Los libros clave para entender el Golpe: «Voces de la Memoria. El Golpe en Valparaíso»

por Manuel Salazar y Nelson Muñoz

La audacia de los aduaneros

Eduardo Morris Barrios es hoy un cientista político experto en administración aduanera. Fue miembro del servicio de Aduanas desde 1963. Militante comunista. Su hermano Mario fue ejecutado en Pisagua el 11 de octubre de 1973.

Eduardo relata su experiencia en las dramáticas horas del golpe y en los meses siguientes: Las jefaturas y los funcionarios del Departamento de Investigaciones Aduaneras, DIA, del cual yo era el segundo jefe nacional, nos reunimos en la mañana del lunes 10 de septiembre de 1973. Estaban Luis Sanguinetti, Arnoldo Torres, Guillermo Hansen y los demás. El DIA estaba en el quinto piso de la Superintendencia de Aduanas de Chile, hoy Dirección Nacional, y tenía una terraza en el edificio que está en una de las torres que domina la bahía, frente a la poza. En un 98 por ciento eran adeptos y partidarios de la UP. Muchos éramos militantes de los partidos y otros del MIR. Concluimos que la situación era muy delicada y que en cualquier momento podía haber un golpe. La Armada había mostrado durante los tres años una actitud subversiva, de desconocer al gobierno constitucional, cuestión que habíamos constatado innumerables veces y denunciado: allanamientos ilegales en busca de armas y desconocimiento de autoridades civiles. 

Era evidente que la conspiración de la Armada había llegado a un punto muy álgido. Sabíamos que si caíamos presos en manos de la Armada nos iban a matar; en cambio, no sabíamos mucho del Maipo y de las unidades de las FACh. Decidimos no presentarnos a trabajar en caso de golpe y tratar de resguardar a nuestras familias. Eso fue como a las 9 de la mañana en la terraza de la DIA.

El día 10 llegaron varias denuncias de que los almirantes y vicealmirantes estaban reunidos en determinados lugares conspirando. Gente de mar y suboficiales de la propia Armada se acercaron a familiares nuestros para señalarles los lugares. La Escuadra zarpó hacia alta mar y yo quedé esa noche de guardia con el compañero Juan Jiménez Vidal, que hasta el día de hoy está desaparecido. Fue detenido y suponemos que fue ejecutado. Esa noche era tan tensa que me ofrecí para la guardia aunque no iba a estar toda la noche en la torre. Lo más preocupante era que la Escuadra había zarpado. Sabíamos que los buques de la Unitas estaban frente a Valparaíso. Yo era, además, dirigente del Comité Regional del Partido Comunista. Los locales de los partidos tenían guardias. El del PC había sido reforzado porque ya había sido atacado.

Eduardo Morris. Foto de Nelsón Muñoz
Eduardo Morris

Cerca de las 22 horas hubo un incendio al lado de la Primera Zona Naval. Después hubo un bombazo. Yo estaba conversando con Gaspar Díaz en la puerta del Partido cuando se produjo una explosión que remeció la ciudad. Pensé que era en la CUT Regional, que estaba en Independencia, frente a los Padres Franceses, donde hoy está Wanderers, pero no era ahí, era cerca. Habían volado el local de Vía Sur, en Rodríguez con Pedro Montt. Cuando llegué al lugar había un patrullero que tenía como a 15 jóvenes contra la pared y con las piernas abiertas. Le pedí al sargento si podía darlos vuelta y reconocer a algunos de ellos. Uno de los muchachos me dijo que había pasado un facho y que había estado detenido con su auto.

