Raymond Depardon

Cuento de Juan García Brun: "La hora de las armas"

“Quien quiera que seas, nace de mis huesos, oh vengador mío” Eneida, Virgilio

“Ante la noticia de la muerte de Aníbal, Escipión tuvo un presagio: no le iba a sobrevivir demasiado tiempo. El cartaginés no había sido un amigo, sino el mayor y más noble de sus enemigos, y sus vidas se habían entrecruzado en incontables ocasiones, ligadas siempre por el filo doble del destino, como si la existencia de uno fuese motivo y justificación de la del otro”. G. Brizzi, Escipión y Aníbal (2007) 

1.- FUGIT IRREPARABILI TEMPUS

Juan tenía pensado escribir varias historias. Para eso había arrendado una casa en la montaña, cerca de Granizo, Olmué. La primera era una historia sobre una academia de baile, en la que se enseñaba a bailar como Mick Jagger; la segunda, una historia de hermanos perdidos en un planeta de erizos; la tercera, era Hitler como vocalista de Radiohead, un sueño complicado si consideraba que no conocía nada de Radiohead (lo estimaba un grupo para mujeres) y de Hitler, sus nociones no pasaban de los lugares comunes.

La primera semana había comenzado a despertar con pequeñas quemaduras en las manos. Luego fueron pasos en el techo y la llegada de objetos a la puerta de su casa. Luego el movimiento de esos mismos dentro de la casa. Todas las cosas formaban parte del campo conceptual del fuego y de las lecturas de guerra.

Desde su escritorio se podía ver una pequeña y profunda piscina celeste y al fondo el bosque de abedules. Luego, las rocas enormes de la montaña y mucho más arriba, la nieve. Más allá, Argentina.

 Ese día se preguntó cómo ordenar las ideas. Cómo estructurar un relato misterioso que uniera la perplejidad y la magia, la historia del dolor y la hombría, el amor de esa mujer y el lento despertar de las mañanas en el campo. La memoria del mar y las velas hinchadas por un viento que no sabes por qué está ahí.

Se preparó un desayuno con nueces y frutas, luego cebó unos mates y cuando tuvo claro que era muy difícil que pudiese escribir sobre algo, tomó un chaquetón de lana y salió con su perro a recorrer la zona. Con un palo en la mano y el perro. La idea de Hitler, más bien de la guerra, se apoderó de su proyecto, el sustrato iconográfico del Tercer Reich, luego de más de 70 años de cine y seriales, hacía del proyecto algo infalible.

Interiormente, nunca lo deslizó siquiera en broma, le parecía fantástico el proyecto nazi. Le parecía increíble la precariedad ideológica nacionalsocialista, el romanticismo delirante y el narcisismo pueblerino que pasó a hacerse del poder en uno de los países de mayor cultura y civilización, sin cuyo aporte, desde el renacimiento, la historia mundial no sería la misma.

Esto en la superficie. Pero en el fondo disfrutaba la perspectiva insondable que otorgaba la barbarie, si tuviera de ubicarse en un lugar y época ideales, le gustaba el frente ruso, en invierno de 1942, cuando lo verdaderamente épico estaba por venir: los campos de concentración, la batalla de Stalingrado, la solución final, Normandía y hasta la guerra en el Pacífico Sur, Pearl Harbour, los tokotai, en fin.

La guerra como proceso era algo inabarcable y de dimensiones claramente desmesuradas. Tenía que empezar por algo específico, en un momento pensó en narrar la relación entre Cósima Wagner y el Nietzsche de los últimos años. Pensó en Mengele y su mujer, la hija de Nietzsche, en el Paraguay menonita y en una historia como “Testigo en Peligro”. Ese planteamiento le pareció espléndido, porque la narración podría tener como punto de partida el extravío de dos hermanos en el Chaco paraguayo, quienes investigaban la mutación de dos especies: el delfín rosado del amazonas y una especie de erizos de río cuyas sabrosas lenguas tendrían propiedades alucinógenas.

Con este planteamiento, lo que Juan quería demostrar era que se podía hacer literatura de verdad, sin recurrir al criollismo, ni al realismo mágico ni a las penosas tensiones existenciales de la burguesía arruinada de Santiago.

Se podía –se puede, pensó- hacer literatura real, una que pudiese dialogar con los grandes hitos del hombre, con los arquetipos y las profundas pulsiones humanas, con la lucha de clases. A esta concepción Juan gustaba llamarla, en sordina, para sí mismo, “poesía militar”. “Poesía” porque no hay creación abstracta, más pura que la poesía, “militar” porque el acto bélico es la sublime confluencia de la libido y el tánatos, el ladrillo del que está hecha la guerra civil que subyace a la sociedad contemporánea, cuyas praderas acaricia el soplo de Caín, prefigurando en el horizonte el mensaje que desde el futuro nos envían los que vuelven a proclamar el triunfo de la voluntad sobre la víbora de la fatalidad.

Desde esta visión, los dos millones de muertos que dejó la batalla de Stalingrado son sólo el purgatorio, el hades que precede al tártaro de la Batalla de Berlín. Sólo aquí se verifican, magníficamente, las concepciones de la poesía militar.

Pero Juan seguía subiendo el cerro La Campana y a la distancia se insinuaba el resplandor del Puerto. Los coirones, las piedras rayadas con carbón de espino le hacían a Juan reencontrar un entorno salvaje que lo llevaba al año 43. A esas alturas los nazis habían perdido la guerra porque no habían sido capaces de vencer en la Batalla de Gran Bretaña. La Operación Barba Roja fue un acto desesperado, perpetrado en un delirio mesiánico. Si la Wehrmacht hubiese tenido una conducción mínimamente técnica, otro hubiese sido el destino de la guerra. No se podía esperar otra cosa de un sargento como Hitler, un heroinómano Goering, un licenciado en literatura  como Goebbels y un técnico agrícola como Himmler.

Después sintió risa, porque él también era un Licenciado en Literatura. Un muchacho del Gómez Millas, de Grecia y Macul. Un lector discreto, un alumno regular y un escritor de moderado éxito a nivel de concursos. Lo que se le presentaba ahora, con esta beca, eran dos años de libertad para crear. Dos años para saltar el cerco, la marca penosa de la narrativa chilena. ¿Se podía hablar de “narrativa chilena” si sólo existía Manuel Rojas?. Bueno, lo que tenía que hacer Juan, parafraseando a Hitler, era invadir Polonia, pero para eso necesitaba una excusa, una historia concreta que le permitiese servir de puente.

Sintió más risa aún en la subida del cerro y decidió volver a la casa. Bajó corriendo y su perro, “Peritas”,  se le adelantó y lo esperó en el portón, inquieto. Descontando la subida, que les habría tomado unas dos horas, desde la base del cerro hasta la puerta de su casa, serían unas cinco cuadras.

Cuando llegó a la casa, el perro le mostró un pequeño paquete que habían dejado. Era una caja de madera con un disco DVD en su interior, y una tarjeta blanca con una frase manuscrita en tinta negra: “para que lo veas, te va a interesar”. Instintivamente miró alrededor, la calle vacía, el sol del mediodía que apenas entibiaba, el cerco de la casa del frente y un contendor de basura de color verde. Se detuvo en los árboles del fondo, miró hacia allá fijamente, de manera desafiante, porque quería comunicar que no tenía miedo y que sabía quién estaba detrás de este envío.

Pero la verdad era otra: no tenía televisor, su computador no tenía lector de discos y no tenía presupuestado hacerse de un equipamiento para ver una grabación anónima, que lo más probable era una broma, era publicidad o era un error, o –peor aún- la cajita era de otra persona y Peritas la había tomado. Entonces se dio cuenta que en el antejardín de la casa había un pozo, tapado con una tapa de madera pintada de verde. Tomó la caja y entró, ya tenía una idea para partir.

