Marx para el presente: una lectura socialista y feminista

por Johanna Brenner 

Si consideramos su trabajo de manera conjunta, Marx tenía poco que decir directamente sobre la opresión de las mujeres o la relación entre el patriarcado y el capitalismo 1/. Y parte de lo que tenía que decir era, bueno, más bien desacertado. Sin embargo, las feministas marxistas se han basado en su pensamiento para crear un enfoque distintivo con el fin de comprender estas cuestiones 2/.

Las feministas marxistas comienzan donde Marx lo hace: con el trabajo colectivo. Los seres humanos deben organizar el trabajo socialmente para producir lo que necesitamos para sobrevivir; la organización del trabajo socialmente necesario, a su vez, da forma a la organización de toda la vida social. En La ideología alemana, Marx articuló este punto de partida fundamental:

Nos encontramos, pues, con el hecho de que determinados individuos que se dedican de un determinado modo a la producción, contraen entre sí estas relaciones sociales y políticas determinadas. La observación empírica tiene necesariamente que poner de relieve en cada caso concreto, empíricamente y sin ninguna clase de embaucamiento y especulación, la relación existente entre la estructura social y política y la producción. La estructura social y el Estado brotan constantemente del proceso de vida de determinados individuos; pero de estos individuos, no como puedan presentarse ante la imaginación propia o ajena, sino tal y como realmente son; es decir, tal y como actúan y como producen materialmente y, por tanto, tal y como desarrollan sus actividades bajo determinados límites, premisas y condiciones materiales, independientes de su voluntad (MECW 5:37).

Cuando Marx se refiere a individuos que son productivamente activos de una manera determinada, está pensando principalmente en la producción de bienes materiales. Las feministas marxistas amplían la noción de trabajo socialmente necesario para incluir esa parte del trabajo colectivo que satisface las necesidades individuales de sustento y renovación diaria, así como el nacimiento y la crianza de la próxima generación.

El término «reproducción social» se ha desarrollado para referirse a este trabajo 3/. Por reproducción social se entiende las actividades y actitudes, comportamientos y emociones, responsabilidades y relaciones directamente relacionadas con el mantenimiento de la vida diaria e intergeneracional.

La reproducción social implica diversos tipos de trabajo (mental, físico y emocional) que son socialmente necesarios y que están destinados a satisfacer las necesidades definidas como históricas y sociales, además de biológicas, y que al cumplir dichas necesidades, mantienen y reproducen la población.

Entre otras cosas, la reproducción social incluye que los alimentos, la ropa y el refugio estén disponibles para el consumo inmediato así como de qué manera se lleva a cabo el mantenimiento y la socialización de los menores, cómo se brinda atención a los ancianos y enfermos, cómo reciben apoyo social y emocional los adultos y cómo se experimenta la sexualidad. Desde este punto de partida, es posible ver cómo las relaciones de género, como la división del trabajo por género, son construcciones sociales e históricas, integradas en estructuras de reproducción social.

En realidad, las sociedades capitalistas existentes tienen sus propias historias y trayectorias de cambio, y las relaciones de género se estructuran en un terreno diverso. Al reconocer esta complejidad, las feministas socialistas se han basado en el trabajo de Marx para analizar cómo funcionan las relaciones patriarcales en las sociedades capitalistas. Al volver a los textos de Marx, quiero destacar algunos aspectos de este marco teórico socialista-feminista.

Reproducción Social y División del Trabajo por Género

El hecho de que hablemos de producción por un lado y de reproducción social por otro es, en parte, un artefacto del desarrollo (masculinista) del pensamiento marxista y de la naturaleza del modo de producción capitalista. En el capitalismo, el trabajo realizado en los hogares, pese a resultar esencial para la reproducción de los seres humanos, es separado de la producción y circulación de mercancías. En cambio, y a excepción de la esclavitud, en las sociedades de clases precapitalistas los hogares organizados a través del matrimonio y el parentesco constituían la unidad básica para organizar la producción de los bienes materiales y el cuidado humano.

Como señaló Marx, en la producción capitalista, las mercancías (incluidos los servicios mercantilizados) son tanto valores de uso como valores de cambio. (MECW 35: 45-46) Es decir, satisfacen una necesidad (de lo contrario su producción no tendría sentido) pero no se producen para satisfacer necesidades sino que más bien se producen para generar una plusvalía (o un beneficio).

