Haití: una crisis sin precedentes

por François Bonnet 

“Haití ha conocido muchas dificultades, muchas crisis, pero esta sobrepasa todo lo que hemos conocido. Esta es mucho más grave”, afirma Pierre Espérance, contactado por Mediapart en Puerto Príncipe. Es uno de los responsables de una asociación respetada, la Red Nacional de Defensa de los Derechos Humanos (RNDDH). “Este poder organiza la inseguridad, se burla de la democracia y viola sistemáticamente las leyes, los derechos políticos y sociales”, añade Pierre Espérance.

La RNDDH publicó el jueves, 3 de octubre, un balance de los motines y manifestaciones que han paralizado completamente el país desde el 16 de septiembre. Del 16 al 30 de septiembre, “al menos han matado a 17 personas […] y al menos otras 189 han resultado heridas”, señala la asociación, que denuncia la violencia de la policía nacional haitiana, “los disparos con fuego real, las brutalidades policiales, el empleo abusivo de gases lacrimógenos y todos los demás actos represivos”.

Ahora que se acerca el décimo aniversario del terremoto de enero de 2010, que causó la muerte de más de 250.000 personas y redujo el país a escombros, Haití vive una crisis política que lo aboca al caos. El viernes, 4 de octubre, después de dos días de calma, se produjeron nuevas manifestaciones en todo el país. Desde comienzos de año, esta crisis contabiliza decenas de muertos y centenares de heridos.

Haïti lok”, Haití bloqueado. “Ya no funciona nada, en vez de reforzar las instituciones, el poder prefiere reforzar a las bandas y opta por la violencia”, asegura Pierre Espérance. “Tenemos un presidente fantoche y un Estado fallido”, añade el famoso novelista Gary Victor. Este último forma parte de la decena de escritores (Yanick Lahens, Lyonel Trouillot, Kettly Mars, James Noël…) que acaban de lanzar un llamamiento “a la ciudadanía del mundo para que apoye la causa haitiana”.

Elegido en noviembre de 2016, el presidente Jovenel Moïse ya perdió toda su credibilidad pocos meses después de ocupar el cargo en febrero de 2017. Este desconocido de 51 años, alzado a la presidencia por su predecesor Michel Martelly y sostenido por EE UU, fue elegido ya en la primera vuelta, aunque con una participación oficial del 21 % al término de un escrutinio muy controvertido. El año anterior, unos comicios presidenciales que ganó fueron anulados debido a las irregularidades detectadas.

Este hombre de negocios, productor y exportador de bananas, no ha conseguido nunca que le aprobaran un presupuesto. El país vive hoy con un parlamento paralizado, un gobierno en funciones, un primer ministro en funciones y un presidente virtualmente desaparecido. El jueves, 3 de octubre, Jovenel Moïse hizo su primera aparición sobre el terreno desde hacía unos dos meses: un alto de 55 segundos de duración en una calle de Petion-Ville, el barrio elegante en la parte alta de Puerto Príncipe, para dar algunos apretones de manos, rodeado de una guardia personal armada hasta los dientes.

El 25 de septiembre, después de diez días de disturbios y violencias, decidió intervenir en directo en la televisión nacional para llamar a la constitución de “un gobierno de unión nacional”. Pero lo hizo a las 2 de la madrugada, cuando el país duerme y la electricidad está cortada en numerosos barrios, sin hablar ya del mundo rural. En lo esencial, el presidente se manifiesta a través de su cuenta de Facebook, que por cierto es esquelética. Su repentino llamamiento a la unión resultó totalmente irreal, habida cuenta de que quienes le apoyan y los responsables del partido presidencial, el PHTK, están acusados de cometer las peores violencias. Dos días antes de su discurso nocturno, un senador de su partido desenfundó su pistola y disparó contra los manifestantes que se apelotonaban delante de su automóvil dentro del recinto del parlamento. Dos hombres resultaron heridos, uno de ellos un fotógrafo de la agencia AP. “La legítima defensa es un derecho sagrado”, se defendió después Jean-Marie Ralph Fethière.

El suceso podría ser un episodio rápidamente olvidado si no reforzara las acusaciones formuladas por numerosos observadores, periodistas y asociaciones. Además de la policía, que puede violentar a los manifestantes sin temor a ser inquietada, al parecer determinados círculos del poder financian y arman a bandas criminales, cuya presencia siempre ha sido una constante en Haití. La red RNDDH señala que “individuos armados, partidarios del poder, participan activamente en las operaciones policiales. Los utilizan para atacar violentamente las manifestaciones antigubernamentales”. Como prueba de esta afirmación, la asociación publica una fotografía de la asunción del cargo de un delegado del partido en el norte de la isla, el pasado 30 de septiembre: el hombre aparece rodeado de una milicia armada.

Asimismo, crecen las sospechas sobre la implicación de personas cercanas al poder en la masacre de La Saline que se produjo hace un año. El 10 de noviembre de 2018, pocos días antes de una nueva manifestación, una banda criminal ejecutó a 73 personas por lo menos y cometió violaciones en La Saline. Mucha gente vio en ello una estrategia del terror para “quebrar el ímpetu de la movilización contra el poder en este barrio conocido por su hostilidad al presidente Jovenel Moïse”, según el novelista. Una investigación patrocinada por Naciones Unidas todavía no ha concluido a fecha de hoy.

