‘El fotógrafo de Mauthausen’: la documentación de crímenes nazis en un campo de concentración

por Benjamin Mateus 

Dirigida por Mar Targarona; escrita por Roger Danès y Alfred Pérez Fargas, El fotógrafo de Mauthausen, disponible en Netflix, es una película española de Mar Targarona, una actriz y productora convertida en directora. Está basada en la historia de Francesc Boix (interpretado por Mario Casas), un militante de izquierda catalán detenido en el infame campo de concentración de Mauthausen, en Austria. Mauthausen y sus subcampos fueron uno de los complejos de trabajo esclavo más grandes en la Europa controlada por los alemanes. Lugar para prisioneros políticos “incorregibles”, entre otros, cientos de miles murieron allí.

Mario Casas en El fotógrafo de Mauthausen

Muchos izquierdistas españoles que huyeron a Francia después de la victoria de las fuerzas fascistas en la guerra civil (1936-39) fueron capturados por las tropas alemanas tras la caída de Francia en 1940 o entregados por las autoridades de Vichy.

Boix (nacido en 1920), que se había unido al ejército francés, cayó en manos de los alemanes y fue enviado a Mauthausen en 1941, en donde estuvo hasta la liberación del campo, en mayo de 1945. Debido a su reputación como fotógrafo aficionado, se convirtió en asistente de laboratorio de Paul Ricken (Richard Van Weyden), oficial de las SS. Los nazis fueron meticulosos en su registro fotográfico de la vida cotidiana en estos campos, incluyendo las importantes visitas de oficiales como Heinrich Himmler y Albert Speer.

Durante su reclusión, según El fotógrafo de Mauthausen, Boix pudo esconder y sacar a escondidas más de 2,000 negativos que documentan el terror y los crímenes sistemáticos cometidos por las SS. Estas fotos jugaron un papel crucial en el procesamiento de ciertos oficiales de alto rango en los juicios de Nuremberg.

Mario Casas and Richard van Weyden in The Photographer of Mauthausen

La motivación de la directora Targarona para hacer el filme surgió de su interés por la época “y en particular por el nazismo, que nunca deja de sorprenderme”. La historia de un prisionero de guerra español resultó especialmente atractiva. Un libro de Benito Bermejo, El fotógrafo del horror(2002), fue la base para la película. Bermejo también colaboró estrechamente con Targarona y su equipo en la escritura del guion y el rodaje. Los hechos representados y personajes retratados, como dijo la directora a Variety, son “compuestos de la vida en Mauthausen”. Luego volveremos a este tema, que tiene cierta importancia.

En vez de ofrecer un retrato más amplio de Boix y su vida—tenía 20 años cuando llegó al campo y ya era un soldado experimentado de la guerra civil española—, Targarona limita en gran medida su narrativa sutil pero compleja a las vivencias del joven en Mauthausen. Con razón o no, ella confía en el conocimiento del espectador sobre la época para proveer el contexto que falta. Los títulos iniciales, la dispersa narración de Boix en primera persona y el diálogo aportan el nexo histórico con las imágenes inquietantes.

Intencionalmente, Targarona evitó los efectos granulados de estilo documental y las imágenes temblorosas que intentan transmitir la sensación de estar en el lugar. Según la directora, “Desde el inicio, quería una fotografía de gran calidad. No soporto la idea de que al hacer una película de época, automáticamente, hay que agregar granulado y matar el color”. Ciertamente, su estilo ofrece un marco de referencia más íntimo.

El filme empieza con imágenes borrosas y con colores tenues que se hacen nítidas. Se ven hombres con estados de salud y de edades diferentes que marchan a través de las puertas ominosas del campo. Los kapos se hacen cargo. Confiscan las posesiones de los prisioneros, los desvisten y les rapan la cabeza. Los llevan al frío exterior, donde permanecen desnudos en formación.

Ricken, el oficial de las SS, ubica su cámara y los fotografía. El comandante supremo de Mauthausen, Franz Ziereis (Stefan Weinert), llega para mirar a los prisioneros. Los viejos, mutilados y débiles son retirados de la formación, llevados a una camioneta y alejados del lugar. Un niño angustiado llamado Anselmo (Adrià Salazar) mira cómo se llevan a su padre mientras este le indica a su hijo que se quede quieto.

Richard van Weyden en El fotógrafo de Mauthausen

Luego se presenta a Boix, quien prepara una foto del rostro de Anselmo para su admisión, usando su nuevo uniforme de prisión. Consuela al chico y le asegura que su padre está a salvo en la enfermería del campo de Gusen. Cuando Anselmo se va, Valbuena (Alain Hernández), ayudante del laboratorio fotográfico, regaña a Boix por mentirle al niño.

El drama en El fotógrafo de Mauthausen se despliega episódicamente, como un mosaico de hechos que abarca cuatro años, sin identificar una cronología específica. La repetición de hilos narrativos que retratan las luchas cotidianas por la supervivencia ayuda a unir las escenas como estructura, mientras trabaja formalmente para hacer avanzar la historia.

El intercambio inicial entre Boix y Ricken pone en marcha el desarrollo del filme como una polémica sobre la naturaleza del arte y la objetividad. Después de que Boix le explica a Ricken cómo se hizo fotógrafo, Ricken mira su trabajo y le dice, “Puedes hacerlo mejor. Debes aprender a pintar con la luz”. Boix contesta, “Eso es trampa”. Ricken le responde que el arte, como la experiencia de la realidad, es puramente subjetivo y una cuestión de interpretación.

