La pandemia del coronavirus: la catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla

de Corriente Marxista Internacional

El mundo se enfrenta a una catástrofe. Las vidas de cientos de miles de personas, millones quizás, están en riesgo. Incluso en los países más ricos, donde hay un sistema de salud avanzado, la situación ya está llegando a un punto crítico. Pero los países pobres se enfrentan a una pesadilla de proporciones inimaginables.

La población de Nigeria o India, por no hablar de Siria, Yemen o Somalia, devastada por la guerra, vive en barrios marginales superpoblados, sin acceso a agua limpia ni atención médica. Aquí hablar de medidas como «distanciamiento social» o «autoaislamiento» suena como una broma enferma.

En tal situación, las medias tintas y los remiendos al sistema son inútiles. Solo medidas drásticas podrán evitar el desastre inminente. La verdad es que el sistema capitalista está fracasando ante la humanidad. Quedará expuesto como el sistema podrido que es. Es hora de que los trabajadores tomen su destino en sus propias manos.

La pandemia del COVID-19 está poniendo de manifiesto la crisis económica subyacente que se había estado gestando durante algún tiempo. Ahora ese proceso se ha acelerado hasta el enésimo grado. Los mercados bursátiles se han derrumbado en todas partes.

Las empresas están en bancarrota y millones de trabajadores ya están perdiendo sus empleos. Solo en los Estados Unidos algunos especulan con que esto podría llevar el desempleo hasta un 20%. De lo que estamos hablando aquí no es solo de una crisis económica cíclica sino de una profunda depresión similar a lo que sucedió en la década de 1930.

No olvidemos que la depresión de la década de 1930 produjo revolución, contrarrevolución y guerra. Hoy no estamos en guerra en el sentido militar, pero todos los líderes políticos están comparando esto con una situación de tipo de guerra. Y si se trata de una situación de tipo de guerra, la clase obrera debe reaccionar en consecuencia.

Al principio, los gobiernos minimizaron la epidemia. La principal preocupación de la clase dominante no era preservar la salud de las personas, sino solo mantener la producción a toda costa. Su objetivo no era salvar vidas sino salvar las ganancias de los bancos y los grandes monopolios.

Esto, y solo esto, explica su negligencia criminal y su incapacidad inmediata para tomar las medidas necesarias para proteger las vidas humanas. Ha expuesto cruelmente el abismo entre ricos y pobres, explotadores y explotados. Ahora se apresuran a recuperar el tiempo perdido. Pero es un caso de demasiado poco y demasiado tarde. Se ha permitido que el virus se propague como un incendio forestal y está teniendo un efecto catastrófico en la vida de las personas y en la economía global.

Los trabajadores se enfrentan al horrendo dilema de cómo sobrevivir a esta crisis, tanto física como económicamente. Cientos de miles están perdiendo sus empleos. Pronto hablaremos de millones. Los trabajadores que han sido privados de sus medios de vida aún tendrán que alimentar y vestir a sus familias, pagar el alquiler o la hipoteca, mientras luchan por no enfermarse.

En todos los países, millones de personas que normalmente no se interesan por la política siguen ansiosamente las noticias, analizan cuidadosamente cada medida que proponen sus gobiernos, qué están haciendo sus empresarios y qué defienden los diferentes partidos, de izquierda a derecha. Y muy rápidamente se está haciendo evidente que nadie está haciendo lo que realmente es necesario. En estas condiciones, la conciencia puede cambiar con la velocidad del rayo.

Un país tras otro está quedando confinado, en un grado u otro. Se le dice a la gente que evite movimientos innecesarios, que evite áreas abarrotadas, que se autoaisle si está en riesgo. Pero al mismo tiempo, a millones de trabajadores se les dice que vayan a trabajar, obligados a utilizar el transporte público abarrotado, a trabajar hombro con hombro, lo que aumenta el riesgo de contagio. Esto pone en riesgo la vida de los trabajadores, pero también corren el riesgo de llevarse el contagio a sus hogares e infectar a sus familias, todo por el beneficio capitalista.

Esto está cambiando radicalmente la conciencia de la masa de la población. Los trabajadores quieren respuestas y las quieren ahora. La pregunta se plantea a bocajarro: ¿qué hacer?

El capitalismo puede poner en grave peligro su salud

La crisis ha revelado la incompatibilidad del sistema capitalista con la salud de miles de millones de seres humanos. Décadas de austeridad han diezmado el sistema de salud en todas partes. En aquellos países donde había un sistema nacional de salud financiado con fondos públicos, esto se ha reducido año tras año. La salud pública carecía de fondos, mientras que muchos servicios se privatizaron.

Todo esto se hizo para reducir lo que los capitalistas consideran el gasto «innecesario». Las camas de hospitales se redujeron, al igual que las Unidades de Cuidados Intensivos. El sistema carece de personal, la fuerza laboral está sobrecargada de trabajo. Esto se hizo para obligar a la gente a buscar alternativas privadas, abriendo un campo de inversión muy lucrativo para las empresas privadas de salud.

