Trotsky y Victor Serge: La oposición de izquierda, dividida

por Suzi Weissman 

Víctor Serge impactó en la conciencia de muchos revolucionarios de todo el mundo, ya fueran marxistas, libertarios o anarquistas. Fue el trotskista más conocido de su época, aunque su relación con el movimiento trotskista fue controvertida.

Cuando digo a alguien que escribo sobre Serge, invariablemente me cuenta cuál de sus libros le conmovió o influenció más. En el mundo de habla inglesa es normalmente su novela sobre las purgas, El caso Tulaev o sus Memorias de un revolucionario. En Francia, es su novela S’il est minuit dans le siécle. Los trotskistas generalmente mencionan la historia revolucionaria de Serge, Año I de la revolución rusa o De Lenin a Stalin, que escribió en un lapso de quince días, en 1936. En América Latina su obra más leída es su pequeño folleto Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión.

La sola mención de Serge nos evoca la expresión poética y activa de una era. Estuvo junto a los marxistas revolucionarios que rechazaron rendirse ante la contrarrevolución estalinista y quienes lucharon para que sus ideas sobrevivieran desafiando a Stalin y sus cohortes. Es esto lo que hace que su trabajo sea tan poderoso e importante. Stalin y los comunistas en Occidente hicieron todo lo posible para evitar que Serge fuera publicado en la prensa convencional, pero la voz elocuente de Serge encontró una audiencia que solo ha aumentado con el tiempo. Serge ha sido llamado el poeta, el bardo, el periodista y el historiador de la oposición de izquierda. También fue su conciencia.

Como sus camaradas de la oposición de izquierda, Serge se puso del lado de los derrotados, un revolucionario crítico que resistió al estalinismo, rechazó el capitalismo y fue marginado por la historia. Su aporte sigue siendo atractivo hoy porque jamás abandonó su dedicación, su entrega a la creación de una sociedad que defienda la libertad, que eleve la dignidad y mejore la condición de los seres humanos. Vivió en medio del torbellino de la primera mitad del siglo XX, pero sus ideas siguen siendo fundamentales para nosotros hoy. Hacia fines del siglo XX, colapsó la Unión Soviética y con ella, la colosal batalla de ideas que provocó casi desapareció del discurso público. ¿Cómo podría ser Serge un hombre para nuestro tiempo?

Con la desaparición del estalinismo, los triunfadores de la guerra fría proclamaron que no hay alternativa a la democracia capitalista al estilo occidental, incluso cuando las desigualdades se profundizaron y los nacionalistas religiosos, los populistas de extrema derecha y los supremacistas blancos recurren al terror. Con toda la inseguridad e incertidumbre de nuestro tiempo de desigualdad grotesca y respuesta reaccionaria, una nueva generación ha salido a las calles exigiendo un mundo mejor y, lo que es más, insistiendo en que es posible. En este contexto, una vez más, el testimonio de Victor Serge destaca por su probidad, rigor y preocupaciones profundamente humanas. Sus obras abordan las ideas fundamentales de nuestro tiempo: libertad, autonomía, democracia y dignidad.

Victor Serge vivió desde 1890 hasta 1947. Fue pobre toda su vida. Era un trabajador, un militante, un intelectual, un escritor talentoso, un internacionalista por experiencia y convicción y un optimista empedernido. Entre 1919 y 1936 vivió mayormente en la Unión Soviética, su patria, aunque como se podría afirmar de su hijo Vlady, “su hogar era la revolución”. Tenía 57 años cuando falleció, justo cuando comenzaba la Guerra Fría. Estaba en México, con la esperanza de volver a Europa. En ese breve período participó en tres revoluciones, pasó una década en prisión, publicó más de treinta libros y dejó tras él un sustancial archivo de trabajos inéditos. Nació en un exilio político, murió en otro, y militó políticamente en siete países. Pasó su vida en una permanente oposición política. Se opuso al capitalismo; primero como anarquista y luego como bolchevique. Se opuso a las prácticas antidemocráticas del bolchevismo y luego, como opositor de izquierda, se opuso a Stalin.

Cuando triunfó Stalin, su experiencia política no lo condujo a renunciar al socialismo –al igual que muchos otros cuyo dios había fallado– sino a enriquecer al mismo con una declaración de derechos humanos, ampliando así los objetivos socialistas. Se opuso al sistema de partido único, afirmando ya en 1918 y otra vez en 1923 que un gobierno de coalición, aunque plagado de peligros, habría sido menos peligroso que lo que iba a transformarse en la dictadura estaliniana del secretariado del partido y la policía secreta.

