Setenta y cinco años después de la liberación de Auschwitz

por Cristoph Vandreier

Cuando las unidades del Sexagésimo Ejército del Primer Frente Ucraniano del Ejército Ruso liberaron el campo de concentración y exterminio en Auschwitz hace exactamente 75 años, se encontraron con evidencia de los crímenes más horrendos en la historia humana. “Había seres humanos o más bien esqueletos acostados en los catres con apenas una capa de piel y miradas distantes”, recordó un soldado del Ejército Rojo. Aproximadamente 8.000 prisioneros al borde de la muerte eran los que quedaban del más de millón de personas asesinadas en Auschwitz en menos de cinco años.

La entrada de Auschwitz

En los días previos, la SS evacuó el campo, obligando a 60.000 prisioneros a marchar hacia occidente a sus muertes o ejecutándolos inmediatamente. Dejaron atrás 837.000 vestidos, 370.000 trajes, 44.000 pares de zapatos y siete toneladas de cabello que vinieron de aproximadamente 140.000 personas y contenían rastros del gas venenoso Zyclon B.

Auschwitz se encontraba en el corazón de la maquinaria industrial de asesinatos masivos que se expandía por todo el continente. Los judíos, sinti, oponentes políticos del régimen nazi y otros fueron deportados al campo de exterminio desde todo rincón de la Europa ocupada. Muchos fueron internados en otros campos de concentración en los Estados bálticos, Polonia, Holanda, Francia y Austria. Un total de 6 millones de judíos fueron asesinados en el Holocausto.

En la mayoría de los campos, los internos fueron exterminados por medio de trabajo forzoso, malnutrición y abuso severo. El sistema de campos de concentración estaba estrechamente vinculado con las grandes empresas. Docenas de compañías construyeron fábricas alrededor del campo de Auschwitz para explotar el trabajo forzado. La enorme corporación IG Farben, un conglomerado de importantes empresas como Bayer, BASF, Höchst incluso administró su propio campo de concentración, Auschwitz III, donde permanecieron internadas 11.000 personas.

El prejuicio latente de siglos de antigüedad y las agresiones contra el pueblo judío se combinaron con el odio de Hitler hacia el movimiento obrero organizado y el socialismo para movilizar y politizar el enardecido antisemitismo sobre el cual se basó Auschwitz. Como escribió el socialdemócrata Konrad Heiden en su biografía de Hitler, publicada en 1936, “El movimiento obrero no repelía a Hitler por estar encabezado por judíos, sino que los judíos repelían a Hitler porque lideraban el movimiento obrero”. La clase gobernante llevó a Hitler al poder para destruir todo el movimiento obrero. El antisemitismo era un arma para este fin.

La destrucción de los socialdemócratas, el Partido Comunista y los sindicatos fue la condición para lanzar la Segunda Guerra Mundial y poner en marcha la persecución de los judíos. “El colapso del movimiento socialista alemán abrió paso a la destrucción de los judíos europeos”, insistió David North en su libro The Unfinished Twentieth Century (El siglo veintiuno inacabado).

Sin embargo, solo fue gracias al estallido de la Segunda Guerra Mundial que se emprendió el asesinato de los judíos de Europa. El exterminio de los judíos se combinó con una guerra de aniquilación contra la Unión Soviética que reclamo 27 millones de vidas y tenía el objetivo desde el principio de eliminar físicamente a toda la élite política e intelectual, el “judeobolchevismo” en palabras de Hitler, y garantizar la hegemonía alemana por siglos.

“El carácter barbárico del imperialismo, la etapa superior del capitalismo, halló su expresión más acabada en su campaña militar de aniquilación”, escribió el Sozialistische Glechheitspartei (Partido Socialista por la Igualdad) en su documento de Bases históricas.

Las imágenes de este horrendo crimen del capitalismo están profundamente gravadas en la consciencia popular y serán recordadas hasta el fin de la humanidad. “¡Fascismo, nunca más!” es una consigna fervientemente apoyada por la gran mayoría de la población frente al resurgimiento de la extrema derecha.

