El trotskismo y la revolución china

por Editorial de la Revista IV Internacional

El World Socialist Web Site está publicando una serie de artículos y declaraciones para conmemorar los 30 años de la masacre de la Plaza Tiananmen. El primero reeditado en inglés el martes de la semana pasada fue la declaración del Comité Internacional de la Cuarta Internacional publicada el 8 de junio de 1989 a solo cuatro días de la brutal represión, junto con una explicación introductiva. El segundo reeditado y publicado en español el 6 de junio de 2019 es la declaración del CICI del 22 de junio de 1989 que instaba a los trabajadores del mundo a salir en defensa de la clase trabajadora china en medio de un reinado de terror, que incluía arrestos masivos y ejecuciones públicas.

Hoy estamos publicando de nuevo el editorial del Fourth International titulado“El trotskismo y la revolución china” tomado del ejemplar de enero-junio de 1989 de la revista. El editorial es una condena del papel del pablismo, una tendencia oportunista que surgió dentro de la Cuarta Internacional tras la Segunda Guerra Mundial y que rechazaba el análisis de Trotsky del estalinismo como una agencia contrarrevolucionaria del imperialismo.

El CICI se formó en 1953 para defender el trotskismo ortodoxo contra la recaída oportunista de Michel Pablo y Ernest Mandel. Al hacerlo, salió en defensa de los trotskistas chinos que fueron aprehendidos en 1952 y detenidos durante décadas por el régimen del estalinista Partido Comunista Chino que temían que ellos llegaran al liderazgo de un movimiento de la clase trabajadora. Pablo denigró a los trotskistas chinos y detuvo la publicación de un llamamiento por su puesta en libertad.

El editorial también traza una línea contra los renegados del Workers Revolutionary Party (WRP) —Gerry Healy, Cliff Slaughter y Michael Banda— que se escindieron del CICI en 1985-86. Adaptándose a las mismas presiones políticas que los pablistas, contra los cuales ellos antes libraban una lucha principista, los oportunistas del WRP se solidarizaron todos ellos, de una manera u otra, con el estalinismo.

Como declaró el editorial: “La masacre de la Plaza Tiananmen ha expuesto de una vez por todas el engaño que el maoísmo representaba algún nuevo camino en la lucha por el socialismo y contra el imperialismo. Manchado de sangre, queda expuesto ante todos como un enemigo contrarrevolucionario de la clase trabajadora”.

La ulterior restauración del capitalismo en China, Europa del Este y las antiguas repúblicas soviéticas por las burocracias estalinistas ha confirmado definitivamente al estalinismo como una agencia contrarrevolucionaria del imperialismo, y ha expuesto a sus apologistas pablistas como sus agentes secundarios.

* * *

Este número de Fourth International entra a la imprenta en medio de noticias desde China sobre arrestos masivos, mientras la burocracia estalinista de Deng Xiaoping lleva a cabo una cacería humana a nivel nacional contra trabajadores y estudiantes activos en los levantamientos revolucionarios de las pasadas semanas.

Mientras policías de paisano se dispersaban en redadas casa por casa, masas de tropas de combate y columnas blindadas seguían teniendo a Beijing bajo un estado de asedio militar.

En Shanghai, las autoridades estalinistas transmitieron por televisión las condenas a muerte de tres trabajadores acusados de participar en el incendio de un tren que atropelló y mató a un grupo de manifestantes. Mientras tanto, trabajadores que participaron en las huelgas se han vuelto el foco de las redadas de la policía. La ola de represión desatada por la burocracia del Kremlin ha estado surgiendo cada vez más claramente como un reinado de terror contrarrevolucionario contra el proletariado chino.

Mientras Deng elogia a las tropas que masacraron a trabajadores y jóvenes desarmados como su “Gran Muralla de hierro y acero”, la actual ola de represión de ninguna manera ha terminado con la revolución política de la clase trabajadora contra la burocracia estalinista. Como deja claro la declaración del Comité Internacional de la Cuarta Internacional, “¡Abajo el estalinismo! ¡Viva la revolución política en China!”, publicada en este número, esta revolución está profundamente arraigada en la oposición de la clase trabajadora a los intentos deliberados de la burocracia por liquidar las conquistas de la revolución china y restaurar las relaciones de propiedad capitalista. El mismo movimiento hacia la revolución política se está desarrollando inexorablemente en Europa del Este y en la propia Unión Soviética.

