Orwell y la revolución española

por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Pasa el tiempo, cambian los ciclos históricos, se olvidan autores que antes ocupaban escaparates, pero se vuelve a editar a Eric Blair, mucho más conocido como George Orwell, seudónimo literario de fama mundial al que sus detractores contextualizaban como un “producto de la guerra fría”. Estas ediciones que se suman sobre otras anteriores, confirman una vez más la persistencia del autor de Rebelión en la granja como una figura canónica en la poderosa literatura británica del siglo XX, que tiene además, por decirlo así, un pie en España. Esta proyección es la consecuencia de una biografía personal bastante singular (la de alguien que por decirlo en palabras de Max Ernst, se busca a sí mismo pero que nunca acaba de encontrarse), y una vocación literaria singular, una síntesis que ha acabado ocupando un lugar singularizado en el imaginario colectivo.

De ahí que haya sido objeto de tantos ensayos biográficos, buena parte de los cuales han sido vertidos al castellano1.  No estoy tan seguro como parece estarlo el controvertido y recientemente fallecido Christopher Hitchens en afirmar que Orwell “acertó” en relación a los tres grandes “ismos” que marcaron el siglo XX, y que acertó en su antiimperialismo, su antifascismo y su antiestalinismo (La victoria de Orwell, Emecé, 2003), porque creo que su visión política es tan cuestionable como cualquier otra, entre otras cosas porque Orwell careció de una formación de primer orden, y muchas de sus apreciaciones fueron, en mi opinión, justamente criticadas por contemporáneos suyos tan sólidos como lo fueron Isaac Deutscher o Raymond Willians, desde luego mucho más rigurosos que Hitchens.

Lo cierto es que Orwell ofreció un testimonio lo máximo riguroso posible de estos grandes “ismos”, que su destino le llevó a vivir en primera fila en el fragor de estas tramas, y lo hizo siempre críticamente, alejándose del rebaño y del pensamiento dominante. Orwell denunció de manera despiadada el racismo y la crueldad del imperialismo británico, hasta el punto de compararlo con el fascismo en las páginas que dedicó a Birmania, y sus denuncias contra las autoridades británicas por sus complicidades con el franquismo fueron muy enérgicas en un tiempo en el que pocos lo hacían. De hecho, Orwell había roto desde muy joven con las aspiraciones de su clase social para acercarse y encontrarse con la clase obrera –siempre “a su manera”–, para recalar en la izquierda radical del momento, el Independent Labour Party2, una militancia que le llevó a invertir sus ahorros para marchar como voluntario a la guerra de España para recalar en un partido, el POUM, el más implantado de los partidos comunistas de signo antiestalinista.

De un frente a otro 

Este hijo del Imperio, nacido de un probo funcionario imperial y de una maestra, vino al mundo en un remoto destacamento de India del Raj en 1903, pero al cumplir cuatro años, sus padres lo llevan a Inglaterra para asegurarle una buena educación. El niño se educa en consonancia con los “cuadros” que buscan servir a la Inglaterra eduardiana. Gracias una beca puede acceder a la Universidad en Eton, un colegio tradicional y elitista en el que aprendió que lo último que había que ser en esta vida era una buena persona. El contraste entre sus origines sociales –altos en apariencia, bajos desde el punto de vista económico–, así como su sensibilidad crítica, llevan a Orwell a una creciente empatía con los marginales, fuesen vagabundos urbanos, trabajadores sometidos, mineros combativos o milicianos revolucionarios.

No obstante, por razones que no quedan claras, Eric acabó en Birmania enrolado como soldado profesional al servicio de la policía imperial británica. La consecuencia será una radicalización: Orwell descubre la cara más odiosa y repulsiva del imperio, y sobre esta experiencia escribirá una novela, Días de Birmania, publicada en 1934, y que figura entre las más emblemáticas del pensamiento anticolonialista británico que vive en los años treinta, tiempos de rechazo. Deja el ejército colonial a los cinco años, y se propone reanudar el camino que antes había soñado. Quiere ser escritor, y explorar las condiciones de vida de lo que su admirado Jack London llamaba el “foso social”. A tal efecto, sigue el camino del autor de Gente del abismo, y se interna disfrazado literalmente de vagabundo por las casas de caridad del East End londinense, y por el Paris de los “clochards”, en un plano cercano al del Jack London, descrito en Gente del abismo. El resultado de este descenso a los infiernos será su primer libro, Sin blanca por París y Londres (1933), y la adopción del pseudónimo George Orwell, nombre con el que conocerá una intensa carrera que va a durar tan sólo 16 años, con un punto final que contiene todo lo que odia: 1984,  una obra que ya no podrá defender ni explicar, ya que fallecerá pocos meses después, en enero de 1950, con 46 años.