Sus propuestas para la reforma económica incluían la democracia obrera y un comunismo de las asociaciones en lugar de los rígidos planes antidemocráticos, dictados desde arriba. Serge evitó caer en análisis ahistóricos; era conciente de que las opciones que enfrentaban los bolcheviques tras la guerra civil eran pocas. No pudiendo ver lo que había más adelante, los bolcheviques temían que la revolución fuera ahogada en sangre por las fuerzas contrarrevolucionarias. Demasiadas decisiones se tomaron bajo la influencia del patriotismo de partido.

Discutió con Trotsky en el seno de la izquierda antiestalinista y se opuso al fascismo y a la guerra fría del capitalismo como un marxista revolucionario intransigente. Fue un novelista e historiador revolucionario. Aunque todavía es poco conocido en la ex Unión Soviética, fue uno de los observadores más lúcidos de sus primeros acontecimientos políticos, relatando en sus muchas obras su brutal alejamiento de los ideales de la revolución de 1917.

Para quien quiera percibir la atmósfera de las décadas de 1920 y 1930 en la Unión Soviética y en el movimiento comunista, es indispensable leer el conjunto de sus obras sobre la URSS. Serge explicó los dilemas de la década de 1940 de forma inmediata y clara. Esto contribuye a su atractivo actual, porque literalmente convoca a otro mundo. En realidad, rescatar de la oscuridad a Serge ayuda a hallar un sentido vital de la historia que reafirma lo que siempre debió haber sido una perogrullada: que la democracia es un componente crucial del socialismo.

Stalin se obsesionó por borrar la oposición en el país y en el extranjero y sobre todo la Oposición de Izquierda. Puede sorprender que haya concentrado tanta furia y celo en cazar al número ciertamente pequeño de trotskistas y oposicionistas que desafiaron su dominio en las oscuras revistas y organizaciones de extrema izquierda en Occidente a fines de la década de 1930 y comienzos de 1940. El poderoso esfuerzo por extinguir las pequeñas llamas del cuestionamiento parece totalmente desproporcionado con otras urgentes tareas pendientes, como la preparación para la guerra (después del colapso de la Unión Soviética, los funcionarios de inteligencia admitieron que fueron obligados a prestar más atención a eliminar pequeños grupos de trotskistas que al impulso de Hitler a la guerra).

Pero los críticos marxistas como Trotsky y Serge no sólo eran una espina en el costado de Stalin, sino un reproche moral a su dominio. Era mejor silenciarlos para impedir que sus voces fueran oídas por grandes audiencias. Trotsky fue asesinado en agosto de 1940, pero Serge sobrevivió y continuó escribiendo profusamente. Sus ensayos y pensamientos finales los dedicó totalmente a analizar los rasgos del período de posguerra y a su idea de que el socialismo debía renovarse para seguir siendo relevante.

Pero antes de que muriera Trotsky pasaron cuatro años en los que ambos estuvieron en Occidente y pudieron colaborar. Stalin cometió el error de expulsarlos a ambos; quizás no había imaginado que en el exilio ellos cuestionarían todas sus traiciones y crímenes. Trotsky luchó sostenidamente contra Stalin desde su expulsión en 1929, exponiendo ante el mundo sus crímenes. En 1936 Serge se unió a Trotsky en el exilio: otro bolchevique con una poderosa pluma que estuvo al lado de Trotsky desde 1923 a la intemperie, en la clandestinidad, a través de la prisión y la deportación, y [quien] podría ahora fortalecer la lucha contra los crímenes de Stalin. Probablemente, al expulsarlos a ambos, Stalin no imaginó que en el exilio desafiarían cada aspecto de sus traiciones y asesinatos. Qué trágico, entonces, que estas voces antiestalinistas estuvieran divididas, que su relación se volviera discordante.

El asesinato de Trotsky fue un terrible golpe para los partidarios de su política en todos lados. La mayoría de los que se inspiraron por el ejemplo de la Revolución Rusa carecían de la experiencia que tuvo la generación revolucionaria de Trotsky en organizar, construir y hacer una revolución exitosa. Como consecuencia, el movimiento se vio aún más profundamente afectado por la muerte de Trotsky [en cierto modo, el pensamiento revolucionario se congeló en la mentalidad de 1940].

Serge fue un eslabón vital para esa generación, aun cuando arribó a la escena soviética recién después del primer año (año uno) en enero de 1919. Los agentes de la GPU de Stalin promovían activamente divisiones entre los militantes de la oposición de izquierda y Víctor Serge fue una víctima más de ese trabajo sucio y cismático. Pero la conexión entre Serge y Trotsky no tuvo problemas: las diferencias políticas y las prácticas organizativas también fueron responsables de forzar sus relaciones en un momento en que tenían una importancia política primordial. Serge formó parte de la IV Internacional aunque hallaba asfixiante la atmósfera interna y “no podía detectar (en la IV) la esperanza de la oposición de izquierda en Rusia por una renovación de la ideología, la moral y las instituciones del socialismo”. Estaba convencido de que el “socialismo también tenía que renovarse en el mundo de hoy y que esto debe hacerse arrojando por la borda la tradición autoritaria e intolerante del marxismo ruso de principios del siglo”.

