Nahuel Moreno: Tesis sobre el guerrillerismo (1973)

El programa del trotskismo es hacer la revolución socialista mundial, movilizando en forma permanente a la clase obrera hasta lograr la destrucción del sistema imperialista mundial, la toma del poder por la clase obrera internacional y la construcción del socialismo a nivel mundial. Para llevar adelante este programa, el trotskismo se plantea la construcción de la Internacional, el Partido Mundial de la Revolución Socialista, sin cuya conducción la revolución socialista mundial no podrá triunfar. Por eso, las dos únicas estrategias generales del trotskismo son: la movilización permanente de la clase obrera y las masas para la toma del poder y la construcción del partido. En relación a su programa y sus estrategias, todo lo demás es táctico. No tenemos acuerdos programáticos ni estratégicos con ninguna corriente, movimiento, tendencia o partido cuyo programa, organización y/o metodología sean opuestos a la movilización independiente, democráticamente autoorganizada y permanente de los trabajadores a nivel internacional y nacional y a la construcción de la Internacional y sus secciones nacionales. 



La revolución obrera socialista, como toda revolución en la historia, también es popular. La clase obrera no puede tomar y ejercer el poder si no es con la movilización y el apoyo de la mayoría de la población, es decir, sin la alianza de los trabajadores con las masas populares no proletarias explotadas y oprimidas por el sistema capitalista imperialista, sus regímenes y gobiernos. 

La necesidad de la alianza obrero-campesina-popular para hacer la revolución socialista e instaurar la dictadura del proletariado se expresa en el terreno político, en la obligación del partido obrero revolucionario de realizar una política de alianzas con las direcciones políticas de esas clases y capas sociales. Esas alianzas no sólo son lícitas, sino imprescindibles para movilizar a las masas y tomar el poder. Así lo demuestra la experiencia de los bolcheviques, que debieron pactar con los Socialistas Revolucionarios de Izquierda para llevar a los soviets al poder en Rusia en 1917 con el apoyo del campesinado. 

Pero esta política de alianzas sólo conduce a la revolución socialista si la clase obrera y su partido revolucionario se mantienen independientes, actuando como dirección, como caudillo de todo el pueblo. Esto es así porque las direcciones pequeñoburguesas y burguesas son enemigas mortales de la movilización permanente y democráticamente autoorganizada de los trabajadores, de la toma del poder por éstos y de la revolución socialista. Toda alianza con esas direcciones es, por lo tanto, táctica, momentánea, un acuerdo para la acción común. Su objetivo es movilizar a las masas en la forma más amplia posible. Sólo puede y debe realizarse cuando esas direcciones encabezan, promueven o abren una brecha para la movilización de masas. Y está destinada a romperse apenas esas direcciones traicionen al proceso revolucionario, como es inevitable por su carácter de clase. Así ocurrió también en Rusia, donde los Socialistas Revolucionarios de Izquierda rompieron rápidamente con los bolcheviques y se pasaron a combatir en el campo de la contrarrevolución contra el poder soviético. 



El surgimiento de direcciones pequeñoburguesas independientes del stalinismo que han dirigido revoluciones triunfantes, como fue en su momento el castrismo y es ahora el sandinismo, puede llevarnos al error de creer que con estas direcciones y sus organizaciones nos une una estrategia común: la de hacer la revolución política contra el régimen burgués de turno e independizar al país del imperialismo. Sería un error grave, ya que no tenemos ninguna estrategia común con esas direcciones pequeñoburguesas independientes del stalinismo. Ellas, como cualquier dirección pequeñoburguesa, oscilan entre la burguesía y la clase obrera. Juegan, ora un papel progresivo, ora un papel reaccionario. Pero a la larga es inevitable que traicionen a la revolución, en algún punto del proceso revolucionario, por esa profunda razón de clase: son pequeñoburguesas. 

Para nosotros, la revolución política es un momento de la revolución socialista. Por eso si bien podemos coincidir con ellas en derribar a una dictadura proimperialista, no coincidimos en quién debe reemplazarla. Ellas están totalmente dispuestas, como lo demostraron el castrismo con Urrutia y el sandinismo con Chamorro y Robelo, a sustituir la dictadura por un gobierno burgués de colaboración de clases. Nosotros luchamos para que tome el poder la clase obrera para hacer la revolución socialista. Y, si podemos, lo hacemos inmediatamente ya que lo peor que le puede pasar a una revolución es quedar estancada en la “etapa” de la revolución política democrática, como también lo demuestra Nicaragua. Lo único que nos une a estas direcciones es que los dos estamos en contra del régimen dictatorial, pero estamos tajantemente divididos en lo que estamos a favor : ellos un nuevo gobierno burgués, nosotros un gobierno obrero y campesino. No hay, por lo tanto, ninguna estrategia común. 

