El Octubre chileno: comienza la revolución

por El Porteño

Hace exactamente una semana, con una inocente evasión masiva en el Metro de Santiago se abrió paso a un proceso histórico, un nuevo curso en la revolución en Chile. Lo ocurrido en la última semana equivale, políticamente, al menos a tres décadas. Esta semana ha conmovido hasta la última de las fibras del tejido social del capitalismo semicolonial chileno. Luego de la chispa encendida por los estudiantes secundarios, toda la pradera de antagonismos de clase estallaron casi simultáneamente reduciendo a cenizas el «oasis» de paz y progreso del país más estable y de PIB per cápita de mayor envergadura en América Latina. Una economía cuyo desarrollo productivo y capacidad política de su burguesía, eran puestos como modelo a seguir por los ingenieros del imperialismo. La tierra de Pinochet, la doctrina del shock, de los Chicago Boys, de la transición democrática y de la sobria -a veces aburrida- alternancia, que hace que hasta el término de su Gobierno en 2022 (cosa que está por verse) y desde el 2006 el país ha sido conducido por dos personas: la socialista Michelle Bachelet y el especulador financiero y camaleón de la derecha liberal, Sebastián Piñera.

Lo ocurrido en Santiago, a partir del pasado e histórico 18 de octubre, habrá de incorporarse al arsenal teórico marxista de la clase obrera. El movimiento tuvo una primera fase explosiva, cuyo desarrollo alcanzó hasta el pasado martes 22, luego ingresó en una fase de huelga general desde el 23 y desde el el viernes pasado ha alcanzado su mayor expansión popular con dos millones y medio de movilizados en todo el país y una de las mayores concentraciones en la Plaza Baquedano de la capital, con una cantidad un millón y medio de manifestantes, poderosa acción de masas que se desarrolla abriendo espacio a una nueva ola y más profunda, de movilizaciones.

El primer momento del levantamiento fue la explosión de la ira popular por el aumento de las tarifas del Metro y las acumuladas de agua y electricidad. A modo anecdótico puede apostillarse que la controversial cinta «The Joker» fue aplaudida masivamente en los cines y muchas veces de pie por los espectadores. El ambiente social venía aguijoneado internacionalmente por la situación en Ecuador e internamente por las torpes y versallescas declaraciones de los Ministros del Gobierno que mandaban a los trabajadores a levantarse temprano -Fontaine- o amenazaban a los estudiantes con quitarles la tarifa escolar de la TNE, como la Ministra Hutt.

Desde el martes 15, en oleadas los secundarios comenzaron a saltar los torniquetes del Metro, la represión y el accionar del Gobierno no hizo más que provocar mayores manifestaciones. Fue el viernes 18 cuando se provocó el estallido. Miles de estudiantes y trabajadores jóvenes atacaron simultáneamente una decena de líneas del Metro, incendiándolas dirigiéndose luego en contra de sucursales bancarias, de grandes cadenas comerciales, multitiendas y servicios públicos privatizados. El movimiento desarrolló una especie terror rojo que paralizó al Gobierno -a pesar de la inmediata declaración de Estado de Emergencia- a su aparato represivo y ocasionó un colapso que le impidió responder, de hecho Piñera pretendió sacar a la mañana siguiente a sus Ministros a la calle a limpiar los destrozos, pero fue aplasatdo por la realidad. No era un simple estallido o revuelta, las masas habían llegado para ocupar un espacio político y su accionar no tenía contención de ningún partido del régimen, ni de la Concertación ni del Frente Amplio. La explosión de masas, de forma instantánea, liberó la tensión de los antagonismos de clase acumulados durante décadas en cuestión de horas en todo el país. La lucha de clases, expresada como acción revolucionaria, llegó desde los torniquetes del Metro a todos los rincones Chile.