Desde el punto de vista de la producción de valores de uso, el trabajo asalariado y no asalariado forma un proceso unificado que tiene, como resultado final, la reproducción de los seres humanos. La separación de lo que es, desde el punto de vista de la producción de valores de uso, un proceso integrado en dos tipos diferentes de trabajo (mercantilizado y no mercantilizado) es el resultado de las relaciones de producción de clase capitalista, no un hecho universal de la vida social humana.

Esta separación es comparable al surgimiento de la división entre lo público y lo privado, entre la familia y el trabajo, entre el Estado y la economía, que son también sellos distintivos de las sociedades capitalistas. Estas dobles separaciones (economía/hogar y economía/Estado) han dado forma a la historia de las relaciones de género y las luchas de las mujeres para cambiarlas dentro de las sociedades capitalistas.

Hasta ahora, todos los sistemas conocidos de reproducción social se han basado en una división del trabajo por género (aunque a veces bastante rígida, otras veces más flexible). Aunque este patrón parece ser obligatorio desde el punto de vista biológico, debido a los requisitos físicos de la procreación y a las necesidades de los menores, en realidad la distribución del trabajo de reproducción social entre familias, comunidades, mercados, Estados y entre las mujeres y los hombres ha variado a lo largo de la historia. Esta variación se puede analizar, al menos en parte, como el resultado de las luchas en torno a la clase y el género, luchas que a menudo tienen que ver con la sexualidad y las relaciones emocionales, así como el poder político y los recursos económicos.

En las sociedades que precedieron al capitalismo, los derechos de propiedad se confirieron a los jefes de familia varones y formaron la base de la autoridad patriarcal, constituyendo literalmente el gobierno de los padres. Para que emergieran las relaciones de clase capitalistas, este sistema de derechos de propiedad tenía que ser derrocado. Los procesos legales y extralegales forzosos a través de los cuales los hombres fueron privados de su propiedad y convertidos en trabajadores asalariados amenazaron con socavar este sistema patriarcal, al menos para la clase trabajadora. Al observar la explotación extrema de mujeres y menores en las fábricas del siglo XIX, Marx argumentó en El Capital, Vol. I:

Y, por muy espantosa y repugnante que nos parezca la disolución de la antigua familia dentro del sistema capitalista, no es menos cierto que la gran industria, al asignar a la mujer, al joven y al niño de ambos sexos un papel decisivo en los procesos socialmente organizados de la producción, arrancándolos con ellos a la órbita doméstica, crea las nuevas bases económicas para una forma superior de familia y de relaciones entre ambos sexos…. Y no es menos evidente que la existencia de un personal obrero combinado, en el que entran individuos de ambos sexos y de las más diversas edades –aunque hoy, en su forma primitiva y brutal, en que el obrero existe para el proceso de producción y no éste para el obrero, sea fuente apestosa de corrupción y esclavitud– bajo las condiciones que corresponden a este régimen se trocara necesariamente en fuente de progreso humano (MECW Vol. 35: 492-493).

Aunque Marx fue poco preciso sobre cómo se constituiría esta forma superior de familia y las relaciones entre los sexos, fue bastante claro en su crítica de la familia burguesa donde los dueños masculinos continuaban dominando a sus esposas e hijos.

«Pero ustedes, los comunistas, presentarían una comunidad de mujeres, grita toda la burguesía a coro. El burgués ve en su esposa un mero instrumento de producción. Oye que los instrumentos de producción deben ser explotados en común, y, naturalmente, no pueden llegar a otra conclusión que el hecho de que la suerte de ser común a todos también corresponda a las mujeres. Ni siquiera tiene la sospecha de que el objetivo real es eliminar el estatus de mujer como mero instrumento de producción (MECW 6: 502).»

Marx insistió en que no había una forma familiar natural o transhistórica. Así, en El Capital Vol. I argumenta: «Es, por supuesto, tan absurdo sostener que la forma cristiana-teutónica de la familia es absoluta y definitiva como lo sería aplicar ese carácter a los antiguos romanos, los antiguos griegos o las formas orientales que, además, tomados de manera conjunta forman una serie en el desarrollo histórico» (MECW 35: 492).