Incluso si esas direcciones, acorraladas entre el ascenso de masas y la agresión imperialista, se ven obligadas contra su voluntad a expropiar a la burguesía y establecer un estado obrero, como hizo Castro, tampoco tenemos con ellas una estrategia común. Para nosotros, las revoluciones nacionales son momentos de la revolución socialista internacional. La constitución de estados obreros tiene como objetivo fundamental y prioritario construir una palanca poderosísima para ayudar al desarrollo de la revolución mundial. Esas direcciones, precisamente por ser pequeñoburguesas, son nacionalistas, no internacionalistas. Cuando toman el poder, hacen lo imposible por no expropiar y no ponen jamás el país al servicio de la extensión de la revolución. Y, si expropian, establecen un régimen totalitario para desmovilizar a las masas y dedicarse a “construir el socialismo en el propio país”. No hay, en consecuencia, ninguna coincidencia estratégica, por cuanto nuestra estrategia es opuesta a la de ellos: instaurar en el estado obrero un régimen leninista, el único que, apoyándose en la autoorganización y movilización democrática de los trabajadores, tiene como finalidad central el desarrollo de la revolución socialista internacional. 



La diferencia entre las direcciones pequeñoburguesas independientes y los aparatos tradicionales es que las primeras, en algunas coyunturas, sí quieren hacer una revolución, así sea solamente contra un régimen odiado, en tanto que los segundos son conscientemente contrarrevolucionarios. Por eso reivindicamos a las direcciones pequeñoburguesas independientes, si se mantienen consecuentes con su propio programa, como grandes luchadores y héroes de la revolución democrática y antiimperialista, mientras denunciamos a los burócratas y stalinistas como contrarrevolucionarios. 

Pero esta diferencia no nos puede ocultar que las direcciones pequeñoburguesas independientes, por ese carácter de clase, están mucho más cerca de la burocracia y del stalinismo que de nosotros. Sólo así se explica que Castro se haya incorporado al aparato stalinista mundial; que los sandinistas, sin haberse incorporado, apliquen fielmente la política que les aconseja el stalinismo; y que los guerrilleros salvadoreños estén siendo controlados por el stalinismo aún antes de haber triunfado la revolución democrática antiimperialista, y ya no proponen terminar con Duarte, sino compartir el gobierno con él, es decir ya no son consecuentes ni siquiera con hacer la revolución democrática antiimperialista. En conclusión, si bien es cierto que con las direcciones pequeñoburguesas independientes podemos recorrer juntos un trecho del camino más largo del que podemos recorren con el stalinismo, no deja de ser eso, un trecho en el camino. Pero no estamos de acuerdo en la estrategia, es decir, a dónde conducir ese camino. 

Por esa razón, nuestra política de alianzas con las direcciones pequeñoburguesas independientes, es igual que con el stalinismo, la burocracia sindical e incluso con direcciones burguesas nacionalistas: se reduce estrictamente a los acuerdos para la acción común, manteniendo nuestra total independencia política y organizativa, para movilizar a las masas y desplazarlos como dirección. 



El hecho de que las direcciones independientes cumplan un rol más progresivo en algún período de la lucha de clases que el stalinismo y demás aparatos contrarrevolucionarios no significa que sean la mejor dirección posible de los sectores populares aliados del proletariado. Los trotskistas no abandonamos a eses sectores sociales a disposición de esas direcciones pequeñoburguesas independientes. Nosotros luchamos para que sea la clase obrera la que dirija a sus aliados, lo cual significa desplazar de la dirección de los sectores populares no proletarios a las direcciones pequeñoburguesas —guerrilla incluida—. Queremos que los campesinos pobres, el proletariado rural, la pequeña burguesía urbana empobrecida, los marginales, el semiproletariado, etc., reconozcan como su dirección a la clase obrera y a su dirección revolucionaria trotskista o trotskizante, no a las organizaciones pequeñoburguesas. Esto implica, entre otras cosas, que los trotskistas no aceptamos que los sectores populares no obreros sean un coto privado de las direcciones pequeñoburguesas. Nuestro objetivo es que haya fracciones campesinas, pequeñoburguesas bajas, etcétera, trotskistas (aunque no tengamos fuerzas para llevarlo a la práctica si nuestro partido es pequeño), que combatan a las organizaciones burguesas, pequeñoburguesas y burocráticas en todos los sectores sociales, explicándoles que sólo bajo la dirección y el gobierno de la clase obrera lograrán destruir al régimen odiado y satisfacer sus reivindicaciones. 



