta declaración del conocimiento de la Federación Sionista».


Un siglo de desposesión

Esta promesa, conocida con el nombre de «Declaración Balfour», es un momento clave de la historia de Palestina, puesto que por primera vez el gobierno de una gran potencia se comprometía a apoyar al movimiento sionista, entonces ultraminoritario en las comunidades judías. La declaración Balfour sella la alianza entre sionismo e imperialismo, al mismo tiempo que sella la suerte de las y los palestinos, que son simbólicamente desposeídos de su tierra por una potencia colonial que la concede a un movimiento muchos de cuyos dirigentes no ocultan su intención de desposeerles de ella físicamente. Para el escritor Arthur Koestler, con la declaración Balfour, «una nación prometió solemnemente a una segunda el territorio de una tercera».

Recordar, 100 años más tarde, la promesa británica, es recordar que para las gentes palestinas la lucha contra la desposesión no comenzó en 1967, tras la ocupación de Cisjordania y la franja de Gaza, ni siquiera en 1948, en el momento de la creación del Estado de Israel. El proceso de desposesión se extiende a lo largo de un siglo y, contrariamente a la mitología mantenida por el movimiento sionista y sus aliados, la resistencia palestina es anterior a las primeras guerras israelo-árabes, en particular la gran revuelta de 1936, aplastada conjuntamente por los británicos y las milicias armadas sionistas.


Discriminaciones estructurales

La declaración Balfour inscribe en el lenguaje diplomático internacional la negación de los derechos nacionales de los y las palestinas, puesto que solo son mencionados sus derechos «civiles y religiosos», y que son calificados, mediante un eufemismo destinado a negar su identidad, de «colectividades no judías». Las y los 700 000 árabes de Palestina (más del 90% de la población) son reducidos al estatus de residentes sin derechos políticos, lo que valida a posteriori la tesis de dirigentes sionistas según la cual Palestina sería una «tierra sin pueblo». 50 años más tarde, la dirigente israelí Golda Meir declarará, a propósito de los territorios ocupados por Israel: «¿Cómo podríamos entregar esos territorios? No hay nadie a quien entregárselos».

Recordar 100 años más tarde la promesa británica es, así, comprender que la opresión y las discriminaciones coloniales sufridas por el pueblo palestino no son algo accidental sino producto de una larga historia. La resistencia palestina a este proceso de larga duración no ha cesado jamás, aunque haya que reconocer que el movimiento nacional atraviesa hoy una crisis histórica y que los y las palestinas hacen frente a una correlación de fuerzas considerablemente deteriorada. Una cosa es cierta: el apartheid israelí es un fenómeno estructural, que solo podrá ser abolido si los fundamentos mismos del Estado de Israel y su papel de puesto de vanguardia del imperialismo occidental en la región son analizados, denunciados y combatidos.

https://npa2009.org/idees/histoire/la-declaration-balfour-une-depossession-symbolique-ouvrant-la-voie-la-depossession

Hebdo L´Anticapitaliste -403 (02/11/2017)

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur


Mi patria nunca fue propiedad de Balfour y éste no tenía ningún derecho a dársela a nadie

Razmi Baroud

Cuando era un niño que crecía en un campo de refugiados de Gaza, esperaba el 2 de noviembre. Ese día, cada año, miles de estudiantes y de habitantes del campo bajaban a la plaza principal, blandiendo banderas palestinas y pancartas, para condenar la declaración Balfour.

Para ser sincero, tengo que decir que mi impaciencia estaba motivada sobre todo porque las escuelas cerraban ese día y que después de un corto pero sangriento enfrentamiento con el ejército israelí, volvería pronto junto a mi querida madre, comería algún chuche y vería los dibujos animados.

Entonces no tenía ninguna idea sobre lo que era realmente Balfour, y cómo su «declaración» de hacía tantos años había cambiado el destino de mi familia y, además, mi vida y la de mis hijos.

Todo lo que sabía, es que Balfour era una mala persona y que a causa de su terrible fechoría sobrevivíamos en un campo de refugiados, rodeados por un ejército violento y un cementerio, en perpetua expansión, lleno de «mártires».


Ningún derecho a entregar mi patria a nadie

Decenios más tarde, el destino me llevaría a visitar la iglesia de Whittingehame, una pequeña parroquia en la que está enterrado Arthur James Balfour.

Mientras que mis padres y mis abuelos están enterrados en un campo de refugiados, un espacio cada vez más reducido, víctima de un asedio perpetuo y sufriendo inconmensurables dificultades, el lugar de reposo de Balfour es un oasis de paz y de calma. La pradera vacía alrededor de la iglesia sería suficientemente grande como para acoger a toda la gente refugiada de de mi campo.

Finalmente, he tomado plenamente conciencia de las razones por las que Balfour era una «muy mala persona».

Primer Ministro de Gran Bretaña, luego Ministro de Asuntos Exteriores a partir del año 1916, Balfour prometió mi patria a otro pueblo. Una promesa realizada el 2 de noviembre de 1917 en nombre del gobierno británico, bajo la forma de una carta enviada al dirigente de la comunidad judía de Gran Bretaña, Walter Rothschild.

Entonces Gran Bretaña no controlaba Palestina, que formaba parte del imperio otomano. De todas formas mi patria jamás fue propiedad de Balfour y éste no tenía ningún derecho a entregársela tan negligentemente a nadie (…).


De los acuerdos Sykes-Picot a la declaración Balfour

Evidentemente, Balfour no actuaba a título personal. Ciertamente, la declaración lleva su nombre, pero él era en realidad el fiel agente de un imperio que tenía intenciones geopolíticas a gran escala, no solo para Palestina, sino para Palestina en tanto que parte de un entorno árabe más amplio.

Justo un año antes, había sido elaborado otro documento siniestro, aunque en secreto. Había sido aprobado por otro diplomático británico de alto rango, Mark Sykes y, en nombre de Francia, por Fançois Georges-Picot. Los rusos fueron informados del acuerdo, pues recibían también una parte del pastel otomano.

El documento indicaba que cuando los otomanos fueran aplastados, sus territorios -entre ellos Palestina- serían divididos entre las futuras partes victoriosas.

El acuerdo Sykes-Picot, igualmente conocido con el nombre de Acuerdo para Asia Menor, fue firmado en secreto hace un siglo, dos años después del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Revelaba la naturaleza brutal de las potencias coloniales, que consideraban raramente la tierra y sus recursos relacionados con quienes vivían sobre esa tierra y poseían esos recursos (…).

Los mandatos británicos y franceses fueron establecidos sobre entidades árabes divididas, mientras que Palestina fue entregada al movimiento sionista un año más tarde, cuando Balfour transmitió la promesa del gobierno británico, condenando a Palestina a un destino hecho a base de guerra y de inestabilidad perpetuas.

Promesas condescendientes y mentiras

La idea de los «pacificadores» y «honrados negociadores» occidentales, omnipresentes en todos los conflictos de Medio Oriente, no es nueva. La traición británica a las aspiraciones árabes remonta a hace decenios. Los británicos han utilizado a los árabes como peones en su gran juego contra sus rivales coloniales, para luego traicionarles a la vez que se presentaban como amigos cargados de regalos para ellos.

Esta hipocresía no ha sido jamás tan puesta en evidencia como en el caso de Palestina. Desde la primera ola de migración judía sionista a Palestina en 1882, los países europeos facilitaban la instalación de los colonos y de sus recursos, mientras que se establecían numerosas colonias, grandes y pequeñas. Cuando Balfour envió su carta a Rothschild, la idea de una patria judía en Palestina era por tanto ya creíble.

Sin embargo, se habían hecho numerosas promesas condescendientes a los árabes durante los años de la Gran Guerra, cuando la autoproclamada dirección árabe tomaba partido favorable a los británicos en su guerra contra el imperio otomano. Se prometió entonces a los árabes una independencia inmediata, incluso para los palestinos.

La idea dominante entre los dirigentes árabes era que el artículo 22 del pacto de la Sociedad de Naciones debía aplicarse a las provincias árabes dirigidas por los otomanos. Se les había dicho a los árabes que sus derechos serían respetados en tanto que «misión sagrada de civilización», y que sus comunidades serían reconocidas como «naciones independientes».

Cuando las intenciones de los británicos y sus lazos con los sionistas se hicieron demasiado evidentes, los palestinos se rebelaron, una rebelión que, un siglo más tarde, no ha cesado, pues las atroces consecuencias del colonialismo británico y de la toma de control total de Palestina por los sionistas siguen presentes tras todos estos años (…).


Una desigualdad original que se perpetúa

De hecho, esta historia continúa actualizándose cada día: los sionistas han reivindicado Palestina y la han denominado «Israel»; los británicos continúan apoyándoles, sin dejar nunca de halagar a los árabes; el pueblo palestino sigue siendo una nación territorialmente fragmentada: en los campos de refugiados, en la diáspora, bajo ocupación militar o tratados como ciudadanos de segunda en un país en el que sus antecesores han vivido desde tiempo inmemorial.

Si Balfour no puede ser hecho responsable de todas las desgracias que han golpeado al pueblo palestino desde que hizo pública su corta pero tristemente célebre carta, la idea que su «promesa» encarnaba -un desprecio total de las aspiraciones del pueblo árabe palestino- ha sido transmitida de una generación de diplomáticos británicos a otra, de la misma forma que la resistencia palestina al colonialismo es transmitida de generación en generación.

En un texto publicado en el Al-Ahram Weekly y titulado «Verdad y reconciliación», el añorado profesor Edward Said escribió: «Nunca la declaración Balfour ni el mandato concedieron específicamente a los palestinos derechos políticos en Palestina, solamente derechos civiles y religiosos. La idea de una desigualdad entre judíos y árabes fue así construida inicialmente por la política británica, luego por las políticas israelíes y estadounidenses».

Esta situación de desigualdad prosigue, y con ella la perpetuación del conflicto. Lo que los británicos, los primeros sionistas, los americanos y los gobiernos israelíes siguientes no han comprendido nunca y continúan ignorando, para su desgracia, es que no puede haber paz en Palestina sin justicia y sin igualdad, y que las y los palestinos continuarán resistiendo mientras sigan en pie las razones que estuvieron en los orígenes de su rebelión hace cerca de un siglo.

https://npa2009.org/idees/histoire/ma-patrie-na-jamais-ete-propriete-de-balfour-et-il-navait-aucun-droit-de-la

Artículo publicado originalmente en inglés en http://www.aljazeera.com/indepth/features/2016/11/britain-destroyed-palestinian-homeland-161102054348710.html

 


Entrevista con Michèle Sibony, de la Unión Judía Francesa por la Paz (UJFP).

Colonialismo y antisemitismo asociados prometieron un hogar nacional judío en Palestina

Julien Salingue

Estamos en noviembre de 2017, es decir, 100 años después de la declaración Balfour. ¿Cómo comprender, con perspectiva, esta decisión del gobierno británico?

En 1917, la Primera Guerra Mundial y la revolución rusa inquietaban a Gran Bretaña. Los acuerdos Sykes-Picot firmados en 1916 ratifican el reparto del Medio Oriente otomano entre Francia y Gran Bretaña, y prevén un estatus internacional para Palestina. Gran Bretaña cree en el «poder judío»: numerosos textos de políticos de la época dan fe de ello. Satisfacer a los judíos estadounidenses permitiría obtener la ayuda militar americana rechazada a la Triple Entente, satisfacer a los judíos rusos muy presentes en la revolución permitiría a Rusia seguir en guerra, se reforzaría la posición de Gran Bretaña en el Oriente árabe, en particular sobre el Canal de Suez, frente a una Francia que reivindica también Palestina como parte de la Gran Siria. La promesa Balfour se presenta por tanto como un mensaje enviado a los judíos del mundo entero siendo a la vez una forma de acuerdo de subcontratación propuesto a los sionistas judíos para mantener o posicionar sus intereses imperialistas.

Por otra parte, Balfour igual que Lloyd George crecieron en un entorno evangelista, a la vez antisemita y mileranista: la llegada mesiánica pasa por la vuelta de los judíos a la tierra bíblica. En fin, como para todas las potencias coloniales de la época, los «indígenas» no tienen estrictamente ninguna importancia a ojos de la potencia imperial. Colonialismo y antisemitismo asociados harán así la promesa de un hogar nacional judío en Palestina. Lord Montagu en su «memorándum sobre el antisemitismo actual del gobierno británico» no se engaña, y asume que «los turcos y los demás musulmanes serán mirados en Palestina como extranjeros, exactamente de la misma forma que los judíos serán, tras esto, tratados como extranjeros en todos los países salvo en Palestina».

¿En qué contribuyó la declaración Balfour a legitimar y desarrollar el movimiento sionista?

En realidad, en 1917 el sionismo era un movimiento ultraminoritario en el mundo judío, tanto en el europeo como en el ruso o el americano. Los judíos asimilacionistas, igual que los religiosos ortodoxos y los judíos revolucionarios estaban totalmente opuestos al sionismo. Los religiosos rechazan el nacionalismo que quiere reemplazar a la religión: a sus ojos, solo el mesías puede dar a los judíos la tierra de Israel. El Bund, sindicato judío en Rusia, Lituania y Polonia, primer partido judío en Polonia, reivindica el doy kait, es decir la lucha por la mejora de su condición en los países en los que las y los judíos se encuentran, y una antonomía nacional y cultural pero no territorial en un imperio ruso que desean que se transforme en una federación de los pueblos. Así, el sionismo es en primer lugar un colonialismo europeo y el antisionismo es en primer lugar un anticolonialismo judío. Los primeros y los más numerosos antisionistas fueron judíos… hasta la Segunda Guerra Mundial. Y no hablaremos aquí de los judíos orientales o del Magreb, ni reconocidos, ni concernidos, ignorados por el sionismo de aquella época. Cinco años después de la declaración Balfour, el mandato sobre Palestina confiado por la SDN en 1922 a Gran Bretaña, retoma íntegramente los términos de la promesa, y da una validación, en el derecho internacional, del sionismo como implantación «nacional» judía en Palestina. Por otra parte, la carta de la OLP de 1964 situaba el inicio del sionismo de Estado en la declaración Balfour, considerando de hecho que los judíos llegados antes de esa fecha a Palestina eran inmigrantes con vocación de convertirse en palestinos. Es lo que plantea su artículo 20, según el cual «la declaración Balfour, el mandato para Palestina, y todo lo que está fundado en ellos, son declarados nulos y sin efectos…»..

Los sionistas acabaron por volverse contra su padrino británico, hasta el punto de que hay quien ha hablado de una guerra de independencia como la que tuvo lugar en los Estados Unidos. ¿Es oportuna esta comparación?

El nacimiento del nacionalismo judío es uno de los fundamentos del sionismo, pero no forzosamente estatal. El sionismo estatal, que asume la concepción europea de la época sobre el Estado-nación, ignora los derechos indígenas como movimiento colonial europeo que es. Esto va a ocultar parcialmente, o en cualquier caso dar un carácter secundario, a la colonización de Palestina que se deriva de ello: cada pueblo en su tierra, un pueblo sin tierra en una tierra sin pueblo. La naturaleza colonial de sionismo será entonces invisibilizada para muchos (pero no para los pueblos árabes), y el sionismo será considerado como un nacionalismo local que entra en competencia con el nacionalismo palestino. Es así como lo que será presentado por el movimiento sionista como la guerra de independencia contra Gran Bretaña va a ocultar y borrar literalmente al ya activo movimiento indígena palestino de independencia, como esconde y borra la Naqba, la gran expulsión de 1948. De hecho, la retirada de Gran Bretaña deja en pie una nueva potencia colonial, Israel, que continuará defendiendo los intereses occidentales sobre los que no ha dejado de apoyarse. Se puede también recordar que 1947, el año del plan de reparto de Palestina, es tambén el de la partición de la India tras la retirada de Gran Bretaña… Y que ya en 1917 Balfour respondía a un Montagu que le preguntaba sobre la suerte que reservaba a Palestina: «Quiero crear un pequeño Ulster».

100 años más tarde, recordar la declaración Balfour, es recordar que los problemas no comenzaron en 1967, ni siquiera en 1948. ¿Porqué es importante para comprender las realidades actuales?

La declaración Balfour constituye un momento clave en la inscripción del sionismo en el derecho internacional, cuyas etapas posteriores serán el mandato confiado por la SDN, luego el plan de división de 1947 de la ONU. El desprecio colonial que ha presidido a estas diferentes etapas ha permitido el desenraizamiento de un pueblo y la no toma en consideración de sus derechos. Si se considera el proceso de Oslo, difunto desde hace ya casi veinte años como el último avatar de esta gestión bajo tutela, se puede constatar que los derechos elementales del pueblo palestino no han sido preservados o defendidos, ni el derecho al retorno de los refugiados garantizado por la ONU, ni el estatus de Jerusalén-Este, ni siquiera la apariencia de reparto (muy desigual) referida al precedente plan de reparto de 1947. Todo esto mientras que la colonización de los territorios ocupados en 1967 prosigue, ante la indiferencia de las mismas naciones que impulsaron la creación del hogar nacional judío, iniciado por Gran Bretaña y la declaración Balfour. Si la declaración Balfour nos recuerda algo, es que el único proceso en curso desde la promesa, renovado constantemente, es el de la colonización continua del territorio palestino. La «solución» de hoy pasa por la descolonización de Israel como régimen colonial y el reconocimiento de derechos iguales a todos los habitantes actuales de Palestina.

Hebdo L´Anticapitaliste 403 (02/11/2017)

https://npa2009.org/idees/histoire/colonialisme-et-antisemitisme-associes-ont-donne-la-promesse-dun-foyer-national-juif

Traducción: Faustino Eguberri

EEUU: Un año desde la elección de Donald Trump

por Patrick Martin//

Hace un año, el 8 de noviembre del 2016, el candidato republicano Donald Trump ganó las elecciones presidenciales de EUA. A pesar de perder el balotaje popular a nivel nacional por casi tres millones de votos, Trump derrotó a la candidata demócrata, Hillary Clinton, en el colegio electoral gracias a victorias estrechas en los estados industriales de Michigan, Wisconsin y Pensilvania. Seguir leyendo EEUU: Un año desde la elección de Donald Trump

Gilles Deleuze: «Sartre fue mi maestro».

Tristeza de las generaciones sin “maestros”. Nuestros maestros no son sólo los profesores públicos, si bien tenemos gran necesidad de profesores. Cuando llegamos a la edad adulta, nuestros maestros son los que nos golpean con una novedad radical, los que saben inventar una técnica artística o literaria y encontrar las maneras de pensar que se corresponden con nuestra modernidad, es decir con nuestras dificultades tanto como con nuestros difusos entusiasmos. Sabemos que en el arte, y aun en la verdad, hay un solo valor: la “primera mano”, la auténtica novedad de lo que decimos, la “musiquita” con la que lo decimos Seguir leyendo Gilles Deleuze: «Sartre fue mi maestro».

En el centenario de la Revolución de Octubre

por David North//

Hace cien años, en la mañana del 7 de noviembre de 1917, el Comité Militar Revolucionario del Sóviet de Petrogrado, encabezado por León Trotsky, proclamó lo siguiente a los ciudadanos de Rusia.

El Gobierno Provisional ha sido derrocado. El poder estatal ha pasado a manos del órgano del Sóviet de Petrogrado de los Diputados de Obreros y Soldados, el Comité Militar Revolucionario, el cual dirige al proletariado y a la guarnición de Petrogrado.

¡La causa por la que ha luchado el pueblo —la oferta inmediata de una paz democrática, la abolición de la propiedad de tierra de los terratenientes, el control obrero de la industria y la creación de un Gobierno de los sóviets— ha quedado asegurada!

¡Viva la revolución de los trabajadores, soldados y campesinos!

Vladimir Lenin

Esa misma tarde, Lenin, quien tres meses antes había sido denunciado por el Gobierno Provisional burgués como un criminal, recibió una ovación estruendosa cuando salió de su escondite y entró en el salón donde se encontraban congregados los delegados soviéticos. Siendo testigo de los extraordinarios eventos de ese día, el periodista socialista estadounidense, John Reed, dejó una memorable descripción del líder bolchevique, “amado y reverenciado como quizás pocos líderes en la historia”. Escribe que Lenin fue un “líder extrañamente popular, un líder en virtud puramente de su intelecto”, que poseía “el poder de explicar ideas profundas en términos simples, de analizar una situación concreta. En combinación con su perspicacia, la máxima audacia intelectual”.

Al llegar al podio, Lenin comenzó su discurso ante los delegados presentes: “Camaradas, la revolución de los trabajadores y campesinos, sobre cuya necesidad han hablado siempre los bolcheviques, ha sido alcanzada”.

Ya que Rusia todavía utilizaba el viejo calendario juliano, el derrocamiento del Gobierno Provisional entró en la historia como la Revolución de Octubre. Sin embargo, a pesar de que Rusia iba trece días atrás de Europa Occidental y América del Norte, la toma de poder por los bolcheviques catapultó a Rusia, en términos políticos al frente de la historia mundial. La insurrección liderada por los bolcheviques fue la culminación de una lucha política que había comenzado ocho meses antes, en febrero de 1917, con la deposición de la autocracia zarista que había gobernado Rusia por más de trescientos años.

Marcha de las mujeres durante la Revolución de Febrero

El levantamiento de febrero-marzo 1917 desencadenó una batalla prolongada por la perspectiva política y el significado histórico de la revolución que se había desatado en Rusia. Los kadetes burgueses (Partido Democrático Constitucional), los reformistas mencheviques y los socialrevolucionarios que se basaban en el campesinado vieron la revolución en términos principalmente nacionales. El derrocamiento del régimen zarista, insistían, no había sido nada más que una revolución democrática nacional. Las tareas de la revolución se confinaban al reemplazo del régimen zarista por algún tipo de república parlamentaria, basada en la de Francia o de Reino Unido y dedicada a promover el desarrollo de la economía rusa sobre fundamentos capitalistas.

En la práctica, los kadetes, temiendo un levantamiento revolucionario y aborreciendo a las masas, se opusieron a cualquier cambio en las estructuras sociales que amenazara sus riquezas. En lo que corresponde a los mencheviques y socialrevolucionarios, sus programas reformistas excluyeron cualquier avance significativo contra la propiedad capitalista. Para ellos, tomarían décadas de desarrollo capitalista antes de incluso considerar una transición al socialismo como una posibilidad.

Dentro del marco de esta perspectiva, rechazaron inequívocamente el derrocamiento político de la clase capitalista y la toma del poder por parte de la clase trabajadora. La subordinación política de la clase trabajadora al dominio burgués significó un apoyo a la continuación de la participación rusa en el baño de sangre de la guerra mundial imperialista que había comenzado en 1914.

Antes del regreso de Lenin del exilio en abril de 1917, los principales dirigentes bolcheviques en Petrogrado, Lev Kámenev y Iósif Stalin, habían consentido a la subordinación del sóviet (consejo) obrero, bajo una dirección menchevique, al Gobierno Provisional. A raíz de esto, Kámenev y Stalin aceptaron el argumento que, tras traerse abajo el régimen zarista, la participación de Rusia en la guerra imperialista se había convertido en un combate democrático contra la autocracia alemana que debía contar con el apoyo de la clase obrera. Por consiguiente, los patentes intereses imperialistas de la burguesía rusa fueron maquillados con frases hipócritas sobre una “paz democrática”.

El regreso de Lenin a Rusia el 16 de abril conllevó a un cambio dramático de orientación en el Partido Bolchevique. En oposición a los aliados del Gobierno Provisional en el Sóviet de Petrogrado, incluyendo a una facción substancial de la dirigencia bolchevique, Lenin hizo el llamamiento de transferir el poder a los sóviets. Los fundamentos de esta demanda revolucionaria, que sorprendió tanto a los mencheviques como a los camaradas de Lenin en la cúpula bolchevique, consistían en una concepción profundamente diferente del significado histórico de la Revolución Rusa.

Una manifestación de soldados en febrero de 1917

Desde que comenzó la guerra mundial imperialista en agosto de 1914, Lenin había insistido en que ésta marcaba el comienzo de una nueva etapa en la historia mundial. La masacre desatada por la guerra surgió de las contradicciones globales del imperialismo capitalista. Las contradicciones del sistema imperialista, las cuales buscaban resolver los regímenes capitalistas mediante la guerra, iban a incitar una respuesta revolucionaria por parte de la clase trabajadora internacional.

Esta comprensión del contexto histórico y mundial de la Revolución Rusa formó la base de las políticas que iban a guiar al Partido Bolchevique después del regreso de Lenin, quien insistió en que esta Revolución tenía que ser entendida como el comienzo de la revolución socialista mundial. En el Séptimo Congreso del Partido Bolchevique en abril de 1917, aseveró:

El gran honor de comenzar la revolución le ha tocado al proletariado ruso. Pero, el proletariado ruso no puede olvidar que su movimiento y su revolución son sólo una parte del movimiento revolucionario del proletariado mundial que, por ejemplo, en Alemania está tomando más ímpetu con cada día que pasa. Sólo desde este ángulo podremos definir nuestras taras.

En los meses de abril a octubre, Lenin escribió cuantiosos artículos con los que empapó y elevó la conciencia de los miembros del partido y decenas de miles de obreros que leían los panfletos, periódicos y folletos bolcheviques con un entendimiento del carácter internacional de la revolución. Aquellos que afirman que la revolución bolchevique fue un “golpe de Estado” orquestado en secreto están simplemente ignorando el hecho de que las apelaciones de Lenin por una revolución socialista estaban siendo leídas, estudiadas y debatidas en las fábricas, los cuarteles y en las calles de todas las principales ciudades de Rusia.

En setiembre, sólo un mes antes de la toma del poder, el Partido Bolchevique publicó el panfleto de Lenin titulado Las tareas del proletariado en la presente revolución. No había nada ambiguo, mucho menos subrepticio, en la presentación de Lenin del programa y las intenciones del Partido Bolchevique. Con un nivel extraordinario de consciencia histórica, Lenin explicó la necesidad objetiva expresada en las políticas bolcheviques:

La guerra no ha sido engendrada por la voluntad maligna de los bandidos capitalistas, aunque es indudable que se hace sólo en interés suyo y sólo a ellos enriquece. La guerra es el producto de medio siglo de desarrollo del capital mundial, de sus miles de millones de hilos y vínculos. Es imposible salir de la guerra imperialista, es imposibleconseguir una paz democrática, una paz no impuesta por la violencia, sin derribar el Poder del capital y sin que el Poder del Estado pase a manos de otra clase, del proletariado.

Con la revolución rusa de febrero—marzo de 1917— la guerra imperialista comenzó a transformarse en guerra civil. Esta revolución ha dado el primer paso hacia el cese de la guerra. Pero sólo un segundopaso puede asegurar ese cese, a saber, el paso del Poder del Estado a manos del proletariado. Eso será el comienzo de la “ruptura del frente” en todo el mundo, del frente de los intereses del capital; y sólo rompiendo ese frente puede el proletariado redimir a la humanidad de los horrores de la guerra y asegurarle el bien de la paz de forma duradera.

Durante el periodo que siguió a las “Jornadas de julio” —marcadas por una brutal represión de la clase obrera a manos del Gobierno Provisional—, Lenin se vio obligado a ocultarse. León Trotsky, quien había regresado a Rusia en mayo y se unió rápidamente a la dirección del Partido Bolchevique, fue encarcelado. No obstante, fue dejado libre en setiembre, como consecuencia del fallido golpe de Estado contrarrevolucionario del general Kornílov. Luego, fue electo presidente del Sóviet de Petrogrado. En las semanas próximas, Trotsky emergió como el principal líder de las masas y orador de la revolución. Desempeñó el papel decisivo en la planificación estratégica y organización de la insurrección bolchevique.

León Trotsky

Sin lugar a dudas, hubo un elemento de genio en el liderazgo de Trotsky de la insurrección bolchevique. Sin embargo, el rol de Trotsky en la Revolución de Octubre surgió, al igual que el de Lenin, a raíz de un análisis sobre el lugar que ocupaba la Revolución Rusa en la historia mundial. De hecho, Trotsky, en la elaboración de su Teoría de la Revolución Permanente, fue el primero en prever, tan temprano como 1905, que la revolución democrática contra la autocracia zarista en Rusia evolucionaría necesariamente a una revolución socialista que conduciría a la transferencia del poder a la clase obrera.

El análisis de Trotsky desafiaba las afirmaciones de que las tareas políticas de la clase obrera eran determinadas por el atraso económico de Rusia, y que por ende “no estaba lista” para una revolución socialista. “En un país atrasado económicamente —escribió en 1905— el proletariado puede llegar al poder antes de que en un país con el capitalismo más avanzado”.

No obstante, ¿cómo iba a poder sostener su revolución la clase obrera? Trotsky, un largo tiempo antes de los eventos de 1917, escribió que la clase trabajadora,

“no tendrá ninguna alternativa más que conectar el destino de su control político, y, por ende, el destino de la revolución rusa en su conjunto, con el destino de la revolución socialista en Europa. Ese enorme poder estatal y político otorgado por un conjunto de circunstancias temporales en la revolución burguesa en Rusia se fundirá en las escalas de la lucha de clases de todo el mundo capitalista. Con el poder estatal en sus manos, la contrarrevolución detrás de sí y la reacción europea adelante, clamará hacia sus camaradas del mundo entero el viejo llamamiento para un último ataque: ¡Proletariados de todos los países, uníos!”.

*****

Para el mes de octubre de 1917, la pesadilla de la Primera Guerra Mundial ya había cobrado la vida de millones de soldados. Las noticias acerca de la insurrección bolchevique recorrieron la conciencia de las masas como una gran descarga eléctrica. La Revolución de Febrero fue un evento ruso, pero la Revolución de Octubre fue un acontecimiento que cambió el mundo. Lo que era meramente un “espectro” en 1847, existía ahora como un Gobierno revolucionario que tomó el poder con base en una insurrección de la clase obrera.

Rosa Luxemburgo, cuando escuchó acerca de la Revolución estando en prisión, le relató a una amiga en una carta que buscaba impacientemente en los periódicos para saber más de lo que acontecía en Rusia. Expresó dudas acerca de si la revolución iba a poder sobrevivir ante la oposición armada del imperialismo mundial; sin embargo, no dudó la enormidad del evento revolucionario, expresando admiración hacia lo que habían logrado Lenin y Trotsky, camaradas que había conocido muchos años antes. La insurrección encabezada por los bolcheviques, escribió, “es un acto mundial e histórico, cuyo ejemplo vivirá por eones”.

Rosa Luxemburgo

Muchos años después, celebrando el vigésimo quinto aniversario de la Revolución de Octubre, el líder trotskista estadounidense, James P. Cannon, rememoró el impacto de 1917 en los socialistas alrededor del mundo:

Por primera vez, concentrada en una acción revolucionaria, tuvimos una demonstración acerca del verdadero significado del marxismo. Por primera vez, aprendimos del ejemplo y las enseñanzas de Lenin y Trotsky y los líderes de la revolución rusa el significado verdadero de un partido revolucionario. Aquellos que recuerdan ese momento, cuyas vidas fueron soldadas a la revolución rusa, deben contemplarla hoy como la fuerza más inspiradora y aleccionadora que la clase oprimida mundial haya conocido.

La Revolución de Octubre figura entre los eventos más importantes y progresistas de la historia mundial. Forma parte de una cadena de eventos históricos-mundiales, como la Reforma protestante, la Revolución Estadounidense, la Revolución Francesa, que fueron grandes hitos en el desarrollo de la civilización humana.

El impacto global de la Revolución de Octubre es incalculable. Fue un acontecimiento que prendió la chispa de un movimiento de la clase obrera y de todas las masas oprimidas contra la explotación imperialista y la opresión imperialista. Es imposible pensar en alguna conquista política o social significativa de la clase obrera en el siglo XX, en cualquier parte del mundo, que no le deba una parte substancial de su realización a la Revolución Bolchevique. El establecimiento del Estado soviético fue el primer gran logro de la Revolución de Octubre. La victoria de los bolcheviques demostró en la práctica la posibilidad de una conquista del poder estatal por parte de la clase obrera, poniendo fin al dominio de la clase capitalista y organizando a la sociedad sobre una base no capitalista, sino socialista.

Mientras que la formación de la Unión Soviética fue el producto inmediato de la insurrección encabezada por los bolcheviques, no cubre por sí sola el significado histórico completo de la Revolución de Octubre. El establecimiento del Estado soviético en octubre de 1917 fue tan sólo el primer episodio de una nueva época de la Revolución Socialista Mundial.

Esta distinción histórica entre un episodio y una época es crítica para poder entender el destino tanto de la Unión Soviética como del mundo contemporáneo. La disolución de la URSS en 1991 marcó el final del Estado fundado en 1917, pero no marcó la conclusión de la época de la revolución socialista mundial. Esta disolución fue el resultado del abandono que inició a principios de la década de 1920 de la perspectiva socialista internacional sobre la cual se basó la Revolución de Octubre. El programa estalinista de socialismo en un solo país, promulgada por Stalin y Bujarin en 1924 fue un punto de quiebre en la degeneración nacionalista de la Unión Soviética. Como advirtió Trotsky, el nacionalismo estalinista, el cual encontró un apoyo político en la cada vez más grande élite burocrática, separó el destino de la Unión Soviética de la lucha por el socialismo mundial. La Internacional Comunista, la cual fue fundada en 1919 como un instrumento de la revolución socialista mundial, fue degradada y convertida en un brazo para la política exterior contrarrevolucionaria de la URSS. Las políticas embaucadoras y desorientadores de Stalin conllevaron a derrotas devastadoras para la clase obrera en Alemania, Francia, España y muchos otros países.

En 1936, Stalin comenzó su Gran Purga, que al cabo de cuatro años ya había exterminado físicamente a prácticamente todos los dirigentes del internacionalismo revolucionario dentro de la clase obrera y de la intelectualidad socialista. Trotsky fue asesinado en México en 1940.

*****

La disolución de la URSS en 1991 fue celebrada como una victoria trascendental del capitalismo global. Por fin, el espectro del comunismo y el socialismo había sido erradicado. ¡La historia había llegado a su fin! ¡La Revolución de Octubre estaba en ruinas! Por supuesto, tales proclamas no se basaban en un análisis detenido de los últimos 74 años. No se le prestó ninguna consideración a los enormes logros de la Unión Soviética, los cuales fueron más allá de su papel central en la derrota de la Alemania Nazi en la Segunda Guerra Mundial, incluyendo inmensos avances en las condiciones sociales y culturales del pueblo soviético. Aparte de los esfuerzos para borrar de la memoria colectiva todos los logros soviéticos, la falsificación principal de la historia del siglo XX ha sido definir el futuro del socialismo con una narrativa nacionalista de la Revolución de Octubre, en la cual se presenta la toma de poder bolchevique como un evento aberrante, ilegítimo e, incluso, criminal en la historia de Rusia. Por ende, la concepción original bolchevique acerca de lo acontecido en octubre tiene que ser ridiculizada o ignorada. No se le puede atribuir ninguna relevancia histórica ni política a la Revolución de Octubre.

Una unidad de la Guardia Roja en la fábrica Vulcán de Petrogrado durante la revolución

La vigencia de esta versión reaccionaria de los hechos, la cual tiene como objeto restarle a la Revolución toda legitimidad, importancia y honor, depende de una pequeña cosa: que el sistema capitalista mundial haya podido resolver y trascender las contradicciones que dieron origen a las guerras y revoluciones de siglo XX.

Es precisamente en este punto que colapsan todos los esfuerzos para desacreditar la Revolución de Octubre y todas las luchas futuras por alcanzar el socialismo. El cuarto de siglo desde la disolución de la URSS se ha caracterizado por una serie continua y cada vez más profunda de crisis sociales, políticas y económicas. Vivimos en tiempos de guerras perpetuas. Desde la invasión inicial estadounidense de Irak en 1991, el número de vidas acabadas por bombas y misiles estadounidenses en dicho país supera el millón. Ante el recrudecimiento de los conflictos geopolíticos, el estallido de una tercera guerra mundial es percibido como algo cada vez más inevitable.

La crisis económica del 2008 expuso la fragilidad del sistema capitalista mundial. Las tensiones sociales aumentan contra el trasfondo de los niveles de desigualdad más altos en un siglo. A medida que las instituciones tradicionales de la democracia burguesa no puedan aguantar el peso de los conflictos sociales, las élites gobernantes recurrirán cada vez más abiertamente a formas autoritarias de gobierno. La administración Trump es meramente una manifestación repugnante del colapso universal de la democracia burguesa. El papel que desempeñan las agencias militares, policiales y de inteligencia en la gestión del Estado capitalista se ha vuelto cada vez más explícito.

A lo largo de este año marcando el centenario, innumerables artículos y libros han sido publicados a fin de desacreditar la Revolución de Octubre. No obstante, el mismo tono histérico que predomina en estas denuncias desmiente sus afirmaciones de la supuesta “irrelevancia” de octubre, 1917. La Revolución de Octubre no es abarcada como un evento histórico, sino como una amenaza perdurable y contemporánea.

El temor que subyace estos ataques fue evidenciado por un libro publicado recientemente por el líder especialista en las falsificaciones históricas, el profesor Sean McMeekin, quien escribe:

Al igual que con las armas nucleares que tuvieron su origen en la época ideológica iniciada en 1917, el triste hecho acerca del leninismo es que, una vez que fue inventado no se puede deshacer. La desigualdad social siempre estará con nosotros, junto con el impulso bien intencionado de los socialistas para erradicarla… Si debemos aprender algo de los últimos cien años es que debemos fortalecer nuestras defensas y resistir a los profetas armados que prometen la perfección social.

En un ensayo publicado en el diario New York Times en octubre, el columnista Bret Stephens advierte:

Los esfuerzos para criminalizar el capitalismo y los servicios financieros también tienen resultados predecibles… Un siglo después, el bacilo [del socialismo] no ha sido erradicado y nuestra inmunidad hacia él todavía sigue siendo dudosa.

La ansiedad expresada en estas declaraciones no es infundada. Una nueva encuesta publicada muestra que, en la generación de “Millenials” (menores de 28 años de edad), un porcentaje mayor de porcentaje de jóvenes prefiere vivir en una sociedad socialista o comunista que en una capitalista.

*****

Durante este centenario, el Comité Internacional de la Cuarta Internacional ha celebrado el aniversario de la Revolución de Octubre estudiando y explicando sus orígenes y significado. Realizó un trabajo histórico importante, siendo la única tendencia política en el mundo que representa el programa del socialismo internacional en el que se basó la Revolución de Octubre. La defensa de este programa está enraizada históricamente en la lucha librada por Trotsky —primero como líder de la Oposición de Izquierda y luego como fundador de la Cuarta Internacional— contra la traición y perversión nacionalista del programa y los principios de la Revolución de Octubre a manos de la burocracia estalinista. Al mismo tiempo de la lucha por defender todo lo alcanzado dentro de la Unión Soviética como resultado de la Revolución de Octubre, nunca asumió la forma de una adaptación, mucho menos de una capitulación, a las políticas reaccionarias del régimen burocrático.

Consecuentemente, la Cuarta Internacional es la expresión contemporánea del programa de la Revolución Socialista Mundial. En el periodo actual, marcado por la irresoluble crisis capitalista, este programa vuelve a adquirir una vigencia sumamente intensa. La Revolución de Octubre no vive en la historia, sino en el presente.

Llamamos a los trabajadores y jóvenes alrededor del mundo a construir la lucha por el socialismo mundial.

¡Viva el ejemplo de la Revolución de Octubre!
¡Construyamos el Comité Internacional de la Cuarta Internacional!
¡Avancemos hacia la Revolución Socialista Mundial!

La revolución rusa como problema histórico

por Francisco Fernández Buey//

I

Se dice frecuentemente que la “cuestión rusa” se ha convertido en la piedra de toque del pensamiento marxista. Para hablar con propiedad habría que decir que tal cuestión ha sido siempre (al menos desde que empieza a utilizarse el término “marxismo”) motivo de investigación y también de apasionados debates entre los revolucionarios. La formación social rusa fue el objeto prioritario de los estudios del viejo Marx, y el análisis de la actual sociedad soviética sigue siendo el centro de atención de las principales corrientes en las que se ha ido fragmentando el movimiento comunista en las últimas décadas. La persistencia y la constancia con que en un lapso de tiempo tan dilatado reaparece el problema de la naturaleza de aquella revolución puede considerarse sin más como un factor demostrativo de que en este caso no se trata de una discusión académica o de escuela como ha habido tantas en el marxismo de los últimos tiempos. Ya el simple planteamiento del problema por el propio Marx refuerza la idea de que, por el contrario, se trata de uno de los nudos principales de la historia contemporánea.

La revolución rusa como problema históricoVale la pena recordar aquí, aunque sea sumariamente, las ideas del viejo Marx sobre Rusia porque todavía ahora se suelen olvidar con cierta frecuencia. Este olvido conduce a seguir planteando el tema simplemente como si se tratara de una contraposición entre lo que la revolución rusa ha sido en la realidad y el esquema de desarrollo histórico esbozado en El Capital, con la consecuencia implícita de tener que elegir entre la teoría supuesta y lo que es definido como “socialismo real”. Precisamente hace algo más de cien años, en una carta enviada al director de la Otetschestwennyi Sapiski, Karl Marx salía al paso de lo que consideraba como una infundada extensión al caso de Rusia del esquema histórico expuesto en El capital. Según esa abusiva generalización, mediante la cual –en palabras de Marx– se interpretaba el esbozo histórico de la génesis del capitalismo en Occidente como una teoría histórico-filosófica de la marcha general que el destino impondría a todo pueblo, la sociedad rusa tendría que pasar inevitablemente por los mismos traumas que la acumulación capitalista, la industria manufacturera y el desarrollo de la gran industria determinaron en Inglaterra y en otras sociedades de la Europa occidental. Marx rechazaba el carácter suprahistórico de esa conclusión y oponía a ella varias consideraciones particulares:

1.a Que el esquema histórico de El Capital tenía validez solamente para el caso de las sociedades que aquella obra había estudiado, esto es, para el caso de las sociedades del occidente europeo.

2.a Que el análisis histórico comparativo permite observar que sucesos muy similares pero que tienen lugar en medios diferentes conducen a resultados totalmente distintos.

3.a Que el caso de la formación social rusa, en la cual resaltaba la solidez y resistencia verdaderamente atípicas de la comuna aldeana tradicional, a diferencia de lo ocurrido y de lo que estaba ocurriendo en otras sociedades tanto de occidente como de oriente, exigía un estudio particularizado antes de definirse dogmáticamente acerca de la inevitabilidad de la etapa entendida en el sentido europeo-occidental.

Algunos años después, luego precisamente de haber profundizado en el estudio particular de la formación social rusa, el propio Marx llegaba a la conclusión (compartida con algunos teóricos del populismo ruso) de que la comuna aldeana tradicional constituía el punto de apoyo de la regeneración social en Rusia. ¿Quería decir esto que Rusia podía saltarse la etapa capitalista, la fase de proletarización de los agricultores, e ir hacia el comunismo desarrollando justamente los aspectos comunitarios de las relaciones que aún dominaban en buena parte del agro ruso? Esa era al menos la idea que parecía desprenderse de la carta escrita a Vera Zassulich el 8 de marzo de 1881, en un momento en el que las desgracias familiares y su propia enfermedad minaban ya definitivamente la salud de Marx.

Cierto es que su razonamiento en esas fechas está dirigido sobre todo a combatir el concepto de la inevitabilidad de un determinado decurso histórico válido para todos los países del mundo y, más concretamente, la idea de la repetición en el caso de Rusia de lo ya ocurrido en otros países de la Europa occidental. Pero, aún llegando a la conclusión de que el desarrollo del capitalismo no era inevitable en Rusia y creyendo, por el contrario, que existían elementos favorables suficientes para la conservación/transformación revolucionaria de la comuna aldeana, no se encontrarán tampoco en aquella carta afirmaciones absolutizadoras. Basta con comparar su redacción definitiva con el borrador (mucho más largo y elaborado) de la misma para darse cuenta de que Marx se niega a predecir el futuro ruso mediante aseveraciones tajantes. Por eso el razonamiento está salpicado de condicionales y disyuntivas. Aun así, sin embargo, la idea conclusiva era clara: “Gracias a una combinación de circunstancias únicas, la comuna aldeana, todavía establecida por toda la extensión del país, puede despojarse gradualmente de sus caracteres primitivos y desarrollarse directamente como elemento de la producción colectiva a escala nacional”.

Pero para ello eran necesarias, según Marx, dos condiciones. Primera, la revolución en Rusia. Pues sólo una actuación rápida y decidida de la voluntad de conservación/transformación de la comuna aldeana podía oponerse con éxito a los nada despreciables factores (internos y externos) de disolución de la misma. Segunda, la revolución proletaria en occidente. De tal manera que si la revolución rusa “daba la señal” para una revolución en el mundo capitalista desarrollado, complementándose ambas, la propiedad común de la tierra todavía resistente en Rusia sería el punto de partida de “una evolución comunista”.

Tal era en lo esencial la idea de Marx sobre el futuro ruso.

 

II

Los bolcheviques en general y Lenin en primer lugar recogieron una parte de ese razonamiento y obviaron la otra. Esto es, consideraron que la revolución rusa podría realizarse, mantenerse y profundizarse siempre que tuviera lugar también la revolución mundial, la revolución europea, o al menos la revolución socialista en el país en que parecían existir mayores posibilidades para el cambio (Alemania). Pero, por otra parte, abandonaron la idea de que era posible pasar al comunismo moderno desde el comunitarismo primitivo de la comuna aldeana. Al abandono de esta idea contribuyeron sin duda varias razones que es difícil resumir sin una referencia detallada a la evolución del contexto histórico ruso y europeo desde 1880 hasta 1917. Así y todo, y aun a sabiendas de que sin el detalle sobre esa evolución histórica se corre el peligro del esquematismo, pueden señalarse aquí algunas de esas razones. La más formal de ellas –pero tampoco despreciable– es que ninguno de los dirigentes bolcheviques llegó a conocer hasta muchos años después de la revolución de octubre la totalidad del razonamiento de Marx sobre la comuna aldeana (señaladamente no conocieron la carta a Vera Zassulich y la importante primera redacción de la misma). Ese desconocimiento afecta muy probablemente a las conclusiones de Lenin en El desarrollo del capitalismo enRusia en el sentido de que la revolución pendiente en el país era una revolución democrático-burguesa. En efecto, si esa obra se lee no desde el conocimiento de lo que ha pasado luego sino desde el conocimiento de la situación rusa en 1880/1890 es difícil sustraerse a la impresión (afirmada por varios estudios actuales del tema) de que Lenin hinchó los datos relativos al desarrollo capitalista de Rusia en aquel momento, exagerando con ello la existencia de factores semejantes a los europeo-occidentales y que conducían a la disolución inevitable de la comuna aldeana.

La revolución rusa como problema históricoCon todo, más importante que la existencia de ese factor de desconocimiento de la obra de Marx al respecto es, para explicar el por qué del abandono bolchevique de la idea de la posibilidad del paso de la comuna rural al comunismo moderno, el mismo desarrollo material de Rusia hasta 1917. Sobre esto no puede caber ninguna duda: el avance del capitalismo y la disolución de las relaciones precapitalistas agrarias fue un hecho. ¿Una necesidad histórica? Efectivamente, una necesidad histórica si se entiende por tal el objetivo de la base material de aquella sociedad + la voluntad de una parte importante de la población (por lo menos de la burguesía rusa, de sectores del campesinado y de la vanguardia política del proletariado industrial) en el sentido de transformar a Rusia en un país lo más parecido posible a los de la Europa occidental. No hará falta añadir, sin embargo, que esa coincidencia bastante general no implica necesariamente coincidencia en los proyectos político-sociales de los principales grupos que actuaban como portavoces de las varias clases en lucha.

Como argumento a favor de la corrección de la tesis de Lenin y en contra de las ideas del viejo Marx suele citarse el éxito del proyecto político bolchevique en octubre de 1917. Pero este es un argumento muy poco sólido. En primer lugar porque oculta la escasísima realidad social del partido bolchevique (escasísima sobre todo en el campo, y en un país en el que la población campesina seguía constituyendo el 80% de la población) entre 1903 y febrero de 1917, y porque olvida que el éxito bolchevique en octubre se debió sustancialmente a su buena captación de las repercusiones de la guerra imperialista en las varias clases sociales rusas. Y en segundo lugar porque no considera el hecho evidente de que la proletarización acelerada del campesinado ruso en los años treinta de este siglo es precisamente la continuación y consumación de las medidas disolventes de la comuna aldeana tradicional adoptadas con anterioridad por varios ministros de la época zarista.

Podría decirse, pues, que en esa necesidad histórica que refutó la prognosis del viejo Marx sobre Rusia tuvo también su papel (más importante de lo que suele decirse) la voluntad bolchevique de seguir en este aspecto el ejemplo de países como Inglaterra, Alemania y los Estados Unidos de Norteamérica. En cualquier caso, lo cierto es que el desconocimiento, el olvido (o el históricamente necesario abandono, como se prefiera) de la hipótesis de Karl Marx sobre la comuna aldeana obligó a Lenin a forzar la semejanza de la revolución en curso en Rusia con las revoluciones democrático-burguesas de la Europa occidental.

Si se tiene en cuenta la fuerza con que Marx acentuó la particularidad, la diferencia, de la formación social rusa por comparación con otras sociedades de la Europea occidental y si se piensan las implicaciones sociales de su hipótesis acerca del paso de la comuna aldeana tradicional al comunismo moderno, se comprende que no empleara el término de revolución democrático-burguesa para definir la revolución conservadora/transformadora de la comuna rural. Y se comprende también que, al emplearlo, Lenin se sintiera inmediatamente en una situación bastante embarazosa. En realidad una buena parte de la obra de Lenin entre 1905 y 1917 viene a ser en lo esencial un dar vueltas en torno a la explicación de la revolución democrático-burguesa rusa. Y no creo que sea desmerecer el genio político de Lenin el afirmar que, pese a las muchas veces que se refirió a ese tema, no logró tampoco dar una definición satisfactoria de la naturaleza de esa revolución democrático-burguesa rusa.

Así, ya en 1905/1906 la revolución popular rusa era para Lenin una revolución democrático-burguesa como nunca hubo otra en parte alguna, una revolución que si fracasaba, esto es, si el acuerdo entre la burguesía y el zarismo lograba abortar la insurrección, se parecería a las revoluciones democrático-burguesas de la Europa occidental (o sea, según sus propias palabras, sería un aborto), mientras que, en cambio, si salía triunfante daría lugar no a un poder burgués sino a la dictadura del proletariado y del campesinado. Después de la insurrección de febrero, entre marzo y octubre, Lenin mantuvo la opinión de que la revolución en ciernes era entonces proletaria y socialista. Pero en los últimos meses de su vida, al hacer historia comentando la crónica de Sujánov, afirmó que la revolución de octubre había sido por sus objetivos inmediatos una revolución democrático-burguesa desarrollada luego en un sentido socialista. Lenin era de los revolucionarios que no se detienen ante los nudos gordianos teóricos: ¿cómo, si en abril de 1917 se decía que la revolución en ciernes era proletario/socialista, afirmar en 1923 que en lo esencial había sido una revolución democrático-burguesa? El nudo que no se desata, se corta: “no hay ninguna muralla china entre ambas revoluciones.”

¿No hay ahí, en ese cortar el nudo gordiano, un intento de llegar a cuadrar formalmente el círculo de la peculiaridad, de la particularidad de la revolución rusa (asiática, oriental, pero vocacionalmente europea por decisión de sus protagonistas) con aquel esbozo histórico del Capital que se consideraba válido para el desarrollo de las sociedades occidentales? Lenin parece haber intuido esto cuando afirmó, al referirse temáticamente a la cuestión de la naturaleza de la revolución, que la revolución rusa introducía ciertas correcciones desde el punto de vista de la historia universal en el camino típico del desarrollo del capitalismo y de la democracia burguesa. Pero sobre todo cuando definió a la formación social rusa salida de la revolución de octubre como un capitalismo de estado diferente del capitalismo de estado conocido en el mundo occidental.

En suma, la dificultad de caracterización por Lenin de la revolución rusa (y sus constantes matizaciones) se explica por el hecho de que creyó conveniente y necesario analizar la situación de su país precisamente con aquellas categorías que el viejo Marx consideraba válidas para la Europa occidental. Y esa dificultad, que no es sólo, por supuesto, una dificultad de Lenin, explicaría también quizá el que cuando en abril de 1917 afirma por vez primera que la revolución en curso en Rusia es una revolución proletario/socialista casi nadie le entendiera. (A lo cual se podría añadir todavía la hipótesis de que la rapidez con que entendió Stalin –casi el único entre los dirigentes bolcheviques y además el menos teórico de ellos– ese giro de Lenin en abril de 1917 se debió a que el georgiano interpretó razonablemente que lo que estaba en juego en aquella circunstancia no era la redefinición de la naturaleza de la revolución en ciernes, sino meramente la cuestión del poder, de la toma del poder).

 

III

Perdidas las matizaciones teóricas de Lenin y derrotada la revolución proletaria en Hungría, en Alemania, en Austria y en Italia, la descripción de la revolución rusa que se impuso entre los bolcheviques y más en general en el movimiento comunista encuadrado en la III Internacional fue un esquema simplificado de las tesis de Vladímir Ilich. Dicho esquema, que se ha ido repitiendo una y otra vez sin mayores consideraciones, venía a decir lo siguiente: a) las varias insurrecciones proletario/campesinas de 1905/1906 habrían constituido una revolución democrático-burguesa abortada, inacabada; b) la insurrección de febrero de 1917 habría sido una revolución democrático-burguesa consumada con éxito por el hundimiento del régimen zarista, y, finalmente c) la insurrección de octubre de 1917 que dio el poder a los bolcheviques habría sido una revolución proletaria y socialista. En la década siguiente el propio Stalin redondearía ese esquema con la afirmación de que Rusia había superado ya la primera fase del comunismo (la llamada etapa socialista) y estaba a punto de entrar en la segunda, esto es, a punto de construir la sociedad comunista propiamente dicha.

La revolución rusa como problema históricoPero ya antes de que Stalin añadiera esa última nota altamente ideológica y justificadora de su propio poder al esquema histórico dominante, en la III Internacional habían manifestado serias dudas sobre su licitud y corrección varias corrientes comunistas, desde Gramsci a Bordiga, desde Korsch a Pannekoek, pasando por Mattick y los internacionalistas de Holanda. Así en 1920, defendiendo las conquistas de la revolución de octubre contra el mecanicismo de la socialdemocracia, Gramsci dudaba en cambio de que una revolución pudiera ser definida como socialista por el hecho de haber sido dirigida por el proletariado e incluso teniendo en cuenta la voluntad de transformación en un sentido socialista de sus protagonistas. Y con mayor radicalidad aún una década más tarde el grupo de comunistas internacionalistas de Holanda consideraba aquel esquema como un mero recubrimiento ideológico del jacobinismo de los bolcheviques; para ellos la idea de que la revolución de febrero era una revolución burguesa mientras que la de octubre se definía como proletario/socialista constituía “un absurdo”. Y esto por el hecho de que tal visión “supone que un desarrollo de siete meses habría sido suficiente para crear las bases económicas y sociales de una revolución proletaria en un país que apenas si acababa de entrar en la fase de su revolución burguesa”. La conclusión de esta crítica del esquema dominante era la concepción de las insurrecciones de febrero y de octubre como un proceso unitario de transformación burguesa de la sociedad rusa. En ese mismo sentido se manifestarían Pannekoek, Mattick y Kosch.

La perspectiva que dan los sesenta años cumplidos de la revolución rusa y el conocimiento del desarrollo de la formación social soviética desde 1917 permiten afirmar sin mayores dudas que tanto la crítica del esquema “canónico” por los comunistas internacionalistas como su descripción de los hechos como un proceso unitario de transformación burguesa eran acertadas en lo esencial. Tal vez desde esa misma perspectiva podrían añadirse algunas otras consideraciones:

1a  Que ese proceso unitario de transformación burguesa, acelerado luego desde el poder, tiene peculiaridades de desarrollo propias de un país en el límite entre Europa y Asia y se ha visto condicionado además, en su origen, por la implantación del imperialismo capitalista occidental, y, en su desarrollo, por la nueva división internacional del trabajo que lleva consigo la difusión del imperialismo. Esta complicación del esquema de los comunistas internacionalistas permite explicar la coincidencia, en la evolución de la Unión Soviética, de factores inicialmente tan contrapuestos como el asiatismo (en el plano político) y el taylorismo (en el plano económico y de organización del trabajo).

2a Que el mantenimiento del esquema ideológico interpretativo de la revolución rusa, dominante en la III Internacional, ha conducido a una hipostatización del concepto de revolución proletaria semejante a la que ya se había impuesto con respecto a la revolución burguesa (esto es, la consideración de la revolución francesa como revolución burguesa por antonomasia, cuando es precisamente la excepción). La generalización ahistórica de ese modelo esquemático es semejante, aunque contraria, a la que denunciara Marx para el caso de El Capital y ha llevado al movimiento comunista a varios errores de importancia. Uno en Oriente, al subvalorar el papel del campesinado por comparación con lo ocurrido en Rusia (de ahí la equivocación paralela de los proyectos políticos de Stalin y de Trotski para la China de los años veinte/treinta); otro en Occidente, al sobrevalorar los factores de atraso económico y cultural en países capitalistas desarrollados o por lo menos relativamente desarrollados (buscando todavía en fechas no muy lejanas el paralelo con la revolución democrático-burguesa rusa y repitiendo mecánicamente que no hay muralla china entre esa revolución y la proletaria).

Nota bibliográfica

  • V.I. Lenin. Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática. Traducción castellana en Obras Escogidas, tomo 1, pág 477 y siguientes.
  • V.I. Lenin. Con motivo del cuarto aniversario de la revolución de octubre. Traducción castellana en Obras Escogidas, tomo 3, Págs. 659-668.
  • V.I. Lenin, Nuestra revolución (A propósito de las notas de N. Sujánov). Traducción castellana en Obras escogidas, tomo 3, págs. 792-795.
  • Grupo de comunistas internacionalistas de Holanda “Tesis sobre el bolchevismo” en Pannekoek, Korsch. Mattick, Crítica del bolchevismo. Barcelona, Anagrama, 1976.
  • Rudi Dutschke, Lenin (Tentativas de poner a Lenin sobre los pies). Traducción castellana, en Icaria, Barcelona, 1977.

Daniel Viglietti: Y, sin embargo, qué cerca

por María José Santacreu//

Cuando apenas estábamos comenzando a digerir el fallecimiento de Coriún Aharonián, la muerte –esa señora a la que el Sabalero tan justamente le faltaba el respeto– decidió asomar de nuevo para dejarnos mucho más pobres, no solamente a sus compañeros de Brecha, sino al Uruguay entero. Vaya a continuación ese otro triste espacio, el que queríamos que nunca llegara, el dedicado a despedir y homenajear a nuestro querido Daniel Viglietti Seguir leyendo Daniel Viglietti: Y, sin embargo, qué cerca

¿Fue inevitable el estalinismo?

por Eric Blanc//

Durante casi un siglo, el ascenso del estalinismo en Rusia ha ocultado el proyecto emancipatorio de la revolución de 1917.

Los críticos liberales y conservadores insisten en que este giro de los acontecimientos —el surgimiento de una tiranía política y social tras la revolución y la guerra civil— demuestra que cualquier intento de superar el capitalismo solo conduce a una dictadura brutal. Según el historiador Bruno Naarden, por ejemplo, los «desastrosos acontecimientos tras 1917 mostrarían lo que ocurriría si cualquier Estado y sociedad se condujeran sin la élite burguesa».

En vista del predominio de estas ideas, es una tarea esencial para los revolucionarios marxistas ofrecer una explicación seria de por qué se perdió la revolución rusa.

El potencial emancipador del poder obrero puede apreciarse desde los primeros meses del gobierno soviético formado en octubre de 1917, así como del Gobierno rojo formado poco después en Finlandia.

Millones de obreros, trabajadores rurales y campesinos tomaron el poder en sus centros de trabajo, comunidades y del Estado. Con el derrocamiento de las viejas autoridades, la participación masiva en todas las facetas de la vida social se extendió a unos niveles sin precedentes. Frente al sabotaje o la deserción de funcionarios públicos y directivos capitalistas, el pueblo trabajador y los marxistas organizados tuvieron que intervenir y hacerse cargo para cubrir el consiguiente vacío. La autogestión de abajo a arriba se convirtió en la norma.

Tras Octubre, los bolcheviques y socialistas radicales impulsaron la extensión de la revolución al resto de Rusia y al extranjero. La Revolución de Octubre era, según ellos, la punta de lanza de la revolución socialista mundial: sin la extensión internacional de la revolución, decían, la revolución rusa estaba perdida.

Aunque los bolcheviques y sus aliados tuvieron un gran éxito en la instauración del poder soviético a lo largo de la Rusia central, sus éxitos en la periferia y más allá del Imperio ruso fueron mucho más desiguales. En el verano de 1918, los gobierno soviéticos de Ucrania, Letonia, Estonia y Bakú —junto con el Gobierno rojo finlandés— habían sido derrocados por los esfuerzos combinados del Gobierno alemán, las burguesías locales y los socialistas moderados.

Esta incapacidad de romper el cordón sanitario del imperialismo en la periferia de Rusia facilitó que se desarrollara una guerra civil prolongada y devastadora que tuvo lugar principalmente en las fronteras del antiguo Imperio zarista.

En poco tiempo, el impulso de la revolución hacia la democratización de la vida social y política fue revertido en el contexto de la guerra civil, la intervención de numerosos poderes extranjeros —incluyendo Estados Unidos— y el colapso económico. Debe tenerse en cuenta, también, que los bolcheviques heredaron un país que estaba ya al borde de la desintegración.

Observando el cerco imperialista de Rusia, el agravamiento del desastre económico y el sabotaje activo de los capitalistas y la intelligentsia, en noviembre de 1917 los bolcheviques de Bakú concluían que «ningún otro gobierno, en ningún lugar, ha tenido que trabajar en unas condiciones tan complejas y difíciles».

A lo largo de 1918, también colapsó la industria. Las conexiones entre la ciudad y el campo quedaron hechas añicos, el hambre, la enfermedad y la desmoralización se extendieron como una plaga. Las condiciones en el antiguo Imperio zarista se convirtieron en algo catastrófico, casi imposible de describir, haciendo que incluso las crisis del periodo anterior parecieran menores por comparación. La democracia obrera apenas podría sobrevivir, menos aún florecer, en un contexto semejante.

Como ejemplo de una descripción contemporánea honesta, consideremos la siguiente carta escrita en julio de 1918 por Yakov Sheikman, un líder bolchevique de 27 años de Kazán, una ciudad industrial a orillas del Volga con una fuerte influencia musulmana. Temiendo que pronto moriría en la batalla, Sheikman escribe lo siguiente a su hijo pequeño, explicando la trayectoria de la lucha por la que se juega la vida:

«Así que, querido Emi, estamos rodeados. Quizá tenga que morir. El peligro nos acecha en todo momento. Por eso he decidido escribirte… Te puedes imaginar lo difícil que ha sido todo [tras Octubre], puesto que, simultáneamente, hemos tenido que construir, derribar y defendernos de nuestros enemigos a los que no les faltaba un odio terrible contra nosotros. Todo el país estaba inmerso en las llamas de la guerra civil…

«La burguesía y sus subordinados nos tienden emboscadas. El sabotaje adopta formas increíbles y alcanza proporciones colosales. La intelligentsia, que había apoyado a la burguesía sin protestar, no quería servir a la clase obrera. Por si esto no fuera suficiente, se unió en una alianza con la burguesía contra la clase obrera…

«La contrarrevolución golpeó dolorosamente a la Rusia soviética. Pero el poder soviético rechazó los golpes que le caían de todas partes y pronto estuvo a la ofensiva. Donde nuestros enemigos prevalecían, no había piedad para nosotros. Pero tampoco nosotros mostramos piedad».