Al entrar a la casa miró en todas las habitaciones, revisó si había alguien. Tomó una linterna y buscó en el pozo. En el fondo unos 15 metros, tapado por hojas había una tapa metálica enrejada que le recordó al hombre de la máscara de hierro. Olvidó el asunto y se sentó en el sillón de la sala a escribir.

Se había asustado con lo del DVD, lo del pozo y empezó a juntar todo lo que le había pasado desde que había llegado a esa casa. Los pasos sobre el techo en la madrugada, el llanto de Peritas sin aparente causa, los objetos aparecidos en el patio, las sillas que cambian de lugar. Todas esas cosas debían tener algún origen, el “debían” las transformaba en un conjunto, en una operación psicológica.

Pero Juan aún seguía con lo de la Batalla de Berlín, la conducta del Alto Mando nazi fue la de impedir la rendición y replicar la política de tierra quemada de los rusos, esto implicaba la completa destrucción de la ciudad. Resultaba una paradoja que quienes se hicieran fuertes proclamando la necesidad de acabar con los bolcheviques y la URSS, hubiesen terminado propiciando la completa destrucción de Berlín a manos de las hordas de Stalin.

Para el Ejército Rojo, la inminencia de la victoria le permitía encontrar una utilidad a la tragedia vivida, pensaban en el uranio, no en los 20 millones de muertos, no en la llanura de Polonia, pensaban en el uranio, para ganar de la carrera nuclear y exorcizar la amenaza norteamericana. Stalin sabía que el uranio estaba en Berlín y engañó a Churchill y Roosvelt con que no atacaría aún a Berlín, para anticipárseles.

Por el contrario, el pensamiento mágico alemán estaba condicionado por la conciencia de los atroces crímenes perpetrados en tierra soviética. El avance del Ejército Rojo se les presentaba como una hoguera infernal, manadas y manadas de subhumanos bestiales destruyendo todo a su paso. La cúspide de este razonamiento lo encontramos en un texto de Hitler, en respuesta a Speer que se negaba a destruir los puentes berlineses porque eso implicaría la muerte del pueblo alemán: «Si se pierde la guerra, el pueblo también estará perdido (y) no será necesario preocuparse por sus necesidades de supervivencia elemental. Por el contrario, es mejor que destruyamos incluso estas cosas, puesto que la nación ha demostrado ser débil, y el futuro pertenece por entero al poderoso pueblo del este. Los que, de cualquier manera, sobrevivirán a la batalla van a ser los incapaces, porque los mejores estarán muertos”.

Juan pensaba en la frase “el futuro pertenece por entero al poderoso pueblo del este”, Hitler no se anima a mencionar a los soviéticos, pero su elipsis lo obliga a construir una metáfora que materializa el temor reverencial que los hace aún más grandiosos, a lo que en otros momentos llamaran el fuego de levante. Pero lo verdaderamente fabuloso de esa frase en que indica que “el futuro (les) pertenece por entero”, el futuro es un objeto lo que es una nueva metáfora, el futuro no como destino, sino como sinónimo de vida y victoria. Todo este concepto cuelga de una soga: “los mejores estarán muertos”.

El personaje a construir sería un soldado destacado en el Volkssturm, Klaus När. Un noruego, como lo fueron los últimos que cayeron defendiendo el bunker, un guerrero normando de la Nordland, un SS sagrado, un emisario de modales arcaicos y semianalfabeto. Juan vio su obra resplandeciendo.

Un impulso fogoso impulsó a Juan a escribir, como poseído, más de 30 carillas narrando los orígenes de Klaus, su familia, sus amores frustrados, sus concepciones religiosas, su miedo a los extranjeros. Llegó a Berlín los últimos días de marzo del 45, un superior, Ambjorg Asgard le ordenó organizar las últimas fuerzas de resistencia a la invasión bolchevique. El batallón tendría el nombre de Volksturm (Tormenta Nacional) y estaba integrado sólo por niños de 6 hasta 14 años,  ancianos mayores de 60 y mujeres de cualquier edad. Todos eran considerados hombres. A los niños los mandaba con bicicletas equipadas con lanzagranadas. La última ceremonia de Hitler consistió en otorgar medallas al mérito a un grupo de niños de ese batallón.

La historia marchaba bien, pero requería oxigenarse, hilvanarse con algo íntimo que descomprimiera la tensión brutal de los hechos. Pensó en la relación de Klaus con una mujer belga, una flamenca, Renate Van Vyjck. Pensaba en eso y se recostó en el sillón, se arrellanó con unas mantas, se tapó hasta la cabeza y miró a Peritas que dormía bajo los abedules del fondo del patio. Había calor todavía afuera, pero al interior de la casa había un frío intenso. Sintió crujir las maderas de la casa y las sombras lentamente apoderarse de su sueño. Se durmió.

Al despertar Juan se sintió paralizado, duro, sin posibilidad alguna de incorporarse. Peritas dormía a su lado, entonces la aterradora pregunta automática, ¿cómo entró? Y si esa persona abrió la puerta, por qué Peritas -un mastín de 80 kg- no hizo nada. ¿Ni siquiera ladró?. La casa estaba totalmente desordenada, los muebles en el suelo, en el dormitorio toda la ropa diseminada en el piso, igual que los libros, las revistas, los diarios. En la cocina lo mismo, todo en el suelo pero nada quebrado. Las verduras, el arroz, las arvejas, todo en el suelo. Lo único sin tocar era el refrigerador.

Sintió miedo, pero un miedo opaco, inespecífico. Como si eso fuese más bien una molestia, algo inevitable. Entró al comedor y ahí, sobre la mesa un televisor de 20” un reproductor de DVD, todo conectado y listo para ser usado. El símbolo de Sony rebotando en la pantalla al ritmo de su corazón, el control remoto listo para ver la película.

Aterrado, pensó en llamar a los Carabineros, le habían dado un teléfono de emergencias. Pero le pareció que no tenía sentido, salió al patio, todo se veía en orden a excepción de su camioneta que estaba con el capó abierto y los cables de distribución cortados. Juan se sentó sobre una piedra y miró el entorno atentamente, no se escuchaba nada ni nadie, ni un mínimo motor a la distancia, ni un solo ladrido, ni un búho, nada. Ni una luz, sólo las del camino troncal, que parecían temblar.

Peritas se sentó a su lado y parecía somnoliento. Todo era inexplicable.  Miró sus manos y las vio manchadas y con pequeñas heridas y quemaduras. Miró sus manos y pensó en las enormes y blancas manos de Klaus När, las manos de un hombre de campo dispuesto, entero y erguido para la que sabe va a ser su batalla final.

Juan pensó en María, en la última vez que hablaron en una plaza de Santa Cruz. Él quería saber si había alguna posibilidad de reintentarlo, había un calor terrible, tenía sueño, pidieron dos chacareros y dos cervezas. Ella le dijo que no y se sintió liberado y profundamente triste. La melena rubia de María y sus manos largas y su voz que en otros tiempos fue su música más preciada. María estaba tan lejos ahora, pensó en llamarla e inmediatamente reparó en lo absurdo de la situación: eran las diez de la noche de un sábado y hace más de diez años que no hablaba con ella, sólo sabía que estaba casada y con tres hijos. Que vivía en Punta Arenas, ni el número de celular sería el mismo.

A esas alturas lo único que tendría sentido sería ver ese DVD. Antes, sacó unos cigarros y fumó tratando de ordenar las ideas. Su narración iba  bien, När había logrado dar espíritu de combate a la Volkssturm, caería con sus hombres y su caída no sólo sería un castigo moral a los bárbaros, sería además un ejercicio visual. La sangre de los niños refrescando la tierra del Reich, la sangre anciana, la de las mujeres, de las bellas mujeres alemanas. Dios quiso a Klaus en ese lugar, sólo Dios lo quiso.

