Narración de Mauricio Redolés: «Un diez, antes del once»

Yo estudiaba leyes en Valparaíso. Un compañero de curso que respondía al nombre de Goyo, quedó de pasar el lunes diez de septiembre de 1973, tipo ocho de la noche, por mi pensión para ir por unas cervecitas. “Para matizar unas cervecitas “ como él decía. Pasó en su austin mini amarillo por mi pensión que quedaba en la Avenida Pedro Montt. 

   Dimos vueltas y vueltas por Valparaíso y estaba todo cerrado.Decidimos ir a Playa Ancha a buscar a otro compañero de curso, el Titotricot, para ver si encontrábamos un lugar para “matizar” algo. Enfilamos por Avenida Altamirano, y yo en el camino,  quería ver en la pared del Astillero Las Habas un mural que habíamos pintado el sábado 8 de septiembre con las Brigadas Ramona Parra, que para efectos de esa tarea componíamos entre otros,  el Renatocárdenas, el Titotricot y un compañero de voz aguda , alto, moreno y de mejillas siempre muy rojas, que respondía al nombre de Adán. Yo me sentía muy orgulloso de haber participado en ese mural, porque había sido mi primera (y no sospechaba que era la última) vez  que pintaba con las B.R.P.

   Rumbo por la Avenida Altamirano y antes de llegar al Astillero vimos a un tipo muy alto y flaco de abrigo y larga bufanda que caminaba apresuradamente por la orilla que daba a las olas del Océano Pacífico. Goyo exclamó.                                                                                                                                                                   – ¡Mira! Es el hijo de Carlos León, el flaco ese es capo pal  ajedrez,vive en Playa Ancha. ¡Llevémoslo!

   Yo sentí una particular emoción porque había leído dos novelas de don Carlos León, “Sueldo Vital” y “Sobrino Único”, y lo admiraba profundamente. Tanto así , que una vez le había querido hablar en la Facultad cuando lo había visto muy apurado entrar a grades zancadas a la sede de la Escuela, en Errázuriz.

   Se subió el flaco hijo de León. Creo que tartamudeaba, o al menos 46 años después de esa noche, creo recordar. Con la emoción de oírlo hablar de su padre, ni me fijé en el mural de las B.R.P. Dejamos al hijo de don Carlos en la puerta de su casa. Titotricot no estaba en su departamento. Volvimos a Valpo. A la vuelta, sí me fijé harto en el mural, incluso le pedí a Goyo que disminuyera la velocidad al pasar frente al Astillero para que, con orgullo que quería disimular, verlo como quien mira a un hijo que uno hizo con amor. 

Tenía tres estrellas enormes que ascendían desde el suelo hacia el cielo de Playa Ancha. Luego decía TRES AÑOS.  Y había tres Allendes, Y luego decía ¡VENCEREMOS!.

   Llegamos a la puerta de la pensión. Eran cerca de las once de la noche.                                                                            

–Ta todo raro ¿ah?-me dijo Goyo.                                                                                                                                       –¡Si poh!- le respondí.                                                                                                                                                                      – Dicen que va haber golpe-dijo Goyo.