La sombra de la crisis argentina también se cierne sobre la Izquierda, a ambos lados de Los Andes

por Gustavo Burgos

Las pasadas elecciones argentinas, una especie de primera ronda electoral, las PASO (Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias), arrojaron una sombra sobre la Derecha latinoamericana. El Mercurio de hoy se concentró en la implicancias del estruendoso fracaso electoral de Macri –quedó más de 15 puntos bajo su contendor, el peronista Fernández- y lo proyectó sobre la figura de Piñera. No hay duda de que Prosur y el Grupo de Lima, espacio diplomático de la derecha gorila y proimperialista, comienza a eclipsar. El sólo liderazgo de Bolsonaro, que alcanza escasamente las fronteras brasileñas, es insuficiente para servir de playa, de teatro de operaciones para Trump y sus piratas.

Macri le deba civilidad a esa derecha, alguna legitimidad y un escenario también, la segunda economía sudamericana, que permitía hablar de un viraje en la zona, un supuesto reconocimiento del electorado, una cierta, maduración del sentido común (el eufemismo para referir la brutalidad del apatronado) y el cierre del llamado ciclo populista. El clímax de este momento fue animado en la fronteriza localidad de colombiana de Cúcuta por el bufón de Piñera, Miguel Bosé, Iván Duque como anfitrión y Luis Guaidó, Presidente Encargado de Venezuela y maestro de ceremonias. Nadie a esta fecha recuerda ese bochornoso incidente que comenzó a marcar la declinación de este irrelevante ciclo a la Derecha y la consecuente estabilización de Maduro en Venezuela.

Pero Macri fue derrotado de forma aplastante. Lo derrotó su política antiobrera y un manejo económico que sumó a la hiperexplotación un saqueo del capital especulativo que tiene como base los 50 mil millones de dólares que licuaron las entidades financieras y que ponen a la economía trasanadina, en una inminente cesación de pagos (default) frente al FMI, con un servicio de deuda anual que –según se contabilice- equivale anualmente a casi la totalidad de la capacidad exportadora argentina. 

Dicho de otra forma, el líder de la Derecha del cambio, del PRO, un verdadero Piñera argentino, no sólo arrasó con los bolsillos de los trabajadores propiciando el masivo cierre de fuentes de trabajo, no sólo barrió con los salarios (sólo en lo corrido de este año se acumula un 50% de inflación), sino que hipotecó la autonomía económica del país con una monstruosa deuda pública, impagable, que profundiza el sometimiento de la burguesía parasitaria argentina al gran capital imperialista.

De la quiebra de la Derecha se ha escrito suficiente. Es alarmante, en este sentido, como aún antes de resultar electa, a su turno, la fórmula peronista Alberto Fernández- Cristina Fernández, está empeñada en cogobernar y diseñar un plan de ajuste que estabilice la economía poniendo como centro de interés al capital financiero (evitar el default) y a los grandes exportadores productores de soja (devaluación del peso frente al dólar). Lo están diciendo ahora, en plena campaña electoral porque la eventualidad de una crisis institucional –la inminente caída de Macri- es una posibilidad cierta y el empeño peronista –aún con su gárgara antioligárquica- sigue siendo la preservación del orden capitalista y la convivencia entre explotadores y explotados: entre el FMI, la Sociedad Rural y la CGT. El próximo Gobierno de Alberto será una mezcla entre Menem y López Rega. Lo que viene en Argentina, encubierto internacionalmente por el perfume del Foro de Sao Paulo, será inevitablemente un durísimo Gobierno de ajuste, un ajuste que desde las propias cámaras empresariales se reconoce como tarea incumplida por el macrismo. 

En este concierto, la falta de una dirección política de los trabajadores resulta clave para comprender el curso de la crisis en Argentina. Desde los lejanos días de la crisis Braden-Perón, la izquierda argentina carga con el lastre de su incapacidad para interpretar la lucha antiimperialista y para comprender la naturaleza del nacionalismo burgués peronista. Que el peronismo, como la burguesía trasandina, haya terminado de rodillas ante el imperialismo. Que de sus entrañas haya nacido la Triple A y luego durante Menem se haya verificado el itinerario neoliberal, es una demostración autoevidente no sólo del carácter patronal del peronismo, sino que además de su incapacidad de responder a las tareas nacionales y democráticas que agita impotente como identidad estética.

