No es un 11 más: levantar las banderas del Socialismo contra la barbarie capitalista

El Porteño

El Gobierno de Piñera optó este 11 por el silencio, amparado en el cinismo de buscar «temas» de unidad. Lo indicado no impidió que el Intendente de Valparaíso dispusiera una competencia de cueca -a través del Instituto del Deporte- en la Plaza Cívica frente a la Intendencia. Una provocación que el piñerismo repitió de forma solapada a lo largo del país. Este Gobierno, no hace otra cosa que materializar una vieja aspiración de la burguesía chilena: que el Golpe del 73 se olvide, que nadie hable de Pinochet, que las violaciones a los DDHH fueron excesos que no deben volver a repetirse. La frase que resume esta idea -torpe como siempre- proviene del propio Pinochet, «hay que dar vuelta la página».

Mientras se mantuvo vigente el programa neoliberal del Consenso de Washington, marcadamente hasta la crisis del 2008, este discurso post moderno reclutó adeptos y oportunistas, quienes dieron cuerpo a la interminable matinée de la Transición. La institucionalidad pinochetista sin Pinochet siguió funcionando y completó incluso hasta el Gobierno de Lagos el plan de saqueo de empresas, servicios y recursos naturales a manos de los grupos económicos y las transnacionales.

Con motivo de la crisis del agua potable en Osorno, propiciado por la empresa ESSAL, propiedad a estas alturas de capitales franceses, la Derecha se encargó de señalar que la privatización de las Sanitarias se había realizado durante el Gobierno de Frei Ruiz-Tagle, y que hasta unas semanas -consecuencia de lo anterior- su Gerente era el DC Guillermo Pickering un destacado personero y represor, de los Gobiernos de la Concertación.

Es ese régimen de Transición, pinocheteano, gobernado desde los directorios de las entidades financieras, AFP y grupos económicos, el que hoy comienza a resquebrajarse políticamente. El 2011 se inició este proceso y Bachelet 2 trató de frenar esta crisis, su incapacidad para contenerla ocasionó su derrumbe y el advenimiento de uno de los Gobiernos más débiles de los que se tenga memoria, Piñera 2.

A menudo se oye decir que Piñera tiene todo bajo control, que las crisis son parodias, pequeñas conspiraciones para mantener entretenida a la galería, que lo que realmente le interesa es hacer negocios. Esta visión reduccionista, tiende a ver los procesos históricos como un simple devenir, desconectado de la situación política internacional y del enfrentamiento entre las clases sociales.

Si hacemos una lectura de clase de la situación política chilena hoy, no podemos sino colegir que la burguesía está fraccionada respecto de la forma de abordar la inminente crisis económica y política que sacudirá a mediano plazo a nuestra pequeña y frágil economía. La magnitud de la crisis del gran capital imperialista es a estas alturas el único tema de debate, pues ningún analista burgués mínimamente serio pone en duda que avanzamos a peso muerto hacia una recesión económica mundial. Repetimos, lo que se debate es la intensidad de dicha crisis y si ella terminará en definitiva con la agudización del enfrentamiento EEUU/China a una escala mayor a lo meramente comercial.

El Ministro de Hacienda Larrain, sin ningún complejo reconoció que lo único que podían hacer era rezar. La preocupación de estos oscuros personajes -además de llevarse parte de la torta para la casa- es mantener la infalibilidad del Gobierno, aunque de «Tiempos Mejores» han debido pasar a hablar de «Tiempos Difíciles». Para seguir con estos motes, lo que resulta indudable es que estos tiempos serán «Violentos». Y esta cuestión, la violencia de la crisis, lo compulsivo del ataque del capital a los trabajadores, es algo que difícilmente podrá soportar el orden institucional.

Una simple indicación como la reducción de la jornada ordinaria de trabajo a 40 horas semanales, ha ocasionado el desbarajuste del todo el aparato gubernamental y obligado a los propios empresarios a salir a la arena política, con todo lo riesgoso que eso supone. No se trata de que el Ministro del Trabajo Monckeberg tenga pocas luces o ninguna, lo que ocurre es que la burguesía chilena, de conjunto, es incapaz de contener una acción opositora -como la de este proyecto de ley- que cuenta con abrumador apoyo popular.