Entre el primer y el último título publica tres, muy propios de un autor comprometido con su tiempo.

El primero fue El camino a Wigan Pier, un encargo de Victor Gollancz, animador del “Left Book Club”, y un trabajo en línea del primero, solo que ahora se trata de las condiciones de vida de los mineros en el norte industrial de Inglaterra, una experiencia primordial para entender su paso siguiente, su aproximación al ILP, a pesar de todas sus dudas, y su compromiso con la lucha antifascista, que se inscribe en el soberbio plantel de voluntarios británicos que intensamente asqueados con la política “liberal” y apaciguadora de su gobierno, marchan a España. De esta experiencia saldrá Homenaje a Cataluña que a su vez, preludia su obra maestra, Rebelión en la granja. No hay que decir que Orwell no sería tan celebrado aquí sin su “guerra de España”. Su testimonio sigue provocando una enconada polémica. Tanto Homenaje a Cataluña como sus numerosos artículos y cartas sobre la guerra española le han convertido en el escritor más leído de todos los que pasaron por aquí, incluyendo algunos tan célebres como Ernest Hemingway, John Dos Passos, André Malraux o Georges Bernanos. Esta proyección comporta un desafío, por cuanto su testimonio aborda el trasfondo de las contradicciones republicanas como un conflicto entre la revolución y la Realpolitik republicana, paradójicamente representada sobre todo por el Partido Comunista (PCE), sección española del partido de la revolución mundial, el Komintern.

La guerra

Pero empecemos por el principio. El desconocido Eric Blair llega a Barcelona el día de San Esteban de 1936, y descubre la ciudad que había sido llamada “La Rosa de Foc” por sus agitaciones obreristas de signo anarquista3, y en la que flamea todavía el fervor revolucionario que se había desatado a partir de las jornadas de julio. En un principio, Orwell venía “a matar fascistas”,  y desde su punto de mira, ve con estupor lo que está sucediendo. No es desde luego el único, y los testimonios que abundan en este sentido son tan rotundos como el suyo. De hecho se trata de algo muy sencillo: mientras que el gobierno del Frente Popular temía más a una acción anarquista que a los golpistas cuyos pasos eran conocidos, fue el pueblo en armas el que se impuso, obviamente arrastrando tras de sí a los cuerpos de seguridad, ya desbordados. La teoría no es lo suyo, hasta entonces había permanecido ajeno a los debates que se estaban dando, sobre todo en relación al ascenso nazi en Alemania. En cuanto a su opción por el POUM, no fue premeditada.

Inicialmente buscó la complicidad del PC británico, pero siguió el curso de su partido, el ILP, una conexión que daba a las puertas del POUM.

Como escritor, podía haber escogido el espacio propio de los cronistas, pero eligió el papel de soldado anónimo, el último de la fila en la célebre foto Agustí Centelles. Entonces nadie lo conocía fuera del reducido grupo de británicos cultos, y nadie lo reconoció entre sus compañeros del POUM por más que luego lo recordaran. La foto ilustra la primera frase de Homenaje a Cataluña: “En el cuartel Lenin de Barcelona, un día antes de alistarme en las milicias populares…” Cuando regresa a Barcelona de permiso a finales de abril de 1937, está animado por la firme decisión de lograr un cambio de destino que tendría que llevarle directamente a las Brigadas Internacionales. Como soldado que conoce el oficio, comparte la posición comunista de reorganizar el ejército popular de una manera militarmente más estricta y de concentrar los esfuerzos en el objetivo de ganar la guerra, y piensa que la revolución puede esperar para después, y observa con cierto desdén las polémicas entre los milicianos más politizados, aunque es evidente que comparte sus ideales.

El azar le lleva a vivir en primer plano los acontecimientos de Mayo de 1937, y entre la policía y los obreros que erigen barricadas no tiene dudas. Se trata del panorama de una Barcelona que presenta un cuadro muy diferente al que percibió a su llegada.