Al mismo tiempo, se permitió a los grandes monopolios farmacéuticos privados chupar la sangre de los servicios de salud, obteniendo grandes beneficios de la miseria de los enfermos, los ancianos y los vulnerables ¡Todo esto debe terminar ya! La salud de los seres humanos no puede determinarse por el interés privado. El objetivo del beneficio debe ser eliminado por completo de la salud ¡Exigimos la abolición de la medicina privada y un servicio de salud totalmente público!

Todos los centros de salud privados deben ser nacionalizados sin indemnización y deben integrarse en los sistemas nacionales de salud. Esta es la condición previa para un aumento masivo en el gasto en los servicios de salud para satisfacer las necesidades inmediatas causadas por la crisis y proporcionar un servicio de salud público eficiente y moderno, donde el tratamiento y los medicamentos más actualizados estarían disponibles de forma gratuita para todos los que lo necesiten.

Para resolver la actual escasez de camas de hospital, los hoteles y bloques de apartamentos de lujo vacíos y las mansiones de los ricos, deben ser requisados de inmediato y convertidos temporalmente en albergues para personas enfermas (una medida que se introdujo en tiempos de guerra en Gran Bretaña). Simultáneamente, se debe poner en marcha un plan a largo plazo para construir nuevos hospitales y aumentar significativamente la capacidad hospitalaria. Esto se puede financiar recortando el presupuesto inflado del gasto innecesario en armamento.

Se debe lanzar de inmediato un plan de emergencia para la contratación y capacitación de enfermeras, médicos, conductores de ambulancias y paramédicos, y de todo el personal necesario para realizar cirugías, clínicas y hospitales. Se les debe proporcionar un salario y una jornada laboral dignos, en lugar del escándalo actual en el que el personal médico está literalmente trabajando hasta la muerte para compensar la escasez causada por años de negligencia criminal bajo el llamado régimen de austeridad.

Nos dirán que no hay dinero. Pero la historia nos dice que SIEMPRE se puede encontrar dinero para llenar los bolsillos de los ricos. Así, durante la última década, hubo austeridad para los trabajadores, pero generosas donaciones de dinero público para los banqueros privados, esos mismos banqueros que destruyeron la economía mundial en 2008. Ahora la historia se repite. Grandes sumas de dinero público se están depositando en los cofres de las grandes empresas privadas, mientras millones de trabajadores viven en el miedo y la pobreza.

Las industrias farmacéuticas, que obtienen niveles obscenos de ganancias, deben ser expropiadas e integradas en estructuras públicas eficientes. Las prioridades de su investigación, en lugar de producir gallinas de huevos de oro que las compañías han estado explotando durante décadas, deben ser dictadas por las necesidades de la sociedad, no por las ganancias de un puñado de parásitos ricos. Todas las patentes e investigaciones deben hacerse públicas y compartirse más allá de las fronteras de cada país. Esto aceleraría enormemente el desarrollo de nuevos medicamentos, y una vez que estén disponibles, deberían suministrarse a todos los servicios nacionales de salud a un precio de costo, no a los precios exorbitantes que se cobran actualmente por medicamentos importantes que salvan vidas.

Si adoptamos todas estas medidas ahora, los peores efectos de la crisis actual pueden evitarse y tales crisis podrán evitarse en el futuro.

¡Por el control obrero!

Si las medidas de distanciamiento social son una de las herramientas para combatir la propagación de este virus, esto debe aplicarse estrictamente a TODOS los campos de la vida, y en particular a los centros de trabajo. Si esto es realmente una emergencia y un escenario de guerra, como nos dicen los gobiernos, entonces se requieren medidas de emergencia.

Los empresarios han demostrado que son completamente incapaces de desempeñar un papel progresista. Con el apoyo del Estado y los políticos burgueses, presionan a los trabajadores, incluso en industrias no esenciales, para que continúen su trabajo sin cesar. Pero esto socava todos los esfuerzos para combatir el virus. Por lo tanto, en todo el mundo estamos viendo huelgas de trabajadores preocupados por las condiciones de trabajo que amenazan sus vidas y las de sus seres queridos. En más de un país (ver Italia y España, pero también en América del Norte), los trabajadores han impuesto con éxito el cierre de algunas plantas, al menos por un período.

Estos acontecimientos están destacando el poder de la clase trabajadora cuando está organizada y es consciente de su propia fuerza. Ante el comportamiento irresponsable de los patrones, los marxistas plantean la demanda del control obrero. Todos los comités de huelga deben convertirse en comités de fábrica permanentes para controlar y, si es necesario, bloquear las acciones de los empresarios y de la gerencia.

Toda producción no esencial debe detenerse inmediatamente. Los trabajadores deben ser enviados a casa con el pago completo de sus salarios por el tiempo que sea necesario. Esto debería ser pagado por los empresarios. Si los empresarios dicen que no pueden permitírselo, que nos dejen abrir sus libros de cuenta para que los sindicatos y los representantes electos de los trabajadores los inspeccionen. En realidad, las grandes empresas están sentadas sobre montañas de dinero que ahora debería usarse para cuidar a aquellos que les han generado los beneficios con su trabajo.

