Las ciudades despertaron hoy

por Yuri Carvajal

Las ciudades despertaron hoy como si hubieran dormido en una cama ajena: confusas, sedientas y ansiosas. Un acontecimiento político enorme ha ocurrido entre la noche previa y el amanecer de hoy.

Un llamado infantil a saltar vallas, terminó en estado de emergencia y toque de queda. 40 años de democracia y estamos casi de regreso en el mismo lugar.

Erosionada la organización de los pueblos, sus sindicatos y partidos, sus diarios y bibliotecas, su memoria y sus ancianos sabios, por la desenfrenada individualización mercantil moderna, hay pocas fuerzas organizadas y poco ejercicio intelectual para entender y encarar lo sucedido.

Estos 40 años nunca abordaron el problema que originó la dictadura: una democracia insuficiente, una modernización imposible, una renegación de nuestra carne indígena, una tierra diezmada por la búsqueda de ganancias.

La izquierda hizo poco o nada por recuperar las fuerzas primordiales que podrían haber cambiado el curso. Estamos de pronto en octubre de 1988.

Tenemos que hacer lo que no hicimos en ese momento: emprender un nuevo curso, de las aguas, de las instituciones, de los pueblos indígenas, de los ambientalistas asesinados, de la miseria trágica de los ancianos, de las urgencias de los hospitales, del aire en Ventanas, de las arenas de Arica, del fondo marino del seno de Reloncaví, del río Renaico y el copihue condenado a muerte, de la constitución, de la república, de las minerías y termoeléctricas, de la penalización cruel de pequeñas infracciones con las cuales se alimenta el goce policial.

Para emprender ese nuevo curso necesitamos un diálogo sereno, pausado.

Por ahora, las autoridades deberían reconocer la magnitud de la crisis y declarar un estado de excepcionalidad democrático, en que puedan nacer miles de partidos políticos sin la exigencia de una máquina electoral y a prueba de negocios, que florezcan radios barriales, universidades gratuitas, revistas locales. Que se convoquen asambleas en todos los lugares, que se debata qué planeta, que Chile estamos dispuestos a hacer.

El peor toque de queda es el que hace 40 años tenemos en nuestros cerebros, que nos impide pensar durante el día y soñar durante la noche.

No necesitamos que limiten nuestro movimiento, pues también pensamos con los pies. No es con fuerzas armadas como produciremos un orden nuevo, sino con fuerzas desarmadas.

Las viejas ideas de occidente, de fascismo y economía, humean hechas cenizas en las calles de la ciudad, impotentes, vacías, precarias.