Incluso el presidente alemán Frank-Walter Steinmeier se vio obligado a advertir en su discurso en el memorial Shoah en Yad Vashem sobre el retorno de concepciones antisemitas y nacionalistas- volkish y autoritarias. “No podemos decir que los alemanes hemos aprendido de la historia cuando solo fue una pesada puerta de madera lo que previno que un extremista de derecha llevara a cabo una masacre en una sinagoga en Halle el día de Yom Kipur”, declaró.

El peligro presentado por el fascismo es indudablemente mayor hoy día que en cualquier otro momento desde la capitulación incondicional al Tercer Reich. Alternativa para Alemania (AfD, siglas en alemán) es el primer partido de extrema derecha representado en el Parlamento, con más de 90 escaños. Las redes terroristas de derecha amenazan y asesina a oponentes políticas, mientras que las pandillas neonazis llevan a cabo ataques contra refugiados.

No obstante, las advertencias sobre la amenaza del fascismo hechas por Steinmeier y otros representantes de la clase gobernante suenan huecas. En años recientes, han acogido cada vez más la agitación y políticas de la AfD, creando el clima ideológico y las condiciones políticas que han facilitado su surgimiento. El jefe de Estado ha desempeñado un papel clave en este proceso. Poco después del éxito electoral de la AfD en la elección federal de 2017, declaró que se deben derribar “los muros de irreconciliabilidad” alrededor del partido ultraderechista y se debe desarrollar el “patriotismo alemán”.

Poco después, Steinmeier se reunió con los líderes parlamentarios de la AfD, Alexander Gaulland y Alice Weidel, para consultar sobre la formación de un nuevo Gobierno. La Gran Coalición luego fue investido en marzo de 2018, elevando a la AfD como la oposición oficial. Los otros partidos dejaron vacantes las conducciones de varios comités parlamentarios importantes para que la AfD los tomara, y han colaborado estrechamente con los extremistas de derecha desde entonces.

Toda la élite gobernante está participando en la trivialización de estos crímenes de los nazis y la lucha contra el antifascismo. En su discurso durante el 80 aniversario del estallido de la Segunda Guerra Mundial, Steinmeier no dijo nada sobre el exterminio cd los judíos. Esta fue una concesión y señal para AfD,ques describe a los nazis como “cuitas en más de mil años de gloriosa historia alemana”. Cuando los estudiantes protestaron en octubre pasado que el fundador de la AfD, Berndt Lucke, pudiera retomar su puesto de profesor, Steinmeier los acusó de “prohibir agresivamente un debate”, alegando que “no es aceptable”.

El profesor Jörg Baberowski ha asumido un rol crucial en la relativización de los peores crímenes de la historia humana contando con el respaldo del Gobierno alemán y su defensa por gran parte de la prensa ante cualquier crítica. El profesor de historia de Europa del Este en la Universidad de Humboldt en Berlín le dijo a la revista Der Spiegel en febrero de 2014 que apoyaba la rehabilitación del entonces fallecido Ernst Nolte, un antisemita y apologista nazi. “Nolte sufrió una injusticia. Históricamente hablando, él tenía razón”, dijo Baberowski, añadiendo como explicación: “Hitler no era un psicópata, no era cruel. No quería hablar sobre la exterminación de los judíos en su mesa”.

