Gastón Vidaurrázaga Manríquez (1956-1986): hasta la victoria, siempre

por Ignacio Vidaurrázaga Manríquez

El próximo 4 de agosto estará de felices 63 años. La pintura y el dibujo serían su ocupación cotidiana y muy posiblemente viviría de eso. Llevaría un guardapolvo salpicado de manchas de todos los colores de su paleta. Y mientras los pinceles flacos o más gruesos y, las espátulas toman su tiempo de merecido descanso, él estaría bien aprovisionado de Beethoven y unas marraquetas con mortadela o lo que hubiese, además de una chispeante Coca Cola. 

En esa placidez del crear disfrutaría estos años. Luego, y por la tarde esperaría a su hija Valentina con sus dos nietas, chiquillas que posiblemente saldrían sorprendidas, que ese loco abuelo les pintara las uñas con óleo. No sé si aún emparejado con la Mary. Y llegarían de a poco o lo llamaría esa familia chica. Se admiraría con los trabajos de su sobrina nieta Katia Emma y muy seguro extrañaría a la Yola, su madre apoyadora, a quien sin ningún respeto simplemente le decía «mi rucia». En esa caótica habitación se acumularían los bastidores, los trozos de cartón y los papeles con estudios y avances. Reflejando esa inagotable y extensa destreza y singularidad, que desde los 15 exhibiera en la Escuela Experimental Artística de La Reina, la EEA. 

En la familia chica le llamábamos ‘Picasso’ y él lo asumía con absoluta naturalidad. Se sentía dotado con un algo mágico y propio. Con su lápiz era capaz de producir trazos sin detenerse , mientras la paleta desbocada mezclaba colores sin límites ni reglas. Tenía las fronteras del crear corridas a espacios del abismo, de la búsqueda y siempre de la experimentación. 

Hoy, no sabría qué regalarle. Antes revisaría sus discos o la aguja del pequeño y portátil RCA. O pensaría en un libro de W. Lam o simplemente lo invitaría al «Pancho Causeo» en Ecuador con Toro Mazote y conversaríamos sin ningún apuro un costillar o un pernil con papas cocidas. Y seguiría para los 64 y el terror y la muerte serían simplemente un óleo de un instante, extraviado en ese caótico y creador ambiente. 

(Gastón Fernando Vidaurrázaga Manríquez, profesor egresado de la ex UTE y artista plástico, era militante del MIR, padre, esposo, hijo y hermano. Fue acribillado junto a un poste de luz, la madrugada del 8 de septiembre de 1984, con decenas de balazos a los 30 años. Era de madrugada y el lugar se encuentra próximo a San Bernardo en la carretera norte-sur. Esas noches y en diferentes lugares de Santiago aparecían los cadáveres de Abraham Muskabliet, Felipe Rivera y José Carrasco. Todo indica era la venganza, la exculpación por adelantado de la CNI frente al intento de tiranicidio).