Guillermo Lora: «Lecciones de la tragedia chilena»

En Chile ha triunfado un cruento golpe fascista, protagonizado por el gorilismo de ese país. Los periodistas de las tendencias más diversas están enfrascados en la vacua discusión acerca del número exacto de las víctimas de la masacre planeada cuidadosa y fríamente por los mandos militares. Lo importante es señalar con toda nitidez que, según palabras de los generales usurpadores del poder, se dispuso el fusilamiento de todo elemento que portase armas, que opusiese resistencia o que fuese sindicado de extremista. Se persigue sañudamente a los revolucionarios para exterminarlos físicamente y esto en forma pública. Los periódicos del continente y del mismo Chile registran todos los días noticias acerca de la sumaria ejecución de “extremistas” o “comunistas”. Ya sabemos que el gorilismo de todos los rincones aplica los calificativos de “comunistas” o “extremistas” a todo descontento con el régimen, a todo movimiento obrerista.

El gorilismo chileno ha inscrito en su programa como punto fundamental la “extirpación del marxismo” (fusilamiento de todo izquierdista), porque considera que así se podrá sacar a flote la maltrecha economía. La solución fascista es sencilla: destruir el área social, devolver las fábricas a los empresarios y abrir de par en par las puertas del país a la voracidad imperialista. El cable informa que muchos grandes consorcios estudian su retorno a territorio chileno, para volver a adueñarse de los sectores fundamentales de la economía y decidir en la política. La Democracia Cristiana, después de conquistar legalmente el poder, no habría podido dar semejante paso hacia atrás. Destruir los avances del “capitalismo de Estado” para alentar la iniciativa privada, a eso se reducen las promesas de reordenamiento de la economía. Para justificar semejante retroceso se ha dicho que las empresas estatizadas tenían que ser financiadas por el Banco Central y que ésta era la causa fundamental de la ruina económica de Chile.

El golpe gorila en Chile ha fortalecido las posiciones contra-revolucionarias en todo el continente y en el mundo entero. No se trata solamente de que los fascistas chilenos hubiesen sido ayudados económica y técnicamente por el imperialismo norteamericano, sino de que el gobierno de los generales se ha convertido ya en uno de los puntales de la política de explotación y dominación de Wall Street. Las investigaciones en el parlamento norteamericano al respecto están llamadas a diluirse en un enjambre de palabras.

En la misma medida se ha debilitado el frente revolucionario. La derrota en Chile es nuestra propia derrota y los bolivianos ya palpamos cómo Banzer y su pandilla se sienten más fuertes. El gorilismo latinoamericano, como instrumento de la reacción criolla y del imperialismo, ha recibido una poderosa inyección. Inclusive en la Argentina, donde los gorilas no tuvieron más remedio que retornar a sus cuarteles después de un desgaste político tremendo, la reacción castrense ha comenzado a moverse amenazadoramente.

El golpe gorila ha ahogado en sangre a los movimientos obreros y de izquierda. Ha puesto al margen de la ley a los partidos marxistas y ha expresado su decisión de aplastar a los sindicatos por mucho tiempo. La violencia estatal centrada sobre esos objetivos se llama fascismo.

Pinochet y compañía han anunciado su determinación de modificar la Constitución Política del Estado dentro de los lineamientos fascistas, dentro del corporativismo en el que estén representados los gremios y las actividades económicas, etc.

Los generales han dicho con toda claridad que permanecerán en el poder todo el tiempo que sea necesario para crear un nuevo Estado y que no será otro que el totalitario.

Estas transformaciones inconfundiblemente reaccionarias sólo han podido ser enunciadas y podrán ser iniciadas en su realización después de la descomunal derrota sufrida por la revolución chilena, después del aplastamiento de las fuerzas de izquierda y del movimiento obrero.

Una clara caracterización del nuevo régimen facilitará la lucha contra él, lucha que obligadamente tiene que emprenderse en las condiciones difíciles de la clandestinidad.

Como consecuencia de todo el desarrollo político anterior, la derecha chilena, que en los primeros momentos se presentó como un bloque homogéneo, muestra ya profundas fisuras. Las contradicciones y luchas entre los diversos grupos derechistas y proimperialistas, tendrán incidencia en la conducta futura de las fuerzas revolucionarias.

