Marcelo Barrios y el gatillo fácil de la Armada

por Metal Guru

Marcelo Esteban Barrios Andrade nació en Santiago en 1967. Se trasladó unos años después con su familia a Punta Arenas, donde siendo un adolescente se incorporó activamente a la resistencia contra la dictadura. Luego de finalizar su enseñanza media en 1985, Marcelo transitó por varias ciudades del país organizando a los jóvenes socialistas, para luego establecerse en Valparaíso, como estudiante de Historia y Geografía en la UPLA, y pasar a militar en el FPMR (Autónomo). El 31 de agosto de 1989, fue asesinado por un inmenso contingente militar que llegó a buscarlo a su casa en el Cerro Yungay. Marcelo se encontraba sólo y no alcanzó a oponer resistencia. Luego de eso, la prensa se dedicó a ocultar y deformar sistemáticamente los hechos relativos a esta ejecución, que fue una de las últimas efectuadas por la dictadura antes de que se iniciara esta larga e inacabable transición. 

Pasaron cuatro años desde que me despedí de Marcelo Barrios en Punta Arenas cuando ya me venía para el Norte y el reencuentro causal en las calles de Valparaíso pocos meses antes de que fuera asesinado por el Estado. De lo que él hizo en ese tiempo me enteré mucho después, por la lectura del libro “El fulgor insomne”, de Ernesto Guajardo. Ahora que se cumplen 19 años de la despedida final, me gustaría contar lo que recuerdo de él entre los años 1984 y 1985. 

Lo conocí a principios del 84. Tal como me había anunciado un conocido, un día a la salida de clases me esperaba un tal Marcelo, para conversar conmigo, puesto que habían sabido que yo me definía como “socialista”. Caminamos unas cuadras y dimos vuelta alrededor del liceo de niñas que todos solíamos visitar apenas sonaba la campana. Yo confesé que no entendía bien la diferencia entre socialismo y comunismo (pese a que el verano anterior, en el puerto, mi abuelo Raúl me la había tratado de explicar usando el ejemplo de obreros que acarreaban carretillas de carbón y eran remunerados “según su trabajo” o “según sus necesidades”). Esa tarde ni siquiera recordaba bien el ejemplo, ante lo cual Marcelo me hizo ver que a efectos de derribar la dictadura esas diferencias daban lo mismo. Le encontré razón e ingresé de inmediato al Frente de Estudiantes Socialistas. Todo un honor para mí, que ni siquiera había cumplido los 13: unirme a los adolescentes que daban continuidad al partido de Allende, y que ya habían destacado poco antes en el “puntarenazo”: primera acción de rechazo masivo al dictador en su propia cara, que todos ellos relataban en detalle y orgullosos. 

Marcelo, que iba en 3° medio, tuvo la gentileza de dejar a los 3 militantes de 1° a cargo de un mateo de 4º, que una noche en reunión clandestina en el observatorio meteorológico nos informó de la primera misión: salir a rayar los muros de la ciudad. El día elegido nos encontramos todos en los flippers y partimos en grupos. Sentía miedo, cuando vigilaba que nadie nos viera mientras el compañero que me tocó acompañar rayaba las consignas, y luego satisfacción al presenciar los resultados. De repente, se sienten unos gritos: “¡qué están haciendo ahí mierda!”, y los dos arrancamos en distintas direcciones. No habíamos fijado puntos de reencuentro ni nada, así que tomé un colectivo y me fui urgidísimo a la casa. Al otro día en la mañana Marcelo estaba esperándome a la entrada del liceo: “¡Putas que corrís rápido hueón! ¡Eramos nosotros! Te gritamos para que volvieras pero no nos escuchabas…¡Jajaja!”. 