Todo comenzó cuando las fuerzas de orden público dirigidas por Rodríguez Sala, militante del PSUC, trata de tomar por la fuerza la Telefónica, empresa gestionada por los sindicatos, sobre todo por la CNT.

Para los trabajadores es la gota que desborda el vaso, y la ciudad se cubre de barricadas. Es el final de una lucha por la ciudad que había comenzado mucho tiempo atrás. Desde la Generalitat se baraja la posibilidad de bombardear los barrios obreros, y otro veterano comunista, José del Barrio, espera las órdenes del presidente Companys para hacerlo. La grieta entre la revolución y el orden re publicano que apenas si resultaba visible en 1936, se ha abierto, y se abrirá todavía más con la campaña contra el POUM, el rapto y el asesinato de Andreu Nin4. Éste no era un personaje más; había sido secretario general de la CNT, y luego hombre clave en la Internacional Sindical Roja así como uno de los líderes más cultos e inteligentes de la izquierda marxista española. Detrás de todo esto está la contrarrevolución dentro de la revolución en la URSS, donde paralelamente Stalin estaba exterminando todas las oposiciones, sobre todo a los que llama “trotskistas”, al tiempo que había apostado por encajar la URSS en un pacto con las potencias democráticas, las mismas que han optado por la política llamada de no-intervención que les llevaría a darle la espalda a la República, y a reconocer tempranamente a Franco.

Orwell acaba escondiéndose en Barcelona, donde la policía estalinista lo tiene fichado como “un fanático trotskista”, hasta que consigue huir. Toda esta experiencia –su viaje a la España, la Barcelona del 36, las historias del frente, mayo del 37 y todo lo que sigue–, le llevan a escribir Homenaje a Cataluña, una auténtica obra “maldita” en vida del escritor –cuando fallece todavía queda un stock de ejemplares de una primera y dificultosa edición–, y en la que logra combinar sus mejores estrategias narrativas al servicio de una causa sobre la que pesará el ambiente de la II Guerra Mundial y el apogeo del estalinismo que le seguirá. No será hasta los años sesenta que el homenaje será recuperado, e incluso vertido al catalán y al castellano, aunque con un buen número de pasajes censurados o modificados. No ha sido hasta fechas muy recientes que ha conocido una edición completa5, y esto ocurre en un momento en el que el libro ha sido traducido a todos los idiomas cultos y se ha convertido en uno de los clásicos de la literatura.

Testimonios y polémica

La guerra española de Orwell –en la que, según sus propias palabras, “desempeñé un papel tan irrelevante”,  y que en conjunto fueron unas “vivencias que no han disminuido sino aumentado mi fe en la decencia del ser humano”–, ha acabado siendo algo así como una maldición para la historia tal como la concebían los partidos comunistas que (desde 1956) tendían a separar el estalinismo de su propia historia. Así en Cuando éramos capitanes (Dopesa, Barcelona, 1974), Teresa Pámies escribe que Orwell era un señorito inglés que no creía en la revolución de los parias, y que vino a España en busca de su “heure lyrique”  como André Malraux, aunque, en un texto ulterior, Teresa reconocerá que aunque Orwell no era propiamente un revolucionario, sí se comportó como tal (Romanticismo militante, ed. Galba, Bar celona, 1976, pg. 92-93), si bien lo más propio es omitir cualquier referencia en un tiempo en el que el problema básico para la izquierda insumisa es demostrar que los comunistas disidentes fueron las principales víctimas amén de los primeros críticos del estalinismo. Cuando el estalinismo ya resulta indefendible, se trata de deslindar la URSS de los años treinta –¿paraíso o infierno?, se pregunta inocentemente Pierre Vilar sobre el momento más oscuro de su historia– de la actuación política nacional, sea en relación al Frente Popular francés, a la guerra de España o a la resistencia antifascista. Obviamente, no era lo mismo ser “comunista” en la URSS en pleno apogeo del estalinismo, que serlo en cualquier país en lucha contra el fascismo.