Allí donde la producción sea considerada esencial, entonces el centro de trabajo debe reestructurarse y reorganizarse de tal manera que permita el distanciamiento social, así como proporcionar a los trabajadores el equipo de protección necesario, como mascarillas y viseras, guantes y monos de trabajo adecuados, limpieza regular de todas las superficies y áreas de trabajo y pruebas antivirus regulares a los trabajadores. Todos los trabajadores que desempeñen tareas consideradas no esenciales deben poder quedarse en casa.

Los comités también deben asegurarse de que no se despida a ningún trabajador con el pretexto de la crisis. Cuando las fábricas despiden a la gente o los empresarios amenazan con cerrarlas, exigimos que sean expropiadas y puestas bajo el control y la gestión de los trabajadores.

Aquellos que ya han perdido sus trabajos o están trabajando de manera informal se verán afectados por esta crisis. Hacemos un llamamiento para que el Estado les pague el equivalente a su salario completo. Sin embargo, nos oponemos a la financiación de esto a través de una deuda pública más alta que será pagada por el resto de la clase trabajadora en forma de austeridad y aumento de los impuestos. Por el contrario, pedimos la expropiación de los bancos parásitos y las empresas especulativas.

Al mismo tiempo, en este período de inevitable desaceleración de la producción, también debe introducirse el concepto de rotación en el trabajo, con días de trabajo alternos y una semana laboral más corta, lo que permite a los trabajadores quedarse en casa más tiempo y reducir el tiempo que pasan viajando. Esto debería ampliarse gradualmente para incluir a todos aquellos que están desempleados hoy en día y así eliminar el desempleo y reducir las horas de trabajo al mínimo.

No a los despidos – ¡por una escala móvil de las horas de trabajo con el 100% del salario! ¡Que se abran los libros de cuenta!

La clase obrera debe tomar el control

Seamos claros acerca de lo que está sucediendo aquí. El sistema capitalista se enfrenta a una crisis existencial. Se está poniendo en tela de juicio su capacidad para garantizar la seguridad de los trabajadores comunes, su capacidad para garantizar empleos y hogares a las personas, su capacidad para darles a los trabajadores un salario que alimente a sus familias. Esto tiene implicaciones revolucionarias, y la clase dominante es muy consciente de esto.

Los patrones temen un movimiento independiente de la clase trabajadora aún más de lo que temen al virus. Les preocupa que la gente empiece a tomar el asunto en sus propias manos. En Wuhan, donde el virus estalló por primera vez en China, la gente de los barrios estableció controles de carretera y comprobaciones de personas espontáneamente, y tomaron otras iniciativas independientes. Esto obligó al Estado a intervenir por temor a perder el control de la situación.

En Italia, los trabajadores, a través de sus huelgas, comenzaron a intervenir directamente en el funcionamiento de la producción. En Gran Bretaña, la inacción criminal del gobierno ha llevado a la creación espontánea de grupos de vecinos para tratar diferentes aspectos de la crisis, como la distribución de alimentos y la seguridad general. En un momento, en Irán, la gente comenzó a imponer cuarentenas en ciudades enteras a la luz de la inacción del régimen.

Los ejemplos anteriores son las etapas embrionarias del poder de los trabajadores, que se desarrolla espontáneamente a partir de la crisis del capitalismo. Está claro que la clase dominante es incapaz de enfrentarse a la crisis adecuadamente. Ante la inacción de la clase dominante, como en Gran Bretaña, Suecia y los EE. UU., pedimos que se establezcan comités en los barrios y en las empresas para abordar diferentes aspectos de la crisis.

En Italia y Francia, el Estado está intensificando tales medidas. Inicialmente, la masa de la población acepta estas medidas, que las autoridades les dicen que son necesarias para combatir la amenaza de un nuevo virus mortal y altamente contagioso. Sin embargo, los trabajadores comunes son conscientes de que quienes adoptan medidas cada vez más estrictas son las mismas personas que perdieron tanto tiempo en la fase inicial de la pandemia. Confían poco o nada en el gobierno para defender sus intereses. Y tienen toda la razón.

La gente de arriba se da cuenta de que necesita introducir medidas de emergencia para estabilizar la situación, o arriesgarse a la ira de las masas. Pero estas medidas de emergencia también pueden usarse como una forma de controlar a la clase trabajadora. Contienen un fuerte elemento antidemocrático, destinado a fortalecer el Estado y sus poderes represivos.

Reconocemos las razones por las cuales las personas apoyan una mayor presencia de las fuerzas de seguridad en las calles, pero también debemos tratar de exponer la falsa ilusión de que están protegiendo a las personas y, en cambio, demostrar que en realidad están actuando en defensa del Capital, intentando estabilizar la situación, mientras se aseguran simultáneamente no perder el control de la situación.

En Italia ha habido casos en que la policía se presentó en piquetes y arrestó a trabajadores que estaban en huelga pidiendo más medidas de seguridad. Esto resalta el peligro de fomentar demasiadas ilusiones en las fuerzas de seguridad del Estado. Advertimos a los trabajadores que solo pueden confiar plenamente en sus propias fuerzas, no en el ejército ni en el gobierno burgués, que han demostrado repetidamente que su principal preocupación es mantener las ganancias, incluso a riesgo de empeorar la situación de emergencia actual.

