La austeridad, los «paquetazos» y las políticas de recortes: ¿una cuestión ideológica?

por Yerai Herrera

Han pasado ya más de diez años desde la penúltima crisis del capitalismo, y aún hoy la clase trabajadora sigue sufriendo las consecuencias: hay más precariedad laboral, continúan los desahucios, presión al alza de los alquileres, congelación de pensiones, pérdida de poder adquisitivo, etc. Actualmente estamos pagando los excesos de una clase dominante incapaz de reconducir la situación.

Durante los primeros años de la crisis (2008-2010) los gobiernos de los países europeos llevaron a cabo políticas de corte keynesiano, sobre todo en el sur de Europa. El objetivo que se buscaba era estimular el consumo interno pero no tuvo ningún efecto real hacia una recuperación ya que el problema era y sigue siendo el mismo, la sobreproducción: la incapacidad del mercado global de absorber las mercancías disponibles. Esta quiebra de las políticas económicas provocó un endeudamiento masivo. Entre 2008 y 2018 la deuda pública respecto al PIB de España pasó del 39% a más del 100%, la de Grecia del 109% al 171%, la de Francia del 68% al 97%. Sólo Alemania ha mantenido un nivel similar de deuda en este periodo, alrededor del 60% llegando a un máximo del 80% en 2010. Si miramos en el conjunto de la UE, se ha pasado del 65% al ​​89%. Se debe remarcar que unos de los requisitos de los países miembros de la UE es tener una deuda pública por debajo del 60% del PIB.

Esta deuda dejó a los países sometidos a los mercados financieros: las primas de riesgo subían y los países más afectados compraban bonos a diez años con unos intereses altísimos. Esto significa que el pago de los intereses recae sobre las generaciones presentes y futuras. Desde el año 2014, los intereses de la deuda en España han sido siempre por encima del 30.000 millones de euros, casi el doble que en el año 2008 (15.928 millones de Euros).

En el contexto de profunda crisis, los gobiernos debían mantener a toda costa los beneficios y los intereses de la burguesía. En un escenario donde no había demanda por crédito, la clase dominante no dejó caer los bancos, que son el centro de toda la economía capitalista; de hecho hubo rescates masivos comprando los activos tóxicos derivados de las especulaciones para sanearlos, en el caso español provenientes de la burbuja inmobiliaria con la creación de la SAREB (el banco malo), es decir, socializando los costes y privatizando los beneficios. Los rescates masivos a bancos profundizaron la necesidad de la austeridad.

Los recortes en las principales partidas sociales como sanidad, educación o reformas laborales han sido la hoja de ruta a seguir desde Europa para paliar los efectos de la recesión. Las políticas de austeridad, o como dicen ellos, de control del déficit o de estabilidad presupuestaria, son el único instrumento que tiene la burguesía para mantener sus beneficios en un mercado saturado. Asimismo, paradójicamente, la austeridad también socava la demanda interna y prepara el terreno para crisis aún mayores al futuro. El capitalismo es incapaz de cuadrar el círculo.

Los mecanismos para mantener un déficit público cercano a cero (ingresos – gastos) mientras haya un crecimiento del PIB por parte de los gobiernos es imposible en el contexto actual sin exprimir a la clase trabajadora. La demanda interna, que es la suma del consumo, el gasto y las inversiones, está muy dañada. Esto se debe sobre todo a la subida de impuestos indirectos (los que no discriminan por renta, como el IVA), a la precarización del mercado laboral, la congelación de las pensiones, etc. que provoca que los trabajadores tengan menos poder adquisitivo y que por tanto no puedan comprar los productos que ellos mismos han creado. A esto se le debe sumar el poco margen de maniobra de la clase dominante, ya que las deudas públicas son muy elevadas y por tanto no pueden tener planes de más gasto público ni más inversiones ya que provocaría aún más deuda, agravando el problema.

En cuanto a la demanda externa, la diferencia entre las exportaciones y las importaciones, depende entre otros factores del modelo productivo de cada país. España tiene un modelo productivo de mano de obra intensiva con poco valor añadido de sus productos, haciéndola poco competitiva en los mercados exteriores. En el pasado, los gobiernos devaluaban la moneda para que las exportaciones fueran más competitivas y que las importaciones fueran más caras, pero con el euro y la regulación por parte del BCE, los países poco competitivos no pueden llevar a cabo estas políticas. Estos se ven obligados a adoptar otras vías, como la mejora de la productividad. Si se quiere mejorar la productividad, se pueden optimizar los procesos productivos para producir más con los mismos trabajadores o producir lo mismo con menos trabajadores. En países como España, la clase dominante busca mejorar la productividad en períodos de crisis destruyendo el mercado laboral; en otras palabras, con la sobreexplotación.

