Sobre la supresión de la Historia (II)

por Átopos Waldgänger 

 

                       Querer contagiar el deseo de revolución social mediante la práctica pedagógica en la sala de clases, es como querer contagiar el escepticismo ateo mediante la recitación de salmos en la liturgia católica.

Con esto estamos diciendo que la práctica pedagógica es completamente ajena a la formación de sujetos revolucionarios. Pero no sólo eso. Estamos tomando nota de un límite general que nuestra época impone a las pretensiones de los anticapitalistas en todas partes. Si formar revolucionarios en el aula es tan imposible como formar ateos en la iglesia, asimismo esto no se consigue publicando textos críticos en papel o en internet. No creemos que al difundir estas críticas estemos haciendo mucho más que lo que puede hacer un profesor inconformista en el aula.

¿Por qué insistimos entonces en publicar textos críticos? Por la misma razón que algunos maestros de escuela se obstinan en tratar, bajo condiciones terriblemente adversas, de aportarle espíritu crítico y afecto a sus estudiantes. En ocasiones uno ve un resultado alentador, pero la mayor parte de las veces es como arrojar semillas en una tierra árida e infértil. La mayoría de quienes incursionan en estas prácticas las abandonan en algún momento de sus vidas, vencidos por el cansancio, la apatía o el cinismo. A quienes perseveramos, nadie puede reprocharnos hacer todos nuestros esfuerzos, por modestos que sean, para no hundirnos en la desesperación y la vergüenza de una esclavitud aceptada. Seguiremos publicando textos críticos y seguirá habiendo maestros de escuela tratando de torcer las reglas para entregarle a los jóvenes escolarizados algo que les humanice. Esta es una resistencia básica. Por lo tanto, es una banalidad.

Cuando decimos que es inútil depositar en el sistema escolar las esperanzas de un cambio social, no lo hacemos desde una exterioridad a ese sistema. Nosotros también fuimos escolarizados y por lo tanto estamos tan lisiados psicoafectivamente como cualquier otro. Tampoco hemos podido evitar que nuestros hijos y hermanos sufran la castración personal y social impuesta por el sistema de enseñanza. Y aún más importante: no necesitamos ser profesores o alumnos para estar tan inmersos como cualquiera en las dinámicas alienantes que impone el sistema educacional, que como todos sabemos es un sector más de la producción capitalista. Cuando criticamos la pretensión de utilizar la escuela para transmitir contenidos clasistas, lo hacemos desde una posición en la que podemos decir sin ninguna duda que estamos también en el interior de ese sistema, porque ese sistema ya fue inoculado dentro de nosotros. Esto, una vez más, es una banalidad. Lo que queremos es ir más allá de lo banal.

En la publicación anterior señalé que una de las posibles motivaciones de los profesores para defender la obligatoriedad de la asignatura de historia, podría ser el hecho de que su supresión posiblemente sea una amenaza para sus puestos de trabajo. De ser así, la actitud a tomar es la misma que ante cualquier sector de asalariados que se resisten a quedar desempleados. Pero hay más. ¿Apoyaríamos a unos obreros que luchan por mantener sus puestos de trabajo en una central nuclear, una termoeléctrica o una empresa minera? Tal vez sí, sabiendo que eso no nos impide incorporar a esa lucha la discusión sobre el efecto nocivo que tales industrias tienen sobre la salud pública y los ecosistemas. ¿Defenderíamos el derecho al empleo de gendarmes, policías y militares? Seguramente no, por razones obvias. ¿Hay algún sector de la economía capitalista en el cual la lucha por mantener los puestos de trabajo implique una prohibición de discutir la utilidad de la producción que los genera? Definitivamente, no.

En el caso de los maestros de escuela, parece existir el tabú que del sistema que les da empleo está más allá de toda discusión. Se asume como algo obvio que en el fondo, a pesar de sus deficiencias, ese sistema es bueno, necesario e incluso esencialmente contrario al capitalismo. El razonamiento es más o menos así: 1. Siempre ha existido la educación. 2. La escuela no es lo mismo que la educación, pero es la única forma de educación que tenemos hoy. 3. La escuela, y por tanto la educación, están capturadas por el sistema capitalista. 4. Tenemos que recuperar la escuela, o sea la educación, para fines anticapitalistas. 5. Podemos hacerlo interviniendo en el currículum, o al menos manteniéndolo tal como está e impidiendo que lo modifiquen.