Pero no alcanzaba con la voluntad de Dios, en su propia vida, Juan sabía que no alcanzaba con la voluntad de Dios. Precisamente porque sus caminos son inescrutables y carece de todo sentido atribuir a los hechos la voluntad de un Dios que no se da a entender de ninguna forma. No Dios, pero alguien con el suficiente poder para distraer a Peritas, entrar en su casa a desordenarlo todo e imponerme ver su película, invadirle en busca de algo que sabe que tiene, pero que no es consciente de él.

Juan aplastó el cigarro en el suelo y entró a la casa, entró al comedor y prendió el equipo para ver la película. Primero los números en cuenta regresiva, luego su casa vista desde la calle, filmada por alguien que camina lentamente oculto entre los arbustos. Se abre el portón, Peritas intenta ladrar y huye, la cámara se acerca a la camioneta, revisa los asientos, vuelve sobre la casa y aparece Juan sentado frente al computador, tomándose la nuca con ambas manos, con los pies sobre la mesa. Un corte en negro. Ahora la casa de Juan, todo en orden. La sala, el comedor, la cocina, el baño, todo a oscuras, todo con el mínimo ruido de los pasos, finalmente el dormitorio y Juan, dormido de cúbito dorsal, la mano izquierda colgando. Un corte en negro. La cámara fija sobre una mesa, es de día, afuera se puede ver a Juan hablando por teléfono y agitando las manos, caminando alrededor de la piscina, Peritas mira en dirección a la cámara.

La grabación duraba varias horas y no era posible adelantarla. Cada vez que quiso hacerlo, debió conformarse con volver al inicio. Lo intentó varias veces y al volver a ver las imágenes, tenía la sensación de que algo en la grabación se modificaba, los colores, el sonido, a veces la sombra del camarógrafo. No reiteró este mecanismo, pero el sueño lo venció, una vez más.

Al despertar pudo ver que las imágenes volvían a mostrar lo mismo de siempre: Peritas, la casa, los muebles, a él mismo en su cama. Pero una toma, hacia el patio, abrió un nuevo flanco. Un grupo de hombres se veían ocultos entre los abedules del patio, vestían unas mantas y unos gorros de alta montaña, estaban armados. En las siguientes imágenes podía verse a él mismo hablando con los hombres.

En este punto pierdo el contacto con Juan y sólo puedo verlo desde el patio. La pantalla del televisor resplandecía y sus ojos parecían petrificados. Se escuchaban explosiones y gritos desgarradores, la grabación duró toda la noche. El Frente Bielorruso de Zhukov y el Ucraniano de Konev se desplegaban evitando las avenidas, lo que les obligaba a marchar demoliendo los edificios.

Al despertar, Juan ordenó sus papeles. Buscaba una sentencia, ahí comenzó a escribir la historia, se valió de Virgilio, “El tiempo huye de forma irreparable, como las nubes, como las naves, como las sombras”. La historia como dragones cruzando las pétreas pupilas dilatadas de Juan, los erizos en el amazonas, un hombre solo, a oscuras, bailando a los Rolling Stones, pensando en Bill Evans y Glenn Gould. 

Afuera, los ejércitos emprendían su retirada como en Ardenas, hasta que la culpabilidad del libertador emane de la culpabilidad del sobreviviente.

2.- El sueño de Minos

Gerardo tenía 37 años, era retrasado mental y vivía en Olmué. El verano del año 2017 encontró trabajo en una bomba de bencina adyacente a la calle Eluchans. Para fines de enero ya habría aprendido a preguntar el tipo de combustible, anunciar que el marcador estaba en cero y ofrecía limpiar los parabrisas. A la gente del lugar le dio mucha alegría que este muchacho se lograra incorporar para ayudar a su familia. Era un ejemplo de superación. Pero no a todos les parecía tan bien, los fines de semana los turistas tendían a molestarse por su tono lento y por su costumbre de acercar la nariz al vidrio, antes que bajaran la ventanilla.

Ese día don Sergio, su jefe, el administrador, lo miraba desde la oficina cada tanto para ver cómo hacía su trabajo. Era su primera semana y le había tocado atender a gente del lugar, era como una pequeña celebración, todo eran risas de sorpresa y felicitaciones.

Una camioneta negra y de vidrios polarizados, que no era del lugar, llegó a eso de la una de la tarde. Se detuvo junto a los expendedores, detuvo el motor y no bajó los vidrios. Gerardo, se acercó al vidrio del conductor, empinándose, tratando de ver hacia el interior diciendo “Bienvenido señor, ¿le lleno el estanque?”. No hubo respuesta, luego de largos segundos el vidrio baja y se escucha una voz grave, de un hombre calvo, canoso y de gafas: “lleno de diesel, está abierto, limpie los vidrios”. Gerardo sintió un intenso olor a perro desde el interior del vehículo, las uñas del conductor estaban sucias de una arcilla roja que creyó reconocer. La camioneta se fue, Gerardo recibió su propina pero quedó inquieto, algo no cuadraba.

Las conductas eróticas debieran ser consideradas antipartido. La confraternización por fuera de las filas de la orgánica, una especie de conspiración. En eso pensaba El Otro, parado en un peñón de la cumbre del cerro La Campana, imaginando el mar y sintiendo la nieve caer en un desorden y silencio caótico sobre pimientos, coirones y cactus. Era julio del año 2011, las calles se habían vuelto a encender. La semana pasada había recorrido toda la playa de Ritoque, un día nublado, blanco y negro, le pareció el mar del norte y él se sintió un normando extraviado. 

En esa caminata -pasó todo el día tomando café, tortillas de rescoldo y queso de cabra- tomó la decisión de dar con el laberinto del Ingeniero Briones, una extraña construcción subterránea y laberíntica que habría servido de arsenal al Ejército Libertador.  

Los archivos de Barros Arana y los estudios de Encina, aluden al Laberinto de Briones como si se hubiese tratado de una acción de contrainteligencia de los patriotas, una distracción. Lo concreto es que las fundiciones y arsenales de O`Higgins estaban en Olmué y formaban parte de la ruta sanmartiniana de Uspallata, Chacabuco y Maipú. El armamento de estas batallas decisivas provino de forma dominante de Argentina, eso es un hecho inconcuso. Pero las armas de O`Higgins simplemente no aparecieron, los registros económicos patriotas son claros el proyecto existió, pero el secreto parece habérselo llevado Briones a la tumba, quien murió destrozado por los hombres de San Bruno, sin revelar su secreto. Esto último también es un hecho cierto, lo que hicieron con Briones, es algo que El Otro leyó y prefirió olvidar. Lo borró de su mente.

La muerte de Briones fue tan ominosa que el propio O`Higgins se negó a darle trato de prisionero de guerra a San Bruno, luego de apresarlo en la Batalla de Chacabuco, calificándolo como “un monstruo de quien se desdeña la misma potencia a quien pertenezca y la tierra se avergüenza de estar bajo sus pies». San Bruno fue ahorcado, cinco días después de la Batalla de Maipú, en la Plaza de Armas de Santiago y su ejecución se transformó en una fiesta popular.

Pero, a pesar de todo, Briones se llevó su secreto al otro mundo. El Otro siguió la ruta de ese arsenal, todas las pistas conducían al laberinto. Su construcción habría estado a manos del Ingeniero quien ejecutó la obra con un una cuadrilla de Huarpes, gentiles, fuertes y silenciosos, traídos especialmente de Cuyo. Los indios, concluida la obra se volvieron caminando, su jefe se llamaba Juan Lucero. No hay más registro de ellos, Briones armó un campamento en los faldeos del cerro La Campana, hoy Granizo y trabajaron –es posible- a partir de noviembre de 1816.

Impulsado por la voluntad de develar este misterio, El Otro desarrolló un programa informático, que bautizó como Huarpe, que le permitió reconstruir en tercera dimensión la ruta del Ejército Libertador, especialmente del conjunto de la ofensiva militar que culminó en la Batalla de Maipú el 5 de abril de 1818. Incorporó información climática, geográfica, demográfica, los registros de Hacienda de la fundación de la República. Todas las fechas y lugares contenidos –tomó como base a Barros Arana y registros de la Iglesia, creo haber dicho- los que fueron contextualizados y ubicados en un entorno tridimensional. Le tomó tres años, su familia, el partido y su trabajo, desarrollar este programa.