Estas ideas lo llevaron a enfrentarse con el movimiento trotskista en Occidente: aquí había un oposicionista de izquierda talentoso, convincente, el trotskista más conocido en muchos círculos intelectuales, pero su enfoque heterodoxo era criticado por Trotsky y los trotskistas y le causaba mucho malestar, aislándolo del mismo movimiento, la oposición de izquierda, al que había dedicado tantos años y con tan grandes riesgos.

Las disputas entre Trotsky y Serge

La Oposición de Izquierda Internacional en el exilio estaba compuesta por comunistas expulsados y jóvenes seguidores. En su mayoría, eran militantes esforzados pero inexpertos que se apoyaban en el programa de la oposición de izquierda de Trotsky. Éste era el único dirigente que representaba la experiencia de la primera década de la Revolución Rusa. Junto a su hijo Lev Lvovich Sedov, Trotsky dirigió la lucha contra Stalin desde su exilio en el oeste de Europa a mediados de la década de 1930. Su trabajo para organizar la resistencia, educar a los camaradas europeos, escribir y construir la Oposición de Izquierda Internacional fue enorme. Afortunadamente para Trotsky y la oposición, otro camarada proveniente de la Unión soviética, Victor Serge, se uniría a ellos en abril de 1936. Aunque Trotsky y Serge ahora podían comunicarse por correspondencia, las circunstancias políticas les impidieron reunirse físicamente; y una serie de diferencias políticas, problemas de comunicación y las trampas que les armaba la NKVD fueron destruyendo su relación.

Seguramente, una de las mayores tragedias de los años de 1936 a 1940, o sea, desde que Serge fue expulsado a Occidente hasta que Trotsky fuera asesinado, fue que la relación entre ambos estuviera tan llena de asperezas y dificultades.

¿Cómo se desarrolló esa relación? Serge había visto por última vez a Trotsky en 1927; aunque mantuvieron su contacto por correspondencia en el exilio, sus caminos jamás volvieron a cruzarse. A pesar de la terriblemente difícil relación entre estos dos opositores de izquierda, Serge vivió la mayor parte de su vida política “a la cola del cometa Trotsky”, y fue quizás el trotskista más conocido en Occidente, aunque era tratado en forma mezquina tanto por Trotsky como por los trotskistas. Cuando Victor Serge apenas llegó a la ciudad de México en septiembre de 1941, lo que también fue un pequeño milagro, se dirigió a la calle Viena, donde había vivido y fue asesinado el Viejo. Mientras caminaba a lo largo del Río Churubusco, hacia la casa de Trotsky, recordó su hijo Vlady, “cuando mi padre vio la pared que rodeaba la casa, donde había sido muerto el Viejo, comenzó a llorar”.

Las diferencias políticas que surgieron entre Trotsky y Serge eran sobre la evaluación política y social de aquella época. Su correspondencia y artículos desarrollaban estas diferencias en un exhaustivo debate que tenía un carácter educativo e interesante. Esa discusión abarcaba el carácter del POUM en España, el Frente Popular en Francia, el renovado debate sobre la represión de la rebelión de Kronstadt en 1921, y la IV Internacional. Desgraciadamente, el nivel del discurso se deterioró en la época en que Trotsky escribió (en 1939) su apéndice “Los moralistas y los sicofantes contra el marxismo”, que fue su respuesta al debate provocado por su libro, Su moral y la nuestra (de febrero de 1938), que había traducido Serge, como lo había hecho con La revolución traicionada. En la airada respuesta de Trotsky vemos cuánto éxito había tenido la NKVD en dividir a los dos sobrevivientes de la oposición de izquierda. La publicación del insidioso ensayo de Trotsky significó un lamentable momento para la izquierda antiestalinista.

La oposición de izquierda en el exilio estaba en una situación permanente en peligro de ser físicamente liquidados y trabajaba en un ambiente lleno de sospechas, desmoralización y desesperación. En este aspecto, no se puede subestimar el rol de la NKVD, aunque sería igualmente incorrecto sobreestimar su influencia, pues las diferencias políticas en el seno de la oposición emergieron en una atmósfera que no siempre era propicia para la libre expresión del pensamiento crítico, y especialmente el pensamiento heterodoxo.