Ya avanzada la noche nuevamente me llamaron del Partido porque había llegado un militante que venía a pie de Gómez Carreño y que traía una información de un hermano marino de Punta Arenas. Este militante se identificó con su nombre, militaba en la Omar Córdova, y la información parecía descabellada. Su hermano le decía que el golpe era el 11. Él llegó a comunicarlo a la Dirección Regional y de allí se pasó a Santiago a la Dirección Central. Llamé a Jiménez y le dije que la situación estaba muy grave. Él había sido buzo táctico de la Armada. En un movimiento de protesta que hubo en la Escuela de Submarinos fue dado de baja junto a varios de sus compañeros. En el gobierno de Frei Montalva tres de ellos, Jiménez incluido, fueron contratados como instructores por la DIA. Tenían habilidades en manejo de armas, explosivos y todo eso. Yo le dije que se cuidara y que iba a dejar la radio del auto prendida. Te advierto que si te agarran te van a matar, le insistí.

Fui al partido y me pidieron que diera una mirada a las instalaciones navales que están en el sector oriental de Viña del Mar: la Infantería de Marina, Artillería y todo lo que estaba en Las Salinas. Le pedí a Gaspar Díaz: Dígame ¿dónde lo paso a dejar? Hay una resolución del Comité Central y del Comité Regional de que usted no debe hacer guardia. Yo soy el encargado de llevarlo a la casa de seguridad que tiene. No quería irse. Le dije que a él lo reemplazaba en la sede Juan Orellana, el secretario de la Jota, que no llegó en ese momento y que también está desaparecido. Finalmente llevé a Gaspar a su casa. Déjeme aquí me dijo, yo luego me voy donde tengo que ir. Acordamos una vez más los sistemas de comunicación que teníamos y partí hacia Las Salinas. Al llegar al sector de Capuchinos, entre Valparaíso y Viña, poco más allá de la Escuela Industrial, vi una columna de vehículos del Siducam –que habían estado en el paro de octubre 72- y más atrás unos camiones de la Armada, artillados con ametralladoras pesadas Punto 30 en los techos. Mi primer pensamiento fue un allanamiento por la Ley de Control de Armas. Ya no tenían nada que allanar: habían allanado el Puerto, el astillero Las Habas, la Compañía de Teléfonos, la Compañía de Gas, el Terminal de Buses, la Compañía de Tabacos… Entonces era el golpe. 

Infantes de Marina en las puertas de la Intendencia en la noche del Golpe
Infantes de Marina en las puertas de la Intendencia Provincial en la noche del Golpe

Subí por Caleta Abarca, Capuchinos, Recreo y llegué al cerro Esperanza, que es donde yo vivía y que es el límite entre Viña y Valparaíso. Ahí hay una calle donde la vereda de la derecha es Valparaíso y la de la izquierda es Viña. Yo vivía pasadito de esa línea y encontré a mi mujer en pie con un revolver en la mano y todos los vidrios de la casa quebrados. 

-Vinieron unos huevones de Patria y Libertad desde Recreo como a las tres y media y empezaron a apedrear las ventanas de las casas.

-Saca a los niños y llévalos a la pieza del fondo.

Vi a un vecino que era de Patria y Libertad que estaba mirando y fui a encararlo.

-Si cae una piedra más en la casa vai a ver lo que te va a pasar…

-No… Yo no fui…  ¿Cómo voy a hacer eso? 

Ya no había teléfono. Las líneas estaban cruzadas y todos se agarraban a chuchadas.

Tipo cuatro de la madrugada fui al auto y llamé al DIA, a Jiménez. No me contestó. Una voz que desconocía me dijo: 

-Indique posición de patrullero 13… Indique posición del patrullero 13-, que era el mío.

-Voy por la Escuela de Derecho, en Errázuriz, camino a la central….-, fue mi breve respuesta. 

Partí a  despertar a todo el cerro. Mi madre estaba hospitalizada. Mi hermana estaba con su hijo. Fui a despertar a los compañeros socialistas y miristas, entre ellos a Roberto Iribarra, que había sido secretario regional del PS., que es como un hermano. Entré a su casa gritando…

-¡Levántense! ¡Levántense! ¡Tenemos que defender al gobierno! ¿Qué tienen ustedes?

-Nada-, me respondió Roberto.