Toda política de alianzas implica acuerdos entre direcciones. Esos acuerdos pueden ser simples unidades de acción, frentes u organizaciones comunes. A diferencia de los acuerdos, que sólo comprometen al partido a luchar por el punto común sobre el cual se acordó, los frentes ya implican la existencia de una dirección, es decir cierto grado de centralismo, y de organismos de base comunes. Por esa razón, el trotskismo jamás baraja, ni siquiera como hipótesis, hacer un frente, ni mucho menos una organización revolucionaria común, con organizaciones no obreras, sean ellas burguesas o pequeñoburguesas, ya que ello significaría que estaríamos dispuestos a aceptar la disciplina de esas organizaciones o, lo que es lo mismo, la perdida de la independencia del partido y de la clase obrera ante organizaciones no proletarias. 

En cambio, sí aceptamos o impulsamos frentes u organizaciones comunes con otras direcciones u organizaciones obreras. Estamos en los sindicatos y en los soviets, que son frentes más o menos permanentes de la clase obrera, y es obligatorio que estemos. Podemos ser parte incluso de un partido obrero con direcciones obreras burocráticas proburguesas o stalinistas frentepopulistas para arrancar a una clase obrera atrasada del sometimiento a los partidos burgueses y conquistar la independencia política del proletariado. 

En estos frentes, si son de masas o incluso si reflejan un fenómeno muy progresivo y dinámico de la vanguardia obrera, podemos llegar a disciplinarnos a ellos, Si, además, el funcionamiento es democrático, nuestra disciplina puede llegar a ser casi total. Nunca nuestra disciplina es total, ya que un frente obrero puede aplicar una política contraria a nuestros principios: no  apoyamos ni nos disciplinamos a un sindicato de los maestros blancos norteamericanos, aunque sean la gran mayoría de los maestros, si exigen que se segregue a los maestros latinos; no apoyamos ni nos disciplinamos a los sindicatos norteamericanos que manifestaban en apoyo a la guerra imperialista en Vietnam. 

Estos frentes obreros son frentes y no simples acuerdos porque tienen cierto grado de centralismo, una dirección, organismos de base comunes donde las diferentes corrientes o fracciones luchan por imponer sus políticas y que nosotros aspiramos y peleamos para que sean democráticos, cierta permanencia en el tiempo, etcétera. 

También podemos hacer acuerdos políticos con direcciones obreras contrarrevolucionarias o reformistas, de la misma forma que los hacemos con direcciones burguesas o pequeñoburguesas. Tanto los frentes como los acuerdos con direcciones obreras contrarrevolucionarias o reformistas tienen el mismo doble objetivo que los acuerdos que hacemos con direcciones no proletarias: movilizar a los obreros y destruir a la burocracia. Estamos en los soviets para movilizar a los trabajadores hacia el poder y desplazar a las corrientes reformistas que participan en el soviet. Estamos en un partido laborista para defender la independencia política de la clase y para desplazar a su dirección colaboracionista. Y hacemos un acuerdo como el del MAS y el PC argentinos para movilizar y hacer avanzar la conciencia de nuestra clase y ganarle la dirección de la vanguardia al PC. 



El Frente Unico Revolucionario, en cambio, es un frente entre nuestra organización trotskista y las corrientes obreras de vanguardia que evolucionan hacia nuestro programa. Es una transición hacia el partido obrero revolucionario. Si el frente cuaja, rápidamente tenderá a transformarse en partido obrero revolucionario. Lucharemos para que sea permanente y se organice en forma centralista democrática. Esto quiere decir, entre otras cosas, que nuestra disciplina a él será absoluta, ya que tenderemos a disolver nuestra organización. 