Las tareas de emergencia deben ser organizadas por los trabajadores mismos por medio de comités de barrio y de centro de trabajo, que deben estar conectados a nivel local y nacional para organizar un confinamiento totalmente efectivo como el medio más rápido para lidiar con el virus.

Muchas personas en Italia temen que elementos criminales puedan aprovecharse de la crisis. En tal situación, las fuerzas de seguridad del Estado no pueden garantizar la seguridad de todos. Es por eso que debemos plantear la idea de que deben establecerse organismos, como los comités locales elegidos en cada barrio para supervisar toda la operación de emergencia. Un comité elegido por los propios vecinos en cada barrio tendría una autoridad mucho mayor para decidir qué hacer y asegurarse de que todos cumplan con las decisiones democráticamente tomadas.

Los comités pueden establecer puntos de control y patrullar las calles durante el período de confinamiento, supervisar la distribución de alimentos a todos los hogares para minimizar los viajes innecesarios, en particular para los ancianos y otros grupos vulnerables. Lucharán activamente contra los elementos criminales y combatirán la especulación y los aumentos injustificados en el precio de los alimentos y medicamentos, que están siendo perpetrados por comerciantes sin escrúpulos.

También hemos visto el ejemplo de Chile, donde los sindicatos han anunciado que, a menos que el gobierno declare una cuarentena a nivel nacional, la aplicarán ellos mismos, en forma de una «huelga humanitaria» que excluya a los sectores esenciales. Esto lo habrán notado los estrategas del capital, cada vez más conscientes del potencial de la revolución social en las condiciones actuales, e intentarán detener este proceso.

Garantizar la entrega de comida

Cuando mientras millones de personas se daban cuenta de que la pandemia estaba creando una situación de emergencia, tuvimos escenas de compra de pánico y acaparamiento ¿Qué refleja esto? Revela que la gente está aterrorizada por la situación en la que hemos entrado, pero también muestra que no confían en que les ayuden las autoridades ni «el mercado».

Esto, sin embargo, ha llevado a la desafortunada situación de escasez en las tiendas de alimentos, lo que a su vez ha llevado a casos de especulación, con algunas tiendas subiendo los precios de los bienes esenciales. Esto solo puede empeorar aún más la ya difícil situación. Por lo tanto, los comités de barrio elegidos democráticamente también deben tener los poderes para verificar los precios y, si es necesario, imponer controles de precios. Si esto no se hace, además de la escasez, también veremos que las capas más pobres de la sociedad no pueden comprar lo que necesitan.

Los ancianos y los vulnerables tendrán dificultades para hacer frente a tal situación. Se les dice que se autoaislen, pero no pueden recibir alimentos esenciales. Esto está poniendo en riesgo a muchos que tendrían que salir a comprar lo que necesitan.

Debemos exigir la entrega organizada de alimentos a todos los hogares para reducir la necesidad de dirigirse a las tiendas. La organización espontánea de grupos de vecinos que salen buscando a los necesitados y se organizan para ayudarlos, confirma que la mayoría de las personas no son individualistas codiciosos, sino que en tiempos de necesidad están dispuestos a unirse colectivamente para ayudar a los necesitados.

Sin embargo, estos grupos de vecinos, para ser completamente efectivos, requieren ayuda. Necesitan medios de transporte, equipos de seguridad y capacitación sobre cómo acercarse a las personas vulnerables que se autoaislan.

Se requieren cocinas comunales para suministrar comidas preparadas, especialmente para ancianos y discapacitados. En momentos en que las cadenas de restaurantes y bares cierran y despiden a las personas en masa, pedimos su expropiación para satisfacer las necesidades alimentarias de las comunidades. Esto garantizaría el trabajo de los empleados en estas cadenas, al mismo tiempo que pondrían a disposición de otros los recursos que se necesitan con urgencia. Esto debe estar conectado con los grupos de vecinos.

Por un sistema de transporte integrado de propiedad pública

Uno de los lugares donde el riesgo de contagio es mayor es en autobuses, trenes y transporte subterráneo. En las primeras etapas del estallido de la pandemia, millones de trabajadores viajaban apretados, aumentando enormemente la tasa de propagación del virus.

Una vez que se hizo evidente que tales condiciones eran peligrosas, muchas personas dejaron de moverse innecesariamente. Los que pueden trabajar desde casa han comenzado a hacerlo. Esto ha reducido el hacinamiento, pero no lo ha eliminado.

La respuesta de las empresas del transporte ha sido reducir la regularidad de los servicios, suspender algunas rutas, etc. Por lo tanto, precisamente cuando necesitamos transporte donde se pueda mantener el distanciamiento social, al reducir los servicios disponibles, esto se vuelve inmanejable. El resultado es un menor número de medios de transporte abarrotados.

Nuevamente, el criterio aquí es la rentabilidad. Esto es inaceptable. Todas las empresas de transporte deben ser asumidas sin indemnización por el Estado e integradas en un servicio estatal de transporte. Muchas de estas compañías habían sido previamente de propiedad municipal y estatal. Deberían ser reincorporadas como propiedad pública y utilizadas de acuerdo con las necesidades sociales y no con fines de lucro. Los pasajeros necesitan más espacio para viajar de manera segura en estas condiciones.