Partimos a organizar a la gente. A los pocos minutos habíamos unos 300 vecinos dispuestos a defender al gobierno de la Unidad Popular. El cerro Esperanza era uno de los más combativos del puerto. Muchos socialistas y comunistas, las poblaciones de pescadores 1 y 2, obreros de construcción y ferroviarios. Bajó un camión de Alto Esperanza con trabajadores de la Compañía de Gas.

– ¡Loro, no bajes porque el retén Portales está lleno de marinos. También el Matadero, la Universidad Santa María y la Estación Barón…!-, les gritó Roberto.

Marinos vigilan los cerros de Valparaíso el día martes 11
Marinos vigilan los cerros de Valparaíso el martes 11

Creímos que en los cerros había que armar la defensa. Llegó gente con una escopeta de caza, sin tiros; un revólver con nuez mala y balas que no correspondían, nada más. También llegaron unos miristas que tenían unas vietnamitas en una quebrada, pero que no sabían usarlas. Nos empezó a seguir un helicóptero. Alguien dijo que había que evitar que nos entraran por arriba y que teníamos que dinamitar la cancha Fischer y la bajada del cerro por Agua Santa para que nadie pudiera subir. Otra gente acotaba que tiráramos los muebles a la calle y nos atrincheráramos y viéramos qué pasaba en Placeres y en Barón.

Llegó una dirigente del PC, secretaria de la Quinta Comuna –que agrupaba los cerros Esperanza, Placeres y Barón- y nos dijo que en los depósitos no había nada. 

-¡Nunca llego nada para defender al gobierno popular! Lo único es lo que tú tienes, me indicó.

Yo tenía tres subametralladoras Walter, 10 pistolas Walter y PPK y 10 revólveres Colt 45, con municiones suficientes. Era para armar a unas 15 personas. Yo había cargado el auto cuando salí a patrullar desde el DIA.
En verdad, nadie tenía nada y ni siquiera había un plan de guerra. Sólo había ganas, corazón y una tremenda entrega de gente súper modesta. Empezaron a llegar personas del otro lado con sus vehículos y los entregaban, pero decían que tenían que volver a cuidar a sus familias. Tuvimos que guardarlos en la casa de mi madre. Sus vidas tenían otro valor a las del matarife, el obrero, el pescador. Era otro grado de compromiso.

Creo que hubo una tesis que se planteó en el seno de la UP y que yo personalmente, como dirigente regional de mi partido, la cuestioné. Esa tesis aseguraba que los militares iban a ser neutrales en este proceso de la Unidad Popular; que por su formación, por su constitucionalismo, por el profesionalismo, no los iban a sacar de ese cauce  y que iban a respetar el proceso. Discutimos. Yo les dije con otros compañeros que ellos no iban a mirar para el lado cuando vieran que se estaba construyendo el socialismo. Era absurdo pensar que los marinos, que han sido un destacamento de la burguesía, se hicieran los tontos mientras se construía el socialismo. Ellos iban a tomar partido y no por nosotros. El trabajo nuestro debía ser para dividirlos, pero ya era tarde. Para eso se necesitaban años. El gobierno popular, sabiendo que había facciosos, no tomó ninguna medida tampoco.

El 29 de junio del 73, en el “tanquetazo”, hubo una oportunidad de descabezar a los reconocidos fascistas. El pueblo lo pidió en la calle. Aquí en Valparaíso el presidente Allende había sacado a un oficial de la infantería de marina –Lautaro Sazo- por fascista, por subversivo. La Armada lo contrató en la Dirección del Litoral. Lo hizo con varios y los mantuvo trabajando en la organización del complot. En todo proceso de construcción socialista se debe ser capaz de defender las conquistas que se van alcanzando. Y En la Unidad Popular no se hizo. No sé si fue ingenuidad o una concepción equivocada.

Volviendo a la madrugada del 11 en el cerro Esperanza, le dije a la gente que andaba con algunas cosas que no servían, que las botaran o guardaran y que estuvieran atentos a lo que ocurriera. Hubo un discurso que nos aniquiló, donde dijimos aquí cagamos, esto no tiene vuelta. Fue el de Jorge Godoy, de la CUT, que había sido ministro del Trabajo. Fue como una traición y él fue separado del Comité Central del partido hasta hoy. No quedó más que pasar a la clandestinidad, aguantar y esperar.