Al igual que los acuerdos con direcciones no proletarias y de los frentes y acuerdos con direcciones obreras contrarrevolucionarias, el Frente Unico Revolucionario busca la movilización de las masas. Pero es una táctica que se inscribe en la estrategia de construcción del partido. Por esta razón, se diferencia de aquellos en que no queremos destruir a las organizaciones obreras revolucionarias con las cuales hacemos el Frente Unico Revolucionario, sino fortalecernos todos haciendo un partido único. Si, en el desarrollo de nuestra política de Frente Unico Revolucionario, la evolución de esas corrientes se detiene y cristalizan como centristas, el Frente Unico Revolucionario se rompe y los centristas se convierten en un nuevo obstáculo para la construcción del partido y deben ser tratados como tales,: acuerdos para movilizar a las masas y destruirlos a ellos. 



Si bien los acuerdos y frentes que realiza el partido trotskista son tácticas en función de sus estrategias fundamentales de movilizar a las masas para la toma del poder por el proletariado y construir el partido, como principio general esas tácticas son obligatorias. Uno de los principios del trotskismo y el leninismo, que lo diferencia del ultraizquierdismo y sectarios es precisamente la obligatoriedad de todo acuerdo o frente que ayuda a la movilización de las masas y/o a la construcción del partido. 

Pero este principio se combina y supedita a otro: nuestra política no va dirigida a las direcciones, organizaciones o sectores de vanguardia del movimiento obrero a quienes les planteamos acuerdos o frentes o sobre los cuales queremos trabajar para ganarlos para el partido. Por el contrario, nuestra política y consignas son dictadas por las necesidades de las masas y, tomando en cuenta su conciencia, buscan tender un puente entre esa movilización y las tareas socialistas. Por eso, en cada coyuntura de la lucha de clases, el trotskismo levanta un programa de transición que arranca de las necesidades de la clase obrera y las grandes masas populares. 

Todo intento de definir nuestra política y consignas a partir de las líneas, inquietudes o necesidades de las organizaciones con las cuales hacemos acuerdos o frentes o de los sectores de vanguardia sobre los cuales privilegiamos la actividad para construir el partido, es revisionismo vanguardista. Nos lleva a alejarnos de la clase obrera y a capitular a sectores no proletarios, u obreros oportunistas o centristas y nos impide movilizar a las masas hacia el triunfo de la revolución socialista. 

Por eso mismo, nuestra relación con las organizaciones con las cuales hacemos frentes o acuerdos y con los sectores de vanguardia sobre los cuales trabajamos es la crítica sistemática a sus posiciones, la confrontación de nuestra política y consignas, extraídas de las necesidades de las masas y de su movilización, con las consignas y políticas de esas organizaciones y sectores de vanguardia. 

Nuestra corriente tiene una larga tradición de lucha contra el vanguardismo mandelista y contra una de sus expresiones más criminales: la capitulación a las organizaciones guerrilleras. Esa batalla es uno de los jalones fundamentales en el desarrollo de lo que hoy es la LIT-CI. Si bien las actuales guerrillas y fenómenos de vanguardia no son idénticos a las de la primera época castrista, las conclusiones generales de esa lucha hacen parte de la tradición y los principios de la LIT-CI. 



Para aplicar correctamente la política de alianzas y toda otra política trotskista es imprescindible hacer claras definiciones de clase y políticas de las organizaciones y direcciones que actúan sobre el movimiento de masas y su vanguardia. El trotskismo rechaza toda definición de clase que tome en cuenta sólo una característica o elemento: programa, composición social de la base, procedencia social de la dirección, forma organizativa, u otra. Todos estos elementos hacen parte de la definición, pero las dos características centrales son la dirección y la política. 

El problema de clase de la dirección no es su origen social, sino si esa dirección se propone construir o no una organización obrera orgánicamente independiente de la burguesía. Si se lo propone, es una dirección obrera y su organización es una organización obrera. Puede ser una dirección obrera sindical, stalinista, electoralista, sindical-burocrática, sindical-revolucionaria, bolchevique, pero es obrera. Si se propone organizar a todos aquellos que están dispuestos a votarla en las elecciones, o a hacer acciones armadas, o a cualquier cosa, sin importale la clase social, no es una dirección obrera, sino burguesa o pequeñoburguesa. El hecho de que su base pueda ser mayoritariamente obrera , como es el caso, por ejemplo, del peronismo argentino, no cambia el carácter de clase de la organización y de su dirección, sólo la hace más nefasta y peligrosa. 