En un contexto así, el proceso de democratización político y social quedó rápidamente subordinado —desde abajo y desde arriba— a los esfuerzos militares para derrotar a la contrarrevolución y a la lucha desesperada por alimentar a las ciudades y al joven Ejército Rojo.

Todo se orientó hacia la supervivencia política —resistir todo lo posible hasta que el surgimiento del poder obrero en Occidente abriera nuevos horizontes políticos—. A lo largo del antiguo Imperio zarista, la autogestión se hundió en el autoritarismo y la burocratización. Observando esta dinámica, Sheikman lamentaba que «hay mucha miseria en los oficiales soviéticos (no todos son así, por supuesto, pero sí muchos)».

Una comparativa en todo el Imperio arroja luz sobre el peso de las desesperadas circunstancias sociales sobre la política.

Los que defienden la idea que el giro dictatorial de la Revolución rusa fue debida al supuesto autoritarismo innato de las políticas de Lenin y los bolcheviques tendrían que explicar por qué sus rivales políticos —incluyendo liberales rusos y no rusos, nacionalistas, socialistas moderados y anarquistas— recurrieron igualmente a métodos antidemocráticos cuando afrontaron las condiciones de la guerra civil y amenazas políticas similares a su gobierno.

En su reciente estudio sobre el socialismo libertario en Rusia, el historiador ruso Vladímir Sapon concluye que la derrota de la democracia soviética estuvo determinada ante todo por el catastrófico contexto objetivo de finales de 1918:

«Esta idea la confirma el hecho de que en las áreas donde los anarquistas y neopopulistas de izquierda consolidaron su hegemonía política en el período del primer gobierno soviético, estaban no menos inclinados hacia la dictadura de partido que los bolcheviques a nivel de toda Rusia».

La experiencia del breve Gobierno rojo finlandés fue similar. Los líderes socialistas de Finlandia siguieron vinculados incuestionablemente al tradicional apoyo del marxismo ortodoxo al parlamentarismo, el sufragio universal y la libertad política.

Como ocurrió durante las primeras semanas del poder soviético en Rusia central, el Gobierno rojo finlandés evitó al principio los métodos dictatoriales y tuvo una actitud magnánima hacia sus rivales políticos. Seria difícil encontrar una constitución más democrática que la adoptada por los marxistas finlandeses tras asumir el poder en enero de 1918.

Pero aunque los socialistas finlandeses siguieron defendiendo su teoría y objetivos democráticos, la dinámica de una guerra civil brutal —y una contrarrevolución despiadada— les obligó a recurrir a prácticas autoritarias.

El primer paso en esta dirección fue el de clausurar y prohibir la prensa no socialista a principios de febrero. Poco después, se prohibieron también los periódicos obreros moderados que no habían apoyado la insurrección de enero y el nuevo Gobierno rojo.

A diferencia de la Rusia soviética, el Gobierno rojo finlandés fue un Estado de partido único desde el principio hasta el final, puesto que el resto de partidos finlandeses se negaron a reconocer su legitimidad. Aunque el número de víctimas palidecen comparadas con las de los blancos, se desató un violento Terror Rojo contra la burguesía y los contrarrevolucionarios, acabando con 1 500 vidas.

En el espacio de tiempo de unos pocos meses, el nuevo gobierno se empezaba a parecer cada vez más a una dictadura militar. El 10 de abril, en un desesperado último intento de contrarrestar las recientes derrotas militares, el Gobierno rojo se reorganizó bajo un mando militar hípercentralizado en el que se le dio al líder socialista Kullervo Manner una autoridad dictatorial personal. La prensa socialista finlandesa afirmaba: «La guerra es la guerra y tiene sus propias leyes y necesidades que no coinciden con las necesidades de la humanidad».

A pesar de la evolución cada vez más autoritaria de los regímenes dirigidos por radicales por todo el antiguo Imperio zarista, tiene poco sentido igualar a los bandos contendientes en la guerra civil. Los métodos dictatoriales podían estar, y estaban, dirigidos a preservar o derrocar órdenes sociales antagónicos.

Sin embargo, al señalar la influencia decisiva del contexto objetivo en el ascenso de un militarismo autoritario en todos los bandos de los sangrientos conflictos de este período, no quiere decir que se niegue que los bolcheviques y los socialistas finlandeses tomaron decisiones cuestionables después de 1917.

Una no menor fue la tendencia de los bolcheviques a racionalizar teóricamente muchos de las medidas dictatoriales ad hocobligadas en el contexto de la guerra civil. Aunque este método de codificación ideológica puede haber sido útil para ganar las batallas de aquel momento, le hizo sin duda mucho más difícil políticamente a los líderes y cuadros del partidos desafiar de forma eficaz a la burocracia tras el fin de la guerra civil en 1921.

Sería erróneo exagerar las posibilidades de democratización en 1921, puesto que para entonces la burocratización del partido y del Estado estaban ya profundamente avanzadas. Además la alienación creciente del régimen político y de los bolcheviques respecto de amplios sectores de la población —que incluiría también a gran parte de la clase obrera— durante la guerra civil dejaba para entonces muy poco espacio a una democracia soviética en una Rusia aislada.

¿Era posible otro camino? Como en los años previos, la suerte de la revolución rusa dependía de forma crucial dela revolución internacional.

Como habían predicho los bolcheviques desde el estallido de la I Guerra Mundial en 1914, una ola revolucionaria recorrió realmente Europa y el mundo en respuesta a la Revolución Rusa.

El Estado Mayor alemán lamentaba que «la influencia de la propaganda bolchevique entre las masas es enorme». Al otro lado del globo, el revolucionario mexicano, Ricardo Flores Magón, exclamó en marzo de 1918 que la ruptura anticapitalista en Rusia «tiene que provocar, quiéranlo o no lo quieran los engreídos con el sistema actual de explotación y de crimen, la gran revolución mundial que ya está llamando a las puertas de todos los pueblos».

En muchos países, el capitalismo se tambaleaba y estuvo al borde del abismo hasta 1923. Aunque hoy se asume normalmente que la orientación de los bolcheviques hacia la revolución mundial era utópica, el estallido de posguerra amenazó realmente con derrocar el orden internacional burgués.

Por ejemplo, la reciente monografía de Brian Porter sobre Polonia, a diferencia de la mayoría de trabajos académicos, cuenta con exactitud la profundidad del desafío anticapitalista:

«Las viejas normas políticas, sociales y económicas quedaron descreditadas y destruidas. Hoy llamamos a lo ocurrido en 1917 “la Revolución Rusa”, pero en aquel momento parecía haber una posibilidad real de que pudiera ser la revolución, el momento de destrucción creativa que derrocaría los viejas centros de poder e introduciría un orden mundial totalmente nuevo».

La radicalización política, las huelgas y motines barrieron país tras país en Europa y en el mundo colonial. Las revoluciones de obreros y soldados derrocaron los viejos regímenes en Alemania y Austria en noviembre de 1918. Poco después, los marxistas radicales asumieron brevemente el poder en Persia, Bavaria y Hungría. Los obreros revolucionarios y socialistas estuvieron peligrosamente cerca de derrocar el gobierno capitalista en Polonia (1918-19), Austria (1919), Italia (1919-20), Alemania (1918-23) y en otros países.

El hecho de que el capitalismo sobreviviera al final a esta ofensiva revolucionaria no era inevitable. La clase obrera no carecía de voluntad de transformar radicalmente la sociedad.

Pero estas aspiraciones quedaron bloqueadas, por encima de todo, por las direcciones de los socialistas moderados: cuando los obreros entraron en acción, las burocracias socialdemócratas y sindicales trataron de restaurar el orden a cualquier precio. No carecía de fundamento las declaraciones del líder bolchevique Grigori Zinóviev en 1920: «Mirad al resto del mundo. ¿Quién está salvando a la burguesía? ¡Los llamados socialdemócratas!»

Aunque los primeros comunistas cometieron ciertamente errores importantes que lastraron su capacidad de vencer a las fuerzas del reformismo oficial, la culpa de la derrota de la ola revolucionaria de 1918-1923 debe dirigirse, primero y ante todo, hacia aquellos líderes del movimiento obrero que apuntalaron y respaldaron de forma activa a sus Estados capitalistas tras la guerra.

Por citar al ala izquierda del Partido Socialista de Polonia: «se llaman socialistas y en realidad toda su actividad está dirigida contra el socialismo». A finales de 1923, los líderes socialistas defensores del colaboracionismo de clase habían desactivado efectivamente la conflagración revolucionaria europea en Alemania y por toda Europa.

Los indiscutibles esfuerzos de los moderados para frenar el impulso de la clase obrera hacia una ruptura anticapitalista aislaron al sitiado gobierno obrero y campesino en Rusia.

Este resultado, sin embargo, no estaba predeterminado. País tras país, los radicales estuvieron cerca de superar a los moderados y liderar a los trabajadores al poder. Teniendo en cuenta el muy frágil control del poder que tenía la burguesía, muchas decisiones, acciones y desarrollos políticos, posibles pero no realizadas, podrían haber sido suficientes para haber llevado la historia mundial por un camino muy distinto tras 1917.

Aprendiendo las lecciones de esta historia inspiradora y trágica, los revolucionarios socialistas podrán prepararse mejor para las importante luchas del futuro.

La engañosa derrota del Estado Islámico

Ya Sun Tzu, quinientos años antes de nuestra era, como se lee en su tratado “El Arte de la Guerra”, se refería a ésta diciendo que “es un asunto serio; da miedo pensar que los hombres pueden emprenderla sin dedicarle la reflexión que requiere”. Es evidente que Bush no había leído esto cuando desencadenó aquella nefasta guerra contra el terrorismo cuyos efectos está sufriendo hoy la humanidad y, sobre todo, los pueblos musulmanes sobre los que el rayo del Pentágono descargó con mayor virulencia y menor reflexión. Seguir leyendo La engañosa derrota del Estado Islámico

China: El emperador geoeconómico Xi Jinping se adelanta 15 años

Alfredo Jalife-Rahme//
A unos días del inicio de su trascendental gira asiática, Donald Trump felicitó en términos ditirámbicos la asunción de Xi Jinping –entronizado supremo líder para un segundo quinquenio en el 19 congreso del Partido Comunista Chino (PCC)–, a quien aduló de rey.

La nesciencia de Trump es legendaria, ya que en la tradición milenaria china de más de 6 mil años no existe la figura de rey, ya que ha sido gobernada por mandarines y emperadores. Según The Washington Post, Trump alabó a Xi como probablemente el mandatario más poderoso que China ha tenido en un siglo. ¿Más que Mao Zedong y Deng Xiaoping? Not yet Seguir leyendo China: El emperador geoeconómico Xi Jinping se adelanta 15 años

Música y tortura en centros de detención chilenos: Conversaciones con un ex agente de la policía secreta de Pinochet

por Katia Chornik//

Al asumir el control del país el 11 de septiembre de 1973, el General Augusto Pinochet estableció más de mil centros de detención política. Decenas de miles de personas estuvieron recluidas en esos recintos, sin derecho a juicios justos o garantías judiciales elementales. La gran mayoría sufrió serias formas de tortura física y sicológica por parte de las Fuerzas Armadas, Carabineros, Policía de Investigaciones, Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) y Central Nacional de Informaciones (CNI). Miles fueron asesinados, sus cuerpos hechos desaparecer (2). Seguir leyendo Música y tortura en centros de detención chilenos: Conversaciones con un ex agente de la policía secreta de Pinochet

España: la clase obrera catalana y española deben salir al combate

por Paul Mitchell y Chris Marsden//

Los partidos nacionalistas catalanes están trabajando abiertamente con el Gobierno del Partido Popular (PP) en Madrid a cambio de concesiones que anticipaban de la Unión Europea. El resultado de sus esfuerzos es permitir que el régimen español establezca un peligroso precedente de poder imponer su voluntad mediante órdenes policiales-militares, con el pleno respaldo de la oposición del Partido Socialista (PSOE). Seguir leyendo España: la clase obrera catalana y española deben salir al combate

Prólogo a “Historia de la Revolución rusa”, de León Trotsky

por Jaime Pastor//

Al igual que Tucídides, Dante, Maquiavelo, Heine, Marx, Herzen y otros pensadores y poetas, Trotsky alcanzó su plena eminencia como escritor en el exilio durante los pocos años de Prinkipo. La posteridad lo recordará como el historiador, así como el dirigente, de la Revolución de Octubre (Isaac Deutscher, 1969: 206).

Así pues, sea cual sea el desfase que se observa entre las realidades que genera la revolución de Octubre, por un lado, y, por el otro, el ideal del proyecto socialista tal como lo imaginaban los bolcheviques, la obra de Trotsky constituye sin duda la única que, en la Historia, nos lleva a una rotunda inteligibilidad de los acontecimientos que transformaron el curso de la revolución (Marc Ferro, 2007, XII).

Así valoraban el escritor polaco y el historiador italiano la excepcional relevancia de la contribución que hiciera Trotsky con esta obra que aquí presentamos.

En efecto, nos encontramos ante un extraordinario trabajo historiográfico que ha tenido un creciente reconocimiento no sólo por parte de muchos de sus contemporáneos, incluidos rivales políticos como Miliukov y Sujanov 1/, sino también por un elenco muy plural de historiadores. A lo largo de sus páginas hay un relato, vivido en primera persona, de un proceso revolucionario triunfante, pero también un ejemplo de “historia desde abajo y desde dentro”, apoyada en el empleo en “estado práctico” (como hiciera Marx en sus escritos sobre Francia) de conceptos que pasarían luego a ser de uso corriente. Una obra que ha sido referencia para posteriores estudios sobre las revoluciones, como es el caso de los realizados por Charles Tilly, o considerada superior a otros desde el punto de vista metodológico, como los emprendidos por Theda Skocpol (Burawoy, 1977).

Lecciones del “ensayo” de 1905

Con todo, no se puede entender esta aportación de tan alta calidad sin el ensayo que ya escribió el autor a propósito de la revolución rusa de 1905 en su obra Balance y perspectivas, publicada un año después. En ella introducía un esbozo de lo que definirá como ley del desarrollo desigual y combinado, con el fin de poder comprender la especificidad del tipo de capitalismo que se estaba conformando bajo el Imperio ruso en el marco de la nueva fase imperialista. Una tesis que suponía en cierto modo un esfuerzo por enlazar con las últimas reflexiones que hiciera Marx, gracias a la influencia de sus lecturas del populismo ruso, superando así lo que éste mismo escribiera en su prólogo a la primera edición del Libro I de El Capital, según el cual “el país industrialmente más desarrollado no hace sino mostrar al menos desarrollado la imagen de su propio futuro”.

Así, en su análisis del contexto histórico en que se inserta la revolución de 1905, sostenía que “el capitalismo, al imponer a todos los países su modo de economía y de comercio, ha convertido al mundo entero en un único organismo económico y político” (Trotsky,1971: 211). Será luego, en el capítulo I de esta obra que nos ocupa, cuando desarrolla esa argumentación sobre el carácter desigual pero también combinado del capitalismo “aludiendo a la aproximación de las distintas etapas del camino y a la confusión de las distintas fases, a la amalgama de formas arcaicas y modernas”, ya que “el privilegio de los países históricamente rezagados –que lo es realmente- está en poder asimilarse las cosas o, mejor dicho, en obligarse a asimilarlas antes del plazo previsto, saltando por alto toda una serie de etapas intermedias”.

Es esa nueva configuración del capitalismo en su etapa imperialista la que le lleva a analizar Rusia dentro de la economía mundial entre Europa y Asia y, por ello mismo, a sostener que la revolución que habrá que promover en ese país no puede limitarse a derrocar al zarismo y a apoyar a una burguesía “progresista” para realizar algunas tareas democráticas sin duda fundamentales, como lo serán la conquista de la paz, la reforma agraria y la libre determinación de los pueblos. Dada la debilidad de esa burguesía, esos objetivos solo podrán alcanzarse si son asumidos por el nuevo proletariado industrial en ascenso –siempre que se ganara el apoyo del campesinado- y, por tanto, exigen también emprender medidas que conduzcan a cuestionar la propiedad privada de los principales sectores de la economía.

Para Trotsky la misma dinámica competitiva en que se inserta el Estado zarista respecto al sistema de Estados que se está configurando en Europa obliga a aquél a “acelerar artificialmente con un esfuerzo supremo el desarrollo económico natural (…). El capitalismo aparece como un hijo del Estado” (1971: 152). Es esa contradicción entre “las exigencias del progreso económico y cultural y la política gubernamental” la que explicaría que “la única salida a esta contradicción que en la mencionada situación se ofrecía a la sociedad consistía en acumular el suficiente vapor revolucionario en la marmita del absolutismo para poder hacerla volar” (1971: 152-153).

Con todo, ya en esa obra alertaba también frente a toda interpretación mecanicista del marxismo: “Pero el día y la hora en que el poder ha de pasar a manos de la clase obrera no dependen directamente de la situación de las fuerzas productivas sino de las condiciones de la lucha de clases, de la situación internacional y, finalmente, de una serie de elementos subjetivos: tradición, iniciativa, disposición para el combate…” (1971: 171).

Justamente a partir de esa experiencia de 1905 -en la que el joven Trotsky ha presidido el Soviet de Petrogrado 2/ – observa la emergencia de una nueva forma de organización y representación de los trabajadores y campesinos, los soviets o consejos, que le permite pensar en que puede llegar a extenderse en una futura situación revolucionaria hasta el punto de convertirse en un órgano de poder alternativo al Estado zarista. Así ocurriría en 1917.

El estallido de la Gran Guerra en 1914 y la implicación del Estado zarista en ella mostrarían bien a las claras los efectos de esas particularidades rusas: las de esa “combinación de la tecnología más avanzada del mundo industrial con la monarquía más arcaica de Europa. Finalmente, por supuesto, el imperialismo, que había armado al absolutismo ruso en un primer momento, lo acabó ahogando y destruyendo: la prueba de la primera guerra mundial fue demasiado para él (…). En febrero de 1917, las masas tardaron una semana en derrumbarlo” (Anderson, 1979: 367-368).

Comenzaba así una revolución en un país que, como recuerda Alexander Rabinowitch (2016: 23), era ya entonces el tercero del mundo por su dimensión, con una población de 165 millones de habitantes que ocupaban una superficie tres veces más extensa que la de Estados Unidos de América o que la de China e India juntas. Los efectos políticos, económicos y sociales de su participación en la Gran Guerra no se harían esperar.

De febrero a octubre: un proceso convulso de doble poder

El marco teórico y estratégico en el que analiza todo el proceso vivido desde febrero a octubre de 1917 parte, por tanto, de su tesis sobre el desarrollo desigual y combinado –y la que será su corolario, la revolución permanente-, así como de la apuesta por un proyecto de poder alternativo basado en los soviets o consejos de trabajadores, campesinos y soldados, ya esbozada, como hemos visto, en 1905.

Apoyándose en las enseñanzas de 1905 y 1917, desarrolla un concepto de “revolución” que ha sido posteriormente recogido por diferentes historiadores. Así, en el Prólogo de esta obra nos encontramos con varias consideraciones previas sobre la misma: “El rasgo característico más indiscutible de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos (…). La historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos”. A continuación, sin embargo, precisa: “Las masas no van a la revolución con un plan preconcebido de la sociedad nueva, sino con un sentimiento claro de la imposibilidad de seguir soportando la sociedad vieja”. Es entonces cuando se puede plantear abiertamente la lucha directa por el poder, tarea en la que se resume definitivamente toda revolución.

De esas consideraciones más generales pasa a la que plasma concretamente en el capítulo XI: “El régimen de la dualidad de poderes sólo surge allí donde chocan de modo irreconocible las dos clases: sólo puede darse, por tanto, en épocas revolucionarias y constituye, además, uno de sus rasgos fundamentales”. Una dualidad de poderes que Trotsky recuerda que se ha dado en procesos revolucionarios vividos en el pasado, como en las revoluciones inglesa y francesa y que aplica al periodo abierto en febrero de 1917.

Así pues, toda situación revolucionaria implica la existencia de una dualidad de poderes, la cual “atestigua que la ruptura del equilibrio social ha roto ya la superestructura del Estado”. Esa es la que se da a partir de febrero cuando “la cuestión estaba planteada así: o la burguesía se apoderaba realmente del viejo aparato del Estado, poniéndolo al servicio de sus fines, en cuyo caso los soviets tendrían que retirarse por el foro, o estos se convierten en la base del nuevo Estado, liquidando no sólo el viejo aparato político, sino el régimen de predominio de las clases a cuyo servicio se hallaba éste”.

Esta cuestión, la de la resolución en un sentido u otro del doble poder que se va desarrollando en todo el país, es la que preside los conflictos que se van manifestando hasta octubre. A través de los mismos vemos sucederse pasos adelante y pasos atrás de unos y otros contendientes en liza, con distintos momentos y puntos de bifurcación en los que la relación de fuerzas se puede inclinar a favor de uno u otro contendiente. Es justamente en esas coyunturas críticas cuando se pone a prueba el papel del factor subjetivo, de los distintos actores y, en este caso, del partido bolchevique y sus dirigentes, como bien explica el autor de esta obra. Comentaremos brevemente estos momentos.

No por casualidad, Trotsky destaca en el capítulo XVI como un punto de inflexión clave el cambio de orientación que se da en el bolchevismo a partir de la presentación por Lenin de las conocidas como “Tesis de abril” en una Conferencia de delegados del partido. En ellas, recién llegado del exilio, insiste en que se ha producido un cambio de fase: “La peculiaridad del momento actual en Rusia consiste en el paso de la primera etapa de la revolución, que ha dado el Poder a la burguesía por carecer el proletariado del grado necesario de conciencia y de organización, a su segunda etapa, que debe poner el Poder en manos del proletariado y de las capas pobres del campesinado”.

Partiendo de ese salto en el proceso, rechaza cualquier tipo de apoyo al gobierno provisional, calificado como un “gobierno de capitalistas”. Sin embargo, reconociendo que el bolchevismo está todavía en minoría dentro de los nuevos órganos de contrapoder emergente, defiende la necesidad de una explicación paciente de los errores de ese gobierno “propugnando al mismo tiempo la necesidad de que todo el poder del Estado pase a los soviets de diputados obreros”.

Esas Tesis, como se sabe, cogieron desprevenidos a la mayoría de los delegados en esa Conferencia, pero finalmente fueron aprobadas, no sin notables resistencias. Fueron, en cambio, vistas por Trotsky, que llegaría a Petrogrado desde Nueva York el 5 de mayo, como la comprobación de que ya no existían divergencias sustanciales entre sus ya conocidas posiciones sobre el rumbo que debía seguir la revolución y las defendidas a partir de entonces por Lenin. Por eso en agosto él y el Grupo Interdistritos del que formaba parte pasarán a integrarse en su partido.

El mes de junio marcaría una nueva radicalización en el seno de los soviets frente al gobierno de coalición, el cual, pese a sus promesas, mantiene su participación en la Gran Guerra. Es entonces cuando el Primer Congreso de Diputados Obreros y Soldados empieza a asumir la consigna “Todo el poder a los Soviets”. En cambio, luego, tras la derrota en las conocidas como “jornadas de julio”, llega el reflujo e incluso la represión contra los bolcheviques, promovida por el nuevo gobierno presidido por Kerenski. Más tarde, en agosto, la sublevación de Kornilov, como constata el autor, es derrotada por un frente unido contra el intento de golpe de estado reaccionario para pasar luego a dar un nuevo impulso hacia la izquierda en los soviets. Una radicalización que en su relato hace recordar a Trotsky el comentario de uno de los compañeros de lucha citando unas palabras de Marx: “Hay momentos en que la revolución necesita ser estimulada por la contrarrevolución”.

Efectivamente, es justamente después del fracaso de Kornilov cuando se produce un salto adelante enorme en la reactivación de una diversidad de organizaciones de base armadas (que serían a partir de entonces denominadas “guardias rojas”), así como la extensión de los soviets con alrededor de 23 millones de miembros, según cuenta Trotsky, con una creciente hegemonía de los bolcheviques en su seno. Aun así, el problema de qué organismos podían convertirse en órganos de la insurrección estaba abierto, ya que además de los soviets los comités de fábrica 3/e incluso los sindicatos también estaban jugando un papel destacado bajo la dirección de los bolcheviques.

Por eso, a partir de septiembre vemos cómo se desarrolla un intenso debate entre los dirigentes bolcheviques respecto a cuál ha de ser el momento de la insurrección armada y a la necesidad de contar con la legitimidad de los soviets para esa tarea. Una polémica en la que Lenin representó la posición más impaciente mientras que Zinoviev y Kamenev lo fueron de la más contraria. La dinámica de los acontecimientos, en la que jugaría un papel importante la creación de un “comité de defensa revolucionario”, luego convertido en “comité militar revolucionario” 4/, favoreció la presión de Lenin, si bien no habría sido tan fácil si no hubiera contado con decisiones provocadoras del gobierno de Kerenski, como la de querer mandar la guarnición de Petrogrado al frente de la guerra en la segunda semana de octubre 5/. Desde entonces, la legitimación que buscaban Trotsky y otros dirigentes para el derrocamiento “técnico” 6/del gobierno provisional mediante la toma del Palacio de Invierno se lograría finalmente con el apoyo del Soviet de Petrogrado a la misma poco tiempo después de consumarse.

Al día siguiente, el Congreso de los Soviets asumía la nueva situación y aprobaba una declaración que proponía como tarea del nuevo gobierno “el inicio inmediato de las negociaciones para una paz justa y democrática” y, con ella, la abolición de la diplomacia secreta 7/. Una decisión inédita en la historia que fue acompañada, como recuerda Trotsky, nombrado Comisario del Pueblo para Asuntos Exteriores, por la declaración de que el nuevo gobierno obrero y campesino dirige sus propuestas simultáneamente “a los gobiernos y a los pueblos de todos los países beligerantes (…), en particular a los obreros conscientes de las tres naciones más avanzadas”, o sea, Inglaterra, Francia y Alemania.

Porque, como ya hemos recordado más arriba y como resume Rabinowitch, “el desenlace de la revolución de 1917 en Petrogrado tiene también mucho que ver con la guerra mundial. Si el gobierno provisional no hubiera consagrado toda su energía a la obtención de una victoria militar, habría estado seguramente en mejores condiciones para hacer frente a los múltiples problemas consustanciales al hundimiento del antiguo régimen, y sobre todo para satisfacer las exigencias populares en materia de reformas fundamentales y urgentes (…). En ese contexto una de las fuentes principales del vigor y la autoridad crecientes de los bolcheviques en 1917 residía en la fuerza de atracción de su plataforma partidaria, tal como se había encarnado en los eslóganes “paz, tierra y pan” y “Todo el poder a los soviets” (Rabinowitch, 2016: 445).

Unos eslóganes que, junto con el establecimiento del control obrero de la producción, la reforma agraria y el reconocimiento del derecho de autodeterminación y a la separación de los pueblos, tal como lo había defendido Lenin, permitirían dotar de mayor legitimidad al nuevo gobierno. Precisamente, la cuestión nacional es objeto de un capítulo, el XXXIX, de este libro. En él podemos encontrar un análisis de las características que adoptaba la opresión nacional bajo el Imperio zarista: Trotsky comparte con Lenin la tesis de que “el gran número de naciones lesionadas en sus derechos y la gravedad de su situación jurídica daban una fuerza explosiva enorme al problema nacional en la Rusia zarista”. Un pronóstico que se confirmaría cuando pudieron comprobar cómo “la lucha nacional por sí misma quebrantaba violentamente al régimen de febrero, creando para la revolución en el centro una periferia política suficientemente favorable”.

¿Revolución o golpe de estado?

Mucho se ha escrito en torno a si la toma del Palacio de Invierno en octubre de 1917 fue una revolución social o un golpe de estado. Existen datos incontestables, sin embargo, procedentes incluso de adversarios irreconciliables con los bolcheviques, de que fue lo primero y de que éstos contaban con el apoyo de la mayoría de los soviets cuando decidieron el asalto decisivo.

Ernest Mandel recuerda, por ejemplo, lo que escribió Sujanov, miembro de la corriente socialista revolucionaria: “Las masas vivían y respiraban de común acuerdo con los bolcheviques. Estaban en manos del partido de Lenin y Trotsky (…). Resulta totalmente absurdo hablar de una conspiración militar en lugar de una insurrección nacional, cuando el partido era seguido por la gran mayoría del pueblo y cuando, de facto, ya había conquistado el poder real y la autoridad”. O también el reconocimiento del historiador alemán Oskar Anweiler, crítico del bolchevismo: “Los bolcheviques eran mayoritarios en los consejos de diputados de casi todos los grandes centros industriales, así como en la mayor parte de los consejos de diputados de soldados de los cuarteles” (Mandel, E., 2005: 124-125).

Uno de los historiadores más documentados sobre este acontecimiento, Rabinowitch, no tiene dudas tampoco al respecto: frente a quienes consideran que aquello fue un accidente histórico o el resultado de un golpe de estado ejecutado con mano maestra y sin apoyo significativo de la población, sostiene: “Estudiando las aspiraciones de los obreros de fábrica, de los soldados y de los marineros tal como se reflejan en los documentos de la época, constato que sintonizaban ampliamente con el programa de reforma política, económica y social promovido por los bolcheviques. Justo en el momento mismo en que todos los principales partidos políticos estaban profundamente desacreditados debido a su incapacidad para promover con suficiente vigor cambios significativos y para hacer cesar inmediatamente la participación rusa en la guerra. Eso es lo que explica que en octubre los objetivos de los bolcheviques, al menos tal como las masas los entendían, gozaran de un amplio apoyo popular” (Rabinowitch, 2016: 26).

Otra cuestión que importa resaltar de todo el proceso que transcurrió desde febrero a octubre de 1917 es la que tiene que ver con la propia evolución del partido bolchevique. Lejos de la imagen de un partido monolítico y disciplinado bajo la batuta de Lenin y un hipotético plan preconcebido, lo que se puede comprobar a través de las páginas que siguen, y también de las narraciones de una gran diversidad de historiadores, es la dinámica de un partido en el que los debates, las divergencias y las tensiones internas llegan incluso hasta la víspera misma de la toma del poder, e incluso se prolongarían luego respecto al tipo de gobierno que habría que formar y a las negociaciones que se empezarían a abrir para poner fin a la participación rusa en la guerra.

Baste recordar las tensiones que se vivieron en la Conferencia de abril en torno a las Tesis presentadas por Lenin, las diferencias respecto al papel de la consigna “Todo el poder a los soviets” en sucesivos momentos del proceso o, sobre todo, las relacionadas con el cuándo, el cómo y con qué legitimidad se debía producir la insurrección de Octubre. Fue esto último, ante su temor de que pasara el momento en que fuera posible, lo que llevó incluso a Lenin a presentar su dimisión del Comité Central, decisión que obviamente no fue aceptada.

Esto demuestra también que el partido bolchevique no era una secta de fanáticos ni tampoco estaba dotado de una “ciencia” que le permitía prever la dinámica de los acontecimientos. Confirma, en realidad, que era un partido cada vez más relacionado con el movimiento real y, por tanto, se hallaba bajo la influencia de los diferentes estados de ánimo que se producían entre los trabajadores, campesinos y soldados rusos. Las divergencias tácticas más o menos profundas que se manifestaban en su interior tenían que ver, por tanto, con esos cambios en la conciencia y su interpretación a través de las experiencias vividas, especialmente cuando surgían esos puntos de bifurcación que hemos mencionado en abril, julio, agosto u octubre.

Llegaría luego la etapa más difícil, la de la construcción de un nuevo Estado y, con ella, surgirían los sucesivos problemas que debería afrontar el nuevo gobierno de “comisarios del pueblo”: empezando por la integración o no en él de otras fuerzas de izquierda –y, a su vez, entrando en una tendencia sustitucionista de los soviets por “el partido” 8/– y siguiendo con la convocatoria y posterior disolución de la Asamblea Constituyente (decisión, como se sabe, muy controvertida y criticada también por alguien que se declaró firmemente solidaria de los bolcheviques como Rosa Luxemburg), la negociación de los que acabarían siendo Acuerdos de Brest-Litovsk (con posiciones diferentes en la cúpula bolchevique) y el inicio de una guerra civil -con intervención imperialista- que dejaría enormemente debilitada a la clase trabajadora rusa y llevaría a errores graves de los bolcheviques como la continuación de la política de requisición de trigo que provocó la crisis social de 1921, sin olvidar la que se produjo en Kronstadt (Mandel, E., 2005: 170 y 216).

Ya Trotsky, con su teoría de la revolución permanente, y Lenin, con su tesis sobre “el eslabón más débil de la cadena imperialista”, habían alertado frente al contraste que se podía producir entre, por un lado, las mayores posibilidades de la revolución en Rusia y, por otro, las enormes dificultades que un país atrasado tendría para dar pasos adelante en la construcción del socialismo si esa revolución no se extendía a otros países capitalistas avanzados. De ahí su esfuerzo por construir una nueva Internacional y su apoyo a los procesos revolucionarios que en los años posteriores agitarían distintos países europeos y, en particular, a Alemania.

En más de una ocasión Trotsky reconocería que el futuro del nuevo Estado se planteaba en términos de una disyuntiva histórica: así lo hace en la Conclusión de esta obra cuando sostiene que “o la revolución rusa desata el torbellino de la lucha en occidente o los capitalistas aplastan nuestra revolución”. Tampoco descartó, ya en 1919, que las nuevas revoluciones vinieran del Este, como luego se reflejaría en sus esperanzas en el proceso vivido en China hasta la derrota sufrida por las fuerzas del Partido Comunista en 1927.

Empero, la derrota de la revolución alemana, ya definitiva a partir de 1923, venía a confirmar las notables diferencias entre Rusia y Occidente que ya empezaron a reconocer tanto Lenin como Trotsky a partir del II Congreso de la Internacional Comunista y que luego destacaría Antonio Gramsci con mayor rigor < 9/. La entrada en un nuevo periodo de reflujo acabaría, así, favoreciendo a quienes dentro de Rusia se estaban convirtiendo en representantes del nuevo grupo social dominante en el seno del Estado, cuyo ascenso no era ajeno a medidas adoptadas por el propio Lenin, con el apoyo de Trotsky, como la prohibición de los partidos soviéticos o el grado de autonomía de que gozaría la nueva policía secreta, la Cheka, como recuerda Mandel (2005).

Aun así, Trotsky tardaría en abandonar su, a veces excesivo, “optimismo de la voluntad” respecto a la capacidad de la clase obrera rusa para hacer frente a la burocratización del nuevo Estado, así como sus expectativas en la clase trabajadora europea durante el periodo de entreguerras para superar sus derrotas. Con todo, pese al contexto internacional que pronto se mostraría adverso, fueron enormes las conquistas que se lograron en los primeros años de la revolución, no sólo en el plano político y social (con la primera “Declaración de derechos del pueblo trabajador y explotado” de la historia), sino también en los que eran frentes de lucha hasta entonces “olvidados”, como los nuevos derechos alcanzados por las mujeres (Cirillo, 2002: 19-24; Bengoechea y Santos, 2016) o la emergencia de nuevas vanguardias culturales y artísticas (García Pintado, 2011).

Poco después, sin embargo, llegaría la involución de todo este proceso, no sin provocar conflictos internos in crescendo dentro del partido bolchevique (autodenominado a partir de 1918 “comunista”). Confrontaciones cada vez más violentas que también se reflejarían en el seno de la Internacional Comunista recién formada. Finalmente, el triunfo y la consolidación del estalinismo en los años 30 vendrían a confirmar la consumación de una contrarrevolución política, denunciada también con rigor y firmeza por Trotsky en La revolución traicionada, escrita en 1936.

Cien años después de aquellos “diez días que conmovieron el mundo”, en feliz resumen de aquellas jornadas de octubre por John Reed, y pese al hundimiento de un sistema que no tenía nada de “soviético” en su sentido original, el impacto de aquella Revolución sigue siendo comparable al que tuvo la Revolución francesa, también “traicionada”. Por eso no nos cansaremos de recordar lo que escribiera Immanuel Kant a propósito de ese Acontecimiento: es “demasiado grande, está demasiado ligado a los intereses de la humanidad y tiene una influencia demasiado extendida sobre el mundo y todas sus partes, como para que no sea recordada a los pueblos en cualquier ocasión propicia y evocada para la repetición de nuevas tentativas de esta índole”. Por eso, ni nostalgia ni reivindicación acrítica sino voluntad de, como nos propone Catherine Samary (2016), “retomar el hilo de los debates más ricos del pasado” para “repensar la revolución” y el proyecto socialista y/o “común-ista”, siempre con preguntas y respuestas tentativas y abiertas en torno a lo que continúa siendo esa vieja y cada vez más necesaria aspiración a “transformar el mundo, cambiar la vida”.

Jaime Pastor es politólogo y editor de viento sur

* Historia de la Revolución rusa, de León Trotsky está editado por Txalaparta y Lom, 2017

1/ Deutscher recuerda: “Cuando su Historia fue publicada, y durante muchos años después, la mayor parte de los jefes de los partidos antibolcheviques –Miliukov, Kerenski, Tsereteli, Chernov, Dan, Abramóvich y otros- vivían y estaban activos como emigrados. Sin embargo, ninguno de ellos ha revelado una falla significativa en la presentación de los hechos por Trotsky; y ninguno, con parcial excepción de Miliukov, ha intentado seriamente escribir otra obra para contradecir a la de aquél” (1969: 221).

2/ En septiembre de 1917 volvería a presidir el soviet que se había constituido en la misma ciudad de Petrogrado a partir de febrero.

3/ Sobre la dinámica de la revolución en las empresas a partir de febrero, las sucesivas experiencias de control obrero por los comités de fábrica y los debates que generan hasta llegar a octubre, así como sobre la transición a las expropiaciones como medidas necesariamente defensivas frente al boicot empresarial: Mandel, D. (1993).

4/ Es importante recordar que, frente a lo defendido por la mayoría de historiadores occidentales, según los cuales ese organismo estaba estrechamente controlado por los bolcheviques, éstos no eran los únicos activos en su seno y eran hegemónicos pero mantenían posiciones diferentes entre sí (Rabinowitch, 2016: 355).

5/ A partir de entonces se decidió poner en práctica un plan que incluía alzar un farol rojo en el mástil de la fortaleza de Pedro y Pablo como señal para que el crucero “Aurora” hiciera un disparo sin bala para intimidar, pero no se consiguió encontrar uno…; finalmente, la toma del Palacio se hizo sin apenas violencia.

6/ Así lo define Ernest Mandel, quien recuerda la conclusión de otro gran historiador de la Revolución rusa, E. H. Carr: “El éxito, casi sin esfuerzo, del golpe de Petrogrado del 25 de octubre de 1917 parece demostrar que detrás de él se encontraba la gran mayoría de la población. Los bolcheviques tenían razón cuando se enorgullecían de que la revolución propiamente dicha había costado muy pocas vidas humanas y de que la mayor parte de ellas se había perdido en el curso de tentativas de sus adversarios para arrancarles la victoria después de que ésta había sido conquistada” (Mandel, E., 2005: 212).

7/ Esto implicaba la publicación de todos los tratados y documentos que habían suscrito los anteriores gobiernos, no sin tener que superar las resistencias del conde Tatistxev, antiguo alto funcionario del ministerio, a darles las llaves de las cajas fuertes en donde estaban fielmente guardados. Entre ellos estaba el conocido como Acuerdo Sykes-Picot, firmado en 1916 por los ministros británico y francés, según el cual establecían un reparto de los territorios dependientes de un Imperio otomano que acabaría siendo derrotado en la Gran Guerra. Se verificaba así los fines expansionistas de la Gran Guerra, por el cual a Rusia le habrían correspondido Galitzia, Constantinopla y los Balcanes.

8/ Uno de los análisis más detallados de la evolución de esa relación soviets-partido bolchevique sigue siendo, en mi opinión, el de Farber (1990), si bien tienen interés las observaciones que hace Mandel respecto a su debate con John Rees (Mandel, 2005: 195-198); también, desde una mirada más crítica del bolchevismo, pero con un recorrido previo por los precedentes del “consejismo”: (Anweiler 1975).

9/ Como constata Perry Anderson, “la intuición más profunda de Gramsci era correcta: después de la revolución de Octubre, el moderno Estado capitalista de Europa occidental era todavía un objeto político nuevo para la teoría marxista y para la práctica revolucionaria” (Anderson, 1979: 368).

Referencias:

Anderson, P. (1979) El Estado absolutista. Madrid: Siglo XXI

Anweiler, O. (1975) Los Soviets en Rusia 1905-1921. Madrid: Biblioteca Promoción del Pueblo

Bengoechea, S. y Santos, M. J., “Las mujeres en la Revolución rusa”, Viento Sur, 150, 18-25

Burawoy, M. (1997) “Dos métodos en pos de la ciencia: Skocpol versus Trotski”, Zona Abierta, 80/81, 33-91

Cirillo, L. (2002) Mejor huérfanas. Barcelona: Anthropos

Deutscher, I. (1969) El profeta desterrado. México: Era

Farber, S. (1990) Before stalinism. The rise and fall of soviet democracy. Cambridge: Polity Press

Ferro, M. (2007) “Prefacio”, en L. Trotsky, Historia de la revolución rusa, Madrid, Veintisiete letras, I-XII

García Pintado, A. (2011) El cadáver del padre. Artes de vanguardia y revolución. Barcelona: Los libros de la frontera

Mandel, D. (1993) “Comités d’usine et contrôle ouvrier à Petrograd en 1917”, Cahiers d’étude et de recherche, nº 21, IIR

Mandel, E. (2005) “Octubre de 1917: ¿Golpe de estado o revolución social?”, en Escritos de Ernest Mandel, Madrid, Los libros de la catarata-Viento Sur, 123-222

Rabinowitch, A. (2016) Les bolcheviks prennent le pouvoir. París: La fabrique

Samary, C. (2016) “Comunismo en movimiento”, Viento Sur, 150, 151-162

Trotski, L. (1971) 1905. Resultados y perspectivas, Tomo 2. París: Ruedo Ibérico

Treinta años desde el “Lunes Negro” de Wall Street

por Nick Beams

Hace treinta años, el 19 de octubre de 1987, la Bolsa de Valores de Nueva York experimentó lo que sigue siendo su mayor caída de un día en la historia. En “Black Monday” (“Lunes Negro”), el índice de la Bolsa de Valores de Nueva York Dow Jones cayó 22,6 por ciento con el índice S&P 500 28,5 por ciento del 14 al 19 de octubre.

La pérdida total de riqueza financiera durante la crisis se ha estimado en alrededor de US$ 1 billón. Pero a diferencia de 2008, la crisis financiera no precipitó una crisis económica más profunda y terminó relativamente rápido debido a una importante intervención de la Reserva Federal de los EE. UU., que operaba directamente y por la presión que forzaba sobre los principales bancos para extender la liquidez a las firmas financieras.

Pero eso no quiere decir que sus efectos fueran transitorios o simplemente representaran algún tipo de mal funcionamiento breve en un sistema financiero por lo demás seguro. De hecho, lo que se puede ver, tanto en el crac como en la respuesta, son los orígenes inmediatos de los procesos que han llevado a la serie de tormentas financieras en las últimas tres décadas, la más grave, hasta ahora, siendo la crisis de septiembre de 2008.

El período previo al Lunes Negro fue uno de gran transición en la economía y el sistema financiero de los Estados Unidos, así como a nivel mundial. Áreas enteras de la industria estadounidense fueron devastadas por el régimen de altas tasas de interés, iniciado por Paul Volcker como presidente de la Reserva Federal en 1979 bajo la presidencia Carter, una política que continuó y profundizó durante los primeros años de la administración Reagan en la década de 1980.

Fue un proceso que se repitió en todo el mundo a medida que las secciones clave de la industria, construidas durante el boom económico de la posguerra, se echaron a perder en lo que, hasta ese momento, era la recesión más grave desde la década de 1930.

A medida que la industria se estaba destruyendo, las regulaciones que se habían introducido para restringir las operaciones financieras comenzaron a desmantelarse a fin de abrir el camino para la acumulación de ganancias a través de operaciones especulativas.

Este fue el comienzo de la era de las adquisiciones apalancadas, utilizando los llamados bonos basura de dudosa calidad, en los que empresas enteras podían ser engullidas en adquisiciones hostiles y luego desmanteladas y vendidas con grandes ganancias. Se desarrollaron nuevos instrumentos financieros para facilitar la especulación financiera que jugarían un papel importante en la crisis de 1987.

En el período previo al Lunes Negro, el índice Dow Jones había avanzado a un ritmo vertiginoso, aumentando un 44 por ciento en los siete meses hasta fines de agosto, lo que generó expresiones de preocupación de que se estaba creando una burbuja financiera. Pero a pesar de estas advertencias, la especulación continuó.

En 1985, las principales naciones industriales del G6 —Francia, los EE. UU., Gran Bretaña, Canadá, Alemania Occidental y Gran Bretaña— llegaron a un acuerdo (el acuerdo “Plaza”) para permitir que el dólar estadounidense se deprecie. Pero dos años después, esto estaba causando preocupaciones sobre la inflación, lo que condujo a un nuevo acuerdo, el acuerdo del “Louvre”, en febrero de 1987, cuyo objetivo era tratar de detener la caída del dólar y estabilizar las alineaciones monetarias.

Sin embargo, en octubre de 1987, Alemania, que acordó mantener las tasas de interés bajas, se movilizó para aumentarlas debido a los temores inflacionarios, lo que provocó que la Fed elevara su tasa de descuento al 7 por ciento y la tasa de los bonos del Tesoro estadounidense a 10,25 por ciento. El cambio en las tasas de interés fue el desencadenante inmediato del colapso de los mercados que iba a seguir.

Con el anuncio de un déficit comercial mayor al esperado, una caída en el valor del dólar y el temor de que las tasas de interés suban, los mercados comenzaron a caer desde el 14 de octubre. Al final de la operación del viernes 16 de octubre, el Dow bajó un 4,6 por ciento en el día y el S&P 500 había caído un 9 por ciento en la semana anterior, preparando el escenario para lo que iba a suceder.

Cuando los tipos de cambio internacionales se abrieron el lunes, antes de que abriera la bolsa Nueva York, fue un baño de sangre en Asia y el Pacífico donde los mercados cayeron en picada: el mercado de Nueva Zelanda cayó en un 60 por ciento.

El mercado bursátil estadounidense se desplomó desde la campana de apertura en lo que fue la primera liquidación financiera global. La caída se vio agravada por una serie de innovaciones financieras que se habían introducido en los años anteriores para facilitar la especulación.

Las empresas de inversión estadounidenses habían desarrollado nuevos productos financieros conocidos como “seguro de portafolio”. Supuestamente fueron diseñados para proteger a los inversores de los efectos de una recesión mediante el uso de opciones de futuros y otros derivados. El problema, sin embargo, era que todos operaban fundamentalmente del mismo modelo, de modo que cuando comenzó el choque hubo un apuro simultáneo por las salidas.

Otro factor fue la introducción del comercio electrónico en el que se vendieron grandes cantidades de acciones, nuevamente sobre la base de modelos matemáticos y financieros similares. Tal era el volumen de los intercambios que muchos de los sistemas de informes simplemente se vieron desbordados. En la Bolsa de Valores de Nueva York, las ejecuciones comerciales fueron reportadas hasta con un retraso de una hora tarde, causando una gran confusión.

Al final del Lunes Negro, había grandes temores sobre lo que sucedería al día siguiente. Antes de que se abrieran los mercados, el recién nombrado presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, que había reemplazado a Paul Volcker el agosto anterior, emitió una declaración que se convertiría en la base de la política de la Fed desde entonces hasta el presente.

“La Reserva Federal, en consonancia con sus responsabilidades como banco central de la nación, afirmó hoy su disposición a servir como una fuente de liquidez para apoyar al sistema económico y financiero”, se lee en el comunicado.

Fue el comienzo de lo que posteriormente se conoció como el “Put de Greenspan”, entendiendo que el banco central siempre estaría disponible para intervenir y apoyar a los mercados financieros.

En 1990, Ben Bernanke, el subsiguiente presidente de la Reserva Federal, señaló que hacer esos préstamos debe haber sido una estrategia para perder dinero desde el punto de vista de los bancos; de lo contrario, la persuasión de la Fed no habría sido necesaria, pero fue una buena estrategia para la “preservación del sistema como un todo”.

El alcance de la intervención puede medirse por el hecho de que el préstamo de Citigroup a las empresas de valores aumentó de un nivel normal de US$ 200 a US$ 400 millones por día hasta llegar a US$ 1400 millones el 20 de octubre, luego de que el presidente del banco recibió una llamada del presidente de la Fed de Nueva York.

La política de intervención de la Reserva Federal continuaría durante la década de 1990 y hasta el nuevo siglo. Sin embargo, las contradicciones fundamentales del sistema financiero capitalista no se superaron sino que se intensificaron. En consecuencia, cuando estalló la crisis de 2008, la política de la Fed de apoyarse en los principales bancos fue completamente inadecuada porque fueron los propios bancos los que se habían arruinado o estaban al borde del colapso.

El Fed y otros bancos centrales de todo el mundo intervinieron con rescates masivos y han sostenido a los mercados financieros desde entonces a través de sus políticas de compras de activos financieros (flexibilización cuantitativa) y tasas de interés ultrabajas e incluso negativas.

El resultado no ha sido restaurar el crecimiento económico ni crear estabilidad financiera. Las evaluaciones de la relación precio-ganancias —el ratio PE— de los mercados de EE. UU. han descubierto que se encuentran en niveles elevados, superados solo en 1929 y en la burbuja de las puntocom de principios de la década de 2000. Esto ocurre en condiciones en las que el crecimiento económico, la productividad y las medidas comerciales internacionales de la economía real permanecen por debajo de sus tendencias anteriores a 2008.

En 1987, las empresas de valores financieros fueron rescatadas por los bancos. Poco más de dos décadas después, los bancos mismos tuvieron que ser rescatados. Pero en otra crisis financiera, los propios bancos centrales estarían directamente involucrados debido a sus tenencias masivas de decenas de billones de dólares en bonos del gobierno y otros activos financieros.

Al evaluar la situación actual, vale la pena recordar un análisis hecho por el medio australiano, la cadena mediática ABC, del vigésimo aniversario del Lunes Negro, sin duda típica de muchos.

En medio de un período de crecimiento económico —el FMI había notado en 2006 que la economía mundial se estaba expandiendo a su ritmo más acelerado durante tres décadas—, citó a los analistas financieros que sostenían que era improbable que se repitiera un colapso similar a 1987. No hubo la misma estructura de tasas de interés y “tenemos un sistema bancario mucho más coordinado internacionalmente que en 1987”, según uno de ellos.

“Dado que se espera que el rápido crecimiento económico continúe en Asia”, concluyó el artículo, “el consenso del mercado parece ser que la tendencia alcista todavía tiene mucho camino por recorrer”.

Solo 11 meses después, en septiembre de 2008, el mundo se sumió en la crisis económica y financiera más profunda desde la Gran Depresión de la década de 1930.

Retrato de mi asesino

por Bernardo Marín//

“Stalin se divertía en su casa de campo degollando ovejas o vertiendo queroseno en los hormigueros y prendiéndoles fuego. Kámenev me dijo que, en sus visitas de ocio sabatinas a Zubalovka, Stalin caminaba por el bosque y continuamente se divertía disparando a los animales salvajes y asustando a la población local. Tales historias sobre él, procedentes de observadores independientes, son numerosas. Y, sin embargo, no faltan personas con este tipo de tendencias sádicas en el mundo. Fueron necesarias condiciones históricas especiales antes de que estos instintos oscuros encontraran una expresión tan monstruosa”.

Estas palabras forman parte de una biografía singular. Por la relevancia de sus protagonistas, dos de las figuras prominentes de la Revolución Rusa, enfrentadas por una de las rivalidades más encarnizadas del siglo XX. Y porque el perfil quedó inconcluso después de que el retratado ordenara la muerte de su biógrafo. Stalin, la obra que León Trotski escribía cuando fue asesinado por Ramón Mercader en México en agosto de 1940, ha permanecido dormida durante más de siete décadas. Y después de muchas peripecias, mutilaciones y añadidos, vuelve a ver la luz en un volumen de casi mil páginas, en gran parte inédito, coincidiendo con el centenario de la llegada al poder de los bolcheviques.

La historia de este libro merecería la publicación de otro que la contara. Trotski, exiliado en México tras serle denegado el asilo en varios países, se sabía sentenciado por el líder de la Unión Soviética Josif Stalin. Pero no tenía particular interés en escribir la vida de su antiguo camarada. “No fue una venganza. Escribir esta biografía no entraba en los planes del abuelo. Estaba centrado en acabar otra sobre Lenin”, explica Esteban Volkov, nieto del revolucionario, en conversación telefónica desde Ciudad de México, donde reside. “Pero necesitaba dinero y la editorial Harper & Brothers de Nueva York le hizo una oferta generosa”.

Volkov, a punto de cumplir 92 años, ha sido durante décadas el guardián de la memoria de su abuelo. También es director de la Casa Museo León Trotski, entre cuyos muros fue asesinado el revolucionario en agosto de 1940 por un golpe de piolet del agente estalinista Ramón Mercader. El mismo escenario donde se presentará la versión en español del libro, publicada por la editorial mexicana Fontamara, el día 11, coincidiendo con el aniversario de una Revolución de Octubre que por diferencias entre los calendarios gregoriano y juliano, sucedió en noviembre para el resto del mundo. La obra se publicó hace un año en inglés en una editorial marxista de Londres y fue traducida después al italiano y al portugués, pero la noticia no tuvo repercusión en los grandes medios.

Harper & Brothers publicó una versión incompleta del libro en inglés en 1946. Antes no era posible, porque EE UU y la Unión Soviética eran aliados contra Alemania. Pero la viuda de Trotski, Natalia Sedova, pleiteó en los tribunales sin éxito para que fuera retirada. Sus objeciones se dirigían, sobre todo, contra el editor y traductor de la obra. “Hizo una deficiente edición del libro, con mutilaciones y múltiples añadidos de su cosecha muy alejados del pensamiento político del abuelo”, explica Volkov. El propio Trotski nunca tuvo demasiada confianza en su traductor, y había montado en cólera cuando supo que había enseñado algunos originales a terceras personas. “Parece tener al menos tres cualidades: que no sabe ruso, que no sabe inglés y que es tremendamente pretencioso”, escribió en una carta al periodista estadounidense Joseph Hansen.

Pero una parte de la obra no llegó nunca a manos de la editorial. Cuando se supo sentenciado, Trotski envió a la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, muchos de sus documentos para su custodia. “Los archivos salen esta mañana en tren”, había escrito el revolucionario el 17 de julio de 1940, un mes y tres días antes de su asesinato. Y allí se acumularon 20.000 documentos que ocupaban 172 cajas de artículos, fotografías y papeles manuscritos, mecanografiados, traducidos y sin traducir, con gran cantidad de correcciones que demostraban lo extraordinariamente meticuloso que era con su trabajo.

Capítulos enteros del libro sobre Stalin permanecieron así dormidos hasta que en 2003 el historiador galés Alan Woods comenzó a indagar en la montaña de documentos para rescatar la versión más amplia e íntegra posible del libro. Y después de más de diez años de trabajo el resultado fue una obra un tercio más extensa que el libro publicado en los años 40, sin los añadidos del primer traductor y, ahora sí, con las bendiciones de la familia de Trotski.

Woods coincide con Volkov en que Trotski no quería escribir este libro. “Pero una vez que se puso a ello, lo hizo concienzudamente, con mucha documentación y detalles incluso del periodo más desconocido de la vida de Stalin, su infancia. Para cualquier lector es un estudio psicológico fascinante”, explica desde Londres, donde reside. El historiador es un activo miembro de la Corriente Marxista Internacional. Participó en la lucha contra el Franquismo en España y fue firme defensor de la revolución bolivariana y amigo personal de Hugo Chávez, aunque en los últimos tiempos se ha distanciado de la deriva del Gobierno venezolano.

Los dirigentes del Partido Bolchevique eran en general gente muy capacitada, y entre ellos brillaba Trotski, que dominaba cinco idiomas y escribía varios libros a la vez. Stalin aparece en cambio retratado por su gran rival político como un hombre de horizontes limitados. Ese perfil mediocre coincide con el que hicieron otros observadores, como el periodista estadounidense John Reed, que en su crónica Diez días que estremecieron al mundo menciona a El hombre de acero solo dos veces y a Trotski nada menos que 67.

Pero, por lo que se cuenta en el libro que ahora se presenta, las cualidades de Stalin eran otras:  la astucia y el arte de la manipulación. “La técnica de Stalin consistía en avanzar gradualmente paso a paso hacia la posición de dictador, mientras que representaba el papel de un defensor modesto del Comité Central y de la dirección colectiva. Utilizó a fondo el período de enfermedad de Lenin para colocar a individuos que le eran devotos. Se aprovechó de cada situación, de cada circunstancia política, de cualquier combinación de personas para promover su propio avance que le ayudara en su lucha por el poder y lograr su deseo de dominar a los demás. Si no podía elevarse a su altura intelectual, podía provocar un conflicto entre dos competidores más fuertes. Elevó el arte de manipular los antagonismos personales o de grupo a nuevas alturas. En este campo desarrolló un instinto casi infalible”.

Sin embargo, Woods no atribuye la llegada al poder de Stalin a su carácter. “Era un niño maltratado por su padre, rencoroso y con tendencias sádicas. Pero no todos los maltratados se vuelven monstruos. Como no todos los artistas fracasados se vuelven Hitler”. Y propone un argumento marxista para explicar su ascenso. “En todas las revoluciones hay un periodo que necesita héroes, gigantes. Cuando llega a un periodo de declive, necesitan mediocres. La degeneración burocrática hubiera tenido lugar sin o con Stalin, porque Rusia era un país aislado y atrasado. Pero en este caso la burocracia se encarnó en un personaje sanguinario”.

¿Pudo acelerar el libro el asesinato? Stalin estaba muy bien informado de lo que hacía su rival. Cada mañana tenía los últimos artículos de Trotski sobre su mesa. Y Volkov recuerda cómo Robert Sheldon Harte, guardaespaldas de su abuelo a quien se atribuye la traición que facilitó un primer atentado contra él en mayo de 1940, le preguntaba siempre por la marcha de la obra. “Como cualquier criminal tenía que eliminar los testigos”, coincide Woods.

 

Imagen de la edición del libro que, en España, publicará Lucha de Clases.

 

La toma del Palacio de Invierno

por Miguel Romero//

Quemaron la carta. La mayoría del Comité Central del Partido Bolchevique tomó la extraordinaria decisión de quemar la carta que Lenin les había enviado desde su refugio, en la obligada clandestinidad que siguió al fracaso de las jornadas de julio. No querían que quedara ni rastro de aquella locura: Lenin les proponía lanzar a todo el partido a la organización de la insurrección, sin esperar siquiera a que una decisión de esa transcendencia fuera adoptada por el Congreso de los Soviets. ¿Era éste el mismo Lenin que les había enseñado a distinguir radicalmente entre una revolución y un complot, entre marxismo y “blanquismo”?

Era el mismo. La idea central de toda su vida era la lucha por el poder. En esa voluntad de hierro estaba la fuerza fundamental del partido que dirigía. Esa era su identidad ante el pueblo. Por eso su influencia había sufrido altibajos dramáticos desde febrero, homogéneos con los ascensos y descensos del movimiento popular revolucionario. Y ese era el fin, el centro de gravedad que había permitido restablecer la unidad en un partido extraordinariamente democrático, atravesado por durísimos debates cada vez que un nuevo giro de la situación le colocaba ante problemas imprevistos que hacían tambalearse las tácticas de la etapa anterior.

La enfermedad

“La revolución es una enfermedad. Tarde o temprano las potencias extranjeras tendrán que intervenir en nuestros asuntos como intervienen los médicos para curar a un niño enfermo y ponerlo en pie”. John Reed, autor de ese formidable reportaje de la revolución que se llama Diez días que estremecieron al mundo, recoge estas palabras del señor Stepan Gueorguievich Lianozov, un gran capitalista y miembro del partido kadete, al que llama el Rockefeller ruso; le podemos considerar un personaje representativo de esa “revolución democrática” que según todos los manuales, incluso algunos manuales marxistas, era la única que tenía sentido, que estaba “madura” en la Rusia de 1917. Lianozov añade: “Por lo que a los bolcheviques se refiere, habrá que deshacerse de ellos por uno de estos dos métodos. El gobierno puede evacuar Petrogrado, declarando entonces el estado de sitio y el comandante de la circunscripción meterá en cintura a estos sectores prescindiendo de formalidades legales… O si por ejemplo, la Asamblea Constituyente manifestase tendencias utópicas, podría ser disuelta por la fuerza de las armas”.

Con esta brutal franqueza, Lianozov expresaba las opiniones dominantes en el gobierno provisional. Quienes habían sido aupados al poder por la Revolución de febrero estaban ahora en posiciones decididamente contrarrevolucionarias, aun al precio de una derrota frente al ejército alemán. Es interesante que pensaran en pagar este precio: demostraba que querían la contrarrevolución, pero que no confiaban en disponer de fuerzas para realizarla.

Y es que la derrota del golpe de Kornilov había cambiado por completo las relaciones de fuerzas en el país. Los bolcheviques, que eran entonces un partido ilegal, perseguido, con sus principales dirigentes en la cárcel o en la clandestinidad habían conquistado la mayoría en los soviets de las dos capitales, Moscú y Petrogrado. Una ola de adhesiones al partido recorría los regimientos y las guarniciones de la flota. Los soldados hartos de la guerra desertaban y volvían a sus pueblos; a la indignación por la paz prometida desde febrero y nunca realizada se añadía ahora comprobar que la tierra seguía en las mismas manos de siempre. Los saqueos e incendios de las grandes propiedades se extendieron por el inmenso mundo rural. El comportamiento del mujik era decisivo para la suerte de la revolución, su confianza se dirigió hacia el partido bolchevique, el único que se mostraba dispuesto a luchar por la conquista de la paz y la tierra.

En las ciudades prosperaban los especuladores, mientras la gente se moría de hambre. Estallaban conflictos nacionales en Polonia, Finlandia, Ucrania. Era el derrumbe de la vieja Rusia imperial.

El gobierno provisional carecía de toda autoridad en el país y los socialistas que formaban parte de él habían perdido su autoridad en el pueblo. Uno de ellos, Miliukov, definió bien el papel que les correspondió: “Los socialistas moderados tomaron bajo su protección el principio de la democracia burguesa que había dejado caer de sus manos la burguesía”. El problema fue que ese “principio” no tuvo ninguna continuidad en la realización de las aspiraciones populares básicas.

Y los socialistas aferrados a tal principio se hundieron con él. En cambio, crecía la autoridad de los soviets que aparecían ante la gente como los órganos naturales de poder, carentes de legalidad, pero dotados de toda la legitimidad que había perdido el gobierno. Así se había encontrado la respuesta a una pregunta clave de los meses anteriores: si se derrocaba al gobierno provisional, ¿qué “aparato” podría reemplazarlo entonces? Los soviets era la respuesta, no sólo teórica, sino realizada ya en la vida cotidiana de trabajadores, soldados y campesinos. Pero los soviets no tenían aún todo el poder. Este es el problema principal que tenía que resolver la insurrección.