Eché los fierros mis cosas en un camión, escondí el auto patrulla, me despedí de mi mujer y dije que me iba a Santiago. Mi casa quedó sola. Mi hermana trabajaba como delegada -Seremi hoy- de la Vivienda. Mi esposa estaba embarazada. Yo, además, era el encargado de finanzas del partido en Valparaíso. Teníamos una cuenta. Le pedí a mi mujer que se la entregara a una persona en el mismo banco.

Ya era el 11 a mediodía. Me fui y justo llegaron las primeras patrullas a mi casa. El camión iba subiendo para Santos Ossa. Me bajé y me quedé en el mismo cerro. Una persona me vio donde me bajé y me escondí. Era un vecino que había sido de la Armada. Yo conocía a sus hijas. Sólo nos miramos a los ojos.

Estuve  dos días ahí y abrieron los cercos de todas las casas para llegar hasta la esquina. La parte de atrás daba a una quebrada frente a Viña. Ahí eran puras mujeres. Un día llegó un jeep de pacos y me tuve que meter en un closet con cortinas. Ustedes son amigas del Lalo, dijo un paco; las minas lo agarraron a chuchas y lo echaron. Yo estaba dispuesto a agarrarme a balazos, no me iban a detener.

De ahí a una cueva con víveres en una quebrad. Subía a una casa que nos ayudaba. Un día encontré a la compañera llorando. Pedí que me sacaran. De ahí a un cerro donde pasé una operación rastrillo, el cerro Rocuant, donde vivía Lucho Guastavino. En la casa había una abuelita pariente de un veterano del 79, militante del partido, vivía en una mediagua que se la hicieron cagar en un allanamiento. Se fue donde la hija que tenía dos niños chicos, un pendejo de nueve años y la guagua. Un día el cabro me dijo: tío, los marinos ahí al frente. Venían marinos, pacos y ratis. Tenía una pistola con dos cargadores.  Cuando iban a entrar en la casa de abajo, que daba a la quebrada, salió una vieja y tiró el contenido de una bacinica para abajo y justo le cayó a un oficial de una patrulla que estaba rastreando y el huevón se puso a gritar. Al frente vivía una compañera que yo conocía que estaba medio trastornada y se puso a gritar y le pegaron y el escándalo era de la gran puta. Todos se devolvieron a ver al oficial. Sacaron a la mujer que era de unos 40 y le sacaron la chucha.

La noche del 10 al 11 le fui a dejar al grupo de autodefensa al Lucho Guastavino. Dejé a dos compañeros para que lo cuidaran. Uno de ellos no lo dejó hasta que el Lucho entró a la embajada de Finlandia, que era la de la RDA bajo la protección de Finlandia. Ese compañero murió en Gotemburgo, en Suecia, hace unos cuatro o cinco años atrás de cáncer a la garganta. El otro regresó y murió el año pasado de cáncer en Limache. Ese es un poema a la fidelidad.

Llegó una compañera a verme, que era mi contacto. Le hicimos una broma: la abuela le dijo que me habían llevado y cuando se puso a gritar aparecí.

Después hubo un operativo para sacarme a Santiago. Cabros de la Jota. Ahí hubo una familia de un general de la FACh que me ayudó. Salí el 1 de noviembre del 73 a Santiago. Antes estuve en Villa Alemana, en Quilpué y en una  quebrada acá en Valparaíso. Salí en un bus. Iba con un equipo de autodefensa, que era muy bueno. Entre al consulado general de Cuba, en Los Leones, bajo la protección de Suecia. Allí me enteré de la muerte de dos de mis hermanos. Estuve ocho meses ahí y 31 años en Suecia.

El torturador celoso

Juan Azua Torres es ex comandante del Departamento de Investigaciones Aduaneras, socialista.