Sin embargo la izquierda argentina –de origen trotskista- a pesar de su enorme esfuerzo electoral y de su disciplinada militancia en los medios obreros, no ha logrado estructurarse como partido revolucionario. Es más, desde la creación del Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT) que agrupa al PTS, IS y Partido Obrero, ambas expresiones de las principales corrientes del sector (morenistas y altamiristas), la izquierda trasandina se ha dedicado a consolidar bancadas parlamentarias y a nuclear a su militancia en una perspectiva de movilización de clase, subordinada al desarrollo de su referente electoral.

Durante años, en realidad desde antes del FIT que data del 2011, la izquierda Argentina, aquella que se proclama revolucionaria, ha ido dejando una estela de estruendosos fracasos electorales. Con alguna excepción particular, flotan en torno al 3% del electorado, justo lo necesario para preservar su legalidad y para obtener recursos del Estado que les permitan mantener sus locales, rentados y editoriales.

Estos verdaderos aparatos, desde el retorno a la democracia, en 1983, vienen anunciando de forma metódica el hundimiento del capitalismo, la ruptura de las masas con el peronismo y la consecuente construcción del partido revolucionario, como resultado de los hechos anotados.

En Chile, como en otras partes del mundo, estos aparatos replican su política –a veces con campañas idénticas- y están permanentemente anunciando el inminente advenimiento de la nueva dirección, del Gobierno de Trabajadores y de una difusa perspectiva estratégica socialista. Llenan estadios, difunden en ediciones espléndidas a los clásicos del marxismo y mantienen viva en la sociedad la “perspectiva marxista”, la llama de la revolución. Han formado a generaciones de cuadros, decapitado a otras tantas y se han abierto un espacio, nítido e insoslayable en la vanguardia política de la izquierda trasandina, de la que son su columna vertebral. La verdad sea dicha, las otras corrientes maoístas, estalinistas, castroguevaristas, aún estando presentes tienen una incidencia muy disminuida. Hablar de la izquierda argentina, hoy día, es hablar del FIT.

Van a enterar 40 años anunciando crisis terminales, rupturas obreras con el peronismo y celebrando los triunfos morales obtenidos en las urnas. Van a enterar 40 años sin lograr conectar con la clase obrera y ofreciendo frente a este hecho, enorme como una catedral, ninguna respuesta de fondo. En general se le echa la culpa al empedrado, práctica en la que la izquierda chilena ya tiene un par de doctorados.

La lucha de clases tiene la virtud de poner a cada cual en el lugar que merece, su propia mecánica devora programas, líderes, países y la experiencia de generaciones completas. Así ocurrió con el castro guevarismo, con el MIR chileno, el ERP, Montoneros, Tupamaros etc. de sus grandiosos errores quedó una cierta iconografía, una estética del martirologio y el testimonio de su noble militancia.

Del trotskismo argentino debería comenzar a escribirse una historia parecida. Hace cosa de semanas el Partido Obrero, en un confuso proceso, separó de sus filas ni más ni menos que a Jorge Altamira el indiscutido hegemón y constructor de esa organización. Un cuadro que como pocos, preserva la tradición de los cuadros de la segunda generación después de Trotsky. Altamira se presenta en estos días como figura de una tendencia pública y cuestiona en duros términos al electoralismo y burocratismo que ha corroído las estructuras del PO. Altamira cuestiona, alza la voz a ratos de forma trágica como Otelo, pero no logra explicar lo ocurrido más que como la sumatoria de hechos circunstanciales.

No podemos sino lamentar la esterilidad del FIT, sus fraccionamientos y su incapacidad para materializar la tarea cuya militancia explícitamente proclama asumir. No es fácil observar esta realidad, mucho menos criticarla. Pero hemos de concluir que el camino de acumulación de fuerza electoral que propone el FIT a los trabajadores argentinos es una vía muerta, condenada al fracaso.