Esto desalentaba especialmente a Serge, quien se debatía con las contradicciones que él había comenzado a considerar intrínsecas a las organizaciones guiadas. A menudo citaba a Rosa Luxemburg: “la libertad es la libertad para quienes piensan en forma distinta”, un principio que era más fácil proclamar que practicar en la extrema izquierda, con los “hombres mejor intencionados, que proclaman el principio de respetar al libre pensamiento, la mente crítica, y el análisis objetivo, pero en realidad no saben cómo tolerar al pensamiento que difiere del de ellos”.

Tanto en París como en México, Serge se relacionó continuamente con revolucionarios refugiados que encarnaban la intolerancia, con su consiguiente consecuencia de inquisiciones y expulsiones. En lugar de desalentarse, Serge procuraba comprender ese problema, que socavaba la eficacia de esos revolucionarios. También comprobó que en la URSS la burocracia supo cómo movilizar esos sentimientos contra la oposición y que, sin embargo, ésta mantenía las mismas características intolerantes.

Para él, el problema residía en la incapacidad de reconciliar la intransigencia, una necesaria cualidad del ser humano, con el respeto a los otros. En Rusia, la política socialista fracasó debido a que los socialistas trataron al marxismo como una “fe, luego como un régimen, y por consiguiente, una doble intolerancia”. Serge pensaba que el dilema podría resolverse “luchando contra la intransigencia” y por “la norma absoluta del respeto por los otros,… incluso con el enemigo.” Aunque ya antes había comentado, que el “respeto hacia el enemigo, los totalitarios lo hacen difícil, si no imposible”.

Había algo más que alimentaba las divisiones entre ellos: la persecución que sufrían y el consiguiente aislamiento. Serge escribió en sus cuadernos sobre “la soledad del Viejo”:

“No tenía verdaderamente a nadie a su lado. Sólo guardaespaldas, devotos pero estrechos de mente, Natalia Ivanovna, al borde de la desesperación desde la muerte de Liova… Ninguna otra inteligencia…, completamente desconectado de Europa y especialmente de Rusia, a la que amaba más que a nada en el mundo, la revolución rusa. En el fondo, lo comprendo. Natalia Ivanovna le dijo a Vlady que yo había sido la última persona que le trajo noticias frescas desde Rusia, ¡en 1936! Una terrible soledad, pues no tenía a nadie con quien hablar. Lo que había creado la fortaleza y la grandeza de los revolucionarios rusos es que ellos mismos constituían un entorno, un medio ambiente. Lenin y Trotsky…, y alrededor de ellos, Bujarin, Zinoviev, Lunacharsky, Smirnov, Bubnov, esos cincuenta hombres de la primera fila, de la más alta calidad, formaban un ámbito cultivado, educado, entrenado en el método marxista, animado por una pasión revolucionaria, profundamente honesto, un hecho casi único en la historia. Sus inteligencias y caracteres se fortificaban mutuamente y se multiplicaban por sus contactos. (…) La inteligencia es un hecho social, tanto como bio-psicológico; aunque lo psicológico es social por definición: ¿qué habría sido Beethoven en un pueblo de sordos, o Einstein entre analfabetos? Así estaba Trotsky en Coyoacán, durante una época de reacción internacional. La soledad fue uno de los factores que lo endurecieron. Es terrible ser tan fuerte, tan grande y tan solitario… es terrible y desgastador”.

Además, como insinuó Serge, sin conocer el verdadero alcance de sus palabras: “el Viejo estaba rodeado de traidores, como Sheldon Harte, y el Viejo no quería admitirlo. Por su espíritu de partido, se decía. Pienso que era más bien por un sentimiento humano, una especie de represión de esta lamentable desilusión”.

Todo esto fue debido a la persecución, al aislamiento, a la pérdida de tantos camaradas, amigos y familiares, junto a las inmensas tareas que enfrentaba Trotsky en su lucha contra Stalin. También era un escritor fascinante, especialmente en las polémicas. Las rabietas literarias de Trotsky contra camaradas como Serge y otros críticos en la oposición de izquierda, e incluso su propio hijo, Lev Levovich Sedov, quien fue destinatario frecuentemente de la ira de su padre, reflejaban todas sus frustraciones al estar físicamente impedido de jugar un papel dirigente en la lucha en la URSS y en Europa. Sedov escribió a su madre una carta que en realidad jamás le envió:

“Creo que todos los defectos de papá no han disminuido al envejecer, sino que bajo la influencia de su aislamiento muy complejo, inusitadamente penoso, empeoraron. Su falta de tolerancia, su mal genio, su incompatibilidad, hasta su dureza, su tendencia a humillar, ofender y hasta destruir, han aumentado. No es algo personal, es un método, que no es bueno para organizar el trabajo”.

