¿Estado o Constitución?

por José Moro

Parece haber consenso en el pueblo sobre la necesidad de reemplazar la Constitución, a la que se considera causante de las desigualdades sociales y límites de la democracia chilena. Sin embargo, este acuerdo no parece extenderse a la necesidad de cambiar el Estado. Y sin embargo, esta Constitución es creación de un Estado que, en sus rasgos esenciales, no se distingue sino formalmente del construido a partir del golpe militar. Recordemos que, entre 1973 y 1980, ese mismo Estado fundó el sistema económico, social y cultural que heredamos, sin necesidad de un marco constitucional. 

En consecuencia, no es descabellado concluir que no puede haber Constitución sin Estado, pero sí puede existir un Estado sin Constitución. E incluso, sobrevivir a varias constituciones. Entonces, ¿puede la Constitución cambiar realmente el Estado, en su naturaleza y características esenciales? ¿No sería mejor crear un nuevo Estado, radicalmente diferente del que construyeron los dueños del poder y la riqueza, y luego, de ser necesario, crear un marco constitucional que consagre su funcionamiento? 

Porque un Estado no se sostiene en una Carta Magna, como creen los juristas, sino que existe en virtud de una legalidad más profunda y elemental: instituir prácticas y relaciones entre los grupos sociales que permitan la conservación de la sociedad. La legalidad del viejo Estado chileno, por ejemplo, instituye objetivamente el asesinato y la tortura como garantías de estabilidad, aunque la Constitución haga gárgaras con los derechos humanos; la legalidad económica instituye la explotación de los trabajadores, aunque la Constitución indique que se trata de un intercambio justo de servicios entre asalariados y empleadores.

En definitiva, la Constitución traza en palabras pomposas aquellas fechorías que el Estado realiza, en el suelo duro de la realidad, para mantener el poder y la riqueza de la clase dominante. ¿Detendremos los crímenes y desigualdades cambiando palabras de la Constitución de Lagos-Pinochet, o nos proponemos, en cambio, el fin del Estado pinochetista, que creó ésta y creará, sin duda, tantas Constituciones como sea necesario para mantener la farsa de la legalidad burguesa? La decisión está, como siempre, en manos del pueblo.