En esta historia –la del comunismo estructurado por la escuela estaliniana– es justo distinguir radicalmente entre el  “aparato” más implicado en los métodos estalinianos, de los personajes que como Togliatti, Codovilla, Geröe, Stepanov, Orlov, etcétera, que estuvieron en el “cerebro” de la política seguida por el PCE y el PSUC, y la actuación de decenas de miles de militantes que dieron lo mejor de sí mismos, y que creían, como Nuria Catalá, que “la URSS sabía muy bien lo que hacía”, o el hijo de Antonio Robles, el intelectual republicano asesinado por el “aparato” estaliniano cuya historia narraría Ignacio Martínez de Pisón en su obra Enterrar los muertos, siguiendo los trazos de la obsesiva investigación de John Dos Passos, y que siguió siendo comunista a pesar de todo. Curiosamente, se tiende a considerar como “comunista” a los representantes de dicho “aparato”, mientras que el título se les niega a los que acabaron sublevándose contra la línea oficial, entre ellos algunos tan insólitos –y tan íntegros– como el último André Marty, o tan reflexivos como el penúltimo Fernando Claudín, autor de un elaborado capítulo sobre la guerra y la revolución española, La revolución inoportuna, que no se puede ignorar tanto por lo minucioso de su documentación como por estar escrito por un coprotagonista de los acontecimientos como alto cargo en las Juventudes socialistas unificadas y en el PCE.6

El importante testimonio de Orwell resulta obviado por diversos autores, como resulta ser el caso de Antonio Elorza-Marta Bizcarrondo en Querido camaradas (Planeta, 1999), donde lo citan una vez para remarcar la “distancia que separa Homenaje a Cataluña (…) de la reciente filmografía sobre el tema” (p. 454), en maligna referencia a Tierra y Libertad, de Ken Loach, sobre la que Elorza ha reiterado sus manifestaciones de profunda fobia. En El escudo de la República (Crítica, Madrid, 2007), Ángel Viñas cita a Orwell en varias ocasiones pero siempre al servicio de sus propias tesis, nunca en tanto que testigo de una revolución. No es posible deducir de Orwell una visión exclusiva de la guerra española como una “revolución traicionada”, obviamente reduccionista como suele ser lo propio de ciertas militancias sectarias. Lecturas de la que –no habría que decirlo- Orwell no podía ser responsable. Aquella escuela que esté libre de manifestaciones de esquematismos, que tire la primera piedra.

También se ofrece una escueta referencia en la obra de Fernando Hernández Sánchez, quien en Guerra o revolución. El Partido comunista de España en la guerra civil (Crítica, Barcelona, 2011). Son unas breves líneas en las que se lee que “el testimonio autobiográfico (de Orwell) adquirió el valor de un vaticinio sobre la dinámica del totalitarismo comunista en acción en el contexto de la España en guerra (p. 24), añadiendo en una nota (p. 480) que “Homenaje a Cataluña se ha convertido en la obra de referencia de los nostálgicos de la `revolución traicionada´, con continúas reediciones desde su primera aparición desde 1938”. Unos comentarios que, de entrada, nos trae ecos de cuando desde la izquierda se citaba con sorna la “revolución aplazada” de la Falange más “auténtica”. Hernández Sánchez ignora que entre la primera edición y la revalorización de la obra medían al menos unas cuantas décadas.

Por su parte, el prestigioso Paul

Pres ton, llega a escribir: “…George Orwell, cuyas memorias del breve periodo que pasó en España han ayudado mucho a quienes desean afirmar ya sea desde la extrema izquierda o desde la extrema derecha, que la responsabilidad de la república española recaía, en cierto modo, más sobre Stalin que sobre Hitler, Mussolini o Neville o Chamberlain”.

Semejante apreciación no concuerda para nada con lo que se puede leer a lo largo de un libro prolijo y puntillista como el Homenaje a Cataluña. Y no digamos, de otras cosas escritas por Orwell, y valga como ejemplo un artículo para The Observer (16/VII/1944), en el que se ofrece la siguiente síntesis sobre el final de la guerra: “1. Franco entró en Madrid a comienzos de 1939 y se aprovechó de su victoria con la máxima crueldad… 2)  Los alemanes y los italianos intervinieron para aplastar la democracia española, para apoderarse de un importante punto estratégico de la futura guerra y, de paso, para probar sus aviones de bombardeo con poblaciones indefensas… 3) La historia es repugnante a causa de la sórdida conducta de las grandes potencias y de la indiferencia del mundo en general (…)

