Historia del apocalipsis: de Joaquín de Fiore al coronavirus

por Víctor Atobas

¿Quién no ha escuchado, desde la propagación del coronavirus, que ha llegado el final de todo? Todos muertos, el virus acabará con todos; es el final. Las narraciones del final forman parte de nuestra historia y, sin duda, nosotros mismos nos encontramos ahora produciendo documentos culturales acerca de la caída apocalíptica y la aniquilación de la vida, que legaremos a nuestros descendientes. A este respecto, creemos que resulta de interés regresar a la gran referencia en el estudio de las ficciones apocalípticas, el ensayo de Frank Kermode titulado El sentido de un final (2000, ed. Gedisa), que parte de la vinculación entre la narración y el mito. Las narraciones apocalípticas que escuchamos  todos los días desde la irrupción del coronavirus requieren de acuerdos sobre el comienzo y el final del mundo, lo que dota de sentido a la vida. El final que nos narramos, por tanto, refleja nítidamente nuestras preocupaciones presentes.

Estudiando la historia del género apocalíptico, el crítico británico señala que la teología podía insistir en la caída al mismo tiempo que afirmaba que esta no podía ser predicha por el hombre. Kermode entiende que la estructura apocalíptica depende del mito de la Transición definido en el siglo XII por Joaquín de Fiore, quien se basó en la Trinidad para dividir la historia en tres partes, trasformando el presente en un periodo de transición en un mundo dirigido a la caída; esto conllevaría que los hombres tuviera la sensación de vivir en un momento de transición decisivo.  “Antes del Fin existe un periodo que no pertenece exactamente al Fin ni al saeculum que lo precede sino que posee sus propias características. Este periodo de Transición no parece haber sido definido hasta finales del siglo XII, pero la definición alcanzada entonces –la de Joaquín de Fiore– ha dado pruebas de ser sumamente durable. Su origen se encuentra en el reinado de tres años y medio de la Bestia que, en las Revelaciones, precede los Últimos Días. […] La última transición debía comenzar en 1260, fecha obtenida mediante la multiplicación de cuarenta y dos por treinta, el número de años en cada generación entre Abraham y Cristo. Entonces se consideraba que esta cifra correspondía al advenimiento del Anticristo” (pág 23). Pero las profecías de que en tal fecha, o en tal otra, se produciría la aniquilación de la vida humana sobre la tierra, iban siempre acompañadas de burlas al deseo de que irrumpiera el final.

La Iglesia se mostraba muy hostil hacia las interpretaciones de la Revelación que pudieran contradecir la lectura ortodoxa. Sin embargo, la profecía histórica de los joaquinistas logró expandirse en ámbitos no ortodoxos a partir del siglo XIII, y esto a pesar de que se la condenó en 1260. Así, la profecía histórica se entiende desde la estructura tripartita definida por Joaquín de Fiore, que dividía la historia en tres; pasado, transición presente y un futuro apocalíptico predicho en cierta fecha. Aunque en las ficciones apocalípticas contemporáneas podemos detectar una estructura similar a la establecida por Joaquín de Fiore, sin embargo, hay una diferencia fundamental respecto a la concepción del presente; mientras que en la profecía de los joaquinistas el presente es un tiempo de transición hacia el advenimiento del Anticristo, en la conciencia del final de las narraciones contemporáneas se concibe al presente como una temporalidad siempre en crisis, entre el instante presente y la propia muerte del sujeto. Es decir, el final apocalíptico ya no está proyectado hacia el futuro en una fecha concreta, sino que se percibe como inmanente a nuestra propia percepción del presente; por tanto, el final ya no es una profecía histórica, sino que pasa a ser un conflicto individual.

En la ficción apocalíptica contemporánea el conflicto del final pasa a ser individual, no remitiendo expresamente a las fuentes bíblicas; además, a diferencia de los textos tradicionales, sí expresa el mito del fin de siglo. Sin embargo, Kermode entiende el mito de fin de siglo como expresión narrativa de la angustia moderna. “La angustia reflejada por el fin de siècle es perpetua, y los hombres no esperan el final de cada siglo para reflejarla; cualquier fecha es útil. Y desde luego sentimos el sentido de un final. No ha disminuido y es tan endémica en lo que llamamos modernidad como lo es utopismo apocalíptico en la revolución política. Cuando vivimos con el ánimo impregnado de crisis final, ciertas pautas o maneras de asumirla se muestran nítidamente” (pág. 99).

Pero, más allá de que pudiera mostrarse que ese mito de fin de siglo era una respuesta imaginaria a las contradicciones sociales de la modernidad, desvelando así la angustia como respuesta ideológica de unas clases burguesas temerosas e individualistas, lo que nos interesa aquí es señalar brevemente lo más interesante de la estructura de las narraciones apocalípticas, a saber, que estas no niegan la utopía, sino que únicamente la condicionan. Para que la utopía sea posible, siguiendo el pensamiento apocalíptico, antes debe llegar la catástrofe; esa es la condición. Para ilustrar esto recurriremos a la novela más popular de Ballard; El imperio del sol (2012, ed. Alianza). Recluido en el estadio deportivo, Jim advertirá el resplandor –que a los lectores se nos aparece como siniestro, fantasmal, mortífero– producido por la bomba atómica que acababa de lanzar el ejército norteamericano, como una señal de que el fin se acerca y que por tanto su liberación y la de sus padres se encuentra ya muy cerca. “Bombas atómicas… Malo para los japoneses, pero bueno para ti, muchacho. Y para tus padres” (pág. 312).

Si recurrimos a la historia del género apocalíptico, es porque pretendemos señalar que no debemos confundir la distopía y la decadencia con la esperanza de renovación que podemos leer, siguiendo a Kermode, en las ficciones apocalípticas. Estas incorporan tanto la catástrofe como la posibilidad del recomenzar de todas las cosas, incorporando el final del mundo y la inauguración del reinado de Cristo en la tierra, la caída y el levantamiento, el final y el recomienzo. En los discursos apocalípticos, la esperanza se encuentra de una forma diferente a la utopía, pues requiere del cumplimiento de una proposición previa; el final apocalíptico. Pero que la esperanza esté condicionada no quiere decir que no podamos encontrar sus huellas.

Es en este sentido que afirmamos que la decadencia del mundo, su destrucción, aparece como esperanza de renovación en los discursos apocalípticos del coronavirus, en tanto que esa pandemia está sirviendo para demostrar que no todo está perdido en relación al futuro de la vida sobre la tierra, pues el virus está gripando las economías de diversos países, demostrando la validez de las ideas acerca de la necesidad del decrecimiento, de manera que el descenso de los flujos de producción, transporte, consumo, o turismo, está logrando actualmente atenuar el impulso destructivo del capital, incluso limpiar parcialmente la atmósfera del planeta; es en este preciso punto que podemos comprender de manera más nítida el pensamiento del autor apocalíptico –que puede ser nuestro propio vecino, que nos ha dicho que el final de todos llega con el coronavirus–, a saber, que sólo cuando llega el final podemos alumbrar un nuevo comienzo.

(Tomado de El Viejo Topo)