El problema política se sintetiza en la pregunta: ¿qué le propone esa dirección a la clase obrera? Según la respuesta a esta pregunta puede ser una dirección obrera de derecha y proburguesa, como la burocracia sindical argentina, o proburguesa colaboracionista de clases, como la socialdemocracia, stalinista, clasista centrista, etc… Sólo es dirección obrera revolucionaria si es trotskista, es decir si levanta el programa de la revolución socialista internacional, o trotskizante, es decir si es dinámica, va cada vez más hacia la izquierda, tiende hacia nuestro programa. 

De estos dos elementos, el que prima, el punto de partida para toda definición, es el carácter de clase. Definir a una organización a partir de una política coyuntural o un programa escrito más o menos radical es un error grave que nos arrastra inevitablemente al oportunismo. Es decir, nos dejará desarmados, a nosotros y a nuestra clase, cuando esa dirección u organización cometa la inevitable traición al proceso revolucionario que se desprende inexorablemente de su carácter de clase no proletaria. 


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Las organizaciones y direcciones guerrilleras no son obreras, sino burguesas o pequeñoburguesas, por el solo hecho de ser guerrilleras. Su dirección no se propone construir una organización obrera en la clase obrera, sino organizar a todos los que estén de acuerdo en hacer guerrillas, a servir de base a la guerrilla o a apoyar a la guerrilla. Su línea demarcatoria no es la clase obrera, sino los individuos de cualquier clase que quieran tomar las armas. Su programa y su política es hacer guerrilla. 

Las organizaciones guerrilleras son un fenómeno distinto a los partidos políticos que, eventualmente, hicieron guerrillas, como fue el caso, entre otros muchos, del PC chino, el castrismo y el PC vietnamita. Todos ellos eran partidos que, aunque en algún período asumieron la guerrilla como forma fundamental de lucha, la supeditaron al partido. Las organizaciones guerrilleras no se supeditan a ningún partido, sino que ellas supeditan a sus organizaciones y militantes “de superficie”. Cuando las organizaciones guerrilleras desarrollan una organización “de superficie”, sindical o política entre los trabajadores o la juventud, ella es el brazo político de la organización guerrillera. La organización guerrillera no es, pues, el brazo armado de un partido político (obrero o no), sino a la inversa. Los Montoneros argentinos, por ejemplo, tuvieron una numerosa Juventud Trabajadora Peronista llena de extraordinarios luchadores sindicales, así como una juventud universitaria, secundaria, barrial, etcétera. Cualquiera de ellas sumaba muchos más miembros que los combatientes Montoneros. Pero cuando Firmenich dio la orden de pasar a la clandestinidad y relanzar al guerrilla, todos esos militantes, sin voz ni voto, acataron la orden y abandonaron a su suerte a los trabajadores y a la juventud. 

Al hacer de la guerrilla un programa y una estrategia permanente, las organizaciones guerrilleras jamás pueden ser definidas como organizaciones obreras, ya que, como sostenía Lenin: “El partido del proletariado no debe nunca considerar la guerra de guerrillas como el único, ni siquiera el fundamental medio de lucha, sino que debe supeditarse a otros, debe guardar la necesaria proporción con los principales medios de lucha, debe ser ennoblecido por la influencia educadora y organizadora del socialismo. Sin esta última condición, todos, absolutamente todos los medios de lucha, en la sociedad burguesa acercarán al proletariado a diferentes capas no proletarias situadas por encima o por debajo de él…” (Lenin, Obras Completas , Cartago, Buenos Aires, 1960, Tomo XI, pág. 215). 

Las organizaciones guerrilleras son enemigas de la organización obrera. No vuelcan sus dirigentes, que muchas veces son extraordinarios luchadores, a organizar a los trabajadores, a construir en la clase obrera un partido, un sindicato, un soviet, sino que los vuelcan a organizar a los guerrilleros. Peor aun, utilizan a la clase obrera, si intervienen en ella, como abastecedora de combatientes, sacando así de la clase (y enviando a la muerte) a valiosísimos activistas y luchadores y debilitando así la organización de la clase obrera. Y cuando no los sacan físicamente, los sacan en su actividad, ya que los usan como apoyo, para guardar armas o llevarlas, para hacer propaganda clandestina a favor de la guerrilla, etcétera; de esta forma esos luchadores obreros no pueden, por razones elementales de seguridad, hacer ninguna o casi ninguna actividad de organización política ni sindical de la clase obrera. 