El Otro fue internado en un hospital psiquiátrico. Fue denunciado por abusos sexuales infantiles y por delitos informáticos. El Partido Comunista, organización en la que militaba desde los 11 años y en la que llegó a integrar un secretariado regional, lo expulsó de forma ignominiosa. Todo  quien conoció a El Otro, alzó la voz en su contra. Hasta su club de ajedrez, retiró sus fotografías y trofeos de la vitrina de honor y procedió a borrarlo de sus registros históricos.

Una mañana, El Otro desapreció del psiquiátrico en el que estaba internado a la espera de afrontar las acciones judiciales. Su compañero de habitación les dijo a los celadores que El Otro había abierto la ventana (estaban en un 8º piso) y se había  ido volando. Nunca más se supo de él.

El Otro se refugió en el Laberinto de Briones, el que había descubierto poco antes que estallaran las denuncias en su contra. La entrada estaba en el pozo de las ruinas de una antigua capilla de Granizo. 

El lugar apareció en un sueño, luego de una brutal jornada de estudio en que El Otro hizo un completo levantamiento de las vías de comunicación en la zona. El punto era la intersección de la proyección de dos vías, inexplicablemente interrumpidas del Camino del Inca. Los diseños viales de Pachacutec, minuciosamente explicados en las crónicas de Juan de Betanzos, observaban una estricta armonía geométrica y en este valle el Capac Ñan, en un punto que el camino se bifurcaba hacia el Cuyo por el este y hacia el Maule, por el sur, en esta intersección, el camino simplemente desaparecía para retomar su curso en un radio de unos diez kilómetros.

Siempre se pensó que la vía había sido destruida en alguna revuelta contra los españoles. Reconstruir la historia de una época prácticamente sin documentos escritos, en que el analfabetismo era la regla general, obligaba al estudioso a buscar registros de la época en canciones, décimas, bandos de la autoridad y principalmente en la reconstrucción visual del período, para lo cual la definición de los sistemas viales era fundamental. El Otro hizo esa tarea, no sólo conceptualmente, materialmente recorrió esos caminos y sólo así pudo representarse la percepción que los hombres tenían de esa parte del mundo. Este ejercicio lo llevó a una conclusión asombrosa: el laberinto había sido descubierto por Briones, en ningún caso construido. Si Briones hubiese querido construirlo, le habría bastado con traer un grupo de negros del Río de la Plata, famosos por su gran capacidad de trabajo, pero no hizo eso. Briones prefirió encargar un preciso grupo de huarpes, un pueblo que tenía buenas relaciones con los españoles. ¿Por qué ese riesgo?, la respuesta le pareció evidente, Briones no necesitaba fuerza de trabajo, necesitaba inteligencia, conocimiento profundo de la tierra, de las aguas y del subsuelo. Para eso no servía un africano cimarrero, por eso pidió que le trajeran a Juan Lucero, el mejor buscador de napas y diseñador de sistemas de riego que quedaba vivo.

El Otro se durmió en su escritorio, esa vez se durmió trabajando y soñó con que estaba parado en un puente negro de Praga. A su lado una mujer delgada que portaba su mismo uniforme, le hablaba en checo. Nevaba, penosamente, nevaba. Primero creyó que era un cello sonando al interior de una iglesia, luego corrigió su percepción, la vibración provenía del cielo, de más arriba de la nieve, donde la luna iluminaba una cuadrilla de Messerschmitt regresando del Frente Oriental. La mujer parecía ignorarlo y seguía hablando, El Otro reconoció la palabra Lídice. Entonces vio el camino y sus laberintos.

El Otro llegó en tren a Limache y luego a Granizo en una micro. Llegó de noche, varias veces tuvo que cambiar de camino ante la sola presencia de la policía. Inició su propia  clandestinidad con la diferencia que ahora el mundo quien lo perseguía. Pasó por una quebrada y llegó a la capilla –los lugareños llaman al lugar “la Misión”- se internó en el laberinto a esas horas de la noche y era todo una oscuridad intensa.

 La primera parte, en la entrada de la construcción, eran arbustos, piedras, murciélagos, posas, luego un banco de ripio. Cualquiera se hubiese detenido, era imposible llegar ahí por accidente. Los obstáculos eran de tal intensidad que hacían irrazonable proseguir. Sentía animales moviéndose en la oscuridad, ratas, serpientes, que no logra distinguir. Finalmente traspasó el quicio del laberinto y cayó unos cuatro metros, con violencia, sobre piedra pulida lisa. Un túnel de altura indeterminada, unos tres metros de ancho, al lado izquierdo un curso de agua. El aire se respiraba seco y el eco indicaba una superficie de gran magnitud.

El Otro no supo cuánto caminó. Sobre una piedra se recostó, apoyando su cabeza en su chaqueta de mezclilla. Al despertar abrió los ojos en la más completa oscuridad, orientado por una briza que le llevaba el olor del campo. Siguió su camino, las paredes también eran de piedra y al metro de altura había algo parecido a un pasamanos, empezó a darse cuenta que la camino era curvo. Comenzó a contar los pasos, cada 200 pasos el camino se bifurcaba abriendo curvas opuestas, según fuera optando, las terminaciones de la construcción iban variando ásperas, lisas, algunas con aplicaciones de madera, otras con murales tallados.

Después de varias caminatas, de muchas horas recorriendo uno de los pasadizos le trajo un resplandor. Había luz al final, una luz amortiguada, pero luz al fin. Lo primero que hizo fue mirar su ropa y su cuerpo, todo intacto, el famélico de 1.94 mts lo había logrado. Mientras pensaba en esto llegó a un espacio central, una especie de ágora, un cuarto ovoidal con canales de luz proyectados desde tubos resplandecientes, el agua, que caía en un sistema de cascadas ayudaba a una mayor reflexión de la luz.

El Otro se mojó la cara, limpió sus lentes y dio un fuerte resoplido diciendo: “por fin llegué, madre mía”.

Después de eso pasó meses recorriendo el laberinto y haciendo uso de sus conexiones con el exterior. Los puntos de salida eran los pozos esparcidos por la zona, estos pozos eran muy anteriores a las casas y a nadie pareció importarle desde cuándo existían. Salía en las noches a buscar comida y se dio cuenta que los perros no le ladraban, al contrario, se retiraban asustados y silenciosos al verle. Comenzó a lavar su ropa y a sacar las cosas que necesitaba para su vida diaria. Tenía de todo menos libros.

Una noche entró a una casa y se dio cuenta que ahí estaba lo que necesitaba. Había una pequeña biblioteca muy bien equipada con textos históricos. La temática era el fascismo y la 2ª Guerra Mundial, había textos de Grossman, Keegan, Beevor, Fussell, de Serge, de Trotsky. En uno de Fussell, una pesada edición de tapas duras se leía destacado: “La ironía es la acompañante de la esperanza, y el combustible de la esperanza es la inocencia. Una de las razones por las que la Gran Guerra fue más irónica que otras guerras es que en sus comienzos fue más inocente: Nunca hubo tanta inocencia”. El Otro pensó “la guerra es una cuestión de agujeros y zanjas”.

El Otro se acostumbró a robar comida y a tomar libros, frazadas y otros objetos que comenzaron a hacer cálida y rutinaria su vida. Después de todo, de todo, había logrado alcanzar su sueño. Vivía desde hace meses, pero a él le parecían  ya décadas en el laberinto. En las noches se iluminaba con velas y dormía arrullado por el sonido del agua limpia de la montaña.

Con el tiempo empezó a identificar las casas, según sus necesidades. A buscar comida, lo hacía en la casa de un Carabinero jubilado de las Fuerzas Especiales. Ropa y artículos de aseo, donde una anciana que tenía dos hijos ciegos que pasaban los días peleando. Libros y revistas, donde un periodista o escritor que vivía solo en una cabaña de estilo alemán.