El defecto básico de estas ideas es que ven la educación como un fenómeno ahistórico, desligándolo del sistema capitalista. Pero no lo es. Lo único ahistórico -o más bien transhistórico- es la producción de individuos: desde que somos especie humana, cada generación ha producido de una forma u otra a la generación siguiente. Durante la mayor parte de la historia de nuestra especie, este proceso ha coincidido con el conjunto de actividades que aseguran la reproducción social. La actividad de formar nuevos individuos era indistinguible de obtener alimento, construir viviendas, desplazarse de un lugar a otro, jugar, holgazanear… socializar, en una palabra. La separación de los niños en una esfera especializada destinada a «formarlos», lejos de los adultos y de las otras actividades de reproducción social, apareció junto con la explotación y la formación de clases sociales antagónicas, y fue desde el principio un medio para perpetuar ambas alienaciones. Esta actividad separada del resto de la reproducción social empezó a recibir el nombre de «educación» sólo en los tiempos modernos, como resultado de una evolución que se remonta a las prácticas formativas de la orden benedictina y del mester de clerecía, y que fue teorizada por primera vez por Gonzalo de Berceo en el siglo XIII, en los orígenes del capitalismo. No fue sino con la revolución industrial que esos principios se sistematizaron en la escuela, estructura específicamente abocada a la producción de fuerza de trabajo asalariada, según el modelo de las instituciones de encierro nacidas para organizar las nuevas formas de explotación y sometimiento: el cuartel, la cárcel, el hospital y el manicomio. Encerrar a los niños apartándoles de sus padres, de la producción material y de sus contradicciones inmediatas, formándoles como individuos abstractos -es decir abstraídos de la realidad social, reducidos a mercancía fuerza de trabajo y por tanto a ciudadanos- ha sido desde el principio uno de los pilares que sostienen al actual modo de producción. Así que cuando decimos «educación», estamos nombrando un proceso histórico específicamente moderno; y cuando decimos «escuela» estamos nombrando la institución en que este proceso ha tenido y tiene lugar. Defender la educación y la escuela es defender uno de los fundamentos del sistema de producción capitalista.

Hoy predomina entre los descontentos sociales un fatalismo histórico según el cual la única manera de ir más allá del capitalismo sería utilizar las instituciones que él mismo ha creado asignándoles un propósito reformador. Así, incorporar al currículum escolar contenidos «críticos», o al menos un mínimo de «verdad histórica», sería una vía revolucionaria tan natural como modificar la composición del parlamento haciendo que sean elegidos más representantes de izquierda, o llevar al aparato burocrático más funcionarios progresistas que inclinen las políticas públicas a favor de los intereses populares. La evidencia de que tales medidas no sólo son absorbidas hábilmente por el sistema capitalista, sino que además contribuyen a hacerlo más versátil y adaptable, fortaleciéndolo, no ha disuadido en lo más mínimo a quienes piensan que «no hay nada más que podamos hacer». Esta certeza fatalista es el resultado de la derrota de la revolución en épocas anteriores, y se diluirá sólo en la medida que un nuevo impulso revolucionario la haga entrar en crisis. Mientras tanto, la lucha revolucionaria consiste precisamente en ejercer presión contra esa certeza, y no en hallar resquicios que la hagan todavía creíble.

Uno de los prejuicios que dificultan traer a primer plano esta contradicción en el ámbito de la enseñanza pública, es aquel de que el reanudamiento del impulso revolucionario sería principalmente un asunto de educación. Según este prejuicio, para que se formen revolucionarios sería preciso primero darles una educación apropiada, cosa que sólo se podría lograr introduciendo elementos revolucionarios en la educación existente, es decir en la escuela. Pero como ya hemos visto, ambos términos, educación y escuela, son en sí mismos modalidades de organización de la relación social capitalista. La afirmación hecha por Marx y otros revolucionarios de que para abolir el capitalismo hace falta destruir el Estado, y no simplemente darle otro uso, se aplica de igual forma al sistema de enseñanza. Éste no puede utilizarse con fines revolucionarios, por la misma razón que no puede utilizarse la liturgia católica para transmitir el escepticismo ateo. Esta limitación sólo se puede comprender si se comprende que la educación (o sea la escuela) no tiene como principal finalidad inculcar tales o cuales conocimientos, sino modelar la estructura psíquica, afectiva y somática de los individuos para adaptarlos a un modo de socialización específico: el capitalismo. No es la mente de los niños lo que la escuela captura para someterlos al sistema de producción, sino la totalidad de su proceso psicofísico, pero sobre todo la estructura de su experiencia misma, su modo de estar en el mundo, su modo de ser. Si unos feligreses escucharan a un sacerdote recitar un salmo que niega la existencia de dios, mientras tragan la hostia mirando a cristo en la cruz, seguirían de todas formas reproduciendo la alienación religiosa. Asimismo, cuando unos niños oyen a un profesor explicar la lucha de clases frente al pizarrón, siguen reproduciendo pese a todo la alienación básica que consiste en hallarse forzosamente separados del mundo circundante, de la producción material, de los adultos y sus juegos de amor y de odio, de la conflictividad social, del juego, de la vida misma.

Los maestros de escuela son esos singulares individuos que tras haber pasado los primeros quince años de sus vidas recluidos en ese espacio de encierro, deciden trabajar el resto de sus días en ese mismo espacio, siendo ahora ellos quienes ejerzan el rol activo en la relación que les formó como seres pasivos. Esto es trágico, pero responde a la natural inclinación del retoño humano -del cachorro mamífero, en realidad- a imitar el comportamiento de los adultos, tomándolo como modelo para la reproducción de la vida de la especie. Esta inclinación no es el problema. El problema es que al interior de la socialización capitalista se manifiesta de una manera completamente pervertida. Los signos de esta perversión son numerosos y abrumadores, y quizás uno de los más evidentes sea el hecho de que en la actualidad tanto los profesores como los alumnos -o sea, casi todo el mundo- asume con total naturalidad que podemos suprimir una relación social forjada durante diez mil años como lo es el patriarcado, pero de ninguna manera podríamos suprimir una relación social nacida hace apenas unos pocos siglos, como lo es la educación y la escuela.