Juan Azúa
Juan Azúa

Cuenta: El 10 de septiembre de 1973 estábamos en Arica y allanamos un barco hasta las cuatro o cinco de la mañana. La operación fue negativa y nos fuimos a dormir. Uno de los compañeros nos despertó y nos dijo que algo raro estaba pasando porque no había radio y se escuchaban sólo marchas militares. Nos levantamos rápidamente y pensamos qué hacer. Los que éramos de Valparaíso queríamos volver al puerto o a Santiago. Éramos dos grupos del DIA.

Los jefes de unidad fueron a pedir salvoconductos para salir de Arica porque la ciudad estaba cerrada. Había toque de queda a las 12 del día y no se podía circular. Andábamos en tres autos que los norteamericanos de la embajada habían arrendado. La discusión entre nosotros era si salíamos inmediatamente al Perú y pedíamos asilo, quedarnos en Arica o viajar de vuelta. Al final decidimos regresar, los nueve que andábamos allá. Los gringos estaban en Santiago. Ellos sólo esperaban los resultados.

Nos extendieron un salvoconducto sin problemas porque las relaciones entre la Aduana y el Ejército allá eran muy fluidas por el asunto de la frontera. Entonces Odlanier Mena, que era el jefe del servicio de inteligencia, que estaba allá, nos extendió un certificado firmado por él donde nos identificaba a cada uno de nosotros, los vehículos y las armas que poseíamos. Nos recomendaron una sola cosa: no viajar de noche porque era muy peligroso. Viajamos toda la noche hasta Copiapó. Vimos tanques, camiones y controles que nos paraban. Les mostrábamos el salvoconducto, miraban la firma y pensaban que éramos funcionarios de la inteligencia militar vestidos de civil. Les decíamos: vamos a Santiago por instrucciones de la jefatura. Punto.

Llegamos el día 12 y la discusión fue entonces si íbamos a la unidad de Valparaíso o a Santiago. Partimos a Valparaíso. En La Calera un colega nos dijo que sería bueno pasar a la casa para despedirse y dejar las cosas que andábamos trayendo. Entramos a Villa Alemana, llegamos a la casa, dejamos las cosas. Nos dicen que habíamos salido en una lista en el diario, que debíamos presentarnos y que nos andaban buscando. En eso llegaron unos 50 marinos y rodean el lugar.

Nos llevaron a El Belloto, a la base aeronaval, que estaba llena de detenidos. Ahí están varios compañeros desaparecidos que los enterraron en la pista. Es el caso de Jaime Aldoney, periodista, interventor de la CCU en Limache. De ahí nos mandaron a Valparaíso, a la Intendencia, donde funcionaba el tribunal naval, y nos dejaron detenidos ahí. Ese día, el 14, hubo una balacera en Valparaíso.

Hirieron a un guardia que tenían arriba en la torre. Desde el cerro Cordillera alguien le disparó y el guardia bajó sangrando y gritando. Los marinos se volvieron locos y nos dijeron que si alguien extraño aparecía nos fusilaban a todos. Esa noche nos dejaron en la Tercera Comisaría, la que estaba en La Matriz, y al otro día nos llevaron de nuevo al tribunal. 

De ahí nos destinaron a la Esmeralda. Cuando llegamos allá, el 15, nos identificaron y nos trataron muy brutalmente. Los interrogatorios lo hacían funcionarios especializados. El jefe del Servicio de Inteligencia Naval, el que nos interrogó a nosotros, Franklin González, era el papá del comandante en jefe de la Armada en 2013, Edmundo González. Estuve hasta el 20 en el barco. Después me llevaron al Lebu, luego a la Academia de Guerra, al cuartel Silva Palma y más tarde a juicio, donde me acusaron de terrorista.