La mayoría

Trotski, al que hay que reconocer autoridad en la materia, decía que la función de la insurrección era “romper los obstáculos que no se pueden eliminar por la política”. La propuesta insurreccional de Lenin que había sido tan mal recibida en la dirección de su propio partido puede comprenderse bien desde ese punto de vista.

La política había resuelto efectivamente entre septiembre y octubre problemas decisivos y sobre todo el fundamental de ellos: la conquista de la mayoría. Cuando en estos días increpaban a Lenin diciéndole que los bolcheviques, en el caso de conquistar el poder, no podrían mantenerse en él “ni tres días”, él respondería afirmando que la identificación de las masas con el programa bolchevique –la paz, la tierra y el poder de los soviets- le hacía invencible. La insurrección no era un complot de una vanguardia iluminada, sino el instrumento que esa mayoría necesitaba para conseguir lo que quería: el poder.

Pero si verdaderamente lo quería, ¿por qué no esperar la aprobación del inminente Congreso de los soviets y contar así con la legitimidad plena para una tarea tan decisiva? Aquí estalló otra dura batalla interna en la dirección bolchevique.

Lenin se mantuvo en ella fiel a sí mismo: firme en lo que consideraba decisivo, flexible en la práctica en aquellas cuestiones que no le apartaban de lo fundamental. Lo fundamental era resolver el problema del poder antes del Congreso; el día de su apertura, los bolcheviques debían poder decir a los congresistas: “Ahí está el poder. ¿Qué vais a hacer con él?”.

Kamenev insistía en que la aprobación por el Congreso era la condición para lanzar la insurrección. Trotski trataba de encontrar alguna forma de coordinación entre el papel del partido y el de los soviets en la insurrección. No estaba en juego una cuestión formal, ni simplemente técnica. Ni siquiera podía considerarse como el problema central de la polémica el grave obstáculo para el proceso revolucionario que suponía que el control de los máximos órganos de dirección soviéticos seguía en manos de los socialistas “conciliadores”, que ponían todos los obstáculos posibles a la convocatoria del Congreso. Para Lenin, una vez conquistada la mayoría política popular, lo fundamental era aprovechar “el recodo de la historia”: era la responsabilidad de la vanguardia, del partido, organizar e incluso decidir el día de la insurrección; lo demás eran formalismos que amenazaban con encerrar las tareas insurreccionales en “juegos constitucionales”. No está muy claro en qué medida le preocupaba que la insurrección necesitaba también su propia legitimidad y ésta debía venir, por uno u otro camino, de los soviets. La práctica resolvió el problema: fue el Comité Militar Revolucionario elegido por el soviet de Petrogrado y dirigido por los bolcheviques la autoridad reconocida y el Estado Mayor de la insurrección.

El farol rojo

El hecho simbólico por excelencia de la insurrección y en general de la Revolución de octubre es la toma del Palacio de Invierno. Es verdad que este hecho desempeñó un papel decisivo durante algún tiempo: once horas, dice Trotski, las que pasaron entre el asedio y la rendición, parece un tanto abusivo reducir una revolución a un acto de estas dimensiones. Aunque debe reconocerse que en esta revolución, como en cualquier otra, la caída del último reducto y el símbolo del antiguo poder tuvo un efecto político inmenso: era el signo de la victoria. Bueno es recordarlo siempre que la visión de la bandera en la cima no haga olvidar la escalada.

La historia del farol rojo es un buen ejemplo de cómo se hicieron las cosas: el plan era que, una vez cercado el Palacio, se alzaría un farol rojo en el mástil de la fortaleza de Pedro y Pablo. Al aparecer esa señal, el crucero Aurora haría un disparo sin balam para intimidar. En caso de que los sitiados se obstinar, la fortaleza abriría fuego contra el Palacio con sus cañones ligeros. Si no se conseguía la rendición, el Aurora abriría fuego de artillería pesada. Se trataba de reducir al mínimo el número de víctimas y realmente no las hubo. Pero a la hora de la verdad no se encontró un farol rojo, ni estaba claro dónde podía colocarse, ni los cañones de la fortaleza estaban en condiciones de disparar, ni… En realidad, se buscó por todos los medios conseguir la rendición con el empleo mínimo de medios militares. Y se logró. Pero es que esto era una operación de “mate en dos jugadas”. La propia descomposición del régimen provocó que su residencia fuera finalmente el punto más débil. En otras ciudades, Moscú, la lucha sería mucho más dura y prolongada.

El día 26 de octubre, Lenin no tuvo necesidad de preguntar al II Congreso de los soviets “¿Qué vais a hacer con el poder?”. Él mismo inició su discurso diciendo: “Damos comienzo a la tarea de construir la sociedad socialista”.

La primera resolución sometida a consideración del Congreso fue el decreto sobre la paz. El documento terminaba con un llamamiento a los obreros de Francia, Inglaterra y Alemania, en el que les exhortaba a consagrarse a la causa de la paz y de la emancipación de los trabajadores. En esos obreros estaba la esperanza de la Rusia revolucionaria. La confianza en ellos había sido una de las principales fuerzas motrices de la revolución.

El decreto fue aprobado por unanimidad. Cuando terminó la votación, alguien entonó la “Internacional” y todos cantaron.

A 500 años de la Reforma protestante

por Jaume Botey//

Introducción

El 31 de octubre de 2017 se cumplirán 500 años desde que, según la leyenda, Lutero clavó en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg su escrito sobre las indulgencias. Se considera el inicio de la Reforma protestante. Fue una ruptura que iba más allá de los términos religiosos en los que se planteó. Las consecuencias de ese cataclismo pusieron en evidencia la existencia en Europa de dos culturas, dos modelos de relaciones sociales, dos formas de entender la política y el poder, incluso, dos modelos económicos que, de hecho, aún hoy perviven entre la Europa del norte y la Europa mediterránea. Seguir leyendo A 500 años de la Reforma protestante

El partido de extrema derecha, Alternativa para Alemania, ingresa al parlamento

por Johannes Stern

La convocatoria del nuevo Bundestag (parlamento federal) marca un hito decisivo político en Alemania. Setenta y dos años después del final de la dictadura de Hitler, los nazis, extremistas, demagogos, racistas y xenófobos una vez más se sientan en el parlamento alemán. La primera sesión el 25 de octubre ya ha resaltado que la influencia política de la facción de la Alternativa para Alemania (AfD) se extiende más allá de su fuerza numérica. Bajo el marco de detener el influjo de refugiados y aumentar los poderes del Estado, ahora además establecen el tono del parlamento.

«La gente ha decidido. Ahora, comienza una nueva época», amenazó Bernd Baumann, el líder parlamentario de la AfD, quien fue el primer portavoz del grupo de extrema derecha en dirigirse al Bundestag. «A partir de este momento, aquí se tratarán los problemas de manera diferente», por ejemplo, «el euro, la toma de deudas gigantescas, las enormes cifras de inmigración, las fronteras abiertas y los crímenes cada vez más brutales en nuestras calles».

Albrecht Glaser, un candidato de la AfD, no fue elegido como presidente del Bundestag en tres rondas electorales, pero esto no puede ocultar el hecho de que los antiguos partidos están dispuestos a trabajar estrechamente con la AfD. Significativamente, Glaser recibió 121 votos en la segunda ronda electoral, 31 votos más que miembros de la AfD en el Bundestag. El presidente honorario del Bundestag (el parlamentario más viejo por edad), Hermann Otto Solms (Partido Democrático Libre, FDP), le dio la bienvenida a Baumann como su «colega».

En su discurso, Solms dijo que estaba abierto a llegar a un acuerdo con la AfD. «Como alguna vez dijo el presidente federal, Frank Walter Steinmeier, en su discurso sobre la unidad alemana: ‘La controversia, sí, pero ninguna irreconciliabilidad puede surgir en base a las diferencias’.” Solo podía «estar de acuerdo» con el ex ministro socialdemócrata (SDP) de Asuntos Exteriores. Alemania necesita «menos guerra ideológica de trincheras y más soluciones orientadas a los problemas».

Este plan es apoyado por todos los partidos parlamentarios. Por ejemplo, el portavoz del Partido de Izquierda, Jan Korte, pidió «más discurso en este Bundestag» y «una señal para los que se han alejado». ¡Por esto recibió aplausos de numerosos diputados del SPD y la AfD!

No hay duda de que el Partido de Izquierda también colaborará bien con el AfD en los comités parlamentarios. Sahra Wagenknecht, presidenta del grupo parlamentario del Partido de Izquierda, ya fue elogiada por Alexander Gauland, el nuevo presidente del parlamento de la AfD, por sus arrebatos contra los refugiados. En Grecia, Syriza, el partido hermano del Partido de Izquierda, está en una coalición con los conservadores derechistas Griegos Independientes (ANEL), los cuales están vinculados con la AfD a nivel europeo.

Para luchar contra estos eventos peligrosos y derechistas en Alemania y en Europa en su conjunto, se deben entender sus raíces políticas y sociales. Bajo condiciones de la crisis más profunda del capitalismo desde la década de 1930, la clase dominante ha promovido deliberadamente a las fuerzas neofascistas para impulsar su política de militarismo, aumentar los poderes del Estado y la devastación social contra la creciente oposición de la población.

En el caso de la AfD, queda claro de dónde desciende. No representa los intereses del «pueblo», sino los de la clase dominante. La mayoría de sus más de 90 diputados parlamentarios han sido reclutados directamente del aparato estatal, especialmente del ejército, la judicatura y la policía, y / o anteriormente fueron miembros de un partido establecido. Por ejemplo, Baumann comenzó su carrera como asistente del editor multimillonario alemán Hubert Burda, según Wikipedia.

Los mismos partidos que son política e ideológicamente responsables por el surgimiento de la AfD ahora están usando su entrada al parlamento para formar un nuevo gobierno derechista. Significativamente, poco después del final de la primera sesión parlamentaria ocurrió una deportación masiva de alrededor de 50 refugiados a Afganistán. El hecho de que el ex ministro de Finanzas Wolfgang Schäuble (Unión Demócrata Cristiana, CDU) fuera elegido como el nuevo presidente del Bundestag por una gran mayoría dice mucho. Como ningún otro, Schäuble representa las políticas de austeridad dictadas por Bruselas y Berlín que han devastado a países enteros como Grecia y sumido a millones de personas en la pobreza.

La llamada coalición «Jamaica» (por los colores del partido) de los Demócratas Cristianos, los Verdes y el neoliberal FDP, la cual ha sido explorada oficialmente desde el martes, impulsaría los ataques contra la clase obrera y la militarización de Europa interna y externamente. En una entrevista programática en la edición actual del semanario de noticias Der Spiegel, el ex ministro de Relaciones Exteriores del Partido Verde, Joschka Fischer, declara, «Jamaica es una necesidad». Frente a los «grandes problemas del siglo XXI» y los «cambios dramáticos que vemos a nivel mundial, incluyendo con Brexit y la elección de Donald Trump,» se requiere más liderazgo alemán.

«Los responsables entrarán en una situación en la cual deben liderar», continúa Fischer. «Simplemente porque las condiciones actuales son lo que son». La presión «de las realidades» se volverán «enormes». Fischer no deja dudas de que quiere decir con esto: nuevas campañas militares alemanas y un aumento masivo de los poderes del Estado en el país. «Ya vivimos esto con rojiverde [el gobierno SPD-Partido Verde]. Ni siquiera estábamos en el poder cuando se tuvo que responder a la cuestión de la guerra en Kosovo», dijo.

La entrevista de Fischer devela el giro a la derecha de un estrato social que había sido considerado como «izquierdista» desde el movimiento estudiantil de 1968. Basado en las teorías antimarxistas de la Escuela de Frankfurt y el postmodernismo, siempre rechazó una orientación hacia la clase obrera y se centró en cuestiones de identidad, el medio ambiente y, en la última instancia, el aumento de su propia riqueza personal. Bajo condiciones de extrema polarización social, sus representantes, como el antiguo luchador callejero Fischer, están listos para llegar a un acuerdo con la extrema derecha con la que lucharon en un período anterior. Aunque Fischer admite que la AfD se mantiene en la tradición de los nazis, él recomienda «una cierta ecuanimidad básica» al lidiar con ella.

Detrás de la «ecuanimidad básica» de Fischer hacia los nazis yace una política que no es menos reaccionaria que la de la AfD. «Yo prefiero a Macron y a Francia que a Kurz, Strache y Austria», dijo cínicamente. Este elogio para el presidente francés significa el apoyo para el estado de emergencia permanente en Francia, con el cual Macron está reprimiendo la resistencia a sus reformas laborales, los ataques sociales masivos y las políticas de la Unión Europea.

Hace apenas unos días, en una contribución especial para Süddeutsche Zeitung, Fischer defendió la brutal represión de Cataluña por parte del gobierno derechista en Madrid. «Sería una locura histórica», escribió Fischer, «si los Estados miembros de la Unión Europea ingresaran a una fase de secesión y desintegración en el siglo XXI, cuando con las nuevas potencias mundiales —China, India, EE. UU., etc.— el futuro común de los europeos requiere más cohesión e integración».

La clase dominante no está preocupada por el aumento de la extrema derecha, sino por la creciente resistencia de la izquierda a sus grandes planes de poder militar y la desigualdad social. Esa es la razón por la cual el SPD tentativamente ha decidido entrar en la oposición y su líder, Martin Schulz, criticó hipócritamente al capitalismo en una entrevista con Die Zeit. El SPD, en estrecha cooperación con el Partido de Izquierda y los sindicatos, quiere obstaculizar el desarrollo de una genuina oposición izquierdista y marxista al nuevo gobierno derechista y a la AfD.

El brusco giro hacia la derecha de todos los partidos del establecimiento muestra que la lucha contra los espectros del pasado requiere una política revolucionaria. Junto con sus organizaciones hermanas en el Comité Internacional de la Cuarta Internacional, el Partido de Socialista por la Igualdad en Alemania lucha por un programa que combine la lucha contra la desigualdad social, el fascismo y la guerra con la lucha contra el capitalismo y por una sociedad socialista. Cien años después de la Revolución de Octubre en Rusia, una vez más la construcción de un partido socialista masivo que expropie la riqueza de la elite financiera y la utilice para terminar con la masiva desigualdad social es la única forma de prevenir una recaída al barbarismo.

La esclavitud moderna, una industria global

por Stephen Agnew//

Cuando pensamos en la esclavitud, recordamos inmediatamente los horrores del comercio transatlántico de esclavos, que alcanzó su apogeo en los siglos XVIII y XIX. Pero mientras que la esclavitud de tal dimensión y atrocidad ha sido relegada a los libros de historia, nunca ha sido abolida en todas sus formas. De hecho, hoy en día hay más esclavos en el mundo que en el momento álgido de la trata de esclavos en la era colonial.

Generalizada

La esclavitud moderna se presenta en muchas formas en todo el mundo y destroza la vida de millones de personas. La Organización Internacional del Trabajo estima que 21 millones de personas están actualmente atrapadas en una situación de esclavitud, y los llamados países capitalistas «avanzados», como Gran Bretaña, no están en modo alguno inmunes.

La Agencia Nacional del Crimen (NCA) del Reino Unido ha tenido que revisar recientemente sus datos sobre la cantidad de esclavos en Gran Bretaña, ya que las anteriores estimaciones, que ascendían a 10 000 – 13 000, se consideraban solo la «punta del iceberg». Se desconoce la cifra real, pero se estima una mucho más elevada. Will Kerr, portavoz de la NCA, declaró: «Cada vez es más probable que nos crucemos con una víctima de la explotación en nuestro día a día, y es por eso que pedimos a los ciudadanos que identifiquen sus problemas y los denuncien».

Las víctimas de la trata de personas en el Reino Unido se ven obligadas a realizar trabajos forzosos en industrias intensivas en mano de obra, como la agricultura y la construcción, pero además de esto están las personas que son objeto de trata únicamente para la explotación sexual, el 98 % de las cuales son mujeres y niñas. A menudo, las niñas son deliberadamente el blanco de la trata por su vulnerabilidad, y se estima que una de cada cuatro víctimas de la esclavitud en el Reino Unido es menor de edad.

Con el fin de frenar el creciente problema de la esclavitud en el Reino Unido, Theresa May firmó la «Ley de la Esclavitud Moderna» en 2015, cuando era Ministra del Interior. Con ella se pretendía aumentar la tasa de condenas y dar a la policía más potestad de acusación, así como establecer un Comisario contra la Esclavitud independiente para examinar las políticas antiesclavitud del Reino Unido y hacer que las empresas británicas informen públicamente sobre cómo se enfrentan a la esclavitud en sus cadenas de suministro global.

Sin embargo, los esfuerzos legislativos del gobierno británico han sido en gran medida en vano, ya que el número de esclavos en el Reino Unido ha seguido aumentando. Klara Skrivankova, coordinadora del Programa de Lucha contra la Trata de Personas en Europa, dijo que su organización tenía «sentimientos encontrados» en cuanto a la ley, y explicó: «Por un lado, la Ley de la Esclavitud Moderna, que cuenta con buenas cláusulas, es un gran paso en la dirección correcta, pero por otro aún hay deficiencias que nos dejan a nosotros, y a las víctimas de la esclavitud moderna, totalmente insatisfechos».

Un problema fundamental de la legislación nacional antiesclavitud es la naturaleza inherentemente internacional de la trata de personas, a menudo vinculada con la pobreza y la explotación tanto en el país de origen como en el de recepción. La mayoría de las víctimas de la esclavitud en el Reino Unido son de origen extranjero, especialmente de Albania, Vietnam, Nigeria, Rumania y Polonia.

Cabe señalar que cuatro de cada cinco de estos países son antiguos países estalinistas que han sido reintroducidos en el sistema capitalista mundial durante los últimos 30 años. Después de la disolución de la URSS y la liberalización de los mercados en Asia, hemos visto una caída drástica en el nivel de vida y las condiciones de trabajo en estos lugares. No es de extrañar que estos países, así como las colonias europeas, se encuentren entre los principales países donde se origina la esclavitud moderna.

Lucrativa

Otra razón por la que los gobiernos capitalistas no han sido capaces de abolir la esclavitud de manera definitiva es que es increíblemente lucrativa. La esclavitud moderna genera más de 115.000 millones de libras al año, lo que la convierte en la tercera mayor industria criminal después del contrabando de armas y el tráfico de drogas. Estos tres representan una condena irrebatible del capitalismo y sus fracasos. Además, las ganancias acumuladas gracias a la esclavitud tienen una repercusión positiva para la burguesía tanto si lo admiten como si no.

Para los capitalistas, los esclavos pueden suponer una inversión muy atractiva, ya que el dueño del esclavo solo paga por el sustento básico y el coste de su aplicación, lo que a veces puede ser mucho más bajo que los salarios.

El uso de mano de obra esclava de Catar en la construcción es solo uno de los ejemplos actuales de mayor repercusión mediática. Los esclavos también pueden ser forzados a realizar trabajos particularmente duros o trabajos ilegales como el contrabando o la elaboración de drogas. Se estima que 2,2 millones de personas en situación de esclavitud están explotadas directamente por sus respectivos gobiernos a través de trabajos penitenciarios o del pago forzoso de deudas.

Esto limita la capacidad de las autoridades internacionales para frenar esta práctica, dado que entre bastidores muchos capitalistas y países no están dispuestos a renunciar a estos beneficios. Esto se ve más claramente en el tercer mundo, donde los intereses de las clases dominantes se esconden menos detrás del disfraz de la «democracia» y del «Estado de derecho». Los Estados permiten con frecuencia diversas formas de esclavitud de manera tácita, a pesar de la prohibición de los tratados internacionales. El reclutamiento de niños soldado por parte de algunos gobiernos generalmente también se considera una forma de esclavitud respaldada por el gobierno.

Otro ejemplo escandaloso es el del gobierno marroquí, que según un informe de 2014 encargado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, hace la vista gorda ante el creciente comercio del trabajo forzoso y el tráfico sexual que se da dentro de sus fronteras. Niñas de hasta seis años son reclutadas en zonas rurales y forzadas a prostituirse y a realizar trabajo doméstico en las ciudades; a los niños más comúnmente se les obliga a trabajar en la construcción o en trabajos mecánicos. Los trabajadores migrantes del África subsahariana, sobre todo aquellos procedentes de la Costa de Marfil y del Congo, acaban siendo regularmente víctimas de traficantes y de bandas criminales que los someten a condiciones de trabajo brutales y los fuerzan a la esclavitud por medio de violencia, amenazas, extorsión y la retención de sus pasaportes. A muchos de ellos los introducen de contrabando en Europa.

Sin embargo, no cabe duda de que este problema no se limita únicamente a Marruecos. En 2016, solo se dictaron 9.000 condenas contra la esclavitud a nivel mundial. Si combinamos esto con el hecho de que el número total de esclavos aumenta cada año, vemos cómo a medida que el capitalismo cae en una mayor decadencia, arrastra cada vez más a la esclavitud a las capas sobreexplotadas de las masas.

Esclavitud asalariada

La historia del capitalismo está intrínsecamente ligada a la esclavitud. Dado que el sistema capitalista aspira constantemente a mercantilizar y sacar beneficio de todo, nada es sagrado ni está fuera de sus límites. Por lo tanto, el cuerpo, la vida y el sexo se comercializan de las maneras más abusivas y deshumanizadoras. Cuando los Estados nación y los legisladores mundiales tratan de criminalizar y perseguir la esclavitud, solo están intentando eliminar y encubrir los peldaños más bajos e inhumanos de la escalera capitalista. Hemos de preguntarnos: «Si la esclavitud es ilegal en todos los países, ¿por qué hay más esclavos hoy en día que a lo largo de toda la historia de la humanidad?».

Hay que culpar directamente al sistema capitalista, en el cual la base de clase, las condiciones materiales y el estímulo económico crean las condiciones necesarias para que se dé la explotación. Esto significa que la esclavitud continuará, simplemente actuará fuera de la jurisdicción de la ley burguesa. La esclavitud en sí misma puede considerarse la forma más brutal y decrépita de explotación capitalista.

En efecto, las similitudes entre la explotación «normal», aceptable (la que se da bajo el capitalismo), y la esclavitud son extremadamente estrechas. La definición de esclavitud que ofrece la Organización Internacional Antiesclavitud (Anti-Slavery International) es un claro ejemplo de esto. Esta dice que un esclavo es:

  • A quien se obliga a trabajar por medio de coerción o amenazas físicas o psíquicas.
  • A quien se trata como propiedad o a quien un «empleador» controla por medio de maltrato físico o psíquico o la amenaza de maltrato.
  • A quien se deshumaniza, se trata como una mercancía o se compra y vende como una propiedad.
  • A quien se restringe o prohíbe la libertad de movimiento.

Como consecuencia de la coacción implacable del trabajo asalariado, la amenaza física y psíquica de las deudas, la pobreza y el hambre, y el trato repugnante que dan los capitalistas a los empleados -bien documentado en todos los países-, vemos ante nosotros un panorama alarmante. Solo existe una delgada línea de legalidad entre las capas más explotadas y maltratadas de la clase obrera y los esclavos.

De acuerdo al profesor estadounidense Kevin Bales, cofundador de la organización internacional Free the Slaves, la esclavitud moderna ocurre «cuando una persona está bajo el control de otra persona, que utiliza la violencia y la fuerza para mantener dicho control, y el objetivo de dicho control es la explotación». ¿Es tan complicado señalar que el monopolio de la violencia que la clase dominante utiliza contra los trabajadores del mundo es terriblemente parecido a esta definición?

La esclavitud continuará mientras sobreviva el sistema económico que la sustenta. En la medida en que la mercantilización con fines lucrativos y la propiedad privada formen los cimientos de nuestra sociedad, este será un terreno fértil para la esclavitud. Solo con el control obrero de la economía podremos eliminar la base de la explotación y desenmascarar estos maltratos ocultos que se dejan infectar y supurar detrás de puertas cerradas. Armados con un programa revolucionario, los trabajadores de todo el mundo podrán romper las cadenas de gobiernos cómplices, negocios criminales y círculos de tráfico, y finalmente, liberarse de la explotación.

Bolivia: Evo Morales defiende el trabajo infantil

por Alejandro Valenzuela//

La figura de Evo Morales, el primer indígena en acceder a la presidencia de la república de un país latinoamericano, resulta señera para la definición del llamado «Socialismo del Siglo XXI». Junto con Mujica, conforman la máxima expresión de esta corriente y en general gozan de buena prensa, los medios de comunicación no dejan de propalar sus costumbres y especialmente sus declaraciones, en las que aparecen reivindicando la sobriedad, la modestia y la identidad latinoamericana.

Pero los marxistas debemos comprender y actuar con el criterio de realidad que emana de la lucha de clases, debemos ver lo que las cosas son, no lo que dicen que son. De esta forma resulta necesario puntualizar que el gobierno de Evo Morales, desde hace más de una década y más allá de sus rabietas contra la Coca Cola y el McDonald, ha centrado su política económica en garantizar la inversión extranjera, creando fondos multimillonarios que afiancen sus intereses en el país.

En politica internacional, por lo mismo, Morales ha seguido  hasta el extremo el tradicional antichilenismo de la oligarquía boliviana, desarrollando el discurso facilista de que el atraso y miserias altiplánicas se deberían a la impuesta mediterraneidad, poniendo a Chile y no a las potencias imperialistas -con las que tiene excelentes relaciones- como responsable de los problemas nacionales de Bolivia. A pesar de que usurpe el discurso latinoamericanista y bolivariano, Evo Morales sigue la vieja política imperialista de crear frentes internos en América Latina (en este caso Bolivia/Chile), el romano «dividir para reinar».

De la misma forma, en la arena nacional, ha desarrollado un accionar sistemático de combate a los movimientos sociales (obreros, indígenas) como ha quedado de manifiesto el pasado 24 de octubre. Con el argumento de evitar que grupos de personas se atribuyan  la representación del pueblo, las  marchas de protesta serán penalizadas  entre dos y cuatro años de prisión, según el artículo 294 del Código Penal, aprobado en la Cámara de Diputados. La oposición advierte sobre el riesgo de persecución a quienes discrepen con el MAS.  El oficialismo dice que la sanción se aplicará a manifestantes que vayan contra un gobierno  democráticamente elegido y que generen inseguridad.

Pero una forma nítida de comprender la conducta política de Evo Morales y su partido, el MAS, en su relación con la actividad de las masas, lo constituye su vergonzosa defensa del trabajo infantil en Bolivia, amparándose en que el mismo expresaría inveteradas costumbres ancestrales.

Veamos la realidad: han pasado poco más de tres años desde la promulgación de la Ley 548 del Código Niño, Niña y Adolescente (17/07/2014), que ha puesto a Bolivia en el ojo de las críticas al convertirse en el primer Estado en el mundo en permitir que los niños trabajen a partir de los 10 años.

El nuevo Código en su artículo 129 “ Fija como edad mínima para trabajar los 14 años de edad”, sin embargo autoriza de manera excepcional “la actividad laboral por cuenta propia realizada por niñas, niños o adolescentes de diez (10) a catorce (14) años, y la actividad laboral por cuenta ajena de adolescentes de doce (12) a catorce (14) años […]”. Además, el artículo 136 que prohíbe las actividades laborales y trabajos considerados como peligrosos, insalubres o atentatorios a la dignidad, entre ellos la pesca en ríos y lagos, el trabajo en actividades agrícolas, la cría de ganado mayor y la albañilería, son permitidos cuando se desarrollan en el ámbito familiar o social comunitario ya que tendrían una naturaleza formativa y cumplirían la función de socialización y aprendizaje.

La controversia que ha desatado la nueva ley se debe a que Bolivia incumple los convenios internacionales, además que vulnera los derechos a la salud, a la educación, a la recreación y al desarrollo pleno e integral de los niños. La Constitución Política del Estado en su artículo 13, parágrafo IV señala que «los derechos y deberes consagrados en esta Constitución se interpretarán de conformidad con los Tratados Internacionales de derechos humanos ratificados por Bolivia”. Además, los artículos 60 y 61 establecen la necesidad de velar por el interés superior de la niña, niño y adolescente, así como la prohibición del trabajo forzado y la explotación infantil.

La promulgación de esta ley, claramente estaría violando normas internacionales ratificadas por el gobierno boliviano, entre ellas: el Convenio 138 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sobre la edad mínima de admisión al empleo, el Convenio 182 de la OIT sobre la prohibición de las peores formas de trabajo infantil y la acción inmediata para su eliminación, la Convención sobre los Derechos del Niño y la Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los Pueblos Indígenas. Es importante mencionar que al ratificar una ley o convenio internacional, los países asumen el compromiso de adecuar la legislación nacional y desarrollar las acciones oportunas de acuerdo a las disposiciones contenidas en dicho convenio, y debido a su carácter vinculante, es obligatorio para los países que lo  firman o ratifican y es de estricto cumplimiento en el territorio nacional.

Las acciones y el discurso del gobierno después de la promulgación de la ley son confusos y contradictorios. En octubre de 2014, junto a otros 24 países, Bolivia  firma la «Iniciativa Regional América Latina y el Caribe libre de trabajo infantil», una alianza entre los países de la región con la  finalidad de acelerar el avance hacia el cumplimiento de las metas de eliminación de las peores formas de trabajo infantil hasta 2016 y la completa eliminación del trabajo infantil hasta 2020. Al  firmar la iniciativa regional, el gobierno se compromete a trabajar de manera urgente y coordinada ante la persistencia del trabajo infantil incluso en contextos de crecimiento económico en la región. Además, la iniciava pretende hacer sostenibles los avances y logros alcanzados en los últimos 20 años, evitando efectos regresivos que agudicen el problema, entonces ¿Cómo pretende el Gobierno agilizar la erradicación del trabajo infantil, cuando la nueva ley legaliza el trabajo de los niños menores de 14 años?

El doble discurso del gobierno emerge cuando decide rechazar las recomendaciones para abolir el trabajo infantil emitida por la Organización de Naciones Unidas (ONU) durante la sesión de aprobación del Examen Periódico Universal (EPU) llevada a cabo en diciembre de 2014, al que se presentó el país. Asimismo, en la sesión realizada en Ginebra (Suiza) en junio de 2015, el país tuvo la oportunidad de justificar y explicar las razones por las que decidió modificar la edad mínima permitida para trabajar. El argumento de la delegación boliviana hizo referencia a “que el trabajo desde edad temprana es una cuestión cultural en Bolivia”, una realidad ante la cual no se puede ir en contra. Esta declaración le ha costado al país la pérdida del apoyo irrestricto del Grupo de América Latina y el Caribe ante las Naciones Unidas (GRULAC) pues la postura boliviana fue considerada “casi una reivindicación del trabajo de los menores”, además de ir “a contramano de las iniciativas a nivel mundial, pero sobre todo a nivel regional sobre la erradicación del trabajo infantil”.

La implementación del Código

Como parte de la implementación del Código Niña, Niño y Adolescente, en el mes de septiembre de 2017 el Ministerio de Trabajo, Empleo y Previsión Social en coordinación con el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) inició el proceso de socialización del “Protocolo para el llenado del formulario de registro y/o autorización de ac tividad laboral excepcional (léase trabajo infantil) o trabajo adolescente”4 desde los 10 y 12 años respectivamente, a través de capacitaciones al personal de las diferentes gobernaciones y su extensión a los gobiernos municipales, SEDEGES y Defensorías de la Niñez y Adolescencia5; estas últimas son responsables del control orientado a evitar la explotación infantil.

Hasta noviembre, más de 300 municipios tendrán la responsabilidad de implementar el registro, autorizar el trabajo a niños y niñas entre 10 y 14 años, y realizar el control respectivo.

A contramano, el Gobierno promueve el registro y autorización para el control del trabajo infantil, en lugar de mantener en 14 años la edad permitida para trabajar como era en el Código anterior y de asignar un rol al Estado en la protección social integral de los menores de esa edad. De esta manera, abre la compuerta para perpetuar el trabajo infantil, lo que constituye un retroceso frente a las políticas y acciones realizadas durante la primera década del milenio a favor de su erradicación.

Resulta imprescindible luchar en contra del trabajo infantil creando desde el Estado y la sociedad las condiciones para incidir en los factores estructurales que lo originan; es decir, transformando el contexto económico, social, laboral y político que favorece la distribución desigual de la riqueza y de los ingresos, profundizando la desigualdad social. Mientras no se cambien las condiciones generales del mercado de trabajo para los adultos y no se sancione la demanda de trabajo infantil, miles de niños y niñas seguirán trabajando, muchos bajo condiciones de explotación6.

El trabajo infantil en Bolivia: algunas cifras

En Bolivia, no existe información actualizada sobre la dimensión y las características del trabajo infantil y adolescente; el Censo Nacional de Población y Vivienda realizado por el INE en 2012, que es la única información oficial disponible sobre el tema, reportaba que un total de 391.747 niños, niñas y adolescentes entre 7 y 17 años participaban en algún tipo de actividad económica, de ellos poco más de la cuarta parte eran niños y niñas entre 7 y 12 años y el resto adolescentes mayores de 12 años.

Los niños y niñas se desempeñaban principalmente como trabajadores por cuenta propia, trabajadores familiares o aprendices no remunerados, u obreros o empleados; y se encontraban insertos en actividades agropecuarias, el comercio, la industria manufacturera y la construcción.

Ponemos estos datos a disposición de nuestros lectores para ayudar a comprender correctamente un fenómeno político tan poderoso en la izquierda como lo es la corriente política de Evo Morales, ayudando a develar su verdadera naturaleza de clase, más allá de la pirotecnia indigenista. Es tarea de los revolucionarios altiplánicos la construcción de un partido revolucionario que asuma las grandes tareas nacionales y sociales que plantea la revolución boliviana: un gobierno obrero-campesino que ponga fin a la explotación en todas sus formas y libere a las naciones oprimidas.

 

 

(Esta nota se ha hecho en base a información obtenida del Boletín informativo del Observatorio Boliviano de Empleo y Seguridad Social de octubre de 2017)

EEUU: La burocracia sindical de AFL-CIO aliada de Trump

por Trévon Austin//

Del 22 al 25 de octubre, la Federación Estadounidense del Trabajo-Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO) celebró su convención cuatrienal en St. Louis, Missouri.

La reunión de los muy bien pagados ejecutivos sindicales pasó mayormente desapercibida para los trabajadores estadounidenses, que no miran a esas organizaciones, las cuales hace mucho tiempo abandonaron cualquier defensa de sus intereses y han perdido millones de miembros. El porcentaje de trabajadores en los sindicatos ha bajado a solo el 10,4 por ciento, comparado con el 20,1 por ciento en 1983 y el 32,5 por ciento en 1953.

En la medida en que la AFL-CIO juega algún papel significativo, este es apoyar al Partido Demócrata y promover los objetivos de la política doméstica y exterior del imperialismo estadounidense. Lejos de oponerse al ataque corporativo a la clase trabajadora, los sindicatos han pasado las últimas cuatro décadas suprimiendo la lucha de clases y reduciendo los estándares de vida de los trabajadores en nombre de hacer competitivo globalmente al capitalismo estadounidense.

Las principales figuras de la AFL-CIO, incluyendo al presidente Richard Trumka, tienen amplios antecedentes de traición a las luchas obreras y de confabular con la patronal para reducir la participación de los ingresos nacionales que va a los trabajadores. Durante los ocho años de la administración de Obama, los sindicatos limitaron el número de huelgas a su nivel más bajo en la historia estadounidense, facilitando una transferencia sin precedentes de la riqueza hacia arriba.

La creación de un sufrimiento indecible a la clase trabajadora, sin embargo, no ha socavado los intereses materiales de la burocracia de la AFL-CIO, que sigue prosperando gracias a su control de vehículos de inversión multibillonarios en pensiones y sanidad y una miríada de otros planes de negocios obrero-patronales. Las revelaciones de este año acerca de los sobornos multimillonarios a altos cargos de la United Auto Workers, que pasaron a través de los Centros de Formación Nacional de UAW-Chrysler, son solo la punta del iceberg.

La convención de St. Louis fue un asunto dirigido y burocrático de principio a fin. Los delegados seleccionados cuidadosamente votaron unánimemente la reelección de Trumka para un tercer mandato de cuatro años y reinstalar a la secretaria-tesorera Liz Shuler y al vicepresidente ejecutivo Tefere Gebre, que no tuvieron oposición.

De manera significativa, la AFL-CIO no invitó a demócratas destacados a su convención, como habían hecho en otras ocasiones. En sus comentarios de apertura, Trumka declaró, “Encontraremos esperanza y oportunidad para la gente trabajadora, no dentro de los partidos políticos principales, sino dentro de nuestro movimiento y nuestras comunidades…

No me importa si eres demócrata o republicano o algo intermedio, si eres justo con nosotros, seremos justos contigo”, dijo.

En realidad, las palabras del jefe de la AFL-CIO sobre la “independencia política” se refieren a los pasos que da una sección de los sindicatos para aliarse con la administración de Trump y secciones del Partido Republicano. Aunque los sindicatos tradicionalmente han subordinado a la clase trabajadora a las necesidades de la clase gobernante por medio de los demócratas, han visto en Trump un espíritu afín que abraza su programa de “comprar lo estadounidense, contratar a estadounidenses” para desviar hacia afuera la oposición social.

Tras su desastroso respaldo a Hillary Clinton en 2016, los sindicatos de la construcción, el United Auto Workers, el United Steelworkers (acereros unidos) y otros sindicatos se aliaron con Trump en base a los pasos que ha dado para renegociar o cancelar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, siglas en inglés), construir el oleoducto Keystone XL y aumentar el gasto en infraestructura.

Durante la convención de esta semana, el presidente de United Steelworkers Leo Gerard despotricó contra el “acero chino” y promocionó medidas de guerra comercial, que los sindicatos, junto con Trump y su antiguo asistente fascistoide Stephen Bannon afirman falsamente que defienden los empleos de los trabajadores estadounidenses y los estándares de vida. Gerard estaba al lado de Trump en el Despacho Oval este año cuando el presidente firmó una medida de guerra comercial declarando que las importaciones de acero de China y otros países estaba socavando la “seguridad nacional” estadounidense.

La aceptación abierta por parte de Trump de los neonazis, sin embargo, ha sido fuente de cierto bochorno, particularmente para los sindicatos minoristas y de servicios, que están intentando reclutar a trabajadores inmigrantes por poco dinero para aumentar el número de miembros. En agosto, Trumka decidió renunciar a la presidencia del Consejo Manufacturero después de que Trump defendiera a los neonazis y a los miembros del KKK detrás de los disturbios en Charlottesville, Virginia, que dejó a 19 personas heridas y se saldó con la muerte de la manifestante antifascista de 32 años de edad Heather Heyer. En aquel momento, Trumka dijo, “No puedo sentarme en un consejo para un presidente que tolera el fanatismo y el terrorismo doméstico”.

La consternación de Trumka por el descubrimiento de elementos fascistoides en la Casa Blanca fue enteramente fraudulento. Lejos de estar impactados por su presencia, los ejecutivos de la AFL-CIO tienen una afinidad natural por Trump y Bannon. Solo una semana después de renunciar al consejo, Trumka elogió los esfuerzos del presidente por renegociar el NAFTA.

Hablando sobre miembros del sindicato que apoyaban a Trump en 2016, Trumka declaró, “Mis miembros, como muchos estadounidenses, están enfadados porque el sistema no funciona para ellos. Que los relega cada vez más”, añadiendo, “aunque el país es el país más rico sobre la faz de la tierra”. Añadió también, “[los trabajadores] estaban dispuestos a asumir el riesgo de Trump porque él prometió un cambio de sistema radical”.

En la medida en que algunos sectores de los trabajadores dirigieron su mirada desesperadamente hacia el presidente billonario, es solo porque los sindicatos y los demócratas no han mostrado más que menosprecio hacia los trabajadores, que han sufrido un declive histórico en sus estándares de vida debido a décadas de desindustrialización, recortes sociales y pobreza crónica. Los sindicatos colaboraron en ello y fueron cómplices de ello, y arrojaron veneno nacionalista para bloquear cualquier lucha unificada por parte de los trabajadores estadounidenses y sus hermanos y hermanas de clase en el extranjero.

Lejos de oponerse a Trump, la AFL-CIO, junto con el Partido Demócrata, no temen a nada más que al surgimiento de un poderoso movimiento de la clase trabajadora contra la administración y su programa de recortes fiscales masivos para los ricos, la destrucción de la sanidad, y otros servicios sociales vitales, y su expansión del militarismo y amenazas de dictadura. Ello es así porque tal movimiento se volvería muy pronto una confrontación directa con todos los que defienden el dominio de la élite corporativa y financiera, incluyendo a los demócratas y la propia AFL-CIO.

 

(Imagen: Richard Trumka)

La revolución en la era Putin

por Martín Baña y Pablo Stefanoni//

Una década después del derrumbe soviético, y coincidentemente con el inicio del siglo XXI, llegó al poder Vladímir Putin. Con él se inició un período de reconstrucción del Estado y del peso geopolítico de Rusia. En este proceso también se construyó un nuevo relato histórico en el que el acontecimiento revolucionario de 1917 entra de manera ambigua e incómoda en el proyecto conservador vigente desde 2000: reconstruir una Rusia grande[1].

Vladímir Putin, ex espía del KGB, había llegado a la cúspide del poder de la mano de Boris Yelstin y allí pudo sentir la crisis del país, sumido en la humillación tras haber caído de su lugar de superpotencia y sin perspectivas de futuro. Los setenta años de historia soviética parecían desecharse en el baúl de los trastos viejos de la historia. Es más, en “las aguas heladas del cálculo egoísta” de la nueva elite ultraliberal yeltsiniana –parafraseando al Manifiesto comunista– el período soviético quedaba reducido a una suerte de paréntesis, un desvío del camino que debía rectificarse recuperando la continuidad con la historia prerrevolucionaria.

Personajes como el banquero Boris Jordan vivieron el proceso como una venganza personal: “Lo que mi abuelo no pudo lograr en la época de la guerra civil con el Ejército Blanco contra los comunistas, lo hicimos nosotros expulsando al Estado de las relaciones de propiedad”. El regreso del capitalismo constituyó para muchos rusos una catástrofe material y también moral. Si en Europa del Este el comunismo era visto como algo impuesto desde afuera, para Rusia resulta inseparable de su propia historia e identidad. Además, como escribió Bruno Groppo, la liberación del orden opresivo en Rusia coincidió con la pérdida de la posición hegemónica del imperio soviético, y a la postre con su desintegración. Es decir, la caída del comunismo ponía en cuestión la propia historia e identidad de Rusia.

Fue en este contexto que Putin llegó a la primera magistratura. Nacido en Leningrado y criado en los años de oro de la Unión Soviética, su principal meta fue reponer el brillo ruso. La construcción de la imagen de Putin tiene como base numerosas fotos que lo muestran como un líder viril, y pese a su metro setenta de estatura, se proyecta como un líder fuerte, como “un grande”.

Una de las facetas del proyecto de Putin es reponer una historia “positiva” de Rusia, plasmada en los nuevos manuales escolares. Desde el Kremlin se propuso, con éxito, incorporar positivamente la historia soviética dejando de lado su costado más utópico como también sus derivas más sangrientas. En ese marco, la evaluación del desempeño de un líder como Stalin está lejos de la condena absoluta, ya que se lo recuerda como el jefe de la Gran Guerra Patria y no tanto como el responsable de políticas que causaron millones de muertes. Los juegos de sentido no están exentos de ambigüedades. En 2016 Putin declaró que muchos tiraron o quemaron el carné del Partido Comunista cuando la Unión Soviética dejó de existir, cosa que él no hizo. “Yo no quiero acusar a nadie […] pero todavía lo tengo.” Incluso fue más allá: “Si vemos el Código moral del constructor del comunismo, que tuvo una amplia circulación en la Unión Soviética, se parece mucho a la Biblia. Y no es una broma. Es una especie de extracto de la Biblia. Pero las ideas son muy buenas: igualdad, fraternidad, felicidad”. No obstante, aclaró que “la aplicación práctica de esas maravillosas ideas en nuestro país estuvo lejos de lo que exponían los socialistas utópicos. Nuestro país no se pareció a la Ciudad del Sol”.

La incomodidad hacia los acontecimientos revolucionarios de 1917 se refleja en los vaivenes del feriado del 7 de noviembre –día de la toma del poder por parte de los bolcheviques–. Durante la era soviética ese feriado era el más importante. Yelstin intentó quitarlo y, si bien no lo logró, lo vació de contenido. El feriado fue eliminado por el Parlamento en 2004, bajo el gobierno de Putin.

El día de la Gran Revolución Socialista de Octubre fue reemplazado por el Día de la Unidad Nacional, que se celebra el 4 de noviembre, es decir, muy cerca de la vieja efeméride. Este nuevo día feriado conmemora la expulsión de las fuerzas polacas de Moscú en 1612 y coincide con el día del Ícono de Kazán. La celebración más importante hoy es la victoria soviética contra los nazis en la Gran Guerra Patria.

Los rasgos democráticos y disruptivos de la Revolución no atraen las simpatías de un régimen autoritario como el de Putin, y el cosmopolitismo y antimilitarismo de un líder como Lenin chocan con el nuevo nacionalismo del Kremlin. A diferencia del relato soviético, que construyó una línea indeleble entre el pasado prerrevolucionario y el nuevo Estado socialista, el relato oficial vuelve a ensamblar la historia rusa a través de diferentes mojones en la construcción de la grandeza patria. Un panteón en el que Pedro el Grande puede convivir pacíficamente con Stalin en su rol de “autócratas modernizadores” y en el que el filósofo Iván Ilyin, un antibolchevique de ideas eslavófilas autoritarias, puede ser una inspiración para el presidente. No menos importante, la Iglesia ortodoxa –históricamente cohesionadora del “alma rusa”– fue potenciada, nuevamente, desde el Estado y a través de la reconstrucción de varios templos, como la imponente Catedral de Cristo Salvador en el centro de Moscú, dinamitada por orden de Stalin en 1931.

En palabras de Vladímir Iakunin, ex compañero de Putin en el KGB y escuchado por el presidente, “Rusia no está entre Europa y Asia. Europa y Asia están a la izquierda y a la derecha de Rusia. No somos un puente entre ellos, sino un espacio de civilización separado”. Otros teóricos nacionalistas son Aleksandr Duguin, partidario de un neoeuroasianismo, que reivindica a la Unión Soviética y a Stalin como artífices de la expansión rusa en una clave ultra- nacionalista, y el “patriota socialista” y defensor de la Gran Rusia Aleksandr Projánov.

Para estos ideólogos, la Unión Soviética fue una de las formas que tomó el Imperio ruso. Opositores iniciales a Putin, la situación cambió en los últimos años a partir de las políticas con tonalidades de guerra fría contra Occidente. El propio Partido Comunista –una oposición tolerada por Putin– devino una fuerza “nacional-comunista”: en su panteón, Stalin ocupa un lugar preferente. Aunque reivindiquen 1917, los líderes del partido buscan desvincularse de las turbulencias de esos años de caos y revolución y rememorar el período de avances y estabilidad, como el de Leonid Brézhnev.

Al firmar el decreto que recomienda a la Sociedad Histórica Rusa la formación de un comité organizador de la celebración y encarga al Ministerio de Cultura coordinar los actos, el premier ruso advirtió: “No podemos arrastrar hasta nuestros días las divisiones, los odios, las afrentas y la crueldad del pasado. Recordemos que somos un pueblo unido. Un solo pueblo. Y Rusia solo hay una”. En gran medida, la Revolución de 1917 es una tragedia a conjurar. Desde una visión nacional-conservadora, la prioridad para Putin es preservar “la actual concordia política y civil”.

En pocas palabras; a cien años, la Revolución Rusa resulta incómoda en el relato conservador de Vladímir Putin, más atento a reponer a Rusia como gran potencia que a combatir sus desigualdades sociales.

Los freudianos rusos y la revolución de Octubre

por Enrique Carpintero//

En octubre de 1917 los bolcheviques toman el poder en un país devastado. Mientras Rusia participa de la Primera Guerra Mundial comienza a desarrollarse una guerra civil desatada por los partidarios de la monarquía zarista y otros opositores al partido bolchevique. A esta situación debemos sumarle el boicot de las grandes potencias y una tremenda crisis económica y social. Esto llevó a que con el fin de alimentar a la población se habían abandonado a los animales del zoológico de Moscú; Pavlov para hacer su prueba con los famosos perros tuvo que pedir una autorización especial firmada por el propio Lenin. Esta anécdota refleja cómo a pesar de las profundas privaciones que caracterizaron esos primeros años de la revolución los avances científicos e intelectuales de esa época continuaron y, aún más, se multiplicaron. Es que la revolución había abierto el camino de la creatividad en todos los ámbitos al romper con la rígida censura religiosa, en especial en las manifestaciones artísticas y científicas. En este contexto, el psicoanálisis en Rusia se fue afianzando a partir de nuevas experiencias, aunque se encontró atrapado entre dos perspectivas que se le oponían radicalmente. Por un lado, desde la Internacional Psicoanalítica, que rechazó a las nuevas asociaciones rusas; las cuales nunca llegaron a tener un pleno reconocimiento por parte de los psicoanalistas vieneses quienes, en su mayoría eran conservadores antimarxistas que se oponían a la revolución rusa. Por otro lado, en el partido bolchevique, si bien había dirigentes que apoyaban el psicoanálisis, otros, a partir de una concepción economicista y mecanicista del marxismo, lo consideraban una práctica “burguesa y capitalista” a la cual había que oponerse. Sin embargo, el psicoanálisis no fue simplemente tolerado, ya que durante esos primeros años de la revolución trató de encontrar un espacio propio en la lucha para fundar las bases de una nueva organización de la sociedad; había la ilusión de poder encontrar “una ciencia psicológica” que junto al marxismo pudiera dar cuenta de “una nueva cultura socialista”. Aunque ser psicoanalista y de izquierda eran dos perspectivas que en Rusia iban a ser cada vez más difícil de compatibilizar.

Para dar cuenta de los cambios que se intentaban realizar en esa época para romper con el modelo de la familia patriarcal es necesario mencionar el lugar que ocupaba Alexandra Kollantai. Nació en San Petersburgo en 1872 en el marco de una familia liberal. De joven abrazó las ideas revolucionarias; para transformarse luego de la revolución en la primera mujer que participó en un gobierno y la primera en ejercer la función de representante en un gobierno extranjero. En los años ´20 pertenecía a la llamada oposición obrera del partido al cual cuestionaba por su excesivo centralismo. Su contribución principal fue aportar a la historia de la emancipación femenina y la libertad sexual. En la línea de Marx y Engels de El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, Kollantai afirmaba que en la sociedad socialista la igualdad y el reconocimiento recíproco de los derechos debían constituirse en los principios de las relaciones entre hombres y mujeres. Con el nuevo gobierno revolucionario fue elegida Comisaria del Pueblo de la Asistencia Pública desde donde luchó para alcanzar la igualdad política, económica y sexual de hombres y mujeres. Es que a partir de la revolución las mujeres consiguieron el pleno derecho al voto, las leyes civiles hicieron del matrimonio una relación voluntaria, se eliminaron las diferencias entre hijos legítimos e ilegítimos, se igualaron los derechos laborales de la mujer a los del hombre y se dieron el mismo salario a las mujeres y un salario universal por maternidad. Así la Rusia de los Soviets fue el primer país del mundo donde se estableció la total libertad de divorcio y donde el aborto fue libre y gratuito. Ahora bien, una vez establecida la situación legal había que alcanzar una igualdad real y objetiva. Por ese motivo se lanzaron movilizaciones políticas entre las mujeres y en 1918 se celebró el primer Congreso de Mujeres Trabajadoras de toda Rusia. Kollantai creía que en la nueva sociedad la igualdad entre ambos géneros no solo se lograría con la transformación de las bases económicas que producen las desigualdades, sino también con un cambio en las relaciones sexuales entre las personas. Sin embargo, las ideas de Kollantai no fueron plenamente aceptadas por los dirigentes del partido; finalmente con el estalinismo se volvió al papel tradicional de la mujer y a una exaltación de la familia. Kollantai fue acusada de sectarismo por Stalin y alejada del país en misiones diplomáticas a Noruega, México y Suecia.

Aunque la concepción sobre la sexualidad que sostenía Kollantai en muchos sentidos era ajena a la defendida por Freud, los psicoanalistas rusos aportaban al desarrollo de estas ideas que implicaba romper con prejuicios muy arraigados en la sociedad. Además, debían seguir las duras condiciones que la realidad social y económica imponían a la sociedad. Mientras tanto, continuaban con la difusión del psicoanálisis. Ivan D. Ermarkov dictaba conferencias en el Instituto Psiconeurológico de Moscú y trataba de organizar un centro para niños perturbados menores de cuatro años que incluía como programa de formación un análisis para los que cuidaban de los niños. Esta problemática era una necesidad social debido a la gran cantidad de niños abandonados producto de la muerte de sus padres en la Gran Guerra o en la Guerra Civil que se estaba desarrollando. Moshe Wulff era profesor de la Universidad de Moscú. Ambos crean en 1921 la Asociación Psicoanalítica de Investigaciones sobre la Creación Artística que en el inicio tenía ocho miembros fundadores. Al año siguiente se funda la Sociedad Psicoanalítica de Moscú, que se organizó en tres secciones: la primera dedicada a los problemas psicológicos de la creatividad y la literatura dirigido por Ermarkov; la segunda llevada adelante por Wulff, que trabajaba en el análisis clínico, y la tercera se ocupaba de la aplicación del psicoanálisis al sistema educativo dirigida por el matemático y psicoanalista Otto Schmidt, esposo de Vera Schmidt.

Ese mismo año en Kazan se funda una segunda sociedad psicoanalítica bajo la dirección de Alexander Romanovich Luria. En este grupo, la mayoría de sus fundadores eran médicos, entre los que se encontraban Fridman y Averbuj, que en 1923 iban a traducir al ruso Psicología de las masas y análisis del yo. En la Sociedad Psicoanalítica de Moscú se forma el primer Instituto de Psicoanálisis del país que fue el tercero en el mundo junto al de Viena y Berlín. Su originalidad estaba dada por ser la única institución mundial sostenida financieramente por el Estado ya que se consideraba que el psicoanálisis podía desempeñar un papel importante en la construcción del socialismo. El hecho de conformarse como Instituto implicaba que podía formar analistas y, por lo tanto debía tener la aprobación de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA). A excepción de Freud, casi todos los miembros de la IPA se oponían debido a la poca cantidad de médicos que formaban parte del Instituto ruso y a su oposición a los marxistas del Estado soviético. Para Ernest Jones, que lideraba la oposición, la idea de que un matemático como Otto Schmidt fuera vicepresidente le resultaba inexplicable. Finalmente, bajo la influencia de Freud, se conformó la Sociedad Psicoanalítica Panrusa que incluía a los psicoanalistas de Petrogrado, Kazan, Odessa, Kiev y Rostov. Como responsables quedaron Ermarkov, O. Schmidt y Luria. La formación teórica y técnica estaba en manos de Ermarkov, Wulff daba seminarios de medicina y psicoanálisis y Sabina Spielrein, que recién había llegado de Viena, se dedicaba al psicoanálisis de niños. Sin embargo “el problema ruso” –como lo llamaba Jones– continuaba. En 1924, en el Congreso de Psicoanálisis de Salzburgo se hizo una declaración donde se saludaba al nuevo grupo pero el Instituto Ruso quedó aislado de la IPA, pese a ser uno de los grupos más numerosos que participaron.

 

El fin del psicoanálisis en Rusia

Las polémicas cada vez se hacían más duras y políticas; en especial luego de la muerte de Lenin en enero de 1924, cuando al psicoanálisis se lo asociaba con la oposición de izquierda a Stalin. Varios dirigentes de la revolución como Lunacharsky, Radek, Bujarin, Ioff y fundamentalmente Trotski defendían la práctica del psicoanálisis. Lenin nunca tomó posición sobre el tema; aunque conocía muy bien el debate a través de su esposa nunca se opuso al psicoanálisis. Si bien tenía una posición en relación a la sexualidad que podíamos denominar conservadora, como lo evoca en una memoria Klara Zetkin1, defendió la experiencia del “Hogar de niños” que dirigía Vera Schmidt. En este sentido, el historiador Alexander Etkind argumenta que el apogeo de la fuerza del psicoanálisis llegó en un momento –principios del ´20– cuando Trotsky estaba ejerciendo una gran influencia y su declinación coincide con su caída política. Por ello afirma que a pesar del apoyo de Krupskaia, la esposa de Lenin, y de Radek e incluso del apoyo de Stalin al “Hogar de niños” donde estaba su hijo, el vínculo de Trotski fue políticamente su fuerza principal y, en última instancia, el inconveniente2. Creemos –como venimos sosteniendo a lo largo de este artículo– que si bien Trotsky fue un factor importante, se dio una complejidad de factores tanto para su auge como para su caída.

Luego de la muerte de Lenin y la expulsión de Trotsky comienza una “caza de brujas” desarrollada por Stalin contra toda oposición a sus ideas basadas en el “socialismo en un solo país”. Se prohíbe la libertad de asociación, con lo que –para limitarnos al campo de la psicología– todas las corrientes psicológicas son perseguidas a excepción de la “oficial” que se basaba en una adaptación mecanicista de la psicología pavloviana. Se anula la legislación sobre el aborto y el divorcio para afianzar la familia tradicional. La homosexualidad pasa a ser considerada una “sexualidad perversa y degradada”; esto lo lleva a Máximo Gorki –claro exponente del realismo socialista– a afirmar que “en la tierra donde el proletariado gobierna con coraje y exitosamente, la homosexualidad, con sus efectos corruptos sobre los jóvenes, está considerada como un crimen social punible por la ley”3. En este marco se desarrolla en 1930 el Congreso sobre Comportamiento Humano, donde se realizan contundentes críticas a diferentes corrientes psicológicas que se las clasifica como “burguesas desviacionistas” y “capitalistas idealistas”. Allí Zalkind critica las bases del psicoanálisis y sostiene lo que había escrito el año anterior en sus “Doce mandamientos” para las relaciones de pareja donde –entre otras cuestiones– afirmaba: “El acto sexual no debe repetirse a menudo. No se debe cambiar seguido de partenaire. El amor debe ser monógamo. En el acto sexual, siempre se debe tener en cuenta la posibilidad de concebir hijos. La elección sexual debe ejercerse siguiendo criterios de clase; debe estar conforme a las finalidades de las revolucionarias y proletarias. La clase tiene el derecho a intervenir en la vida sexual de sus miembros”4. Todo un tratado reaccionario y totalitario sobre la sexualidad.

Es evidente que en este clima social y político era imposible que pudiera desarrollarse cualquier práctica con una mínima garantía de libertad, mucho menos la del psicoanálisis; para el estalinismo el objetivo del pensamiento marxista no era la crítica sino la fe: había que tener fe en un partido al cual se debía responder desde la sumisión; caso contrario se lo declaraba enemigo de la revolución. Pero debemos reconocer que, en la medida que se afianzaba el totalitarismo estalinista, se imponía el dogmatismo de la Segunda Internacional que se situaba en la tradición anti-psicológica presente desde los inicios de la revolución. Como venimos señalando, el marxismo se lo había encerrado en una concepción economista y mecanicista de la historia donde se establecía una relación directa entre la situación social, los intereses colectivos y la conciencia política. Dicho de otra manera: si se cambiaban las relaciones de producción se modificaban las relaciones del sujeto con sí mismo y con los otros. De esta forma con una interpretación voluntarista se dejaban de lado los determinantes subjetivos del sujeto para adherir a un proyecto de transformación social. Por ello los desarrollos para encontrar una relación entre psicoanálisis y marxismo se basaban en paradigmas positivistas que se transformaban en reduccionismos económicos o biológicos; como la pretendida psicología soviética de orientación pavloviana o el enfoque histórico-social.

En la actualidad han cambiado los paradigmas con los que se ha pensado la relación entre el psicoanálisis y el marxismo. Aún más, esta confluencia quedó en la historia. De allí que creemos necesario rescatar la noción de límite. Pero entendiendo el límite como positividad –en el sentido spinoziano del término–, es decir como potencia. Creemos que el límite epistemológico que hay entre el psicoanálisis y el marxismo permite la fecundidad para pensar un proyecto emancipatorio.

El sujeto del inconsciente no se corresponde con el sujeto de la historia. Freud parte del sujeto y, si bien reconoce la influencia de lo social, su interrogación se dirige a cómo lo social se inscribe en la subjetividad a partir de su historia personal.

En Marx, en cambio, el sujeto es social y el entramado social e histórico es el que explica la subjetividad. De esta manera la ontogénesis marxista (es decir, los procesos que sufren los seres vivos desde su fecundación hasta la vejez) no es asimilable al sujeto óntico del psicoanálisis (es decir, al ser). De allí la imposibilidad epistemológica de armonizar estos dos sistemas conceptuales que devienen en prácticas diferentes. Estamos en presencia de dos órdenes en la constitución del sujeto diferentes pero complementarios. No a partir de una hipotética conjunción sino a partir de sus límites y alcances comprensivos5.

En esta perspectiva podemos decir que si para Marx la historia es la historia de la lucha de clases ésta adquiere en cada proceso histórico en el interior de la cultura una complejidad que debemos dar cuenta. Es una ilusión creer que modificar las relaciones de producción presupone automáticamente un cambio en las relaciones de los sujetos, como clásicamente se pensó desde el marxismo. Si bien este es un paso necesario no es suficiente, como lo han demostrado las experiencias social totalitarias estalinistas. En ellas el pensamiento utópico escondía el sueño reaccionario del cierre completo de lo social y la creencia de una sociedad ideal basada en la imposición de una cultura organizada desde el Estado. Esta era la advertencia de Freud cuando decía: “Yo opino que mientras la virtud no sea recompensada ya sobre la Tierra, en vano se predicará la ética. Me parece también indudable que un cambio real en las relaciones de los seres humanos con la propiedad aportará aquí más socorro que cualquier mandamiento ético; empero, en los socialistas, esta intelección es enturbiada por un nuevo equívoco idealista acerca de la naturaleza humana, y así pierde valor de aplicación.”6

Dilucidar estos problemas sigue siendo un desafío para el desarrollo de un pensamiento de izquierda que permita un nuevo modo de apropiación de la realidad que posibilite el surgimiento de un proyecto de emancipación social y político.

 

* Psicoanalista. Fragmento del libro El psicoanálisis en la revolución de octubre, de reciente aparición. Enrique Carpintero (compilador), Eduardo Grüner, Alejandro Vainer, Hernán Scorofitz, Juan Carlos Volnovich, Juan Duarte, Lev Vygotski y Alexander Luria (Ed. Topía)

 

Notas

 

  1. Miller, Martín A., Op. Cit.
  2. Etkind, Alexander, Eros de los imposible. La historia del psicoanálisis en Rusia, editorial Baulder Cobo, Madrid 1997.
  3. Miller, Martín A., Op. Cit.
  4. Chemouni, Jacquy, Trotsky y el psicoanálisis, ediciones Nueva Visión, Buenos Aires 2007.
  5. Para un desarrollo de esta perspectiva ver Carpintero, Enrique y Vainer, Alejandro, “Psicoanálisis y Marxismo: historia y propuestas para el siglo XXI” en Pavón-Cuéllar, David (coordinador), Capitalismo y psicología crítica en Latinoamérica: del sometimiento neocolonial a la emancipación de subjetividades emergentes, editorial Kanakil, México 2017.
  6. Freud, S. (1927), El porvenir de una ilusión, Obras completas XXI, editorial Amorrortu, Buenos Aires 1976.