Estos acontecimientos han brindado la justificación más completa de la evaluación fundamental de Trotsky de la evolución futura del Estado obrero burocratizado, planteada hace más de 50 años en el documento fundacional de la Cuarta Internacional:

“O la burocracia se transforma cada vez más en órgano de la burguesía mundial dentro del Estado obrero, derriba las nuevas formas de propiedad y vuelve el país al capitalismo; o la clase obrera aplasta a la burocracia y abre el camino hacia el socialismo”. Estas son precisamente las líneas de batalla que se han trazado en las calles de Beijing y en casi todas las otras ciudades chinas a lo largo del período reciente.

Es más, el propio Comité Internacional anticipó revueltas en China como parte del movimiento de la clase trabajadora internacional hacia la lucha revolucionaria. En su resolución de perspectivas, La crisis capitalista mundial y las tareas de la Cuarta Internacional, adoptada en agosto de 1988, el Comité Internacional escribió:

“Por toda Europa del Este y en China, Vietnam y Laos, las burocracias se están moviendo, incluso más rápidamente que en la URSS, hacia la integración de sus economías nacionales en la estructura del capitalismo mundial. Este proceso está más avanzado en China. El cadáver de Mao estará embalsamado para ser exhibido al público, pero su legado ya está en un avanzado estado de descomposición. Sus sucesores han pasado a desmantelar lo poco que quedaba de la economía planificada. Casi toda la tierra colectivizada después de 1949 ha vuelto a manos privadas y, bajo la bandera de la consigna inspirada en el gobierno, ‘Enriquecerse es glorioso’, las relaciones capitalistas están floreciendo en el campo. En los centros urbanos, casi todas las restricciones a las empresas capitalistas han sido levantadas y gran parte de lo que fuera la industria de propiedad estatal está siendo subastada a capitalistas extranjeros o nativos….

“Las políticas de los estalinistas chinos, cuya reintroducción frenética del capitalismo está empujando al país hacia una catástrofe económica, debe llevar a una erupción masiva por parte del proletariado. En el siguiente recrudecimiento revolucionario, será la clase obrera china la que asuma el liderazgo del campesinado empobrecido en una lucha titánica por limpiar al país de burócratas y de la avariciosa clase de capitalistas engendrada por el estalinismo”.

Los acontecimientos de China no solo han justificado la perspectiva por la que luchó Trotsky contra el estalinismo acerca del destino de la revolución china. Como se explaya la declaración del CICI, ellos también llevaron a un punto crítico la prolongada lucha librada por el Comité Internacional contra el revisionismo oportunista dentro de la Cuarta Internacional.

La lucha de las masas de trabajadores contra la burocracia y su política abierta de restauración capitalista ha servido para exponer el papel contrarrevolucionario desempeñado por todas estas tendencias revisionistas que capitularon al estalinismo y el maoísmo.

El Comité Internacional fue fundado en 1953 para combatir la tendencia oportunista dirigida por Michel Pablo, que amenazó con destruir la Cuarta Internacional.

El liquidacionismo de Pablo surgió como una adaptación impresionista a la estabilización imperialista de postguerra, con su restablecimiento del imperialismo por un lado y el reforzamiento aparente del control de la burocracia estalinista por otro.

La respuesta de los pablistas a estos acontecimientos fue la elaboración de lo que equivalía a una línea de clase enteramente diferente, basada en el rechazo tanto del papel revolucionario del proletariado y de la misión primordial del partido revolucionario en la lucha por el desarrollo de la consciencia socialista en la clase trabajadora.

En particular, los pablistas basaron sus revisiones en las condiciones de Europa del Este tras la Segunda Guerra Mundial, en la que la liquidación de la propiedad privada había tenido lugar no a través de la movilización revolucionaria independiente de la clase trabajadora, sino como resultado de la ocupación de estos países por parte del Ejército Rojo soviético.

Los trotskistas definieron estos nuevos regímenes establecidos por la burocracia como Estados obreros deformados. La actitud básica de la Cuarta Internacional hacia estos Estados era la de defender las relaciones de propiedad nacionalizadas contra el imperialismo, al tiempo que luchaba por la construcción de un partido revolucionario para movilizar a la clase trabajadora en una revolución política contra la burocracia estalinista y el establecimiento de órganos genuinos de poder obrero.