Empezó a fotografiar y a filmar. También a escribir, esto más que por vocación, lo hizo como un intento de editar el trabajo del escritor solitario. El escritor,  llegó a esa casa que estaba vacía, al parecer arrendaba. Lo curioso es que cuando él llegó, los dueños retiraron toda la decoración nazi del lugar, lo único que quedó como evidencia fueron unas svásticas talladas en las vigas del techo de la habitación principal y el símbolo de las SS en las rejas del portón que daba a la calle.

A El Otro le pareció extraño que retiraran las banderas, las cruces de malta, las imágenes de Hitler, la mayoría tomadas de la película “La Voluntad” o algo así, de Leni Riefstentall. Sin embargo, cuando el escritor llegó, éste trajo una buena cantidad de libros sobre el mismo tema. También se dio cuenta que la casa estaba llena de cámaras y micrófonos. Algo no cuadraba. Cada vez el escritor acumulaba mayor cantidad de textos sobre el Tercer Reich, pero al parecer alguien se los traía porque él no salía de la casa más que para recibir las mercaderías que encargaba en Olmué.

            Juan, así se llamaba el escritor, escribía poesía casi diariamente, lo hacía a mano e iba dejando esos textos en una bandeja de alambre. La temática de sus poemas era principalmente el amor y la guerra. En su computador tenía más diez partidas de un texto histórico, se llamaba “La Gran Guerra”. 

La primera versión era una edición crítica de “Adiós al Séptimo de Línea”, narrada desde la óptica de un inglés dueño de una salitrera. George Sullivan, el protagonista, es un irlandés que tiene preocupaciones religiosas y sociales, interesado en la promoción de actividades culturales con sus propios obreros. Sullivan, al informarse de la guerra declarada por Chile a Perú y Bolivia, viaja a Santiago a tratar de convencer a Aníbal Pinto de los inconvenientes de tal declaración.

La segunda, se centraba en la relación entre Aníbal, Aníbal Barca, y su padre Amílcar. Trata específicamente las experiencias religiosas que llevaron a bautizarlo con tal nombre, en él explica que etimológicamente Aníbal significa “protegido por Baal”, un dios cananeo que es el hijo del Dios supremo y que habitualmente es representado como un toro con o sin alas. Luego discurre sobre la satanización de este dios por parte de los hebreos, quienes lo consideraban una deidad pagana que reinaba en la tierra. Hay un salto narrativo, poco resuelto, que vincula la relación traumática con el padre a su renuncia a Roma y que esto lo habría resuelto después de la batalla de Cannas.

La tercera es una narración intimista, que comienza en Roma, recorrida por un joven socialista, Benito Mussolini. Aquí también pasa revista a la admiración de los padres de Mussolini por Benito Juárez. Vuelve sobre los nombres, explica que Mussolini se llamaba “Benito Amilcare” de ahí concluye que el padre, Alessandro Mussolini tenía una percepción cartaginesa de la cultura romana. También refiere que etimológicamente Mussolini, significaría “hocico pequeño” lo que no deja de ser paradójico.

Son varias más las historias, unas tratan de una guerra entre academias de baile, científicos perdidos en el Amazonas. Lo interesante, así lo percibió El Otro, es que las historias están entrelazadas, conforman un solo cuerpo, una sola idea que trata de salir y expresarse. El Otro, pensó en una frase que le escuchó hace mucho a un compañero de partido y que le impresionó vivamente: “todos hablamos acerca de lo que no tenemos”. Y es verdad, desde ese momento El Otro, se hizo más cauto y más observador, al escritor, a Juan le faltaba todo, absolutamente todo. Si la hipótesis es que hablamos acerca de lo que no tenemos, la vastedad delirante de las narraciones de Juan son una expresión gutural, desesperada de un hombre que no tiene nada. Nada sobre la tierra, nada que no sea su propio cráneo.

El Otro empezó a filmar las caminatas sonámbulas del escritor. Sus conversaciones con el vacío, con su perro Peritas, con los árboles. Inclusive con él mismo, hablaban de historia, de política de geografía, en fin, de lo que pueden hablar dos hombres de cierta cultura. Nada de autos, mujeres o fútbol. 

A veces Juan creía que hablaba con un perro y se sorprendía de su habilidad. La profunda y grave voz de El Otro, ayudaba al escritor a sosegarse. Hablaban de las historias, de los proyectos literarios, de su beca Guggenheim. Juan jamás le preguntó a El Otro quién era o de dónde venía, sólo contaba con él. Desayunaban juntos regularmente, a eso de las tres de la mañana. El Otro veía a Juan como a un hermano.

Un día llegó a la casa de Juan un DVD misterioso, alguien le llevó al escritor una grabación de larga duración y además un televisor y el equipo necesario para verla. El Otro no pudo evitar que Juan viera por sí solo esa película, fue por esos días que había distanciado sus visitas. No pudo impedirlo, en esa grabación estaba la verdad, toda la verdad sobre la guerra.

3.- Golpeaban el portón con una piedra y gritaban “Señor Juan”, insistentemente. Después de un buen rato, Peritas ladraba a plena capacidad, Juan se dio cuenta que golpeaban a la puerta, apagó la música escuchó bien y salió a la puerta. Un muchacho, bien peinado y sonriente le esperaba con una canasta que traía en un triciclo. Buenos días señor Juan, me llamo Gerardo y le traigo su pedido, le dijo el muchacho. Juan, un tanto sorprendido por la situación y también por la forma extraña de hablar  de Gerardo, sonrió, le agradeció la gentileza.

            Abrió la puerta, Gerardo le estrechó la mano diciéndole “qué bueno que me abrió, ya me estaba dando sed, vengo de la plaza de los caballos y esto es subida, ¿se imagina si usted no estaba?”. Conversaron un rato, Juan fue a buscar el cheque y le trajo un vaso con agua. 

Juan estaba trabajando en la construcción de una historia de amor entre dos agentes de la Gestapo Karl-Heinz y Traute, conversaban en la azotea del Nº8 de la Prinz Albrechtstrasse, la sede central de ese organismo. Se habían conocido hace más de 20 años en la Escuela de Derecho de la Universidad de Berlín, Karl-Heinz militaba en ese entonces en un grupo nacionalista, era 1919. Traute no militaba pero también era de derecha y era, además, de una belleza que hacía enmudecer a Karl-Heinz. La voz de ella se mantenía fabulosa, sus ojos, su porte, su manera de ocupar los espacios, era algo que a Karl-Heinz le trastornaba.

Luego la vida los había separado, aunque esto es excesivo, porque en realidad nunca habían estado juntos. Ella se había casado con otro nacionalista y había tenido un hijo que hoy era de las SS y se había perdido en el frente oriental. El marido, padre de ese hijo, era un tal Schüller, un profesor universitario, ayudante de Wolfram Sievers, quien lo llevó al Instituto Ahnenerbe, donde se le asignaron tareas de investigación arqueológica que lo llevaron al Tibet, a Bolivia, Brasil y Chile. Tampoco lo volvió a ver.

Traute escuchaba las historias de Karl-Heinz y se juntaban en la azotea del Cuartel General después de almorzar, a fumar cigarrillos y comer chocolates. Una vez, sólo una vez, él se había acercado y tomado la mano de ella, con la excusa de ver una quemadura extraña que ella tenía en la mano. No se atrevía a dar un paso en falso y era incapaz de interpretar el lenguaje de la mujer que amaba con pasión. Traute guardaba silencio y no se sabía dónde iba eso y si había algo.

A Juan estos personajes le gustaban. Había resuelto hacer de estos personajes sus muñecos, Karl-Heinz era el resumidero de sus frustraciones y fobias. Traute sería su musa, sería esa mujer inalcanzable que siempre había deseado con terca fascinación.