 

 

Desastre kurdo: la independencia que siempre no fue

por Alfredo Jalife-Rahme//
En mi artículo postsísmico sobre cómo Israel apoya la secesión del Kurdistán para desestabilizar a Irán y Turquía(https://goo.gl/Sb48Mu), adelanté que la alta vulnerabilidad del Kurdistán iraquí radica en que se encuentra totalmente rodeado de países que pueden ser desestabilizados, lo cual beneficia enormemente a Israel, pero a costa de un elevado precio del pueblo kurdo, que puede volver a ser sacrificado en el altar de la geopolítica regional, como sucedió con el tratado de Sèvres de 1920.

Pues fue justamente lo que sucedió casi 100 años más tarde cuando Massoud Barzani, líder de la región kurda en el norte de Irak y prócer de su fugaz independencia, fue abandonado por Donald Trump (sucesor de los negociadores occidentales del Tratado de Sèvres).

En una fulgurante operación del ejército iraquí –curiosamente entrenado tanto por el Pentágono como por los pasdarán iraníes (Guardias Revolucionarios Islámicos Chiítas)– fue tomada la región de Kirkuk y su capital, con pletóricos yacimientos de hidrocarburos, ante la sorprendente huida de los combatientes kurdos, los legendarios peshmergas (que se arrojan a la muerte), a lo que no hicieron honor, y cayeron después de 12 horas casi sin combatir.

La independencia del Kurdistán iraquí –no se diga su efecto dominó en Irán, Siria y Turquía, con relevantes minorías kurdas (https://goo.gl/Fh5HV2)– quedó hecha añicos. Sin el petróleo de Kirkuk no es viable el estado independiente kurdo en el norte de Irak (https://goo.gl/vudtvp).

Con la hostilidad de todos los estados regionales islámicos fronterizos –en particular los no árabes: la sunita Turquía y la chiíta Irán– y con la sola excepción del apoyo envenenado de Israel, Erbil (con 5 millones de habitantes), capital del Kurdistán iraquí, se aisló de la realidad geoeconómica/geopolítica. Quizá el peor error de Barzani fue su obsceno meretricio con el Estado sionista, Israel, expoliador de tierras, derechos, vidas y sueños palestinos.

La gran mayoría de los analistas se equivocó al sobrestimar la valentíade los peshmergas y al subestimar al ejército central iraquí, después de su previa derrota humillante ante los yihadistas en Mosul: ciudad plural del norte de Irak, con mayoría árabe e importante presencia de asirios cristianos que hablan el arameo (el idioma de Cristo) y de caldeos católicos.

Con la ignominiosa derrota de los peshmergas, Kirkuk es hoy compartida por tres diferentes grupos étnicos y religiosos: los árabes semitas, los turcomenos (de origen turco-mongol y que aquí en su mayoría son chiítas) y los cristianos asirios/arameos/caldeos semitas. El triunfo de los turcomenos chiítas, casi la mitad de la población de Kirkuk, resume la nueva alianza entre la Turquía sunita y el Irán chiíta contra la balcanización de los pueblos kurdos inducida por Israel.

Israel y Trump sufren dos derrotas humillantes con la pérdida de la plaza petrolera de Kirkuk, destinada esquemáticamente a los kurdos.

Debka Weekly (número 774), portal desinformativo del Mossad, se desvive explicando teorías conspirativasentre los mismos kurdos y la traición del grupo Talabani, tradicional enemigo de los Barzani (vinculados a la CIA y al Mossad).

La narrativa hilarante de Debka eleva a dimensiones sobrehumanas al legendario general Qassem Soleimani, jefe de la rama de élite expedicionaria Qods, dependiente de los pasdarán jomeinistas. Días antes, Trump había despotricado en forma grotesca contra los pasdarán y el mismo Soleimani, para complacer a su yerno, el israelí-estadunidense Jared Kushner, y a su supremo aliado, el premier Benjamin Netanyahu. Trump obtuvo días más tarde su respuesta en Kirkuk, con la entrada triunfal de su vilipendiado general Soleimani.

Los británicos entienden mejor la geopolítica que sus maniqueos/lineales alumnos de Estados Unidos. David Gardner colige perfectamente la hipercomplejidad no-lineal de las arenas movedizas del Medio Oriente y sostiene que la captura de Kirkuk y la derrota de Barzani, aliado de Israel, debe ser vista como parte de la competencia geopolítica entre Irán y Estados Unidos(https://goo.gl/MpvJCA).

Otro británico muy sagaz, Patrick Cockburn, apunta que los kurdos perdieron 40 por ciento del territorio que controlaron previamente, mientras la geografía política del norte de Irak será transformada, en detrimento de los kurdos. Sin campos petroleros bajo su control –reservas de 45 mil millones de barriles de petróleo y 150 millones de millones (trillones anglosajones) de metros cúbicos de gas, con una exportación de 600 mil barriles diarios (https://goo.gl/3hni88)–, los kurdos pierden su independencia económica.

El premier iraquí Haider al Abadi –chiíta árabe semita– consigue su segundo triunfo fenomenal este año: la captura de Mosul contra los yihadistas sunitas y la derrota de los peshmergas sunitas kurdos. Curioso: los dos grupos derrotados por el chiíta premier iraquí son sunitas, mientras se expande el proyectado Creciente Fértil chiíta del C4+1 (Irán, Irak, Siria, Hezbolá+Rusia; https://goo.gl/ZKN3CX).

Para el analista británico filorruso Alexander Mercouris, el plan C de Trump se frustró en Irak: “Estados Unidos fracasó en conseguir el cambio de régimen en Siria (plan A) y falló en catalizar la balcanizacion de Siria sobre líneas sectarias (plan B; https://goo.gl/M7EhyS), y ahora buscaba usar a los kurdos para desestabilizar tanto a Irak como a Siria” (https://goo.gl/ce4Wq8) con el fin de frenar la influencia creciente de Irán y de alienar a Turquía. Le salió el tiro por la culata a Trump, ya que lo único que consiguió es alinear a Irán, Turquía, Siria e Irak, mientras aisló a los kurdos.

Mercouris comenta que en los recientes dos años se ha demostrado que “los rusos son los maestros (sic) de la estrategia militar y tecnología en el Medio Oriente, y que los iraníes son los maestros (sic) indiscutibles de operaciones encubiertas, con su excepcional conocimiento de la región, mediante sus diversas agencias de espionaje y seguridad”.

En forma interesante, Mercouris aduce que la debacle del plan C exhibe el rápido declive del poder estadunidense en el Medio-Oriente: Trump –quien, a instigación de su aliado supremo Netanyahu, descertificó en forma unilateral e insensata el acuerdo nuclear del P5+1 con Irán (https://goo.gl/LCV7u6)– se está aislando, mientras Irán, el supuesto marginado, sancionado y vituperado, exhibe excelentes relaciones con Turquía, Siria, Irak y Pakistán, así como los países centroasiáticos. Le faltó agregar a Líbano.

El Pentágono mantiene 10 mil soldados en Irak y es aliado de Bagdad en el combate contra los yihadistas, quienes ahora se encuentran en franca retirada en Siria e Irak. ¿Para resucitar en el sudeste asiático?

¿Se inclinaron tanto el Pentágono como Rex Tillerson, secretario de Estado y ex mandamás de ExxonMobil, por los más pletóricos y lucrativos yacimientos petroleros del sur chiíta iraquí, en detrimento del menor yacimiento de Kirkuk, el cual hubiera sido otorgado a los kurdos sunitas no árabes por los intereses de Israel para su abasto? ¿Tuvo miedo Trump a un alza descomunal del petróleo, que hubiera beneficiado a Rusia, por lo que prefirió laisser-fairea Irán?

Editorial: El siglo de la Revolución Rusa

Para quienes militamos bajo las banderas de la revolución socialista, la celebración de un aniversario tan significativo, el centenario de la Revolución Rusa, resulta de una enorme trascendencia.

Quienes integramos el equipo editorial de esta revista, provenimos de distintas corrientes de origen marxista y revolucionario, y para todos nosotros –desde diversas perspectivas- la Revolución Rusa ha significado y significa el basamento material y teórico de nuestro accionar militante.

Se puede afirmar que la burguesía no ha logrado silenciar la fecha y, en nuestro país, hasta el mismísimo Centro de Estudios Públicos –órgano capitular de la oligarquía chilena- organizó un ciclo de charlas que bajo el nombre de la Revolución Rusa en América Latina y Chile, con la finalidad de poner de relieve la derrota, la imposibilidad e inclusive los supuestos crímenes de tal Revolución.

A su turno, a lo largo de todo el país y con distintos énfasis y magnitudes, las actividades conmemorativas de la gesta del octubre soviético se han venido desarrollando, demostrando con ello que no se trata de un acto de nostalgia o de rescate arqueológico, sino que expresiones concretas y vigentes de lucha política. Resulta, en consecuencia, autoevidente que la Revolución Rusa sigue siendo un hito nodal, estructural, en el desarrollo del discurso político de nuestros días.

Frente a los que, basados en el hecho cierto de que la clase obrera ha sufrido importantes retrocesos políticos en los últimos años, sostienen que «se ha demostrado» su incapacidad revolucionaria, sostenemos que nunca una clase explotada ha logrado tanto en tan poco tiempo.

En poco más de ciento cincuenta años de existencia el movimiento obrero ha generado una teoría social superior a la de la clase dominante. Ha creado organizaciones propias, como sindicatos, cooperativas y asociaciones culturales y deportivas.

Organizó partidos propios, sustentados en la teoría crítica y científica, que han desarrollado estrategias y tácticas de acción política altamente elaboradas.

Obligó a la clase dominante a conceder mejoras como nunca una clase explotada logró arrancar a los explotadores (Estado de bienestar en la posguerra).

Generó organizaciones radicalmente democráticas, como los concejos de obreros y campesinos. Creó ejércitos, desarrollando una estrategia militar propia.

Tomó el poder e inició la construcción de sociedades que por primera vez fueron concebidas como proyectos conscientes de un reordenamiento social sin clases.

Es necesario no perder esta perspectiva histórica, y fomentar la educación a las nuevas generaciones en las tradiciones revolucionarias, porque en ellas se alimentará la futura recomposición política de las fuerzas del trabajo y del socialismo. La perspectiva de la revolución proletaria es, en este contexto, no sólo necesaria, sino que su viabilidad constituye hoy en día la única posibilidad de salvar a la humanidad de las garras de la barbarie.

Habitualmente dedicamos la Editorial de nuestra revista al análisis de la coyuntura, que hoy día con la contienda electoral, el movimiento No +AFP y la absolución de los 11 comuneros mapuche en el llamado “caso Luchsinger”, entrega múltiples facetas, pero hoy queremos –intencionadamente- detenernos a homenajear a la primera revolución obrera triunfante de la historia.

Desde las páginas de El Porteño, cuando también cumplimos un año de funcionamiento, acompañando la lucha de los trabajadores en Chile y el mundo entero, rendimos sentido homenaje –repetimos- a esta primera revolución obrera triunfante de la historia y a su vanguardia bolchevique. El programa proletario, de la revolución socialista, que es el gobierno de los órganos de poder de los explotados, resplandece en su vigencia frente a la colosal descomposición del orden burgués. Levantamos el puño izquierdo, orgullosos de engrosar las filas proletarias de esta gloriosa marcha llamada Revolución.

 

EP

 

Marx, ¿un economista del siglo XIX?

por Michel Husson//

Acaba de publicarse la traducción francesa de la biografía de Jonathan Sperber,1/ titulada Karl Marx, homme du XIXe siècle. Es la ocasión, 150 años después de la publicación del Libro I de El Capital, de preguntarnos si hay que considerar a Marx un economista del siglo XIX.2/

La biografía de Sperber está consagrada esencialmente a la vida privada de Marx y a su relación con las corrientes de pensamiento de su época. La tesis central –Marx es una “figura del pasado” (a backward-looking figure)– tiene al menos la ventaja de librar a Marx de toda responsabilidad sobre la práctica ulterior del “marxismo-leninismo” con salsa estalinista. Pero en sentido inverso, remite a Marx a la historia de las ideas, carente en el fondo de todo interés de cara a la interpretación del mundo contemporáneo, por no hablar ya de los proyectos encaminados a transformarlo. Esta tesis, evidentemente, es discutible y al respecto nos remitimos a las reseñas críticas sobre el conjunto de la obra, para examinar aquí el capítulo que habla de Marx como economista.3/ Este aspecto de la obra de Marx solo ocupa, por cierto, un espacio singularmente reducido: una cuarentena de páginas de un total de 500.

Sobre el método

Sperber propone una lectura “heguelianizada” de Marx. Por ejemplo, escribe que “Marx solamente fue capaz de mostrar cómo la apariencia del sistema depende de las lógicas asociadas a sus funcionamientos internos recurriendo al trabajo hegueliano de desarrollo conceptual”. Lenin afirmó que “no se puede comprender plenamente El Capital de Marx, y en particular su capítulo I, sin haber estudiado mucho y sin haber comprendido toda la Lógica de Hegel”.4/

No obstante, sin entrar en un debate que va más allá de las competencias de un economista, no hay que olvidar que Marx no fue únicamente discípulo de Hegel y que criticó el idealismo de este. Sperber cita su célebre fórmula, según la cual, en Hegel, la dialéctica “se halla cabeza bajo; basta colocarla sobre los pies para descubrir en ella la fisionomía plenamente razonable”.5/ Sin embargo, si se recuerda que la redacción del Libro I es posterior al grueso de los manuscritos que darán lugar a la publicación por Engels de los Libros II y III, se constata que Marx partió de los aspectos más concretos del funcionamiento del capitalismo antes de derivar de ello los conceptos más abstractos. El orden de la exposición que siguió es entonces inverso al orden de la investigación, como él mismo explica con toda claridad:

El procedimiento de exposición debe distinguirse formalmente del procedimiento de investigación. Con la investigación de trata de apropiarse de la materia en todos sus detalles, de analizar sus diveras formas de desarrollo y de descubrir su vínculo íntimo. Una vez realizada esta tarea, y solamente entonces, se puede exponer el movimiento real en su conjunto. Si se consigue, de manera que la vida de la materia se refleje en su reproducción ideal, este milagro puede hacer creer que se trata de una construcción a priori.6/

Esto es asimismo lo que expresa la primera frae de El Capital:

La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un “enorme cúmulo de mercancías”, y la mercancía individual como la forma elemental de esa riqueza. Nuestra investigación, por consiguiente, se inicia con el análisis de la mercancía.

El caso es que Sperber no es fiel a su lectura “hegueliana” en un punto importante. Hace de la dicotomía entre valor de cambio y valor de uso una de las cinco “distinciones conceptuales” que según él estructuran la teoría económica de Marx. Sin embargo, esta “distinción conceptual” no debe entenderse, evidentemente, como una pura oposición binaria. Ahora bien, en esta cuestión fundamental, Sperber comete un error –ya clásico, por cierto– consistente en sostener que Marx no concede ningún papel a la “utilidad” (el valor de uso) en la formación de los precios de las mercancías. Esta es incluso, según Sperber, una de las razones por las que los marginalistas pudieron imponerse sobre la tradición clásica (de la que formaría parte Marx): su enfoque “combinaba el valor de uso y el valor de cambio, que Marx había separado con tanto esmero”. Así, la “distinción conceptual” se convierte en una “sepración” poco dialéctica y que no se corresponde en nada con el planteamiento de Marx.

Una pequeña frase habría bastado para suscitar de entrada la duda sobre la comprensión de Marx por parte de su biógrafo: “el Libro I de El Capital estaba consagrado a la distribución”, escribe. Esta es una sandez reveladora: el Libro I está consagrado principalmente a la teoría del valor y no trata del reparto, sino del análisis del “laboratorio de la producción”, por retomar la expresión del propio Marx.

Sobre la caída tendencial de la tasa de beneficio

Sperber no arroja ninguna luz realmente nueva sobre esta cuestión ampliamente debatida. Recuerda que la ley de la caída tendencial de la tasa de beneficio era para Marx “la ley más importante de la economía”, pero que esta proclamación, efectuada en los Grundrisse, vino sin duda un poco pronto. En efecto, Marx volvió “constantemente sobre este problema y escribió ecuaciones por última vez en 1882, un año antes de su muerte, proponiendo numerosas explicaciones y soluciones, de las que ninguna le parecía del todo satisfactoria”. A este respecto se hace referencia a los trabajos de Michael Heinrich, quien propone una demostración análoga, basada en particular en una nota manuscrita de Marx que apunta en sentido contrario al de la famosa ley.7/

Los argumentos de Sperber sobre esta cuestión son, en efecto, bastante deshilvanados. Por ejemplo, según él, Marx planteó que los aumentos de productividad podían “incrementar la tasa de plusvalía, la tasa de beneficio y el salarios de los obreros al mismo tiempo”, pero “semejante desarrollo, añadía Marx, solo sería posible en una economía comunista, nunca en una economía capitalista”. Me pregunto dónde habrá ido Sperber a buscar este argumento descabellado. Mejor que hubiera meditado sobre una de esas “causas que contrarrestan la ley” y que basta para poner en tela de juicio su existencia como ley:

La misma evolución que hace que aumente la masa del capital constante en comparación con el capital variable hace que disminuya el valor de sus elementos debido al aumento de la productividad del trabajo e impide así que el valor del capital constante, que sin embargo crece sin cesar, no aumente en la misma propoción que su volumen material. En algún que otro caso, la masa de los elementos del capital constante puede incluso aumentar, mientras que el valor permanece igual o incluso disminuye.8/

Sperber menciona asimismo la idea de que “los capitalistas son reacios a introducir una maquinaria más productiva y formas más eficaces de producción porque esto haría que sus equipos existentes se volviern obsoletos y se redujera la tasa de beneficio”. Existe efectivamente un pasaje en el que Marx plantea esta conjetura:

Ningún capitalista empleará de buen grado un nuevo modo de producción, independientemente de la proporción en que aumente la productividad o la tasa de plusvalía, si con ello se reduce la tasa de beneficio.

Esta idea se teorizará más tarde con el nombre de “teorema de Okishio”.9/ Sin embargo, esta hipótesis es contradictoria con el conjunto del análisis de Marx de la competencia, que, una página más adelante, concluye así su comentario: “En una palabra, este fenómeno es un efecto de la competencia; ellos también tienen que adoptar el nuevo modo de producción”.10/

Sobre la transformación de los valores en precio

Sperber tampoco aporta nada nuevo en este terreno y se contenta con repetir la doxa dominante: “Como han señalado los discípulos de Sraffa, la solución que da Marx al problema de la transformación es formalmente inexacta”. No obstante, tiene razón cuando menciona que la perecuación de la tasa de beneficio no se produce mediante transferencia “de los sectores más mecanizados a los menos mecanizados”, cosa que ya nadie sostiene (o no debería sostener).

Podría haber indicado que esta línea de crítica se remonta de hecho a Eugen Böhm-Bawerk, a quien cita en relación con otras cuestiones. Aunque señalemos de paso que esta es una referencia sorprendente, pues Böhm-Bawerk, el mismo que reprochaba a Marx sus errores de cálculo, cometió a su vez uno, y bastante gordo, en su cálculo de la “duración media del periodo de producción”. Esto es lo que subrayó Paul Samuelson en un artículo en que hizo balance del debate sobre la teoría del capital (y en el que capituló ante sus adversarios): Böhm-Bawerk confunde interés simple e interés compuesto y por tanto su medición “ya no merece que nos refiramos a ella”.11/

No es extraño que Sperber no mencione el enfoque TSSI (Temporal Single-System Interpretation), que elimina los supuestos errores de Marx. La clave de esta “solución” la resume así Ernest Mandel:

Los insumos de un ciclo de producción son datos disponibles al comienzo de este ciclo que no tienen efecto alguno en la igualación de las tasas de beneficio en los distintos sectores de producción durante este ciclo. Basta suponer que ya han sido calculados en precios de producción y no en valores, y que estos precios de producción resultan de la igualación de las tasas de beneficio en el transcurso del ciclo de producción precedente, para que desaparezca toda incoherencia.12/

Por lo demás, Mandel se limita a seguir esta indicación de Marx:

El coste de producción de la mercancía está determinado; representa un dato independiente de la producción del capitalista, mientras que el resultado de su producción es una mercancía que contiene la plusvalía, que es un excedente de valor con respecto a su coste de producción.13/

Sobre la renta

El libro contiene una exposición bastante amplia dedicada, con razón, a la teoría de la renta. No carece de interés, pero se contradice con la tesis general de Sperber, ya que este –además de no discernir correctamente el vínculo con la teoría del valor– no ve que esta teoría puede extenderse a otros terrenos distintos de la renta de la tierra. “¡Todos rentistas!”, proclama por ejemplo Philipe Askenazy en un libro reciente.14/ El análisis de la renta inmobiliaria o petrolera es perfectamente posible empleando el marco teórico de Marx y de los clásicos. Lo mismo podemos decir del debate que acaba de iniciarse en EE UU sobre los superbeneficios de las grandes empresas a partir de un estudio de su “poder de mercado”.15/ Todas estas cuestiones deben abordarse a partir del principio metodológico de Marx, que establece que la renta es una captación de la plusvalía producida en los demás sectores. Es esta una aportación fundamental que permite, por ejemplo, evitar el error consistente en pensar que existen fuentes de creación de valor distintas del trabajo (por ejemplo, las “finanzas”).

La lectura de Sperber, que declara a Marx un hombre del siglo XIX, es, en el fondo, coherente con su representación de que la supremacía de la economía marginalista (o neoclásica) es el fruto de un progreso lineal de la ciencia económica. Ahora se trata de criticar esta lectura mostrando cómo las problemáticas marxistas tienen prolongaciones –y no únicamente entre los marxistas– a lo largo de los 150 años que nos separan de la aparición de El Capital.

Marx, ¿un economista del siglo XIX?

La clave del análisis de Sperber es coherente con su tesis más general. Podemos resumirla así: Marx es el último de los economistas clásicos (en el linaje de Smith y Ricardo), pero, por desgracia para él, en el momento en que Engels publica los Libros II y III de El Capital, la economía está a punto de bifurcarse y de romper con esta línea de pensamiento. Dejemos de lado la cuestión de saber si Marx se sitúa en la prolongación/superación de Ricardo o en ruptura total con él para captar esta clave de la lectura de Sperber, quien al menos podría haberse preguntado por qué el subtítulo de El Capital es “Crítica de la economía política”. De ortodoxo (sic), Marx habría pasado así bruscamente a devenir obsoleto:

Cuando sus ideas se difundieron finalmente entre un público más amplio (…), todo esto había cambiado. Lo que antaño había sido la ortodoxia económica se había convertido, para la corriente dominante, en obsoleta y no científica o, si se prefiere, en disidente y no ortodoxa.

De ahí la conclusión radical de Sperber:

Encontramos en la obra de Marx pocas cosas que interesen a las tendencias de la economía o de la teoría económica de finales del siglo XIX y del siglo XX.

Esta visión es de un simplismo desconcertante. Olvida que la teoría marginalista no se tornó dominante en virtud de su superioridad intrínseca, sino porque ofrecía una alternativa a las implicaciones subversivas de la teoría de Marx. Es preciso reproducir de nuevo lo que escribió en 1899 John Bates Clark, uno de los fundadores de la teoría neoclásica del reparto:

Los trabajadores, nos dicen, se ven desposeídos permanentemente de lo que producen (…). Si esta acusación estuviera fundada, toda persona dotada de razón debería hacerse socialista, y su voluntad de transformar el sistema económico no haría más que medir y expresar su sentido de la justicia.

Para responder a esta acusación –que hace referencia claramente a la teoría marxista de la explotación– hace falta, explica Clark, “descomponer el producto de la actividad económica en sus elementos constitutivos, con el fin de ver si el juego natural de la competencia lleva a no a atribuir a cada productor la parte exacta de las riquezas que contribuye a crear”.16/

Piero Sraffa dedujo una constatación amarga de lo que llamó la “degeneración” de la teoría del valor:

Con el ataque frontal de Marx, la aparición de la Internacional y la Comuna de París, hacía falta una línea de defensa mucho más resuelta (…), había que pasar a la utilidad, de ahí el éxito de los Jevons, Menger y Walras. La economía clásica tomada en su conjunto resultaba demasiado peligrosa: había que dar al traste con ella como tal. La casa estaba en llamas y amenazaba con incendiar toda la estructura y los cimientos de la sociedad capitalista: la economía clásica fue inmediatamente suplantada.17/

Marx, fundador de la macroeconomía moderna

En el Libro II de El Capital, Marx expone los esquemas de la reproducción que distinguen dos grandes secciones: la sección I, que produce los bienes de equipo, y la sección II, que produce los bienes de consumo. Describe las condiciones de reproducción, o dicho de otro modo, las relaciones que han de existir entre la producción de las empresas y sus mercados. Estas relaciones se expresan en valor, pero Marx insiste también en el hecho de que la estructura de esta oferta debe corresponder a la de la demanda social en términos de valor de uso. Es este un punto importante que permite no ver en Marx tan solo al teórico exclusivo del valor-trabajo que habría despreciado así las “preferencias de los consumidores”, por retomar la terminología moderna.

El enfoque de Marx se inspira a todas luces en el famoso Cuadro de Quesnay18/ (otra “figura del pasado”), que era según él un “planteamiento tan simple como genial para su época”.19/ El sistema de los fisiócratas representaba a ojos de Marx “la primera concepción sistemática de la producción capitalista”, por mucho que los “límites de su horizonte” llevaran a Quesnay a postular que “la agricultura constituye la única esfera de inversión en que el trabajo humano produce plusvalía”.20/ En una carta del 6 de julio de 1863, Marx muestra a Engels un esquema en que se ve cómo “traduce” el cuadro de Quesnay a su propio sistema conceptual.

Por tanto, incluso si no partió de cero (podríamos citar también a Sismondi entre sus fuentes de inspiración), se puede sostener que Marx es el fundador de la macroeconomía moderna. Así lo reconoció la keynesiana de izquierda Joan Robinson, que por lo demás era muy crítica con Marx21/: “partir de Marx le habría ahorrado [a Keynes] muchos problemas” (a lot of trouble). Habla de otro economista keynesiano, Richard Kahn, quien en un seminario en 1931 trató de “explicar el problema del ahorro y de la inversión imaginando una red que parte de los sectores que producen bienes de equipo y después estudiando sus relaciones con los sectores de bienes de consumo”. Con ello, sin embargo, añadió Robinson, no hacía más que “redescubrir los esquemas de Marx”.22/ Incluso Paul Samuelson, blanco favorito de las invectivas de Robinson y a su vez un crítico sumamente cáustico de Marx, admitió que “sin duda todos habríamos salido ganando si hubiéramos estudiado antes los cuadros de Marx”.23/

Pero el mejor homenaje es el que pronunció Wassily Leontief en 1937, durante un coloquio organizado por la American Economic Association sobre “el significado de la economía marxista”. Leontief es el fundador del análisis input-output, que describe las relaciones entre las distintas ramas de la economía, lo que los contables nacionales denominan hoy los consumos intermedios. Leontief fue a su vez alumno de Ladislaus von Bortkiewicz, cuya crítica de Marx sobre la cuestión de la transformación está en el origen de toda la literatura neoricardiana. Para Leontief,

Quien trate de comprender realmente la realidad de los beneficios y salarios en las empresas capitalistas puede encontrar en los tres volúmenes de El Capital informaciones de primera mano, más realistas y pertinentes que en diez volúmenes de la inspección de mercancías de EE UU, en una docena de manuales sobre las instituciones económicas contemporáneas e incluso, me atrevo a decir, en las obras completas de Thorstein Veblen.24/

Leontief subraya en particular que Marx “desarrolló el esquema fundamental que describe las relaciones entre los sectores de los bienes de consumo y de los bienes de equipo. Por mucho que no cierre el tema, el esquema marxista sigue siendo una de las raras propuestas en torno a las cuales existe un amplio consenso entre los teóricos del ciclo económico”, y añade que “el análisis contemporáneo del ciclo económico es claramente tributario de la economía marxiana. Sin suscitar la cuestión de la prioridad, no sería exagerado decir que los tres volúmenes de El Capital contribuyeron más que cualquiera otra obra a situar esta cuestión en el centro del debate económico”. Compárese este elogio con el juicio incongruente de Sperber, según quien “al Libro I de El Capital le falta una teoría explícita de los ciclos económicos y de las crisis comerciales. Y si bien el tema se desarrolla más en el Libro III, publicado a título póstumo, su contenido difiere sustancialmente de las afirmaciones del Libro I”.

Claro que Marx no utilizó el cálculo matricial, pero para András Bródy, otro experto de referencia para el análisis input-output, “lo esencial ya estaba ahí”. Bródy da como ejemplo un esquema estraído de los Grundrisse,25/ que según él resulta tanto más interesante cuanto que Marx parte de coeficientes técnicos para construirlo: “este podría ser muy bien el primer cuadro de entrada-salida (ficticio) en ciencia económica”.26/ En la misma onda, el marxista polaco Oskar Lange demostró la estrecha correspondencia que existe entre la matriz input-output de Leontief y los esquemas de Marx.27/

Tampoco está de más afirmar que los esquemas de la reproducción inspiraron el modelo de equilibrio general de John von Neumann28/ (que produce un esquema de crecimiento equilibrado). Para Nicholas Kaldor29/, este modelo es “en realidad una variante del enfoque clásico de Ricardo y Marx”. Como ya hemos señalado, los esquemas de reproducción de Marx le sirvieron para establecer las condiciones de esta reproducción, pero toda su lógica llevaba acto seguido a mostrar que las mismas no podían verificarse más que de modo excepcional debido a la competencia entre capitales y la presión constante sobre los salarios; de ahí la posibilidad de las crisis. Sin embargo, ciertos autores que se reclaman del marxismo, en particular Michel Tougan-Baranowski, realizaron un análisis “armonicista” de los esquemas de reproducción y abrieron un debate que de hecho no se ha agotado.30/

También podríamos citar a Martin Bronfenbrenner, para quien posiblemente Marx no sea el más grande de los economistas, pero sí, sin duda, “el más grande teórico de ciencias sociales (social scientist) de todos los tiempos”.31/ Acuñó esta bonita fórmula (que podría atribuirse a Piketty): “El Capital sigue siendo el libro más influyente aunque nadie lo lea”. Bronfenbrenner enumera las aportaciones “modernas” de El Capital, que “los economistas universitarios olvidaron casi totalmente hasta la década de 1930”. Menciona en particular “la articulación armoniosa y natural entre estática y dinámica”, deplorando al mismo tiempo que “el análisis estático se hubiera impuesto en la década de 1870 y que todavía no hayamos vuelto al nivel de Marx”.

El desempleo

La victoria de los marginalistas, que según Sperber convirtió a los clásicos en cosa del pasado, tuvo por efecto colateral la desaparición casi completa de toda teoría del desempleo. Tuvo que producirse la crisis de la década de 1930 para que la cuestión fuera abordada de nuevo por Keynes. No obstante, fue después de la segunda guerra mundial cuando reapareció la problemática de Marx en la forma extraviada de la “curva de Phillips”.32/ La idea es que existe una relación inversa entre la tasa de paro y la progresión de los salarios. Los economistas dominantes dedujeron de ello la noción de la tasa de paro “natural” que no debe rebasarse a la baja si se desea evitar un “patinazo salarial” descontrolado. La Comisión Europea calcula actualmente la NAWRU (non-accelerating wage rate of unemployment), o sea, la “tasa de paro que no acelera los salarios”. Pero también se podría hablar (como es demostrable) de una “tasa de paro que no hace descender los beneficios”.

A los economistas del sistema les habrá bastado invertir la teoría del “ejército industrial de reserva”, que Marx formuló de este modo:

Las variaciones de la tasa salarial general no responden por tanto a las de la cifra absoluta de la población; la proporción diferente según la cual la clase obrera se descompone en ejército activo y ejército de reserva, el aumento o la disminución de la sobrepoblación relativa, el grado en el que esta se halla ora “ocupada”, ora “desocupada”, en una palabra, sus movimientos de expansión y contracción alternativos corresponden a su vez a las vicisitudes del ciclo industrial, que es el que determina exclusivamente estas variaciones. (…) De este modo, la sobreproblación relativa, una vez convertida en el pivote sobre el que gira la ley de la oferta y la demanda de trabajo, solo le permite funcionar dentro de unos límites que dejan suficiente campo libre para la actividad de explotación y el espíritu dominador del capital.33/

El carácter cíclico de la economía política

Podríamos hablar de muchos otros aspectos. Por ejemplo, los análisis de Marx del capital portador de interés son de una actualidad asombrosa tras diez años de crisis y resultan muy útiles para rechazar concepciones erróneas según las cuales “las finanzas” son una fuente autónoma de valor y no un instrumento de captación del valor producido en la llamada esfera productiva.34/ Toda la tesis de Sperber se basa, como hemos visto, en el postulado de un progreso lineal de la ciencia económica que convertiría en progresivamente obsoletas las teorías superadas. Para él, interesarse por la economía de Marx no tiene más que un interés histórico, como el que puede tener el estudio de las concepciones precopernicanas o de la estimación de Newton, quien, a partir de una lectura de la Biblia, dató la creación del mundo en 3998 antes de Cristo.

Sperber lleva muy lejos este tipo de lectura, ya que sitúa incluso a Keynes o Minsky (el teórico de la inestabilidad financiera) entre los neoclásicos. Esta enormidad, proferida en el debate arriba mencionado, dice mucho del dogmatismo de este enfoque que se niega a cnsiderar la economía una ciencia social que avanza por ciclos, con un retorno periódico de las teorías antiguas, aunque sea con formas renovadas. Por ejemplo, resulta sumamente chocante señalar que la revolución neoclásica no hizo más que retomar las elaboraciones de autores anteriores a los clásicos de la economía política, como por ejemplo los abades Condillac (1714-1780) y Galiani (1728-1787).35/ Este tipo de constatación es molesto y constituye sin duda una de las razones de la obstinación de los economistas dominantes por expulsar de la universidad toda referencia a la historia del pensamiento económico. Sperber nos habrá brindado al menos la ocasión de hacer una breve incursión en ella y mostrar que las temáticas planteadas por Marx están llamadas a volver periódicamente, y no solo para celebrar el sesquicentenario de El Capital. (Artículo escrito para A l’Encontre)

 

https://alencontre.org/laune/marx-un-economiste-du-xixe-siecle-a-propos-de-la-biographie-de-jonathan-sperber.html

 

Notas

1/ Jonathan Sperber, Karl Marx, homme du XIXe siècle, Piranha, 2017. Traducción (de David Tuaillon) de: Karl Marx. A Nineteenth-Century Life, Liveright, 2013.

2/ El autor de esta reseña debatió con Sperber con motivo de la presentación de su obra en la Facultad de Ciencias Políticas de París, el 10 de octubre de 2017.

3/ Capítulo XI. L’économiste.

4/ Lenin, Cuadernos filosóficos, 1914-1915.

5/ Karl Marx, Posfacio de la segunda edición alemana, 1875. “Mi método dialéctico no solo difiere básicamente del método hegueliano, sino que incluso constituye exactamente su contrario. Para Hegel, el movimiento del pensamiento, que él personifica con el nombre de idea, es el demiurgo de la realidad, que no es más que la forma fenomenal de la idea. Para mí, en cambio, el movimiento del pensamiento no es más que el reflejo del movimiento real, transportado y transpuesto en el cerebro humano. Critiqué la vertiente mística de la dialéctica hegueliana hace casi treinta años, en una época en que todavía estaba de moda… Pero a pesar de que, debido a su error, Hegel desfigura la dialéctica a través del misticimo, ello no quita que él fue el primero en exponer el movimiento del conjunto. En él se halla cabeza abajo; basta colocarla sobre los pies para descubrir su fisionomía plenamente razonable. En su versión mística, la dialéctica se puso de moda en Alemania porque parecía glorificar las cosas existentes. En su aspecto racional, es un escándalo y una abominación para las clases dirigentes y sus ideólogos doctrinarios, porque en la concepción positiva de las cosas existentes incluye, al mismo tiempo, la inteligencia de su negación fatal, de su destrucción necesaria; porque al captar el movimiento mismo, del que toda forma realizada no es más que una configuración transitoria, nada podría imponérsele; porque es esencialmente crítica y revolucionaria.”

6/ Karl Marx, Posfacio de la segunda edición alemana, 1875.

7/ Michael Heinrich, “Crisis Theory, the Law of the Tendency of the Profit Rate to Fall, and Marx’s Studies in the 1870s”, Monthly Review, tomo 64, n.º 11, abril de 2013. La nota de Engels dice: “En el ejemplar manuscrito de Marx figura aquí, en el margen, la siguiente observación: ‘Anotar esto para más tarde: Si la ampliación [un aumento de la composición del capital] solo es cuantitativo, los beneficios, para un capital más o menos grande en el mismo sector industrial, seguirán las magnitudes respectivas de los capitales adelantados. Si la ampliación cuantitativa tiene un efecto cualitativo, la tasa de beneficio aumenta al mismo tiempo para el capital más grande.’” Heinrich también hace referencia a un manuscrito de 1875 titulado Tratamiento matemático de la tasa de plusvalía y de la tasa de beneficio (MEGA II/14), que no hemos conseguido consultar.

8/ Karl Marx, El Capital, Libro III.

9/ Nuobo Okishio, Technical Change and the Rate of Profit, Kobe University Economic Review, 7, 1961. Véanse también dos artículos de Shalom Groll y Ze’ev B. Orzech, interesantes desde un punto de vista metodológico, pero cuyas conclusiones no compartimos: “Technical progress and values in Marx’s theory of the decline in the rate of profit: an exegetical approach”, History of Political Economy 19:4, 1987; “From Marx to the Okishio Theorem: a genealogy”, History of Political Economy 21:2, 1989.

10/ Karl Marx, El Capital, Libro III.

11/ “It has no longer a presumptive claim on our attention”. Paul A. Samuelson, “A Summing Up”, The Quarterly Journal of Economics, vol. 80, n.º 4, 1966.

12/ Ernest Mandel, The Transformation Problem, extracto de su introducción a la edición inglesa del Libro III de El Capital, Penguin, 1981.

13/ Karl Marx, El Capital, Libro III.

14/ Philippe Askenazy, Tous rentiers! Pour une autre répartition des richesses, Odile Jacob, 2016.

15/ Jan De Loecker y Jan Eeckhoutz, The Rise of Market Power and the Macroeconomic Implications, 24/08/2017.

16/ John Bates Clark, The Distribution of Wealth. A Theory of Wages, Interest and Profit, 1899, p. 7.

17/ Cf. Michel Husson, La dégénérescence de la théorie de la valeur selon Sraffa, note hussonet n° 108, 13/10/2017.

18/ François Quesnay, “Analyse de la formule arithmétique du Tableau Economique”, Journal de l’agriculture, du commerce & des finances, junio de 1766.

19/ Karl Marx, en el capítulo “Sobre la historia crítica” del Anti-Dühring de Engels que escribió en su mayor parte.

20/ Karl Marx, El Capital, Libro III.

21/ Joan Robinson, An Essay on Marxian Economics, 1942. Véase también su Lettre ouverte d’une keynésienne à un marxiste, 1953.

22/ Joan Robinson, “Kalecki and Keynes”, en Essays in Honour of Michał Kalecki, 1964. Reproducido en Contributions to Modern Economics, 1978.

23/ Paul A. Samuelson, “Marxian Economics as Economics”, The American Economic Review, vol. 57, n.º 2, mayo de 1967.

24/ Wassily Leontief, “The Significance of Marxian Economics for Present-Day Economic Theory”, The American Economic Review, vol. 28, n.º 1, marzo de 1938.

25/ Karl Marx, Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie, Berlín 1953 (p. 353 del pdf).

26/ András Bródy, Proportions, Prices and Planning, Budapest, 1970. Bródy precisa que no ha hecho más que “modernizar la formalización” de Marx recurriendo a la álgebra matricial desarrollada y aplicada a la economía posterior a la época de Marx.

27/ Oskar Lange, “Some Observations on Input-Output”, The Indian Journal of Statistics, vol. 17, parte 4, febrero de 1957.

28/ John von Neumann, “A Model of General Economic Equilibrium”, The Review of Economic Studies, vol. 13, n.º 1, 1945.

29/ Nicholas Kaldor, Capital Accumulation and Economic Growth, en Lutz F.A. y Hague D.C. (editores), The Theory of Capital, Macmilllan, 1961.

30/ En los dos polos de este debate podemos situar a Michel Tougan-Baranowski, Les crises industrielles en Angleterre, 1894, y Rosa Luxemburg, L’accumulation du capital, 1913.

31/ Martin Bronfenbrenner, “Marxian Influences in ‘Bourgeois’ Economics”, The American Economic Review, vol. 57, n.º 2, mayo de 1967.

32/ Alban W. Phillips, “The Relation Between Unemployment and the Rate of Change of Money Wage Rates in the United Kingdom, 1861-1957”, Economica, vol. 25, n.º 100, noviembre de 1958.

33/ Karl Marx, El Capital, Libro I, capítulo XXV.

34/ Michel Husson, “Marx et la finance: une approche actuelle”, prefacio a Karl Marx, Le capital financier, Demopolis, 2012.

35/ Étienne Bonnot de Condillac, Le commerce et le gouvernement considérés relativement l’un à l’autre, 1776; Ferdinando Galiani, De la monnaie, 1751.

En los cien años de la Revolución Rusa y en el Chile de hoy

por Ibán de Rementería//

A cien años de la Revolución de Octubre la pregunta que tienen que ser hecha es porque ésta  termina en los gobiernos de Gorbachov, Yeltsin y Putin, todos ellos productos políticos de esa revolución. ¿Cómo esa revolución política que realizó una revolución social terminó como ya sabemos? ¿Cómo el saber de los bolcheviques convertido en poder soviético –poder de consejos de obreros, campesinos y soldados-, transformaron ese país agrario y feudal, en un país estatista e industrial, para convertirlo finalmente en un país capitalista, extractivista e industrial retrasado?. Seguir leyendo En los cien años de la Revolución Rusa y en el Chile de hoy

URSS: ¿Fue un sistema socialista? ¡En absoluto!

por Denis Paillard//

Con el título Rusia/URSS/Rusia el libro de Éditions Page Deuxy Éditions Syllepse reúne ocho textos de Moshe Lewin* (en adelante M.L.). Seis de estos textos, redactados a comienzos de los años 90, fueron publicados en inglés en una recopilación con el mismo título Russia/USSR/Russia (The New Press, 1995)< 1/. En el anexo se puede encontrar un texto de síntesis sobre la represión y los campos de concentración. Como indica el título, no hemos querido centrar esta recopilación en el año 1917 y la Revolución de Octubre, sino tratar de la historia de los setenta años en que existió la URSS, desde el acontecimiento fundador de Octubre 1917 a la implosión del sistema al final de la Perestroika. Para M.L., historiador, el hecho de focalizar todo en Octubre 1917 y la revolución victoriosa dirigida por el partido bolchevique suele ser indicio de un desinterés por los acontecimientos que le siguieron, en beneficio de discusiones sin fin sobre la naturaleza del régimen surgido de Octubre −esta ignorancia o este desinterés por la historia de estos setenta años se suele traducir, tanto en la derecha como también en la izquierda, en el recurso generalizado al término “totalitarismo” para caracterizar al régimen.

¿Qué es la URSS?

Lo que está en juego en los debates sobre la naturaleza del régimen soviético es la cuestión del comunismo: ¿fué (o no) la URSS un país comunista?

Para la burguesía, sus ideólogos y sus historiadores, la respuesta no tiene ambigüedad: URSS = comunismo = estalinismo = Gulag. Esta ecuación pretende descalificar de una vez por todas la idea de una alternativa al capitalismo y, en esta perspectiva, la desaparición de la URSS significaría también de una vez para siempre el «final del comunismo» 2/. Se puede citar en Francia, entre otros muchos, a François Furet, André Glucksmann y a los autores del Libro negro del comunismo. El impacto del Libro negro del comunismo fue considerable. Jean Pierre Garnier, en un artículo de Le Monde Diplomatique(enero 2009), menciona incluso la organización de un debate con S. Courtois en la Federación anarquista (sic).

Esta ecuación URSS = comunismo se encuentra también, con una simple inversión de los signos, entre quienes consideran que el comunismo se realizó en la URSS, aunque por lo general con una reserva importante: sólo en los tiempos de Stalin. Esta tesis, muy defendida en el pasado en el movimiento comunista, sigue teniendo defensores hoy día: se puede citar a Domenico Losurdo y su libro Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra (Éditions Aden, Bruselas, 2011); la obra de dos miembros del PC americano, Roger Keeran y Thomas Kenny El socialismo traicionado, Las causas de la caída de la Unión Soviética (publicado en francés por ediciones Delga); y Ludo Martens [dirigente del PTB belga], autor del libro Otro Stalin, uno de los pocos autores que reivindica y justifica totalmente el exterminio por Stalin de la vieja guardia bolchevique, lo que le lleva a citar como dirigentes bolchevique en 1917 (además de Lenin y, por supuesto, Stalin) a Molotov, Zhdanov y Malenkov (!).

La cuestión de la naturaleza de la URSS se vuelve más compleja cuando se cuestiona la relación entre la URSS y el comunismo, y más en general con el socialismo 3/. Se pueden distinguir tres grandes posiciones. Para los defensores de la teoría del capitalismo de Estado 4/, la opresión de los trabajadores bajo Stalin significa que el régimen no se podía asociar en ningún caso con el socialismo. La segunda posición, reflejada recientemente en el libro de Roger Martelli ¿Qué queda del Octubre ruso? (Éditions du Croquant, 2017) considera, con más o menos reservas, que la URSS tiene relación con el comunismo. Según Martelli, la URSS (incluido el período estalinista) simboliza la forma dominante del «comunismo en el siglo XX«. La tercera posición tiene su origen en la obra de Leon Trotsky La Revolución traicionada 5/. Al caracterizar a la URSS como un Estado obrero burocráticamente degenerado, Trotsky define a la sociedad soviética como una sociedad en transición entre el capitalismo y el socialismo, cuestión que deberá ser resuelta en un sentido (vuelta al capitalismo tras una contrarrevolución burguesa) o en el otro (construcción de una sociedad socialista con la eliminación de la burocracia). El estallido del sistema soviético ha zanjado la cuestión: Rusia es hoy día un país capitalista sin que por ello se pueda hablar de “contrarrevolución”6/.

Se suele recurrir a caracterizaciones en términos de “socialismo existente” o incluso de “socialismo real” [una fórmula aparecida inicialmente en la RDA: “real existierender Sozialismus”] para destacar lo que sería la ambivalencia del sistema (sin definir por ello en qué sentido hablar de socialismo en el caso de la URSS, a no ser como forma de señalar que no era capitalista). Como veremos más en detalle, M.L. tiene una posición muy categórica en esta cuestión de la relación de la URSS con el socialismo: «¿Era un sistema socialista? En absoluto. El socialismo consiste en que los medios de producción son propiedad de la sociedad y no de una burocracia. El socialismo siempre ha sido concebido como una profundización de la democracia política, y no como su rechazo. ¡Seguir hablando de “socialismo soviético” es un verdadero despropósito! Es sorprendente que el debate sobre el fenómeno soviético se haya hecho, y se siga haciendo, en estos términos. Si delante de un hipopótamo alguien insistiera en que se trata de una jirafa, ¿se le concedería una cátedra de zoología?» (El Siglo soviético)7/.

Estas distintas posiciones sobre la naturaleza de la URSS, por contradictorias que sean, tienen en común el hecho de considerar como un todo 8/ los setenta años en que ha existido la URSS, donde sólo opera la cuestión de la naturaleza del sistema político y económico establecido tras la revolución de Octubre, sin tener en cuenta a la sociedad, su evolución en el plano social, nacional y cultural, ni las complejas relaciones que se desarrollan entre esta sociedad y el poder. Esta cuestión conduce a un atolladero cuando se abordan las razones del estallido de la Unión Soviética en base a sus propias contradicciones: el sistema se hundió sin que hubiera ni oposición interna organizada ni agresión procedente del exterior. Para M.L., el hundimiento del Imperio soviético se explica en lo fundamental por el divorcio entre un poder burocrático totalmente esclerotizado y la emergencia desde los años 60 de una sociedad de dominante urbana y educada (sobre este punto, cf. más adelante). El otro factor que interviene de manera central en los debates sobre la naturaleza de la URSS es la gran interferencia entre la cuestión de la URSS como tal y la situación del movimiento obrero a escala internacional: a lo largo de todo el siglo XX, la existencia de la URSS y la referencia a Moscú fueron decisivas y sobredeterminaron los debates y las orientaciones del movimiento obrero en los diferentes países y continentes 9/.

El enfoque desarrollado por M.L. en esta recopilación y en otros textos (comenzando por El Siglo soviético), introduce una doble ruptura respecto a estos debates: por una parte, la historia de la URSS no es lineal, está hecha de continuidades y de discontinuidades, de fases dinámicas y de momentos de crisis, en los que se recrea la cuestión del régimen; por otra parte, para M.L., ya lo hemos dicho, la URSS no era un país socialista.

Continuidades y discontinuidades en la historia de la URSS

M.L. considera que es crucial distinguir diferentes períodos y su encadenamiento para comprender lo que fue ese “continente desaparecido”. Los recordamos brevemente, remitiéndonos para más precisiones a los textos de M.L.

─ La revolución de Octubre fue una auténtica revolución dirigida por un partido revolucionario, el partido bolchevique. A su vez, en cuanto a lo que está en juego en 1917, es importante considerar lo que escribió Trotsky al comienzo de la primera parte de la Historia de la Revolución rusa: «La ley del desarrollo desigual y combinado −en el sentido de una combinación singular de elementos de atraso y de factores totalmente nuevos− se presenta ante nosotros en su forma más acabada y por ello mismo nos da la clave del principal enigma de la revolución rusa. Si la cuestión agraria, heredera de la barbarie de la historia de la antigua Rusia, hubiese sido resuelta por la burguesía, si hubiese sido resuelta entonces, el proletariado ruso no habría llegado en ningún caso al poder en 1917. Para que se creara el Estado soviético, hizo falta la convergencia y la interpenetración de dos factores de naturaleza histórica totalmente diferente: por un lado, la guerra campesina, característica de los comienzos de la era burguesa, por otro un levantamiento proletario, un movimiento que marca el declive de la sociedad burguesa. En esto consiste el año 1917» 10/.

── La Guerra civil (1918-1922) consagró la victoria de los bolchevique, pero las enormes destrucciones ocasionadas por esta guerra y el aislamiento del nuevo Estado en ausencia de revoluciones en el Oeste significaron un cambio de perspectiva en la construcción del nuevo Estado, con el período de la Nueva Política Económica (NEP). Como escribe Pierre Rolle, «La realidad del comunismo de guerra es la guerra» 11/. Ver en esta recopilación el texto La Guerra civil. Dinámica y consecuencias.

── Para M.L., la NEP fue un período relativamente tranquilo de reconstrucción, señalado en diferentes textos de la recopilación; viene marcado por la toma de control del partido y del aparato de Estado por Stalin, con la derrota de las diferentes oposiciones, la Oposición de izquierda y la llamada Oposición de derecha de Bujarin.

── El período estalinista va de finales de los años 1920 a la muerte de Stalin en 1953. M.L. insiste en la necesidad de no convertir al término estalinismo en un término genérico para designar a la URSS, sino en reservar el término para designar el período en que Stalin está en el poder. Además, recalca que es necesario distinguir entre el estalinismo dinámico de los años 30 (colectivización, industrialización a marchas forzadas, terror y grandes procesos) y un estalinismo en crisis en los años de postguerra −sobre este segundo período, nos remitimos al capítulo 12 titulado Final de partida, en la segunda parte de El Siglo soviético. En cuanto al período de guerra, significó el ascenso potencial de la burocracia de Estado, muy vejada y reprimida por Stalin en los años 30: es la que aseguraba el funcionamiento del país. En cuanto a Stalin, aunque generalísimo, nunca corrió el riesgo de ir al frente 12/.

── Los años 1950-1960 hasta la eliminación de Jruschov en 1964 estuvieron marcados por el XX Congreso del PCUS, con la denuncia (parcial) del período estalinista, un período de reformas y de liberalización relativa del régimen. En su libro Political Undercurrents in Soviet Economic Debates (Pluto Press, 1974), M.L. se refiere a los debates sobre los problemas económicos (se reflejan en distintos textos de la recopilación), pero también al nuevo rostro de la sociedad soviética, de mayoría urbana y educada, y a su relación con un poder cada vez más desconectado de la realidad: «Para un observador atento, no es difícil distinguir toda una gama de opiniones diferentes, políticas, religiosas, nacionalistas, autoritarias, democráticas, liberales y fascistas, por no hablar de diferentes corrientes éticas y filosóficas. La ideología oficial es desde luego compartida por algunos, aunque en general sólo ofrece estereotipos utilizados de manera puramente formal en ocasiones solemnes, en su mayor parte sin relación alguna con la realidad. Se puede formular la hipótesis de que, bajo las apariencias de una proclamada homogeneidad política, existe en la sociedad rusa una realidad política subterránea, formando potencialmente e incluso desde ya mismo un amplio espectro de opiniones». Y añade: «Es un hecho que el partido en sus tomas de posición oficiales ha manifestado sensibilidades políticas poco ortodoxas, y estas opiniones sólidamente instaladas se pueden ver en el creciente papel del nacionalismo [gran ruso], a veces bajo una forma virulenta».

── El período de estancamiento (fin de los años 1960 – 1986) siguió a la depuración de Jruschov (1964) y vio la llegada al poder de Leonid Brezhnev. Este período estuvo marcado por la voluntad de acabar con los debates sobre la urgencia de reformas económicas y por mantener a cualquier precio un monolitismo de fachada 13/. Refiriéndose al Plenario del Comité Central de diciembre de 1969, M.L. escribe: «El plenario suprimió importantes aspectos de las reformas económicas, si no ya su propia alma, y las sustituyó por llamamientos a la disciplina. Había que reforzar los controles y la implicación del partido, y se presentaron las políticas de movilización a iniciativa del partido como la única respuesta a las dificultades y a los disfuncionamientos crecientes de la economía». Y añade: «La obsesión del partido por querer conservar todas las cartas en sus manos dificultó el juego». De hecho lo hizo imposible. El sistema quedó poco a poco bloqueado y acabó por estar totalmente paralizado. Estas cuestiones se abordan en el texto Informe de autopsia y en la parte III de El Siglo soviético, capítulos 6 y 7.

── La perestroika y el final de la URSS (1986-1991). Como ya hemos indicado antes, la URSS se hundió bajo el peso de sus propias contradicciones, a causa de un divorcio entre un poder burocrático, obstinado en no reformarse, y una sociedad que se había vuelto urbana y educada. En El Siglo soviético, M.L. escribe: «El poder ha perdido esta capacidad [para abordar reformas en todos los planos], lo que le ha llevado a una serie de paradojas: el partido estaba despolitizado, la economía burocratizada estaba gestionada y controlada por una burocracia más atenta a conservar su poder que a hacer avanzar la producción, más preocupada en preservar confortables rutinas que en desarrollar la creatividad y la innovación tecnológica (…). En resumen, una verdadera fórmula mágica para que el sistema deje de funcionar». Y lo formula de manera lapidaria: «Un sistema económico sin economía, un sistema político sin política» 14/.

Esto es lo que escribe Galina Rakitskaja sobre el período 1989-1991: «En 1989-91, la movilización de fuerzas sociales en Rusia (y en general en la URSS) tomó la forma de una revolución antiburocrática y democrática (…). La derrota en agosto de 1991 de los miembros de la nomenklatura que habían intentado oponerse al más alto nivel a dichos cambios [se trata del intento de putsch de las fracciones duras de la burocracia en agosto de 1991. D.P.] debería haber abierto la vía de las transformaciones democráticas, respondiendo a los intereses de la mayoría de la población. En realidad, los políticos liberales radicales, tras haber consolidado su poder, emprendieron reformas dirigidas contra el pueblo, siguiendo el modelo de la terapia de choque«15/. Refiriéndose a la privatización salvaje de la casi totalidad de la economía, M.L. habla del mayor «atraco del siglo»

── Otro punto en que M.L. insiste en muchas ocasiones, como lo subraya el título de esta recopilación, es que no se puede separar el período soviético de la Rusia anterior a 1917 y posterior a 1991. Aborda la cuestión en dos textos: Rusia / URSS en el movimiento de la historia. Un intento de interpretación y Rusia entre reformas y marginalización. Se refiere sobre todo a dos cuestiones. En primer lugar, la cuestión campesina: en 1917, los campesinos representaban casi el 90 % de la población. Para dar cuenta de este peso del campesinado, M.L. habla de la «conexión agraria» e insiste mucho, sobre todo en Rusia/URSS en el movimiento de la historia. Un intento de interpretación, en que esta «conexión agraria» ocupa un lugar central hasta final de los años 1930. Nos referirnos también a la cita de Trotsky antes señalada. La otra cuestión es la permanencia del nacionalismo gran-ruso, que atraviesa toda la historia de la URSS, ya se trate del debate que enfrentó a Lenin y a Stalin en el momento de la creación de la URSS, de la celebración por Stalin de la Santa Rusia y los zares autócratas (el propio Stalin se consideraba un autócrata), y también la existencia de corrientes nacionalistas rusas muy activas dentro del aparato del partido-Estado desde los años 1960. Esta cuestión es abordada en detalle en el texto Nacionalismo de nuestro tiempo. El caso de Rusia 16/.

La URSS y el socialismo

En el texto El Socialismo soviético. Un error de etiquetación, M.L. desarrolla con amplitud esta idea: a no ser que se confunda “socialización” con “nacionalización-estatización” de la economía, no se puede hablar de “socialismo” en la URSS; lo que le lleva a cuestionar la idea de que “no capitalista” signifique mecánicamente “socialista”.

Antes de 1917, teniendo en cuenta el peso del campesinado, Rusia era una sociedad precapitalista, con un sector capitalista en vía de desarrollo rápido, pero muy dominado por el capitalismo europeo. Al final del texto El Socialismo soviético, haciéndose eco de la cita de Trotsky sobre la revolución rusa, escribe:

«Si algún día emergiera una economía de mercado estable en la ex−URSS, podríamos concluir que el papel del período soviético ha consistido en realizar aquello en lo que el capitalismo ruso fracasó de partida: hacer nacer una sociedad industrial, urbana y educada, capaz de integrarse de verdad en el sistema económico actual. Esto marcaría el cierre de un ciclo y no la apertura de una nueva época en la historia de la humanidad».

Y un poco antes de este pasaje, haciéndose eco de los debates sobre la naturaleza de la URSS, escribe:

«Aunque tenemos algunas dificultades en caracterizar el sistema soviético, no tenemos en cambio ninguna duda sobre lo que era y lo que no podía ser. Por eso los slogans que han proliferado (aunque hoy se vuelven más discretos) afirmando que el hundimiento de la Unión Soviética habría significado “la muerte del socialismo y del marxismo”, no son más que ideología “pura” y sólo pueden inducir a error. El socialismo, como ideal que pretende más democracia y una ética social exigente, nunca ha existido como sistema en ningún sitio. El sistema soviético, un sistema más bien atrasado, no presentaba ninguna de las características del socialismo. El régimen que se hacía llamar soviético, y hasta comunista, pertenece a la clase de formaciones sociales que combinan “subdesarrollo” y “estatismo”, es un caso particular de poder burocrático».

En este texto (y también en el último capítulo de El Siglo soviético), M.L. no aborda sólo de un modo negativo la cuestión de la naturaleza del sistema soviético. En relación directa con la necesidad de distinguir diferentes períodos en la historia de la URSS, propone dos caracterizaciones distintas, una para el período estalinista, la segunda para el período post-estalinista, aunque insiste en que estas caracterizaciones no reflejan plenamente la singularidad del sistema. Sólo pretenden destacar una característica esencial. Para el período estalinista, propone hablar de «despotismo agrario», dado el lugar que ocupa la conexión agraria. Para el período post-estalinista, defiende la idea de un “absolutismo burocrático”.

El chovinismo gran-ruso y la burocracia

En el debate sobre el lugar de las nacionalidades en la URSS en formación, el 6 de octubre de 1922, Lenin hizo pasar a Kamenev una nota donde escribió: «Yo declaro la guerra, no una pequeña guerra, sino una guerra a vida o muerte al chovinismo gran-ruso». Y calificaba a Stalin (y a Ordzhonikidze) de «brutos gran-rusos». El chovinismo gran-ruso denunciado de forma tan violenta por Lenin se convertirá, al cabo de los años, en una componente esencial de la ideología del poder bajo Stalin; sobre todo después de la Segunda Guerra mundial, y también durante el período post-estalinista.

El conflicto entre Lenin y Stalin sobre la cuestión de las nacionalidades es muy conocido tras el libro de M.L. El Último combate de Lenin, aparecido en 1967 [editado en castellano en 1970, Lumen]. En El Siglo soviético, en base a nuevos documentos aparecidos después de la perestroika, M.L. retoma la cuestión (1ª parte, cap. 2, Autonomías vs. Federación 1922-23). En fin, en el texto Nacionalismo de nuestro tiempo. El caso ruso, a la vez que vuelve a este período clave de la formación de la Unión Soviética, amplía la cuestión a toda la historia soviética. El término derzava, heredado del período zarista 17/ y que designaba a un estado fuerte y poderoso, se va imponiendo como una referencia positiva para designar al Estado soviético, aunque para Lenin, como lo recuerda M.L., derzavnik era una expresión absolutamente negativa, utilizada en su polémica con Stalin «para designar al partidario de un nacionalismo ruso opresor y brutal». Esta conversión de derzava de término negativo en término positivo para designar al Estado, revela los cambios radicales que operan en la ideología de los dueños del Kremlin.

El texto Ego y política. La autocracia estaliniana analiza ampliamente dos componentes del estalinismo, la política de terror y la celebración de Rusia como derzava, esto es una Rusia que siempre ha sabido resistir y vencer a sus enemigos. Una componente central del terror estaliniano fue la fabricación sistemática y a gran escala de enemigos. A la pregunta “¿cuál era la lógica de esta fabricación sistemática de enemigos?”, M.L. responde: «Es la lógica de un hombre con inmensos poderes que inventaba [subrayado nuestro, D.P.] hordas de enemigos sin fin, tenía tanta necesidad de ellos que los fabricaba a voluntad para probar que estos enemigos existían y eran vencidos y castigados por una policía secreta».