Una vez lo pasé a ver a su departamento en el Edificio Don Bosco. Estaba afuera, paseando a su sobrinito. Empezamos a atacar los autos con bolas de nieve y al poco rato estábamos los 3 arrancando de un automovilista enojado que valoraba más su propiedad privada que nuestra entretención. En el mismo edificio tuvimos una reunión “ampliada” (teníamos hartos militantes, y a veces nos juntábamos con socialistas de variedades más amarillas) en el sótano. La medida de seguridad eran unos tarros que Marcelo dejó en la puerta de modo tal que si algún vecino la abría iban a caerse y sonar fuerte. Sonaron en un momento, causando harta agitación y torpeza, pero fue una falsa alarma.

Cuando llegó la represión, se hizo sentir primero como disciplina escolar, luego de un retiro espiritual de los cursos “grandes” en Puerto Natales, donde todos los militantes antidictatoriales se dedicaron una noche a hacer rayados en los muros de esa ciudad y fueron detectados por los chanchos. Los curas los protegieron en el momento, pero luego procedieron a aplicar sanciones, teniendo la sutileza de perdonar después a los democristianos, no así a los socialistas (pues lo que querían evitar era que presentáramos candidatos al centro de alumnos). A Marcelo y varios más los expulsaron a fin de año, y cuando un cura me dijo que debía optar “entre Marx y Jesucristo” pedí a mis padres que me sacaran de ahí.

Al año siguiente, el 85, no lo ví con tanta frecuencia. Ya no éramos “almeydistas” sino “comanches” (1), y se hacían barricadas sorpresivas en distintos puntos de la ciudad. Una vez alguien le dijo que se estaba acercando cada vez más a los comunistas, y él respondió que tal vez era cierto.

A fin de año, la despedida fue una fiesta, aunque no sabíamos bien de qué nos estábamos despidiendo. Algunos, de la infancia (empezando a apreciar el alcohol, el sexo), otros de la ciudad (casi todos los que salían de la media se iban a estudiar “al norte”), y sonaba insistentemente una canción de Obús: “Te visitará la muerte”. Aún puedo ver a Marcelo cagado de la risa cuando yo recordaba un antiguo amor platónico echándome pisco en la cabeza y diciendo: “brindo por la Mabel…”, y luego nos comimos hasta las naranjas que flotaban en el vino ya helado.

Volví a ver a Marcelo en 1989, en Valparaíso. Fue un encuentro casual en la calle: Nos quedamos mirando, nos abrazamos, hablamos poco rato. Yo iba con amigos a una reunión, pero quedamos de juntarnos apenas volviera al puerto. 

Poco después, el día que mataron a Jécar Nehgme, en medio de combates rabiosos con los pacos en el centro de Santiago flotaba el rumor de que habían matado a alguien en Valparaíso: un frentista del sur llamado Marcelo. Recién a la noche pude comprobar lo que temía. 

No sé bien como explicar esto, pero…en algún punto, estoy todavía saludándolo en la calle, y la historia cambia. No me voy con mis amigos trotskistas, me quedo con él, conversamos, bebemos unas cervezas. Y gracias a esa bifurcación, todos los acontecimientos cambian: él no muere en esa casa del Cerro Yungay, acribillado por una tropa de hijos de puta que luego lo dinamitaron para poder decir que se había suicidado para no entregarse. Y puede sonar a cliché, pero en verdad, gente como Marcelo no desaparece, no nos deja solos nunca. Sólo es cosa de cerrar los ojos un rato y luego fijarse bien en las calles, en todas partes. Siguen con nosotros aquí y ahora, pues como dijo Walter Benjamin “tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando éste venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer”.

(1): El PS de inicios de los 80 se había dividido en una corriente “renovada” encabezada por Carlos Briones y que se aliaba con la DC, y otra más izquierdista encabezada por Clodomiro Almeyda, que integraba el Movimiento Democrático Popular (junto al PC y el MIR). Poco después, una fracción más radical salió del PS-Almeyda para conformar el PS-Dirección Colectiva (o PS “Comandantes”, impulsor de los “Destacamentos Populares 5 de Abril”), cuyos militantes eran conocidos como “comanches”.

(Tomado de Punk Free Jazz)