Ningún académico ni medio de comunicación alzo la voz en protesta ante esta minimización impactante de los crímenes de los nazis en la revista noticiosa más leída del país. Por el contrario, los Jóvenes y Estudiantes por la Igualdad Social y el Sozialistische Gleichheitspartei fueron denunciados por la prensa cuando criticaron a Baberowski en reuniones públicas y por medio de volantes. La administración universitaria insiste hasta hoy día en que Baberowski no es un extremista de derecha y que los “ataques en los medios” en su contra son “inaceptables”.Baberowski en el Daily Stormer

Envalentonado por el respaldo de la élite política, Baberowski ha ido más lejos. Le dijo al Frankfurter Allgemeine Zeitun hace pocos días que Hitler no quiso saber nada sobre el mayor crimen de la historia humana. “Stalin se deleitaba en la crueldad, mientras Hitler no lo hacía. No quería escuchar nada sobre Auschwitz, lo que hace que la cuestión sea aún peor”, escribió el periódico parafraseando los comentarios de Baberowski.

La afirmación de que Hitler no quería saber nada sobre Auschwitz es una forma bien conocida de la extrema derecha para negar que “el asesinato de los judíos europeos fue el resultado de una política perseguida sistemáticamente y que esta política fue perseguida por la máxima autoridad del ‘Tercer Reich’, Adolf Hitler”, según el biógrafo de Hitler, Peter Longerich, en referencia a su reporta contra el británico David Irving, quien niega el Holocausto.

Setenta y cinco años tras la liberación de Auschwitz, tal mugre derechista está apareciendo en uno de los diarios de mayor circulación de Alemania. Y no solo eso. La Fundación de Memoriales de Sajonia ha invitado a Baberowski para que pronuncie el principal discurso en su conmemoración del 75 aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, junto con la ministra alemana de Defensa, Annegret Kramp-Karrenbauer.

Según la fundación, el evento no solo conmemorará a las víctimas de la Segunda Guerra Mundial, sino también a las víctimas de las dictaduras de Europa del Este que “fueron acompañadas de sufrimiento y persecución nuevamente”. El plan es que la lectura de testimonios directos por parte de prisioneros del campo especial de internamiento soviético en Torgau, donde miles de nazis y criminales de guerra fueron encarcelados después de la guerra.

El propósito de este revisionismo histórico en los niveles más altos del Gobierno y por sectores amplios de la prensa es hacer que las posturas de extrema derecha sean social y políticamente aceptables nuevamente. Ante la peor crisis capitalista desde los años treinta, la élite gobernante está retomando una política de ataques viciosos contra la clase obrera en casa y de militarismo en el exterior.

Es imposible implementar la destrucción de miles de empleos en la industria automotriz, la ocupación neocolonial de África ni el rearme para una tercera guerra mundial a través de medios democráticos. Como ocurrió hace 90 años, la clase gobernante está girando hacia formas autoritarias y fascistas de gobierno. El propio Baberowski declaró en 2014 que la guerra contra el terrorismo solo se podía ganar si uno estaba preparado para “tomar rehenes, quemar pueblos, colgar a personas y difundir miedo y terror”. Este es el lenguaje de los nazis y sus guerras de aniquilación.

Este proceso no está para nada limitado a Alemania. Aplica para las élites gobernantes de todos los países. El presidente francés, Emmanuel Macron, aclama al dictador fascista Philippe Pétain y despliega el ejército contra los manifestantes de chalecos amarillos. En sus políticas xenofóbicas y nacionalistas, el primer ministro británico Boris Johnson ha dependido del apoyo del partido ultraderechista Britain First, mientras que Trump en EE. UU. busca movilizar una base fascista para llevar a cabo un programa vasto de rearme y preparativos criminales para la guerra.

Estas políticas no cuentan con apoyo alguno en la gran mayoría de la población. Por el contrario, están estallando férreas luchas de la clase obrera en todo el mundo según los trabajadores y jóvenes protestan contra la desigualdad social, el militarismo y la dictadura. No obstante, sin una dirección revolucionaria y un claro programa, estos movimientos no pueden ser exitosos, dándole a la burguesía la oportunidad para imponer sus políticas de fascismo y guerra nuevamente. Para prevenir una recaída a la barbarie capitalista, la tarea decisiva es la construcción del Comité Internacional de la Cuarta Internacional, el partido mundial de la revolución socialista.

(Tomado de WSWS)