Esta fabricación de enemigos de todo género conocerá una nueva orientación después de la guerra con el resurgimiento del nacionalismo gran-ruso y su corolario, el antisemitismo. Este giro es indisociable de la manera como Stalin fue fabricando su propia leyenda, en tres etapas, en ruptura con la herencia bolchevique. La primera etapa corresponde a la toma de control por Stalin del partido y del aparato de Estado con la eliminación sucesiva de las diferentes oposiciones (años 20). La segunda corresponde al exterminio físico de toda la vieja guardia bolchevique (años 30). La tercera es la afirmación de un poder absoluto, en ruptura total con el período revolucionario y en continuidad con la autocracia zarista. «Para Stalin, el hecho de subrayar las afinidades de su régimen con el Imperio y de reivindicar raíces históricas comunes, sobre todo refiriéndose a la construcción del Estado por el más crueles de los zares, hizo posible una redefinición radical de su propio personaje, pero también de la identidad ideológica y política del sistema y de sus raíces» (…) «En adelante, la ideología, el sistema de poder, los escenarios, estaban tomados de un pasado mucho menos dinámico, con símbolos arcaicos y obsoletos»: adopción de un nuevo himno conmemorando la Santa Rusia, establecimiento de tribunales de honor en las esferas dirigentes del partido y del Estado; en los ministerios, los altos funcionarios debían llevar uniforme y sus títulos estaban directamente tomados del cuadro de rangos instituido en su corte por el zar Pedro el Grande. En los años 40, Andrei Zhdanov lanzó una virulenta campaña contra el cosmopolitismo y la fascinación de la intelligentsia por Occidente. Comentario de M.L.: «La ideología zhdanoviana es la de Stalin. Marca el punto culminante de sus derivas ideológicas. En adelante estará fascinado por el glorioso pasado zarista. (…) Pero lo más grave de este bricolaje ideológico es el nacionalismo ruso extremo, de rasgos protofascistas, del estalinismo en declive» 18/.

Después de la muerte de Stalin, la burocracia se preocupó en desembarazarse de la parte más negra de la herencia estaliniana: denuncia del culto a la personalidad, fin del terror, supresión de los tribunales de honor y del cuadro de rangos para altos funcionarios, paralización de las campañas oficiales contra el cosmopolitismo y del llamado proceso de las Batas blancas contra médicos judíos. Pero hizo plenamente suyo el culto al Estado fuerte. M.L. utiliza el término estatismo, aunque sería más justo, como veremos, hablar de nacional-estatismo.

«El estatismo se convirtió entonces en una ideología en toda regla, recurriendo a eslóganes pretendidamente socialistas (nacionalización) y a temas del autoritarismo tradicional ruso (aunque sin exhibir las imágenes de los autócratas del pasado zarista). Después de la muerte de Stalin aparecieron distintas corrientes ideológicas, de forma insidiosa y subterránea, hasta llegar a manifestarse abiertamente. Los cambios que conoció la sociedad soviética tras la muerte de Stalin acarrearon la reemergencia de corrientes subterráneas en la sociedad, lo que tuvo repercusiones incluso en el seno del propio partido, tanto en la base como a nivel del aparato, dando nacimiento a un conglomerado de ideologías, tendencias y corrientes que nada tenían que ver con el monolito marxista-leninista imperturbablemente proclamado tanto en el Este como en el Oeste» (Ego y política. La autocracia estaliniana).

La burocracia del Estado y del partido estaba fragmentada, llena de fracciones, cliques y redes dentro de las distintas instancias del poder, reagrupándose en juegos de alianzas más o menos duraderas en base a intereses comunes y posiciones ideológicas más o menos compartidas. Estas distintas componentes de la burocracia tenían en común la celebración de la URSS (en realidad, de Rusia) como derzava (“estado fuerte”). Se había eliminado toda referencia a la revolución de Octubre, en adelante la Segunda Guerra mundial (“la Gran Guerra patriótica”) simbolizará la grandeza de la URSS, proclamada como superpotencia. Hubo un reforzamiento de la política de asimilación de las otras nacionalidades, las instancias superiores del poder central están compuestas en un 86 % de rusos (y de hermanos eslavos, biolorrusos y ucranianos) y se desarrolló una forma de antisemitismo de Estado pretendiendo excluir a los ciudadanos judíos de toda una serie de instituciones: KGB, Estado Mayor del ejército, Ministerio del Interior y Ministerio de Asuntos Exteriores y muchas otras.

En su texto sobre el nacionalismo ruso, M.L. señala el desarrollo de corrientes nacionalistas rusas en el seno mismo del aparato del partido y del Estado. Durante sus estancias en Rusia en los años 1990, después de la desaparición de la URSS, le sorprendió la multiplicación de organizaciones nacionalistas rusas, incluso abiertamente fascistas 19/; una cosa le pareció evidente: los animadores de estos movimientos no venían de “ninguna parte”. Pero a comienzos de los años 1990 existían pocas fuentes fiables, más allá de los trabajos de algunos investigadores occidentales. Diez años más tarde, en la propia Rusia, existía ya una documentación abundante. En 2003 aparecía en Moscú el libro de Nikolai Mitrohin, “Russkaja Partija. Dvizenie russkih nacionalistov v SSSR 1953-1985” (“El partido ruso. El movimiento de los nacionalistas rusos en la URSS 1953-1985”), una obra de más de 600 páginas, basada en entrevistas y en la lectura de las memorias de muchos antiguos responsables del poder que no dudaban en hablar “a cara descubierta” de las ideas y las convicciones que tenían en realidad en el pasado 20/. El cuadro es impresionante y es difícil informar en detalle, visto el gran número de protagonistas, y también la extrema diversidad de organizaciones e instituciones a que se refiere. Nos limitaremos a algunos puntos.

─ El libro está lleno de anécdotas, extraídas de memorias y de entrevistas, muy reveladoras del doble lenguaje en marcha, donde los altos responsables se presentan como verdaderos Dr. Jekyll y Mr. Hyde ideológicos. Como ejemplo, citamos el relato que hace Ju. Tonkov, un alto responsable de propaganda del Komsomol en los años 60, de una velada en casa del pintor I. Glazunov, nacionalista y antisemita de primera hora 21/, cuyo taller era un lugar de encuentro de los nacionalistas: «Nos sentamos a la mesa, todos los presentes son miembros del partido, entre ellos Torsuev, secretario del Comité Central del Komsomol. Y Glazunov declara: “Sueño con el día en que colgaremos a todos los comunistas”. Y todos se echan a reir» (p. 348).

─ Hay nacionalistas en todas las instancias dirigentes del partido, Politburo, CC del PCUS, Komsomol. El caso más revelador es el del grupo formado por antiguos altos responsables del Komsmol de los años 1940-1950 en torno a A. Shelepin, sucesivamente primer secretario del Komsomol (1952-1958), presidente de la KGB ante el Consejo de Ministros de la URSS (1958-1967), secretario del CC del PCUS, miembro del Politburo (1964-1975) 22/. La mayor parte estuvieron directamente implicados en las campañas antisemitas de finales de los años 40 y comienzos de los años 50. En los años 50 y 60 desarrollaron campañas, junto a la KGB y prolongando las lanzadas por Zhdanov en los años 40, contra las ideas liberales (pro-occidentales) en el seno de la intelligentsia y contra el cosmopolitismo. Shelepin fue el principal artesano de la destitución de N. Jruschov.

─ Esta actividad del grupo de Shelepin se desarrolló en el Komsomol con el nombramiento de S. Pavlov en 1962 como primer secretario del Komsomol. Mitrohin caracteriza así la ideología del grupo de Pavlov: anti-occidentalismo virulento, admiración por Stalin presentado como el constructor de un Estado fuerte, celebración de la Gran Guerra patriótica como momento de movilización intensa del pueblo soviético en defensa de la patria, necesidad de reforzar la educación militar y la militarización de la juventud, antisemitismo y glorificación de la Gran Rusia. Además de los responsables del Komsomol, el grupo de Pavlov asocia a sus actividades a personalidades famosas, como el escritor Mijail Shólojov, el cosmonauta Yuri Gagarin e incluso al pintor Ilia Glazunov.

─ En esta época, el Komsomol creó toda una serie de asociaciones concebidas como espacios que podían servir de tapadera para desarrollar más libremente estas actividades: la Universidad del joven marxista (sic), el club Patria, el Club Búlgaro-Soviético de jóvenes creadores. El Komsomol controlaba toda una serie de publicaciones, del diario Komsomolskaja Pravda a la revista Molodaja Gvardija (“Joven Guardia”). La destitución de Pavlov en 1967 (tras la marginación de Shelepin por el clan Brezhnev) no puso fin a la actividad de los nacionalistas rusos. Su sucesor a la cabeza del Komsomol, E. Tiajelnikov, defendía las mismas orientaciones −acabará dirigiendo el Departamento de Propaganda del CC del PCUS (1978-1982). Los demás consiguieron encontrar otras administraciones e instituciones donde continuar sus actividades, ya fueran diferentes departamentos del CC del PCUS o redacciones de las numerosas revistas controladas por los nacionalistas.

Aunque hasta finales de los años 60 las diferentes corrientes nacionalistas estaban todavía muy marcadas por la herencia estaliniana y la referencia a Stalin simbolizando la construcción de Rusia como derzava, en los años 70 y hasta 1985 los nacionalistas se replegaron del nivel pansoviético a las instituciones de la REFSR (la república de Rusia) y, a diferencia del grupo de Shelepin y del grupo de Pavlov, renunciaron a una intervención directa en el plano político. La referencia a Stalin se fue haciendo cada vez más rara.

Se pueden distinguir dos espacios distintas, aunque articulados, donde los nacionalistas rusos concentraron sus actividades.

1º Las corrientes nacionalistas controlaban la redacción de gran número de publicaciones: diarios como Sovetskaja Rossija(“Rusia Soviética”), semanarios como Ogonek, revistas de gran tirada como Molodaja Gvardija (“Joven Guardia”), NasSovremennik (“Nuestro contemporáneo”), Oktjabr (“Octubre”) y también casas editoriales ligadas o no a estas revistas. Las revistas, en primer lugar Molodaja Gvardija, llevaron una ofensiva extremadamente violenta contra la revista “liberal” Novyj Mir y su redactor jefe A. Tvardovski, quien fue destituído en 1970. La importante sección de la Unión de Escritores de Moscú estaba completamente controlada por nacionalistas.

2º Otro momento importante fue el movimiento por la preservación de los monumentos históricos; ante todo edificios religiosos, iglesias y monasterios. Otro rodeo para celebrar la Rusia anterior a 1917. Durante el verano de 1965, con la garantía del Consejo de Ministros de la República de Rusia, se creó la Sociedad Panrusa de conservación de monumentos históricos y culturales (VOOPiIK). Tres de los miembros del Comité de organización fueron importantes nacionalistas, entre ellos el pintor I. Glazunov y el escritor Leonid Leonov. Miembros del grupo de Shelepin y del grupo de Pavlov fueron también muy activos. Aún controlado por los nacionalistas rusos, VOOPiIK se transformó rápidamente en una organización de masas: en 1972 contaba con 7 millones de miembros, en 1985 con 15 millones.

Durante los años de la perestroika y sobre todo tras el hundimiento de la URSS, esta temática se desarrolló abiertamente. Y el Partido Comunista de la Federación de Rusia fue un vector importante. Sobre este tema, nos remitimos a los artículos citados en la nota nº 19.

En cuanto al impacto de estas corrientes nacionalistas sobre la sociedad, se puede pensar que quedó muy limitado, con excepción de la asociación VOOPiIK. Como subraya Mitrohin, el terreno de acción privilegiada de los nacionalistas rusos era ante todo el espacio del poder (partido y Estado), espacio del que ellos mismos eran parte integrante.

Totalitarismo y URSS: la sociedad invisible

La utilización, generalizada en la derecha pero por desgracia también en la izquierda, de la noción de totalitarismo para hablar de la URSS es sobre todo el signo de un desinterés por la realidad del país, su historia, su sociedad; todo se reduce a una caracterización, a veces caricaturesca y simplista, del poder 23/; en la izquierda suele ser una manera de pasar página, o más bien de despedazarla, sobre una historia de revolución que ha ido mal.

En setiembre de 1991, Ian Kershaw, especialista en el tema del nazismo, y Moshe Lewin organizaron en la universidad de Filadelfia una conferencia internacional sobre el tema: “Estalinismo y Nazismo: Comparativa de Dictaduras”, cuyas actas fueron publicadas en 1997 con el título Nazismo y Estalinismo (Cambridge University Press). El objetivo de la conferencia pretendía ser precisamente una respuesta a los (numerosos) que ponen (con o sin reservas) un signo de igualdad entre nazismo y estalinismo, extendido por algunos a comunismo.

En la introducción al volumen y en el Postfacio, I. Kershaw y Moshe Lewin explican que la legitimación de la comparación se basa en la existencia de algunos rasgos comunes (en ambos casos se trata de “dictaduras”) que definen lo “comparable”, pero que el trabajo de comparación pretende identificar las características singulares de los dos sistemas en todos los terrenos, incluida la política de represión y los campos de concentración. Y cuestionan con toda pertinencia a la utilización de la noción de totalitarismo.

En Mi visión de la historia (En Los Senderos del pasado, Syllepse/Page Deux), M.L. escribe a propósito de la escuela totalitaria dominante entre los historiadores de la URSS en los Estados Unidos: «La escuela totalitaria no veía en todo este asunto más que una purga permanente, o dicho de otra forma, no veía ni pasado ni futuro. Sólo una especie de eterno presente (a menos que algo, con toda probabilidad llegado del exterior, lo hiciera cambiar), donde el Estado es fundamentalmente un mecanismo de control y de adoctrinamiento, y donde la sociedad sólo existe como prolongación del Estado. En esta concepción tan plana no hay ningún lugar para un mecanismo de cambio, y la figura de Jruschov y la desestalinización, por limitada que haya podido ser, le dieron un buen golpe. No es difícil ver que la visión totalitaria era en sí misma un instrumento de la batalla ideológica desencadenada por la Guerra Fría. Era absolutamente inadecuada, no porque el estalinismo no haya sido la máquina mortífera que efectivamente lo ha sido, sino porque el sistema entero se volvía de una complejidad siempre creciente, lo que no hacía sino reducir la pertinencia de estos conceptos» (p. 89).

En esta cita, M.L. destaca un punto importante, característico de la visión más extendida de la URSS, mucho más allá de la escuela histórica totalitaria: «la sociedad sólo existe como prolongación del Estado». Esta invisibilidad de la sociedad es en su origen el producto de la capa de plomo que el poder ha hecho pesar sobre la sociedad, pretendiendo prohibir toda palabra o manifestación no conforme. Pero invisibilidad no significa que la sociedad fuera pasiva, muda y sin reacciones. Muy al contrario.

En los diferentes textos reunidos en Los Senderos del pasado, M.L. habla de su experiencia y de sus encuentros con los de abajo: los miembros de un koljós cerca de Tambov donde pasó algunos meses, los obreros de la fundición en los Urales donde estuvo destinado [cuando llegó, muy joven, a la URSS] o incluso el recuerdo de una velada en un aislado koljós (a 50 km de la estación más cercana): alrededor del fuego, los miembros del koljós pasaban la noche cantando canciones de los campos de concentración y canciones de amor, y recitando astuski, breves poemas satíricos que ridiculizaban los slogans oficiales.

Desde el comienzo, en todo su trabajo de historiador, M.L. ha pretendido estudiar la sociedad, hacer visible sus diferentes componentes. De partida, lo esencial de sus trabajo tuvo que ver con el campesinado (que, recordemos, en el momento de la Revolución representaba el 90 % de la población). Su tesis, defendida en los años 60, es el primer estudio en profundidad de la colectivización 24/. En muchos trabajos posteriores (sobre todo, los que figuran en La Formación del sistema soviético 25/, continúa su estudio del mundo campesino, insistiendo en que los campesinos (los campesinos rusos en este caso) no son simplemente “los que cultivan la tierra”: el mundo campesino constituye un mundo rico y complejo, no sólo en el plano social, sino también cultural y religioso. En un texto (no incluído en esta recopilación) que figura en Russia/USSR/Russia, “The Village ant the Community: ‘Molecular Energy’ in Rural Societies”, trata de la reactivación de la organización comunitaria del campesinado ruso durante la NEP. Sobre esta cuestión de la comuna rusa no es inútil recordar que Marx, al final de su vida, se había apasionado por la comuna campesina en Rusia y las nuevas perspectivas que abría 26/.

Paralelamente a sus trabajos sobre el campesinado y la colectivización, M.L. extendió sus trabajos al conjunto de la sociedad en los años 1930. En La Formación del sistema soviético, insiste en el hecho de que durante este período el poder fracasa precisamente en su voluntad demente de control absoluto de todos los ámbitos de la vida de la sociedad. La colectivización y la industrialización a marchas forzadas pusieron de hecho patas arriba a la sociedad, «una sociedad de arenas movedizas» 27/. Esta situación se trata también en la primera parte de El Siglo soviético así como en varios textos de esta recopilación.

Sobre la base de estos trabajos y de la inmensa documentación que reunió, M.L. estaba preparando un gran estudio (en tres volúmenes) sobre la sociedad soviética de los años 1930. Pero los acontecimientos ocurridos en la URSS, la destitución de Jruschov, los debates sobre la reforma económica y su brutal paralización, el frenazo a la liberalización del sistema, llevaron a M.L. a abandonar los años 1930 y a preguntarse por las transformaciones de la sociedad soviética después de la muerte de Stalin. Su trabajo en profundidad sobre los años 1960 se presentó en el libro ya citado Political Undercurrents in Soviet Economic Debates (1975). Tomando en serio la opinión del académico Nemchinov («Un sistema político hasta tal punto paralizado de arriba abajo sólo puede frenar el desarrollo técnico y social, y se hundirá pronto o tarde bajo la presión de los verdaderos procesos de la vida económica»), se pregunta por la capacidad misma del régimen para sobrevivir.

La sociedad y el poder

Después del hundimiento del sistema, la voluntad del poder pretendiendo prohibir y reprimir toda protesta, toda palabra no conforme, se transformó en su contrario. Los archivos del NKVD y de la KGB (encargados de la represión), y también de otras administraciones e instituciones, han resultado ser verdaderas minas de información sobre la realidad de la sociedad, sobre el estado anímico de amplias capas de la población.

Un primer ejemplo lo proporciona el libro de Sarah Davies Popular opinion in Stalin’s Russia. Terror, Propaganda and Dissent(1997, Cambridge University Press). Este libro se basa en la explotación de los archivos del NKVD de la región de Leningrado en los años 1930, donde figuran los casos de represión de personas por delitos de opinión o protestas, y también numerosas peticiones y cartas dirigidas a dirigentes (estas cartas, muchas veces anónimas, fueron conservadas) 28/. En la medida en que se trata de casos que han sido objeto de medidas de represión, se puede pensar que sólo muy parcialmente refleja la situación real. Leyendo el libro, sorprende la cantidad y la extrema diversidad de las manifestaciones disidentes y las críticas del poder. El capítulo 8, titulado ‘Nosotros’ y ‘Ellos’. Identidad social y Terror (donde ‘ellos’ designa a los representantes del poder) es particularmente apasionante.

Un ejemplo entre otros lo aporta la deformación de un slogan oficial: “Quien no trabaja no come”, se convierte en “Quien no trabaja [los burócratas del partido, D.P.] no sólo come sino que también bebe vino, mientras que quien trabaja sólo puede zampar mierda”. Otro ejemplo de esta crítica social del poder lo ofrece la deformación de las siglas oficiales o de algunas palabras. M.L. da un ejemplo en el texto sobre los obreros: O.R.S.: Otdel Raboego Snabzenija (“Departamento de avituallamiento obrero”) se convierte en Obspei Ran’se Sebja (“Sírvete primero”), y también en Ostal’noe Raboim i Sluzasim(“El resto para los obreros y empleados”). Citemos otro caso de deformación, la palabra SPORT (‘deporte’) se convertirá en Sovetskoe Pravitel’stvo Organizovalo Raboij Terror (“el gobierno soviético ha organizado el terror contra los obreros”). Otra manifestación de la crítica del poder son también las anécdotas, muy numerosas. Citemos una, muy política, sacada del Boletín de la Oposición (nº 38-39, p. 21): «Lenin resucita y descubre que se encuentra en un sólido edificio vigilado por soldados. −Debo estar en prisión, la contrarrevolución ha triunfado. Encuentra un teléfono y llama a Trotsky. Le responden que no hay ningún Trotsky. Lo que le confirma la idea de que la contrarrevolución ha triunfado. Llama a Rykov al Comisariado del Pueblo, a Zinoviev en el Komintern, a Bujarin a la redacción de Pravda. Todo ello sin resultado. −Pero puede que el partido siga existiendo, se dice Lenin. Llama al Secretariado del Comité Central. −¿Camarada Stalin? ¿Qué pasa? Lenin le expone la situación. Mientra le escucha, Stalin coge otro teléfono y llama a la Gepeú: −El Viejo [Stalin se refería de esta manera despectiva a Lenin. D.P.] chochea, quiera saber demasiado, haced que se calme«.

Los obreros: resistencias individuales y colectivas

Un texto de la recopilación está dedicado a la situación de los obreros (Los obreros en busca de una clase. Entre ‘personalidad’ y ‘clase’), abordando desde distintos ángulos la situación de los obreros soviéticos, incluida la cuestión de saber si formaban o no una clase 29/. No vamos a abordar esta cuestión que, para M.L., expresa «un juego del escondite histórico». Se puede recordar lo que Trotsky escribió en La Revolución traicionada, donde citando a Pravda opone la propaganda oficial a la situación real de los obreros: «[De creer a Pravda] el obrero no es, en nuestro país un esclavo asalariado, un vendedor de trabajo-mercancía. Es un trabajador libre (Pravda). En la actualidad esta fórmula elocuente no es más que inadmisible fanfarronada. El paso de las fábricas al poder del Estado no ha cambiado mas que la situación jurídica del obrero; de hecho, vive en la necesidad trabajando cierto número de horas por un salario dado». Por su parte, en el postfacio a la obra ya mencionada, L.H. Siegelbaum y R. Suny escriben: «No hay ninguna duda de que una fuerza de trabajo industrial ha existido y crecido durante las dos primeras décadas y media del poder soviético. Sus miembros se consideraban ciertamente parte de una clase obrera, pero habían perdido el espacio político en el que podían desarrollar la forma como se representarían a sí mismos y definir sus propios programas». Y M.L. cita en varias ocasiones esta frase con que se definen los obreros: «No se nos considera seres humanos».

En la considerable masa de trabajos dedicados a la URSS, la parte dedicada a los obreros es ridículamente débil 30/ −lo que en cierta medida revela la fijación en la caracterización/denuncia del régimen, pero también una hipótesis, explícita en los trabajos soviéticos oficiales y más o menos repetida en el Oeste: en su inmensa mayoría, los obreros se adherían al poder soviético y apoyaban al régimen.

Esto es particularmente cierto en las publicaciones en francés. La única obra importante es la de Jean Paul Depretto, Los obreros en URSS 1928-1941 (Publications de la Sorbonne, 1997), un libro muy rico en informaciones históricas, sociológicas y que da una primera idea de las diferentes formas de resistencia obrera durante este período. En cambio, en los países anglosajones, en los años 1990 y sobre todo después, los trabajos sobre los obreros basados en el acceso ya posible a diferentes archivos, han comenzado a ofrecer un cuadro impresionante de la situación de los obreros y de las diferentes formas de resistencia, individuales y colectivas, desde finales de los años 1920 al período de la perestroika 31/: huelgas y manifestaciones de masas, motines de hambre, ralentización de la producción (conocido en Rusia con el nombre de huelga a la italiana), violencias contra las administraciones y también actos de resistencia individual.

Vamos a citar brevemente algunos aspectos de resistencias individuales, así como la huelga de primavera de 1932 en una fábrica textil de la región de Ivanovo y los acontecimientos de Novotcherkassk en 1962.

Las resistencias individuales

La importancia de las resistencias individuales es la consecuencia de la política del poder, transmitida por el aparato de los sindicatos, de prohibir cualquier forma de acción colectiva, de destruir, como subrayan L-H. Siegelbaum y R. Suny, toda conciencia de clase, por medio de una atomización en la que cada obrero se encuentra solo frente al arbitrio del poder y de la dirección de la empresa. De hecho, los obreros están profundamente despolitizados y alienados. Pero a pesar de esta situación, desde los años 30 a la perestroika, aún con todas las medidas represivas y también los incentivos materiales, el poder, en su obsesión por controlar todo desde arriba, se ha mostrado incapaz de forzar/persuadir a los obreros a trabajar eficazmente, esto es, como lo entendía el poder.

En un texto Labour discipline and the decline of the Soviet system 32/, D. Filtzer traza un cuadro preciso de este fracaso “en meter en vereda a la clase obrera”, un fracaso que no ha dejado de jugar un papel en el hundimiento del sistema. Como conclusión, Filtzer escribe: «La industrialización estaliniana dio lugar a relaciones laborales específicas en las cuales los obreros no estaban en posición de hacer frente a las élites del poder y ni siquiera a los directores de empresas, que constituían una entidad colectiva movilizada para defender sus objetivos económicos y objetivos políticos más amplios. Sin embargo, la naturaleza burocrática del sistema y la ausencia de planificación, bloqueando toda forma de regulación económica sistemática, hicieron que los obreros pudieran reaccionar negativamente en el mismo lugar de producción. No se puede hablar propiamente de una resistencia sino más bien de acciones defensivas e individualizadas por parte de una mano de obra atomizada y despolitizada. Los obreros se volvieron una de las fuentes del declive del sistema en el plano económico, lo que Jruschov y Gorbachov reconocieron cuando defendieron la necesidad de hacer reformas» 33/.

Filtzer destaca tres elementos principales: 1º, la considerable movilidad de los trabajadores; 2º, el control del tiempo de trabajo; 3º, una forma de connivencia/complicidad entre los obreros y la dirección de la empresa frente a las exigencias del Centro 34/. Retomemos brevemente algunos puntos del análisis más detallado de Filtzer sobre los puntos 1º y 2º, aunque precisando que los términos utilizados (movilidad de la mano de obra / control del tiempo de trabajo / connivencia con la dirección de la empresa frente a los dictados del Centro) son términos administrativos de connotación negativa, que designan no ya las resistencias, sino los principales espacios donde se desarrollan esas resistencias. Las sucesivas políticas puestas en marcha, utilizando alternativamente la zanahoria y el palo, fueron reacciones del poder frente a los problemas, más que políticas predefinidas por el Centro para formatear el comportamiento de los obreros.

1º Movilidad

Por movilidad (o rotación) hay que entender el hecho de que los obreros cambian frecuentemente de trabajo, un fenómeno posible por la penuria de mano de obra. En los años 1930, la rotación era extremadamente elevada. A comienzos de los años 1930, como media, un obrero cambiaba de trabajo cada seis meses, en 1936 cada catorce meses.

La principal causa era la caída brutal del nivel de vida así como las reducciones del salario, por ello la búsqueda permanente de un nuevo empleo mejor pagado. El absentismo y el retraso en el trabajo, debidos también a las enormes dificultades de la vida cotidiana y al estado calamitoso de los transportes, eran también un fenómeno masivo. En la prensa abundaban las denuncias de los elementos asociales de todo tipo (trotskystas 35/, miembros de las antiguas clases poseedoras, y otros saboteadores). El poder adoptó en distintos momentos una legislación represiva orientada a luchar contra el absentismo y la rotación. Para los años 1940, Filtzer da la cifra de un millón de trabajadores sancionados por absentismo y de 200 000 trabajadores reprimidos por haber cambiado de trabajo sin autorización −en sí mismas, estas cifras muestran la importancia del fenómeno.

A partir de los años 1950, el poder abandona la política puramente represiva e intenta tener en cuenta el hecho de que la movilidad de los trabajadores debe ser interpretada como una reacción frente a las condiciones de vida y al nivel muy bajo de los salarios. Además, y M.L. menciona este punto en varias ocasiones, los directores de empresas multiplican las medidas para retener a los trabajadores 36/, constituyen reservas de mano de obra, lo que, como contrapartida, contribuye a alimentar la penuria de mano de obra. En los años 1970, el déficit en mano de obra se estima en 700 000 trabajadores, un déficit reforzado además por la explosión de la “economía a la sombra” 37/ y por el elevado número de personas que trabajan “por su cuenta”.

2º Control del tiempo de trabajo

Un rasgo característico es la débil utilización del tiempo de trabajo, así como una productividad muy baja. En particular, la política oficial de control se traduce a nivel del proceso productivo en una parcialización máxima de las tareas (un puesto − una operación), lo que significa, de hecho, una desorganización por arriba del proceso de producción: los obreros no tienen ninguna responsabilidad sobre un trabajo puramente mecánico y repetitivo, ni una comprensión del proceso de producción en el que participan. Como escribe Filtzer: «Esta sobre-individualización del trabajo ofrece muchas posibilidades a los obreros para apropiarse de amplias porciones de su jornada de trabajo. Es imposible separar este no-respeto de la disciplina laboral de las pérdidas de tiempo debidas al disfuncionamiento del sistema». En cierta medida, cada cual trabaja para sí, a su ritmo. Esta falta de coordinación tiene un gran coste económico, sobre todo por el hecho de la penuria de piezas que, en un momento u otro, bloquea el proceso. Se calcula en 15% el tiempo de trabajo perdido (o sea, 30/40 días al año).

Las resistencias colectivas

Como subrayan Filtzer y otros autores, en los años del primer plan quinquenal las resistencias colectivas fueron más numerosas 38/. Sobre el período post-estalinista, M.L. considera, apoyándose en un libro aparecido primero en Rusia y después en inglés (Mass Uprisings in the USSR. Protest and Rebellion in the Post-Stalin Years, Vladimir A. Koslov, 2002) 39/, que los levantamientos populares no fueron más de seis, siendo el de Novotcherkassk en 1962 el más conocido.

Las huelgas en las fábricas textiles en la región de Ivanovo en la primavera de 1932

El libro de J. Rossman, Worker Resistance under Stalin: Class and Revolution on the Shop Floor, describe una serie de huelgas que explotaron en 1932 en las fábricas textiles de la región de Ivanovo. En la web libcom.org se puede encontrar un capítulo de este libro dedicado a la huelga de la fábrica textil de Teikovo, en primavera. Esta largo texto describe las increíblemente duras condiciones de vida y de trabajo de los obreros (una mayoría eran mujeres) 40/ y el relato día a día de la huelga del 7 al 17 de abril de 1932. El autor concede un amplio espacio a los debates sobre las formas de organización, a la personalidad de los líderes del movimiento así como a las reacciones de las autoridades locales y de Moscú. Por último, cuenta la represión del movimiento y las concesiones hechas por el poder tras esta huelga y otras que tuvieron lugar en la misma época en la región de Ivanovo.

El levantamiento de Novotcherkassk en 1962

Este levantamiento se conoce mejor; un primer relato de los acontecimientos figura en el Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn. Otros relatos han aparecido después. El más interesante se encuentra en un folleto publicado en Moscú en 1992, con el título Novotcherkassk 1-3 de junio de 1962. La huelga y el tiroteo, resultado de una larga entrevista de David Mandel con Piotr Sjuda, uno de los participantes en el movimiento, que fue condenado a 12 años de campo de concentración. Esta entrevista habla también de la detención en el campo de concentración y la vida de Piotr Sjuda, obrero disidente, tras su liberación, su visión de la clase obrera soviética que no idealiza en absoluto, su crítica del régimen (Sjuda era el hijo de un bolchevique ejecutado por Stalin en los años 30). En 1990, Sjuda, que participaba activamente en los acontecimientos ligados a la perestroika, murió en un accidente de coche.

Las razones que estuvieron en el origen del movimiento fueron el descenso de los salarios y un aumento de los precios de los alimentos básicos; estas medidas suscitaron un profundo descontento entre los obreros. La huelga estalló el 1 de junio en la fábrica eléctrica tras un tormentoso encuentro con el director de la empresa que se burló abiertamente de los obreros y de sus problemas. Desde el primer día de la huelga, las autoridades hicieron intervenir sin éxito a soldados con vehículos blindados, pero los huelguistas obstaculizaron a los vehículos y los soldados se retiraron. Durante un mitin que tuvo lugar a las puertas de la fábrica, algunos oradores sugirieron enviar delegaciones a otras fábricas y a otras ciudades, pero al final del día la ciudad quedó aislada del resto del país. A la mañana del día siguiente, todo el barrio donde se encuentra la fábrica fue invadido por soldados y tanques, y comenzaron las detenciones masivas. Una imponente columna de varios miles de personas se dirigió al centro de la ciudad, a los gritos de «dejad pasar a la clase obrera», y se reunió en la plaza principal donde se encuentra la sede regional del partido, que fue tomada al asalto.

En ese momento se dio orden de abrir fuego contra los manifestantes, provocando una matanza. Una delegación del Politburo, con Mikoyan a la cabeza, llegó a Novotcherskassk pero se contentó con sobrevolar a la muchedumbre en un helicóptero y con una intervención, amenazadora en la radio. El movimiento terminó el 3 de junio por la mañana. Fue el comienzo de una represión muy dura: más de un centenar de personas fueron condenadas a altas penas de campo de concentración, siete manifestantes fueron condenados a muerte por “bandidismo”.

A modo de conclusión: la historia como reto

En La Revolución traicionada, hablando de la URSS, Trotsky cita la frase de Spinoza «ni reir ni llorar sino comprender». En el texto Para una historia de la clase obrera soviética, Pierre Rolle escribe: «La historia del mundo cuando admita la historia soviética como uno de sus desarrollos, será seguramente muy distinta de la que se ha construído excluyendo esta experiencia»41/.

Al final de El Siglo soviético, M.L. cita las muy extendidas opiniones que hay actualmente en Rusia, procedentes muchas veces de antiguos burócratas que pretenden rechazar en bloque el período soviético: «En paralelo a esta campaña mentirosa y nihilista se asistió a una forma de búsqueda frenética de otros pasados que puedan ser propuestos a la nación para que se identifique con ellos (…) Después, cuando el rechazo de todo lo que era soviético se volvió demasiado fuerte, volcándose en el odio a Lenin, el leninismo y el bolchevismo, presentados como emanaciones del infierno, se intentó rehabilitar a los Blancos de la Guerra Civil, el ala derecha más retrógrada del espectro político del zarismo, que perdió la batalla porque no tenía nada que ofrecer al país».

Ante esta situación, M.L. insiste en que es necesario que los rusos se reapropien del pasado soviético: «La historia es un remedio que debe permitir recubrir una identidad y un futuro». En cierta manera, esta invitación de M.L. se dirige también a quienes piensan que el combate por el socialismo tiene todavía sentido hoy.

* Moshe Lewin nació en 1921 en Vilnius, entonces Polonia. Murió el 14 de agosto de 2010 en París. Moshe Lewin es el historiador de referencia para lo que tiene que ver con la historia social de la URSS y, entre otros, de su período estaliniano. Es autor de numerosas obras y artículos, entre los cuales citaremos:

─La Paysannerie et le pouvoir soviétique : 1928-1930, Ed. Mouton, París-La Haya, 1966

─El último combate de Lenin. Edición en castellano Lumen 1970)

─The Political Undercurrents of Soviet Economic Debates : From Bukharin to the Modern Reformers, Princeton University Press 1974 ; se hizo una reedición en 1991 con el titulo: Stalinism and the Seeds of Soviet Reform : The Debates of the 1960’s

─The Making of the Soviet System. Essays in the Social History of Interwar Russia, Pantheon, Nueva York, 1985

──The Gorbatchev Phenomenon: A Historical Interpretation, University of California Press, Berkeley, 1988.

─Stalinism and Nazism : Dictatorships in Comparison, Cambridge University Press, 1997 (en colaboración con Ian Khershaw)

─El Siglo soviético. Edición en castellano Crítica, 2006. Reedición en 2017 con el título: El siglo soviético. ¿Qué sucedió realmente en la Unión Soviética?

Notas:


1/ La obra en inglés es más importante y presenta dieciséis textos, entre ellos uno sobre la situación del campesinado durante la NEP, tres textos sobre el fenómeno burocrático, uno sobre la industrialización y uno más sobre la planificación, titulado The disappearance of Planning in the Plan.2/ De forma un tanto sorprendente, Enzo Traverso en La Melancolía de izquierda (La Découverte, 2016) hace aparentemente suya la tesis de que el hundimiento de la URSS significaría el fin del comunismo.

3/ Sobre los debates relativos a la naturaleza de la URSS, se puede citar también a Marcel van der Linden, Western Marxism and the Soviet Union: A Survey of Critical Theories and Debates Since 1917, Haymarket books (2009); John Eric Marot, The October Revolution in Prospect and Retrospect. Interventions in Russian and Soviet History, Haymarket books (2013); y Thomas Twiss Trotsky ant the Problem of Soviet Bureaucracy, Political Science, University of Pittsburgh (2009).

4/ Se puede citar, entre otros, a Tony Cliff y el SWP inglés, así como a Raya Dunayevskaya, cf. su libro recientemente aparecido en Éditions Syllepse, Marxisme et liberté.

5/ La Revolución traicionada no era el título original del libro, que en ruso se llamaba ¿Qué es la Unión Soviética y a dónde va?, destacando la inestabilidad del régimen desde el punto de vista de su caracterización.

6/ La tesis de la contrarrevolución (versión ‘conspiratoria’) es defendida en cambio por los admiradores incondicionales de Stalin antes mencionados.

7/ Como veremos más adelante, para caracterizar el régimen soviético M.L. utiliza el concepto de estatismo, introducido por el sociólogo americano Eric Olin Wright en su texto: «En busca de una brújula de la emancipación. Hacia una alternativa socialista», publicado en la web de la revista Contretemps (2011). Olin Wright propone distinguir tres modos alternativos de organización de las relaciones de poder a través de los cuales los recursos económicas son asignados, controlados y utilizados: el capitalismo, el socialismo y el estatismo.

8/ Aunque con una focalización en el período estalinista donde el régimen se presenta en estado puro. El período postestalinista, ya se trate de Jruschov o de Brehznev y el llamado período de ‘estancamiento’ (zastoj) han tenido la consecuencia de complicar la cuestión.

9/ A este nivel, los cuatro tomos del Boletín de la Oposición de izquierda (en ruso), publicados de 1929 a 1941 (87 números en total) resultan ejemplares: la denuncia del régimen establecido por Stalin y la construcción de un movimiento a escala internacional en el resto del mundo son las dos componentes de un solo y mismo planteamiento.

10/ Trotsky insiste sobre este punto al final del tomo 2.

11/ P. Rolle, Le travail dans les révolutions russes, Éditions Page Deux, 1998, p. 232.

12/ Un historiador soviético, Mijail Gefter, ha caracterizado el período de la guerra como «desestalinización fallida».

13/ M.L. cita la valoración que hizo en 1973 el académico V. Nemchinov sobre los disfuncionamientos y atascos del sistema: «Un sistema político hasta tal punto paralizado de arriba abajo sólo puede frenar el desarrollo técnico y social, y se hundirá pronto o tarde bajo la presión de los verdaderos procesos de la vida económica»; esta cita figura también en El Siglo soviético.

14/ Sobre la burocracia, hay que remitirse también a El Siglo soviético, III, capítulo 6, titulado El Laberinto burocrático, y más en particular a la parte De un sistema de partido único a un sistema ‘sin partido’.

15/ Extraído de «El Estado y las perspectivas del movimiento obrero», en: V. Garros (ed.), Russie postsoviétique: la fatigue de l’histoire, ediciones Complex, 1995. Galina Rakitskaja y Boris Rakitski han jugado un papel importante en la reconstrucción de un movimiento sindical de luchas en Rusia.

16/ Más adelante volveremos a tratar de la explosión del nacionalismo en la Rusia postestalinista.

17/ Así como sus dos derivados samoderzec, que designa al “maestro absoluto’ (el zar ‘autócrata’) y samoderzavie que significa ‘autocracia’.

18/ Cf. El Siglo soviético, III, cap. 6, Fin de partida.

19/ Sobre las corrientes nacionalistas en el período post-soviético, nos remitimos a tres de nuestros artículos: “Les nationalistes, les communistes et le phénomène patriotique”, en V. Garros (ed.) Russie post-soviétique: la fatigue de l’histoire (ediciones Complexe), p. 135-152; “Les héritiers du PCUS: entre stalinisme et national étatisme”, Cahiers Marxistes, 214, diciembre 1999; y “La Russie de Guennadi Ziuganov”, Critique Communiste, 146 (1996), p. 14-19.

20/ Las posiciones defendidas por G. Ziuganov, secretario del Partido Comunista de la Federación de Rusia en muchas publicaciones son particularmente expresivas. Citemos en particular el folleto Derzava y el titulado Yo soy ruso de corazón y de sangre.

21/ En tiempos de la URSS, I. Glazunov era un pintor muy oficial, decorado con el título de ‘artista del pueblo de la URSS’; en 1978, una exposición de sus obras tuvo lugar en Carrusel, la principal sala de exposiciones de Moscú.

22/ La lista de miembros del grupo y de sus funciones que aporta Mitrohin es impresionante: un miembro del Politburo (además de Shelepin), varios miembros del CC del PCUS, responsables de diferentes departamentos del CC del PCUS, altos responsables de diferentes ministerios, el redactor jefe de Izvestija, de Komsomolskaja Pravda y de Sovetskaja Rossija.

23/ Sobre el uso más que abusivo de la noción de “totalitarismo” aplicado a la URSS y en general a los países del Este, se puede leer el artículo, muy polémico, pero corrosivo, de Alain Brossat “Misère et grand-peur de l’idéologie du totalitarisme”, Critique communiste 55 (1986). En este artículo, Brossat hace una distinción esencial entre la teoría del totalitarismo de Hannah Arendt y la ideología del totalitarismo. Sobre la cuestión de la «exportación» de la noción de totalitarismo de Hannah Arendt para tratar a la URSS (Agnès Heller, Claude Lefort, Cornelius Castoriadis) se puede leer el capítulo 4 Totalitarianism del libro de Ph. Hansen Hannah Arendt. Politics, History and Citizenship, Polity Press (1993).

24/ La paysannerie et le pouvoir soviétique 1928-1930, París / La Haya, Mouton, 1966.

25/ Primera publicación en 1987 en Gallimard; republicado en 2013 en la colección Tel Gallimard.

26/ Sobre esta cuestión, cf. Pierre Dardot y Christian Laval, Marx, Prénom: Karl, Gallimard (2012); Kevin B. Anderson Marx aux antipodes (capítulo sobre los escritos tardíos), Syllepse & M editor (2015); y sobre todo el libro de Teodor Shanin Late Marx and the Russian Road, Marx ant the ‘Peripheries’ of Capitalism, Monthly Review Press, 1983.

27/ Este análisis de los años 30 ha sido desarrollado por otros historiadores, en particular R. Suny y Sh. Fitzpatrick.

28/ Ejemplo de carta (anónima) dirigida al Comité del partido de Leningrado: «Lo mejor sería borrar del mapa a todos los dirigentes del poder soviético para que dejen de insultar a la clase obrera… Ya es hora de dejar de burlarse de la clase obrera. También, eso es lo que os queda por hacer a vosotros los jefes: si no se bajan los precios de los alimentos, un 40% para el pan, os va a ir mal. Dejad de esclavizar y de burlaros de la clase obrera».

29/ Esta cuestión es muy discutida en la Introducción a la obra de donde está sacado el texto de M.L. (Making Workers Soviet: Power, Class and Identity, 1994).

30/ El primer trabajo sistemático es el de S. Schwartz Los obreros en la URSS (1956).

31/ Citemos en primer lugar los distintos libros, apasionantes, de Donald Filtzer: Soviet Workers and Stalinist Industrialization: The Formation of Modern Soviet Production Relations, 1928-1941, Londres, Pluto Press, 1986, 338 p., Soviet Workers and De-Stalinization: The Consolidation of the Modern System of Soviet Production Relations, 1953-1964, Cambridge University Press, 1992, 340 p., reed. 2002, The Khrushchev Era: De-Stalinization and the Limits of Reform in the USSR, 1953-1964, Londres, Macmillan Press, 1993, 104 p., Soviet Workers and the Collapse of Perestroika: The Soviet Labour Process and Gorbachev’s Reforms, 1985-1991, Cambridge University Press, 1994, 316 p., Soviet Workers and Late Stalinism: Labour and the Restoration of the Stalinist System After World War II, Cambridge University Press, 2002, 294 p., reed.. 2007, The Hazards of Urban Life in Late Stalinist Russia: Health, Hygiene, and Living Standards, 1943-1953, Cambridge University Press, 2010, 379 p. La otra obra importante es la de Jeffrey J. Rossman Worker Resistance under Stalin: Class and Revolution on the Shop Floor, Cambridge, Mass., Harvard University Press. En el libro ya citado de S. Davies, Popular opinion in Stalin’s Russia, un capítulo está dedicado a las reacciones de los obreros, y el capítulo 8 sobre ‘nosotros’ y ‘ellos’ contiene también mucha información.

32/ Este texto está accesible en la página web libcom.org. En esta web se encuentra también el texto de J. Rossman sobre la huelga de una fábrica textil en Teikovo en 1932 (cf. más abajo).

33/ En Political Undercurrents in Soviet Economic Debates, M.L. traza un cuadro detallado de los disfuncionamientos de la economía y de las consecuencias para los obreros.

34/ El ejemplo más conocido es la resistencia multiforme de los obreros y de las administraciones de las empresas para neutralizar el movimiento ‘estajanovista’ en los años 30.

35/ En esta época, la etiqueta trotskysta se utiliza extensamente para denunciar a todos los enemigos del régimen.

36/ Recordemos que en la URSS toda una serie de servicios (en particular, la vivienda) eran por lo general un recurso de las empresas, que podían utilizarlos para hacer presión sobre los obreros.

37/ M.L. dedica a este fenómeno todo un capítulo de El Siglo soviético (“Distinguir la luz de la sombra”, IIIª parte, cap. 7).

38/ Cf. en particular Depretto (1984) Les ouvriers en URSS, p. 286-297 y Donald Filtzer (1986), Soviet Workers and Stalinist Industrialization: The Formation of Modern Soviet Production Relations, 1928-1941

39/ Por desgracia, el autor de este libro se contenta con recoger sin distancia crítica las informaciones dadas por los archivos oficiales. Libro publicado en ruso, traducido al inglés por Elaine McClarnand, Ed. Routledge.

40/ Ocasión para recordar que una manifestación de las obreras del textil de Petrogrado fue la que marcó el inicio de la revolución de febrero de 1917.

41/ P. Rolle, op. cit.

León Trotsky: El arte de la insurrección

 Al igual que la guerra, la gente no hace por gusto la revolución. Sin embargo, la diferencia radica en que, en una guerra, el papel decisivo es el de la coacción; en una revolución no hay otra coacción que la de las circunstancias. La revolución se produce cuando no queda ya otro camino. La insurrección, elevándose por encima de la revolución como una cresta en la cadena montañosa de los acontecimientos, no puede ser provocada artificialmente, lo mismo que la revolución en su conjunto. Las masas atacan y retroceden antes de decidirse a dar el último asalto. Seguir leyendo León Trotsky: El arte de la insurrección

El líder de China hace el llamado a una “nación fuerte” y un “ejército fuerte”

por Peter Symonds//

En su extenso discurso esta semana ante el congreso del Partido Comunista de China (PCCh), el presidente Xi Jinping declaró e insistió en que China se convertirá en una “gran potencia” y una “fuerte potencia” en el periodo adelante. Esta será una “era que verá a China acercarse al centro del escenario”, declaró.

Xi se refirió como de costumbre al “gran éxito del socialismo con características chinas”. En realidad, lo que hizo fue elaborar las aspiraciones de la nueva burguesía que ha acumulado una enorme cantidad de riquezas en las cuatro décadas desde la restauración capitalista, algo que requiere para continuar que Beijing encare más firmemente a sus rivales en la palestra global.

El “sueño chino” de Xi, de una nación rejuvenecida surge inevitablemente de la colisión con los intereses de las potencias imperialistas establecidas, principalmente los de Estados Unidos, el cual busca desesperadamente apuntalar su posición dominante en el mundo por medio de su poderío militar. La “nueva era” de la que habla Xi, no será de paz ni estabilidad, sino de guerra y revolución.

El mandatario no apuntó en su discurso el cercano peligro de una catastrófica guerra estadounidense con Corea del Norte que arrastraría a China, Rusia y a otras potencias nucleares. El presidente estadounidense, Donald Trump, ha rechazado inequívocamente las propuestas de Beijing y Moscú de reentablar negociaciones y ha en cambio preparado al ejército para la “destrucción total” del único aliado militar formal de China.

La imprudente marcha a la guerra de EUA no es simplemente el producto de un individuo con una orientación fascista como Trump, sino del callejón sin salida en el que se encuentra el imperialismo estadounidense. El surgimiento económico de China durante las últimas cuatro décadas, con base en la inundación de inversiones extranjeras para aprovechar su mano de obra barata, ha venido acompañado de una mayor influencia económica y política china alrededor del mundo, conforme busca materias primas y mercados. A medida que EUA se ve incapaz de dar tanta asistencia económica como China —el llamado “poder blando”—, recurre cada vez más al poder duro o militar para desafiar a Beijing.

El “pivote hacia Asia” del Gobierno de Obama representó una estrategia comprensiva para socavar a Beijing diplomática y económicamente alrededor de la región del Indo-Pacífico y para cercar a China militarmente. Obama recrudeció deliberadamente los más peligrosos focos de conflicto, como la península coreana y creó nuevos, incluyendo el desafío de los reclamos territoriales chinos en el mar de China Meridional.

Trump procura los mismos objetivos, pero de manera más agresiva, aumentando dramáticamente el peligro de guerra. Tras haber desmantelado el plan de Obama de formar un bloque comercial y de inversiones contra China —el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica—, Trump amenazó a Beijing directamente con una guerra económica. La acumulación militar alrededor del conflicto con Corea del Norte también es un preparativo militar dirigido contra China. El cálculo de los círculos de estrategia estadounidense se reduce a que, ante el continuo declive de EUA, un enfrentamiento con China es preferible lo antes posible.

El miércoles, tan sólo horas después del discurso de Xi, el secretario de Estado, Rex Tillerson, cuestionó implícitamente las ambiciones chinas. “China, mientras que surge junto a India, lo ha hecho menos responsablemente, en tiempos socavando el orden internacional de derecho”, declaró, concentrándose en “las acciones provocativas de China en el mar de China Meridional”. Dicho “orden internacional de derecho es, por su puesto, el orden mundial establecido después de la Segunda Guerra Mundial, en el que Washington dominaba y ponía las reglas a su conveniencia.

El discurso de Xi es un signo de que los intereses económicos y estratégicos de China no se pueden acomodar más al orden global que prevalece. Les advirtió a otros países que no subestimen la voluntad de China a defenderse a sí misma. “Nadie debería esperar que China se trague cualquier cosa que mine sus intereses”, declaró Xi ante los delegados del congreso.

Lejos de abandonar sus reclamos territoriales en el mar de China Meridional, Xi declaró al principio de su intervención, considera que la consolidación del control chino de los islotes en disputa en realidad es un punto destacado de sus cinco años en el poder. Presumió, además, su iniciativa “Un cinturón, una ruta”, el masivo plan de infraestructura para integrar el continente euroasiático por medio de caminos, ferrocarriles y el mar, y así enlazar a China y Europa, esquivando el cerco estadounidense.

En respuesta a la acumulación militar estadounidense y las amenazas en Asia, Xi presagió una aceleración de la carrera armamentística, por lo que elaboró ciertas metas que culminarían con un ejército chino de “clase mundial” para el 2050. “Un ejército listo para la guerra. Todas las obras militares tienen que adherirse a los estándares de poder librar una guerra y poder ganar una guerra”, sentenció Xi.

De principio a fin, su discurso hedía a la pestilencia del nacionalismo. “La nación china es una gran nación, ha atravesado dificultades y adversidades, pero sigue siendo indomable. El pueblo chino es un gran pueblo, son industriosos y valientes y nunca pausan en su procura del progreso”, remarcó.

Al igual que Trump en Estados Unidos, Xi fomenta el patriotismo, tanto para avanzar agresivamente los intereses de la burguesía china como para subordinar a la populosa clase obrera a esos mismos intereses. Xi se encuentra agudamente consciente de las tensiones sociales que han sido generadas por la restauración del capitalismo en el país y por la profunda brecha entre la diminuta capa de ultrarriccos y la vasta mayoría de la población. Conforme se acelera la marcha hacia la guerra, esta división social tan sólo se ensanchará, alimentando el malestar social. Es por esto que Xi también hizo un llamado a reforzar el aparato represivo estatal.

Sin la intervención de la clase obrera, un conflicto es inevitable, sea en Corea del Norte, el mar de China Meridional o en el sinnúmero de otras zonas explosivas de conflicto en Asia e internacionalmente. El imperialismo estadounidense percibe a China como su principal obstáculo para la hegemonía global, mientras que el capitalismo chino pone en tensión las restricciones del orden mundial establecido y dominado por Washington.

Los trabajadores y la juventud en China, Estados Unidos, alrededor de Asia y en todo el mundo no tienen el interés de ser arrojados como carne de cañón a guerras para defender los intereses de los ultrarricos. Es sólo a través de un movimiento unificado, internacional y basado en un socialismo auténtico —lo que significa la reconstrucción de la sociedad para satisfacer las necesidades apremiantes de la mayoría, no el lucro masivo de unos pocos— que se le puede poner alto a este impulso bélico. Esta es la perspectiva por la que lucha el Comité Internacional de la Cuarta Internacional y sus secciones alrededor del mundo”.

 

Cine animado: El Ilusionista (2010)

El ilusionista es una película animada de 2010 dirigida por Sylvain Chomet. La historia está basada en un guión no publicado del actor y director francés Jacques Tati, en colaboración con Henri Marquet. Existe controversia en relación a la motivación que tuvo Tati con el guión, que fue escrito como una carta personal para su hija mayor Helga Marie-Jeanne Schiel, de la cual estaba distanciado.

El personaje principal es una versión animada de Tati creada por Laurent Kircher. La trama gira en torno a un ilusionista que visita un pequeño pueblo donde conoce a una joven, la cual está convencida de que es un verdadero mago. La idea de Tati es que la historia estuviera ambientada en Checoslovaquia, pero Chomet lo cambió a la Escocia de los años 1950. Según el director, no es una historia de amor, es más la relación entre un padre y una hija.

Una joya en un mundo que se resiste a desaparecer.

 

EP

El exitoso plebiscito de ‘No+AFP’

por Paul Walder//

Hacia finales de la primera semana de octubre, el plebiscito convocado por la Coordinadora de Trabajadores NO+AFP había reunido más de un millón de votos, de los cuales casi el 97 por ciento rechazó el actual sistema privado de pensiones. Un evento de carácter nacional que superó todas las expectativas de participación y puso nuevamente al movimiento que busca desmantelar el sistema de las Administradoras de Fondos de Pensiones en una posición de poder. Tras poco más de un año del inicio de las marchas que lograron congregar a millones de personas durante el invierno de 2016, la Coordinadora hace una lectura que no puede ser más favorable. Un breve proceso de acumulación de fuerzas que con el último evento la instala como representante de una corriente social y laboral con proyección futura. Seguir leyendo El exitoso plebiscito de ‘No+AFP’

Marx y la Revolución Francesa: la “poesía del pasado”

por Michael Lowy//

Mientras que el film de Raoul Peck sobre el joven Marx está en las salas en este momento (ver, por ejemplo, https://www.elconfidencial.com/cultura/2017-02-13/karl-marx-berlinale-pelicula_1330238/, ndr) , merece la pena interrogarse sobre la relación de Marx con la revolución, y en particular con la Revolución Francesa. Según Michael Löwy, Marx quedó literalmente fascinado por la Revolución Francesa, como otros muchos intelectuales alemanes de su generación; aquella era a sus ojos, sencillamente, la revolución por excelencia –o más precisamente- “la revolución más gigantesca (“Kolossalste”)” que haya conocido la historia”[1].

Se sabe que en 1844, había tenido la intención de escribir un libro sobre la Revolución Francesa, a partir de historia de la Convención. Desde 1843, había empezado a consultar las obras, a tomar notas, a despellejar los periódicos y las colecciones. En primer lugar son sobre todo las obras alemanas, -Karl Friederich Ernst Ludwig y Wilhelm Wachsmuth- pero a continuación predominaron los libros franceses, especialmente las memorias del miembro de la C Levasseur, cuyos extractos llenan varias páginas del cuaderno de notas de Marx redactado en París en 1844. Además de esos carnets (reproducidospor Maximilien Rubel en el volumen III de las Obras en la Pléiäde), las referencias citadas en estos artículos o estos libros atestiguan la amplia bibliografía consultada: L’Histoire parlementaire de la Révolution française, de Buchez et Roux, L’Histoire de la Révolution française, de Louis Blanc, las de Carlyle, Mignet, Thiers, Cabet, los textos de Camille Desmoulin, Robespierre, Saint-Just, Marat, etc. Se puede encontrar una relación parcial de esa bibliografía en el artículo de Jean Bruhat sobre Marx et la Révolution française ”, publicado en los ” Annales historiques de la Révolution française ”, en abril-junio de 1966.

El triunfo de un nuevo sistema social

El proyecto de libro sobre la Convención no se realizó pero se encuentran, dispersas en sus escritos a lo largo de toda su vida, múltiples observaciones, análisis, excursiones historiográficas y esbozos interpretativos sobre la Revolución Francesa. Ese conjunto está lejos de ser homogéneo: se muestran cambios, reorientaciones, dudas y a veces contradicciones en su lectura de los acontecimientos. Pero se pueden desprender también algunas líneas de fuerza que permiten definir la esencia del fenómeno –y que van a inspirar toda la historiografía socialista a lo largo de un siglo y medio.

Esta definición parte, se sabe, de un análisis crítico de los resultados del proceso revolucionario: desde este punto de vista, se trata para Marx, sin ninguna sombra de duda, de una revolución burguesa. Esta idea no era, en si misma, nueva: la novedad de Marx ha sido la de fusionar la crítica comunista de los límites de la Revolución Francesa (desde Babeuf y Buonarroti hasta Mosses Hess) con su análisis de clase por los historiadores de la época de la Restauración (Mignet, Thiers, Thierry, etc.) y situar el todo en el marco de la historia mundial, gracias a su método histórico materialista. Resulta de ello una visión de conjunto, amplia y coherente, del paisaje revolucionario francés, que hace destacar la lógica profunda de los acontecimientos más allá de los múltiples detalles de los episodios heroicos o crapulosos, de los retrocesos y avances. Una visión crítica y desmitificadora que desvela la victoria de un interés de clase, el interés de la burguesía. Como señala en un pasaje brillante e irónico de La Santa Familia (1845), que en un rasgo de pluma se apodera del hilo rojo de la historia: La potencia de este interés fue tal que venció la pluma de un Marat, la guillotina de los hombres del terror, la espada de Napoleón, así como el crucifijo y la sangre azul de los Borbones[2].

En realidad, la victoria de esta clase fue, al mismo tiempo, la llegada de una nueva civilización, de nuevos procesos de producción, de nuevos valores, no sólo económicos sino también sociales y culturales –en resumen, de un nuevo modo de vida. Reuniendo en un parágrafo la significación histórica de las revoluciones de 1848 y 1789 (pero sus observaciones son más pertinentes para la última que para la primera), Marx observa, en un artículo de la Nueva Gaceta Renana en 1848: Ellas eran el triunfo de la burguesía, pero el triunfo de la burguesía era entonces el triunfo de un nuevo sistema social, la victoria de la propiedad burguesa sobre la propiedad feudal, del sentimiento nacional sobre el provincialismo, de la competencia sobre el corporativismo, del reparto sobre el mayorazgo, (…) de las luces sobre la superstición, de la familia sobre el nombre, de la industria sobre la pereza heroica, del derecho burgués sobre los privilegios medievales.”[3]

Por supuesto, este análisis marxiano sobre el carácter –en último análisis- burgués de la Revolución Francesa no era un ejercicio académico de historiografía: tenía un objetivo político preciso. Tendía, desmitificando 1789, a mostrar la necesidad de una nueva revolución, la revolución social –la que denomina, en 1844, “la emancipación humana” (en oposición a la emancipación únicamente política) y, en 1846, como la revolución comunista.

Una de las características principales que distinguirán esta nueva revolución de la Revolución Francesa de 1789-1794 será, según Marx, su “anti-estatismo”, su ruptura con el aparato burocrático alienado del Estado. Hasta aquí, todas las revoluciones han perfeccionado esta máquina en lugar de romperla. Los partidos que lucharán sucesivamente por el poder consideran la conquista de este inmenso edificio de Estado como la principal presa del vencedor”.

Presentando su análisis en El Dieciocho Brumario, observa -de forma análoga que Tocqueville- que la Revolución Francesa no ha hecho más que desarrollar la obra iniciada por la monarquía absoluta: la centralización, (…) la extensión, los atributos y los ejecutantes del poder gubernamental. Napoleón acabó de perfeccionar esta maquinaria de Estado”.

Sin embargo, durante la monarquía absoluta, la revolución y el Primer Imperio, ese aparato no ha sido más que un medio para preparar la dominación de clases de la burguesía, que se ejercerá más directamente sobre Louis-Philippe y la República de 1848… A fin de dejar lugar para lo nuevo, la autonomía de lo político durante el Segundo Imperio -cuando el Estado parece haberse hecho “completamente independiente”. En otros términos: el aparato estatal sirve a los intereses de clase de la burguesía sin estar necesariamente bajo su control directo. Según Marx, no tocar al fundamento de esta máquina parasitaria y alienada es una de las limitaciones burguesas más decisivas de la Revolución Francesa.

Como se sabe, esa idea esbozada en 1862 será desarrollada en 1871 en sus escritos sobre la Comuna -primer ejemplo de revolución proletaria que rompe el aparato de Estado y acaba con esta “boa constrictor” que amordaza el cuerpo social en las mallas universales de su burocracia, de su policía, de su ejército permanente”. La Revolución Francesa, por su carácter burgués, no podía emancipar a la sociedad de esa “excrecencia parasitaria”, de este “alboroto de gusano de Estado”, de ese “enorme parásito gubernamental[4].

Las tentativas recientes de los historiadores revisionistas para “sobrepasar” el análisis marxiano de la Revolución Francesa conducen generalmente a una regresión hacia las interpretaciones más antiguas, liberales o especulativas. Se confirma así la profunda observación de Sartre: el marxismo es el horizonte insuperable de nuestra época y los intentos para ir “más allá” de Marx acaban a menudo por caer por abajo de él. Se puede ilustrar esa paradoja por el enfoque del representante más talentoso y más inteligente de esa escuela, François Furet, que no encuentra otros caminos para sobrepasar a Marx que la vuelta a Hegel. Según Furet, el idealismo hegeliano se preocupa infinitamente más de los datos concretos de la historia de Francia del siglo XVIII que el materialismo de Marx”.

¿Cuales son, pues, esos “datos concretos” infinitamente más importantes que las relaciones de producción y la lucha de clases? Se trata del “largo trabajo del espíritu en la historia..” Gracias a él (el espíritu con una E mayúscula), podemos al fin entender la verdadera naturaleza de la Revolución Francesa: más que el triunfo de una clase social, la burguesía, es la afirmación de la conciencia de si como voluntad libre, coextensiva con lo universal, transparente a ella misma, reconciliada con el ser”.

Esa lectura hegeliana de los acontecimientos conduce a Furet a la curiosa conclusión de que la Revolución Francesa ha conducido a un “fracaso”, del que sería necesario buscar la causa en un “error”: querer deducir lo político de lo social”.El responsable de este “fracaso” sería, en último análisis… Jean-Jacques Rousseau. El error de Rousseau y de la Revolución Francesa se contienen en el intento de afirmar el antecedente de lo social sobre el Estado”. En revancha, Hegel había entendido perfectamente que solo a través del Estado, esta forma superior de la historia, la sociedad se organiza según la razón”. Es una interpretación posible de las contradicciones de la Revolución Francesa, ¿pero es ella verdaderamente infinitamente más concreta que la esbozada por Marx?[5].

¿Cuál fue el papel de la clase burguesa?

