Poema de Pedro Montealegre: «Mi padre»

Mi padre: negación y negación; contra-padre, ciudad, aceptación
–lejana– del lirio, su gónada
y recuerdos rajados: la nuez en la cabeza –de san Antonio de 
Padua– la cabeza roída: yo rezaba, y de súbito
un pozo más y más fondo; y las palabras, un pozo; y los
hermanos, un pozo: todo un eco la salida, 
todo un eco –política de gotas de ácido– la quemadura, la vereda, 
no más barro, espesor significado en ti
o sobre ti. Ciudadano, nunca he dicho sujeto: tu corazón o mi 
sílaba. Tu pericardio, el baptisterio,
los prestamistas, limpios: no pureza, no oxígeno –es lo albo su
mancha– el aceite en sus manos.


Mi padre y su asfixia: su maldad, su arruga de padre: política
–de carneros– la cívica, los pastores y yo,
los burgueses y yo, los explotados y yo: la ética del chico y su 
lengua trozada: no un cardo, fue
una estrella en mi herida. Un emisario. Fue el tísico: el adolescente
y su honda: quédate escondido, 
rojo hijo de perra: si te pillo, volarán con tu hoz los ángeles. 
La pesadilla más basta: su mutación en bien.
La vacuna, un demonio: ya ha sido besado. Mírate ahí: mi patria 
es mi padre. Comerá tu ciudad.
Estética y ruptura: el ombligo del mundo. Chile es conjetura.
Europa es conjetura. Nunca regreso
pero tampoco hay partida. Más Tú es la muerte. Negro abrigo 
de mi padre: pulsión cinematográfica 
por grabarlo todo. Va y lo abre –anochece– los niños se llenan 
de mariposas amargas. Mira esas gaviotas,
negras de alquitrán. Son culpa de Él. Mira esos hombres, los 
pececillos de esos hombres 
–espermios de oro, casquetes de bala desde el interés, el 
capital, desde la florcita de plástico 
y su perfume: mostaza– son culpa de Él. La desnudez de esa 
bestia, mi poco de mal.
Repetirse en imágenes, las tijeras de mi hermana: no hay belleza 
tan sucia: edición, contra-edición,
de celuloide, mitosis celular: fagocitosis. El fascista mamando
la ubre extranjera. Más Tú es la muerte. 

*
Más Tú es la muerte, en la ciudad de los solos. En la captación 
de público de los centros comerciales.
Ya perdí la certeza. Ya no digo: escojo. Porque primero: he 
amado. Segundo: alguna vez he mirado el espejo.
Tercero: alguna vez no fui yo ni fui tú. ¿Qué fue de nosotros?
Un sujeto indeterminado. Un contra-sujeto fiel
al espacio coloidal –allí la lucha fluctúa. Cuarto: he vuelto –a 
ser otro Yo– y me han comido los tordos.
Y mi padre soy yo. Pero tú despedazas el pan –las palomas, tus
letras: por eso, las azoteas se pudren–
y quien viene a comer no es más sombra que nosotros. Quien
viene a dejar su lagrimón de mezcalina
no es más chico que tú –dibujó, a los siete, un arcángel de cera 
en la pared tras su cama: es, hoy, otro arcángel–
y la metadona de sol, ¿una lluvia más? Caiga mi padre por el 
peso de mi amor y no por el de mi espada. 
Sea inútil el canto, no así regular –lo desafinado concluya en
este tipo de belleza: digo, el temple del caído; digo,
la cicatriz y su causa: el galgo persiguiendo un conejillo de 
indias– inútil reproche, quien está escribiendo.
Tú y yo, desde el centro. Tornado ya, el lenguaje no mella. 
Menos se traga a sí mismo. Mi padre mira
por el sacrificio y se ríe. Un gusano es gusano. No el mismo dedo, sino
falange del dedo. Mi padre soy yo
en la ciudad de los solos: el paraíso formado con el lego de
un crío. Bebe sangre y te agrandarás. 
Come un hongo y encogerás. Las letras del alfabeto, multiplicidad de
elecciones: si presiono aquí,
arderá hacia adelante. Si libero una peste ganaré una ficha. Saca 
tu mechero de plata, muchacho. Éste es mi cigarro
y éste es tu mirar. Saca tu mechero, Bertolt Brecht: recuerda: 
en los cataclismos que llegarán yo espero
no apagar mi cigarro a causa de mi amargura. Un sujeto 
indeterminado: lo han comido los tordos.
Mi sangre, mestiza: no más roja que otra. El inmigrante y su
jaula. La zoo-lógica del miedo. Tú tienes el hábito:
Coges, arrugadas, facturas –como hojas, ¿el otoño es repudio?– 
barcos de papel adentro de un zapato.
Más Tú es la muerte, a la hora de vivir el poder, la contradicción. 
Siempre digo más. Tú siempre, menos.
La retórica cambia: llenamos con aire la jeringa de un príncipe.
Así negocia mi padre: echando a tierra su vínculo.

(De «Animal Escaso»)