Un segundo momento, que masivamente se expresa a partir del sábado 19 lo constituyen los saqueos a los grandes supermercados. Recién aquí el Gobierno y los partidos del régimen -desde la UDI al Frente Amplio- salieron a condenar la violencia del movimiento, porque se dirigía contra la sacrosanta gran propiedad privada. Piñera desarrolla el discurso de «aislar al lumpen» y declara el domingo 20 la «guerra al violentismo». Con esta declaración, Piñera logra -en una primera inflexión del movimiento- reimpulsarlo y abrir espacio a los pacifistas que son los primeros que logran ubicar alguna bandera en el movimiento, principalmente en la clase media y la pequeña burguesía con su «no estamos en guerra» . Sin embargo, los saqueos, una genuina creación de esta fase del proceso, distaba mucho de la estrecha visión policial del Gobierno y los partidos del régimen. Los saqueos fueron realizados principalmente por trabajadores y estudiantes jóvenes que -a voz en cuello- declaraban que estaban recuperando lo que día a día le quitaban los capitalistas. El saqueo representó en un primer momento, más que un paliativo al hambre, una declaración de guerra social realizada en los templos del consumo. Televisores, ropa nueva, muebles y electrodomésticos además de ser recuperados, también fueron arrojados para alimentar el fuego de las barricadas, como un acto explícito de ruptura del compromiso social capitalista cimentado en el consumo. Los saqueos, que tanto espantan a los demócratas liberales y pequeñoburgueses, son una prefiguración de poder obrero y permiten plantear la cuestión de la distribución de alimentos a manos de las organizaciones de trabajadores y como tales, merecen nuestro apoyo en tanto deben orientarse a consolidar el poder obrero.

El tercer momento lo constituye la Huelga General del 23 y 24. Representa el ingreso organizado de la clase obrera al conflicto. La paralización desplegada en esos días se extendió de forma caótica, caos en buena forma garantizado por las acciones represivas del Gobierno, particularmente el toque de queda que quiebra toda normalidad en la actividad económica y servicios públicos. La administración del Estado -en una formal normalidad- dejó de funcionar casi completamente. Portuarios y Trabajadores del Cobre dieron un primer impulso a estas acciones (aunque defectaron después) y fue la Mesa de Unidad Social que agrupa a la CUT, Mov. No+AFP y las principales organizaciones de trabajadores de alcance nacional, la encargada de hacer formalmente la convocatoria a huelga. La burocracia sindical, ahora de forma orgánica, logra ubicarse dentro del movimiento -sin conducirlo- y vuelve a insistir en una salida burguesa a la crisis. A pesar de plantear la renuncia de Piñera, su llamado a una nueva Constitución nacida de una Asamblea Constituyente, pretende dar una salida institucional, electoral, dentro de los marcos del régimen, a la crisis. Sin embargo, el surgimiento de miles de Asambleas y Cabildos populares, territoriales y obreros, conspira objetivamente en contra de este intento de la burocracia sindical. En el día de hoy, los sindicatos tienden a jugar un papel reaccionario y de lastre, respecto de un movimiento que se ha emancipado temporalmente de sus viejas direcciones y que construye, en medio de esta lucha, sus nuevos organismos y direcciones. La Huelga General, una maciza expresión de fuerza de los trabajadores, se dio en respuesta a la Agenda Social de Piñera proclamada el martes 22, la que fue en definitiva una mediocre concesión al movimiento y un torpe intento de corregir el discurso soberbio del domingo 20. Piñera, con una Agenda Social que marca el fin de su Gobierno -políticamente hablando- no logró tampoco contener el movimiento.

La cúspide de esta lucha lo constituyó la formidable manifestación del viernes 25. Dos millones y medio en la calle en todo el país. Un millón y medio en Plaza Baquedano -«el centro de la injusticia»- la manifestación más contundente de la caída del régimen, un hecho que en tanto cambio sustancial de la correlación de fuerzas entre las clases, ya se ha consumado. En las calles se respira la necesidad de persistir, de no abandonar la movilización y de proseguir en un levantamiento que ve en el horizonte la caída de Piñera como su primer y necesario logro. El Gobierno, cuya conducta reitera sistemáticamente torpeza e impotencia, no logra siquiera hilar un discurso coherente. Sus parciales oscilan entre la amenaza fascista y un risible intento de incorporarse a un movimiento político atribuyéndose la condición de intérpretes del mismo. El vergonzoso operativo militar, las masivas detenciones ilegales, la muerte de más de 18 compañeros, las denuncias de violaciones, torturas y desapariciones forzosas, quiebran toda posibilidad de desarrollar un discurso de unidad nacional que podría viabilizar una salida burguesa al conflicto. El régimen burgués está quebrado en su capacidad de contener el movimiento y de unificar a la propia burguesía. No sólo hay barricadas y protestas en La Dehesa, Las Condes y Providencia, sino que a estos manifestantes también se les dispara, se les dan palizas y se les encarcela. La pérdida del único apoyo social que tenía Piñera, el de la clase media acomodada y la pequeñaburguesía (camioneros, comerciantes) configura su hundimiento.