El personal también necesita protección, y no tener que trabajar en condiciones de hacinamiento es una medida para defenderlos del contagio. El personal del transporte también necesita todo el equipo de seguridad necesario, máscaras, viseras, guantes, etc., mientras que el servicio de limpieza también debe ampliarse de manera masiva, para proporcionar la limpieza profunda regular necesaria para ayudar a detener la propagación del virus. Los servicios de limpieza también deben ser integrados en la empresa, eliminando la subcontratación, y los trabajadores deben percibir un salario digno y se les deben otorgar plenos derechos sindicales.

La crisis de la vivienda

Muchos trabajadores están perdiendo sus empleos y, especialmente la generación más joven, tienen grandes hipotecas o alquileres muy altos que pagar. Tal como están las cosas, muchos se enfrentan a devolver su vivienda y al desalojo. En varios países, los gobiernos han ordenado a los bancos que otorguen «moras hipotecarias», es decir, retrasos temporales en los pagos por unos meses. Desafortunadamente, este no es siempre el caso cuando se trata del alquiler, que también debe congelarse durante la crisis. También deberíamos agregar que se han introducido «moras hipotecarias» para proteger a los bancos, ya que si hubiera una gran ola de impago de las cuotas mensuales de la hipoteca, esto podría empujar técnicamente a los bancos hacia la quiebra. Como siempre, las medidas que parecen tomarse teniendo en cuenta los intereses de los trabajadores, bajo el capitalismo, pueden tener una motivación muy diferente.

No obstante, la suspensión de los pagos de la hipoteca proporciona un respiro temporal. Sin embargo, a largo plazo no elimina los pagos por completo. Tarde o temprano los pagos deberán hacerse. Aquellos trabajadores que consigan trabajo una vez que la crisis haya terminado, se encontrarán con que tendrán que hacer grandes pagos. Sin embargo, esta crisis tendrá efectos económicos a largo plazo, y lo que el sistema capitalista puede ofrecer, incluso una vez que termine la pandemia, es austeridad, niveles de vida más bajos, desempleo masivo y pobreza.

Para evitar que un gran número de familias obreras pierdan sus hogares planteamos, por lo tanto, la reivindicación de que los bancos cancelen una parte de la deuda hipotecaria. Es la única forma de resolver concretamente este problema. Los bancos fueron rescatados con dinero público hace más de diez años y han obtenido enormes ganancias en el período reciente. Si es cierto que todos estamos en el mismo barco, entonces los bancos deberían hacer su parte.

Otros trabajadores se encuentran en viviendas alquiladas y corren el riesgo de ser desalojados si no mantienen sus pagos. En algunos países, se han introducido prohibiciones temporales de desalojos. Si bien esto debe ser bienvenido, no deja de ser insuficiente para proteger a las personas. Los propietarios tienen formas de presionar a los inquilinos. Una de ellas es aumentar el alquiler a niveles que no son asequibles, lo que obliga a las personas a marcharse. Por lo tanto, también debería haber una congelación de la renta y una mora inmediata en el  pago del alquiler hasta el final de la crisis. Los comités de barrio también deben desempeñar un papel aquí y tener una visión general de la situación e intervenir para detener cualquier aumento de alquileres o desalojos.

Esta situación también destaca otro problema a largo plazo. La razón por la cual los propietarios privados pueden comportarse como lo hacen es debido a la escasez crónica de viviendas sociales. En el pasado, la proporción de viviendas municipales de propiedad pública en comparación con las viviendas privadas era mucho mayor. Las familias trabajadoras podían alojarse en viviendas relativamente más baratas. Durante décadas, la política en la mayoría de los países ha sido privatizar, vender el fondo de viviendas públicas e impulsar a las personas a convertirse en propietarios.

Lo que se requiere ahora es un programa intensivo de construcción de viviendas sociales para satisfacer la demanda, proporcionando un alquiler asequible. Al mismo tiempo, hay muchas casas y apartamentos que están vacíos debido a la especulación. En tales casos, esas propiedades deben ser expropiadas y agregadas al fondo de viviendas públicas. Una vez establecido, dicho programa contribuiría en gran medida a aliviar la situación actual de escasez crónica de viviendas y de alquileres exorbitantes.

Derechos democráticos

En todas partes los gobiernos están utilizando legislación de emergencia para tomar medidas para lidiar con la crisis. Por supuesto, estamos a favor de las medidas de emergencia para requisar activos privados, expropiar hospitales privados y hacernos cargo de las fábricas que producen equipos de protección personal.

El problema es que los gobiernos capitalistas están aprovechando la crisis de salud para restringir los derechos democráticos, prohibiendo las huelgas, por ejemplo, o limitando las libertades políticas, restringiendo la libertad de expresión, sacando el ejército a la calle.

Estas medidas no juegan ningún papel en el tratamiento de la pandemia y debemos oponernos a ellas. Los trabajadores necesitan el derecho de huelga para protegerse de los patrones que ponen en riesgo nuestras vidas y nuestra seguridad. Necesitamos libertad de expresión para poder denunciar el desprecio cruel por la vida humana de los gobiernos capitalistas.