El desarrollo de las luchas obreras puede provocar crisis entre los activistas y dirigentes de las organizaciones “de superficie” de la guerrilla que más reflejen a los trabajadores, al constatar que las órdenes de los “comandantes” son nefastas para su clase. Esa crisis puede llevarlos incluso a romper con la organización guerrillera. Es una obligación nuestra intervenir en esa crisis para profundizarla y ganar valiosísimos individuos o grupos revolucionarios. Pero eso no nos debe llevar a confundir a la guerrilla con una organización obrera, ya que es exactamente lo opuesto. 


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Su carácter de clase pequeñoburgués hace de la organización guerrillera una enemiga de la movilización permanente y democráticamente autoorganizada de la clase obrera y el movimiento de masas. Como cualquier organización pequeñoburguesa, oscila entre la clase obrera y la burguesía, y pasa de la lucha más furiosa a las treguas más infames, por ejemplo la que firmaron los Montoneros argentinos con el gobierno burgués de Cámpora o el M-19 colombiano con Betancur. No educa a la clase obrera en que confíe sólo en sus propias fuerzas y en la movilización de sus aliados bajo su dirección, sino que le crea falsas ilusiones de que sus problemas se solucionarán por la acción de un puñado de combatientes heroicos. No quiere, bajo ningún concepto, la autoorganización democrática de los obreros, ni del pueblo urbano, ni de los campesino, sino que busca encuadrarlos en una estructura militar cerradamente totalitaria. No les dice a los trabajadores que deben ser ellos quienes tomen el poder, sino que la apoyen para que sea ella, la organización guerrillera quien tome el poder. Y, si logra tomar el poder, hace lo mismo que cualquier organización pequeñoburguesa: instaura un régimen bonapartista, de férreo control sobre el movimiento de masas para evitar que se siga movilizando y de un cerrado nacionalismo opuesto a la extensión de la revolución a la región y al mundo. 

La organización guerrillera es enemiga de la movilización permanente de las masas, también, porque sus acciones provacadoras desatan o sirven de excusa para desatar violentas represiones y hasta golpes de estado, que cercenan o hacen desaparecer las libertades democráticas arrancadas por el movimiento de masas y que, para los trotskistas y para Lenin, son herramientas formidables para la organización y despliegue amplio de la verdadera lucha de clases. 

Por todas estas razones, la organización guerrillera es enemiga mortal de una estrategia fundamental del trotskismo: la movilización permanente y democráticamente autoorganizada de los trabajadores. El trotskismo, por el contrario, aunque nunca eleva a la guerrilla a forma fundamental y permanente de lucha, la acepta como una táctica justa cuando, en determinados momentos, ayuda a la movilización de las masas. 


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La organización guerrillera es también enemiga de la segunda estrategia fundamental del trotskismo: la construcción de la Internacional y sus secciones nacionales. Al sacar de la clase obrera a valiosos dirigentes y cuadros revolucionarios, al empujar a la clase obrera a la pasividad vía la espera de los combatientes salvadores, al provocar la represión y el golpe, las organizaciones guerrilleras refuerzan el peso de los aparatos contrarre­volucionarios en el seno de la clase obrera, en primer término del stalinismo. Sacar a gran cantidad de activistas combativos o revolucionarios del seno de su clase facilita enormemente la tarea de todas las burocracias obreras ya que esos mismos activistas, volcados a la lucha antipatronal y antiburocrática podrían ser el fermento y dirección de la rebelión contra la burocracia y su aniquilamiento. 

Por estas razones, la organización guerrillera es uno de los peores enemigos de la construcción del partido. Y cuanta más influencia tenga en la vanguardia obrera, más peligrosa es como enemigo. Incluso un partido oportunista de masas es más fácil de combatir que la guerrilla, ya que, por la presión de la base, puede verse obligado, por ejemplo, a convocar a una huelga general aunque no quiera. Y con la huelga general la clase actúa como clase, se templa y renueva el activismo, se hace más fácil construir el partido. La organización guerrillera, en cambio, puede salir a una huelga general que nadie quiere, provocando una derrota y mayor represión, como sucedió en Colombia el 20 de junio de 1986. El partido oportunista de masas deja a la clase obrera y a los activistas en su lugar, aunque tratando de mantener pasiva a aquella y burocratizar o reprimir a éstos. Pero la guerrilla saca a la clase obrera de su lugar, haciéndola mirar hacia sus acciones espectaculares, y saca de la clase obrera a los activistas molestos para la burocracia. 

