El «trumpismo», la nueva barbarie

por Jaime Pastor

No es difícil compartir el diagnóstico que nos proponía Pedro Chaves en su introducción a este debate propiciado por Espacio Público, según el cual nos encontramos desde hace al menos 10 años en un periodo de interregno global.

En efecto, en pocos años hemos pasado de la perplejidad ante el estallido de la mayor crisis sistémica conocida por el capitalismo desde la vivida en los años 30 del pasado siglo -que hizo pronto famosa la falsa promesa de “refundación del capitalismo”- a una nueva y radical vuelta de tuerca austeritaria y desdemocratizadora, frente a la cual una ola de movilizaciones y de populismos de izquierda –especialmente potente en América latina- no llegó a ser suficientemente fuerte a escala internacional para frenarlo.

Por eso luego, en medio de la crisis de una globalización neoliberal que, confrontada a un estancamiento secular, agudiza la competencia entre viejas y nuevas grandes potencias, hemos entrado en un ciclo reaccionario que no deja de generar “monstruos” por muchos lugares del planeta. Su propósito es desviar la frustración popular frente al cierre de filas de un establishment “cosmopolita” y corrupto hacia el resentimiento ante los sectores más vulnerables de la sociedad, así como frente a movimientos que –como el feminista- desafían tanto al neoliberalismo como al neoconservadurismo. Su objetivo también es expuesto sin ambigüedad alguna: poner en pie proyectos de reconstrucción de etnonacionalismos de Estado que devuelvan la “identidad” y la “seguridad” perdidas.

Es el trumpismo el que parece haberse convertido en referencia principal y por eso es importante reconocer con Daniel Tanuro (Frankenstein en la Casa Blanca, Sylone-Viento Sur, 2018) que se trata de un fenómeno que “no entra en las categorías clásicas. Es un proyecto autoritario nuevo, específico y compuesto, inestable, típico de la época neoliberal (…), combina aspectos fascistas y plutocráticos”. Cabría destacar entre sus rasgos ideológicos el nacionalismo autoritario de gran potencia, la xenofobia, la islamofobia, el machismo y el negacionismo climático. Una combinación que busca dirigirse tanto a una fracción del capital estadounidense como a sectores de la pequeña burguesía y de la clase trabajadora blanca para ir conformando un nuevo bloque histórico capaz de “keep America great” frente a sus enemigos internos y externos (China, Irán, “terrorismo”). Es cierto que sería un error considerar el trumpismo como fascismo o neofascismo, pero sí parece evidente que nos encontramos ante una derecha reaccionaria, neoconservadora y neoliberal que busca echar atrás conquistas sociales y democráticas logradas en décadas pasadas para conformar un nuevo régimen cuyas fronteras con una dictadura en el trato a la disidencia política serían muy permeables.

La victoria electoral de Trump ha sido sin duda un estímulo para el ascenso de la derecha radical y/o la extrema derecha en muchos países europeos, pero también latinoamericanos y asiáticos, viniendo así a confirmar la crisis de gobernanza global y de los sistemas políticos que, mal que bien, habían asegurado cierta estabilidad política en el centro y en las semiperiferias de la economía-mundo. Nos hallamos, por tanto, ante nuevas formas de dominación política, basadas en nuevos bloques históricos interclasistas subordinados la necesidad de que la creciente fusión de intereses entre Estado y capital permita competir por un lugar mejor en el marco de la transición geoeconómica y geopolítica global. Un proyecto que, a su vez, ayude a neutralizar el malestar de una clase media y trabajadora autóctona en declive mediante la garantía, aunque sea a través del endeudamiento, de seguir satisfaciendo sus “deseos” como sujetos consumidores…a costa de las grandes mayorías del Sur global y de la agravación cambio climático.

Es obvio que esa conciliación de intereses les obliga a un equilibrio difícilmente estable que genera contradicciones en el seno de ese bloque y en el que el papel de los hiperliderazgos como aglutinadores del “pueblo” es clave. Con todo, su gran ventaja sigue estando en la debilidad de sus enemigos en el terreno político y electoral, ya que es innegable el desgaste que éstos han sufrido en los últimos años.

Ése es el caso, por ejemplo, del extremo centro en Francia. Allí hemos visto irrumpir un movimiento singular y heterogéneo ideológicamente como el de los chalecos amarillos, con una composición social basada en sectores de clase media y trabajadora de la periferia, que cuestiona las políticas austeritarias de Macron y apuesta por una redemocratización de la política; un movimiento que ha tropezado con una brutal represión por parte del gobierno que ha hecho recordar los peores momentos de su historia contemporánea. No puede sorprender por tanto que, mientras retrocede la France Insoumise de Mélanchon, víctima de sus propias contradicciones, aparezca el populismo de extrema derecha de Marine Le Pen -junto con, no lo olvidemos, la abstención- como una vía de expresión de su protesta para una parte al menos de ese movimiento y de las clases populares.

Tampoco podemos olvidar la derrota sufrida en Grecia en julio de 2015 cuando, pese al No en el referéndum al Memorandumde la troika, el gobierno presidido por Tsipras cedió al chantaje de la troika. Una derrota que tuvo un grave impacto en la Unión Europa y que sirvió a las elites europeas para reforzar su ya viejo discurso del TINA, como también pudimos comprobar con el giro hacia la moderación en el que ha ido entrando Podemos desde entonces.

En un periodo en el que los viejos partidos sistémicos pierden centralidad y en el que desde la izquierda no se ha llegado a recomponer las bases de un bloque social y político capaz de ofrecer un horizonte alternativo al de un neoliberalismo convertido, según los términos de Dardot y Laval, en un sistema de “razón política única”, no es difícil comprender tanto el creciente abstencionismo electoral entre las capas populares más vulnerables como la atracción que en ellas pueden llegar a tener con su demagógico discurso anti-establishment las distintas variantes de derecha radical, cada una con sus particularidades respectivas en función de los contextos nacional-estatales.

Ante ese panorama, convendría tomar nota de la observación crítica de Corey Robin cuando sostiene que “una de las grandes virtudes de la izquierda consistía en que era la única capaz de entender la naturaleza de suma cero de la política, donde las ganancias de una clase implican por necesidad las pérdidas de otra. Pero, a medida que esa idea de conflicto ha ido disminuyendo en la izquierda, la derecha se ha dedicado a recordar a los votantes que existen verdaderos perdedores en la política, y que son ellos –y solo ellos- quienes hablan por esas personas” (La mente reaccionaria, Capitán Swing, 2019, p. 81)

(Tomado de Viento Sur)