Lo que es más, aquellos que defendían el trotskismo reconocían que por más que se hubieran logrado avances transitorios contra el capitalismo a través de la nacionalización de la propiedad en Europa del Este, el peso de estos era superado por la traición del estalinismo de la revolución socialista y la colaboración con el imperialismo a escala mundial.

Esta perspectiva fundamental había sido anticipada por Trotsky en la lucha contra la oposición pequeñoburguesa en el Socialist Workers Party [de Estados Unidos] en 1939-40. Al analizar la importancia de las medidas sociales emprendidas por la burocracia en Polonia tras la invasión de este país en 1939 por el Ejército Rojo, Trotsky escribió:

“El criterio político primario para nosotros no es la transformación de las relaciones de propiedad en este o aquel territorio, por más importantes que estas sean en sí mismas, sino más bien el cambio en la consciencia y la organización del proletariado mundial, la elevación de su capacidad de defender conquistas anteriores y lograr otras nuevas. Desde este punto de vista, el único decisivo, las políticas de Moscú, tomadas en su totalidad, retienen completamente su carácter reaccionario y siguen siendo el principal obstáculo en el camino de la revolución mundial”.

Trotsky declaró además: “La estatificación de los medios de producción es, como decimos, una medida progresista. Pero esta progresividad es relativa; su peso específico depende de la suma total de todos los otros factores. Por lo tanto, antes que nada debemos establecer que la extensión del territorio dominado por la autocracia y el parasitismo autocrático, disfrazada con medidas ‘socialistas’, puede aumentar el prestigio del Kremlin, generar ilusiones respecto a la posibilidad de reemplazar la revolución proletaria con maniobras burocráticas, etc. Este mal sobrepasa en importancia con mucho al contenido progresista de las reformas estalinistas en Polonia” (In Defence of Marxism [London: New Park Publications, 1971], págs. 23–24).

Fue este “mal” lo que estaba personificado en el desarrollo del revisionismo pablista en la Cuarta Internacional.

Pablo hizo de las formas de propiedad establecidas por la burocracia en Europa del Este el punto de partida de toda una nueva perspectiva histórica. Planteó la concepción de que la abolición del capitalismo sería llevada a cabo no mediante la revolución proletaria, como es definida tradicionalmente por los marxistas, sino por medios burocrático-militares. Esta perspectiva decía que la burocracia estalinista, empujada hacia el conflicto militar con el imperialismo, estaría obligada a extender las relaciones de propiedad nacionalizada cada vez a nuevas zonas tanto por medios militares como instruyendo a los partidos estalinistas de los países capitalistas a que dirijan luchas revolucionarias.

Según este pronóstico —que repudiaba todo el legado teórico del marxismo— la lucha por desarrollar la consciencia marxista a través de la construcción de partidos revolucionarios independientes en la clase trabajadora se había vuelto enteramente superflua, ya que el socialismo, aunque fuera de carácter deformado, sería realizado por medio de burocracias y otras fuerzas no proletarias, actuando inconscientemente bajo la presión de los acontecimientos, como sustitutas políticas de la clase trabajadora. La conclusión práctica a la que esta perspectiva llevó inexorablemente era la liquidación de la Cuarta Internacional.

En esencia, el revisionismo pablista representaba una rebelión pequeñoburguesa contra toda la perspectiva marxista de la revolución proletaria. Su respuesta a la victoria maoísta en 1949 fue una variante de esta misma línea básica.

En el caso de China, el derrocamiento del régimen burgués del Kuomintang en 1949 lo logró un ejército campesino dirigido por el estalinista Partido Comunista. Haciendo a un lado los problemas históricos de larga duración que esto plantearía al desarrollo de la revolución socialista en China, los pablistas vieron en la victoria de Mao todavía más pruebas de que el estalinismo podría desempeñar un papel revolucionario a nivel internacional.

Los pablistas atacaron el axioma marxista de que la liberación de la clase trabajadora es la tarea de los propios trabajadores y requiere del desarrollo de cuadros marxistas en el liderazgo del proletariado. La Revolución china, insistían ellos, demostró que la revolución socialista podría lograrse no solo sin el beneficio de una dirección trotskista consciente, sino sin siquiera la intervención independiente de la propia clase trabajadora. Ya lo podrían hacer ejércitos campesinos dirigidos por estalinistas.