 Esa mujer que Juan conocía y empezaba a recordar, a la que durante el período universitario nunca siquiera le había dirigido la palabra. Marta iba un año o dos, más arriba, en la Escuela. Años después, en el lanzamiento de un libro de poesía, Juan tendría la posibilidad de integrarse a un grupo donde estaba Marta. Esa vez Juan no perdió la oportunidad, hablaron de Lihn y de Leopoldo María Panero. Marta se mostró interesada en el paralelo entre el lenguaje hiperestructurado del chileno, versus el exceso onírico del español. 

Juan aventuró un razonamiento político, habló de la Unidad Popular y el Golpe que fueron el telón de fondo de la obra de Lihn, refirió además al franquismo tardío y la transición española, como simiente de la locura de Panero. Esa vez llevó a Marta en taxi a una calle de Ñuñoa, cercana a Obispo Orrego. Él se bajó del taxi con la expectativa de ser invitado a pasar a la casa, en ese momento ella le mencionó que su pareja estaba por llegar. Juan inventó que iba a otro lugar –completamente absurdo a las 2 de la mañana- y se despidió, prendió un cigarrillo sintiéndose ridículo y tuvo que caminar hasta la Alameda para pillar una micro que lo lleve a Tobalaba.

Karl-Heinz llegaba todas las noches a su casa a eso de las 20:00. Un retrato de Federico el Grande lo recibía junto al perchero, donde dejaba su abrigo y su gorra de oficial. Se cambiaba el uniforme y se vestía con una camisa blanca y un jersey a rombos, se preparaba unas infusiones y escuchaba a sus músicos favoritos: Bach, Beethoven y Mahler. Con los conciertos Brandenburgueses, Karl Heinz sentía recorrer las calles de Rehnania, sentía tomar vida las especulaciones luteranas de su infancia. Con Beethoven, disfrutaba especialmente de las vigorosas oberturas, con la 5ª Sinfonía creía ver, sí ver, al Reich ocupando su espacio vital. Pero con Mahler todo se conflictuaba, con Mahler todo era la 8ª Sinfonía, todo era la Virgen María elevada sobre las nubes, todo era el imposible deseo de una música irresistible, absoluta, degenerada, de un judío inconmensurable consumido por su pasión por su mujer, por su Alma. Mahler le hacía mal, pero lo necesitaba como el agua.

Debe haber sido la primera semana de noviembre de 1942, las cosas andaban mal en el Frente Oriental y Karl-Heinz había terminado un informe en derecho referido a las solicitudes de internación que los confinados a los Campos de Reeducación, debían suscribir. En su criterio, tal solicitud vulneraba atribuciones y deberes de la autoridad en materia de seguridad, prerrogativas que no podían quedar sujetas a “requerimientos” de elementos indeseables para el Reich. Ese día tuvo una discusión horrible con uno de los protegidos de Heydrich, un abogado polaco colaboracionista, Kowalsky. El polaco lo emplazó a dirimir la disputa poniendo su Parabellum (una Luger) sobre su propio escritorio. Karl-Heinz se retiró indignado, un polaco, ¡un polaco! desafiando a un alemán en el Cuartel General de la Gestapo, ¿a dónde íbamos a llegar?.

Esa vez Karl-Heinz salió a caminar por la Albrechtstrasse, entró a un cine para despejarse y vio una historia de amor, una película muda de Robert Wiene. Para Karl-Heinz el verdadero cine debía ser mudo. Vio el Gabinete del Dr. Caligari, pero a él le pareció una vieja historia de amor. Pensó en regalarle algo a Traute, algo que fuera más allá de los chocolates y que Traute invariablemente comía con él en la azotea. Pensó en zapatos, un abrigo, le pareció interesante un pañuelo y un perfume. Debía ser algo sugerente, pero que en caso de rechazo le permitiese retirarse con dignidad. Al salir del cine recordó el incidente con Kowalsky y le pareció insignificante. Pensó en Traute y se dio cuenta que lo que sentía por ella era más que amor, era una tormenta.

4.- Después de narrar los últimos días de la Batalla de Berlín y de seguir la ambigua correspondencia en Karl-Heinz y Traute, Juan se dio cuenta que necesitaba quebrar la estructura histórica de la narración, desafiar su lógica interna. No por un ejercicio intelectual, sino por una necesidad moral. El término de la modernidad, la fabulosa gesta humana de la Revolución Rusa, había terminado arrasada por la contrarrevolución fascista en Alemania, Italia, España, Hungría y el horror stalinista de los Procesos de Moscú y la Revolución Cultural China. 

Las leyes de la historia, el viejo topo (que Juan percibía como una ballena), habían emergido del oscurantismo, del sórdido océano del oscurantismo, para tomar un respiro y volver a hundirse en la prehistoria y el arcaísmo de la barbarie. Para esta tarea se basó en textos que aparecieron en su computador y que eran expresivos de una estructura matemática que daba la respuesta a los problemas planteados por la caída de Alemania. 

La principal conclusión, para Juan, era que Chile debía dejar de existir. Debía desaparecer y ser completamente destruido. Pensó: Chile delenda est. La subsistencia de nuestras tradiciones, de apariencia humana, son la garantía de la destrucción de la humanidad, pensaba. Son una emanación monstruosa, un excedente de la humanidad carente de toda humanidad.

Juan trazó las líneas fundamentales de esta idea. Lo primero era la ubicación geográfica, el desierto, Los Andes y el Estrecho de Magallanes, los miles de angostos kilómetros no son un país, son un carretera. Un pasadizo desde el norte orientado a las milenarias cavernas de la Antártida. La historia de Chile la consideraba absurda y sin hilación lógica, carente de un argumento sustentable. Chile no es europeo, no es indio, no es negro, no es rioplatense, no es nada, pensaba. Chile es una enfermedad histórica, un virus, un quiste oculto detrás de una cordillera sin historia. La llamada Cueva del Milodón y la historia de Monteverde, no alcanzarían para dar sustento a mucho, serían más bien elementos distractores que integrantes de un curso verdadero de la historia, aquél que deja sedimentos espesos, piedras, ciudades y esqueletos. 

Para Juan, nada de eso hay en Chile, todo parece hecho, fabricado, para dar una impresión determinada, para crear la ilusión de un futuro y de un pueblo. Pensemos bien, decía Juan, el nombre de nuestro país Chile, que significa frío. ¿Es posible que un país, en su nombre remita directamente a la carencia, a la privación, a la falta de vida?. No, no es posible. Etimológicamente Chile es una contradictio in adjectio, un oxímoron, un percance lógico, un imposible.

Pensemos en la iconografía nacional, dice Juan. La bandera, el himno, el escudo. ¿A qué corresponden?, ¿Son una broma?. El himno es de una tautología ramplante, que el azul del cielo, que las flores del campo, que la blanca montaña. Todo hecho a la medida de la pusilanimidad de Mariano Egaña, un himno recién asentado en 1847 y en el que no se observa ningún rastro de la supuesta Guerra de Independencia, todo son eufemismos, todo es inconsistencia, para Juan.

“El coro, cuya autoría corresponde a Vera y Pintado, lo dice todo. En él está la fórmula de la farsa nacional: “Dulce Patria, recibe los votos
con que Chile en tus aras juró
que o la tumba serás de los libres
o el asilo contra la opresión”. Es decir “La Patria” y “Chile” son categorías distintas, Chile, como sujeto, jura. ¿Qué es lo que jura o promete?, esto es aterrador, promete una disyuntiva a los libres: la tumba o el asilo”. Después de escribir estas líneas, Juan llora, incontenible, se desarma. Juan piensa en una Solución Final.

La crisis nerviosa de Juan lo lleva a interpretar los ciclos mundiales y a reparar en el inminente colapso del orden imperialista. Juan comienza a profetizar, a corregir, a enhebrar un texto por el cual se pueda encarrilar la catástrofe que se ve en horizonte. Juan comienza a escribir una historia del futuro. Una que maraville a las nuevas generaciones y circularice la historia chilena. Escribe, entre otras, estas líneas:

Descubríamos cada jornada nuevos vestigios de la presencia de otros depredadores en la zona. La mayor de las veces se trataba de las vísceras de chivos o perros esparcidas junto a los abrevaderos de la quebrada que dividía el valle. Otras veces nuestras instalaciones eran destruidas a golpe de piedras, los árboles desgajados, la leña esparcida y arrojada al agua.