Por lo tanto, si bien se deben hacer todos los esfuerzos para garantizar que se tomen las medidas más efectivas para combatir la propagación del virus, no debemos permitir que la clase capitalista explote la emergencia actual para reducir los derechos democráticos por los que han luchado generaciones de trabajadores.

Nacionalizaciones

Durante años, el lema de la burguesía ha sido la privatización. Las grandes corporaciones creadas por el Estado fueron divididas y vendidas a bajo precio a los ricos. El concepto mismo de nacionalización fue ridiculizado como algo que pertenecía a un pasado lejano. Ahora, de repente, su tono ha cambiado.

Algunos gobiernos, en una clara admisión de que el capitalismo no puede lidiar con la crisis actual, están interviniendo hospitales privados para que sean utilizados por el Estado en sus medidas de emergencia para combatir la propagación del virus. Mientras tanto, muchos gobiernos han declarado que pueden estar dispuestos a avanzar en la dirección de la nacionalización de cualquier corporación importante que pueda declararse en quiebra en el próximo período.

Un ejemplo de esto es lo que dijo el ministro de Finanzas francés, Bruno Le Maire: «No dudaré en utilizar todos los medios disponibles para proteger a las grandes empresas francesas». Eso se puede hacer mediante la recapitalización, se puede hacer tomando una participación, incluso puedo usar el término nacionalización si fuera necesario».

Los reformistas de derecha, que hasta hace poco se estaban tropezando entre ellos en las prisas por agregar sus voces a la campaña contra las nacionalizaciones, también se han visto obligados a cambiar un poco el tono.

Seamos claros: a lo que se refieren como nacionalización es en realidad un rescate. Se lleva a cabo con una compensación a los propietarios capitalistas y, por lo tanto, es simplemente otro medio de canalizar los fondos estatales a los bolsillos privados. Y una vez que los fondos públicos se han utilizado para poner a estas empresas de nuevo en pie, se vuelven a vender a los capitalistas a precios reducidos. Esta es otra forma de hacer que la clase trabajadora pague la crisis de los empresarios.

Los trabajadores no pueden aceptar este tipo de nacionalizaciones. No debe ser la clase trabajadora la que pague el desastre en el que se han metido los capitalistas. Lo que se requiere es la expropiación sin indemnización de los empresarios. Al mismo tiempo, pedimos la eliminación de la alta gerencia parasitaria de estas empresas y su reemplazo por el control y la gestión democrática de los trabajadores.

El papel del movimiento obrero

Los dirigentes del movimiento sindical están demostrando ser incapaces de enfrentarse seriamente a esta situación. En Italia, por ejemplo, los líderes sindicales colaboraron plenamente con los patrones y el gobierno al insistir en que la producción no debería detenerse. Su criterio principal no era la seguridad de la fuerza laboral, sino mantener la producción por temor al colapso económico.

Los trabajadores italianos tenían otras ideas. Para ellos, salvar vidas es lo primero. Comenzaron a tomar medidas de huelga después de no haber logrado convencer a los jefes de las fábricas de que las cerraran para reorganizar el trabajo de manera que fuera más seguro. Solo cuando los trabajadores en el taller comenzaron a tomar medidas tan decisivas, los dirigentes sindicales cambiaron su posición. En lugar de dirigir, iban muy por detrás de lo que se requería.

En Gran Bretaña, el Partido Laborista ha cancelado toda actividad, aunque existe la tecnología por la cual podría continuar funcionando durante la pandemia. En todas partes, los líderes del movimiento sindical han seguido tácita o activamente los planes equivocados de la clase dominante. Lo que se necesita es preparar un plan de acción de la clase trabajadora. Al movilizar a los trabajadores en los barrios y las fábricas, estos dirigentes podrían cambiar el curso de los acontecimientos muy rápidamente. Su negativa a hacerlo es una indicación de su capitulación ante la clase capitalista, precisamente cuando está entrando en su crisis más profunda.

Esto requiere una sacudida radical de las organizaciones obreras existentes. Significa que los sindicatos deben estar bajo el control directo de sus miembros. Esto significa que los dirigentes no deben ganar salarios que se parecen más a los directores de la compañía que a los trabajadores que se supone que representan. Significa líderes que ganan el salario promedio de los trabajadores y que están sujetos a la destitución si no cumplen con las decisiones democráticamente tomadas por sus miembros.

Esto también se aplica a aquellos partidos que fueron creados hace mucho tiempo por la clase trabajadora como un medio para tener su propia voz. Estos deben ser transformados, comenzando con un proceso completamente democrático para elegir a los dirigentes. En aquellos países donde no existen partidos obreros, como en los Estados Unidos, es deber del movimiento sindical organizado crearlos.

Cómo pagar todo esto

Muchas personas estarían de acuerdo en que las reivindicaciones mencionadas anteriormente pueden parecer razonables, pero plantearían la pregunta: ¿quién paga todo esto? Se nos dice que no hay suficiente dinero para financiar todas estas medidas. Pero eso es claramente falso.