Las implicaciones mortales del revisionismo pablista encontraron su expresión consumada en el desprecio de Pablo por los trotskistas chinos. El régimen maoísta sometió a estos luchadores al encarcelamiento, el exilio y la ejecución con el objetivo de reprimir su lucha por los intereses independientes y la movilización de la clase trabajadora china.

En una carta dirigida a James P. Cannon, quien por entonces era el líder del Socialist Workers Party de los Estados Unidos, S. T. Peng, el trotskista chino, describió cómo Pablo suprimió sistemáticamente toda discusión sobre la represión sangrienta del régimen maoísta al movimiento trotskista de China.

En noviembre de 1952, a Peng se le permitió por fin informar al Secretariado Internacional acerca de las condiciones a las que se enfrentaba la sección china. Como lo narraba en su carta a Cannon, Pablo desestimó el informe, declarando que “la masacre de los trotskistas por el régimen de Mao no fue una acción deliberada sino un error, es decir, los trotskistas habían sido tomados por error como agentes del Kuomintang; y aunque la persecución de trotskistas por parte de Mao fuera un hecho, este podría ser considerado solo como una excepción”.

Peng respondió que la masacre no fue un error, sino que “se originó desde una arraigada tradición estalinista de hostilidad estalinista hacia los trotskistas, y fue un intento sistemático y deliberado por exterminar a los trotskistas” y no fue más una excepción de lo que lo fue la matanza de los trotskistas vietnamitas por parte de Ho Chi Minh o el asesinato de trotskistas por parte de la GPU durante la Guerra Civil española.

En una reunión expandida ulterior del SI en febrero de 1953, Pablo se opuso al intento de Peng de presentar un informe sobre los arrestos a gran escala de trotskistas chinos que habían tenido lugar en los dos meses anteriores. “Comparado con los logros de la revolución de Mao Tse-tung, el arresto de unos pocos cientos de trotskistas es insignificante”, declaró Pablo.

Intentos ulteriores de Peng de distribuir “Un pedido de ayuda de los trotskistas chinos” fueron bloqueados sistemáticamente por Pablo. “Al suprimir este documento”, escribió, “Pablo no solo me engañó deliberadamente a mí y a los camaradas chinos, sino que también cometió dos crímenes imperdonables: (1) Objetivamente ayudó al PC chino a esconderles a las masas los hechos más concretos y horribles de su persecución a los trotskistas chinos. (2) Hizo que fuera imposible que los camaradas de diferentes países, que estaban aplicando o a punto de aplicar la ‘táctica del entrismo’, aprendieran las lecciones de las persecusiones brutales de que eran objeto los camaradas chinos”.

Los acontecimientos recientes de China subrayan la criminalidad de la adulación del revisionismo pablista del maoísmo por un lado y su abuso feroz de los trotskistas chinos por el otro. La liquidación de “unos pocos cientos de trotskistas”, desestimados por Pablo como sin importancia, privó al proletariado chino de la vanguardia revolucionaria consciente que necesita tan urgentemente para llevar adelante las tareas de derrocar a una burocracia puesta a restaurar el capitalismo.

Los trotskistas chinos habían luchado bajo las condiciones más difíciles del terror tanto del Kuomintang como del estalinista, así como de la ocupación japonesa. A diferencia de Mao y los otros dirigentes estalinistas, que concluyeron de la derrota de la Revolución de 1927 que era necesario basar la construcción del Partido Comunista en el campesinado, los trotskistas —dirigidos al principio por el heroico Chen Tu-hsiu— se negaron a abandonar la lucha por desarrollar cuadros marxistas en el proletariado. Por más que hayan podido cometer errores tácticos, su perspectiva básica era correcta y tiene una importancia histórica inmensa hoy. La depreciación del pablismo de estos luchadores revolucionarios fue la expresión más clara de su hostilidad pequeñoburguesa a la revolución proletaria.

Igualmente decisivo es el papel que desempeñó el pablismo en ser cómplice de la confusión que sembró el maoísmo en el movimiento obrero internacional. Con la disputa sinosoviética, se dividieron partidos comunistas de todo el mundo, llevando a la formación de grupos maoístas, particularmente en los países oprimidos de Asia, África y América Latina.

En estos países, el maoísmo se hacía pasar falsamente por una alternativa más revolucionaria al “camino pacífico al socialismo” que defendían los partidos de la línea moscovita. Basándose en una combinación ecléctica de nacionalismo burgués, radicalismo campesino y estalinismo, los partidos que seguían la línea de Beijing jugaron un papel muy importante en bloquear la construcción de genuinos partidos proletarios revolucionarios.