A ellos les interesaban dos cosas: el nivel de relaciones que teníamos con la aduana norteamericana y con la DEA. Lo otro era que tenían presente es que el único posible foco de resistencia en Valparaíso estaba en la Aduana, porque de los 42 funcionarios la mayoría éramos socialistas. Había algunos democratacristianos y otros de derecha, pero dentro de toda esa gente había tres ex infantes de marina que la Aduana había contratado el año 66. Estos tres infantes, que eran altamente especializados, nos hacían instrucción militar a nosotros. También había un tipo que nos hacía defensa personal, que era un ex funcionario de Investigaciones. Para esos efectos la Aduana contaba un polígono acá en Valparaíso, cuya existencia nunca fue registrada. Un compañero tenía una tía con una parcela en Santos Ossa y le preguntó si podíamos practicar allí. Era una quebrada inmensa y de afuera no se veía nada. Los infantes de marina habían estado presos por un motín que ocurrió en Puerto Montt, que nunca se supo. Se tomaron un barco reclamando que el rancho era muy malo y que los oficiales les daban malos tratos. Fueron condenados a un año de cárcel. Los mandaron a la isla Quiriquina, a la cárcel de la marina y después los soltaron y quedaron cesantes. La Aduana, que andaba buscando determinadas habilidades, como las de ellos, los contrató. Aduana siempre tuvo un departamento que era de resguardo y policía, que tenía lanchas, camiones, buses para la frontera y armas que nunca se usaron, que eran confiscadas en contrabandos o allanamientos a barcos. La ley de control de armas del año 71 ratificó que Aduanas podía tener armas. Entonces no nos podían acusar.

Hubo un incendio en un cerro el año 71 y fue bajando y bajando hasta que los bomberos se encontraron con el polígono y lo denunciaron a la Gobernación. La inteligencia naval llegó finalmente a preguntar a Aduana, porque las características que tenía eran de construcción militar, muy bien montado. Ahí se dieron cuenta que teníamos estos tres funcionarios de alta preparación militar. Pensaron que si socialistas y comunistas dirigían eso podía ser peligroso.

Durante la detención en la Esmeralda uno de los interrogadores me preguntó:

-¿Qué eres tú de Guillermo Hansen?-, que era socialista y un destacado deportista. 

-Guillermo es mi amigo-, le respondí y el tipo se violentó. Yo estaba vendado.

-¡Sáquenle la venda a este huevón! ¡Desamárrenlo y váyanse para afuera que voy a conversar con él!

Me enfrenté, entonces, a un tipo que decía llamarse capitán Fernández, de bigotes y de unos 45 a 50 años.

-Fúmate un cigarro si quieres-, me conminó. Sacó una pistola 45, la puso en la mesa y me advirtió.

-¡Si hacís alguna huevá, te pego un balazo culiao!

Y agregó

-Mira huevón, piensa bien lo que vas a responder. ¿Cuál es tu relación con Guillermo Hansen? 

-Con él jugamos básquetbol, lo conocí en la Aduana…

-O sea que ¿tú no eres amigo de él?

-El era mi jefe…

-¡Ese huevón es un concha de su madre, es un travesti!

-Mi amigo es homosexual, no sé si es travesti.

-Esta mierda en la Escuela Naval fue mi pareja. ¡Este huevón me engañó con un cocinero, me abandonó, me dejó votado, me cagó… es un traidor! ¡Y aquí lo tuve, hincado delante de mí..! Y lo mandé a Pisagua.

Y el interrogador me añadió:

-Mi problema contigo es que tengo que dilucidar si fueron amigos o si tú también fuiste pareja de él.

Estuve dos horas con el huevón delante, fuera de sí, contándome su vida sexual con Hansen. Se puso a llorar, me pidió perdón por todas las cagadas que había hecho ahí en la Esmeralda.

-¡Los vendió a todos, a sus amigos, a tu hermano y a ti no te nombró, culiao..! 

-Es que yo no tengo que ver con todo esto, yo respondo por lo mío. 

Mi hermano era dirigente sindical, presidente del sindicato de Aduana, encargado sindical del partido y miembro de la dirección regional.

-¡Mira huevón, no estoy convencido de lo que me decís! Estoy confundido, tengo que pensar…-, reflexionó el supuesto capitán Fernández.

En la Esmeralda estaba instalada la inteligencia naval. Ellos decidían que hacían con los presos que llegaban ahí.

