Cuento de Juan García Brun: «19 de mayo en Nueva Inglaterra»

Saldríamos por la calle de los cortadores de leña hacia la zona del río. Corríamos para ver quién llegaba primero a la cancha, era un día de sol de 1974 y a mis seis años pasaba corriendo bajo los cordeles de ropa tendida con los muchachos. Recorríamos la explanada de casas georgian que se separaban por jardines y líneas de setos.

Nuestros padres hasta ese momento habían podido mantener bien pintadas y bien equipados los jardines y los invernaderos con estructuras plásticas con tecnología que remitía a la era aeroespacial. La mantención de ese equipamiento era costosa y al mismo tiempo que una nube ocultaba el sol de esa tarde y de esa brisa apacible, las casas se hicieron instantáneamente algo abandonadas y las estructuras de los invernaderos obsoletas por su elevado costo.


Los muchachos siguieron corriendo hacia el baldío en el que jugábamos. La nube que ocultaba el sol facilitó que llegara a mi el resplandor de un jardín oculto en la última esquina de la urbanización, donde se juntaban las casas de dos médicos. Los adultos que vivían allí eran amigos y de esa comunidad formaban parte mis padres, lo bucólico del lugar no impedía que llegaran a mi las parpadeantes flamas de una fogata en ese jardín.


Me acerqué silencioso y observé entre los arbustos. Grandes adultos se reunían en torno a una irregular mesa de piedra. En la cabecera el padre de Lee, Arthur, dirigía una discusión lenta y oscura. El enorme Arthur extendía sus brazos para dar las palabras. Las cabezas de todos estaban perforadas y esos agujeros, circulares y limpios por los que podría pasar un cable grueso o la baqueta de un tambor, no parecía impedir que siguieran discutiendo con una siniestra dedicación.


Quise correr a donde mis amigos, para advertirles quiénes eran realmente. Quiénes eran los que estaban muertos y también vivos. Personas que además callaban en 1974.

Quise que todo fuera un sueño para poder salir de allí: no lo era.


Más de cuarenta años después, pude recordar estas escenas y encontrar el laberinto. Unas manos toman mis hombros. Trato de ver entre las sombras y voy descubriendo incrédulo las voces de los hombres que me llaman desde el interior de los muebles.