Si bien Marx nunca desarrolló su análisis de esta evolución histórica, sus notas sobre la familia en las sociedades precapitalistas apuntan a un enfoque más dialéctico que el adoptado por Engels, para quien la introducción de la propiedad privada determina la «derrota histórica mundial del sexo femenino». Por ejemplo, Marx señala el surgimiento simultáneo del rango jerárquico y el control colectivo de los hombres sobre las mujeres (como cautivas/esclavas) en sociedades de clanes antes del desarrollo de la propiedad privada (Brown 2013).

En cierto sentido, Marx tenía razón en cuanto a las posibilidades a largo plazo para desafiar las relaciones familiares patriarcales que se relacionan con el acceso de las mujeres al trabajo asalariado. Sin embargo, su crítica hacia el empleo explotador, al tiempo que exponía la destrucción de la salud y el bienestar de las mujeres y los menores, también se basaba en los ideales de la virtud femenina que eran fundamentales para las «esferas separadas» de la ideología de género de su edad, de ahí la referencia a la influencia «corruptora» del trabajo fabril bajo el capitalismo 4/.

Marx tendió a confundir la salud física y moral en sus críticas mordaces de las condiciones de trabajo del siglo XIX y reservó una condena especial para los casos en que se socavaron las diferencias de género, como lo hizo al seleccionar esta cita de un informe de la comisión en El Capital Vol. I:

El peor mal del sistema de emplear a muchachas jóvenes para esta clase de trabajos consiste en esto… Se convierten en marimachos rudos y blasfemos antes de que la naturaleza les enseñe que son mujeres… se acostumbran a tratar con desprecio todo lo que sean sentimientos de moral y de pudor. Y cuando por último terminan las duras faenas de la jornada, se ponen sus mejores vestidos y acompañan a los hombres a la taberna (MECW 35: 467).

Un problema aún más importante con el análisis de Marx es que no incorpora del todo la cantidad de trabajo de cuidados que se requiere para la supervivencia humana, y en la medida en que presta atención a ello, tiende a suponer que es naturalmente un trabajo de mujeres. Ocasionalmente, Marx indica la importancia del trabajo doméstico de las mujeres, como, por ejemplo, en El Capital, Vol. I donde describe las consecuencias desastrosas que tiene para la familia (y el aumento del beneficio para el patrón) en el empleo de mujeres y menores junto a los hombres:

Los trabajos forzados al servicio del capitalista vinieron a invadir y usurpar, no sólo el lugar reservado a los juegos infantiles, sino también el puesto del trabajo libre dentro de la esfera doméstica y, a romper con las barreras morales, invadiendo la órbita reservada incluso al mismo hogar. El valor de la fuerza de trabajo no se determinaba ya por el tiempo de trabajo necesario para el sustento del obrero adulto individual, sino por el tiempo de trabajo indispensable para el sostenimiento de la familia obrera. La maquinaria, al lanzar al mercado de trabajo a todos los individuos de la familia obrera, distribuye entre toda su familia el valor de la fuerza de trabajo de su jefe. (MECW 35: 398-399)

Marx continúa argumentando que debido a que la familia debe confiar más en la compra de mercancías que en el trabajo doméstico, «el coste de mantener a la familia aumenta y equilibra el aumento de ingresos». Aumentar el número de asalariados no aumenta, sino que reduce el nivel de vida de la familia, porque «la economía y el juicio en el consumo y la preparación de los medios de subsistencia se vuelven imposibles». En otras palabras, el valor inherente a las habilidades domésticas de las mujeres se pierde.

Durante la Guerra Civil de los Estados Unidos, que interrumpió el comercio de algodón, los trabajadores textiles en Inglaterra sufrieron despidos masivos. Aquí, argumenta Marx, las mujeres operadoras “Disponían de tiempo para aprender a cocinar. Este arte culinario, por desgracia, lo adquirían en momentos en que no tenían nada que comer. Pero puede verse cómo el capital, con vistas a su autovalorización, ha usurpado el trabajo familiar…” (MECW 35: 399).