En primer lugar, tanto la Reserva Federal de EE. UU. como el Banco Central Europeo han anunciado que inyectarán miles de millones de dólares y de euros a la economía. En Gran Bretaña, el gobierno ha anunciado un paquete de 350.000 millones de libras, equivalente al 15% del PIB. Italia, Francia, España, Alemania, todos los países están anunciando paquetes de un tamaño similar. Cuando se enfrentan al Armagedón económico, de repente encuentran los recursos. Desafortunadamente, la mayor parte de este dinero se destina a los capitalistas, no al servicio de salud ni a los trabajadores. Además, este dinero simplemente se suma a los ya altos niveles de deuda pública. En una etapa posterior, se les pedirá a los trabajadores que hagan los sacrificios para reducir esta deuda.

Sin embargo, hay otra fuente de inmensa riqueza. En los Estados Unidos, por ejemplo, el 1% más rico de los hogares estadounidenses (aproximadamente 1,2 millones de familias) tenía un patrimonio neto agregado de 35 billones de dólares en 2019. Un estudio realizado por el Instituto de Contadores Públicos de Inglaterra y Gales (ICAEW) en 2017 reveló que, «en un momento en que las personas pensaban en apretarse el cinturón, dos tercios de las empresas del Reino Unido tenían un excedente de efectivo”.

Y, no solo eso, sino que, desde entonces, ¡el nivel de depósitos y reservas en efectivo de las compañías británicas incluso ha aumentado! “Los depósitos en efectivo crecieron un 8% en 2018 y han aumentado un 51% en los últimos 5 años». Según Credit Suisse, el 1% más rico del mundo posee casi el 50% de la riqueza mundial, mientras que la mitad inferior de los adultos representa menos del 1% de la riqueza global total.

En tiempos de crisis, seguramente esta inmensa riqueza, creada con el trabajo de millones de trabajadores, podría utilizarse para financiar todas las medidas necesarias para combatir la propagación de COVID-19 y establecer estructuras y recursos para preparar a la sociedad para cualquier situación de un futuro brote de enfermedades mortales.

No sería irrazonable imponer un impuesto de emergencia del 10% o el 20% sobre dicha riqueza. Y cualquier empresa o capitalista individual que se negara a colaborar tendría que ser expropiada, sus bienes confiscados y sus recursos puestos a disposición del Estado. Además, los bancos que se beneficiaron masivamente de los rescates estatales deberían ser nacionalizados, sin indemnización, e integrados en un banco nacional de propiedad pública. Lo mismo se aplica a las compañías de seguros.

Si los gobiernos de todo el mundo tomaran tales medidas, no habría necesidad de aumentar la deuda pública, con toda la austeridad posterior que se produciría más adelante. No habría escasez de recursos para construir hospitales, invertir en investigación farmacéutica, construir casas, etc., y proporcionar un ingreso a todos los trabajadores desempleados.

¡Por un gobierno obrero!

En Gran Bretaña está muy claro que este gobierno Conservador estaba dispuesto a ver morir a cientos de miles, en lugar de tomar las medidas necesarias e invertir los recursos necesarios. En los Estados Unidos, Trump se ha comportado de manera similar. Incluso en Italia, donde el virus se extendió ampliamente por primera vez en Europa, el criterio subyacente que determinó la acción del gobierno fue la rentabilidad.

No podemos confiar en estas personas para defender la vida de millones de trabajadores. Se nos dice que este no es el momento de plantear diferencias políticas, sino que todos debemos unirnos. El nacionalismo y el patriotismo se promueven en todas partes. Nos dicen que todos estamos en el mismo barco. Pero eso es completamente falso. A quienes se les pide que paguen esta crisis son los que menos pueden permitírselo, los trabajadores, los jóvenes y los ancianos.

Necesitamos gobiernos que representen los intereses de la clase trabajadora en todos los países. El programa que hemos descrito anteriormente solo puede ser llevado a cabo por partidos y líderes que representen a la clase trabajadora y sus intereses. Al llevar al poder a gobiernos de los trabajadores en todos los países, finalmente podremos utilizar los inmensos recursos disponibles a escala mundial y establecer una respuesta verdaderamente global a la crisis actual.

Internacionalismo y cooperación obrera

En el siglo XXI, existen dos obstáculos fundamentales para un mayor desarrollo de las fuerzas productivas bajo el capitalismo: la propiedad privada de los medios de producción y el Estado nacional. Esto está siendo confirmado gráficamente por la crisis actual.

La economía de mercado ha fracasado abismalmente. El objetivo del beneficio pone en peligro la vida de millones de personas. Es hora de ponerle fin. En su lugar, lo que necesitamos es una economía planificada de propiedad pública. El control y la gestión democráticos de los trabajadores debería ser el método introducido para supervisar el proceso productivo.

En tal economía, los recursos podrían orientarse rápidamente para satisfacer las necesidades del momento. La producción podría detenerse sin tener que considerar la pérdida de ganancias de los propietarios privados. Los trabajadores obligados a permanecer en casa podrían recibir un ingreso regular. Nadie correría el riesgo de ser desalojado a manos de propietarios privados. En pocas palabras, esto significa introducir el socialismo a escala global. Todas las condiciones han madurado para que esto se convierta en realidad.

Boris Johnson y otros políticos burgueses han comparado la crisis actual con un escenario de guerra. Pero durante la Segunda Guerra Mundial en Gran Bretaña, ¿cómo se comportó el gobierno?, ¿dijeron: ¡que el mercado decida!, ¿que ¡el Estado no debe intervenir!? No, no lo hicieron. Usaron el Estado para centralizar la producción, nacionalizaron las industrias de guerra e introdujeron medidas de planificación central.