Vemos el encubrimiento de asesinatos sin sentido cometidos por los oficiales de las SS, que son escenificados como escapes y fotografiados para los registros oficiales. En una escena terrible, Boix y Ricken van en auto a las afueras del campo. Hay varios cadáveres sobre la nieve. Supuestamente, fueron asesinados cuando intentaban escapar. Mientras instala las luces de la cámara y acomoda los cuerpos, Boix le susurra a Fonesca (Eduard Buch), que supervisa los servicios de identificación, que esos hombres fueron ejecutados. Uno de ellos es el padre de Anselmo.

Mientras trabaja en el laboratorio de fotos, Boix encuentra un archivo lleno de negativos. Al examinarlos descubre que son imágenes de pilas de cuerpos que yacen unos sobre otros. Perturbado por su descubrimiento de los sistemáticos asesinatos en masa de los nazis, aquel oculta instintivamente los negativos en el fondo de un cajón de un archivero.

En el momento de transición de la película, Boix se reúne con otros prisioneros en la parte trasera de los barracones. Escuchan un programa en una estación de radio amateur. Se enteran de que los alemanes perdieron la batalla de Stalingrado (a principios de febrero de 1943). Cautelosamente eufóricos por las noticias, los presos también se enteran de que Ziereis ha ordenado la destrucción de todos los negativos y copias del laboratorio.

Francois Boix está en el extremo izquierdo con una cámara colgando de su cuello. Fotografía de Donald R. Ornitz

Boix convence a sus camaradas de que deben preservarlos como evidencia; si no, nadie creerá que los nazis han cometido esos horrores. El tiempo del filme comienza a cambiar, creando una sensación de decidida urgencia y camaradería. Hay un esfuerzo coordinado de estos hombres que colaboran para esconder las fotos y sacarlas clandestinamente. La magnitud del esfuerzo encuentra su sucinta expresión cerca de la conclusión.

Se retira y alinea a los prisioneros. Ziereis, hablando alto por un micrófono, los regaña y amenaza respecto a un futuro intento de fuga. Parodiando un momento anterior en que los prisioneros españoles escenifican un número artístico para desviar la atención de los guardias durante una fuga, los prisioneros son forzados a ver una procesión de músicos llevando a su camarada, que ha sido visiblemente torturado, hacia una horca improvisada.

Ricken se dispone a capturar el momento con su cámara. Se coloca una soga alrededor del cuello del prisionero y se quita el taburete en el que está parado. Cuando el preso se balancea, la soga se rompe y aquel cae al suelo jadeando. Ziereis, visiblemente enojado, hace que la banda vuelva a tocar. Los kapos ayudan al prisionero a levantarse, le ponen una soga más resistente alrededor del cuello y completan el trabajo. Entonces, en un momento conmovedor, con profundidad de campo, la cámara hace un paneo sobre el hombro del hombre tambaleante hacia los rostros de cada prisionero mientras aquel mira con angustia y dolor. La escena alcanza un grado de realidad documental estremecedor.

El fotógrafo de Mauthausen informa sobre la liberación del campo y el destino de Ricken, Boix y las fotos ocultas. Los créditos de cierre incluyen las copias reales de escenas recreadas en la película. El segmento final muestra al verdadero Francesc Boix cuando se le pide que identifique a uno de los criminales de guerra nazi en los juicios de Nuremberg.

El filme de Targarona es un trabajo artístico cohesivo que hace hincapié en la importancia de preservar la verdad histórica. Estos factores deberían ser fuertemente aplaudidos y alentados. Sin embargo, varios elementos están poco desarrollados. Hay que reconocer la referencia a los comunistas como protagonistas bondadosos, pero se ilustra poco a los espectadores sobre la naturaleza de las diversas relaciones políticas en condiciones tan complejas y físicamente insoportables. La mezcla de elementos de izquierda incluyó a anarquistas y republicanos burgueses con diferencias políticas significativas.

También hay poco en El fotógrafo de Mauthausen que explique la inhumanidad de los nazis. Es fácil horrorizarse pero es más difícil entender la fuente de tanta crueldad. La única referencia a las bases socioeconómicas del fascismo tiene que ser extrapolada de un episodio violento en el que los oficiales de las SS y sus familias se reúnen para una fiesta en el castillo de Poschacher (Rainer Reiners), el dueño de una cantera cercana que explota a trabajadores esclavos de Mauthausen.

Es comprensible que las complejidades históricas impongan ciertas limitaciones a tales obras. Sin embargo, las omisiones, ofrecidas como “compuestos”, pueden ocultar muchos hechos importantes y necesarios.

En Españoles en el Holocausto. Vida y muerte de los republicanos en Mauthausen (2002), de David Wingeate Pike, otro veterano de la guerra civil española recluido en Mauthausen y fotógrafo capacitado, Antonio García Alonso (que no aparece con su propio nombre en la película de Targarona), proporciona un retrato mucho menos halagador de Boix. García acusó a Boix (que murió en 1951 de falla renal) de ser un oportunista sin principios en Mauthausen e incluso de congraciarse con las SS.

Según el libro de Pike, García y un prisionero polaco llamado Grabowski trabajaron juntos haciendo copias adicionales de fotos clave para compilar un archivo secreto. García le recomendó a Ricken que tuviera en cuenta a Boix por su herencia catalana en común. Pero su relación laboral se volvería tensa. Grabowski se suicidó en 1944. En febrero de 1945 García se enfermó y estuvo un mes en la enfermería. Le encomendó a Boix la colección de copias ocultas. Cuando García volvió, un mes después, las fotos habían desaparecido. Boix admitió que las había tomado y se las había dado a los comunistas españoles del campo. Garcia estaba furioso con Boix pero podía hacer poco al respecto. Luego Boix fue canonizado por el Partido Comunista, mientras que García fue acusado de ser un “trotskista” y un buscapleitos.

Desde nuestra perspectiva privilegiada, es difícil determinar la verdad, aunque el cinismo y la deshonestidad del Partido Comunista Español son cuestión de registro histórico.