Aunque Serge mismo fue víctima del sucio trabajo divisionista hecho por los agentes, era consciente de que las diferencias políticas y las prácticas organizativas tenían también su cuota de responsabilidad en el empeoramiento de sus relaciones con Trotsky a partir de 1937. Serge comenzó a disentir con Trotsky a fines de 1936 y este disenso creció hasta llegar prácticamente a una ruptura hacia 1939. Aunque Kronstadt y el apoyo de Serge al POUM eran los temas polémicos públicos, lo que más enojaba a Trotsky era la actitud de Serge hacia la IV Internacional.

Trotsky necesitaba tener a Serge como un aliado político cercano. Él consideraba que su misión, cuando comenzó la Gran Purga en la URSS y los estalinistas estaban estrangulando a la revolución en España, era crear una nueva internacional, un polo revolucionario que atrajera a los trabajadores en el mundo que rechazaban al estalinismo y a la socialdemocracia. Dedicó entonces su mayor energía a la IV Internacional y naturalmente, quería que todos los marxistas revolucionarios compartieran su visión de esta organización revolucionaria mundial. Victor Serge, como un opositor de izquierda ruso exilado, con un prestigio intelectual en Europa, habría sido un gran aporte para la IV Internacional.

Pero Serge discrepaba con la evaluación de Trotsky sobre “el nuevo auge revolucionario”, dudando de la disposición de los trabajadores europeos para la lucha revolucionaria. Serge afirmaba que los trabajadores solo estaban “emergiendo, despertando de un largo período de depresión”, producto de diez años de agotamiento provocado por la guerra y las derrotas de la posguerra. Esta no era una diferencia menor. Sus diferentes percepciones de la coyuntura también se reflejaban en diferentes políticas hacia el frente popular, al que Serge vio como un terreno para luchar por las demandas de la clase obrera. Su tarea, de acuerdo con él, era “ejercer suficiente presión sobre el frente popular (…); podría ser una forma transicional útil que permitiría a los trabajadores entrar en posteriores etapas de la lucha con mayores posibilidades”. Su consigna era “transformar al frente popular de un instrumento de colaboración de clases en un instrumento de la lucha de clases”, lo que obviamente implicaba “una ruptura con los elementos burgueses y dominados por los burgueses y el reagrupamiento de las fuerzas de la clase obrera en torno a un programa revolucionario que pueda asegurarle el apoyo de las clases medias”.

Trotsky envió a A. J. Muste, un ex pastor calvinista, cuyo Partido Obrero se fusionó con la Liga Comunista para formar la sección estadounidense de la IV Internacional (el Socialist Workers Party). Muste visitó a Serge en Bruselas a fines de julio de 1936. “Y me ofreció, de parte de León Davidovich, ingresar por cooptación al Buró de la IV Internacional. Acepté”. Serge le escribió una carta a Trotsky en la que adelantó sus ideas sobre cómo la organización podría llegar y reclutar a tanta gente como fuera posible. Serge imaginaba un partido revolucionario amplio con una prensa verdaderamente profesional, de calidad, que alentara un debate abierto en un estilo fraternal.

Además, hacía hincapié en que la organización, aunque fuera ideológicamente firme, siguiera siendo abierta y no sectaria, tratando de unificar a las fuerzas no estalinistas. También propuso que la cuestión de la “naturaleza del estado soviético y de la defensa de la URSS, cuestiones sobre las que reina una enorme confusión en las bases”, quedara abierta, pues era una cuestión educativa importante pero no de principios. Trotsky respondió a Serge afirmando que no podía estar de acuerdo.

A mediados de 1937, comenzaron a tener serias diferencias. Serge escribió que “nuestras discrepancias fueron cada vez más numerosas, pero las cartas del Viejo eran afectuosas y yo lo admiraba en forma desmesurada”. En España el POUM y los anarquistas estaban siendo saboteados por los estalinistas en la guerra civil española, y Serge trataba de que Trotsky asegurara que la IV Internacional se comprometiera a publicar una declaración de simpatía hacia el POUM, pero nunca lo hizo, y de hecho “los trotskistas estaban dirigiendo todo su fuego contra el POUM”.

No obstante, Serge formó parte de la IV Internacional, incluyendo su conferencia fundadora, y trabajó con sus miembros hasta que comenzó a disentir con ellos sobre la actitud hacia el POUM, en una enrarecida atmósfera interna, donde la intransigencia de Trotsky se transformaba en una burda caricatura, simplemente en la inflexibilidad. En la IV Internacional “no encontraba las aspiraciones de la oposición de izquierda en Rusia para renovar las ideas, las costumbres y las instituciones del socialismo”.

“Los pequeños partidos de la IV Internacional, desgarrados por frecuentes escisiones y, en París, por lamentables querellas, constituían un movimiento débil y sectario del cual, me parecía, no podía nacer ningún pensamiento nuevo. El prestigio del Viejo y su incesante labor eran lo único que mantenía la vida de los grupos, y ese prestigio y la calidad de esa labor se desgastaban con ello”.