Así, Marx identificó una contradicción central del capitalismo: si bien el capital depende de la reproducción de la fuerza de trabajo, la demanda de beneficio amenaza con socavar la reproducción de los propios trabajadores. Marx reprodujo este enigma en su famoso e irónico comentario en El Capital Vol. I: “La conservación y reproducción constantes de la clase obrera siguen siendo una condición constante para la reproducción del capital. El capitalista puede abandonar confiadamente el desempeño de esa tarea a los instintos de conservación y reproducción de los obreros» (MECW 35: 572).

La fuerza de trabajo se diferencia de manera crucial de otros factores de producción. El capitalista que invierte en maquinaria puede estar razonablemente seguro de obtener los frutos de su inversión. De hecho, como norma, los capitalistas deben invertir para aumentar la productividad con el fin de reducir los costes y poder competir. Por el contrario, el capitalista no tiene control sobre los hijos de sus empleados actuales y, por lo tanto, se muestra reacio a pagar un salario que pueda mantenerlos. Por lo tanto, hay una tendencia a presionar los salarios por debajo del mínimo:

En los capítulos sobre la producción de plusvalía, se suponía constantemente que los salarios son al menos iguales al valor de la fuerza de trabajo. Sin embargo, la reducción forzosa de los salarios por debajo de este valor juega en la práctica una parte demasiado importante para que no nos detengamos por un momento. «De hecho, una parte del fondo para el consumo necesario del obrero se transforma así en fondo para la acumulación del capital… Pero si los obreros pudieran vivir del aire, tampoco se los podría comprar, cualquiera que fuere el precio. La gratuidad de los obreros, pues, es un límite en el sentido matemático, siempre inalcanzable, aunque siempre sea posible aproximársele. Es una tendencia constante del capital reducir a los obreros a ese nivel nihilista» (El Capital Vol. I (MECW 35: 595-596).

Desde esta perspectiva, la capacidad de la clase trabajadora para reproducirse depende de la clase trabajadora misma, del nivel y el alcance de la lucha de clases. A través de la lucha sobre la duración de la jornada laboral, los salarios, las condiciones de trabajo, el Estado del bienestar y otros servicios públicos, la clase trabajadora ha arrebatado a los empleadores capitalistas los medios para cuidar de sí mismos y de sus hijos.

Al mismo tiempo, las formas que han tomado estas luchas (la manera en la que los hombres y las mujeres de clase trabajadora han definido sus metas, organizado sus fuerzas y desarrollado sus estrategias) han ido tomando forma en función de las relaciones de poder y de los privilegios institucionalizados en torno a la raza, el género, la sexualidad y la nacionalidad. Concretamente, las responsabilidades de las mujeres de la clase trabajadora en la prestación de cuidados, y las condiciones bajo las cuales realizan este trabajo, a menudo las han puesto en desventaja en relación con los hombres, tanto en el ámbito informal como formal de la disputa política y la toma de decisiones.

Por otro lado, las mujeres encuentran un motivo para el respeto, la autoridad y el poder en sus responsabilidades de cuidado. Y donde las mujeres cooperan entre los hogares para realizar su trabajo en la reproducción social, crean la base social para la acción colectiva. La ubicación de las mujeres en el trabajo de reproducción social, entonces, es un recurso para la resistencia, así como una fuente de desempoderamiento.

Al socavar formas más antiguas de control patriarcal individual sobre el trabajo de las mujeres dentro de los hogares familiares, la expansión capitalista abrió posibilidades para la autoorganización política de las mujeres, pero la organización de la reproducción social en una economía capitalista donde hay millones, desde el punto de vista de los empleadores capitalistas, que no son nada más que una población excedente, constituye la base para las nuevas formas de opresión de las mujeres.

Algunas feministas han denominado a esto un cambio del patriarcado privado al patriarcado público, dado que se basa en primera instancia en el acceso colectivo de los hombres al poder público en lugar de su control directo sobre los miembros del hogar a través de la propiedad. Sin embargo, la pregunta sigue siendo: ¿por qué los hombres son capaces de mantener un mayor acceso al poder público, dado que la democracia burguesa en principio y, a través de décadas de lucha feminista, confiere derechos ciudadanos iguales a hombres y mujeres?