Acá lo verdaderamente importante es que se ha abierto una grieta por la que la temida y vilipendiada «calle» ha entrado al Parlamento y es ese antagonismo político el que ha tensionado la crisis coyuntural. La burguesía sabe -porque ya lo viene haciendo desde el 2018, que deberá propiciar despidos masivos, rebajas salariales, destrucción de organizaciones sindicales y mayor precarización. En este contexto, una norma que importa valorizar la hora de trabajo puede transformarse en una bomba de tiempo.

Es cierto, tienen el poder y la facultad de corregir todo a su amaño con el Tribunal Constitucional. Lo pueden hacer, pero al altísimo costo de poner en evidencia que pisotean a las mayorías y que lo hacen en defensa de la minoría explotadora.

Es sintomático que este proyecto lo haya presentado Camila Vallejo, que se ubica en el ala izquierda del único partido del régimen que preserva relaciones orgánicas y militancia en la clase trabajadora. Por cierto del PS habría sido imposible, pero tampoco hubiese sido posible del lado del Frente Amplio, empeñado como están los dirigentes de este conglomerado electoral de disputar -como corresponde- nuevas elecciones.

Los partidos de la izquierda con representación parlamentaria han sido asimilados al régimen y ello en la práctica les impide constituirse en un referente movilizador. Cualquier movimiento fuera del itinerario institucional, les representa una amenaza para sus afanes de perpetuarse o acrecentar su poder.

Mientras los explotados, trabajosamente van abriéndose paso, como quedó de manifiesto con la Primera Jornada de Protesta Nacional del 5 de Septiembre, las organizaciones de izquierda se apartan y se perfilan hacia institucionalidad reduciendo su planteamiento «crítico» al modelo a las viejas recetas keynesianas que invitan a una mayor participación y control de la economía por parte del Estado, cuando tal camino ha sido clausurado definitivamente por el gran empresariado chileno. La salida burguesa, dentro del marco capitalista, a la crisis con la que sueñan liberales progresistas, ciudadanistas y socialistas del siglo XXI, simplemente no existe.

Hoy, en Chile, a 11 de septiembre de 2019, a 46 años del fatídico Golpe Militar que abriera las puertas al horror fascista y al genocidio pinochetista, quienes militamos bajo las banderas de la revolución obrera tenemos la obligación de exhibir el legado que debimos aprender con la sangre de toda una generación revolucionarios. Fueron miles y miles los desaparecidos, ejecutados, exiliados, torturados, encarcelados, sometidos a la represión militar que buscaba restablecer el dominio burgués que habían amenazado los explotados con sus luchas callejeras, con sus huelgas y con esos embriones de poder obrero que fueron los Cordones Industriales.

Esa lección, muy simple, no se nos puede olvidar, porque es también una terrible lección para los trabajadores de todo el mundo: no hay vía pacífica al Socialismo, no es posible transitar institucionalmente hacia la expropiación de la burguesía y su expulsión del poder; no es posible consumar la independencia y la ruptura con el imperialismo, valiéndonos del ardid de un buen abogado, aunque este sea el brillante Novoa Monreal. La Unidad Popular propuso un camino frentepopulista inviable y por ello la reacción capitalista logró aplastar el proceso. Ni pacífica ni institucional: el Socialismo es Revolución.

Compañeros. La resolución de la crisis global de la sociedad chilena, parte de la crisis del capitalismo mundial, solo puede ser encarada por la clase obrera como caudillo nacional. Será esta clase fuera de todo marco institucional burgués, la que se imponga en la lucha de clases. El Socialismo es producto de la revolución obrera o no habrá Socialismo. Estas cuestiones generales, abstractas si se quieren, importan dar la mayor relevancia a la organización de los trabajadores, a la unidad de los explotados, a la movilización de clase contra clase. En este proceso hemos de construir una nueva dirección política de los trabajadores, una dirección para la movilización y la unidad de clase. Una dirección con vocación de poder.

Hoy, no en un futuro nebuloso, comienza la lucha por una nueva sociedad. Contra Piñera, contra Trump, contra los fascistas que se agazapan, contra los que quieren subordinar a los trabajadores a los intereses y necesidades de los empresarios. Unidad y lucha. Desde El Porteño, ese es nuestro homenaje a los caídos el 73 y el mayor de todos, la Victoria. A esta tarea convocamos al conjunto de la militancia de izquierda.

Hasta Socialismo, Venceremos!!!!