Más aún, llegó a la conclusión de que la elección del momento fue totalmente equivocada: la creación de un partido de la revolución mundial durante un período de derrota (fascismo, guerra, totalitarismo soviético) era fútil, por no decir pretenciosa. La correspondencia entre Serge y Trotsky revelaba así un conflicto de objetivos. El último quería que el primero jugara un papel dirigente en la IV Internacional, y Serge ya tenía desde el comienzo dudas sobre el proyecto.

Serge estaba seguro de que una federación no estalinista habría sido más apropiada para la nueva situación mundial. Él era menos específico que Trotsky sobre el verdadero carácter de las organizaciones no estalinistas que él esperaba que vendrían a esta federación. Aunque las dudas de Trotsky sobre la izquierda no-estalinista-pero-no-trotskista eran importantes, Serge pensaba que la izquierda trotskista “empleaba lo mejor de sus fuerzas y de su tiempo en intrigar entre sí y en denigrarse mutuamente, (…) desperdiciando sus recursos, cuando al mismo tiempo no se había hecho propaganda alguna para nuestros encarcelados en Rusia”.

Serge cortó sus vínculos con la IV Internacional en 1937, tratando de evitar controversias, y “me esforcé en prestar a los militantes y a LD todos los servicios que estuvieran a mi alcance”. Él no se abstuvo, en 1938, de escribir su polémica con Trotsky sobre Kronstadt y otros temas vitales. Después de todo, había toda una generación de militantes políticos que se beneficiarían de una clarificación de las cuestiones que rodeaban a la represión de los rebeldes de Kronstadt. Durante ese período la pluma de Trotsky le lanzó un torrente de improperios. Pero aun cuando lo atacaba políticamente, en privado le escribió: “Aún estoy dispuesto a hacer todo lo posible para crear las condiciones para colaborar (…) pero con una condición: si usted mismo decide que pertenece al campo de la IV Internacional y no al campo de sus adversarios.”

Serge le respondió defendiendo sus actividades, asegurando al Viejo que él no tomó parte alguna en ninguna agrupación “opuesta a la IV”, a pesar de sentirse más cercano a los camaradas heréticos, porque creía que tenían razón, que era hora de seguir un nuevo camino, no quedar adheridos a los “caminos ya muy transitados del difunto Comintern”. No sólo no participó en ninguna actividad fraccional, sino que lamentaba que la misma cosa sucedía una y otra vez: que no se podía decir honestamente, con calma y dignidad, “sí, tenemos serios desacuerdos”; siempre se tenía que desacreditar o incluso difamar a la otra parte. Serge reconoció abiertamente sus diferencias con el Viejo sobre la cuestión de la internacional y proponía en cambio una “alianza con todas las corrientes de izquierda del movimiento obrero (y su plataforma sería la lucha de clases y el internacionalismo)…; se debe abandonar la idea de la hegemonía bolchevique-leninista en el movimiento obrero de izquierda y crear una alianza internacional que refleje las verdaderas tendencias ideológicas de las secciones más avanzadas de la clase obrera” y él estaba “convencido de que en esa alianza los bolcheviques leninistas tendrían una mayor influencia que en su propia internacional”.

La actitud de Serge hacia el POUM, el Frente Popular francés, y la IV Internacional se basaba en su preocupación porque los marxistas revolucionarios no se separaran de la arena política que atraía la atención de la clase obrera. Aunque Serge estaba quizás demasiado entusiasmado sobre lo que podría lograrse con el Frente Popular y el POUM, su preocupación era evitar que los trotskistas fueran vistos como sectarios, lo que podría aislarlos y privarlos de influir en una lucha importante.

El debate sobre Kronstadt reapareció en 1937 y siguió a través de 1938 en revistas europeas y estadounidenses. Serge no había cambiado su posición de apoyar al partido comunista ruso sobre esa cuestión, pero quería que el partido comprendiera cómo fue que llegaran al punto de reprimir y ejecutar a trabajadores y marinos de Kronstadt. Los libertarios y anarquistas en Europa señalaban las similitudes entre los Juicios de Moscú y la represión de la rebelión de Kronstadt. Mientras los anarquistas y poumistas eran traicionados por los comunistas en España, el debate sobre Kronstadt sirvió como un elemento más para terminar afirmando que el estalinismo era el brote natural del leninismo. Serge no compartía esta opinión, ni era su propósito intervenir en el debate sobre Kronstadt. Él negaba que su propósito fuera mirar retrospectivamente lo que había pasado y si se podía haber evitado, pero que esto era esencial para extraer importantes lecciones. Trotsky coincidía en que era “necesario aprender y pensar”, pero que ese consejo era muy fácil de dar tras el hecho consumado.