Los maoístas llevaron a los trabajadores a derrotas desastrosas en un país tras otro. La más destacada de estas fue la catástrofe sufrida por la clase trabajadora indonesia en 1965. Allí, el PC alineado con Beijing más grande del mundo, trabajando en base a la ideología maoísta del “bloque de cuatro clases”, subordinó a la clase trabajadora al régimen nacionalista burgués de Sukarno. Esto dejó al proletariado indonesio políticamente desarmado ante un golpe militar, que llevó al exterminio de un millón estimado de trabajadores y campesinos.

Unos pocos años más tarde, el movimiento naxalita inspirado por Mao en la India acabó en una derrota sangrienta. Y, en América Latina, donde las teorías del guerrillerismo campesino y “del campo a la ciudad” encontraron un público dispuesto en la pequeñoburguesía, el maoísmo contribuyó gravemente a la ola de derrotas que sufrió la clase trabajadora en los ’60 y principios de los ’70.

El liderazgo pablista, lejos de luchar por clarificar a la clase trabajadora acerca del maoísmo, se adaptó totalmente a este. Mandel elogió a los maoístas diciendo que se habían “acercado a la teoría de la revolución permanente”. En América Latina, los pablistas apoyaban los mismos métodos malhadados del guerrillerismo, liquidando partidos enteros y ayudando a llevar a la muerte a miles de jóvenes.

Al hacerlo, los revisionistas rechazaban cualquier análisis de clase y escupían a todo el legado teórico del marxismo. Como deja claro la declaración del Comité Interrnacional sobre China, el maoísmo no era una nueva corriente revolucionaria que había roto con el estalinismo. Por el contrario, se basaba en el rechazo explícito de la revolución permanente y la aceptación de la “revolución en dos etapas” menchevique y su corolario, “el bloque de cuatro clases”. Mao nunca hizo una crítica de las políticas estalinistas de colaboración de clases que llevó a la derrota sangrienta de la clase trabajadora china en 1927. En vez de eso, le dio la espalda al proletariado, transformó virtualmente al Partido Comunista Chino en una organización campesina, y desperdició años y cientos de miles de vidas en la búsqueda de una alianza con sectores “antiimperialistas” de la burguesía nacional.

Lenin había combatido teóricamente las concepciones de los narodniks que equiparaban a los trabajadores y los campesinos como “obreros” interesados por igual en el socialismo. Luchó implacablemente por la independencia política de la clase trabajadora tanto de la burguesía nacional como del campesinado y por la hegemonía del proletariado en la Revolución rusa.

Trotsky estableció en su teoría de la revolución permanente que las tareas de la revolución democrática burguesa, incluyendo el problema de la tierra, solo se podía resolver a través de la clase trabajadora —dirigiendo al campesinado tras de sí— tomando el poder en una revolución socialista y estableciendo la dictadura del proletariado. El establecimiento de esta dictadura inevitablemente plantearía tareas no solo democráticas, sino también socialistas, que se podrían lograr solo a través de la extensión de la revolución a los países capitalistas avanzados. Esta pasó a ser la perspectiva guía del Partido Bolchevique para llevar a cabo la revolución proletaria en octubre de 1917 y fueron los cimientos del programa revolucionario de la Internacional Comunista antes de su degeneración estalinista. Basándose en este legado teórico, Trotsky había hecho una crítica profunda del giro del Partido Comunista Chino hacia el campesinado tras la masacre de Shanghái en 1927. Pero en sus intentos frenéticos por superar el “aislamiento” del trotskismo, los pablistas descartaron estas conquistas del marxismo para subordinarse mejor al estalinismo y al maoísmo.

Aunque el Comité Internacional se creó para librar la guerra contra el revisionismo pablista, se ha visto obligado repetidamente a combatir el surgimiento de las mismas tendencias oportunistas y liquidacionistas dentro de sus propias filas.

Así, 10 años después de haber iniciado la formación del CI, el Socialist Workers Party de los Estados Unidos rompió con el trotskismo para reunificarse con los pablistas. Afirmó que la Revolución cubana de 1959 demostraba que la revolución socialista podría ser llevada a cabo mediante “herramientas desafiladas”, es decir, movimientos de guerrilla nacionalistas pequeñoburgueses, sin la participación de la clase trabajadora ni la dirección de un partido de vanguardia marxista consciente.