Las feministas han desarrollado respuestas convincentes a esta pregunta a partir de la observación de que los discursos sobre las diferencias de género son fundamentales para la constitución y la legitimación del poder político 5/. Si bien, ciertamente, los discursos sobre la diferencia de género tienen un impacto, desde un punto de vista feminista marxista, agregaríamos que las ideas no se sostienen sin una base en la experiencia diaria.

Esta fue, por supuesto, una de las grandes ideas de Marx al describir el fetichismo de la mercancía. Que las relaciones entre las personas pasen a ser vistas como relaciones entre cosas es un reflejo de la relación salarial en la producción de mercancías. No se trata de una falsa conciencia en el sentido de las ideas impuestas por las fuerzas culturales y sociales; más bien, es una cosmovisión que expresa, o está en consonancia con, la experiencia real bajo las relaciones impuestas por la forma de mercancía.

Del mismo modo, para comprender cómo se sostiene la dominación masculina en cualquier momento dado, debemos buscar las relaciones sociales subyacentes que confieren una lógica a los discursos de diferencia de género y que hacen que estos resulten sensatos e incluso productivos.

La resistencia de los empleadores capitalistas a invertir en la reproducción de la fuerza de trabajo, la competencia entre los trabajadores, las presiones individualizadoras de la forma salarial en sí misma, todas ellas llevan hacia la privatización en lugar de socializar el trabajo de cuidado. Pero mientras la prestación de cuidados siga siendo una responsabilidad privada de los hogares, cuyos miembros deben participar en horas sustanciales de trabajo tanto asalariado como no asalariado, la división del trabajo por género mantendrá una lógica convincente.

Naturalmente, las estrategias de supervivencia individual y familiar basadas en la división del trabajo por género no son simplemente el resultado de respuestas racionales de hombres y mujeres a las dificultades materiales. También reflejan los intereses y deseos de mujeres y hombres, que se configuran social y culturalmente además de económicamente 6/.

Relaciones de clase y reproducción social

Otras tres características del sistema capitalista que Marx identificó nos ayudan a pensar en cómo la reproducción social, y la división de género del trabajo dentro de él, se han organizado y han cambiado con el tiempo.

Primero está la tendencia hacia la mercantilización que surge de la competencia capitalista y la búsqueda de nuevos escenarios para la obtención de beneficios. Nuevamente, vemos aquí la naturaleza bilateral de la expansión capitalista: permitir los desafíos a las formas patriarcales y, al mismo tiempo, limitar lo que estos desafíos pueden lograr.

A medida que el capitalismo penetra en todas las áreas de la actividad humana, los valores de uso se convierten en mercancías: cosas que se compran y venden en lugar de darse, intercambiar o producir para el propio uso. La conversión de los valores de uso en valores de cambio (commodities) vincula a las personas más firmemente a la economía capitalista porque para consumir una/o tiene que ganar dinero.

Por otro lado, las posibilidades cada vez mayores de consumo permiten y alientan nuevas formas de identificación individual y autoexpresión. Como señala Rosemary Hennessy, a principios del siglo XXI:

Los cambios estructurales en la producción capitalista que han implicado desarrollos tecnológicos, la mecanización y la consiguiente descualificación del trabajo, el auge de la producción provocado por la eficiencia tecnológica, la apertura de nuevos mercados de consumo y el futuro desarrollo de una cultura de consumo generalizada… han desplazado necesidades no satisfechas hacia nuevos deseos y han ofrecido la promesa de un placer compensatorio, o al menos la promesa de un placer en forma de consumo de una mercancía… Este proceso ha tenido lugar en múltiples frentes y ha implicado la creación de nuevos sujetos deseantes, formas de agencia, intensidades de sensación y economías de placer que fueran consistentes con los requisitos de una fuerza laboral más móvil y una cultura de consumo en crecimiento (Hennessy 2000: 99).

La expansión del consumismo, el trabajo asalariado, la urbanización, el declive de las pequeñas empresas y el aumento asociado de nuevas profesiones cuyos profesionales fueron una fuerza impulsora hacia la regulación estatal de los cuerpos (por ejemplo, la medicina, la salud pública, el trabajo social, la psicología) sentaron las bases para una reorganización de la sexualidad y la vida familiar, particularmente en la clase media. Las antiguas normas patriarcales de maternidad, matrimonio y sexualidad fueron anuladas, pero reemplazadas por un régimen heteronormativo que reinscribió la división de género del trabajo 7/.