Los británicos y los franceses se limitaron a volver la cabeza mientras sus enemigos se alzaban con la victoria. La actitud británica es la más imperdonable, porque fue insensata a la par que deshonrosa… Los británicos dejaron que Franco y Hitler vencieran y que fuera Rusia y no Gran Bretaña quien se hiciera acreedora de la simpatía y gratitud de los españoles. Ha habido una acentuada tendencia a ocultar estos hechos, incluso a reivindicar la hostil ‘neutralidad’ de Franco como un triunfo de la diplomacia británica. La verdadera historia de la guerra civil española debería recordarse siempre como un ejemplo de la insensatez y mezquindad de la política de las potencias. Lo único que la compensa es la valentía de los combatientes de ambos bandos y la entereza de la población civil de la España republicana, que durante años pasó hambre y penalidades que nosotros no hemos conocido ni en los peores momentos de la guerra. 4 Los rusos entregaron una pequeña cantidad de armas y obtuvieron a cambio el máximo de control político (…) Durante un año o más, el gobierno de la República estuvo de hecho bajo dominio ruso, básicamente porque Rusia fue el único país que le echó una mano. El crecimiento del Partido Comunista de España, que de contar con unos miles de afiliados pasó a tener un cuarto de millón, fue obra directa de los conservadores británicos…”

No hay que decir que las estimaciones de Orwell pueden cuestionarse, como no podía ser menos; el propio autor proyecta sus dudas sobre lo que escribe. Se trata de un testimonio escrito en base a una reelaboración de su memoria, no es la obra de un historiador. Otra cosa es que, aún con todo, sea el testimonio literario más certero y brillante de todos los que se escribieron, y la prueba está inscrita en su vigencia (y no será porque no ha tenido detractores desde el primer día), y en un reconocimiento que persiste dos décadas después del final de la guerra fría, y como parte de una vasta documentación sobre la que los historiadores que perciben la guerra española ante todo como una guerra de clases, siguen encontrando un material documental de un gran valor, incluso cuando resulta cuestionable.

Otro asunto es la evolución del último Orwell, no en vano se puede decir que 1984 es la obra de un enfermo. En los años cincuenta, no fueron pocos los comunistas de estricta obediencia ni los revolucionarios que acabaron confundiendo el antiestalinismo con el anticomunismo, un punto sobre el que habría mucho que hablar y sobre el que no se pue de establecer un baremo generalizado. Se dieron casos como los de Bertrand Russell, o de Stephen Spender, que llegaron a decir entonces cosas de las que luego se arrepentirían, al igual que muchos otros que vivieron dramáticas oscilaciones (pienso en los ensayistas norteamericanos Edmund Wilson y Dwigth MacDonald), para acabar sien do en los años sesenta pesos pesados en la denuncia de la guerra del Vietnam, así como de los grandes consorcios, como la Banca Morgan, tratados como verdaderos enemigos de la libertad.

Personaje complejo que busca la verdad, Orwell fue, entre otras cosas, un radical de izquierdas, militante del POUM cuando este partido estaba siendo perseguido, amén de uno de los fundadores de lo que luego sería Amnistía Internacional, y denunció cualquier medida discriminatoria contra los comunistas en su país. Y su anticomunismo no fue más veraz que el anticristianismo de Georges Bernanos, que denunció la España franquista que se presentaba ante el mundo como el “estandarte de la cristiandad”…