Y la sección británica, el Workers Revolutionary Party (WRP), que durante muchos años hubiera encabezado la lucha contra el pablismo, sufrió una larga degeneración oportunista nacional, que culminó con su escisión del Comité Internacional en 1985-86. Para mediados de los ’80, la conducción británica de Healy, Banda y Slaughter había sucumbido a las presiones del imperialismo y estaba buscando transformar al propio CICI en un accesorio de las traiciones del estalinismo, la socialdemocracia y el nacionalismo burgués.

Pero a la línea oportunista de la conducción del WRP se opuso la mayor parte de las secciones del CICI, que se basaron en los cimientos firmes de más de tres décadas de lucha por desarrollar y defender al trotskismo contra el revisionismo pablista.

Las dos tendencias que se enfrentaron en la escisión de 1985-86 hoy se encuentran en lados opuestos de las barricadas respecto a los acontecimientos de China. La tendencia internacionalista proletaria representada por el Comité Internacional defiende la lucha de los trabajadores y estudiantes chinos en nombre del socialismo internacional y la revolución política. La tendencia nacionalista pequeñoburguesa, representada por la conducción renegada del WRP, sobre todo por Healy, Banda y Slaughter, se solidariza, de una u otra forma, con los estalinistas.

Esto no es casualidad. La degeneración de la sección británica tenía sus orígenes en una adaptación al maoísmo, el estalinismo y el radicalismo pequeñoburgués. Durante años, la camarilla derechista de Healy, Banda y Slaughter bloqueó cualquier discusión principista sobre la cuestión de China dentro del CI. Esto era así porque la propia dirección de la sección británica no había roto plenamente con el pablismo.

También, un compromiso despreciable existía dentro de la dirección con Michael Banda, que pasó a ser el secretario general del WRP. Los puntos de vista de Banda respecto al maoísmo eran en todo lo esencial los mismos que los de los pablistas. Healy y Slaughter temían que una discusión en el Comité Internacional sobre estos temas crearan una crisis política en su propia sección, que afectarían el trabajo práctico en el Reino Unido.

Así, en los ’60, Banda escribió declaraciones elogiando a Mao y al movimiento Guardia Roja e incluso

asignándoles las tareas de la propia Cuarta Internacional. En 1967, por ejemplo, él declaró, “La dialéctica de la historia está transformando inexorablemente la ‘revolución cultural’ en una política”. Estas posiciones revisionistas dejaron al movimiento británico desarmado políticamente y vulnerable ante poderosas fuerzas de clase, que empezaron a hacer presión sobre él durante este período.

En la oleada de radicalización pequeñoburguesa que barrió Europa en los ’60, que alcanzó su punto álgido con el movimiento de protesta estudiantil en Francia, el maoísmo ejerció una influencia muy importante. Estas capas sociales gravitaban hacia una ideología basada en las comunas campesinas y la “guerra del pueblo”, precisamente a causa de su contenido antiproletario esencial.

Aunque estos elementos radicalizados de la clase media no estaban para repetir la Larga Marcha de Mao en suelo europeo, encontraron en el maoísmo la tranquilidad reconfortante de que no tenían que subordinarse al proletariado, la única clase consistentemente revolucionaria en la sociedad capitalista. Así, el maoísmo ofrecía a la pequeñoburguesía radicalizada de los países capitalistas avanzados una justificación ideológica para sus intentos por dominar y sofocar al movimiento revolucionario independiente de la clase trabajadora.

El no haber sido capaces de resolver en la lucha las expresiones de revisionismo y la adaptación a estas capas sociales dentro de su propio liderazgo iba a tener consecuencias fatales para el movimiento británico. Para principios de los ’70, el partido se estaba desarrollando rápidamente en una dirección centrista. A la adaptación de Banda al maoísmo se unió pronto toda una serie de posiciones en el WRP que expresaban la capitulación al nacionalismo burgués, la socialdemocracia y la burocracia sindical.

En el momento de la escisión, Banda se unió a Cliff Slaughter —quien es hoy jefe de una facción que todavía se llama a sí misma WRP— para exigir la destrucción del Comité Internacional y denigrar toda la historia del trotskismo. Fue el autor del principal documento para justificar la escisión, “27 razones por las que habría que enterrar al Comité Internacional”.