A finales del siglo XX, la mercantilización intensificada, como argumenta Alan Sears, no solo había generado los espacios de la existencia abierta de lesbianas y gays, sino que también había consolidado la visibilidad gay en torno a una identidad específica de clase y raza que depende principalmente de la capacidad de consumo (Sears 2005: 92-112).

Cuanto más se organiza la vida en torno a la producción y el consumo de mercancías, más se alienta y permite a las personas considerar cada aspecto de su humanidad como un potencial para ganar dinero. La lógica del individualismo posesivo y la mercantilización de la fuerza de trabajo que es su base, genera un poderoso impulso hacia el afecto, la sexualidad e incluso las capacidades reproductivas biológicas como bienes que pueden comprarse y venderse.

Como escribieron Marx y Engels en El Manifiesto comunista, describiendo la expansión de las relaciones sociales capitalistas: «Las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de echar raíces» (MECW 6: 487).

La contraposición infinitamente repetida de modernidad y tradición, cultura y naturaleza, sagrada y profana en los discursos políticos contemporáneos gira en torno al dualismo entre el valor de cambio y el valor de uso, entre lo que puede o debería ser vendido y lo que no puede o no debe serlo.

No hay salida a este dualismo, y por lo tanto tampoco fuera del debate, siempre y cuando las condiciones en que las personas poseen sus capacidades corporales estén regidas por la escasez y la inseguridad de la vida bajo el capitalismo. En un contexto de coerción, que siempre está presente mientras las personas estén separadas de sus medios de supervivencia, es difícil distinguir el trabajo que es significativo y libremente elegido del que no lo es.

La mercantilización de la procreación (que no requiere de todas las nuevas tecnologías reproductivas) ofrece nuevos campos para la obtención de beneficios, al tiempo que amplía el acceso a la paternidad biológica para los nuevos grupos: hombres gays (por ejemplo, «donación» de óvulos/subrogación), lesbianas (por ejemplo, bancos de esperma) y parejas heterosexuales infértiles (p. ej., subrogación, fertilización in vitro). La mercantilización de la procreación socava los ideales de la maternidad como una identidad naturalmente obligada y desafía las legitimaciones religiosas y biológicas de las relaciones familiares patriarcales, reemplazándolas con normas contractuales de elección y consentimiento.

Al mismo tiempo, la mercantilización de la procreación también abre nuevas posibilidades para generar ganancias a través de la explotación de las capacidades reproductivas de las mujeres (p. ej., en el embarazo de subrogación y la donación de óvulos), al tiempo que define el acceso de las mujeres a estas nuevas formas de obtener ingresos como asalariadas libres 8/.

Una segunda característica de las relaciones de producción capitalistas que conforman la organización de la reproducción social y la división de género del trabajo es el control capitalista sobre el proceso de trabajo. Como señala Marx, en la medida en que los trabajadores controlan aspectos importantes del proceso de producción, cuentan con una base para la resistencia; por lo tanto, los empleadores capitalistas buscan minimizar el control de los trabajadores a través de la falta de experiencia y la supervisión.

En El Capital Vol. I, Marx distingue entre la coordinación requerida para un complejo proceso de trabajo cooperativo y el trabajo de control muy diferente requerido por el carácter capitalista de ese proceso, lo que crea un «antagonismo inevitable entre el explotador y la materia prima viva y trabajadora que explota» (MECW 35: 336)..

Continúa diciendo: «Por consiguiente, si conforme a su contenido la dirección capitalista es dual porque lo es el proceso de producción mismo al que debe dirigir de una parte proceso social de trabajo para la elaboración de un producto, de otra, proceso de valorización del capital, con arreglo a su forma esa dirección es despótica» (MECW 35: 337).