Queda por saber en qué medida esta revolución burguesa fue efectivamente conducida, impulsada y dirigida por la burguesía. En algunos textos de Marx se encuentran verdaderos himnos a la gloria de la burguesía revolucionaria francesa de 1789; se trata casi siempre de escritos que la comparan con su equivalente social al lado del Rin, la burguesía alemana del siglo XVIII.

Desde 1844 lamenta la inexistencia en Alemania de una clase burguesa provista de “esa grandeza de alma que se identifica, aunque no fuese más que un momento, al alma del pueblo, de este genio que se inspira a la fuerza material el entusiasmo por la potencia política, de esa osadía revolucionaria que lanza al aniversario en forma de desafío: no soy nada y debería ser todo”.[6]

En sus artículos escritos durante la revolución de 1848 no cesa de denunciar la “bajeza” y la “traición” de la burguesía alemana, comparándola con el glorioso paradigma francés: “La burguesía prusiana no era la burguesía francesa de 1789, la clase que, frente a los representantes de la antigua sociedad, de la realeza y de la nobleza, encarnaba ella sola toda la sociedad moderna. Estaba degradada al rango de una especie de casta (…) inclinada desde el inicio a traicionar al pueblo y a intentar compromisos con el representante coronado de la antigua sociedad” [7].

En otro artículo de la Nueva Gaceta Renana (julio de 1848), examina de forma más detallada ese contraste: “la burguesía francesa de 1789 no abandonará ni un instante a sus aliados, los campesinos. Sabía que la base de su dominación era la deconstrucción de la feudalidad en el campo, la creación de una clase campesina libre, poseedora de tierras. La burguesía de 1848 traicionó sin dudar a los campesinos, que son sus aliados más naturales, la carne de su carne y sin los que ella es impotente frente a la nobleza”[8].

Esta celebración de las virtudes revolucionarias de la burguesía francesa va a inspirar más tarde (sobre todo en el siglo XX) a toda una visión lineal y mecánica del progreso histórico entre algunas corrientes marxistas. Hablaremos de ello más adelante,

Leyendo estos textos, se tiene a veces la impresión de que Marx exalta a la burguesía revolucionaria de 1789 para estigmatizar mejor a su “miserable” contrapartida alemana de 1848. Esta impresión es confirmada por los textos un poco anteriores a 1848, en los que el papel de la burguesía francesa se presenta mucho menos heroico. Por ejemplo, en La Ideología Alemanaobserva que, en relación con la decisión de los Estados Generales de proclamarse como Asamblea soberana: “La Asamblea Ncional se vio forzada a hacer ese paso hacia adelante. empujada por la masa innumerable que tras de sí”[9].

En un artículo de 1847, afirma en relación con la abolición revolucionaria de los vestigios feudales en 1789-1794: “Timorata y conciliadora como es, la burguesía no llegó hasta esa tarea ni en varios decenios. Por consiguiente, la acción sangrante del pueblo solo le ha preparado los caminos”[10].

Si el análisis marxiano del carácter burgués de revolución es de una notable colegado y claridad, no se puede decir lo mismo de sus intentos de interpretar el jacobinismo, el Terror, 1793. Confrontado al misterio jacobino, Marx duda. Esa duda es visible en las variaciones de un período a otro, de un texto a otro e incluso a veces en el interior de un mismo documento… Todas las hipótesis que avanza no son del mismo interés. Algunas, bastante extremas -y por otra parte mutuamente contradictorias-, son poco conviencentes. Por ejemplo, en un pasaje de La Ideología Alemana, ¡presenta al Terror como la puesta en práctica del “liberalismo enérgico de la burguesía”! Sin embargo, algunas páginas antes, Robespierre y Saint-Just son definidos como los “auténticos representantes de las fuerzas revolucionairas: la masa ‘innumerable’”[11].

Esta última hipótesis se sugiere otra vez en un pasaje del artículo contra Karl Heinzen, de 1847: si, “como en 1794, (…) el proletariado derroca la dominación política de la burguesía”antes que estén dadas las condiciones políticas de su poder, su victoria “solo será pasajera” y servirá, en último término, a la misma revolución burguesa[12]. La formulación es indirecta y la referencia a la Revolución Francesa solo se hace de pasada, a la vista de un debate político actual, pero resulta sin embargo sorprendente que Marx haya podido considerar los acontecimientos de 1794 como una “victoria del proletariado”.

Otras interpretaciones son más pertinentes y pueden ser consideradas como recíprocamente complementarias:

a) El Terror es un momento de autonomía de lo político que entra en conflicto violento con la sociedad burguesa. El “locus classicus” de esta hipótesis es un pasaje de La Cuestión Judía (1844): “Evidentemente en las épocas en las que el Estado político como tal nace violentamente de la sociedad burguesa (…) el Estado puede y debe ir hasta la supresión de la religión (…) pero únicamente como va hasta la supresión de la propiedad privada, al máximo, a la confiscación, al impuesto progresivo, a la supresión de la vida, a la guillotina. (…) La vida política busca ahogar sus condiciones primordiales, la sociedad burguesa y sus elementos para erigirse en vía genética verdadera y absoluta del hombre. Pero ella solo puede alcanzar este fin poniéndose en contradicción violenta con sus propias condiciones de existencia, declarando la revolución en estado permanente; también el drama político se termina necesariamente por la restauración de todos los elementos de la sociedad burguesa”[13].

El jacobinismo parece bajo este ángulo como un vano intento y necesariamente abortado de afrontar la sociedad burguesa a partir del Estado de forma estrictamente política.

b) Los hombres del Terror –”Robespierre, Saint-Just y su partido”- han sido victimas de una ilusión: han confundido la antigua república romana con el Estado representativo moderno. Atrapados en una contradicción insoluble, han querido sacrificar la sociedad burguesa “a una forma antigua de vida política”. Esta idea, desarrollada en La Santa Familia, implica como hipótesis anterior, un período histórico de exasperación y de autonomización de lo político. Conduce a la conclusión, un poco sorprendente, de que Napoleón es el heredero del jacobinismo; ha representado “la última batalla del terrorismo revolucionario contra la sociedad burguesa, proclamada ella también por la revolución, y contra su política”. Es cierto que “no tenía nada de un terrorista exaltado”; sin embargo, “consideraba todavía al Estado como un fin en si y a la sociedad civil únicamente como su tesorero y subalterno, que debía renunciar a toda voluntad propia. Realizó el terrorismo al reemplazar a la revolución permanente por la guerra permanente”[14].

Se reencuentra esta tesis en El Dieciocho Brumario (1852), pero esta vez Marx insiste sobre el engaño de la razón que hace de los jacobinos (y de Bonaparte) los parteros de esa misma sociedad burguesa a la que despreciaban:“Camille Desmoulin, Danton, Robespierre, Saint-Just, Napoleón, los héroes, así como los partidos y la masa cumplieron en la antigua Revolución Francesa el traje romano, y con la fraseología romana, la tarea de su época, a saber la liberación y la instauración de la sociedad burguesa moderna. (…) Una vez establecida la nueva sociedad, desaparecieron los colosos antediluvianos y, con ellos, la resucitada Roma: los Brutus, los Gracchus, los Publicola, los tribunos, los senadores y el mismo César. La sociedad burguesa, en su sobre-realidad, se había creado sus verdaderos interpretes y portavoces en la persona de los Say, los Cousin, los Royer-Collard, los Benjamin Constant y los Guzot”[15].

Robespierre y Napoleón, ¿un mismo combate? La fórmula es discutible. Se encontraba ya bajo la pluma de liberales tales como Madame de Staël que describía a Napoleón como un “Robespierre a caballo”.En Marx, en todo caso, se muestra el rechazo de toda filiación directa entre jacobinismo y socialismo. Sin embargo, se tiene la impresión que ello procede menos de una crítica del jacobinismo (como en Daniel Guérin un siglo más tarde) que de una cierta “idealización” del hombre del Dieciocho Brumario, considerado por Marx- de acuerdo con una tradición de la izquierda renana (por ejemplo Heine)- como el continuador de la Revolución Francesa.

c) El Terror ha sido un método plebeyo de acabar de forma radical con los vestigios feudales y en este sentido ha sido funcional para la llegada de la sociedad burguesa. Esta hipótesis se sugiere en varios escritos, especialmente el artículo sobre “La burguesía y la contrarrevolución” de 1848. Analizando el comportamiento de las capas populares urbanas (“el proletariado y las otras categorías sociales que no pertenecen a la burguesía”), Marx afirma:“Incluso cuando se oponían a la burguesía, como por ejemplo de 1793 a 1794 en Francia, solo luchaban para hacer triunfar los intereses de la burguesía, aunque eso no fuere a su manera. Todo el Terror en Francia no fue otra cosa que un métodoplebeyo de acabar con los enemigos de la burguesía, el absolutismo, el feudalismo y el espíritu pequeño-burgués”[16].

La ventaja evidente de este análisis era la de integrar los acontecimientos de 1793-1794 en la lógica de conjunto de la Revolución Francesa -la llegada de la sociedad burguesa. Utilizando el método dialéctico, Marx muestra que los aspectos “antiburgueses” del Terror solo han servido, en último término, para asegurar mejor el triunfo social y político de la burguesía.

El marxismo y el jacobinismo

Los tres aspectos puestos en evidencia por estas tres líneas interpretativas del jacobinismo –la hipertrofia de lo político en lucha contra la sociedad burguesa, la ilusión de volver a la República antigua y el papel de instrumento plebeyo al servicio de los intereses objetivos de la burguesía- son completamente compatibles y permiten comprender diferentes facetas de la realidad histórica.

Sin embargo nos encontramos perplejos por dos aspectos: por una parte, por la importancia un poco excesiva que atribuye Marx a la ilusión romana como clave explicativa del comportamiento de los Jacobinos. Tanto más que una de las exigencias del materialismo histórico es la de explicar las ideologías y las ilusiones por la posición y los intereses de las clases sociales… Pero, no hay en Marx (o en Engels) un intento, ni siquiera aproximativo, de definir la naturaleza de clase del jacobinismo. No faltan análisis de clases en sus escritos sobre la Revolución Francesa: se examina el papel de la aristocracia, del clero, de la burguesía, de los campesinos, de la plebe urbana e incluso del “proletariado” (concepto un poco anacrónico en la Francia del siglo XVIII). Pero el jacobinismo permanece suspendido en el aire, en el cielo de la política “antigua” -o asociado de forma un poco rápida al conjunto de las clases plebeyas, no burguesas.

Si en las obras sobre la revolución de 1848-1852 Marx no duda en calificar a los herederos modernos de la Montagne como “demócratas pequeño-burgueses”, es muy raro que extienda esa definición social a los Jacobinos de 1793. Uno de los únicos pasajes donde ello se sugiere se encuentra en la circular de marzo de 1850 a la Liga de los Comunistas. “De la misma forma que en la primera Revolución Francesa, los pequeño-burgueses dieron las tierras feudales a los campesinos como libre propiedad, es decir que quisieron (…) favorecer a una clase campesina pequeño-burguesa para que cumpliese el mismo ciclo de pauperización y de endeudamiento en el que está actualmente encerrado el campesino francés”[17].

Pero se trata de nuevo de una observación “de pasada”, en la que los jacobinos no son ni explícitamente designados. Es un hecho curioso, pero hay muy pocos elementos en Marx (o Engels) para un análisis de clase de las contradicciones del jacobinismo –como por ejemplo la de Daniel Guérin, según la cual el partido jacobino era “a la vez pequeño-burgués en la cabeza y popular en la base”[18].

En todo caso, una cosa está clara: a sus ojos, 1793 no era de ninguna forma un paradigma para la futura revolución proletaria. Cualquiera que fuese su admiración por la grandeza histórica y la energía revolucionaria de un Robespierre o de un Saint-Just, el jacobinismo es expresamente rechazado como modelo o fuente de inspiración de la praxis revolucionaria socialista. Ello aparece desde los primeros textos comunistas de 1844, que oponen la emancipación social a los callejones sin salida e ilusiones del voluntarismo político de los hombres del terror.

Pero es en el curso de los años 1848-1852, en los escritos sobre Francia, cuando Marx va a denunciar, con la mayor insistencia, la “superstición tradicional en 1793”, a los “pedantes de la vieja tradición de 1793”, las “ilusiones de los republicanos de la tradición de 1793”, y todos los que “quedan fascinados con el opio de los sentimientos y de las fórmulas patrióticas de 1793”. Razonamientos que le conducen a la célebre conclusión formulada en El Dieciocho Brumario: “La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino únicamente del futuro. No puede comenzar con ella misma antes de haber liquidado completamente toda superstición respecto al pasado”[19].

Esta es una afirmación muy discutible –la Comuna de 1793 ha inspirado a la de 1871 y ésta, a su vez, ha alimentado Octubre de 1917-, pero ella manifiesta la hostilidad de Marx a todo resurgimiento del jacobinismo en el movimiento proletario.

Ello no significa de ninguna forma que Marx no perciba, en el seno de la Revolución Francesa, los personajes, los grupos y los movimientos precursores del socialismo. En un pasaje muy conocido de La Santa Familia, analiza rápidamente a los principales precursores de esta tendencia: “El movimiento revolucionario que empezó en 1789 en el círculo social, que, en medio de su carrera, tuvo como principales representantes a Leclerc y Roux y acabó por sucumbir provisionalmente con la conspiración de Babeuf, había hecho germinar la idea comunista que el amigo de Babeuf, Buonarroti, reintrodujo en Francia después de la revolución de 1830. Esta idea, desarrollada consecuentemente, es la idea del nuevo estado del mundo”[20].

Curiosamente, Marx no parece interesarse más que en la idea comunista, y no presta mucha atención al movimiento social, a la lucha de clases en el interior del Tercer Estado. Por otra parte, no se ocupará más, en sus escritos posteriores, de esos “gérmenes comunistas” de la Revolución Francesa (con excepción de Babeuf) y no intentará nunca estudiar los enfrentamientos de clases entre burgueses y “brazos desnudos” en el curso de la revolución. En el viejo Engels (en 1889), se encuentran algunas referencias rápidas al conflicto entre la Comuna (Hébert, Chaumette) y el Comité de Salud Pública (Robespierre), pero no es cuestión de la corriente “rabiosa” representada por Jacques Roux[21].

Entre esas figuras de precursores, Babeuf es pues el único que parece realmente importante a los ojos de Marx y de Engels, que se refieren a él en varias ocasiones. Por ejemplo, en el artículo contra Heinzen (1847), Marx observa: “La primera aparición de un partido comunista realmente activo se encuentra en el marco de la revolución burguesa, en el momento en el que la monarquía constitucional es suprimida. Los republicanos más consecuentes, en Inglaterra los Niveladores, en Francia Babeuf, Buonarroti, son los primeros en proclamar estas cuestiones sociales. La conspiración de Babeuf, descrita por su amigo y compañero Buonarroti, muestra como estos republicanos han extraído del movimiento de la historia la idea de que eliminando la cuestión social de la monarquía o la república, todavía no se resolvía la menor cuestión social en el sentido del proletariado”.

Por otra parte, la frase, en el Manifiesto Comunista, que describe “los primeros intentos del proletariado para imponer directamente su propio poder de clase -intentos que han tenido lugar “en el período de derrocamiento de la sociedad feudal”- se refiere también a Babeuf [22] (explícitamente mencionado en este contexto). Este interés es comprensible, en la medida en que varias corrientes comunistas en la Francia de antes de 1848 estuvieron más o menos directamente inspiradas por el babuvismo. Pero la cuestión de los movimientos “sans-culottes” (populares) anti-burgueses –y más avanzados que los jacobinos- de los años 1793-1794 fue poco abordada por Marx (o Engels).

¿Una revolución permanente?

¿Se puede decir en estas condiciones que Marx percibió, en la Revolución Francesa, no solo la revolución burguesa sino también una dinámica de revolución permanente, en embrión de revolución “proletaria” que desbordaría el marco estrictamente burgués? Si y no…

Es cierto, como hemos visto más arriba, que Marx utiliza en 1843-1844 el término “revolución permanente” para designar la política del Terror. Daniel Guérin interpreta esta fórmula en el sentido de su propia interpretación de la Revolución Francesa: “Marx empleó la expresión de revolución permanente en relación con la Revolución Francesa. Mostró que el movimiento revolucionario de 1793 intentó (durante un momento) sobrepasar los límites de la revolución burguesa” [23].

Sin embargo, el sentido de la expresión de Marx (en La Cuestión Judía) no es del todo idéntico al que le atribuye Guérin: la “revolución permanente” no designa en ese momento a un movimiento social, semi-proletario, que intenta desarrollar la lucha de clases contra la burguesía -desbordando el poder jacobino-, sino una vana tentativa de la “vida política” (encarnada por los jacobinos) para emanciparse de la sociedad civil/burguesa y suprimir a ésta por la guillotina. La comparación que esboza Marx un año más tarde (La Santa Familia) entre Robespierre y Napoleón, atribuyendo a este último “realizar el Terror reemplazando la revolución permanente por la guerra permanente”, ilustra bien la distancia entre esta fórmula y la idea de un germen de revolución proletaria.

El otro ejemplo que da Guérin en el mismo parágrafo es un artículo de 1849 en el que Engels indica la “revolución permanente” como uno de los rasgos característicos del “glorioso año 1793”. Sin embargo, en ese artículo, Engels cita como ejemplo contemporáneo de esa “revolución permanente” el levantamiento nacional-popular húngaro de 1848 dirigido por Lajos Kossuth, “que era para su nación Danton y Carnot en una sola persona”. Es evidente que para Engels ese término era simplemente sinónimo de movilización revolucionaria del pueblo y no tenía de ninguna forma el sentido de una transcrecimiento socialista de la revolución[24].

Estas observaciones no tienen por objetivo criticar a Daniel Guérin, sino al contrario, a poner de relieve la profunda originalidad de su análisis: no ha desarrollado simplemente las indicaciones ya presentes en Marx y Engels, sino que ha formulado, utilizando el método marxista, una nueva interpretación, que pone en evidencia la dinámica “permanentista” del movimiento revolucionario de los “brazos desnudos” en 1793-1794.

Dicho esto no hay duda que la expresión “revolución permanente” está estrechamente asociada, en Marx (y Engels), a los recuerdos de la Revolución Francesa. Esta ligazón se sitúa a tres niveles:

-El origen inmediato de la fórmula remite probablemente al hecho de que los clubs revolucionarios se declaraban frecuentemente como asamblea “en permanencia”. Esta expresión aparece por otra parte en uno de los libros alemanes sobre la revolución que Marx había leído en 1843-1844[25].

-La expresión implica también la idea de un avance ininterrumpido de la revolución, de la monarquía a la constitucional, de la república girondina a la jacobina, etc.

-En el contexto de los artículos de 1843-1844, sugiere una tendencia de la revolución política (en su forma jacobina) a convertirse en un fin en si y a entrar en conflicto con la sociedad civil/burguesa.

En revancha, la idea de revolución permanente en sentido fuerte -el del marxismo revolucionario del siglo XX- aparece en Marx por primera vez en 1844, en relación con Alemania. En el artículo Contribuciones a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, constata la incapacidad de la burguesía alemana de cumplir su papel revolucionario: en el momento en que se pone en lucha contra la realeza y la nobleza, “el proletariado está ya comprometido en el combate contra el burgués. Apenas la clase media osa concebir, desde su punto de vista, el pensamiento de su emancipación, que ya la evolución de las condiciones sociales y el progreso de la teoría política declaran caducado ese punto de vista, o al menos problemático”.

Se deduce que en Alemania, “eso no es la revolución radical, la emancipación universalmente humana que es (…) un sueño utópico; es más bien la revolución parcial, la revolución puramente política, la revolución que deja subsistir los pilares de la casa”. En otros términos: “En Francia, la emancipación parcial es el fundamento de la emancipación universal. En Alemania, la emancipación universal es la condición sine qua non de toda emancipación parcial”[26].

Es pues en oposición al modelo “puramente político”, “parcial”, de la Revolución Francesa que se esboza, en un lenguaje todavía filosófico la idea de que la revolución socialista deberá, en algunos países, cumplir las tareas históricas de la revolución democrático-burguesa.

Es solo en marzo de 1850, en la circular a la Liga de los Comunistas, que Marx y Engels van a fusionar la expresión francesa con la idea alemana, la fórmula inspirada por la revolución de 1789-1794 con la perspectiva de un transcrecimiento proletario de la revolución democrática (alemana): “Mientras que los pequeño-burgueses democráticos quieren terminar rápidamente la revolución (…) es nuestro interés y nuestro deber de hacer la revolución permanente, hasta que todas las clases más o menos poseedoras hayan sido expulsadas del poder, que el proletariado haya conquistado el poder público en los principales países del mundo y concentrado en sus manos las fuerzas productivas decisivas”[27].

Es en este documento en el que la expresión “revolución permanente gana por primera vez el sentido que tendrá a continuación en el curso del siglo XX (especialmente en Trotski). En su nueva concepción, la fórmula guarda de su origen y del contexto histórico de la Revolución Francesa sobre todo el segundo aspecto citado: la idea de una progresión, de una radicalización y una profundización ininterrumpidas de la revolución. Se reencuentra también el aspecto de la confrontación con la sociedad civil/burguesa, pero contrariamente al aspecto jacobino de 1793 ella ya no es la obra terrorista (necesariamente destinada al fracaso) de la esfera política en tanto que tal -que intenta en vano atacar a la propiedad privada por la guillotina)- sino desde la misma sociedad civil, bajo la forma de revolución social (proletaria).

¿Qué legado?

¿Cuál es pues el legado de la Revolución Francesa para el marxismo del siglo XX? Como hemos visto, Marx pensaba que el proletariado socialista debía desembarazarse del pasado revolucionario del siglo XVIII. La tradición revolucionaria le parece un resultado esencialmente negativo: “La tradición de todas la generaciones muertas pesa como una pesadilla sobre el cerebro de los vivos. E incluso cuando parecen ocupados en transformarse, ellos y las cosas, para crear alguna cosa completamente nueva, es precisamente en estas épocas de crisis revolucionarias que ellos llaman temerosamente a los espíritus del pasado para su rescate, que les prestan sus nombres, sus consignas, sus vestidos. (…) Las revoluciones anteriores tenían necesidad de reminiscencias históricas para disimularse a ellas mismas su propio contenido. La revolución del siglo XIX debe dejar a los muertos enterrar a sus muertos para realizar su propio objeto”[28].

Por supuesto, esta observación se sitúa en un contexto preciso, el de una polémica de Marx contra la “caricatura de Montagnede los años 1848-1852, pero presenta también un objetivo más general. Me parece que Marx tiene a la vez razón y se equivoca…

Tiene razón, en la medida en que los marxistas han querido a menudo inspirarse, en el curso del siglo XX, en el paradigma de la Revolución Francesa, con resultados bastante negativos. Es el caso, en primer lugar, del marxismo ruso, en sus dos grandes ramas:

Plejanov y los mencheviques -que creían que la burguesía democrática rusa iba a desempeñar en la lucha contra el zarismo el mismo papel revolucionario que la burguesía francesa desempeñó (según Marx) en la revolución de 1780. A partir de ese momento, el concepto de “burguesía revolucionariaentró en el vocabulario de los marxistas y se convirtió en un elemento clave en la elaboración de las estrategias políticas -ignorando la advertencia de Marx, en relación con Alemania (pero con indicaciones más generales): las clases burguesas que llegan demasiado tarde (es decir, que se encuentran ya amenazadas por el proletariado) no podrán tener una práctica revolucionaria consecuente.

Por supuesto, gracias al estalinismo el dogma de la burguesía democrático-revolucionaria (o nacional) y la idea de una repetición -en las nuevas condiciones- del paradigma de 1789 han sido componentes esenciales de la ideología del movimiento comunista en los países coloniales, semi-coloniales y dependientes, desde 1926, con nefastas consecuencias para las clases dominadas.

Lenin y los bolcheviques no tenían ilusiones sobre la burguesía liberal rusa, pero adoptaron, sobre todo antes de 1905, el jacobinismo como modelo político. De ahí resultaba una concepción frecuentemente autoritaria del partido, de la revolución y del poder revolucionario… Rosa Luxemburgo y León Trotski van a criticar –especialmente durante los años 1903-1905- ese paradigma jacobino, insistiendo sobre la diferencia esencial entre el espíritu, los métodos, las prácticas y las formas de organización marxistas y las de Robespierre y sus compañeros. Se puede considerar al Estado y la Revolución, de Lenin, como una superación de ese modelo jacobino.

Tratar a Stalin y a sus acólitos de herederos del jacobinismo sería demasiado injusto para los revolucionarios de 1793, y comparar el Terror del Comité de Salud Pública con el del GPU de los años 1930 es una absurdidad histórica evidente. En revancha, se puede observar la presencia de un elemento jacobino en un marxista tan sutil e innovador como Antonio Gramsci. Mientras que, en sus artículos de 1919 para Ordine Nuovo, proclamaba que el partido proletario no debe ser “un partido que se sirve de la masa para intentar una imitación heroica de los jacobinos franceses”,en sus Cuadernos de Prisión de los años 1930 se encuentra una visión bastante autoritaria del partido de vanguardia, presentado explícitamente como el heredero legítimo de la tradición de Maquiavelo y de los jacobinos[29].

A otro nivel me parece sin embargo que Marx se equivocaba al negar todo valor (para el combate socialista) a la tradición revolucionaria de 1789-1794. Su propio pensamiento es un excelente ejemplo de ello: la idea misma de revolución en sus escritos (y en los de Engels), como movimiento insurreccional de las clases dominadas que derroca un Estado opresor y un orden social injusto estuvo en muy amplia medida inspirada por esa tradición… De una forma más general, la gran Revolución Francesa forma parte de la memoria colectiva del pueblo trabajador -en Francia, en Europa y en el mundo entero- y constituye una de las fuentes vitales del pensamiento socialista, en todas sus variantes (comunismo y anarquismo incluidos). Contrariamente a lo que escribió Marx en El Dieciocho Brumario, sin “poesía del pasadono hay sueño de futuro…

En una cierta medida, el legado de la Revolución Francesa permanece, todavía hoy, vivo y actual, activo. Guarda alguna cosa de inacabada… Contiene una promesa todavía no realizada. Es el comienzo de un proceso que todavía no ha terminado. La mejor prueba la constituyen los intentos persistentes e insistentes de poner fin, una vez por todas, oficial y definitivamente, a la Revolución Francesa. Napoleón ha sido el primero en decretar, el Dieciocho Brumario, que la revolución había finalizado. Otros se han entregado, en el curso de los siglos, a este tipo de ejercicios, retomados hoy con un bello aplomo por François Furet. Sin embargo, ¿quién tendría en nuestros días la descabellada idea de declarar “terminada” la revolución inglesa de 1648? ¿O la revolución americana de 1788? ¿O la revolución de 1830? Si se obstinan de tal forma sobre la de 1789-1794 es porque es porque ella continúa manifestando sus efectos en el campo político y en la vida cultural, en el imaginario social y en las luchas ideológicas (en Francia y en otras partes).

¿Cuáles son los aspectos de este legado más dignos de interés? ¿Cuáles son los espíritus del pasado (Marx) que merecen ser evocados doscientos años después? ¿Cuáles son los elementos de la tradición revolucionaria de 1789-1794 que manifiestan más profundamente esa no finalización? Se podrían mencionar al menos cuatro, entre los más importantes:

1. La Revolución Francesa ha sido un momento privilegiado en la constitución del pueblo oprimido -la masa innumerable (Marx) de los explotados- como sujeto histórico, como actor de su propia liberación. En este sentido ella ha sido un paso gigantesco en lo que Ernst Bloch llama la “puesta en pie de la Humanidad” –un proceso histórico que todavía está lejos de finalizar… Por supuesto, se encuentran precedentes en los movimientos anteriores (la Guerra de los Campesinos del siglo XVI, la revolución inglesa del siglo XVII), pero ninguno alcanza la claridad, la fuerza política y moral, la vocación universal y osadía espiritual de la revolución de 1789-1794 -hasta esa época la más colosal (Marx) de todas ellas.

2. En el curso de la Revolución Francesa han aparecido movimientos sociales cuyas aspiraciones sobrepasaban los límites burgueses del proceso iniciado en 1789. Las principales fuerzas de ese movimiento –los brazos desnudos”, las mujeres republicanas, los rabiosos”, los Iguales y sus portavoces (Jacques Roux, Leclerc, etc.) han sido vencidas, aplastadas, guillotinadas. Su memoria -sistemáticamente borrada de la historia oficial- forma parte de la tradición de los oprimidos de la que hablaba Walter Benjamin, la tradición de los antepasados martirizados que alimenta el combate de hoy. Los trabajos de Daniel Guérin y Maurice Dommanget -dos marginales exteriores a la historiografía universitaria- han salvado del olvido a los “brazos desnudos” y los “rabiosos”, mientras que las investigaciones más recientes descubren poco a poco toda la riqueza de la “mitad escondida” del pueblo revolucionario: las mujeres.

3. La Revolución Francesa ha hecho germinar las ideas de un “nuevo estado del mundo”, las ideas comunistas (el “círculo social”, Babeuf, Sylvain Maréchal, François Bossel, etc.) y feministas (Olympe de Gouges, Théroigne de Méricourt). La explosión revolucionaria liberó sueños, imágenes de deseo y exigencias sociales radicales. En este sentido también es portadora de un futuro que permanece abierto e inacabado.

4. Los ideales de la Revolución Francesa -Libertad, Igualdad, Fraternidad, los Derechos del Hombre (especialmente en su versión de 1793), la soberanía del pueblo- contienen un “añadido utópico” (Ernst Bloch) que desborda el uso que ha hecho de los mismos la burguesía. Su realización efectiva exige la abolición del orden burgués. Como señala con fuerza visionaria Ernst Bloch,“libertad, igualdad, fraternidad, forman también parte de los compromisos que no fueron cumplidos, no están todavía resueltos, apagados”. Poseen “esa promesa y ese contenido utópico concreto de una promesa” que no será realizada más que por la revolución socialista y por la sociedad sin clases. En una palabra: “libertad, igualdad, fraternidad -la ortopedia tal como se ha intentado, de la marcha de pies, del orgullo humano- reenvía mucho más allá del horizonte burgués”[30].

Conclusión y moral de la Historia (con una H mayúscula): la Revolución Francesa de 1789-1794 solo ha sido un comienzo. El combate continúa.

Este texto ha sido publicado en la obra colectiva Permanence(s) de la Révolution, París, Éditions la Brèche, 1989. La transcripción y los antetítulos han sido realizados por el sitio Avanti4.be.

https://www.contretemps.eu/marx-revolution-francaise/


[1] K. Marx,”Die Deutsche Ideologie”, 1846, Berlin, Dietz Verlag, 1960, p. 92.

[2] K. Marx, “Die Heilige Familie”, 1845, Berlin, Dietz Verlag, 1953, p. 196.

[3] K. Marx, “La bourgeoisie et la contre-révolution”, 1848, en Marx et Engels,”Sur la Révolution française” (SRF), Messidor, 1985, p. 121. Además de ese compendio, preparado para las Editions Sociales por Claude Mainfroy, existe otro, que contiene únicamente los escritos de Marx (con una amplia introducción de F. Furet) reunidos por Lucien Calviez : “Marx et la Révolution française” (MRF), Flammarion, 1986. Los dos compendios son incompletos. Utilizo tanto el uno como el otro, y a veces el original alemán (especialmene para los textos que no figuran en ninguno de los compendios).

[4] K. Marx, “El Dieciocho Brumario”, citado en SRF, p. 148 ; – Id., “ La Guerrea Civil en Francia” (primero y segundo ensayo de redacción), citado en SRF, p. 187-192.

[5] F. Furet, “Marx et la Révolution française “, Flammarion, 1986, p. 81-84. Cf. p. 83 : ”Pero para afirmar la universalidad abstracta de la libertad, la Revolución ha debido proceder por una escisión entre sociedad civil y Estado, deduciendo, por así decir, lo político de lo social. Eso es su error, su fracaso, al mismo que el de las teorías del contrato, y especialmente de Rousseau.”

[6] K. Marx, “Introduction à la Contribution à la Critique de la Philosophie du Droit de Hegel”, 1944, NRF, p. 152.

[7] K. Marx, “ La bourgeoisie et la contre-révolution “, 1848, dans Marx et Engels, “ Sur la Révolution française” (SRF), Messidor, 1985, p. 123.

[8] K. Marx, “ Projet de Loi sur l’abrogation des charges féodales”, 1848, SRF, p. 107.

[9] K. Marx, “L’Idéologie allemande”, citado en NRF p. 187.

[10] K. Marx, “La critique moralisante et la morale critique (contre Karl Heinzen)”, NRF p. 207.

[11]K. Marx, “L’Idéologie allemande”, cité dans NRF p. 184 et 181.

[12] K. Marx, “La critique moralisante et la morale critique (contre Karl Heinzen”, SRF p. 90.

[13] K. Marx, “La Question Juive“, 1844, Oeuvres Philosophiques, Costes, 1934, p. 180-181. Volveré más abajo sobre el sentido que sería necesario atribuir en este contexto a la expresión “revolución en estado permanente”.

[14] K. Marx, “La Sainte-Famille”, 185, citado en NRF, p. 170-171.

[15] K. Marx, “Le Dix-Huit Brumaire de Louis Bonaparte”, 1852, citado en SRF p. 145-146.

[16] K. Marx, “La bourgeoisie et la contre-révolution”, 1848, en Marx y Engels, “Sur la Révolution française”, (SRF), Messidor, 1985, p. 121. Cf. también el artículo contra Karl Heinzen de 1847 : “Asestando violentos golpes de masa, el Terror no debía servir pues en Francia más que a hacer desaparecer del territorio francés, como por encanto, las ruinas feudales. A la burguesía timorata y conciliadora no le fue suficiente con varios decenios para cumplir esa tarea.” (SRF, p. 90).

[17] K. Marx et F. Engels, “Adresse de l’autorité centrale à la Ligue des Communistes”, marzo de 1850, citado en SRF, p. 137 et 138.

[18] Daniel Guérin, “La lutte de classes sous la Première République”, Gallimard, 1946, p. 12.

[19] Cf. SRF p. 103, 115,118; -NRF, p. 238,247.

[20] Citado en SRF p.62.

[21] Carta de Engels a Karl Kautsky, 20 de febrero de 1889, citado en SRF p. 245-246.

[22] K. Marx, ”La critique moralisante et la morale critique (contre Karl Heinzen)”, citado en SRF p. 91 y el pasaje del “Manifiesto” se encuentra en NRF p. 215.

[23] Daniel Guérin, “La lutte de classes sous la Première République”, Gallimard, 1946, p. 7.

[24] Ibid. Cf. Engels, “Der Magyarische Kampf”, Marx-Engels Werke, Dietz Verlag, Berlín 1961, Tomo 6, p. 166.

[25] Cf. W. Wachsmuth, “Geschichte Frankreichs im Revolutionalter”, Hamburgo, 1842, Vol. 2, p. 341 : “Von den Jakobineren ging die nachricht ein, dass sie in Permanenz erklärt hatten”.

[26] K. Marx, “Contribution à la Critique de la Philosophie du Droit de Hegel”, 1944, citado en NRF, p. 151-153.

[27] K. Marx et F. Engels, “Adresse de l’autorité centrale à la Ligue des Communistes”, marzo de 1850, “Karl Marx devant les jurés de Cologne “, Costes 1939, p. 238.

[28]K. Marx et F. Engels, “Adresse de l’autorité centrale à la Ligue des Communistes”, marzo de 1850, citado en SRF, p. 137 et 138.

[29]A. Gramsci, “Ordine Nuovo”, Einaudi, Turin, 1954, p. 139-140 ; – “Note sul Machiaveli, sul la politica e sul lo stato moderno” , Einaudi, Turin, 1955, p. 6 à 8, 18, 26.

[30] “Ernst Bloch,”Droit naturel et dignité humaine”, Payot, 1976, p. 178-179.

George Novack: La ley del desarrollo desigual y combinado de la sociedad

EL CURSO DESIGUAL DE LA HISTORIA

Este ensayo pretende dar una explicación comprensible y coherente de una de las leyes fundamentales de la historia humana, la ley del desarrollo desigual y combinado. Es la primera vez, en mi opinión, que se intenta hacer esto. Tratare de demostrar que es esta ley, como ha operado en las principales etapas de la historia y también como puede clarificar algunos de los más importantes fenómenos sociales y problemas políticos de nuestra época.

 

LA DOBLE NATURALEZA DE LA LEY

La ley del desarrollo desigual y combinado es una ley científica de la más amplia aplicación en el proceso histórico. Tiene un carácter dual o, mejor dicho, es una fusión de dos leyes íntimamente relacionadas. Su primer aspecto se refiere a las distintas proporciones en el crecimiento de la vida social. El segundo, a la correlación concreta de estos factores desigualmente desarrollados en el proceso histórico.

Los aspectos fundamentales de la ley pueden ser brevemente ejemplificados de la siguiente manera:

El factor más importante del progreso humano es el dominio del hombre sobre las fuerzas de producción. Todo avance histórico se produce por un crecimiento más rápido o más lento de las fuerzas productivas en este o aquel segmento de la sociedad, debido a las diferencias en las condiciones naturales y en las conexiones históricas. Estas disparidades dan un carácter de expansión o compresión a toda una época histórica e imparte distintas proporciones de crecimiento a los diferentes pueblos, a las diferentes ramas de la economía, a las diferentes clases, instituciones sociales y campos de cultura. Esta es la esencia de la ley del desarrollo desigual. Estas variaciones entre los múltiples factores de la historia dan la base para el surgimiento de un fenómeno excepcional, en el cual las características de una etapa mas baja del desarrollo social se mezclan con las de otra superior.

Estas formaciones combinadas tienen un carácter altamente contradictorio y exhiben marcadas peculiaridades. Ellas pueden desviarse mucho de las reglas y efectuar tal oscilación como para producir un salto cualitativo en la evolución social y capacitar a pueblos antiguamente atrasados para superar por un cierto tiempo a los mas avanzados. Esta es la esencia de la ley del desarrollo combinado. Es obvio que estas dos leyes estos dos aspectos de una sola ley, no actúan al mismo nivel. La desigualdad del desarrollo precede cualquier combinación de factores desarrollados desproporcionalmente. La segunda ley crece sobre y depende de la primera. Y a su vez esta actúa sobre aquella y la afecta en su posterior funcionamiento.

 

EL TRASFONDO HISTORICO

El descubrimiento y formulación de esta ley es el resultado de mas de 2.500 años de investigaciones teóricas sobre las formas del desarrollo social. Las primeras observaciones sobre ella fueron hechas por los filósofos e historiadores griegos. Pero la ley misma fue llevada a un primer plano y efectivamente aplicada por primera vez, por los fundadores del materialismo histórico, Marx y Engels, aproximadamente un siglo atrás. Esta ley es una de las más grandes. contribuciones del marxismo para la comprensión científica de la historia y uno de los más poderosos instrumentos de análisis histórico.

Marx y Engels derivaron la esencia de esta ley, a su vez, de la filosofía dialéctica de Hegel. Hegel utilizó la ley en sus obras sobre la historia universal y la historia de la filosofía sin darle no obstante, un nombre especial o un reconocimiento explícito.

De la misma manera, muchos pensadores dialécticos, antes y después de Hegel, usaron esta ley en sus estudios y la aplicaron mas o menos concientemente para la solución de complejos problemas histórico-sociales y políticos. Los mas destacados teóricos del marxismo, desde Kautzky y Luxemburgo hasta Plejanov y Lenin, advirtieron su importancia, observaron su funcionamiento y consecuencias y la usaron para la solución de problemas que confundían a otras escuelas de pensamiento.

 

UN EJEMPLO DE LENIN

Déjenme citar un ejemplo de Lenin, quien basó su análisis de la primera etapa de la revolución rusa en 1917 en esta ley. En sus «Cartas desde Lejos» escribió a sus colaboradores bolcheviques desde Suiza: «El hecho de que la revolución (de febrero) haya ocurrido tan rápidamente… es debido a una coyuntura histórica inusual donde estaban combinados, de una manera «altamente favorable», movimientos absolutamente distintos, intereses de clases absolutamente diferentes y tendencias políticas y sociales absolutamente opuestas» (Collected Works, Book I, pag. 31).

¿Que había ocurrido? Una sección de la nobleza y terratenientes rusos, la oposición burguesa, los intelectuales radicales, los obreros y soldados insurgentes, junto con los aliados del imperialismo-fuerzas sociales absolutamente disimiles»- se habían unido momentáneamente contra la autocracia zarista. Cada una por sus propias razones. Todas juntas sitiaron, aislaron y voltearon al régimen de Romanov. Esta extraordinaria coyuntura de circunstancias y combinaciones de fuerza irrepetible surgió de la totalidad de desigualdades previas del desarrollo histórico ruso por sus largamente pospuestos y no resueltos problemas sociales y políticos exacerbados por la primera guerra imperialista mundial.

Las diferencias, que habían desaparecido superficialmente en la ofensiva contra el zarismo, se manifestaron inmediatamente y no pasó mucho tiempo antes de que esta alianza de facto, de fuerzas opuestas por naturaleza, se desintegrara y rompiera. Los aliados de la revoluci6n de febrero de 1917 se transformaron en los irreconciliables enemigos de octubre de 1917. ¿C6mo se llegó a esto? La caída del zarismo, en su momento, produjo una nueva y superior desigualdad en la situación, que puede ser sintetizada en la fórmula siguiente: Por un lado, las condiciones objetivas estaban maduras para la toma del poder por los obreros; por el otro, la clase obrera rusa -y sobre todo su dirección-no habían apreciado correctamente la situación real ni probado la nueva relación de fuerzas. O sea que, subjetivamente, no estaban maduros para realizar la tarea suprema. El desarrollo de la lucha de clases, desde febrero a octubre de 1917, se puede decir que consistió en el reconocimiento creciente, por parte de la clase obrera y sus líderes revolucionarios, de lo que debía hacerse y de las condiciones objetivas y la preparación subjetiva. La brecha abierta entre ellos fue cerrada en la acción por el triunfo de los bolcheviques en la revolución de Octubre, que combino la conquista obrera del poder con el más amplio levantamiento campesino.

 

EL FORMULADOR DE LA LEY

Este proceso esta totalmente explicado por Trotsky en su Historia de la Revolución Rusa. La revolución rusa misma fue el ejemplo mas claro del desarrollo desigual y combinado en la historia moderna. En su análisis clásico de este acontecimiento Trotsky dió al movimiento marxista la primera formulación explícita de la ley.

Trotsky, el teórico, es mas celebrado por la formulación de la teoría de la Revolución Permanente. Sin embargo, su exposición de la Ley del desarrollo desigual y combinado podría ser aparejada a aquella en cuanto a su valor. No solo puso nombre a esta ley sino que también fue el primero que la expuso en su pleno significado y le dió una expresión redondeada.

Estas dos contribuciones a la comprensión científica de los movimientos sociales están, de hecho, íntimamente ligadas. La concepción de Trotsky de la Revolución Permanente resultó de su estudio de las peculiaridades del desarrollo histórico ruso, a la luz de los nuevos problemas que se le presentaban al socialismo mundial en la época del imperialismo. Estos problemas eran particularmente agudos y complejos en piases atrasados donde la revolución democrático-burguesa no se había dado, y planteaban la solución de sus tareas más elementales en un momento en que estaba planteada la revolución proletaria. Los frutos de sus ideas sobre esta cuestión, confirmados por el desarrollo actual de la Revolución Rusa, prepararon y estimularon su subsecuente elaboración de la ley del desarrollo desigual y combinado.

Por cierto, la teoría de Trotsky de la Revolución Permanente es la aplicación más fructífera de esta verdadera ley a los problemas claves de la lucha de clases internacional de nuestro tiempo-época de transición de la dominación capitalista al mundo socialista-y ofrece el mas alto ejemplo de su penetrante poder. Sin embargo, la ley misma no sólo es aplicable a los acontecimientos revolucionarios de la época presente sino, como veremos, para toda la evolución social. Tiene también aplicaciones más amplias.

 

DESARROLLO DESIGUAL EN LA NATURALEZA

Dejando de lado el trasfondo histórico del cual ha surgido la ley del desarrollo desigual y combinado, vayamos ahora a la consideración del alcance de su aplicación.

Aunque directamente originada en el estudio de la historia moderna, la ley del desarrollo desigual y combinado tiene raíces en acontecimientos comunes a todos los procesos de crecimiento en la naturaleza como así también en la sociedad. Los investigadores científicos han puesto énfasis en la prevalencia de las desigualdades dominantes en muchos campos. Todos los elementos constituyentes de una cosa, todos los aspectos de un acontecimiento, todos los factores de un proceso en desarrollo no se realizan en la misma proporción o en igual grado. Mas aun, bajo diferentes condiciones materiales, las mismas cosas exhiben diferentes proporciones y grados de crecimiento. Cualquier campesino o jardinero urbano conoce esto.

En «Life of the Past», G. G/ Simpson, una de las autoridades más notables en materia de evolución, desarrolla este mismo punto, diciendo:

«Lo más importante con respecto a las proporciones de evolución es que varían enormemente y que las mas rápidas de ellas parecen al mismo tiempo las más lentas para los seres humanos (incluyendo a los paleontólogos, podría decir). Si seguimos una línea de filogenia en su registro fósil, es casi seguro que encontraremos que distintos caracteres y partes evolucionan en proporciones bastante diferentes, y en general que ninguna parte evoluciona por un largo tiempo en la misma proporción. El cerebro del caballo evoluciona rápidamente mientras el resto del cuerpo cambia muy poco. La evolución del cerebro es mucho más rápida durante un espacio de tiempo relativamente corto, que en ningún otro momento. La evolución del pie queda prácticamente estacionada durante toda la evolución del caballo pero en tres oportunidades sufre relativamente rápidos cambios en su mecanismo.

«Las proporciones de evolución varían aun mucho de una familia a otra, e igualmente entre familias ligadas. Hay un numero de animales que viven actualmente, que han cambiado muy poco en largos periodos de tiempo: un pequeño branquiopodo llamado Lingula, en alrededor de 400 millones de años; el Limidus, el «cangrejo» herradura-mas bien un escorpión que un cangrejo-, en 175 millones de años o más; el Esphenodon-un reptil parecido a una lagartija-ahora confinado a Nueva Zelandia, en alrededor de 15 millones de años; el Didelphis -una zarigüeya americana en alrededor de 75 millones de años. Estos y otros animales, para los cuales la evolución se detuvo mucho tiempo atrás, han tenido que evolucionar todos a una proporción común relativamente rápida.

«Hay, por otra parte, diferencias características de proporciones en los distintos grupos. La mayor parte de los animales terrestres ha evolucionado más rápido que la mayor parte de los acuáticos -esta generalización no contradice el hecho de que algunos animales acuáticos hayan evolucionado más rápido que algunos terrestres» (p. p. 137-138). La evolución de un orden entero de organismos ha pasado, durante un ciclo marcado, por una fase inicial de crecimiento lento, restringido, seguido por un periodo mas corto pero intenso de «expansión explosiva», la que vuelve a caer en una prolongada fase de cambios menores.

En «El significado de la Evolución» (p. p. 72-73), G. G. Simpson señala: «El tiempo de expansión rápida, alta variabilidad y comienzo de radiación adaptativa…… son periodos que alargan las oportunidades que se presentan a los grupos capaces de continuarla». Tal oportunidad para una expansión explosiva se abrió a los reptiles cuando evolucionaron, al punto de independizarse del agua como medio de vida y entrar en la tierra, en la árida vida de los vertebrados. Cuando un «periodo más tranquilo siguiente a la radicación ha sido completado», el grupo puede entrar indulgentemente en el «goce progresivo de la conquista lograda».

La evolución de nuestra propia especie ha llegado, a través de la primera fase de tal ciclo, a entrar en la segunda. Los antecesores animales inmediatos del genero humano pasaron por un prolongado periodo de crecimiento restringido, como lo demuestra su pequeño cerebro comparado a otros. El género humano arribo a su fase de «expansión explosiva» solo en el último millón de años aproximadamente, después de que el primate de que descendemos adquirió los necesarios poderes sociales. Sin embargo, el posterior desarrollo del género humano no duplicó su ciclo de evolución animal, porque el crecimiento de la sociedad procede de una base cualitativamente diferente y es gobernado por sus leyes específicas.

La evolución de los distintos organismos humanos esta marcada por una considerable irregularidad. El cráneo desarrolló sus presentes características entre nuestros antecesores monos, mucho antes que nuestras manos flexibles con el pulgar opuesto. Solamente después que nuestros prototipos hubieran adquirido la postura erecta y las manos para trabajar, el cerebro dentro del cráneo desarrollo sus presentes proporciones y complejidades.

Lo que es válido para órdenes enteros, y especies de animales y plantas también lo es para especímenes individuales. Si la igualdad prevaleciera en el crecimiento biológico, cada órgano del cuerpo podría desarrollarse simultáneamente y en el mismo grado de proporciones, pero tan perfecta simetría no se encuentra en la vida real. En el crecimiento del feto humano, algunos órganos emergen y maduran antes que otros. La cabeza y el cuello se forman antes que los brazos y piernas, el corazón en la tercera semana y los pulmones después. La culminación de todas estas irregularidades se manifiesta en los recién nacidos, que salen de la matriz en diferentes condiciones, con deformaciones y en distintos intervalos entre la concepción y el nacimiento. El periodo de nueve meses de gestación no es mas que un promedio estadístico. La fecha de nacimiento puede divergir por días, semanas o meses de este promedio. El sinus frontal, un desarrollo tardío que solo poseen los primates y los hombres, no se da en los jóvenes humanos, sino después de la pubertad y, en mucho casos, nunca se produce este desarrollo.

 

LA EVOLUCION DESIGUAL DE LAS SOCIEDADES PRIMITIVAS

El desarrollo de la organización social y de las estructuras sociales particulares exhibe desigualdades no menos pronunciadas que la historia biológica de los antecesores de la raza humana. Los diversos elementos de la existencia social han aparecido en tiempos diferentes, evolucionado en proporciones enormemente distintas y desarrollado en grados diferentes bajo distintas condiciones. Los arqueólogos dividen la historia humana en edad de Piedra, de Bronce e Hierro, teniendo en cuenta los principales materiales usados en la fabricación de herramientas y armas. Estas tres etapas del desarrollo tecnológico han tenido inmensas diferencias temporales de vida. La edad de Piedra tuvo alrededor de 900 mil años; la edad de Bronce de 3.000 a 4.000 años a. C; la edad de Hierro tiene menos de 4.000 años. Sin embargo, los distintos grupos del género humano han atravesado estas etapas en diversas fechas, en distintas partes del mundo. La edad de Piedra finalizó 3.500 años a. C., en la Mesopotamia, alrededor de 1.600 años a. C., en Dinamarca, en 1942 en América y no había terminando todavía en 1.800 en Nueva Zelandia.

Una desigualdad parecida se puede señalar en la organización social. El salvajismo, basado en la recolección de alimentos; hierbas, caza y pesca, se extiende alrededor de muchos centenares de miles de años, mientras que el barbarismo, fundado en la crianza de animales y el cultivo y cosechas de cereales, data de 8.000 años a. C. La civilización tiene menos de 6.000 años de vida.

La producción regular, amplia y creciente de alimentos produjo un avance revolucionario en el desarrollo económico, y elevo la producción alimenticia de los pueblos muy por encima de la de las tribus atrasadas, que continuaban subsistiendo en base a la recolección de alimentos. Asia fue el lugar de nacimiento de la domesticación de animales y la horticultura. Es incierto cual de estas ramas de la producción se desarrollo antes, pero los arqueólogos han descubierto remanentes de comunidades campesinas mixtas, que llevaban ambos tipos de producción de alimentos, tan tempranamente como 8.000 años a. C.

Existen tribus puramente pastoras que dependen exclusivamente del stock de animales para su existencia, como también pueblos completamente agrícolas, cuya economía esta basada sobre el cultivo de cereales o tubérculos.

La cultura de estos grupos especializados tiene un desarrollo unilateral por virtud de su tipo particular de producción de los medios básicos de vida. El modo de subsistencia puramente pastoral no tiene, sin embargo, las potencialidades inherentes al desarrollo de la agricultura. Las tribus pastoras no pueden incorporar a su economía los tipos más altos de producción de alimentos en ninguna escala sin dejar de lado y cambiar enteramente sus modos de vida. Esto se cumple especialmente después de la introducción del arado, que supera las técnicas de quemar y cavar de la horticultura. No podían desarrollar una división extensa del trabajo ni avanzar desde la aldea a la vida de la ciudad en tanto continuaran como simples cuidadores de su stock de ganado

La superioridad inherente a la agricultura sobre la cría de ganado fue demostrada por el hecho de que las poblaciones densas y las más avanzadas civilizaciones, como la azteca, inca y maya lo han probado, se desarrollaron sobre la base de la agricultura.

Los agricultores han podido incorporar fácilmente animales domesticados a su modo de producción mezclando o combinando el cultivo del alimento con el pastoreo de animales como también transfiriendo animales de tiro a la tecnología de la agricultura, con la invención del arado.

Fue la combinación de la ganadería con el cultivo de cereales en chacras mixtas lo que ayudó, dentro de la sociedad bárbara, a pueblos agrícolas a superar a las tribus meramente pastoras, y a transformarse, en las condiciones favorables de los valles de los ríos de la Mesopotamia, Egipto, India y China, en las niñeras de la civilización.

Desde el advenimiento de los pueblos civilizados han existido tres diferentes niveles esenciales de progreso, que corresponden a sus modos de asegurarse las necesidades vitales: la recolección de alimentos, la producción elemental de alimentos y la producción mixta con un alto desarrollo de la división del trabajo y un creciente cambio de mercaderías.

Los griegos de la época clásica eran altamente conscientes de esta disparidad del desarrollo entre ellos mismos y los pueblos que aun se mantenían en una etapa mas atrasada del desarrollo social. Señalaron esta diferencia haciendo una distinción tajante entre griegos civilizados y bárbaros. La conexión y distancia histórica entre ellos fue explícitamente señalada por el historiador Tucídides cuando dijo: «Los griegos vivían anteriormente como los bárbaros viven ahora».

 

EL NUEVO Y EL VIEJO MUNDO

La desigualdad del desarrollo histórico mundial raras veces ha sido más notable que cuando los habitantes aborígenes de América se enfrentaron por primera vez con los invasores blancos que venían de Europa. Se encontraron allí dos rutas de evolución social completamente separadas, productos de diez a veinte mil años de desarrollo independiente en dos Hemisferios. Ambas se vieron obligadas a comparar sus proporciones de crecimiento y medir sus respectivos logros totales. Esta fue una de las más tajantes confrontaciones de diferentes culturas en toda la Historia.

En este momento la Edad de Piedra choc6 con los finales de la Edad del Hierro y el comienzo del Maquinismo. En la caza y en la guerra, el arco y la flecha tuvieron que competir con el mosquete y el cañón; en la agricultura, la azada y el bastón, con el arado y los animales de tiro; en el transporte acuático, la canoa con el buque; en la locomoción terrestre, las piernas humanas con el caballo y el pie descalzo con la rueda. En la organización social, el colectivismo tribal contra las instituciones y costumbres feudal burguesas; la producción para la consumisión inmediata de la comunidad contra una economía monetaria y el comercio internacional.

Podrían multiplicarse estos contrastes entre los indios americanos y los europeos occidentales. Sin embargo, la desigualdad de los productos humanos de tan amplias etapas separadas de desarrollo económico fue, aparentemente, demasiado violenta. Surgieron grandes antagonismos; trataron de apartarse cada uno del otro, y así como al principio los jefes aztecas identificaron a los recién llegados blancos con dioses, los europeos, recíprocamente, miraron y trataron a los nativos como a animales.

La desigualdad en productividad y poder destructivo en Norteamérica no fue superada, como sabemos, por la adopción por los indios de los métodos de los blancos y su asimilación gradual y pacífica a la sociedad de clases. Por el contrario, en los cuatro siglos siguientes se llegó a la desposesión y aniquilación de las tribus indias.

 

EL RETRASO DE LA VIDA COLONIAL

Si los colonizadores blancos desarrollaron su superioridad material sobre los pueblos nativos ellos mismos estaban atrasados en relación a su madre patria.

El retraso general del continente norteamericano y sus colonias, comparado con el occidente europeos predetermino las principales líneas de su desarrollo desde el comienzo del siglo XV hasta mediados del siglo XIX. En este periodo, la tarea central de los americanos fue alcanzar a Europa y superar la disparidad en el desarrollo social de los dos continentes. Cómo y por quiénes fue hecho esto es el principal tema de la Historia Norteamericana a través de estos tres siglos y medio.

Ello requirió, entre otras cosas, dos revoluciones para completar la tarea. La revolución colonial, que corono la primera etapa de progreso que dió al pueblo americano instituciones políticas más avanzadas que las de cualquier otro lugar del viejo mundo y allano el camino para la rápida expansión económica. De todos modos, después de haber ganado la independencia nacional, los EE.UU., todavía tuvieron que conquistar la independencia económica dentro del mundo capitalista. La diferencia económica entre este país y las naciones del occidente de Europa fue limitada en la primera mitad del siglo XIX y virtualmente cerrada por el triunfo del capitalismo industrial del Norte sobre los poderes esclavistas en la guerra civil. No fue necesario mucho tiempo para que los Estados Unidos superaran a la Europa occidental.

 

LA DESIGUALDAD DE LOS CONTINENTES Y PAISES

Estos cambios en la posición de Estados Unidos ilustran la desigualdad del desarrollo entre los centros metropolitanos y las colonias, entre los diferentes continentes y entre los países de un mismo continente.

Una comparación entre los diversos modos de producción en los distintos países demostraría mas abruptamente sus desigualdades. La esclavitud había virtualmente terminado como modo de producción en los países de Europa antes que fuera introducida en América, en virtud de las necesidades de los mismos europeos. La servidumbre había desaparecido en Inglaterra antes que surgiera en Rusia y se hubieran hecho intentos de implantarla en las colonias norteamericanas después que había sido barrida en la madre patria. En Bolivia, el feudalismo floreció bajo los conquistadores españoles y languideció la esclavitud, mientras en Estados Unidos esta surgió cuando el feudalismo era frenado.

El capitalismo estaba altamente desarrollado en el occidente de Europa, en tanto que en el Este era implantado sólo superficialmente. Una disparidad similar en el desarrollo capitalista prevaleció entre los Estados Unidos y México.

La desigualdad es la «ley mas general del proceso histórico» (Historia de la Revolución Rusa p. 5). Estas desigualdades son la expresión especifica de la naturaleza contradictoria del progreso social y de la dialéctica del desarrollo humano.

 

DESIGUALDADES INTERNAS

La desigualdad del desarrollo entre los continentes y países es acompañada por un semejante crecimiento desigual de los distintos elementos dentro de cada grupo social u organismo nacional.

En una obra sobre la clase obrera norteamericana, escrita por Karl Kautzki a principios de siglo, el marxista alemán señalaba algunos de los contrastes marcados en el desarrollo social de Rusia y de los Estados Unidos en ese tiempo. «Dos estados existen»-escribió-«diametralmente opuesto el uno al otro. Cada uno de ellos contiene un elemento extraordinariamente desarrollado en comparación con su standard capitalista. En un estado-Norteamérica-es la clase capitalista. En Rusia es el proletariado. En ningún otro país como en Norteamérica se puede hablar con tanta propiedad de la dictadura del capital, mientras el proletariado en ninguno ha adquirido tanta importancia como en Rusia». Esta diferencia en el desarrollo, que Kautzki describe en su comienzo, se acentuó enormemente en sus etapas ulteriores. Trotsky hizo un análisis extraordinario del significado de tales desigualdades para explicar el curso de una historia nacional, en el primer capítulo de su Historia de la Revolución Rusa, sobre «las peculiaridades del desarrollo ruso». La Rusia zarista contenía fuerzas sociales que pertenecían a tres diferentes etapas del desarrollo histórico. En las alturas, estaban los elementos feudales: una monstruosa autocracia asiática, un clero estatal, una burocracia servil, una nobleza territorial favorecida. Mas abajo había una débil, impopular burguesía, y una intelectualidad cobarde. Estos fenómenos opuestos estaban orgánicamente interrelacionados. Constituían distintos aspectos de un proceso social unificado. Las condiciones históricas que fortificaron y preservaron el predominio de las fuerzas feudales -la lentitud del desarrollo ruso, su economía atrasada, el primitivismo de sus formas sociales y su bajo nivel de cultura-habían frenado el crecimiento de las fuerzas sociales y acentuado su debilidad social y política.

Este fue un aspecto de la situación. Por el otro lado, el extremo retraso de la historia rusa había dejado los problemas agrarios y nacionales sin resolver, provocando descontento, hambre de tierra en el campesinado y ansias de libertad en las nacionalidades oprimidas. Mientras tanto aparecía la industria capitalista, dando nacimiento a empresas altamente concentradas, bajo la dominación del capital financiero extranjero, y a un no menos concentrado proletariado, armado con las últimas ideas, organizaciones y métodos de lucha. Esta violenta desigualdad en la estructura social de la Rusia zarista proveyó la base para los acontecimientos revolucionarios que estallaron cuando la caída de la decadente estructura medieval en 1917, y concluyo en unos pocos meses poniendo al proletariado y al partido bolchevique en el poder. Solamente analizando y comprendiendo esto, es posible captar por que la revolución Rusa se dió de esta manera.

 

IRREGULARIDADES EN LA SOCIEDAD

Las pronunciadas irregularidades que se han producido en la historia han inducido a algunos pensadores a negar que haya o pueda haber alguna causalidad o ley en el desarrollo social. La escuela mas conocida de los antropólogos norteamericanos, encabezada por el desaparecido Franz Boas, explícitamente niega que pueda haber alguna secuencia determinada de etapas que puedan descubrirse en la evolución social, o que las expresiones culturales estén ligadas a la tecnología o economía. De acuerdo a R. H. Lowitt, el expositor mas conocido de este punto de vista, los fenómenos culturales presentan meramente el carácter de «un caos sin plan», una «jungla caótica». La «jungla caótica» esta en la cabeza de este anti-materialista y antievolucionista, no en la historia o en la constitución de la sociedad.

Es posible que los pueblos que viven bajo las condiciones de la edad de Piedra en el siglo XX posean una radio-resultado del desarrollo combinado-. Pero es categóricamente imposible encontrar tal producto de la electrónica contemporánea enterrado con los remanentes humanos de la edad de Piedra depositados muchísimos años atrás.

No se necesita mucha penetración para ver que un recolector de alimentos, de hierbas, cazador, pescador o cazador de pájaros existieron mucho antes que la producción de alimentos en forma de horticultura o ganadería. O que las herramientas de piedra precedieron a las de metal; que la palabra precedió a la escritura; que las cavernas existieron antes que las aldeas; que el trueque de bienes precedió a la moneda. A una escala histórica general estas secuencias, son absolutamente inviolables.

Las principales características de la estructura social simple de los salvajes están determinadas por sus primitivos métodos de producir los medios de vida, que dependen a su vez del bajo nivel de sus fuerzas productivas.

Se estima que los pueblos recolectores de alimentos requieren un promedio de 40 millas cuadradas per capita para mantenerse. No pueden ni producir, ni mantener grandes concentraciones de población sobre tales fundamentos económicos. Generalmente agrupan un numero de personas menor de 40 y raras veces exceden de 100. La ineludible pequeñez de su producción de alimentos y la dispersión de su fuerza limitan estrictamente su desarrollo.