Trotsky dirigió su fuego contra los moralistas, como Souvarine y Ciliga, que estaban interesados en la cuestión de la responsabilidad personal de Trotsky. Serge defendió los ideales de octubre ante quienes, como Ciliga, “juzgaban [a la revolución] sólo a la luz del estalinismo” y dirigían ataques personales “contra Trotsky con mala fe, ignorancia y espíritu sectario”.

Evidentemente, Serge y Trotsky coincidían mucho en estos pensamientos. No era Serge quien adaptaba el debate a la luz de la guerra civil española, buscando vincular las malezas estalinistas con las semillas leninistas, sino el propio Trotsky, ante la comisión Dewey sobre los Juicios de Moscú, cuando estaba defendiendo su papel contra las calumnias difundidas por el Estado soviético. Serge aprovechó la oportunidad para plantear algunas cuestiones que él pensaba que merecían ser reflexionadas, pues tenían un alto valor educativo para la izquierda occidental.

En marzo de 1939, Serge escribió a Trotsky, explicando que su ruptura con los bolcheviques leninistas franceses había sido porque un camarada le había dicho que había serias sospechas sobre Lilia Ginzburg. Serge pensó que esto debería ser investigado y se lo confió a Rosmer, Wullens y Elsa Reiss. Elsa lo contó al grupo, que “rechazó examinar la sustancia del asunto, o así me lo dijo el camarada Étienne”. En cambio, “entabló una demanda contra mí”. Parece que Lilia Ginzburg, conocida personalmente como Lola, no era agente de la NKVD, pero defendía la fiabilidad de Étienne/Zborowski, quien era el verdadero agente. Aparentemente, éste pudo convertir a Serge en un paria para el grupo. Trotsky aceptó esta posición y desató sobre Serge una terrible ofensiva con una prosa cáustica.

La traducción por Serge de la obra de Trotsky sobre los medios y los fines, Su moral y la nuestra (en febrero de 1938), trajo otra injustificada polémica sobre su relación. Desgraciadamente, la controversia no era sobre el contenido del libro, del cual Serge pensaba que contenía “algunas páginas excelentes”.

La disputa con Trotsky no era sobre la traducción de Serge, ni se refería a sus tácitas discrepancias sobre las ideas que expresaba Trotsky, sino sobre una exposición promocional incluida en la edición francesa, en la que se atacaba groseramente a Trotsky. Éste supuso que Serge había escrito una invectiva que a primera vista era inconcebible que éste pudiera haber escrito o inspirado, totalmente ajena al texto de su obra editada. En lugar de verificar los hechos con Serge o con el editor, Trotsky escribió un apéndice para Su moral y la nuestra en junio de 1939, llamado “Los moralistas y sicofantes contra el marxismo: los mercaderes de indulgencias y sus aliados socialistas, o el cuclillo en nido ajeno”. El artículo rebosa de la irritación de Trotsky hacia los independientes débilmente relacionados con la oposición de izquierda, así como su obvia frustración por hallarse a un océano de distancia de la discusión, un océano de distancia del control en la disidencia. El ensayo estaba dedicado a un ataque mordaz contra Victor Serge (el moralista) y Boris Souvarine (el sicofante), que sustenta siete páginas de diatribas.

Serge estaba desconsolado por lo que representaba este violento ataque personal. El ataque estaba basado en una falsedad y para él Trotsky estaba “mal informado por sus acólitos”, quienes le negaron a Serge el acceso a una respuesta en sus publicaciones. Éste rehusó romper públicamente su solidaridad con Trotsky, pero pretendió refutar internamente lo sucedido en una carta a Angélica Balabanova en octubre de 1941, y el motivo de haberse abstenido de debatir públicamente con el Viejo, mientras éste estaba en medio de una lucha terrible contra el estalinismo, y cuyas ideas todavía respetaba profundamente Serge. Él tenía tanta “estima y afecto por el Viejo que aunque este escribió un largo ataque polémico acusándome de escribir un artículo que jamás fue mío y de defender ideas que jamás fueron mías”, él prefirió sufrir este injusto ataque en silencio: “la verdad puede abrirse camino de maneras diferentes de la polémica ofensiva”. Serge también escribió a Trotsky negando conexión alguna con el odioso folleto. Trotsky respondió en el Boletín de la Oposición (septiembre 1939) que él “aceptaba de buen grado su declaración”, pero creía que si Serge personalmente no había escrito el folleto, “entonces había sido uno de sus discípulos o uno de sus camaradas”.