Combatir la política guerrillera es imprescindible para poder construir el partido. Si la guerrilla tiene una gran influencia en el movimiento obrero o en su vanguardia, hasta tanto no hayamos destruido esa influencia no habrá ninguna posibilidad de construir el partido obrero revolucionario de masas, ni siquiera un fuerte partido de vanguardia, ya que actuará como un canal de desvío de los activistas que rompen con la burocracia tradicional, llevándolos fuera de su clase y apartándolos del partido. 


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Las organizaciones guerrilleras son terroristas. En la casi totalidad de los casos, sus acciones no ayudan al desarrollo de la movilización, la organización y la conciencia de las masas. La guerrilla hace una “guerra de bolsillo” contra la burguesía y su estado, exactamente opuesta a la guerra civil, en la cual la movilización obrera y de masas asume formas armadas, guerrilleras (en el sentido técnico del término), insurreccionales o de guerra convencional entre ejércitos como fue la guerra civil en Rusia. Las acciones terroristas de la guerrilla, al ser decididas por su propia cuenta, provocan confusión cuando no repudio del movimiento de masas. Al no tomar en cuenta a las masas, las acciones guerrilleras desatan o sirven de excusa para desatar una represión del régimen absolutamente desproporcionada con el nivel de movilización, organización y conciencia de aquellas; las masas quedan inermes, desorganizadas y no preparadas para enfrentar esa represión. Cada acción de la guerrilla, salvo las contadísimas excepciones en que, por casualidad, ayudan a la movilización, desorganiza, desmoviliza y desarma a los trabajadores. Por estas razones, los trotskistas no sólo no apoyamos esas acciones, sino denunciamos ante los trabajadores su carácter desmoralizador, desmovilizador y desorganizador. Nuestra única obligación de principios en relación a la guerrilla es defenderla de la represión del régimen burgués. 

Las únicas acciones guerrilleras que apoyamos son las que se ajustan estrictamente al criterio leninista: “… no se consienten, en términos generales, las ‘expropiaciones’ de bienes privados; las de bienes fiscales no se aconsejan y sólo se admiten bajo el control del partido y a condición de que los recursos se destinen a las necesidades de la insurrección . Las acciones guerrilleras bajo la forma del terror se aconsejan en contra de los agentes de la violencia del gobierno y de los miembros activos de las centurias negras, pero bajo las siguientes condiciones: 1) tener en cuenta la opinión de las grandes masas; 2) tomar en consideración las condiciones del movimiento obrero en la localidad de que se trate; 3) procurar no despilfarrar las fuerzas del proletariado…” (Lenin, Obras Completas , Cartago, Buenos Aires, 1960, Tomo XI, pág. 216). 

Por lo tanto, los trotskistas no apoyamos jamás en general las acciones guerrilleras y, en particular, las repudiamos ante las masas en la inmensa mayoría de los casos. 


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El armamento del proletariado es parte de nuestro programa. Como cualquier otra tarea, no está plantada en forma práctica sino cuando el proletariado o sectores importantes de él empiezan a entender su necesidad y se proponen armarse. Si el proletariado decide armarse, no hay fuerza en el mundo que se lo impida; y si no está dispuesto a hacerlo no hay fuerza en el mundo que lo logre. Cuando la agudeza de la lucha de clases le plantea al proletariado objetivamente la necesidad de armarse, pero éste aún no lo entiende o no está dispuesto a hacerlo, el partido no puede ir más allá de explicarle pacientemente que debe armarse, hasta que lo comprenda y pase a la acción. 

El programa militar del proletariado es opuesto al de las organizaciones guerrilleras. Estas sostienen que hay que construir un ejército que se enfrente al ejército burgués; los trotskistas levantamos los comités de autodefensa en la perspectiva de la milicia obrera y el trabajo sobre el ejército burgués para separar a su base popular de su cúpula contrarrevolucionaria, arrastrar a la primera hacia el campo de la revolución y, confluyendo con las milicias obreras, hacer una insurrección, no una guerra de ejército contra ejército. La necesidad de construir un ejército sólo se plantea a partir de la constitución del estado obrero o de la existencia de una auténtica guerra civil antes de la conquista del poder, la cual implica la existencia de zonas geográficas en las cuales ya gobiernan los trabajadores. 