Tras la escisión, Banda procedió a romper explícitamente con el trotskismo, llamándolo “un arma ideológica del imperialismo mundial contra la URSS”. Elogió a Mao como al más grande de los líderes revolucionarios e igualmente declaró su admiración sin reservas por Stalin y la burocracia de Moscú.

Banda rechazó la definición de Trotsky del Estado obrero degenerado en la URSS como transitorio, que llevaría inevitablemente o bien a la restauración del capitalismo por parte de la burocracia o bien al derrocamiento de esta burocracia por la clase trabajadora y la marcha hacia adelante hacia el socialismo. En vez de esto, él declaró que las conquistas de la Revolución de Octubre así como las de la Revolución china de 1949 eran “irreversibles”.

“Si la verdad asistía al pronóstico de Trotsky se habría justificado que él demandara la revolución política dirigida por un nuevo partido —la Cuarta Internacional— para evitar la restauración capitalista”, escribió Banda, “Pero esta ciertamente no es la tendencia en la URSS, China, Yugoslavia ni Indochina”.

Banda nunca se molestó en tratar con las pruebas masivas de lo contrario. Ignoró la ola de empresas conjuntas, inversiones capitalistas directas y la restauración a gran escala de la propiedad privada ya instituida en China y creciendo rápidamente en la URSS. Habiendo renunciado al marxismo revolucionario y dando por perdidas las capacidades del proletariado internacional, Banda sigue creyendo en la invencibilidad del estalinismo, por más que los hechos objetivos lo contradigan. Banda comparte este rasgo básico con todos los renegados que se escindieron del CICI.

Por su parte, Gerry Healy, después de 50 años en el movimiento trotskista, se fue directamente a Moscú, como huésped oficial de la burocracia de Gorbachev y el KGB en las ceremonias para celebrar el setenta aniversario de la Revolución de Octubre. Él y Vanessa Redgrave han estado viajando repetidamente desde entonces a la capital soviética, donde se ganaron el cariño de Gorbachev brindándole a la burocracia una tapadera “trotskista” para sus maniobras políticas.

La tesis central del partido de Healy mal denominado “Partido Marxista” es que Gorbachev está dirigiendo la “revolución política” en la URSS y por lo tanto merece apoyo incondicional. No hay dudas de que este miserable perrito faldero de la burocracia se unirá igualmente a Gorbachev en su apoyo a la represión sangrienta del régimen de Beijing a las masas. Tal como en la URSS, así en China, la oposición de la clase trabajadora a esta “revolución política” llevada a cabo mediante las políticas de la restauración capitalista representa, tanto para Healy como para su nuevo patrón Gorbachev, la “contrarrevolución”.

Finalmente, está Cliff Slaughter, cuyo grupo escindido del WRP ha denunciado repetidamente el análisis del CICI de las políticas de los regímenes estalinistas tanto en Beijing como en Moscú e insiste en que la restauración capitalista es imposible. Se han vuelto simpatizantes acríticos de la perestroika .

En ninguna parte en las varias declaraciones sobre los acontecimientos de China publicadas en el órgano del grupo de Slaughter Workers Press hay siquiera una mención del peligro de la restauración capitalista o de la desigualdad social y la opresión creada por las medidas procapitalistas de la burocracia, impulsando al proletariado chino a la lucha política.

En la edición del 20 de mayo de Workers Press, una declaración titulada “Viva la Revolución china” declaró: “La burocracia está profundamente dividida sobre cómo tratar con una situación que nunca antes había experimentado. A diferencia de la clase capitalista, le falta tener en juego algo independiente en los medios de producción que pueda consolidar sus intereses”.

Esto no es más que una apología cobarde de la burocracia de Beijing. Claro que tiene “en juego algo independiente en los medios de producción”. Mediante la corrupción y la protección de sus extensos privilegios, la burocracia siempre ha manipulado estos medios de producción para sus propios fines contra los de la economía y la clase trabajadora.

Hoy, las “reformas” económicas procapitalistas implementadas por el liderazgo de Deng Xiaoping a lo largo de la década pasada les ha dado a los burócratas y a sus familias no solo “algo independiente en juego”, sino propiedad directa o indirecta de sectores crecientes de la economía. Los altos cargos utilizan sus posiciones para brindar abastecimiento y contratos a estas empresas privadas, enriqueciendo mediante eso a los propietarios privados a expensas del sector nacionalizado. Son estas prácticas, graves amenazas a las conquistas de la Revolución china, que han llevado a millones de trabajadores a una lucha a muerte contra la burocracia. Y es esto lo que Slaughter encubre cuidadosamente.