No encontrábamos huellas coherentes con estas acciones. Los perros parecían atemorizados y eran incapaces de seguir algún rastro, daban vueltas en círculos y aullaban interminables horas en la noche.

Nuestra unidad estaba destacada en la franja sur de la retaguardia, al interior de Colchagua. La Tercera División había sido aplastada por el Comando Truppe Alpine en Angostura y no había ninguna posibilidad de recomponer el frente. Santiago había sido arrasada, bombardeada, gaseada durante todo el mes de marzo.

Entre los guardias empezó a circular el rumor de una unidad de paracaidistas que había decidido tomar un camino propio. Habían optado por comerse a los italianos.

Con unos camaradas dimos nacimiento a una Guardia Nacional, a la que se sumaron los comunistas. Si sobrevivimos, es posible que algún día podamos conversar mejor esto a la sombra de un pimiento. El primer deber de un varón es tomar las armas.

Por esos días yo estaba enamorado y en lo único que pensaba era en esa bella mujer, esa princesa de mi alma, ese rayo de luz, esa chispa, ese perfume, esa brisa que se levanta en la mañana desde los arrozales”. 

El amor volvió a golpear las puertas del alma de Juan y lo hizo, como siempre, de un modo doloroso, angustiante, escribió: “No es un canal para la perpetuación de la especie, tampoco un vehículo a una forma superior de vida ultraterrena, ni mucho menos una forma de gobierno. ¿Es una epifanía?, ¿un estado superior de conciencia?: tampoco. Es una tempestad, un virus mutante, la taquicardia. Es ante todo vulnerabilidad. Es temblar al escuchar su nombre o inclusive el nombre de la institución en la que trabaja. Todos los días son una construcción para llegar a ella, no otra cosa, como escribir este texto jeroglífico que es parte de una partida de ajedrez. Es un infinito libro de arena y a la vez, la ramita que lleva el macho de regalo. No es posible, siquiera, pronunciar su nombre, ni el de ese sentimiento”. 

Se dio cuenta que el proyecto de una novela con base en el Tercer Reich, lo estaba devorando. En las mañanas creía escuchar las baterías antiaéreas a lo lejos, en las noches sentía las sirenas, sentía los paracaidistas, caer sobre Olmué. Los sabía ocupando todo espacio habitable. 

Los ojos de Juan se cerraron y entonces soñó: “Ordené mis muñecos de goma sobre una caja en mi dormitorio. Eran tres: un león de ojos confusos, un burro sentado y rebuznando y un oso de jockey verde ajustando su corbata del mismo color. Mi casa estaba bajo una encina de gran tamaño y estaba junto a un río, el patio terminaba en una marisma, al centro de la cual había una pequeña isla.

 Con tablones construí un puente y en la isla un banco rodeado de barandas. La construcción la hice en madera, que a cielo abierto se había vuelto de un color pálido y blanquecino. Las maderas se habían pulido y tenían la delicadeza de los lotos que en la noche se cerraban para dormir.

 Desde mi escritorio había estado preparando un documento político toda la tarde. La ciudad estaba ocupada por el Ejército italiano y estaban allanando la zona del centro. En la medida que oscurecía las torres de las iglesias y los palacios resplandecían por efecto de los reflectores, los que se sacudían por la metralla de los fusilamientos. Pasé toda la tarde escuchando radio, se escuchaban marchas militares, y música que cuyas letras no entendía.

 “Finalmente cayó la noche” escribí sobre la hoja blanca con la cinta bicolor, rojinegra de mi Olivetti Lettera. Pensé que podría jugar con el fonema y agregar “calló la noche”, era una buena idea.

 Salí a la calle a fumar, a media cuadra cuatro hombres en un auto negro, abrieron abruptamente las puertas y disparando al aire gritaron ¡ Alto là, la Polizia!. Yo cerré el portón, le puse llave y corrí al interior de mi casa. Fui a refugiarme en mi escondite secreto, el doble fondo del ropero de mi abuelo. Echaron abajo el portón y la puerta y rompían todo abajo en el primer piso. Ametrallaron todo y se reían, sal ahora o lo lamentarás, gritaban.

 Me amenazaban y rompían todo. Parecían ebrios cuando pronunciaban mi nombre, parecían enloquecidos por la furia. Yo escuchaba sus voces, temblando con mis muñecos y los ojos cerrados, escuchaba sus feroces imprecaciones y sus crueles carcajadas y entre ellas la de mayor espanto: la voz de mi padre”.

Salió expulsado de esta pesadilla, sudando. Eran las 7 de la tarde y una jaqueca horrorosa mantenía a Juan en vilo, tomó una cerveza de trigo con jaggermeister y salió. Tomó una micro hacia la playa. Caminó, caminó solo durante horas, pensando en Chile, en Chile invadido por Italia. Chile presa de la cacería y descontrol ocasionada después del inevitable hundimiento de los EEUU. Caminó y se perdió en las rocas y en el faro de Concón. Miró Ritoque y pensó en los Campos de Concentración que hubo ahí. Vio la chimenea de Codelco, hasta que todo fue tragado por la noche.

En una casa vacía, al fondo de una calle que terminaba abruptamente en el mar, Juan escucha –debe haber sido las 3 o 4 de la mañana- martillazos y serruchos. Le extrañaron los ruidos y más aún los gritos de una mujer que suplicaba perdón. Se detuvo frente a la casa un buen rato porque no daba crédito a lo que escuchaba. La casa se veía a oscuras. Los ruidos cesaron y yo seguí ahí, se encendió un farol del antejardín. Lentamente un hombre camina tras las rejas con un martillo en la mano, otro lo espera fumando en la oscuridad. Mi nombre es Mustafá, dice.

5.- “El tren se detuvo en una estación fronteriza, el invierno terminaba, pero anunciaron que era imposible seguir. Decidí seguir el camino e internarme en esa selva fría. 

Muy a lo lejos unos ladridos, tras algunos arbustos, unas cercas con el nombre de las propiedades en un alfabeto que desconocía. Una pequeña gruta, del culto ortodoxo, me sirvió de refugio la primera noche. Nadie recorría ese camino, sólo reconocía las pesadas huellas de unas unidades blindadas y algunos vestigios de lo que pudiera haber sido un saqueo.

Llevaba mi arma, una pequeña arma de servicio que en último minuto me serviría para forzar mi propio fusilamiento. Creo que en esa época ya había dejado mis estudios y mis amigos me daban por muerto. La mayor parte de ellos me atribuirían una muerte heroica, una forma extraviada de atribuir dignidad no a mi persona, sino que sus propias existencias.

En mi mente llevaba una sonata de piano y la repasaba una y otra vez y algo me decía que había sido compuesta en un invierno igualmente frío. Pensé también en Napoleón y en su inflexible poética. Recuerdo esa frase en Egipto, “desde las cumbres de estas pirámides, cuatro mil años os observan”.

La iconografía del período, preludio romántico, es excesiva, pasional y trata de ubicar en un plano conceptual experiencias que en la realidad deben haber sido, con seguridad bastante más triviales, como esta penosa caminata por estas montañas, en este idioma y continente abandonado. Mi ropa,  mi cabello, mi mochila, habrían sido descritas por esos pintores en armonía con el paisaje agreste, como una forma de subrayar la identidad del personaje, yo mismo, con esa naturaleza salvaje que comparece sólo para ser descubierta.

Pero las cosas, todos lo sabemos, no son así. El tren no siguió su camino, no confío en la capacidad de los ferrocarriles para seguir su ruta y preferí seguir caminando, eso es todo, no hay nada de heroicidad, a lo más ansiedad e imprudencia. 

