Cuento de Juan García Brun: «La verdadera cumbre»

Soy Mario Sangüeza, tengo 51 años y como no tengo mucho tiempo -estoy gravemente herido- quiero ocupar estos últimos momentos de vida poniendo por escrito la historia de Alejandro Serquin o Selkirk. Fue durante una tempestad -debe haber sido en 1932- y la lluvia cerraba cualquier visión de perspectiva y era previsible un naufragio. Me dijo lo siguiente:


Recuerdo que nos habíamos ubicado en el Parque Japonés. Cada uno de nosotros dormía en unos nichos de hormigón armado construidos en la ladera de una colina que daba hacia la laguna. A pesar de su apariencia rectangular los habitáculos eran mullidos y confortables, vistos a la distancia parecían nidos de ametralladoras o bocas de ventilación de alguna instalación militar subterránea. Durante el día actuábamos en comisiones formadas para la recolección, el aseo y la seguridad del lugar. Hombres y mujeres compartíamos las mismas responsabilidades. La ruta mía era la mayor y conducía a la cumbre, en ella instalé una silla, una sombrilla hecha con ramas y un tótem con el cráneo de una vaca. Logramos darle al lugar un aire civilizado. Una mañana, una mañana helada, nos reunimos en la mesa central, la que estaba en la glorieta principal de la laguna. Todos habían llegado correctamente vestidos y el tema de debate era una cuestión jurídica que hoy no recuerdo, pero tenía que ver con las asignaciones modales, el fideicomiso y su legitimidad. Las opiniones fueron armónicas y se me confirió la palabra, expliqué que no podíamos hacernos cargo de semejante discusión, que teníamos cosas de mayor urgencia que abordar –señalé el avistamiento de naves enemigas y la purificación del agua como cuestiones generales- y que este diletantismo no nos conduciría a ningún lado. La mujer que presidía, abogada como todos los que estábamos en la mesa, me hizo ver la inconveniencia de asistir de manera descuidada a la reunión. “Usted no puede venir en pijamas, esto no es un circo”, me dijo. Discutimos. Un grupo menor, pero recalcitrante, objetó que un judío se permitiera irrumpir contra los valores de la mayoría cristiana. Yo no me consideraba entonces judío y en todo caso les hice ver que la cultura hebrea vertebraba a la cristiana y que me resultaba imposible no sólo seguir en esta discusión, sino que seguir en el grupo. No es posible que una comunidad como la nuestra cobije bajo un mismo techo, conviva, con planteamientos como los de la minoría que no ha hecho sino insultarme. Agregué: “No soy judío, pero me resulta inadmisible que se plantee la discusión en estos términos”, alcé las manos y terminé diciendo: “volveré a mi tumba”.


Si alguien visita ahora el lugar podrá observar las cuevas en las que vivieron algunas décadas la gente de Serquin. Yo estuve allí, mucho después de conocerlo. Pude leer las inscripciones en las pocas paredes que quedaron. La vegetación ha cubierto lo que alguna vez fue el parque y el lugar ha quedado fuera de las habituales vías de comunicación. “Volveré a mi tumba”, la frase me persigue y es posible que yo también lo haga.

Desde mi ventana veo un basurero, una cerca de malla metálica y en el fondo, una avenida por la que pasa la locomoción colectiva. Nunca tuve tiempo. Ahora que cierro los ojos, la sangre y los retazos de esta historia comienzan a revelar mi verdadera ubicación. Mi casa parece inundarse con el silencio de los cobardes. Veo el mundo desde una cumbre.