La explicación de este hecho hemos de buscarla en el programa, en la teoría que orienta el accionar. Razonar en contrario sería volver sobre una visión voluntarista y espontaeista del proceso político. En este punto, la sombra de la izquierda argentina se cierne también sobre la izquierda chilena, izquierda que en una dinámica muy distinta, tampoco ha logrado sacarse de encima el cretinismo parlamentario y el planteamiento de la resolución institucional/electoral de la tareas revolucionarias.

La resolución de la crisis capitalista, que es el contenido de la crisis social que arrastran las naciones oprimidas de América Latina, sólo puede materializarla la clase obrera. No hay otro sujeto histórico con la capacidad de abordar esta tarea, tal resolución es la revolución obrera como antesala de la revolución socialista mundial. Pero esto no es una abstracción. Tal definición estratégica condiciona, como nos enseñaron los clásicos del marxismo, el tipo de partido, de militante y acción desplegada en la lucha de clases.

La izquierda revolucionaria, que es aquella que emerge como vanguardia de la clase obrera, no puede estructurarse fuera de la clase a la que expresa, precisamente porque lo que postula es llevar al proletariado al poder, como caudillo de la nación oprimida. Esto significa que la actividad electoral -esto es una conclusión a la que ha de arribarse luego de observar la experiencia argentina- debe subordinarse a las necesidades de la clase -no solo de sus luchas parciales o económicas- sino que particularmente de aquellos pasos que la clase obrera da hacia el poder.

Lo electoral puede ayudarnos a resolver alguna coyuntura específica, puede permitirnos llegar a sectores más amplios de trabajadores, pero jamás puede constituir el centro de la actividad de una organización revolucionaria. A la vanguardia obrera habremos de hablarle pacientemente y con claridad que la revolución será el fruto de la acción directa, de la ruptura institucional, de la lucha insurreccional o simplemente tal revolución no tendrá lugar.

En algún momento de la historia, no sólo en Chile y Argentina, porque esto es un fenómeno mundial, la izquierda, incapaz de conectar con los trabajadores, opta por adaptarse a la democracia burguesa. Reemplaza la perspectiva revolucionaria por la profundización de los derechos democráticos y por disolver la cuestión del poder en el veneno de la participación democrática.

Haciendo propia la perspectiva leninista, los revolucionarios debemos estructurarnos como partido e intervenir en todo espacio democrático -las elecciones burguesas lo son- con la sola finalidad de ayudar a los explotados a superar sus ilusiones en la democracia burguesa. Debemos perseguir, por lo mismo, la unidad de la clase y la unidad para la lucha. De nada sirve pretender construir el partido fuera del movimiento obrero y llamar luego a los trabajadores a plegarse a una organización «químicamente pura». El partido habremos de construirlo en la vanguardia obrera, sus cuadros habrán de forjarse en las luchas de la misma forma como los trabajadores han construido sus organizaciones que los han expresado históricamente.

El peronismo expresó a la clase obrera y los explotados argentinos, como en su momento el PC y el PS chilenos lo hicieron con los trabajadores en nuestro país. Pero tales movimientos expresaron una inflexión en la historia de los trabajadores, parte de su proceso de formación como clase, pero de ninguna forma el peronismo o el estalinismo expresaron los intereses históricos y políticos de la clase obrera. Debemos aprender de esas experiencias, conocerlas, aprender de su historia y volcarla a la formación de un partido de nuevo tipo, una organización de combate, clasista y revolucionaria, forjada en la lucha, en la acción directa y no en la asfixiante monotonía electoral. En ese terreno, más allá fue algún accidente electoral, siempre ganan los patrones.

Pesada sombra viene desde Argentina, una rica experiencia para proyectar la luchas que el proceso inevitablemente nos planteará. Que caiga Macri, que vuele en pedazos en régimen de explotación y opresión imperialista, que se unan los trabajadores de ambos lados de la cordillera, porque su destino de liberación es común y tiene el nombre de Socialismo.