Las estrategias de gestión para controlar el trabajo crean, incorporan y reproducen relaciones de poder y privilegio organizadas por raza, género, nacionalidad y sexualidad (Burawoy, 1979; Muñoz, 2008). Los procesos de género, racialización y sexualización de cuerpos e identidades, integrados en la gestión capitalista, adoptan y refuerzan las construcciones hegemónicas del dualismo de género que resultan fundamentales para la división del trabajo por género en la reproducción social. Al mismo tiempo, las estrategias de resistencia de la clase trabajadora al poder de gestión en el lugar de trabajo y en la sociedad en general también reflejan las relaciones de poder y privilegio organizadas por raza, género, sexualidad, etc., y pueden restringir la gestión de manera que beneficie a algunos trabajadores a expensas de otros. Por ejemplo, los mercados laborales locales y, por lo tanto, los salarios de diferentes grupos de trabajadores, están conformados por procesos políticos y no solo económicos.

La consecuencia de la pérdida de control de los trabajadores sobre las formas en que se coordina el trabajo (y la tendencia capitalista de extraer la mayor cantidad de mano de obra posible) consiste en que no se puede incorporar el espectro completo de necesidades humanas a las decisiones sobre cómo se organiza la producción.

En ninguna sociedad capitalista, la producción está organizada para tener en cuenta, para apoyar activamente y para proveer el trabajo de cuidado que resulta socialmente necesario. Este trabajo es extenso, altamente cualificado y laborioso, a pesar de que a menudo es considerado no cualificado e inherente a la naturaleza femenina. Incluso los regímenes de bienestar social más responsables con la familia, como Suecia, no se entrometen sustancialmente en las políticas de empleo de las empresas privadas.

Una tercera característica del capitalismo es que la explotación tiene lugar a través del libre intercambio del contrato salarial, y por lo tanto requiere la separación del poder político y económico. Uno de los cambios más importantes en la organización de la reproducción social en las sociedades capitalistas durante el último siglo ha sido el surgimiento del Estado de bienestar: la expansión de la responsabilidad pública (gobierno) de la educación, la atención médica y la crianza de los hijos, así como el aumento (a menudo opresivo) de la regulación estatal de las familias, especialmente aquellas en las partes vulnerables de la clase trabajadora (por ejemplo, inmigrantes, grupos raciales/étnicos oprimidos, los pobres, madres solteras).

Si bien es tentador entender estos desarrollos como gestores estatales que actúan en beneficio de los intereses de la clase capitalista a largo plazo, y que intervienen para garantizar la reproducción de la fuerza laboral cuando los empleadores capitalistas no lo harán, podríamos seguir los pasos de Marx para centrarnos en la autoorganización de la clase obrera.

En El Capital Vol. I, al describir la victoria que representaban los límites legales exigibles en la jornada laboral, Marx describe también sarcásticamente la «conversión» de los propietarios de las fábricas y sus ideólogos al ideal de regulación después de su derrota a manos de la clase trabajadora:

Los mismos fabricantes a los que medio siglo de guerra civil, paso a paso, había arrancado las limitaciones y normas legales de la jornada laboral, señalaban ufanos el contraste con los dominios en que la explotación era aún «libre» [de regulación]. Los fariseos de la «economía política» proclamaban ahora que el reconocimiento de la necesidad de una jornada laboral legalmente reglamentada era una nueva conquista característica de su ciencia (MECW 35: 300).

El alcance y la forma de expansión del gobierno hacia la reproducción social es el resultado de las luchas de reforma en las que los hombres y mujeres de clase media y de clase trabajadora, no solo los empleadores capitalistas y los gestores estatales, desempeñaron papeles importantes. Como productos de la lucha, las políticas estatales reflejan el nivel y los propósitos de la autoorganización política de las mujeres, pero también los diferentes recursos y poder disponibles para las mujeres y los hombres en diferentes clases y grupos raciales/étnicos.

Por otra parte, el terreno en el que estos grupos se han comprometido es apenas neutral. Los desarrollos en la economía capitalista proporcionaron oportunidades políticas y recursos políticos, por ejemplo, al atraer a las mujeres al trabajo asalariado, pero los intereses de la clase capitalista también impusieron restricciones a lo que podría ganarse.