Reforma o revolución?

La subida de impuestos indirectos, la congelación de las pensiones, la reforma laboral o los recortes son medidas económicas que van más allá de los partidos políticos ya que cualquier partido que no rompa con el capitalismo deberá mantener un control del déficit y deberá aplicar políticas de recortes. El reformismo plantea que el problema de la austeridad es ideológico y de voluntad política. Pero dar concesiones sustanciales a la clase trabajadora significa atacar directamente a los intereses y los beneficios de la burguesía y desestabilizar un sistema capitalista frágil y debilitado. El caso griego ejemplifica perfectamente todo esto: las masas griegas ganaron un referéndum en contra de los recortes propuestos por la troika y la UE pero el gobierno de Syriza traicionó al pueblo y aceptó estas políticas. Esto provocó mucho desconcierto y desorientación a las masas, ya que querían acabar con el paquete de reformas impuesta por UE, y terminó cristalizando en una derrota fulgurante que la clase trabajadora tardará mucho tiempo en recuperarse. Las medidas económicas aplicadas en Grecia no han solucionado nada, ya que la deuda pública está en máximos históricos, continúa la precariedad laboral y la brecha social cada año en aumento. El reformismo ha vuelto a demostrar que no sirve para dar una salida a la clase trabajadora, simplemente intenta limar las contradicciones del sistema en épocas de expansión dando ciertas concesiones a la clase trabajadora para mantenerla bajo control, pero en contextos donde el sistema está en crisis y no hay margen de maniobra para la burguesía, los reformistas o bien deberán adoptar una línea revolucionaria bajo presión desde abajo, o bien acabarán traicionando y velando por los intereses de la clase dominante. No hay otro camino. Los marxistas no estamos en contra de las reformas, al contrario, somos los defensores más consecuentes, pero consideramos que la única forma de consolidarlas y ensancharlas es enfrentándonos al sistema capitalista en su conjunto.

Cuando decimos que los gobiernos trabajan para que la burguesía mantenga sus intereses y que es a costa del esfuerzo de la clase trabajadora, no lo decimos de una manera abstracto, sino de una manera concreta. Hay muchos indicadores que demuestran esto:

  • El gasto público, sin tener en cuenta las pensiones y los intereses provocados por la deuda, el 2017 es de un 26% inferior que la de 2008.
  • El PIB en 2017 fue superior en 50.000 millones de euros nominales al de 2008, pero la parte destinada a los salarios se ha reducido en 12.500 millones de euros.
  • Alquiler al alza, conformando una nueva burbuja. El 43,3% de los arrendatarios españoles destinan más del 40% de sus ingresos para pagar el alquiler.
  • Los beneficios empresariales de las compañías no financieras fue del 42,8% del valor añadido bruto del 2017, continuando la tendencia de crecimiento desde 2008. En cambio, los salarios reales son un 1.7% menores que en 2008.
  • Con el cambio del mercado laboral, 40.000 millones de euros se han transferido de rentas de trabajo en el excedente bruto de explotación, es decir, las empresas se ahorran este importe en salarios para llevar a cabo su actividad económica , y como consecuencia, más margen de beneficios a costa de más precariedad laboral.

Los estados no son neutrales. Lenin decía que «mientras exista la propiedad privada, el Estado burgués, aunque sea una república democrática, no es más que una máquina en manos de los capitalistas para aplastar a los obreros». Se palpable como el régimen de austeridad no ha solucionado ninguno de los problemas derivados de la crisis, de hecho, ha preparado las bases para la próxima: cada vez hay más desigualdades y los ricos acumulan más riqueza. Hay un mercado laboral con una rotación y una temporalidad muy altas, con unos salarios a la baja, provocando una pérdida de poder adquisitivo por el encarecimiento de los alquileres y del nivel de vida.

Las reservas de grasa que acumulaba la burguesía se han agotado y cada vez tienen menos margen de maniobra. Hace más de diez años que los trabajadores han puesto todo su esfuerzo para cumplir las demandas de unos gobiernos que sólo velaban por los intereses de la clase dominante. Sin embargo, los recortes han empeorado drásticamente las condiciones de vida, al tiempo que han agudizado las contradicciones del capitalismo. ¡La única manera de acabar con la austeridad y todo el sufrimiento que provoca es rompiendo con el capitalismo y dirigirnos hacia el socialismo!