La burguesía sólo puede ofrecer salidas de Unidad Nacional, ellas en la coyuntura se definen primero mediante un largo desangramiento del movimiento, a lo Macron en Francia, conducido por un Gabinete de Unidad Nacional, con participación de la oposición burguesa de la Concertación y el ala liberal del Frente Amlio (RD); o bien, mediante la caída de Piñera y la conformación de un Gobierno de iguales características que se vería legitimado para convocar a una Asamblea Constituyente, como extrema salida democrática dentro de los límites burgueses. Ninguna de las dos salidas es garantía de triunfo para la burguesía, ambas llevan envueltas gravísimas amenazas para la dominación capitalista. Con un régimen en quiebra, la verdad sea dicha, cualquier cosa que se haga siempre es peor. Lo hemos visto estos días en que toda acción del Gobierno es percibida por las masas como una provocación, en tanto se percibe el intento de Piñera de reasumir el Gobierno.

No hay salida obrera a la crisis porque la clase carece de los organismos -hasta ahora- para asumir el Gobierno expulsando a la burguesía del poder; ni tampoco hay salida contrarrevolucionaria, tan solo porque a estos momentos la burguesía está gravemente dividida -hasta las organizaciones patronales CPC, Sofofa y hasta el propio Luksic le quitan el piso a Piñera- y su aparato militar está sensiblemente debilitado en su capacidad de fuego por su descrédito popular, por los Punta Peuco y los escándalos de corrupción.

Compañeros, es el momento de romper con las viejas direcciones. El PC, el PS y el Frente Amplio representan el antiguo régimen, aquél que ha sido barrido por la más grande movilización popular de que tengamos memoria. Todos los pacifistas, legalistas y electoreros que nos tienen acostumbrados a celebrar derrotas deben irse al basurero de la historia. El discurso de «no estamos en guerra», alegremente sostenido por Sharp y la izquierda pusilánime, no sólo es una cobardía que no se compadece con la entrega de millones de compañeros que se juegan la vida en las calles, es una ofensa además al movimiento. Estamos en guerra. Sí, así de claro, estamos en guerra en contra del régimen, del capitalismo y sus sirvientes. Hemos salido a luchar y no dejaremos las calles hasta derribar al Gobierno y hacernos de él. La tarea no será fácil, en lo inmediato importa seguir ganando las calles, quebrar el Estado de Emergencia y fortalecer las asambleas. Son las asambleas compañeros, los órganos de base los que permitirán potenciar la lucha y anticipar un nuevo Gobierno en nuestra sociedad.

Llamamos finalmente a todos aquellos que se reclaman de este movimiento, a los militantes de izquierda a romper con sus direcciones, a saludar el movimiento sin miedos y sin condicionamientos. La clase obrera nos está dando a los revolucionarios una lección monumental acerca de cómo se combate. Es imprescindible barrer con los conciliadores y pacifistas, es imprescindible redoblar nuestros esfuerzos por unificar a todos los sectores en lucha. Debemos transformar los espacios existentes Mesa Social, Frente de Trabajadores, Asambleas de barrio, en órganos políticos.

Nos hemos ganado el derecho en las calles, vamos a seguir en la lucha para acabar con Piñera asesino y su Estado de Emergencia y su régimen patronal y proimperialista. Vamos a seguir por un gobierno de la clase trabajadora y el Socialismo. Viva la clase obrera, vivan los trabajadores, viva el glorioso levantamiento popular: viva la Revolución chilena, viva la Revolución Proletaria.