Yo estuve con Sergio Vuskovic, con el “Bicho” Vega, con Sunkel, que era el director de la Aduana; con Ariel, que era el alcalde de Viña; con Andrés Sepúlveda, diputado por Valparaíso; con Moreno, que era uno de los directores de la ENAP. Todos ellos fueron a dar a Dawson, los que eran la plana mayor de la UP en la zona. Los aduaneros fueron a Pisagua.

Cuando subí a la Esmeralda venían bajando dos compañeros míos. Estaba Calderón, que había sido infante de marina y lo mataron después, y Calvo, que era otro socialista. A la pasada, Calderón me dice desde el muelle:

-Mi comandante vaya tranquilo; aquí no pasó nada.

Lo tenían hincado en el muelle cuando yo subí. A él lo llevaron al Maipo. Cuando me bajaron de la Esmeralda para ir al Maipo, el Maipo se había ido. Ya iba hacia Pisagua. Por eso me devolvieron y me quedé hasta el 25 o 27 en la Esmeralda.

El hijo del alcalde de Viña, el “Pino” Barrientos, compañero nuestro de la universidad, era abogado ya recibido, militante de la JS. Lo tomaron preso junto con su padre y lo llevaron a la Esmeralda donde el 13 o el 14, el “Pino” se dio cuenta de que el guardia que lo vigilaba estaba muy cansado y se estaba quedando dormido. Esperó que se durmiera, saltó sobre él y le quitó el arma. Trató de escapar y se agarró a balazos con los huevones. Le metieron cinco balas, lo pescaron y se lo llevaron al Hospital Naval agónico. 

Allí lo reconocieron y le dijeron que se hiciera el muerto. Fue a parar al depósito de cadáveres y de ahí lo sacaron. Hoy vive en Londres.

Las mujeres fueron todas violadas por grupos. Mi ex mujer, hija de un funcionario civil de la Marina, dice que fue la única que no fue violada. Ella no fue vendada y los reconoció a casi todos, entre ellos a uno que estuvo preso por fraude, que iba a ser comandante en jefe en los tiempos del primer gobierno de la Bachelet. Debido a la demanda que hicimos, ella lo reconoció y lo sacaron de la terna. El tipo se volvió loco.

El tribunal de guerra estaba en la Academia de Guerra Naval. Me llevaron vendado y me pararon ahí. Sentía que había muchas luces. Un fiscal me acusó de ser terrorista, de haberme levantado contra la Marina, de haber estado el 14 disparando contra los ellos, cuando yo estaba preso en El Belloto. Me preguntó que tenía que decir en mi defensa. Yo con capucha y amarrados los brazos a la espalda con correas plásticas. Dije que era funcionario del Estado, que trabajaba en determinado organismo, cumplía tales funciones. Cuando empiezo a relatar, el fiscal que estaba al lado mío dijo:

-Este huevón está repitiendo lo mismo de siempre…- y me golpea y me tira al suelo. Me caí y se me salió la capucha que era negra. Levanté la cabeza y vi a tres tipos sentados allí, con uniformes de oficial. Al único que identifiqué fue a Martínez Busch. Al final me dejaron libre. Me agarraron, me sacaron la capucha y me echaron para afuera.

El toque de queda era a las 6 de la tarde y me soltaron a las 5.40. En el pasillo me advirtieron: 

-Tai libre. Te vamos a estar vigilando. No te queremos ver nunca más. Si te volvis a meter en alguna huevá vamos a traer a tu cabra chica, a tu hermana y a tu mamá. Vos ya sabís lo que les pasa aquí. Ándate tranquilo y desaparece.

Yo iba sin camisa, sólo con una parka encima. Me habían cortado brutalmente el pelo en el Lebu a tijeretazos.

Subí hasta la Plaza Wellington y tomé un bus. El chofer me miró y me dijo… pase. En el primer asiento una señora se paró y me dio el asiento. Me bajé en la Plaza Victoria y llegué a mi casa en Eleuterio Ramírez.

(Tomado de Interferencia)