 

DEL BARBARISMO A LA CIVILIZACION

¿Qué se puede decir con respecto a la próxima etapa del desarrollo social, el barbarismo? El notable arqueólogo V. Gordon Childe ha publicado recientemente, en un libro llamado Evolución Social, un informe de los «sucesivos pasos a través de los cuales las culturas barbaras entran en la vía de la civilización, en contraste con su ambiente natural». Childe reconoce que el punto de partida en la esfera económica fue idéntico en todos los casos, «en la medida en que las primeras culturas barbaras examinadas estaban basadas en el cultivo de los mismos cereales, y el pastoreo de las mismas especies de animales» Es decir, el barbarismo esta separado de las formas salvajes de vida por la adquisición y aplicación de mas altas técnicas productivas para la agricultura y la ganadería.

La llegada al resultado final-la civilizaci6n -exhibe diferencias concretas en cada caso, «sin embrago, en todos lados, ello significa el agregado de grandes poblaciones en las ciudades, como la diferenciación entre la producción primaria (pescadores, cultivadores, etc.) de artesanos especializados full-time, mercaderes, burócratas, curas y gobernantes; una efectiva concentración del poder político y económico, el uso de símbolos convencionales para recordar y transmitir informaciones (escritura) e igualmente standards convencionales de pesos y medidas, y de medidas de tiempo y espacio que llevan a un tipo de ciencia matemática y calendario».

Al mismo tiempo, Childe señala que «los pasos que integran este desarrollo no presentan igualmente, un paralelismo abstracto» La economía rural de Egipto, por ejemplo, tiene un desarrollo diferente del de Europa templada. En la agricultura del viejo mundo la azada fue reemplazada por el arado, herramienta que no fue conocida por los mayas.

La conclusión general que Childe saca de estos hechos es que «el desarrollo de la economía rural barbara de las regiones estudiadas no presenta paralelismos sino convergencias y divergencias» (p. 162). Pero esto no es suficiente. Considerados en su totalidad y en su interrelación histórica, la mayoría de los pueblos que entran en el barbarismo surgen de las mismas actividades económicas esenciales, el cultivo de cereales y la ganadería. Han logrado un desarrollo diversificado de acuerdo a los diferentes habitats naturales y circunstancias históricas y prueban, al atravesar el camino hacia la civilización, que no fueron detenidos en la ruta u obliterados, y arribaron por fin al mismo destino: la civilización.

 

LA MARCHA DE LA CIVILIZACION

¿Qué ocurrió con la evolución de la civilización? ¿Es un «caos sin plan»? Cuando analizamos la marcha del género humano a través de la civilización, vemos que sus segmentos avanzados pasaron sucesivamente a través de la esclavitud, feudalismo y capitalismo y ahora están en camino hacia el socialismo. Esto no significa que cada sector de la humanidad haya pasado por esta invariable secuencia de etapas históricas, de la manera que cada uno de los bárbaros pasó a través de la misma secuencia de etapas. Pero su verdadero logro capacita a quienes llegan mas tarde a combinar o comprimir etapas históricas enteras.

El real curso de la historia, el pasaje de un sistema social a otro, de un nivel de organización a otra, es mucho más complicado, heterogéneo y contradictorio que el que se puede dar en un esquema histórico general. El esquema histórico universal de las estructuras sociales -salvajismo, barbarismo, civilización-con sus respectivas etapas, es una abstracción. Es una abstracción indispensable y racional que corresponde a las realidades esenciales del desarrollo y sirve como guía para la investigación, pero no puede sustituir directamente el análisis de ningún segmento concreto de la sociedad.

Una línea recta puede ser la distancia mas corta entre dos puntos, pero la humanidad ha dejado de lado frecuentemente este adagio y ha seguido a menudo aquel que dice que «el camino más largo es el mas corto a casa».

En la historia se mezclan ambas: regularidades e irregularidades. La regularidad es fundamentalmente determinada por el carácter y desarrollo de las fuerzas productivas y el modo de producir los medios de vida. Sin embargo, este determinismo básico no se manifiesta en el actual desarrollo de la sociedad de una manera simple, directa y uniforme, sino por medios extremadamente complejos, desviados y heterogéneos.

 

LA EVOLUCION DESIGUAL DEL CAPITALISMO

Esto esta ejemplificado con mayor énfasis en la evolución del capitalismo y sus partes componentes. El capitalismo es un sistema económico mundial. En los últimos cinco siglos se desarrollo de país a país, de continente a continente, y pasó a través de las sucesivas fases del capitalismo comercial, industrial, financiero y el capitalismo estatal monopolista. Cada país, aunque atrasado, ha sido llevado a la estructura de las relaciones capitalistas y se ha visto sujeto a sus leyes de funcionamiento.

Mientras cada nación ha entrado en la divisi6n internacional del trabajo sobre la base del mercado mundial capitalista, cada una ha participado en una forma peculiar y en un grado diferente en la expresión y expansión del capitalismo, y jugó diferente rol en las distintas etapas de su desarrollo.

El capitalismo surgió con mucha mayor fuerza en Europa y Norteamérica que en Asia y Africa. Estos fueron fenómenos interdependientes, lados opuestos de un solo proceso. El bajo desarrollo capitalista en las colonias fue un producto y una condición del super desarrollo de las áreas metropolitanas, que se realizó a expensas de las primeras.

La participación de varias naciones en el desarrollo del capitalismo ha sido no menos irregular. Holanda e Inglaterra tomaron la dirección en el establecimiento de las formas y fuerzas capitalistas en el siglo XVI y XVII, mientras Norteamérica estaba aun en gran medida en posesión de los indios. Sin embargo, en la fase final del capitalismo, en el siglo XX, los Estados Unidos superaron ampliamente a Inglaterra y Holanda. A medida que el capitalismo iba captando dentro de su órbita a un país tras otro, aumentaban las diferencias mutuas. Esta creciente interdependencia no significa que siguen idénticas pautas o poseen las mismas características. Cuando más se estrechan sus relaciones económicas surgen profundas diferencias que los separan. Su desarrollo nacional no se realiza, en muchos aspectos a través de líneas paralelas, sino a través de líneas de ángulos, algunas veces divergentes como ángulos rectos. Adquieren trazos no idénticos, sino complementarios.

 

A IGUALES CAUSAS DIFERENTES EFECTOS

La regla que dice que las mismas causas producen los mismos efectos no es incondicional y general. La ley es sólo valida cuando la historia produce las mismas condiciones, pero generalmente hay diferencias para cada país y constante cambio e intercambio entre ellos. Las mismas causas básicas pueden conducir a muy diferentes y aun opuestos resultados.

Por ejemplo, en la primera mitad del siglo XIX, Inglaterra y EE. UU. eran ambos gobernados por las mismas leyes del capitalismo industrial. Pero estas leyes operaban bajo diferentes condiciones en los dos países y produjeron muy diferentes resultados en el campo de la agricultura. Las enormes demandas de la industria británica de algodón y alimento barato estimularon poderosamente la agricultura norteamericana, al tiempo que los mismos factores económicos estrangularon a los campesinos de Inglaterra. La expansión de la agricultura en un país y su contracción en el otro fueron consecuencias opuestas pero interdependientes de las mismas causas económicas.

Pasando del proceso económico al intelectual, el marxista ruso Plejanov señalaba, en su notable trabajo «En defensa del materialismo» (p. 126), como el desarrollo desigual de los diversos elementos que componen una estructura nacional permite al mismo conjunto de ideas producir muy diferente impacto social sobre la vida filosófica. Hablando del desarrollo ideológico en el siglo XVIII, Plejanov señalaba: «El mismo conjunto de ideas llevo al ateísmo militante de los materialistas franceses, al indiferentismo religioso de Hume, y a la religión «práctica» de Kant. La razón fue que la cuestión religiosa en Inglaterra, en ese tiempo, no jugaba el mismo rol que en Francia, ni en Francia que en Alemania. Y esta diferencia en el significado de la cuestión religiosa tenia sus raíces en la distinta relación en que estaban las fuerzas sociales en cada uno de esos países. Similares en su naturaleza, pero disimiles en su grado de desarrollo, los elementos de la sociedad se combinaban de modo diferente en los distintos países europeos y conducían a hacer de cada uno de ellos un muy particular estado de conciencia que se expresaba en la literatura nacional, la filosofía, el arte, etc. Como consecuencia de esto, una misma cuestión puede excitar a los franceses a la pasión y dejar fríos a los británicos. Un mismo argumento puede ser considerado con respeto por un alemán progresivo, mientras un francés progresivo lo verá con un odio amargo».

 

PECULIARIDADES NACIONALES

Desearía cerrar este examen del procese de desarrollo desigual con una discusión del problema de las peculiaridades nacionales. Los marxistas son a menudo acusados por sus enemigos de negar, ignorar o subestimar las peculiaridades nacionales en favor de las leyes históricas universales. No es verdad. No es correcta esta crítica. Aunque algunos marxistas individualmente puedan ser acusados de tales errores.

El marxismo no niega la existencia y la importancia de las peculiaridades nacionales. Sería teóricamente estúpido y prácticamente sin valor si lo hicieran, desde que las diferencias nacionales pueden ser decisivas para dar la política del movimiento obrero, de una lucha nacional o de un partido revolucionario, durante un cierto período en un país dado. Por ejemplo, la mayor parte de los activistas obreros en Gran Bretaña siguen al partido laborista. Este monopolio es una peculiaridad primaria de Gran Bretaña y del desarrollo político de sus trabajadores. Los marxistas que no tomen en cuenta este factor como la clave de su. orientación organizativa violarán el espíritu de su método. Hay otro remoto ejemplo: en la mayor parte de los países coloniales hoy día las razas de color están luchando contra el imperialismo por la independencia nacional de la opresión de las naciones blancas. En los Estados Unidos, por el contrario, la lucha de los negros contra su carácter de ciudadanos de segunda clase se caracteriza por no ser un movimiento hacia la separación sino por la demanda de la integración incondicional en la vida americana sobre bases iguales. Sin tener en cuenta este carácter especifico es imposible comprender las principales tendencias de la lucha de los negros americanos en la presente etapa. Lejos de desechar las diferencias nacionales el marxismo es el único método histórico, la única teoría sociológica que las explica adecuadamente, demostrando cuales son sus raíces en las condiciones materiales de vida y considerando sus orígenes históricos, desarrollo, desintegración y desaparición. Las escuelas burguesas de pensamiento miran las particularidades nacionales con un criterio distinto, como accidentes inexplicables, como producto de la voluntad divina o características fijas y finales de un pueblo particular. El marxismo las ve como un producto histórico que surge de combinaciones concretas de fuerzas y condiciones internacionales.

Este procedimiento de combinar lo general con lo particular, y lo abstracto con lo concreto concuerda no solamente con las exigencias de la ciencia sino con nuestros hábitos diarios de juicio. Cada individuo tiene una distinta expresión facial, lo que nos permite reconocerlo y separarlo de los otros. Al mismo tiempo, comprendemos que este individuo tiene el mismo género de ojos, oídos, boca, frente y otros órganos que el resto de la raza humana. De hecho, la fisonomía particular que produce su expresión distinta es solo la manifestación fundamental de un específico complejo de estas estructuras y características humanas comunes. Así ocurre con la vida y la fisonomía de una nación dada.

Cada nación tiene sus propios rasgos distintivos. Pero estas peculiaridades surgen como consecuencia de la modificación de leyes generales por el material específico y las condiciones históricas. Son, en ultima instancia, la cristalización individual de un proceso universal.

Trotski concluyó que las peculiaridades nacionales son el producto más general del desarrollo desigual histórico, su resultado final.

 

LOS LIMITES DE LAS PECULIARIDADES NACIONALES

Sin embargo, por profundamente asentadas que estén estas peculiaridades en la estructura social y por poderosa que sea su influencia sobre la vida nacional, ellas son limitadas. En primer lugar, son limitadas en la acción. No reemplazan el proceso superior de la economía y política mundial ni pueden abolir el funcionamiento de sus leyes.

Consideremos, por ejemplo, las diferentes consecuencias políticas de la crisis mundial de 1929, en EE.UU. y Alemania, debidas a su diferente trasfondo histórico, especifica estructura social y evolución política nacional. En un caso, el New Deal de Roosevelt llegó al poder, en el otro el fascismo de Hitler. El programa de reforma bajo los auspicios democrático-burgueses, y el programa de la contrarrevolución bajo la desnuda dictadura totalitaria, fueron métodos totalmente diferentes utilizados por las respectivas clases capitalistas para salvar su pellejo.

Este contraste entre las formas capitalistas americana y alemana de auto preservación fue explotada hasta la saturación por los apologistas del capitalismo norteamericano, quienes lo atribuyeron al espíritu democrático inherente a la nación americana y a sus gobernantes capitalistas. En realidad, la diferencia se debió a la mayor riqueza y fuentes del imperialismo de EE. UU., por un lado y a la inmadurez de las relaciones de clase y conflictos, por el otro. Sin embargo, en la etapa siguiente y antes de que sobreviniera la decadencia, el proceso del imperialismo llevó a ambos poderes a una Segunda Guerra Mundial, para determinar quién dominaría el mercado mundial. A pesar de significativas diferencias en sus regímenes políticos internos, ambos llegaron al mismo destino. Continuaron subordinados a las mismas leyes fundamentales del imperialismo capitalista y no pudieron impedir su funcionamiento, o evitar sus consecuencias.

En segundo lugar, las peculiaridades nacionales tienen límites históricamente definidos. No están fijados para siempre ni tienen un destino absolutamente determinado. Condiciones históricas las generan y las suplantan; nuevas condiciones históricas pueden alterarlas, eliminarlas e igualmente transformarlas en sus opuestos.

En el siglo XIX Rusia era el país mas reaccionario de Europa y de la política mundial; en el siglo XX se transforma en el más revolucionario. A mediados del siglo XIX los Estados Unidos eran la nación más revolucionaria y progresiva; a mediados del siglo XX, le tomó a Rusia su lugar como fortaleza de la contrarrevolución mundial. Pero este rol tampoco puede ser eterno, como lo señalaremos en el próximo capítulo, donde estudiaremos el carácter y consecuencias del desarrollo desigual y combinado.

 

EL DESARROLLO COMBINADO Y SUS CONSECUENCIAS.

Analizaremos ahora el segundo aspecto de la ley de desarrollo desigual, y combinado. Su nombre indica de qué ley general es ella una expresión particular -verbigracia, la ley de la lógica dialéctica llamada Ley de la interpenetración de los opuestos-. Los dos procesos- desigualdad y combinación–que están unidos en esta formulación representan dos diferentes y opuestos y, no obstante, íntegramente relacionados e interpenetrados aspectos o etapas de la realidad.

La ley del desarrollo combinado parte del reconocimiento de la desigualdad en las proporciones de desarrollo de varios fenómenos del cambio histórico. La disparidad en el desarrollo técnico y social y la combinación fortuita de elementos, tendencias y movimientos pertenecientes a diferentes etapas de la organización social, dan la base para el surgimiento de algo nuevo y de más alta cualidad.

Esta ley nos permite observar cómo surge la nueva cualidad. Si la sociedad no se desarrollara en un camino diferencial, es decir, a través del surgimiento de diferencias, por momentos tan agudas que se vuelven contradictorias , la posibilidad para la combinación e integración de fenómenos contradictorios no se daría. Sin embargo, la primera fase del proceso evolutivo -desigualdad- es la indispensable precondición para la segunda fase: la combinación de características que pertenecen a diferentes etapas de la vida social en las distintas formaciones sociales, desviándose de los standards deducidos abstractamente o tipos «normales».

Esta combinación llega como la necesaria superación de la pre-existente desigualdad. Podemos ver como se dan juntas casi siempre y ligadas en la simple ley de la combinación y desigualdad del desarrollo. Partiendo del hecho de los niveles dispares del desarrollo que resultan de la progresión desigual de los distintos aspectos de la sociedad, podremos ahora analizar la próxima etapa y la necesaria consecuencia de esta situación: su combinación.

 

FUSION DE DIFERENTES FACTORES HISTORICOS

Ante todo debemos preguntarnos que significa Combinado. Hemos podido ver como características que pertenecen a un estado de la evolución se ligan a otras que son esencialmente propias de una etapa más alta. La Iglesia Católica, cuyo centro está en el Vaticano, es una característica institución feudal. En la actualidad, el Papa usa radio y televisión-invenciones del siglo XX-para diseminar la doctrina de la Iglesia. Esto conduce a una segunda cuestión: ¿Cómo se combinan las diferentes características? Aquí, las combinaciones de los metales nos proporcionan una analogía útil. El bronce, que juega un gran rol en el desarrollo de las más tempranas construcciones de herramientas, que ha dado su nombre a toda una etapa del desarrollo histórico, se ha compuesto de dos metales elementales, el cobre y el estaño, mezclados en proporciones especificas. Su fusión produce una aleación con propiedades importantes que difieren de ambos constituyentes.

Algo parecido ocurre en la historia cuando se unen elementos que pertenecen a diferentes etapas de la evolución social. Esta fusión da origen a un nuevo fenómeno con sus propias características especiales. El período colonial de la historia Norteamericana se une al salvajismo y barbarismo, cuando la civilización europea cambiaba del feudalismo al capitalismo. De este modo, proveyó un magnifico caldo de cultivo para las combinaciones y dio el más instructivo campo para su estudio. Casi todos los géneros de relaciones sociales conocidos, desde el salvajismo a las compañías por acciones, se pueden encontrar en el nuevo mundo durante el periodo colonial. Varias colonias, como Virginia y Carolina del Norte y del Sur, fueron originalmente colonizadas por empresas capitalistas de acciones, cuyas cartas habían sido garantizadas por la Corona. Las formas mas avanzadas de capitalismo regían la firma accionaria que tomó contacto con los indios que vivían aun bajo primitivas condiciones tribales.

Las formas precapitalistas de vida con las que se encontraron fueron combinadas en un grado u otro con las características fundamentales de las civilización burguesa. Tribus indias, por ejemplo, fueron anexadas al mercado mundial a través del comercio de pieles; y es verdad que los indios se volvieron, en cierta medida, civilizados. Por otro lado, los colonos blancos europeos, cazadores, leñadores y pioneros de la agricultura se barbarizaron parcialmente por haber sobrevivido en el desierto de las planicies y montañas de los campos «vírgenes». Sin embargo, el leñador europeo que penetraba en los desiertos de América, con su rifle y su hacha de hierro, y también con su concepción y hábitos de civilización, fue muy diferente del indio tribal Piel Roja, aunque muchas de las actividades de la sociedad barbara del leñador también le correspondían.

En su obra sobre las fuerzas sociales en la historia Norteamericana, A. M. Simon, uno de los primeros historiadores socialistas, escribió: «El curso de la evolución siguió en cada colonia una línea de desarrollo muy parecida a la que la raza había seguido (p. 30-31). En el comienzo, -señalo-hubo un comunismo primitivo. Después, una pequeña producción individual, y así se siguió hasta llegar al capitalismo.

Sin embargo, la concepción según la cual la colonia americana, o algunas de ellas, sustancialmente repitieron las secuencias de las etapas que las sociedades avanzadas habían atravesado antes de ella, es excesivamente esquemática e ignora el principal punto respecto a su desarrollo y estructura. La peculiaridad más significativa de la evolución de las colonias británicas en América se deriva del hecho de que todas las formas de organización y las fuerzas impulsoras pertenecientes a las primeras etapas del desarrollo social, desde el salvajismo, igualmente en el caso de la esclavitud, fueron incorporadas en, y condicionadas por el sistema en expansión del capitalismo internacional. No hay, en el suelo americano, repetición mecánica de las etapas hist6ricamente superadas. Por el contrario, la vida colonial testimonia una dialéctica mezcla de todos estos variados elementos, de la que resultan deformaciones sociales combinadas de un tipo nuevo y especial. La esclavitud de las colonias americanas fue muy distinta de la esclavitud de la Grecia clásica y de Roma. La esclavitud norteamericana fue una esclavitud burguesificada; que no fue solamente un brazo subordinado del mercado capitalista mundial, sino que cada ramificación de esta fusión de esclavitud y capitalismo fue la aparición de traficantes de esclavos entre los indios Creek, en el Sur. ¿Podría encontrarse algo más contradictorio que indios comunistas, ahora propietarios de esclavos, vendiendo su producto en un mercado burgués?

 

LA DIALECTICA DE LA COMBINACION

El resultado de esta fusión de diferentes etapas o elementos del progreso histórico es, en consecuencia, una mezcla o aleación particular de cosas. En la unión de diferentes y opuestos elementos, la naturaleza dialéctica de la historia se manifiesta por sí misma más poderosa y prominente. Aquí la contradicción, simple, obvia, flagrante, predomina. La historia le hace todo tipo de travesura a todas las formas rígidas y las rutinas fijas. Surgen todos los géneros de desarrollos paradójicos que confunden y dejan perplejas las mentes limitadas y formalizadas.

Como un importante ejemplo de esto, permítasenos considerar la naturaleza del stalinismo. En la Rusia actual, la más avanzada forma de propiedad -la propiedad nacionalizada- y el más eficiente modo de organización industrial, la economía planificada, ambos logrados a través de la revolución proletaria de 1917, se han unido en una sola masa con el tipo más brutal de tiranía, creada por una contrarrevolución política de la burocracia soviética. Los fundamentos económicos del régimen stalinista históricamente pertenecen a la era socialista del futuro. Sin embargo. este fundamento económico esta unido a una superestructura política que muestra los aspectos mas malignos de las dictaduras de clase del pasado. No debemos maravillarnos de que este fenómeno extraordinariamente contradictorio haya confundido a mucha gente y los haya llevado por mal camino.

El desarrollo desigual y combinado se nos presenta como una mezcla particular de elementos atrasados con los factores más modernos. Muchos píos católicos llevan imágenes en sus coches, que se supone los protegerán contra los accidentes. Esta costumbre combina el fetichismo de los crédulos salvajes con el producto de la industria automovilística, una de las industrias automatizadas más avanzadas del mundo moderno.

Por otra parte, estas anomalías son especialmente pronunciadas en los países más atrasados. Existen curiosidades tales como harenes con aire acondicionado!

«El desarrollo de las naciones históricamente atrasadas lleva necesariamente a una combinación peculiar de diferentes etapas del desarrollo histórico», escribió Trosky en la Historia de la Revolución Rusa (p. 5).

Carlton S. Coone escribe: «…… Hay todavía regiones marginales donde la difusión cultural es desigual, donde simples cazadores de la Edad de Piedra están enfrentados sorprendentemente con extraños cazadores con rifles, donde jardineros neolíticos están cambiando sus hachas de piedras por otras de acero y sus cacharras de agua por descartados de hojalata, donde orgullosos ciudadanos de los antiguos imperios acostumbraban recibir las novedades algunas semanas después de las caravanas de camellos, se encuentran oyendo la propaganda radial de radios públicas. Y en el paseo de baldosas azules y blancas de las ciudades el claro llamado de los muslim pidiendo la fe del creyente es reemplazada un día una caja metálica colgada del alminar. Afuera, en el aeropuerto, los peregrinos de los lugares santos, saltan directamente del lomo de sus camellos a los asientos del DC4. Estos cambios en la tecnología conducen al nacimiento de nuevas instituciones en estos lugares como en cualquier otro, pero el recién nacido es a menudo una criatura no familiar, que no recuerda ni los parientes cercanos ni los alejados, superando a ambos». The History of man, (pp. 113-114).

En el Africa actual, entre los kikuyos de Kenya, como también entre los pueblos de la Costa de Oro, las antiguas ligazones y costumbres ayudan a fortalecer su solidaridad en la lucha por el avance social y la independencia nacional contra el imperialismo británico. En el Movimiento Nacionalista del Premier Nkrumah’s el partido parlamentario nacional esta ligado con los sindicatos y el tribalismo-los tres pertenecen a diferentes etapas de la historia social.

La mezcla de elementos atrasados con los más modernos factores puede verse cuando comparamos la China moderna con los Estados Unidos de América. Actualmente muchos campesinos chinos en pequeñas aldeas tienen retratos de Marx y Lenin en sus paredes y se inspiran en sus ideas. El obrero norteamericano medio vive en ciudades más modernas y tiene, por contraste, pinturas de Cristo o fotografías de Eisenhower o del Papa sobre sus paredes prefabricadas. Sin embargo los campesinos chinos no tienen el agua corriente, caminos pavimentados, automóviles, radios o televisión, que tienen los obreros norteamericanos.

De esta manera, aunque los Estados Unidos y su clase obrera han progresado mucho más que China en su desarrollo industrial y standard de vida y de cultura, en ciertos aspectos los campesinos chinos han superado al obrero norteamericano. «La dialéctica histórica no conoce nada semejante al atraso desnudo o al progreso químicamente puro» como señalara Trotsky.

 

LA ESTRUCTURA SOCIAL DE GRAN BRETAÑA

Si analizamos la estructura social de la Gran Bretaña contemporánea, podremos ver que conserva características de tres periodos histórico-sociales distintos, inextricablemente relacionados. En las alturas de su sistema político hay una monarquía y una Iglesia establecida, ambas heredadas del feudalismo. Estas están conectadas a una estructura de propiedad capitalista monopolista perteneciente a la etapa más alta del capitalismo. Junto a esta industria capitalista existen la industria socializada, sindicatos y un partido laborista, todos precursores del socialismo.

Es significativo que esta particular combinación contradictoria en Gran Bretaña, deje perplejos a los norteamericanos. Los norteamericanos liberales no pueden comprender por qué los ingleses tienen una monarquía y una Iglesia establecida. Los norteamericanos con mentalidad capitalista se sorprenden de que la clase dominante británica tolere al Partido Laborista.

Al mismo tiempo, Gran Bretaña está golpeada por el más formidable de todos los movimientos combinados de fuerzas sociales de nuestro tiempo a escala mundial, verbigracia, la combinación del movimiento anticapitalista de la clase obrera con la revolución anticolonial de los pueblos de color. Estos dos movimientos muy diferentes, opuestos ambos al dominio imperialista, se refuerzan mutuamente.

Sin embargo, estos dos movimientos no tienen el mismo efecto en todos los países imperialistas. Se sienten, por ejemplo, más fuerte y directamente en Francia y Gran Bretaña que en EE. UU. No obstante, en EE. UU. la lucha de los pueblos coloniales por la independencia y de la minoría negra por la igualdad se influencian mutuamente.

 

LOS SALTOS PROGRESIVOS EN LA HISTORIA

La manifestación más importante de la interacción del desarrollo desigual y combinado es el surgimiento de «saltos» en el flujo histórico. Los más grandes saltos se hacen posibles por la co-existencia de pueblos de diferente nivel de organización social. En el mundo actual, estas organizaciones sociales cubren toda la gama, desde el salvajismo hasta el verdadero umbral del socialismo. En Norteamérica, mientras los esquimales en el Artico y los indios Seri en la Baja California viven aun en el salvajismo, los banqueros de Nueva York y los obreros de Detroit operan en la más alta etapa del capitalismo monopolista. Los «saltos» históricos se tornan inevitables porque los sectores retrasados de la sociedad se ven enfrentados a tareas que solo pueden resolver utilizando los métodos más modernos. Bajo la presión de las condiciones externas, se ven obligados a saltar o precipitar etapas de evolución que originalmente requirieron un período histórico entero para desarrollar sus potencialidades.

Cuando más amplias son las diferencias del desarrollo y mayor el numero de etapas presentes en un periodo dado, mas dramáticas son las posibles combinaciones de condiciones y fuerzas, y más rápida la naturaleza de los saltos Algunas combinaciones producen extraordinarias erupciones y rápidos movimientos en la historia. El transporte ha evolucionado lentamente la locomoción humana y animal, a través de los vehículos a rodado hasta el tren, automóviles y aeroplanos. En época reciente, sin embargo, los pueblos de Sudamérica y Siberia han pasado directamente y de un solo salto desde el animal al uso de los aviones.

Tribu, nación y clase son capaces de comprimir etapas o de saltar sobre ellas, asimilando los logros de los pueblos mas avanzados. Usan esto como una picana para encaramarse sobre las etapas intermedias y sobrepasan obstáculos de un solo salto. Pero no pueden hacer nada hasta tanto los países pioneros a la vanguardia del genero humano, hayan previamente allanado el camino, prefabricando las condiciones materiales. Otros pueblos preparan los medios y modelos para, una vez maduros, adaptarlos a sus condiciones peculiares.

La industria soviética fue capaz de hacer tan rápido progreso porque, entre otras razones, pudo importar las técnicas y maquinarias del Oeste. Ahora también China puede marchar a un ritmo más acelerado en su industrialización porque no solamente se basa en los logros técnicos de los países capitalistas avanzados, sino también sobre los métodos de planificación de la economía soviética.

En sus esfuerzos para superar a la Europa Occidental, los colonizadores de la costa del Atlántico Norte, pasaron a través del «barbarismo salvaje», virtualmente saltando por encima del feudalismo, implantando y extirpando la esclavitud, constituyendo grandes pueblos y ciudades sobre una base capitalista. Esto se hizo a un ritmo acelerado. A los pueblos europeos les llevo 3000 años saltar de la etapa superior del barbarismo de la Grecia homérica a la Inglaterra triunfante de la revolución burguesa de 1849. Norteamérica cubrió las mismas transformaciones en 300 años, o sea a un ritmo de desarrollo diez veces más rápido. Pero esto fue posible por el hecho de que Norteamérica pudo beneficiarse con los logros previos de Europa, combinados con la impetuosa expansión del mercado capitalista en todos los rincones del globo.

A lo largo de esta aceleración y compresión del desenvolvimiento social se fue acelerando también el tiempo de desarrollo de los acontecimientos revolucionarios. El pueblo británico tardó ocho siglos desde el comienzo del feudalismo en el siglo IX, hasta su revolución burguesa triunfante en el siglo XVII. Los colonos norteamericanos solamente en ciento setenta y cinco años pasaron de sus primeros asentamientos en el siglo XVII a su revolución victoriosa en el ultimo cuarto del siglo XVIII.

En estos saltos históricos las etapas del desarrollo son algunas veces comprimidas y otras omitidas, lo que depende de las condiciones particulares y las fuerzas. En las colonias norteamericanas, por ej. el feudalismo, -que floreció en Europa y Asia por muchos siglos- logro apenas asentarse Las instituciones características del feudalismo (feudo, siervos, la monarquía, la iglesia establecida y las corporaciones medievales) no tuvieron un ambiente favorable y fueron comprimidas entre la esclavitud comercial por un lado, y la sociedad burguesa injertada por el otro. Paradójicamente, al mismo tiempo que el feudalismo iba siendo atrofiado y estrangulado en las colonias norteamericanas, adquiría una vigorosa expansión en el otro lado del mundo, Rusia.

 

REVERSIONES HISTORICAS

La historia tiene sus reversiones, así como sus movimientos hacia adelante; sus periodos de reacción; formas infantiles y características caducas propias de etapas primitivas de desarrollo pueden unirse con estructuras avanzadas para generar formaciones extremadamente regresivas e impedir el avance social. Un ejemplo primario de tal combinación regresiva fue la esclavitud en Norteamérica, donde un modo de propiedad y una forma de producción anacrónica, perteneciente a la infancia de la civilización, se inserto en un ambiente burgués que pertenecía a una sociedad de clase madura.

La reciente historia política nos ha hecho familiarizar con los ejemplos del fascismo y el stalinismo, que son fenómenos históricos del siglo XX simétricos, aunque no idénticos. Ambos representan reversiones de formas de gobiernos democráticos preexistentes que tenían bases sociales completamente diferentes El fascismo fue el destructor y reemplazante de la democracia burguesa en el periodo final de la destrucción y decadencia del imperialismo. El stalinismo fue el destructor y reemplazante de la democracia obrera de la Rusia revolucionaria en el periodo inicial de la revolución socialista internacional.

De esta forma, nosotros vemos mezclados dos etapas en el movimiento dialéctico de la sociedad. Primero, algunas partes del genero humano y ciertos elementos de la sociedad, se mueven mas rápidamente y se desarrollan antes que otros. Mas tarde, bajo el choque de fuerzas externas se produce un retroceso, o una detención en relación al ritmo de progreso de sus precursores, por la combinación de las últimas innovaciones con viejos modos de existencia.

 

LA DESINTEGRACION DE LAS COMBINACIONES

Pero a la historia no se detiene en este punto. Cada síntesis única, que ha surgido del desarrollo desigual y combinado engendra en si misma posteriores crecimientos y cambios, los que a su vez pueden llevar a una eventual desintegración y destrucción de la síntesis. Una formación combinada amalgama elementos derivados de diferentes niveles del desarrollo social. Su estructura interna es, por lo tanto, altamente contradictoria. La oposición de sus polos constituyentes no solamente imparte inestabilidad a la formación, sino que lleva directamente a posteriores desarrollos. Mas claramente que a cualquier otra formación, la lucha de los opuestos caracteriza el curso de vida de una formación combinada.

Hay dos tipos principales de combinación. En un caso, el producto de una cultura avanzada es absorbido en la estructura de un organismo social arcaico. En otro, aspectos de un orden primitivo son incorporados a un organismo social mas altamente desarrollado.

El efecto que produce la asimilación de elementos más modernos en una estructura depende de muchas circunstancias. Por ejemplo, los indios pudieron reemplazar el hacha de piedra por el hacha de hierro sin dislocaciones fundamentales de su orden social, porque este cambio significó solamente una mínima dependencia de la civilización blanca de la cual el hacha de hierro fue tomada. La introducción del caballo cambio considerablemente la vida de los indios de las praderas, al extender el alcance de sus campos de caza y de sus habilidades guerreras Sin embargo, el caballo no transformo su relación tribal básica. Pero, en cambio, la participación en un naciente comercio y la penetración de la moneda tuvo consecuencias revolucionarias sobre los indios destruyendo su sistema tribal, oponiendo los intereses privados a las costumbres comunitarias, lanzando una tribu contra otra y subordinando los nuevos comerciantes y cazadores indios al mercado mundial.

Bajo ciertas condiciones históricas la introducción de nuevas cosas puede, también, prolongar por un tiempo la vida de las instituciones más arcaicas. La entrada de los grandes consorcios capitalistas de petróleo en el Medio Oriente ha fortalecido temporariamente a los sheiks, dándoles enormes cantidades de riquezas. Pero a largo plazo, la invasión de técnicas e ideas modernas no puede ayudar, sino minar los viejos regímenes tribales, porque rompen las condiciones sobre las cuales ellos se apoyan y crean nuevas fuerzas que se les oponen para reemplazarlos.

Un poder primitivo puede afirmarse rápidamente sobre uno más moderno, ganando renovada vitalidad, y puede también aparecer por un tiempo como superior al otro. Pero el poder menos desarrollado llevara una existencia esencialmente parásita y no podrá sostenerse indefinidamente a expensas del mas desarrollado. Carece de adecuado terreno y atmósfera para su crecimiento, mientras las instituciones mas desarrolladas no solo son superiores por naturaleza, sino que además, pueden contar con un favorable ambiente para su expansión.

 

ESCLAVITUD Y CAPITALISMO

El desarrollo de la esclavitud en Norteamérica da una excelente ilustración de esta dialéctica. Desde el punto de vista de la historia mundial, la esclavitud fue un anacronismo desde su nacimiento en este continente. Como modo de producción pertenecía a la infancia de la sociedad de clases; había desaparecido prácticamente de la Europa Occidental. Sin embargo, la importancia de las demandas por parte de Europa Occidental, de materias primas como el azúcar, índigo y tabaco, combinada con la carencia de trabajadores para llevar a cabo operaciones agrícolas en gran escala, obligaron a implantar la esclavitud en Norteamérica . La esclavitud colonial creci6 como un brazo del capitalismo comercial. De esta manera un modo de producción y una forma de propiedad superadas mucho tiempo atrás, surgió de nuevo como consecuencia de las exigencias de un sistema más moderno y formó parte de el.

Esta contradicción se agudizo cuando el surgimiento del capitalismo industrial en Inglaterra y los Estados Unidos incrementó la producción de algodón de los estados del Sur hasta un lugar de primer rango en la vida económica y política de Norteamérica. Durante décadas los dos sistemas opuestos funcionaron como equipo. Cuando estalló la guerra civil norteamericana, rompieron. El sistema capitalista-que en una etapa de su desarrollo alentó el crecimiento de la esclavitud-creó en otra una nueva combinación de fuerzas que la destruyó.

La formación combinada de lo viejo y de lo nuevo, de lo mas bajo y lo mas alto, de la esclavitud y el capitalismo, demostró no ser permanente ni indisoluble; fue condicional, temporaria, relativa. La asociación forzada de las dos tendía hacia la disociación y un conflicto creciente. Si una sociedad marcha hacia adelante, la ventaja preponderante corresponderá, a larga escala, a la estructura superior, la cual prosperará a expensas de características inferiores, superándolas y dislocándolas eventualmente.

 

LA SUSTITUCION DE LAS CLASES

Una de las consecuencias más importantes y paradójicas del desarrollo desigual y combinado es la solución de los problemas de una clase a través de otra. Cada etapa del desarrollo social genera, pone y resuelve sus propios complejos específicos de tareas históricas. El barbarismo, por ejemplo, desarrollo las técnicas productivas del cultivo de las plantas, del pastoreo de animales y la labranza, como ramas de su actividad económica. Estas actividades fueron también prerrequisitos para suplantar al barbarismo por la civilización.

En la época burguesa, la unificación de provincias separadas en estados centralizados nacionales y la industrialización de estos estados fueron tareas históricas planteadas por el surgimiento burgués. Pero, en cierto numero de países, el bajo desarrollo de la economía capitalista y la consiguiente debilidad de la burguesía hace insostenible el logro de estas tareas históricas de la burguesía. En el corazón de Europa, por ejemplo, la unidad del pueblo alemán fue lograda desde 1866 hasta 1869 no por la burguesía o la clase obrera, sino por una casta social ya superada, los terratenientes Junkers prusianos, encabezados por la monarquía Hohenzollern y dirigida por Bismark. En este caso la tarea histórica de la clase capitalista fue llevada a cabo por fuerzas precapitalistas.

En el presente siglo China representa otro ejemplo opuesto, en un nivel histórico mas alto. Bajo la doble explotación de sus viejas relaciones feudales y de la subordinación imperialista, China no podía ser unificada ni industrializada. Se necesito nada menos que una revolución proletaria (aunque deformada en sus comienzos) que, apoyándose en una insurrección campesina? allano el camino para la solución de estas tareas burguesas largamente postergadas. Hoy día China esta unificada por primera vez y se esta industrializando rápidamente. Sin embargo, estas tareas no han sido llevadas a cabo por fuerzas capitalistas o precapitalistas, sino por la clase obrera y bajo su propia dirección. En este caso, las tareas no completadas de la abortada era de desarrollo capitalista han sido realizadas por una clase postcapitalisla.

El desarrollo extremadamente desigual de la sociedad hizo necesario este cambio de roles históricos entre las clases: la grandiosidad de la etapa histórica hizo posible la substitución. Como Hegel señalo, la historia a menudo recurre a los mecanismos más indirectos y astutos para lograr sus fines.

Uno de los mayores problemas que dejo sin resolver la revolución democrático-burguesa de los Estados Unidos fue la abolición de los viejos estigmas de la esclavitud, con la integración sin restricciones de los negros en la vida norteamericana. Esta tarea fue parcialmente solucionada por la burguesía industrial del norte durante la guerra civil. Este fracaso de la burguesía industrial ha sido igualmente una gran fuente de problemas y dificultades para sus representantes. La cuestión que ahora esta planteada es si los actuales gobernantes capitalistas ultrarreaccionarios de USA podrán llevar a cabo una tarea nacional que fueron incapaces de completar en su época revolucionaria.

Los portavoces de los demócratas y republicanos consideran necesario decir que ellos podrán de hecho cumplir esta tarea; los reformistas de todo pelaje juran que el gobierno burgués podrá hacerlo. Es nuestra opinión, sin embargo, que solo la lucha conjunta del pueblo negro y las masas obreras contra los gobernantes capitalistas será capaz de batallar contra los restos de la esclavitud hasta su conclusión victoriosa. En ese sentido, la revolución socialista completara lo que resta realizar de la revolución democratico-burguesa.

 

LOS CASTIGOS DEL PROGRESO Y LOS PRIVILEGIOS DEL ATRASO

Aquellos que hacen un culto del progreso puro creen que altos logros en un número de campos presuponen equivalente perfección en otros. Muchos norteamericanos sacan la conclusión inmediata de que los Estados Unidos sobrepasan al resto del mundo en todas las esferas de la actividad humana, justamente porque así ocurre en tecnología, producci6n material y standard de vida. Sin embargo, en política y filosofía, para no mencionar otros campos, el desarrollo general de Estados Unidos no ha ido mas allá del siglo XIX, mientras que países de Europa y Asia, mucho menos favorecidos económicamente, están mucho mas allá que USA en estos campos.

En los últimos años de su gobierno, Stalin trató de imponer la noción de que solamente «cosmopolitas sin raíces» podían sostener que el oeste superaba a la URSS en alguna rama del esfuerzo humano desde las invenciones mecánicas hasta la ciencia de la genética. Esta expresión del nacionalismo «pan ruso» no fue menos estúpida que la concepción occidental de que nada superior puede provenir del barbarismo asiático de la Unión Soviética.

La verdad es que cada etapa del desarrollo social, cada tipo de organización social, cada nacionalidad, tiene sus virtudes y defectos esenciales, ventajas y desventajas. El progreso tiene sus castigos: hay que pagar por él. Avances en ciertos terrenos pueden significar retrocesos en otros. Por ejemplo, la civilización desarrolló el poder de producción y la riqueza del genero humano sacrificando la igualdad y la fraternidad de las sociedades primitivas que suplantó. Por otro lado, bajo ciertas condiciones el atraso tiene sus beneficios. Mas aun, lo que es progresivo en una etapa de desarrollo puede volverse una precondición para el establecimiento de un retraso en una etapa subsiguiente o en un terreno a el ligado. Y lo que es un atraso puede volverse la base para un salto hacia adelante.

Parece ridículo decir a pueblos que están oprimidos por el atraso y están deseando vivamente superarlo, que su arcaísmo tiene sus ventajas. Para ellos el atraso aparece como un mal evidente. Pero la conciencia de este «mal» aparece en primer lugar después que estos pueblos han tomado contacto con formas superiores del desarrollo social. Es el contacto de las dos formas, atrasada y adelantada, lo que demuestra las deficiencias de la cultura atrasada. En la medida en que la civilización es desconocida el salvaje primitivo se mantiene contento. Es solamente la yuxtaposición de los dos la que introduce la visión de algo mejor y alimenta las semillas del descontento. En ese sentido la presencia y conocimiento de la etapa superior se vuelve un motor del progreso.

La critica y condenación resultante de la vieja situación genera la urgencia de superar la disparidad en el desarrollo y lleva a los retrasados hacia adelante por el surgimiento en ellos del deseo de superar a los mas avanzados. Cada persona que conoce lo que es aprender ha sentido esto personalmente.

Cuando los pueblos atrasados hacen nuevas e imperativas demandas, la ausencia de instituciones acumuladas e intermediarias puede ser de un valor positivo, por los pocos obstáculos que se presentan para obstruir el avance y la asimilación de lo nuevo. Si las fuerzas sociales existen y actúan efectiva, inteligentemente y en el momento oportuno, lo que ha sido un castigo puede transformarse en una ventaja.

 

LOS DOS CURSOS DE LA REVOLUCION RUSA

La reciente historia de Rusia da el ejemplo más extraordinario de esta conversión de un castigo histórico en un privilegio. Al comienzo del siglo XX, Rusia era entre las grandes naciones de Europa la más atrasada. Este atraso abrazaba todos los estratos, desde el campesino abajo hasta la dinastía absolutista de los Romanov arriba. El pueblo ruso y sus nacionalidades oprimidas sufrían ambos las miserias del feudalismo decadente y del retraso del desarrollo burgués en Rusia.

Sin embargo, cuando llegó el momento de la solución revolucionaria de estos problemas acumulados, este retraso demostró sus ventajas en muchos terrenos. Primero, el zarismo estaba totalmente alienado de las masas. Segundo, la burguesía era muy débil para tomar el poder en su propio nombre y mantenerlo. Tercero, el campesinado, al no recibir satisfacción de la burguesía, fue obligado a replegarse sobre la clase obrera en busca de dirección. Cuarto, la clase obrera no tenía formas de actividad petrificadas o sindicatos frenadores y burocracias políticas que la hicieran retroceder. Fue más fácil para esta joven y enérgica clase que tenía muy poco que perder y mucho que ganar, adoptar rápidamente la más avanzada teoría, el más claro programa de acción y el mas alto tipo de organización partidaria. La revuelta campesina contra el feudalismo, un movimiento que en el occidente de Europa ha caracterizado el surgimiento de las revoluciones democrático-burguesas, se mezcló con la revolución proletaria contra el capitalismo, exclusiva del siglo XX. Como Trotsky señaló en la Historia de la Revolución Rusa, fue la conjunción de estas dos revoluciones diferentes lo que dio su poder expansivo al alzamiento del pueblo ruso y lo que explica la extraordinaria rapidez de su triunfo.

Pero los privilegios del atraso no son inagotables; están limitados por condiciones históricas y materiales. Efectivamente, el atraso heredado de la Rusia de los zares reaccionó, en la etapa siguiente de su desarrollo, bajo nuevas condiciones históricas y sobre una base social enteramente nueva. Los privilegios previos debieron ser pagados en las próximas décadas por los amargos sufrimientos, privaciones económicas y pérdida de las libertades que el pueblo ruso soportó bajo la dictadura stalinista. El gran atraso que había fortalecido la revolución y propulsado a las masas rusas a la cabeza del resto del mundo, se transformó entonces en el punto de arranque de la reacción política y de la contrarrevolución burocrática, a consecuencia de lo cual la revolución internacional fracasó en la conquista de los países industriales mas avanzados. El atraso económico y cultural de Rusia combinada con el retraso de la revolución mundial, fueron las condiciones básicas que permitieron a la camarilla stalinista romper al partido bolchevique y a la burocracia usurpar el poder político. Por estas razones, el régimen stalinista se convirtió en el más contradictorio de la historia moderna, una coagulación de las más avanzadas formas de propiedad y conquistas sociales surgidas de la revolución, con una resurrección de las más repulsivas características del dominio de clase. Fábricas gigantes, provistas con la maquinaria más moderna, eran atendidas por obreros a los que, al igual que a siervos, no se les permitía dejar sus lugares de empleo; aeroplanos que volaban por intransitables caminos llenos de barro; una economía planificada que funcionaba junto a campos «de trabajo esclavo»; colosales avances industriales paralelos a la regresión política; en fin, el prodigioso crecimiento de Rusia como poder mundial, acompañado por una igualmente prodigiosa decadencia interna del régimen.

Sin embargo, el desarrollo dialéctico de la revolución rusa no se detuvo en ese punto. La extensión de la revolución al oriente de Europa y Asia, después de la segunda guerra mundial, la expansión de la industria soviética y el ascenso en numero y nivel de cultura de los obreros soviéticos, prepararon condiciones para una transformación de las viejas tendencias, el renacimiento de la revolución sobre una etapa mas alta y la decadencia y parcial superación del azote del stalinismo. La primera manifestación de ese movimiento hacia adelante de las masas en Rusia y sus satélites, con la clase obrera en su dirección, ha sido ya anunciada al mundo.

Desde el discurso de Kruschev a la revolución húngara, se ha producido una serie continua de acontecimientos que demuestra la dialéctica del desarrollo revolucionario. A cada paso de la revolución rusa, podemos ver la interacción de su atraso y progreso con su conversión de uno en el otro, de acuerdo a las circunstancias concretas del desarrollo internacional y nacional. Solamente la comprensión de la dialéctica de esos cambios puede darnos una pintura exacta del desarrollo extremadamente complejo y contradictorio de la URSS, durante los 40 años de su existencia revolucionaria. Las docenas de ultrasimplificadas caracterizaciones de la naturaleza de la moderna sociedad rusa que sirven solo para confundir al movimiento revolucionario, derivan de una falta de comprensión de las leyes de la dialéctica, y del uso de métodos metafísicos en el análisis del proceso histórico.

La ley del desarrollo desigual y combinado es una herramienta indispensable para analizar la revolución rusa y para precisar su crecimiento y decadencia a través de sus complejas fases, sus triunfos, su degeneración y su próxima regeneración.

 

Escrito: Escrito en 1957 bajo el seudónimo «William F. Warde».
Historial de publicación: «Uneven and Combined Development in History», en la revista Labour Review.  En 1957 fue republicado como pamfleto con el titulo The irregular movement of history: the Marxist law of the combined and uneven development of society por New Park Publications en Nueva York y por la imprenta de A. Bandara para Spark Publishers en Colombo – Sri Lanka.  En 1965 el SWP de los EEUU, a través de su editorial, Pioneer Publishers, lo volvió a publicar con el título Uneven and Combined Development in History, y al año siguiente lo volvió a hacer a través de su Meritt Publishers.
Edición en castellano: George Novack, La ley del desarrollo desigual y combinado de la sociedad, Editorial Pluma, Bogotá, 1974.
Esta edición: Marxists Internet Archive, 2012.

200.000 protestan por el encarcelamiento de líderes nacionalistas catalanes en Barcelona

por Paul Mitchell //

El encarcelamiento esta semana de líderes de las principales organizaciones separatistas en Cataluña —Jordi Sànchez de la Asamblea Nacional de Cataluña (ANC) y Jordi Cuixart de Òmnium Cultural— se encontró con manifestaciones en toda Cataluña que culminaron en una protesta de 200.000 personas en Barcelona la noche del martes.

El encarcelamiento de los dos marca los primeros encarcelamientos de presos políticos desde el final de la dictadura fascista del general Francisco Franco.

Se ha programado una movilización masiva para el sábado por la tarde pidiendo su liberación. Hay conversaciones sobre otra “huelga nacional” por parte de la “Junta para la Democracia”, que comprende a 60 organizaciones, entre ellas los sindicatos ANC, Òmnium Cultural, UGT y CCOO y las organizaciones paraguas de empleadores, CECOT y PIMEC.

Sánchez y Cuixart se encuentran en espera de investigación de cargos falsos de sedición, que tienen una sentencia máxima de 15 años de prisión. Están acusados de organizar manifestaciones el 20 y 21 de septiembre, que intentaron evitar las redadas policiales contra organizaciones que promovían el referéndum sobre la independencia catalana del primero de octubre.

Los arrestos se produjeron luego de semanas de represión sostenida por el gobierno del Partido Popular (PP) del presidente del Gobierno Mariano Rajoy. Funcionarios del gobierno catalán han sido arrestados, decenas de sitios web cerrados, millones de carteles y folletos confiscados, impresos y periódicos buscados, reuniones prohibidas y cientos de alcaldes amenazados con enjuiciamiento por apoyar el referéndum.

El primero de octubre, el gobierno del PP envió decenas de miles de policías en un intento fallido por evitar el referéndum. Las redes sociales se vieron inundadas por imágenes de guardias civiles que se abrieron paso en los lugares de votación, agarraron urnas y golpearon a votantes pacíficos e indefensos, cientos de los cuales resultaron heridos. Se ha azuzado una histeria nacionalista, de orden público y se alientan las protestas de la extrema derecha.

Hoy, a las 10 de la mañana, el presidente regional catalán, Carles Puigdemont, debe “aclarar” si ha declarado o no la independencia, tras su declaración de la semana pasada en la que reafirmó el derecho de Cataluña a la independencia, pero que no se declararía durante varias semanas para permitir negociaciones con Madrid.

Si no niega la declaración de independencia, muchos informes sugieren que el Consejo de Ministros de Rajoy invocará medidas en virtud del artículo 155 de la Constitución española, rutinariamente descrita como la “opción nuclear”, que suspende la autonomía catalana. Tal paso sienta las bases para imponer el gobierno directo desde Madrid a través de la intervención militar.

Según los informes de los medios, el parlamento regional se disolverá y se creará una “autoridad gubernamental de transición”, integrada por tecnócratas nombrados que asumirán el funcionamiento de los diversos ministerios catalanes.

Puigdemont podría continuar como presidente del gobierno regional, pero se lo despojaría de sus poderes. El vicepresidente Oriol Junqueras, responsable de las finanzas de la Generalitat —y culpado por la pérdida de inversiones en Cataluña y de las empresas que reubicaban sus sedes— podría ser destituido. Es probable que Junqueras y otros funcionarios sean detenidos y encarcelados como lo han sido Jordi Sánchez y Jordi Cuixart.

El siguiente paso, según los informes, sería celebrar nuevas elecciones en Cataluña. Estas no serían convocadas por el gobierno regional como normalmente es el caso, sino bajo el control de Madrid. Que a los partidos que piden la independencia se les permita presentarse a las elecciones es cada vez más improbable, ya que aumentan las exigencias de que se los prohíba.

El gobierno no habla abiertamente actualmente de la intervención militar, pero se enviaron tropas logísticas para apoyar a las unidades de la Policía Nacional y de la Guardia Civil en Cataluña y se publicaron detalles del plan de despliegue de tropas de “Cota de Malla” junto con los comentarios de figuras militares.

Rajoy viajará el jueves por la tarde a Bruselas para participar en la cumbre del Consejo Europeo de Jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea (UE). La UE ha declarado consistentemente que la sucesión catalana es una crisis “interna” que España debe resolver dentro de los límites establecidos por su Constitución, una visión tomada por la administración Trump en Estados Unidos. La represión del PP goza del apoyo de la UE y los Estados Unidos porque estos temen que la UE y la alianza de la OTAN se fragmenten en un mosaico de miniestados competidores.

Con ese fin, Cataluña ni siquiera aparece como un artículo oficial en la agenda de la cumbre. “No tenemos la intención de incluirlo en la agenda, pero, por supuesto, si el presidente Rajoy quiere hablar sobre eso, lo reflejaremos en la agenda”, dijo un alto funcionario europeo.

El Secretario General del Partido Socialista (PSOE), Pedro Sánchez, también está visitando Bruselas. Su papel principal es cubrir al PP e intentar contrarrestar las representaciones de las medidas represivas que promulga el Estado español. El miércoles se reunió con el presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, la Alta Representante de Política Exterior, Federica Mogherini, y con el presidente del Grupo Socialista en el Parlamento Europeo, Giani Pittella, antes de participar en una conferencia organizada por la facción Socialdemócrata Europea. Hoy se reunirá con el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude-Juncker.

La implacable fuerza de las medidas estatales policiales impuestas en Cataluña por el gobierno del PP, que rige sobre el quinto país capitalista supuestamente democrático de Europa, es una advertencia para los trabajadores y jóvenes en todo el continente e internacionalmente. La luz verde dada a la represión del PP, apoyada por el partido derechista Ciudadanos y el PSOE por parte de la UE y los EUA es una confirmación adicional de que la élite gobernante global no tolerará ninguna oposición a sus políticas contrarrevolucionarias sociales.

Lo que está sucediendo en Cataluña se convertirá en el punto de referencia para la regla en toda Europa.

El rápido resurgimiento de tales medidas represivas en un país, que el PSOE y el Partido Comunista insistieron en haber resuelto su amarga historia del siglo XX de la lucha de clases, la revolución y la dictadura a través de la “transición a la democracia”, tras la muerte de Franco en 1975, es una expresión gráfica del colapso del orden capitalista global posterior a la Segunda Guerra Mundial.

El acuerdo político inventado durante la Transición se ha desintegrado. El PSOE, el principal partido de gobierno de la élite gobernante española en el período posterior a Franco, ha quedado desacreditado por décadas de políticas de austeridad y guerra.

La cuestión crítica es la movilización política de toda la clase obrera española y europea en la lucha contra el retorno al gobierno estatal policial y cualquier intento de movilizar al ejército.

Los trabajadores y los jóvenes en Cataluña, en toda España y en todo el continente deben exigir el fin de la brutal represión que se está llevando a cabo en Cataluña. Todas las tropas y las fuerzas gubernamentales deben ser retiradas de Cataluña y los que permanecen cautivos como prisioneros políticos liberados inmediatamente.

La oposición a la represión estatal no se puede montar bajo los auspicios de los partidos gobernantes en Madrid o los nacionalistas catalanes, que son incansablemente hostiles a la clase trabajadora.

El Comité Internacional de la Cuarta Internacional insiste en que la única política viable contra el peligro de la guerra y la dictadura es luchar por unificar a la clase obrera en España y Europa en una lucha contra el capitalismo y por la reorganización socialista de la sociedad. Esto solo puede llevarse a cabo en la lucha revolucionaria contra todas las facciones burguesas españolas, ya sea en Madrid o Barcelona.

Karl Liebknecht: ¿Qué quiere la Liga Espartaquista? – 1918

Lo que sobre todo es necesario en este momento es tener una idea clara de los objetivos de nuestra política. Tenemos necesidad de una comprensión muy exacta de la marcha de la revolución, darnos cuenta de lo que ha sucedido hasta aquí para ver en que consistirá nuestra tarea futura.

Hasta aquí, la revolución alemana no ha sido más que un intento de poner fin a la guerra y superar sus consecuencias. Por eso su primer acto fue concluir un armisticio con las potencias enemigas y apartar a los líderes del antiguo régimen. La tarea de todos los revolucionarios consiste ahora en reforzar y ampliar sus conquistas. Vemos que el armisticio que el gobierno actual negocia con las potencias adversarias es utilizado por estas para estrangular a Alemania. Esto es contrario a los objetivos del proletariado, puesto que tal trato no es compatible con el ideal de una paz digna y duradera.

El objetivo del proletariado alemán, como el del proletariado mundial, no es una paz provisional, basada en la violencia, sino una paz duradera, basada en el derecho. Esto no es lo que hace el gobierno actual, el cual, conforme a su naturaleza, se esfuerza únicamente en concluir con los gobiernos imperialistas de los países de la Entente una paz provisional. No quiere afectar a los fundamentos del capital.En tanto el capitalismo sobreviva -y esto lo saben todos los socialistas muy bien-, las guerras serán inevitables. ¿Cuáles son las causas de la guerra mundial? La dominación capitalista significa la explotación del proletariado y una ampliación creciente del capitalismo en el mercado mundial. Aquí se oponen violentamente las fuerzas capitalistas de los diferentes grupos nacionales, y el conflicto económico lleva inevitablemente al enfrentamiento de las fuerzas militares, a la guerra.

Ahora se nos quiere arrullar con la idea de la Sociedad de las Naciones, que debe conducir a una paz duradera entre los pueblos. Como socialistas, sabemos perfectamente que tal organismo no es sino una alianza que no puede disimular su carácter capitalista, que está dirigida contra el proletariado y es incapaz de garantizar una paz duradera.La concurrencia, que esta en la base de la sociedad capitalista, significa para nosotros, socialistas, un fratricidio; por el contrario, nosotros queremos una comunidad internacional de hombres. Unicamente el proletariado aspira a una paz durable; jamás el imperialismo de la Entente podrá dar esta paz al proletariado alemán. Este último la obtendrá de sus hermanos de Francia, de América, de Italia. Poner fin a la guerra mundial mediante una paz duradera y digna solo es posible gracias a la acción del proletariado internacional. Esto es lo que nos enseña nuestra doctrina socialista básica.

Ahora, después de la inmensa mortandad, se trata en verdad de crear una obra sólida. La humanidad entera ha sido lanzada al crisol ardiente de la guerra mundial. El proletariado tiene el martillo en su mano para forjar un mundo nuevo. No se trata solamente de la guerra y de los estragos que sufre el proletariado, sino del régimen capitalista mismo, que es la verdadera causa de la guerra. Suprimir el régimen capitalista es la única vía de salvación para el proletariado, la única que le permitirá escapar a su sombrío destino. ¿Cómo puede ser alcanzado este objetivo?. Para responder a esta pregunta, es necesario darse cuenta claramente de que únicamente el proletariado puede, por su propia acción, liberarse de la esclavitud. Se nos dice: la Asamblea Nacional es la vía que nos lleva a la libertad. Pero la Asamblea Nacional no es otra cosa que la democracia política formal, no la democracia que el socialismo siempre ha exigido. El carnet del voto no es la palanca que puede levantar y voltear al régimen capitalista. Sabemos que un gran número de países, por ejemplo, Francia, América, Suiza, poseen desde hace largo tiempo esta democracia formal. Pero en estas democracias reina igualmente el capital.Es evidente que en las elecciones a la Asamblea Nacional, la influencia del capital, su superioridad económica, se hará sentir en el más alto grado. Grandes masas de la población se situarán, bajo la presión de esta influencia, en contradicción con sus verdaderos intereses y darán sus votos a sus adversarios. Ya por esta razón la elección de una Asamblea Nacional no será jamás una victoria de la voluntad socialista. Es completamente falso creer que la democracia parlamentaria formal crea las condiciones propias para la realización del socialismo. Por el contrario, el socialismo realizado es la condición fundamental de la existencia de una verdadera democracia. El proletariado revolucionario alemán no puede esperar nada de la resurrección del antiguo Reichstag bajo la nueva forma de Asamblea Nacional, puesto que esta tendrá el mismo carácter que la vieja “boutique de bavardage” de la Koenigsplatz. Seguramente encontraremos allí a todos los señores ancianos que se esforzaban antes y durante la guerra en decidir de una forma tan fatal la suerte del pueblo alemán. Es igualmente probable que en esta Asamblea Nacional los partidos burgueses tengan la mayoría. Pero incluso aunque este no fuera el caso, incluso si la Asamblea Nacional tuviese una mayoría socialista que decidiese la socialización de la economía alemana, tal decisión parlamentaria quedaría como un simple pedazo de papel y se enfrentaría a una resistencia encarnizada de parte de los capitalistas.

No es con el Parlamento y con sus métodos como se puede realizar el socialismo; aquí el factor decisivo es la lucha revolucionaria del proletariado, ya que solo el podrá fundar una sociedad según sus deseos. La sociedad capitalista no es otra cosa que la dominación más o menos velada de la violencia. Esta sociedad tiende ahora a volver a la legalidad del “orden” precedente, a desacreditar y a anular la revolución que el proletariado ha hecho, a considerarla como una acción ilegal, una especie de malentendido histórico. Pero el proletariado no ha soportado en vano los mas pesados sacrificios durante la guerra; nosotros, los pioneros de la revolución, no nos dejaremos anular. Permaneceremos en nuestro puesto hasta que hayamos instaurado el reino del socialismo. El poder político del que el proletariado se apoderó el 9 de noviembre le ha sido ya arrebatado en parte, y se le ha arrancado, sobre todo, el poder de colocar en los puestos mas elevados de la administración a hombres de su confianza. Incluso el militarismo, contra la dominación del cual nos alzamos, vive todavía. Conocemos perfectamente las causas que han conducido a desalojar al proletariado de sus posiciones; sabemos que los consejos de soldados, al comienzo de la revolución, no comprendieron claramente su papel. Se han deslizado en sus filas numerosos calculadores astutos, revolucionarios de ocasión, cobardes que después del hundimiento del antiguo régimen, para salvar sus existencias amenazadas, se han unido nuevamente. En numerosos casos, los consejos de soldados han confiado a tales individuos puestos importantes, haciendo así de la zorra el guardián del gallinero.