La ultraderecha, presentada por el Partido Nacional, parece la que mejor se acomoda a las exigencias extremas del gorilismo. Es ya el soporte civil del gobierno estructurado con elementos de la alta jerarquía castrense.

La Democracia Cristiana, colocada en situación sumamente crítica porque, pese a su tan pregonado apego a la ley, a la Constitución y al sufragio, no ha tenido el valor suficiente para definir con claridad su posición de repudio al golpismo gorila, esto porque en último término se confunde con las posiciones derechistas y proimperialistas de los generales. Sin embargo, ya ha señalado sus deseos de capitalizar las emergencias del golpe y de no perder la posibilidad de convertirse en gobierno constitucional. En esta medida es posible palpar las divergencias y contradicciones entre el Partido Demócrata Cristiano y el gorilismo. El jefe del partido democristiano ha dicho que el gobierno actual es transitorio y que no puede estar en vigencia más de dos años y que, por tanto, no puede imponer modificación alguna a la Constitución, por ser ésta una atribución propia del pueblo, etc.

Se puede prever que la Democracia Cristiana se esforzará en aumentar su capital político poniendo tímidos reparos a los excesos a los que están dispuestos a recurrir los gorilas para acallar al pueblo chileno. Se disfrazará con ropaje democrático para capitalizar el descontento que necesariamente tienen que generar las arbitrariedades del oficialismo. Abriga la esperanza de que la ilegalidad de los partidos marxistas le permita convertirse en dirección de las masas explotadas, esa es una ilusión que bien pronto se esfumará.

En el polo de la izquierda, el MIR está seguro que ha llegado su cuarto de hora, pese a que durante el golpe gorila e inmediatamente después ha demostrado la ineficacia de sus métodos foquistas de lucha. Presuntuosamente los miristas dijeron hasta el cansancio que serían ellos los que impedirían el triunfo de un golpe de Estado. Si durante el período de legalidad lograron aproximarse a las masas y penetrar en alguna medida en su seno, en las nuevas circunstancias políticas retornarán a su forma clásica de organización y de lucha: pequeños grupos de gente armada, actuando a espaldas de las masas y con la intención de sustituirlas.

Grandes sectores del heterogéneo y maltrecho Partido Socialista, girando alrededor del MIR, se convertirán en la cantera de donde extraiga a sus activistas. El futuro inmediato estará cubierto por acciones terroristas y de foquismo en las zonas agrarias, esto pese a la severidad con que serán tratados por los gorilas. Así el MIR habrá vuelto a su verdadero eje: la utilización de la violencia no revolucionaria. Este activismo suicida contribuirá a desorientar a las masas y a sumirlas en la inactividad momentánea. La verdad es que por estos caminos tortuosos no podrá construirse el partido revolucionario.

El Partido Comunista volverá a vivir la vida de la ilegalidad y vegetará allí esperando que nuevamente alumbre el sol de la legalidad. Ha demostrado hasta la saciedad su derechismo y su condición contra-revolucionaria. La severa crítica de los acontecimientos chilenos puede contribuir a orientar a las bases comunistas contra su dirección burocratizada.

La prensa y la radio de todo el mundo están dominadas, al menos por el momento, por el impresionante aparato publicitario stalinista, que, desgraciadamente, se limita a echar palabras y palabras que impiden ver las verdaderas causas de la descomunal tragedia chilena. El stalinismo reduce a una simplicidad todo el problema: los gorilas, apoyados por el imperialismo, han cometido el crimen de destruir por la fuerza a un Presidente salido de elecciones democráticas y limpias: la democracia ha sido ultrajada.

La anterior tesis nos llevaría a la conclusión de que toda la democracia y la voluntad popular no son nada frente a un sable desenvainado. Los que tan tercamente se apegan a las fórmulas y a la democracia formal, están orgánicamente incapacitados para poder explicarse las causas de la derrota chilena.

La clase obrera y los revolucionarios tienen que llegar al convencimiento de transformar la actual sociedad en socialista dentro de los moldes de la ley y del Estado burgués. La vía chilena ha fracasado catastróficamente y su fracaso ha estado subrayado por el golpe de los fascistas uniformados.

El colaboracionismo clasista, convertido en columna vertebral del frentepopulismo de la Unidad Popular, conducen invariablemente a la derrota, esto porque son incapaces de destruir económica y políticamente a la derecha y a los sectores ultra-reaccionarios.