¿Qué camaradas? ¿Étienne? Haya sido o no Étienne/Zborowski quien planteó directamente la cuestión a Trotsky, o incitó a otros a hacerlo, él podría estar con razón orgulloso de haber podido lograr su objetivo: dividir a los dos miembros de la oposición de izquierda sobrevivientes y ocuparlos con incesantes intrigas internas. Sin embargo, Trotsky pareció descartar la posibilidad de la mano de la NKVD.

La ruptura por el folleto fue realmente la culminación de discrepancias sobre cuestiones mayores: el apoyo de Serge al POUM y su actitud hacia la IV Internacional. Trotsky estaba ofendido por esta deserción y el tono excesivo de su polémica reflejaba su ira. A pesar de ello, Serge todavía seguía en la órbita del trotskismo y mantuvo una gran estima hacia el Viejo; y el público político en general lo consideraba un trotskista.

La ruptura entre Serge y Trotsky jamás fue total, y tuvo las características de una discusión donde quedaban márgenes para la conciliación. Aunque Trotsky fue quien vertía el mayor veneno, siempre dejaba abierta la puerta para la cooperación. Por supuesto, siempre y cuando Serge trabajara en el ámbito de la IV Internacional. Por parte de este último, el dolor por la virulencia de Trotsky era grande, pero no afectaba a su reconocimiento de la grandeza del Viejo, “cuyos rasgos eran los de varias generaciones, desarrolladas en un alto grado de perfección individual”.

Pero lo más trágico, entonces, fue que Serge y Trotsky no pudieron trabajar unidos en esos oscuros años, que la actitud generosa, digna y de camaradería del primero hacia el segundo no fue correspondida por este último.

Lo peor, para Serge, fue la conducta negativa de los trotskistas. Es evidente que él no pensaba que Trotsky, en este sentido, era un trotskista. Podía comprender su rigidez, porque era “el último sobreviviente de una generación de gigantes”. “La grandeza intelectual del Viejo era un producto de la de su generación. Él necesitaba el contacto directo con hombres de la misma marca de él, que pudieran comprender sus pensamientos tácitos y pudieran discutir a su nivel, (…) un Bujarin, un Piatakov, un Preobrazhensky, un Rakovsky y un Iván Smirnov; necesitaba a Lenin para ser completamente él mismo”.

Además, Serge fue testigo de que “en Rusia, nuestra oposición de izquierda nunca había sido trotskista, pues no teníamos la intención de adherirnos a una personalidad, rebeldes como éramos contra el culto del líder. Considerábamos al Viejo solamente como uno de nuestros más grandes camaradas, un hermano mayor, cuyas ideas discutíamos libremente…”. No obstante, para la generación presente y la futura, Serge estaba convencido de que “el socialismo también tenía que renovarse en el mundo de hoy, y que esto tiene que tener lugar abandonando la tradición autoritaria, intolerante del marxismo ruso de principios de siglo”… “Si en su destierro Trotsky se hubiese hecho el ideólogo de un socialismo renovado, de espíritu crítico y menos temeroso de la diversidad que del dogmatismo, tal vez hubiera alcanzado una nueva grandeza. Pero fue el cautivo de su propia ortodoxia, tanto más cuanto que le reprochaban como una traición atentar contra ella. Quiso ser el continuador en el mundo de un movimiento ruso y que en Rusia mismo estaba terminado, dos veces asesinados por los revólveres de los ejecutores y por cambios de mentalidad.”

Para concluir, más allá de las diferencias muy reales que surgieron entre Serge y Trotsky, debemos decir que Etienne/Zborowski y otros agentes pudieron lograr los objetivos que les había impuesto Stalin. Obstaculizaron la obra de la Oposición de Izquierda y además la de otros movimientos de izquierda, asegurando así que jamás pudieran relacionarse con el pueblo de la URSS. Promovieron divisiones en forma directa e indirecta; es más, las crearon y exacerbaron, posiblemente para asegurar su arraigo en el movimiento. Estigmatizaron a personas valiosas como espías, los denigraron y/o los mataron. Alteraron sutilmente los textos de la Oposición de Izquierda en el Bulletin, o en cualquier otro lugar que pudieran, creando un problema para las generaciones siguientes. Aunque la Oposición de Izquierda nunca llegó a ser un movimiento importante, esto pudo haber sido crucial, si no en esa época, posteriormente, provocando discusiones y análisis dudosos, y divisiones para asegurar que la oposición contra el estalinismo no pudiera construir un movimiento importante. Y finalmente, el estalinismo fue responsable de la muerte directa de algunos de las mejores personas de su generación, privando al mundo de personas que podrían haber ayudado a dirigir al movimiento socialista, superando sus errores.

Suzi Weissman es miembro del Consejo Asesor de Against the Current y autora de una biografía política de Victor Serge (Verso)