Por otra parte, el gobierno actual ha restablecido el antiguo Gran Estado Mayor y ha entregado así el poder a los antiguos oficiales. Si ahora reina el caos por toda Alemania, la culpa no incumbe a la revolución, que se ha esforzado en suprimir el poder de las clases dirigentes, a las mismas clases dirigentes y el incendio de la guerra alumbrado por estas. “El orden y la tranquilidad deben reinar” nos grita la burguesía, y esta piensa que el proletariado debe capitular para que el orden y la tranquilidad se restablezcan; que debe entregarse el poder en manos de los que, bajo la mascara de la revolución, preparan ahora la contrarrevolución. Sin duda que un movimiento revolucionario no puede deslizarse sobre un parquet encerado; existen astillas y virutas en la lucha por una sociedad nueva, por una paz duradera. Al entregar a los generales el Alto Mando del ejército para proceder a la desmovilización, el gobierno ha hecho esta más difícil. Sin duda que la desmovilización seria mas ordenada si se hubiese confiado a la libre disciplina de los soldados. Por el contrario, los generales, armados con la autoridad del gobierno del pueblo, han intentado por todos los medios suscitar entre los soldados el odio hacia el gobierno. Por propia decisión, los generales han disuelto los consejos de soldados, prohibido desde los primeros días de la revolución la bandera roja y ha hecho quitar esta bandera de los edificios públicos. De esto es responsable el gobierno, que, para mantener el “orden” de la burguesía, ahoga a la revolución en sangre.

Osadamente se afirma que somos nosotros los que queremos el terror, la guerra civil, la efusión de sangre; osadamente se nos sugiere que renunciemos a nuestro trabajo revolucionario, a fin de que el orden de nuestros adversarios sea restablecido. No somos nosotros los que queremos la efusión de sangre, pero si es cierto que la reacción, en cuanto tenga la menor posibilidad, no dudará ni un instante en ahogar la revolución en sangre. Recordemos la crueldad y la infamia de la que es culpable la reacción, y no hace tanto tiempo aun. En Ucrania se ha entregado a un trabajo de verdugo; en Finlandia ha asesinado a millares de obreros. Esta es la labor sangrienta del imperialismo alemán, cuyos portavoces nos acusan hoy en la prensa calumniosa, a los socialistas, de querer el terror y la guerra civil.¡No! Nosotros queremos que la transformación de la sociedad y de la economía se produzcan en el orden. Si ha de haber desorden y guerra civil, la responsabilidad será únicamente de los que siempre han reforzado y ampliado su dominación y su provecho por las armas y quieren hoy poner al proletariado bajo su yugo. No es a la violencia y a la efusión de sangre a lo que llamamos al proletariado, sino a la acción revolucionaria enérgica, para poner en marcha la reconstrucción del mundo. Llamamos a las masas de soldados y de proletarios a trabajar vigorosamente para la formación de los consejos de soldados y obreros. Los llamamos a desarmar a las clases dirigentes y a armarse ellos mismos, para defender la revolución y asegurar la victoria del socialismo. Solamente así podremos asegurar la vida y el desarrollo de la revolución en interés de las clases oprimidas. El proletariado revolucionario no debe dudar un solo instante en apartar a los elementos burgueses de todas las posiciones políticas y sociales; debe tomar el mismo el poder en sus manos. Sin duda, tendremos necesidad, para conducir con éxito la socialización de la vida económica, de la colaboración de los intelectuales burgueses, de los especialistas, de los ingenieros, pero estos deben trabajar bajo el control del proletariado. De todas nuestras acuciantes tareas, ninguna ha sido emprendida por el gobierno actual. Por el contrario, el gobierno ha hecho todo lo posible por frenar la revolución. Y ahora nos enteramos que con la colaboración del gobierno se han formado en el campo consejos de campesinos, en esta capa de la población que siempre ha sido el adversario mas retrogrado y encarnizado del proletariado, en particular del proletariado rural.A todas estas maquinaciones, los revolucionarios deben oponerse enérgicamente; deben hacer uso de su poder y orientarse resueltamente en la vía del socialismo. El primer paso en este sentido consistiría en poner todos los depósitos de armas y toda la industria de armamentos bajo el control del proletariado. A continuación, las grandes empresas industriales y agrícolas deben ser transferidas a la colectividad. No cabe la menor duda de que esta transformación socialista de la producción, dado el grado de centralización de esta rama de la economía, puede ser realizada bastante rápidamente. Por otra parte, poseemos un sistema de cooperativas muy desarrollado, en el cual esta interesada igualmente y sobre todo la clase media. Esto también constituye un factor favorable para la construcción eficaz del socialismo. Sabemos perfectamente que esta socialización será un proceso de larga duración; no disimulamos las dificultades a las que nos enfrentamos en esta tarea, sobre todo la situación peligrosa en que nuestro pueblo se encuentra actualmente. Pero ¿quien puede creer seriamente que los hombres pueden elegir a su gusto el momento propicio para una revolución y para la realización del socialismo?. ¡La marcha de la historia no es esa precisamente! No se trata de decir: ni hoy ni mañana nos conviene la revo lución; será pasado mañana, cuando nuevamente tengamos pan y materias primas y nuestro modo de producción capitalista este en plena marcha, será entonces cuando estaremos dispuestos a discutir la construcción del socialismo. No, esta es una concepción falsa y ridícula de la naturaleza de la evolución histórica. No se puede elegir el momento propicio para una revolución ni transferir esta revolución a una fecha que nos convenga. Pues las revoluciones no son en el fondo otra cosa que grandes crisis sociales elementales, cuyo estallido y desarrollo no dependen de individuos aislados y que, pasando por encima de sus cabezas, se descargan como formidables tormentas. Ya Marx nos enseñó que la revolución social debe producirse en el curso de una crisis del capitalismo. Y bien, esta guerra es precisamente una crisis, por ello ha sonado la hora del socialismo. En la víspera de la revolución, en el curso de la famosa noche del viernes al sábado, los dirigentes de los partidos socialdemócratas dudaban de que la revolución era inminente; no querían creer que el fermento revolucionario en las masas de soldados y obreros había progresado hasta tal punto. Pero cuando percibieron que había comenzado la gran batalla acudieron todos; si no, habrían corrido el riesgo de ser desbordado por el movimiento. Ha llegado el momento decisivo. Estúpidos y débiles serán los que lo consideren inoportuno y lamenten que haya llegado precisamente ahora. Todo depende de nuestra resolución, de nuestra voluntad revolucionaria. La gran tarea para la que nos hemos preparado desde hace tanto tiempo exige ser cumplida ahora. ¡La revolución está ahí, debe ser desencadenada! No se trata de preguntarse quien, sino como. La cuestión esta planteada, y dado que la situación en que nos encontramos es difícil, no podemos decir que este no es el momento de hacer la revolución. Repito que no desconocemos las dificultades del momento. Ante todo, somos conscientes de que el pueblo alemán no tiene ninguna experiencia, ninguna tradición revolucionaria. Pero, por otra parte, la tarea de la socialización esta esencialmente facilitada al pueblo alemán por toda una serie de circunstancias. Los adversarios de nuestro programa nos objetan que, en una situación tan amenazante como es la de hoy, tan preocupados por el paro, por la escasez de artículos alimenticios y materias primas, es imposible emprender la socialización de la economía. Pero ¿acaso el gobierno de la clase capitalista, como consecuencia de una situación por lo menos tan peligrosa, no ha tornado medidas extremadamente enérgicas que han transformado por completo la producción y el consumo? Y todas estas medidas han sido tomadas para servir los fines guerreros, en interés de los militaristas y de las clases dirigentes, para permitirles subsistir.

Las medidas de economía de guerra no han podido ser aplicadas más que gracias a la autodisciplina del pueblo alemán; en su tiempo, esta autodisciplina estaba al servicio del genocidio y era contraria a los intereses del pueblo. Ahora debe servir a losintereses del pueblo y ser utilizada para transformaciones mucho mas profundas que jamás hayan sido conocidas. Al servicio del socialismo, esta autodisciplina creara la socialización. Precisamente son los social-patriotas los que han calificado estas medidas económicas de socialismo de guerra, y Scheidemann, celoso defensor de la dictadura militar, las defendió con entusiasmo. Pues bien, nosotros debemos considerar este socialismo de guerra como una transformación de nuestra vida económica, que preparará la vía de la realización de la verdadera socialización bajo el signo del socialismo. El socialismo es inevitable, y debe venir precisamente porque es necesario superar el desorden del que se lamentan tanto actualmente. Pero este desorden es insuperable en tanto continúen en sus posiciones las fuerzas económicas y políticas del capitalismo; ellas son las que han provocado el caos. Hubiese sido deber del gobierno intervenir y actuar rápida y enérgicamente. Pero este no ha hecho avanzar ni un paso a la socialización. ¿Qué ha hecho para resolver el problema del aprovisionamiento de la población? El gobierno ha dicho al pueblo: “Es necesario que seas prudente y que te conduzcas convenientemente, entonces Wilson te enviara alimentos”. Esto es lo que nos dice día tras día la burguesía, y la que no hace aun unos meses no encontraba palabras suficientemente injuriosas para cubrir de cieno al Presidente de los Estados Unidos, se entusiasma ahora con él y cae a sus pies llena de admiración -a fin de recibir de el alimentos-. Si, efectivamente, Wilson y sus amigos puede ser que nos ayuden, pero solamente en la medida en que esta ayuda corresponda a los intereses del capitalismo de la Entente. Ahora, todos los enemigos declarados o disimulados de la revolución proletaria se apresuran a glorificar a Wilson como un amigo del pueblo alemán; mas este Wilson humanitarista ha aprobado las crueles condiciones del armisticio impuestas por Folch y contribuido a aumentar hasta el infinito la miseria del pueblo. No, nosotros no creemos ni un solo instante, nosotros, socialistas revolucionarios, en las mentiras del humanitarismo de Wilson, el cual no hace ni puede hacer otra cosa que representar de forma inteligente los intereses del capitalismo de la Entente. ¿A quien sirven, en realidad, las mentiras de la burguesía y de los social-patriotas?. Sirven para persuadir al proletariado a que abandone el poder que ha conquistado por la revolución. Nosotros no caeremos en la trampa. Colocamos nuestra política sobre el suelo de granito del proletariado alemán, sobre el suelo de granito del socialismo internacional. No conviene ni a la dignidad ni a la tarea revolucionaria del proletariado que nosotros, que hemos comenzado la revolución social, confiemos en la benevolencia del capital de la Entente; nosotros contamos con la solidaridad revolucionaria y la combatividad de los proletarios de Francia, de Inglaterra, de Italia y de América. Los pusilánimes y los incrédulos desprovistos de todo espíritu socialista nos dicen que somos locos al esperar que estalle una revolución en los países vencedores en la guerra. ¿Qué es lo cierto?. Claro está que sería estúpido pensar que en un instante, a una orden, la revolución va a estallar en los países de la Entente. La revolución mundial, nuestro objetivo y nuestra esperanza, es un proceso histórico bien complejo para que estalle golpe a golpe en unos días o en unas semanas. Los socialistas rusos han previsto la revolución alemana como consecuencia necesaria de la revolución rusa, pero un año después de que esta revolución estallara todo esta en calma en Alemania, hasta que al fin suene la hora. Es comprensible que en estos momentos reine en los pueblos de la Entente una cierta embriaguez de triunfo. La alegría producida por el aplastamiento del militarismo alemán, por la liberación de Francia y Bélgica es tan grande que no debemos esperar, por el momento, un eco revolucionario por parte de la clase obrera de nuestros antiguos enemigos. Por otra parte, la censura existente todavía en los países de la Entente impondrá brutalmente silencio a quien llamara a unirse al proletariado revolucionario.

Igualmente es necesario no olvidar que la política de traición criminal de los social-patriotas ha tenido por resultado romper durante la guerra los lazos internacionales del proletariado. De hecho, ¿qué revolución esperamos nosotros de los socialistas franceses, ingleses, italianos y americanos?. ¿Qué objetivo y qué carácter debe tener esta revolución?. La del 9 de noviembre se impuso como tarea, en su primer estadio, el establecimiento de una república democrática y tenía un programa burgués. Nosotros sabemos muy bien que esta revolución no ha ido más lejos: ha llegado al estadio actual de su desarrollo. Pero no es una revolución de este género la que esperamos del proletariado de los países de la Entente, por la siguiente razón: Francia, Inglaterra, América e Italia gozan, desde largo tiempo, desde decenios e incluso siglos, de estas libertades democráticas por las que nos hemos batido nosotros el 9 de noviembre. Estos países tienen una Constitución republicana, precisamente la que la Asamblea Nacional tan ensalzada debe, en primer termino, concedernos, pues la realeza en Inglaterra e Italia no es mas que un decorado sin importancia, una simple fachada. Así, nosotros no podemos pedir al proletariado de otros países que desencadenen la revolución social en tanto que nosotros no la hayamos desencadenado. Corresponde a noso­tros dar el primer paso. Cuanto más rápida y más enérgicamente dé el proletariado alemán el buen ejemplo, más rápida y más enérgicamente nos seguirá el proletariado de los países de la Entente. Pero para que este gran proyecto del socialismo se realice, es indispensable que el proletariado conserve el poder político. Ahora no puede haber duda: lo uno o lo otro. O el capitalismo burgués se mantiene y continúa haciendo la felicidad de la humanidad con su explotación y su esclavitud asalariada y el peligro permanente de guerra que representa, o el proletariado toma conciencia de su tarea histórica y de sus intereses de clase y se decide a abolir definitivamente toda dominación de clase. Los social-patriotas y la burguesía se esfuerzan en desviar al proletariado de su misión histórica, presentándole un cuadro horrible de los peligros de la revolución y describiéndole con los colores más sombríos la miseria, la ruina y las perturbaciones que acompañarían a la transformación de las condiciones sociales. ¡Pero esta negra pintura es trabajo perdido!. Las mismas condiciones, la incapacidad en que se encuentra el capitalismo de restablecer la vida económica que el mismo ha destruido, es lo que impulsa ineluctablemente al pueblo hacia la vía de la revolución social. Si consideramos los grandes movimientos huelguísticos de los últimos días, veremos claramente que, incluso en plena re­volución, el conflicto entre la patronal y los asalariados continúa vivo. La lucha de clase proletaria proseguirá tanto tiempo como la burguesía se mantenga sobre las ruinas de su antigua dominación, y esta lucha no se detendrá más que cuando la revolución social haya triunfado.

Esto es lo que quiere la Liga Espartaco. Ahora se ataca a los miembros de Espartaco por todos los medios imaginables. La prensa de la burguesía y de los social-patriotas, desde el Vorwarts hasta la Krezzeitung, rebosan de mentiras vergonzosas, de las mas escandalosas deformaciones y de las peores calumnias. ¿De qué se nos acusa? De proclamar el terror, de querer desencadenar una espantosa guerra civil, de prepararnos para la insurrección armada; en una palabra: de ser los perros sangrientos mas peligrosos y sin conciencia que haya en el mundo: mentiras fáciles de desenmascarar. Cuando al comienzo del conflicto mundial yo agrupaba en torno mío a un pequeño grupo de revolucionarios valientes y decididos a luchar contra la guerra y la embriaguez guerrera, se nos atacó por todas partes, se nos acorraló y se nos mandó a prisión. Y cuando yo manifestaba abiertamente y en voz alta lo que entonces nadie se atrevía a decir y que muy pocos querían admitir, a saber: que Alemania y sus jefes políticos y militares eran responsables de la guerra, se me acusó de ser un vulgar traidor, un agente pagado por la Entente, un sin-patria que quería la ruina de Alemania. Hubiera sido más cómodo para nosotros callar o hacer coro con el chauvinismo y el militarismo. Pero nosotros preferimos decir la verdad, sin preocupamos del peligro a que nos exponíamos. Ahora todos, e incluso los que entonces se desencadenaron contra nosotros, comprenden que teníamos razón. Ahora, después de la derrota y de los primeros días de la revolución, los ojos del pueblo se han abierto y el pueblo comprende que fue precipitado a la desgracia por sus príncipes, sus pangermanistas, sus imperialistas y sus social-patriotas. Y ahora que de nuevo elevamos la voz para mostrar al pueblo alemán la única vía que puede llevarlo a la verdadera libertad y a una paz duradera, los mismos hombres que entonces nos difamaron, a nosotros y a la verdad, reemprenden la misma campaña de mentiras y de calumnias.

Pero estos podrán babear y aullar tanto como quieran y correr tras de nosotros como perros rabiosos: seguiremos imperturbablemente nuestro recto camino, el de la revolución y el socialismo, y nos diremos: “!Muchos enemigos, mucho honor!” Pues sabemos muy bien que los mismos traidores y criminales que en 1914 engañaron al proletariado alemán, prometiéndole la victoria y la conquista, pidiéndole que se mantuviera “hasta el fin” y pactando la vergonzosa unión sagrada entre el capital y el trabajo; los mismos que intentaron ahogar la lucha revolucionaria del proletariado y reprimido cada huelga como huelga salvaje con la ayuda de su aparato sindical y de las autoridades: estos son los que ahora, en 1918, hablan de nuevo de la tregua nacional y proclaman la solidaridad de todos los partidos para la reconstrucción de nuestro Estado. A esta nueva unión del proletariado y la burguesía, a esta traidora continuación de las mentiras de 1914 servirá la Asamblea Nacional. Esta será su verdadera tarea: con su ayuda se proponen ahogar por segunda vez la lucha de clase revolucionaria del proletariado. Pero nosotros sabemos que, en realidad, detrás de la Asamblea Nacional esta el viejo imperialismo alemán, el que a pesar de la derrota de Alemania no ha muerto. No, no ha muerto y, si pervive, el proletariado no recogerá los frutos de su revolución. Esto no debe ser. El hierro esta todavía caliente, y nos falta forjarlo. ¡Ahora o nunca!. O bien caemos en el viejo pantano del pasado, del que intentamos salvarnos con un impulso revolucionario, o bien proseguiremos la lucha hasta la victoria, hasta la liberación de toda la humanidad de la maldición de la esclavitud.

Para que podamos acabar victoriosamente esta gran obra -la tarea mas importante y mas noble que jamás se haya planteado la civilización humana-, el proletariado alemán debe instaurar su dictadura.

 

PROGRAMA DE LA LIGA ESPARTACO

 

MEDIDAS INMEDIATAS PARA ASEGURAR LA REVOLUCIÓN

 

 

Primera

Desarme de toda la policía, de todos los oficiales, de todos los soldados no proletarios. Desarme de todos los individuos pertenecientes a las clases dominantes.

Segunda

Incautación por los Consejos de obreros y soldados (C.O.S.) de todas las armas y municiones, así como de todas las fábricas de armas.

Tercera

Armamento de toda la población adulta proletaria masculina para formar una milicia obrera. Creación de una Guardia Roja de proletarios, como parte activa de la milicia, para proteger a la Revolución contra los atentados y maquinaciones contrarrevolucionarios.

Cuarta

Abolición del derecho de mando de los oficiales y suboficiales. Abolición de la ciega obediencia militar, sustituyéndola por la espontánea disciplina de los soldados. Nombramiento de los superiores por los mismos soldados, con derecho a revocación. Abolición de los tribunales militares.

Quinta

Alejamiento de los oficiales y suboficiales de todos los Consejos de soldados.

Sexta

Sustitución por hombres de confianza de la C.O.S. de los funcionarios políticos y autoridades del antiguo régimen.

Séptima

Institución de un Tribunal revolucionario encargado de juzgar a los principales responsables de la guerra, a los dos Hohenzollerns, Ludendorff, Hindenburg, Tirpitz y a sus cómplices, y a todos los conspiradores de la contrarrevolución.

Octava

Confiscación inmediata de todos los géneros alimenticios para asegurar la alimentación del pueblo.

 

MEDIDAS POLÍTICAS Y SOCIALES

 

Primera

Abolición de todos los Estados y creación de una República socialista alemana unida.

Segunda

Abolición de todos los Parlamentos y Concejos comunales, y asunción de sus funciones por parte de los Consejos de obreros y soldados, de sus órganos y Comités.

Tercera

Elección de Consejos de obreros en toda Alemania por todos los obreros adultos, de ambos sexos, en las ciudades como en el campo. Elección de Consejos de soldados por los soldados, excluyéndose a los oficiales. Derecho de los obreros y soldados, a revocar en cualquier momento a sus representantes.

Cuarta

Elecciones de delegados de los C.O.S. en toda Alemania para el Consejo central de los mismos, el cual deberá elegir el Comité ejecutivo, que será el órgano supremo del poder ejecutivo y legislativo.

Quinta

Convocatoria del Consejo central, por lo menos cada tres meses -procediendo cada vez a nueva elección de delegados-, para ejercer la inspección sobre la actividad del Comité ejecutivo y para establecer una viva vigilancia entre la masa de los C.O.S. y su supremo órgano gubernativo. Derecho de los C.O.S. locales a revocar, en todo momento, a sus representantes en el Consejo central, siempre que éstos no actúen conforme a los deseos de sus mandatarios. Derecho del Comité ejecutivo a nombrar y deponer a los comisarios del pueblo, así como a las autoridades y a los empleados.

Sexta

Abolición de todas las diversas clases, títulos y órdenes caballerescas. Completa igualdad jurídica y social de ambos sexos.

Séptima

Legislación social radical: acortamiento de la jornada de trabajo para evitar la desocupación, teniendo en cuenta el debilitamiento físico de los obreros a causa de la guerra. Duración máxima del trabajo, seis horas.

Octava

Inmediata y radical transformación de la legislación sobre alimentación, habitaciones, higiene, instrucción, en el sentido y según el espíritu de la revolución proletaria.

 

 

POSTULADOS ECONÓMICOS INMEDIATOS

 

Primero

Confiscación de todos los patrimonios y rentas dinásticas en beneficio de la colectividad.

Segundo

Anulación de las deudas del Estado y demás deudas públicas, así como de todos los empréstitos de guerra, a partir de las suscripciones de una cuantía determinada, que deberá fijarse por el Consejo central de los C.O.S.

Tercero

Expropiación del terreno de todas las grandes y medianas haciendas agrícolas, bajo una dirección central, en toda Alemania. Las pequeñas propiedades agrícolas quedarán en posesión de sus dueños hasta su espontánea adhesión a las Cooperativas socialistas.

Cuarto

Expropiación por la República de todos los Bancos, minas, ferrocarriles y todas las grandes empresas industriales y comerciales.

Quinto

Confiscación de todos los patrimonios, a partir de una cuantía que será fijada por el Consejo central de los C.O.S.

Sexto

Asunción de todos los medios públicos de transporte por parte de la República de los Consejos.

Séptimo

Elección de Consejos en todas las fábricas, los cuales, de acuerdo con los Consejos de obreros, regularán los asuntos internos de dichos establecimientos, las condiciones de trabajo, vigilando la producción para asumir, finalmente, la dirección de ésta.

Octavo

Nombramiento de una Comisión central de huelgas, la cual, con una continua cooperación de los consejeros de las fábricas, asegurará a los movimientos huelguísticos que se inicien una única dirección en toda Alemania, una orientación socialista y el más eficaz auxilio por parte del poder políticos de los C.O.S.

 

FINES INTERNACIONALES

 

Inmediata reanudación de relaciones con los Partidos socialistas de los demás países para establecer la Revolución socialista sobre bases internacionales y constituir y asegurar la paz por medio de la fraternización internacional y del levantamiento revolucionario.”

 

 

Gandhi: misógino, imperialista y antiobrero

por Ravi Mistry//

Mahatma Gandhi, la figura destacada de la campaña nacionalista india contra el dominio colonial británico en la India, es conocida por la mayoría como un antiimperialista, cuyos métodos pacíficos, no violentos, ayudaron a derrocar el dominio británico. Este mito ha sido perpetuado por muchos. La verdad, sin embargo, es que traicionó a aquellos a los que inspiró en la campaña de independencia, defendió abiertamente los intereses imperialistas británicos, consolidó las desigualdades existentes, incluyendo la discriminación de castas, raciales y de género y, en última instancia, su papel ayudó a la desastrosa separación de la India con Pakistán. Seguir leyendo Gandhi: misógino, imperialista y antiobrero

Ted Grant: ¿por qué Hitler llegó al poder?

La inminente derrota de Hitler suscita muchas preguntas sobre el pasado y futuro de Alemania. Según los informes de la Conferencia de Québec [1], Qué hacer con Alemania, cuando ésta sea derrotada puede convertirse en un problema tan grande que incluso está ya preocupando al portavoz del imperialismo anglo-americano. Lo consideran un problema tan grave y espinoso como la destrucción de la misma potencia imperialista alemana. Sus temores ante la posibilidad de mantener el control de Alemania por medio de los ejércitos aliados de ocupación, han llevado a los imperialistas a lanzar una virulenta campaña de odio. Ahora, a la cabeza de la brigada, vomitando alocadas doctrinas de racismo y nacionalismo, azuzando el odio indiscriminado contra los alemanes como nación, y de esta forma imitando las peores características de la doctrina racista nazi, se encuentra la dirección del llamado Partido Comunista. En la parte trasera, con más cautela por temor a su propia militancia, se encuentran los dirigentes laboristas que fielmente se hacen eco de las enseñanzas de Vansittart [2], su maestro imperialista.

 

Pero el destino actual de Alemania, como ocurre desde hace décadas, es todavía una cuestión clave para el destino de Europa. La insistencia de la clase dominante y de Stalin en la fórmula de la rendición incondicional, refleja su temor a la revolución socialista que tan rápidamente está madurando en Alemania. Cuando hayan desaparecido la Gestapo y las SS no dispondrán de una fuerza organizada capaz de mantener la represión sobre las masas alemanas. Durante el dominio de Hitler, los nazis han perpetrado crímenes y represiones monstruosas que han engendrado un odio sin precedentes en la historia. Se está preparando una enorme explosión social que amenaza no sólo con golpear al Partido Nazi, también amenaza al propio sistema capitalista. Todo trabajador alemán sabe que los cartel, los monopolios, los trusts y los grandes capitalistas, son los que organizaron y llevaron a Hitler al poder. Como Rauschning [3], el ex–nacionalista y ex-Gauleiter nazi de Danzing ha señalado, la expropiación de los judíos inevitablemente plantea el problema de la expropiación de todos los capitalistas. No es casualidad que Hitler haya intentado dar a su demagogia tintes «socialistas». Esto refleja las aspiraciones, no sólo de los trabajadores alemanes, también de la aplastante mayoría de la población alemana. En las últimas décadas se han puesto a prueba todas las formas de explotación y dominio político capitalistas, por esa razón, después de la caída de Hitler, la revolución socialista surgirá de forma automática.

 

Pero la clase dominante de Gran Bretaña y EEUU —junto a los traidores del Kremlin— teme a esto más que a cualquier otra cosa. El espectro de la revolución alemana ¾ pero ahora triunfante¾ de 1918 es su principal preocupación ahora que el militarismo alemán ha quedado reducido a cenizas.

 

El instinto de la clase obrera en los países aliados es, al mismo tiempo que mantienen su odio implacable hacia el fascismo, distinguir entre las bandas fascistas y el trabajador alemán normal. Aprovechando su experiencia después de la última guerra mundial, cuando todos los ejércitos de ocupación confraternizaron con las masas alemanas (rápidamente se convencieron de que no había deferencias entre ellos), la clase dominante está intentado poner barreras en el camino de su reocupación. Los Estados Mayores, tanto el británico como el estadounidense, han apoyado la campaña ideológica chovinista con órdenes estrictas de castigar a cualquier soldado que confraternice con los civiles alemanes.

 

La actitud de los trabajadores británicos y estadounidenses ante los trabajadores alemanes puede decidir el futuro de la próxima revolución alemana y al hacer esto, también decidirá si aparece una nueva versión del fascismo y con ella una tercera guerra mundial imperialista. En estas condiciones, una de las tareas más importantes es la necesidad de enseñar la historia a las masas británicas y el significado de los acontecimientos alemanes, al menos desde la pasada guerra mundial. Es necesario reafirmar las proposiciones más elementales del marxismo. Hoy, aquellos traidores que señalaban con desprecio a los trabajadores alemanes, dicen que Hitler llegó al poder por culpa de los trabajadores alemanes. Intentan eludir su propia responsabilidad histórica ante esta catástrofe. Al comentar el asesinato de Thaelmann [4] el Daily Worker dice cínicamente que él luchaba por el frente único en Alemania con las demás organizaciones obreras para destruir el fascismo. Por esa razón es aún más necesario explicar a los trabajadores británicos, y a los del resto del mundo, que ocurrió exactamente. En particular, la nueva generación, si quieren comprender el papel actual del estalinismo deben comprender el papel que jugó éste en los acontecimientos alemanes antes de la llegada al poder de Hitler.

 

Thaelmann fue asesinado por los nazis junto a otra decenas de miles de víctimas de los bárbaros fascistas. Pero es necesario decir la verdad si no queremos más victimas del sistema creado por Hitler. Ahora los estalinistas quieren utilizar el martirio de Thaelmann para encubrir sus crímenes contra el pueblo alemán. Es necesario demostrar el papel que jugó el estalinismo en la llegada de Hitler.

 

La verdad es que los estalinistas dedicaron la mayor parte de sus energías a ridiculizar el peligro de los nazis y concentraron toda su atención en la lucha contra los socialdemócratas, a quienes consideraban su «principal enemigo». Lucharon violentamente contra la sugerencia de Trotsky del frente único como la única forma de aplastar a Hitler y preparar el camino para la victoria de la clase obrera. De los labios del propio Thaelmann salieron las siguientes palabras: «Trotsky, con toda seriedad quiere una acción común de los comunistas con el asesino de Liebknecht, Rosa (Luxemburgo) y otros, con Zoergiebei [5] y aquellos jefes policiales a quienes el régimen de Papen dejó en el puesto para oprimir a los trabajadores. Trotsky ha intentado varias veces en sus escritos apartar a la clase obrera exigiendo negociaciones entre los líderes del Partido Comunista Alemán y el Partido Socialdemócrata. (Discurso final de Thaelmann en el 12º plenario, septiembre 1932. Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista». (Communist International nº 17-18, p. 1.329)

 

Los estalinistas fueron más allá, incitaron abiertamente a los trabajadores comunistas para que golpearan a los trabajadores socialistas, rompieran sus reuniones, etc., ¡incluso llevaron la lucha al patio del recreo de la escuela! Thaelmann incluso planteó abiertamente la consigna: «Cazar a los social-fascistas en sus empleos, en las fábricas y en los sindicatos». Siguiendo las directrices del líder, el órgano de la Juventud Comunista La joven guardia, propuso la consigna: «Cazar a los social-fascistas en las fábricas, las oficinas de empleo y las escuelas de aprendices».

 

Pero había que llevar esta política hasta el final. En el órgano de los Jóvenes Pioneros que abastecían a los niños comunistas, el Drum, la consigna ‘unificada’ era: «Golpear a los pequeños zoergiebels en las escuelas y patios de recreo».

 

Thaelmann denunció el frente único

 

Thaelmann, indignado, repudió la idea del frente único con el Partido Socialdemócrata. En un artículo publicado en Die Internationale (noviembre, diciembre de 1931, p. 488) decía lo siguiente: «Amenaza [el Partido Socialdemócrata] con hacer un frente único con el Partido Comunista. El discurso de Breitscheid [6] (su asesinato se anunció al mismo tiempo que el de Thaelmann) en Darmastadt con ocasión de las elecciones de Hesse y los comentarios de Worwaerts a este discurso, demuestran que la socialdemocracia con esta maniobra quiere recurrir al demonio del fascismo de Hitler y de esta forma ocultar a las masas la verdadera lucha contra la dictadura del capital financiero. Estos mentirosos… esperan presentarse de una forma más aceptable con esa supuesta amistad hacia los comunistas (contra la prohibición del PC alemán) y ser así más agradables para las masas».

 

Y de nuevo un ataque violento contra Trotsky:

 

«En su panfleto sobre esta cuestión, ¿Cómo se derrotará al nacionalsocialismo? Trotsky da siempre la misma respuesta: ‘El PC alemán debe formar un bloque con la socialdemocracia…’ Trotsky ve en este bloque la única forma de salvar completamente a la clase obrera del fascismo. O el PC forma un bloque con la socialdemocracia o la clase obrera alemana está perdida durante los próximos diez o veinte años.

 

«Esta es la teoría de un fascista y contrarrevolucionario completamente acabado. Ésta es la peor de las teorías, la más peligrosa y la más criminal que Trotsky ha formulado durante los últimos años de su propaganda contrarrevolucionaria». (Thaelmann, discurso de clausura del 13º plenario, septiembre 1932. Communist International, Nº 17-18, p. 1.329).

 

No se puede engañar a la gente. La fuente de esta política criminal fue Joseph Stalin. Él planteó la teoría sin sentido de que el Partido Socialista y los fascistas eran la misma cosa:

 

«El fascismo», decía Stalin, «es la organización de lucha de la burguesía, que se basa en el apoyo activo de la socialdemocracia. Objetivamente, la socialdemocracia es el ala moderada del fascismo. No hay razón alguna para admitir que la organización de lucha de la burguesía podría conseguir éxitos decisivos en las luchas o en el gobierno del país sin el apoyo activo de la socialdemocracia… Hay pocas razones que lleven a admitir que la socialdemocracia puede obtener un éxito decisivo en las luchas o en el gobierno del país sin el apoyo activo de la organización de lucha de la burguesía. Estas organizaciones son mutuamente excluyentes, pero lo contrario es mutuamente complementario. No son las Antípodas, son gemelos. El fascismo es el bloque disforme de estas dos organizaciones. Sin este bloque la burguesía no podría permanecer al timón. (Stalin. Citado en Die Internationale, febrero 1932).

 

Para poner en práctica esta teoría el sabio Manuilsky [7] explicó lo siguiente en el XI Plenario de la Internacional Comunista de abril de 1931:

 

«Los socialdemócratas, para engañar a las masas, proclaman deliberadamente que el principal enemigo de la clase obrera es el fascismo… ¿No es verdad que toda la teoría del ‘mal menor’ descansa sobre la presuposición de que el fascismo de Hitler representa el principal enemigo?» (The Communist Parties and the Crisis of Capitalism, p. 112).

 

Con esta revisión de todas las enseñanzas de Lenin, el Partido Comunista de Alemania, con la ayuda de la socialdemocracia, confundió y paralizó a los trabajadores y les entregó sin luchar a las manos del ejecutor fascista.

 

Los hipócritas británicos que ahora calumnian a los trabajadores alemanes, en su momento aplaudieron esta política de traición, cuando los socialistas revolucionarios estaban alzando la voz en todo el mundo intentando evitar la tragedia que se cernía sobre Alemania. ‘Resulta significativo’, se mofaba el Daily Worker del 26 de mayo de 1932, ‘que Trotsky haya salido en defensa del frente único entre los partidos comunista y socialdemócrata frente al fascismo. Posiblemente, es la consigna más perjudicial y contrarrevolucionaria que se ha dado hasta ahora’.

 

Justo antes de la llegada de Hitler al poder, Ralph Fox escribía en el Communist Review de diciembre de 1912:

 

«El Partido Comunista de Alemania ha conseguido ganar a la mayoría de la clase obrera en las zonas industriales, donde ahora es el primer partido de Alemania. Las única excepciones son Hamburgo y Sajonia, pero incluso aquí, el voto del partido ha aumentado enormemente a expensas de los socialdemócratas.

 

Estos éxitos se han conseguido sólo siguiendo la línea del partido y la Comintern. Insistiendo en todo momento en que la socialdemocracia es el principal apoyo social del capitalismo, el partido ha realizado una lucha intensa e incesante contra el Partido Socialdemócrata Alemán y el nuevo ‘Partido Socialista Obrero Independiente’, y también contra la derecha y los renegados trotskistas que querían que el partido del proletariado formase un frente único con el social-fascismo para luchar contra el fascismo».

 

Esta es la política suicida del estalinismo contra la que Trotsky y la Oposición Internacional de Izquierdas libraron una intensa batalla durante los críticos años de 1930-1933, cuando el destino de Alemania pendía de un hilo. Las obras de Trotsky sobre Alemania permanecerán para siempre como libros de texto sobre el problema del frente único. Servirán como modelo para el movimiento revolucionario en el futuro. Por esa razón, en Gran Bretaña empezamos con la publicación del material, hasta ahora inédito, de Trotsky sobre esta cuestión, tiene que servir de reflexión para el movimiento revolucionario británico. Todo estudiante que desee comprender la degeneración del estalinismo debe estudiar cuidadosamente este material.

 

Aunque el artículo Alemania: la clave de la situación internacional fuera escrito en 1931, en la actualidad, mantiene toda su vigencia. La descripción de la situación, no sólo en Alemania, también en los demás países de los que se ocupa el artículo, demuestra claramente la profunda comprensión que tenía Trotsky del proceso político que se está desarrollando en nuestra época. Sólo Trotsky y la Cuarta Internacional advirtieron de la catástrofe que supondría la llegada de Hitler al poder, y lo que significaría para los trabajadores de Alemania, Europa y la Unión Soviética. Cuando los estalinistas se negaron a aprender la lección de los acontecimientos y, de la forma más cobarde, entregaron sin luchar a las masas alemanas a Hitler, sin ni siquiera un disparo; cuando incluso llegaron a calificar de victoria para la clase obrera la llegada de Hitler al poder —porque eso expresaba la crisis del capitalismo y su victoria era simplemente la victoria antes de la crisis final—, jactándose al proclamar ‘nuestro próximo giro’, fue entonces cuando Trotsky proclamó el final de la Comintern como un instrumento para conseguir el socialismo mundial.

 

Cuando se analizan acontecimientos históricos reales, qué lamentables, qué despreciables resultan los escritos sobre Alemania de las plumas a sueldo del Kremlin. Los Dutts [8], Rusts, Ehrenburgs, no satisfechos con haber traicionado a los trabajadores alemanes en manos de los nazis, ahora sistemáticamente diseminan el veneno chovinista ante los trabajadores «aliados» para ayudar al imperialismo anglo-americano y esclavizar al pueblo alemán. Después de haber demostrado su incapacidad para dirigir a los trabajadores alemanes hacia la victoria, ahora se oponen activamente a la revolución socialista en Alemania. De este modo, como siempre ocurre en política, la ineptitud y la estupidez, si no se corrigen, se transforman en traición.

 

Los trabajadores alemanes y británicos tienen que ajustar cuentas no sólo con sus opresores imperialistas, también con sus traidores en las filas de la clase obrera. Cuando la clase obrera se de cuenta de la profundidad de su traición, como los difamadores de la Comuna, serán despreciados para siempre en la memoria de la clase obrera.

 

Era imposible concebir cómo elementos qué pretenden representar a la clase obrera puedan caer a niveles tan bajos como han caído los estalinistas. De los socialdemócratas no se puede esperar otra cosa, permanecieron fieles a su pasado de traición reformista. Los estalinistas a menudo en el pasado han hecho referencia al asesinato de Liebknecht, Luxemburgo y a la traición de la revolución de 1918. Pero nada es comparable a la larga lista de crímenes en el libro de cuentas del estalinismo.

 

Seguramente, los dioses se deben haber reído del espectáculo protagonizado por los dirigentes estalinistas que solemnemente entonaban la necesidad de ‘reeducar’ a los trabajadores alemanes, ¿y a sus educadores? ¡El imperialismo Aliado y el estalinismo! Sí, ¡es necesario reeducar! Reeducar a las bases de la clase obrera en el papel que debe jugar la dirección de las organizaciones que pretenden representarla. Reeducar a la clase obrera en como acabar con el cáncer del estalinismo y el reformismo que sólo llevará a los trabajadores a nuevas catástrofes. Para llevar a cabo la tarea de ‘educar’, no sólo a los alemanes, también a los británicos y a los trabajadores de todo el mundo, es necesario formar y armar a la vanguardia con el conocimiento del método marxista y la historia de las derrotas pasadas. Es necesario que los trabajadores estudien conscientemente las obras de Trotsky como un medio indispensable para comprender la situación alemana actual. Alemania todavía es la clave de la situación internacional, con la comprensión y el conocimiento de las tareas pasadas y futuras, conseguiremos avanzar en la construcción de un nuevo mundo socialista.

 

Diciembre 1944

 

 

 

 

 

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NOTAS

 

[1] Al final de la guerra se celebraron varias conferencias, una de ellas fue en Québec (1943), entre Churchill y Roosevelt, donde se discutieron los problemas a los que se enfrentaría el imperialismo al final de la guerra, especialmente en los Balcanes, Europa central y Alemania.

 

[2] Robert Vansittart, jefe del Foreign Office, se opuso a la política de entreguismo hacia Hitler, pero lo hacía desde una postura antialemana, mientras prestaba de boquilla un servicio al antifascismo.

 

[3] Hermann Rauschning era un capitalista que al principio apoyó a los nazis en la medida que se oponían a la clase obrera organizada, pero cambió su posición cuando los nazis se escaparon a todo control y publicó un libro titulado: We Never Wanted This. En la Alemania nazi un Gauleiter era un ‘dirigente’ de distrito.

 

[4] Ernst Thaelmann se unió al Partido Comunista Alemán en 1920, se convirtió en su dirigente con el apoyo de Stalin en 1925. Arrestado por los nazis en 1933 fue asesinado en 1944.

 

[5] Karl Zoergiebel era un comisario socialdemócrata de la policía de Berlín. Fritz von Papen fue nombrado Canciller el 1 de junio de 1932. El 20 de julio fue destituido del gobierno socialdemócrata de Prusia. Se convirtió en vicecanciller con Hitler.

 

[6] Rudolf Breitscheid (1876-1945) era un diputado socialista en el Reichstag. Huyó a Francia cuando Hitler llegó al poder y fue entregado a los nazis por el régimen de Vichy. Vorwaerts era el órgano central del SPD.

 

[7] Dimitri Manuilski fue secretario de la Comintern 1931-43.

 

[8] Destacado publicista estalinistas, Dutt y Rust del PC Británico y Ehrenberg de la burocracia rusa.

 

Fecha: 1944
Primera vez publicado:  Socialist Appeal, vol. 6 no. 9 (diciembre 1944).
Tradución al castellano: Fundación Federico Engels.
Esta edicion: Marxists Internet Archive, 2014.

 

La farsa de las reformas educativas y el movimiento estudiantil

por Maxiimiliano Cortés//

El sistema de educación vigente, implementado en los 80 ́s por la dictadura se ha visto cues onado duramente tanto por estudiantes, que se han movilizado ac vamente, como por gran parte de la comunidad educa va, incluyendo profesores y funcionarios. Las masivas movilizaciones estudian les iniciadas el 2011 han instaurado un debate necesario sobre ejes puntuales que caracterizan la miseria que envuelve la educación hoy en Chile; la gratuidad o la desmunicipalización, han sido foco tanto de crí cas por parte de estudiantes y trabajadores de la educación, como también blanco de las reformas ar ciales del gobierno, que buscando bajar la agitación iniciada por las movilizaciones y conciliando los intereses capitalistas han cocinado bias reformas que no ofrecen ninguna respuesta ni a las demandas del movimiento ni a las necesidades de acceso a la educación Seguir leyendo La farsa de las reformas educativas y el movimiento estudiantil

El marxismo, la primavera árabe y el fundamentalismo islámico

por Joseph Daher//

El proceso revolucionario en Oriente Medio y el Norte de África (OMNA) ha conocido un periodo de derrotas y reveses desde los días gloriosos de 2011.[1] Las fuerzas progresistas y democráticas han quedado o están quedando atrapadas entre dos fuerzas contrarrevolucionarias –los regímenes existentes y diversas ramas del fundamentalismo islámico– y sus valedores imperiales y regionales. Los regímenes eran y siguen siendo la principal amenaza para las revueltas. Al mismo tiempo, los movimientos fundamentalistas islámicos deben considerarse una fuerza política esencialmente reaccionaria en toda la región.

Esta función contrarrevolucionaria exige revisar gran parte de los análisis y del enfoque estratégico de la izquierda con respecto al fundamentalismo islámico. La izquierda debe adoptar una posición independiente tanto con respecto a los regímenes existentes como a los fundamentalistas islámicos, sobre la base de un programa de democracia, justicia social, igualdad y liberación y emancipación de los oprimidos.

¿Por qué empleamos el término “fundamentalismo islámico”?

Organizaciones como el llamado Estado Islámico (EI),[2] Al Qaeda, las diversas ramas de los Harmanos Musulmanes (HM) e Hezbolá tienen diferencias desde el punto de vista de su formación, desarrollo, composición y estrategia. Sin embargo, tienen en común un proyecto político, pese a la importancia de sus diferencias. Como señala el académico y comentarista marxista Gilbert Achcar, todas las variantes del fundamentalismo islámico comparten un objetivo común reccionario y sectario: establecer “un Estado islámico basado en la sharía[3] que preserve el orden capitalista neoliberal existente.

Esto es lo que une a los fundamentalistas islámicos desde su ala gradualista hasta la yihadista. Así, por ejemplo, el ex viceguía supremo de los HM egipcios, Muhamad Jairat al Shater, declaró en marzo de 2011, tras el derrocamiento del entonces presidente Hosni Mubarak:

Los Hermanos trabajan por restaurar el islam en su concepción omnímoda en las vidas de la gente y creen que esto solo se materializará a través de una sociedad fuerte. Por tanto, la misión está clara: restaurar el islam en su concepción omnímoda; someter al pueblo a Dios; instituir la religión de Dios; la islamización de la vida, empoderando la religión de Dios; establecer el renacimiento de la umma [comunidad de fieles] sobre la base del islam… Así hemos aprendido [a empezar] a construir el individuo musulmán, la familia musulmana, la sociedad musulmana, el gobierno islámico, el Estado islámico global.[4]

De un modo similar, el partido fundamentalista chií libanés Hezbolá (fundado oficialmente en 1985) ha expresado reiteradamente su punto de vista de que un Estado islámico es su sistema político preferido. Sin embargo, señala que debido al acuerdo constitucional del país, que reparte el poder político entre confesiones y etnias, este objetivo es impracticable en estos momentos. Claro que esto no ha impedido que Hezbolá se opusiera a varias propuestas de secularización del Estado libanés, tachándolas todas de antiislámicas.[5] Por ejemplo, ha denunciado el matrimonio civil por considerarlo “una implantación del ateísmo”.[6]

Los grupos fundamentalistas islámicos aplican diferentes estrategias y tácticas para alcanzar sus objetivos. Como señala Achcar, “algunos siguen una estrategia gradualista de relizar su programa primero en la sociedad y después en el Estado, mientras que otros recurren al terrorismo o al establecimiento de un Estado por la fuerza, como es el caso del llamado Estado Islámico”.[7] Los gradualistas, como los Hermanos Musulmanes, Hezbolá o Dawa en Irak participan en elecciones y en las instituciones estatales existentes. En cambio, los yihadistas, como Al Qaeda y el Estado Islámico (EI), consideran a aquellos no islámicos y recurren en su lugar a tácticas de guerrilla o terroristas con la idea de hacerse finalmente con las riendas del Estado. Entre los yihadistas hay debates y divisiones sobre tácticas y estrategias para lograr su objetivo de establecer un Estado islámico. En diversos contextos y periodos históricos, las distintas corrientes han colaborado ocasionalmente entre ellas y en otros momentos han competido o incluso chocado entre sí.

A pesar de sus diferencias estratégicas, todas ellas comparten un programa político y una visión de la sociedad de cariz reaccionario y autoritario. Esto se ve claramente en su actitud hacia las mujeres. Todas las tendencias del fundamentalismo islámico promueven una visión sexista que apoya el predominio del hombre y somete a las mujeres a un papel subordinado en la sociedad. Ante todo, reducen la función primordial de la mujer a la “maternidad” y, en particular, a la tarea de inculcar los principios islámicos a la siguiente generación. Imponen una forma de vestir y un comportamiento que supuestamente preservan el honor de las mujeres y de la familia.

Cualquier desviación de estas normas y restricciones la consideran una concesión al imperialismo cultural occidental. Por ejemplo, el líder de la República Islámica de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, ha advertido contra la adopción de la versión occidental de la igualdad de género, afirmando que ha llevado a la corrupción.[8] Los HM de Egipto denunciaron un informe de 2013 de Naciones Unidas que instaba a los Estados a reconocer la violación marital como un crimen, a asegurar la igualdad entre hombres y mujeres en materia de matrimonio, divorcio y herencia y a poner fin a la poligamia y la dote, calificándolo de intento de “socavar la moral islámica y destruir la familia”.[9] Estas “restricciones conservadoras del papel de las mujeres”, señala Adam Hanieh, “son un componente integral de unos objetivos contrarrevolucionarios más amplios”, concluyendo con razón que “la posición de las mujeres constituye por tanto un barómetro clave de la salud del proceso revolucionario”.[10]

Los fundamentalistas islámicos sostienen puntos de vista similares con respecto a las poblaciones LGBTQ. Por ejemplo, el líder de Hezbolá, Hasán Nasralá, ha acusado a los homosexuales de “destruir las sociedades”. Ha calificado a las personas LGBTQ de importación extranjera que amenaza a la sociedad islámica con la desviación moral y estilos de vida extraños.[11] De modo similar, el salafista egipcio jeque Yusef Qardaui, toda una referencia para los HM, ha calificado repetidamente a las personas LGBTQ de “pervertidas sexuales” y reclamado su castigo colectivo, incluida la pena de muerte.[12]

Finalmente, los movimientos fundamentalistas islámicos han atacado a minorías religiosas en sus países y propalado discursos y comportamientos sectarios contra ellas. El EI ha llevado a cabo, por ejemplo, campañas de asesinatos, violencia y represión contra cristianos, yazidíes y otras minorías religiosas en los territorios que ocupaba en Irak y Siria y lanzado ataques terroristas contra los coptos en Egipto y los chiíes en Irak.

Mientras que los fundamentalistas islámicos comparten esta ideología reaccionaria, los socialistas han de discernir las diferencias entre las corrientes gradualistas de movimientos fundamentalistas islámicos como Hezbolá y los HM por un lado, y los grupos yihadistas como Al Qaeda y el EI por otro. No son lo mismo y los socialistas han de tratarles de modo distinto. Cabe imaginar una unidad de acción con las tendencias gradualistas en determinados contextos en torno a objetivos concretos y puntuales. Los socialistas pudieron colaborar, y lo hicieron, con los HM en la plaza Tahrir en El Cairo durante los 18 días de movilización masiva contra Mubarak. Sin embargo, es del todo imposible plantearse colaboraciones similares con Al Qaeda y el EI. En Siria, estos grupos han atacado a activistas por propagar consignas no sectarias y democráticas.[13]

Al mismo tiempo, los socialistas no deben tratar de establecer alianzas políticas duraderas con las corrientes gradualistas de los movimientos fundamentalistas islámicos, en particular si estas son mucho más importantes. El peligro en esta situación es que los socialistas se colocarán bajo la férula de un movimiento reaccionario más poderoso y, en lugar de quitarle adherentes, en el mejor de los casos no hará más que proporcionarle cobertura de izquierda, en detrimento del crecimiento de la izquierda como alternativa.

Fundamentalismo islámico, islam e islamofobia

No obstante, los socialistas deben tener cuidado de no confundir el islam con el fundamentalismo islámico. Más bien debemos establecer una distinción muy clara entre la religión musulmana y los grupos fudamentalistas. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de caer en la islamofobia, fomentada por las clases dominantes norteamericanas y europeas y sus medios de comunicación. La islamofobia es una forma de fanatismo religioso combinado con racismo dirigido contra la población musulmana.

Las potencias imperialistas han utilizado cada vez más la islamofobia, desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, para justificar su llamada “guerra contra el terrorismo”. Conciben la situación como un “choque de civilizaciones” entre un “Occidene cristiano/laico, civilizado y democrático” y un “mundo musulmán” bárbaro y violento. Los marxistas deben combatir esta islamofobia, defendiendo en cambio la libertad religiosa y al mismo tiempo el derecho de autodeterminación de los grupos oprimidos. En su Crítica del programa de Gotha, Marx sostuvo que debemos rechazar la intervención del Estado en asuntos de confesión y culto.[14] Por consiguiente, entendemos las normas sobre el uso del velo, bien sea impuesto por los fundamentalistas, bien restringido por la ley en Europa, como una medida reaccionaria que atenta contra el derecho de autodeterminación de las mujeres.

También debemos rechazar la idea islamófoba de que las raíces del EI, Al Qaeda, Boko Haram y otros fundamentalistas se encuentran en el Corán. Estos grupos y sus acciones han de analizarse como fruto de las condiciones sociales, económicas y políticas internacionales y locales actuales, no de un texto escrito hace 1400 años. ¿Acaso explicamos la invasión estadounidense de Irak por las creencias religiosas de George Bush (quien dijo que Dios le ordenó en un sueño que invadiera Irak)? Desde luego que no. En vez de ello, explicamos la guerra de Bush, sus motivos y su justificación ideológica como productos del imperialismo estadounidense.

Por tanto, es necesario que los marxistas analicen los grupos fundamentalistas islámicos a la luz de la dinámica socioeconómica que los genera y contemplen su programa como un intento de aportar soluciones reaccionarias a problemas reales de la sociedad. En su artículo “Actitud del partido obrero hacia la religión”, escrito en 1909, el revolucionario ruso Vladímir Lenin afirmó que si no aplicamos este método del materialismo histórico, los marxistas no harán más que reflejar el método equivocado de los ideólogos burgueses que explican la religiosidad por la supuesta ignorancia de las masas o alguna característica mística imputada a todo un pueblo.[15] Tales enfoques conducen ahora a la sustanciación del “otro”, en este caso el “musulmán”.

Las raíces del fundamentalismo islámico

¿Cuáles son las raíces del fundamentalismo islámico? Lo primero que hay que señalar es que dicho fundamentalismo es un fenómeno internacional, no exclusivo de Oriente Medio ni de otras sociedades cuya población es predominantemente musulmana. Hemos visto desarrollarse corrientes políticas similares, como el fundamentalismo cristiano, el fundamentalismo hindú y el fundamentalismo judío en Israel, todas ellas con su propia variante de política de derechas. Sin embargo, ninguno de ellos, a pesar de su deseo de volver a una antigua edad de oro, debe considerarse un elemento fosilizado del pasado. Puede que empleen símbolos y narrativas de periodos pretéritos, pero todos estos fundamentalismos son producto de sociedades modernas.[16]

Es interesante observar que en todo el mundo los movimientos religiosos fundamentalistas y conservadores apoyan políticas neoliberales y promueven labores caritativas, lo que lleva a algunos estudiosos a hablar de “una santa alianza entre neoliberales y fundamentalistas religiosos”, que podría calificarse de “neoliberalismo religioso”.[17]

El fundamentalismo islámico surgió en la situación política y económica específica de Oriente Medio, donde las potencias imperialistas han influido de manera esencial y continuada en los Estados y en la política económica de la región. Tras el descubrimiento de petróleo en las décadas de 1920 y 1930 en los países del Golfo, especialmente en Arabia Saudí, las potencias imperialistas pasaron a contemplar la región como un trofeo material que había que ganar. Como señala Adam Hanieh, estas potencias consideraron que la región desempeñaría “un papel potencialmente decisivo en la determinación de la suerte del capitalismo a escala global”.[18]

Las potencias imperialistas occidentales, principalmente EE UU, contribuyeron de un modo determinante a configurar los Estados rentistas de la región, especialmente los Estados del Golfo como Arabia Saudí, que obtienen ingresos cediendo su petróleo y su gas natural a compañías petroleras internacionales. Desde la década de 1980, estos Estados han adoptado un modelo neoliberal centrado en la inversión especulativa, en busca de beneficios rápidos, en los sectores improductivos de la economía, como el inmobiliario.

EE UU ha utilizado su asociación estratégica con Irán (hasta la caída del sha en 1979), Israel y Arabia Saudí para dominar la región. Les apoyó en su enfrentamiento con regímenes nacionalistas árabes como el de Egipto bajo Gamal Nasser, la izquierda comunista regional y diversas luchas populares y nacionales, que en general aspiraban a una mayor soberanía, justicia social e independencia de sus países de la dominación imperial. En el marco de este esfuerzo, Arabia Saudí fomentó y financió varios movimientos fundamentalistas islámicos suníes, sobre todo a los HM, para contrarrestar a los nacionalistas y a la izquierda.

Con la ayuda de sus aliados en la región, inclusive Arabia Saudí y Pakistán, EE UU se gastó, a partir de 1979, millones de dólares en instruir y armar a combatientes y grupos fundamentalistas islámicos. Apoyaron a tales grupos en Afganistán con el fin de debilitar a su gran enemiga de la guerra fría, la Unión Soviética. Así es cómo nació Al Qaeda. El imperialismo estadounidense ayudó a crear el ala más extremista del fundamentalismo islámico, que más tarde se volvería contra Washington.

Israel utilizó una estrategia similar en los territorios ocupados de Palestina, especialmente en la Franja de Gaza, reprimiendo a las fuerzas nacionales y progresistas de la Organización por la Liberación de Palestina (PLO) mientras hacía la vista gorda ante la expansión de los competidores fundamentalistas islámicos. El derrocamiento del régimen del sha a raíz de la revolución iraní y el subsiguiente establecimiento de la República Islámica de Irán en 1979 impulsaron el crecimiento de movimientos fundamentalistas chiíes en la región.

La crisis de los regímenes nacionalistas árabes dejó vacío un espacio en que pudieron florecer los movimientos fundamentalistas. Egipto y otros países abandonaron sus anteriores políticas sociales radicales y su antiimperialismo por dos razones fundamentales. En primer lugar, sufrieron una derrota a manos de Israel. En segundo lugar, sus modelos de capitalismo de Estado comenzaron a estancarse. A resultas de ello, optaron por al acercamiento a los países occidentales y sus aliados del Golfo y abrazaron el neoliberalismo, anulando muchas de las reformas sociales que les habían granjeado las simpatías de los trabajadore y campesinos. A cambio, estos regímenes presionaron al movimiento nacional palestino para que llegara a un acomodo con Israel. Al mismo tiempo, todos los regímenes nacionalistas árabes y otros, como Túnez, apoyaron deliberadamente a movimientos fundamentalistas islámicos o permitieron que se desarrollaran frente a los movimientos de izquierda y nacionalistas. En Egipto, por ejemplo, tras la muerte de Nasser en 1970, el nuevo régimen encabezado por Sadat estableció una alianza tácita con los HM contra las fuerzas nacionalistas y progresistas del país.

El último fenómeno significativo que impulsó el ascenso del fundamentalismo fue la creciente rivalidad política entre Arabia Saudí e Irán. Cada gobierno instrumentalizó a su propio fundamentalismo sectario para lograr sus objetivos contrarrevolucionarios. En primer lugar, lo utilizaron para desviar a las clases populares de la reivindicación de sus propios objetivos políticos y socioeconómicos y, cuando crecía la oposición popular, trataron de dividirla y desviarla hacia posiciones sectarias. En segundo lugar, utilizaron el fundamentalismo para movilizar el apoyo tanto dentro de sus respectivos países como en el bloque de sus competidores a fin de incrementar su poder en la región. Estas fueron las condiciones materiales históricas modernas que dieron pie al fundamentalismo islámico tanto chií como suní.

La base social del fundamentalismo islámico

La base social histórica del fundamentalismo islámico desde comienzos del siglo XX es la pequeña burguesía. Por supuesto, las formaciones fundamentalistas de cada país tienen su propia historia particular, pero todas ellas tienen en común sus raíces en diversos elementos de la pequeña burguesía. En Egipto, por ejemplo, creció entre los elementos rurales de esta clase que emigraron a las ciudades al amparo de los cambios económicos y sociales de las décadas de 1960 y 1970. Una vez urbanizadas en los años 80 y 90, sus dirigentes pasaron a proceder cada vez más de sectores profesionales como médicos, ingenieros y abogados. Aumentó su número de adherentes entre la juventud educada que se quedó sin futuro cuando los regímenes respectivos adoptaron el neoliberalismo.[19]

Como ocurre con la pequeña burguesía en general, las organizaciones fundamentalistas islámicas se ven atraídas en dos direcciones opuestas: hacia la rebelión contra la sociedad existente y hacia el compromiso con ella. Cualquiera que sea la opción, su proyecto reaccionario no ofrece ninguna solución a los sectores del campesinado y de la clase obrera que se acercan a ellas. Los partidos fundamentalistas islámicos pretenden restablecer la umma, una entidad político-religiosa que reúna a todos los musulmanes por encima de las diferencias que los dividen actualmente. Por eso, para ellos la lucha de clases es negativa porque fragmenta a la umma.

Con el tiempo, la dirección pequeñoburguesa de los fundamentalistas ha ido estrechando lazos con la burguesía, pese a su intento de preservar su base de apoyo interclasista. Arabia Saudí ha desempeñado un papel crucial en este proceso, facilitando a los HM egipcios y a otros grupos un acceso privilegiado a oportunidades de negocio y de empleo durante el auge petrolero de los años 70 y 80. Esta situación aceleró el proceso de aburguesamiento del movimiento fundamentalista, y cada vez más capitalistas comenzaron a desempeñar el liderazgo dentro del mismo.[20] Los servicios secretos egipcios identificaron alrededor de 900 empresas pertenecientes a miembros de los HM de aquel país.[21]

En Líbano, Hezbolá experimentó una transformación similar. Originalmente tenía líderes y cuadros pequeñoburgueses que atraían a una base social popular entre las clases medias y las capas pobres chiíes. Con el tiempo, una fracción chií de la burguesía en Líbano y en la diáspora fue adquiriendo cada vez más influencia en el partido. Ahora, Hezbolá cuenta con una importante base de apoyo entre hombres de negocios chiíes y en la clase media alta, especialmente profesionales de elite.

Sus fuentes de financiación cada vez más de origen burgués explican el apoyo de los fundamentalistas al sistema capitalista y su actual régimen de acumulación neoliberal. Reciben donaciones o solo de varios Estados, sino también donativos religiosos de particulares (el zakat) a través de redes privadas de ectores burgueses y pequeñoburgueses de la sociedad. Por ejemplo, Hezbolá recibe gran cantidad de fondos de Irán y de la burguesía y pequeña burguesía chií libanesa.

Hezbolá también recibe “donaciones de individuos, grupos, comercios, empresas y bancos, así como de sus homólogos de países como EE UU, Canadá, América Latina, Europa y Australia”.[22] En virtud de su aburguesamiento, Hezbolá posee “docenas de supermercados, gasolineras, grandes almacenes, restaurantes, empresas constructoras y agencias de viajes”.[23]Podemos observar una dinámica similar en algunas ramas de los HM. Todo esto contribuye a integrar a los fundamentalistas en el orden existente.

Las tensiones entre la dirección cada vez más burguesa de los fundamentalistas, por un lado, y su base social en los sectores pequeñoburgueses y depauperados del campesinado y de la clase obrera, por otro, han generado contradicciones en su programa y sus actividades políticas. Por un lado, profesan un compromiso con la igualdad y la justicia social que abordan principalmente mediante proyectos de beneficencia de arriba abajo. Por otro, defienden principios económicos neoliberales y se oponen a los movimientos sociales de abajo, en particular al movimiento sindical.[24]

Estas contradicciones atraviesan toda la teoría y la práctica del fundamentalismo. Por ejemplo, el fundador de los HM de Siria, Mustafa al Sibai, dijo que “el socialismo del islam coduce necesariamente a la solidaridad de diversas categorías sociales y no a la guerra entre clases como el comunismo.”[25] Su libro escrito en 1959, El socialismo del islam, lanzó la idea de que la igualdad social puede lograrse apelando a la obligación moral del individuo a donar a los pobres en vez de implantar reformas gubernamentales y sociales como los impuestos progresivos, la nacionalización y el desarrollo de programas de bienestar social. La visión de Sibai de un socialismo islámico, sin embargo, no fue más que una maniobra puramente retórica destinada a contrarrestar la creciente influencia de los baasistas y comunistas sirios.[26]

Con el declive del nacionalismo árabe y de la izquierda, los pensadores fundamentalistas islámicos abandonaron esta retórica radi