El gobierno Allende, colocado en difícil situación por la arremetida multitudinaria derechista y por la incapacidad de apoyarse decididamente en la movilización revolucionaria de las masas, no encontró más salida que apoyarse más y más en la alta jerarquía castrense; así se convirtió en su prisionero y permitió que los generales se transformasen en los árbitros de la política. Estaban dadas las condiciones para que el ejército pudiese destruir al Presidente Constitucional cuando creyese llegado el momento, y ese momento llegó el 11 de septiembre de 1973.

La enseñanza primera y más grande de la tragedia chilena, que por ser la tragedia de las masas y del proletariado estamos obligados a tomarla muy en serio, dice que la vía chilena, es decir, el intento de fabricar una sociedad socialista con ayuda de las leyes y del Estado burgueses conduce invariablemente a trágicas derrotas. El Frente Popular, el colaboracionismo clasista del stalinismo, no destruyen a la reacción, sino que permiten el fortalecimiento creciente de las tendencias fascistas.

Para ir al socialismo no hay más vía que la revolucionaria, es decir, la revolución hecha por las masas y que permite la destrucción de las bases económicas de la burguesía, la estatización de los medios de producción (algo diferente al simple capitalismo de Estado timoneado por gobiernos burgueses o pequeño-burgueses) y la planificación de la economía.

El fortalecimiento del MIR ha ocasionado serios perjuicios a la revolución chilena y ese fortalecimiento se ha debido y se deberá en el futuro próximo, a la virtual ausencia de un partido revolucionario de la clase obrera en Chile. Forjar este partido importa ayudar a las masas a pasar políticamente por encima de sus direcciones tradicionales: el Partido Comunista y el Partido Socialista. Esto sólo puede lograrse si se realiza una severa crítica de la experiencia chilena, si se señalan con toda nitidez las causas de la derrota, si se desnuda la verdadera naturaleza del aventurerismo mirista, del colaboracionismo del stalinismo y del centrismo del Partido Socialista.

En el momento de la caída de Allende se mostró en toda su dimensión la inutilidad del aventurerismo mirista y del “pacifismo” oportunista del stalinismo. Allende en su desesperación había convocado a las masas para que ocupasen las fábricas. Pero nadie ordenó la huelga general política contra el gorilismo. Un dirigente laboral stalinista tuvo el cinismo de llamar a la calma y a la cooperación con los nuevos amos de la situación. La huelga política, en caso de estallar y permanecer, habría tenido que proyectarse hacia la insurrección y hacia la toma del poder por el proletariado, conforme enseña la amarga experiencia uruguaya y la boliviana, que en octubre de 1970 derrocó al triunvirato militar. Nada de esto sucedió y los francotiradores, que sólo pueden tener importancia como elemento auxiliar, resultaron colgados en el vacío. No estuvo presente el partido revolucionario capaz de señalar el camino correcto.

La lucha en Chile contra el gorilismo es muy dura, pero no imposible. Los revolucionarios tiene que aprender a trabajar en la clandestinidad y realizar sus tareas frente a una clase obrera dispersa y desmoralizada, no en vano se ha quebrado un gobierno que la consideraba suyo y se han hundido sus direcciones viejas, que para ella era nada menos que la encarnación de la dirección revolucionaria.

La lucha contra el gorilismo tiene que realizarse muy lejos del aventurerismo irresponsable del Movimiento de Izquierda Revolucionario, que está seguro que una poderosa bomba equivale a todo el poder revolucionario -por algún tiempo adormecido- de las masas. Contrariamente deberá realizar un paciente trabajo de formación de los primeros cuadros del partido revolucionario, que sólo puede forjarse en el marco de una severa discusión ideológica, de elaboración del programa de la revolución chilena. Por otra parte, deberá pacientemente realizarse una silenciosa labor de captación en el seno de las masas, para ayudar a éstas a defender sus conquistas más elementales, las garantías democráticas más simples. Es partiendo de esta lucha que podrá pararse el retroceso de las masas, concentrarlas de nuevo y ayudarlas a incorporarse muy lentamente para la nueva arremetida. Haciendo la revolución en nuestro propio país ayudaremos eficazmente a la revolución chilena. Forjando el movimiento trotskysta latinoamericano y analizando profunda y críticamente las causas del fracaso chileno, ayudaremos a estructurar al partido revolucionario de Chile.

(De “Masas” – N° 435. La Paz, octubre de 1973)