Cyril Smith, el profesor de la London School of Economics, hace de cara visible del WRP en este ataque revisionista al trotskismo. En un artículo publicado en el número del 13 de mayo de 1989 del Workers Press, en medio de los eventos chinos, Smith escribió:

“Ellos [el CICI] ven en la glasnost y la perestroika de Gorbachev nada más que un movimiento deliberado y consciente de traer de vuelta el capitalismo.

“Ellos denuncian cualquier estimación de esos cambios como reflejando el intento de un ala de la burocracia para defenderse contra el movimiento de la clase trabajadora soviética”.

El contraponer la restauración capitalista al intento de la burocracia de defenderse contra la clase trabajadora como algún tipo de opuestos mutuamente excluyentes solo expresa la hostilidad del grupo de Slaughter hacia el trotskismo. Es precisamente para defenderse contra la clase trabajadora que la burocracia busca transformarse en una verdadera clase gobernante.

Como escribió Trotsky en La revolución traicionada, “No podemos contar con que la burocracia abdique pacífica y voluntariamente en aras de la igualdad socialista … en etapas futuras inevitablemente debe buscar apoyos para sí en las relaciones de propiedad…. No le basta ser director de un trust; tiene que ser accionista. La victoria de la burocracia en este ámbito decisivo significaría su conversión en una nueva clase poseedora”.

En un artículo anterior, el grupo de Slaughter insistía en que oponerse a las políticas restauracionistas de Gorbachev equivalía apoyar a la facción de Ligachev en la burocracia.

Así, la facción de Slaughter ha adoptado lo que es esnecialmente la misma teoría de la “irreversibilidad” planteada por Banda y, como Healy, aunque de una forma algo más prudente, respalda el programa procapitalista de Gorbachev e insiste en que el movimiento trotskista no puede luchar por una línea independiente en la clase trabajadora, pero solo escogió entre una facción de la burocracia u otra.

Estas dos concepciones están inextricablemente vinculadas en las políticas de los tres renegados del WRP como lo están en todos aquellos grupos revisionistas que no se basan en el marxismo proletario, sino en el oportunismo pequeñoburgués. Al insistir en que la restauración capitalista es imposible y al negar que la burocracia juegue un papel contrarrevolucionario dentro de los Estados obreros, ellos o bien renuncian abiertamente a la revolución política, como en el caso de Banda, o bien la transforman en una palabra en código para el apoyo explícito o tácito a este o aquel sector de la burocracia contra la clase trabajadora, como con Healy y Slaughter.

Mientras se acerca el cuarto aniversario de la escisión en el Comité Internacional, está claro que no hay asuntos de principios o programáticos que dividan a estos tres antiguos dirigentes del WRP. Todos ellos se alzan unidos contra el CICI y los principios fundamentales del trotskismo.

Bajo condiciones en las cuales los intentos de la burocracia de Beijing de restaurar el capitalismo han provocado un levantamiento revolucionario masivo de los trabajadores chinos, ellos junto a todas las tendencias pablistas se alinean como agentes directos y apologistas de la burocracia.

Los acontecimientos dramáticos de China han subrayado que vivimos en una época dominada por el desplome de los acuerdos e instituciones sobre los cuales se basaban las relaciones capitalistas mundiales durante las cuatro últimas décadas. Esta crisis histórica está revelando rápidamente la bancarrota de todas las agencias del imperialismo en el movimiento obrero.

La masacre de la Plaza Tiananmen ha expuesto de una vez por todas el engaño que el maoísmo representaba algún nuevo camino en la lucha por el socialismo y contra el imperialismo. Manchado de sangre, queda expuesto ante todos como un enemigo contrarrevolucionario de la clase trabajadora. Esto viene justo después del abandono explícito de la revolución socialista por parte de la burocracia de Gorbachev y la capitulación al imperialismo de una dirección nacionalista burguesa tras otra.

Los acontecimientos de China jalonan una nueva etapa en la revolución política contra las burocracias estalinistas como un componente integral de la revolución socialista mundial. También han demostrado la enorme importancia histórica de la larga lucha de la Cuarta Internacional por defender y llevar adelante la perspectiva de la revolución proletaria contra el estalinismo y sus apologistas revisionistas pequeñoburgueses.

(Tomado de WSWS)