En defensa de los encapuchados

por Pepe Burgos

Hoy hay muchos ex compañeros que  renunciaron a la izquierda clasista y revolucionaria   y que hoy  se suman a la campaña «No a la Capucha»  impulsada por la Derecha  y los políticos de la ex Concertación. 

Lo que se persigue con esta campaña infame es obligar a institucionalizar y desarticular  a la  izquierda y canalizarla por  los pasillos estrechos de  esta democracia de los  acuerdos. La tríada:  Derecha, Concertación , Militares,  no dio espacios democráticos a otras formas de organización y participación de democracias participativas y autogestionarias. En cambio fortalecieron la Constitución pinochetista con tibias reformas, como por ejemplo «fin al binominal» pero dejando incólume  la Constitución de la Dictadura.  

El objetivo es transitar obligatoriamente por la vereda  de la institucionalidad, y «a cara descubierta» para que te repriman, y faciliten la labor policial y de los aparatos de inteligencia que en forma solapada y siniestra operan en las sombras de la impunidad.    No olviden que en estos últimos dos Gobiernos el de la Bachelet y el actual gobierno de derecha,  han utilizado el crimen  encubierto con los dirigentes sociales, que aparecen curiosamente, ahorcados, flotando en las aguas de los ríos y embalses y las balas locas que ciegan vidas inocentes. Son más de diez los crimenes encubiertos hasta ahora en menos de 5 años. 

Si los que vivimos la lucha frontal en «los años de plomo» y confrontamos al dictador criminal de  Augusto Pinochet, no hubiéramos usado las capuchas hoy seríamos detenidos desaparecidos.

Defendemos a los encapuchados porque representan la subversión frente al Estado capitalista y marcan un camino de enfrentamiento al régimen. Con Allende aprendimos que ni la Constitución, ni sus tribunales ni su Congreso, amparan la lucha de los explotados. El encapuchado encarna a veces una acción desesperada, a veces la ira, pero siempre hace realidad la posibilidad de llevar a la calle la revolución, de resolver con las propias manos la resolución de los conflictos sociales.

Son los encapuchados muchas veces desorientados, torpes e impertinentes. No logran establecer diálogos con sectores más amplios de aquellos que se movilizan. Es verdad y esta desconexión sirve a la Derecha y al reformismo para hacer buena letra y mostrarse como disciplinados sirvientes del orden burgués.

Es verdad, la capucha con conforma un programa  y no resuelve las complejas tareas políticas que hoy enfrentan los trabajadores. Pero encapucharse es el principio. Encapucharse supone subordinar nuestra identidad –nuestro rostro borrado- a una lucha colectiva mayor. Encapucharse significa gritar al Estado, su policía y sus matones que hemos resuelto luchar y poner nuestro propio cuerpo como arma.

El encapuchado se expone. A ese encapuchado debemos hablarle, debemos convencerlo que es el accionar multitudinario de los trabajadores, la acción directa de los explotados  aquella que prefigura el poder obrero y aquél un puente a la revolución y al socialismo.

Si la vanguardia logra encapucharse –aquí usamos la expresión como símbolo- si la vanguardia confía en sus propias fuerzas y su funde con la lucha mayoritaria de trabajadores, campesinos, pescadores, pobladores, estudiantes y los explotados que llenan el conurbano de nuestras grandes ciudades, entonces habremos abierto un nuevo camino.

No se trata de hacer montoneras electorales y acumular respetabilidad ante la opinión pública y los medios de comunicación, universidades y editoriales al servicio de los patrones. De nada sirve a la izquierda presentarse como una alternativa “civilizada” de administración del orden capitalista.

La izquierda, para ser tal debe ser obrera, revolucionaria y antiimperialista. Por esta razón debe ser una izquierda encapuchada.