Al parecer me interné en un complejo montañoso y durante todo el día era un continuo subir cuestas y bajarlas. Un poco de agua en algunos arroyos y en algunas lomas la visión no muy extensa de un continuo de colinas que parecían  confundirse con el horizonte. Caminé de esta forma, racionando mis provisiones de pan y chocolate, durante un par de días. Sabía que de seguir así en algún momento debería cazar algún animal para alimentarme, pero aún eso era innecesario. En realidad lo único que me preocupaba es que antes de eso diera conmigo un oso recién salido de su hibernación.

Eran los últimos días de febrero y en un rellano pude ver a la distancia lo que parecía ser una fractura del terreno que dejaba expuestas unas rocas monumentales, ovaladas y blanquecinas. Era un curso rocoso que se internaba en una quebrada y que estaba rodeada de árboles muy altos y oscuros.

Una inscripción tallada en una roca mayor decía Odvadir o bien Ovatsug y a su costado se veía un sendero pequeño, apisonado y limpio. Me interné, pensé que podría servirme de refugio. Era un laberinto, en su interior un hombre delgado, barbado y un poco más joven que yo, sentado en una piedra, me da la bienvenida sorprendiéndome. Hombre –dijo con algo de risa e impostada amabilidad- haz llegado a tiempo, ¿qué te trae por aquí?. Sorprendido, le explico mi situación y le digo que voy a buscar una embarcación al río Lena.

El barbado toma mis manos y me invita a sentarme ofreciéndome algo caliente. El lugar, a primera vista parecía deshabitado, pero una segunda mirada permitía darse cuenta que quien viviese ahí había dispuesto el lugar de forma e resultar invisible, como quien esperase un asalto o una catástrofe. Como quien se ocultara. 

Me ofreció una jarra con agua y un puñado de semillas calientes sobre una tabla circular. Después de comer me invitó a recorrer lo que él llamó “El Jardín de Piedras”. Mis antepasados fueron los que construyeron este jardín –dijo subiendo la voz- de ellos aprendí mi oficio, el desnudar estas piedras y encontrarles su forma real, al tiempo que me ofreció un bastón para ayudarme a recorrer el laberinto.

Durante años he ido dando forma a este lugar, me dijo mientras me ofrecía la mano para seguir subiendo. Todas las superficies eran cóncavas, ovaladas y de gran magnitud. Impresionaba la pulcritud del lugar. Finalmente llegamos a lo que él llamaba “el descubrimiento”.

Las primeras esculturas databan de los años 20 y habían sido hechos por su abuelo quien se refugió en esa cantera huyendo de la guerra. Luego su padre siguió esa tarea incorporando una reflexión religiosa cristiana. Mi anfitrión, Armand creo haberle entendido, me explicó que había descubierto formas en las rocas, formas que entrañaban un mensaje, unas cifras que daban con una fecha precisa.

Se trataba de imágenes abstractas, de rostros que parecían formarse con las distintas marcas del granito. Algunas piedras despedían un sonido al tocarlas, otras tenían temperaturas elevadas, la mayor parte estaba húmeda. Ese lenguaje desgarraba toda lógica.

Armand me ofreció su obra. Me entregó ese trabajo de tres generaciones para que lo diese a conocer al mundo. Se trataba de figuraciones abstractas, ensoñaciones que al decir de él estaban dormidas en la roca a la espera de ser liberadas. Él mismo no se consideraba un artista, ni un escultor, sólo un cantero, un picador, un liberador de piedras.

El barbado, Armand, se dio cuenta de que yo era alemán y se mostró dispuesto a ayudarme. Algo me hizo confesarle mi identidad, le mostré mi grupo sanguíneo tatuado en el brazo. Me llamo Karl-Heinz, le dije, soy abogado y el país con el que soñé ha dejado de existir. No tengo destino alguno.

No sé qué me impulsó a hacer esa confesión. Necesitaba descargar el peso de mi vida y qué mejor que ese extraño a quien consideré hermanado por las circunstancias. Contrario a lo que esperaba Armand guardó silencio y se puso a trabajar sin dirigirme la palabra, se limitó a ordenarme que le ayude a cargar unas rocas y estuvo martillando hasta que se ocultó el sol.

Luego se puso a orar y me invitó a hacerlo. Eran rezos que yo no conocía pero que él me permitía repetir. Rezábamos en alemán, el idioma de Dios, como decían nuestros cinturones.

Siendo ya de noche me llevó a una caverna y me indicó un hato de mantas y abrigos para que me cobijara. Me quedé dormido mientras Armand hacía fuego, creo recordar una sentencia latina que murmuraba “llegará el momento en que no puedas soportarlo”.

*****

Hasta este punto llegó mi texto, nunca terminé mi novela sobre la derrota alemana. No supe qué hacer con Karl –Heinz, el abogado enamorado que terminó desertando en una de las retiradas de Manstein. Tuve que negociar con la gente de Guggenheim una compensación en trabajo en la Universidad de Cleveland, clases que fueron un desastre y desde ahí no tuve nuevas oportunidades de postular a más becas.

Mirando hacia atrás, mis días en Olmué, mis sueños, la articulación de mis historias de guerra, mi empeño por conseguir un perfil psicológico me parecen el paraíso. En esa época estaba tan convencido de la invencibilidad de mis sentimientos, de la trascendencia de mi obra, de la relevancia de lo que hacía, que dejé pasar los mejores años de mi vida en una espera inútil por, en realidad, una mujer mil veces inútil, pero era la mujer que amaba.

La sublimación de mis miedos, la inexplicable presencia de un fantasma que jugaba conmigo juegos de rol, los signos elocuentes de una conspiración. Todo ese ambiente me parece una maravilla comparado con lo que vivo hoy.

Miro por la ventana y veo  Brooklyn cubierto de nieve y la ciudad asolada por una de las tormentas más duras de los últimos cincuenta años. Está prohibida la circulación de vehículos, salvo los de emergencia, inclusive –obviamente- las motonetas de comida domicilio. -45 Cº!!!! una barbaridad.

Mi departamento, una vivienda social del período de Giuliani, es de dos ambientes, cocina, baño. Por una razón que no descubro, el sol raramente golpea mis ventanas. Hay días, muy temprano que el sol golpea de lleno, pero otros –igualmente despejados- la sombra del Hospital de enfrente hace de mi espacio un congelador. He llegado a la conclusión de que he perdido la noción exacta del tiempo, regulo mi funcionamiento diario por mis ciclos gástricos. He vuelto a fumar, como pan con tocino y si hace mucho frío lo acompaño con vodka que me fían unos rusos cerca del Parque.

Pero nunca las cosas resultan como están previstas. Hoy en la mañana recibí –en inglés se entiende- el siguiente mensaje: “Horgstrom, tenemos a Alice, si quiere volver a verla deberá pagar US$10.000, no informe a la policía ni trate de rastrear esta llamada. Somos gente seria y profesional, se me ha encomendado enviar este mensaje. Tiene 24 horas, le volveré a llamar para las instrucciones de la entrega, si es que quiere volver a verla”.

Les respondí advirtiéndoles del error, no soy Horgstrom, soy un chileno llamado Juan y no conozco a ninguna Alice. Además les indiqué que no tenía dinero de todos modos y que en lo posible no hagan daño a Alice. Después de eso me llegaron videos y mensajes de Alice pidiendo auxilio, era una mujer de unos 27 años, no sé, de aspecto asiático.

Tiré mi celular, mis documentos y las llaves de mi casa al río. Me senté bajo el puente Queensboro a mirar la bahía. Todo estaba blanco, una brisa suave daba al silencio y las perspectivas de la ciudad un aura majestuosa. Me quedaban dos cigarrillos, sentí un calor luminoso, que me bañabas y me cuidabas y me llenabas de besos. Me sacabas a pasear en silla de ruedas e íbamos a las escalas que dan al mar y me mostrabas distintos lugares. Me dabas galletas. Me dormí abrazado a ti.