Estas restricciones se han ejercido principalmente de dos maneras. Primero, especialmente en las economías de mercado liberales, los empleadores capitalistas han resistido consistentemente, y en su mayor parte con éxito, a las intrusiones gubernamentales en sus prácticas comerciales y a la significativa tributación de sus ganancias. Más importante, los administradores y legisladores estatales dependen en última instancia del crecimiento económico y la prosperidad, que a su vez está controlada por inversores capitalistas 9/.

Al reconocer estas limitaciones, podemos entender mejor cómo y por qué las políticas estatales de bienestar han institucionalizado en lugar de desafiar la división de género del trabajo. Por ejemplo, a principios del siglo XX en Estados Unidos, los primeros programas gubernamentales para apoyar a las madres solteras surgieron de un período de intensa movilización y politización de la clase trabajadora; un amplio movimiento de mujeres que involucró a trabajadoras organizadas y mujeres negras de clubes, pero cuyos activistas y líderes eran predominantemente mujeres blancas y de clase media y clase alta; y las intervenciones de nuevos grupos profesionales que ofrecieron su experiencia para gestionar, elevar y asimilar las clases ingobernables.

En el contexto de la poderosa oposición de la clase empleadora y como reflejo de su correlación de fuerzas de raza y clase, los discursos predominantes del movimiento buscaron legitimar la provisión del gobierno al afirmar que el trabajo remunerado era perjudicial para una buena maternidad (Mink 1995; Brenner 2000).

Conclusión

Muchas activistas y pensadoras feministas contemporáneas reconocen que las relaciones de género no se pueden abstraer de otras relaciones sociales: de clase, raza, sexualidad, nacionalidad, etc. Marx difícilmente resolvió la cuestión de cómo podríamos teorizar esta totalidad de las relaciones sociales 10/. Aun así, su análisis del capitalismo como modo de producción proporciona un punto de partida fructífero para una teoría y práctica feminista que podría no solo comprender dicha totalidad sino también participar en movimientos que finalmente pueden transformarla.

Notas:

1/ Estoy muy agradecida a Nancy Holmstrom, Barbar Laslett y Marcello Musto por sus comentarios sobre los borradores anteriores de este ensayo y a Heather Brown por su análisis crítico y por examinar los escritos de Marx sobre género y familia.

2/ Como en cualquier empeño político o intelectual, el feminismo marxista contiene una variedad de enfoques. Más alla de las escritoras que se ubican de manera explícita dentro de la teoría marxista, existe un grupo más amplio de feministas socialistas que se inspiran en las ideas marxistas. Veáse, por ejemplo, Nancy Holmstrom (2002); Hennessy (2000); Vogel y Gimenez (2005); Hennessy e Ingraham (1997); Federici (2004); Ferguson (1989), Arruzza (2014).

3/ C.f. Brenner (2000); Armstrong y Armstrong (1983); Ferguson (1999); Vogel (2000); Gimenez (2005), Bhattacharya (2017).

4/ Como señala Terrell Carver, dado el antagonismo de Marx con los valores sociales victorianos, también podría leerse aquí en consonancia con algunas tendencias del feminismo victoriano (Carver, 1998: 229-230).

5/ Cf. Scott (1986); Sobre la base de Marx, Teresa Ebert (2005) ofrece una crítica del «giro posmoderno» en el feminismo.

6/ Los debates sobre el origen y la reproducción de la división del trabajo por género en el hogar en el capitalismo han figurado en gran medida en la teorización feminista marxista y socialista de la opresión de las mujeres. Para una diversidad de enfoques, ver Delphy (1984); Mies (1986); Costa y James (1975); Barrett (1980); Federici (2004).

7/ Además de Hennessy, ver Laslett y Brenner (1989).

8/ Al igual que otras industrias que se enfrentan a la regulación gubernamental, los altos salarios (o ambos), el negocio de los embarazos subrogados se está globalizando (Gentleman 2008).

9/ Para una declaración clásica de este argumento, veáse Fred Block (1980) «“Beyond Relative Autonomy: State Managers as Historical Subjects.”

10/ Para una lectura feminista de Marx y la teorización del conjunto de relaciones sociales, véase Himani Bannerji (2005) «Building from Marx: Reflections on Race and Class» y también ver Cinzia Arruzza, (2014) «Remarks on Gender».

Referencias

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(Tomado de Solidarity)