Notas

1. Aparte de los ensayos publicados en la mitad de los años ochenta con ocasión del curioso impacto de la novela 1984, existen trabajos más recientes como el citado de Hitchens, el de Michael Shelden (Orwell. Biografía autorizada, Emecé, Barcelona, 1993); Jeffrey Leyeres (Orwell. La conciencia de una generación,Vergara, Barcelona, 2002), así como el sugestivo ensayo de Simon Leys, George Orwell o el horror de la política (Acuarela&Machado, Madrid, Madrid, 2010), así como mi ensayo La cuestión Orwell (Sepha, Málaga, 2008), que incluye un breve estudio sobre la bibliografía orwelliana en castellano.
2. El ILP, fundado en 1873, internacionalista en la “Gran Guerra”, se negó a asociarse con los comunistas o a sumarse al Komintern, al que criticaba por su política sectaria, y tomó parte en diversas agrupaciones internacionales en las que coincidieron socialistas de izquierdas y comunistas disidentes. Bernard Crick describió el ILP de mediados de los años treinta como un partido “de izquierdas, igualitario, un extraña mezcla inglesa de evangelismo secularizado y marxismo no comunista”, aunque parece olvidar que su convergencia con el POUM indica más cosas. En los años treinta representó la extrema izquierda británica, y los trotskistas encontraron su apoyo contra las campañas estalinianas. Su periódico semanal, el New Leader, había denunciado los procesos de purga rusos de 1936 “como un fraude, y de inmediato fue tachado por el partido comunista de periódico fascista”. Martínez de Pisón lo define como “de tendencia trotskista” y Andrés Trapiello lo sitúa sin mayor precisión “a medio camino entre la Tercera y la que sería la Cuarta Internacional”.
3.Para conocer la revolución en Barcelona resulta en todo punto inexcusable La lucha por Barcelona. Clase, cultura y conflicto (Alianza, Madrid, 2005), de Chris Ealham. Su último capítulo está dedicado al 18 de julio y la Guerra Civil, y analiza el resurgimiento de una nueva ciudad revolucionaria, esa urbe que tan bien describió Orwell y otros autores como la surrealista Mary Low (Cuaderno rojo de Barcelona), o Kaminsky (Los de Barcelona). Ealham también es el autor de un ensayo sobre las contradicciones del anarquismo durante la guerra y la revolución incluido en la edición de Preston, La República asediada (Península, Barcelona, 1999, así como de La revolución a medias: los orígenes de los `hechos de mayo´ y la crisis del anarquismo, incluido en el número 93 (septiembre 2007), un “especial” de la revista “Viento Sur” titulado Combates por la revolución en la guerra civil española. Ealham también resulta obviado en la obra de Hernández Sánchez.
4. En un artículo, Mayo del 37 no existe (www.insurgente.org/index), Manuel N. Navarrete escribe “Efectivamente, el asesinato de Nin por parte de los comunistas fue un acto despreciable, pero no más que el asesinato de Antonio Sesé, dirigente del PSUC y secretario general dela UGT, por parte de los anarquistas, como narra Fernando Hernández Sánchez…” Este paralelismo, empleado anteriormente por Ferran Gallego (Barcelona, mayo de 1937. La crisis del antifascismo en Cataluña, Debate. Barcelona, 2007), es expresado así por Hernández: “El de Nin no fue el único caso de muerte violenta en aquellos trágicos días. Aunque es más escandaloso, por las circunstancias que lo rodearon y lo emblemático de la víctima, la resaca de los hechos de mayo dejó un reguero de sangre entre organizaciones durante semanas –y hasta meses– posteriores” (p. 225), amalgamando a continuación ejemplos tan dispares como el Camillo Berneri, Kurt Landau, con el de Sesé y el de Leon Narwicz, agente estalinista infiltrado en el POUM… Entre las “circunstancias” hay que anotar las acusaciones de ser el jefe de la “Quinta Columna” en Barcelona, el de efectuar reuniones con el mismo Franco (gracias a la conexión con el hijo de Trotsky, quien a su vez se reunía con Hitler) según la campaña estaliniana reproducida por ejemplo en “Frente Rojo” de Valencia que dirigía César Falcón, por no hablar de las que se dan en el tiempo que sigue con la prohibición y el proceso contra el POUM. Sobre toda esta cuestión me remito a mi libro, Un ramo de rosas rojas y una foto (Laertes, Barcelona, 2009), así como el de Pelai Pagès, Andreu Nin. Una vida al servicio de la clase obrera (Laertes, Barcelona, 2003).
5. Se trata de la reciente edición efectuada por Debate (Barcelona, 2011), que comprende la versión integral traducida por Miquel Temprano García, con prólogo de Miquel Berga, que analiza en detalle el curso de las diversas ediciones en castellano y catalán, amén de unas notas de Fernando Casal que ha seguido la pista de Orwell en España a través de las fotos de los lugares y de los personajes.
6. Encuentro bastante significativa la omisión en trabajos en principio tan exhaustivos como el de Ferran Gallego y el de Hernández Sánchez de una obra tan ambiciosa y detallada como La crisis del movimiento comunista internacional, de Komintern a Kominform (Ruedo Ibérico, Paris, 1970), de Fernando Claudín, y a la que Perry Anderson define como “la mejor exposición” entre los numerosos títulos dedicados a “La historia de los partidos comunistas”, esto “pese a su distanciamiento de la textura de los acontecimientos, (ya que) intenta constantemente mantener abierto un sentido de las alternativas realistas, en cada una de las principales coyunturas del desarrollo del movimiento comunista” (ensayo incluido en Historia popular y teoría socialista, Ed. Raphael Samuel, Crítica/Grijalbo, Barcelona, 1984, p. 164).

(Tomado de El Viejo Topo)