Dado que el programa militar de la organización guerrillera es opuesto a la creación de la milicia obrera, al trabajo sobre el ejército burgués y a la insurrección, tal programa y las acciones que la guerrilla efectúa, no acercan al proletariado a las armas, sino que lo alejan de ellas. La guerrilla es un obstáculo absoluto para nuestro programa militar trotskista de armamento del proletariado. Es, en consecuencia, inadmisible, que el trotskismo pretenda “educar” al proletariado en la necesidad de armarse haciendo propaganda favorable a la guerrilla y sus acciones. Es, por el contrario, imprescindible denunciar a la organización guerrillera y sus acciones ante el movimiento de masas si verdaderamente queremos que los trabajadores se armen. 


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Ante el ascenso de las luchas obreras, la guerrilla entra en una profunda crisis. Tal crisis se hace aun más aguda en las organizaciones guerrilleras que desarrollan organizaciones sindicales “de superficie”. Los militantes de esas organizaciones se ven sometidos a una doble presión: la de la dirección guerrillera y la de las luchas obreras, que actúan en sentido opuesto. Los cuadros sindicales de la guerrilla se ven obligados a optar entre las necesidades de los trabajadores y las órdenes de los “comandantes”. Esta crisis se hará inevitablemente más profunda y explosiva cuando la dirección guerrillera, como cualquier otra dirección pequeñoburguesa, se pase al bando de la burguesía y/o pacte con el stalinismo, como no puede dejar de ocurrir por su carácter de clase. 

Es una obligación de los trotskistas intervenir en esa crisis, no para evitarla, sino para profundizarla y desarrollarla. Esto es, para enfrentar a los militantes sindicales, juveniles, etc. de la guerrilla con la dirección guerrillera y llevarlos a romper con ella. Sería no principista incidir en esa crisis planteándole a la organización guerrillera el Frente Unico Revolucionario, ya que éste es imposible con una organización pequeñoburguesa. Por el contrario, tal planteo fortalecería a la dirección guerrillera, a la que daríamos certificado de obrera revolucionaria. No se podía jamás lograr que la JTP o sectores de ella rompieran con Firmenich si nosotros planteábamos hacer un partido obrero revolucionario con Firmenich. 

La táctica para profundizar la crisis de la organización guerrillera es, pues, la misma que con cualquier otra dirección burguesa o pequeñoburguesa con influencia entre las masas o la vanguardia obrera: acuerdos para la acción común en el terreno de la lucha de clases; independencia completa de nuestro partido para aplicar una sistemática política de crítica y denuncia ante las masas de las inconsecuencias políticas de la dirección guerrillera y de sus métodos nefastos. En tales acuerdos, los trotskistas debemos privilegiar a los sectores obreros influidos por la guerrilla, lo que puede plasmar en la constitución de una tendencia sindical combativa, antipatronal, antigubernamental y antiburocrática. Nuestra gran lucha es para que estos sectores dejen de acatar a la guerrilla y rompan con ella. 

Una consigna transicional en ese sentido debe ser llamarlos a que exijan a la guerrilla que se supedite y discipline a la clase obrera, a sus organizaciones de masas o a la corriente sindical clasista. Esta disciplina tiene un límite, el de los principios: jamás la guerrilla puede verse obligada a desarmarse porque así lo decida la dirección oportunista de una central obrera. Pero si esa central le exige que no haga más acciones, debe acatarla, salvo que sea en legítima defensa. Nuestra propuesta sería que la guerrilla sea uno de los destacamentos armados de la central obrera y ejecute acciones en función de las necesidades de la lucha obrera y los deseos de los trabajadores. 

Aunque nunca se ha dado que una organización guerrillera acepte esto, no lo podemos descartar hipotéticamente. Pero ello no ocurrirá, en cualquier caso, sino a través de una dura lucha interna y de la crisis y la división de la organización guerrillera. Los trotskistas debemos ser el polo obrero de esta discusión, es decir los más clara y enérgicamente enfrentados a la dirección guerrillera en el programa, la política y los métodos. 

Sólo si tal ruptura se da habrá posibilidades de concretar un Frente Unico Revolucionario con los militantes sindicales de la guerrilla y el hipotético sector guerrillero que se discipline a ellos, ya que se habrían transformado en una corriente obrera. Sin embargo, quedará por ver si son una corriente obrera centrista cristalizada o si evolucionan hacia nuestro programa, ya que si son lo primero tampoco hay posibilidades de Frente Unico Revolucionario.

(Tomado de Marxists Archive)