En este clima insurreccional, los partidos de oposición rechazan toda negociación y exigen la dimisión del presidente y la disolución del Parlamento. No son los únicos. Después de haber reclamado durante un tiempo un diálogo, un buen número de iglesias exigen a su vez la retirada de Jovenel Moïse, al igual que muchos músicos, artistas y escritores que multiplican los llamamientos.

El programa PetroCaribe o el robo del siglo

“Hoy todas las instancias de la vida nacional, los representantes de todos los cultos, las entidades de defensa de los derechos humanos, los profesores de universidad, colectivos de artistas y de intelectuales, los partidos de oposición de todas las tendencias, los sindicatos y asociaciones del sector empresarial reclaman la dimisión del presidente y de lo que queda del parlamento”, afirman los escritores en el llamamiento antes citado.

“El ejecutivo, y quienes le apoyan, resisten mientras numerosas comisarías de policía son atacadas, empresas privadas se ven saqueadas, instituciones públicas están siendo devastadas y manifestantes son recibidos con balas”, señala el periodista Frantz Duval en el mayor diario de la isla, Le Nouvelliste. La crisis actual ha estallado a raíz de las penurias reiteradas de carburante en agosto y de la revelación de nuevos escándalos de corrupción. Por ejemplo, el caso de cinco diputados que explicaban que los habían comprado por 100.000 dólares a cambio de un voto favorable al primer ministro…

Sin embargo, en realidad el origen de esta crisis se remonta a julio de 2018, cuando el poder anunció que dejaría de subvencionar el carburante, provocando aumentos del precio de cerca del 50 %. En el país más pobre de América, donde “más de la mitad de la población sufre inseguridad alimentaria crónica”, según el Programa Alimentario Mundial, y donde la clase media embrionaria se ve golpeada de lleno por una inflación del 20 %, el anuncio sirvió de detonador.

Porque al mismo tiempo la población salía a manifestarse para denunciar el robo del siglo, es decir, el escándalo de PetroCaribe. Este programa de ayuda masiva, lanzado por la Venezuela de Hugo Chávez, llegó a representar hasta el 25 % del Producto Nacional Bruto de Haití, según un informe del Banco Mundial. Consistía en el suministro de petróleo a precios de saldo y permitió a la hacienda pública haitiana ingresar más de 2.500 millones de dólares de 2008 a 2016. La mayor parte de estos recursos, que debían destinarse a financiar proyectos humanitarios y la reconstrucción del país después de 2010, se la embolsaron diversos ministros, responsables políticos y empresarios amigos.

Después de numerosas auditorías e investigaciones del senado haitiano e internacionales, la publicación, en enero de 2019, de un largo informe del Tribunal de Cuentas dio una nueva dimensión al escándalo. Dicho informe es todo un manual de instrucciones detallado de la corrupción y de la violación de todos los procedimientos administrativos. Y los autores de estos desvíos de fondos masivos se citan nominalmente: una decena de ministros, diversos diputados, alcaldes, etc., así como los empresarios que controlan una parte de la economía de la isla.

Entre ellos figura nada menos que el presidente Juvenel Moïse. Su empresa agrícola y de importación-exportación se hizo con dos contratos (al igual que los demás, al margen de cualquier formalidad): uno relativo a la instalación de farolas solares (de las que se han suministrado menos de la mitad) y otro sobre la rehabilitación de una carretera, facturada dos veces y nunca realizada… El 31 de mayo se publicó una segunda parte del informe.

Hoy es un país entero el que se alza contra la corrupción. A partir de un simple tuit que decía “¿Dónde está el dinero de PetroCaribe?”, publicado por un cineasta de 35 años, Gilbert Mirambeau, desde hace un año ha venido desarrollándose un vasto movimiento que exige que se inicie el proceso de PetroCaribe. Los PetroCaribe Challengers se han convertido en una poderosa fuerza que obliga a los partidos de oposición a ocuparse de una corrupción que pone de rodillas al país y alimenta la violencia.

PetroCaribe había reforzado la popularidad de Chávez y de Venezuela en Haití. Al desvío de fondos de la ayuda se añade lo que se considera una puñalada trapera: en enero y más recientemente, el 11 de septiembre, el presidente Jovenel Moïse votó en contra del régimen de Maduro en la Organización de Estados Americanos (OEA). Dicho voto es el resultado de una petición directa del gobierno estadounidense y John Bolton, entonces consejero de Donald Trump, lo reconoció abiertamente.

Para los actores de la sociedad civil, las activistas, los responsables de la oposición, Jovenel Moïse solo se sostiene actualmente gracias al apoyo de los EE UU de Trump y del Brasil de Bolsonaro. La ONU llama “a la calma y al diálogo”, Europa y Francia hacen lo mismo, pero su opinión apenas pesa nada en este país que EE UU siempre ha considerado su patio trasero después de haberlo ocupado de 1915 a 1934.

(Tomado de Viento Sur)