Todo esto, por supuesto, no significaba que Gran Bretaña se convirtiera en un país socialista. El control aún permanecía firmemente en manos de los banqueros y capitalistas. Pero se vieron obligados a introducir ciertas medidas de planificación centralizada e incluso de nacionalización, por la sencilla razón de que estos métodos dan mejores resultados. Así, en la práctica, la superioridad de la planificación socialista sobre la anarquía del mercado fue admitida incluso por aquellos que eran los enemigos más amargos del socialismo.

China hoy es sin duda un país capitalista. Pero es una forma peculiar de capitalismo, que aún conserva algunos de los elementos de la planificación centralizada y de las industrias controladas por el Estado que heredó del pasado. Son precisamente estos elementos los que dieron a China una ventaja colosal para combatir la pandemia actual, con resultados bastante notables. Este hecho ha sido comentado por personas que normalmente no simpatizarían con el socialismo.

Las ventajas que tuvo China al enfrentarse al brote de Wuhan fue que pudo cerrar un gran área con alrededor de 50 millones de personas, mientras que usaba los recursos del resto del país para ayudar a las personas bloqueadas. Pudieron enviar enfermeras y médicos de otras partes del país; pudieron enviar recursos de todo el país.

Italia se enfrentó a una situación muy diferente. No recibió ayuda del resto de Europa. De hecho, países como Alemania bloquearon la exportación de mascarillas, por ejemplo, pensando en términos nacionalistas a muy corto plazo. Si hubiera habido una operación coordinada internacionalmente, las cosas podrían haber sido muy diferentes.

Aquí vale la pena señalar lo que los médicos chinos en Italia dicen actualmente que se necesita hacer. Han observado la situación en el país y, por su experiencia de cómo combatieron el virus en Wuhan, opinan que todavía hay demasiado movimiento de personas en las calles. Esto confirma lo que hemos estado diciendo desde que estalló este nuevo virus: toda producción no esencial debe ser detenida.

Italia podría haber estado totalmente cerrada, con el resto de Europa enviando recursos materiales y humanos para combatir la propagación inicial del virus. Al hacerlo, el período de bloqueo podría haber sido más corto y más efectivo. En cambio, teníamos a cada Estado miembro de la Unión Europea actuando de diferentes maneras y a diferentes velocidades.

El resultado de todo esto es que el virus se propagó mucho más rápidamente en Italia y ha sido un factor importante que contribuyó a la propagación en toda Europa. Ahora, toda Europa se enfrenta a la situación en la que se encuentra Italia, y la emergencia es mucho peor de lo necesario.

Esto expone a la Unión Europea como lo que es, un organismo que defiende solo los intereses de las grandes corporaciones capitalistas. Cuando se trata de imponer medidas de austeridad en países como Grecia o Italia, encuentran la voluntad y los medios para hacerlo. Pero cuando se trata de salvar la vida de millones de personas, demuestra no solo ser inútil, sino que en realidad es un factor que agrava la situación. Demuestra sin lugar a dudas que el capitalismo ha fracasado.

Algunos analistas burgueses serios se están dando cuenta de que su sistema está condenado. Un ejemplo es lo que la revista The Australian publicó recientemente: «Macquarie Wealth Management, el brazo bursátil del corazón palpitante del capitalismo australiano, Macquarie Group, advirtió que ‘el capitalismo convencional está muriendo’ y el mundo se dirige a ‘algo que estará más cerca de una versión del comunismo’».

¡Cuán ciertas suenan esas palabras! Lo que se requiere es un esfuerzo global para combatir el peligro al que se enfrenta la humanidad hoy. Eso no puede lograrse cuando lo que determina todo es la búsqueda de ganancias para un puñado de capitalistas que poseen los medios de producción. Lo que se requiere es producción para atender las necesidades sociales.

Muchas personas ahora comienzan a darse cuenta de que la llamada economía de mercado es completamente inadecuada para satisfacer las necesidades de la crisis actual. También se dan cuenta de que la cuestión de un plan internacional de producción es absolutamente incontestable. La cuestión del socialismo ya no se puede negar. Por supuesto, cuando decimos socialismo, no nos referimos a la caricatura totalitaria y burocrática que existía en la Unión Soviética o la China maoísta. El socialismo genuino es democrático, o no es nada. El verdadero socialismo solo puede lograrse bajo un régimen de democracia obrera, con una economía nacionalizada y planificada bajo el control y la gestión directos de los trabajadores.

Esto es por lo que lucha la Corriente Marxista Internacional en todos los países donde tiene presencia. Os invitamos a todos a que os unáis a nosotros en este esfuerzo para proporcionar a la clase trabajadora mundial y a la juventud las políticas y el programa que se requieren para sacar a la humanidad del atolladero al que el capitalismo nos ha arrastrado. La alternativa si no, es que la sociedad se hunda en las profundidades de la barbarie a una escala mucho mayor que la que vimos en la década de 1930 ¡Únete a nosotros en esta lucha!

Londres, 20 de marzo de 2020